Argenis Rodriguez Con Escrito Con Odio
Argenis Rodriguez Con Escrito Con Odio
Argenis Rodriguez Con Escrito Con Odio
ESCRITO
SIN
COMPASIÓN
Compendio de la absoluta degeneración
de
Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez
KARIÑA EDITORES
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FOTOGRAFIA
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Índice
Pensando en la venganza...
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PUBLICAR ES VENGAR
13 de diciembre de 1976
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Tejerías. Yo narré esto y Fuentes salió corriendo a mos-
trarle los originales a Teodoro Petkoff. Fuentes hizo mal
(¡cuando es que no ha hecho mal!) porque me obligó a
escribir ese libro. A Bruselas me escribía diciéndome que
le alegraban mis artículos contra Teodoro y Pompeyo.
¡Y llego yo aquí y me dice que está con el MAS y con
Teodoro! Ahora sus pretensiones le dictaban otra cosa:
quería que yo borrara todo lo malo que escribí contra
Teodoro, Luben y Pompeyo Márquez. Fuentes es muy
sucio y muy rastrero. Y no se mueve sino por dinero.
Cuando Leoni lo hacían preso por comunista, iba a pe-
dirle dinero a Luis Vera Gómez, que era el que reprimía
a los comunistas desde el Ministerio del Interior. Este
es un ejemplo.
Domingo Fuentes, naturalmente, está asustado.
Puso en guardia a Teodoro Petkoff y a su hermano
Luben y aquellos le han dicho que me van a liquidar.
Fuentes ha corrido a hablar conmigo.
- ¿Qué posibilidades hay de que tu libro no salga?
- Ninguna, le respondo.
- Entonces habrá una guerra entre los Petkoff y tú.
- Que la haya. Esa guerra existe desde que Petkoff
me atacó en la revista En Letra Roja. Ahora me toca a mí
defenderme. El Petkoff me atacó cuando se hacía el co-
munista. Ahora él se hace anti-comunista y quiere la
paz. No, nada de eso. ¿ Y su hermano? ¿Por qué no se
cuidó?
Fuentes ni se ríe.
Cree en la inminencia de mi asesinato.
- Ya sabes como son los Petkoff.
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- Claro que lo sé. Son unos asesinos. Yo soy escritor
y voy a denunciar (o a recordar, mejor dicho) hechos
que todo el mundi conoce.
- Pero habrá una nueva guerra. Peor que la de hace
cinco años.
- Que la haya.
- Y van a empezar contigo. Los Petkoff te tienen en
la mira.
- ¿Cómo lo sabes tú?
- Podríamos hablar los tres: Teodoro, tú y yo.
- ¿Por qué? ¿Para qué? Yo no voy a detener mi libro.
Petkoff es un asesino y yo soy un escritor. Mi función es
la de escribir. La de Petkoff es la de matar. Que mate.
Fuentes, a pesar de todo, come. Come carne y bebe
whisky. Lo han mandado a parlamentar conmigo. Yo
también como. Siempre he creído que mis libros me
traen dolores de cabeza, atentados. Pero ya es hora de
que en Venezuela se implante una moral. No vamos a
permitir que vengan unos asesinos emboscados a de-
cirnos que debemos escribir. Para mí es repugnante an-
dar con la sensación de que unos asesinos a sueldo es-
tén sueltos por ahí. Y sobre todo me repugna saber que
uno de esos asesinos era uno de esos que se decía re-
dentor de la clase obrera, de la revolución y de la justi-
cia. Esto me asquea. Y hay el asunto de que se metieron
contra mí sin que yo les hiciera nada. Yo estaba tratan-
do de hacer el bien cuando publiqué ENTRE LAS BRE-
ÑAS, que fue por donde empezó el asunto. Yo condeno
las guerrillas y los Petkoff me llaman vendido y defien-
den las guerrillas. Yo me quedo con eso. No puedo de-
fenderme. Pero viene el tiempo y los Petkoff dan la vol-
tereta y uno se declara anti-comunista, reniega de su
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pasado y funda una organización de derechas. El otro
“sale a la legalidad” y en compañía de dos tipos asesi-
nan, por dinero, al prestamista Antonio Angiulli. La Po-
licía Técnica Judicial descubre el patuco. Al Luben y a
sus compinches los detienen, pero viene el Teodoro y
se mueve. Cuenta con un partido. Hace ruido, forma
un escándalo hablando de amnistía y el Luben, su her-
mano criminal, sale en libertad. Ni siquiera lo llevan a
declarar. He aquí el problema. Yo narro el caso, ese caso
olvidado por los políticos y por la justicia y ahora todos
los hermanos Petkoff me amenazan de muerte.
- Esta vez no te salvarás- dice Fuentes. Estás en la
mira.
Yo como mirando a Fuentes a los ojos.
- Será así- le respondo.
Fuentes me ha citado a este restauran El Caney, en
Chacaíto, para ponerme sobreaviso.
- ¿Y cuándo empezará la guerra? - le pregunto.
- En febrero- responde él-, después que salga tu libro.
Domingo Fuentes, no lo dudo, jugará su papel en
este atentado. Porque no dudo que los Petkoff ( asesinos
descubiertos) dejen de atentar contra mí. Fuentes quiere
ponerse suavecito y me obsequia un libro que acaba de
publicar. El libro es de Clara Posani y se titula “Los
Farsantes”.
14 de diciembre de 1976
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PARA COMPRENDER “ESCRITO CON ODIO”
SOBRE EL ODIO
En una ocasión conversaba con el profesor Juan
Carlos Villegas sobre el odio. Me decía Juan Carlos que
odiar es malo, es negativo o pernicioso. Yo he sentido
odio como algo instintivo que me domina un instante,
y cuya salida requiere un desafío. Lo malo del odio es
no resolverlo, no darle un cauce. Toda la literatura tal
vez esté fundada sobre la transfiguración del odio. Por-
que como lo define Ambrose Bierce, el odio es un senti-
miento para manifestarlo ante la superioridad de otra
persona. El odio de Argenis en este libro fue un senti-
miento para lanzárselo a la cara de la poderosa mafia
de Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez, quienes a fi-
nales de los sesenta controlaban al Partido Comunista,
y lanzó por el despeñadero de la violencia a tantos jó-
venes para ellos luego salir a fundar un movimiento, y
que socialista, por órdenes de AD y de la CIA. Real-
mente Argenis era el hombre menos rencoroso, por no
guardarse nada; con menos capacidad para tolerar el
odio que se pueda imaginar, precisamente porque de-
cía sus verdades sin tapujos, y en su diario se confesaba
del modo más directo y terrible.
Recuerdo algo que leí hace mucho años, no sé si fue
en la revista francesa Planeta que dirigía, entre otros,
Jacques Berguier: Hay un vietnamita del Sur que todos
los días acude a un bar en donde los americanos van a
tomar cerveza y a acostarse con putas. Se está allí todo
el día mirando aquellas escenas, y alguien le pregunta
por qué lo hace; él contesta: “Para llenarme de odio”.
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Casi todos mis libros han sido la necesidad de ven-
garme de algo que ha herido mi existencia; pasarle mis
cuentas a este mundo. Urgencia de justicia. Los títulos
me delatan: “Maldito Descubrimiento”, “La Cultura
como Sepultura”, “Nos Duele Bolívar”, “Capos de Toga
y Birrete”, “Obispos o Demonios”, “Las Putas de los
medios”, “Las Jineteras”. Al igual que Argenis, yo siem-
pre he desafiado a los poderosos, nunca he atacado a
un pendejo, a un débil, a un tonto. Yo sé que los idiotas
son muy peligrosos e incluso pueden que a la final sean
ellos quienes lo eliminen a uno, pero esta gente está con-
trolada y manipulada por los poderosos, y a esos son a
los que hay que atacar, a los que hay que denunciar. Yo
he apuntado en mis escritos directo a los presidentes, a
los dueños de los medios de comunicación (a Gustavo
Cisneros), a los obispos, a la CIA, a los rectores de nues-
tras pervertidas universidades, a los gobernadores.
Argenis en toda su vida también hizo lo mismo.
Cuando Renny Otolina era el gran señor de la hipo-
cresía en los medios venezolanos, junto con una socie-
dad civil defensora de la moral ciudadana, intentó me-
ter en la cárcel a Argenis. Había aparecido en el Suple-
mento Cultural de Últimas Noticias, que dirigía José Ratto-
Ciarlo, un cuento de Argenis en el que refería ciertas
experiencias de su adolescencia. Al periodista Ratto-
Ciarlo lo procesaron y lo metieron preso en el Retén de
Catia. Aquella sociedad hipócrita, dirigida por Renny
Otolina, creó una organización civil como las que abun-
dan hoy día, con el nombre de Defensa de la Familia: lo
que estaba condenando no era el hecho en sí narrado
por Argenis, sino un atrevimiento confesional que po-
día extenderse en Venezuela y que fue además recogi-
do por la prensa, sin tapujos; que ese estilo confesional
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directo con verdades estremecedoras pudiera llegar a
otras capas, a los dirigentes políticos, por ejemplo, y
producir un destape moral que echase por el suelo gran-
des intereses de sectores poderosos. En nombre de la
moral, de los buenos modales y de los principios cris-
tianos esto debía impedirse.
¿Quién podía imaginar entonces, en aquel año de
1969, que ya había nacido un hombre que desde el pro-
pio terreno de la política iba echar por los suelos a to-
dos esos ídolos, a todos esos farsantes y fariseos?: Hugo
Chávez Frías.
En la historia se recuerda con horror las “Confesio-
nes” de San Agustín o de Rousseau, el Diccionario Filo-
sófico de Voltaire o las Memorias de Bertrand Russell.
A la gente, y sobre todo en estos tiempos de enorme
dominio y engaño mediático se le ha tratado de meter
en la cabeza de que es muy feo o al menos inconvenien-
te, hablar claramente, decir toda la verdad, ser franco
con uno mismo y con los demás. La gente tiende a huirle
a todo el que lleva un diario. Casi nadie se atrevía a
hablar delante de Argenis en Venezuela, porque como
decía el propio Argenis la gente tiene un mal concepto
de sí misma, y que sólo los que se conocen profunda-
mente no ocultan sus defectos y los sacan a la luz. “Por-
que cuando uno habla de uno mismo, habla por todos.
A mí por esto de escribir tres tomos de memorias me
han condenado, me han hecho preso... Mussolini vivía
asustado del diario que llevaba su yerno, el conde
Galeazo Ciano. Tal vez eso influyó para mandarlo al
paredón y dejar a su propia hija viuda”.
Hoy en día Chávez lleva un diario de cara al públi-
co, y nosotros lo podemos ver abierto cada vez que ha-
bla. Eso nos llena de vitalidad y fortalece nuestra ima-
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ginación y nuestro espíritu. Porque como dice Argenis,
él habla por todos nosotros. Por todo lo que nosotros
desde hace mucho hemos también querido decir.
Venezuela hasta el 2002, era un país sin memoria.
Nos habíamos acostumbrado a olvidar nuestras servi-
dumbres para cada día poder tolerar otras nuevas. A
partir del 11-A del 2002, cada vez que Venezolana de
Televisión nos recuerda retazos de nuestras amargas
luchas, los viejos esquemas del pensamiento petrifica-
dos en la Coordinadora Democrática tiemblan y dicen
que la libertad de expresión peligra en Venezuela. Peli-
gra para ellos, precisamente porque estamos en proce-
so de mantener viva la memoria de lo que hemos sufri-
do, de lo que nos ha pasado. Antes de Chávez éramos
unos desmemoriados, pero eso está llegando a su fin.
Mientras la oposición quiere olvidar, los chavista se nie-
gan. Enrique Capriles Radonsky le exige a un tribunal
que no se vuelva a transmitir el documental “Asedio a
una Embajada”; Enrique Mendoza pide que “esa basu-
ra del canal 8 sea cerrado”; Marcel Granier no tolera a
ese “2 %” del canal de estado. Se quiere asesinar a
Chávez para que no diga más verdades, para que no se
confiese más ante el pueblo. Para que cierre para siem-
pre su memoria.
Un país sin memoria vive esclavizado, sometido,
envilecido por sus mandones. A todos los gobernantes
que habíamos tenido desde 1830 en Venezuela les en-
cantaba que sus ministros les mintieran. No querían
saber de verdades para no molestarse. Bolívar por el
contrario cuando se reunía con su gabinete les decía:
“Vengan todas las verdades que tengo suficiente forta-
leza para recibirlas”.
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Recuerda Argenis que Pío Gil dejó unos diarios que
no han sido publicados en su totalidad. Que Rufino Blan-
co Fombona dejó miles de páginas autobiográficas y sus
hijos nunca quisieron publicarlas. Argenis conoció mu-
cho al hijo, Hugo, de don Rufino y en una ocasión le
habló sobre las memorias de su padre, pero Hugo le
contesto: “Ese es un tema que no quiero tocar”. En una
ocasión, hablando Argenis con Arturo Uslar Pietri, le
pidió que publicara sus memorias a lo que le contesto el
autor de “Las Lanzas Coloradas”: “¿Y usted cree que
esa sea la herencia que le deje a mis hijos?”.
Ramón J. Velásquez se lamentó toda la vida de ha-
ber permitido la publicación de “Las Memorias” de J.
M. Núñez de Cáceres. Yo creo incluso, que fue él mis-
mo quien luego se encargó de mandarlas a recoger.
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tender a Chávez. Si Chávez hubiese sido escritor en los
años sesenta habría publicado mil obras como “Escrito
con Odio”.
Lo que nunca se podrá entender cómo fue que algu-
nos comunistas honestos se hubiesen dejado chantajear
por esos miserables y viles cipayos del Teodoro y del
Pompeyo, y que en su momento no los hubiesen desen-
mascarados como sí lo hizo Argenis.
¡Insólito!
Esa será una condena que llevarán más allá de su
muerte muchos camaradas.
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ra de Rómulo Betancourt, moriremos siendo comunis-
tas. Los comunistas que fuimos los primeros en propo-
ner la unidad, esa unidad que tanto hoy defiende el Pre-
sidente Chávez. Unidad que fue destruida el día que
llegó a Caracas, Richard Nixon.
Fue a partir de 1964, cuando Teodoro y Pompeyo se
adueñan del PCV, lo convierten en un mafioso grupo
político, totalmente plegado a sus intereses personales
y claro, para que pudiera prosperar y subsistir, depen-
diente de la CIA. Esto lo descubrió Argenis, y de allí
nace la guerra del conocido escritor guariqueño con este
par de aventureros sin alma ni patria. Se hace impres-
cindible un trabajo de investigación sobre la deforma-
ción que sufrió el PCV durante la década de los sesenta
y su casi extinción en los setenta, porque de allí veni-
mos un grupo vigoroso de los que hoy estamos con el
proceso revolucionario que dirige Hugo Chávez. En este
sentido Argenis hace un aporte fundamental.
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Como pudo, a mediados de los cincuenta se fue a
Caracas. Al principio dormía en un carro viejo. Trabaja-
ba lavando carros y con lo que le daban sacaba para la
comida. A veces tenía suerte y entonces le daba para
compra libros, y fue conociendo autores como Chejov,
Faulkne, Baroja, Dostoievsky, Tolstoi y Azorín. Por este
camino acabó siendo empleado en una de las mejores
librerías de la capital, “Pensamiento Vivo”, debajo de
las Torres de El Silencio. Se hizo militante de la Juven-
tud Comunista, y ayudaba a imprimir un periodiquito
que salían a distribuirlo cada noche. Se reunían en el
Arco de la Federación. Participó en acciones difíciles,
como la quema de la Embajada Francesa, cuando los
ingleses y franceses invadieron el Canal de Suéz.
Leía cuanto llegaba a esta librería y conoció a la
intelectualidad más importante de entonces. Argenis
llegó a ser unos de los hombres más cultos de Venezue-
la; no sólo leyó cuantos libros pasaron por “Pensamien-
to Vivo” sino que su gula intelectual abarcó a las biblio-
tecas personales de escritores como Pedro Díaz Seijas,
José Francisco Torrealba, Antonio Márquez Salas,
Guillermo Meneses, Ramón J. Velásquez, Arturo Uslar
Pietri y Mariano Picón Salas. En su vida llegó a formar
unas siete grandes bibliotecas porque algunas se per-
dieron por sus viajes, divorcios o tragedias. En su bi-
blioteca no entraban sino obras muy selectas por su ex-
quisita experiencia. Yo le compré la última en 1994. Su
ojo avizor era certero hurgando entre los libros de lance
y solía ser el más afortunado dando con verdaderas jo-
yas de la literatura que luego mostraba con orgullo a
los más expertos. Cuando escribo esto, recuerdo que
Argenis nunca dejó de ser un muchacho: lleno siempre
de vitalidad, de alegría, de firmeza. Y murió siendo jo-
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ven. Picasso le dijo un día a Camilo José Cela: Desengá-
ñese Camilo, cuando se es joven, se es joven para toda la vida.
El Camilo José que conoció y atendió en su casa de Pal-
ma de Mallorca a Argenis y le publicó en su revista de
Papeles de Son Armadans, “La Fiesta de Embajador”.
Cuando en 1967 Argenis emigra a Bruselas, estudia
allí francés, italiano e inglés y cuando se había cansado
de releer los pocos libros que había llevado consigo, con
su esposa Mirna Linares Alemán, se dedica a leer las
grandes obras de la literatura en francés. Lee en esta
lengua a “Los Endemoniados”, de Dostoievski, a todo
Camus, a Sartre, Balzac y Víctor Hugo. Llegó a creer
que acabaría por suplantar al español por el francés. Pero
también comenzó a leer las traducciones a este idioma
de las obras de Rulfo, de Camilo José Cela (“La Familia
de Pascual Duarte”) y al escritor Arreola. 1968 fue su
año más feliz porque Cela le editó “La Fiesta del Emba-
jador” y le envió una carta en la que le decía a Argenis:
“su novela es extraordinaria”.
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London, no fueron las teorías marxistas sino los nove-
listas los que realmente iban a tener una influencia de-
terminante en la pasión intelectual de Argenis. Él no
tenía condiciones para ser un dirigente político y jamás
lo pretendió, pero si hubiésemos tenido un líder en aque-
lla época en nuestro país, como Fidel o Chávez, de se-
guro que Argenis habría dado todo de sí para llevar a
cabo los cambios por los que ha estado luchando nues-
tro país desde que murió Bolívar. Lamentablemente la
política de los partidos se infeccionó del sensualismo
materialista de Jeremías Bentham, del criminal
pragmatismo de los capitalistas, de los cuadres y acuer-
dos a espaldas de las masas. Una mala práctica que en-
venenó a casi todos los dirigentes políticos de la década
de los sesenta.
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Chantajean. Argenis asume el peligroso y mortal papel
de desenmascararlos y hacerles la guerra. En esto per-
derá su vida, su talento y su destino como escritor. Se le
van cerrando todas las puertas y queda en la más ente-
ra soledad. Para publicar y decir su verdad acaba traba-
jando como periodista a destajo en las bazofias edito-
riales de Rafael Poleo, hasta que de allí también lo echan.
La década de los setenta y ochenta los pasa Argenis
como indigente, tratando de vivir de lo que escribe, que
es un imposible en Venezuela. Con una beca del Conac,
que no pasaba de 800 bolívares, y que se le iba en com-
prar libros usados, cumple con lo que se le exige y llega
a escribir unas veintitrés novelas y más cinco mil artí-
culos por prensa y revistas.
