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1 El Bautismo, La Doble Experiencia

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Capítulo

UNO:

El bautismo, la doble
experiencia
“Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos
adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del
arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina
de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los
muertos y el juicio eterno” (Hebreos 6:1-2).

Hay decenas de testimonios sobre lo que ha significado para algunos la


experiencia del bautismo. Para algunas personas sólo ha sido el
cumplimiento de una ordenanza bíblica en señal de obediencia a Dios,
sin embargo, para otros, ha sido la mejor oportunidad para demostrar
que realmente han nacido a una nueva vida.
El caso de un joven, a quien llamaré Andrés, confirma esto último. La vida de
este muchacho había estado plagada de vicios y costumbres malsanas
adquiridas en el sórdido mundo de la delincuencia juvenil, experimentando
situaciones que lo convirtieron en el dolor de cabeza de su familia; padres,
hermanos y otros parientes, por más que intentaron restablecer a Andrés
llevándolo, incluso, a centros de rehabilitación, jamás pudieron lograr su
propósito; un día cualquiera, agobiada, la mamá de este joven decidió
abandonar la lucha por recuperarlo, diciendo: “No intentaré nada más con
Andrés, que sea lo que Dios quiera”.

Ella, al igual que el resto de la familia, no era cristiana, sólo pronunció unas
palabras que forman parte del lenguaje del común de la gente cuando se
decide dejar a un lado cualquier esfuerzo. Pero Dios sí tenía un propósito
definido con la vida de Andrés quien, pocos días después, viéndose perdido en
una situación delincuencial, aceptó la invitación de un amigo a la iglesia; allí el
Señor le habló a su corazón y él decidió aceptar a Cristo como su Salvador
personal.

Cuando Andrés volvió ante su familia para comentarles de su cambio,


ninguno le creyó. Había permanecido tanto tiempo violando las normas, sin
someterse a nada ni a nadie, que a todos les parecía imposible que él estuviera
ahora, como lo decía, sometido a la voluntad de Dios.

Por más esfuerzos que hizo, la duda familiar se mantuvo hasta que llegó la
fecha de su bautismo en agua, algo que Andrés había entendido como un paso
de obediencia a Cristo. Con dificultades logró convencer a sus padres y a dos
de sus hermanos para que lo acompañaran en tan importante acontecimiento.

En la iglesia, un sábado por la mañana, la familia de Andrés se sorprendió de


que no sólo él, sino casi doscientas personas más estaban listas para ser
bautizadas, ataviadas con batas blancas a orillas del bautisterio listas para ser
sumergidas.

Cuando el pastor encargado expuso el significado del bautismo indicando,


entre otras palabras, que aquel acto representaba “el sepultamiento de la vida
pasada y el paso a una nueva vida en obediencia a Jesucristo”, la familia de
Andrés comprendió que verdaderamente el muchacho había tenido un cambio
rotundo y que había decidido comenzar de cero.

El bautismo le sirvió a Andrés para demostrar públicamente que su entrega a


Dios había sido genuina.

Hechos como éstos nos ayudan a destacar el por qué las Escrituras
establecen como fundamento primordial en la vida del creyente la doctrina del
bautismo.

La palabra bautizo es un término griego que significa


hundir o sumergir; por tanto el bautismo
simboliza sepultamiento. La acción completa
sugiere penetrar en el agua y salir de ésta.

En el Nuevo Testamento encontramos referencias a cuatro tipos de bautismo:

1.
El bautismo de Juan el Bautista y que se dio en el proceso de preparación del
camino a Jesús: (Mateo 3:7-8; Marcos 1:3-5).
2.
El Bautismo de sufrimiento de Jesús, el cual indica que Dios bautizó a Jesús
dentro de los pecados y enfermedades del hombre para poderle dar a éste
rectitud y justicia (Lucas 12:50).
3.
El Bautismo cristiano en agua
(Hechos 2:38).
4.
El Bautismo cristiano en el Espíritu Santo (Hechos 8:15; Hechos 19:6).

