Modelos de Filosofia Politica
Modelos de Filosofia Politica
Modelos de Filosofia Politica
Stefano Petrucciani l £
Modelos de filosofía política f- -
Esta obra brinda una sintética introducción a la filosofía política, a través
de sus conceptos problemas y teorías principales La pernera parte traza
un mapa de algunas de las preguntas fundamentales Que la filosofía polí
tica ha intentado responder a lo largo de su historia: cuál es el me/or. or
den político, cuál es la naturaleza de la acción política, qué relaciones
existen entre ética y política, entre política y fuerza. La política aparece
»^
R norrorl u/editores
Modelos de filosofía política
Stefano Petrucciani
Amorrortu editores
Buenos Aires - Madrid
Biblioteca de filosofía
Modelli di filosofía política, Stefano Petrucciani
© Giulio Einaudi editore s.p.a., 2003
IVaducción: Cario R. Molinari Marotto
©Tbdos los derechos de la edición en castellano reservados por
Amorrortu editores S.A., Paraguay 1225,7° piso - C1057AAS Buenos Aires
Amorrortu editores España S.L., C/San Andrés, 28 - 28004 Madrid
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Queda hecho el depósito que previene la ley n° 11.723
Industria argentina. Made in Argentina
ISBN 978-950-518-376-0
ISBN 88-06-16088-5, T\irín, edición original
Petrucciani, Stefano
Modelos de filosofía política. - 1‘ ed. - Buenos Aires : Amorrortu,
2008.
288 p .; 23x14 cm. - (Colección Filosofía)
Traducción de: Cario R. Molinari Marotto
ISBN 978-950-518-376-0
1. Filosofía política. I. Molinari Marotto, Cario R., trad. II. Título.
CDD 320.1
Impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Paso 192, Avellaneda, provin
cia de Buenos Aires, en mayo de 2008.
Tirada de esta edición: 2.000 ejemplares.
índice general
11 Prefacio
13 Agradecimientos
8
111 5. Los dos pactos de Jean-Jacques Rousseau
122 6. Kant y el contrato como idea de la razón
133 5. Sociedad civil y estado
133 1. La divisoria de aguas de la Revolución
136 2. Benjamín Constant y la libertad de los modernos
144 3. Alexis de Tbcqueville y la democracia en América
150 4. El liberalismo radical de John Stuart Mili
157 5. La superación hegeliana del liberalismo
165 6. Marx: igualdad política y desigualdad social
11
cuestiones inevitablemente suscitadas por la convivencia
social y política. Creemos que el fin de la filosofía política
es, en suma, proponer buenos argumentos para responder
a los desafios, problemas y conflictos que surgen en la coo
peración social, los cuales nos conciernen a todos en cuanto
ciudadanos y nos convocan a la confrontación, a la discu
sión y al posicionamiento.
Este libro aspira, por tanto, a presentar algunas cues
tiones fundamentales de la filosofía política de una manera
útil no sólo para quien, en la universidad o fuera de ella,
quiera acercarse a esta disciplina, sino también para todo
aquel que, como ciudadano, desee tomar contacto con un ri
co arsenal de argumentos y reflexiones que condicionan de
distintos modos, más o menos explícitos, nuestra discusión
pública, y que podrían tornarla más consciente y rica.
Subyace a las páginas de este libro el convencimiento de
que la filosofía política, por cuanto es argumentación públi
ca y discusión racional, no puede carecer de un componente
crítico: su función es también ayudamos a tomar distancia
de la realidad política y social como algo simplemente da
do, contraponiéndola a criterios o principios que estén sos
tenidos por buenos argumentos y resistan el examen de la
discusión crítica.
12
Primera parte. Prólogo
1. Territorios y preguntas
de la filosofía política
17
enseguida aparecerían divergencias entre ellos: en efecto,
la tradición más canónica de la filosofía política se ocupó de
las formas de poder institucionalizadas, aquellas que se
confían a las leyes y se incorporan en las instituciones esta
tales; por otro lado, fueron especialmente los pensadores
heterodoxos quienes señalaron con insistencia que las más
fundamentales relaciones de poder no están en los lugares
canónicos del estado y el derecho, sino fuera de ellos, en las
relaciones de propiedad (Marx) o en la «microfísica del po
der» (Foucault).
En todo caso, no se cometerá agravio contra estos pen
sadores heterodoxos si se afirma que la filosofía política tie
ne que ver, predominantemente, con esas formas de poder
institucionalizadas a las cuales, a partir de determinado
período de la historia de la humanidad, cabe considerar co
mo poder estatal. Por consiguiente, antes de avanzar es ne
cesario esbozar también una definición, mínima y proviso
ria, de estado.1 Como hilo conductor se puede adoptar la
definición que aún hoy sigue siendo la más citada y autori
zada, formulada por Max Weber (1864-1920). En la célebre
conferencia de 1919 titulada La política como profesión
—de la que volveremos a hablar, dado que es uno de los tex
tos más clarificadores para la comprensión de la esencia de
la política—, Weber se expresa así: «El estado, al igual que
las asociaciones políticas que históricamente lo han prece
dido, es una relación de dominio de hombres sobre hom
bres, que se sostiene por medio de la fuerza legítima (esto
es, considerada legítima)».12
En esta ya clásica definición de Max Weber, sumamente
concisa y sobria, están indicados los puntos esenciales so
bre los que reflexiona la filosofía política: por una parte, las
comunidades humanas se constituyen, delimitando su te
rritorio, en tomo a formas de poder organizado al que, a
partir de determinado momento histórico, se puede consi
derar como poder estatal. Para Max Weber, característico
1 Para una sintética introducción al concepto de estado, véase el libro de
P. P. Portinaro, Stato, Bolonia: II Mulino, 1999 (incluido en la colección
«Lessico delta política»). Son de utilidad también el libro de N. Bobbio,
Stato, governo, societá, Turín: Einaudi, 1995, y el de N. Matteucci, Lo stato
moderno, Bolonia: II Mulino, 1997.
2 M. Weber, La política come professione (1919), traducción italiana, Ro
ma: Armando, 1997, pág. 33.
18
del poder del estado es que se ejerce en determinado terri
torio y posee el monopolio de la fuerza legítima. El estado
priva a todos los individuos del derecho a la coerción o vio
lencia sobre los demás y se lo atribuye exclusivamente.
Pero, atención: Max Weber afirma que el estado es la or
ganización que posee el monopolio de la fuerza legítima, o
considerada como tal. Por tanto, el próximo paso no puede
ser sino preguntamos: ¿en qué consiste la legitimidad? Es
ta es una de las cuestiones centrales de la filosofía política,
la cual razona, por una parte, en tomo al fenómeno del po
der, del estado y de las formas que lo gobiernan (legalidad),
pero, por la otra, no puede dejar de plantearse la cuestión
que surge inmediatamente al respecto: ¿cuál es el ordena
miento político justo? Más allá de Weber, ¿cuál es el orde
namiento político legítimo no sólo porque así lo reconocen
quienes lo obedecen, sino porque satisface requisitos de
justicia? Podríamos decir así que la filosofía política tiene,
en cierto sentido, dos aspectos: por un lado, y en esto fue
maestro Maquiavelo, la filosofía política se ocupa del poder,
del conflicto por el poder, de su conquista y su manteni
miento, es decir, de los variados aspectos de la acción políti
ca; por el otro, al menos a partir de la República de Platón,
la filosofía política se plantea la cuestión del óptimo o justo
ordenamiento político. En otras palabras, la filosofía polí
tica se ocupa del modo justo de organizar nuestra convi
vencia, de la legitimidad de las formas de poder, de los de
rechos que deben ser reconocidos a los ciudadanos. Acerca
de estos problemas se enfrentan aún hoy las diversas ten
dencias de la filosofía política contemporánea.
19
nal de la naturaleza de la filosofía política nos dispensará
de aclarar, si bien de manera igualmente provisional, qué
es la filosofía».3 Así pues, antes de retomar la reflexión
acerca de la naturaleza particular de la filosofía política y
su entrelazamiento, a menudo intrincadísimo, con otras
disciplinas filosóficas y no filosóficas, corresponde que pon
gamos las cartas sobre la mesa y explicitemos qué manera
de entender la filosofía nos guiará en el trazado de nuestro
mapa.
La filosofía, a diferencia de la física, la química, la histo
ria, no es una forma de saber codificado, que goce de una
legitimidad asegurada e incuestionable; su fundamento
mismo es objeto de discusión. La filosofía es, en el mejor de
los casos, una forma de «saber» que tiene que demostrar ca
da vez su —eventual— legitimidad. Por consiguiente, no es
posible dar una definición consolidada o generalmente
aceptada de la filosofía. Ibda filosofía digna de respeto es
también, y acaso ante todo, una definición de qué debe en
tenderse por filosofía. No es posible, por tanto, tampoco en
el ámbito de la filosofía política, sustraerse al esfuerzo de
aclarar qué debe entenderse por filosofía.
En lo que a mí respecta, creo que ante la pregunta sobre
la naturaleza o el fundamento de la filosofía se puede in
tentar una respuesta muy simple y no demasiado contro
vertida, que podría decir así: por filosofía se debe entender
un tipo particular de «práctica discursiva», caracterizada
por la unión de un método y un objeto determinados.
Dicho de la manera más breve posible, filosofía es una
forma de discurso sofisticada e institucionalizada que, en
cuanto al método, se vale de un único recurso fundamental
—la argumentación pública, crítica y abierta—, y en cuan
to al objeto, enfrenta la cuestión tan ineludible como (qui
zás) inagotable de nuestra orientación en el mundo, una
cuestión a la que no pueden dar respuesta las ciencias fác-
ticas, en cuanto ellas mismas necesitan legitimación y
orientación. La filosofía no es entonces un saber de hechos,
sino, como lo muestra la historia del pensamiento a quien
sepa leer y entender sus recorridos, una suerte de ininte
rrumpido diálogo argumentativo, un continuo intercambio
3 L. Strauss, Che cos’é la filosofía política, traducción italiana de P. F.
Taboni, Urbino: Argalia, 1977, págs. 34-5.
20
de razones y críticas:4 la especificidad de la filosofía respec
to de otras formas de comunicación o de significación resi
de, justamente, en la tentativa de construir argumentacio
nes, razonamientos persuasivos, sin confiar en la autori
dad, ni en la convención, ni en la imaginación o la suges
tión. Cierto es que otros campos del saber se valen también
de procedimientos argumentativos, y otras muchas formas
de expresión humana o de comunicación tratan de clarifi
car el problema de la orientación del hombre en el mundo:
es un cometido que siempre cumplieron excelentemente no
sólo las religiones, sino también las narraciones, el arte en
sus diversas formas, las máximas de sabiduría. ¿Cuál es
entonces la particularidad de la filosofía? A mi modo de ver,
no es difícil precisarla. Por una parte, la filosofía se distin
gue de las otras formas del saber porque su instrumento
principal, si no único, es el discurso argumentativo (no re
curre a investigaciones materiales «de campo», a experi
mentos, etc.); por la otra, trata de encarar con los instru
mentos del diálogo racional aquellos problemas a los que es
imposible que den respuesta las ciencias positivas, en
cuanto estas, como bien sabemos, pueden enseñarnos cómo
son las cosas, pero no cómo debemos elegir, cuáles son las
mejores y más válidas maneras de orientar nuestro estar
en el mundo y nuestra vida en común.
En definitiva, la característica distintiva de la filosofía,
que le aporta su fascinación pero al mismo tiempo la con
dena a una posición siempre inestable y problemática, con
siste en plantearse problemas que no es posible resolver en
el terreno de la comprobación de hechos: cuestiones norma
tivas, como decíamos, pero también cuestiones estructura
les, esto es, relativas a la estructura de la realidad y de sus
diversas regiones, ese entramado permanente del cual ni
siquiera podemos pensar que carecemos, sean cuales fue
ren nuestras nuevas experiencias, nuestros descubrimien
tos de nuevos hechos.
Dado que es filosofía, y no ciencia de la política, la filoso
fía política enfrenta precisamente esta clase de problemas:
* Uno de los numerosos pensadores que interpretaron de esta manera la
filosofía fue, sin duda, Theodor W. Adorno; cf., por ejemplo, el ensayo Kri-
tik, en el libro homónimo Kritik. Kleine Schriften zur Gesellschaft, Franc
fort del Meno: Suhrkamp, 1971, págs. 10-19.
21
cuestiones normativas, cuando intenta construir buenos
argumentos para dar respuesta a los dilemas que nos plan
tea nuestra convivencia, a las disensiones y a los conflictos
que en ella surgen cotidianamente. Enfrenta también, y tal
vez antes de aquello, cuestiones estructurales, cuando se
pregunta sobre la naturaleza de la sociedad, la esencia del
poder, los motivos, características y naturaleza de la acción
política. Citando de nuevo a Leo Strauss, «la filosofía políti
ca es, en consecuencia, la tentativa de conocer verdadera
mente, a un tiempo, la naturaleza de las cosas políticas y el
justo o buen orden político».5
En cuanto la filosofía política tiene que enfrentar pro
blemas de esta clase, su naturaleza es más la de una «filo
sofía última» que la de una «filosofía primera»: el terreno
en el que debe avanzar es un terreno en el cual ya muchas
otras disciplinas, filosóficas y no filosóficas, han trazado ca
minos y recorridos.
Al ocuparse de mi fenómeno complejo, como la vida hu
mana en asociación, la filosofía política no puede en modo
alguno ser autosuficiente: necesariamente se pone en con
tacto con otros muchos enfoques disciplinares, y constituye
un punto de intersección y de encuentro entre estos. De he
cho, en primer término, la filosofía política se conecta con la
filosofía moral, por cuanto las cuestiones atinentes a lo que
es justo, o a propósito de una vida buena, se originan preci
samente en el ámbito de la filosofía moral. Otra fuerte co
nexión, que no siempre es subrayada lo suficiente, se debe
establecer, en mi opinión, entre la filosofía política y la fi
losofía social. Es obvio que la pregunta acerca de la justicia
política implica determinados supuestos respecto de cómo
está formada y cómo funciona la sociedad. No tendría sen
tido interrogarse sobre el buen orden político sin tener una
idea de aquello que el orden político debe gobernar, esto es,
nuestras interacciones sociales. No se debe olvidar tam
poco otro vínculo, que hoy quizá se tiende a relegar a un se
gundo plano, pero que era esencial, por ejemplo, para una
filosofía política como la de Hobbes: me refiero al vínculo
con la antropología filosófica. Y no revisten una impor
tancia menor las intersecciones con la filosofía y la teoría
del derecho, con la ciencia política, con la teoría social.
5 L. Strauss, Che cos’é la filosofía política, op. cit., pág. 36.
22
Puesto que debe tomar en cuenta una compleja red de
investigaciones y reflexiones, que interfiere desde todos la
dos, la filosofía política ocupa una posición bastante par
ticular en el ámbito de la filosofía: es más un punto de lle
gada que un punto de partida, es el lugar donde muchas lí
neas convergen, donde reflexiones e investigaciones diver
sas deben hallar un punto de encuentro y adoptar, la forma
de una figura coherente.
23
3.1. E l enfoque normativo. Cuál es el orden
político justo
Si tomamos como hilo conductor la tripartición enuncia
da por Bobbio, podemos señalar, ante todo, que las dos pri
meras cuestiones puestas de relieve (o sea, la óptima cons
titución política y el fundamento de la obligación política)
configuran dos problemáticas profundamente interconec
tadas, de las que se ocupa lo que definimos como enfoque
normativo de la filosofía política. Un horizonte normativo
comprende tanto la cuestión acerca de cuál es la mejor
constitución política como la relativa al fundamento de la
obligación política: desde este punto de vista, nos pregun
tamos qué características debe tener el orden político para
merecer la obediencia de quienes están sometidos a él, es
decir, para ser considerado un orden político legítimo.
Lo que caracteriza a una filosofía política de orientación
normativa es el hecho de que en ella el tema de la política
se enfoca fundamentalmente desde la perspectiva del de
ber ser; el objetivo principal no es indagar los hechos políti
cos tal cual son, su naturaleza o su estructura (si bien este
es siempre un paso esencial en la investigación), sino llegar
a perfilar el orden político tal como debería ser para que se
lo pueda reconocer como bueno, justo, legítimo. Desde la
República de Platón hasta la Teoría de la justicia de Rawls,
la tradición filosófico-política occidental no dejó de elaborar
grandes paradigmas normativos para responder a la pre
gunta acerca de cómo debe ser la estructura de un buen or
den político. La tradición normativa es, pues, a nuestro jui
cio, la que mejor caracteriza la aproximación de los pensa
dores occidentales a las cuestiones de la política; por esta
razón, en los capítulos siguientes de este libro nos ocupare
mos de algunos grandes paradigmas normativos (clásicos,
modernos, contemporáneos).
El hecho de que la pregunta respecto del buen orden po
lítico aparezca como una de las grandes cuestiones siempre
vigentes en la tradición filosófica occidental no significa,
naturalmente, que esta tradición no esté marcada por pro
fundísimas rupturas. Así como cambian los horizontes filo
sóficos, cambia también, en las diversas perspectivas, el
modo de entender la relación entre realidad y norma, o en
tre realidad y valor. En el horizonte aristotélico, por ejem-
24
pío, la norma no es entendida como algo separado de la rea
lidad sino, por el contrario, como aquello que corresponde a
su más verdadera naturaleza y a su fin esencial. Hay que
aguardar a la «gran división» de Hume para que ser y deber
ser, momento descriptivo y momento normativo, sean pen
sados como radicalmente heterogéneos, tales que del pri
mero no se puede derivar el segundo. Las diferencias en la
manera de entender la naturaleza de la normatividad no
implican, sin embargo, el abandono de la cuestión de fondo,
es decir, la búsqueda del buen orden político. Esta búsque
da continúa aunque cambien los horizontes filosóficos, los
instrumentos argumentativos, e incluso los valores supre
mos a los que se considera que el orden político se ha de po
der reconducir para que pueda juzgárselo como un buen
orden político. Para los antiguos, estos valores supremos,
conforme a los cuales se debe juzgar un orden político, son
la justicia y el bien común, en tanto que para la tradición
más influyente del pensamiento político moderno el valor
supremo con que se deberá confrontar el orden político será
la libertad. Pero esta diferencia no excluye la unidad de un
común enfoque normativo, así como no la excluye el hecho
de que los enfoques normativos difieran mucho en cuanto
al grado de su «alejamiento» respecto de la realidad política
de su tiempo: hay construcciones políticas que ubican la
realización del valor supremo en un mundo totalmente di
ferente (como la República de Platón, la Utopia de Tomás
Moro o, en otro sentido, el comunismo de Marx); otras pien
san el buen orden político como una «rectificación» del or
den político ya dado, del cual conserva aspectos fundamen
tales. Por ejemplo, el liberismo de Hayek y el liberalismo
igualitario de Rawls podrían ser entendidos como dos pro
puestas para «corregir», en direcciones opuestas, las es
tructuras de las sociedades democráticas y capitalistas ac
tuales: en el primer caso, para poner un dique a la «demo
cracia ilimitada» en favor del liberismo económico; en el se
gundo, para poner un límite a las desigualdades mediante
principios de justicia. Más raro es el caso de teorías norma
tivas de la política que lleguen al punto de identificar el
mejor orden político con el ya realizado en su tiempo histó
rico (esta es, por ejemplo, la lectura que se hizo, especial
mente por los críticos «de izquierda», del pensamiento polí
tico de Hegel; una lectura, cabe señalar, que interpretacio-
25
nes más cuidadosas han ido revelando como inadecuada;
por lo demás, Hegel pertenece a la teoría política normati
va entendida en sentido «amplio»); sin embargo, incluso es
tas teorías, a las que sus enemigos definirían como «apolo
géticas» (en contraposición con otra clase de teorías, que
podrían considerarse «críticas»), quedan en el horizonte de
las teorías normativas.
Como conclusión de este punto, se podría decir, pues,
que las teorías normativas, de las que la tradición occiden
tal nos ofrece un riquísimo muestrario, pueden ciertamen
te diferenciarse entre sí según diversos criterios; hemos in
dividualizado al menos tres: la modalidad ontológica de la
relación ser/deber ser (que puede considerarse como conti
nuidad o como separación más o menos clara), la determi
nación del deber ser mediante determinado valor supremo
(el bien, la justicia, la libertad, la igualdad u otro), y el gra
do de alejamiento del modelo normativo respecto de la rea
lidad efectiva (partiendo de una distancia cero, y acrecen
tándola gradualmente, podríamos distinguir teorías apolo
géticas, críticas y utópicas).
Las filosofías políticas normativas se interrogan acerca
del orden político justo, o bien, cuando enfrentan cuestio
nes más específicas, se preguntan si determinada ley o ins
titución (por ejemplo, en Aristóteles, la esclavitud) es justa
o no. Y desarrollan argumentaciones para dirimir cuestio
nes de justicia. Cabe decir, por tanto, que en la tradición del
pensamiento occidental la filosofía política normativa im
plica también, en cierto sentido, la prosecución de la discu
sión política entre los ciudadanos, con tiempos más largos e
instrumentos argumentativos y cognoscitivos más refi
nados. Como lo mostró Jean-Pierre Vemant en sus magis
trales estudios sobre el origen del pensamiento filosófico
occidental en la Grecia clásica, la discusión política pública
entre los ciudadanos y la filosofía (no sólo la filosofía políti
ca, sino la filosofía en sentido más general) nacen juntas,
en un mismo y único parto. Los filósofos que discuten cues
tiones de justicia son, por tanto, los continuadores de esa
pública confrontación de argumentos que comienza en la
polis, cuando la política, señala Vemant, «toma forma de
agón: un certamen oratorio, un duelo de argumentos que
se desarrolla en el ágora, la plaza pública, lugar de reunión
antes de ser un mercado». «Entre la política y el logos hay
26
así una estrecha relación, un vínculo recíproco. El arte
político consiste esencialmente en manejar el lenguaje; y el
logos, en su origen, toma conciencia de sí mismo, de sus re
glas, de su eficacia, a través de su función política».7
Acción política, filosofía y teoría política normativa
constituyen, pues, tres momentos genética y conceptual
mente vinculados; esto se debe destacar no sólo para recor
dar la gran contribución de un estudioso como Vemant,
sino también por otra razón más esencial. La aversión a la
teoría política normativa, en nombre de la realidad efectiva
o del reconocimiento realista de las relaciones de fuerza, es
tan antigua como la propia teoría normativa. Sin embargo,
precisamente, consideraciones como estas de Vemant que
acabamos de recordar deberían ayudamos a entender que,
aunque no pueda jamás aislarse en su autosuficiencia, el
enfoque normativo caracteriza, sin embargo, un momento
estructural e inextirpable en la relación del filósofo con el
horizonte de la política: por cuanto no sólo como ciudadano,
sino más originariamente como hombre racional y respon
sable, ni el filósofo ni ningún otro puede evadirse del impe
rativo de posicionarse, y argumentar su posición, respecto
de las cuestiones que plantea la convivencia civil.
27
bueno no podrá evitar su perdición entre tantos que no lo
son. De allí que al príncipe que quiera sostenerse le sea ne
cesario aprender a poder dejar de ser bueno, para serlo o no
serlo según la necesidad lo requiera».6*8
Antes que interrogarse sobre el estado tal como debería
ser, el realismo político, en su forma maquiaveliana, se pre
senta pues como una reflexión sobre la acción política tal
cual es, en su áspera «realidad efectiva». Para quien lo ob
serve desde este punto de vista, el ámbito de la acción polí
tica aparece, ante todo, como un reino marcado por un pe
renne choque de centros de fuerza en conflicto, que comba
ten por el poder sirviéndose de toda la gama de medios a
los que tengan acceso.
Sin embargo, no es en absoluto sencillo, pese a lo que
pueda parecer a primera vista, trazar las posibles «coorde
nadas conceptuales» de la aproximación realista a la cues
tión de la acción política.9 El primer punto que hay que
asentar, común a todos los grandes pensadores realistas,
desde Tucídides hasta Maquiavelo y Weber, es la concep-
tualización de la acción política, ante todo, como lucha por
el poder: «Quien hace política —escribe, por ejemplo, Max
Weber en su célebre conferencia de 1919— aspira al poder:
poder como medio al servicio de otros objetivos, ideales o
egoístas, o poder “en sí mismo”, es decir, para gozar del sen
tido de prestigio que confiere».10 Desde la óptica del realis
mo, entonces, la acción política se representa como un ám
bito en el que operan actores en conflicto por el poder. Esto
no significa, como destaca eficazmente Weber, que la finali
dad de la acción política deba ser necesariamente el poder
como fin en sí mismo; por el contrario, la tesis que se plan
tea es que, sean cuales fiieren los fines que el político espe
ra conseguir con su acción, incluso los más elevados, nobles
o altruistas, requieren el médium «poder» para su cum
plimiento y, por consiguiente, no hay política que no aspire
a alguna forma de poder. Pero el punto de vista del realis
mo político no se limita a asentar esta primera tesis, que
28
podría incluso parecer obvia; a nuestro juicio, se caracteri
za más bien por concebir la dimensión política como dimen
sión o ámbito conñictual, en el que actores en lucha entre sí
se enfrentan esencialmente en razón de la fuerza (es decir,
el potencial de constricción, influencia o amenaza) de la
que pueden disponer. En este sentido, desde la óptica del
realismo, se interpreta a la política como una dimensión de
lo que hoy llamaríamos la acción estratégica, se la entiende
principalmente como conflicto y relación de fuerzas: ci
tando nuevamente a Maquiavelo, «todos los profetas arma
dos triunfaron, y fracasaron los inermes».11 Lo cual signifi
ca, muy sencillamente, que para conseguir un resultado en
política no alcanza con bellas palabras y persuasión, sino
que debemos, ante todo, conocer la geometría de las fuer
zas enfrentadas, y luego, disponernos a actuar para derro
tar a la fuerza que se nos opone mediante una fuerza ma
yor. Desde la perspectiva del realismo político, en suma, co
mo sostiene Max Weber en la conferencia que hemos citado
repetidas veces, la fuerza es el «medio decisivo»1112 del cual
la acción política no puede prescindir en ningún caso. Pero
este supuesto de fondo del realismo político, en el que insis
ten Maquiavelo, Marx, Weber, no puede ciertamente acep
tarse de modo acrítico, como un artículo de fe; es preciso,
aunque sea brevemente, tratar de comprender mejor su
exacto significado y sus razones.
A menudo, el realismo político se combina con una vi
sión cruda o pesimista de la naturaleza humana, de la cual
se encuentran muchos testimonios, por ejemplo, en Ma
quiavelo: si los hombres —para el secretario florentino co
mo, después de él, para Hobbes— son, por naturaleza, ávi
dos de poder y de riqueza, si están siempre dispuestos a en
gañar y traicionar, si olvidan «más rápidamente la muerte
del padre que la pérdida del patrimonio», entonces es evi
dente que no podrán entender otra razón que la fuerza, y
sólo gracias a esta se los podrá gobernar y controlar. Sin
embargo, no está en absoluto establecido que el realismo
político tenga que basarse, en última instancia, en una con
cepción oscura de la naturaleza humana, ni en una concep
ción (agustiniana o calvinista) del hombre como criatura
11 N. Machiavelli, 11 Príncipe, op. cit., cap. VI, pág. 60.
12 M. Weber, La política come professione, op. cit., pág. 104.
29
irremediablemente corrompida por el pecado original; en
verdad, no nos parece que se pueda mantener esta cone
xión fundacional entre pesimismo antropológico y realismo
político: se puede sostener el segundo sin recurrir a los pro
blemáticos supuestos del primero.13
Para comprender cómo el realismo político puede soste
nerse, incluso prescindiendo de una visión pesimista de la
naturaleza humana, puede resultar de utilidad que reto
memos nuestro razonamiento a partir de la clara defini
ción de la política con la que Sheldon Wolin inicia su libro
titulado Política y perspectiva; la política, sostiene Wolin,
es una forma de actividad que posee las siguientes caracte
rísticas: 1) «se centra en la búsqueda de una ventaja com
petitiva entre grupos, individuos o sociedades»; 2) «está
condicionada por el hecho de desarrollarse en un ambiente
cambiante caracterizado por relativa escasez»; 3) «esa bús
queda de una ventaja determina consecuencias de tan am
plio alcance, que conciernen a toda la sociedad o a una par
te sustancial de ella».14
Incluso un punto de vista más bien soft como el que sus
tenta a esta definición permite reivindicar con facilidad las
razones del realismo político: la política tiene que ver con la
distribución de ventajas competitivas de amplio alcance
entre actores y grupos sociales; la acción política incide ne
cesariamente en las asignaciones de poder, riqueza, presti
gio y, en general, en la distribución de costos y beneficios de
la cooperación social, que en toda sociedad se distribuyen
de una manera muy compleja y a veces escandalosamente
desigual; por tanto, incluso sin implicar una visión radical
mente negativa de la naturaleza humana, se puede consi
derar que en toda sociedad los diversos actores o grupos en
tran en conflicto para reducir sus propios costos y maximi-
zar sus propios beneficios, valiéndose de los medios de pre
13 Esto es verdad también en el caso de Maquiavelo: como lo mostró
Gennaro Sasso con abundantes argumentaciones, sería Inadecuado inter
pretar que la crueldad de la naturaleza humana está en la raíz de la lectu
ra maqulaveliana de la política. Cf. G. Sasso, Niccoló Machiavelli. Storia
del suo pensiero político, Bolonia: 11 Mulino, 1980, pág. 415.
14 S. Wolin, Política e visione. Continuitá e innovazione nel pensiero po
lítico accidéntale (1960), traducción italiana, Bolonia: II Mulino, 1996,
págs. 22-3 [Política y perspectiva. Continuidad y cambio en el pensamiento
político occidental, Buenos Aires: Amorrortu, 1974].
30
sión y de coerción de que disponen; se puede concluir, pues,
que la del conflicto de fuerzas es una de las dimensiones
que caracterizan a la acción política, una dimensión que le
pertenece por estructura y como tal está destinada a per
manecer. Una acción que apunta a incidir sobre la distribu
ción de utilidades y de daños que tienen consecuencias de
amplio alcance para la vida social no puede sino constituir
un componente de un tablero de fuerzas encontradas; el
realismo parece tener razón cuando nos recuerda que el po
temos y la acción política son inseparables, aunque corre el
riesgo de convertirse en una visión unilateral y arbitraria
si hace del potemos la única dimensión que caracteriza a la
acción política, ignorando las dimensiones normativas, dis
cursivas, expresivas, cuyo papel junto a la pura acción es
tratégica intentaremos determinar. Una vez reconocida la
importancia de estas otras dimensiones, no se puede dejar
de oponer, contra el realismo político absolutizado y unidi
mensional, el mismo reparo que Gehrard Ritter opuso en
un libro signado, por lo demás, por cierto excesivo moralis-
mo: la óptica del puro realismo no tiene órganos para ver
aquello que, justamente, un análisis «realista» del carácter
multidimensional de la política requeriría que se enfocase:
«el sentimiento moral del hombre, su natural reacción con
tra la bestialidad, contra el uso tiránico del poder, contra
las mentiras groseras y la corrupción pública», así como
«su natural amor a la libertad» y «su necesidad de limpieza
moral».15 Esta observación crítica no impide, sin embargo,
a Ritter poner de relieve lo que le parece un resultado de
valor «metahistórico» de la reflexión maquiaveliana: haber
entendido a la política como una lucha de poderes que, por
su misma lógica, se sirve «de todos los medios disponibles,
sin muchos miramientos y sin muchos cuestionamientos
sobre el bien y el mal».16
Ética y política. La cuestión del realismo político se co
necta estrechamente, por consiguiente, con la del vínculo, o
el conflicto, entre la política y la moral. Como señala Bene-
detto Croce en sus rápidas anotaciones sobre Maquiavelo,
15 G. Ritter, II volto demoniaco del potere (1948), traducción italiana,
Bolonia: II Mulino, 1958, pág. 36.
16 Ibid.
31
tal vez en la relevancia atribuida a esta separación se pue
da ubicar «la verdadera fundación de una filosofía de la po
lítica».
Sostiene Croce que Maquiavelo «descubre la necesidad
y la autonomía de la política, la cual está más allá, o mejor
más acá, del bien y del mal moral, tiene leyes a las que es
en vano rebelarse, no se la puede exorcizar y expulsar del
mundo con agua bendita».17 La aporía o el dilema de la re
lación entre política y moral es, pues, para la filosofía polí
tica, una cuestión esencial en la que no podemos dejar de
detenemos brevemente.
Una primera forma de discutir este tema se centra en la
relación especular, por así decir, que se instala entre los
competidores en la arena política. Si quien hace política es
un actor que lucha con otros por el poder, entonces, debe
prever que sus competidores usarán en su contra todos los
medios que les permitan combatir victoriosamente; por
consiguiente, quien está en lucha por el poder no puede exi
mirse de hacer otro tanto, recurriendo a medios, como la
violencia y el engaño, que toda visión moral (o religiosa) de
la realidad humana siempre ha condenado. En la tradición
occidental, quien expone de manera paradigmática esta
problemática es, una vez más, Maquiavelo, de quien recor
daremos ante todo un célebre pasqje. En el más «incrimi
nado» de los capítulos de El Príncipe, el capítulo XVIII, lee
mos: «Un señor prudente no puede ni debe mantener su
palabra si tal cumplimiento lo peijudica y han desapare
cido las razones que motivaron su promesa. Si los hombres
fuesen todos buenos, no lo sería este precepto; pero como
son malvados y no mantendrán la palabra dada a ti, tam
poco estás tú obligado a mantenérsela a ellos».18 Este pa
saje enseña que el político que se siente obligado a man
tener la palabra dada no hace sino avanzar hacia su ruina,
pues quien hace política debe saber que sus enemigos, si
estuvieran en su lugar, se guardarían bien de mantener la
palabra dada; por tanto, en estas circunstancias, compor
tarse de manera «moral» sería decididamente suicida.
Desde otro punto de vista, el tema se plantea en un céle
bre pasaje de los Discursos, paradigmático para la idea mo-
17 B. Croce, Etica e política. Barí: Laterza, 1981, pág. 205.
18 N. Machiavelli, II Principe, op. cit., cap. XVIII, págs. 152-3.
32
dem a de razón de estado: «Algo que merece la atención y
observancia de todo ciudadano que deba guiar a su patria
donde se delibera hasta el fin sobre la salud de la patria, no
tiene cabida consideración alguna ni sobre lo justo o lo in
justo, ni sobre lo piadoso o lo cruel, ni sobre lo loable o lo ig
nominioso; por el contrario, descartado cualquier otro res
peto, en todo se debe seguir el recurso que salve a aquella
su vida y mantenga su libertad».19Aquí aparece otro perfil
de la aporía de la relación entre moral y política: el político
debe tener la capacidad y el valor de inflingir el mandato
moral, no en razón de que sus enemigos lo inflingirían con
relación a él, sino en razón, y en tanto, el fin de la acción
política (en este caso, la salvación de la res publica) debe
prevalecer sobre cualquier otro, es el fin supremo respecto
del cual las consideraciones de lo justo y lo injusto deben
pasar a segundo plano.
Consideraciones de esta clase podrían inducir a re
solver el conflicto entre ética y política, en Maquiavelo, bajo
el signo del «republicanismo». Se podría sostener, como
Isaiah Berlín,20 que no estamos ante una irremediable di
visión entre ética y política, sino más bien ante el conflicto
entre dos éticas: por una parte, una ética centrada en el in
dividuo y en la conciencia del bien y del mal; por otra, una
ética de la polis o de la virtud republicana, donde el valor
fundamental es la participación en la vida de la comuni
dad, en la cual el individuo realiza su virtud y afirma su li
bertad. Es notable en tiempos recientes la revalorización
del tema de la libertad republicana, tal como es desarrolla
do por Maquiavelo especialmente en los Discursos: Quen-
tin Skinner21 y otros estudiosos ven en este tema una ma
33
ñera de pensar la libertad cuyo valor teórico no está en ab
soluto agotado. Ahora bien (dejando de lado el hecho de que
lo verdaderamente revolucionario de los Discursos no re
side tanto en el concepto de libertad, sino más bien en la
idea, indudablemente novedosa, de la positividad del con
flicto político, al que ya no se ve como mera negatividad y
discordia), no parece que, siguiendo este camino, la discre
pancia entre moral y política pueda declararse remediada:
el hombre que combate por el bien de su patria, tal es la
convicción de Maquiavelo, debe estar dispuesto a sacrificar
también el bien de su alma; y esto parece excluir toda pre
tensión de fácil conciliación.
El conflicto que así se perfila entre el ámbito de la ac
ción política y el de la ley moral es uno de los grandes te
mas sobre los que la reflexión filosófico-política nunca dejó
de interrogarse, con resultados antitéticos y problemáticos.
En un extremo se sitúan los pensadores que exacerban es
te conflicto hasta tomarlo un componente estructural e in
superable —posición destinada a su vez a bifurcarse, se
gún se termine privilegiando uno u otro elemento—. Dos
posturas opuestas, antes de tomar direcciones divergentes,
confluyen paradójicamente en la tesis del irremediable en
frentamiento entre política y moral, entre política y bien: la
de los realistas inflexibles, de Maquiavelo a Schmitt, y la
de quienes han sido eficazmente definidos como pensado
res de lo «impolítico» (de Simone Weil a Hermann Broch),
los cuales, partiendo de premisas espirituales de otra clase,
conciben la dimensión de la política como una pura lucha
de poder sin redención, estructuralmente condenada, por
su misma naturaleza, a no alcanzar jamás la dimensión
del bien o de la justicia. Hermann Broch expresa de mane
ra eficaz esta paradójica coincidentia oppositorum: «Tbdos
los análisis de la política —escribe el autor de la Muerte de
Virgilio— que reconocen su falta de fines y la conciben co
mo una lucha por el poder que es fin en sí misma (por ejem
plo, los análisis de Maquiavelo y de Clausewitz) tienen la
inestimable ventaja de ser correctos».22
22 Roberto Esposito cita este pasaje de Broch, extraído de la colección de
ensayos Azione e conoscema, en su introducción al libro Oltre la política.
Antología del pensiero «impolítico», al cuidado de R. Esposito, Milán: Mon-
dadori, 1996, pág. 11. Debemos a Roberto Esposito el replanteo, en un sen-
34
Por otra parte, en la conferencia de Max Weber La polí
tica como profesión, la oposición entre ética y política se
plantea en términos no menos dramáticos, pero ciertamen
te más flexibles. Si se quiere examinar la antítesis a fondo,
es necesario aclarar primero la naturaleza de sus térmi
nos; pero esto significa que no se puede aceptar cualquier
concepción de la moralidad, sino que hay que precisar e in
dagar el concepto (porque la oposición podría ser conse
cuencia de una manera insuficiente o demasiado simplista
de entender la moralidad). Precisamente, Max Weber, que
por cierto no es, desde el punto de vista técnico, un «filósofo
moral», pone sobre el tapete uno de los problemas decisivos
en este contexto: «debemos damos cuenta —escribe— de
que toda acción éticamente orientada puede ^justarse a
dos máximas opuestas de modo inconciliable, fundamen
talmente distintas entre sí: puede orientarse según la ética
de la convicción o según la ética de la responsabilidad».23
Hay por lo menos dos maneras de pensar la acción moral
—advierte aquí Max Weber—, de las que se extraen con
clusiones totalmente distintas: si se la entiende desde la
perspectiva de la ética de la convicción, entonces, no signi
fica sino actuar conforme a lo que se considera el mandato
de la moral, desentendiéndose de los efectos que esa acción
tenga sobre el mundo como consecuencia; si la moral me
prohíbe mentir, entonces —ya había sostenido Kant en su
polémica contra Benjamín Constant—,24 no mentiré ni si
quiera al asesino que va en busca de su víctima: haber se
guido el puro mandato de la moral me exime de toda res
ponsabilidad por los resultados que en el curso de los acon
tecimientos puedan producirse. Quien actúa conforme a la
ética de la responsabilidad, en cambio, siente el deber de
responder también por las consecuencias previsibles de su
acción: la acción moralmente justa no es tan sólo la que co-
35
rresponde a un precepto, sino la que actúa concretamente
un bien en el mundo, o concretamente impide una injus
ticia. Por consiguiente, desde el punto de vista de la ética
de la responsabilidad, vale el principio: «Debes resistir con
violencia al mal; de otro modo eres responsable de su pre
valencia».25 El verdadero político, dice Max Weber, no pue
de ser insensible a las razones de la ética de la responsabi
lidad; es más, un gran político es aquel que logra (acaso pa
radójicamente) reunir en sí mismo aquello que hasta ahora
había parecido antitético: ética de la responsabilidad por
las consecuencias y ética de la convicción, en el sentido de
fidelidad a sus principios. Sin embargo, actuar en el senti
do de la ética de la responsabilidad es justamente lo que
complica, y tal vez hace tambalear, a esa tajante oposición
entre moral y política de la que partimos: el político respon
sable —sostiene de manera «realista» Max Weber— debe
saber que, al entrar en una dimensión donde rigen el poder
y la fuerza, no puede evitar tomar contacto con los «poderes
demoníacos», con el mal, con aquello que pone en peligro la
«salvación del alma»;26 pero, al mismo tiempo, sabe que es
to no implica en verdad ceder al mal, sino, por el contrario,
es lo que su propia ética de la responsabilidad le impone.
La reflexión de Weber sobre este punto, luego de atravesar
antítesis y paradojas, concluye con una síntesis que puede
parecer demasiado conciliadora: «Por lo tanto, la ética de la
convicción y la ética de la responsabilidad no constituyen
en absoluto actitudes antitéticas, sino complementarias,
que han de concurrir para formar al hombre verdadero, al
hombre que puede tener “vocación política”». Ahora bien,
¿cómo pueden considerarse complementarias dos éticas
que responden a principios que el propio Weber nos ha pre
sentado como contrapuestos? Resulta en verdad muy difí
cil resolver las paradojas de la relación ética-política: las
múltiples y complejas dimensiones de sentido y de raciona
lidad implicadas en la acción política no se prestan a las re
ducciones ad unum ni a las fáciles sistematizaciones.
36
3.3. La dim ensión existencial de la política.
H annah A rendt
Las consideraciones desarrolladas hasta ahora nos per
miten formular una primera conclusión: la acción política
escapa a todo enfoque unidimensional; para pensarla hace
falta un marco conceptual dotado de una rica articulación.
Hasta aquí hemos mostrado que no se puede excluir de la
política ni la dimensión moral de la justicia ni la dimensión
estratégica del conflicto y de la fuerza (sean cuales fueren
después las relaciones, ciertamente complicadas y no
conciliadas, entre estos dos ámbitos).
Pero esto no quiere decir que estas dos dimensiones
agoten el significado de la acción política en el contexto
más amplio de la sociabilidad humana; quien plantease la
cuestión de esta manera terminaría incluso por perder de
vista aspectos esenciales de la dimensión política. Es ver
dad que la política es ciertamente competencia por obtener
ventajas en términos de poder, honores, riqueza; es verdad
que no se puede excluir de ella el tema de la legitimidad,
esto es, la búsqueda de una legitimación racional en térmi
nos de justicia o libertad; pero también es verdad que, si
nos limitamos a estos aspectos, corremos el riesgo de igno
rar dimensiones menos evidentes pero más profundas: co
rremos el riesgo de no ver que la acción política no respon
de sólo a lógicas autointeresadas u horizontes universalis
tas, sino que encuentra motivaciones no menos profundas
en lo que podríamos llamar la dimensión de la búsqueda de
sentido, la cual, no menos que las otras ya mencionadas,
parece constituir una de las estructuras ineludibles del hu
mano ser en sociedad.
Cabe afirmar que la importancia de la obra de Hannah
Arendt reside precisamente en su sensibilidad para sondar
esta dimensión. Para Arendt, a menos que se parta de una
reflexión más amplia sobre la condición humana, sólo se
obtendrá una pobre comprensión del sentido de la política.
Su investigación de la Vida activa apunta, justamente, a
poner en evidencia que las diversas dimensiones de la acti
vidad humana se corresponden con diversos aspectos de la
condición del hombre, que la autora individualiza. La acti
vidad laboral es necesaria porque el hombre debe reprodu
cir las condiciones materiales de su vida, mientras lo que
37
Arendt llama obrar, segunda dimensión de la vida activa,
obedece al hecho de que la existencia humana, a diferencia
de la animal, tiene como condición la creación de un mundo
artificial de cosas, clara y permanentemente distinto del
ambiente natural. Por último, Hannah Arendt distingue
de las anteriores una dimensión a la que llama acción, en
la que arraiga la política. La acción no tiene que ver con las
relaciones hombre/cosa, sino con las relaciones directas en
tre los hombres; puede entendérsela a partir de dos aspec
tos que según Arendt son fundamentales para comprender
la condición humana: la pluralidad y la natalidad.
Sostener que la pluralidad caracteriza a la condición
humana refiere, en el horizonte arendtiano, a una circuns
tancia muy precisa: vivir significa ser entre los hombres
(ser-con, diría Heidegger, maestro de Arendt), y ser entre
los hombres quiere decir, al mismo tiempo, ser entre igua
les y distintos: «la pluralidad es la condición de la acción hu
mana debido a que todos somos iguales, esto es, humanos,
pero nadie es idéntico a ningún otro que vivió, vive o vivi
rá».27 Ahora bien, si es verdad que la pluralidad humana
es la «paradójica pluralidad de seres únicos»,28 entonces,
precisamente en esta unicidad tiene la acción política su
raíz. Actuar entre los hombres es, en efecto, la dimensión
en la cual, con sus actos y sus discursos, los hombres mani
fiestan a los demás su identidad, afirman «quiénes» son y,
por tanto —dicho esto en términos algo distintos de los de
Arendt—, constituyen el sentido, siempre precario, de su
identidad, estabilizándolo justamente en el acto en que lo
manifiestan a los demás.
La idea de una pluralidad que es al mismo tiempo igual
dad y unicidad se entrelaza estrechamente con los otros
dos hilos conductores del discurso arendtiano: el de la na
talidad y el de la inmortalidad. Dado que todo individuo es
irreductiblemente único, su venida al mundo implica la ca
pacidad de ocasionar algo nuevo; en cuanto único, el in
dividuo posee la capacidad de inscribir en la realidad algo
inédito, algo que antes no estaba. Y si bien, como observa
Arendt, un elemento de natalidad es esencial en todas las
27 H. Arendt, Vita activa (1958), traducción italiana, Milán: Bompiani,
1994, pág. 8.
28 Ibid., pág. 128.
38
actividades humanas, la acción política constituye su más
directa correspondencia. En la acción que funda un nuevo
organismo político, o que renueva uno existente, se expresa
así tanto la natalidad que caracteriza a lo humano como
aquello que es, en cierto modo, su polo opuesto necesario, el
recuerdo, porque la irrupción de lo nuevo crea a la vez las
condiciones para el recuerdo y para la historia (sólo de lo
nuevo hay historia; de lo que es siempre igual sólo hay his
toria natural).
Para los griegos, en cuya civilización de la polis se fun
da, según Arendt, nuestro concepto de la política, la acción
digna de recuerdo es capaz de trascender la mortalidad del
hombre individual y alcanzar una suerte de inmortalidad:
va más allá de la caducidad del ser humano, revelando una
naturaleza «divina».29 Se estrecha así el vínculo entre na
talidad e inmortalidad: el hombre, en cuanto sujeto de ac
ción, posee la capacidad de generar lo inesperado, lo infini
tamente improbable, que justamente en cuanto tal se sus
trae al mero círculo de la vida natural y se afirma en la per
manencia de la inmortalidad. La importancia de la inter
pretación arendtiana de la polis, con el espacio público que
esta abría a quienes quisieran cumplir grandes empresas o
pronunciar discursos profundos, no reside ciertamente en
la reconstrucción, atendible en mayor o menor medida, de
un contexto histórico, sino en la ayuda que nos brinda para
aclarar el sentido existencial de la política. La polis consti
tuye ante todo, en la interpretación arendtiana, un espacio
público donde el individuo puede mostrar a los demás su
irrepetible singularidad, que sólo se consolida y se fija en
cuanto tal al ponerse en escena frente a un público: «sin un
espacio de la apariencia y sin confianza en la acción y en el
discurso como modos de ser juntos, ni la realidad del sí mis
mo, esto es, la propia identidad, ni la realidad del mundo
que nos rodea pueden preservarse de la duda [...] La única
característica del mundo que permite medir la realidad es
la de ser común a todos».30 La aparición ante los demás en
la acción política (actos y discursos), que se cumple en el es
pacio público, es entonces la manera como el individuo pue
de poner en escena frente a los demás su identidad única, y
29 Ibid., pág. 15.
30 Ibid., pág. 153.
39
así tomarla estable también frente a sí mismo; a la vez, es
la condición para que lo inédito y grande que se ha cumpli
do pueda ser recordado y legado a las sucesivas generacio
nes, conservándose su memoria. Actuar en la esfera públi
ca frente a los demás y con los demás significa, por tanto,
superar la evanescencia de los sentidos y la futilidad de las
prácticas humanas puramente reproductivas. La organi
zación de la polis «asegura al actor mortal que su existen
cia transitoria y su fugaz grandeza no perderán nunca la
realidad que le otorga el hecho de ser visto, oído y, en gene
ral, de aparecer ante un público de hombres semejantes a
él».31 «En la base de la antigua estima reservada a la polí
tica —escribe asimismo Arendt— está la convicción de que
el hombre en cuanto hombre, todo individuo en su irrepeti
ble unicidad, aparece y conquista su identidad en el discur
so y en la acción, y de que estas actividades, fútiles desde
un punto de vista material, poseen sin embargo una cuali
dad perdurable, porque provocan el recuerdo de sí. La esfe
ra pública, el espacio en el mundo que los hombres requie
ren a fin de aparecer, es pues más específicamente “obra
del hombre” que la obra de sus manos o el trabajo de su
cuerpo».32
No pretendemos hacer aquí un seguimiento de todas las
implicaciones que Arendt deriva de su original interpreta
ción de la acción política, ni discutir otros aspectos de su
pensamiento. Lo que nos importa de una manera especial
es extraer de sus reflexiones alguna indicación, a los fines
de una primera clarificación y delineación del campo de la
política. Este se nos ha aparecido, a partir de las primeras
sugerencias y de las sumarias referencias que hasta aquí
hemos reunido, como un campo extraordinariamente mul-
tidimensional. Haciendo referencia a un filósofo político
contemporáneo, se podría decir que en el campo de la polí
tica operan de una forma a la vez sinérgica y disonante las
distintas y heterogéneas dimensiones de la racionalidad de
la acción humana que Habermas individualizó. Pertenece
ciertamente a la acción política (y en esto insistieron todos
los grandes pensadores clásicos del realismo) el momento
de una racionalidad que en términos modernos podríamos
31 Ibid., pág. 145.
32 Ibid., pág. 153.
40
definir como estratégica: no hay política sin lucha competi
tiva entre actores que pretenden alcanzar fines en conflic
to. Pero pertenecen también a la política, de una manera
igualmente inexorable, el momento de la racionalidad mo
ral, es decir, de la justicia, y el que hemos querido destacar
apelando a Arendt, el momento de la constitución simbóli
ca de sentido de la realidad humana y de la expresión au
téntica de sí.33 El motivo por el cual la política resulta un
objeto tan complicado desde el punto de vista categorial es,
a nuestro juicio, el siguiente: en tanto que las diversas di
mensiones de racionalidad de la acción pueden ser aisladas
como tipos ideales (es la empresa que, entre otros, acome
tió Habermas en su Tkoria de la acción comunicativa, dis
tinguiendo la acción estratégica, la acción regulada por
normas y la acción «dramatúrgica»), reencontramos en la
acción política todas estas dimensiones en obra, necesarias
e ineludibles, pero también difícilmente integrables en un
horizonte armónico. Se puede ver en esto un indicador de
la naturaleza a fin de cuentas paradójica de la política. Pe
ro no nos internaremos ahora en este camino. El gran lega
do del pensamiento político occidental, surgido, como diji
mos, del seno de la polis, es haber elaborado una impresio
nante serie de paradigmas normativos de la política, o,
como también podríamos llamarlos, modelos de justicia. A
ellos dirigiremos ahora nuestra atención, para recordar al
gunos paradigmas teóricos de extraordinaria fuerza, con
los cuales, aunque estén lejanos en el tiempo, la filosofía
política sigue ^justando cuentas.
41
Segunda parte. Paradigmas
de la filosofía política
2. El orden de la polis
1. Polis y democracia
La política, tal como la concebimos aún en el siglo XXI,
es, a diferencia de muchas otras prácticas sociales, una
práctica cuyo origen es posible individualizar con preci
sión:1 tanto la palabra como la cosa designada se originan
en la Grecia clásica, en esa particular institución conocida
como polis, de la cual permanece muy vivo el mito en el
siglo XX (como lo vimos al releer las páginas de Hannah
Arendt). La ciudad-estado griega (cuyo modelo en la cul
tura occidental es Atenas o, con mayor precisión, la Atenas
democrática) surge, entre los siglos VII y VI a.C., de la cri
sis de las formas tradicionales, reales y sagradas de la so
beranía. El poder ya no es prerrogativa de las estirpes aris
tocráticas que dominaban desde sus palacios fortificados,
sino que se traspasa idealmente en el centro simbólico de la
ciudad: la plaza, el ágora, el espacio público común a todos
los ciudadanos, que les permite reconocerse como comuni
dad, en tomo al cual establecen sus viviendas, delimitadas
por las murallas. En la ciudad-estado griega aparece por
primera vez esa radical novedad que es la discusión políti
ca en el espacio público. Con esta y junto a esta aparecen
prácticas tales como el discurso argumentativo, la filosofía,
el debate político, el pensamiento político, mantenidas du
rante toda la historia de la civilización occidental. En la po
lis, la soberanía cada vez más laicizada se hace centro de la
institución común, y objeto de un debate que se desarrolla
en la esfera pública del ágora; por consiguiente, el mando
ya no es propiedad exclusiva de alguien, de un elegido por1
1 Sobre la historia del concepto, cf. la entrada «Politik. de V. Sellin, en
Geschichtliche Grundbegriffe; traducción italiana: Política, Venecia: Mar-
silio, 1993.
45
estirpe, o por razones sagradas o religiosas, sino el resulta
do de una confrontación dialéctica, una competencia en la
que los mejores discursos y las mejores cualidades se desa
fían, y en la que, por decirlo así, se «urbaniza» la mentali
dad a un tiempo agonista e igualitaria (entre los «señores»)
que caracterizaba a las aristocracias guerreras retratadas
en los poemas homéricos.
Acompaña a la ciudad el surgimiento de la ley escrita,
«regla común a todos pero por encima de todos, norma ra
cional sometida a discusión y modifícable por decreto».2 La
igualdad entre los ciudadanos que comienza así a producir
se no es, por cierto, inicialmente, una perfecta simetría de
derechos: la polis perpetúa la primacía social de los aristó
cratas y de los terratenientes, ampliando así a la vez el
consenso hacia ella. Pero la igualdad, como señala Jean-
Pierre Vemant, reside en el criterio de proporcionalidad
con que se distribuyen los derechos, de modo que «la ley es
la misma para todos los ciudadanos y todos pueden formar
parte tanto de los tribunales como de la asamblea».3
El modelo clásico de la polis democrática, que permane
cerá como punto de referencia para toda la tradición del
pensamiento político occidental, es el de las instituciones
políticas de Atenas, tal como se definen en los años 508-507
a.C. con la reforma democrática de Clístenes y posterior
mente, hacia la mitad del siglo V, con las reformas de Pen
des. La institución en la que se encama la soberanía políti
ca es la Asamblea de los ciudadanos de pleno derecho, la
ekklesia, abierta a todos los ciudadanos varones y libres,
mayores de 18 años; en ella, todos tienen derecho a la pala
bra y las decisiones se toman por mayoría. La Asamblea re
presenta la más alta autoridad decisoria sobre las cuestio
nes legislativas y las principales cuestiones de gobierno.
La actividad de carácter propiamente administrativo la
ejercía una parte más limitada de la ciudadanía, el consejo
de los 500 (boule). Muchos de los principales cargos políti
cos eran sorteados, y se preveía una compensación para
quienes los ocuparan. La política ateniense consistía así en
mecanismos de deliberación que funcionaban a través de
un sistema de democracia directa y participativa; se trata-
2 J.-P. Vemant, Le origini del pensiero greco, op. cit., pág. 44.
3 Ibid., pág. 81.
46
ba pues de una democracia que, a diferencia de las moder
nas, carecía de un verdadero aparato estatal; en cambio, en
ella tenían un papel principal la confrontación de argu
mentos y la discusión pública.
Precisamente en el contexto de la ciudad y de los de
bates que en ella se desarrollan, se manifiestan las prime
ras formas de pensamiento político: los sofistas destacan la
convencionalidad del nomos, las leyes de la ciudad, en re
lación con una supuesta justicia natural; llegan incluso, co
mo el TVasímaco representado en el libro I de la República
de Platón, a desmitificar toda idea de justicia, sosteniendo
que esta no es sino el provecho del más fuerte. Tucídides, al
relatar el exterminio de los melios por parte de los atenien
ses en la Guerra del Peloponeso, pone en escena por prime
ra vez el realismo político más duro, confirmador del domi
nio sin alternativas de las leyes de la fuerza.4 El pensa
miento aristocrático y oligárquico (expresado en el famoso
panfleto La constitución de los atenienses) desarrolla una
temprana crítica de la democracia, a la que caracteriza co
mo régimen que convoca a la «chusma» para guiar el esta
do y que, con el imperialismo ateniense, permite al popula
cho satisfacer sus apetitos imponiéndose, en la ciudad, so
bre los terratenientes y, hacia afuera, sobre las demás co
munidades. El sofista Protágoras, por el contrario, legiti
ma la democracia, sosteniendo que la capacidad de hacer
política no es un talento especial del que sólo algunos están
dotados, sino una aptitud que todos los ciudadanos pueden
tener o adquirir. De modo acorde con la perspectiva con-
vencionalista propia de la sofistica, Protágoras afirma, se
gún se lee en el 7ieteto de Platón, que lo justo y lo injusto
dependen de lo que la ciudad establezca al respecto. Según
la tesis protagórica de que el hombre es la medida de todas
las cosas, no se puede decir que un individuo sea más sabio
que otro, ni que una ciudad supere a otra por la calidad de
sus instituciones.
47
2. La concepción platónica del Bien político
La juventud de Platón y la condena a muerte de Sócra
tes se sitúan en una etapa en la cual la democracia ate
niense, después del esplendor de la edad de Pericles, atra
viesa una profunda crisis. Esta democracia, ahora débil e
insegura, es responsable de la condena a muerte de Sócra
tes en el año 399 a.C., experiencia que resultará decisiva
para la formación del pensamiento de su joven discípulo
Platón (427-347 a.C.).
Lo cuenta el propio Platón en la Carta VII: «Cuando yo
era joven sentí lo mismo que muchos otros: tenía intención
de dedicarme a la vida política tan pronto como me hiciera
dueño de mí mismo». Pero la observación de la vida política
real pronto lo haría desistir. En un primer momento había
depositado ciertas esperanzas en el gobierno de los TVeinta
Tiranos, entre los cuales él, como miembro de la aristocra
cia ateniense, contaba con numerosos parientes y cono
cidos que lo invitaron a colaborar. Mas no tardó este gobier
no en hacer añorar los anteriores; cuenta Platón: «Entre
otras cosas, un día enviaron a Sócrates, un amigo mío de
más edad a quien no dudo en llamar el hombre más justo
de su tiempo, para que, acompañado de otras personas,
arrestara a un ciudadano y lo condujera a la muerte, con el
fin de hacerlo cómplice de ellos, quisiera él o no; pero Sócra
tes no obedeció, y prefirió correr cualquier riesgo antes que
hacerse cómplice de inicuos delitos. Entonces, al ver todo
esto [...] fui presa de la indignación y me alejé de los males
de ese tiempo». Vino a continuación la restauración de la
democracia, que pareció llevar al poder a hombres «de gran
moderación». «Pero sucedió después que algunos poderosos
promovieron un proceso contra ese amigo mío, Sócrates,
acusándolo de un delito infame, el más contrario a su áni
mo: lo acusaron de inmoralidad, fue condenado y se le dio
muerte, a él, que no había querido participar en el inicuo
arresto de un amigo de los entonces desterrados, cuando
ellos sufrían fuera de la patria. Viendo esto y observando a
los hombres que entonces se dedicaban a la vida política
[...] tanto más difícil me parecía participar en la adminis
tración del estado y seguir siendo honesto»; «finalmente me
di cuenta de que todas las ciudades estaban mal goberna
das, pues sus leyes no podían ser enmendadas sin una ex-
48
traordinaria preparación, unida a afortunadas circunstan
cias, y me vi obligado a sostener que sólo la recta filosofía
permite ver lo que es justo en los asuntos públicos y en los
privados». Platón concluye planteando la tesis que es el
fundamento de la República: «vi entonces que los males de
las generaciones humanas no cesarían a menos que quie
nes llegaran al poder político fueran puros y auténticos fi
lósofos, o los jefes políticos de las ciudades se transforma
ran, gracias a algún favor divino, en verdaderos filósofos».5
Lejos de constituir una tesis extravagante, la afirma
ción de Platón de que sólo los filósofos podrían ser buenos
gobernantes responde a la lógica rigurosa de su argumen
tación. El arte político, definido por Platón, en el diálogo
Político, como arte regio y supremo, que debe orientar a to
dos los demás y a la vida del conjunto de la comunidad,6
tiene el cometido de hacer realidad el bien de cada uno en
bien de la comunidad. Y el bien para los hombres no coin
cide necesariamente con lo que ellos se representan como
tal; el verdadero bien consiste en cultivar la perfección de
la propia alma y seguir la justicia. El verdadero arte polí
tico, que realiza el bien de la comunidad, debe al mismo
tiempo, precisamente en cuanto tal, volver mejores a los
ciudadanos: no es el menor deber de las buenas leyes y del
buen gobierno crear buenos ciudadanos.7 Pero si la política
se reduce, como sucede demasiado a menudo en la ciudad
real, a una feroz competencia en pos de los honores y el po
der, resultará inadecuada para la consecución de sus au
ténticos fines. Por consiguiente, una buena política sólo po
drán hacerla los verdaderos filósofos; estos, dado que han
comprendido en qué consiste el verdadero bien, no han de
contender, como ciegos habitantes de un reino de sombras,
por la riqueza, los honores ni el poder, sino que, al contra
rio, no desearán nada mejor que alejarse para buscar aque
llos bienes más completos cuya conquista no implica injus
ticia hacia los demás y, por tanto, no acarrea la ruina ni la
corrupción de sí (puesto que, como enseña Sócrates en el
Gorgias, cometer injusticia es un mal peor que recibirla).8
5 Carta Vil, 324c-3256.
6 Político, 305c.
7 Gorgias, 517.
8 Gorgias, 469.
49
Sheldon Wolin, en las inspiradas páginas que dedicó al
pensamiento político de Platón, escribió: «A diferencia de
quienes anhelaban la riqueza y el poder, el amante de la
sabiduría no estaba en competencia con sus conciudada
nos, ni alcanzaba sus fines a expensas del prójimo. Era la
suya la única actividad de la que sacaba partido toda la co
munidad».9
Estas conclusiones, paradójicas tal vez, pero deducidas
de manera rigurosa, son expuestas en el séptimo libro de la
República: la mayoría de los estados se hallan gobernados
por «personas que luchan entre sí por sombras vanas y se
disputan el poder como si fuese un gran bien». Pero la ver
dad es esta: «el estado en el que menos anhelan gobernar
quienes han de hacerlo es, por fuerza, el mejor adminis
trado y el más alejado de disensiones, y lo contrario cabe
decir del que tenga gobernantes contrarios a esto [...] Si
has hallado para los que han de gobernar un modo de vida
mejor que el gobernar [esto es, filosofar], podrás contar con
una óptima administración del estado, pues sólo en él go
bernarán los verdaderos ricos, no en oro, sino en la riqueza
que hace la felicidad: una vida virtuosa y sabia. Empero,
esto es imposible si llegan al poder hombres indigentes y
ávidos de riquezas personales, persuadidos de que habrán
de adquirirlas cuando asuman el gobierno, pues cuando el
gobierno se convierte en objeto de disputas, semejante gue
rra doméstica e intestina acaba con ellos y con el resto del
estado [...] Conviene que lleguen al gobierno los que no lo
desean; de no ser así, la rivalidad suscitará querellas entre
los pretendientes».10 En opinión de Platón, a la permanen
te contienda que caracteriza a la polis democrática, a los
discursos hábilmente persuasivos de los sofistas, que pros
peran en su ámbito, sólo se puede responder reafirmando
la verdadera filosofía y el principio de competencia, que in
vierte el principio democrático de que todos son capaces de
juzgar los asuntos públicos.