Los acontecimientos del Caracazo y del 4-F lo mar-
caron profundamente, y en ellos se inspiró para escribir
su novela “Febrero”. Conoció personalmente a Chávez
a quien llegó a trató muchas veces en la redacción de
“El Nuevo País”, donde el comandante tenía una co-
lumna. En una ocasión, Argenis le pidió una ayuda a
Chávez para comprarse unos lentes y éste se los pagó.
Muchas veces me comentó Argenis: “Chávez no tiene
pizca de tonto; es inteligente”.
En 1997 se embandera Argenis definitivamente con
la posición de Chávez; se une a un grupo de intelectua-
les que apoyan su candidatura como Earle Herrera,
Néstor Francia y Luis Brito García. Está ahora escribien-
do columnas desgarradoras en el semanario La Razón.
Un intelectual como Argenis se hace peligroso para cual-
quier bando político porque su función es escribir y decir
lo que siente, no tiene compromiso sino con su obra.
Podría decirse de Argenis lo que una vez escribió sobre
sí Ramón Sender: “Ignoro lo que es una asamblea de
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partido o una reunión de célula, pero sé que el poeta y
el político son especimenes opuestos e irreconciliables
y que las cualidades del uno y del otro se repelen. Cuan-
do me he acercado a la política a, me he conducido como
poeta (resultaba así un animal indefinible), y entre los
escritores me consideraban a menudo un político. Unos
y otros se engañaban y se irritaban al sentirse engaña-
dos. Pero un escritor no puede evitar la circunstancia
social. Para mantenerse insensible a los problemas so-
ciales de nuestro tiempo hay que ser un pillo o un im-
bécil”.
Triunfa Chávez, y Argenis percibe el maremagno
de la farsa que rodea al nuevo Presidente. Entran en el
alto gobierno personajes de la catadura moral de Luis
Miquilena y Alfredo Peña, a los que él conoce muy bien.
Cuando se desata la campaña por la Constituyente, y
en el quino aquel famoso aparece Alfredo Peña como
una de las estrellas supremas, al lado de Marisabel y de
Miquilena, en la portada de La Razón Argenis arremete
haciendo una seña vulgar con sus dedos dirigida al ne-
fasto Alfredo Peña. Está harto Argenis de lo que ha vis-
to y vivido en la política nacional. Cree que estamos en
la antesala de otra brutal farsa y engaño. Ocurre lo del
deslave de Vargas que en su imaginación de novelista
surge como un presagio de grandes tragedias: que esta-
mos ante el desenlace y el signo de una catástrofe total.
Han bajado las piedras y el barro y han sepultado a todo
un pueblo, y pronto bajaran los cerros con sus hordas
ateridas de miseria y desamparo a vengarse... Argenis
huye desolado a los llanos, y va con la decisión de no
escribir más, y de no leer más. Aún así, garrapatea su
última novela “Milenio”, y en febrero del 2002 se suici-
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da en San Juan de Los Morros, y antes de matarse grita:
“Díganle a José que publique mis libros”.
En la presente edición de “Escrito con Odio”, sólo
hacemos hincapié con lo que tiene que ver con los as-
pectos políticos relacionados con el actual proceso his-
tórico y político de Venezuela.
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ESCRITO CON ODIO*
- Editado en julio de 1977 -
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32
Si yo no escribo esto me suicido...
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CARTA DE UN JOVEN ESCRITOR VENEZO-
LANO
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saborear una obra, el que lo hace es para poder hablar
sobre el libro, como los profesores de LUZ. Hace unos
meses yo me quedé sorprendido cuando un profesor
me dijo no saber quién era Edgar Lee Master, y ese se-
ñor tiene una cátedra en la Escuela de Letras. ¡Que le
parece! Ese es el estilo de aquí.
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unos días fui a una librería y me conseguí la primera
edición de La Fiesta del Embajador publicada por “Fuen-
tes”, yo no la conocía, es una edición preciosa. Espero
disponga de tiempo para contestarme. Deseo también
que me informe sobre sus planes y libros publicados
por allá.
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- Te van a coger rabia en Venezuela.
- ¿Y qué?
- No solo tus enemigos te van a odiar, sino todo el
mundo.
- ¿Y qué? ¿Acaso yo vine hacer negocio en esta mier-
da?
- Yo sé que a ti te alegra que te lean.
- Para eso escribo.
- Pero te van a odiar si continúas escribiendo de
esa manera.
- Qué va. A mí me leen porque escribo así.
- Mis lectores son gente decente. En Venezuela la
gente decente piensa como yo. Yo me expreso por ellos.
- Te van a matar.
- Que me maten.
- ¿Y yo? ¿Y el niño?
- Que nos maten. Si un hombre como yo no pue-
de vivir en su país, bueno, que no viva nadie.
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PRIMERA PARTE
DE ASESINOS E INSTIGADORES
DE ASESINATOS
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Hasta el presente, con lo que tengo de beca, he vivi-
do en París y Barcelona y le ha puesto final a tres libros:
dos volúmenes de relatos y una novela.
He escrito una cantidad considerable de artículos
para El Nacional y creo que todo ese material podrá ser-
me útil para darle forma a un volumen que tratará de
mi pasión por la literatura y que titulare La Trágica Ver-
dad del Escritor.
Hoy me he sentado frente a esta máquina con la idea
de empezar a escribir mi tercer tomo de Memorias.
Abajo hay un niño que llora día y noche y sus pa-
dres, unos franceses que trabajan en un circo, hablan en
voz alta y cuidan poco de él. Eso me molesta y por esa
razón alquile el aparato de televisión que me sirve de
mucho porque casi todas las noches puedo ver una pe-
lícula diferente.
A las diez o a las diez y media me distraigo con una
película de los años cuarenta que son las que pasan aho-
ra. Ese era el cine que me distraía en mi infancia allá en
Las Mercedes del Llano o en Calabozo y es como si vol-
viera a vivir esa época que es la que mejor perdura en
mi memoria. Lo demás ha sido duro para mí y lo que
voy a contar en el presente volumen no es de mi agrado
ya que me veré obligado a revivir mi aventura con Mar-
ta, la que fue mi segunda mujer.
Como todos saben, en 1964 publique un librito titu-
lado Entre las Breñas que me puso a sonar en el ámbito
de la literatura de mi país. Los relatos allí contenidos
describían una situación de violencia y los críticos polí-
ticos creyeron percibir allí un aire de pesimismo y de
derrota y yo, el autor, catalogado como desertor por los
maricones que no habían estado en las guerrillas.
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Yo había vivido aquello, había estado en las monta-
ñas con un fusil en las manos y había bajado con unas
historias que reflejaban un estado tal de pesimismo que
hizo que los dirigentes de la violencia revisaran lo que
se llamaba “la línea armada”.
Nadie me entendió porque nuestro país adolece de
críticos literarios y lo que era literatura fue considerado
un tratado de la política.
Yo, y es cosa sabida por quien me ha leído, he que-
rido ser escritor. Y me fui siendo escritor por mi cuenta,
en una tierra que no es propicia para estos afanes.
En Venezuela ha sido raro el escritor que no haya
sucumbido. Uno se volvió loco por la falta de
receptividad y otro se frustró porque tenía que ganar
dinero para comer.
El escritor venezolano que ha muerto como escritor
ha tenido que exiliarse, ha debido pagarse con sus pro-
pios recursos o ha tenido que hacerse embajador, mi-
nistro o simple burócrata.
Bueno, yo nunca quise seguir esos ejemplos.
Consideré conveniente vivir para escribir y milité
peligrosamente en un partido clandestino.
Trabaje en diferentes oficios. Viaje dentro de tierra
y por fuera de ella y pase por las más diversas pasiones.
Me identifiqué con los personajes de los grandes libros
que me entusiasmaron y al fin termine escribiendo mis
propios libros y llamando la atención sobre todo lo que
firmaba con mi nombre.
Quise, bueno, dedicar todo mi tiempo a la literatura
y a fe que ha sido así y durante toda mi vida he hecho lo
que he querido. No puedo quejarme y no me quejo de
nada y sigo en mi empeño y estoy seguro de que dejare
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huella. Esto no me preocupa, pero dejaré huella es el
único premio que un escritor como yo puede conseguir.
En Venezuela mis compatriotas me leen, pero los en-
cargados de dar premios no me quieren dar premios
sino balazos.
Yo quiero, yo puedo, yo hago ha sido una de mis
máximas. Soy un escritor torrentoso como Balzac, Baroja
o Thomas Wolfe y todo lo que sale de mi pluma va di-
rectamente al escritor espontáneo y no trabajo las frases
y apenas si he luchado por mi sinceridad y la sencillez
en la expresión. Quiero que todo el mundo me entien-
da.
Me enfrenté, pues, a la miopía de los críticos y algo
que hasta ese momento no había conocido: la envidia
de los “escritores” de mi generación.
Para el tiempo que apareció “Entre las Breñas” no
existían más que dos escritores jóvenes un poco mayo-
res que yo y cada uno de ellos ya había publicado su
librito. Ellos eran Adriano González León y Salvador
Garmendia. De resto no se sabía de nadie más. En la
poesía sobresalían Ramón Palomares y Rafael Cadenas
y en el ensayo literario la cumbre estaba representada
por un hombre riguroso extremadamente exigente:
Guillermo Sucre. De pronto aparecí yo y los que no es-
cribían pero se hacían pasar por escritores saltaron so-
bre mí como perros rabiosos.
- Los que te atacan te envidian –me dijeron.
¡Caramba, yo no me creía tan grande!
Un tipo que nunca había publicado nada se prestó
para atacarme y el que lo entrevistó se decía poeta. Ya
hablare de estos dos personajes.
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Habían empezado a envidiarme por dos cosas: por-
que había estado en las montañas y había demostrado
ser un hombre y porque había escrito un gran libro. Y
ninguno de ellos había demostrado nada de estas dos
cosas, esenciales en un país en que hay que responder
con los hechos.
Por su parte, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón
Salas, Juan Liscano, Guillermo Sucre, Antonio Márquez
Salas, Guillermo Meneses, César Dávila Andrade,
Guillermo García Mackle y Juan Ángel Mogollón, entre
otros, elogiaron los relatos de “Entre las Breñas”. Más
adelante este mismo librito sería ensalzado en España
por los escritores más representativos.
Arturo Uslar Pietri, quien me recibió en su casa, me
dijo que a mí me sería conveniente un viaje a París. Él
había estado allí en la época de su primera juventud y
en París escribió “Las Lanzas Coloradas”. Me obsequió
el volumen de sus Obras Escogidas y me alentó. Vene-
zuela era una maquina que había triturado a sus hom-
bres de talento. Ahí estaba el caso de José Rafael
Pocaterra. Mi lucha iba a resultar dura porque además
de escribir tenía que defenderme de los politiquitos de
izquierda que ya habían empezado a atacarme. Mi li-
bro había acabado con el negocio de las guerrillas y los
que la justificaban desde abajo ya no recibían dinero.
Pero yo tenía madera. Confiaba en mis posibilidades.
Uslar Pietri, de su casa, en su propio auto, me llevó
al Congreso Nacional. En las elecciones pasadas había
sido candidato a la Presidencia de la Republica y con su
sola presencia de escritor había resultado el “batazo” o
el hombre milagro. A él también lo habían envidiado y
lo seguían envidiando por ser un gran escritor...
45
Yo vivía en casa de mi esposa y tenía dos hijas. Le
hablé de la beca y del viaje que iba a efectuar. Era la
tercera vez que me separaría de ella. La encontré en el
comedor y le hablé de la beca y del proyecto del viaje.
Supongo que pensó que yo viajaba primero y después
la mandaría a buscar. Doscientos dólares no represen-
tan nada en Caracas y en París con doscientos dólares
se comería una vez al día. Pero yo estaba entusiasmado
con la vida de Hemingway y todavía pensaba que un
escritor tenía que sufrir y pasar hambre para poder es-
cribir. Imaginaba que vivía en un cuchitril como vivían
los personajes de Dostoievsky y eso, en lugar de asus-
tarme, me alegraba. Para mí lo normal era que un escri-
tor viviera como vivieron Gauguin, Van Gohg,
Strindberg, Rimbaud, Verlain, etc. Mientras yo pensa-
ba en todo esto y de esa manera, los que me atacaban
por la beca se buscaban colocaciones para poder robar.
Arreglé mi equipaje, que era bien poco por cierto, y
una tarde mi mujer y sus familiares me llevaron al aero-
puerto internacional de Maiquetía. No recuerdo quié-
nes me acompañaron. De ese viaje sólo recuerdo una
escala en Lisboa y a unas mujeres con uniforme marrón
que limpiaban el edificio de la terminal. En Madrid no
nos dejaron descender del avión y por último me vi
dando vueltas sobre el cielo de París. Y allí estaba yo,
pues, en la ciudad prometida, con el pensamiento pues-
to en las novelas de Zola y Balzac y sin que me pasase
por la mente que aquel era un mundo muerto y ya ente-
rrado.
El conductor del taxi me dijo en francés:
- Los Campos Elíseos.
Yo no le entendí y el taxista volvió a decir en su
lengua.
46
- Los Campos Elíseos.
-Ah –dije yo en español- Los Campos Elíseos.
- C´est ca.
Me apeé en la puerta de la embajada de Venezuela.
Le di veinte dólares al chofer. Subí hasta el primer piso
y me le metí a Carlos Dorante en su oficina.
- ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabes que yo me encon-
traba en París?
- Allá todo el mundo lo sabe.
Me senté en su sillón. Hacía poco que yo había co-
nocido a Carlos Dorante en el diario El Nacional. Él me
había abierto las puertas de ese periódico publicándo-
me un relato en la revista de los domingos. Le conté lo
de la beca.
- Hiciste bien en venirte. En Venezuela querían ma-
tarte por tu libro.
- ¿Por qué? ¿Qué hice yo?
- Consideraron que tu libro era peor que un ataque
del ejército, que tu visión pesimista de ver las cosas ha-
bía desmoralizado a los combatientes.
- En Venezuela nadie sabe de literatura. El único que
sabe de literatura en ese país soy yo.
- Acuérdate lo que le hicieron a Paúl Nizan aquí en
Francia. Lo llamaron traidor hasta que se mató.
- Bueno, ayúdame a conseguir un hotel.
- La embajada no es para conseguirle hotel a nadie.
De todos modos haré una excepción contigo.
Llamó a un tipo español con una boina en la cabeza
y le dijo que me consiguiera un hotel. Me mandaron al
Peyris, que era a donde llegaban todos los venezolanos.
47
Por la tarde el mismo Dorante se apareció por el
Peyris y me dijo que lo acompañara al aeropuerto. Te-
nía que recibir a un diputado de apellido Rendón que
no conocía.
- Nos paramos a fijarnos en todo aquel que tenga
cara de venezolano –dijo Dorante.
- O de guevón – dije yo.
El francés de Dorante era malo. Trató de hablar in-
glés. Su inglés también era malo. No nos pudimos ha-
cer entender y nos paramos en una reja que debía ser la
entrada de los pasajeros. Dorante desconocía el núme-
ro de vuelo del avión del diputado Rendón. Comimos
ahí. Nos paseamos por los pasillos. Regresamos a las
rejas. De pronto Dorante dijo:
- ¿Diputado Rendón?
- Sí – dijo un hombre de baja estatura.
Acompañé a este diputado a mi hotel. Por la tarde
yo estaba tratando de descansar cuando oí que tocaban
a mi puerta. Abrí. Era el diputado Rendón.
- Vamos a ver París –dijo.
Me vestí, Bajamos y nos sentamos en un café de
Monmartre. El diputado Rendón no hablaba francés
paro lo escribía. Le escribía al camarero en una serville-
ta y el camarero lo atendía a la perfección. Cenamos sopa
de cebolla, nos bebimos una botella de vino y nos comi-
mos un pedazo de camembert. Al otro día el diputado
desapareció. No me dejó ni un mensaje. El hotel era caro.
Volví por la embajada.
- ¡Argenis!
Me volteé y vi a un joven moreno y de pelo “malo”.
Yo no lo conocía. Él dijo conocerme. Era pintor. Se ha-
bía venido hacer carrera. Vivía en la Rue Mazarin. Su
48
hotel era barato. ¿Habría un cuarto ahí? Él iba a averi-
guar. Me fui con él. Se llamaba Juvenal Ravelo.
Deambulé por Montmartre, me metí en un self
service y agarré una bandeja. Me serví una carne con
papas y un vaso de leche. Cuando estaba comiendo una
mujer joven me dijo algo. No la entendí y para que no
se fuera le dije que quería un cambur. Era norteameri-
cana y trabajaba allí. Lo supe por el uniforme. Me trajo
el cambur. Nos estábamos entendiendo con palabras
francesas, inglesas y españolas. Comí y le dije que la
esperaba en el café de la esquina.
- Pero a las siete, eh –dijo ella.
A las siete estaba yo allí como un clavel tratando de
decirle a un camarero que me sirviera un café y un pe-
dazo de torta. En esto vino la norteamericana que era
alta y delgada y tuvo que explicar todo el enredo.
Me llevó a su casa y nos estuvimos besando y la acos-
té en un mueble. Dijo que se iba a casar con un judío
argentino que estaba en Israel y que se llamaba no sé
qué. Dijo otras cosas que no me interesaron. Se estiró el
vestido, entró en un cuarto a lavarse y salió toda
arregladita porque su mama no tardaría en llegar.
Me despedí y quedamos en encontrarnos ese otro
día en la Alianza Francesa.
Ravelo se presentó en mi cuarto del Peyrís y me dijo
que arreglara la maleta.
- Te conseguí un cuarto en el hotel du Sud.
- Vamos, rápido, esa gente no espera.
Después de lavarme en el lavamanos y de echarme
un poco de agua de colonia me encamine a la Alianza
Francesa. Ya la americana estaba allí. Estaba arrepenti-
49
da de lo que había hecho ayer conmigo y se decía aver-
gonzada de haber engañado a Miguel.
- Eso si no se sabe no duele –le dije yo.
Le parecí duro y grosero y dijo que no me volvería
a ver. No obstante, como despedida entró en mi habita-
ción y dimos el último viaje de amor. Ella lloró por su
Miguel. El Miguel se lo tenía merecido. Se lo dije así y la
americana volvió a tildarme de duro y de grosero. Me
dio su dirección para que la solicitara pero no la solici-
té. París era muy grande para dedicarse a una sola per-
sona.
Mi cuarto, como todos los cuartos del Hotel du Sud,
tenía una cama, un lavamanos, una mesa y una silla. Yo
tenía la maleta sobre la silla.
Juvenal Ravelo vivía en el cuarto del frente. No sa-
lía de allí. Estaba preocupado porque su mujer no le
escribía. No sabía nada de ella. Ravelo se la pasaba di-
bujando. Andaba por eso del realismo socialista y a ve-
ces hacia unos retratos a lo Modigliani. Visitaba casi a
diario a Carlos Cruz Diez, que le combatía sus ideas
acerca del arte y le recomendó coger unos cursos con
Francastel.
