Cajón Desastre
Estoy poco a poco migrando aquí. Y dejaré de publicar en tumblr. Aunque casi todos llegáis aquí desde tuister no quería dejar de avisar…
Estoy poco a poco migrando aquí. Y dejaré de publicar en tumblr. Aunque casi todos llegáis aquí desde tuister no quería dejar de avisar…
Me recuerdo allá por 2006 desconcertando mucho a cierto casanova cuando me dijo “eres única” y yo le respondí “soy como todo el mundo, me compro la ropa en zara y me creo original” o algo igualmente encantador. Él, claro, no entendió nada. Yo todavía no había leído a Almudena Hernando y no era capaz de elaborar mucho más todo aquello.
Una cosa que desconcierta mucho a los casanovas es mi gusto por conversar. Como concepto. Conversar no con la intención de “seducir” (qué horror de palabra viendo lo que significa hoy en día) ni en el sentido cada vez más extendido de hacer monólogos sucesivos donde la gente espera a que otra gente termine o respire y se deje interrumpir para decir otra cosa que tiene más o menos que ver. Conversar a veces implica escuchar mucho y hablar poco, a veces implica preguntar mucho y a veces implica hablar demasiado y luego sentir que has monopolizado la conversación. Pero es imposible si no parte de la base de que lo que el otro dice nos cambia. De esto, creo, habló ya algún filósofo, o físico. No sé. Y desde luego hablaba mucho una temporada de Fringe.
Volviendo al título de todo esto, o intentándolo. Creo cada vez más firmemente que los seres humanos nos parecemos muchísimo. Y que buscar lo que nos hace únicos e inconfundibles es agotador precisamente porque no existe. Y uno se pasa la vida intentando ser único un poco a lo tonto.
Pero también creo que el conjunto de lo que he vivido, leído, aprendido etc hace que mire más unas cosas que otras, me fije más en algunas cosas que otras y me interesen más unas cosas que otras. Y eso no me hace única. Me hace yo, me hace distinta a otros, obvio. Pero también me conecta con un montón de gente en el mundo que mira y se fija en cosas parecidas y luego me señala otras que no había visto y que quizá consigan cambiar la forma en la que participo en el mundo. No sé.
Total, que el otro día fui a NY por primera vez, esa ciudad que todos tenemos en el imaginario a través de películas series y fotos hasta aburrir. Fui por primera vez, espero que no por última, y fui a hacer turismo. A pasearla. A dedicar una semana de mi vida a mirarla, hacer fotos. Fijarme desde fuera.
Y miré las mismas cosas que todo el mundo, claro. Hice las mismas cosas que todo el mundo. Por supuesto. Subí al Empire State. Estuve en el Blue Note oyendo jazz. Fui al MoMa a mirar cuadros. Cómo no. Esperaba que un Van Gogh me quitase el habla como su compañero que cuelga de una pared en París. Pero al final fue un Rothko.
Fui y esperaba sentir una familiaridad que no viví. NY me sorprendió todo el rato. A cada paso. Por cosas tan absurdas como que nadie me había dicho que Manhattan huele a marihuana y Brooklyn a comida. Porque no me esperaba que la ciudad cambiase tanto su energía cuando hace sol y calor y cuando hace frío.
Cómo los londinenses viven el sol es algo mítico, yo creo, estás allí y sonríes cuando lo ves porque ya te lo habían explicado doscientas veces. Y es cierto. Y lo entiendes, el sol allí es un bien escaso. Pero NY tiene un clima más extremo. Con veranos asfixiantes e inviernos gélidos. Con tiempo para hartarse del sol. No sé. Madrid es una ciudad con un clima digamos similar (menos extremo, lo sé) y la gente solo cambia global y ostenisblemente de humor cuando llueve 3 días seguidos sin parar.
Porque nadie me había dicho, por ejemplo, que en NY la gente parece buscar más la pertenencia a un grupo que la diferencia. Y eso me ha llamado la atención. Una cierta uniformidad: todos los hombres que salían de los edificios de oficinas llevaban uniformes similares, todas las mujeres que volvían de Manhattan a Brooklin con sus bailarinas y sus tacones en las manos y sus faldas plisadas de colores neutros. Ese buscar no llamar la atención dentro de tu entorno. Todos nuestros vecinos del Bronx con sus chándales de algodón apretados en el tobillo. Color gris chándal o negro negro. Todos los judíos ortodoxos, esto era obvio. Pero no deja de tener su gracia que los judíos ortodoxos de NY viven en un sistema que está por encima de su individualidad y eso nos parece a nosotros alucinante, y sin embargo, 3 calles más arriba o más abajo, la gente esté intentando encontrar un uniforme que diga tan claramente a qué grupo pertenecen como las pelucas de las mujeres casadas en el barrio judío.
Igual los millenial están cambiando algo el mundo ese de los babyboomers tan egocéntrico y lo están haciendo a golpe de selfie. O igual lo estoy entendiendo todo fatal. Quién sabe.