Así como la ciudad necesita a los filósofos, estos también
necesitan a la ciudad: no existe, según Platón, una felici
dad contemplativa y apartada de la que el filósofo pueda
gozar incluso en la más vil y corrupta ciudad, puesto que su
9 S. Wolin, Política e cisione, op. cit., pág. 86.
10 República, 520-1; cf. también Leyes, 4.715.
50
búsqueda de la sabiduría, de la perfección y de la felicidad
requiere el intercambio y la relación con otros hombres.11
Como lo mostró la vicisitud de Sócrates, en la ciudad injus
ta el filósofo no puede cultivar la filosofía y permanecer fiel
a la justicia sino al precio del máximo sacrificio; por consi
guiente, la ciudad bien administrada tiene tanta necesidad
de filósofos como estos necesitan una comunidad regida
por la justicia, pues sólo en ella puede la filosofía ejercerse
libremente.
En este marco debe entenderse el proyecto platónico de
una ciudad ideal, tal como se lo perfila en la República. De
linear una comunidad política orientada por la idea de la
justicia implica, ante todo, el enfrentamiento con quienes,
como el sofista Trasímaco —protagonista del primer libro
de la República—, niegan la validez misma de la idea de
justicia, empleando argumentos semejantes a los que re
planteará, en el siglo XIX, el inmoralismo de Friedrich
Nietzsche. Lo que en todo estado se considera justo, afirma
Trasímaco, es en verdad lo que resulta útil al poder consti
tuido; y puesto que el poder es tal en cuanto posee la fuer
za, se desprende, «para quien razone correctamente, que lo
justo es lo mismo en todas partes: lo que conviene al más
fuerte».1112
Así como el pastor no se preocupa del bien de las ovejas,
sino del propio, y del primero sólo en función del segundo,
lo mismo vale para el gobernante; el destino de quienes son
llamados justos, que no son en realidad otra cosa que dé
biles o ingenuos, es padecer el natural dominio del más
fuerte, a quien sólo un prejuicio puede llamar injusto. La
vida del así llamado injusto, continúa lYasímaco, es en todo
caso mejor que la del justo: «cuando se establecen impues
tos, aunque sus bienes sean iguales, el justo paga más, el
injusto menos; pero cuando se trata de cobranzas, aquel no
recibe nada, este cobra mucho». Si se trata, en cambio, de
ocupar un puesto público, el injusto obtiene riqueza y hono
res, mientras el justo gana enemigos y termina, además,
poniendo de su bolsillo.13 Tómese nota de esta eterna reali-
51
dad, concluye el Trasímaco platónico (de quien a veces
Nietzsche no parece sino una pálida imitación), y déjese de
predicar la justicia. Le hace eco Glaucón, anticipando por
su parte los argumentos de un contractualismo estratégi
co, cuando afirma que las leyes surgen porque quienes reci
ben injusticias sin poder evitarlo, y no logran infligirlas a
otros, pensaron que era ventajoso acordar no cometer in
justicia unos contra otros, y establecieron una ley a tal fin,
mediante una suerte de pacto; un pacto que nadie suscribi
ría (a menos que fuese loco) si tuviese la posibilidad de ava
sallar impunemente a los demás.14 Son los débiles, sostie
ne Calicles en el Gorgias, quienes cantan alabanzas a la
justicia; esta no es sino un velo tras el cual esconden su im
potencia.
En la República, Platón no nos presenta una refutación
directa y lineal de las tesis de Trasímaco. La refutación se
articula en una amplia y entrelazada serie de razonamien
tos y argumentaciones, que sólo tomados en conjunto lle
gan a perfilar el cuadro de una comunidad política justa.
Como observación preliminar, para comenzar, la injusticia
parece implicar a la justicia sin llegar a negarla del todo:
incluso una banda de ladrones necesita, para funcionar efi
cazmente evitando la división y la destrucción, que rija en
su interior alguna forma de justicia. Y lo que vale para un
conjunto de individuos parece valer, en cierto modo, tam
bién para cada uno: el individuo absolutamente injusto es
tá tan dividido por dentro, que al final se muestra incapaz
de actuar, al igual que una banda de injustos desmembra
da y destruida por conflictos internos.15
Esta comparación podría parecer inapropiada, pero en
verdad no lo es, en cuanto también el individuo considera
do como agente lleva en sí una pluralidad: como lo muestra
el sencillo ejemplo de quien voluntariamente se obliga a no
mirar algo hacia lo cual su deseo lo atrae, si no se supusiese
una pluralidad dentro del individuo, se llegaría a una im
pensable contradicción.16 Si adoptamos entonces el punto
de vista de que hay justicia cuando una pluralidad se orde
na de la manera adecuada para mantener su unidad armó-
MIbid., 359a-¿>.
K IbuL, 351-2.
16 Ibid.., 436-7.
52
nica, de modo que cada parte ejerza lo mejor posible su fun
ción, podemos decir que la justicia es la condición requeri
da para que un organismo se mantenga y realice su bien, y
agregar que ello implica, de forma igualmente imperiosa y
necesaria, que en el orden de las partes dominen aquellas
cuyo señoreo asegura del mejor modo el bien del todo.
De este modo, Platón desarrolla el razonamiento sobre
la justicia en el estado, manteniendo como hilo conductor
la analogía entre la comunidad política y esa pequeña co
munidad in interiore homine que es el alma individual. En
la pluralidad del alma, que necesariamente debemos pos
tular, hay que distinguir, según Platón, tres momentos:
hay un alma apetitiva, que tiende a la satisfacción de los
placeres del cuerpo (comer, beber, copular y demás); hay un
alma racional, que aspira al conocimiento y a la verdad, y
por último está el momento volitivo, la energía de la volun
tad, gracias a la cual el alma se dirige hacia uno u otro de
sus objetivos, con mayor o menor determinación y coraje:
en suma, se trata del alma concupiscible, el alma racional y
el alma irascible. Justo es el individuo17 en quien las tres
partes del alma no luchan entre sí, sino que se encuentran
en íntimo orden y armonía, pero esto sólo es posible, en la
concepción platónica, si entre los componentes rige la justa
jerarquía, sin que se inviertan las relaciones de dominio
conformes con la naturaleza. En el hombre justo, la parte
racional, sostenida por la irascible, domina a la parte con
cupiscible; sólo este orden permite al individuo alcanzar su
verdadero bien, su más auténtica felicidad. Se podría obje
tar, retomando la línea de razonamiento sofista, que el
hombre más feliz es aquel que satisface sin freno todos sus
apetitos, como por ejemplo el tirano; pero, en realidad, para
comprender qué parte del alma debe mandar, basta con
reflexionar sobre las diversas clases de placer hacia las que
se dirige cada parte del alma, y razonar sobre cuáles asegu
ran la felicidad más verdadera. La parte racional busca el
placer de aprender y conocer la verdad; la irascible busca
fama y honores; la concupiscible se dedica a los diversos
placeres del cuerpo y al dinero, que permite acceder a todos
los medios de placer. ¿Qué placeres dan la mayor felicidad?
Si se le pregunta a quien cultiva uno de los tres modos de
17 Ibid., 443-4.
53
vida, responderá que el mejor es precisamente aquel al que
se dedica: el filósofo alaba los placeres del intelecto; el
amante de la victoria sostiene que nada es equiparable a
los honores y a la fama; el amante de las ganancias se burla
de ambos juzgando fútil lo que para ellos es importante. ¿A
cuál de estos tres juicios deberemos dar fe? Responde Pla
tón: deberemos creer al filósofo, y no por una opinión pre
concebida, sino en virtud de sólidas razones; de hecho, el
filósofo, en cuanto hombre que vive en sociedad, tiene tam
bién un preciso conocimiento de las clases de placer que
considera menos válidas, mientras los hombres que persi
guen honores o dinero no tienen una experiencia equiva
lente de los placeres de la mente: pretenden juzgar sobre lo
que conocen poco y mal. Su juicio es, por tanto, menos aten
dible, y no sólo por esta razón, sino también porque el filó
sofo es quien, por así decir, ha cultivado «profesionalmen
te» el arte de juzgar con rectitud, y desde este punto de
vista se ha de admitir, pues, que su opinión es la más equi
librada. Platón aduce otras muchas argumentaciones ade
más de esta, pero no llega a explicitar por completo la argu
mentación que, a nuestro parecer, él siente más profunda
mente: aprender y conocer son, en relación con los otros
bienes, los únicos que podemos conseguir de modo ilimita
do sin necesidad de sustraerlos a otros: el dinero y los hono
res son recursos escasos por los cuales se compite, mientras
el saber que se adquiere no se obtiene a expensas de nadie,
incluso se lo regala de buena gana a otros.18
No cabe duda entonces de que la parte del alma que de
be ejercer el gobierno de las demás es la parte racional,
pues sólo si se encomienda al gobierno de esta el hombre
podrá alcanzar su más completa felicidad y autorrealiza-
ción. Pero lo que es cierto para el individuo es también cier
to para esa comunidad más amplia que es el estado. Las
tres paites del alma, como vimos, corresponden a tres tipo
logías fundamentales de individuos: los que buscan la sabi
duría, los que ambicionan honores y los que ansian las ga
nancias. Una sociedad justa o bien ordenada será aquella
que asegure el equilibrio apropiado entre estos componen
tes suyos.
18 Este punto lo destaca claramente F. M. Comford, Plato’s Common-
urealth, op. cit., pág. 62.
54
No carece de sentido señalar, ante todo, que incluso el
«idealista» Platón toma como punto de partida aquello que,
con un lenguaje actual, podríamos definir como la necesi
dad fundamental de asegurar la reproducción material de
la sociedad: la sociedad humana, para Platón, surge funda
mentalmente de la necesidad. El hombre no es capaz de
bastarse a sí mismo y por tanto establece relaciones de co
laboración e intercambio con otros. El desarrollo cada vez
más rico y estructurado de estas relaciones va generando
una más marcada división del trabajo, que responde a una
muy precisa lógica de eficiencia: «se producirán más cosas
y mejor y más fácilmente si cada uno realiza un solo tra
bajo, en el momento oportuno y acorde con sus aptitudes
naturales, liberado de las demás ocupaciones».19
A la satisfacción de las necesidades materiales, que son
la razón misma por la que el hombre se organiza en socie
dad, proveerá la clase de los productores y los comercian
tes, formada por aquellos hombres en quienes prevalece el
deseo de ganancias. El crecimiento de la ciudad y de sus re
querimientos llevará inevitablemente al conflicto con otras
comunidades, y podrá plantearse la necesidad de la gue
rra; de aquí la necesidad de una clase de guardianes pro
tectores de la ciudad, que deberá estar formada por aque
llos en quienes prevalece el componente irascible: coraje,
agresividad, búsqueda de gloria. Mas por encima de la fun
ción de protección militar está la del gobierno de la ciudad;
esta deberá ser presidida por los guardianes en sentido
más alto y perfecto, esto es, los gobernantes-filósofos, en
cuya alma prevalece el momento racional. La legitimidad
de su gobierno está dada por su conocimiento del verdade
ro bien. La platónica ciudad bien ordenada es, por lo tanto,
aquella que asegura a las diversas clases de hombres la
posibilidad de vivir de la manera como su temperamento
los oriente, pero los mantiene dentro de los límites que ha
cen que ellos contribuyan, cada cual a su modo, al bien de
la ciudad, y no acarreen su ruina.
Así, los amantes del dinero, los hombres codiciosos, po
drán dedicarse a la actividad económica, con tal que esta
sea regulada de la manera adecuada para evitar diferen
cias excesivas entre riqueza y pobreza, por cuanto estas di-
19República, 370c.
55
ferencias ocasionarían dos poleis en conflicto entre sí, la de
los ricos y la de los pobres, y se destruiría ese bien primario
que es la unidad del estado. Por lo demás, los hombres codi
ciosos no deben acceder al poder político, pues no puede
ejercerlo de manera justa quien tiene como interés prima
rio aumentar sus posesiones.
Precisamente por este motivo se debe mantener a la cla
se de los gobernantes del estado rigurosamente alejada de
todo aquello que implique un interés adquisitivo privado:
como custodios del bien público, los gobernantes deben vi
vir sin tener siquiera la tentación de aumentar sus bienes
privados. Por tanto, no deben tener propiedad privada, si
no todo en común, y deben vivir y comer juntos como bue
nos amigos. No hay discriminación alguna entre hombres
y mujeres, en el sentido de que todos los roles disponibles
para los unos lo están también para las otras. Las uniones
son dispuestas mediante un complicado sistema de sor
teos, que en realidad, dice Platón, deberá ser manipulado
por los guardianes supremos, de modo que los empareja
mientos resulten óptimos. Todos los lujos serán considera
dos hijos de la ciudad y serán criados juntos. Esta vida co
munitaria regirá para los guardianes en general, tanto pa
ra los filósofos-gobernantes como para los guerreros; pero
se dedicará una atención absolutamente especial a la edu
cación de los filósofos, a la que Platón destina, penetrando
en lo esencial de las cuestiones filosóficas, muchas páginas
de la República.
En lo que concierne a la pertenencia a las tres clases, el
óptimo estado platónico no desdeñará recurrir a una «men
tira noble»:20 se hará creer a los hombres que pertenecen a
ellas según que en su naturaleza esté mezclado oro (filóso
fos), plata (guerreros), o hierro y bronce (artesanos y co
merciantes); los jóvenes pertenecerán, por lo general, a la
clase de quien los ha generado, pero no sin excepciones.
Con la idea de la mentira noble, Platón revela también,
muy precozmente, el mecanismo de funcionamiento de la
ideología: esta legitima los órdenes sociales, producidos por
los hombres, haciéndolos aparecer como hechos naturales
independientes de su voluntad.
70 Ibid., 4146.
56
Luego de haber trazado en la República el esquema de
la sociedad bien ordenada, Platón se centra en las constitu
ciones que se apartan del ideal, a las que se puede, por tan
to, considerar como formas degeneradas de este, que co
rresponden a la prevalencia de partes del alma que debe
rían estar sometidas al gobierno del alma racional. Las
cuatro formas de constitución degenerada (timocracia, oli
garquía, democracia, tiranía) pueden entenderse como un
proceso de decadencia progresiva a partir de la corrupción
de la constitución óptima. Primeramente, al decaer en los
gobernantes la hegemonía de la razón, prevalecerá la parte
irascible, y el gobierno pasará a manos de los individuos ca
racterizados por la «ambición de triunfo y la sed de hono
res» (timocracia);21 más adelante, el deseo de honores será
sustituido por el deseo de riquezas, más vulgar, y se afir
mará la constitución oligárquica, donde la polis está escin
dida: por una parte los ricos, por la otra una masa de po
bres sin recursos, cargados de deudas, los cuales «anhelan
una revolución».22 Así, escribe Platón, «la democracia
surge cuando los pobres, tras lograr la victoria, matan a
unos, destierran a otros, y comparten con los que quedan el
gobierno y los cargos públicos, que la mayor parte de las
veces se distribuyen, en este tipo de régimen, por sorteo».23
Para Platón, entonces, lo que caracteriza a la democracia
es, por un lado, el hecho de que tome el poder una clase de
terminada, la de los desposeídos; por otro lado, una liber
tad aparentemente muy buena, que se traduce pronto en el
dominio de los demagogos, los cuales se muestran bien dis
puestos hacia el pueblo y sus deseos; finalmente, el rechazo
de toda obediencia, lo que ocasiona «la insolencia, la anar
quía, el desenfreno y la desvergüenza».24 La aversión a la
anarquía genera por último la tiranía, puesto que «el exce
so de libertad no puede, al parecer, sino convertirse en un
exceso de esclavitud».25 Se cierra así el ciclo de las formas
degeneradas de constitución.
Platón pinta el cuadro de la degeneración con rasgos
muy eficaces, pero no resulta igualmente claro cuál es el
21 Ibid., 548c.
22 Ibid., 555d.
23 Ibid., 557o.
24 Ibid., 560e.
25 Ibid., 564o.
57
modo de transitar de una situación de corrupción política a
la óptima república. En el libro V de la República, Platón
reitera su convicción de que es concebible la instauración
del estado justo «con un solo cambio, aunque no sea un
cambio pequeño ni fácil, pero posible»:26 que los filósofos se
conviertan en gobernantes o que los gobernantes se hagan
filósofos. Pero bien sabe él cuán improbable es esto, dado
que, en la medida en que filósofos son quienes aspiran a un
modo de vida superior al de gobernar y distinto de este, se
rá difícil que ellos conquisten el poder, y más difícil aún que
los llamen quienes en cambio lo ambicionan. Por eso pare
cen tener buenas razones quienes sostienen la imposibili
dad de que Platón considerara realista y factible el proyec
to de la República-, por lo demás, el propio Platón se aleja
del horizonte delineado en la República en una obra de su
vejez más «realista»: las Leyes.
Por consiguiente, según se ha sostenido, «se debe enten
der a la República como un modelo ideal y como un para
digma ético antes que político, y no, por cierto, como la base
para un programa político».27 El estado óptimo, leemos en
el cierre del libro IX de la República, es «un estado que se
halla sólo en las palabras, ya que no creo que exista en nin
gún lugar de la Tierra. Pero tal vez, repliqué, haya en el
cielo un modelo de ese estado para quien quiera verlo y go
bernarse de acuerdo con él. Por lo demás, poco importa que
ese estado exista o vaya a existir algún día [...]». Acaso lo
más importante es que pone en evidencia una de las para
dojas constitutivas de lo político: un estado ordenado al
Bien sería aquel donde ejercieran el poder quienes no lo de
sean, así como no desean la riqueza que del poder deriva.
58
Sólo en ese contexto se hace posible la acción del hombre, a
través de la cual resplandece su virtud. Para Aristóteles,
como para Platón, el Bien es el objeto primario de la refle
xión política, tanto el bien del hombre individual como el
bien de la ciudad, puesto que el bien del individuo, que fun
damentalmente consiste en la actividad del alma conforme
con la virtud, se actúa en el marco de la relación con los de
más, de modo que procurar el bien «de una persona es algo
deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para
un pueblo y para ciudades».28 La política es, pues, la cien
cia más directiva y arquitectónica, en cuanto se ocupa del
«bien propiamente humano» en su contexto más amplio,
ordenando todas las condiciones dentro de las cuales los
individuos pueden vivir bien y alcanzar su felicidad.
Perdura, entonces, el marco paradigmático de una co
munidad política pensada en función del logro del bien de
los individuos y de la comunidad, pero cambian profunda
mente, respecto de Platón, las coordenadas teóricas que
guían la investigación acerca del bien para el hombre.
Cambia, en primer lugar, la manera de entender el es
tatuto teórico del saber práctico, ético y político: «las cosas
nobles y justas que son objeto de la política presentan tan
tas diferencias y desviaciones, que parecen existir sólo por
convención, y no por naturaleza».29 Debido justamente a
esta variedad e inestabilidad, el bien práctico no puede ser
objeto de un saber absolutamente riguroso, como la visión
epistémica en la que confiaba Platón. Al contrario: habrá
que contentarse con una verdad conocida «de manera apro-
ximativa y a grandes rasgos», puesto que el hombre verda
deramente culto no espera de una investigación de cual
quier tipo más exactitud de la que el objeto permite; el sa
ber práctico nunca podrá alcanzar el rigor demostrativo del
saber matemático y el teórico.30
En segundo lugar, cambia asimismo la concepción del
bien; es cierto que, tal como se ha afirmado, «Aristóteles no
abandonó la creencia esencialmente platónica de que la co-
28 Etica Nicomáquea, I 2,10946.
29 Ibid.
30 Sobre este aspecto metodológico, importantísimo para el así llamado
renacimiento de la filosofía práctica, véase el libro de G. Bien, La filosofía
política di Aristotele, traducción italiana, Bolonia: II Mulino, 2000, págs.
108 y sigs.
59
munidad política debería aspirar al bien supremo»,31 pero
es cierto también que él somete a una crítica compleja y
perfectamente argumentada la teoría platónica según la
cual hay una única idea del bien en sí, de la que participan
todos los bienes individuales. Muchos son los argumentos
de Aristóteles en contra de la tesis platónica de la unidad
del bien; basta con recordar aquí uno de los más claros: si
hubiera un único bien, también habría una única ciencia
de él, pero en cambio son muchas y diversas las ciencias
que se ocupan de lo que, en un contexto determinado, es un
bien. La crítica de la excesiva concentración platónica en la
unidad, tanto de la idea como del cuerpo político, está en la
base del modo mucho más articulado en que Aristóteles
propone una polis bien ordenada.
En la complicada y muy discutida estructura de la polí
tica aristotélica, que incluso ha sido considerada como un
agregado de tratados independientes, el primer libro ilus
tra con gran claridad, sin embargo, uno de los puntos cen
trales del Estagiríta, que será objeto más que ningún otro
de la polémica de Hobbes y de los pensadores políticos del
individualismo y del contractualismo modernos. Polemi
zando a su vez con el proto-contractualismo antiguo (en el
libro III de la Política, la referencia apunta al sofista Lico-
frón, quien entiende la ley como una convención),32 Aristó
teles desarrolla de modo paradigmático tanto la tesis del
carácter natural (por ende, ni artificial ni originado en un
pacto) del estado, como la del carácter igualmente natural
de las relaciones de autoridad/obediencia que fundan la
propia comunidad humana. Ante todo, no hay individuo
aislado, sino siempre comunidad (originaria, podríamos
decir), la cual, por una parte, une al varón y la mujer con
vistas a la reproducción, y, por la otra, une a quien, previ
sor e inteligente, tiene naturaleza de jefe con quien, predo
minantemente dotado de fuerza física y apto para el tra
bajo duro, es por naturaleza subordinado o esclavo. El
hombre es por naturaleza un zoon politikon que, comen
zando por la pequeña célula familiar, da vida a comunida
des cada vez más amplias, primeramente la descendencia,
31 S. Wolin, Política e visione, op. cit., pág. 97.
32 Política, III9.12806.
60
luego la aldea, por último la ciudad, donde alcanza final
mente los bienes de la vida civilizada. Por lo demás, el con
cepto aristotélico de naturaleza, a diferencia del concepto
moderno, es intrínsecamente teleológico: la naturaleza de
una cosa es el fin al que tiende su desarrollo, y en este sen
tido la comunidad civilizada está inscripta en la naturale
za del hombre. La naturaleza no deja nada librado al azar;
así, el hombre posee la palabra y el sentido del bien y del
mal, de lo justo y de lo injusto, para que los pueda desarro
llar y actuar en la comunidad con sus semejantes. Así como
en el plano metafísico el acto es anterior a la potencia, tam
bién el estado es anterior (no en el tiempo, sino en cuanto a
su concepto) al individuo y a la familia, porque «el todo es
necesariamente anterior a la parte. En efecto, destruido el
todo, ya no habrá ni pie ni mano, a no ser con nombre equí
voco [...] Así pues, es evidente que la ciudad es por natura
leza y es anterior al individuo; porque si cada uno por se
parado no se basta a sí mismo, se encontrará de manera se
mejante a las demás partes en relación con el todo. Y el que
no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su
propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una
bestia o un dios»,33 ciertamente no un hombre.
No menos natural es para Aristóteles la relación de su
bordinación, y por tanto la de amo y esclavo: así como en el
hombre individual el alma domina al cuerpo y la inteligen
cia al apetito, como los hombres en conjunto dominan a los
animales, como el varón domina a la mujer, así, quienes en
mayor medida están dotados de inteligencia y capacidad
de mando dominan a los mayormente dotados de fuerza fí
sica, aptos, por ende, para servir como esclavos, como ver
daderos instrumentos animados.
También las familias, de las que se compone la comuni
dad política (pero son a la vez, como vimos, el auténtico
fundamento de esta), están estructuradas con arreglo a es
tas relaciones de jerarquía natural; el hombre libre, el amo
y señor, manda de maneras diversas al esclavo, a la mujer
y al muchacho: manda al esclavo porque este no posee en
toda su plenitud la parte deliberativa del alma; a la mujer,
porque ella la posee sin autoridad; al muchacho, porque la
posee pero aún no desarrollada. Manda sobre la mujer a la
33 Ibid., 12 ,1253a.
61
manera en que lo hace el gobernante sobre el gobernado, y
que se podría asimilar a un gobierno constitucional. El
mando sobre el hijo, en cambio, es semejante al mando
real, basado en la autoridad que se funda en el afecto y en
la edad más madura. La base económica de la familia está
dada por la propiedad, y una parte importante del análisis
aristotélico está dedicada justamente a la administración
doméstica, es decir, al modo en que se puede adquirir, acre
centar e intercambiar la riqueza. Aristóteles acepta el in
tercambio de bienes para satisfacer las necesidades de la
vida, pero condena por innatural el intercambio de bienes
cuyo fin es el ilimitado acrecentamiento de la riqueza.
Según Aristóteles, no es un defecto menor de la Repúbli
ca de Platón haber sacrificado, en nombre de la unidad del
estado, el papel de la familia y de la propiedad. Al respecto,
Aristóteles examina diversos ordenamientos posibles de la
propiedad, distintos de aquel en el que la posesión de la tie
rra y el consumo de los productos son ambos privados; las
posibilidades que examina son: propiedad privada de la
tierra con uso común de los productos, propiedad común
con uso privado, propiedad común con uso común. Diver
sas objeciones plantea Aristóteles al sistema de propiedad
común, que en la república platónica regía para los guar
dianes. Ante todo, el sistema de la comunidad de bienes pa
rece destinado a generar antagonismo entre quien, traba
jando mucho, en proporción obtiene poco, y quien, traba
jando poco, en proporción obtiene mucho: cabe esperar re
sentimiento y protestas de los primeros hacia los segundos.
Un exceso de comunidad, además —continúa Aristóte
les—, genera un exceso de conflicto y antagonismo, como
puede observarse a menudo entre compañeros de viaje que
se ven obligados a una comunidad forzosa.
En favor de la propiedad privada hablan, para Aristóte
les, muchas consideraciones: quien debe ocuparse perso
nalmente de lo que es suyo, sin duda, lo cuidará más que
cuanto cuidaría bienes comunes; además, ser propietario
de algo es una gran fuente de felicidad, vinculada con el
amor a sí mismo. Este amor de sí no es un mal y no se lo
debe condenar, a menos que se convierta en egoísmo, esto
es, un amor excesivo. Otro tanto puede afirmarse del dine
ro: no hay nada malo en el normal deseo de riqueza, si no es
62
excesivo y desmesurado. Además, sólo la propiedad permi
te el placer de dejar que los amigos hagan uso de los bienes
propios; en otros términos, permite cultivar esa apreciable
virtud que es la liberalidad. Todas estas consideraciones
llevan a Aristóteles a concluir que la propiedad privada es
preferible a la propiedad común, pero el mejor sistema es
aquel en el que la propiedad privada se acompaña en gran
medida de un uso común de los bienes que se poseen: «es
claro, por tanto, que es mejor que la propiedad sea privada,
pero que para su utilización se haga común. El modo de tal
realización, eso es tarea propia del legislador».34 Es esta la
solución más equilibrada, en la que se compenetran el na
tural amor de sí y la felicidad que proviene de la generosi
dad, el cuidado (no egoísta ni exagerado) de lo propio con la
liberal disponibilidad en relación con los demás, el momen
to ineludible de la particularidad con aquel igualmente im
portante de la universalidad. El defecto fundamental de la
República platónica es, de hecho, haber exagerado dema
siado la unidad del estado,35 y haber pensado que la nega
ción de la propiedad privada produciría el fin de las divisio
nes entre los hombres y una «maravillosa amistad» y ar
monía. Las causales de división, objeta Aristóteles, no na
cen sólo de la propiedad ni de los litigios y las controversias
ligados a ella, sino de la maldad de los hombres que, si tu
vieran todo en común, disputarían entre sí de modo aún
más violento. Por último, señala Aristóteles, si Platón esta
ba tan convencido de la superioridad de la propiedad co
mún, ¿por qué la aplicó sólo a los guardianes y no a las
demás clases de la sociedad?
Retomando el tema de la propiedad en el capítulo 7 del
libro II de la Política, Aristóteles observa, además, que
mientras la igualdad de la propiedad es de carácter estáti
co, la sociedad humana está, por el contrario, en movimien
to: por ejemplo, hay quien tiene más hyos y quien tiene me
nos, y esta simple dinámica ya altera las estructuras pre
tendidamente iguales de la propiedad. Por otra parte, la
desigualdad de las propiedades no es la única ni la princi
pad causa de conflicto y sedición: «los mayores delitos se co
meten a causa de los excesos, y no por las cosas necesa-
34 Ibid., II 5 ,1263a.
33 Ibid., 12636.
63
ñas»,36 en tanto se plantean grandes controversias por la
desigualdad de los cargos y los honores, y también «porque
la naturaleza del deseo no conoce límites, y la mayor parte
de los hombres viven para colmarla».37 «Es, desde luego,
una medida conveniente que sean iguales las propiedades
de los ciudadanos para que no haya revueltas entre unos y
otros»,38 pero no basta por sí para asegurar la concordia y
la vida buena.
El problema fundamental de la comunidad política es,
en suma, según Aristóteles, el de la relación entre unidad y
diferencias: ciertamente, el estado, como la familia, debe
realizar la unidad, pero no de un modo absoluto;39 debe
asemejarse a un coro, no a una voz solista. «Pero siendo el
estado una multiplicidad, como se ha dicho antes, hay que
hacerlo uno y común mediante la educación»;40 la unidad
no debe imponerse mediante la negación de las diferencias,
sino que debe ser resultado de una adecuada educación y
un adecuado sentido de la virtud; debe ser una unidad cu
ya fuerza resida justamente en ser capaz de albergar en su
interior los legítimos derechos de la particularidad. El es
tado, por lo demás —explica Aristóteles en el capítulo 9 del
libro III—, no tiene como objetivo ni garantizar la seguri
dad ni facilitar la actividad económica. No cabe ninguna
duda de que todo esto es necesario, pero el fin del estado de
be ser más alto: el estado «es la comunidad de familias y al
deas para una vida perfecta y autosuficiente»;41 su fin es,
como algo más adelante afirma Aristóteles, «la vida feliz y
buena».42
El gobierno político, especialmente cuando se ejerce en
el ámbito de la comunidad de libres e iguales, debe además
ser muy distinto de otras formas de mando, como el del
amo sobre el esclavo o el del padre sobre la familia: entre
libres e iguales, todos ejercen por tumo el papel de gober
nante y el de gobernado: cuando están en el poder lo ejer
cen en interés de los gobernados, y pueden ocuparse de sus
36 Ibid., I I 7 ,1267a.
37 Ibid., 1267b.
38 Ibid., 1267a.
39 Ibid., I I 5,12636.
40 Ibid.
41Ibid., III9,12806.
42 Ibid., 1281a.
64
propios intereses cuando regresan a la simple condición de
gobernados.43
¿Cuál es la constitución mejor, la que mejor puede reali
zar el fin al que debe tender la vida del estado? Enlazándo
se con la reflexión platónica, Aristóteles elabora una tipolo
gía que prevé seis formas de constitución: tres tipos de
constituciones justas (monarquía, aristocracia y politeia) y
tres tipos de constituciones degeneradas (tiranía, oligar
quía y democracia). Las constituciones justas o rectas son
aquellas en las cuales el gobierno es ejercido para el bien de
todos, tomando en consideración un interés común a gober
nantes y gobernados; por el contrario, son degeneradas
aquellas constituciones en las cuales los gobernantes go
biernan tan sólo para asegurar el interés propio, y no el de
los gobernados.
Dentro de estas dos grandes categorías, las formas de
gobierno se distinguen, a su vez, según que sea uno, sean
pocos o sean muchos quienes ejercen el poder. Empero la
distinción entre formas de gobierno no tiene un significado
meramente cuantitativo, sino social en gran medida: esto
vale especialmente para la oligarquía, que es el gobierno de
la minoría rica, y para la democracia, que existe cuando el
poder está en manos de la muchedumbre pobre.
¿Cuál será el mejor gobierno: el de uno, el de pocos o el
de muchos? En el capítulo 11 del libro III, Aristóteles expo
ne diversas argumentaciones en favor de la superioridad
del gobierno de muchos: en primer lugar, aunque ninguno
de esos muchos sobresalga por virtud y sabiduría, en con
junto o mediante la confrontación alcanzarán una sabidu
ría superior a la de cada individuo aislado, aunque este sea
el mejor; en segundo lugar, justamente por ser numerosos,
excluirlos del gobierno del estado podría ser peligroso para
la estabilidad de la constitución; en tercer lugar, aunque no
posean el arte del gobierno, esto no significa que no tengan
derecho para juzgar a quien gobierna. Aquí propone Aristó
teles uno de los argumentos de mayor peso en favor de la
democracia: es verdad que quienes participan en un ban
quete no poseen el arte culinaria como la posee el cocinero;
pero, en comparación con el propio cocinero, ellos son
mejores jueces del resultado que él ha producido, que, des-
« Ibid., III6.
65
pués de todo, debe ser del gusto de ellos. Una casa, conti
núa Aristóteles, debe convenir a quienes viven en ella, no
al arquitecto que la construyó. Por último, es cierto que los
exponentes de la multitud tomados en forma individual no
son particularmente sabios, y parecería entonces equivoca
do confiarles el gobierno; pero quien gobierna en este caso
no es nunca un individuo, sino una asamblea, un grupo, un
comité (que reúne la sabiduría de varias personas); ade
más, hablando con propiedad, el gobierno no es de las per
sonas, sino, por encima de ellas, de las leyes.
Sin lugar a dudas, prosigue Aristóteles, si en una ciu
dad hubiera un hombre indiscutiblemente superior a los
demás en sabiduría y virtud, entonces sería más sabio con
fiarle el gobierno y sería la monarquía la mejor constitu
ción. Sin embargo, dado que este no es sino un caso límite,
será más oportuno encomendarse al gobierno de algunos o
de muchos.
Si se excluye a la monarquía, quedan pues, entre las
constituciones rectas, la aristocracia y la politeia. A esta
última, que significa justamente «constitución», atribuye
Aristóteles mayor valor. La politeia es la recta forma de la
democracia; es la constitución que, sin dejar de ser una
forma de gobierno de muchos, no sufre los defectos que
Aristóteles ve en la democracia como gobierno de la muche
dumbre pobre, esto es, defectos tales como el predominio
del número sobre el mérito y la afirmación de una concep
ción de la libertad según la cual cada uno es dueño de hacer
lo que más le agrade. La politeia, en realidad, si bien es la
forma recta de democracia, es vista por Aristóteles como
una mezcla de gobierno de pocos y gobierno de muchos, que
se inclina más hacia el momento democrático que hacia el
oligárquico. Por ejemplo, mientras la democracia no esta
blece ningún requisito de renta para la participación en las
asambleas, y la oligarquía exige una elevada, la politeia
establecerá requisitos de renta, pero tales que permitan
una amplia participación de la clase media. En lo que con
cierne a los cargos públicos, la democracia los asigna por
sorteo y con independencia de la renta; la aristocracia, sólo
a los ricos y por elección; la politeia toma de la democracia
el principio de la independencia respecto de la renta, y de
la aristocracia, el de la elección: los cargos están abiertos a
quienes no son ricos, pero mediante un mecanismo electi-
66
vo, que garantice ese elemento de mérito que es sacrificado
por la forma degenerada y plebeya de la democracia. La po
liteia es valiosa para Aristóteles —quien, como vimos,
atiende siempre al fundamento social de las formas políti
cas— porque en ella no gobiernan ni los ricos ni los despo
seídos, sino la clase media: el estado mejor es aquel en el
que todos los ciudadanos poseen bienes suficientes44 y es
también el más estable, porque grandes riquezas y gran
des pobrezas suscitan las revueltas que, en última instan
cia, llevan a la tiranía.
La indagación sobre los requisitos que debe poseer la
polis para constituir el horizonte ideal en el que pueda ac
tuarse la vida buena para los individuos es desarrollada
por Aristóteles, especialmente, en los libros VII y VIII, últi
mos de la Política. Empero, esta indagación implica exami
nar previamente, una vez más, el problema —ya planteado
en particular en la Ética Nicomáquea— de cuál es la vida
buena para el hombre. Por cierto, es condición para la feli
cidad que el hombre disponga de los tres tipos fundamen
tales de bienes: los bienes exteriores, los del cuerpo y los del
alma. Sin embargo, mientras los dos primeros tipos de bie
nes deben buscarse sin exceso y sólo en la medida en que
sean necesarios, los bienes del alma no están limitados de
este modo y son aquellos que con mayor certeza permiten
alcanzar la felicidad. La felicidad para el hombre consiste
en esencia, según Aristóteles, en el ejercicio de las virtudes,
tanto las virtudes dianoéticas, que se realizan en la vida
teórica, como las virtudes éticas (por ejemplo, la justicia, el
coraje, la temperancia, la amistad), que se actúan en la
vida práctica.
Al discutir si es preferible la vida política y práctica o la
puramente teórica (como lo sería la de quien, extranjero en
una polis —tal era el caso del propio Aristóteles en Ate
nas—, se dedica a la investigación sin participar en los
asuntos de la ciudad), Aristóteles llega a la conclusión de
que la vida feliz es aquella en la que el ejercicio de la virtud
se realiza en ambas direcciones, y la ciudad mejor es
aquella que permite a los ciudadanos exteriorizar de todas
las formas posibles sus actividades conforme a virtud.
44lbid., IV 10,1296a.
67
El propósito de la polis, como hemos visto, no es simple
mente vivir, sino vivir bien, mediante las variadas activi
dades que concurren a este fin; por ello, la polis debe cum
plir ciertos requisitos, como el de la dimensión apropiada: a
fin de que los ciudadanos puedan participar en la vida polí
tica, elegir conscientemente y administrar imparcialmente
la justicia, la polis no debe ser tan vasta como para impedir
que ellos se conozcan entre sí. El cuerpo de los ciudadanos,
por otra parte, no incluye a todos aquellos que, por diversas
razones, no son aptos para ejercer virtuosamente la activi
dad política: no forman parte de aquel las mujeres y los es
clavos, pero tampoco los trabajadores manuales, los cam
pesinos y los mercaderes, esto es, quienes ejercen funcio
nes que los vinculan a la dimensión de las necesidades
vitales y no disponen de tiempo libre para cultivarse con el
fin de tener una virtuosa participación en la vida pública.
Así pues, la felicidad, como ejercicio de las virtudes en el
contexto de la polis, no es un ideal que pueda unlversali
zarse; la condición para la libertad de algunos es que otros
carguen con el peso de la necesidad.
Para que la polis constituya un horizonte en el que sea
posible la vida buena para los hombres, las actividades que
responden a la necesidad deben subordinarse a las que son
un fin en sí mismas, como la actividad política o la teórica.
Es cometido de la política crear las condiciones para que
ello sea posible, de modo que los ciudadanos puedan reali
zar, en la comunidad, su felicidad.
4. De la polis a la cosmopolis
Cuando Aristóteles elaboraba el elogio de la polis, esta
forma política ya había entrado en su fase de decadencia.
Con el imperio de Alejandro Magno y con las grandes mo
narquías que sobrevienen tras él se consolidan nuevas for
mas políticas, que sustituyen la limitada comunidad de la
polis por un horizonte político mucho más universalista, en
el cual se tom a inconcebible esa participación directa del
ciudadano, ese gobernar y ser gobernados por tumo, que
para Aristóteles representaban la plenitud de la vida polí
tica.
68
En la edad de las grandes monarquías y de los imperios,
al sentido de comunidad de la polis sucede una nueva acti
tud intelectual, que por una parte es más universalista y
por la otra más individualista. Derribada la vieja distin
ción entre Griegos y bárbaros, comienza a afirmarse la idea
de la igualdad de todos los hombres, de una naturaleza hu
mana que en cada uno es la misma. Por otra parte, los indi
viduos que ya no encuentran su autorrealización en la polí
tica se repliegan buscando en su interior formas de sabidu
ría que los ayuden a bastarse a sí mismos, sean cuales fue
ren las condiciones políticas que les toque vivir. Mientras el
sabio epicúreo cultiva el ideal de vivir escondido y no toma
parte en la vida política, el estoicismo se nutre de la pers
pectiva de la cosmopolis, una gran república en la que pue
blos diversos puedan vivir en paz respetándose igualitaria
mente, en cuanto se sometan todos a la única y universal
ley de la razón. El sabio estoico, entonces, a diferencia del
epicúreo, no se retrae de la política, sino que participa en la
vida pública, a menos que ello se le haga imposible; el hori
zonte ideal de la cosmopolis no le impide ofrecer su servicio
a la patria particular en la que vive.
Asi pues, el sabio estoico es un hombre inmune a las pa
siones, fiel a un riguroso concepto de la virtud y del deber,
capaz de aceptar serenamente el destino y hasta la muerte.
Desde Grecia, esta moral se difunde a amplios estratos de
la élite intelectual romana, desde Séneca hasta Marco Au
relio, en quien se aúnan la figura del emperador y la del fi
lósofo. Pero antes de ello, la influencia del estoicismo, más
precisamente del que se considera estoicismo «medio», se
encuentra en la obra de Cicerón (106-43 a.C.).
El aporte más importante de Cicerón y la cultura roma
na al desarrollo del pensamiento político occidental, aporte
que aquí sólo nos limitaremos a recordar, reside en la cen-
tralidad que confirieron al concepto de derecho. Para Cice
rón, como fundamento del orden jurídico hay una ley de na
turaleza o ley de la razón, eterna e inmutable, que es váli
da para todos los hombres de todas las latitudes. Esa ley
encama la Justicia y es superior a todas las leyes humanas
positivas. La res publica, esto es, la comunidad política, es
una unión entre hombres que se asocian por su utilidad co
mún, vinculándose bajo determinada ley a la que dan su
consentimiento. De conformidad con la orientación jurídi-
69
ca, tan decisiva para la cultura romana, la comunidad polí
tica es concebida como una sociedad de hombres a la que el
vínculo del derecho mantiene unida; sólo gracias al dere
cho, en realidad, se sale de la barbarie primordial y se in
gresa en la comunidad civilizada. El deber del magistrado,
que es quien posee el poder de gobierno, es actuar el dere
cho: él es la ley que habla, y es en la ley donde vive la res
publica. Se afirma de este modo una nueva concepción del
estado y la política, centrada en las categorías jurídicas,
que será determinante para el desarrollo del pensamiento
político hasta la modernidad contractualista.
70
3. La ciudad del hombre y la ciudad de Dios
71
tinción entre esclavos y libres, siervos y amos, no afirma
que se la deba suprimir: exhorta a los primeros a seguir
obedeciendo a los segundos, y a los segundos, a mandar de
manera justa y humana, consciente de que esos roles no
son ya decisivos y pertenecen a un mundo que inevitable
mente se aproxima a su ocaso. De conformidad con el pre
cepto evangélico de dar al César lo que es del César, los
cristianos no aspiran a fundar un reino nuevo y distinto en
la Tierra: Cristo enseña que su reino no es de este mundo.
Por otra parte, una predicación radical como la cristiana no
puede evitar minar, en alguna medida, las bases de legiti
midad de los ordenamientos políticos existentes. Dar al
César lo que es del César significa también, en realidad, no
darle más de lo que específicamente le pertenece. El cris
tiano está obligado a una doble lealtad, a César y a Dios, y
sin duda, en el caso de un conflicto de deberes, deberá pre
valecer la obligación hacia el Señor.
También desde este punto de vista, entre el cristianis
mo y el mundo clásico de la polis se produce una drástica
ruptura: mientras la polis exigía al individuo una lealtad
plena, con el cristianismo se plantea la distinción entre lo
que se debe al estado y aquello (por ejemplo, la dimensión
espiritual del individuo) que no pertenece al estado y
puede incluso estar en tensión con él. De este modo, si bien
a través de mil vicisitudes y conflictos, se abre la posibili
dad de una estructura de libertad más compleja y rica que
la que posibilitaba la polis. Así, por un lado, el cristianismo
no es ni quiere ser una revolución política, e incluso asegu
ra su lealtad al poder político existente; por otro, mina de
diversas maneras las bases de legitimidad de ese poder.
Perseguido en el Imperio Romano hasta la conversión
del emperador Constantino, el cristianismo comenzó tem
pranamente a interrogarse sobre la legitimidad del poder
político, sobre su fundamento, su autonomía y sus límites;
y el pensamiento cristiano sobre estos temas condujo a so
luciones muy diferentes e incluso divergentes entre sí.
En la Epístola a los Romanos, Pablo sostiene que los
cristianos deben obediencia a la autoridad política porque
esta autoridad proviene de Dios y, por tanto, oponerse a
ella equivale a ponerse en contra de un orden al que Dios
otorga legitimidad. Quien se comporta bien, continúa Pa
blo, nada debe temer de la autoridad pública; en cambio,
72
quien obra mal debe ser castigado con justicia por su «es
pada», que en esta función de administradora de justicia es
ejecutora de una orden divina. Así pues, la obediencia que
los cristianos deben al poder público no debe ser motivada
sólo por el temor al castigo, sino que es también una obliga
ción de conciencia, dado que el fundamento del poder legíti
mo es, en última instancia, divino.
Ahora bien, cuando tras la conversión de Constantino el
cristianismo adquiere plena ciudadanía en el Imperio, los
problemas políticos y doctrinarios que debe afrontar la
nueva religión se toman mucho más articulados y comple
jos. Se hace necesario establecer los límites y las competen
cias de los dos poderes, el espiritual y el temporal, que de
ben coexistir, y surge así un ámbito de conflictos que mar
cará de manera determinante la historia de la cristiandad.
La obra de Agustín De ciuitate Dei, que está centrada en
la relación entre ambas ciudades, se origina en la voluntad
de defender al cristianismo de la acusación de haber pro
vocado la crisis del Imperio, formulada por los paganos
tras el saqueo de Roma por Alarico en el año 410. A quienes
reprochan al cristianismo haber originado los males que se
abatieron sobre Roma, Agustín les recuerda que esta ya
había sufrido reveses y desgracias antes de que se difun
diese la nueva religión; y se pregunta especialmente acerca
del valor conforme al cual debemos juzgar un estado y, por
consiguiente, cuál debe ser nuestro juicio sobre Roma.
Si el criterio para juzgar a un estado ha de ser el de la
verdadera justicia, es decir, el de la justicia cristiana, en
tonces, dice Agustín, se debe sostener que en tiempos del
paganismo, incluso en tiempos de Cicerón, Roma no fue
una verdadera res publica, porque le faltaba precisamente
la verdadera justicia, que consiste en dar a cada uno lo que
le es debido y, por tanto, también dar a Dios lo que le
corresponde: en definitiva, fuera de la justicia cristiana no
hay un pueblo, un orden político, un estado que sea real
mente legítimo:1 «donde no hay una justicia semejante, no
hay tampoco una unión de hombres asociados por el con
senso del derecho y del bien común».12 Al faltar la justicia,
sostiene Agustín en el libro IV de la Ciudad de Dios, los rei-
1Agustín, De Civitate Dei, XIX, 21.
2 Ibid., XIX, 23.
73
nos de los hombres no se distinguen en realidad de las aso
ciaciones de bandidos, quienes se unen para depredar y es
tablecen una norma para dividirse el botín: «Si se elimina
la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes asociaciones de
delincuentes? ¿Y qué son las bandas de delincuentes sino
pequeños reinos? Efectivamente, hay una asociación de
hombres cuando un jefe manda, ha sido aceptado un pacto
social y la división del botín está regulada por algunas con
venciones».®
Por otra parte, también hay que recordar que la necesi
dad del estado, en la concepción de Agustín, no responde a
la naturaleza del hombre, sino que remite más bien a la na
turaleza humana corrompida y desordenada como conse
cuencia del pecado original. No formaba parte del diseño
divino el dominio del hombre sobre otros hombres, sino só
lo el del hombre sobre los animales. El dominio de los hom
bres sobre los hombres, el gobierno coercitivo, se toma ne
cesario a causa de la corrupción del pecado original, y cons
tituye también el correspondiente castigo.34
Con todo, la reflexión de Agustín sobre el estado no se
detiene en la afirmación de que allí donde no hay justicia
tampoco hay pueblo ni estado. Incluso un orden político
que no alcance la justicia tiene una función que, aun cuan
do no se la exalte, es menester reconocer como significativa
y positiva. Si se adopta un criterio menos intransigente al
razonar sobre la legitimidad de una asociación política,
hay que reconocer que esta cumple su objetivo cuando reú
ne una multitud de seres racionales que intentan juntos
conseguir los bienes que prefieren y les asegura un ordena
miento de paz y concordia.
No obstante, si se acepta este punto de partida, cabe
afirmar entonces que los romanos fueron efectivamente un
pueblo y una res publica, cuya función fundamental, por lo
demás, fue la de unificar al mundo, preparando el terreno
para el advenimiento de la predicación cristiana. Para
Agustín, pues, tal como se ha sostenido, «en el orden de la
verdadera historia de la salvación, la importancia efectiva
del Imperio Romano consiste en el mantenimiento de la
3 Ibid., IV, 4.
* Ibid., XIX, 15.
74
paz en la Tierra como condición para la difusión del Evan
gelio. Imperios y estados no son obra del demonio, ni son
un bien en sí al que justifique la ley natural. Se originan en
la iniquidad del hombre, y su significado relativo se asien
ta en la conservación de la paz y la justicia».5
Lo que verdaderamente importa en la historia del hom
bre no es la grandeza de los imperios, que atraviesan vicisi
tudes a las que gobierna el diseño divino, sino la lucha en
tre la civitas Dei y la civitas terrena. Estas dos ciudades no
se identifican respectivamente con la Iglesia y con el esta
do, sino que designan dos modos de vivir opuestos: en la
Iglesia que existe concretamente (aun siendo la prefigura
ción de la ciudad celeste) no están sólo los justos y los elegi
dos, sino también individuos que serán condenados; otro
tanto ocurre en la sociedad política. Por tanto, es preciso
considerar a las dos ciudades como dos sociedades gober
nadas por principios contrapuestos: la ciudad terrenal es
una unión que surge para satisfacer el deseo de gloria, la
ambición, la codicia; la gobierna el amor de sí llevado hasta
la indiferencia hacia Dios. La ciudad de Dios, o sea, la ciu
dad celestial, está en cambio gobernada por la ley del amor,
de la humildad, del sacrificio de sí. Ella es la sociedad de los
justos que viven este mundo como extranjeros, como un
tránsito hacia la redención.
El dualismo de ambas ciudades, entrelazadas y desti
nadas a convivir desde los tiempos de Caín y Abel (sus pri
meras encarnaciones) y durante todo lo que dure la histo
ria del hombre, sólo term inará en el final escatológico,
cuando se instaurará la ciudad de Dios y, con ella, la perfec
ta concordia.
En este horizonte se perfila también la manera en que,
según Agustín, deben concebirse las relaciones entre la
Iglesia y el estado cristiano, es decir, el estado que profesa
la fe verdadera. Cada uno de estos dos poderes tiene su es
fera de acción autónoma: el estado se ocupa del hombre en
su dimensión material y blande la espada que castiga; la
Iglesia se ocupa, en cambio, de los intereses espirituales. Si
bien las dos esferas son distintas e independientes una de
otra, la espiritual es superior, porque además su jurisdic-
6 K. Ldwith, Signifícalo e fine delta sloria (1949), traducción italiana,
Milán: Edizioni de Comunita, 1972, pág. 194.
75
ción no está limitada en el espacio y en el tiempo: los esta
dos están sometidos al tiempo, mientras que la Iglesia está
por encima del tiempo, en cuanto se sitúa en la perspectiva
escatológica de la ciudad celestial. Por otra parte, la Iglesia
se sirve sin más del estado como «brazo secular» para repri
mir la herejía: la espada del Imperio debe socorrer a la fe,
inspirando temor en los descreídos.
76
ma por el papa León III, la restauración de la idea imperial
en el Sacro Imperio Romano se coloca b^jo la égida de la
Iglesia de Roma, que le confiere el crisma de la legitimidad;
sin embargo, la alianza entre la Iglesia y los emperadores
también implica para la Iglesia el riesgo de ser absorbida
por el poder político y caer bajo su hegemonía.
Disgregado durante el período posterior a la muerte de
Carlomagno, el Imperio será posteriormente reconstruido
por Otón I, rey de Alemania, quien en el año 962 recibirá la
corona imperial de manos del papa Juan XII; pero el nuevo
emperador, aun proclamándose hijo devoto de la Iglesia y
defensor de la cristiandad, intentará poner a la Iglesia bqjo
su tutela y reforzará su poder nombrando él mismo obis
pos-condes. Al crecer el poder imperial, con la pretensión
de Otón II de ejercer también el control del papado, llegará
la querella de las investiduras y la más dura confrontación
entre el papado y el Imperio. Será Ildebrando de Soana,
elevado al solio pontificio como Gregorio VII en 1073, quien
librará con la mayor energía la batalla para reconquistar la
autonomía de la Iglesia y su derecho exclusivo de conferir
los cargos religiosos. Puesto que el emperador continuaba
arrogándose el nombramiento de los obispos y había lle
gado al punto de convocar un sínodo para deponer a Grego
rio VII, este, tras excomulgarlo, proclama a su vez la depo
sición del emperador y libera a los súbditos de la obligación
de obediencia: el emperador Enrique IV se verá obligado a
la humillación de implorar el perdón del papa en Canossa.
Sostiene Gregorio VII que, en cuanto sucesor de Pedro, el
papa ha recibido directamente de Cristo el poder de liberar
y vincular; su autoridad es la única autoridad universal
verdadera, a la que no puede sino estar sometido quien
posee una autoridad de origen meramente humano: como
todo cristiano, también el emperador está sometido al jui
cio y a las sanciones del pontífice romano, quien debe ense
ñar la humildad a los soberanos de la Tierra y abatir su or
gullo.
De una manera aún más clara reafirmará Inocencio IV
la superioridad del poder papal frente a Federico II. Con la
derrota de este último se derrumba el sueño de los empera
dores alemanes de restaurar la monarquía universal. El
universalismo de la Iglesia de Roma ya no deberá enfren
tarse con otro universalismo, imperial, sino con la nueva
77
realidad de organismos políticos más limitados y compac
tos, como las ciudades y los reinos.
3. Tomás de Aquino
A mediados del siglo XIII, con la difusión de las traduc
ciones latinas de las obras de Aristóteles, el pensamiento
cristiano produce una grandiosa renovación, signada por
la imponente figura de Tomás de Aquino. El redescubri
miento de Aristóteles abre el camino a una nueva concep
ción del espacio de la política, con la positividad y la auto
nomía que le otorgan sus razones humanas. Mientras que
la reflexión de Agustín sobre la política, basada en una con
cepción pesimista de la naturaleza humana, partía de la
idea de que el poder político se hace necesario por la co
rrupción de la naturaleza humana a consecuencia del peca
do original, y contraponía claramente la dimensión de la
naturaleza con la de la gracia, en Tomás, como resultado de
la asimilación del pensamiento político de Aristóteles, esta
antítesis es suplantada por una concepción basada no en la
fractura sino en la prosecución y la continuidad: la natura
leza y la realización del bien terrenal se superan y se cum
plen en la dimensión de la gracia y de la realización del
bien espiritual. En este horizonte, la política, aunque en
marcada en un ámbito exclusivamente humano, tiene su
precisa autonomía y su espacio positivo, por cuanto a tra
vés de ella se actúa el bien del hombre.
La ley que está por encima de todas y que gobierna a to
do el universo es, para Ibmás, la ley eterna que coincide
con la soberanía de Dios sobre todas las criaturas. Esta ley,
precisamente la voluntad del monarca supremo, concuer
da con la razón divina y ordena todo en vista de lo mejor.
Puesto que la ley eterna gobierna todas las cosas, también
las criaturas racionales (esto es, capaces de ocuparse de sí
mismas y de los demás) están sometidas a ella, pero de un
modo particular: el modo en que los hombres dotados de ra
zón participan en la ley eterna es la ley natural. La ley es
una regulación de las acciones que obliga a cumplir ciertas
cosas y prohíbe hacer otras; la ley natural, cuyos preceptos
esenciales son conocidos por todos los hombres, es válida
78
en todo tiempo y sus prescripciones están dirigidas al bien
común. La ley natural prescribe, pues, todo lo que favorece
la conservación de la vida del hombre, y prohíbe aquello
que contradice este fin. Exige actuar para el bien y, por tan
to, está esencialmente de acuerdo con el orden natural de
las inclinaciones humanas, que guían al hombre hacia
aquello que es un bien para él. La ley natural prescribe ha
cer el bien y evitar el mal; no hacer daño a aquellos con
quienes vivimos; aspirar a una vida en la que se realice la
naturaleza racional del hombre.
Ahora bien, puesto que la naturaleza humana puede
desviarse de sus fines positivos, y la razón puede ser alte
rada por las pasiones, por las malas costumbres o por la
maldad natural, es necesario que los hombres sean acos
tumbrados a la disciplina de la virtud y que se los castigue
cuando se alejen de ella: esta es la función de las leyes hu
manas, que garantizan la paz entre los hombres y evitan
las injurias recíprocas, gracias al temor al castigo que estas
mismas leyes sancionan para los tranagresores.
Así pues, las leyes humanas tienen fundamento racio
nal en la ley natural, a la que nunca tienen que contrade
cir: una ley humana injusta, esto es, que va contra la ley
natural, no puede siquiera ser llamada ley. Por otra parte,
las leyes humanas articulan y especifican las leyes natu
rales de las cuales derivan: de los principios generales de la
ley natural derivan las prohibiciones fundamentales (por
ejemplo, no matar); de distinta manera, derivan de la ley
natural todas las especificaciones referidas a los modos,
tiempos, naturaleza de las penas, etc. La justicia se define
como la voluntad invariable de dar a cada uno lo suyo,
mientras que el derecho se divide en derecho natural y de
recho positivo: natural es el que deriva de la naturaleza
misma de la cosa; positivo es el que deriva de un acuerdo
privado, de un pacto público, o bien de lo que el príncipe ha
establecido.
Siguiendo la estructura de la Política de Aristóteles, Ib-
más considera la vida en sociedad de conformidad con la
naturaleza del hombre: el hombre forma parte de la fami
lia y esta de la ciudad; por consiguiente, el bien del indivi
duo no es un fin último, sino que debe ordenarse al bien co
mún. El poder político, es decir, el que se ejerce no sobre los
79
esclavos o los siervos, sino sobre los libres, es una necesi
dad de la convivencia humana, que no depende del hecho
de que la naturaleza se haya corrompido a través del peca
do original. También en el estado de inocencia haría falta el
poder político, porque los hombres, por su naturaleza, se
inclinan a vivir en sociedad, y la vida en sociedad no es
posible sin un poder que regule la acción de los individuos y
la oriente al bien común. Así como el cuerpo del hombre ne
cesita una unidad directiva que gobierne la acción y la
oriente al bien, también la masa necesita una dirección que
la oriente al bien común, para no disgregarse de manera
caótica. El bien común, por lo demás, no está en conflicto
con el bien del individuo, puesto que, siendo este, por natu
raleza, un miembro de la familia y de la sociedad, realiza
su bien sólo en el contexto de un bien más amplio. La ley no
debe entonces dirigirse al bien de un individuo, sino al be
neficio general de los ciudadanos, y su aplicación debe es
tar en consonancia con las circunstancias y los usos. Ade
más, la ley política no debe ni puede castigar todos los vi
cios, condenados por la ley moral, a los que se abandonan
los hombres carentes de virtud: la ley política debe castigar
sólo los vicios más graves y aquellos que acarrean daño a
los demás; por ejemplo, el homicidio, el robo, etcétera.
Si, como señalamos, una ley iryusta no es una ley, ¿has
ta qué punto los hombres deben obedecerla, y hasta qué
punto pueden oponerle una justa resistencia? Para respon
der a esta pregunta, según Tomás, hay que distinguir di
versas clases de injusticia. Si una ley injusta ordena algo
contra Dios, imponiendo, por ejemplo, un culto idólatra,
entonces, los hombres no deben en ningún caso obedecerla,
porque la autoridad de Dios es superior a la del príncipe y
vincula al hombre incluso contra el príncipe. Diferente es
el caso de las leyes que son inicuas porque amenazan ese
bien común que justamente la ley debería promover. Estas
leyes contrarias al bien humano pueden ser injustas en va
rios sentidos: porque sólo apuntan a satisfacer el bien del
príncipe, y no el de la comunidad, o porque escapan a la
competencia de quien las promulga, o porque imponen
obligaciones a los súbditos de modo inicuo. Estas leyes (que
se podrían definir como verdaderas «violencias»), en cuan
to iiyustas, no obligan en el fuero interno, o sea, en la con-
80
ciencia; pero, agrega Tbmás, dado que ellas no nos imponen
violar las prescripciones divinas, puede ser aconsejable
respetarlas para evitar escándalos o desorden.
Un caso típico de ley irgusta se da en el gobierno tiráni
co, pues en este gobierno (y aquí también Tomás sigue a
Aristóteles) la ley no está dirigida al bien común, sino al be
neficio del déspota. Aunque Tbmás condena en general la
rebelión como un pecado, no considera acto sedicioso la re
sistencia al tirano. Derribar un gobierno tiránico es lícito y
no configura un acto de rebelión, a menos que los desórde
nes causados por esta revuelta provoquen a la masa peores
males que los que padecía bajo el poder del tirano. En cam
bio, no es lícito, según Tbmás, que un ciudadano privado
mate al tirano.
En cuanto a la pregunta acerca de la mejor forma de go
bierno, nuevamente Tbmás sigue la orientación de la Polí
tica de Aristóteles: en la Sum m a Theologica, sostiene el
Aquinate que la mejor forma de régimen político no es la
monarquía, ni la aristocracia, ni la democracia, sino una
forma mixta, que condense las ventajas de las tres formas
«puras»: el poder de gobierno debe poseerlo una autoridad
única (monarquía); esta debe estar flanqueada por un am
plio cuerpo de ciudadanos calificados (como en la aristocra
cia); además, de conformidad con el principio democrático,
estos gobernantes, dotados de cualidades que los hacen
idóneos, deben ser elegidos en el ámbito del pueblo y por el
pueblo mismo. No obstante, el pensamiento de Tbmás pre
senta un sesgo distinto en De regno (conocida también co
mo De regimine principum), obra enviada al monarca de
Chipre. Aquí sostiene Tbmás que el gobierno de uno es pre
ferible al gobierno de muchos, y aduce numerosas razones
al respecto. Justamente a fines del siglo XIII, cuando Tb
más escribió este tratado, se estaba agotando la forma polí
tica imperial y comenzaban a afirmarse los reinos particu
lares.
Por último, en sus amplias reflexiones, Tbmás no deja
de discutir el punto que, como hemos señalado, había sido
durante siglos el centro de luchas y conflictos: la relación
entre poder político y poder religioso. Tbmás reitera que el
poder espiritual, esto es, el del pontífice, es superior al po
der secular; pero este último no está sujeto a intromisiones
del primero en los temas que conciernen a sus fines princi-
81
pales, es decir, la felicidad terrestre, sino sólo en lo que con
cierne al fin de la beatitud eterna. Este pensamiento es ra
tificado y aclarado en De regno\ así como el fin terrenal está
subordinado al fin sobrenatural, el poder terrenal está su
bordinado al sacerdotal (a la inversa que en la sociedad pa
gana, en la cual, puesto que el fin supremo era la adquisi
ción de los bienes temporales, el poder del sacerdote debía
estar subordinado al del rey). El rey debe, pues, dirigir to
das las funciones humanas y asegurar la actuación de la
vida buena en esta tierra: asegurar la paz, que todos obren
bien y que no falten las cosas necesarias para vivir bien.
