Vestía aquella señora en casa unos diablos de batas de finísima tela que se pegaba al cuerpo de diosa de la enemiga como la hiedra al olmo; se sentaba en el sofá, y en la silla larga, y en el confidente (todo ello blando, turgente y lleno de provocaciones), con tales posturas, doblándose de un modo y enseñando unas puntas de pie, unos comienzos de secretos de alabastro y unas líneas curvas que mareaban, con tal arte y hechicería, que el mísero Zurita no podía pensar en otra cosa, y estuvo una semana entera apartado de su investigación de la Unidad del Ser en la conciencia, por no creerse digno de que ideas y comuniones tan altas entrasen en su pobre morada.
ientras sus amos y todos los demás servidores salían por la vetusta portalada tupida de
hiedra, que ya encubría el blasón de los Valdelor, Carmelo, el mayordomo viejo, experimentaba el mismo recelo de costumbre, siempre que le dejaban así, guardando el pazo, solo, como se deja en un corral a un mastín desdentado y caduco.
Emilia Pardo Bazán
Unos cuantos de sus amigos y la flautista le cogieron bajo los brazos y le llevaron hasta la puerta de nuestra sala. Alcibíades se detuvo; llevaba una guirnalda de violetas y hiedra con numerosas cintas.
¡Afuera toda tristeza, y el ensimismamiento malvado; de ir mascando la mala hiedra, por todo lo no alcanzado¡ Que es mejor mirar la vida, con el cristal esperanzado; que bien logran proyectar, los tambores a su paso.
La demora tarda de vuestra mente se aparte; juntas id, seguidme a la frigia casa de Cibebe, a los frigios bosques de la diosa, 20 donde de los címbalos suena la voz, donde los tímpanos rugen, donde el flautista frigio canta grave con su curvo cálamo, donde sus cabezas las Ménades con fuerza sacuden, de hiedra ornadas, donde los sacrificios santos con agudos alaridos hacen, donde acostumbraba a revolotear aquella de la diosa errante cohorte, 25 adonde a nosotras honra apresurarnos con agitados tripudios.” Una vez que esto a sus acompañantes Atis cantó, bastarda mujer, el tiaso de repente en sus lenguas trepidantes aúlla, el leve tímpano remuge, los cavos címbalos resuenan.
Todos habían visto flotar el negro penacho de su cimera en los combates que un tiempo trabaran contra su señor; todos lo habían visto agitarse al soplo de la brisa del crepúsculo, a par de la
hiedra del calcinado pilar en que quedaron colgadas a la muerte de su dueño.
Gustavo Adolfo Bécquer
En el atrio, que dibujaban algunos pedruscos diseminados por el suelo, crecían zarzales y hierbas parásitas, entre las que yacían, medio ocultas, ya el destrozado capitel de una columna, ya un sillar groseramente esculpido con hojas entrelazadas, endriagos horribles o grotescas o informes figuras humanas. Del templo sólo quedaban en pie los muros laterales y algunos arcos rotos ya y cubiertos de
hiedra.
Gustavo Adolfo Bécquer
Camina por la glorieta luciendo su traje de glisé en espera de algún gladiador que la acompañe a tomar el té y los dos hagan glu-glu-glú. Un drama frenético Bajo un alto cedro sentado en la piedra dibujo este cuadro pintando una hiedra.
Por la puerta de hierro se veía una espaciosa plazoleta con una bella fuente en el centro, las estatuas a los lados de las cuatro estaciones, árboles seculares por cuyos troncos trepaba verde hiedra y una infinidad de flores de puros matices, admirablemente combinados, entre las que descollaba un hermoso rosal cuajado de capullos y con una sola rosa completamente abierta.
-No me he propuesto cortarlo. -¿Pues qué haces? -Destruir la hiedra que comienza a enroscarse en el tronco. -¿Qué daño causa? -La misma pregunta se hacen los niños cuando sus padres les castigan, contestó el leñador, sin tener en cuenta que el daño lo causan a los demás y a sí mismos.
25 Por lo cual, vamos, aquí tu entrada haz y sigue abandonando las aonias grutas de la tespia roca, por sobre las cuales la ninfa irriga, refrescándolos, Aganipe, 30 y a su casa a la dueña llama, de su esposo nuevo deseosa, su mente con el amor atando, como la tenaz hiedra aquí y allá su árbol estrecha, errante.
Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se manifestó delante de mí. »En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hiedra y juncos.