Viriato. Iberia Contra Roma
Viriato. Iberia Contra Roma
Viriato. Iberia Contra Roma
Aguiar
(Año 84 a. C.)
Camalo había finalizado su relato. Yo, con la cabeza baja, fingía estar muy
atento al avance de Lina, pero notaba sus ojos clavados en mí.
Necesitaba tiempo para pensar y digerirlo todo lo que había oído. Hasta
entonces, estimulado por el misterio que mi padre había tejido a su alrededor, Yo
había imaginado a mi padre como un héroe abatido por los dioses en plena
gloria... supongo que esa es la aspiración de todos los chiquillos que se quedan
huérfanos siendo aún muy niños.
La desilusión fue un choque violento, Casi físico, y entretanto una voz
interior me decía que era preciso defender la memoria de aquel hombre de quien
yo era la Única simiente entre los vivos. Y pensaba que cuando creciera, tendría
que tomar sobre mí el peso de un deber difícil: vengar a mi familia, porque yo,
Tongio, era nieto del rey de los brácaros...Mi cabeza estallaba con ideas nuevas.
Sin levantar la cabeza sabía que mi tío estaba mirándome aún. Su voz sonó
muy grave y pausada:
—¿No tienes nada que decir?, ¿Nada que preguntar?
Se acercó a mí. Su mano, enorme y recia, bronceada por el sol, me tomó la
barbilla y, con un ademán lento, pero con una fuerza que yo no podía resistir, me
obligó a mirar hacia arriba.
—¿Qué? ¿Nada?
Cuando un hombre se enfrenta a la muerte, los dioses a veces le conceden el
privilegio de ver el destino con indiferencia, como algo inevitable. Una cosa
semejante me ocurrió a mí entonces. «Si he de defender la memoria de mi
padre», pensé, «es mejor que empiece ya, contra todo y contra todos.» Por eso
sostuve la mirada de Camalo y respondí:
—Hasta ahora, señor, sólo he oído contar aquello en lo que mi padre falló.
No veo a nadie que lo defienda. ¿Qué voy a decir cuando su espíritu es sólo
invocado para oír las censuras de su viuda y las dudas del cuñado sobre el valor
de su palabra?
Me callé, dispuesto a aguantar la tempestad, comparándome, con cierto
placer (la juventud siempre tiene una imaginación excesiva) a los reyes y
guerreros que ofrecen su vida por rescatar a su pueblo. Pero no hubo tempestad.
Camalo siguió mirándome Y, de repente, murmuró:
—Es justo que defiendas a tu padre y quieras honrar su memoria.
Posó la mano en mi hombro.
—Pero no debes condenarme. Es verdad que el casamiento de tus padres no
me gustó, y que sólo lo acepté porque me vi forzado a hacerlo. También es
verdad que me sentí ofendido cuando tu padre se negó a ayudarme y no pudo
disfrazar la baja opinión que de los mercaderes tenía. Nuestra familia en nada
cede a la sangre brácara, en nada es inferior a ella, aunque sea sangre real. Yo me
enorgullezco de la herencia que me fue confiada, porque somos nosotros, los
mercaderes, los que hacemos vivir a los pueblos y, a los reinos. Sin nosotros, los
hombres se verían privados de muchas cosas, utensilios que les ayudan en su
trabajo, armas para defenderse, ropas y adornos que hacen más agradable la
vida. Y los pueblos no sabrían lo que acontece más allá de sus límites: nosotros
les llevamos mercancías, y también noticias... es verdad que ganamos dinero,
pero podemos también perderlo todo, pues vamos y venimos a merced de la
voluntad de los dioses, desafiando peligros, cruzando los mares, atravesando
países enteros.
Camalo respiró hondo. El hombro empezaba a dolerme bajo el peso de su
mano, pero no quería parecerle débil. Afortunadamente, se alejó de mí unos
pasos, se sentó de nuevo y empezó a hablar.
—Espero que hayas comprendido. No voy a mentir, no te diré que llegué a
querer a tu padre: no me gustaba. Lo respeté porque era el marido de mi hermana
y también porque mostró gran valor en los pocos viajes que hizo conmigo y
cuando sufrimos algunos ataques. Creo que, si viviera, no iba a ser un gran
príncipe, pero sí un buen guerrero. Y también él aprendió a respetarme. Ninguno
de los dos podía ir más lejos, pertenecíamos a mundos diferentes.
Iba el sol alto, y el calor apretaba ya. Me abrigué a la sombra de una higuera
y, con el ánimo sosegado, me di cuenta de que tenía hambre, pero era la primera
vez que mi tío hablaba conmigo de igual a igual, y eso me llenaba de orgullo.
Pregunté:
—¿Por qué no creyó la palabra de mi padre?. ¿Por qué no lo reconoció como
príncipe?
Camalo se encogió de hombros.
—No sé si le creí o no. Siempre pensé que si realmente era un príncipe
volvería a Brácara para reclamar su herencia o para morir. Creí que no cedería a
las instancias de una mujer a quien apenas daba importancia, y que no iba a
preferir matarse. Podía ser hijo de un rey, pero no tenía voluntad de príncipe. Y,
además, y esto no lo digo para afrenta de tu padre, te lo Juro, la verdad es que
esos pueblos que viven al norte del Tagus, especialmente los de más allá del
Durius, son poco más que unos salvajes. En cuanto a sus reyes y príncipes...
bien, tú no conoces los poblados fortificados de Calecia ni la vida de esa gente.
Para nosotros, conios, los pequeños jefes de Lusitania son como jefes de aldeas.
(Reproduzco aquí, con tanta fidelidad como mi memoria me permite, la
opinión de mi tío. Más tarde pude comprobar que sólo en parte era verdad. Por
otra parte, una de las cosas que mi larga vida me ha enseñado es que cada pueblo
tiende a considerar a los otros como bárbaros).
Un siervo se acercaba para anunciar que la comida estaba servida. Camalo se
levantó e hizo una señal al hombre indicando que iríamos en seguida. Luego, se
volvió hacia mí:
—Mañana, con el alba, iremos tú y yo a sacrificar una cabra y un cerdo a
Tongoenabiago, para que el dios vele sobre el espíritu de Tongétamo.
Los dioses que me privaron de un padre me dieron en cambio a mi tío
Camalo. Durante mi infancia, me había parecido distante e infundía en mí más
bien respeto que amor filial, pero eso fue sólo mientras pensó que los cuidados
de mi madre serían preferibles a los suyos. Cuando cumplí los doce años, su
actitud cambió: indiferente a la furiosa resistencia de su hermana, se encargó con
firmeza de mi educación y fue un verdadero padre y un verdadero amigo. Por
mí, no volvió a casarse, para que no me viera perjudicado en la herencia por un
hijo que pudiera darle una segunda mujer.
Al hablar de la conversación en la que me fue revelada la identidad de mi
padre Y las circunstancias de su muerte, he omitido un pormenor importante de
mi propia historia; la conversación no tuvo lugar en Balsa sino en Gadir. Un año
después del suicidio de Tongétamo, Camalo decidió establecerse en la Bética,
región que conocía muy bien y donde tenía amigos.
Diversas razones lo llevaron a tomar esta decisión. Mi madre se marchitaba a
ojos vista y pasaba la mayor parte del día junto al sepulcro de mi padre, y
Camalo temía que se dejara morir. Por otro lado, la expansión de los negocios
había hecho que Balsa resultara ya un lugar inadecuado para tanta actividad:
necesitaba una ciudad más importante, con buenos astilleros donde se pudieran
construir barcos más grandes, y con un puerto que los pudieran abrigar. Pero su
prudencia le decía que las otras ciudades con las del litoral no ofrecían la
seguridad deseada: los romanos, que dominaban Ossonoba, no tardarían en
poner sus ojos golosos sobre Lacóbriga y Portus Hannibalis, y aunque no
sucediera tal cosa, llegaban rumores insistentes de Ebora y de Myrtilis —donde
eran conocidos los movimientos de las tribus célticas y lusitanas— que insistían
en el riesgo de una incursión. En cualquier caso Cinéticum podía convertirse de
repente en un campo de batalla.
Bética y, la costa turdetana parecían, al contrario, relativamente seguras, y
los gobernadores romanos respetaban —o al menos eso hacían en los últimos
tiempos— las garantías concedidas a la ciudad de Gadir. Ésta era un enorme
depósito de mercancías y una base ideal para operaciones comerciales. Mi tío
preparó la operación con todo cuidado, se llenó de valor y anunció su decisión a
su hermana.
La batalla fue terrible, no la habría ganado de no contar con el apoyo de los
inmortales. Camalo ordenó dos generosos sacrificios, uno a la diosa Luna y otro
a la diosa Atégina —mi madre tenía particular devoción por ambas— y fueron
leídos los presagios en las venas de las víctimas, a la manera de los lusitanos
(para agradar al espíritu de Tongétamo) y también en las vísceras, según el uso
romano que se había popularizado en Balsa. En los dos casos, la respuesta era
clara: debíamos abandonar Cinéticum.
III
Por voluntad expresa de mi tío, recibí una educación tan completa como su
fortuna permitía, Y él era rico. Por eso hablo y escribo el latín y, el griego, aparte
de conocer la vieja escritura conia y buena parte de las lenguas ibéricas. Siempre
he tenido gran facilidad para el aprendizaje de idiomas, y, esto satisfacía a
Camalo, que me preparaba para sustituirlo al frente de los negocios. Un
mercader, decía él, tiene que saber un poco de todo, y tiene que saber hablar y
escribir el mayor número de lenguas.
Yo tenía varios compañeros de juegos, todos de mi edad, pero mi gran amigo
(y víctima) era Beduno. Este hombre, de estatura y, musculatura impresionantes,
era un céltico nacido en las tierras de entre el Tagus y el Anas (región que los
romanos y los griegos llaman Mesopotamia, por estar limitada por los dos ríos).
Nunca he visto a nadie con una apariencia semejante de fortaleza solidez:
parecía una torre de piedra y, era casi tan silencioso como la piedra. Beduno me
tomó cariño desde muy pronto, hasta el punto de que yo era la única persona
capaz de hacerlo sonreír, e incluso reír. Pero ni siquiera a mí me contó nada de su
pasado. Lo único que admitió es que había sido un hombre libre.
Cuando cumplí los catorce años se planteó una última discusión doméstica
por mi causa. Desde hacía meses venía yo recibiendo instrucción en el manejo
de las armas; antes de eso, naturalmente, había jugado a guerras y, aprendí los
rudimentos del combate cuerpo a cuerpo, pues Camalo quería que yo fuese tan
diestro en la lucha como en las cuentas y en la escritura, porque las armas son
tan indispensables al mercader como las mercancías. Se encargó de entrenarme,
secundado por Beduno —y si alguien cree que los grandes comerciantes son
todos barrigudos y blandengues, tendría que conocer a mi tío. Es posible que
Camalo no pudiera ya hacer vida de combatiente, pero se defendía muy bien, y
era ágil con la espada. En cuanto a Beduno, hasta yo, en mi inexperiencia,
adiviné cuál habría sido su ocupación antes de perder la libertad: sin duda fue un
buen guerrero.
Los nubarrones domésticos se adensaron cuando mi madre supo que Beduno
estaba instruyéndome en el uso de la azagaya, un arma típicamente lusitana, y la
atmósfera familiar pareció helarse de repente el día en que entré en casa con el
arma en la mano. Camala se volvió más sombría, su aire de sufrimiento casi
permanente se vio sustituido por tina brusquedad igualmente desagradable.
Por aquel entonces conocía ya lo bastante de su carácter para saber qué tenía
que hacer: me arrodillaba a sus pies y le preguntaba cuál era mi falta, todo
acabaría en una escena de lágrimas, abrazos, acusaciones contra mi tío. Pero
nada de esto hice, por la sencilla razón de que estaba al lado de él y porque
estaba en Juego mi independencia y mi entrada en el mundo de los adultos.
Una tarde, después del diario entrenamiento con la azagaya, la lanza y la
espada, Beduno me acompañó a los baños para quitarme de la espalda el óleo de
limpieza y me ayudó a ponerme una túnica limpia. Comentando los últimos
lances del duelo a espada que acabábamos de sostener, entramos en la sala donde
mi tío comprobaba los informes de las transacciones que le había traído el
comandante de uno de sus navíos. Al vernos, Camalo sonrió levemente.
—¿Qué tal?, ¿Tenemos ya ahí un guerrero?
—Casi —replicó Beduno con gruñido benevolente—. Si logra aprender a
pelear con tanta estrategia como furia, tal vez sobreviva a la primera
escaramuza...
Yo protesté, recordándole que lo había desarmado una vez, y Beduno se
defendió diciendo que había resbalado.
—E incluso así, en un combate de verdad tendría tiempo sobrado para
invertir la situación...
Camalo se levantó, rodeó la mesa y se acercó a nosotros con cara seria.
—Beduno, aumenta las horas de entrenamiento. Voy a estar demasiado
ocupado para comprobar sus avances... —y, volviéndose hacia mí— No tardarás
en emprender tu primer viaje, tienes que prepararte. Por lo demás, creo que es
hora ya de que te entregue algo que te pertenece.
Se dirigió a uno de los grandes arcones de madera y hierro que estaban Junto
a la pared, lo abrió y retiró un objeto largo y estrecho, envuelto en paños, que
trajo a la mesa.
—Aquí está. Puedes...
En aquel momento entró mi madre. No había estado escuchando, porque no
prestó atención a lo que había en la mesa, y empezó a hablar con su hermano de
un asunto trivial cualquiera, pero, de repente, se quedó callada al ver aquel
objeto, y su expresión cambió. Clavó los ojos en mi tío, unos ojos que echaban
chispas de cólera, y gritó, con una voz ronca y restallante como un látigo:
—¡No lo permito! ¡No lo permitiré nunca!
Incluso habituado como estaba al ambiente de hostilidad que allí reinaba en
los últimos tiempos, me estremecí. Camalo, curtido por largos años de
experiencia, se encogió de hombros.
—Tongio, tengo que hablar con tu madre. Te llamaré después.
Beduno retrocedió, abrió la puerta, me dejó pasar y me siguió luego. Me
hubiera gustado que la puerta hubiese quedado entornada para poder oír la
disputa, pero él, indiferente a mis gestos imperiosos, cerró con firmeza y se alejó
hasta la ventana silbando levemente.
—Vamos a ver esos caballos nuevos que han llegado —propuso—. Creo que
tu tío va a regalarte uno, y tal vez puedas elegir el mejor.
Me negué:
—Quiero quedarme aquí. Beduno ¿sabes qué es aquello que iba envuelto en
los paños? ¿Será un arma?
—No lo sé. Yo...
Pero la discusión al otro lado de la puerta llegaba a su ápice y oímos que mi
madre gritaba: «¡Claro que tengo derechos! ¡Tengo todos los derechos! Él es
mío. ¡Fui yo quien lo hizo!». E inmediatamente, la voz de mi tío: «¡No lo hiciste
sin ayuda. Y antes de ser tu hijo, él pertenece, como todos nosotros, a la Madre
Tierra que lo engendró!». Y, de nuevo, mi madre: «¡Sí, pero usó mis entrañas!».
—¿Qué están diciendo, ¿Están discutiendo derechos de maternidad sobre mi
persona?
Ante mi aspecto desconcertado, Beduno no pudo contenerse y se rió
silenciosamente:
—Vámonos... No debemos escuchar. Entre los potros que han llegado, hay
uno...
Se abrió la puerta y apareció mi tío, aún algo alterado. No había nadie más
allí dentro. Mi madre había utilizado la otra salida. Obedeciendo al gesto de
Camalo, volví a entrar, con Beduno detrás.
Recuperado ya su autodominio, mi tío estaba desempaquetando aquel objeto.
Hablaba como si nada hubiera ocurrido:
—Iba diciendo que es hora ya, y de sobra, de que te dé esto, que es muy
tuyo...
Cayeron los paños sobre la mesa y se me cortó la respiración al ver la
magnífica espada que Camalo sostenía en sus manos. Por su aspecto, venía de
Evión, con toda seguridad. La empuñadura tenía incrustaciones de oro. Cuando
mi tío la desenvainó, la hoja, perfecta y refulgente, parecía un rayo de luz.
—¡Es la espada de mi padre! —exclamé.
Camalo hizo un gesto de asentimiento, y comenzó con ironía un poco ácida:
—Sí, es la espada de Tongétamo. No la espada noble, de príncipe, porque se
la robaron los asaltantes. Esta vino de Evión, y se la regalé yo.
Cogí el arma fascinado, y mis dedos, instintivamente, se aferraron a la
empuñadura —ahora mi mano era ya lo suficientemente grande para agarrarla.
Camalo había cumplido el último deseo de mi padre.
Otras cosas importantes ocurrieron después de esto: recibí como regalo un
hermoso potro, completamente negro, de pelo sedoso, que me empeñé en domar
y al que di el nombre de Trueno. Mi madre desistió de interferirse en mi vida y
adoptó una actitud de afectada indiferencia que, gradualmente, se convirtió en
indiferencia real. Yo la amaba como siempre la había amado, pero todos los
puentes entre los dos estaban cortados. Ella se había encerrado en su pasado, en
un mundo tortuoso y estéril en el que parecía encontrar un amargo placer.
A los catorce años recibí mi espada, gané mi primer caballo y tuve la primera
experiencia con una mujer.
Siete años antes había sido blanco de las audacias de una compañera de
juegos que tenía mi misma edad pero una experiencia mucho mayor: era hija de
una sierva de la casa y había visto muchas cosas en el ala de la casa reservada al
personal. Empezó a decir que yo tenía unos ojos muy hermosos, cosa que me
enfurecía, porque me ponía colorado de vergüenza. Una tarde, en el jardín, puso
la mano entre mis piernas, hizo una caricia rápida y escapó riéndose. Pasada la
sorpresa, me di cuenta de que aquello era agradable. Por la noche me sentí
excitado, lamenté no haber aprovechado la ocasión (aunque no sabía muy bien
qué era lo que tenía que hacer para aprovecharla) y decidí que en la próxima
oportunidad sería yo quien tomara la iniciativa.
No hubo otra oportunidad. La muchacha fue un día con su madre a una de
nuestras casas de campo, a buscar provisiones para la cocina, y no sé bien qué
ocurrió —tal vez bebió agua emponzoñada— pero cuando volvió, por la noche,
estaba ya febril, y murió días más tarde. Tras aquella fallida aventura, el deseo
sexual volvió a adormecerse, o casi, y fue pasando el tiempo sin grandes
sobresaltos (los que acontecían eran resueltos a la manera tradicional de los
adolescentes) hasta que apareció Lobessa.
Lobessa tenía diecinueve años cuando la compraron para incorporarla al
servicio de mi madre. Era una muchachita alta, vigorosa, de formas sólidas y
bien delineadas, con una parte considerable de sangre celta y una influencia
fenicia o cartaginesa no menos fuerte: tenía el pelo y los ojos de un negro
intenso, y en las facciones se notaban los rasgos sensuales de las mujeres de
origen tirio. En la sonrisa, que, cuando quería ella, podía ser impúdica, había una
promesa que evocaba más las suaves delicias de Cartago que la simplicidad de
las aldeas célticas.
En contra de lo que yo había pensado, Lobessa gustó a mi madre: era
paciente, tenía una enorme capacidad de trabajo y, pese a su alegría natural,
realizaba todas sus tareas con rapidez y en silencio, sin perturbar la atmósfera
sombría, por no decir deprimente, de la parte de la casa que Camala se había
reservado y que constituía un mundo aislado.
Rápidamente, mi madre convirtió a su nueva sierva en confidente y criada
personal. Esta le mostraba verdadera dedicación, otra actitud femenina que no
comprendo, porque su temperamento no debería adaptarse con facilidad al
ambiente taciturno del que mi madre se había rodeado. Pero Lobessa se mostró
digna de su confianza, menos en un aspecto no habían pasado quince días desde
su llegada y era ya evidente —para mí— que estaba dispuesta a seducirme.
Al principio no había pensado en ella como posibilidad real. Había sentido
una fuerte atracción física, pero el deseo se mantenía indefinido, y aunque en
aquella época yo era aún muy ignorante en materia de mujeres, sabía que ellas
tienden a interesarse por hombres más viejos. Una esclava de diecinueve años, y
con el aspecto de Lobessa, no podía ser virgen, y bastaba con mirar a sus ojos
para descubrir en ellos un pasado turbulento. Junto a ella me sentía como un
niño, como un cachorrillo que recibe caricias. Tras hacerme esta reflexión, decidí
no hacer nada que pudiera provocar una negativa que fuese ofensiva para mi
orgullo. Con todo, y para desconcierto y asombro por mi parte, Lobessa no me
quitaba los ojos de encima ni perdía ocasión de provocar un contacto físico.
¡Qué ridículo debía de resultarle, tartamudeando, desviando la mirada,
fingiendo no darme cuenta! Llegué a ponerme ante un espejo de cobre
preguntándome si era posible que Lobessa me amara. Yo sabía —y esto era tema
de burlas frecuentes— que «hacía que las mujeres se pararan», como decía
Beduno, gruñendo tras su barba rubia. Había heredado de mi padre los rasgos del
rostro y el color de los ojos, que eran verdes, pero tenía el pelo tan negro como
el de mi madre, y esta combinación, por lo que dicen, tiene efectos mágicos. Era
alto para mi edad... pero, al pensar en mi edad, al reparar en mi pinta de
adolescente desgarbado y aún frágil, no podía creer que las maniobras de
Lobessa fueran otra cosa que un juego.
El trabajo de domar y adiestrar a Trueno me absorbió durante semanas y
olvidé ese problema. Cuando al fin pude montarlo a gusto y salir con él de paseo
y correrías, todo se borró de mi espíritu, y gasté alegremente la mitad del dinero
que mi tío me había dado como obsequio de cumpleaños en ofrecer a Heracles el
sacrificio de un carnero.
