Ejemplos ?
Huele á rancio eso de estai- siem- pre á vueltas y tornas con los labios de coral, y los ojos de gacela, y el cabello de ébano, y la frente de plaza de toros.
Además, era un noble de veras, con esa nobleza secular cuyo rancio tufillo inspira cierta gravedad ceremoniosa a muchos ciudadanos cuyos abuelos hicieron la Revolución.
¿Usted cree que las almas están sujetas a leyes fisiológicas? -me preguntó el médico rancio y anticuado, de quien se burlaban sus jóvenes colegas-.
Por lo mismo que yo pequé, no quiero que otros pe- quen pintando mujeres, como dijo un poeta rancio, con barba esdrújula, boca seguidilla, nariz romance, cara redondilla, pecho hermoso en plural, ojos sonetos, y, en fin, un todo de los más perfetos.
unque no está el alcocer para zamponas ni la madena para hacer cucharas, pues todas las potencias de mi alma se hallan absor.idas por la descifración y comentario de rancio manuscrito, de carácter histórico y literario, no debo, á fuer de cortés, dejar sin respuesta, siquiera sea ella rapidísima, la fina esquela que usted me dirige en El País del sábado úl- timo.
Él agachaba la cabeza, como persona a quien consumen melancolías y cuidados: ella movía los labios secos, como si rezase, y la viveza de la claridad que la alumbraba descubría los surcos de su tez y el afilamiento de sus delicadas facciones, que parecían labradas en marfil rancio, muy antiguo.
Y cuando el doctor se inclinaba sobre el accidentado, para reconocerle y disponer, yo me froté los ojos, no pudiendo creer lo que veía. El médico era un viejo caduco, rasurado, temblón, de fríos ojos azules y de manos de marfil rancio, casi esqueletadas.
He salido de mi tarea con unas cuantas percepciones nuevas de la belleza y guarda mi espíritu algo como el perfume y el alma del ideal que animaba a los nobles artistas que ilustraron la cofradía; como un suave olor rancio de incienso, producido por la ingenua piedad suavísima de los pintores precentistas, y como un deslumbramiento causado por el colorido de ciertas telas inmortales.
Como ya hemos hecho observar, en este pueblo español rancio, cristiano viejo, tan alegre y pacíficamente alumbrado por las luces de sus altares y por las del sol, no habían penetrado las del siglo.
Porque ya se pide a un orador también la elocuencia poética, no manchada con lo rancio de Atio o Pacuvio, sino sacada del divino tesoro de Horacio, Virgilio y Lucano.
Antes de salir de su casa buscó por toda ella lo que había de llevar, pero no encontró más que un queso rancio que se metió en el bolsillo.
En los tiempos de la capa y la espada los líos amorosos se desataban á cintarazos. Los Libertadores supieron, hasta en eso, romper con el rancio pasado, y jugaban la posesión de la dama á cara ó sello.