En este país donde hemos nacido y donde aún suelen pregonarse distingos, para bien o para mal; sea para mostrarse paternalistas o lucirse socio-antropológicos, requerimos comprender de inmediato que todos somos humanos, sean de Chihuahua, de Chiapas, de Baja California, de Yucatán o de cualquier región, y la educación neohumanística que propongo, debe comenzar por otorgarnos identidad, más allá de lo nacional, como humanos plenos: creativos, conscientes, llenos de voluntad para magnificar la humanidad total en el bien, en la verdad y en la belleza.
-Pero aguarde usted: como los señores que dirigen la cosa no están muy allá que digamos en eso de comedias, la hubieron de enviar a un cómico que dicen que es hombre que lo entiende, y tiene gran mano en las compañías: éste dijo que no valía cosa, y todo fue, según yo pude averiguar, porque no tenía él un buen papel para
lucirse: recogimos la comedia, y éste le puso un papel que era lo que había que ver; volvió y dijo que tampoco valía nada, y fue, según me dijeron, porque el papel era muy largo y él no debe tener muchas ganas de trabajar.
Mariano José de Larra
Reconozcamos, no obstante, que los apreciables delegados son ricos, es decir, insensibles; han empleado la existencia en pelear, intrigar, lucirse en los salones.
Paralelamente se observa que los iniciadores, los portaestandartes, los hijos del privilegio que quieren lucirse, ponen especial cuidado en asegurarse la retirada en caso de derrrota y los medios de monopolizar los beneficios en caso de triunfo.
Mal acomodada, en fin, esta vestimenta, que nos lía de pies y manos, y sin siquiera andadores, reúnense los Estamentos del siglo XV arreglados a las necesidades del siglo XIX, esto es, la envoltura con faldones y corbata, y pasamos largos meses haciendo una comedia de capa y espada, que no ha sido otra cosa todo el año 35, según lo mezclado de la intriga, lo enredado del embrollo, los velos que se han corrido y descorrido, las entradas y salidas, las mutaciones de escena, los encuentros por las calles, las tapadas que han implorado nuestro favor, y lo exquisito de los conceptos, sin que puedan olvidarse las largas relaciones de dama y galán, que sólo para
lucirse los actores se han estudiado y se han dicho.
Mariano José de Larra
El viejo le contestó que, habiéndose fijado en que cuanto más llamaban la atención sus compañeros por su estado de prosperidad, más expuestos estaban a ser apartados por gente desconocida que no podía tener buenas intenciones, había formado desde chico la resolución de no lucirse nunca demasiado, de comer solamente para sostenerse en buena salud y quedar en un estado modesto, casi humilde, para no atraerse desgracias.
Don Hortensio no se daba cuenta de que, nada más que para cuidar cuatrocientas yeguas, necesitaba tres veces más caballos que para cuidar las mil vacas; de que las yeguas no le producían casi nada, pues la cerda, aunque se vendiera bien, era el único fruto bienal, que de ellas se podía sacar, sin contar que, para tuzar, tenía que conchabar peones, estropear caballos, trabajar una punta de días, destrozar el corral, ¡la mar!, pues es el trabajo quizá más rudo de todas las faenas pampeanas... ¡Cierto que también, y como ninguno, es trabajo de lucirse el que sabe enlazar!
-Y don Simón, al contrario, amigo; pura novillada grande. -De compadrito, para lucirse. -Será porque le hace el ojo a la hija del capataz, y a éste le gustan los guapos.
El overo, gordo, sin ser pesado, ni tampoco con formas de parejero, demostraba bien ser el caballo ideal de trabajo que sueña tener, para lucirse en el rodeo, todo gaucho, y que pocos, en realidad, saben, si no adiestrar, por lo menos conservar en sus buenas condiciones: bien tuzada la crin, en la forma que presentan a menudo los caballos de las antiguas esculturas romanas, lo que hacía más salientes las orejas; la cola larga, sin exageración, y primorosamente peinada; sanito de manos y patas, llevaba en el lomo un recado bien completo, confortable y adecuado, por su composición, a la conservación del caballo y a las necesidades del amo.
Han muerto ya dos o tres, altos, briosos, espantadizos, ligeros, locos, que han durado pocos años cada uno, pues a fuerza de galopar, de correr carreras, de pegar pechadas, de lucirse, por fin, y de darse corte, se han mancado, deshecho, inutilizado.
Tenía él, en la trastienda, todo un cajón lleno de aperos de plata, de esas prendas extravagantes, productos del arte del platero, quien por un caballo atrozmente tallado, cabezudo y de patas cortas, destinado a hebilla de tirador, cobraba dos onzas de oro, y que, una vez empeñados por la cuarta parte de su valor intrínseco, por algún gaucho ávido de poder seguir jugando, raras veces volvían a ser recuperadas por su dueño Se fundían, y para realizarlos con la mayor ganancia posible, Fulanez los ponía en rifa; sino, los vendía al peso, a plateros que, de nuevo, los volvían también a fundir; pero en otros moldes, haciendo los adornos cada día más livianos, con más cobre cada día, para responder a la vez al prurito eternamente humano de lucirse...
Y por supuesto la erudición enciclopédica sin evidencia creadora para la sociedad. Sólo para lucirse en grupúsculos, con frecuencia pedantes.