Yo me inscribí en la Alianza Francesa y tenía clases
todas las mañanas. El resto del día caminaba por las
calles de París y leía los libros que me traje. Después
que me leí todos esos libros fui a la calle Monsieur Le
Prince y compré unos cuantos libros de Austral en la
Librería Española.
En la esquina de la calle Mazarin había un café lla-
mado Le Buci que se la pasaba lleno de unos venezola-
nos. Algunos se decían pintores, otros escritores y los
demás exilados políticos, pero ninguno de ellos hacía
nada y Ravelo no los trataba. Yo los veía todo el día
50
metidos en ese café y había una mujer muy grosera que
siempre estaba diciendo:
- Este es un mundo decadente, un mundo que se
cae.
Esta mujer se decía comunista, pero se la pasaba en
una sola borrachera e iba con cuanto hombre le brinda-
ra un rosé.
Yo a esta gente le saqué el cuerpo.
Fue entonces cuando empezaron a llegarme recor-
tes de prensa de Venezuela que hablaban mal de mí.
Habían esperado que me viniera para desatar el ataque.
Yo allá era muy peligroso porque podía polemizar y no
soy un hombre que se domine totalmente. Un tipo que
yo había considerado mi mejor amigo se prestó para
dar unas declaraciones y el que lo entrevistó era otro
tipo que había hecho todo lo posible por imitar a Eliot y
creerse un poeta. Ambos le debían sus colocaciones al
Partido Comunista y yo ignoro si fue que los mandaron
a que me atacaran o lo hicieron por cuenta propia. Lo-
graron el objetivo porque me amargaron la vida en Pa-
rís y con la llegada del otoño yo empecé a sentirme solo.
En París no había encontrado un solo intelectual vene-
zolano y Ravelo era pintor y no salía de la casa de Cruz
Diez. Yo leía día y noche y pasé treinta días sin dormir.
Sesenta días después me monté en un tren, me bajé en
Irán y aquí cogí un TALGO que me llevó hasta Madrid.
Me veo en un taxi y luego caminando por la calle de
Alcalá. Era sábado y yo sabía que un amigo mío era se-
cretario de la Embajada y le dejé un papel con el potero.
El domingo Régulo estaba ahí muy sonriente y apu-
rándome porque cargaba dos muchachas en el carro.
Las dos mujeres que Régulo tenía en su carro esta-
ban sentadas en el asiento trasero y yo dije que nos aco-
51
modáramos bien y una se pasó para adelante y la otra
quedó atrás conmigo la que me tocó a mí era una rubia
monumental de unos diecinueve años y al preguntarle
yo qué hacía me respondió que era profesora de inglés
- Y practica la natación – dijo Régulo.
La mujer que iba con Régulo tenía un nombre co-
rriente en España: Mari-Pili.
Comenzamos a dar vueltas y por último nos meti-
mos en un café repleto de gente que bebía vino y gran-
des jarrones de sangría. De nuevo en el carro yo le metí
mano a la rubia y ella se dejó besar y la estreché contra
el asiento trasero. Régulo ya llevaba tiempo con la Mari-
Pili y Régulo se volteó hacia mí y dijo:
- El hombre que quemó el pozo de agua
Yo me reí, la rubia se río y seguimos en lo nuestro.
Yo me mudé para Vallehermoso. La Mari-Pili vivía
en la esquina cazando a Régulo, celándolo y llorando
porque estaba en estado. Me dijo que Régulo la había
engañado y sólo después que la había aprovechado le
había dicho que era un hombre casado. A Régulo se lo
estaba ganando el miedo y me dijo que iba a pedir el
cambio y que preparaba un viaje a Caracas. Régulo le
tenía miedo a Mari-Pili, al estado en que la había deja-
do y le tenía miedo a su mujer. Era un verdadero em-
brollo.
En un tiempo record Régulo entregó su apartamen-
to y yo lo acompañé al aeropuerto. Después la Mari-Pili
la cogió por buscarme a mí y a preguntarme por la di-
rección de Régulo en Caracas.
Me puse en contacto con el cónsul y llamé a la Mari-
Pili y a la Katy y las llevamos a una sala de fiestas y la
Mari-Pili se pegó con el cónsul.
52
-Ese es un idiota- le dije yo-. Acuéstate con él y le
dices que el embarazo es por culpa suya.
Yo metí a la rubia en un rincón. La rubia me dijo
que había averiguado que yo era casado y que no que-
ría verse envuelta en una situación como la de Mari-
Pili. Yo después me fui con el Cónsul le daba dura a la
bebida y teníamos cuatro mujeres ahí y bailábamos y la
pasábamos en grande. Me mudé para su apartamento y
el cónsul llegaba borracho todas las noches y me decía
que se iba a casar por poder. El hombre caminaba por
los cuartos y pasillos y tiraba las puertas y cantaba tan-
gos. No dormía ni comía y tenía los ojos inyectados en
sangre. No me dejaba dormir y yo me fui un día sin
decirle nada.
Me hospedé por la calle De Silva y entraba en un
bar llamado Mariotte a beber aperitivos y a escribir re-
latos en una libreta. Comía allí mismo y una noche oí
una voz conocida.
Oscar Guaramato tenía un coñac en su mesa y ha-
blaba con una cantidad de hombres. Me le presenté y
nos bebimos una botella de champaña que pagó un tipo
fuerte que después supe que era boxeador y guardaes-
paldas de un ministro y ahora le caíamos a la bebida ahí
o en Mesonero Romanos y en un pequeño restaurante
de Ventas.
En Venezuela los comunistas y los que se decían de
izquierdas todavía seguían atacando mi libro. ¡Que ga-
nas de perder el tiempo! Atacaban un libro de relatos,
una obra literaria y todos aquellos ataques no eran ata-
ques políticos en sí contra un libro sino contra una per-
sona a quien envidiaban los que alguna vez trataron de
escribir y nunca escribieron nada. Me envidiaban por-
que yo había sido el único escritor que había estado en
53
las guerrillas y había bajado con unos cuentos que lle-
gaban a la más alta y pura poesía. Era por eso y no por
otra cosa y mientras los “intelectuales de izquierda” se
quebraban el coco de impotencia por hacerme todo el
mal que querían, yo estaba en Madrid metiéndole al vino
en compañía de Guaramato y de unos boxeadores que
frecuentaban los bares de puta. ¡Que idiotas eran nues-
tros intelectualitos quemando pólvora en zamuro, ha-
ciéndose la paja y rabiando de impotencia porque no
habían podido escribir ni un relato ni un poema como
los que yo había escrito! Me tenían envidia y un hom-
bre vale cuando siente que es envidiado por los demás
y yo valía. Ya se los iba a hacer ver. Yo no los iba a nom-
brar nunca. Iba a ser grande, el hombre más culto, más
trabajador y más ingenioso de mi generación. El más
audaz también y el más prolífico. Vivía ahora como ha-
bía vivido antes y como seguiría viviendo en el futuro.
Me iban a envidiar hasta el modo de vivir y yo tenía la
culpa de mi originalidad. Después, a esos mismos tipos
que me atacaron los iba yo a ver en posiciones contra-
rias a las que habían pertenecido. Los iba a ver solici-
tándome, rogándome una nota, una simple presenta-
ción para algunos de los mamotretos que escribían. Los
vería recibiendo todos los premios que bregaron con
adulancias, premios obtenidos a fuerza de dedicatorias,
de escalar dentro de grupos a capillitas; premios gana-
dos a la sombra del oportunismo. Esos tipos iban a ser
unos artistas en el arte de venderse o en el de bailar al
son que se les tocase. Yo no los iba a tratar más y muy
poco o nada me interesaría lo que hiciesen.
54
SEGUNDA PARTE
55
Nunca llegué a saber qué pensaría la señora de
Dorante de mí. No volví más por su casa y el mismo
Dorante nunca me recordó nada.
58
TERCERA PARTE
PENSANDO EN LA VENGANZA
60
cobraban por escribir pésimas paginas… por eso se ha-
bían ensañado contra mí. Querían justificarse y seguir
cobrando. Querían justificarse y seguir de profesores en
las universidades. Querían justificarse y quedar como
héroes cuando nadie había sido un héroe allí. Allí los
únicos honestos eran los que habían estado en las mon-
tañas con un fusil en la mano sin cobrar nada. Juan Vi-
cente Cabezas era honesto. Gil Bustillos, que venia del
hampa, era honesto. Américo Martín3 y Moisés Moleiro
eran honestos. Los que se ofrecieron como voluntarios
eran honestos. Douglas Bravo era honesto, aunque des-
pués no se supo que hizo, pero al menos en el tiempo
en que lo conocí se portó como un hombre honesto y
sensato. Pero los que se fueron al monte y escribían en-
salzando una guerra que no conocían no eran honestos,
aunque se dijeran tales. Jesús Sanoja Hernández no era
honesto. Jesús Sanoja Hernández que escribió sobre mi
libro preguntando ¿y los que aun aguantan?. Pues,
Sanoja no era honesto. Un hombre que contribuía mo-
ralmente con el envío de los hombres a una muerte se-
gura sin exponerse no era honesto. Teodoro Petkoff que
planteaba asaltos y no actuaba no era honesto. Pompeyo
Márquez que gritaba que la guerra sería larga y que no
se iba al monte no era honesto. Pompeyo Márquez que
decía que no había que rectificar nada no era honesto.
El Pompeyo y el Teodoro que mandaron a un gentío a
sacrificarse para después acusarlos de desviacionistas
y fundar un partido que estuviera contra aquella mis-
ma gente, esos no eran honestos. Eran ladrones, para
colmo. Ramón Bravo, que aceptó dinero y becas por ata-
carme, no era honesto; era un espía a sueldo y recibía
un dinero que costaba sangre. El Caupolicán Ovalles
era como él y también vivió de la muerte de Argimiro
Gabaldón y de Orsini. Era bonito arengar a los mucha-
61
chos en una universidad con autonomía. Era bonito es-
cribir poemas sobre los comandantes y no compartir la
suerte de los comandantes. Todo eso era bonito. Era
bonito lo que hacia Adriano González León: copiarse lo
que yo ya había hecho para ganarse un premio. Era bo-
nito hacerse pasar por héroe con una colocación de pro-
fesores en la universidad protegida por el mismo go-
bierno. Solo yo sé que aunque escriba esto con toda la
fuerza que me sea posible no podré vengarme ni ven-
gar a los que se inmolaron por el negocio de unos cuan-
tos farsantes.
62
pre a la búsqueda de los escritores que escribieran con
sencillez y leí a casi todo Steinbeck y los cuentos de
Faulkner y me gustaba lo que yo hacía. Y sabía que to-
dos los escritores venezolanos juntos, si se lo propusie-
ran, no llegarían a escribir jamás una página como las
que yo había escrito. Yo estaba poseído por mi fuerza,
mi genio y mi voluntad y no le tenía miedo a nadie e iba
a enfrentarme contra todo aquel que se opusiera. Lle-
gué a Maiquetía, no me estaba esperando nadie y pri-
mero me hice trasladar a casa de mi mamá y dejé mis
valijas allí y después me fui a la casa de Julieta. Ella es-
taba sentada en la mesa con sus otros familiares y le-
vantó la vista, la bajó y después la volvió a levantar y
abrió la boca. Yo vi todos sus gestos. No me quedé allí y
me hospedé en casa de mí mamá y al otro día yo anda-
ba caminado por las calles de Caracas y todos los tipos
que me habían atacado no hacían otra cosa que decir:
-¡Argenis!
63
chos que hablaban en voz alta y lo criticaban todo. Y
estos pobres hombres (ex hombres los hubiera llamado
Máximo Gorki) que una vez habían pertenecido a la
“izquierda venezolana” se la pasaban ahora adulando
al diputado tal o cual o al presidente del Instituto de
Cultura para que los nombraran directores de Desarro-
llo, directores de una revista o directores de quién sabe
qué coño de oficina que no cumplía ningún cometido.
Si esas oficinas no cumplían cometido alguno menos
iban a cumplir nada con un tarado de estos que no salía
de un bar de Sabana Grande. Y lo más grande es que los
jurados de los premios de literatura o de arte que se
otorgaban a Venezuela eran integrados por estas lacras.
No puedo utilizar otras palabras. Y me duele no encon-
trar palabras más gruesas que las que empleo para refe-
rirme a estos personajes vestidos de cuellos de tortuga,
paltós negros, corbatas y camisas blancas y chaleco. Yo
me reía oyendo las palabras de los representantes de la
poesía y de la prosa de mi país.
Estaban todo el día al pie de una barra atendida por
italianos o españoles que no entendían nada y que sólo
querían que les pagasen. Los tipejos, barrigones, de bi-
gote y de gomina en el cabello, se autocalificaban Pan-
dilla de Lautréamont. Y no habían leído a Lautréamont.
Se decían dirigentes de una República del Este, Y la
República del Este eran las dos barras de los dos bares
que estaban situados en una misma cuadra. Una que
otra vez se aparecía por allí alguna argentina prostituída
y se empataba con uno de esos barrigones y entonces la
gente decía:
- Allí va el Presidente de la República del Este en
compañía de su Primera Dama.
64
Lo que era de gran comicidad para nuestros inteli-
gentes muchachos.
La principal actividad de los componentes de estos
“grupos literarios” era asistir a los cócteles del ministro
fulano de tal o del presidente del Instituto de Cultura
zutano. De la extrema izquierda se habían pasado para
la extrema derecha pero guardando las apariencias y
llamándose aun revolucionarios. A cada nuevo Presi-
dente del Instituto de Cultura le daban un homenaje y
el encargado de la República del Este era el encargado
de pronunciar el discurso. A la muerte de uno de esos
directores de la cultura nacional se decretaron diez días
de duelo y cogieron el cadáver y lo fueron a enterrar a
su pueblo, distante unos cuatrocientos kilómetros de
Caracas. Alquilaron unos autobuses y siguieron en ca-
ravana el coche fúnebre. Cantaban canciones patrióti-
cas, se pasaban una botella y en medio de la consterna-
ción de las ciudades por las cuales pasaban se levanta-
ba un gordo aindiado que decía:
- Se murió nuestro amigo, pero desde hoy nuestra
peña llevará su nombre. Dedicaremos toda nuestra vida
a perennizar su memoria.
Esa pompa fúnebre se convirtió en una ridiculez tal
que pasado tiempo la gente no sabía si reír o condolerse
del muerto. Para mí el entierro de aquel pobre hombre
fue una jugarreta de mal gusto y me recordó las pelícu-
las tragicómicas de Luis Buñuel, o un capítulo de “San-
tuario”, la novela de Faulkner en la que se vela a un
muerto con música de jazz. Yo no estaba ahí ni estaba
en mi país, pero los ecos de ese duelo llegaron a mis
oídos rociados por las sonrisas o las carcajadas. ¿Y es
que quería hacerse una burla? No, se buscaba adular y
se aduló y los “grupos literarios” de nuestro país obtu-
65
vieron más ventajas y el whisky corrió gratis y a granel.
Yo estuve después ahí para ver eso y puedo asegurar
que los representantes de la cultura de Venezuela no se
mueren por la reputación y el trabajo, sino por la fiesta,
el arrocito, las serenatas, el guateque, la invitación que
tienen que cumplir esta noche, porque el presidente de
Cultura que no asiste a una fiesta es porque está caído y
ya puede ir despidiéndose de su cargo. Nuestras bajas
culturales no huelen a pólvora sino a alcohol. Y Mariano
Picón Salas murió una noche mientras paladeaba una
nueva marca de whisky. Pero Picón Salas trabajaba y
ha sido nuestra mejor prosa. Sin embargo no está exen-
to de la regla y murió con las botas puestas. Redactaba
el discurso que iba a pronunciar en la torre del Instituto
Nacional de Cultura y Bellas Artes y dio comienzo a
esa gloriosa carrera que lanzó al hoyo, a la desgracia o a
la locura a todos los que le sucedieron después. Ya esta-
ban los grupitos pensando en ofrecerle un homenaje
cuando se enteraron de su muerte. Fue una verdadera
calamidad y una baja lamentable porque tanto Marianito
como su mujer eran fervorosos partidarios de la caña.
66
probando su audacia y su valentía. Arriba seguía mu-
cha gente, eso era verdad, pero esa gente estaba aban-
donada, sin abastecimientos, sin recursos, sin ayudas.
En cambio abajo estaban los “intelectuales” y los teóri-
cos dándose la buena vida en los bares de Sabana Gran-
de o en unos apartamentos de Bello Monte practicando
el ballet-rosado, desnudándose y exclamando:
-Nosotros creemos en el amor libre.
Y se traspasaban las mujeres o se acostaban hombre
con hombre y mujer con mujer.
67
68
¡Coño, Adriano, un hombre que se decía
creador!...
69
70
CUARTA PARTE
71
mar Así es el Petkoff. En una democracia el que no fir-
ma lo que escribe es un cobarde.
Estaba el Ramón Bravo, uno que yo creí mi mejor
amigo, eso que en Venezuela llaman amigo del alma.
Bravo se prestó para declarar contra mí en el diario La
Esfera. Por esto, tanto a él como al Ovalles los premia-
ron mandándolos, uno a Moscú y al otro a Praga.
Yo tenía que enfrentarme a esta gente y aún tengo
que hacerlo. Yo no puedo conseguir un trabajo porque
ya están ellos allí saboteándome, hablando mal de mí,
pidiendo mi destitución.
Es muy dura esta lucha en contra de una organiza-
ción internacional. Es una lucha a muerte y yo tengo
conciencia de ello y no bajo la guardia.
75
Cuba, la Unión Soviética y los países de las Democra-
cias Populares los becaron, los atendieron y los mantu-
vieron y ahora reciben sarcasmos y chistes furiosos. En
cambio yo nunca recibí una ayuda de ningún comunis-
ta, nunca viajé a ningún país comunista y me jugué la
vida por esos ideales. De gratis.
Sí señor, de gratis.
76
QUINTA PARTE
77
muertos enseguida. ¿Quién más que Teodoro Petkoff
sabía quienes eran y que responsabilidad tenían el pro-
fesor Lovera y los hermanos Pasquier? Bueno, estos ca-
yeron, fueron torturados y al final muertos con el tiro
de gracia. ¿Y Petkoff? ¿Y el hermano de Petkoff, el
Luben? El Luben estaba y que dirigiendo un desembar-
co en Falcón. ¿Y quien cayó aquí? Aquí cayeron los cu-
banos que escondían el armamento, pero Luben no cayó.
Después, cuando cayó, no duró nada en la cárcel y a la
salida fue cuando asesinó, por dinero, a un italiano. De
aquellos guerrilleros auténticos cayeron Juan Vicente
Cabezas, Moisés Moleiro y Américo Martín y estos pa-
garon largos años de cárcel. Lo sucio de este caso es que
Petkoff y sus acompañantes se hacen pasar por izquier-
distas. Los Kissinger comprenden que en Sudamérica
hay que apoyar partidos políticos que engañen y para
esto escogieron a Petkoff y a su grupo. Y sobre eso
Teodoro Petkoff ni siquiera es venezolano. Su padre era
un aventurero búlgaro que llegó a Venezuela huyéndole
a los comunistas. Esta ha sido una historia muy turbia y
muy sucia y la gente, por miedo, no quiere opinar. Era
raro aquello de que el que ayudara a huir a Petkoff del
cuartel San Carlos fuera asesinado por la policía; pero
Petkoff, cuando salía, salía de allí sonriente y con dine-
ro. La gente tiene miedo de opinar sobre esto. El herma-
no de Teodoro, el Luben, anda suelto, lleva armas y sí
mata...
