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Concepto de Justicia en El Derecho Romano

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Concepto de justicia en el derecho romano[editar]

El término justicia viene de iustitia. El jurista Ulpiano la definió así:


Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi; «La justicia es
la constante y perpetua voluntad de dar (conceder) a cada uno su derecho». Los
preceptos o mandatos del derecho son: honeste vivere, alterum non laedere et
suum quique tribuere... («vivir honestamente, no hacer daño a nadie y dar a cada
uno lo que le corresponde»).

La palabra justicia designó, originalmente, la conformidad de un acto con el


derecho positivo, no con un ideal supremo y abstracto de lo justo. A dicho
concepto objetivo corresponde, en los individuos, una especial actividad
inspirada en el deseo de obrar siempre conforme a derecho; desde este
punto de vista, Ulpiano definió la justicia, según el texto transcrito. Se cree
que el jurista se inspiró en la filosofía griega de pitagóricos y estoicos.
Resulta, así que la iustitia es una voluntad que implica el reconocimiento de
lo que se estima justo y bueno (aequum et bonum).
Al observar el adecuarse a la ley en las acciones humanas, los principios
jurídicos se concentran de manera constante y perpetua. De tal modo, la
justicia pierde su contenido abstracto, de valor ideal y estático,
transformándose en una práctica concreta, dinámica y firme que
permanentemente ha de dirigir las conductas.8

Tomás de Aquino (1225? – 1274) ha sido llamado “el doctor angélico” de


la iglesia y fue por edicto del Papa León XII en 1879 que su obra se
convirtió en base de instrucción teológica presente.

Su teología se basa en el concepto de la perfección final del hombre, por


lo que dentro de su misma naturaleza y constitución se contiene una
promesa implícita de su fin verdadero, que es ver a Dios y disfrutarlo.
Originalmente, el hombre tenía un don superadicional que le permitiría
buscar ese bien supremo y practicar las virtudes de la fe, la esperanza y
el amor. Con el pecado original, se pierde este don de la gracia divina
sufriendo la corrupción de sus poderes naturales.
Sin embargo, el hombre conserva el poder para practicar las virtudes
naturales que son: la prudencia, la justicia, el valor y control propio; pero
éstas, si bien producen cierto grado de felicidad, no son suficientes para
capacitar al hombre a alcanzar su fin verdadero que es: la visión de Dios.
Sólo la gracia gratuita e inmerecida puede restaurar al hombre al favor de
Dios y capacitarlo para practicar las virtudes cristianas.

Ahora bien, el concepto de justicia que Santo Tomás desarrolla, tiene su


origen en Platón, para quien todas las virtudes se basan en la justicia; y
la justicia se basa en la idea del bien, el cual es la armonía del mundo.[2]

La filosofía moral de Santo Tomás es esencialmente la ética aristotélica


de la virtud, es decir, un conocimiento práctico de la buena conducta que
lleva a hábitos beneficiosos para la persona y para aquellos que la
rodean.

Para Aristóteles, la virtud es un hábito y lo aprendemos de la experiencia


más que de la comprensión racional de verdades articuladas sobre qué
es la virtud.

La virtud en general: Es un “hábito operativo bueno”; definición completa


pero densa: el termino hábito significa una cualidad permanente que no
se pierde con facilidad; operativo quiere indicar a que esta ordenado el
hábito de la virtud, perfecciona el sujeto directamente para que este
pueda realizar mejor su actividad propia; bueno podría parecer
innecesario: el acto de toda potencia es bueno, porque no es más que
una realización de su propio dinamismo natural.
En el Bautismo Dios infunde en el alma, sin ningún merito nuestro las
virtudes, que son disposiciones habituales y firmes para hacer el bien.
Las virtudes infusas son teologales y morales. Las teologales tienen
como objeto a Dios, las morales tienen como objeto los actos humanos
buenos.

La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la


persona no solo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma.
Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende
al bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.

Las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y caridad, mientras que
las morales o cardinales son cuatro: prudencia, justicia, templanza y
fortaleza.

La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad


de dar a Dios y al prójimo lo que le es debido.