Pero NY me ha sorprendido sobre todo porque es una ciudad claramente hedonista. Donde el disfrute es importante. Donde descansar es importante. La ciudad que nunca duerme. La ciudad en la que se trabaja en 3 turnos, donde las obras siguen de madrugada, es también la ciudad donde descansar es importante. En medio de todo ese bullicio bancos y más bancos. Parques y más parques. Parques con sus chapitas sus nombres, sus verjas, incluso cuando tienen 2 metros cuadrados tienen siempre un banco, una fuente, algo verde, una chapita explicando unas normas de uso del espacio común.
La capital del capitalismo. El disfrute. El descanso. Carteles en el metro informando a los desheredados de que por fin hay salario mínimo en la ciudad. 15$ la hora. El guía explicando que la gente dobla turno para sobrevivir. Explicándonos también que en Flushing Meadows, la alcaldía ha establecido turnos para que todas las comunidades de fuera de USA tengan un día en el parque para celebrar sus orígenes, hacer barbacoa, ir a conciertos donde suena música de su tierra de origen. Ese orgullo de un guía centroamericano que es neoyorquino y vive en una ciudad donde puede hablar su idioma cada día para vivir y para trabajar, donde se siente tan integrado como para decir con normalidad que cada uno vive en su barrio, que los chinos lo invaden todo, que qué bien se vive aunque sea cara. Y para darme la razón hablando con total normalidad de las cosas que disfruta haciendo con su familia y sus amigos y que no podía hacer en el lugar del que vino.
La retórica de la tierra de las oportunidades suena menos ridícula cuando comprendes que en esta ciudad han inventado una fórmula en la que muchos de sus habitantes creen estar en una continua mejora. Vivir cada día un poco menos mal. Tener cada día más oportunidades de disfrutar de una ciudad que da envidia cuando vas un sábado al museo de historia natural y ves grupos enteros de familias del Bronx en la cola, dispuestos a pasar otro día más con sus hijos. Hablando de qué zona nueva del museo van a descubrir hoy.
Será una inmensa mentira pero les ha quedado precioso el decorado. Tan creíble en el Deli cutre de la salida del metro en la 176 como en el borde de Greenpoint donde siguen construyendo torres de apartamentos que se venderán a precios que no acierto ni a imaginar.
Y en todo ese proceso hice (o pedí que me hiceran) algunas fotos que no tienen nada de únicas pero que a la vez son totalmente previsibles para cualquiera que me conozca un poco.
En este album están algunas fotos de NY visto desde mis ojos miopes con su punto de vista propio (si leéis los comentarios pelmas de mis fotos entenderéis mejor esto del punto de vista) pero nunca único.
Ah. No hay fotos de gente que no soy yo a la que pueda reconocerse porque no me gusta nada hacer eso.
Las mujeres que hablan son tachadas de locas. De histéricas. Paranoicas. Enfermas mentales. Por hombres que dicen quererlas, respetarlas. Que les prometieron cuidar de ellas. Hacerse cargo. Beyonce lo sabía cuando escribió Hold up. Lo sabía todo. Los cuernos. Probablemente sabía también el por qué de los cuernos. Tu amor incondicional por un hombre no es suficiente si eres mejor que él. Y ella es más lista, más talentosa, gana más dinero, es más guapa, más sexy, más joven, más famosa que ninguno.
Beyonce lo sabía todo cuando la escribió, la cantó. Cada vez que la canta.
Sabía que su enormidad como artista viene de su valentía. También para desnudarse. La loca cornuda, muerta de celos, criando a una niña y jugando a lo sexy. Porque pobres maridos que ya no les haces tanto caso. Y su ego.
Claro que lo sabía. Saberlo te salva siempre. Saber que le vas a perdonar todavía 33 veces más. Pero solo 33.
Ponerte a escribir con él para salvarle, cuidarle. Porque le quieres. Mientras el se excusa. Pobre. Ponerte a escribir y que te salga el disco perfecto de la entraña. Abrirte. Él no puede escribir ni una palabra porque su cobardía le impide enfrentarse a lo que en el fondo sabe. Eso te mata. Y ella lo sabía. Y se lo explicó a él. Si la vida te da limones haces la mejor limonada del universo. Le sacas el jugo. Lo conviertes en algo ácido pero dulce. Fresco que quema en la garganta. Rompes a gritar. Lo saturas todo. Y él te mira hacer. Creyendo que no tendrás el valor de publicar ese disco perfecto que te expone. La cornuda valiente. Tomadlo. Beberos las canciones de un trago.
Y luego sentarte con tu marido infiel y cobarde. Perdonarle una vez más. Quedan 32. Curarle una vez más las heridas que aciertas a ver. Escribir un disco terapia juntos. Cuando tú ya estás curada. Ya sabes que quieres a ese cabrón lo suficiente como para intentar reconstruir las ruinas. Y cuando le perdones 32 veces más estarás lista para seguir con tu vida, tu talento, tus hijos, tus amigos, tu red, tu conciencia tranquila y tu música porque después de aquel Hold up te levantaste, te miraste en el espejo, te dijiste a ti misma mejor loca que celosa y llamaste a Jack White y cantaste con todo tu culo gordo “quién coño te crees que eres, no estás casado con un niñato. No me quieres lo suficiente. Y esta es la última advertencia. O lo arreglas o vas a perderme porque yo no te necesito” Yo te quiero. Todavía te quiero. Y cuando cantas eso y lo cantas así. Lo gritas así. Sabes que para ti lo peor ha pasado.