En este libro de la serie Tan firmes como la Roca, nos ocuparemos en el


estudio de los dos bautismos primordiales: “El bautismo en agua, y el bautismo
en el Espíritu Santo”.
El bautismo en agua
Partimos de la base de que se trata de una ordenanza incluida en la misma
Gran Comisión otorgada por Jesús a sus discípulos y a todo creyente (Mateo
28:19). Como compartí anteriormente, se trata del sepultamiento del individuo
en el agua porque el Señor Jesucristo ya cargó nuestras culpas en la Cruz;
nuestra parte consiste en aceptar dicho sacrificio y bajar a las aguas del
bautismo como equivalencia a la misma muerte en la Cruz. Este acto personal
es la demostración de que estamos dispuestos a dejar allí crucificada la vieja
naturaleza. El Apóstol Pablo dice al respecto:

“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo
Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos
sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin
de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del
Padre, así también nosotros andemos en nueva vida” (Romanos
6:3-4).

En Colosenses 2:11-12, leemos:

“En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a


mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la
circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el
cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el
poder de Dios que le levantó de los muertos”.

De acuerdo con esto, en el bautismo estamos


sepultando, cortando o circuncidando nuestro
corazón, es la muerte del viejo hombre, la
destrucción total de la naturaleza débil y
pecaminosa.

Los textos bíblicos analizados nos permiten concluir también que el bautismo
en agua es nuestra identificación con Cristo en su muerte, en su sepultura y en
su resurrección; pero también este bautismo es la manera de confesarle
públicamente al mundo y al mismo Satanás que estamos muertos con Cristo a
nuestros pecados, muertos a la carne con sus pasiones y deseos, y muertos a
las afecciones del mundo. Los siguientes textos ratifican estos comentarios:

“Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos


para Dios en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (Romanos 6:11).

“Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus
pasiones y deseos” (Gálatas 5:24).
“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al
mundo” (Gálatas 6:14).

También el bautismo en agua nos ayuda a demostrar públicamente el deseo


de vivir una vida nueva y seguir siendo discípulos de Cristo (Efesios 4:22).

¿Por qué debemos ser bautizados en agua?


Muchos tienden a menospreciar la importancia del bautismo; sin embargo,
éste forma parte de un mandato directo del Señor Jesucristo. Después de
haberse enfrentado con la muerte y vencerla levantándose triunfante de entre
los muertos, Jesús les dice a sus discípulos: “…Id, y haced discípulos a todas
las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo” (Mateo 28:19). Aquí hay varias exigencias del Señor, destacándose
entre ellas la relacionada con el bautismo.

La palabra original en el griego es baptizo cuya raíz,


bapto, significa mojar o teñir, algo que sólo pude
lograrse sumergiendo a la persona en el agua.

Este acto debe ser realizado por una autoridad espiritual, bien sea un pastor,
diácono, o líder a quien se le haya concedido esa autoridad.

Otra razón importante para justificar la práctica del bautismo es que somos
discípulos de Jesús, como lo dice al Apóstol Juan:

“El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1
Juan 2:6).

A la edad de 30 años, el Señor Jesucristo descendió a las aguas del


bautismo; esta fue su primera experiencia al iniciar su vida pública. Aun
sabiendo de quién se trataba, Juan intentó oponerse a la solicitud de Jesús
para ser bautizado por él, diciéndole:

“Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le
respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos
toda justicia” (Mateo 3:14-15).

Aunque el Señor no necesitaba pasar por el bautismo de arrepentimiento de


Juan, pues no había cometido pecado ni hubo engaño en su boca, sin
embargo, lo hizo para darnos ejemplo de obediencia, confirmando que éste era
el requisito establecido por Dios para justificación. En 1 Pedro 2:24
encontramos que Cristo nos dio ejemplo en todo para que siguiéramos sus
pisadas.
En conclusión, debemos ser bautizados porque como seguidores de
Jesucristo actuamos de acuerdo con su propio ejemplo, y Él no fue rociado con
agua, sino que fue totalmente sumergido; porque Él lo ordenó; y también
porque, guiados por la conducta de Jesús, los apóstoles extendieron su
ordenanza en tal sentido (Hechos 2:37-41).

De igual manera, porque hacemos valer nuestra fe obedeciendo el mandato


de Jesús; en Santiago 2:17 y 18 lo reafirmamos así:

“Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero


alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin
tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras”.

Como sucedió con Andrés, el joven del testimonio comentado al comienzo del
capítulo, obrando o actuando en obediencia a través del bautismo en agua, le
demostró a su familia y al mundo el significado de su fe en Jesucristo, el único
que había podido cambiarlo.

