Viriato. Iberia Contra Roma

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João

Aguiar

VIRIATO. IBERIA CONTRA ROMA

(A voz dos deuses, 1984)

Mi agradecimiento sencillo, pero muy sincero, a cuantos me ayudaron y, de


manera especial, a Joaquim de Souza, que dibujó para este libro el mapa de la
antigua Iberia, y al Dr. Augusto Ferreira do Amaral, que me cedió parte del
material de consulta.
NOTA DEL AUTOR

Viriato. Iberia contra Roma es una obra de ficción y no un ensayo histórico


riguroso. Sin embargo, estoy sinceramente convencido de que, si el héroe Viriato
existió de hecho —hay historiadores que hasta esto cuestionan—, el personaje
que los lectores van a encontrar en este libro está más próximo de su modelo
histórico que la tradicional imagen del rudo pastor de los Herminios bravamente
atrincherado en su Cava, en Viseu. Esto, claro, para los lectores portugueses; los
españoles tendrán de él otra imagen, igualmente fantástica pero algo diferente,
ya que Viriato entró definitivamente en la mitología de los dos países y pertenece
a ambos. Lo que yo he intentado es aproximarme a lo que podía haber sido un
«Viriato real».
Aún así, hubo que rellenar muchas brechas existentes en nuestro
conocimiento histórico y, para eso, tuve que recurrir a la imaginación, aplicando
la célebre frase de un gran escritor portugués Eça de Queirós: «Sobre la fuerce
desnudez de la verdad, el diáfano manto de la fantasía».
Los lectores interesados encontraran en las páginas finales de este libro
algunas notas que les ayudarán a distinguir entre la desnudez de la Historia y el
velo de la Fantasía.

João Aguiar, marzo 2005


MAPA DE IBERIA
PRÓLOGO

(Año 84 a. C.)

Arcóbriga y Meríbriga son ciudades muertas desde que sus habitantes se


vieron obligados a establecerse en el valle. Abandonadas en lo alto de sus lomas,
siguen dominando la amplia planicie ondulada, pero aquí, en el santuario,
continúa dominándolas el dios, porque este monte es su morada terrenal y
sobrepasa en altura a todos los cerros vecinos.
Arcóbriga y Meríbriga nacieron bajo protección divina. En todo lo que
abarca la memoria de los hombres, jamás las murallas de las dos ciudades
cedieron a un ataque, e incluso cuando llegó la hora de la derrota, no hubo
sufrimiento o ignominia. Por eso los antiguos habitantes, ahora instalados a lo
largo del río, siguen trayendo ofrendas a la divinidad, pues saben que le deben la
vida, el pan y la seguridad que les permite labrar la tierra, cazar, apacentar el
ganado y, al atardecer, encender con tranquilidad sus hogueras para preparar el
yantar. Es el humo de estas hogueras el que veo dispersarse por la llanura, al azar
del viento fresco y fuerte.
También la hoguera que me protege contra el frío se doblega bajo el ímpetu
del viento, pero cuando miro hacia delante puedo distinguir, en el interior del
templo, cuya puerta está abierta, la llama sagrada que arde erguida e impasible,
sin un soplo que la perturbe. Pero, junto a mí, al aire libre, las flores que cubrían
el ara de los sacrificios aparecen ahora dispersas por el suelo.
Esta es mi hora preferida. Están ya cumplidos los ritos y consagradas las
ofrendas de los fieles, los acólitos se han recogido a sus alojamientos, situados
en la ladera, para preparar la cena, y aún no han llegado los peregrinos que
desean consultar al oráculo.
Estoy solo, al fin, envuelto en el gran silencio de la tierra. Y este silencio, tan
profundo que en él se pierden el canto de los pájaros y el silbido del viento,
libera mi alma. Cuando me hundo en él, el dios, a veces, me habla.
No ha sido siempre así. Los dioses hablan a los hombres con voces
diferentes, de acuerdo con lo que son capaces de entender. Los jóvenes oyen esas
voces en el estrépito de las batallas o en el acto del amor, los viejos aprenden a
escuchar de otra manera. Antaño, también yo oí la voz de los dioses en el amor,
en la guerra, en los sueños y en la tempestad —e incluso en las palabras de otros
mortales. Ahora, cuando han pasado ya ochenta inviernos en mi vida —si es que
no he dejado pasar algunos sin saberlo— me queda el silencio.
No siento amargura, sólo fatiga. Con todo, la fatiga se va disolviendo como
yo mismo me disuelvo lentamente en el aire puro y luminoso del santuario
(cuando, en la pasada primavera, me torcí un tobillo y tuve que ser llevado hasta
el templo por los acólitos, quedaron éstos sorprendidos al sentir mi cuerpo tan
leve y frágil).
He vivido bastante más que la mayoría de los hombres. Durante mucho
tiempo no comprendía cuál era la razón de que los dioses conservaran una vida
que, creía yo, había cumplido su destino en plena juventud. Ahora ya sé la razón,
como sé muchas otras cosas: he oído en el silencio de la noche la voz de la
divinidad.
Por eso estoy sentado aquí, grabando estas palabras en tablillas de cera que
voy amontonando ante mí. Además, en aquel cofre herrado guardo mi tesoro
más precioso, algunos rollos de papiro (el mejor papiro de Egipto), en los que
copiaré en forma definitiva los textos cuya primera versión escribo en cera. No
temo que la muerte me sorprenda en medio del trabajo, pues obedezco al dios y
él me preservará hasta que su voluntad se cumpla. Estoy en sus manos, y sólo
eso me importa.

Historia de Tongio, hijo de Tongétamo, sacerdote del gran dios Endovélico y


guardián de su santuario.
1. EL ORÁCULO

Yo nací bajo el yugo de Roma. El antiguo reino de Cinéticum, famoso por


sus bosques, por la suavidad de su clima y por sus grandes riquezas, ha atraído
siempre la presencia de los dioses y la codicia de los humanos. En el año en que
vine al mundo, ya las águilas romanas dominaban la mitad de nuestra costa,
desde la hoz del Anas hasta occidente, y eran suyas las grandes ciudades de
Ossonoba, en el litoral, y Conistorgis, en el interior. Balsa, mi tierra natal, no es
tan populosa, pero en tiempos de los fenicios fue un fondeadero importante, y
aún hoy figura entre los puertos principales de Cinéticum.
Nací junto al mar, y el mar es uno de los primeros recuerdos de mi infancia.
Otro recuerdo, por extraño que parezca, es el amuleto que mi madre me colgó al
cuello para alejar las fiebres y los dolores cuando empezaron a asomar los
primeros dientes. Ese amuleto —un diente de jabalí, perforado, colgado de un
hilillo de oro fino y flexible— no me ha abandonado nunca y, gracias
posiblemente a él, en mi vida, que yo recuerde, no he sufrido jamás un dolor de
muelas.
Por línea materna desciendo de los con los, cuyos reyes hicieron de
Cinéticum un país próspero. Esa prosperidad atrajo a comerciantes y a invasores.
Unos y otros se sucedieron a lo largo de los tiempos, llegados desde el mar o de
la vecina Bética, se establecieron en nuestro territorio y acabaron por estrechar
vínculos profundos con la población coma. Su llegada provocó muchos cambios
y mudanzas, entre ellos la desaparición de la dinastía real que nos había
unificado. Pero Cinéticum supo absorber y asimilar a sus dominadores, al menos
hasta que aparecieron los romanos. En mi familia, como en todas las familias de
nuestras ciudades, hay casi tanta sangre fenicia o turdetana como antigua sangre
coma.
Las guerras y las invasiones habían alterado también lo que parecía destino
inmutable de los hombres de mi clan. Durante muchas generaciones —desde la
época de los reyes— mi familia estuvo entre las notables de Ossonoba. Cuando
los guerreros envejecían y dejaban las armas, tomaban asiento en el Consejo de
los Ancianos y se ocupaban de las tierras que poseían al Este del Promontorio
Sagrado. La llegada de los extranjeros acabó por romper esa tradición al
debilitarse los vínculos del clan y separarse las familias cuando se dispersaron
por todo Cinéticum o se fueron al Norte, al otro lado de las sierras. Cada
agregado pasó a contar sólo con sus propios miembros o con las amistades o
alianzas hechas en la tierra donde se habían instalado.
Mi bisabuelo fue el último en seguir la carrera de las armas: se alistó en el
ejército cartaginés, sirvió bajo el mando de Aníbal Barca y murió en Italia, en
una escaramuza con las legiones romanas. Sus restos mortales no fueron
recuperados nunca, y sus hijos no pudieron cumplir con el ritual fúnebre.
Se dice que los muertos no perdonan a quien los deja sin sepultura, y el caso
es que, muy pronto, la suerte de la familia empezó a cambiar y los cuatro hijos
perdieron casi todo el patrimonio que habían heredado. El tercer hijo, pese a
todo, no aceptó pasivamente la mala fortuna: sin consultar a nadie, cumplió él
mismo con los ritos ante un sepulcro vacío que había comprado, para que así
supiese el difunto que le eran rendidos los honores debidos, y, tomando bajo su
protección al hermano menor (que sería mi abuelo materno), se estableció en
Balsa como mercader. Murió pronto, soltero, pero mi abuelo, hombre inteligente
y enérgico, había aprendido el oficio y supo rehacer la riqueza perdida. Se casó
con una joven perteneciente a la pequeña nobleza local y tuvo dos hijos con ella:
Camalo, a quien él inició en los negocios, y Camala, mi madre.
De mi padre sólo conservo la imagen fugitiva de un muchacho que me
sentaba en sus rodillas y que era tan hermoso, de una belleza tan resplandeciente,
que yo no sabía (y aún hoy no tengo esa seguridad) si era realmente mi padre o
si era una de aquellas divinidades luminosas que se aparecen a los niños. He
pensado en eso muchas veces, pero creo que, si fuese una aparición, no sería su
mirada tan triste y tan ausente. El recuerdo se me fue haciendo más vago con el
paso de los años, pero no voy a olvidarlo nunca. No olvidaré al menos aquellos
ojos tan claros, de un tono verde— mar, que me miraban casi sin poner atención
en mí.
Cuando comprendí que ya no tenía padre, intenté saber qué le había ocurrido
y quién fue. De mi madre no conseguí información alguna. Casi no hablaba más
de él que para rezar a su espíritu (acusándolo sin embargo de haberla
abandonado) y llorar su muerte —cosa que ocurría sobre todo cuando alguien la
contrariaba. Fue Camalo, mi tío, quien me contó un día, con una amargura que
no podía disfrazar, la historia de aquel casamiento del que soy único fruto. Ya
entonces sabia yo, por intuición infantil, que la elección de mi madre no le había
gustado nunca.
Camalo era un hombre austero y reservado. Tras la muerte de mi abuelo
había asumido la responsabilidad de proteger a su hermana, quince años más
joven. Se había quedado viudo muy pronto, sin hijos, y decidió no volver a
casarse hasta que la joven Camala encontrara un marido capaz de defenderla en
caso de peligro, pues se vivía entonces una época agitada y constantemente
llegaban a Cinéticum noticias de combates entre los gobernadores de la Hispania
Ulterior (como decían los ocupantes) y los pueblos de las regiones no
subyugadas. En la Bética y en Beturia eran frecuentes las incursiones de los
lusitanos, y los mercaderes llegados de Gadir contaban historias inquietantes de
sangrientas revueltas contra Roma. Ante esta situación, Camalo quería casar a su
hermana con algún sólido e influyente comerciante que fuera capaz de
mantenerla al abrigo del infortunio. Pero los hombres son muñecos en manos de
los dioses.
Me fue contada la historia cuando yo tenía doce años. Hacía ya algún tiempo
que mi madre, cada vez que yo hacía una travesura propia de mi edad, me decía
en tono grave y solemne:
—¡Tongio, no puedes comportarte como si fueses un chiquillo cualquiera!
—¿Por qué? —preguntaba yo, sólo por ganar tiempo.
Y la respuesta, ya conocida, no se hacía esperar:
—Recuerda quién eres. Recuerda que eres de sangre real.
Decía esto, y se negaba a darme más explicaciones. No me fue difícil
entender que sus palabras tenían el poder de exasperar a mi tío. Y me di cuenta
también de que él y mi madre estaban empeñados en una lucha sorda cuyo botín
era yo.
Un día, Camalo no pudo contenerse más, y cuando la odiada frase fue
pronunciada de nuevo, se levantó y me hizo una señal para que lo siguiera, al
tiempo que, con una mirada cuya dureza me sorprendió, acallaba las protestas de
mi madre. Durante unos instantes insoportables se enfrentaron los dos casi con
rabia; después, ella cedió, y mi tío se fue hacia el jardín con el cuerpo aún
envarado por el esfuerzo que había hecho para contenerse. Yo fui tras él.
Era un día de primavera, un día dorado de sol, y en el aire había olor a flores,
a miel, a pan recién salido del horno. Camalo se detuvo en un rincón del jardín y
yo me quedé esperando a que eligiera una sombra y me mandara sentarme. Su
aire grave, más grave aún que de costumbre, me causaba una sensación
incómoda.
—De esto teníamos que hablar tarde o temprano —dijo casi bruscamente—
y creo que ha llegado ya el momento.
Empezó entonces un relato que yo iba oyendo con avidez, bebiendo sus
palabras. Eligió un lenguaje propio para mi edad, y omitió ciertos pormenores,
pero fue suficiente para que más tarde pudiera yo llenar las lagunas del relato
con mi conocimiento de adulto.

Cuando mi madre cumplió quince años, tomó la inesperada decisión de


acompañar a Camalo en uno de sus viajes de negocios. El hermano la había
dejado siempre bajo el cuidado de siervos de confianza, pero, aquel año, ella se
empeñó en ir con él a Baesuris y desde allí, siguiendo el curso del río Anas hacia
el Norte, hasta la ciudad de Myrtilis.
Mi tío intentó negarse, pero, conociendo el temperamento de mi madre, sé
que eso no era fácil. Para imponer su voluntad podía rebelarse abiertamente,
recurrir a una sonrisa humilde o romper en una crisis de llanto. En cualquier
caso, no cedía, jamás daba cuartel y empleaba todas las armas a su alcance. Así,
durante la discusión, argumentó que no había ningún peligro en el viaje, puesto
que, como Camalo sabía muy bien, reinaba cierta paz en la Bética y en las tierras
entre el Anas y el Tagus, habitadas por celtas y lusitanos. Aunque hubiera bandas
de salteado— res, añadió, los hombres armados que protegían las mercancías
defenderían también a quienes las acompañaban.
Las razones más poderosas las reservó para el final: una negativa de Camalo
podría incluso a ofender a la Gran Diosa. En realidad, era la devoción, y no el
espíritu de aventura, lo que movía a mi madre a seguir la caravana. Habían
llegado a Balsa noticias de prodigios ocurridos en algunos lugares al Norte de
Myrtilis. Se decía que la divinidad se había manifestado ocultando la luna, astro
que era su imagen visible en el cielo. Hechos los sacrificios, y leídos los
presagios, los sacerdotes habían anunciado que la diosa exigía la construcción de
un santuario. El lugar exacto había sido indicado, iban ya mediados los trabajos
y de todas partes acudían peregrinos. Era aquel santuario lo que mi madre se
había empeñado en visitar.
El argumento doblegó a mi tío, pese a que él sacrificaba con más fe a los
dioses de los bosques y de las aguas y a los que ayudan a los comerciantes o
inclinan sus atenciones hacia las dolencias que afligen a los hombres.
Realmente, nadie lleva su insensatez hasta el punto de enfrentarse al temible
poder de esa diosa enigmática que reinaba ya desde generaciones incontables
cuando los otros dioses se manifestaron por primera vez. Por eso cedió Camalo a
la insistencia de su hermana y, como medida de precaución, reforzó la escolta
con algunos esclavos armados.
El viaje hasta Baesuris transcurrió sin incidentes. Pasaron tres días en esa
ciudad, mi tío hizo en ella algunos negocios rentables, con lo que mejoró su
humor, y la caravana enderezó su rumbo hacia el Norte siguiendo el río Anas,
que allí marca la frontera con la Bética.
Para mayor comodidad acampaban siempre junto al río. Y fue a un día de
marcha de Myrtilis cuando, al ponerse el sol, se detuvieron en un sitio elegido
para pernoctar, y uno de los hombres, que había salido en busca de leña seca
para la fogata, dio con un hombre inerte entre unos matorrales.
Lo llevaron junto al fuego, y mi tío, tras examinarlo con cuidado, quedó
convencido de que nada se podía hacer porque aquel hombre tenía una gran
herida en la espalda, infectada ya.
Tomó su puñal, dispuesto a evitar mayores sufrimientos al moribundo, pero
se interpuso una sombra entre él y el cuerpo del forastero. Era Camala, con las
manos alzadas en una súplica.
—No podemos hacer nada por él —explicó Camalo—. Lo único que
podemos hacer es evitarle sufrimientos cuando despierte, si llega a hacerlo.
—Déjame cuidarlo —respondió la hermana—, déjame intentarlo. Si no da
resultado, entonces...
Sorprendido ante aquel interés, Camalo miró al herido con más atención y se
dio cuenta de que era muy joven, casi un adolescente. Se encogió de hombros y
accedió, pensando que el muchacho no iba a sobrevivir ni hasta la madrugada
siguiente y que, en consecuencia, no valía la pena contrariar a la hermana. Se
equivocó.
Camala lo veló toda la noche, preparando ungüentos e infusiones. Conocía
las virtudes de muchas hierbas y las fórmulas mágicas que refuerzan sus
poderes. Sin atender a las repetidas intimaciones para que reposara y durmiera,
no abandonó al herido ni un solo instante y, cuando nació el sol, la vieron, con
ojos enrojecidos y marchitos por la vigilia pero exhibiendo una sonrisa triunfal,
vertiendo sobre la hoguera una libación al dios de la luz. El joven no había
recuperado por completo el sentido, pero había abierto los ojos durante un
instante, tomó un caldo de carne y se quedó dormido, aparentemente tranquilo.
Camala había vencido a las tinieblas.
Fue entonces (demasiado tarde, como luego confesó) cuando sospechó mi tío
lo que estaba aconteciendo. ¿Quién puede entender los sentimientos de las
mujeres? Medio muerto, flaco como un esqueleto, cubierto de suciedad, el
extranjero había conquistado el amor de mi madre. Aquel día, la caravana no
continuó su marcha y, tras una discusión casi violenta, fueron enviados siervos a
Myrtilis para vender parte de la mercancía a comerciantes de confianza y
comprar más provisiones. Entretanto, Camala se mantenía junto al herido. Mi tío
perdió la paciencia y dijo que se negaba a seguir más tiempo allí. La caravana
volvió a Balsa.
Durante largos días mi madre luchó para arrancar al desconocido del poder
de los espíritus de la muerte. Aplicó bálsamos y compresas sobre la herida,
llamó en su auxilio a todos los dioses y diosas que protegen la salud de los
mortales y, para no dejar de lado ninguna oportunidad, consultó a los vecinos
que ella sabía que habían sobrevivido a heridas semejantes.
El enfermo volvió al fin al mundo de los vivos. El reposo, el tratamiento y la
buena alimentación, cambiaron por completo su aspecto: era, realmente, un
muchacho atractivo, bien proporcionado, con una larga cabellera como el cobre
pulido, y ojos verdes. En cuanto a mi madre, debía de ser muy bonita (al crecer
pude yo aún hallar vestigios de su belleza); la sangre fenicia había dejado su
marca en los rasgos finos y puros del rostro, en el pelo, de un negro profundo, y
en los ojos, también negros, enormes y con una armoniosa forma almendrada.
Era imposible que no se sintieran atraídos el uno por el otro. Incluso antes de
saber quién era, Camala decidió que no habría otro hombre en su vida ni en su
lecho. Ese amor se transformó en una pasión absoluta y enfermiza cuando el
muchacho, al recuperar la consciencia, pudo hablar de sí mismo.
Dijo que se llamaba Tongétamo y que era hijo del rey de los brácaros, un
pueblo de la Calecia, nombre que se da a la parte de Lusitania situada al Norte
del río Durius. Brácara, la capital del reino, es una ciudad importante comparada
con la mayoría de los poblados de aquella región, aunque no pase de ser una
gran aldea fortificada si la comparamos con nuestras ciudades.
Aún hoy, las tribus del Norte y del centro de Iberia viven en estado de
efervescencia latente; en aquella época, la guerra abierta era una situación
normal, y los períodos de paz eran una excepción. Los pequeños reyes y
príncipes, incluso simples jefecillos de tribu, hacían de la guerra su oficio, por
necesidad o por gusto, y cuando el invierno impedía las expediciones o cuando
los enemigos (es decir todos los vecinos que no tuvieran antepasados comunes)
se mostraban demasiado fuertes, se recurría a la guerra civil. Eran raras las
familias reinantes de Lusitania sin una interminable historia de duelos,
asesinatos y ajustes de cuentas.
Tongétamo, tercer hijo de Tongétamo, rey de los brácaros, había sido uno de
los pocos supervivientes de la revuelta que había destronado a su padre y
aniquilado a toda su familia, incluyendo mujeres y niños, hasta los recién
nacidos. El último día de lucha, el joven, al frente de un puñado de hombres
fieles, había roto el cerco y pudo abandonar la ciudadela en llamas. La pequeña
banda erró durante un tiempo por los alrededores de Brácara, ocultándose en las
colinas, pero el invierno era durísimo y los caminos transitables estaban
vigilados por el enemigo. Los compañeros de Tongétamo empezaron a sucumbir
ante el hambre y el frío. Los que lograron resistir se encaminaron hacia el Sur,
atravesaron el Durius, y buscaron, en vano, un espacio que les proporcionara
refugio y reposo. Enflaquecidos, acosados por los partidarios del usurpador, eran
sólo quince fantasmas hambrientos cuando llegaron a las márgenes del Tagus, y
antes de atravesar el río, cinco de ellos murieron con las fiebres.
Cuando Tongétamo llegó a la región de Ebora, el grupo había quedado
reducido a tres. Uno de ellos tuvo un sueño que se interpretó como un presagio,
y decidieron seguir su marcha hacia el Sur —hasta que fueron atacados por los
bandidos. Durante la lucha, Tongétamo fue herido en la espalda y no recordaba
nada más; sus compañeros estaban tal vez cautivos; él había quedado
abandonado en pleno campo, dado por muerto.
Ésta fue la historia que contó el extranjero. Mi tío, que en la práctica de su
oficio había aprendido a desconfiar de la naturaleza humana, lo oyó con cierta
incredulidad, porque todo aquello le parecía un cuento pensado a la medida
exacta para encantar doncellas: revueltas, matanzas, la ciudadela de Brácara
ardiendo, un joven príncipe escapando de la muerte en el último instante... todo
le sonaba a fantasía, y Camalo prefería las cosas simples, las situaciones
normales y sin sorpresas. La historia de Tongétamo le causaba cierto malestar.
Sobre mi madre, como es lógico, la historia tuvo efectos contrarios, y pronto
se transparentó que no iba a ser posible separar a Tongétamo de Camala a no ser
por la violencia. Porque (hoy estoy seguro, pese a la opinión distinta de mi tío)
también mi padre se había enamorado profundamente de mi madre; no se
trataba, como pensó siempre Camalo, de una atracción pasajera.
Al fin, mi tío tuvo que inclinarse ante la evidencia: la única forma de evitar
el deshonor de la familia y la necesidad de venganza, era permitir el casamiento,
y eso fue lo que se hizo. Yo nací exactamente doscientos setenta días después de
la ceremonia nupcial.

Cuando mi padre fue hallado herido e inconsciente, Camalo había advertido


a su hermana de que emprender de inmediato el regreso a Balsa, abandonando la
idea de ir al nuevo santuario de la Luna, equivalía a una grave afrenta a la diosa.
Al menos, sugirió debían intentar comprobar antes en Myrtilis que las noticias
llegadas a Cinéticum eran ciertas. Perdida en su obsesión por el regreso, mi
madre se negó, diciendo que, como mujer, sabía mejor que él lo que podía ser
grato a la diosa. Y se mostró triunfante cuando, ya en Balsa, unos amigos de
Camalo aseguraron que la información era exacta: que había realmente un
santuario de la Luna, pero muy antiguo ya, y que quedaba muy lejos, más allá
del río Tagus. De una historia vieja se había hecho una leyenda nueva —desde
luego, algunos viajeros habían hablado del santuario en Ebora o en Myrtilis, Y
tal vez el deseo de atraer peregrinos y mercaderes hubiera llevado a las gentes
del lugar a modificar la historia... Al oír aquello, Camala declaró que había sido
voluntad de la diosa el que ella hubiera ido en busca de un lugar sagrado
inexistente para que se encontrara con Tongétamo en el camino.
Así intentan los mortales conocer los designios de los dioses y hacerlos
propicios a sus intereses, aunque sin resultado. Al regresar a Balsa, desistiendo
de sus piadosas intenciones, mi madre había atraído sobre sí las iras del cielo. Su
matrimonio fue un desastre.
No dudo, como he dicho ya, de que mi padre amase realmente a su mujer,
pero la vida en Cinéticum era demasiado diferente de aquella a la que estaba
habituado, y, además, no podía olvidarla matanza de su familia, la huida
ignominiosa. Su deseo era regresar a Calecia, formar un ejército, atacar Brácara,
lavar con sangre la afrenta y los crímenes, tomar el poder. Pero (y en esto tenía
razón mi tío) le faltaba la fuerza interior que hace de un hombre un verdadero
jefe. Su deseo de venganza era intenso, pero no lo suficiente como para
enfrentarse con éxito a dificultades casi insuperables —estaba solo, el enemigo
había tenido tiempo para consolidar la posición conquistada.
Después, estaba la mujer, que iba en breve a darle su primer hijo. Una esposa
coma, aunque la amase mucho, debía de ser una novedad inquietante para un
brácaro. Entre los lusitanos de las regiones del Norte —y muy especialmente
entre los calaicos—, es costumbre que las mujeres acompañen a sus hombres en
la guerra y que combatan a su lado. Tongétamo se sentía desorientado ante una
mujer que se pasaba el día entero en casa, que bajaba los ojos al hablar, y que
hacía de la pasividad un arma para dominar al marido.
Cuando yo nací, ya debía de haber comprendido mi padre que, al casarse,
había abdicado de su libertad, a no ser que abandonara a la mujer y al hijo. Esa
angustia mortal la pudo leer Camalo en el rostro del cuñado el día de mi
nacimiento.
El parto fue lento, pero sin grandes sobresaltos. Después de lavarme y
fajarme, las mujeres me dejaron en el suelo para que recibiese allí las
bendiciones de la Madre Tierra, y abrieron luego la puerta. Entró mi padre,
seguido de mi tío y de algunos vecinos encargados de dar testimonio de que
Tongétamo, al tomarme en sus brazos y pasarme a los de la esposa, me reconocía
como hijo suyo verdadero y legítimo. El primer hijo —un varón, continuador de
su nombre, y, tal vez, un vengador... pero mi padre me miró con ternura y
también con tristeza, como quien mira para la última esperanza que se deshace
en humo.
Al contrario de lo que esperaba Camala, su marido nunca se adaptó a la
nueva existencia. Se negaba con obstinación a secundar a su cuñado en los
negocios (para no aparecer como un ingrato o un parásito, se ofreció como jefe
de la escolta de protección a las caravanas; mi madre se opuso porque eso lo
apartaría de ella, y todo volvió a lo mismo). Paseaba, solo y sombrío, por las
calles de Balsa. El mar, que es para los conios la imagen viva y móvil de un dios
temible, pero también generoso, lo llenaba de inquietud y de terror. Vivía
esperando noticias de Lusitania, y pasaba largas tardes en las tabernas o en el
mercado, a la espera de viajeros llegados de Calecia. Por respeto a su mujer,
rendía homenaje a los dioses de Balsa, pero no descansó hasta conseguir labrar
de memoria una tosca imagen de Tongoenabiago, el dios tutelar de Brácara. La
colocó en el patio, Junto a la fuente (tal como el dios se encontraba en su ciudad
natal) y ante ella hacía sacrificios y libaciones.
A medida que fue pasando el tiempo, mi padre se fue mostrando más distante
y más triste. Cuando, por insistencia de mi madre, dejó de escoltar las caravanas
de Camalo, guardó cuidadosamente las armas, una espada y una daga, como si
en cualquier instante pudiera volver a necesitarlas. Un día, corrieron por Balsa
noticias interesantes: tribus lusitanas habían invadido Carpetania y luchaban
victoriosas contra el ejército romano. Mi padre escuchó estas noticias encantado.
Ante la imposibilidad de vengarse de los enemigos de su familia, había dirigido
su odio contra Roma y los romanos, que intentaban dominar toda Iberia, y había
entrado varias veces en conflicto con mi tío, obligado, por su condición de
mercader, a mantener buenas relaciones con todo el mundo y, sobre todo, a no
hostilizar a las autoridades de Roma.
Cuando se hicieron más insistentes los rumores de guerra, Tongétamo, una
noche, fue a buscar sus armas —sólo para verlas, como quien contempla a la
mujer amada. Pero le esperaba una sorpresa.
Mi madre juró siempre que no había sido ella, pero lo cierto es que el cuero
de las vainas había sido empapado en agua y tanto la espada como la daga
estaban irreconocibles, negras de herrumbre. Tongétamo pasó el resto de la
noche reparando los estragos, afilando las hojas y pasándoles aceite. Desde
entonces se mostraba aún más sombrío —y mi madre más posesiva, absorbente
y quejumbrosa. Llegó el invierno, se cerraron las rutas marítimas y terrestres y
nada más se oyó sobre la guerra hasta la llegada de la primavera, momento en el
que se supo que ya no había lusitanos en la Carpetania.
Poco después cumplí yo los tres años de edad. El día del cumpleaños, mi
padre estuvo conmigo más tiempo de lo que era habitual en él, y ofreció por mí
un sacrificio a Tongoenabiago. Por la noche, parecía bien dispuesto, incluso
alegre. Fue a buscar la espada y colocó la empuñadura en mis manos, que, de tan
pequeñas, no conseguían agarrarla. Sonriendo, dijo en voz lo suficientemente
alta como para ser oído por su mujer y, por el cuñado:
—Toma, hijo mío. Yo ya no podré usarla; pero cuando crezcas, será tuya.
Mi madre se acercó, intrigada por su actitud. Él se rió, le pasó el brazo por la
cintura y la llevó hacia el cuarto suavemente. A la mañana siguiente los esclavos
lo encontraron muerto al pie de la estatua de Tongoenabiago. Se había matado
con la daga; la sangre, al saltar de la herida, había salpicado la imagen del dios.
Tenía veinte años.
II

Camalo había finalizado su relato. Yo, con la cabeza baja, fingía estar muy
atento al avance de Lina, pero notaba sus ojos clavados en mí.
Necesitaba tiempo para pensar y digerirlo todo lo que había oído. Hasta
entonces, estimulado por el misterio que mi padre había tejido a su alrededor, Yo
había imaginado a mi padre como un héroe abatido por los dioses en plena
gloria... supongo que esa es la aspiración de todos los chiquillos que se quedan
huérfanos siendo aún muy niños.
La desilusión fue un choque violento, Casi físico, y entretanto una voz
interior me decía que era preciso defender la memoria de aquel hombre de quien
yo era la Única simiente entre los vivos. Y pensaba que cuando creciera, tendría
que tomar sobre mí el peso de un deber difícil: vengar a mi familia, porque yo,
Tongio, era nieto del rey de los brácaros...Mi cabeza estallaba con ideas nuevas.
Sin levantar la cabeza sabía que mi tío estaba mirándome aún. Su voz sonó
muy grave y pausada:
—¿No tienes nada que decir?, ¿Nada que preguntar?
Se acercó a mí. Su mano, enorme y recia, bronceada por el sol, me tomó la
barbilla y, con un ademán lento, pero con una fuerza que yo no podía resistir, me
obligó a mirar hacia arriba.
—¿Qué? ¿Nada?
Cuando un hombre se enfrenta a la muerte, los dioses a veces le conceden el
privilegio de ver el destino con indiferencia, como algo inevitable. Una cosa
semejante me ocurrió a mí entonces. «Si he de defender la memoria de mi
padre», pensé, «es mejor que empiece ya, contra todo y contra todos.» Por eso
sostuve la mirada de Camalo y respondí:
—Hasta ahora, señor, sólo he oído contar aquello en lo que mi padre falló.
No veo a nadie que lo defienda. ¿Qué voy a decir cuando su espíritu es sólo
invocado para oír las censuras de su viuda y las dudas del cuñado sobre el valor
de su palabra?
Me callé, dispuesto a aguantar la tempestad, comparándome, con cierto
placer (la juventud siempre tiene una imaginación excesiva) a los reyes y
guerreros que ofrecen su vida por rescatar a su pueblo. Pero no hubo tempestad.
Camalo siguió mirándome Y, de repente, murmuró:
—Es justo que defiendas a tu padre y quieras honrar su memoria.
Posó la mano en mi hombro.
—Pero no debes condenarme. Es verdad que el casamiento de tus padres no
me gustó, y que sólo lo acepté porque me vi forzado a hacerlo. También es
verdad que me sentí ofendido cuando tu padre se negó a ayudarme y no pudo
disfrazar la baja opinión que de los mercaderes tenía. Nuestra familia en nada
cede a la sangre brácara, en nada es inferior a ella, aunque sea sangre real. Yo me
enorgullezco de la herencia que me fue confiada, porque somos nosotros, los
mercaderes, los que hacemos vivir a los pueblos y, a los reinos. Sin nosotros, los
hombres se verían privados de muchas cosas, utensilios que les ayudan en su
trabajo, armas para defenderse, ropas y adornos que hacen más agradable la
vida. Y los pueblos no sabrían lo que acontece más allá de sus límites: nosotros
les llevamos mercancías, y también noticias... es verdad que ganamos dinero,
pero podemos también perderlo todo, pues vamos y venimos a merced de la
voluntad de los dioses, desafiando peligros, cruzando los mares, atravesando
países enteros.
Camalo respiró hondo. El hombro empezaba a dolerme bajo el peso de su
mano, pero no quería parecerle débil. Afortunadamente, se alejó de mí unos
pasos, se sentó de nuevo y empezó a hablar.
—Espero que hayas comprendido. No voy a mentir, no te diré que llegué a
querer a tu padre: no me gustaba. Lo respeté porque era el marido de mi hermana
y también porque mostró gran valor en los pocos viajes que hizo conmigo y
cuando sufrimos algunos ataques. Creo que, si viviera, no iba a ser un gran
príncipe, pero sí un buen guerrero. Y también él aprendió a respetarme. Ninguno
de los dos podía ir más lejos, pertenecíamos a mundos diferentes.
Iba el sol alto, y el calor apretaba ya. Me abrigué a la sombra de una higuera
y, con el ánimo sosegado, me di cuenta de que tenía hambre, pero era la primera
vez que mi tío hablaba conmigo de igual a igual, y eso me llenaba de orgullo.
Pregunté:
—¿Por qué no creyó la palabra de mi padre?. ¿Por qué no lo reconoció como
príncipe?
Camalo se encogió de hombros.
—No sé si le creí o no. Siempre pensé que si realmente era un príncipe
volvería a Brácara para reclamar su herencia o para morir. Creí que no cedería a
las instancias de una mujer a quien apenas daba importancia, y que no iba a
preferir matarse. Podía ser hijo de un rey, pero no tenía voluntad de príncipe. Y,
además, y esto no lo digo para afrenta de tu padre, te lo Juro, la verdad es que
esos pueblos que viven al norte del Tagus, especialmente los de más allá del
Durius, son poco más que unos salvajes. En cuanto a sus reyes y príncipes...
bien, tú no conoces los poblados fortificados de Calecia ni la vida de esa gente.
Para nosotros, conios, los pequeños jefes de Lusitania son como jefes de aldeas.
(Reproduzco aquí, con tanta fidelidad como mi memoria me permite, la
opinión de mi tío. Más tarde pude comprobar que sólo en parte era verdad. Por
otra parte, una de las cosas que mi larga vida me ha enseñado es que cada pueblo
tiende a considerar a los otros como bárbaros).
Un siervo se acercaba para anunciar que la comida estaba servida. Camalo se
levantó e hizo una señal al hombre indicando que iríamos en seguida. Luego, se
volvió hacia mí:
—Mañana, con el alba, iremos tú y yo a sacrificar una cabra y un cerdo a
Tongoenabiago, para que el dios vele sobre el espíritu de Tongétamo.
Los dioses que me privaron de un padre me dieron en cambio a mi tío
Camalo. Durante mi infancia, me había parecido distante e infundía en mí más
bien respeto que amor filial, pero eso fue sólo mientras pensó que los cuidados
de mi madre serían preferibles a los suyos. Cuando cumplí los doce años, su
actitud cambió: indiferente a la furiosa resistencia de su hermana, se encargó con
firmeza de mi educación y fue un verdadero padre y un verdadero amigo. Por
mí, no volvió a casarse, para que no me viera perjudicado en la herencia por un
hijo que pudiera darle una segunda mujer.
Al hablar de la conversación en la que me fue revelada la identidad de mi
padre Y las circunstancias de su muerte, he omitido un pormenor importante de
mi propia historia; la conversación no tuvo lugar en Balsa sino en Gadir. Un año
después del suicidio de Tongétamo, Camalo decidió establecerse en la Bética,
región que conocía muy bien y donde tenía amigos.
Diversas razones lo llevaron a tomar esta decisión. Mi madre se marchitaba a
ojos vista y pasaba la mayor parte del día junto al sepulcro de mi padre, y
Camalo temía que se dejara morir. Por otro lado, la expansión de los negocios
había hecho que Balsa resultara ya un lugar inadecuado para tanta actividad:
necesitaba una ciudad más importante, con buenos astilleros donde se pudieran
construir barcos más grandes, y con un puerto que los pudieran abrigar. Pero su
prudencia le decía que las otras ciudades con las del litoral no ofrecían la
seguridad deseada: los romanos, que dominaban Ossonoba, no tardarían en
poner sus ojos golosos sobre Lacóbriga y Portus Hannibalis, y aunque no
sucediera tal cosa, llegaban rumores insistentes de Ebora y de Myrtilis —donde
eran conocidos los movimientos de las tribus célticas y lusitanas— que insistían
en el riesgo de una incursión. En cualquier caso Cinéticum podía convertirse de
repente en un campo de batalla.
Bética y, la costa turdetana parecían, al contrario, relativamente seguras, y
los gobernadores romanos respetaban —o al menos eso hacían en los últimos
tiempos— las garantías concedidas a la ciudad de Gadir. Ésta era un enorme
depósito de mercancías y una base ideal para operaciones comerciales. Mi tío
preparó la operación con todo cuidado, se llenó de valor y anunció su decisión a
su hermana.
La batalla fue terrible, no la habría ganado de no contar con el apoyo de los
inmortales. Camalo ordenó dos generosos sacrificios, uno a la diosa Luna y otro
a la diosa Atégina —mi madre tenía particular devoción por ambas— y fueron
leídos los presagios en las venas de las víctimas, a la manera de los lusitanos
(para agradar al espíritu de Tongétamo) y también en las vísceras, según el uso
romano que se había popularizado en Balsa. En los dos casos, la respuesta era
clara: debíamos abandonar Cinéticum.
III

Gadir es una ciudad magnífica, la más antigua y rica de toda Hispania, el


sueño de los jóvenes que desean hacer fortuna y el refugio de aquellos a quienes
un delito grave ha obligado a abandonar su tierra ancestral. A los que bajan de
las serranías, Gadir debe de parecerles un prodigio, el lugar adecuado para
residencia de los dioses.
La ciudad se alza en el extremo noroeste de una isla estrechísima y alargada,
en la desembocadura del río Gilbus, no lejos de la hoz del Betis. La zona
poblada, incluyendo los almacenes, astilleros y talleres, se extiende a las islas
vecinas, entre las que Erytheia es la más importante. Erytheia está consagrada
por los romanos a su diosa Juno. También se extiende la zona urbanizada hasta el
continente, que está muy próximo, pues la isla principal, Kotinoussa, está
separada de él por un canal de sólo un estadio de anchura.
En Gadir el aire vibra, se respira una atmósfera de actividad permanente y de
febril prosperidad. La reputación de opulencia es merecida: desde Gadir se
exportan los metales preciosos del interior, que son trabajados en la ciudad; allí
se pesca y sala el atún en grandes cantidades, y se prepara el mejor garum, esa
espesa y deliciosa salsa de pescado que los navíos gaditanos llevan hasta Ostia,
desde donde sigue hacia los mercados de Roma, y aún más lejos, hasta Atenas y
otros puertos de la Hélada. También es famoso el ganado, sobre todo el que se
cría en la isla frontera al templo de Saturno.
Con todo, el verdadero orgullo de Gadir es el gran santuario de Héracles,
donde reposan los restos mortales del dios. Aquél fue también el lugar favorito
de mi infancia. Siempre pedía que me dejaran ir allá. Muchas veces me era
negada la autorización, porque, en contra de lo que ocurría con el templo de
Saturno, el santuario está lejos de la ciudad, casi en el otro extremo de
Kotinoussa.
Cuando lograba convencer a mi madre o a mi tío, era un día de fiesta para
mí. Me preparaban un fardel, y Beduno, esclavo de confianza que me
acompañaba y vigilaba, me ayudaba a subir a lomos de la mula más mansa que
había en las cuadras. Nos poníamos en marcha, él a pie, llevando las riendas, y
yo intentando apresurar el paso de la montura. Casi siempre llevaba una pequeña
ofrenda —una paloma, un tarro de miel o incienso— para presentárselo al
imponente guardián que recibía las dádivas de los peregrinos y vigilaba el acceso
al recinto sagrado, donde está prohibida la entrada de mujeres.
Lo que más me gustaba era estar junto a la puerta del templo, en el que sólo
los sacerdotes pueden entrar. Estos infundían respeto con su porte solemne, su
holgada vestimenta y la cabeza rapada. Al verlos, me preguntaba qué se sentiría
al vivir tan cerca de un dios, en el lugar donde su cuerpo reposa; seguro que la
presencia divina sería una compensación por el sacrificio que hacían al renunciar
a tener descendencia, porque en Gadir, ciudad fundada por navegantes de Tiro, el
dios Héracles es adorado bajo el nombre de Melkaart, según el ritual fenicio, y
sus servidores están obligados por voto de castidad.
El santuario tenía aún otro atractivo para mí: el espectáculo de los visitantes
llegados de los confines del mundo, con ropas y lenguas extrañas. Los romanos
y los griegos me eran familiares, pero había también egipcios de piel cobriza,
persas de larga cabellera y barba crespa, y muchos otros... Todos venían a rendir
homenaje a la divinidad o simplemente a admirar el santuario, sobre todo
aquellas puertas macizas donde se ven, en bajorrelieve, los trabajos impuestos a
Héracles— Melkaart durante su vida mortal, y también dos enormes columnas
de bronce que flanquean los batientes. Los gaditanos las llaman «columnas de
Hércules» y dicen que fueron puestas allí por el dios —cosa que no es verdad,
pues se pueden leer las inscripciones fenicias grabadas en el bronce. Creí que
serían un himno de alabanza, pero mi tío Camalo me sacó del, error: los tirios,
constructores del santuario, llevan el comercio en la sangre, y creen que el mejor
homenaje que podían rendir al dios era grabar en las columnas la relación
pormenorizada de los costes de construcción, y eso es lo que pone en el texto.
En cuanto a las verdaderas columnas de Hércules se encuentran, como todo
el mundo sabe, al este de Gadir, una a cada lado del estrecho, marcando la
entrada a lo que hoy es Mar Romano.

Por voluntad expresa de mi tío, recibí una educación tan completa como su
fortuna permitía, Y él era rico. Por eso hablo y escribo el latín y, el griego, aparte
de conocer la vieja escritura conia y buena parte de las lenguas ibéricas. Siempre
he tenido gran facilidad para el aprendizaje de idiomas, y, esto satisfacía a
Camalo, que me preparaba para sustituirlo al frente de los negocios. Un
mercader, decía él, tiene que saber un poco de todo, y tiene que saber hablar y
escribir el mayor número de lenguas.
Yo tenía varios compañeros de juegos, todos de mi edad, pero mi gran amigo
(y víctima) era Beduno. Este hombre, de estatura y, musculatura impresionantes,
era un céltico nacido en las tierras de entre el Tagus y el Anas (región que los
romanos y los griegos llaman Mesopotamia, por estar limitada por los dos ríos).
Nunca he visto a nadie con una apariencia semejante de fortaleza solidez:
parecía una torre de piedra y, era casi tan silencioso como la piedra. Beduno me
tomó cariño desde muy pronto, hasta el punto de que yo era la única persona
capaz de hacerlo sonreír, e incluso reír. Pero ni siquiera a mí me contó nada de su
pasado. Lo único que admitió es que había sido un hombre libre.
Cuando cumplí los catorce años se planteó una última discusión doméstica
por mi causa. Desde hacía meses venía yo recibiendo instrucción en el manejo
de las armas; antes de eso, naturalmente, había jugado a guerras y, aprendí los
rudimentos del combate cuerpo a cuerpo, pues Camalo quería que yo fuese tan
diestro en la lucha como en las cuentas y en la escritura, porque las armas son
tan indispensables al mercader como las mercancías. Se encargó de entrenarme,
secundado por Beduno —y si alguien cree que los grandes comerciantes son
todos barrigudos y blandengues, tendría que conocer a mi tío. Es posible que
Camalo no pudiera ya hacer vida de combatiente, pero se defendía muy bien, y
era ágil con la espada. En cuanto a Beduno, hasta yo, en mi inexperiencia,
adiviné cuál habría sido su ocupación antes de perder la libertad: sin duda fue un
buen guerrero.
Los nubarrones domésticos se adensaron cuando mi madre supo que Beduno
estaba instruyéndome en el uso de la azagaya, un arma típicamente lusitana, y la
atmósfera familiar pareció helarse de repente el día en que entré en casa con el
arma en la mano. Camala se volvió más sombría, su aire de sufrimiento casi
permanente se vio sustituido por tina brusquedad igualmente desagradable.
Por aquel entonces conocía ya lo bastante de su carácter para saber qué tenía
que hacer: me arrodillaba a sus pies y le preguntaba cuál era mi falta, todo
acabaría en una escena de lágrimas, abrazos, acusaciones contra mi tío. Pero
nada de esto hice, por la sencilla razón de que estaba al lado de él y porque
estaba en Juego mi independencia y mi entrada en el mundo de los adultos.
Una tarde, después del diario entrenamiento con la azagaya, la lanza y la
espada, Beduno me acompañó a los baños para quitarme de la espalda el óleo de
limpieza y me ayudó a ponerme una túnica limpia. Comentando los últimos
lances del duelo a espada que acabábamos de sostener, entramos en la sala donde
mi tío comprobaba los informes de las transacciones que le había traído el
comandante de uno de sus navíos. Al vernos, Camalo sonrió levemente.
—¿Qué tal?, ¿Tenemos ya ahí un guerrero?
—Casi —replicó Beduno con gruñido benevolente—. Si logra aprender a
pelear con tanta estrategia como furia, tal vez sobreviva a la primera
escaramuza...
Yo protesté, recordándole que lo había desarmado una vez, y Beduno se
defendió diciendo que había resbalado.
—E incluso así, en un combate de verdad tendría tiempo sobrado para
invertir la situación...
Camalo se levantó, rodeó la mesa y se acercó a nosotros con cara seria.
—Beduno, aumenta las horas de entrenamiento. Voy a estar demasiado
ocupado para comprobar sus avances... —y, volviéndose hacia mí— No tardarás
en emprender tu primer viaje, tienes que prepararte. Por lo demás, creo que es
hora ya de que te entregue algo que te pertenece.
Se dirigió a uno de los grandes arcones de madera y hierro que estaban Junto
a la pared, lo abrió y retiró un objeto largo y estrecho, envuelto en paños, que
trajo a la mesa.
—Aquí está. Puedes...
En aquel momento entró mi madre. No había estado escuchando, porque no
prestó atención a lo que había en la mesa, y empezó a hablar con su hermano de
un asunto trivial cualquiera, pero, de repente, se quedó callada al ver aquel
objeto, y su expresión cambió. Clavó los ojos en mi tío, unos ojos que echaban
chispas de cólera, y gritó, con una voz ronca y restallante como un látigo:
—¡No lo permito! ¡No lo permitiré nunca!
Incluso habituado como estaba al ambiente de hostilidad que allí reinaba en
los últimos tiempos, me estremecí. Camalo, curtido por largos años de
experiencia, se encogió de hombros.
—Tongio, tengo que hablar con tu madre. Te llamaré después.
Beduno retrocedió, abrió la puerta, me dejó pasar y me siguió luego. Me
hubiera gustado que la puerta hubiese quedado entornada para poder oír la
disputa, pero él, indiferente a mis gestos imperiosos, cerró con firmeza y se alejó
hasta la ventana silbando levemente.
—Vamos a ver esos caballos nuevos que han llegado —propuso—. Creo que
tu tío va a regalarte uno, y tal vez puedas elegir el mejor.
Me negué:
—Quiero quedarme aquí. Beduno ¿sabes qué es aquello que iba envuelto en
los paños? ¿Será un arma?
—No lo sé. Yo...
Pero la discusión al otro lado de la puerta llegaba a su ápice y oímos que mi
madre gritaba: «¡Claro que tengo derechos! ¡Tengo todos los derechos! Él es
mío. ¡Fui yo quien lo hizo!». E inmediatamente, la voz de mi tío: «¡No lo hiciste
sin ayuda. Y antes de ser tu hijo, él pertenece, como todos nosotros, a la Madre
Tierra que lo engendró!». Y, de nuevo, mi madre: «¡Sí, pero usó mis entrañas!».
—¿Qué están diciendo, ¿Están discutiendo derechos de maternidad sobre mi
persona?
Ante mi aspecto desconcertado, Beduno no pudo contenerse y se rió
silenciosamente:
—Vámonos... No debemos escuchar. Entre los potros que han llegado, hay
uno...
Se abrió la puerta y apareció mi tío, aún algo alterado. No había nadie más
allí dentro. Mi madre había utilizado la otra salida. Obedeciendo al gesto de
Camalo, volví a entrar, con Beduno detrás.
Recuperado ya su autodominio, mi tío estaba desempaquetando aquel objeto.
Hablaba como si nada hubiera ocurrido:
—Iba diciendo que es hora ya, y de sobra, de que te dé esto, que es muy
tuyo...
Cayeron los paños sobre la mesa y se me cortó la respiración al ver la
magnífica espada que Camalo sostenía en sus manos. Por su aspecto, venía de
Evión, con toda seguridad. La empuñadura tenía incrustaciones de oro. Cuando
mi tío la desenvainó, la hoja, perfecta y refulgente, parecía un rayo de luz.
—¡Es la espada de mi padre! —exclamé.
Camalo hizo un gesto de asentimiento, y comenzó con ironía un poco ácida:
—Sí, es la espada de Tongétamo. No la espada noble, de príncipe, porque se
la robaron los asaltantes. Esta vino de Evión, y se la regalé yo.
Cogí el arma fascinado, y mis dedos, instintivamente, se aferraron a la
empuñadura —ahora mi mano era ya lo suficientemente grande para agarrarla.
Camalo había cumplido el último deseo de mi padre.
Otras cosas importantes ocurrieron después de esto: recibí como regalo un
hermoso potro, completamente negro, de pelo sedoso, que me empeñé en domar
y al que di el nombre de Trueno. Mi madre desistió de interferirse en mi vida y
adoptó una actitud de afectada indiferencia que, gradualmente, se convirtió en
indiferencia real. Yo la amaba como siempre la había amado, pero todos los
puentes entre los dos estaban cortados. Ella se había encerrado en su pasado, en
un mundo tortuoso y estéril en el que parecía encontrar un amargo placer.

A los catorce años recibí mi espada, gané mi primer caballo y tuve la primera
experiencia con una mujer.
Siete años antes había sido blanco de las audacias de una compañera de
juegos que tenía mi misma edad pero una experiencia mucho mayor: era hija de
una sierva de la casa y había visto muchas cosas en el ala de la casa reservada al
personal. Empezó a decir que yo tenía unos ojos muy hermosos, cosa que me
enfurecía, porque me ponía colorado de vergüenza. Una tarde, en el jardín, puso
la mano entre mis piernas, hizo una caricia rápida y escapó riéndose. Pasada la
sorpresa, me di cuenta de que aquello era agradable. Por la noche me sentí
excitado, lamenté no haber aprovechado la ocasión (aunque no sabía muy bien
qué era lo que tenía que hacer para aprovecharla) y decidí que en la próxima
oportunidad sería yo quien tomara la iniciativa.
No hubo otra oportunidad. La muchacha fue un día con su madre a una de
nuestras casas de campo, a buscar provisiones para la cocina, y no sé bien qué
ocurrió —tal vez bebió agua emponzoñada— pero cuando volvió, por la noche,
estaba ya febril, y murió días más tarde. Tras aquella fallida aventura, el deseo
sexual volvió a adormecerse, o casi, y fue pasando el tiempo sin grandes
sobresaltos (los que acontecían eran resueltos a la manera tradicional de los
adolescentes) hasta que apareció Lobessa.
Lobessa tenía diecinueve años cuando la compraron para incorporarla al
servicio de mi madre. Era una muchachita alta, vigorosa, de formas sólidas y
bien delineadas, con una parte considerable de sangre celta y una influencia
fenicia o cartaginesa no menos fuerte: tenía el pelo y los ojos de un negro
intenso, y en las facciones se notaban los rasgos sensuales de las mujeres de
origen tirio. En la sonrisa, que, cuando quería ella, podía ser impúdica, había una
promesa que evocaba más las suaves delicias de Cartago que la simplicidad de
las aldeas célticas.
En contra de lo que yo había pensado, Lobessa gustó a mi madre: era
paciente, tenía una enorme capacidad de trabajo y, pese a su alegría natural,
realizaba todas sus tareas con rapidez y en silencio, sin perturbar la atmósfera
sombría, por no decir deprimente, de la parte de la casa que Camala se había
reservado y que constituía un mundo aislado.
Rápidamente, mi madre convirtió a su nueva sierva en confidente y criada
personal. Esta le mostraba verdadera dedicación, otra actitud femenina que no
comprendo, porque su temperamento no debería adaptarse con facilidad al
ambiente taciturno del que mi madre se había rodeado. Pero Lobessa se mostró
digna de su confianza, menos en un aspecto no habían pasado quince días desde
su llegada y era ya evidente —para mí— que estaba dispuesta a seducirme.
Al principio no había pensado en ella como posibilidad real. Había sentido
una fuerte atracción física, pero el deseo se mantenía indefinido, y aunque en
aquella época yo era aún muy ignorante en materia de mujeres, sabía que ellas
tienden a interesarse por hombres más viejos. Una esclava de diecinueve años, y
con el aspecto de Lobessa, no podía ser virgen, y bastaba con mirar a sus ojos
para descubrir en ellos un pasado turbulento. Junto a ella me sentía como un
niño, como un cachorrillo que recibe caricias. Tras hacerme esta reflexión, decidí
no hacer nada que pudiera provocar una negativa que fuese ofensiva para mi
orgullo. Con todo, y para desconcierto y asombro por mi parte, Lobessa no me
quitaba los ojos de encima ni perdía ocasión de provocar un contacto físico.
¡Qué ridículo debía de resultarle, tartamudeando, desviando la mirada,
fingiendo no darme cuenta! Llegué a ponerme ante un espejo de cobre
preguntándome si era posible que Lobessa me amara. Yo sabía —y esto era tema
de burlas frecuentes— que «hacía que las mujeres se pararan», como decía
Beduno, gruñendo tras su barba rubia. Había heredado de mi padre los rasgos del
rostro y el color de los ojos, que eran verdes, pero tenía el pelo tan negro como
el de mi madre, y esta combinación, por lo que dicen, tiene efectos mágicos. Era
alto para mi edad... pero, al pensar en mi edad, al reparar en mi pinta de
adolescente desgarbado y aún frágil, no podía creer que las maniobras de
Lobessa fueran otra cosa que un juego.
El trabajo de domar y adiestrar a Trueno me absorbió durante semanas y
olvidé ese problema. Cuando al fin pude montarlo a gusto y salir con él de paseo
y correrías, todo se borró de mi espíritu, y gasté alegremente la mitad del dinero
que mi tío me había dado como obsequio de cumpleaños en ofrecer a Heracles el
sacrificio de un carnero.
¿Cuántos días duró esa tranquilidad? No lo sé, pero fueron pocos. Una
hermosa mañana estaba yo en la caballeriza frotando con paja seca el pelo de
Trueno cuando entró Lobessa y se acercó a mí. No voy a reproducir nuestra
conversación porque, después de tantos años, mis recuerdos son confusos. Su
mano derecha recorrió el pescuezo del caballo, al encuentro de la mía. No había
nadie alrededor, Y, muy cerca, se alzaba un montón de paja. Ella cogió mi
cabeza entre sus manos y dijo algo que no entendí porque mis oídos zumbaban.
De repente, me besó en la boca, y fue como si me envolviera un turbión
arrancándome del suelo. Acabamos, evidentemente, en el montón de paja.
Aún hoy no he olvidado aquella primera vez: mis gestos ansiosos y
desastrados enfrentados a su experiencia; la suavidad de su piel, y el calor, la
tersura deliciosa de sus ancas larguísimas. Devoré, fui devorado. Me sentí por
instantes poseído por la Madre Tierra. Al final, ella se quedó aún algunos
instantes acariciándome el cabello. Luego, oímos pasos y se quebró aquella
magia.
Así perdí la virginidad y gané mi primera amante, porque aquello se repitió
muchas, muchas veces. Y, a pesar de haber conocido a otras mujeres y amado a
algunas de ellas, nunca he olvidado a Lobessa, la maestra que hizo de mí un
hombre y que me enseñó que el acto del amor es santificado por los dioses
cuando el deseo es recíproco. Tampoco he olvidado esta lección, y nunca, en
toda mi vida —ni en las privaciones ni en la euforia de la guerra— tomé mujer
por la fuerza.
IV

La relación con Lobessa marcó la última fase del período en que yo,
creyéndome ya un hombre sólo porque había domado un caballo y poseído una
mujer, vivía en la despreocupación de la juventud sin reparar en que en el
horizonte se iban acumulando nubarrones. Ni la insistencia de mi tío para que
intensificara mi entrenamiento de combate fue capaz de despertar en mí una
sospecha.
Realmente, todo parecía estar en orden en el Universo cuando Camalo llegó
un día a casa más pronto de lo habitual, fruncido el ceño, y con una noticia que
no era inesperada para él pero que a mí me dejó estupefacto: el nuevo
gobernador romano de la Hispania Ulterior, el pretor Servio Galba, se había
refugiado en Cinéticum, estableciendo sus cuarteles de invierno en Conistorgis,
tras haber sido estruendosamente derrotado por los lusitanos. Toda la Bética,
desde Beturia al litoral turdetano, volvía a estar expuesta a incursiones.
Hasta ese momento, la guerra entre romanos y lusitanos me había parecido
algo lejano, que no podía afectarme —había oído hablar de ella como se oye
hablar de una tormenta o de una inundación en tierras distantes—. Cuando tenía
nueve años, un nombre se hizo de pronto famoso y temido: Púnico. Este Jefe de
tribu había derrotado a dos ejércitos romanos, se había aliado con los vetones y
se acercó peligrosamente a Gadir para atacar a los bastulofenicios. Al año
siguiente reanudó sus ataques y fue muerto en combate, pero sus hombres
eligieron un nuevo jefe, Césaro, y prosiguieron la campaña. Por si eso no
bastara, otra hueste llegada de Lusitania bajo el mando del rey Cauceno había
invadido Cinéticum y ocupó Conistorgis.
Después sobrevino bruscamente un cambio de situación, cosa nada rara
tratándose de Lusitanos. Césaro y Cauceno debieron de cometer errores, pues
ambos fueron aplastados y los romanos conquistaron nuevamente Conistorgis; y,
con la capital, todo el territorio conio que les había sido arrebatado. Todo esto
significaba que mi tío Camalo había recibido un apreciable favor de los dioses
cuando éstos le aconsejaron que abandonara Cinéticum, porque si nos
hubiéramos quedado en Balsa habríamos tenido que sufrir la violencia de los
atacantes y de sus adversarios.
La idea de la guerra me acompañaba siempre, pero las historias y
comentarios que había oído no habían despertado mi interés —aquello eran
preocupaciones de adultos que nada tenían que ver conmigo. Ni con la entrada
de las bandas de Púnico en la Bética me di cuenta del peligro, fundamentalmente
porque tanto mi madre como Camalo y Beduno procuraban evitar que yo oyera
demasiado. Sin embargo, ahora mi tío me hablaba de la derrota de Galba, y
comprendí que al fin me había vuelto un hombre, con más preocupaciones que
placeres.
A decir verdad, los hechos no eran recientes. El pretor había sido derrotado a
finales de otoño, poco antes del inicio de una serie de aguaceros tempestuosos
que habían interrumpido las comunicaciones. Galba estaba en sus cuarteles de
invierno desde hacía unas semanas cuando llegaron a Gadir los relatos traídos
por navíos llegados del Norte y a los que el temporal había obligado a buscar
refugio en el puerto de Balsa.
—Ahora, la situación depende de dos cosas —terminó Camalo—: de la
iniciativa de los lusitanos en cuanto llegue la primavera, y de la capacidad de
recuperación de Galba. ¿Podrá contar éste con la ayuda de las fuerzas romanas
de la Citerior? No lo sabemos, y apostaría a que tampoco lo sabe el mismo
Galba.
—¿Pero qué peligro podemos correr? —pregunté—. Los lusitanos nunca
tuvieron conflictos con Gadir, que yo sepa.
Camalo hizo un leve gesto de impaciencia:
—No se trata de conflictos. Los lusitanos atacan por dos motivos: por odio a
Roma, o para saquear; atacan a veces por las dos razones al mismo tiempo.
Necesitan botín para sobrevivir, sobre todo después de un invierno riguroso.
—Creía que Lusitania era rica —objeté.
Beduno, que había visitado el país en su juventud, me había contado
prodigios de la fertilidad y de la abundancia de metales preciosos en aquellas
tierras.
Camalo respiro profundamente, como quien intenta contener la irritación.
—Siempre olvido que tú apenas sabes nada del país de tu padre. Sí, Lusitania
es rica, o mejor, lo son algunas regiones de ella, pero otras no. Y tanto la tierra
como el ganado lo heredan siempre los primogénitos. Es una costumbre que
viene de tiempos muy antiguos, y los lusitanos la respetan. Por eso es habitual
que los restantes hijos de una familia se unan a los más pobres de la tribu o a los
montañeses para formar bandas que atacan las tierras más ricas... no las de
Lusitania, claro, ni las de entre el Tagus y el Anas, porque ahí también viven
lusitanos y célticos, que son sus aliados. Y como los vetones son también
tradicionalmente aliados de los lusitanos...
—Sólo queda la Bética —completé.
Él hizo un gesto.
—Sí, la Bética. Y, a veces, Carpetania o la Bastetania... Son las regiones más
expuestas. Aparte de eso, hay que contar con la aversión de los lusitanos al
dominio de Roma. Desprecian a los pueblos que han aceptado ese dominio, y no
les importa saquear sus ciudades y destruir todo lo que no pueden llevarse
consigo.
Digerí la información y evité mirar para mi tío mientras preguntaba:
—¿Quiere decir que tenemos que ayudar a los romanos...?
Camalo respondió:
—Quiero decir que debemos estar preparados para la defensa. Lo que nos
interesa es Gadir, y no Roma. El dominio romano es una prueba que nos
enviaron los dioses, aunque realmente no sé cómo viviríamos sin el orden y la
paz que Roma impone. Pero fue Gadir la ciudad que nos acogió...
Y como yo no respondiese, continuó:
—Sé qué estás pensando: que eres hijo de un príncipe brácaro. Pero, Tongio,
si los lusitanos entran en la ciudad no irán de puerta en puerta preguntando el
origen de los moradores. Nunca pensé que un día tuvieras que usar tu espada
contra los lusitanos, pero... En fin, es poco probable que haya brácaros entre las
bandas que se encuentran en las fronteras de Beturia.
Charlamos aún un poco sobre el tema, y luego, como se acercaba la hora de
la cena, me retiré a hablar un rato con Beduno antes de sentarme a la mesa.
Había oscurecido casi por completo, y andaban los esclavos encendiendo los
candiles de aceite. Una silueta surgió de la penumbra y vino hacia mí. Era
Lobessa: nuestra intimidad había aumentado, y ella aprovechaba todos los
momentos libres para buscarme —no necesariamente para hacer el amor, pues a
veces sólo charlábamos y cambiábamos informaciones.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
A aquella hora tendría que encontrarse en los aposentos de mi madre.
Lobessa me habló en voz baja:
—Mi señora está indispuesta y se ha retirado ya. Me envía para que os diga
que no va a cenar con vosotros.
Dijo esto con un tono más o menos formal. Después me empujó hacia la
oscuridad, se pegó a mí y susurró:
—Hay algo en el aire... He oído hablar de guerra... ¿qué está pasando?
—De momento, nada. Galba, el gobernador romano, ha sido derrotado por
los lusitanos, pero eso ha ocurrido hace ya unas semanas. ¿Falta mucho para la
cena?
Lobessa hizo como si no se diera cuenta del cambio de tema. Se acercó aún
más a mí y preguntó:
—¿Y qué va a pasar ahora?
—No lo sé. Quizá nada. Quizá los lusitanos se hayan vuelto a sus tierras. No
te preocupes por ellos, están muy lejos.
Una breve sonrisa amarga me hizo entender que la guerra formaba parte de
su pasado. Pero no era mujer de andar con lloriqueos. Movió la cabeza y volvió
a sonreír de modo diferente, posando el brazo sobre mi hombro. Su olor —un
vago perfume captado en el cuarto de mi madre y combinado con el aroma
propio de su piel— empezaba a excitarme.
—Sí, deben de estar muy lejos... pero es increíble lo que los hombres pueden
llegar a andar cuando piensan en guerra y en saqueos.
Intentando sin mucha convicción liberarme de su abrazo, respondí:
—Es una decisión de los dioses, Lobessa. ¿Y qué hay de la cena? ¿Está ya
lista?
—¿Por qué? ¿Tienes hambre?
Retrocedí un poco acalorado.
—Sí, tengo; es decir, tenía... No sé... ¿De qué te ríes?
Teníamos aún un rato antes de la cena.
Mucho más tarde, mediada ya la noche, desperté de repente. Notaba la
garganta seca como si hubiera atravesado un desierto; mi corazón latía con
fuerza y me faltaba el aire. Me quedé inmóvil, con los ojos abiertos. Poco a poco
fui comprendiendo donde estaba mi error, la idea que me había asaltado en pleno
sueño.
Me levanté, agarré la lámpara apagada y salí del cuarto sin ruido. La casa
estaba envuelta en las tinieblas, pero yo conocía el camino con los ojos cerrados.
En la cocina, encendí la lámpara aprovechando algunas brasas que aún ardían y
maté la sed con agua fresca. Llené después un vaso de nuestro mejor vino y me
dirigí hacia el pequeño patio resguardado del viento —allí ardía otra lámpara
ante la imagen de Atégina. La diosa clavó en mí sus ojos de piedra en los que
danzaban sombras animadas por los movimientos de la llama. Ante la estatua, en
una libación respetuosa, vertí parte del vino sobre la tierra. Después, recordando
lo que sabía de las divinidades que protegen a las tribus de Lusitania, hice una
nueva libación y oré:
—Tongoenabiago, Trebaruna, y tú, Runesos-Cesios, dios de la guerra y señor
de los dardos, no permitas que mi espada tenga que ser usada contra mi propia
sangre...
Volví a la cama antes de que el frío de la noche me traspasará los huesos, y
poco después me quedé dormido.

