Salvador Salazar Arrué
Salvador Salazar Arrué
Salvador Salazar Arrué
-SALARRUÉ-
1899-1975
CUENTOS DE
BARRO
EL NEGRO
LA PETACA
SALARRUÉ
CUENTOS DE BARRO
EL CIRCO
-Apartáte, baboso.
-Peráte, quiero ver.
-Te vuá zampar una ganchada, Chajazo.
-¡AchísI, sólo vos querés mirar.
-A yo no mián dejado...
-¡Baboso, baboso, ayí entró una piernuda
vestidedorado. Sestá componiendo la atadera.
La cipotada ondeó, como un tumbo de carne; reventó en
empujones y se vació sobre la carpa, derrumbando al lado diadentro
un rimero de sillas. Se oyeron voces de hombre, furibundas, y pasos
amenazadores. La cipotada se dispersó a la carrera, haciendo sonar
con sus talones la panza de tambor del descampado, Se confundió
entre el güevaso e gente silbando y riendo. Un sapurruco en
camiseta, con unos grandes gatos que parecían de madera; salió
encachimbado por debajo de la lona, con un acial en la mano. Llegó
hasta el andén, mirando de riojo; escupió un salivazo con tabaco, y se
metió otragüelta por debajo. Dos o tres chiflidos le condecoraron el
fundiyo. El humo de los candiles y de los puestos de pupuseras ponía
llanto en los ojos de aquella alegría. La manteca, ricién echada en las
sartenas de las pasteleras, se oiba escandalosa, como cuando meya
el tren. Las garrafas, en los mostradores de los chinamos, parecían
jícamas de vidrio, que se bieran convertido en cocos. El guaro clarito
temblaba adentro y dejaba descurrir su tufito embolón.
Las gentes iban entrando, guasonas, al circo. Daban su tiquete y
levantaban la cortinenca de añididos, onde había unas letras que
naide entendía, porque naide leyiya en el pueblo.
Una bandita descosida empezó a sonarse, allí dentro, debajo
diaquel gran pañuelo. La buyanga sizo mayor, y las gentes
empezaron a codearse por entrar a coger puesto.
Por tercera vez sonó la campanilla; aquella campanilla que daba
güeltegatos de plata en la aljombra de la ansiedad. Un silencio
profundo se agachaba, cargado de corazones, como una rama de
mango. De una patada se abrió el telón de los secretos; una pelota de
colores vino rodando hasta el centro del picadero, y, con un grito de
sollozo burlón, el payaso se irguió amelcochado, bonete en mano, con
algo de piñata y algo de barrilete. De golpe se descolgó, en el
redondel, la cortina de tablitas del aplauso.
Vestidos a medias y de medias, los volatines y volatinas, en
escuadrón, avanzaron marciales, con los brazos cruzados sobre el
pecho y sonriendo con sonrisa postiza. Detrás, en dos caballencos
ahumados como los del carrusel, que llevaban colas de gallo en la
frente, venían las masonas, vestidas de espumesapo y sentadas, con
una nalga, en el mero chunchucuyo de los caballos. Cerrando chorizo,
iba un chele vestido dentierro, con un chiliyo bien largo; y un viejo
bigotudo, jalándole las narices a un pobre oso medio bolo. Más detrás
iban los guachis, con cotones de colores llenos de chacaleles. La
música sonaba, toda ella, chueca y destemplada, como
mocuechumpe.
En aquel pueblo de niños, sólo los cipotes se bian quedado
ajuera. Ispiaban por onde podían, subiéndose algunos hasta las
puntas de los cercanos jocotes, contentándose con ver el bailoteo de
uno quiotro trapo de color, o el relámpago misterioso de las
lentejuelas en las mecidas de los trapecios.
Los niños ajuera, los grandes adentro. . . El circo era como la
felicidá, que se la cogen aquellos que menos la quieren. Los cipotes
se conjormaban viendo la alegriya luminosa, por un hoyito, entre
tablas y piernas oscuras. Mito y Lencho, los dos hermanitos, se bían
retirado dionde bían miradores, porque les taban rompiendo toda la
camisa. Sin embargo, cada granizada de aplausos los empujaba de
nuevo a la carpa. De chiripa se hallaron un juraquito bajero, que los
otros no bían incontrado. Con el dedito inano lo jueron haciendo más
grande, y miraban por turnos.
Cuando más extasiados estaban, mirando, mitá y mitá que la
piernuda caminaba sobre el alambre como sobre el viento, un guachi,
con una tablita, los cogió de culumbron, soñadores e indefensos. Les
dio con todas sus juerzas, el bandido jalacolchones; y ellos, dando
alaridos, salieron corriendo y sobándose la nalga, ardida como con
plancha caliente. Fueron a contarle a la mama; y la mama,
cogiéndolos debajo de sus alas desplumadas, maldijo al miserable:
LA HONRA
EL CONTAGIO
LA ZIGUANABA
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