La Revista Blanca 180 Anos
La Revista Blanca 180 Anos
La Revista Blanca 180 Anos
180 Años /
Protagonistas
EDICIÓN CONMEMORATIVA
180 Años /
Protagonistas
EDICIÓN CONMEMORATIVA
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ducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, tratamiento
informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares
del copyright.
Las afirmaciones y opiniones expresadas por los entrevistados son de su exclusiva responsabilidad.
Revista Blanca, Segunda época, número 7.
PARA APROVECHARLO TODO
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PRESENTACIÓN
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Y no sólo quisimos homenajearlos, sino que quisimos conocer su vida y
su entorno, darles la palabra, compartir su día a día. Por eso fuimos a buscarlos
a sus hogares o a sus lugares de trabajo. Armamos un equipo que recorrió el
país durante meses para visitarlos uno por uno, porque esa era una manera de
decirles, con actos y no con palabras, que les estamos inmensamente agradecidos
y que nos importan mucho
Como no podíamos entrevistarlos a todos, decidimos hacer tantas entrevistas
como años cumple el partido. Por eso hicimos 180. Y lo verdaderamente difícil
fue elegir. Queríamos que estuvieran todos: mujeres y hombres, jóvenes y no tan
jóvenes, los del interior y los de Montevideo, los del campo y los de la ciudad,
los que se identifican con distintos sectores dentro del partido y con diferentes
agrupaciones dentro de cada sector. Pero también sabíamos que, inevitablemente,
iban a quedar afuera muchísimos blancos que eran igualmente merecedores de
ser entrevistados.
Ese fue el único dolor que sentimos durante este trabajo, que en todo
lo demás fue enormemente dichoso: no haber podido incluir a todos aquellos
blancos que hubieran merecido estar en este volumen y no están, por lógicas
razones de extensión de la obra. Por tal motivo, quiero pedirles que, aunque no
encuentren su nombre ni su rostro en estas páginas, se sientan representados
en los que sí aparecen. Cada uno de ellos figura en nombre propio, porque lo
merece, pero también en nombre de muchos más.
Quiero agradecer muy especialmente a toda la gente que hizo posible
esta publicación. Al Centro de Estudios del Partido Nacional, que no sólo es
responsable de publicar la Revista Blanca sino que propuso la idea y se encargó
de su ejecución. A las personas que estuvieron en el terreno haciendo entrevistas:
Nicolás Martinelli, David Puig y Raúl Vallarino. A Manuel Botana, que fue el
encargado de armar la agenda y organizar el transporte y alojamiento. A la gente
que estuvo en el diseño de la revista (tanto en papel como en versión digital)
y en la edición de videos: Tania Pérez y Camila García. A todos los diputados,
senadores, intendentes y dirigentes que nos proporcionaron listas de candidatos
a ser entrevistados. A los referentes locales que recibieron a los entrevistadores,
los acompañaron y los alojaron. Y a muchos donantes que aportaron los recursos
necesarios para financiar este gran esfuerzo.
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Lo que hay a continuación son 180 historias de amor con el Partido
Nacional. Historias que hablan de tradición y de convicciones, de identidad y de
actos de elección, de viejas raíces y de llegadas recientes. Cuando uno pasa las
páginas y las lee, dos cosas llaman la atención. La primera es la enorme riqueza
humana de la que todos los días se nutre el Partido Nacional. En nuestros
militantes está reflejado, como estuvo siempre, el Uruguay entero. Sin necesidad
de decirlo, somos un partido auténticamente diverso e inclusivo. Lo segundo
es el sentimiento de unidad que surge de los testimonios. Los entrevistados se
identifican con el Partido Nacional como un todo, más allá de su elección de
sectores y agrupaciones. Cuando nombran a sus grandes referentes hablan a la
vez de Herrera y de Wilson, de Oribe y de Saravia, reuniéndolos en una única y
gran historia. El Partido Nacional es, hoy más que nunca, un partido diverso y
unido.
Pocos partidos en el mundo tienen esta capacidad de recibir tanto amor de
tanta gente diferente. Cuando entendemos este hecho en toda su dimensión, nos
damos cuenta de que tenemos 180 años a nuestras espaldas, pero muchísimos
más por delante. Nos sentimos muy orgullosos de nuestro pasado, pero estamos
proyectados hacia el futuro.
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“Un partido de todos”
María Echave
(Colonia Española, Colonia)
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“El verdadero blanco
va de frente”
Hugo Portillo
(Rafael Peraza, San José)
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“Sé lo que es venir de abajo”
Derby Falcón
(Villa del Cerro, Montevideo)
Le gusta presentarse con sus dos apellidos: Derby Falcón Maneiro. Eso le da
la oportunidad de recordar que su familia materna estuvo entre las primeras que
se instalaron en la zona del Cerro, para trabajar como empleados de la industria
frigorífica que empezaba a desarrollarse. Así fueron en el origen y así siguen hasta
hoy: siempre trabajadores, siempre blancos, siempre en el Cerro.
La primera vez que se eligieron ediles locales mediante voto popular, Derby
fue elegida para integrar el CCZ 17. Fue la candidata que tuvo más votos en todo
el Departamento de Montevideo. Luego de esa primera experiencia, lleva dos
períodos como edila departamental suplente.
Trabaja cotidianamente en una zona en la que hay más de 70 asentamien-
tos, y eso despierta su rebeldía. “Me crié en un barrio popular, de gente traba-
jadora, que se ha ido empobreciendo. Hoy hay mucha miseria. La gente se instala
en los asentamientos y pasa el tiempo sin que haya mejoras. Están los abuelos, los
hijos y los nietos. Van a hablarles mucho, todo el tiempo, pero se hace muy poco
para cambiar las cosas”.
Para buscar respuestas a esa realidad, Derby eligió trabajar en la Comisión
de Asentamientos de la Junta Departamental de Montevideo. “Sé lo que es venir
de abajo”, dice. Y eso la empuja a buscar soluciones sin perder tiempo.
Derby está en política desde los 17 años. Y desde entonces no ha bajado los
brazos. “La política es el medio que elegí en mi vida para poder hacer algo por los
demás”. Desde hace años milita en la Lista 250 del Partido Nacional.
Con una larga experiencia de trabajo en el terreno, Derby les pide a los
jóvenes que se involucren en la política, en las organizaciones barriales y en los
sindicatos. Y le pide al partido al que pertenece “que sea un partido cada vez más
cerca de la gente”.
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“Quiero ser gobernada
por blancos”
María Jesús Mosegui
(Progreso, Canelones)
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“Cuando fui a charlar,
me abrieron las puertas”
Juan Sebastián Rodríguez
(Colonia del Sacramento/ Montevideo)
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“Vestidos blancos y moñas
celestes en las trenzas”
Aurora Saroba
(Pocitos, Montevideo)
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“La política me ayudó”
Lo suyo son los motores. Trabaja como camionero y su hobby son las carre-
ras de autos. Ha ganado varios trofeos en competiciones locales.
Tiene 23 años y vive con su familia. En total son cinco hermanos. Mientras
Gonzalo habla, lo acompañan su madre Lilí y su hermana Fernanda, una dulzura
con Síndrome de Down.
Gonzalo nació en el campo. “Para ir a la escuela teníamos que hacer cinco
kilómetros a caballo hasta la parada, y ahí esperar el ómnibus. A la vuelta de la
escuela ayudaba a mi padre a alambrar. Hacía pozos, clavaba estacas, ponía hilos
y arranques. También lo ayudaba a criar chanchos”.
Cuando se fueron a Paysandú hubo que adaptarse. “Ni mi padre ni yo
conocíamos la ciudad. Cuando nos instalamos en este barrio, la nuestra era la
tercera casa que se hacía. Ahora parece una ciudad”.
Gonzalo quiere seguir creciendo como creció su barrio. Sueña con formar
una familia tan unida como la que tiene y “tener mi propio camión, para trabajar
para mí”. La vida del camionero es dura y arriesgada. “Hay que cuidarse del sue-
ño, y aunque no tengas sueño, el que viene enfrente puede venir con más horas
que vos y se puede dormir. Pero es algo que hago con gusto”.
El interés por la política se le despertó cuando llegaron a Paysandú. Lo invi-
taron a integrarse a un grupo de jóvenes y él aceptó. Su idea era ayudar al país,
pero ahora se da cuenta de que también se ayudó a sí mismo. “Yo era un gurí cerrado,
tímido, que no tenía mucho vocabulario para hablar con personas mayores. La
política me ayudó”.
Para Gonzalo y su familia, el tema de la discapacidad importa mucho.
Sienten que falta apoyo y que alguna gente discrimina. Pero también dicen que
los uruguayos son solidarios. “Cuando pasan cosas como la de Dolores, la gente
es la primera en dar respuesta, después viene el gobierno”.
En su actividad como militante, a Gonzalo le gusta recorrer los pueblos para
hablar con la gente del interior, como él. “Me gusta hacerlo y el partido nos da
herramientas”.
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“Sueño con mujeres inteligentes
en el gobierno”
Renée Villanueva
(Tarariras, Colonia)
Nació en un paraje rural y vivió hasta los quince “en un ranchito cerca del
río San Juan”. La familia se mudó para que ella pudiera cumplir el sueño de ser
maestra. “En aquella época los padres no dejaban que la nena se fuera sola al
pueblo”. Al entrar al liceo se encontró “con muchachos de doce años que venían
de la escuela urbana y tenían muchos conocimientos. Al principio me sentí medio
perdida. Me mandaron una redacción en Idioma Español y la hice con mi lenguaje
rural. La profesora, que aún vive, dijo que mi redacción estaba muy bien. Tenía
mucha psicología. Ahí empecé a tomar fuerzas”.
Renée terminó el liceo, hizo magisterio y enseguida se puso a trabajar.
Tenía una razón poderosa: a los 16 años se había enamorado. Él tenía 23.
“Tuvimos que esperar ocho años, porque él era obrero de Vialidad y ganaba muy
poquito. Entonces yo me propuse recibirme para que nos pudiéramos casar”.
Al mismo tiempo se casó e inició su vida como maestra. “Trabajé desde
los 23 hasta los 55 años en la escuela pública. El primer año tenía que viajar 120
kilómetros todos los días, hasta Palmira. Después estuve dos años en una escuela
rural. Me tenía que quedar a dormir en medio de un monte. Al principio tenía
miedo, después ya no supe lo que era eso. Las que no me dejaban dormir eran las
comadrejas en el techo. Después me pude trasladar. Nos extrañábamos horrible
con mi esposo”.
Para Renée, el trabajo de maestro sólo da resultado si hay un gran com-
promiso personal. “Primero tenés que conocerlos y quererlos, darles calor, para
después empezar con el aprendizaje”.
Hoy, a los 81 años, está jubilada, tiene cuatro hijos y seis nietos. Hace ocho
años que enviudó. Desde hace dos décadas trabaja en una biblioteca infantil don-
de lee cuentos. “Todavía me gusta trabajar con los niños”.
Cuando Renée era niña, veía colgadas en una pared las armas que su abuelo
había usado en 1904. “Ser blanco es luchar por la democracia, por la libertad en
todos los ámbitos”. Quiere ver ganar a los blancos. “Sueño con mujeres inteligen-
tes en el gobierno”.
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“Todo va a seguir cambiando”
Federico Scuoteguazza
(Carrasco, Montevideo)
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“Vamos por buen camino”
Elena Bentancur
(Parque Posadas, Montevideo)
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“Un país de cambios”
Ariel Giorgi
(Barra de Carrasco, Canelones)
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“Una vocación de servicio
que se vuelca en militancia”
Julio César Debia
(San José de Mayo, San José)
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“El partido de la verdad”
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“Brindar a los demás
lo que una siente”
Juana Teperino
(Chuy, Rocha)
Nació en Montevideo pero vive en Rocha. Su padre era colorado, pero ella
es blanca entusiasta y militante. Tiene 58 años, está casada, tiene tres hijos y tres
nietos. Su familia es su principal motivo de satisfacción.
Pero Juana tiene otros motivos para sentirse legítimamente orgullosa. Des-
de hace años es un puntal de la solidaridad social en la zona del Chuy. La comisión
que preside atiende a varias decenas de niños, organiza bailes para adolescentes
y los impulsa a participar en actividades deportivas. También distribuye ropa y
alimentos, y organiza festejos en fechas especiales como Navidad, el Día del Niño
y el Día de la Madre. “Aquí hay mucha exclusión social y muchos niños sin com-
pañía”, dice. Hoy cuentan con financiamiento de la Intendencia de Rocha, gracias
a un proyecto que ganaron. “Estamos intentando tener un salón; justo ahora es-
tamos terminando de construirlo”.
En paralelo con su tarea social, Juana despliega una intensa actividad políti-
ca. Milita en la Lista 2014 de Alianza Nacional, que impulsó la candidatura del edil
José Luis Molina a la Intendencia de Rocha. “Es una agrupación muy linda. Hay
mucho compañerismo y todos tratamos de trabajar por la gente”. Actualmente es
edil departamental suplente.
Juana no mezcla su trabajo social con su militancia partidaria, pero sabe
que ambas se unen en un punto. Para ella, “lo más lindo que hay es poder brindar
a los demás lo que una siente”.
A Juana le preocupan los problemas sociales y cree que el Partido Nacional
es el instrumento para dar una respuesta adecuada desde lo político. “El Partido
Nacional tiene ideas y tiene gente muy capaz. Pero no es solo eso. Es también la
manera de trabajar, con respeto y en diálogo con la gente. Nuestros dirigentes
recorren, escuchan, comparten vivencias. Y eso es muy importante para todos”.
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“Una herramienta para tratar
de ser mejor”
Luis Marcelo Valle
(Malvín Norte, Montevideo)
Mecánico de profesión, Luis dedica las horas que el taller le deja libres a
estar con su hijo y a militar en el Partido Nacional. Se vinculó en el año 2008, a
partir de un contacto por Internet. “Tenía la iniciativa de empezar a militar y no
sabía dónde. Hasta ese momento no tenía partido. Ahí me contacté con gente de
la Lista 404, que recién estaba empezando. Hacía apenas unos 20 días que estaba
en formación. Me gustó lo que encontré y empecé a militar con ellos. Me definí
ese mismo año. Compartíamos las mismas ideas y siempre me sentí muy a gusto,
en aquella época cuando éramos poquitos y ahora que somos bastantes”.
Para Luis, el desafío que hay por delante es seguir creciendo. Por eso le
gusta participar en la tarea de acercar gente nueva. Es un trabajo constante y caso
a caso, pero no le parece difícil porque “el Partido Nacional es el único que tiene
iniciativa”.
Para las personas con las que Marcelo charla en Malvín Norte, dos preocu-
paciones prioritarias son la inseguridad y los problemas generados por la mala
gestión de Montevideo, como la basura, la falta de iluminación y el mal estado
de las calles. También la marcha de la economía, que cada vez inquieta más a la
gente. Todos esos problemas exigen soluciones que hoy no se están dando. Eso
lo interpela como vecino y como ciudadano: las cosas no pueden seguir así. Por
eso siente que no hay que quedarse quieto ni desentenderse de los problemas
comunes.
Para Marcelo, la militancia en el Partido Nacional es un camino para me-
jorar al país, pero además es un camino de superación personal. “Es una buena
herramienta para tratar de ser mejor”. Pensar en los demás es la mejor manera
de encontrarse con lo mejor que cada uno tiene.
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“El que peleó contra la dictadura
fue el Partido Nacional”
Ángel Daniel Más
(Durazno, Durazno)
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“Siempre te van a respetar”
Eloisa Priliac
(Chuy, Rocha)
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“Esto es una militante
del Partido Nacional”
Teresa Berriel
(Puntas de Manga, Montevideo)
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“Saravista y blanco a rajatabla”
Él fue maestro rural durante más de 30 años. “Pasé por varias escuelas y
distintos lugares. Empecé en Florida, estuve en Salto, donde cada día hacía veinte
kilómetros en bicicleta para dar clase. En 31 años de maestro, sólo falté 8 días por
enfermedad. El educador tiene que ser educador en el barro, con frío, con calor.
Tengo varios ex-alumnos profesionales”.
Ella es modista y también lleva toda una vida trabajando. “Alguna vez pensé
en cambiar de profesión pero siempre volví a esto. Se ve que la costura es mi
don”. Robándole horas al tiempo que pasa detrás de la máquina de coser, hoy
está haciendo un curso de administración de empresas.
Elio es blanco. Loreley es colorada. Hace 35 años que están juntos, “como
novios, como amigos, como compañeros en todas las luchas”. Tienen 3 hijos: Juan
Antonio, Jesús Miguel y Rodolfo. Los tres son blancos. “No logré tener ningún
colorado”, dice Loreley a las risas. “Como somos familia, yo los acompaño a mu-
chas reuniones y muchos actos. Hemos ido varias veces a Masoller”.
Elio cuenta orgulloso que desciende de esclavos y de indios. “Somos de una
familia muy humilde, de la Cuarta Sección del Departamento. Cuando se vinieron
para la ciudad de Artigas, en 1958, sólo trajeron un ranchito de tablas. Pero todos
pudimos estudiar. Por eso, cuando ahora dicen que no pueden estudiar porque
falta esto o aquello, yo digo que no hay vergüenza. Con la pobreza lo justifican
todo. Pero se puede ser pobre y honrado, y querer trabajar para mejorar”.
Elio dirige una aparcería que se llama “Lanceros de Aparicio”. Se define a
sí mismo como “saravista incondicional y blanco a rajatabla”. Cuenta que una
maestra colorada lo presionó para que cambiara y lo hizo más blanco todavía. Su
poema preferido es “Orejano”, de Serafín J. García.
Loreley lo acompaña en sus actividades tradicionalistas. A veces discuten
sobre historia partidaria y ninguno afloja. Pero, cuando se organizan reuniones
del Partido Nacional, Loreley cocina para todos. Las compras las hacen juntos
cada mañana.
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“Estamos más vivos que nunca”
Santiago tiene 49 años, hace 25 que está casado con Virginia y tiene dos
hijos. Milagros tiene 22 y es la mayor. Estudia la carrera de Contador Público en la
Universidad de Montevideo y trabaja en un estudio contable.
Santiago fue al colegio Maturana y después al Juan XXIII. “Conservo amigos
desde que tengo uso de razón. Los amigos y la familia son la base de la conviven-
cia”. Milagros fue al Woodlands y después al Juan XXIII.
