De Memorias Desmemorias y Antimemorias Trigo A.

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Trigo
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de Letras N49: 17-28, 2011

De memorias, desmemoriasissn
y antimemorias
0716-0798

De memorias, desmemorias y antimemorias


On Memories, Unmemories and Anti-memories
Abril Trigo
The Ohio State University
trigo.1@osu.edu
Este ensayo investiga el papel que juegan las distintas memorias en la constitucin de
la identidad, que surge en la identificacin del individuo, interpelado como sujeto, a un
imaginario social. La sujecin al orden simblico es solo explicable como parte de una
economa libidinal: es el placer de responder al llamado del orden y de sentirse parte
de l lo que legitima la autoridad del imaginario social. Este dispositivo se sustenta
en la memoria histrica, montaje pedaggico manufacturado por equipos letrados para
legitimar los orgenes, generalmente espurios, del estado nacional. Cuando, bajo la
traumtica experiencia del neofascismo, la globalizacin o la dispora transnacional
el imaginario social y la memoria histrica entran en crisis, renacen viejas memorias
culturales y se propagan nuevas antimemorias, determinando un nuevo escenario en
la lucha por la memoria.

Palabras claves: Identidad, imaginario social, memoria histrica.
This essay analyzes the role played by different memories in the constitution of identity,
which arises through the identification of the individual, interpellated as a subject, to
the social imaginary. The submission to the symbolic order is only understandable as
part of a libidinal economy: its only the jouissance obtained by the subject through
this identification what ultimately legitimizes the authority of the social imaginary. This
mechanism is sustained by historical memory, a pedagogical assemblage manufactured by lettered intellectuals to legitimize the characteristically spurious origins of the
nation-state. When, under the trauma of neofascism, globalization or transnational
diaspora, both the social imaginary and the historical memory come into crisis, old
cultural memories are reactivated and new anti-memories burgeon, signaling a new
scenario in the struggle for memory.

Keywords: Identity, social imaginary, historic memory.

Recibido: 30 de mayo de 2011


Aprobado: 29 de agosto de 2011

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La identidad es una paradoja. Aun cuando individual, se realiza solamente en lo social, en la interrelacin subjetiva, mediada por el lenguaje
y la cotidianidad, entre el individuo y el grupo, lo que implica que es un
artificio discursivo de efecto retroactivo. Viscoso enmadejamiento de libido
y poltica, este sentimiento de estar aparte de los otros y ser parte de los
otros es el incierto desenlace de un proceso que comienza cuando el nio
elabora su imagen de s mismo en lo que podra ser el primer acto de
socializacin. La psicologa, desde Freud en adelante, ha distinguido dos
instancias, sucesivas y complementarias, en la formacin de la identidad:
la identificacin constitutiva, tambin llamada proyectiva o primitiva, y la
identificacin constituida, o introyectiva, ya madura. La identificacin constitutiva, en la cual los objetos an no se diferencian del sujeto, corresponde
a la simbiosis masiva del infante con la imagen materna que deseara ser:
constituye el yo ideal del Imaginario lacaniano. La identificacin constituida, por su parte, corresponde a la identificacin del individuo con el punto
de vista desde el cual se siente observado pero que adopta como propio:
constituye el ideal del yo de lo Simblico lacaniano. Es entonces cuando
la imagen del yo rebota en un punto simblico puramente virtual, que coincide no con lo que el individuo ve, ni con la manera en que los otros lo
ven, sino con la manera en que el individuo se ve en la mirada del Otro.
De este modo la identidad, que carece de existencia real, resulta de una
operacin psicosocial, una imagen que el individuo proyecta en un punto
virtual y recibe de vuelta convertida en realidad: es el tejido simblico por
el cual accedemos a lo real.
Teniendo en cuenta esta sobredeterminacin psicosocial, Len y Rebeca
Grinberg proponen un modelo terico segn el cual la identidad se forja
en una intrincada trabazn de vnculos espaciales, temporales y sociales.
Mientras la integracin espacial comprende la relacin de las distintas partes
del cuerpo con el sentimiento de individualidad, y la integracin temporal une
las distintas representaciones del yo en el tiempo, otorgndole continuidad
y sentimiento de mismidad, la integracin social hace posible el sentimiento
de pertenencia. Esta triple integracin registra la recproca sobredeterminacin entre sujeto y sociedad, pero tambin la conformacin dialctica de
la identidad entre permanencia y cambio, rigidez y plasticidad, estabilidad
y transitoriedad, mismidad y alteridad. Porque si la identidad permite permanecer el mismo a travs de los avatares de la vida, esa permanencia es
slo posible en la asimilacin de los cambios y la incorporacin del diferir.
El sujeto, inmerso en lo social, est sometido a un campo de fuerzas centrfugas y de resistencias centrpetas que lo hacen girar, y mientras gira, va
desplegando su identidad.