78
dinero. Mientras escribo esto la mascarada aún sigue.
Petkoff, que antes viajaba a Cuba ya no viaja a Cuba. Va
a Estados Unidos. Pompeyo Márquez hace lo mismo. Y
la cosa es que ese Movimiento al Socialismo prende en-
tre los estudiantes y hay propaganda por todas partes.
Yo aquí veo unas manos sucias y creo que si a alguien
hay que combatir en Venezuela es a este MAS que en-
cabezan Petkoff y Márquez, aquellos dos jefes de la in-
surrección que mandaron al matadero a unos cuantos
ingenuos que pagaron con sus vidas en las montañas o
en las calles de Caracas. A mí que me tengan como ene-
migo. Ya se puede apreciar.
Cuando regresé a Venezuela, como queda dicho, salí
a buscar a los que me habían atacado llamándome trai-
dor. Al Ovalles le telefoneé a La Esfera.
- ¿Cómo quieres arreglar esto? –le dije.
- Oye, Argenis, yo… -y comenzó a tartamudear.
- ¿Quieres que nos arreglemos a tiros? ¿Cómo quie-
res tú? ¿Quién eres tú para atacarme a mí?
- Yo…
- ¿Quién te mandó?
- Oye, yo soy amigo tuyo.
- ¿Amigo? ¿Amigo de quién?
- De tu hermano, de Adolfo.
- Tú no eres amigo de nadie y no te me pongas más
por delante.
79
dije nada. Nada más me hice ver por él. Se cagó y me
saludo.
- Si esto sigue así acabaré esta vaina en sangre, -le
dije.
- Argenis, domínate. – dijo Bravo.
- ¿Se dominaron ustedes cuando justificaban mi ase-
sinato? No joda, ¿Cuánto cobraron?.
Yo estaba decidido a todo. Si ellos me habían ataca-
do para justificar un asesinato yo me los iba a llevar
antes. A eso había venido.
Las cosas se fueron calmando. A mí me quedó el
rencor y es probable que me muera con él.
80
La verdad es que en Venezuela los escritores somos
unos desgraciados. Escribimos libros que en cualquier
país serían obras de arte y que darían fortunas. Pero no
tenemos editoriales y casi nadie sabe leer. Los políticos,
sean de izquierdas o de derechas, son unos simplones,
unos tipos fáciles, con una cultura sacada de los titula-
res de los periódicos.
81
ni por los talones. Por ahí la he visto yo después,
mendingando una invitación para ir a una fiesta. ¡Coño,
ni ella sabía quién era su marido!
82
engañar se hizo retratar en el solar de su casa con una
boina en la cabeza y un fusil al hombro.
83
al contrario, los premiaron dejándolos escaparse por el
túnel para que salieran a dividir el partido comunista y
acabaran con Douglas Bravo, que era el único guerrille-
ro que aun continuaba en la brega. Por entregar a
Douglas los iban a legalizar.
84
SEXTA PARTE
85
Porque el Ramón Bravo regresó a Venezuela hablan-
do mal de Alí Lameda y a Alí Lameda lo encerraron
durante ocho años en la cárcel de Corea. ¿Qué tuvo que
ver Ramón Bravo en esto? Después, cuando yo publi-
qué “Entre las Breñas” y di una visión “pesimista” de
las guerrillas, al Bravo y al Ovalles les dieron luz verde
para que me atacaran... El Ovalles, por su parte, había
estado en Ecuador, Bogotá y Praga y en Praga escribió
su “Diario de Praga”, unos poemas malísimos que le
publicó la Universidad Central de Venezuela. Me esta-
ban atacando porque yo había acabado con el negocio
de la violencia Los dirigentes de la violencia recibían
buen dinero. Dinero constante y sonante. Cuando pu-
blique “Entre las Breñas” y di la imagen que di, Fidel
castro y los comunistas se desencantaron y se opusie-
ron al envió de otras remesas de dinero. Yo acabé con
un negocio que rentaba bien, sin tropiezos, y los que
recibían ese dinero no hacían ningún trabajo. No se ex-
ponían. Los que se exponían estaban en el monte sin
cobrar y jugándose el pellejo. Los Ovalles, los Bravo,
los Petkoff, los Pompeyos, Márquez y los “dirigentes
Universitarios” no se iban al monte. ¿A qué? Lo de ellos
era justificar la revolución, lo de ellos era teorizar. Lo
de ellos era decir “Yo justifico esa guerra” y demás coñas.
86
El tiempo no ha pasado en vano. El Petkoff, el
Ovalles, el Pompeyo Márquez y el Bravo ya no son co-
munistas. Militan en el MAS, una organización que se
hace pasar por socialista. Al Pompeyo y al Petkoff lo
expulsaron del partido comunista. Al Luben lo expul-
saron del Partido Comunista. Al Ramón Bravo ya no le
dan becas (para que vaya a estudiar cine) en Berlín
Oriental, en Moscú o en Belgrado. El Ovalles es el
celestino de los presidentes del Inciba o del Conac. De-
pende como se llame este organismo cultural. Al me-
nos fue celestino de Tarre Murzi y de Carrillo Moreno.
No creo que lo fuera de Eduardo Morrero. Más bien
Eduardo Morrero no se prestó para componendas y no
pagó las bebidas que el Ovalles se bebía en el Vechio
Mulino por cuenta del Inciba. Ni pagó Morrero los avi-
sos que publicó el Ovalles para hacerle propaganda a
una banda de borrachos que se llama la Republica del
Este.
Yo no me trancé. Cuando las cosas pasaron me bus-
caron. El Ramón Bravo quería que yo escribiera sobre
él. Quería borrón y cuenta nueva. El Ovalles lo mismo.
El Petkoff igual. Yo no olvido. Yo no entiendo esa polí-
tica venezolana. Allá llaman maricón a alguien y ese
alguien anda el otro día con su enemigo. Yo a unos ti-
pos que quisieron justificar mi muerte no los perdono.
¿Detrás de quien andarán ahora? Esa es una mafia. El
MAS es una mafia. La izquierda venezolana (con ex-
cepción del MIR, de vanguardia comunista y de alguno
que otro comunista) es una mafia. Hay que tener cuida-
do con estas cosas.
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Nadie entiende el por qué Petkoff y Pompeyo
Márquez se escaparon por un túnel y no cayeron nun-
ca, pero el que abrió el túnel si cayó a balazos. Guillermo
García Ponce le dedicó un libro a ese muerto.
En Venezuela nunca se explicó lo de la muerte
de Lovera. Nada se sabe. En un país donde se sabe
todo, nada se sabe sobre esto. Como quedó en el
misterio de la muerte de mucha gente, gente que
estaba bajo las órdenes de Petkoff. Unos policías
que asesinaron al doctor Serradas declararon que la
CIA la dirigían desde la izquierda. A estos dos poli-
cías les mandaron callarse. Las cosas siguen sucias y
parece que seguirán sucias por mucho tiempo.
88
SÉPTIMA PARTE
89
do que en cada libro me jugaba el pellejo y ahora tam-
bién me lo estoy jugando. Pero aquí tiene que haber jus-
ticia y los asesinos tienen que ser desenmascarados. El
General Paredes murió por oponérsele a Castro. Y Pa-
redes era un intelectual. Leía en Francés, traducía a Zola
y escribía libros. Pero a la hora de la verdad no se ami-
lanó. Su sombra está entre nosotros. La amenaza nos
viene de todas partes. De afuera y de adentro. Si yo no
escribo esto me suicido. Y si escribo y publico esto es
posible que me asesinen. Los asesinos no se detienen.
Una vez que matan siguen matando. Pienso en el pobre
italiano que asesinó Luben Petkoff por mandato del
dueño de un burdel de Maracay y se me eriza el cuerpo
al pensar que yo una vez estuve de acuerdo con gente
de esa calaña para “hacer una revolución”.
¿Dónde estaríamos en estos momentos con hombre
como Luben en el poder?
¿Qué pasará si yo no denuncio a esta gente como lo
estoy haciendo ahora?
Teodoro Petkoff da sus discursos en las Plazas pú-
blicas de Caracas y desea ser candidato a la Presidencia
de la Republica.
Pompeyo Márquez, el teórico de la insurrección, el
que decía que la batalla sería larga, es senador y otra
cantidad de tipos como ellos están detrás de los intere-
ses de la nación. Se han movilizado bien porque han
quedado como héroes, como legendarios hombres, de
acción que luchan por la liberación de un país. Se han
amparado detrás de la figura de un hombre respetable
como José Vicente Rangel y se han enquistado en las
universidades y en los sindicatos obreros.
Estoy lejos, en Bruselas, y hasta aquí me llegan noti-
cias de los movimientos de Teodoro Petkoff. Todos los
90
meses Teodoro Petkoff viaja a los Estados Unidos, un
tipo que no salía de Cuba. Los comunistas tienen que
callarse porque conocen sus secretos. Teodoro los co-
noce a ellos y los comunistas conocen a Teodoro y a
Pompeyo. Jesús Sanoja, el intelectual oficial del Partido
Comunista tiene que callar.
Héctor Mujica tiene que callar.
Aquí solo quedo yo, que no soy ni comunista ni
nada, poniendo a todo un país en guardia. También pasa
una cosa: En Venezuela yo escribo como escribo por-
que no tengo rabos. Yo nunca le acepté un centavo a los
comunistas cuando milité en la juventud. Ni después,
cuando lo de la violencia. En el segundo tomo de estas
memorias narré que apenas si una vez recibí setenta y
cinco bolívares para que fuera a incorporarme al coman-
do de Juan Vicente Cabezas. Y antes, cuando los gru-
pos, los Romero quisieron regalarme un carro, no lo
acepté. Quisieron darme carne. No la acepté. Jamás acep-
té nada. Con la aceptadera vino la corrupción. Los Ro-
meros, con el dinero decomisado, ayudaron a sus fami-
liares. Bueno, uno de ellos murió, pero lo que hacían no
era justo. Los que se decían dirigentes de la violencia
corrompieron a todo el mundo pagando el treinta por
ciento de un dato seguro. Así empezó la cosa. Así em-
pezó el fin de todo aquello. Al final ya no se asociaban
sino con desechos. Con un tal Meihardt Lares que era
perezjimenista y que los entregó. Los que tenían digni-
dad no están en el MAS. Cabezas, que estaba al frente
de los hombres en el Estado Portuguesa, no esta en el
MAS. Américo Martín y Moisés Moleiro, continúan en
el MIR.
91
Fue Teodoro Petkoff el que me llevó a la casa de
Toribio García. Se trabajaba al descubierto. La policía
no agarraba a nadie porque era estúpida o estaba diri-
gida por el Petkoff, no cabe otra explicación. El gobier-
no sabía que Petkoff era un hombre “peligroso”. Pero
Petkoff se movía como Pedro por su casa. A mí me lle-
vó Teodoro a casa de Toribio porque íbamos a dar un
golpe. Íbamos a asaltar unas oficinas del IPAS. Ahora
bien, el golpe no se ejecutó porque el encargado de ro-
barse un carro en la Universidad Central no se robó el
carro. Entonces salió Teodoro a decir que el golpe no se
había dado por culpa mía ¿Por qué no lo dio él enton-
ces?
¿Por qué no se ponía él frente de los asaltos y los
daba?
¿Por qué no se enguerrillaba él?
¿Por qué no se enguerrillaba Pompeyo Márquez que
vivía escribiendo en Clarín que la guerra sería larga, con
una frase que se copió de Mao?
Porque Pompeyo no es un hombre de formación.
Pompeyo era un muchacho que vendía periódicos en
las calles de Caracas y de golpe y porrazo lo pusieron a
dirigir el Partido Comunista. Era fácil dirigir un parti-
do que no tenía militantes. Durante la dictadura de Pérez
Jiménez los militantes ahí éramos diez. Lo demás era
habladora de pendejadas. A la caída de Pérez Jiménez a
Pompeyo Márquez le hicieron una propaganda desco-
munal. Pompeyo, ignoro por qué, tenía admiradores,
alumnos. ¿Cómo puede tener alumnos alguien que no
crea, alguien al que se le piden ideas y no se le encuen-
tra nada?
Dicto esto a la carrera pensando en las polémicas de
Pompeyo: “¿Rectificar qué?”, se preguntaba.
92
Porque para él la violencia era justa.
Matar un policía cada día era justo.
Era justo mandar muchachos a las montañas.
Era justo dejarse matar por lo que él decía, eso de
que la guerra era larga, que a la verdad tampoco era
suyo sino de Mao.
Pero era así y ya hemos visto cómo terminó todo.
Yo no soy historiador ni político pero tengo que es-
cribir esto.
Tengo que escribir lo que siento. No me importa si
esto es un panfleto o no. No me importa si me repito o
no. Lo que me interesa es llamar la atención sobre un
grupo de forajidos que me hace pensar en el grupo de
aventureros que capitaneaba Mussolini o en el grupo
de asesinos que Hitler condujo al poder. Los asesinos se
disfrazan de héroes, de palomas y de redentores.
93
se escapaban, deban una fiesta y declaraban por toda la
prensa.
94
Ningún secuestro amenazó la estabilidad del gobier-
no del señor Betancourt. Al contrario, lo fortalecía más.
Petkoff sabía esto. El Pompeyo Márquez, que justifica-
ba todas esas acciones, exclama que íbamos bien que no
había que rectificar nada. Hasta Jesús Farías, un hom-
bre que me parecía serio, cayó en las pendejadas de elo-
giar esas acciones. A los que secuestraron el avión para
lanzar propaganda sobre Caracas los llamaba “los agui-
luchos”. ¡Habrase visto pendejada más grande!
Bueno, en este caso yo justifico a Jesús Farías por-
que el Partido Comunista estaba en las manos de
Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff, quienes eran los
encargados de enterrarlo.
95
y la gente cayó en la cuenta del crimen que era mandar
muchachos a las montañas para que otros se enrique-
cieran y se llevaran las glorias.
Los comunistas tenían su novelista especial. Tenían
a Adriano González León, un tipo que escribió una no-
vela para “insuflarle coraje” a los hombres de las gue-
rrillas. En “País Portátil” narra González León una his-
toria de amor y de violencia por el estilo de las novelas
rosa. Esta novela fue premiada en España por Vargas
Llosa y el grupo del Boom que aprovechaba a Fidel y a
la Revolución Cubana. Lo que acabó, claro, como aca-
ban las cosas cuando se hacen por interés. El Vargas
Llosa atacó a Fidel. El Adriano firmó contra Fidel7 . Fidel
les dijo que a Cuba no iban más y se acabó en Boom. La
novela de Adriano está ahí para el que la quiera leer.
Adriano no sabía nada de violencia. Él (para excusarse)
decía que Homero no fue a una guerra para escribir so-
bre Troya. Eso era verdad, pero Adriano sí tuvo la opor-
tunidad de vivir la guerra. Como la tuvo el Ovalles, que
le dedicó un poema a su “Comandante Chimiro”, pero
cuando le hablaron de irse al monte se cagó todo.
A Fidel Castro, que tenía una popularidad inmensa
en Venezuela, le salió muy caro eso de oír a una canti-
dad de aventureros y dejarse arrastrar por ellos. Fidel
Castro acogió a Luben Petkoff, lo atendió como a un
rey y después lo embarcó con armas y un grupo de cu-
banos. Los cubanos cayeron y Luben desertó para dedi-
carse a matar gente por dinero.
96
Márquez y otro grupo más de forajidos. Fidel mandó
dinero, armas y hombres.
Los “intelectuales” iban a la Habana, allá se pasea-
ban, “escribían” sobre la revolución y después regresa-
ban y que a pelear. Pero ya en Venezuela los “intelec-
tuales” se dedicaban al ballet-rosado, a la caña, a
intercambiarse las mujeres y a decir que lo de ellos era
el “pito”, el desprejuicio y la “revolución”.
97
Carlos Augusto León era un comunista ortodoxo
hasta que los rusos le quitaron la beca. Carlos Augusto
León, con su mentalidad colonial, bautizaba a sus hijos
con hombres rusos. Los comunistas quisieron hacer de
Carlos Augusto León un poeta del tamaño de Neruda.
- ¡He aquí el poeta del pueblo! –gritaban en las pla-
zas públicas.
Pero que va, nada.
Vino la violencia, el peligro y el “poeta de pueblo”
se dijo:
- Yo soy un tipo sensible. Lo mío no es un fusil, sino
una pluma.
Renunció al comunismo, se inscribió en el MAS y se
buscó una colocación en la Universidad Central, ese re-
ducto de renegados.
99
bana Grande, también le da becas de escritor. El Ovalles,
con ese descarado arrastre que le caracteriza, fue a visi-
tar al Presidente Caldera para que le comprara unos pe-
riódicos viejos que dejó su abuelo Titi-Mozín...
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100
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101
La mafia con su whisky por cuenta de la Cultura de
Venezuela persigue a los que trabajen.
COMPLEMENTARIO
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en el siguiente reportaje que le hace Agustín Blanco
Muñoz.
En el libro «La Lucha Armada: hablan seis coman-
dantes9 », Luben hace unas confesiones, que desvelan
una preocupante confusión moral o una extraña activi-
dad al servicio de agentes contrarrevolucionarios. Luben
planteaba que «había que ejercer acciones violentas para
tomar el poder10 ». En esas acciones, «incluso el gobier-
no nos protegía... Nosotros hacíamos allanamientos,
inclusive, acompañados con policías. En esos momen-
tos la Digepol se llamaba BES, Brigada Especial y no sé
qué más». Al preguntársele por Pompeyo Márquez,
Luben contesta que es «un individuo que siempre está...
en equilibrio». Luego, cuando el «loco» Saldivia toma
Radio Rumbos (con la intención de arengar al pueblo
para que Rómulo Betancourt sea derrocado), dice Luben
que él y Douglas Bravo fueron «a la Policía de Caracas
y le dijimos al Coronel Arraiz que nos diera una gente
que nosotros nos encargábamos de desarmarlo. Y fui-
mos...11 ». El propio Agustín Blanco Muñoz, en otro de
sus libros («Venezuela 1960 –¡La lucha armada va!»),
agrega: «Y si lo de Saldivia es pintoresco, no lo es me-
nos que los dirigentes comunistas se hayan puesto a la
orden de la policía12 ».
¿Qué quedaron de esos contactos con la policía, que
históricamente han resultado tan funestos para las ac-
ciones revolucionarias?
Luben pensaba que la lucha en la montaña no pasa-
ría de dos años, y «perdí el romanticismo en el 63».