Los Campomar son católicos practicantes. Santiago y su esposa participan
de un grupo de matrimonios que se reúnen en la parroquia. “Hemos tratado de
educar a nuestros hijos sobre la base de esos valores y practicarlos día a día”. Mi-
lagros empezó a hacer tareas de voluntariado con los salesianos. Cuando terminó
Bachillerato siguió yendo a Los Tréboles, un centro que hace actividades educa-
tivas y recreativas.
Santiago pertenece a una generación golpeada por el acontecer político.
“Nos tocó vivir el fin de la democracia, toda la dictadura y luego la apertura. A los
17 o 18 años viví la salida de la dictadura. Fue una efervescencia hermosa. Con
Virginia estábamos en el Juan y ya éramos novios. Empezamos a militar en ACF y
después en el Movimiento de Rocha. Me acuerdo que un día llevamos al ‘Panza’
Zumarán al Centro de Exalumnos. Lo hicimos medio a escondidas y el cura casi
nos mata. Era una época brava. Salíamos a repartir volantes y más de una vez
terminamos en una comisaría”.
Santiago creció en un hogar mixto: su padre era colorado y su madre blan-
ca. Milagros nació en un hogar cien por ciento blanco, “con pegotines en el auto y
banderas en la casa cada vez que había elecciones”. Cuando llegó a la adolescen-
cia, “en un momento me puse antipolítica”. Pero la cosa no duró. “En las últimas
elecciones internas papá organizó una reunión en una casa con Luis Lacalle. Yo
me resistía a ir, pero él insistió. Al final fui y me copó la propuesta. Voté en las
internas, que era algo que no tenía pensado, y poco después estaba militando”.
Padre e hija comparten un mismo entusiasmo. “Nos dieron mil veces por
muertos y estamos más vivos que nunca”.
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“El trabajo no mata a nadie”
Ramón Britos
(Barros Blancos, Canelones)
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“Leyendo la historia,
es muy difícil no ser blanco”
Ana Santos
(Pocitos, Montevideo)
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“Una mujer rural”
Judith Barboza
(Ciudad del Plata, San José)
“Soy tejedora desde que nací. Me crié entre lanas junto a mi madre, que
era una mujer rural de la Quinta Sección del Departamento. Soy la más chica de
cinco hermanos. No teníamos luz, íbamos a la escuela rural y había que hacer 15
kilómetros para llegar a la ciudad. Éramos muy humildes, pero felices y unidos”.
Hasta los 28 años vivió en el campo. “Fui una mujer rural, ordeñando vacas
y trabajando junto con mi padre. Cortaba maíz o lavaba zanahorias en el arroyo
para llevar al mercado. Hace treinta años que me vine a la ciudad, junto con mi
esposo y mi hija Noelia. Tengo 57 años. Llevamos 34 de casados”.
Judith no se olvida de las mujeres como ella: “Admiro el sacrificio que se
hacía antes y que se sigue haciendo. La mujer rural es mamá, ama de casa, com-
pañera de trabajo en el campo, participa en todo”. Ella misma es un ejemplo
de lo que dice. Cuando todavía vivían en campaña, tres veces por semana tenía
que ir a Montevideo para llevar a su hija, que nació con capacidades diferentes.
“Hacíamos tres kilómetros a caballo para llegar a un camino de balastro. Después
otros siete hasta la Ruta 1. Ahí, en el kilómetro 85, tomábamos el ómnibus. Nunca
había ido a Montevideo, así que tuve que hacerme de coraje”. Noelia murió hace
más de veinte años. Judith y su esposo también tuvieron un hijo varón, Roger,
que tiene 28.
Judith vive ahora en Ciudad del Plata, pero no abandonó el tejido. Trabajó
12 años en Manos del Uruguay. “Hoy tengo un pequeño taller. Soy la referente
de un grupo de nueve mujeres. Trabajamos juntas desde hace muchísimos años.
Tejemos a mano y a máquina, hacemos crochet. Entre todas nos complementa-
mos. Yo tejo con ellas, pero además hago los contactos con los talleres para los
que trabajamos. Es una responsabilidad muy grande asumir determinada entrega
y después cumplir”.
Ella es la única de los cinco hermanos que hizo política. “Con mi marido
empezamos a militar en la Juventud y después seguimos en el Partido Nacional
hasta hoy”. Lo que la atrajo fue la figura de Wilson. “Escuchar a Wilson era algo
muy lindo. Te emocionaba, te llegaba muy hondo. Eso fue cuando era joven. Hoy
en día, mi referente es Luis Lacalle Pou”.
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“Un partido de hombres libres”
Nació en Rivera en un hogar muy pobre. “No voy a decir que pasábamos
hambre, pero muchas veces nos faltó un pan. Yo tuve que salir a trabajar a los
siete u ocho años: hacía mandados para la policía. Les llevaba un termo de café o
las polainas, que todavía usaban, a todas las garitas. Ellos me daban esas changas
porque un día llevé a la comisaría un billete de cincuenta pesos que había encon-
trado en la calle. Por honesto me premiaron así”.
En esa época también juntaba leña y vendía maníes en el liceo. “Mi madre
era muy pobre y muy honesta. Teníamos que explicar de dónde había salido todo
lo que llevábamos a casa. Nos controlaba mucho para que no se nos ocurriera
robar. Por eso nosotros nunca ensuciamos nuestro nombre. Somos de tener poco
pero bien habido. Nunca pisé una cárcel”.
A sus 73 años, Deomar todavía recuerda con gratitud a quienes lo ayudaron
en aquella época dura. Entre ellos reserva un lugar especial al diputado Mario
Heber, “que me ayudó mucho, igual que a mucha gente”.
A los 11 años se fue a vivir a Montevideo, “medio escapado”. Llegó en Onda
y las primeras noches durmió en la Plaza Cagancha. Hizo de todo para ganarse
la vida: lavó taxis, trabajó en un restaurante y en una empresa naviera. Al final
terminó embarcado: “Estuve 12 años en un barco finlandés. Di la vuelta al mundo
como tres o cuatro veces”. Cuando volvió puso un negocio de reparación de cale-
fones que funcionó durante 25 años. “Me adapté a todas las circunstancias de la
vida”.
Cantor y recitador, a Deomar le gusta “ser libre, campechano y frontal”.
Siempre fue hospitalario y de dar consejos. “Hay gente que necesita un plato de
comida y otra que necesita una tunda de palabras”.
Para Deomar “el Partido Nacional es como la familia. Mi bisabuelo Guedes
Mena fue comandante de campo del general Aparicio Saravia. Era tenaz. Se
sacaba las balas con un pedazo de alambre al rojo vivo, así cicatrizaba y seguía”.
Militante del Espacio 40, se siente blanco por sus raíces pero sobre todo por sus
ideas: “El Partido Nacional es un partido de hombres libres y abierto a todos. Así
debe ser. La política se hace de tú a tú, hablando entre todos”.
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“Un partido unido y con ganas
de ganar las elecciones”
Mario Henderson
(Pueblo Gallinal, Paysandú)
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“La opción válida”
Teresita Meléndrez
(Santa Catalina, Soriano)
Se llama Celio en honor a Celio Taveira filho, un brasileño que jugó en Na-
cional de Montevideo y era el ídolo de su padre. Tiene 46 años y vive con su fa-
milia en el pueblo Mevir de Capurro, a treinta kilómetros de la ciudad de San José.
Es padre de cuatro hijos. El más chico tiene nueve años. “Soy muy familiero”.
Nació en Pueblo Nuevo, a dos kilómetros de donde vive hoy. Eran siete
hermanos que incluían dos pares de mellizos. Celio es uno de ellos. Su padre era
empleado rural: trabajaba en las chacras de la zona. Su madre era ama de casa.
Fue una infancia dura y peleada. “A veces, lo único que teníamos para comer
era boñato sancochado. Mi vieja hacía un budín de pan en una asadera y cortaba
con cuidado para que los nueve comiéramos igual”. Más allá de la escasez y de las
dificultades, Celio se siente orgulloso de la educación que le dieron sus padres. Le
transmitieron valores que practica hasta hoy.
Con sólo ocho años empezó a trabajar en las quintas de la zona. “Trabajaba
de mañana y de tarde iba a la escuela”. En esas condiciones hizo hasta sexto año.
Después dejó de estudiar. Trabajó mucho tiempo en una estación de servicio.
Ahora es empleado municipal.
El primer recuerdo que tiene Celio de su trabajo con la gente se remonta a
cuando tenía seis años. “A una familia vecina se le incendió la casa y se quedaron
sin nada. Se hizo un beneficio y yo salí a vender ravioles casa por casa. Ahí arran-
qué”.
Celio concibe su trabajo político como una prolongación de aquel gesto.
“No quiero una acción política que sea cada cinco años. Me gusta estar siempre
en contacto con la gente, darle una mano al vecino, buscar soluciones. Y cuando
conseguimos hacer cosas, como las plazas que hemos hecho, que el vecino las
cuide porque las siente suyas. Eso es lo que me dio el Partido Nacional: la posibi-
lidad de estar trabajando para la gente y con la gente. Yo trabajo con el vecino. El
Partido Nacional me abrió las puertas para hacer muchas cosas que no hubiera
podido hacer solo. Y cuando golpeás esas puertas, hay gente buena que está”.
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“Un partido que siempre se
interesó en el interior”
María Noel “Perla” Corbo
(San Luis al Medio, Rocha)
Se llama María Noel pero le dicen Perla. Tiene una hermana gemela y seis
hermanos más (una fallecida). Sus dos abuelos pelearon con Saravia. Al abuelo
Floro le mataron el caballo en plena batalla. Ella es soltera, tiene una hija de 32
años y un nieto de 12 que se llama Aparicio.
María Noel vive a dos kilómetros de San Luis, pero nació en pleno campo,
cerca de Isla Negra. El paraje era tan apartado que no había escuela cerca. Su
padre contrató una maestra para que se fuera al campo y les enseñara a los hijos.
“La escuela a la que yo fui era en mi casa”.
Siempre le gustó la vida de campo. “Es una vida tranquila, de trabajo. Hay
relaciones muy lindas con los vecinos, nos conocemos todos por el nombre. So-
mos muy solidarios. Cada uno sabe hasta lo que come el otro”. Últimamente, esa
vida calma se ha visto sacudida por la inseguridad. “Acá sobre la Ruta 19 hay 14
casas. De esas han robado en 12, alguna hasta en tres oportunidades. Roban de
todo y en especial armas, que es lo más temible”.
María Noel espera ansiosa el triunfo del Partido Nacional, porque la experi-
encia le dice que sabe gobernar. Ella recuerda lo que pasó cada vez que ganaron
los blancos: “En 1958, este pueblo no tenía nada. No teníamos luz, no teníamos
agua, no teníamos el puente sobre el río San Luis, no teníamos la Ruta 19. Llegó
el Partido Nacional al gobierno e hizo todo. El pueblo se transformó. Hizo la casa
del médico, la policlínica, todo lo que tenemos hoy. Después, cuando el gobierno
de Lacalle, se hizo el dique que ronda el pueblo, que desde que se hizo no se a-
negó más. También se hizo el salón comunal, la cancha de paddle, el preescolar.
El Partido Nacional siempre se interesó por el interior. A los blancos nos interesa
la Patria, seamos o no seamos gobierno”.
María Noel milita en la Lista 2014 de Alianza Nacional. “Me gustan las ideas
del senador Larrañaga, como lo de construir 500 escuelas de tiempo completo o
crear una Guardia Republicana. Son buenas ideas. Me gustaría que fuera presi-
dente”.
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“Hay gente muy capacitada”
Francisco Ocampo
(Mercedes, Soriano)
Se casó a los 21, y en los años siguientes llegaron siete hijos. “El mayor tiene
61 y fue edil del Partido Nacional. El menor tiene 49. Todos seguiditos. Fue una
lucha criarlos, mandarlos a la escuela, darles lo que necesitaban para estudiar.
Hoy son todos gente de familia. Tenemos nietos y bisnietos. Con la patrona segui-
mos juntos hasta hoy. Ella tiene 79 y yo 82. Somos una familia realizada, estamos
cumplidos. No tenemos plata pero tenemos salud”.
Francisco nació en un hogar de obreros y tuvo que ponerse a trabajar en
cuanto terminó la escuela. “Desde entonces mi vida ha sido eso”. De joven jugó
al fútbol e hizo trabajo duro. “En aquella época era la albañilería y las barracas.
En Mercedes había siete barracas, cada una con su muelle, donde entraban los
barcos a cargar todo el cereal que se recogía”. Más tarde entró al Correo, donde
estuvo treinta años. De ahí pasó a Hidrografía. “Estuve cinco años recorriendo el
río, poniendo boyas hasta que me jubilé”
Cuando tenía 17 años se vinculó al Partido Nacional. “Recién había sacado
la credencial y me metí. Cuando venía don Luis Alberto de Herrera y hablaba con
esa voz medio recortada, me convencía de que era una persona excelente que
había que seguir. Ahí fue que arrancamos y ya no lo cambió nadie”.
A esta altura, Francisco lleva muchas campañas electorales encima. “El
político que más seguí fue Francisco Mario Ubillos. Con él recorrí mucho arriba de
un camión. Elección tras elección, recorríamos todo el departamento, localidad
por localidad. Así seguí haciéndolo con otras figuras. En los años más recientes,
con Guillermo Besozzi y Agustín Bascou nos metíamos en los ranchos más po-
bres”.
Francisco está convencido de que el Partido Nacional va a ganar las próxi-
mas elecciones y que eso va a ser bueno para el país. “Hay gente muy capacitada.
Lacalle Pou, con toda la vitalidad y toda la inteligencia que tiene. Y acá tenemos a
Besozzi, que es excelente. Tenemos grandes valores”.
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“Queremos cambiar el país”
Leidy González
(Montevideo/Treinta y Tres)
“Cuando tenía ocho años, con mi papá salíamos a hacer campaña política.
Pasábamos todo el día con el parlante en una Fiat Fiorino que teníamos. Yo era
la encargada de repartir los volantes. ¡Hacíamos todo eso en nuestro pueblo,
Rincón, que tiene 800 habitantes!”.
Desde aquel tiempo hasta hoy, Leidy no ha dejado de trabajar para el Par-
tido Nacional. Ahora tiene 26 años, está casada con un artiguense, tiene una hija
de tres años y está viviendo en Montevideo. “Hice el liceo en Vergara y después
me vine para la capital a estudiar. Hace casi diez años que estoy acá”. Hace un
tiempo también se vino su hermana. Las dos siguen yendo con frecuencia a
Rincón y sus padres también vienen a verlas. “Sin el apoyo de ellos, no podría
haber hecho lo que hice”.
Leidy estudió periodismo, y ha hecho radio y producción de televisión. Tam-
bién trabajó en el Parlamento, en la secretaría del diputado Mario Silvera. “Ahí
adentro aprendí muchísimo.” Últimamente ha estado dedicada a su hija, pero
le gustaría volver a la actividad. Fiel a su vocación, se mantiene muy informada
y tiene opinión sobre los problemas que afectan al país. Para ella, los dos más
graves son la educación y la seguridad. “En un pueblo de 800 habitantes ya no se
duerme con la puerta abierta”.
Cuando llegan las campañas electorales, Leidy se va a militar al Departa-
mento de Treinta y Tres. “Cuando me necesitan, me voy. A mí me gusta mucho el
contacto con la gente, intercambiar opiniones, tratar de entender lo que quiere el
otro. Me gusta andar”. En la última campaña apoyó la candidatura de Lacalle Pou.
Como ocurría cuando tenía ocho años, Leidy se siente orgullosa de su con-
dición de blanca. “El Partido Nacional es un partido honesto y de gente capaz, con
candidatos jóvenes, con ideas frescas. Es un partido que está unido y renovado.
Queremos cambiar el país”.
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“Gente de todos los lugares
y todos los ambientes”
Marta Medina
(Colón, Montevideo)
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“Personas que pueden sacar
el país adelante”
Axel Bevans
(Lomas de Solymar, Canelones)
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“Nunca nadie me dijo
lo que tenía que pensar”
Víctor Hugo Del Valle
(Villa del Cerro, Montevideo)
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“Un partido representativo”
Está casada, tiene dos hijos, seis nietos “y otros cuantos postizos”. Dis-
tribuye su tiempo entre las tareas de ama de casa y el puesto de verduras que
tiene la familia. También hace tareas comunitarias en la zona. “Hay familias que
tienen problemas, gente que necesita y merece una ayuda, pero a veces está en
lugares donde nadie quiere ir. Por eso tenemos que organizarnos para dar una
mano. A veces faltan cuadernos, a veces faltan remedios, a veces falta un par de
medias. A veces nosotros conseguimos lo que falta y otras veces hay que presio-
nar a instituciones como ASSE para que den respuestas”.
Nació en el barrio Jacinto Vera de Montevideo e hizo primaria en una escuela
pública de la zona. Le gustaba patinar y jugar a la pelota en la calle. “Siempre me
gustaron los juegos de varones, así que me mezclaba con ellos. Nos divertíamos
mucho. Todo era muy sano en aquella época”. El final de su infancia lo pasó en el
Cerrito de la Victoria.
Cuando Noemí era muy joven se trasladó a Progreso, a casa de su abuela.
Allí fue donde conoció a su esposo. “Nos casamos cuando yo tenía 17 y él 19”. Al
principio se instalaron en una zona rural, pero “cuando nacieron los hijos salimos
a trabajar afuera, porque la quinta no daba”. En esa época se mudaron a la ciudad
de Las Piedras.
Viene de una familia “muy repartida entre los partidos políticos”. Había
para elegir, pero ella decidió seguir la huella de su padre, que era blanco. Le atrajo
el Partido Nacional “por su idealismo” y por su voluntad de construir un futuro
para el país. También porque “es un partido representativo”, capaz de recoger y
de reflejar las necesidades de todos los uruguayos.
Hace unos años empezó a militar en la zona de Progreso. Trabaja con el
diputado Amin Niffouri. “Las personas con las que he tratado son gente como
somos todos. Hay diálogo y hay respeto. Ahí adentro somos todos iguales”.