Sujeto, Estado e imaginario social


El carcter tautolgico de la identidad es captado con candor en la repuesta
telefnica: soy yo. Ya Heidegger observaba cmo la frmula identitaria por
excelencia (A es A) produce y escamotea la repeticin de lo mismo (A = A).
Claro, la tautologa se viene al suelo al ponerla al trasluz de la materialidad
histrico-social, lo cual comprueba, segn Benjamin, que esta concepcin
de la identidad, ncleo duro del pensamiento occidental, es simplemente
un truismo.

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De acuerdo a iek, esta idea de la identidad como la identidad-de-lomismo revela la coincidencia del yo con el lugar vaco de su significacin, lo
que explica que siempre recurramos a la nocin de identidad cada vez que el
objeto no puede ser nombrado. iek proporciona el estupendo ejemplo la
Ley es la ley. Buen ejemplo de ideologa en estado puro, claro, pero tambin
de cmo la economa tautolgica de la identidad revela que esta, en ltima
instancia, carece de sustancia, es puro valor de cambio escamoteado como
valor de uso. Siguiendo la misma lgica del capital y la mercanca, el valor
de la identidad es una pura relacin de intercambio, un signo vaco cuyo
significado depende de las contingencias del mercado de capital simblico.
La clave de esta paradoja podra encontrarse en el proceso de identificacin mismo, cuya especularidad se hace inteligible si recurrimos al concepto
de interpelacin de Althusser, que cumple una doble funcin: reproducir la
hegemona ideolgica y transformar al individuo interpelado en sujeto, un
sujeto subalterno y heternomo que se identifica con la formacin discursiva que al de-nominarlo lo constituye como tal. En esencia, la interpelacin
althusseriana designa un proceso de reconocimiento ideolgico basado en
el desconocimiento de que se trata de un acto: para sentirse interpelado
y devenir sujeto, el individuo debe sentirse elegido por el llamado de
la ideologa, sin advertir que en realidad es l mismo quien instaura, en el
acto de identificacin, la primaca de la ideologa en forma retroactiva. Todo
con el indeliberado, inconsciente propsito de ocultar la pavorosa verdad
de que su identidad es apenas un gesto, el acto arbitrario y contingente de
la identificacin. Es el mismo sujeto quien autoriza, al comportarse como
sbdito, la autoridad del imaginario social. Sujecin deseada, por supuesto,
porque el sentimiento de pertenencia produce placer y el sujeto slo es en
plenitud en y por el placer, la jouissance donde encuentra su siempre imposible Dasein. Alusiva y elusiva, la jouissance constituye, de este modo, la
sustancia de toda ideologa, que no es, en ltima instancia, sino una perversa
fuente de placer.
Este es el campo de lucha del imaginario social, que no suministra una
imagen de la realidad, sino la realidad misma. Repositorio de imaginemas
significantes vacos y flotantes que suturan al individuo a la institucionalidad social el imaginario social, as como su contraparte, la imaginacin
radical, no es una creacin indeterminada y ex-nihilo, sino una fabricacin
retroactiva que se vive como si fuera ms real que lo real, aunque esto no
se sepa y precisamente porque no se lo sabe. Ni estrictamente simblico
aun cuando requiere de lo simblico para materializarse ni exiguamente
real, y menos an racional, el imaginario social dispone las redes simblicas
que confieren sentido a cada formacin cultural. Interpelado como sujeto, el
individuo va identificndose con el imaginario social, cuya funcin primordial
es moldearlo y adaptarlo a un nosotros colectivo y vaco. Interpelacin que
no puede operar exclusivamente en el plano simblico, ya que tiene que
estimular un ms oscuro mecanismo libidinal para generar el placer que liga
a los individuos en torno a una fantasa colectiva.
En esto consiste la identidad nacional, que como cualquier otra forma de
la identidad es una estructura relacional que marca la diferencia con lo otro,
lo forneo, lo ajeno, y coincide con el acto de su enunciacin, pues no es en

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el nombre, sino en el acto de la nominacin que debe ser necesariamente


olvidado donde reside la identidad nacional. Necesariamente olvidable,
por supuesto, porque los cimientos del Estado-nacin, como los de la Ley,
descansan en la amnesia intencional de un acto de violencia y usurpacin
originario. De un acto de barbarie. Y he ah la paradoja de toda identidad,
pues si la comunidad se identifica con sus tradiciones inventndolas en forma
retroactiva, y si de preservarse se trata, ha de borrar en el mismo gesto toda
huella del acto de invencin.