¿Cuántos días duró esa tranquilidad? No lo sé, pero fueron pocos. Una
hermosa mañana estaba yo en la caballeriza frotando con paja seca el pelo de
Trueno cuando entró Lobessa y se acercó a mí. No voy a reproducir nuestra
conversación porque, después de tantos años, mis recuerdos son confusos. Su
mano derecha recorrió el pescuezo del caballo, al encuentro de la mía. No había
nadie alrededor, Y, muy cerca, se alzaba un montón de paja. Ella cogió mi
cabeza entre sus manos y dijo algo que no entendí porque mis oídos zumbaban.
De repente, me besó en la boca, y fue como si me envolviera un turbión
arrancándome del suelo. Acabamos, evidentemente, en el montón de paja.
Aún hoy no he olvidado aquella primera vez: mis gestos ansiosos y
desastrados enfrentados a su experiencia; la suavidad de su piel, y el calor, la
tersura deliciosa de sus ancas larguísimas. Devoré, fui devorado. Me sentí por
instantes poseído por la Madre Tierra. Al final, ella se quedó aún algunos
instantes acariciándome el cabello. Luego, oímos pasos y se quebró aquella
magia.
Así perdí la virginidad y gané mi primera amante, porque aquello se repitió
muchas, muchas veces. Y, a pesar de haber conocido a otras mujeres y amado a
algunas de ellas, nunca he olvidado a Lobessa, la maestra que hizo de mí un
hombre y que me enseñó que el acto del amor es santificado por los dioses
cuando el deseo es recíproco. Tampoco he olvidado esta lección, y nunca, en
toda mi vida —ni en las privaciones ni en la euforia de la guerra— tomé mujer
por la fuerza.
IV
La relación con Lobessa marcó la última fase del período en que yo,
creyéndome ya un hombre sólo porque había domado un caballo y poseído una
mujer, vivía en la despreocupación de la juventud sin reparar en que en el
horizonte se iban acumulando nubarrones. Ni la insistencia de mi tío para que
intensificara mi entrenamiento de combate fue capaz de despertar en mí una
sospecha.
Realmente, todo parecía estar en orden en el Universo cuando Camalo llegó
un día a casa más pronto de lo habitual, fruncido el ceño, y con una noticia que
no era inesperada para él pero que a mí me dejó estupefacto: el nuevo
gobernador romano de la Hispania Ulterior, el pretor Servio Galba, se había
refugiado en Cinéticum, estableciendo sus cuarteles de invierno en Conistorgis,
tras haber sido estruendosamente derrotado por los lusitanos. Toda la Bética,
desde Beturia al litoral turdetano, volvía a estar expuesta a incursiones.
Hasta ese momento, la guerra entre romanos y lusitanos me había parecido
algo lejano, que no podía afectarme —había oído hablar de ella como se oye
hablar de una tormenta o de una inundación en tierras distantes—. Cuando tenía
nueve años, un nombre se hizo de pronto famoso y temido: Púnico. Este Jefe de
tribu había derrotado a dos ejércitos romanos, se había aliado con los vetones y
se acercó peligrosamente a Gadir para atacar a los bastulofenicios. Al año
siguiente reanudó sus ataques y fue muerto en combate, pero sus hombres
eligieron un nuevo jefe, Césaro, y prosiguieron la campaña. Por si eso no
bastara, otra hueste llegada de Lusitania bajo el mando del rey Cauceno había
invadido Cinéticum y ocupó Conistorgis.
Después sobrevino bruscamente un cambio de situación, cosa nada rara
tratándose de Lusitanos. Césaro y Cauceno debieron de cometer errores, pues
ambos fueron aplastados y los romanos conquistaron nuevamente Conistorgis; y,
con la capital, todo el territorio conio que les había sido arrebatado. Todo esto
significaba que mi tío Camalo había recibido un apreciable favor de los dioses
cuando éstos le aconsejaron que abandonara Cinéticum, porque si nos
hubiéramos quedado en Balsa habríamos tenido que sufrir la violencia de los
atacantes y de sus adversarios.
La idea de la guerra me acompañaba siempre, pero las historias y
comentarios que había oído no habían despertado mi interés —aquello eran
preocupaciones de adultos que nada tenían que ver conmigo. Ni con la entrada
de las bandas de Púnico en la Bética me di cuenta del peligro, fundamentalmente
porque tanto mi madre como Camalo y Beduno procuraban evitar que yo oyera
demasiado. Sin embargo, ahora mi tío me hablaba de la derrota de Galba, y
comprendí que al fin me había vuelto un hombre, con más preocupaciones que
placeres.
A decir verdad, los hechos no eran recientes. El pretor había sido derrotado a
finales de otoño, poco antes del inicio de una serie de aguaceros tempestuosos
que habían interrumpido las comunicaciones. Galba estaba en sus cuarteles de
invierno desde hacía unas semanas cuando llegaron a Gadir los relatos traídos
por navíos llegados del Norte y a los que el temporal había obligado a buscar
refugio en el puerto de Balsa.
—Ahora, la situación depende de dos cosas —terminó Camalo—: de la
iniciativa de los lusitanos en cuanto llegue la primavera, y de la capacidad de
recuperación de Galba. ¿Podrá contar éste con la ayuda de las fuerzas romanas
de la Citerior? No lo sabemos, y apostaría a que tampoco lo sabe el mismo
Galba.
—¿Pero qué peligro podemos correr? —pregunté—. Los lusitanos nunca
tuvieron conflictos con Gadir, que yo sepa.
Camalo hizo un leve gesto de impaciencia:
—No se trata de conflictos. Los lusitanos atacan por dos motivos: por odio a
Roma, o para saquear; atacan a veces por las dos razones al mismo tiempo.
Necesitan botín para sobrevivir, sobre todo después de un invierno riguroso.
—Creía que Lusitania era rica —objeté.
Beduno, que había visitado el país en su juventud, me había contado
prodigios de la fertilidad y de la abundancia de metales preciosos en aquellas
tierras.
Camalo respiro profundamente, como quien intenta contener la irritación.
—Siempre olvido que tú apenas sabes nada del país de tu padre. Sí, Lusitania
es rica, o mejor, lo son algunas regiones de ella, pero otras no. Y tanto la tierra
como el ganado lo heredan siempre los primogénitos. Es una costumbre que
viene de tiempos muy antiguos, y los lusitanos la respetan. Por eso es habitual
que los restantes hijos de una familia se unan a los más pobres de la tribu o a los
montañeses para formar bandas que atacan las tierras más ricas... no las de
Lusitania, claro, ni las de entre el Tagus y el Anas, porque ahí también viven
lusitanos y célticos, que son sus aliados. Y como los vetones son también
tradicionalmente aliados de los lusitanos...
—Sólo queda la Bética —completé.
Él hizo un gesto.
—Sí, la Bética. Y, a veces, Carpetania o la Bastetania... Son las regiones más
expuestas. Aparte de eso, hay que contar con la aversión de los lusitanos al
dominio de Roma. Desprecian a los pueblos que han aceptado ese dominio, y no
les importa saquear sus ciudades y destruir todo lo que no pueden llevarse
consigo.
Digerí la información y evité mirar para mi tío mientras preguntaba:
—¿Quiere decir que tenemos que ayudar a los romanos...?
Camalo respondió:
—Quiero decir que debemos estar preparados para la defensa. Lo que nos
interesa es Gadir, y no Roma. El dominio romano es una prueba que nos
enviaron los dioses, aunque realmente no sé cómo viviríamos sin el orden y la
paz que Roma impone. Pero fue Gadir la ciudad que nos acogió...
Y como yo no respondiese, continuó:
—Sé qué estás pensando: que eres hijo de un príncipe brácaro. Pero, Tongio,
si los lusitanos entran en la ciudad no irán de puerta en puerta preguntando el
origen de los moradores. Nunca pensé que un día tuvieras que usar tu espada
contra los lusitanos, pero... En fin, es poco probable que haya brácaros entre las
bandas que se encuentran en las fronteras de Beturia.
Charlamos aún un poco sobre el tema, y luego, como se acercaba la hora de
la cena, me retiré a hablar un rato con Beduno antes de sentarme a la mesa.
Había oscurecido casi por completo, y andaban los esclavos encendiendo los
candiles de aceite. Una silueta surgió de la penumbra y vino hacia mí. Era
Lobessa: nuestra intimidad había aumentado, y ella aprovechaba todos los
momentos libres para buscarme —no necesariamente para hacer el amor, pues a
veces sólo charlábamos y cambiábamos informaciones.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
A aquella hora tendría que encontrarse en los aposentos de mi madre.
Lobessa me habló en voz baja:
—Mi señora está indispuesta y se ha retirado ya. Me envía para que os diga
que no va a cenar con vosotros.
Dijo esto con un tono más o menos formal. Después me empujó hacia la
oscuridad, se pegó a mí y susurró:
—Hay algo en el aire... He oído hablar de guerra... ¿qué está pasando?
—De momento, nada. Galba, el gobernador romano, ha sido derrotado por
los lusitanos, pero eso ha ocurrido hace ya unas semanas. ¿Falta mucho para la
cena?
Lobessa hizo como si no se diera cuenta del cambio de tema. Se acercó aún
más a mí y preguntó:
—¿Y qué va a pasar ahora?
—No lo sé. Quizá nada. Quizá los lusitanos se hayan vuelto a sus tierras. No
te preocupes por ellos, están muy lejos.
Una breve sonrisa amarga me hizo entender que la guerra formaba parte de
su pasado. Pero no era mujer de andar con lloriqueos. Movió la cabeza y volvió
a sonreír de modo diferente, posando el brazo sobre mi hombro. Su olor —un
vago perfume captado en el cuarto de mi madre y combinado con el aroma
propio de su piel— empezaba a excitarme.
—Sí, deben de estar muy lejos... pero es increíble lo que los hombres pueden
llegar a andar cuando piensan en guerra y en saqueos.
Intentando sin mucha convicción liberarme de su abrazo, respondí:
—Es una decisión de los dioses, Lobessa. ¿Y qué hay de la cena? ¿Está ya
lista?
—¿Por qué? ¿Tienes hambre?
Retrocedí un poco acalorado.
—Sí, tengo; es decir, tenía... No sé... ¿De qué te ríes?
Teníamos aún un rato antes de la cena.
Mucho más tarde, mediada ya la noche, desperté de repente. Notaba la
garganta seca como si hubiera atravesado un desierto; mi corazón latía con
fuerza y me faltaba el aire. Me quedé inmóvil, con los ojos abiertos. Poco a poco
fui comprendiendo donde estaba mi error, la idea que me había asaltado en pleno
sueño.
Me levanté, agarré la lámpara apagada y salí del cuarto sin ruido. La casa
estaba envuelta en las tinieblas, pero yo conocía el camino con los ojos cerrados.
En la cocina, encendí la lámpara aprovechando algunas brasas que aún ardían y
maté la sed con agua fresca. Llené después un vaso de nuestro mejor vino y me
dirigí hacia el pequeño patio resguardado del viento —allí ardía otra lámpara
ante la imagen de Atégina. La diosa clavó en mí sus ojos de piedra en los que
danzaban sombras animadas por los movimientos de la llama. Ante la estatua, en
una libación respetuosa, vertí parte del vino sobre la tierra. Después, recordando
lo que sabía de las divinidades que protegen a las tribus de Lusitania, hice una
nueva libación y oré:
—Tongoenabiago, Trebaruna, y tú, Runesos-Cesios, dios de la guerra y señor
de los dardos, no permitas que mi espada tenga que ser usada contra mi propia
sangre...
Volví a la cama antes de que el frío de la noche me traspasará los huesos, y
poco después me quedé dormido.
Pese a todo, la ciudad de Gadir mantuvo una apariencia casi normal, como si
sus habitantes intentaran asumir de manera forzada esa normalidad pensando que
así podrían conjurar la amenaza. Sólo en los ojos de las mujeres podía leerse la
angustia y el miedo ante el futuro. En caso de derrota su suerte iba a ser más
cruel que la de los hombres, pues éstos siempre pueden morir combatiendo, y en
esos momentos morir es la salida mejor.
Todos los días esperábamos ver las márgenes del estuario del Cilbus
cubiertas de guerreros lusitanos. Para calmar los nervios, salía yo de mañana con
Trueno con el pretexto de mantenerme en forma. Pero mi cuerpo exigía algo más
que paseos y galopes: Lobessa decía que había encendido un fuego en el bosque
y que no conseguía apagarlo por más que se esforzara. Era la única mujer en
cuyos ojos no veía yo miedo a la guerra, aunque en su cubículo descubrí oculta
una daga. Se negó a decirme de dónde la había sacado, pero me confesó que la
guardaba para darse muerte a sí misma: «No quiero volver a ser botín de
guerra», murmuró besándome.
Llegó la primavera, y un día vimos realmente tropas junto al río Cilbus, pero
eran romanos. La legión acampó junto al estrecho que separa Kotinoussa del
continente, y el tribuno que la mandaba vino a la isla para ofrecer un sacrificio a
Heracles y conferenciar con los miembros del Consejo, es decir para dictarles su
voluntad.
Nos enteramos entonces de lo que había ocurrido durante las últimas
semanas, y, aunque era poco, significaba mucho: Galba había salido de
Conistorgis para encontrarse con Lúculo, y los dos, juntos, habían trazado los
planes de campaña.
Los gaditanos suspiraron aliviados. La ciudad recibió a los legionarios con
sonrisas abiertas de bienvenida; el comercio —incluyendo, claro, el de las
prostitutas— estaba exultante con tan sustancial aumento de clientela, y el
optimismo aumentó aún más cuando se supo que la hueste lusitana en marcha
hacia Gadir había sido desbaratada por Lúculo, que había dado muerte a mil
quinientos guerreros y aprisionado a los restantes. El procónsul estaba ahora
ocupado en saquear sistemáticamente Lusitania.
La dureza de la represión no perturbó los espíritus en Gadir, muy al
contrario, y era natural: la ciudad había temblado ante la aproximación de los
invasores; era, además, una vieja aliada de Roma —hacía dos generaciones que
había abandonado la causa de Cartago para entregarse voluntariamente a los
romanos. Aún hoy afirman los gaditanos que aquella decisión había sido tomada
a causa de las injusticias cometidas por los cartagineses, pero quien conoce
como yo a las gentes de Gadir sabe que esas injusticias nunca hubieran sido
motivo bastante si no estuvieran también en juego sus intereses comerciales.
Sin embargo, ni los mismos gaditanos estaban preparados para oír con
serenidad lo que los viajeros llegados del Norte revelaban sobre el
comportamiento monstruoso de Servio Sulpicio Galba. Las sonrisas de acogida a
los legionarios se fueron volviendo más prudentes y formularlas. No era
indignación, era miedo.
Lobessa y Beduno me contaron lo que sabían; en los baños públicos oí una
versión más completa de los hechos, y luego fui a ver a mi tío para que me
confirmara la historia y la completara con pormenores. Lúculo y Galba habían
actuado separadamente pero según un plan establecido. El primero había
explotado la victoria conseguida y entró en Lusitania devastando las llanuras.
Luego, se retiró cargado de botín. Entonces le llegó el turno al ejército de Galba.
Agotadas, sin víveres, las bandas lusitanas se reunieron y enviaron mensajeros al
pretor pidiendo condiciones de rendición explicando los motivos que los habían
llevado a iniciar la guerra.
Los enviados fueron recibidos en el campamento romano con una cortesía
que no era habitual. Galba en persona los recibió y respondió con benevolencia a
sus deseos. ¡Cuántas veces me contaron lo que les había dicho! Tantas que puedo
repetir sus palabras una a una: Es la esterilidad de vuestros campos y vuestra
pobreza lo que os lleva al latrocinio. Por eso, si queréis mi amistad, os daré las
tierras fértiles que necesitáis, asentándoos en las llanuras, que dividiré en tres
partes...
Las asambleas tribales lusitanas aceptaron con entusiasmo la generosidad del
pretor, y muchos guerreros llamaron a sus familias para, con ellas, ocupar las
nuevas tierras. Se formaron tres grupos de colonos, que se fueron asentando en
los lotes prometidos. Tras una gran ceremonia que consagraba la paz, las bandas
lusitanas ofrecieron sus armas. No se dieron cuenta de que, a su alrededor, las
legiones de Galba habían ido ocupando posiciones estratégicas para atacar
apenas los lusitanos depusieron las armas.
En sólo un día fueron asesinados miles de lusitanos. Al llegar la tarde del día
siguiente, las víctimas pasaban de nueve mil, y la matanza continuaba: todos los
guerreros del primer grupo de «colonos» fueron abatidos. Los restantes, con sus
familias, fueron a parar a los mercados de esclavos de la Galla —más de mil
personas, incluyendo mujeres y niños. La tierra y los arroyos estaban aún
manchados con la sangre de los diez mil muertos cuando Galba recibió el
producto de la venta de los primeros cautivos.
Lo oí todo sin hacer comentarios. Por la noche, mi lecho me pareció de
piedra. No conseguía dormir, y acabé por sentarme en la cama con los brazos
cruzados sobre las rodillas.
«¿Qué me pasa? —me preguntaba—. ¿Cuál es la razón de este sentimiento
de rebeldía? Verdad es que los romanos se portaron de manera cruel y
despreciable, pero no habían hecho más que lo que antes hicieron muchos
invasores. Derramaron sangre lusitana, Mi sangre... pero el único lusitano que yo
he visto era mi padre, y apenas conseguía recordarlo. Yo soy un como, habituado
a la ley de Roma, a las costumbres romanas... pero esta rabia, estas ganas de
luchar...»
Quedó en suspenso la pregunta, y como la Juventud tiene fuerza para vencer
por sí misma dudas y angustias, poco después el sueño se apoderó de mí. Volví a
tenderme, y me quedé dormido de inmediato para no despertar hasta la
madrugada. Pero algo había pasado durante la noche, porque me desperté con
una decisión tomada.
Cuando un hombre es atacado por la duda, debe volverse hacia los dioses
que mejor pueden entenderle y ayudarlo. Por eso, sin detenerme siquiera para
quebrar el ayuno, salí discretamente de casa llevándome buena parte de mis
economías y me dirigí al mercado, donde compré un cabrito blanco, el más
hermoso que pude encontrar. A la salida de Gadir, junto al camino que lleva al
puerto, hay un altarcito consagrado a Héracles donde suelen los marineros rezar
y dejar ofrendas si no tienen tiempo para llegarse al santuario. Cuando me
acercaba al ara, vi al sacerdote, hombre gordo y calvo, con los dientes podridos,
a la puerta de su casa. Se notaba que acababa de saltar de la cama. A fin de
convencerlo para que me atendiera sin demora, le dije (y tal vez fuese verdad)
que el dios me había hablado en sueños y me había ordenado que ofreciera una
víctima en sacrificio al nacer el sol si quería que me concediera un favor que le
había pedido hacía ya tiempo. Reforcé mis argumentos con algunas monedas de
cobre, y acabé convenciéndolo.
Sobre el ara, colocada ante la estatua del dios —una vieja imagen en la que
Héracles está representado con vestiduras fenicias— fue inmolado el cabrito en
el momento en que los rayos del sol doraban la blanca piedra. Cuando el
sacerdote me entregó la taza llena de sangre del animal, alcé los ojos a la estatua
y oré pidiéndole a Héracles— Melkaart que recordase su vida terrenal, su
existencia de guerrero, pero, sobre todo, que recordase que había sido un hombre
sometido a las flaquezas y a los errores de los mortales. Después, me faltaron
palabras; mi súplica era aún indecisa, tan indecisa como la voluntad que me la
había dictado. «No importa», pensé, «el dios sabrá leer en mi alma». E hice la
libación mientras el sacerdote lanzaba al fuego la parte del cabrito reservada a
Héracles y ponía al lado, con evidente placer, la porción reservada a él.
El frío de la madrugada se había disuelto en la luz del nuevo día. Me eché a
los hombros el manto en que me había envuelto lentamente, caminé de regreso a
la ciudad. Iba tan abismado en mí que no oí el galope de un caballo sobre la
tierra batida. Por eso me sobresalté cuando sonó a mi lado la voz de Camalo:
—El guerrero sacrifica a Héracles... Eh, Era típico en él adivinar lo que yo
acababa de hacer. Desmontó y empezó a andar a mi lado, con el caballo
sostenido de las riendas.
—No te ruborices, hasta hombres con más años sienten dudas en un
momento como este.
Hubo un silencio, y continuó:
—Vengo del puerto. Estuve comprobando un cargamento de ámbar que nos
llegó ayer tarde. Unos hombres estaban contando lo de las matanzas de lusitanos
y hablaban también de Galba, de los impuestos, de las extorsiones a que se ven
sometidos incluso los aliados de la República.
—¿Y qué podemos hacer, tío? ¿Qué debemos hacer?
Camalo se encogió de hombros:
—Esperar, y no confiar demasiado en los romanos. Soy hombre de paz,
todos los mercaderes somos hombres de paz, al menos en la tierra donde estamos
establecidos, pero hasta un pacífico mercader conoce el honor y las leves de la
guerra. Y el pretor las desconoce o las olvidó deliberadamente. Ten cuidado,
Tongio, se acercan tiempos difíciles.
No volvimos a decir nada hasta llegar a casa.
Hace falta valor para que un hombre, por valiente que sea, se acerque de
noche a una necrópolis, pues nunca se sabe qué espíritus o entidades errantes
pueden andar por tales lugares. No obstante, decidí arriesgarme a topar con los
muertos, porque los vivos, en aquel momento, podían resultarme aún más
peligrosos: la playa que queda al lado de la vieja necrópolis cartaginesa de Gadir
era un lugar abrigado y solitario donde sería posible esperar el embarque en
seguridad.