Pero la vida buena en esta tierra, después de todo, está or
denada en conjunto a un fin superior, el de la beatitud ce
lestial, que no está en manos del rey, sino de la autoridad
religiosa.
Hay que esperar a la Monarchia de Dante, a inicios del
siglo XTV, para que esta subordinación sea puesta en entre
dicho. Al replantear el tema del Imperio como única garan
tía de justicia y de paz universal, Dante (cuyo pensamiento
al respecto adquiere matices averroístas) sostiene a un
tiempo la clara independencia de los dos fines a los que la
vida humana está ordenada: el de la beatitud terrenal, al
cual se arriba a través de las enseñanzas filosóficas y es
competencia del emperador, y el de la beatitud celestial, al
cual se arriba a través de las verdades reveladas y las ense
ñanzas espirituales, y es competencia del pontífice. Así
pues, para Dante, el poder secular no se subordina al espi
ritual; y el primero, no menos que el segundo, recibe su in
vestidura directamente de Dios, sin intermediaciones.
Queda en claro que el poder político debe guardar respeto y
devoción al religioso (como se lee en la conclusión de la Mo
narchia), sin que esto configure una verdadera forma de
subordinación.
82
pliamente instalada cuando Dante traza, en la Monarchia,
sus límites recíprocos. A comienzos del siglo XIV, fracasa la
tentativa teocrática del papa Bonifacio VIII de reconducir
a la obediencia al rey de Francia Felipe IV el Hermoso, em
peñado en reforzar la centralización del poder monárquico
en perjuicio de la nobleza y el clero; y la empresa imperial
de Enrique VII, quien recala con sus tropas en Italia en
1310, despertando las esperanzas de Dante, naufraga tres
años después al morir el propio Enrique.
En 1324, Marsilio de Padua, partidario del emperador
Luis IV de Baviera en contra de la Iglesia romana, que lo
había excomulgado, publica una obra, el Defensor Pacis, en
la cual rechaza violentamente las pretensiones eclesiásti
cas de hegemonía sobre el poder político: la ley que debe go
bernar la ciudad tiene que ser producto de la voluntad de
los ciudadanos o de su parte prevaleciente, tanto en senti
do cuantitativo como cualitativo. La autoridad política no
puede admitir una instancia superior, y por ello la tesis de
la plenitudo potestatis (la plenitud del poder) sostenida por
Bonifacio VIII debe ser rechazada: esta multiplicación de
los poderes y de las posibles ocasiones de conflicto es inclu
so incompatible con el fin de la unión política, que es el de
asegurar la paz y la concordia. También el franciscano Gui
llermo de Ockham combate, en textos como el Dialogus de
potestate papae et imperatoris, de 1342, la tesis de la pleni
tud del poder papal aun sobre las cosas temporales; y de
fiende la emancipación de los cristianos respecto de las pre
tensiones del pontífice de dictar ley también en el ámbito
político, que ocasionarían la peor de las tiranías.
En las primeras décadas del siglo XIV, la crisis de los
dos grandes universalismos medievales se hace cada vez
más evidente; a ella concurren múltiples factores, que de
terminan un viraje de enorme importancia para la historia
de Occidente: el viraje hacia la modernidad. Luego del tras
lado de la sede papal a Aviñón, bajo el control directo de Fe
lipe el Hermoso, una serie de gravísimas crisis atraviesa la
Iglesia: de la cautividad aviñonesa al gran cisma de Occi
dente (1378-1417), con dos papas, e incluso tres, dispután
dose el solio pontificio. El proceso que originará los grandes
estados nacionales (comenzando por Francia e Inglaterra)
hace que las monarquías quieran ejercer un poder directo
sobre las Iglesias nacionales, independizándolas de Roma.
83
Mientras tanto, la corrupción de la Iglesia romana, cada
vez más absorbida por sus intereses temporales, provoca
los primeros movimientos de crítica radical y de reforma,
que combinan instancias de renovación espiritual con ten
dencias nacionalistas (como en el caso de Wyclif en Ingla
terra y de Hus en Bohemia). En las primeras décadas del
siglo XV, el movimiento conciliar (con los concilios de Cons
tanza y de Basilea) afirma una concepción colegial de la
Iglesia, donde adquieren más peso los representantes de
las flamantes naciones y se pone en entredicho la autori
dad del papa.
Con la Protesta de Lutero, quien en 1517 expone, en el
pórtico del castillo de Wittenberg, 95 tesis en contra del co
mercio de las indulgencias (uno de los muchos males que
aquejaban a la Iglesia de Roma, contra el cual diversas vo
ces de denuncia se alzaban desde tiempo atrás), se quiebra
la unidad del cristianismo europeo. En 1520, el monje
agustino Martin Lutero quema la bula de excomunión que
en su contra había expedido el papa León X, iniciando el
proceso de reforma religiosa que en breve tiempo hallará
prosélitos en muchos países de Europa. La reforma destru
ye la estructura jerárquica de la Iglesia, que había sido una
de las grandes instituciones de sostén del mundo medieval:
para Lutero, de hecho, ya no hay un papel específico del sa
cerdocio como intermediario entre Dios y los fieles; sostiene
la doctrina del sacerdocio universal de los creyentes; redu
ce el número de sacramentos, reconociendo tan sólo tres
(la eucaristía, el bautismo y la penitencia, que tienen fun
damento en la Sagrada Escritura, mientras los demás fue
ron instituidos por la autoridad eclesiástica); afirma el
principio del «libre examen», según el cual cada creyente
puede remitirse directamente al texto sagrado e interpre
tarlo, sin mediación de la autoridad eclesiástica; a tal fin,
traduce al alemán la Biblia y promueve su difusión entre
los creyentes, de modo que la puedan leer directamente.
En Lutero, la negación de la autoridad eclesiástica je
rárquicamente estructurada va acompañada, sin embargo,
de una igualmente marcada insistencia en el deber de obe
diencia a las autoridades políticas vigentes, que lo llevará a
apoyar en términos drásticos y violentos la represión con
que los príncipes alemanes respondieron a la rebelión de
84
los campesinos que se inspiraban en las ideas radicales de
Thomas Müntzer. Necesitado del apoyo de los príncipes en
su lucha contra Roma, Lutero elabora la más dura apología
de la autoridad política, la cual debe reprimir el mal y la
desobediencia de una manera despiadada y sin límites.
A partir de su peculiar horizonte teológico, caracteri
zado por una clara escisión y una falta de mediación entre
el orden de la naturaleza y el de la gracia, Lutero llega a
una concepción del mundo político en la cual la separación
agustiniana entre dos ciudades, la terrenal y la celestial, se
radicaliza y va mucho más allá de lo que había sostenido el
autor de la Ciudad de Dios. Lutero profundiza aún más las
antítesis propias de la enseñanza paulina y agustiniana
(ley y gracia, carne y espíritu, fe y obras, libertad y servi
dumbre) en la escisión entre el reino terrenal y el espiri
tual. El reino de Dios es un reino de gracia y misericordia,
de una gracia que el hombre no puede ganar con sus obras,
porque es un puro y gratuito don divino. El reino terrenal,
en cambio, está irremediablemente signado por la perver
sidad y el desorden de la naturaleza humana, como conse
cuencia de la caída en el pecado original. En tanto que para
Tbmás la felicidad terrenal, con su positividad, estaba in
cluida en un horizonte finalista dirigido a la cima de la bea
titud celestial, para Lutero, en cambio, no hay mediación
entre ambos reinos, y el reino terrenal, despojado de todo
valor esencial y positividad, es el polo opuesto al de la gra
cia y la misericordia: es «un reino de ira y severidad, pues
no sabe sino castigar, prohibir, juzgar y condenar, para con
trolar a los malvados y proteger a los buenos».6
Por consiguiente, como se ha afirmado, en Luteio el po
der «ya no se ejerce sobre un pueblo orgánica y natural
mente reunido en la comunidad política —según un clásico
diseño presente aún en Marsilio, pero ya abandonado por
Maquiavelo—, ni es legitimado por su papel de garante e
intérprete de un orden común de fines, a los que todos y ca
da uno están ligados. Por el contrario, el poder nace para
contener una multiplicidad de individualidades dotadas de
sensibilidad y deseos, y, precisamente en cuanto tales, fe
rozmente divididas y contrapuestas. Un poder político ori
ginado en estos presupuestos debe, por lo tanto, manifes-
6 M. Lutero, Scritti politici, Tlmn: Utet, 1986, pág. 510.
85
tarse de la manera más decidida e irrefutable».7 Pero pre
cisamente la radical escisión luterana entre los dos reinos,
que entrega el reino del hombre a una pura maldad e in
manencia, carente de una regla finalista y de una positivi
dad intrínseca, plantea algunas de las condiciones cultura
les para la modernidad política, tal como se la concebirá a
partir de Hobbes, en su horizonte de pesimismo antropoló
gico y radical individualismo. Así como a partir de las gue
rras de religión, que ensangrentarán a Europa tras la Re
forma, se afirmará con dificultad la tesis de la tolerancia y
la convivencia de doctrinas diversas en un mismo estado
laico.
86
4. El paradigma del contrato
1. El modelo contractualista
Al modelo clásico, que piensa el orden político en fun
ción de la finalidad de vivir bien en la comunidad, la filoso
fía política de la modernidad le contrapone el modelo con
tractualista. Este, en sus diversas variantes, domina las
vicisitudes del pensamiento político entre Hobbes y Kant,
y, en una nueva versión, reaparece en la filosofía política
del último tramo del siglo XX. La fuerza del modelo con
tractualista no reside en su pretensión de reconstruir el
proceso histórico-genético de la sociedad política a partir de
individuos originariamente concebidos como aislados. Si se
lo entendiese así, el modelo contractualista iría efectiva
mente al encuentro de todas las fáciles y triviales objecio
nes que a lo largo del tiempo se le han formulado, comen
zando por aquella, decisiva en todo sentido, de acuerdo con
la cual la pretensión de separar a la humanidad de la socia
bilidad, al considerar un hombre aislado que ya es un hom
bre antes de instaurar el vínculo social con sus semejantes,
no es sino un ridículo «robinsonismo», como hubiera dicho
irónicamente Marx aludiendo con ello al Robinson Crusoe
de Defoe.
El interés del modelo contractualista no debe buscarse,
pues, en el esquema que provee para reconstruir la génesis
del estado político, sino más bien en el planteo de una pro
blemática completamente distinta, que el instrumento
contractualista parece afrontar de una manera particular
mente apropiada: la problemática de la legitimidad del or
den estatal, es decir, el carácter vinculante de nuestra obli
gación política hacia él. El modelo contractualista es, esen
cialmente, un método para dar una respuesta racional a la
pregunta que, en cierto modo, es una misma cosa que el
pensamiento político: cómo debe estar organizado un es-
87
tado legítimo, al que todos los ciudadanos deban dar con
formidad. Si se razona utilizando el esquema del contrato,
el camino para responder a esta pregunta aparece despeja
do y trazado de un modo prístino e interesante: el orden po
lítico legítimo, se dirá, es aquel que decidirían darse indivi
duos que, como en un experimento mental, no vivieran en
un estado constituido, sino en una condición prepolítica y
preestatal, sin relaciones de subordinación recíproca y, por
tanto, en una situación sustancial de igualdad y libertad.
En esto, ciertamente no en otra cosa, reside el gran valor
revolucionario de la idea contractualista y su núcleo pro
fundo de sentido: el orden político legítimo es el que mere
cería el consenso racional de individuos libres e iguales,
que debieran elegir cómo organizar su convivencia partien
do de una condición prepolítica o, como dirán los contrac-
tualistas, de un «estado de naturaleza».
La idea contractualista, en suma, no expresa una ver
dad histórica, sino una cuestión contrafáctica; la pregunta
a la que responde no es cómo fueron las cosas, sino cómo
debería estar organizado un orden político legítimo. Así
pues, los argumentos contractualistas, en sus diferentes
versiones, mostrarán ante todo que si los individuos se ha
llaran en una condición prepolítica, elegirían dar vida al
estado, el cual resulta así legitimado, por cuanto es una
institución que, si no estuviera ya dada, hubiera sido elegi
da para sí por los individuos; en segundo lugar, será un ob
jetivo del pensamiento contractualista mostrar, partiendo
de la hipotética situación de elección inicial, cuáles institu
ciones elegirían para sí los individuos; pues, justamente,
desde la perspectiva contractualista, son legítimas aque
llas instituciones a las que los individuos en situación ini
cial darían su conformidad. En la tradición contractualista
encontramos, sin embargo, muchas maneras, profunda
mente distintas entre sí, de representarse las característi
cas estructurales que debería tener un orden político legíti
mo: las respuestas son diferentes en cuanto varía el modo
de plantear la situación inicial, varían las características
que se atribuyen a los actores que la protagonizan, así co
mo los criterios de racionalidad que guían sus elecciones.
Vale la pena detenerse en lo que podemos denominar, sin
forzar demasiado las cosas, paradigma contractualista, por
cuanto puede considerárselo el paradigma conceptual más
88
fuerte y consistente generado por la filosofía política nor
mativa, la cual incluso ha vuelto de algún modo a él, tras
un prolongado período de eclipse. Aboquémonos ahora, en
tonces, a pasar revista a sus figuras y cambios más rele
vantes.
89
están continuamente en competencia entre sí; aquello que
más los gratifica es ser superiores a los demás; están do
tados de razón y la utilizan para criticar la manera en que
se administran los asuntos comunes; poseen el arte de la
palabra, gracias a la cual pueden hacer que aparezca como
bueno lo que es malo y como malo lo que es bueno.2
La desestructuración de la sociabilidad natural (y natu
ralmente jerárquica) de Aristóteles no es, pues, sino la im
plicación crítica de las dos tesis principales, estrechamente
vinculadas entre sí, que Hobbes sostiene de manera positi
va: la tesis de la igualdad natural entre los hombres (que
les impide organizarse espontáneamente en relaciones je
rárquicas) y la de su conflictividad (que les impide convivir
pacíficamente, a menos que se hayan impuesto a sí mismos
instituciones coercitivas «artificiales» que controlen esta
conflictividad).
Hobbes (que bien hubiera podido endosarles a los soste
nedores de la desigualdad la difícil carga de la prueba) de
muestra con argumentos simples aunque eficaces que los
hombres son iguales «por naturaleza» y que, por lo tanto,
no es plausible ni legítimo hacer pasar por natural cual
quier relación jerárquica entre ellos. En cuanto a la fuerza
física, los hombres pueden diferir, pero se trata de diferen
cias no dirimentes, pues, al fin y al cabo, hasta el más débil
tiene suficiente fuerza para matar al más fuerte, acaso me
diante la astucia o a traición. En cuanto a las facultades
mentales, la «prudencia» se adquiere con la experiencia,
que obviamente está al alcance de todos; y, por lo demás,
los sostenedores de la desigualdad deberían explicar por
qué, si los hombres son desiguales en cuanto a las faculta
des del espíritu, cada uno piensa en su fuero interno que es
más sabio que los demás: «no hay signo más grande de dis
tribución igual de una cosa que el hecho de que cada hom
bre esté satisfecho con la porción que le corresponde».3 Así
pues, los hombres son y se consideran iguales, en el sentido
de que las desigualdades que subsisten no alteran esta pa-
2 Ibid., págs. 165-6. Este tema es uno de los más relevantes según la in
terpretación hobbesiana de Mario Rcale, que tenemos presente en estas
páginas; véase su libro La difficile eguaglianza. Hobbes egli animali poli-
tiei: passioni morale socialitá, Roma: Editori Riuniti, 1991.
3 Hobbes, Leviatano, op. eit., pág. 118.
90
ridad fundamental, y no podrían así justificar bzgo ningún
concepto el sometimiento natural de unos a otros.
Ahora bien, para Hobbes, los hombres son también al
tamente conflictivos, aunque no resulta sencillo individua
lizar con claridad los motivos profundos del conflicto, más
allá de la literalidad de los textos en los cuales aquel expo
ne esos motivos: da la impresión de que, para mostrar que
una concepción naturalista y aristotélica del orden socio-
político carece de plausibilidad, Hobbes acumula razones
de conflictividad más allá incluso de lo admisible en una
trama de pensamiento coherente. De todos modos, las lí
neas de su razonamiento son esencialmente dos. En pri
mer lugar, en un estado de naturaleza los individuos entra
rían en conflicto por desconfianza: si ninguno puede estar
seguro de que no será agredido o muerto por los demás, ca
da uno debería, a su vez, agredir y matar anticipadamente
para evitar esa misma suerte. En segundo lugar, los hom
bres entran en conflicto porque los anima esa pasión que
Hobbes denomina gloria: la mayor satisfacción, el placer
más buscado, deriva para los hombres de la comparación
con los demás y de ver que la propia superioridad se afirma
y es reconocida; pero si todos desean ser superiores, la com
paración no podrá sino transformarse en conflicto.
Pero hay más. A las reflexiones hasta aquí menciona
das, Hobbes añade una teoría de corte específicamente ju
rídico sobre la necesidad del conflicto en el estado de natu
raleza: si se admite que, por naturaleza, todo hombre tiene
derecho a la autoconservación y a utilizar todos los medios
para tal fin, se sigue que, no habiendo en el estado de natu
raleza una ley común compartida, cada uno es único juez
en cuanto a aquello que es necesario para su autoconserva
ción. Por lo tanto, puede afirmarse que, a falta de una ley
común, cada cual tiene derecho a todo; pero, puesto que to
dos tienen derecho a todo, estos derechos entran necesaria
mente en conflicto; por consiguiente, los hombres viven en
un estado de guerra en el que ni siquiera el menor de los
derechos está asegurado.
Sin embargo, en última instancia, cabe afirmar que la
raíz profunda del conflicto, más allá de todas las deduccio
nes que Hobbes expone, reside precisamente en la esencial
igualdad entre los hombres, la cual constituye el firme y
moderno supuesto del que parte la teoría hobbesiana: dado
91
que los hombres son iguales, ninguno aceptará «natural
mente» someterse a otro. Por consiguiente, el conflicto po
drá surgir en cualquier momento, mientras los individuos
no encuentren la manera de establecer un poder común.
El estado prepolítico, o estado de naturaleza, caracteri
zado por la falta de un poder común, sólo puede ser un esta
do de guerra de todos contra todos. En cuanto conflictivo, el
estado de naturaleza es un estado de peligro, inseguridad y
muerte, del que los individuos no pueden sino desear huir:
como afirma Hobbes en una de sus más elocuentes expre
siones, en el estado de naturaleza, «la vida del hombre es
solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve».4
Así pues, el estado prepolítico implica guerra, insegu
ridad y muerte. Y dado que todo hombre desea, antes que
nada, mantenerse con vida, la razón le indica buscar la paz
y conseguirla. Hobbes llama «leyes de naturaleza» a las re
glas de conducta que, si fueran observadas por todos los
hombres, les asegurarían una convivencia pacífica. Una
ley de naturaleza es «una regla general, establecida por la
razón, en virtud de la cual se prohíbe a un hombre hacer lo
que puede destruir su vida»:5 las leyes de naturaleza, por
consiguiente, ordenan a los hombres abstenerse de todo
comportamiento que, por constituir un agravio hacia los
demás, producirían la guerra y pondrían así en peligro la
autoconservación. Como buen teórico de la razón calcula
dora, Hobbes sostiene que los comportamientos justos son
también aquellos que resultan convenientes para los hom
bres, puesto que son la condición de una convivencia pacífi
ca. Así, las leyes de naturaleza son los preceptos de una
moral racional de la reciprocidad que, si fuera observada
por todos los hombres, les permitiría vivir bien y en paz.
Nos imponen tratar a los demás como quisiéramos ser tra
tados nosotros, respetar los pactos y abstenemos de cual
quier agravio que podríamos querer inferir a los demás.
Puesto que nos ordena buscar la paz, la ley de naturaleza
nos impone, ante todo, renunciar a nuestro derecho sobre
todas las cosas, y conservar sólo tanta libertad en relación
con los demás cuanta concedamos a los demás en relación
con nosotros mismos.
4 Ibid., pág. 120.
5 ¡bid., pág. 124.
92
Mas el problema reside en que, en el estado de naturale
za, esto es, mientras falta un poder común, las leyes de
naturaleza, prescripciones de esta moral racional, no son
en verdad vinculantes para los hombres. En efecto, en esa
situación, nadie puede estar seguro de que los otros no le
inferirán un agravio, no lo agredirán, no le sustraerán sus
cosas, no lo matarán, no faltarán a la palabra dada. Preci
samente por esta razón, aunque sea absolutamente recto y
bien dispuesto hacia los demás, ningún hombre puede ate
nerse racionalmente a la prescripción de la ley de naturale
za. Esta ley, por decirlo mediante la clásica locución latina,
me obliga sólo in foro interno, no in foro externo. Es más,
exclusivamente por prudencia racional, debo estar siempre
preparado para ser el primero en atacar, para no mantener
la palabra empeñada, para inferir a los demás esos mismos
agravios que debo temer de ellos. Este es el único compor
tamiento racional en una situación en la que no hay nin
gún orden público y, por ende, cada individuo debe pensar,
en primer lugar, en salvaguardarse él mismo.
Para liberarse de las dificultades de esta situación, los
individuos tienen una sola salida: celebrar entre sí un pac
to en virtud del cual cada uno renuncia (a condición de que
los demás hagan otro tanto) a todos los derechos que tenía
en el estado de naturaleza y los transfiere a un soberano,
bajo el imperio del cual todos podrán vivir seguros y los
agravios serán castigados. La fórmula y las consecuencias
de este contrato son expuestas así por Hobbes: «Yo autorizo
y cedo a este hombre, o a esta asamblea de hombres, mi de
recho de gobernarme a mí mismo, con la condición de que
tú le cedas tu derecho y autorices todas sus acciones de ma
nera similar. Hecho esto, la multitud así unida en una per
sona es denominada estado, en latín ciuitas. Es esta la ge
neración de ese gran Leviatán, o más bien —por expresar
mayor reverencia— ese Dios mortal, a quien debemos, bajo
el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra defensa.......6
Así pues, mediante el pacto, los individuos instituyen
un poder soberano a fin de vivir en un ordenamiento de paz
y justicia; la ley natural es sustituida por la ley civil o posi
tiva, aquella que el soberano juzgará oportuno promulgar.
8 Ibid., pág. 167.
93
El poder que los individuos, al despojarse todos a la vez de
su derecho a gobernarse a sí mismos, han conferido a uno
solo (oaun grupo de hombres), es ahora un poder absoluto,
puesto que, por indiscutibles razones de orden lógico, no
puede estar sujeto a límites. En primer lugar, este poder no
se halla limitado por el contrato en virtud del cual surgió:
de hecho, el pacto se establece entre los individuos, y no en
tre los individuos y el soberano; este no es más que su bene
ficiario.
En segundo lugar, las leyes de naturaleza no pueden li
mitar el ejercicio del poder soberano: aquellas son ahora
sustituidas por las leyes positivas, esto es, las que el sobe
rano dicta; apelar, pues, a las leyes de naturaleza implica
ría que el cuerpo político recaiga en la incertidumbre y la
anarquía. Tampoco la ley positiva limita al soberano, sino
que, por cuanto decide plenamente sobre ella, él está por
encima de la ley, legibus solutus.
Por último, el poder soberano no puede ser limitado por
otro poder, pues si así fuese se crearía un poder «limitante»
superior al propio poder soberano. Este poder limitante, a
su vez, no podría ser limitado por otro, so pena de una re
gresión al infinito (hay que detenerse en un punto determi
nado, ananke stenai, como lo había enseñado Aristóteles,
quien había introducido en el vértice de su universo físico
el «Motor Inmóvil»); se sigue que el poder soberano, en
cuanto tal, no puede ser limitado, y es por ende un poder
absoluto.
Mas esto no implica que los súbditos no gocen de una
justa libertad. Para Hobbes, como para los teóricos de la li
bertad «negativa» a los que más adelante nos referiremos,
libertad significa esencialmente ausencia de impedimen
tos; por lo tanto, hay libertad mientras el individuo dispon
ga de espacios de acción en los que pueda moverse a volun
tad sin trabas: la libertad de los súbditos se realiza así en
todas las acciones que el soberano omite regular, como, por
ejemplo, «la libertad de comprar, vender y celebrar otros
contratos unos con otros; elegir la propia vivienda, la pro
pia comida, el propio modo de vida; instruir a los hijos de la
manera que consideran adecuada y hacer otras cosas simi
lares».7
7 Ibid., pág. 208.
94
La teoría de Hobbes, que por su extraordinaria arma
zón lógica perdurará por siempre como un punto de parti
da ineludible del pensamiento moderno, le otorga al mode
lo contractualista un perfil inicial claro y riguroso. La legi
timidad del orden político se basa en que, carentes de él, los
individuos elegirían darle vida por poderosas razones de
utilidad, con la finalidad de evitar los males que de otro
modo les depararía el estado de naturaleza, es decir, la
inseguridad y la muerte. Ibdo individuo, por otra parte,
debe despojarse por completo de sus propios derechos en
favor del soberano; si no fuese así y el individuo conservase
una parte para sí, el problema de establecer en qué punto
terminan los derechos del soberano y comienzan los del
individuo (a falta, por supuesto, de una tercera instancia
superior capaz de dirimirlo, puesto que por encima del
soberano no hay nada) no haría sino recrear las bases para
una condición de guerra, esto es, de inseguridad y muerte;
incluso el derecho de propiedad existe sólo en cuanto el
soberano lo concede. Está claro que esto significa que el
soberano puede cometer abusos, porque no hay una ins
tancia que lo controle, salvo su relación personal con las le
yes naturales y divinas; pero incluso la más dura soberanía
absoluta es preferible a la miserable e insegura condición
del estado de naturaleza: si la condición prepolítica es tan
invivible como Hobbes nos la presenta, cualquier orden es
tatal es preferible a ella, más allá de los riesgos de dominio
arbitrario que necesariamente, por indiscutibles razones
lógicas, lleva consigo. Por otra parte, si bien no está limita
do, el poder soberano existe para garantizar la paz y la se
guridad; si en un momento dado no fuera ya capaz de ga
rantizarlas y estas desaparecieran, el cuerpo político per
dería su razón de ser y los súbditos no estarían ya obliga
dos en absoluto a la obediencia.
Sin embargo, en el razonamiento hobbesiano, aparente
mente prístino e inobjetable, permanecen abiertos no pocos
problemas, que han sido puestos de relieve tanto por los de
sarrollos posteriores de la filosofía política de tipo contrac
tualista como por la rica discusión que se planteó, es
pecialmente en la segunda mitad del siglo XX, en tomo a la
interpretación del pensamiento de Hobbes.
Una primera cuestión importante concierne a la inter
pretación hobbesiana del estado de naturaleza: primero
95
Rousseau (de quien nos ocuparemos en breve), y mucho
después los intérpretes marxistas, le reprocharán a Hob-
bes haber proyectado ilegítimamente, en el estado de natu
raleza prepolítico, unas instancias de conflicto y un ansia
de autoafirmación y superioridad que son esencialmente ex
trañas al hombre natural y caracterizan, en cambio, a ese
auténtico bellum omnium contra omnes que es la sociedad
civil burguesa, con su despiadada lucha competitiva y su
incansable carrera en pos de la riqueza y los honores; ¿có
mo podrían todas estas pulsiones, propias del individualis
mo competitivo de la sociedad mercantil moderna, pertene
cer a hombres que deben aún asomarse al primer umbral
de la civilización?
La segunda cuestión importante concierne a las mane
ras de salir del estado de naturaleza y a las motivaciones,
de tipo egoísta-utilitario, en que esa salida se funda. Si los
hombres hobbesianos son tan sólo calculadores racionales
que aspiran a asegurar su autoconservación, ¿por qué no
son suficientes para este fin instrumentos distintos del
pacto político que vincula por igual a todos, como, por ejem
plo, la alianza de una parte de los individuos que asegura
ría orden y dominio sobre otra parte?8
Además, una concepción que fundamenta el respeto de
la obligación política en motivaciones utilitarias, o sea, en
el temor que la extraordinaria fuerza del Leviatán provoca
a quien esté tentado de transgredir, resulta, si se la exami
na con atención, una solución completamente insuficiente.
Como observó uno de los grandes intérpretes novecentistas
de Hobbes, Howard Warrender,9 retomando un pasqje del
Behemoth del propio Hobbes, si el respeto de la obligación
política estuviese basado simplemente en el temor, se iría
al encuentro de dificultades insolubles: admitamos que los
ciudadanos obedecen por temor a la fuerza pública; ¿en qué
se basará entonces la fidelidad de esta al poder constitui
do? La consecuencia que se debe extraer de estas conside
raciones es que la pura racionalidad estratégica parece in
suficiente para asegurar tanto el surgimiento del cuerpo
político como su mantenimiento. Y también resulta insufi-
8 Cf., al respecto, M. Reale, La difpcile eguaglianza, op. cit., pág. 236.
8 Cf. H. Warrender, 11 pensiero político di Hobbes (1957), traducción ita
liana, Roma-Bari: Laterza, 1995.
96
cíente la respuesta que Hobbes le da al «necio» que cree que
los pactos deben ser respetados sólo en tanto convengan,
respuesta que una vez más se basa en una supuesta conve
niencia utilitaria de mantener la palabra dada.
Ahora bien, si el fundamento utilitarista-estratégico es
demasiado débil como para sostener la arquitectura políti
ca hobbesiana, adquieren valor entonces aquellas interpre
taciones, que no carecen de soporte en los propios textos de
Hobbes, según las cuales la génesis y el mantenimiento del
cuerpo político no pueden prescindir de un fundamento de
moralidad, y requieren por ende una mayor referencia a
esas leyes naturales que, de otro modo, no son en el pensa
miento hobbesiano más que un tema que se presenta para
luego abandonarlo. Desde esta perspectiva se puede pen
sar la salida del estado de naturaleza conflictivo como dic
tada no por puras razones utilitarias, sino por una trama
moral de mayor complejidad: los hombres, a los que el pen
samiento moderno considera iguales en primera instancia,
combaten por la supremacía, y justamente a través de la
dura, calamitosa, experiencia del conflicto llegan a recono
cerse como iguales;1®sólo a partir de este pasqje se puede
comprender el fundamento igualitario del estado por me
dio de un pacto de cada uno con todos, en vez del dominio
de una parte sobre otra. Se abre aquí el espacio para otra
lectura del paradigma contractual, según la cual quienes
celebran el pacto no aparecen ya como guiados por puras
razones utilitarias, sino por una conciencia moral funda
mental de la igualdad entre los hombres.
Un último e importante grupo de problemas concierne
al carácter absoluto del poder soberano que se establecería
mediante el pacto. Hobbes sostiene la racionalidad de la
renuncia de los súbditos a la totalidad de sus derechos a
cambio de la seguridad; empero, se preguntará Rousseau,
¿entregarse a un soberano renunciando a los propios dere
chos significa verdaderamente obtener una garantía de se
guridad, o más bien pasar de una inseguridad a otra? Este
problema se relaciona directamente con el de la naturaleza
del poder soberano, esto es, si se debe tratar de un poder so
berano monárquico, aristocrático o democrático. Hobbes10
10 Es esta, esquemáticamente considerada, la linea de lectura propuesta
por Reale en el texto citado.
97
muestra clara preferencia por el poder monárquico (si bien
las tres formas de gobierno son igualmente posibles desde
un punto de vista formal), pero esta elección no parece en
teramente coherente con la perspectiva contractualista: si
los individuos deben despojarse de su propio poder sobre sí
mismos, ¿por qué deberían cederlo a un individuo particu
lar, y no (como sostendrán Spinoza y Rousseau) a la colecti
vidad democrática de todos los ciudadanos? Por lo demás,
el propio Hobbes había reparado en esta dificultad, y en los
Elementos de la ley natural y política había sostenido, a di
ferencia de lo que dirá luego en el Leviatán, que «la demo
cracia precede a todas las demás instituciones de gobierno»
porque, incluso para dar vida a una forma de gobierno aris
tocrática o monárquica, es necesario que se haya constitui
do previamente una colectividad democrática de los ciuda
danos, la cual, en caso de considerarlo oportuno, podrá de
cidir confiar la soberanía a uno o a algunos.11 Pero, tal co
mo se ha afirmado, el fallido encuentro de Hobbes con la
democracia (y el consiguiente abandono de la tesis sosteni
da en los Elementos) se debió, por una parte, a la terrible
actualidad del problema de la guerra civil y, por la otra, a la
conciencia de la «fuerza devastadora de las pasiones».12
no
lo que se proponga: cada cual tiene derecho a conservarse a
sí mismo y a buscar su propio provecho hasta donde su
fuerza se lo permita. Por tanto —y aquí se pone en eviden
cia la absoluta radicalidad de Spinoza—, en el estado de
naturaleza no sólo no hay pecado, sino que tampoco hay
bien ni mal, justicia ni injusticia: en este plano puramente
naturalista, el hecho de que cada cual se afirme tanto como
su fuerza se lo permita no da lugar a ningún juicio moral.
El bien y el mal sólo existen cuando son establecidos por le
yes civiles que expresan una voluntad común. En el estado
de naturaleza, carente de leyes, no tiene sentido hablar del
bien ni del mal.
Sin embargo, Spinoza coincide con Hobbes en que el es
tado de naturaleza no es una condición en la cual sea gr?to
permanecer. Ciertamente, si todos los hombres fuesen sa
bios y viviesen bqjo la guía de la razón, en el estado de na
turaleza todo marcharía óptimamente, cada uno ejercería
sus derechos sin ocasionar ningún daño a los demás. Pero
la sabiduría no es en absoluto la condición natural de los
hombres: por lo general, ellos están sometidos a afectos y
pasiones que los llevan a sentir enemistad hacia los demás,
a odiarlos, dañarlos y engañarlos. Por tanto, si los hombres
permaneciesen en el estado de naturaleza, estarían conde
nados a vivir en medio de enemistades y odios, peijudicán-
dose unos a otros, sin poder gozar de una vida tranquila y
segura. Se desprende que si los hombres buscan realmente
su beneficio y quieren alcanzar su seguridad, deben salir
del estado natural: deben renunciar a su derecho sobre to
do, derecho del que gozaban en ese estado (y provocaba el
conflicto entre ellos), y cederlo a la colectividad, celebrando
un pacto social con todos los demás. Con el pacto, los indivi
duos renuncian a su derecho natural (incluido el derecho a
vengarse de las ofensas recibidas) y lo ceden a la colectivi
dad, dando vida así al estado: a partir de este momento, só
lo la autoridad estatal tiene derecho a imponer las leyes y
castigar; y la amenaza del castigo es el modo más seguro de
convencer a los ciudadanos de que deben abstenerse de
petjudicar injustamente a los demás.
¿Cómo debe estar organizado el estado? En tanto que
Hobbes prefería la forma monárquica, Spinoza, en cambio,
sostiene con gran fuerza que la mejor forma de gobierno es
la democrática. De hecho, en la democracia el derecho del
99
cual todos gozaban en el estado de naturaleza no se trans
fiere a un individuo particular (el monarca o el soberano),
sino a la colectividad de todos aquellos que han suscripto el
pacto social. El ordenamiento democrático es el que más
respeta la libertad que la naturaleza concedió a cada uno;
en efecto, en él, «nadie transfiere a otro su derecho natural
hasta el punto de que no se le consulte nada en lo sucesivo,
sino que lo entrega a la mayor parte de toda la sociedad, de
la que él es miembro, y por este motivo todos siguen siendo
iguales, como antes en el estado de naturaleza».14 No sería,
por tanto, una elección racional la de quien, una vez com
probada la necesidad de despojarse de sus propios dere
chos, eligiese cederlos a un individuo o a un grupo particu
lar de individuos, antes que a la totalidad de los ciudada
nos de la que él mismo forma parte.
Mas hay otro aspecto que diferencia muy claramente la
concepción de Spinoza de la de Hobbes y constituye una
crítica hacia este último. En la perspectiva spinoziana, el
pacto social no es en absoluto irrevocable. Los hombres lo
han suscripto para asegurar mejor su propio beneficio; pe
ro si la sociedad no actúa ese beneficio común que es la ver
dadera razón del pacto, este deja de tener motivo y puede
entonces ser anulado y destruido.
Justam ente en cuanto la razón de ser del pacto es la
utilidad común, la autoridad soberana que se establece con
el pacto no tiene poder absoluto sobre los súbditos: ninguno
se despoja de sus derechos hasta el punto de renunciar a lo
que caracteriza a su naturaleza de hombre. «Por lo cual es
razonable admitir que cada hombre reserva siempre para
sí muchos derechos que, en consecuencia, dependen de su
voluntad y no de la de otros». En definitiva, la renuncia a
los derechos naturales no es total e ilimitada, en cuanto se
mejante renuncia no sería racional, y en cuanto hay dere
chos a los que el hombre no puede renunciar sin dejar de
ser hombre.
Para Spinoza, el principal de estos derechos inaliena
bles es la libertad de pensamiento, derecho que no se po
dría ceder sino renunciando a la humanidad misma. El es
tado puede prohibir determinados modos de actuar, pero
no debe hacer nada contra la libertad de pensamiento, de
14 Ibid., págs. 384-5.
100
palabra y de enseñanza (salvo en el caso extremo en que
constituyan un inmediato peligro para el propio estado).
Todo ciudadano tiene derecho al libre ejercicio de su razón,
aunque se sirva de ella para criticar los decretos del estado;
lo que debe interesar a este es el comportamiento del ciuda
dano, no sus ideas. La de Spinoza es, pues, una versión del
modelo contractualista que, si bien está muy ligada a la de
Hobbes, se aleja de este por su valoración de la forma demo
crática de gobierno, y por su insistencia en los derechos a
los que los individuos no podrían renunciar ni aun querien
do, pues ello se opondría a su propia naturaleza humana.
101
En lo que concierne a la igualdad originaria, al menos
desde el pvmto de vista político, y por tanto respecto de las
relaciones de natural subordinación jerárquica, el punto de
partida de Locke coincide con el de Hobbes: los hombres
son iguales por naturaleza, nadie puede pretender que tie
ne más poder y autoridad sobre los demás de cuanto los de
más tienen sobre él; la igualdad implica esta condición de
perfecta reciprocidad en lo que atañe a la sujeción y al do
minio mutuo.17 Este es el punto que Locke subraya, en
frentando a los teóricos que hacen derivar el poder político
del poder paterno, como Robert Filmer en su Patriarca; pa
ra Locke, como para Hobbes, no hay relaciones de subordi
nación o sujeción naturales, y el poder monárquico no deri
va ni del poder divino ni del poder paterno.
Si bien Locke comparte con su ilustre predecesor el pun
to de partida específicamente moderno de la igualdad, muy
distinta es, en cambio, su concepción del estado de natura
leza. Puesto que los hombres son iguales e independientes,
la razón les impone (he aquí la ley de naturaleza) el precep
to según el cual «nadie ha de atentar contra la vida, la sa
lud, la libertad ni las posesiones de otro». Como en Hobbes,
la ley de naturaleza es esa regla que, si se la respeta, ase
gura «la paz y la supervivencia de todo el género humano»;
pero Locke se aleja del autor de Leviatán al afirmar que «la
ley de naturaleza es vinculante para todos»:18 ella obliga
de modo pleno, no sólo in foro interno, como sostenía Hob
bes. ¿En qué argumentos se basa esta tesis lockiana? La
ley de naturaleza obliga porque, incluso en el estado de na
turaleza, existen modalidades de castigo para quien la
transgrede: no hay un poder establecido que aplique san
ciones a los transgresores (de otro modo no hablaríamos de
estado de naturaleza), pero cualquiera tiene el derecho de
castigar a quienes atentan contra la ley, y, según Locke,
ello debería desalentar su violación. Es cierto que la ley se
ría vana (como había sostenido Hobbes) si nadie estuviera
dotado del poder de ejecutarla, pero afortunadamente las
cosas no son así: antes bien, en el estado de naturaleza
cualquiera tiene el derecho de castigar a quien transgreda
las normas de la razón y de la justicia.
17 Ibid., § 54, pág. 91.
18 Ibid., § 6, pág. 54.
El hecho de que exista el derecho, si no incluso el deber,
de castigar a los agresores y a los delincuentes no parece
cuestionable. El problema que se plantea es el siguiente:
¿cómo funciona concretamente este castigo, en una situa
ción en la que no hay órganos especiales destinados a tal
fin, que dispongan de la fuerza necesaria y puedan referir
se a una legitimidad universalmente reconocida?
Como veremos en breve, precisamente el problema de
la administración de la justicia ocasiona el pasaje del esta
do de naturaleza al estado civil. Ahora bien, junto a la ley
de naturaleza, la otra cuestión fundamental que aleja a
John Locke de Thomas Hobbes es justamente la concep
ción del estado de naturaleza. Cabe discutir si la teoría loc-
keana del estado de naturaleza es coherente, o si es en sí
misma incierta y oscilante.19 Pero, en líneas generales, la
teoría parece bastante clara. Hace falta, ante todo, contra
diciendo a Hobbes, distinguir entre estado de naturaleza y
estado de guerra, y no confundirlos como si fueran una
misma cosa. El estado de guerra es un estado de «enemis
tad, maldad, violencia y mutuo exterminio»,20 y puede ser
tanto un resultado de la degeneración del estado pacífico
de naturaleza como una suerte de interrupción dentro del
estado civil, cuando un hombre quiere someter a otro por la
fuerza. El estado de naturaleza, en cambio, es definido
abiertamente por Locke como un «estado de paz, benevo
lencia, asistencia y defensa mutua»: «Cuando los hombres
viven juntos conforme a la razón, sin un soberano común
en la Tierra, con el poder de juzgarse entre ellos, tenemos
el estado de naturaleza».21 Vemos que, de distinta manera
que en Hobbes, hay una gran diferencia entre estado de na
turaleza y estado de guerra, pero el estado de naturaleza
corre siempre el riesgo de degenerar en estado de guerra.
Hay estado de guerra cuando alguien quiere someter a otro
a su dominio, pero esta situación, que puede presentarse
tanto en el estado de naturaleza como en el civil, se desa
rrolla de modo diverso en ambos casos: en el estado civil in-
19 Sobre este y sobre otros aspectos del pensamiento lockeano aún re
sultan útiles las lecciones de N. Sobbio, Locke e il diritto naturale, Hirín:
Giappichelli, 1963.
90 J. Locke, Secondo trattato sul governo, op. cií., $ 1S, pág. 64.
91 Ibid.
i no
tervienen la policía y la ley, y cesa así el estado de guerra,
en tanto que en el estado de naturaleza, en el que no hay
un juez común, el estado de guerra, una vez iniciado, tien
de a no terminar. Puede tener fin si las circunstancias son
favorables, pero puede también durar indefinidamente.
La conclusión que Locke extrae es la siguiente: para evi
tar el riesgo de recaer continuamente en el estado de gue
rra, los hombres deben abandonar el estado de naturaleza,
asociándose entre sí e instituyendo un poder soberano y un
juez común que pueda resolver las controversias de mane
ra imparcial. Así pues, el estado civil confirma en lo sustan
cial la validez de la ley de naturaleza, pero asegura además
la posibilidad de resolver las controversias en forma impar
cial, mediante un juez común.
El mismo enfoque vale respecto de la propiedad, uno de
los temas centrales del liberalismo lockeano. Es más, la
importancia histórica del liberalismo de Locke reside, jus
tamente, en el estrecho vínculo que estableció entre propie
dad privada y libertad individual. Tan importante es esta
cuestión, que en ocasiones, bajo el nombre general de pro
piedad, Locke agrupa todos los bienes que el estado debe
asegurar al hombre: vida, libertad y haberes son todos
«propiedades» del individuo.22
En consecuencia, el cometido primario del estado civil
es asegurar y defender esa propiedad que puede ser adqui
rida ya en el estado de naturaleza. La teoría lockeana de la
propiedad se diferencia, en este punto, tanto de la de Hob-
bes como de la de Grozio y Pufendorf. Para Hobbes, la pro
piedad llega después del establecimiento del estado (en el
estado de naturaleza todos tienen derecho a todo); el estado
decide qué puede considerar el individuo como su propie
dad privada, y nadie debe lamentarse de ello.23 Para Gro
zio y Pufendorf, la propiedad ya es posible antes del estado,
pero a condición de que haya un tácito consentimiento de
los demás hombres. Para Locke, en cambio, la propiedad
privada precede al estado, y el individuo la adquiere legíti
mamente «haciendo todo por sí mismo», es decir, sin necesi
dad del consentimiento de sus semejantes.
22 Cf., por ejemplo, los §§ 87 y 123.
23 T. Hobbes, De cive, 12.7.
104
No obstante, veamos ahora cómo se legitima en Locke
la apropiación privada del primer bien apropiable, esto es,
la tierra.
La apropiación privada no es una condición originaria,
pues la condición originaria es aquella en la cual las cosas
naturales no son privadas, ni de nadie (res nullius), sino de
todos, colectivamente considerados. El punto de partida es
la propiedad común.
¿En qué se basa, por lo tanto, la legitimidad de la pro
piedad privada? Es este el interrogante al que Locke trata
de responder, valiéndose de una argumentación original y
aguda. Locke parte de un supuesto de fondo: «Aun cuando
la tierra y todas sus criaturas inferiores sean dadas en co
mún a todos los hombres, cada hombre tiene, no obstante,
la propiedad de su propia persona: sobre esta nadie tiene
derecho alguno fuera de él». Sobre esta base, solidísima en
apariencia, se desarrolla toda la argumentación lockeana,
a través de los pasos que expondremos a continuación. Si el
hombre es propietario de su propia persona, es también
propietario de su trabajo y de aquello que mediante su tra
bajo produce. Si el hombre toma entonces algo de la natu
raleza y le mezcla su trabajo, el producto resultante, del
que ya no es posible separar el trabajo, es también propie
dad del hombre que lo ha generado con su esfuerzo. Ahora
bien, si verdaderamente el trabajo habilita al individuo pa
ra apropiarse del fruto de ese trabajo, puesto que sería in
justo que su trabajo se convirtiese en propiedad común, se
ría también injusto que los demás hombres no tuviesen
tierra para cultivar, es decir, materia prima para ejercer
sobre ella su trabajo. Por esta razón, Locke concluye que el
hombre tiene el derecho de apropiarse de aquello a lo que
ha mezclado su trabajo, a condición de que queden mate
riales laborables, en igual cantidad y de igual calidad, para
los demás.24
Una vez sentadas las bases de su teoría de la propiedad,
pasa Locke a criticar la teoría del consentimiento ¿geno, en
tendido como condición necesaria para la apropiación pri
vada de recursos originariamente comunes. Aquel que se
24 Condición enunciada, por ejemplo, en J. Locke, Secondo trattato sul
governo, op. cit., §§ 27 y 36.
105
apropia privadamente de la materia que ha trabajado, se
gún el esquema que hemos expuesto, no quita nada a na
die; ¿por qué habría necesidad de consentimiento? Ade
más, la teoría del consentimiento es un contrasentido, pues
si para apropiarse personalmente de algo fuese necesario
un consentimiento, que en rigor debería ser dado por toda
la humanidad, el hombre moriría de hambre antes de po
der arar un campo, capturar una presa, o tan sólo recoger
algunas bayas.
En opinión de Locke, a tal punto su teoría de la apropia
ción se conforma a la ley de naturaleza, que incluso en el
mundo civilizado, donde las relaciones de propiedad están
ya fijadas por las leyes positivas que las rigen, el pez que
ha sido pescado en el mar (única posesión común que que
da) es propiedad de quien ha realizado el esfuerzo de ir a
pescarlo, y este no está, por cierto, obligado a dividirlo con
otros (con los propietarios comunes del mar del que provie
ne el pez).
No obstante, la adquisición de la propiedad privada me
diante el propio trabqjo tiene, según Locke, límites muy
precisos: cada uno puede tomar, de los frutos de la natura
leza, tantos como pueda consumir; pero sería contrarío a la
ley de naturaleza recoger frutos, o pescar peces, sustrayén
dolos a la posible recolección de otros, sólo para dejar des
pués que se pudran. Lo mismo vale para aquella que en
tiempos de Locke era la propiedad privada por excelencia,
esto es, la tierra: «Un hombre tiene derecho a la propiedad
privada de tanta tierra cuanta pueda labrar, sembrar, me
jorar y cultivar para aprovechar sus productos. Con su tra
bajo, él, por decirlo así, la ha vallado, separándola de la tie
rra común».25 Puesto que en los orígenes había abundan
cia de tierras, nadie resultaba perjudicado por el vallado,
así como «a nadie perjudica que alguien beba grandes tra
gos del agua de un río».26
Si se respeta esta ley de naturaleza, hay lugar para to
dos: por más que crezca la población, hay tierra cultivable
para todos. En consecuencia, por una parte, nadie tiene
motivos fundados para lamentarse; por otra parte, todos
deberían agradecer a quien trabaja la tierra y le hace dar
25 76id., § 32, pág. 74.
26 Ibid.., § 33, pág. 75.
106
frutos. De hecho, quien trabqja la tierra incrementa enor
memente su productividad, y contribuye así al incremento
de los bienes que la humanidad tiene a su disposición. Por
tanto, quien se apropia de la tierra y hace un uso produc
tivo de ella es también meritorio para la humanidad.
Se puede plantear otro cuestionamiento: ¿por qué el de
recho a la apropiación privada que viene del trabajo pre
valece sobre el derecho originario de la propiedad común?
La respuesta de Locke es muy interesante: el valor de los
bienes está determinado mucho más por el trabajo que por
la materia prima; por lo tanto, quien ha puesto el trabajo
tiene mucho más derecho sobre un bien que el propietario
de la materia prima; el valor de esta, si no se la trabaja, se
aproxima a cero. Así, por un lado, Locke funda la teoría del
valor-trabajo, que quedará incorporada a la economía polí
tica clásica hasta Marx, y, por el otro, recalca que nadie tie
ne motivo para lamentarse, porque aquello que ha sido ob
jeto de apropiación tiene un valor prácticamente nulo. Una
prueba de esta primacía del trabajo la aportan los pueblos
de América, los cuales, no obstante sus enormes recursos
naturales, son pobrísimos: «la vivienda y las ropas del so
berano de un amplio y fértil territorio son peores que las de
un jornalero inglés». 7 Esto demuestra dos cosas: 1) que el
trabajo crea el 99 por ciento de la riqueza; 2) que los apro-
piadores/trabajadores, al incrementar los bienes de los que
la sociedad dispone, mejoran también la situación de los no
apropiadores, es decir, de los jornaleros a los cuales hace
referencia Locke. He aquí otra de las razones para sostener
que nadie tiene motivo para lamentarse por la apropiación
privada.
La situación actual de las relaciones de propiedad nos
muestra, sin embargo, que esta modalidad originaria de le
gítima apropiación, en la cual todos son trabajadores y pe
queños propietarios, ha sido superada, dando lugar a dis
paridades mucho mayores en el reparto de la propiedad. Se
plantea pues la pregunta acerca de la legitimidad de tales
disparidades. La respuesta de Locke es muy clara: mien
tras no existía el dinero, no se podía acumular más que
cierta cantidad, porque se deterioraba. Con el dinero, en
cambio, se hace posible una acumulación ilimitada: se hace27
27 Ibid., § 41, pág. 82.
107
posible, por ejemplo, poseer grandes extensiones de tierra
y vender sus productos. La legitimidad de esta más amplia
disparidad no se funda en un pacto, sino en un tácito acuer
do sobre el uso del dinero, como lo demuestra el hecho de
que todos aceptan el dinero, lo intercambian y lo toman en
pago de sus bienes. Pero la aceptación del dinero equivale a
la aceptación, por todos los hombres, de la posibilidad de la
acumulación ilimitada.
Así, como verdadero padre del pensamiento liberal,
Locke desarrolla una justificación sumamente esmerada y
bien argumentada de la apropiación privada de los recur
sos naturales y del capitalismo entendido como acumula
ción ilimitada, fin en sí misma (esto es, una economía que,
gracias al dinero, se desvincula del límite de las necesida
des). Ahora bien, ¿cuáles son los puntos débiles a partir de
los que se podría discutir críticamente la teoría lockeana de
la propiedad? Podemos limitarnos a enumerarlos sintéti
camente:
а ) El concepto de la propiedad de sí mismo no resulta
completamente convincente, pues ningún hombre puede
venderse legítimamente, a la manera en que puede vender
sus propiedades.
б ) En general, las habilidades de alguien no le pertene
cen de manera exclusiva, puesto que él las ha aprendido de
otros que se las han enseñado (la familia y la sociedad), y,
por tanto, también en su trabajo, su específica contribución
individual es una pequeña parte (las técnicas y los saberes
que generan la mayor parte de la riqueza son producto del
trabajo de todas las generaciones humanas).
c) Por último, existe el problema de las generaciones:
¿por qué quien llega después, cuando todo se ha convertido
en propiedad privada de alguien, debería aceptar que con
el dinero se haya hecho posible la propiedad sin límites,
que acarrea la imposibilidad de acceso a los recursos pro
ductivos, en cuanto ya han sido apropiados?
La respuesta implícita de Locke a este tercer argumen
to hará escuela y será retomada en todo el pensamiento li
beral, desde Adam Smith hasta John Rawls: incluso el más
pobre jornalero inglés es más rico que el más rico de los re
yes salvajes, y no tiene entonces de qué lamentarse. Sin
108
embargo, tal vez se podría cuestionar este argumento me
diante una sencilla pregunta: ¿qué preferirías ser, un jor
nalero o un rey?
El estado surge, pues, para salvaguardar unos derechos
que los individuos ya poseen en virtud de la ley de natura
leza (vida, libertad, propiedad). Locke insiste especialmen
te en que, al asociarse en el estado, los individuos institu
yen un juez habilitado para resolver las controversias, en
cuanto está por encima de ambos contendientes. Ahora
bien, si esta es la esencia del pasaje a la sociedad política,
entonces se sigue que la soberanía no puede ser absoluta,
como Hobbes la concebía. En efecto, la sociedad política se
identifica por el hecho de que en ella nadie debe ya ser juez
de su propia causa. Pero el soberano absoluto, que conden
sa en sí tanto el poder legislativo como el ejecutivo, en las
eventuales controversias con sus súbditos es juez de su
propia causa, y por tanto se encuentra, respecto de aque
llos que están sometidos a su dominio, exactamente en el
estado de naturaleza. Así pues, el poder absoluto, en vez de
superar el estado de naturaleza, lo reinstaura en cuanto a
la cuestión decisiva, esto es, la relación entre los súbditos y
el soberano. Al enfatizar esta cuestión, Locke formula otra
de las tesis fundamentales del liberalismo moderno: no se
sale verdaderamente del estado de naturaleza si no hay
una salvaguarda respecto del poder soberano.
Veamos, por último, cuáles son, según Locke, las prin
cipales características del pacto político. Este es suscripto
libremente por los individuos; quien así lo desee —aparece
aquí nuevamente el fuerte presupuesto individualista—
puede no adherir a él; al formar un único cuerpo político,
todos se comprometen, a fin de garantizar la unidad, a aca
tar la voluntad de la mayoría; la finalidad del pacto no es
sólo garantizar la supervivencia, sino «vivir bien, con tran
quilidad y en paz unos con otros, asegurándose la posibili
dad de gozar de su propiedad y una mayor protección con
tra aquellos que no pertenecen a esa sociedad».28
Al reunirse en el estado, los individuos instituyen un
poder supremo, que es ante todo el poder de hacer leyes y
28 Ibid., § 95, pág. 121.
109
resolver las controversias: se trata, según Locke, del poder
legislativo. Este puede tener la forma de una democracia,
de una oligarquía o de una monarquía, pero, sea cual fuere
su forma, para que el poder legislativo cumpla sus objeti
vos debe someterse a reglas y límites muy precisos:29
1) Derechos inalienables. Debe mantenerse dentro del
ámbito fijado por la ley de naturaleza, respetando los dere
chos inalienables que derivan de ella. La ley de naturaleza
representa «una norma eterna para todos los hombres»;
por tanto, también para los legisladores, que deben limi
tarse a traducirla a ley positiva y asegurar su respeto.
2) Principio de legalidad. El poder debe gobernar me
diante leyes generales ciertas, y no mediante decretos ex
temporáneos o ad personara.
3) Intangibilidad de la propiedad. «El poder supremo
no puede quitar a un hombre una parte de su propiedad sin
su consentimiento». Los impuestos para mantener al es
tado deben ser consensuados por la mayoría de los súb
ditos.
4) «El legislativo no debe ni puede transferir a otros el
poder de legislar, ni confiarlo a otras manos que no sean
aquellas a las que el pueblo lo ha confiado»: por ejemplo, no
puede entregarlo a un dictador.
¿Cómo se puede asegurar que el poder legislativo se
mantenga dentro de estos límites? La respuesta de Locke a
este problema debemos buscarla en su teoría de la articula
ción de los poderes. La clara distinción entre el poder legis
lativo y el poder ejecutivo constituye un dique contra el pe
ligro de la degeneración de la tiranía: el poder legislativo
debe reunirse, no de manera permanente sino periódica
mente, para producir leyes, en tanto que el ejecutivo debe
asegurar en forma coactiva la obediencia de los ciudadanos
a ellas. Quien decide sobre la coacción no decide sobre la
ley, e incluso está sometido a esta, mientras quien legisla
no tiene ningún poder directo de coacción. El legislativo es
el poder supremo, pero la coacción corresponde sólo al eje
cutivo, que está subordinado a aquel. Con estas tesis, inspi-
29 Sobre este punto, cf. N. Bobbio, Locke e il diritlo naturale, op. ctí.,
págs. 259 y sigs.
110
radas en el modelo inglés del King in Parliament, Locke se
sitúa en los orígenes del constitucionalismo moderno.
Sin embargo, no se puede afirmar que de este modo el
problema quede resuelto. Supongamos que el legislativo
quiera esclavizar al pueblo, sin atenerse a los límites que
Locke escrupulosamente fijó: ¿qué ocurre entonces? Locke
responde a esta pregunta mediante la (problemática) teori
zación del derecho de resistencia: a falta de un juez supe
rior ante quien apelar respecto de un legislativo que lo
quiera esclavizar, el pueblo tiene el derecho de apelar al
cielo, es decir, a una ley superior a la ley positiva, que lo au
toriza a derribar al gobierno que incumple su mandato. El
derecho de resistencia no puede ser ley positiva, pero en úl
tima instancia se funda en la ley natural, que es superior a
la propia ley positiva.
Ahora bien, la teoría del derecho de resistencia adolece
de grandes dificultades conceptuales, que más adelante
Kant señalará con mucha precisión: al no haber un juez
superior capaz de dirimir las controversias entre el pueblo
y el soberano, el derecho de resistencia lleva a recaer en el
estado de naturaleza, de la misma manera que en el caso
del poder despótico.
111
miro a mi alrededor: veo pueblos desdichados, que sufren
bajo un yugo de hierro; veo al género humano aplastado
por un puñado de opresores; veo una multitud hambrienta,
extenuada por la aflicción y por el hambre, de la cual el rico
bebe en paz la sangre y las lágrimas; y veo por todas partes
al fuerte armado con el temible poder de las leyes contra el
débil». Dado que el contractualismo presupuso hombres li
bres e iguales como base del pacto social, el problema del
que parte Rousseau resulta claro: cómo pudo esta original
igualdad invertirse en estructuras de dominio y de opre
sión que, según lo ve el ginebrino, marcan y contaminan a
toda sociedad civil moderna. «El hombre nació libre y por
doquier está en cadenas»; ¿cómo se produjo este cambio?
Frente a la comprobación de la realidad universal del do
minio, el pacto social se disloca en un plano contrafáctico,
normativo, revolucionario. La teoría política normativa se
diferencia del análisis científico aplicado a la sociedad
existente y a sus estructuras de opresión. «En Rousseau,
por primera vez, la desigualdad social deja de ser tan sólo
objeto de denuncia y de condena moral. Al contrario: es
comprendida genéticamente en su necesidad racional».30
Y el primer deber de la teoría pasa a ser el de mostrar cómo
las estructuras desigualitarias de dominio pudieron surgir,
establecerse, gozar incluso de consenso entre los oprimi
dos. La sobrevalorada igualdad de partida no se conserva
en la sociedad civil, sino que se convierte en su opuesto, la
desigualdad: por consiguiente, es esta la que Rousseau se
propone explicar. El tema, ya perfilado en la réplica a las
objeciones que Estanislao Leszczynski había hecho al Dis
curso sobre las ciencias y las artes («La fuente primera del
mal es la desigualdad»),31 deviene objeto principal del Dis
curso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad
entre los hombres, que Rousseau dedica, en 1754, a la Re
pública de Ginebra.
El ataque a la función legitimadora del iusnaturalismo
se centra, en primer lugar, en la cuestión del estado de na
turaleza: en tanto que para Hobbes la condición miseranda
30 M. Reale, Le ragioni delta política. J.-J. Rousseau dal «Discorso sull’
ineguaglianza» a l«Contratto», Roma: Edizioni dell’Ateneo, 1983, pág. 277.
31 J.-J. Rousseau, Scrittipolitici, traducción italiana, Roma-Bari: Later-
za, 1994, vol. I, pág. 44.
112
del estado de naturaleza legitimaba cualquier estado civil,
incluso el más opresivo, Rousseau no puede sino invertir
sus presupuestos: la esencial falencia de la concepción hob-
besiana del estado de naturaleza, poblado de hombres ávi
dos, orgullosos, deseosos de oprimirse mutuamente, con
siste en atribuir al hombre natural pasiones que, en reali
dad, caracterizan al hombre civilizado, corrompido y arrui
nado por una civilización malsana. Diferente es la crítica al
estado de naturaleza lockeano: mientras Hobbes concibe
(correctamente) una clara ruptura entre estado de natura
leza y estado civil, pero la niega después al proyectar en el
primero características que sólo pertenecen al segundo,
Locke cae en un pecado de apología igualmente grave, en
cuanto, con su visión continuista de la relación entre esta
do de naturaleza y estado civil, retrotrae de manera abusi
va al primero (legitimándolas) instituciones que, como la
de la propiedad, sólo pueden pertenecer a la sociedad civili
zada. Tras criticar con suma lucidez la concepción del esta
do de naturaleza que sustentaban sus predecesores, Rous
seau pretende construir por fin una visión científica de
aquel. Para él, el estado de naturaleza no es un estado de
guerra, por el simple motivo de que es un estado de aisla
miento: el hombre natural de Rousseau es un hombre soli
tario, habitante de una naturaleza no hostil, en relación
con la cual no experimenta dificultades para satisfacer sus
limitadas necesidades. El estado de naturaleza no es en ab
soluto, como repiten sin cesar aquellos contra los cuales po
lemiza Rousseau, una condición «desgraciada»; incluso se
puede afirmar, paradójicamente, contradiciendo a Hobbes,
que es «el más favorable para la paz, el más conveniente
para el género humano».32 No hay, pues, ninguna necesi
dad que obligue a salir de él (si acaso el problema reside en
cómo se salió de él, dado su carácter pacífico y estable), y el
pasqje al estado civil es provocado tan sólo por «el concurso
fortuito de varias causas externas que podrían incluso no
haberse producido nunca, sin las cuales el hombre hubiera
permanecido eternamente en su condición primitiva»:33
una condición en la que la desigualdad era desconocida,
pues de las dos clases de desigualdad entre los hombres, la
32 Ibid., pág. 162.
33 Ibid., pág. 171.
113
natural y la moral o política, la primera es con mucho la
menos importante, y en el estado de naturaleza no ejerce
«casi ninguna influencia».34
¿Cómo se constituye entonces la insoportable desigual
dad que caracteriza a la sociedad civil o burguesa? El proce
so de constitución de la sociedad desigual y opresiva se con
centra en tomo a una articulación fundamental, que es la
de la propiedad: «El primero al que, tras haber cercado un
terreno, se le ocurrió decir “Esto es mío”, y encontró perso
nas lo suficientemente ingenuas como para creerle, fue el
verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes,
cuántas guerras, cuántos asesinatos, cuántas miserias y
cuántos horrores habría ahorrado al género humano quien,
arrancando las estacas o rellenando la zanja, hubiese gri
tado a sus semejantes: “Guardaos de escuchar a este impos
tor. Si olvidáis que los frutos son de todos y que la tierra no
es de nadie, estáis perdidos”».35
Aquí se invierte el discurso lockeano: lejos de ser una
adquisición legítima, la apropiación es una astuta impos
tura, que se estabiliza sólo debido a la ingenuidad de los
simplones que resultan sus víctimas. La desigualdad de
las propiedades es el verdadero estigma de la sociedad co
rrupta, es el principal viraje en el fatal recorrido histórico
hacia la sociedad burguesa, codiciosa, rapaz, desigual.
