La Bestia Rosa
La Bestia Rosa
La Bestia Rosa
Le Libros
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Lo que habra que hacer ahora, para empezar por el principio y que esto
tuviera planteamiento (Pereda y otros melorrsticos hacen planteamientos
topogrficos, paisajsticos, y uno acaba perdindose en el bosque de la prosa
descriptiva, geogrfica y catastral, y uno no se salva hasta que tira el libro, como
abriendo una puerta, y y a est otra vez en casa), lo que habra que hacer, digo, es
contar cmo y o nunca he contado con una picha ma, propia, disponible, sino que
mi cosa siempre ha sido posesin de unas u otras, pues las mujeres se pasan el
falo masculino como se pasan las agujas de punto de la abuela, de generacin en
generacin, y uno tiene que pedirle, a la celadora de turno, que le deje el
instrumento para ir a mear, cuando y a no puede ms.
Despus del planteamiento, vendra el nudo, o sea, cmo y o lucho contra una
mujer que trata de apropiarse para siempre de mi pene y embalsamarlo o
llevarlo junto a la sangre de San Pantalen, que por cierto estos das ha vuelto a
licuarse/coagularse, para edificacin de relapsos. El conflicto estara en que la
mujer/amante quiere mi rgano sexual para estos fines msticos y la
mujer/esposa lo quiere para rodar la harina de las empanadillas, que es lo que ha
usado toda la vida para que las empanadillas le queden coruscantes. En este
conflicto mstico/domstico, la solucin podra ser que y o me la corto (si no la
tuviese y a cortada) y se la arrojo a una lectora de platea para que se haga un
fetiche negro de color blanco.
El resto del reparto muere envenenado de empanadillas de picha y San
Pantalen vuelve a licuarse mientras las monjas abominan del siglo y hacen
empanadillas rellenas de sangre licuada del santo (que siempre sobra un poco
hasta la prxima glaciacin), y las reparten entre los pobres y las porteras de la
cercana calle de los Hermanos Serrano Ser. Como cuando Luis Trabazo,
escritor orensano, tuberculoso y difunto, cant en su propio entierro finos aires
gallegos, hasta echar la sangre por la boca (una licuacin laica, o
licuacin/laicizacin), y la sangre salpic la empanada de lampreas y luego l
ofreca empanada al personal con sus propias manos de muerto, y slo la
probaron los perros.
No s si voy a ser capaz de desarrollar tan poderoso argumento, dado que me
falta el andamiaje de aquellos novelistas/albailes del XIX (y a los palotes de los
siglos parecen andamios) y me falta, sobre todo, fe en el realismo catastral de la
vida. Sea como fuere, uno siente la necesidad de contarlo todo por salvarse en lo
amarillo, y dir que mi picha ha sido fetiche familiar que ha pasado de criadas a
nias de la casa, de meretrices a novias de primera comunin, de locutoras
madrileas a empleadas llenas de resignacin e inexperiencia, y que ahora, en el
momento en que escribo, no puedo decir exactamente si mi picha est bajo la
almohada de pluma (sus propias alas, que se hace almohadones con las plumas
que se le desprenden) del ngel custodio, o en el interior de la vagina negra de
Rimbaud, que se masturba entre Rimbaud y el vino tinto, con tan prctico
instrumento, o en el secreter de Rimbaud, litografa y verso, de droga verde y
tabaco paranoico, que suele guardar estas cosas entre abanicos de la abuela,
jeringas de los y onquis que se han suicidado por ella con una sobredosis, sortijitas
notariales de su madre y postales andrginas de Pasolini. Mientras no encuentre
mi picha o mi pluma no puedo seguir escribiendo.
Quien primero tuvo mi picha o tom posesin de ella, en un vandalismo
caracterstico de los ricos, fue Teresita, hija de un presidente de Diputacin del
falanghitlerismo. Teresita era jesuitina, plida, malvada, guapa y dispuesta.
Teresita, a sus diez u once aos, tom mi picha casi infantil, subdesarrollada,
infradesarrollada, una pichita tiritante de despus de la guerra o despus de la
nieve, no recuerdo, y me ense que esa cosa amarilla y como grasienta que se
me formaba en torno al capullo, era el esmegma, exudacin natural y protectora
que haba que limpiar con agua o con la ua para que no se acumulase o pululase
de microbios. As que muchas tardes, a la luz austral/boreal de la nieve que haba
cado en la luna, nos metamos en la cochera oficial de su padre, con olor a
neumtico mojado, o nos subamos a la copa de una acacia, si era abril, y
mientras y o coma pan y quesillo, o sea gatillos, o sea el fruto blanco y nutritivo
de la acacia, Teresita me lavaba la picha, con agua, me limpiaba la esmegma,
me secaba con el borde conventual de su* tnica y luego se meta todo el
material en la boca:
Los pobres siempre tenis hambre me deca, puesto que y o no paraba de
comer gatillos.
Pero en seguida a ella se le llenaba la boca nia con las flores de acacia de
mi semen, que era como un ramo blanco y puro, perfumado y casi infantil, que
le salpicaba en ptalos el halda azul de jesuitina. A veces sola venir una criada
suy a, encebollndonos con su cebolla, a disfrutar de los caprichos de la seorita,
de modo que, si me pongo a hacer memoria, me parece que, durante toda la
dcada de las nieves, mi picha fue propiedad de Teresita, que la llevaba en sus
plumieres perfumados como un pito de barro. Pitaba de pronto en clase, para
asustar a la monja, y como era la hija del presidente de la Diputacin, nadie le
quitaba su pito, o sea el mo.
Durante la dcada de las lluvias, que fue la siguiente, mi picha, que Teresita
deba haber dejado abandonada por cualquier parte, caprichosita como era, entre
sus huesos de taba de jugar a las tabas, mi picha, digo, pas a posesin del ngel
de las masturbaciones, que ahora recuerdo como un ngel sombro, resentido,
adolescente, furioso, vagamente parecido a m en los espejos, pero tirando a azul
en el color de la piel, mientras que y o tiro a amarillo, como el esmegma, como
este folio y como el amarillo propiamente dicho. El ngel de las masturbaciones
era como un anticipo opuesto y simtrico al ngel custodio.
El ngel de pestaas postizas, que vendra siglos ms tarde, despus de
inviernos como glaciaciones y veranos como dinastas egipcias, el ngel custodio
es lo que un estructuralista podra oponer el da de maana, estudiando mi obra,
al ngel de las masturbaciones, porque el ngel de las masturbaciones era
narcisista, resentido, desesperado, blanco por fuera y rosa por dentro, pero
siempre tirando a azul, y con las rodillas sucias como y o mismo. Lo ms
sospechoso era que se acordase tanto de Teresita, cuando y o no me acordaba y a
para nada.
Siglos ms tarde, la vida, que no es sino el organigrama equivocado de un
estructuralista bujarrn y pasado de moda, encontrara para m esta figura
gratificante y compensatoria del ngel custodio, criatura nicena, teolgica y con
pestaas postizas de cabaret a lo Crazy Horse, que, entre tanta geologa de
mujeres y lagos bioespaciales, tuvo para m, no s por qu, la virtud
ensalmatoria, refrescante, lustral y medieval de devolverme mi picha como
colocndole a un retablo barroco lo que le faltaba, la pieza perdida. (Slo la
mujer como ngel custodio esta y otras le redime a uno para siempre del
ngel de las masturbaciones, que, si no, puede dominar y ensombrecer toda una
vida).
El ngel llevaba mi picha por la vida como una luz, como un cirio rizado,
como una lmpara etrusca, y a veces le pona delante su mano derecha (lo
portaba en la izquierda) para proteger la llama, no s qu llama, del viento de los
mercados, las multitudes de la Gran Va, las corrientes de aire de los teatros, la
galopada de los caballos locos y sexuales de su espectculo o la nieve que estaba
nevando en su Canad natal y poda apagarle la vela, aqu en Madrid. El ngel
custodio, durante mucho tiempo, llev mi picha en su sern de medio hippy, entre
polveras, lpices de maquillaje, compresas ensangrentadas, petrodlares
(escasos), rollos de celuloide rancio, pedazos de pan tambin rancio, pestaas
postizas de repuesto y una malla de ballet.
Por la noche, en su camerino, colocaba la picha/vela entre los tarros de
pintura, delante de su espejo, y a la luz de la picha se pintaba de oro negro y
motas rojas su bellsimo rostro, creando otra belleza, innecesaria, sobre la natural
y canadiense. Tambin, entre nmero y nmero de desnudos, lea libros o
traduca alguna cosa ma para las revistas en ingls, en su mquina de escribir
porttil de color verde, color que le sugiri pintar de verde, una noche, todo el
camerino colectivo, y as lo hizo, anegando a los otros caballos de la cuadra
salvaje/vaginal en numerosas manos de brocha verde que intoxic a unas cuantas
chicas, cambi la hermosura de otras e incluso arruin el espectculo (el pblico
se cansaba de ver tantas tetas verdes pintadas a brochazos). La echaron a la calle,
y entonces sigui en su buhardilla/apartamento, con la picha a modo de vela, o la
vela a modo de picha, ley endo y escribiendo, hasta que llegaba y o, ella soplaba
la vela y slo nos iluminaba el fuego de frecuentes incendios. Nos metamos en
la cama, y ella y a tena la cosa dentro, picha o cirio rizado, de modo que y o no
tena ms que agitarme un poco, hablarle de sexo en ingls sin saber ingls y
procurar que le llegase el orgasmo.
Inevitablemente, y segn la escena/piloto que he descrito, acababa habiendo
un orgasmo en sus ojos de color bltico mientras su vagina segua helada y su
cltoris aterido y canadiense. Le ped que me devolviese mi picha, le agradec las
traducciones para siempre y ahora debo decir que, aparte el fuego eterno a que
pudo llevarme, como llevan siempre los ngeles, ella saba masturbarme con sus
manos de seorita granjera o su boca de Charlotte Rampling, y slo con eso
haba alejado para siempre de mi vida el ngel de las masturbaciones.
