La Mision - HM PDF
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Heiner Mller
* La obra emplea motivos del relato "La luz sobre el cadalso" de Arma
Seghers. Cuando en 1979 Heiner Mller escribi La misin, la guerra fra
ya haba sido sustituida por el deshielo que tambin -10 que no era de pre-
ver- habra de llevar al derretimiento del bloque (de hielo) socialista. El
subttulo, "recuerdo de una revolucin" tena an, hace 20 aos, un melan-
clico patetismo, la esperanza en un futuro distinto, quizs mejor. Pero sta
fue superada por la economa de mercado que a modo de anteojeras se
coloc sobre la, una vez ms, ingenua utopa naciente (Stephan Suschke,
Berln, junio de 1999).
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ba borracho, me robaron todo, pero no encontraron la carta. En cuanto al tal
Galloudec, los aos ya no pasan para l. Estir la pata en un hospital de
Cuba, mitad crcel y mitad hospital. Ah estaba l, con gangrena, y yo con
fiebre. "Toma la carta tiene que llegar aunque sea la ltima cosa que hagas
tienes que hacerlo por m", fue lo ltimo que me dijo. Y la direccin de un
despacho y su nombre, si es que Usted es ese Antaine. Pero all ya no hay
ningn despacho, y de Usted, si es que Usted se llama Antaine, en el lugar
donde estaba la oficina nadie sabe nada. Un tipo que vive detrs de unos
andamios en un stano me mand a una escuela donde parece que un tal
Antaine trabaj como profesor. Pero all tampoco saban nada de l. Enton-
ces una empleada me dijo que su sobrino lo haba visto. Es cochero. Y lo
describi a Usted, si es que Usted es se.
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Antoine S.
Marinero Por lo que veo Usted est entero. No como ese Galloudec, a
quien Usted no conoce y que est ms muerto que una piedra. El otro se
llamaba Sasportas. Lo ahorcaron en Port Royal, por si quiere saberlo, a
causa de esa misin de la que Usted no sabe nada, en Jamaica. La horca est
sobre un acantilado. Cuando ya estn muertos cortan la cuerda y caen al
mar. De lo dems se encargan los tiburones. Gracias por el vino.
Antoine Sasportas. Yo soy ese Antoine a quien has estado buscando. Pero
debo tener cuidado. Francia ya no es una repblica, nuestro Cnsul se ha
convertido en Emperador y est conquistando Rusia. Con la boca llena se
habla ms fcilmente sobre una revolucin perdida. Sangre coagulada en
medallas de lata. Tampoco los campesinos lo supieron hacer mejor, no? Y
a lo mejor tenan razn, no? El comercio prospera. A los de Hait les da-
mos ahora su tierra para que se la coman. Esa fue la Repblica negra. La
libertad gua al pueblo a las barricadas, y cuando los muertos despiertan la
libertad viste uniforme. Ahora voy a revelarte un secreto: tambin ella no es
ms que una puta. Y de eso ya puedo rerme. Jjj. Pero aquhay algo
vaco que estuvo vivo. Cuando el pueblo asalt la Bastilla, all estaba yo.
Cuando cay en el canasto la cabeza del ltimo de los Borbones, all estaba
yo. Cosechamos las cabezas de los aristcratas. Cosechamos las cabezas de
los traidores.
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Antoine grita: Cuidado, marinero, cuando salgas de mi casa. Los policas
de nuestro ministro Fouch no te preguntan si crees en la poltica. -Galloudec,
Sasportas. Dnde est tu pierna, Galloudec? Por qu te cuelga la lengua
de la garganta, Sasportas? Qu quieren de m? Qu puedo hacer yo por tu
mun? Yportusoga? Debo'cortarmeunapiema? Quieresquemecuel-
gue a tu lado? Galloudec, pregntale a tu emperador por tu pierna. Scale a
tu emperador la lengua, Sasportas. l triunfa en Rusia, puedo mostrarles el
camino. Qu quieren de m? Vyanse. Vyanse de aqu. Esfmense. Dse-
lo t, mujer. Que se vayan, no quiero verlos ms. Siguen ah? Tu carta
lleg, Galloudec. Aqu est. En todo caso para Ustedes ya pas lo peor.