Y por eso me gusta tanto Hold up. Supongo.
Hace menos de año y medio que Hansard sacó su anterior disco. Un disco con canciones tan irritantes como bonitas algunas veces. Un disco que enseñaba su inmenos talento como músico y puede que su peor cara como hombre. Un disco expuesto y en carne viva del que ya hablé como hablo siempre de las cosas que me interesan o me importan. Con exceso. Digamos.
Hace menos de un año y medio y ya está aquí “This wild willing” que hace honor a su nombre y hace honor a una de las pocas claves que creo que existen en el arte: no conformarse, arriesgarse, probar, experimentar. Buscar ,sobre todas las cosas, por enicma de todo, comunicar algo a alguien. Lo que sea a quien sea. Llegados a un punto.
A veces eso significa pensarse uno mismo. Luego contar ese proceso. La rabia. La ira. Como en el anterior.
Otras veces preguntarte si puedes cantar diferente para llegar a un sitio distinto sin dejar de ser tú. Si puede de pronto el piano ser fundamental. Si puedes buscar la gravedad, la espesura, la oscuridad de las hormonas y el deseo y el miedo a lo que no controlas. Dejarte ir. Dejarte ser.
Glen ha empezado este disco dándome la razón, que es una cosa que suele gustarme. Dije, cuando escuché el anterior, que no había entendido todavía pero había escuchado e iba a ser capaz de procesarlo. Un año después, rico de vida, borracho de vida, con la cabeza salvaje y agitada ha sacado de su chistera de criatura mágica y pelirroja un disco que es la delicia absoluta. La razón por la que el arte tiene sentido. Escupir, acariciar, desgarrarse, abrirse en canal. Contarlo todo, no dejarse nada. No necesitar fingir, la careta, los lugares comunes, los personajes.
De pronto Glen parece más joven. A sus 49 otra plenitud distinta de aquellas canciones junto a Marketa. Una plenitud de alguien que hace lo que quiere, vive como quiere, se desnuda en las canciones, juega en las canciones, se divierte grabando discos. Disfruta de su talento. Disfruta de lo que vive, lo que aprende, lo que se equivoca, lo que intenta, lo que acaricia, lo que muerde, lo que digiere. Disfruta de sobrevivir. De asumir que a veces toca sufrir pero otras veces está todo en nuestras manos.
Hay tantos instrumentos distintos en las canciones de este This wild wiling, tantas texturas, tanta música y un solo hombre cantando suave hasta cuando grita. Suave y grave. Hay tanta música y tanta pausa, que hipnotiza.
Escribo esto a medida que escucho un disco que sigue dándome la razón en la locura. Hay que seguir rompiendo el corazón hasta que se abra. Como una flor. Hay que experimentar con sonidos orientales, sonidos celtas. Con el silencio. Con la emoción más pura. Hay que poner el talento y el trabajo al servicio de la belleza. Y el corazón se rompe y se abre como una flor. Y una lágrima perdida. Solo una. De sorpresa. De belleza. Cristaliza en mi ojo izquierdo. Rueda lenta hasta secarse en mi piel, sin llegar a caer. Y un poco después empieza Long ride to the bottom que es una canción política, peliculera, oscura, íntima. Muy política y muy ínitima. Una francesa de su brazo. El perdón. Los conservadores. Repetir según que historias. Una francesa de su brazo que yo imagino con el pelo a lo garçon y los labios rojos. Porque a veces los tópicos son la resistencia.
Una puerta se cierra. Lo personal es político y Glen, a estas alturas de su vida, ya lo sabe de sobra. El folclore es cultura. La mezcla enriquece. Los músicos iraníes.
El estilo es la capacidad para ser uno mismo en cualquier contexto. Digamos. Uno mismo como músico y como ser humano.
También en las canciones pequeñitas que se escriben cuando uno está en paz, y entra sol por alguna ventana en medio de todo el caos y todo el ruido. Y hay gente cuidando de gente, esperando a gente.
Y entonces Glen me da definitivamente la razón. Pero la canción no se llama Lucky Woman. Se llama Mary. Y sí, es de un hombre que por fin parece haber entendido algunas cosas, haber asumido algunos errores, estar intentando no repetirlos. Y es bonita. Y tradicional en lo sonoro. Y hasta eso resulta exacto y nada casual.