Durante la dcada del sol, liberado y o del ngel de las masturbaciones, al que
dej encerrado en unos urinarios de estacin de cercanas, con olor a mierda y a
soldado, y antes de que el ngel adnico apareciese en mi vida, la picha que
lleva, o debiera llevar, mi nombre pas a manos de compradoras de
curiosidades, extranjeras de tienda de antigedades, cursillistas de castellano,
casadas jvenes de Oslo, como Bodil, u holandesas de barra, como Ketty
Keuzemkamp. Durante la dcada del sol tuvimos el sol encima todo el tiempo,
apenas hubo noches, las mujeres haban adoptado y a el bikini como prenda
habitual para ir incluso a la pera, y la poblacin se fue a residir casi
masivamente a los litorales con espuma fresca, extranjeros desnudos y bancos
de hielo que venan remolcados desde Groenlandia por las mulas de una
multinacional y el ltigo de un tour-operator. El sol, s, estuvo ms cerca de la
Tierra que nunca, durante una dcada o casi, y por eso no hubo guerras
mundiales, la gente viajaba en submarinos profundsimos y las presentaciones de
libros, si eran de Taurus o Gallimard, se hacan siempre a nivel abisal. Slo los
premios horteras se daban en la superficie.
La dcada del sol fue, quiz, la ms feliz, potica o musical para mi
picha/pene/falo, y a que por entonces conoci su valor como anti-quit y como
curiosidad del Rastro. Yo iba al Rastro un domingo por la maana, le dejaba mi
adminculo al Berchi, o a cualquier otro y, cuando volva, al domingo siguiente,
recuperaba el miembro y, con l, una pela larga, unos cuantos verderones,
lechugas, lagartos, kilos o sbanas de cinco mil, porque los chamarileros de la
gran chamarilera madrilea donde nac haban ido compravendiendo mi cosa
como si fuese una viruta barroca, un pez de colores o un dedo cortado de ngel
goticoflamgero de un retablo desguazado en Salas de los Infantes o en Murcia.
Durante la semana, el objeto haba pasado de turista caprichosa a
coleccionista pederasta de antigedades, de Gregorio Prieto (quiz le faltaba
picha a uno de sus arcngeles barrocos de coleccin) o Orson Welles, que andaba
por el Rastro bebiendo vino caliente, fumando puros pornogrficos y viviendo
todava el tpico de la Espaa different, un tpico muy de la dcada del sol.
Finalmente, y en plena primavera madrilea de la seora Stone, y o
recuperaba el adminculo, dando por terminado el trapicheo, me guardaba el
pastn, de donde y a iba deducida la comisin de los grandes hombres del Rastro,
y en cuanto llegaba a la pensin estudiantil donde viva, me meta en el bao a
examinar detenidamente el miembro, no fuera que tuviese carcoma de chancro,
polilla de sfilis o blenorragia de otros bichitos de esos que se alimentan de
plateresco/churrigueresco y otros barroquismos tardos, como se alimentan los
crticos de arte, que viven en espiroquetas.
Si la cosa ofreca un aspecto inocente, aunque hubiese perdido un poco el
estofado renacentista que siempre tuvo, y o me la colocaba como el herniado que
se coloca la hernia en su sitio, por debajo del braguero.
Pero quien ms disfrut, detent (aunque no sin derecho, como sugiere esta
palabra), sabore, palade y manose mi picha de oro renacentista y orina clara,
durante la dcada del sol, fue Mara Jos, de diecisiete aos, estudiante de Letras
en la Complutense (como hoy Rimbaud), hija y nieta de una gran familia bien
del barrio de Salamanca. Mara Jos, alta, nia, bella, dura, blanda, irnica, llena
de risa y tabaco, digamos que descubri las pichas en mi picha, los ngeles y
arcngeles (incluido el de las masturbaciones) del erticoplateresco que era todo
y o, en m, y por eso fuimos felices mientras ella llevaba el objeto de arte entre
sus cuadernos de apuntes o en su bolso de bandolera, revuelto, con olor a pizarrn,
tranva, griego y vino. Cmo era, dios mo, cmo era.
Nos habamos conocido en el caf/sotanillo de Teide, en Recoletos, a la
sombra gtica, pero y a apenas flamgera, de Csar Gonzlez-Ruano, y as como
el ngel de pestaas postizas se corresponde estructuralmente al ngel de las
masturbaciones, en esta historia (se corresponde/opone), debo decir que la
efeboandrgina Mara Jos se corresponde (sin oponerse) a Teresita: nia de
clase superior a la ma, bellezas parecidas, temperamentos parecidos, que
toma/toman mi objeto ntimo con la naturalidad y simpata con que las clases
altas han depredado siempre al pueblo, en este pas, en este Madrid de chisperos
(herreros de Maravillas con fraguas que echaban chispas) y manolas (judas
conversas de Lavapis que exageraban su majeza para disimular). Mara
Jos/Teresita durmi toda la dcada del sol, o casi, con mi objeto debajo de su
almohada burguesa. Al terminar la dcada, comprendi que tena una dcada
ms y decidi casarse. Haba terminado la etapa infantil de dormir con pichas
debajo de la almohada. No lo hubiera visto bien ni Freud.
Sbado, 27.
La dcada de la Luna, que es la que est muriendo, la que morir con este
libro y en la que espero morir y o mismo, bajo el lema de Cocteau, la luna es el
sol de los muertos, la dcada lunar, digo, me sorprende y a con mi aparato (y sus
dos ovoidales adminculos) convertido directamente en objeto de arte, codicia de
marquesas, tesoro de eruditos bujarrones y fetiche del todo Madrid, al que le
falta, como del mar dijo Mallarm, una gota de nada.
Las duquesas lo usan como abrecartas, las marquesas lo exhiben
obscenamente en sus Rastrillos, a ver si alguien da una pasta y sacamos a un nio
vallecano del purgatorio, o le damos un bocata calamares a un nima. Las
condesas lo llevan a sus monteras como cuerno de caza, las princesas le hacen
vestiditos para que jueguen con l las infantitas, y las reinas y reinonas lo dejan
sobre una cmoda, distradamente, esperando a que y o vuelva para
devolvrmelo.
Nunca hubiramos supuesto Teresita ni y o, cuando limpibamos mi crculo
balanoprepucial de esmegma, como se le limpia a un nio la caca (en la remota
dcada de las nieves), que este adminculo iba a andar en bocas de embajadoras,
como joy a papal o botella genealgica. Claro que luego supe, record,
comprend cmo mi picha no era comn, sino reliquia del pasado, objeto de arte,
efectivamente, fetiche religioso, aparato mgico, antigedad ilustre, y de ah que
las mujeres de toda clase, condicin, edad y nacionalidad lo codiciasen tanto
como pueden codiciar una perla de la corona inglesa. El que luego, aparte la
condicin tesorera de la mujer, algunas lo utilzasen para masturbarse o
fecundarse, es y a desviacin de la intrahistoria, como cuando aparece un
stradivarius tocado por un clochard bajo las aguas del Sena.
La mujer tiende al fetiche como el hombre a la metfora. La metfora es
imaginacin centrfuga que expande el significado de una cosa para impregnar
otras muchas, mediatas o inmediatas. De ah nacen la poesa y la teora de los
quasars. Esto explica a Rilke y al hombre que me arregla el televisor. El fetiche
es, por el contrario, imaginacin centrpeta que toma la parte por el todo, resume
el mundo, lo reduce a un smbolo adjetivo porttil, practicable, para, luego,
olvidarse del mundo simbolizado y quedarse con el smbolo. A esta tendencia
fetichista, simbolizante, icnica, de la mujer (tan servida por las religiones) le
ofrece el hombre un pene, que es resumen de toda la hombredad, casi la ms
pequea de las muecas chinas y sucesivas en que todos consistimos, y la mujer
se aferra a ese mito antipotico, se convierte toda ella en urna de la reliquia
paleocristiana del amante magdaleniense que tuvo alguna vez, en la era
matrilineal.
Por otra parte, el economicismo innato de la mujer hace que le d a su
reliquia masculina (aparte el carcter sagrado), variados usos cnicos que le
ponen una vela de espermatozoides al dios del amor y otra al diablo de la utilidad.
La mujer busca la aguja de oro de la picha en el pajar de la hombredad y hace
pasar por su ojo el camello de la memoria, donde sita siempre los das felices
(Beckett) de un paraso matrimonial (o adltero) perdido que nunca existi.
Slo dir ahora que quien ms y mejor ha hipotecado ltimamente mi picha
(y a de oro viejo) ha sido Rimbaud, androefbica que se masturba con el glande
una leve oreja o guarda miembro y testculos, como si fueran los de Antinoo o
los de Pasolini, en uno de sus mil plumieres perfumados y colegiales (Teresita:
eterno retorno de lo femenino), entre cintas de tiempo, calcetines con dedos (se
le enfran), estuches de ovoplex, fotos carnet sepia de Gabriel Mir y una pipa
diminuta y requemada de fumar has. La mujer ha inventado la picha/fetiche, la
picha/capilla, la picha/exvoto, la picha/reliquia, la picha/gruta, la picha/cripta, la
picha/hornacina, la picha/icono.
Slo Rimbaud, quizs, haba inventado la picha/picha.
El hombre ha inventado el coo/flor, el coo/boca, el coo/metfora, el
coo/dragn, el coo/infierno, el coo/fuente, etc. El hombre me parece que an
no ha inventado el coo/coo. Copular es algo as como echar a reir dos
mitologas: la que cada sexo ha fraguado respecto del otro. O una mitologa
contra una mstica (la femenina o la masculina). De esto ltimo, el carcter
contra natura de las cpulas ms naturales. Me veo fornicando con Rimbaud en
el espejo de virulas blancas, viejas y adornadas, y el total ella/yo es un todo
centurico y raro: la bestia rosa.