La noticia de la derrota de Galba se difundió con rapidez y, de inmediato, la


ciudad entró en efervescencia. Mientras los ciudadanos cambiaban rumores y
noticias en los baños, en las calles o en sus casas, el Consejo se reunió para tratar
de las medidas que había que tomar. Gadir tenía gobierno propio, pero cualquier
decisión sobre política exterior o defensa precisaba el visto bueno del
gobernador de la Hispania Ulterior. El gobernador estaba atrincherado en
Cinéticum y la posición de los gaditanos era difícil: tenían que preparar la
defensa sin que los romanos pensasen que estaban tomando las armas contra
ellos. Tras encendidos debates, los Ancianos mandaron instalar puestos de vigía
en posiciones estratégicas, entrenar un cuerpo de milicias y, para evitar malas
interpretaciones, enviaron un mensajero a Conistorgia para pedir instrucciones al
pretor.
Después de la conversación con mi tío, discutí nuevamente el asunto con
Beduno durante la tarde que pasamos en los baños públicos. Beduno acababa de
someterme a un enérgico masaje y habíamos encontrado un rincón sólo para los
dos donde podíamos hablar a gusto.
Le hice una señal para que se sentara a mi lado, y él se negó. Era
terriblemente formalista en todo lo que señalara su condición de esclavo. Obraba
así por orgullo, por no querer aceptar nada a lo que no tuviese derecho. Y como
se empeñara en su negativa, se lo ordené diciéndole que tenía que hablarle y que
era incómodo mantener la cabeza alzada. Acabó por ceder.
Se lo conté todo, la conversación con Camalo, las dudas que sentía, la
oración Junto a Atégina —aquí, él enarcó las cejas al pensar que yo había
conseguido salir del cuarto sin que se diera cuenta (dormía en un cubículo al
lado, y siempre decía con mucho orgullo que oía cualquier rumor, por dormido
que estuviera). Cuando acabé, comentó:
—Tu tío tiene razón, claro. Si los lusitanos atacan, no van a perder tiempo
preguntando quién es gaditano, romano o brácaro. Éste es el drama de quien
vive, como nosotros, bajo el dominio de Roma... No obstante, es muy posible
que no lleguen a atacar: he oído decir que Lúculo envió mensajes a Galba y que
apenas pase el invierno entrarán ambos en campana.
Lúculo —Lucio Licinio Lúculo— era el procónsul que gobernaba la
Hispania Citerior. Beduno estaba bien informado, tenía relación con esclavos de
algunos miembros del Consejo —y, efectivamente, aquella misma noche se
confirmó la noticia de que el procónsul se preparaba para la guerra.
Lucio Licinio Lúculo era odiado por los pueblos de la Citerior desde que, sin
motivo alguno, había atacado a los vacceos y, no contento con eso, tras aceptar la
rendición de la ciudad de Cauca mandó decapitar a todos sus habitantes. En
aquel tiempo, la Hispania romana estaba entregada a dos asesinos ávidos de oro:
también Galba había venido a la Península con la intención de aumentar su ya
considerable fortuna, y se mostraba dispuesto a conseguirlo a cualquier precio.
Entretanto, las noticias sobre Lúculo no eran las únicas que llegaban. Días
después, un mensajero, empapado y cubierto de barro, montado en un caballo
medio muerto de cansancio, llegaba a la costa procedente del Norte, y se negó a
hablar con quienes le dieron albergue, diciendo que el mensaje iba dirigido al
Consejo. Apenas cobró huelgos cruzó el estrecho y desembarcó en Kotinoussa.
Poco después ya estaban enterados todos los gaditanos de que habían cesado las
lluvias en el Norte y del avance de una columna de lusitanos por la Bética en
dirección a la ciudad.

Pese a todo, la ciudad de Gadir mantuvo una apariencia casi normal, como si
sus habitantes intentaran asumir de manera forzada esa normalidad pensando que
así podrían conjurar la amenaza. Sólo en los ojos de las mujeres podía leerse la
angustia y el miedo ante el futuro. En caso de derrota su suerte iba a ser más
cruel que la de los hombres, pues éstos siempre pueden morir combatiendo, y en
esos momentos morir es la salida mejor.
Todos los días esperábamos ver las márgenes del estuario del Cilbus
cubiertas de guerreros lusitanos. Para calmar los nervios, salía yo de mañana con
Trueno con el pretexto de mantenerme en forma. Pero mi cuerpo exigía algo más
que paseos y galopes: Lobessa decía que había encendido un fuego en el bosque
y que no conseguía apagarlo por más que se esforzara. Era la única mujer en
cuyos ojos no veía yo miedo a la guerra, aunque en su cubículo descubrí oculta
una daga. Se negó a decirme de dónde la había sacado, pero me confesó que la
guardaba para darse muerte a sí misma: «No quiero volver a ser botín de
guerra», murmuró besándome.
Llegó la primavera, y un día vimos realmente tropas junto al río Cilbus, pero
eran romanos. La legión acampó junto al estrecho que separa Kotinoussa del
continente, y el tribuno que la mandaba vino a la isla para ofrecer un sacrificio a
Heracles y conferenciar con los miembros del Consejo, es decir para dictarles su
voluntad.
Nos enteramos entonces de lo que había ocurrido durante las últimas
semanas, y, aunque era poco, significaba mucho: Galba había salido de
Conistorgis para encontrarse con Lúculo, y los dos, juntos, habían trazado los
planes de campaña.
Los gaditanos suspiraron aliviados. La ciudad recibió a los legionarios con
sonrisas abiertas de bienvenida; el comercio —incluyendo, claro, el de las
prostitutas— estaba exultante con tan sustancial aumento de clientela, y el
optimismo aumentó aún más cuando se supo que la hueste lusitana en marcha
hacia Gadir había sido desbaratada por Lúculo, que había dado muerte a mil
quinientos guerreros y aprisionado a los restantes. El procónsul estaba ahora
ocupado en saquear sistemáticamente Lusitania.
La dureza de la represión no perturbó los espíritus en Gadir, muy al
contrario, y era natural: la ciudad había temblado ante la aproximación de los
invasores; era, además, una vieja aliada de Roma —hacía dos generaciones que
había abandonado la causa de Cartago para entregarse voluntariamente a los
romanos. Aún hoy afirman los gaditanos que aquella decisión había sido tomada
a causa de las injusticias cometidas por los cartagineses, pero quien conoce
como yo a las gentes de Gadir sabe que esas injusticias nunca hubieran sido
motivo bastante si no estuvieran también en juego sus intereses comerciales.

Sin embargo, ni los mismos gaditanos estaban preparados para oír con
serenidad lo que los viajeros llegados del Norte revelaban sobre el
comportamiento monstruoso de Servio Sulpicio Galba. Las sonrisas de acogida a
los legionarios se fueron volviendo más prudentes y formularlas. No era
indignación, era miedo.
Lobessa y Beduno me contaron lo que sabían; en los baños públicos oí una
versión más completa de los hechos, y luego fui a ver a mi tío para que me
confirmara la historia y la completara con pormenores. Lúculo y Galba habían
actuado separadamente pero según un plan establecido. El primero había
explotado la victoria conseguida y entró en Lusitania devastando las llanuras.
Luego, se retiró cargado de botín. Entonces le llegó el turno al ejército de Galba.
Agotadas, sin víveres, las bandas lusitanas se reunieron y enviaron mensajeros al
pretor pidiendo condiciones de rendición explicando los motivos que los habían
llevado a iniciar la guerra.
Los enviados fueron recibidos en el campamento romano con una cortesía
que no era habitual. Galba en persona los recibió y respondió con benevolencia a
sus deseos. ¡Cuántas veces me contaron lo que les había dicho! Tantas que puedo
repetir sus palabras una a una: Es la esterilidad de vuestros campos y vuestra
pobreza lo que os lleva al latrocinio. Por eso, si queréis mi amistad, os daré las
tierras fértiles que necesitáis, asentándoos en las llanuras, que dividiré en tres
partes...
Las asambleas tribales lusitanas aceptaron con entusiasmo la generosidad del
pretor, y muchos guerreros llamaron a sus familias para, con ellas, ocupar las
nuevas tierras. Se formaron tres grupos de colonos, que se fueron asentando en
los lotes prometidos. Tras una gran ceremonia que consagraba la paz, las bandas
lusitanas ofrecieron sus armas. No se dieron cuenta de que, a su alrededor, las
legiones de Galba habían ido ocupando posiciones estratégicas para atacar
apenas los lusitanos depusieron las armas.
En sólo un día fueron asesinados miles de lusitanos. Al llegar la tarde del día
siguiente, las víctimas pasaban de nueve mil, y la matanza continuaba: todos los
guerreros del primer grupo de «colonos» fueron abatidos. Los restantes, con sus
familias, fueron a parar a los mercados de esclavos de la Galla —más de mil
personas, incluyendo mujeres y niños. La tierra y los arroyos estaban aún
manchados con la sangre de los diez mil muertos cuando Galba recibió el
producto de la venta de los primeros cautivos.
Lo oí todo sin hacer comentarios. Por la noche, mi lecho me pareció de
piedra. No conseguía dormir, y acabé por sentarme en la cama con los brazos
cruzados sobre las rodillas.
«¿Qué me pasa? —me preguntaba—. ¿Cuál es la razón de este sentimiento
de rebeldía? Verdad es que los romanos se portaron de manera cruel y
despreciable, pero no habían hecho más que lo que antes hicieron muchos
invasores. Derramaron sangre lusitana, Mi sangre... pero el único lusitano que yo
he visto era mi padre, y apenas conseguía recordarlo. Yo soy un como, habituado
a la ley de Roma, a las costumbres romanas... pero esta rabia, estas ganas de
luchar...»
Quedó en suspenso la pregunta, y como la Juventud tiene fuerza para vencer
por sí misma dudas y angustias, poco después el sueño se apoderó de mí. Volví a
tenderme, y me quedé dormido de inmediato para no despertar hasta la
madrugada. Pero algo había pasado durante la noche, porque me desperté con
una decisión tomada.
Cuando un hombre es atacado por la duda, debe volverse hacia los dioses
que mejor pueden entenderle y ayudarlo. Por eso, sin detenerme siquiera para
quebrar el ayuno, salí discretamente de casa llevándome buena parte de mis
economías y me dirigí al mercado, donde compré un cabrito blanco, el más
hermoso que pude encontrar. A la salida de Gadir, junto al camino que lleva al
puerto, hay un altarcito consagrado a Héracles donde suelen los marineros rezar
y dejar ofrendas si no tienen tiempo para llegarse al santuario. Cuando me
acercaba al ara, vi al sacerdote, hombre gordo y calvo, con los dientes podridos,
a la puerta de su casa. Se notaba que acababa de saltar de la cama. A fin de
convencerlo para que me atendiera sin demora, le dije (y tal vez fuese verdad)
que el dios me había hablado en sueños y me había ordenado que ofreciera una
víctima en sacrificio al nacer el sol si quería que me concediera un favor que le
había pedido hacía ya tiempo. Reforcé mis argumentos con algunas monedas de
cobre, y acabé convenciéndolo.
Sobre el ara, colocada ante la estatua del dios —una vieja imagen en la que
Héracles está representado con vestiduras fenicias— fue inmolado el cabrito en
el momento en que los rayos del sol doraban la blanca piedra. Cuando el
sacerdote me entregó la taza llena de sangre del animal, alcé los ojos a la estatua
y oré pidiéndole a Héracles— Melkaart que recordase su vida terrenal, su
existencia de guerrero, pero, sobre todo, que recordase que había sido un hombre
sometido a las flaquezas y a los errores de los mortales. Después, me faltaron
palabras; mi súplica era aún indecisa, tan indecisa como la voluntad que me la
había dictado. «No importa», pensé, «el dios sabrá leer en mi alma». E hice la
libación mientras el sacerdote lanzaba al fuego la parte del cabrito reservada a
Héracles y ponía al lado, con evidente placer, la porción reservada a él.
El frío de la madrugada se había disuelto en la luz del nuevo día. Me eché a
los hombros el manto en que me había envuelto lentamente, caminé de regreso a
la ciudad. Iba tan abismado en mí que no oí el galope de un caballo sobre la
tierra batida. Por eso me sobresalté cuando sonó a mi lado la voz de Camalo:
—El guerrero sacrifica a Héracles... Eh, Era típico en él adivinar lo que yo
acababa de hacer. Desmontó y empezó a andar a mi lado, con el caballo
sostenido de las riendas.
—No te ruborices, hasta hombres con más años sienten dudas en un
momento como este.
Hubo un silencio, y continuó:
—Vengo del puerto. Estuve comprobando un cargamento de ámbar que nos
llegó ayer tarde. Unos hombres estaban contando lo de las matanzas de lusitanos
y hablaban también de Galba, de los impuestos, de las extorsiones a que se ven
sometidos incluso los aliados de la República.
—¿Y qué podemos hacer, tío? ¿Qué debemos hacer?
Camalo se encogió de hombros:
—Esperar, y no confiar demasiado en los romanos. Soy hombre de paz,
todos los mercaderes somos hombres de paz, al menos en la tierra donde estamos
establecidos, pero hasta un pacífico mercader conoce el honor y las leves de la
guerra. Y el pretor las desconoce o las olvidó deliberadamente. Ten cuidado,
Tongio, se acercan tiempos difíciles.
No volvimos a decir nada hasta llegar a casa.

El terror desencadenado por Galba abrió un amplio camino a sus ambiciones.


Antes de terminar el mandato, el gobernador de la Hispania Ulterior había
llenado sus cofres. Aparte de esto (o, mejor, para conseguir esto) había ocupado
las ciudades del Cinéticum que aún no estaban bajo dominio romano: Lacóbriga
y Portus Hannibalis cayeron en sus manos como fruta madura, y del antiguo
reino de los conios sólo se libró del invasor el Promontorio Sagrado, porque
hasta Galba, que era sólo un carril— cero sin escrúpulos, no se atrevió a entrar
con las manos teñidas en sangre de miles de lusitanos en aquel lugar sagrado.
A finales de aquel mismo año, el pretor regresó a Roma. Más tarde supimos
que sus crímenes habían llenado de repugnancia a sus mismos compatriotas,
hasta el punto de ser juzgado ante el Senado, pero el oro que había robado en
Iberia le sirvió para comprar la absolución. «La República es tan corrupta como
Galba», murmuró mi tío a modo de comentario.
Nosotros teníamos preocupaciones más próximas: el gobierno de la Hispania
Ulterior se había olvidado, pura y simplemente, de retirar las tropas acampadas
en Gadir, cuya presencia era ahora innecesaria. La llegada del nuevo gobernador
no alteró la situación, tal vez porque aquel magistrado tenía asuntos más graves
y urgentes de que ocuparse. Así, el campamento de la legión fue convertido en
cuartel de invierno, en una verdadera ciudad poblada por hombres que si algo
aborrecían era la inactividad. Desgraciadamente, su comandante no tenía la
inteligencia o la experiencia necesarias para comprender los peligros de tal
situación. Juegos y ejercicios son un medio excelente para mantener la disciplina
y la moral de cualquier tropa, pero quizá el misino tribuno que la mandaba
estaba también desmoralizado. El caso es que no tardaron en surgir problemas.
Esos problemas se iban multiplicando, y cuando llegó el invierno la tensión
era tan fuerte que casi la podíamos ver y palpar como si fuera una bruma
venenosa. Primero se plantearon cuestiones sobre las prostitutas disponibles, y
pronto los soldados molestaron incluso a mujeres del pueblo y hasta a señoras de
familias respetables. La población empezó a vivir en permanente alerta. Y no
sólo las mujeres corrían peligro al salir a la calle, sino que hubo también casos
de chiquillos y adolescentes seducidos o violados.
Con la llegada del invierno, se vieron interrumpidos con frecuencia los
abastecimientos de la tropa y empezaron a ser cosa vulgar los robos en las
tiendas y en los puestos del mercado. Y no se trataba de actos de indisciplina,
porque los mismos oficiales, e incluso los tribunos, ordenaban los asaltos como
forma de obtener víveres y otros artículos.
Para no agravar las relaciones con las autoridades de Gadir, las víctimas
elegidas eran preferentemente extranjeros. Durante semanas, los griegos y los
tirios, nosotros mismos —es decir, todos los mercaderes extranjeros de la ciudad
—, soportaron una escalada de abusos ante el silencio embarazoso de los
gaditanos. Hasta que ya no se pudo aguantar más. Entonces, los miembros
influyentes de la comunidad extranjera convocaron una reunión.
Camalo me ordenó que lo acompañara a la asamblea, donde me presentó
como heredero y auxiliar. Nada recuerdo de las discusiones y discursos, sólo la
decisión final: fueron elegidos tres representantes —uno de ellos mi tío— que
deberían presentar un ultimátum al Consejo anunciando que si no se aseguraba la
protección de los extranjeros éstos abandonarían la ciudad con todos sus bienes.
Realmente, el ultimátum iba dirigido más a los tribunos romanos que a los
miembros del Consejo. Los términos habían sido acordados con algunos
Ancianos que sólo esperaban esto para enviar una embajada al Senado romano.
Esta actitud, que dejaba ostensiblemente de lado al gobernador, no era nueva.
Muchos años antes había sido enviada una embajada semejante a Roma para
quejarse del quebrantamiento de los acuerdos firmados con Gadir y de las
extorsiones practicadas en Iberia por los procónsules Blasio y Stertinio.
Cuando terminó la reunión, Camalo me llamó con un ademán:
—Tongio, tengo que hablar con Eunois de un asunto. Vuelve a casa con
Beduno. Empieza ya a oscurecer. Eunois me proporcionará una escolta de
esclavos suyos.
Se alejó, pero volvió de nuevo para añadir:
—Tengo que pedirte algo más: aunque estés cansado, espera hasta que yo
vuelva. Tengo que hablar contigo.
Era ya tarde cuando regresó. Fui a su encuentro y pasamos los dos a su
gabinete de trabajo. Camalo ordenó que trajeran vino y dos copas. Cumplida la
orden, le dijo al esclavo que podía irse a dormir, tras comprobar que todas las
puertas y ventanas estuvieran bien cerradas. Cuando quedamos a solas, me
preguntó:
—¿Qué sabes tú de Eunois?
La pregunta era inesperada, pero de fácil respuesta:
—Sé que es un griego de Massilia... que es uno de los comerciantes más
ricos de Gadir... y que tenemos negocios con él.
—Exacto. Aparte de eso, es hombre honrado. Lo conozco desde hace
muchos años y sé que es honrado. Digo esto porque, si fuera necesario, puedes
confiar en él como en mí mismo.
Un estremecimiento me recorrió la espalda en una advertencia de peligro.
—¿Si fuera necesario?
Camalo se levantó, se dirigió a un estrado cubierto de cojines, en el que a
veces descansaba, se dejó caer pesadamente.
—Estoy cansado —dijo en el tono de quien pide disculpas—, pero no
podemos esperar hasta mañana. Quiero decir que si algo me pasa puedes pedir
ayuda y consejos a Eunois. En caso de... en fin, cualquier desgracia, tú asumirás
la dirección de mis negocios. Y, si no te desagrada, me gustaría —siempre dentro
de esa eventualidad— que te casaras con la hija de Eunois. Es una hermosa
muchacha, un poco mayor que tú, pero eso es igual. ¿Qué dices?
Me levanté me acerqué a él.
—¿Por qué me dices todo eso de Eunois? ¿Por qué ahora?
Aun sentado, y mirándome de abajo arriba, Camalo me dominaba.
—¿Por qué? No sé cómo puedes andar por ahí sin ver ni oír nada. Todos
sabemos que los legionarios obedecen órdenes de los oficiales, y eso significa
simplemente esto: Gadir está sometida a saqueo, pero lo que de ningún modo
desean los tribunos es que llegue a Roma un eco de nuestras quejas... sobre todo
después del interrogatorio a que fue sometido Galba en el Senado. Tenernos que
estar preparados para un... «incidente», mañana, cuando vayamos al Consejo.
—Pero si es así, no puedes... —me callé, buscando las palabras. Comprendí
entonces, creo que por primera vez, hasta qué punto quería a mi tío. Y conseguí
decir No puedes correr ese riesgo. Es absurdo. En todo caso, lo mejor sería salir
de la ciudad sin previo aviso. O, mejor aún: incitar a los gaditanos a la revuelta.
—Calla.
Su tono no era violento, pero le obedecí. Camalo sonrió, casi con ternura.
—Estás diciendo tonterías. ¿Incitar a los gaditanos a la revuelta, (con una
legión romana acantonada aquí, ¿Salir de un día para otro?
Se apagó la sonrisa de Camalo, y cuando habló su voz era amarga:
—Tongio, espero tu autorización para ser fiel a mi honor, pese a no ser un
príncipe brácaro.
Me ruboricé, y bajé la cabeza. Él se levantó.
—Comprendo y valoro tu preocupación. Si pudiera, evitaría este riesgo.
Sabes muy bien que soy un hombre prudente, pero hay cosas más importantes
que la seguridad e incluso que la vida... Sí Galba gobernara aún en la Ulterior, no
valdría la pena correr peligro, lo admito. Pero no conocemos las intenciones del
nuevo gobernador, y los legionarios tampoco las conocen. Quizá eso les obligue
a pensarlo dos veces antes de intentar cualquier barbaridad. Y, ahora, tengo que
despedirme; es tarde y el Consejo nos recibirá mañana al amanecer.

En todas las madrugadas, desde que el mundo existe, hay un momento de


silencio absoluto en el que la propia Madre Tierra está en reposo. Desperté en
ese preciso instante: aún no había salido el sol, pero ya se hacía anunciar, y lo
que había en mi cuarto era ya perfectamente visible.
Había dormido mal, sentía un tremendo dolor de cabeza, y no desperté por
completo cuando me di cuenta de que allí cerca estaban hablando dos hombres y
reconocí la voz de Beduno. Necesité algún tiempo para aclarar ideas, y cuando
salí del cuarto ya no se oía la conversación. Beduno apareció en la puerta y me
saludó.
—¿Y mi tío?
—Ha salido ya. Me prohibió que le acompañara.
—¿Era él quien hablaba contigo?
Beduno asintió.
—Le pedía que me dejar acompañarlo armado, pero no quiso.
Me fijé en su expresión, y le dije:
—Vamos a mi cuarto. Voy a vestirme, Y mientras me ayudas puedes
contarme lo que sabes.
No hice caso de sus protestas y le volví la espalda. Poco después, él me
contaba lo que había conseguido saber:
—Ayer, cuando estabas hablando con tu tío, volví a salir. Había un
movimiento anormal en ciertas calles... en fin, la cosa es ésta: el jefe de la legión
había recibido informes sobre los planes de los mercaderes extranjeros. Durante
la noche, algunos soldados anduvieron repartiendo dinero por los barrios
pobres... sé que eran soldados porque fueron reconocidos, pero no llevaban
uniforme. Es casi seguro que las monedas que repartían iban acompañadas de
una sugerencia... Médamus, que es esclavos de uno de los Ancianos, me dijo que
sólo repartían dinero entre los mendigos, los que no tienen oficio y algunos
hombres que mejor estarían en la cárcel que fuera de ella.
Apenas acababa de hablar cuando llegaron hasta nosotros los ruidos
inconfundibles de un motín: vocerío (conseguí distinguir la frase: «¡Muerte a los
extranjeros!»), cascos de caballos hiriendo las losas de las calles, y un resonar de
metales. Nos armamos a toda prisa y salimos, sin prestar atención a las
exclamaciones de las mujeres, que se precipitaban a cerrar puertas y ventanas.
Los ruidos nos guiaban, y echamos a correr. Era temprano, había poca gente
en las calles, e incluso esa apresuraba el paso para refugiarse en las casas. Se oyó
de nuevo el grito: «¡Muerte a los extranjeros!», un error, pensé, porque nunca
había habido el menor conflicto entre gaditanos y residentes extranjeros.
Poco después oí el toque de carga, y la calle se llenó de gente en desbandada.
Por su aspecto, eran los mismos manifestantes pagados por los legionarios, que
huían de quienes los habían comprado. Pensé que no podríamos seguir adelante,
pero no había contado con la estatura y la fuerza de Beduno: fruncido el ceño y
la mano crispada sobre la empuñadura de la daga, hendía la multitud con
asombrosa facilidad, y los que no se apartaban eran arrollados y tirados hacia los
lados. En una placita encontramos a los legionarios reconstruyendo las filas
deshechas con la carga. Había en el suelo cinco o seis cuerpos ensangrentados.
Un centurión de aspecto brutal sacaba la espada clavada en uno de los cuerpos
con el aire indiferente de quien termina un trabajo aburrido. El cuerpo se
estremeció y se quedó inmóvil mientras la sangre empezaba a extenderse por el
suelo, formando regueros en el pavimento irregular.
Era mi tío Camalo.
Un grito cortó el aire, un grito agudo, pero no de mujer, y acabó en una nota
ronca de odio. Ni yo reconocí mi propia voz. Un velo espeso, ígneo, enturbió
mis ojos. Sólo sé lo que más tarde me contó Beduno: que había tenido que usar
de toda su fuerza para dominarme y sacarme de allí. Nada recuerdo. Cuando
recuperé la lucidez era ya de noche. Miré a mi alrededor y comprendí que me
encontraba de nuevo en casa, en el pequeño patio consagrado a Atégina. Ante la
diosa, lavado, ungido y adornado, estaba el cadáver de Camalo.
V

—¿Y ahora, qué vas a a hacer?


Eunois me había hecho la pregunta y me miraba con curiosidad, sin intentar
esconder que estaba sondeándome. Era un hombre de mediana edad, seco, de
rasgos marcados y ojos vivos.
Habían pasado tres días durante los cuales yo había cumplido mis
obligaciones, había comido, bebido y, cuando era necesario, había hablado —
pero como si fuese otra persona quien estuviese en mi lugar—. Sumergido en
aquella semiinconsciencia había asistido con mi madre a los funerales de
Camalo y había recogido sus cenizas en una urna, pero si me preguntaran qué
había ocurrido exactamente no habría sabido qué responder. Volví en mí aún con
tiempo de ofrecer algún consuelo a Camala, y me dispuse a ejecutar las
voluntades del muerto. Para eso había ido a casa de Eunois y allí estaba,
sometido a su examen y a sus preguntas.
—Aún no he tomado ninguna decisión —le respondí—, porque todo
depende de lo que ocurra estos días.
—¿De lo que ocurra?
Eunois acompañó su pregunta con un movimiento rápido y elegante del
brazo, llenando de nuevo de vino la copa colocada ante mí.
—Pienso seguir los consejos de mi tío, que son sus últimas voluntades,
quiero decir que tomaré la dirección de sus negocios, de la casa, y te pediré
consejo siempre que lo necesite.
—Me parece muy bien y tendré el mayor placer en ayudarte, tanto más
cuanto que es necesario que vuestros esclavos y criados se den cuenta de que no
van a darse a la buena vida sólo porque ha muerto el amo... Pero... a juzgar por
el tono que has empleado —ves algún obstáculo en este plan.
—Sí —había decidido ser franco y aquel me parecía el mejor momento para
dejar claras todas las dudas—. Hay, un obstáculo, es verdad. El hombre a quien
le debo todo, ha sido asesinado por un centurión romano. Están cumplidas las
honras fúnebres, pero su espíritu pide venganza y justicia.
—Y crees que esa tarea te corresponde. Es natural.
Eunois se levantó y empezó a pasear con un aire pensativo. De repente, se
detuvo ante mí.
—Pero no se trata de un crimen cometido por un salteador de caminos. El
asesino ha sido, como acabas de decir, un centurión romano. Para empezar, será
difícil...
—No —le interrumpí—, no es difícil. Llegué a la plaza cuando él estaba
arrancando la espada del cuerpo caído, lo vi perfectamente y soy capaz de
reconocerlo en cualquier lugar en que lo vea.
—Eso facilita las cosas... o las complica —replicó Eunois.
Volvió a sentarse y se inclinó hacia delante, como para tener la seguridad de
que yo no perdería una palabra.
—Supongo que te darás cuenta de que la muerte de Camalo no fue una
casualidad, un gesto irreflexivo de un centurión estúpido. Fue un acto de
intimidación. El motín estaba preparado desde la víspera, claro, y los tribunos
habían decidido que sería muerto «por accidente» un mercader extranjero. Podía
haber sido yo mismo, ya que entonces también yo estaba en la calle e iba al
encuentro de tu tío. El destino decidió que yo me salvara a costa de la muerte de
mi mejor amigo. Pero, Tongio ¿comprendes la situación?. Oficialmente, todo se
reduce a un desgraciado accidente, y nadie puede aceptar otra versión o mover
un dedo. Es demasiado peligroso.
—Esto excluye la posibilidad de recurrir a la justicia de la ciudad o a los
tribunos de la legión, pero Camalo sigue exigiendo venganza.
Eunois asintió:
—Es verdad... pero hay otras verdades que conviene considerar, y debes
pensar en ellas antes de tomar cualquier decisión. Camalo sabía que... lo que
ocurrió podía ocurrir. Tomó dijo lo que deseaba que hicieses. Tienes que elegir:
cumplir su voluntad o vengarlo; no puedes hacer las dos cosas. Si matas al
centurión... si lo consigues... tienes que salir inmediatamente de Gadir con tu
madre.
Había acentuado las últimas palabras. Levanté la cabeza y lo miré.
—Sí. ¿Qué podrías esperar? Los legionarios tendrían una ocasión
excepcional de exterminar a una familia extranjera acusada de sedición contra
Roma. Sería un aviso enérgico a los gaditanos. Una advertencia sin tener que
atacarlos frontalmente.
Dejó que sus palabras produjeran el efecto deseado y se levantó para dar por
terminada la entrevista.
—Piénsalo bien. Sabes que, decidas lo que decidas, puedes contar conmigo.
Sin duda tu tío te dijo que tengo una hija casadera... Eurídice. Una hermosa
muchacha. Sale a la madre. Sería conveniente que la conocieses, pero aún es
pronto para que consideres ese proyecto. Quizá dentro de unos días... cuando
hayas
Le dije que nada me gustaría más —una respuesta de pura cortesía. Él
comprendió y no se mostró ofendido—. Con una palmadita familiar en la
espalda, me preguntó:
—¿Está ahí fuera Beduno, tu fiel perro guardián?
No, le respondí. Beduno se había quedado en casa vigilando a los otros
esclavos; era aún de día, y yo no precisaba pro
—No lo creas, está oscureciendo, y aunque las calles están ahora más
seguras... a los legionarios no les gusta andar a estas horas sin compañía... Pero
no se sabe qué puede ocurrir. Te acompañarán dos esclavos míos. No, no
insistas, he dado ya las órdenes.
Me acompañó hasta la puerta y me despidió con un abrazo rápido y vigoroso.
—Espero verte pronto. Que los dioses te indiquen el camino, hijo de
Tongétamo.
La casa de Eunois no estaba muy distante de la nuestra, pero cuando llegué
ya había anochecido casi por completo. Los esclavos que me acompañaban, se
despidieron y se alejaron rápidamente. Me quedé parado ante la puerta, sin ganas
de entrar. Notaba la cabeza ardiendo y la sangre latiéndome en las venas.
Movido por el instinto, empecé a andar. Quería respirar el aire de la noche,
quería fatigar el cuerpo y quería estar solo. Vagabundeé al azar por las calles.
«Que los dioses te indiquen el camino», había dicho Eunois. Aquella noche
lo hicieron. Caminando sin rumbo cierto, no era yo quien decidía la dirección de
mis pasos. Una fuerza oculta me impelía hacia el lugar donde se iba a cumplir...
—¿cómo dicen los griegos?-mi moira, el trazado y realización de mi destino;
pero cuando al fin me detuve y comprendí donde estaba, no sabía aún que aquel
era el momento decisivo en mi vida.
Me encontraba en el más famoso barrio de prostitutas de Gadir. Lo
frecuentaba raramente —prefería la compañía de Lobessa— pero conocía a una
o dos que en ciertas ocasiones me habían recibido con particular simpatía. «¿Por
qué no?», pensé, «al menos olvidaré todo esto hasta mañana.»
Se abrió la puerta de una casa y el ruido me llamó la atención. En el umbral
apareció una silueta de mujer envuelta en un manto blanco. Sostenía un candil,
alzándolo por encima de la cabeza, y hablaba con alguien a quien no se veía aún.
Oí su voz, murmurando, y luego una risita impúdica y estridente. Un hombre
bajó los tres escalones de piedra y la luz de la llama le dio de nuevo en la cara.
Era el centurión que había matado a Camalo. Reconocí de inmediato sus
rasgos brutales, la mirada insolente y estúpida, el pescuezo gordo y brillante
como la cerviz de un toro. Mi mano derecha aferró la empuñadura de la espada.
Me pegué a la pared para quedar oculto por las sombras.
El hombre gruñó unas palabras incomprensibles y se alejó con pasos
inseguros mientras la puerta se cerraba con estruendo. Dejé que se alejara un
poco y empecé a seguirlo. Confieso que sentí la tentación de abatirlo en la
oscuridad —no sería un asesinato, sino la matanza de una alimaña—, pero me
contuve, porque aquella muerte no era digna de mí ni de Camalo. Tenía que ser
en combate, cara a cara. Él tenía enormes ventajas: su entrenamiento militar, su
fuerza, su porte macizo, pero iba medio borracho y ablandado por el placer.
«Juego limpio», concluí, «las fuerzas se equilibran».
Tenía que buscar un lugar propicio, suficientemente iluminado y fuera de la
ciudad, para que el tumulto no atrajera demasiados testigos, y empecé a temer
que se dirigiera al embarcadero, de regreso al campamento, por un camino que
no ofrecía demasiadas oportunidades. Realmente, el romano, al salir de la
ciudad, tomó la dirección del altar de Héracles. Allí el camino se bifurca: el que
sigue por la izquierda va hasta el puerto y el embarcadero pequeño, donde
incluso por la noche —con tal de que haya luz de luna— hay siempre barqueros
dispuestos a hacer el transporte hasta el continente. El camino de la derecha lleva
a un olivar y, más lejos, entronca con la carretera que conduce hasta el santuario.
El centurión se detuvo en la encrucijada y, cuarenta pasos detrás de él,
temblando de fiebre y de ansiedad, me detuve yo también. El silencio era tal que
podía oír la respiración pesada del hombre a quien perseguía. Momentos
después, eructó, se encogió de hombros como si estuviese discutiendo con
alguien y avanzó por el camino de la derecha.
No necesitaba seguirlo: sabía que iba en busca de un lugar abrigado para
dormir y liberar los vapores del vino. La noche estaba clara y yo conocía bien
toda aquella zona, por eso me fue posible elegir el terreno, y cuando el asesino
de mi tío doblaba una curva cerrada que ceñía una zona de espesos matojos, me
encontré cerrándole el paso. Iluminada por la luna, la hoja de mi espada brillaba
con una luz azulada.
—¿Qué hay? —gruñó perplejo-¿Quieres robarme? ¿Has visto quien soy?
¿Has visto esto?
Oí un roce metálico: era su espada al salir de la vaina.
—Sí, lo he visto. No quiero robarte, quiero hacer justicia. Hace tres días
mataste a un hombre desarmado. Ese hombre era mi tío.
El centurión abrió los ojos con asombro, como si lo acusaran en falso.
—¿Hace tres días? ¿Yo? —pareció buscar en la memoria y, de repente, soltó
una carcajada—. ¡Ah, sí! ¡Ahora me acuerdo! ¡Uno de esos puercos gaditanos!
Alcé el arma:
—No era de Gadir. Y tú, ladrón romano, lo mataste cuando estaba
desarmado. Yo llevo una espada, y podía haberte matado por la espalda, pero no
lo he hecho. Yo no soy romano ni cobarde, como tú.
Había dado en el blanco. A la luz de la luna lo vi rojo de ira. Furioso, se
lanzó contra mí.
En el aire frío y seco, nuestras espadas soltaban chispas al chocar entre sí. Él
tenía a su favor la experiencia y la fuerza, pero estaba enturbiado por el vino y la
cólera. Sólo la agilidad me salvó de varios golpes mortales, y el combate se
prolongó hasta resultarme interminable —peor aún, empezaba a sentirme
cansado y me había dejado llevar, también yo, por la rabia. El odio y el ansia de
venganza me arrebataban la lucidez y me llevaban a cometer errores—. De
pronto, oí una voz precisa y clara dentro de mi cabeza... «¡Menos ardor y más
estrategia!», la voz de Beduno, la frase que me repetía durante los
entrenamientos. Y sus lecciones saltaron a mi memoria mientras se disipaba ante
mis ojos la niebla roja.
Muy a tiempo: la espada del romano avanzaba hacia mi vientre. La esquivé,
y contraataqué con nuevas energías. Entonces ocurrieron al mismo tiempo dos
cosas: con un gesto instintivo bajé la punta de la espada, y él tropezó y cayó de
rodillas. Quedó descubierto su pescuezo unos instantes, y eso bastó.
Con un grito ronco soltó el arma y se llevó las manos al cuello mientras yo
hacía retroceder la hoja y le aplicaba al romano un puntapié en pleno rostro.
Cayó de espaldas y quedó inmóvil, jadeando, casi ahogado por la sangre que le
brotaba de la boca. Me incliné: era el primer hombre muerto por mí. Le miré a
los ojos, ya cubiertos por una película vítrea, y oí el sonido horroroso de su
estertor. Rápidamente, para acabar aquella escena repugnante, encomendé su
espíritu a las divinidades infernales e invoqué a mi tío Camalo. Agarré la espada
con las dos manos y le solté el último golpe, de lleno en el cuello.
Cuando acabó todo, me recosté, jadeante, en el tronco de un árbol, incapaz
de sostenerme en pie.
—No estuvo mal, pero hay que emplear menos ardor y más estrategia...
La misma voz —ahora real y no dentro de mi cabeza—. Una mano grande y
recia, de piel callosa, cogió la espada que yo apenas podía sostener.
—¡Beduno! ¿Tú aquí?
En vez de responder, se acercó al cuerpo del centurión y limpió la hoja en la
ropa del cadáver. Sus gestos eran tranquilos y eficientes, como si ejecutase un
trabajo de rutina diaria. Cuando acabó, me devolvió el arma, y dijo:
—Estaba esperándote, en casa. Te vi llegar y salir de nuevo. Te seguí...
—¿Lo has visto todo?
Beduno asintió:
—No lo hiciste mal, pero sigues siendo demasiado emotivo. Es necesario...
—Sí, lo sé: menos ardor y más estrategia... A propósito, ¿dijiste tú eso
mientras estaba luchando?
—No. Decidí intervenir sólo en última instancia, para evitar que él te matase,
Era tu venganza, y tenías derecho a ella, pero... —vaciló— hubo un momento en
que pensé lo peor, y pensé con mucha intensidad en que tendrías que usar menor
ardo
Le interrumpí:
—En aquel instante oí una voz...
Nos quedamos callados durante un momento, comprendiendo que entre
nosotros había actuado una entidad extraña a la que yo debía la vida. Pero
Beduno era hombre práctico y aceptaba con naturalidad la intervención de los
dioses.
—Bien, fuiste protegido, y ahora vamos a hacer algo para merecer esa
protección. Descansa un Poco, yo me encargaré de todo.
Cogió el cadáver y fue a ocultarlo entre las zarzas. Luego, siempre con
movimientos tranquilos y, precisos, borró los rastros de la lucha y echó tierra y
piedras sobre el lugar donde la sangre del romano había dejado una amplia
mancha oscura. Hecho esto, regresamos a Gadir.
El espíritu de Camalo debió de aprobar mi acción, pese a que imposibilitaba
el cumplimiento de su voluntad. Cuando me acosté, sentí una gran paz, una
sensación confortante de haber cumplido con un deber sagrado y también de
haber dado el primer paso para la realización de mi destino.

Eunois oyó el relato sin sorpresa ni recriminaciones y cuando terminé,


observó en el tono de quien trata de un negocio cualquiera
—Por lo que veo, los dioses se encargan de decidir por ti. Veamos lo que se
puede hacer. Creo que no tienes más que una solución: liquidar los negocios y
salir de la Bética. Enseguida descubrirán el cuerpo del centurión y vas a ser el
primer sospechoso.
—Salir de la Bética es relativamente fácil, repuse, pero liquidar los
negocios...
—También es fácil, puedo comprar los negocios de tu tío, así tendrás dinero
para rehacer tu vida lejos del alcance de los romanos. ¿Has decidido el sitio
donde ir?.
Le respondí que había elegido Mesopotamia, entre el Tagus y el Anas, una
ciudad cualquiera tal vez Ebora, donde mi madre pudiera disfrutar de todo el
confort. Y le pregunté si no sería peligroso para él comprar los bienes de mi tío.
Eunois sonrió con astucia:
—Futuro proscrito... No te preocupes, dijo, hay medios de hacerlo. Podría
haber sido Camalo el que me vendió sus bienes el día antes de su muerte. Esta
noche te daré parte de su valor en oro y plata, junto con una carta para un
mercader de Baesuris, que te entregará el resto. Pasarás por allí, camino de
Mesopotamia. El modo de viajar más seguro es por mar.
Intencionadamente, clavó sus ojos en mí.
—Sólo hay un problema, realmente, yo podría engañarte o traicionarte. Es
preciso que confíes en mí, pero la decisión sólo te corresponde a ti. Mediante
juramento, contrato...
—No hace falta, Eunois, solamente mediante un compromiso verbal y los
dioses serán testigos del mismo. Mi tío dijo que podía confiar en ti. Me gustaría
que tuvieras una especial atención Beduno y Lobessa, no la vendas ni ofrezcas a
quien ella no quiera.
—Prometido, vuelve aquí antes de ponerse el sol.
Al llegar a casa, decidí afrontar el problema más delicado. Decírselo a mi
madre. Camala me oyó en silencio y dijo
—¿Cuándo tengo que estar lista?
Suspiré largamente (de cansancio, de impaciencia) y le supliqué:
—Madre, no me puedes culpar de nada, yo no podía saber...
Ella me hizo callar:
—No te culpo de nada. Y nada lamento. Hace mucho tiempo que dejó de
interesarme el lugar donde vivo. Ya eres un hombre. Tienes ya quince anos, y
sabes lo que tienes que hacer, o, al menos, eso espero.
Y, cambiando de tono, continuó:
—¿A dónde iremos? ¿Podemos volver a Balsa?, Sería el único lugar donde
me gustaría vivir, cerca de las cenizas de tu padre.
Moví la cabeza negativamente:
—Lo siento, pero es imposible. Balsa es territorio romano. Iremos más allá
de las sierras de Cinéticum, quizá hacia Ebora.
—Muy bien. ¿Has dicho esta noche? Estaré dispuesta.
Sorprendido y aliviado ante su reacción, me despedí y salí pensando que es
muy difícil prever el comportamiento de las mujeres. Estaba pensando aún en
eso cuando sentí mi mano prendida por las manos de Lobessa.
—No te preocupes, Tongio. Mi señora Camala y yo estaremos dispuestas
cuando llegue la hora.
—No debes escuchar detrás de las puertas —respondí irritado—. Pensaba
decírtelo, de todos modos. Pero es un secreto ¿comprendes? ¿Comprendes que
los otros esclavos no deben saber nada?
—Claro.
—¿Y comprendes que tenemos que separarnos? Pero ya me he asegurado de
que serás bien tratada. Además, voy a convencer a Eunois para que te dé la
libertad y...
—No.
Lobessa se había colocado delante de mí, desafiante, y comprendí que este
caso iba a ser más difícil que la entrevista con mi madre.
—Soy tu esclava, pero no lo seré de nadie más, y no quiero ser libre en
Gadir. Y no te lo pido por mí: ¿Cómo crees que tu madre va a soportar el viaje?
No es ya joven, y nunca ha pasado privaciones. Tienes que pensar en ella,
aunque yo no te interese ya...
—No es eso... Yo... —me callé. Ella tenía razón. Y, además, la separación me
costaba un esfuerzo—. Muy bien. Todo tiene que estar listo al caer la tarde, sin
que los siervos de la casa se enteren de nada... No podemos llevarles con
nosotros.
Me acerqué a ella y la atraje hacia mí:
—Y no creas que ya no me interesas, pero me preocupan
Lobessa se desprendió y se apartó riendo. A la hora acordada volví a casa de
Eunois, recibí el dinero y nos pusimos de acuerdo para preparar la partida. El
griego lo había tratado todo con una rapidez que manifestaba su influencia en la
ciudad.
—Gracias sean dadas a Poseidón —dijo—, parece que va a haber luna y los
presagios garantizan un viaje seguro hasta mi navío Hermes, que ha salido ya de
Gadir con destino a Balsa. En realidad, está esperándote en una ensenada
próxima. Mi enviado os llevará. En Balsa, el capitán del Hermes te conducirá a
ver a un hombre con quien tratarás de tu viaje a Baesuris, y una vez allí tienes
que buscar a un mercader que se llama Reburrus. Después... que los dioses te
acompañen.
Le di las gracias y me despedí, no sin informarle primero de que Lobessa iba
a partir con nosotros y que continuaría sirviendo a mi madre. Eunois soltó una
breve carcajada, y me dijo:
—Y también servirte a ti ¿no? Creo que haces bien: un hombre necesita una
mujer... Una, al menos. Es el orden natural de las cosas, Siento que el destino no
permita que seas mi yerno... En fin, es la vida.
Le dije que también yo lo lamentaba. Nos abrazamos, y salí de la casa de
Eunois por última vez.
VI

Hace falta valor para que un hombre, por valiente que sea, se acerque de
noche a una necrópolis, pues nunca se sabe qué espíritus o entidades errantes
pueden andar por tales lugares. No obstante, decidí arriesgarme a topar con los
muertos, porque los vivos, en aquel momento, podían resultarme aún más
peligrosos: la playa que queda al lado de la vieja necrópolis cartaginesa de Gadir
era un lugar abrigado y solitario donde sería posible esperar el embarque en
seguridad.
Bien abrigados contra el aire nocturno, esperábamos sentados en la fría
arena. El mar está siempre sereno allí, y el ruido del oleaje era sólo un rumor
sordo, pero el aire estaba lleno de murmullos. Nos mantuvimos en silencio para
no atraer la atención de los difuntos.
Al fin oímos el ruido de los remos hiriendo el agua, y una pequeña
embarcación se aproximó hasta encallar casi silenciosamente.
Fui al encuentro de su único tripulante, que me miró con atención, como para
estar seguro de que yo era un ser de carne y hueso, y dio la contraseña:
«Eunois».
Le respondí: «Tongio». Él saludó, dijo que cuando más rápidamente nos
alejásemos de allí mejor sería para todos y se ofreció para cargar los equipajes
con Beduno, mientras yo ayudaba a mi madre y a Lobessa a embarcar. Llegamos
antes de lo que esperaba, porque tuvimos una corriente favorable. Aun así, la
luna estaba ya alta y resplandecía en el cielo cuando llegamos a la ensenada y
descubrimos la negra y voluminosa silueta del Hermes en contraste con la mar
plateada. Empezaba nuestra verdadera huida.
Balsa no me impresionó, pese a ser la ciudad donde nací (comparada con
Gadir era sólo una aldea grande, y ningún recuerdo me vinculaba directamente a
ella). Una caravana iba a partir hacia Baesuris el mismo día en que
desembarcamos y era preciso aprovechar la protección de su escolta, por lo que
no pudimos siquiera ofrecer un sacrificio junto a las cenizas de mi padre.
Es confuso y tenue el recuerdo que guardo de aquellos días, y ni retuve los
rasgos de Reburrus, el comerciante de Baesuris a quien me había recomendado
Eunois. La memoria nos hace jugarretas extrañas... por ejemplo, tengo la
impresión de que todo pasó muy deprisa —llegamos, Reburrus pagó y nos
preparó una nueva escolta, con la que seguimos viaje a orillas del Anas. Claro
que no debió de ser exactamente así y que el trayecto de Gadir a Baesuris no
debió de ser tan fácil como hoy me parece, pero lo que sucedió a partir de
entonces apagó el recuerdo de vicisitudes menores.
No tardé en observar que los hombres de la escolta —cuatro siervos de
Reburrus— estaban bastante más interesados en comer, beber y descansar que en
velar por nuestra seguridad. Al cabo de unos días, hablé discretamente sobre el
tema con Beduno, y este me confesó que pensaba como yo:
—Y lo peor no es eso —añadió mirando de soslayo a nuestros «protectores»-
lo peor es que el oro y la plata que llevamos son una tentación muy fuerte.
Yo había aprendido a no subestimar las preocupaciones de Beduno, aunque
me parecieran exageradas. Forcé mi caballo a aproximarse al suyo, y le propuse:
—Esta noche vamos a dormir separados de ellos. Tú y yo haremos turnos de
vigilancia. Y lo haremos así todas las noches hasta que encontremos un poblado.
Entonces les diré que vuelvan con Reburrus.
—Eso es lo mejor —dijo también él en voz baja—, y... ojos abiertos, hasta
de día...
Aquella noche no ocurrió nada, aunque yo estaba seguro de que durante mi
vigilia al menos uno de los esclavos de Reburrus estuvo despierto y fingía
dormir. Proseguimos el camino de madrugada; era el quinto día de viaje y
estábamos atravesando una región deshabitada donde un ataque a traición no
tendría testigos, y por eso redoblamos la atención.
Nos detuvimos a la orilla del río para comer. Teníamos aún provisiones
cocinadas, pero decidimos encender una hoguera para calentarnos, porque el aire
estaba frío y corrían nubes pesadas por el cielo robándonos el calor del sol.
Beduno se alejó un poco, buscando leña, mientras yo me quedaba junto a mi
madre con un aire aparentemente despreocupado. Por si acaso, desenvainé la
espada y la miré como si sólo quisiera comprobar que la hoja estaba limpia, lo
que me permitiría usarla al primer gesto sospechoso. Los hombres de Reburrus
se mantenían quietos —demasiado, pensé, y esa idea empezó a preocuparme y
me hizo sentirme inseguro.
Habría comprendido antes lo que pasaba si mi madre no se hubiera
desmayado, agotada por el viaje. Fue preciso ayudar a Lobessa a acostarla sobre
una piel de carnero, y correr a una de las alforjas para buscar vino... y fue
entonces cuando un galope de caballos me devolvió a la realidad: los siervos de
Reburrus huían sin mirar atrás.
Empuñé de nuevo la espada, que había dejado, y llamé a Beduno a gritos:
acababa de ver lo que los fugitivos habían visto antes que yo: cuatro hombres
armados se aproximaban lentamente. Uno de ellos venía a caballo, los restantes a
pie —y todos llevaban uniformes romanos.
Como por encanto, Beduno apareció a mi lado.
—Nuestra escolta huyó sin advertirnos siquiera —le dije, sin dejar de mirar a
los recién llegados.
—Lo sé. Vamos a avanzar un poco para impedir que se acerquen éstos a tu
madre y al equipaje. Apártate un poco de mí, necesito espacio para lanzar la
azagaya.
Volví la cabeza y lo miré:
—Son cuatro, y nosotros somos dos y con la desventaja de tener que proteger
a las mujeres. Tal vez no quieran atacarnos, quizá sea una patrulla...
Beduno me interrumpió con una breve carcajada feroz:
—¿Patrulla? Hace ya días que hemos salido de territorio romano. ¿No ves
que son desertores?
Miré mejor a los romanos y comprendí. Llevaban la barba crecida, los
uniformes estaban sucios, como sucios y descuidados iban ellos mismos.
Además, les faltaban piezas del equipo normal de los legionarios.
Era sabido que en las regiones montañosas y en las fronteras de las tierras
sometidas a Roma vagaban grupos de desertores de las legiones viviendo del
pillaje o uniéndose a grupos de iberos hostiles a la presencia romana.
No cabía, además, ninguna duda sobre las intenciones del grupo. El que iba
montado, dio una orden breve. Beduno murmuró:
—Van a abrirse. Hay que evitarlo, tenemos que atacar.
Hizo un gesto tan inesperado que hasta me sobresalté, y la azagaya que
sostenía en la mano derecha partió silbando y fue a clavarse en el flanco del
caballo del romano. El animal se encabritó y cayó de lado, arrastrando al jinete.
Beduno y yo atacamos en aquel preciso instante.
Era una lucha sin reglas, porque estábamos en inferioridad.
Afortunadamente, el jefe de la banda seguía aprisionado bajo el caballo, lo que
disminuía nuestra desventaja. Dos de los desertores creyeron que yo sería una
presa fácil y se lanzaron contra mí, pero pronto el que luchaba contra Beduno
pidió auxilio. «Mi» romano era un hombre aún joven, quizá de treinta anos, y
tenla mucha fuerza muscular, pero yo era más ágil. Lo fatigué con amagos y le
obligué a cambiar constantemente de posición hasta que, en su ansia por acabar
el combate, empezó a descuidar la defensa. Sonó un grito detrás de mí —Beduno
acababa de herir a uno de sus adversarios. El grito turbó aún más al hombre con
quien yo luchaba, y poco después llegó la oportunidad esperada: la punta de mi
espada penetró por una hendidura de la coraza. El romano emitió un gemido y
soltó el arma mientras yo empujaba la hoja hacia delante hundiéndola en su
cuerpo. Retiré entonces la espada. El cayó, y le grité a Beduno que iba ya en su
ayuda.
Antes de hacerlo, miré a mi alrededor para tener la seguridad de que no había
mas enemigos y sólo entonces me di cuenta de que el jefe de los desertores, en
quien no había vuelto a pensar, había conseguido liberarse del peso del caballo
muerto, aunque quedó con una pierna aplastada.
Desgraciadamente lo vi demasiado tarde. En aquel preciso instante estaba
alzando una daga celta, dispuesto a lanzarla contra Beduno, que estaba de
espaldas, a corta distancia.
Solté un grito desesperado de advertencia y sentí náuseas cuando la hoja de
la daga se clavó en la espalda de Beduno. Corrí hacia él, sin dar tiempo a que de
nuevo lo hiciera el único romano aún ileso. Este, animado por la intervención de
su jefe, abría los labios en una sonrisa como si saboreara ya la victoria. Pero yo
tenía que matarlo, aunque muriera yo también.
Salté hacia delante, interponiéndome entre él y Beduno. Pero apenas
cruzamos las espadas, vi que abrió mucho los ojos en un asombro lleno de
incredulidad y que dejando de luchar, caía a mis pies. Un dardo estaba alojado en
la parte posterior de su cuello, junto a la base, y la sangre empezó a chorrear
como el agua que sale de una fuente.
Desorientado, miré hacia el lugar donde se encontraba Lobessa con mi
madre, pensando, estúpidamente, que quizá era ella quien había lanzado el
dardo... vi entonces un grupo de jinetes que se acercaba lentamente, y reconocí
de inmediato los escudos, las armas y los yelmos: eran lusitanos. Pero en aquel
momento sólo me interesaba Beduno, que había caído de bruces y no volvió a
moverse. Con todo cuidado, le di la vuelta y lo protegí pasándole un brazo por
los hombros. Abrió los ojos.
—No has luchado mal, pero a ver si aprendes esta lección. Nunca se debe
desatender a un enemigo que no esté muerto. Yo quería haber acabado con él...
—No te esfuerces en hablar —interrumpí—. Vienen jinetes que nos
ayudarán. Son lusitanos. Podremos sacarte de aquí.
Beduno intentó sonreír:
—Es inútil, Tongio. Procura llegar a un poblado lo antes que puedas. Ahora
puedo decirte por primera vez...
Se calló. Le pasé la mano por el rostro para cerrarle los ojos y me quedé
inmóvil, tragando las lágrimas e intentando habituarme a la idea de que había
muerto.
—Táutalo: uno está vivo aún.
Levanté la cabeza. A pocos pasos se encontraban los desconocidos. Dejé el
cuerpo de Beduno y me levanté. Sentía la garganta apretada como por un nudo
tan fuerte que me dolía, pero encontré valor para hablar.
—Quienquiera que seáis, caballeros, agradezco vuestra ayuda.
Uno de los hombres, aquel a quien llamaban Táutalo, respondió:
—Nada tienes que agradecer. Veo que hemos llegado demasiado tarde. Pero
hay aún un romano vivo y, al menos, vamos a acabar con él.
—No, te lo ruego. Soy yo quien debe hacerlo. Pero, antes, desearía conocer
vuestras intenciones... Comprenderéis mi cautela: estamos aún cerca de
Cinéticum, y encontrar jinetes lusitanos en estos parajes...
Táutalo me cortó la palabra con una carcajada alegre que cambió su
expresión. Era aún un muchacho, de rostro curtido por la vida al aire libre y
marcado por la guerra; sus ojos reían cuando él reía, con una alegría contagiosa.
—Lusitanos por estos parajes quiere decir pillaje ¿no? Puedes estar
tranquilo. Si quisiéramos, ya nos habríamos apoderado de las mujeres y los
bagajes que tú defiendes... ¡Oh, sí! Ahí están, en esa loma, las vimos muy bien...
Pero no es esa nuestra intención.
—Entonces... ¿cuál es?
Táutalo me miró, como intentando adivinar quién podría ser yo, y dijo con
voz tranquila:
—Si quieres conocer nuestra intención, tendrás que preguntar a nuestro jefe.
Fue él quien ordenó que viniéramos en tu ayuda, cuando, desde aquella colina,
os vimos luchar. Ahora no puedes verlo... está oculto por un cerro más cercano...
viene lentamente porque su caballo cojea. En fin, el romano que mató a tu amigo
todavía está vivo. ¿Qué vas a hacer con él?
Me dirigí al lugar donde estaba el último superviviente de la banda de
desertores. Tras lanzar la daga contra Beduno, volvió a tenderse en el suelo,
junto al caballo muerto. Había perdido fuerzas, pero estaba vivo, y cuando oyó
los pasos abrió los ojos y comprendió por mi expresión que había llegado su
hora. El apego a la vida nubló su entendimiento, y empezó a suplicar y a llorar.
Si se hubiera mostrado más valiente, yo hubiera vacilado: era joven e
inexperto, no estaba acostumbrado a la guerra ni a matar hombres a sangre fría.
Pero los lloriqueos me dieron asco y, además, a dos pasos, estaba el cadáver de
Beduno.
Alcé la espada sobre su cabeza, y la descargué con todas mis fuerzas. Sentí
que la hoja atravesaba la carne, rasgaba músculos y se detenía al tropezar con un
hueso. Un chorro de sangre manchó mis ropas. Lleno de repugnancia, tiré de la
espada y me alejé.
Tres lusitanos más habían llegado, y el caballo de uno de ellos cojeaba. No
habría precisado de las palabras de Táutalo para saber que era el jefe del grupo.
Lo que acabo de escribir es rigurosa verdad: cuando lo vi por primera vez,
aquella tarde negra, rodeado por media docena de guerreros, la llama del Poder
brillaba en él como si fuera una coraza de metal. Hasta aquí, mis recuerdos son
nítidos, no sé si la memoria de lo que pensé y sentí después estará deformada por
el conocimiento que de él tengo.
De todos modos, estoy seguro de que lo miré, en aquel primer momento,
pensando: «Sí, este es el jefe...» Táutalo acababa de contarle cómo habían
cumplido sus órdenes. Él le oyó con atención, volvió los ojos hacia mí, y dijo:
—Antes de presentarnos tal vez desees saber cómo se encuentran las mujeres
a quienes acompañas...
Sólo entonces volví a acordarme de mi madre y de Lobessa. Corrí hacia
ellas. Camala estaba aún tendida en la piel, pero con los ojos abiertos. Me
arrodillé.
—Madre ¿cómo estás?
No respondió, pero Lobessa me tranquilizó:
—Pronto estará bien. Fue el cansancio, el susto y... en fin, el dolor, sobre
todo cuando hirieron a Beduno.
Habló entonces mi madre para preguntarme si Beduno había muerto. Le dije
que sí, y que habíamos sido ayudados por unos guerreros lusitanos, lo que hizo
que se agitara, ansiosa, y preguntara qué querían de nosotros.
—No lo sé, pero me han salvado la vida. Además, saben que estáis aquí y no
mostraron ningún interés especial. Ahora hablaré con ellos.
Una vez más me dirigí al grupo. El Jefe, que había desmontado, examinaba
la pata herida del caballo con un cuidado que era casi ternura. Al oír mis pasos,
se volvió y esperó a que yo hablase.
—Extranjero —le dije—, estoy en deuda contigo. Permíteme que la pague
ofreciéndote el caballo de mi esclavo, muerto por los desertores romanos.
Una leve sonrisa suavizó sus severos rasgos y traicionó, también en él, la
juventud. No tendría más de diecinueve años, aunque la expresión de su rostro,
los gestos y la voz mostrasen una inesperada madurez.
—Gracias. Hablaremos de eso más tarde, cuando sepa quién eres. Por tus
ropas, te tomaría por romano, pero hablas muy bien nuestra lengua...
—No soy romano. Verdad es que he vivido en la Iberia que ellos dominan,
pero odio a Roma. Ahora sé que la he odiado siempre. Nací en Cinéticum.
—¡Ah! ¡Eres, pues, conio!
—Sí, por mi madre. Pero por mi padre pertenezco a tu raza. Realmente, yo...
Me callé, y deseé poder engullir lo que acababa de decir. ¿Y si por un
capricho del destino aquellos hombres fueran brácaros, guerreros del usurpador
que había destronado a mi abuelo? Pero las palabras habían salido de mi boca y
ya no podía volverme atrás. El jefe, Táutalo y los restantes esperaban a que yo
acabase de hablar. Respiré hondo.
—Te pido perdón, pero tengo razones para no seguir hablando mientras no
sepa cuál es vuestra tierra y cuál vuestra tribu.
Táutalo, impaciente, iba a dar una respuesta, pero el otro lo hizo callar con
un leve ademán. Su sonrisa se amplió un poco más.
—Y nosotros tenemos razones suficientes para decir sólo que somos
oriundos de las planicies y colinas del Norte del Tagus. Eso basta.
—Muy bien —respondí—. Yo soy Tongio, hijo de Tongétamo, que era hijo
de Tongétamo, rey de los brácaros, y...
—...Y que fue destronado y muerto con su familia —completó él—. No
sabía que uno de los príncipes había conseguido escapar. Para que estés
tranquilo, te voy a decir una cosa: por mucho que odies a los romanos, no podrás
odiarlos tanto como nosotros. Todos los hombres que aquí ves consiguieron
escapar, gracias al favor de los dioses, de la traición del pretor Galba. ¿Oíste
hablar de esta traición?
Me apresuré a decir que sí y, mirándolos con nuevo respeto, conté mi
historia. Al terminar, dije:
—Comprendo vuestro odio, pero el mío es igual. Y ahora que ya me he
presentado, me gustaría saber quién eres, pues te debo la vida.
Sin apresurarse, el jefe alzó el yelmo redondo adornado con tres plumas y se
pasó la mano por el cabello cobrizo, empastado de sudor y polvo. Luego
respondió:
—Yo soy Viriato, hijo de Cominio.
VII

Pasaba del mediodía. Las nubes habían desaparecido y empezaba a hacer


calor, como si hubiera llegado ya la primavera. Noté que una gota de sudor se
deslizaba por mi frente y se perdía en las cejas. Al fin me di cuenta de que estaba
agotado. Viriato, que seguía observándome, parecía haber leído mis
pensamientos porque dijo:
—Tienes que descansar. Luego podrás seguir viaje, y si tu camino no es muy
diferente del nuestro contarás con la protección de mis hombres. Pero antes
tienes que comer algo.
Moví la cabeza:
—Más tarde. Ahora no soy, capaz. Y hay algo más urgente: encomendar a
los dioses el espíritu de Beduno, que no sólo era mi esclavo, sino también mi
protector y amigo.
—Es justo —respondió él—. Y te ayudaremos a hacerlo. Mientras tanto,
tienes derecho a los despojos del romano a quien mataste en combate.
Me negué a aceptarlos. De los romanos, ahora, no quería ni las armas.
Obedeciendo órdenes de Viriato, los guerreros entraron en actividad con una
eficiencia que denotaba larga práctica, Los cuerpos de los desertores fueron
rápidamente despojados de todo lo que podía ser de utilidad: armas, escudos,
protecciones del pecho y del cuello. Al mismo tiempo, dos hombres alzaban una
pira destinada a Beduno.
De haber prevalecido mi voluntad, los cadáveres de los romanos deberían
haber sido arrojados al Anas o abandonado a los buitres, pero Viriato observó
que nos arriesgábamos a convertir aquel lugar en un espacio maldito,
frecuentado por los espíritus de los muertos sin sepultura, que no dejarían de
perseguir a los viajeros que por allí pasaran. Sugerí excavar una tumba, pero no
había palas ni azadones, y los tiramos a un pequeño foso natural que
descubrimos allí cerca. Luego los cubrimos con piedras traídas de las márgenes
del río. Quise ayudar en esta tarea, pero Viriato dijo que yo ya había trabajado
bastante por aquel día, luchando con una banda de romanos, e insistió en que
reposara.
Fui a sentarme al lado de Lobessa y de mi madre. Me acribillaron a
preguntas sobre los lusitanos, pero yo no sabía qué responder. Al fin, Táutalo
vino a decirme que la pira estaba ya lista. Me levanté y miré a Camala.
—Madre, voy a ejecutar el rito fúnebre por Beduno.
Esperaba que ella se levantara también para acompañarme, pero, en vez de
hacerlo, me miró con aire sorprendido:
—¿Los ritos? Sí, claro... merece que se haga algo por él, al fin y al cabo
luchó valerosamente, pero no era más que un esclavo...
Supongo que mi mirada cortó su frase —por primera vez—. Me volví hacia
Lobessa:
—Ven conmigo, voy a necesitarte. Trae la cantarilla de vino que llevaba
Beduno en la alforja.
Mientras andaba, iba pensando: «¿Por qué estoy furioso? Ella no puede
entenderlo. Hace mucho tiempo que no vivimos ya en el mismo mundo». Pero
yo era joven, y el destino había vibrado en mí con un golpe inesperado.
Táutalo y otro guerrero habían colocado el cuerpo sobre la pira, y estaban
esperando con la antorcha encendida. Fui a buscar la espada de Beduno, que
había quedado en el sitio donde la había dejado caer, y la coloqué a su lado, con
la empuñadura en su mano derecha. Allí puse también el dardo arrojado contra el
cadáver del romano, que arranqué del cuerpo del animal. Su cántara llena de
vino quedó al lado con algo de comida que saqué de mi ración.
Lobessa había cogido la antorcha de las manos de Táutalo y estaba
esperando. Ante la pira, tendí los brazos en la posición del rito e invoqué a
Runesos— Cesios, dios de la guerra, a Atégina, señora de los frutos de la tierra y
de los reinos del Más Allá, y a Héracles, a quien Beduno había hecho, conmigo,
tantas ofrendas en el santuario de Gadir. Cuando me callé, la voz de Viriato sonó
a mi lado, grave y profunda:
—Y que el gran dios Endovélico te conduzca con seguridad y paz hasta la
presencia de los inmortales.
No había víctima ara sacrificar: en voz alta pedí disculpas al espíritu del
difunto, e hice la libación con agua y luego otra con vino. Lobessa me entregó la
antorcha y con ella prendí el montículo de matojos y ramas secas, en la' base de
la pira. El fuego se extendió y el humo ocultó el cuerpo. El viento cambió de
dirección. Una vaharada de aire cargado con el hedor de carne quemada me hirió
en pleno rostro. Lobessa no pudo aguantarlo y retrocedió, pero yo permanecí
inmóvil. Un rumor, a mi izquierda, me indicó que Viriato estaba a mi lado.
Así partió Beduno, en medio de una tarde tibia, junto a las orillas del Anas;
era en el cuadragésimo segundo año de su vida. Las cenizas fueron cubiertas con
dos grandes piezas que los lusitanos arrastraron con ayuda de los caballos.
Ahora era yo quien tenía prisa por alejarme de allí. Viriato aceptó el caballo
de Beduno, pero, insistió, sólo como préstamo, hasta que el suyo estuviese
curado. Partimos en dirección al Norte, y no paramos hasta que anocheció. Sentí
entonces hambre por primera vez juntamos nuestras provisiones. Los lusitanos,
habituados a una vida frugal, sólo llevaban unas hogazas de harina de bellota y
una liebre que habían cazado aquella mañana. A esto añadí mi ración de vino,
pescado salado, un trozo de carne de cabrito y un pote de garum. Antes de
sentarnos a comer, dos guerreros improvisaron un abrigo con ramas de árboles
para que Camala y Lobessa pudieran dormir al resguardo.
La comida no fue muy animada, pero al acabar me sentía bastante mejor; el
vino me había dado calor y ánimos. Había alejado las sombras de la muerte.
Viriato —que había comido poco y sólo bebió agua— preguntó a dónde íbamos.
Sin dejarme abrir boca, mi madre le dijo que no teníamos destino preciso, pero si
fuese posible, le gustaría acogerse al gran santuario de Atégina, en Turóbriga.
—Desgraciadamente no puedo acompañaros hasta allá —replicó Viriato—
Nosotros vamos hacia el Norte, y tenemos que cruzar el Tagus cuanto antes.
—Tampoco Turóbriga sería un lugar para nosotros —dije yo dejando que se
transparentara la irritación que sentía. Por mucho respeto que me mereciera la
diosa Atégina, no estaba dispuesto a pasarme el resto de mi vida al abrigo de las
faldas de las sacerdotisas. Ya más tranquilo, añadí—: Turóbriga queda en
Beturia, demasiado cerca de las legiones romanas. Habíamos pensado
establecernos en Ebora, pero realmente no teníamos nada firmemente decidido.
De todos modos, será preciso pararnos antes en alguna población o ciudad donde
podamos contratar una escolta de confianza.
Guardamos silencio durante algún tiempo, con los ojos clavados en la
higuera, hasta que Viriato dijo:
—Tengo una sugerencia: ven con nosotros hasta Arcóbriga. Esto queda junto
a otro santuario, el de Endovélico, y sólo tardaríamos dos días en llegar. Es una
ciudad fortificada, y se encuentra bajo la protección del dios. Los habitantes me
conocen, soy amigo de uno de los ancianos. Él podrá daros albergue. Entonces,
ya en seguridad tu madre, la esclava y la carga, podrás pensar mejor sobre la
decisión que te conviene tomar.
Le di las gracias, y acepté su ofrecimiento. Realmente, no tenía otra
alternativa. Mi madre, que se había encerrado en un mutismo ofendido, se retiró
con Lobessa a su abrigo nocturno. Pronto los hombres empezaron a ceder a la
fatiga uno tras otro, y se fueron tendiendo en el suelo, Junto a la hoguera,
enrollados en mantos y pieles. Seguí su ejemplo y deseé a Viriato una buena
noche. Viriato quedó en vela, en el primer turno de centinela, que era también el
mas largo.