Pero este recorrido, a partir del primer momento en que
la perfecta soledad del estado de naturaleza se contamina,
parece desenvolverse de una manera continua e inexora
ble, que lleva a reconsiderar el viraje que el propio Rous
seau, por otra parte, quiso marcar, al iniciar la segunda
parte de su Discurso sobre la desigualdad con el pasaje so
bre la propiedad que acabamos de citar.
Manifiestamente, el proceso degenerativo del que Rous
seau recapitula con minuciosidad cada etapa (situándose
así, además, entre los fundadores de la moderna ciencia
antropológica y social) coincide, en el segundo discurso, con
la dimensión de la sociabilidad, que suplanta a la de la ori
ginaria soledad: cuando los hombres dejan de errar por los
bosques y se reúnen formando agrupamientos cada vez
más amplios de familias y poblados, se desarrolla ensegui
34 Ibid.
35 Ibid., pág. 173.
114
da el sentimiento de comparación, del amour propre, una
estimación de la propia superioridad que constituye la pri
mera raíz del desarrollo de la desigualdad, concebida en
términos que recuerdan mucho a la antropología hobbesia-
na de la competencia. La pasión del orgullo, que lo empuja
a competir con los demás para superarlos, no pertenece y
no puede pertenecer al hombre natural, fundamentalmen
te solitario, sino que domina a los individuos apenas co
mienzan a estrechar vínculos entre sí: «el más bello, el más
fuerte, el más habilidoso o el más elocuente pasó a ser tam
bién el más considerado, y fue este el primer paso hacia la
desigualdad y al mismo tiempo hacia el vicio».36 Así pues,
la corrupción y la desigualdad aparecen por primera vez,
dice Rousseau, ya en el estado primitivo de sociedad, que
se asemeja a aquel en el que aún se encuentran «los pue
blos salvajes conocidos», y no debe ser confundido con el
verdadero estado de naturaleza, del cual incluso está muy
alejado, pues ha desarrollado ya, junto con la sociabilidad,
la enfermedad que empuja al hombre a la comparación y a
depender de la opinión de los demás: «el hombre sociable,
siempre proyectado fuera de sí, no sabe vivir sino de la opi
nión de los demás».37 Los hombres hubieran podido per
manecer largo tiempo en este estado apenas embrionario
de desigualdad si no hubiera intervenido el desarrollo de
las habilidades técnicas, de la agricultura y del trabajo,
provocando, junto con la diferencia de los talentos, la dife
rencia de las propiedades, y despejando el camino al desa
rrollo ya ilimitado de la desigualdad: la propiedad surge
del trabajo, como en Locke, pero, puesto que difieren la
fuerza, la capacidad y el talento de los hombres, el trabajo
procura a algunos mayor propiedad que a otros. Queda así
completamente despejado el camino hacia la corrupción,
hacia una sociedad dividida en amos y siervos, donde la
apariencia de grandeza, riqueza y superioridad frente a los
demás se vuelve más importante que la realidad de lo que
se es, donde no reina más que «este deseo universal de re
putación, de honores y de distinción que nos devora a to
dos», que hace a los hombres «competidores, rivales, o más
bien enemigos», hasta tal punto que los ricos y los podero-38
38 Ibid., pág. 179 (las bastardillas son mías).
37 Ibid., pág. 204.
115
sos, aun sin dejar de ser lo que son, «dejarían de ser felices
si el pueblo dejase de ser miserable».38
La proliferación de la desigualdad, la polarización de la
riqueza y la pobreza, la imposibilidad, a partir de cierto
momento, de legitimar la propiedad siquiera mediante un
remoto origen en el trabajo, arrojan a la sociedad aún ca
rente de organización política a una condición de conflicto y
de desorden: aquí, y no en el estado de naturaleza, se pro
duce el verdadero estado de guerra. De él salieron los hom
bres, dice Rousseau, mediante un pacto político que los ri
cos propusieron a los pobres, y que fue «el proyecto más
perspicaz jamás ideado por el hombre»:38 unámonos, pro
pusieron los ricos a los pobres, bajo un poder político común
que asegure a todos las garantías de la ley y así proteja a
los débiles de los abusos y de la violencia, al tiempo que ga
rantice a los ricos el seguro disfrute de sus propiedades. Pe
ro se trata de un pacto inicuo que los pobres aceptaron de
bido tan sólo a su ingenuidad, puesto que, en cuanto des
truía la libertad natural, legitimaba para siempre «la ley
de la propiedad y de la desigualdad». La propiedad que va
lidaba, aunque inicialmente surgida del trabajo, posterior
mente había pasado a ser, cada vez más, fruto del engaño,
la apropiación y la rapiña; por ende, debería haberse obje
tado que, para apropiarse de lo que rebasaba las necesida
des ligadas a la supervivencia de cada cual, era necesario
«el consentimiento expreso y unánime de todo el género
humano». También es inicuo, quiere decir Rousseau, el
pacto social tal como lo planteó Locke, puesto que si los des
poseídos aceptan abandonar su libertad natural para so
meterse a la ley civil, no es racional (sino que es fruto de
ceguera, simpleza o incapacidad de comprender el engaño
de los otros) que lo hagan sin pretender que se discuta tam
bién la distribución de las propiedades que, de modos di
versos y a menudo por usurpación, se fue produciendo has
ta ese momento. Se trata, en suma, de un pacto que no se
ría racional suscribir, pues los ricos ganan demasiado, y los
pobres, demasiado poco en relación con lo que ceden.
Mientras en el Discurso sobre la desigualdad, la socia
bilidad se configura de por sí como una dimensión de «caí-389
38/6íd.,pág. 200.
39Ibid„ pág. 187.
116
da» y de alienación, pues lleva al hombre a perder la verda
dera conciencia de sí mismo y a concebirse sólo a través del
reflejo que ve en los ojos de los demás, la adopción de una
perspectiva más compleja y menos negativa de las relacio
nes sociales (elaborada en el texto de transición que repre
senta el Manuscrito de Ginebra) permite a Rousseau plan
tear las condiciones para esbozar el esquema de ese pacto
más equitativo y racional diseñado en el Contrato social:
las características del hombre social deben considerarse
con realismo, por lo que efectivamente son, pero a un tiem
po es preciso referirlas a la trama racional y compartida de
la política. Entonces, dice Rousseau, habrá que considerar
a los hombres como en realidad son (en su conflictiva par
ticularidad) y a las leyes como pueden ser, de modo que se
puedan asociar la justicia y la utilidad, lo que el derecho
permite y lo que el interés prescribe.
Los puntos de partida fundamentales de la concepción
rousseauniana del contrato no se alejan de los que ya ha
bían planteado, desde una perspectiva moderna, Hobbes y
Locke. El orden social no está dado por naturaleza, sino
que es un orden artificial que los hombres, originariamente
libres e iguales, deben establecer entre sí: se priva de todo
fundamento a las teorías que conciben el poder soberano
como una derivación del poder patriarcal, o como surgido
de una superioridad natural de algunos en relación con
otros, o como derivado de un presunto (pero en realidad
contradictorio, según Rousseau) derecho del más fuerte.
«Puesto que ningún hombre tiene una autoridad natural
sobre su semejante, y puesto que la fuerza no produce nin
gún derecho, en la base de toda autoridad legítima quedan
pues las convenciones».40 ¿Cómo se debe pensar, entonces,
la convención entre los hombres que da origen al gobierno
legítimo? Para comprenderlo conviene, en primer lugar,
atender al hecho de que, según Rousseau, no se la puede
plantear racionalmente.
El poder legítimo no puede concebirse, dice Rousseau
polemizando sobre todo con Grozio, como resultado de un
pacto de sumisión en el que un pueblo enajena su libertad
al hacerse súbdito de un soberano. Rousseau plantea la te-
40 J.-J. Rousseau, Contralto sociale, en Scritti politici, op. cit., vol. II,
pág. 87.
117
sis de que ante todo sería irracional que un pueblo suscri
biera un pacto semejante, y aun cuando lo hiciese, este pac
to sería nulo y no podría servir para legitimar ningún or
den político. En apoyo de esta tesis, Rousseau aduce diver
sas razones:
а ) Sería irracional, para los súbditos, despojarse de su
libertad para obtener a cambio la seguridad que un sobera
no absoluto debería garantizar, porque bajo un gobierno
despótico, que puede además declarar guerras a su antojo,
la seguridad de los súbditos no está en absoluto garantiza
da. Por consiguiente, ellos ceden algo sin obtener nada en
cambio.
б ) Pero un contrato en el que sólo una parte cede algo y
no recibe nada a cambio es nulo o insensato.
c) Ninguna generación de hombres puede enajenar la li
bertad de las generaciones siguientes, puesto que ella no le
pertenece.
d) La libertad no es algo que se pueda enajenar (esto es,
ceder) como una propiedad: si un hombre se entregase a
otro y este le ordenase cometer un crimen, el hombre no es
taría por esto dispensado de su responsabilidad moral: el
crimen no dejaría de ser un crimen cometido por él. Así
pues, sostener que la libertad del hombre puede ser enaje
nada equivale a negar la responsabilidad del hombre por
sus acciones, desconociendo su naturaleza de ser moral y
responsable.41
e) Admitiendo por el absurdo que un pueblo pueda ena
jenar su libertad y someterse a un soberano absoluto, sigue
siendo válido, como habían sostenido muchos teóricos del
iusnaturalismo, entre ellos Pufendorf, que un pueblo no
puede entregarse a un rey sin antes haberse constituido co
mo pueblo: un pactum subjectionis no es posible si no se
presupone un pactum unionis anterior; para poder decidir
algo, todos deben antes haber decidido, por unanimidad,
unirse y someterse a lo que decida la mayoría. Si se de
rrumba la pretensión de arraigar la legitimidad de la sobe
ranía en un pactum subjectionis, toda la cuestión de la con
vención originaria sobre la que se erige el orden político de
be replantearse desde sus cimientos.
41 Discorso sull’ineguaglianza, op. cit., vol. I, pág. 194.
118
Si se admite que los hombres (por razones ligadas a su
precaria autoconservación) deben salir del estado de natu
raleza y dar vida al orden político, y aceptando que sería in
sensato que ellos se despojasen de su libertad, el problema
que tienen que resolver se plantea del siguiente modo: «ha
llar una forma de asociación que proteja y defienda, con to
da la fuerza común, a la persona y los bienes de cada aso
ciado, y mediante la cual cada uno, no obstante unirse a to
dos, no obedece sino a sí mismo y permanece tan libre como
antes».42 Y el problema sólo puede resolverse, según Rous
seau, mediante un pacto muy particular: todos los indivi
duos enajenan totalmente sus derechos en favor del cuerpo
político común que todos juntos constituyen; en palabras
de Rousseau, «cada uno de nosotros pone en común su per
sona y todo su poder b£yo la dirección de la voluntad gene
ral; y nosotros como cuerpo recibimos a cada miembro co
mo parte indivisible del todo». Este, dice Rousseau, es el
único pacto político racional posible: al renunciar a su dere
cho de autogobemarse, el individuo acepta que los demás
tengan un derecho sobre él, pero al mismo tiempo adquiere
un derecho sobre los demás, y así no pierde nada de su li
bertad. En tanto que en el estado de naturaleza su libertad
de autogobierno podía ser, en cualquier momento, negada
por la fuerza de otro, ahora, la libertad puesta en común
tiene de su parte la fuerza de todo el cuerpo político, y está
así asegurada. El individuo, en el pacto formulado en estos
términos, no pierde libertad (por cuanto readquiere lo que
cede) y obtiene además la certeza de que podrá gozar de la
libertad que tiene.
Si bien Rousseau, en la crítica al poder absoluto de un
rey o de un déspota, adoptaba una perspectiva antihobbe-
siana, cuando pasa a describir la cláusula del pacto vuelve
a Hobbes, alejándose radicalmente de Locke: de hecho, el
pacto exige que cada cual enajene por completo todos sus
derechos en favor de la comunidad, por la sencilla y eviden
te razón de que si los individuos conservasen derechos en
contra de la comunidad, o sea, en contra del cuerpo político
soberano, a falta de un juez superior a ambas partes para
dirimir eventuales controversias, pues nada puede haber
por encima del soberano, estas últimas se transformarían
42 Contralto sociale, op. cit., pág. 93.
119
en contiendas y se retrocedería al estado de naturaleza, del
cual el pacto debe, en cambio, garantizar la salida. Por otra
parte, según Rousseau, tampoco hay necesidad de estos de
rechos contra el soberano, pues este, «conformado tan sólo
por los particulares que lo componen, no tiene ni puede te
ner intereses contrarios a los de estos».43
Este planteamiento se aplica ante todo al derecho de
propiedad, al que Locke había considerado intangible: pa
ra Rousseau, «cada miembro de la comunidad, en el mo
mento en que esta se constituye, se ofrece a ella tal como se
encuentra, con todas sus fuerzas, de las que forman parte
los bienes que posee»;44 en relación con los miembros de la
comunidad, el estado es, en virtud del pacto social, dueño
de todos sus bienes; esto no significa, aclara Rousseau, que
los bienes deban cambiar de manos, sino más bien que el
derecho de cada particular sobre su tierra está siempre su
bordinado al derecho de la comunidad sobre el todo; de otro
modo no habría ni estabilidad del vínculo social ni fuerza
real en el ejercicio de la soberanía. El pacto social no tiene
el cometido de validar el abandono de la igualdad natural y
el establecimiento de la desigualdad, sino, al contrario, el
de reforzar la igualdad natural a la manera de «una igual
dad moral y legítima». La diferencia entre los gobiernos
buenos y los malos reside, desde este punto de vista, en que
la igualdad en los primeros es sólo aparente y sirve para
«mantener la miseria del pobre y la usurpación del rico», en
tanto que, en verdad, «el estado social beneficia a los hom
bres sólo si todos poseen algo y ninguno de ellos tiene de
masiado».45
Tras haber fijado, en el primer libro del Contrato, las
cláusulas que deben definir el pacto social y no pueden ser
cambiadas ni alteradas, Rousseau comienza el segundo li
bro de la obra recordando que la institución del estado es
legítima y racional no simplemente para salir del estado
de naturaleza, sino para procurar un fin preciso: el bien o
el interés común. Tal como se ha señalado, al distanciarse
de las teorías iusnaturalistas de sus predecesores, lo que
Rousseau destaca aquí resulta «tal vez el rasgo más carac
43 Ibid., pág. 96.
44 Ibid., pág. 98.
45 Ibid., pág. 210.
120
terístico de su teoría: la política ya no es garantía de inte
reses opuestos, sino lo que de común tienen estos intereses,
el punto de unión en el que se concillan y se hacen solida
rios».46 Pero justamente por esta razón el estado rousseau-
niano no puede ser sino una constitución de la igualdad,
primera condición para que pueda evidenciarse y afirmar
se un interés común (mientras la desigualdad, por el con
trario, al separar los intereses, hace imposible que el esta
do se ajuste a su razón fundacional). La igualdad, precisa
Rousseau, no quiere decir que los grados de poder y de ri
queza deban ser «absolutamente idénticos», sino que nin
gún ciudadano puede imponer su voluntad a otro más que
en virtud de las leyes, y que nadie debe ser lo suficiente
mente rico como para comprar a otro, ni nadie tan pobre co
mo para verse obligado a venderse. La igualdad es, así,
condición de un estado que apunte al bien común, y más
profundamente, es condición de la libertad misma («la li
bertad no puede subsistir sin ella»): las grandes desigual
dades permiten a los más ricos comprar la libertad pública,
y empujan a los más pobres a venderla.
No obstante, la propia «fuerza de las cosas», dice Rous
seau, tiende de manera incesante a destruir la igualdad, así
como el impulso inextirpable del interés particular, firme
mente arraigado en cada individuo, es lo que torna extre
madamente arduo alcanzar la realización de un bien co
mún, que es en realidad el fin y la razón de ser de la institu
ción política. Porque «el acuerdo de todos los intereses se
constituye en oposición al de cada uno. Si no hubiese inte
reses diversos (...] todo se desarrollaría fácilmente, y la po
lítica ya no sería un arte».47
La comunidad política rousseauniana se convierte así,
en última instancia, en el ámbito de una fractura dramáti
ca: donde hay sociedad, hay individuos con intereses par
ticulares en conflicto; pero también hay, por cierto, interés
común, porque de otro modo la sociedad dejaría de exis
tir.48 La difícil tarea del arte política es, justamente, la de
gobernar la sociedad a partir de este interés común, cuya
voz es la voluntad general, sin dejarse abatir por la fuerza
46 M. Reale, Le ragioni delta política, op. cit., pág. 435.
47 Contralto sacíale, op. cit., pág. 211.
48 Ibid., pág. 101.
121
centrífuga de los intereses antagónicos. Tarea difícil, en
cuanto no puede darse por descontado que la voluntad ge
neral, que expresa la igualdad y el interés común, coincida
con la voluntad que el pueblo soberano manifiesta en los
hechos: la voluntad general puede divergir de la voluntad
de todos, que es una simple suma de intereses particulares;
el pueblo puede ser engañado y puede no ver la voluntad
general, más aún cuando la sociedad tiende a dividirse en
facciones y partidos que oscurecen la posible percepción del
bien común.
Así pues, en la trama del pensamiento rousseauniano,
el arte de la política se torna tan difícil que cabe desesperar
de su posibilidad misma: «la voluntad particular actúa sin
descanso contra la voluntad general».49 El terreno de la po
lítica permanece marcado por un conflicto estructural, en
el que «la oposición entre los fines de ambas voluntades,
entre préferences y egalité, parece absolutamente inconci
liable»:50 desde el punto de vista conceptual, la superación
del interés particular en la voluntad general parece ardua,
si no imposible. La dificultad de fondo del pensamiento del
ginebrino, que es, por otra parte, el verdadero fundador de
la democracia moderna, se resume en la búsqueda de una
improbable coincidencia de la singularidad individual con
el todo social, en la aporía que resulta de la tentativa de au
nar al citoyen, consagrado a la virtud republicana y al bien
común, con el homme de la sociedad civil, que no puede
trascender su naturaleza particularista.51 Una aporía que
no se resuelve en el pensamiento democrático e igualitario
de Rousseau, y que Marx intentará superar en la Cuestión
judía, como veremos, arrancando de raíz la particularidad
misma.
122
tropológlco, al que conviene prestar la debida atención: el
basamento de la relación interhumana es la «insociable so
ciabilidad» del hombre, expresión que Kant emplea en la
cuarta tesis del ensayo sobre la Idea de una historia uni
versal desde el punto de vista cosmopolita. Kant no sostie
ne, como Hobbes, que el hombre es el lobo del hombre, sino
que plantea la cuestión de un modo más articulado: el hom
bre, afirma, tiene una natural inclinación a asociarse, por
que sólo en sociedad con los otros puede desarrollar sus dis
posiciones naturales de la mejor manera, pero también
una tendencia igualmente fuerte a disociarse, pues se ca
racteriza por «la propiedad insociable de querer conducir
todo según su propio interés». El hombre, por otro lado, es
pera que los demás hagan lo mismo que él y, en este senti
do, está siempre en guerra contra ellos. Esto «despierta to
das las fuerzas del hombre», lo mueve a vencer su tenden
cia a la holgazanería, y así se ve empujado «por el deseo de
honor, poder o riqueza, a procurarse un rango entre sus so
cios, a los que no puede soportar pero de los que no puede
prescindir».52 Así pues, el hombre kantiano es social, pero
es también egoísta y antisocial, y estos dos momentos no
pueden separarse (con toda la tensión recíproca que ge
neran), porque para prevalecer sobre los demás hay que
entablar relación con ellos.
El egoísmo y la dedicación al propio interés privado no
son para Kant, como lo eran para Rousseau, fenómenos
pertenecientes a una suerte de corrupción histórica de la
que la naturaleza humana podría ser liberada. Por un la
do, semejante liberación no sería posible, dado el carácter
estructural que revisten estas características en la concep
ción kantiana («con la madera torcida de la que está hecho
el hombre —escribe Kant— nada enteramente recto puede
construirse»),53 y, por el otro, no sería siquiera deseable,
pues sólo mediante el egoísmo, y mediante la competencia
que de él proviene, se desarrollan los talentos del hombre,
sus capacidades, su racionalidad. Lo que prima facie se po
dría juzgar como negativo ejerce en realidad un papel alta
mente positivo. «Sin aquellas propiedades —en verdad,
82 I. Kant, Scritti di storia, política e diritto, al cuidado de F. Gonnelli,
Roma-Bari: Laterza, 1995, pág. 33.
53 Ibid., págs. 35-6.
123
poco dignas de ser amadas— de la insociabilidad, de la que
nace la resistencia que cada cual ha de encontrar necesa
riamente junto a sus pretensiones egoístas, todos los talen
tos quedarían eternamente ocultos en su germen, en una
arcádica vida pastoral de perfecta armonía, satisfacción y
benevolencia: los hombres, buenos como las ovejas que
apacientan, no otorgarían a su propia existencia un valor
superior al que tiene para estos animales domésticos su
yos».®^
Esto no significa que para Kant la competencia sea en sí
misma un valor: ella es más bien el medio para que se pro
duzca aquello que tiene valor, esto es, el desarrollo de la ra
cionalidad, de la cultura, de la ciencia, de la riqueza. Por
otra parte, dado que elabora el elogio de la competencia en
cuanto necesaria para el progreso, Kant no puede dejar de
introducir el tema de lo que hoy llamaríamos igualdad de
oportunidades (que después de todo es la más típica forma
de igualdad liberal): una desigualdad, incluso considera
ble, de las condiciones económicas, escribe Kant, resulta
tolerable siempre que a nadie se le impida, si su talento, su
actividad y su suerte se lo permiten, «alcanzar por mérito
propio los más altos niveles de la jerarquía social».55
La concepción kantiana del estado de naturaleza pre
senta dos aspectos, uno de los cuales lo acerca a Hobbes,
mientras el otro parece colocarlo en una posición análoga a
la de Locke. Para Kant, como para Hobbes, el estado de na
turaleza no puede ser sino un estado de guerra: «el estado
de paz entre hombres que viven juntos no es un estado de
naturaleza (status naturalis)\ este es más bien un estado
de guerra, aunque no siempre implica el comienzo de las
hostilidades, sino más bien la amenaza de que comiencen.
El estado de paz debe, por tanto, ser instaurado; de hecho,
refrenar las hostilidades no da garantía de seguridad, y si
un vecino no da garantía de seguridad a otro (algo que sólo
es posible en un estado en el que haya leyes), este puede
tratar a aquel, a quien reclamó esa garantía, como a un
enemigo».56
5,1 Ibid., pág. 33.
55 Ibid., pág. 140.
56 Ibid., pág. 169.
124
Ahora bien, aunque constituya, al menos potencialmen
te, un estado de guerra, sólo desde cierto punto de vista se
puede considerar que el estado de naturaleza es un estado
no-jurídico. No es jurídico porque aún no se estableció la
unión civil que da lugar al estado jurídico.57 Pero, desde
otro punto de vista, no es enteramente no-jurídico, pues en
él ya tienen vigencia relaciones de derecho privado entre
los individuos, aunque de una manera especial, provisoria
y no perentoria: «si no se quisiera reconocer como legítima,
al menos de manera provisoria, ninguna adquisición ante
rior al ingreso al estado civil, entonces, el propio estado ci
vil sería imposible. Según su forma, en el estado de natura
leza las leyes contienen, respecto de lo “mío* y de lo “tuyo”,
las mismas condiciones prescríptas por las leyes en el esta
do civil, en tanto se lo conciba únicamente con arreglo a
conceptos puramente racionales; toda la diferencia consis
te en que en el estado civil están indicadas las condiciones
que aseguran (de conformidad con la justicia distributiva)
la ejecución de las leyes del estado de naturaleza. Por con
siguiente, si ni siquiera de manera provisoria hubiese un
“mío” y un “tuyo” externos en el estado de naturaleza, no
habría tampoco deberes jurídicos respecto de este, ni ha
bría por tanto ningún poder que impusiese salir de ese es
tado».58 Precisamente porque ya hay una ley racional que
regula las relaciones de derecho privado entre los hombres
en el estado de naturaleza, se hace un deber el pasqje al
estado civil, donde ya nadie puede «hacer lo que le dé la ga
na»59 (con la belicosidad que ello implica); mientras están
en el estado de naturaleza, sin un juez común, los hombres
no cometen injusticia si combaten entre sí, escribe Kant;
pero se vuelven culpables de una enorme injusticia si
pretenden permanecer en ese estado, donde «nadie tiene
certeza de la seguridad de lo suyo ante la prepotencia de los
otros».60 Esto permite a Kant escribir que justamente «del
derecho privado en el estado natural surge ahora el pos
tulado del derecho público: tu debes, conforme a la relación
de coexistencia que se establece entre tú y los demás hom-
87 I. Kant, Metafísica dei costumi, traducción italiana, Barí: Laterza,
1970, pág. 133.
58 Ibid., pág. 141; cf. también pág. 69.
59 Ibid., pág. 140.
60 Ibid., págs. 134-5.
125
bres, salir del estado de naturaleza para ingresar en un es
tado jurídico, o sea, en un estado de justicia distributiva».61
Vemos que la transición del estado de naturaleza al es
tado jurídico se configura, en Kant, de una manera profun
damente distinta de la que caracterizaba a los otros gran
des pensadores del contractualismo: para él, la creación de
un orden jurídico es, antes que una necesidad, un acto de
bido; su carácter de deber arraiga en el hecho de que en el
estado de naturaleza los individuos tienen derechos que
han de serles reconocidos en virtud de una ley de la razón,
pero estos derechos no se hacen efectivos y se requiere, por
tanto, la coacción estatal para asegurarlos.
La salida del estado de naturaleza, por otra parte, no es
sólo un deber, sino que responde también, como había en
señado el contractualismo precedente, al interés de los
hombres: «Lo que obliga al hombre, tan predispuesto de
otro modo a una libertad incontrolada, a ingresar en este
estado de coacción es la pena; y no se trata sino de la pena
máxima, aquella que se infligen mutuamente los hombres,
cuyas inclinaciones les impiden coexistir durante mucho
tiempo en salvaje libertad».62 Justam ente en cuanto la
constitución del estado civil, además de debida, es algo a lo
que la necesidad y el propio interés egoísta de los hombres
los empujan, puede Kant escribir en la Paz perpetua que
«el problema de la instauración del estado, aunque esto
suene duro, puede solucionarlo incluso un pueblo de dia
blos (siempre que estén dotados de intelecto)».63
Ahora bien, del hecho de que constituir el estado sea un
deber se sigue una consecuencia relevante, en relación con
la cual la doctrina kantiana se distancia claramente de la
lockeana. Mientras para Locke la decisión de despojarse de
la libertad natural sólo compromete a aquellos que la asu
men, en tanto quien no adhiere a ella permanece en el esta
do de naturaleza, pues «a nadie se puede apartar de esta
condición para someterlo al poder político ajeno sin su con
sentimiento»,64 en Kant esta cuestión se plantea en térmi
nos muy distintos. Dado que la salida del estado de natura
leza es un deber, a este deber le corresponde el derecho, que
61 Ibid., pág. 134.
62 I. Kant, Scritti di storia, política e diritto, op. cit., págs. 34-5.
83 Ibid., pág. 184.
64 J. Locke, Secondo trattato sulgoverno, op. cit., § 95, pág. 131.
126
tiene quien ha ingresado en una constitución civil, de obli
gar a formar parte de ella también a quien quisiese perma
necer fuera, siempre que este último esté en condiciones de
entablar relaciones con quienes forman parte del estado
civil, y no se lo separe de estos de manera irrevocable y ab
soluta: «El hombre (o el pueblo) en el simple estado de na
turaleza me priva de esta seguridad y me perjudica sólo
por el hecho de estar en ese estado, en cuanto se halla junto
a mí; no de hecho (fado), sino por la falta de leyes de su es
tado (stato iniusto), por lo cual me amenaza permanente
mente, de modo que puedo obligarlo a ingresar conmigo en
un estado común-legal o a alejarse de mí».65 Este punto tie
ne gran relevancia, pues en tanto que para Locke, y para el
liberalismo en general, la legitimidad del orden político de
pende del asentimiento de hecho que los individuos le han
dado, para Kant depende, en cambio, del asentimiento que
los individuos están obligados a dar, porque rechazarlo sig
nificaría optar por quedarse en un estado de injusticia; la
adhesión no es sino aquella debida a una ley de la razón, y
no tiene nada que ver con una preferencia que los indivi
duos pueden o no abrigar en la práctica. Al situarse radi
calmente en el ámbito de lo normativo, el contractualismo
kantiano va más allá del problema de motivar la adhesión
al pacto con la conveniencia de los individuos (aunque
Kant sostiene que la adhesión también es conveniente), y
queda exento de la crítica hegeliana según la cual la idea
del contrato pondría en la base del estado, de manera res
trictiva, a los individuos con «su arbitrio, su opinión y su
asentimiento expreso, dado a voluntad».66
Establecer la unión estatal es, pues, un deber. Pero se
podría preguntar: ¿se trata de un deber moral o de un de
ber jurídico? Como señalaba Bobbio al respecto en sus lec
ciones kantianas,67 se debe dar a esta pregunta una res
puesta compleja: ciertamente, establecer el estado para sa
lir de la injusticia es algo que se asemeja mucho a un deber
moral (y Kant se refiere a él, en el ensayo Sobre el lugar co
mún, como un deber «primero» e «incondicionado» en lo que
65 I. Kant, Scritti di storia, política e diritto, op. cit., pág. 169.
66 G. W. F. Hegel, Lineamenti di filosofía del diritto, traducción italiana,
Roma-Bari: Laterza, 2000, § 258, pág. 197.
87 N. Bobbio, Diritto e stato nel pensiero di Kant, Turín: Giappichelli,
1969, págs. 210-4.
127
respecta a la relación externa entre los hombres en gene
ral); sin embargo, no hay que olvidar que, cuando se habla
de relaciones externas, se está ya en la esfera de lo jurídico,
y que además el deber de salir del estado de naturaleza es
jurídico en un sentido preciso: en el sentido de que los de
más tienen el derecho de obligar a los renuentes a ingresar
en el estado jurídico. Y un deber cuya observancia está ase
gurada por la coacción no puede ser sino un deber jurídico;
obviamente, no un deber jurídico en el sentido del derecho
positivo, que es justamente lo que se debe establecer, sino
en el sentido del derecho natural o de razón.
Se puede entonces afirmar que en Kant el derecho natu
ral, o de razón, es intermediario entre el estado de natura
leza y el estado civil: se debe pasar al estado político, en su
ma, para asegurar y consolidar la juridicidad provisoria e
inestable del estado de naturaleza. Este pasaje es un deber,
precisamente, porque, con anterioridad a la ley positiva,
hay una ley natural cuyo carácter de obligación se puede
reconocer a priori por medio de la razón y, por consiguiente,
obliga aunque no esté promulgada por un legislador. Entre
las leyes externas, esto es, las que no pertenecen a la moral
sino al derecho, aquellas cuyo carácter vinculante puede
reconocerse a priori por medio de la razón son leyes natu
rales, «mientras aquellas que sin una real legislación ex
terna no obligan en absoluto, y en consecuencia no serían
leyes sin esta legislación, se denominan leyes positivas».68
La filosofía o la doctrina racional del derecho no se conten
ta con conocer cuáles son las leyes positivas en determi
nado estado, sino que aspira a establecer «un criterio uni
versal por medio del cual se pueda reconocer en general lo
justo y lo injusto».69 Ahora bien, dado que, a diferencia de
la moralidad, el derecho concierne sólo a las relaciones ex
ternas entre los hombres, el criterio de lo justo, esto es, el
«Principio universal del derecho», puede formularse según
Kant como sigue: «Cualquier acción se conforma al derecho
cuando por medio de ella, o según su máxima, la libertad
de arbitrio de cada uno puede coexistir con la libertad de to
dos según una ley universal».70 El único «derecho origina-
681. Kant, Metafísica dei costumi, op. cit., pág. 27.
69 Ibid., pág. 34.
70 lbid., pág. 35.
128
rio» que le corresponde al hombre en virtud de su humani
dad es «la libertad (independencia respecto del arbitrio
constrictivo ajeno) en cuanto ella puede coexistir con la li
bertad de todos según una ley universal».71
Una vez planteado así el primer principio, veamos aho
ra cuáles son, para Kant, las características definitorías
del orden jurídico: el derecho, ante todo, pertenece al mun
do de las relaciones externas, es decir, concierne a la rela
ción entre las libertades de actuar que tienen los diversos
individuos en el mundo externo; su función es regular la re
lación entre una pluralidad de arbitrios, no mediante la
prescripción de los fines a los que deben servir, sino orde
nando el modo de su coexistencia, para que cada cual pue
da ejercer su propio arbitrio tanto como sea posible al co
existir con un igual ejercicio del arbitrio ajeno. En cuanto
atañe a la libertad externa, además, el derecho es insepa
rable de la coacción, esto es, la facultad de obligar: si algo es
mi derecho, esto implica que tengo derecho a obligar a los
demás a respetarlo.
¿Cuál es, entonces, el justo ordenamiento jurídico, es
decir, el ordenamiento jurídico que satisface los requisitos
de validez racional?
El estado jurídico, como asociación de individuos libres
e iguales sometidos a leyes, debe fundarse en principios
que son anteriores a cualquier ley que el estado pueda pro
mulgar, pues son la estructura de la constitución del estado
según los principios racionales. Estos tres principios a
priori del estado jurídico son (según la formulación que
adoptamos del ensayo Sobre el lugar común):
a) la libertad,
b) la igualdad,
c) la independencia.
Ilustremos brevemente su contenido. Kant enfoca des
de dos perspectivas las libertades que el estado debe asegu
rar: por un lado, los derechos relativos al uso público de la
propia razón; por el otro, el derecho de cada cual a buscar
su propia felicidad como mejor le parezca, siempre que no
perjudique, claro está, el derecho de los demás a hacer otro
71 Ibid., pág. 44.
129
tanto. Detengámonos ante todo en el primer aspecto: entre
los derechos inalienables del hombre, Kant incluye, ya en
el célebre escrito de 1783 Qué es la Ilustración, el derecho a
hacer uso público de la propia razón en todos los campos y,
por tanto, también a criticar públicamente, mediante los
escritos, las doctrinas religiosas y las autoridades políticas.
Una crítica que no puede nunca traducirse en desobedien
cia a las leyes del estado, aunque se las considere inicuas,
pero que, como enseñan los principios de la Ilustración, es
un instrumento esencial para esclarecer las mentes y para
transformar y reformar, con el tiempo, aquellas constitu
ciones políticas que no se conformen a los principios de li
bertad. Derechos fundamentales e inalienables son, pues,
la libertad de religión, la libertad de pensamiento, la liber
tad de crítica pública: cualquier acto del poder soberano
tendiente a limitarlos sería ilegítimo, y aunque un pueblo
entero resolviese despojarse voluntariamente de estos de
rechos, su decisión sería nula, carente de todo valor; más
aún, se configuraría en realidad como un crimen contra la
propia naturaleza humana, destinada a progresar y desa
rrollar sus disposiciones racionales.
El otro aspecto fundamental de la reflexión kantiana
sobre los derechos inalienables concierne a la autonomía
privada del individuo entendido —según las propias pala
bras de Kant— como «hombre», es decir, miembro de la so
ciedad civil. No es incumbencia del estado promover de
manera paternalista el bien de los súbditos (este sería, pa
ra Kant, el peor de los despotismos), sino sólo garantizar
las condiciones para que cada cual pueda buscar su bienes
tar y su felicidad como mejor le parezca: «Nadie me puede
obligar a ser feliz a su manera (a la manera como concibe el
bienestar de los demás); cada cual debe tener la posibilidad
de tomar el camino que le parece bueno para buscar su feli
cidad, siempre que no menoscabe la libertad de los otros de
tender a análogo fin».72
Así pues, por un lado, el estado debe permitir que los in
dividuos libres persigan los fines que prefieran; por otro la
do, no debe estar regido de manera arbitraria sino con arre
glo a leyes (esto es, debe ser un estado de derecho). De aquí
la singularidad de la reflexión kantiana sobre las formas
721. Kant, Scritti di storia, política e diritto, op. cit., pág. 138.
130
de gobierno, que tradicionalmente se dividían en monar
quía, aristocracia y democracia. Para Kant, no importa
tanto quién debe gobernar (uno, pocos, todos), sino corno se
debe gobernar: con arreglo a leyes (este es el estado que
Kant llama republicano), o de manera arbitraria, como en
el despotismo. El concepto de republicanismo se vincula
con el de división de poderes: para que un gobierno no sea
despótico es preciso que la función legislativa, que es la
función suprema en la que se expresa la voluntad colectiva,
sea distinta de la ejecutiva y de la judicial.
Junto al principio de la libertad, Kant enuncia, como vi
mos, los de la igualdad y la independencia. La igualdad no
es igualdad en el acceso a los bienes, sino igualdad ante la
ley: requiere, por consiguiente, la negación de los privile
gios eclesiásticos, feudales y nobiliarios, de modo que todos
los ciudadanos estén sujetos a la ley por igual y a ninguno
se le impida acceder a las mejores posiciones.
Por su parte, el principio de la independencia afirma que
los ciudadanos, los cuales deben obedecer a las leyes, tienen
el derecho de ser ellos mismos autores de estas. El poder le
gislativo, no obstante, no compete, según Kant, a todos los
que viven bajo la jurisdicción de un estado; lo pueden ejer
cer tan sólo quienes también son independientes en su vida
material y económica, es decir, quienes poseen un capital o
una habilidad que les permite mantenerse sin tener que
vender su propia fuerza de trabajo. Independientes, por
tanto ciudadanos, son pues el propietario y también el ar
tesano, pero no el jornalero, el siervo doméstico ni la mujer;
no son plenamente ciudadanos aquellos que si tuviesen
que expresarse políticamente, terminarían, en forma ine
xorable, por expresar la voluntad de aquellos de quienes
dependen.
Las leyes justas, por otra parte, no son fruto de una vo
luntad arbitraria, sino que deben conformarse a la razón.
La fuente de la legitimidad de una ley no es ni el contrato
como hecho ocurrido en realidad ni el mero consenso efec
tivo de los ciudadanos, sino más bien el contrato originario
como idea de la razón, a la cual tanto el legislador como los
ciudadanos deben sentirse vinculados: el primero debe pro
mulgar sólo aquellas leyes a las que el pueblo podría dar su
asentimiento, y los segundos deben obedecer a las leyes co-
131
mo si proviniesen de su voluntad reunida. Y recíprocamen
te, una ley es injusta cuando sería imposible que un pueblo
entero le diese su asentimiento.
La ley a la cual todo el pueblo podría dar su asentimien
to, por otra parte, sólo puede ser una ley racional y univer
sal, inspirada en el único principio de asegurar el respeto a
la libertad de cada uno. En este sentido, se puede decir que
Kant, con su republicanismo, da lugar a un intento de con
siderar una relación de reciprocidad o complementariedad
entre el momento liberal de los derechos individuales y el
momento rousseauniano de la voluntad general: la ley
justa es aquella a la que la voluntad general del pueblo po
dría dar su asentimiento (y, por tanto, el fundamento de la
legitimidad es la voluntad general), pero la ley a la que ca
da cual podría dar su asentimiento no puede incluir nin
gún principio particular que diiiera del único principio uni
versal y racional, que es el de asegurar la libertad de todos
por igual. Kant será así el punto de referencia esencial,
hasta nuestros días, para un pensamiento político que
quiera mantener juntos y articular de manera coherente el
principio liberal de la autonomía del individuo y el princi
pio democrático de la soberanía del cuerpo colectivo de los
ciudadanos.
132
5. Sociedad civil y estado
133
más grande revolución del tiempo moderno, cómo se apres
ta, en palabras de Tbcqueville, el epílogo, y cómo se desplie
gan por tanto nuevas formas culturales y políticas, nueva
historia? Como bien lo sabe, aún en la mitad del siglo, Tbc
queville, se trata de una difícil transición; la organización
según los propios principios [...] requiere, en primer lugar,
una distancia liberadora, como sustrato para la liberación
de las elecciones. El tema es entonces el de la conclusión
ideal de la Revolución».1
El liberalismo posrevolucionario mantiene, pues, la co
nexión con el 89, pero reflexiona a un tiempo sobre los ries
gos y peligros de la soberanía popular, tras la experiencia
que de esta brindaron los años de la Revolución. En primer
lugar, está el riesgo de que la soberanía popular se trans
forme, como en la fase jacobina de la Revolución, en dicta
dura popular, o, por mejor decir, dictadura ejercida por
quienes pretenden representar al pueblo. En segundo lu
gar, un riesgo aún mayor es que la igualdad política de los
ciudadanos, afianzada como principio inderogable a través
del contractualismo y las revoluciones, busque su coheren
te prosecución en la igualdad social, ya reivindicada por las
corrientes más radicales de la Revolución Francesa, dentro
de la cual aparecen las primeras formas de comunismo, ya
no utópico sino político, como la Conjura de los Iguales de
Babeuf y Buonarroti (1796). La Revolución inauguró la
cuestión acerca de si la igualdad política debe necesaria
mente llevar a la igualdad social, resultado que de algún
modo hasta puede aparecer como fatal e inevitable, pues si
la mayoría que vive en condiciones económicas de priva
ción y estrechez accede a los derechos políticos, es evidente
que los utilizará para elaborar leyes que lleven a la redis
tribución de la propiedad y a la garantía pública del dere
cho al trabajo, es decir, a la supresión de las condiciones de
privilegio económico y la progresiva instauración de la
igualdad social. Sobre el trasfondo de estos problemas que
tienen en común, razonan tanto los liberales como sus ene
migos: los primeros, en busca de un equilibrio que permita 1
1 M. Reale, «Storia, cultura e política. Una rilettura della “Cultura trán
cese nell’eta della Restaurazione” di Adolfo Omodeo», Annali dell'Istítuto
italiano per gli studi storici, XI, 1989-90, págs. 535-97, esp. pág. 551.
134
m antener el principio moderno y revolucionario de la
igualdad política (que tan sólo los reaccionarios y los nos
tálgicos niegan con obstinación), manteniéndolo dentro de
límites muy precisos e impidiéndole desbordar hacia una
transformación revolucionaria de toda la sociedad. Trans
formación que precisamente reivindican los segundos, ba
sados en la lógica de una coherencia igualitaria. Para los
liberales, no poner límites a la soberanía popular equivale
a allanar el camino a un poder dictatorial, renegar de los
principios de libertad de la Revolución y retroceder casi al
absolutismo; para los otros, por el contrario, las libertades
de la Revolución tienen que desplegarse concretamente, de
modo que cada cual disponga de los recursos para ejercer
las de manera efectiva.
Por consiguiente, en la época posrevolucionaria, ya no
se trata de reivindicar, como había hecho el contractualis-
mo, por una parte, el fundamento igualitario e individua
lista del poder y, por la otra, la igualdad de las oportunida
des en la competencia social y de mercado, contra los privi
legios nobiliarios: el problema consiste más bien en pensar
en cómo pueden componerse estos dos momentos en una
estructura sólida y expansiva, capaz de contener producti
vamente tanto el principio moderno de la igualdad política
como aquel, igualmente moderno, de los derechos del indi
viduo, que comprenden sus libertades privadas y la liber
tad de comprar y vender en el mercado las mercancías y
también el trabajo. Desde el punto de vista de los críticos
del liberalismo, en cambio, el problema estriba en partir de
esta tensión constitutiva de lo moderno y dirigirla hacia
una libertad e igualdad esenciales, o, por lo menos, llenar
de manera creciente las libertades jurídicas y formales con
contenidos sociales. En palabras de Jacques Bidet,2 agudo
pensador político contemporáneo, la cuestión del pensa
miento político posrevolucionarío reside en entender si es
posible, y cómo es posible, que coexistan la contractualidad
central de los ciudadanos, fundamento del poder político y
del estado, y la contractualidad interindividual de los hom
bres que interactúan en el espacio del mercado, aquello que
especialmente Hegel y Marx identificarán como el ámbito
2 Véase, sobre este tema, J. Bidet, Teoría della modernitá (1990),
traducción italiana, Roma: Editori Riuniti, 1992.
135
de la sociedad civil, diferente del estado. ¿Corresponderá
entonces limitar al estado para dejar espacio al libre des
pliegue de la sociedad civil, como piden los liberales, o bien
forzar la contradicción entre ambos términos que ya había
planteado Hegel?
Estas son las grandes tensiones que atraviesan el pen
samiento de la época posrevolucionaria y dividen a las
mentes que aceptan su desafío.
136
han espantado al mundo».3 Rousseau tiene plena razón,
señala Constant, cuando a través de la volontégénérale, en
sí insostenible, individualiza la voluntad de los ciudadanos
como la única fuente de la que puede surgir una autoridad
política legítima: de hecho, si se rechaza el fundamento di
vino del poder político no queda más que una solución, que
es la de fundar su legitimidad en el consenso de quienes de
ben someterse a él. Pero este incuestionable principio, que
Constant concibe, de manera muy general, como una suer
te de principio del consenso, compatible con cualquier clase
de constitución, desde la teocracia hasta la república, in
cluyendo la monarquía, no alcanza para definir un gobier
no legítimo. Una vez determinada la fuente de la autori
dad, aún falta establecer sus incumbencias, es decir, los lí
mites de su ejercicio. El error fatal de Rousseau se refiere
precisamente a este punto: su afirmación de que la consti
tución del cuerpo político significa para los individuos la
enajenación total de sus derechos da lugar a un poder que,
aunque lo ejerza la colectividad, resulta, como el hobbesia-
no, absoluto, esto es, carente de límites. En concordancia
con esta tesis se declaran también los ilustrados radicales
Holbach y Mably, para quienes el poder legislativo, que de
clara y ejecuta la voluntad general, no puede estar someti
do a limitación alguna. En lo sustancial, Constant termina
entonces por atacar el concepto mismo de la volontégénéra
le rousseauniana.
Para negar que esta completa enajenación del individuo
en favor de la comunidad comporte algún riesgo, Rousseau
sostiene que se trata, en verdad, de una enajenación en la
cual el individuo no pierde nada, e incluso gana, pues al
unirse con los otros en un cuerpo común adquiere sobre
ellos los mismos derechos que a ellos cede, más la fuerza co
mún para garantizar esos derechos. Pero, en realidad, ob
jeta Constant, el hecho de formar parte del cuerpo sobera
no no constituye una verdadera garantía para el individuo:
cuando se pasa a la organización práctica de la autoridad
social, el soberano debe delegarla, de modo que la acción
3 La edición critica completa de los Principios de Constant es la de G.
Hofmann, Les «Principes de politique» de Benjamín Constant, 2 vols., Gi
nebra: Droz, 1980; el primer volumen contiene la tesis de Hofmann. Nues
tras citas están extraídas de la antología al cuidado de S. de Lúea, II pen-
sieropolítico di Constant, Roma-Bari: Laterza, 1993, pég. 117.
137
que se cumple en nombre de todos es gestionada por irnos
pocos, de cuyo poder termina dependiendo finalmente el
individuo. No es cierto, concluye Constant, que el individuo
que cede sus derechos al cuerpo común en realidad los con
serve, porque quien ejerce de hecho la autoridad nunca es
el cuerpo común en conjunto, sino una parte de él, que de
esa autoridad puede hacer un uso arbitrario. El poder ili
mitado es entonces siempre despótico, aunque no esté en
manos de individuos particulares, sino de la totalidad de
los ciudadanos.
¿Cómo y dónde deben, pues, fijarse los límites al poder
legítimo? Para Constant, la reflexión sobre los límites del
poder se ramifica en dos direcciones: en primer lugar, se
puede razonar, como lo hizo Montesquieu cuando en El es
píritu de las leyes propuso el modelo de la constitución in
glesa, sobre la limitación del poder por medio de la división
y la articulación, a partir del principio de que un poder no
puede estar limitado sino por otro poder; es este el camino
del constitucionalismo, que intenta elaborar una estructu
ra de poderes en la que estos se controlen mutuamente, de
modo que ninguno pueda transformarse en arbitrio. El
constitucionalismo es un tema sobre el que Constant conti
nuará interrogándose y al que efectuará una importante
contribución.
La mutua limitación de los poderes es, sin embargo, in
suficiente para impedir el despotismo: «la única utilidad de
la vigilancia mutua de las diversas fracciones de la autori
dad es la de impedir que una de ellas crezca a expensas de
las otras. Pero si la suma total de sus poderes es ilimitada,
si se permite que estas autoridades unidas lo invadan todo,
¿quién les impedirá coligarse para oprimir a su antojo?».4
Así pues, para que una estructura política garantice la
libertad individual sin deslizarse hacia el despotismo, la
división de poderes tampoco es suficiente. Resulta esen
cial, en cambio, establecer claramente en cuáles ámbitos
puede el poder político ejercer su competencia, y cuáles, por
el contrario, debe dejar fuera, permitiendo que en ellos las
libres elecciones de los individuos reinen sin oposición.
¿De qué manera, conforme a qué principio, se ha de es
tablecer este límite? Puesto que preferimos evitar el some-
4 Ibid ., pág. 124.
138
timiento a un poder extraño, este debe limitarse estricta
mente a las funciones indispensables para la existencia de
la sociedad civil: en el plano interno, la seguridad de los
ciudadanos y de sus posesiones; en el plano externo, la or
ganización de una fuerza armada para garantizar la segu
ridad del estado —funciones que requieren, además, deter
minado gravamen sobre las propiedades, necesario para su
financiación—. Toda extensión de la autoridad del estado
más allá de estos límites mínimos es ilegítima. Y allí donde
termina la autoridad estatal comienza el espacio de los de
rechos individuales, a los que aquella no puede limitar, si
no que debe proteger de las posibles interferencias de otros:
«Los derechos individuales se componen de todo aquello
que tiene independencia respecto de la autoridad social».
Tales derechos deberían consistir, por ende, en «la facultad
que cada cual tiene de hacer todo aquello que no peijudi-
que a los demás, esto es, la libertad de acción; el derecho de
no estar obligado a profesar determinada fe, ni siquiera la
de la mayoría, de la que no esté convencido, esto es, la liber
tad religiosa; el derecho de manifestar el propio pensa
miento, con todos los medios de expresión, a condición de
que esta expresión no peijudique a ningún individuo, ni
provoque ninguna acción criminal; por último, la certeza
de que no recibirá un trato arbitrario que rebase los límites
de los derechos individuales, es decir, la garantía de que no
sufrirá arresto, detención ni juicio sin la aplicación de las
leyes y las formas».5 Una particular atención dedica Cons
tant a la defensa de la opinión pública y de su instrumento
principal, la libertad de prensa: esta constituye una indis
pensable protección de los derechos de los individuos,
porque sin ella podrían perpetrarse con mucha mayor
facilidad las violaciones de los derechos. Sin la posibilidad
de pública denuncia, los tribunales podrían juzgar de ma
nera injusta, los inocentes podrían ser enviados a prisión,
quienes ejercen la autoridad podrían pretender ignorancia
respecto de las violaciones que sus subordinados cometen.
En la concepción constantiana, la función del poder del
estado es estrictamente la de garantizar la existencia de la
sociedad civil. Su fin es el ordenado desarrollo de esta, de
modo que el individuo pueda ejercer su libertad; en este
5 Ibid., pág. 127.
139
sentido, el estado es tan sólo un medio, y se vuelve ilegíti
mo si quiere ser algo más. Ahora bien, ¿qué papel desempe
ña, en un esquema concebido de este modo, la soberanía
popular?
Por una parte, como resulta evidente, el poder legislati
vo que ejercen los representantes del pueblo deberá mante
nerse dentro de límites rigurosamente establecidos y muy
estrictos, para evitar que invada aquellos ámbitos de la
vida individual y social que no competen a la política. Por
otra parte, justamente para evitar este riesgo, los derechos
políticos, ante todo el derecho de votar para elegir a los pro
pios representantes, no podrán extenderse a todos los ciu
dadanos: «para ser miembro de una asociación política hay
que tener cierto grado de cultura y un interés común con
los demás miembros de la asociación misma».6 Los despo
seídos, «aquellos a los que la indigencia mantiene en una
eterna dependencia, condenados desde la infancia a varia
dos trabajos, no son más ilustrados que los niños respecto
de los asuntos públicos, ni están más interesados que los
extranjeros en el logro de una prosperidad nacional cuyos
elementos desconocen, y de cuyas ventajas no gozan sino
de manera indirecta».7 Para ser ciudadano es preciso cono
cer los propios intereses: hay que disponer de una cultura y
de tiempo libre para cultivarla, hay que disponer de las
propiedades que son condición para gozar de estas comodi
dades. Por esta razón, concluye categóricamente Constant:
«sólo la propiedad vuelve a los hombres capaces de ejercer
derechos políticos; sólo los propietarios pueden ser ciuda
danos». Y un propietario, aclara Constant, no es meramen
te quien posee algo, sino quien goza de «una renta inmobi
liaria suficiente para mantenerse durante todo el año sin
necesidad de trabajar para otros».8 Los derechos políticos
deben limitarse a quienes gozan de esta soberana condi
ción de independencia y no están obligados a trabajar para
vivir.
Con toda su dureza «clasista», el razonamiento de Cons
tant no carece, sin embargo, de una peculiar coherencia.
Nótese que, a diferencia de Locke, él no considera la pro-
6Ibid., pág. 139.
7 Ibid., pág. 140.
9 Ibid., pág. 144.
140
piedad como un derecho preexistente a la sociedad, sobre el
cual esta no tiene poder alguno; es decir, Constant no pone
a la propiedad en el mismo plano que los derechos funda
mentales e intangibles de libertad: la propiedad es una
«convención social» y, por tanto, en teoría no está exenta de
la jurisdicción de la sociedad. No obstante, es igualmente
«sagrada» e «inviolable», aunque lo es de una manera me
diata, pues se vincula de modo inseparable con «otras par
tes de la existencia humana, algunas de las cuales no están
en absoluto sometidas a la jurisdicción colectiva, en tanto
que otras lo están de forma limitada».9 En cuanto se vincu
la estrechamente con la libertad del individuo, la propie
dad goza de la protección que a aquella le corresponde por
derecho, protección que se funda, además, en que la propie
dad privada es, para Constant, condición de todo progreso
y bienestar social; su supresión, al obligar a todos a traba
jar, imposibilitaría aquellos progresos espirituales e inte
lectuales que, en definitiva, redundan en beneficio de toda
la sociedad.
Así pues, la propiedad privada es un elemento esencial
de una sociedad civil libre y capaz de superarse a sí misma.
Y precisamente por ello los derechos políticos de los no pro
pietarios deben ser denegados: si estos dispusiesen de esos
derechos, los usarían para redistribuir la propiedad, para
imponerle límites sociales y finalmente destruirla. Este
principio no implica, sin embargo, una división de la socie
dad en clases y órdenes rígidamente separados, como en el
ancíen régirne, pues la propiedad es móvil por naturaleza,
y con la misma facilidad con que alguien puede perderla,
también puede adquirirla quien tenga los méritos y capaci
dades requeridos: las leyes no deben hacer nada para limi
tar esta «saludable» circulación.
La relación entre política y sociedad civil es también
central en el Discurso sobre la libertad de los antiguos com
parada con la de los modernos (1819), sin duda el más céle
bre de los escritos de Constant. La tesis de Constant, pre
sente en todo el desarrollo del pensamiento político hasta
nuestros días, es que la libertad puede entenderse en dos
sentidos fundamentalmente distintos. En el sentido de los
9 Ibid., pág. 145.
141
antiguos, la libertad, tal como se la practicaba en la polis,
consiste esencialmente en la participación directa en el po
der político: es la libertad como autogobierno, una libertad
colectiva que, por otra parte, es perfectamente compatible,
señala Constant, con «la completa sujeción del individuo a
la autoridad del conjunto» y con la privación de aquello que
a nosotros, los modernos, nos parecen derechos fundamen
tales, como es el caso de la libertad religiosa, la cual, en opi
nión de Constant, «hubiese parecido a los antiguos un cri
men y un sacrilegio».10 Recuérdese, por ejemplo, que Só
crates fue condenado a muerte en Atenas bajo la acusación
de impiedad.
Por el contrario, la libertad en el sentido de los moder
nos es fundamentalmente libertad del individuo privado:
«el derecho a no estar sometido más que a las leyes, a no su
frir arresto, detención, muerte ni maltrato alguno por cau
sa del arbitrio de uno o más individuos. El derecho de cada
cual a dar su opinión, elegir su trabajo y ejercerlo, disponer
de su propiedad e incluso abusar de ella»; a ir y venir sin
tener que pedir permiso; el derecho a reunirse con otros
tanto para conversar sobre cuestiones de interés propio co
mo para practicar una religión, o por cualquier otro motivo;
por último, el derecho no ya a ejercer directamente en pri
mera persona el poder político y administrativo, sino a in
fluir de variadas maneras sobre aquel, por ejemplo, me
diante la elección de representantes o la presión sobre la
opinión pública.
Varias razones llevan necesariamente a los modernos a
preferir esta segunda clase de libertad: en los grandes esta
dos, la influencia del individuo sobre las decisiones políti
cas es mínima; además, la participación directa en la polí
tica, no existiendo ya los esclavos, obligaría al individuo a
descuidar los negocios y el comercio, los cuales lo absorben
por completo y le dan más visibles satisfacciones; del co
mercio extraen los hombres, por otro lado, el amor por la
independencia individual y, al mismo tiempo, la convicción
de que «cada vez que los gobiernos pretenden encarar
nuestros negocios, lo hacen de peor manera y con mayor
10 B. Constant, Discorso sulla liberta degli antichi paragonata a quello
dei moderni, traducción italiana, en II pensiero político di Constant, op.
cit., pág. 188.
142
dispendio que nosotros».11 La conclusión es clara: «Los
antiguos tenían el fin de dividir el poder social entre todos
los ciudadanos de una misma patria: a esto llamaban liber
tad. El fin de los modernos es la seguridad de los usufruc
tos privados; y ellos llaman libertad a las garantías que las
instituciones dan a estos usufructos».12
La verdadera libertad de los modernos es, pues, la liber
tad privada, a la que Hegel y Marx llamarán la libertad del
miembro de la sociedad civil. La libertad política es tam
bién fundamental, pero lo es ante todo como instrumento
para garantizar la libertad específicamente individual, que
es la que a los modernos nos importa de una manera espe
cial. Si los ciudadanos no controlasen el poder político, este
podría terminar por privarlos incluso de esos usufructos
privados que tanto les importan. Por esta razón, también
la libertad política es valiosa. Además, un excesivo encierro
en la actividad privada no sólo comportaría el riesgo de
perder las garantías que la resguardan, sino que implica
ría una suerte de angustia moral de la que nos libera el
ejercicio de la libertad política, al ponemos en contacto con
horizontes más amplios. Sin libertad política no hay per
feccionamiento ni progreso moral, pero esto no significa
que su función esencial deje de ser la de garantizar la liber
tad privada.13 Así pues, en la reflexión de Constant acerca
de la relación entre ambas libertades subsiste, en cierto
modo, una aporía: por un lado, él se da cuenta de que, sin
143
participación política, la sistematización de las libertades
corre el riesgo de derrumbarse en su totalidad; pero, por
otro lado, ¿cómo mantener viva la participación política si
el individuo moderno, cuya radicalidad Constant compren
de bien, está predominantemente concentrado en su di
mensión privada? Es verdad que la religión, a la que Cons
tant asigna un importante papel, constituye un vínculo en
tre los hombres; pero no se trata de un vínculo de naturale
za política.
Por otra parte, una eficaz garantía de la libertad requie
re, según Constant, que los poderes públicos estén articu
lados y que sus competencias estén bien delimitadas: sobre
estos temas se despliega la compleja reflexión constitucio
nal de Constant. El componente más original de su cons
trucción consiste en agregar al poder legislativo y al ejecu
tivo una tercera instancia, que Constant define como poder
neutro o preservador, el cual, elegido por el pueblo y ab
solutamente independiente de los otros dos, se sitúa como
una suerte de árbitro capaz de dirimir los conflictos entre
aquellos. Dos poderes más concibe Constant como electi
vos: por una parte, el poder administrativo local y, por la
otra, el de los jueces, al que debe asegurarse la máxima in
dependencia.
144
en su país, sino que además le dio oportunidad para enca
rar un estudio de primera mano de la nueva democracia
norteamericana, que habría de dar origen a sus libros más
influyentes: La democracia en América, publicado en dos
partes, en 1835 y 1840, y El Antiguo Régimen y la Revolu
ción, de 1856.
Mientras el liberalismo de Constant todavía considera
ba posible encauzar el impacto de la democracia mediante
el recurso de circunscribir el derecho al voto sólo a los pro
pietarios, 'Ibcqueville, discípulo y admirador de Constant,
basándose en su experiencia americana, constata el carác
ter irrefrenable de la afirmación de la democracia, a la
cual, sostiene, es inútil oponerse. Así pues, Ibcqueville pro
cura, ante todo, individualizar las características del nuevo
universo político democrático que se está afirmando, y se
ñala todos los peligros a los que está expuesto, sin albergar
esperanzas de que el proceso pueda de alguna manera ser
detenido.
Al igual que Constant y muchos otros pensadores políti
cos de la primera mitad del siglo XIX, Ibcqueville sostiene
un supuesto de fondo: si la democracia se identifica con el
sufragio universal, y si la mayoría de la sociedad está com
puesta por pobres o, en cualquier caso, por gente carente de
propiedades, entonces, con la democracia el poder político,
más precisamente el poder legislativo, es entregado a la
clase no propietaria. Constant quería a toda costa evitar
este resultado; Ibcqueville lo constata: «El sufragio univer
sal confía, pues, realmente el gobierno de la sociedad a los
pobres».14 Es esta una de las tesis fundamentales que Tbc-
queville desarrolla en la primera parte de La democracia
en América: con el gobierno democrático, el pueblo, la masa
de los no propietarios, se vuelve realmente soberano: «El
pueblo reina en el mundo político norteamericano como
Dios reina en el Universo. Él es la causa y el fin de todas las
cosas: todo proviene de él y todo termina en él».15
Si bien sobre este punto se ha hablado, con razón, de
una suerte de exagerada sobrevaloración de la soberanía
popular, dictada más por el temor y la desconfianza que por
14 A. de Tocqueville, La democrazia in America, traducción italiana, Mi
lán: Rizzoli, 1999, pág. 200.
15 Ibid., pág. 66.
145
un análisis efectivo de la realidad,16 el otro tema funda
mental sobre el cual construye Tocqueville su análisis de la
democracia es el de la «igualdad de condiciones»: para el
aristocrático Tbcqueville, esta igualdad es la que marca el
tono general de la sociedad democrática, la cual elimina to
do privilegio jurídico, de estatus, de clase. La igualdad de
condiciones es un concepto de contornos imprecisos, que
encama para Tbcqueville la característica fundamental de
la «mentalidad» democrática: esta no reconoce ninguna su
perioridad de rango o de otro tipo, y ubica a todos los indivi
duos en un mismo plano. No es verdad, por tanto, ni siquie
ra respecto de un pensador liberal como Tbcqueville, que la
democracia sea un mero instrumento de realización del
liberalismo; ella se define, más bien, por cualidades que
van más allá de las formas jurídico-políticas, como, por
ejemplo, esta «mentalidad». La igualdad de condiciones,
por otra parte, es compatible incluso con las mayores desi
gualdades económicas: la democracia norteamericana se
caracteriza por una gran distancia entre riqueza y pobreza,
pero esto no implica una división «antropológica», pues las
propiedades y las riquezas son sumamente fluctuantes y el
individuo puede ocupar sucesivamente, en breve lapso,
posiciones muy distintas en la escala social.
