Y, a propósito de canciones... ¡Juro a usted no volver a cantar en toda mi vida la jota aragonesa! ¡
Pobre Generala! ¡Cómo se reía al oírme!
Pedro Antonio de Alarcón
Ven, espera, ayúdame a llevarla al sofá de la sala... ¿No ves que se está cayendo? ¡
Pobre madre mía! ¡Madre de mi alma! ¿Qué tienes que no puedes andar?
Pedro Antonio de Alarcón
Se educó en colegios, como interno, desde el punto y hora que lo destetaron; pues su padre, mi
pobre hermano Rodrigo, se suicidó al poco tiempo de enviudar.
Pedro Antonio de Alarcón
-¡Buen modo tiene usted de respetar la memoria de mi madre! ¡Bien cumple los encargos que le hizo en favor de esta
pobre huérfana!
Pedro Antonio de Alarcón
¡Buenos forados habrían abierto las balas en mis tres refajos! Imaginémonos un punto el renovado terror de la
pobre madre, hasta que Angustias la convenció de que estaba ilesa.
Pedro Antonio de Alarcón
-interrumpió la joven, sonriéndose. Está delirando, y hay que tener cuidado con su
pobre cabeza. ¡Recuerda los encargos del doctor Sánchez!
Pedro Antonio de Alarcón
Haga usted que Rosa lo coloque en el sillón de ruedas, y lo traiga aquí... Pero procure que no despierte mi
pobre Angustias... El Capitán ejecutó punto por punto lo que le decía doña Teresa, y al cabo de pocos instantes se hallaba a su lado.
Pedro Antonio de Alarcón
¡Pues no faltaba más, estando yo en el mundo! -Cierto es que el
pobre Alvaro... -yo no quiero quitarle su mérito-, en cuanto supo la fatal ocurrencia, se brindó a todo....
Pedro Antonio de Alarcón
No era verdad; el vecindario de aquel
pobre barrio extramuros sabía que la bruja de la voz carrascuda, aun cuando tuviese el cuerpo muy lastrado de líquido, no se metía en realidad con nadie; pero andaba siempre alabándose de abofetear al uno y de destripar al otro.
Emilia Pardo Bazán
Y, mientras la
pobre chiquilla anhelaba, palpitante de miedo y de gozo, entre mis brazos, experimenté impulsos de ahogarla, de suprimir con ella a todos los venideros.
Emilia Pardo Bazán
Arrancóle la pistola, que arrojó al seto, y después le echó al cuello las recias y toscas manos, y apretó, apretó, apretó... El pinar, el cielo, el aire, cambiaron de color para el
pobre abad.
Emilia Pardo Bazán
Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la
pobre casa y sus moradores.
Emilia Pardo Bazán