Rimbaud viva mi picha como una angeologa y su vagina como una
demonologa. Sus orgasmos eran descargas sacrlegas. En el espejo de su casa
pasta plata el centauro en que juntos consistimos.
Domingo, 28.
Rimbaud tena un ombligo vertical donde podan quedarse a vivir los ratones
del flautista de Hameln que inevitablemente es todo escritor, como dentro del
agujero de un queso. Rimbaud tena unos glteos como un planetario joven,
ingenuo y siempre compensado/descompensado, segn las posturas. Rimbaud
tena, sobre todo, esa separacin entre los muslos que permite pasar un tringulo
de luz, un tringulo issceles, un tringulo teolgico, ms la fragosidad del vello y
la pureza apurada de la cara interna del muslo. Rimbaud era de una morenez
desnuda que transparentaba una palidez y en su cuerpo de mujer vivan un
muchacho y un mito, un andrgino y una estatua, un efebo y una lmina.
Haba que poseer todo aquello violentamente, unificndolo en el grito de la
penetracin y el orgasmo.
Martes, 30.
Ahora debieras tener en cuenta, Rimbaud, amor, las famosas cinco vas de
demostracin de la existencia de Dios, que Toms de Aquino obtiene de
Aristteles y Agustn (para, al final de su vida, hacerse pasota teolgico, afirmar
que todas sus Summas son mierda y en seguida morirse, lo cual le hace
simptico). Asimismo, Rimbaud, y o, tomista de ti, aristotlico de mi amor por ti,
agustino y agustiniano de la teologa que eres y la astrologa kepleriana que es tu
culo, quiero utilizar esas cinco vas para demostrar que existes, pues tu existencia
es improbable en este libro, en la vida y en ti misma, y el lector, a las alturas de
esta pgina par/impar, an duda si sers mala invencin o buena verdad.
Melibeo soy y en Melibea creo , dice Calixto. Adnico soy y en Rimbaud
creo. Tu existencia, Rimbaud, como la de Dios, se demuestra por el movimiento
del mundo, por tu movimiento (andares de modelo/Loewe), que requiere un
motor inmvil, o sea y o mismo. Por la causalidad en el universo y en tu
buhardilla. Tu buhardilla, ms que de causalidad, est llena de casualidad y de
casualidades. T eres casualidad. Laforgue dijo que la mujer, en el fondo, es
un ser usual . T eres lo usual/casual. Pero sigamos con Santo Toms: por la
contingencia del mundo, que postula que exista algo necesario: mi vida es
contingente, la contingencia misma, y en ella me pierdo a diario. Por eso
necesito que exista algo necesario. T me eres necesaria o, ms exactamente,
necesito que me seas necesaria. Sin ti, todo es contingencia y catarro. Por los
grados de perfeccin, que implican una perfeccin absoluta: y o, por tus grados
de imperfeccin, deduzco que podras llegar a ser la imperfeccin absoluta, la
imperfeccin perfecta, que es lo que busco en ti. Y, finalmente, por la necesidad
de que el mundo tenga origen: y o no experimento ninguna necesidad de que el
mundo tenga origen, ni de que t tengas origen. T lo que tienes es genealoga,
que y a la he explicado aqu: Teresita/Mara Jos/Rimbaud. Establecer
genealogas queda fino.
Exigir orgenes es fascista.
Martes, 6.
Venida a travs de tanta maleza cultural, venida a campo travs del cielo de
los mitos, Rimbaud recuerda/redescubre mi falo tardobarroco y se santigua con
l los ojos, la boca, las orejas, los senos, el sexo, llegando a grandes orgasmos y
delicado tratamiento de mi polla de subasta/Durn que la nia recorre con manos
finsimas y entintadas en sangre menstrual o cocinera, me he cortado pelando
patatas en la cocina .
Sea como fuere, obtengo un tampax de su vagina, tirando deslizadamente de
un hilo blanco que blanquea entre los hilos negros de su sexo, mientras Nijinski,
Virginia Woolf, Gabriel Mir y dems personal de los armarios ha
desaparecido/enmudecido para que suenen las cantatas/cantigas de Alfonso X el
Sabio, que ponen un vihuelismo delicado, cmplice y celestial a nuestra
fornicacin devota.
Vuelve una y otra vez a mi pene tardobarroco, se masturba con l
postreramente, y, vindola en la nocturnidad de los espejos, abolido tanto
clasicismo y tanta leche por un viento de vihuela que y a ni suena, pienso que el
modelo de nuestra relacin no est en los mitos ni en los dioses ni en los padres de
la Iglesia ni en nuestros propios padres, sino que somos Rimbaud/Verlaine
domiciliados en Londres o Bruselas, amndose a tiros, y que en la puerta de la
calle, entre el quiosco y la gasolinera (ha vuelto a subir la gasolina) debern un
da poner una placa cronolgica, aqu vivieron y convivieron, etctera. Quiz
toda pareja ilegible a los ojos del mundo est realizando su intensidad en la
ilegibilidad, y su duracin en la apertura, desde que la pareja Rimbaud/Verlaine
fij su amor en la historia de la poesa.
Rimbaud/Verlaine. Baudelaire/Juana Duval. Wilde/Douglas. Lo de menos es
la combinatoria sexual. Ms all y ms ac de los sexos, la pareja de nuestro
tiempo, penltima farmacia de guardia frente a la soledad que huele a verdn, es
una pareja ilegible (incoherente) para el mundo neoconsumista, neoburgus,
neocapitalista, neoalgo, que nos rodea. Su intensidad, y a digo, es su incoherencia.
No somos ms que Rimbaud y Verlaine jodiendo en un tejado madrileo
le digo a la nia.
Rimbaud prescinde de la picha en su boca, aunque la conserva entre las
manos, y me dice con cara de Rimbaud vaginal:
No alucines, to.
Pero me s un Verlaine constelado de hospitales, me s el hospital verleniano
de trescientos bronquticos que en m tosen por orden o todos al mismo tiempo,
me s un viejo violn del otoo sin inspiracin primaveral, que suena a organillo
pedante todos los atardeceres.
Rimbaud, luego, envuelve el apero tardobarroco en finas sargas, para que no
se enfre, y se pone desnuda, de espaldas a m y a la multitud muda de los
vihuelistas, a calentar un caf para que se nos vay a el sueo de la medianoche.
Todos los cadveres culturales duermen de pie en los armarios de la nia y todos
mis cadveres pseudofilosficos duermen su tos en mi pecho de hierro y
decadencia. Al cazo del caf se le quema el culo, huele a caf quemado y
aroma de vihuela. Algo bebemos, de todos modos, mientras en el Consejo de
Ministros cambian de cargo a los seores con cargo.
Cuando la nia vuelve a la cama, tiritante y desnuda, mi tardobarroquismo se
torna goticoflamgero para penetrarla con devocin, resignacin y violencia. Lo
que los alemanes llaman tormenta y empuje . Ha sido, por goticoflamgero,
nuestro primer polvo en alemn.
Mas la pareja Rimbaud/Verlaine, que y o dira la pareja de la modernidad,
slo preanunciada en Baudelaire/Juana Duval, y continuada en Wilde/Douglas, es
la pareja transgresiva que se ha dado siempre, barrocamente, al margen de los
emparejamientos zoolgicos, porque Rimbaud, dios adolescente del amor (que a
m me ha tocado con vagina, gracias a Dios), tiene clavada sobre la chimenea
una lmina de la Santa Teresa de Bernini, y y a en ese conjunto barroquizante veo
la plasmacin anticipada del do rimbaudverleniano. El ngel del punzn (que en
Bernini no es punzn, sino flecha flica) es un preadolescente de sonrisa a lo
Rimbaud y medio pecho desnudo, que aflige/inflige (infligir es uno de tantos
transitivos que quedan mejor como intransitivos) a Santa Teresa, la cual entre
ropas de un abultamiento despegado del cuerpo que equivale a la desnudez, deja,
colgar por abajo un pie desnudo, vertical y bello, erotismo que rima con el pecho
del nio. Es San Paul Verlaine preadivinado por Bernini en su sueo barroco. Y
pienso que Rimbaud, clavada en m, sobre m, cuando no se sabe quin de los dos
penetra a quin, por lo absoluto del vnculo, me est transverberando con mi
propia picha, como el ngel/Rimbaud a la mstica madura.
No hay pareja ms ertica e ilegible (su ilegibilidad es su erotismo, o a la
inversa) en toda la mstica universal, incluida la de Oriente. Bernini acert con
esta manera singular y maldita de apareamiento, noviazgo sacrlego con que a
veces acierta la especie, al margen de s misma, y que por ahora tiene su ltima
versin en la flagelada/flagelante Rimbaud cabalgante sobre m, que soy una
Santa Teresa carrocsima, traducida de lo mstico a lo barroco/agnstico. Basta
con instituir un amor para que genere su propia genealoga.
El acto sexual es tan rico iconogrficamente que en seguida convoca todas las
iconografas de la Historia, religiosas o profanas, en torno suy o. Siempre se jode
en la alcoba de la cultura, Rimbaud.
Estoy en la pgina sesenta y nueve de este Diario (no s lo que dar en libro),
y lo que he visto al escribir las cifras es ese parecido que, efectivamente, tienen
con el hombre y la mujer en el amor inverso de las bocas. Tambin mi gato,
Lermontov, hace sesenta y nueves con la gata bizca y persa que su corazn ama,
su corazn de gato duro y mudo. O con gatitas negras de pocos meses.
Y mis sesenta y nueves con Rimbaud?
Rimbaud est llena de vergenzas, por dentro de su desvergenza, y no
siempre prefiere mostrrseme as. Quiz le gusta ms que sea y o quien haga el
seis sobre el nueve cenceo de su cuerpo.
Pero lo hemos probado todo, claro es, y podra ahora reflexionar sobre el
vello suavsimo que, escapando como llama ltima de lo negro del fuego (el
fuego es negro por dentro, slo amarillo por fuera), le suaviza an los orificios
ltimos, el trnsito infantil hacia la rabadilla. Eso que se ensaliva algunas noches.
