Juan Carlos Bustriazo Ortiz
Juan Carlos Bustriazo Ortiz
Juan Carlos Bustriazo Ortiz
Juan Carlos Bustriazo Ortiz1 (n. el 3 de diciembre de 1929 en Santa Rosa, provincia de La Pampa - fallecido en la
]Carrera
A la edad de diecinueve años, se desempeñó como radiotelegrafista. Debido a esto, realizó varios viajes por el oeste
de su provincia. Cuando regresó a su ciudad natal, comenzó a trabajar de corrector y linotipista en el diario La
Arena. Mucha de su vasta obra se encuentra sin publicar, y algunos de sus poemas fueron musicalizados, pasando a
Obra
Autor de más de ochenta títulos, la mayor parte de la misma se encuentra inédita, se publicaron a la fecha seis
títulos.
Unca Bermeja (1984)
Referencias
1. ↑ Su nombre es Juan Carlos Bustriazo, pero le agregó el apellido materno Ortiz con el que firmó
sus obras.
Enlaces externos
Adiós a un poeta de leyenda: murió el pampeano Bustriazo Ortiz , Diario Clarín, 1/6/2010
Nota y entrevista en la revista Lamás Médula
El Egipcio (inédito)
Este Escriba-Sentado, silencioso, hechura de obsidiana y lapislázuli, con sus piernas cruzadas ritualmente, escribe en
su demótico profundo los acontecimientos de su Amor, de su Dolor talla tallando primorosamente los dolidos
aconteceres de su Cuerpo y de su Alma. Este Escriba-Sentado,/ esta vez escribe para/ Sí. Ha huido brevemente/ a un
jardincillo conocido,/ lejos del Faraón. De los ojos duros/ y divinos del Faraón ha escapado unos/ minutos, junto a
las flores/ de Palacio. Mariposas lo tocan en/ sus sienes, en su cabeza bullidosa./ ¿Quién vendrá a visitarlo?/
¿Quiénes se allegarán a/ sorprenderlo en su/ demótico profundo.../ ¡Silencio!/ El Escriba-Sentado es Orotep, el/
poeta
hermosa!
V
17
Quetral 4
II
“Y yo les di mi cuchillo
de fino cabo de plata…,
y al poco tiempo murió
mi amor sin besar mi almohada.”
Salamanquero yo fui,
y era Juan Paulo Durazno,
Honorio Manquepillán,
el Nicolás Antenao.
Sexta Palabra
balada arcaica
ya te vas vegetal tornasolada no me prendas la flor del exterminio fulgimiento del agua de los ojos no me prendas la
flor del exterminio hinchamiento del cielo qué potencias no me prendas la flor del exterminio qué hinchadura del
mundo taza turbia no me prendas la flor del exterminio con el hijo salido de tu entraña no me prendas la flor del
exterminio con el ala punteada de tu ángel no me prendas la flor del exterminio con arcillas que vuelan soberanas
no me prendas la flor del exterminio en olor de adiós que me espeluza no me prendas la flor del exterminio con tu
boca antañera tras tu boca no me prendas la flor del exterminio en amor de tu sombra sonadora no me prendas la
flor del exterminio!
27 y 28
para vos, dueña de los ponientes.
el intenso dice
un adiós el intenso dice una sombra mi amor aterciopelada palaciega en esta tarde regocijante y tristonosa las
gentes se ponen máscaras oh no mi amor se sacan los rostros se arrancan infantilizados la identidad remota y saltan
saltan y no son langostas siquier y tristemente remedan al ancestral sagrado qué estoy diciendo mi amor yo
celebrante rojo celebrante amarillo y negro y azul huelo a collón a piedra pintada a sien quemada huelo a corazón
ahumado huelo a rodillas blanconas a canillas bermejas mi amor dios quiera que no pienses como yo en esta tarde
que huele a tambores colorados a bajo vientre castaño a tobillos simplones a talón pintarrajo mientras la soledad
los va comiendo y chilla
Juan Carlos Bustriazo Ortiz (Santa Rosa, La Pampa, 1929). Autodidacta. Su actividad de radiotelegrafista lo llevó a
recorrer y conocer la mayor parte del Territorio de la Pampa Central. Durante muchos años fue corrector y
linotipista del diario La Arena. Animador cultural de varios boliches y peñas de la ciudad de Santa Rosa. Varios de us
poemas han sido musicalizados por los músicos pampeanos. Su obra fue declarada de interés provincial. La
profesora Teresa Girbal lo incluye en el texto de investigación Estudios de Literatura Pampeana (1974), 1981. Ha
sido publicado en las revistas Bardo; La Danza del Ratón; Alguien llama. Carpeta de poesía argentina;Diario de
Poesía; Patagonia/Poesía; Museo Salvaje; Alter Ego; y en los suplementos “Confines” (diario El Patagónico,
Comodoro Rivadavia, Chubut) y “Caldenia” (diario La Arena, Santa Rosa, La Pampa). Aguarda su edición la
antología Herejía bermeja, preparada por el poeta Cristian Aliaga. Hoy vive ─o sobrevive gracias a una pensión que
le otorgara el gobierno de la Provincia de La Pampa─ en una humilde casa de barrio y bajo el atento cuidado de su
señora esposa Lidia Hernández.