La memoria histrica y las memorias culturales


Concentrmonos en la memoria construida por agentes sociales concretos
bajo circunstancias histricas concretas, que por lo mismo ha de ser entendida como un campo cognitivo, intersubjetivamente construido, socialmente
instituido y emocionalmente encarnado, de lucha social, poltica y cultural.
Sera til distinguir la clsica distincin de Halbwachs entre la memoria social
o colectiva, una trama oral y cotidiana producida por y productora de una
comunidad, cuya sustancia son las tradiciones, y la memoria histrica, de
hecho un oxmoron, puesto que la historia no comenzara hasta el momento
que la tradicin termina y la memoria colectiva comienza a descomponerse. La
transicin de la memoria colectiva a la memoria histrica debera registrar, de
acuerdo a Toennies, el pasaje de la vida comunitaria tradicional (Gemeinschaft)
a la sociedad contractual moderna (Gessellschaft). Richard Terdiman est
en lo cierto al sealar que la dicotoma Gemeinschaft y Gessellschaft capta
incomparablemente la crisis de la memoria en la poca moderna.
La crisis de la memoria premoderna, entonces, se habra resuelto con la
invencin de una memoria instrumental, histrica y literaria, erigida sobre
las ruinas de la memoria colectiva y con el explcito propsito de borrar sus
trazas, vaciar la historia de la Jetztzeit, la presencia del ahora, y sustituirla
por una temporalidad acumulativa, homognea y vaca cuyo corolario vendra
a ser el Estado-nacin moderno. Con el desarrollo del capitalismo industrial
y la sociedad de consumo se ira superponiendo a esa memoria histrica y
literaria, manufacturada por equipos letrados, una nueva memoria instrumental, meditica, consumista y pop que guarda relacin con lo que Renato
Ortiz ha llamado memoria internacional popular.
La memoria histrica es un montaje literario y pedaggico que se apoya
en la moderna disciplina de la Historia para llevar a cabo el ms brutal disciplinamiento de las siempre plurales memorias culturales, y con el fin de
reconstruir orgenes, oblitera su gnesis y las deshistoriza. De modo similar,
la memoria pop global que hoy da todo devora, es una mquina deseante,
mercantil y meditica, de reproduccin simblica y material del consumo social.
Indudablemente, tanto la memoria histrica como la memoria pop global
son necesariamente, ambas, producto de la cultura, como toda memoria. La
diferencia consiste en que cobran materialidad bajo diversos regmenes de
produccin, circulacin y consumo. Mientras la memoria histrica es reproducida por los aparatos ideolgicos del Estado y promueve, en consecuencia,
un imaginario nacional, la memoria pop global es producida y distribuida por
los medios masivos de comunicacin vinculados al gran capital transnacional
y difunden un imaginario global.

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Las memorias culturales, en cambio, se urden en la experiencia vivida y