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“Hacer trabajo político
sin pelear”
Nelson Méndez
(Salto, Salto)
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“No hay que sentarse a esperar
que los políticos cambien”
César Braga
(Artigas, Artigas)
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“Mucha gente buena”
Isabel Vega
(Paysandú, Paysandú)
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“Nunca dejé de hacer nada
por miedo a perder”
Ana Finozzi
(Salto, Salto)
Nació en una familia “bien del interior, humilde y trabajadora”. Su padre era
camionero. “Andaba mucho afuera, pero cuando estaba en casa daba mucho
amor”. Su madre pasaba horas sentada detrás de la máquina de coser, haciendo
la ropa para sus cinco hijos. “Usaba las bolsas de azúcar para hacernos soleritas”.
Tenían gallinas, ordeñaban y sacaban agua de un aljibe.
Su abuelo Juan, al que conoció ya muy mayor, se había sumado con apenas
14 años a la revolución de Aparicio Saravia. “Como era menor de edad no lo de-
jaban combatir y lo mandaban a ocuparse de las caballerías. Contaba que durante
la guerra tenían tanta hambre que hacían sopa con el cuero de las botas. Se sentía
orgulloso de haber peleado por aquellos ideales. De mayor era un hombre muy
estricto pero con una ternura impresionante. Nos enseñó a amar la naturaleza”.
El padre de Ana y toda su familia eran colorados. “Lo que me hizo sentirme
blanca fue la rebeldía contra la injusticia, contra las cosas que están mal. En los
ideales del Partido Nacional van juntas la rebeldía y la lucha contra la injusticia.
Por eso somos los defensores de las leyes y los defensores de los más débiles”.
A los 58 años, Ana se enorgullece de sus logros pero también de sus fracasos.
“Como buena blanca, nunca dejé de hacer nada por miedo a perder”.
Ana tuvo años de militancia política muy fuerte. “Años en los que pasaba
por casa a buscar una cebadura de yerba o un pedazo de galleta, y desaparecía
todo el día. Fueron años de mucho contacto con la realidad. Las personas con las
que milité en esa época se convirtieron en hermanos de la vida”. Ahora, en otra
etapa, “tengo un perfil más bajo”.
Con mucha experiencia a cuestas, Ana tiene ideas claras sobre lo que hay
que hacer. “En el Uruguay de hoy, proteger a los débiles es recordarles la satis-
facción y el honor que es ganarse el pan con el sudor de tu frente. Mucha gente
ha perdido ese orgullo, ese amor propio. Se lo han hecho perder. Y eso hay que
recuperarlo”.
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“Gente de todos los
grupos sociales”
Mauricio Maia
(Artigas, Artigas)
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“El partido que arrastró más
jóvenes a la militancia”
Gabriel Sánchez
(Sayago, Montevideo)
Nació en Buenos Aires pero es ciudadano natural uruguayo. Hasta los seis
años vivió en Argentina. “El retorno a Uruguay fue un cambio muy grande. Me
costó porque dos hermanos míos quedaron allá”.
Fue a la escuela pública en Peñarol y al Colegio Perpetuo Socorro de
Sayago. Hizo Secundaria y Administración de Empresas en UTU. Hoy, a los 31
años, estudia Ciencias Económicas y trabaja como auxiliar contable.
Uno de sus primeros recuerdos políticos es el festejo en 1989, cuando el
Partido Nacional ganó las elecciones. La campaña de 1994 fue la primera en la
que militó, con apenas 10 años. “Doblaba listas, acompañaba a mi madre a repar-
tirlas por la calle, colocaba pegotines en los autos. Todo eso me divertía. ¡Cuando
terminó la campaña le preguntaba a mi madre si faltaba mucho para empezar de
nuevo!”.
En la campaña de 1999 también militó, aunque todavía no tenía edad para
votar. “Fue duro para los blancos. Nos tocó perder. Tuvimos que sostener bien alta
la bandera en un clima muy difícil”. La campaña de 2004 lo encontró de nuevo en
la calle, y esta vez en edad de votar, apoyando la candidatura de Jorge Larrañaga.
“Ganó el Frente Amplio pero el partido votó muy bien. Fue muy lindo. Tengo un
muy buen recuerdo de esa campaña”.
Hoy milita en la agrupación 430, Los Jóvenes Blancos, donde integra la
Comisión de Diversidad y Género. “Es un terreno en el que falta mucho. La socie-
dad uruguaya tiene un debe importante con el tema género y diversidad. Todavía
hay mucha discriminación”. Hace ocho años que él está en pareja.
Gabriel se ríe de los que dicen que el Partido Nacional es conservador.
“Lo llaman conservador porque tiene historia, porque tiene 180 años. Pero ser
conservador es otra cosa. El Partido Nacional es un partido que cambia, que se
mueve, y es un partido que está del lado de la gente. Por eso, en los últimos años
fue el que arrastró más jóvenes a la militancia política”.
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“Ideas que propuso
el Partido Nacional”
Antonio Núñez
(Paysandú, Paysandú)
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“El que puede traer un cambio”
Amelia Ramos
(Punta de Melilla, Montevideo)
Cría cerdos, vacas y ovejas en una chacra ubicada en la zona rural de Monte-
video. Es una enamorada de la vida que lleva. “Si me sacan del campo, no podría
vivir. Yo soy oriunda de Durazno y desde que nací trabajé en el campo. Hasta hace
15 años ordeñaba a mano 40 vacas y mandaba la leche a Conaprole. Después me
enfermé, me vine para Montevideo y puse esto más chico”.
Amelia trabaja la chacra con sus nietos. Venden lechones y corderos, hacen
queso, remiten leche. También producen unos chorizos caseros que son todo un
éxito. Cuando se la escucha hablar sobre esas tareas, se siente su enorme cariño
por lo que hace.
Hace más de 25 años que Amelia milita para el Partido Nacional. Empezó
a hacerlo con Juan Chiruchi, cuando vivía en la zona de Libertad, en el Departa-
mento de San José. Más tarde conoció a Jorge Gandini y se incorporó a su agru-
pación. Sacó listas en varias elecciones y tuvo clubes políticos. Recientemente
recibió un reconocimiento a la mujer militante, otorgado por la Comisión de
Género Delmira Agustini.
Amelia cree que el país necesita un cambio urgente. “La cosa está muy fea,
no se puede seguir así. Esto tiene que cambiar y el que puede traer un cambio es
el Partido Nacional”. Por eso pide a los jóvenes blancos “que luchen, que no bajen
los brazos, que trabajen mucho como hemos trabajado los viejos. Recorrer día y
noche, hablarle a la gente, invitarla a participar”.
Para Amelia, la política se hace día a día con la gente, acercándose a sus
lugares, escuchando, conociendo sus necesidades concretas. El Partido Nacional
sabe hacerlo porque, casi siempre luchando desde el llano, ha sido toda la vida el
partido de la gente.
Para Amelia nada se hace sin trabajo. Tampoco la política.
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“He seguido los principios de
Nuestro Compromiso con Usted”
Guillermo Amonte
(Nueva Helvecia, Colonia)
Viene de un hogar sin color partidario. “Mi padre era de una idea política
y mi madre de otra. Ninguno de los dos intentó influirme”. Cuando Guillermo
andaba por los veinte años, “surge Wilson Ferreira como candidato a la presiden-
cia”. Su figura lo impactó. “Practicaba una política impregnada de honestidad,
de conocimiento, de principios. Ahí fue que me encolumné detrás del Partido
Nacional. Desde entonces he seguido los principios de Nuestro Compromiso con
Usted, adecuándolos al momento”.
Es un montevideano trasplantado. Nació, creció y estudió en la capital: pri-
maria en la Escuela República del Perú, secundaria en el Zorrilla y en el IAVA, fac-
ultad en la Universidad de la República. Después de recibido se radicó en Nueva
Helvecia. Tiene cuatro hijas y seis nietos. Una de sus hijas es maestra en una
escuela de contexto crítico.
Igual que su padre, Guillermo fue ingeniero agrimensor y docente. Hoy, a
los 65 años, está jubilado de ambas actividades.
Durante sus primeros años en Facultad de Ingeniería tuvo militancia gremial
y política. “El que más hablaba por nosotros en las asambleas de estudiantes era
Ruperto Long¨. Después llegó la dictadura y se terminó la militancia universitaria.
Pero la militancia política siguió. “Me acuerdo de tirar panfletos en motoneta y
de reuniones clandestinas”.
Ejerció la docencia en dos etapas. La primera fue entre 1983 y 1988. “Estoy
entre los fundadores del sindicato de profesores del liceo de Colonia Valdense”.
La segunda fue a partir del año 2000. “Estuve afiliado a Fenapes hasta 2006 o
2007, y ahí presenté renuncia por mi total discordancia con la conducción sindi-
cal”.
Guillermo se identifica con una concepción política “donde el Estado tiene
un rol fundamental de protección a los que menos tienen, pero donde la socie-
dad se maneja sin quedar sometida a lo que establece el Estado. El Estado no me
tiene que decir lo que voy a hacer con mi vida. Lo que le pido es que no deje a na-
die desamparado”. Esa sensibilidad a la vez liberal y solidaria es la que Guillermo
encuentra representada en el Partido Nacional.
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“Un poncho blanco y una
gorra con Aparicio”
Omar Perfecto
(Trinidad, Flores)
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“Mucho cariño y mucha paz”
María Castro
(Durazno, Durazno)
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“En el Partido Nacional veo
mucha cosa buena”
Nilsa Rodríguez
(La Puente, Rivera)
Clara Arocena
(Carrasco, Montevideo)
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“Tradición, patriotismo y
honestidad”
Abayubá Valdez
(Tacuarembó, Tacuarembó)
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“Una larga historia por delante”
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“Todavía sigo sin poder votar”
Delfina Bolazzi
(Libertad, San José)
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“Llevar al poder
al partido del llano”
Fernando Ximénez
(Jacinto Vera, Montevideo)
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“El partido que ha estado
contra todas las intolerancias”
Walter “Serrano” Abella
(Melo, Cerro Largo)
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“Había salido de los
libros de historia”
Romina Bocchi
(Carrasco, Montevideo)
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“La libertad es el
cordón umbilical para los blancos”
Celestino “Toto” Martínez
(Fray Marcos, Florida)
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“Está todo por recuperar”
Andrés Carrato
(Trinidad, Flores)
“En el correr de toda la historia del Uruguay, desde Aparicio Saravia hasta
Herrera y Wilson Ferreira, cuando hubo que resignar intereses, cuando hubo que
pagar costos políticos por el bien del país, el que siempre estuvo dispuesto a
hacerlo sin medir consecuencias fue el Partido Nacional. Para los blancos, hacer
política es hacer lo mejor para el país y para su gente”.
Creció en Arroyo Malo, un paraje rural del Departamento de Flores. “La
infancia en zona rural es lo más lindo que le puede pasar a cualquier niño”. Fue
a la escuela a caballo y, cuando llegó la hora de empezar el liceo, se fue a vivir a
Trinidad con sus abuelos. En 2001 se mudó a Montevideo para estudiar Ciencia
Política. “No me tocó una época fácil. Justo llegó la crisis de 2002. Había mucha
efervescencia en el ambiente universitario, y en especial en la Facultad de Ciencias
Sociales de la Universidad de la República. Un ambiente muy movilizado, pero
que me parecía totalmente alejado de lo que estaba pasando en el país real”.
Sus abuelos eran colorados batllistas. Sus padres eran votantes blancos,
pero no militantes. Él empezó a militar en el Partido Nacional antes de cumplir 18
años. “Todavía sin poder votar ya estaba en un comité, que es el lugar por donde
pasa la vida política en el interior”. Cuando llegó a Montevideo se incorporó a la
secretaría del entonces diputado Ricardo Berois. Una vez vuelto a Flores, empezó
a militar con Armando Castaingdebat.
Casado, con 33 años y un hijo en camino, Andrés cree profundamente en la
política. “Para cambiar y mejorar el país, no hay otra herramienta que la política y
la libertad. El discurso de que todo está perdido no nos ayuda en nada. Está todo
por recuperar. No podemos habernos olvidado de ser uruguayos. Y Wilson decía
que no hay mejor manera de ser oriental que ser blanco. Hay un sentir blanco
que tiene que ver con valores que están en nuestras raíces, como la defensa de la
libertad. Podemos compartir esas ideas, porque el buen blanco comparte. Pero
no podemos dejar de decir que son muy nuestras”.
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“Siempre le tuve fe”
Nació en Paysandú hace 85 años. Cuando tenía tres meses sus padres se
separaron y su madre se la llevó a vivir a Mercedes, en el departamento de
Soriano. Pero un tiempo después la madre se enfermó. Entonces, a los 3 años de
edad, Norma fue entregada a una familia sanducera. “Ellos fueron mis padres.
Eran blancos, completamente blancos. Amigos de Herrera. Me pusieron en el
Colegio María Auxiliadora. Hice toda la escuela y empecé el liceo”.
Cuando tenía 14 años, su padre biológico vino a buscarla. “Había formado
familia y me llevó a vivir con ellos”. Cuando a Norma le tocaba votar por primera
vez, el padre la subió al auto y le dio un sobre. “Yo abrí el sobre y vi que era una
lista del Partido Colorado. Le dije que eso no lo votaba. Entonces mi padre me
hizo bajar del auto, me entró a la casa y me dejó sin votar. Pero yo me casé a los
21 años, y a partir de ahí ya no podía mandarme. Desde ese momento voté al
Partido Nacional. Siempre le tuve fe”.
En cuanto se casó, Norma empezó a militar. Vivía en campaña, pero salía
a repartir listas y a hablar con los vecinos. “Mi marido también era colorado,
pero nunca me dijo que no”. Esa costumbre la mantuvo hasta la última campaña
electoral. En 2014 Norma volvió a pedir listas y salió a repartir y a conversar. Su
candidato en la interna era Jorge Larrañaga. En otras épocas tuvo club y cosió
banderas. Cuando se le pregunta qué siente por el Partido Nacional, se emociona
y dice: “Locura. Para mí no hay otro partido”. Leandro Gómez es la figura histórica
que más admira.
Norma vive hoy en la misma chacra en la que se instaló hace 64 años, cuando
se casó. Tuvo dos hijos “excelentes”, un nieto y una bisnieta. A sus 85 y rodeada
de perros, sigue muy vital y conversadora. “Tuve una vida linda. ¿Qué más puedo
pedir? A veces me acuesto y no puedo dormir. Entonces empiezo a pensar. Un
pensamiento te lleva a otro. Me acuerdo de mi niñez, de mi juventud, de mis
amigas”.
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“No tengan miedo
de creer en algo”
Diana Landoni
(Pocitos Nuevo, Montevideo)
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“Lograr los cambios que
la gente pide”
Rodrigo Galarraga
(Tacuarembó, Tacuarembó)
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“El partido que peleó
por el voto secreto”
Walter Viña
(Trinidad, Flores)
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“El valor de la libertad”
Mariana Wainstein
(Punta Carretas, Montevideo)
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“Si estamos acá
es porque queremos”
Valentina Longui
(Tacuarembó/Montevideo)
Héctor Silva
(Carmelo, Colonia)
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“El partido que más siente
por la gente”
Amílcar y Alejandro Cordones
(Mercedes, Soriano)
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“Ser blanca es no doblegarse”
Su padre era capataz de frigorífico. Ella estudió hasta los 14 años, pero
entonces tuvo que ponerse a trabajar. “Sólo el uniforme que te obligaban a usar
en la dictadura costaba la mitad de un sueldo de mi padre”. Durante años aportó
con su trabajo a la economía familiar. A los 26 años volvió al liceo y se dio el gusto
de terminar.
Cuando le tocó votar por primera vez, en las elecciones internas de 1982,
su padre le dijo que mirara todas las opciones y visitara todos los comités antes
de decidir. Ella lo hizo y confirmó que su lugar era el Partido Nacional. “Lo que
primero me atrajo fue el ambiente. Hice amigos, era como otra familia. Y además
estaba la figura de Wilson”. Fue una época de mucha militancia. “Hasta llegué a
marchar presa. Un día salimos a pedir por la libertad de Wilson y todos los presos
políticos. Yo llevaba una pancarta y terminé en el Juzgado”.
De aquello hace 35 años. Hoy Marita es un puntal de su comité. El día de
las elecciones es la encargada de organizar el transporte, la comida y las carpetas
que van a llevar los delegados. “Yo no soy dirigente. Soy una más. Y no quiero ser
más de lo que he sido hasta ahora. Yo soy para estar con la gente”.
Tiene 53 años y un hijo. Trabaja en la intendencia de Colonia. Hace años
hizo una capacitación para idóneos en acción social. Desde entonces es una de
las personas que maneja las políticas sociales impulsadas por el gobierno
departamental. Hoy tiene a su cargo la zona Oeste del Departamento, que incluye
Conchillas, Ombúes, Palmira, Carmelo y Miguelete.
Sensibilizada por su trabajo, a Marita le preocupa “que haya tanta infancia
abandonada en el país”. También se alarma ante la situación de muchos adultos
mayores. “Son los dos sectores más vulnerables de la población”.
Funcionaria, madre y militante, para Marita “ser blanca es no doblegarse.
Es salir a pelearla contra viento y marea. Y no agachar la cabeza nunca”.
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“Convertir las derrotas
en victorias”
Irma Lugo
(Minas, Lavalleja)
Tiene 80 años y hasta hoy sólo se viste de blanco y celeste. “De niña me
traían algo rojo y lloraba”. Será porque sus dos abuelos fueron servidores de
Aparicio. Será porque su casa era lugar de reunión de viejos blancos “que se jun-
taban a hablar de la guerra”. Ella los escuchaba y registraba. Un día le pidió a su
madre que encargara un diccionario al London París, para buscar las palabras que
no entendía cuando leía El Debate.
Vivió hasta los 16 años en un puesto de estancia cerca de San Jorge, en el
Departamento de Durazno. “En esa época íbamos mucho hasta San Gregorio de
Polanco, porque todavía no estaba la represa. Íbamos a caballo hasta el borde del
Río Negro y cruzábamos en bote”.
Después se trasladaron a Puntas de Penitente, en Lavalleja, porque su padre
había sido contratado como capataz de estancia. Eso sólo duró unos años, porque
su padre murió en 1958. “Era muy blanco, pero lamentablemente no pudo ver
el triunfo del Partido Nacional”. Entonces Irma se fue a vivir a Minas. En ese mo-
mento tenía 22 años y sólo había hecho la escuela rural. Trabajó como telefonista,
en una época en la que no había centrales automáticas y todo pasaba por las
operadoras.