Por lo dems, el amor de Rimbaud, antes de m, antes de ella, ha sido (como
el de todo el mundo) un amor ms plural que experimental, de modo que ahora
me dice, de repente, con humor de voz ronca y suspiro final:
Nos estamos matando, to.
La nia delicada, la enferma adolescente, la morena a quien su morenez ha
abandonado en lo ms ntimo, dejndomela plida de deseo o avitaminosis, dice
que nos estamos matando. Mi corazn/chatarra quiz diga lo mismo, pero y o no
lo digo, porque el amor es bueno para regar extremidades, refrescar la cabeza,
replantear las ideas, replantarlas. Hacer el amor es tan bueno para la salud, que
temo explicrselo a Rimbaud, porque s lo que puede decirme:
Pues si el amor es tan higinico, y a no quiero hacer el amor.
Ellas lo hacen como destruccin (han ledo a Vicente, claro). Pero me parece
que y a he pasado de pgina, de folio, o sea que lo dejo y volvemos a la postura
habitual.
Mircoles, 21.
Fumata de mora, muchacha desnuda, los senos todo luz y el bello cuerpo
cruzado por la metralla precoz de nuestro tiempo: Rimbaud.
Historia de oro, orgasmo arcanglico, hogueras de msica en su pelo. Espaa,
en torno, es una fea conspiracin de ministros guapos y una dura crisis de
polticos blandos. Los mandolinistas negros de la Iglesia, los concertistas
sempiternos que nos dan un concierto de sable cada cuarenta aos (dos guerras
civiles por siglo) y los usurarios agiotistas que cantan gregoriano en la Bolsa,
mientras el mensaje, el medio, la electricidad y la televisin se ponen
intransitables de mentiras, nada de eso podr impedirme que este derribado
arcngel menor, descendido de las mitologas de la luz (llevamos mucho tiempo
que no llueve), se acueste conmigo en cama tropical de dulce mimbre.
Fumata de morfa, mujer desnuda, un cuerpo leve, luz en la luz, que puede ser
atravesado por la constancia de los das. En sus ojos y en su boca fcil hay una
energa, empero, que es la del ngel cado y la mujer erguida. La vida, vestida
de domingo, me otorga bienes repetidos, variados, innecesarios, tardos y
decididos. En su vulva de bosque acumulado, en su vagina de apretada esperanza,
mi mano, mi picha, mi boca, son la mano que profana el mar cogiendo un pez
dormido bajo el sueo azul del agua.
Con alas de morfa, y muslos de medioda, Rimbaud, que ha
suprimido/expulsado/exorcizado al ngel de la guarda o de los lunes (vena y a,
anticipando una semana triste), supone una nueva e inopinada victoria del
presente y su espada conjura la eternidad mediocre de mi vida.
Me deja un cobre digital por todo el cuerpo.
Martes, 10.
Rimbaud, amor, el maestro Eckhart deca haber tres cosas que nos impiden
or la palabra divina: nuestro cuerpo, la pluralidad, el tiempo. Qu me impide a
m orte, sentirte, serte en tu totalidad?
Las tres mismas cosas, claro. Tu cuerpo, el cuerpo, ese cuerpo entre Kepler
y Botticelli. Mira, Rimbaud, amor: Kepler estuvo aos detenido ante cinco
minutos de error que haba en sus cmputos del cielo. Yo llevo siglos detenido
ante la millonsima de milmetro de asimetra que hay entre tus dos glteos. La
resolucin de este problema irresoluble, la transformacin en elipse kepleriana de
tu culo niceno, me tiene perplejo. De ah no paso.
La pluralidad: eres plural, discontinua, simultnea. En otro da de este Diario
te he dicho que eres la imperfeccin relativa en vas de lograr la imperfeccin
perfecta. La que llora, la que besa, la que fuma, la que vuela, la que jode, la que
re, la que pasa, la que queda, la que escribe, la que duerme, la que dibuja con
lapiceros Alpino, la que me odia, la que me ama, la que me odia desde el amor,
la que me ama desde el odio, la que violo, la que me viola, la que tengo, la que no
tengo. Supongo que llamo Rimbaud a la pluralidad. Supongo que todos somos
nuestra pluralidad.
La nica forma de tenerte del todo es renunciar a tenerte totalmente.
La tercera razn del maestro Eckhart era el tiempo. El tiempo, Rimbaud, del
que tengo escrito que es discontinuo, nos distancia, y llevo, meses intentando que
nuestros tiempos coincidan.
Pero t eres el tiempo enlagunado de la mora y el globo, el tiempo alto del
endrogue y el cuelgue, y mi tiempo de prosa lo ms que consigue es fliparse en
amarillo. El tiempo, Rimbaud, que nunca sabemos si nos une o nos separa. Mi
tiempo biogrfico y tu tiempo grfico, todo hecho de imgenes
sucesivo/simultneas de ti misma.
Todo lo que he vivido sin ti es lo que he tardado en llegar a ti. Todo lo que has
vivido sin m es lo que no has vivido. Si supiramos alguna vez, Rimbaud, amor, si
el tiempo lo tenemos a favor o en contra.
Pero saber eso sera y a separarse o morirse.
Benamor, juda, bella y triste, Benamor, que durante algn tiempo guard y
us mis rganos tardobarrocos, Benamor, la sensibilidad hiperestsica del Madrid
hipercrtico, me lleva, como otras veces, a su casa de extensin y sarga, al
museo de s misma, al cenotafio loco (una locura silenciosa) en que vive, y me
muestra, en una vitrina, entre lminas de Palazuelo, joy as de Berrocal y cardos
fsiles, mi propio sexo arcanglico, sobre terciopelo azul oscuro, los panes de oro
que lo recubren o restauran, la coloracin a lo Berruguete que llega a tener el
glande, la voluta a lo Churriguera que forma el prepucio vuelto hacia atrs, y las
doradas manzanas del sol que son los testculos.
Discretamente, meto una mano en el bolsillo del pantaln y me busco mis
atributos corporales, que estn ah, sanos y salvos, inocentes (ligera maculatura
en el glande, de los dientes de Rimbaud que luego, en la levsima cicatriz, hace
ms intenso el goce). O sea que la hiperestsica Benamor guarda ese sexo
anglico de retablo como si fuera el mo (y no estoy muy seguro de que no lo
sea).
Jueves, 12.
La boca de Rimbaud, tan infantil cuando tiene mi falo entre sus labios, tan
ertica (habra que encontrar otra palabra) cuando ella est dormida como un
nio. Miro esa boca, esta boca, por la que han pasado falos, sexos, caravanas de
droga, msicas de Pars, las entornadas pieles palestinas, y es una boca infantil,
s, con el labio superior ingenuamente vuelto hacia arriba, y luego dibujado,
perfilado, rebordeado (a veces, ella, en la locura del exceso, en el exceso de la
locura femenina, se lo perfila an ms, innecesariamente, con un lpiz). El labio
inferior, grueso tambin, obtenido de un pliegue hacia afuera, sin demasi de
babeo de carne. Natural.
En su boca, ms que nada, vive la morisca (raza aristocrtica de los moros
espaoles) que ella es por alguna descendencia o ascendencia, pero un dibujo
godo, un cantero romnico se dira que ha venido a corregir, limitar y contener
en esta boca todo exceso de raza. No s si he escrito y a estas cosas en este diario
de amor por una nia oscura, efeboandrgina, o si volver a escribirlas ms
adelante, pero hoy, domingo, quiero que queden aqu, indelebles como su boca,
como ese beso que hay siempre en el aire, cuando ella est.
Lo que me trastorna, quiz, en Rimbaud, es la nia que persiste en ella,
dulcemente obstinada, pese a todo lo que Rimbaud ha hecho por matar a esa nia
(que, por otra parte, es lo que ms ama, lo nico que ama de s). Y la nia
morita, almendral y atlntica, florece en esa boca, como una inocencia que se
atreve lentamente, levemente, cuando ella, la muchacha, fuma o lee o habla,
distrada, y dudo si besar o no besar en esos labios por miedo a marchitar la nia
inmarchitable.
Lunes, 23.
Rimbaud se suicida con asiduidad. Se va al otro lado del sueo como al otro
lado del espejo o del agua. Se mete en la cama, lee un poco, tras haberle dejado
comida al tiranosaurio, se masturba dulcemente oy endo fornicar a sus huspedes
sepia de los armarios y las fotos, y finalmente se toma un tubo entero de
dormodor.
Unas veces se va a la muerte y otras veces se va a su pueblo. Lo hace con
gran naturalidad. Cuando est en su pueblo, es como si se hubiera suicidado de
luz, como si fuese y a la gran encamada, la enterrada viva, la muerta sin
sepultura, y tiene en la distancia una cotidianidad de nia que muri del tifus y
cuy as muecas siguen jugando por su cuenta, a ms de sus gatos, perros y bhos,
que van y vienen por su muerte como por un invernadero.
Por el contrario, cuando est muerta, Rimbaud es como si estuviera en su
pueblo. Nunca he conseguido hacerme a la idea de que se ha muerto, cuando se
muere, nunca he llegado a sentir el dolor, el espanto, la pena, la
laceracin/lacinacin cadavrica. Yo creo que ella misma tiene tan confundidos,
tan fundidos en luz el pueblo y la muerte, el cementerio y la plaza, que me ha
comunicado a m ese orden/desorden, y slo experimento sus muertes sucesivas,
peridicas, realsimas, definitivas por una semana, como tirones de la provincia
con borjas y mar. La muerte no es nada y para ser algo tiene que parecerse a
algo: a un pueblecito de la costa.
Rimbaud vuelve de la muerte con maquillaje de clnica, y conserva por un
tiempo esa elegancia fatigada de los muertos cuando quieren alcanzar un libro o
ponerse un echarpe. La voz, por supuesto, le suena como la voz de una hermana
suy a que hubiese muerto ahogada en el mar cuando ella an no haba nacido:
La prxima vez con una pistola. Esto de las pastillas y a no se lleva.