Cuando uno es joven, el sueño vence las mayores desgracias. Apenas me


hube tendido, pidiendo a los dioses de la lluvia que no vertieran las aguas
celestes durante la noche, me quedé dormido como si me encontrase en mi cama,
en Gadir. Desperté con día claro, cuando los lusitanos se disponían para la
partida.
El aire estaba frío Y flotaba sobre el Anas una densa neblina. Viriato indicó a
sus hombres las posiciones que debían tomar, rodeando a los caballos que
llevaban a las mujeres.:Él se colocó en vanguardia, con Táutalo, y me hizo una
señal invitándome a cabalgar a su derecha. Sin pensarlo, consideré que aquella
invitación era un honor, como si partiera de un general famoso, tal era el influjo
que Viriato tenía sobre todos.
Durante mucho tiempo sólo cambiamos algunas frases sueltas. Ya con el sol
muy bajo, Táutalo preguntó cuándo pararíamos para comer y Viriato le
respondió que lo liaríamos antes de dejar la orilla del río. Aproveché la ocasión
para hablar sin parecer impertinente:
—¿Qué tipo de dios es Endovélico? ¿Qué poderes son los suyos? ¿También
lo adora vuestra tribu?
Viriato movió la cabeza en una negativa.
—Endovélico no es conocido más allá del Tagus, pero cuando un guerrero
viaja, aprende a conocer y respetar a los dioses de los distintos lugares por donde
pasa.
Y me contó que Endovélico se había manifestado por primera vez en tiempos
inmemoriales, en lo alto de una colina que domina la amplia planicie ondulada
que cubre parte de la Mesopotamia, entre Tagus y Anas. El dios, dijo, había dado
señal de su Presencia a un viajero solitario, cerca de aquellas construcciones de
piedras gigantescas que aún hoy se ven en todas las regiones del mundo sin que
se sepa quién las alzó. El viajero habría sido, pues, el primer sacerdote y
fundador del santuario. Más tarde, algunos pueblos oyeron hablar de los poderes
de Endovélico: este dios ayuda a sanar a los enfermos, desvela el futuro y
conduce al Más Allá a los espíritus de sus servidores.
Viriato continuó:
—Así nació según dicen la ciudadela de Arcóbriga, que prosperó mucho, y
cuando la población ya no cabía en el recinto fortificado, los más jóvenes
construyeron sus casas en un cerro próximo y fundaron Meríbriga. Hoy, las dos
ciudades viven bajo la protección de Endovélico, pero se respeta la tradición y el
sacerdote que guarda el santuario no es elegido entre los habitantes de la ciudad:
es siempre un extraño, un viajero a quien el dios designa en el momento
adecuado, cuando el guardián muere o queda incapacitado. Y, tenlo en cuenta: el
oráculo de Endovélico no mintió nunca.
—¿Cómo es ese oráculo? ¿Puedo consultarlo?
—El dios habla durante el sueño del peregrino, pero es preciso cumplir los
ritos propiciatorios y dormir en el santuario.
En ese momento interrumpió Táutalo la conversación para anunciar que
había llegado el momento de hacer una pausa en la marcha. Realmente, el curso
del río Anas abandonaba allí la dirección Norte y trazaba una curva hacia nuestra
derecha.
Llegamos a las proximidades de Arcóbriga dos días después del encuentro
con los lusitanos. Era una ciudad muy pequeña pero bien fortificada, con un
triple cerco de murallas —las dos exteriores de piedra, y la interior de tierra
batida y adobes endurecidos por los años. Arcóbriga es muy antigua, y sus casas
son pequeñas y toscas. Tienen, sin embargo, una dignidad sencilla que impone
respeto. Junto a la falda del cerro pasa un río bordeado de árboles que sirve a los
arcobrigenses y a los meribrigenses. Los dioses del agua y de la vegetación
reciben honras en un templo arcaico, construido con enormes bloques de piedra.
Sin perder tiempo, Viriato nos llevó a casa de su amigo Tongato, un anciano
imponente que dispuso de inmediato alojamiento para nosotros y para los
guerreros. Lleno de curiosidad, procuré vislumbrar el santuario, en el cerro
vecino, pero al caer la tarde se había alzado la niebla, y sólo conseguí distinguir
el contorno vago de los edificios.
Después de la cena, mi madre y Lobessa se retiraron a los aposentos de las
mujeres. Viriato, Táutalo y Tongato empezaron a cambiar informaciones. Por la
conversación entendí lo que hacían aquellos lusitanos tan lejos de su tierra:
cuando, el año antes, Galba había exterminado a las huestes lusitanas, los
supervivientes se habían dispersado por la Mesopotamia, y allí, e incluso en el
Sur, en Cinéticum, intentaba Viriato reunir a los compañeros perdidos.
Tongato, viendo que los otros hablaban libremente en mi presencia, no
mostró reserva en decir lo que sabía. Habló de los pequeños grupos de
guerrilleros hambrientos, heridos o enfermos, que habían pasado por Arcóbriga.
Muchos, añadió, habían sido tratados de sus dolencias y heridas en el santuario
de Endovélico, donde el sacerdote, gran conocedor de hierbas y raíces
medicinales, les daba acogida.
—El propio dios curó a algunos —añadió—, y esos siguieron viaje. Otros,
murieron aquí, y nosotros nos cuidamos de sus ritos funerarios. Están sepultados
como conviene a guerreros.
Viriato se lo agradeció en nombre de los suyos y relató entonces a Tongato la
historia que yo le había contado, diciendo que mi madre y yo buscábamos un
lugar seguro donde vivir lejos de los romanos. Tongato asintió y mostró su
simpatía por mí. Arcóbriga, dijo, era segura, y podíamos quedarnos allí todo el
tiempo que quisiéramos. Le expresé mi gratitud y dije que tenía intención de
consultar al oráculo de Endovélico.
—Excelente idea —aprobó el anciano—. Y, ahora, vamos a dormir, que el
sol ya se ha ocultado hace tiempo. Mañana volveremos a hablar de tus planes.
Al día siguiente, en cuanto desperté, fui a ver a mi madre. La encontré muy
pálida y flaca, agotada por el viaje y por tantas emociones. Lobessa me dijo que
Camala sólo necesitaba reposo. No muy convencido, sugerí que la lleváramos
cuanto antes al santuario, y Camala aceptó mi propuesta.

Nunca podré olvidar mis primeras impresiones al aproximarme al santuario


de Endovélico. Bien es verdad que, en los lugares sagrados, el aire, la
vegetación, el suelo, son diferentes. Cuando me acerqué a la loma, un
estremecimiento recorrió mi cuerpo haciéndome sentir que era preciso caminar
con cuidado y en silencio. Antes de iniciar el ascenso de la cuesta, entregué a un
acólito mi espada y mi daga —porque el hierro, metal impuro, no puede
mancillar el espacio santificado. Todos los objetos religiosos, allí, están hechos
de bronce o de barro, y el cuchillo ceremonial que el sacerdote utiliza en los
sacrificios más solemnes tiene la hoja de piedra (es el mismo cuchillo que sirvió
al sacerdote fundador... Soy yo quien lo usa ahora).
En aquel tiempo, el santuario tenía menos construcciones y era mucho más
sencillo que el de hoy, pero no menos impresionante.
El templo primitivo aún se alzaba aislado, pequeño y macizo: tres grandes
piedras formaban las paredes —uno de los lados estaba abierto—, y otra, tan
voluminosa que sin duda no la habían podido mover simples hombres, servía de
techo. Dentro estaba sólo el ara principal y la estatua del dios, cuya antigüedad
casi daba miedo, como si los ojos inmóviles de Endovélico contemplasen el
tiempo pasado, cuando no había hombres y sólo las divinidades habitaban el
mundo.
El sacerdote también era muy, muy viejo, o así me lo pareció entonces.
Nunca supe su nombre, pero recuerdo sus rasgos y la larga barba, toda blanca.
Nos recibió con simpatía, y se mostró muy interesado por los conocimientos
medicinales de mi madre. Cuando le dije que quería consultar el oráculo,
respondió que tendría que esperar por la nueva luna, que empezaba dentro de dos
días.
Viriato y sus compañeros se estaban preparando para reanudar el viaje. Sin
querer confesármelo a mí mismo, sentía por anticipado el vacío que su marcha
iba a dejar en mí, y fue esta la primera vez que experimenté verdaderamente una
atracción hacia la vida aventurera de los guerreros.
Antes de partir, los lusitanos sacrificaron a los dioses en las orillas del río.
Como no todos venían de la misma localidad ni siquiera pertenecían a la misma
tribu (algunos eran ingeditanos), hicieron un sacrificio múltiple a
Bandiarbariaico, a Trebaruna, y a los dioses tutelares de Viriato. Por respeto, y
en homenaje a mis salvadores, participé en la ceremonia y subí luego con ellos al
santuario para depositar las ofrendas debidas ante el señor de la región,
Endovélico.
El sol iba alto cuando Viriato vino a despedirse. Le supliqué que aceptase
algo de oro, no como paga sino como ayuda para su jornada. No quiso aceptar
nada.
—No estaría bien cobrar por una ayuda que presté por libre voluntad.
Además, no me gusta el oro. El oro corrompe a los guerreros. Te deseo felicidad,
Tongio.
Impulsivamente, le respondí:
—Me gustaría unirme a tus hombres y partir también. ¿Qué voy a hacer yo
aquí?
Viriato me miró con aire pensativo:
—No —dijo al fin—. En este momento no es posible. Tienes que cuidar a tu
madre. También a mí me gustaría tenerte conmigo. Mostraste valor contra los
romanos, y nosotros necesitamos buenos guerreros. Necesitamos a todos los
guerreros de Iberia. El momento no es propicio, pero...
—¿Sí?
Sonrió abiertamente y fue como si hubiera dado una orden: sentí que mi
sangre se desbocaba. Era como el entusiasmo que se experimenta al entrar en
combate.
—¿Quién sabe? La traición de Galba no va a quedar impune. Puedes estar
seguro. Van a ocurrir muchas cosas, y si estás destinado a combatir a nuestro
lado, los dioses te conducirán. Ahora, adiós.
Nos saludamos. Táutalo, ya a caballo, hizo un gesto alegre de despedida, y
los otros lo imitaron. Partieron al galope, y me quedé viendo como se perdían en
la distancia.
VIII

Se podría pensar que tras la marcha de los lusitanos mi primer deseo sería
recibir el mensaje del oráculo, pero tenía quince años y la cosa más importante
para mí era, en ese momento, volver a acostarme con Lobessa. Desde la salida
de Gadir nuestras relaciones estaban congeladas, primero por falta de
oportunidades, y luego por la muerte de Beduno. Durante esos días no sentí
deseo físico, o mejor, no me di cuenta de que lo sentía.
Todo ocurrió como si estuviera así predestinado: mi madre fue al santuario
para recibir tratamiento, y el sacerdote me dijo que tendría que permanecer dos
días en el recinto sagrado, sin acompañantes. Lobessa y yo la llevamos allá y
volvimos a Arcóbriga —pero pasó mucho tiempo antes de que entráramos en la
ciudad.
A la orilla del río encontramos un rincón abrigado (estoy seguro de que no
fuimos los primeros en descubrirlo) y tendí mi manto sobre la hierba. Es posible
que fuera por la larga abstención, o quizá por el cambio de ambiente, el caso es
que aquel día todo tuvo el encanto y el éxtasis de la primera vez. Y, como la
primera vez, nos quedamos tumbados uno al lado del otro. Recuerdo una cosa
que me dijo: me quería más ahora que me había visto combatir. Me dijo que
estaba sorprendida y orgullosa, y que ni siquiera había llegado a sentir miedo,
porque desde el principio había tenido la seguridad de que yo sería capaz de
protegerla (pura ilusión; parecía olvidar la providencial llegada de Viriato y los
suyos).
De todos modos, esas son cosas que a un muchacho siempre le gusta oír.
Impulsivo, le dije que la protegería siempre, y que pensaba pedirle a mi madre su
conformidad para liberarla.
Lobessa me tapó la boca, sonrió con un punto de tristeza, me besó —Y
volvimos a empezar.
—Señor Endovélico, acepta la ofrenda de tu siervo y dale tu bendición.
La voz del sacerdote era llevada por el ventarrón que se había alzado a la
caída de la tarde. De pie ante la estatua, incliné la copa llena de sangre del cerdo
que acabábamos de sacrificar y, al tiempo que hacía la libación, repetí las
palabras.
Me sentía ligeramente aturdido, y tan leve que sería capaz de volar, porque
no había comido nada desde el día anterior. El rito de preparación para recibir el
oráculo dura dos días enteros y, aparte del ayuno, incluye baños en agua lustral y
el recitado de complicadas fórmulas y oraciones. Ahora, cuando el momento se
acercaba, sentía una sorda excitación mezclada con el temor ante la presencia de
la divinidad.
Terminado el rito, ya con el sol ocultándose en el horizonte, seguí al
sacerdote hasta la residencia para cenar en su compañía. Me estremecí
involuntariamente cuando un esclavo trajo una gran tajada de cabrito asado y un
ánfora de vino. Ante aquel olor se me hizo la boca agua y sentí un dolor en el
estómago —pero yo sólo podía comer dos panes de harina de bellota
especialmente preparados y consagrados—. El suplicio era aún mayor porque no
podía entretenerme hablando. Tenía que comer en silencio, preparando el
espíritu para la noche que iba a pasar en el santuario.
Había caído la noche cuando nos levantamos. Me estaba esperando un
acólito con un hachón. Siempre en silencio, me llevaron a una casa sin ventanas,
construida, como el templo, con grandes bloques de piedra. El hombre esperó a
que yo abriese la puerta, me entregó una lamparilla de bronce, me ayudó a
encenderla en la llama del hachón y se alejó luego. Yo me apresuré a entrar antes
de que el viento me dejara helado.
El interior me desilusionó: era un cuartito exiguo y desnudo con piso de
tierra. Cuatro escalones muy desgastados daban acceso a un nivel inferior —una
gruta en la que sólo había un lecho de paja cubierto con mantas de lana burda y
unas pieles de carnero. En una especie de hornacina estaba una estatua de
Endovélico representado con una rama de árbol en la mano derecha.
Me acosté. Apagué el candil y me eché encima todas las mantas y pieles,
pues el frío era intenso. En la oscuridad, lo mismo daba tener los ojos abiertos o
cerrados, pues de todos modos no se veía nada. Mentalmente, repetí las
preguntas que había hecho por la tarde en el transcurso del ritual: «¿Qué futuro
me espera? ¿Qué debo hacer?» Muy pronto comencé a sentir los párpados
pesados y casi de repente me quedé dormido.
Mediada la noche ocurrió algo extraño. Continuaba dormido, pues no era
capaz de moverme, pero estaba consciente, sabiendo que dormía. Una fuerza
irresistible tiraba de mí, impelía a mi espíritu hacia fuera del cuerpo, y durante
unos instantes de angustia creí que iba a morirme. Oía ruidos y restallidos secos
y quedé convencido de que eran los rumores del reino de los Muertos. Entonces
quedé como dividido en dos: me encontraba aún en el lecho de pajas, pero al
mismo tiempo flotaba en el aire, junto al techo de la gruta y sintiendo incluso la
aspereza de la piedra. Sin embargo, cuando intenté tentarla con la mano, ésta
penetró en la roca. Un zumbido que ya había oído antes de abandonar el cuerpo
se fue haciendo más fuerte y llegó casi a ensordecerme. Sin transición, me vi a
caballo, rodeado de hombres armados, en plena batalla. Los contornos de la
escena eran imprecisos, pero aun así me di cuenta de que estaba combatiendo en
una hueste lusitana contra las legiones de Roma.
A mi lado estaba un guerrero gigantesco, que con la espada abría brecha en
las líneas enemigas. No conseguía verle el rostro por más que me esforzaba.
Distinguía claramente su brazo derecho, ceñido por una viria, uno de aquellos
brazaletes con los que los lusitanos suelen adornarse los brazos y que son
símbolo de su jerarquía en la guerra. La viria era de oro, y refulgía al sol.
La hueste vencía. El campo estaba cubierto de cadáveres de romanos. Un
portaestandarte surgió ante nosotros y el guerrero gigantesco lo traspasó con un
dardo. El águila de Roma cayó por el suelo. Tiré de las riendas del caballo y me
incliné para cogerla. En ese momento, el estandarte se convirtió en una cabeza
cortada, un rostro conocido: el del centurión que había matado a mi tío Camalo...
con los ojos abiertos y vivos, clavados en mí. La cabeza se rió con un visaje
burlón. Al ver aquella risa me llené de cólera, pero al tiempo me sentía también
impotente y dolorido, como si todas las miserias de los hombres se hubieran
abatido sobre mí. Cambió la escena una vez más. Desapareció la batalla y quedó
sólo la oscuridad, y yo, en ella, ante una silueta misteriosa que tenía forma
humana pero irradiaba una luz difusa. Un gran terror se apoderó de mí al
comprender que estaba en presencia del señor del santuario, el dios Endovélico.
Este abrió los brazos... y yo desperté empapado en sudor frío.
En la gruta, las tinieblas habían sido sustituidas por una penumbra que
permitía ver las paredes y la estatuilla del dios en su hornacina pétrea. Me quedé
inmóvil, procurando recobrar el contacto con las cosas que me rodeaban. Al fin,
me levanté. Un fino rayo de luz mortecina entraba por una rendija de la puerta.
Subí los escalones de piedra y salí de allí. Por el Este el cielo se hacía
luminoso anunciando la aparición del sol. Vagué el azar por los alrededores del
santuario desierto, contemplando las estatuas y los exvotos traídos por los fieles.
Resultaba difícil volver a la realidad —era como si el dios estuviera presente
aún, pero el terror había sido sustituido por una profunda tranquilidad.
En el mismo momento en que nació el sol, se abrió la puerta de la residencia
y apareció el sacerdote en el umbral. Fui a su encuentro y lo saludé. Él
correspondió al saludo y me preguntó si se me había manifestado el dios. Ante
mi respuesta afirmativa, me condujo al templo. Allí me ordenó que le relatara el
sueño con todos los pormenores, y me escuchó atentamente con los ojos
clavados en los míos. Cuando acabé, esperaba que me diera una explicación de
lo que había visto, pero se limitó a decirme que yo tenía que comer y me invitó a
compartir su almuerzo.
Un esclavo nos sirvió pan de trigo recién salido del horno, unas tajadas de
carne de cerdo, y unas cervezas. Sólo entonces, a la vista de la comida, me di
cuenta del hambre inmensa que tenía. Cuando acabamos de comer, el mismo
esclavo limpió la mesa y se retiró. Miré al sacerdote con una interrogación
muda, y, alisando su larga barba, me preguntó:
—¿Has entendido el sueño?
—No sé. Por lo visto voy a luchar contra los romanos, pero no sé cuándo ni
cómo —respondí.
—Eso es sencillo. Combatirás contra los romanos al lado de un gran jefe. El
resultado de la guerra es un secreto que el dios se reserva. Pero, lo más extraño...
Lo más extraño es que el destino final de tu vida es el propio Endovélico. Lo que
me has contado no deja lugar a dudas.
Le pregunté qué quería decir eso, pero él se encogió de hombros y replicó
que no tenía mejor explicación. De todos modos, tarde o temprano, el dios me
llamaría.
—Pero no va a ser inmediatamente —me dijo—, porque lo que está claro es
que antes de que esto ocurra, tú vas a ser un guerrero.
—¿Qué debo hacer, pues? ¿Partir en busca de ese caudillo?
El sacerdote desvió los ojos y respondió en voz baja:
—No. El dios no te ha mostrado un camino. Tendrás, pues, que esperar. Las
cosas ocurrirán en su momento preciso. No se puede forzar el destino.

Restablecida ya, mi madre empezó a ayudar a curar a los enfermos que


acudían al santuario. Su conocimiento de las virtudes de las plantas y de la
preparación de pociones, aliado todo a su porte y a una belleza aún no
desvanecida, le proporcionó un aura de prestigio gracias a la cual los habitantes
de Arcóbriga y Meríbriga aceptaron de buen grado nuestra presencia. El
sacerdote acabó por invitarnos a residir en una de las casas construidas junto al
acceso al recinto sagrado, para que mi madre no tuviese que hacer todos los días
el recorrido entre Arcóbriga y el santuario.
Camala mostró de inmediato sus deseos de aceptar la propuesta, pues se
había entregado por entero a la vida religiosa. En cuanto a mí, no encontré
razones para negarme, pues no quería abusar de la hospitalidad de Tongato.
Mientras tanto, pensé con secreta angustia que tal vez el sacerdote se hubiera
engañado en la interpretación del oráculo. Tal vez Endovélico me quisiera llamar
ya a su servicio... y yo ya me veía pasándome la vida allí, cosa que no me
seducía.
Los días transcurrían iguales. Hice algunas amistades entre los jóvenes de la
ciudad, e iba a caza con ellos o les ayudaba en sus trabajos. Otras veces asistía a
las curas de los peregrinos enfermos, y aprendí a usar ciertas hierbas, cortezas de
árboles y hojas para aliviar dolores y sanar heridas. Pero dentro de mí crecía la
ansiedad, y no conseguía encontrar reposo para el espíritu.
Las relaciones con Lobessa proseguían. Con un irritante sentimiento de
culpa, comprendí que mi deseo por ella había desaparecido casi por completo, y
me sorprendí siguiendo con los ojos a algunas muchachas de Arcóbriga. Muchas
de ellas no escondieron su interés, cosa que me perturbaba aún más —sabía que
todas o casi todas eran novias de muchachos de la comarca, y de ninguna manera
quería meterme en líos, pero me preguntaba cuánto tiempo conseguiría resistir.
Un día, cuando andaba buscando plantas que me había pedido mi madre para
tratar a un hombre que padecía de los ojos, me salió al camino una joven de
Meríbriga. Era evidente que estaba a mi espera, y yo no podía —ni quería—
escapar. Al fin, cuando el deseo quedó saciado y empecé a sentir cierta
preocupación por lo que había hecho, ella, con la mayor desenvoltura, disipó mis
recelos. Me contó que desde que me había visto por primera vez se había sentido
subyugada por mí, pero que había esperado hasta casarse (realmente, había
habido poco antes un casamiento en Meríbriga) para poderle demostrar al novio
que era virgen. Y ahora, terminó con la más cándida de las sonrisas, aunque
quede embarazada no habrá escándalo. Pese a su descaro, respiré
profundamente, aliviado, y le prometí que nos encontraríamos más veces.
Aquella misma noche, cuando me acosté, lo pensé mejor. Estaba
deshonrando a un hombre a quien ni siquiera conocía y que no me había hecho
ningún mal. Además, tarde o temprano nos descubrirían. Y, aunque esto no
ocurriese, quedaba el peligro (nunca se sabe con las mujeres) de que empezara a
sentir celos y a exigirme una fidelidad de esposo.
Decidí cortar de raíz y evitar nuevos encuentros. Pasé el verano sin
percances, y cuando las primeras lluvias empezaron a caer, todo resultó más
fácil, porque ya no eran posibles las escapadas amorosas al aire libre, en los
campos.
Con la llegada del otoño, empeoró mi disposición. La lluvia, el viento y el
frío me resultaban deprimentes; la caza se hizo difícil y eran raros los peregrinos
que visitaban el santuario. Las fieras, en cambio, se aproximaban a los poblados.
Cediendo a mi insistencia, el sacerdote consintió en que yo consultara de
nuevo al oráculo, y volví a dormir en la gruta, pero esta vez el dios no se
manifestó.
IX

El invierno fue largo, pero terminó súbitamente. Un día me despertó el olor


de la primavera que invadía mi cuarto. Y, con el cambio, los tiempos de
pesimismo parecían ya lejanos. Participé con alegría en los festivales y en los
ritos con los que Arcóbriga y Meríbriga saludaron la renovación del mundo y el
regreso de las divinidades de la vegetación. Mi incómoda amante meribrigense
no volvió a asediarme: había quedado embarazada, y cuando nació la criatura —
fue una niña— resultó obvio que no era obra mía. La madre, dividida entre los
cuidados de la niña y el trabajo en los campos, ya no tenía tiempo libre para
aventuras extraconyugales.
Todo parecía ir de la mejor manera cuando una hueste guerrera apareció a la
vista de Arcóbriga. En lo alto de la muralla, los centinelas aguzaron la vista
intentando identificar las insignias y saber si eran amigos o enemigos. En breve
se retiró la alerta. «Son los príncipes», oí decir a uno de los vigías, con aire de
alivio.
Pregunté quiénes eran aquellos jefes. Curio y Apuleyo, respondió él. Eran
príncipes bastetanos huidos de su patria. La Bastetania es una de las regiones de
la Hispania Ulterior donde llevan más tiempo establecidos los romanos, pero,
como ocurre en otras regiones, de tiempo en tiempo hay allí revueltas
esporádicas. Tras una de esas revueltas, Curio y Apuleyo, que eran primos (y
cuyos padres habían firmado alianzas con Roma), habían marchado con un
puñado de hombres de su tribu para unirse a los lusitanos. Participaron en la
expedición de Púnico y Césaro y, más tarde, en la guerra que acabó con la
matanza ordenada por Galba. Ahora, veteranos de la lucha contra Roma,
combatían por cuenta propia al frente de una hueste formada por gentes de entre
el Tagus y el Anas. Mi informador añadió— que varios jóvenes de Arcóbriga
luchaban bajo la insignia de los dos príncipes y había incluso una alianza formal
entre estos y la ciudad.
La hueste acampó en el Valle, y los comandantes vinieron a cumplimentar a
los Ancianos. Se ofrecieron sacrificios a los dioses, se celebraron juegos de
destreza, y la casualidad quiso que trabara amistad con uno de los guerreros, un
hombre enorme llamado Indíbil, que vino al santuario para tratar unas fiebres
persistentes. Su nombre sonó como un presagio favorable: muchos años antes,
en el país de los ilergetas, un rey llamado Indíbil había levantado a su pueblo
contra Roma.
El presagio se cumplió. Cuando mi nuevo amigo se libró de la fiebre que lo
atormentaba, no tardó en sugerirme que me uniera a la hueste.
—Estás perdiendo el tiempo aquí —me dijo—, y eres demasiado joven para
pasarte toda la vida en un santuario, dicho sea con el respeto debido a nuestro
señor Endovélico...
Y comprendí que aquella era la oportunidad que esperaba desde hacía
tiempo. Aquel mismo día Indíbil me llevó a ver a Curio, un guerrero de aspecto
formidable, con una barba cerrada donde sólo unos hilillos blancos acusaban el
paso de las estaciones. Tenía quizá unos cuarenta años.
El príncipe me miró de pies a cabeza, lentamente. Me preguntó si tenía
armas propias y si mi salud era buena. Luego mandó llamar a Apuleyo, que era
un poco más joven y no tan imponente, pero que, como pude observar más tarde,
era un combatiente de primer orden. Hablaron los dos a media voz. Al fin, Curio
me anunció que estaba admitido. Partiríamos al cabo de tres días.
Al ascender por la ladera del otero, mi euforia se desvaneció ante la idea de
tener que darle la noticia a mi madre. Ni siquiera sabía cómo empezar. Su futuro
no me inquietaba ya: era respetada, el dios la protegía, y el oro que habíamos
traído le aseguraba una vida cómoda. No obstante, iba a separarme de ella por
primera vez.
El recuerdo de esa conversación es algo que aún hoy no puedo evocar, tal
vez porque Camala no protestó ni se inquietó. Me dijo que ya empezaba mi
partida y, que sólo me pedía que viniese a verla siempre que me fuese posible.
Me arrancó la promesa de que no revelaría mi ascendencia brácara más que a
gente digna de toda confianza, y añadió que si alguna vez pasaba por Balsa
ofreciera sacrificios por el espíritu de mi padre. Dicho esto, se retiró, alegando
que no se sentía bien.
Otras cosas contribuyeron a hacer más penosa mi partida. Hasta entonces no
me había dado cuenta de la fortaleza de los lazos de amistad que había trabado.
Los tres hijos de Tongato me conmovieron casi hasta el llanto al ofrecerme una
coraza de lino trenzado y un escudo igual al que los lusitanos usan para tener la
seguridad de que sobrevivirás», me dijeron riéndose. Todos eran mayores que yo
y me consideraban un hermano a quien era preciso proteger.
Y luego, estaba Lobessa, que hizo lo posible para facilitar la despedida. La
víspera, me prometió —antes de que yo se lo pidiera— que seguiría cuidando a
Camala como lo había hecho hasta entonces. No hablamos de nuestras relaciones
—o, mejor dicho, yo hice una desastrada tentativa de explicación que Lobessa
interrumpió:
—Mi señor Tongio, te conozco muy bien. Tienes que vivir tu vida... no me
quejo. No puedes dejar de ser como eres. Creo que siempre vas a necesitar
cambiar. Hasta cuando una mujer te guste realmente, tendrás que cambiar. Lo sé.
He aprendido a conocer a los hombres por su manera de comportarse en la cama.
Hubo un silencio embarazoso, que ella rompió con una pregunta trivial, y
evitó cuidadosamente la palabra «adiós» hasta que nos separamos. Al día
siguiente, antes de amanecer, me despedí de mi madre. Mientras me alejaba, con
la garganta contraída, pensé que realmente la amaba, pese a todo lo que me
exasperaba en ella.
Trueno, mi fiel Trueno, que había acompañado todas mis aventuras desde
Gadir, batía con los cascos en el suelo, impaciente. Descendía de un linaje de
caballos de batalla, y la proximidad de la hueste despertaba en él reminiscencias
ancestrales.
Le acaricié el pescuezo, monté, y partimos al galope.
2. LA INSIGNIA DEL TORO

Durante la primavera hicimos pequeñas incursiones en Beturia, más para


poder sobrevivir que para enfrentarnos seriamente con los romanos. Nuestros
efectivos no permitían una ofensiva —Curio y Apuleyo tendrían unos dos mil
hombres en aquellos meses— y sólo podíamos atacar por sorpresa y en un
terreno conocido.
A pesar de eso, o quizá precisamente por eso, aquella primavera fue un
período importante para mí, porque pude habituarme a la vida de campaña, a las
largas marchas, a vivir día a día y a afrontar el peligro constante. Me habitué
también al lado menos brillante de la guerra, al espectáculo de las aldeas
saqueadas y de las mujeres violadas (cosa que nunca me gustó ver; pero algunos
de los nuestros eran especialistas en eso, y los príncipes toleraban su práctica,
aunque no participaran en ella). Realmente, lo que menos me gustó fue el
comprobar que éramos más una banda de salteadores que un ejército. No había
más objetivo que vivir a costa del saqueo y matar romanos.
Otro aspecto penoso, pero inevitable, de la guerra, es ver la muerte de
camaradas con quienes la víspera se compartió la comida en torno a la hoguera
del campamento. Así perdí a mi amigo Indíbil, que murió durante un asalto,
atravesado por una lanza. Lo vengué matando al legionario que lo alcanzó con su
arma. Antes de morir, Indíbil me ofreció su yelmo de bronce, y me pidió que, a
cambio, enterrase su cuerpo. Cumplí su voluntad: había sido un valeroso
guerrero y un buen amigo, siempre presto a instruirme en el oficio de la guerra.
Cuando llegó el calor anunciando la llegada del verano, se nos unieron unos
jinetes del otro lado del Tagus con mensajes para Curio y Apuleyo. Los príncipes
oyeron en privado a los recién llegados, e inmediatamente convocaron una
asamblea de tropas. Los mensajeros, instados a repetir en público lo que habían
dicho en privado a los comandantes, anunciaron que se estaba preparando un
ataque a gran escala de los lusitanos y sus vecinos contra la Hispania Ulterior, a
fin de vengar la traición del pretor Galba. En aquel momento, añadieron, se
estaba formando una coalición de reyes, príncipes y jefes tribales. Entre los
pueblos que enviarían contingentes para la gran hueste se contaban los
igeditanos, los taporos, los túrdulos de Aeminium y Conímbriga, y también los
vetones, fieles a sus alianzas con los lusitanos. Había muchos más pueblos: en
total cerca de diez mil guerreros. Algunos de los jefes más ilustres habían
manifestado su deseo de invitar a Curio y a Apuleyo a incorporarse a la
expedición, y allí estaban los mensajeros: si la propuesta era bien recibida,
tendríamos que comparecer en la gran asamblea que se iba a realizar junto a los
montes Herminios.
El debate fue corto porque, al final, los comandantes habían decidido ya
aceptar la invitación. Los mensajeros, que nos servirían de guías, fueron
honrados con un festín —no muy abundante por cierto, ya que teníamos que
mantenernos lo suficientemente sobrios para partir con el alba. Por eso fueron
racionados el vino y la cerveza. Con todo, al acostarme, me sentía aturdido, pero
no por causa del alcohol, sino por la excitación. Al fin iba Roma a tener
respuesta. Camalo y Beduno podrían reposar contentos en el reino de los
espíritus.
Cruzamos el Tagus no lejos de la ciudad de Aritium Vetus. El río —uno de
los más grandes que yo había visto hasta entonces— estaba desbordado a causa
de las recientes lluvias, pero nuestros guías conocían un vado ideal, y el cruce se
realizó sin accidentes. Pese a las palabras de amistad y de alianza, avanzábamos
con cautela y en orden de combate. En Iberia, las relaciones entre los pueblos no
eran buenas ni cuando se trataba de tribus emparentadas (y eso ocurre aún hoy).
Eran muy frecuentes las guerras tribales, sobre todo en la Lusitania, donde los
pueblos montañeses atacaban a los de la llanura o guerreaban entre ellos por
cuestiones de pastos, de mujeres o por ofensas hereditarias.
Cuando los últimos hombres de la hueste llegaron a salvo a la orilla norte,
ofrecimos libaciones a las divinidades del Tagus, en muestra de gratitud por
habernos permitido atravesar sus dominios, y reanudamos la marcha. Yo iba
alegre como unas castañuelas: me había habituado a mi nueva vida, y no echaba
de menos las comodidades de Gadir.
Pero aun así me quedé varias veces sorprendido (aunque nada dijera) a
medida que íbamos avanzando hacia el Norte y tomando contacto con las tribus
montañesas, cuyas costumbres son aún las de sus antepasados. Tanto los pueblos
de la Bética —sobre todo los turdetanos— como los conios, son civilizados y
educados. Uno de los antiguos reyes de Cinéticum, Gárgoris, se hizo incluso
famoso por haber descubierto las virtudes de la miel, cuyo uso introdujo en la
alimentación y en los ritos. Ahora, yo había dejado este mundo y estaba entrando
en otro, más antiguo y brutal. Descubrí que era verdad lo que había oído en
Balsa sobre los sacrificios humanos con los que honraban a numerosas
divinidades de las tierras altas. En una pequeña ciudad fortificada que
encontramos en nuestro itinerario, los habitantes acababan de leer los presagios
en las venas de un prisionero, un hombre a quien el sacerdote había ofrecido al
dios Bandiarbariaico. El espectáculo del cadáver abierto, envuelto aún en la
vestimenta de sacrificio, me revolvió el estómago.
Tres días después de cruzar el Tagus avistamos a lo lejos las cumbres de los
Montes Herminios, que forman la sierra más alta de la parte occidental de la
Lusitania. Es una región muy hermosa, de una belleza agreste, muy diferente de
los paisajes que me eran familiares.
Empezamos a encontrar grupos de guerreros que se dirigían como nosotros a
las laderas de los Herminios respondiendo a una idéntica llamada. Los saludos
que cambiábamos eran ceremoniosos, y cada cuerpo de hombres proseguía su
marcha por separado. Hasta que se concluyera una alianza formal, sellada por
juramento, no se podía hablar de ejército lusitano.
Se entendía, por otra parte, la razón que había impuesto aquel punto de
concentración. La región era un inmenso valle, una especie de cuenco gigantesco
delimitado por serranías y colinas, con espacio bastante para que varias huestes
acampasen a cierta distancia unas de las otras. Sólo los notables y sus escoltas
participarían en las deliberaciones de la asamblea.
Avanzamos durante un día más, y, recibimos órdenes de acampar en la orla
de un bosque. Quedaríamos bajo el mando de Apuleyo, mientras Curio partiría a
la mañana siguiente al encuentro de los otros jefes.
Fui elegido para formar parte de la escolta que lo acompañaría (un honor que
no esperaba) y pasé buena parte de la noche limpiando las armas, el escudo y el
yelmo, y reparando estragos en mi coraza. Además, saqué de mis alforjas la
túnica mejor. Siempre he pensado que un guerrero debe cuidar su apariencia
antes de participar en ceremonias o entrar en combate, pues en estas
circunstancias, representa, en cierto modo, al pueblo al que pertenece.

Enorme y alegre confusión reinaba en el lugar elegido para la asamblea, a


orillas de un riachuelo. Los esclavos alzaban tiendas donde los jefes pasarían la
noche, mientras grupos de mujeres con vestimentas abigarradas, llegadas de las
localidades próximas, preparaban las mesas para el banquete que cerraría la
reunión. Constantemente se cruzaban las insignias de las diversas tribus,
empuñadas por guerreros a caballo que cambiaban saludos y bromas ruidosas.
En el lado norte del recinto, donde se veían cinco aras de piedra muy antiguas,
los sacerdotes estaban alzando ya las piras de los sacrificios.
Curio tenía amigos entre los jefes presentes, y pronto enhebró la charla con
ellos, dejando a la escolta entregada a sí misma. Nos dispersamos, y yo, que no
conocía allí a nadie, me entretuve observando a las muchachas —algunas
bastante hermosas— que se afanaban en torno a hogueras donde iba a ser asadas
las piezas de carne para el festín.
De pronto, tuve la sensación de que estaba siendo observado, y una voz me
estremeció:
—Volvemos a encontrarnos, hijo de Tongétamo...
Me volví y me encontré con Viriato. Me precipité hacia él y lo abracé con
tanta alegría como si fuese un hermano reencontrado. No era preciso preguntar
para saber que Viriato estaba allí en calidad de comandante. Como si fuese un
manto real, la misma aura de poder que yo había notado tiempo atrás continuaba
revistiéndolo. No obstante, y a diferencia de los otros jefes, no llevaba ningún
adorno ni insignia de oro. Los brazaletes que ceñían sus brazos eran de bronce,
se protegía con la misma coraza de lino trenzado que vestía cuando lo conocí, y
la única concesión aparente a la solemnidad de la ocasión eran las tres grandes
plumas rojas que adornaban su casco.
Apenas había empezado a hablar con él cuando una fortísima palmada en las
espaldas me hizo dar dos pasos adelante, y un grito amigo resonó en mis oídos:
—¡Vaya, hombre! ¡Aquí tenemos a ese chiquillo conio!
Era Táutalo, que ya sabía por uno de mis camaradas que me había alistado en
la hueste de Curio.
—Cuando me dijeron que se les había incorporado un novato en Arcóbriga,
en seguida imagine que eras tu...
Cambiamos informaciones, o, mejor dicho, ya que yo no tenía noticias que
dar, me contaron ellos las últimas novedades, tanto de la Lusitania como de la
Calecia y de las tierras sometidas a los romanos. De todo lo que me dijeron,
retuve dos hechos: las dificultades en que se debatía la dinastía usurpadora que
gobernaba Brácara; el descontento contra el rey era tan grande que éste no se
atrevía a abandonar la capital y no iba a estar presente en la asamblea; se sabía
que los nobles de la fracción adversa habían decidido permanecer en la ciudad
para no dejar al monarca el campo libre. Como resultado, la coalición que se
preparaba no podría contar con los brácaros —«lo que para ti será una buena
noticia, ¿no?», comentó Viriato.
El segundo punto importante era la situación en el territorio romano, donde
las autoridades ni soñaban con la posibilidad de un ataque. El exterminio de los
diez mil lusitanos (sin hablar de los veinte mil vendidos en la Galia) era cosa
reciente y había provocado en los romanos un sentimiento de prepotencia y la
convicción de que la Lusitania no provocaría problemas en muchos años.
—Esa es nuestra arma más importante —dijo Táutalo—, porque caeremos
por sorpresa sobre ellos y los barreremos hasta el mar.
Viriato lo miró con aire divertido pero pronto se puso serio:
—Hasta el mar, no creo. Y veremos incluso hasta donde podemos barrerlos...
En ese momento vinieron a llamarlo. Intrigados por lo que había dicho,
pregunté a Táutalo si había razones para dudar de nuestro éxito. Encogiéndose
de hombros, me respondió que Viriato había deducido, de conversaciones con
otros jefes, que sería difícil llegar a un acuerdo para establecer un mando único,
centralizado en un solo hombre.
—Este es un viejo hábito nuestro —observó—. Ninguna tribu quiere ceder el
mando a un extraño, aunque sea también lusitano, salvo en casos de emergencia
especialísima...
—Pero... ¿Y Púnico? ¿Y Césaro? ¿Y Cauceno?
—Mandaban a sus soldados, gente de sus pueblos. Sí, ya sé: tenían algunos
aliados, pero nunca pudieron tomar una decisión importante sin reunir primero el
Consejo para discutirlo largamente. Es una antigua costumbre, y todos se aferran
a ella. Viriato piensa que ese sistema no servía cuando se trata de combatir a los
romanos.
Táutalo abordó a una muchacha que pasaba con un ánfora de cerveza y
fingió arrebatársela al tiempo que la galanteaba. Ella se echó a reír, le dio una
palmada en la mano y le dejó el ánfora. Yo no quise beber y le pregunté si
Viriato iba a hablar en este sentido en la asamblea. Durante unos instantes tuve
como única respuesta el borboteo de la cerveza en la garganta de Táutalo. Luego,
se limpió la boca con el dorso de la mano, y
—Es difícil que lo haga. Viriato es conocido y respetado, pero no es jefe de
tribu, y nuestro contingente es pequeño. Somos los mejores, de eso ni se duda,
pero no pasamos de mil jinetes Y tienen que vernos en acción para comprender
ciertas cosas... Entre tanto, Viriato tiene un aliado importante: Caturo, rey de los
igeditanos. Cerca de trescientos hombres de Igedium forman parte de nuestro
grupo. Y lo mismo pasa con los vetones... Pero no sé si eso bastará.
Sonó la trompa llamando a los jefes a asamblea. Antes de separarme de
Táutalo quise saber qué pensaba él, personal mente,,de la idea de Viriato.
—Por mí todo va bien mientras haya lucha —dijo riéndose—, pero el
comandante es quien sabe de estrategia. Y siempre acierta. ¡Eso es también algo
que los otros sólo entenderán más tarde!

Habían acabado el desorden y el bullicio. Los jefes estaban sentados en


toscos bancos de madera formando un amplio círculo, y detrás de cada uno
estaba su respectiva escolta en pie, en formación. Era un espectáculo curioso: al
lado de hombres de la llanura, como los de Aeminium, cuyos guerreros vestían
sus mejores ropas en las que destelleaban el oro y las joyas, se veían feroces
guerreros de las montañas, con los cuerpos relucientes de aceite y los largos
cabellos prendidos detrás con una correa, como si fuesen a entrar de inmediato
en combate.
Los discursos eran interminables, repetitivos, aunque todos tenían un tono
inflamado. De vez en cuando, yo observaba a Viriato, que estaba al otro lado del
círculo, casi enfrente de mí, quieto y callado, escuchando con la atención de
quien no quiere perder palabra. La insignia de su tribu, un toro, era empuñada
por Táutalo. Este, colocado tras su comandante como si quisiera protegerlo de un
ataque por la espalda, manifestaba constantes señales de impaciencia.
Sus previsiones se confirmaron. Viriato no habló, pero Caturo abogó
insistentemente por el nombramiento de un mando unificado. Con todo, el rey no
participaría en la expedición —tenía problemas en sus fronteras— y eso quitaba
fuerzas a sus argumentos. Al fin, fueron elegidos cinco jefes (cuyos nombres no
recuerdo ya) atendiendo a los múltiples parentescos y alianzas que unían y
dividían a los diversos pueblos.
Declinaba el sol cuando se dispersó la asamblea, y todos, en un ambiente de
fiesta y bullicio, se dispusieron a participar en el banquete, que estaba ya
servido. Más tarde, cuando el vino y la cerveza habían alegrado aún más a los
comensales y los cánticos de guerra hacían que retemblaran las copas de los
árboles, conseguí encontrar de nuevo a Viriato. Se mantenía perfectamente
sobrio (Táutalo, borracho perdido, andaba a gatas soltando aullidos). Le
pregunté si la decisión de la asamblea iba a perjudicar el resultado de la empresa.
Con una súbita mirada de soslayo, y mirando luego alrededor, pero con aire
imperturbable, me respondió:
—Ya veremos. Lo que me molesta es que el resultado, ahora, va a depender
de los romanos y no de nosotros.
Se alejó, llamado por uno de sus hombres, y yo me quedé pensando que me
encantaría luchar bajo su mando. Pero me había comprometido con los príncipes
y un hombre tiene que respetar su palabra.

La mañana siguiente se dedicó a las ceremonias religiosas, que se iniciaron


con el alba. Cerdos, toros, carneros y caballos fueron sacrificados a los dioses
guerreros y ofrecidos por todas las tribus allí representadas. El número de
víctimas era tan elevado que al mediodía el aire era casi irrespirable con el olor a
sangre, grasa y carne quemada que se desprendía de las aras y de las piras. Los
presagios anunciaban muchos peligros y algunos reveses, pero también una gran
victoria. Se hicieron entonces los juramentos solemnes tomando a los dioses por
testigos, y hubo juegos, saltos, carreras, luchas cuerpo a cuerpo y combates
fingidos con espadas y lanzas. Yo gané un premio (una daga con empuñadura de
plata) en una de las carreras. Al caer la tarde, el valle se llenó de luces: millares
de hombres —los diversos contingentes que se habían concentrado— se
sentaban alrededor de las hogueras donde asaban la cena.
Cuando me dirigía a mi campamento, alguien me llamó. Era Táutalo, que
insistía en felicitarme por la victoria. Acabé por sentarme a su lado y bebí con él
y con sus compañeros, todos del grupo de Viriato. Este se había retirado ya a su
tienda, tras ordenar que la confraternización no fuera muy lejos en la bebida.
—Y apuesto —dijo Táutalo— a que el comandante se ha acostado vestido y
con armas, dispuesto ya para la marcha. Para él, la guerra es la guerra, hasta de
noche...
Ese comentario me proporcionó un motivo —que yo esperaba— para pedirle
información sobre el pasado de Viriato: ¿de qué familia era?, ¿cómo se había
convertido en jefe de guerra?, ¿tenía sangre real?
Táutalo no se hizo rogar: conocía a Viriato desde la infancia y, como todos
los otros, sentía un inmenso orgullo por combatir bajo su enseña. Me contó que
el padre de Viriato, Cominio, había sido un pequeño jefe tribal del valle del
Tagus. Según la costumbre lusitana, el primogénito era el único heredero de los
bienes de la familia, y por eso Viriato, tercer hijo (el segundo era una mujer), se
había visto forzado, como muchos otros jóvenes, a elegir la vida ruda de las
bandas que saqueaban las tierras del Sur. Había destacado rápidamente por sus
cualidades; para apoyarlas, estaba su experiencia desde niño y adolescente: a los
cinco anos, el padre, antes de partir a la guerra, lo había dejado con la madre y
los hermanos bajo la protección de los igeditanos, de quien era aliado. Cominio
había muerto en combate, y Viriato había crecido entre los guerreros de Igedium,
y con ellos se había preparado para la guerra. Anduvo por las montañas, había
guardado rebaños, trabó amistad con los montañeses, y cuando llegó a los
dieciséis años era ya un hombre hecho, curtido por el viento y el aire libre, con
enorme resistencia física y una admirable capacidad de mando. La primera
banda en que se integró, lo eligió inmediatamente como jefe.
—Desde esa época —concluyó Táutalo— es nuestro comandante, y hay
hombres que darían cualquier cosa por formar parte de nuestro grupo. Y no sólo
porque Viriato es el más fuerte, sino, sobre todo, porque es el más justo. Los
guerreros saben que con él al mando tienen más probabilidades de sobrevivir y
de vencer. A muchos reyes les gustaría tener un hijo como Viriato... Empezando,
mi querido Tongio, por el de los brácaros, que hoy debe de estar maldiciendo la
hora en que su familia destronó a tu abuelo Tongétamo.
—Pues yo deseo ardientemente que siga maldiciendo esa hora —gruñí.
La verdad es que, en el fondo, me interesaban muy poco las discordias
internas de Brácara. Otra cosa me preocupaba más.
—No repitas eso —le dije a Táutalo—. Yo mismo me muero de ganas de
luchar bajo la enseña del toro, pero he prestado juramento a Curio, y sería un
deshonor abandonarlo...
Táutalo me miró:
—¿Quién sabe? Los azares de la guerra alteran nuestras vidas...
II

De pie sobre la cúspide irregular de un roquedal, clavé la mirada en el


caserío que destacaba, recortado contra el cielo enrojecido, en la línea del
horizonte, e intenté dominar la emoción que sentía al volver a contemplar la
ciudad de Gadir.
Se habían cumplido los vaticinios. Nuestra hueste se había precipitado como
un huracán sobre la Bética, arrollando a los poblados y a las sorprendidas
legiones romanas. Nadie había creído que los lusitanos, diezmados por Galba,
serían capaces de alzarse con efectivos suficientes para lanzarse a una
expedición como aquella, y el resultado de aquel exceso de confianza quedaba
patente: en pocas semanas habíamos atravesado Beturia y entramos en
Turdetania, tierra fértil y rica, consiguiendo abundante botín. Ahora, cargados
con el producto del pillaje, estábamos a la vista de Gadir, y dentro de dos días,
como máximo, Podríamos atacar la ciudad —lo que me llevaba a pensar en la
mejor forma de proteger a Eunois.
Sería quizá nuestra primera batalla, pues hasta entonces sólo habíamos
trabado combates por sorpresa, resueltos siempre con la matanza y la huida del
enemigo. «Una expedición así —había comentado Táutalo, que luchaba por puro
placer— no tiene gracia». Y se lamentaba de «no haber manchado siquiera la
hoja de la espada».
En los últimos días lo había visto varias veces con Viriato. En marcha hacia
los campamentos, sus hombres avanzaban junto a los de Curio y Apuleyo. Por
eso pude observar, una vez más, la diferencia que había entre Viriato y los otros
jefes. Nuestras tropas apenas podrían considerarse un verdadero ejército; eran
más bien una horda repartida en varios cuerpos que avanzaban en desorden,
según el deseo y la inspiración de cada jefe. Los mil guerreros que avanzaban
tras la insignia del toro formaban, ellos sí, un pequeño ejército disciplinado.
Cuando acampaban, las tiendas se disponían de acuerdo con un orden
establecido; durante la marcha, todos conocían la posición que debían ocupar y
lo que les correspondía hacer. Batidores apostados en vanguardia y en los
flancos de la columna vigilaban permanentemente el terreno.
Otra diferencia importante estaba en el reparto del botín. Casi todos los Jefes
elegían primero las mejores piezas y las mujeres más jóvenes; el resto quedaba
para quien consiguiera echarle mano, y eran frecuentes las peleas, no sólo entre
guerreros sino también entre oficiales. Nada de esto sucedía en el campamento
de Viriato. Con una autoridad absoluta e incontestada, él iba distribuyendo el
botín según el valor demostrado por cada hombre, y reservaba para sí solamente
algo que necesitaba: una espada, una azagaya, una túnica, e incluso a veces no
quería nada. En cuanto a las mujeres, sólo dejaba que se repartieran las esclavas,
y no veía con buenos ojos que las maltrataran.
En consecuencia, la armonía reinaba siempre entre los mil jinetes, para
quienes Viriato no era sólo el jefe sino también el protector, el juez y casi un
dios. Hombres maduros, endurecidos por anos de guerra, obedecían sus ordenes
sin pensar que podría ser su hijo. Al considerar todo esto, aún deseaba yo con
más vehemencia pasar sin deshonor a servir a su insignia.
Fue precisamente la voz de Viriato la que me devolvió a la realidad:
—¿Soñando con la infancia, Tongio?
Se encontraba en la base del roquedal por el que yo había trepado. En dos
brincos descendí y me acerqué a él.
—No. Más bien pensaba en la conquista de Gadir. Vive ahí un hombre, un
griego, que me ayudó mucho. Me gustaría que no le pasara nada.
Viriato movió la cabeza con aire de duda:
—Va a ser difícil... Cuando las bandas entran combatiendo en una ciudad...
pero habla con Curio. Tal vez puedas convencerlo... Eso, claro, si llegamos a
entrar en Gadir.
Algo me llamó la atención en su voz.
—¿Por qué lo dices? ¿Crees que no lo vamos a conseguir?
Él se encogió de hombros.
—No sé... creo que las cosas han ido demasiado bien hasta ahora. Es posible
sorprender a los romanos, pero son tenaces, y siempre intentan vengar lo que
consideran una afrenta. Además, son poderosos...
—Bueno —objeté—, pero los hemos barrido ya de Beturia y de la
Turdetania, y casi sin lucha.
—Precisamente por eso. Estamos muy adentrados en el territorio sujeto a
Roma, a las puertas de la mayor ciudad de Iberia. Los romanos no pueden
permitir que Gadir caiga. En fin, veremos qué nos trae el día de mañana.
En los campamentos de la hueste ardían ya las hogueras para la noche y
algunos hombres preparaban la cena. Preferí olvidar las dudas de Viriato y lo
único que me preocupó fue la mejor forma de proteger a Eunois cuando
entrásemos en Gadir. Hablaría con Curio; un grupo de los nuestros podía quizá
llegar a su casa antes que los demás. Era lo mínimo que podía hacer yo para
pagar la amistad y la honradez con que Eunois me había tratado. Confiado en mi
plan, me fui a dormir.
Desperté bruscamente con un escándalo de gritos e imprecaciones y el
tintineo de las armas al ser aferradas a toda prisa. «Un ataque», pensé. Pero al
salir de la tienda —clareaba la noche, y las hogueras estaban casi apagadas—
sólo vi hombres corriendo de un lado a otro. En un grupo vi a Táutalo, Viriato y
Apuleyo. Curio llegaba en aquel momento. Corrí hacia allá.
Los hombres se apiñaban alrededor de los cuerpos ensangrentados de dos
legionarios romanos. De los gritos deduje que habían sido atrapados cuando
pasaban furtivamente junto a nuestro campamento, en dirección a Corduba.
Viriato, irritado, censuraba a Apuleyo porque los captores —que eran guerreros
bajo el mando del príncipe— se habían apresurado a matar a los legionarios en
vez de traerlos vivos al campamento.
—Nunca se debe matar a los emisarios —decía Viriato intentando contenerse
— al menos hasta que nos digan qué mensajes llevan. Necesitamos esa
información.
—Bueno —gruñó Curio hundiendo los dedos en la barba—, ahora ya es
tarde para interrogarlos. De todos modos, el mensaje no llegará a su destino, y
eso ya es bueno... vosotros —y se volvió a los hombres que habían interceptado
a los romanos— quedaos con sus cosas.
Fascinado, y sin saber porqué, me quedé mirando cómo los desnudaban. Uno
de los legionarios llevaba unas monedas de plata y de cobre que fueron
inmediatamente repartidas. De pronto, vi que uno de los guerreros tenía en sus
manos algo que me era familiar. Lo miró, comprobó que no estaba hecho de
metal precios o y lo tiró al suelo. Involuntariamente, di un grito y me precipite a
recogerlo.
El hombre que lo había tirado me miró con asombro:
—¡Eh, oye! Si eso tiene algún valor, me pertenece ¿eh?
Lentamente, levanté hasta la altura de sus ojos la tablilla doble cuya parte
interior estaba cubierta de cera escrita.
—Esto es lo más valioso del botín, pero no para ti. Para ti no tiene ningún
valor. Es el mensaje que esos llevaban.
Apuleyo empezó a hablar con el tono de un chiquillo enrabiscado:
—¿Y quién va a entender lo que va escrito?
Dejé de prestarle atención porque alguien más próximo a mí me llamó
tranquilamente:
—Tongio.
Me volví hacia Viriato, cuyos ojos centelleaban.
—Tú sabes leer ¿no? Y hablas la lengua de los romanos...
—Claro que sí. Perdí bastante tiempo de juegos y diversiones para aprender
latín y griego... y otras cosas.
Rompí el sello. La luz era ya suficiente para descifrar el mensaje, y lo fui
leyendo en voz alta ante el asombro de los guerreros que me rodeaban, hombres
para quienes la escritura era un misterio cercano a la magia. La carta estaba
firmada por un tribuno militar, probablemente el comandante de la guarnición de
Gadir, e iba destinada al pretor Cayo Vetilio, en Corduba. El tribuno decía que
los bárbaros (nosotros) estaban a la vista de las murallas gaditanas, la ciudad
estaba en peligro, y le pedía que avanzara urgentemente hacia el Sur con tropas
de refuerzo.
—¿Quién es ese Cayo Vetilio? Nunca he oído hablar de él... —rezongó
Apuleyo.
Curio dijo lo mismo, y se quedaron ambos mirando a Viriato, como si
esperaran alguna respuesta de él. Viriato movió la cabeza negativamente, y dijo
en un tono sarcástico:
—Tampoco me lo han presentado nunca, pero no es difícil entender que se
trata de un pretor llegado recientemente de Roma, y como es pretor, estoy casi
seguro de que es el nuevo gobernador romano de la Hispania Ulterior. Está en
Corduba, con tropas de refresco, y eso es suficiente para alterar los planes.
Curio... —la voz de Viriato sonó ahora tensa y velada— hay que reunir un
consejo inmediatamente. Ya no podemos atacar Gadir.
Apuleyo protestó, pero Curio, tras reflexionar un momento, gritó una orden,
y sonaron inmediatamente las trompas convocando a los jefes. En medio de la
agitación, Viriato se acercó a mí.
—Táutalo me ha dicho que te gustaría unirte a nosotros —dijo—.
¿Realmente te gustaría?
Respondí que sí y que sólo el compromiso asumido para con Curio me
impedía solicitar la admisión en su banda.
Viriato me dio una palmadita en el hombro:
—Aprecio tus escrúpulos. Hay tal vez una forma de satisfacer ese deseo sin
quebrantar tu palabra... espera unos días, a ver qué puedo hacer yo...
Quise agradecérselo, pero él me interrumpió:
—No lo haría si no pensara que vas a servirme de mucho... Sí, y no me mires
así. Sabes luchar, aunque no tengas mucha experiencia. Sin duda hay guerreros
mejores que tú, pero ninguno de ellos sabe leer, y pocos son los que conocen otra
lengua que no sea la que aprendieron con su madre. Algo me dice, Tongio, hijo
de Tongétamo, que vas a serme muy útil.
Los jefes empezaban a llegar, intrigados o irritados, según sus
temperamentos, con la llamada a consejo. Sobre todo, los cinco jefes supremos
parecían considerar ultrajante que alguien se permitiera el lujo de convocarlos.
Pero las noticias, cuando fueron conocidas, los llevaron a olvidar la ofensa.
No asistí al consejo, pero me contaron cómo transcurrió todo. Hasta los más
obstinados entendieron que no era posible atacar Gadir. Nos arriesgábamos a ser
atacados por la retaguardia durante el cerco, y si entrábamos en la ciudad,
bastaría que las tropas del nuevo pretor vinieran desde Corduba, para que nos
viéramos cercados en Kotinoussa, con el mar como única salida. Muchos de los
nuestros nunca habían entrado en un barco, y, además, los romanos y, los
gaditanos utilizarían todas las embarcaciones disponibles para huir antes de
nuestra entrada en la ciudad.
Descartada la idea del ataque, quedaba por decidir qué se iba a hacer. Viriato
propuso que nos dispersáramos en grupos y que intentáramos obtener más
informaciones sobre los refuerzos del enemigo. Otros querían avanzar en
dirección a Corduba para obtener más datos sobre las tropas de Cayo Vetilio,
confiando en la reputación de invencibles que nos habíamos ganado al entrar en
Beturia.
Prevaleció esta última opinión. Para compensar a los hombres por la pérdida
del botín de Gadir, se decidió que saquearíamos la ciudad de Urso, que quedaba
de camino hacia Corduba.
Encontramos a las tropas de Vetilio antes de lo que esperábamos. Un día
después de haber interceptado a los mensajeros de Gadir, nuestras vanguardias
trabaron un breve combate con unos jinetes romanos que surgieron
inesperadamente de un bosque.
Esta vez, el enemigo no se dejó dominar por el pánico, y no huyó. Tras los
primeros momentos de combate se vio claro que luchábamos con tropas muy
diferentes de aquellas con las que habíamos combatido hasta entonces. Tuvimos
bastantes bajas, y el propio Curio se vio en peligro. Viriato, que contra su
costumbre se había aproximado y mezcló sus hombres con los nuestros, le salvó
la vida atravesando con un venablo al decurión que le atacaba por la espalda. Al
final, la caballería romana se retiró en buen orden.
Mientras los guerreros recuperaban los cuerpos de los camaradas para
prestarles honras fúnebres, Curio fue a ver a Viriato y le tendió la mano:
—Estoy en deuda contigo y nunca me ha gustado deber nada a nadie, aunque
sea a ti. Si estás de acuerdo, elige lo que quieras de mi parte del botín, o si
quieres, cuando saqueemos Urso te quedas con lo mío.
Viriato soltó una carcajada:
—Te lo agradezco, pero hablas con mucha confianza de ese ataque a Urso. Si
quieres pagarme, puedes hacerlo ya sin perder nada de las riquezas que has
conseguido.
Se volvió hacia mí, y llamó:
—¡Tongio!
Me acerqué con la sangre en las mejillas al darme cuenta de su idea.
—Este joven guerrero —dijo Viriato— es un antiguo conocido mío. En
realidad, le debo un buen caballo y aún no se lo he pagado... Dispénsalo del
juramento, permítele pasar a mi grupo, y quedará cancelada tu deuda.
Esta vez fue Curio quien se echó a reír.
—Si así lo quieres, sea. Tongio, quedas liberado del compromiso de luchar a
mi lado. A partir de ahora, tu jefe será Viriato, hijo de Cominio.
Riendo aún, se alejó. Miré a mi nuevo jefe con emoción.
—No sé qué decir. Comprendo ahora... porqué te aproximaste tanto a Curio
durante la lucha. ¿Pensabas...?
—Pensaba buscar la manera de que quedara en deuda conmigo. ¿Por qué no?
Ya te dije que no es tan difícil encontrar un buen guerrero, pero sí lo es conseguir
un intérprete, y además letrado.
—Bien, pero aun así, espero que me permitas combatir.
La sonrisa desapareció de su rostro:
—De eso, puedes estar seguro. Todos tendremos que combatir... Vienen días
difíciles, Tongio, y sigo pensando que es un error seguir avanzando hacia Urso.
Mi alistamiento fue saludado alegremente por los guerreros, a quienes ya
conocía. Pronto me sentí muy a gusto entre ellos, incluso más que con los
hombres de Curio y Apuleyo, que se mantenían aferrados a sus prejuicios de
tribu. Las tropas de Viriato, formadas por una mezcla de lusitanos de la llanura y
lusitanos de la sierra, igeditanos y vetones, eran más fieles al espíritu de cuerpo
que a la solidaridad tribal.
Aquella misma noche, durante una reunión con varios jefes, Viriato volvió a
defender, en vano, la idea de que debíamos evitar el ataque a Urso. Yo estaba
cerca, y oí la discusión. Los jinetes romanos que habíamos encontrado,
argumentó Viriato, eran una vanguardia de exploradores de Cayo Vetilio, y
habían dado muestras de experiencia y disciplina superiores a las de nuestros
hombres, y si el ejército del pretor estaba formado por tropas como aquellas, no
estábamos en condiciones de arriesgar una batalla campal.
Pero el ansia de pillaje era más fuerte que la voz del buen sentido. Al día
siguiente adoptamos ya, en marcha, el orden de batalla, con la caballería delante
para forzar las líneas enemigas. En esta formación, el grupo de Viriato ocupaba
el ala derecha. Avanzábamos por una región poblada en tiempo de paz, pero
cuyos habitantes habían huido por los bosques y cerros fortificados, presintiendo
la proximidad de la guerra. Sólo algunos animales —bueyes escuálidos, y cabras
flacas y enfermas que no valía la pena conservar— vagaban desamparadas por
los campos. Urso debía de estar abarrotada de refugiados con sus enseres y
animales.
El sol caía a plomo y muchos de los nuestros se quitaron los cascos para
soportar el calor. Viriato, fiel a su costumbre, había enviado batidores para
reconocer nuestro frente de avance. Volvieron acompañados por un pequeño
grupo de jinetes armados, habitantes de Urso, que habían decidido unirse a
nosotros por odio a los romanos o por pensar que éramos más fuertes. Sus jefes,
dos hombres de pelo gris llamados Audax y Minuro, conferenciaron con Viriato,
que antes de dejarlos con los cinco jefes máximos los interrogó largamente. El
ejército del pretor, dijeron, estaba ya cerca, cerrando el camino ante Urso. Lo
componían unos diez mil hombres.
—Estamos en igualdad de fuerzas —murmuró Táutalo, que cabalgaba a mi
lado—, pero Viriato tiene razón, son legiones llegadas de Roma, frescas y bien
entrenadas. Se ha acabado el juego... Ahora, al fin, vamos a demostrar lo que
valemos.
Terminó el día sin que viéramos señal de los romanos. Aquella noche no
hubo hogueras y tuvimos que contentarnos con carne salada y pan de bellota. De
madrugada, Viriato mandó despertar a sus hombres para darles instrucciones: En
ningún caso deberíamos abandonar la formación, ni aunque huyeran los
romanos. Durante la batalla, toques de trompa combinados darían las órdenes
oportunas. Y, sobre todo: no habría tiempo para sacrificar víctimas a los dioses ni
para leer presagios. Táutalo me dijo luego confidencialmente que el propio
Viriato había hecho un sacrificio durante la noche, y que las señales eran
desfavorables.
Como resultado, al salir el sol estábamos ya a caballo y en movimiento, lo
que forzó al resto de la tropa a apresurar los preparativos, con gran irritación de
los otros jefes. Iba alta la mañana cuando quedó la tropa formada. Poco después
avistamos las murallas de Urso. Entre ellas y nosotros, esperaba el ejército
romano. Tal vez los veteranos pudieran describir la batalla y explicar los errores
que cometimos. Todo me pareció caótico desde el principio, pues, por lo que
puedo recordar, ya empezamos mal: los jinetes lusitanos, entonando sus
impresionantes himnos de guerra, se lanzaron sobre las legiones, pero lo hicieron
indiscriminadamente. Antes de alcanzar las líneas enemigas, una lluvia de saetas
lanzadas por los infantes se abatió sobre ellos y los diezmó. Tropezaron entonces
con una muralla de lanzas empuñadas por los triarlos y, mientras intentaban en
vano abrir una brecha, los escuadrones de caballería romana nos atacaron por los
flancos. El ala mandada por Viriato resistió, pero el flanco opuesto cedió a la
presión, y pronto el combate se convirtió en una matanza. De todos los cuerpos
de tropas lusitanas, sólo el nuestro mantuvo la formación, cumpliendo las
órdenes de Viriato. Con este al frente, lanzamos una carga temeraria para cubrir
la fuga de los otros. Esa carga, que ya no esperaban los romanos, salvó muchas
vidas, pero la derrota era completa. En el campo quedaron millares de lusitanos,
y sólo nuestro grupo salió ileso, por favor de los dioses —y porque nadie había
huido.
Y aún nos quedaba un trabajo agotador: intentar reunir a los fugitivos. Curio
y Apuleyo habían logrado mantener a su alrededor a algunos centenares de
hombres, y con ellos intentamos organizar una línea de protección. Al caer la
noche, cubiertos de sudor, de polvo y de sangre, nos reunimos en un pinar para
discutir qué podíamos hacer. Teníamos ya una idea más o menos exacta de la
situación: con nosotros se encontraban unos dos mil hombres a caballo, algunos
de ellos heridos e incapaces de moverse. Los heridos más graves estaban
destinados a recibir el golpe de gracia de los legionarios, que entretanto parecían
haber regresado a las posiciones que ocupaban antes de la batalla.
—¡Qué raro! —murmuró Viriato secándose con la mano el sudor que le
corría por la frente—. Lo lógico es que nos persiguieran...
—Tienen miedo de aventurarse en un terreno desconocido —comentó
Apuleyo, que había luchado como una fiera y acabó por romper su espada contra
una coraza romana—. Pero ahora tenemos que aprovechar esta ventaja para
encontrar refugio.
Audax, uno de los hombres de Urso, intervino:
—Conozco un buen lugar, un poblado abandonado, cerca de aquí. Las
murallas están en pie. Es un lugar muy antiguo y no sé si habrá en él alguna
maldición.
—No puede haber peor maldición que la que hoy nos ha caído encima —
gruñó Curio—. Si agarro a los sacerdotes que nos leyeron los presagios en los
Herminios, van a oír algo que no van a olvidar tan pronto...
Viriato, pensativo, acariciaba el pescuezo de su caballo.
—Pero si nos refugiamos ahí —recordó—, nos arriesgamos a que nos rodeen
los romanos.
Apuleyo hizo un gesto de impaciencia que agitó su manto de pieles, rasgado
por innumerables estocadas.
—¿Y qué otra solución nos queda? Necesitamos un sitio donde pasar la
noche, para reunir a nuestros hombres y para cuidar a los heridos. Además, está
oscureciendo ya.
Se decidió que Audax guiaría a la mayor parte de los hombres hasta la
población desierta, mientras Viriato, con un centenar de guerreros, intentaría
encontrar más fugitivos. Con nosotros vendría Minuto, el amigo de Audax.
Acompañé a Viriato. Durante gran parte de la noche, iluminados sólo por la
luz de la luna, batimos la región. El campo de batalla nos estaba vedado, pues
estaba guardado por patrullas romanas (cuando nos acercamos, oímos los gritos
de nuestros compañeros caídos, que los legionarios degollaban). En medio de
aquella pesadilla, aún conseguimos reunir a un millar de guerreros que vagaban
por los campos o se ocultaban en los bosques. Al fin, nos dirigimos al refugio.
La antigua ciudad estaba casi intacta. Sólo la muralla exterior estaba en
ruinas. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando vi las murallas y las viejas
casas de forma circular, testimonio de una época muerta hacía ya mucho tiempo.
¿Qué espíritus habitarían aquellas ruinas? ¿Cómo iban a aceptar nuestra
presencia? Minuro nos aseguro que muchos habitantes de la región, cuando iban
de caza, pernoctaban en aquellas casas y que nunca nadie los había molestado.
Cuando entramos en el recinto fortificado ya éste se encontraba lleno de
hombres y caballos. En la pequeña plaza frontera al templo —este sin tejado ni
imágenes sagradas— estaban tumbados los heridos, a quienes algunos hombres,
conocedores de los rudimentos del arte de curar, intentaban socorrer en lo
posible.
Me sentía capaz de dormir un año entero, de tan cansado como estaba. Con
todo, el espectáculo de Viriato y Táutalo (ambos tan fatigados como yo)
organizando los turnos de vigilancia e intentando poner allí un mínimo de orden,
me llevó a querer demostrar que también yo estaba a la altura de la emergencia.
Conocía a uno de los hombres que cuidaban a los heridos, un Joven vetón
llamado Arduno, que pertenecía a nuestro grupo. Fui a verle y le ofrecí mi
ayuda.
Arduno alzó hacia mí sus ojos sorprendidos:
—Cada día me das una sorpresa, Tongio... O sea que, además de saber leer,
encima eres curandero...
—No exactamente, pero cuando vivía en el santuario de Endovélico ayudaba
a mi madre a cuidar a los peregrinos.
—¡Muy bien! —respondió él—. Entonces, manos a la obra... —y me dio
unas hierbas, que había ido a buscar no sé dónde, para que preparara con ellas un
ungüento.
Nos afanamos en lavar heridas, improvisar vendajes y distribuir la poca agua
que había entre los hombres que ardían en fiebre. Al fin, cuando había hecho ya
todo lo que era posible hacer, me recosté en un muro, tan cansado que hasta tenía
miedo de caerme. Una cantarilla de barro apareció bajo mi nariz.
—Bebe —dijo Táutalo—. Lo necesitas.
Era cerveza, muy mala, pero me supo como si fuese néctar. Le di las gracias
al tiempo que le devolvía la cántara, y pregunté:
—¿Habéis contado ya los supervivientes?
Hizo un gesto afirmativo:
—Hemos perdido más de la mitad de los nuestros. Se ha acabado la
expedición, Tongio, y suerte tendremos si logramos salir de aquí.
—Pero los romanos no nos persiguen...
—No, y precisamente eso es una mala señal. En fin, es una preocupación
para mañana. Ahora, vete a dormir.
Así lo hice. Dormí profundamente, pero por poco tiempo. Desperté con el
alba, y me di cuenta inmediatamente de que algo pasaba, porque tanto las
murallas como los roquedales —los había dentro del recinto de la ciudadela—
estaban llenos de hombres en silencio y mirando hacia el exterior. Me levanté y
subí a la muralla.
La luz de la mañana dejaba ver los campos de alrededor. Y, para cualquier
lugar que se mirara, sólo se veían legionarios romanos. Estábamos cercados.
III

