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Representaciones Del Suicidio en La Cultura Pop Japonesa

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RUMBOS TS, año XVI, Nº 24, 2021. ISSN en línea 0719-7721. Licencia CC BY 4.0. pp.

11-41

Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la


cultura pop japonesa post 80’s
Nihon no jisatsu: Suicide representations in post 80’s
Japanese pop culture

Fecha recepción: octubre 2020 / fecha aceptación: enero 2021

Karina Araya Leiva1


DOI: https://doi.org/10.51188/rrts.num24.445

Resumen
En la siguiente investigación, realizaremos un análisis del suicidio en Japón a
partir de diversas representaciones de esta temática presentes en la cultura
pop nipona, tales como el cine, la animación (anime) y la literatura
–comenzando desde fines de los años ochenta y extendiéndonos hasta la
actualidad–. Nuestra propuesta aboga por la comprensión de este fenómeno
desde una perspectiva sociocultural, ya que la forma en que la sociedad
japonesa lo concibe parece estar ligada con ideas y creencias de gran
profundidad que conforman su visión de mundo. Así, la cotidianidad con que
los autores trabajados retratan el suicidio al igual que la consciencia que
poseen sobre su existencia, nos parecen el reflejo de lo que llamaremos una
“cultura del suicidio”.

Palabras clave: Suicidio; Cultura pop; Japón; Representaciones; Cultura del


suicidio.

Abstract
In the following research, we will analyze suicide in Japan through the
representations found in Japanese pop culture, such as cinema, animation
(anime) and literature –starting in the late eighties and extending to the
present–. Our proposal advocates for an understanding of this phenomenon
from a sociocultural perspective, since the way in which Japanese society
conceives this topic seems to be linked to ideas and beliefs of great depth,
the same that structure its world view. Thus, the daily manner the studied
authors portray suicide, as well as the awareness they possess about its
existence, seems to us a reflection of what we will call a “suicide culture”.

Keywords: Suicide; Pop culture; Japan; Representations; Suicide culture.

1 Licenciada en Historia de la Universidad de Chile y egresada de Magíster en Estudios Clásicos de


la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Investigadora independiente.
Email: karina.araya.leiva@gmail.com

Carrera de Trabajo Social · Facultad de Derecho y Humanidades · Universidad Central 11


Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
por Karina Araya Leiva

Introducción
Japón se ha mantenido entre los países con las mayores tasas de suicidio del mundo
por años, contando con alrededor de 20.000 casos y una tasa de 16,0 por cada
100.000 habitantes en 2019.2 Dicha situación ha convertido a este fenómeno en un
tema-país que continúa preocupando a las autoridades locales en la actualidad, a
pesar de la tendencia al descenso que ha presentado en la última década.

Aunque las tasas de suicidio japonesas son altas, estas se encuentran por
debajo de las de otros países como Lituania o Corea del Sur3. No obstante, si
realizamos el ejercicio de hablar acerca del suicidio, es muy probable que tanto
aquellos que estamos más familiarizados con la cultura nipona, como aquellos que
no, asociemos este fenómeno con mayor facilidad a Japón antes que a cualquiera
de los países que le superan en términos estadísticos. Basta con evocar el seppuku
–más conocido en Occidente como harakiri–, forma de suicidio ritual practicada
por los samuráis; los ataques suicidas llevados a cabo por pilotos nipones durante
la Segunda Guerra Mundial (kamikaze); o, en el presente, la popularidad que
adquirieron Aokigahara, conocido como el “Bosque del suicidio”, o los suicidios
colectivos –muchas veces pactados por internet–. Siguiendo esta línea, creemos
que no se trata sólo de números, sino que es posible identificar una diferencia
significativa en la relación que tienen los japoneses con el suicidio y, por ende,
con la muerte. Relación que opera a un nivel más profundo, en tanto se coliga con
creencias, ideales, tradiciones y costumbres que son propios de la cultura japonesa
y que difieren manifiestamente de las concepciones acerca del suicidio a las que el
mundo Occidental está acostumbrado.