Bien abrigados contra el aire nocturno, esperábamos sentados en la fría
arena. El mar está siempre sereno allí, y el ruido del oleaje era sólo un rumor
sordo, pero el aire estaba lleno de murmullos. Nos mantuvimos en silencio para
no atraer la atención de los difuntos.
Al fin oímos el ruido de los remos hiriendo el agua, y una pequeña
embarcación se aproximó hasta encallar casi silenciosamente.
Fui al encuentro de su único tripulante, que me miró con atención, como para
estar seguro de que yo era un ser de carne y hueso, y dio la contraseña:
«Eunois».
Le respondí: «Tongio». Él saludó, dijo que cuando más rápidamente nos
alejásemos de allí mejor sería para todos y se ofreció para cargar los equipajes
con Beduno, mientras yo ayudaba a mi madre y a Lobessa a embarcar. Llegamos
antes de lo que esperaba, porque tuvimos una corriente favorable. Aun así, la
luna estaba ya alta y resplandecía en el cielo cuando llegamos a la ensenada y
descubrimos la negra y voluminosa silueta del Hermes en contraste con la mar
plateada. Empezaba nuestra verdadera huida.
Balsa no me impresionó, pese a ser la ciudad donde nací (comparada con
Gadir era sólo una aldea grande, y ningún recuerdo me vinculaba directamente a
ella). Una caravana iba a partir hacia Baesuris el mismo día en que
desembarcamos y era preciso aprovechar la protección de su escolta, por lo que
no pudimos siquiera ofrecer un sacrificio junto a las cenizas de mi padre.
Es confuso y tenue el recuerdo que guardo de aquellos días, y ni retuve los
rasgos de Reburrus, el comerciante de Baesuris a quien me había recomendado
Eunois. La memoria nos hace jugarretas extrañas... por ejemplo, tengo la
impresión de que todo pasó muy deprisa —llegamos, Reburrus pagó y nos
preparó una nueva escolta, con la que seguimos viaje a orillas del Anas. Claro
que no debió de ser exactamente así y que el trayecto de Gadir a Baesuris no
debió de ser tan fácil como hoy me parece, pero lo que sucedió a partir de
entonces apagó el recuerdo de vicisitudes menores.
No tardé en observar que los hombres de la escolta —cuatro siervos de
Reburrus— estaban bastante más interesados en comer, beber y descansar que en
velar por nuestra seguridad. Al cabo de unos días, hablé discretamente sobre el
tema con Beduno, y este me confesó que pensaba como yo:
—Y lo peor no es eso —añadió mirando de soslayo a nuestros «protectores»-
lo peor es que el oro y la plata que llevamos son una tentación muy fuerte.
Yo había aprendido a no subestimar las preocupaciones de Beduno, aunque
me parecieran exageradas. Forcé mi caballo a aproximarse al suyo, y le propuse:
—Esta noche vamos a dormir separados de ellos. Tú y yo haremos turnos de
vigilancia. Y lo haremos así todas las noches hasta que encontremos un poblado.
Entonces les diré que vuelvan con Reburrus.
—Eso es lo mejor —dijo también él en voz baja—, y... ojos abiertos, hasta
de día...
Aquella noche no ocurrió nada, aunque yo estaba seguro de que durante mi
vigilia al menos uno de los esclavos de Reburrus estuvo despierto y fingía
dormir. Proseguimos el camino de madrugada; era el quinto día de viaje y
estábamos atravesando una región deshabitada donde un ataque a traición no
tendría testigos, y por eso redoblamos la atención.
Nos detuvimos a la orilla del río para comer. Teníamos aún provisiones
cocinadas, pero decidimos encender una hoguera para calentarnos, porque el aire
estaba frío y corrían nubes pesadas por el cielo robándonos el calor del sol.
Beduno se alejó un poco, buscando leña, mientras yo me quedaba junto a mi
madre con un aire aparentemente despreocupado. Por si acaso, desenvainé la
espada y la miré como si sólo quisiera comprobar que la hoja estaba limpia, lo
que me permitiría usarla al primer gesto sospechoso. Los hombres de Reburrus
se mantenían quietos —demasiado, pensé, y esa idea empezó a preocuparme y
me hizo sentirme inseguro.
Habría comprendido antes lo que pasaba si mi madre no se hubiera
desmayado, agotada por el viaje. Fue preciso ayudar a Lobessa a acostarla sobre
una piel de carnero, y correr a una de las alforjas para buscar vino... y fue
entonces cuando un galope de caballos me devolvió a la realidad: los siervos de
Reburrus huían sin mirar atrás.
Empuñé de nuevo la espada, que había dejado, y llamé a Beduno a gritos:
acababa de ver lo que los fugitivos habían visto antes que yo: cuatro hombres
armados se aproximaban lentamente. Uno de ellos venía a caballo, los restantes a
pie —y todos llevaban uniformes romanos.
Como por encanto, Beduno apareció a mi lado.
—Nuestra escolta huyó sin advertirnos siquiera —le dije, sin dejar de mirar a
los recién llegados.
—Lo sé. Vamos a avanzar un poco para impedir que se acerquen éstos a tu
madre y al equipaje. Apártate un poco de mí, necesito espacio para lanzar la
azagaya.
Volví la cabeza y lo miré:
—Son cuatro, y nosotros somos dos y con la desventaja de tener que proteger
a las mujeres. Tal vez no quieran atacarnos, quizá sea una patrulla...
Beduno me interrumpió con una breve carcajada feroz:
—¿Patrulla? Hace ya días que hemos salido de territorio romano. ¿No ves
que son desertores?
Miré mejor a los romanos y comprendí. Llevaban la barba crecida, los
uniformes estaban sucios, como sucios y descuidados iban ellos mismos.
Además, les faltaban piezas del equipo normal de los legionarios.
Era sabido que en las regiones montañosas y en las fronteras de las tierras
sometidas a Roma vagaban grupos de desertores de las legiones viviendo del
pillaje o uniéndose a grupos de iberos hostiles a la presencia romana.
No cabía, además, ninguna duda sobre las intenciones del grupo. El que iba
montado, dio una orden breve. Beduno murmuró:
—Van a abrirse. Hay que evitarlo, tenemos que atacar.
Hizo un gesto tan inesperado que hasta me sobresalté, y la azagaya que
sostenía en la mano derecha partió silbando y fue a clavarse en el flanco del
caballo del romano. El animal se encabritó y cayó de lado, arrastrando al jinete.
Beduno y yo atacamos en aquel preciso instante.
Era una lucha sin reglas, porque estábamos en inferioridad.
Afortunadamente, el jefe de la banda seguía aprisionado bajo el caballo, lo que
disminuía nuestra desventaja. Dos de los desertores creyeron que yo sería una
presa fácil y se lanzaron contra mí, pero pronto el que luchaba contra Beduno
pidió auxilio. «Mi» romano era un hombre aún joven, quizá de treinta anos, y
tenla mucha fuerza muscular, pero yo era más ágil. Lo fatigué con amagos y le
obligué a cambiar constantemente de posición hasta que, en su ansia por acabar
el combate, empezó a descuidar la defensa. Sonó un grito detrás de mí —Beduno
acababa de herir a uno de sus adversarios. El grito turbó aún más al hombre con
quien yo luchaba, y poco después llegó la oportunidad esperada: la punta de mi
espada penetró por una hendidura de la coraza. El romano emitió un gemido y
soltó el arma mientras yo empujaba la hoja hacia delante hundiéndola en su
cuerpo. Retiré entonces la espada. El cayó, y le grité a Beduno que iba ya en su
ayuda.
Antes de hacerlo, miré a mi alrededor para tener la seguridad de que no había
mas enemigos y sólo entonces me di cuenta de que el jefe de los desertores, en
quien no había vuelto a pensar, había conseguido liberarse del peso del caballo
muerto, aunque quedó con una pierna aplastada.
Desgraciadamente lo vi demasiado tarde. En aquel preciso instante estaba
alzando una daga celta, dispuesto a lanzarla contra Beduno, que estaba de
espaldas, a corta distancia.
Solté un grito desesperado de advertencia y sentí náuseas cuando la hoja de
la daga se clavó en la espalda de Beduno. Corrí hacia él, sin dar tiempo a que de
nuevo lo hiciera el único romano aún ileso. Este, animado por la intervención de
su jefe, abría los labios en una sonrisa como si saboreara ya la victoria. Pero yo
tenía que matarlo, aunque muriera yo también.
Salté hacia delante, interponiéndome entre él y Beduno. Pero apenas
cruzamos las espadas, vi que abrió mucho los ojos en un asombro lleno de
incredulidad y que dejando de luchar, caía a mis pies. Un dardo estaba alojado en
la parte posterior de su cuello, junto a la base, y la sangre empezó a chorrear
como el agua que sale de una fuente.
Desorientado, miré hacia el lugar donde se encontraba Lobessa con mi
madre, pensando, estúpidamente, que quizá era ella quien había lanzado el
dardo... vi entonces un grupo de jinetes que se acercaba lentamente, y reconocí
de inmediato los escudos, las armas y los yelmos: eran lusitanos. Pero en aquel
momento sólo me interesaba Beduno, que había caído de bruces y no volvió a
moverse. Con todo cuidado, le di la vuelta y lo protegí pasándole un brazo por
los hombros. Abrió los ojos.
—No has luchado mal, pero a ver si aprendes esta lección. Nunca se debe
desatender a un enemigo que no esté muerto. Yo quería haber acabado con él...
—No te esfuerces en hablar —interrumpí—. Vienen jinetes que nos
ayudarán. Son lusitanos. Podremos sacarte de aquí.
Beduno intentó sonreír:
—Es inútil, Tongio. Procura llegar a un poblado lo antes que puedas. Ahora
puedo decirte por primera vez...
Se calló. Le pasé la mano por el rostro para cerrarle los ojos y me quedé
inmóvil, tragando las lágrimas e intentando habituarme a la idea de que había
muerto.
—Táutalo: uno está vivo aún.
Levanté la cabeza. A pocos pasos se encontraban los desconocidos. Dejé el
cuerpo de Beduno y me levanté. Sentía la garganta apretada como por un nudo
tan fuerte que me dolía, pero encontré valor para hablar.
—Quienquiera que seáis, caballeros, agradezco vuestra ayuda.
Uno de los hombres, aquel a quien llamaban Táutalo, respondió:
—Nada tienes que agradecer. Veo que hemos llegado demasiado tarde. Pero
hay aún un romano vivo y, al menos, vamos a acabar con él.
—No, te lo ruego. Soy yo quien debe hacerlo. Pero, antes, desearía conocer
vuestras intenciones... Comprenderéis mi cautela: estamos aún cerca de
Cinéticum, y encontrar jinetes lusitanos en estos parajes...
Táutalo me cortó la palabra con una carcajada alegre que cambió su
expresión. Era aún un muchacho, de rostro curtido por la vida al aire libre y
marcado por la guerra; sus ojos reían cuando él reía, con una alegría contagiosa.
—Lusitanos por estos parajes quiere decir pillaje ¿no? Puedes estar
tranquilo. Si quisiéramos, ya nos habríamos apoderado de las mujeres y los
bagajes que tú defiendes... ¡Oh, sí! Ahí están, en esa loma, las vimos muy bien...
Pero no es esa nuestra intención.
—Entonces... ¿cuál es?
Táutalo me miró, como intentando adivinar quién podría ser yo, y dijo con
voz tranquila:
—Si quieres conocer nuestra intención, tendrás que preguntar a nuestro jefe.
Fue él quien ordenó que viniéramos en tu ayuda, cuando, desde aquella colina,
os vimos luchar. Ahora no puedes verlo... está oculto por un cerro más cercano...
viene lentamente porque su caballo cojea. En fin, el romano que mató a tu amigo
todavía está vivo. ¿Qué vas a hacer con él?
Me dirigí al lugar donde estaba el último superviviente de la banda de
desertores. Tras lanzar la daga contra Beduno, volvió a tenderse en el suelo,
junto al caballo muerto. Había perdido fuerzas, pero estaba vivo, y cuando oyó
los pasos abrió los ojos y comprendió por mi expresión que había llegado su
hora. El apego a la vida nubló su entendimiento, y empezó a suplicar y a llorar.
Si se hubiera mostrado más valiente, yo hubiera vacilado: era joven e
inexperto, no estaba acostumbrado a la guerra ni a matar hombres a sangre fría.
Pero los lloriqueos me dieron asco y, además, a dos pasos, estaba el cadáver de
Beduno.
Alcé la espada sobre su cabeza, y la descargué con todas mis fuerzas. Sentí
que la hoja atravesaba la carne, rasgaba músculos y se detenía al tropezar con un
hueso. Un chorro de sangre manchó mis ropas. Lleno de repugnancia, tiré de la
espada y me alejé.
Tres lusitanos más habían llegado, y el caballo de uno de ellos cojeaba. No
habría precisado de las palabras de Táutalo para saber que era el jefe del grupo.
Lo que acabo de escribir es rigurosa verdad: cuando lo vi por primera vez,
aquella tarde negra, rodeado por media docena de guerreros, la llama del Poder
brillaba en él como si fuera una coraza de metal. Hasta aquí, mis recuerdos son
nítidos, no sé si la memoria de lo que pensé y sentí después estará deformada por
el conocimiento que de él tengo.
De todos modos, estoy seguro de que lo miré, en aquel primer momento,
pensando: «Sí, este es el jefe...» Táutalo acababa de contarle cómo habían
cumplido sus órdenes. Él le oyó con atención, volvió los ojos hacia mí, y dijo:
—Antes de presentarnos tal vez desees saber cómo se encuentran las mujeres
a quienes acompañas...
Sólo entonces volví a acordarme de mi madre y de Lobessa. Corrí hacia
ellas. Camala estaba aún tendida en la piel, pero con los ojos abiertos. Me
arrodillé.
—Madre ¿cómo estás?
No respondió, pero Lobessa me tranquilizó:
—Pronto estará bien. Fue el cansancio, el susto y... en fin, el dolor, sobre
todo cuando hirieron a Beduno.
Habló entonces mi madre para preguntarme si Beduno había muerto. Le dije
que sí, y que habíamos sido ayudados por unos guerreros lusitanos, lo que hizo
que se agitara, ansiosa, y preguntara qué querían de nosotros.
—No lo sé, pero me han salvado la vida. Además, saben que estáis aquí y no
mostraron ningún interés especial. Ahora hablaré con ellos.
Una vez más me dirigí al grupo. El Jefe, que había desmontado, examinaba
la pata herida del caballo con un cuidado que era casi ternura. Al oír mis pasos,
se volvió y esperó a que yo hablase.
—Extranjero —le dije—, estoy en deuda contigo. Permíteme que la pague
ofreciéndote el caballo de mi esclavo, muerto por los desertores romanos.
Una leve sonrisa suavizó sus severos rasgos y traicionó, también en él, la
juventud. No tendría más de diecinueve años, aunque la expresión de su rostro,
los gestos y la voz mostrasen una inesperada madurez.
—Gracias. Hablaremos de eso más tarde, cuando sepa quién eres. Por tus
ropas, te tomaría por romano, pero hablas muy bien nuestra lengua...
—No soy romano. Verdad es que he vivido en la Iberia que ellos dominan,
pero odio a Roma. Ahora sé que la he odiado siempre. Nací en Cinéticum.
—¡Ah! ¡Eres, pues, conio!
—Sí, por mi madre. Pero por mi padre pertenezco a tu raza. Realmente, yo...
Me callé, y deseé poder engullir lo que acababa de decir. ¿Y si por un
capricho del destino aquellos hombres fueran brácaros, guerreros del usurpador
que había destronado a mi abuelo? Pero las palabras habían salido de mi boca y
ya no podía volverme atrás. El jefe, Táutalo y los restantes esperaban a que yo
acabase de hablar. Respiré hondo.
—Te pido perdón, pero tengo razones para no seguir hablando mientras no
sepa cuál es vuestra tierra y cuál vuestra tribu.
Táutalo, impaciente, iba a dar una respuesta, pero el otro lo hizo callar con
un leve ademán. Su sonrisa se amplió un poco más.
—Y nosotros tenemos razones suficientes para decir sólo que somos
oriundos de las planicies y colinas del Norte del Tagus. Eso basta.
—Muy bien —respondí—. Yo soy Tongio, hijo de Tongétamo, que era hijo
de Tongétamo, rey de los brácaros, y...
—...Y que fue destronado y muerto con su familia —completó él—. No
sabía que uno de los príncipes había conseguido escapar. Para que estés
tranquilo, te voy a decir una cosa: por mucho que odies a los romanos, no podrás
odiarlos tanto como nosotros. Todos los hombres que aquí ves consiguieron
escapar, gracias al favor de los dioses, de la traición del pretor Galba. ¿Oíste
hablar de esta traición?
Me apresuré a decir que sí y, mirándolos con nuevo respeto, conté mi
historia. Al terminar, dije:
—Comprendo vuestro odio, pero el mío es igual. Y ahora que ya me he
presentado, me gustaría saber quién eres, pues te debo la vida.
Sin apresurarse, el jefe alzó el yelmo redondo adornado con tres plumas y se
pasó la mano por el cabello cobrizo, empastado de sudor y polvo. Luego
respondió:
—Yo soy Viriato, hijo de Cominio.
VII
Se podría pensar que tras la marcha de los lusitanos mi primer deseo sería
recibir el mensaje del oráculo, pero tenía quince años y la cosa más importante
para mí era, en ese momento, volver a acostarme con Lobessa. Desde la salida
de Gadir nuestras relaciones estaban congeladas, primero por falta de
oportunidades, y luego por la muerte de Beduno. Durante esos días no sentí
deseo físico, o mejor, no me di cuenta de que lo sentía.
Todo ocurrió como si estuviera así predestinado: mi madre fue al santuario
para recibir tratamiento, y el sacerdote me dijo que tendría que permanecer dos
días en el recinto sagrado, sin acompañantes. Lobessa y yo la llevamos allá y
volvimos a Arcóbriga —pero pasó mucho tiempo antes de que entráramos en la
ciudad.
A la orilla del río encontramos un rincón abrigado (estoy seguro de que no
fuimos los primeros en descubrirlo) y tendí mi manto sobre la hierba. Es posible
que fuera por la larga abstención, o quizá por el cambio de ambiente, el caso es
que aquel día todo tuvo el encanto y el éxtasis de la primera vez. Y, como la
primera vez, nos quedamos tumbados uno al lado del otro. Recuerdo una cosa
que me dijo: me quería más ahora que me había visto combatir. Me dijo que
estaba sorprendida y orgullosa, y que ni siquiera había llegado a sentir miedo,
porque desde el principio había tenido la seguridad de que yo sería capaz de
protegerla (pura ilusión; parecía olvidar la providencial llegada de Viriato y los
suyos).
De todos modos, esas son cosas que a un muchacho siempre le gusta oír.
Impulsivo, le dije que la protegería siempre, y que pensaba pedirle a mi madre su
conformidad para liberarla.
Lobessa me tapó la boca, sonrió con un punto de tristeza, me besó —Y
volvimos a empezar.
—Señor Endovélico, acepta la ofrenda de tu siervo y dale tu bendición.
La voz del sacerdote era llevada por el ventarrón que se había alzado a la
caída de la tarde. De pie ante la estatua, incliné la copa llena de sangre del cerdo
que acabábamos de sacrificar y, al tiempo que hacía la libación, repetí las
palabras.
Me sentía ligeramente aturdido, y tan leve que sería capaz de volar, porque
no había comido nada desde el día anterior. El rito de preparación para recibir el
oráculo dura dos días enteros y, aparte del ayuno, incluye baños en agua lustral y
el recitado de complicadas fórmulas y oraciones. Ahora, cuando el momento se
acercaba, sentía una sorda excitación mezclada con el temor ante la presencia de
la divinidad.
Terminado el rito, ya con el sol ocultándose en el horizonte, seguí al
sacerdote hasta la residencia para cenar en su compañía. Me estremecí
involuntariamente cuando un esclavo trajo una gran tajada de cabrito asado y un
ánfora de vino. Ante aquel olor se me hizo la boca agua y sentí un dolor en el
estómago —pero yo sólo podía comer dos panes de harina de bellota
especialmente preparados y consagrados—. El suplicio era aún mayor porque no
podía entretenerme hablando. Tenía que comer en silencio, preparando el
espíritu para la noche que iba a pasar en el santuario.
Había caído la noche cuando nos levantamos. Me estaba esperando un
acólito con un hachón. Siempre en silencio, me llevaron a una casa sin ventanas,
construida, como el templo, con grandes bloques de piedra. El hombre esperó a
que yo abriese la puerta, me entregó una lamparilla de bronce, me ayudó a
encenderla en la llama del hachón y se alejó luego. Yo me apresuré a entrar antes
de que el viento me dejara helado.
El interior me desilusionó: era un cuartito exiguo y desnudo con piso de
tierra. Cuatro escalones muy desgastados daban acceso a un nivel inferior —una
gruta en la que sólo había un lecho de paja cubierto con mantas de lana burda y
unas pieles de carnero. En una especie de hornacina estaba una estatua de
Endovélico representado con una rama de árbol en la mano derecha.
Me acosté. Apagué el candil y me eché encima todas las mantas y pieles,
pues el frío era intenso. En la oscuridad, lo mismo daba tener los ojos abiertos o
cerrados, pues de todos modos no se veía nada. Mentalmente, repetí las
preguntas que había hecho por la tarde en el transcurso del ritual: «¿Qué futuro
me espera? ¿Qué debo hacer?» Muy pronto comencé a sentir los párpados
pesados y casi de repente me quedé dormido.