Son 12 canciones gloriosas, generosas, ricas, llenas de detalles, de guiños, de experimentos. Doce canciones muy distintas que me han hecho volver a tener fe en el concepto “álbum”. Son 12 canciones que cuentan muchas historias unidas por un montón de hilos conductores que se trenzan y se cruzan entre sí. Narradas por la voz suave de Hansard que parece haber hecho aparentemente rápido un disco que ha necesitado vivir 48 años. Para tener las herramientas, las ideas, el tiempo, la reflexión, la madurez, el conocimiento sin perder la ilusión, la curiosidad, la frescura y la energía.
Estoy enamorada a primera escucha de esta cosa salvaje que Glen se ha sacado de dentro y nos ha metido dentro a nosotros para siempre. Es un disco hechizo. Un cuento de duendes formado por 12 cuentos más. Un trino.
Hay hombres capaces de convertir las crisis en procesos, de pasar por ellos creando. De atreverse a enseñarnos las vísceras, rotas, abiertas, palpitantes, rojas, vivas, asustadas, esperanzadas y conseguir que suenen delicadas y bonitas.
Al final es solo eso. Doce canciones que suenan bonitas. Que te acarician por dentro.
Canciones para enamorarse de la música una vez más y olvidarse de toda la parafernalia y el trampantojo. Doce canciones que forman un disco que termina dejando una luz encendida capaz de iluminarlo todo mientras se hace el silencio.
interés
Del lat. interesse ‘importar’.
1. m. Provecho, utilidad, ganancia.
2. m. Valor de algo.
3. m. Lucro producido por el capital.
4. m. Inclinación del ánimo hacia un objeto, una persona, una narración, etc.
5. m. pl. bienes.
6. m. pl. Conveniencia o beneficio en el orden moral o material.
Para interesarme algo ese algo tiene que importarme. Y otra vez es una cuestión de vínculo. Todo, siempre, es, en el fondo, una cuestión de vínculos. Los vínculos son lo contrario que la energía: se crean y se destruyen.
En un mundo donde tenemos la sensación de tener opciones de sobra, las personas humanas que conformamos la masa de público objetivo en lo que sea que tú ofreces, sabemos que tenemos recursos limitadísimos, pero sobre todo sentimos que
no tenemos espacio en la cabeza ni ganas ni energía ni tiempo para prestarle atención a todos los estímulos que diariamente nos rodean y nos impactan.
¿Cómo conseguir generar en el otro el interés?
Los guruses del social media y el marketing y etc se han puesto a pensar y han llegado a la conclusión de que tampoco hacía falta reinventar la rueda esta vez.
Cuenta historias
Cuéntame una historia que me importe, no una que te importe a ti. Una que me haga sentir feliz, emocionada, parte de algo, especial. A mi.
Ya sé que en el fondo solo quieres que te compre tu moto o tu crecepelos. Lo sé de sobra.
Pero hazme sentir algo diferente, algo potente, por el camino.
Hazme sentir que el dinero y el tiempo que gasto en ti son en realidad una inversión.
Y para eso empecemos por lo sencillo.
O más bien te han dicho que tienes que contar cosas porque hay que ESTAR EN REDES (sic) y estás buscando cómo rellenar el espacio.
Hacer contenidos en redes es muy moderno y tiene setenta nombres en inglés que incluyen el término “strategy” pero se traduce en algo muy parecido a escribir una comedia griega.
Una historia que contar. Planteamiento, nudo, desenlace.
Resumiendo: Los contenidos de redes se parecen mucho a escribir una comedia griega. Algo que contar. Planteamiento, nudo desenlace.
Una forma de contarlo que conecte con tu audiencia.
Ya sean unos señores en un anfiteatro griego o gente leyendo su feed de Instagram antes de acostarse.
Lisístrata se representó por primera vez en el 411 a.C. en una Atenas destruida por las guerras. Dio a los atenienses un remanso de paz y risas. ¿Os imagináis que las guerras se terminan porque la gente (léase los hombres) deja de pensar en el poder y se sienta a hablar?
¿Os imagináis que las mujeres, que no pintan nada, son las que resuelven esto al final porque somos así de inútiles?.
Lisístrata fue un éxito en la Atenas de entonces, en pleno siglo de Pericles porque sus habitantes estaban hartos de las guerras, que son siempre luchas entre poderosos que usan peones para lo sucio y lo peligroso.
Lisístrata fue un éxito en la Atenas de entonces porque era una forma de ridiculizar a las autoridades: hasta las mujeres que no son ni ciudadanas, podrían resolver esto de la forma más tonta.
Había algo que contar y una forma que conectaba con la gente.
Lisístrata sigue representándose hoy en día porque la base del asunto ha cambiado muy poco.
Francamente. No me imagino a Aristófanes pensando “ay, voy a pasar a la historia con esta comedia, voy a hacerme el misterioso, voy a hacerme el culto, voy a hacerme el gracioso, voy a hacerme el interesante”. Me le imagino más bien pensando: Cómo podría yo hacer reír a estos hombres que van a ver los espectáculos teatrales entre batalla y batalla de las guerras infinitas? De qué se ríen? Cómo? Qué quiero contarles yo mientras les hago reir? Cómo? Para qué? . Y no sé. Leí Lisístrata con 16 años y me reí también. Sin ser un señor griego del siglo V a.C. ni nada. Mira tú qué cosas.