VJVA LA REPBLICA. Re. Ustedes creen que me va bien, no? Tienen
hambre? Tomen. Les arroja comida a los muertos.
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en la plaza junto al puerto. En medio de la plaza estaba instalada una jaula.
Escuchbamos el viento del mar, el zumbido spero de las hojas de palme-
ra, el barrer de las palmeras con las que las negras quitaban el polvo de la
plaza, el gemido del esclavo en la jaula, el oleaje. Veamos los pechos de las
negras, el cuerpo estriado de sangre del esclavo en la jaula, el palacio del
gobernador. Dijimos: esto es Jamaica, vergenza de las Antillas, barco de
esclavos en el Mar Caribe.
Debuisson Los exponen en las jaulas por haber intentado fugarse o por
otros crmenes, como escarmiento, hasta que el sollos achicharre. Esto ya
era as cuando me fui de Jamaica hace diez aos. No mires Sasportas, pues
a uno solo no podemos ayudarlo.
Galloudec Siempre muere slo uno. Son los muertos los que se cuentan.
Sasportas Insisto en que la jaula es buena para una piel blanca, cuando el
sol est bien alto.
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Sasportas No seremos iguales hasta que no nos hayamos despellejado
mutuamente.
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Galloudec A t no debiera serte dificil interpretar al esclavo, Sasportas, con
tu piel negra.
Galloudec aplaude.
Sasportas Con los ltigos que escribirn con nuestras manos un nuevo al-
fabeto en otros cuerpos.
Sasportas escupe
Debuisson Qutate las manos de la cara y mira la carne que muere en esa
jaula. Tambin t mueres, Galloudec. Es tu carne, y la tuya y mi carne. Su
gemido es la Marsellesa de los cuerpos sobre los que se construir el nuevo
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mundo. Aprndanse la meloda. Todava la escucharemos durante. mucho
tiempo, quermoslo o no, es la meloda de la revolucin, nuestro trabajo.
Muchos morirn en esa jaula antes de que hayamos terminado nuestro tra-
bajo. Muchos morirn en esa jaula porque haremos nuestro trabajo. Eso es
10 que hacemos por nuestro semejantes con nuestro trabajo, y quizs slo
eso. Nuestro lugar ser la jaula si nuestras mscaras se rompen antes de
tiempo. La revolucin es la mscara de la muerte. La muerte es la mscara
de la revolucin.
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son desnudados y disfrazados por esclavos: Debuisson de propietario de
esclavos, Galloudec de capataz con ltigo, Sasportas de esclavo.
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quiero recuperar, ciudadano Debuisson, lo que esta puta tuya, la revolu-
cin, me rob, mi propiedad. Haciendo de perros los esclavos, acompaa-
dos por los latigazos de Galloudec y azuzados por los gritos brutales del
espectro paterno, cazan a Debuisson. Con los dientes de mis perros quiero
morder de tu carne mancillada la huella de mis lgrimas, mi sudor, mis
gritos de placer. Con los cuchillos de sus garras quiero cortar de tu pellejo
mi vestido. Traducir tu aliento, que huele a cadveres de monarcas, a la
lengua del tormento, que es propia de los esclavos. Quiero comerme tu
sexo y parir un tigre que engulla el tiempo que miden los relojes de mi
corazn vaco, al que atraviesan las lluvias de los trpicos. Una esclava le
pone una mscara de tigre. AYER CORAZN Mo / EMPEC A MA-
TARTE/ AHORA AMO TU CADVER/CUANDOYO EST MUERTA
/ MI POLVO GRlTAR POR T. Te quiero regalar esta perra, nio Vctor,
para que la llenes con tu semen ptrido. y antes vaya hacerla azotar para
que se mezclen las sangres. Me amas, Debuisson? No hay que dejar sola a
una mujer.