Mediada la noche ocurrió algo extraño. Continuaba dormido, pues no era
capaz de moverme, pero estaba consciente, sabiendo que dormía. Una fuerza
irresistible tiraba de mí, impelía a mi espíritu hacia fuera del cuerpo, y durante
unos instantes de angustia creí que iba a morirme. Oía ruidos y restallidos secos
y quedé convencido de que eran los rumores del reino de los Muertos. Entonces
quedé como dividido en dos: me encontraba aún en el lecho de pajas, pero al
mismo tiempo flotaba en el aire, junto al techo de la gruta y sintiendo incluso la
aspereza de la piedra. Sin embargo, cuando intenté tentarla con la mano, ésta
penetró en la roca. Un zumbido que ya había oído antes de abandonar el cuerpo
se fue haciendo más fuerte y llegó casi a ensordecerme. Sin transición, me vi a
caballo, rodeado de hombres armados, en plena batalla. Los contornos de la
escena eran imprecisos, pero aun así me di cuenta de que estaba combatiendo en
una hueste lusitana contra las legiones de Roma.
A mi lado estaba un guerrero gigantesco, que con la espada abría brecha en
las líneas enemigas. No conseguía verle el rostro por más que me esforzaba.
Distinguía claramente su brazo derecho, ceñido por una viria, uno de aquellos
brazaletes con los que los lusitanos suelen adornarse los brazos y que son
símbolo de su jerarquía en la guerra. La viria era de oro, y refulgía al sol.
La hueste vencía. El campo estaba cubierto de cadáveres de romanos. Un
portaestandarte surgió ante nosotros y el guerrero gigantesco lo traspasó con un
dardo. El águila de Roma cayó por el suelo. Tiré de las riendas del caballo y me
incliné para cogerla. En ese momento, el estandarte se convirtió en una cabeza
cortada, un rostro conocido: el del centurión que había matado a mi tío Camalo...
con los ojos abiertos y vivos, clavados en mí. La cabeza se rió con un visaje
burlón. Al ver aquella risa me llené de cólera, pero al tiempo me sentía también
impotente y dolorido, como si todas las miserias de los hombres se hubieran
abatido sobre mí. Cambió la escena una vez más. Desapareció la batalla y quedó
sólo la oscuridad, y yo, en ella, ante una silueta misteriosa que tenía forma
humana pero irradiaba una luz difusa. Un gran terror se apoderó de mí al
comprender que estaba en presencia del señor del santuario, el dios Endovélico.
Este abrió los brazos... y yo desperté empapado en sudor frío.
En la gruta, las tinieblas habían sido sustituidas por una penumbra que
permitía ver las paredes y la estatuilla del dios en su hornacina pétrea. Me quedé
inmóvil, procurando recobrar el contacto con las cosas que me rodeaban. Al fin,
me levanté. Un fino rayo de luz mortecina entraba por una rendija de la puerta.
Subí los escalones de piedra y salí de allí. Por el Este el cielo se hacía
luminoso anunciando la aparición del sol. Vagué el azar por los alrededores del
santuario desierto, contemplando las estatuas y los exvotos traídos por los fieles.
Resultaba difícil volver a la realidad —era como si el dios estuviera presente
aún, pero el terror había sido sustituido por una profunda tranquilidad.
En el mismo momento en que nació el sol, se abrió la puerta de la residencia
y apareció el sacerdote en el umbral. Fui a su encuentro y lo saludé. Él
correspondió al saludo y me preguntó si se me había manifestado el dios. Ante
mi respuesta afirmativa, me condujo al templo. Allí me ordenó que le relatara el
sueño con todos los pormenores, y me escuchó atentamente con los ojos
clavados en los míos. Cuando acabé, esperaba que me diera una explicación de
lo que había visto, pero se limitó a decirme que yo tenía que comer y me invitó a
compartir su almuerzo.
Un esclavo nos sirvió pan de trigo recién salido del horno, unas tajadas de
carne de cerdo, y unas cervezas. Sólo entonces, a la vista de la comida, me di
cuenta del hambre inmensa que tenía. Cuando acabamos de comer, el mismo
esclavo limpió la mesa y se retiró. Miré al sacerdote con una interrogación
muda, y, alisando su larga barba, me preguntó:
—¿Has entendido el sueño?
—No sé. Por lo visto voy a luchar contra los romanos, pero no sé cuándo ni
cómo —respondí.
—Eso es sencillo. Combatirás contra los romanos al lado de un gran jefe. El
resultado de la guerra es un secreto que el dios se reserva. Pero, lo más extraño...
Lo más extraño es que el destino final de tu vida es el propio Endovélico. Lo que
me has contado no deja lugar a dudas.
Le pregunté qué quería decir eso, pero él se encogió de hombros y replicó
que no tenía mejor explicación. De todos modos, tarde o temprano, el dios me
llamaría.
—Pero no va a ser inmediatamente —me dijo—, porque lo que está claro es
que antes de que esto ocurra, tú vas a ser un guerrero.
—¿Qué debo hacer, pues? ¿Partir en busca de ese caudillo?
El sacerdote desvió los ojos y respondió en voz baja:
—No. El dios no te ha mostrado un camino. Tendrás, pues, que esperar. Las
cosas ocurrirán en su momento preciso. No se puede forzar el destino.
Parecía como si los dioses quisieran hacernos pagar muy caro las primeras
victorias y el avance fulgurante hasta Turdetania. Rodeados de enemigos,
apiñados en un espacio exiguo, sin alimentos, éramos una sombra de la hueste
que había estremecido la Bética. Para colino, el agua que descubrimos en el pozo
de la ciudad estaba envenenada, y antes de advertirlo, habían muerto ya muchos
hombres y caballos retorciéndose de dolor.
Los romanos esperaban tranquilamente —y no iban a tener que esperar
mucho. Dos días después de la derrota, la situación era ya tan desesperada que
algunos empezaron a hablar de rendición. Uno a uno, los heridos fueron
muriendo de fiebre e infecciones. Al tercer día matamos los caballos más flacos
y pudimos comer. Pero era una medida peligrosa, pues sin caballos no podríamos
huir. Aunque en realidad, ya nadie pensaba que fuera posible la huida.
Durante todo este tiempo, Viriato habló poco, y cuando lo hizo fue para
oponerse enérgicamente a la idea de rendición. Pasaba la mayor parte del tiempo
en lo alto de las murallas (el enemigo ni siquiera disparaba sus flechas) y parecía
estudiar con atención concentrada las posiciones de los legionarios. Pese a su
expresión sombría, yo no veía en él la menor señal de temor, ni siquiera de
verdadera preocupación. Se diría que, simplemente, estaba esperando.
En la noche del tercer al cuarto día desaparecieron algunos hombres y, por
cierta agitación que notamos en el campamento romano al amanecer, dedujimos
que habían ido a entregarse. Durante aquel día murieron de enfermedad dos
caballos, y fue imposible evitar que los comieran —los guerreros que con ellos
llenaron el estómago, murieron también—.
Aquello era demasiado para los lusitanos, que son muy valerosos en combate
pero soportan mal la adversidad. Sólo los hombres de Viriato se mantenían
tranquilos y disciplinados, como si cobraran nuevas fuerzas al mirarlo —
mientras él, imperturbable, no soltaba una queja. No se podía decir lo mismo de
los jefes restantes, cuya moral no era superior a la de sus subordinados. Al fin,
los tres jefes supremos que habían sobrevivido a la batalla anunciaron su
decisión de enviar emisarios a Cayo Vetilio proponiendo una rendición
condicionada.
Las protestas fueron débiles, y Viriato, para sorpresa mía, se abstuvo de
manifestar su desacuerdo con la propuesta. Sin saber bien porqué, yo estaba cada
vez más convencido de que tenía un plan y sólo esperaba el momento propicio
para ponerlo en práctica. Los emisarios partieron con el alba al sexto día, y
volvieron por la tarde, con rostros risueños y ojos brillantes. Se reunió la tropa
en asamblea, porque esta vez todos los guerreros tenían derecho a hablar, y ante
ella expusieron los emisarios sus impresiones.
El pretor los había recibido bien, y antes de sostener la entrevista los
obsequió con una excelente comida. Tras oírlos, aceptó las condiciones: una
rendición honrosa y sin represalias; distribución de tierras a los guerreros que
deseasen establecerse en la Bética o en la Carpetania; salvoconducto para
quienes prefirieran regresar a sus casas. En cambio, exigía la entrega de armas y
el compromiso de no volver a alzarse contra Roma o sus aliados. Los pocos
guerreros que se habían rendido dos días antes, añadió Vetilio, habían partido ya,
felices, hacia sus nuevas tierras.
Cuando los enviados acabaron de hablar, los tres jefes, tras un rápido cambio
de impresiones anunciaron que la propuesta les parecía justa, pero que querían
oír la opinión de todos aquellos que desearan hablar en favor o en contra de la
rendición.
Hubo un momento de silencio. El jefe de los guerreros túrdulos de
Conímbriga se levantó y pidió que consideraran todos la situación presente.
Estamos cercados, dijo, y sin posibilidad de huir. Aun así, la propuesta del pretor
satisfacía los objetivos de la expedición. Esos objetivos, recordó, eran vengar la
traición de Galba y conseguir una vida mejor. El primer objetivo lo consiguió,
hasta el punto de que los romanos mostraban su respeto y aceptaban las
condiciones propuestas. El segundo objetivo, sería alcanzado con la distribución
de tierras. La sangre de los compañeros caídos, terminó, no había sido vertida en
vano. Apenas había acabado, cortó el aire una voz clara y vibrante:
—¿Qué edad tienes, Crisso?
Asombrado, el conimbrigense se volvió para enfrentarse a Viriato, que se
acercaba a él.
—Sí. ¿Qué edad tienes? ¿Es que de tan viejo has perdido ya la memoria?
No me había engañado: aquel era el momento que había estado esperando.
Sin dejar de dirigirse a Crisso, pero vuelto hacia la asamblea, continuó:
—Has hablado del perjurio de Servio Galba, y ni siquiera te das cuenta de
que las palabras de Cayo Vetilio son las mismas. Yo estuve cercado por Galba,
escapé a su traición y te digo: nunca entregaré mis armas a un romano. Te
pregunto, y os pregunto a todos: ¿Han respetado alguna vez los romanos la
palabra dada? Si alguien se ha hecho ilusiones, sepa que Roma sólo quiere una
cosa: someter a su dominio a Iberia toda, imponer a los pueblos libres su ley y
sus tributos. Para conseguirlo, ¿qué le importa faltar una o mil veces a sus
juramentos? Y este nuevo pretor, para enriquecerse a costa nuestra, como Galba,
no tiene que hacer más que engañarnos como Galba nos engañó. ¿Tendré que
recordaros los miles de lusitanos asesinados, y los otros, más numerosos aún,
vendidos como esclavos en la Galia?
No era tanto lo que decía; era la forma de decirlo. Los cinco mil hombres
estaban prendidos de sus palabras. Viriato prosiguió:
—Los romanos no entienden más que un lenguaje: el de la fuerza. Sólo
entienden una razón: la del más fuerte. Sólo aceptan un argumento: la victoria.
Victoriosos, podremos negociar; pero nunca debemos hacerlo mientras crean que
nos tienen a su merced.
Por la expresión de los rostros que veía a mi alrededor, noté que la situación
había cambiado. No obstante, Crisso aún objetó:
—¡El caso es que estamos a su merced!
—No. No lo estamos si todos los que aquí se encuentran juran aceptar mi
marido. Hasta ahora, hemos hecho lo que querían los romanos, pero hay una
salida, y ella depende sólo de vuestro valor Y de vuestra disciplina.
El más viejo de los jefes avanzó unos pasos.
—Viriato —dijo de forma que lo oyeran todos—, tu nombre es bien
conocido dentro y fuera de Lusitania. Pese a tu juventud, sabemos que eres un
buen jefe, y no hay aquí nadie que no te respete. ¿Pero estás seguro de lo que
dices?, Está en juego la vida de miles de hombres...
Viriato sonrió, pero sus ojos se mantuvieron serios, tan brillantes y tan fijos
que parecían despedir un rayo capaz de fulminar al veterano.
—Que mi vida quede como prenda, si así lo deseáis. La salvación está a
nuestro alcance y podemos llevar a los romanos a oír nuestros argumentos... de
la única manera que ellos entienden. Hay una condición para ello, sólo una: sólo
debe mandar un hombre. Esta guerra no es como las que hacían nuestros padres
y, nuestros abuelos. Luchamos contra la ciudad más fuerte del mundo, contra los
hombres que derrotaron a Cartago en Iberia. Si estamos desunidos, nos
exterminarán; si somos capaces de entendernos, podremos evitar la destrucción y
mantener nuestra libertad. Ahora, elegid.
Entre los guerreros surgió un murmullo que fue creciendo en forma y en
volumen. Sobreponiéndose al tumulto, Crisso, el conimbrigense, gritó:
—¡Por los dioses, Viriato! Si eres capaz de salvarnos, puedes contar conmigo
para siempre...
Estalló la tempestad. Un grito único, entonado por cinco mil voces, resonó
por las viejas piedras de la ciudadela:
—¡Viriato! ¡Viriato! ¡Viriato!
Un bosque de lanzas y de espadas se alzó, y cada hoja centelleaba a la luz del
poniente.
Viriato, tras un momento de inmovilidad completa, subió al lugar más alto de
la muralla y abrió los brazos pidiendo silencio. Cuando amainó la tempestad, se
limitó a decir:
—Mañana romperemos el cerco. Que todos estén dispuestos con el alba.
Pido a los jefes y a los jefes de grupo que se encuentren conmigo
inmediatamente en la plaza del templo.
Bajó de la muralla. Se dirigió al lugar donde nosotros, sus hombres,
estábamos concentrados, y llamó:
—¡Táutalo, Arduno, Tongio, Audax, acompañadme!
A nuestro alrededor, en vez de la apatía desalentada de los últimos días,
reinaba una actividad febril. Los hombres reunían las fuerzas que les quedaban y
limpiaban las armas, se reunían con sus compañeros de grupo y recogían las
pocas hierbas y matojos que crecían junto a los muros para alimentar a los
caballos.
Frente al templo, estaban ya los jefes. Obedeciendo a un gesto de Viriato,
todos nos sentamos en el suelo o en las piedras sueltas que cubrían el umbral del
edificio. Viriato esperó a que se hiciera el silencio, y habló después a media voz:
—Antes de que caiga la noche, iré a mostraros, desde lo alto de los muros,
los puntos más débiles de las posiciones romanas. Son cuatro. Nos dividiremos
en cuatro grupos y romperemos el cerco por esos puntos. Pero, atención: los
ataques tienen que ser simultáneos. En cuanto a vosotros... —y se volvió hacia
los que formábamos parte de su grupo— tendréis que transmitir durante la noche
estas instrucciones a los guerreros de mi insignia, y sólo a ellos: cuando
amanezca, que formen en orden de batalla en el lado norte, que es donde se
encuentra Vetilio.
Se trataron aún ciertos detalles. Básicamente, el plan era este: los mil jinetes
de Viriato, con unas decenas escasas de ursenenses, compañeros de Audax y
Minuro, atraerían la atención del mando romano. Los restantes, romperían el
cerco y se dispersarían. Nos concentraríamos de nuevo más al Sur, en el valle del
río Barbésula, cerca de la ciudad de Tríbola. Viriato, que conocía la región, dio
indicaciones precisas sobre el bosque donde deberían reunirse los lusitanos.
Pocos durmieron aquella noche, y Viriato ni se acostó. Incansable, recorrió
los diversos grupos hablando con los jefes y con los guerreros, asegurándose de
que todos habían entendido el plan y sabían el papel que les correspondía en él.
En cuanto a nosotros, nos reservó para el final: poco antes de amanecer, volvió a
repetirnos brevemente las instrucciones. Sus hombres lo conocían tan bien, y
estaban tan entrenados, que no precisaban largas explicaciones.
Cuando salió el sol y los vigías romanos pudieron observar con nitidez la
ciudadela cercada, vieron esto: cuatro grupos de lusitanos concentrados junto al
lado exterior de las murallas de espaldas al grueso de las tropas, un millar de
jinetes lanza en ristre. Comprendieron entonces que no habría rendición, y en
breve oímos sus toques de alerta, pero en ese momento, Viriato, que estaba ante
nosotros, a pie, montó de un salto.
Esta era la señal. Entre gritos dé guerra, los cuatro grupos corrieron en las
direcciones previamente señaladas; al mismo tiempo, a un grito de nuestro jefe,
nos lanzamos nosotros a la carga.
Fue una maniobra perfecta. No olvidamos nada: el viejo cántico guerrero de
la tribu de Viriato atronaba los aires; las trompas repetían incesantemente el
toque de carga, y la distancia que nos separaba de los romanos disminuía por
instantes. En movimiento impecable, las legiones cerraron filas para sostener el
embate —una verdadera muralla de hierro contra la que no tardaríamos en
aplastarnos. Pero, cuando los hastiarlos doblaban la rodilla y alzaban el pilum,
Viriato levantó el brazo derecho, el toque de las trompas cambió súbitamente. En
el espacio libre que nos quedaba dimos media vuelta y partimos en dirección
opuesta dejando detrás dos legiones frustradas y desorganizadas, sin enemigo
con quien luchar. Antes de que Vetilio comprendiera lo que había ocurrido y
lanzara a sus jinetes en nuestra persecución, ya habíamos alcanzado un bosque
cerrado donde la caballería apenas podía moverse.
La pesadilla había terminado, pero Viriato no descansó. Destacó a los
mejores cazadores para asegurar provisiones y envió a Audax y a Minuro, por
ser naturales de la región, en busca de noticias. Sólo después de tomar estas
medidas consintió en descansar. Se tumbó en un claro, armado y envuelto en su
manta. Táutalo asumió el mando.
Seguíamos hambrientos y cansados, pero el alivio y el entusiasmo habían
levantado nuestra moral. Frutas silvestres fueron nuestra primera comida, pero a
lo largo del día fueron llegando los cazadores con ciervos y Jabalíes, que
abundaban en el bosque. Al fin pudimos matar el hambre, y para beber había
agua fresca, límpida y deliciosa, llegada de fuentes y arroyuelos. Al caer la
noche, Audax y Minuro regresaron trayendo con ellos un amigo, Ditalco. Habían
avanzado, según dijeron, hasta las proximidades de Urso, donde lo encontraron.
Ditalco dio toda la información que Viriato pretendía: los cuatro grupos de
lusitanos habían conseguido forzar las líneas romanas con un número
insignificante de bajas. Vetilio se disponía a levantar el campamento al día
siguiente. Pasamos una hermosa noche, en seguridad y con la barriga llena. Pero
el jefe, al designar los turnos de vigilancia, ordenó que estuviéramos dispuestos
para la marcha apenas apuntara el sol: íbamos a atacar el campamento del pretor.
Los romanos, que tienen por costumbre apoderarse no sólo de las tierras
ajenas, sino también de los dioses ajenos, le llaman Mons Veneris, en homenaje
a su diosa Venus. Pero el monte —una serranía en el corazón de Iberia— fue
consagrado hace ya mucho tiempo a la gran divinidad lunar, por eso los pueblos
de la región le llaman simplemente Monte de la Diosa. Por lo visto ahora
empieza a imponerse ya el nombre romano: triste signo de los tiempos. Esa zona
es el refugio perfecto para quien la conozca como Viriato la conocía. La sierra
está bordeada al Sur por un río que te sirve de foso defensivo. Desde lo alto de
los desfiladeros es posible vigilar el territorio, y en los poblados dispersos por la
llanura y en las laderas viven gentes amigas, tan celosas de la libertad como
nosotros. No son ricas, pero comparten lo que tienen. Un ejército, viviendo
sobriamente, puede pasar allí todo un invierno con seguridad, o atrincherarse
contra un enemigo superior en número.
Al fin pudimos reposar y reparar los estragos sufridos en armas y corazas.
Vivimos además largos y regalados días de paz, días como no creía yo que
pudieran existir. Mientras los hombres descansaban, nuestro jefe se mantenía en
actividad, como pude comprobar al ver partir en varias direcciones a varios
grupos de mensajeros. Táutalo, a quien pregunté qué estaba ocurriendo, me lo
explicó:
—Viriato esta convocando el mayor consejo de tribus lusitanas que se
recuerda, a fin de confirmar o revocar su elección como jefe militar de todas.
Creo que hace bien. Si queremos seguir resistiendo a los romanos, tiene que
haber una investidura en forma, con juramentos.
Yo conocía ahora a los lusitanos lo bastante para entender las razones que le
llevaban a hacerlo, y me limité a observar:
—Me pregunto qué va a pasar luego... quiero decir qué va a hacer el jefe
cuando llegue la primavera.
Táutalo se encogió de hombros:
—Eso es fácil de prever. Reanudaremos la guerra. Lo que me gustaría saber
es qué hará Viriato cuando la hayamos ganado, porque seguro que la gana. Lo
conozco bien, y sé que tiene la cabeza llena de ideas.
Nos liamos entonces a hablar de Viriato, de aquella astucia genial con que
nos libró del cerco, de la derrota de Vetilio y de las cualidades de nuestro jefe.
Estábamos en estas cuando yo —que era aún lo bastante joven como para dar
importancia a aspectos de la conducta de los hombres que hoy me parecen muy
secundarios— le dije a Táutalo:
—Hay algo que no entiendo. Con relación al jefe, quiero decir. Desde que
estoy con vosotros... nunca lo vi con una mujer.
Yo, por mi parte, había estado con varias, y lo hacía siempre que se me
presentaba la ocasión, pero, puedo jurarlo, nunca forcé a ninguna, al menos
físicamente. Las esclavas que me habían tocado en suerte tras los saqueos, se
habían mostrado siempre relativamente razonables, y algunas hasta satisfechas.
