Parecía pedir
limosna, pues tendía la mano izquierda; pero el curita, que había sido estudiante, vio que lo que hacía la supuesta mendiga era una seña indecorosa.
Emilia Pardo Bazán
Ítem, se ordena y manda que todos los Sábados se haga visita de Cárcel para que con más brevedad sean despachado los presos, y si fueren pobres se les mande limosna para lo sustentar.
Una
limosna para este pobre ciego. Una caridad... ¡Órale no empuje! ¡Parece animal! ¡Pos usté tampoco! ¡Fíjese pa'ónde camina! ¡Lástima de ropa!
Antonio Domínguez Hidalgo
Y por más que a la rectora alaba, y a las novicias, y a la que el órgano toca, y a las que cantan en coro, y a la salmista que entona, y hasta a la vieja beata que afuera pide limosna, es inútil su destreza, nada adelanta ni logra: siempre a sacar viene en limpio noticias que no le importan: la novena de Santa Ana, el sermón del padre Acosta, la nueva casulla verde, la falda de Santa Rosa, cosas de que gusta el padre, que es viejo y que tiene gota, pero que al hijo concluyen por remontarle la cólera, y al cabo sale diciendo: «¡Bruja condenada y chocha, que nunca responde acorde ni dice cosa con cosa!» Desistió, pues, del empeño, mas fue temporada corta, merced a un nuevo incidente que al cabo picó en historia.
(Cordero de Dios, ruega por todos los pecados del mundo) Yo de buena gana excomulgaba a todos los que nunca dan una
limosna a nuestra Santa Madre Iglesia.
Antonio Domínguez Hidalgo
Marbruk ben Hassan, a quien Baba el Ciego conocía bajo el nombre de "el hombre de la
limosna", estaba ahora en la terraza de su casa.
Roberto Arlt
-Aischa -dijo "el hombre de la
limosna"-, no hagas entrar más a mi casa traficantes callejeros sin cerciorarte antes de que comercian con noble mercadería.
Roberto Arlt
"El hombre de la
limosna", como lo llamaba Baba el Ciego, miró la luna que ahora se ocultaba tras el alminar de la mezquita de Ez Zinaniye, y se atusó la barba.
Roberto Arlt
¡Ea!, tome, y agradezca la limosna.» Y así diciendo, el portero una moneda le arroja, y las espaldas le vuelve dando un portazo de cólera.
Mi hija ya no es mi hija, es un culebrón, y ese italiano un granuja. Sólo se acuerda de mí para enviarme una limosna, ¡como si el corazón comiera y le contentase el dinero!
Y fue en vano que los cornetines rugiesen más alto la canallesca matchicha; que chillaran las muchachuelas perseguidas por audaces manos, y los cantores del Amor y la Muerte fuesen con el sombrero en la mano implorando una
limosna, cayendo de golpe de las melancolías de la romanza a la miserable mendicidad.
Vicente Blasco Ibáñez
Mientras las cosas no se pongan claras no podremos, sin incurrir en falta de seriedad, declararnos, sin más ni más, radicales. ¿Para qué? ¿Para pedir la limosna de un aplauso?