Consulta Romano No. 2
Consulta Romano No. 2
Consulta Romano No. 2
o menos largo. En este período de tiempo entre la delación y la aceptación se produce un vacío en
la titularidad de las relaciones hereditarias, la cual no puede atribuirse ya al causante puesto que ha
muerto, ni al heredero porque aún no ha aceptado: en este período de tiempo se dice en Derecho
romano que la herencia está yacente.
La hereditas iacens es distinta de la herencia vacante. Se llama yacente en tanto exista la posibilidad
de que un heredero acepte; se dice vacante cuando está excluida la existencia de un heredero. En
el primer caso se produce un estado de suspensión y de tutela en espera que un heredero acepte;
en el segundo, en base a una disposición de una lex Iulia et Papia Poppaea, la herencia va a pasar al
erario público.
Ahora bien, ¿cómo debemos configurar desde el punto de vista jurídico la herencia yacente?. La
naturaleza jurídica de esta figura evoluciona en Derecho romano pasando por diversas etapas:
a) Originariamente los bienes hereditarios se consideran como res nullius, como si no tuvieran
dueño (sine dominus. Gayo 2, 9; D. 15, 1, 3 pr.). Pero esta solución implicaría que el saqueo de los
bienes hereditarios yacentes no supone hurto.
b) Más adelante, los juristas romanos parecen configurarla, en algunos supuestos, como la
continuación de la persona del difunto, de quien la herencia yacente viene a ser el representante (I.
2, 14, 2). En otros casos afirman que la herencia yacente adquiere para el heredero futuro, cuya
personalidad representa la herencia hasta el momento de la aceptación (D. 46, 2, 24: hereditas
heredis personam interim sustinet).
c) Se llega finalmente a admitir que es la misma herencia yacente la que hace las veces de titular, y
son varios los textos donde se la considera como dueña (D. 41, 1, 61 pr.). Incluso en Derecho
justinianeo parece configurarse como una persona jurídica (D. 40, 1, 22).
Sin embargo creemos que el Derecho romano, en ningún caso llegó a considerar la hereditas iacens
como una auténtica y verdadera persona jurídica. Es tan sólo un expediente más, junto a los ya
mentados, para dotar a la herencia yacente de una cierta capacidad jurídica, superando así la
antigua noción, según la cual era considerada como una cosa sin dueño (res sine domino).
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+ Delación de la herencia
Delación (delatio viene de defero=ofrecer) es el llamamiento hecho a una o varias personas para
adquirir la herencia. La delación es precisamente el título jurídico por el que una persona ocupa la
situación jurídica del difunto. Los juristas romanos dicen: delata hereditas intellegitur quam quis
possit adeundo consequi (D. 50, 16, 151), lo cual significa que herencia deferida es aquella que el
llamado puede adquirir mediante aceptación
- Llamada a la herencia
La llamada a la herencia se produce por lo general a la muerte del de cuius, pero puede verificarse
en un momento posterior: así en la institución de heredero bajo condición, la herencia no se defiere
antes del cumplimiento de la condición, pues hasta entonces no puede aceptar.
El Derecho romano conoce dos causas de llamada a la herencia, que son, según la terminología
tradicional, la ley y el testamento. La llamada por ley o ab intestato tiene lugar por voluntad de la
ley y a favor de las personas que ella determina. La llamada por testamento tiene lugar por voluntad
del disponente (testador).
En las fuentes romanas se contraponen hereditas legitima (herencia legítima) a hereditas y heres
testamentarius (D. 38, 7, 2 pr.; Paul Sent. 4, 8, 24). Nuestro Código civil admite también dos clases
de llamada a la herencia, cuando advierte en su artículo 658 que la sucesión se defiere por la
voluntad del hombre manifestada en testamento, y a falta de éste por disposición de la ley. La
primera, añade, se llama testamentaria y la segunda legítima.
- La delación, título personal que atribuye al llamado la facultad de adquirir la herencia mediante
aceptación
Para concluir diremos que la delación es un título estrictamente personal que atribuye al llamado,
no la herencia, sino la facultad de adquirirla mediante un acto libre y voluntario que es la aceptación.