Igual porque había una historia que contar, una forma de contarla y como mínimo dos objetivos: conectar con la audiencia y expresar alguna que otra idea usando la historia como vehículo.
Me duele la garganta como si me la acabasen de lijar. Llevo 2 dias con miedo a la fiebre. Resistiendo por adrenalina y anticipación. Llegamos casi cuando sale la banda. Ir con un músico de los que estudió en Berckley y toca de la hostia, que nunca ha escuchado a Florence en directo y que es más quisquilloso que tú da un poco de miedo. Hablar del batería antes. Que al salir te diga que ha flipado con la banda. Con la percusión. Que en el fondo eso te dé igual porque tú hay cosas que hace mucho has aprendido a notar en el cuerpo. A notar donde no te engaña nada ni nadie.
Esa conexión que te atraviesa y que funciona casi siempre. Los agujeros por los que se cuela la luz. Toda esa luz que se cuela por los agujeros. El rimmel por toda la cara. Llorar ya desde la presentación de South London. Hay algo en lo barroco y lo aparentemente afectado de Florence que termina siendo muy sencillo. No conozco de nada a esa diosa pelirroja pero desde el Lungs escucho sus canciones en el pecho, en la piel, en las vísceras. Pienso durante el concierto en Drexler y su bailar en la cueva. Pienso en la cueva cuando me encuentro bailando conectada a la tierra. Con el peso repartido en la superficie entera de la planta de mis dos pies, agarrandome a lo que soy, lo que está debajo del asfalto. A lo rojizo de la arcilla. Me encuentro bailando así y con el pecho abierto mirando al cielo, siendo una estrella con mis brazos extendidos, los dedos tirantes. Flotando anclada. Volando. Cosmic love. Mirando al techo cuando empieza la lluvia de papel de seda, papel metalizado. La boca abierta. Los poros abiertos. Los ojos cerrados. La magia. Abrazarme a Maria que se gira por sorpresa.
Respirar. Los móviles guardados. Los móviles construyendo un universo de estrellas bajo techo. Salir a la luna.
Pensar que a Florence hay que escucharla una noche de verano. Al raso. Dejando agitar un tejido vaporoso. Descalza con los pies hundidos en el manto húmedo que permite que crezca la hierba.
Pensar también que sin algo de toda su verdad, su entrega, su potencia. Sin algo parecido a eso, la música no es música. Es un concurso de popularidad. Un ejercicio de estilo vacío. Una forma de ganarse la vida. Un trabajo que no requiere casi esfuerzo muy lejos del arte. De la magia. Un juego de cobardes disfrazados. Florence ya ni se cambia de ropa. Si pudiese saldría desnuda a escena. Enseñando también esa piel transparente como su vestido. Teatral y sincera. 8 meses esperando esta noche. Toda la vida recordando esta noche. Dolor de garganta y gritos de felicidad incluidos. Florence es una diosa a la que rezaría cada día.
Qué listo es Drexler. Qué listo y qué exquisito y cuánto riesgo consciente de hombre seguro de lo que se trae entre manos. Qué don para complicar lo sencillo y para hacer simple y limpia la espesura.
Qué listo y cómo sabe qué luces le favorecen, qué sonidos de guitarra le favorecen, cuánta electrónica puede ponerle al silencio para darles textura a las canciones y traerlas al futuro. Dejarse influir hasta por Rosalía. Ese corazón de cristal que tiene 20 años y parece que lo estamos estrenando cuando él lo revisita pensando en una chica muy joven que usa el flamenco .
Esa versión de la canción que dio inicio a la bosa. Que Vinicius y Jobim tocaban así para no despertar a los vecinos pero consiguió despertarnos a todos. Estremecernos a todos los que nos encontramos con ellos incluso cuando no sabíamos qué decía la letra.
Qué listo es Drexler y qué capacidad para hacer un concierto totalmente distinto cada vez pero siempre con su sello inconfundible. Entendiendo que un show es un show y tiene que ver con lo escenográfico, la sorpesa, la emoción, la improvisación, lo medido desmedido. Dejar que el alrededor te afecte. Dejar entrar a los otros en ti, para poder entrar con tu música en ellos. Lo permeable. La sonrisa. La luz. Siempre la luz. Equivocarse solo una vez. Cuando pregunta por científicos obviando que hay mujeres haciendo ciencia e incluso hay mujeres de letras capaces de explicar el fenómeno con la física que aprendieron en el instituto. Porque no es tan complejo. Pero siempre hay un señor que lo entiende regular dispuesto a usar el espacio.
Su hija, que tiene unos 8 años, ya ha interiorizado esa experiencia. La ha normalizado. Quizá tarde 20 años en reapropiarse de esos momentos. Por ejemplo escribiendo sobre ellos en medio de la narración de un concierto que podría haber sido perfecto sin eso, sin Disneylandia, sin el recuerdo de Sabina. Todo eso que pasa junto en 10 minutos interrumpiendo la sonrisa anchísima de la fila 11 que se queja de lo imperfecto pero sigue sin saber qué es la perfección, sin necesitarla para nada, porque lo importante es que podemos volar a Salvador de Bahía, estar ahí, oliendo la hoja de banano asada, con los pies descalzos sobre un terrazo blanco, con las sandalias planas bajo la silla y unas pulseras baratas, moradas, clinclineando.