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SasportasRobespierre Ocupa tu puesto, Dantn, en la picota de la histo-
ria. Miren al parsito que engulle el pan de los hambrientos. Al libertino
que viola a las hijas del pueblo. Al traidor que frunce la nariz ante el olor de
la sangre con la que la revolucin lava el cuerpo de la nueva sociedad.
Tengo que decirte por qu ya no soportas la sangre, Dantn? Dijiste revo-
lucin? El zarpazo a la olla de carne podrida era tu revolucin. El puesto
libre en el burdel. Para ello te pavoneaste en las tribunas entre el aplauso de
la plebe. E11en que lame las botas de los aristcratas. Te gusta la saliva de
los Barbones. Ests calentito en el culo de la monarqua. Dijiste audacia?
Eso, menea tu melena empolvada. No seguirs injuriando a la virtud ms
tiempo del que tarde en caer tu cabeza bajo la cuchilla de la justicia. No
podrs decir que no te 10advert, Dantn. Ahora la guillotina hablar conti-
go, este sublime invento de la nueva era pasar por encima tuyo igual que
por encima de todos los traidores. Entenders su lenguaje, t, que 10hablas-
te bien en setiembre. Los esclavos de un golpe le quitan a Galloudec la
cabeza de Dantn y se la arrojan entre ellos. Galloudec logra atraparla y
la sujeta bajo el brazo. Por qu no sujetas tu hermosa cabeza entre las
piernas Dantn, donde entre los piojos de tu lujuria y las lceras de tu vicio
se asienta tu razn?
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SasportasRobespierre llora. Qu tienes en contra del ftbol? Entre nous:
quiero decirte por qu andabas loco por mi hermosa cabeza. Apuesto a que
si te bajas los pantalones se levanta polvo. Seoras y Seores. El Teatro de
la Revolucin se inicia. Atraccin: el hombre sin baj o vientre. Maximiliano
el Grande. Max Virtudes. El pedorreo del silln. El masturbador de Arrs.
El sanguinario Robespierre.
SasportasRobespierre Cerdo.
GalloudecDantn Hiena.
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sexo. Amas a esta mujer? Te la quitamos para que mueras ms fcilmente.
Quien no posee nada muere ms fcilmente. Qu te pertenece an? Con-
testa rpido pues nuestra escuela es el tiempo que no vuelve y no deja res-
piro para la didctica, quien no aprende tambin muere. A quin le sacaste
tu piel? Tu carne es nuestra hambre. Tu sangre vaca nuestras venas. Tus
pensamientos, n? Quin suda para tu filosofia? Incluso tu orina Y tu
mierda son explotacin y esclavitud. Para no hablar de tu semen, destilado
de cuerpos muertos. Ahora ya nada te pertenece. Ahora no eres nada. Ahora
puedes morir. Entirrenlo.
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la prxima parada y correr escaleras abajo, saltando los escalones de tres en
tres, hasta el cuarto piso. Si resultara ser el piso equivocado esto significa-
ra naturalmente una prdida de tiempo tal vez irrecuperable. Puedo seguir
subiendo hasta el piso veinte y, en caso de que la oficina del jefe no est all,
bajar al cuarto piso, suponiendo que el ascensor no deje de funcionar, o
correr escaleras abajo (saltando los escalones de tres en tres), en cuyo caso
puedo romperme una pierna o el cuello, precisamente porque tengo prisa.
