El halo de espíritu que sobrerrodea el halo de agua de colores; la batalla de su seno, menos fragosa que la humana; el oleaje simultáneo de todo lo vivo, que va a parar, empujado por lo que no se ve, encabritándose y revolviéndose, allá en lo que no se sabe; la ley de la existencia, lógica en fuerza de ser incomprensible, que devasta sin acuerdo aparente mártires y villanos, y sorbe de un hálito, como ogro famélico...
--Prueba yo misma soy de lo que cuento y todas cuantas son aquí conmigo: ni a mí ni a ellas nos da el Ogro tormento, a menos que escapemos de este abrigo.
Maese Zapirón llegó por último a un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que se haya visto, pues todas las tierras por donde el rey había pasado dependían del castillo.
El gato, que había procurado informarse de quién era el ogro y lo que sabía hacer, pidió hablarle, diciendo que no había querido pasar tan cerca del castillo sin haber tenido el honor de ofrecerle sus respetos.
¡Cómo me habían hecho reír con sus expresiones que parecían trabalenguas y que hablaban de cosas tan sorprendentes como la gruesa suegra del ogro, los amores platónicos o de la derrota de don Blasfe.
Parió aquella bohemia de blanco y sedoso pelaje, y, obligada a fijar domicilio para tranquilidad de su prole, escogió el patio del
ogro, burlándose, tal vez, del terrible personaje.
Vicente Blasco Ibáñez
Así hace Norandino; y a la boca de la caverna con paciencia espera a entrar junto a las reses en la roca; hasta que al fin, cuando el tramonto era, oye que el Ogro la zampoña toca invitando a dejar ya la pradera y a regresar a la común majada a toda aquella pastoril manada.
Juzgad si el corazón pudo estar quedo cuando escuchó que el Ogro regresaba, cuando aquel rostro criminal y acedo vio cerca ya de la enriscada cava; pero más pudo la piedad que el miedo, juzgad si ardía o si fingiendo amaba.
Corderos muertos cuelga el Ogro en casa, cabras y ovejas, jóvenes y viejos, con los que nutre a su mesnada lasa y adorna todo el techo de pellejos.
El ogro negro y su gruesa suegra Si don Tigre de Bengala no se hubiera marchado tan pronto y su entusiasmo lo hubiera detenido un poco, hubiera visto como el ogro de mugre negro salía de una gruta gris.
¿Dónde habéis venido? ¿Sabéis que esta es la casa de un Ogro que se come a los niños? Al oír estas palabras, Meñiquín, que lo mismo que sus hermanos se puso a temblar como hoja de árbol, exclamó: -¡Dios mío!
La mujer del Ogro creyó que podría ocultarles a su esposo hasta la mañana siguiente, y les permitió entrar, llevándoles para que se calentaran a una buena lumbre en la que se estaba asando un carnero para la cena del Ogro.