Es su salutacin a la vida.
Y no una salutacin lgubre, en absoluto, pues que en la irona/frivolidad de
elegir un suicidio a la moda est su nueva reconciliacin con la vida. Por ah voy
conociendo que la muerta est viva, ms que por su ir y venir repartiendo nesqik
a sus abandonados huspedes de los armarios. (No necesito decir que cuida
especialmente a Nijinski del que est enamorada: siempre se enamora de
homosexuales, salvo un servidor, con perdn, a la Alicia de Lewis Carrol, que
slo muy de tarde en tarde sale de su alacena, y a Virginia Woolf, por quien le
habra gustado ser poseda, caso de que no hay a ocurrido y a en el armario de la
ropa de verano. Imagino el cuerpo blanco y el cuerpo moreno, el cuerpo maduro
de y egua inglesa y el cuerpo adolescente de mora espaola, muy rozados en el
amor por las frescas sargas perfumadas de verano pasado. Algo as).
La primera cpula con Rimbaud, despus de su viaje a la aldea de los
muertos, es naturalmente una cpula mortal, con sabor a jugo de flores de tumba
en las exudaciones de su vagina, y los besos se le caen de la boca como cerezas
del cementerio, que es una fantica de Gabriel Mir (otro caballero estable de los
armarios).
As, gracias a sus suicidios, he tenido la experiencia necrfila de violar a una
muerta, cuando su cuerpo no ha perdido an el sabor a rescoldo del otro mundo.
Poco a poco, orgasmo a orgasmo (como la primavera avanza saltando de un
matorral a otro, en su guerrilla), la vida va ocupando el cuerpo nio y muerto.
Son das de entresabores, de ir cambiando un sabor por otro, en mi boca, hasta
que vuelvo a tener a Rimbaud total. Ella ha vivido el clima de la muerte y y o el
clima de la muerta.
As, la muerte, cuando venga, me sabr a ti, muchacha.
Sbado, 7.
Tus axilas, amor, son dos sexos sobrantes y por eso siempre inesperados,
fascinantes. (No temo repetirme, en este diario de amor, ni me importa, no s si
he hablado y a de lo que hablo). Tus axilas, de pronto, con su caligrafa oscura y
dulce, son dos inesperadas poblaciones de sombra, son dos pozos.
Quiero vivir ah, en la fragancia a coy untura humana, en la vertebracin
ligera de tu cuerpo, en el origen de tu vello. Dos inocentes sexos como dos nias
cerradas y secretas. Dos continentes que amo, mundos de liana y sombra, dibujo
femenino que en ellas, las axilas, se remansa.
Qu libertad de hablar, de decir, de escribir, en este diario de amor, en este
amor diario, en este libro, qu libre la escritura cuando trata de ti, cosas como tu
cuerpo, la certidumbre oscura, femenina y cordial de tus axilas.
Quedarse aqu a vivir, husped de esas tinieblas, dos borrones de sombra, tan
delgados, que amo disparatadamente cuando t alzas los brazos para peinarte,
para despeinarte, con tus dedos de infancia y nicotina.
Eres un atlas, nia, un mapamundi, y ahora he llegado, como en un viaje, a
las grutas de amor de tus axilas. Si se ha dicho que la historia de toda la
humanidad est en la vida de cada hombre, y o pienso, ms sensatamente, que
toda la geografa del universo einsteiniano o kepleriano est en el cuerpo de una
mujer. Las galaxias tienen disposicin femenina, por lo que se va viendo en los
peridicos, y todo ese material que los ruso-y anquis mandan al espacio es una
cosa prepucial.
Vivimos, quiz, en una axila de la luz y la sombra, no may or que tu axila,
Rimbaud, amor, que ahora beso.
Jueves, 19.
El recto de Rimbaud, por donde pasan lenguas de oro como caricias de plata,
es el vaso comunicante de la nada con la nada, caa pensante en la que un dedo
anular o un falo ancilar pueden sumergirse a pensar en la verdad teolgica de la
fisiologa, en las verdades fisiolgicas de la teologa. Todo es uno y lo mismo, y
slo se es joven por los esfnteres. Los esfnteres de Rimbaud son los de un
alabastro de Fisole que el escultor, obviamente, dej sin esfnteres al darle a la
luz figura de mujer. Un viaje a Fisole, s, puede que sea el viaje al recto de
Rimbaud.
Los pies de Rimbaud son como otras manos. Tan dibujados, tan terminados,
tan esbeltos y exentos como unas manos. Si ella escribiese o dibujase o hiciera
punto con los pies, estoy seguro de que lo suy o sera una prosa inslita, una
esttica nunca vista, una textura nueva, nica, pedestre y agreste. Alguna vez se
lo he dicho:
Los exmenes escritos tienes que hacerlos con los pies.
Nunca la he visto coger un bolgrafo con el pie derecho, ni creo que sepa,
pero la caligrafa que le saliese, mediante ese modo de escritura, sera por s
misma fascinante para el catedrtico:
Te daran el aprobado por asombro. Aparte de que sabemos cmo
discurren nuestras manos, al escribir una carta, por ejemplo, pero habra que leer
las cartas que se pueden escribir con los pies.
Son unos pies que van pisando siempre, uno delante del otro, la senda estrecha
que atraviesa el bosque de su vida, y que slo ella ve.
Tienes andares de modelo.
Vete a la mierda.
Con zapatos altos, de tacn, elegantsimos (que ella se pone en contraste con
unos vaqueros impresentables), sus pies van como dos palomas que saben el
camino.
Con sandalias planas, slo un hilo de oro entre dos dedos desnudos, sus pies
dejan un rastro de Grecia y Roma en que Grecia y Roma slo son dos peridicos
arrugados en el viento de la calle.
Con calcetines gordos, blancos y rojos, de colegiala, sus pies se infantilizan,
embotan su esbeltez en nieve glida. Lo que ms me gusta, claro, es cuando slo
se deja los calcetines para hacer el amor, y hay ese momento en que le arranco
uno de ellos, sin mirar, para trenzar mi mano con su pie. Es como despellejar de
amor a una nia prvula.
Pero sus pies, naturalmente, van siempre descalzos. En las cenas, los estrenos,
las noches charoladas, los das de invierno y botas, y o puedo sentir, saber que dos
pies descalzos, como dos peces desnudos, juegan cerca de m. Y cuando anda
descalza de verdad, por la casa o la calle, qu sandalias de oro ondean la cinta en
su tobillo.
Abril. Lunes, 6.
A Rimbaud le duelen los ovarios. Los ovarios de Rimbaud, que nunca he visto,
naturalmente, puedo imaginarlos al trasluz como dos planetas rebeldes y furiosos,
como dos planetas adolescentes y feroces, siempre rugiendo vida en el interior
languideciente de la nia.
Dos ovarios minsculos y vivsimos como una constelacin de fuego, como
un planetario de oro e ira en lo ms interior del mito. A Rimbaud le duelen los
ovarios y, mientras tanto, lnguidas nimas del Purgatorio, quiz la mujer de
siempre, quiz otra, bello pjaro bho, hembra/pjaro, me recluy e en sus
rincones de humedad y miedo, en el sudor de los treinta aos y la sexualidad
enlutada y urgente. Viaje al fin de la noche femenina, del que vuelvo aorando a
Rimbaud, aire puro, carne de primera comunin, ovarios adolescentes y
candentes. Las maduras, las nimas del Purgatorio femenino, se operan de la
matriz en hospitales tenues y remotos, desde donde me llaman con la voz perdida
y desvariante que se tiene en el Purgatorio. S que la mujer acaba en eso y que,
como dijo Laforgue, la mujer, en el fondo, es un ser usual, pero lo de Rimbaud
tiene otro dramatismo, otra ebriedad, es todava un mundo en ignicin/formacin.
A mis trescientos bronquticos les arrimo anfeta en abundancia para que no
tosan, y entonces se ponen los trescientos a escribir artculos a toda velocidad,
mecangrafos del relmpago, como la oficina inmensa de la literatura dentro de
mi cuarto rectangular y reducido, con fotos de muertos, ninfas, escritores,
umbrales y gatos. Santa Teresa, en algn sitio de la casa, se entrega a su ngel
transverberador, todo Quevedo se ha vuelto amarillo, del tiempo transcurrido,
segn veo en sus manuscritos, hay notarios y viajes que me acechan, nias que
me llaman por telfono desde su distancia, medicinas que me ponen amarillo por
dentro y no me curan, almuerzos y princesas, sacerdotes. Los ovarios de
Rimbaud, como dos mirlos, como dos canarios, como dos pjaros amarillos,
cantan en la jaula de la nia. Y entonces ella, dolorida y malhumorada, adopta
conductas amarillas, amarillece de mentiras, porque la mentira nos vuelve
amarillos. Habr que esperar a que los ovarios duerman. El mundo de las nimas
del Purgatorio no es amarillo, o es de un amarillo/ungento, de un amarillo/sudor,
esa manera que tiene el sudor de amarillecer las cosas, dejando cercos tristes all
donde ha florecido.
Hay que salvarse de ese amarillo/flujo en el amarillo/Rimbaud de esta
primavera. Me ponen iny ecciones, me visitan carteros y voy recuperando la
multitud simtrica de los tulipanes mentales y connotativos. A Rimbaud le duelen
los ovarios. Dos asteroides locos en la cpula azul de su vientre de sombra
transparente.
Jueves, 9.
Eres tan delgada, Rimbaud, que tus dolores salen fuera de ti, se pasean por la
habitacin, respiran un poco, hacer gimnasia, porque se encuentran ahogados
dentro de tu cuerpo. Eres tan delgada que no tienes cuerpo para el dolor, y por
eso, quiz, siempre un dolor te aureola, te ronda, te sigue, te ilumina.
Es un dolor que no ha encontrado sitio donde dolerte.
