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Carta Al Presidente de Los EEUU

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Carta al presidente de los


Estados Unidos de América 1

San Salvador, 17 de febrero de 1980

Excmo. Sr. presidente de los


Estados Unidos de América
Jimmy Carter
Pte.

Sr. Presidente:

En estos últimos días ha aparecido en la prensa nacional una noticia


que me ha preocupado bastante: según ella, su Gobierno está estu -
diando la posibilidad de apoyar y ayudar económica y militarmente
a la actual Junta de Gobierno.
Por ser usted cristiano y por haber manifestado que quiere
defender los derechos humanos me atrevo a exponerle mi punto de
vista pastoral sobre esta noticia y hacerle una petición concreta.
Me preocupa bastante la noticia de que el Gobierno de Estados
Unidos esté estudiando la forma de favorecer la carrera armamen-
tista de El Salvador enviando equipos militares y asesores para
«entrenar a tres batallones salvadoreños en logística, comunica-
ciones e inteligencia». En caso de ser cierta esta información perio -
dística, la contribución de su Gobierno en lugar de favorecer una
mayor justicia y paz en El Salvador, agudizará sin duda la injusticia

1 Monseñor Romero leyó esta carta en la homilía dominical del 17 de febrero de


1980 en catedral, recibiendo un prolongado y atronador aplauso.
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‡ Cartas ‡

y la represión en contra del pueblo organizado, que muchas veces


ha estado luchando porque se respeten sus derechos humanos más
fundamentales.
La actual Junta de Gobierno y, sobre todo, las Fuerzas Arma-
das y los cuerpos de seguridad desgraciadamente no han demos-
trado su capacidad de resolver, en la práctica política y estruc-
turalmente, los graves problemas nacionales. En general solo han
recurrido a la violencia represiva produciendo un saldo de muertos
y heridos mayor que en los regímenes militares recién pasados, cu-
ya sistemática violación a los derechos humanos fue denunciada
por la CIDH.
La brutal forma como los cuerpos de seguridad recientemente
desalojaron y asesinaron a ocupantes de la sede de la Democracia
Cristiana, a pesar de que la Junta de Gobierno y el partido —pare-
ce ser— no autorizaron dicho operativo, es una evidencia de que la
Junta y la Democracia Cristiana no gobiernan al país, sino que el
poder político está en manos de militares sin escrúpulos, que lo
único que saben hacer es reprimir al pueblo y favorecer a los inte-
reses de la oligarquía salvadoreña.
Si es verdad que en noviembre pasado «un grupo de seis
americanos estuvo en El Salvador […] suministrando doscientos
mil dólares en máscaras de gases y chalecos protectores e
instruyendo sobre su manejo contra los manifestantes», usted
mismo debe estar informado que es evidente que, a partir de
entonces, los cuerpos de seguridad con mayor protección personal
y eficacia han reprimido aún más violentamente al pueblo utilizan-
do armas mortales.
Por tanto, dado que como salvadoreño y arzobispo de la Ar-
quidiócesis de San Salvador, tengo la obligación de velar porque
reine la fe y la justicia en mi país, le pido que si en verdad quiere
defender los derechos humanos:

- Prohiba se dé ayuda militar al Gobierno salvadoreño.


- Garantice que su Gobierno no intervenga, directa o indirecta -
mente, con presiones militares, económicas, diplomáticas, etc.
en determinar el destino del pueblo salvadoreño.

En estos momentos estamos viviendo una grave crisis económico-


-política en nuestro país, pero es indudable que cada vez más el
pueblo es el que se ha ido concientizando y organizando y con ello

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‡ Monseñor Óscar Romero ‡

ha empezado a capacitarse para ser el gestor y responsable del futu-


ro de El Salvador y el único capaz de superar la crisis.
Sería injusto y deplorable que por la intromisión de potencias
extranjeras se frustrara al pueblo salvadoreño, se le reprimiera e
impidiera decidir con autonomía sobre la trayectoria económica y
política que debe seguir nuestra patria.
Supondría violar un derecho que los obispos latinoamericanos
reunidos en Puebla reconocimos públicamente: «La legítima autode-
terminación de nuestros pueblos que les permita organizarse según
su propio genio y la marcha de su historia y cooperar en un nuevo
orden internacional» (Puebla, 505).
Espero que sus sentimientos religiosos y su sensibilidad por la
defensa de los derechos humanos lo moverán a aceptar mi petición,
evitando con ello un mayor derramamiento de sangre en este
sufrido país.

Atentamente,

Óscar A. Romero
Arzobispo

[Orientación, 24 de febrero de 1980, p. 10]

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