la vida cotidiana de la gente, como dice Martn Barbero, y a diferencia de la
memoria histrica y la memoria pop global, no son memorias para usar, sino
la sustancia de la que estamos hechos, y ponen en escena la diaria representacin de los residuos, muchas veces reprimidos, de memorias soterradas
cuya irrupcin intermitente e intersticial desestabiliza la homogeneidad
instrumental tanto de la memoria histrica nacional como de la memoria
pop global. La pregunta es cundo y cmo salen a la luz estas memorias
culturales sumergidas? Aqu es donde entra el olvido.
Nietzsche, a quien es imprescindible volver siempre que se discute este
tema, distingue entre el olvido humano, que implica una actividad consciente,
y el olvido animal. Abrumado por un exceso de memoria histrica que obsede
y obnubila su capacidad para actuar, el hombre moderno habra inventado el
tradicionalismo para evitar el permanente olvido de las tradiciones; el animal,
en cambio, rumia su indiferencia en la duracin pura. La distincin importa,
pues de acuerdo a ella la felicidad no se obtendra en el olvido, sino en el
poder olvidar: en el acto voluntario de olvidar, lo que excluye indudablemente
toda forma socialmente inducida de la amnesia.
De los tres modelos historiogrficos que Nietzsche reconoce historia
monumental, historia de anticuario e historia crtica interesa aqu fundamentalmente la primera, porque coincide con la historiografa fundacional
al servicio de los imaginarios nacionales. Es a esta historiografa a la Carlyle
(un pasado heroico, grandes hombres, acontecimientos gloriosos: el capital
simblico de la nacin) a la que apela Renan en su clsico ensayo, destacando la funcin que adquiere en ella el olvido selectivo de acontecimientos
traumticos. Esta amnesia, que para Renan es necesaria con el fin de dar
legitimidad a dicha historia, para Nietzsche constituye un crimen. Si el olvido
voluntario es imprescindible para la vida, para la accin, para la libertad, la
amnesia inherente a toda historia monumental es un olvido compulsivo, una
amnesia de la gnesis, dijera Bourdieu.
El sentido poltico y la funcin social del olvido, entonces, se definen
en relacin a las circunstancias histricas. Si la pedagoga de la memoria
histrica se sustenta en la amnesia de su gnesis, el olvido voluntario pone
en funcionamiento una memoria proactiva que suprime la monumentalidad
de la Historia en la prctica cotidiana de las memorias culturales. Dicho de
otro modo, la amnesia compulsiva es al imaginario social lo que el olvido
voluntario es a la imaginacin radical. Saber olvidar es tambin una forma de
afirmar la vida da a da. A diferencia de la amnesia social, que implementa
la tachadura selectiva y pedaggica de acontecimientos histricos, el olvido
voluntario promueve una historizacin de la historia, poniendo de relieve su
materialidad discursiva y permitiendo as recuperar las huellas de lo diferente en la trama del discurso. Por ello, nos advierte Nietzsche, es importante
saber cundo es tiempo de olvidar y cundo de recordar.
La teraputica del olvido es un componente bsico en el equilibrio psicolgico
del sujeto y una especie de bisagra entre el individuo y la sociedad. Lo que
en el plano social puede ser razonable adquiere en la psiquis individual una
terrible materialidad, como esa carta, hallada por acaso entre papeles viejos,

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o esa foto casi velada, fragmentos de lo Real que parecan enterrados pero
irrumpen de pronto y destrozan la realidad en pedazos; huellas del pasado
que quiz no queremos recordar, que escogemos olvidar simplemente porque
es demasiado doloroso, y que cuando emergen nos obligan a racionalizar su
imposible racionalizacin para poder olvidarlas y seguir adelante. Lo mismo
ocurre en el plano social. La anamnesia exigida por las organizaciones de
derechos humanos y de familiares de desaparecidos demanda tanto el olvido
voluntario como rechaza la amnesia compulsiva impuesta oficialmente: slo
el ritual del duelo har posible el necesario olvido teraputico. El recuerdo
de los desaparecidos nos acosa porque se nos ha bloqueado la posibilidad de
recordarlos, porque no se les ha enterrado como dios manda, y su retorno
indica que el trauma de su desaparicin no ha sido adecuadamente integrado
en la memoria cultural. Su retorno es sntoma de una lcera abierta en el
tejido social y en la memoria cultural. Es la angustia de Antgona frente a
los restos insepultos de Polinices.

El neofascismo y la crisis de la memoria


El propsito fundamental de las dictaduras neofascistas era imponer la
estabilidad social y poltica necesaria para llevar a cabo la modernizacin
neoliberal, aun cuando esgrimieran una retrica ultranacionalista de corte
falangista y se ampararan en la Doctrina de la Seguridad Nacional pergeada
por el Pentgono. Las polticas neoliberales abrieron un proceso de privatizacin y desnacionalizacin an inconcluso, debido a la solidez de muchas
empresas estatales pero tambin a la pervivencia de ciertos ncleos duros
de los imaginarios nacionalistas liberales que entraron en crisis.
Pero el fascismo primero, y el neoliberalismo despus, desataron una crisis
cultural mucho ms profunda que la mera ruptura del orden institucional,
una crisis que aliment la nostalgia por los decrpitos imaginarios nacionales liberales, en los cuales nadie crea ya aunque todos quisieran creer, y la
aoranza por los fracasados contraimaginarios de los 60. Anonadada por una
realidad que no poda explicar con las frmulas de antao y carente de un
proyecto alternativo frente a la nueva derecha, la izquierda vio erosionar
su legitimidad frente al proyecto neoliberal, en tanto protagonizaba una
doble crisis de representacin, en sentido poltico y simblico, que traspuso
la lucha hegemnica, una vez ms, del terreno poltico al cultural. Como
resultado, se desat una triple crisis de hegemona: crisis institucional, del
imaginario social y de agencias culturales que abri las puertas a una suerte
de hegemona negativa del imaginario neoliberal.
En el caso uruguayo, al menos, la debacle del imaginario nacional facilit
la emergencia, en la vida cotidiana, de actores sociales y prcticas culturales
que desterritorializaban la cultura hegemnica, al tiempo que se consolidaba
el modelo neoliberal. En este clima de modernizacin exasperada, el derrumbe
del imaginario nacional propici la proliferacin de voces subalternas hasta
entonces inaudibles y la constitucin de nuevas articulaciones sociales y
culturales, para escndalo de nacionalistas nostlgicos y yuppies criollos. Los
primeros, sobrevivientes de una cultura residual, presenciaban atribulados
la descomposicin de su mundo; de derecha o izquierda, conservadores o
liberales, tradicionalistas o (neo/pos/para) marxistas, se mostraron incapaces