Requisitos para ser bautizados


Al ser bautizados en agua damos un testimonio público de que todos
nuestros pecados han sido lavados por la sangre del Cordero de Dios y
que hemos sido sepultados con su muerte para andar en una vida
nueva.
Para llegar a esta experiencia que viene luego del arrepentimiento y la
confesión de nuestra fe en Jesucristo, se hace necesario cumplir varios pasos
o requisitos. A manera de ilustración, para facilitar la comprensión de estos
requisitos, tengamos en cuenta una historia registrada en el capítulo 8 del libro
de Hechos. La gente de Samaria había caído en engaño espiritual porque un
hombre practicante de la magia, haciéndose pasar por un grande, había
logrado impresionar a toda la región, la cual le seguía atentamente, pero
cuando Felipe comienza a predicar el evangelio causa un impacto tremendo y
logra que hasta el mismo Simón, el mago, se convierta al cristianismo.

“Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del


reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres
y mujeres. También creyó Simón mismo, y habiéndose
bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y
grandes milagros que se hacían, estaba atónito” (Hechos
8:12-13).

Después de aquella experiencia, Felipe le comparte a un funcionario de


Candace, reina de los etíopes, y éste recibe la convicción de que la Escritura
es la Palabra de Dios y que Jesús es el Mesías. Yendo por el camino y
pasando cerca de cierta agua, el etíope le dice a Felipe:
“…aquí hay agua; ¿que impide que yo sea bautizado? Felipe dijo:
Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo:
Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y
descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó.
Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a
Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino”
(Hechos 8:36-39).

Otra ilustración valiosa asociada al bautismo en agua es la que hace


referencia a Cornelio, un hombre que, a pesar de gentil, era temeroso de Dios.
Por orden expresa de Dios a través de un ángel, Cornelio debió mandar en
busca de Pedro para que llegara a su casa a compartir acerca de la obra
redentora de Jesucristo. Sin que el discurso de Pedro hubiera terminado, la
presencia del Espíritu Santo se tomó el lugar y todos alcanzaron a
experimentar su llenura con la evidencia de hablar en lenguas. Al ver esto,
Pedro pregunta:

“…¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos
que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó
bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (Hechos 10:47-48).

Pedro vio que el Espíritu estaba moviéndose entre los gentiles igual que entre
los judíos y, sabiendo que el bautismo en agua los integraba al pueblo de Dios
y que de esta manera eran librados de condenación, hace la pregunta respecto
a qué podría impedir el proceso sabiendo que Dios no había rechazado a estas
personas.

El bautismo en agua era un sello, el pacto de Dios con el creyente, y como en


aquel entonces, sigue siéndolo hoy.

Notamos en los anteriores relatos varios aspectos en medio de los cuales


descubrimos requisitos para ser bautizados:

Creer

La creencia antecede al proceso del bautismo, nadie puede ser bautizado sin
antes haber creído. En Marcos 16:16 el Señor Jesús dice:

“El que creyere y fuere bautizado…”

Reconocer la obra de la Cruz

La creencia del candidato al bautismo se remite al reconocimiento del


sacrificio de Cristo en la Cruz del Calvario como único camino para su
redención. Notemos, en el caso del etíope, que él manifiesta claramente su
convicción diciendo: “Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios…”. Se entiende
que al decir esto no sólo creía en Jesús como tal, sino también en su obra en la
Cruz.
Toda la maldad del hombre la cargó Jesús sobre su cuerpo en la Cruz, pero
esto se confirma cuando cada individuo que cree en esta obra redentora, baja a
las aguas del bautismo.

Mostrar frutos dignos de arrepentimiento

Simón el mago creyó el mensaje de Felipe, se arrepintió y se bautizó.


Cuando las multitudes acudían a Juan el Bautista para ser bautizadas, él decía:

“…¡Oh, generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?


Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento…” (Lucas 3:7-8).

Juan lo que da a entender es que el arrepentimiento y el bautismo son


consecuentes, van juntos. Es necesario mostrar el fruto de ese arrepentimiento.
Por ello, cuando le preguntaban, ¿qué haremos?, él responde: “…el que tiene
dos túnicas, dé al que no tiene; y el qué tiene que comer, haga lo mismo”. En
Hechos 2:38 encontramos la reconfirmación de este requisito cuando Pedro,
finalizando su primer discurso ante los judíos, dice:

“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo


para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”.

En resumen, la creencia en el mensaje de la Palabra, el reconocimiento del


sacrificio de Cristo en la Cruz que se manifiesta a través de la confesión de fe,
son los pasos que anteceden al bautismo. Estos aspectos nos permiten
determinar que es imposible el bautismo de infantes por cuanto ellos aún no se
encuentran en condiciones de clara conciencia para dar este paso.

