I
Días de ajetreo y amistad, de descubrimientos y reencuentros; de viejos y de nuevos amigos... incluso de algún amigo a punto de estrenar. Mientras tanto en España llueve. Fui a Alicante y llovía; llegué a Sevilla y estaba lloviendo; la dejé y seguía lloviendo. Pasé por Zaragoza, y no paraba de llover. ¡Pero qué espectáculo cruzar Sierra Morena en esta incipiente primavera. Se notaba la tierra empapada de agua, que dejaba la que le sobraba de reserva en la superficie, formando numerosos pequeños lagos. Esta primavera será espectacular.
II
El miércoles 2 me publicaron este artículo en la "tercera" de ABC, y yo, obviamente, tan contento.
III
Pasé por Zaragoza a hablar de «El extraño caso de las rodillas impolutas de los niños» y me explayé defendiendo la necesidad que tienen los niños de juego libre y arriesgado.
IV
Esta mañana, médicos. Y estando en la sala de espera me ha llegado una invitación para participar como jurado en una especie de festival cinematográfico en torno a las emociones.
V
Esto le he escrito a la persona (por otra parte gran profesional y buen amigo) que me ha invitado:
«Estoy harto de los discursos sobre salud mental y emocional. Los considero el mal del que se creen cura. Estoy totalmente en contra de la psicologización emotivista de la infancia. El mundo se ha llenado de terapeutas, mistagogos, coaches, sanadores, vendedores de crecimiento personal, psicólogos positivos, abraza-árboles y afines. Hemos entrado de lleno en la cultura del sentimiento del propio sentimiento, es decir, del narcisismo herido. Nadie se evalúa por sus acciones, sino por las emociones que siente cuando actúa en el teatro de su autoestima. Freud resumía esta nueva situación con la historia de un joven que habiendo matado a su padre y a su madre, se dirigió al juez cuando éste se retiraba para dictar sentencia, con estas palabras: «Señor juez, no olvide que soy un pobre huérfano».
Estoy harto del uso y abuso del término «emocional» y del consiguiente estímulo de la incontinencia emocional. En nombre de la salud mental y emocional estamos huyendo constante de todo lo que nos resulta ingrato. Estamos sometiendo a la infancia a una “narrativa” de enfermedades y malestares que acaba haciendo atractivo el propio malestar. Si no estás frustrado por algo, no eres nadie. Ya no hay niños traviesos. Todo comportamiento infantil ha sido traducido al lenguaje terapéutico, corriendo los riesgos inherentes a las profecías autocumplidas. La expansión del diagnóstico clínico nos está invitando a sentirnos mal, hasta el punto de que sentirse mal se ha convertido en un ingrediente imprescindible de la identidad de muchas personas.
Volviendo a Freud, deberíamos recordar lo que consideraba prudente esperar del psicoanálisis: la transformación de un miserable neurótico en un infeliz banal.
Yo aspiro a que mis iguales, los infelices banales, nos reconciliemos con los malestares inherentes al hecho de estar vivos y a que amemos cada vez más nuestras heridas triviales. Nosotros, los mediocres, debemos amar nuestras mediocridad y no permitir que nadie nos la cure.