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de ir ms all del caduco imaginario nacional. Los segundos, embriagados


en una subcultura neoliberal, dinmica y feroz, se entregaron con ardor al
consumo de la cultura pop global. En esa coyuntura, fueron primordialmente
sectores juveniles y grupos marginados, amputados del pasado, excluidos del
presente y privados de futuro, quienes comenzaron a recobrar, en un salto
mortal en el olvido, los vestigios de reprimidas memorias culturales.
Si algo hemos de agradecer a las dictaduras neofascistas y las posteriores
restauraciones democrticas, entonces, es haber colocado la cuestin de la
memoria precisamente en el centro de la problemtica social. Con el fin de
instalar el modelo neoliberal, ambos regmenes implementaron polticas del
olvido, reconociendo implcitamente que la memoria es un campo de lucha
poltica, cuyo control es vital para el ejercicio efectivo del poder. Si tanto el
neofascismo como las neodemocracias implementaron polticas del olvido
orientadas a desmovilizar la sociedad, la recuperacin de la memoria se
tornara un objetivo poltico central. Pero, de qu memoria o memorias se
trata?
Si la memoria histrica nacional haba sido forjada sobre el olvido de su
propia historia, de sus propios crmenes, de su propia construccin mitopotica, la poltica de la amnesia impuesta por el neofascismo intent restaurar
la monumentalidad de la memoria histrica, amenazada por entonces por
el revisionismo histrico de izquierda. La memoria histrica neofascista fue
impuesta doctrinariamente, pero tambin apuntalada en el olvido compulsivo
de todo cuestionamiento a la memoria histrica. Esta campaa ideolgica
constituye quizs el acontecimiento ms traumtico en la historia uruguaya
moderna, no por lo que pretenda hacer olvidar, sino por lo que oblig a recordar, en la medida que puso al desnudo, contra todo pronstico, los soterrados
orgenes histricos de la memoria histrica. Pues para silenciar toda crtica
de la misma, el neofascismo se vio obligado a transgredir valores centrales
del imaginario liberal nacional al incurrir en la tortura, la desaparicin, el
exilio. Esta violencia produjo fracturas irreversibles en el imaginario social,
demostrando que el neofascismo y su poltica del terror no era un fenmeno
extrnseco a la cultura uruguaya, sino su lado oscuro, manifestacin de la
barbarie largamente embozada bajo formas civiles, civilizadas, democrticas.
En una palabra, al pretender restaurar coactivamente la menguada monumentalidad de la memoria histrica, el neofascismo expuso hasta la mdula
la historicidad de sus fundamentos imaginarios, es decir, que la nacin no es
ms que una fabricacin narrativa instituida a posteriori sobre la imposicin
de la amnesia de sus crmenes y la borradura de su artificiosidad. Ms tarde,
y ya bajo la democracia restaurada, este proceso se profundizara an ms.
El consenso en la amnesia y la coartada del silencio lastimaran la sociedad
de mala conciencia.
Esta amputacin de las memorias culturales condujo a una desconstruccin
de los mecanismos de produccin identitaria. En forma similar a la disociacin
psicosocial experimentada por exiliados y migrantes, embarcados en una
aventura traumtica y privados del halo protector del imaginario nacional,
los inxiliados tambin se sintieron suspendidos entre un pasado perdido y
un presente alienado, desarraigados y enajenados de una sociedad que no
podan reconocer como propia. Dos veces hurfanos, enfrentaban a diario lo