Beneficios de ser bautizados

Para especificar los beneficios que obtiene el creyente al cumplir


obedientemente el bautismo en agua, debemos remitirnos nuevamente a la
experiencia de Jesús cuando dio dicho paso. En Mateo 3:16-17 dice:

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los
cielos fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y
venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado,
en quien tengo complacencia”.

Observamos que ocurren tres sucesos significativos: los cielos se abren, el


Espíritu Santo desciende y se escucha la voz de Dios expresando su
complacencia por el Hijo.

Estos sucesos equivalen a tres grandes bendiciones que vienen sobre


aquellos que dan el paso del bautismo:

1. Los cielos se abren ante ellos


En otras palabras, se establece la posibilidad de que ahora su relación con
Dios sea más directa. El bautismo les da el derecho de comunicarse
personalmente con su Señor y sus oraciones entran sin impedimentos en la
presencia divina.

2. El Espíritu Santo viene sobre su vida

La llegada del Espíritu Santo es para revestir a cada persona en su hombre


interior.

“…porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis
revestidos” (Gálatas 3:27).

3. La voz de Dios viene al corazón

Toda persona que pasa por el bautismo en agua tiene la oportunidad de


escuchar al Señor diciéndole: “Tú eres mi hijo amado y en ti tengo
complacencia”. A través de esta Palabra, Dios nos hace ver que cuando
bajamos a las aguas del bautismo, Él se goza en gran manera con nosotros,
empezando a vernos como Sus hijos.

Consciente de la experiencia de Jesús, Juan testificó, diciendo:

“…vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él”
(Juan 1:32).

Es interesante notar que Jesús recibió la plenitud del Espíritu Santo en su


vida sólo después de haber sido bautizado.

A manera de resumen, sobre el bautismo en agua, miremos lo siguiente:

a. El candidato:

Todo creyente que ha nacido de nuevo (Marcos 16:16).

b. El elemento bautismal:

Agua (Hechos 8:36-38; Hechos 10:47).

c. El que bautiza:

El hombre (pastor, diácono, laico, líder autorizado) (Hechos 9:18; Hechos


8:36; Hechos 19:5).

d. El propósito:

Obtener el sello y el reconocimiento de la iglesia validando la conversión de


una persona. Identificarse con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección.
e. El resultado:

Recibir entrada en el cuerpo de Cristo con localización y función específica


para cumplir. Se obtiene la autoridad legal y la protección por ser bautizado en
el nombre de Cristo.

El bautismo en el Espíritu Santo

“Yo a la verdad los bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene
tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os
bautizará en el Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11).

El bautismo significa inmersión, o sepultamiento. Todos nosotros debemos


pasar por la sumersión en el Espíritu Santo.

El mismo Señor enseñó en Juan, capítulo 3, que el viento sopla de donde


quiere y oye su sonido, mas ni sabe de dónde viene ni a dónde va, así es todo
aquel que haya nacido del Espíritu; también dijo que el que no naciera del agua
y del Espíritu, no puede ver el reino de Dios.

Vemos que el bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia única. Jesús


dijo que el bautismo en agua es un paso, pero que la inmersión en el Espíritu
es el otro paso que debe dar todo creyente. “El que no naciere del agua y del
Espíritu”.

Cuando bajamos a las aguas sepultamos nuestra vieja naturaleza, y al salir


del agua renace una naturaleza nueva. San Pablo, manifestó:

“…los que hemos sido bautizados, de Cristo estamos revestidos” (Gálatas


3:27).

Mediante el bautismo en el Espíritu, nos sumergimos en la presencia del


Espíritu de Dios, el cual inunda nuestro ser dando vida a nuestro espíritu.

Cuando Juan dice “el que viene tras mí, Él es mucho más poderoso que yo, y
Él los bautizará en el Espíritu Santo y fuego”, queda entendido que el que
bautiza en el Espíritu Santo es Jesucristo, ningún otro, solo Él le da esta
experiencia o esta unción.

En Juan 1:33, dice:

“Y yo no le conocía; pero el que me envío a bautizar con agua, aquél me dijo:


Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el
que bautiza con el Espíritu Santo”.

Podemos notar que quien comisionó a Juan para bautizar en agua fue
directamente Dios, y la señal que le dio fue que sobre aquella persona en la
cual viera que descendía el Espíritu Santo y que permaneciera sobre Él, éste
es el que bautizaría en el Espíritu Santo y fuego.
Cuando Pablo escribe a los corintios, les dice:

“Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean


judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un
mismo Espíritu (1 Corintios 12:13).