Editada:
§ Elegías de la piedra que canta 1969
§ Aura del estilo 1970
§ Unca bermeja 1984
§ Poemas Puelches; Quetrales. Cantos del añorante 1991
§ Libro del Ghenpín 1977
Inédita:
La poesía despide a uno de sus creadores fundamentales. A los 81 años murió en Santa Rosa el
pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Dueño de una obra de leyenda, que incluye más de 80 títulos, y
considerado uno de los autores más destacados de la poética argentina actual.
Bustriazo había nacido en 1929, en una Santa Rosa que progresaba como cabecera territorial pero que
soñaba convertirse en capital de provincia. A los 19 años ingresó a la policía como radiotelegrafista; allí
comenzó su peregrinaje por el oeste pampeano, casi en simultáneo con la construcción en Mendoza del
dique Los Nihuiles, que dejó sin agua la cuenca del río Salado-Chadileuvú. De aquellas tierras de
silencios profundos e inmensidades quedó como herencia una obra de una intensidad poco común, árida
y conmovedora como el desierto.
De regreso en Santa Rosa, Bustriazo ingresó como corrector en el diario La Arena. Allí forjó madrugadas
inolvidables junto a creadores fundamentales de la cultura pampeana, como Julio Domínguez "El
Bardino", Delfor Sombra y Edgar Morisoli, entre otros. Siempre con la complicidad de un maletín cargado
de escritos, peñas inolvidables como el "Temple del diablo" y un personalísimo vaso para beber vino -con
una costra tinta en su borde- que se convirtió en una virtual extensión de su cuerpo.
Considerado el poeta más importante de La Pampa, Bustriazo construyó una obra que supera los ochenta
títulos. Decenas de músicos, además, le sumaron melodías a sus escritos, piezas fundamentales del
cancionero folclórico de la provincia. Enredada en litigios luego de etapas de alcoholismo e internación
psiquiátrica, hasta ahora apenas vieron la luz seis libros: Elegías de la Piedra que Canta (1969), Aura del
estilo (1970), Unca Bermeja (1984), Los Poemas Puelches y Quetrales (editados en conjunto en 1991) y
Libro del Ghenpín (2004).
Injustamente limitada al ámbito local, su poética había traspasado en los últimos años las fronteras
provinciales. Rodeado de un creciente reconocimiento, pero con una pensión del gobierno de La Pampa
como único sustento, Bustriazo le hizo frente a la vejez -y también a sus recuerdos- junto a la férrea
custodia de su mujer, Lidia Hernández. Quizás sin saberlo, ya convertido en leyenda.
Radiografía de La Pampa
“Te /estuve/ yo /quemándome/ en/ tu agua” escribe Juan Carlos Bustriazo Ortiz, en forma de crucecita, en el
comienzo de uno de sus libros, “Elegías de la piedra que canta”, y pienso que acaso no sea necesario agregar nada
más sobre este hombre, ni sobre su poesía; sólo leerla, y dejar que lo raro, lo extraño se instale, inevitable, mientras
la boca sonríe, agradecida.
El hombre que, asegura, escribió los dictados de Dios, es ex telegrafista, errante nocturno, amante de la vida y la
naturaleza y el poeta de La Pampa.
Juanllanca, Flamenco Bustriz, el Penca o el Piedra Juan, como lo llaman sus amigos, es dueño de una obra poética
única, reveladora, fundamental para la literatura argentina y sin embargo casi desconocida. Poesía viva que fue
creciendo con el paso del tiempo, como bien señalan las docentes Dora Battistón y Carla Rivara en sus estudios. Una
primera etapa (1954-1969), vinculada al cancionero regional caracterizada por el uso de los recursos métricos que le
son propios (zambas, milongas); un momento de transición (1969-1970), donde se va alejando del formato canción,
y una etapa final, hacia los años ochenta, donde el lenguaje se multiplica en nuevas formas más complejas, más
experimentales: “ensusurrándote”, “rinconoso”, “laguniñas”, las palabras se amalgaman en una fusión sorpresiva
que gana en musicalidad, en cuerpo.