En la Summa Theologiae, Santo Tomás le dedica a la justicia desde la II-


II, q.57 hasta la 61. Define a la justicia como “el hábito por el cual el
hombre le da a cada uno lo que le es propio mediante una voluntad
constante y perpetua”. Clasifica a la justicia como una de las cuatro
[3]

virtudes cardinales, junto con la templanza, la prudencia y la fortaleza; y


distingue el sentido general y particular de la justicia.

La justicia en un sentido general, es la virtud por la cual una persona


dirige sus acciones hacia el bien común. Cada virtud, explica Santo
Tomás, “dirige su acto hacia el mismo fin de esa virtud”. La justicia es
“distinta de cada una de las otras virtudes” porque dirige todas las
virtudes del bien común”. [4]

La justicia sobresale en primer lugar entre todas las virtudes porque


apunta a la rectitud de la voluntad por su propio bien en nuestras
interacciones con los demás. Todas las demás virtudes funcionan ya
[5]

sea internamente, es decir que son dirigidas hacia el bien del individuo
actuante como un acto de auto-perfección como, por ejemplo, la
prudencia y la fortaleza; o, como en el caso de la valentía, pueden
dirigirse hacia los demás sólo en circunstancias especiales y
extraordinarias, como en la guerra o en casos donde el peligro atípico
esté presente.

La definición clásica de justicia desarrollada por Santo Tomás es dar a


cada uno lo suyo. Dicha definición sirve como base en pensamiento
social cristiano a partir de la cual pueden comprenderse las nociones de
los derechos (como tener derecho a), de la conducta correcta y de lo
correcto de una situación. Es decir, lo que a una persona le corresponde,
lo que es de ella, es a lo que la misma tiene derecho. Dichas acciones,
que están dirigidas a asegurar a una persona lo que le es propio
constituyen la conducta correcta. Y es una situación justa, por ende, el
estado final de cosas en donde a la persona se le ha dado lo que le es
propio a través de la conducta correcta de otros que lo hicieron posible.

La justicia siempre se dirige hacia el bien de otro, se dirige hacia el bien


común de todos esos asuntos que conciernen a los individuos
particulares. En la tradición católica, la justicia así indicada también se le
ha llamado justicia general, justicia legal y justicia social.
El término de justicia legal se aplica específicamente a la esfera de la ley,
ya que cada ley legítima – positiva, natural o divina – se dirige al bien
común. [6]

El término de justicia general reafirma la aplicabilidad universal de la


justicia hacia el bien común.

Santo Tomás distingue dos especies de justicia: la justicia distributiva y la


justicia conmutativa.

La justicia distributiva implica una obligación de distribuir los bienes


proporcionalmente de acuerdo a la contribución de casa persona.
Gobierna la relación entre la comunidad como un todo, supervisada por
el Estado en su jurisdicción, y cada persona individual en la comunidad.

La justicia conmutativa gobierna las relaciones entre las personas.


Depende de la igualdad básica de las partes de un acuerdo. La habilidad
de intercambiar libre y abiertamente es un factor importante en la
distribución justa de los bienes de la sociedad. De esta manera, la justicia
distributiva es tanto un prerrequisito como un resultado de la justicia
conmutativa.

La justicia conmutativa se atribuye a la actividad mercantil y a los


contratos, pero fundamentalmente se dirige a la salvaguarda de los
derechos de propiedad, que reconoce los deberes de pagar deudas y de
cumplir con las obligaciones libremente contratadas.
De acuerdo a la tradición tomista abrazada por la iglesia, la justicia se
trata de relaciones externas en nuestro trato con la gente. [7]

La justicia distributiva y la justicia conmutativa son entonces, dos


especies distintas de justicia que se aplican en instancias particulares. La
justicia distributiva es posible sólo sobre la base de la justicia
conmutativa. Por lo que se asegura que la justicia conmutativa es no sólo
fundamental, sino anterior a la justicia distributiva.

Ahora, si también consideramos la justicia legal, se completa el ámbito


de todas las posibles relaciones con la relación entre la persona
individual y la comunidad como totalidad. A la justicia legal le concierne
además de la ley positiva, la ley natural.

Al término de justicia social, se refiere Santo Tomás, la mayoría de veces


como justicia general o legal: aquella virtud que dirige las acciones de
uno hacia el bien común.