Precisamente en cuanto considera ineluctable la afir
mación del «dogma» de la soberanía popular y de la igual
dad de condiciones, Tbcqueville quiere alertar respecto del
costo que el desarrollo de la democracia entraña para la au
tonomía y la libertad del individuo, el cual está sometido
cada vez más a lo que Tbcqueville considera omnipotencia,
o peor aún, «tiranía de la mayoría».
La fenomenología de esta degeneración es tan rica y su
gestiva que a ella se referirán, incluso en el siglo XX, todos
los críticos de la sociedad de masas. La omnipotencia de la
mayoría se manifiesta en el espacio cada vez mayor que
ocupa el poder legislativo, ejercido por diputados marcada
mente condicionados por la opinión popular. Las leyes son
muy numerosas y están sujetas a frecuentes cambios; el
poder legislativo carece prácticamente de límites, y en esta
16 A. M. Battista, «Tbcqueville. Un tentativo di sintesi», Trimestre, XVIII,
3-4,1985, págs. 171-244; reeditado en A. M. Battista, Studi su Tocqueville,
Florencia: Cet, 1989.
146
ausencia de límites anida, para Tocqueville, el germen de
la tiranía. Por otra parte, en Estados Unidos la mayoría
controla incluso todos los demás poderes: el poder ejecuti
vo, el judicial elegido por el pueblo, e incluso el poder no
institucionalizado de la prensa y de la opinión pública.
Para Tbcqueville, esto significa que el individuo no dispone
de verdaderas garantías en el caso de que sus derechos
sean violados con el beneplácito de la mayoría del pueblo.
La arenga contra la tiranía de la mayoría culmina en
páginas muy duras sobre el futuro de la libertad de discu
sión y de pensamiento: «En Estados Unidos, la mayoría
traza un formidable círculo en tomo al pensamiento. Den
tro de esos límites, el escritor tiene libertad, pero, ¡ay del
que ose sobrepasarlos!». «Ningún escritor, sea cual fuere su
notoriedad, puede eludir la obligación de lisonjear a sus
conciudadanos. La mayoría vive, por ende, en una perenne
adoración de sí misma». Tbcqueville extrae una severísima
conclusión: «La independencia del espíritu y la verdadera
libertad de discusión son, en general, menores en Estados
Unidos que en cualquier otro país que yo conozca».17
Así pues, en el desarrollo del pensamiento de Tbcque-
ville, la clásica crítica liberal dirigida a la democracia como
poder ilimitado de las clases no pudientes (crítica signada,
como en Constant, por el trauma del jacobinismo) se trans
forma, como se aprecia en la segunda parte de La democra
cia en América, en una reflexión sobre los nuevos riesgos
de la sociedad igualitaria de masas, caracterizada por la
decadencia y la «dependencia» del individuo, que Tbcque
ville diagnostica de manera tanto más clara cuanto más
vivo conserva el recuerdo de lo que ya no es posible restau
rar: el libre y poderoso individuo aristocrático. «En los si
glos de aristocracia previos al nuestro, había particulares
poderosísimos y una autoridad social muy débil»;18 en el
tiempo democrático la relación se invierte, y la creciente
impotencia de los individuos contrasta con un poder social
cada vez más desmedido. Pero ya no se trata del poder in
controlado de la masa democrática y plebeya, fantasma
materializado en tiempos de los jacobinos; se trata más
17 A. de Tocqueville, La democrazia in America, op. cit., págs. 260-1.
18 Ibid., pág. 742.
147
bien de un poder público que aun siendo anónimo lo im
pregna todo, y como contrapartida, un individuo privado
que se despolitiza y se dedica al culto del dinero y de las pe
queñas satisfacciones materiales. La amenaza que avizora
Ibcqueville es, efectivamente, la de un despotismo de una
clase nueva, un despotismo «blando»: «Si intento imaginar
el nuevo aspecto que podrá tener el despotismo en el mun
do, veo una enorme multitud de hombres iguales, empeña
dos tan sólo en procurarse placeres pequeños y vulgares
para satisfacer sus deseos. Cada uno de ellos, al permane
cer aislado, es casi ajeno al destino de todos los demás [...]
Por encima de ellos se yergue un poder inmenso y tutelar,
que se encarga exclusivamente de asegurar sus bienes y de
velar por su suerte. Es absoluto, particularizado, regular,
previsor y moderado [...] Trabaja de buena gana para el
bienestar de ellos, pero quiere ser su único agente y regula
dor; les proporciona seguridad y cubre sus necesidades, fa
cilita sus placeres, gestiona sus principales negocios, dirige
sus industrias, regula sus sucesiones, divide sus herencias;
¿no podría sacarles en su totalidad el esfuerzo de pensar y
la pena de vivir?».19 Esta sociedad, sofocada por «una red
de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes»
que comprimen la libertad verdadera y la independencia
individual, al tiempo que satisfacen la profunda necesidad
de los individuos de que se los guíe y se los exima del riesgo,
configura una especie de «servidumbre regulada y tranqui
la», absolutamente compatible con todas las «formas exte
riores de la libertad».
No falta en Tbcqueville, sin embargo, una reflexión acer
ca de las tendencias que se oponen, o podrían oponerse, a
esta involución de la democracia a un despotismo modera
do, apropiado para hombres ricos en pasiones y ambiciones
pequeñas, pero desprovistos de las grandes. La igualdad
democrática tiende a producir hombres cerrados en su di
mensión individualista, carentes de vínculo social,20 inca
paces de salir de la «soledad de su propio corazón»21 (y, por
19 Ibid., pág. 733.
20 Sobre este aspecto, véanse las páginas dedicadas a Tbcqueville en la
obra de E. Pulcini, L’individuo sema passioni. Individualismo moderno e
perdita del legante sociale, Turín: Bollati Boringhieri, 2001.
21 A. de Tbcqueville, La democrazia in America, op. cit., pág. 516.
148
tanto, gratos al despotismo que quiere gobernarlos), pero
esta tendencia puede ser contrarrestada, y lo es en gran
medida en la sociedad norteamericana, por una revitaliza-
ción de la libertad política y de la participación cívica: «Mu
chos consideran en Francia —escribe Tbcqueville— que la
igualdad de condiciones es el primer mal y la libertad
política el segundo. Cuando se ven obligados a padecer
una, se esfuerzan al menos por escapar a la otra. Yo digo
que para combatir los males que la igualdad puede produ
cir, no hay sino un remedio eficaz: la libertad política».22
De hecho, Tbcqueville se detiene por extenso en aquellas
instituciones que, en los democráticos Estados Unidos, per
miten a los ciudadanos la participación política como suje
tos activos, llevándolos casi a recuperar, en algunos aspec
tos, aquella «libertad de los antiguos» que Constant juzga
ba ya inaccesible a la modernidad. El autor de La democra
cia en América insiste especialmente en el gran valor de la
democracia municipal y del asociacionismo: la posibilidad
de administrar de manera directa las cuestiones que les
conciernen promueve en los individuos el cuidado del bien
público y revitaliza esos vínculos sociales que el individua
lismo del bienestar amenaza cercenar: «Las libertades lo
cales, que hacen que un gran número de ciudadanos bus
quen el afecto de sus vecinos y de sus parientes, acercan así
de continuo a los hombres los unos a los otros, y los obligan
a ayudarse mutuamente, pese a los instintos que tratan de
separarlos».23 Tbcqueville, quien se revela así como un pen
sador extraordinariamente agudo y actual, sostiene que la
democracia enfrenta el desafío fundamental de no dejarse
absorber por el horizonte de la despolitización y de un bie
nestar absolutamente individualista, manteniendo viva la
participación política directa de los ciudadanos.
Por otra parte, su crítica a las tendencias despóticas de
la sociedad de masas se extiende decididamente también
al socialismo, que parece condensar los peores aspectos de
aquella. Tbcqueville, quien fue diputado durante el período
comprendido entre 1839 y el golpe de estado de Luis Napo
león, no deja de alinearse, en 1848, contra aquellos que
22 Ibid., pág. 522.
23 Ibid., pág. 521.
149
querrían que la revolución democrática avance hacia la re
volución social. En su memorable discurso acerca, o mejor
en contra, del derecho al trabajo, el socialismo aparece co
mo un concentrado de todos los males sobre los cuales Toc-
queville había alertado, que amenaza el futuro de la socie
dad democrática: «La Revolución Francesa no tuvo la ridi
cula pretensión de crear un poder social que asegurase de
por sí la fortuna, el bienestar, la holgura de todo ciudada
no».24 Esto es precisamente lo que quiere hacer el socialis
mo cuando, reclamando el derecho al trabajo, pide que el
estado sustituya a la previsión individual, que se entrome
ta en las industrias, que les imponga reglamentos, en su
ma, que se haga cargo del bienestar de todos de manera pa
ternalista. Tocqueville propone en ese momento una tajan
te contraposición entre socialismo y democracia, que no pa
rece muy coherente con lo que él mismo había escrito sobre
la democracia algunos años antes. Pero la riqueza de su
pensamiento tal vez resida justamente en sus contradiccio
nes, ambigüedades o ambivalencias, que hacen de él un
pensador abierto a muchas interpretaciones incluso muy
contrastantes, aunque, en cualquier caso, extraordinaria
mente profético.
150
de lo que había sido habitual en los pensadores liberales
clásicos.
Para el utilitarismo de Bentham, la finalidad de la mo
ral y de la legislación era lograr la máxima felicidad para el
mayor número de personas. John Stuart Mili, sin renegar
de este principio, se da cuenta de que la felicidad de los in
dividuos no puede reducirse a la búsqueda del bienestar in
dividual en sentido estricto, sino que puede incluso alcan
zarse con mayor facilidad volviéndose hacia fines no uti
litaristas en apariencia, como contribuir a la felicidad de
los demás o, en general, al desarrollo de las facultades y ca
pacidades humanas. Para él, no todos los placeres huma
nos están en un mismo plano, y el error del utilitarismo
clásico reside justamente en no haber hecho distinciones.
Su concepción gradualista y humanista, y su indigna
ción ante la injusticia social y la exclusión, llevaron a Mili a
simpatizar con el movimiento socialista y cartista, a punto
tal de extenderse largamente en la crítica socialista de la
propiedad privada en su obra maestra de teoría económica,
que sigue la línea de David Ricardo y de James Mili: los
Principios de economía política, de 1848.
En una de sus tesis más características como economis
ta, Mili sostiene que en tanto que las leyes que gobiernan
la producción de la riqueza son asimilables a verdades fí
sicas, completamente independientes de la voluntad hu
mana, la distribución de la riqueza depende, en cambio, de
las leyes y de las costumbres de la sociedad, y puede enton
ces modificarse mediante la intervención consciente de los
hombres. Mili critica la distribución de la riqueza en la so
ciedad de su tiempo: si la consecuencia de un ordenamiento
social fundado en la propiedad privada es que la riqueza se
distribuya en proporción casi inversa a la contribución la
boral directa, entonces, es preciso modificar este ordena
miento, incluso sustituyéndolo por un sistema comunista.
Pero un sistema de este tipo podría comportar riesgos en lo
que concierne al desarrollo libre y multiforme de la perso
nalidad humana, que para Mili constituye el fin funda
mental; sería preferible, pues, combatir los males deriva
dos de la institución de la propiedad privada a través de
una política de reformas sociales, comenzando por la difu
sión de la educación y la limitación del crecimiento de la
población, medidas que seguramente resultarían eficaces
151
para combatir el mal de la pobreza, junto con otras orien
tadas en la misma dirección, como la limitación de las suce
siones, la sustitución del latifundio por la pequeña pro
piedad campesina, el desarrollo de la producción coope
rativa. «No hay que suponer —escribe Mili en los Prin
cipios— que la división del género humano en dos clases
hereditarias, empleadores y trabajadores, pueda mante
nerse eternamente». Antes bien, cabe esperar que esta di
visión sea sustituida por nuevas formas de asociación y
cooperación entre trabajadores y empleadores, o entre los
propios trabajadores. El capitalismo, según la crítica de
Mili, se basa en una distribución desigual de las propieda
des, resultado de anteriores atropellos, a la par que defien
de el principio de libre competencia con la única excepción
de la competencia entre los trabajadores. Mili no cree, por
tanto, que el desarrollo, la acumulación y por ende la pro
pia lucha competitiva tengan que continuar indefinida
mente, sino que considera incluso que será inevitable lle
gar a un «estado estacionario», en el que la humanidad de
jará finalmente a sus espaldas la continua carrera en pos
del incremento de las ganancias.
La contribución de Mili a la filosofía política se encuen
tra principalmente en su obra más célebre y difundida: el
opúsculo On liberty, de 1859. Inspirado por la posibilidad,
que ya había preocupado a Tocqueville, de que la intromi
sión del estado y la tiranía de la mayoría no dejen espacio
para la libertad de los individuos, On liberty intenta deter
minar cuáles son los límites que el poder público y la legis
lación no deben superar, es decir, cuáles son los ámbitos de
libre acción individual que deben quedar fuera del alcance
de la regulación estatal. El principio de esta limitación, tal
como lo formula Mili, es simple y unívoco: el estado no pue
de prohibir ninguna acción del individuo que no provoque
daño a otros: «La única finalidad por la cual puede legíti
mamente ejercerse el poder sobre un miembro de una co
munidad civilizada, contra su voluntad, es la de evitar que
peijudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es
justificación suficiente».25*Si consideramos paternalista a
una autoridad política que pone límites a los súbditos fun
25 J. S. Mili, Sulla liberta, traducción italiana, Milán: Sugarco, 1990,
pág. 32.
152
dando tal medida en un mejor conocimiento, verdadero o
supuesto, de lo que constituye un bien para ellos, entonces,
debemos decir que Mili es, después de Kant, uno de los más
firmes críticos del gobierno inspirado en principios pater
nalistas.
A diferencia de algunos de sus predecesores, Mili no
funda su tesis acerca de los límites del poder del estado ni
en una teoría de los derechos naturales ni en una base con-
tractualista: antes bien, como él mismo dice, la pone en re
lación con el criterio de utilidad (que para él sigue siendo el
criterio supremo), entendido en el más amplio sentido, con
referencia a los «intereses permanentes del hombre como
ser perfectible».26 En otras palabras, el principio de míni
ma limitación de la libertad no se basa en un derecho del
individuo a la no-interferencia, sino en sus consecuencias
positivas, en términos de utilidad entendida rectamente y
en sentido amplio. Precisamente por esta razón, Mili de
muestra su tesis, en primer lugar, en relación con la liber
tad de opinión.
Un poder político que pretendiese prohibir la expresión
pública de opiniones consideradas por la autoridad o por la
mayoría como perniciosas, deletéreas, o simplemente equi
vocadas, cometería una injuria, sostiene Stuart Mili, no
sólo contra los sostenedores de esas opiniones, quienes su
frirían una limitación de su libertad, sino en general contra
la humanidad, contra los hombres vivos y, más aún, contra
los que vendrán. El argumento de Mili es muy daro; su
pongamos que se prohíbe una determinada opinión: «Si la
opinión es correcta, se los priva de la oportunidad de cam
biar el error por la verdad; si es errónea, pierden un benefi
cio no menos importante: la más clara percepción y la im
presión más viva de la verdad, producida por su colisión con
el error».27 Para descartar la posibilidad de que determi
nada opinión indeseada se revele algún día como verdade
ra, prosigue Mili, hay que arrogarse la absoluta certeza de
las ideas propias, algo que debería ser ajeno a todo hombre
de buen sentido. La necesidad de mantener siempre una
apertura a la falibilidad se ve reforzada por el hecho de que
muchas ideas, de incuestionable certeza en tiempos pasa-28
28/«</., pág. 34.
27 Ibid., pág. 41.
153
dos, se revelaron más tarde no sólo como falsas, sino como
absurdas. Si la opinión que hoy se prohíbe por considerarla
falsa resultase verdadera, la prohibición sería un obstáculo
en el camino de la humanidad en busca de la verdad. Em
pero, aun cuando la opinión prohibida fuese falsa, la prohi
bición impediría que la opinión verdadera pudiera acla
rarse y motivarse en la confrontación con su propia nega
ción, con lo cual quedaría finalmente reducida a un dogma
no aclarado ni articulado. Por otra parte, concluye Stuart
Mili, lo más probable es que la opinión disidente no sea ni
absolutamente verdadera ni absolutamente falsa, sino que
contenga una parte de la verdad (al igual que la opinión
mayoritaria que se le contrapone); prohibirla significaría,
por lo tanto, impedir que la opinión prevaleciente se corrija
y mejore.
No hay progreso hacia la verdad, en suma, sin libertad
de discusión, así como no hay progreso social si los partida
rios de las diversas opciones (aristocráticos y democráticos,
socialistas y defensores del mercado) no tienen ocasión de
expresarlas y sostenerlas con idéntica libertad.28
Este razonamiento, válido para las opiniones, se aplica
también (excluyendo tan sólo aquello que provoca daño a
otros) a los estilos de vida y a los comportamientos: si no
existiese la posibilidad de que los individuos experimenten
modos de vida heterodoxos, molestos para el conformismo
de la mayoría y para el poder del estado, se estaría impi
diendo que los hombres conozcan lo que podría tal vez lle
varlos a una vida de mayor realización y felicidad. La posi
bilidad del individuo de desarrollarse de manera autóno
ma, siguiendo sus más personales y espontáneos impulsos,
sustrayéndose a la tiranía conformista de la mayoría, no
sólo es uno de los principales factores de la felicidad huma
na, sino «seguramente el factor principal para el progreso
individual y social»:2829 «el libre desarrollo de la individuali
dad es uno de los elementos esenciales del bien común», un
elemento que corre mayor riesgo de desaparecer, como lo
puso en evidencia Tocqueville, cuanto más se afirma la ti
ranía de la mayoría en detrimento de la originalidad de los
individuos.
28 Ibid., pág. 85.
29 Ibid., pág. 99.
154
De lo anterior se desprende la crítica al patemalismo,
esto es, la crítica a la pretensión de prohibirles a los indivi
duos aquellos comportamientos que, sin provocar daño a
otros (beber o consumir sustancias nocivas, por ejemplo),
parecen, sin embargo, contrarios a su propio bien: «ninguna
persona, ningún grupo de personas —sostiene Mili—, pue
de decir a otra persona madura que por su bien no puede
hacer con su vida lo que elija hacer con ella».30
Llegamos así a la cúspide más radical y controvertida
del liberalismo milliano. En primer lugar, no resulta fácil
distinguir entre un comportamiento que provoca daño a
otros y uno que no lo provoca: se podría sostener que el da
ño depende de los criterios de licitud, históricamente cam
biantes, que cada sociedad adopta. En segundo lugar, si ad
mitimos que es lícito, y hasta puede ser un deber, impedir,
incluso por la fuerza, que un individuo se arroje a un río
para ahogarse, ¿qué objeción puede hacerse, por ejemplo, a
la prohibición de consumir sustancias que dañan, de ma
nera comprobada, la salud, la vida y la lucidez del indivi
duo? ¿Por qué dejaría de ser lícito, en este caso, obligar a
los individuos en vista de su propio bien? O, en otros térmi
nos: si se defiende el principio de libertad atendiendo a que
genera buenas consecuencias, pues permite que los indivi
duos tiendan al bien, ¿no pierde ello su razón de ser cuando
el comportamiento del individuo atenta manifiestamente
contra su propio bien?
Mili opone a estas plausibles objeciones diversos argu
mentos, los cuales no son, a nuestro juicio, concluyentes,
pero resultan de todos modos relevantes: 1) el individuo es
la persona más interesada en su propio bienestar, más de
lo que la sociedad pueda estarlo; 2) la sociedad tuvo en todo
caso oportunidad, mediante la educación, de prevenir los
comportamientos indeseados del individuo; 3) si no se pu
siesen límites a su injerencia en los comportamientos pri
vados, el público terminaría por castigar, como sucedió infi
nidad de veces en la historia, no lo que es probadamente
perjudicial para los individuos, sino todo aquello que fuese
contra las preferencias de la mayoría y, sobre todo, contra
sus supersticiones: piénsese en la persecución de las perso
nas irreligiosas o juzgadas inmorales. En definitiva, no se
30Ibid., pág. 128.
155
puede otorgar a la sociedad un poder que ella no sabe utili
zar bien, como lo ha demostrado durante siglos.
Hay, sin embargo, excepciones: es lícito prohibir a los in
dividuos que se vendan como esclavos, aun cuando así lo
quisiesen, porque el principio de libertad no puede usarse
para legitimar la renuncia, ni siquiera la renuncia volunta
ria, a la libertad misma: «la facultad de alienar la propia li
bertad no es libertad»,31 así como no constituye una viola
ción de la libertad de los padres, ni de la de los hijos, la ins
trucción obligatoria, que para Mili no debe ser confiada a
un único sistema educativo estatal. Por último, Mili preci
sa que el principio de la libertad individual no tiene relación
alguna con la doctrina del libre comercio:32 la limitación de
la competencia, por ejemplo, es casi siempre un error, pero
no es un atentado contra la libertad, pues el comercio no es
una libertad privada, sino una actividad social, sujeta, por
tanto, a las leyes que la sociedad le prescribe.
Su concepción del hombre como un ser que se realiza
por medio del desarrollo autónomo y original de sus más
peculiares capacidades condiciona también la perspectiva
de Mili sobre la democracia. Por un lado, Mili piensa que la
participación política a través del sufragio universal demo
crático favorecería el progreso cultural e intelectual de to
dos los hombres, que él propugna. Por otro lado, al igual
que sus predecesores liberales, es consciente de que vive en
una sociedad esencialmente dividida en clases, donde la
mayoría de la población pertenece a la clase más pobre. Por
ello, en Sobre el gobierno representativo (1861) sostiene que
el sufragio universal aplicado según la regla un hombre/un
voto pondría al poder legislativo en manos de la mayoría
más pobre y menos culta, con el consiguiente riesgo de una
legislación clasista, injusta, atenta sólo a los intereses in
mediatos de la mayoría y no a los de largo plazo, ni de las
otras clases, ni de las generaciones venideras.
Mili consideró la posibilidad de remediar estos inconve
nientes sin eliminar el sufragio universal (aun cuando ex
cluía a los analfabetos y a los indigentes que no pagaban
impuestos), mediante la introducción del correctivo del vo
31Ibid., pág. 168.
32Ibid., pág. 156.
156
to múltiple, de modo que todos tuviesen a disposición un
voto, pero las personas más instruidas, expertas y califica
das tuviesen más de uno (por ejemplo, un hombre de cultu
ra tendría cinco o seis, un empresario tres, un capataz dos).
De este modo se podría obtener una legislación no clasista
y sensible a los intereses generales de largo plazo de toda la
sociedad. Pensando siempre en una democracia de la inte
ligencia, antiniveladora, Mili considera que las leyes no de
berían ser elaboradas por el Parlamento, sino por una co
misión restringida y calificada, en tanto que aquel debería
limitarse a discutirlas, aprobarlas o rechazarlas. Según
Mili, el voto múltiple, por otra parte, era más que un expe
diente para evitar la legislación de clase: se trataba de una
medida justa en sí misma, en vista de que, según sus pro
pias palabras, «no es útil, sino peijudicial, que la constitu
ción del país deba declarar que la ignorancia tiene tanto
derecho al poder político como la instrucción».
Precisamente por cuanto su pensamiento constituye,
como vimos, un intento de unificar numerosas y diversas
exigencias intelectuales, Mili se sitúa en el origen no sólo
del liberalismo radical, que rechaza toda intervención pa
ternalista en la esfera privada, sino también del liberalso-
cialismo y de un modelo de democracia centrado en el desa
rrollo cultural de los individuos, que con razón ha sido de
nominado «democracia de desarrollo» (Macpherson).
157
constituyen satisfactorias concepciones de la libertad: en la
perspectiva de Hegel, la libertad del individuo no consiste
plenamente ni en su facultad de actuar como persona jurí
dica, capaz de decidir sobre sí misma y sobre sus propie
dades, y de cerrar contratos con otras personas jurídicas, ni
en su capacidad de autodeterminación como persona mo
ral, capaz de elegir conforme a la razón, sin dejarse domi
nar por sus inclinaciones. Estos dos modos de entender la
libertad, si bien tienen el mérito de remarcar el momento
irrenunciablemente moderno de la subjetividad, reflejan el
significado de la libertad de una manera parcial y abstrac
ta: según Hegel, no hay que entenderla como posibilidad
del individuo de determinarse en una u otra dirección; se la
debe comprender de manera más plena, como el goce de las
condiciones y relaciones objetivas que permiten al indivi
duo su autorrealización,33 asegurándole las condiciones
para actuar su Ubre personalidad. Desde este punto de
vista, tanto la libertad del derecho abstracto como la de la
moralidad kantiana resultan insuficientes: la libertad del
derecho abstracto atribuye al individuo tan sólo facultades,
mientras la libertad moral kantiana le prescribe que actúe
conforme a máximas universalizables. Pero, ¿cuáles son
las máximas universalizables? Hegel sostiene la tesis de
que sólo se puede responder a esta pregunta si ya se presu
pone el valor de determinadas instituciones sociales; estas
no pueden ser generadas por la moral kantiana, incapaz de
mostrar su racionalidad: si se acepta la institución de la
propiedad, entonces, ciertamente la máxima que permite
el robo no es universalizable; mas, ¿cómo sabemos que de
be haber propiedad?
Así pues, no se puede concebir la libertad concreta como
mera capacidad de autodeterminación individual; Hegel la
reconstruye, en cambio, como el conjunto de las institucio
nes que sirven de contexto para que los individuos puedan
disfrutar, en diversos niveles, de las condiciones para su au
torrealización. Y esta es precisamente la tercera esfera de
la filosofía del derecho, la de la eticidad, o sea, la libertad ac
tuada en instituciones concretas, que se articula por su
33 Insiste mucho sobre este punto, en su interpretación hegeliana, A.
Honneth, II dolare dell’indeterminato. Una attuallzzazione delia filosofía
política di Hegel (2001), traducción italiana, Roma: Manifestolibri, 2003.
158
parte en tres dimensiones: la familia, la sociedad civil y el
estado.
En relación con el liberalismo, que entendía la libertad
del individuo como algo que se despliega esencialmente en
la dimensión de la sociedad civil, y concebía al estado fun
damentalmente como garante de esta libertad (civil, pri
vada o económica), la posición de Hegel constituye en va
rios sentidos una superación. En primer lugar, él muestra,
en contra del contractualismo, que no se puede concebir el
estado como resultado de un pacto entre individuos priva
dos, como si estuviesen primero los sujetos del contrato en
el ámbito de la sociedad civil y luego el organismo político
que los estabiliza y garantiza. Por el contrario, para Hegel,
como antes para Aristóteles, el estado, esto es, el organis
mo político, es el momento que precede a los demás: no hay
individuos capaces de autodeterminarse libremente, no
hay familia ni sociedad, sin la unidad política que es con
dición de todo ello.
Ahora bien, es por esto mismo que no tiene sentido afir
mar que la unidad política es simplemente el medio para
garantizar aquello que los liberales, a la manera de Cons-
tant, planteaban como fin primordial, esto es, el goce de las
libertades privadas del miembro de la sociedad civil. Para
Hegel es cierto lo contrario: el estado es la meta última, fin
en sí mismo, en tanto que el supremo deber del individuo
es, ante todo, el de ser parte integrante del estado.34
Por otro lado, el individuo que persigue su propio inte
rés egoísta estableciendo relaciones de intercambio con
otros individuos egoístas —precisamente, el sujeto que ac
túa en la dimensión de la sociedad civil y de mercado—, le
jos de ser la figura única o dominante de la subjetividad,
como se plantea en muchas concepciones liberales, es tan
sólo un aspecto parcial de ella. La primera institución den
tro de la cual los individuos hallan las condiciones de su au
torrealización no es, en efecto, la sociedad civil, sino la fa
milia, cuya motivación es el amor y la unidad entre sus
miembros. La separación entre los individuos acontece
después, y presupone como su raíz esta dimensión más ori
ginaria, insustituible, de unidad y de entrega espontánea
para el logro de un bien común.
34 G. W. F. Hegel, Lineamenti di filosofía del diritto, op. cit., § 258.
159
El ámbito de la sociedad civil es, en cambio, aquel en el
cual se afirma la separación de los individuos, en cuanto
personas privadas dedicadas a la satisfacción de sus nece
sidades e intereses egoístas. Se trata, para Hegel, de una
dimensión fundamental: el desarrollo del individuo impli
ca, en efecto, su separación de la unidad inmediata, la con
quista de la autonomía; pero es erróneo considerar a esta
esfera como la dimensión única o fundamental de la vida
del individuo, sin entender que los individuos pueden en
frentarse en la sociedad civil, como portadores de intereses
egoístas, sólo en cuanto están inscriptos en el horizonte de
otras instituciones que no son de mercado, las cuales ase
guran su unidad y la salvaguarda del interés común, tales
como la familia, en un primer escalón, y en un nivel más
alto, las instituciones del estado.
Sin embargo, es en el ámbito de la sociedad civil donde
se generan el progreso y la civilización: el trabajo, su divi
sión cada vez más compleja, la multiplicación de las necesi
dades, el desarrollo de las máquinas, la creciente intensifi
cación de las relaciones de intercambio; en esta esfera, co
mo habían enseñado Mandeville y Adam Smith, los vicios
privados se transforman en públicas virtudes, «el egoísmo
subjetivo se tom a contribución a la satisfacción de las nece
sidades de todos los demás».35
Mas, en la concepción de Hegel (y aquí también él se
aleja de presupuestos que comparten ampliamente los
pensadores de orientación liberal), las conquistas de la so
ciedad civil generan, a su vez, problemas que esta no es ca
paz de resolver con sus propios instrumentos, confiando
simplemente en las virtudes de la mano invisible y de la
competencia: su ley es la de un desarrollo sin duda impe
tuoso y carente de límites (dado que no son ya las necesi
dades las que gobiernan la producción, sino que esta últi
ma genera continuamente nuevas necesidades), pero tam
bién desigual y lleno de contradicciones. De hecho, la diná
mica espontánea de la sociedad civil tiende a generar la
más extraordinaria acumulación de riqueza, por un lado, y,
por el otro, la concentración de pobreza y exclusión, la for
mación de la «plebe»: «pese al exceso de riqueza, la sociedad
civil no es suficientemente rica, es decir, no posee en sus
38 Ibid., § 199.
160
propios recursos lo suficiente como para evitar el exceso de
pobreza y la formación de la plebe».36
Esta paradoja, inseparable de la propia naturaleza de
la sociedad civil moderna, hace necesarias, en el interior
mismo de la sociedad civil, instituciones que no son de mer
cado, que tienen incluso como objetivo principal obrar para
el bien común y ejercer la solidaridad. Se trata de las insti
tuciones que Hegel llama «policía» y «corporación». La pri
mera tiene el cometido de regular diversos aspectos de la
vida social y económica, evitando su carácter accidental:
armonizar los intereses de productores y consumidores,
fijar los precios de los bienes de primera necesidad, vigilar
la educación, cumplir para los pobres las funciones que la
familia no puede ejercer. En cuanto a la corporación, que
reúne a los miembros de determinada clase o profesión,
constituye para Hegel, más aún que la policía, casi una
segunda familia, pues, además de poner límites al libre
mercado, replantea, en el nivel más complejo de la socie
dad civil, las funciones de solidaridad que en un primer
tiempo habían sido propias de la familia (los más ricos, por
ejemplo, tienen obligaciones hacia la corporación, que de
esta manera puede socorrer a quienes por accidente han
caído en la pobreza).
Por consiguiente, ya en la sociedad civil, por la impor
tancia otorgada a los momentos del bien común y de la
solidaridad, se afirman las raíces éticas que se desplegarán
plenamente en el estado, el cual, en las clásicas definicio
nes que formuló Hegel, es la realidad de la idea ética, el rei
no de la libertad sustancial, el momento en el cual el inte
rés universal se actúa conscientemente, sin eliminar los in
tereses particulares —es más, acogiéndolos en sí y medián
dose a través de ellos—. «El estado», escribe Hegel en un
pasaje central de su reflexión, «es la realidad efectiva de la
libertad concreta. Por su parte, la libertad concreta consis
te en que la individualidad personal y sus intereses par
ticulares tengan su total desarrollo y el reconocimiento de
su derecho (en el sistema de la familia y de la sociedad ci
vil), al mismo tiempo que se convierten por sí mismos en in
terés general, al que reconocen con su saber y su voluntad
como su propio espíritu sustancial y toman como fin último
36 Ibid., § 245.
161
de su actividad. De este modo, lo universal no se cumple ni
tiene validez sin el interés, el saber y el querer particula
res, ni el individuo vive meramente para estos últimos co
mo una persona privada, sin querer al mismo tiempo lo
universal y tener una actividad consciente de esta finali
dad. El principio de los estados modernos tiene la enorme
fuerza y profundidad de dejar que el principio de la subjeti
vidad se consume hasta llegar al extremo independiente de
la particularidad personal, para al mismo tiempo retro
traerlo a su unidad sustancial, conservando así a esta en
aquel principio mismo».37 La gran fuerza del estado mo
derno, en comparación con la unidad sustancial pero me
nos diferenciada del estado antiguo o de la polis, reside en
esto: en él, por un lado, se afirma el principio cristiano y
burgués del infinito valor de la subjetividad, llevado al ex
tremo de la autónoma persecución del interés más particu
lar, en tanto que, por otro lado, los individuos reconocen su
vínculo necesario con la totalidad, y hacen así propio, cons
cientemente, el interés general, como su interés y objetivo
final. Por consiguiente, en la perspectiva hegeliana, como
se ha afirmado, «había una libertad formal, real, que era la
libertad de los individuos en cuanto personas privadas,
subjetiva; y por encima de ella había una libertad de los in
dividuos autoconscientes de su propio vínculo con la tota
lidad, a la vez objetiva y subjetiva».38
Aquel individuo que en el complejo estatal realiza sus
intereses particulares comprende que el bien de la totali
dad es la condición primaria para su autorrealización sub
jetiva, e incorpora, por lo tanto, el interés de la generalidad
como su propio interés consciente; de esta manera, el in
terés del estado no se impone como objetivo por encima de
los individuos, sino que es mediado a través de su acción
consciente.
¿Cómo es posible que se actúe esta mediación de lo uni
versal y lo particular si la sociedad civil es ese mundo
desgarrado y contradictorio que el propio Hegel nos ha des-
cripto, en párrafos de una tensión dialéctica y crítica no in
ferior a la que encontraremos en Marx, quien justamente
37 Ibid., § 260.
38 G. Marini, Liberta soggettiua e liberta oggettiva nella «Filosofía del
diritto» hegeliana, Nápoles: Bibliopolis, 1978, pág. 85.
162
sobre esta base considerará necesario desmentir la conci
liación hegeliana?
En realidad, la mediación de lo universal y lo particular
es posible en tanto, según Hegel, ya se prepara en la propia
sociedad civil; esta es el mundo de los intereses conflictivos
y de la polarización de riqueza y pobreza, pero contiene, al
mismo tiempo, la posibilidad de superar sus fracturas, sea
a través de las instituciones de la policía y la corporación,
sea en cuanto no es un mundo exclusivamente atomizado,
sino orgánicamente estructurado mediante la articulación
de las tres clases (Stande) que la componen: la clase sus
tancial, formada por los terratenientes; la clase industrial,
con sus diversas estructuras —artesanal, manufacturera,
comercial—, organizada en corporaciones, y, por último, la
clase general, la de los funcionarios del estado, que tiene
como cometido, precisamente, cuidar de los intereses gene
rales.
La sociedad civil, pues, más allá de su atomismo, contie
ne ya una articulación orgánica y armónica de los diversos
intereses. Sobre esta base se levanta el estado, oiganismo
acabado, círculo de círculos. La estructura constitucional
de este, a su vez, se despliega mediante la articulación de
los tres poderes, que no deben concebirse conforme a la ló
gica de la «separación», sino como momentos y determina
ciones de un todo: el poder soberano, culminación y princi
pio de la totalidad, que tiene la última decisión y compete
al monarca constitucional; el poder gubernamental, que
debe ejecutar y aplicar las decisiones, y el poder legislativo,
al que contribuyen tanto los dos poderes antes menciona
dos como las clases, compuestas por los propietarios, los
funcionarios y la clase industrial, protagonista de la socie
dad civil moderna. La circunstancia de que Hegel estructu
re el poder legislativo mediante una representación de las
clases y las corporaciones constituye un paso fundamental
para toda su construcción, sobre el cual no por casualidad
se concentrará la crítica de Marx. En el componente de las
clases, de hecho, las diferencias, orgánicamente estructu
radas, de la sociedad civil alcanzan significado y actividad
políticos. En otros términos, la representación de clase no
es independiente de los diversos intereses de la sociedad ci
vil, como ocurre, en cambio, en el caso de la representación
universal e indiferenciada; no separa lo social de lo político,
163
y no desliga lo político de la vida y de los intereses de la so
ciedad. Hegel critica la concepción que, al disolver los di
versos círculos y comunidades en una multitud de indivi
duos, «separa la vida civil y la vida política, dejando a esta,
por así decirlo, en el aire, pues su base sería únicamente la
abstracta individualidad del arbitrio y de la opinión —por
lo tanto, lo contingente—, y no un fundamento firme y ju s
tificado en y por sí».39 La conservación y la valoración de
los diversos intereses en el terreno de la política es, en la
perspectiva hegeliana, un paso esencial para actuar la me
diación de lo universal y lo particular, en la que reside real
mente la fuerza del estado moderno: la representación por
clases constituye no sólo el componente que media entre
pueblo y gobierno, sino, sobre todo, la posibilidad concreta
de soldadura entre los intereses orgánicamente estructu
rados en círculos, que se hacen valer en la sociedad civil, y
un interés general al que concurren como tales, sin la fic
ción de la representación abstracta proyectada en el cielo
desencamado de la política. Al criticar esta representación
abstracta, Hegel anticipa claramente a Marx; pero en tan
to que para este último la contradicción entre el hombre
egoísta de la sociedad civil y el ciudadano abstracto y «ce
lestial» de la política es la contradicción misma de la socie
dad burguesa moderna, que sólo puede superarse median
te la transformación revolucionaria de esta y de sus estruc
turas, para Hegel no es así: la separación entre sociedad ci
vil y estado político (momentos que deben permanecer dife
renciados) se conciba en la elevación de la sociedad civil a
sociedad política mediante la representación por clases y,
por consiguiente, en la construcción de una mediación or
gánica entre ambos momentos, tan necesaria como la me
diación orgánica entre los intereses de los diversos círculos
que componen la sociedad. Hegel, pues, capta la aporía de
la política moderna que Marx hará también centro de su
reflexión, pero no logra proponer para esa aporía una solu
ción que se ubique ella también a la altura de la moderni
dad: sus premisas antiindividualistas (que lo llevan siem
pre a privilegiar el momento de la unidad sustancial), y por
tanto no democráticas, lo llevan a buscar una superación
de la representación moderna a través de instituciones
39 G. W. F. Hegel, Lineamenti di filosofía del diritto, op. cit., § 303.
164
«orgánicas» como las clases y las corporaciones, ya en de
cadencia como él mismo sabe, las cuales querrían atar al
individuo moderno a relaciones a las que él no permite ya
que se lo reduzca.
165
ripio estructural de la vida pública moderna, que ya se ma
nifiesta en las sociedades burguesas más desarrolladas, co
mo, por ejemplo, la de Norteamérica. Es verdad que la Re
volución burguesa vuelve a todos políticamente iguales, co
mo ciudadanos, y suprime, por tanto, el significado político
de la desigualdad social, pero no menos relevante es el otro
lado de esta transformación, en el que insiste Marx: la Re
volución burguesa no elimina la desigualdad social, sino
tan sólo su significado político; al dar lugar a una sociedad
civil y de mercado separada del estado, la Revolución bur
guesa permite que la desigualdad se desarrolle en este ám
bito, y se limita a asegurar su neutralización política con la
igualdad entre los ciudadanos. De aquí nace uno de los pro
blemas fundamentales que, como filósofo político, plantea
Marx: ¿cómo se debe concebir la relación entre estas dos di
mensiones, esto es, entre la desigualdad social, que se des
pliega en la sociedad moderna a través del mercado y del
capitalismo, y la igualdad política?
En el ensayo Sobre la cuestión judía, Marx enfrenta es
te problema analizando las declaraciones de derechos ela
boradas durante la Revolución Francesa. En ellas se en
cuentra la distinción entre los derechos del hombre (la se
guridad, la libertad, la propiedad), que salvaguardan pre
cisamente los derechos del individuo particular, miembro
de la sociedad civil, y los derechos del ciudadano, que con
ciernen, en cambio, a la participación en el poder público,
la libertad política. Los primeros dan garantía al hombre
en cuanto «miembro de la sociedad civil, esto es, individuo
replegado en sí mismo, en su interés privado y en su arbi
trio privado, y aislado de la comunidad».40 Los segundos
instituyen una comunidad política, pero sólo como una
esfera particular de la sociedad separada de las demás, que
no tiene en cuenta la vida concreta de los individuos, el
modo en que ellos reproducen su existencia, su trabajo. Así
pues, según Marx, el estado político domina «sin dominar
realmente, es decir, sin penetrar materialmente en el con
tenido de las esferas no políticas».41
166
Volvemos entonces a la que es, a nuestro parecer, la pre
gunta de fondo: ¿cómo se debe entender, según Marx, la re
lación entre estas dos esferas? Si se la concibe a la manera
liberal (como lo hace Constant, por ejemplo), los derechos
políticos constituyen tan sólo la garantía de los intangibles
e inviolables derechos del hombre: pero esto significa, des
de el punto de vista de Marx, que la igualdad política se
convierte en una igualdad ilusoria, cuya función es defen
der, y al mismo tiempo encubrir, la desigualdad y las rela
ciones de dominio que reinan en la sociedad civil. En esta,
de hecho, los propietarios de los medios de producción, de
los capitales y de la tierra, ejercen un verdadero dominio
sobre quienes, al carecer de ellos, se hallan en la imposibi
lidad literal de reproducir su propia vida y, por consiguien
te, están obligados a vender, reduciéndose a «mercancía»,
su propia fuerza-trabajo, que los capitalistas adquieren en
tanto y en cuanto produzca para ellos una plusvalía, esto
es, sólo si los proletarios trabajan más de lo necesario para
reproducir los instrumentos de producción y sus medios de
subsistencia. Si se entienden los derechos políticos, a la
manera liberal clásica, tan sólo como una garantía de los
derechos privados y de las libertades de mercado, entonces,
esos derechos se convierten en una cobertura ilusoria de la
desigualdad real.
Por su parte, las perspectivas democrático-radicales (y
Marx pone como ejemplo a Robespierre) les atribuyen un
significado mucho más amplio a los derechos políticos: la
igualdad política se convierte en resorte para poner en en
tredicho la desigualdad social, a través de medidas tales
como la nivelación de las propiedades, el reconocimiento
del derecho al trabqjo, u otras semejantes (precisamente lo
que temía un liberal como Constant). La contradicción en
tre igualdad política y desigualdad social se manifiesta, en
este caso, en el intento de adecuar las condiciones sociales
al principio de la igual soberanía de los ciudadanos, incom
patible tanto con la existencia de la pobreza como con una
marcada desigualdad de las posesiones, tal como lo mostró
Rousseau. Sin embargo, la solución democrático-jacobina
no es menos defectuosa, a los ojos de Marx, que la liberal:
mientras esta última acepta y reconoce francamente la de
sigualdad de la sociedad, la superación de la desigualdad
que pretende el jacobinismo aparece como ilusoria. El esta-
167
do político no puede eliminar las desigualdades de la socie
dad civil, ni las relaciones de dominio que conllevan, por
que él mismo no es sino la otra cara complementaria de la
sociedad civil desigual que le sirve de fundamento: el esta
do político no puede eliminar las desigualdades de la socie
dad civil sin eliminarse, a la vez, a sí mismo como estado
político separado. Por consiguiente, la contradicción entre
igualdad política y desigualdad social sólo puede superarse
eliminando los dos términos contrapuestos y complemen
tarios, esto es —como escribe Marx en su juventud, en la
crítica de la filosofía del derecho hegeliana—, a través de
una democracia integral que ya no sea únicamente políti
ca, sino que instaure la comunidad humana a partir del ni
vel del trabajo y la efectiva reproducción de la vida, y no só
lo en un ámbito político, abstracto y yuxtapuesto a las desi
gualdades reales contra las cuales no tiene poder alguno.
Así pues, en la concepción de Marx, la revolución elimi
na la antítesis entre sociedad civil y estado político, refun
dando la comunidad humana a partir de la libre asociación
de los productores; y esto implica la extinción del poder po
lítico como dimensión separada de aquella en la que se rea
liza la efectiva reproducción de la vida de los individuos.
Marx y Engels trazan las líneas de esta transformación en
el Manifiesto del Partido Comunista de 1848: gracias a la
conquista de la democracia, el proletariado se adueña del
poder político y lo utiliza como resorte para eliminar la pro
piedad capitalista de los medios de producción y, de este
modo, las diferencias de clase. Una vez que estas, tras una
etapa de conflictos y de «intervenciones despóticas», sean
superadas y la producción haya vuelto a las manos de los
individuos asociados, «el poder público perderá su carácter
político». En efecto, «el poder político, en el sentido propio
de la palabra, es el poder organizado de una clase para la
opresión de otra»;42 una vez superada la contraposición en
tre las clases, no habrá más necesidad de un poder político
separado de la sociedad.
Este es, en líneas generales, el esquema teórico, pero las
cosas se toman mucho más complicadas cuando se entra
en el terreno de la historia efectiva: ¿cuál es la relación en
42 K. Marx y F. Engels, Manifestó del Partito Comunista, en Opere com
plete, op. cit., vol. VI, Roma: Editori Riuniti, 1973, pág. 506.
168
tre las luchas por la democracia que tienen lugar en Euro
pa en 1848, especialmente violentas en Francia, y el cami
no de la revolución social? Para Marx, debe tratarse de una
relación de estrecha sucesión y continuidad: el proletaria
do participa en la revolución democrática y la sostiene con
su fuerza, pero su programa es impedir que la revolución
se detenga, tomarla permanente, haciendo que la revolu
ción democrática se prolongue en la revolución social —a
sabiendas de que en este recorrido los intereses del proleta
riado llegarán necesariamente a chocar con los de la bur
guesía, como lo mostró el episodio de 1848 en Francia, del
que Marx resalta, como aspecto central, la represión de la
insurrección obrera parisina de junio por las fuerzas bur
guesas—.
La revolución de 1848 en Francia se cierra, en diciem
bre de 1851, con el golpe de estado de Luis Bonaparte. Tras
su derrota en Sedan, en 1870, durante la guerra franco-
prusiana, hay un nuevo episodio insurreccional, la Comu
na de París (1871). Esta, más allá de sus escasas posibili
dades de éxito, da ocasión a Marx de reflexionar nueva
mente sobre la cuestión del estado político: Marx considera
a la Comuna como el esbozo de una organización política
novedosa, que se distingue de la democracia representati
va burguesa en cuanto el poder es ejercido directamente
por el pueblo, en el nivel local, o bien mediante delegados,
los cuales reciben salarios de obreros, pueden ser revoca
dos en cualquier momento y son sometidos a un mandato
perentorio por sus electores.43 En definitiva, la Comuna
parece dar cuerpo por primera vez a la idea de Marx de que
el estado debe dejar de ser un órgano que pese sobre la so
ciedad, con su burocracia, sus costos y sus privilegios; el es
tado, por el contrario, tiene que estar estrictamente subor
dinado a la sociedad, la cual debe organizarse en la mayor
medida posible como autogobierno.
En 1875, por último, al discutir el programa elaborado
por el congreso de unificación de la socialdemocracia (Go-
tha, 22 al 27 de mayo de 1875),44 Marx precisa un aspecto
43 K. Marx, La guerra civile in Francia, en K. Marx y F, Engels, Opere
scelte, Roma: Editori Riuniti, 1966, págs. 908 y sigs.
44 K. Marx, Critica al programma di Gotha, en K. Marx y F. Engels,
Opere scelte, op. cit., págs. 951-75.
169
adicional de su modo de entender la transformación revo
lucionaria de la sociedad: en la primera etapa de la socie
dad colectivista, fundada en la propiedad común de los me
dios de producción, la distribución de los bienes seguirá el
principio de «a cada cual según su trabajo»; en la etapa más
madura de la sociedad comunista, en cambio, una vez que
las fuerzas productivas y la riqueza colectiva se hayan de
sarrollado más allá de cualquier posibilidad imaginable, la
sociedad podrá finalmente regirse por un principio más li
bre y elevado: «de cada cual según sus capacidades, a cada
cual según sus necesidades». Se alcanza así, sin duda, el
momento de más audaz utopía del pensamiento de Marx;
no obstante, las mayores dificultades de su teoría no deri
van quizá de este exceso de impulso utópico^ sino de un pro
blema más estructural: su visión de una sociedad entendi
da como libre asociación de los productores implica, en rea
lidad, una suerte de des-diferenciación respecto de las com
plejas estructuras de las esferas de la sociedad moderna.
Por consiguiente, pese a su extraordinario potencial crítico,
su visión aparece como incapaz de incluir en su horizonte
teórico la dinámica de evolución creciente, complejización y
diferenciación que parece caracterizar a los procesos de
desarrollo de las sociedades humanas. Así pues, la impor
tancia de la teoría de Marx no reside en los resultados que
de ella derivan, sino en la cuestión de fondo que él plantea
con fuerza y radicalidad, acerca de la relación entre la de
mocracia política y su base económica y social.
170
Tareera parte. Conceptos y teorías
de la filosofía política
6. Conceptos de la teoría política
1. Algunas premisas
Una mirada de amplio alcance sobre el pensamiento po
lítico, tal como se ha desplegado en el mundo contempo
ráneo, nos muestra tres grandes ejes conceptuales, es de
cir, tres grandes conceptos políticos: liberalismo, democra
cia y socialismo. Proponemos ahora una reflexión sobre es
tos tres grandes polos, por cuanto en tomo a ellos se desa
rrolló la trama de la política y la teoría política de los dos
últimos siglos. En términos de Giovanni Sartori, «liberalis
mo y democracia, junto con socialismo y comunismo, son
las etiquetas que compendian la lucha política de los siglos
XIX y XX. Ninguna de estas etiquetas es clara, aun cuando
la menos comprendida es la primera (liberalismo) y la que
puede aclararse más fácilmente es la última (comunis
mo)».1
A esta altura correspondería recordar que la lucha polí
tica, en el siglo XX, tuvo también otros protagonistas más
temibles: piénsese tan sólo en el fascismo y el nazismo.
Más allá de toda otra posible consideración, nos limitare
mos a señalar que hay al menos una razón muy clara para
que no nos ocupemos de ellos aquí: los conceptos de libera
lismo, socialismo y democracia tienen un marcado conteni
do normativo, y están presentes aún hoy, con mayor o me
nor éxito, en la discusión pública de las sociedades demo
cráticas. Afortunadamente, no se puede decir otro tanto de
las ideologías políticas de la derecha reaccionaria del siglo
XX, que por otra parte sólo en muy raros casos alcanzan el
estatuto de algo que pueda considerarse filosofía.
¿Por qué afirmamos que liberalismo, socialismo y de
mocracia son los tres conceptos políticos fundamentales de1
1G. Sartori, Democrazia: cosa é, Milán: Rizzoli, 2000, pág. 195.
173
la modernidad? Por dos motivos: en primer lugar, porque
se desarrollan principalmente a partir de la época de las
revoluciones burguesas y, en segundo lugar, porque se los
puede entender como lecturas diversas, y por cierto que
también antagónicas, de una única raíz común, el principio
moderno de igual libertad.
El principio de igual libertad es el basamento de las
modernas declaraciones de derechos. En el Bill ofRights
de Virginia (1776), por ejemplo, se lee: «all men are by na-
ture equally free and independent»; la más célebre enun
ciación de derechos, la Declaración de los derechos del hom
bre y del ciudadano de 1789, reza en su artículo primero:
«Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en de
rechos».2
En la base de la modernidad política está, pues, el prin
cipio de igual libertad, al cual Étienne Balibar, en su obra
Las fronteras de la democracia, ha designado «la proposi
ción de egaliberté».3 La modernidad política, como vimos
cuando nos ocupamos del paradigma contractualista, se
funda en el supuesto de que entre los hombres no hay rela
ciones de subordinación natural, o de señorío y servidum
bre. Desde esta perspectiva, existe un vínculo de reciproci
dad entre igualdad y libertad, de manera que para explici-
tar el significado moderno de uno de estos términos debe
mos hacer referencia de algún modo al otro. Y, sin embargo,
como señala Balibar, la proposición de egaliberté es una
suerte de núcleo del que parten muchas posibles interpre
taciones, incluso en conflicto entre sí. Por tanto, antes de
trazar un sintético cuadro de lo que hemos individualizado
como las grandes teorías políticas de la modernidad, es
conveniente que nos detengamos en el núcleo generador
del que todas ellas proceden, esto es, el concepto de libertad
y sus diversas interpretaciones.
174
2. E l concepto m oderno de libertad
Como ya hemos dicho, partimos de la tesis de fondo de
que liberalismo, democracia y socialismo constituyen las
tres maneras típicamente modernas de interpretar los
principios de libertad e igualdad, los cuales, por decirlo así,
representan el código genético de la modernidad política.
Por consiguiente, se podría hacer coincidir el análisis del
concepto de libertad con la delineación de las vicisitudes de
este concepto en el conflicto de las grandes ideologías políti
cas modernas. Antes nos parece oportuno, sin embargo, ex
poner algunas premisas esenciales, casi deflnitorias, para
aclarar el mapa de las interpretaciones del concepto de
libertad que se han sucedido en los dos últimos siglos.
Desde un punto de vista analítico y determinante, es po
sible trazar ante todo algunas coordenadas básicas. En pri
mer lugar, el concepto de libertad política ciertamente no
coincide con el de libertad en sentido metafísico: se podría
sostener tal vez que el concepto de libertad política presu
pone el muy complejo concepto de libertad en sentido meta-
físico (como posibilidad de tomar de manera autónoma la
determinación de efectuar una acción libre);4*pero es nece
sario distinguir ambos conceptos. El concepto de libertad
política se refiere a cómo es libre el hombre en el orden po
lítico y social. Así pues, el problema del concepto político de
libertad es qué significa ser libres en el momento en que se
actúa en el contexto de las relaciones de interacción con
otros hombres, las cuales están sujetas a leyes jurídicas,
morales y de costumbres que imponen diversas clases de
vinculaciones a la acción de cada cual.
En la discusión del concepto de libertad ha tenido par
ticular aceptación la tesis de que podrían formularse, por
así decir, dos definiciones fundamentales, a las que se pue
de concebir ya sea como definiciones alternativas del con
cepto de libertad (es decir, tales que si una es verdadera la
otra es falsa, y viceversa), ya sea como aclaraciones de di
versos aspectos del concepto de libertad, entendiendo que
este contendría dos momentos distintos, esenciales ambos
4 Para una útil presentación de la discusión analítica sobre estos temas,
véase La lógica delta libertá, al cuidado de M. de Caro, Roma: Meltemi,
2002.
175
para su precisa delincación. Aludimos, como el lector ya
habrá comprendido, a la ya clásica dicotomía entre libertad
negativa y libertad positiva, lúcidamente ilustrada en los
escritos de Norberto Bobbio y de Isaiah Berlín.5
La definición de libertad que privilegia el sentido nega
tivo del término fue formulada, en los albores del pensa
miento político moderno, por Hobbes:6 para Hobbes, la li
bertad consiste específicamente en la ausencia de impedi
mentos externos para que un hombre haga lo que quiera.
Así pues, para este teórico primero y fundamental, libertad
es libertad negativa: ausencia de impedimentos externos,
no-impedimento. En este sentido de libertad, el hombre
que paga una deuda para no terminar preso, dice Hobbes,
cumple una acción libre, porque ningún impedimento físi
co le prohibía retener para sí lo que debía a otro. Ahora
bien, este primer sentido de libertad negativa nos remite
nuevamente, en realidad, al concepto de libertad que he
mos denominado «metafísico»; de hecho, desde el punto de
vista de la interacción en una sociedad política, no tendría
sentido decir que yo soy libre de no pagar mis deudas, esto
es, libre de hacer algo que la ley me prohíbe: lo que está
prohibido por las leyes es justamente aquello que (en el
sentido político del término «libertad») no somos libres de
hacer. ¿Cuál es, pues, el sentido del concepto de libertad en
el ámbito de la sociedad política? También acerca de esto es
muy clara la respuesta de Hobbes: puesto que las leyes re
gulan necesariamente una parte de las acciones de los súb
ditos, y no la totalidad (porque a tal fin se requeriría un nú
mero infinito de leyes), la libertad reside en actuar siguien
do la propia voluntad en todas las cosas que la ley intencio-
6 De N. Bobbio véanse especialmente, entre sus numerosas contribucio
nes sobre este tema, Política e cultura, Turín: Einaudi, 1955, págs. 160 y
sigs., y Eguaglianza e liberta, Turín: Einaudi, 1995; léase además el ensa
yo de M. Bovero, Liberta, en Alia ricerca delta política. Voci per un diziona-
rio, al cuidado de A. D’Orsi, Turín: Bollati Boringhieri, 1995, págs. 33-52;
de I. Berlin léase el clásico Quattro saggi sulla libertá (1969), traducción
italiana, Milán: Feltrinelli, 1989. Sobre la discusión en torno a la tesis de
Berlin, cf. L'idea di libertá, al cuidado de I. Cárter y M. Ricciardi, Milán:
Feltrinelli, 1996, y el reciente escrito de G. Cadoni, «Su un celebre saggio
d’Isaiah Berlin», 11pensiero político, XXXV, n° 2,2002, págs. 302-19. Para
un panorama general del concepto de libertad, véase el opúsculo de M.
Barberis, Liberta, Bolonia: II Mulino, 1999.
6 T. Hobbes, Leviatano, op. cit., pág. 205.
176
fiadamente omitió regular, y se pone en práctica, por ejem
plo, dice Hobbes, en «la libertad de comprar, vender y cele
brar otros contratos unos con otros, elegir la propia vi
vienda, la propia comida, el propio modo de vida» o la ma
nera de educar a los hijos.7 Cuanto más amplio es el ámbi
to de las acciones que la ley ha omitido regular, tanto ma
yor es la libertad (no metafísica, sino política y social) de los
individuos.8
En sentido «negativo», entonces, libertad es la posibili
dad del individuo de disponer de sí mismo con un mínimo
de interferencia de los poderes públicos y de los demás in
dividuos. Los defensores de la libertad negativa, como afir
mó Berlin, uno de sus más convencidos sostenedores, no
están interesados en el problema de «quién debe mandar»,
sino en una cuestión completamente distinta: «¿en qué ám
bitos soy yo dueño y puedo actuar sin interferencias de los
demás?». Hay tanta más libertad negativa, pues, cuanto
más extendida es el área en la que los individuos se gobier
nan por sí mismos, sin tener que rendir cuentas a nadie de
sus elecciones.
Los teóricos de la libertad positiva, en cambio, concen
tran su reflexión precisamente en aquellos aspectos que la
conceptualización negativa de la libertad deja en la som
bra. En primer lugar, ponen el acento en esa pregunta que,
desde la perspectiva de la libertad negativa, aparecía en
sustancia como secundaria: ¿quién debe mandar? ¿Quién
debe ser autor de las normas indispensables para asegurar
una ordenada interacción social? La más clara y original
concepción de la libertad positiva es la de Rousseau: ser li
bres no significa, ciertamente, gozar de los espacios de ac
ción que las normas nos dejan, sino ser los autores de esas
normas mismas: no obedecer a otras leyes sino a aquellas
que nosotros mismos hemos elaborado .9 Claramente, a par
tir de este primer concepto de libertad positiva se desarro
lla la teoría democrática.
7 Ibid., pág. 208.
8 Es este un concepto que, como recuerda Bobbio en Eguaglianza e liber
tá, op. cit., pág. 47, se encuentra también en Locke (Segundo tratado, § 22)
y en Montesquieu (El espíritu de las leyes, XII, 2).
9 J.-J. Rousseau, Contralto sociale, op. cit., pág. 98.
177
Hay, sin embargo, otros aspectos que el concepto negati
vo de la libertad deja en la sombra. Uno de los más relevan
tes tiene que ver, para decirlo de manera muy sencilla, con
los recursos y las oportunidades efectivas. En esta perspec
tiva, la atención se centra en la siguiente pregunta: ¿tiene
sentido afirmar que soy libre de elegir mi comida, o de com
prar y vender lo que quiero, si, por ejemplo, no dispongo del
dinero necesario para adquirir comida ni cualquier otro
bien? ¿En qué sentido es libre de comprar quien carece, de
hecho, de los recursos necesarios para ello? Se hace posible
así formular un segundo concepto de libertad positiva, dis
tinto del que indicamos en primer término: en este segundo
sentido, ser positivamente libres significa disponer de los
medios y de los recursos que nos permitan gozar efectiva
mente de las libertades que la ley nos atribuye, de modo
que no queden como letra muerta. Es este el concepto que
encontraremos en las teorías socialistas.
Parece evidente que el segundo concepto de libertad po
sitiva es más problemático y complejo que el primero; pero
puede distinguirse incluso de un tercer concepto, tal vez el
más problemático de todos, muy semejante al que Berlín
pone como blanco de su impugnación en su célebre ensayo
sobre los Dos conceptos de libertad. En este tercer sentido,
ser libres significa no sólo obedecer a normas de las que no
sotros mismos somos autores, sino a normas que sean ex
presión de nuestra voluntad racional, no de una mera vo
luntad arbitraria, que podría tal vez dejarse guiar por mo
tivaciones equivocadas o irracionales. Ser libres, en este
sentido, significa obedecer a las normas de la razón y así,
paradójicamente, podría querer decir también obedecer a
normas que contradicen nuestra empírica, arbitraria y
acaso irracional voluntad. Desde el punto de vista de este
tercer concepto de la libertad positiva (que, por otra parte,
curiosamente aprecia, dentro de ciertos límites, incluso un
estudioso típicamente liberal como John Gray),10 no resul
ta contradictorio afirmar, con Rousseau, que alguien puede
ser «obligado» a ser libre.
Una vez delineados así, aunque de manera sumaria,
algunos posibles modos de entender la libertad, la reflexión
10 Cf. J. Gray, Liberalismo (1986), traducción italiana, Milán: Garzanti,
1989.
178
se enfrenta con una elección entre diversas opciones posi
bles: por un lado, se puede avanzar, más o menos decidida
mente, hacia la afirmación de que el «verdadero» concepto
de libertad es uno solo, mostrando la inconsistencia o la in
coherencia de quienes se oponen al concepto que se defien
de (esta era, a mi juicio, la intención originaria de Berlín,
quien de alguna manera la corrigió posteriormente). Como
alternativa, se puede aceptar la polisemia del concepto de
libertad, como punto de partida de una reflexión que en
tienda la libertad como una realidad multidimensional, de
varias facetas, todas ellas relevantes aunque no igualmen
te importantes, pues algunas constituyen, por así decir,
territorios limítrofes donde la reflexión sobre la libertad se
tom a más problemática, arriesgada e incierta. Sin preten
der profundizar aquí semejantes análisis, que por otra
parte volverán de manera más concreta cuando examine
mos el liberalismo, el socialismo y la democracia, creo que
hace falta formular al menos un comentario.
