¡Oh, blancura imposible de la Amada imposible! ¡Por todos mis desvelos cruza, como un fantasma, como un jirón de invierno, su carne sin penumbras, inverosímilmente blanca!
La Reina suspiró alzando la frente que parecía de una blancura lunar bajo las dos crenchas en que partía sus cabellos: —Bradomín, es preciso que vosotros los leales salvéis al Rey.
María Antonieta era cándida y egoísta como una niña, y en todos sus tránsitos se olvidaba de mí: En tales momentos, con los senos palpitantes como dos palomas blancas, con los ojos nublados, con la boca entreabierta mostrando la fresca blancura de los dientes entre las rosas encendidas de los labios, era de una incomparable belleza sensual y fecunda.
La Madre Superiora calló poniendo atención a unos pasos lentos y cansados que se acercaban corredor adelante, y quedó esperando vueltos los ojos a la puerta, donde no tardó en asomar una monja llena de arrugas, con tocas muy almidonadas y un delantal azul: En la frente y en las manos tenía la blancura de las hostias: —Madrecica, esos caballeros venían tan cansados y arrecidos que les he llevado a la cocina para que se calienten unas migajicas.
¡Blancura universal, ¡cómo te miro resumida al mirarla! ¡EI blancor de esos días tercamente lluviosos; las estatuas de mármol recién inauguradas; el estertor de la pechuga exangüe; el ruedo que la mar prende a su falda; la capa voladora del beduino y sus tiendas errantes, palomar del Sahara; los caminos ahogados en la arena; al fondo de los árboles, la pared de una casa; las tumbas escondidas en la noche; el cirio iluminando la mortaja; ¡yacente livor del esqueleto que el cincel del gusano cincelara; esas frases inéditas, alargadas de aes, con que los sordomudos desahogan su rabia; las gotas de azahar sobre las bodas, y en la Suprema hora de las ansias, en el instante de aflojar los brazos, aquel blanco en los ojos de la mujer cansada!
Mujer de sal, mujer de nieve, siento como un largo vacío tu blancura en el alma, y voy a ti como al abismo el ciego, aunque presienta que has de ser mañana, Como la muerte, fría e imposible y como la mujer de Lot, amarga…
Ahora IZTACCIHUATL había muerto y un frío sudor escurría por la despejada frente de POPOCATEPETL. Su cabello pareció encanecer de pronto y la blancura bañó sus sienes.
Ella siempre se dedicó a seguir la sublime voz del TEOTL-IPALNEMOHUANI, la energía creadora por la cual existimos. Y si por un descuido murió ahogada en el lago, su inmaculada blancura nunca logró ser manchada por el lodo.
Consecuentemente HUITZITON y TECPATZIN le dieron a entender al pueblo que habitaba los parajes de las garzas blancas, el valle de la blancura, la región del alba, los AZTECAS, que había llegado el momento de abandonar aquellos lugares que ahora resultaban muy pequeños.
Y vestida con desgarrados mantos manchados en su blancura, enlodados, parecía correr desesperada por los parajes de su ANAHUAC en llamas: -¡Aaaaay mis hijos!- Y su lamento se confundía con todos los gritos de nuestras madrecitas: -¿Dónde están mis hermanitos?
Después tuvo frío, cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano hacía aún más horribles.
Estaba sobre almohadas bordadas de blanco y negro, y un acerillo de flores, incorporada en el lecho; jubilados de las tocas los licenciosos cabellos, ni muy oro ni azabache: medio sí destos extremos; con una almilla de aguja, de seda y oro, y de celos en la color turquesada: celos vi, con celos vuelvo. Sutil cambray pretendía competir blancura, necio, ocultar belleza, avaro, guarnecer cristal, discreto.