Parecía como si los dioses quisieran hacernos pagar muy caro las primeras
victorias y el avance fulgurante hasta Turdetania. Rodeados de enemigos,
apiñados en un espacio exiguo, sin alimentos, éramos una sombra de la hueste
que había estremecido la Bética. Para colino, el agua que descubrimos en el pozo
de la ciudad estaba envenenada, y antes de advertirlo, habían muerto ya muchos
hombres y caballos retorciéndose de dolor.
Los romanos esperaban tranquilamente —y no iban a tener que esperar
mucho. Dos días después de la derrota, la situación era ya tan desesperada que
algunos empezaron a hablar de rendición. Uno a uno, los heridos fueron
muriendo de fiebre e infecciones. Al tercer día matamos los caballos más flacos
y pudimos comer. Pero era una medida peligrosa, pues sin caballos no podríamos
huir. Aunque en realidad, ya nadie pensaba que fuera posible la huida.
Durante todo este tiempo, Viriato habló poco, y cuando lo hizo fue para
oponerse enérgicamente a la idea de rendición. Pasaba la mayor parte del tiempo
en lo alto de las murallas (el enemigo ni siquiera disparaba sus flechas) y parecía
estudiar con atención concentrada las posiciones de los legionarios. Pese a su
expresión sombría, yo no veía en él la menor señal de temor, ni siquiera de
verdadera preocupación. Se diría que, simplemente, estaba esperando.
En la noche del tercer al cuarto día desaparecieron algunos hombres y, por
cierta agitación que notamos en el campamento romano al amanecer, dedujimos
que habían ido a entregarse. Durante aquel día murieron de enfermedad dos
caballos, y fue imposible evitar que los comieran —los guerreros que con ellos
llenaron el estómago, murieron también—.
Aquello era demasiado para los lusitanos, que son muy valerosos en combate
pero soportan mal la adversidad. Sólo los hombres de Viriato se mantenían
tranquilos y disciplinados, como si cobraran nuevas fuerzas al mirarlo —
mientras él, imperturbable, no soltaba una queja. No se podía decir lo mismo de
los jefes restantes, cuya moral no era superior a la de sus subordinados. Al fin,
los tres jefes supremos que habían sobrevivido a la batalla anunciaron su
decisión de enviar emisarios a Cayo Vetilio proponiendo una rendición
condicionada.
Las protestas fueron débiles, y Viriato, para sorpresa mía, se abstuvo de
manifestar su desacuerdo con la propuesta. Sin saber bien porqué, yo estaba cada
vez más convencido de que tenía un plan y sólo esperaba el momento propicio
para ponerlo en práctica. Los emisarios partieron con el alba al sexto día, y
volvieron por la tarde, con rostros risueños y ojos brillantes. Se reunió la tropa
en asamblea, porque esta vez todos los guerreros tenían derecho a hablar, y ante
ella expusieron los emisarios sus impresiones.
El pretor los había recibido bien, y antes de sostener la entrevista los
obsequió con una excelente comida. Tras oírlos, aceptó las condiciones: una
rendición honrosa y sin represalias; distribución de tierras a los guerreros que
deseasen establecerse en la Bética o en la Carpetania; salvoconducto para
quienes prefirieran regresar a sus casas. En cambio, exigía la entrega de armas y
el compromiso de no volver a alzarse contra Roma o sus aliados. Los pocos
guerreros que se habían rendido dos días antes, añadió Vetilio, habían partido ya,
felices, hacia sus nuevas tierras.
Cuando los enviados acabaron de hablar, los tres jefes, tras un rápido cambio
de impresiones anunciaron que la propuesta les parecía justa, pero que querían
oír la opinión de todos aquellos que desearan hablar en favor o en contra de la
rendición.
Hubo un momento de silencio. El jefe de los guerreros túrdulos de
Conímbriga se levantó y pidió que consideraran todos la situación presente.
Estamos cercados, dijo, y sin posibilidad de huir. Aun así, la propuesta del pretor
satisfacía los objetivos de la expedición. Esos objetivos, recordó, eran vengar la
traición de Galba y conseguir una vida mejor. El primer objetivo lo consiguió,
hasta el punto de que los romanos mostraban su respeto y aceptaban las
condiciones propuestas. El segundo objetivo, sería alcanzado con la distribución
de tierras. La sangre de los compañeros caídos, terminó, no había sido vertida en
vano. Apenas había acabado, cortó el aire una voz clara y vibrante:
—¿Qué edad tienes, Crisso?
Asombrado, el conimbrigense se volvió para enfrentarse a Viriato, que se
acercaba a él.
—Sí. ¿Qué edad tienes? ¿Es que de tan viejo has perdido ya la memoria?
No me había engañado: aquel era el momento que había estado esperando.
Sin dejar de dirigirse a Crisso, pero vuelto hacia la asamblea, continuó:
—Has hablado del perjurio de Servio Galba, y ni siquiera te das cuenta de
que las palabras de Cayo Vetilio son las mismas. Yo estuve cercado por Galba,
escapé a su traición y te digo: nunca entregaré mis armas a un romano. Te
pregunto, y os pregunto a todos: ¿Han respetado alguna vez los romanos la
palabra dada? Si alguien se ha hecho ilusiones, sepa que Roma sólo quiere una
cosa: someter a su dominio a Iberia toda, imponer a los pueblos libres su ley y
sus tributos. Para conseguirlo, ¿qué le importa faltar una o mil veces a sus
juramentos? Y este nuevo pretor, para enriquecerse a costa nuestra, como Galba,
no tiene que hacer más que engañarnos como Galba nos engañó. ¿Tendré que
recordaros los miles de lusitanos asesinados, y los otros, más numerosos aún,
vendidos como esclavos en la Galia?
No era tanto lo que decía; era la forma de decirlo. Los cinco mil hombres
estaban prendidos de sus palabras. Viriato prosiguió:
—Los romanos no entienden más que un lenguaje: el de la fuerza. Sólo
entienden una razón: la del más fuerte. Sólo aceptan un argumento: la victoria.
Victoriosos, podremos negociar; pero nunca debemos hacerlo mientras crean que
nos tienen a su merced.
Por la expresión de los rostros que veía a mi alrededor, noté que la situación
había cambiado. No obstante, Crisso aún objetó:
—¡El caso es que estamos a su merced!
—No. No lo estamos si todos los que aquí se encuentran juran aceptar mi
marido. Hasta ahora, hemos hecho lo que querían los romanos, pero hay una
salida, y ella depende sólo de vuestro valor Y de vuestra disciplina.
El más viejo de los jefes avanzó unos pasos.
—Viriato —dijo de forma que lo oyeran todos—, tu nombre es bien
conocido dentro y fuera de Lusitania. Pese a tu juventud, sabemos que eres un
buen jefe, y no hay aquí nadie que no te respete. ¿Pero estás seguro de lo que
dices?, Está en juego la vida de miles de hombres...
Viriato sonrió, pero sus ojos se mantuvieron serios, tan brillantes y tan fijos
que parecían despedir un rayo capaz de fulminar al veterano.
—Que mi vida quede como prenda, si así lo deseáis. La salvación está a
nuestro alcance y podemos llevar a los romanos a oír nuestros argumentos... de
la única manera que ellos entienden. Hay una condición para ello, sólo una: sólo
debe mandar un hombre. Esta guerra no es como las que hacían nuestros padres
y, nuestros abuelos. Luchamos contra la ciudad más fuerte del mundo, contra los
hombres que derrotaron a Cartago en Iberia. Si estamos desunidos, nos
exterminarán; si somos capaces de entendernos, podremos evitar la destrucción y
mantener nuestra libertad. Ahora, elegid.
Entre los guerreros surgió un murmullo que fue creciendo en forma y en
volumen. Sobreponiéndose al tumulto, Crisso, el conimbrigense, gritó:
—¡Por los dioses, Viriato! Si eres capaz de salvarnos, puedes contar conmigo
para siempre...
Estalló la tempestad. Un grito único, entonado por cinco mil voces, resonó
por las viejas piedras de la ciudadela:
—¡Viriato! ¡Viriato! ¡Viriato!
Un bosque de lanzas y de espadas se alzó, y cada hoja centelleaba a la luz del
poniente.
Viriato, tras un momento de inmovilidad completa, subió al lugar más alto de
la muralla y abrió los brazos pidiendo silencio. Cuando amainó la tempestad, se
limitó a decir:
—Mañana romperemos el cerco. Que todos estén dispuestos con el alba.
Pido a los jefes y a los jefes de grupo que se encuentren conmigo
inmediatamente en la plaza del templo.
Bajó de la muralla. Se dirigió al lugar donde nosotros, sus hombres,
estábamos concentrados, y llamó:
—¡Táutalo, Arduno, Tongio, Audax, acompañadme!
A nuestro alrededor, en vez de la apatía desalentada de los últimos días,
reinaba una actividad febril. Los hombres reunían las fuerzas que les quedaban y
limpiaban las armas, se reunían con sus compañeros de grupo y recogían las
pocas hierbas y matojos que crecían junto a los muros para alimentar a los
caballos.
Frente al templo, estaban ya los jefes. Obedeciendo a un gesto de Viriato,
todos nos sentamos en el suelo o en las piedras sueltas que cubrían el umbral del
edificio. Viriato esperó a que se hiciera el silencio, y habló después a media voz:
—Antes de que caiga la noche, iré a mostraros, desde lo alto de los muros,
los puntos más débiles de las posiciones romanas. Son cuatro. Nos dividiremos
en cuatro grupos y romperemos el cerco por esos puntos. Pero, atención: los
ataques tienen que ser simultáneos. En cuanto a vosotros... —y se volvió hacia
los que formábamos parte de su grupo— tendréis que transmitir durante la noche
estas instrucciones a los guerreros de mi insignia, y sólo a ellos: cuando
amanezca, que formen en orden de batalla en el lado norte, que es donde se
encuentra Vetilio.
Se trataron aún ciertos detalles. Básicamente, el plan era este: los mil jinetes
de Viriato, con unas decenas escasas de ursenenses, compañeros de Audax y
Minuro, atraerían la atención del mando romano. Los restantes, romperían el
cerco y se dispersarían. Nos concentraríamos de nuevo más al Sur, en el valle del
río Barbésula, cerca de la ciudad de Tríbola. Viriato, que conocía la región, dio
indicaciones precisas sobre el bosque donde deberían reunirse los lusitanos.
Pocos durmieron aquella noche, y Viriato ni se acostó. Incansable, recorrió
los diversos grupos hablando con los jefes y con los guerreros, asegurándose de
que todos habían entendido el plan y sabían el papel que les correspondía en él.
En cuanto a nosotros, nos reservó para el final: poco antes de amanecer, volvió a
repetirnos brevemente las instrucciones. Sus hombres lo conocían tan bien, y
estaban tan entrenados, que no precisaban largas explicaciones.

Cuando salió el sol y los vigías romanos pudieron observar con nitidez la
ciudadela cercada, vieron esto: cuatro grupos de lusitanos concentrados junto al
lado exterior de las murallas de espaldas al grueso de las tropas, un millar de
jinetes lanza en ristre. Comprendieron entonces que no habría rendición, y en
breve oímos sus toques de alerta, pero en ese momento, Viriato, que estaba ante
nosotros, a pie, montó de un salto.
Esta era la señal. Entre gritos dé guerra, los cuatro grupos corrieron en las
direcciones previamente señaladas; al mismo tiempo, a un grito de nuestro jefe,
nos lanzamos nosotros a la carga.
Fue una maniobra perfecta. No olvidamos nada: el viejo cántico guerrero de
la tribu de Viriato atronaba los aires; las trompas repetían incesantemente el
toque de carga, y la distancia que nos separaba de los romanos disminuía por
instantes. En movimiento impecable, las legiones cerraron filas para sostener el
embate —una verdadera muralla de hierro contra la que no tardaríamos en
aplastarnos. Pero, cuando los hastiarlos doblaban la rodilla y alzaban el pilum,
Viriato levantó el brazo derecho, el toque de las trompas cambió súbitamente. En
el espacio libre que nos quedaba dimos media vuelta y partimos en dirección
opuesta dejando detrás dos legiones frustradas y desorganizadas, sin enemigo
con quien luchar. Antes de que Vetilio comprendiera lo que había ocurrido y
lanzara a sus jinetes en nuestra persecución, ya habíamos alcanzado un bosque
cerrado donde la caballería apenas podía moverse.
La pesadilla había terminado, pero Viriato no descansó. Destacó a los
mejores cazadores para asegurar provisiones y envió a Audax y a Minuro, por
ser naturales de la región, en busca de noticias. Sólo después de tomar estas
medidas consintió en descansar. Se tumbó en un claro, armado y envuelto en su
manta. Táutalo asumió el mando.
Seguíamos hambrientos y cansados, pero el alivio y el entusiasmo habían
levantado nuestra moral. Frutas silvestres fueron nuestra primera comida, pero a
lo largo del día fueron llegando los cazadores con ciervos y Jabalíes, que
abundaban en el bosque. Al fin pudimos matar el hambre, y para beber había
agua fresca, límpida y deliciosa, llegada de fuentes y arroyuelos. Al caer la
noche, Audax y Minuro regresaron trayendo con ellos un amigo, Ditalco. Habían
avanzado, según dijeron, hasta las proximidades de Urso, donde lo encontraron.
Ditalco dio toda la información que Viriato pretendía: los cuatro grupos de
lusitanos habían conseguido forzar las líneas romanas con un número
insignificante de bajas. Vetilio se disponía a levantar el campamento al día
siguiente. Pasamos una hermosa noche, en seguridad y con la barriga llena. Pero
el jefe, al designar los turnos de vigilancia, ordenó que estuviéramos dispuestos
para la marcha apenas apuntara el sol: íbamos a atacar el campamento del pretor.

El Barbésula, apenas un hilo de agua, a causa del estiaje, se deslizaba


lentamente. La orilla opuesta, donde poco antes algunas mujeres lavaban la ropa
de invierno, estaba ahora desierta. Todas habían huido al acercarnos, porque
tantos jinetes armados era una clara señal de guerra. Habían pasado dos días.
Numerosas veces nos habíamos lanzado sobre los romanos para replegarnos en
seguida. No podía mantenerse la táctica indefinidamente porque el ejército de
Vetilio pronto tomaría medidas adecuadas, pero durante aquellos dos días sirvió
perfectamente a nuestro objetivo: impedir el avance de los legionarios y dar a los
nuestros tiempo suficiente para concentrarse en el punto acordado.
Y, ahora, también nosotros íbamos hacia el Sur, rumbo a Tríbola.
Cumpliendo órdenes expresas de Viriato, dejábamos un rastro lo suficientemente
nítido como para que Vetilio pudiera seguirnos sin dificultad. Por informaciones
obtenidas en los poblados, sabíamos que el romano estaba loco de rabia por
haber sido burlado por los «bárbaros», y juraba vengarse, aunque tuviera que
convertir la Lusitania en un desierto. Sabíamos también que los pocos lusitanos
que habían abandonado la ciudadela para entregarse (aquellos de quienes decían
que ya estaban «felices en sus tierras») habían sido decapitados.
Manteníamos un día de marcha entre nosotros y las legiones, pero ahora
había que cumplir la segunda parte del plan. Viriato, dejando a sus hombres a
orillas del Barbésula bajo el mando de Táutalo, partió al galope acompañado
sólo por Arduno y Minuro, camino del bosque donde los lusitanos deberían
encontrarse. Pasamos la noche sin ver señal de los romanos, y el jefe regresó a la
mañana siguiente con el caballo cubierto de espuma. Poco después, nuestros
vigías anunciaban con señales de humo la proximidad de las legiones.
Viriato mandó que nos aprontáramos a montar en cuanto diera la orden. En
ese compás de espera, pude hablar con él: estaba siempre dispuesto a oír a sus
hombres, fuese cual fuese el tema.
—No quiero ser indiscreto —comencé— pero me gustaría que me explicaras
una cosa: ¿por qué dejaste pasar tantos días antes de decir a la asamblea que
tenías un plan para romper el cerco? Yo te observé con atención, y estaba seguro
de que lo tenías todo muy pensado antes de decirlo.
Clavó los ojos en mí, primero con sorpresa; luego su expresión se modificó:
—Olvidaba que no conoces aún bien a los lusitanos... Mira, Tongio, nuestras
tribus y clanes son fanáticos de su independencia. No sería posible unirlos si no
sintieran la necesidad extrema de hacerlo. Si hubiera hablado antes, cada uno de
los jefes pensaría que él tenía una idea mejor, y no nos entenderíamos. Pero todo
cambió cuando comprendieron que había que unirse para sobrevivir. Por otra
parte, las cosas no pueden seguir así: los jefes y las tribus tienen que entender
que han cambiado los tiempos.
—¿Por la presencia de los romanos?
—Sí —replicó Viriato acentuando las palabras—, por los romanos. Los
cartagineses también codiciaban Iberia, y cometían injusticias y robos, pero no
les interesaba más que enriquecerse. Roma tiene hambre de tierras. No desistirá
hasta que nos domine. Si queremos ser libres y vivir según nuestras leyes,
tenemos que luchar unidos. Es difícil, pero esto ha sido el principio y no
podemos detenernos ya.
En aquel momento, se acercó Táutalo para advertir a Viriato de que el
ejército de Vetilio estaba ya a la vista.
—Muy bien —dijo Viriato—. Todos a caballo. Continuaremos la retirada, y
que todos los hombres recuerden las órdenes que se les dieron.
Poco después nos alejábamos de las orillas del Barbésula.
Está aún muy viva la memoria de la batalla trabada en las proximidades de
Tríbola. Muchos hombres con quienes he hablado me miran con un respeto casi
religioso al saber que yo fui uno de los combatientes: sin enterarme, pasé a
formar parte de la leyenda heroica.
Al inicio de la tarde las legiones estaban tan próximas a nosotros que
mirando atrás podíamos distinguir sus insignias. La caballería, distribuida a los
flancos, se adelantaba en la persecución, como si quisiera envolvernos y
cortarnos la huida. En cualquier momento esperábamos la orden de formar para
el combate, pero un suceso inesperado cambió los planes: el cielo, que en los
últimos días se había mantenido claro, se encapotó, y de pronto cayó sobre los
campos una tremenda tempestad de verano. Gritando para hacerse oír por
encima de los truenos, Viriato y Táutalo consiguieron dominar el terror que
amenazaba con dispersar a nuestros hombres, a quienes les explicaron que la
tormenta y la lluvia eran un favor de los dioses, pues venían a facilitarnos la
victoria. Avanzando lentamente bajo la tormenta, nos distanciamos de los
romanos e improvisamos un campamento.
Llovió durante toda la noche, pero al día siguiente el sol se alzó en un cielo
magnífico, sin una nube. Las legiones habían acampado, pero estaban dispuestas
ya para avanzar. Formamos en orden de batalla y Viriato no permitió que los
romanos tomaran la iniciativa. Lanzó el grito de guerra y nos lanzamos al
galope. Después, como habíamos hecho junto a la ciudadela, cuando estábamos
a pocos estadios de la vanguardia romana dimos media vuelta y nos batimos en
retirada.
Me volví, y vi que esta vez el dispositivo de las legiones estaba preparado
para contrarrestar nuestra táctica: los escuadrones iniciaron inmediatamente la
persecución y los siguieron los vélites y los hastarios. El suelo, encharcado por
la lluvia, dificultaba los movimientos de hombres y caballos, pero aun así no
tardamos en descubrir el borde de una masa boscosa.
Ante nosotros, y hasta los primeros árboles, se extendía una franja de terreno
salpicado de charcos. Alrededor de esta zona, roquedales y zarzales inmensos
impedían el avance de los caballos. Sin detenernos, entramos en aquella franja
de tierra dejando que los romanos, excitados por la proximidad de la presa, nos
alcanzaran. Se trabó el primer combate entre los jinetes de ambos bandos
mientras los legionarios de infantería entraban también en batalla. Se oyó
entonces un prolongado toque de trompas y luego, acompasado, un canto de
guerra lusitano. Del bosque salieron miles de guerreros, y los zarzales se
agitaron cuando los hombres que en ellos estaban ocultos aparecieron lanzando
nubes de dardos y piedras.
Al mediodía, terminó la lucha. El terreno era un barrizal rojo cubierto de
legionarios muertos. Contamos cerca de cuatro mil, pero la matanza continuaba
aún y los nuestros daban caza a los romanos que intentaban ocultarse en el
bosque.
Rodeado por Táutalo, Arduno, yo mismo y algunos jefes menores, Viriato
inspeccionó el campo de batalla respondiendo con una vaga sonrisa a las
aclamaciones de los guerreros.
—No tenemos tiempo para quemar todos esos cuerpos —dijo mirando
alrededor—. Tenemos que ponernos en marcha. Los buitres van a darse un
banquete... ¿Están ya preparados los ritos para los cuerpos de los nuestros?
Arduno respondió afirmativamente, y añadió que sólo se esperaba su
presencia para iniciar la ceremonia. Nuestras bajas no rebasaban el medio
centenar, mientras que el ejército enemigo había quedado reducido casi a la
mitad.
Desmontamos y nos dirigimos al lugar donde estaban preparadas las piras.
Después del chaparrón había sido difícil encontrar madera seca. De pronto, un
grito inacabable nos dejó clavados. Táutalo exclamó:
—¿Qué pasa? ¿Hay por ahí romanos escondidos? Lo mejor hubiera sido
organizar patrullas...
Sin responder, Viriato avanzó rápido hacia el lugar de donde había partido el
grito. Fuimos tras él y, tras un peñasco, vimos a un guerrero ocupado en
desnudar sosegadamente a un cuerpo decapitado. Su espalda, con la hoja
chorreando sangre, estaba en el suelo, y del cadáver brotaban borbotones rojos.
Viriato observó el cuerpo y soltó una interjección que hizo que el ejecutor
del romano se detuviera en su acción.
—¿Sabes qué has hecho? —le preguntó al guerrero.
Este le miró con aire beligerante, y respondió:
—He matado a un enemigo. Lo había cogido yo. ¿Qué pasa? Estoy en mi
derecho, y no tengo porqué darte explicaciones. Soy de Conímbriga, y mi Jefe es
Crisso, hijo de...
Pero Crisso, que estaba precisamente detrás de mí, se adelantó y, sin aparente
esfuerzo, le dio un puñetazo que lo tiró al suelo.
—Muérdete la lengua, miserable... —ordenó el viejo túrdulo—. ¿Es así
como miras por mi honor y mi palabra, ¿No he aceptado yo libremente la
jefatura de Viriato, hijo de Cominio? ¿No juré que si nos daba la victoria lo
tendría siempre por jefe?
Viriato esperó a que el hombre se levantara, y volvió a hablar:
—Tienes la disculpa de no saber que en mi hueste no se mata a los
prisioneros que se rinden. Y ese hombre se rindió, pues está desarmado. Pero tú
ya tienes tu testigo, y es mayor de lo que piensas. Mira bien a ese romano.
Obedeció, y todos lo miramos. Con una náusea, contemplé aquel cuerpo
obeso al que la muerte había convertido en un montón de carnes fláccidas... y fui
el primero en comprender. Una rabia asesina se apoderó de mí, pero esperé a que
hablara Viriato.
—¿Lo has mirado bien?
Amedrentado y avergonzado, el conimbrigense hizo un gesto y gruñó:
—Bueno... Es un legionario gordo y...
—No. No era un legionario gordo, era un pretor gordo. Tienes que aprender
a reconocer los distintivos militares del enemigo. Acabas de matar al pretor
Cayo Vetilio. ¿Calculas el rescate que los romanos estarían dispuestos a pagar
por su comandante, por el gobernador de la Hispania Ulterior? Y buena parte de
ese rescate sería para ti, pues tú lo capturaste. Pero veo que te contentas con una
coraza, una túnica manchada de sangre y una espada...
Le volvió la espalda y se alejó. Crisso, que había escuchado con la boca
abierta, soltó una carcajada sombría y volvió a hablar con su guerrero, cuyo
rostro, ahora, era un espectáculo digno de verse:
—Si no fuera que la cosa tiene gracia, acababa ahora mismo contigo...
La calma de Viriato era forzada: se había dominado porque no podía hacer
nada y tenía horror a las expresiones de cólera inútil. Pero, cuando se encontró a
solas con nosotros, los guerreros que luchábamos bajo su insignia, soltó un
suspiro prolongado:
—¡Por Bandioilenaico! ¡Por los dioses todos! ¡Teníamos en nuestro poder a
Cayo Vetilio! Podíamos obligarlo a negociar, dictarle nuestras condiciones,
exigir un rescate que nos garantizara un invierno con alimentos...
Táutalo opinó:
—Por mí, mandaba ejecutar a ese idiota. Crisso no se iba a oponer. No hay
por ahí ningún precipicio para tirarlo, pero eso no es obstáculo. Podríamos...
—No —cortó Viriato—. Ese hombre no tiene la culpa. Es un ignorante, ha
seguido sus costumbres y no fue entrenado. Todos sus antepasados hicieron la
guerra así... Esto es lo que hay que cambiar. Y, ahora, los dioses nos exigen
libaciones y nuestros compañeros muertos quieren los ritos fúnebres. Vamos.
IV

Con la derrota y muerte de Vetilio, los habitantes del valle de Barbésula


sintieron una súbita y entusiasta voluntad de auxiliar a los vencedores y no nos
regatearon albergue, vituallas ni información. Nos enteramos así de que los
últimos restos de las legiones del pretor —unos seis mil hombres más o menos—
se habían retirado a marchas forzadas hacia la costa del Sur para atrincherarse en
Carteia.
Desde esta ciudad, donde, según nos dijeron, reinaba el pánico, el cuestor
había enviado mensajeros a la Celtiberia pidiendo refuerzos con urgencia.
Viriato rechazó las propuestas de los otros jefes, que querían atacar Carteia, y
llevó su hueste hacia el Norte, rumbo a la Carpetania. A quienes le preguntaban
sobre sus planes, respondía: «Hay que enseñar a nuestros hombres a guerrear
contra Roma». Y, de hecho, la disciplina y los ejercicios que había impuesto a
sus jinetes se extendían ahora a todos los demás cuerpos de guerreros. Algunos
no aceptaron el nuevo estilo; Curio y Apuleyo, por ejemplo, prefirieron regresar
a sus tierras, entre el Tagus y el Anas, para volver a sus incursiones y
cabalgadas. Con todo, la mayoría se adaptó bien al nuevo sistema. Cuando al fin
pisamos suelo carpetano, la hueste era ya casi un ejército digno de ese nombre,
con los jefes de los grupos responsables ante el comandante, a quien
manifestaban su opinión, que era oída siempre, y de quien recibían órdenes.
Viriato no nos había llevado a Carpetania sólo para adiestrarnos en
maniobras militares. Conocedor del terreno y de todos los caminos y senderos,
mandó colocar vigías en las rutas que llevaban al Sur de Iberia y dio
instrucciones para capturar vivos a cualesquiera emisarios que por ellas pasaran.
Después, eligió un lugar donde alzamos el campamento y organizó juegos y
competiciones para evitar que permaneciéramos inactivos.
No se detectó ningún mensaje, pero al cabo de unos días, al interrogar a unos
mercaderes que iban en caravana hacia el Sur, obtuvimos las informaciones
deseadas. Duramente castigados por los impuestos con los que el gobernador de
la Hispania Citerior acababa de gravarlos, los mercaderes nos contaron todo lo
que sabían y lo que habían oído en las ciudades por donde pasaron. La derrota de
los romanos en Tríbola era ya conocida, pero las legiones de la Citerior
continuaban en sus acuartelamientos, sin duda porque el gobernador temía
revueltas locales. En contrapartida, había una gran concentración de guerreros de
las tribus titos y belos en las márgenes del río Iberus. Estos pueblos celtibéricos
eran aliados de Roma, y todo llevaba a pensar que se disponían a auxiliar a
Carteia.
Viriato convocó a todos los jefes y les dijo que tendrían que redoblar la
vigilancia en la región a partir de aquel momento:
—Estoy seguro de que los titos y los belos van hacia el Sur, camino de
Carteia, y nosotros vamos a atacarlos aquí, en Carpetania, lejos de sus tierras,
para que no haya pueblos amigos dispuestos a socorrerlos o a informarles de
nuestra presencia... —Y se endureció su expresión al terminar—: No habrá
prisioneros. Son pueblos ibéricos, como nosotros, pero se han aliado con el
invasor romano. Hay que darles una lección que no puedan olvidaría jamás.
La lección fue terrible, y jamás sería olvidada. Cinco días más tarde, nuestras
patrullas avistaron a los celtíberos, unos cinco mil, avanzando a lo largo de un
estrecho valle. Caímos sobre ellos por sorpresa. No fue una batalla, casi me
atrevería a decir que fue una ejecución en masa: el valle quedó alfombrado de
cadáveres. Luego, Viriato ordenó que levantáramos el campamento, y salimos
hacia el Monte de la Diosa, donde decidió establecer los cuarteles de invierno.
Llegaba ya el otoño, y empezaban a caer las primeras lluvias.

Los romanos, que tienen por costumbre apoderarse no sólo de las tierras
ajenas, sino también de los dioses ajenos, le llaman Mons Veneris, en homenaje
a su diosa Venus. Pero el monte —una serranía en el corazón de Iberia— fue
consagrado hace ya mucho tiempo a la gran divinidad lunar, por eso los pueblos
de la región le llaman simplemente Monte de la Diosa. Por lo visto ahora
empieza a imponerse ya el nombre romano: triste signo de los tiempos. Esa zona
es el refugio perfecto para quien la conozca como Viriato la conocía. La sierra
está bordeada al Sur por un río que te sirve de foso defensivo. Desde lo alto de
los desfiladeros es posible vigilar el territorio, y en los poblados dispersos por la
llanura y en las laderas viven gentes amigas, tan celosas de la libertad como
nosotros. No son ricas, pero comparten lo que tienen. Un ejército, viviendo
sobriamente, puede pasar allí todo un invierno con seguridad, o atrincherarse
contra un enemigo superior en número.
Al fin pudimos reposar y reparar los estragos sufridos en armas y corazas.
Vivimos además largos y regalados días de paz, días como no creía yo que
pudieran existir. Mientras los hombres descansaban, nuestro jefe se mantenía en
actividad, como pude comprobar al ver partir en varias direcciones a varios
grupos de mensajeros. Táutalo, a quien pregunté qué estaba ocurriendo, me lo
explicó:
—Viriato esta convocando el mayor consejo de tribus lusitanas que se
recuerda, a fin de confirmar o revocar su elección como jefe militar de todas.
Creo que hace bien. Si queremos seguir resistiendo a los romanos, tiene que
haber una investidura en forma, con juramentos.
Yo conocía ahora a los lusitanos lo bastante para entender las razones que le
llevaban a hacerlo, y me limité a observar:
—Me pregunto qué va a pasar luego... quiero decir qué va a hacer el jefe
cuando llegue la primavera.
Táutalo se encogió de hombros:
—Eso es fácil de prever. Reanudaremos la guerra. Lo que me gustaría saber
es qué hará Viriato cuando la hayamos ganado, porque seguro que la gana. Lo
conozco bien, y sé que tiene la cabeza llena de ideas.
Nos liamos entonces a hablar de Viriato, de aquella astucia genial con que
nos libró del cerco, de la derrota de Vetilio y de las cualidades de nuestro jefe.
Estábamos en estas cuando yo —que era aún lo bastante joven como para dar
importancia a aspectos de la conducta de los hombres que hoy me parecen muy
secundarios— le dije a Táutalo:
—Hay algo que no entiendo. Con relación al jefe, quiero decir. Desde que
estoy con vosotros... nunca lo vi con una mujer.
Yo, por mi parte, había estado con varias, y lo hacía siempre que se me
presentaba la ocasión, pero, puedo jurarlo, nunca forcé a ninguna, al menos
físicamente. Las esclavas que me habían tocado en suerte tras los saqueos, se
habían mostrado siempre relativamente razonables, y algunas hasta satisfechas.
Táutalo se rió por lo bajo:
—¿Te sorprende, eh? Pues bien, es que no conoces a Viriato como lo
conozco yo. Eso es algo natural en él. No me interpretes mal, no se trata de la
preferencia opuesta. Viriato no es un Curio a quien falta su Apuleyo... ¿o es que
no lo sabías?
Ante mi aire de asombro, se echó a reír a carcajadas. Recordé entonces
ciertos detalles en que había reparado mientras combatí bajo la insignia de los
dos príncipes. Divertido con mi ignorancia, Táutalo me dijo lo que todos sabían:
Curio y Apuleyo habían llevado muy lejos los efímeros lazos que a veces se
establecen entre guerreros en campaña cuando escasean las mujeres.
—Y, para ellos, es muy cómodo —siguió diciendo Táutalo. Y continuó—:
Pero, volviendo a Viriato, el caso es diferente. El jefe es hombre de una sola
mujer, y esa está muy lejos.
Me contó entonces que Viriato, siendo casi un niño, se había enamorado de
la hija de un riquísimo propietario del valle del Tagus. Su amor fue
correspondido, pero aún no habían podido casarse, porque Astolpas, el padre de
Tangina, estaba muy orgulloso de su riqueza, y Viriato era pobre.
—Pero ya verás como se casan —concluyó Táutalo—, porque Viriato
consigue todo lo que se propone... y hasta entonces, está a la espera. Para él, no
hay otras mujeres. No es un hombre como nosotros, tienes que entenderlo. La
guerra y las responsabilidades del mando, igual cuando éramos diez que ahora,
cuando somos miles, lo absorben de tal modo que exigen toda su energía
disponible. Cuando llegue la hora, Tangina va a ser una mujer feliz. Al menos,
no tendrá que preocuparse con las infidelidades del marido... Y no podrá decir lo
mismo tu esposa, que eres un golfante, muchacho...
A Táutalo le divertía enormemente mi éxito con las mujeres. También él
tenía grandes apetitos (gastronómicos y sexuales), y los satisfacía de manera
sencilla, sin preocupaciones sentimentales. Por regla general, caía simpático a
las mujeres, y por eso no se sentía celoso ante los éxitos de los demás.
Hablábamos a la entrada del campamento, junto a una fuente, pero era ya la
hora en que Táutalo tenía que hacer su ronda de centinelas. La hacían día y
noche, sin interrupción, los comandantes de la tropa. Táutalo se despidió. Para
pasar el rato, decidí dar un paseo explorando las inmediaciones.

El día era hermoso. El aire, frío y estimulante, cargaba el aroma de la tierra


húmeda. Trepé por los roquedales, atravesé riachuelos, y, casi sin darme cuenta,
llegué a uno de los poblados, que era sólo un conjunto de chozas hechas con
piedras apiladas en seco. Pastaba un rebaño por allí, y podía oír los ladridos del
perro. Fui en busca del pastor, para charlar con él un rato, pero vi que el rebaño
estaba custodiado por una muchacha rubia, aún una niña, que clavó los ojos en el
suelo cuando me vio. El perro vino a la carrera, dispuesto a atacarme, y no se
detuvo hasta que se lo ordenó la muchacha, que se quedó mirando para mí,
desconfiada y vigilante.
—Buenos días —dije—. No tengas miedo. No voy a hacerte nada.
La chica levantó la cabeza y sonrió. Era tan bonita que sentí que me quedaba
sin respiración, pese a que era sólo una niña —tendría quizá doce años—, y
apenas pude oír su respuesta, dicha en voz muy leve:
—¡Ah! Tú eres de la hueste de Viriato. ¿Por qué me miras así?
Me estremecí, moví la cabeza y busqué una razón aceptable.
—Quedé sorprendido al ver que conocías a mi jefe...
—No lo he visto nunca, pero todo el mundo lo conoce. Es un hombre muy
valiente y muy bueno ¿verdad? Y ganó muchas batallas.
—Sí, es verdad. Ganó muchas batallas, es un gran guerrero, pero también un
hombre justo.
Me senté en una piedra y la miré de nuevo, sintiendo el mismo placer que
había experimentado la primera vez.
—Seguro que a los hombres de tu familia les gustaría luchar a las órdenes de
Viriato.
Se iluminó el rostro de la muchacha, pero la respuesta acentuó mi
desconcierto:
—Ya no hay hombres en mi familia. Murieron todos en la guerra. Sólo me
queda mi madre. Por eso guardo yo el rebaño.
—¿Cómo te llamas?
—Sunua. ¿Y tú?
Le dije mi nombre y permanecí en silencio, sin saber qué más decir. Sunua se
encargó de seguir hablando y me contó toda su vida, pequeños episodios de la
existencia sencilla de una chiquilla que nunca había salido de su aldea natal. Yo
no me aburría, me parecían graciosos sus movimientos, su voz, su manera de
agitar la larga cabellera dorada. Acabé por olvidarme del tiempo, allí sentado,
oyendo su parloteo.
El sol se había desplazado ampliamente en el cielo, tanto que me di cuenta
del cambio de las sombras. Me levanté, batí con los pies en el suelo para
desentumecerme, y me despedí, no sin que Sunua, antes, me presentara al perro:
—Se llama Ceniciento, por su color —explicó.
Y Ceniciento, convencido ya de mis buenas intenciones, se dejó acariciar.
Me alejaba en dirección al campamento cuando oí la pregunta de Sunua:
—¿Vendrás mañana?
Me sorprendí respondiendo que sí, y lo hice sin saber por qué. Y a la mañana
siguiente, allí estaba, tras haber soñado con la muchacha toda la noche.
Así empezó una extraña amistad entre Sunua y yo —extraña porque nada
había, aparentemente, que pudiera vincular a un chico de diecisiete años (que
orgullosamente se consideraba hombre hecho y derecho) con una chiquilla de
doce. Pero lo que más me preocupaba era mi certeza de que no podría hablar de
ella con ninguno de mis camaradas, ni siquiera con Táutalo o Arduno, a quien
me unía una gran amistad. Era aquella una relación secreta, sin que hubiera
ninguna razón para que lo fuera —a no ser el temor a que se burlaran de mí
sabiendo que pasaba mi tiempo libre en compañía de una pastorcilla. Con todo,
los primeros días, logré engañarme a mí mismo diciéndome que Sunua había
despertado en mí sólo una ternura oculta: la ternura por la hermana menor que
nunca había tenido.

Uno a uno regresaron los mensajeros trayendo respuestas. No todos los


pueblos habían aceptado el llamamiento, pero un gran número de jefes y
notables estaba dispuesto a comparecer en el consejo convocado por Viriato. Por
suerte, el tiempo era seco y no se creía que pudiera haber grandes atrasos, y así
fue posible pensar en una fecha precisa. Mientras llegaba el día, Viriato nos
obligó a hacer ejercicios y maniobras en las que gastábamos las energías
acumuladas y se perfeccionaba nuestro entrenamiento. Empezaron a llegar los
jefes con sus escoltas: en torno del campamento surgió una nueva ciudad de
tiendas de campaña.
Todos los días, cuando terminaban los ejercicios, me daba un baño rápido en
el agua helada que llenaba la pila de piedra, junto a la fuente, y salía en busca de
Sunua. Nos encontrábamos a escondidas, como dos chiquillos que planean una
travesura, y pasábamos el tiempo hablando de cosas sin importancia o guardando
grandes silencios. Pero cuando volvía al campamento, iba yo feliz como un rey.
Un día, apareció Sunua vestida de blanco y con una brazada inmensa de
hojas cogidas en las márgenes de algún riachuelo, pues venían aún goteando.
Parecía una diosecilla pisando levemente la hierba que cubría el suelo. Para que
no sintiera frío, tendí mi manto en la roca, y se sentó en él.
—Como en esta época del año no hay flores bonitas, traje plantas...
—¿Para qué?
Fingió un aire de misterio:
—Ya verás...
Y continuó, aún más seria:
—Quiero pedirte algo...
—Todo lo que quieras, si está en mi mano dártelo.
Sunua apuntó a mi barbilla:
—¡No te dejes crecer más la barba!
Desde que me uní a la hueste de Curio y Apuleyo, me había dejado crecer las
melenas, y llevaba barba para no parecer un romano.
—¿Por qué? ¿No te gusta?
—No me gusta verte así, con un aspecto terrible, lleno de pelo, como los
otros. En mi padre, o en mi hermano, no me importaba, pero contigo es
diferente. No puedo ver tu cara si está llena de pelos ¿entiendes? ¿Me lo
prometes...?
Le dije que sí, y me puse colorado, cosa que me irritó. Para alejar ideas
importunas, volví a preguntarle:
—¿Y qué vas a hacer con esas plantas para parecer una diosa?
—¿No lo ves?
Con rapidez y habilidad iba trenzando los tallos para formar una corona de
verdor. La terminó de hacer, se acercó a mí y me la puso en la cabeza. La ajustó
cuidadosamente, y retrocedió para comprobar el efecto.
—¡Te queda tan bien... No la quites!
Yo había arrancado la guirnalda e, imitando sus gestos, se la coloqué sobre la
dorada cabellera.
—Te queda mejor a ti —dije— aunque no necesitas coronas
Inesperadamente, Sunua me echó los brazos al cuello.
—¿Eso crees? ¡Ah, Tongio, es que tú... tú... eres tan guapo!
Si no hubiera sonreído, yo hubiera podido resistirme pero al ver aquel rostro
lleno de luz tan cerca del mío, al sentir sus brazos apretados a mí, aquello fue
superior a mis fuerzas. La abracé lentamente, como si temiera hacerle daño. En
un último vislumbre de lucidez, intenté imprimir a mi abrazo una intención
fraterna, y le di un rápido beso en la punta de la nariz, pero Sunua no se soltó,
sino que se acercó más a mí, y me besó en la boca, torpemente, con avidez.
Creo (sí, lo creo aun hoy) que los dioses arrebataron nuestros espíritus y los
llevaron fuera de este mundo, hacia un lugar reservado a los amantes. Cuando,
con una conmovedora ternura, dejó ella deslizar la mano que sostenía mi nuca y
alejó sus labios de los míos, me pareció haber vivido miles de años... sé muy
bien que todos los enamorados deben de sentir algo semejante, pero yo lo sentía
de una forma tan intensa que me atemorizaba.
Así se transformó nuestra amistad en algo distinto, en una relación de la que
yo no sabía huir, una dulce fiebre que se había infiltrado en mi sangre. Fueron
días de éxtasis y, de sufrimiento, días de tortura y de encanto, llenos de actos de
amor no consumados V poblados de sueños de ternura. Hoy, ya no siento ni
culpa ni remordimientos. Los dioses quisieron que yo viviese aquello, y se
cumplió su voluntad. Pero, por ser todo tan intenso, tenía también que ser muy
corto.
V

Llegó el día de la asamblea. Hablando ante los Jefes, príncipes y reyes de


Lusitania, recordó Viriato los crímenes del invasor romano, los abusos de los
pretores, la avidez de los magistrados, la doblez de los generales. Relató —
aunque ya todos la conocían— la historia de nuestra expedición, y advirtió que si
realmente los lusitanos querían la libertad, deberían pensar que la guerra sólo
había empezado. Roma debería enfrentarse con un solo ejército y un solo
general, no con un conglomerado de grupos desordenados. Los otros pueblos
ibéricos, al ver nuestro éxito, no tardarían en unirse a nosotros en una
confederación militar... Había llegado el momento de elegir un jefe único, y él,
Viriato, se ofrecía, con sus hombres, para luchar bajo las órdenes de quien fuera
elegido.
Un clamor interrumpió sus palabras. Ya no se trataba de un simple jefe de
tribu que hablaba, como cualquier otro, en una asamblea. Ahora, él era el
salvador de la expedición lusitana, el vencedor de Vetilio. No hubo debate, sólo
una aclamación espontánea. Al caer la tarde, ante las aras alzadas en honor de
los dioses de la guerra, Viriato fue consagrado y colocaron en sus brazos las
virias de oro, símbolo del mando supremo. Se cumplía con extraña precisión el
significado antiguo de su nombre, Viriato: «el que ha sido investido con las
virias»... Nosotros, los guerreros de la insignia del toro, radiantes de orgullo, lo
llevamos en hombros, defendiéndolo de la multitud. Al fin los lusitanos tenían
un jefe capaz de luchar contra el opresor y superar la gloria efímera de Púnico,
Cesáreo y Cauceno.
Un día después de la investidura de Viriato, empezó a llover, y las fuentes del
cielo chorrearon casi ininterrumpidamente durante una quincena. Nuestros
guerreros se vieron obligados a improvisar abrigos, sobre todo los montañeses,
que, como solían hacer en sus riscos nativos, tenían el hábito de dormir a la
intemperie, cubiertos con pieles.
Viriato no desperdició este período de forzada inmovilidad. Del mismo modo
que había entrenado a sus tropas en el combate a campo abierto, entrenaba ahora
a sus jefes y se esforzaba en organizar un verdadero estado mayor formado por
hombres que lo conocieran bien y que se conocieran entre sí. Naturalmente,
Táutalo era el «número dos», un hombre fiel hasta las últimas consecuencias,
bravo en el campo de batalla y capaz de imponer disciplina. Le faltaba
creatividad, intuición estratégica. También yo formaba parte del grupo, con
Arduno, Crisso y los ursenses Audax, Ditalco y Minuro. Estos tres últimos no
me gustaban nada, especialmente Audax (los otros dos estaban dominados por
él). Admito que no le faltaba valor, pero por lo poco que había visto de su
comportamiento, era hombre ávido de riquezas, aunque en presencia del jefe
Viriato se esforzara en disimular esta avidez.
En cambio, me entendía bien con Arduno, el vetón. Tenía dos años más que
yo, y era un muchacho inteligente y de raciocinio rápido. Lo que más me atraía
en él era su curiosidad. A lo largo de mi vida, en el curso de los muchos viajes
que hice, me encontré a veces con hombres así, con interés por todo lo que les
rodeaba, siempre dispuestos a observar y estudiar las virtudes de las hierbas o el
comportamiento de los animales. Si Arduno supiera leer y escribir, si viviera en
algunas de las ciudades que yo visité, sin duda sería rico y famoso. Pero se sentía
feliz tal como era y compensaba su ignorancia con una memoria prodigiosa. Yo
me había ofrecido para registrar por escrito algunas de sus ideas, pero me resultó
imposible, pues sólo tenía una tablilla que les había cogido a los romanos cerca
de Gadir, y la cera estaba ya casi inutilizable por lo mucho que me había
ejercitado con ella para no perder la práctica.
Todos los días, al anochecer, nos reuníamos con Viriato para discutir nuevos
planes de guerra. Él oía siempre las sugerencias que le hacíamos, pero, en
definitiva, su proyecto acababa siempre por recibir la aprobación unánime, pues
era el mejor.
Cuando cambiara el tiempo, saldríamos hacia el Norte, e intentaríamos
conseguir la adhesión de los vetones y de los vacceos a nuestra causa, porque,
como decía el jefe, «es preciso alzar a Iberia toda, tanto a los pueblos libres
como a aliados de Roma.»
Le pregunté si creía posible convencer a todos esos pueblos para que
aceptaran un jefe lusitano. Él replicó:
—Va a ser muy difícil. Primero tenemos que hacer que se alcen contra los
romanos. Luego, ya veremos... La única esperanza es que acaben por entender
que no hay otro modo de combatir a los romanos. Mientras tanto, tenemos otras
tareas más urgentes: hemos derrotado a las legiones de Vetilio, pero queda el
ejército de Unímano.
El pretor Claudio Unímano era el gobernador romano de la Hispania Citerior.
Desde la derrota de Vetilio no habíamos tenido noticias de él ni de sus tropas, y
Viriato no quería correr el peligro de un ataque inesperado. Por otra parte, la
derrota de Unímano sería un argumento de mucho peso en sus esfuerzos por
provocar la sublevación de Iberia. Decidido a no perder tiempo, ordenó que nos
dispusiéramos todos para levantar el campamento en cuanto los cielos lo
permitiesen.
Al fin llegó el día en que las nubes desaparecieron, y los sacerdotes, tras
observar el vuelo de los pájaros y las venas de las víctimas inmoladas,
anunciaron que podíamos ponernos en marcha. Hartos de inactividad, los
lusitanos se prepararon con entusiasmo.

También yo acogía con alegría al sol y la perspectiva de nuevos combates,


pero esa alegría venía envenenada por la idea de que tendría que separarme de
Sunua.
Ella me oyó sin sorpresa, haciendo la posible por dominarse. Pese a su
juventud, conocía la partida de los hombres de la tribu hacia la guerra, y sabía
portarse como si fuera la esposa de un guerrero. Me sentí sumergido en una
oleada de ternura al verla haciendo esfuerzos desesperados para mantener esa
actitud, con los ojos llenos de lágrimas y la barbilla estremecida.
En el momento en que me disponía a dejarla, saqué del dedo mi pesado
anillo de plata, regalo de mi madre, y se lo tendí, pidiéndole que lo guardase.
Sunua se negó.
—Ese anillo me lo darás cuando vuelvas, porque cuando vuelvas nos
casaremos... Tongio, también tú lo deseas ¿verdad? Si me dijeras que no, me
moriría, estoy segura...
Sí, deseaba casarme con ella, le respondí (y era sincero), pero no sabía
cuándo iba a regresar. El anillo sería un recuerdo, y prenda de nuestro noviazgo.
Pero Sunua volvió a negarse. Y, después de besarme largamente, dijo con tono
solemne:
—No necesito un anillo para acordarme de ti. Y ya tengo una prenda de
noviazgo, porque estoy encinta: espero un hijo tuyo.
Di un salto y empecé a decirle que eso era imposible, pero no me dejó
terminar:
—No me digas nada. Yo quería ese hijo, por ser tuyo. No podía dejarte
marchar así. Va a ser un niño. Sé que será un niño, y tú volverás, por mí y por él.
La abracé con desesperación. Hubiera querido llorar y reír al mismo tiempo,
besarla y colocarla sobre un altar para llevarle ofrendas como si fuese una
divinidad. Me faltó valor para decirle que no habíamos consumado el único acto
de amor que transforma a una virgen en mujer —no me había atrevido, por
miedo a entristecerla, por escrúpulos y, extrañamente, las caricias de ternura
habían bastado, por primera vez.
¿Pero cómo iba a decirle esto, viendo la alegría y el orgullo con que ella me
había dado la «noticia»? Me callé. «Un día aprenderá», pensé, «cuando yo
vuelva, si no muero en la próxima campana. Ahora, ¡es aún tan niña!»
Me incliné sobre el rostro infantil de Sunua, la besé una vez más, y me puse
en marcha, sin mirar atrás.

De los vetones, obtuvimos la promesa de auxilio en todas nuestras


operaciones de guerra contra los romanos, y algunos centenares de sus hombres
se unieron a sus hermanos de raza que combatían ya bajo las órdenes de Viriato.
Arduno, que como vetón fue elegido para iniciar las conversaciones, apenas tuvo
trabajo: su pueblo era un aliado tradicional de los lusitanos y había ya una larga
historia de expediciones conjuntas. Viriato era admirado ni respetado por ellos.
Después de muchos banquetes, juegos y ceremonias, fuimos al encuentro de
los vacceos. Arduno conocía bien a este pueblo, y me contó cosas curiosas.
Como a los lusitanos, les apasiona la guerra, pero tienen hábitos peculiares. Por
ejemplo, ni su rey ni los nobles poseen tierras de labrantío. La tierra pertenece a
todos los hombres libres, y todos los años se sortea en lotes que las familias
cultivan. El producto de las cosechas se almacena en silos comunes y se
distribuye entre los cabezas de familia según el número de personas que de ellos
depende. El rey y los ancianos velan para que no haya irregularidades, y quien
oculte una parte de la cosecha antes de efectuada la distribución, es condenado a
muerte. Me dijo Arduno que el sistema funciona bastante bien.
Los vacceos nos desilusionaron. Proclamaron su amistad hacia los lusitanos,
su odio a Roma y su buena disposición para combatir, pero, dijeron, sólo
entrarían en campaña cuando sus dioses se lo ordenasen.
Viriato no se desalentó —no solía hacerlo. Los vacceos, declaró, acabarían
por rendirse a la evidencia. Mientras tanto, ordenó que se construyeran fuertes
arietes y, por sorpresa, atacó Toletum, a la orilla del Tagus. Aquella fue mi
primera experiencia en asaltos a ciudades, que es el trabajo militar que menos
me gusta, porque es imposible contener los excesos de los guerreros contra los
habitantes cuando ceden las murallas y los soldados invaden las calles como un
río mortífero. Pero, en fin, la guerra es así, y siempre ha ocurrido de este modo
desde que el mundo existe. Y, por lo que me dijeron los veteranos, cualquier
ciudad preferiría ser tomada por Viriato que por cualquier otro jefe, bien fuese
ibérico o romano.
Después de Toletum atacamos Segovia y Segóbriga, aliadas de Roma —y,
por serlo, fueron castigadas con especial ferocidad. Llegaron entonces noticias
del Sur, diciendo que un nuevo ejército, mandado por el sustituto de Vetilio,
acababa de desembarcar con la expresa voluntad de vengar la humillante derrota
de Tríbola. Viriato pensó que sería mejor que los legionarios no tuvieran tiempo
suficiente para habituarse al suelo de Iberia, y atravesamos el Tagus hacia el Sur.

Si alguien tuvo razones comprensibles para odiar a Viriato, ese fue sin duda
el pretor Cayo Plaucio Hipseo. Enviado para gobernar la Hispania Ulterior,
llevaba como tarea castigar a los «bárbaros», pacificar la Bética e imponer un
saludable respeto a los conios, que mostraban indicios de agitación. El Senado le
había confiado para esta tarea un ejército de diez mil hombres de infantería,
reforzados con mil trescientos jinetes.
Plaucio debió de pensar que bastaría un paseo militar mostrando las águilas
de las legiones, y no tuvo la preocupación de informarse suficientemente sobre
la derrota de Vetilio. De todos modos, Viriato hizo con él lo que le vino en gana:
recurriendo al ardid que nos había dado la victoria, atrajo al pretor a las
márgenes del Tagus, simuló un ataque y se batió luego en retirada. Plaucio lanzó
contra nosotros un destacamento de cuatro mil hombres que fue completamente
aniquilado en una emboscada. Después volvimos a atravesar el Tagus y nos
acercamos al Mons Veneris, donde Viriato esperó los acontecimientos.
Los romanos siguieron nuestro rastro y volvieron a caer en otra trampa. Con
su ejército destrozado, aterrado por nuestra caballería (y sintiéndose en la
situación del pobre Vetilio), Plaucio se lanzó a una fuga desordenada. Su pánico
fue tal que no paró hasta llegar a Corduba, donde estableció cuarteles de
invierno, pese a que aún estábamos en verano. No volvimos a oír hablar de él.
Muchos años después supe que lo llamaron a Roma, que tuvo que informar ante
el Senado y que lo condenaron al exilio. Pero en aquel momento nuestros
informadores sólo sabían que Plaucio estaba en cuarteles de invierno, lo que
dejaba a Viriato manos libres para continuar la guerra en la Citerior.
También trajeron otras noticias los emisarios. El jefe, tras oír los informes,
los despidió agradecido, colmándolos de regalos, y luego me llamó. Acudieron
también Táutalo, Crisso y Arduno. Lo encontramos en un claro del bosque, solo,
con aire preocupado.
—Ha caído Cartago —nos dijo bruscamente.
Hubo un silencio incrédulo; luego, Táutalo balbuceó:
—¿Cómo es posible? ¿Cartago?
—La ciudad, incluso la ciudad, ha sido tomada y arrasada por los romanos
—precisó Viriato—. Cartago es ahora un montón de ruinas. Cartago se acabó.
Nadie creería posible una cosa así. La presencia cartaginesa en Iberia había
terminado hacía mucho tiempo (y sin dejar demasiado buen recuerdo, realmente)
pero la ciudad, poderosa aún, seguía sosteniendo la guerra con Roma.
Su caída era impresionante, pensé yo, e iba a alterar completamente el
equilibrio del mundo.
Sin duda, Viriato había pensado lo mismo, pues dijo:
—Ha caído, y tarde o temprano vamos a sufrir las consecuencias. Los
cartagineses eran la arena en la sandalia de Roma... ahora, sin ella, tendrán más
tropas disponibles para lanzarlas contra nosotros.
Y añadió luego, aunque con voz diferente:
—Es una razón más para intentar no perder tiempo. Mañana empezaremos la
campaña contra las legiones de la Citerior.
La guerra contra el pretor Claudio Unímano se resolvió en dos batallas:
aplastamos a sus tropas, cuyos efectivos quedaron reducidos a la mitad, y
capturamos sus estandartes —vergüenza suprema para los legionarios. Cargados
de despojos, emprendimos el regreso al Mons Veneris, mostrando, a nuestro paso
por la Carpetania, las águilas arrebatadas a los romanos.