Ya me veo tendido sobre una camilla que, a mi pedido, es conducida hasta
la oficina del jefe e instalada frente a su escritorio, yo siempre dispuesto a
cumplir con mi deber, pero ahora incapacitado. Por el momento todo se
orienta hacia la pregunta, de aqu en adelante, y por mi negligencia, impo-
sible de responder, sobre en qu piso el jefe (a quien mentalmente llamo el
Nmero Uno) me est esperando para encomendarme una importante mi-
sin. (Tiene que ser una misin importante pues en caso contrario me la
habra encomendado por medio de un subordinado). Una rpida mirada al
reloj me revela, sin lugar a dudas, que incluso para la ms simple puntuali-
dad hace ya tiempo que es demasiado tarde, a pesar de que el ascensor,
como compruebo con una segunda mirada, todava no ha llegado al piso
doce: la aguja pequea marca las diez, el minutero cincuenta, los segundos
hace ya rato que perdieron toda importancia. Algo raro pasa con mi reloj,
pero para comparar 10 tiempos ya no hay tiempo: estoy solo en el ascensor
sin que me haya dado cuenta dnde bajaron los dems pasajeros. Con un
espanto que me pone los pelos de punta veo que las manecillas de mi reloj,
del que ya no puedo apartar los ojos, giran cada vez a ms velocidad, de
manera que entre parpadeo y parpadeo transcurren ms y ms horas. Me
doy cuenta que desde hace rato en todo esto ocurre algo extrao: en el reloj,
en el ascensor, en el tiempo. Me entrego a las ms disparatadas especula-
ciones: la fuerza de gravedad se revierte, hay una interferencia, una especie
de tartamudeo en la rotacin de la tierra, como un calambre cuando uno
juega al ftbol. Lamento saber muy poco de fsica como para poder expli-
car cientficamente la escandalosa contradiccin entre la velocidad del as-
censor y el paso del tiempo que marca mi reloj. Por qu no habr prestado
atencin en la escuela? O por qu habr ledo libros equivocados: poesa
en lugar de fsica? El tiempo est loco, y en algn lugar del cuarto piso o del
vigsimo (la o corta como un cuchillo mi cerebro negligente), en una habi-
tacin probablemente amplia y cubierta con una pesada alfombra, detrs de
un escritorio probablemente ubicado junto a la pared posterior de las dos
ms cortas de la habitacin, la pared situada frente a la puerta, me est
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esperando el jefe (a quien mentalmente llamo el Nmero Uno) para enco-
mendarme mi misin, a m, que le he fallado. El mundo se est
descuajeringando y la misin, que era tan importante, que el jefe quera
encomendarme personalmente, yana tiene sentido a causa de mi negligen-
cia. NO HA LUGAR en el lenguaje de las reparticiones pblicas, que tan
bien aprend (ciencia superflua!), SEGN CONSTA EN ACTA, que ya
nadie consultar nunca, porque esa misin implicaba la nica medida posi-
ble para impedir la catstrofe, cuyo comienzo estoy viendo ahora, encerra-
do en este ascensor que se ha vuelto loco con mi reloj pulsera que se ha
vuelto loco. Desesperado sueo adentro del sueo: tengo la capacidad de
transformar mi cuerpo en un proyectil -simplemente enrollndome- que
atraviesa el techo del ascensor y se adelanta al tiempo. Despertar fro en el
lento ascensor, cuando miro al reloj acelerado. Me imagino la desespera-
cin del Nmero Uno. Su suicidio. Su cabeza, cuyo retrato adorna todas las
oficinas pblicas, sobre el escritorio. Sangre que mana de un agujero con
bordes negros en la sien (probablemente la derecha). No escuch ningn
disparo, pero eso no prueba nada, las paredes de su oficina deben estar, por
supuesto, insonorizadas, los accidentes estn previstos en la construccin y
lo que ocurre en la oficina del jefe no le atae a la poblacin. El poder est
solo. Salgo del ascensor en la siguiente parada y me encuentro sin misin,
con la corbata, que ya no es necesaria, ridculamente anudada bajo mi man-
dbula, de pie en un camino del campo en-Per. Barro seco con huellas de
carro. A ambos lados del camino una llanura desierta con escasas cicatrices
de pasto y manchas de matorral gris intenta imprecisamente agarrar el hori-
zonte, sobre el que nada una cordillera en la niebla. A la izquierda del cami-
no unas barracas que parecen abandonadas, las ventanas agujeros negros
con restos de vidrio. Ante una pared pintada con propaganda de productos
de una civilizacin extranjera estn parados dos gigantes del lugar. De sus
espaldas se desprende una amenaza. Pienso si debo volver atrs, todava no
me ha visto nadie. Nunca hubiera pensado, durante mi desesperado ascenso