Cuando se le pregunta por qué ingresó al partido co-
munista, no vacila y expresa que fue por su espíritu
aventurero. Cuando Luben cae preso, pasa seis meses
en la cárcel de Trujillo, y él mismo confiesa:. «AQUE-
107
LLO ERA UN HOTEL13 ». Y aquellos presos políticos
en Trujillo, planearon fugarse porque era muy fácil, pero
el Partido Comunista preocupado, les advirtió que po-
día tratarse de una maniobra para matarlos. Estaban
entre otros: Fabricio Ojeda, Molina Villegas, Vegas
Castejón, Omar Echeverría, Fleming Mendoza y Acosta
Bello. Luben explicaba que todos podían huir sin pro-
blemas: «Además ustedes saben muy bien –le decía a
sus camaradas presos- que esto no es ninguna trampa
para matar a nadie. Lo que pasa es que la gente del par-
tido no entiende nuestra relación con la Guardia». Y se
escaparon todos, «después que ya estábamos en la ca-
lle, los guardias incluso nos dijeron adiós. En ese senti-
do fue una fuga muy fácil». Esta fuga se dio el 13 de
septiembre de 1963. Después, ya en 1964, con el gobier-
no de Leoni, cae preso Teodoro Petkoff, también, vaya
casualidad, por los lados de Trujillo. Teodoro era más
artista que Luben para escaparse de todas las cárceles.
No estaría mucho tiempo preso. Era que llevaba entre
manos la fórmula de la pacificación: «no demos más
recursos porque vamos a hacer una tregua. La tregua
era una pantalla para poco a poco acabar con la lucha
armada14 ».
Sin ningún desparpajo Luben agregaba: «Nosotros
fusilamos varios chismosos», y aseguraba que el asalto
al tren de El Encanto no había sido ningún acto de te-
rrorismo.
Todo el mundo en la izquierda rechazó el atentado
de El Encanto, que además era evidente que había sido
un ardid de Betancourt (de la CIA), para allanarle la
inmunidad a los diputados comunistas y del MIR, y lue-
go hacerlos presos. Una maniobra para provocar
allanamientos y crear una represión sin control en el
108
país. Pero el señor Luben Petkoff lo vio de esta manera:
«Pero ocurrió así, y fueron cuatro guardias a quienes
mataron aquí abajo y todo el mundo vio la sangre. Pero,
en las montañas no se veía la sangre, ni se oían los tiros,
ni nada. Y ahí moría gente en mayor número que los
cuatro guardias esos. Pero la guerra en las ciudades, la
guerrita, cuando dejaba sus muerticos, entonces todo el
mundo los veía y veía la sangre. Y entonces la gente se
cagó, dijo: es verdad, en esta vaina, se mata gente... A
mí, por ejemplo, y para ilustrarte mejor la situación,
cuando me lo dijeron mi respuesta fue: bueno ¿y qué
pasa? Mataron cuatro guardias porque les salió mal la
operación y hubo que disparar. Pero, bueno, chico, lo
triste hubiera sido que los cuatro guardias hubieran
matado a los cuatro compañeros. Y lo vi con toda natu-
ralidad... No porque fuera más sanguinario, ni un carajo,
sino porque estaba viviendo otra experiencia que me
obligaba a pensar así. Eso es todo15 ».
Luben, después del conocido crimen contra el pres-
tamista Angiuli, en Maracay, se convierte en empresa-
rio.
109
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... durante toda mi vida he hecho lo que
he querido.
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OCTAVA PARTE
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empezó a caer la gente. Los muchachos empezaron a
morirse. No había medicinas y estábamos en guerra.
115
Yo he vivido más del tiempo reglamentario porque
tenía que contar esto.
VOLVIENDO AL POMPEYO
Petkoff decía:
116
- A este gobierno le dan un préstamo y se lo co-
men en un mes. Entonces venimos nosotros y entramos
en acción.
120
NOVENA PARTE
121
mis fuerzas y si no he matado a nadie es porque no soy
un asesino, pero siempre estuve a punto de defender-
me y esto ellos lo entendieron.
Como se dieron cuenta que yo no cedía pasaron a
los hechos. En Pro-Venezuela alguien me preguntó si
yo era Argenis Rodríguez y al voltearme vi que un puño
venía hacia mi cara. Detuve ese puño porque antes que
aprender a escribir aprendí a defenderme. En la librería
El Gusano de Luz un tipo histérico me sacó una pistola
y me la puso en el pecho.
- Traidor –gritaba-, te voy a matar.
Yo a este le dije:
- Guarda ese aparato, porque te puedes meter un
tiro en esas bolas que nunca haz utilizado.
Unos que se decían periodistas, cuatro en total, me
arrinconaron contra la barra del bar que había en el dia-
rio El Nacional y comenzaron a insultarme. Yo me que-
de callado oyéndole los insultos y las provocaciones.
No pasaron de gritar porque si me hubieran golpeado
y me hubieran dejado vivo yo los iba a buscar ese otro
día.
En Venezuela hay que morirse como asesino.
Me han sucedido miles de casos como estos que re-
lato. Pero los asesinos, los instigadores de asesinatos y
los maricones no me mataron y por eso he contado lo
que he contado. Así como en los Estados Unidos el FBI
y la CIA se unieron a la mafia para atentar contra Fidel
Castro en Venezuela los comunistas, en aquel entonces
dirigidos por los actuales jefes del MAS, se unieron a
los hampones con el propósito de asaltar bancos y aten-
tar contra la policía y los miembros de las Fuerzas Ar-
madas. Alejandro Gil Bustillos, que había pertenecido
122
al aparato represivo de Pérez Jiménez y que cometió
asaltos y crímenes por su cuenta, terminó enrolado en
el Partido Comunista.
123
en Bruselas está lloviendo y yo pienso en Pío Gil, uno
de los escritores más fieles a su destino que hemos teni-
do. Porque en Venezuela ser escritor es ser una pacien-
te de Cristo. Pío Gil ahorró dinero, se exilió por cuenta
propia, se pagó las ediciones de sus libros y los mandó
a Venezuela para que se los repartieran de gratis por-
que en Venezuela nadie compra libros. Pío Gil comía
una vez al día. Y a veces dejaba hasta dos días a la se-
mana sin comer. Esto se lo contaba a su novia de Cara-
cas, Matilde Alvarado, a la que quería convencer para
que se fuera a hacerle compañía: “Dejar dos días a la
semana sin comer es bueno para la salud”, le escribía
Pío Gil a Matilde Alvarado. Nada. Pío Gil se murió de
hambre solo y abandonado en aquel país perdido que
era la Francia de los años 14. Pío Gil recordaba una casa
que estaba en lo alto en las montañas de su pueblo na-
tal. “Se combatió allí cuando la invasión de los llaneros”,
recordaba a toda aquella gente del Táchira y a una mu-
chacha muy joven que se murió en Caracas. ¿De qué se
murió esa joven?, preguntaba. Y desde parís, desde
Amsterdan o desde España vivía pendiente de Vene-
zuela y del atraso en que la tenían sumida los caudillos.
Pío Gil se moría de hambre, pero más que el hambre se
moría de la tristeza de saber que su tierra estaba gober-
nada por patanes, ladrones y asesinos que no creían en
la inteligencia sino en los testículos.
125
país de boludos, un país que era el suyo y que lo recha-
zaba por creer más en los testículos que en la cabeza.
Pero así es la cosa y aún es así. Rufino Blanco Bombona,
su contemporáneo, tuvo que amarrarse bien los panta-
lones porque sino lo matan. Rufino tuvo que matar y
también se exilió. Rufino era un gran escritor y también
creía más en la cabeza que en los testículos. Es asunto
de creencia. En Venezuela el gritón, el discurseador y el
que se baja los pantalones para mostrar lo enorme que
tiene las bolas es quien pareciera tener porvenir, cuan-
do la verdad es que no funcionan sin cerebro. Más gran-
des las tiene un toro, ¿y qué? Los demás, que somos
una ínfima minoría, estamos jodidos. Nosotros no exhi-
bimos las bolas en público. Eso es sagrado.
126
que tenemos entre las manos. Un ministro es envenena-
do por llamar la atención sobre el problema y otro dice
que no cobramos el petróleo sino que pagamos para que
se lo lleven.
127
cel. Hablo de mis experiencias infantiles, describo lo que
hace una mujer con mis miembros y un grupo que se
autodenomina yo no sé qué cosa de protección para la
familia enjuicia y encarcela al periodista que publica ese
fragmento. De modo que me acosan por la derecha y
por la izquierda. Los señores de Cristo Rey, el Opus o
no sé qué mierda me demandan y quieren verme entre
rejas y los comunistas, los marxólogos y los borrachitos
que gritan en los botiquines desean verme acribillado.
128
DÉCIMA PARTE
ooo
129
tuvieron y lo encarcelaron. Al Pompeyo y al Teodoro,
lo que es peor, los invitan. A mí ese Petkoff siempre me
dio mala espina. Si alguien es culpable de una cantidad
de muertos es él. Fue él el que fundó un grupo de
saltantes que comandaba Toribio García y poco después
mataron a Toribio García. Era él el que mandaba a Lu-
nar Márquez a realizar ciertos atracos. Bueno, hoy Lu-
nar Márquez es un exiliado y Petkoff es un campeón de
la legalidad y del anticomunismo.
130
de Italia, de Vietnam, de China, de Francia y de todos
los países socialistas. De allí fue mucho el “revolucio-
nario” que salió con una casa, con un carro o con un
dinero constante y sonante. Los comunistas venezola-
nos hasta que no pongan esto en claro van a seguir con
un solo diputado en el Congreso Nacional. Mientras
tanto el MAS de Teodoro y de Pompeyo va a continuar
creciendo con la ayuda de la CIA y de los americanos
del norte. Nada de raro tiene que un día de estos
amanezcamos con Teodoro y Pompeyo al lado de un
Pinochet venezolano.
131
EL CASO DE RAMÓN BRAVO
Ramón Bravo18 merece un capitulo aparte: no es de
los que esconden su cobardía. Por lo menos no anda
gritando por ahí como el Ovalles. A Ramón Bravo se le
enfrió el guarapo cuando los cubanos le ordenaron su-
bir a las montañas a filmar las acciones de los guerrille-
ros. Ya hemos explicado que Ramón Bravo recibía di-
nero e instrucciones desde Berlín, Moscú, Belgrado y
La Habana. A Ramón Bravo lo habían instruido en esto
de manejar una filmadora y regresó a Venezuela con
una maquina especial y 1.800 dólares. En Venezuela te-
nía que ponerse a las ordenes de Carlos Augusto León.
Pero éste le dijo que el dinero se había acabado. Que
subiera por su cuenta y riesgo e hiciera esa película. A
Ramón Bravo, como buen “intelectual de izquierda” al
estilo de los Ovalles, (...) vendió la filmadora y se mar-
ginó. Pensó, como el Carlos Augusto León, que lo suyo
no era la violencia. Que lo suyo era escribir y también
terminó en el MAS y con un cargo en Instituto Pedagó-
gico Nacional.
135
Comunista de Venezuela, decretaron mi muerte de la
forma como detallo:
1) Salió “Entre las Breñas” y me tildaron de pesi-
mista.
2) A raíz de mi viaje a París me llamaron traidor y
vendido.
3) A mi regreso para defenderme de todo eso qui-
sieron ametrallarme o secuestrarme para fusilarme como
“traidor a la clase obrera”.
4) Como fallaron en todos esos intentos (pues yo
vine dispuesto a matar o a dejarme matar) cambiaron el
plan y lo de ellos era ahora el descrédito hacia mi per-
sona: Jesús Sanoja Hernández en varias notas publica-
das en El Nacional afirmo que yo era un delator y que
los delatores dicen cosas interesantes.
5) Teodoro Petkoff escribió: está pagando la beca
con delaciones. (Seguramente yo lo delaté a él, que an-
daba libre por ahí y comiendo sancochos en compañía
de Eduardo Machado). Sobre su hermano Luben que
de dirigente guerrillero se trasformó en asesino a suel-
do Teodoro no dijo nada.
6) Si yo iba a una fiesta a solicitar trabajo alguien
me decía:
- ¿Qué dice el pasado?
136
de ellos no conseguía trabajos ni medios de vivir. Aho-
ra, ganas de matarme no faltaban ni siguen faltando.
7) Un negro morcilla llamado Luis Camilo Guevara
no podía verme porque decía a voz en cuello:
- ¡Coño, Argenis, lo que hiciste!
¿Y que fue lo que yo hice? Yo lo único que hice fue
escribir un gran libro. Mis detractores no publicaron
nunca algo que me señalase como delatador o vendido.
Lo qué pasó fue que yo les acabe el negocio de las gue-
rrillas. En Venezuela el único escritor que se fue a las
guerrillas fui yo. Sanoja no salía de los pasillos de la
universidad. Luis Camilo Guevara trabaja en el INCE,
un organismo del gobierno. El Pompeyo Márquez que
atizaba lo de la violencia no se fue al monte. Ni el
Ovalles, que me atacó sin firmar, en La Esfera. Sanoja
insistía:
-Argenis escribió un libro contra la gente que re-
siste en el monte.
¿Por qué no se fue él a resistir en el monte? No.
Era más cómodo hablar del Che Guevara con una
cervecita en las manos.
137
En cambio ellos estaban enchufados en las Universida-
des y en el mismo gobierno.
138
Ludovico Silva dijo que Caupolicán es el Pinochet
de las letras venezolanas.
-¿Pero por qué tiene Ludovico que meter a toda la
República de Este en eso?
- Porque tal vez Caupolicán es la cabeza visible de
la República del Este. Tal vez Caupolicán y la Repúbli-
ca del Este son una misma cosa para Ludovico.
140
El Ovalles, como es natural, un cobarde, no firmó con
su nombre.
142
Bravos y los Ovalles. Ellos estuvieron justificando «esa
guerra» sin exponer el pellejo. Ellos estuvieron incitan-
do a la gente al crimen. Ellos se encargaron de mandar
muchachos a las montañas. El Petkoff planificó el se-
cuestro de un avión que sobrevoló Caracas y fue a po-
sarse en Curazao. Petkoff y Márquez mandaron a
Douglas Bravo a las guerrillas. Petkoff y Márquez man-
daron a Toribio García a Lara. Petkoff y Márquez justi-
ficaron los alzamientos de Carúpano y Puerto Cabello.
Los Ovalles y los Ramón Bravo entregaron a Alí Lameda
al régimen comunista de Kim II Sung. El Ovalles, para
insuflarle valor a los combatientes, le dedicó un poema
al Comandante Chimiro. Para eso se le pagaba.
Cuando concluyo este libro leo una nota de Jesús
Sanoja Hernández publicada en El Nacional el día 14 de
agosto de 1976. Aquí Sanoja, con su pseudónimo de
Pablo Azuaje, acusa formalmente a los Pompeyo y a los
Petkoff de haber sido los grandes instigadores de la
guerra en Venezuela. Sanoja recuerda a Regís Debray y
dice que Pompeyo Márquez era la figura central en la
cuestión teórica y que Teodoro Petkoff lo era en el
protagonismo. Sanoja sigue siendo militante comunis-
ta y Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff, de la direc-
ción del Partido Comunista, se pasaron a la dirección
del movimiento anticomunista en Venezuela. Ahora el
dinero les llueve de otro lado. Ahora dirigen los asesi-
natos desde la MAFIA y de la CÍA. Por lo menos el
Luben Petkoff fue acusado por la Policía Técnica Judi-
cial de asesino a sueldo. Y Luben ni siquiera fue a decla-
rar. Los jueces se hicieron la vista gorda. El Movimien-
to Al Socialismo pegó el grito en el cielo. Teodoro Pe-
tkoff viajó a los Estados Unidos a resolver ese caso. Y
143
listo, tierra, tierra al asunto. Y los asesinos siguen entre
nosotros.
144
SE BUSCA VIVO O MUERTO
145
146
26 de Mayo de 1977
- Sí, diga.
- Quiero responderle al señor Petkoff, que por
esta misma emisora estuvo hablando ahí como un ma-
cho. Ese señor no tiene ninguna autoridad para dirigir-
se a nadie. Sus manos están llenas de sangre y su her-
mano, Luben Petkoff, asesinó por dinero a un presta-
mista italiano de apellido Angiulli. El Luben secuestró
al prestamista Angiulli, le dio un balazo en la cabeza y
luego lanzó su cadáver por un farallón de la carretera
Panamericana.
147
También escribí un articulo para ZETA donde men-
ciono todo este caso.
148
y tenía que ser Luben. Eso me dije y entonces empecé a
caminar para verlo de frente y ver como reaccionaba.
Justo lo que pensé. El hombre, de bigotes espesos y con
gafas oscuras se me quedó mirando a los ojos. Yo tam-
bién. Entonces esperé que ese tipo me abordara o me
disparara. Ya sabe todo el mundo que este Luben es un
asesino de sangre fría, que mató a diestra y siniestra en
las guerrillas y que después, por dinero, mató al presta-
mista Angiulli. Con este tipo iba a topármelas. Caminé
haciéndome el tonto, pero no seguí hacia el edificio por-
que hubiera sido un callejón sin salida. Allí no hay sino
unas escaleras y ese hombre se me hubiese puesto por
detrás y con seguridad me hubiera disparado o me hu-
biera apuñaleado. Yo no esperaba nada bueno de él, así
como no espero nada en lo futuro ni de él ni de su her-
mano Teodoro. Entonces caminé hacia un puesto de
periódico que hay más arriba y me puse a hablar con el
muchacho que ahí atiende. Le pregunté si tenía un telé-
fono y me dijo que al fondo, en la casa. Y enseguida se
vino el Luben ese, me miró y al ver que yo lo miraba a
los ojos (pues yo no podía hacer más nada) se agachó, y
recogió un diario El mundo y lo pagó. Estuvimos como
unos cinco segundos de frente. Él con la mano derecha
en el bolsillo del pantalón y yo dudando dentro de mi
en que haría si ese tipo me disparaba o intentaba cual-
quier otro atentado. Yo tenia en mis manos un paquete
de libros. Nada más. De haber estado armado no se que
habría hecho. Ya hace diez o doce años que no cojo un
arma en mis manos. El hombre dio la espalda y volvió a
su sitio, lo que aproveché para cruzar la avenida
Rooselvet y montarme en un taxi que me sacara de ese
lugar. Me dirigí a la PTJ a poner a ese cuerpo sobre avi-
so. Ya yo he sido amenazado por los hermanos Petkoff
a través de Domingo Fuentes. Petkoff dijo en una emi-
149
sora que yo era un ser despreciable. Esa es la manera de
ellos combatir a sus enemigos políticos: o te
desprestigian o te asesinan. No tenían otra salida. A mí
ya me han venido desprestigiando por medio de escri-
tos y por medio de rumores. Ahora me les enfrento con
un libro y ellos van a ser uso de lo que saben: matar.
Esos tipos no tienen intelectuales en su partido, se acer-
can las elecciones y ya se creen en el tercer puesto con
un partido fuerte y temible. Mi libro les va a ser daño y
ellos están a mi asecho. Yo soy el único que les hace
frente. Yo soy el único que les dice asesinos, ladrones y
cobardes. Nadie más. Así que ellos quieren destruirme.
Ellos, hasta el presente, han llamado asesinos, ladrones
y cobardes a todos los gobiernos, desde Betancourt hasta
Carlos Andrés Pérez. Por fin viene uno que puede de-
rrotarlos en ese plan y ellos han tramado mi muerte.
No tengo otra salida. Lo han decidido así, me lo man-
daron a comunicar con Domingo Fuentes y ahora el
Luben estaba allí aguardándome. Este hombre no se de-
tiene por nada. Asesino y enseguida, vaya a saber uno
por qué razones, sale en libertad. Es un asesino descu-
bierto que anda por allí como si nada y la gente esta
asustada. En la PTJ declare lo que tenía que declarar al
respecto y de aquí me mandaron a DISIP, donde repetí
la misma declaración. El jefe del servicio de la DISIP me
dijo que yo tenia que tener cuidado, con Luben por que
ese era un tipo peligroso y lo que sabemos todos.
