Compañeros para siempre
Por Lindsay McKenna
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Tener que compartir la cabina de mando con la bella teniente Rhona McGregor era muy peligroso. Pero tenían muchas vidas en sus manos y no había tiempo para discutir; necesitaba un copiloto, así que lo mejor era que echara mano de su disciplina militar y mantuviera el deseo bajo control. Desde aquel primer y peligrosísimo vuelo juntos, Nolan Galway se dio cuenta de que entre él y Rhona había algo mucho más poderoso que la pasión. De repente, su corazón respondía a la presencia de Rhona con unos latidos que se parecían sospechosamente al amor...
Lindsay McKenna
A U.S. Navy veteran, she was a meteorologist while serving her country. She pioneered the military romance in 1993 with Captive of Fate, Silhouette Special edition. Her heart and focus is on honoring and showing our military men and women. Creator of the Wyoming Series and Shadow Warriors series for HQN, she writes emotionally and romantically intense suspense stories. Visit her online at www.LindsayMcKenna.com.
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Compañeros para siempre - Lindsay McKenna
Editado por Harlequin Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Lindsay McKenna
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
Compañeros para siempre, n.º 1219 - agosto 2014
Título original: Ride the Thunder
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-4681-4
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Sumário
Portadilla
Créditos
Sumário
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Epílogo
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Capítulo Uno
7 de enero, 16:00
El teniente Nolan Galway decidió que llevaba un día de perros. Mientras iba hacia el edificio de Operaciones del Camp Reed, el ruido de los helicópteros y los aviones de motor a reacción despegando le martilleó los oídos. Intentó concentrarse solo en una cosa: conseguir un nuevo copiloto.
El edificio de Operaciones era de hormigón gris, una caja rectangular con una torre en un extremo. Como era habitual desde el terrible terremoto que había tenido lugar el día de Nochevieja, el alboroto y bullicio era equiparable al de un mercado. Desde el terremoto, la vida de Nolan y de todos los que se encontraban en los alrededores de la zona sur de Los Ángeles se había convertido en un caos.
Intentó mantener un paso tranquilo, pero tenía el corazón acelerado. Necesitaba un copiloto. El oficial de día no le permitiría volar si no lo tenía; y Nolan no podría realizar vuelos de emergencia para salvar vidas. De alguna manera, tenía que encontrar un sustituto de su compañero, que había estado a punto de morir de una intoxicación alimentaria, cuando regresaban de la zona catastrófica de la región sur de California.
A Nolan le dolía el corazón al pensar en la gente que ocupaba la devastada cuenca de Los Ángeles. Aunque el presidente de Estados Unidos había declarado California zona catastrófica y se estaban creando almacenes en todo el país para recolectar alimentos, medicinas y mantas, no había carreteras para distribuir los suministros. Se estaban utilizando todos los helicópteros disponibles para llevarlos a la cuenca. La gente moría porque no podían realizar suficientes vuelos al día para llevarles agua y alimentos.
—Maldita sea —masculló entre dientes. Operaciones era un hervidero de actividad. Dobló la esquina y se dirigía hacia la puerta cuando algo le llamó la atención.
Una mujer iba hacia el edificio con la misma determinación que él. Nolan se fijó en ella porque era la única persona que había vestida de civil entre los cientos de marines y miembros de la armada que corrían por allí. Todos llevaban los uniformes oscuros de la marina o los de camuflaje de los marines.
Era alta y su cabello, largo y oscuro, ondeaba al viento con cada paso que daba. Llevaba pantalones y una chaqueta, para protegerse del fresco de ese día de enero, pero aun así sus curvas femeninas eran obvias. Aunque era una tontería, en las circunstancias en las que se encontraban, se sintió inmediatamente atraído por ella.
Titubeó un momento, al notar que le apetecía bajar el paso para cruzarse con ella. La acera estaba llena de gente de rostro serio que iba y venía. En esa base del cuerpo de marines, todos se enfrentaban a la urgente misión de intentar salvar las vidas de millones de inocentes, no podía perder el tiempo con una mujer.
Nolan, deteniéndose, pensó que quizá su reacción se debiera a la falta de sueño. Durante la última semana, él y su copiloto habían volado desde el amanecer hasta la puesta de sol, sin dormir más de cinco horas de un tirón. Oleadas de personas que corrían hacia sus puestos para cargar alimentos, agua y medicinas en los helicópteros, lo sortearon como si fuera un poste.
Entrecerró los ojos y miró a la mujer. Le gustó cómo se movía su espesa melena con cada grácil paso. Su forma de andar le indicó, sin duda alguna, que era militar. Echaba los hombros hacia atrás con orgullo, su postura era recta y emanaba seguridad en sí misma. Cuando llegó a su lado, vio que tenía los ojos clavados en las puertas de Operaciones.
—¿Puedo ayudarte? —le preguntó—. Pareces estar buscando algo, o a alguien.
Ella apartó los ojos de las puertas y lo miró. Nolan, vestido con una vieja cazadora de cuero, un pañuelo blanco al cuello y un mono verde oscuro, sonrió.
La mujer tenía los ojos grises, cálidos y suaves como una piel de conejo. Sin embargo, su mirada inicial fue atenta como la de un águila, mientras él observaba sus polvorientos vaqueros, que cubrían una piernas largas y esbeltas. Llevaba botas de montaña y una mochila azul oscuro a la espalda.
—Sí..., cierto, busco Logística —dijo ella señalando el edificio que tenía ante sí—. Sé que esto es Operaciones, tenía la esperanza de que...