Estaba ansioso por ver de nuevo a Sunua, y en cuanto me lo permitieron mis


deberes de guerrero, tomé un baño en la fuente, como había hecho siempre antes,
me puse mis mejores ropas y fui a verla.
No la encontré en los lugares por donde solía andar con las cabras, y decidí
entonces acercarme al poblado, lo que me obligaba a hacer un camino mayor.
Estaba el cielo cargado de nubes oscuras y amenazadoras, pero no tuve ánimo
para volver al campamento sin ver primero a la muchacha. Iba sonriendo para mí
al recordar su decisión: ¡nos casaríamos cuando yo volviese! ¿Por qué no? El
tiempo había pasado deprisa, pero había pasado. Es increíble la rapidez con que
una muchacha se convierte en mujer. Sunua debía de haber cumplido ya los trece
años, y yo tenía ya dieciocho. La diferencia de edades no era muy grande, y
acabaría por equilibrarse. Nos casaríamos, y yo podría darle el hijo que ella
había creído esperar... qué inmensa debió de ser su desilusión! Pero todo se
desvanecería cuando nos encontráramos...
Pese a todo, al ver a lo lejos las chozas del poblado me sentía incómodo ante
la perspectiva de hallarme ante la madre de Sunua y tener que decirle: «¿Dónde
está tu hija? Quiero casarme con ella...».
Me detuve al pie de un árbol para ordenar mis ideas. Pasó una vieja y
masculló un saludo (ya conocían el regreso de la hueste todos los de la sierra). Y
entonces se me ocurrió que quizá ella supiera dónde estaba Sunua.
La vieja me midió con los ojos, y empezó a decir:
—¡Qué disparate! Sunua...
Y se quedó callada, mirándome.
—Espera, espera, tú serás sin duda Tongio, el guerrero de Viriato. Pues mira,
ahora lo entiendo todo... Sí, sí, lo entiendo... Sunua, pobrecita, hablaba mucho de
ti. Te llamaba siempre, muchas veces, antes de morir.
Me quedé inmóvil, helado. Dejé de oír durante un rato la cantilena de la
vieja. Sólo retuve las palabras «enfermedad» y «delirio», nada más, hasta que se
dio cuenta de que yo no la oía, y se calló. Sus ojos me devoraban, hambrientos
de curiosidad.
Hubiera querido estar muy lejos. La mujer, con su apetito agudizado ante la
historia del guerrero-de-la-hueste-lusitana-enamorado-de-Sunua-muerta, quería
llevarme a la aldea, pero aquello era excesivo para mí. Providencialmente,
resonó un trueno inmenso anunciando la tempestad. La vieja se desgañitó en una
afligida letanía a los dioses de las tormentas. Corté su discurso poniéndole bajo
la nariz dos monedas de plata.
—Son para ti, para que me hagas un favor, pero si lo prometes y no lo
cumples caerá sobre ti una maldición infalible que va oculta en estas monedas.
Quité del dedo mi anillo de plata y se lo entregué.
—Llévaselo a la madre de Sunua. Le había prometido este anillo, cuando
volviera...
La mujer intentó aún retenerme con manifestaciones de gratitud y juramentos
y no sé qué más. Pero las primeras gotas de lluvia la hicieron desistir y partió a
toda prisa hacia la aldea.
Me volví hacia el campamento. Caminaba tan lento que la lluvia cayó sobre
mí a lo largo del camino, pero ni me di cuenta. Llegaría empapado, y nadie
notaría que volvía llorando. Iba avanzando bajo las cataratas de agua que me
golpeaban la cara y se mezclaban con las lágrimas.
VI

He oído decir a hombres de experiencia que la guerra cura muy rápidamente


las heridas del alma: metido en un combate, empeñado en sobrevivir por la
muerte del adversario, no tiene uno tiempo para sufrir. No sé si el dicho es
verdadero, pues semejante remedio me fue negado por los dioses. Aquel año, la
campaña contra Unímano nos trajo una victoria tan rápida que apenas había
empezado el otoño cuando estábamos ya de vuelta en el Monte de la Diosa. Las
expediciones militares quedaban en suspenso hasta la primavera.
Empezó entonces una lenta tortura: no había rincón de la sierra que no me
hablara de Sunua. Por las noches, una y otra vez, se me aparecía en sueños,
riéndose o abrazándome, o bien angustiada, gritando que había perdido nuestro
hijo. Luego, de pronto, desaparecía, y yo me despertaba cubierto de sudor, pero,
al dormirme, volvían a empezar las pesadillas. Un día, ya a fines del invierno,
empecé a gritar en pleno sueño, me despertó mi voz, y vi un rostro muy cerca del
mío: era Arduno. Me obligó a salir de la tienda, cubierto bajo su propio manto, y
me llevó hasta la hoguera más cercana, y sin decir ni una sola palabra, me dio
vino. No pude contenerme, y le conté mi secreto.
Arduno era demasiado inteligente para intentar discursos de consuelo. Me
oyó en silencio y, cuando acabé, me invitó a ir de caza con él a la mañana
siguiente, «para alejar las sombras de la muerte y, también, para mantenernos en
forma, pues vas a necesitar todas tus fuerzas...» El final de la frase iba destinado,
claro está, a aguzar mi curiosidad. Le pedí que se explicara, y así lo hizo:
—Si no hubieras pasado el día entero tan solo como un oso en invierno,
sabrías que han llegado noticias de la Bética. Noticias frescas: el mensajero salió
de Urso hace dos semanas. A propósito, por más que Audax te disguste, tienes
que admitir que nos es muy útil, ha sido él quien más ha ayudado al jefe a formar
una red eficaz de informadores.
—Bien. Admito lo que quieras. ¿Pero qué noticias son esas? —corté
impaciente.
—Pues bien: el Senado romano ha enviado a Iberia un nuevo ejército. Y... a
ver si adivinas la distinción que Roma nos ha concedido... A que no... Pues
Roma ha decidido mandarnos uno de sus cónsules. Se llama Emiliano. Quinto
Fabio Máximo Emiliano. Es el nuevo gobernador de la Ulterior, y debe de haber
desembarcado ya.
—¿Y el ejército?
Arduno frunció el entrecejo.
—No sabemos cuántas legiones lo componen, pero es un ejército consular, y
eso quiere decir que nos dará que hacer. Bueno, y ahora, si puedes, duerme un
poco, porque te juro por todos los nombres de Bandua que vendré a despertarte
antes de que salga el sol. ¡La caza nos está esperando!
Viriato decidió que antes de enfrentarnos al cónsul mediríamos fuerzas con
el nuevo magistrado de la Citerior, el pretor Cayo Nigidio, a fin de evitar el
riesgo de que nos cogieran en tenaza los dos ejércitos romanos. Así, apenas llegó
la primavera abandonamos el Mons Veneris, lo que constituyó un auténtico
alivio para mí. Estaba ansioso por combatir y olvidar mi tristeza. Además, había
empezado a odiar a aquella tierra que me parecía maldita (digo «parecía», pero
ahora estoy seguro de que la Diosa debió de abandonarla, resentida quizá por
alguna ofensa que le harían allí).
Cayo Nigidio no era mejor general que sus antecesores, y se mostró incapaz
de responder a la táctica de Viriato, basada como siempre en la movilidad y en la
rapidez. Dejamos al pobre pretor con un territorio devastado y en pleno caos, y
seguimos hacia el Sur, en busca de Emiliano.
La red de información tejida por Viriato (y que en contra de lo que Arduno
creía, estaba muy lejos de deberse sólo a los méritos de Audax) seguía
trabajando. Nos enteramos así de que el ejército consular se componía de
diecisiete mil hombres, pero el grueso de sus efectivos estaba formado por
reclutas inexpertos. Esto era un misterio para nosotros. SI, como se decía, el
nombre de Viriato causaba terror en Roma (y era verdad), ¿cómo se explicaba
que enviasen a Iberia legiones sin experiencia, cuando tenían las tropas
perfectamente adiestradas que habían acabado con Cartago?
Hoy sé los motivos. El Senado era un avispero donde hervían las intrigas, y
Emiliano había sido víctima de una de las muchas conspiraciones en que Roma
se complacía. Pero, en aquella época, un ejército de novatos nos parecía un favor
de los dioses.
La hueste lusitana avanzó por la Bética sin encontrar apenas resistencia.
Emiliano, después de establecer bases en Urso y en Gadir, evitaba el combate y
se limitaba a sostener pequeñas escaramuzas. Podría hablar de ellas aquí, pues
algunas fueron verdaderas obras maestras de astucia por parte de Viriato, pero
creo que sería aburrido describir una larga serie de victorias sin importancia.
Aquel año, los principales acontecimientos fueron las conquistas de dos
ciudades: la primera fue Itucci, un importante punto estratégico, situado en lo
alto de un roquedal. La tomamos sin lucha, pues los habitantes nos abrieron las
puertas para recibirnos en triunfo.
La segunda ciudad fue la propia Urso, que había sido evacuada por Emiliano.
Los habitantes no sufrieron mucho, pues la resistencia fue débil y muchos en los
pobladores de la ciudad simpatizaban con nuestra causa. De todos modos, pude
confirmar (e incluso reforzar) mi opinión sobre Audax, Minuro y Ditalco: fueron
ellos los primeros en proponer el saqueo generalizado de los bienes de sus
conciudadanos, con el pretexto de que Urso había aceptado el yugo romano.
Viriato mostró su desacuerdo y prohibió saqueos y violencias, con gran enfado
de Audax. Supongo que él y sus amigos, sabiendo cuales eran las casas más ricas
de la ciudad, vieron una hermosa ocasión de acrecentar su propia fortuna.
Comenté el asunto con Táutalo, pero me abstuve de hablar con Viriato para que
no pensara que yo tenía algo personal contra los tres inseparables amigos.
La entrada de los lusitanos en Itucci y en Urso, y la casi absoluta pasividad
del cónsul, alentaron a otras ciudades a expulsar a las guarniciones romanas y a
proclamarse aliadas de Viriato. El año terminaba, pues, con gloria y beneficio
para nosotros. Pese a todo, nuestro jefe no compartía esa euforia. Al contrario,
parecía más serio y cerrado que nunca. Mediado el otoño suspendió las
operaciones, eligió un lugar como cuartel de invierno, lo mandó fortificar y
reunió a sus consejeros. Nos dijo que había que trazar los planes para el año
siguiente, que, según preveía, iba a ser muy duro.
Nos miramos sin comprender. Crisso, que con la edad se iba haciendo cada
vez más malhumorado e impertinente, se quejó del pesimismo de Viriato. ¿Qué
más quería nuestro jefe? ¿No dictaba su voluntad en toda la Bética? ¿No
habíamos derrotado acaso a Nigidio y a Emiliano?
Viriato lo escuchaba de pie, inmóvil. Un desmayado sol de otoño arrancaba
reflejos dorados de los brazaletes que servían como insignias de mando.
—No tengo razones para quejarme de nuestros hombres —dijo al fin—, pero
parece que todos olvidáis algo importante: Emiliano tiene su ejército casi intacto,
y son diecisiete mil legionarios. Tongio, voy a recurrir a tus conocimientos. Aquí
tengo un mensaje escrito. Va dirigido a Quinto Fabio Máximo Emiliano, en
Gadir. No dice nada importante para nosotros y sólo quiero que leas el principio
y me digas si ves alguna palabra extraña.
Lo miré sorprendido, y él sonrió levemente:
—No, no es que haya aprendido a leer de un día para otro, no tengo tiempo
para dedicarme a eso. Lo que en ese mensaje me interesa me lo tradujeron ya.
Léelo.
Cogí la tablilla, empecé a leer y me di cuenta de inmediato de lo que el jefe
quería que comprobase.
—En esta carta tratan a Emiliano de Procónsul...
—Exactamente —Interrumpió Viriato— y) para quienes no lo sepan,
conviene aclarar que el Senado de Roma, en contra de lo que es habitual, quiere
mantener a Emiliano aquí en Iberia al menos durante el próximo año.
El incorregible Crisso rezongó:
—¡Menos mal! Si sigue haciendo con sus legiones lo que ha hecho hasta
ahora...
Viriato replicó en el tono paciente de quien habla a un niño:
—Amigos míos no nos engañemos Emiliano es el mejor general que los
romanos han enviado a Iberia desde que empezamos nuestra lucha. Le dieron un
ejército de reclutas, ¿y qué es lo que ha hecho? Lo mismo que haría yo si
estuviera en su lugar: ha evitado los peligros mayores y ha ido entrenando a sus
hombres, enseñándoles a luchar contra nosotros. Y cuando llegue el invierno,
estará ya dispuesto a enfrentarse a nosotros con diecisiete mil legionarios frescos
y entrenados. Y con nuestra gente no podremos resistir.
Táutalo, optimista crónico, tronó:
—Bien, no vamos a echarnos a llorar como viejas medrosas. Estoy seguro de
que nuestro jefe ha pensado ya en todo ¿no?
Viriato lo miró con ironía benevolente:
—Me conmueve tu fe. Pero sí, es verdad: he pensado en el caso. Tenemos
que tomar la iniciativa. Vamos a atacar en la Citerior y en la Ulterior. No contéis
con grandes victorias, lo que nos interesa ahora es experimentar la capacidad de
los generales romanos... Y hay aún otra cosa que hacer: si somos derrotados,
nuestra única salvación es obligar a los romanos a dispersar sus tropas. Es
necesario que entren en guerra otros pueblos de Iberia, el mayor número posible.
Si no aceptan nuestro mando, que hagan la guerra por sí solos, pero que la
hagan...
—¡Tienen que aceptar tu mando! —exclamó Táutalo—. ¡Tienen que hacerlo!
Viriato se encogió de hombros:
—Lo sé. Roma divide a nuestros pueblos para ir aplastándolos uno tras
otro... ¿Y quién tiene la culpa? ¿Cómo vamos a unir a nuestra causa a los
vacceos, a los arevacos, a los ilergetas, si ni siquiera todos los nuestros aceptan
seguirnos? ¡Por todos los dioses! ¡Lusitania podría dictar sus condiciones al
Senado y al pueblo de Roma!
Súbitamente, cambió de tono:
—Pero todo esto son sueños, y no hay tiempo para soñar. Tongio: tú y
Arduno seréis mis emisarios. Tenéis que salir para Cinéticum, y, desde allí,
subiréis hacia las tierras que están entre el Tagus y el Anas, y aún más al Norte.
Hablaréis con los pueblos, intentaréis conocer su modo de pensar. Lanzaréis
nuestra simiente. Yo mismo, en cuanto me sea posible, iré al Norte, por otro
camino, para hablar con los pueblos vetones, con los vacceos, con los calaicos...
con todos los que estén dispuestos a escucharme. Quedamos citados para el
comienzo del otoño en Igedium. Mandaré aviso a algunas ciudades de vuestro
itinerario.
—Un hermoso viaje —comenzó Arduno— pero voy a sentir la falta de
combates.
—Lo que vais a hacer es tan importante como combatir. Tongio conoce el
Cinéticum y algo de las tierras de más al Norte, pero cuando llegue al Callipus,
estará perdido. Entonces, tú serás el guía, y él el intérprete, si es necesario.
Dio por finalizada la reunión. Arduno se me acercó y me dio una sonora
palmada en la espalda.
—¡Después de la guerra, el mejor remedio para el aburrimiento es un buen
viaje!

Atravesamos el Anas por la zona de Baesuris, y pernoctamos en la ciudad.


Yo sentía cierta preocupación: durante el viaje vimos numerosos contingentes
romanos. También había romanos en las proximidades de Baesuris. Además,
Reburrus, el comerciante con quien había hablado cuatro años atrás, podría
reconocerme.
Arduno intentó disipar mis temores: había pasado mucho tiempo desde
entonces, y yo había cambiado mucho, estaba más alto y musculado, y llevaba
barba. Además, pasaríamos sólo una noche allí.
—Lo que sí me inquieta —añadió— es la abundancia de legionarios.
Esperemos que nuestros disfraces sirvan de algo.
Para viajar por la parte del Cinéticum sometida a Roma decidimos decir que
éramos curanderos ambulantes. La idea se le ocurrió a Arduno, y estaba muy
orgulloso de ella —y aún más orgulloso quedó cuando comprobamos que la idea
había sido realmente inspirada, pues por todos los caminos había patrullas al
mando de oficiales muy inquisitivos.
No tardamos en comprender la razón. Las noticias de las victorias lusitanas
habían despertado en el espíritu de los conios un ánimo de revuelta que iba
fermentando en el país. La tensión era perceptible, se respiraba en el aire: Balsa
parecía más un cuartel que una ciudad; Ossonoba presentaba idéntico aspecto y,
como era de esperar, pululaban espías pagados por los romanos para descubrir
eventuales agitadores. En las tabernas y hospederías nos miraban con
desconfianza y siempre había alguien con los oídos atentos... Hartos de aquel
ambiente, Arduno y yo decidimos discutir nuestros planes lejos de curiosos.
La mejor solución era salir de la ciudad. En una de las muchas playas
próximas a Ossonoba buscamos un lugar aislado y hablamos sobre el ambiente
perceptible en Cinéticum. La situación, dije, parecía muy favorable, pero al
mismo tiempo resultaba difícil establecer contactos sin levantar sospechas en las
guarniciones romanas. Yo estaba seguro de que, al menos por dos veces, nos
habían seguido.
Arduno se sentó en la arena, al borde mismo de la espuma, y se entretenía
viendo llegar las olas que morían a un palmo de sus pies.
—Creo que lo mejor que podíamos hacer —dijo— es marcharnos de
Cinéticum. Conocemos ya el estado de espíritu de esta gente, y si intentamos
algo con los conios, corremos el peligro de provocar la rebelión demasiado
pronto. Además, noto peligro en el aire... peligro para nosotros, quiero decir.
Yo había aprendido a tomar en serio sus presentimientos, y, en consecuencia,
sólo puse una condición: la de dejar, antes de partir, una ofrenda en la necrópolis
de Ossonoba, en las tumbas de mis antepasados. En Balsa, por razones de
seguridad, no me había atrevido a ir al sepulcro de mi padre, pero allí nadie iba a
establecer relación alguna entre un oscuro curandero y una fa— milla
aparentemente extinguida.
Arduno se dejó convencer, y dijo que me acompañaría. La verdadera razón
de hacerlo era, sin embargo, el temor a que me ocurriera algún percance, pero
como detestaba mostrarse solícito, prefirió decir que sentía curiosidad por ver
cómo iba a descubrir yo aquellas tumbas, si nunca antes había visitado la ciudad.
—Es muy sencillo —le dije mientras lo llevaba a la parte de la necrópolis
reservada a las familias de los Ancianos—. Mira...
Todas las tumbas estaban adornadas con inscripciones en caracteres conios.
Arduno me lanzó una mirada furiosa, y protestó:
—No me dirás que también consigues leer esos garabatos...
—Esos garabatos —repliqué— son la primera escritura que aprendí, antes
incluso de aprender las letras romanas. No olvides que soy como...
Rezongó:
—Bueno, está bien, está bien... La pena es no poder unir tus conocimientos a
los míos. Sería invencible si lo consiguiera. Pero... —hizo una pausa y volvió a
hablar, ahora en voz baja— veo que continúan siguiéndonos, y esto no me gusta
nada. Lo lamento mucho, Tongio, pero tus antepasados tendrán que quedarse sin
ofrendas. Esta no es ocasión para ceremonias piadosas...
Realmente, dos hombres a quienes habíamos visto ya en el mercado de
Ossonoba se paseaban por la necrópolis afectando un aire demasiado ocioso para
ser verdadero.
—Podemos tenderles una emboscada, atraparlos y torturarlos hasta que
confiesen qué andan haciendo...
Arduno replicó que entonces tendríamos que matarlos también, para que no
fueran a contar historias sobre nosotros, pero toda esta operación podría llamar
aún más la atención sobre nosotros.
—Entonces, vamos a intentar largarnos de la ciudad con aire inocente, y
cuanto antes.
Así lo hicimos. No salimos por el camino grande sino por las playas, y
tirando hacia el Norte cuando nos fue posible. Fuimos todo el día a galope, sólo
con las paradas necesarias para dar reposo a los caballos, y continuamos la
misma marcha hasta alcanzar las sierras que son frontera natural entre Cinéticum
y Mesopotamia. Sólo entonces redujimos la marcha, pero siempre con especial
cuidado: acampábamos en lugares escondidos y comíamos sólo cosas frías,
buscábamos también caminos menos frecuentados, y, sobre todo, aquellos en los
que no fueran fáciles las emboscadas. Al cabo de cuatro días de marcha nos
sentimos ya lo bastante seguros como para encender una hoguera que nos
calentara un poco y nos permitiera cocinar. Traíamos pescado salado y garum,
pero yo había cazado una avutarda y pudimos así ahorrar provisiones.
No hablamos palabra durante la comida, y sólo después de ofrecidas las
libaciones a los dioses del lugar rompí el silencio:
—Ahora podemos elegir entre tres caminos: podemos ir en línea recta al
Norte; podemos buscar el curso del río Anas, al Este, o, al lado contrario, seguir
hasta la costa occidental. Yo preferiría seguir el Anas, porque podría pasar por el
santuario de Endovélico y ver a mi madre, pero ese es el itinerario menos
recomendable: por una parte, si los espías siguen nuestro rastro, atraeríamos la
atención del enemigo sobre el santuario; por otra, no hay dudas sobre la actitud
de los pueblos de esta región, pues son aliados de Viriato.
Arduno se mostró de acuerdo, pero como era la segunda vez que las
circunstancias parecían contrariar mis deseos (en Ossonoba no había podido
rendir homenaje a mis antepasados, y ahora tenía que privarme de visitar a mi
madre) dijo que iba a comprobar si el riesgo era real: buscaría una indicación en
el fuego.
—¡Ahora eres tú quien me sorprende! —le dije—. No sabía que eras capaz
de leer presagios en las llamas.
—No subestimes nunca a un vetón. Apártate un poco, y no hables nada.
Arduno echó más leña al fuego, hizo una libación y empezó a recitar una
larga oración a media voz. Luego vertió vino en las llamas y se arrodilló
rápidamente, observando el fuego. Al cabo de un rato, cuando yo sentía ya en la
piel el frío de la noche y deseaba poder acercarme a la hoguera, Arduno se
estremeció, asumió su aire natural y dijo en voz alta:
—Vispasca.
—¿Qué?
—Vispasca. Por ahí debemos ir: directamente hacia el Norte, hasta Vispasca.
A partir de ahí... no sé bien, pero como es conveniente evitar el Este, sería
aconsejable ir por la costa. Podríamos cruzar al Callipus por Evión.
La propuesta era lógica. Vipasca y Evión tenían importancia para nosotros;
en la primera de las dos ciudades había minas de las que los habitantes de la
comarca extraían metales para armas y herramientas; en cuanto a Evión, era
ciudad famosa por sus armeros. Una alianza podría, en cualquiera de los dos
casos, ser muy importante para nosotros.
—Ahora que hemos tomado ya una decisión —dije— estoy dispuesto a
dormir ¿o prefieres que haga yo el primer turno de vela?
Arduno se encogió de hombros:
—Me es igual. Duerme si quieres. Aquí no corremos peligro: he invocado
todos los nombres del dios Bandua.
Era la segunda vez que decía tal cosa y, como en la primera, no comprendí,
Arduno, leyendo la pregunta en mis ojos, volvió a encogerse de hombros, y,
explicó:
—Es una idea mía. Cada pueblo tiene sus dioses, y todas las montañas, ríos y
bosques tienen también sus dioses. Pero hay sin di— ida unos dioses más
poderosos que los otros, son dioses que protegen a varias tribus y usan nombres
diferentes. En mis viajes, conocí a un dios Bandua. Luego conocí también a
Banderaeico, a Bandiarbariaico, a Bandioilenaico. ¿No crees que son todos un
mismo dios?
Yo no lo sabía, y aquello me sonaba a blasfemia. Se lo dije, y él movió la
cabeza, riendo:
—Los dioses conocen nuestros pensamientos. Bandua no me ha fulminado
por pensar de esta forma. Lo que importa es honrar a todos los dioses, y eso es lo
que yo hago.
—Muy bien —concluí—, entonces voy a dormir, y espero hacerlo bajo la
protección de todos los dioses.

Los pueblos que vivían entre el Tagus y el Anas no se mostraban tan


inclinados hacia la guerra como los conios. En ninguno de los lugares por donde
pasamos obtuvimos una adhesión clara, aunque muchas tribus se declararon
dispuestas a hacer eventuales incursiones en la Bética, en el momento en que sus
jefes lo decidieran y los presagios fuesen favorables.
En Vispasca oímos rumores sobre la guerra —nada en concreto, pero todo
parecía indicar que Emiliano había conseguido mejorar la calidad combativa de
sus legionarios y estaba ya en condiciones ventajosas de atacar. Se decía también
que el nuevo gobernador de la Citerior, Cayo Lelio, había iniciado una campaña
para secundar la acción del procónsul.
Al salir de la ciudad, proseguimos en dirección Norte. Si íbamos
directamente a Evión, como habíamos decidido, acabaríamos por atravesar la
zona entre el Tagus y el Anas, es decir la Mesopotamia, sin hablar con la mayor
parte de las tribus. En consecuencia, tomamos camino de Ebora.
Los viajes en la Mesopotamia se ven facilitados por el terreno, casi todo
llano o, cuando más, ondulado en pequeños cerros y colinas, como en la zona del
santuario de Endovélico. Con todo, durante el día el calor nos impedía avanzar
con la deseada rapidez... La travesía de las sierras del Cinéticum nos había hecho
perder mucho tiempo, y teníamos ya el verano encima. Esta estación es muy
calurosa en Mesopotamia, donde sólo los bosques sirven de refugio contra los
ardores del sol. Pero los habitantes de la región, a lo largo de generaciones
incontables, fueron cortando los árboles para aumentar la tierra cultivable.
Ebora, ciudad que visitaba por primera vez en esta época del año, era un
caserío sin gran belleza y aún pequeño. Lo más notable en ella eran los vestigios
del pasado, las famosas piedras gigantes. No lejos de la ciudad, según nos
dijeron, había un campo sagrado donde abundaban estas piedras.
Arduno y yo fuimos a presentar nuestros respetos a los dioses locales y,
como guerreros, no dejamos de ofrecer un sacrificio en el templo de Runesos—
Cesios, dios de la guerra y Señor del Dardo. Luego, fuimos a visitar a los
Ancianos. Uno de estos, amigo de Viriato, había recibido un enviado con
mensajes destinados a nosotros en los que se confirmaban los rumores
pesimistas que habíamos oído en Vipasca: Viriato había sido derrotado por
Emiliano en la Bética, y había tenido que abandonar Urso e Itucci. Otra ciudad,
Arunda, había caído también en poder de los romanos. En la Citerior, Cayo Lelio
había vencido a una fuerza lusitana mandada por un lugarteniente —no pudimos
saber quién era, pero pensé que podría ser Táutalo.
En este sombrío panorama había un solo punto brillante: la ciudad de Baikor
se había puesto a nuestro lado y Viriato se había retirado a ella con todas sus
fuerzas. Baikor tiene mucha importancia estratégica, pues está cerca de un
desfiladero que domina la entrada del valle del Betis.
Estas informaciones nos sirvieron para argumentar, ante los notables de
Ebora, en favor de un apoyo militar a Viriato. Por mi parte, expliqué que las
tierras de entre el Tagus y el Anas no estaban a cubierto de una invasión romana,
muy al contrario: en la Bética se jugaba la suerte de toda la Iberia libre. Si perdía
Viriato, nada se opondría a las legiones de Emiliano y de Lelio, que podrían
ocupar aquel mismo verano la Mesopotamia y lanzarse luego contra Lusitania y
Calecia en la primavera siguiente. A esto añadió Arduno que resultaba
urgentísimo tomar una decisión. Viriato había perdido tres ciudades, y era
dudoso que pudiera resistir un ataque simultáneo lanzado por las legiones de la
Citerior y de la Ulterior.
Aunque no obtuvimos respuesta inmediata, pude comprobar que nuestros
argumentos causaban impresión. Nos despedimos, pues, dejando atrás una
simiente que —o al menos eso era lo que esperábamos— podría dar frutos muy
en breve.
Nuestra próxima escala fue Evión, donde gozamos de la ventaja de ser
portadores de noticias aún no conocidas. En todo caso, yo tenía ahora prisa de
llegar a las tierras de los túrdulos, donde esperaba mejor acogida, y por esa razón
quise hacer el resto del viaje en barca, siguiendo por el Callipus hasta la hoz.
Pero tropecé entonces con la negativa obstinada de Arduno, que estaba
convencido de que iba a hacer todo el viaje marcado —«no me veo sobre el
agua» decía—. El resultado fue que tardamos unos días más en alcanzar la costa
y, para colmo, nos perdimos.
Quien sigue por tierra el curso del Callipus en dirección al mar, tiene dos
caminos: por la orilla del Norte acabará llegando a Cetóbriga. Y por la orilla del
Sur dará en una península muy llana y larga llamada Acale, que separa el
estuario. Seguimos por esta orilla, cuando nuestro destino inmediato era
Cetóbriga.
La región es bonita, con abundancia de pinos y árboles frutales. En el
extremo de la amplia lengua de arena y tierra, junto a la boca del estuario, hay un
poblado de pescadores también llamado Acale. Sus habitantes viven de la
salazón y venta de pescado en las aldeas vecinas. Es gente pacífica y laboriosa,
sin grandes ambiciones. Fuimos recibidos con hospitalidad, pero resultaba
evidente que allí no teníamos nada que hacer y que había que ir a Cetóbriga.
Desde la ensenada de Acale podíamos ver la ciudadela y el caserío apiñado en lo
alto del promontorio, pero entre nosotros y Cetóbriga estaba el ancho estuario
del Callipus.
Esta vez, Arduno se resignó y ni esbozó siquiera una protesta. Volver atrás
equivalía a perder más tiempo. Contratamos a dos pescadores para que llevaran
los caballos en una balsa. En cuanto a Arduno, apretó los dientes y entró detrás
de mí en uno de los odiados barcos de cuero. Vomitó durante toda la travesía. Al
desembarcar en la otra orilla, lívido, juró que no repetiría la hazaña por todo el
oro del mundo.
Pronto se recuperó, y menos mal, porque necesitábamos los dos todas
nuestras facultades. Durante el viaje por el río, yo, que nunca me había mareado
sobre el agua, vi algo que me alertó de inmediato: dos galeras romanas estaban
ancladas en el estuario.
La presencia del enemigo planteaba un interrogante: ¿qué relación había
entre los romanos y los habitantes de Cetóbriga? Sin intentar salir de dudas
decidimos no predicar la revuelta en Cetóbriga y abreviar nuestra estancia en la
ciudad. En realidad, la redujimos de hecho a lo indispensable para comprar las
provisiones que no habíamos conseguido en Acale, donde los pescadores
acababan precisamente de vender todas sus reservas de salazón poco antes de
nuestra llegada.
Cetóbriga es una ciudad primitiva y extraña. No creo que tenga gran futuro.
Muchos de sus habitantes se sirven aún de herramientas de piedra, que los otros
pueblos utilizan ya sólo en los ritos, y, además, la ciudad está como cerrada en si
misma, en lo alto del promontorio, ceñida por las murallas. Los jóvenes
prefieren vivir a orillas del río y se dedican a la pesca y al comercio. La
ciudadela va quedando sólo como un refugio, como un reducto para casos de
peligro.
Dadas estas características, no es extraño que dos extranjeros como nosotros
fueran observados con malos ojos, y apenas entrados en la ciudad, pese al
pretexto de que íbamos a sacrificar un animal al dios tutelar, sentimos a nuestro
alrededor una atmósfera de curiosidad hostil.
Un incidente vino en nuestro auxilio. Los habitantes de Cetóbriga tienen una
costumbre idéntica a los lusitanos: los enfermos van de puerta en puerta, por las
casas, contando sus males por si alguien conoce remedio. Pues bien, apenas
habíamos dado unos pasos por una de las callejuelas cuando fuimos abordados
por un anciano que se quejaba de fuertes y persistentes dolores de estómago.
Arduno, como ya he dicho, era experto en medicinas. Se sentó al lado del viejo y
empezó a hacerle preguntas, qué comía y cosas así —preguntas cuyo interés yo
no podía comprender. Finalizado el interrogatorio, aconsejó al enfermo una
infusión de hierbas y le ordenó que durante los próximos diez o veinte días se
alimentara de caldo de carnero sin grasa, que no comiera pescado, ni salado ni
fresco, y que no probara vino ni cerveza.
—Lo que quieres es matar de hambre a ese pobre viejo —le dije al oído
mientras nos alejábamos—, y como la familia se empeñe en tomar venganza,
sospecho que vamos a tener que largarnos de aquí aún más deprisa de lo que
pensábamos.
Arduno se mostró seguro de sí:
—Va a curarse. Ya lo verás. Su enfermedad es que come y bebe demasiado.
Mañana ya estará mejor, estoy seguro.
—Bien —insistí—, pero será mejor que no estemos aquí mañana para
comprobarlo. No me apetece morir arrojado desde las murallas...
Pero, por lo visto, estaba dispuesto que permaneciéramos allí al día siguiente.
Cuando íbamos a entrar en el templo, encontramos la puerta cerrada y a la
población de la ciudad concentrada en silencio en el tramo de muralla que daba
al estuario y el océano. Empecé a sentirme inquieto, pues no sabía si aquel era
un día en el que nuestra presencia allí fuera tenida por sacrilegio. Por suerte,
Arduno, que había viajado ya por la costa occidental, recordó a tiempo:
—El sol... Es por el sol. Empieza el crepúsculo...
Para muchos pueblos de la costa, me dijo, es sagrado el ocaso, y lo ven con
temor: contemplan cómo el dios se hunde en las aguas del océano y temen que
su fuego se apague para siempre. Entonces, hay que guardar silencio y rezar
impetrando el regreso del dios.
Nos unimos a los habitantes de Cetóbriga y participamos en la oración.
Luego, cuando el gran disco rojo desapareció en las aguas lejanas del horizonte,
íbamos a alejarnos cuando toda aquella gente se apiñó a nuestro alrededor,
finalizado ya el silencio de la oración, y empezaron a hablar todos al mismo
tiempo.
Con la rapidez de un incendio se había corrido por la ciudad la voz de que
habían llegado unos extranjeros sabios en dolencias y tratamientos. Llovían las
consultas, y respondíamos como podíamos... pero lo peor estaba aún por venir.
Llevábamos así un buen rato cuando una mujer joven empujó a los que tenía
delante y se abrió paso hasta Arduno con tanta vehemencia y desesperación que
tuvimos dificultad para entenderla: Un hijo suyo, de catorce años, estaba poseído
por un mal espíritu que se había alojado en su cabeza.
Me estremecí y hablé en voz baja con Arduno:
—Esto es más grave. Dolores de estómagos, verrugas, encías que sangran,
heridas, todo eso, pase; pero, malos espíritus... Es demasiado peligroso.
Él me miró, serio:
—Lo sé, Tongio... y sé también lo que hay que hacer en estos casos. Claro
que es peligroso, pero ¿te das cuenta? ¡Un chico de catorce años! Al menos hay
que intentar algo.
No me tranquilizó la respuesta, pero no tuve más remedio que acompañarlo.
Menos mal que lo hice, pues así pude ser testigo de algo asombroso, una de esas
cosas que yo sólo conocía por viejas historias oídas en la infancia. Hoy, son muy
raros los hombres capaces de esa proeza: abrir la cabeza a un poseso y expulsar
los malos espíritus que se habían refugiado en el interior. Ni siquiera en sueños
hubiera creído que Arduno era uno de esos hombres.
Arduno me permitió asistir a todo, bajo promesa del más absoluto secreto,
pues la operación contiene actos de magia demasiado poderosa y llena de peligro
para poder revelarlos. Sólo puedo decir que duró toda la noche. De madrugada,
cuando Arduno terminó, agotado, el muchacho dormía profundamente. Tuvimos
que esperar a que despertase, cosa que aconteció mediada la tarde del día
siguiente, pues Arduno le había dado a beber un fuerte narcótico. Al despertar, el
muchacho parecía normal, y ya entonces toda Cetóbriga estaba maravillada.
Fuimos aclamados con efusión y con un respeto muy próximo al temor.
El éxito de Arduno nos proporcionó lo que más necesitábamos: comida. Y
también algo que nos era muy precioso: información. No, las tripulaciones
romanas no mantenían relación con Cetóbriga; compraban sus mantenencias a
Acale. No, los de Cetóbriga no simpatizaban con Roma, y temían su poder. Y...
sí, era frecuente el paso de barcos romanos por la hoz del Callipus; pero, por lo
visto, era más frecuente aún su presencia en el estuario del Tagus, cerca de la
ciudad de Olisipo.
Esto nos dio que pensar. Habíamos decidido pasar unos días en Olisipo, pero
no teníamos muchas ganas de arriesgarnos a tener contactos con la población
local teniendo a los romanos a la vista.
—Aún así —recordó Arduno— habrá que pasar por las inmediaciones.
Podríamos dormir en las antiguas canteras, que están abandonadas.
Asentí. En el viaje por la Mesopotamia se nos había ocurrido la idea de darle
una agradable sorpresa a Viriato y compensarlo así, en cierto modo, por las
derrotas sufridas: para eso tendríamos que pasar algunos días en las
proximidades de Olisipo.
Decidimos dirigirnos hacia Equabona, para derivar desde allí hacia el
Noroeste, a fin de llegar al Tagus por un punto donde el río fuera fácilmente
vadeable. Arduno observó que no tendríamos más remedio que buscar un vado,
pues no estaba dispuesto a poner los pies en una embarcación, y mucho menos
en un estuario como el del Tagus.
Dejamos Cetóbriga llevando con nosotros las bendiciones y el
reconocimiento de sus habitantes. El muchacho, aunque muy débil, daba señales
de cura, y el viejo glotón declaraba a todo el mundo que Arduno era un enviado
de los dioses.
VII

La siguiente etapa fue larga, monótona y sin incidentes. En Equabona nos


recibieron bien, pero estaban en plenas fiestas de verano y nadie tenía tiempo ni
ganas de oírnos. Como no queríamos que nos tuvieran por impíos, hicimos
nuestra ofrenda a la divinidad festejada y seguimos nuestro camino.
Al cabo de varios días, ya en la margen norte del Tagus, avistamos a lo lejos
las murallas de Olisipo, que era entonces un pequeño burgo concentrado en lo
alto de un cerro frontero al estuario del río. No muy lejos estaban las canteras a
las que Arduno se había referido. Mucho tiempo atrás, cuando los hombres no
conocían el bronce ni el hierro y todas las armas se hacían de piedra, los pueblos
de la hoz del Tagus habían excavado profundas galerías en su valle donde
abundaba el sílex. Aún hay gente que hace lo mismo, pero no en Olisipo. Situada
en la costa, y ofreciendo a los navegantes un refugio seguro, la ciudad recibió
muy pronto la visita de los tirios, de los griegos y de los cartagineses, y con ellos
aprendió a usar el cobre, el bronce y el hierro. Las galerías fueron abandonadas,
y pasaron a servir de abrigo a los animales salvajes y, ocasionalmente, a viajeros
como nosotros, que primero tenían que asegurarse de que no iban a encontrar
lobos o jabalíes dispuestos a defender sus dominios.
Elegimos una de las grutas más pequeñas. Estábamos en relativa seguridad,
pero, con todo, la noche la pasamos casi en vela, mal dormidos e inquietos, pues
aquellos lugares estaban llenos de ruidos y de misteriosas claridades como si en
ellos persistiera la presencia de los tiempos pasados —tal vez las entidades
protectoras de los antiguos trabajadores del sílex. Por la mañana, Arduno, que
tampoco había dormido bien, observó:
—Tuvimos nosotros la culpa. Ni siquiera prestamos homenaje a
Coaranioniceus, y estos son sus dominios. ¡Y, para colmo, vamos a pedirle un
favor!
Coaranioniceus, el dios protector de Olisipo, reside en una de las colinas
próximas a la ciudad. Es un dios generoso, que ofrece a los hombres de la región
oro y otros metales. Pero el favor que íbamos a solicitarle era muy distinto: se
trataba de la sorpresa que preparábamos para Viriato.
Al pie de la colina de Coaranioniceus (la llamada Monte Santo por los
habitantes de Olisipo) se crían con los mayores cuidados las yeguas sagradas del
dios, una manada que sólo a él pertenece. No hay en toda Iberia animales tan
hermosos y de galope tan veloz. Los potros son criados aparte, y unos son
ofrecidos a la divinidad, en las fiestas, y otros se venden. Sólo uno, el más fuerte,
el más puro, es designado para sustituir al garañón envejecido, que es sacrificado
a Coaranioniceus. Así, la manada sagrada tiene sólo un señor, al que, desde
tiempo inmemorial, se le da el nombre de Viento, siempre el mismo. Este
nombre, y la belleza y la rapidez de las yeguas del Monte Santo, hicieron que los
pueblos más lejanos pensaran que las yeguas eran fecundadas por el viento.
La manada del dios es intocable, pero los potros que son separados de ella se
aparean con otras yeguas, y así fue surgiendo una raza mezclada pero que
conserva muchas de las características de la línea pura. Lo que nosotros
pretendíamos era convencer a los servidores del dios para que nos vendieran
potros de esta raza semidivina, y con estos potros, en pocos años, Viriato podría
tener un magnífico cuerpo de caballería.
Para presentarnos a los sacerdotes con la mejor apariencia posible, nos
bañarnos en el río que corre junto a las canteras, y yo me arreglé la barba (seguía
llevándola corta, en memoria de Sunua, pero durante el viaje no había tenido
tiempo ni ganas de cuidar mi aspecto). Comimos algo ligero —pescado salado,
regalo que nos hablan ofrecido los cetobrigenses, agradecidos— y nos dirigimos
hacia el Monte Santo.
No era largo el camino. Toda aquella región es verde y fértil, una tierra
creada para los dioses como lugar de reposo y belleza. Era una mañana brumosa,
y nada rompía el silencio, pero el sol rozaba las nubes y las transformaba en luz.
Después de una noche tan agitada, aquel día era una bendición. Sin hablar, para
no romper el encanto, pusimos los caballos al paso. Hacía mucho tiempo que yo
no me sentía tan feliz y tan tranquilo, como si la mano del dios estuviera abierta
sobre mi cabeza. En las hojas de los árboles y en los arbustos centelleaban gotas
de rocío transparentes y puras. Hubiera deseado cogerlas para guardarlas. Pero,
pronto, al doblar una revuelta del camino, lo olvidé todo para quedar en éxtasis.
Ante nosotros, en un prado cubierto de hierba lujuriante y atravesado por dos o
tres arroyos, estaba la manada de yeguas salvajes.
Quien no haya visto semejante espectáculo difícilmente podrá imaginarlo.
Eran cerca de cincuenta yeguas —todas inmaculadamente blancas, todas
perfectas, sin un fallo en sus proporciones—. Sus movimientos tenían una gracia
y una armonía que yo hubiera creído imposibles en seres mortales. No dudé de
que al galope serían invencibles, rápidas como el mismo viento de quien la
leyenda decía que eran esposas e hijas.
Saciados los ojos, buscamos a los sacerdotes y empezamos a cumplir nuestro
deber con el dios ofreciéndole un cabrito y un lechón en el ara del santuario. Más
tarde, durante la audiencia con el sumo sacerdote, las negociaciones quedaron a
mi cargo, y no salí mal parado. Coaranioniceus no necesita oro —ese metal
abunda en sus dominios— pero quienes le sirven tienen otras necesidades en
vestuario y utensilios. Acordamos el precio justo por la entrega de los mejores
potros, que serían enviados a Viriato en cuanto llegaran a la edad conveniente.
Los sacerdotes se mostraron interesados en colaborar con nosotros; temían la
influencia de los romanos y los resultados que de ella podrían derivarse para su
propia posición e importancia como servidores de la divinidad de Olisipo.
Llegadas las negociaciones a buen fin, lo celebramos con una comida
sustanciosa y bien cocinada (cosa que celebramos especialmente, pues ni
Arduno ni yo estábamos dotados para la cocina) y pedimos información sobre el
camino más seguro cómodo para la Sierra de la Luna.

Es una tierra extraña esta región que se extiende entre el estuario del Tagus y
la Sierra de la Luna, En los cabezos y en lo alto de las colinas viven hombres que
sienten aún muy próxima la presencia de la diosa y conservan, como en
Cetóbriga, sus antiguo ritos —igual que los cetobrigenses, los que viven a la
vista de mar sienten la misma devoción aprensiva por el momento sagrado en
que el sol desaparece en las aguas, y los vicios asegura incluso que se ove a
veces algo así como un silbido chirriante cuando el fuego y el agua se ponen en
contacto.
Allí, la reina indiscutible es la Diosa— Luna, cuyo esposo e homenajeado
también cuando la poderosa consorte está ausente de los cielos. Nosotros
llegamos a la región en tiempo de luna nueva, y Arduno y yo asistimos a las
fiestas en honor del dios lunar: en los poblados por donde pasamos, las noches se
animaba con danzas y cantos en los que participaban todos los habitantes, yendo
de casa en casa y recorriendo las calles varias veces hasta caer rendidos por el
cansancio. Las músicas y los ritmos son tan antiguos y salvajes que hasta dan
miedo, como si despertaran fuerzas adormecidas desde hace muchísimo tiempo.
No me desagradó, aunque teníamos mucha prisa, la lentitud de nuestra
jornada, y cuando llegamos a la Sierra de la Luna estaba a punto de olvidar
nuestro proyecto de seguir hacia el Norte. La sierra no es muy alta, al menos
comparada con los Herminios, y no pasa de una sucesión de colinas escarpada
pero lo que le falta en altura le sobra en belleza y majestad. Allí el tiempo está
congelado para siempre por la presencia de la diosa. El aire, las piedras y las
aguas murmuran eternamente en el denso bosque, roto por grandes roquedades.
Si los hombres entendieran estos murmullos, alcanzarían la divinidad. En cuanto
al santuario, está prohibido a los fieles, y sólo los sacerdotes conocen su
localización exacta. Se dice que el santuario es tan antiguo que ya existía cuando
se formó la Sierra de la Luna.
Para los rituales abiertos a los devotos, hay un templo, también muy antiguo,
situado no lejos del promontorio al que llaman simplemente Promontorio de la
Sierra de la Luna. Allí se ofrecen sacrificios y se pronuncian oráculos, y hacia
allí nos dirigimos cumpliendo un deseo de Viriato, que quería saber cuál sería
nuestra suerte en la guerra contra Roma.
Las respuestas dictadas por la diosa surgen de una mujer que se muestra al
público con el rostro velado. Los ritos preparatorios son más simples que los del
santuario de Endovélico, pero bastante más sangrientos. Allí usan también un
cuchillo de piedra, cuya lámina está ennegrecida por la sangre de incontables
víctimas. Observando a los sacerdotes, Arduno me cuchicheó:
—No me cuesta nada creer eso que dicen de que, en algunos momentos del
año, las víctimas no son sólo animales...
Le recomendé silencio en un gesto. También a mí me había asaltado la idea y
sentí un frío en el estómago.
Al fin, la sacerdotisa se levantó de su asiento de piedra, se volvió hacia
nosotros y empezó a hablar:
—Extranjeros, estáis desafiando el río del destino. Sois fuertes, y los dioses
os concederán grandes victorias, pero...
Se calló. Intenté distinguir las facciones de la mujer tras el manto blanco que
le cubría la cabeza. Sólo se le veían los ojos, centelleantes y clavados en
nosotros. Se hizo un silencio denso, que nadie se atrevería a romper mientras
durase el trance.
—¡Tongio! —exclamó ella de pronto; y me recorrió un estremecimiento todo
el cuerpo, de arriba abajo—. Tongio, semilla de reyes caída en tierra extraña: la
diosa te hablará cuando estés a la sombra del Conejo. ¡He dicho!
Nos dio la espalda, entró en el templo y desapareció de nuestra vista. Miré a
Arduno, cuyo rostro estaba contraído en una interrogación cómica. Si no fuera
por la santidad del lugar, no hubiera podido contener la risa. Pero recordé que la
sacerdotisa, en su trance, me había llamado «sernilla de reyes caída en tierra
extraña», alusión muy clara a mi origen, que yo no había revelado a nadie. El
propio Arduno la desconocía, pues yo le había pedido a Viriato que guardara
secreto y que no contara a nadie mi historia.
Uno de los sacerdotes se adelantó y nos saludó con inesperado respeto:
—Gran honor os ha sido concedido, extranjeros. La diosa no ofrece tal
privilegio a peregrinos vulgares.
—Venerable sacerdote —respondí—, tendrás que perdonarnos. Somos
realmente extraños a estas tierras, y es la primera vez que rendimos reverencia a
la diosa en su morada y también la primera vez que consultamos su oráculo, por
eso no hemos entendido lo que acabamos de oír.
—Es natural. Aquí estoy yo para explicaros el mensaje. La diosa os hablará
junto a una de sus imágenes, hecha por sus propias manos... Esas imágenes están
en la Sierra de la Luna. Muchas de ellas representan al Conejo Sagrado. A la
sombra de una de estas representaciones la diosa os hará oír su voz. Pero,
atención: no podréis dejar la Sierra hasta oírla.
Incliné la cabeza en actitud de obediencia.
—Lo cumpliremos. Indícanos el camino hacia esas estatuas.
El viejo sonrió:
—No, hijo mío, será la diosa quien os conduzca. Yo, lo único que puedo
hacer es mostraros el camino más corto hacia la Sierra. Estad atentos: podéis
pasar ante las imágenes y no verlas; podéis mirar para ellas y ver sólo un montón
de rocas o un canchal. Las figuras sólo se pueden ver desde un lugar preciso. Y...
un consejo: no será bueno que os detengáis ante las figuras que no representen el
Conejo Sagrado. Algunas irradian una fuerza benéfica, pero otras... en fin, lo
mejor es que las evitéis.
Terminó la entrevista. Cuando partimos, tuve aún que enfrentarme a la
curiosidad indignada de Arduno, que quería saber qué era aquello de la «semilla
de reyes». No tuve más remedio que contarle la historia de mi padre.
Dos días más tarde, vagabundeábamos por la Sierra casi sin provisiones y sin
haber dado con una sola figura sagrada.
—La diosa se está burlando de nosotros —observaba Arduno preocupado—,
¿no será que quiere retenernos aquí para siempre?
Yo no compartía su pesimismo. Sin razón aparente, me sentía confiado y,
bien dispuesto. Avanzábamos al azar, y conforme nos apetecía nos parábamos
para descansar o reanudábamos la marcha, siempre atentos a los grandes bloques
de piedra. Al segundo día, sin hacer caso de las protestas de mi compañero,
decidí evitar los puntos más altos —que siempre nos traían problemas por culpa
de los caballos— y explorar las pequeñas elevaciones de terreno. Después de
comer, me había quedado sentado a la sombra de unos pinos.
Arduno se puso furioso:
—¡Tenemos que seguir! Aquí no hay roquedales, ¿no lo ves? ¿Qué mosca te
ha picado? ¿Ahora vas a resultar un gandul?
Me desperecé complacido, y seguí sentado.
—No soy un gandul, pero estoy tan bien aquí... ¿No sientes una paz, una...?
—No. Al contrario, lo único que siento es hambre. Hemos racionado ya las
provisiones y no sé si te has dado cuenta de que no hemos visto en todo el
camino ni un solo animal, ni una sola pieza de caza...
Era verdad, y yo debería sentirme tan inquieto como él, pero no me sentía
inquieto en absoluto. Me limité a comentar:
—Pasa lo que tiene que pasar, y de nada sirve tomárselo así...
En otras circunstancias, Arduno me habría insultado, pero la diosa estaba
presente, y eso lo contuvo. Adoptó un aire ofendido y acabó por sentarse en una
piedra mirando al suelo. Instantes después, para disipar un vago sentimiento de
culpa, volví a hablar:
—Estoy casi seguro de que vamos a encontrar muy pronto al Conejo
Sagrado. Además, sólo...
Me callé, estupefacto.
Había dicho que Arduno estaba sentado en una piedra. Tras él había otras, un
conjunto de bloques de granito irregulares y en nada semejantes a los
imponentes roquedales dispersos por la Sierra: el conjunto, cuando uno lo
observaba con un poco de atención, evocaba irresistiblemente la figura de un
conejo alebrado y solo, con las orejas tendidas hacia atrás. Me levanté de un
salto.
—¡Arduno! ¡Ven! ¡Deprisa!
Cuando obedeció, le obligué a dar la vuelta:
—Mira bien. Estabas sentado en el lomo de uno de los Conejos Sagrados...
Arduno volvió los ojos sedientos hacia el pedregal, y durante unos instantes
intentó reconocer las formas del animal. De repente, respiró hondo y soltó el aire
con un silbido largo.
—¡Por todos los dioses del cielo y de la tierra!
No había duda, era la configuración de un conejo. Cuando más lo
mirábamos, más claro y visible aparecía ante nosotros. Di algunos pasos hacia la
derecha, y la figura desapareció, convertida en un montón informe de rocas.
Arduno pasó ante mí y si guió contorneando la piedra hasta que se detuvo y
exclamó:
—¡Es increíble! Estábamos ciegos, Tongio. Mira...
A corta distancia del Conejo, en el lado opuesto a aquel desde el que el
animal era visible, se hallaba un bloque de piedra enorme, cuadrado: un ara muy
antigua, sin inscripciones ni adornos, pero aún en uso, como podíamos
comprobar por las manchas de sangre infiltrada en la superficie rugosa y que el
agua no había conseguido lavar por completo.
Me llevé la mano a la frente con un gesto de homenaje. La diosa nos había
conducido con tanta seguridad como si nos hubiera llevado de la mano...,
lentamente, rodeé una vez más las rocas hasta ver el Conejo. Ahora comprendía
porqué había experimentado aquella sensación de bienestar, aquellas ganas de
quedarme allí, la intuición de que la búsqueda había terminado. Había sido una
señal de la diosa o quizá fuera el propio Conejo quien me manifestaba su
presencia. Y pensé: «Esta es verdaderamente una obra moldeada por la
divinidad...»
—¡Sí, míralo bien: no todos los mortales pueden verlo!
Restallaron las palabras en el aire seco. Me estremecí. No conocía aquella
voz. Me volví, con un movimiento brusco, y clavé mis ojos en Arduno:
—¿Has dicho algo?
No respondió. Estaba yerto, pálido como la nieve, con los ojos muy abiertos
y vidriosos:
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Lo has oído también?
Miré a mi alrededor y en ese instante oí una especie de silbido, como si fuese
una serpiente, y luego, de nuevo la voz — y salía de la boca de Arduno, pero no
era él quien hablaba, ni era su voz; parecía la de una mujer, aunque el sonido era
grave y la articulación dura y enérgica.
—Tongio, hijo de Tongétamo el brácaro. ¿Por qué haces preguntas sobre el
destino si los dioses ya te han dicho lo que podías oír? Ante vosotros, el camino
es largo. Hay victorias y derrotas, alegría y sangre, traición y gloria. El Águila
está herida, pero este es el tiempo de su dominio. Después del Toro vendrá la
Corza. ¿Por qué haces preguntas? Es tiempo de combatir. Sólo tú verás la hora
de la Corza. Pero los dioses te aman, los dioses surgirán en tu camino...
La voz se calló. Arduno se estremeció, sus ojos perdieron brillo y vida, sus
párpados se cerraron. Cayó antes de que yo pudiera llegar a sostenerlo. Inquieto,
me incliné sobre él, pero había caído sobre un matorral seco y no se había hecho
daño. Casi inmediatamente, apretó los ojos y se sentó. El asombro que se leía en
su rostro me hizo reír, incluso sin querer.
—Yo... Debo de haberme desmayado. ¡Ya te decía que tenía hambre!
VIII

Fue difícil convencer a Arduno de que la diosa había hablado por su boca.
No recordaba absolutamente nada del trance, y quizá no me hubiera creído
nunca de no haber presenciado de inmediato un nuevo prodigio: una becada salió
bruscamente de una mata y corrió hacia nosotros aleteando como si la
persiguieran y saltó a las manos de mi compañero. Reaccioné a tiempo y me
precipité con el puñal en la mano.
Dejamos sobre el ara la porción destinada a la diosa, y comimos con el
apetito de quien lleva más de un día a media ración. Arduno quiso saber lo que
había dicho durante el trance. Se lo conté, mientras nos disponíamos a montar, y
fuimos discutiendo el significado del oráculo durante toda la jornada que nos
alejó de la Sierra de la Luna.
Con prisas por llegar a Igedium, aligeramos todo lo posible en las paradas
que ríos vimos obligados a hacer, salvo en Scallabis y en Moron, dos ciudades
que interesaban como posibles aliadas de Viriato, la primera porque domina el
Tagus y con trola el tráfico fluvial; la segunda, muy próxima, porque está muy
bien fortificada. Quien posea Scallabis y Moron tiene en sus manos toda la
región del norte de Olisipo.
Desde la partida de Moron no nos detuvimos más que para comer y dormir, y
aun así tardamos diez días en llegar al país de los igeditanos. Los pueblos de las
sierras y colinas del norte del Tagus rechazan el contacto con extraños, y
preferíamos seguir itinerarios más largos a tener encuentros desagradables —
llegamos incluso a desviarnos para no encontrarnos con gente de poblados
amigos, pues las inevitables cortesías y discursos no harían más que retrasar
nuestra marcha. A veces, sin embargo, nos fue imposible huir de ellas, y
recuerdo la visita que tuvimos que hacer a una tribu aliada, próxima a Ammaia.
Era gente montañesa, ruda, aferrada a sus costumbres y tradiciones. Cuando
entramos en la aldea, los hombres acababan de regresar de una expedición a
Beturia. Aquella pequeña guerra había resultado muy rentable: los guerreros
volvían con oro, armas, ganado, mujeres y prisioneros romanos. Estos últimos,
poco antes de nuestra llegada, habían sido sometidos al ritual acostumbrado: sus
manos derechas, cortadas, cubrían el altar del dios de la guerra, y allí cerca,
inclinados sobre los cuerpos de los prisioneros, los sacerdotes recuperaban sus
mantos rituales con los que cubrían a los cautivos para el sacrificio. Lo que iba a
seguir era obvio: lectura de presagios, una ceremonia larga y sangrienta a la que
tendríamos que asistir. Al final, el jefe vino a hablarnos con el rostro iluminado
por una amplia sonrisa: la posición de las venas anunciaba grandes
acontecimientos favorables a los lusitanos, dijo, y nos pidió que transmitiéramos
la buena noticia a Viriato.
Creo que no es necesario repetir que ya en aquella época era yo un hombre
piadoso y cumplidor de los ritos, pero confieso que nunca me acostumbré a ver
sacrificios humanos. Estos sacrificios son una antiquísima tradición en algunos
pueblos de Lusitania, y, como tal, la respeto, pero prefiero no asistir a este
ceremonial. Viriato se esforzó en convencer a los montañeses de que es
preferible ofrecer cabras, puercos, toros y caballos a los dioses —las tribus de la
llanura nunca habían visto rechazadas por las divinidades estas ofrendas— y que
había que guardar a los prisioneros como rehenes o para el cobro de un rescate,
pero los esfuerzos de nuestro jefe nunca fueron entendidos ni aceptados porque
los viejos hábitos necesitan tiempo para morir.
Arduno soportó la prueba con la mayor indiferencia. Era vetón, y muchos de
sus hermanos de raza tienen costumbres semejantes. Cuando todo acabó, nos
dirigimos a la cabaña del jefe, donde estábamos invitados a un banquete de
honor. Arduno uso en mis manos un pequeño frasco.
—Toma un buen trago. ¡Cuidado, no te lo bebas todo!
Obedecí. Era una bebida alcohólica a base de una infusión de hierbas (los
vetones son peritos en hierbas). No sé nada más, aparte de que el efecto fue
excelente: aguanté el banquete sin pensar en los cuerpos mutilados de los
romanos, y dormí muy bien toda la noche.
Llegamos a Igedium cuando el otoño doraba las hojas de los árboles y daba a
la brisa un frescor que nos consolaba del tórrido verano de entre Tagus y Anas. A
las puertas de la ciudad vimos un pequeño campamento en el que la insignia de
Viriato aparecía arbolada. En total, no pasarían de cincuenta los hombres de
nuestra tropa acampados allí.
Táutalo y Crisso vinieron a nuestro encuentro con grandes demostraciones de
complacencia, y nos dieron la bienvenida. Viriato, dijeron, estaba
conferenciando con el rey Caturo, pero Táutalo ordenó a uno de los guerreros
más jóvenes que lo fuese a avisar. Mientras llegaba el jefe, cambiamos noticias
con nuestros compañeros. Arduno y yo contamos nuestros viajes y Táutalo
describió la campaña de verano. Viriato, enfrentado a tropas muy superiores en
número, y entrenadas ya para la guerra en Iberia, había sido derrotado por
Emiliano y tuvo que retroceder hasta Baikor. La razón principal de este revés
había sido la acción conjunta y coordinada de las legiones de la Ulterior y la
Citerior.
—Sí, también perdimos con Lelio —observé—. ¿Eras tú quien mandaba
nuestro ejército?
Táutalo me lanzó una mirada furiosa.
—¿Qué? ¿Yo?... Bueno... la verdad es que hasta Viriato tuvo que retirarse
ante Emiliano, pero en la Citerior las cosas fueron de otro modo. Viriato se
equivocó... ¡Sí! ¡Sí! —la exclamación iba dirigida a Crisso, que parecía
dispuesto a hablar—. Cometió un error: le dio el mando a Audax.
—¿Y por qué lo hizo?
Crisso consiguió intervenir:
—Porque era el único disponible. En la batalla contra Emiliano, Viriato
mandaba la caballería, Y Táutalo la infantería, sólo él seria capaz de mantener el
orden durante la retirada. Yo protegía la retaguardia. A primera vista, no parecía
un error. Audax es un buen guerrero.
—Es un pésimo jefe —remató Táutalo con energía.
Alternadamente —cosa que no contribuía precisamente a la claridad de la
exposición— fueron contando los dos lo sucedido. Audax había cometido dos
errores: había lanzado el ataque sin conocer bien el terreno, y había hostilizado a
los habitantes de la región, que le negaron el apoyo necesario.
—Viriato se lo reprochó —dijo Táutalo—, pero lo mantuvo entre sus
oficiales. Atribuyó a ignorancia el trato de Audax a los carpetanos... Ignorancia,
falta de sentido común, qué se yo... Para mí, la cosa es más sencilla: a Audax lo
único que le interesaba era el saqueo.
Estábamos aún discutiendo el asunto cuando apareció Viriato. Las
preocupaciones, y la incertidumbre de la malograda campaña, habían dejado en
él su huella: estaba más flaco, con los ojos hundidos, y una profunda arruga
surcaba su frente. Sin embargo, mantenía la misma energía tranquila, la misma
seguridad. No era un vencido: era un estratega que había ordenado la retirada
para planear un nuevo ataque.
Iba enfriándose la tarde, y en vez de hablar al aire libre pasamos a la tienda
de Viriato, donde nos sentamos en el suelo muy Juntos todos, pues el espacio era
mínimo. Hice un informe completo del viaje, incluyendo el oráculo recibido en
la Sierra de la Luna, y que yo había escrito en tablillas de cera para no olvidar
ningún detalle importante. Cuando terminé, Viriato dijo:
—No hay nada que impida la continuación de nuestros planes, especialmente
ahora, cuando podemos contar con varios contingentes de Calecia. Los jefes
calaicos están dispuestos a aceptar mi mando, y tenemos también a los lusitanos
de entre Durius y Tagus...
—¿Todos? —pregunté.
—Buena parte de ellos. Cuando vuelva a Baikor espero hacer aún algunas
visitas (al oír esto, Táutalo me guiñó el ojo) pero aun así no tendremos gente
suficiente. Será preciso esperar por los resultados de nuestros viajes, es decir:
hay que ver si todos esos pueblos atacan a los romanos. Sin plan, sin estrategia,
y, probablemente, sin victorias... pero al menos disminuirá la presión sobre
nosotros, y ganaremos tiempo. Lo que necesitamos, es tiempo.
Táutalo soltó una interjección despreciativa y se desahogó:
—No entiendo cómo es posible tanta estupidez. Con un solo mando...
—Un solo mando significa un solo jefe, y, para ellos, un solo rey —recordó
Viriato— y eso es difícil que lo acepten...
—¡Imposible! —reforzó Crisso.
Viriato lo miró con aire pensativo.
—Con todo, eso sería la salvación: un rey, no un jefecillo de tribu, un rey que
estuviera por encima de los otros reyes y príncipes, no para derribarlos, sino para
darles la misma justicia a todos y la misma protección. Para ser quien responda
ante los dioses.
Crisso preguntó, incrédulo:
—¿Un rey para toda la Lusitania?
En vez de responder, Viriato continuó en el mismo tono:
—Los romanos son el pueblo más poderoso del mundo, pero han sido
derrotados por nosotros, y volverán a serlo. Sus Ancianos, esos senadores como
ellos los llaman, no piensan más que en enriquecerse, y, cuando un general es
derrotado, queda en peligro, pero si es vencedor también queda en peligro,
porque todos temen alguna ambición del vecino... ¿Entendéis, amigos? El poder,
en Roma, no es sagrado, y quien lo tiene lo usa en su propio beneficio... Por eso
los romanos son impíos, y también por eso, no lo dudéis, Quinto Fabio Máximo
Emiliano será llamado a Roma antes de resultar peligroso. Y esa va a ser nuestra
próxima oportunidad. Pero... ¿os dais cuenta? Si tuviéramos un solo jefe... un
Jefe único... Si tuviéramos un único jefe, yo de buena gana, le cedería el mando.
Crisso y Táutalo se removieron a disgusto. Viriato soltó una carcajada, y
añadió:
—¿Para qué soñar? Volveremos a Baikor. La partida será mañana, con el
alba.
Cuando salíamos de la tienda, oí que Crisso decía en voz baja:
—Un rey... ¡qué idea! El único rey que yo aceptaría por encima de mi tribu
sería Viriato...
Por primera vez tuve la breve pero deslumbrante visión de un futuro nuevo,
una nueva fuerza en Lusitania, un gran rey que arrastrase tras de sí a los otros
príncipes. Pero es sacrilegio querer desgarrar el velo que los dioses tienden sobre
el futuro de los hombres.

El tiempo, que se había mantenido seco y agradablemente fresco, cambió


durante la noche. De madrugada, cuando montamos a caballo, flotaba a unos
palmos del suelo una neblina fría, y los jinetes parecían fantasmas desplazándose
entre andrajos de bruma. Empecé a añorar el fuerte calor estival de la
Mesopotamia, pues me sentía aterido, y me estremecía bajo mi cobertor de piel.
Táutalo, insensible al frío, pasó junto a mí y mitigó el trote de su caballo para
decirme con un sarcasmo irritante:
—Si no me engaño, ese montón de pellejos es Tongio, el como...
Le habría contestado adecuadamente, pero tenía los dientes apretados para
que no castañetearan. Sólo cuando el sol fue ganando altura me sentí capaz de
hablar y acerqué mi caballo a la montura de Táutalo:
—Ayer, cuando el jefe hablaba de la marcha, guiñaste el ojo. Supongo que
no era una alusión a la temperatura del aire...
Se echó a reír, y se inclinó un poco para poder hablarme a media voz:
—En cierto modo, era cuestión de temperatura, pero no del aire. En este
viaje a Baikor vamos a hacer un desvío y pasar por Aritium Vetus... y allá está
Astolpas, el padre de Tangina. Viriato ha decidido hablar con el viejo, y no sólo
de guerra, sino también de casamiento... ¿entiendes?
Claro que entendía. Viriato seguía tan pobre como antes, pero era el jefe
supremo de los lusitanos, y su influencia y poder se habían extendido más allá de
los vínculos de sangre. Astolpas no podría negarle la hija, si esta quería la boda.
—Creía que Astolpas vivía al Norte del Tagus —observé—, pero Aritium
Vetus está en la orilla del sur.
—El viejo tiene propiedades en las dos márgenes, y además recoge el oro del
río. Es muy rico... demasiado rico. Me parece que el jefe va a tener más
facilidades para conseguir a Tangina que para lograr una promesa de ayuda
contra Roma. Un hombre como Astolpas tiene intereses muy diversificados y ha
de estar a bien con todo el mundo.
En aquel momento, Viriato, que iba al frente de la columna, se volvió e hizo
un ademán llamando a Táutalo, que fue a galope hacia él. Arduno, que hasta
entonces había cabalgado a la izquierda de Táutalo, pasó a mi lado, y tras unos
instantes de silencio dijo abruptamente:
—Voy a ser indiscreto; por eso, si quieres enfadarte, puedes empezar a
hacerlo ya.
Era una introducción estúpida, y así se lo dije. ti, imperturbable, continuó:
—Quería decirte esto: desde el inicio de nuestro viaje, y me refiero al viaje
de Cinéticum, no vi que te acostaras con mujer ni una sola vez, al menos que yo
sepa, claro. ¿Me equivoco?
Admití que no se equivocaba. No podría decir yo lo mismo respecto de él,
porque aprovechaba todas las ocasiones.
—Entonces, y visto que no me engañé, quiero decirte que esto no es normal
ni saludable. Ni habitual. En consecuencia: quiero saber las razones...
Incómodo, le corté:
—Claro que lo sabes. Eres la única persona que lo sabe.
Arduno murmuró en tono de disculpa:
—Bueno. Cambiemos de tema. Sólo quería decirte que eso no es bueno para
la salud...
Realmente, hacía meses que no tocaba a una mujer. El recuerdo de Sunua
estaba aún vivo, ella misma me acompañaba, manteniendo mi cuerpo y mi alma
en aquel éxtasis desesperado que me había arrebatado el ansia de consumar el
acto sexual. Desde la muerte de Sunua, mi cuerpo se había adormecido.