Eres tan delgada, Rimbaud, que los placeres tambin desbordan de ti; crean
en torno un encaje de risa, un champn de ganchillo, una felicidad de ojos
abiertos, pues nada toma cuerpo en tu cuerpo incorpreo, y lo suntuoso que hay
en ti, tras de ti, es ese cortejo de dolores, placeres, inquietudes, orgasmos,
alegras, tristezas, sorpresas, compresas, documentos, cosas que no te caben entre
el pecho que no tienes y la espalda que tampoco tienes. Eres tan delgada que no
le das cuerpo a la delgadez.
Tu delgadez delgada, Rimbaud, es como la ola que el mar proy ecta y nunca
lleva a cabo, porque siempre le sale otra ola ms pictrica y violenta. Tu
delgadez es como esa curva de luz que suea la sombra, esa figura de sombra
que entresuea la luz, en sus primeros delirios abrileos, el lugar donde luz y
sombra tendran que confundirse, como en la buena pintura de los antiguos. Pero
no hay lnea, no hay sitio, no hay claroscuro, y la sombra y la luz andan
perdidas, Rimbaud, desencontradas, porque son como dos viudas que se han dado
cita para hablar de sus viudedades, y t eres la nia mala que las burla y
equivoca qu risa, las viejas.
Esa eres, Rimbaud, eso eres, y slo tomas cuerpo cuando te crece el alma,
como leche hervida que rebosa al fuego, y entonces hay en ti tanta cosa corporal
que hasta parece que tienes un cuerpo, cuando lo que tienes es un alma que ha
engordado de anfeta, morfa, Mozart, new wave y dormodor. Me parece.
Eres tan delgada, Rimbaud, que mis manos, ms que acariciar tus formas, las
inventan, las crean, las imaginan, hasta el punto de que tu vientre, cuando por fin
se remansa en leve configuracin de vientre, es un sobresalto para mi tacto.
Eres tan delgada que a tu lado se vive un mundo hipertrofiado, voluminoso,
sudante. Eres tan delgada, Rimbaud, que ests siempre en la lnea del
desaparecer.
Domingo, 12.
Por otra parte, naturalmente, la nia tiene as conocimiento vocal, bucal (el
primero y mejor, segn Freud) de lo que sea la masculinidad en su mdula
ltima. Sabor a hombre, primavera macho, calor y color incoloro (de un
amarillo casi blanco), ro claro que atraviesa rugiente por lo ms oscuro de la
masculinidad.
Como el sabor de su sexo en mi boca, ocanos que descienden delirantes a
inundarme de mujer. En esto no se equivoc el viejo judo (si es que fue l quien
lo dijo, que luego se le ha plagiado/aadido mucho: el aadido es una forma de
plagio inverso, tan homenajeadora como el plagio mismo). Nuestra forma de
conocimiento primera y ltima es el sabor/olor de las cosas, y y o he rendido mi
ltimo y desesperado homenaje de olores frescos y nacientes a criaturas
murientes, que y a slo eso podan gustar.
El semen en la boca de Rimbaud, mi semen, como la nica y verdadera
eucarista posible entre el hombre y la mujer, entre la vida y la vida. Qu
recogida y absorta comulgante, mi nia trmula, cuando la inundacin caliente y
breve pasa por su garganta de ave ronca de madrugada y por el vaso cndido y
trenzado de sus manos.
Viernes, 17.
La mora, Rimbaud, la morisca levantina que hay en ti, eso es lo que ms veo
ahora, a distancia, cuando no ests, cuando acabo de hablar contigo por telfono
y me hablas de tus caballos, de tus homosexuales, de tus dcimas y de tu padre.
La mora, la morita, la morisca, la nia de rizo y labio vuelto qu hay en ti, la
morita fina que tanto he mirado sin verla, que tanto veo ahora, sin mirarla. Esa
violencia de tu pelo, esa densidad de tus ojos, esa ofrenda brusca y dulce de tu
boca, ese erguimiento sinuoso de tu cuerpo, todo eso es la frontera y el lmite
dentro de los cuales vive una morita remota, una nia que entre ambos debemos
cuidar, o que quiz a ambos nos cuida, nos atiende, nos entiende sin que la
entendamos muy bien. Por entre otras razas tuy as, por entre otras genealogas,
reveo hoy a la morita, a la nia que ha paseado sus pies de rosa oscura por la
orilla cartaginesa del mar.
Creo haber escrito en este diario que amar a una mujer es la capacidad de ir
amando a las sucesivas mujeres que de ella saca el tiempo. Hoy pienso que hay
que amar tambin y entender a las mujeres simultneas que hay en una
mujer, al entrecruce femenino de razas, pocas, tiempos, costumbres, modas,
edades, que rota en cada muchacha.
Cada mujer es un gineceo.
Cada pareja es una multitud. Cada da sale un hombre nuevo, una mujer
nueva, una pareja nueva, de la pareja. La que ahora manda es la morita. La
morita es lo que ms veo cuando no te veo, Rimbaud, nia, y no s por qu, ni de
qu, ni cmo, de pronto todas las otras que eres se han resumido en una
muchacha morisca (ilustre genealoga oscura y espaola) que se tiende en el
lecho como para posar ante los pintores que pintaban moras color local ,
horror entre dos siglos.
Lo morisco de tu sangre es lo que ms se te enciende cuando te enciendes.
Hay cosas tan evidentes que tarda uno en verlas. La conquista de lo evidente
est reservada, casi, a los videntes. Pelo morisco, ojos que miran hacia la otra
orilla ms oscura del mar, labios de fruta interior a lo interior de la negridad.
( Negritud y a es palabra poltica).
Sangre sombra que enronquece en tu garganta. La mora que te sale a veces,
como a m me sale el inslito vasco. Quin somos, de todos los que somos? La
suma de todos da el que no somos. Quiz ese esa seamos.
Moros y cristianos en la refriega dulce de tu cuerpo. Unos y otros presididos,
Rimbaud, y armonizados por el leve rigor de tu nariz un punto griega. Es eres
como una leccin de Historia. Est toda la Historia en cada individuo?
A m slo me interesa la que puede aprenderse en tu cuerpo.
Jueves, 23.
Dado que Rimbaud se pasea a caballo por los mares de la ausencia, y dado
que los celos no distinguen mucho de individuo, sino que son un sentimiento
universal referido a un ser cordial, y o, ahora, tengo celos del caballo de
Rimbaud, y mis celos han escrito su novela corta siempre la escriben corta o
larga, sobre el caballo de Rimbaud.
La nia sale muy de maana con el caballo, montada a caballo, caballo que a
ratos es bay o y a ratos blanco y a ratos, simplemente, color caballo. Despus que
han hecho las primeras galopadas cruzando el estrecho de Gibraltar en ambas
direcciones, se tienden sobre la arena (no s si arena mora o espaola: supongo
qu toda la arena ser mora para los moros), y el caballo, muy caballero, le trae
a la nia ramos d petunias, un cactus en un tiesto y un ficus en la boca, como
ofrenda provenzal que ella agradece recitando a Garcilaso y dndole al caballo
un beso en una oreja.
Es evidente que antes o despus van a hacer el amor, el caballo y la
muchacha, como en los spots amarillos de televisin, slo que eso no lo ver en la
novela corta o documental corto de mis celos, como tampoco se ve en los spots.
Los spots publicitarios y los celos terminan siempre interrumpidos, en el
momento en que todo va a consumarse. Esto, en la publicidad, tiene una
justificacin psicolgica de estudio de mercado: se trata de crear ansiedad
(necesidad de compra) en el cliente.
En el cinematgrafo o la pequea pantalla de los celos, no s qu
significacin pueda tener. Quiz los celos sean tambin publicidad: la publicidad
que la persona amada hace en nuestro corazn, que vive siempre en la penumbra
cinematogrfica del pecho, asistiendo a la pelcula de la propia imaginacin.
Pero ahora es el caballo el que est cansado, fatigado, constipado, y ella le
pone en la boca finos pauelos de batista de espuma, que el caballo se va
comiendo como si fueran pienso.
Cuando a Rimbaud y a no le quedan pauelos, el mar le trae ms.
El mar no ha hecho otra cosa, durante toda la eternidad, que vender pauelos
de encaje por las play as y los puertos del mundo, como una gitana de Almagro
(y de almagre). S que el mero hecho de que la nia abra las piernas, all, en lo
alto del caballo, para sofrenar bajo su vivsimo sexo el cuerpo de tonel del
animal, es y a un gesto (olvidemos el movimiento, el galope) absoluta y
exclusivamente orgsmico, y que a Rimbaud le va a sobrevenir el orgasmo,
quiera o no, hacindola inclinarse sobre el cuello del caballo con su cuerpo leve
que al bicho no le pesa, y sobre el que se recorta el perfil greco/moro de la
muchacha como un mrmol de cualquiera de las siete ciudades de Grecia sobre
la crin rubia de un brbaro del Norte.
El caballo, aunque sea el noble bruto, siempre es un brbaro del Norte.
Cuando un brbaro del Norte mora en batalla, reencarnaba en su caballo. Y a la
inversa: cuando mora el caballo, reencarnaba en el brbaro, en el guerrero, y
era un caballo con casco y cuernos que se pona morado de cerveza (por eso los
caballos orinan tanta cerveza, sin que se sepa dnde ni cundo la han bebido: es la
cerveza del seorito).
No s si todas las amazonas tienen orgasmos a caballo, pero est claro que si
las amazonas legendarias eran enemigas del hombre, esto, ms que por safismo,
se produca porque ellas y a tenan su caballo, que siempre queda ms caballero
en las caballeras del amor.
Sea como fuere, veo a Rimbaud a la orilla del mar, cuidando su plido
caballo, rendido de galopada y sexo, con la crin de oro salada por el mar.
Otro pauelo, mi seor?
No, deja, linda nia, y a voy clareando.
Insoportable idilio, cursi, de cursillera equina, el del mito andrgino y el
caballo de remonta. Hay que haber vivido mucho la vividura del amor para
saber que los cuernos ms pesados de soportar son los cuernos de caballo.