La más sólida distinción conceptual (la distinción entre
libertad negativa como no-impedimento y libertad positiva
como obediencia a las leyes que nosotros mismos hemos
elaborado) se puede aclarar más, superando la poco perspi
cua idea del no-impedimento, si se la formula así: la liber
tad negativa requiere que las leyes dejen amplio espacio
para que los individuos tomen decisiones por sí solos; la li
bertad positiva requiere que los individuos mismos sean
autores de las leyes, esto es, requiere que la colectividad de
los ciudadanos tome las decisiones al menos sobre una se
rie de cuestiones fundamentales. La libertad negativa
quiere maximizar el ámbito de las decisiones privadas; la
libertad positiva reivindica decisiones colectivas. Ahora
bien, si las cosas son efectivamente así, la confrontación
entre los sostenedores de los antagónicos conceptos de li
bertad se plantea de la siguiente manera.
En primer lugar, parece innegable que la autolegis-
lación democrática acrecienta la libertad de los individuos;
de hecho, no les arrebata la libertad de que gozan en el ám
bito en que las leyes callan, sino que les atribuye otra adi
cional: la de concurrir a la determinación de las leyes.
En segundo lugar, sin embargo, los sostenedores de la
libertad negativa podrían responder que nadie querría per
tenecer a una colectividad democrática de legisladores que
179
legislase incluso sobre los aspectos más insignificantes o
privados de la vida del individuo: sería difícil hablar de li
bertad si las decisiones colectivas se ejerciesen en cual
quier ámbito y sin limitaciones.
Sin negar la validez de esta objeción, los sostenedores
de la libertad positiva podrían, a su vez, argumentar lo si
guiente: suponiendo que se deba poner un límite a los ám
bitos que las decisiones colectivas pueden regular, ¿quién
tendría competencia para fijarlo? ¿No deberían ser los pro
pios ciudadanos quienes lo fijaran, de modo que, una vez
más, se trataría del firuto de decisiones colectivas? ¿No im
plica esto, entonces, reconocer nuevamente la primacía de
la libertad positiva, entendida como autolegislación, res
pecto de la libertad negativa?
El debate podría continuar; por el momento, nos basta
con resaltar el punto al que hemos llegado: no nos parece
defendible la pretensión de identificar un aspecto del con
cepto de libertad con la «verdadera» interpretación del con
cepto mismo. Más atendible parece la idea de que el come
tido de la teoría política es construir una visión que refleje
lo mejor posible los diversos aspectos del concepto de liber
tad; no obstante, hay que tener presente que no se trata en
absoluto de una tarea que se pueda dar por descontada,
pues las diversas dimensiones de la libertad pueden estar
en conflicto entre sí, por lo cual no está asegurado que se
las pueda aunar en un horizonte coherente. La confronta
ción entre las ideologías políticas de los dos últimos siglos
puede interpretarse, justamente, como una confrontación
entre interpretaciones de la libertad en conflicto; con esta
clave de lectura pasaremos a describir ahora algunas lí
neas que nos parecen esenciales.
3. Liberalismo
Aunque se lo utilice continuamente (sobre todo en tiem
pos recientes, en los que ha recobrado auge), el concepto de
liberalismo es uno de los más difíciles de definir de manera
unívoca. Incluso en la época de su apogeo, el liberalismo
—ha escrito Harold Laski— nunca fue «un conjunto orgá
nico de doctrinas y experiencias»; contribuyeron a su desa
180
rrollo «comentes doctrinarías de tan diverso origen que la
claridad se tom a difícil, y la precisión, acaso inalcanza
ble».11 Hay una infinidad de clases de liberalismos (Sebas
tiano Mafiettone distingue quince en la introducción a un
estudio suyo sobre el tema);1112 reconducirlos a un mínimo
denominador conceptual es empresa dificilísima, y ya pa
rece bastante afirmar, retomando una afortunada idea wit-
tgensteiniana, que entre los diversos liberalismos cabe, a lo
sumo, poner en correspondencia algunas vagas «semejan
zas de familia».
No obstante, si queremos seguir sirviéndonos del con
cepto (y al parecer no es tan fácil prescindir de él), es inevi
table que intentemos determinar su significado.13 Tarea
ardua sin duda, por cuanto, ya en el plano puramente lé
xico, la situación es más intrincada que en el caso de otros
conceptos políticos.
La primera cuestión que se plantea, desde el punto de
vista léxico, concierne a la distinción o la identidad de sig
nificado entre liberalismo y «liberismo», término italiano
sin equivalentes exactos en otras lenguas. Esta distinción
fue reivindicada especialmente por Benedetto Croce en
una célebre discusión con Luigi Einaudi, economista libe
ral y «liberista».14 La tesis de Croce al respecto era muy
11 H. Laski, Le origini del liberalismo europeo, traducción italiana, Flo
rencia, 1971, págs. 2-3.
12 S. Maflettone, Fondamenli filosofici del liberalismo, en R. Dworkin y
S. Maflettone, I fondamenli del liberalismo, Roma-Bari: Latcrza, 1996,
pógs. 129-30.
13 Como lo subraya, por ejemplo, G. Bedeschi en la Advertencia a la se
gunda edición de su Storia del pensiero liberóle, Roma-Bari: Laterza,
1992. Entre los intentos de ofrecer una visión global del liberalismo pue
den leerse, con provecho, J. Cray, Liberalismo, op. c i t R. Cubeddu, Atlan
te del liberalismo, Roma: Ideazione, 1997 (ambas obras están muy cerca de
la perspectiva de Hayek); P. P. Portinaro, Profilo del liberalismo, publicado
a continuación del ensayo de B. Constant, Sulla liberta degli antichi, para-
gonata a quella dei modemi, Hirín: Einaudi, 2001, págs. 37-158. Recuér
dese también la clásica obra de G. de Ruggiero, Storia del liberalismo
europeo (1925), Roma-Bari: Laterza, 1995.
14 Los textos de la polémica, junto con otros que la ilustran, se hallan en
B. Croce y L. Einaudi, Liberismo e liberalismo, al cuidado de P. Solari, M¡-
lán-Nápoles: Ricciardi, 1957. Para una reflexión reciente sobre el tema «li
beralismo y “liberismo”», que tiende a archivar este debate como algo per
teneciente al pasado, cf. R. Cubeddu, Atlante del liberalismo, op. cit., págs.
113 y sigs.
181
clara: el «liberismo» es una doctrina que se sitúa en el ám
bito económico, para afirmar las virtudes del libre comercio
y criticar los límites que se le quieran imponer, en tanto
que el liberalismo se sitúa en un ámbito distinto, ético y po
lítico, y por tanto es teóricamente compatible con una con
cepción no «liberista», incluso socialista, de la economía.15
La cuestión de la legitimidad de la distinción no es pues
tan sólo léxica, sino que pone de relieve (prescindiendo in
cluso de la particular concepción que Croce tenía del libera
lismo)16 uno de los problemas de fondo que debe enfrentar
quien intente una dilucidación del liberalismo: ¿en qué me
dida una elección liberal implica un posicionamiento en fa
vor de la propiedad privada, de su libre disponibilidad, y de
la libertad de intercambiar en el mercado los propios bie
nes y el propio trabajo?
Delicados problemas léxicos surgen también si dirigi
mos la atención a un área cultural distinta de la italiana,
como es Estados Unidos. Aquí, el adjetivo inglés liberal in
dica una concepción del liberalismo muy diferente de la
que podríamos indicar como liberalismo clásico, tradicio
nal o «liberista». Incluso, algunos estudiosos contemporá
neos llegan hasta el punto de afirmar que los liberáis nor
teamericanos son algo diverso de la tradición liberal: según
Sartori, ellos son los socialistas de un país sin socialismo;17
para Cubeddu, el término inglés liberal da lugar a un enor
me equívoco,18 porque el pensamiento que en Estados Uni
dos se denomina liberal, aunque incluye algunos valores
del liberalismo,19 pertenece en sustancia a una corriente
distinta, democrática y social, que en Europa se definiría
como socialdemócrata. Por tanto, los liberáis no guardan
correspondencia, según Cubeddu, con el liberalismo tal
como él lo entiende; por ejemplo, en un pensamiento como
el de Rawls, calificado de liberal en Estados Unidos, se teo
riza un derecho al justo reparto de los principales bienes
sociales, que implica necesariamente un estado interven
15 Cf. B. Croce, Etica e política, op. cit., págs. 266-7.
16 Sobre este tema, véase la crítica de N. Bobbio, Benedetto Croce e il li
beralismo, en Política e cultura, op. cit., págs. 211-68.
17 G. Sartori, Democrazia: cosa é, op. cit., pág. 206.
18 R. Cubeddu, Atlante del liberalismo, op. cit., pág. 91.
19 Ibid., pág. 95.
182
cionista y parece, pues, contradecir algunos principios del
liberalismo clásico.
En el extremo opuesto a los liberáis se sitúa, en cambio,
lo que en Estados Unidos recibe la denominación de liber-
tarianism (que se asemeja mucho al «liberismo» italiano,
aun cuando «libertario» nos hace pensar más bien en anár
quico), que en sustancia es una teoría del estado mínimo
(como la propuesta por Robert Nozick) o tendiente a cero.
La extrema radicalización de esta posición es el llamado
anarco-capitalismo, que defiende la libertad de mercado y
sustenta la convicción de que se pueden también mercanti-
lizar todas las principales funciones del estado.20
Así pues, incluso desde el punto de vista léxico, la cues
tión de identificar el núcleo de lo que denominamos libera
lismo resulta por demás complicada. Ciertamente, los sos
tenedores de algunas concepciones específicas del liberalis
mo pueden ser propensos a excluir de este último a aque
llos que defienden interpretaciones opuestas. El estudioso
que se sitúa como espectador de estos debates halla más
productivo considerar liberales, de manera aproximada,
todas las posiciones que se autodefmen como tales, para in
dagar sus características comunes y así estructurar con
ceptualmente esas semejanzas de familia que a primera
vista parecen vagas y confusas.
En mi opinión, una buena propuesta para aclarar esta
cuestión es adoptar como guía algunas líneas bastante
simples. En primer lugar, el concepto de liberalismo puede
aclararse por diferencia: lo que a mi entender aproxima en
tre sí las numerosas posiciones liberales, más allá de sus
profundas diferencias, es que dan mayor importancia a los
derechos de los cuales los individuos deben gozar, y menor
relieve a su participación en los procesos de decisión colec
tiva y de autogobierno. Considero, pues, que un primer
punto aclaratorio consiste en distinguir las posiciones libe
rales de las democráticas: mientras estas últimas dan má
ximo relieve a los derechos al autogobierno, para las posi
ciones liberales la relación se invierte, y los derechos al au
togobierno o bien están decididamente subestimados (co
20 Uno de los exponentes más conocidos de esta corriente es M. Roth-
bard; entre los numerosos textos suyos traducidos al italiano, véase ¡¿etica
dalla liberta. Macérala: Liberilibri, 1996.
183
mo en Hayek), o bien constituyen tan sólo un aspecto, nun
ca primario, del conjunto de derechos que la comunidad po
lítica debe garantizar a los individuos.
Todas las posiciones liberales comparten, pues, la idea
de que la función esencial del estado es garantizar los dere
chos de los individuos que, aunque no están decididamente
anclados en una ley natural o racional, aunque no preexis
ten al estado, tienen igualmente primacía en relación con
las elecciones de la política y las decisiones de la democra
cia: tales derechos constituyen, sobre todo, un límite de la
política y una vinculación que las decisiones democráticas
deben de cualquier modo respetar. Por otra parte, los as
pectos que diferencian a las posiciones liberales son, a mi
entender, principalmente dos, muy entrelazados: la valora
ción de la democracia y la de la justicia económico-social.
Así, establecida la primacía y centralidad de los derechos,
algunas posiciones liberales (tal es el caso, por ejemplo, de
Hayek y de Gray) sostienen que una sociedad libre puede
formarse incluso en ausencia de democracia, y consideran
a esta última más una amenaza que una salvaguardia de
las libertades; otras, en cambio (piénsese en Rawls), acep
tan plenamente la democracia, y dejan aparte las reservas
«liberales» en su contra.
Una polaridad análoga se registra en lo que concierne al
juicio acerca de las estructuras económico-sociales: en un
extremo están quienes, como Hayek y Nozick, sostienen
que la distribución más justa de la riqueza es la que resulta
de la competencia regulada de los sujetos en el mercado; en
el extremo opuesto se ubican, en cambio, quienes piensan
que entre los derechos que deben ser asegurados a todos es
tá también el de gozar, en una medida más o menos iguali
taria, del acceso a los bienes sociales más importantes.
Si atendemos al espectro de posiciones que así se va de
lineando, podemos comprobar que los dos criterios de dis
tinción principales tienden con frecuencia a coincidir: quie
nes menos confían en la democracia son también aquellos
que creen más decididamente en una sociedad de mercado;
quienes tienen menos reservas hacia la democracia son
también, a menudo, los mismos que consideran irrenuncia-
bles los derechos a una justa distribución social. Sin em
bargo, no es necesario que sea así: como señala un liberal
radicalmente igualitario como lo es Philippe Van Parijs, la
184
afirmación de amplios derechos de justicia social podría re
querir también estrictos límites para la democracia, por
cuanto las decisiones de la mayoría democrática podrían
ser desfavorables a estos derechos.21
Sobre la base de estas primeras consideraciones, al pa
recer se puede llegar, en lo relativo a la definición del libe
ralismo, al siguiente resultado. Pertenecen sustancialmen
te al liberalismo todas las posiciones que comparten la
tesis de la primacía y la centralidad de los derechos, enten
didos como límites para lo que el estado o la democracia
pueden imponer a los ciudadanos; la diferenciación de los
numerosos liberalismos está dada principalmente por dos
factores: la actitud más o menos abierta hacia la democra
cia y la manera como se interpretan los derechos económi
cos y sociales. Respecto de este último aspecto, encontra
mos en un extremo a quienes defienden la inviolabilidad de
los derechos de propiedad y la legitimidad excluyente de
las transacciones de mercado, y en el otro, a quienes tienen
la convicción de que entre los derechos irrenunciables está
el que garantiza a todos determinada cuota de bienes so
ciales, aun a expensas de los más acomodados. Entre am
bos extremos del liberalismo propietario y el liberalismo so
cialista hay, naturalmente, muchísimas posiciones inter
medias. Pero importa subrayar que incluso el liberalismo
socialista e igualitario (recuérdese, por ejemplo, a Van Pa-
rijs) no deja de ser liberalismo, en cuanto considera el dere
cho a determinados bienes o subvenciones como un de
recho fundamental de libertad, que debería prevalecer en
principio sobre las decisiones democráticas.
Como hemos comenzado a mostrar, lo que desde nues
tro punto de vista caracteriza a un enfoque que pueda de
nominarse liberal es la fundamentación de la convivencia
social en individuos dotados de derechos: derechos conside
rados innatos, inalienables o inviolables, en el sentido de
que los individuos no podrían renunciar a ellos aunque qui
siesen. Estos derechos constituyen un límite infranqueable
para las leyes públicas. El principal rasgo que caracteriza
al liberalismo es, justamente, la convicción de que la finali-
21 Cf. P. Van Parijs, Lajustice et la démocratie sont-elles incompatibles?,
en Sauver la solidarité, París: Éditions du Cerf, 1995, págs. 27-60.
185
dad de las leyes públicas es salvaguardar los derechos in
discutibles de los individuos, es decir, asegurarles un ámbi
to protegido de intrusiones, sea de otros individuos, sea de
los poderes públicos.
En términos de quien es verdaderamente un clásico ex
ponente del punto de vista liberal, Benjamin Constant, hay
«una parte de la existencia humana que necesariamente
permanece individual e independiente, y está, de derecho,
fuera de toda competencia social. La soberanía no existe
sino de manera limitada y relativa. Allí donde empieza la
independencia de la existencia individual, cesa la jurisdic
ción de esta soberanía».22
Por lo tanto, los individuos son considerados, desde la
perspectiva liberal, como poseedores de derechos sobre los
cuales el cuerpo político no puede decidir, sino que debe li
mitarse a salvaguardarlos. Como ya se lee en el Bill o f
Rights de Virginia (1776), los individuos tienen «derechos
innatos» de los que no podrían privarse aunque quisiesen;
estos derechos implican «el goce de la vida, de la libertad,
mediante la adquisición y posesión de la propiedad, y la
persecución y obtención de la felicidad y la seguridad».23
Así pues, en el liberalismo la sociedad política surge
(lockeanamente) para confirmar y asegurar los imprescrip
tibles derechos del individuo: libertad de la persona, liber
tad de religión y de pensamiento, libertad de disponer del
propio trabajo y de los propios bienes. Como también se lee
en la Constitución revolucionaria francesa de 1793, «el go
bierno se establece para garantizar al hombre el goce de
sus derechos naturales e imprescriptibles. Estos derechos
son la igualdad, la libertad, la seguridad, la propiedad».24
Ahora bien, la salvaguardia de los derechos de los indi
viduos requiere que se pongan límites muy precisos al ejer
cicio del poder político soberano: el soberano no puede ya
concebirse como quien está por encima de las leyes, como
legibus solutus\ por el contrario, en el estado de derecho, el
ejercicio del poder debe estar sometido a la ley de manera
rigurosa, así como lo están los comportamientos de todo
ciudadano. Es preciso domar la ilimitada y absoluta sobe
22 B. Constant, Principi di política, op. cit., pág. 123.
23 Cf. Le corte dei diritti, op. cit., pág. 45.
24 Ibid., pág. 131.
186
ranía hobbesiana, para reconducirla a límites precisos; si
no fuese así, fallaría el objetivo de la sociedad política, pues
de ningún modo podría el individuo considerar garantiza
dos sus derechos. En la tradición del liberalismo, por tanto,
la teoría de los derechos inalienables combina con la del es
tado de poderes limitados: «Garantía de los derechos y con
trol de los poderes son los dos rasgos característicos del es
tado liberal».25 Y la garantía de que el poder soberano no se
transforme en poder despótico surge fundamentalmente
de la división de poderes, de la que ya encontramos una
teorización en Locke, y con posterioridad especialmente en
Montesquieu y el constitucionalismo que le siguió, el cual
deriva en gran medida de las reflexiones sobre la división
de los poderes en la Constitución inglesa, desarrolladas en
el libro XI del Esprit des Lois. En la Constitución federal
norteamericana de 1787 se halla justamente plasmado un
sistema constitucional en el que los diversos poderes, «to
dos ellos intrínsecamente limitados», están «dispuestos de
modo que puedan y deban frenarse unos a otros, utilizando
las técnicas del equilibrio que la tradición inglesa aún po
nía a disposición».26
Junto con la tesis de la primacía de los derechos indivi
duales y la que propugna la necesidad de limitar y dividir
el poder público, para que nadie pueda hacer uso de él de
manera arbitraria e incontrolada (poniendo en peligro esos
derechos que, en calidad de bien primero, deben ser salva
guardados), hay otra serie de tesis que se ubican en tomo a
este núcleo duro del pensamiento liberal y son discutidas
de distintas maneras, como vimos, por los pensadores que
se inscriben en esta línea.
Fundamental es, sin duda, la negativa a evaluar la bon
dad de un orden político a partir de una concepción sustan
tiva del bien común: desde este punto de vista, los grandes
representantes del liberalismo, como Kant y Mili, argu
mentan en contra de toda forma de patemalismo político
(aunque no todas las concepciones sustantivas sean nece-
25 N. Bobbio, Política e cultura, op. cit., pág. 168.
26 M. Fioravanti, Costituzione, Bolonia: II Mulino, 1999, pág. 105. Sobre
Montesquieu y el constitucionalismo se leen aún con provecho las páginas
del estudioso ligado a la Escuela de Frankfurt, F. Neumann, Lo stato de
mocrático e lo stato autoritario (1957), traducción italiana, Bolonia: 11 Mu-
lino, 1973, págs. 181-241.
187
sanamente paternalistas), defendiendo la idea de que todo
individuo tiene derecho a buscar su propio bien o felicidad
de la manera que juzgue mejor, y que no debe impedírselo
una autoridad política que pretenda enseñarle cuál es su
verdadero bien. En el liberalismo contemporáneo, como
por ejemplo el de Rawls, este principio es reformulado en
términos de una «prioridad de lo justo sobre el bien».
De aquí se sigue, directa o indirectamente, la idea, sur
gida en el ámbito de la economía de mercado, de que la
competencia entre individuos propia de la sociedad indivi
dualista no es un aspecto criticable, del cual podría liberar
se una sociedad mejor, sino una manera extraordinaria
mente eñcaz para desarrollar al máximo los talentos y las
capacidades de los individuos, generando beneficios no sólo
para quienes en la competencia resultan los más capaces,
sino, por reflejo, también para la sociedad entera, que apro
vecha sus frutos de una manera más o menos mediata.
Acompaña a menudo a la idea de competencia, en el pensa
miento liberal, su complemento necesario, esto es, la idea
de la igualdad de oportunidades, que puede a su vez enten
derse de muchas maneras distintas, con diversos grados de
exigencia.
Junto con estos temas, en muchas perspectivas libera
les aparece la concepción del estado como una suerte de
mal necesario. En efecto, el estado implica, en todos los ca
sos, que el individuo debe obedecer a un poder ajeno; si esto
es verdad, la autoridad y las competencias del estado de
ben limitarse al máximo, deben ser reducidas a lo verdade
ramente indispensable, para minimizar el área en la cual
el individuo no es dueño de sí mismo. Algunas versiones
del liberalismo agregan la idea de que la participación polí
tica no es un bien en sí, pero tiene cierto valor como instru
mento para garantizar y conservar las fundamentales li
bertades privadas.
De lo expuesto hasta aquí sobre la galaxia de los libera
lismos nos parece que se puede extraer la siguiente conclu
sión: algunas tesis de fondo, como las de la primacía de los
derechos individuales, la limitación del poder público, el
rechazo de la idea sustantiva del bien común y del patema-
lismo político, forman un núcleo que funciona como un pa
pel de tornasol y nos brinda un criterio para ubicar una teo
ría dentro o fuera del ámbito del liberalismo. Otras tesis,
188
algo periféricas respecto de este núcleo, pueden estar pre
sentes o no en posiciones que se definen como liberales.
Hay, por último, otros temas, como el del papel que debe
darse a la libertad de mercado o (del lado opuesto) a la
igualdad de recursos o de bienes primarios, respecto de los
cuales los liberalismos, sin dejar de ser tales, difieren radi
calmente, de modo que en un extremo podemos encontrar
el «liberalismo propietario» de Hayek o de Nozick, y en el
otro extremo, el liberalsocialismo27 de Hobhouse, de Ros-
selli, de Calogero, y en cierto sentido también de Rawls, en
su Teoría de la justicia.
4. Socialismo
El concepto de socialismo no es menos ambiguo y elusi
vo que el de liberalismo,28 y esto, debido, no en último tér
mino, a que para entender sus lincamientos esenciales hay
que ampliar la perspectiva más allá de la extraordinaria
influencia histórica del marxismo: el socialismo, en rea
lidad, tiene una larga historia anterior al marxismo y pos
terior a este, de manera que, si queremos enfocarlo como
concepto político, debemos intentar captar su núcleo esen
cial, o incluso común.
Creo que no es desatinado afirmar que el núcleo genera
dor del socialismo es fundamentalmente negativo o critico:
el socialismo «en estado naciente», del que encontramos las
primeras manifestaciones ya en la edad de las Luces o in
cluso antes, constituye una crítica, inspirada esencialmente
en principios morales, dirigida a la propiedad privada y a la
desigualdad social que la acompaña. El socialismo es una
negación de la desigualdad social, una protesta contra esta
y su ilegitimidad, y contra sus manifestaciones antropoló
gicas (egoísmo, rapacidad, acumulación), con vistas a la
27 Sobre el liberalsocialismo, cf. la recopilación al cuidado de M. Bovero,
V. Mura y F. Sbarberi, I ditemmi del liberalsocialismo, Roma: La Nuova
Italia Scicntífica, 1994, como también la obra de F. Sbarberi, L’utopia del
ta liberta eguale, T\irín: Bollati Boringhieri, 1999.
28También J.-P. Thomas remarca la dificultad para definir «socialismo»,
en la entrada «Socialisme» del Dictionnaire de phUosophie politiquc, al
cuidado de P. Raynaud y S. Riáis, París: PUF, 1997.
189
constitución de una sociedad más justa y más igualitaria,
que muchos socialistas intentan proyectar o describir, ha
ciéndose así merecedores del reproche de utopismo por
parte de Marx.
Si se consideran las ideologías socialistas en estado na
ciente, no hay una diferencia fundamental entre socialis
mo y comunismo; hay más bien algunos principios de fon
do, que comienzan a definirse y precisarse en las corrientes
más radicales e igualitarias de la Revolución Francesa,
como la encabezada por Graco Babeuf. Estos principios de
fondo se reducen en lo sustancial a unas pocas tesis bási
cas, que Filippo Buonarroti, en su Conjura para la igual
dad, expone así: «la naturaleza ha dado a todo hombre un
derecho igual al usufructo de todos los bienes». «La finali
dad de la sociedad es defender esta igualdad».29 Así, radi
calizando las tesis de la Revolución Francesa, el socialismo
sostiene como punto de partida que la afirmación de que
todos los hombres son iguales en derechos debe entenderse
en el sentido más amplio, coherente y abarcador: esto es,
no tan sólo referida a derechos de libertad y derechos
políticos, sino también al derecho de acceso a los bienes y a
los recursos. Si los hombres son iguales en derechos, con
igual título les corresponde el derecho de usufructuar los
bienes naturales y los beneficios de la cooperación social,
con la única condición de que no le hagan faltar su aporte.
Estos principios son expuestos, en las primeras décadas
del siglo XIX, por escritores políticos inspirados en Babeuf
y Buonarroti. Por ejemplo, en la Declaración de los dere
chos del hombre y del ciudadano, redactada en 1832 por Al-
bert Laponneraye, se puede leer: «Los derechos principales
del hombre son los de proveer a la conservación de la exis
tencia y de la libertad». «Estos derechos pertenecen por
igual a todos los hombres, sea cual fuere la diversidad de
sus fuerzas físicas y morales». «La sociedad tiene obliga
ción de proveer a la subsistencia de todos sus miembros».30
Encontramos los mismos conceptos en la obra sobre la
cuestión social escrita en 1840 por el babuvista Jean-Jac-
29 F. Buonarroti, Congiura per Ueguaglianza o di Babeuf, al cuidado de
G. Manacorda, TVirín: Einaudi, 1946, págs. 277 y 279.
30 A. Laponneraye, Dichiarazione dei diritti dell'uomo e del cittadino
(1832), traducción italiana en II socialismo prima di Marx, al cuidado de
G. M. Bravo, Roma: Editori Riuniti, 1966, págs. 152-60.
190
ques Pillot: «La humanidad, formada por seres absoluta
mente idénticos, no puede admitir primeros ni últimos,
grandes ni pequeños, poderosos ni débiles, orgullosos ni
humildes. La sociedad tiene pues el cometido de dar a cada
miembro el mayor bienestar posible, asegurándole la satis
facción de sus verdaderas necesidades; y a cambio de este
beneficio, cada cual debe poner todas sus facultades al ser
vicio de la sociedad, para el bienestar de todos».31
Así pues, desde el punto de vista socialista, los talentos
y las capacidades no constituyen títulos para apropiarse de
una cuota mayor de bienes ni de recursos; como escribe Ca-
bet en su Viaje a Icaria (1840), «el talento y el genio son re
sultado de la educación que la sociedad imparte, y el hom
bre de talento nada sería sin la sociedad».32 En la misma
línea de pensamiento, sostiene Proudhon en Qué es la pro
piedad: «el talento es una creación de la sociedad mucho
más que un don de la naturaleza; es un capital acumulado
y quien lo recibe no es sino su depositario».33 Lo que carac
teriza al socialismo es, pues, una concepción cooperativa y
solidarista del vínculo social: puesto que el individuo, con
sus talentos y capacidades, es en gran medida un resultado
de la cooperación social, hacia la cual es deudor en muchos
sentidos, no puede alegar entonces un derecho absoluto
sobre lo que produce con su trabajo o con su talento, sino
que tiene deberes hacia la sociedad, así como derechos en
relación con ella: la distribución de los frutos de la coope
ración social debe inspirarse, por tanto, en principios soli-
daristas, en primer lugar el principio de distribuir según
las necesidades, como si, en términos del protocomunista
Cabet, todos hubiesen suscripto «un seguro general mutuo
contra todo accidente y contra toda adversidad*.34
En la base del socialismo hay, pues, una idea fuerte de
la cooperación social y una concepción solidarista de la jus-
31 J.-J. Pillot, Né casteüi né capanne (1840), traducción italiana en II so
cialismo prima di Marx, op. cit., pág. 407.
32 Citado por G. M. Bravo en II socialismo prima di Marx, op. cit., pág.
490.
33 P.-J. Proudhon, Che cos'é la proprietá (1840), traducción italiana, Ro-
ma-Bari: Laterza, 1974, pág. 203.
34 Citado por G. M. Bravo en ll socialismo prima di Marx, op. cit., pág.
480.
191
ticia y de la libertad de los hombres. El socialismo se funda,
por tanto, en supuestos éticos y normativos que, si bien se
mira, se pueden hallar incluso en la teoría de Marx,35 la
cual, según su contenido explícito, rehuye toda relación con
la ética o con las concepciones de la justicia.
¿Cómo es posible transferir esta inspiración de fondo a
una estructura social nueva, que supere la injusticia y la
desigualdad que siempre han reinado entre los hombres? A
propósito de esto, los socialistas premarxistas comparten
ampliamente algunas indicaciones básicas: proponen la
abolición de la propiedad privada y la generalización del
derecho al trabajo, la planificación coordinada de la vida
social y económica, y la superación de la anarquía del mer
cado, a la que debería acompañar, en el plano antropológi
co, una gradual superación del egoísmo y del impulso ra
paz hacia las ganancias, que deberían dejar cada vez más
espacio para un sentimiento solidario de comunidad y fra
ternidad.
Con la pretensión de alejarse por completo de las escue
las socialistas que los precedieron, Marx y Engels, en el
Manifiesto del Partido Comunista, les reprochan su uto-
pismo. Sin embargo, por más resistencias que manifieste
con respecto a este punto, Marx no puede evitar delinear,
de una manera no muy alejada de la de sus predecesores,
cuáles deberían ser las instituciones de sostén de una so
ciedad justa, más allá del capitalismo: ella requiere la so
cialización o estatalización de los grandes medios de pro
ducción y de intercambio, y la sustitución de la anarquía de
mercado por la producción planificada, esto es, en sus
tancia, la colectivización de la economía. No es este, pues,
el punto esencial que marca el alejamiento de Marx res
pecto del utopismo. Ese alejamiento consiste más bien en
que Marx intenta mostrar cómo se puede alcanzar una so
ciedad justa más allá del capitalismo; por tanto, restando
importancia a lo que consideraba fútiles recetas para la co
cina de los tiempos venideros, se concentra en el estudio
científico del capitalismo, con sus dinámicas y sus contra
dicciones, por cuanto sólo a través de estas, y no en un ám-
35 Para un análisis de la concepción de la libertad y de la justicia en
Marx, véase Marx in America. Individui, etica, scelte nazionali, al cuidado
de S. Petrucciani y F. S. Trincia, Roma: Editori Riuniti, 1993.
192
bito de meras instancias morales, puede iniciarse una
perspectiva de superación.
Marx profundiza la reflexión sobre el tema del socialis
mo en las notas críticas que escribe, en 1875, como comen
tario del proyecto de programa que había preparado el con
greso de reunificación de la socialdemocracia alemana.
Aquí, Marx entiende por socialismo (como primera etapa
de la sociedad comunista) una sociedad colectivista basada
en la propiedad común de los medios de producción y en el
principio «A cada cual según su trabajo»; y lo considera co
mo una forma de cooperación social aún defectuosa que
será superada, en la etapa más elevada y rica del comunis
mo, por una forma de cooperación basada en el principio
superior: «Cada cual según sus capacidades, a cada cual se
gún sus necesidades».36
Con el «revisionismo», que se desarrolla aproximada
mente a partir de 1899, cuando Eduard Bernstein compila
algunos de sus escritos bajo el título Los presupuestos del
socialismo y las tareas de la socialdemocracia,3 7 la opción
socialista es presentada nuevamente en la clave de una
tensión ética de inspiración kantiana, desde la perspectiva
de un desarrollo gradualista; el socialismo «revisionista» se
caracteriza por una serie de opciones: rechazo de la idea de
la revolución como acto violento y «puntual» (siguiendo la
línea de lo que ya había sostenido tardíamente Engels en el
Prólogo de 1895 a Las luchas de clases en Francia, de
Marx); identificación del socialismo con el progreso de los
trafagadores en el marco de la democracia; rechazo de una
interpretación extremista, maniquea o catastrofista de la
sociedad y de la economía, en favor de una interpretación
más dúctil, que reconoce las potencialidades de desarrollo
del capitalismo, el papel de las clases medias y de los cam
pesinos, el crecimiento de los consumos, la expansión del
capitalismo con el acdonaríado distribuido, etc.; atribución
de una gran importancia no sólo al movimiento cooperati
vo, sino también al desarrollo de la democracia administra
tiva, municipal y local, y al crecimiento de los servicios so
ciales (instrucción, sanidad, etc.); transposición del fin so
36 K. Marx, Critica al programma di Gotha, op. cit., pág. 962.
37 E. Bernstein, / presupposti del socialismo e i compiti delta socialde-
mocrazia, traducción italiana, Roma-Bari: Laterza, 1974.
193
cialista a un horizonte cada vez más alejado e indefinido,
que hay que esperar pacientemente (attentisme) concen
trándose en los progresos sociales posibles de vez en vez
(con el célebre eslogan: «el fin no es nada, el movimiento es
todo»).
Las vicisitudes de la socialdemocracia alemana del pri
mer tramo del siglo XX llegan a su término, de manera na
da gloriosa, con el voto que expresa en favor de los créditos
de guerra al estallar el primer conflicto mundial.
La experiencia socialdemócrata se reanudará, sobre
bases distintas, en la segunda posguerra. Los pilares de la
política socialdemócrata tal como se la conoció en las últi
mas décadas del siglo XX son, esencialmente: defensa del
derecho al trabajo y políticas para la ocupación; afirmación
de los derechos de los trabajadores en el lugar de trabajo
(en primer término, la limitación del horario); provisión de
servicios sociales esenciales a los ciudadanos mediante el
desarrollo del Welfare State (educación, sanidad, construc
ción, transportes); expansión de la democracia incluso en
sus formas autonómicas, locales y participativas; emanci
pación de la mujer.
La opción alternativa es la que dará paso a la iniciativa
política de Lenin, quien, contraponiéndose al binomio so
cialdemócrata de una ortodoxia como trasfondo y una polí
tica reformista en los hechos, iniciará con la Revolución de
Octubre una nueva etapa de la historia mundial, de Euro
pa y más aún del Tfercer Mundo. Erigiéndose como únicos
intérpretes capaces de convertir en iniciativa política la
enseñanza de Marx, los partidos comunistas surgidos del
proceso desencadenado por la Revolución Soviética, fruto a
su vez de la hecatombe de la gran guerra, se disponen a
construir un socialismo que a partir de determinado mo
mento se tom a socialismo de estado, basado, por una par
te, en la colectivización económica y, por la otra, en el poder
de un partido único y, por consiguiente, en la negación de
un verdadero pluralismo político.
Sin embargo, ahora que ha bajado el telón del terrible
espectáculo de las luchas políticas que signaron el siglo XX,
la dificultad o la aporía fundamental del socialismo, no sólo
como experiencia histórica, sino también como concepto
político, se pone de manifiesto con absoluta claridad: el so
cialismo de estado construido por los comunistas, enfren-
194
tando sin duda enormes dificultades internas y externas,
no logró mantener sus promesas de liberación de los hom
bres, y se derrumbó a causa de la combinación de una fuer
te presión externa, una ineficiencia económica cada vez
más evidente y una necesidad de libertad que había dejado
insatisfecha. El socialismo democrático tuvo que renunciar
a sus más ambiciosos objetivos de transformación social,
situándose de manera «realista» como el ala izquierda de la
democracia, empeñada en poner un dique al dominio del
mercado y las consiguientes desigualdades, llamando a
respetar algunos deberes mínimos de solidaridad social,
que a esta altura, al menos en el mundo cristiano y occiden
tal, pocos se atreven a rechazar abiertamente.
La trama histórica del socialismo, que marcó profunda
mente el desarrollo social de los últimos ciento cincuenta
años, es por tanto algo paradójica: por un lado, no se realizó
la transformación social planeada, ni de manera gradual y
progresiva ni en forma de ruptura revolucionaria. La aspi
ración a que el hombre pudiese tomar en sus manos los
destinos de su historia, gobernar la economía con los ins
trumentos de la planificación, se ha quebrado frente a sus
propias dificultades y frente a las adversas circunstancias
externas; el sueño del «hombre nuevo» fue derrotado por
una antropología «posesiva» de pertinaz resistencia. Pero,
por otro lado, los movimientos socialistas y comunistas in
cidieron profundamente, no sólo en las estructuras sociales
(atravesadas por conflictos que generaron más justicia,
más igualdad, más democracia), sino también en las ideas
y en las ideologías más difundidas. Sin la URSS y su desa
fío no hubiésemos tenido un personaje extraordinario como
Roosevelt, ni a Beveridge y el desarrollo del Welfare State.
Y en el plano de la teoría política se puede afirmar con cer
teza, por ejemplo, que gracias al impacto del socialismo el
valor de la igualdad, no sólo en cuanto a los derechos de li
bertad, sino también en el acceso a los bienes primarios y a
los recursos fundamentales, hoy es reconocido incluso en
las más avanzadas teorías liberales, como, por ejemplo, las
de John Rawls o Ronald Dworkin. El éxito del que goza el
liberalismo en la actualidad se debe también a que muchos
de sus exponentes supieron incorporar instancias socialis
tas e igualitarias que los mejores representantes del libera
lismo clásico, como Tocqueville, decididamente rechaza
195
ban. Creemos, por tanto, que se puede afirmar que la crisis
del socialismo como acción y teoría política no arrastra con
sigo los principios de igualdad, justicia y solidaridad social
que constituyen su inspiración primera y más auténtica;
con estos principios se confronta también la reflexión polí
tica actual, al menos en cuanto son un componente y una
natural extensión de la democracia.
Recientemente, John Roemer ha delineado una útil ac
tualización de esta cuestión en su interesante obra Un fu
turo para el socialismo: según Roemer, el principio socialis
ta es el que afirma que, en una sociedad justa, todos los in
dividuos deben tener iguales oportunidades de autorreali-
zación y bienestar, influencia política y estatus social. Al
gunos de los términos utilizados en esta propuesta pueden
parecer problemáticos, como, por ejemplo, el de autorreali-
zación. Roemer aclara que él entiende por autorrealización
un concepto que, entre otras cosas, hunde sus raíces en el
pensamiento de Marx, y significa «el desarrollo y la aplica
ción del talento de un individuo de la manera adecuada pa
ra dar significado a su vida».38 El otro concepto poco deter
minado, en la sucinta definición de Roemer, es el de igual
dad de oportunidades, que introduce en el discurso socia
lista un tema cuyo código genético es originariamente libe
ral. Sobre este punto han de bastar aquí dos brevísimas
consideraciones: al decir que lo que debe igualarse no son
la autorrealización y el bienestar, sino las oportunidades
de autorrealización y bienestar, se subraya que persiste
una responsabilidad del individuo por sí mismo, de la que
ni siquiera la sociedad más solidaria puede eximirlo. En se
gundo lugar, el concepto de igualdad de oportunidades pue
de quedar indeterminado (aunque debería necesariamente
incluir contenidos imprescindibles, como, por ejemplo, el
de la educación para todos); es suficiente aclarar, al respec
to, que las interpretaciones socialistas de este concepto se
rán, en todos los casos, mucho más exigentes que las inter
pretaciones liberales clásicas que de él se formulen.
Empero, si se entiende el socialismo como criterio o
principio, una consecuencia inmediata es que no se lo iden
tifica con determinado modelo de sociedad o con ciertas ins-
38 J. E. Roemer, Un futuro per il socialismo (1994), traducción italiana,
Milán: Feltrinelli, 1996, pág. 17.
196
tituciones específicas, como, por ejemplo, la propiedad pú
blica de los medios de producción; el socialismo se sitúa en
un nivel de abstracción tnás alto respecto de cualquier elec
ción concreta, y deja abierto así el problema de individuali
zar los mejores y más apropiados instrumentos para alcan
zar los objetivos socialistas, sean esos instrumentos la pro
piedad pública, el socialismo de mercado que discute Roe
mer, la economía mixta con un marcado gravamen redistri
butivo, u otro. Todos estos sistemas pueden ser igualmente
válidos en principio (algo similar a lo que encontraremos
en la Teoría de la justicia de Rawls), con tal que permitan
alcanzar los fines que los socialistas se proponen.
Ahora bien, un segundo punto merece también nuestra
atención: si aceptamos el enfoque de Roemer, los socialis
tas quieren que los individuos tengan iguales oportunida
des de autorrealización y bienestar e iguales oportunida
des (democráticas) para influir en las decisiones públicas.
¿Es posible aspirar a ambas cosas a la vez? Como sostiene
Philippe Van Parijs en un interesante ensayo, titulado jus
tamente La justice et la démocratie sont-elles incompati
bles?, «la relación entre democracia y justicia, lejos de una
armonía preestablecida, es, por el contrarío, altamente
problemática».39
Por una parte, en efecto, no se puede ser socialista sin
ser democrático: las decisiones que atañen a la autorrea
lización y el bienestar de los individuos tienen que ser obra
de los propios individuos, y ciertamente no es posible con
fiarlas a un gobierno de «guardianes» benévolos y autocrá-
ticos. Pero, por otra parte, si se acepta el principio demo
crático de que los ciudadanos deben tener iguales oportuni
dades de influir sobre las decisiones públicas, ¿cómo se les
podrá negar el derecho de tomar decisiones que vayan en
sentido opuesto al que parece deseable para los socialistas?
Así pues, si se lo define según la interesante propuesta de
Roemer, el socialismo se configura como el esfuerzo por en
contrar un punto de equilibrio, que es por fuerza siempre
difícil y precario, entre dos valores esenciales que, si bien
se refieren el uno al otro, permanecen diferenciados. Por lo
demás, partiendo de un horizonte de teoría democrática, se
llega a conclusiones similares: por un lado, no se puede ser
39 Cf. Van Parijs, Sauver la solidarité, op. cit.
197
democrático sin experimentar cierta inclinación hacia ins
tancias socialistas, pues la igualdad de oportunidades de
influir sobre las decisiones públicas implica algún grado de
igualdad social (de otro modo prevalecerá siempre la in
fluencia de los más ricos y poderosos); pero esto significa,
justamente, imponer límites precisos a esas elecciones de
mocráticas que en otro sentido fueron adoptadas como va
lor fundamental. Así, el tema del socialismo se entrelaza
estrechamente con el de la democracia, si al menos se la en
tiende, como ahora veremos, en una de las que pueden
considerarse sus versiones «exigentes».
5. Democracia
Si bien en la época moderna fue Rousseau su lejano pro
genitor, la teoría democrática se desarrolló lentamente en
los dos últimos siglos, así como fue lenta y relativamente
reciente, entre fines del siglo XIX y mediados del siguiente,
la afirmación en Europa de las instituciones fundamenta
les de la democracia, sobre todo el sufragio universal.
Aun cuando el concepto de democracia también se pres
ta a interpretaciones marcadamente divergentes, en prin
cipio admite una definición bastante clara; en tanto que el
liberalismo requiere la igualdad de los derechos individua
les, y el socialismo, la igualdad de la autorrealización y el
bienestar, el principio de la democracia es la igualdad polí
tica dentro de una comunidad (un demos), esto es, la parti
cipación igualitaria de todos los ciudadanos adultos en las
decisiones políticas que son vinculantes para todos.
La democracia invierte, pues, la idea (que caiga con un
ilustre pasado, a partir de Platón) de que sólo algunos hom
bres, los más calificados o los más sabios, tienen derecho a
tomar las decisiones políticas. ¿Cómo se justifica, entonces,
el principio de la igualdad democrática? En la tradición de
pensamiento que se remonta a Rousseau, y es retomada
por uno de los más grandes teóricos de la democracia del
siglo XX, Hans Kelsen, la democracia se funda en el con
cepto de libertad entendida en sentido positivo: si los hom
bres deben vivir sometidos a las leyes coercitivas de un es
tado, la única opción para que no pierdan su libertad es que
198
ellos mismos sean los autores de esas leyes. Si hemos de
ser mandados, «queremos serlo por nosotros mismos».40 La
democracia considerada desde esta perspectiva se asocia
inmediatamente con el principio de la mayoría: puesto que
queremos ser capaces de decidir, no podemos esperar cada
vez hasta haber alcanzado la unanimidad; elegiremos pues
el principio de la mayoría, en cuanto minimiza el número
de quienes deben obedecer a leyes a las que no han dado su
asentimiento. Por otra parte, en los grandes estados, el
principio de la mayoría se une al principio parlamentario,
basado en la ficción de la representación; este constituye,
en realidad, un compromiso práctico necesario entre la exi
gencia de libertad como autogobierno y una indispensable
división del trabajo.
Desde la perspectiva de Robert A. Dahl, uno de los prin
cipales teóricos democráticos contemporáneos, Injustifica
ción de la democracia tiene un desarrollo algo distinto: no
parte de la libertad, sino de la idea de igualdad. La demo
cracia se basa en la idea de la igualdad entre los hombres,
entendida como la «igual consideración que hay que tener
hacia el bien y los intereses de cada persona»;41 la idea de
igualdad se traduce, por ende, para Dahl, en un principio de
igual consideración de los intereses: los intereses de un ciu
dadano valen tanto como los de cualquier otro; este princi
pio no impone una especial carga de demostración, porque
resultaría muy difícil argumentar de manera convincente
la tesis opuesta de que se deben privilegiar los intereses de
algunos a expensas de los de otros. Si al principio de igual
consideración le añadimos lo que Dahl denomina presun
ción de autonomía personal («en ausencia de una clara de
mostración en contrario, cada cual debería ser considerado
como el mejor juez de su propio bien o de sus propios intere
ses»),42 dispondremos de lo necesario para sostener la tesis
de que no hay mejor gobierno que el democrático: «Si el
bien o los intereses de cada uno deben tener igual peso, y si
cada adulto es, en general, el mejor juez de su propio bien o
199
de sus propios intereses, entonces, todos los miembros
adultos de una asociación están, en conjunto, suficiente
mente calificados para participar en las decisiones colecti
vas vinculantes que influyen en su bien o en sus intereses,
esto es, están calificados para ser de pleno derecho ciuda
danos del demo».43
Así pues, si se parte de un supuesto de igualdad entre
los hombres, la democracia resulta justificada por cuanto
constituye la mejor manera de salvaguardar igualitaria
mente los intereses de todos, mediante su participación en
las decisiones colectivas. Las soluciones alternativas, como
la de confiar la protección de los intereses de todos a un
déspota benévolo, o a un gobierno platónico de sabios «cus
todios», proporcionan ciertamente menos garantías que las
que puede ofrecer la solución democrática, siempre imper
fecta y mejorable.
La manera en que se justifica a la democracia influye,
naturalmente, sobre la forma de las distintas teorías de la
democracia;44 en aras de la simplicidad, nos limitaremos a
distinguir tres opciones teóricas: la democracia como «mé
todo», la teoría realista de la democracia y, por último, la
que se podría caracterizar como teoría «dinámica», o bien,
retomando una idea de Macpherson, la «democracia de de
sarrollo».
200
mocracia cuando se satisfacen las condiciones siguientes:
1) un muy elevado número de ciudadanos participan en las
decisiones colectivas de manera directa o indirecta; 2) es
tán vigentes las reglas de decisión (en primer término, la
regla de la mayoría); 3) los ciudadanos tienen la posibilidad
de elegir entre alternativas reales y disponen de las liber
tades (de expresión, de reunión, de asociación) necesarias
para que estas alternativas puedan elegirse con cierto gra
do de conciencia, esto es, tras haber sido propuestas, ilus
tradas y discutidas en el debate público.45
En el pensamiento del siglo XX, el jurista y filósofo del
derecho Hans Kelsen (1881-1973) fue el más grande teóri
co de la democracia como método para decidir. Para Kel
sen, la democracia implica, ante todo, como presupuesto
teórico de fondo, el abandono de la creencia en una verdad
absoluta o en un bien absoluto (como el que orientaba, por
ejemplo, al pensamiento de Platón); la democracia presu
pone, en sustancia, el relativismo.46 Como forma de esta
do, la democracia se basa en la idea rousseauniana de la li
bertad como autogobierno: en la interpretación kelseniana,
el núcleo de la idea de democracia reside en la idea de li
bertad (transformada en soberanía popular), y no en la
idea de igualdad,47 a menos que se la entienda como sim
ple igualdad de derechos políticos. No pertenecen necesa
riamente a la democracia, entonces, contenidos específicos
de igualdad social; antes bien, para Kelsen, la democracia
es «un método de creación del orden social»48 que no afirma
nada sobre cómo debe estructurarse este orden de manera
concreta.
Kelsen, preocupado por distinguir entre ideologías y
realidad, subraya reiteradamente que la democracia facti
ble en los estados modernos constituye (debido, ante todo, a
la mediación parlamentaria) una realización muy limitada
de la idea de democracia como autogobierno. No obstante,
la idea de fondo sigue siendo que las decisiones políticas
deben atribuirse de algún modo a la voluntad de los ciuda-
201
danos, aunque medien los partidos y el parlamento. Por es
to mismo, Kelsen elabora un modelo de democracia con ca
racterísticas muy precisas: primacía del parlamento res
pecto del ejecutivo; preferencia por el sistema proporcional,
más representativo, en comparación con el mayoritario;
necesidad de no entender las decisiones como mera expre
sión de la voluntad de la mayoría, sino más bien como un
compromiso entre mayoría y minoría, algo que las reglas y
los procedimientos parlam entarios hacen necesario a
menudo, y que para Kelsen siempre es deseable, pues las
decisiones políticas deben ser, en la mayor medida posible,
fruto de las voluntades de los ciudadanos y de sus intere
ses, con la mediación indispensable de la asociación en par
tidos. «Está claro que el individuo aislado no tiene existen
cia real alguna desde el punto de vista político, al no poder
ejercer una influencia real sobre la formación de la volun
tad del estado. La democracia sólo puede existir, entonces,
si los individuos se agrupan según sus afinidades políticas
[...] de modo que entre el individuo y el estado se introdu
cen formaciones colectivas tales como partidos políticos,
que condensan las iguales voluntades de los individuos».49
La hostilidad hacia los partidos, sostiene Kelsen, es, en
definitiva, hostilidad hacia la democracia.50
Por otra parte, para Kelsen, una mejor comprensión del
valor del método democrático para alcanzar decisiones co
lectivas sólo es posible si se tiene presente la composición
de la sociedad moderna, atravesada por ásperos conflictos
de intereses y, sobre todo, de clases: en un muindo fractura
do por severos conflictos de clase, como el de las primeras
décadas del siglo XX, la democracia (a la manera en que la
entiende Kelsen, es decir, ampliamente representativa y
orientada al compromiso) es el único método para controlar
el antagonismo de manera pacífica, impidiendo que dege
nere (como efectivamente ocurría en el mundo que rodeaba
a Kelsen) en guerra civil.
202
5 .2 . La teoría realista de la democracia
Mientras Kelsen mantiene aún, al menos como punto
de partida, la referencia rousseauniana de la teoría demo
crática, las teorías realistas, comenzando por la de Schum-
peter, abandonan por completo este vínculo y se inclinan a
pensar la democracia según el modelo del mercado. Ajuicio
de Schumpeter, ya no son aceptables los supuestos que ser
vían de fundamento para la que él denomina «teoría clási
ca de la democracia», de inspiración rousseauniana: no
existe un bien común hacia el cual puedan orientarse las
diversas voluntades individuales a fin de determinar una
voluntad general; además, en el estado moderno no es po
sible atribuir a la voluntad de los individuos, como sujetos
políticos, las características de autonomía y racionalidad51
necesarias para convertirlos en autónomos sujetos de
decisiones: la voluntad del ciudadano se reduce a poco más
que «un haz confuso de vagos impulsos, que actúan según
eslóganes y equívocas impresiones».52
Retomando, pues, en algunos aspectos, el planteamien
to elitista de Mosca y de Pareto, Schumpeter rompe con la
concepción tradicional de la democracia, que prevé una di
rección ascendente de la voluntad política desde abajo ha
cia arriba, e invierte decididamente el sentido del vector
político: no es la voluntad de los ciudadanos lo que determi
na, a través de diversas mediaciones y representaciones, la
decisión política (como aún sostenía Kelsen). Al contrario:
el primer actor en escena son las élites políticas, y el con
senso de los ciudadanos es la apuesta de la lucha competi
tiva que estas élites entablan para conquistarlo. La demo
cracia puede entonces definirse, a esta altura, de la mane
ra siguiente: «el método democrático es un instrumento
institucional para alcanzar decisiones políticas, que otorga
a los individuos el poder de decidir a través de una compe
tencia cuyo objeto es el voto popular».53
Las opciones políticas, como enseñaba la teoría de las
élites, están siempre en manos de pequeños grupos que tie-
51 J. A. Schumpeter, Capitalismo, socialismo, democrazia (1954), tra
ducción italiana, Milán: Etas Libri, 1984, pág. 242.
52 Ibid., pág. 342.
53 Ibid., pág. 257.
203
nen el poder de tomar decisiones; pero, a diferencia de las
formas de poder autocrático, es característico de la demo
cracia que entre estas élites se instale una competencia se
mejante a la lucha competitiva de los empresarios para
conquistar consumidores; la competencia tiene como obje
to, en este caso, conquistar el voto de los ciudadanos. Así co
mo la competencia nunca es perfecta en el mercado, tam
poco lo es en el mercado político, y hasta puede a veces, en
mayor o menor medida, ser alterada, distorsionada, resul
tar incluso fraudulenta. De todos modos, habrá democracia
mientras haya una mínima competencia y los electores
tengan la posibilidad de no votar a un gobierno que haya
traicionado sus expectativas, provocando así su caída.
Dado que la función del voto popular no es convertir en
decisiones políticas la voluntad de los electores, sino mera
mente (y pasivamente) aceptar determinado liderazgo, no
hay razón para preferir, como lo hacía Kelsen, un sistema
electoral proporcional. Es más, si el problema es solamente
el de dar la investidura a determinado liderazgo (reserván
dose tan sólo el derecho de quitársela en el caso de que se
revele insatisfactorio), el sistema mayoritario parece mu
cho más funcional.54 En sustancia, la función del ciudada
no democrático se reduce en forma considerable: sólo tiene
que decidir quién debe ser el líder. Empero, en el momento
en que se llama a los ciudadanos a expresar su parecer, la
suerte ya está echada en el ámbito de los partidos, los cua
les son, conforme a Schumpeter, grupos «cuyos miembros se
proponen actuar concertadamente en la lucha por el poder
político». Si esta es su naturaleza desde un punto de vista
«realista», entonces, se comprende el hecho, de otro modo
inexplicable, de que partidos distintos e incluso opuestos
adopten programas de una similitud más que llamativa:55
su función, en esta concepción de la democracia, no es otra
que la de conquistar la aprobación de un elector medio; este
puede ser intelectualmente evolucionado en el ámbito de
sus negocios o su profesión, pero cuando se expresa en el te
rreno político, donde no tiene conocimientos de primera
mano ni preparación científica, manifiesta inevitablemen
te comportamientos infantiles y primitivos.
54 Ibid., pág. 260.
55 Ibid., pág. 269.
204
Schumpeter sustenta una concepción de la democracia
(de la cual Danilo Zolo efectúa una eficaz y sintética críti
ca)56 que se aproxima en algunos aspectos a la de Giovanni
Sartori, quien destaca también que el verdadero poder del
electorado es, más que nada, el de «elegir quién lo goberna
rá»,57 en tanto que Anthony Downs fue quien desarrolló la
analogía entre mercado y democracia, especialmente en su
Teoría económica de la democracia,58 Desde su punto de
vista, aunque parezca paradójico, las preferencias de los
votantes y las de los representantes son completamente
distintas: los votantes están interesados en los programas
políticos y la utilidad que puedan tener; los representan
tes, en cambio, no se interesan por los programas en cuan
to tales, sino sólo en cuanto instrumentos para obtener vo
tos (que es el objetivo de la confección de los programas).
De aquí se genera el llamado resultado del elector «medio»:
los representantes que compiten tienden a presentar pla
taformas políticas convergentes y superponibles con la que
prefiere el elector «medio». Cabe señalar que la hipótesis
«ultrarrealista» de que a los candidatos les es completa
mente indiferente el producto que ofrecen ha despertado
críticas, que ponen de relieve diversas dificultades de una
concepción de la democracia que la reduzca a mercado.59
Al profundizar su análisis de la democracia real, Robert
Dahl destaca su carácter pluralista: fue Dahl quien acuñó
el término «poliarquía», para referirse a las democracias de
numerosos países de Occidente que se caracterizan por la
difusión de los derechos políticos (desde el sufragio univer
sal hasta la libertad de expresión), múltiples fuentes de in
formación alternativas y libertad de asociación, esto es, el
derecho de los ciudadanos a «construir asociaciones y orga
nizaciones relativamente independientes, así como parti-
86 D. Zolo, II principólo democrático. Per una teoría realística della
democracia, Milán: Feltrinelli, 1992, págs. 111 y sigs.
87 G. Sartori, Democracia: cosa é, op. cit., pág. 75,
58 A. Downs, Teoría económica della democracia (1957), traducción ita
liana, Bolonia: II Mulino, 1988.
59 Interesantes reflexiones sobre la relación entre economía y política en
esta perspectiva se encuentran en la intervención de M. Grillo y en el Co
mentario de M. Reale incluidos en Relazionipericolose. L'avventura dell'e-
conomia nella cultura contemporáneo, al cuidado de A. Boitani y G. Roda-
no, Roma-Bari: Laterza, 1995, págs. 75-97 y 98-108, respectivamente.
205
dos políticos y grupos de interés independientes».60 Ahora
bien, señalemos que en la reflexión de Dahl el análisis de la
democracia real (descripta como «poliarquía») va acom
pañado cada vez más de una reflexión de carácter crítico-
normativo, que se pregunta si la «poliarquía» es suficiente
mente democrática y se plantea el problema de cómo cons
truir una democracia más satisfactoria, que rebase los lí
mites de la «poliarquía». Así pues, el análisis realista de la
democracia no impide, sino que en realidad abre, la posibi
lidad de interrogarse sobre las maneras de superar los lí
mites que se encuentran en la democracia efectiva.
206
democracia como idea social y la democracia política como
sistema de gobierno: «la idea de democracia es más amplia
y extendida que el ejemplo que de ella puede brindar inclu
so el estado más perfecto. Para hacerse realidad, ella debe
influir sobre todas las modalidades de asociación humana:
sobre la familia, la escuela, la industria, la religión; los pro
pios modos políticos de realización, las instituciones guber
namentales, no son sino un mecanismo para hacer que una
idea tenga medios de funcionamiento efectivo».62 La demo
cracia no es, pues, tan sólo un método político, sino, de ma
nera más originaria, un ideal de sociedad: «La democra
cia —escribe Dewey— es algo más que una forma de go
bierno. Es, ante todo, un tipo de vida asociada, de experien
cia continuamente comunicada».63 Esta tesis es retomada
y desarrollada por Macpherson y Cunningham,64 quien
continúa y despliega su enseñanza: como escribe el prime
ro en Democratic Theory, la democracia es «un tipo de socie
dad, un conjunto global de relaciones entre individuos»,65
no simplemente una forma de gobierno. Se desprende la
necesidad de que las instituciones de la democracia política
se unan a procesos de democratización de la vida asociada,
en una concepción de la democracia como proceso dinámico
y expansivo66 que no se aquieta en las formas que va alcan
zando cada vez. También Robert Dahl, con su investigación
sobre la democracia en las empresas67 y, en general, sobre
la relación entre democracia y economía, ha efectuado una
importante contribución a la extensión de la democracia a
82 J. Dewey, The Public and its Problema (1927), traducción italiana, Co-
munitá e potete, Florencia: La Nuova Italia, 1971, póg. 113.
83 J. Dewey, Democrazia e educazione (1916), traducción italiana, Flo
rencia: La Nuova Italia, 1992, póg. 133. Este pasaje está citado en el útil
libro de M. Alcaro, John Dewey. Scienza prassi democrazia, Roma-Bari:
Laterza, 1997, pág. 112.
84 Véase F. Cunningham, Teoría della democrazia e socialismo (1987),
traducción italiana, Roma: Editori Riuniti, 1991, y The Real World ofDe-
mocracy Revisited, Nueva Jersey: Humanities Press, Atlantic Highlands,
1994.
65 C. B. Macpherson, Democratic Theory. Essays in Retrieval, Oxford
University Press, 1973, pág. 51.
86 Un punto de vista dinámico de la democracia propone M. Reale, «La
fragilitá della democrazia vincente», en Per un nuooo vocabolario della
política, al cuidado de L. Capuccelli, Roma: Editori Riuniti, 1992, págs. 15-
175.
87 R. Dahl, La democrazia económica (1984), Bolonia: II Mulino, 1989.
207
ámbitos de la sociedad distintos de la esfera política pro
piamente dicha.
El otro aspecto central, en mi opinión, de las concepcio
nes dinámicas de la democracia concierne, nuevamente en
palabras de Dewey, al papel del público, y más precisamen
te al debate y a la discusión pública. Si no se acepta que los
ciudadanos queden al margen de los procesos efectivos de
formación de la voluntad política y se limiten a delegar un
poder, adquiere un carácter central la reflexión sobre las
maneras como ellos pueden expresar su voz, concurriendo
al desarrollo de una opinión pública activa, informada e in
fluyente. Señala John Dewey que uno de los más graves
peligros que amenazan a la democracia es el eclipse del pú
blico, esto es, la reducción de los ciudadanos a pasivos con
sumidores de ofertas políticas, tal como los describe la teo
ría de Schumpeter. El recuento de los votos, esencial en la
democracia, «debe necesariamente ser precedido por la dis
cusión, el coloquio y la persuasión»;68 el principio de la ma
yoría sería desatinado, como sostienen sus detractores, sin
una preocupación por la manera en que las mayorías de
ben formarse, a través del debate público y la confronta
ción crítica de los argumentos.
Las teorías dinámicas de la democracia, que plantean la
necesidad de una democratización de la sociedad y una
centralidad de la discusión pública, constituyen el polo
opuesto de las teorías realistas; o, por mejor decir, pueden
asumir aspectos analíticos de las teorías realistas, pero se
distinguen de estas en cuanto comprenden de manera mu
cho más rica y compleja el «hecho» democrático, con las po
sibilidades que, en cuanto le son inherentes, este puede
siempre regenerar nuevamente.
208
7. Una confrontación de teorías políticas
209
ción social entre sus participantes. Característicos de la so
ciedad, continúa Rawls, son tanto el conflicto como la iden
tidad de intereses: hay identidad de intereses en cuanto la
cooperación social posibilita que los individuos tengan una
vida mejor que la que tendrían sin ella; pero hay también
conflicto de intereses en cuanto Rawls presupone que cada
individuo preferirá para sí una cuota mayor de beneficios y
una cuota menor de obligaciones. Dadas estas simples y
poco controvertidas premisas, la investigación versará so
bre el problema de los justos principios conforme a los cua
les debe organizarse la estructura fundamental de la socie
dad y, por tanto, la distribución de los costos y beneficios de
la cooperación social.
¿Cómo avanzar en la búsqueda de estos principios nor
mativos? Para enfrentar este problema, Rawls retoma la
idea esencial de la teoría del contrato social, tal como la en
cuentra planteada en Locke, en Rousseau y en Kant: los
principios de justicia para la estructura fundamental de la
sociedad, sostiene, son aquellos que serían objeto de un
acuerdo originario, esto es, aquellos sobre los cuales se pon
drían de acuerdo individuos libres, iguales y racionales,
tendientes a ocuparse de sus propios intereses, que tuvie
sen que establecer las normas fundamentales de su coope
ración social.