Lo que nunca dejó de hacer fue campaña política. “Para las elecciones de
1954, todavía en campaña, salía a repartir listas a caballo. Y en las de 1958 salía a
recorrer las calles de Minas, aunque apenas conocía porque acababa de llegar”.
El gran referente de Irma es Luis Alberto de Herrera: “un hombre mara-
villoso, humilde, con la capacidad de convertir las derrotas en victorias, como
alguien dijo, porque empezaba de nuevo sin culpar a nadie. Conocía muy bien al
país y a su gente. La gente más pobre siempre fue herrerista”.
Cuando Irma habla del Partido Nacional, se escucha un poco el tono en el
que hablaban aquellos viejos servidores que se reunían en su casa: “cuando el
Partido Nacional salió a pelear, no anduvo escondiéndose en las cloacas ni
secuestrando gente. Salió a cara descubierta a las cuchillas”.
Irma está jubilada y vive en el barrio La Filarmónica de la ciudad de Minas.
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“Ser blanco es
una forma de ver al país”
Oscar Gambetta
(Treinta y Tres, Treinta y Tres)
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“El Partido Nacional
es lo más lindo que hay”
Jacinto Tirelli
(Florida, Florida)
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“Soy blanca
bien puesta, y no reniego”
Iris Fregossi
(La Blanqueada, Montevideo)
Dominga Luna
(Villa García, km. 16, Montevideo)
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“Buscar soluciones para
los problemas del pueblo”
Julio César Castrillo
(Colonia, Colonia)
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“Me sentí tenido
en cuenta y respaldado”
Alexandre Melgarejo
(Durazno, Durazno)
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“Si Dios me da vida
voy a volver a votarlo”
“Maruja” Sánchez Peña
(Ecilda Paullier, San José)
Se llama María, pero en Ecilda Paullier nadie la conoce por ese nombre.
Tiene ochenta años, dos hijos, cinco nietos y seis bisnietos. “Estoy orgullosa de
todos ellos. Los domingos vienen todos a casa. Nos reunimos acá y yo cocino para
todos. Me gusta hacer milanesas, tallarines caseros, estofados, pascualina, albón-
digas dulces, tortas. Me siento bien de salud y soy muy feliz. No le pido a Dios más
de lo que me ha dado”.
Maruja se crió en campaña, en Paso de las Piedras. Hizo hasta cuarto año
de escuela con una maestra particular. “No pude seguir porque la maestra no
era recibida y no daba más de cuarto”. Recuerda su infancia con cariño. “Era una
vida linda. Éramos pobres todos. Desde chicos trabajábamos con nuestros padres
en el campo. Pero éramos una familia unida y pasábamos muy bien. Se vivía dife-
rente. Todo ha cambiado mucho. Pero no digo que lo de ahora sea todo malo ni
que aquello fuera todo bueno. Cada época trae sus cosas”.
Hace veinte años que Maruja es dirigente de la Asociación de Jubilados y
Pensionistas de Ecilda Paullier. Durante mucho tiempo fue tesorera y en los últi-
mos cuatro años fue presidenta. “Ahora quise retirarme para hacer lugar a perso-
nas más jóvenes, pero no me dejaron irme y me pusieron en la Comisión
Fiscal. Así que sigo. Tenemos un grupo muy lindo. Gente trabajadora, gente bue-
na, todos muy unidos”.
Maruja es blanca de cuna. “Mis padres votaban al Partido Nacional, y yo
lo vengo haciendo desde que tenía 18 años. Siempre he votado. Me encanta la
política, me encanta ir a reuniones. Me gusta ver a todos los compañeros de agru-
pación trabajando por lo mismo”.
Viuda y cerca de cumplir los 81, Maruja se siente orgullosa de haber sido
blanca siempre. “El Partido Nacional defiende la libertad, defiende la democracia.
Si Dios me da vida voy a volver a votarlo”.
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“Hacer muy buenas
cosas con los jóvenes”
Sebastián Artagaveytia
(Villa del Cerro, Montevideo)
Soñaba con ser jugador de fútbol, pero una enfermedad y una operación
difícil le cerraron el camino. Cuando se estaba recuperando lo vieron jugar “con
un fierro” y lo invitaron a ser escobero de una comparsa de barrio. Fue el inicio
de una nueva vida. “El primer año que salí, gané los cuatro corsos. No lo podía
creer. Ahí empecé a practicar todos los días, horas y horas. Ya no tenía el fútbol
pero tenía el carnaval. Tenía siete años y me llamó Yambo Kenia para participar
en el carnaval de mayores. También me llamaron del carnaval de menores, así
que hacía los dos. Hace doce años que subo al Teatro de Verano. Nunca pensé en
llegar a estar ante cinco mil personas que me vieran y me aplaudieran”.
En el Carnaval 2016 Sebastián obtuvo el premio a mejor escobero con la
comparsa Tronar de Tambores. Es el segundo año consecutivo que se lo dan. En
total lleva ganados unos 60 premios en el carnaval. Pero “el premio más lindo
para un artista es el aplauso, y cada vez que lo escucho siento que valió la pena”.
Además de su actividad carnavalera, Sebastián estudia Relaciones Inter-
nacionales y colabora con la Fundación Peluffo Giguens organizando talleres.
“Es hermoso ayudar a esas personitas y sacarles una sonrisa en medio de las
situaciones difíciles que están pasando”. Él sabe de lo que habla.
Sebastián también milita en el Partido Nacional. “Mi padre siempre estuvo
metido y yo desde chiquito estuve ahí. No creo que haya otra elección para mí
que no sea el Partido Nacional. Me crié en él, conozco a toda la gente, le tengo
cariño”.
Sebastián está entusiasmado con su militancia. “Por suerte, el partido está
tomando el rumbo de hacer muy buenas cosas con los jóvenes. Hay congresos,
juntas, reuniones donde somos escuchados. La opinión de los jóvenes es muy
importante y no siempre es escuchada en el país. Hay jóvenes que sólo quieren
estudiar e irse, pero hay muchos que quieren quedarse y lograr algo acá. Por eso
está bueno escuchar a los jóvenes e integrarlos en la política”.
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“El Partido Nacional
siempre actuó movido por ideas”
Plácida Asuaga
(Pocitos, Montevideo)
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“En el partido
hay mucha cercanía”
Victoria Vera
(Buceo, Montevideo)
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“El que es blanco es
revolucionario”
Pedro “Coqui” Kunizawa
(Brazo Oriental, Montevideo)
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“Militar hasta el último día”
Ana Listur
(Parque Batlle, Montevideo)
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“Dignidad arriba y
regocijo abajo”
Darwin “Bigote” Correa
(Maldonado, Maldonado)
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“Muchos ediles y
diputados jóvenes”
Marcos González
(San Carlos, Maldonado)
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“Acompañaba a mi madre
a doblar listas”
Carolina Antúnez
(Rivera, Rivera)
Ser veterinaria y trabajar en el campo son dos de sus grandes sueños. Para
cumplirlos tuvo que irse a estudiar a Montevideo. Es hija única, y la distancia con
los padres le costó mucho. “Extrañé bastante pero me aguanté, porque estoy
haciendo lo que me gusta. Ahora hace tres años que estoy en la capital, y ya estoy
adaptada. Igual, como este año puedo hacer menos materias, me vengo seguido
para Rivera. Me quedo unos días y me vuelvo”.
Cada vez que está en su tierra, va a ayudar a su madrina que vive sola en
el campo. “La ayudo a vacunar, a dar tomas, a bañar”. Esa es la clase de vida que
quiere para ella misma en el futuro.
Carolina tiene 22 años. Se acercó al Partido Nacional casi sin darse cuenta,
en la campaña electoral de 2009. “Acompañaba a mi madre a doblar listas. Yo iba
a jugar en la vuelta, pero iba conociendo”. En las elecciones de 2014 ya militó por
cuenta propia. Lo que más la enganchó fue la calidad de la gente que la rodeaba.
Para Carolina, el compañerismo es una de las grandes fortalezas de los jóvenes
blancos. “Se trabaja en equipo”. También el viejo carácter guerrero del partido,
que hoy adopta formas distintas a las de hace un siglo.
Carolina milita intensamente, tanto si hay campaña electoral como si no.
Sabe que el Partido Nacional tiene una historia rica en episodios y en grandes
figuras, pero hasta ahora no ha podido dedicarse a estudiarla. Siente que esa
es una tarea pendiente que la va a hacer disfrutar todavía más su condición de
blanca.
Hace siete años que participa con cero falta en la marcha a Masoller. Ese
rito anual la apasiona tanto que fundó una aparcería con un grupo de amigas.
En este momento la integran unos ochenta jóvenes. “La mayoría de ellos son de
campaña”.
Las marchas, y todo lo que pasa alrededor de ellas, la han vuelto una admira-
dora de Aparicio Saravia. “Me compré libros sobre él, pero todavía no he podido
leerlos”. Tal vez lo haga cuando se haya recibido de veterinaria y viva en el campo.
Y seguro que en ese entonces seguirá llevando gente a Masoller.
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“La entrañable lucha
por el prójimo”
Washington González
(Piriápolis, Maldonado)
Vive en la misma casa en la que vivía con sus padres cuando era niño. Ahora
la ocupa junto a su esposa. Todavía recuerda la “época esplendorosa” de Piriápolis,
cuando llegaban artistas de toda la región. Él era adolescente y lo disfrutaba con
sus amigos. “Piriápolis se vestía de gala cada verano”.
Lo que le tocó vivir después fue muy diferente. Un día, en plena dictadura,
lo fueron a buscar a su casa y se lo llevaron encapuchado. “Yo no entendía lo que
pasaba, porque no estaba metido en nada. Había sido militante wilsonista antes
del golpe, de lo que me siento orgulloso, pero no participaba de nada clandestino”.
Junto a otras dos personas, lo llevaron a la base de Laguna del Sauce y lo
torturaron. “No sé cuánto duró, porque uno pierde la noción del tiempo. Nos
hicieron de todo: colgadas, palizas, picana, submarino, nos hicieron morder por
perros policías, nos hundieron en la laguna, me sacaron uñas y se me salieron
dientes. Perdí la cuenta en quinientas y pico de patadas. A uno de los otros dos lo
mataron. Eran gente sin piedad y sin alma”.
Washington estuvo en el Penal de Libertad y sufrió una depresión que le
duró 8 años. “Estuve en el Vilardebó. Mi madre, que era mayor, trabajó en una
cantina para estar conmigo”. Ese infierno le robó una parte importante de la vida:
de los 27 a los 38 años. Él no guarda rencor, pero arrastra una pena: “me hubiera
gustado tener un hijo y no pude”. También le asombra que no le haya correspon-
dido ninguna de las indemnizaciones que recibieron otros presos de la dictadura.
“¿Qué clase de justicia es esta? ¿Dónde están los derechos humanos? Para unos
sí y para otros no”.
Washington vive de nuevo en Piriápolis y se siente tan blanco como cuando
era joven: “Soy y seré blanco. Mi abuela era amiga de Herrera y yo tuve la suerte
de trabajar con Wilson. Voy a seguir siempre en mi camino. El Partido Nacional
es el partido de la entrañable lucha por el prójimo. Las ideas no se matan y yo me
siento parte de esa lucha por un ideal común”.
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“Las buenas costumbres
de los pueblos”
Ermides Morales
(Treinta y Tres, Treinta y Tres)
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“Cambiar las cosas feas”
Nicole Iza
(La Paloma, Rocha)
Milita “para cambiar las cosas feas” que pasan en el país. La interpelan las
situaciones concretas que descubre cuando recorre su departamento haciendo
trabajo político: una niña de dos años descalza pidiendo monedas en pleno invierno,
gente acostumbrada a que se le inunde la casa como si fuera una fatalidad. “Por
más difícil que sea, siempre se puede hacer algo. Eso es lo que me impulsa a
seguir: involucrarme para lograr algo bueno”.
Tiene 20 años, vive en La Paloma y estudia contabilidad. Hace dos años se
convirtió en militante. “Mi padre me crió adentro de un comité, pero recién
cuando crecí me di cuenta de lo que significaba. En las internas de 2014 empecé
a militar”.
Para Nicole, hacer trabajo político significa dialogar sin imponer. “Siempre
hay que saber que no puedes obligar a nadie. Tú les cuentas cómo somos, cómo
trabajamos, qué es lo que queremos hacer. La meta es conversar con la gente,
no presionarla. Contarles y escucharlos. Preguntarles qué problemas tienen, si
intentaron solucionarlos, si los podemos ayudar. Ayudamos a mucha gente sin
pedir nada a cambio”.
Lejos de conflictos y enfrentamientos, Nicole hace política con el corazón en
la mano. “Militando no sólo conoces la política. Conoces mucho a las personas.
No hay nada como llegar a la casa de una persona que nunca viste y que te abra
las puertas y te invite a sentarte en el sillón en el que se sienta con su familia. Si
hacen eso es porque están esperando algo. Esa es de las cosas más lindas de la
política”.
Nicole siente “mucha paz” cuando trabaja para el Partido Nacional, pero
también una enorme responsabilidad: “hay mucha gente esperando que hagas
las cosas bien”. Su mayor satisfacción es que “el Partido Nacional le da un espacio
gigante a los jóvenes. Tenemos líneas de pensamiento diferentes y todos estamos
ahí. El Uruguay no se va a cambiar de un día para otro. Por eso sólo lo podemos
cambiar los jóvenes”.
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“Anduve por todos lados”
Esther Chiazaro
(Mercedes, Soriano)
Se casó a los 18 años con su novio de 19. Ese día, al despedirla del hogar
familiar, su padre le pidió que nunca abandonara al Partido Nacional. Hoy, a los
75 años, viuda desde hace mucho, jubilada, con cuatro hijos, cuatro nietos y una
bisnieta, Esther dice con orgullo que cumplió con aquel pedido.
Nació en Cardona, pero cuando tenía 9 años la familia se trasladó a Mercedes.
Su padre tenía taller mecánico. Era un hogar de gente trabajadora, con muchos
hijos. “Pudimos salir adelante con esfuerzo”.
También ella trabajó toda la vida. Y además hizo política. “Tuve seis clubs,
anduve por todos lados. En Mercedes no hay lugar por el que no haya pasado ni
puerta que no haya golpeado. Recorrí las chacras, aunque me salieran los perros.
Si me ofrecían mate, tomaba mate y me ponía a conversar. Siempre trabajé así,
apoyando a los Besozzi. Llegué a conocer al abuelo de Guillermo”.
A Esther le hubiera gustado estudiar para poder “ser una de esas mujeres
que hablan en nombre del Partido Nacional. Me encanta escucharlas”. La vida
sólo le permitió terminar la escuela, pero igual se las arregló para aportar desde
la militancia local. “Lo hice por amor al partido. Nunca he pedido nada. Me alcanza
con la alegría de hacerlo”.
Esther recuerda divertida el día que vinieron a buscarla de otro partido.
“Me dijeron que sabían lo que yo hacía, que tengo mucha gente conmigo, que
mucha gente me aprecia. Y me propusieron que me fuera con ellos. Yo les dije
que muchas gracias pero que si no eran del Partido Nacional se podían ir yendo”.
No todo fue política en la vida de Esther. También trabajó en un centro
de atención a la infancia y en la Cruz Roja. “A los niños les hacía la leche, los
acompañaba, trataba de que estuvieran bien. Para la Cruz Roja hice de todo. Si se
precisaba una camioneta para traer ropa, yo la conseguía. Si me precisaban para
repartir comida en las inundaciones, ahí estaba yo”. Ahora la artrosis la tiene
alejada de esas tareas, pero “con la política voy a seguir siempre”.
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“Un partido rodeado de gente
que sabe hacer las cosas”
Gastón Formiliano
(Cardona, Soriano)
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“Gente que representa
a la gente”
Alejandra Kinch
(Buceo, Montevideo)
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“El Partido Nacional
va a perdurar en la historia”
Winston Casal
(Parqué Rodó, Montevideo)
Fue empleado del Banco República hasta que se jubiló. Viejo militante de
AEBU, le tocó vivir las “épocas bravas” de los años sesenta y setenta. Estuvo en
primera línea en la gran huelga bancaria de 1968, durante el gobierno de Jorge
Pacheco Areco. Fue sumariado y conoció los cuarteles. Pero no aflojó. Su actitud
opositora se mantuvo intacta durante toda la dictadura. Tras el retorno de la
democracia, su última actividad como bancario fue dirigir el Museo del Gaucho
y la Moneda.
Se siente blanco por tradición familiar: “lo heredé de mi familia, de mis
abuelos, de mi viejo”. Pero su militancia política empezó “después de las elec-
ciones de 1966, cuando apareció Wilson Ferreira”. En 1969 Wilson funda Por la
Patria y Winston está entre quienes ponen en marcha la rama bancaria del
movimiento. “De ahí en adelante, soy militante”. Hoy lo hace en la Lista 250.
Ya retirado como bancario, se dedica de lleno a la pasión por coleccionar
sellos que su padre le transmitió cuando era niño. Es el actual presidente de la
Federación Uruguaya de Filatelia.
“El Partido Nacional va a perdurar en la historia. Es un partido con una fuerte
base emocional que le asegura que no va a desaparecer, porque no depende de
estar en el gobierno ni de tener cargos para repartir. Los blancos somos únicos en
eso de seguir admirando a nuestros líderes: a Aparicio Saravia, a Oribe, a Chiquito
Saravia, a Luis Alberto de Herrera, a Wilson. Eso es lo que nos mantiene vivos y es
lo que hay que contagiar”.
A Winston le interesa el pasado, pero más le importa construir futuro. “El
desafío ahora es llegar a más gente. Los que somos blancos vamos a seguir sién-
dolo. Pero hay que atraer a otra gente, porque el Partido Nacional es la única
opción de cambio que tiene el país”.
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“Ser blanco es
un compromiso muy serio”
Juan José Arrospide
(Casupá Chico, Lavalleja)
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“Siempre hay un día después”
Paola Gatto
(Pocitos, Montevideo)
Tiene 37 años y vive en Pocitos desde que nació. Estudió relaciones inter-
nacionales y comercio exterior, pero hace poco volvió a los libros y empezó una
tecnicatura en logística. Al mismo tiempo trabaja en una empresa importadora
de vinos. Desde muy joven combinó el trabajo con los estudios.