Táutalo se rió por lo bajo:
—¿Te sorprende, eh? Pues bien, es que no conoces a Viriato como lo
conozco yo. Eso es algo natural en él. No me interpretes mal, no se trata de la
preferencia opuesta. Viriato no es un Curio a quien falta su Apuleyo... ¿o es que
no lo sabías?
Ante mi aire de asombro, se echó a reír a carcajadas. Recordé entonces
ciertos detalles en que había reparado mientras combatí bajo la insignia de los
dos príncipes. Divertido con mi ignorancia, Táutalo me dijo lo que todos sabían:
Curio y Apuleyo habían llevado muy lejos los efímeros lazos que a veces se
establecen entre guerreros en campaña cuando escasean las mujeres.
—Y, para ellos, es muy cómodo —siguió diciendo Táutalo. Y continuó—:
Pero, volviendo a Viriato, el caso es diferente. El jefe es hombre de una sola
mujer, y esa está muy lejos.
Me contó entonces que Viriato, siendo casi un niño, se había enamorado de
la hija de un riquísimo propietario del valle del Tagus. Su amor fue
correspondido, pero aún no habían podido casarse, porque Astolpas, el padre de
Tangina, estaba muy orgulloso de su riqueza, y Viriato era pobre.
—Pero ya verás como se casan —concluyó Táutalo—, porque Viriato
consigue todo lo que se propone... y hasta entonces, está a la espera. Para él, no
hay otras mujeres. No es un hombre como nosotros, tienes que entenderlo. La
guerra y las responsabilidades del mando, igual cuando éramos diez que ahora,
cuando somos miles, lo absorben de tal modo que exigen toda su energía
disponible. Cuando llegue la hora, Tangina va a ser una mujer feliz. Al menos,
no tendrá que preocuparse con las infidelidades del marido... Y no podrá decir lo
mismo tu esposa, que eres un golfante, muchacho...
A Táutalo le divertía enormemente mi éxito con las mujeres. También él
tenía grandes apetitos (gastronómicos y sexuales), y los satisfacía de manera
sencilla, sin preocupaciones sentimentales. Por regla general, caía simpático a
las mujeres, y por eso no se sentía celoso ante los éxitos de los demás.
Hablábamos a la entrada del campamento, junto a una fuente, pero era ya la
hora en que Táutalo tenía que hacer su ronda de centinelas. La hacían día y
noche, sin interrupción, los comandantes de la tropa. Táutalo se despidió. Para
pasar el rato, decidí dar un paseo explorando las inmediaciones.
Si alguien tuvo razones comprensibles para odiar a Viriato, ese fue sin duda
el pretor Cayo Plaucio Hipseo. Enviado para gobernar la Hispania Ulterior,
llevaba como tarea castigar a los «bárbaros», pacificar la Bética e imponer un
saludable respeto a los conios, que mostraban indicios de agitación. El Senado le
había confiado para esta tarea un ejército de diez mil hombres de infantería,
reforzados con mil trescientos jinetes.
Plaucio debió de pensar que bastaría un paseo militar mostrando las águilas
de las legiones, y no tuvo la preocupación de informarse suficientemente sobre
la derrota de Vetilio. De todos modos, Viriato hizo con él lo que le vino en gana:
recurriendo al ardid que nos había dado la victoria, atrajo al pretor a las
márgenes del Tagus, simuló un ataque y se batió luego en retirada. Plaucio lanzó
contra nosotros un destacamento de cuatro mil hombres que fue completamente
aniquilado en una emboscada. Después volvimos a atravesar el Tagus y nos
acercamos al Mons Veneris, donde Viriato esperó los acontecimientos.
Los romanos siguieron nuestro rastro y volvieron a caer en otra trampa. Con
su ejército destrozado, aterrado por nuestra caballería (y sintiéndose en la
situación del pobre Vetilio), Plaucio se lanzó a una fuga desordenada. Su pánico
fue tal que no paró hasta llegar a Corduba, donde estableció cuarteles de
invierno, pese a que aún estábamos en verano. No volvimos a oír hablar de él.
Muchos años después supe que lo llamaron a Roma, que tuvo que informar ante
el Senado y que lo condenaron al exilio. Pero en aquel momento nuestros
informadores sólo sabían que Plaucio estaba en cuarteles de invierno, lo que
dejaba a Viriato manos libres para continuar la guerra en la Citerior.
También trajeron otras noticias los emisarios. El jefe, tras oír los informes,
los despidió agradecido, colmándolos de regalos, y luego me llamó. Acudieron
también Táutalo, Crisso y Arduno. Lo encontramos en un claro del bosque, solo,
con aire preocupado.
—Ha caído Cartago —nos dijo bruscamente.
Hubo un silencio incrédulo; luego, Táutalo balbuceó:
—¿Cómo es posible? ¿Cartago?
—La ciudad, incluso la ciudad, ha sido tomada y arrasada por los romanos
—precisó Viriato—. Cartago es ahora un montón de ruinas. Cartago se acabó.
Nadie creería posible una cosa así. La presencia cartaginesa en Iberia había
terminado hacía mucho tiempo (y sin dejar demasiado buen recuerdo, realmente)
pero la ciudad, poderosa aún, seguía sosteniendo la guerra con Roma.
Su caída era impresionante, pensé yo, e iba a alterar completamente el
equilibrio del mundo.
Sin duda, Viriato había pensado lo mismo, pues dijo:
—Ha caído, y tarde o temprano vamos a sufrir las consecuencias. Los
cartagineses eran la arena en la sandalia de Roma... ahora, sin ella, tendrán más
tropas disponibles para lanzarlas contra nosotros.
Y añadió luego, aunque con voz diferente:
—Es una razón más para intentar no perder tiempo. Mañana empezaremos la
campaña contra las legiones de la Citerior.
La guerra contra el pretor Claudio Unímano se resolvió en dos batallas:
aplastamos a sus tropas, cuyos efectivos quedaron reducidos a la mitad, y
capturamos sus estandartes —vergüenza suprema para los legionarios. Cargados
de despojos, emprendimos el regreso al Mons Veneris, mostrando, a nuestro paso
por la Carpetania, las águilas arrebatadas a los romanos.
Es una tierra extraña esta región que se extiende entre el estuario del Tagus y
la Sierra de la Luna, En los cabezos y en lo alto de las colinas viven hombres que
sienten aún muy próxima la presencia de la diosa y conservan, como en
Cetóbriga, sus antiguo ritos —igual que los cetobrigenses, los que viven a la
vista de mar sienten la misma devoción aprensiva por el momento sagrado en
que el sol desaparece en las aguas, y los vicios asegura incluso que se ove a
veces algo así como un silbido chirriante cuando el fuego y el agua se ponen en
contacto.
Allí, la reina indiscutible es la Diosa— Luna, cuyo esposo e homenajeado
también cuando la poderosa consorte está ausente de los cielos. Nosotros
llegamos a la región en tiempo de luna nueva, y Arduno y yo asistimos a las
fiestas en honor del dios lunar: en los poblados por donde pasamos, las noches se
animaba con danzas y cantos en los que participaban todos los habitantes, yendo
de casa en casa y recorriendo las calles varias veces hasta caer rendidos por el
cansancio. Las músicas y los ritmos son tan antiguos y salvajes que hasta dan
miedo, como si despertaran fuerzas adormecidas desde hace muchísimo tiempo.
No me desagradó, aunque teníamos mucha prisa, la lentitud de nuestra
jornada, y cuando llegamos a la Sierra de la Luna estaba a punto de olvidar
nuestro proyecto de seguir hacia el Norte. La sierra no es muy alta, al menos
comparada con los Herminios, y no pasa de una sucesión de colinas escarpada
pero lo que le falta en altura le sobra en belleza y majestad. Allí el tiempo está
congelado para siempre por la presencia de la diosa. El aire, las piedras y las
aguas murmuran eternamente en el denso bosque, roto por grandes roquedades.
Si los hombres entendieran estos murmullos, alcanzarían la divinidad. En cuanto
al santuario, está prohibido a los fieles, y sólo los sacerdotes conocen su
localización exacta. Se dice que el santuario es tan antiguo que ya existía cuando
se formó la Sierra de la Luna.
Para los rituales abiertos a los devotos, hay un templo, también muy antiguo,
situado no lejos del promontorio al que llaman simplemente Promontorio de la
Sierra de la Luna. Allí se ofrecen sacrificios y se pronuncian oráculos, y hacia
allí nos dirigimos cumpliendo un deseo de Viriato, que quería saber cuál sería
nuestra suerte en la guerra contra Roma.
Las respuestas dictadas por la diosa surgen de una mujer que se muestra al
público con el rostro velado. Los ritos preparatorios son más simples que los del
santuario de Endovélico, pero bastante más sangrientos. Allí usan también un
cuchillo de piedra, cuya lámina está ennegrecida por la sangre de incontables
víctimas. Observando a los sacerdotes, Arduno me cuchicheó:
—No me cuesta nada creer eso que dicen de que, en algunos momentos del
año, las víctimas no son sólo animales...
Le recomendé silencio en un gesto. También a mí me había asaltado la idea y
sentí un frío en el estómago.
Al fin, la sacerdotisa se levantó de su asiento de piedra, se volvió hacia
nosotros y empezó a hablar:
—Extranjeros, estáis desafiando el río del destino. Sois fuertes, y los dioses
os concederán grandes victorias, pero...
Se calló. Intenté distinguir las facciones de la mujer tras el manto blanco que
le cubría la cabeza. Sólo se le veían los ojos, centelleantes y clavados en
nosotros. Se hizo un silencio denso, que nadie se atrevería a romper mientras
durase el trance.
—¡Tongio! —exclamó ella de pronto; y me recorrió un estremecimiento todo
el cuerpo, de arriba abajo—. Tongio, semilla de reyes caída en tierra extraña: la
diosa te hablará cuando estés a la sombra del Conejo. ¡He dicho!
Nos dio la espalda, entró en el templo y desapareció de nuestra vista. Miré a
Arduno, cuyo rostro estaba contraído en una interrogación cómica. Si no fuera
por la santidad del lugar, no hubiera podido contener la risa. Pero recordé que la
sacerdotisa, en su trance, me había llamado «sernilla de reyes caída en tierra
extraña», alusión muy clara a mi origen, que yo no había revelado a nadie. El
propio Arduno la desconocía, pues yo le había pedido a Viriato que guardara
secreto y que no contara a nadie mi historia.
Uno de los sacerdotes se adelantó y nos saludó con inesperado respeto:
—Gran honor os ha sido concedido, extranjeros. La diosa no ofrece tal
privilegio a peregrinos vulgares.
—Venerable sacerdote —respondí—, tendrás que perdonarnos. Somos
realmente extraños a estas tierras, y es la primera vez que rendimos reverencia a
la diosa en su morada y también la primera vez que consultamos su oráculo, por
eso no hemos entendido lo que acabamos de oír.
—Es natural. Aquí estoy yo para explicaros el mensaje. La diosa os hablará
junto a una de sus imágenes, hecha por sus propias manos... Esas imágenes están
en la Sierra de la Luna. Muchas de ellas representan al Conejo Sagrado. A la
sombra de una de estas representaciones la diosa os hará oír su voz. Pero,
atención: no podréis dejar la Sierra hasta oírla.
Incliné la cabeza en actitud de obediencia.
—Lo cumpliremos. Indícanos el camino hacia esas estatuas.
El viejo sonrió:
—No, hijo mío, será la diosa quien os conduzca. Yo, lo único que puedo
hacer es mostraros el camino más corto hacia la Sierra. Estad atentos: podéis
pasar ante las imágenes y no verlas; podéis mirar para ellas y ver sólo un montón
de rocas o un canchal. Las figuras sólo se pueden ver desde un lugar preciso. Y...
un consejo: no será bueno que os detengáis ante las figuras que no representen el
Conejo Sagrado. Algunas irradian una fuerza benéfica, pero otras... en fin, lo
mejor es que las evitéis.
Terminó la entrevista. Cuando partimos, tuve aún que enfrentarme a la
curiosidad indignada de Arduno, que quería saber qué era aquello de la «semilla
de reyes». No tuve más remedio que contarle la historia de mi padre.
Dos días más tarde, vagabundeábamos por la Sierra casi sin provisiones y sin
haber dado con una sola figura sagrada.
—La diosa se está burlando de nosotros —observaba Arduno preocupado—,
¿no será que quiere retenernos aquí para siempre?
Yo no compartía su pesimismo. Sin razón aparente, me sentía confiado y,
bien dispuesto. Avanzábamos al azar, y conforme nos apetecía nos parábamos
para descansar o reanudábamos la marcha, siempre atentos a los grandes bloques
de piedra. Al segundo día, sin hacer caso de las protestas de mi compañero,
decidí evitar los puntos más altos —que siempre nos traían problemas por culpa
de los caballos— y explorar las pequeñas elevaciones de terreno. Después de
comer, me había quedado sentado a la sombra de unos pinos.
Arduno se puso furioso:
—¡Tenemos que seguir! Aquí no hay roquedales, ¿no lo ves? ¿Qué mosca te
ha picado? ¿Ahora vas a resultar un gandul?
Me desperecé complacido, y seguí sentado.
—No soy un gandul, pero estoy tan bien aquí... ¿No sientes una paz, una...?
—No. Al contrario, lo único que siento es hambre. Hemos racionado ya las
provisiones y no sé si te has dado cuenta de que no hemos visto en todo el
camino ni un solo animal, ni una sola pieza de caza...
Era verdad, y yo debería sentirme tan inquieto como él, pero no me sentía
inquieto en absoluto. Me limité a comentar:
—Pasa lo que tiene que pasar, y de nada sirve tomárselo así...
En otras circunstancias, Arduno me habría insultado, pero la diosa estaba
presente, y eso lo contuvo. Adoptó un aire ofendido y acabó por sentarse en una
piedra mirando al suelo. Instantes después, para disipar un vago sentimiento de
culpa, volví a hablar:
—Estoy casi seguro de que vamos a encontrar muy pronto al Conejo
Sagrado. Además, sólo...
Me callé, estupefacto.
Había dicho que Arduno estaba sentado en una piedra. Tras él había otras, un
conjunto de bloques de granito irregulares y en nada semejantes a los
imponentes roquedales dispersos por la Sierra: el conjunto, cuando uno lo
observaba con un poco de atención, evocaba irresistiblemente la figura de un
conejo alebrado y solo, con las orejas tendidas hacia atrás. Me levanté de un
salto.
—¡Arduno! ¡Ven! ¡Deprisa!
Cuando obedeció, le obligué a dar la vuelta:
—Mira bien. Estabas sentado en el lomo de uno de los Conejos Sagrados...
Arduno volvió los ojos sedientos hacia el pedregal, y durante unos instantes
intentó reconocer las formas del animal. De repente, respiró hondo y soltó el aire
con un silbido largo.
—¡Por todos los dioses del cielo y de la tierra!
No había duda, era la configuración de un conejo. Cuando más lo
mirábamos, más claro y visible aparecía ante nosotros. Di algunos pasos hacia la
derecha, y la figura desapareció, convertida en un montón informe de rocas.
Arduno pasó ante mí y si guió contorneando la piedra hasta que se detuvo y
exclamó:
—¡Es increíble! Estábamos ciegos, Tongio. Mira...
A corta distancia del Conejo, en el lado opuesto a aquel desde el que el
animal era visible, se hallaba un bloque de piedra enorme, cuadrado: un ara muy
antigua, sin inscripciones ni adornos, pero aún en uso, como podíamos
comprobar por las manchas de sangre infiltrada en la superficie rugosa y que el
agua no había conseguido lavar por completo.
Me llevé la mano a la frente con un gesto de homenaje. La diosa nos había
conducido con tanta seguridad como si nos hubiera llevado de la mano...,
lentamente, rodeé una vez más las rocas hasta ver el Conejo. Ahora comprendía
porqué había experimentado aquella sensación de bienestar, aquellas ganas de
quedarme allí, la intuición de que la búsqueda había terminado. Había sido una
señal de la diosa o quizá fuera el propio Conejo quien me manifestaba su
presencia. Y pensé: «Esta es verdaderamente una obra moldeada por la
divinidad...»
—¡Sí, míralo bien: no todos los mortales pueden verlo!
Restallaron las palabras en el aire seco. Me estremecí. No conocía aquella
voz. Me volví, con un movimiento brusco, y clavé mis ojos en Arduno:
—¿Has dicho algo?
No respondió. Estaba yerto, pálido como la nieve, con los ojos muy abiertos
y vidriosos:
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Lo has oído también?
Miré a mi alrededor y en ese instante oí una especie de silbido, como si fuese
una serpiente, y luego, de nuevo la voz — y salía de la boca de Arduno, pero no
era él quien hablaba, ni era su voz; parecía la de una mujer, aunque el sonido era
grave y la articulación dura y enérgica.
—Tongio, hijo de Tongétamo el brácaro. ¿Por qué haces preguntas sobre el
destino si los dioses ya te han dicho lo que podías oír? Ante vosotros, el camino
es largo. Hay victorias y derrotas, alegría y sangre, traición y gloria. El Águila
está herida, pero este es el tiempo de su dominio. Después del Toro vendrá la
Corza. ¿Por qué haces preguntas? Es tiempo de combatir. Sólo tú verás la hora
de la Corza. Pero los dioses te aman, los dioses surgirán en tu camino...
La voz se calló. Arduno se estremeció, sus ojos perdieron brillo y vida, sus
párpados se cerraron. Cayó antes de que yo pudiera llegar a sostenerlo. Inquieto,
me incliné sobre él, pero había caído sobre un matorral seco y no se había hecho
daño. Casi inmediatamente, apretó los ojos y se sentó. El asombro que se leía en
su rostro me hizo reír, incluso sin querer.
—Yo... Debo de haberme desmayado. ¡Ya te decía que tenía hambre!
VIII
Fue difícil convencer a Arduno de que la diosa había hablado por su boca.
No recordaba absolutamente nada del trance, y quizá no me hubiera creído
nunca de no haber presenciado de inmediato un nuevo prodigio: una becada salió
bruscamente de una mata y corrió hacia nosotros aleteando como si la
persiguieran y saltó a las manos de mi compañero. Reaccioné a tiempo y me
precipité con el puñal en la mano.
Dejamos sobre el ara la porción destinada a la diosa, y comimos con el
apetito de quien lleva más de un día a media ración. Arduno quiso saber lo que
había dicho durante el trance. Se lo conté, mientras nos disponíamos a montar, y
fuimos discutiendo el significado del oráculo durante toda la jornada que nos
alejó de la Sierra de la Luna.
Con prisas por llegar a Igedium, aligeramos todo lo posible en las paradas
que ríos vimos obligados a hacer, salvo en Scallabis y en Moron, dos ciudades
que interesaban como posibles aliadas de Viriato, la primera porque domina el
Tagus y con trola el tráfico fluvial; la segunda, muy próxima, porque está muy
bien fortificada. Quien posea Scallabis y Moron tiene en sus manos toda la
región del norte de Olisipo.
Desde la partida de Moron no nos detuvimos más que para comer y dormir, y
aun así tardamos diez días en llegar al país de los igeditanos. Los pueblos de las
sierras y colinas del norte del Tagus rechazan el contacto con extraños, y
preferíamos seguir itinerarios más largos a tener encuentros desagradables —
llegamos incluso a desviarnos para no encontrarnos con gente de poblados
amigos, pues las inevitables cortesías y discursos no harían más que retrasar
nuestra marcha. A veces, sin embargo, nos fue imposible huir de ellas, y
recuerdo la visita que tuvimos que hacer a una tribu aliada, próxima a Ammaia.
Era gente montañesa, ruda, aferrada a sus costumbres y tradiciones. Cuando
entramos en la aldea, los hombres acababan de regresar de una expedición a
Beturia. Aquella pequeña guerra había resultado muy rentable: los guerreros
volvían con oro, armas, ganado, mujeres y prisioneros romanos. Estos últimos,
poco antes de nuestra llegada, habían sido sometidos al ritual acostumbrado: sus
manos derechas, cortadas, cubrían el altar del dios de la guerra, y allí cerca,
inclinados sobre los cuerpos de los prisioneros, los sacerdotes recuperaban sus
mantos rituales con los que cubrían a los cautivos para el sacrificio. Lo que iba a
seguir era obvio: lectura de presagios, una ceremonia larga y sangrienta a la que
tendríamos que asistir. Al final, el jefe vino a hablarnos con el rostro iluminado
por una amplia sonrisa: la posición de las venas anunciaba grandes
acontecimientos favorables a los lusitanos, dijo, y nos pidió que transmitiéramos
la buena noticia a Viriato.
Creo que no es necesario repetir que ya en aquella época era yo un hombre
piadoso y cumplidor de los ritos, pero confieso que nunca me acostumbré a ver
sacrificios humanos. Estos sacrificios son una antiquísima tradición en algunos
pueblos de Lusitania, y, como tal, la respeto, pero prefiero no asistir a este
ceremonial. Viriato se esforzó en convencer a los montañeses de que es
preferible ofrecer cabras, puercos, toros y caballos a los dioses —las tribus de la
llanura nunca habían visto rechazadas por las divinidades estas ofrendas— y que
había que guardar a los prisioneros como rehenes o para el cobro de un rescate,
pero los esfuerzos de nuestro jefe nunca fueron entendidos ni aceptados porque
los viejos hábitos necesitan tiempo para morir.
Arduno soportó la prueba con la mayor indiferencia. Era vetón, y muchos de
sus hermanos de raza tienen costumbres semejantes. Cuando todo acabó, nos
dirigimos a la cabaña del jefe, donde estábamos invitados a un banquete de
honor. Arduno uso en mis manos un pequeño frasco.
