Ejemplos ?
¡Si se creerá usté que yo ya no me sé de memoria que si mi Paco no viée más que de higos a brevas es porque alguna mala mujer me lo está engriyendo! ¡Si se creerá usté que yo estoy tonta porque sufro y callo y no digo esta boca es mía!
-Pos ni ella, ni tú, tenéis razón; porque yo no tengo la culpa de que esa criatura esté tonta de remate, ¡y «como no lo saque al campo y le dé la muerte amarga», yo no sé lo que voy a jacer pa que me deje tranquila!
Su rostro varonil y su arrogante presencia me conmovían profundamente y yo, como una tonta, le demostraba inconscientemente mi debilidad, mis dormidos deseos de sexo, de un sexo diferente al cotidiano de esposa santa...
-Y qué con eso... —Aunque sea una fatua y tonta, si le regalamos algo por ser hoy su cumpleaños, tal vez nos favorezca con un ascenso.
-No, gracias. Con él no me importa pasar miserias. -¡Tonta! Yo te presento con algunos excelentes partidos... Tienen la pura papeliza.
¿Antes de casarse -Ladra la otra, hecha la sorprendida y como gozosa. - Sí, la muy tonta se dejó engañar y después ya la andaba abandonando, así nada más.
¡Qué gente tan torpe! i No sé cómo nuestro señor no se apiada de esta chusma tonta y les da un poco más de inteligencia! No se enoje Sor Serenidad.
Pero lo más risible han de ser los donjuanes sobrepasados de años que van tras la conquista de una bella y candorosa joven, bueno, no tanto ni tonta, porque, calculando bien el momento de la muerte de su rico viejo inútil, heredarán lo poco o lo mucho que su amante tenga...
Salió la monja del coro; don Gil con su pierna coja, salió acabada la misa, y don Juan, el alma loca de gozo, atisbó la reja citada, y buena juzgóla para el caso, en sí diciendo: «¿La niña, ¡eh!, si será tonta?» La media noche era dada, y aún tocaban a maitines los esquilones agudos con discordante repique, cuando don Juan de Alarcón, dichoso en amor y en lides, tomaba punto en la calle, despreciando la molicie de la cama, y sin cuidar de que en el vulgo le tilde la ronda, si se descubre o hay lance que le complique.
-rieron los ecos. -¿Que me case con vos, que tenéis cien años? Estáis loca, y tonta también. -Bien, bien -dijeron los ecos. -Lo que quiero -prosiguió el caballero- es registrar el castillo, e irme después que haga ese examen.
Y Clotilde, pensando en aquello, perdía poco a poco el apetito y el sosiego y tenía siempre llena la cabeza de celosas cavilosidades que el señor Cristóbal parecía querer aventar muchas veces, diciendo: -¡No seas asín, mujer, no seas tonta, que estás tonta der to!
Una explosión de risas acogió el inesperado arranque de aquél, el cual, sin entretenerse en disfrutar el éxito de su galante humorada, salió calle arriba, sordo a la voz de Dolores, que le gritaba: -¡Pero, hijo mío, que aluego no voy a tener yo con qué pagarle el mandao! -Déjalo, tonta, eso te jallas -díjole la Tripicallera con acento irónico.