Hace un par de años un amigo la invitó a militar en el Partido Nacional. Al
principio dudó, porque ya tenía una vida bastante ocupada. Pero decidió probar y
desde entonces no paró. Con el paso del tiempo se integró a los equipos técnicos
de Luis Lacalle Pou y se convirtió en un puntal de la Lista 404 en Pocitos. “Cuando
entré no estaba nada convencida. Me decía: ¿qué necesidad de perder mi tiempo
en algo tan frívolo? Pero al poco tiempo estaba encantada, militando con convicción.
Me sentía en mi casa. Hoy veo a la política de otra forma: más cercana, más hu-
mana. Me encontré con candidatos que están en tu misma sintonía. Cada vez que
planteás un tema, hay receptividad”.
Paola quiere que el Partido Nacional gobierne y “muestre que es distinto
a los demás. Con todo el esfuerzo que hicimos preparando la agenda de gobierno,
hay muchas cosas para hacer. No vamos a poder cambiar el país de un día para
otro, pero podemos cambiar muchas cosas concretas. Vamos a traer una
mentalidad más fresca, más abierta al mundo y a un futuro distinto”.
Para Paola, las propuestas del Partido Nacional reflejan las expectativas y
deseos de mucha gente. “Los uruguayos queremos vivir mejor, queremos que la
plata nos alcance para llegar a fin de mes, queremos poder salir tranquilos a la
calle, queremos mejor educación”. El Partido Nacional es el mejor preparado para
dar “respuestas reales” a esas demandas.
Paola está muy confiada en lo que nos espera. “Se puede cambiar. Somos
blancos. Siempre fuimos contra viento y marea, y acá estamos. Siempre hay un
día después. Hasta de las derrotas sacamos cosas buenas. Podemos contra todo”.
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“Ser rebelde, decir las verdades y
no quedarse quieto”
Gonzalo “Rasta” Rivero
(Melo, Cerro Largo)
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“La vida es el bien principal”
Malena Guadalupe
(Minas, Lavalleja)
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“Hay que prepararse para ganar”
Aroldo Canti
(Fray Bentos, Río Negro)
Nació hace 90 años en la ciudad de Fray Bentos. Cuando tenía cinco años,
la familia se mudó a una chacra a unos pocos kilómetros de la ciudad. De aquello
nos separa casi un siglo. “La vida era totalmente distinta, puro caballo y carro.
Todo era tracción a sangre. La misma Intendencia hacía todo el trabajo con 150
mulas. A mula se recogía la basura y se hacía la barométrica. El cilindro compac-
tador se pasaba con mulas”.
Aroldo, sus padres y sus hermanos trabajaban en la chacra familiar. “Había
animales que atender, así que no había horarios. Era trabajo permanente”. Sin
dejar de trabajar ni un solo día, hizo la escuela y empezó el liceo, aunque no llegó
a terminarlo.
Sus padres no votaban porque eran argentinos. El conoció en campaña a
peones veteranos que habían peleado con Saravia. “Era gente que había peleado
por la libertad y por los derechos políticos. Eso me acercó al Partido Nacional”.
Empezó a militar a los 15 años con los blancos independientes. “Había un
señor en el barrio que hacía reuniones y yo empecé a frecuentarlas. Seguíamos
a los hermanos Beltrán, a la gente del diario El País. Me impresionaba mucho
la manera de hablar de Washington Beltrán, era muy bueno”. En 1958 votó a la
UBD. Luego fue wilsonista. Hoy sigue a Jorge Larrañaga y a Omar Lafluf.
Aroldo recuerda muy bien cómo se hacía campaña en aquella época. “Había
un correligionario que tenía un Ford T, y salíamos con él a hacer conferencias de
barrio, como se decía. Nos parábamos en un barrio y alguien hablaba. En una de
esas vueltas querían que yo hablara, pero era muy joven y no acepté. Entonces
me ofrecieron darme un papel con algo escrito, pero yo dije que si leía lo que
había escrito otro no era yo el que hablaba”.
Su fidelidad al partido le hizo vivir toda clase de momentos. “Es lindo
cuando ganás, y duele cuando perdés”. Para él, el tiempo que se avecina va a ser
de alegría. Ve al Partido Nacional “listo para gobernar” y les dice a los blancos que
“hay que prepararse para ganar”.
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“El partido está presente
en todo el país”
Joquín Dos Santos
(Sarandí Grande, Florida)
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“Jamás voy a negar
que soy blanca”
Celeste Burger
(Trinidad, Flores)
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“Blanca rabiosa”
Fátima Hernández
(Florida/Zapicán)
Creció en el mismo Nico Pérez dónde nació Wilson Ferreira. Hizo la escuela
agraria en la ciudad de Florida y la carrera en Montevideo. Hace unos meses se
recibió de veterinaria y se fue a vivir a Zapicán, en el campo de sus abuelos. “Ellos
siempre fueron un puntal. Trabajar para ellos es una manera de devolverles todo
lo que me ayudaron”.
Durante los años en Facultad de Veterinaria militó en CGU. “Al mes de haber
empezado ya estaba yendo a las reuniones”. Participó activamente del cogobierno
universitario: fue claustrista y llegó a integrar el Consejo de Facultad por el orden
estudiantil. Todavía no se había recibido y ya estaba ayudando a organizar CGU en
el orden egresados de su facultad. “No me quedó nada por hacer. Fue un sueño
cumplido”.
Fátima es partidaria de la descentralización universitaria bien hecha. “El
problema es que hoy se descentraliza con carencias. Es una descentralización
a medias y al final te terminás yendo a Montevideo. Tendría que completarse,
porque hay un montón de gente que no puede ir a la capital. Aunque la universidad
es gratuita, termina siendo carísimo. Sólo el tema del alquiler deja a mucha gente
afuera”.
A los 27 años, Fátima se siente feliz de poder trabajar en lo que le gusta.
Sueña con desarrollarse como profesional y hacer otras cosas, como vincularse
a la industria frigorífica. Pero le preocupa la evolución del país. “Veo un Uruguay
que va perdiendo valores y que se estanca. Si perdemos los valores y perdemos
las ganas de seguir siendo el Uruguay que fuimos y que podemos llegar a ser,
entonces de los otros temas ya ni hace falta hablar”.
Para Fátima, la política es el terreno donde hay que dar esa pelea. Heredó
la pasión de su madre, que es “blanca rabiosa”. Recuerda con orgullo que creció
viéndola militar en política y “haciendo tareas comunitarias como limpiar
cunetas”. Por eso dice que ella no es simplemente votante del Partido Nacional.
“Yo soy blanca como güeso e’bagual”.
Sus referentes son Luis Lacalle Pou y el intendente de Florida, Carlos Enciso.
“Milito en Florida porque ahí espero estar viviendo dentro de un tiempo”.
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“De puertas abiertas”
Oscar Otamendi
(Capurro, Montevideo)
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“Siempre hay alguien con quien
hablar de política”
Mauro Machado
(Rivera, Rivera)
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“Blanco y saravista
hasta el alma”
Omar Viera
(Reducto, Montevideo)
Tiene 78 años, tres hijos, diez nietos y seis bisnietos. Llegó a Montevideo
cuando tenía cuatro años. “Éramos mi madre, mi hermano y yo. Mi madre no
sabía leer ni escribir. Nos llevó al Cerrito de la Victoria y nos crió sola. Después nos
mudamos al barrio Jacinto Vera. Vivíamos todo el día en la calle, con la pelota.
Era una pasión, aunque no sabíamos lo que eran los zapatos de fútbol. En aquella
época no había tantas cosas como ahora, pero la vida era linda. No había tanta
envidia ni cosas raras. A nosotros nunca nos faltó nada y nuestra madre nos
enseñó a caminar bien en la vida. El orgullo de ella era que los hijos saliéramos
honestos y trabajadores. Y, gracias a Dios, cumplimos con eso”.
Cuando estaba en sexto se mudaron cerca de Propios y empezó el año en la
Escuela Sanguinetti. “Pero no pude terminar porque me fui a trabajar a un aserradero.
Ahí aprendí el oficio de cajonero, que ya desapareció. Años después pude entrar
en UTE, y ahí trabajé hasta que me jubilé”. Todo eso sin perder jamás su pasión
por el fútbol. En los años cincuenta jugó en cuadros de Pando y Las Piedras, y
llegó hasta la primera de Rampla. “Nos daban 10 pesos por partido”.
Omar siempre quiso que sus hijos estudiaran. “A todos les dije que se pre-
pararan lo mejor que pudieran”. Ese es también el mensaje que transmite a sus
nietos y bisnietos. Omar sabe que el mundo está cambiando y hay que adaptarse.
“Cada vez hay que poner más capacidad mental para poder trabajar”. Por eso le
preocupa el estado de la educación en Uruguay.
Siempre militó en el Partido Nacional, pero después de que se jubiló “tra-
bajar para el partido pasó a ser la ocupación principal”. En realidad, trabajar para
la gente. Porque Omar hace trabajo barrial, ayuda con los trámites jubilatorios,
informa, asesora. Y nunca pide nada. Hoy es un referente de Alianza Nacional en
una amplia zona que abarca Piedras Blancas, Manga y Toledo. Hace poco recibió
una medalla en reconocimiento a su militancia. Cuando lo recuerda, se emociona.
“Porque mi mayor orgullo es ser blanco. Yo soy blanco y saravista hasta el alma”.
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“Trabajo y salario digno”
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“Me sentí muy bien recibido”
Agustín Lescano
(Carrasco, Montevideo)
Tiene 23 años y un hermano de 16. Y a sus padres, “que son los pilares de
mi desarrollo personal”. Estudia la carrera de Contador Público en la Universidad
Católica. Le gustan los deportes y ha practicado varios. A los 15 años fue campeón
nacional de kart.
Hoy está muy volcado al trabajo comunitario: “se puede hacer un montón
de cosas, pero hay que hacerlas con humildad y sin perder el respeto hacia los
demás”. Además de trabajar en el terreno, es catequista en la parroquia de su
barrio.
Agustín tiene novia y sueña con formar una familia. También con trabajar
en cosas que lo hagan sentir pleno como persona. “No me atrae el trabajo de
escritorio. Me gusta el contacto con la gente. Espero darle ese perfil a mi carrera”.
Le gusta estar informado y leer sobre historia. Y lo apasiona la actividad
política. Se acercó al Partido Nacional en 2009, cuando estaba en quinto año de
liceo y todavía no podía votar. “Al principio apenas lo conté en casa, porque no
son de militar. Pero yo sentí que no me podía quedar quieto, que podía aportar
mi granito de arena”.
El compromiso de Agustín se hizo mucho más hondo cuando se acercaban
las elecciones internas de 2014. “Ahí sentí con mucha fuerza que tenía que estar
militando, prestando mi tiempo a una causa que iba más allá de lo personal. Me
acerqué y me abrieron las puertas de par en par. Me sentí muy bien recibido y me
puse a trabajar. En las elecciones nacionales de 2014 fue delegado de mesa, tanto
en octubre como en noviembre. Hoy es alcalde suplente del municipio E.
Agustín espera que más jóvenes se involucren en la vida política. “Que se
animen a salir, a mostrar su alegría, a charlar con la gente. Cada uno puede a
aportar desde su propio lugar”. Él encontró en el Partido Nacional una base que
da solidez y profundidad histórica a su acción personal. “Cuando me hierve la
sangre me puedo acordar de Wilson. Otras veces me puedo acordar de Herrera o
de Oribe. Depende del momento, porque cada uno tiene lo suyo. Pero esos tres
son mis grandes referentes”.
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“La política bien hecha es sana”
Hace 50 años que vive en lo que durante mucho tiempo se conoció como
Villa Rodríguez, hasta que en 2014 fue elevada a la categoría de ciudad. Nació no
muy lejos de allí, en Carreta Quemada, sobre la ruta 45. Eso fue hace 74 años.
“Me crié con mis padres y mis tres hermanos. Hice primaria, porque en aquellos
años no se iba al liceo. Mis padres me enseñaron los valores principales: respetarse
a sí mismo y respetar a los demás, ir siempre por el camino recto”.
A los 18 años se fue para San José y puso una peluquería. “La tuve hasta los
27 años, cuando me casé. Después nos vinimos para acá. Trabajé como doméstica
y crié a mis hijos”.
Ya entonces puso en práctica su vocación social: hacía comida para los
niños de la calle y organizaba ollas populares. Hasta hoy pide ropa en San José
para llevarla a Rodríguez. “Esa fue siempre mi vida: ayudé todo lo que podía y
me han ayudado a mí”.
En 1990 perdió a su esposo en un accidente. Desde entonces vive rodeada
del afecto de sus hijos y de sus amigos. “Nunca me dejaron sola”. Su otro apoyo
es la Biblia. “Ya la he leído unas cuantas veces. No soy de ir a la iglesia, pero soy
religiosa”.
Su padre le inculcó la fidelidad al Partido Nacional. “Cuando voté por primera
vez, a los 18 años, mi padre había comprado un autito de gente pobre, un fordcito,
para que lleváramos gente a votar. En esas mismas elecciones trabajé de delega-
da, y desde ese día fui delegada siempre”. Lleva una vida militando, pero nunca
fue candidata a nada. “Siempre lo hice porque quería”.
Durante años China hizo de anfitriona cuando los blancos llegaban a hacer
campaña en Rodríguez. “Hacía milanesas o una parrillada para todos, para que
comieran bien. Y después les decía: ´ahora, a visitar a la gente; a conversar y
a escucharla´. Porque la política se hace escuchando a la gente y yendo con la
verdad. La política bien hecha es sana. Y si no es sana, mejor no estar”. China se
define a sí misma como “una viejita trabajadora que quiere mucho a la gente”.
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“Me emociona ser blanca”
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“Años muy lindos”
Roberto Montenegro
(Centro, Montevideo)
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“Llueva o truene”
Santiago Coitiño
(Tacuarembó/Montevideo)
“Me crié en el campo, campo. Rodeado de animales, con mis viejos y mis
abuelos, yendo a la escuela rural a caballo. Fue lo mejor que me pasó: una infan-
cia pobre, en casa de terrón, pero muy divertida y diferente. Mientras los niños
de mi edad jugaban a la pelota, yo jugaba con perros y terneros guachos”.
Hizo primaria en Caraguatá, al mismo tiempo que trabajaba. “Cuando te
criás en el campo te toca hacer todo. Salís con tu viejo a juntar un ganado y
no sabés si estás trabajando o jugando, pero estás aprendiendo”. Para hacer
secundaria se fue a la ciudad de Tacuarembó.
Ahora estudia la carrera de Técnico Veterinario en Montevideo. Lo hace
impulsado por su familia. “Lo quería mi vieja, lo quería mi viejo y lo querían mis
abuelos. Uno de los grandes impulsores de mis estudios fue mi abuelo. Siempre
me decía que lo más importante que podía tener y lo que nadie me podía sacar
era el conocimiento”.
Lo que más le costó al llegar a la capital fue acostumbrarse al ruido. “Te
cuesta dormir”. Primero vivió en una residencia de estudiantes y ahora vive en un
apartamento. Cuenta que la familia lo fue preparando para cuando llegara este
momento: “tu vieja te enseña a tender una cama y aprendés a cocinar porque
te vas a ir a vivir solo; son cosas que no necesita un adolescente de Montevideo,
que no tiene que irse de casa para estudiar”. Hasta hoy su familia lo ayuda, y en
el tono de voz se nota todo su agradecimiento.
Santiago se declara “blanco desde antes de nacer”. Su abuelo paterno le
enseñó la frase “como güeso de bagual”. Sus padres son contemporáneos de
Wilson y “wilsonistas de ley”. El primer recuerdo político de Santiago es “el fes-
tejo de la primera intendencia de Eber Da Rosa en Tacuarembó”. Tenía cuatro
años y ya no paró.
Para Santiago, el Partido Nacional es sinónimo de libertad. “Libertad de
pensamiento, libertad de ideas, libertad de expresión”. Y cree que nada expresa
mejor su esencia que aquella frase de Wilson: “los blancos no somos de derecha
ni de izquierda, somos blancos”. Ser blanco, dice Santiago, “es estar del lado del
pueblo”.
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“Si en el barrio me precisan,
yo estoy”
María Haydée “Chichita” Levaggi
(Nuevo Paysandú, Paysandú)
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“Hacerle bien al país”
Nepomuceno Saravia,
Juan Aparicio Soares de Lima y Timoteo Martino
(Paysandú, Paysandú)
Tienen nombres bien blancos y conocen la historia que hay atrás de cada
uno de ellos. Nepomuceno cuenta que, en su familia, el mayor de cada
generación lleva ese nombre hasta llegar al hermano de Aparicio. Los tres hablan
con naturalidad de Masoller o de la Revolución de las Lanzas, y agregan detalles
que les llegaron a través de sus mayores. “Mi abuelo me da libros y me explica de
qué hablan”, cuenta Juan Aparicio.
Los tres tienen 11 años y son la savia nueva de una tradición que se trans-
mite caudalosa, no como imposición sino como gozo y orgullo. Ser blancos les
resulta tan natural como ser sanduceros. Pero saben que detrás de esa identidad
sentida hay ideas y reivindicaciones que entenderán mejor cuando terminen de
crecer. El Partido Nacional es un partido de hombres libres, así que la tradición
tiene que confirmarse con actos de voluntad y conciencia. Ser blanco de cuna
impone ciertas tareas.
Timoteo, Juan Aparicio y Nepomuceno son compañeros de clase en el
Colegio Nuestra Señora del Rosario, de la ciudad de Paysandú. Les gusta jugar
al fútbol y pasar tiempo con sus amigos. Cuando hablan de política, lo hacen
sin dejar de ser niños. Se ríen recordando cómo se divirtieron durante la última
campaña electoral. Les gusta salir por los pueblos y “visitar lugares con historia”.
Claro que, si de historias se trata, ninguna como la de Leandro Gómez y
la defensa de Paysandú. La cuentan con detalle y mencionan los lugares de su
ciudad que fueron escenarios del conflicto. “Siendo tan pocos, pudieron frenar a
miles de colorados y brasileros. Un amigo vive a la vuelta de donde los fusilaron”.