Seguimos sin necesitar la perfección cuando la noche de asilo lo arregla todo. Y nos recuerda que han pasado 23 años desde que tocaba de telonero de La Union patrocinado por una radio fórmula. Mucho antes de que su vida se pusiese patas arriba cuando alguien le dobló la apuesta y le enseñó que a veces la única manera es correr todos los riesgos. Ponerse detrás del velo semitransparente. Exponerte a la luz directa, al contraluz, a lo escenográfico. Desnudarte sin miedo. Entregarte a las certezas. Dejar de correr en dirección contraria a la felicidad y empezar a bailar. Resfriarte cada vez que tocas en Madrid y sonar mejor cuanto más calma. Tocar tus profecías autocumplidas. Rejuvenecido. Lleno de vida. Más sabio y menos hastiado. Más juguetón.
Hay gente que dejó de aprender hace demasiado. Que se ha aburrido de sí misma repitiendo sus canciones viejas invariables. En alcanfor. Escribiendo canciones nuevas que nacen ya alcanforadas. Está esa gente a la que he dejado de ir a ver tocar. Y está Drexler. La luz. La música. La magia de arriesgarte siempre. Sin grandes declaraciones de intenciones. Sonando magistral. Cada vez. Siempre.
Este año he terminado 39 librillos, tengo ahora mismo 4 empezados (alguno casi acabado así que espero llegar a los 40 de aquí a las uvas) y eso implica haber leído una media de 28 páginas al día aprox. Un tercio de esas páginas las he leído en ebook este año. Un porcentaje bastante alto porque, recordemos, estuve 6 semanas escayolada.
Lo mejor, con diferencia, que he leído este 2018 ha sido Rita Indiana. La mucama de Ominculé saltó a mi mano desde la mesa de Mujeres&Cia como saltan a mi mano demasiadas veces libros importantes. Digamos que la culpa la tuvo una portada con un azulejo portugués. Digamos que fue eso, o fue la magia o el destino.
El caso es que Rita Indiana va a ser la figura de la literatura caribeña de nuestra época. Por no decir que lo es ya. Por no decir de la literatura de América Latina. También hace, digamos reguetón, música tropical y electrónica con ritmo machacón y vídeos delirantes. Ese género musical para incultos que no se enteran de nada.
Los expertos en canon cultural sabrán.
Indiana, mientras los expertos giran en torno a sus prejuicios, escribe con una voz, un estilo, una facilidad inconfundibles. Ella te mete desde la página uno en sus universos imposibles donde no se respeta ninguna convención. Se enorgullece del folclore dominicano y le saca todo el partido posible. Es puro caribe.
Si solo os pudiese recomendar un autor para el año que viene os recomendaría sin duda a Indiana. Ni clásicos ni nada. Rita Indiana. El futuro deslumbrante
Después tenemos a Berlin, pero es una vieja amiga, tengo el libro a medias y no voy a insistir más en lo vergonzoso que me parece que se haya silenciado su talento literario mientras nos han metido por las orejas a coetaneos suyos que no le llegan a la suela del zapato.
Otro de los hallazgos del año fue “Pequeños fuegos por todas partes” de Celeste Ng.
Sé que me pongo pesadísima, pero desde que salí del canon de los cojones no hago más que encontrarme joyas contemporáneas, y cuando leía canon me pasaba todo el rato tirando de autores clásicos para sentir esa emoción, esa felicidad de encontrar a alguien que es capaz de crearte un universo que atraviesa el tuyo, que desborda el tuyo, que contiene el tuyo, que imagina y reinventa el tuyo.
La razón por la que leo, la única, es esa sensación de vivir en varios mundos cada día. Conocer a gente, personajes (que no existen, ya, pero nos reflejan a todos y cada uno de nosotros, de nosotras, de formas diversas) y la novela de Ng fue eso también.
No puedo olvidar “Mejor la ausencia”. Edurne Portela nos ha hecho el inmenso favor de escribir el “anti-patria”. Una novela con la duración justa que es capaz de explicar con crudeza la violencia del conflicto vasco. Cómo la violencia no es nunca solo una estrategia política. Cómo lo impregna todo. Cómo vivieron niñas, mujeres que te crees, toda esa situación de violencia. Cómo fue cambiando el País Vasco y cómo afectó todo aquello a la gente que vivía ahí. En lo íntimo. En lo fundamental. Y al ser el antipatria se ahorra todos los vergonzosos errores técnicos de esa novela tan injustamente premiada que no pasa de best seller entretenidillo para esperas aeroportuarias. Pero con muchas ínfulas. Eso sí. Ínfulas todas las del mundo. “Mejor la ausencia” es el anti patria también en esto.