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siniestro. Algunos, sobre todo los mayores, se refugiaron en la melanclica


evocacin del imaginario nacional; otros, mayormente los jvenes, para quienes
ese imaginario significaba poco, radicalizaron su extraamiento, adoptando
una posicin escptica, nihilista, tomando distancia tanto de la nacionalidad
como de la ideologa neoliberal. Oprimidos por la pedagoga de la memoria
histrica neofascista y destituidos de la memoria cultural, los jvenes inxiliados estuvieron en condiciones de elaborar una antimemoria montada a
contrapelo del sentido comn desde la praxis cotidiana. Una memoria crtica
erigida no sobre el recuerdo de la memoria histrica, ni tampoco sobre el
recuerdo de su amnesia fundacional, sino sobre la actuacin del recuerdo y
la coaccin del olvido. Slo quienes comprendieron que no haba manera de
escapar a las trampas de la memoria estuvieron en condiciones de liberarse
de la instrumentalidad de toda memoria. Desde esa posicin de alteridad
radical, levantaron sus antimemorias contra las polticas de la amnesia y
contra toda mistificacin de la memoria. Forjaron as una memoria negativa,
tangencial, que permiti recordar no lo olvidado, sino el proceso mismo y la
instancia de la amnesia. Una memoria crtica que exigi recordar que toda
memoria tambin es, antes que nada, documento de un olvido.

El imaginario global y la lucha por la memoria


Hoy, bajo la globalizacin, estamos experimentando otra brutal borradura
de memorias, muy particularmente de las memorias histricas nacionales,
que son literalmente arrumbadas en el basurero de la historia, para ser sustituidas a la rpida por la memoria pop global, cuyo propsito es promover
el consumo, principalmente el consumo simblico, que por su misma lgica
se consuma al instante. Subsumido a la lgica de la mercanca, el consumo
de memorias, como la historia misma, va siendo relegado a formas banales
de la nostalgia.
Estamos ante un nuevo rgimen de administracin de la memoria que
revela el pasaje de las polticas de la memoria implementadas por los estados
en la poca moderna a una economa poltica de la memoria, de modo que
las memorias, convertidas en mercancas, resultan reguladas por la lgica
del capital. Todo esto ha acicateado la lucha por la memoria, as como el
resurgimiento de memorias culturales largo tiempo soterradas. Pero esto
ha llevado, asimismo, a diversas reificaciones de la memoria, mistificada a
menudo como reducto incontaminado de lo autntico, alimentando nacionalismos, fundamentalismos y xenofobias de variado pelaje.
La globalizacin constituye un nuevo rgimen de acumulacin de capital,
flexible y combinado, que articula la explotacin del trabajo (sobre todo en
la periferia pero tambin en los centros) con la explotacin del consumo
(sobre todo en los centros pero tambin en las periferias), y la produccin
a escala de bienes materiales con la produccin segmentada de bienes
simblicos. Esta reconversin del rgimen fordista determina un sistema
en el que economa, poltica, sociedad y cultura parecen integrarse en una
totalidad que vuelve inoperante la distincin entre lo material y lo simblico,
base y superestructura, realidad e ideologa, puesto que la ideologa se ha
enquistado a la forma de la mercanca-signo que satura y regula el sistema.
La cultura, ya sea como informacin, knowhow, software, patentes u otras

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formas de propiedad intelectual, pero tambin como memoria, experiencia


