Contra el Gobierno que no asumió una actitud decisiva desde su elevado sitial para defender la integridad nacional, conforme era su deber y responsabilidad.
¿Qué se hicieron, señora, Tus severos y nobles senadores? Tu gente vencedora, ¿En dónde oculta ahora El sitial de tus libres dictadores?
Entré, y cuando mis ojos buscaban un sitial vacío en torno de la mesa, alzóse el capellán del convento, y vino a decirme con gran cortesanía que mi puesto estaba a la cabecera.
Antes dictaba sus leyes misteriosas desde el Corazón de una Montaña, o a través de los labios de púrpura de una virgen armónica en Delfos, o desde el sitial terciopelesco de los Sumos Pontífices, pero ahora se manifestaba, para decidir la suerte de los mortales, sentado en una silla de esterilla, en unos altos viejos de la calle de Plumereros, ante un tapete verde billar, por la boca desdentada y los labios anémicos de un chino flaco, entre tres y media y un cuarto de la mañana.
Solicita »Pasar el alma a mis labios »Para que tú la recibas.» Tomó su flauta y tocó; Vibró el arpa estremecida, Y al maestro acompañaba Con cadencias peregrinas. Salió el médico azorado, Mas Sélner lo detenía Junto al sitial donde estaba Con su furia convulsiva.
Solamente subsiste el recibimiento en la puerta por los canónigos y dignidades en la forma acostumbrada. No habrán cojines, sitial, ni distintivo entre los individuos de la Junta.
Tendió por el aposento Rapidísima mirada Este hombre desde la entrada, Y con perezoso pié Llegó al lecho de Ronquillo Mientras el buen religioso Acercóle respetuoso Blando sitial y se fué.
Y la casa en confusión, y los criados llenos de terror, y la justicia, y los periódicos, y las burlas de los «amigos», y tanto frío como hará en la cárcel! Suspiró; echó la llave al mueble, y sentándose en un
sitial de guardamesí se dedicó a mirar el contador otra vez.
Emilia Pardo Bazán
Lo cóncavo hacía de una peña A un fresco
sitial dosel umbroso, Y verdes celosías unas yedras, Trepando troncos y abrazando piedras.
Luis de Góngora
Porque me metí una noche A Pascua de Navidad Y libré todos los presos Me mandaron cercenar. Dos veces me han condenado Los señores a trinchar, Y la una el Maestresala Tuvo aprestado
sitial.
Francisco de Quevedo
Miró entorno, como una fiera acorralada, y no encontrando salida, armose de una pistola, tomó en brazos a su hija que estaba postrada en tierra casi exánime, sentola en un sitial, se colocó a su lado y esperó.
Es el maquinista. Sentado en su alto sitial, con la diestra apoyada en la manivela, permanece inmóvil en la semioscuridad que lo rodea.