El reto de lectura de 2018 podría considerarse un estrepitoso fracaso. Me he reído a carcajadas mucho menos de lo que me gustaría. Y voy a dejar ese radar encendido, porque me niego a creer que esto sea tan tan difícil.
Me he reído leyendo 7 de los 36 libros que he terminado. Dos de ellos son de Petra Delicado (esa detective que se inventó Jimenez Bartlett) “Ritos de muerte"y "Día de perros” son dos novelas detectivescas con las que me he reído más de una vez a carcajadas en el metro. Contra todo pronóstico.
El resto de las autoras que me han hecho reír con más ganas son anglosajonas. Muriel Spark es la típica mujer, diría, que probablemente se pasó buena parte de su vida cruzándose con hombres que no eran conscientes de que ella hablaba en broma, usaba el sarcasmo o directamente les tomaba el pelo y he establecido un vínculo muy cómplice con ella en dos de sus novelas por esa percepción de estarle tomando el pelo a señores que se creían más listos que ella.
Barbara Pym tiene en común con Spark el sarcasmo, y sin embargo disfrutaba mucho dejando clara su agudeza en sus obras. Mujeres excelentes es una joya en muchos sentidos. Se publicó originalmente en 1952 pero no creo que haya ninguna feminista en la España de 2018 que no se sienta identificadísima TODO el rato con esa protagonista tan británica, todo el día de la parroquia a casa y de casa a la parroquia pero teniendo las mismas movidas, los mismos problemas, y en el fondo las mismas situaciones en las que tienes ganas de matar a gente pero optas por tomarte a ti misma menos en serio y ver lo cómico del asunto.
Algo parecido pasa con Sue Kaufman. Su ama de casa y esposa de los 50 que no consigue ser perfecta.Porque, como todas sabemos, tratar de parecerte a cualquier modelo de mujer socialmente aceptado te acerca más al ingreso en un manicomio que a cualquier otra cosa.
El ama de casa de Kaufman es cómica porque es plenamente consciente de lo que le ocurre, de lo que siente y de que el problema no tiene solución. Es cómica porque intenta fingir que no se da cuenta, intenta fingir que se traga esa mierda que nos venden. Pero no funciona. Y ahí, en ese conflico contado como Kaufman lo cuenta, esta lo cómico. Lo penoso y lo cómico. Los límites del humor. Yatusabeh.
Contra todo pronóstico no he encontrado lo que buscaba de la Mittford que hacía reir a uno de los hombres que más me han hecho reir a mi (y no me refiero solo a la literatura, hablo en general) Evelyn Waugh me cae fatal pero no puedo evitar tirarme de la risa cuando le leo. Sus novelas, sin embargo, han envejecido mucho peor que todas las de estas mujeres que me han hecho reir en 2018. Quizá porque se centran en lo geopolítico y la “descolonización” británica ha quedado tan anticuada como, no sé, el mesozoico. Total, que espero leer A la caza del amor. A ver si me tiro un poco de risa también en 2019.
En poesía Verónica Aranda irá siempre unida a algunas de las noches más bonitas e inesperadas de este año. Al reflejo de la luz amarilla en el verdejo frío, a lo marítimo en el centro de Madrí. Al aire acondicionado ronroneando en el salón.
Y no me olvido de Mel Duarte. Paulistana. Negra. Millenial. Viene del slam poetry y es la hostia. Aunque no me guste la traducción y el canon diga que los millenial solo comen aguacate, y que el slam poetry es una tontuna. Sin embargo ese mismo canon se atreve a considerar poemas verdaderas basuras escritas por turistas capilares y alrededores. En fin. Y claro, tampoco puedo olvidar a Pilar Adón y su “Las órdenes” donde cuenta, en poemas a los que los adjetivos les quedan cortos, cosas tan duras como el proceso de ver enfermar y resistir y morir a un padre, como las complejidades de las relaciones entre madre e hija, las infinitas obligaciones de los cuidados para las mujeres.
A Adón la trajo Miren a la jam de poesía de la librería y fue una bofetada detrás de otra. En el mejor de los sentidos posibles. Igual que “Mejor la ausencia”, ganó este año el premio del gremio de libreros de Madrid. Y lo ganó por algo. Porque es una joya y porque en el gremio hay mujeres libreras partiéndose la cara todos los días de todos los años para que los libreros al menos lean a mujeres. Al menos sepan que existen.
El hombre cuota vuelve a ser Peixoto. Porque lo adoro como escritor y como ser humano que mira el mundo, pero también porque no deja de hacerme mucha gracia hacer con el hombre cuota como tradicionalmente se hace con las mujeres cuota. Una entre todos. La única que se salva. La que es casi casi como ellos. Y Peixoto tiene a veces algo “femenino” escribiendo y otras veces tiene esa capacidad de hacer autocrítica sobre qué implica ser hombre en el mundo hoy. La violencia. El engaño. La torpeza para el afecto. El miedo mal gestionado. El hombre cuota sigue gustándome tanto que no necesito leer a los señores que me recomienda Babelia con argumentos que encuentro francamente débiles. Seguro que me pierdo alguna joya, alguna aguja en el pajar de la industria de vender libros como churros. Pero no tengo tiempo para el desbroce, qué queréis que os diga, y ya he perdido más de 30 años leyendo a señores por encima de sus posibilidades.