y saber colectivo, deviene una de las fuentes principales de capital variable
y un medio decisivo de produccin. Hoy, si el trabajo sigue siendo la fuente
principal de creacin de valor, extrado a escala global en la forma de plusvala,
el consumo, y particularmente el consumo de bienes simblicos, ocupa un
lugar fundamental como fuente indirecta de creacin de valor y como fuente
directa de creacin de jouissance, apropiado como plus-de-jouir.
Y esto me trae al punto que me interesa destacar. Existe cierto consenso
en cuanto a que la globalizacin lleva a cabo un etnocidio mundial, aniquilando culturas subalternas y memorias locales. Esto ocurre, a mi entender,
debido a la mercantilizacin de la subjetividad, el tiempo y la experiencia,
el cuerpo y los afectos, la salud y la felicidad a la lgica de la mercancasigno, proceso slo posible gracias a la incorporacin de pases, pueblos y
culturas a un mercado de trabajo y de consumo global. Y las mercancas no
tienen memoria, o son, en todo caso, portadoras de una memoria ersatz.
Las mercancas ocupan un presente absoluto, aun cuando ofrezcan la satisfaccin de deseos a futuro. En ese sentido, tanto las memorias culturales,
como las nacionales incluso, obstaculizan la libre circulacin de imgenes,
deseos, valores y memorias promovidos por el imaginario global, en cuanto
religan al individuo a una trama simblica y afectiva que hace irrelevante o,
subsidiario al menos, el consumo. El capital precisa individuos absorbidos
por el presente, obsesionados con la satisfaccin inmediata del deseo. El
consumidor ideal carece de pasado.
Engarzada entonces a la cultura pop global, se despliega e instala en
forma progresiva una memoria amnsica hedonista, inmediatista, nihilista
y cnica que arrasa tanto con las memorias culturales como con las memorias histricas, sustituyndolas por un difuso sentimiento de nostalgia
de orden vicario que se manifiesta en las modas retro, el gusto por los
oldies y la disneyficacin de la historia. Afianzada mediante el olvido selectivo de memorias anteriores, como toda memoria, la memoria pop global
instrumentaliza un nuevo orden social cuyo ncleo duro, irreductible, es la
forma abstracta y vaca de la mercanca y el signo. As como la memoria
histrica realiz en su momento el disciplinamiento de las siempre plurales
memorias culturales con el fin de homogeneizar una poblacin heterognea,
la memoria pop global lleva a cabo una mayor y ms profunda supresin
de las memorias locales, regionales y nacionales, y con el fin de horadar la
densidad de la historia borra sus pliegues y sus contradicciones, achatndola en un presente eterno, inmutable, final, donde slo subsiste el placer
del consumo y la seduccin del significante. Esta memoria pop global est
al servicio de un imaginario globocntrico que condensa las fantasas cosmopolitas de la utopa realizada, una utopa sin topos, dice Bauman, que
garantiza la felicidad al instante.

La migrancia transnacional y la deslocalizacin de la memoria


Promovida por la necesidad de mano de obra barata del nuevo rgimen
de acumulacin flexible y combinado, la erosin de las fronteras y las soberanas nacionales y la revolucin tecnolgica en las comunicaciones y el
transporte, la migrancia y la dispora transnacionales que invierten las

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rutas migratorias modernas y generan nuevos modos y experiencias del


migrar desterritorializan individuos que quedan as expuestos a una an
mayor erosin de sus memorias culturales. Sin perder de vista las notables diferencias entre exiliados, refugiados y migrantes, toda migracin
implica un doloroso proceso de transculturacin de culminacin incierta;
una experiencia traumtica cuyos efectos, no siempre visibles, promueven
una profunda crisis de la identidad. Los migrantes de hoy, provenientes
de regiones perifricas, neocoloniales o poscoloniales, estn dispuestos a
arrostrar los riesgos ms atroces con el fin de vivir en el primer mundo,
aunque sea en forma ilegal, en un limbo afectivo e imaginario donde
prima la experiencia cotidiana de la marginalidad y la incertidumbre de la
permanencia. Esa es la marca fundamental de la migrancia y la dispora
transnacionales. Mientras los inmigrantes de antao, una vez procesado el
duelo por la prdida, se adaptaban y asimilaban a su nueva condicin, los
migrantes transnacionales parecen habitar una tierra de nadie. Acosados
por ambiguos sentimientos de xito y fracaso, experimentan su transitoria,
transitiva condicin, desde una encrucijada sin retorno. Qu efectos tiene
sobre la identidad la dispora transnacional? Qu papel juegan los millones
de migrantes en esta discusin sobre la memoria?
Indudablemente, el pasado resulta de una operacin retrospectiva; su
sentido y su veracidad son formulados desde el ahora, lo cual confiere a la
memoria su ndole simultneamente analptica y prolptica: mira al atrs
soando hacia adelante, como el ngel de Klee. Del mismo modo, las memorias
culturales, como toda memoria, son efecto de prcticas intersubjetivas de
significacin, un compuesto entre la conciencia del presente y la experiencia
del pasado. La subjetividad, por ende, se constituye en la interseccin del
tiempo y el espacio, no en tanto categoras abstractas, sino como materializacin de la praxis social aqu-ahora y el ejercicio de la memoria sobre el
entonces-all.
Saturados de elementos imaginarios y simblicos, los espacios amarrados a las memorias culturales abrevan de la historia, individual y colectiva.
Estn vivos, nos hablan, porque tienen un cogollo afectivo, ya sea la cama,
el cuarto, la casa, la plaza, la iglesia o el camposanto. En ellos se localiza
la pasin, la accin, la vida. El tiempo. La casa en la memoria y la memoria
como casa de que habla Bachelard, nuestro rincn del mundo, nuestro primer
universo, esa regin lejana donde la memoria y la imaginacin permanecen
asociadas y donde prima el espacio. Esta es la paradoja de la memoria, cuya
forma es el tiempo, pero un tiempo desmaterializado, despojado de densidad
y de textura, carente de duracin en el sentido bergsoniano, por lo cual es
slo aprehensible mediante su anclaje en lo espacial. Donde el inconsciente
reside. Puede ser una casa, una calle o un barrio, un rostro o un objeto, un
sabor o un aroma, sin duda una voz, donde descanse el verdadero sentido
del lugar, del hogar, de la patria, del pago. Ese es el objeto nostlgico del
migrante, siempre cerca y tan lejos, suspendido en la memoria como puro
deseo. No es el pas que fue, tampoco al que van a volver. Es todo eso pero
mucho ms. Es la tierra que pobl la infancia, el pasado que pas, pero
tambin el pasado que no fue, las fantasas que soaron, que los soaron
y que siguen sondolos.