hacia el jefe, que pudiese sentir nostalgia por ese ascensor que era mi pri-
sin. Cmo justificar mi presencia en esta tierra de nadie. Me es imposible
mostrar un paracadas, una avioneta o un auto descompuesto. Quin va a
creer que llegu en un ascensor al Per, con este camino que se extiende
delante y detrs de m, flanqueado por una llanura que intenta asir el hori-
zonte? Cmo podra ser posible la comunicacin si no conozco el idioma
de este pas, y lo mismo sera que fuese sordomudo? Mejor sera ser sordo-
mudo. Acaso exista compasin en el Per. No me queda otro recurso que la
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huida hacia un yermo ojal exento de la presencia humana, quizs de una
muerte a otra, pero prefiero el hambre al cuchillo del asesino. Estoy sin
medios para comprar mi libertad, en todo caso mis monedas en divisa ex-
tranjera son escasas. El destino ni siquiera me concede la posibilidad de
morir en un acto de servicio, mi causa es una causa perdida, empleado de
un jefe muerto es 10 que soy, mi misin decidida en un cerebro que ya no
funciona, hasta que se abran las cajas fuertes de la eternidad, por cuya com-
binacin se desvelan los sabios del mundo en esta orilla de la muerte. Me
desato el nudo de la corbata, ojal no sea demasiado tarde, cuya posicin
correcta me cost tanto trabajo conseguir de camino hacia el jefe, y hago
desaparecer la llamativa prenda en el bolsillo de mi saco. Casi la tiro, y ello
hubiera sido dejar un rastro. Al darme vuelta veo por primera vez la aldea;
adobe y paja; a travs de una puerta abierta veo una hamaca. Sudor fro
cuando pienso que podran estar observando desde all, pero no advierto
ninguna seal de vida, 10 nico que se mueve es un perro que est hurgando
en un montn de basura humeante. He perdido mucho tiempo en vacilacio-
nes. Los hombres se separan de la pared con propaganda y cruzan el cami-
no en diagonal hacia m, al principio sin mirarme. Veo los rostro por encima
de m, uno borrosamente negro, los ojos blancos, la mirada indiscernible:
los ojos no tienen pupilas. La cabeza del otro es de un color gris plateado.
Una larga mirada tranquila de ojos cuyo color no puedo precisar, algo rojo
relumbra en ellos. Un temblor recorre los dedos de la mano derecha que
cuelga pesadamente y que tambin parece ser de metal, los vasos sangu-
neos relucen en el metal. El plateado pasa de largo detrs mo, siguiendo al
negro. Mi miedo se desvanece y da paso a la decepcin: ni siquiera soy
digno de un cuchillo o de que me estrangulen las manos metlicas. En la
mirada tranquila que durante cinco pasos se fij en m, no haba acaso algo
de desprecio? En qu cosiste mi crimen? El mundo no ha sucumbido, su-
poniendo que este no sea otro mundo. Cmo cumplir una misin descono-
cida? Cul puede ser mi misin en este lugar desierto ms all de la civili-
zacin? Cmo puede saber el empleado 10 que pasa por la cabeza del j efe?
Ninguna ciencia en el mundo podr arrancar mi misin de las fibras cere-
brales del que pas a mejor vida. Con el ser enterrada, y el funeral oficial
que tal vez ya se haya iniciado no garantiza su resurreccin. Me invade algo
parecido a la serenidad, me cuelgo el saco del brazo y desabotono la cami-
sa: mi paso es un paseo. Delante de m el perro cruza el camino llevando
una mano en las fauces, los dedos de la mano estn vueltos hacia m, pare-
cen quemados. Con una amenaza que no va dirigida a m algunos jvenes
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se cruzan en mi camino. En el punto donde el camino acaba en medio de la
llanura se halla una mujer cuya actitud podra interpretarse como si me
estuviera esperando. Extiendo los brazos hacia ella, cunto tiempo hace
que no tocan una mujer, y entonces oigo una voz que dice ESTA MUJER
ES LA MUJER DE UN HOMBRE: El tono no admite rplica y paso sin
detenerme. Cuando me doy vuelta la mujer tiende sus brazos hacia m y se
descubre los pechos. Sobre un terrapln cubierto de pasto dos muchachos
se dedican a reparar una mquina de vapor y una locomotora que est en
una va muerta. Yo, como europeo que soy, advierto de inmediato que tra-
bajan en vano: ese armatoste no va a moverse nunca, pero no se lo digo a
los nios, el trabajo es esperanza, y sigo adentrndome en el paisaje, cuyo
nico trabajo consiste en esperar la desaparicin del gnero humano. Ahora
conozco mi destino. Tiro la ropa pues ya no dependo del exterior. En algn
momento EL OTRO me saldr al encuentro, el antpoda, el doble con mi
rostro de nieve. Uno de los dos sobrevivir.