—Toma un buen trago. ¡Cuidado, no te lo bebas todo!
Obedecí. Era una bebida alcohólica a base de una infusión de hierbas (los
vetones son peritos en hierbas). No sé nada más, aparte de que el efecto fue
excelente: aguanté el banquete sin pensar en los cuerpos mutilados de los
romanos, y dormí muy bien toda la noche.
Llegamos a Igedium cuando el otoño doraba las hojas de los árboles y daba a
la brisa un frescor que nos consolaba del tórrido verano de entre Tagus y Anas. A
las puertas de la ciudad vimos un pequeño campamento en el que la insignia de
Viriato aparecía arbolada. En total, no pasarían de cincuenta los hombres de
nuestra tropa acampados allí.
Táutalo y Crisso vinieron a nuestro encuentro con grandes demostraciones de
complacencia, y nos dieron la bienvenida. Viriato, dijeron, estaba
conferenciando con el rey Caturo, pero Táutalo ordenó a uno de los guerreros
más jóvenes que lo fuese a avisar. Mientras llegaba el jefe, cambiamos noticias
con nuestros compañeros. Arduno y yo contamos nuestros viajes y Táutalo
describió la campaña de verano. Viriato, enfrentado a tropas muy superiores en
número, y entrenadas ya para la guerra en Iberia, había sido derrotado por
Emiliano y tuvo que retroceder hasta Baikor. La razón principal de este revés
había sido la acción conjunta y coordinada de las legiones de la Ulterior y la
Citerior.
—Sí, también perdimos con Lelio —observé—. ¿Eras tú quien mandaba
nuestro ejército?
Táutalo me lanzó una mirada furiosa.
—¿Qué? ¿Yo?... Bueno... la verdad es que hasta Viriato tuvo que retirarse
ante Emiliano, pero en la Citerior las cosas fueron de otro modo. Viriato se
equivocó... ¡Sí! ¡Sí! —la exclamación iba dirigida a Crisso, que parecía
dispuesto a hablar—. Cometió un error: le dio el mando a Audax.
—¿Y por qué lo hizo?
Crisso consiguió intervenir:
—Porque era el único disponible. En la batalla contra Emiliano, Viriato
mandaba la caballería, Y Táutalo la infantería, sólo él seria capaz de mantener el
orden durante la retirada. Yo protegía la retaguardia. A primera vista, no parecía
un error. Audax es un buen guerrero.
—Es un pésimo jefe —remató Táutalo con energía.
Alternadamente —cosa que no contribuía precisamente a la claridad de la
exposición— fueron contando los dos lo sucedido. Audax había cometido dos
errores: había lanzado el ataque sin conocer bien el terreno, y había hostilizado a
los habitantes de la región, que le negaron el apoyo necesario.
—Viriato se lo reprochó —dijo Táutalo—, pero lo mantuvo entre sus
oficiales. Atribuyó a ignorancia el trato de Audax a los carpetanos... Ignorancia,
falta de sentido común, qué se yo... Para mí, la cosa es más sencilla: a Audax lo
único que le interesaba era el saqueo.
Estábamos aún discutiendo el asunto cuando apareció Viriato. Las
preocupaciones, y la incertidumbre de la malograda campaña, habían dejado en
él su huella: estaba más flaco, con los ojos hundidos, y una profunda arruga
surcaba su frente. Sin embargo, mantenía la misma energía tranquila, la misma
seguridad. No era un vencido: era un estratega que había ordenado la retirada
para planear un nuevo ataque.
Iba enfriándose la tarde, y en vez de hablar al aire libre pasamos a la tienda
de Viriato, donde nos sentamos en el suelo muy Juntos todos, pues el espacio era
mínimo. Hice un informe completo del viaje, incluyendo el oráculo recibido en
la Sierra de la Luna, y que yo había escrito en tablillas de cera para no olvidar
ningún detalle importante. Cuando terminé, Viriato dijo:
—No hay nada que impida la continuación de nuestros planes, especialmente
ahora, cuando podemos contar con varios contingentes de Calecia. Los jefes
calaicos están dispuestos a aceptar mi mando, y tenemos también a los lusitanos
de entre Durius y Tagus...
—¿Todos? —pregunté.
—Buena parte de ellos. Cuando vuelva a Baikor espero hacer aún algunas
visitas (al oír esto, Táutalo me guiñó el ojo) pero aun así no tendremos gente
suficiente. Será preciso esperar por los resultados de nuestros viajes, es decir:
hay que ver si todos esos pueblos atacan a los romanos. Sin plan, sin estrategia,
y, probablemente, sin victorias... pero al menos disminuirá la presión sobre
nosotros, y ganaremos tiempo. Lo que necesitamos, es tiempo.
Táutalo soltó una interjección despreciativa y se desahogó:
—No entiendo cómo es posible tanta estupidez. Con un solo mando...
—Un solo mando significa un solo jefe, y, para ellos, un solo rey —recordó
Viriato— y eso es difícil que lo acepten...
—¡Imposible! —reforzó Crisso.
Viriato lo miró con aire pensativo.
—Con todo, eso sería la salvación: un rey, no un jefecillo de tribu, un rey que
estuviera por encima de los otros reyes y príncipes, no para derribarlos, sino para
darles la misma justicia a todos y la misma protección. Para ser quien responda
ante los dioses.
Crisso preguntó, incrédulo:
—¿Un rey para toda la Lusitania?
En vez de responder, Viriato continuó en el mismo tono:
—Los romanos son el pueblo más poderoso del mundo, pero han sido
derrotados por nosotros, y volverán a serlo. Sus Ancianos, esos senadores como
ellos los llaman, no piensan más que en enriquecerse, y, cuando un general es
derrotado, queda en peligro, pero si es vencedor también queda en peligro,
porque todos temen alguna ambición del vecino... ¿Entendéis, amigos? El poder,
en Roma, no es sagrado, y quien lo tiene lo usa en su propio beneficio... Por eso
los romanos son impíos, y también por eso, no lo dudéis, Quinto Fabio Máximo
Emiliano será llamado a Roma antes de resultar peligroso. Y esa va a ser nuestra
próxima oportunidad. Pero... ¿os dais cuenta? Si tuviéramos un solo jefe... un
Jefe único... Si tuviéramos un único jefe, yo de buena gana, le cedería el mando.
Crisso y Táutalo se removieron a disgusto. Viriato soltó una carcajada, y
añadió:
—¿Para qué soñar? Volveremos a Baikor. La partida será mañana, con el
alba.
Cuando salíamos de la tienda, oí que Crisso decía en voz baja:
—Un rey... ¡qué idea! El único rey que yo aceptaría por encima de mi tribu
sería Viriato...
Por primera vez tuve la breve pero deslumbrante visión de un futuro nuevo,
una nueva fuerza en Lusitania, un gran rey que arrastrase tras de sí a los otros
príncipes. Pero es sacrilegio querer desgarrar el velo que los dioses tienden sobre
el futuro de los hombres.
Precedida por dos jinetes que ostentaban los símbolos de la paz, la hueste se
aproximó a la ciudad, hizo alto, y esperó a que un destacamento de la guarnición
viniera a su encuentro. Luego, retrocedió unos cinco estadios y ocupó el terreno
indicado por los numantinos como espacio de acampada. Llegaron emisarios con
una invitación formal. El estado mayor montó a caballo y siguió a Viriato, que
para esta ocasión solemne se había adornado con su yelmo de plumas rojas
Numancia me impresionó. No era, como Gadir, una ciudad opulenta. Gadir
se impone por su riqueza; Numancia impresionaba por su fuerza. Las murallas
formaban una compacta masa de piedra, tan espesa y formidable que yo creí que
se remontaba a los tiempos de, las piedras gigantescas alzadas por los dioses. La
gran ciudad de los arevacos no tenía los lujos de las ciudades del Sur, pero era
noble en su dureza agreste.
Ante los numantinos, Viriato empleó todos sus recursos oratorios. El
encuentro con los titos y los belos había sido sólo un ensayo, un ejercicio antes
de la batalla: esta era la verdadera batalla, el enfrentamiento en el que todo
estaba en juego.
Si lo hubieran escuchado todos los hombres de Numancia, Viriato hubiera
salido de la ciudad entre las aclamaciones de los arévacos. Desgraciadamente,
Viriato no habló para una asamblea de guerreros. Sólo los jefes estaban
presentes, y estos se mostraron convencidos y vibrantes de entusiasmo, pero no
hasta el punto de olvidar sus propios poderes y prerrogativas. No llegó a haber
una posibilidad real de que aceptaran un mando único. Viriato, para ellos, era
sólo un aliado y un amigo: nada más.
La campaña contra Quincio fue fulminante. En realidad fue la repetición
exacta de lo que había ocurrido con Plaucio: Viriato simuló una derrota, y se
retiró al Mons Veneris, eligió las posiciones que más le convenían y cayó por
sorpresa sobre las tropas del pretor. Quincio dejó mil muertos en el campo de
batalla, y regresó a sus bases, donde le esperaban noticias de la revuelta
celtibérica. Desesperado, hizo una última tentativa, enviando contra nosotros un
cuerpo de ejército bajo el mando de Cayo Marcio, un ibero renegado. Viriato no
se dignó hacerle frente: un destacamento de la caballería lusitana, mandado por
Táutalo, destrozó a estas tropas. Ya entonces estaba Quincio en marcha hacia
Corduba, donde, como había hecho también Plaucio, estableció sus cuarteles de
invierno en pleno verano.
Viriato se volvió al fin contra la Bética, derrotó a Quinto Pompeyo sin
dificultad, y marchó sobre Itucci, decidido a recuperarla y aprovechar su
posición estratégica. Tampoco fue difícil esta tarea. Los itucenses, al ver nuestro
ejército, abrieron las puertas de la ciudad y se proclamaron aliados del caudillo
lusitano.
Tendrían que conocerlo mejor. Viriato recibió la bienvenida del Consejo de
los Ancianos, y luego, con semblante muy amistoso, anunció que iba a contar
una historia. Desconcertados, los nobles viejos de Itucci dijeron que nada podría
resultar— les más agradable... Entonces, el jefe les contó la historia de un
hombre que cometió' la imprudencia de tener dos esposas. Como eran diferentes
los gustos de las dos, el pobre marido intentó mantener la paz doméstica como
fuese, y acabó en la miseria. El silencio atemorizado que siguió a la narración
demostró que los Ancianos habían entendido. Itucci había abierto las puertas a
Viriato durante la primera ocupación de la ciudad; luego, había permitido que los
romanos la recuperaran fácilmente, y ahora volvía a declararse a nuestro favor.
Tras esta advertencia, Viriato se apresuró a aprovechar las ventajas de una
rendición tan fácil, y asumió virtualmente todo el poder en la ciudad, aunque
tuvo la prudencia de dejar decidir a los Ancianos en todos los asuntos que no
eran del ámbito militar. Ninguna ley fue abolida o violada, ningún dignatario fue
sustituido, pero Itucci se convirtió en una plaza fuerte lusitana. Para la
cotidianeidad de los habitantes, la única diferencia fue que desde entonces
contarían con la protección de la hueste. Viriato recurrió a los itucenses más
jóvenes, los reforzó con efectivos nuestros y les hizo ampliar y perfeccionar las
fortificaciones. Pero los trabajos terminaron, reunió a las tropas y anunció la
nueva campaña.
Hasta la llegada del invierno multiplicamos las incursiones en la Bastetania,
que se nos ofrecía indefensa. Nunca el poder romano había pasado por tantas
humillaciones en Iberia.
Por alguna razón profunda, que por aquel entonces yo desconocía aún,
experimenté una sensación extraña al cruzar el río Anas y volver a ver un paisaje
tan conocido. Me sorprendí pensando: «Al fin, vuelvo a casa...», pero yo no
tenía casa, mi hogar era una tienda y la insignia del toro; mi familia era un
ejército y un caudillo. Nunca antes me había preocupado eso. A medida que uno
va madurando empieza a pensar ciertas cosas: no temía la muerte en combate,
pero empezaba a preguntarme si tendría algún día casa y mujer que pudiera tener
por mías, e hijos para perpetuar mi nombre y hacerme las ofrendas cuando
llegara la hora.
A pesar de estas ideas, me encontraba en excelente disposición de espíritu
cuando avisté a lo lejos el santuario de Endovélico en la cumbre de su altozano.
Fue como si volviera al día en que allí llegué por primera vez: el silencio, la
tranquilidad, la ligera brisa, hasta las nubes que corrían por el cielo luminoso
parecían las mismas.
Pero la inmutabilidad era sólo aparente. Al acercarme al camino sagrado que
permite el acceso al templo del otero, pude ver modificaciones: dos o tres
construcciones recientes, estatuas nuevas del dios ofrecidas por peregrinos... la
vivienda de mi madre estaba a media ladera, unida al camino sagrado por un
senderillo. Me dirigí hacia allá. Una voz que pronunció mi nombre hizo que me
detuviera. Me costó trabajo reconocer a uno de los acólitos del sacerdote, pues
cuando salí de allí, era aún un chiquillo al borde de la adolescencia, y ahora era
un hombre ya. Se mostró encantado al verme, pero no sorprendido porque con la
reanudación de las guerras en la otra orilla del Anas los Ancla— nos y los
sacerdotes habían ordenado que se colocaran vigías y estafetas ocultos a lo largo
de los caminos principales. Uno de los vigías me había reconocido.
El joven me contaba esto con gran abundancia de gestos y palabras, hasta el
punto de que levantó sospechas en mí. Por dos veces intenté interrumpirle, y a la
tercera comprendí que había allí algún error. Un grito, dado en el tono apropiado
(no en vano llevaba yo seis años en campaña), lo hizo callar. Sonreí, para mitigar
un poco el efecto del grito, y le pregunté:
—¿Le ha ocurrido algo a mi madre?
Clavó los ojos en el suelo, y en aquel instante comprendí porqué, al verme,
había corrido a colocarse ante un gran roble situado en la misma orilla del
camino y no salía de allí. Una oleada de revuelta se apoderó de mí —revuelta
contra mí, que nada había presentido ni había sido capaz de considerar la
posibilidad. Me dominé, y dije en voz baja:
—Comprendo. Puedes salir de ahí.
Dio un paso hacia el otro lado. La tumba era muy hermosa teniendo en
cuenta el nivel de los artistas de Arcóbriga. Estaba junto al tronco del roble, de
manera que quedaba protegida por el follaje. Sobre la gran lápida habían
grabado una inscripción en caracteres ibéricos: Camala, de Balsa, en Cinéticum,
servidora del Señor Endovélico. Más bajo había otra frase que, a juzgar por la
diferencia de coloración de la piedra, había sido añadida con posterioridad:
Benefactora del santuario.
Nacemos para morir: esa es la condición humana. Sería impío criticar la
bondad y la sabiduría de los dioses. La muerte de Camala no provocaba en mí
una sensación de protesta impía. Lo que no podía perdonar —no podía
perdonarme a mí mismo— era no haber vuelto a verla en tantos años. Más allá
del resentimiento que podía sentir hacia aquella mujer posesiva que no quería
ver como su hijo escapaba a su dominio, más allá de mi ansia de libertad, nos
unía a ambos un gran amor.
El ruido de las hierbas secas holladas por alguien que se acercaba me volvió
a la realidad. El acólito había desaparecido, y ante mí estaba Lobessa, a quien sin
duda había ido el joven a llamar. Sin perder tiempo en saludos, ella me dijo lo
que yo quería saber:
—Murió serenamente, sin sufrimientos. Ocurrió hace dos años. Estaba
enferma desde el invierno anterior, y nunca más se sintió bien... Ella lo sabía...
sabía que iba a morir. Mandó hacer la tumba con la primera inscripción. El
sacerdote —no el que tú conociste, que murió también— la autorizó a elegir el
lugar de su reposo. Cuando empeoró...
—¿Habló de mí?
—Sólo una vez. Nunca dejó de quererte, pero debes entender que el dios la
había tomado en sus brazos. Mi señora Camala lo sirvió bien, y él le pagó esos
servicios evitándole preocupaciones y sufrimientos. Fue enflaqueciendo, y siguió
al servicio de los peregrinos. Murió muy dulcemente. El sacerdote, en persona,
cumplió los ritos y mandó grabar esa frase: Benefactora del santuario. El
nombre de tu madre es venerado en toda la región.
Hubo un corto silencio que yo rompí:
—Ante todo, tengo que ofrecerle un sacrificio y rendirle homenaje. Luego,
Lobessa, quiero hablar contigo. Pero... antes, una pregunta ¿te liberó mi madre
antes de morir?
Lobessa desvió la mirada y se ruborizó. Tras una leve vacilación, respondió:
—Sí. La señora fue muy bondadosa. Poco después de tu marcha me liberó de
la servidumbre y... me ofreció una dote cuando me casé.
Me avergonzó la vaga sensación de frío que se concentró en mi estómago.
¿Qué era lo que esperaba yo?, ¿Había pensado alguna vez en casarme con
Lobessa? ¿Podía esperar que ella quedara eternamente sola, esperando a ver si
yo volvía? La miré con atención. Seguía siendo hermosa, pero parecía más
pesada, sus muslos eran más carnosos, y había perdido, comprensiblemente, el
brillo y la hermosa alegría un poco impúdica de los viejos tiempos. Era una
mujer casada y tranquila. Si yo no estuviera conmovido por la muerte de
Camala, habría reparado ya en ese cambio. Me apresuré a decir:
—Me hace feliz saberlo, Lobessa. Espero que tu marido sea bueno para ti.
¿Quién es?
—Un hombre de Meríbriga. No es rico, pero tenemos lo suficiente para
nosotros y para nuestro hijo.
¡Un hijo! Era de esperar, claro. La felicité con toda sinceridad, y subimos los
dos al santuario. De camino, fue explicándome que, en cierto modo, había
sustituido a mi madre en las tareas de acogida a los peregrinos, pues Camala le
había transmitido muchos de sus conocimientos medicinales. Además, cuidaba
de unas tierras propiedad del marido. Era una vida muy ocupada, pero sin otras
preocupaciones que no fueran las derivadas del estado habitual de guerra en la
Mesopotamia... Esa preocupación por las guerras es el sino de todas las mujeres
desde que el mundo existe.
Lobessa me presentó al sacerdote, un hombre vigoroso, de unos cuarenta
años. La memoria y la reputación de mi madre estaban muy vivas, como pude
comprobar por el respeto y la cordialidad con que el sacerdote me habló, tras
invitarme a pernoctar en su residencia, donde conocí también a su mujer, una
muchacha de Meríbriga con quien se había casado tras ser investido de la
categoría sacerdotal.
Las ofrendas a Camala, la visita de cortesía a los Ancianos de Arcóbriga y
Meríbriga y los saludos a los amigos que tenía en las dos ciudades me ocuparon
durante dos días enteros, durante los cuales apenas pude ver a Lobessa. No volví
a hablar con ella hasta la mañana del tercer día, poco antes de mi partida para
Cinéticum. Le había dicho que me gustaría conocer a su marido y al hijo, pero
invocó un impedimento cualquiera —que estaba ausente el marido, con el
ganado, en los patos; que el hijo estaba enfermo. Era natural, pensé, que
intentara mantener bien separados los dos períodos de su vida: el de esclava de
mi madre y amante mía, y el de mujer libre, casada y madre.
Pero a la mañana del tercer día vino a verme al santuario, cuando yo estaba
vigilando a los esclavos que cargaban la mula con el equipaje y algunos tejidos
que debían completar mi fingida condición de mercader. Hablamos un rato sobre
los tiempos pasados, y luego me dijo que tenía que entregarme algo: la herencia
de mi madre, es decir joyas y el dinero que Camala no había llegado a gastar,
pues llevó una vida sencilla y el santuario le ofrecía cuanto precisaba.
Iba a responderle, pero fui interrumpido por una voz de niño que llamaba:
«¡Madre!». Un chiquillo espigado y esbelto, de hermoso pelo negro
encaracolado, corría hacia nosotros. Me volví hacia Lobessa y la sorprendí
haciendo un gesto evidente —una orden al hijo, para que se alejara. Mi mirada la
paralizó, y el niño, que debía de haber adivinado su intención pero que también
estaba dominado por la curiosidad, aprovechó para aproximarse.
Lobessa, recuperándose, le ordenó que me saludara y me presentó como
«Tongio, hijo de la señora Camala y guerrero de Viriato». El muchacho alzó el
rostro y sonrió sin timidez. Correspondí a su sonrisa y dije:
—¡Enhorabuena, Lobessa! Tu hijo es un hermoso muchacho... —y la voz se
me quedó prendida en la garganta.
Realmente, era un hermoso muchacho. Los rasgos de su rostro eran
delicados sin exceso. Tenía una sonrisa alegre y contagiosa, y los ojos verdes, de
un verde muy claro y transparente...
Doblé una rodilla, para que mi cabeza quedara a la altura de la suya, y
pregunté:
—¿Cuántos años tienes?
—Seis años, señor.
Cerré los ojos, intentando resistir el vértigo. Hasta con los ojos cerrados
sentía el miedo de Lobessa. Volví a hablar con el niño:
—¿Cómo te llamas?
Antes de que pudiera responder, se oyó la voz de la madre con una especie
de desafío que era al mismo tiempo una advertencia:
—Se llama Aminio. Es el nombre de su padre.
Y acentuó con desesperación la palabra «padre».
Pensé. Pensé mucho y muy deprisa. La presencia del dios (estábamos en
suelo sagrado) me ayudó, estoy seguro. Cuando me enderecé, sabía ya lo que
tenía que hacer, aunque mi propia decisión me llenara de cólera y de amargura.