Quieren ver ganar al Partido Nacional, porque quieren que los blancos ten-
gan una nueva oportunidad de “hacerle bien al país”. Cuentan el tiempo que falta
para que puedan empezar a militar en la Juventud del Partido Nacional.
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“Nadie ha luchado más para
que haya democracia”
Juan Arancegui
(Durazno, Durazno)
La primera vez que vio una ciudad tenía 16 años. Era 1941 y acababa de
llegar a Durazno para empezar el liceo.
Había nacido en El Carmen, a 45 kilómetros de allí, pero en aquella época
el viaje duraba cinco horas. Había hecho la escuela rural un poco a los saltos: lo
pasaban de año antes de tiempo porque aprendía demasiado.
Conoció Montevideo cuando fue a hacer Preparatorios en el IAVA. Para
financiarse, consiguió un empleo en una fábrica. Vivía en un rancho de chapa
y piso de tierra que había alquilado por San Martín y Fomento. Tenía una sola
camisa que lavaba cada noche. “Estudiaba con libros prestados. Como no tenía
electricidad, me iba a la explanada del Palacio Legislativo y con la luz de afuera
hacía los resúmenes”. Tenía de compañero de banco a Jorge Batlle, de quien guar-
da un gran recuerdo.
Entró a la Facultad de Derecho y, con enorme sacrificio, llegó a recibirse
de escribano. Tuvo una carrera profesional exitosa, pero no olvidó sus orígenes.
“Nunca le cobré un certificado notarial a un pobre, porque es sacarle unos pesos
que tiene para comer. Tampoco cobraba por las escrituras. Si alguien había com-
prado un terrenito a plazos y quería construirse una casita, hasta los impuestos
pagaba yo. El primer año de ejercicio hice una escritura por día y no tenía nada”.
Viviendo en Montevideo conoció a Luis Alberto de Herrera y desde enton-
ces lo siguió. Hizo política y escribió en El Debate. “Estuve con él hasta dos meses
antes de que faltara”. Herrera es para él la medida de lo que debe ser un político:
“Siempre gobernó para el pueblo, nunca en beneficio propio. No usaba autos
oficiales. Se movía en su Fordcito o en tranvía. Cuando fue consejero de gobierno
entraba por la puerta de atrás, nunca por la principal, y subía por la escalera en
lugar de usar el ascensor”.
Juan tiene 90 años y hace 59 que está casado con “Morena” Morales.
Tuvieron dos hijos que ya no están, y les queda un nieto de 26 años. Blanco
y herrerista, Juan repasa la historia y concluye: “Nadie ha luchado más que el
Partido Nacional para que en este país haya democracia”.
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“Como una devoción”
Héctor Piriz
(Sayago, Montevideo)
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“Del partido
siempre espero todo”
Mario Rodríguez
(Punta Yeguas, Montevideo)
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“El partido
de los grandes gobiernos”
Nelly Teresita “Chola” Viera
(Barrio La Estiba, Rivera)
Siempre recuerda aquella vez que salió de la escuela junto a sus cinco her-
manos y en el camino los alcanzó un tornado. “Nos refugiamos en un eucaliptal.
Ahí nos salvamos, porque caían piedras de dos quilos. Yo me tiré arriba de mi
hermana más chica”.
Vivían “en un ranchito muy pobre” en Tranqueras. Su padre era hojala-
tero. Su madre alquilaba chacras para plantar maní. “Nosotros éramos chiquitos y
golpeábamos maní. Muy chica aprendí a cortar leña, a cortar chilcas y a embarrar
el rancho. Lo embarraba con las manos. Y si conseguía cal, lo dejaba blanquito.
Pasamos mucho trabajo en la vida. Hasta que un día inventó mi papá de venir para
Rivera porque yo ya estaba quedando más grandecita”.
Primero se vino ella a lo de una tía. “Con nueve años iba a la escuela y traba-
jaba de doméstica”. A los 17 años se casó y en poco tiempo tuvo dos hijos. “Pero
seguí limpiando y trabajando siempre. Trabajé en una panadería, vendí en ferias”.
Había tenido que dejar la escuela en quinto año, pero con eso se manejó. “Sabía
más de lo que aprenden ahora en el liceo”.
Una vez, cuando sus hijos eran chicos, una creciente se llevó todo lo que
tenían. “Terminamos todos en la brigada. Las mujeres lloraban de noche. Yo no
dejaba entrar a los soldados a donde estábamos. Les decía: ‘ustedes no me pisan
acá porque hay muchas chiquilinas’. Y a las mujeres les decía que tenían que lim-
piar ellas. ¡Daba órdenes a todos! Después seguí de cabeza erguida. Me alquilé
una pieza en el centro y seguí trabajando. Traía aceite de Argentina, porque acá
no había”.
Durante los últimos años Chola fue presidenta honoraria de una escuela
para niños discapacitados. Está feliz porque acaba de rendir cuentas. “Las deudas
están al día, los funcionarios pagos, la plata en el banco. Salgo con las manos bien
limpias”.
Chola es blanca de cuna. “En el año 58, a los 14 años, fui delegada de puerta.
Cuando ganamos yo lloraba como una condenada”. Para ella, el Partido Nacional
es “el partido de Oribe, el partido de la honradez administrativa, el partido de los
grandes gobiernos como el último del doctor Lacalle, que transformó al país”.
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“La bandera de dar una mano”
Nació en Tres Islas, igual que sus siete hermanos. Su madre también era de
allí. Su padre, nacido en Quebracho, era alambrador y capataz de estancia. “Con
él aprendimos desde chicos a hacer las cosas del campo. No sólo a trabajar, sino
la conducta. A no tocar nada ajeno, a no ser embrollón, a irse de pago ajeno
dejando el camino libre para volver. Yo les hablo así a mis nietos. Son chiquitos
pero yo les hablo para que puedan andar bien en este mundo tan complicado”.
Fue a la escuela del pueblo. “En esos años íbamos como ciento veinte gurises.
Hoy van 28. Todo cambió mucho. En estancias en las que trabajaban treinta o
cuarenta personas, ahora trabajan seis o siete. Ahora vienen los plantadores de
soja, llegan con maquinaria y se van. Sólo tienen trabajo los que cuidan. Hay que
buscar otras cosas”.
En cuanto terminó la escuela, “Barullo” empezó la vida de adulto. “A los 13
años me fui a las estancias y desde entonces me he pasado la vida trabajando. Fui
alambrador, aprendí a domar y domé muchos años, estuve 24 años de capataz
en estancias de Salto, Lavalleja, Cerro Largo y Durazno. Ahora trabajo para la
Intendencia. Estoy encargado de la zona rural de Tres Islas”.
Una de sus pasiones es organizar criollas en beneficio de las escuelas.
“Armamos lo que llamamos eventos rurales, Vamos con mangas portátiles, lleva-
mos y armamos todo. Siempre salió impecable y dejó plata para las escuelas. Lo
hice cuatro años y ahora dejé a un muchacho que estaba conmigo. También me
gusta organizar raids, siempre cuidando al caballo. El que le pega en la cabeza a
un caballo tiene cero punto”.
Para Barullo, hacer política “es estar siempre dispuesto a dar una mano, sin
preguntar si es blanco, colorado o frenteamplista. Acá el viento tiró al suelo casi
todo el pueblo y la primera casa que entregamos fue a una mujer del Frente. Ya
llevamos sesenta casas hechas con plata que puso el intendente Botana. El
gobierno nacional prometió pero no puso nada. Soy blanco pero cuando estoy
con la gente no ando levantando la bandera del Partido Nacional, sino la bandera
de dar una mano”.
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“Una visión de país
como construcción colectiva”
Leonardo Altmann
(Centro, Montevideo)
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“El artista debe tener la
libertad de decir lo que piensa”
Eduardo Grosso
(Colonia del Sacramento, Colonia)
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“Un país en el que todos
podamos convivir”
Christian Mónica Isoardi
(Centro, Montevideo)
Nació en Salto y allí vivió los primeros años. “Tuve una infancia y una adoles-
cencia espectaculares. Con amistades, sin peligros, disfrutando de las termas y de
la costanera. Es una ciudad maravillosa”.
Llegó a Montevideo muy joven. A los 20 años ya trabajaba en el CTI de adul-
tos del Hospital de Clínicas. A los 21 obtuvo su licenciatura en enfermería. Unos
años después empezó a trabajar en el CTI del Hospital Militar. Se quedó mucho
tiempo. “Toda mi vida la dediqué a trabajar con los pacientes, a aliviar el dolor,
a acompañar a sus familias. Muchos pacientes fueron para mí ejemplos de vida.
Por lo que vivieron, por lo que sufrieron, por lo que lucharon. Algunos pudieron
vencer en esa lucha y otros no”.
Un poco para compensar los golpes de su profesión, hace años empezó
teatro. “Hago comedia y me divierto mucho. Me gusta ver reír a la gente. No soy
ninguna profesional pero lo disfruto y me ayuda”.
Christian Mónica ya no trabaja en Centros de Tratamiento Intensivo, pero
se mantiene activa en la profesión. “Hice una especialidad en hemodiálisis para
ayudar a pacientes con insuficiencia renal, y trabajo con ellos”. Además enseña
en la Escuela Católica de Enfermería. “Los estudiantes, que son muy jóvenes, me
transmiten alegría y paz”. También dedica tiempo y atención a su familia. Está
casada y tiene dos hijos: uno de 23 años que vive en Alemania y una hija de 19
que estudia Ciencias Económicas.
Su vida no tuvo color político hasta que se casó. “Vivía para trabajar y no
pensaba en otra cosa”. Pero la familia de su marido es muy blanca y ella se fue
acercando. En ese proceso fue importante una mujer que la impactó y la orientó:
Consuelo Behrens de Antía.
Parte de su trabajo político consiste en visitar asentamientos y buscar solu-
ciones para los problemas que encuentran. Consiguen vestimenta, calzados,
muebles, materiales para construir. “Y cuando no hay solución al alcance, igual
una palabra de aliento”. Lo que ve muchas veces le genera impotencia, pero con-
fía en que el Partido Nacional podrá cambiar las cosas: “sueño con un país en el
que todos podamos convivir”.
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“Un partido de valores”
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“No era fácil ser blanco”
Lavalleja Olivera
(Rivera, Rivera)
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“Avanzar en la política
como ejemplo de integración”
Ignacio Marcel Cardozo
(Punta Carretas, Montevideo)
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“El partido del país”
Elizardo Cabrera
(Paysandú, Paysandú)
Su primera campaña electoral fue la del año 1958. En ese entonces vivía en
Quebracho y tenía diez años de edad. “Uno iba a los clubes y empezaba a mamar
esa efervescencia por el Partido Nacional. El día de las elecciones era una fiesta.
Se carneaban unas vacas y capones, y se hacía un gran asado”. Elizardo participó
de los festejos que siguieron al triunfo blanco de aquel año, sin tener total con-
ciencia de la magnitud del hecho histórico que estaba viviendo.
Nació y creció en la Colonia Ros de Oger, en Quebracho. Fue a la escuela
rural. “Íbamos a caballo. Cada día era una carrera, porque siempre había un desa-
fiante”. Volvían de la escuela y empezaban las tareas en el campo. Recuerda que
sus padres la transmitieron tres valores fundamentales: “el respeto, la honradez
y el trabajo”.
A los 12 años se trasladó a Paysandú, donde vive hasta hoy. Hizo secunda-
ria completa y luego empezó una vida laboral que duró cuatro décadas. Trabajó
siempre en la misma empresa. Empezó por los puestos más bajos y terminó como
jefe de administración. Hace algunos años se jubiló. Hoy tiene 68.
Elizardo lleva una vida militando. Estuvo en la resistencia a la dictadura,
trabajó por el No en el plebiscito de 1980 y se involucró en las elecciones inter-
nas de 1982. Desde el retorno a la democracia, ha estado al firme en cada una
de las elecciones. “La militancia es por un lado el trabajar con la gente, el puerta
a puerta, y por la otra parte es toda la tarea organizativa, que a mí me encanta:
presentar listas, confeccionarlas, distribuirlas, preparar delegados. Más que un
esfuerzo, todo eso es un placer, una fiesta para los que lo hacemos”.
Su gran referente histórico es Wilson. “Hablar de Wilson es una emoción”.
Lo mismo le ocurre cuando habla de su partido, al que nunca le pidió nada. “En
el Partido Nacional uno encuentra los principios con los que se crió. Es el partido
del país, el partido de la tierra, el partido más cercano a la gente de campo, que
es de donde uno viene”.
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“El militante es el que llega
a cada rincón”
Virginia y Chabelly González
(Tacuarembó/Montevideo)
Virginia tiene 21 años y estudia Ciencias Económicas. Hace tres años que
vive en Montevideo. Chabelly tiene 19 y estudia Medicina. Hace dos años que
vive en la capital.
Virginia y Chabelly son hermanas. Nacieron en Tacuarembó y compartieron
una infancia de juegos y libertad. Todavía se acuerdan de cómo les gustaba bailar
y cantar bajo la lluvia, en plena calle.
Hoy viven juntas en Montevideo, lejos de la familia, para poder hacer sus
carreras universitarias. Virginia convivió el primer año con unas compañeras.
“Eso me ayudó a no extrañar tanto. Si no fuera por ellas, creo que no hubiera
aguantado”. Al año siguiente llegó Chabelly. “El primer mes fue horrible. Ni me
podía comunicar con mi madre porque lloraba todo el tiempo. Pero me adapté
más de lo que pensaba”.
Cuando Virginia estuvo sola el primer año, los padres le mandaban regular-
mente “la famosa encomienda”. Era “como una cajita sorpresa” que ayudaba a
comer mejor. Ahora las dos tienen beca y van al comedor de Bienestar Estudiantil.
En la casa se turnan “de vez en cuando” para limpiar. A veces hay peleas.
Las dos coinciden en que esta experiencia las unió mucho como hermanas.
Y las dos sienten las mismas cosas respecto de lo que están viviendo. “Venirse a
Montevideo es una presión. Tenés dudas sobre si no te equivocaste de carrera,
si te vas a volver para atrás porque no aguantás, si te va a ir mal. Pero el esfuerzo
económico de la familia te motiva a estudiar más. Por suerte a las dos nos encanta
lo que hacemos, pero esforzarnos es una manera de agradecer a nuestros pa-
dres”.
Virginia y Chabelly son blancas. Virginia milita desde las elecciones de
jóvenes de 2012. Chabelly simpatiza pero no milita. O por lo menos así fue hasta
ahora, porque se entusiasma cuando escucha los cuentos de su hermana. Las dos
se identifican con Luis Lacalle Pou y ven el futuro con esperanza. Virginia acota
que, además de buenos dirigentes, el partido necesita buenos militantes. “El mili-
tante es el que llega a cada rincón”.
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“Sigo haciéndome más
blanco cada día”
Juan Antonio “Tono” Dos Santos
(Artigas, Artigas)
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“Me gusta el nacionalismo”
Felipe Sarries
(Tacuarembó/Montevideo)
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“Tuve la dicha de estar
muchas veces al lado de Herrera”
Mirta Silvera
(Cerro Largo/Montevideo)
Está terminando Bachillerato en el Colegio José Pedro Varela. “Voy ahí desde
los cinco años y quiero seguir hasta el final”. Ahora tiene 17. Vive con sus padres
y es hijo único. No tiene muy claro si va a estudiar Derecho o Ciencias Políticas.
“Estoy a tiempo de decidir, aunque me queda poco”. Además del estudio está el
rugby, que juega con pasión. Su equipo es el Champagnat.
Le interesa la política y lo que pasa en el mundo. Cada mañana lee la
edición digital de varios diarios mientras desayuna. También escucha radio cuan-
do puede. Le preocupan los problemas que enfrenta el país, como la inseguridad
y la crisis educativa.
No viene de una familia con militancia política, pero él sintió desde muy
chico la necesidad de hacerlo. Un día fue a una charla sobre la vocación política y
se dio cuenta de que era eso lo que sentía.
Hoy es uno de los militantes que impulsa la radio blancos.uy. “Cuando
empezamos no le tenía mucha confianza a una radio on line. No sabía si iba a
tener tanta repercusión. Pero ahora me doy cuenta de que tiene más difusión
que otras, porque se puede escuchar desde la computadora y desde el celular.
Empezamos con un programa en estilo de tertulia y ahora tenemos seis o siete
programas. No es una radio de un sector sino de todos los blancos”.
Tomás explica su adhesión al Partido Nacional con palabras que vinculan las
vivencias de su generación con el pasado. “Nosotros vivimos en un país que gracias
a Dios es libre. La gente tiene derechos, y eso es porque el Partido Nacional luchó
por las libertades y las garantías. No luchó sólo hace 43 años, cuando se instalaba
la dictadura, ni hace cien años. Ha luchado siempre por las libertades y por el
país”.
A partir de su experiencia, Tomás pone en duda que los jóvenes no se inter-
esen en la política. “Eso viene de las generaciones más grandes. Pero vos mirás
la Juventud del Partido Nacional y ves que es numerosa, capacitada, con ganas
de proponer. Claro que no todos los partidos tienen lo mismo”. Por esa y otras
razones, “el Partido Nacional se perfila para ser gobierno en 2020”.
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“Ayudar a la gente”
Enrique Macedonio
(Barrio 8 de marzo, km. 21, Montevideo)
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“Muchas veces, las que
hacen todo el trabajo son mujeres”
Martha López
(Colonia Valdense, Colonia)
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“La política es un lugar precioso”
Luis Prieto
(Rocha, Rocha)
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“Se me dio por escribirle”
Lida Petrauskas
(Paso de las Duranas, Montevideo)
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“Esa cosa medio romántica
de luchar por algo mejor”
Santiago Gutiérrez
(Punta Carretas, Montevideo)
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“Blanco y oriental”
Pedro Anchorena.
(Quebracho, Paysandú)
Nació hace noventa años en puntas de Arroyo Malo, sobre la cuchilla del
Queguay. Creció junto a sus padres y sus nueve hermanos en un campo de sesen-
ta hectáreas. Iba a la escuela a caballo y ayudaba en las tareas rurales. “Había
ganado vacuno, ovino y yeguarizo, y se plantaba algo de trigo y maíz. Era una
vida linda para un niño. Nuestros padres, siendo modestos, nos educaron bien.
Nos enseñaron a respetar a los semejantes, cualquiera fuera el color de piel, la
posición económica o la religión. Por eso nunca tuve un problema con nadie. Fui
muy andariego, anduve por todo el país, por Brasil, por Argentina, y nunca me
tuvieron que molestar”.