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Galloudec Vas demasiado rpido para m, Debuisson. Soy un campesino,
. no puedo pensar tan rpido. He arriesgado mi cuello durante ms de un ao,
me he hecho pedazos el pico predicando en reuniones secretas, ha
contrabandeado armas a travs de cordones de sicarios sedientos de sangre,
tiburones y soplones, he hecho de idiota en la mesa de los degolladores
ingleses pasando como si fuera tu perro, quemado por el sol y sacudido por
la fiebre en este maldito pas sin nieve dejado por la mano de Dios, todo por
esa masa perezosa de carne negra, que no quiere moverse ms que a pata-
das, y qu me importa a m la esclavitud en Jamaica?, a fin de cuentas soy
francs. Espera, Sasportas, pero que me vuelva negro en el acto si com-
prendo por qu todo esto ya no ha de ser verdad y tiene que ser borrado del
mapa y se acab la misin porque un general en Pars se cree la muerte. Ni
siquiera es francs. Pero oyndote hablar, Debuisson, se dira que no has
hecho otra cosa que esperar a ese general Bonaparte.
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bre, cuando el nombre del libertador de Hait se lea en todos los libros de
historia.
Debuisson re
Sasportas Te res.
Sasportas re: Ay, Debuisson. Por un instante cre que decas lo que pensa-
bas. Tendra que haberlo sabido. Tendra que haber sabido que era una prueba.
No he pasado la prueba, no? Cada uno de nosotros tiene que ser fro como
un cuchillo cuando se d la seal y comience la batalla. No es el miedo lo
que hace vibrar mis nervios sino la alegra anticipada de la danza. Oigo los
tambores antes de que empiecen a tocar. Oigo a travs de los poros, pues mi
piel es negra. Pero dud de ti yeso no est bien. Perdname, Debuisson.
Has baado en sangre tus manos por nuestra causa. Yo vi que te fue dificil.
Te amor por ambas cosas, Debuisson, pues el que tena que morir para que
no traicionara nuestra causa era de mi misma raza, y necesitaba su muerte
antes de la siguiente sesin de tortura, para la que t tenas que curarlo,
como mdico y benefactor de la humanidad que eras, pero l dijo: mtame
para que no pueda traicionar, y t lo mataste por el bien de nuestra causa
como mdico y como revolucionario. Sasportas abraza a Debuisson.
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vitud tiene muchos rostros y an no hemos visto el ltimo, ni t Sasportas,
ni nosotros, Galloudec, y tal vez lo que cremos que era la aurora. de la
libertad slo fue la mscara de una nueva esclavitud espantosa, comparada
con la cual la dominacin del ltigo en el Caribe y en otros lugares repre-
senta un sabroso anticipo de las delicias del paraso, y tal vez cuando se
gasten las mscaras de tu amada desconocida, la libertad, se revele que no
tiene otro rostro ms que el de la traicin: lo que no traicionas hoy te matar
maana. Desde la perspectiva de la medicina humana la revolucin ha naci-
do muerta, Sasportas: desde la Bastilla a la Conciergerie el libertador se
transforma en carcelero. MUERTE A LOS LIBERTADORES es la verdad
ltima de la revolucin. Y en lo que atae al asesinato que comet en pro de
nuestra causa: el papel del mdico asesino no es nuevo en el teatro de la
sociedad, la muerte carece de significado para los benefactores de la huma-
nidad: otro estado qumico, hasta que triunfe el desierto toda ruina es un
cimiento contra el colmillo del tiempo. Tal vez yo slo me lav las manos,
Sasportas, cuando las ba en sangre por nuestra causa, la poesa fue siem-
pre el lenguaje de la inutilidad, negro amigo mo. Ahora llevamos otros
cadveres a cuesta y sern nuestra muerte si no nos deshacemos de ellos
antes de llegar a la fosa. Tu muerte se llama libertad, Sasportas, tu muerte
se llama fraternidad, Galloudec, mi muerte se llama igualdad. Se cabalgaba
bien sobre ellos cuando todava eran nuestros caballos, con el viento de la
maana tocndonos las sienes. Ahora sopla el viento del ayer. Las cabalga-
duras somos nosotros. Sienten las espuelas clavadas en la carne? Nuestros
jinetes llevan equipaje: los cadveres del terror, las pirmides de muerte.