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Abril Trigo

De memorias, desmemorias y antimemorias

Es esta interpelacin de la memoria por las circunstancias concretas del


aqu-ahora lo que activa las experiencias del entonces-all, generando lo que
Benjamin denomina imgenes dialcticas, cuando lo que ha sido se funde
de improviso con el ahora en un destello del cual se desprende una constelacin de imgenes. Es en la confluencia del presente del ahora (Jetztzeit)
con el pasado de la experiencia acumulada (Erfahrung) donde se produce
la experiencia vivida como duracin (Erlebnis): como presente concreto. La
experiencia vivida es la duracin de la memoria en el presente del ahora:
es la confluencia del ser con el devenir. En esa encrucijada se ubican las
memorias culturales, lo primero que pierden y que buscan recuperar los migrantes, refugiados y exiliados en la dispora. Sensacin de extraamiento y
disociacin psicolgica que hace que el migrante se sienta siempre en trnsito, suspendido entre dos mundos. Esto se debe a la incertidumbre social
y la inestabilidad econmica, sin duda, acrecentadas por la arbitrariedad de
las leyes, las mil formas de la discriminacin y la explotacin laboral, pero
tambin a la creencia de que el regreso a casa est siempre al alcance de la
mano. El sentimiento de desarraigo, de vivir en una tierra de nadie, entre un
pasado perdido y un presente an no plenamente asumido, se vuelve su segunda piel. Perdido en la temporalidad abstracta del capital global, y alienado
en un espacio social que le es siempre ajeno, el migrante desarrolla poco a
poco una suerte de bifocalidad, necesaria para negociar cada acto, disear
estrategias cotidianas y dar sentido a prcticas en las cuales convergen el
aqu-ahora de las experiencias vividas con el entonces-all de las memorias culturales. Esta tensin genera una id/entidad dividida y esquiza; una
id/entidad flexible pobremente ajustada al rgimen de acumulacin flexible
del capital transnacional; una id/entidad de sobreviviente. Esta id/entidad
est obligada a funcionar siempre en subjuntivo, como si fuera completa
e indivisible, a sabiendas de que una identidad plena es slo una ficcin
para seguir adelante da a da; una sutura estratgica sin la cual el sujeto,
fragmentndose, sucumbira al autismo social o a la esquizofrenia. En esta
experiencia de la transitoriedad y la transitividad, la promesa del regreso a
casa se vuelve imposible, ante la progresiva certidumbre de que la migracin
es slo un viaje de ida, pues ya no hay adonde regresar, a no ser que sea a
las tierras de la memoria.

Obras citadas
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and Philosophy. Ben Brewster, trad. New York: Monthly Review Press,
1971.
Bachelard, Gaston. La potica del espacio. Mxico: Fondo de Cultura
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Taller de Letras N49: 17-28, 2011

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Halbwachs, Maurice. La mmoire collective. Paris: Presses Universitaires de
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Trigo, Abril. Caudillo, estado, nacin. Literatura, historia e ideologa en el
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iek, Slavoj. The Sublime Object of Ideology. London: Verso, 1989.
. For They Know Not What They Do. Enjoyment as a Political Factor.
London: Verso, 1991.

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