150
Hoy es 28 y no he salido. Es la 1 y quince de la tarde.
No ha sucedido nada e ignoro el paradero de Luben y
el efecto que surtió en los medios policiales la cosa esa
de mi denuncia. En que iría a terminar mi lucha con
estos asesinos, no lo sé. Pero espero ganar adeptos con
mis libros. Teodoro Petkoff tiene inmunidad parlamen-
taria. Es diputado. El puede pagar para que se me maté.
Tiene un partido poderoso y temible. Su hermano ha
dado muestras de sangre fría y audacia y no se detiene
ante nada. Allí estaba esperándome. Quien sabe por que
no me disparaba, porque con seguridad a eso venía.
Sería que la hora lo detuvo: eran las 4 de la tarde y unos
muchachos estaban ahí. Me dice mi mujer que ese mis-
mo tipo se paseó a eso de las 9 de la noche por el frente
del edificio. Eso fue ayer. Yo creo que la publicación del
libro adelantara los acontecimientos. Jamás pasó por mi
mente detener la publicación de mi libro. Al contrario
me llene de más ira y si algo me dolió fue no haberlo
escrito con más señas, con más odio y con más furia.
Será una nueva oportunidad. Tengo que sostener esta
lucha. No me digo otra cosa. He escrito un poema que
titulo “Yo y ELLOS”.
153
que tenga presente que Luben fue jefe guerrillero y mató
por dinero al prestamista Angiulli. Claro que lo tengo
en cuenta, señor Petkoff y por eso quiero armarme. Pro-
curaré un arma, me armaré y andaré por ahí como un
matón. Si alguien me sale, disparo. Si me matan a mí,
bueno, eso ya lo tengo previsto desde hace tiempo. Siem-
pre he escrito que voy a morir violentamente y pienso
que mejor muerte que esa no hay en el mundo. Uno
escoge su muerte. Uno escoge sus enemigos. Yo escojo
a unos asesinos para que me “ajusticien”. Yo podría es-
tar callado, con la beca que tengo; yo podría estar en el
exterior con esta beca o con un puesto diplomático. Pero
no, estoy aquí desafiando a unos asesinos. ¿Por qué?
Será cosa del destino. Será que fui elegido para jugar
este papel de escritor a lo Cristo. Yo no puedo detener-
me y ninguna clase de miedo me detiene. ¿Cómo irán a
analizar esto en el futuro? ¿Habrá quién lo explique
mejor que yo? Siempre sale otro que sabe más que uno
mismo. Que enredo.
155
frente. Me parapetaría detrás de un mueble o de una
pared y dispararía. De ese modo hasta podría bajar al
enemigo y el alivio sería para siempre. Luben, de venir,
vendrá con los dos personajes que le ayudaron a asesi-
nar al prestamista Angiulli y a quién sabe cuántos más.
Un asesino anda suelto y me busca. Y ya ha dado con
mi paradero20 .
156
Yo, en cambio, soñé con Faulkner y con su hermano
John. Había un misterio que descubrir y yo estaba meti-
do en el embrollo. Y me decía: Tengo que releer a
Faulkner, hace tiempo que no lo releo.
Un día tranquilo. Como cualquier otro. Mañana ten-
go que enfrentarme a todo eso y tengo que hacerlo. Si
fuera guerra tuviera que ponerme al frente. Yo siempre
me pondré al frente de cualquier mierda. Lo haría vo-
luntario. Me toco una vida en la que tengo probarme a
cada instante. Y yo, gustoso, me pruebo. Soy hombre.
Es difícil decir esto y en el futuro será aún más difícil en
una sociedad de robots. Un robot muere sin darse cuen-
ta. Pero yo muero dándome cuenta. Yo voy a la muerte,
una cosa a la que todo el mundo teme, con toda respon-
sabilidad y sin temor alguno. Me va a tocar algún día.
El que se enfrenta a la muerte como que vive más. A mí
esto de desafiar a los asesinos me abre más el sentido y
me hace comprender al hombre y el misterio de la vida.
Pocos tenemos la clave. Yo la tengo.
14 de Junio de 1977
157
- Y usted es una mentirosa – le respondí yo -. Yo
apenas pasé dos meses en ese ministerio. Me fui a Espa-
ña con una beca que me otorgo la señora Gloria Stolk y
que el mismo Tarre Murzi me ratifico después cuando
a él lo nombraron Presidente del INCIBA. Pero Tarre se
puso a hacerle el juego a los comunistas y presionado
por estos me quitó la beca.
A mí eso de esa señorita se me quedó grabado en la
cabeza. A lo mejor yo fui a España y otra persona conti-
nuó cobrando por mí. Y eso es lo que he hecho hoy: ir al
ministerio del trabajo y pedir una atestación en la que
se lea que yo trabajé en ese despacho del 16 de noviem-
bre de 1969 al 16 de enero de 1970, o sea 3 meses. Me
complacieron y tengo en mi poder la debida constan-
cia. Tarre Murzi, a través de otra persona, acaso a tra-
vés de una hija, quiso hacerme pasar por un ladrón. Yo
no tengo ningún de esos malos vicios de los malos polí-
ticos venezolanos. No he sido ladrón ni mariconcete. Es
verdad que en cierta ocasión le estuve muy agradecido
al señor Tarre Murzi. Cuando le pedí ese puesto en el
Ministerio del Trabajo no titubeó ni un solo instante,
pero después en el INCIBA, por instigación de los “co-
munistas” del Ovalles y su mujer, me retiró la amistad
y la beca de 200 dólares. Tarre Murzi se convirtió en un
pelele en manos de aquellos tipos que se hacían pasar
por revolucionarios, izquierdistas y contestarios. Yo lo
siento por él. Era buena persona. Pero gente que cae en
poder de los “comunistas” venezolanos se fuñe y no
vuelve a levantar cabeza.
Es inaudito esto de cómo cambian las cosas. Yo sen-
tía un gran afecto por Alfredo Tarre Murzi. Cuando él
salió del ministerio del trabajo yo iba a visitarlo a su
despacho. Me leía sus artículos, me atendía de lo mejor;
158
dejaba a la gente esperándole por atenderme a mí. En
esto viajé a Barcelona y aquí me enteré de su nombra-
miento como presidente del INCIBA. Enseguida le es-
cribí. Le propuse ideas que aceptó complacido. Le ha-
blé de reeditar la Biblioteca Popular Venezolana. Estu-
vo de acuerdo y lanzó la colección El Dorado. Me envió
el pasaje y me dijo que regresara de inmediato. Cosa
que hice. En el poco tiempo que trabajé con él en el Mi-
nisterio del Trabajo levanté una cinemática para los obre-
ros y empleados. Pasábamos las películas en un pasillo.
Yo hacía la pequeña introducción y luego pasaba la pe-
lícula. Yo redactaba un boletín de prensa para la calle y
otro boletín interno que se llamaba DINREB. En esto
me ayudaba el licenciado Alfonso, que estaba por enci-
ma de mí en la oficina de Relaciones Publicas. Yo pensé
en todo esto mientras regresaba a ponérmele a las órde-
nes a Tarre Murzi en el INCIBA. Y eso fue lo que hice
apenas llegar a Caracas: telefonearle y presentármele
por allá.
- Vamos a ver donde te ubicamos.
- Hay que dormir aquí – le dije yo-. Tenemos que
levantar esta cultura.
Estuvimos de acuerdo. Pero ese otro día, por arte
de magia, o de mala maña, Tarre Murzi me recibió con
estas palabras:
- Argenis, ¿por qué tienes tú tantos enemigos?
No dijo mas, pero ya no volvió a recibirme. Enton-
ces caí en la cuenta. Tarre Murzi había dejado rodearse
por Caupolicán Ovalles y su pandilla. Los mismos que
una vez escribieron contra mí para justificar mi asesi-
nato seguían en eso de buscar ahogarme. No me habían
liquidado a tiros, pero me iban a matar de hambre. El
Ovalles sé cogió para sí el Departamento de Desarrollo
159
Cultural, y a su mujer, la Josefa, le dio la administra-
ción. Me iban a estrangular. En qué manos había caído
Tarre. A uno tienen que verlo en el huesero.
Yo no volví mas por allí y con el tiempo, a los pocos
meses, me retiraron la beca de 200 dólares que Díaz Sosa
me había conseguido con la señora Gloria Stolk. A
Alfredo Tarre Murzi lo hundieron aquellos agentes del
imperialismo. Y el INCIBA quebró. Así fue, de simple.
No hubo más revistas y el poco de dinero que quedó en
una caja chica se lo llevo en el tal Mateo Maestre.
22 de Junio 1977
Ayer, por fin, me entregaron los primeros cinco
ejemplares de ESCRITO CON ODIO. Es una edición
pésima, Le encontré erratas, a pesar de que lo escogí
dos veces. El montaje esta malo y la portada sobrecar-
gada.
Hoy veo a Poleo en su oficina y me dice que eso
cambiará. Quedamos en hacer correcciones en la segun-
da edición.
- Si es que hay segunda edición –digo yo-. Me he
puesto pesimista al ver ese libro contrahecho.
23 de Junio, 1977
En el número de ZETA de esta semana demuestro
que un tío bisabuelo de Caupolicán (alias el Judas) de-
lató a Ezequiel Zamora por dinero. Bueno, eso lo extrai-
go yo del libro de mi hermano Adolfo.
Leo un libro de Guillermo García Ponce, “La Insu-
rrección”, y le hago una nota para Zeta.
Encontré a Tarre Murzi en El Nacional y me pre-
guntó por mi tercer tomo de memorias.
160
- Yo siempre me he portado bien contigo, Argenis,
me dice.
Yo le digo que no lo ataco y que él se dejó engañar
por los Ovalles y que a raíz de eso me retiraron la beca
de INCIBA.
24 de Junio - 1977
Hoy es viernes, pero nadie trabaja por que es Día
del Ejército. La gente se va a la playa o al campo y apro-
vechan unas vacaciones extras de cuatro y cinco días.
De esta manera contribuimos con el patriotismo en nues-
tro país. Y por eso sólo trabajan los portugueses, los es-
pañoles y los italianos. Trabajan también los argentinos
y los chilenos. Los venezolanos son muy patriotas y se
van a la playa. Hoy es Día del Ejército y ya se puede
comprender.
161
Esta tarde el diario El Mundo me anuncia en prime-
ra pagina y mete la entrevista que me hicieron en Radio
Difusora Venezuela. La firma Naudy Enrique Escalo-
na.
El pobre Petkoff queda mal parado.
162
Inés y yo cumplimos dos años de casados. Recuer-
do el día que la esperaba en el aeropuerto de Barcelona.
Ha sido uno de los mejores momentos de mi vida. Des-
de esa vez no me siento solo.
8 de Julio de 1977
Hacía días que no escribía en este diario. El libro ha
salido y se ha vendido en menos de una semana. Eran
cinco mil ejemplares. La gente me dice que el tema del
día es ESCRITO CON ODIO. El lunes tengo que ir a la
imprenta de Poleo a planificar la segunda edición.
Ha habido, como siempre, cosas de envidia. El Na-
cional no publicó nada mío esta semana21 , a pesar de
que tienen allí una cantidad de notas mías. En cambio
El Mundo todo el personal me felicitó y me hicieron va-
rias entrevistas. Julio Barroeta Lara me dijo que mis notas
que me publica siempre no eran para la pagina que él
dirigía. ¡Y esas son las notas que me publica siempre¡ Si
me lo hubiera dicho antes yo estaría tranquilo. Ahora
tengo 41 años, soy escritor en lo mejor de mi produc-
ción (o de mi creación) y nadie tiene que decirme nada.
Es como si yo me pusiera a darle consejos a Camilo José
Cela sobre lo que tiene que escribir. ¡Envidia!
¡Envidia por todas partes!
163
10 de Julio de 1977
Los tipos que publican en Monte Ávila no son escri-
tores, pero tienen buenos contactos.
11 de Julio de 1977
El Mundo de esta tarde trae la entrevista que me hizo
Moreno Uribe.
Llamé a García Morales y éste me dijo:
- Cuídate de Caupolicán.
- Que se cuide él. Él empezó esa guerra.
En la entrevista le cargué la mano al Ovalles. Lo lla-
mé mercenario, vendido y agente del imperialismo co-
munista, lo que es o era. Yo a ese tipo lo sigo odiando.
¡Que haga lo que le dé la gana! Yo me vengaré cada vez
mas fuerte.
En El Nacional, Julio Barroeta Lara me paró la nota
que le llevé la semana pasada. Lo llamé y me dijo que
esa nota no era para la pagina que dirige. ¡ Qué estúpi-
do! Todas las notas que he publicado ahí por espacio
de más de doce años han sido como la que me paró. Lo
que pasa es que Julio no sabe nada de literatura y esta
acostumbrado a las notas “Políticas” de Tarre Murzi y
de Sanoja.
- Tráeme otra cosa el lunes
- Esta bien
Pero no iré más por allí. Tengo 41 años y sé lo que
hago. Eso ha debido decírmelo hace diez o quince años.
A estas alturas en este país nadie escribe mejor que yo
ni nadie sabe tanto de literatura como yo. También creo
que Julio se está dejando chantajear por los enemigos
que me han salido por ESCRITO CON ODIO. En su ofi-
cina viven metidos Sanin, Sanoja y otros tipos que lo
164
que hacen es hablar mal de mí. Después de todo ya yo
estoy cansado de esa página y de ese periódico. Allí los
periodistas son unos frustrados, unos tipos que alguna
vez quisieron ser escritores y no lo lograron. Entonces
se conformaron con escribir ahí. Allí todos los emplea-
dos de El Nacional son esclavos de Miguel Otero Silva.
Es horroroso eso de encontrarse con frustrados. Se pue-
de ser de todo (pobre, miserable, feo, malo) pero frus-
trado no. Esa es la peor condenación.
14 de Julio de 1977
Sinceramente, ya nada de esto tiene sentido. Publi-
co un libro, se venden cinco mil ejemplares en una se-
mana y el editor me dice:
- Nosotros empezaremos a ganar a partir de la se-
gunda edición.
Vengo a casa y se lo digo a mi mujer:
- Tú no sirves para nada. No puedes hablar de di-
nero. Para todo eres una lanza, pero no defiendes lo que
te toca por ese libro. Te has matado haciendo la promo-
ción, escribiendo para los periódicos, yendo a las radios
y a la televisión.
Tiene razón. Pero que lucha ahí que librar. Hay que
escribir, después buscar un editor que te edite como si
te hicieran un favor y si el libro se vende (como se ha
vendido el mío) te ponen peros para pagarte. Has tra-
bajado años en ese libro. Has pasado hambre, calami-
dades, luego te amenazan, te tiras enemigos encima.
¿Qué ganas? ¿Y vas a seguir escribiendo? ¿Para que?
¿Con esa beca con lo que medio vives? ¿Y si te la qui-
tan? ¿Qué harás? Tienes 41 años. No puedes hacer nada.
Una colocación con un horario fijo te terminaría de ma-
165
tar. Con abandonar la literatura, ¿qué solucionas? ¿Tu
no sabes hacer nada? A esta edad no puedes empezar
otra cosa. Pienso en el balazo. Triunfo con un libro y
continúo peor que antes. No vale la pena escribir, ni
matarse trabajando para que otros se llenen.
5 de agosto de 1977
Fui a El Nacional a llevar un artículo y allí me entre-
garon un papel de una tal señora García. Que la llame
de urgencia. Desde casa la llamo y ella me dice:
- Leí su libro “Escrito con Odio”. Un hermano mío
sale allí oculto en medio de su narración. Se llama Enri-
que Shaefer y tiene que ver con la muerte de un Italia-
no.
Me dice que tiene unos papeles al respecto. Me dice
que tiene una tienda en el Centro Comercial “Chacaito”.
Tienda “Popo”. Me dice que me traerá los papeles en su
tienda. Como me da todos los detalles no dudo. Iré
mañana.
6 de agosto de 1977
He visto a la señora Carmen García. Es de origen
alemán. Su hermano se llama Enrique Shaefer y es el
que está pagando la muerte de Antonio Angiuli, el ita-
liano a quien Luben Petkoff le metió dos balazos en la
cabeza. La señora me entregó fotocopias del expedien-
te. El cuento es como sigue: Antonio Angiuli era presta-
mista. Prestaba dinero y cobraba altos intereses. Embar-
gó a mucha gente. Pero se tranzó con otro italiano de
nombre Nicola. Nicola le debe a Angiuli y teme ser
embargado. Por eso no se sabe por qué
coincidencialmente Luben Petkoff se presenta en el bar
166
restaurant de Nicola a venderle unos conejos. Se hacen
amigos. Intiman. Incluso Luben le dice a Nicola que ha
sido o es guerrillero. Nicola le debe a Angiuli y Nicola
ahora piensa en matarlo. Y aquí tienen al hombre que
se encargará de eso. Nicola le ofrece dinero a Luben.
Luben cometerá un crimen por dinero. Luben trabaja
también para su hermano y el partido de éste, el MAS.
El MAS necesita dinero y quiere obtenerlo a través de
asaltos y de asesinatos. Luben crea una célula. Teodoro
va a organizarla. Después será Luben quien la controle.
La célula está compuesta por Luis Correa, un tipo de
apellido Toro, Enrique Shaefer y Luben. Luben es un
hombre frío y calculador. Con Nicola han tramado cómo
atrapar a Angiuli. Luben vienen a comer cada día a El
Faro. Come en la sala o en la cocina. Ahí conocerá a
Angiuli. Luben se hace pasar por protestante y por cam-
pesino. A veces por viejo. Luben para esa fecha tienen
40 o 41 años. Pero es una fiera para disimular. Eso lo ha
aprendido en las guerrillas. El día que va a aniquilar a
Angiuli, Luben esperará en El Faro y le dará la cola.
Después lo llevará por la carretera vieja de Tejerías don-
de se encontrarán esperándolos Toro, Correa y Shaefer.
Allí llega Luben con Angiuli a su lado. Luben ha hecho
un buen trabajo. Angiuli es desconfiado pero ha confia-
do en Luben. Luben se hace pasar por un tal Castillo. El
carro de Luben es detenido por Correa. Toro y Shaefer.
Luben y su presa descienden. Correa que ha sido gue-
rrillero le asesta un palo a Angiuli. Angiuli cae y lo vuel-
ve a golpear. Aquí actúa Luben y le da el tiro de gracia
a Angiuli. Después lo arrastran hasta un hoyo y allí baja
Luben y le vuelve a meter otro balazo a su víctima. De-
jan el cadáver allí oculto con unas ramas. Los descubri-
rán después por el mal olor. Shaefer cae porque quiere
cobrar “el trabajo”. Entonces le manda dos cartas a
167
Nicola. Nicola se asuste y denuncia el caso a la policía.
Shaefer habla. Denuncia a Nicola, a Toro, a Correa y a
Luben. Da todos los datos. Habla del carro que llevó
Luben. Habla del carro que llevó Correa. Pero no pasa
nada. Absolutamente nada. Toro, Correa, Nicola y
Luben salen libres. El que queda preso es el pendejo, el
que echó el cuento, Shaefer. A Shaefer lo condenaron a
veinte años con seis meses. Los demás andan libres y
probablemente liquidando a otras personas. ¡Aquí hay
tantos crímenes que no se aclaran!