Desde la perspectiva de Rawls, es muy importante es
tablecer las características de la situación originaria a par
tir de la cual se debe alcanzar el acuerdo sobre los princi
pios de justicia; es necesario precisar el esquema contrac-
tualista y resolver sus ambigüedades. De hecho, no se
podrían considerar como justos los principios provenientes
de un contrato que cerrasen entre sí, en un hipotético esta
do de naturaleza, individuos reales, de diferente dotación
en cuanto a fuerza física, inteligencia, habilidades y de
más. Si se partiese de una situación de este tipo, el contrato
suscripto por las partes no podría dejar de resentirse de las
desigualdades iniciales y, por tanto, no se lo podría conside
rar justo.3 Por esta razón, los contractualistas, comenzan
do por Hobbes, se preocupaban por mostrar que en el esta-
9 Para una aclaración adicional de este punto, cf. W. Kymlicka, Introdu-
zione alia filosofía política contemporánea (1990), traducción italiana, Mi
lán: Feltrinelii, 1996, pág. 75.
210
do de naturaleza los individuos eran fundamentalmente
iguales. Pero, dado que es difícil defender la tesis de que el
punto de partida es una igualdad de hecho, Rawls se ocupa
de especificar en qué condiciones deben estar los con
tratantes para dar lugar a un contrato justo.
Existen, ante todo, algunas condiciones básicas: las par
tes contratantes tienden a promover su propio bien, no son
altruistas ni envidiosas, se hallan en la condición de «mo
derada escasez», esto es, en una situación en la cual los re
cursos no son tan abundantes como para tomar superfluos
los esquemas de cooperación, ni tan exiguos como para con
denarlos al fracaso. Ahora bien, para arribar a un contrato
justo, la vinculación fundamental que se debe imponer a
las partes es el «velo de ignorancia»: las partes deben elegir
los principios de justicia disponiendo ciertamente de infor
mación general sobre la sociedad humana; pero cada cual
debe ignorar cuáles son sus cualidades específicas (inteli
gencia, fuerza, talentos), cuál es su plan de vida y su con
cepción del bien, qué lugar ocupará en la sociedad. Sólo su
poniendo que los contratantes están sometidos a esta limi
tación es posible admitir que ellos darán lugar a un contra
to justo, pues si ninguno conoce sus propios intereses espe
cíficos, jugando un poco con las palabras se podría decir
que todos tendrán interés en salvaguardar los intereses de
todos.
La condición del velo de ignorancia, por lo demás, no es
sino una manera ingeniosa y algo técnica de decir algo muy
simple:4 un contrato justo es el que suscribirían contratan
tes imparciales; las partes, bajo el velo de ignorancia, son
imparciales en cuanto, al ignorar sus propias cualidades y
sus propios intereses, sólo suscribirán acuerdos que salva
guarden en igual medida los intereses de cada uno.
¿Cuáles son, pues, los principios para las instituciones
fundamentales, sobre los cuales las partes idealizadas del
contrato rawlsiano llegarían a un acuerdo? En Teoría de la
justicia, Rawls formula los siguientes:
Primer principio. - Tbda persona tiene igual derecho al
más amplio sistema de libertades fundamentales que sea
4 Como señala apropiadamente W. Kymlicka, Introdueione alia filosofía
política contemporánea, op. cit., pág. 83.
211
compatible con un sistema semejante de libertades para
todos.
Segundo principio. - Las desigualdades económicas y
sociales han de:
а ) revertir en el mayor beneficio de los menos favoreci
dos, de modo compatible con el principio del justo ahorro, y
б ) estar ligadas a cargos y posiciones asequibles a todos
en condiciones de ecuánime igualdad de oportunidades.5
Dejando aparte los numerosos problemas de detalle que
pueden plantear estas formulaciones de Rawls, concentré
monos en las líneas esenciales de su razonamiento. Los
principios de una sociedad justa, para Rawls, se refieren a
dos cuestiones básicas: el primero atañe al paquete de las
fundamentales libertades liberales y democráticas, que se
debe garantizar a todos; el segundo, más discutido y con
trovertido, se refiere al tema de las desigualdades económi
co-sociales: ¿son legítimas en un horizonte contractualista,
y hasta qué punto lo son? La respuesta de Rawls, esto es, la
argumentación en favor del segundo principio, se estructu
ra de la manera siguiente: las partes contratantes, en su
posición originaria, están interesadas en maximizar su
propia asignación de «bienes principales», es decir, aque
llos bienes que permiten realizar todo plan de vida e inclu
yen, además de las libertades, los réditos, las riquezas y las
bases para el respeto de sí mismo. Se establece, pues, en
primera instancia, que las riquezas y los réditos se repar
tan de modo igualitario entre todos los participantes en la
cooperación social.6 No obstante, como sostiene Rawls, no
hay motivo para que esta elección sea definitiva. Las par
tes, como hemos supuesto, no tienen interés mutuo, lo cual
quiere decir que cada uno está interesado sólo en aumen
tar su propia asignación de bienes principales, sin impor
tarle cuál será la asignación de los demás y sin albergar
sentimientos de generosidad ni de envidia. Por tanto, no
hay motivos para no aceptar una distribución desigual (por
ejemplo, una retribución mayor para los individuos más
productivos) que permita (aumentando la productividad
global de la cooperación social) aumentar la asignación de
5 J. Rawls, Una teoría della giustizia, op. cit., pág. 255.
6 Ibid., pág. 136.
212
bienes principales de los que goza cada uno, incluso quien
recibe menos. En este sentido, una situación en la cual, de
bido a una distribución desigual, todos, y especialmente
quienes reciben menos, están mejor, sería preferible a una
situación en la que rige la igualdad pero todos ganan me
nos de lo que ganarían en la situación desigual. Intuitiva
mente, la argumentación de Rawls parece bastante sólida.
Intentemos recapitularla simplificando sus términos: si se
hace evidente que, con una retribución idéntica, todos po
nen poco empeño en su trabajo y a todos corresponde, por
tanto, una escasa cantidad de bienes, parece razonable in
troducir incentivos para quienes son más productivos, de
modo tal que, al precio de cierta desigualdad, toque a cada
uno un conjunto mayor de bienes. La desigualdad rawlsia-
na, una desigualdad que produce ventajas para todos, uni
da a la igualdad de oportunidades (es decir, la posibilidad
de que cada cual pueda acceder, gracias a su empeño, a los
puestos mejor retribuidos), parece preferible, en la situa
ción de la elección originaria, a la perfecta igualdad.
El «principio de diferencia» de Rawls sería, por tanto,
superior al de una intransigente igualdad, pero cabe propo
ner otros principios de distribución, con los que el principio
rawlsiano debe confrontarse. Entre las alternativas se des
tacan, por una parte, un principio puramente «meritocrá-
tico» y, por la otra, un principio utilitarista, que sostiene la
necesidad de maximizar la utilidad media prevista, y consi
dera preferible una situación en la que, como media, todos
tienen más, aunque los peor ubicados pueden incluso tener
menos que lo que les correspondería con una distribución
igualitaria. Por comparación con el principio de maximiza-
ción de la utilidad media, el principio rawlsiano es producto
de una elección más cautelosa: quien tenga menos tendrá
más, de todos modos, que lo que le habría tocado en una si
tuación de igualdad. Las partes rawlsianas eligen el princi
pio de diferencia dejándose guiar por el principio del maxi-
min: «Ignorantes de nuestra suerte social y natural, elegi
mos aquella distribución en la cual es mejor la condición de
quien está peor».7 El empleo de este principio de elección
7 S. Veca, «II paradigma delle teorie della giustizia», en Manuale di filo
sofía política, al cuidado de S. Maffettone y S, Veca, Roma: Donzelli, 1996,
pág. 172.
213
racional ha sido muy criticado, pero ello no significa que la
idea de Rawls no tenga cierta fuerza propia. Hay que recor
dar que la primera elección que efectuarían irnos sujetos en
posición originaria sería la que apunta a la igualdad; pare
ce razonable abandonar la igualdad si se tiene la certeza de
que se llegará a estar mejor, en tanto que sería mucho más
arriesgado abandonarla por una situación en que la utili
dad media es más alta pero un individuo desafortunado o
poco hábil tiene una perspectiva de vida incluso peor que
aquella, de por sí modesta, que tendría en el estado de per
fecta igualdad. ¿Por qué deberían las partes contratantes
correr este riesgo?
El mismo tipo de objeción puede formularse a los soste
nedores de principios «meritocráticos», esto es, principios
según los cuales la desigualdad es legítima aunque no me
jore la perspectiva de quienes están en desventaja. En la
posición originaria, los sujetos no conocen sus cualidades,
no saben si son hábiles o incapaces, inteligentes o estúpi
dos, dotados de un fuerte carácter o débiles e ineptos; razo
nan, pues, como si pudieran caer de uno u otro lado. Al ele
gir un principio de distribución meritocrático (mucho a los
más capaces, poco a los demás) estarían haciendo algo muy
incauto, y correrían el riesgo de tirar piedras contra su pro
pio tejado.
Por otra parte, aun prescindiendo del velo de ignoran
cia, Rawls sostiene que su principio de diferencia debería
de todos modos ser aceptado por los mejor dotados: ellos de
ben en todos los casos cooperar en la sociedad con los me
nos dotados, y tienen necesidad de que estos últimos acep
ten una distribución social desigual; pero estos últimos no
la aceptarán a menos que su posición mejore como resulta
do de la contribución de los más dotados. El principio de di
ferencia es, pues, condición para una cooperación social no
sólo justa, sino también estable y aceptable para todos. Co
mo se ha dicho: «la estructura que subyace al argumento
en favor del principio de diferencia reside [...] más que en
un prejuicio humanitario general en favor de quienes están
en desventaja, en la idea de que las instituciones colectivas
están constituidas en vista de una empresa cooperativa»;8
8 S. Mafiettone, Utilitarismo e teoría della giustizia, Nápoles: Bibliopo-
lis, 1982, pág. 18. Acerca de la centralidad del tema de la cooperación so-
214
en efecto, sostiene Rawls, el principio de diferencia es tam
bién un principio de mutuo beneficio: «es, al parecer, una
base equitativa respecto de la cual los más dotados, o los
más afortunados en los hechos contingentes de la sociedad,
pueden esperar la colaboración de los demás».9
Rawls agrega, por último, una reflexión adicional como
soporte de su principio de diferencia, retomando un tema
que había remarcado, como vimos, la tradición socialista:
dado que los individuos no «merecen» ni sus talentos natu
rales (fuerza, inteligencia, buena salud y demás) ni las cua
lidades que adquieren en virtud de su nacimiento y creci
miento en circunstancias familiares y sociales favorables
(confianza en sí mismos, firmeza, etc.)10 —cualidades que
poseen por obra de la suerte—, entonces, no puede decirse
tampoco que ellos «merezcan» las mayores ganancias que
obtienen gracias a las cualidades que poseen. Por consi
guiente, un principio moderadamente igualitario y redis
tributivo como el principio de diferencia debe preferirse a
un principio meritocrático.
Resumamos el recorrido efectuado: las partes en posi
ción originaria, sometidas al velo de ignorancia, eligen co
mo principios para la cooperación social, por un lado, un
principio de igual libertad y, por el otro, el principio de dife
rencia, según el cual las desigualdades están permitidas si
revierten en beneficio de todos, en condiciones de igualdad
de oportunidades: sin saber si serán muy hábiles o poco há
biles, los contratantes optan, prudentemente, por aquella
distribución que permitirá que los menos afortunados ten
gan más que en cualquier otro orden social.
Más allá de su sofisticado montaje conceptual, la teo
ría rawlsiana de la justicia social constituye también una
215
perspectiva que permite justificar normativamente las in
tervenciones redistributivas del estado social de bienestar:
de hecho, la desigualdad de los réditos sólo es justificable
en cuanto contribuye al mejoramiento de la situación de to
dos. Y esto puede realizarse incluso a través de la interven
ción del estado, el cual, gravando los réditos más altos, uti
liza esos ingresos para proveer servicios o subsidios que
mejoren la situación de cada ciudadano, y en particular la
de quienes están en desventaja.
Ahora bien, el desarrollo posterior de la reflexión de
Rawls enfrenta un problema que acapara cada vez más la
atención del filósofo: los principios expuestos en Teoría de
la justicia forman parte de una concepción moral muy pre
cisa, una moralidad de inspiración kantiana centrada en la
equidad o en la imparcialidad, que se traduce en el artificio
teórico de la posición originaria y del velo de ignorancia.
Pero este punto deriva en un problema bastante evidente:
si se toma seriamente el pluralismo, esto es, el hecho de
que vivimos en sociedades caracterizadas por una gran va
riedad de concepciones morales, religiones, ideologías, ¿có
mo puede esperarse que los principios de justicia que de
ben regular la cooperación social sean los que expresan
una concepción moral particular, con la que muchos ciuda
danos de nuestras sociedades no se identificarían? En
otras palabras, en un horizonte liberal como el de Rawls,
los principios de justicia que deben ser vinculantes para to
dos no pueden estar inspirados en una específica «doctrina
comprensiva» (la moralidad kantiano-liberal con la que se
identifica el propio Rawls), sino que deben ser aceptables
también para los sostenedores de concepciones distintas.
Por esta razón, la justificación moral de los principios de
justicia (elaborados por Rawls en su Teoría de 1971) ya no
resulta suficiente: ahora se trata de ofrecer una justifica
ción puramente política,11 esto es, una justificación que no
dependa de la adopción de determinada teoría moral, ni de
la aceptación de ninguna «doctrina comprensiva», y pueda
ser aceptada por cualquier persona razonable, sean cuales1
11 Sobre la distinción entre justificación moral y justificación política,
véase el artículo de S. Mafiettone, «Sostiene Rawls. . Filosofía e questio-
ni pubbliche, I, n° 1,1995, págs. 79*92.
216
fueren sus orientaciones ideales y morales. En Liberalismo
político (1993), Rawls se propone justamente mostrar que
sus principios de justicia cumplen estos requisitos: todas
las personas razonables, sean cuales fueren sus creencias
filosóficas, morales o religiosas, pueden aceptarlos como
principios que establecen términos equitativos para la
cooperación social. Personas razonables son, en efecto,
aquellas que, observando que el pluralismo que caracteriza
a las sociedades modernas no es eliminable, y considerán
dolo positivo, se proponen buscar principios de cooperación
social aceptables para todos; por el contrario, son irrazona
bles quienes pretenden imponer a los demás una vida con
forme a su concepción religiosa, moral o filosófica. Si se
quiere dar lugar a una cooperación social equitativa, es de
cir, regida por principios que todas las personas razonables
puedan aceptar, entonces, hay que elegir estos principios
desde el punto de vista de la posición originaria, esto es,
desde un punto de vista que no privilegia a nadie. Así, estos
principios de justicia podrán recibir lo que Rawls denomi
na un «consenso por intersección» (overlapping consensus),
esto es, una adhesión no sólo de quienes tienen una concep
ción liberal de la vida y de la política, sino también de quie
nes, partiendo de doctrinas diversas (por ejemplo, católicos
o socialistas), llegan mediante su razón a compartir los
mismos principios.
Tras haber demostrado que sus principios pueden cons
tituir la base para la convivencia, dentro del estado, entre
los ciudadanos liberales y aquellos que se identifican con
otras concepciones, siempre que sean razonables, Rawls
reflexiona, por último (El derecho de los pueblos, 1999),
sobre los principios que deberían regular la convivencia
entre los pueblos, en particular entre los pueblos liberales
y aquellos que no lo son, y que aun sustentando diferentes
ideas de justicia se pueden definir, en la perspectiva de
Rawls, como «pueblos jerárquicos decentes» (Rawls propo
ne el ejemplo imaginario del Kazanistán, un país islámico
que no acepta la separación entre estado e Iglesia, pero
respeta los derechos humanos fundamentales y, aunque no
es democrático, prevé instituciones de consulta de los va
rios grupos que lo componen). Entre los principios que, en
una posición originaria, serían elegidos por los represen
tantes de los pueblos para regular su convivencia están los
217
principios tradicionales que implican el respeto de la in
dependencia, de la soberanía y de los tratados, y junto con
ellos, otros dos principios: aquel según el cual «los pueblos
deben respetar los derechos humanos» y el que sostiene
que «los pueblos tienen el deber de asistir a otros pueblos
que padecen condiciones desfavorables que les impiden
tener un régimen social y político justo y decente».12
218
contrato, considerado como único medio para generar un
estado legítimo. De manera más simple y lineal, dice No
zick, el nacimiento del estado legítimo puede explicarse
con una lógica de mercado, antes que de contrato: para ga
rantizar su propia seguridad, los individuos comenzarán
por constituir asociaciones de protección mutua, y luego,
con la división del trabajo, adquirirán la protección de com
pañías conformadas por otros individuos-emprendedores
para vender este servicio. Como consecuencia de los pro
blemas derivados de la existencia de múltiples compañías
de protección, tarde o temprano quedará, en un mismo
territorio, una sola compañía de protección dominante.
Puesto que la adhesión a la compañía de protección es vo
luntaria, algunos podrán elegir quedar fuera y seguir obte
niendo justicia por sí mismos; pero esto comportará proble
mas de difícil solución en caso de controversias entre los
afiliados a la compañía (que han delegado en ella la protec
ción y la solución de las controversias) y los independien
tes. Así pues, para garantizar a sus propios clientes segu
ridad y correctos procedimientos de solución de conflictos,
la compañía de protección dominante deberá prohibir a los
independientes obtener justicia por sí mismos; esto, según
Nozick, no violará sus derechos si, como resarcimiento de
la prohibición, la compañía extiende a ellos su protección y
su ayuda para la solución de los conflictos. Se llega así, a
través de un mecanismo gobernado por una smithiana
«mano invisible», a la génesis del estado mínimo, legítimo
en cuanto surge sin violar los derechos de nadie: aquellos a
quienes se les ha impedido, en aras de la seguridad de to
dos, obtener justicia por sí mismos, han sido resarcidos me
diante la extensión gratuita de los servicios de protección,
y no han sufrido, pues, ningún peijuicio. Con este primer
paso, Nozick quiere demostrar que es posible dar lugar a la
constitución de un estado (mínimo) legítimo sin necesidad
de un contrato; no obstante, la inclusión forzosa de los in
dependientes en el estado, por más que se los resarza de lo
que pierden, parece contrastar con el planteamiento liberal
que Nozick, como él mismo afirma, quiere defender, y ame
naza la solidez de toda su construcción.
El paso siguiente concierne a la teoría de la propiedad:
tras negar la base contractualista de la teoría de Rawls,
Nozick cuestiona también sus resultados igualitarios y re
219
distributivos. El supuesto inicial se asemeja mucho al que
sostenía Locke: si soy libre, es decir, dueño de mí mismo,
soy dueño también de mis talentos y capacidades, y de
aquello que, gracias a ellos, logro producir o ganar: en con
secuencia, si un estado «más que mínimo» me impone el
pago de impuestos para financiar servicios sanitarios o
educativos, o subsidios para los desocupados y los indigen
tes, ello constituye una violación de mis derechos de auto-
pertenencia. Por consiguiente, es tan legítimo el estado
mínimo como ilegítimo es, por el contrario, un estado que
quiera atribuirse más amplias incumbencias que las de
garantizar la seguridad y la administración de la justicia, y
que pretenda imponer a los ciudadanos el pago de impues
tos a tal fin. Para Nozick, por lo tanto, la única teoría de la
justicia aceptable es aquella que se manifiesta en una
«teoría del título válido»: cada cual posee legítimamente
todo lo que ha adquirido, ya sea mediante una justa adqui
sición inicial, ya sea mediante una libre transferencia del
bien de uno hacia otro.
La crítica de Nozick a las políticas igualitarias o redis
tributivas resulta eficaz sólo a condición de que:
a) se pueda concebir una legítima génesis del estado
que no requiera un contrato;
b) las propiedades y las riquezas que se poseen sean re
sultado de adquisiciones iniciales justas y de legítimas
transferencias posteriores (de otro modo, se debería dar
curso, según el propio Nozick, a la redistribución de las
propiedades cuya historia pasada no satisficiese los requi
sitos de legitimidad).
Ahora bien, parece difícil sostener ambos supuestos: el
primero, por los motivos que ya hemos mencionado; el se
gundo, porque da por sentado que se puede reconstruir
desde su origen la historia de las propiedades que actual
mente se poseen sin tropezar con actos de usurpación, con
quista, violencia, etc. Dado que sus presupuestos son alta
mente problemáticos, parece difícil extraer del esquema
teórico de Nozick una argumentación convincente para
oponerse a las políticas estatales igualitarias de tipo rawl-
siano.
220
2 .2 . La crítica comunitaria al liberalismo
Otra línea de reflexión que se desarrolló como directa
impugnación de Rawls recibe a menudo la denominación
genérica, y acaso algo inapropiada, de «comunitarismo». Se
suele relacionar con este horizonte de pensamiento a au
tores cuyos proyectos teóricos son, en realidad, muy distin
tos entre sí, como Michael Sandel, Alasdair Maclntyre14 y
Charles Taylor.15 El único punto en común entre estos pen
sadores, más allá de sus grandes diferencias, es la crítica
hacia algunos supuestos básicos de la teoría rawlsiana y
del liberalismo en general.
Como señala Sandel en uno de los libros inaugurales
del debate sobre el comunitarismo, estos pensadores im
pugnan el postulado, propio del liberalismo contemporá
neo, de que «la sociedad, en la medida en que está com
puesta por una pluralidad de personas, cada una con sus
propios fínes, intereses y concepciones del bien, se ordena
mejor cuando la gobiernan principios que en sí no presupo
nen ninguna concepción particular del bien; lo que justifica
especialmente estos principios normativos no es la maxi-
mización del bienestar social u otra promoción del bien, si
no su conformidad con el concepto de derecho, una catego
ría moral dada que precede al bien y es independiente de
él. Este es el liberalismo de Kant y de gran parte de la filo
sofía moral y política contemporánea, y este es el liberalis
mo que me propongo poner a prueba».16
Así pues, en primer lugar, los planteamientos comuni
tarios impugnan la tesis liberal de la prioridad de lo justo
sobre el bien, que se apoya en algunos supuestos básicos
que constituyen el enlace entre la crítica kantiana al pater-
nalismo político y el liberalismo contemporáneo: 1) hay
14 De Maclntyre, cf. especialmente Dopo la virtú. Saggio di teoría mo
róle (1984), traducción italiana, Milán: Feltrinclli, 1988.
15 Entre las principales obras de Taylor cabe recordar Radici deU'Io. La
costruzione dell’identitá moderna (1989), traducción italiana, Milán: Fel-
trinelli, 1993, e II disagio delta modernitá (1991), traducción italiana, Ba
rí: Laterza, 1994. Sobre Taylor, véase P. Costa, Verso un’ontologia dell’u-
mano. Antropología filosófica e filosofía política in Charles 7hylor, Milán:
Unicopli, 2001.
16 M. Sandel, II liberalismo e i limiti delta giustizia (1982), traducción
italiana, Milán: Feltrinelli, 1994, pág. 11.
221
muchas concepciones del bien o de la vida buena en desa
cuerdo entre sí; 2) no hay razones dirimentes para elegir
una en lugar de las otras; 3) la sociedad tiene como único
cometido garantizar que cada búsqueda individual de la vi
da buena pueda desarrollarse de la mejor manera y sin
peijuicio para los demás.
Según Maclntyre, la política liberal afirma que se inspi
ra sólo en reglas que deben ser «neutrales con relación a
conjuntos de creencias rivales o en competencia acerca de
la mejor manera de conducir una vida humana».17 Ahora
bien, los críticos del liberalismo se plantean una doble pre
gunta: ¿es factible esta neutralidad de las instituciones po
líticas respecto de las diversas concepciones del bien o de la
vida buena? Y admitiendo que sea factible, ¿es deseable?
Pensadores como Sandel y Maclntyre dan una respues
ta negativa a ambas preguntas. Respecto de la primera,
basta con adentrarse en cuestiones de candente controver
sia, para tropezar con serios conflictos normativos acerca
de los cuales resulta prácticamente imposible identificar
normas que puedan posicionarse frente a ellos de manera
neutral: toda regulación implica elecciones que inevitable
mente privilegian una u otra concepción del bien. Por ejem
plo, como se ha escrito, «el caso del aborto —y se podrían
mencionar también las discusiones acerca de la pena de
muerte y la eutanasia— muestra cuán ilusoria es la sepa
ración entre justicia y concepciones del bien, sobre la que se
centra la idea liberal de la neutralidad de las instituciones.
En el caso de estas moral issues, el terreno para fijar una
posición neutral se reduce virtualmente a cero. No parece
posible desvincular el juicio legal sobre la admisibilidad del
aborto de un posicionamiento moral sobre el diferente esta
tus de la vida del feto en relación con la vida del neonato, ni
decidir sobre la admisibilidad de la pena de muerte o de la
eutanasia sin tomar una posición entre distintas concep
ciones de la persona humana».18
Si tomamos decididamente este camino, como lo hace,
por ejemplo, Sandel, la tesis rawlsiana de la prioridad de lo
17A. Maclntyre, IIpatriottismo é una virtü? (1984), traducción italiana,
en A. Ferrara (comp.), Comunitarismo e liberalismo, Roma: Editori Riuni-
ti, 1992, pág. 71.
18 A. Ferrara (comp.), Comunitarismo e liberalismo, op. cit., págs. lii-liii.
222
justo respecto del bien se invierte por completo: la elección
de normas justas no puede aspirar a la neutralidad en
tre concepciones contrapuestas del bien; no puede siquiera
evitar alinearse en favor de una u otra de esas concepcio
nes. Pero hay más: en la perspectiva de Sandel (y aquí sur
ge la orientación específicamente comunitaria, y en gran
medida discutible, de su reflexión), los individuos no están
propiamente en condiciones de elegir, como si fuesen suje
tos abstractos y desencarnados, desvinculados de compro
misos normativos (punto que, como buen hegeliano, remar
ca Charles Taylor), entre distintas concepciones de la vida
buena para ellos. La identidad del yo es consustancial,
para Sandel, con su concepción de su propio bien, que por
cierto el individuo puede modificar con las experiencias y
los procesos de formación, pero de la que no puede alejarse
adoptando un punto de vista externo, pues con ella va par
te de su identidad. No hay, entonces, un punto de vista su
perior e imparcial a partir del cual sea posible juzgar y
superar las distintas concepciones del bien, porque estas
no son el objeto sobre el que se juzga, sino más bien el ins
trumento y el horizonte gracias al cual formamos nuestros
juicios. Nuestras concepciones del bien están inextricable
mente entrelazadas con nuestra identificación como perso
nas y con las formas de vida y de comunidad a las que per
tenecemos, en las que se construye nuestra identidad. Así,
el comunitarismo contrapone, a una concepción abstracta
y neutral de lo justo, una concepción sustancial y situada
del bien, que tiene sus raíces en la imprescindibilidad del
vínculo de comunidad social gracias al cual existimos como
svyetos; al individualismo liberal, al que se considera abs
tracto y atomista, le contrapone la conciencia, que se nutre
marcadamente, sobre todo en Taylor, de referencias hege-
lianas, del carácter constitutivo que el vínculo social, y la
trama normativa que lo hace posible, tienen para las per
sonalidades individuales.
Así pues, para los autores que transitan esta línea de
pensamiento, el ideal liberal de la neutralidad no es alcan-
zable, y aunque lo fuera, tampoco sería deseable, debido in
cluso a que los individuos pueden no ser capaces de deter
minar de una manera racional y ponderada cuál es su bien;
no hay, por consiguiente, nada malo en que la sociedad y la
política ejerzan una función de guía y orientación, aun por
223
medio de normas (Sandel defiende, por ejemplo, aquellas
que limitan la pornografía) inspiradas no en una imposible
neutralidad liberal, sino en una concepción sustantiva del
bien común.
Se han señalado no pocas dificultades y aporías de las
posiciones de tipo comunitario. En primer lugar, estas posi
ciones no toman en consideración el amplio pluralismo cul
tural y religioso que caracteriza a las sociedades occiden
tales modernas, en las que se hace cada vez más difícil de
terminar los límites de un «nosotros» y de los correspon
dientes valores compartidos. En segundo lugar, la tesis,
planteada, por ejemplo, por Maclntyre, de que todo juicio
normativo se formula dentro de una tradición y de esta de
pende, lleva a resultados paradójicos: si la tesis de la in-
trascendibilidad de las tradiciones pertenece ella misma a
una tradición, entonces, no tiene un carácter constrictivo
para quien no se identifique con esa tradición (no constitu
ye un enunciado teórico que todos deban aceptar); en cam
bio, si trasciende las tradiciones —proponiéndose como te
sis universalmente válida—, entonces, desmiente su pro
pio supuesto «contextual».
No obstante, como ocurre a menudo, si en las posiciones
comunitarias la parte constructiva es débil, no puede afir
marse otro tanto de la parte crítica: aun cuando se defina la
extensión y el alcance de las libertades fundamentales, co
mo hemos visto, es difícil evitar la toma de posición entre
concepciones contrapuestas del bien, o de cómo debe ser la
vida buena para el hombre. Y tanto más cuando se enfren
tan los problemas de la justicia distributiva, esto es, cuáles
bienes deben asignarse y a quién.
224
para todos los fines humanos y, por tanto, para realizar las
diversas concepciones del bien que sustentan los indivi
duos en una sociedad pluralista: esencialmente, incluyen
la libertad básica, la libertad de movimiento y la libre elec
ción del tipo de ocupación, el poder y las prerrogativas de
los cargos y de las posiciones de responsabilidad, el rédito y
la riqueza, y, por último, aquello que Rawls denomina ba
ses sociales del respeto de sí mismo.20 Los bienes primarios
—aclara Rawls en el ensayo de 1988 titulado La prioridad
de lo justo— no son las cosas que alguien podría desear
más, sobre la base de su doctrina comprensiva o su concep
ción del bien: «los bienes primarios no se corresponden con
los valores fundamentales de la vida humana práctica
mente para nadie. Alguien podría sostener, por tanto, que
concentrarse en ellos implica en gran medida intervenir en
el espacio equivocado».21 Pero, en realidad, no es así para
Rawls, puesto que la nómina de bienes primarios forma
parte de una concepción política de la justicia y, dando por
sentado el pluralismo, debe funcionar, entonces, simple
mente como criterio aceptado por todos, para justificar los
reclamos, en conflicto entre sí, de los ciudadanos.
Ahora bien, subsisten dos dificultades. Por una parte,
parece difícil desvincular la formulación de la lista de los
bienes primarios de alguna concepción sustantiva (y por
tanto controvertida) acerca del bien para los hombres. Por
otra parte, se plantea un problema sobre el que centró es
pecialmente la atención Amartya Sen, economista y pre
mio Nobel. Alguien puede estar en desventaja de dos ma
neras ante una distribución, incluso igualitaria, de bienes
primarios: puede estarlo porque su búsqueda personal de
la vida buena no le depara mayores beneficios, en compara
ción con los demás, de la oferta de bienes que tiene a su dis
posición, por motivos relacionados con la doctrina com
prensiva con que se identifica; pero alguien puede estar en
desventaja también porque, con independencia de la doc
trina comprensiva a la que adhiera, dada una igualitaria
225
asignación de bienes primarios, obtiene menos porque tal
vez padece alguna forma de malestar o discapacidad: con
igualdad de bienes primarios, por ejemplo, quien está obli
gado a afrontar elevados gastos de cuidados médicos ten
drá menos posibilidades de llevar una vida satisfactoria.
Sen insiste en que son muchas las condiciones persona
les y sociales que influyen sobre la conversión de réditos y
recursos en calidad de vida.22 Si esta última es lo que nos
debe interesar, entonces, antes que los bienes primarios co
mo instrumentos para procurar los propios fines, es más
oportuno poner en primer plano directamente la «vida real
que la gente logra vivir (o, dando un paso más, la libertad
de realizar vidas reales a las que se pueda otorgar valor con
conocimiento de causa)».23
Con la finalidad de tematizar este aspecto, que se puede
considerar también como «libertad sustancial», Sen intro
duce dos conceptos característicos de su reflexión: «funcio
namiento» y «capacitación». Así, «el concepto de “funciona
miento”, cuya raíz es claramente aristotélica, se refiere a
aquello que una persona puede desear hacer o ser, por
cuanto le otorga valor. Estos funcionamientos a los que se
reconoce un valor abarcan desde los más elementales, co
mo recibir una alimentación suficiente y no sufrir enfer
medades evitables, hasta actividades o condiciones perso
nales muy complejas, como la capacidad de participar en la
vida de la comunidad y el respeto de uno mismo. La “capa
citación” de una persona es el conjunto de las diversas com
binaciones de funcionamientos que es capaz de realizar.
Es, pues, una especie de libertad: la libertad sustancial de
realizar varias combinaciones alternativas de funciona
mientos (o, dicho de una manera menos formal, actuar al
ternativamente varios estilos de vida)».24
En definitiva, desde la perspectiva de Sen, no es desea
ble una sociedad que maximice la asignación de bienes pri-
22 Sobre este tema, véase el fascículo monográfico de la Rivista di Filoso
fía, XCII, n° 1,2001, dedicado justamente a «La qualitá del la vita», al cui
dado de E. Lecaldano y S. Veca. Junto con el ensayo de Veca, léase, en el
fascículo, el de I. Cárter, «Funzionamenti e capacité: una crítica libérale
alie teoríe di Sen e Nussbaum», págs. 49-70.
23 A. Sen, Lo sviluppo é liberté (1999), traducción italiana, Milán: Mon-
dadorí, 2001, pág. 77.
24 Ibid., pág. 79.
226
maños a los individuos, sino una que maximice su libertad
sustancial, entendida como posibilidad de elección entre
diversos conjuntos de «funcionamientos». Ahora bien, no
todos los funcionamientos tienen igual importancia; la éti
ca y la teoña política, para Sen, deben ocuparse también de
determinar cuáles son «los funcionamientos que han de in
cluirse en el catálogo de las cosas importantes que se han
de realizar».25 Según aquel, una medida estandarizada
como la del rédito no siempre permite captar adecuada
mente la calidad de la vida de las personas; otras variables
pueden ser decididamente más importantes (como, por
ejemplo, la mortalidad, la morbilidad, la educación, la li
bertad y los derechos). Mas para poder decir esto hay que
entrar en el ámbito de los juicios de valor, es decir, de la dis
cusión pública sobre cuáles funcionamientos consideramos
más esenciales para una buena calidad de la vida de los in
dividuos. De este modo, el problema del bien (al que la pri
macía rawlsiana de lo justo relegaba como trasfondo) vuel
ve decididamente a un primer plano en la reflexión sobre
teoría política; y esto se hace más evidente aún en la refle
xión de una pensadora como Martha Nussbaum,26 quien
no vacila en rehabilitar un enfoque de tipo aristotélico y
una teoría del bien. Por lo demás, el enfoque de lo justo y el
del bien no tienen por qué ser incompatibles: pueden inclu
so compenetrarse mutuamente, en el sentido de que una
teoría de la justicia establece cómo y por qué todos deben
tener acceso a los bienes fundamentales, mientras una teo
ría de los bienes se ocupa precisamente de la naturaleza de
estos.
227
mas construye en Hechas y normas hay un principio que
define, en clave discursiva, qué debe entenderse por norma
válida: el «principio del discurso», según el cual «sólo son
válidas las normas de acción que todos los potenciales inte
resados podrían aprobar participando en discursos racio
nales».27
En el ámbito de la filosofía práctica, no obstante, hay
que diferenciar dos clases de normas de acción: las normas
morales y las normas jurídicas. Por consiguiente, es preci
so especificar y diferenciar el principio del discurso, de mo
do que llegue a ser adecuado para generar normas de am
bas clases. Del principio del discurso descienden así tanto
un principio moral de universalización (las normas válidas
son aquellas que todos los implicados podrían aceptar dis
cursivamente, porque sus consecuencias para los intereses
de cada individuo son preferibles a las que derivarían de
normas alternativas) como un principio relativo a las nor
mas jurídicas legítimas, al que Habermas denomina «el
principio democrático»: «Sólo pueden aspirar a la validez
legítima las leyes que puedan ser aprobadas por todos los
asociados en un proceso discursivo de disposición constitui
do, a su vez, jurídicamente».28
El principio de la democracia, que sirve de fundamento
a la teoría política de Habermas, es entonces el punto de
encuentro entre el instrumento del derecho, indispensable
para regular las interacciones sociales en las sociedades
modernas, y el principio del acuerdo discursivo de todos los
interesados, único fundamento de validez de las normas
prácticas; el principio habermasiano de la democracia nos
dice, pues, que las normas jurídicas que gobiernan nuestra
convivencia social, si han de ser legítimas, deben ser el re
sultado de procesos discursivos precisa y rigurosamente
institucionalizados, capaces de generar un derecho legíti
mo en cuanto fundado discursivamente.
Este es precisamente el cometido de las instituciones de
la democracia. Superando la dicotomía, característica de
gran parte del pensamiento político contemporáneo, entre
27 J. Habermas, Fatti e norme. Contribuíi a una teoría discorsiua del di-
ritto e della democrazia (1992), traducción italiana, Milán: Guerini e Asso-
ciati, 1996, pág. 131.
28 Ibid., pág. 134.
228
las libertades liberales del individuo privado y la soberanía
popular teorizada por los demócratas (a partir de Rous
seau), Habermas considera que se debe pensar la demo
cracia partiendo no de una contraposición, sino, por el con
trario, de una relación de carácter cooriginario y comple
mentario entre la autonomía liberal del individuo privado
y la autonomía pública de los ciudadanos: derechos indivi
duales y soberanía popular, si se los entiende correctamen
te, no están en conflicto, sino que se integran y se implican
mutuamente. Si se entiende la soberanía popular como un
gran proceso discursivo (institucionalizado según procedi
mientos y normas), se presupone que las libertades y los
derechos de los individuos que participan en ella están
salvaguardados: los derechos de los individuos son, pues,
por un lado, condiciones del proceso democrático, presu
puestos indispensables para su desarrollo, mientras, por
otro lado, son también su resultado, puesto que los dere
chos son también los que los ciudadanos democráticos se
atribuyen a sí mismos.
Por consiguiente, los derechos fundamentales que defi
nen la estructura de un estado democrático deben ser pen
sados como aquellos derechos que los ciudadanos tienen
que reconocerse entre sí, cuando deciden regular legítima
mente su convivencia mediante instrumentos jurídicos: los
derechos no preexisten a la comunidad política, pero la co
munidad política, a su vez, no puede prescindir de los de
rechos.
Los derechos fundamentales que constituyen el sostén
de toda democracia forman, según Habermas, un sistema
organizado en diversas categorías; compete al filósofo polí
tico indicar cuáles son las grandes categorías de derechos
que deben estar presentes en un legítimo estado democrá
tico: corresponderá luego a los ciudadanos llenar de conte
nido este esquema. Habermas indica los siguientes tipos
de derechos:1
1) derechos que salvaguardan la igualdad de las liberta
des individuales (los clásicos derechos liberales);
2) derechos que definen el estatus de miembro asociado,
esto es, con qué título se pertenece a determinado demos;
3) derechos para actuar en juicio en salvaguarda de los
propios derechos;
229
4) derechos para participar en los procesos discursivos
de creación del derecho, esto es, derechos para ejercer la
autonomía política (derechos democráticos);
5) derechos de distribución social, esto es, derechos para
gozar de condiciones de vida que permitan utilizar con
igualdad de oportunidades los derechos enumerados en los
puntos 1 a 4.29
Según Habermas, como vimos, los derechos forman un
sistema, en el sentido de que todos los tipos de derechos an
tes enumerados son necesarios para que una democracia
funcione bien. Por otra parte, dado que justamente la de
mocracia es el centro de su reflexión, Habermas incluye (en
el punto 5 de su sistema de derechos) los derechos sociales,
no como fin en sí mismos, sino más bien como condiciones
para el pleno ejercicio de todos los demás derechos. Para
Habermas es válida, entonces, la afirmación siguiente: el
fin de la sociedad no es la justicia social, pero cierto grado
de justicia social es condición imprescindible de la demo
cracia.
En la democracia, el discurso se institucionaliza gracias
a un sistema de derechos; pero con ello se genera también
su más característica ambigüedad. Al fundar su legitimi
dad en procedimientos discursivos (en dos niveles: el infor
mal de la opinión pública y el institucionalizado de los par
lamentos), la comunidad democrática de los ciudadanos
presupone, por un lado, que todos participen en la búsque
da cooperativa de las mejores soluciones; pero, por otro la
do, admite también que cada cual tome parte en el proceso
democrático haciendo un uso puramente estratégico de sus
derechos, funcional sólo para sus propios intereses. La de
mocracia, tal como Habermas la concibe, está, pues, estruc
turalmente abierta a dos resultados muy distintos: los ti
tulares de los derechos pueden aceptar la invitación a en
frentarse con los demás en el terreno del discurso, buscan
do los mejores argumentos (de este modo, la sustancia dis
cursiva de la democracia toma cuerpo y se desarrolla), o
bien pueden utilizar sus derechos de comunicación y parti
cipación sólo como un instrumento para perseguir estraté
gicamente sus propios intereses egoístas.
29 Ibid., págs. 148-9.
230
Para que se mantenga viva la frágil sustancia comuni
cativa de la democracia, es importante que el Parlamento,
esto es, el discurso institucionalizado, sea siempre estimu
lado y controlado por el discurso libre e informal de la opi
nión pública, a través de la prensa, los movimientos, las
iniciativas de los ciudadanos. La soberanía popular pensa
da discursivamente necesita, para no empobrecerse, am
bos aspectos: la deliberación formal en ámbitos institucio
nalizados, por un lado, y el debate informal de la opinión
pública, por el otro. Requiere, además, que se ponga un di
que a la intromisión de aquellos poderes sociales que gra
cias a sus recursos económicos colonizan de variadas ma
neras los medios de comunicación y el debate público, y
constituyen así una amenaza para la auténtica sustancia
discursiva de la democracia.
El carácter «exigente» de su modelo de democracia se
hace manifiesto también en la crítica que Habermas dirige
a un modelo de democracia que él considera mínimo, como,
por ejemplo, el que años atrás propuso Norberto Bobbio. La
traducción que este hace de la democracia como una serie
determinada de requisitos mínimos no refleja, según Ha-
bermas, «la sustancia de una concepción genuinamente
procedimental de la democracia». Habermas, junto con De-
wey, e incluso más allá de sus reflexiones, recuerda que pa
ra la democracia lo fundamental no es tanto la decisión por
mayoría, sino el proceso discursivo que condujo a ella, el
cual «puede cumplir funciones de integración social sólo
gracias a la expectativa de una calidad razonable de sus
resultados».30 Esto sólo es posible si la soberanía popular
se estructura y ejerce de conformidad con su naturaleza de
poder comunicativo, sostiene Habermas retomando un te
ma de Hannah Arendt. «En rigor —escribe Habermas—,
este poder comunicativo surge de la interacción que se crea
entre una formación de la voluntad institucionalizada co
mo estado de derecho, por un lado, y ámbitos públicos cul
turalmente movilizados, por el otro; estos últimos, a su vez,
se asientan en las asociaciones de una sociedad civil sepa
rada tanto del estado como de la economía».
Una de las principales dificultades que caracterizan a la
teoría habermasiana de la democracia es la de comprender
30 Ibid., pág. 360.
231
la relación que en ella se establece entre los aspectos nor
mativos y los descriptivos. Habermas no entiende el mo
delo de la democracia deliberativa como un puro modelo
normativo, sin nada que ver con la realidad. Al contrario:
los procesos de entendimiento discursivo están muy enrai
zados en las estructuras de los mundos vitales modernos,
que se reproducen también gracias a ellos; la racionalidad
del discurso está en muchos aspectos ya activa y eficaz en
las estructuras de la sociedad moderna, más de lo que al
canzan a ver las teorías «realistas», que consideran a la de
mocracia sólo como conflicto estratégico o mercado político:
«es irreal la hipótesis de que se puede pensar todo compor
tamiento social como acción estratégica y, como tal, desple
gada en términos de cálculo egocéntrico y utilitarista. Este
modelo tiene un poder de explicación sociológica manifies
tamente limitado».31
Ahora bien, el rechazo de una concepción puramente es
tratégica de la acción política democrática lleva a Haber-
mas a incurrir a veces en el error opuesto, que algunos han
caracterizado como «una concepción marcadamente ideali
zada de la comunicación, y especialmente del debate públi
co democrático».32 Las razones de esta crítica son eviden
tes: en las democracias reales, el potencial de racionalidad
discursiva puede sufrir reducción o neutralización si la opi
nión pública es manipulada y colonizada por los grandes
instrumentos de comunicación de masas; la influencia de
los lobbies y de los grandes poderes sociales siempre ame
naza con aplastar a la del público razonador, hecho que
también parece preocupar a Habermas, aunque tan sólo le
dedica pocas y breves consideraciones; en definitiva, pare
ce que también la política del discurso público debe ajustar
cuentas, de una manera más radical de lo que Habermas
refleja, con la cuestión de los poderes que se sustraen a la
mediación comunicativa, e incluso le imponen su pesado
condicionamiento.
232
4. La crítica al normativismo:
la teoría del poder de Foucault
Uno de los más frecuentes reproches que se les hace a
las teorías normativas (las cuales han alcanzado un nuevo
auge en las últimas décadas) es el de que son ciegas a la
ineludible dimensión del poder y de la fuerza que sería una
característica, casi una constante estructural, inseparable
de la política. Desde este punto de vista, la sociedad justa
de Rawls o la democracia discursiva de Habermas termi
nan por parecer elucubraciones abstractas, incapaces de
advertir que la política, también en la modernidad liberal y
democrática, no puede ser desvinculada de su fondo duro e
inquietante, de ese potemos que siempre ha constituido su
esencia.
Fue Cari Schmitt el pensador que en el siglo XX radica
lizó con mayor vehemencia la tesis de que lo que más pro
fundamente define a la política es el irreductible conflicto
entre amigo y enemigo; partiendo de Schmitt, la cuestión
de la política como ámbito del poder, del dominio, de la
fuerza, ha sido centro de un riquísimo espectro de refle
xiones, orientadas en las más diferentes direcciones, pero
aunadas por la convicción de la vanidad del proyecto nor-
mativista, que se propone trazar a la luz de la razón (o de la
razonabilidad) las coordenadas de la sociedad libre y justa,
del poder «bueno», domesticado y reconducido a sus fuen
tes comunicativas.
Mientras Schmitt termina fundamentalmente por ha
cer la apología de la política como conflicto sin cuartel, con
su irreductible núcleo de dominio, no faltan, en los tortuo
sos itinerarios del pensamiento del siglo XX, senderos de
reflexión que constituyen casi la inversión especular del
schmittiano: pensadores como Simone Weil y Hermann
Broch aceptan como verdadera la tesis de que la política es
el reino de la pura fuerza, pero a un tiempo invierten su
significado: ya no una apología de la política, sino una con
ciencia trágica de su irredimibilidad.33 No obstante, el rea-
33 Roberto Esposito ha insistido mucho en esta línea de pensamiento,
que despliega y a un tiempo invierte el realismo, dirigiéndolo hacia lo im
político; la introducción a Oltre la política, op. cit., constituye una eficaz
síntesis de su perspectiva.
233
lismo político schmittiano condujo también a otros resulta
dos, como el mesiánico-escatológico derivado de Walter
Benjamín, especialmente manifiesto en sus escritos de la
década de 1920: si el derecho es, en cuanto a su propia
constitución, violencia, entonces, no tiene sentido razonar
sobre el buen orden jurídico; hay que situarse más bien en
el horizonte de su superación mesiánica.34
La tesis que sostiene que la política y el derecho son pu
ro poder o pura íuerza, y que no cabe reconducirlos a una
medida de justicia, presenta, pues, en el pensamiento del
siglo XX, sesgos incluso radicalmente antitéticos entre sí:
desde la apología de la íuerza, que reduce la justicia a mero
flatus vocis, hasta la tesis que, dando otro sentido al realis
mo, mantiene la justicia, pero como algo que no pertenece a
este mundo, sino que tiene su sede sólo en una trascenden
cia ultramundana o escatológica. Parecería que en ambos
casos se está adjudicando al mundo de los hombres el desti
no de un horizonte de violencia y de pecaminosidad, tan po
co decible desde un punto de vista racional (explicarlo de
manera racional ya significa trascenderlo) como marcada
mente signado por explícitos o implícitos presupuestos teo
lógicos.
En una línea más nietzscheana que schmittiana, en mi
opinión, se ubica quien, gracias a su absoluta originalidad,
ha conquistado un primer plano entre los teóricos del po
der: Michel Foucault, con sus investigaciones genealógicas
y micrológicas, imprime a la reflexión sobre el poder un vi
raje que constituye una verdadera ruptura. Para Foucault,
el poder se despliega a la par que la realidad humana y so
cial, irreductible a las formas tradicionales con las que se lo
ha representado.
En primer lugar, el poder no se concentra en la institu
ción estatal ni en los lugares designados de la soberanía,
sino que vive en un conjunto de prácticas que atraviesan
cada aspecto de la sociedad. Por consiguiente, según Fou
cault, es preciso construir una «microfísica del poder», tra
zar sus mapas, escrutando todas las prácticas e institucio
nes en las que se encama, desde los lugares de reclusión,
34 W. Benjamín, Per la critica della violenza (1921), traducción italiana,
en Angelus Nouus, Turín: Einaudi, 1962.
234
como cárceles y manicomios, hasta los lugares de trabajo,
desde los hospitales hasta las prácticas médicas, incluyen
do las formas de control del cuerpo de los individuos y de la
sexualidad. Como consecuencia —y este es otro importante
aspecto de la reflexión foucaultiana—, la interconexión en
tre el poder y el saber (por ejemplo, el saber médico, psi
quiátrico, sexológico), entre el poder y las formas de discur
so, es mucho más profunda de lo que parece a primera vis
ta: no consiste en que el poder condicione al saber, some
tiéndolo a sus propios fines; no es así por cuanto el saber y
el poder están constitutivamente, estructuralmente, entre
lazados: «no se puede configurar un elemento de saber si,
por un lado, no se conforma a un conjunto de reglas y cons
tricciones propias de cierto tipo de discurso científico en
una época determinada, y si, por otro lado, no está dotado
de los efectos de constricción típicos de aquello que se con
valida como científico, o simplemente racional, o aceptado
de algún modo. A la inversa, nada puede funcionar como
mecanismo de poder si no se afirma con procedimientos,
instrumentos, medios, objetivos, que puedan ser convali
dados en sistemas más o menos coherentes de saber».35
Dada la potencia constitutiva de la diada poder/saber,
según Foucault, ya no es posible representar el poder como
algo que simplemente oprime y reprime a los individuos,
con sus necesidades y sus pulsiones; de una manera más
radical, el poder los produce, los constituye; la naturaleza
del poder no es, pues, represiva, sino productiva; el poder
estructura y codifica la subjetividad y los comportamien
tos. Por ejemplo, escribe Foucault, no era evidente que «el
deseo, la concupiscencia, el comportamiento sexual de los
individuos, se articularan efectivamente irnos sobre otros
en un sistema de saber y de normalidad llamado sexuali
dad». Ahora bien, prosigue, «comprender la aceptabilidad
de un sistema es inseparable de la comprensión de aquello
que hace difícil su aceptación, esto es, su arbitrariedad des
de el punto de vista del conocimiento, su violencia en térmi
nos de poder».36 Sin embargo, esto significa que toda estra
tegia o práctica de poder choca con desavenencias y resis
35 M. Foucault, ¡lluminismo e critica, traducción italiana, Roma: Donze-
lli, 1997, pág. 55.
36 Ibid., págs. 56-7.
235
tencias, da comienzo siempre a un conflicto con estrategias
de poder en competencia, en un juego agonístico de volun
tad de poder que, a mi entender, recuerda mucho al nietzs-
cheano.
Lo llamativo es que Foucault, como es sabido, no tiene
intención de renunciar al espacio de la crítica, incluso lo
reivindica; pero, desde su perspectiva, la crítica no es algo
que apele a un principio o criterio racional que trascienda
el poder, sino que es (y no puede ser de otro modo) parte in
tegrante de la trama conflictiva de estrategias de poder a la
que nada se sustrae en la realidad social. A mi entender,
esta posición supone la siguiente paradoja: por un lado, se
lee nietzscheanamente la realidad con las categorías de la
voluntad de poder; por otro lado, a diferencia de Nietzsche,
no se toma partido por el poder, sino por el contrapoder, por
las formas de resistencia. Ahora bien, si todo es fuerza,
¿qué motiva esta toma de partido? Al abandonar los ancla
jes trascendentales queda tan sólo, pura e infundada, «la
decisión de no ser gobernados»,37 o, más precisamente, lo
que Foucault llama «una actitud moral y política», que po
dría definirse simplemente como «el arte de no ser gober
nados o, si se prefiere, el arte de no ser gobernados de este
modo y a este precio»; por tanto, continúa Foucault, «como
primera definición general de la crítica, yo propondría la si
guiente: el arte de no ser excesivamente gobernados».38
La renuncia a la reflexión sobre el poder legítimo, moti
vada tanto por la consumación posmoderna de la racionali
dad y de lo trascendental como por la sospecha de que estos
criterios no hacen sino legitimar los poderes existentes,
sólo deja espacio para una política crítica entendida como
resistencia, desestabilización, deconstrucción. Es esta una
línea de fuga que ciertamente fascina a muchos exponen
tes del pensamiento contemporáneo —especialmente fran
cés—, pero, más allá de sus discutibles presupuestos teóri
cos, se entrega a una suerte de «mala infinitud», círculo sin
salida entre «gubemamentalidad» y deconstrucción.
236
5. Feminismo y teoría política
Las teorías feministas afrontan el problema de temati-
zar y someter a crítica una forma de poder tan difundido e
impregnado en la sociedad como ignorado por las más in
fluyentes tradiciones de la teoría política: el poder, o la su
premacía social, del sexo masculino sobre el femenino. Ya a
finales del siglo XVIII, Mary Wollstonecraft y Olympe de
Gouges desarrollaron en sus escritos la crítica del patriar
cado como uno de los pilares de la civilización occidental (y
no sólo de ella); esta crítica se convirtió en centro de refina
das elaboraciones teóricas, las más importantes de las cua
les se desarrollaron a partir de la década de 1970.
Entre las autoras que iniciaron lo que se ha definido
como el pensamiento de la diferencia sexual, una de las
más influyentes es Luce Irigaray, quien emprende, a partir
de su obra Speculum. La otra mujer,39 de 1974, una crítica
a la manera como, dentro del orden simbólico masculino
(caracterizado a partir de la lectura crítica de Freud y de
Lacan), se entiende y se representa a la mujer y, especial
mente, la sexualidad femenina. En la concepción de Freud
y del psicoanálisis, sostiene Irigaray, se ve a la mujer fun
damentalmente como no-varón, se la entiende mediante
las categorías de «ausencia» y de «falta», como aquella que
no posee el órgano sexual masculino y lo «envidia»: no se to
man en consideración, por lo tanto, la especificidad y la au
tonomía de la diferencia sexual, sino que se la reduce a me
ra carencia.
Esta desvalorización de lo femenino siempre ha carac
terizado al orden simbólico patriarcal. El poder de los hom
bres sobre las mujeres en la sociedad coincide con un orden
simbólico y con un sistema de saberes (y aquí estamos cer
ca del entrelazado foucaultiano de poder y saber) que consi
dera al sexo masculino como «paradigma de todo el género
humano», de modo que, en relación con él, «el sexo femeni
no aparece como no enteramente humano, esto es, humano
pero de grado inferior, incompleto [...] Si el género huma
no por excelencia se modela a partir de los hombres, y las
mujeres difieren de los hombres, esta diferencia correspon
39 L. Irigaray, Speculum. L’a ltra donna, traducción italiana, Milán:
Peltrínelli, 1975.
237
de a una falta o inferioridad».40 El orden simbólico patriar
cal (que algunas autoras han definido como «falologocéntri-
co»), de acuerdo con una propuesta interpretativa que, co
mo señala Cavarero, comparte todo el pensamiento femi
nista, se estructura como un sistema de economía binaria,
dual y jerárquica, donde lo masculino representa el polo
positivo y dominante, y lo femenino, el polo negativo y do
minado; ejemplos de esta concepción bipolar son las dicoto
mías cultura/naturaleza, razón/pasión, mente/cuerpo, pú-
blico/privado.41 En el orden simbólico patriarcal, momento
inseparable del dominio masculino sobre la mujer, lo mas
culino se identifica con lo universal, en tanto que la mujer
es privación, humanidad incompleta, y se la define me
diante los caracteres que el hombre le atribuye, de los que
la mvger misma se apropia para su autocomprensión.
A partir de esta línea de reflexión se desarrolla también
una crítica de la igualdad política moderna. En un primer
tiempo, esta se propone como igualdad de todos los ciuda
danos, aun cuando queda sobreentendido que ciudadanos
son sólo los varones, puesto que las mujeres están exclui
das. Durante el siglo XX, en cambio, la igualdad política
llega a incluir a todos los individuos «sin diferencia de se
xo»; no obstante, esta inclusión en la igualdad esconde, sos
tiene Adriana Cavarero, una extraña paradoja: «Las muje
res, coherentemente excluidas en un principio, son des
pués incluidas mediante una lógica de homologación que
pasa por alto el hecho de que son mujeres, no hombres».42
En otras palabras, se consiente a las mujeres que se vuel
van iguales a los hombres, pero ellas no dejan de ser muje
res, y quieren seguir siendo tales «a todos los efectos prácti
cos y simbólicos»: en tanto que los hombres se enmarcan
sin fricciones en una igualdad pensada a su medida, las
mujeres, para entrar, deben renunciar a su diferencia.
Mientras la línea de investigación que parte de Iriga-
ray, y se desarrolla en el pensamiento italiano sobre la dife
rencia sexual, mantiene un diálogo crítico con los grandes
40 A. Cavarero, ¡l pensiero femminista. Un approccio teorético, en F.
Restaino y A. Cavarero, Le fitosofie femministe, Turin: Paravia, 1999,
págs. 116-7.
41 Ibid., póg. 199.
42/6id., pág. 126.
238
autores del pensamiento europeo (Freud y Lacan, Heideg-
ger y la hermenéutica, Foucault y Derrida), en el ámbito de
la cultura anglosajona, las teorías feministas, por una
parte, hacen suyos y radicalizan los temas del deconstruc
cionismo (como en el caso de Judith Butler),43 en tanto que
en otros sectores desarrollan un enfrentamiento con las
teorías morales y políticas universalistas de las que Rawls
es el más prestigioso exponente.44
En este contexto, el trabajo de Carol Gilligan Un a diffe-
rent voice, 1982) marca un hito fundamental con su crítica
de la psicología moral evolutiva de Lawrence Kohlberg, a
la que incluso Habermas había hecho referencia para co
rroborar y articular su teoría moral universalista. En sus
estudios de psicología evolutiva, Kohlberg distingue di
versos niveles de desarrollo de la conciencia moral: par
tiendo de un primer estadio preconvencional, en el que el
niño comprende las nociones de correcto e incorrecto sólo
en términos de los consecuentes premios y castigos, se pasa
a un estadio convencional, en el que el buen comportamien
to es el que se conforma a las reglas establecidas por la
familia y la sociédad, y por último se accede a un estadio
posconvencional, en el que los dilemas morales no se re
suelven con referencia a las reglas vigentes de hecho, sino
apelando a principios o valores morales universales. La re
flexión de Gilligan45 parte del hecho de que, ante las prue
bas utilizadas por Kohlberg para medir el nivel de con
ciencia moral alcanzado por un sujeto, las mujeres jóvenes
se ubicaban, en general, en los niveles más bajos, sin alcan
zar el que Kohlbeig consideraba como el estadio más eleva
do de conciencia moral.
Gilligan propone una interpretación de esta situación
que difiere de la de Kohlberg. El hecho de que las mujeres,
en general, no resuelvan los dilemas morales según princi
43 Cf. J. Butler, Corpi che contano. I limiti discorsivi del corpo, Milán:
Feltrinelli, 1996.
44 Para una mirada de conjunto, véase el ensayo de A. E. Galeotti, Teorie
polUiche femministe, en Manuale di filosofía política, op. cit., págs. 47-67.
43 La obra principal de C. Gilligan es Con voce di donna. Etica e forma-
zione della personalitá (1982), traducción italiana, Milán: Feltrinelli,
1987. Se presenta y se discute el pensamiento de Gilligan de una manera
clara y provechosa en el ensayo de I. Salvatore, Teoría femminista e criti
ca, en Ragioneooli dubbi. Seminario de Urbino, al cuidado de P. Costa, M.
Rosati e I. Testa, Roma: Carocci, 2001, págs. 124-43.
239
pios abstractos y universales no significa que no hayan
alcanzado un completo desarrollo de la competencia moral
(como se podría deducir de la teoría de Kohlberg), sino, más
bien, que la ética femenina está guiada por orientaciones
distintas, las cuales, medidas con la escala presuntamente
universal de Kohlberg, aparecen como inferiores. Por ejem
plo, si se plantea el caso de un señor cuya mujer está grave
mente enferma y él no tiene dinero para medicamentos, al
preguntar si hace bien en robarlos, los varones tienden a
responder que sí, conforme a principios generales y abs
tractos como el que sostiene que la vida de una persona es
más importante que el derecho de propiedad. Las respues
tas de las mujeres son, en cambio, más matizadas y com
plejas, más atentas a todos los problemas del contexto (por
ejemplo: si el marido termina preso por el robo de los medi
camentos, ¿quién se ocupará de la mujer enferma?).
Las conclusiones teóricas de Gilligan son muy claras; en
las mujeres se observa un enfoque de la moral que no es
inferior sino distinto del que resulta más característico de
los varones: las elecciones correctas no son el producto de
principios universales sino, como una respuesta sensible al
contexto, de las relaciones y los vínculos preexistentes, de
las expectativas de quien espera recibir cuidados: «las mu
jeres tienen contacto más frecuente con requerimientos es-
pecialísimos que se espera ver satisfechos. Inmersas como
lo están en una red de relaciones, se induce a las mujeres a
considerar seriamente siempre y tan sólo a otros particu
lares, otros concretos, como dice Benhabib, caracterizados
por necesidades que requieren respuestas. Y es esta la
orientación moral de las mujeres en relación con el mun
do».46 Propia de las mujeres, en suma, es una ética del cui
dado, distinta de la ética universalista de los principios, en
cuanto no tiene como término de referencia a «otro genera
lizado», sino que se dirige a la persona concreta que mani
fiesta una necesidad, un pedido de atención y ayuda. No
hay, pues, según Gilligan, un único parámetro de pensa
miento moral, una única concepción de lo correcto: la ética
masculina de los principios tiene como contrapartida una
ética femenina del cuidado.
«/W d-.pág. 131.
240
Ahora bien, esta afirmación de la diferencia femenina
plantea un problema que la propia teoría feminista puso de
relieve: sostener la especificidad femenina en el sentido de
una ética del cuidado significa inscribirse una vez más en
el horizonte binario del orden simbólico patriarcal, con la
única modificación de una diferente indicación de valor: «la
mujer como naturaleza y como ser oblativo es precisamen
te aquello que el hombre, desde hace ya milenios, posiciona
como otro en sí y por sí. El gesto feminista de cambiar el
signo de la dicotomía, exaltando el valor positivo de las
ecuaciones mujer/naturaleza y mujer/altruismo, contra el
valor negativo de las ecuaciones hombre/tecnología y hom-
bre/egoísmo, más que disolver el orden patriarcal, lo legiti
ma».47 En otras palabras, «Gilligan consagra, en definiti
va, el papel tradicional de las mujeres»,48 en el sentido de
que no hace sino valorizar la posición que el orden patriar
cal siempre les asignó.