Juan Carlos Bustriazo Ortiz
Hoy comparte sus días y recuerdos con Chiquita, como la llama él, Lidia Hernández, su actual compañera, y
sobrevive gracias a una pensión que le otorgó el gobierno de su provincia. Ella fue quien lo asistió en su
recuperación, luego de cinco años de mutismo, tiempo que duró su internación en el hospital psiquiátrico local
Lucio Molas y luego de haber estado hospedado en la Asociación de Escritores de La Pampa.
Desde entonces no ha vuelto a escribir. “Se destruyó mi imaginación poética”, dirá él. Tal vez por eso, escucharlo
leer, verlo, es una experiencia conmovedora. Hay sorpresa y reencuentro en la lectura, en la palabra evocada.
Su obra poética, aproximadamente ochenta libros, en su mayor parte permanece inédita. Sólo un puñado se ha
publicado. Entre ellos Elegías de la piedra que canta (1969), Aura de estilo, (1970), Unca bermeja (1984), Los
poemas puelches / Quetrales. Cantos del añorante (1991) y Libro del Ghenpín (2004).
Lamás Médula en La
Pampa
Es sábado diez de enero. Acabamos de llegar a Santa Rosa, capital de La Pampa, con Cati Armas, Ama de Llaves y
fotógrafa de Lamás Médula. Según nuestros relojes son las seis y media de la mañana, pero la hora local indica cinco
y media, diferencia que no tuvimos en cuenta en Buenos Aires. Hora extra que al principio parece favorecernos,
pero pronto tornará nuestra estadía más lenta, más elástica. Demasiado temprano para encontrar hospedaje. Y
para todo.
Desayunamos en el bar de la Terminal, leemos el diario local La Arena y salimos a caminar, a recorrer las calles de la
ciudad, amplias, limpias, deshabitadas.
A poco andar se suma un perro que nos va a acompañar durante todo el recorrido. Cada tanto pasa alguna moto.
Un barrendero nos ayuda a orientarnos, nos pregunta de dónde venimos, y a qué.
-¡Ah! -nos dice, sonriendo - ¿van entrevistar al escritor de barbita blanca?- y nos desea suerte.
Encontramos un hotel. El día es largo, nos da tiempo para amigarnos con la tecnología: cámaras, mp3, grabadores.
Miramos el mapa, el reloj. Hay tiempo para hacer fotos en la plaza, en la laguna. Hay tiempo para improvisar algún
almuerzo.
La temperatura no deja de subir. Pronto el calor pampeano se vuelve protagonista central de nuestras
conversaciones.
Finalmente, a la hora convenida, las cinco de la tarde, llegamos al domicilio de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.
La casa es luminosa y fresca. La charla se desliza a la sombra en un jardín lindero a la vereda entre los mates que
ceba Lidia y alguna que otra moto empecinada en recorrer esa cuadra. También el viento de la pampa hará lo suyo,
nos silbará al oído, se escurrirá por el micrófono.
Bustriazo habla poco. Sus respuestas son breves, como nos anticipara Lidia antes del viaje, pero nos lee mucho, más
de lo esperado.
Se apasiona como un niño cuando despliega su colección de piedras indígenas, las que recolectó de pequeño. Nos
muestra su preferida. La eleva al sol. La besa. La huele. Y es blanca, filosa, transparente, como la poesía que recita.
”Quién te galopa y galopa quién por el monte resuena qué fugitivo caballo con qué jinete…”
LA ENTREVISTA
Bustriazo Ortiz
“Mi nombre es Juan Carlos Bustriazo, pero como poeta he firmado Ortiz como mi madre: Vicenta Ortiz Ñáñez.
Bustriazo es apellido de origen italiano. Significa tres bueyes grandes. Mis padres vinieron de Europa. Yo nací en
Santa Rosa, soy santarroseño, un lunes tres de diciembre de 1929. Tengo setenta y nueve diciembres.”
La Pampa
“Yo era oficial ayudante de policía, radiotelegrafista, cuando se usaba el código morse. Mis iniciales eran JCB. Cada
tanto nos trasladaban a distintos lugares de la provincia, así que recorrí bastante la pampa. Tuve contacto con
mapuches que me tomaron mucho cariño, y yo a ellos. Mapu significa país y che gente. Vivieron acá mismo, hasta
que fueron corridos por los huincas, por los blancos, los muy civilizados huincas… Sí, ¡eran muy civilizados y muy
humanitarios los huincas...!
