¡La Duquesa! ¡Oh, mis queridas patitas! ¡Oh, mi piel y mis bigotes! ¡Me hará ejecutar, tan seguro como que los grillos son grillos !
Donde si había demasiada pimienta era en el aire. Incluso la Duquesa estornudaba de vez en cuando, y el bebé estornudaba y aullaba alternativamente, sin un momento de respiro.
Diz que Rosa fué duquesa: mas vivió tan desdichada que murió desesperada acordándose de mí; y a la boca de su huesa que avarienta la esperaba, con voz débil exclamaba: «yo le amaba y le perdí.
ra el Conejo Blanco, que volvía con un trotecillo saltarín y miraba ansiosamente a su alrededor, como si hubiera perdido algo. Y Alicia oyó que murmuraba: - ¡La Duquesa!
- ¿Por favor, podría usted decirme - preguntó Alicia con timidez, pues no estaba demasiado segura de que fuera correcto por su parte empezar ella la conversación- por qué sonríe su gato de esa manera? - Es un gato de Cheshire - dijo la Duquesa-, por eso sonríe.
Vinieron las armas aliadas en 1704, y el virrey Velasco, con sólo 700 hombres que tenía dentro Barcelona, instado de los comunes, formada la Coronela, disipó todas las esperanzas de los aliados de poder tomar pie en, de lo que los serenísimos duque y duquesa de Anjou...
- No sabes casi nada de nada - dijo la Duquesa-. Eso es lo que ocurre. A Alicia no le gustó ni pizca el tono de la observación, y decidió que sería oportuno cambiar de tema.
En las puertas de la ciudad hubimos de confiar los caballos al soldado, y recatándonos caminamos a pie. Nos detuvimos ante un caserón con rejas: Era el caserón de mi bella bailarina elevada a Duquesa de Uclés.
La Duquesa no dio señales de enterarse, ni siquiera cuando los proyectiles la alcanzaban, y el bebé berreaba ya con tanta fuerza que era imposible saber si los golpes le dolían o no.
Con igual propósito de fomentar el entendimiento internacional, recibí la visita y departí con huéspedes relevantes de México: la Duquesa de Kent, el Príncipe Bernardo, de los Países Bajos, el señor Hammarskjold, Secretario General de las Naciones Unidas, la señora Golda Meir, ministra de Relaciones Exteriores de Israel, los integrantes de las Misiones de Grecia y Yugoslavia, el doctor José A.
—Ya no tardará, Señor. La Duquesa quiso apartarse cediendo el paso, pero muy galán lo rehusó el Rey: —Las damas primero. El salón, apenas alumbrado por los candelabros de las consolas, era grande y frío, con encerada tarima.
Calló, y nosotros respetamos su silencio. La Duquesa me enviaba una sonrisa. Yo, al verla con tocas de viuda, recordé a la dama del negro velo que había salido de la iglesia en el cortejo de Doña Margarita.