Precisamente de este carácter personal deriva su inalienabilidad, no pudiendo por tanto, enajenarse
la delación ni transmitirse por sucesión hereditaria, salvo algunas excepciones, como el caso del
heredero que no haya podido en espera del nacimiento de un póstumo del causante, y haya muerto
antes del nacimiento del mismo.
+ Adquisición de la herencia
Con el término aditio (de adeo=aceptar, adquirir la herencia) los romanos designaban generalmente
la manifestación expresa o tácita del llamado para adquirir el título de heredero, y las consecuencias
jurídicas que tal título importaba.
+ Heredes necessarii
Son los esclavos instituidos herederos cum libertate por su dueño (Gayo 2, 153). Se llamaban así
porque a la muerte del testador, quieran o no, se convierten en libres y herederos.
Son los hijos que se encuentran bajo la patria potestad del difunto en el momento de su muerte
(Gayo 2, 156).
Tanto unos como otros adquieren la herencia sin necesidad de aceptación, automáticamente: de
ahí la calificación de necessarii. A este respecto son tajantes las palabras de Gayo 2, 157: necessarii
vero ideio dicuntur quia omni modo sive velint sive nolint, tam ab intestato quam ex testamento
heredes fiunt, es decir, se llaman necesarios porque quieran o no quieran se hacen herederos, ya
sean ab intestato o testamentarios.
+ Heredes extranei
Son todos los demás herederos, legítimos o testamentarios, que no están sujetos a la patria
potestad del testador. Obviamente se les llamaba voluntarii, pues una vez que han sido llamados a
la herencia, tienen la posibilidad de aceptar o renunciar a la misma.
La aceptación de la herencia podía tener lugar mediante cretio, o a través de la pro herede gestio.
La cretio era una declaración solemne y verbal que manifiesta la voluntad inequívoca de aceptar la
herencia, y de la que Gayo (2, 166) nos conserva la fórmula usada para la sucesión testamentaria:
puesto que Publio Nevio me instituyó heredero en su testamento, YO ACEPTO esa herencia. Se
conjetura que tal declaración se cumpliera en presencia de testigos, y el testador fijaba también un
término (normalmente cien días) dentro del cual el llamado debía cumplirla.
Que la aceptación pueda ser expresa o tácita se desprende de los artículos 999 y 1000 del Código
Civil, donde se prescribe pormenorizadamente sobre esta materia.
Ante las graves consecuencias que podía acarrear a los heredes necessarii la imposibilidad de
renunciar a la herencia (imaginemos que en el supuesto de un patrimonio cargado de deudas
tendrían que responder con su propio patrimonio), el Pretor acordó para ellos la posibilidad de
abstenerse de la herencia paterna y renunciar a ella; a esta posibilidad se denominó beneficium
abstinendi.
Nuestro Derecho no contempla la distinción entre herederos necesarios y herederos voluntarios,
pues nadie tiene la obligación de aceptar una herencia, cualquiera que sea la forma en que le ha
sido deferida.
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Fuente:
Derecho Privado Romano, Antonio Ortega Carrillo de Albornoz. Páginas 316 - 321.
Renuncia de la herencia
El heredero voluntario puede renunciar a la herencia, y esta renuncia puede ser expresa o tácita:
expresa, si el heredero declara su voluntad formalmente; tácita, si realiza actos que hacen suponer
necesariamente su intención de renunciarla. Para poder renunciar es preciso poder aceptar; y en
consecuencia, la renuncia no es válida, si la herencia no se ha deferido todavía, precisamente porque
la aceptación presupone también la delación. La renuncia es irrevocable, si bien el que ha
renunciado como instituido puede aún aceptar como sustituido; y así también el que renuncia como
heredero testamentario, puede aceptar la herencia como heredero ab intestato (9). Tanto la adición
como la renuncia eran válidas aun cuando estuviesen fundadas en un error acerca de los motivos,
pero no así cuando el error se refería a la identidad de la herencia. Ni una ni otra estaban sujetas a
formas especiales, pero no podían contener reservas ni condiciones.
Fuente:
Instituciones de Derecho romano | Libro tercero, De las obligaciones | Felipe Serafini, páginas 450
- 454.