Amo la naturaleza. He tenido ocasión de ver paisajes hermosos sobre todo por el oeste de la pampa, lugares
desérticos, donde hay indígenas todavía. Ellos se defendieron pero no tenían armas como las del hombre blanco,
ese gran ser…”
Sonriente, “con setenta
y nueve diciembres”.
La comida y el amor
“Nunca me casé. No he tenido compañera. Amigas y amigos sí. Y una novia, ya fallecida, que no quiso casarse
conmigo, se casó con otro muchacho. Se llamaba Rosa Esther Fernández Escobar. Rosita…
Yo era muy enamoradizo. Me gustaban las muchachas y ya me enamoraba. El amor tiene un poder extraordinario.
La comida y el amor tienen grandes poderes, sexualmente hablando, ¡tienen poderes extraordinarios! Yo, por
ejemplo, cuando estoy por almorzar siempre digo: ¡la comida será sagrada!, y tiemblo…
Ahh!...Y el vino tinto… que es el vino que más me gusta. De vez en cuando aparece en mi almuerzo un vasito con
vino tinto y otras veces uno que me parece que es vino pero no, es gaseosa, pero igual es rica. Cuando tomo vino
tinto, aunque esté solo, digo: ¡yapai peñi! que significa ¡salud hermano!, en mapuche.
También me gusta mucho la ginebra. La ginebra que viene en porrones, inventada por el finado don Erven Lucas
Bols. Otra no.
Otra cosa que para mí tiene mucho valor y todavía no pude recuperar es lo que yo llamo mi tazona. Se la compré a
don Francisco Feliciano Marrón Lanas. Esa tazona me persigue y la busco y no hay caso, la tazona no aparece. ¡Mi
querida tazona! Pero la perdí. Me la sacaron. Yo sigo esperando que me la devuelvan.”
La obra
“Mi obra poética me la dictó Dios. Me dictó esa obra poema por poema, y yo escribía a máquina, sin ningún error
de ortografía. Recuerdo que a mi finada madre, cuando nací, sietemesino, un anciano le dijo que yo iba a ser poeta.
Y se fue. Siempre pensé que él era un anciano poeta. Andaba con un rollo de papeles en sus manos.
Cuando estuve internado no podía escribir y desde entonces no pude escribir más. Cuando esa psiquiatra me
medicó, se destruyó mi imaginación poética. Me internaron porque habré caído en otro momento de enfermedad.
Sí, una vez me corté (muestra las muñecas) pero nada más que esto y estoy vivo todavía…Y quiero vivir, cómo no
voy a querer vivir… ¡Claro que quiero vivir!”
Mostrando sus venas y
sus manos, esperando su tazona…
Cuentas indias
“Acá están mis piedras indígenas. Deben tener entre seis mil y siete mil años.
Ésta es interesante, hermosa, yo siempre la beso y la huelo, tendrá seis, siete mil años… Siempre pensaba que iba a
ser arqueólogo. No pude estudiar pero yo era un arqueólogo y andaba buscando restos arqueológicos. Tenía en la
casa de mi madre un museo en mi pieza, centenares de cosas… ¡cómo las extraño!
¡Si las habrán tenido en sus manos los indígenas! ¿Cómo las habrán construido? Con sus manos, con otras piedras
con más poder… ¡qué cosa! ¡Quién pudiera ser arqueólogo para escribir sobre esto!... Ésta es la que me llama la
atención siempre… Es distinta a las demás, tiene filo, y cierta transparencia que las otras no tienen, son opacas…
¡qué notable! ¡Cómo me gustaría recibirme de arqueólogo y salir con gente amiga a recorrer lugares donde puede
haber yacimientos arqueológicos!”
El futuro
“Me gustaría ser recordado como una buena persona, como un anciano de buen corazón.
Pienso vivir ciento un años, si Dios quiere, claro, haciendo quién sabe cuántas cosas ¿no?... Recién estoy pisando los
ochenta.”
El saludo final, luego de
una tarde de poesía en el corazón de La Pampa.
Y nos despide. Desde la puerta de su casa nos tira besos, dice: “Estoy muy contento de que ustedes hayan venido a
esta casa, hasta esta casona...”
Volvemos a pie al hotel, reviviendo los últimos minutos de la entrevista, la calidez de su abrazo, la gentileza de sus
palabras bajo un sol que no afloja. Sólo nos queda empacar, comprar algunos recuerdos, despedirnos de Santa Rosa
por ahora, aunque juramos volver a visitarlo y llevarle algunos libros. Ya de regreso, en el micro, caemos rendidas.
Es tarde. Cati Armas se duerme. Yo pienso en él. Lo imagino soñando, caminando por el campo rodeado de amigos,
hundiendo las manos cuidadoso, cavando; feliz, al encontrar nuevos signos, nuevas piedras.
