Partiendo de allí, envueltas en densa niebla marchan al abrigo de la noche, lanzando al viento su maravillosa voz, con himnos a Zeus portador de la égida, a la augusta Hera argiva calzada con doradas sandalias, a la hija de Zeus portador de la égida, Atenea de ojos glaucos, a Febo Apolo y a la asaeteadora Ártemis, a Poseidón que abarca y sacude la tierra, a la venerable Temis, a Afrodita de ojos vivos, a Hebe de áurea corona, a la bella Dione a Eos al alto Helios y a la brillante Selene, a Leto, a Jápeto, a Cronos de retorcida mente, a Gea, al espacioso Océano, a la negra Noche y a la restante estirpe sagrada de sempiternos Inmortales.
conozca sus servicios, mientras yo por mi parte le he tributado los mas reconosidos homenages. Dios gue á V. Exa. ms. as. Quartel Gral en Guacalera Febo. 18 de 1816.— Exmo. Sor—José Rondeau—Exmo. Sr. Director intno.
Después el padre de los dioses con su santa esposa y sus nacidos advino, en el cielo a ti solo, Febo, dejándote, y a tu gemela a la vez, la que honra los montes del Idro: 300 pues a Peleo, contigo al par, tu hermana despreció y de Tetis las teas no quiso celebrar, conyugales.
Ciudad que por su esplandor, entre las que dora Febo, la mejor del mundo nuevo y hoy del orbe la mejor, abunda en todo primor en toda riqueza abunda pues es mucho más fecunda en ingenios, de manera que, siendo en todo primavera, es en todo sin segunda.
Ya del rubicundo Febo las relumbrantes guedejas sus destellos apagaron tras de las peladas selvas. Cueto, el ilustre lugar, confín de la noble Iberia, el de las sensibles Hadas y retozonas Napeas; patria de grandes varones, cuna de tamañas hembras; Cueto, en fin, que no hay más que él, ni caben más en la tierra, duerme el sueño de los justos entre escajos y tinieblas.
Pero, volviendo a nuestro sabio
Febo, después de consultado, dijo a Marramaquiz que su cuidado en vano a Zapaquilda pretendía, y que sólo sería remedio que pusiese en otra parte, vengándose con arte, los ojos, divirtiendo el pensamiento; que amar era cruel desabrimiento, más que traer un áspid en las palmas, en no reciprocándose las almas: que Amor se corresponde con Anteros, y más si lo negocian los dineros.
Lope de Vega
Pero cuando hubieron muerto los más valientes teucros, de los argivos, unos perecieron y otros se salvaron, la ciudad de Príamo fue destruida en el décimo año, y los argivos se embarcaron para regresar a su patria; Poseidón y Apolo decidieron arruinar el muro con la fuerza de los ríos que corren de los montes ideos al mar: el Reso, el Heptáporo, el Careso, el Rodio, el Gránico, el Esepo, el divino Escamandro y el Simois, en cuya ribera cayeron al polvo muchos cascos, escudos de boyuno cuero y la generación de los hombres semidioses.—
Febo Apolo desvió el curso de los ríos y dirigió sus corrientes a la muralla por espacio de nueve días, y Zeus no cesó de llover para que más presto se sumergiese en el mar.
Homero
Levantóse Calcante Testórida, el mejor de los augures —conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves aqueas hasta Ilión por medio del arte adivinatoria que le diera
Febo Apolo— y benévolo les arengó diciendo: —¡Oh Aquileo, caro a Zeus!
Homero
Dudosamente lo pienso: pues si es verdad, no estoy viva, y si viva, no lo creo. Posible es que ha de haber día tan infausto, funesto, en que sin ver yo las tuyas esparza sus luces
Febo?
Sor Juana Inés de la Cruz
Mas viendo Guruguz que no quería que el amistad quedase confirmada, sino permanecer en su porfía, llevólos a la cárcel, enojado, cuando
Febo dorado asomaba la frente por las ventanas del rosado Oriente, como si azúcar fuera, y de colores en campo verde iluminó las flores.
Lope de Vega
Dijo, y apuntando a la cabeza de Héctor, blandió y arrojó la ingente lanza, que fue a dar en la cima del yelmo; pero el bronce rechazó al bronce, y la punta no llegó al hermoso cutis por impedírselo el casco de tres dobleces y agujeros a guisa de ojos, regalo de
Febo Apolo.
Homero
El furibundo Ares cubrió el campo de espesa niebla para socorrer a los teucros y a todas partes iba; cumpliendo así el encargo que le hizo
Febo Apolo, el de la áurea espada, de que excitara el ánimo de aquéllos, cuando vio que Atenea, la protectora de los dánaos, se ausentaba.
Homero