Todavía recuerda el asado que su padre organizó en 1932 para recibir a Luis
Alberto de Herrera. En ese momento él tenía seis años. “Me parece que todavía
lo veo. Era una persona elegante en su vestimenta y en sus maneras”. Su padrino,
don Ciríaco Jesús Sánchez, era un caudillo local. “En la década del treinta me
sacaba en auto a recorrer el departamento, desde el Daymán hasta el límite con
Río Negro”.
Aquella política, dice Pedro, era muy distinta de la de ahora. “Era de rela-
ciones más profundas. Los caudillos se consustanciaban más con las personas.
Los delegados en las mesas de votación eran muy importantes. Las damas todavía
no votaban, pero eso no quiere decir que no se metieran en política. Mi madre,
que era argentina, siempre nos hablaba del Partido Nacional”.
Pedro tiene cinco hijos, que le han dado nietos. “Aún a la edad que tengo,
siento deseos de ayudar a mi partido. Y la manera de ayudarlo es ayudar a mis
semejantes. Cuando llega un vecino y me dice: ‘Pedro, lo vengo a molestar’, yo
contesto: ‘En mi casa nadie molesta’. Dentro de mis posibilidades, siempre me
gustó ayudar. No es cosa que yo esté viviendo cómodamente y un vecino acá
cerca esté mal”.
Todos los días Pedro se levanta con alegría. “No me entrego”. Y sigue tan
blanco como hace casi un siglo. “En el frente de mi casa tengo un cartel de Lacalle
Pou y no lo saco. Yo soy blanco y oriental. El Partido Nacional fue y sigue siendo
un partido sano”.
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“No somos el futuro,
somos el presente”
Analía Moreira y
Juan Manuel Rodríguez
(Pocitos, Montevideo)
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“¡Se viene otra vez
el Partido Nacional!”
Waldemar “Pibe” Altez
(Rocha, Rocha)
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“Seriedad, responsabilidad
y respeto”
Carmelita Selhay
(La Paloma, Durazno)
“Soy blanca por tradición, por decisión y por convicción. Mi abuelo fue servi-
dor de Aparicio. De chica acompañaba a mi padre en sus giras por el interior. Así
que soy blanca por historia familiar. Cuando llegué a Montevideo empecé a tomar
mis propias decisiones. Primero estuve en la Lista 400 de Washington Beltrán.
Después en Por la Patria, cerca de dos grandes figuras: Wilson Ferreira Aldunate y
Guillermo García Costa, que era diputado por Durazno y a quien acompañé siem-
pre. En esos años supe que estaba en el camino políticamente acertado. Fue el
momento de la convicción”.
Carmelita se crió en Cuchilla Ramírez, en el interior del Departamento de
Durazno. Fue a la escuela rural y luego hizo liceo como pupila en un colegio de
Florida. El siguiente paso fue la Facultad de Odontología en Montevideo. Allí hizo
militancia gremial como integrante del Movimiento Universitario Nacionalista. En
las elecciones universitarias de 1973 fue electa delegada a la Asamblea General
del Claustro, pero no pudo asumir porque llegó la intervención.
Cuando se recibió de odontóloga, tomó la decisión de volver a Durazno. Y
como en Ramírez no había electricidad, puso consultorio en La Paloma. Durante
años trabajó una semana allí y otra en la capital, “para mantenerme conectada”.
También se dedicó a la enseñanza. Dio clases y llegó a ser directora de un liceo
rural.
Carmelita fue una férrea militante anti-dictadura. “Los 27 de junio, aniver-
sario del golpe de Estado, no daba clase y lo dejaba asentado en la libreta. Era un
día luctuoso para mí”. Estuvo detenida varios días, junto a Luis Alberto Lacalle y
otros militantes blancos.
Hoy, con 70 años y jubilada, sigue en la trinchera. “Ahora hay que hacerle
espacio a la gente joven. Por eso soy madrina de una agrupación liderada por
Felipe Algorta. En los jóvenes que se acercan al partido veo seriedad, responsa-
bilidad y respeto. Los blancos tenemos pasado, tenemos presente y sobre todo
tenemos un gran futuro”.
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“Nunca te vamos a dejar
atrás por ser joven o ser nuevo”
Leandro Dirón
(Minas, Lavalleja)
A pesar del nombre, no viene de una familia blanca. Sus padres son frente-
amplistas y su abuelo, con el que andaba mucho de niño, era colorado. De la
mano de ellos, sus primeros contactos fueron con un comité del Frente Amplio y
con un club batllista. Pero Leandro supo que su lugar no estaba ahí. “Cuando me
tocó decidir a mí, opté por irme con los blancos”.
Se acercó al Partido Nacional a los 15 años, a través de gente que conoció
en un grupo de vida saludable. “Ahí fue mi primer contacto. Me gustó la manera
en que me recibieron, que nos tuvieran en cuenta para todo. Me sentí valorado
como no me había pasado antes”.
Tiene 25 años y un hijo de once meses. Está cursando Bachillerato Deportivo
en UTU. Cuando termine, le gustaría hacer profesorado de educación física “en
Maldonado o en Montevideo, porque acá no hay”. Su padre es profesor de
taekwondo y desde chico lo inició en la disciplina. Sigue practicando con él hasta
hoy.
Trabaja como recreador deportivo de la Intendencia en diferentes barrios
de la ciudad de Minas. “Vamos a todos los barrios, con especial atención a los
más carenciados. Es lindo cuando la gente se siente querida, se ríe, se divierte y
después te agradece. Te hace sentir que estás haciendo bien tu trabajo”.
Durante el verano trabaja en el Camping Arequita, organizando actividades
recreativas y deportivas para la gente que está acampando. “La idea es que se
entretengan, lleven a la familia y se integren con otras familias que también están
ahí. Los invitamos a relacionarse y a salir de la rutina”.
Leandro vivió intensamente la última campaña electoral. Pintó carteles,
hizo recorridas, participó en toda la organización necesaria para que los delega-
dos puedan hacer su trabajo el día de las elecciones. Animado por su experi-
encia personal, invita a los jóvenes a acercarse al Partido Nacional. “Siempre te
vamos a tener en cuenta. Nunca te vamos a dejar atrás por ser joven o por ser
nuevo. Vamos a hacer que te sientas seguro”.
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“Un partido que no gobernó
mucho, pero hizo mucho”
Ángel “El Chino” Acosta
(Cerrito de la Victoria, Montevideo)
Está recursando unas materias para terminar el liceo, al mismo tiempo que
trabaja en una mutualista. Vive en Tacuarembó, la ciudad donde nació.
Entre los 7 y los 16 años vivió en Montevideo. Recuerda la impresión que le
causó ver el mar por primera vez y lo altos que le parecían los edificios del cen-
tro. Nunca se adaptó del todo. “Cuando me venía a Tacuarembó después de estar
un tiempo allá, que es todo ciudad y todo ruido, lo primero que hacía era salir a
andar a caballo y a ayudar a mis tíos que viven en campaña”.
Ahora tiene 22 años y está de nuevo en su tierra. Empezó a militar “hace
dos o tres años. Un compañero me invitó. Hasta ese momento no me había
interesado la política, pero me acerqué a las reuniones y me empezó a gustar
la onda. Lo que más me atrajo fueron los compañeros, el grupo de militantes.
Hicimos cosas que nadie se esperaba que pudiéramos lograr. También me gusta
el espacio y el apoyo que tenemos los jóvenes dentro del partido. Ahora estoy
metido más que nunca”.
Sebastián sabe que el Partido Nacional tiene una historia larga y rica, pero
todavía no la conoce bien. “Estoy tratando de encarar con eso, que es lo que me
venía faltando. Algo ya he aprendido”. De lo que ha visto hasta ahora, la figura
que más lo impacta es Aparicio Saravia, no sólo por sus ideas sino porque “peleó
por el Norte del país”. Con sus compañeros están planeando ir a la próxima mar-
cha de Masoller.
Sebastián está siempre en la primera trinchera de la militancia. “Soy uno de
los que andamos pintando, haciendo carteles, colgando pasacalles. Eso me hizo
dar cuenta del trabajo que se pasa para que la gente se entere y te acompañe. Es
una experiencia linda”. También le gusta tratar de convencer a las personas con
las que se encuentra durante las recorridas, “contándoles propuestas concretas
del partido”.
Para Sebastián, militar significa “luchar por las ideas en las que uno cree y
por el grupo del que sos parte”.
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“Acá hay equipo”
Dolores González
(Pocitos, Montevideo)
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“Los blancos
lucharon por el país”
Santo Bandera
(Rivera, Rivera)
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“Una figura que asombra”
Marcos Silvera
(Malvín, Montevideo)
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“Gente de honor”
Pasa del castellano al portuñol casi sin darse cuenta. Y tiene recuerdos muy
viejos. Por ejemplo, cuando “me apuntó un gaucho con una carabina”. Él tenía
once años cuando “hubo un barullo por el Río Negro”. Le habían pedido que
llevara una esquela y fue interceptado por la gente de Basilio Muñoz, que estaba
organizando un levantamiento contra Terra. Era el año 1935.
Osmar nació en Paso del Parque hace casi un siglo. ”Ahí fue mi nacencia.
Ahí fue donde mi señora tuvo los dos hijos. Hoy queda uno”. Su esposa también
murió. Él, a los 94, sigue sociable y conversador. “Antes de que me vaya, quisiera
ver ganar al Partido Nacional”.
Fue a la escuela hasta tercero y después empezó a trabajar de peón. Con
el paso de los años llegó a capataz y terminó de administrador. “Estuve 29 años
en esa estancia, hasta que me jubilé”. Era un campo muy diferente al de ahora.
“Éramos 16 peones y el capataz para 14 mil cuadras de campo. Más los chacreros,
así que éramos más de 20”.
En su juventud supo alternar el trabajo con la diversión. “Fui muy bailarín.
Se empezaba el sábado de noche y se bailaba hasta las seis de la mañana. Después
se paraba para dormir. Y el domingo también se bailaba. Había que hacer colecta
para pagar al músico”.
A los 22 años votó por primera vez. Lo hizo por el Partido Nacional “y ya no
me fui más”. Siempre apoyó a Luis Alberto de Herrera. “En el 56, cuando se vino
con Nardone, estuve con ellos. En esa época yo tenía dos comités. Herrera subió
en un tordillo y la gente se amontonaba”. También admira a Aparicio y a Chiquito
Saravia. “Los Saravia fueron gente de honor”.
Osmar está tan orgulloso de ser blanco que vota a la vista. “Voy a la mesa,
pido el sobre y voto delante de todos”. Y le agradece al Partido Nacional por
haberle dado tantos amigos. “Cuando voy a Rivera paro en el hotel. No tengo
plata, pero me hago los gustos. Con no quedar debiendo a nadie, es una cosa muy
linda. Llego a Rivera y enseguida vienen a verme. Tengo muchos compañeros,
abogados, doctores, el diputado Amarilla. A Montevideo no voy porque allá no
es juguete”
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“No te preguntan si sos nuevo,
ni de dónde venís”
Heinrich Enss
(Paysandú, Paysandú)
Nació y vivió hasta los diez años en la colonia alemana del Departamento
de Río Negro. Sus abuelos estaban entre los menonitas que salieron de Alemania
durante la Segunda Guerra Mundial. Luego la familia se mudó al pueblo Lorenzo
Geyres, en Paysandú, también conocido como Estación Queguay. Ahora, a los 22
años, Heinrich vive en la capital departamental, en casa de su abuela. Los padres
quedaron en el pueblo. Los visita con frecuencia, pero hay que estudiar. Está en
primer año de profesorado de Matemática.
Como era casi inevitable, le dicen “el gringo”. Pero él se siente un uruguayo
más. Cuenta que en la colonia donde nació se mantienen las tradiciones alema-
nas, como la comida y las fiestas, pero en todo lo demás viven como el resto.
“Trabajan como uruguayos y tienen salarios uruguayos”.
Se vinculó al Partido Nacional en el 2014, en plena campaña electoral.
“Hasta el 2010 nunca supe qué era la política. Cuando en el 2010 nos vinimos a
Paysandú, me empecé a interesar”. Un día los blancos llegaron a su barrio, con-
tando sus propuestas e invitando a reuniones. “Me gustó porque eran directos,
no andaban con vueltas. Iban con la verdad sin mirar para el costado. Me acerqué
y me sentí muy a gusto. Te escuchan cuando hablás, podés proponer y criticar.
No te preguntan si sos nuevo, ni de dónde venís. Y salen a mover a la gente, sin
esperar a que nos digan de arriba lo que hay que hacer. Antes me había acercado
a otro partido y no era así”. Para sus padres fue una sorpresa, pero terminaron
por aceptarlo.
El gringo” hace ahora lo que le gustó ver hacer a otros: sale por los barrios
en recorridas puerta a puerta, “contando las cosas buenas que hizo el Partido
Nacional, contando que hay muchos jóvenes” e invitando a acercarse a las
reuniones. “Hay que hacer todo eso respetando al que piensa diferente”.
A Heinrich le preocupa especialmente la educación. Ve muchos problemas
y un mal uso de los recursos invertidos. También le parece que hay que descentralizar.
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“Actuar junto con la sociedad”
Manuel Rodríguez
(Minas, Lavalleja)
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“Trabajo para
mi gente humilde”
Diva Gallardo
(Paysandú, Paysandú)
Marcelo Perillo
(Pocitos, Montevideo)
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“Un partido que siempre
tuvo posiciones muy claras”
Darío Menoni
(Salto, Salto)
Su sueño era ser jugador de fútbol, o abogado como sus padres. Nunca
llegó a jugar, pero hoy es abogado. Hizo toda su formación en la enseñanza públi-
ca. Cuando terminó el liceo no tuvo que mudarse de ciudad, porque la carrera de
Derecho se dicta entera en la Regional Norte de la Universidad de la República.
“Tenés la oportunidad de quedarte en tu ciudad y al mismo tiempo conocer a
mucha gente diferente, porque acá viene a estudiar gente de Artigas, Rivera,
Paysandú. Uno se conecta mucho con gente de otros departamentos”.
Mientras fue estudiante, Darío tuvo militancia universitaria. “La militancia
política y la universitaria son muy diferentes. En la militancia política uno tiene
que llegar a todos los rincones y aparecer en los medios de comunicación. La
militancia universitaria se da en un mismo ambiente donde todos nos conocemos
más. Lo que hay que hacer es separar. Cuando yo militaba éramos muchos blan-
cos en la agrupación, pero ahí pensábamos en la universidad. No hay que instru-
mentalizar políticamente esas cosas”.
Darío sabe bien por qué es blanco. “Una de las razones es que he leído
bastante historia. Cuando uno ve lo que fue el Partido Nacional para el país y los
héroes que ha tenido, como Oribe, Leandro Gómez, Timoteo Aparicio, Aparicio
Saravia, Herrera o Wilson, uno encuentra ahí una fuente de inspiración que te
marca. Es un partido que siempre tuvo posiciones muy claras en temas funda-
mentales como el sufragio y la representación proporcional. Y siempre tuvo
referentes que sacrificaron mucho por el país”.
Milita en el Partido Nacional desde los 14 años. Y entre las muchas experiencias
que vivió, hay una que recuerda de manera especial. “Me enorgulleció mucho
que el Partido Nacional fuera el primer partido en el país en organizar elecciones
de jóvenes, en las que fui candidato. Poder votar, tener un espacio propio y poder
integrar un órgano que nos representara, hizo que muchos jóvenes sintieran que
realmente estaban participando y tenían posibilidad de incidir. Eso sigue hasta
hoy”.
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“Mientras pueda seguir la huella,
voy a tratar de arrimar”
Carlos Nery Ribeiro
(Artigas, Artigas)
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“El mejor proyecto”
Rafael Danglada
(Malvín, Montevideo)
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“Somos los defensores
de las leyes”
Álvaro Ugarte
(Rivera/Maldonado)
Tiene 32 años y es médico. Hace cuatro años que vive en Maldonado, junto a
su esposa y sus dos hijos. Con Andrea se conocieron militando en el Partido Nacional.
Álvaro nació en Tranqueras, e hizo primaria y secundaria públicas en Rivera.
En 2002 se fue a Montevideo para empezar facultad. Su padre, empleado público,
vendió el auto para que pudiera estudiar.
“Me fui a vivir a lo de mi abuela. Llegué un domingo con una valija con toda
mi ropa. El viaje fue complicado porque había habido un tornado en Canelones.
Íbamos por la ruta y nos encontramos con un ómnibus recién volcado. Me bajé
en la Plaza Cuba para tomarme un ómnibus, pero ninguno me dejaba subir con la
valija. Me puse a buscar un taxi, pero habían matado a un taxista y no había. Arran-
qué a caminar con mi valija por Agraciada, que era el único camino que conocía.
Mi abuela vivía en Colón y yo no tenía idea de las distancias. ¡No llegaba más! En
el medio rompí valija. Se hizo la noche y yo estaba en el viaducto. Como no me
animaba a cruzar, entré a un bar a pedir ayuda. Se portó precioso el del bar. Me dio
unas monedas para que llamara por teléfono a mi padre, que llamó a un tío para
que me fuera a buscar. ¡Cómo sufrí ese día! Después, la vida con mi abuela fue la
mejor experiencia”.
Álvaro no se olvida del día en que le dijo a su padre que se había recibido.
“La emoción fue brutal. Ahora estoy en Maldonado, pero me siento médico de
campaña. En medicina, el 70 por ciento de la gente quiere que la escuches”.
En el 2004 empezó a militar con un grupo de amigos de Rivera. “Nos reunía-
mos mucho en el despacho del diputado de allá, en el Palacio Legislativo. En 2007
vinieron las elecciones de jóvenes, que fueron algo grandioso. Armamos un grupo
que se llamaba Jóvenes Nacionalistas por Rivera. Ese año me fui para Rivera a
militar”.
Álvaro siente que está donde debe estar. “El Partido Nacional es un partido
donde puedo decir lo que pienso, y si no estoy de acuerdo lo vuelvo a decir. Si sos
militante no sólo vas a pintar muros. Sos escuchado. Es un partido de hombres
libres, donde nadie te dice: ‘no digas eso’. Somos los defensores de las leyes. Nadie
te va a censurar”.