Y ms frecuentes de lo, que se cree.
Viernes, 24.
Por qu este derroche de palabras para decirte? Bueno, ni siquiera est claro
que este libro vers sobre ti, vay a dedicado a ti, ni siquiera est en limpio que su
amarillo te ilumine o que tu amarillo le ilumine. Yo he escrito otros diarios
ntimos. Quiz no ha escrito uno otra cosa que diarios ntimos, porque son el nico
gnero (o ausencia de gnero) en que la literatura florece pura, literatura sin el
melodramatismo de la novela/novela.
No olvidemos que melodrama no es sino un drama con msica. En nuestra
vida, Rimbaud, hay ms msica que drama, porque en tu tocata siempre suena
algo, y el drama preferimos callarlo.
Y usted qu quiere decir en sus novelas? me preguntan en las
entrevistas.
Pues mire usted: en principio, y o no hago novelas ni hago nada. Yo hago
literatura. Yo soy escritor y escribo. La literatura es una cosa ms milagrosa,
ms gratuita y ms inexplicable que cualquier gnero o preceptiva.
Veintisiete palabras, Rimbaud/Julieta. Rimbaud/Romeo? En el teclado de mi
mquina cuento veintisiete letras. Con esa sola palabra de veintisiete letras que es
el alfabeto te lo quiero y puedo decir todo:
Abcdefghijklmnrstopqvwxy z.
Ya est.
Queda como una declaracin de amor en ruso.
Pero he superado la marca de Romeo. Veintisiete palabras son un frrago,
aunque sean de Shakespeare. (Sobre todo si son de Shakespeare).
Veintisiete letras. Las que hay. Y y a est. En ese jeroglfico de los egipcios
descoloridos que somos, est toda la literatura, toda la filosofa, toda la poesa
trovadoresca, estn Quevedo y Vlez de Guevara, don Francesillo y Garcilaso,
Torres y Mir, Juan Ramn y Bretn, Baudelaire y Perse. En ese jeroglfico
colegial, infantil para nosotros, infinitamente enigmtico para un chino o un
marciano, estamos t y y o, Rimbaud, amortajados como dos perfiles de
Pompey a sobre el barro cocido del habla popular.
Como dos prncipes persas.
Como dos vasijas precolombinas de huesos macho y hembra.
Nuestro abecedario nos embalsama y nunca pensamos en eso. Nos
embalsama, sobre todo, a quienes lo usamos tanto. As estamos, muchacha, en
esa palabra de veintisiete letras, cdice indescifrable, grafito del siglo XX, que es
un siglo cualquiera, palimpsesto de una civilizacin que quiz y a pas y no nos
hemos enterado.
As estamos t y y o, descifrados e indescifrables, como la eterna ninfa y el
eterno fauno de todas las culturas. Alguien, nadie* quiz el dedo de la nada, nos
deslindar un da como lnea pura.
Dibujados.
De perfil.
Sbado, 25.
Rimbaud y los idiomas. Los idiomas aprendidos, mal sabidos, mal olvidados,
recordados, los idiomas vienen hasta el cuerpo de Rimbaud, mientras conversa y
conversa, como animales antiguos y vertebrados (un poco, como el tiranosaurio
que tiene en la cocina), a levantar la cabeza reptil y grcil en su conversacin, a
lamerle las manos de pupitre o las mejillas. Ray o de sol del griego, a travs de su
pelo negro, tatuaje del hebreo, un sistema de signos que se mira en sus ojos,
lejana del rabe, oscurecindole la piel como un viento con arena de oro,
cntaro del italiano, cual vasija vocinglera que se acoda en su codo, conteniendo
un ramo de palabras de Petrarca y Pasolini, sinuosidades del francs, como un
reptil de recuerdos con piel de libro antiguo, msica del ingls, reventada en su
chicle post/Lolita. Y el castellano, que pasa por la hoguera de su frente de plvora
y se estiliza y complica en mitologas/etimologas, hasta la escritura automtica y
el xtasis.
Los idiomas, criaturas verdes y remotas, vertebrados inferiores/superiores,
con vrtebras de preposiciones, acudiendo a lamerle las manos a Rimbaud,
mientras fuma o escribe, al sol de may o.
Mircoles, 6.
La rueda de las cenas, el oro nocturno de las mujeres, eso que observa Alen
Ginsberg: Uno descubre, de pronto, que todo el mundo quiere hacer el amor
con todo el mundo . Pero nunca se dice. Mujeres prestigiadas o desprestigiadas
(a mis ojos interiores) por el amor que les di o me dieron. Es curioso cmo el
amor de uno (o lo que sea) a unas mujeres las embellece y a para siempre,
abandonadas, y a otras las desmerece, las envejece, las desprestigia de todos sus
prestigios.
Aunque el mundo las vea ms prestigiosas que nunca.
Sbado, 9.
Rimbaud, a la orilla del lago, Leda mltiple, dando de comer a los patos? No:
los patos, los cisnes, le traen en el pico, del fondo del lago, piedras de luz, joy as
de agua, para sus manos delgadas. Los patos picoteando sus manos como otro da
he visto a los idiomas. Por el parque pastan ingentes bestias de pacfico bronce,
con dulce fiebre de madre, en lo amarillo del crepsculo.
Domingo, 10.
Rimbaud.
(Tu nombre aqu, en lo alto del folio amarillo, al borde del precipicio de lo
amarillo, volando en el cielo de la hoja o fijo en el vaco del idioma, que se ha
ausentado todo, como dentro del caparazn del diccionario).
Viernes, 15.
Hay noches que me roban a Rimbaud. Quiero decir que me la roba la noche.
De pronto, entre los das, viene una noche lbrega, con su ropa ceida de
cantante, con su chistera estrellada, con su conspiracin de telfonos y
automviles, y se me lleva a Rimbaud a no s dnde.
No me la roban hombres, ni la mano amarilla de la droga, ni la serpiente
verde de la msica. Me la roba la noche, una noche ladrona que hay a veces, una
noche que se abre en veinte grutas, como el mar.
No s por qu arpas pasa, qu y onquis quieren besar la flor amarilla de su
hasto, no s qu ts se toma, a qu pozos se cae, dnde duerme.
Pero vuelve sin voz, por la maana, le han robado la voz, como a otras les
roban la virginidad, y tarda mucho en encontrar su voz.
Rimbaud, y a al atardecer de esas noches algunas que veo venir, est
como enredada en hilos de telfono, emboscada en lo ms negro de su pelo,
intilmente desnuda, y autos de madrugada se vern pasar con ella, y a lo blanco
del alba en lo ms blanco de sus ojos negros, abanderada de has o dormida
dentro de sus zapatos.
Hoy fue la noche arpa, ay er, no s.
Hay una noche arpa que se lleva a la nia, noche tupida de hombres,
esmaltada de mujeres, un oro compartido y falso que va premiando a todos por
ser jvenes. Los metales nocturnos hacen veta en el sueo y mi nia amanece
con el cuello cortado. No encontrar su voz mientras no se restae la herida de
magnolio, cruel y bella, que ilumina su boca de morado. Hay das que son falsas
noches.
Arrojada a la drsena de sonido de los das, Rimbaud es un resto de una
noche, ese trapo sobrante, esa luz apagada. Me siento a leer el Informe Anual del
Banco de Espaa, esperando que la voz de la nia, tallo de rosa oscura, le suba a
la garganta, dolorosamente, para poder hablar de Garcilaso o de lo que traan los
peridicos.
Sbado, 16.
Rimbaud (le ha ocurrido otras veces) ha amanecido hoy con un animal negro
y rosa en la cama:
Es horrible, qu asco, impresentable, mira, qu hace esto aqu.
Me acerco y le retiro la sbana. El cuerpo de la muchacha es un cuerpo que
pasa siempre bajo una sombra morena o retostada.
En contraste con ese cuerpo, la cosa oscura, movible, peluda, agazapada,
rara, inexplicable, tiene algo de intruso, de abstruso.
Pues a m me gusta iba a decirle, por tranquilizarla (y porque en realidad
no me desagrada), pero s que eso la pone loca y vuelve su miedo en furia y su
furia la vuelve contra m. Ya digo que ha pasado otras veces.
Haz algo con esto. chalo de aqu, que se vay a, que se muera, que se
pierda. Me da asco, me doy asco.
Se lo echamos al tiranosaurio?
La infancia inmensa de sus ojos me mira con desconcierto:
Conmigo t no vaciles.
Bueno, pues no vacilo. Me siento al borde de la cama, me inclino, observo,
miro. Sin duda, la cosa tiene vida independiente, una tendencia incgnita hacia el
Sur, patitas mltiples como vello fino, quizs una entraa rosada, una carnosidad
de calamar.
Pues no s qu decirte.
Anda, di algo.
Y se queda en la cama, desnuda, con la sbana a un lado, escultrica, como
estatua y acente de cementerio pobre, como el mrmol barato de una nia que
muri a principios de siglo. Es como si un moscardn, una araa de la migraa,
una musaraa, una cosa trnsfuga y esttica al mismo tiempo, hubiese hecho
nido en el nido cementerial de una adolescente fallecida. Yo s la verdad, pero no
hay que decirla, porque Rimbaud, entonces, gritara de espanto y pesadilla.
No hay sino que acariciar a Rimbaud para que olvide, joder a Rimbaud
profundamente, hacer que la salamandra arda, que el pjaro triangular, como
murcilago, chille y vuele. Agotar a la bestia oscura y breve. Y con eso, mi nia
volver a estar en paz y pensativa.
Porque la cosa, claro, no es otra cosa que el coo.
Domingo, 31.
