En la parte trasera del paso, encontramos a María Cleofás quien con su mirada, se apiada del soldado Longinos que permanece arrepentido en la parte opuesta de la escena principal, solo y abatido, reflexionando sobre lo que acababa de ocurrir.
Allí se encuentra con un fauno, el Señor Tumnus, quien la invita a su casa y trata de que la niña se quedara dormida para llevársela a la Bruja Blanca, reina de Narnia. Pero luego se apiada de Lucy y la ayuda a volver a su mundo.
Su antigua esposa se apiada de Zao y le prepara unos panes en los que ella esconde dinero, pero Zao no se da cuenta y vende los panes.
Éste se apiada de la leprosa en la que se ha convertido y se muestra generoso con ella porque le recuerda al ídolo que guarda en su mente, pero sigue siendo un virtuoso caballero pagano que no logra alcanzar la redención.
Carol corre hacia afuera y nota que uno de los lobos hiere gravemente a Erin (Tiffany Morgan) y asesina al lobo con su cuchillo. Erin llora desconsoladamente, Carol se apiada de ella y la asesina, clavándole un cuchillo en la cabeza.
(Ester 9:31) El ayuno es observado en el décimotercer día del mes de Adar; judíos de todo el mundo ayunan el 13 de Adar para recordar que Dios se apiada de toda persona en angustia que ayuna y torna en teshuvá sincera.
Finalmente, el rey Príamo, con la ayuda de Hermes, se aventura hasta la tienda de Aquiles y le suplica por la devolución. Aquiles se apiada y, a cambio de un rescate, entrega el cadáver de Héctor a su padre, que ya en Troya realiza unos funerales.
Por ejemplo, supongamos que alguien llamado John está experimentando un gran dolor. Sarah se apiada de John debido a su situación.
A pesar de esto y de los actos que ha cometido en contra de sus amigos y ella misma, Amara se apiada de él; la suya es la única compañía que acepta.
-Suframos, suframos con valor y resignación tan crueles padecimientos e infortunios, roguemos ambos a la divina madre de los desterrados y cautivos para que mueva a compasión el corazón del infiel, y se apiada de nosotros-.
El fragor con furia crece constante y así una ola tras otra se sucede, una hora a la siguiente el turno cede, su angustia ya es coraje delirante, se arroja audaz al frenesí bramante. Su brazo férreo hiende el agua, nada resuelto, y al fin de él un dios se
apiada.
Friedrich von Schiller
De pronto, parece como que en su excelencia cabe un asomo de humanidad y que, cediendo a él, se apiada; pero no es así, porque el período no concluye en aquella última palabra, sino con estas otras: «Los cuales (los curas) hubieran sido otros tantos soldados a pelear contra la revolución».