De acuerdo con esto, el bautismo en el Espíritu nos une al cuerpo de Cristo;


no importa la raza, ni la posición social, ni los credos que hemos practicado,
todos entramos a ser de uno solo, del Señor Jesucristo, mediante la llenura del
Espíritu Santo.

Cuando le creemos a Dios, nos volvemos a Él con todo nuestro corazón y


dejamos que la experiencia de su Espíritu Santo nos sumerja, nos gobierne y
nos dirija, experimentamos lo que es el bautismo en el Espíritu de Dios
adquiriendo la mente de Cristo y nuestra lengua es controlada por el Espíritu,
nuestros oídos son santificados por Él y nuestros pasos son guiados por su
misma presencia. Cuando damos este paso en fe, se presenta una
transformación total de nuestras vidas y, como testimonio, sentiremos ríos de
agua viva fluyendo dentro de nuestro ser.

El día que entregué mi vida a Jesús recibí un bautismo en fuego y tuve


convicción de pecado, lo oculto salió a flote y experimenté la transformación
total de mi vida, un nuevo nacimiento, pero no había recibido el bautismo del
Espíritu con la evidencia de hablar en lenguas. Al día siguiente confirmé, al
sentir repulsión por los vicios que antes me atraían, que había conocido la
verdad y ésta me había hecho libre porque el Espíritu de Dios había dado
convicción de pecado; pero su llenura no estaba, la sumersión en su presencia
aún hacía falta.

Yo ignoraba lo que significaba hablar en lenguas y no sabía que un creyente


podía ser tomado por el Espíritu y hablar en idiomas desconocidos. Fue hasta
que el Espíritu Santo me guió a una pequeña congregación donde se alababa y
adoraba a Dios y enseñaban la Palabra en forma clara y específica. Veinte días
después, estando en el templo orando, le pedí al Señor una confirmación de
que la decisión que había tomado y las experiencias que vivía venían
realmente de Él, requería una prueba más real; recuerdo que le dije: “Quiero
verte y te pido que impongas tus manos sobre mi cabeza y me unjas”. Antes de
terminar la oración sentí detrás de mí la maravillosa presencia de Jesucristo
con Sus vestiduras blancas y resplandecientes y, al mirar su rostro, observé
una belleza de la que salían rayos de luz. Caí al piso sin alientos y vi que el
Señor se inclinó e impuso Sus manos tal como le había pedido. Me sentí
traspasado a otro mundo, mi lengua se enredó y empecé a adorarle en una y
otra lengua hasta completar siete. Al terminar dicha experiencia, me levanté
con el rostro totalmente transformado, feliz, alegre y dichoso, queriendo gritarle
a todo el mundo: “¡El Todopoderoso está en mi vida!”. Muchos pensaron que
me había vuelto loco, pero yo sabía que había recibido el bautismo en el
Espíritu Santo. En el libro de Hechos dice:
“…los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el
Espíritu Santo; entonces les imponían manos, y recibían el Espíritu Santo”
(Hechos 8:15-17).

Yo no recibí imposición de manos de parte de una persona, sino directamente


del mismo Señor Jesucristo, yo lo vi en visión, recibiendo así el bautismo, la
llenura del Espíritu Santo, tal como lo enseña la Escritura.

Vemos en el relato de Hechos capítulo 2:1-13 que fue también el mismo


Señor el que se presentó entre quienes estaban en el Aposento Alto, luego de
diez días de ayuno y oración, les llenó de su Santo Espíritu y recibieron la
unción necesaria para que pudieran salir a predicar el evangelio. En ese
momento la presencia del Espíritu fue en forma de estruendo y viento recio.

La palabra espíritu, en griego, es pneuma que significa viento, la presencia


de Dios entró como un viento, el soplo de Dios trataba de romper las paredes,
estremeció aquel recinto y aquellos discípulos que estaban sentados fueron
llenos del Espíritu Santo. Fue el momento en que el Señor colocó nuevas
lenguas en sus labios. Notemos que primero aparecieron las lenguas repartidas
como de fuego, lo que indica que para poder hablar en otras lenguas, se
requiere el fuego, la unción del Espíritu. La unción continuó evidenciándose
cuando Pedro se levantó y dio un discurso haciendo énfasis en el mensaje
profético de Joel, cuando dijo:

“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán


vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros
jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas
derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la
tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y
la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. Y
todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo…” (Joel 2:28-32).