—Está allí —dijo Nolan bruscamente, alzando la mano y señalando—. Es ese edificio verde oscuro de tres plantas que hay en la colina. Eso es Logística.
La mujer respiraba agitadamente, como si hubiera estado corriendo. De rodillas abajo, sus vaqueros estaban cubiertos de polvo, y gotas de sudor perlaban su frente. Tenía algunos mechones de pelo negro azulado pegados a las sienes. Nolan se preguntó de dónde venía, por qué había corrido y por qué estaba tan polvorienta. La desconocida lo intrigaba profundamente.
Ella se volvió hacia donde señalaba y su cabello ondeó suavemente, como una marea negra. Era atractiva y deslumbrante; aunque no una belleza. A Nolan le gustó su rostro, sobre todo sus enormes y despiertos ojos grises.
—Uf. Fantástico. Gracias... —giró sobre los talones y trotó hacia la colina.
—Hola, yo me llamo... ¿Y tú? —murmuró Nolan para sí, irónicamente, sin saber si debía ofenderse por su descortesía o no. Se rascó la cabeza e hizo una mueca—. Supongo que tiene mucha prisa, Nolan. Vamos chico, tienes otras cosas que hacer..., como encontrar un copiloto —subió las escaleras de Operaciones para enfrentarse al oficial de día. ¡Tenían que encontrarle un copiloto!
Cuando llegó arriba, estremeciéndose levemente al percibir el frescor de la brisa, se sonrió. Se preguntó quién sería esa mujer. Le habían gustado sus pómulos altos y el gris suave de sus ojos. Decidió que esos pensamientos no tenían cabida en su agenda; era un piloto en busca de compañero, nada más importaba.
7 de enero, 16:15
—¡Me necesitáis!
Morgan Trayhern se detuvo inmediatamente al oír el grito de la mujer resonar en el corredor. Se volvió, con un montón de papeles en la mano. Al otro extremo del pasillo, junto a dos marines que hacían guardia, había una mujer alta y delgada. Una melena color ébano con brillos azulados rodeaba sus hombros erguidos. Su rostro ovalado, pómulos altos, nariz fina y romana y ojos grises entrecerrados le daban un aire patricio. Su mirada era de pura frustración, mientras desafiaba a los centinelas con las manos en las caderas. El oficial de día, Ted Monroe, estaba entre los centinelas. Hacía poco que había alcanzado el rango de teniente y acababa de unirse al cuerpo. Su rostro cuadrado estaba rojo como la grana y también apoyaba sus enormes manos en las caderas. Los dos guardas tenían los rifles sobre el pecho, como si estuvieran advirtiendo a la mujer que no debía dar un paso más.
La tensión se palpaba en el aire. Toda la base estaba inmersa en la planificación para sobrellevar el terremoto, de rango 8.9, que había asolado la zona de la cuenca de Los Ángeles una semana antes. Estaban muy nerviosos, y eso, obviamente, incluía a los tres marines.
Morgan frunció el ceño y miró a la mujer, que le resultaba familiar. Se acercó y sus labios se curvaron con una sonrisa.
—¡Rhona Mc Gregor! —tronó, deteniéndose junto al excitado oficial de día—. Ted, es una vieja amiga mía. Relájate. Déjala pasar. Es una de los nuestros.
—¡Descansen! —ladró el oficial a los dos centinelas, con aire contrito.
—No esperaba encontrarte aquí, Morgan —Rhona soltó un suspiro de alivio y extendió su mano, larga y delgada, hacia él. Sonrió amablemente al avergonzado oficial y a los centinelas, que le dieron paso.
—¿Cómo estás, Rhona? —dijo Morgan, agarrando su mano—. ¿Qué diablos haces aquí? La última vez que Laura y yo te vimos fue en Arizona, en la boda de tu prima, Paige Black con Thane Hamilton.
—Sí, es verdad —Rhona sonrió. La calidez y firmeza del apretón de manos hizo que el esfuerzo realizado durante los dos últimos días mereciera la pena—. Tuve la suerte de que la marina me diera unos días de permiso para ir a la boda. Hablando de familia, ¿cómo está Laura?
—Está aquí conmigo —Morgan hizo una mueca y le soltó la mano. Miró el pasillo que bullía de gente—. Vamos a charlar un minuto. Mi despacho está por aquí. Es mío temporalmente, mientras dure esta fase de emergencia.
Rhona, con un suspiro, lo siguió al diminuto cubículo. Cuando entraron, vio una jarra de agua con hielo y algunos vasos sobre un aparador.
—¿Te importa que me sirva? Me duelen los pies y tengo mucha sed.
—Adelante —murmuró Morgan, cerrando la puerta. La echó un vistazo, admirando su altura y esbeltez. Aunque su madre era de origen navajo, Rhona tenía más aspecto de blanca que de india, a pesar de su pelo oscuro y sus altos pómulos. Morgan pensó que quizá había salido a su padre, un doctor que trabajaba en la reserva de Arizona. El apellido McGregor probablemente fuera escocés. Pensativo, Morgan se fijó en sus vaqueros polvorientos, en las botas sucias y arañadas y en la desgastada mochila azul, que llevaba el emblema de la Marina de Estados Unidos grabado en letras doradas.
Cuando Rhona sació su sed, dejó el vaso en el aparador y fue al escritorio ante el que se sentaba Morgan, mirando unos informes que tenía en la mano. Apartó una silla y se sentó frente a él.
—Han pasado muchas cosas desde que os vi la última vez. Entre otras, que presenté mi dimisión en la marina hace seis meses.
—¿Qué? —Morgan alzó la cabeza y concentró su atención en la joven que tenía ante