—Aminio —le dije en el tono de quien habla con un adulto sobre asuntos en
los que las mujeres no deben meterse—. Aminio, me ha gustado mucho
conocerte, y siento no haber conocido a tu padre. Salúdalo en mi nombre. Mis
deberes de guerrero exigen que me vaya.
El niño abrió los ojos con una expresión de tristeza:
—Pero... Yo creía que me ibas a contar las batallas contra los romanos... Y
quería saber cosas de Viriato.
—Lo sé. Te prometo que volveré en cuanto pueda, y entonces te contaré todo
lo que quieras saber.
Otra vez aquella sonrisa —yo sabía ahora donde había visto una sonrisa
idéntica: había sido en un espejo de bronce pulido— y la voz temblorosa de
esperanza:
—¿Me lo prometes?
Mentalmente me impuse una penitencia ante Endovélico por mentir en su
recinto.
—Te lo prometo. Y esta es la prenda de mi promesa.
Indiferente a las protestas de Lobessa me quité del dedo uno de los anillos.
No era un anillo cualquiera. En memoria de Sunua yo había enviado a su madre
mi anillo de plata, pero el que le daba al niño era el sello de mi familia, que
había pasado de mi padre, Tongétamo, a mí. El oro viejo lucía con un brillo
mate, mostrando el emblema de la vieja dinastía real de Brácara.
Aminio tenía su orgullo. Muy serio, y sordo también él a las protestas de la
madre, dijo en un tono cortés:
—No puedo aceptar un regalo como este, señor...
—No es un regalo. Confío este anillo a tu guarda como prenda de mi palabra.
Si vuelvo, lo recuperaré, y hablaremos de la guerra, de Viriato, de todo lo que te
interese. Pero nunca se sabe qué va a pasar en la vida de un guerrero. Si no
vuelvo, entonces sí, el anillo será tuyo con pleno derecho. ¿De acuerdo?
Asintió con la cabeza, muy gravemente. Pero yo no había acabado. Del brazo
derecho quité el más hermoso de mis brazaletes de guerra, en cobre trabajado, y
se lo tendí.
—Y esto es para ti. Para cuando seas un hombre y un guerrero. Cuídalo: me
lo regaló mi Jefe.
—¿Tu jefe?
—Viriato, el lusitano.
Aminio estuvo a punto de dejar caer el anillo al coger el brazalete. Lo miró
deslumbrado. Apenas conseguía hablar. Tartamudeó:
—¿Viriato?
—Sí, Viriato, caudillo y comandante de las huestes de la Lusitania, lo colocó
un día en mi brazo. Ahora es tuyo. Y, ahora, Aminio vamos a despedirnos,
porque tengo que marcharme, y antes quisiera hablar con tu madre.
Se alejó corriendo —y fue como si me quitaran la luz del sol. Mi garganta se
contrajo. Casi no podía respirar. Le suplique— a Endovélico que me diera valor
para dominar mi pena.
Lobessa y yo estábamos de nuevo solos. Sus ojos brillaban cubiertos de
lágrimas, y con un largo suspiro murmuró:
—Tuve tanto miedo... Gracias, Tongio, gracias por el...
—Una cosa quiero saber —interrumpí en tono duro—, y espero que me
digas la verdad. Cuando me fui, hace seis años ¿sabías ya que estabas encinta?
—No. Te juro que no lo sabía. Tienes que creerme porque te juro que si lo
supiera no lo diría... ¿ara qué? ¿Para amarrarte a mí? ¿Es que intenté hacerlo
alguna vez? Entonces ya te habías cansado de mí. No lo niegues, Tongio. Y,
además, estoy segura que, de todos modos, te habrías ido.
—¿Sin ver a mi hijo?
—El hijo de una esclava —Lobessa sonrió dulcemente—. ¿Qué edad tienes
hoy? Veintidós años, lo sé. A los veintidós anos, un guerrero que aun no se caso
piensa en los hijos que aún no ha tenido. Pero cuando te fuiste, a los dieciséis
años, sólo soñabas con tu libertad y con la guerra.
No tenía respuesta, ni ella la esperaba.
—Cuando me di cuenta de que esperaba un hijo, supe que tenía que buscar
marido. Aminio me cortejaba tímidamente... Es un hombre bueno y fuerte.
Adora a su hijo... A todos los efectos es su hijo.
Solté una carcajada poco simpática.
—¡A todos los efectos! ¡Basta mirarnos al chico y a mí!
La mano de Lobessa se posó en mi brazo, no para acariciarme, sino para
suplicar:
—Lo sé. Por eso he hecho lo posible para que mi marido no te vea. Aminio
es un buen hombre. No muy inteligente, lo admito, pero hasta él vería el
parecido... ¿Y cómo se sentiría al saberlo?, Tongio: quiero que mi hilio tenga un
padre.
Me revolví por última vez, aunque sabía que era esclavo de mi propia
decisión:
—¡Por el Santo Señor Endovélico! Hablas como si el niño fuera huérfano...
¡Yo estoy aquí!...
—Es ya tiempo de cargar las cosas... Tongio, hijo de Tongétamo; Tongio,
guerrero, emisario y amigo del gran Viriato...
Ahora, su expresión era agreste, casi feroz: era una hembra dispuesta a
luchar por su cría. Respiré hondo, porque sentía que me faltaba el aire.
—Lobessa... No tienes que temer nada. Voy a cumplir lo que he decidido.
Pero intenta comprender, fue un choque demasiado grande. Nunca hubiera
supuesto...
—Lo sé —replicó, ya en todo diferente—. Yo comprendo, e intenta
comprender también tú, lo que sentía al verlo a tu lado. Es tu retrato, aún más de
lo que yo pensaba.
—¿Y lo lamentas?
Lobessa contrajo el rostro como si sintiera un dolor profundo:
—Quise ese hijo por ser tuyo, pero eso no cambia en nada la situación. Para
ti las cosas son más fáciles: te casarás, tendrás otros hijos...
—Ninguno como este. Pero tienes razón, claro. Es mejor que me vaya cuanto
antes.
La mula ya estaba cargada, y mi caballo pateaba en el suelo para espantar a
las moscas, ansioso de un poco de ejercicio. Querido Trueno... sería el último
viaje. Ya lo habían herido dos veces en combate, y estaba enflaqueciendo.
Quería ahorrarle la ignominia de una vejez abandonada. Al regresar de
Cinéticum, cuando pasara por Olisipo, se lo ofrendaría a Coaranioniceus si los
sacerdotes del Monte Santo lo consideraban digno.
Lobessa hablaba de nuevo, diciendo que iba a entregarme la herencia de mi
madre. Le respondí que no la quería:
—Esa herencia es tuya, y de... tu hijo. Cuidaste de Camala hasta el fin, y el
oro y las joyas te pertenecen.
Ella aceptó con sencillez, sin protestas fingidas. Y, en el momento de la
partida, preguntó:
—¿Quieres verlo otra vez?
Vacilé. Era lo que más quería en el mundo en aquel momento, pero tenía
miedo...
—Mejor que no. Me dolería más aún... Adiós, que Endovélico os proteja.
Mis amigos de Arcóbriga se habían ofrecido para escoltarme hasta las tierras
de Cinéticum —una prueba de verdadera amistad, que acepté, más por tener
compañía que por deseo de protección. Estaban ya esperándome al pie del cerro,
y podía oír sus voces traídas por el viento. En silencio, monté, cogí la rienda de
la mula y bajé la cuesta por el camino sagrado.
Como dije más tarde a Viriato, mi mérito no fue grande en lo que se refiere a
la eclosión de la revuelta coma; no fui más que el incentivo final. Lacóbriga,
Ossonoba y Conistorgis estaban ya prácticamente sublevadas cuando pasé por
allí, y la noticia del ataque a las guarniciones romanas me llegó cuando estaba en
Portus Hannibalis, que no tardó en adherirse. Balsa y Baesuris también se
unieron. El Cinéticum sacudía el yugo.
Con la misión cumplida mucho antes de lo que me hubiera atrevido a
esperar, sólo me quedaba partir para Olisipo, pero antes quise visitar el
Promontorio Sagrado, que no conocía todavía. No era sólo curiosidad: los dioses
verían con desagrado que yo abandonara de nuevo Cinéticum sin prestarles
homenaje en su morada. Por eso, al salir de Portus Hannibalis, tomé rumbo al
Oeste, a lo largo de la costa, y tras un día de rápido viaje (me había deshecho de
la mula y del disfraz de mercader) avisté la tierra más sagrada de Iberia.
El Promontorio está dividido en dos grandes cabos (uno de los cuales es
completamente llano, sin la menor elevación de terreno) que avanzan mar
adentro como dos proas de navío. Con excepción de algunas islitas, simples
roquedales dispersos junto a la costa, sólo se ve el océano hasta el horizonte: no
hay en el mundo paisaje más sencillo y más grandioso.
Podría pensarse que en un lugar tan santificado como este abundarían las
aras y los templos, servidos por un ejército de sacerdotes. Nada más falso, pues
la presencia divina es tan fuerte que las construcciones erguidas por los hombres
acaban por desaparecer rápidamente. En el pasado, los tirios edificaron allí dos
santuarios, uno en cada cabo; al igual que hicieron en Gadir, los consagraron a
Melkaart y a Beel, pero mientras que en Gadir los templos prosperaron y pasaron
a recibir los nombres que griegos y romanos dan a aquellos dioses, en el
Promontorio ya poco o nada queda de los edificios. La tierra está desnuda,
sembrada de matojos dispersos, y tan poderosa es la fuerza divina, que los
mortales sólo pueden levantar allí montículos de piedras. Aun así, por lo que me
dijeron los habitantes de las aldeas próximas, esas piedras cambian
frecuentemente de posición durante la noche, arrastradas o lanzadas a lo lejos
por el paso de las divinidades. Porque es de noche cuando son más fuertes las
Presencias, y lo son tanto que ningún hombre, ni siquiera el sumo sacerdote,
puede permanecer allí después de ponerse el sol.
A todos los pueblos les gusta fabricar leyendas, pero puedo asegurar que esto
es verdad y que los habitantes de la región no han inventado nada. Yo mismo,
cuando pisé aquella tierra sagrada, por la mañana, muy temprano, sentí tenso mi
cuerpo, los músculos contraídos hasta el dolor, y el corazón oprimido. Mis
manos temblaban al hacer la libación con el agua traída de la aldea donde había
pernoctado (allí no hay pozos, ni arroyos, ni fuentes). Y no me sorprendí cuando
me dijeron los sacerdotes que no iba a poder ofrecer ningún sacrificio, porque
estaba prohibido derramar sangre sobre la tierra del Promontorio.
Terminada la visita, pensé en la mejor manera de llegar a Olisipo. Si me
hubiera acompañado Arduno, me habría visto obligado a hacer el viaje por tierra,
pero como sólo dependía de mí, intenté encontrar el modo de viajar por mar. La
suerte me favoreció. Muy cerca del Promontorio hay una pequeña ensenada
donde los barcos hacen escala para que los tripulantes puedan orar a sus dioses
pidiendo buen tiempo y vientos favorables. Allí encontré un navío gaditano que
se dirigía al Norte y cuyo capitán accedió a llevarme por un precio razonable.
Me habló también de la guerra, y así me enteré de que el cónsul Lucio Cecilio
Metelo había obtenido algunas victorias en la Celtiberia, donde se había
apoderado de tres ciudades, aunque luego había sido derrotado por los lusitanos.
Ahora, el cónsul intentaba evitar encuentros armados y, por lo que se sabía en
Gadir, procuraba retirarse a Corduba, que era el refugio tradicional de los
generales romanos derrotados por Viriato.
Los hombres que Viriato había dejado para que terminaran los trabajos de
fortificación del campamento de invierno habían rebasado las órdenes recibidas.
Con un esfuerzo complementario, habían construido una casita de piedra y
madera para el jefe y su mujer. Por otro lado, el jefe de una tribu vecina había
enviado tres esclavas para servir a Tangina.
Viriato no rechazó estos regalos, sino que los agradeció. El día de nuestra
llegada se improvisó un festín durante el cual Viriato se mostró alegre y
tranquilo, bromeando como raras veces lo había hecho antes. Creo que, en parte,
esto era simulado, para corresponder a la amistad y al respeto de los guerreros.
Era verdad, no obstante, que se sentía mucho mejor allí que en Aritium Vetus.
La hueste se instaló y se preparó para pasar los meses fríos del invierno. No
creo que la perspectiva de pasar tan largo período en una cabaña modesta, en
medio de un campamento guerrero, resultara muy agradable para Tangina, pero
la mujer se mostró contenta y tranquila.
Diez días después de nuestra llegada, tuvimos una sorpresa: los centinelas
avistaron un grupo de jinetes, y cuando estos se aproximaron lo suficiente como
para distinguir sus enseñas, vimos que eran hombres de Astolpas... En realidad,
era el propio suegro de Viriato quien venía a vernos. «Ha llegado la hora de las
explicaciones», pensé. Realmente, Viriato y Astolpas se metieron juntos en la
espesura de un bosque para mantener una conversación sin testigos. Nadie supo
lo que hablaron entre sí, pero algo sí es seguro: desde entonces Astolpas cortó
sus relaciones con sus amigos romanos, y el auxilio prestado al yerno aumentó
sustancialmente.
Astolpas visitó a su hija, participó en un banquete, en el que le fue reservado
el lugar de honor, y partió al día siguiente después de una despedida
relativamente cordial.
Pasó el invierno sin más incidentes. Caían aún las lluvias con abundancia
cuando recibimos noticias de la Bética anunciando que Serviliano había llegado
a Iberia y se movía, con sus legiones, en dirección a Itucci.
XIII
Con una vaga sensación de recelo contemplé las altas crestas de los montes
Herminios. Seis años antes había empezado allí la gran expedición lusitana que
haría de Viriato y de su pueblo el símbolo de la libertad ibérica. Estábamos ahora
de vuelta, victoriosos aún, pero terriblemente debilitados, y el principal objetivo
que había que alcanzar, la unión de los esfuerzos contra el invasor, me parecía un
sueño cada vez más lejano. Los numantinos hacían la guerra y firmaban treguas
a su aire; los vacceos alternaban derrotas con pequeñas victorias. Ninguno de los
jefes había comprendido la imposibilidad de oponerse aisladamente al enemigo
común.
Mientras avanzaba a través de la Bética y de la Lusitania, Viriato había
enviado emisarios a todas las tribus y pueblos aliados. Las respuestas habían
sido diversas, pero muy pocos se habían decidido a reforzar nuestra hueste.
Había que reposar, esperar, y utilizar las vías diplomáticas. Entre tanto, un
mensajero especial, Arduno, había ido a Aritium Vetus para decir que Viriato
esperaba a su esposa en el campamento de invierno.
Arduno regresó antes de lo que pensábamos. Astolpas, nos dijo Arduno,
enviaba un saludo cordial a su yerno, le comunicaba que Tangina gozaba de
buena salud —desgraciadamente no estaba encinta, contra los rumores que
habían llegado hasta nosotros— y anunciaba que él personalmente escoltaría a
su hija. En treinta días, como máximo, estaría con nosotros.
Esta respuesta irritó a Viriato, porque pensaba que treinta días eran
demasiados. Si sus deberes se lo hubieran permitido, se habría puesto
inmediatamente en marcha para ir en persona a buscar a su esposa y discutir con
el suegro. Pero esto era imposible. El trabajo de Viriato se había duplicado:
aparte de ocuparse de la hueste, estaba enviando y recibiendo mensajeros
constantemente, discutiendo con los reyezuelos y con los príncipes de la región,
analizando las noticias que le llegaban del Sur.
Y, después de nuestra retirada, estas noticias no eran alentadoras. Serviliano
había salido de Itucci, había reorganizado su ejército y se apresuró a atacar a
nuestras guarniciones en las plazas de Beturia. Cinco ciudades aliadas habían
sido forzadas a la rendición y saqueadas implacablemente, lo que significaba
para nosotros la pérdida casi total de influencia en la región. Luego, el cónsul se
había dirigido a Cinéticum.
—Pero Cinéticum —se asombró Táutalo— está alzado a nuestro favor.
Serviliano no puede establecer allí cuarteles de invierno seguros...
—Y no piensa hacerlo —respondió Viriato—. Este cónsul es un general tan
bueno como Emiliano. Conoce nuestra debilidad, y va a combatir durante el
invierno mientras pueda; conquistará Cinéticum para asegurarse la retaguardia,
lo que significa que desde allí marchará hacia las tierras de entre el Tagus y el
Anas, y entrará luego en Lusitania. Es una ocupación metódica.
Calló, dio unos pasos y me miró:
—Tongio ¿estás dispuesto a marchar?
—Cuando quieras. Puedo llegar a Baesuris dentro de...
—No. Cinéticum está perdido, estoy seguro, y lo siento. Pero entre el Tagus
y el Anas encontrarás la hueste de Curio y Apuleyo. Ya es hora —añadió con
amargura irónica— de que nuestros ilustres príncipes hagan algo por mí.
Durante estos últimos años se han estado divirtiendo por ahí con sus saqueos y
pequeñas incursiones, sin querer saber nada de la verdadera guerra... Tú luchaste
con ellos, tienes que convencerlos para que ataquen a Serviliano antes de que
éste ocupe sus propias bases. Andan por Atégina, y ahora mandan sobre diez mil
hombres, por lo que me han dicho. La verdad es que yo me sentiría muy feliz si
tuviera aunque sólo fuese la mitad como refuerzo, pero, en fin... Lo esencial es
que detengan el avance de los romanos. Procura ser explícito: todo depende de
ellos.
Dardo, mi caballo, estaba descansado y bien alimentado, mis armas estaban
también limpias y dispuestas. Aquel mismo día, cumpliendo las órdenes
recibidas, elegí una escolta de veinte hombres —me hubiera gustado contar con
Arduno, pero había sido enviado con un mensaje a Caturo, rey de los igeditanos.
La escolta tenía por objeto el que no me viese obligado a andar por caminos
escondidos, y que pudiera avanzar con seguridad relativa por los mejores, sin
temor a eventuales salteado— res, pues tenía que llegar a la Mesopotamia lo
antes posible.
Sí, nos regocijamos como niños que ven llegar el lobo y creen que es el perro
guardián.
Y por eso estábamos ahora refugiados en la Carpetania. Una hueste
reconstituida a toda prisa y forzada luego a retroceder para que no la aplastaran.
Una pequeña hueste sometida a los rigores de un invierno cruel, y empeñada en
un desesperado esfuerzo de supervivencia.
Servilio Escipión no había perdido tiempo en ocultar sus intenciones. Los
emisarios que Viriato le envió como mensajeros de paz y amistad fueron
sabiendo, a medida que se acercaban al campamento romano, de constantes
ataques romanos contra poblaciones libres, aliadas nuestras, y al comprobar que
el gobernador mandaba personalmente estas incursiones, se volvieron atrás.
Viriato era hombre de reacciones rápidas, pero estaba preso del juramento, y
su palabra era sagrada. Pensó, naturalmente, que Escipión obraba por su cuenta y
riesgo, rebelde a las órdenes del Senado romano, para obligarnos a responder a
las provocaciones y a reanudar la guerra. Huyendo de esa trampa, pidió
refuerzos a los vetones y a los calaicos, pero no abrió las hostilidades; antes bien,
consideró la posibilidad de mandar una protesta al gobernador de la Hispania
Citerior e incluso al mismo Senado, en Roma. Entretanto, abandonó Aritium
Vetus con los hombres de que disponía, y marchó hacia Beturia.
No contaba con la prisa de los romanos en traicionar compromisos. Al entrar
en Beturia, supimos que Erisana estaba cercada. Cuando nos acercamos a la
ciudad, ya había caído ésta en poder de Escipión —no había podido resistir
mucho tiempo, pues se hallaba desguarnecida— y dos hombres de la ciudad, a
quienes Escipión había cortado la mano derecha, vinieron a transmitirnos un
mensaje verbal: «El Senado y el pueblo romano declaraban la guerra a los
lusitanos para vengar las afrentas recibidas».
De inmediato, las legiones de la Ulterior cayeron sobre nosotros, y sólo
tuvimos tiempo para retirarnos. Escipión nos persiguió hasta la Carpetania, pero
como desconocía el terreno, escapamos de él con facilidad. Allí estábamos,
tratando a los heridos e intentando recuperar fuerzas. Creíamos aún que el
procónsul mentía, que la declaración de guerra había sido una iniciativa suya,
pero la ilusión se deshizo cuando nos enteramos de que el cónsul Popilio Lenate,
gobernador de la Citerior, había recibido órdenes del Senado de romper las
treguas con los numantinos.
Cuando recibimos esta noticia, que nos llegó con un agotado mensajero que
venía de Numancia, nuestros rostros ansiosos se volvieron hacia Viriato, que
había oído al hombre en silencio y con los dientes apretados.
—Me equivoqué —dijo por fin— al pensar que los romanos son hombres.
¿Hombres? ¿Qué hombres? ¿Qué pueblo humano hay que sea capaz de cometer
semejante impiedad? ¿Qué ciudad es esa que se burla de sus propios dioses? ¡El
mundo está siendo dominado por un pueblo de fieras!
Su voz había subido de tono hasta acabar en un grito. Sacudió la cabeza, y
volvió a hablar casi en un susurro:
—Pues bien, voy a tratarlos como fieras, sin ahorrar ardid ni fingimiento, ni
golpe a traición. Vamos a inclinarnos, amigos,,vamos a ceder, vamos a suplicar.
Vamos a aceptar sacrificios y humillaciones, vamos a ganar tiempo. Y cuando
llegue el momento...
Dejó cortada la frase. Su rostro reflejaba una ferocidad que nunca le había
visto.
