Estos corazones aguerridos y forajidos, van exhaustos de la guerra sin fin, afilan sus armas para continuar la batalla de sus mártires, para honrar su humana existencia que grita inerme frente a los rostros impávidos de la muerte indolente. Reúnen todo su coraje para golpear a fuerza de latido una realidad fabricada para alimentar la apatía de algunos con la desgracia de otros, la áspera esperanza los mantiene aun en pie bajo el peso inmenso del cielo.
Cargamos con sensibilidades que se niegan a sentir, que se esconden junto a los gatos ferales que recorren los techos de estas casas bajas buscando pelea o algo que comer. Portamos sobre los hombros los amarrados deseos de explotar con recelo junto al show de fuegos artificiales montado por alguna banda de traficantes para anunciar la llegada de la droga o para despedir a uno de los suyos, buscamos disipar esta espesura entre los gritos constantes de las caseras en la feria, ocultar nuestros avisperos entre los baches rellenados a medias de las calles centrales en las que se juntaron los charcos donde se remojó la tristeza de este invierno.
Por su parte, los cuerpos tumbados entre matorrales espinoso no dejan de sangrar, tiemblan, persisten en el intenso dolor y el placer colmado de agua corriendo, viento sacudiendo sus pasos, recuerdos recurrentes calando tan hondo. Percuten hasta el fondo que aguarda, que clama arrebatar vida de la luz que abunda en la superficie.
En la memoria de cada una de las cosas que hemos recolectado y abandonado sobre nuestros altares, y en un recóndito rincón de nuestras casas endebles como nuestras piernas y huesos, aguardan abismos sin fondo llenos de criaturas musgosas, brotes que crecen sobre tierras quemadas, raíces que rompen las aceras, maleza necia que vuelve a crecer tras ser arrancada, borbotones de humedad que alimentan el verdor, esporas multiplicándose suspendidas en el aire.
Nos preguntamos cuánto estremecimiento podría doblegar nuestras rodillas entre el ruido de explosivos y los volcanes estallando a la par, y hasta dónde podríamos abalanzarnos para salvar algo de todo lo que nos han negado. Nos miramos con complicidad, reconocemos que quizás no haya nada que valga la pena salvar, al fin y al cabo, nadie lavará nuestros pies cuando el ruido ensordecedor de las trompetas anuncie el fin y el comienzo.
Nuestras voces murmuran, hablan de lo que podría ser: ¿qué pasaría si esta vez nos encontráramos en los refugios que deja esta noche interminable entre el fuego que quema vestigios, sombras y ruinas?
Albergamos, apretando los brazos y los dientes fuertemente, el último ápice de esa áspera esperanza a la que juramos lealtad. Jamás volveremos a ser el sueño de otros, ni volverán a cargar en nuestro torso el peso colosal del mundo. Fulguraremos con intensidad inmensa entre la más espesa oscuridad, cortaremos en el filo de nuestro mandoble la densa niebla que desciende sobre nuestros torsos desde el cielo alborotado de nubes negras.
Allí con el rostro embalsamado de temor y de la mano del espanto que riega en su rocío rojo la fuerza frenética del mundo de palabras y gestos, balas y fuerza, nos encontraremos una y otra vez de frente a la posibilidad de amarnos como salvación posible, cuidar y cultivar el alimento del Alma siendo Uno, venerar el alba fondeado tras la montaña de escombros, danzar en el espíritu reverberante de todas las cosas y atravesar el olvido agrietando los gruesos muros que han puesto entre sí las pasiones errantes, las banderas, los himnos y los emblemas, tejeremos los afectos como el chal que nos dará cobijo y abrigo en el frío inacabable.
Erguiremos el paso entre el pantanal y seguiremos en compañía aun estando tan solos allí dentro.
Finalmente, el silencio nos envolverá para templarnos.