Sienten el peso? Con cada duda que recorre nuestras circunvoluciones
cerebrales su peso aumenta. Una revolucin no tiene tiempo para contar sus
muertos. Y ahora nosotros necesitamos tiempo para desinflar la revolucin
negra que preparamos con tanto cuidado, misin encomendada por un futu-
ro que ya es de nuevo pasado, como fueron los otros antes de l. Por qu
ser que el futuro aparece raras veces en nuestro lenguaje, Galloudec? Aca-
so entre los muertos sea distinto, si es que los muertos tienen voz. Piensa en
ello, Sasportas, antes de jugarte la vida por la liberacin de los esclavos
dentro de un abismo que ya no tiene fondo, desde que lleg esa noticia que
voy a tragarme para que no quede ni un solo rastro de nuestro trabajo. Quie-
ren tambin ustedes un pedazo? Esta fue nuestra misin, ahora slo tiene
gusto a papel. Maana habr recorrido el camino de toda carne, cada ascen-
sin tiene su objetivo, y quizs ya est en camino un meteorito desde los
fros del espacio sideral, una masa compacta de hielo y de hierro que excavar
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el agujero definitivo en el suelo de los hechos, en el que seguimos plantan-
do nuestras precarias esperanzas. O el fro que congelar nuestros ayeres y
maanas en un hoy eterno. Por qu no habremos nacido rboles, Sasportas,
a los que nada de esto les concierne? O prefieres ser una montaa? O un
desierto? Qu opinas, Galloudec?' Por qu me miran como dos piedras?
Por qu no nos limitamos a existir ya contemplar las guerras como paisa-
jes? Qu quieren de m? Mueran su propia muerte si la vida no les gusta.
Ayer so que caminaba por Nueva York. La zona estaba en ruinas y ya no
la habitaban los blancos. Ante m, en la vereda, se levantaba una serpiente
dorada, y cuando cruc la calle, vale decir la jungla de metal hirviente que
era la calle, en la otra vereda se levantaba otra serpiente. Era de un azul
deslumbrante. En el sueo 10 supe: la serpiente dorada es Asia, la serpiente
azul es frica. Lo olvid al despertar. Somos tres mundos. Por qu 10 sabr
ahora. Y o una voz que deca: DE PRONTO LA TIERRA TEMBL VIO-
LENTAMENTE PORQUE EL NGEL DEL SEOR BAJ DEL CIELO
Y SE ACERC CORRI LA LOSA Y SE SENT ENCIMA TENIA AS-
PECTO DE RELMPAGO y SU VESTIDO ERA BLANCO COMO LA
NIEVE.
Ya no quiero saber nada de esto. Durante un milenio se han redo de nues-
tras tres amantes. Se han revolcado en el barro, han descendido a nado por
todas las alcantarillas, las han arrastrado por todos los burdeles, a nuestra
puta la libertad, a nuestra puta la igualdad, a nuestra puta la fraternidad.