En no ficción el año es de Virgie Tovar y su “Tienes derecho a permanecer gorda” junto con Roxanne Gay y su “Hambre” dos caras de la misma moneda: nuestros cuerpos como campos de batalla. La gordura desde el dolor, el daño, el intento de protegerte de la violencia de los hombres. Por otro lado la gordura vivida desde el hedonismo. Estar gorda. Ser gorda. Esa diferencia. Dos mujeres no blancas. No normativas. Brillantes. Que nos han hecho pensar a muchas sobre el cuerpo, que es de esas cosas centrales en el feminismo y totalmente ridículas fuera de él. Fuera del feminismo el cuerpo de las mujeres es algo que los hombres poseen. Hasta ahí la conversación.
En el feminismo el cuerpo es el inicio y el fin. Aborto. Cuerpo. Vientres de alquiler. Cuerpo. Violaciones. Cuerpo. Transexualidad. Cuerpo. Género. Cuerpo. Violencia. Cuerpo. Deseo. Cuerpo. Prostitución. Cuerpo Etc. Todo empieza o acaba en el cuerpo. De una forma u otra. Pensar en el cuerpo es necesario. Pensar desde el cuerpo también.
A 2019 le pido que mis hermanas, mis amigas, mis libreras, mis autoras, mis cómplices en los juegos de libros y tuiter y mi hombre cuota me sigan dando tanta felicidad lectora, tanto combustible para enriquecer mi vida, mi cabeza, mi tiempo, mis veranos, mis vacaciones, mis fiestas de guardar, el segundo café de cada domingo. Todo. Vamos.
Gracias un año más por estar ahí leyendo y dándome de leer.
A todas. A algunos les dices “eh, me estás explicando cosas que sé” y se dan cuenta y tratan de dejar de hacerlo aunque no estén del todo seguros de qué tiene en realidad de malo, porque no lo hacen con mala intención y somos muy exageradas y etc.
A otros les parece horrible y vuelven a convertir su conversación contigo en una pelea donde lo importante es tener razón, dejarte en ridículo o tener la última palabra. Si es necesario emplear la violencia verbal o física pues adelante con los tanques. Faltaría más. Lo importante es que no parezca que UNA TÍA sabe más que tú de algo o que no necesita tus opiniones de mierda para seguir adelante con su vida.
De estos últimos he escrito ya varias veces desde distintos puntos de vista. Hoy me apetece abordar dos que se dan mucho con desconocidos o casi desconocidos:
• Cuando parten de la base de que lo que has dicho no es lo que querías decir. Porque… bueno. Porque eres una tía. Y las tías no sabemos lo que decimos en general. Así que igual cuando decimos que algo no es sano lo estamos confundiendo con lo cómodo, cuando decimos poliamor lo estamos confundiendo con relaciones no monógamas y cuando decimos que un plato es un plato no estamos haciendo una broma sobre Rajoy. Porque las tías, aparte de no saber lo que decimos, os lo aclaro por si no os ha llegado la circular, no tenemos sentido del humor.
• Cuando dejan claro que no saben cómo funciona el consentimiento. O sea, cuando parten de la base de que quien decide cuándo empieza y cuándo termina CUALQUIER TIPO DE INTERACCIÓN CON UNA MUJER es un hombre. Y mientras ellos quieran tú te aguantas y cuando ellos no quieran tú te aguantas también. Porque tú has venido al mundo a servirles a ellos, a escucharles a ellos, a aguantarlos a ellos. Les conozcas de algo o no.
Esto sirve para los que te dicen burradas por la calle, los que te mandan fotos de sus pollas por mensaje privado de Instagram, los que se meten en una conversación tuya y la convierten en una TEDtalk Cuñada, los que empiezan a salir contigo y un día te dejan de llamar y cuando les preguntas si están vivos te tachan de histérica pesada o los que no aceptan que les has dejado aunque hayas quedado ya siete veces para explicarles tus motivos así que te fríen a mensajes de guasap y llamadas a horas intempestivas para recordarte cuán importante eres en su vida.
A mi me parece complicado que un señor incapaz de asumir el derecho de una mujer a no querer seguir hablando vaya a ser capaz de entender que esa misma mujer quiera parar cualquier práctica sexual en cualquier momento. Algunas veces esta señal de alarma me ha servido para salir corriendo y ahorrarme una violación de esas que casi ninguna mujer denuncia porque todas sabemos que, en plena Europa, a punto de acabar 2018, no se consideran violaciones porque tú en 1998 dijiste que te ponía muchísimo cómo besaba y lo subiste a tu casa y eso le da derecho a hacer contigo lo que le da la gana. Eso y que no dejas de ser una tía. Por enésima vez, a qué te crees tú que has venido al mundo, zorra?
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