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“Esa rebeldía tan pacífica”
Martín Veiga
(La Paloma, Rocha)
Sus padres vienen de familias blancas, pero durante años estuvieron alejados
del Partido Nacional. Ahora volvieron, y eso se debe a la militancia y al compro-
miso de su hijo. “Eso a mí me enorgullece”, dice Martín con una gran sonrisa. Y
tiene un buen motivo.
Hizo primaria y secundaria entre La Paloma y la ciudad de Rocha. Hoy, a los
19 años, estudia, trabaja y sueña con ser abogado. Vive en el Barrio Parque de La
Paloma, del lado de Costa Azul. En todos los lugares donde vivió pudo conocer el
respeto y la solidaridad: “ver a mis padres ser ayudados y ayudar”.
Se acercó a la política cuando las elecciones de jóvenes del Partido Nacional del
año 2012. “Me invitaron a participar acá en Rocha y me fui interesando. Fue ahí
que empecé a leer historia nacional e historia del partido, para tener conocimiento
de dónde estaba parado y qué era lo que estaba haciendo. Se me prendió la lám-
para de la curiosidad y me puse a estudiar. Y me di cuenta de que el Partido Nacional
luchó para que pudiéramos ser lo que somos hoy: un país libre, democrático, re-
publicano. Vivimos como vivimos no gracias a los que nacimos ayer, sino a gente
como Oribe, Saravia y Wilson, que fue el último revolucionario que tuvo el país”.
Pero no sólo importa la historia, sino también el presente. Martín se sintió
atraído “principalmente por la libertad y por esa rebeldía tan pacífica que hay en
el partido. En tiempos de Aparicio la rebeldía se mostraba con lanzas. Hoy sigue
existiendo esa rebeldía, pero de otra manera. Y eso es lo que lo mantiene tan
vivo”.
Martín es miembro de la Comisión Departamental del partido en el Depar-
tamento de Rocha. “El Partido Nacional le ha abierto la puerta a los jóvenes, tanto
para militar en la calle como para ocupar cargos orgánicos”. También es suplente
del edil departamental José Luis Molina. “Me gusta la tarea. Veo la política como
una herramienta para aportarle a la sociedad y a la comunidad. Es una de las
cosas más lindas que hay para hacer”.
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“Yo pertenezco al bando
de Manuel Oribe”
Diego Camargo
(Artigas, Artigas)
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“Todos pueden
desarrollarse y crecer”
Sandra Tordecillas
(Paysandú/Montevideo)
Dice que el rancho en el que vive está sin terminar, pero no dudó en ofrecer
una habitación para que funcione un local del Partido Nacional. Hace cuarenta
años que vive en el Chuy. Está jubilado y hace changas, porque la jubilación no da
para vivir. “Yo entro a las casas y es como si entrara a la mía. Me dan las llaves”.
Cacho apenas fue a la escuela. “Sólo fui dos o tres meses. Después mi
padre me sacó para ir a trabajar. La maestra estaba apenada porque decía que yo
era muy rápido. Capaz que hubiera sido inteligente hasta demás, pero a mí me
hubiera gustado aprender a leer y ser una persona instruida. Cuando mi padre
me sacó me dijo que una persona que sepa leer y una que no sepa van a ser lo
mismo. Totalmente equivocado. A los 50 años empecé a ir a una escuela nocturna.
Al final dejé, pero ya casi leía de corrido”.
De joven fue ciclista. “Era bueno y fui reconocido, pero nunca pude correr
carreras importantes porque no tenía plata para una buena bicicleta. Corría por
acá con la peor bicicleta, pero igual ganaba”.
Plata no había, pero sí mucha honradez. “Mi padre nos decía que lo ajeno
no se toca, y yo le enseñé lo mismo a mis hijos. Somos los padres los que tenemos
que enseñarles. Nosotros, no la calle. Si uno cría un hijo torcido, sin enseñarle a
trabajar, cuando siente que necesita algo pasan las cosas que pasan hoy en día”.
Cacho es un puntal del Partido Nacional en el Chuy. “Mi madre era blanca
herrerista, pero yo de joven no era muy político. Después, con los años, me em-
pecé a interesar. Un día vino un amigo a buscarme y ahí me enganché. Ahora me
gusta mucho. Voy a una reunión política y llego contento. El Partido Nacional me
transmite mucha alegría, mucha emoción. Cuando se lastimó José Carlos nos hizo
llorar a todos. Es una persona que queremos mucho. El viene acá a la casa y es
como si viniera un familiar. Llega caminando y entra hasta el fondo. Así tiene que
ser un político: tiene que ser gente frente a la gente. Ahora hay mucho político
zalamero”.
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“Me da mucha esperanza”
Washington Geronimi
(La Paz, Canelones)
Es blanco pero se crió en Rincón del Colorado. Sus padres tenían una chacra
en ese paraje del Departamento de Canelones. Allí no había televisión ni apenas
juguetes. “Los juegos eran todos caseros”, recuerda con nostalgia. Fue a la escuela
rural 148. Cuando creció, se vinculó al Movimiento de la Juventud Agraria. “Era
una convivencia muy linda entre todos los jóvenes del departamento”.
A los 18 años se fue a Montevideo y se hizo soldado. Era el año 1970.
Cuando habla de esa época, Washington se emociona: “Siendo militar perdí cua-
tro camaradas a manos de la gente que ahora está en el gobierno. Son cosas del
pasado, pero no se te borran. No tengo rencor, pero el dolor está siempre”.
En los años ochenta Washington volvió a la vida civil y se hizo chofer de
ómnibus. Los 25 años que estuvo al volante lo hicieron testigo de muchos cam-
bios: “Al principio había amabilidad y respeto. Enseguida se le dejaba el asiento
a una persona mayor o a una embarazada. Con el tiempo eso se fue perdiendo.
Ahora hasta los niños de escuela tienen una actitud diferente. ¡Si habré visto
cosas!”.
Gracias a toda una vida de trabajo, Washington y su esposa pudieron comprar
una casa en La Paz: “Compramos poco más que cuatro paredes y la fuimos
mejorando con nuestras manos. Fuimos levantando paredes, techando, revocan-
do, pintando. Yo levanto, pero la que revoca y pinta es mi esposa”. Washington
está casado en segundas nupcias y tiene dos hijos.
A Washington le gusta la historia y la tradición. Por eso colecciona objetos
vinculados con el pasado del Partido Nacional. “Cada cosa antigua tiene su histo-
ria”, dice, mientras muestra una vieja lanza. “Me gusta saber sobre los grandes
caudillos del partido, como Aparicio Saravia y Wilson Ferreira. Aunque no soy
wilsonista, creo que Wilson fue uno de los grandes”.
Washington es blanco de cuna, pero no siempre militó. “Desde chico mamé
lo que es ser blanco. Mi padre y mi madre eran blancos. Pero no milité hasta hace
unos veinte años. Ahora soy casi fanático. Me encanta la militancia: el
compañerismo, el estar ahí. Me da mucha esperanza”.
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“Un país recuperado”
Tiene 24 años y vive con su madre. También tiene tres hermanas, un perro
y dos gatos. “Un pibe común y corriente, uno más del mundo”, dice de sí mismo.
Trabaja y por ahora dejó de estudiar, aunque le gustaría volver a hacerlo. “Tengo
que organizarme”.
Sociable y amiguero, le gusta salir y divertirse. “En alguna fiesta he llegado
a bailar arriba de una barra”, dice riéndose. Al mismo tiempo le gustan los valores
“de antes”, esos que le transmitió su madre. Por se siente “en el límite entre un
chico moderno y alguien más chapado a la antigua”.
Militante desde siempre, empezó acompañando a su madre a reuniones
políticas. “Al principio lo hacía para no quedarme en casa. Después me fui
metiendo, aunque nadie me dijo que tenía que hacerme blanco. Hoy milito por
convicción. Creo que el Partido Nacional puede ayudar a la sociedad uruguaya.
Hoy tenemos un gobierno que no aporta soluciones de fondo y el Partido
Nacional tiene las propuestas y la fuerza necesarias para hacerlo. Además hay
mucho trabajo. Si hay algo que he visto es el trabajo humano que hay, desde los
jóvenes hasta los más veteranos. Hay laburo en todos lados. Desde ir a escuchar
a la gente hasta solucionar sus problemas, pasando por llevar propuestas a los
legisladores”.
A Juan Pablo le preocupa la mala imagen que muchos jóvenes tienen de la
política. “Muchos piensan que la política es algo malo, y no es así. En la política
como en todas partes hay seres dañinos, pero la política es lo que sostiene a un
país. No hay que quedarse en la chiquita. Hay que mirar lo bueno que hay en la
política. Lo importante es encontrar un espacio donde puedas ser vos mismo.
Después es meter laburo”.
Para Juan Pablo la militancia no es un esfuerzo sino algo muy gratificante.
“Cada momento que milité, que toqué una bandera, sentí que estaba haciendo
algo por el país. El Uruguay es un país dañado, está lastimado. Sólo el Partido
Nacional puede ayudarnos a tener un país recuperado. Claro que hay gente que
piensa que el camino es otro, y eso es respetable. Pero yo siento que el camino
es este”.
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“Conciencia de Patria”
Tenía 6 años de edad cuando aprendió a leer. Desde entonces le leía en voz
alta a su padre los ejemplares del diario El Debate que traían de la ciudad. “Mi
padre había sido soldado de Aparicio Saravia en 1904. Lo habían herido en una
rodilla, en Tupambaé, y le interesaba todo lo que pasaba con el Partido Nacional.
Por eso me pedía que le leyera los discursos de Herrera, de Echegoyen, de Haedo.
En casa se hablaba mucho del Partido Nacional, porque mi madre, que era
descendiente de Artigas, también era blancaza. Y mi padre hablaba del partido
con gauchos veteranos que venían a conversar”.
“Mi vida es sencilla y muy linda”, cuenta. “Soy campesino de nacimiento.
Nací en el Departamento de Treinta y Tres. De niño trabajaba en la quinta y
ayudaba a mi madre con el tambo, así que de trabajo sabía todo. A los 12 años
nos vinimos para Montevideo. Empecé haciendo trabajos de mandadero, que
en esa época había muchos. Todos los comercios tenían mandaderos. Después
trabajé en Agua Jane, mientras jugaba al fútbol en la Liga Comercial. Más tarde
entré en una fábrica textil chica, y de ahí pasé a La Aurora. Estuve 19 años y llegué
a capataz. De ahí pasé a trabajar en Ancap hasta que me jubilé”.
Ahora tiene 87 años y sigue viviendo en Capurro, que fue el barrio donde
se instaló hace 75 años, cuando la familia llegó a Montevideo. También sigue
militando en política, como lo hacía cuando era adolescente.
Ya jubilado, puede dedicar más tiempo a su otra pasión, que es la historia
nacional y partidaria. “Soy oribista a muerte. Considero que Oribe es un hombre
fundamental en la historia del país. Como le escuché decir hace muchos años a
un gran blanco, Oribe es el fundador de la conciencia nacional. En este país hay
conciencia de Patria, y esa conciencia la creó Oribe. Evitar que se pierda es una de
las tareas del Partido Nacional”.
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“Me siento muy honrada
de ser del partido blanco”
Alba Muniz
(José Enrique Rodó, Soriano)
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“Vengan al partido
a trabajar”
Jorge Ferrer
(Casabó, Montevideo)
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“Que se cumplan los sueños”
Sebastián Martínez
(Tres Cruces, Montevideo)
Es uno de esos militantes de todas las horas que mucha gente vio repartiendo
listas en Avenida Brasil y la rambla de Montevideo. Hombre de acción en el
terreno, ni el sol ni la lluvia lo amilanan. Para él, una campaña electoral es una
larga sucesión de actos, pegatinas, reuniones en locales partidarios y caminatas
para repartir volantes. Lejos de cansarlo, esas actividades lo estimulan. Igual que
participar en caravanas y en peñas para juntar fondos.
Sebastián tiene 35 años de edad y trabaja como repartidor en una empresa
de logística. Hace 15 años que milita en el Partido Nacional. Uno de sus mayores
orgullos es contarse entre los primeros militantes de la Lista 404. Vio crecer a Luis
Lacalle como dirigente y espera verlo presidente. De hecho, está esperando con
ansiedad que llegue la próxima campaña. “Hay que militar para que se cumplan
los sueños”.
Sólo que, la próxima vez, Sebastián no militará únicamente en nombre
propio sino también en el de su hermana. Tan blanca como él, también militante,
pero además arquitecta y artista plástica, Lorena murió hace pocos meses en un
accidente de tren, mientras estaba exponiendo sus obras en París, en el museo
del Louvre. Para Sebastián, el recuerdo de su hermana será un motivo más para
comprometerse en el trabajo político. Militar también por ella será su manera
muy personal de tenerla presente.
A Sebastián le duele ver jóvenes que no se interesan en política. Le gusta-
ría, al menos, que prestaran atención a la prensa y a los informativos. Pero no
los critica ni pretende decirles lo que tienen que hacer. Sólo confía en que su
entusiasmo sea contagioso.
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“El partido ayudó mucho
a mi barrio”
Carlos Julio Ortega
(Villa del Cerro, Montevideo)
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“No hay cosa más linda
que ser blanco”
Juan Alberto “Sapo” Santana
(Barrio La Estiba, Rivera)
“Fui criado en campaña. Pasé mucho trabajo. Papá y mamá nos levantaban
a las seis porque había que ordeñar y limpiar chiquero antes de ir a la escuela. La
escuela quedaba a una legua. Íbamos en carro. Salíamos a las 9 para llegar a las
10, que era la hora de entrada. A las 4 estábamos de vuelta. Tomábamos la leche e
íbamos con papá a trabajar en la chacra. Era sacrificado, pero yo digo que mi niñez
fue más linda que las que veo ahora”.
La frontera en aquella época era también más violenta. “Era normal andar
armado y muy seguido había pelea. Yo mismo tuve unas cuantas. No es que yo
buscara, pero tampoco traje atrevimiento para casa. Hoy con 67 años y sin fuerza,
ya medio que echo para atrás. Pero cuando era joven era como Saravia: no preguntaba
cuántos eran”.
Juan Alberto es wilsonista de la primera hora y se cuenta entre los fundadores
del Movimiento Por la Patria en Rivera. Su fidelidad al Partido se mantuvo intacta
aun en los años más duros. “En la época de la dictadura, Chiquito Saravia y Luis
Alberto Heber nos traían materiales. Y como no podía haber reunión, nos juntá-
bamos en Livramento”.
“El Sapo” encaró todos los aspectos de su vida con la misma actitud enérgica.
Trabajó siempre. Se divorció joven y crió a sus hijas solo. Hoy dedica todo su
esfuerzo a un nieto que necesita un doble trasplante de pulmón. Están haciendo
una campaña para que la gente colabore. “Los blancos tienen que estar luchando
siempre, no hay que aflojar en nada”.
En medio de esa lucha personal, Juan Alberto mira con confianza el futuro
del Partido Nacional. “El partido está unido y preparado para gobernar. Hay mucha
gente nueva, personas jóvenes y capaces. Vamos a enfrentar problemas, pero hay
que tratar de ganar y de hacer las cosas bien. Hoy hay muchas cosas que se están
haciendo mal”.
Ya jubilado, Juan Alberto milita con menos intensidad que antes. Pero su
adhesión se mantiene tan intensa como siempre. “Es como decía Wilson: no hay
cosa más linda que ser blanco”.
Las cuentas para colaborar con el nieto de Juan Alberto son la 61785 de Abitab y 93023062 del Bandes.
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“Es la alegría mía”
Mirta Umpiérrez
(Libertad, San José)
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“El partido que siempre
estuvo contra los mandones”
Daniel Miraballes
(Treinta y Tres, Treinta y Tres)
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“Cruzaba por la puerta de la
comisaría y gritaba”
Silvia Suárez
(Florida, Florida)
Dice que a los diez años quedó bautizado como blanco. “Era 1950 y mis
padres me llevaron a la plaza de Melo para conocer al doctor Luis Alberto de
Herrera. El doctor Herrera me dio un beso en la frente y ahí quedé bautizado”.
Pocos años después estaba haciendo campaña en las esquinas con un parlante
en la mano. Eran las épocas del legendario “Nano” Pérez, varias veces intendente
de Cerro Largo.
Nació en campaña hace 77 años. Cuando él tenía tres, la familia se instaló
en Barrio López, en las afueras de la capital departamental. Está casado, tiene
dos hijos y tres nietas. “Estoy satisfecho de ser lo que soy y no aparentar lo que
no soy”.
Trabajó políticamente con Rufino Pérez y después con Jorge Silveira Zavala.
Hoy apoya al intendente Sergio Botana y al diputado José Yurramendi. “Nunca fui
candidato a nada. Tuve oportunidad pero no quise. He servido a mi partido y no
me he servido de él. He dado la cara y he salido a buscar el voto sin pedir nada.
Si hay que ponerle nafta al auto, se la pongo. Si alguien necesita un remedio, se
lo compra y se lo lleva. Nadie tiene que enterarse. El apoyo político llega si uno
actúa bien. Una vez me mandaron a un hombre que tenía un problema complicado.
Yo traté de arreglárselo pero no pude. Y le dije que no había podido. Llegaron
las elecciones y ese hombre vino a mi casa para buscar la lista. Me dijo que iba a
acompañarnos porque yo no le había mentido”.
Para Nito, la identidad del blanco se resume en “Patria, democracia y liber-
tad”. Y destaca que el Partido Nacional, aun sin ser gobierno, siempre acompañó
las decisiones que eran buenas para el país. “Ese es el blanquismo de Saravia”. Un
buen blanco tiene que ser honesto y conocer la historia de su partido. “Yo siempre
refresco la memoria de mi querido y glorioso Partido Nacional”.
Veterano de mil batallas, Nito ve hoy a un Partido Nacional fuerte y unido.
“Todos los días hay caras nuevas y mucha gente inteligente. Hay cantidad de
agrupaciones. El partido tiene buen semillero”.
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“Desde el año 1962
voto al mismo partido”
Omar González
(Lascano, Rocha)
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“Nada del Partido Nacional
me resulta ajeno”
Virginia Méndez
(Barrio Sur, Montevideo)
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“Son ochenta años
que tengo con los blancos”
Ruperto “Pocho” Candamil
(Villa Nidia, Montevideo)
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