Ahora quiero sentarme all donde la gente re, libre para todo 10 que me
guste, igual a m mismo, hermano de m mismo y de nadie ms. Tu piel va
a seguir siendo negra, Sasportas. T, Galloudec, seguirs siendo un campe-
sino. Se ren de ustedes. Mi lugar est donde se ren de ustedes. Me ro de
ustedes. Me ro del negro. Me ro del campesino. Me ro del negro que con
la libertad quiere lavarse hasta volverse blanco. Me ro del campesino que
lleva puesta la mscara de la igualdad. Me ro del embrutecimiento de la
fraternidad que me ha cegado -a m, Debuisson, dueo de cuatrocientos
esclavos, que slo necesito decir s, s y s, al orden sagrado de la esclavi-
tud-, cegado hasta el punto de no ver tu sucio pellejo de esclavo, Sasportas,
tu trote cito de labrador en cuatro patas, Galloudec, el yugo sobre la cerviz
con que los bueyes trazan el surco en el predio que no te pertenece. Quiero
mi pedazo de pastel del mundo. Cortar mi pedazo arrebatndoselo al ham-
bre del mundo. Ustedes no tienen cuchillo.
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Sasportas Me has roto una bandera. Voy a hacer otra con mi piel negra.
Con el cuchillo se corta una cruz en la palma de la mano. Esta es la despe-
dida, ciudadano Debuisson. Aprieta su mano sangrante contra la cara de
Debuisson. Te gusta mi sangre? Dije que los esclavos no tienen patria. No.
es verdad. La patria de los esclavos es la rebelin. Me voy a la lucha arma-
do con las humillaciones de mi vida. Me has puesto un arma nueva en las
manos y te 10 agradezco. Puede ser que mi lugar est en el cadalso, y a 10
mejor ya me est creciendo la soga en el cuello mientras hablo contigo en
lugar de matarte, a ti, a quien no le debo ms que mi cuchillo. Pero la muer-
te no tiene significado y en el cadalso sabr que mis cmplices son los
negros de todas las razas, cuyo nmero crece a cada minuto que t pasas en
tu comedero de propietario de esclavos o entre los muslos de tus rameras
blancas. Cuando los vivos no puedan seguir luchando, lucharn los muer-
tos. Con cada latido de la revolucin les vuelve a crecer la carne sobre los
huesos, la sangre en sus venas, la vida en su muerte. La rebelin de los
muertos ser la guerra de la tierra, nuestras armas sern los bosques, las
montaas, los mares, los desiertos del mundo. Yo ser bosque, montaa,
mar, desierto. Yo es Africa. Yo es Asia. Ambas Amricas soy yo.
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segua retumbando era su corazn, mientras que la traicin, con los brazos
tal vez cruzados sobre el pecho, o puestos en las caderas, o con las manos
ya prendidas a la vulva, con el sexo palpitante de deseo, con los ojos hme-
dos, 10 miraba a l, Debuisson, que ahora se apretaba los ojos con los puos
atemorizado por el hambre de la ignominia de la felicidad que 10 devoraba.
Tal vez la traicin ya 10 haba abandonado. Sus propias manos ansiosas se
negaban a obedecerle a Debuisson. Abri los ojos. La traicin, sonriendo,
le mostr los pechos, en silencio se abri los muslos, su belleza hiri a
Debuisson como una cuchilla. Olvid la toma de la Bastilla, la marcha del
hambre de los ochenta mil, el fin de la gironda, su cena con un muerto a la
mesa, Saint Just, el ngel negro, Dantn, la voz de la revolucin, Marat,
curvado sobre el pual, la mandbula rota de Robespierre, su grito cuando
el verdugo le quit la venda, su ltima mirada compasiva hacia el jbilo de
la muchedumbre. Debuisson recurri al ltimo recuerdo que an no 10 ha-
ba abandonado: una tormenta de arena cuando navegaban frente a Las Pal-
mas, con la arena llegaron los grillos al barco y los acompaaron durante la
travesa del Atlntico. Debuisson se acurruc para resistir la tormenta de
arena, se refreg los ojos para sacarse la arena, se tap los odos para no
escuchar el canto de los grillos. Entonces la traicin se abalanz sobre l
como un cielo, la felicidad de los labios de la vulva como una aurora.
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