Iba mediado el otoño cuando llegamos a Aritium Vetus. Es una ciudad


próspera, situada en una región fértil, buena para la agricultura y la cría de
ganado. Por otra parte, la baña el Tagus, y este río carga en sus aguas grandes
cantidades de oro.
El lusitano Astolpas era el hombre más rico, poderoso e influyente de toda
aquella amplia zona del valle del Tagus. Cuando lo vi —vino a nuestro
encuentro para recibir a Viriato—, quedé sorprendido: por lo que Táutalo me
había dicho, lo imaginaba gordo, viejo, con aire fofo, temeroso de la guerra y
dispuesto siempre a inclinarse ante la fuerza, pero vi a un hombre alto, de largos
cabellos blancos, maduro ya, pero vigoroso, y con un porte digno y noble. Todo
lo contrario de lo que yo esperaba.
Con todo, se veía bien que él y Viriato no se llevaban demasiado bien. Los
saludos fueron ceremoniosos y fríos, pero la necesidad puede mucho, y estaban
ambos dispuestos a negociar: Viriato quería a Tangina y auxilios en hombres y
provisiones; Astolpas precisaba garantía de que la gran hueste lusitana evitaría
incursiones no autorizadas en sus tierras y las protegería contra vecinos ávidos o
(nunca se sabe qué vueltas da el destino) contra las legiones romanas, pese a la
conocida cordialidad de relaciones que mantenía con los magistrados de la
Beturia.
Las conversaciones se desarrollaron sin testigos. Nadie supo qué fue lo que
Viriato dijo, pero, como de costumbre, obtuvo lo que pretendía: Astolpas
proporcionaría provisiones para el invierno y permitiría que la hueste reclutara
voluntarios entre sus súbditos. Además, se declaró honrado con el interés que el
caudillo lusitano manifestaba por su hija Tangina, para la que realmente, no
podría desear mejor marido.
Habría que consultar a la joven (las mujeres lusitanas tienen derecho a elegir
esposo), pero la respuesta era conocida de antemano, según me aseguraron.
Tangina sólo comentó que Viriato había tardado mucho tiempo en decidirse.
Hecha esta observación, declaró que lo aceptaba. Pude verla antes de nuestra
partida, cuando vino a despedirse del novio. Era muy hermosa, con pelo y ojos
negros y la piel blanca y lozana. Miraba y se movía con modestia propia de una
doncella, pero tras esa modestia se adivinaba una actitud, una altivez y una
firmeza no inferiores a las de su futuro esposo... Viriato había encontrado,
realmente, una mujer de su altura.
Para festejar los acuerdos —logístico, militar, matrimonial—, Astolpas
ofreció un banquete suntuoso en la víspera de nuestra partida. Aunque él y
Viriato continuaban tratándose con cortesía distante, la atmósfera se había hecho
menos pesada y el festín resultó muy animado. Viriato, fiel a sus hábitos, bebió
poco y comió aún menos; probó de todos los platos por simple delicadeza.
También yo comí poco, pero por otra razón: una de las muchachas que nos
servían no quitaba los ojos de mí y, por primera vez desde la pérdida de Sunua,
sentí que necesitaba estar con una mujer. Me apresuro a aclarar que en esta
disposición no había la menor influencia de las palabras de Arduno.
¡Qué ridícula es la vanidad humana! Aquí estoy yo, con ochenta años
cumplidos, dando pruebas de un cómico orgullo juvenil... Claro es que hubo
influencia. Arduno me había despertado hacia una realidad que yo, por apatía,
había preferido ignorar. Primero fue el golpe y la herida abierta por la muerte de
Sunua, y, luego, los días sombríos de desesperación. Al fin había llegado la
costumbre y el miedo de sufrir más pérdidas como aquella. Pese a todo, el
cuerpo vivía, y reclamaba lo que le era debido.
Llegada la noche, fue pagada esa deuda. No hubo éxtasis ni encantamiento, y
sí, lo que quizá también es importante, descarga de energías, el reencuentro de
algo que yo ya no creía desear. La muchacha era bonita y alegre. En la cama,
todo acaeció con sencillez, sin peticiones ni promesas. Al amanecer, éramos
buenos amigos, y como tales nos separamos.

Llegamos a Baikor iniciado el invierno. El tiempo era aún seco y, según


informaciones que nos esperaban, las legiones romanas se mantenían activas,
noticia que nos puso en estado de alerta. Viriato difícilmente podría contener un
fuerte ataque, y abandonar Baikor supondría para él perder lo que le quedaba de
la Bética.
Vivimos días de amistad. Leídos los presagios, y nada nos revelaron, sólo
que no debíamos atacar ni retirarnos, que teníamos que esperar los
acontecimientos. Entonces, empezaron a llegar buenas noticias: aprovechando el
período de sequía, y buscando una oportunidad para robar los alimentos que
quedaban en los poblados y sustituir con ellos el producto de las cosechas
perdidas, varios pueblos con los que habíamos establecido contactos iniciaron
hostilidades contra Roma: túrdulos, vetones, vacceos —e incluso los turdetanos.
En pocos días se extendió la rebelión por Iberia como el fuego en un pajar.
Recibimos estas noticias con un alivio fácil de entender, y nuestra moral se
reforzó aún más cuando llegaron a Baikor los contingentes calaicos prometidos a
Viriato: tropas frescas y aguerridas, feroces incluso, y con una especial aptitud
para recibir el entrenamiento que les sería impuesto.
Tras la llegada de la última hueste de calaicos, el cielo se cubrió de nubes y
empezaron a caer las lluvias de invierno, retrasadas pero torrenciales. Por aquel
año, habían terminado las campañas.
IX

El invierno en Baikor fue agradable, con alimentos en abundancia y buena


leña para quemar. Viriato dirigió personalmente el entrenamiento de los calaicos,
mientras Crisso, Táutalo y yo mismo nos encargábamos de mantener en forma a
los veteranos de la hueste, organizando juegos, ejercicios y cacerías. Para
compensar a la población por los inevitables inconvenientes provocados por la
permanencia de un ejército acampado junto a la ciudad, hicimos escoltas de
protección a las caravanas de los mercaderes y otros viajeros. No hubo conflictos
graves (la presencia del jefe Viriato bastaba para mantener la disciplina) y las
eternas cuestiones de mujeres fueron resueltas en paz y con justicia.
A veces, Viriato me llamaba para que asistiera a los entrenamientos de los
calaicos, y era un placer ver el entusiasmo que estos mostraban —pero no me
gustaría nada enfrentarme a ellos en el campo de batalla. Eran gentes nacidas
para la guerra. Cuando luchan en la Calecia, las mujeres luchan a su lado, y son
tan feroces y aguerridas como sus maridos.
Mientras tanto, yo buscaba una ocasión, no forzada, para hablar con Viriato.
Esta oportunidad se me presentó una noche en la que, después de una larga
charla alrededor de la hoguera, Táutalo, Arduno, Crisso y algunos otros se
despidieron para dormir. Viriato y yo nos quedamos a solas. Lo pensé durante
unos instantes, y decidí al fin no andarme con rodeos.
—¿Recuerdas la última noche que pasamos en Igedium?
Él se estremeció, como si despertase, y volvió el rostro hacia mí. La claridad
incierta de las llamas avivaba sus rasgos, haciéndolos más duros.
—Hablaste de la necesidad de dar un rey a los lusitanos.
—Sí —respondió en tono reservado—, pero aquello fue un desahogo. Hay
muchos reyes y jefes en Lusitania.
Intentaba esquivar el tema, pero yo lo había iniciado, y estaba dispuesto a
llevarlo hasta el fin.
—Lo sé. Hablaste de un rey que los mandara en la guerra y que respondiera
por todos ante los dioses. Cuando te fuiste, Crisso refunfuñó (Crisso, como
sabes, refunfuña siempre) y dijo que sólo aceptaría esa idea si fueras tú el rey...
lo que quiere decir lo siguiente: estoy seguro de que muchos otros piensan igual
que Crisso.
Viriato clavó de nuevo los ojos en la hoguera:
—Quizá, pero no es esa mi ambición, Tongio. Lo que quiero es unir a los
lusitanos y a los otros pueblos contra Roma.
—Una cosa depende de la otra. Nuestra hueste no vacilaría un instante en
proclamarte rey.
Viriato se levantó, y yo lo imité. Muy serio, se acercó a mí y puso con fuerza
sus manos en mis hombros.
—No, es un ejército quien hace a un rey. El rey tiene que ser designado y
consagrado por los dioses. Yo hago lo que tengo que hacer... Si los dioses
quieren que yo sea rey, darán señal de su voluntad. Pero querer la realeza sin el
compromiso, sin la consagración... querer la realeza así, es un acto de impiedad.
—Pero...
—No. Y óyeme bien. Apenas comience la primavera intentaré difundir la
revuelta por toda Iberia. Quién sabe lo que ocurrirá luego. Esperaremos. La Gran
Diosa, en el Santuario de la Luna, no dijo que el hombre del toro sería
coronado... Y, ahora, buenas noches.
Sonrió, sólo para mostrar que no estaba enfadado, y se fue. Yo le dije,
cuando ya estaba de espaldas:
—¡Pero la Gran Diosa tampoco dijo lo contrario!
Él continuó andando, y yo me quedé solo, sin ganas de irme a dormir.
Cuando al fin me acosté, dormí mal, tuve sueños confusos, llenos de voces y de
imágenes que no conseguía retener. A la mañana siguiente desperté fatigado y
mal dispuesto. Por suerte, aquel día no habría ejercicios de combate ni juegos.
Era fiesta en Baikor: un día dedicado a las celebraciones de los dioses de la
ciudad.
La ceremonia religiosa fue larga, y estuvo acompañada de cantos entonados
por muchachos y muchachas en los inicios de la pubertad. A medida que
avanzaban los ritos parecía crearse una expectativa especial, como si lo más
importante es tuviera aún por acontecer. No pude contener la curiosidad, me
alejé unos pasos —hasta entonces había estado integrado en el pequeño grupo
que rodeaba a Viriato, a quien habían reservado un lugar de honor— y detuve a
uno de los muchachos del coro cuando pasaba junto a mí, apresurado, como si le
hubieran encomendado una tarea urgente, y le pregunté qué iba a ocurrir.
—De un momento a otro será el instante del oráculo, va aparecer la Señora
del Altar.
—¿Quién es?
Me replicó impaciente:
—Crovia, que pronuncia los oráculos para el nuevo año.
Se desprendió y siguió su camino, mientras yo volvía a mi lugar, a la
izquierda de Viriato. No sabía que en Baikor hubiera una profetisa; sólo conocía
la de la Sierra de la Luna, y había oído hablar de otra, que leía el futuro en un
templo de Clunia. No hay muchas mujeres en Iberia con don de profecía.
Sonó una trompa. Los sacerdotes se volvieron hacia la puerta del templo, que
se abrió inmediatamente, y del interior salieron, en dos hileras, diez bellas
muchachitas vestidas de lino blanco. Se oyó de nuevo la trompa, y en el umbral
del templo apareció imponente Crovia, la profetisa. El complicado y riquísimo
tocado, la pintura de los ojos Y la boca disfrazaban casi por completo sus
facciones. Por lo que podía ver, era joven, pero ya no una adolescente.
Avanzó Crovia lentamente, con el cuerpo rígido, haciendo sólo gestos
rituales. Pasó ante el ara, vuelta hacia la concurrencia, y vino a su encuentro un
sacerdote con la víctima en brazos: un cabritillo. El animal se mostraba tan
manso que supuse que le habían dado a comer alguna hierba especial. Cuando lo
posaron en el ara, el cabritillo se quedó muy quieto, como si estuviera junto a su
madre. Entonces, lentamente, la profetisa paseó su mirada por la multitud. Yo,
que desconocía el rito, me preguntaba si aquella mujer iba a tener fuerza
suficiente para abatir a su víctima, pero de pronto vi que todas las miradas
estaban clavadas en mí. Y Crovia me señalaba.
Por la expresión de los muchachos de Baikor deduje que me había sido
conferido un gran honor, aunque no sabía cuál. Táutalo cortó mis vacilaciones
dándome un empujón y susurrando:
—¡Venga, tonto! ¡Adelántate!
Obedecí y avancé hasta el ara. El sacerdote más viejo me entregó un hacha
enorme cuya hoja, muy afilada, brillaba al sol. Entonces comprendí: la profetisa
me había elegido como sacrificador. Empuñé el hacha y me volví hacia Crovia;
viéndola desde tan cerca me di cuenta de que era extremadamente hermosa. A
distancia, la pintura ocultaba las líneas sensuales de su rostro y el brillo húmedo
de los ojos. Me miró, y sus párpados se estremecieron, pero pronto recuperó la
expresión rígida, y con voz expresiva dijo:
—Los dioses esperan el sacrificio, extranjero.
Sostuve el mango del hacha con ambas manos, la levanté por encima de la
cabeza. Tumbado sobre el ara, el cabrito exponía el pescuezo al golpe. La hoja
descendió cortando el aire con un silbido, y un chorro de sangre caliente inundó
mis manos. El animal continuó estremeciéndose incluso después de que la
pequeña cabeza cayera al suelo. Crovia se mantuvo impasible mientras las
muchachas, entrenadas ya, se acercaban a mí y una de ellas —la más bonita—
me lavaba con agua lustral.
La profetisa empezó a hablar con voz sonora y vibrante. Habló durante
mucho tiempo y no le entendí nada —por otra parte, sólo los sacerdotes podían
interpretar el oráculo. Empezaba a sentirme cansado y un poco aburrido cuando
la ceremonia llegó a su fin, o, al menos creí que era el fin, pero cuando iba a
alejarme, un gesto de Crovia me detuvo. Siempre en actitud hierática se dio la
vuelta y se encaminó hacia el templo...
Alarmado, comprendí por la actitud de los acompañantes que yo tenía que
seguirla. Eché una mirada temerosa a Viriato, pero el jefe parecía tranquilo y me
hizo una leve señal, como diciéndome que obedeciera. Pese a su habitual
gravedad, acentuada aún más por la solemnidad de la ocasión, creí ver en sus
ojos una vaga expresión divertida. Respiré más a gusto. Viriato nunca
abandonaba a sus hombres y si los ritos de Baikor incluían un sacrificio humano,
no me iba a entregar.
El templo era pequeño y oscuro. Cuando se cerró la puerta detrás de mí, la
única iluminación venía de la llama que ardía ante al imagen de un dios cuyo
nombre desconozco —una escultura muy antigua, de trazos groseros. Crovia no
se detuvo, excepto para saludar a la divinidad. Se encaminó hacia una puerta
lateral y desapareció seguida por dos jóvenes. Las otras me rodearon e hicieron
una profunda reverencia. Luego me acompañaron hasta la misma puerta.
Atravesamos un patio cerrado y entramos en una sala ricamente decorada. Con
hábiles movimientos, las sacerdotisas me desnudaron por completo.
En un rincón de la sala había una alberca excavada en el suelo rocoso y llena
de agua tibia y perfumada. Entré en el baño, y luego dejé que me secaran —no
permití, sin embargo, que me quitaran el amuleto que llevaba al cuello. Me
vistieron con una túnica de lino blanco ceñida con un cinturón de cuero
trabajado, y me llevaron hasta otra puerta que no había visto antes por estar
oculta tras una cortina. Me detuve en el umbral, deslumbrado.
Estaba ante mí la mujer más hermosa del mundo —o así me lo pareció. Sin
pintura, tocado ni vestido ceremonial, Crovia era una maravilla. Admiré
largamente sus formas, el cabello rubio que caía en cascada sobre los hombros,
los senos duros y alzados, la piel marfileña. Un rumor me hizo saber que
acababa de cerrarse la puerta a mis espaldas. Crovia tendió los brazos:
—Ven. El rito ha de cumplirse.

Volví al campamento a tiempo de ocupar mi puesto en la ronda de centinelas.


Un poco desconcertado, vi sonrisas a mi alrededor. Táutalo me preguntó si
quería cambiar mi turno, «porque tendrás que dormir, ¿no?, ¡Vaya ojeras!». Me
negué.
Realmente, apenas había dormido. El ritual había sido cumplido como debía,
pero después de satisfacer a los dioses tuve que satisfacer a su profetisa, y esta
resultó poco menos que insaciable. A medida que avanzaba la noche, el ambiente
entre nosotros se fue haciendo menos sagrado y más humano. Crovia era maestra
en las artes del amor. Pocas veces (¿qué digo yo? ¡Nunca!) he encontrado una
mujer así. Nada tenía, pues, de extraño que me sintiera extenuado, vacío y
aturdido a la mañana siguiente, pero aguanté a pie firme. Cuando, al fin, pude
comer, devoré un pedazo enorme de cabrito asado, regado con cerveza, y me
encerré en mi tienda. Dormí hasta muy tarde, con un sueño profundo y
magnífico.
Arduno me despertó al caer la noche diciendo que el jefe quería hablar
conmigo «cuando estuviese recuperado». Respondí que lo estaba ya, y me
levanté. Mientras me vestía, Arduno me dio una noticia: no había sido yo el
único en pasar una noche agradable (exactamente «agradable» fue su expresión),
pues también Viriato se había llevado una moza a la tienda.
—La verdad es que la llevó por cortesía, porque le fue ofrecida por los
Ancianos, pero por el aire satisfecho de la chica, esta mañana, tengo la seguridad
de que no fue sólo una concesión a las leyes de la hospitalidad. ¿Crees que va a
tomarle gusto a la cosa?
—Arduno, eres una celestina desvergonzada. Hasta un hombre como Viriato,
que se entrega a una empresa en cuerpo y alma, necesita ceder a los sentidos de
vez en cuando. Acaba de pasar un año malo, aunque no lo diga en voz alta. Es
natural que precise, al menos por una noche, olvidarse de la hueste y del mando.
Pero eso no es cosa nuestra. Yo ya estoy listo.
Viriato estaba solo, sentado en un tronco. Hizo un ademán, invitándome a
sentarme a su lado.
—Espero que haya sido agradable el honor que te fue concedido —dijo con
tono tranquilo—. Te he llamado sólo para explicarte que lo que ocurrió fue el
cumplimiento de una tradición de Baikor.
—¿El sacrificio?
—El sacrificio, y lo demás. La profetisa elige el sacrificador y luego lo
recibe en su lecho. Es un acto sagrado, para garantizar las buenas cosechas y
crías saludables al ganado. Esto viene ocurriendo desde tiempos que escapan a
nuestra memoria, y es siempre la profetisa quien escoge... o los dioses, por
mediación suya.
Recordé las miradas de envidia de los jóvenes de Baikor y, como si me
hubiera expresado en voz alta, Viriato dijo:
—Sí, una envidia natural. Es un gran honor ejecutar el sacrificio, pero
sospecho que la envidia venía de otra cosa: de la noche sagrada en la cama de la
profetisa. Cuando Crovia sea vieja, las miradas serán de alivio. Entretanto, es
posible que ella vuelva a llamarte, y esa vez no será para cumplir un rito. Haz lo
que quieras: eres libre. Pero dentro de unos días, Tongio, vamos a marcharnos,
reanudaremos la guerra. Y entonces tendrás que elegir...
No le dejé continuar, y protesté indignado contra la mísera opinión que tenía
de mí. Él levantó la mano para acallarme, y dijo:
—Siempre he confiado en ti, pero conozco a Crovia y sus artimañas cuando
quiere conservar consigo a un hombre que le gusta. Pero no vamos a hablar más
de esto. Con todo, no olvides lo que te he dicho.
Aquella noche, cuando iba a cenar, surgieron ante mí dos jóvenes
sacerdotisas que se alumbraban con antorchas. No dijeron nada, pero comprendí
y seguí tras ellas. Crovia me estaba esperando en su cuarto, donde el aire era
tibio y estaba cargado de aromas. Estaba servida la cena, mucho mejor sin duda
que la que me esperaba en el campamento. Como había ocurrido el día anterior,
no volví a mi tienda hasta el amanecer.
Y lo mismo ocurrió en los días siguientes. Ahora, pasados tantos anos, puedo
decir que no me enamoré de Crovia, pero entonces era incapaz de distinguir
entre el amor y la pasión física, violenta y obsesiva que despertó en mí. No voy a
describir las largas y tumultuosas noches, los actos de locura, el placer casi
doloroso del que gocé hasta la extenuación. Las palabras son insuficientes —y,
además, ¿qué importa ahora todo esto? La característica especial de la pasión es
arder hasta las cenizas y extinguirse luego por completo. Entonces, las cenizas
son aventadas, y todo se acabó.

Las lluvias y el frío habían disminuido en intensidad y un día llegaron a


Baikor los caballos prometidos por los sacerdotes de Coaranioniceus. No sé qué
caminos ignorados habían elegido para viajar, o si usaron la magia, pero el caso
es que nuestros espías no se habían apercibido de su aproximación.
Viriato nos llamó a Arduno y a mí para agradecer y elogiar públicamente
nuestra idea. Los caballos eran magníficos, pequeños, resistentes, veloces.
Tenían, en fin, todas las características del linaje sagrado. Fueron entregados a
los cuidados de nuestros mejores jinetes, que se encargaron de terminar su
entrenamiento para la guerra. Viriato quedó tan impresionado con aquellos
animales que entró en negociaciones con los sacerdotes de Coaranioniceus que
habían conducido la manada y obtuvo la promesa de la entrega de otro centenar
de caballos para el año siguiente.
Y no fueron sólo los caballos de Olisipo lo que llegó a Baikor. Mensajeros
venidos del valle del Betis y, de la Carpetania trajeron también informaciones
sobre los movimientos del enemigo. Este se encontraba de nuevo en situación
delicada. Los pueblos sublevados en los inicios del invierno seguían las
hostilidades y, por otro lado, los gobernadores romanos habían sido sustituidos.
Conforme había previsto Viriato, Emiliano había sido llamado a Roma, y en la
Ulterior se hallaba ahora el propretor Quinto Pompeyo. El gobierno de la
Citerior había sido entregado al pretor Quincio, una absoluta nulidad, por lo que
decían.
Había llegado, pues, el momento de establecer un nuevo plan de campaña.
En contra de lo que sería de esperar, pensaba yo, Viriato decidió no lanzarse a
recuperar de inmediato las posiciones perdidas en la Bética. En vez de hacerlo
así, intentaría que la revuelta se fuera propagando y que llegara incluso a los
aliados de Roma.
—Y, cuando ataquemos, empezaremos por la Citerior. Si ese Quincio es tan
mal general como se dice, nuestro trabajo va a ser más fácil y podremos poner a
prueba, sin grandes riesgos, la nueva caballería. En consecuencia, quiero que
todos se preparen para la partida. Ya llevamos demasiado tiempo en Baikor.
Dentro de tres días saldremos para el Norte.
Dijo las últimas palabras mirando para mí. Sostuve su mirada y, por la noche,
cuando vinieron a buscarme las dos sacerdotisas, iba más seguro de mí mismo.
Era una confianza excesiva. Al verla, en aquel lecho recubierto de pieles y
tejidos preciosos, se me heló la sangre ante la idea de que tendría que
abandonarla. Estaba envenenado por su cuerpo, por el perfume de su piel, hasta
por aquel cuarto repleto de oro, joyas y aromas extraños que excitaban el deseo.
Crovia sabía ya que la hueste iba a partir. No sé qué leyó en mis ojos, fue su
don de profecía, o si tenía informadores, el caso es que nada de lo que ocurría en
Baikor escapaba a su conocimiento. Fuese lo que fuese, me habló como si
estuviera convencida de que yo iba a quedarme allí, a sus pies, adorándola. La
noche fue aún más deliciosa, turbadora y febril que las anteriores.
Los dioses, a quienes irrita verse contrariados, me enviaron un rayo de sol.
Por la mañana, al despertar, la luz del día penetraba en el interior del cuarto a
través de una rendija de la ventana. Tenía que volver al campamento. Crovia
dormía aún, y me incliné con cautela para besarla sin perturbar su sueño, El rayo
de sol, finísimo y brillante como una cinta de luz, caía en la cama, al lado de su
cabeza. Entonces, al verla dormida, con el rostro abandonado a sí mismo, la vi
como realmente era: un rostro ávido, duro, no de profetisa sino de cortesana.
Arrugas que nunca antes le había descubierto surcaban su faz y le daban una
expresión viciosa. Fue un golpe inesperado. Paseé la mirada por todo su cuerpo.
En los días santificados, este cuerpo era iluminado y poseído por la divinidad,
pero cuando el dios se retiraba quedaba sólo una mujer sin alma, que no conocía
más que sus placeres y sus caprichos... Yo, Tongio, hijo de Tongétamo, era su
placer y su capricho. Sólo eso.
Me deslicé suavemente fuera de la cama, me vestí y, salí. En el exterior, el
aire puro y frío fue una sensación agradable. Con pasos rápidos me encaminé
hacia el campamento y, en un riachuelo próximo, tomé un baño de agua helada
para liberarme del perfume que había quedado aferrado a mi piel. Por la noche,
cuando las sacerdotisas vinieron a buscarme, hablé con una de ellas:
—Transmitid a Dama Crovia mis saludos, y decidle que mi corazón está
infinitamente triste por no poder verme honrado con su compañía. La hueste va a
partir, y mis deberes militares me obligan.
Vi en el rostro de la muchacha una expresión de terror. No iba a serle
saludable, sin duda, llevar aquel recado. La profetisa no era mujer para recibir
bien a los portadores de noticias desagradables. Sentí pena por ella, y le
pregunté:
—¿Temes que tu señora se enfade y te maltrate?, ¿Quieres que hable yo con
ella?
Su pequeño rostro oval se cerró. Sin una palabra, me dio la espalda y se fue,
seguida por su compañera. No quise saber más. Los misterios de las mujeres son
sagrados y no debemos intentar desvelarlos.
La víspera de la marcha, la hueste ofreció sacrificios a los dioses de la guerra
en diez aras diferentes, tantas como dioses eran venerados por las tribus que
habían aportado contingentes a aquel ejército lusitano. Detrás de cada ara se
había erigido una estatua con la imagen del respectivo dios, con excepción del
ara de los galaicos, porque este pueblo no hace estatuas de sus divinidades.
Ofrecimos diez caballos de batalla elegidos entre los de la manada llegada de
Olisipo. Todos los presagios se mostraron favorables.

Muchas cosas, verdaderas y falsas, se dijeron luego sobre Viriato. Como


ocurre con todos los grandes hombres, se transformó en una leyenda, y las
leyendas, por regla general, son injustas incluso para con aquellos a quienes
pretenden glorificar. Por ejemplo, oí no pocos disparates y exageraciones sobre
la fuerza y la bravura de nuestro caudillo (él era un héroe, no un dios); en
contrapartida, quedaron olvidados, por menos espectaculares, verdaderos
prodigios de estrategia, diplomacia y elocuencia. El año al que ahora me refiero
fue sin duda un año lleno de prodigios. ¿Qué otro nombre se podría dar a la
sublevación de la Celtiberia, iniciada sólo por la palabra de Viriato?
Era ya primavera cuando penetramos en la Hispania Citerior. En vez de
atacar a las legiones de Quincio, Viriato nos llevó a una región que todos
hubiéramos creído que sería la menos adecuada para encontrar en ella una
acogida cordial: eran las tierras de titos y belos, pueblos que llevaban ya mucho
tiempo sometidos a Roma, y que habrían sufrido algunas humillantes derrotas
enfrentados a nosotros, cuando, en el primer año de su mando, Viriato aniquiló
una columna de refuerzos enviada en petición de ayuda ya entonces derrotado Y
refugiado en Carteia.
Ni siquiera Táutalo se sintió feliz por esta decisión, pero, contra todas las
previsiones, la hueste avanzó sin provocar movilización general. Verdad es que
no llegábamos en son de guerra; muy al contrario, Viriato anunció que cualquier
violencia sería castigada con la muerte, y envió emisarios a los reyes y jefes de
la región. Supongo que nuestra llegada causó el pánico y que, probablemente,
hubo un alivio proporcional cuando los embajadores fueron recibidos en los
poblados, y esa fue la primera parte del prodigio.
El efecto fue completado por la presencia y la palabra de Viriato en la
asamblea de jefes reunida a continuación. No recuerdo sus palabras exactas;
recuerdo sólo que conquistó a los asistentes con la fuerza de sus argumentos y la
magia de su voz —cuando quería, le daba una vibración especial que la hacía
irresistible—. Se abstuvo de sugerir que titos y belos se integraran en la hueste
lusitana, ante el temor de que la derrota sufrida cuatro años antes despertara
algún amargo recuerdo. Se limitó a alentarlos a la revuelta y solicitó que
coordinasen sus ataques: él iniciaría la ofensiva contra Quincio y —aseguró— lo
derrotaría. Entonces sería el momento de intervenir los celtíberos., La propuesta
fue aceptada sin vacilaciones.
Nunca aprecié tanto un banquete como el que cerró aquella asamblea. El
gusto de la victoria daba un sabor especial a los manjares y a los vinos... una
victoria conseguida por Viriato solo tan brillante como las que habíamos
obtenido en combate. Pensé de nuevo que sería magnífico verlo aclamado por
rey de los pueblos lusitanos. Ningún otro hombre había conseguido lo que él, y
ninguno como él merecía la realeza.
La euforia era general. Ya al final del festín, el grupo de los amigos íntimos
pudo reunirse alrededor de Viriato y todos queríamos saber cuándo atacaríamos
a Quincio.
—Todavía no; más tarde lo haremos. Aún no hemos acabado lo que
veníamos a hacer aquí —dijo Viriato—. Los belos y los titos son importantes,
pero para levantar a la Celtiberia es preciso conquistar antes su alma: Numancia,
los arévacos.
Táutalo soltó un silbido.
—Si se nos unen los de Numancia, Quincio puede preparar el equipaje y
volverse a Roma, y una vez allí, que se esconda bajo la cama...
Viriato asintió:
—Los arévacos son los más numerosos, los más aguerridos. Su capital es una
fortaleza inexpugnable. Para ganar esta guerra necesitamos el apoyo de
Numancia, que se alce contra Roma, porque los arévacos, y sobre todo los
numantinos cuando comienzan una empresa, la llevan hasta el fin.

Precedida por dos jinetes que ostentaban los símbolos de la paz, la hueste se
aproximó a la ciudad, hizo alto, y esperó a que un destacamento de la guarnición
viniera a su encuentro. Luego, retrocedió unos cinco estadios y ocupó el terreno
indicado por los numantinos como espacio de acampada. Llegaron emisarios con
una invitación formal. El estado mayor montó a caballo y siguió a Viriato, que
para esta ocasión solemne se había adornado con su yelmo de plumas rojas
Numancia me impresionó. No era, como Gadir, una ciudad opulenta. Gadir
se impone por su riqueza; Numancia impresionaba por su fuerza. Las murallas
formaban una compacta masa de piedra, tan espesa y formidable que yo creí que
se remontaba a los tiempos de, las piedras gigantescas alzadas por los dioses. La
gran ciudad de los arevacos no tenía los lujos de las ciudades del Sur, pero era
noble en su dureza agreste.
Ante los numantinos, Viriato empleó todos sus recursos oratorios. El
encuentro con los titos y los belos había sido sólo un ensayo, un ejercicio antes
de la batalla: esta era la verdadera batalla, el enfrentamiento en el que todo
estaba en juego.
Si lo hubieran escuchado todos los hombres de Numancia, Viriato hubiera
salido de la ciudad entre las aclamaciones de los arévacos. Desgraciadamente,
Viriato no habló para una asamblea de guerreros. Sólo los jefes estaban
presentes, y estos se mostraron convencidos y vibrantes de entusiasmo, pero no
hasta el punto de olvidar sus propios poderes y prerrogativas. No llegó a haber
una posibilidad real de que aceptaran un mando único. Viriato, para ellos, era
sólo un aliado y un amigo: nada más.
La campaña contra Quincio fue fulminante. En realidad fue la repetición
exacta de lo que había ocurrido con Plaucio: Viriato simuló una derrota, y se
retiró al Mons Veneris, eligió las posiciones que más le convenían y cayó por
sorpresa sobre las tropas del pretor. Quincio dejó mil muertos en el campo de
batalla, y regresó a sus bases, donde le esperaban noticias de la revuelta
celtibérica. Desesperado, hizo una última tentativa, enviando contra nosotros un
cuerpo de ejército bajo el mando de Cayo Marcio, un ibero renegado. Viriato no
se dignó hacerle frente: un destacamento de la caballería lusitana, mandado por
Táutalo, destrozó a estas tropas. Ya entonces estaba Quincio en marcha hacia
Corduba, donde, como había hecho también Plaucio, estableció sus cuarteles de
invierno en pleno verano.
Viriato se volvió al fin contra la Bética, derrotó a Quinto Pompeyo sin
dificultad, y marchó sobre Itucci, decidido a recuperarla y aprovechar su
posición estratégica. Tampoco fue difícil esta tarea. Los itucenses, al ver nuestro
ejército, abrieron las puertas de la ciudad y se proclamaron aliados del caudillo
lusitano.
Tendrían que conocerlo mejor. Viriato recibió la bienvenida del Consejo de
los Ancianos, y luego, con semblante muy amistoso, anunció que iba a contar
una historia. Desconcertados, los nobles viejos de Itucci dijeron que nada podría
resultar— les más agradable... Entonces, el jefe les contó la historia de un
hombre que cometió' la imprudencia de tener dos esposas. Como eran diferentes
los gustos de las dos, el pobre marido intentó mantener la paz doméstica como
fuese, y acabó en la miseria. El silencio atemorizado que siguió a la narración
demostró que los Ancianos habían entendido. Itucci había abierto las puertas a
Viriato durante la primera ocupación de la ciudad; luego, había permitido que los
romanos la recuperaran fácilmente, y ahora volvía a declararse a nuestro favor.
Tras esta advertencia, Viriato se apresuró a aprovechar las ventajas de una
rendición tan fácil, y asumió virtualmente todo el poder en la ciudad, aunque
tuvo la prudencia de dejar decidir a los Ancianos en todos los asuntos que no
eran del ámbito militar. Ninguna ley fue abolida o violada, ningún dignatario fue
sustituido, pero Itucci se convirtió en una plaza fuerte lusitana. Para la
cotidianeidad de los habitantes, la única diferencia fue que desde entonces
contarían con la protección de la hueste. Viriato recurrió a los itucenses más
jóvenes, los reforzó con efectivos nuestros y les hizo ampliar y perfeccionar las
fortificaciones. Pero los trabajos terminaron, reunió a las tropas y anunció la
nueva campaña.
Hasta la llegada del invierno multiplicamos las incursiones en la Bastetania,
que se nos ofrecía indefensa. Nunca el poder romano había pasado por tantas
humillaciones en Iberia.

El producto de los saqueos realizados en Bastetania fue suficiente para


mantenernos durante el invierno sin exigir demasiados sacrificios a la población
de Itucci. El período de lluvias fue sosegado y confortante: teníamos comida,
alojamientos —e información, pues la influencia de Viriato se había dilatado
tanto que los mensajeros afluían casi ininterrumpidamente en cuanto el tiempo lo
permitía.
Ninguna de esas informaciones era discordante. Con las victorias lusitanas y
el alzamiento de los celtíberos, el pánico se había apoderado de Roma, donde se
temía ya que los ilergetas, invocando la memoria de su rey Indíbil, se pusieran
también en armas y llevaran el incendio de la revuelta hasta más allá de los
montes que separan Iberia de las Gallas. El Senado había votado el
nombramiento del cónsul Lucio Cecilio Metelo, recién elegido, para el gobierno
de la Hispania Citerior, y le había dado orden de incorporarse a su destino lo
antes posible. En cuanto a la Hispania Citerior, nada se sabía.
Metelo llegó en pleno invierno, y consiguió algunas ventajas en la Celtiberia.
Viriato preparó una nueva campaña para la primavera, y cuando se acercaba el
día fijado para la partida, me mandó llamar.
—Una vez más vamos a tener que prescindir de la presencia de nuestro
guerrero brácaro... o mejor dicho, de nuestro guerrero como...
—Comprendo —repliqué—. ¿Quieres que haga una nueva tentativa en
Cinéticum?
Viriato asintió:
—Va a ser más fácil ahora. La vigilancia romana está desorganizada, y, por
lo que me dicen los mensajeros llegados del Anas, los ánimos de los conios
andan exaltados... Hay que apresurar la marcha...
—¿Cuándo tengo que partir?
Viriato dio unos pasos, reflexionando:
—Lo antes posible. Con todo, conviene que busques un disfraz, en previsión
de cualquier emergencia. Mercader: eso es lo más indicado. Mientras tanto, y de
camino hasta el Cinéticum, podrías ir a ver a tu madre... También tengo interés
en que lo hagas, porque quiero renovar contactos con nuestros aliados de
Arcóbriga y Meríbriga.
Le di las gracias. Le estaba muy reconocido, tanto más cuanto que, y lo sabía
yo muy bien, no era realmente necesaria una visita a estas ciudades, a las que
aún muy recientemente había enviado Viriato emisarios con presentes. Hacía seis
años que yo no veía a mi madre ni a Lobessa, ni a mis amigos de Arcóbriga.
Para un guerrero, siempre en peligro, seis años son una eternidad.
X

Por alguna razón profunda, que por aquel entonces yo desconocía aún,
experimenté una sensación extraña al cruzar el río Anas y volver a ver un paisaje
tan conocido. Me sorprendí pensando: «Al fin, vuelvo a casa...», pero yo no
tenía casa, mi hogar era una tienda y la insignia del toro; mi familia era un
ejército y un caudillo. Nunca antes me había preocupado eso. A medida que uno
va madurando empieza a pensar ciertas cosas: no temía la muerte en combate,
pero empezaba a preguntarme si tendría algún día casa y mujer que pudiera tener
por mías, e hijos para perpetuar mi nombre y hacerme las ofrendas cuando
llegara la hora.
A pesar de estas ideas, me encontraba en excelente disposición de espíritu
cuando avisté a lo lejos el santuario de Endovélico en la cumbre de su altozano.
Fue como si volviera al día en que allí llegué por primera vez: el silencio, la
tranquilidad, la ligera brisa, hasta las nubes que corrían por el cielo luminoso
parecían las mismas.
Pero la inmutabilidad era sólo aparente. Al acercarme al camino sagrado que
permite el acceso al templo del otero, pude ver modificaciones: dos o tres
construcciones recientes, estatuas nuevas del dios ofrecidas por peregrinos... la
vivienda de mi madre estaba a media ladera, unida al camino sagrado por un
senderillo. Me dirigí hacia allá. Una voz que pronunció mi nombre hizo que me
detuviera. Me costó trabajo reconocer a uno de los acólitos del sacerdote, pues
cuando salí de allí, era aún un chiquillo al borde de la adolescencia, y ahora era
un hombre ya. Se mostró encantado al verme, pero no sorprendido porque con la
reanudación de las guerras en la otra orilla del Anas los Ancla— nos y los
sacerdotes habían ordenado que se colocaran vigías y estafetas ocultos a lo largo
de los caminos principales. Uno de los vigías me había reconocido.
El joven me contaba esto con gran abundancia de gestos y palabras, hasta el
punto de que levantó sospechas en mí. Por dos veces intenté interrumpirle, y a la
tercera comprendí que había allí algún error. Un grito, dado en el tono apropiado
(no en vano llevaba yo seis años en campaña), lo hizo callar. Sonreí, para mitigar
un poco el efecto del grito, y le pregunté:
—¿Le ha ocurrido algo a mi madre?
Clavó los ojos en el suelo, y en aquel instante comprendí porqué, al verme,
había corrido a colocarse ante un gran roble situado en la misma orilla del
camino y no salía de allí. Una oleada de revuelta se apoderó de mí —revuelta
contra mí, que nada había presentido ni había sido capaz de considerar la
posibilidad. Me dominé, y dije en voz baja:
—Comprendo. Puedes salir de ahí.
Dio un paso hacia el otro lado. La tumba era muy hermosa teniendo en
cuenta el nivel de los artistas de Arcóbriga. Estaba junto al tronco del roble, de
manera que quedaba protegida por el follaje. Sobre la gran lápida habían
grabado una inscripción en caracteres ibéricos: Camala, de Balsa, en Cinéticum,
servidora del Señor Endovélico. Más bajo había otra frase que, a juzgar por la
diferencia de coloración de la piedra, había sido añadida con posterioridad:
Benefactora del santuario.
Nacemos para morir: esa es la condición humana. Sería impío criticar la
bondad y la sabiduría de los dioses. La muerte de Camala no provocaba en mí
una sensación de protesta impía. Lo que no podía perdonar —no podía
perdonarme a mí mismo— era no haber vuelto a verla en tantos años. Más allá
del resentimiento que podía sentir hacia aquella mujer posesiva que no quería
ver como su hijo escapaba a su dominio, más allá de mi ansia de libertad, nos
unía a ambos un gran amor.
El ruido de las hierbas secas holladas por alguien que se acercaba me volvió
a la realidad. El acólito había desaparecido, y ante mí estaba Lobessa, a quien sin
duda había ido el joven a llamar. Sin perder tiempo en saludos, ella me dijo lo
que yo quería saber:
—Murió serenamente, sin sufrimientos. Ocurrió hace dos años. Estaba
enferma desde el invierno anterior, y nunca más se sintió bien... Ella lo sabía...
sabía que iba a morir. Mandó hacer la tumba con la primera inscripción. El
sacerdote —no el que tú conociste, que murió también— la autorizó a elegir el
lugar de su reposo. Cuando empeoró...
—¿Habló de mí?
—Sólo una vez. Nunca dejó de quererte, pero debes entender que el dios la
había tomado en sus brazos. Mi señora Camala lo sirvió bien, y él le pagó esos
servicios evitándole preocupaciones y sufrimientos. Fue enflaqueciendo, y siguió
al servicio de los peregrinos. Murió muy dulcemente. El sacerdote, en persona,
cumplió los ritos y mandó grabar esa frase: Benefactora del santuario. El
nombre de tu madre es venerado en toda la región.
Hubo un corto silencio que yo rompí:
—Ante todo, tengo que ofrecerle un sacrificio y rendirle homenaje. Luego,
Lobessa, quiero hablar contigo. Pero... antes, una pregunta ¿te liberó mi madre
antes de morir?
Lobessa desvió la mirada y se ruborizó. Tras una leve vacilación, respondió:
—Sí. La señora fue muy bondadosa. Poco después de tu marcha me liberó de
la servidumbre y... me ofreció una dote cuando me casé.
Me avergonzó la vaga sensación de frío que se concentró en mi estómago.
¿Qué era lo que esperaba yo?, ¿Había pensado alguna vez en casarme con
Lobessa? ¿Podía esperar que ella quedara eternamente sola, esperando a ver si
yo volvía? La miré con atención. Seguía siendo hermosa, pero parecía más
pesada, sus muslos eran más carnosos, y había perdido, comprensiblemente, el
brillo y la hermosa alegría un poco impúdica de los viejos tiempos. Era una
mujer casada y tranquila. Si yo no estuviera conmovido por la muerte de
Camala, habría reparado ya en ese cambio. Me apresuré a decir:
—Me hace feliz saberlo, Lobessa. Espero que tu marido sea bueno para ti.
¿Quién es?
—Un hombre de Meríbriga. No es rico, pero tenemos lo suficiente para
nosotros y para nuestro hijo.
¡Un hijo! Era de esperar, claro. La felicité con toda sinceridad, y subimos los
dos al santuario. De camino, fue explicándome que, en cierto modo, había
sustituido a mi madre en las tareas de acogida a los peregrinos, pues Camala le
había transmitido muchos de sus conocimientos medicinales. Además, cuidaba
de unas tierras propiedad del marido. Era una vida muy ocupada, pero sin otras
preocupaciones que no fueran las derivadas del estado habitual de guerra en la
Mesopotamia... Esa preocupación por las guerras es el sino de todas las mujeres
desde que el mundo existe.
Lobessa me presentó al sacerdote, un hombre vigoroso, de unos cuarenta
años. La memoria y la reputación de mi madre estaban muy vivas, como pude
comprobar por el respeto y la cordialidad con que el sacerdote me habló, tras
invitarme a pernoctar en su residencia, donde conocí también a su mujer, una
muchacha de Meríbriga con quien se había casado tras ser investido de la
categoría sacerdotal.
Las ofrendas a Camala, la visita de cortesía a los Ancianos de Arcóbriga y
Meríbriga y los saludos a los amigos que tenía en las dos ciudades me ocuparon
durante dos días enteros, durante los cuales apenas pude ver a Lobessa. No volví
a hablar con ella hasta la mañana del tercer día, poco antes de mi partida para
Cinéticum. Le había dicho que me gustaría conocer a su marido y al hijo, pero
invocó un impedimento cualquiera —que estaba ausente el marido, con el
ganado, en los patos; que el hijo estaba enfermo. Era natural, pensé, que
intentara mantener bien separados los dos períodos de su vida: el de esclava de
mi madre y amante mía, y el de mujer libre, casada y madre.
Pero a la mañana del tercer día vino a verme al santuario, cuando yo estaba
vigilando a los esclavos que cargaban la mula con el equipaje y algunos tejidos
que debían completar mi fingida condición de mercader. Hablamos un rato sobre
los tiempos pasados, y luego me dijo que tenía que entregarme algo: la herencia
de mi madre, es decir joyas y el dinero que Camala no había llegado a gastar,
pues llevó una vida sencilla y el santuario le ofrecía cuanto precisaba.
Iba a responderle, pero fui interrumpido por una voz de niño que llamaba:
«¡Madre!». Un chiquillo espigado y esbelto, de hermoso pelo negro
encaracolado, corría hacia nosotros. Me volví hacia Lobessa y la sorprendí
haciendo un gesto evidente —una orden al hijo, para que se alejara. Mi mirada la
paralizó, y el niño, que debía de haber adivinado su intención pero que también
estaba dominado por la curiosidad, aprovechó para aproximarse.
Lobessa, recuperándose, le ordenó que me saludara y me presentó como
«Tongio, hijo de la señora Camala y guerrero de Viriato». El muchacho alzó el
rostro y sonrió sin timidez. Correspondí a su sonrisa y dije:
—¡Enhorabuena, Lobessa! Tu hijo es un hermoso muchacho... —y la voz se
me quedó prendida en la garganta.
Realmente, era un hermoso muchacho. Los rasgos de su rostro eran
delicados sin exceso. Tenía una sonrisa alegre y contagiosa, y los ojos verdes, de
un verde muy claro y transparente...
Doblé una rodilla, para que mi cabeza quedara a la altura de la suya, y
pregunté:
—¿Cuántos años tienes?
—Seis años, señor.
Cerré los ojos, intentando resistir el vértigo. Hasta con los ojos cerrados
sentía el miedo de Lobessa. Volví a hablar con el niño:
—¿Cómo te llamas?
Antes de que pudiera responder, se oyó la voz de la madre con una especie
de desafío que era al mismo tiempo una advertencia:
—Se llama Aminio. Es el nombre de su padre.
Y acentuó con desesperación la palabra «padre».
Pensé. Pensé mucho y muy deprisa. La presencia del dios (estábamos en
suelo sagrado) me ayudó, estoy seguro. Cuando me enderecé, sabía ya lo que
tenía que hacer, aunque mi propia decisión me llenara de cólera y de amargura.
—Aminio —le dije en el tono de quien habla con un adulto sobre asuntos en
los que las mujeres no deben meterse—. Aminio, me ha gustado mucho
conocerte, y siento no haber conocido a tu padre. Salúdalo en mi nombre. Mis
deberes de guerrero exigen que me vaya.
El niño abrió los ojos con una expresión de tristeza:
—Pero... Yo creía que me ibas a contar las batallas contra los romanos... Y
quería saber cosas de Viriato.
—Lo sé. Te prometo que volveré en cuanto pueda, y entonces te contaré todo
lo que quieras saber.
Otra vez aquella sonrisa —yo sabía ahora donde había visto una sonrisa
idéntica: había sido en un espejo de bronce pulido— y la voz temblorosa de
esperanza:
—¿Me lo prometes?
Mentalmente me impuse una penitencia ante Endovélico por mentir en su
recinto.
—Te lo prometo. Y esta es la prenda de mi promesa.
Indiferente a las protestas de Lobessa me quité del dedo uno de los anillos.
No era un anillo cualquiera. En memoria de Sunua yo había enviado a su madre
mi anillo de plata, pero el que le daba al niño era el sello de mi familia, que
había pasado de mi padre, Tongétamo, a mí. El oro viejo lucía con un brillo
mate, mostrando el emblema de la vieja dinastía real de Brácara.
Aminio tenía su orgullo. Muy serio, y sordo también él a las protestas de la
madre, dijo en un tono cortés:
—No puedo aceptar un regalo como este, señor...
—No es un regalo. Confío este anillo a tu guarda como prenda de mi palabra.
Si vuelvo, lo recuperaré, y hablaremos de la guerra, de Viriato, de todo lo que te
interese. Pero nunca se sabe qué va a pasar en la vida de un guerrero. Si no
vuelvo, entonces sí, el anillo será tuyo con pleno derecho. ¿De acuerdo?
Asintió con la cabeza, muy gravemente. Pero yo no había acabado. Del brazo
derecho quité el más hermoso de mis brazaletes de guerra, en cobre trabajado, y
se lo tendí.
—Y esto es para ti. Para cuando seas un hombre y un guerrero. Cuídalo: me
lo regaló mi Jefe.
—¿Tu jefe?
—Viriato, el lusitano.
Aminio estuvo a punto de dejar caer el anillo al coger el brazalete. Lo miró
deslumbrado. Apenas conseguía hablar. Tartamudeó:
—¿Viriato?
—Sí, Viriato, caudillo y comandante de las huestes de la Lusitania, lo colocó
un día en mi brazo. Ahora es tuyo. Y, ahora, Aminio vamos a despedirnos,
porque tengo que marcharme, y antes quisiera hablar con tu madre.
Se alejó corriendo —y fue como si me quitaran la luz del sol. Mi garganta se
contrajo. Casi no podía respirar. Le suplique— a Endovélico que me diera valor
para dominar mi pena.
Lobessa y yo estábamos de nuevo solos. Sus ojos brillaban cubiertos de
lágrimas, y con un largo suspiro murmuró:
—Tuve tanto miedo... Gracias, Tongio, gracias por el...
—Una cosa quiero saber —interrumpí en tono duro—, y espero que me
digas la verdad. Cuando me fui, hace seis años ¿sabías ya que estabas encinta?
—No. Te juro que no lo sabía. Tienes que creerme porque te juro que si lo
supiera no lo diría... ¿ara qué? ¿Para amarrarte a mí? ¿Es que intenté hacerlo
alguna vez? Entonces ya te habías cansado de mí. No lo niegues, Tongio. Y,
además, estoy segura que, de todos modos, te habrías ido.
—¿Sin ver a mi hijo?
—El hijo de una esclava —Lobessa sonrió dulcemente—. ¿Qué edad tienes
hoy? Veintidós años, lo sé. A los veintidós anos, un guerrero que aun no se caso
piensa en los hijos que aún no ha tenido. Pero cuando te fuiste, a los dieciséis
años, sólo soñabas con tu libertad y con la guerra.
No tenía respuesta, ni ella la esperaba.
—Cuando me di cuenta de que esperaba un hijo, supe que tenía que buscar
marido. Aminio me cortejaba tímidamente... Es un hombre bueno y fuerte.
Adora a su hijo... A todos los efectos es su hijo.
Solté una carcajada poco simpática.
—¡A todos los efectos! ¡Basta mirarnos al chico y a mí!
La mano de Lobessa se posó en mi brazo, no para acariciarme, sino para
suplicar:
—Lo sé. Por eso he hecho lo posible para que mi marido no te vea. Aminio
es un buen hombre. No muy inteligente, lo admito, pero hasta él vería el
parecido... ¿Y cómo se sentiría al saberlo?, Tongio: quiero que mi hilio tenga un
padre.
Me revolví por última vez, aunque sabía que era esclavo de mi propia
decisión:
—¡Por el Santo Señor Endovélico! Hablas como si el niño fuera huérfano...
¡Yo estoy aquí!...
—Es ya tiempo de cargar las cosas... Tongio, hijo de Tongétamo; Tongio,
guerrero, emisario y amigo del gran Viriato...
Ahora, su expresión era agreste, casi feroz: era una hembra dispuesta a
luchar por su cría. Respiré hondo, porque sentía que me faltaba el aire.
—Lobessa... No tienes que temer nada. Voy a cumplir lo que he decidido.
Pero intenta comprender, fue un choque demasiado grande. Nunca hubiera
supuesto...
—Lo sé —replicó, ya en todo diferente—. Yo comprendo, e intenta
comprender también tú, lo que sentía al verlo a tu lado. Es tu retrato, aún más de
lo que yo pensaba.
—¿Y lo lamentas?
Lobessa contrajo el rostro como si sintiera un dolor profundo:
—Quise ese hijo por ser tuyo, pero eso no cambia en nada la situación. Para
ti las cosas son más fáciles: te casarás, tendrás otros hijos...
—Ninguno como este. Pero tienes razón, claro. Es mejor que me vaya cuanto
antes.
La mula ya estaba cargada, y mi caballo pateaba en el suelo para espantar a
las moscas, ansioso de un poco de ejercicio. Querido Trueno... sería el último
viaje. Ya lo habían herido dos veces en combate, y estaba enflaqueciendo.
Quería ahorrarle la ignominia de una vejez abandonada. Al regresar de
Cinéticum, cuando pasara por Olisipo, se lo ofrendaría a Coaranioniceus si los
sacerdotes del Monte Santo lo consideraban digno.
Lobessa hablaba de nuevo, diciendo que iba a entregarme la herencia de mi
madre. Le respondí que no la quería:
—Esa herencia es tuya, y de... tu hijo. Cuidaste de Camala hasta el fin, y el
oro y las joyas te pertenecen.
Ella aceptó con sencillez, sin protestas fingidas. Y, en el momento de la
partida, preguntó:
—¿Quieres verlo otra vez?
Vacilé. Era lo que más quería en el mundo en aquel momento, pero tenía
miedo...
—Mejor que no. Me dolería más aún... Adiós, que Endovélico os proteja.
Mis amigos de Arcóbriga se habían ofrecido para escoltarme hasta las tierras
de Cinéticum —una prueba de verdadera amistad, que acepté, más por tener
compañía que por deseo de protección. Estaban ya esperándome al pie del cerro,
y podía oír sus voces traídas por el viento. En silencio, monté, cogí la rienda de
la mula y bajé la cuesta por el camino sagrado.

Me despedí de mis compañeros en lo alto de una colina. Ante mí se extendía


la llanura conia, cubierta de bosques y punteada de poblados. Antes de iniciar el
descenso contemplé aquel paisaje, bañado por la intensa luz del sol, con una
emoción que nunca antes había sentido. Criado en Gadir, viviendo luego los
azares de la guerra, siempre había considerado a Cinéticum con cierta lejanía,
aunque ahora, quizá porque sabía que mi sangre corría en las venas de un hijo,
veía las casas, Y los bosques, y los ríos, de forma diferente —la tierra donde
había nacido, donde los antepasados de mi madre habían vivido y donde
reposaban las cenizas de mi padre—. Un vínculo invisible, de cuya existencia no
había sospechado, me unía al viejo reino dominado ahora casi totalmente por las
águilas romanas.
XI

Como dije más tarde a Viriato, mi mérito no fue grande en lo que se refiere a
la eclosión de la revuelta coma; no fui más que el incentivo final. Lacóbriga,
Ossonoba y Conistorgis estaban ya prácticamente sublevadas cuando pasé por
allí, y la noticia del ataque a las guarniciones romanas me llegó cuando estaba en
Portus Hannibalis, que no tardó en adherirse. Balsa y Baesuris también se
unieron. El Cinéticum sacudía el yugo.
Con la misión cumplida mucho antes de lo que me hubiera atrevido a
esperar, sólo me quedaba partir para Olisipo, pero antes quise visitar el
Promontorio Sagrado, que no conocía todavía. No era sólo curiosidad: los dioses
verían con desagrado que yo abandonara de nuevo Cinéticum sin prestarles
homenaje en su morada. Por eso, al salir de Portus Hannibalis, tomé rumbo al
Oeste, a lo largo de la costa, y tras un día de rápido viaje (me había deshecho de
la mula y del disfraz de mercader) avisté la tierra más sagrada de Iberia.
El Promontorio está dividido en dos grandes cabos (uno de los cuales es
completamente llano, sin la menor elevación de terreno) que avanzan mar
adentro como dos proas de navío. Con excepción de algunas islitas, simples
roquedales dispersos junto a la costa, sólo se ve el océano hasta el horizonte: no
hay en el mundo paisaje más sencillo y más grandioso.
Podría pensarse que en un lugar tan santificado como este abundarían las
aras y los templos, servidos por un ejército de sacerdotes. Nada más falso, pues
la presencia divina es tan fuerte que las construcciones erguidas por los hombres
acaban por desaparecer rápidamente. En el pasado, los tirios edificaron allí dos
santuarios, uno en cada cabo; al igual que hicieron en Gadir, los consagraron a
Melkaart y a Beel, pero mientras que en Gadir los templos prosperaron y pasaron
a recibir los nombres que griegos y romanos dan a aquellos dioses, en el
Promontorio ya poco o nada queda de los edificios. La tierra está desnuda,
sembrada de matojos dispersos, y tan poderosa es la fuerza divina, que los
mortales sólo pueden levantar allí montículos de piedras. Aun así, por lo que me
dijeron los habitantes de las aldeas próximas, esas piedras cambian
frecuentemente de posición durante la noche, arrastradas o lanzadas a lo lejos
por el paso de las divinidades. Porque es de noche cuando son más fuertes las
Presencias, y lo son tanto que ningún hombre, ni siquiera el sumo sacerdote,
puede permanecer allí después de ponerse el sol.
A todos los pueblos les gusta fabricar leyendas, pero puedo asegurar que esto
es verdad y que los habitantes de la región no han inventado nada. Yo mismo,
cuando pisé aquella tierra sagrada, por la mañana, muy temprano, sentí tenso mi
cuerpo, los músculos contraídos hasta el dolor, y el corazón oprimido. Mis
manos temblaban al hacer la libación con el agua traída de la aldea donde había
pernoctado (allí no hay pozos, ni arroyos, ni fuentes). Y no me sorprendí cuando
me dijeron los sacerdotes que no iba a poder ofrecer ningún sacrificio, porque
estaba prohibido derramar sangre sobre la tierra del Promontorio.
Terminada la visita, pensé en la mejor manera de llegar a Olisipo. Si me
hubiera acompañado Arduno, me habría visto obligado a hacer el viaje por tierra,
pero como sólo dependía de mí, intenté encontrar el modo de viajar por mar. La
suerte me favoreció. Muy cerca del Promontorio hay una pequeña ensenada
donde los barcos hacen escala para que los tripulantes puedan orar a sus dioses
pidiendo buen tiempo y vientos favorables. Allí encontré un navío gaditano que
se dirigía al Norte y cuyo capitán accedió a llevarme por un precio razonable.
Me habló también de la guerra, y así me enteré de que el cónsul Lucio Cecilio
Metelo había obtenido algunas victorias en la Celtiberia, donde se había
apoderado de tres ciudades, aunque luego había sido derrotado por los lusitanos.
Ahora, el cónsul intentaba evitar encuentros armados y, por lo que se sabía en
Gadir, procuraba retirarse a Corduba, que era el refugio tradicional de los
generales romanos derrotados por Viriato.

Si bien es verdad que nunca me mareé a bordo de un navío, tampoco soy lo


que se pudiera llamar un marinero, y por eso me sentí muy satisfecho al pisar
tierra firme. Más contento aún se quedó mi caballo Trueno, que, él sí, se marcó
terriblemente. Tuve que ocuparme de él, y pasaron tres días hasta que el pobre
animal se recuperó y ganó fuerzas. Durante todo ese tiempo, analicé la situación
en Olisipo y descubrí que las relaciones con Roma estaban considerablemente
deterioradas. Los abusos cometidos por las tripulaciones de las galeras romanas,
y la hostilidad de los sacerdotes de Coaranioniceus, me parecieron los motivos
principales de este enfrentamiento. No tuve dificultad en ser oído por los
notables y en obtener de ellos la promesa de una ruptura formal.
Cinco días después de la llegada me dirigí al fin al Monte Santo, donde me
esperaba una sorpresa agradable: la primera persona que vi, montado en un
espléndido caballo, fue Arduno. Saltamos los dos al suelo y nos abrazamos con
alegría.
—He venido sólo para hablarte —me explicó mientras nos encaminábamos a
la residencia de los sacerdotes— porque traigo un mensaje del jefe... o, mejor
dicho, una invitación.
—¿Invitación?
—Sí. ¿No lo adivinas? Invitación a la boda... Pero, antes, las noticias y las
instrucciones. Espera, vamos a sentarnos allí, en aquella piedra. Luego
hablaremos con los sacerdotes.
Me senté a su lado. Estaba más flaco, tenía una cicatriz reciente en la mejilla
izquierda, pero parecía fuerte y sano, y conservaba su vivacidad habitual.
—¿Y la campaña contra Metelo? —pregunté.
—Fue dura, pero rápida. Y decisiva. No volverá a molestarnos, cosa que nos
conviene mucho, porque tenemos que rehacernos. La hueste lleva ya cinco años
de guerra, e incluso con los nuevos contingentes calaicos, necesitamos más
gente... y descanso. En fin, por ahora hay tregua, no oficial, pero sí efectiva.
Arduno prosiguió contándome que había llegado al Monte Santo hacía diez
días, y que había negociado ya la compra de cincuenta caballos, los únicos
disponibles, que serían entre a— dos, al final del otoño, en Aritium Vetus.
—Porque el jefe va hacia allá —remató— y la boda se realizará
precisamente a finales de otoño o a principios del invierno. Por nuestra parte, lo
que tenemos que hacer es llevar los caballos a Aritium Vetus. A propósito, si me
permites una sugerencia, creo que tendrías que elegir uno para ti.
—Eso está ya decidido. Voy a enviar a mi Trueno a Coaranioniceus, para
agradecerle la protección que nos ha dispensado...
—...y que los sacerdotes nos cobran a buen precio —rezongó Arduno en voz
baja.
Le aconsejé que guardara para sí semejantes comentarios, para no ofender al
dios ni a sus servidores, de quienes íbamos a precisar.
No siento vergüenza al confesar que se me llenaron los ojos de lágrimas al
despedirme de Trueno. El sumo sacerdote aceptó ejecutar él mismo el sacrificio,
cuando le hablé de la nobleza y la bravura del animal. Creo también que aceptó
por deferencia hacia un enviado de Viriato.
Cuando llegó el momento, me acerqué a Trueno, que, como era costumbre en
él, vino a apoyar su cabeza en mi hombro.
—Ha llegado el momento de separarnos —le dije en voz baja— y nunca te
dejaría si no supiera que vas a pasar a las manos de un dios. Si te quedaras
conmigo, cuando la edad paralizara tus piernas no podría yo seguir cuidándote;
estaría muy lejos, combatiendo. Y no puedo ni imaginar que alguien te
maltratara... Adiós, Trueno, sirve con lealtad al dios, como siempre me has
servido a mí.
Relinchó suavemente, y dejó que lo llevaran hasta el ara. Creo que había
entendido mis palabras, pues ni se estremeció cuando el sacerdote alzó el
cuchillo. Por suerte, era hombre vigoroso y sabía bien su oficio. Un solo golpe
fue suficiente. Cuando cayó el cuerpo, me limpié las lágrimas con el dorso de la
mano, y me alejé.
Mi nuevo caballo era blanco, de un blanco níveo y resplandeciente. Fiel a su
linaje sagrado, era veloz como un dardo, y por eso le di ese nombre. Para que
nos conociésemos mejor, lo llevé de caza durante los días que permanecí en el
Monte Santo. Fueron pocos días, ciertamente, pues el otoño se nos había echado
encima y no sabíamos cuánto tiempo íbamos a necesitar para llevar la manada
hasta Aritium Vetus.
El día anterior a nuestra partida ocurrió algo que nos llenó de desasosiego.
Cuando los sacerdotes estaban ofreciendo a Coaranioniceus uno de los caballos
que habíamos comprado, el animal, presintiendo su muerte, se encabritó e
intentó escapar. Tras el sacrificio, las venas y las vísceras confirmaron el
presagio desfavorable: se aproximaban tiempos difíciles para Lusitania. Arduno
insistió en saber pormenores —Si era sequía, peste o guerra—, y la respuesta fue
«guerra». Así, nuestro estado de espíritu no era el mejor cuando nos pusimos en
marcha. Discutí con Arduno sobre si debíamos advertir a Viriato antes o después
de la boda, y decidimos al fin que si no había noticias del enemigo esperaríamos
hasta después del casamiento.
El viaje desde el Monte Santo hasta Aritium Vetus transcurrió sin más
contrariedad que la de una lentitud irritante. Conducir una manada de caballos
no es fácil, ni siquiera con buen tiempo y en terreno llano, pero pasamos varios
días de lluvia y la búsqueda de caminos discretos y seguros nos obligó a
prolongar el itinerario. Como si esto no bastase, los hombres que nos
acompañaban no eran simples caballerizos o pastores: eran sacerdotes, y aunque
estuvieran aún en el grado más bajo de la jerarquía, tenían deberes religiosos que
cumplir y ritos que ejecutar, lo que nos obligaba a largas detenciones.
Fueron pasando los días, y cuando avistamos Aritium Vetus ya había caído el
invierno y la hueste se encontraba acampada en la orilla opuesta del Tagus.
Mientras galopábamos al encuentro de los centinelas (Viriato había colocado
vigías en todos los caminos) Arduno observó, con irónica satisfacción, que
Astolpas iba a tener una óptima oportunidad de ostentar su riqueza alimentando
a un ejército entero.

