La Bata Blanca

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La Bata Blanca

Aunque parezca lo contrario, la bata blanca proporciona al técnico de electromedicina una


sensación de invisibilidad al pasar desapercibido dentro del medio sanitario. Esta prenda le
supone al técnico de electromedicina el acceso, un pasaporte a todos los rincones de los
centros sanitarios.

Cuando una empresa generalista de servicios externos contrata a una persona para realizar
su trabajo en un hospital o clínica y llevar a cabo el mantenimiento de los equipos
electromédicos, le facilitan una serie de materiales al momento de su incorporación. Unas
gafas de protección, una mascarilla tipo carpintero, unos guantes de baja calidad tipo
mecánico y unas botas con puntera reforzada tipo obra. Estos elementos se pueden
considerar equipos de protección individual (EPI).

Con el kit, va acompañado un paquete que contiene dos bolsas de plástico que protegen a
las fantásticas batas blancas. Estas batas no se pueden considerar EPI, ya que la mayoría no
tienen homologación y su función teórica es evitar ensuciar nuestra propia ropa. Hay
empresas que además facilitan pantalones, camisas o jerséis, evidentemente con el logotipo
de la empresa.

Para que una bata se pueda considerar EPI, debe cumplir con el Reglamento (UE) 2016/425
del Parlamento Europeo y del Consejo, relativo a los equipos de protección individual. Deben
estar fabricadas con un 65% de poliéster y un 35% de algodón, lo que permite el lavado
industrial a temperaturas de hasta 85°C. Además, deben tener un etiquetado que indique
claramente las normas que cumplen, los riesgos contra los que protegen y las instrucciones
de uso y mantenimiento.

Pero volvamos al tema. Las batas blancas tienen en varias calidades: con botones, con
broches, con cinturón trasero, con bolsillos, sin bolsillos. La calidad también es bastante justa,
con telas de difícil identificación, mezcla de 50% de algodón y 50% de poliéster. Lo
sorprendente es la facilidad con la que cambian de tonalidad, pasando de un blanco brillante
a un degradado de gris, perceptible después de cada lavado de este peculiar elemento de
vestir.

El tema del lavado es algo farragoso y complejo de explicar. Los viernes, después de toda la
semana de uso, la bata está bastante sucia debido al trabajo realizado en consultas,
urgencias, UCI, endoscopias, oncología, en fin, en todo el centro sanitario, donde hemos ido
recogiendo suciedad, un poco de aquí y un poco de allá. Bueno, pues cogemos una bolsa de
plástico y nos la llevamos a nuestra casa para intentar retrasar el efecto de ennegrecimiento
que antes he mencionado.
Evidentemente, se hace una lavadora solo para la bata blanca. No me gusta compartir con
la familia los restos de quién sabe qué pueda contener. El tema de la limpieza en casa es
delicado. Hablando con las empresas, la contestación en la mayoría de los casos es que el
hospital no puede asumir la limpieza y que no les corresponde a ellos. Las empresas tampoco
aprietan mucho. Yo personalmente hablaba con el servicio de lavandería y conseguía que me
limpiaran mi bata blanca. Eso sí, de manera clandestina, como sacada de un libro de Tolkien
ya se parecía a Gandalf el Gris...

Con esto no quiero decir que esté generalizado, pero sí os puedo asegurar que por extraño
que os parezca, esto ocurre. A todo esto, y ya que estamos, cuando las batas ya tienen un
cierto tiempo, el color vuelve a cambiar a un estado amarillento-anaranjado. Increíble, pero
ya no se pueden lavar, ya han perdido las propiedades para las que se confeccionaron. Su
acartonamiento y tacto así lo delatan.

Pero miremos la parte positiva: si os acordáis, al principio os dije que nos habían facilitado
dos batas blancas, y aún tenemos una por estrenar. ¿No os parece maravilloso? Dentro de
un año, nos darán otras dos batas blancas, eso sí, si nos acordamos de pedirlas.

Bueno, os tengo que dejar, acaba de


sonar la alarma de la lavadora que ha
acabado el ciclo de lavado. Ya tengo la
bata blanca.

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