Es importante notar que Juan Pablo II considera que a la justicia social le


compete una distribución justa de los recursos dentro del contexto de
asegurar las posibilidades de desarrollo para todos. De la misma
[8]

manera, la justicia distributiva puede verse como un prerrequisito para la


justicia social.

No obstante, la justicia distributiva no debería entenderse como


interesada en primera medida en la provisión de una red de seguridad
social. El mecanismo común por el cual se distribuyen equitativamente
los bienes en la sociedad es el mercado. Exige entonces, que los
funcionarios gubernamentales hagan lo que sea necesario para asegurar
una operación eficaz del mercado.

Como punto final y luego de la investigación realizada, podemos afirmar


que la justicia es universal, aunque posee un papel fundamental en la
articulación, codificación, adjudicación y cumplimiento de la ley;
apuntando siempre hacia el bien común a través de las acciones de los
individuos en comunión con los demás. En el ámbito de las instancias
particulares, su dirección es hacia el estado final del bien común;
específicamente para la persona, una disposición hacia el bien cuyo fin
primordial es el acto humano bueno.
1. LA JUSTICIA PARA PLATÓN Carlos Iglesias Freire 1ºBach B Platón
fue un filósofo griego y la figura central de los tres grandes
pensadores en que se basa toda la tradición filosófica europea. Nació
en una familia aristocrática y abandonó su vocación política y sus
aficiones literarias por la filosofía, atraído por Sócrates siendo su
discípulo. Para Platón todas las virtudes se basan en la justicia y la
justicia se basa en la idea del bien, el cual es la armonía del mundo.
Únicamente son tres las virtudes: que son la prudencia, la templanza
y la valentía. La prudencia es ser acertado en las deliberaciones. Esta
virtud reside en el Estado, en aquellos magistrados que están
encargados de su guarda. El valor es defender a la ciudad, la cual
recae sobre los guardianes de la polis y la templanza es ser “dueño
de uno mismo”, la cual pertenece a la polis.
2. 2. En Atenas fundó una escuela de filosofía, situada en las afueras de
la ciudad. En ella se estudiaba y se investigaba sobre todo tipo de
asuntos, dado que la filosofía englobaba la totalidad del saber. En su
obra vemos como a diferencia de Sócrates, que no dejó obra escrita,
los trabajos de Platón se han conservado casi completos. La mayor
parte están escritos en forma dialogada, de hecho, Platón fue el
primer autor que utilizó el diálogo para exponer un pensamiento
filosófico. El concepto de justicia no se detiene en los actos eternos
del hombre, sino que regula lo interior del mismo, no permitiendo que
ninguna parte de su alma haga otra cosa que aquello que le es
propio. La justicia se basa en el reparto equitativo de los beneficios de
una ciudad entre sus habitantes, de modo que para gobernar de
manera justa, aquellos que menos tienen deben ser los más
favorecidos por la organización de la ciudad. Los gobernantes que
quieran serlo de una ciudad, no pueden ser aquellos que ambicionen
el poder para su propio enriquecimiento, sino que deben gobernar
aquellos que lo hagan en virtud al desarrollo común. Si el gobierno
recayese sobre aquellos que lo ambicionan, la sociedad sería
deficiente e injusta. Para Platón, la justicia es un atributo de
perfección comparable a la sabiduría y a la valentía. La trasgresión a
este principio de justicia se castiga severamente, lo que permite que
se cumplan todas las tareas de la ciudad. La justicia consiste en
hacer cada uno lo suyo. Esto es el concepto de justicia en sociedad,
lo cual consiste en que cada uno ocupe su puesto. Por lo tanto, la
justicia
3. 3. social consiste en la realización de las funciones propias de cada
grupo y que cada grupo social sea consecuente con la virtud que le
es propia. Así pues, podemos afirmar que la virtud de la justicia para
Platón, se da de dos formas: Primera; la justicia en general, que es la
virtud del orden. Es decir, poner cada cosa en su sitio. En este
sentido es tratada por los pensadores presocráticos como justicia
cósmica u orden cósmico. Segunda; la justicia en sociedad, que es
poner a cada ciudadano en su lugar social, según su saber y el papel
que puede y debe desempeñar (“imperio del saber”)

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