168
NOTA DE PRENSA:
Omar Zavarce P.
10/12/1980
169
170
SOBRE LA OBRA DE ARGENIS
171
172
Juicio de José Vicente Rangel
sobre la obra de
Argenis Rodríguez
Tocando Fondo
AGONÍA DE UN ESCRITOR22
174
aprovecha la oportunidad para ampliar el horizonte,
para hacer nuevos contactos.
175
Es este el acierto como escritor de Argenis
Rodríguez. Acierto que lo coloca en la primera línea de
los narradores venezolanos.
176
SOBRE EL FRACASO DE LA VIOLENCIA
Y OTROS JUICIOS PARA LA HISTORIA CRÍ-
TICA
DE NUESTRA LITERATURA
177
178
Hemos Fracasado
Argenis Daza Guevara
180
EL OJO DE LA AGUJA
Un Recado para Argenis
Rafael Zárraga
181
bríos. Por eso no entiendo tu cansancio. No va acorde
con tu reciedumbre de otros días. Y si es que has perdi-
do fuerzas para empuñar la lanza y la adarga te la han
abollado a porrazo limpio ¿no crees acaso que es esa la
debilidad que muchos están deseando? ¿Qué brincarían
en una pata si la pringamoza de tu verbo la acallaras tú
mismo con tus propias manos? No, mi estimado
Argenis. Eso no me parece lógico. Creo más bien que es
ahora cuando debes empuñar la vera y salir a darle
verazos a quien pretenda quitarte el derecho a escribir.
Fíjate en mi que no aparezco en ninguna antología de
cuentos a pesar de los dos premios de este mismo dia-
rio y a pesar de tres libros publicados y otros sin publi-
car. No cuento aquí los periódicos y revistas porque ese
es cuento aparte. Sin embargo yo sigo aquí en Cocorote
trabajando mi literatura y ahora empeñado en hacerme
bachiller porque hasta eso es importante en este país.
Dicho este recado, me gustaría asimismo ofrecerte
los aires renovadores de este Yaracuy para que pasaras
unos días. Así, casi estoy seguro, podrías regresar al
cubil de ese monstruo donde habitas con las fuerzas
necesarias para seguir la lucha. Y para seguir escribien-
do, naturalmente.
14/07/1973
182
Autenticidad Literaria
183
El tratamiento literario que Argenis Rodríguez co-
munica a hechos tan ardorosamente controvertidos
constituye un fenómeno de creación novelística donde
el hombre ya no es tangencialmente el eje de situacio-
nes que puedan o no comprometerlo frente a su vida y
ante el mundo, sino que el hombre es el eje mismo de
toda la integridad de la trama y ya no se trata de un
«tómalo o déjalo» sino de un riesgo advertido y asumi-
do, de una entrada en un mundo que ha violado desca-
radamente las reglas del juego que el mismo se dio y
por lo tanto el compromiso y el riesgo del escritor ya no
se entienden como meros elementos anecdóticos o de
relleno, sino que por responder a la única verdad que
no admite posiciones dilemáticas: el riesgo del pellejo,
constituye la más eminente aventura de nuestro tiem-
po. La literatura se ha resuelto en lo que algún escritor
ya denominara «proceso al hombre», porque es el hom-
bre lo que realmente en el mundo de hoy está profun-
damente cuestionado. Ya no se piensa en revisar la su-
per-estructura de valores que informan la estela volun-
taria o involuntaria, la huella ordenada o caótica, que el
sujeto humano ha dejado sobre la tierra en la epopeya
fundamental de la especie humana: la construcción y el
restablecimiento de su historia; la revisión afecta al pro-
pio autor de ésta.
Todas estas implicaciones literarias colocan a
Argenis Rodríguez en una posición expectante dentro
de nuestro actual movimiento literario. La fascinante
aventura que ha vivido con ojos de escritor, pero esen-
cialmente con riñones de hombre, adquiere una mate-
rialización que en corto lapso le proporcionará a Vene-
zuela uno de sus más vigorosos creadores literarios. No
nos interesa que haya quienes opinen lo contrario ni que
184
se someta nuestro punto de vista a criterios mezquinos
o subjetivos; nosotros entendemos que en Argenis
Rodríguez se encuentra una de las más calificadas op-
ciones que tiene la literatura venezolana. El 2 de abril
de 1970 nos escribe Argenis Rodríguez desde Barcelo-
na, España, lo siguiente: «Ya llevó más de tres meses en
este país tratando de editar dos o tres libros. Los dos primeros
han debido aparecer en febrero, pero la censura los retiene
aún. Son una nueva versión de «Entre las Breñas» y la nove-
la larga «Gritando su Agonía». Me vine de allá abandonando
todo: trabajo, familia, mujeres, hijos, etc. Todo por la literatu-
ra. Aquí, aunque solo y golpeado, trabajo como un condena-
do... Pero estoy medio loco con eso de la censura. No quiero
que me corten mis libros.
Aquí todo el mundo acepta, pero yo no aceptaré. Prefiero
que no salgan nunca... Yo no dejé a nadie allá que me ayude.
Ahora estoy medio loco, pensando en viajar a Madrid a ha-
blar yo mismo con la censura. Mis libros han sido anuncia-
dos y hay mucha gente que los espera. Yo vivo para esto. Aho-
ra escribo un libro que no es novela ni nada. Son unas confe-
siones que paralizarán el cuerpo de quien las lea por la crude-
za y verdad con que cuento. El libro de Armas Alfonso, «El
Osario de Dios», no me gustó nada. Creo que Alfredo si no
vuelve a su viejo camino, se perderá. La gente tiene que hacer
las cosas porque crea en ellas. Bueno, aquí espero».
Nosotros estamos al lado de Argenis Rodríguez que
en cierto modo es estar al lado de los grandes vigilantes
de este tiempo y, repetimos, consideramos cuestión de
espera el obtener la certeza de que lo que hemos señala-
do no ha estado emponzoñado por los tentáculos de la
gran simulación, o de la grotesca mentira, que forman
parte de la literatura de nuestro días. Argenis se salva-
185
rá porque su escala es la misma de los verdaderos crea-
dores: el dolor, la negación y la lucha.
11/05/1970
Últimas Noticias
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LAS MEMORIAS DE ARGENIS RODRÍGUEZ
Angel Lombardi
187
Creo que estas afirmaciones son válidas en cualquier
época y lugar pero sobre todo entre nosotros en donde
muchos escritores se alimentan de prejuicios e incultu-
ra, viven de poses y «esnobismo» se agrupan en
capitallas de autoinciensarios.
En todo el libro hay un referencia permanente y rei-
terada a este tipo de escritor, al cual el autor conoce bien,
tanto que él mismo viene de allí: «hubo un tiempo en
que yo pensé en que el escribir servía para todo. Eso fue
un error de mi parte y llevado por ese error quise con-
seguir puestos, prebendas, glorias falsas, notoriedad.
Afortunadamente reaccioné y me salvé. Y hoy no busco
nada de eso».
Sería interesante en Venezuela hacer un inventario
de los traficantes de la cultura, tantos y tantos
«Incibizados» o aspirantes a serlo en instituciones y or-
ganismos afines. En este sentido Argenis Rodríguez es
una lección (por lo menos hasta hoy); no solamente vive
su obra en la soledad del desterrado, anímica y social-
mente sino en la actitud desafiante del que no enajena
su opinión. En ello hay todo un programa de valentía
moral que entre nosotros se practica poco. ¡Cuántos es-
critores conocemos que denuncian el mal ajeno pero
callan ante el propio, enajenados por el grupo, partido
o bandera!
Se propician actitudes críticas pero se renuncia a
ellas cuando nuestros intereses son afectados. La moral
burguesa, la hipocresía ha calado muy hondo en nues-
tras conciencias.
Las «Memorias» son visceralmente críticas y
destructivas pero también son tremendamente positi-
vas, irrumpen contra «tabúes» y «vacas sagradas» y
proponen como alternativa todo un programa de sabi-
188
duría permanente volviendo al viejo principio socráti-
co del «conócete a ti mismo». «No ceso de interrogarme
sobre mí, sobre mi vida y lo que he sido, es o será a mi
paso por la tierra». Introspección suicida, hecha del ano-
nadamiento y autoaniquilación «pues, en principio creo
que no soy nadie y que no valgo nada, que no he servi-
do para nada y que soy una nulidad y que tampoco nada
he hecho». Todo lo cual paradójicamente lo conduce a
la plenitud de su condición humana, de hombre de aquí
y ahora «hoy busco lo que todo hombre que se aprecie
debe buscar: su soledad para trabajar en lo que siente y
en lo que piensa; su tiempo para dedicarlo única y ex-
clusivamente a trabajar en lo que siente y piensa y su
sinceridad consigo mismo para que todo lo que sienta y
piense sea bien expresado».
El resto del libro es accesorio o complementario a
estos principios. Es una novela, autobiografía, memo-
ria y ensayo; bien expresada, se apodera de nuestra aten-
ción hasta la última página.
No creo que los editores se hayan equivocado al
afirmar la unicidad e importancia de este libro en la
historia de la Literatura Venezolana.
189
El curare y la flecha
Argenis y el Escándalo
Francisco Salazar-Martínez
19/05/1970
191
C. Milosz habla de Argenis
193
como bien dice el refrán, «mal de muchos, consuelo de
tontos».
Lejos estaría Milosz de suponer que sus palabras,
justificadoras de un excelente libro, pudieran llegar a
ser tan osadamente usadas por algún aprendiz de críti-
co venezolano, como quien esto escribe.
194
Una bala que nos pasó cerca
Salvador Garmendia
Nunca hubiera escrito estas líneas en vida de
Argenis Rodríguez. Sé que él las hubiera apartado
de sí con un gesto entre negligente y aburrido como
si alejara de su presencia un trago que no había
pedido. Este llanero atravesado, que nunca dejó
de ser un muchacho, aunque se esforzara en ocul-
tarlo, jamás esperó alabanza como no vinieran de
sí mismo. En ese sentido, rechazó toda continen-
cia y todo encubrimiento. Soy el mejor, decía sim-
plemente como si proclamara, estoy vivo. Había
confeccionado con hilos de su propia vida un perso-
naje literario, que lo precedía en todas partes y
llegó a ser, día por día, el mejor de sus ejercicios
narrativos; una creación corporal pura, transpa-
rente, sin alma (porque el alma es egoísta, feroz,
autoritaria), semejante al monstruo de Mary
Shiller, que causaba horror a todo el mundo, aun-
que carecía del impulso instintivo necesario para
causar daño a los demás. Ese autómata
hoffmaniano, era un ególatra insaciable que se
celebraba a sí mismo a cada minuto del día, sin
abandonar una sonrisa ingenua de recién llegado.
Con excepción de ese esclavo perseverante
que hablaba por él, Argenis no dispuso de ningu-
na otra fuente de halagos, que mitigara en parte
195
esa infinita sed de vanidad que atormenta al es-
critor y al artista, a su paso por entre los demás.
Soy el mejor volvía a decir. Soy el mejor escritor de
Venezuela, repetía sin muestras de altivez, sin
arrugar el ceño, sonriendo incautamente y si de-
jar de mirar el movimiento de sus labios en el es-
pejo de la mente, sólo para ver cómo quedaba des-
pués de decirlo. Los presentes sentían subir el
rubor a sus caras; pero era el rubor de la ira; por-
que internamente cada uno replicaba con indig-
nación; “¡No! ¡El mejor soy yo!.
Pero Argenis tenía razón. Él era el mejor.
¿Cómo podía dudarlo, así fuera un instante, y se-
guir vivo? Nada podía suplantarnos en ese minuto
total en que nos interrogábamos sobre nosotros
mismos. Somos únicos en “nuestra” especie y cada
segundo de vida que se interna en el tiempo, re-
suena como la única certificación de que algo exis-
te.
Tal vez este sea uno de los pocos artículos
que aparezcan después de su muerte, para hablar
de un genio y su bondad; porque ambos atributos
los desperdigo, sin mirar hacia atrás, en ese peda-
zo de sabana asoleada de la que nunca termino de
salir, aún después de su transitar por bares y pen-
siones, durante una buena parte de su vida cara-
queña, lo mismo que en sus andanzas esporádi-
cas por ciudades de Europa y América.
La primera vez que lo vi fue en la librería
196
Pensamiento Vivo del Centro Simón Bolívar, tal
vez en las alturas de los cincuenta. En el pequeño
local atestado de libros sobresalió de pronto una
figura larguirucha, un tanto quevediana, dibuja-
da a pluma, sobre un modelo de timidez
puebleriana que hablaba por sí sola. Pregunté,
arrugando la cara y José Rivas Rivas, esperó a que
el fuereño volviera la espalda para comunicarme,
apantallándose con la mano, “llegó de Santa Ma-
ría de Ipire, del Guárico, pero todavía no habla”.
Después, lo seguí viendo ir y venir por el medio de
las tertulias intelectuales subversivas, que hicie-
ron famoso a aquel local, especialmente por la ca-
lidad de sus participantes. Antonio Estévez, Aquiles
Nazoa, Jesús Sanoja Hernández o Ramoncito
Velásquez tumbaban todos los días el gobierno y
se marchaban al caer la tarde, esperando encon-
trarlo de pie al día siguiente, para volverlo hacer.
Pronto le empezábamos a llamar el llanero,
en tiempos en que el lugar de nacimiento se lleva-
ba como una medalla en el pecho y se le defendía
de agresiones verbales, caballerescamente, a puño
limpio y en mitad de la calle. Supimos que dormía
detrás de las armaduras, en una covacha que ser-
vía de trastienda y almacén. Allí no cabía un libro
más. Argenis se los leyó casi todos. Pero no todos,
en propiedad, por haber pasado demasiado tiem-
po descifrando el Ulises de Joyce. Era el tomo de
Santiago Rueda Editor, Buenos Aires (1957), se-
gún la traducción histórica de J. Salas Subirat.
Ninguno de nosotros lo tenía debíamos resignar-
nos a recurrir una y otra vez a la Biblioteca Circu-
lante de La Nacional. ¡El maldito valía veinte bolí-
197
vares!.
Cuando Argenis comenzó a escribir, aprisa
y en las hojas de un cuaderno a rayas, lo hizo con
la falta de modales, el desparpajo lexical, la incla-
sificable sintaxis y el desdén arrogante por el uso
del tiempo y demás previsiones formales, con que
aquel libro de horas blasfemos, feroz, irreverente,
le había encendido las ideas noche a noche. Es
escritura exasperada, erudita, fantástica y
demencial se convirtió en su religión secreta. Como
diabólico saltamontes joceano quería saltar en una
misma línea del lecho conyugal al burdel, de la
soledad más obscura a la claridad indecente y
maltrecha de las calles.
Pero imaginarlo, releyendo en alta voz, cien
veces seguida, y por último ya a ojos cerrados, como
si repitiera obsesivamente una lección que se nie-
ga a revelar su sentido; párrafos que se abren la
cremallera durante cualquiera de las frecuentes
erecciones de Bloom: “Una erección próxima; una
solícita aversión; una gradual elevación; un tan-
teo revelador; una silenciosa contemplación”. Y
luego “Besó los redondeados sazonados
amelonados cachetes de sus nalgas, deteniéndose
en cada redondeado melonoso hemisferio, en su
blanco surco profundo con una obscura prolon-
gada provocativa melomeloneante osculación”.
Pensaba que no había otra manera de escri-
bir, puesto que el objetivo inmediato consistía en
derribar unas paredes carcomidas y echar afuera
los trapos de una literatura enferma de falsa reali-
dad, a la que sólo le preocupaba taparse las
198
vergüenzas. Entonces, dejo ir la mano por las lí-
neas de plana escolar del cuaderno, permitiendo
que los órganos de los sentidos se abrieran simul-
táneamente sobre la vida en movimiento, dando y
recibiendo, volviendo la piel al revés en el aire ca-
liente. Era tan bien una manera de patear la su-
perficie acartonada de un país en dictadura; dic-
tadura de muñecos de yeso con galones, falsaria y
criminal.
Cuando esa primera novela estuvo termina-
da, Adriano González León llevó el manuscrito a
una reunión del grupo Sardio y la presentó a to-
dos como literatura del insólito, escapada de toda
disciplina y toda previsión estética. Esto, gritaba
Adriano entre aprobatorios ataques de tos, tal como
está, en medio del desorden y la imprudencia del
lenguaje; contiene mayor audacia y vigor narrativos
que carretadas de literatura “bien escritas”, con-
formista y respetuosa de las formas, como si la
escritura debiera competir en un torneo de bue-
nos modales (Más tarde, Argenis descargó sobre
el conductor de su generación, lo más pesado de
una artillería de epítetos injuriosos, tan injustos
como arbitrarios. Era matar al padre como ocurre
siempre y errará el blanco una vez más, porque
los proyectiles eran de mentiras).
Estas fueron las primeras líneas de la nove-
la, que voy a citar de memoria debido a que la
obra desapareció sin haber sido a la imprenta: “Se
abrió la puerta de la librería y entró el profesor
Alexis Márquez Rodríguez:
- ¿Aquí venden libros?
199
- No – contestó Tablante Garrido - ¡Aquí lo que hay
es cuca!”.
Pasaron unos cuantos años. Argenis publicó
su primera novela Entre Las Breñas, secuela de
una breve experiencia guerrillera, con la cual dejó
instalado el género testimonial de los años sesen-
ta. Al libro le salieron más enemigos que partida-
rios. Los fundamentalistas miméticos de la gue-
rrilla, le aplicaron el anatema. Mientras, cierta
derecha intelectual arrogante de esos años, pre-
tendió echarle garra con intenciones no precisa-
mente benévolas. No pasó mucho tiempo sin que
se apartaran de él horrorizados. El llanero había
vuelto de Europa con sus alpargatas y sus malos
modales y ya no le quisieron a su lado.
Después de mucho tiempo, cuando ya el
guariqueño había publicado no poco de sus vein-
ticinco libros, tropecé ocasionalmente con él a las
puertas de Pro Venezuela. Era uno de esos luga-
res donde uno volvía a aparecer una que otra vez,
sin saber muy bien qué hacía allí.
- Argenis, le dije, pusiste en un libro que yo era
“un mal polvo”. No te voy a preguntar por qué lo
hiciste, pero me interesa saber cómo lo averiguas-
te.
- No te olvides que yo casi te quité una novia que
tu tenias en Las Delicias de Sabana Grande
- En ese caso, admito que tus fuentes son
confiables. Pero, ¿por qué tuviste que decirlo?
- Porque yo te tengo envidia, Salvador.
Me aparté de allí, pensando que no era posi-
200
ble encontrar la raya que separaba la literatura de
Argenis de la simple verdad. Una vez más se com-
portaba como lo hubiera hecho cualquiera de sus
personajes, en esa realidad suya que tenía un atroz,
aterrador parecido con cualquier cosa que se nos
atravesara por ahí.