Junto con posiciones como las que hasta aquí hemos re
cordado, que impugnan el universalismo de la teoría moral
y política, hay otras que aceptan en cierta medida los pre
supuestos de ese universalismo, pero no las consecuencias
que en general derivan de él: tal es el caso de la reflexión de
Susan Moller Okin.49 Okin desarrolla, desde el punto de
vista de las mujeres, una crítica rigurosa de algunas pers
pectivas influyentes de la teoría política contemporánea,
como el liberismo de Nozick, el comunitarismo de Maclnty-
re y la teoría de la justicia de Rawls.
Okin le objeta a la teoría de Nozick que, si se acepta el
axioma libelista de que cada cual es propietario de sí y de
lo que produce con su trabajo y su esfuerzo, entonces, se de
bería extraer la consecuencia absurda de que los hijos son
propiedad de las mujeres, las cuales esforzadamente los
traen al mundo. Okin le señala al comunitarismo que las
tradiciones de pensauniento ético y de reflexión sobre la vi
da buena que pretende vailorizar (especialmente, en el caso
de Maclntyre, la tradición aristotélica y tomista) le asignan
47 A. Cavarero, II pensiero femminista, op. cit., págs. 120-1.
481. Salvatore, Teoría femminista e critica, op. cit., pág. 132.
49 Cf. especialmente S. Moller Okin, Le donne e la giustizia. La famiglia co
mo problema político (1989), traducción italiana, Barí: Dedalo, 1999. Acer
ca de Okin, véase la revista Filosofía e questioni pubblichc, III, n* 2,1997,
con ensayos de la propia Okin y de E. Galeotti, I. Salvatore y A. Pauncz.
241
a la mujer un papel irremediablemente subalterno y, por
tanto, no son ciertamente tradiciones en las que el pensa
miento ético femenino pueda inspirarse.
Distinta es la opinión de Okin sobre Rawls: la autora le
reconoce a este el mérito de haber puesto de relieve el papel
que la familia ejerce en la sociedad como factor que con
diciona y determina las oportunidades de las que los indi
viduos pueden beneficiarse. El límite del autor de Teoría de
la justicia es no haber extraído, de los principios que cons
tituyen el basamento de su construcción, todas las conse
cuencias que habría sido posible derivar, para poner en tela
de juicio la estructura sexista de la familia y de la sociedad
existentes: Okin no dirige, pues, su crítica contra los princi
pios de la teoría de Rawls, sino contra la manera como él
los aplica y desarrolla. Si se profundiza la idea del velo de
ignorancia, suponiendo que las partes en posición origina
ria no conocen su propio sexo, y si a un tiempo se acepta la
tesis (formulada por el propio Rawls) de que la familia es
una de las instituciones sociales fundamentales, entonces,
se debe concluir, más allá de Rawls, que las partes en posi
ción originaria deberían preocuparse por extender los prin
cipios de justicia también al ámbito familiar y a las rela
ciones de género, lo que implicaría una revisión sustancial
de la manera como funcionó hasta hoy la institución fami
liar, así como una reconsideración de la estructuración de
las relaciones de género en nuestras sociedades. Así pues, a
diferencia de otras pensadoras feministas, Okin no somete
a crítica los presupuestos de fondo del universalismo; por el
contrario, piensa que se los debe tomar en serio más de lo
que la teoría política lo hizo hasta ahora, para criticar des
de ellos el sexismo aún existente en nuestras sociedades.
La teoría de Okin, por tanto, ha sido objeto de observacio
nes críticas exactamente opuestas a las que se dirigieron a
la perspectiva de Gilligan: al concentrar toda su atención
en la justicia dentro de la familia y en las relaciones de
género, Okin parece pasar por alto la relevancia de la dife
rencia femenina y la necesidad de políticas sociales no me
ramente igualitarias, sino diferentes. Su reflexión repre
senta, pues, uno de los polos de una discusión compleja y
enmarañada, en la cual, por un lado, se reivindica la dife
rencia en contra de un fingido universalismo que es en rea
lidad discriminatorio, y, por el otro, se reconoce que la dife-
242
renda femenina ha sido construida en parte por el orden
dominante del patriarcado, y no es, por consiguiente, una
esenda que se deba recuperar o valorizar. Difícil cuestión
esta, que lleva a Okin a concluir, en diálogo con la femi
nista radical Catharine MacKinnon, que «no podremos en
modo alguno saber cuánto y en qué difieren hombres y mu
jeres mientras no los veamos en una situadón de igual
dad».50
243
8. Cuestiones para la filosofía política
245
Al pretender desligar la teoría política de su dependencia
de una justificación moral, se facilita y se dificulta a un
tiempo la justificación racional de la teoría política misma.
En lo que respecta a este problema, la perspectiva de
Habermas tampoco está totalmente libre de incoherencias
internas: de manera semejante a Rawls, Habermas se nie
ga a hacer que los principios del justo orden político depen
dan de una perspectiva moral, a la que la política termina
ría por quedar subordinada. Pero, a la vez, como vimos, de
riva el principio de la democracia de un más originario
principio del discurso, en virtud del cual son válidas aque
llas normas que podrían obtener el consenso de todos los
participantes en un discurso práctico. En este punto se tor
na muy convincente la objeción de que el principio del dis
curso ya contiene el núcleo de lo que luego se articulará
más precisamente como moralidad:2 pero entonces, contra
diciendo las intenciones de Habermas, se sigue que la teo
ría de la democracia, al surgir del principio del discurso,
depende esencialmente de supuestos de teoría moral, aun
que niegue esta dependencia rechazando la subordinación
del derecho democráticamente establecido a la moral.
A mi juicio, la necesidad que está en la base de las refle
xiones de Rawls y de Habermas sobre este punto es cierta
mente clara y comprensible, pero no menos cierto es que se
encuentra amenazada por una tensión o contradicción in
terna: por una parte, se quiere mantener algún nexo entre
teoría política y teoría moral (cortar todo vínculo equival
dría a salir de la dimensión de la teoría política normativa);
por otra parte, se considera que el reconocimiento del plu
ralismo y de la autonomía del momento político exige que
esto no dependa de teorías morales específicas, las cuales,
strategie di composizione del pluralismo normativo: tradizionc, consenso
per intersezione, discorso», Filosofía e Questioni Pubbliche, I, n° 1,1995,
págs. 93*111; reeditado en Per un’etica pubblica. Giustificare la demacra-
zia, Nápoles: Liguori, 2000.
2 Esta critica a Habermas la formula K.-0. Apcl en Discorso, ueritá. res-
ponsabilitá, traducción italiana al cuidado de V. Marzocchi, Milán: Gueri-
ni eAssociati, 1997, págs. 291 y sigs. Sobre el pensamiento de Apel, cf. V.
Marzocchi, Ragione come discorso pubblico. La trasformazione delta filo
sofía di K.-O. Apel, Nápoles: Liguori, 2001.
246
en una sociedad pluralista, no pueden ser compartidas por
todos. Pero ni Rawls ni Habermas logran satisfacer a la vez
ambas necesidades de las que se hacen representantes.
Por tanto, en lo que concierne a la cuestión del vinculo
entre justificación moral y justificación política, aparece
como más coherente una línea que se inspire en algunas de
las observaciones que propuso Karl-Otto Apel en su discu
sión crítica de las tesis habermasianas. En primer lugar,
parece claro que la indagación acerca del orden político jus
to no puede desligarse de una concepción de la justicia ela
borada en primer lugar en el ámbito de la teoría moral; por
lo demás, tanto Rawls como Habermas sustentaban ini
cialmente esta posición. Aclarado este punto, corresponde
indagar qué teoría moral está en condiciones no sólo de
ofrecer una suficiente justificación racional de sí misma,
sino también de servir de marco para una construcción po
lítica que no sacrifique el fundamental requerimiento del
pluralismo. La hipótesis que me parece más aceptable es,
por tanto, la propuesta por Apel, y también por Habermas
en determinada etapa, que consiste en tomar como punto
de partida una teoría moral (como la ética del discurso de
Apel y Habermas y, anteriormente, la ética del diálogo del
filósofo italiano Guido Calogero) capaz de aducir sólidos
argumentos para su propio sostén y, a la vez, no menos plu
ralista que la concepción de Rawls: se trata de una ética
que tiene como centro la disponibilidad para escuchar to
das las voces y requerimientos humanos, y sólo excluye a
quienes no están dispuestos a escuchar las razones ajenas
y pretenden imponer por medio de la fuerza su propio pun
to de vista.
Ahora bien, una ética del discurso o del diálogo no sólo
es profundamente pluralista, sino que es capaz, a un tiem
po, de mostrar por qué todo individuo racional debería
aceptarla o, dicho de otro modo, por qué no podría encon
trar argumentos válidos para rechazarla. En sustancia, el
argumento que se puede presentar como sostén de la va
lidez de una ética del discurso o del diálogo puede formu
larse como sigue. Supongamos que se inicia una discusión
teórica sobre el problema de si hay principios éticos que se
puedan justificar. Antes de responder que no hay tales
principios (así responderían, efectivamente, muchos de los
filósofos contemporáneos), la actitud de quien se plantee
247
seriamente el problema debería ser la de quien, como par
ticipante en un debate argumentativo, se dispone a escu
char todos los argumentos que se presentarán y a prestar
les similar atención. No bien se comienza a examinar un
problema, o se inicia un debate, en suma, se acepta lo que
podríamos llam ar norma fundamental de la discusión
crítica, que impone someter toda tesis a la confrontación
discursiva y escuchar los argumentos de todos los partici
pantes en la discusión. Pero la atención y el respeto que se
deben a todos los argumentos no pueden dejar de extender
se también a las personas, todas las cuales pueden dialo
gar y argumentar. Por consiguiente, de la norma de la dis
cusión crítica, que no puede dejar de incorporar todo aquel
que participe en un debate, se desprende una más compro
metida norma moral, que prescribe dar oídos a las razones,
a los requerimientos, a las necesidades de todas las perso
nas. En términos de Apel: «En el a priori de la argumenta
ción está incluida la pretensión de justificar no sólo todas
las afirmaciones de la ciencia, sino, más allá de estas, todas
las convicciones humanas (incluso las convicciones implíci
tas, contenidas en las acciones y en las instituciones, de los
hombres en relación con otros hombres). Quien argumenta
reconoce implícitamente todas las posibles convicciones de
todos los miembros de la comunidad de la comunicación
que puedan justificarse con argumentos racionales [...] y
se compromete a la vez a justificar con argumentos sus pro
pias convicciones frente a los demás».3 El principio de una
ética del discurso prescribe fundamentalmente, pues, el
respeto y la atención a las razones de los otros; y afirma
que la justa resolución de los conflictos que pudieren surgir
por el choque de necesidades es aquella que resultaría del
diálogo argumentativo e igualitario entre todos los intere
sados e implicados, comprometidos de manera solidaria
mente co-responsable en la búsqueda de aquellas solucio
nes que mejor respondan a los intereses de todos.
En mi opinión, sólo a partir de esta orientación ética de
fondo se puede (intentar) proponer una respuesta a la pre
gunta, que se plantea una y otra vez en filosofía política, so
bre el «fundamento» de los derechos y de la democracia.
3 K.-0. Apel, Comunitá e communicazione, traducción italiana, Turín:
Rosenberg & Sellier, 1977, pág. 260.
248
Del principio ético que prescribe el respeto de todas las
personas, cada una con sus necesidades, convicciones e in
tereses, se deriva también la justificación de un orden jurí-
dico-político que garantice la igualdad de derechos, es de
cir, la igual libertad y dignidad de todas las personas, no
sólo como principio moral, sino como norma a la que, inclu
so de manera coactiva, se imponga respetar. La necesidad
de superar la mera moralidad en un orden jurídico tiene su
raíz en la moralidad misma: esta me prescribe el respeto
hacia las otras personas, pero no puede realmente obligar
me mientras yo no tenga la garantía de que también los
otros se comportarán así conmigo. Si no se la entendiese de
este modo, la moral, paradójicamente, se convertiría en el
medio de transformar a quien sigue su regla en presa de
sarmada de quien, por el contrario, la transgrede. Por con
siguiente, «el principio del diálogo no es tan sólo el princi
pio de la persuasión desarmada, sino también el principio
de la coerción jurídico-política; esto es, quienes respetan su
regla han de ser eficazmente defendidos de quienes no tie
nen intención de respetarla».4
El principio ético según el cual las necesidades de todas
las personas tienen derecho a idéntica consideración y res
peto (un principio similar hemos encontrado en la reflexión
de Robert Dahl acerca de los fundamentos de la democra
cia) debe ser, pues, el hilo conductor para individualizar los
lincamientos básicos de un orden jurídico legítimo. Desde
luego, queda establecido que no es posible en modo alguno
asimilar la comunidad jurídicamente organizada de los
ciudadanos de un estado a una comunidad ética: esta sería
el reino, meramente imaginable, de individuos que actúan
sus relaciones mutuas de acuerdo con lo que prescribe el
punto de vista moral. La comunidad política otorga a los
individuos, en cambio, derechos cuyo fin es asegurarles
igual libertad y dignidad; pero sigue siendo, en todo caso,
una comunidad real de individuos que pueden tener un
sentido de justicia, aunque pueden también estar decidida
mente centrados en sí mismos de manera egoísta, indivi
duos cuyas dotaciones naturales y sociales son desiguales
en muchos aspectos, y que pueden servirse de sus derechos
4 G. Calogero, Filosofía del dialogo, Milán: Edizioni di Comunitá, 1977,
pág. 358.
249
primordialmente para fines de autoafirmación. Así pues, la
comunidad política nunca cumplirá por completo ese ideal
de idéntico respeto hacia todas las personas, el cual, aun
así, debe inspirar sus instituciones fundamentales y cons
tituir siempre su término de confrontación, su promesa
siempre incumplida.
250
ma «de distribución social» no constituyen un fin en sí mis
mos, sino que son, por decirlo así, instrumentales para el
goce de los demás derechos (hay que asegurar a los indivi
duos ciertas condiciones sociales; de lo contrario, no podrán
gozar verdaderamente de los derechos de libertad o de los
derechos democráticos).
Si partimos del supuesto ético fundamental de la idén
tica dignidad de los intereses de todas las personas, el ca
mino más prometedor se ubica, al parecer, en un término
medio entre Rawls y Habermas: los derechos y las institu
ciones en las que se manifiesta el requerimiento de igual
dad o de justicia social no pueden considerarse, como en
Habermas, esencialmente «funcionales» para los demás
derechos; al contrario: deben incorporarse como derechos
fundamentales con igual título que los derechos de libertad
individual y los derechos democráticos. Por otra parte,
como lo hace Habermas, conviene distinguir claramente
los derechos de libertad individual y los derechos democrá
ticos, porque hacen referencia a dos dimensiones distintas
de ejercicio de la libertad, cuya mutua relación no es en ab
soluto simple, ni se puede dar por descontada, sino que re
quiere una atenta reflexión.
Sólo mediante tal estructura puede el «sistema de los
derechos», retomando la expresión habermasiana, consti
tuir efectivamente un marco dentro del cual esté garanti
zado el respeto pleno y concreto para todas las personas.
Ahora tenemos que entender mejor cómo hay que concebir
las tres dimensiones fundamentales de los derechos de
libertad, los derechos democráticos y los derechos sociales,
cada una de por sí y, a la vez, en cuanto al vínculo que las
une. En primer lugar, los derechos de libertad individual
constituyen para cada uno la garantía básica, no sólo para
la salvaguarda de su seguridad y su persona, sino para que
pueda desarrollar, mediante la libre elección de sus modos
de vida, la búsqueda de su propio bien, y además hacer va
ler libremente sus propios requerimientos y puntos de vis
ta: los derechos de libertad individual protegen la inaliena
ble necesidad del individuo, experimentada más que nun
ca en la modernidad tardía, de disponer de un espacio de
elecciones delicadamente personales, de las que él mismo
asume la responsabilidad. Los derechos democráticos ase
251
guran que los intereses, los valores, las necesidades de ca
da uno concurran, mediante el debate público y los apro
piados procedimientos de representación y deliberación, a
la formación de las leyes. Los derechos sociales (que po
drían articularse mediante un sistema conceptual como el
que propone Sen, al que ya nos hemos referido) tienen la fi
nalidad de asegurar a cada uno las condiciones para el más
amplio desarrollo posible de su personalidad humana, es
to es, en términos de Sen, sus «funcionamientos» y sus «ca
pacitaciones». Ahora bien, la relación entre estos diversos
ámbitos de derechos no es simple ni lineal. En muchos as
pectos, los derechos forman un sistema, por cuanto unos
presuponen a otros: por ejemplo, los derechos de libertad y
los derechos sociales son condición para los derechos demo
cráticos;5 estos, a su vez, son condición de aquellos, pues
sólo el ejercicio de la autolegislación, constitucional u ordi
naria, hace que los contenidos más precisos de los derechos
de libertad y de los derechos sociales puedan determinarse
legítimamente: los derechos de libertad y los derechos so
ciales tienen necesidad, pues, de la soberanía popular para
su precisión y explicitación, y son, a la vez, condición de
ella. Esta idea de la mutua presuposición6 es válida para
todos los tipos de derechos: los derechos de libertad requie
ren de los democráticos para su garantía (ya lo afirmaba
Constant), y de los sociales para los recursos que permiten
el libre ejercicio de la libertad. Sin los derechos de libertad
ni los derechos democráticos, los derechos sociales no po
drían brindar a los individuos las condiciones que ellos
mismos, en última instancia, deben juzgar como funciona
les para el desarrollo de su individualidad.
No obstante, aunque se acepte la bien fundamentada
tesis de que un sistema de derechos así concebido constitu
ye una de las estructuras de sostén «no visibles» de una de
5 M. Bovero, Contro il gouerno dei peggiori. Una grammatica delta de-
mocrazia, Roma-Bari: Laterza, 2000, págs. 40-1, defiende una tesis simi
lar: los derechos de libertad y algunos derechos sociales son condiciones
cuya falta puede transformar la democracia en democracia aparente.
6 Una idea que, limitándose a la diada libertad/justicia, ha sido amplia
mente desarrollada en el liberalsocialismo; véase, por ejemplo, G. Calo-
gero, Le rególe delta democrazia e le ragioni del socialismo, Roma: Edizioni
dell’Ateneo, 1968; reeditado, con una útil introducción de Thomas Casa-
dei, Reggio Emilia: Diabasis, 2001.
252
mocracia, es necesario considerar también otro aspecto:
entre los diversos tipos de derechos no reina ninguna ar
monía preestablecida, en el sentido de que el juego de los
equilibrios entre ellos supone necesariamente tensiones o
fricciones que sólo pueden resolverse en el concreto ejerci
cio de la práctica democrática. Por ejemplo: ¿hasta dónde
se extiende el legítimo ejercicio de la libertad privada indi
vidual, el ámbito de los comportamientos lícitos? El intento
liberal de trazar límites infranqueables en este ámbito (por
ejemplo, mediante el «principio del daño» de John Stuart
Mili) no puede considerarse plenamente exitoso. Tal vez re
sulte más coherente sostener, junto con Habermas, que,
una vez establecido el principio de la mutua presuposición
de la autonomía privada y la autonomía pública, los límites
precisos entre estos ámbitos se deben instaurar mediante
la acción política, y que cambian según las circunstancias
históricas: «Así como no se puede circunscribir de una vez y
para siempre el ámbito de la autónoma persecución de los
intereses privados frente al ámbito en el que se realiza el
“bien común”, tampoco es posible recortar, dentro del ámbi
to habitualmente considerado del derecho privado, una
verdadera esfera de la intimidad. El debate sobre la porno
grafía demuestra que establecer estos límites es una cues
tión difícil, que siempre se ha de poder remitir a la confron
tación política».7
Tbngo la impresión de que Habermas capta aquí perfec
tamente un punto problemático que hay que enfocar con
precisión: por una parte, la democracia presupone como
condiciones los derechos de libertad y los derechos sociales;
por otra parte, estos derechos son establecidos justamente
en el proceso democrático, que una y otra vez los reinter
preta y los recodifica. Este círculo no tiene por qué ser nece
sariamente virtuoso. Lo que se puede sostener desde el
punto de vista de la teoría es que, si es cierto lo que hasta
aquí hemos dicho, la democracia entendida en sentido am
plio, esto es, como el conjunto sinérgico de los derechos de
libertad, los derechos sociales y los derechos políticos, es,
como alguna vez se ha afirmado, una cuestión de grados:
tanto más se actúa y expande cuanto más hace justicia a
todas sus dimensiones, desde la libertad delicadamente in
7 J. Habermas, FaUi e norme, op. cit., pág. 373.
253
dividual hasta la participación política activa, incluyendo
la más amplia garantía de derechos sociales expansivos.
Esto implica, naturalmente, la necesidad de controlar, a
través del diálogo democrático, las tensiones que siempre
surgen entre los diversos aspectos de la libertad, que en de
finitiva remiten, como vimos, a las grandes tradiciones li
beral, democrática y socialista.
Esta línea de razonamiento, es decir, la perspectiva de
una filosofía política «democrática» en el sentido que aca
bamos de especificar, requiere recalibrar la tesis, en la cual
a esta altura convergen Rawls y Habermas, de la «priori
dad de lo justo sobre el bien». No para orientarse hacia una
comunitarista prioridad del bien sobre lo justo, sino hacia
un más balanceado equilibrio entre estas dos dimensiones.
El tema se pone de relieve con absoluta evidencia si nos
centramos en la cuestión de los derechos sociales, esto es,
la igualdad de recursos: la primacía de lo justo impone a
Rawls detenerse en la idea de que la distribución de los bie
nes primarios debe ser igualitaria en la mayor medida po
sible (contemplando el principio de diferencia); ahora bien,
las críticas dirigidas a esta elección rawlsiana, por ejemplo,
por Amartya Sen, llevan a la conclusión de que una socie
dad bien ordenada no puede evitar tomar decisiones res
pecto de cuáles se consideran los «funcionamientos» o las
capacidades más importantes para los individuos, que se
han de promover y garantizar. Al hacer esto, la política no
puede dejar de guiarse por concepciones de lo que es bueno
para los individuos, que, como las concepciones de lo justo,
deben ser elaboradas y verificadas en el debate público, y
son pues legitimadas, en definitiva, por el consenso discur
sivo de los propios individuos. Tanto en Rawls como en Ha-
bermas, en cambio, prevalece la idea de que las cuestiones
relativas al bien (el filósofo alemán las define como cuestio
nes «éticas»), a diferencia de las relativas a lo justo (a las
que denomina cuestiones «morales»), dado que hacen refe
rencia a concepciones controvertidas de aquello que cada
cual entiende como vida buena para sí, no admiten una
argumentación tan rigurosa como la que puede aplicarse a
las cuestiones morales (donde el problema es encontrar so
luciones aceptables en interés de cada uno por igual).
Aunque esta última tesis no carece de cierta plausibili-
dad, no se la puede adoptar en un sentido demasiado rígi
254
do, como si las cuestiones relativas al bien fuesen materia
de pura idiosincrasia subjetiva. Al contrario: la reflexión
teórica sobre cuáles son los bienes más importantes para el
hombre (en la que se aventuró una gran tradición filosófi
ca, desde Platón y Aristóteles hasta Spinoza) es un ámbito
de argumentación racional, no menos que la reflexión so
bre la justicia. Desde el punto de vista de la filosofía social
y política, se abren así amplios espacios no sólo para la bús
queda de aquello que podríamos considerar los «elementos
necesarios para un funcionamiento auténticamente huma
no»,8 respecto de los cuales se puede obtener un amplio
acuerdo transcultural, sino también para una reconsidera
ción del importantísimo tema de los bienes comunes, esto
es, aquellos bienes —como el ambiente saludable, las posi
bilidades de comunicación, la cultura— que no valen sólo
por los efectos positivos que generan, sino también porque
se trata de bienes que, a diferencia de los de tipo adquisiti
vo, se gozan sin que esto implique privación para otros; in
cluso son bienes de los que gozamos sólo en cuanto también
otros gozan de ellos. Deberían ser, por tanto, objeto de par
ticular atención en una sociedad democrática orientada al
desarrollo de todos.
255
mo) que la teoría normativa no es más que un ejercido es
téril, un pasatiempo para «almas bellas» que no tiene nin
guna relación con la dura realidad de fuerza y conflicto que
caracteriza a la verdad fáctica de la política. Esta actitud es
pobre y restrictiva, pues no repara en que, por más riguro
sa y áspera que sea la realidad de la política, en ella siem
pre se plantean cuestiones de justida, se discuten argu
mentos y, por tanto, el momento normativo está también
arraigado y presente en la verdad de los hechos: al negarlo
se sustenta una concepción de la política demasiado unila
teral, y por ende, si bien se mira, muy poco «realista». Insa
tisfactoria es también la manera de ver hada la cual pare
cen «deslizarse», a veces, teorías como la de Habermas y la
de Rawls: una manera de ver que hace aparecer a la teoría
normativa como capaz casi de describir la política, con
alguna tolerable desviación, como realmente es. El propio
Habermas (formado —no olvidemos— en la escuela del
marxismo crítico) es muy consciente, aunque a veces no lo
subraye como debería, de que no es así, de que entre norma
y hecho subsiste, si no un abismo ontológico, ciertamente
una fuerte tensión: el supuesto propio de la teoría normati
va es que «no existen impedimentos fundamentales para
un ordenamiento igualitario de las relaciones interperso
nales». Pero, prosigue Habermas, «naturalmente, nuestras
sociedades están profundamente marcadas tanto por la
violencia manifiesta como por una violencia estructural.
Las atraviesa el micropoder de represiones ocultas, y son
deformadas por el despotismo, la marginacióny la explota
ción. Ello no nos provocaría indignación si no supiésemos
que estas relaciones desvergonzadas podrían configurarse
de otro modo»; la crítica a las relaciones de hecho es, pues,
posible, precisamente, a partir del supuesto que exige «que
a todas las personas les corresponda un igual estatus nor
mativo, y que todas deban otorgarse un simétrico y mutuo
reconocimiento» 9
También Rawls considera el consenso acerca de los
principios de justicia no como un hecho, sino como una po
9 J. Habermas, II futuro delta natura umana. I rischi di una genética li
bérale (2001), traducción italiana al cuidado de L. Ceppa, TVirín: Einaudi,
2002, pág. 65. He resaltado algunas expresiones en bastardilla porque
desmienten muy eficazmente a quienes atribuyen a Habermas una con
cepción irenista o pacificada de la sociedad en que vivimos.
256
sibilidad. Así pues, el verdadero problema de las teorías
normativas es la comprensión de cómo puede elaborarse la
escisión entre hecho y norma, cómo se la puede moderar
aunque no se la supere completamente. Es este el proble
ma más complicado de todos, que sólo se puede afrontar
seriamente utilizando muchos y diversos puntos de vista;
un problema que requiere también consideraciones que ex
ceden el ámbito de la filosofía política entendida en el sen
tido más estricto.
En primer lugar, la tensión entre hecho y norma es el te
ma con el que debe enfrentarse una acción política guiada
por principios de libertad y de justicia. El terreno de la ac
ción política, en el horizonte de una teoría normativa, y por
consiguiente crítica, es aquel en que desafía a las institu
ciones y situaciones que niegan el reconocimiento simétri
co y recíproco e imponen condiciones de dominio, exclusión,
explotación, no-libertad. Su objeto de controversia son to
das las formas de privilegio consolidado social y política
mente, desde el privilegio de clase hasta el dominio de gé
nero, desde la discriminación racial hasta la étnica. Justa
mente en cuanto se encuentra frente a situaciones de ven
taja o privilegio consolidados, la acción política no puede
evitar situarse en el terreno del conflicto: es una práctica
que actúa en muchos niveles; en el lenguaje habermasiano
deberíamos decir: comunicativa y estratégica a un tiempo.
Se vale de los buenos argumentos y del debate público no
menos que de la puesta en movimiento de fuerzas e intere
ses que ejercen una necesaria presión para erradicar privi
legios de larga data, relaciones de poder estabilizadas, for
mas de no-libertad arraigadas en la costumbre y sosteni
das por ideologías. La acción política es, pues, una práctica
muy compleja e innovadora: entrecruza el ámbito comuni
cativo (en el que insistieron especialmente Axendt y Haber-
mas) no sólo con el estratégico, sino también con el simbó
lico, el de la identidad, incluso a veces el mítico; debe ser ca
paz de mantener juntos intereses y valores, y sobre todo, si
quiere alcanzar sus objetivos, ser a un tiempo parcialidad y
universalidad (es esta, quizá, la enseñanza actual que pue
de obtenerse del concepto gramsciano de hegemonía). 010
10 Sobre hegemonía, acción política y democracia, véase el ensayo de M.
Reale, «La fragilitá della democrazia vincente», en W.AA., Per un nuouo
257
Justamente en este necesario polimorfismo hunden sus
raíces también las ineludibles aporías de la acción política,
porque es siempre inherente a aquel, más allá de cualquier
actitud comunicativa y de cualquier referencia a la idea de
un reconocimiento simétrico y paritario, el momento del
conflicto, del potemos, de la organización de fuerzas e inte
reses en contra de otras fuerzas e intereses. Cierto es que la
política no puede reducirse, como creía Cari Schmitt, a la
contraposición amigo-enemigo; pero en el mundo real
siempre, o al menos todavía por mucho tiempo, tendrá que
enfrentar la constante redefinición de líneas de conflicto,
aunque se trate de un conflicto «domesticado» y actuado
dentro de las reglas del derecho y de la democracia. En ello
radica la inevitable aporía de toda política que quiera in
cidir sobre relaciones vigentes de hecho (por ejemplo, para
combatir privilegios u oponerse a ellos): para vencer en la
situación dada, incluso una política crítica debe, en cierta
medida, conformarse a ella, pero esto implica el riesgo de
encontrarse a la vez en tensión con los principios a los que
apela. Esta aporía puede ilustrarse perfectamente con un
aforismo de la Dialéctica de la Ilustración de Horkheimer y
Adorno, titulado «Propaganda»: incluso la propaganda en
favor de las mejores ideas (indispensable, diríamos, para
que se difundan y afirmen) las traiciona en el momento
mismo en que las difunde: en cuanto convierte al lenguaje
no en un medio para el entendimiento, sino en un instru
mento de manipulación de los hombres, convierte a la ver
dad en un medio para conseguir adeptos: «da por desconta
do que el principio según el cual la política debe surgir de
una comprensión común no es sino un modo de decir»; la
propaganda «altera la verdad ya en el acto de formular
la».**
Horkheimer y Adomo concluían, de manera verdadera
mente «impolítica», que era inútil ya dirigirse alas masas o
incluso a los individuos, y que convenía más bien limitarse
a dejar un mensaje en una botella. Aunque esta conclusión
no ayuda, el diagnóstico merece una reflexión, especial-
vocabolario delta política, ai cuidado de L. Capuccelti, Roma: Editori Riu-
niti, 1992, págs. 155-75.
11 M. Horkheimer y Th. W. Adorno, Dialettica dell’IUuminUmo (1947),
traducción italiana, TVirin: Einaudi, 1997, págs. 272-3.
mente en un tiempo como el nuestro, que brinda a la vieja
propaganda los más extraordinarios medios tecnológicos
para penetrar donde sea, ampliando notablemente su po
der: el diagnóstico nos dice que incluso la mejor política se
realiza en el mundo tal cual es y, por tanto, lleva a cuestas
sus marcas (en la manera como habla al público, en sus or
ganizaciones y en mil aspectos más). La política siempre
tiene que enfrentar estas aporías: no puede sacudírselas de
encima, debe convivir críticamente con ellas, pero con la
conciencia de que, en última instancia, la idea de que para
cambiar el mundo hay que adecuarse a él no puede sino ser
contradictoria y, por consiguiente, sin duda es más atendi
ble la idea opuesta, de que quien pretende cambiar el mundo
debe comenzar por saber cambiarse a sí mismo. En el siglo
XX, demasiada política animada por las mejores inten
ciones reprodujo dentro de sí todos los vicios de aquello con
tra lo cual quería luchar.
260
dad global en dos fenómenos: la comunicación a través de
medios electrónicos y las migraciones masivas, voluntarias
o forzosas. Ambos fenómenos determinan nuevas dimen
siones de la imaginación colectiva, que influyen poderosa
mente en las estructuras y los poderes del sistema-mundo.
Estas transformaciones corroen en muchos aspectos las
bases de esa democracia fundada en importantes conteni
dos sociales (si bien no exenta de severos límites) que se ha
desarrollado, con diversas vicisitudes, luego de la Segunda
Guerra Mundial, especialmente en Europa Occidental.
La presión de la competencia global y el desarrollo de
formas productivas con elevado contenido de conocimiento
y comunicación, más diferenciadas y complejas que las de
la época «fordista», desestructuran al que había sido (junto
a otros movimientos sociales, como el de los jóvenes, el de
las mujeres y el ecologismo) uno de los principales factores
de empuje para los procesos de democratización y las polí
ticas sociales de posguerra: el movimiento obrero organiza
do, con sus partidos y sus sindicatos. El «final de la socie
dad del trabajo» (Jeremy Rifldn), los cambios en las formas
productivas y una más marcada individualización de los es
tilos de vida parecen minar las propias bases de la política
democrática desarrollada en décadas pasadas: las formas
organizadas tradicionales de participación política y repre
sentación se muestran, en muchos aspectos, agotadas, en
tanto los derechos sociales del welfare State parecen dema
siado onerosos ante los imperativos de la competencia glo
bal, y poco afines a las nuevas formas del trabqjo «flexible»
y a una subjetividad cada vez más individualizada.
Las cosas no están mejor en el terreno de la participa
ción democrática: mientras las potencialidades democráti
cas de las nuevas redes de comunicación electrónica per
manecen en gran medida inexploradas, prevalece amplia
mente una tendencia a la reducción de la democracia en
sentido verticalista y mediático: los rostros de los líderes
suplantan el debate público, y el ciudadano activo es reem
plazado por el espectador de talk-shows.
Pero los más importantes desafíos para una política de
mocrática no se refieren al plano interno, sino a los cam
bios en las relaciones entre las naciones: las dificultades
261
que enfrentan las políticas tradicionales de democracia y
de justicia social se entrelazan con los nuevos problemas
planteados en el ámbito de una justicia global.
Entre las consecuencias más evidentes de la globaliza-
ción, las arenas democráticas «domésticas» pierden progre
sivamente incidencia, porque crece el número de las deci
siones que se toman fuera de ellas, y la densificación del es
pacio-mundo hace que los estados individuales sufran, por
ejemplo, en forma de contaminación ambiental, las conse
cuencias de procesos que se desarrollan en otra parte, fue
ra de su control. La veloz movilización de los capitales fi
nancieros por todo el planeta condiciona las políticas eco
nómicas de los estados, mientras crece el poder decisorio de
múltiples instituciones de governance supranacional, que
no están sometidas al control democrático.
Por otra parte, los grandes movimientos migratorios y
la creciente movilidad de la población toman cada vez más
incierta y difícil la determinación de los límites del demos,
con el riesgo de que la ciudadanía democrática, negando
sus premisas universalistas, se convierta en estatus privi
legiado de una parte de la población, de la que queden ex
cluidos muchos que de hecho viven y trabajan en el territo
rio del estado; en última instancia, podría configurarse el
riesgo de una suerte de nuevo apartheid-16
Por último, tras la caída del mundo bipolar y la perma
nencia de una única superpotencia, en el sistema-mundo
parece perfilarse una estructura de tipo imperial, en la que
los estados-naciones individuales podrían reducirse todos
a la condición de estados de soberanía limitada, y los más
débiles, a la condición de cuasi-estados, frente a la supre
macía indiscutida de un único País, basada en su superio
ridad militar, tecnológica, económica y «comunicacional».
Los escenarios de la globalización plantean así con fuer
za el problema de cuál puede ser el significado —acaso no
hoy mismo, sino mañana o pasado mañana— de los dere
chos, la justicia y la democracia a escala mundial; no se
puede eludir esta cuestión; sin duda, es hora de que el pen
16 Sobre este tema llama la atención desde hace tiempo Étienne Balibar;
cf., por ejemplo, su última obra, Nous, citoyens d’Europe? Les frontiéres,
l’État, le peuple, París: La Découverte, 2001.
262
samiento político tome en consideración esta situación iné
dita, de contornos poco definidos, que no es la de los estados
plenamente soberanos que se relacionan entre sí en forma
similar a la del estado de naturaleza, ni la de un único Su-
perestado mundial que no se vislumbra como factible ni de
seable. Se ha dicho que, «las potencias capaces de actuar en
el plano global ya no se mueven en el estado de naturaleza
que fue teorizado por el derecho internacional clásico, sino
más bien en el nivel mediano de una política mundial en
vías de formación. Esta política mundial no se puede hoy
vislumbrar más que de manera confusa. No se presenta es
táticamente, como una política jerarquizada en el marco de
una organización mundial, sino dinámicamente, como un
conjunto de interferencias e interacciones entre procesos
políticos que siguen lógicas específicas en los planos nacio
nal, internacional y global [...] De este modo, se abre al
menos una perspectiva para una “política interior mun
dial” aun sin gobierno del mundo».1718
Ahora bien, los caminos que podría transitar la cons
trucción de una «política interior mundial» son más difíci
les que nunca. No es sencillo responder a las preguntas que
Habermas formuló claramente al respecto: «¿Cómo puede
concebirse una legitimación democrática de las decisiones
que vaya más allá del esquema organizativo del estado?
¿Cuáles son las condiciones para que la autocomprensión
de los actores globales se transforme, de suerte que lleve a
estados y regímenes supranacionales a un entendimiento
progresivo, como miembros comunitarios para los cuales
no hay otra alternativa que tomar mutuamente en cuenta
sus propios intereses y respetar los intereses generales?».16
La decisión de los estados, o de regímenes supranacio
nales como la Unión Europea, de verse a sí mismos como
miembros de una comunidad, dispuestos a tratar sus pro
pios intereses sobre una base de reciprocidad, requiere,
aunque de una manera más débil que lo que requiere una
comunidad estatal, compartir cierto conjunto de principios
comunes, relativos tanto a los procedimientos democráti
cos de decisión como a los derechos de los individuos, inclu
17J. Habermas, La costellazione postnazionaU (1998), traducción italia
na, Milán: Feltrinelli, 1999, pág. 98.
18Ibid.
263
yendo los criterios de justicia distributiva o de solidaridad
económica internacional. En definitiva, presupone un con
senso de fondo que vaya mucho más allá de aquel, ya de
por sí exigente, que Rawls ubica en la base de su sociedad
de pueblos,19 dentro de un horizonte teórico que, a diferen
cia del habermasiano, permanece anclado en las formas
tradicionales de la soberanía estatal.
Ahora bien, hoy más que nunca, en el horizonte que se
perfila al inicio del tercer milenio, la afirmación de princi
pios compartidos en cuanto a derechos del hombre y demo
cracia enfrenta dificultades y resistencias de diversas cla
ses: en el tablero mundial no faltan estados que despiertan
reservas, no completamente injustificadas, respecto de
nuestra concepción de los derechos. Por una parte, se sos
tiene que, como producto de la cultura occidental, los dere
chos del hombre no pueden ser adoptados sic et simpliciter
por culturas distintas de la de Occidente, que tienen una
concepción de la libertad y de la democracia profundamen
te diferente de la nuestra.20 Por otra parte, se afirma que
es paradójico que Occidente quiera dar lecciones de dere
chos del hombre y de democracia a países cuyos derechos
(individuales y colectivos) con frecuencia ha pisoteado (co
mo en parte continúa haciendo) en una larga historia de
conquistas, colonialismos e imperialismos. Agregan, ade
más, los defensores de los llamados «valores asiáticos» que
una «vía asiática a los derechos» se puede legítimamente
contraponer a la occidental; haciendo referencia incluso al
confucianismo, señalan que aquella se caracteriza por el
enérgico énfasis en la primacía de los intereses de la colec
tividad y del estado sobre los intereses individuales.
Hay, por cierto, buenas razones para afirmar, como ha
sostenido Habermas con gran convencimiento, que la mo
dernización económica y la integración del mercado global
también obligan, en alguna medida, a los países que que
rrían rechazarlas a incorporar una concepción más secula
rizada e individualista del derecho, que resulta funcional
19 Cf. Rawls, 11 diritto del popoli, op. cit.
20 Un sereno razonamiento sobre estos temas ofrece la obra del presi
dente de la república islámica de Irán, Mohammad Khatami, Religióne,
liberta e democrazia, traducción italiana, Roma-Bari: Laterza, 1999.
264
para el desarrollo de una economía de mercado.21 Otros es
tudiosos de ciencias económicas y sociales tienden, no obs
tante, a desmentir la tesis de una modernidad unidireccio
nal, en la que la modernización económica implicaría nece
sariamente secularización e individualización: Eisenstadt,
por ejemplo, interpreta el fundamentalismo islámico como
un fenómeno de ninguna manera arcaico, sino dotado de
rasgos típicamente modernos.22 Por su parte, Amartya
Sen, examinando el conocido caso de los denominados «ti
gres asiáticos», pone en evidencia que la modernización ca
pitalista puede coexistir de manera extraordinariamente
eficaz con valores antiindividualistas:23 en deñnitiva, hay
muchas vías hacia la modernización y el desarrollo, y no to
das conducen a la secularización, a la democratización y a
los derechos del individuo.
El problema no surge principalmente del «choque de ci
vilizaciones», como pregona el título de un muy citado libro
de Samuel Huntington. Surge más bien de una paradoja
de fondo que condiciona toda la discusión y sus resultados:
por un lado, Occidente pretende presentarse como el defen
sor de los valores universales de libertad, derechos y demo
cracia, mientras, por otro lado, no tiene intención de renun
ciar a su desmesurada superioridad económica, militar,
tecnológica y mediática, ni puede hacerlo, y siempre se re
serva la posibilidad de recurrir a ella para ajustar cuentas
con quien no acepte sus reglas de juego. Esta paradoja
alienta y confiere una apariencia de legitimidad a regíme
nes integristas enemigos del derecho, y dificulta la lucha
de quienes, por ejemplo, en el mundo árabe, se les oponen:
«Frente a un Occidente obstinado en la defensa de sus pro
pios privilegios, quienes apelan a los principios universales
de libertad e igualdad que aquel, primeramente, había for
mulado deben defenderse de quienes tratan de descalificar
toda pretensión universalista mostrando que ella enmas
cara, a escala mundial, el reino del arbitrio y de la desi-
21J. Habermas, L'inclusione dell’altro (1996), traducción italiana, Mi
lán: Feltrinelli, 1998, pág. 227.
22 S. Eisenstadt, Fondamentalismo e moderada, Roma-Bari: Laterza,
1994; al respecto, véase el artículo de C. Pasquinelli, «Fondamentalismi-,
Pande Chiaue, edición monográfica dedicada a este tema, n* 3,1993.
23 Cf., por ejemplo, A. Sen, La ricchezza delta ragione. Denaro, ualori,
identitá, traducción italiana, Bolonia: II Mulino, 2000, págs. 111 y sigs.
265
gualdad. El integrismo se sirve del egocentrismo de los ri
cos para rehabilitar el egocentrismo de los pobres y procla
m ar la necesidad del regreso a la dimensión comunita
ria».24
Se puede afirmar, por consiguiente, que la posibilidad
de construir un consenso más amplio en tomo a los princi
pios de los derechos y de la democracia también depende de
que Occidente sea capaz, a su vez, de reconocer los dere
chos de los otros pueblos, más débiles, más pobres; que no
los considere sólo como una cuestión de orden público in
ternacional («estados fuera de la ley», inmigración ilegal,
etc.); que se muestre capaz de elaborar políticas orientadas
a la democracia entre los pueblos y a la justicia económica
global;25 orientadas, en suma, a un gobierno político de la
globalización económica, que requiere que las potencias ca
paces de actuar se comprometan «—participando activa
mente en procedimientos institucionalizados para la for
mación transnacional de la voluntad—26 en el manteni
miento de ciertos estándares sociales y la eliminación de
ciertos extremos desequilibrios»27 a escala global. Si no
hay perspectivas políticas de justicia entre los pueblos y de
lucha contra las desigualdades en todo el globo, viviremos
en un mundo cada vez más injusto y, además, cada vez más
inseguro, expuesto a amenazas de las que nadie podrá con
siderarse a salvo. Una política que sepa resistir a la tenta
ción de resolver los problemas manu militan, y apunte no
sólo a la apertura de los mercados, sino también al gobier
no democrático de la globalización, parece hoy muy lejana
y difícil (aunque hay señales positivas, desde los nuevos
movimientos transnacionales hasta la emergencia de los
primeros signos de una «sociedad civil global»), pero acaso
lo sería menos si se comprendiese que, en una Tierra que se
tom a cada vez más pequeña, una política de co-responsabi-
lidad solidaria (expresión-clave de Apel) no obedece a razo
24 M. Hussein, Versante Sud delta liberta, traducción italiana, Roma:
Manifestolibri, 1994, pág. 94.
25 Sobre este tema, partiendo de un planteamiento rawlsiano y avan
zando mucho más allá, son interesantes los escritos de Thomas Pogge.
26 Aquí se debería argumentar en tomo al tema de la «democracia cos-
mopolítica», sobre el cual mucho han escrito David Held y Daniele Archi-
bugi.
27 J. Habermas, La costellazione postnazionale, op. cit., pág. 100.
266
nes morales tan sólo, sino también a la defensa inteligente
de los intereses de largo plazo de los ciudadanos del Norte
rico del mundo.
5. Bioética y biopolítica
Mientras los desafíos de la globalización plantean a la
política problemas inéditos y notablemente complejos, de
manera aún más radical amenazan descolocarla los nue
vos escenarios que resultan de los impresionantes avances
de la ciencia y de la tecnología. Piénsese, sólo por poner un
ejemplo, pero uno central, en los progresos de la genética y
de las biotecnologías, y en las nuevas y fascinantes posibili
dades de intervenir sobre el ser viviente y de manipularlo.
Prácticas que hasta ayer sólo tenían cabida en los libros de
ciencia ficción podrían pronto tomarse posibles: por ejem
plo, reproducir seres humanos por clonación, prever las
perspectivas de vida y de salud de las personas mediante el
mapeo de sus genes, producir embriones humanos con fi
nes de investigación, terapéuticos o comerciales.
¿Cómo deben relacionarse las sociedades democráticas
y pluralistas con las prácticas de manipulación del ser vi
viente que pronto se tomarán posibles, y ya lo son en gran
medida? Evidentemente, sobre las decisiones en este cam
po ejerce una profunda influencia la orientación religiosa o
moral de los ciudadanos: por ejemplo, mientras los cristia
nos insisten en el carácter sagrado de la vida humana y,
por lo tanto, en la necesidad de prohibir gran parte de las
prácticas de manipulación (aunque no las específicamente
terapéuticas, encaminadas a la cura de enfermedades ge
néticas), los laicos adoptan, por lo común, posturas más fle
xibles. No obstante, y este es el aspecto más interesante de
la cuestión, el conflicto divide también a las orientaciones
laicas entre sí, en un debate ya instalado en el que han sur
gido posiciones muy diferenciadas.
Naturalmente, los temas de una política de la vida, o,
como también se la denomina, una «bio-política», pueden
encararse valiéndose de ópticas muy diversas: se pueden
utilizar argumentos religiosos, morales, prudenciales (co
mo, por ejemplo, el que se ha esgrimido en muchas partes,
267
según el cual no estemos en condiciones de prever los efec
tos que las intervenciones en el patrimonio genético pue
den producir, a largo plazo, en el desarrollo de los indivi
duos y de la especie). Ahora bien, desde el punto de vista de
la filosofía política, las cuestiones se pueden discutir más
específicamente en términos de derechos y prohibiciones:
¿Cómo se legitima la prohibición de determinadas prácti
cas? ¿Por qué limitar la «libertad procreativa» de las perso
nas, impidiéndoles valerse de todos los instrumentos que
la técnica pone a su disposición? ¿Qué nuevos derechos de
ben establecerse para instituir un marco de reglas legíti
mas en el que se puedan implementar las nuevas posibili
dades que ofrece la tecnología?
La radical novedad de los problemas que aquí se plan
tean reside en su poder para desarticular en muchos sen
tidos los frentes tradicionales del conflicto político. Se pre
senta así la necesidad de construir casi desde cero un nue
vo marco de derechos y deberes compartidos.
Los partidarios de una política razonablemente limita
tiva o «prohibicionista», entre los que se cuente Habermas
con su polémica acerca de los «riesgos de una genética libe
ral»,28 aducen argumentos que pueden formularse en tér
minos de defensa de los derechos de los individuos. Al dis
cutir sobre las posibilidades de intervenir en los embriones
humanos modificando sus características genéticas, Ha-
bermas propone distinguir entre una ingeniería genética
de tipo terapéutico y una de tipo «mejorador»; la primera
no parece implicar una violación de los derechos de los in
dividuos que se desarrollarán de esos embriones, porque
cabe presuponer que ellos darían asentimiento a las inter
venciones terapéuticas, en tanto que para la segunda las
cosas son distintas. El hecho de que una persona, por ejem
plo los padres, pueda intervenir sobre el patrimonio genéti
co de alguien, tal vez para favorecer el desarrollo de cuali
dades que le parecen deseables al padre, represente para
Habermas una asimetría de derechos entre los individuos
(algunos pueden manipular a otros, pero no a la inversa)
que es incompatible con el idéntico respeto que se debe a
cada uno de ellos: «las intervenciones genéticas mejorado-
ras comprometen la libertad ética en cuanto fijan al intere
28 J. Habermas, II futuro delta natura umana, op. cit.
268
sado a intenciones de terceros (intenciones irreversibles
aunque se las rechace) y le impiden concebirse como autor
indiviso de su propia vida».29 Habermas concluye entonces
sus reflexiones, en el ensayo Fe y saber, planteándose la
siguiente pregunta: «¿Acaso el primer hombre que deter
minase a discreción la constitución natural de otro hombre
no destruiría esas idénticas libertades que subsisten entre
pares, precisamente, para asegurar su diversidad?».30
Consideraciones de este tipo, o semejantes, podrían con
ducir a la tesis de que se debe garantizar a cada cual el de
recho a «una identidad genética no predeterminada por
otros (con la excepción de algunos casos, expresamente
previstos, de graves anomalías genéticas), como condición
de la unicidad irrepetible del individuo»;31 esta clase de de
rechos, que debe incluirse entre los derechos de la persona
que requiere la nueva situación, constituiría un obstáculo
tanto para las intervenciones de ingeniería genética mejo-
radora como para la clonación reproductiva, pues en este
ultimo caso el patrimonio genético del individuo está abso
lutamente determinado por quien decide producirlo. A pro
pósito de la clonación reproductiva se ha sostenido, asimis
mo, que violaría «el derecho a tener una identidad única y
el derecho a la ignorancia del propio futuro (o derecho a un
futuro abierto)».32 Empero, en estos términos, la prohibi
ción parece menos defendible, pues el derecho a una identi
dad única es algo que les falta ya a los gemelos univitelinos
(y no tendría sentido sostener, entonces, que se trata de un
derecho fundamental), mientras el argumento del futuro
abierto sólo sería válido si se presupusiese un absoluto de-
terminismo genético y se ignorasen todos los otros factores
que influyen sobre el desarrollo de una persona. El verda
dero problema surge, por tanto, de la violación de las rela
ciones de mutuo y simétrico respeto entre los individuos: el
clon es un individuo cuya identidad genética le ha sido im
29 Ibid., pág. 64.
30 Ibid., pág. 112.
31 M. Tbraldo di Francia, «La sfida delle biotecnologie: rice rea scientifi-
ca, mutamento cultúrale, nuovi scenari per l’etica», Parole Chiave, edición
monográfica dedicada a Biotecnologie, n° 17,1998, págs. 47-70.
32 En estos derechos, con referencia a los estudios de D. W. Brock, se cen
tra, para someterlos a critica, S. Pollo, «Libertó procreativa e clonazione»,
en el número citado de Parole Chiave, págs. 157-66.
269
puesta por otro a su imagen y semejanza, y padece, por
consiguiente, las elecciones que otro ha efectuado para sí,
sin poder controlarlas de ningún modo ni, a su vez, influir
sobre el otro como el otro ha influido sobre él; se plantea
aquí un dramático problema de derechos del individuo.
Ciertamente, quien nace es portador de características,
transmitidas por sus padres, que él no ha elegido, pero en
el momento en que estas se convierten en objeto de elec
ción, cabe preguntarse a quién puede legítimamente atri
buirse el poder de ejercer estas opciones; si el individuo
aún no puede manifestarlas, ¿por qué deberían sus padres
tener este poder sobre él? Esto nos lleva una vez más a la
tesis de que sólo son legítimas aquellas intervenciones (cla
ramente terapéuticas) a las que cabe razonablemente su
poner que darían su asentimiento aquellos a quienes se les
practican.
Pero entonces —se objeta— también deberían ser admi
tidas todas las manipulaciones genéticas encaminadas cla
ramente a mejorar la dotación genética de los individuos
(manipulaciones que acrecientan, por ejemplo, su fuerza
física, su memoria y su inteligencia); nadie podría negarles
razonablemente su asentimiento, si fuese capaz de mani
festarlo. Aquí, en efecto, la cuestión parece tornarse más
complicada. Hay, por ejemplo —sostiene Habermas—, pe
queños defectos físicos que finalmente, por las cambiantes
circunstancias de la vida individual, pueden revelarse co
mo ventajas; quien se arrogase el derecho de eliminarlos
modificaría la biografía de otro de manera ciertamente
irreversible, y no necesariamente positiva. En general, «se
podría insistir en que la idea de proyectar cualidades de
seables, por decirlo así, “en términos absolutos” para el
hombre peca no tanto de arrogancia como de excesiva su
perficialidad, dado que ninguno de nosotros posee el don de
conocer en profundidad la naturaleza humana».33
Sea cual fuere el modo en que se las enfrente, se trata,
sin duda, de cuestiones que plantean problemas inéditos y
complicados: por una parte, está el derecho del individuo a
no ser instrumentado por otros; por la otra, la necesidad in
33 S. Mañettone, Gen-etica, en Etica pubblica. La moralitá delle istitu-
zioni nel terzo millennio, Milán: II Saggiatore, 2001, págs. 131-61, espe
cialmente pág. 156.
270
alienable de los hombres de sondear todas las posibilidades
para vivir mejor, para alejar la enfermedad y la muerte.
Parece muy razonable, en todo caso, la idea de que cada in
tervención deba hacer referencia al asentimiento, al menos
presumible, de quien es su objeto; mientras parece muy dé
bil la tesis de dejar a los progenitores toda la libertad de
elección al respecto. También en este caso, la única directi
va de fondo de la que se puede partir para enfrentar terre
nos inexplorados es la idea de una complementariedad si-
nérgica de los derechos individuales y de la democracia: a
todo individuo le corresponde un idéntico y simétrico res
peto, en tanto que los términos y la concreta normativa de
estas relaciones entre ciudadanos libres e iguales no pue
den deducirse de ninguna norma trascendente, sino que
deben ser fruto del debate público libre, paritario e infor
mado entre los propios ciudadanos.
271
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276
Indice de nombres
277
Costantino, Flavio Valerio, 72- Galeotti, Anna Elisabetta,
73 239/i., 241n.
Cotta, Gabriella, 86n. Giancotti Boscherini, Emilia,
Cristo, 71-2, 77 98/i.
Croce, Benedetto, 31-2, 143, Gilligan, Carol, 239-42
181-2 Gilmore, Myron Piper, 33/t.
Cubeddu, Raimondo, 181-2 Glaucón, 52
Cunningham, Frank, 200n., Gonnelli, Filippo, 123n.
206-7 Gouges, Olympe de, 237
Gray, John, 178 y n., 181n., 184
Dahl, Robert Alan, 199 y n., Greblo, Edoardo, 200/t.
205 y n., 207 y zt., 249 Gregorio VII, 77
D’Andrea, Dimitri, 259/t. Gregorio Magno, 76
Dante Alighieri, 82-3 Grillo, Michele, 205/t.
De Caro, Mario, 175/t. Grozio, Ugo, 104, 117
Defoe, Daniel, 87 Guillermo de Ockam, 83
De Lúea, Stefano, 137n., 143/t.
Derrida, Jacques, 239 Habermas, Jürgen, 40-1, 227-
De Ruggiero, Guido, 181/t. 33,239,245-7,250-1,253-4,
Dewey, John, 206-8, 231 256-7, 263-6, 268-70
D’Orsi, Angelo, 176/t. Hayek, Friedrich von, 25,
Downs, Anthony, 205 y zt. 181n., 184, 189, 218
Droetto, Antonio, 98/t. Hegel, Georg Wilhelm Frie
Dworkin, Ronald, 181n., 195 drich, 25-6, 127n., 135-6,
143, 157-64
Einaudi, Luigi, 181 y n. Heidegger, Martin, 38,239
Eisenstadt, Shmuel Noah, 265 Held, David, 200/t., 266/t.
Hobbes, Thomas, 22, 29, 60,
yn.
Engels, Friedrich, 166/t., 168-9, 86-7, 89-104, 109, 112-3,
192-3 117,119,122-5,176-7,210
Enrique IV de Germania, 77 Hobhouse, Leonard Trelawny,
Enrique VII de Luxemburgo, 189
83 Hofmann, Etienne, 137n.
Esposito, Roberto, 34n., 233/t. Holbach (Paul Henri Thiry, ba
rón de), 137
Honneth, Axel, 158/t.
Federico II de Suevia, 77 Horkheimer, Max, 258 y n.
Felipe IV de Francia, llamado Hume, David, 25
el Hermoso, 83 Huntington, Samuel, 265
Ferrara, Alessandro, 13, 41/t., Hus, 84
222n. Hussein, Mahmoud, 266/t.
Filmer, Robert, 102
Fioravanti, Maurizio, 187 Ildebrando de Soana, ver Gre
Foucault, Michel, 18, 233-6, gorio VII
239 Inocencio IV, 77
Freud, Sigmund, 237,239 Irigaray, Luce, 237 y n.
278
Isidoro de Sevilla, 76 Maier, Hans, 200ti.
Isnardi Párente, Margherita, Manacorda, Gastone, 190n.
58 Mandeville, Bernard de, 160
Mann, Thomas, 35ti.
Jellinek, Georg, 143n. Maquiavelo, 19, 27-34, 85
Juan XII, 77 Marco Aurelio Antonino, 69
Marini, Giuliano, 162n.
Kant, Immanuel, 34 y ti., 58ti., Marramao, Giacomo, 260/j.
87, 111, 122-32, 153, 187, Marsilio de Padua, 83,85
210, 221 Marx, Karl, 18,25, 29,87,107,
Kelsen, Hans, 198-9,201-4 122, 135, 143, 162-6, 168-
Khatami, Mohammad, 264n. 70,192-4,196
Kohlberg, Lawrence, 239-40 Marzocchi, Virginio, 245-6
Koselleck, Reinhart, 200n., Matteucci, Nicola, 18ti.
21 ln. Meier, Christian, 200n.
Kymlicka, Will, 210n. Micheli, Gianni, 89
Mili, James, 151
Lacan, Jacques, 237,239 Mili, John Stuart, 150-7, 187,
Laponneraye, Albert, 190 y n. 253
Laski, Harold, 180-1 Moller Okin, Susan, 241-3
Lecaldano, Eugenio, 226n. Montesquieu, Charles de Se-
Lenin (Vladimir Ilich Ulianov), condat, barón de La Brede y
194 de, 138, 177ti., 187 y n.
León 111, 77 Moro, Tomás, 25
León X, 84 Mosca, Gaetano, 203
Leszczynski, Estanislao, 112 Müntzer, Thomas, 85
Licofrón de Caléis, 60 Mura, Virgilio, 189ti.
Locke, John, 101-11, 113, 115-
7, 119, 124, 126-7, 140, Napoleón Bonaparte, 136
177ti., 187,210,218,220 Neumann, Franz, 187
Lówith, Karl, 75n. Nietzsche, Friedrich, 51-2,236
Luis IV, llamado el Bávaro, 83 Nozick, Robert, 183-4, 189,
Luis Bonaparte (Napoleón III), 209,218-20, 241
149,169 Nussbaum, M artha, 226-7,
Luis Felipe de Orleans, 144 255ti.
Lutero, Martin, 84-5
Otón I de Germania, 77
Mably, Gabriel Bonnot de, 137 Otón II de Germania, 77
Maclntyre, Alasdair, 221-2,
224, 241 Pablo de Tarso, 71-2
MacKinnon, Catharine, 243 Pareto, Vilfredo, 203
Macpherson, Crawford B., 157, Pasquinelli, Carla, 265ti.
200, 206-7 Pauncz, Alessandra, 241ti.
Maffettone, Sebastiano, 13, Pericles, 46, 48
181 y /i., 213-4, 216 ti., Petrucciani, Stefano, 192ti.
218ti., 24571., 270n. Pillot, Jean-Jacques, 191 y n.
279
Platón, 19, 24-5, 47-59, 62-3, Sartori, Giovanni, 173 y n., 205
198, 201, 255 y«-
Pocock, John Greville Agard, Sasso, Gennaro, 30n., 33n.
33n. Sbarberi, Franco, 189n.
Pogge, Thomas, 266n. Schmitt, Cari, 34, 233, 258
Pollo, Simone, 269n. Schumpeter, Joseph Alois, 203
Portinaro, Pier Paolo, 18n., y n., 206, 208
28n., 181n. Sellin, Volker, 45n.
Protágoras, 47 Sen, Amartya, 224-7, 252, 254,
Proudhon, Pierre-Joseph, 195 y 265 y n.
n. Seneca, Lucio Anneo, 69
Pufendorf, Samuel, 104,118 Skinner, Quentin, 33 y n.
Pulcini, Elena, 148n., 259n. Smith, Adam, 108,160
Sócrates, 48-9, 51
Rawls, John, 24-5, 108, 182, Solari, Paolo, 181n.
184, 189, 195, 197, 209-10, Spinoza, Baruch, 98-101, 255
212 y n., 214-9, 224-5, 233, Staél, Germaine Necker, lla
239, 241-2, 245-7, 250-1, mada Madame de, 133
254, 256, 264 y n. Strauss, Leo, 19-20,22 y n.
Raynaud, Philippe, 189n. Syntomer, Yves, 232n.
Reale, Mario, 13, 90n., 96-8,
112n., 121-2, 134n., 143n., Taboni, Pier Franco, 20n.
205n., 207n., 257n. Tagliapietra, Andrea, 35n.
Reimann, Hans Leo, 200n. Taylor, Charles, 221 y n., 223
Restaino, Franco, 238 Testa, Italo, 239n.
Riáis, Stéphane, 189n. Thomas, Jean-Paul, 189n.
Ricardo, David, 151 Tocqueville, Alexis de, 134,
Ricciardi, Mario, 176n. 144-50, 152,154,195
Rifkin, Jeremy, 261 Tomás de Aquino, 78-81,85
Ritter, Gehrard, 31 y n. Toraldo di Francia, Monica,
Robespierre, Maximilien Marie 269n.
Isidore de, 167 Trasímaco, 51-2
Rodano, Giorgio, 205n. Trincia, Francesco Saverio,
Roemer, John, 196-7 192n.
Roosevelt, Franklin Delano, 195 Tucídides, 28,47 y n.
Rosati, Massimo, 239n.
Rosselli, Cario, 189 Van Parijs, Philippe, 184-5,
Rothbard, Murray, 183n. 197 y n.
Rousseau, Jean-Jacques, 96, Veca, Salvatore, 213n., 226n.
98,111-23,136-7,167,177- Vemant, Jean-Pierre, 26-7, 46
8,198,210,229 y n.
Viroli, Maurizio, 33n.
Salvatore, Ingrid, 215n., 239n„
24 ln. Warrender, Howard, 96 y n.
Sandel, Michael, 221-4 Weber, Max, 18-9, 27-9, 35-6,
Sartori, Franco, 182 y n. 232n.
280
Weil, Simone, 34, 233 Wyclif, 84
Wolin, Sheldon, 30 y n., 50 y n.,
60n. Zanfarino, Antonio, 143n.
Wollstonecraft, Mary, 237 Zolo, Danilo, 204-5
281