JUAN CARLOS BUSTRIAZO ORTIZ
LOS POEMAS
el intenso dice
un adiós el intenso dice una sombra mi amor aterciopelada palaciega en esta tarde regocijante y tristonosa las
gentes se ponen máscaras oh mi amor se sacan los rostros se arrancan infantilizados la identidad remota y saltan
saltan y no son langostas siquier y tristemente remedan al ancestral sagrado qué estoy diciendo mi amor yo
celebrante rojo celebrante amarillo y negro y azul huelo a collón a piedra pintada a sien quemada huelo a corazón
ahumado huelo a rodillas blanconas a canillas bermejas mi amor dios quiera que no pienses como yo en esta tarde
que huele a tambores colorados a bajo vientre castaño a tobillos simulones a talón pintarrajo mientras la soledad
los va comiendo y chilla
Primera Palabra
Y aquí estoy yo, pensoso y descendiente,
junto a esta luz meralda que se mece,
el juan azul, el carlos marilloso,
espiando aquí, dentrocullá, qué tonto.
Quién me dirá qué-buscas-en-lo-huyente?-,
la-cepa-o-ya-la-borra-de-tu-gente?
Aquí estoy yo, racimo alabancioso.
Tercera Palabra
Dónde errarás, Antonio tan Bustriazo?
Dónde, fatal espectro, Comisario
de Territorios Nacionales? Calmo,
te pienso calmo en tu gran paz, callado,
tu gesto así, de labios apretados.
Y Juan Bautista y su caballodiablo?
Lo buscarás?, se buscarán airados?
Dónde errarás, Miguel Antonio? Parco,
rápido hablar, tu fuerza eran tus manos.
Tu sombra vi, tu bulto oscuronado
en tu momento de morir Bustriazo,
tu nube ya, tu forma de apagado.
Agradecimientos
A Norma Viñas “La Maga”, por la filmadora y la buena onda
A Ediciones En Danza, por el ejemplar de Herejía Bermeja
A Fabián Vique, por sus lecturas y observaciones
A Fabiana Polinelli, por su cámara de fotos
___________________________________
Las imágenes de Bustriazo Ortiz fueron ilustradas musicalmente
con La Pomeña -el bellísimo tema de Leguizamón y Castilla-,
en versión grabada por Pedro Aznar, Lito Vitale y Suna Rocha
en el disco Cuerpo y Alma, de 1998.
La tejedora puelche
ranchos...
la tejedora puelche,
en busca de la gente,
saliendo de la tarde
Llegaba despacito,
subiendo desde el este,
derramada en mi canto
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saliendo de la mañana
al perdido paradero
donde andaba su recuerdo.
de adobes acurrucados;
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Carapacha Grande
Andando los campos, caminos del monte, vimos en la tarde la Carapachá; la huella era polvo cegador y rojo, y alto,
amarillento, era el pajonal.
Las peñas cobrizas eran como el lomo de una fiera antigua de dormida edad. Peñascal oscuro, máscara de piedra,
guerrero de cobre, casa del pencal!
Encendida greda, blanda como un lecho, ramitas resecas, hueso vegetal. La tierra era pobre como el lugareño;
vagaba en el campo, triste, el animal.
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La nieve castigaba la gente aquellos días. Todo aquel mundo era una larga y sola tierra blanca...
abandonada en la tierra,
de la ciencia y de la iglesia.)
De la calandria
En un paisaje de adobes
y de piedras solitarias,
de su sangre enamorada:
le cabía en la garganta
me repitió la calandria.
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...“Yapeyú”... “yapeyúuu”!... lo llamabas a tu perro, Y él se venía, despacito y tan viejo como tus gritos.
su corazón de cenizas!
y ya me pongo a quemar
y ya me pongo a quemar
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La ruca de Taconao
Su compañera le lleva
La pobreza lo acorrala,
de rosados piedreríos
y ya lo llama la Rosa...
El camposanto abandonado
cerca de lo de Escudero,
Viejo camposanto del solar salado que en el viento vuelves oliendo a jarilla...
Te andaban las cabras y los cachilotes por las siestas rojas prendiendo guijarros;
a veces los viejos pobladores puelches me hablaban del tiempo de los enterrados.
rozando la niebla junto a tus orillas; subían del río humo y luceríos, y por los adobes el viento gemía.
Sólo te quedaba una antigua reja, un montón de piedras y huesos quebrados, y alguna memoria de sangre violenta,
Viejo camposanto del solar salado que te has vuelto temple para la guitarra...