Por eso, la muerte de Argenis es una bala
que nos pasó cerca. Casi sentimos el ardor en
la piel y es como si él hubiera muerto por no-
sotros, por evitarnos el mal rato. Los escrito-
res de aquel tiempo no usábamos levita ni mi-
rábamos por encima de las cejas. Amábamos
la picaresca española y queríamos ser como
sus personajes y jugárnoslo todo en una parti-
da de turno, pactada entre la mugre y la obs-
curidad de un callejón. Fuimos desobedientes,
pero sumisos a los pequeños deberes cotidia-
nos. Ilusos, crédulos, fáciles de engañar y como
en su estremecedor relato, “Resolana”, nos
faltó confesarnos frente a nuestra pequeña e
indefensa realidad, con las palabras ingenuas
de Margot: “El amor, como en cine o en la tele-
visión tenía que ser dulce. Suave, recíproco.
Tú me quieres y yo te quiero”.
201
Sin Mas Patria Que Los Libros
Adolfo Rodríguez
No pertenecimos a ninguna etnia, ningún territo-
rio, ninguna heredad, nada que no fuese movedi-
zo. Él era consciente de esa condición o la intuía,
que en su caso, ese destino familiar pareció exa-
cerbarse con él. Cuando los viejos contrajeron
matrimonio, mi padre había perdido ya la posibili-
dad de todo arraigo con la tierra que poseían sus
mayores. Mientras que mi madre venía de cierta
intemperie dejada en el Llano por un presunto
médico de Bogotá, cuyas posturas y las de sus
descendientes, creía yo emparentadas con Simón
Rodríguez. Mi abuelo Manuel Rodríguez Torrealba
deambuló casi toda la región con una farmacia a
cuestas, instrumentos de auscultar y de cirugía y
periódicos que olvidaba debajo de los colchones.
Estuvo aposentado en tantos sitios y nunca supi-
mos en cuál de ellos nació. Rechazaba por igual la
riqueza como el sedentarismo. Carencias que obli-
garon a mis hermanos mayores - Alirio y Argenis-
a marcharse desde la niñez con los abuelos y los
tíos maternos, hacia Las Mercedes, Calabozo, El
Rastro y San Juan, hasta que el detonante de un
hermano menor muerto, clausuró la sastrería de
mi madre, la talabartería del viejo, enloqueció éste
y pronto estuvimos cruzando una larga carretera
de granzón, entre un polvo que cubría ramajes
hirsutos, frente a pueblos fervorizados por el maná
petrolero, que lo removía todo. Nos instalamos en
un antiguo pueblo de criadores de reses, converti-
do en campamento minero, entre ventas de aguar-
202
diente y sexo, obreros uniformados con sus ropas
manchadas, calles empegostadas de brea, bueno
todo para los saberes de los dos viejos, que esta-
blecieron, además, una pensión, con diez o más
cuartos alrededor del patio, para alojar aquellas
fugaces alegrías. Argenis deambulaba todo el tiem-
po, jamás lo vi en escuelas ni con útiles escolares,
aunque sí con revistas norteamericanas y cupo-
nes que le devolvieron un curso de dibujo y otro
de cine. Le gustaban las películas y era un mago
con las barajas, el dominó, los dados, el billar y
las bolas criollas. Practicó el boxeo, jugó a Tarzán
y creo que vaqueros.
Pero no siempre estuvo allí en los siete que residi-
mos en Las Mercedes. Andaba por Calabozo, Pa-
lenque o San Juan, donde nos encontramos en
1952, ingresé al primer año y fue expulsado del
segundo y aunque algunos le ofrecieron protestar,
siento que prefirió irse a Caracas, donde comenzó
su carrera de escritor, luego de haber sido
caricaturista en el liceo y dibujante en todas par-
tes.
Con mi madre en San Juan, habitamos, con ocho
hermanos y tres criadas, durante cuatro años, once
casas, todas alquiladas, sobreviviendo con unos
frijoles que enviaba mi padre y un litro de leche
diario donado por el tío Francisco para la abuela.
Estudiando cuarto año, aunque reputado como un
modelo, comandé una huelga, fui expulsado y me
uní con Argenis en Caracas en 1957. Se alborozó
un poco, pero me reiteró que consiguiese un título
y me hiciera profesor. Lo que él detestaba. Todo
por los viejos y el poco de hermanos. Me ayudó
203
como pudo. Y en el trabajito que él mismo me ha-
bía conseguido fue a despedirse porque se mar-
chaba a las guerrillas. Siempre estuvo rindiéndo-
me cuentas por mi fama de formal y disciplinado.
Y esta vez nos unía el comunismo. Juntos inten-
tamos fundar un foco armado en Los Llanos, aje-
no al partido cayó prisionero y logró que lo saca-
ran al exterior. Chile, España, París, Bruselas. Un
proyecto de vida que lo identificó tan visceralmente
con Hemingway, que creyó morir a la misma edad
de él y fue así. Me resistí a creerlo. Pero mucho de
su trayectoria pertenece a un mito intransferible,
que forma parte de la historia de su país y de la
literatura universal, que conocía como nadie. Re-
criminaba haber nacido, por lo cual se sentía acree-
dor del máximo hedonismo. Estuvo casado cuatro
veces y se amancebó tantas como lo cuenta en sus
escritos. Ultimamente con su esposa Mely, con
quien disfrutó instantes de esa estabilidad huidi-
za que lo acosaba, porque funcionaria de cierta
empresa, iba de Maracay a La Pascua, de aquí a
Santa Teresa y otra vez Maracay, reproduciendo
en parte, ese síndrome familiar que se nos apo-
sentó en la sangre. Mi hogar, edificado a punta de
desvelos por mi esposa Clara, descendiente de
vegueros de Zaraza, fue como un oasis para
Argenis. Aquí venía a rumiar los mil y uno percan-
ces de sus andares privados y públicos y se
enchinchorraba a escribir, a leer, a quejarse y a
gritar el modo en que había asumido la soledad
con que nos marcaron. Que cada amanecer disi-
paba con un traguito de café que yo colaba, cami-
natas hasta el centro, mucha política y sobretodo
literatura, sin que nunca faltara esa cotidianidad
204
que proclamaba atraerlo como única razón de su
leer y escribir. Una red de sinsabores, que por lo
general toreaba con una naturalidad, que dejó
encantado a quienes lo conocían. Difícil era ima-
ginar para el cerebro más inquieto del siglo, una
losa común, un velatorio escénico, ceremoniales
impersonales para quien había habitado con toda
la fuerza de su cuerpo y de su alma, las mejores
páginas de la literatura.
COLOFON: Escribí esto el domingo 12 de marzo,
para apaciguar el sufrimiento dejado por esta mar-
cha de Argenis, pensando que una trayectoria tan
fogosa como la que se trazó con su implacable
mitología personal, alimentada por el destino fa-
miliar y cierta escalada nacional hacia quien sabe
qué abismo, fue impregnada por esa frase que coló
en una de sus últimas cartas: «sin salida».
Teníamos más de cuarenta años desviando ese
proyectil de su mira. El destino nos ganó el lunes
6 con su carta marcada.
205
Argenis, el último maldito
Las cuartillas viscerales, zafias y lacerantes de Argenis
Rodríguez conforman una extensa obra que desdice, con brutal
honestidad, lo que el establecimiento intelectual del país mantie-
ne sobre el pedestal. A la sombra de éste, el escritor siempre qui-
so vivir. Y morir. Su reciente suicidio deja un último resabio irre-
verente, lo mismo que las páginas por publicar que dejó. José
Roberto Duque.
Su hermano Adolfo me informó, con una voz a medio cami-
no entre el cansancio y la resignación, que su última mujer lo en-
contró muerto en la mitad de una laguna púrpura. Tenía en la mu-
ñeca izquierda una venda enrollada, una triste venda que no logró
detener la fuente en que se convirtieron sus venas cortadas. No era
un novato en esas faenas: en 1992 había realizado su primer inten-
to serio al respecto. En ese justo lugar donde el brazo se une con la
mano tenía una cicatriz nítida y rectilínea, casi gillette. Hace mu-
chos años solía proclamar entre amigos – todavía tenía algunos -
que a los 40 años iba a quitarse la vida colgándose de una soga. Al
final optó por tasajearse las venas, y no a los 40 años sino a los 64
años: eso es ser un hombre de palabra.
En aquel tiempo, cuando la cultura oficial le ne-
gaba un puesto entre los escritores reconocidos, ya
resultaba imposible apartar la mirada de este caballe-
ro: cómo se puede obviar la presencia de alguien que
apenas da la mano, saluda y se presenta como el me-
jor escritor nacido en esta tierra (“Gallegos y yo somos
las mejores plumas que ha dado este país”, dijo y es-
cribió hasta la saciedad), y acto seguido procede a dar
un informe que puede ser un acto de fe pero que sue-
na a autoflagelación : “Yo nunca he tenido nada, siem-
pre he vivido de las mujeres”. Para después intentar
reivindicarse con un súbito agregado: “Quiere decir que
ninguna se ha acostado conmigo por plata sino por
amor, y eso es algo que no pueden decir muchos hom-
bres”.
206
Provocador de oficio y campeón en las artes de la
natación a contracorriente, cuando la izquierda se ne-
gaba a otorgarle la condición de revolucionario y le
endosó la de traidor (Entre las Breñas, la única obra
suya que la intelectualidad miró con algo de simpatía,
fue interpretada como una crítica devastadora y una
afrenta a los comandantes guerrilleros), ripostó con
un libelo fulminante cuyo título no insinuaba: vomita-
ba. A la hora de elaborar la lista top de los polemistas,
Escrito Con Odio estará situada entre las más rotun-
das, al lado de lo más corrosivo que haya escrito Vargas
Vila y Rufino Blanco Fombona. Justo cuando apareció
el libro, el Instituto de Cultura y Bellas Artes – Inciba -
le otorgó una beca y con ese único recurso se marchó
a París, para dedicarse, según el testimonio del propio
Argenis, “a leer, escribir y putear”.
Parece que además del odio sobrevivía en él otras
pasiones, pero por sobre todas las cosas se salvarán
de olvido sus crueles e indecentes dardos en contra de
toda la izquierda, y luego en contra de las personalida-
des más conocidas del país, desde Douglas Bravo has-
ta Adriano González León, desde Caupolicán Ovalles
hasta Carlos Andrés Pérez, y un amplio abanico en el
que figuran Teodoro Petkoff, Marianella Salazar, Lucila
Palacios, Pompeyo Márquez, Denzil Romero.
Números a rabiar
Pero a veces la obra de los humanos tiene que
medirse con algo más que impresiones emocionadas,
y para eso están las cifras. Si ésta fuera medida defini-
tiva del valor de un escritor habría que otorgarle a
Argenis Rodríguez la cuota de inmortalidad que recla-
maba: En 1969, cuando la editorial Fuentes editó la
Fiesta de Embajador, se supo que entonces el joven ex
guerrillero tenía escrito ya un pedazo de su diario o
memorias, las cuales integraban en esa fecha un volu-
207
men que llegaba a cinco mil cuartillas. En 1999
numeritos más definitivos: 38 libros publicados, 23
inéditos, un libro más en preparación. Alguna vez, luego
de leer el manuscrito inédito de Escrito con odio, parte
2 –un aparato de 90 cuartillas escritas en maquina
portátil -, se me ocurrió sugerirle que le agregara unas
páginas para actualizar unas referencias y componer
un volumen más extenso. Cinco días después volvió a
visitarme: traía un apéndice que le sumaba 33 pági-
nas al original. En el mismo encuentro anunció que ya
estaba en camino su próxima novela, la cual trajo acom-
pañada, un mes más tarde, con dos trabajos extra; en
total tengo en mi poder cuatro inéditos: El asesinato
del presidente; De asesinos, lesbianas, prostitutas y
barraganas (novelas de buenas costumbres); La toma
de posesión del presidente Chávez y el secuestro del
ingeniero Nagen; y Escrito con odio parte 2.
Luego en los primeros días de enero, anunció en
su columna del diario La Razón que acababa de termi-
nar una novela sobre la tragedia de Vargas. Después
que tenía dos obras de teatro escritas, a la orden de
quien quisiera montarlas. Que sumen otros; de mo-
mento habrá que contentarse con saber por qué se
burlaban de quienes decían que era un vago, y que en
lugar de trabajar bebía.
En otras entregas sucesivas de su espacio en La
Razón, entre enero y marzo de este año, regresó a su
vieja costumbre de anunciar, directamente o por me-
dio de señales desesperadas, que estaba dispuesto a
quitarse la vida. Habló abundantemente de Hemingway,
de Ramos Sucre, del final grandioso que merece los
grandes hombres. Hasta que al final le tocó el turno y
lo aprovechó, tocado como estaba por la soledad de los
bares de San Juan de los Moros, olvidado por amigos y
quereres, castigado por su oficio de hombre insoporta-
ble que a los 64 años no ha comprendido que no se
208
puede andar por la vida en pelea en pelea. “Nunca dejó
de ser un muchacho”, ha sido el juicio de Salvador
Garmendia; y muchacho dice el proverbio malandro,
no es gente.
A Argenis Rodríguez se le negará para siempre la
entrada en ese Olimpo al que aspiraba: ese donde per-
noctan Hemingway, Dostoievski, Balzac, Kafka. Pero
no se hagan ilusiones. No por ser el triste mortal que
todos sabemos va a quedar reducido a la condición de
sujeto fácilmente olvidado.
210
PIE DE PÁGINAS
1
Todos los apartes que se colocan en esta edición
del libro “Escrito con Odio”, tomados del Diario inédi-
to de Argenis Rodríguez, se encuentran, claro, sin co-
rregir ni retocar por el autor. No tuvo tiempo.
2
Se encuentra en una edición de Publicaciones
Seleven, prologado por Pedro Berroeta. En este libro
menciona en varias ocasiones a Argenis, pero con una
equivocada percepción. Lo llama historiador, y Argenis
nunca pretendió ser historiador. Un grave problema en
Venezuela es que no se sabe lo que es un novelista, una
narrador. No lo saben ni los que escriben libros ni los
que dictan clases en la Facultades de Humanidades de
nuestras universidades. Este libro de Clara Posani es
un importante documento para aquellos que deseen
investigar sobre la violencia de los años sesenta en
nuestro país. (N. del E.).
*
Este libro, en la década de los setenta, llegó a te-
ner más de cinco ediciones, cada una de más de cinco
mil ejemplares. Aquí sólo presentaremos un extracto
de lo que tiene que ver con el tema que nos ocupa
3
En 1999, Argenis ya tenían un concepto distinto
de Américo Martín. Se preguntaba: “¿tanto marxismo
estudió Américo para terminar de lacayo de los adecos,
de los copeyanos y del MAS, partidos que lo regañan?
Lo que hace el Américo es obedecer, agachar la cabeza,
decirle que sí al que le engrase la mano”.
4
Caupolicán Ovalles escribió un burdo y adulante
libro sobre Carlos Andrés Pérez, titulado “Usted me
debe esa cárcel. Conversaciones en la Ahumada”4. Ahí
211
nos enteramos que Caupolicán Ovalles fue de los inte-
lectuales que el 4 de febrero de 1992 asiste en Miraflores
a un acto en apoyo al “régimen democrático”. En otra
parte le dice a Carlos Andrés Pérez: “Recuerdo aquel
célebre desayuno que usted nos invitó a Miraflores, con-
vocando a la inteligencia de América Latina...”4. Pero a
Caupolicán lo sorprendió la vejez sin haber hecho nada
de valor en la vida, más que tomar aguardiente y ha-
blar pendejadas en los bares de Sabana Grande. El libro
sobre CAP lo concibió Ovalles con el fin de que se le
recordara en Venezuela unos poemas que él había es-
crito contra Rómulo Betancourt, llamado “¿Duerme
Usted, Señor Presidente?”. En “Usted me debe esa cár-
cel. Conversaciones en la Ahumada”, CAP cuenta que
Betancourt le exigió en 1962: “- Haga preso a ese carajo
(a Caupolicán)... esto no se puede admitir; mire, en Ve-
nezuela, el Presidente que se deje coger por el rabo, lo
tumban”. Muy gracioso. N. del E.
5
Era muy conocido que los tragos que se echaban
el Ovalles y compañía los pagaba Pedro Tinoco hijo, el
banquero de Carlos Andrés Pérez y Gustavo Cisneros.
Esto lo refirió a varios amigos del editor de este libro,
el doctor Ramón J. Velásquez.
6
Hoy pertenece al partido de Frijolito, de Enrique
Salas Römer.
7
Y contra Chávez también.
8
El conocimiento de esta historia se explica mejor
en el capítulo “Se busca vivo o muerto”.
DE NUESTRA LITERATURA
9
Colección Testimonios Violentos, de Agustín
Blanco Muñoz, UCV-FACES, 1981.
10
Ut supra, pág. 100.
212
11
Ut supra, pág. 106.
12
Cátedra Pío Tamayo, UCV, 1991, pág. 139.
13
Ut supra pág. 122.
14
Ut supra pág. 122.
15
Ut supra pág. 134.
16
Al pobre Rafael Cadenas lo encontré yo, Sant
Roz, hace poco, en un homenaje que le iban hacer
unos sinvergüenzas “intelectuales” de la Universidad
de Los Andes. Se realizaba en Mérida, la Feria Inter-
nacional del Libro Universitario. Lo saludé y le dije:
“Usted, don Rafael, el gran poeta, recibiendo homena-
jes de estos señores, de estos equipos reptorales (hice
hincapié en la p) y le mostré mi libro CAPOS DE
TOGA Y BIRRETE”. Se quedó perplejo, sin palabras,
mirándome fijamente con una mirada neutra. Supo
que yo era hermano de Argenis y de Adolfo quienes
habían sido sus grandes camaradas. Yo sentí una gran
pena ese día por el poeta Rafael Cadenas. Después me
enteré que ha estado firmando remitidos contra
Chávez. No lo culpo, es demasiado débil. Es un poeta.
17
Con toda razón, cuando lo vemos al lado de los
grandes cacaos que hoy lo tienen como uno de los
grandes líderes de la Coordinadora Democrática.
18
El Diario de Argenis de los inicios de los sesen-
ta, están llenos de expresiones de sincera amistad ha-
cia Ramón Bravo. Lo consideraba su mejor y más fiel
amigo.
19
Hoy convertido en ultra-escuálido de los que
van de Jinetera en Jinetera acompañado de Manuel
Caballero, el esposo de Soledad Bravo, Pedro León
Zapata u Orlando Urdaneta.
213
20
Cuando se publiquen las Memorias Completas de
Argenis, se conocerá el resto de toda esta increíble his-
toria.
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A partir de este momento El Nacional comenzó a
censurar los trabajos de Argenis. No estaba bien para
este periódico amarteladito con el imperio Cisneros que
un tipo como Argenis anduviese haciendo críticas te-
rribles contra el sistema; porque lo que hacía la gente
del MAS se acoplaba perfectamente a lo que exigía el
sistema capitalista: Ante todo la hipocresía en la prensa
y ese disimulo muy trajeado con que llevaban su posi-
ción de «izquierdistas». Finalmente este periódico que-
dó como lo que siempre ha sido, un apéndice de la ul-
tra-derecha de COPEI, asistido por mediocres plumas
al servicio de los Otero y de los Cisneros, como Jesús
Sanoja Hernández, Adriano González León, Luis García
Mora, Fausto Masó, Ibsen Martínez y Manuel Felipe
Sierra. N. del E.
22
Aparecido en el diario Panorama, el 2 de diciem-
bre de 1970.
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