—A veces no lo entiendo. En una ocasión como esta, es el único que no


parece satisfecho...
Crisso, el autor del comentario, echó dos leños a la hoguera para mitigar el
frío de la noche. Al mirarlo, pensé que cada vez se parecía más en un viejo oso
rezongón. No obstante, seguía siendo un buen compañero y un combatiente
respetado.
Su desahogo tenía a Viriato como blanco. Mientras se multiplicaban los
preparativos para la boda, aumentaba el entusiasmo de los guerreros y de los
habitantes de la ciudad. Era Astolpas, en persona, quien dirigía las operaciones,
y no había duda de que la fiesta iba a ser suntuosa, pero, fiel a sus hábitos,
nuestro jefe no parecía más entusiasmado que en vísperas de una batalla,
momento en que su tranquilidad resultaba impresionante.
Arduno y yo habíamos hablado largamente con él. Luego, Viriato fue a ver
los caballos, y se ocupó de su distribución entre los guerreros. Al mismo tiempo,
dirigía la construcción de un puesto de acampada en una colina alejado de
Aritium Vetus, al norte del Tagus. A veces estaba ausente de la ciudad durante
dos o tres días. Cuando se unía de nuevo a nosotros, seguía durmiendo en una
tienda, pues había rechazado la casa que su futuro suegro había puesto a su
disposición. Estábamos a dos días de la boda y aquella aparente falta de alegría
por parte del novio irritaba a Crisso como si fuese él el padre de Tangina.
—No es que no tenga ganas de casarse —le dije al Jefe túrdulo— pero creo
que sigue pensando en la guerra. Deberías conocerlo más...
—Claro —replicó él—, pero hasta a un guerrero le gusta la paz de vez en
cuando, con moderación. Y, sobre todo, en vísperas de boda... Me acuerdo muy
bien...
Apareció alguien junto a la hoguera. Era Audax, envuelto en su manto hasta
la barbilla.
—Perdona que te interrumpa, venerable Crisso, pero el jefe os llama.
Al verlo y oírlo, sentí que mi antipatía hacia él se hacía más intensa.
Aunque hubiera rechazado la comodidad de un edificio, Viriato se había
visto obligado a aceptar, al menos, el ofrecimiento de Astolpas de una tienda
lujosa y amplia. Una tienda que poco serviría en campaña, y que Viriato dejaría
en Aritium Vetus, pero que era allí muy conveniente. Viriato no había delegado
el mando, y constantemente tenía que resolver problemas, recibir mensajeros que
debían ser interrogados lejos de oídos indiscretos, pues su confianza en el padre
de la novia no había aumentado.
Precisamente uno de esos mensajeros se hallaba en la tienda con Viriato,
Minuro y Táutalo.
—Amigos —empezó Viriato—, este es Magón, turdetano, guerrero de
Connobas, príncipe turdetano aliado nuestro. Magón ha viajado durante veinte
días para traernos noticias. Y para traer esto...
«Esto» era un pequeño rollo de papiro. Yo no había visto aquel material de
escritura desde que salí de Gadir. Volvieron a mi memoria escenas de la infancia,
imágenes de Camalo y de Beduno. Para apartar el pasado, sacudí la cabeza y
presté atención a lo que Magón decía.
—Las tropas no salen de los cuarteles de invierno —estaba diciendo— a no
ser para patrullar alrededor de las ciudades y por las vías militares. Pero se nota
algo en el aire. Han llegado mensajeros de Roma, y uno de ellos traía sin duda la
orden de cese para Metelo, porque este mandó preparar sus equipajes y entregó
al cuestor los asuntos de gobierno. Llegaron también otros mensajes, y uno de
ellos es este —Magón sonrió—, y no hay peligro de que su portador vaya a decir
a Corduba que fue interceptado, pues no quedó en estado de hablar. Ni de
respirar, siquiera.
A un gesto de Viriato, el turdetano me entregó el papiro. Lo leí rápidamente
para poder resumir su contenido en voz alta: estaba firmado por un cónsul recién
elegido —él mismo lo decía— llamado Quinto Fabio Máximo Serviliano, a
quien habían nombrado gobernador de la Hispania Ulterior. La carta contenía
instrucciones destinadas al cuestor de Metelo, en Corduba. Lo que más nos
interesaba eran órdenes de aprovisionamiento y acuartelamiento del nuevo
ejército consular cuya llegada a Hispania estaba prevista para la primavera. Y el
cónsul enumeraba los efectivos: dos legiones con un total de dieciocho mil
hombres de infantería y mil seiscientos de caballería.
Al llegar a este punto de la carta alcé los ojos hacia Viriato, pero su rostro se
mantenía impenetrable. Se limitó a preguntar:
—¿Eso es todo?
—No. Hay algo más... aquí está: «El rey Micipsa, de Numidia, ha prometido
trescientos jinetes y diez elefantes con sus respectivos conductores. Si esos
refuerzos llegan antes de mi presencia en Hispania, deberá alojarlos y
alimentarlos también.» Y, ahora sí, nada más.
—¿Elefantes? —rezongó Crisso—. ¿Y qué es eso?
—Animales monstruosos —respondí—, con dos lanzas de hueso en la
cabeza, y el hocico es una especie de brazo poderoso. Los usan en la guerra...
En Gadir había visto una pintura que representaba un animal de esos. Pero
Crisso me miró con aire escéptico, y dijo:
—No creo nada.
Intervino Viriato:
—Pues es mejor que lo creas, porque esos animales existen. Nunca los he
visto, pero mi bisabuelo combatió en los ejércitos de los Barca, y vio muchos.
Los cartagineses los usaron contra los romanos.
Y prosiguió volviéndose hacia Magón:
—Te agradezco los trabajos que pasaste para traernos esa carta. Espero que
honres con tu presencia mi fiesta de casamiento. Luego, te irás cuando quieras, y
le llevarás al príncipe Connobas un saludo mío. Su amistad es para nosotros más
preciosa hoy que nunca... y a propósito: el nombre de ese nuevo cónsul me
resulta familiar. Quinto Fabio Máximo Serviliano... ¿será pariente de aquel otro
Quinto Fabio Máximo Emiliano?
Magón respondió que no sabía nada. Realmente, lo supimos más tarde,
Serviliano y Emiliano eran hermanos adoptivos. Se retiró Magón y el jefe le dijo
a Minuro que lo acompañara y ordenase que le sirvieran comida y vino.
Cuando salieron, nos quedamos callados, hasta que Viriato advirtió:
—Esos informes hay que mantenerlos secretos. No quiero que nuestros
hombres los conozcan de momento. Cuando acaben las ceremonias de la boda, el
ejército partirá para el campamento que hemos estado construyendo. Entonces
duplicaremos el entrenamiento y, antes de que acabe el invierno, volveremos a
Itucci. Si el nuevo cónsul es experto, su primera meta será Itucci, para quitarnos
la base de operaciones contra la Bastetania. De todos i-nodos, presiento que
vamos a tener un año difícil.
—Bueno... —observó Táutalo—. Ya hemos tenido otros años así. Y, en
cuanto a los elefantes, apuesto a que no pueden trepar cuesta arriba por los
montes. Aníbal los usó, muy bien, pero ni con esas evitó la destrucción de
Cartago.
Viriato objetó:
—Hay otras cosas que tendremos que tener en cuenta. Nuestra hueste lleva
ya cinco años de guerra y somos cerca de seis mil hombres, contando con los
calaicos. Si ese Serviliano es un buen estratega, irá aplastando pueblo por pueblo
a todos los de Iberia.
—Pues que lo haga... —gritó Crisso—. Cuando nos toque a nosotros, estará
debilitado, y acabaremos con él.
Viriato movió la cabeza como sí rechazara esta conclusión. Yo había
aprendido a conocer sus gestos y expresiones, y comprendí que sólo se sentía
cansado y amargado. ¿Cómo no?, pensé, mirando su rostro, donde nuevas
arrugas habían excavado su piel. En sus manos estaba la libertad de la Lusitania,
y posiblemente incluso la de toda Iberia, y, además, la vida de seis mil hombres,
y pese a todo eso estaba terriblemente solo. Incluso entre sus amigos más
próximos, ¿quién era capaz de acompañar sus pensamientos? Táutalo, quizá, en
parte. Yo mismo, quizá, pero detrás de mí no había una hueste ni influencia
política. Los otros eran, en el mejor de los casos, gente como Crisso, que hacía la
guerra por el placer de combatir y por el saqueo. Si Crisso no hubiera empeñado
su lealtad, y luego su amistad, seguiría guerreando igual, y quizá no a los
romanos, sino a los taporos, a los nemetanos o a los célticos de entre el Tagus y
el Anas, o quizá a los mismos lusitanos. Crisso, y muchos como él, hacía la
guerra por la guerra, y nunca podría entender a Viriato ni su manera de pensar.
En toda Iberia, los pueblos, desde los numantinos a los conios, sólo por especial
deferencia para con Viriato aceptaban a veces coordinar sus ataques con la
acción de la hueste lusitana. ¿Quién, es estas circunstancias, no se sentiría por un
momento desalentado, incluso en vísperas de su boda?
Pero ahora el jefe, ya con un semblante diferente, respondía a Crisso:
—... sea lo que sea, los aceptamos, aceptamos su alianza, y tenemos que
cumplir nuestra parte de los acuerdos. Además, cuanto más tiempo dejemos a
Serviliano maniobrando a su gusto, más se enriquecerá con esclavos, tributos y
despojos. Cueste lo que cueste, no podemos darle descanso... Audax, Minuro,
Ditalco: después de la boda saldréis para Beturia, y desde allí iréis recorriendo
las ciudades que son aliadas nuestras para decirles que se preparen todas para la
próxima campaña. Tienen que contar —todas, repito— con la eventualidad de un
asedio.
—¿Y en la Citerior? —preguntó Audax.
—Ese es problema de los numantinos y de sus vasallos y aliados. No creo
que los romanos de la Citerior puedan atacarnos mientras esté Numancia en pie
de guerra.
Con un ademán, Viriato dio a entender que la reunión había acabado. Fueron
saliendo todos. Sólo yo me quedé. Cuando estuvimos a solas, el jefe me
preguntó:
—¿Qué hay, Tongio?
—Estaba dudando si decírtelo o no, pero vistas las noticias que ha traído
Magón creo que es mejor que te lo diga.
Le hablé de los presagios desfavorables del Monte Santo. Me escuchó con
atención y me tranquilizó. No se anunciaba una derrota definitiva, pero sí
grandes dificultades, y esas estaban en marcha con Serviliano y sus legiones.
Pero, al menos, sabíamos lo que nos esperaba.
—Y, ahora —terminó en tono ligero—, vamos a intentar olvidar por unos
días todas esas preocupaciones, que resultan poco adecuadas en días de boda.
Descansa y diviértete, Tongio, que te lo has ganado.
No podía ayudarle a llevar una carga que sólo él era capaz de soportar.
Acepté complacido sus órdenes, tanto más cuanto que al otro lado del río, en
Aritium Vetus, había comodidades, vino, mujeres en calidad y cantidad
suficientes como para cumplir sus órdenes al pie de la letra.
XII

El día de los desposorios amaneció frío y con el cielo límpido. Desde el


romper del alba hervía la multitud con los últimos preparativos y se respiraba
una atmósfera de alegre expectación. Por la mañana, Viriato fue a cazar con sus
amigos. Cuando regresamos, pasado el mediodía, todo estaba dispuesto, y nunca,
ni siquiera en Gadir, había visto yo un lujo tan deslumbrante, aunque no siempre
era de buen gusto.
Astolpas había decidido que el matrimonio de su única hija legítima fuera
tema de comentarios en toda Lusitania de generación en generación, y yo estaba
convencido de que iba a ser así. Su residencia en la ciudad, pese a ser muy
espaciosa, no podría albergar a todos los invitados de honor, y hubo que montar
un amplio toldo al aire libre, en el lugar donde se alzaba el altar familiar. Este
altar era el centro del recinto ceremonial, y a su alrededor se dispusieron las
mesas reservadas a los huéspedes más ilustres: los invitados de parte del novio
eran muy pocos, sólo los jefes de la hueste y su estado mayor, pero los del padre
de la novia debían de rebasar el centenar. Había profusión de riquísimas
tapicerías, y, en las mesas, dispuestas bajo el toldo, la vajilla era de oro y plata.
Fuera de ese recinto se extendía un amplio espacio descubierto, lleno igualmente
de mesas, y en la otra orilla, donde acampaba nuestra hueste, ardían hogueras en
torno de las cuales se reunirían los guerreros para gozar de un inmenso banquete
nupcial. Bueyes, cerdos y cabritos enteros estaban en los asadores; pirámides de
patos y capones ya cocinados se erguían hasta la altura de un hombre; y no
faltaban, en calidad y número, los pescados del Tagus. Filas apretadas de ánforas
desbordantes de vino y cerveza esperaban por la sed de los invitados.
Me divertía observando todo aquello. Luego me dirigí a la tienda de Viriato,
que debía de estar preparándose para la gran ocasión. Al entrar en el
campamento sonaron las trompas en Aritium Vetus anunciando el inicio de la
fiesta.
Dentro de la tienda se apretaban los amigos, los jefes de las unidades
militares y algún que otro vasallo de Astolpas. El jefe estaba dispuesto ya. No
había aceptado las vestimentas suntuosas ofrecidas por su suegro, y prefirió la
sencillez de una túnica de lino ceñida al cuerpo por un cinturón, y el único oro
que llevaba era el de los brazaletes de guerrero, las virisas de su nombre.
Nosotros, los amigos, fieles a la tradición, intercambiábamos chistes e
insinuaciones, como es habitual en estos casos, y él nos oía sonriendo. Al fin, se
había desvelado su rostro, se había dado tregua a sí mismo, iba a recibir a su
Tangina tras tantos años de espera.
Al verlo alegre redobló nuestra alegría. Entre risas, retazos de canciones y
consejos bienhumorados, ofrecidos por quienes ya conocían la vida de casado,
atravesamos el río en pequeñas embarcaciones, y nos dirigimos al recinto de la
fiesta, donde ya nos esperaban los invitados de Astolpas. Y fue a medio camino
donde Viriato se detuvo de súbito. Los que iban a su lado siguieron su ejemplo;
los que le precedían tardaron algún tiempo en darse cuenta de lo que pasaba, y
acabaron por volverse atrás.
—¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?
Preguntas y comentarios se cruzaban, y todos se volvieron hacia Viriato.
Este, con los ojos semicerrados por la claridad del sol, observaba el recinto de
honor. A aquella distancia podíamos ver a Astolpas. Destacando por su porte
majestuoso; vuelto hacia la derecha, conversaba con tres hombres cuyas vestes,
de pelo y adornos no permitían la menor duda sobre su origen. A mi lado,
Táutalo murmuró, incrédulo:
—¡Romanos! ¿Ha invitado este hombre a los romanos a la fiesta?
Y Ditalco, también en voz baja:
—Ayer oí decir que habían llegado invitados de Beturia, pero nunca pensé...
No llegó a acabar la frase, porque Viriato dio la vuelta bruscamente, se
dirigió a uno de los barcos de cuero. Llegado a la otra orilla, regresó a la tienda.
Todos lo seguimos, claro,,pero no nos atrevimos a entrar, y durante algunos
instantes nos quedamos desconcertados a la puerta, hasta que Táutalo dijo que
iba a ordenar una alerta general, pero en aquel mismo momento reapareció
Viriato. Sobre la túnica llevaba una coraza de lino trenzado. Colgaban del
cinturón la espada y la daga, y empuñaba la azagaya en la mano derecha. Nos
miró, y habló en un tono que conocíamos muy bien: el que empleaba para dar
instrucciones para el combate.
—Quiero veros a todos armados y con los caballos dispuestos. Que lleven
discretamente el mío hasta cerca del recinto... Minuro se encarga de eso. Tongio,
tú te quedas conmigo. Vigila especialmente lo que el intérprete de Astolpas les
diga a los romanos. Los demás, cerca de mí. Ahora, vamos.
La última frase era aproximada, pues para cumplir las órdenes tuvimos que
dirigirnos primero, a la carrera, a nuestras tiendas, para ponernos las corazas y
ceñir los cinturones.
Viriato nos esperó. Volvimos entonces a atravesar el río, y nos aproximamos
al recinto cubierto.
Circulaban las ánforas, y todos los invitados parecían muy animados.
Astolpas se adelantó para saludar a Viriato y conducirlo hasta el ara. Hizo allí su
alocución, una pieza oratoria grandilocuente en la que a través de elogios
dedicados a su futuro yerno consiguió evidenciar sutilmente su propia
importancia como máximo potentado del valle del Tagus... Un intérprete,
sentado al lado de los dos invitados romanos, les iba susurrando con aire servil la
sustancia del discurso, y ellos lo escuchaban componiendo una expresión
benigna y complaciente, y bebiendo vino a traguitos. Sentí que la rabia contraía
mi estómago. ¡Qué bien conocía yo a aquella gente! Podía leer sus pensamientos
con la misma claridad con que lo haría si estuvieran escritos en un papiro. «A ver
si hacéis amigos entre esos bárbaros», les había dicho el magistrado de la ciudad
donde vivían, «Haced amigos y a través de ellos podremos acabar dominando a
esos salvajes. Una relación cordial es un tributo recibido sin esfuerzo...»
Astolpas no paraba de hablar. Admito que sabía construir un discurso y que
nunca tropezó en las palabras. Al fin, alzó la copa para saludar a Viriato, y bebió.
Todos lo imitaron, pero nuestro jefe sólo se llevó la copa a los labios. Dio
algunos pasos y tendió la mano derecha. Un esclavo se apresuró a coger la copa.
Entonces, Viriato se apoyó en su lanza y empezó a hablar:
—Habéis oído las palabras de Astolpas y habéis comprendido hasta qué
punto es un hombre rico e importante...
Con un gesto amplio abarcó todo el lujo que nos rodeaba:
—... Oro, joyas, tejidos preciosos... Astolpas es rico en bienes y en amigos...
muchos amigos. Entre ellos, por lo que veo, se cuentan incluso los opresores de
su pueblo. Un hombre rico tiene amigos en todas partes ¿no? Con todo, él se
declaró muy honrado al darme a su hija por esposa, pese a que yo no tengo más
riquezas que mis armas y mi caballo. Pero Astolpas, que es sabio, comprende
que son las armas, las mías y las de mis compañeros, lo que le permite disfrutar
de los tesoros que aquí vemos.
Viriato hizo una pausa. Se diría que un sortilegio nos había convertido a
todos en estatuas de piedra. Los ruidos alegres del campamento llegaban hasta
nosotros, pero bajo el toldo hasta la respiración de los convidados pareció
cortarse. Astolpas se quedó pálido, del color de la ceniza. Con movimiento
deliberado, Viriato señaló a los romanos:
—Sin nuestras armas, sin las vidas sacrificadas año tras año, estos hombres a
quienes Astolpas trata como huéspedes de honor estarían aquí ocupando su casa,
robando sus ropas y su oro, gozando de sus concubinas. Pero Astolpas es un
hombre sabio, y por eso me acepta como yerno. Comprende, ¿no es verdad?, que
todas estas riquezas son cosa vana, pues es algo que puede perderse un instante
después de adquirirlas, pueden perderse en cualquier momento... —e indicó
hacia la hueste— y bastaría, por ejemplo, una palabra mía, y todas las riquezas
de Astolpas, y no sólo su hija, pasarían a pertenecerme... Esa es la maldición del
oro. Bebo por la sabiduría de Astolpas.
Pero no bebió. El esclavo, paralizado, no se acordó siquiera de devolverle la
copa. Pese a aquella tensión, casi insoportable, reprimí la risa al ver los esfuerzos
del intérprete que traducía para los intrigados romanos. El hombre estaba
utilizando todos los recursos de su imaginación, y había improvisado libremente,
con voz estremecida. Sin embargo, quizá no fuese un cobarde. Por lo menos,
hablaba aún, mientras los demás parecían muertos. Astolpas, por su parte, no
estaba aterrorizado, sino, más bien, sofocado por la cólera —el efecto era el
mismo, o sea: no conseguía hablar. El jefe de sus esclavos, un hombre cuya voz
y cuyos gestos podrían pasar por los de un maestro de ceremonias gaditano,
decidió salvar la situación. Se acercó a Viriato y le anunció que estaba ya
dispuesto el baño de la hospitalidad. La respuesta, dada sin mirar para él, fue:
—Ya me he bañado esta mañana, en el río.
Sin desconcertarse, el otro dijo que el lugar de honor esperaba, pues, al
ilustre huésped. El ilustre huésped no dio señales de oír, y se volvió hacia
nosotros:
—Comed algo, porque vamos a marcharnos.
En aquellas circunstancias, el apetito no era mucho. Y como Viriato no se
sentaba, también nosotros nos quedamos de pie. Astolpas, recompuesto, hizo una
señal dando por iniciado el banquete, y con eso nos sentimos mucho más a
gusto. Táutalo cogió un capón asado, lo partió y me pasó la mitad. Los otros
siguieron nuestro ejemplo mientras el jefe de la hueste comía rápidamente medio
pan y una tajada de cerdo sin posar siquiera la lanza. Cuando acabó, se volvió
hacia el jefe de los esclavos —cualquiera habría creído que Astolpas no existía y
pidió que trajeran a Tangina.
Era un comportamiento inaudito, el silencio volvió a reinar hasta que fue
roto por tina música de flautas que anunciaba la presencia de la novia. En este
momento, Viriato dijo algo al oído de Táutalo, que se alejó.
Vestida con galas ceremoniales, Tangina venía hermosa y, como suele
decirse, irradiaba felicidad. Reparé, con todo, en un detalle interesante: entre las
esclavas que la rodeaban, estaba una a quien había visto poco antes sirviendo a
los invitados. Cuando la novia se detuvo delante del padre, el modo de mirarlo
confirmó mis sospechas: Tangina sabía ya lo que había ocurrido, y la sonrisa que
dedicó a Viriato mostraba qué campo había elegido. Astolpas se puso aún más
pálido.
Después de haber entrado la novia de una manera tan abrupta, había que
iniciar el rito nupcial. Trajeron la cabra destinada al sacrificio, y Viriato la
inmoló sobre el ara. Después, al lado de Tangina, siguió lo que quedaba del rito
sin volverse a mirar al resto de la multitud de invitados. Al final, cuando fueron
declarados esposo y esposa, prendieron los ojos uno en el otro como si no oyeran
los votos de felicidad que entonaban todos a su alrededor.
Se oyó el resuello de un caballo: era el de Viriato, que Táutalo había ido a
buscar y que traía de las riendas, impasible ante el aire escandalizado de los
asistentes. Viriato, teniendo a Tangina de la mano, habló algo con Táutalo, y, al
pasar junto a nosotros, dijo:
—A caballo todos. Táutalo, mañana lleva a la hueste al campamento nuevo.
Hicimos el saludo guerrero y nos alejamos para cumplir lo que había
ordenado. Cincuenta guerreros armados, llamados sin duda por Táutalo, estaban
ya montados. Cuando nos reunimos a esta escolta, Viriato se encontraba en
vanguardia, con Tangina sentada en la grupa del caballo, ciñendo con sus brazos
el torso del marido. Había deshecho su tocado, y el cabello negro revolaba
suelto, agitado por la brisa. El jefe dio orden de marcha. Y abandonamos así
Aritium Vetus, al son de las trompas y los cuernos de la hueste, bajo las
estruendosas aclamaciones de los guerreros. En el recinto de honor, la fiesta
quedó definitivamente rota.

Los hombres que Viriato había dejado para que terminaran los trabajos de
fortificación del campamento de invierno habían rebasado las órdenes recibidas.
Con un esfuerzo complementario, habían construido una casita de piedra y
madera para el jefe y su mujer. Por otro lado, el jefe de una tribu vecina había
enviado tres esclavas para servir a Tangina.
Viriato no rechazó estos regalos, sino que los agradeció. El día de nuestra
llegada se improvisó un festín durante el cual Viriato se mostró alegre y
tranquilo, bromeando como raras veces lo había hecho antes. Creo que, en parte,
esto era simulado, para corresponder a la amistad y al respeto de los guerreros.
Era verdad, no obstante, que se sentía mucho mejor allí que en Aritium Vetus.
La hueste se instaló y se preparó para pasar los meses fríos del invierno. No
creo que la perspectiva de pasar tan largo período en una cabaña modesta, en
medio de un campamento guerrero, resultara muy agradable para Tangina, pero
la mujer se mostró contenta y tranquila.
Diez días después de nuestra llegada, tuvimos una sorpresa: los centinelas
avistaron un grupo de jinetes, y cuando estos se aproximaron lo suficiente como
para distinguir sus enseñas, vimos que eran hombres de Astolpas... En realidad,
era el propio suegro de Viriato quien venía a vernos. «Ha llegado la hora de las
explicaciones», pensé. Realmente, Viriato y Astolpas se metieron juntos en la
espesura de un bosque para mantener una conversación sin testigos. Nadie supo
lo que hablaron entre sí, pero algo sí es seguro: desde entonces Astolpas cortó
sus relaciones con sus amigos romanos, y el auxilio prestado al yerno aumentó
sustancialmente.
Astolpas visitó a su hija, participó en un banquete, en el que le fue reservado
el lugar de honor, y partió al día siguiente después de una despedida
relativamente cordial.
Pasó el invierno sin más incidentes. Caían aún las lluvias con abundancia
cuando recibimos noticias de la Bética anunciando que Serviliano había llegado
a Iberia y se movía, con sus legiones, en dirección a Itucci.
XIII

De regreso a la Bética, la hueste hizo un breve alto en Aritium Vetus, donde


Tangina quedó al cuidado de su padre. Arduno me contó, y no sé cómo logró
saberlo, que esta decisión de Viriato provocó el primer conflicto conyugal,
porque Tangina estaba empeñada en seguir con su marido y acompañarlo durante
toda la campaña. Comprensiblemente, Viriato se negó a aceptar esta idea.
La tempestad no se hizo esperar, y fue seguida de un período de frialdad,
pero cuando los esposos se despidieron en la orilla del Tagus, los ojos de
Tangina estaban húmedos y ansiosos. En cuanto a Viriato, la miraba con una
mezcla de ternura y orgullo. No había cedido a las pretensiones de su mujer, pero
aquella prueba de valor le había gustado.
Pronto cedió el tiempo de las batallas conyugales: en Itucci nos esperaban
otras guerras. Serviliano se aproximaba, y todos los días llegaban mensajeros
con noticias sobre su avance. El cónsul había empezado por guarnecer las plazas
fuertes romanas, y marchaba ahora a la cabeza de seis mil legionarios. No
sabíamos qué había pasado con los elefantes y los jinetes de Numidia.
Viriato reunió a los jefes de los contingentes en la sala de banquetes de la
ciudadela, y les describió la situación con todo detalle. Ante algunos, que
mostraron su optimismo ante el hecho de que Serviliano se acercara con un
número de hombres más o menos igual al de nuestros guerreros, replicó Viriato
que estaban en un grave error: para Serviliano, seis mil hombres eran sólo una
pequeña parte de su ejército, mientras que nuestros seis mil hombres
representaban de momento la totalidad de la hueste lusitana, pues no podíamos
llamar a las guarniciones que teníamos en las diversas ciudades que se hallaban
en estado de alerta.
Cuando se callaron todos, hundidos en un silencio lleno de preocupación,
Viriato, que se había mantenido en pie durante la reunión, paseando de un lado al
otro, los miró uno a uno e, inesperadamente, sonrió.
—Espero que hayáis entendido todos la gravedad de la situación —dijo—.
Pero ahora voy a explicaros lo que tenemos que hacer.
Se oyó un suspiro de alivio, y Crisso exclamó con su voz de trueno:
—¡Vaya, menos mal! Tanto pesimismo me tenía ya deprimido. Vamos a ver
cómo conseguimos despedazar al cónsul ese...
Hubo una carcajada general. Viriato siguió hablando:
—No es tan sencillo, pero si no lo despedazamos, al menos creo que
podríamos darle varios tajos... Ante todo, quiero que los jefes de las diversas
agrupaciones de guerreros hablen con sus hombres de los elefantes: qué son,
cómo son, el ruido que hacen. En fin, todo. Tongio, que vivió en Gadir y, oyó
cosas sobre esos animales, os dará detalles. Es necesario que los hombres no se
vean dominados por el pánico cuando los elefantes aparezcan. Ahora, en lo que
se refiere a lo más inmediato, a los próximos días, una cosa ha de quedar clara:
no podemos permitir que Serviliano se aproxime a Itucci. Mañana saldremos de
la ciudad y marcharemos a su encuentro.
—¿Dejar Itucci? —preguntó Minuro, seguido inmediatamente por Audax—.
¿Y dónde vamos a encontrar una ciudad con mejores fortificaciones?.
El jefe se encogió de hombros:
—En ninguna parte. No tengo la menor intención de que los romanos nos
cerquen. Los romanos son expertos en asedios de ciudades. Itucci nos interesa
como base de operaciones, no como reducto defensivo... No quiero ver a nuestra
hueste reducida otra vez a la necesidad de comerse sus propios caballos...
Siguió una larga serie de órdenes e instrucciones, y acabó la reunión. Al día
siguiente, cuando la luz del sol tiñó de oro las murallas de la ciudad, salimos en
formación de combate al son de cánticos de guerra.
Sorprendimos a Serviliano cuando éste se encontraba ya a la vista de Itucci.
Le tendimos una emboscada en terreno propicio, un espacio ceñido por
barrancos y poblado de bosque espeso donde no había posibilidad de enviar
batidores para guardar los flancos. Nuestros jinetes les saltaron al camino, y
cuando los romanos, desorientados y ensordecidos por el griterío, retrocedieron
para adoptar una formación defensiva, la infantería lusitana surgió por
retaguardia. Siguió un combate confuso, durante el cual recibí una herida en la
muñeca derecha, nada grave, afortunada mente, y Arduno se ganó otra cicatriz
en la cara. Por nuestra parte no hubo bajas, y cuando Viriato ordenó la retirada,
para no exponer demasiado a la hueste, ya el enemigo estaba desorganizado y en
fuga. En el campo de batalla dejaba unos centenares de muertos.
El cónsul —a quien vi de lejos en la batalla, montado en un caballo blanco—
se dio cuenta de que no podía seguir avanzando ni permanecer allí, y retrocedió
hasta hallarse de nuevo en campo abierto.
Pensamos entonces que todo nos iba bien, y que la campaña iba a ser como
las anteriores. Habíamos olvidado los refuerzos que le habían prometido a
Serviliano. Cuando, días más tarde, volvimos a ver a los romanos, su número se
había duplicado, y con ellos estaban los trescientos jinetes númidas, montando
caballos tan ágiles y rápidos como los nuestros, y, los famosos elefantes. Quien
nunca haya visto a esos animales de carne y hueso no podrá imaginar lo que
sentimos. Son tan grandes y poderosos que ya de lejos dan miedo. Cuando
corren al combate haciendo que la tierra se estremezca, los caballos se
horrorizan y huyen como si estuvieran ante criaturas concebidas por las más
terribles divinidades.
Pese a todo, y con orgullo lo recuerdo, plantamos cara. No obstante, la
desproporción era excesiva. Sin descanso, Viriato atormentó al enemigo con
ataques constantes, pero cualquier ofensiva nos salía cara en hombres y en
caballos. Además, Serviliano se negaba ahora a abandonar el terreno donde
podía maniobrar a gusto, y nosotros no podíamos arriesgarnos a una batalla
campal.
Impotentes, asistimos, pues, a su avance y vimos cómo extendía un poderoso
dispositivo, abría trincheras, alzaba empalizadas y construía, en fin, un
magnífico campamento fortificado a partir del cual podría prolongar su área de
acción. El camino hacia Itucci quedaba abierto, y nada podíamos hacer para
impedir la caída de la ciudad. Fue entonces cuando nuestro jefe envió un
mensajero, por caminos desviados, para decirles a las gentes de Itucci que
evitaran el derramamiento inútil de sangre, que los dispensaba de su juramento,
y que era mejor que abrieran las puertas de la ciudad a los romanos.
Así lo hicieron. Y fue para nosotros un golpe muy duro ver desde lejos las
águilas romanas dominando de nuevo las murallas de Itucci. Aquella misma
noche, en el campamento que habíamos improvisado, oculto en la vertiente de
un enorme barranco, los jefes de los contingentes fueron a ver a Viriato y le
suplicaron que ordenase un ataque general, no ya para vencer al cónsul, pero sí,
al menos, para morir con honor. Viriato los escuchó atentamente, como hacía
siempre. Nunca ha habido, y creo que ya lo he dicho antes, un general tan
próximo a sus hombres. Cualquier guerrero podía dirigirle la palabra, y sus
amigos, los oficiales, también podían acudir en cualquier momento a su tienda,
incluso por la noche, despertarlo y hablar con él.
Viriato escuchó, y cuando ya todos habían dicho lo que querían decir,
replicó:
—Habláis de morir con honor. Yo creo que podemos aún vivir con ese
mismo honor que exigís. Tenemos que vivir para defender la libertad de nuestros
hijos...
—¿Pero, cómo? —interrumpió uno de los oficiales—. Ese romano, con sus
legiones, con los elefantes, con los númidas... ¡ese romano es invencible!
—También Cayo Vetilio parecía invencible y lo vencimos. Cierto es que la
situación era distinta. No podemos recuperar Itucci por ahora, pero podemos
hacer otra cosa. Vamos a dar una batalla campal...
Se levantó un murmullo, y fue Crisso, por una vez, quien entendió el
pensamiento de Viriato:
—¡Eso es! ¡Una batalla igual que aquella contra Vetilio! —gritó.
Viriato se acercó a él y posó las manos en sus hombros:
—Al fin, mi querido amigo, mi túrdulo cerril, entiendes algo...
Y, volviéndose hacia los demás, empezó a dar órdenes.

Pasaron tres días, y las tropas de Serviliano se encontraban casi en el lugar


exacto donde queríamos que estuvieran.
Por medio de pequeñas maniobras de ataque y fuga, Viriato había
conseguido alejar al cónsul de su campamento atrincherado y atraerlo poco a
poco, de manera imperceptible, hasta tenerlo a su alcance. Otra maniobra más, y
lo tendríamos en terreno ideal.
La víspera de esta acción, Viriato sacrificó tres caballos a los dioses de la
guerra, implorando su auxilio y protección para la hueste lusitana. Incapaz de
dormir, pasó la noche conversando con Arduno y Táutalo, que estaban de
servicio. De madrugada, el jefe salió de la tienda dispuesto ya para montar —en
campaña dormía completamente vestido y con coraza, para poder enfrentarse a
cualquier emergencia— y los saludó con una calma contagiosa.
—Quiero ver alegría en todas las caras —dijo—. Esta vez los presagios nos
son favorables, y no hay motivo para tener malos pensamientos.
Era verdad, pero yo sentía aún una ansiedad como si una voz dentro de mí
me exigiera en silencio
La voz, si existía, se vio sofocada por el rumor de los preparativos para el
combate, el resonar metálico de las arras, el relincho excitado de los caballos, los
gritos de los hombres, y prometía ser cálido. Esto era una ventaja para nosotros
en la misma medida que un inconveniente para los romanos. Su equipo de guerra
era más pesado Y acabaría por dificultar sus movimientos.
Sólo los jinetes participarían en el ataque. Los restantes hombres deberían
permanecer en el campo, bajo el mando de Crisso. Pero, en el último momento,
éste la armó: empezó a decir que mandar en retaguardia no era su vocación y que
alguno de los presentes pensaba que era ya viejo para el combate, allí mismo lo
desafiaba y le demostraría que, de viejo, nada. Incluso se negó a escuchar los
pacientes argumentos de Viriato, dijo que si no tomaba parte en el ataque de la
caballería, iría igualmente a nuestra zaga, llevando la infantería tras él. No había
tiempo para discutir y Viriato, contrariado, lo sustituyó por Audax.
Quedó éste al mando de las reservas, y dio Viriato la orden de marcha.
Atacamos a la columna romana al inicio de la tarde. De acuerdo con lo
establecido, no intentamos defender nuestro terreno. Una vez ejecutada la carga,
nos batimos en retirada —todos menos Crisso y un puñado de sus túrdulos, que
se había empeñado en un combate cuerpo a cuerpo—. Mirando hacia atrás,
rabioso, vio Túrdulo lo que pasaba, rechinó los dientes rabioso, y maldijo:
—¡Tongio! ¡Arduno! ¡Traedme a esos cabezotas inmediatamente! ¡Van a
echar a perder nuestros planes!
Galopamos hacia el grupo mientras las trompas repetían y otra vez el toque
de retirada.
—¡Crisso! —grité desde lejos aún—. ¡Son órdenes de Viriato! ¡Retirada!
Crisso combatía con ferocidad, abriéndose paso entre la chusma de velites.
Me oyó, sin embargo, y tiró de las riendas obligando al caballo a dar media
vuelta. Lo siguieron sus hombres mientras una nube de flechas caía sobre
nosotros —una de ellas, silbó rozando mi yelmo de cuero— y alguno túrdulos
cayeron.
Llegó Crisso a galope, con rostro sombrío, cerrado. Pasó a mi lado como un
relámpago mientras Arduno lo cubría de epítetos más o menos insultantes.
Había desaparecido la caballería lusitana, pero conocíamos bien el camino
que llevaba al lugar de concentración. Penetramos en el bosque y tropezamos
con Táutalo, echando aún espumarajos de rabia por la indisciplina de Crisso.
Sorprendente— mente, éste no abrió la boca ni se detuvo. Continuamos, pues, en
silencio.
A la entrada del campamento esperaba Viriato, aún montado, con el entrecejo
fruncido y una sombra en la mirada, mucho más temible que la ira de Táutalo.
Desmontamos todos, excepto Crisso. Su caballo clavó las espuelas ante el de
Viriato, y durante unos instantes quedaron los dos hombres mirándose de hito en
hito, como en un desafío.
Entonces se oyó la voz del jefe pero no tal como yo esperaba:
—¡Arduno, Tongio, rápido!
Antes de que diéramos el primer paso, el cuerpo inmenso e imponente de
Crisso se curvó, se hundieron sus hombros y resbaló hacia la derecha hasta caer
al suelo. En pleno vientre, a través de un desgarrón de la coraza, tenía clavada
una saeta cuya asta se había quebrado. Durante la retirada, Crisso la había
ocultado con el escudo; era un milagro que hubiese podido aguantar el galope.
Pero el milagro había acabado. La sangre se extendía por su túnica y
empapaba la coraza. De la boca del viejo guerrero salía un gemido ronco.
Arduno se arrodilló. Viriato y yo seguimos su ejemplo. Nuestras miradas se
cruzaron en una pregunta muda. Arduno hizo un signo negativo. El jefe se
inclinó y murmuró:
—Crisso, vamos a decirte adiós y a entregarte a los dioses. Pero, si eso te es
permitido, tu espíritu asistirá a la venganza. ¡Voy a ofrecer en tu honor una
hecatombe de legionarios!
Crisso no podía responder; toda su energía se concentraba en un último
esfuerzo por dominar su dolor. Viriato hizo un gesto imperioso. Obedeciéndome,
me levanté y desenvainé la espada mientras Arduno agarraba con firmeza el
pedazo del asta de la flecha.
—¿Estás dispuesto? —me preguntó, e hice una señal afirmativa.
Con un movimiento brusco y hábil, Arduno tiró de la punta de la flecha.
Crisso emitió un breve grito, se estremeció violentamente y quedó inmóvil. No
necesité usar la espada.
Ya Viriato se encontraba de pie, dando instrucciones rápidas y precisas: que
nadie, ni siquiera los guerreros túrdulos, prorrumpieran en lamentos. Los ritos
fúnebres tendrían que esperar, pues si el espíritu de Crisso los recibía, podría
retirarse así sin asistir al ataque durante el cual lo vengaríamos —y también,
pensé adivinando el pensamiento de Viriato, los romanos estaban demasiado
cerca de nosotros; el fuego de la pira y los lamentos denunciarían nuestra
posición. Después de la batalla, tendría Crisso sus honras fúnebres.
Los hombres de Conímbriga aceptaron este argumento. Lo que no podíamos
negarles era la ceremonia de vela: durante toda la noche, los guerreros túrdulos
rodearon el cadáver de su jefe entonando cánticos en sordina. No obstante, de
mañana no parecían fatigados; al contrario, el deseo de venganza les había dado
nuevas fuerzas, y cuando suplicaron a Viriato que les permitiera ir en
vanguardia, para ser los primeros en atacar, el jefe accedió. Luego, suspiró,
volviéndose hacia mí:
—Es una cuestión de justicia; pero, desgraciadamente, vamos a perder el
contingente de Conímbriga...

Serviliano avanzaba creyendo que nos perseguía. En realidad, venía a


nuestro encuentro. Los dos ejércitos se avistaron, hicieron alto para reconstruir la
formación y tomar posiciones para el combate. Viriato envió mensajeros a los
jefes de los contingentes confirmando las instrucciones del día anterior. Después,
alzó la mano derecha, que empuñaba la lanza, y dio el grito de guerra. Le
respondió, como un eco, el mismo grito, entonado por la hueste entera con furor.
Se inició el ataque.
El espíritu de Crisso quedó satisfecho viendo a sus conimbrigenses en
primera línea: el ímpetu de la carga fue tal que rompió la vanguardia romana, y
nuestra caballería se precipitó por la brecha. Esta se amplió rápidamente bajo la
carga de infantería, y los legionarios empezaron a ceder terreno, sin dejar de
combatir. Durante unos momentos —perdí la noción del tiempo— me entregué a
la lucha sin pensar. Mi cuerpo obraba por sí mismo, guiado por la sabiduría
instintiva de los guerreros; mi espíritu reposaba sin duda en los brazos de alguna
divinidad, porque nunca me sentí tan tranquilo en el campo de batalla, pese a
combatir al lado de Viriato, es decir en el punto donde el enfrentamiento era más
encarnizado.
Un coro de aullidos extraños se sobrepuso al griterío y al entrechocar de las
armas. El sonido me horrorizó. Miré a mi alrededor... Venidos de no sé dónde,
los diez elefantes númidas entraban en combate. «Todo está perdido», fue la idea
que me asaltó, fría y mortal como la de una lanza. A mi izquierda, Táutalo,
pálido, observaba ansioso a Viriato. En aquel momento, las filas se abrieron por
completo para dejar paso a los elefantes.
Viriato levantó el brazo izquierdo y lanzó un grito especial. Nuestras trompas
sonaron con una señal bien conocida («retirarse simulando pánico») y la hueste
obedeció sin vacilar; toda la hueste, menos los hombres de Conímbriga,
exactamente como Viriato había previsto. En retirada, lancé una mirada hacia
atrás y vi a los elefantes en acción con sus enormes patas rojas de sangre.
Los conimbrigenses habían elegido su destino, y ahora nos perseguía la
caballería romana, desordenadamente, a rienda suelta, dirigiéndose con
entusiasmo e inconsciencia hacia el lugar de la emboscada.
Serviliano perdió allí cerca de dos mil hombres y, al retirarse, no habían
terminado sus desgracias. Viriato dejó nuevamente a Audax el mando de la
infantería, con orden de acosar a los fugitivos y recoger despojos. Audax, con
todo, tendría que actuar correctamente, pues con él se había quedado Arduno
para reunir a nuestros heridos. Por atajos que sólo nosotros conocíamos, Viriato
llevó la caballería hasta las proximidades del campamento mayor de Serviliano.
Cuando, al caer la tarde, llegó el cónsul, fue atacado a la puerta de sus propias
fortificaciones. Durante la noche entera no le dimos descanso. Con el alba, el
ejército consular había sufrido un millar de bajas más. Desde nuestros puestos de
observación vimos a los legionarios abandonar el campamento con armas,
bagajes y elefantes. Serviliano se retiraba hacia Itucci.
La hueste ocupó el campamento abandonado y lo incendió. Allí, en aquella
tierra reconquistada al invasor, fue quemado el cuerpo de Crisso en una alta pira,
junto con su caballo, las armas y las joyas. Un funeral digno de la bravura del
vicio jefe, y en el que sólo faltaban sus propios guerreros, los hombres de
Conímbriga, que se habían inmolado en el campo de batalla cumpliendo el rito
de no sobrevivir a su jefe.
Era un sacrificio respetable, pero muy inconveniente. Conseguimos la
victoria, Serviliano había tenido que retroceder y estaba ahora refugiado en
Itucci; pero cuando contamos los efectivos de la hueste y reunimos y evaluamos
los víveres de que disponíamos, quedó claro que no podíamos continuar en la
Bética. Dos días después de la batalla, Viriato llevó sus tropas de vuelta a
Lusitania.
XIV

Con una vaga sensación de recelo contemplé las altas crestas de los montes
Herminios. Seis años antes había empezado allí la gran expedición lusitana que
haría de Viriato y de su pueblo el símbolo de la libertad ibérica. Estábamos ahora
de vuelta, victoriosos aún, pero terriblemente debilitados, y el principal objetivo
que había que alcanzar, la unión de los esfuerzos contra el invasor, me parecía un
sueño cada vez más lejano. Los numantinos hacían la guerra y firmaban treguas
a su aire; los vacceos alternaban derrotas con pequeñas victorias. Ninguno de los
jefes había comprendido la imposibilidad de oponerse aisladamente al enemigo
común.
Mientras avanzaba a través de la Bética y de la Lusitania, Viriato había
enviado emisarios a todas las tribus y pueblos aliados. Las respuestas habían
sido diversas, pero muy pocos se habían decidido a reforzar nuestra hueste.
Había que reposar, esperar, y utilizar las vías diplomáticas. Entre tanto, un
mensajero especial, Arduno, había ido a Aritium Vetus para decir que Viriato
esperaba a su esposa en el campamento de invierno.
Arduno regresó antes de lo que pensábamos. Astolpas, nos dijo Arduno,
enviaba un saludo cordial a su yerno, le comunicaba que Tangina gozaba de
buena salud —desgraciadamente no estaba encinta, contra los rumores que
habían llegado hasta nosotros— y anunciaba que él personalmente escoltaría a
su hija. En treinta días, como máximo, estaría con nosotros.
Esta respuesta irritó a Viriato, porque pensaba que treinta días eran
demasiados. Si sus deberes se lo hubieran permitido, se habría puesto
inmediatamente en marcha para ir en persona a buscar a su esposa y discutir con
el suegro. Pero esto era imposible. El trabajo de Viriato se había duplicado:
aparte de ocuparse de la hueste, estaba enviando y recibiendo mensajeros
constantemente, discutiendo con los reyezuelos y con los príncipes de la región,
analizando las noticias que le llegaban del Sur.
Y, después de nuestra retirada, estas noticias no eran alentadoras. Serviliano
había salido de Itucci, había reorganizado su ejército y se apresuró a atacar a
nuestras guarniciones en las plazas de Beturia. Cinco ciudades aliadas habían
sido forzadas a la rendición y saqueadas implacablemente, lo que significaba
para nosotros la pérdida casi total de influencia en la región. Luego, el cónsul se
había dirigido a Cinéticum.
—Pero Cinéticum —se asombró Táutalo— está alzado a nuestro favor.
Serviliano no puede establecer allí cuarteles de invierno seguros...
—Y no piensa hacerlo —respondió Viriato—. Este cónsul es un general tan
bueno como Emiliano. Conoce nuestra debilidad, y va a combatir durante el
invierno mientras pueda; conquistará Cinéticum para asegurarse la retaguardia,
lo que significa que desde allí marchará hacia las tierras de entre el Tagus y el
Anas, y entrará luego en Lusitania. Es una ocupación metódica.
Calló, dio unos pasos y me miró:
—Tongio ¿estás dispuesto a marchar?
—Cuando quieras. Puedo llegar a Baesuris dentro de...
—No. Cinéticum está perdido, estoy seguro, y lo siento. Pero entre el Tagus
y el Anas encontrarás la hueste de Curio y Apuleyo. Ya es hora —añadió con
amargura irónica— de que nuestros ilustres príncipes hagan algo por mí.
Durante estos últimos años se han estado divirtiendo por ahí con sus saqueos y
pequeñas incursiones, sin querer saber nada de la verdadera guerra... Tú luchaste
con ellos, tienes que convencerlos para que ataquen a Serviliano antes de que
éste ocupe sus propias bases. Andan por Atégina, y ahora mandan sobre diez mil
hombres, por lo que me han dicho. La verdad es que yo me sentiría muy feliz si
tuviera aunque sólo fuese la mitad como refuerzo, pero, en fin... Lo esencial es
que detengan el avance de los romanos. Procura ser explícito: todo depende de
ellos.
Dardo, mi caballo, estaba descansado y bien alimentado, mis armas estaban
también limpias y dispuestas. Aquel mismo día, cumpliendo las órdenes
recibidas, elegí una escolta de veinte hombres —me hubiera gustado contar con
Arduno, pero había sido enviado con un mensaje a Caturo, rey de los igeditanos.
La escolta tenía por objeto el que no me viese obligado a andar por caminos
escondidos, y que pudiera avanzar con seguridad relativa por los mejores, sin
temor a eventuales salteado— res, pues tenía que llegar a la Mesopotamia lo
antes posible.

Los príncipes estaban en Sirpa, y no me fue difícil convencerlos para que


entrasen en acción. Diariamente llegaban pequeños grupos de hombres y
mujeres huidos de Cinéticum, pasado a hierro y fuego por las tropas consulares.
Serviliano se encontraba ya en las sierras, y podía entrar en la Mesopotamia
cuando quisiera. Un peligro tan próximo no permitía dudas sobre la decisión que
había que tomar. Curio me preguntó si participaríamos en el ataque mis
camaradas y yo, y le respondí que sí —en cierto modo, nuestra presencia allí
establecía un enlace entre Viriato y los príncipes, lo que coincidía con los deseos
de nuestro jefe.
Tras haber pasado seis años combatiendo bajo la enseña del toro, el contraste
entre Viriato y cualquier otro jefe guerrero de la Bética me parecía aún mayor.
Lo que distinguía sobre todo a nuestro jefe era el arte de transformar las bandas
de guerreros en un ejército, y no a la manera romana, sino aprovechando las
mejores cualidades de los combatientes ibéricos y anulando sus defectos: un
ejército con una organización reducida al mínimo, pero perfectamente
disciplinado, lleno de movilidad, flexible y eficiente. Curio y Apuleyo no tenían
esa virtud. Se imponían a sus hombres sólo por la fuerza y la bravura. Y los
guerreros los obedecían, pero no formaban un cuerpo unido. Con ellos, la guerra
(si guerra podía llamarse a las correrías e incursiones a que se entregaban) era
algo que se improvisaba día a día al albur de los deseos de los jefes.
Estos acusaban visiblemente el paso de los años y las marcas de los
combates. Curio tenía todo el pelo blanco y se movía con gestos pesados.
Apuleyo tenía la mejilla izquierda surcada por una enorme cicatriz que le rozaba
el extremo del ojo. En torno a los dos príncipes, eran pocos los veteranos,
aquellos con quienes yo había combatido: los guerreros más viejos habían caído
ya.
Partimos de Sirpa en medio de una discusión encendida de contenido
estratégico: Apuleyo, confiando en los efectivos de la hueste, se inclinaba por
lanzarse a una batalla campal; Curio se mantenía fiel al excelente y ya probado
método de las emboscadas, de los ataques y de las fugas constantes. Cabalgando
uno al lado del otro, discutían a gritos como dos comadres... una escena poco
digna, pensé. Los hombres de la hueste, habituados ya, sin duda, a escenas
semejantes, parecían divertidos con el espectáculo. En cuanto a mis camaradas,
parecían asombrados: aquello era inimaginable en el ejército de Viriato.
Volvimos a tener noticias de Serviliano: había entrado ya en la Mesopotamia.
La discusión, que se había prolongado durante varios días, se volvió más
violenta. Curio acabó por vencer, con el apoyo de la mayoría de los guerreros, y
Apuleyo se encerró en un mutismo furioso. Pero el día elegido para el ataque,
apareció, pese a todo, activo y bien dispuesto, dando órdenes con su voz alegre y
violenta, una voz que, por lo que yo recordaba, impelía a los guerreros a una
obediencia inmediata.
En mi opinión, el terreno elegido para la emboscada no era el mejor, pero los
legionarios romanos avanzaban inadvertidos y se dejaron sorprender. La
caballería de Apuleyo cayó sobre la vanguardia e hizo estragos terribles en las
filas de los lanceros, mientras, aprovechando la confusión, Curio se apoderaba
de la columna de los bagajes, donde estaba el botín de Serviliano tras la campaña
del Cinéticum. Nos apoderamos de la columna de asnos y acémilas cargadas con
el riquísimo botín, y llevamos lejos de allí a los atemorizados animales mientras
se daba la señal de retirada general. La caballería de Apuleyo se desprendió al
galope del enemigo, que empezaba en aquel momento a reorganizarse, y vino a
nuestro encuentro.
Era una primera victoria —limpia, bien lograda, brillante... por ahora. Los
dos cuerpos de la hueste iban ya a reunirse en una cola cuan o Apuleyo gritó:
—¡Deteneos! ¡No he acabado aún!
Dio media vuelta y galopó de nuevo contra la legión obligando a sus
hombres a seguirle. Curio estaba rabioso:
—¡Ese idiota! ¡Maldito perro idiota! Quiere librar su batalla campal, aunque
nos pierda a todos... ¡Por Endovélico, Runesos-Cesios, por Atégina, por todos
los dioses y diosas, juro que como lo agarre lo desuello!
Para desollar a Apuleyo había que echarle la mano encima, y pronto lo vimos
rodeado por los romanos. Con una última blasfemia, Curio acudió en su ayuda.
Con nuestra carga abrimos brecha durante el tiempo suficiente para que Apuleyo
y los suyos pudieran librarse del cerco, y nos batimos de inmediato en retirada
hasta un lugar seguro.
Mi primer cuidado fue reunir y contar a mis camaradas —estaban presentes
todos, menos uno. Los restantes no tenían heridas graves, y yo mismo sólo había
recibido una estocada en el costado que sólo había desgarrado la coraza, sin
llegar a la piel. Sólo después reparé en lo que pasaba a mi lado, en los gritos y
señales de tristeza. Curio había regresado de la carga tumbado sobre el cuello del
caballo, con dos guerreros sosteniéndole a un lado y a otro. Había recibido un
lanzazo en el pecho y estaba moribundo. Apuleyo, que se encontraba lejos,
ocupado en concentrar a sus hombres y en contar las bajas, aún no sabía nada.
Ofrecí mis servicios como curandero, y me llevaron hasta el príncipe, pero
me bastó un breve examen para comprender que no había nada que hacer. Curio
estaba agonizando. La punta de la lanza no había quedado dentro de la herida, y
la sangre se derramaba en abundancia —había cubierto las crines y el pescuezo
del caballo durante la fuga, sus ropas estaban empapadas y la roca donde lo
habían tumbado era ahora una mancha roja. Poca sangre quedaría dentro de su
cuerpo.
Con todo, tardó en morir más de lo que yo hubiera creído posible. En voz
baja, hice esta reflexión al oído de uno de los guerreros que lo habían amparado
en la retirada, y él me respondió:
—Está esperando a Apuleyo.
Realmente, Curio resistió hasta el momento en que Apuleyo llegó. Se
miraron los dos con un silencio que me pareció largo, pero que no podría serlo.
Al fin, Curio reunió sus últimas fuerzas para decir:
—¡Burro!
Intentó una sonrisa, y su alma partió.
Nunca oí grito tan prolongado, con tanta desesperación y tan salvaje como el
que salió de la boca de Apuleyo. Traspasó el aire, vibró en las hojas de los
árboles y en los roquedales, acalló los lamentos de la hueste, y murió en una
especie de rugido. Inmediatamente, la misma voz soltó otro grito, este
articulado:
—¡Al ataque!
Mientras montaba pensé: «Es la hora de la venganza, y quizá también del
desastre...». La furia es la peor consejera de un jefe de guerra.
No fue exactamente un desastre, pero perdimos el botín. Serviliano, que
había venido detrás de nosotros, lo recuperó con facilidad, porque nadie se
acordó de llevar los bagajes a las colinas y protegerlos con una guardia. De todos
modos, el cónsul pagó cara su venganza, pues este segundo ataque, tan
inesperado como el primero, le causó bajas muy elevadas. Dos o tres días
después del encuentro, la legión se retiró hacia el Anas, cruzó el río y regresó a
la Bética.
Aunque entristecido por la muerte de Curio, respiré profundamente: el
objetivo de Viriato se había alcanzado. Y mi alivio rebasaba con mucho las
cuestiones puramente militares, porque —como es fácil de suponer— desde la
entrada de Serviliano en tierras conias, vivía yo angustiado pensando en Lobessa
y, sobre todo, en mi hijo. Había llegado incluso a enviar un mensajero al
santuario, con palabras de advertencia, y en respuesta había obtenido un corto y
lacónico recado: que no me inquietase, que el dios había garantizado su
constante protección. Pero la retirada de los romanos me daba aún más alivio.

En la vasta llanura, la pira alzada para consumir el cuerpo de Curio se alzaba


como una torre. La hueste había formado, apenada. Delante de ella, solo y
silencioso, estaba Apuleyo, con la espada, el escudo, la lanza, su mejor coraza y
todos sus adornos. Soportaba el peso de las armas sin fatiga aparente, pese a no
haber comido ni dormido en los últimos días.
Tras él, mis camaradas y yo, también armados, formábamos la primera fila.
Luego, detrás de nosotros, se había subvertido el orden tradicional: en vez de los
jefes y los veteranos, se perfilaban, de dos en dos, algunas decenas de jóvenes
guerreros. La relación íntima entre Curio y Apuleyo se había modificado con el
tiempo (ambos se habían casado y tenían varios hijos) pero el ejemplo había
cundido, y había ahora en la hueste numerosas parejas de amantes. Eran ellos
quienes, asumiendo de manera natural y tácita un derecho que nadie podía
discutirles, se encontraban en vanguardia de la formación para acompañar a
Apuleyo en la despedida. No hablaban, ni soltaban los gritos y lamentos rituales:
se limitaban a mirar a su jefe.
Una de estas parejas de guerreros llevó hasta la pira al caballo de Curio, que
debería acompañar a su señor. Apuleyo ejecutó el sacrificio con gestos precisos
y sobrios, y fue también él quien empuñó la antorcha y prendió el fuego a la
madera resinosa. Las llamas se fueron extendiendo lentamente antes de ganar
fuerza y altura. Cuando el humo ocultó el cadáver, un esclavo se aproximó a
Apuleyo con una copa llena de vino en cada mano —cosa que me pareció
realmente extraña.
El príncipe tomó una de las copas, vertió el vino en una libación y lo echó en
la hoguera (me di cuenta de que aquella era la copa de Curio). Tendió de nuevo
la mano para coger la otra y el esclavo, que estaba pálido y estremecido, dudó
antes de entregársela, pero una mirada amenazadora le obligó a obedecer.
Apuleyo cogió la copa, se volvió hacia atrás, y dijo, casi silabeando las palabras:
—Este hombre no puede ser castigado, cumplió órdenes.
Bebió el líquido hasta la última gota. Debía de haber escogido un veneno
muy fuerte, pues se doblaron sus rodillas incluso antes de vaciar la copa, y cayó
de inmediato. Corrí hacia él, pero ya estaba muerto. En la pira, rugían las llamas,
atizadas por el viento.
A través de las filas de la hueste, cuyos hombres parecían estatuas, alguien se
abrió camino empujando a los que tenía delante como si apartara espigas de trigo
en un sembrado. Lo reconocí. Era Alucio, el más temible y sanguinario de los
veteranos. Se detuvo junto al cadáver de Apuleyo; sin apresurarse, posó la lanza
y el escudo en el suelo, tomó en sus brazos el cuerpo del príncipe y, con un gesto
vigoroso, le lanzó sobre la pira, donde las llamas empezaban a menguar. Y
mientras otros cargaban más leña para la hoguera, Alucio recogió las armas y
volvió a su lugar. Trompas y bocinas sonaron en un último saludo a los dos
príncipes.

Con las muertes de Curio y Apuleyo, se disolvió la hueste. Muchos guerreros


regresaron a sus tierras, otros formaron pequeñas bandas. Aproveché esta
oportunidad que me permitiría aportar refuerzos a Viriato. No me interesaban
hombres como Alucio, pese a su indiscutible valor en el combate, porque
veteranos como él causan más problemas que los que ayudan a resolver, y están
siempre dispuestos a pendencias por mujeres o por el producto del saqueo. Me
dirigí a los guerreros más jóvenes, capaces de aceptar y entender la disciplina y
la organización que había entre nosotros. Tanto y tan bien hablé (con la ayuda de
los dioses, pues la elocuencia no es mi fuerte) que logré llevar conmigo cerca de
tres mil hombres.
Cuando volví a ver los Herminios era ya pleno invierno y las cumbres
estaban cubiertas de nieve. Nuestra hueste seguía acampada en el mismo lugar,
protegiéndose del frío como podía, pero no faltaba leña ni alimentos, porque —
¡oh, prodigio!— Astolpas, el opulento Astolpas, no se había limitado a
acompañar a su hija sino que había llegado con mil quinientos guerreros y
abundantes provisiones para colocarse bajo las órdenes de su yerno. Esta era la
gran novedad que me esperaba, o al menos, la mejor y quizá la única buena
noticia. Las otras, que me fueron relatadas por Arduno, eran mucho menos
agradables.
Durante el viaje de regreso, Viriato había seguido recibiendo informes de
nuestros aliados: Serviliano, que había dado la espalda a la Bética para volver a
Cinéticum, se encontró con que varias ciudades ocupadas se habían puesto de
nuestro lado y habían aniquilado a las guarniciones romanas (esa fue, pues, una
de las razones que le llevaron a abandonar precipitadamente la Mesopotamia).
Serviliano, cuyo consulado estaba a punto de rematar, había marchado primero
en dirección a Corduba, hasta encontrar un destacamento enviado por el cuestor
con una carta del Senado. Sin duda éste le ordenaba que continuase en el
gobierno de la Hispania Ulterior, como procónsul, pues, en vez de seguir hacia
Corduba, reanudó las operaciones de guerra. Y lo hizo con éxito. Tres de las
ciudades sublevadas —Astigis, Obulcola y la propia Itucci— habían caído de
nuevo en poder de los romanos. El castigo había sido durísimo: los emisarios
hablaban de quinientos hombres decapitados de inmediato, apenas firmada la
rendición, y de más de diez mil ejecuciones en los días siguientes. Después, el
mal tiempo había impedido al procónsul intentar nuevos ataques, y lo había
obligado a entrar en sus cuarteles de invierno.
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —pregunté a Arduno.
Se encogió de hombros:
—Continuar, supongo. Con los refuerzos de Astolpas, y con los que tú has
traído, es casi seguro que en primavera salgamos al encuentro de Serviliano.
Viriato ha jurado impedir su entrada en Lusitania.
Le hice otras preguntas: ¿cuál había sido la respuesta de Caturo? El rey había
prometido enviar un pequeño contingente de igeditanos. ¿Estaba encinta
Tangina? No, que él supiera, pero las relaciones entre los dos esposos parecían
excelentes, y entre Viriato y Astolpas se cambiaban palabras cordiales. «Todo
bien en casa, todo bien fuera de ella», concluyó Arduno.
Sus previsiones eran correctas. Pese al rigor de la invernada, Viriato empezó
a entrenar a los nuevos efectivos. Aún nevaba cuando recibimos orden de
levantar el campamento.
Entre preparar hombres, caballos y armas, pasamos unos días que
aprovechamos para inmolar víctimas y leer los presagios, que anunciaron mucha
sangre y una victoria. Por mi parte, me deshice de un brazalete de oro, que
entregué a un sacerdote para que ofreciera un buey a los dioses y preguntara
sobre el futuro de mi hijo (no había quedado descansado, ni siquiera sabiendo
que Serviliano estaba en Corduba). La respuesta fue corta y severa: el niño
estaba bajo protección divina y no debía hacer más preguntas.
Rompía la primavera cuando entramos en Beturia y nos enterarnos de que
Serviliano estaba ya en campaña. Había aplastado a las tropas de Connobas,
nuestro aliado turdetano, y se hallaba ahora en Beturia, preparándose para cercar
Erisana.
La noticia era particularmente grave, porque la derrota de Connobas había
sido definitiva. El príncipe se había rendido al procónsul y estaba prisionero.
Serviliano le había perdonado, pero mandó cortar la mano derecha de todos sus
guerreros, gesto de crueldad gratuita que nos indignó, aunque esta crueldad
gratuita era un gesto muy típico de los romanos. El corte de manos era
practicado por casi todas las tribus lusitanas, pero como oferta consagrada a los
dioses, para que estos concedieran su auxilio en las incertidumbres de una
guerra. Es una costumbre que viene de la noche de los tiempos, ordenada e
instituida por las divinidades, que exigen este sacrificio. Los romanos cortan
fríamente las manos de los prisioneros «sólo para castigar a los bárbaros», como
ellos dicen —castigarlos por su amor a la libertad y a su patria. Usurpan un acto
de piedad, un acto religioso, y lo convierten en una simple salvajada.
Entretanto, el objeto de nuestra cólera estaba muy cerca: los defensores de
Erisana nos habían hecho un llamamiento desesperados y la hueste se agitó con
el deseo de venganza. Cuando se conoció la noticia, los jefes fueron a ver a
Viriato para discutir con él las me idas que convenía tomar.
Por primera vez, Viriato no los recibió, o, mejor dicho, no quiso hablar del
asunto.
—Sé a qué venís —dijo antes de que nadie pudiera abrir la boca—, pero
ahora quiero estar solo. Marchaos, tengo que pensar.
El tono no admitía réplica, y todos obedecieron. Táutalo anunciaba, a gritos,
que iba a empezar a coleccionar manos de legionarios romanos.
Viriato se aisló completamente. Por la noche, se negó a cenar, y ni siquiera
durmió en la tienda. De madrugada, me vi sacudido en medio del mejor sueño.
Era él.
—No hagas ruido, y ven conmigo.
Me levanté, medio aturdido aún, eché mano al manto de pieles —el aire
estaba helado fuera de la tienda— y le seguí. En el claro encontré dos caballos
dispuestos, uno de ellos era mi Dardo. El guerrero que los tenía de las riendas
saludó al jefe. Éste correspondió, y se volvió hacia mí.
—Óyeme bien, Tongio. ¿Podrías pasar por un romano, en caso necesario?
No digo por un legionario, sino por el hijo de un colono, por ejemplo...
Lo pensé un poco, y respondí:
—Creo que sí, pero sólo durante un tiempo, hasta que alguna palabra me
traicione...
—Es sólo para una emergencia. Escucha: Cantios (Cantios era el hombre que
sostenía los caballos) conoce un camino hasta Erisana. Como sabes, los romanos
están cercando la ciudad, y necesitamos saber en qué punto están. Cuando
llegues a la vista de las murallas, tendrás que ir solo, porque así, si te agarran,
Podrás inventar una historia cualquiera... decirles que Itálica fue atacada por los
lusitanos, por ejemplo, y que conseguiste huir... que te perdiste, que anduviste
vagando por las montañas...
—¿Y mi ropa?
—En aquel envoltorio que está junto a tu caballo hay ropa romana. Póntela
cuando te acerques a Erisana. Si todo va bien, vamos a darle a Serviliano una
respuesta merecida. Una respuesta que le debemos desde hace ya demasiado
tiempo...
Contra lo que yo esperaba, salí bien librado. Conseguí acercarme a la ciudad
sin ser visto, y observar la situación: el ejército del procónsul se había dispuesto
frente a la puerta principal, a una distancia que lo ponía al abrigo de las armas
arrojadizas. Grupos de esclavos y de auxiliares excavaban trincheras y
levantaban empalizadas, pero el trabajo apenas estaba comenzado. Cuando iba a
regresar, se acercó a mí una patrulla a caballo. Escondido en la copa de un árbol
contuve la respiración y recé a todos los dioses de la guerra pidiéndoles que la
rama no cediera y que ningún ruido me delatara a los romanos. La patrulla se
alejó, y, en cuanto pude, me dejé caer deslizándome por el tronco y traté de salir
de allí.
Cantios me esperaba en un lugar acordado, y no protestó cuando insistí en
cambiarme de ropa —no quería llevar vestidos romanos por más tiempo del que
me era necesario. Avanzaba el día. Era urgente regresar para llevar la
información a Viriato y también para evitar que nos sorprendiera la noche en
medio del camino, pues solía levantarse al anochecer una intensa niebla y el
tiempo no parecía próximo a cambiar.
Más de cien veces nos arriesgamos a una mortal caída, al galopar por sendas
de cabras al borde de los precipicios. Pese a todo, llegamos sanos, salvos y
enteros. Cuando Viriato me oyó, mandó disponer dos mil jinetes y ordenó a
Táutalo y Astolpas que llevaran el grueso del ejército hacia un valle cerrado
próximo a Erisana. Ninguno de los dos cuerpos de tropas estaba autorizado a
montar tiendas ni a encender hogueras, debían avanzar con el mayor silencio que
fuera posible, y la mitad de la paja que llevábamos para los caballos fue
distribuida en pequeñas porciones entre los dos mil guerreros que él mismo
mandaría. Y, con estas órdenes, partimos a la madrugada siguiente.
Si yo conociera entonces su plan, lo consideraría impracticable e insensato.
Realmente, salió bien sólo porque los dioses estaban con nosotros y Viriato lo
eligió sólo porque los presagios habían anunciado una victoria tras la sangre, y
esta sangre había sido derramada ya, en dolor e ignominia por los turdetanos de
Connobas.
Cerca de Erisana, desmontamos y llevamos los caballos de las riendas. La
niebla apareció al fin al anochecer, y Viriato volvió a llamar a Cantios, a quien
dio instrucciones en voz baja. El guerrero se despojó de las armas y de la coraza,
hizo una rápida libación a Durbédico, dios de su tribu, y desapareció en la
niebla. Era fácil adivinar lo que iba a hacer.
Cuando salió el sol, vinieron a llamar a Viriato, que estaba conmigo y con
Arduno.
—¿Es la señal? —preguntó, levantándose de un salto.
Lo seguimos hasta el puesto de vigía, donde, sin riesgo de ser descubierto
por los romanos, era posible observar Erisana. De lo alto de las murallas subía al
cielo límpido una delgada columna de humo negro, nada que pudiera despertar
prevenciones. Podría tratarse de una hoguera en la que alguien estaba cocinando
la comida de los centinelas, o en la que se consumía una víctima ofrecida a los
dioses. Había sólo un detalle sorprendente: era el único humo que se alzaba en la
ciudad.
—Sí —murmuró Viriato—, es la señal. Cantios ha conseguido entrar.
Tongio, Arduno, transmitid estas órdenes: no quiero oír el menor ruido. Los
caballos, que se queden detrás del roquedal grande. No podemos ofrecer
sacrificios, pero todos los hombres deberán rezar pidiendo que por la noche se
alce la niebla...
Es difícil reducir al silencio a un cuerpo de caballería, pero lo conseguimos,
porque Viriato lo había ordenado. Y la niebla respondió a la llamada, una niebla
tan opaca y densa que parecía posible perforarla de un lanzazo. Procedimos
entonces a los preparativos finales: cada guerrero envolvió las patas de su
caballo con el puñado de paja que le había sido entregado, y dispuso las armas
de manera que no hicieran ruido durante la marcha.
Puede imaginarse lo que representa recorrer una extensión de terreno —no
me detuve a calcular cuántos estadios eran— en medio de la noche, avanzando a
través de una niebla espesa, con miedo de respirar y más miedo aún de que uno
de los caballos se espantara o decidiera soltar un relincho que nos denunciase.
Creí que no íbamos a llegar nunca, que nos habíamos desviado, que íbamos a
acabar en pleno campamento romano. Cuando me di cuenta, estaba ante las
murallas de Erisana. Una puerta, con los goznes chorreando aceite, se abrió en
silencio, y entramos de dos en dos.
Las órdenes eran claras: seguía rigurosamente prohibido cualquier ruido.
Arduno, yo y tres oficiales más nos encargamos de hacerlas cumplir mientras
Viriato conferenciaba con los notables de Erisana. Estos (lo supe después)
insistieron en tomar parte en la salida, cosa que Viriato rechazó argumentando
que no sería prudente dejar desguarnecida la ciudad —una buena disculpa para
encubrir el motivo real: prefería contar sólo con hombres entrenados y
habituados a recibir sus órdenes.
Cuando empezó a clarear la niebla, rompimos el ayuno con un poco de pan
de bellotas y agua, todo lo que Erisana nos podía ofrecer, pues escaseaban ya los
víveres. Quitarnos entonces la paja de los pies de los caballos y esperamos la
señal. Un viento fuerte sopló y dispersó la niebla.
Viriato, con la cabeza descubierta, estaba en lo alto de la muralla observando
al enemigo como si esperase alguna cosa. Y, realmente, esperaba a que los
romanos reanudaran de lleno el trabajo de excavar zanjas y terraplenes. Todos
nosotros, pese a no haber pegado ojo en toda la noche y a no haber comido
apenas, nos sentíamos alegres y animosos. No era sólo el éxito, la entrada
silenciosa en Erisana, realizada, por así decir, en plenas barbas del enemigo: era,
sobre todo, la voz y la mirada de nuestro jefe. El año anterior, aunque sin perder
la vieja energía, se había mostrado reservado y sombrío —nada asombroso,
vistos los reveses sufridos— y más tarde, cuando pasamos el invierno en el
campamento, su impaciencia era visible. Ahora, su rostro volvía a resplandecer,
tranquilo y abierto, iluminado por aquella llama irresistible que era señal de
victoria. Cuando se colocó el yelmo con las tres plumas rojas y montó a caballo,
sentí que retrocedía en el tiempo, que volvía a aquella mañana en la que hicimos
una salida semejante contra el ejército de Cayo Vetilio.
Se abrió la gran puerta de la ciudad, y yo, que estaba inmediatamente detrás
de la insignia, pude ver a lo lejos que los hombres que trabajaban en las
trincheras corrían abandonándolo todo, buscando un lugar seguro. Viriato lanzó
el grito de guerra, correspondimos nosotros y toda la población de Erisana, y
avanzó clavando la espuela en los flancos del caballo.
En el campamento romano sólo hubo pánico a partir del momento en que fue
reconocida la insignia, porque todos creían a Viriato lejos. Contaban con una
salida de los de Erisana, pero nadie esperaba tener que vérselas con la gran
hueste lusitana. Y, por primera vez, Serviliano perdió totalmente el dominio de
sus hombres, que fueron barridos hasta el valle donde se encontraba el resto de
nuestro ejército. Allí, Táutalo y Astolpas, en un ataque simultáneo, completaron
la maniobra envolvente. Por la tarde, cuando nuestro caudillo ordenó una pausa
en el combate, los pocos centenares de legionarios que aún no habían muerto o
huido estaban concentrados en el fondo del valle, alrededor del procónsul. Pero
no había salida. Serviliano estaba virtualmente en nuestro poder.
XV

