El tío Lino viajaba regularmente entre su pueblo y la ciudad de Cajamarca montado en su macho mojino. Una noche, mientras descansaba en un pueblo, ató lo que creyó que era su macho en la oscuridad para continuar su viaje temprano en la mañana, pero resultó ser un enorme conejo silvestre.
El tío Lino viajaba regularmente entre su pueblo y la ciudad de Cajamarca montado en su macho mojino. Una noche, mientras descansaba en un pueblo, ató lo que creyó que era su macho en la oscuridad para continuar su viaje temprano en la mañana, pero resultó ser un enorme conejo silvestre.
El tío Lino viajaba regularmente entre su pueblo y la ciudad de Cajamarca montado en su macho mojino. Una noche, mientras descansaba en un pueblo, ató lo que creyó que era su macho en la oscuridad para continuar su viaje temprano en la mañana, pero resultó ser un enorme conejo silvestre.
El tío Lino viajaba regularmente entre su pueblo y la ciudad de Cajamarca montado en su macho mojino. Una noche, mientras descansaba en un pueblo, ató lo que creyó que era su macho en la oscuridad para continuar su viaje temprano en la mañana, pero resultó ser un enorme conejo silvestre.
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El macho saltarín
El tío Lino acostumbraba a viajar desde su pueblo, Contumazá, a la ciudad de
Cajamarca a lomos de su macho mojino, animal muy útil para resistir y avanzar en el serpenteado camino. Antes de que anochezca, llegó al pueblo de Magdalena y decidió pasar la noche en una posada de ese lugar. Descargó su equipaje, ubicó al animal en el pasto aledaño a la casa y se fue a descansar . En la madrugada del día siguiente, el tío Lino se levantó muy temprano, cuando aún estaba oscuro; fue a buscar al macho en el pastizal y se dio cuenta de que el pasto estaba muy alto; por eso apenas pudo notar que asomaban las orejas del animal. Ahí mismo le echó lazo al cuello. El animal estaba un tanto alborotado y brioso; el tío pensó que de repente era por alguna mala hierba que había comido. Tan bravoestaba que tuvo que atarlo a un palo para ensillarlo. Salió de Magdalena sobre el lomo del macho que brincaba como nunca. Era incómodo, pero dicho estilo lo hacía avanzar más rápido por la empinada cuesta del camino. Pasaron por los pueblos de Ñamas y San Cristóbal, cuando todavía estaba muy oscuro, pero cuando estuvieron por el Cumbe empezó a clarear el día y entonces el tío Lino se da cuenta de que no iba montado en su macho mojino, sino en un conejo silvestre gigante.