Rimbaud y los hombres. Uno de los enriquecimientos may ores, entre tanto
como enriquece la relacin pura y profunda con la mujer, con una mujer, es que
le permite a uno ver al hombre, a los hombres, desde ella, a travs de ella, o sea,
en una perspectiva indita para otro hombre, mediante una ptica distinta y
asombrosa. As, los hombres que rondan a Rimbaud, que iluminan sus noches sin
sueo, el poeta rubio de provincias que quiere incendiar la ciudad con un libro
lento y feble, el que viene aureolado por el aura vaga de la gloria local, un poco
manchada y ferroviaria, y a, porque ha hecho el viaje en tren, o el que le manda
a Rimbaud claveles blancos y annimos, o el qu saca a la nia a cenar y pasar
la noche dentro de un arpa criptomallarmeana, donde finalmente quiere besar el
cuello modigliano de la muchacha, hasta que ella le da una hostia.
El carrozn blanquibaboso, exburcrata, parado dentro de un abrigo de otros
fros, ahora que y a hace calor, el homosexual que quiz la suea chico, el
profesor de msica desmelenoide que quiere compartir con ella cama, mesa y
Mozart, el que le trae coca en moto, por flipar y ver si se entrega, la rueda de los
locos, los ligones, los enamorados, los corresponsales en sus lejanas cabezas de
partido judicial, los amigos de la infancia, crecidos en barba indecisa y grano
granujiento, los embozados en su bigote negro que siempre les quedar postizo,
despegndose mucho una punta cuando la quieren besar, los hijos de puta, los que
la raptan hacia sus colegios may ores, hasta hacrmela vomitar de olor a sopa.
Los hombres, en fin, el perfumista, el rentista, el telefonista, el cerrajero, los
que vienen en gremios, en sindicatos, en multitud, a ver si le tocan un poco el culo
kepleriano a la nia, este culo cuy as rbitas dudan entre Kepler y Coprnico, los
que no son nadie, el empleado de Banco, que la ve aparecer por la maana y
toda la colmena de los nmeros se le vuelve amarilla.
El cmico de risa desgualdrajada, el marica argentino, el solitario que cree
estar haciendo una obra de arte de su soledad, y slo est haciendo un bostezo
que es como el vaciado de la nada, la mascarilla del tedio.
Los hombres, en fin, en torno de Rimbaud, y y o entre ellos, llevando y
tray endo cosas, gardenias, petunias, bibliografas, maletas, gatos negros,
bombones de licor, licor sin bombn, cafs de barrio con todos los camareros
muertos. Los hombres, el hombre, con su urgencia de orgasmo y su priapismo
mecnico, fallido, intil y colegial.
Qu buen observatorio del hombre es la mujer.
Viernes, 12.
Rimbaud y la ciudad. Ver, haber visto cmo esta vieja ciudad instantnea y
amada me la ha ido retiendo, reteniendo, recordar cmo lleg, iluminada de su
mitologa, Rimbaud adnica, con luces de provincia y voz de ro en garganta de
ro.
Hoy, ahora, es y a otra y la misma, un poco como borrada por la ciudad,
enredada a su luz ahora tan corpulenta: luz de junio total, despersonalizada
en la piedra del vivir como dice Rilke que el cantero medieval se
despersonalizaba en la piedra de catedral que pula. El dilogo de la nia con la
ciudad no ha sido fcil. Han tenido das de no mirarse, de no hablarse, la ciudad y
la nia, das en que ella, Rimbaud, se quedaba en la cama arrullando al pequeo
tiranosaurio, defendida por persianas y cortinas de la charla ajena y el hierro
que es toda ciudad. Y han tenido das en que era la ciudad marimacho
juanramoniano de las: uas sucias la que se volva de espaldas, con altos
hombros grises de altos edificios, fumando el humo de sus chimeneas, ignorando
la carita femenina, infantil, colegial, que inspeccionaba alondras en el cielo y me
avisaba urgente el aterrizaje doloroso de una golondrina en una uralita, con sus
surcos de nada indiferente. Hasta que la nia todo un invierno se ha ido
internando en el bosque de Macbeth que es toda multitud, avanzando siempre
enigmtica hacia nosotros.
O la ciudad, vieja bruja, vieja puta, vieja sabia, le ha puesto a la nia cara de
Colette, como si fuese Pars, y me la ha llevado de la mano a Troncos y otros
sitios donde se trabaja la droga dura, con adolescentes que vomitan su edad bajo
el arco del alba. Y ahora, cuando la nia entra en hoteles, se me aleja hacia
estancos, se me pierde, la veo y a tan ciudadana, tan mezclada a la mezcla de
metal y urgencia que es la capital, que lloro dentro de los taxis, o escribo, y
pienso si eres ma, Rimbaud, amor, o eras ms ma cuando no lo eras, nada,
convaleciente en tu luz convaleciente, pueblo dentro del mar, sol para siempre.
Esto me hace un poco el San Jorge involuntario y con tejanos frente al
dragn, en piedra de la ciudad. Debo salvarte? Otra vez la parodia es divertida.
Te me borras de quioscos y farmacias.
Qu inquietud, de repente, la esquina que te cambia por cualquiera.
Martes, 16.
La fiesta de los pechos en la tarde, las muchachas desnudas, este sol nacional
y perifrico, esos senos latientes, llamas cndidas, esa plida hoguera, o
desganado fuego, esas muchachas: Rimbaud.
Estoy aqu otra vez, reino en mi vida, junio es un autogiro por el cielo, zona de
los grandes lagos, piscinas de arrabal, juventud y a desnuda, y a coincidente
consigo misma, la edad dando sus flores en el cuerpo, puntualidad del mundo,
puntualidad de la naturaleza, nueva generacin, hueste de nias, esbelta fuerza
que recorre el mundo, los senos keplerianos, levemente ovoidales, palpitantes,
con esa forma geomtrica y lrica, entre pugnaz y pensativa, que parece ser,
desde Kepler, la ms natural curvatura de la naturaleza y de los astros.
Puedo pedir un whisky, puedo ver esos trenes que van cosiendo el cielo a otro
verano, como agujas de plata sin esfuerzo, y una y edra de msica fortifica mi
reino, y colgaduras de verdor lentifican la tarde. Ciudad y a circundada de
piscinas, de cuadros de las nimas felices, purgatorio de cuerpos inocentes (el
mal, cosa teolgica, se ha quedado en el agua, como el cloro, o se ha hundido
hasta el fondo).
Valle de Josafat, oh limbo de las justas, justas en nmero y figura,
muchachas que estuvieron no s dnde, entre las casamatas del invierno,
olvidadas de sus alegres pechos, como de dos nios abandonados a la puerta de
un hospicio: Rimbaud.
Y ahora y a tienen senos, el calor es un rey que hace justicia, le devuelve sus
dones a cada uno, a cada una. Figuras del tapiz febril del vivir, laten contra la
sombra, plidas de presencia, morenas, como acuadas por un sol que las
monetiza (as me gustan menos, aunque sea lo que a ellas les gusta ms).
Cmo no creer en junio, que es la vida, cmo no entregarse a la copa del
vivir. Un joven poeta me enva sus versos paganos y me quiere pagano Pero es
el de estos poetas un paganismo de Enciclopedia Britnica que luego abdica en la
humillacin duodenal de la noche. No hay otro paganismo, y a, para m, que el
paganismo de lo cotidiano, lo cotidiano como paganidad: estas chicas vibradas,
leva de luz y grito, que han pasado el invierno no s dnde, que ni siquiera
existan este invierno y tienen de golpe diecisiete aos y tienen en sus pechos
descalzos, pechos de mirada cndida y paralela, la delicada violencia de lo
actual: Rimbaud.
Mircoles, 17.
Entra en el nuevo da, o sale, o entra, con el pelo tocado de magnolias y las
manos pursimas, recin desenjoy adas de las joy as o astros que le prest la
noche, amiga oscura, viuda de todos los generales de bronce, eterna celestina de
la virtuosa luna.
Estoy, aqu, vigilado de ngeles tristes, nimas del Purgatorio y reptantes
reptiles, o sea los hombres de la sevicia y la sedicia, los sediciosos que quieren,
una vez ms, ponerle anzuelos a la lubina ingenua de mi alma. No tengo ms
escopeta, contra ellos, que mi mquina de escribir.
Rimbaud sentada en no s qu aleros (aqu no hay ningn alero), duerme de
pie sus noches de anfeta y bibliografa, se pinta las ojeras que no tiene con el
quitaojeras , que acaba de encontrar en una tienda, y me dice cosas como
esta:
Este ao estn muy delgaditos los gorriones.
O bien:
A lo nuestro, para ser una verdadera aventura, le faltan foulards. En las
aventuras amorosas, siempre hay mucho juego de foulards.
Pero el lento girar del da hacia su plenitud se la va llevando, me la va
llevando no se adonde, lejos, y es y a la que, cada vez que se da un retoque ante
el espejito, se est dando el retoque final de la despedida. Cuando se hay a ido,
comprender que, efectivamente, si se fija uno un poco, este ao los gorriones
estn muy delgaditos.
Martes, 23.
Nia/Rimbaud se ha ido con su caja de plumas, con su caja de otra cosa (no
s si dije de qu), que ha llenado de plumas, plumas del arrendajo, la calandria,
el bho, la milana bonita de Delibes y la lechuza inteligente y editorialista como
los gatos (la lechuza es el gato con pico de los pjaros).
Nia/Rimbaud se ha ido tras una emigracin, que dice que los cielos corren
hacia otra parte, llevados por las aves, y en ciudades al sur, con delfines y nidos,
quiere coger ms plumas, todo lo que los ngeles que nada custodian (si no, no
seran ngeles) van dejando caer en su cabalgada.
Nia/Rimbaud me deja por los pjaros. Equipaje de plumas y una cinta en el
pelo, que era rosa y de vieja se ha vuelto malva pursimo. Tiene que ir tras los
pjaros, coleccionando el ala de la tarde, cuando cae rendida en las ciudades: eso
me ha dicho. Me queda entre los dedos, tenuemente, un olor de matriz
acostumbrada. Este olor/sabor es la nicotina de la mujer. La dulce nicotina de su
coo.