Serviliano intentó, al menos por dos veces, si no me traiciona la memoria,


forzar una salida, cosa completamente imposible. La hueste lusitana, que
ocupaba todos los pasos y senderos, podía observar los menores movimientos de
los legionarios romanos.
Esperábamos una orden para el ataque final y discutíamos si el procónsul
tendría valor suficiente para suicidarse antes de caer en nuestras manos, cuando
un toque de cuerno convocó a los oficiales a una reunión. Viriato había trepado a
una gran roca desde la que podía ver el valle entero. Los romanos, en una acción
desesperada, intentaban improvisar defensas y habían construido un muro
irregular con piedras y rocas sueltas... Como he dicho, era una medida
desesperada o quizá Serviliano quisiera tener ocupados a los legionarios para
mantener alta su moral.
Obedeciendo a un ademán de Viriato, nos sentamos dispersos por lo alto de
la roca, que era grande y con un remate casi plano.
—Amigos —empezó—, la situación es ésta: el procónsul está ahí, a nuestra
merced. Podemos destrozarlo, a él y a todos sus hombres, liberarlo bajo rescate o
usarlo como rehén. O...
—O cortarle la mano derecha —sugirió uno de los presentes—, como él hizo
con tantos de los nuestros...
No recuerdo quién dijo esto, pero sí que no fue Táutalo, a pesar de que había
anunciado su intención de coleccionar manos de legionarios. Táutalo estaba
callado, y recordé entonces que poco antes lo había visto en animada
conversación con Viriato.
Éste, entretanto, estaba respondiendo al hombre que lo había interrumpido:
—Ganaríamos poco y perderíamos mucho. No. Os he llamado para deciros
que voy a ofrecer la libertad a Serviliano, bajo condiciones...
No pude contenerme, y exclamé:
—¡Pero si tú mismo nos has dicho que no se puede creer en palabra de
romanos!
Sin exaltarse (nunca se exaltaba cuando nos oía), respondió:
—Ya hablaremos sobre eso. Ahora, quiero que sepáis lo que he pensado en
estos últimos tiempos: con el auxilio y la protección de los dioses hemos
conseguido vencer a los ejércitos que los romanos enviaron contra nosotros.
¿Pero cuántos ejércitos enviará Roma aún? Todos los años entramos en campaña
y obligamos al enemigo a retroceder y todos los años llega un nuevo ejército.
Amigos, no podemos olvidar que luchamos contra la ciudad más poderosa del
inundo... Hemos intentado unir contra ella a los pueblos de Iberia, y, no lo hemos
conseguido. Nuestros campos están sin cultivo por culpa de la guerra. Nuestra
hueste disminuye, los hombres están fatigados y acabaremos por no tener
provisiones. No podemos continuar combatiendo sin descanso, derrotando
ejército tras ejército. Pero podemos salvar nuestra libertad, y ahora tenemos la
mejor ocasión de hacerlo. Y tal vez la última.
Había hablado moviéndose un poco al azar (era el único que estaba en pie),
pero se quedó parado al llegar a mí.
—Los romanos mienten, es cierto; y faltan a su palabra. Pero lo que voy a
exigirles no es una promesa, y sí un tratado, firmado con juramentos ante los
dioses y ratificado por el Senado de Roma. Un tratado que ellos no pueden violar
sin cometer perjurio, sin traicionar ni ofender a los dioses. Ningún hombre,
ningún pueblo es loco hasta el punto de faltar a la palabra dada a sus divinidades.
El castigo sería terrible.
Nadie objetó nada contra este argumento, y así, poco después, dos guerreros,
empuñando los símbolos de paz, avanzaron lentamente hasta el campo romano.
Los vimos, a lo lejos, detenerse a escasa distancia del muro improvisado.
Algunos legionarios, entre ellos, casi con seguridad, un intérprete, se
aproximaron, y hubo un cambio de palabras. Luego, nuestros hombres
regresaron al galope.
No tuvimos que esperar mucho. Los romanos se sabían perdidos, y tenían
que estar empezando a sufrir hambre y sed. Un grupo de seis jinetes se destacó y
vino a nuestro encuentro. Al frente se veía al procónsul, un hombre alto, de
anchos hombros, cabello cano y rostro severo. Pese al odio que sentía por él, me
causó buena impresión. Se dominaba perfectamente, y si tenía miedo no permitía
que se notara.
Realmente, se mostró a la altura de las circunstancias: a pesar de que Viriato
se encontraba a pie y con la cabeza descubierta, Serviliano, que nunca lo había
visto de cerca, se dirigió a nuestro jefe inmediatamente y en tono firme:
—Soy Quinto Fabio Máximo Serviliano. ¿Cuáles son tus condiciones?
El intérprete que él había traído empezó a traducir, o mejor dicho, a intentar
traducir —su conocimiento de nuestra lengua era rudimentario, y los sonidos que
articulaba parecían vagidos—. Viriato me miró. Avancé unos pasos, y dije en
latín:
—Viriato, hijo de Cominio, caudillo de la hueste de Lusitania, desea hacerte
una propuesta de paz.
Ellos no esperaban oír a un «bárbaro» hablar su propio idioma con fluidez, y
la sorpresa que demostraron me hizo sonreír. Viriato empezó a hablar, y yo iba
traduciendo su discurso:
—Romano: has entrado en nuestras tierras como invasor; has hecho correr
sin piedad la sangre de los guerreros que aprisionaste, y ni siquiera te mostraste
clemente con la población de las ciudades que cayeron en tu poder. Ahora, estás
a mi merced. Pero no quiero tu vida. Lo que yo quiero, es la libertad de mi
pueblo. Por eso estoy dispuesto a dejarte marchar.
Cuando acabé de traducir la frase, Serviliano habló de nuevo:
—Vuelvo a preguntar cuáles son las condiciones.
—Te dejaré partir, y juraré ante los dioses no levantar las armas contra
vosotros. Eso es lo que exijo: un tratado de paz. Exijo, no de ti, sino de Roma,
que se reconozca la libertad de los reyes y jefes que son mis aliados. Exijo, con
Juramento, que Roma no vuelva a atacarnos. Exijo, en fin, que Roma me
reconozca como amigo de su pueblo. En cambio, haré también un juramento:
Viriato, amigo del pueblo romano, hará honor a esa amistad. Ahora, vete.
Esperaré tu respuesta hasta el alba.
Cuando los romanos se alejaron, me dirigí a nuestro caudillo y le pregunté si
pensaba que Serviliano iba a aceptar sus condiciones. Él me dio una palmada
amistosa en el hombro:
—No tiene otra salida, Tongio, a no ser que prefiera morir, pero creo que va
a aceptar.
Me acerqué un poco más, y bajé la voz:
—¿Sabes que el título de Amicus Populi Romani sólo es concedido por
Roma a reyes aliados suyos...?
Él hizo un gesto afirmativo, y yo continué:
—Entonces... ¿este es realmente el primer paso para...?
—Quizá. Si es esa la voluntad de los dioses...
Y puso fin a la conversación con otra palmada en mi hombro.
El procónsul no esperó a la mañana siguiente. A media tarde, nuestros vigías
lo vieron montar a caballo y salir del cercado de piedras rodeado por sus
oficiales. Viriato montó también, y fue a su encuentro, seguido por su estado
mayor. Cuando los dos grupos se hubieron reunido, Serviliano saludó a Viriato
gravemente (debía de ser la primera vez que saludaba a un lusitano) y me miró,
como solicitando que tradujera sus palabras:
—Acepto tus condiciones, pero he de advertirte que, según nuestras leyes, el
tratado sólo puede ser válido cuando el Senado lo aprueba en Roma. Por mi
parte, puedo jurar por los dioses del Capitolio que lo respetaré. Pero tendrás que
confiar en mi palabra.
Viriato clavó los ojos en él. Serviliano sostuvo su mirada. Luego de un breve
silencio, Viriato dijo:
—Confiaré.

El tratado fue redactado y firmado de acuerdo con las condiciones de Viriato,


y se hicieron ante los dioses los juramentos solemnes para que ninguna de las
partes pudiera faltar al acuerdo sin cometer sacrilegio. Después, nuestra hueste
abandonó las posiciones que ocupaba en la salida más ancha del valle, y los
restos del ejército romano marcharon en dirección a Corduba, mientras nosotros
regresábamos a Erisana para festejar la victoria.
«Festejar» es un término exagerado, pues Viriato prohibió los grandes
festines, y dio órdenes en el sentido de que durante un tiempo se mantendría la
situación de alerta. Aquella misma noche, en conversación con los amigos,
acentuó que sólo deberíamos considerarnos en paz cuando recibiéramos la
noticia de que el Senado había ratificado el tratado. Hasta entonces, se podía
esperar aún un ataque de las tropas romanas de la Citerior.
—¿Y de la Ulterior no? —pregunté.
Él movió la cabeza:
—Confío en Serviliano. No ha dudado en jurar por los loses de su ciudad. Es
una excepción: un romano honrado... qué pena que haya tanta sangre entre
nosotros, porque podría ser su amigo.
Intervino Táutalo:
—¿A pesar de todo lo que ha hecho?
Viriato se encogió de hombros:
—¿Y qué hicieron los otros? Para ellos, «castigar a los bárbaros» es como
matar moscas en verano. Pero Serviliano, a diferencia de los otros, aprendió que
somos hombres como él. Lo aprendió cuando se vio cercado, cuando esperaba
tener que lanzarse sobre su propia espada para escapar a la vergüenza y a la
tortura. Lo vi en su cara cuando nos encontramos por primera vez, y luego, en el
momento de jurar.
Realmente, Serviliano se mantuvo fiel a su palabra. Regresó a Corduba,
mandó reforzar las guarniciones de sus plazas fuertes, pero se abstuvo de
acciones ofensivas, y aún hizo más: dos meses después, envió un mensajero a
Viriato saludándolo como Amicus Populi Romani. El Senado había ratificado el
tratado, y la paz, al fin, se había conquistado.

Devolver la espada a la vaina, dormir un sueño completo sin temor de


ataques nocturnos, montar a caballo por la mañana sólo para ir de caza —y
pensar en encontrar mujer que me diese hijos... La paz tenía para mí el sabor de
una bebida fresca después de un día cálido y seco. La amé sin moderación. El
espíritu del viejo Crisso debió de quedar escandalizado.
Entretanto, había aún mucho para hacer. Viriato disolvió todos los cuerpos de
la hueste (los hombres ansiaban volver a sus tierras ya las familias que habían
dejado), pero los guerreros de su tribu y los amigos más allegados se quedaron
con él: unos mil quinientos jinetes en total. Faltaba ahora completar la misión:
transformar a los lusitanos en un pueblo organizado, con un rey que lo
defendiera, y esto tendría que conseguirse por la voluntad libre de los jefes y de
los príncipes de Lusitania. Sabíamos que la tarea sería ardua, pero la reciente
victoria permitía todas las esperanzas. Más confiados nos sentíamos aún cuando
llegaron hasta nosotros mensajes de varios pueblos, no sólo de Lusitania sino
también de otras regiones: las tribus aclamaban a Viriato como Protector de la
Libertad ibérica, y como tal fue saludado durante el viaje de Erisana a Aritium
Vetus, donde lo esperaba Tangina.
A finales de aquel año supimos que había ocurrido algo también muy
importante: Serviliano había terminado su mandato en la Ulterior y había sido
sustituido por su propio hermano de sangre, el procónsul Quinto Servilio
Escipión. Pensamos entonces: «¡Esta es la última garantía que nos faltaba!» Y
nos regocijamos todos.
XVI

Sí, nos regocijamos como niños que ven llegar el lobo y creen que es el perro
guardián.
Y por eso estábamos ahora refugiados en la Carpetania. Una hueste
reconstituida a toda prisa y forzada luego a retroceder para que no la aplastaran.
Una pequeña hueste sometida a los rigores de un invierno cruel, y empeñada en
un desesperado esfuerzo de supervivencia.
Servilio Escipión no había perdido tiempo en ocultar sus intenciones. Los
emisarios que Viriato le envió como mensajeros de paz y amistad fueron
sabiendo, a medida que se acercaban al campamento romano, de constantes
ataques romanos contra poblaciones libres, aliadas nuestras, y al comprobar que
el gobernador mandaba personalmente estas incursiones, se volvieron atrás.
Viriato era hombre de reacciones rápidas, pero estaba preso del juramento, y
su palabra era sagrada. Pensó, naturalmente, que Escipión obraba por su cuenta y
riesgo, rebelde a las órdenes del Senado romano, para obligarnos a responder a
las provocaciones y a reanudar la guerra. Huyendo de esa trampa, pidió
refuerzos a los vetones y a los calaicos, pero no abrió las hostilidades; antes bien,
consideró la posibilidad de mandar una protesta al gobernador de la Hispania
Citerior e incluso al mismo Senado, en Roma. Entretanto, abandonó Aritium
Vetus con los hombres de que disponía, y marchó hacia Beturia.
No contaba con la prisa de los romanos en traicionar compromisos. Al entrar
en Beturia, supimos que Erisana estaba cercada. Cuando nos acercamos a la
ciudad, ya había caído ésta en poder de Escipión —no había podido resistir
mucho tiempo, pues se hallaba desguarnecida— y dos hombres de la ciudad, a
quienes Escipión había cortado la mano derecha, vinieron a transmitirnos un
mensaje verbal: «El Senado y el pueblo romano declaraban la guerra a los
lusitanos para vengar las afrentas recibidas».
De inmediato, las legiones de la Ulterior cayeron sobre nosotros, y sólo
tuvimos tiempo para retirarnos. Escipión nos persiguió hasta la Carpetania, pero
como desconocía el terreno, escapamos de él con facilidad. Allí estábamos,
tratando a los heridos e intentando recuperar fuerzas. Creíamos aún que el
procónsul mentía, que la declaración de guerra había sido una iniciativa suya,
pero la ilusión se deshizo cuando nos enteramos de que el cónsul Popilio Lenate,
gobernador de la Citerior, había recibido órdenes del Senado de romper las
treguas con los numantinos.
Cuando recibimos esta noticia, que nos llegó con un agotado mensajero que
venía de Numancia, nuestros rostros ansiosos se volvieron hacia Viriato, que
había oído al hombre en silencio y con los dientes apretados.
—Me equivoqué —dijo por fin— al pensar que los romanos son hombres.
¿Hombres? ¿Qué hombres? ¿Qué pueblo humano hay que sea capaz de cometer
semejante impiedad? ¿Qué ciudad es esa que se burla de sus propios dioses? ¡El
mundo está siendo dominado por un pueblo de fieras!
Su voz había subido de tono hasta acabar en un grito. Sacudió la cabeza, y
volvió a hablar casi en un susurro:
—Pues bien, voy a tratarlos como fieras, sin ahorrar ardid ni fingimiento, ni
golpe a traición. Vamos a inclinarnos, amigos,,vamos a ceder, vamos a suplicar.
Vamos a aceptar sacrificios y humillaciones, vamos a ganar tiempo. Y cuando
llegue el momento...
Dejó cortada la frase. Su rostro reflejaba una ferocidad que nunca le había
visto.
—Pero ahora —prosiguió— es tiempo de sumisión y quiero que todos
comprendan una cosa: los sacrificios que nos veamos obligados a hacer no hay
que tomarlos como vergüenza. Serán, para nosotros, una operación militar más.
El numantino, agotado por el viaje, se tambaleaba, y Viriato se apresuró a
pedirle disculpas, y ordenó a Arduno que le diera comida y un espacio donde
pudiera descansar. Hecho esto, la reunión siguió:
—Hay una esperanza —dijo Viriato—, y esa esperanza es Popilio Lenate.
Mientras que Escipión llegó a Iberia decidido a destruirnos, Lenate respetó la
tregua con Numancia hasta recibir órdenes de Roma. Será a él a quien
ofrezcamos nuestra sumisión.

Tocaba el invierno a su fin cuando regresó nuestra embajada. Las


condiciones de Lenate eran más duras de lo que esperábamos: el cónsul exigía
un tributo elevado, la entrega de desertores romanos (había muchos en la
Carpetania, y tanto ellos como nosotros respetábamos un tácito pacto de no
agresión) y también la entrega inmediata de los jefes de los contingentes de la
hueste como rehenes.
Viriato oyó la respuesta, se aisló durante un día entero, y, llegada la noche,
nos llamó. Acudimos todos, y nos sentamos alrededor de la hoguera que ardía
ante su tienda.
—Tenemos que ceder —anunció— porque no hay más solución. Y hay que
hacerlo cuanto antes, para que nos crean desmoralizados y abatidos. A todos
vosotros —hablaba a aquellos que serían entregados— os lo repito: esta es una
parte de la guerra. Con vosotros irán nuestras bendiciones.
Arduno carraspeó, y Viriato lo miró con aire interrogante.
—Has hablado con nuestros emisarios —dijo Arduno—, y hay algo que no
te han dicho, que no han tenido valor para decirte. El cónsul quiere que Astolpas
sea entregado con los otros rehenes...
Algunos de los presentes gritaron indignados, otros (entre ellos, yo) sintieron
que se les cortaba la respiración. Nadie habló, y no era preciso, pues todos
sabían el significado de la exigencia: era un arma que apuntaba directamente
contra nuestro jefe. Astolpas, que hasta aquel momento había estado sentado en
un tronco de árbol, se levantó.
—No.
Su voz era tranquila. No pedía que evitaran su retención, no intentaba huir
del infortunio, hablaba como quien discute un problema cualquiera.
—No. Esa condición es inaceptable. Si los romanos quisieran retenerme sólo
como represalia, o por haber roto yo las relaciones que tenía con ellos... con
alguno de ellos... sería tal vez admisible. Pero quieren tenerme allí porque
Viriato es mi yerno. Además, estoy demasiado viejo para el cautiverio o para la
suerte, cualquiera que sea, que puedan reservarme.
Viriato había palidecido, hasta el punto de que pensé que iba a desmayarse,
cuando lo vi que se apoyaba en la lanza. Se sentó cerca del fuego, con los ojos
clavados en las llamas, y ordenó:
—Dejadme a solas con Astolpas.
Nos fuimos, y quedaron ellos dos junto a la hoguera, hablando en voz baja.
Avanzó la noche, dormía ya el campamento, pero Arduno y yo no nos recogimos
en la tienda. Preferimos encender otra hoguera, alejada, y allí nos mantuvimos
velando, conversando, intentando imaginar qué podrían estar diciéndose Viriato
y Astolpas.
Había acabado por nacer cierta amistad entre los dos. Astolpas seguía siendo
(y no cambiaría) un hombre orgulloso y pronto a la ostentación de su riqueza,
pero se había unido a la hueste, combatía con valor y nunca había disputado la
supremacía de su yerno, muy al contrario, aceptaba su mando como cualquiera
de nosotros. En definitiva, había dudado antes de dar su adhesión, pero, una vez
dada, se había convertido en hombre de Viriato.
¿Qué sucedería ahora? Negarse a entregarlo era confesar ante Lenate que la
sumisión de los lusitanos no era definitiva. Entregarlo, sería colocar a Viriato
ante el dilema de aceptar el yugo romano o condenar al padre de Tangina a una
muerte vergonzosa.
—Sólo hay una solución —murmuró Arduno. Y repitió, más bajo aún—:
Sólo hay una solución...
De madrugada, los cuernos despertaron a los guerreros con orden de
formación para el combate. Contrariamente a lo que era su hábito, Viriato no dio
instrucciones ni explicaciones —él y Astolpas se habían recogido en sus tiendas
y nadie sabía qué iba a pasar. Cuando la hueste estuvo pronta, aparecieron
ambos, armados y con la cabeza descubierta, Astolpas avanzando con paso firme
y lento, con el rostro impasible, y Viriato, aún muy pálido, con movimientos
bruscos y la frente sudorosa, pese al frío.
Ofrecieron ambos libaciones a los dioses; nada más había que ofrecerles,
pues estábamos reducidos a comer pan, aceitunas y raíces. Luego, Astolpas
llamó a tres de sus guerreros y ordenó en voz alta, para que se le oyera
suficientemente:
—Hoy mismo partiréis para Aritium Vetus y le contaréis a mi hija todo lo
que habéis visto. Decidle que esta es mi voluntad y que su marido está libre de
toda sospecha.
Hizo un gesto imperioso, como todos los suyos, y un esclavo le entregó una
copa de oro. Astolpas bebió rápidamente y se la pasó a Viriato, que, a su vez, se
la pasó a Audax.
Desgraciadamente, el esclavo había mezclado mal el veneno, o no había
echado una cantidad suficiente. Caído en el suelo, Astolpas se retorcía de dolor y
estuvo gimiendo hasta que tendió un brazo a su yerno. No podía hablar, de la
boca le salía una espuma roja, pero el gesto lo decía todo. Viriato empuñó la
daga y le asestó un golpe en el pecho.
Los hombres que llevaban el mensaje a Tangina partieron al día siguiente,
llevándose las cenizas de Astolpas para que reposaran junto a las de sus
antepasados.

Lenate recibió a los rehenes y los devolvió tras cortarles la mano derecha. Al
devolvérnoslos, los hacía portadores de una nueva exigencia: la entrega de las
armas.
En respuesta, Viriato atacó a una columna de legionarios y se retiró de la
Carpetania, donde no le era posible sostener una ofensiva en amplia escala. Nos
quedaba el Mons Veneris como único refugio seguro, y allí nos atrincheramos.
Una posición defensiva, hasta siendo tan fuerte como aquella, no puede ser
mantenida indefinidamente cuando el enemigo tiene una superioridad aplastante
y casi entera libertad de movimientos. Hago este comentario para explicar que, a
pesar de encontrarse fortificados en el Monte, la situación no se había alterado,
es decir, teníamos que elegir entre el ataque suicida y la rendición.
Viriato lo sabía mejor que nadie, y en consecuencia no había cambiado su
decisión. La emboscada de la Carpetania había sido una forma de vengar a
Astolpas y a los rehenes y de mostrar que los lusitanos eran aún un hueso duro
de roer, pero aquella demostración iba destinada, de acuerdo con su
pensamiento, a intentar una negociación en condiciones aceptables.
Instalada en el Mons Veneris, la hueste se reunió en asamblea, y el jefe
expuso su nuevo plan: se trataba, simplemente, de capitular ante Escipión, si este
no exigía la entrega de las armas y permitía el regreso de cada hombre a su tierra
de origen. Viriato acentuó de nuevo que tal acuerdo nos daría tiempo para
recuperar fuerzas y ganar nuevos aliados; en la primera oportunidad sería
relativamente fácil efectuar una nueva movilización.
Pudieron hablar con todos los que quisieron hacerlo, y se cerro la discusión.
Los más ardientes defensores de la rendición eran los hombres de Urso: Audax,
Ditalco y Minuro, que no estaban dispuestos a continuar una guerra sin
esperanzas de victoria... «y sin esperanzas de pillaje», me desahogué conmigo
mismo, incapaz de dominar la vieja repugnancia que sentía por aquellos tres. Por
mi parte, di mi voto a la propuesta de Viriato. Lo hice de mala gana, sólo porque
me habían convencido sus argumentos. En oposición absoluta se encontraba
Táutalo, cosa que no era de admirar dado su fogoso temperamento. Pero cuando
la mayoría aprobó la propuesta de nuestro caudillo, también Táutalo aceptó la
derrota.
Más tarde, fui a ver a Viriato y le pregunté quién iba a llevar nuestra
propuesta a Escipión. Audax y sus amigos, respondió. Y, quizá leyendo mi
pensamiento, quiso saber la razón de la pregunta.
—Eres tú quien debe decidir —le dije—. ¿Pero por qué no mandas a
Táutalo, a Arduno, a cualquier otro? Yo mismo estoy dispuesto a partir, y,
además, soy el único capaz de discutir con Escipión en su lengua, con lo que las
cosas serían más fáciles. No obstante, y hablando claro, es que no confío en esos
tres...
—Ya me he dado cuenta, Tongio, pero necesito enviados que crean
sinceramente en mi idea. Táutalo es fiel, claro, pero está contra ella, y tanto
Arduno como tú... no digas que no... también, en el fondo, estáis en contra. No
quiero pedir sacrificios inútiles, y no tengo razones para retirar mi confianza a
Audax, Minuro o Ditalco. Sería injusto...
Comprendí que no iba a volverse atrás, y le pedí entonces que me dejara ir
con ellos, como intérprete. Viriato se negó:
—Nos eres más útil aquí. Quedan aún algunos heridos, y Arduno no puede
tratarlos a todos al mismo tiempo, ¿Pero, por qué esa animosidad contra los tres
de Urso, Tongio? ¿Ha habido algo entre vosotros?
Me vi forzado a confesarle que no, que mi antipatía era instintiva, que el
único argumento contra ellos era su rapacidad, su ansia de botín.
—No son los únicos —objetó Viriato—. ¿Te acuerdas de Crisso? Y, sin
embargo, erais amigos... Es imposible un ejército de amigos... Por otra parte, hay
cosas más importantes. Y si acompañaras a Audax y a los otros, no tardarían en
surgir problemas, discusiones. Imagínate, qué pensaría Escipión...
Sin otras objeciones que presentar, asistí a la partida de los emisarios con un
presentimiento de desastre, seguro de que ellos, en vez de regresar al
campamento, se pasarían al enemigo dejándonos sin contactos y sin noticias. La
convicción se hizo más fuerte mientras iban pasando los días con una lentitud
obsesiva. Incapaz de callarme, obligué a Arduno y a Táutalo a oír una y otra vez
mis desahogos, hasta el punto de que acabaron burlándose de mí —o evitando
mi presencia, cansados de aguantarme. Audax y sus amigos nos habían
traicionado, aseguraba yo, y no regresarían, y hasta podrían haber indicado a los
romanos la localización exacta de nuestro campamento. Eso era lo más probable,
pues su ausencia se prolongaba más de lo normal... Al final, les resultaba
insoportable a todos, incluso a mí mismo.
No es extraño, pues, que llovieran las burlas y censuras sobre mi cabeza
cuando Audax, Ditalco y Minuro regresaron al Mons Veneris con el aire festivo
de quien es portador de buenas noticias y proclamando a todos que el procónsul
había aceptado las propuestas de Viriato. Me preparé para aguantarlos a los tres,
seguro de que alguien les habría hablado de mis comentarios — y así fue, porque
Audax, que era siempre quien decidía, respondió que no valía la pena perder el
tiempo con los envidiosos. Claro que no me lo dijo a la cara...
De todos modos, estábamos tan aliviados con el desenlace que pronto se
olvidó la cuestión. Inmediatamente después del regreso de los tres amigos,
Viriato convocó una reunión en la que anunció que la desmovilización de la
hueste se iniciaría al día siguiente con la partida de varios contingentes hacia sus
tierras de origen. Pero, advirtió, hasta la puesta del sol seguían los guerreros
lusitanos siendo un ejército sujeto a disciplina. Y, para dar ejemplo, cuando
volvió a su tienda se acostó vestido y con coraza, y con las armas al alcance de la
mano, como era costumbre suya en campaña.
Esta última noche no fue alegre. Habíamos salvado la vida y el honor, pero
aún así, una derrota es siempre una derrota, y el «gran proyecto» se quedaba en
nada después de siete años de guerra. Mi agitado sueño fue cortado por
pesadillas, y desperté varias veces sobresaltado y empezaba entonces a hacerme
preguntas sobre mi futuro. Preguntas para las que no tenía respuesta.
Desperté del todo antes del alba, sacudido por Arduno, que quería hablarme
con urgencia. Salí de la tienda con él y nos acercamos a una hoguera: pude ver
entonces que estaba muy pálido, y le preguntó qué pasaba.
—Creo que ha hablado la diosa —dijo con voz entrecortada.
—¿Cómo es eso? ¿Crees...?
Arduno se agitó impaciente.
—Sí, creo... no tengo la seguridad, realmente. Ha sido como aquella vez en
la Sierra de la Luna, pero no había nadie cerca de mí. Sé que me quedé dormido
en la tienda y desperté de pie, aquí. Había aún un sonido de palabras en el aire.
Sé que estas palabras habían salido de mi boca, pero eso es todo lo que sé. ¿Y
ahora?
Abrí los brazos en un gesto de impotencia.
—Ahora, nada, ¿qué podemos hacer? Si era un aviso, es decir si no fue una
pesadilla, tal vez la diosa vuelva a hablar. De todos modos, yo ya no voy a pegar
ojo, y en definitiva, lo mejor es que nos quedemos aquí. Está ya a punto de
amanecer.
A pesar de este incidente, no tuvimos el menor presentimiento de la
catástrofe. Salió el sol, el campamento empezó a llenarse de ruidos; los hombres
preparaban los bagajes, escasos, que eran toda su fortuna. Por mi parte, no tenía
prisa. Ni siquiera había decidido a dónde iba a ir. No podía regresar a Arcóbriga
después de lo que había prometido a Lobessa. La noche me había dejado
fatigado y con un fortísimo dolor de cabeza que no me permitía pensar.
Vino Táutalo a preguntarme si había visto a Viriato, y le dije que no.
—¡Qué raro! —exclamó—. Nadie lo ha visto, y empiezo a creer que está aún
durmiendo. Nunca, en toda su vida, el sol lo sorprendió en la tienda.
Arduno también estaba asombrado.
—O pasó la noche en un claro, o está enfermo. Creo que lo mejor será que
vayamos a ver... Tongio, ven conmigo, dos curanderos no son demasiados
cuando se trata del jefe.
Fuimos al fin los tres, y Táutalo, que se había adelantado, fue el primero en
entrar...
Después de tantos años, tengo aún que hacer un esfuerzo para dominar el
asco que siento al escribir esto, y mi mano vacila.
Táutalo apareció en la puerta y lanzó un grito inarticulado, un aullido que me
horrorizó. Se volvió hacia nosotros temblando, con los ojos inyectados en
sangre:
—¡Traición! ¡TRAICIÓN!
—¡Por los dioses, Táutalo! —grité—. ¿Qué ha pasado? ¿Viriato...?
Volvió a repetir, como si nos viese por primera vez:
—¡Traición!
Y gritó luego:
—¡Tongio! ¡Arduno! ¡Cantios! Todos... ¡Alerta general! ¡Que nadie salga del
campamento! ¡Matad al primero que intente salir!
Pero nosotros nos precipitamos hacia la tienda, lo apartamos de nuestro paso
y entramos.
La sangre se había secado ya y le pegaba los cabellos al rostro. El cuerpo,
protegido por la coraza, estaba intacto, y reposaba como si Viriato durmiera.
Sólo un punto vulnerable se ofreció al enemigo: el cuello. La cabeza, cortada,
separada, se había inclinado hacia la derecha. Los ojos estaban cerrados.
Mis rodillas cedieron y caí en el charco de sangre mientras a mi alrededor se
desencadenaban las fuerzas del caos.
Cuando menguaron un poco el desorden y el pánico, cuando al fin fue
posible reunir a todos los guerreros, sólo tres hombres faltaban a la llamada:
Audax, Ditalco y Minuro. Habían desaparecido los tres, y con ellos su bagaje y
sus caballos. Durante el día y toda la noche, a la luz de hachones, recorrimos los
caminos de la sierra, exploramos las grutas, batimos los bosques y las aldeas
despertando a los vecinos aterrorizados. No los pudimos encontrar. Los asesinos
estaban ya lejos, camino de la Bética, para reclamar a Escipión el pago de su
crimen.
3. ENDOVÉLICO

Un clamor hecho de millares de voces resonó por los bosques en el momento


en que las llamas ascendieron por la gigantesca pira.
Alrededor, centenares de hogueras más pequeñas consumían los restos de los
sacrificios —ovejas, cabras, cerdos y bueyes, rebaños enteros traídos de la
llanura o de las poblaciones de la sierra. Fue inmolado en primer lugar el caballo
de Viriato. Luego, fue depositado a sus pies, con las armas, el escudo y el yelmo.
Nada más podíamos hacer sino lamentar aquella pérdida y manifestar al
espíritu del jefe, antes que de él se alejase, el dolor que su muerte nos causaba.
Mientras el fuego devoraba los leños, el cuerpo y las ofrendas, formamos en
orden de combate y desfilamos alrededor de la pira, soltando los gritos rituales y
los lamentos fúnebres que deben saludar a un gran jefe. Pero los gritos y
lamentos que salían del corazón de los guerreros no eran el simple cumplimiento
de un deber. Ningún rey ibérico tuvo de su pueblo el homenaje que la hueste
lusitana y los habitantes del Monte de la Diosa prestaron a Viriato.
La realeza que los dioses no le habían conferido en vida, le fue reconocida
por todos nosotros en aquel último adiós. Viriato no partió solo; en los juegos
que se realizaron sobre el sepulcro que acogió sus cenizas, más de doscientos
guerreros combatieron hasta la muerte, para que en el Más Allá tuviese su
escolta, una verdadera guardia real.

Toda Iberia se estremeció de pánico y revuelta. Engrosada con bandos


llegadas de toda Lusitania, la hueste se reunió en asamblea para elegir un
sucesor. La elección recavó, naturalmente, en Táutalo, que recibió los brazaletes
de oro. El nuevo jefe de la hueste se recogió durante todo un día, en la cima del
Monte, y cuando volvió al campamento, las trompas sonaron a sus órdenes.
Los lusitanos volvían a la guerra y marchaban contra Saguntum.
II

Arduno había apretado los dientes para no dejar escapar ningún gemido
involuntario, pero cuando retiré de la herida el emplaste de hierbas para
sustituirlo por uno nuevo, que había estado preparando, protestó roncamente:
—¡Deja eso! ¿No te has dado cuenta de que no quiero más remedios?
Yo lo sabía, pero había intentado engañar su decisión de dejarse morir.
La expedición contra Saguntum fue un fracaso. Nos faltó el genio, la
intuición y la fuerza vital de Viriato. Derrotados por las tropas de Escipión,
volvimos a encontrar refugio en la Carpetania. Arduno había vuelto del último
encuentro con una estocada en las ingles, y cabalgó durante cuatro días sin
someterse a tratamiento. La herida se había infectado, y él se negó a lavarla o a
aplicar cualquier remedio, hasta que yo, demasiado tarde, logré vencer su
resistencia. Ahora, consumido por la fiebre, agonizaba.
Por vigésima vez le pregunté por qué aquella resistencia. Arduno pidió vino:
—¿Por qué? Quiero elegir el tiempo de mi muerte. Se ha acabado todo. ¿Es
que no lo entiendes, Tongio? Nuestro mundo se acaba. Roma dominará Iberia.
Tendremos que vivir con sus dioses, sus magistrados, las leyes romanas,
complicadas y sutiles. Tendremos que soportar perjurios, tributos, impuestos...
No quiero vivir en ese mundo, Tongio. Sólo sé vivir con los dioses y las leyes
simples y sagradas de mi tribu.
Aparté las moscas que intentaban posarse en la herida, y guardé silencio.
Arduno tosió. Hizo un gesto de dolor y continuó:
—Cada hombre tiene su destino, y el mío acaba aquí, Tongio. Quiero pedirte
un favor.
—No. No pienses en eso.
Arduno intentó reír, pero sin conseguirlo.
—¿Ves? Lo has adivinado. Tienes que hacerlo, Tongio. Esperaba que esa
herida me llevase pronto... Si al menos no me hubieras puesto esos emplastos
repugnantes... Estoy harto de sentir dolores por tu culpa. Me lo debes, Tongio...
Y como yo no respondiera, insistió:
—Voy a decir la verdad. Si no morí en combate fue porque no quería morir
en manos de nadie más. Y tú sabes que no tengo salvación... ¿Me oyes?
Miré a mi alrededor. Tres o cuatro guerreros asistían a la escena. Uno de
ellos, Cantios, me tendió su daga. La cogí con mano temblorosa.
—¿Ves? —habló Arduno con voz ronca—. ¿Qué amigo eres, que te niegas a
lo que te pido?
La daga temblaba tanto que la posé en el suelo.
—Los dioses saben que no quiero hacer esto... Vuelve la cara hacia el otro
lado; si me miras no conseguiré hacer lo que me pides.
A pesar de los horribles dolores, Arduno bromeaba hasta el fin:
—¿Desde cuándo un guerrero anda con tanta delicadeza? Siempre dije que
los conios no servían para la guerra... ¿o serán los brácaros los que no sirven?
Usa la daga y acaba de una vez con esto, pero no me pidas que vuelva la cara.
No estaría bien visto. Al menos moriré viendo caras amigas... Me horrorizaba la
idea de mirar para un romano... ¡Tongio!
La última exclamación fue una súplica urgente. Habían aumentado los
dolores. Elegí un punto donde la daga, al entrar, lo matara de inmediato. Apoyé
la punta de la hoja.
—Adiós, Arduno. Que tu espíritu no se ofenda conmigo, porque si lo hago,
es porque tú me lo pides.
Agarré la empuñadura de la daga con las dos manos, y apliqué toda mi
fuerza. Cerré los ojos cuando la hoja penetró en su carne. No quería ver el rostro
de Arduno. Oí una especie de sollozo, y, luego, nada.

Táutalo estaba sentado en lo alto de una pena y miraba, absorto, el


campamento que la hueste había improvisado diez días antes y que íbamos a
abandonar de inmediato.
—Arduno ha muerto —le dije, omitiendo pormenores innecesarios.
Táutalo no movió la cabeza, pero respondió:
—Mejor así. Para él se acabaron los problemas... Era un buen amigo y un
buen guerrero. Lo voy a echar de menos, pero no lo lamento... No puedo
imaginarme a Arduno como súbdito de Roma.
Me senté frente a Táutalo, y esto le obligó a mirar hacia mí.
—¿Es verdad, entonces? ¿Y qué garantías hay?
Replicó con una sonrisa fatigada:
—¡Oh! Todas las garantías... Escipión empezó por comunicarnos... escúchalo
bien: «que los asesinos de Viriato, hijo de Cominio, le habían pedido una
recompensa, pero él no quiso dársela, porque Roma no paga traidores»...
—¡Qué canalla! ¡Pero si fue él quien contrató a Audax y a los otros! Estoy
tan seguro de eso como...
—No te canses, Tongio. También yo estoy seguro. Pero, de todos modos, lo
que ha dicho supone al menos una actitud conciliadora. Escipión jura que no
seremos maltratados y, aún menos, esclavizados. Aceptó estas condiciones, y
sabe que si no las respeta tendrá más problemas que ventajas. Además, nos
ofrece lotes de tierras en el valle del Turis. El suelo es fértil allí, ya me he
informado. A cambio, exige nuestra sujeción. Tiene lo que quería, no necesitaba
cometer más perjurios... En cuanto a nosotros, es la única solución.
Bajé la cabeza y comenté en el tono y en los términos que me parecieron más
adecuados:
—Fue una pena que no hubiéramos llegado a Saguntum. En fin, los dioses...
La mano de Táutalo se poso en mi hombro:
—No elijas las palabras, Tongio. Lo sé bien, lo supe siempre, que sólo ha
habido un Viriato. Conozco mi propio valor. Nadie de nosotros, nadie, en toda
Iberia, podría hacer lo que Viriato hizo. Si acepté mi elección como jefe no fue
porque me hiciera ilusiones, sino porque sabía que todo estaba acabado y que, al
menos, era necesario salvar lo que pudiéramos.
—Entonces, el ataque a Saguntum...
—Una jugada. Podía resultar, pero no contaba con eso. Había que vengar a
Viriato y demostrarle a Escipión que aún podíamos resultarle incómodos, a fin
de que se convenciera de que lo mejor era aceptar unas condiciones. Conseguí
las dos cosas, y me doy por satisfecho. Es lo mejor que se podía esperar de
cualquier jefe, excepto de Viriato.
Encontré valor para sonreír:
—Has cambiado mucho, como todos nosotros. En vez de un jefe impulsivo e
inflamado, veo ahora un jefe prudente y...
—... y poco brillante —observó, devolviéndome la sonrisa—. Pero,
realmente, prudente. Y, como dices, todos hemos cambiado. ¿Y tú? ¿Vienes con
nosotros al valle del Turis?
Respiré profundamente antes de responderle:
—No, Táutalo. No tengo vocación de agricultor. Ni sé bien, en definitiva,
cuál es mi vocación... Voy en busca de ella. Sé latín y griego, sé leer y escribir,
soy capaz de tratar a enfermos... Eso basta para enfrentarse con el destino. He
aprendido a contentarme con poco.
—¿Cuándo te vas?
Me levanté.
—Inmediatamente. No quiero asistir a la disolución de la hueste. Hace un
momento, tuve que ayudar a Arduno a morir. Eso me basta, por hoy, y para
mucho tiempo...
Por acuerdo tácito, no nos despedimos. Cuando me alejé, seguía Táutalo
silencioso y solo, en lo alto de la roca.
III

Tenía veinticinco años, y la vida había acabado para mí. Con esta idea hice
una larga jornada sin rumbo, al azar. Muchas veces pensé seguir el ejemplo de
Arduno, y si no me maté no fue por falta de ganas ni de valor. Siempre, en el
último instante, una fuerza superior a la mía paralizó mi brazo.
Pase él primer invierno de mi soledad en una gruta próxima a Ammaia,
viviendo de la generosidad de los pastores, a quienes, en cambio proporcionaba
remedios contra las fiebres. Con la primavera llegaron noticias. Y hasta yo, a
quien ya nada interesaba, tuve que prestarles atención: las águilas de Roma
volvían a extender las garras por todos los territorios situados entre el Tagus y el
Anas, por la Mesopotamia. Todas aquellas tierras habían caído bajo su poder. El
nuevo procónsul de la Hispania Ulterior, Décimo Junio Bruto, había atravesado
el Tagus, había entrado en Olisipo, y ocupaba Scallabis y Moron.
«¿Qué importa todo eso?», pensé. Sin embargo, aún no estaba preparado
para ver romanos a mi lado, y por eso volví a la vida errante y me dirigí al Norte,
a las tierras que aún respiraban la libertad por la que Viriato había muerto.
Recorrí así muchas regiones donde los pueblos, alarmados por el avance de las
legiones de Bruto, se movilizaban para la guerra. Los miré como si fuesen ya
fantasmas, hombres condenados a morir bajo el hierro de Roma. Y un día,
llamado no sé por qué voz, tomé la decisión final: abandonaría el suelo de Iberia.

Mi vida fue larga y llena de aventuras. Me establecí en varias tierras durante


largo tiempo. Incluso llegué a casarme, por dos veces, pero las mujeres a quienes
me uní murieron sin darme hijos. Fui a Italia, y, por suprema ironía del destino,
recibí la ciudadanía romana. Sí, me convertí en «ciudadano», usé los privilegios
que ese estatuto me proporcionaba para ir viviendo con seguridad. Y vi, con
terror pero también con un gozo secreto, la venganza de los dioses romanos
abatiéndose sobre la República perjura y corrompida: el flagelo de la guerra civil
sobre la Ciudad, cubriéndola de sangre y de lamentos.
Gané experiencia y sabiduría, hice nuevas amistades —pero, en el fondo de
mí, sólo había un enorme vacío. Me habitué a él, me habitué a ser un simple
envoltorio carnal a la espera de la muerte. Me abandoné al lento desfile de los
días.
Pero es la voz de los dioses quien decide el destino de los hombres, incluso
cuando estos se niegan a darle oídos. En el sexagésimo nono año de mi vida, una
voluntad imperiosa me empujó a viajar de nuevo, de regreso a Iberia, para —
creía yo— ir a morir en mi país o tal vez en pleno camino. Yendo hacia Balsa
pasé por el santuario de Endovélico. Los hombres de Arcóbriga y Meríbriga
vivían en el valle desde que Décimo Junio Bruto los había obligado a abandonar
sus ciudadelas de los cerros. No reconocí a nadie. Pregunté por una tal Lobessa y
por su hijo Aminio; nadie los conocía. La ocupación romana había agitado a los
pueblos como un viento de tempestad revuelve las hojas secas. Perdí la
esperanza de volver a ver a mi único hijo.
Pero mi destino se cumplió. Cuando llegué al santuario, hacía un mes que el
sacerdote había muerto. El dios me señaló como guardián y servidor de su casa.
Y aquí me quedé. He llenado mis ocios contando la historia de mi vida, para que
en el futuro no se apague la memoria de los hombres que ofrecieron su sangre
por la libertad de sus hijos.
Arduno tenía razón: nuestro mundo se ha acabado... Y hasta yo me veo
obligado a escribir esto en la lengua del invasor, la única en que hoy soy capaz
de escribir... Pero algo subsistirá de nuestro mundo asesinado; los romanos que
viven por aquí, ofrecen presentes a Endovélico y solicitan los favores del Dios...
Los recibo cordialmente, y recibo sus ofrendas. Ese es mi deber.
Al fin estoy en paz con todos los hombres y puedo oír, en el silencio, la voz
del Señor Endovélico. Todas las mañanas cumplo con los ritos que le son
debidos. Y no me perturba la certeza de que, muy en breve, una de esas mañanas
será la última.
EPÍLOGO

(Año 79 a.C.)

De M. Hirtuleio para Quinto Sertorio: Saludos. El viaje ha transcurrido sin


sorpresas, y los hombres están con moral elevada y se muestran disciplinados. Te
escribo desde Arcóbriga, esperando que te encuentres aún en Conistorgis, hacia
donde enviaré esta carta. Al llegar aquí he comprobado que muchos de los
habitantes del valle habían regresado a sus antiguas casas. Los expulsé de la
ciudad con la amenaza de obligarlos a demoler a mano las murallas si volvían a
desobedecer. Conforme ordenaste, visité el santuario local, consagrado a un dios
bárbaro, Endovélico. Lo encontré abandonado, pues el sacerdote murió hace casi
un año. Tus instrucciones han sido cumplidas, limpiamos el santuario, lo
arreglamos todo hasta dejarlo en condiciones, y esto nos valió la gratitud de los
bárbaros, pese a las amenazas con que los había intimidado. Por otra parte, hay
también ciudadanos romanos que vienen a rendir homenaje al dios. Algunos con
quienes hablé me aseguraron que este dios les había curado diversas
enfermedades, y por eso nombré un nuevo guardián.
Con esta carta te envío un interesante documento que encontré en la
residencia del difunto sacerdote. Ese hombre, que murió de avanzada edad, se
entretuvo escribiendo la historia de su vida mientras fue compañero de Viriato,
aquel jefe bárbaro que tanto trabajo dio a nuestras legiones en tiempos pasados.
Te recomiendo la lectura de este texto, y lo hago por dos razones: porque te
ayudará a entender mejor el pensamiento de esta gente, y, sobre todo, porque —
con enorme sorpresa por mi parte— se halla en él una clara referencia a tu
persona: una profecía en la que habla de la Era de la Corza... No puede ser más
clara, creo yo.
Mañana emprenderemos la marcha de regreso hacia la Citerior, donde
espero, con ayuda de los dioses, derrotar a Domicio Calvino.
NOTAS

1. Viriato

Viriato surge en los testimonios históricos a partir del momento en que los
guerreros lusitanos, cercados por las tropas de Cayo Vetilio lo eligen como
caudillo. Sabemos también que fue uno de los supervivientes de la matanza
ordenada por Galba, pero se desconoce el lugar y la fecha de su nacimiento, del
mismo modo que ignoramos también cuál era su familia y dónde vivió su
infancia. Hay referencias a su juventud, en las montañas, pastoreando ganado,
pero se trata de referencias muy vagas. Diodoro Sículo afirma, por su parte, que
el jefe lusitano había nacido en el litoral occidental de Iberia.
Todos, o casi todos, los historiadores modernos se muestran unánimes en
rechazar la hipótesis de un Viriato nacido en las montañas. Así, J. Leite de
Vasconcelos piensa incluso que podría ser natural del Alentejo, mientras Jorge
Alarcão, basándose quizá en Diodoro, apunta al litoral norte del Tajo. Por otra
parte, el hecho de que Viriato se casara con la hija de un rico propietario del
valle del Tajo (Astolpas), sugiere que pasó algún tiempo en esa región.
Para trazar el «retrato posible» de Viriato, disponemos, en primer lugar, de
las informaciones dejadas por los autores antiguos en cuanto a sus hábitos y
carácter, sobrio, escrupulosamente justo y fiel a la palabra dada, con total
desprecio por el lujo y el confort, etc. Tenemos también algunas descripciones,
como las de su casamiento y las de los funerales. Y, finalmente, podemos
intentar interpretar su acción como estratega y político a lo largo de los siete
años en que fue jefe indiscutido de los lusitanos y alma de la resistencia ibérica.
De todos estos datos surge la imagen de un verdadero caudillo militar y político
hábil, no la de un rudo pastor de las montañas. Recuérdese, por otra parte, que en
aquella época los lusitanos de las montañas eran aún muy primitivos y se habían
mostrado completamente incapaces de resistir al avance romano, como
demuestra la fulgurante ofensiva de Décimo Junio Bruto.
Podrá parecer, pues, exagerado presentar a Viriato como defensor de cierta
unificación militar y política ante el poder romano; y aún más, quizá, como
eventual pretendiente a la realeza en Lusitania, pues ese territorio no constituía
una unidad social o política. Sin embargo, lo cierto es que a la acción
diplomática del caudillo se debe la revuelta simultánea de varios pueblos y, muy
especialmente, el inicio de la guerra numantina. Viriato no mandó sobre los
arevacos, pero, al menos, los convenció para que tomaran la ofensiva. Por otra
parte, y como Jorge Alarcão hace notar, fue él quizá el primero en mandar un
cuerpo de guerreros formado por gentes oriundas de diversas tribus, y nótese al
respecto que, según Apiano, en los siete años de campañas no hubo ni un solo
caso de indisciplina, hecho extraordinario, sobre todo en un «ejército de
bárbaros». En fin, es significativo que Viriato, con ocasión del tratado impuesto
a Serviliano, recibiera el título de Amicus Populi Romani, que habitualmente
sólo se concedía a los reyes bárbaros aliados de Roma. Verdad es que, si bien
procuró realmente unificar la Lusitania, no pudo conseguirlo, pero la tentativa en
sí resulta una hipótesis aceptable.
Pienso, pues, que es legítimo afirmar que el período de Viriato corresponde a
un momento histórico extremadamente interesante: la primera tentativa de
resistencia organizada, el primer, y último, esfuerzo coherente de los lusitanos
para resistir a Roma. Y la derrota significó el fin de un mundo —el mundo sin la
ley romana—. Pero ninguna acción posterior de los lusitanos tuvo la misma
importancia y amplitud. La «tradición folclórica» hizo de Quinto Sertorio un
«sucesor» de Viriato, cosa falsa, pues Sertorio era un romano y un patriota.
Nunca pensó en liberar a los lusitanos del dominio de Roma, ni siquiera cuando
éstos le ofrecieron el mando. Su lucha fue una guerra civil contra la dictadura de
Sila, y los guerreros ibéricos fueron usados por él como simple instrumento.
Para la descripción de las campañas de Viriato recurrí a los datos históricos
existentes, con los que mezclé cierta dosis de imaginación.
Así, Curio y Apuleyo no fueron inventados —eran jefes guerrilleros y
salteadores (incluso hay quien los toma por desertores romanos) que atacaron a
Serviliano en el territorio del actual Alentejo—. Nada más se sabe sobre ellos,
excepto la muerte de Curio en combate. La relación entre los dos y su relación
con Viriato son ficticias. Igualmente ficticio es el estatuto conferido a Táutalo,
aunque no es ilógico pensar que fue un hombre de confianza de Viriato. Sin
embargo, no todos los pormenores son inventados; por ejemplo, la forma de
romper el cerco de Vetilio, y las líneas generales de la táctica adoptada en
Tríbola, en Erisana, y en el primer año de campaña contra Serviliano, que
corresponden a los relatos históricos. Lo mismo ocurre con la descripción de la
muerte de Vetilio, abatido por un guerrero que, al no reconocer en él al pretor, y
viéndolo sólo como un legionario viejo y gordo, creyó que no tenía ningún
interés conservarlo con vida.
2. Ritos y lugares sagrados

La descripción del oráculo de Endovélico es imaginada; me limité a


aprovechar una hipótesis formulada por J. Leite de Vasconcelos. También los
ritos y los oráculos de Baikor y de la Sierra de la Luna son ficticios; en el primer
caso me he inspirado en referencias sobre una profetisa que existía en Clunia (y
no en Baikor); en cuanto a la Sierra de la Luna (Sintra) nada se sabe, excepto
que debía de ser un lugar consagrado a un culto lunar, como el propio nombre de
la sierra y algunos hallazgos arqueológicos indican. La existencia en Sintra de
masas rocosas que, desde una perspectiva determinada, presentan siluetas
semejantes a las de diferentes animales, es un hecho cuyo significado sólo muy
recientemente ha empezado a ser objeto de estudio.
En cambio, son datos históricos establecidos la importancia religiosa del
santuario de Endovélico y del Promontorio Sacro, las leyendas y tabúes
vinculados a este último, el carácter sagrado de la zona de Monsanto (Lisboa) —
la leyenda de las yeguas fecundadas por el viento, fue adaptada e interpretada,
así como la práctica de la trepanación en vivo, practicada por Arduno en
Cetóbriga—. Varias supersticiones y costumbres referidas en el libro (el temor
ante la puesta del sol, el uso de amuletos y de hierbas, etc.) son también datos
que nos proporcionan la Historia y la Arqueología.
3. Referencia bibliográfica

Sería pretencioso presentar una referencia bibliográfica completa para


fundamentar una novela; y aún más pretencioso sería presentarla aquí.
Me limito, pues, a hacer referencia a mis principales fuentes de consulta.
En cuanto a los autores antiguos, recurrí a Apiano Alejandrino, a Diodoro
Sículo, a Plutarco, a Suetonio y a Estrabón —este último, sobre todo para
obtener datos referentes a la antigua Cádiz (traducción al español y comentarios
de A. García Bellido).
Para informarme sobre las mentalidades que podrían caracterizar a los
pueblos ibéricos antes de la romanización, consulté dos libros: Mito y metafísica,
de Georges Gusdorf, y Lo sagrado y lo Profano. La esencia de las Religiones, de
Mircea Eliade. Otros dos libros, de Colin Wilson, The Occult yMysteries, me
proporcionaron también algunos elementos de inspiración.
No obstante, mi punto de partida fue la magnífica obra de J. Leite de
Vasconcelos Religiões da Lusitánia, y, complementariamente, Portugal Romano,
de Jorge Alarcão, La Romanización, de José María Blázquez, y dos ensayos,
ambos titulados Viriato, uno de A. Schulten, y el otro de Antonio García Ribeiro
de Vasconcelos.
4. Principales topónimos

Acale (Achale) Nombre hipotético de la península de Tróia (Setúbal,


Portugal)
Ammaia Aramenha. Portugal.
Arcóbriga Ciudad situada en el Alentejo (Portugal) pero cuya localización se
desconoce. La identificación, en este libro, de Arcóbriga y Meríbriga con las
ruinas de los castros próximos al santuario de Endovélico es arbitraria.
Aritium Vetus Alvega, en Portugal.
Baesuris Castro Marim (?)
Baikor (o Baécula) Bailén, en España.
Balsa Tavira, en Portugal.
Brácara Braga, en Portugal.
Cetóbriga Algunos autores la identificaron en las ruinas de Tróia, pero parece
más probable que se trate de un castro próximo a la ciudad portuguesa de
Setúbal.
Comímbriga Condeixa-a-Velha, en Portugal.
Conistorgis La ciudad principal del Cinéticum (en la actualidad provincia
portuguesa del Algarve). Se desconoce su situación.
Corduba Córdoba, en España
Ebora Évora, en Portugal.
Equabona Coma, en Portugal.
Erisana (o Arsa) Es desconocida su localización, pero estaba sin duda en lo
que es hoy territorio español.
Evión (más tarde Salácia) Alcácer do Sal, en Portugal.
Gadir (Gades para los romanos) Cádiz, en España.
Igedium Nombre probable de la plaza fuerte de los igeditanos, más tarde
llamada Egitânia, y hoy Idanha-a-Velha, en Portugal.
Itucci (o Tucci, Itucca, etc.) Martos, en España.
Lacóbriga ¿Lagos?
Meríbriga Véase Arcóbriga.
Mons Veneris Sierra de San Vicente, junto a la Sierra de Gredos (España). Es
ficticia su asociación a un culto lunar.
Myrtilis Mértola, en Portugal.
Numancia Ciudad de la antigua Iberia, capital de los arévacos; estaba junto
al Duero, y cerca de Soria (España).
Olisipo Lisboa.
Ossonoba Faro, en Portugal.
Portus Hannibalis Portimão, en Portugal.
Promontorio Sagrado La zona de la Punta de Sagres y del Cabo de San
Vicente, en Portugal.
Santuario de Endovélico Estaba situado en el cerro de San Miguel da Mota,
cerca de Terena, Alandroal (Portugal). Como ocurrió con muchos otros lugares
sagrados, fue cristianizado, y en lo alto del cerro se construyó una capilla
consagrada a san Miguel Arcángel, con piedras procedentes del viejo santuario.
Esta capilla estaba ya en ruinas a finales del siglo xix. Leite de Vasconcelos
recogió estatuas, aras, lápidas, etc., para el museo que hoy lleva su nombre. Las
restantes piedras fueron usadas para construir calzadas, puentes y otras «obras»
locales, como sigue haciéndose hoy, más o menos, en el país. Nada queda, pues,
al menos en superficie, y lo mismo ocurre en los dos castros vecinos, Castelho
Velho y Castelinho, a los que arbitrariamente llamé Arcóbriga y Meríbriga.
Sierra de la Luna Sintra (el Cabo de la Sierra es el actual Cabo da Roca, en
Portugal).
Sirpa Serpa, en Portugal.
Vipasca Aljustrel, en Portugal.
Nombres de ríos
Anas Guadiana.
Barbésula Guadiaro (España).
Betis Guadalquivir.
Callipus Sado (Portugal).
Cilbus Guadalete (España).
Durius Duero.
Iberus Ebro.
Minius Miño.
Tagus Tajo.
5. Principales personajes históricos

Aparte del nombre, bien conocido, de Aníbal Barca, general cartaginés,


todos los nombres romanos citados en el libro corresponden a personajes
históricos, incluyendo el del íbero romanizado Cayo Marcio, por lo que no se
presenta aquí lista exhaustiva. Servio Sulpicio Galba fue un antepasado de otro
Galba más famoso, uno de los «Doce Césares» de Suetonio, sucesor del
emperador Nerón, pero cuyo reinado fue efímero.
La tradición cuenta que Sertorio solía ir acompañado de una corza. Para
impresionar a sus soldados ibéricos, Sertorio decía que este animal le transmitía
en secreto los planes del enemigo. En esto se basa la referencia imaginaria del
oráculo a la «Era de la Corza».
Hay referencias también a un legendario rey conio, Gárgoris, de quien se
decía que había descubierto las propiedades de la miel e introducido su uso en el
Algarve.

Apuleyo Uno de los jefes de salteadores (¿guerrilleros?, ¿desertores


romanos?) que atacaron a Serviliano en el año 141, cuando éste avanzaba desde
el Algarve por el Alentejo.
Astolpas Rico propietario lusitano del valle de Tajo, suegro de Viriato, que lo
habría matado para no tener que entregarlo a Popilio Lenate.
Audax Uno de los tres asesinos de Viriato. Audax, Ditalco y Minuro eran
naturales según parece, de Urso (Osuna, España), y gozaban de la confianza de
Viriato, que los utilizó como embajadores ante Escipión. Éste los convenció para
que mataran a su jefe a cambio de una cantidad de dinero.
Cauceno Jefe lusitano. Mandó una expedición contra Cinéticum, en el año
153.
Césaro Jefe lusitano. Sucedió a Púnico durante la expedición de lustianos y
vetones en 155-153.
Connobas jefe ibérico derrotado por Serviliano, que hizo cortar la mano
derecha a todos sus guerreros.
Curio Véase Apuleyo.
Ditalco Véase Audax.
Indíbil Rey de los Ilergetes. Se convirtió a la causa de los romanos en 209-
208, pero en el 205 se alzó de nuevo contra Roma. Fue derrotado y muerto.
Minuro Véase Audax.
Púnico jefe lusitano. En el año 155 mandó una expedición conjunta de
lusitanos y vetones contra los Bastulofenicios. Tras varias victorias, fue muerto
de una pedrada. Le sucedió Césaro en el mando de las tropas.
Viriato El más célebre caudillo lusitano. Sostuvo la guerra de resistencia
contra Roma entre los años 147 y 139. En este año fue asesinado por orden de
Quinto Servilio Escipión.
Táutalo Jefe lusitano. Sucedió a Viriato tras la muerte de éste en el año 139,
y mandó la fracasada expedición contra Sagunto.
6. Resumen cronológico

(Fuentes: J. Leite de Vasconcelos, José María Blázquez y Jorge Alarcão).

Año (a. C.)


155 Expedición de Púnico. Derrota de los pretores Manillo y Pisón. Muerte
en combate del cuestor Terencio Varrón.
153 Césaro sucede a Púnico y vence al pretor Lucio Mumio. Cauceno invade
Cinéticum y toma Conistorgis.
152 El pretor Marco Atillo Serrano, gobernador de la Hispania Ulterior,
vence a los lusitanos y toma la ciudad de Oxthracas, en territorio actual de
España.
151 Lucio Licinio Lúculo extermina a la población de Cauca, en territorio de
los vacceos. Servio Sulpicio Galba, sucesor de M. Atillo Serrano, es derrotado
por los lusitanos y se refugia en Conistorgis, en Cinéticum.
150 Lúculo saquea Lusitania. Traición de Galba y matanza de lusitanos.
Entre los escasos supervivientes se encuentra Viriato.
149 Galba, acusado en Roma, logra la absolución.
147 Diez mil lusitanos invaden la Turdetania; son vencidos y cercados por
Cayo Vetilio. Elección de Viriato. Derrota y muerte de Vetilio en Tríbola
(España).
146 Viriato vence a C. Plaucio y a C. Unimano.
145 Derrota de C. Nigidio. Llegada a Hispania del cónsul Quinto Fabio
Máximo Emiliano.
144 Viriato es vencido por Emiliano y se retira a Baikor.
143 Viriato intenta, y consigue, llevar la revuelta a la Hispania Citerior
(belos, titos y arevacos). Inicio de la guerra numantina. Viriato derrota a Q.
Pompeyo y a Quincio.
142 Viriato fortifica Itucci y derrota al cónsul Lucio Cecilio Metelo Calvo.
141 Llegada a Iberia de Quinto Fabio Máximo Serviliano. Viriato se enfrenta
al nuevo cónsul y, a pesar de luchar brillantemente, se ve forzado a retroceder.
Serviliano toma cinco ciudades en Beturia, pasa a Cinéticum y desde allí sube a
la Mesopotamia de entre Tagus y Anas (Alentejo), donde es atacado por Curio y
Apuleyo. Curio muere en combate. Servillo regresa a la Bética.
140 Cerco de Erisana. Derrota de Serviliano. Tratado de paz. Viriato recibe
el título de Amicus Populi Romani.
139 El Senado rompe el tratado de paz. Viriato es asesinado por Audax,
Ditalco y Minuro, por orden de Q. Servillo Escipión, después de haber intentado
un acuerdo con Popillo Lenate, gobernador de la Citerior.
138-136 Décimo Junio Bruto, procónsul de la Ulterior, vence a lusitanos y
calaicos.
133 Caída de Numancia.
83 Quinto Sertorio es nombrado pretor de la Hispania Ulterior.
82 Sila se apodera de Roma y se proclama dictador. Sertorio decide oponerse
a las tropas enviadas por Sila a Iberia.
80 Sertorio, refugiado en Mauritania. Los lusitanos le envían embajadores
pidiéndole que se ponga al frente de ellos en guerra contra Roma. Sertorio
regresa a Iberia.
79 Hirtuleyo, cuestor de Sertorio, vence a M. Domicio Calvino, pretor de la
Citerior.

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