—Pero ahora —prosiguió— es tiempo de sumisión y quiero que todos
comprendan una cosa: los sacrificios que nos veamos obligados a hacer no hay
que tomarlos como vergüenza. Serán, para nosotros, una operación militar más.
El numantino, agotado por el viaje, se tambaleaba, y Viriato se apresuró a
pedirle disculpas, y ordenó a Arduno que le diera comida y un espacio donde
pudiera descansar. Hecho esto, la reunión siguió:
—Hay una esperanza —dijo Viriato—, y esa esperanza es Popilio Lenate.
Mientras que Escipión llegó a Iberia decidido a destruirnos, Lenate respetó la
tregua con Numancia hasta recibir órdenes de Roma. Será a él a quien
ofrezcamos nuestra sumisión.
Lenate recibió a los rehenes y los devolvió tras cortarles la mano derecha. Al
devolvérnoslos, los hacía portadores de una nueva exigencia: la entrega de las
armas.
En respuesta, Viriato atacó a una columna de legionarios y se retiró de la
Carpetania, donde no le era posible sostener una ofensiva en amplia escala. Nos
quedaba el Mons Veneris como único refugio seguro, y allí nos atrincheramos.
Una posición defensiva, hasta siendo tan fuerte como aquella, no puede ser
mantenida indefinidamente cuando el enemigo tiene una superioridad aplastante
y casi entera libertad de movimientos. Hago este comentario para explicar que, a
pesar de encontrarse fortificados en el Monte, la situación no se había alterado,
es decir, teníamos que elegir entre el ataque suicida y la rendición.
Viriato lo sabía mejor que nadie, y en consecuencia no había cambiado su
decisión. La emboscada de la Carpetania había sido una forma de vengar a
Astolpas y a los rehenes y de mostrar que los lusitanos eran aún un hueso duro
de roer, pero aquella demostración iba destinada, de acuerdo con su
pensamiento, a intentar una negociación en condiciones aceptables.
Instalada en el Mons Veneris, la hueste se reunió en asamblea, y el jefe
expuso su nuevo plan: se trataba, simplemente, de capitular ante Escipión, si este
no exigía la entrega de las armas y permitía el regreso de cada hombre a su tierra
de origen. Viriato acentuó de nuevo que tal acuerdo nos daría tiempo para
recuperar fuerzas y ganar nuevos aliados; en la primera oportunidad sería
relativamente fácil efectuar una nueva movilización.
Pudieron hablar con todos los que quisieron hacerlo, y se cerro la discusión.
Los más ardientes defensores de la rendición eran los hombres de Urso: Audax,
Ditalco y Minuro, que no estaban dispuestos a continuar una guerra sin
esperanzas de victoria... «y sin esperanzas de pillaje», me desahogué conmigo
mismo, incapaz de dominar la vieja repugnancia que sentía por aquellos tres. Por
mi parte, di mi voto a la propuesta de Viriato. Lo hice de mala gana, sólo porque
me habían convencido sus argumentos. En oposición absoluta se encontraba
Táutalo, cosa que no era de admirar dado su fogoso temperamento. Pero cuando
la mayoría aprobó la propuesta de nuestro caudillo, también Táutalo aceptó la
derrota.
Más tarde, fui a ver a Viriato y le pregunté quién iba a llevar nuestra
propuesta a Escipión. Audax y sus amigos, respondió. Y, quizá leyendo mi
pensamiento, quiso saber la razón de la pregunta.
—Eres tú quien debe decidir —le dije—. ¿Pero por qué no mandas a
Táutalo, a Arduno, a cualquier otro? Yo mismo estoy dispuesto a partir, y,
además, soy el único capaz de discutir con Escipión en su lengua, con lo que las
cosas serían más fáciles. No obstante, y hablando claro, es que no confío en esos
tres...
—Ya me he dado cuenta, Tongio, pero necesito enviados que crean
sinceramente en mi idea. Táutalo es fiel, claro, pero está contra ella, y tanto
Arduno como tú... no digas que no... también, en el fondo, estáis en contra. No
quiero pedir sacrificios inútiles, y no tengo razones para retirar mi confianza a
Audax, Minuro o Ditalco. Sería injusto...
Comprendí que no iba a volverse atrás, y le pedí entonces que me dejara ir
con ellos, como intérprete. Viriato se negó:
—Nos eres más útil aquí. Quedan aún algunos heridos, y Arduno no puede
tratarlos a todos al mismo tiempo, ¿Pero, por qué esa animosidad contra los tres
de Urso, Tongio? ¿Ha habido algo entre vosotros?
Me vi forzado a confesarle que no, que mi antipatía era instintiva, que el
único argumento contra ellos era su rapacidad, su ansia de botín.
—No son los únicos —objetó Viriato—. ¿Te acuerdas de Crisso? Y, sin
embargo, erais amigos... Es imposible un ejército de amigos... Por otra parte, hay
cosas más importantes. Y si acompañaras a Audax y a los otros, no tardarían en
surgir problemas, discusiones. Imagínate, qué pensaría Escipión...
Sin otras objeciones que presentar, asistí a la partida de los emisarios con un
presentimiento de desastre, seguro de que ellos, en vez de regresar al
campamento, se pasarían al enemigo dejándonos sin contactos y sin noticias. La
convicción se hizo más fuerte mientras iban pasando los días con una lentitud
obsesiva. Incapaz de callarme, obligué a Arduno y a Táutalo a oír una y otra vez
mis desahogos, hasta el punto de que acabaron burlándose de mí —o evitando
mi presencia, cansados de aguantarme. Audax y sus amigos nos habían
traicionado, aseguraba yo, y no regresarían, y hasta podrían haber indicado a los
romanos la localización exacta de nuestro campamento. Eso era lo más probable,
pues su ausencia se prolongaba más de lo normal... Al final, les resultaba
insoportable a todos, incluso a mí mismo.
No es extraño, pues, que llovieran las burlas y censuras sobre mi cabeza
cuando Audax, Ditalco y Minuro regresaron al Mons Veneris con el aire festivo
de quien es portador de buenas noticias y proclamando a todos que el procónsul
había aceptado las propuestas de Viriato. Me preparé para aguantarlos a los tres,
seguro de que alguien les habría hablado de mis comentarios — y así fue, porque
Audax, que era siempre quien decidía, respondió que no valía la pena perder el
tiempo con los envidiosos. Claro que no me lo dijo a la cara...
De todos modos, estábamos tan aliviados con el desenlace que pronto se
olvidó la cuestión. Inmediatamente después del regreso de los tres amigos,
Viriato convocó una reunión en la que anunció que la desmovilización de la
hueste se iniciaría al día siguiente con la partida de varios contingentes hacia sus
tierras de origen. Pero, advirtió, hasta la puesta del sol seguían los guerreros
lusitanos siendo un ejército sujeto a disciplina. Y, para dar ejemplo, cuando
volvió a su tienda se acostó vestido y con coraza, y con las armas al alcance de la
mano, como era costumbre suya en campaña.
Esta última noche no fue alegre. Habíamos salvado la vida y el honor, pero
aún así, una derrota es siempre una derrota, y el «gran proyecto» se quedaba en
nada después de siete años de guerra. Mi agitado sueño fue cortado por
pesadillas, y desperté varias veces sobresaltado y empezaba entonces a hacerme
preguntas sobre mi futuro. Preguntas para las que no tenía respuesta.
Desperté del todo antes del alba, sacudido por Arduno, que quería hablarme
con urgencia. Salí de la tienda con él y nos acercamos a una hoguera: pude ver
entonces que estaba muy pálido, y le preguntó qué pasaba.
—Creo que ha hablado la diosa —dijo con voz entrecortada.
—¿Cómo es eso? ¿Crees...?
Arduno se agitó impaciente.
—Sí, creo... no tengo la seguridad, realmente. Ha sido como aquella vez en
la Sierra de la Luna, pero no había nadie cerca de mí. Sé que me quedé dormido
en la tienda y desperté de pie, aquí. Había aún un sonido de palabras en el aire.
Sé que estas palabras habían salido de mi boca, pero eso es todo lo que sé. ¿Y
ahora?
Abrí los brazos en un gesto de impotencia.
—Ahora, nada, ¿qué podemos hacer? Si era un aviso, es decir si no fue una
pesadilla, tal vez la diosa vuelva a hablar. De todos modos, yo ya no voy a pegar
ojo, y en definitiva, lo mejor es que nos quedemos aquí. Está ya a punto de
amanecer.
A pesar de este incidente, no tuvimos el menor presentimiento de la
catástrofe. Salió el sol, el campamento empezó a llenarse de ruidos; los hombres
preparaban los bagajes, escasos, que eran toda su fortuna. Por mi parte, no tenía
prisa. Ni siquiera había decidido a dónde iba a ir. No podía regresar a Arcóbriga
después de lo que había prometido a Lobessa. La noche me había dejado
fatigado y con un fortísimo dolor de cabeza que no me permitía pensar.
Vino Táutalo a preguntarme si había visto a Viriato, y le dije que no.
—¡Qué raro! —exclamó—. Nadie lo ha visto, y empiezo a creer que está aún
durmiendo. Nunca, en toda su vida, el sol lo sorprendió en la tienda.
Arduno también estaba asombrado.
—O pasó la noche en un claro, o está enfermo. Creo que lo mejor será que
vayamos a ver... Tongio, ven conmigo, dos curanderos no son demasiados
cuando se trata del jefe.
Fuimos al fin los tres, y Táutalo, que se había adelantado, fue el primero en
entrar...
Después de tantos años, tengo aún que hacer un esfuerzo para dominar el
asco que siento al escribir esto, y mi mano vacila.
Táutalo apareció en la puerta y lanzó un grito inarticulado, un aullido que me
horrorizó. Se volvió hacia nosotros temblando, con los ojos inyectados en
sangre:
—¡Traición! ¡TRAICIÓN!
—¡Por los dioses, Táutalo! —grité—. ¿Qué ha pasado? ¿Viriato...?
Volvió a repetir, como si nos viese por primera vez:
—¡Traición!
Y gritó luego:
—¡Tongio! ¡Arduno! ¡Cantios! Todos... ¡Alerta general! ¡Que nadie salga del
campamento! ¡Matad al primero que intente salir!
Pero nosotros nos precipitamos hacia la tienda, lo apartamos de nuestro paso
y entramos.
La sangre se había secado ya y le pegaba los cabellos al rostro. El cuerpo,
protegido por la coraza, estaba intacto, y reposaba como si Viriato durmiera.
Sólo un punto vulnerable se ofreció al enemigo: el cuello. La cabeza, cortada,
separada, se había inclinado hacia la derecha. Los ojos estaban cerrados.
Mis rodillas cedieron y caí en el charco de sangre mientras a mi alrededor se
desencadenaban las fuerzas del caos.
Cuando menguaron un poco el desorden y el pánico, cuando al fin fue
posible reunir a todos los guerreros, sólo tres hombres faltaban a la llamada:
Audax, Ditalco y Minuro. Habían desaparecido los tres, y con ellos su bagaje y
sus caballos. Durante el día y toda la noche, a la luz de hachones, recorrimos los
caminos de la sierra, exploramos las grutas, batimos los bosques y las aldeas
despertando a los vecinos aterrorizados. No los pudimos encontrar. Los asesinos
estaban ya lejos, camino de la Bética, para reclamar a Escipión el pago de su
crimen.
3. ENDOVÉLICO
Arduno había apretado los dientes para no dejar escapar ningún gemido
involuntario, pero cuando retiré de la herida el emplaste de hierbas para
sustituirlo por uno nuevo, que había estado preparando, protestó roncamente:
—¡Deja eso! ¿No te has dado cuenta de que no quiero más remedios?
Yo lo sabía, pero había intentado engañar su decisión de dejarse morir.
La expedición contra Saguntum fue un fracaso. Nos faltó el genio, la
intuición y la fuerza vital de Viriato. Derrotados por las tropas de Escipión,
volvimos a encontrar refugio en la Carpetania. Arduno había vuelto del último
encuentro con una estocada en las ingles, y cabalgó durante cuatro días sin
someterse a tratamiento. La herida se había infectado, y él se negó a lavarla o a
aplicar cualquier remedio, hasta que yo, demasiado tarde, logré vencer su
resistencia. Ahora, consumido por la fiebre, agonizaba.
Por vigésima vez le pregunté por qué aquella resistencia. Arduno pidió vino:
—¿Por qué? Quiero elegir el tiempo de mi muerte. Se ha acabado todo. ¿Es
que no lo entiendes, Tongio? Nuestro mundo se acaba. Roma dominará Iberia.
Tendremos que vivir con sus dioses, sus magistrados, las leyes romanas,
complicadas y sutiles. Tendremos que soportar perjurios, tributos, impuestos...
No quiero vivir en ese mundo, Tongio. Sólo sé vivir con los dioses y las leyes
simples y sagradas de mi tribu.
Aparté las moscas que intentaban posarse en la herida, y guardé silencio.
Arduno tosió. Hizo un gesto de dolor y continuó:
—Cada hombre tiene su destino, y el mío acaba aquí, Tongio. Quiero pedirte
un favor.
—No. No pienses en eso.
Arduno intentó reír, pero sin conseguirlo.
—¿Ves? Lo has adivinado. Tienes que hacerlo, Tongio. Esperaba que esa
herida me llevase pronto... Si al menos no me hubieras puesto esos emplastos
repugnantes... Estoy harto de sentir dolores por tu culpa. Me lo debes, Tongio...
Y como yo no respondiera, insistió:
—Voy a decir la verdad. Si no morí en combate fue porque no quería morir
en manos de nadie más. Y tú sabes que no tengo salvación... ¿Me oyes?
Miré a mi alrededor. Tres o cuatro guerreros asistían a la escena. Uno de
ellos, Cantios, me tendió su daga. La cogí con mano temblorosa.
—¿Ves? —habló Arduno con voz ronca—. ¿Qué amigo eres, que te niegas a
lo que te pido?
La daga temblaba tanto que la posé en el suelo.
—Los dioses saben que no quiero hacer esto... Vuelve la cara hacia el otro
lado; si me miras no conseguiré hacer lo que me pides.
A pesar de los horribles dolores, Arduno bromeaba hasta el fin:
—¿Desde cuándo un guerrero anda con tanta delicadeza? Siempre dije que
los conios no servían para la guerra... ¿o serán los brácaros los que no sirven?
Usa la daga y acaba de una vez con esto, pero no me pidas que vuelva la cara.
No estaría bien visto. Al menos moriré viendo caras amigas... Me horrorizaba la
idea de mirar para un romano... ¡Tongio!
La última exclamación fue una súplica urgente. Habían aumentado los
dolores. Elegí un punto donde la daga, al entrar, lo matara de inmediato. Apoyé
la punta de la hoja.
—Adiós, Arduno. Que tu espíritu no se ofenda conmigo, porque si lo hago,
es porque tú me lo pides.
Agarré la empuñadura de la daga con las dos manos, y apliqué toda mi
fuerza. Cerré los ojos cuando la hoja penetró en su carne. No quería ver el rostro
de Arduno. Oí una especie de sollozo, y, luego, nada.
Tenía veinticinco años, y la vida había acabado para mí. Con esta idea hice
una larga jornada sin rumbo, al azar. Muchas veces pensé seguir el ejemplo de
Arduno, y si no me maté no fue por falta de ganas ni de valor. Siempre, en el
último instante, una fuerza superior a la mía paralizó mi brazo.
Pase él primer invierno de mi soledad en una gruta próxima a Ammaia,
viviendo de la generosidad de los pastores, a quienes, en cambio proporcionaba
remedios contra las fiebres. Con la primavera llegaron noticias. Y hasta yo, a
quien ya nada interesaba, tuve que prestarles atención: las águilas de Roma
volvían a extender las garras por todos los territorios situados entre el Tagus y el
Anas, por la Mesopotamia. Todas aquellas tierras habían caído bajo su poder. El
nuevo procónsul de la Hispania Ulterior, Décimo Junio Bruto, había atravesado
el Tagus, había entrado en Olisipo, y ocupaba Scallabis y Moron.
«¿Qué importa todo eso?», pensé. Sin embargo, aún no estaba preparado
para ver romanos a mi lado, y por eso volví a la vida errante y me dirigí al Norte,
a las tierras que aún respiraban la libertad por la que Viriato había muerto.
Recorrí así muchas regiones donde los pueblos, alarmados por el avance de las
legiones de Bruto, se movilizaban para la guerra. Los miré como si fuesen ya
fantasmas, hombres condenados a morir bajo el hierro de Roma. Y un día,
llamado no sé por qué voz, tomé la decisión final: abandonaría el suelo de Iberia.
(Año 79 a.C.)
1. Viriato
Viriato surge en los testimonios históricos a partir del momento en que los
guerreros lusitanos, cercados por las tropas de Cayo Vetilio lo eligen como
caudillo. Sabemos también que fue uno de los supervivientes de la matanza
ordenada por Galba, pero se desconoce el lugar y la fecha de su nacimiento, del
mismo modo que ignoramos también cuál era su familia y dónde vivió su
infancia. Hay referencias a su juventud, en las montañas, pastoreando ganado,
pero se trata de referencias muy vagas. Diodoro Sículo afirma, por su parte, que
el jefe lusitano había nacido en el litoral occidental de Iberia.
Todos, o casi todos, los historiadores modernos se muestran unánimes en
rechazar la hipótesis de un Viriato nacido en las montañas. Así, J. Leite de
Vasconcelos piensa incluso que podría ser natural del Alentejo, mientras Jorge
Alarcão, basándose quizá en Diodoro, apunta al litoral norte del Tajo. Por otra
parte, el hecho de que Viriato se casara con la hija de un rico propietario del
valle del Tajo (Astolpas), sugiere que pasó algún tiempo en esa región.
Para trazar el «retrato posible» de Viriato, disponemos, en primer lugar, de
las informaciones dejadas por los autores antiguos en cuanto a sus hábitos y
carácter, sobrio, escrupulosamente justo y fiel a la palabra dada, con total
desprecio por el lujo y el confort, etc. Tenemos también algunas descripciones,
como las de su casamiento y las de los funerales. Y, finalmente, podemos
intentar interpretar su acción como estratega y político a lo largo de los siete
años en que fue jefe indiscutido de los lusitanos y alma de la resistencia ibérica.
De todos estos datos surge la imagen de un verdadero caudillo militar y político
hábil, no la de un rudo pastor de las montañas. Recuérdese, por otra parte, que en
aquella época los lusitanos de las montañas eran aún muy primitivos y se habían
mostrado completamente incapaces de resistir al avance romano, como
demuestra la fulgurante ofensiva de Décimo Junio Bruto.
Podrá parecer, pues, exagerado presentar a Viriato como defensor de cierta
unificación militar y política ante el poder romano; y aún más, quizá, como
eventual pretendiente a la realeza en Lusitania, pues ese territorio no constituía
una unidad social o política. Sin embargo, lo cierto es que a la acción
diplomática del caudillo se debe la revuelta simultánea de varios pueblos y, muy
especialmente, el inicio de la guerra numantina. Viriato no mandó sobre los
arevacos, pero, al menos, los convenció para que tomaran la ofensiva. Por otra
parte, y como Jorge Alarcão hace notar, fue él quizá el primero en mandar un
cuerpo de guerreros formado por gentes oriundas de diversas tribus, y nótese al
respecto que, según Apiano, en los siete años de campañas no hubo ni un solo
caso de indisciplina, hecho extraordinario, sobre todo en un «ejército de
bárbaros». En fin, es significativo que Viriato, con ocasión del tratado impuesto
a Serviliano, recibiera el título de Amicus Populi Romani, que habitualmente
sólo se concedía a los reyes bárbaros aliados de Roma. Verdad es que, si bien
procuró realmente unificar la Lusitania, no pudo conseguirlo, pero la tentativa en
sí resulta una hipótesis aceptable.
Pienso, pues, que es legítimo afirmar que el período de Viriato corresponde a
un momento histórico extremadamente interesante: la primera tentativa de
resistencia organizada, el primer, y último, esfuerzo coherente de los lusitanos
para resistir a Roma. Y la derrota significó el fin de un mundo —el mundo sin la
ley romana—. Pero ninguna acción posterior de los lusitanos tuvo la misma
importancia y amplitud. La «tradición folclórica» hizo de Quinto Sertorio un
«sucesor» de Viriato, cosa falsa, pues Sertorio era un romano y un patriota.
Nunca pensó en liberar a los lusitanos del dominio de Roma, ni siquiera cuando
éstos le ofrecieron el mando. Su lucha fue una guerra civil contra la dictadura de
Sila, y los guerreros ibéricos fueron usados por él como simple instrumento.
Para la descripción de las campañas de Viriato recurrí a los datos históricos
existentes, con los que mezclé cierta dosis de imaginación.
Así, Curio y Apuleyo no fueron inventados —eran jefes guerrilleros y
salteadores (incluso hay quien los toma por desertores romanos) que atacaron a
Serviliano en el territorio del actual Alentejo—. Nada más se sabe sobre ellos,
excepto la muerte de Curio en combate. La relación entre los dos y su relación
con Viriato son ficticias. Igualmente ficticio es el estatuto conferido a Táutalo,
aunque no es ilógico pensar que fue un hombre de confianza de Viriato. Sin
embargo, no todos los pormenores son inventados; por ejemplo, la forma de
romper el cerco de Vetilio, y las líneas generales de la táctica adoptada en
Tríbola, en Erisana, y en el primer año de campaña contra Serviliano, que
corresponden a los relatos históricos. Lo mismo ocurre con la descripción de la
muerte de Vetilio, abatido por un guerrero que, al no reconocer en él al pretor, y
viéndolo sólo como un legionario viejo y gordo, creyó que no tenía ningún
interés conservarlo con vida.
2. Ritos y lugares sagrados