Entre papeles guardados - desde años atrás- los borradores de la novela “El amuleto de Efraím también tenía su talón de Aquiles”, y casi la condeno al olvido, pero leyendo ensayos de la novela en Colombia sobre personajes legendarios violentos, me vinieron a la memoria aquellos primeros esbozos escritos con intención de novela sobre la mítica figura de Efraím Araque, que había dejado durmiendo en viejos baúles, pues quizás sentía que, no le encontraba el tono que quería, para contarla; sabía que desde la estructura y su carpintería, y de lo legendario del personaje, a pesar de la criminalidad de Efraím Araque que constituye la figura nuclear de este ejercicio novelístico, no podía partir en su estantería y alma, en la misma disposición de ingeniería literaria como encaré a Nazareno Córdoba el personaje liminar de mi primera novela, “La saga del último de los duros”.
Las novelas como los vinos y los buenos rones, también se maduran, y ahora cuando volví sobre los papeles olvidados de Efraím Araque, que se erigió en su mítica como el sanguinario León María Lozano de “Cóndores no entierran todos los días”, y el Efraín González, “siete colores”, de la cuentística de Jairo Aníbal Niño, sentí observando el contexto de la vida de Efraím Araque en Piedecuesta que, lo legendario y popular que rodeó su vida criminal , eran los elementos que motivaban la escritura de su novela.
Por eso, me aventuré a escribirla desde diversas voces, con fuentes y recursos del testimonio, la crónica, la historia, y el hilo de la ficción, pues antes que una biografía es una novela que zurció estos elementos narrativos necesarios para su construcción, de manera sutil, para que no se les notara la costura. Ahora queda a manos del lector, y a la espera de su lanzamiento en el grato espacio del café-teatro Kussi Huayra. Aunque ya está en preventa, por lo que agradezco a quienes ya la compraron, impresa a la vieja usansa, con recursos propios por lo que su comercialización está directamente en mis manos .
NOTA BENE: Agradecimientos al artista Miguel Ángel Gélvez, por la obra El Mirón, para la portada, a César Bueno, por la impresión y edición de la novela; y al académico, Juan Remolina Caviedes, por el prólogo.
Transcribimos uno de los capítulos de la novela sobre el legendario, Efraím Araque
Comienza la leyenda
Lo conocí bien pollo. Le llevaba qué sé yo, diez años de demás,
al menos. Él tenía por ahí siete, cuando un día me lo tropecé por
el camino polvoriento que del barrio Hoyo Chiquito iba a
juntarse con la que llamaban la Y (había allí una casa vieja
donde hacían tapetes de fique y alpargatas) y con la carretera
nacional que, cogía por el norte hacía Bucaramanga. Venía
hecho un desastre, con la cara sucia, la nariz sangrando, un ojo
amoratado, los pantalones y la camisa rotos, y las manos
raspadas como si lo hubieran arrastrado por el pavimento.
Era la tarde de un sábado, iba a buscar agua a la quebrada
Suratoque, pues Acuasur, había suspendido el servicio, para
darle mantenimiento a los tanques del acueducto, cuando me lo
encontré por primera vez. No lo niego, me dio lástima, verlo así,
como el pollo chiras del cuento. No tuve que preguntarle nada,
cuando se toparon nuestras miradas, y él mismo me lo dijo, me
agarré a puños con el viejo de los tapates, me trató de ladrón. Yo
que voy a robarle esos tapetes tan feos, y vi en sus ojos esa
rabia que a uno lo helaba; y dijo luego, le dejé las canillas rotas
de las patadas que le di, a ese viejo hijueputa. Y siguió su
camino tan campante, como si nada le hubiera pasado, y su
nariz no fuera esa llave rota que, trataba de taponar con las
hilachas de su camisa.
Al otro día vi al viejo de los tapetes. Venía cojeando hacia Hoyo Chiquito. Cuando lo tuve cerca, le observé los arañazos en la
cara, y me acordé de su nombre: Justo. Le pregunté qué le
había pasado, un culicagado que llaman Efraím, un raterito
mala clase, trató de robarme unos tapetes, y nos encendimos
a puño, pero qué gallito. Un demonio, el culicagado, si viera
sus ojos de carbones de odio. Entonces pensé que, esa era la
mejor descripción de los ojos de Efraím, y me dije, que ese
pelao debía tener el demonio adentro, porque miraba con esos
ojos de Rhoda, la niña perversa de la película, La mala semilla
del director Mervyn Leroy, que vimos con mi papá la vez que
me llevó a conocer bien de niño, el teatro Unión de
Bucaramanga.
Después supe por ahí, que Efraím era hijo de una tal Etelvinia,
vivía en Villanueva, y era la misma que años después instalara
su fabriquín de costales de fique, en la mejor casa de Hoyo
Chiquito; había progresado al parecer tanto, que ella,
contrataba directamente con Hilanderías del Fonce, la cosida
de los costales de fique. Pero, Efraím parecía no sentirse bien
en las faldas de Etelvinia, y prefería la calle, era un pelao
díscolo, a quien esa amistad con los Arce, nunca le convino.
Eran mayores que él, rateros de profesión, formados por su
propio padre para la delincuencia, un policía expulsado de la
institución por mala conducta: le gustaba nada más ni nada
menos que, quedarse con las armas de fuego, decomisadas a
quienes no portaban su salvoconducto, y luego las vendía a
criminales y delincuentes, altamente peligrosos, sin
sonrojarse siquiera.