El tiempo del que hablaba el profeta Joel comenzó prácticamente en el


Aposento Alto y son los días que vivimos en la actualidad, tiempos en que la
unción profética es desatada de manera especial sobre cada persona. Lo
importante es perseverar hasta evidenciar la presencia plena del Espíritu en
nuestras vidas: los jóvenes viendo visiones y los ancianos soñando sueños.
Esta es la unción de Dios para nuestro tiempo, unción de visiones, de sueños,
de visualizar lo que se anhela, una unción para dominar el campo espiritual y
lanzarnos a conquistarlo. Es una unción que equivale al bautismo en el Espíritu
Santo y que también es derramada sobre los siervos de Dios.

Aunque muchos no están sirviendo, han recibido el toque del Espíritu, pero la
unción más fuerte ha de estar sobre aquellos que se comprometen
poderosamente en el servicio al Señor.

Como resultado de este tremendo mensaje de Pedro, 3000 personas


decidieron aceptar a Cristo en su corazón y experimentar una genuina
salvación. Podemos decir que la iglesia del Señor nació en un pequeño lugar
llamado Aposento Alto, no con multitudes, sólo con las 120 personas allí
reunidas, y lo más importante es que el Espíritu Santo estuvo presente.

Más adelante, la iglesia se extendería al pueblo gentil y el Espíritu vendría


sobre aquellos creyentes que no pertenecían al pueblo de Israel, uno de ellos
fue Cornelio (Véase relato en capítulo 10 de Hechos), Cornelio había tenido
una visión en la que el Señor le habla de haber compensado sus ofrendas y
sus oraciones y recibió indicaciones de un ángel, las cuales puso en práctica al
pie de la letra; mandó a llamar a Pedro quien enfatizó en su discurso la obra
redentora de Jesucristo, diciendo en los versos 38 al 43:

“…cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y
cómo este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el
diablo, porque Dios estaba con él. Y nosotros somos testigos de todas las
cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén; a quien mataron
colgándole en un madero, a éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se
manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado
de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó
de los muertos. Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que
él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. De éste dan
testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren recibirán perdón
de pecados en su nombre”.

Y continúa relatando el mismo capítulo:

“Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre
todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido
con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se
derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas,
y que magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno
impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu
Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor
Jesús. Entonces le rogaron que se quedase por algunos días” (Hechos
10:44-48).

En este mensaje, Pedro hace resaltar algunos aspectos en el ministerio del


Señor Jesucristo:

1. Que fue ungido con el Espíritu Santo.

2. Que tuvo el poder de Dios, recibió su misma unción.

3. Que anduvo haciendo bienes.

4. Que estuvo sanando a todos los oprimidos por el diablo.

5. Dios estaba con Él.


6. Hizo a sus discípulos testigos de todas las cosas que hizo en la tierra de
Judea y en Jerusalén.

7. Lo mataron colgándole en un madero.

8. Resucitó al tercer día e hizo que se manifestase.

9. No se manifestó a todo el pueblo sino solamente a los testigos que


estuvieron con Él.

10. Mandó que predicaran al pueblo y testificaran que Él es el que Dios ha


puesto por Juez de vivos y muertos.

11. Los profetas testificaron acerca de Él, diciendo que el que en Él creyese
recibiría perdón de pecados.

12. El Espíritu Santo cae sobre todos los que oyen el mensaje y todos hablan
en otras lenguas.
Herramientas de Estudio 1
Sumergidos en su Espíritu

Memorizar y declarar

Completa las palabras que hacen falta en el versículo

Y Jesús, después que fue ______, subió luego del agua; y he aquí los
______ le fueron abiertos, y vio a ________ ____ ________ que descendía
como ________, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía:
Este es mi _______ _______, en quien tengo _________. (Mateo 3:16-17)

Profundizar

1. ¿Qué simboliza el bautismo?

2. ¿Cuáles son los bautismos que menciona el Nuevo Testamento?

3. ¿Por qué debemos ser bautizados en agua?

Aplicar
1. Haga un estudio bíblico sobre lo que son los frutos dignos de arrepentimiento
y cómo se relacionan con el bautismo.

2. Revise cuáles son los beneficios del bautismo en el Espíritu Santo; si


concluye que lo recibió escriba cómo estos beneficios han cambiado su vida;
si no lo ha recibido tenga una noche de oración clamando por esta
experiencia.

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