A partir del tratamiento que ha tenido esta temática dentro de la cultura pop
nipona –comenzando desde fines de los años ochenta y extendiéndonos hasta
la actualidad– realizaremos un análisis de diversas representaciones del suicidio
presentes en el cine, la animación japonesa (anime) y la literatura en las que creemos
posible identificar lo que entenderemos como una “cultura del suicidio”. Esta se
demuestra en la cercanía y cotidianidad con que diversos autores japoneses han
retratado la temática y se refleja en hechos como la publicación del libro Kanzen
Jisatsu Manyuaru (1993) (en español: Completo Manual del Suicidio), texto que

2 Esto según los datos entregados en el Libro Blanco sobre la prevención del suicidio de 2020, elaborado
por el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de Japón, citado en el artículo “El suicidio es la principal
causa de muerte entre los jóvenes en Japón”, publicado por el medio online nippon.com (Nippon.com,
2020a). Allí, además de la tasa de suicidios –que fue la más baja desde 1978, año en que se comenzaron
a recopilar estos datos–, exponen que el número de suicidios en 2019 disminuyó por décimo año
consecutivo hasta un mínimo histórico de 20.169. Sin embargo, el artículo también se refiere al alarmante
aumento en cerca de un 10%, de los suicidios entre niños y jóvenes; tema al que nos referiremos con
mayor detención más adelante. Finalmente, es importante mencionar que este 16,0 sigue encontrándose
muy por encima del promedio mundial que ronda el 10,0 y, además, mantiene a Japón con la tasa
más alta entre los países del G-7 acorde con la información entregada por la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Véase: OCDE (2020).
3 Según datos de la OCDE (2020), Lituania se ha mantenido desde los años 90 con la tasa de suicidios
más alta de entre los países presentes en la base de datos, sólo superados por Corea entre los años 2010
y 2011. Asimismo, otros países del sector, tales como Rusia, Hungría y Eslovenia también se mantuvieron
entre 1980 y 2015-2016 con tasas mayores que las japonesas. Finalmente, cabe destacar el caso ya
mencionado de Corea, que desde el año 2000 comenzó un aumento progresivo en sus tasas de suicidio,
que la llevaron a sobrepasar a Japón en el año 2002 y a continuar subiendo en la gráfica.

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presenta un amplio listado de formas para quitarse la vida y que ha sido un éxito
de ventas en Japón, o en la fama que ha adquirido Aokigahara, el bosque antes
mencionado, cuya popularidad en Occidente ha aumentado de manera exponencial
desde que se diera a conocer su existencia a través de medios de comunicación
masiva, principalmente vía internet.4

En el presente estudio nos proponemos realizar una mirada interdisciplinar a


este complejo fenómeno, la cual será planteada desde el campo de los estudios
culturales.5 Para ello, hemos tomado como base elementos teóricos y metodológicos
provenientes de la historiografía –en particular, desde la historia cultural6–,
integrándolos con los de otras disciplinas de las humanidades y las ciencias sociales
cuyos saberes se encuentran en constante diálogo.

Respecto a la investigación interdisciplinar, Consuelo Uribe (2012) expone la


definición ofrecida por el comité interinstitucional que lideró la Academia Nacional
de Ciencias de los Estados Unidos en el año 2005, para quienes:
Es un tipo de investigación realizada por equipos o por individuos
por la cual se integran información, datos, técnicas, herramientas,
perspectivas, conceptos, y/o teorías de dos o más disciplinas o cuerpos
especializados de conocimiento orientados a avanzar una comprensión
fundamental o resolver problemas cuyas soluciones yacen más allá del
ámbito de una sola disciplina o área de práctica investigativa (p. 154).

Siguiendo lo antes expuesto, sostenemos que el suicidio posee diversas aristas.


Si bien las áreas de la salud y las ciencias sociales han trabajado extensamente este
asunto –en especial la psiquiatría y la psicología–, creemos que también es importante
atender a algunos factores en los que otras disciplinas se han interesado. Por esta
razón, además de investigaciones procedentes de las áreas recién mencionadas,
hemos incorporado otras provenientes de la historia, la antropología, la sociología
y los estudios sobre comunicación y medios. Con ello, buscamos construir nuevos
conocimientos en torno a este problema complejo (Uribe, 2012) que requiere de

4 En el año 2012, la revista independiente VICE publicó en su cuenta de YouTube un breve documental
(lanzado en vice.com el año 2011) titulado “Suicide Forest in Japan”, el cual les posicionó como uno
de los primeros medios que se refirieron a Aokigahara y a su fuerte asociación con el suicidio fuera de
Japón. Actualmente, cuenta con más de 18 millones de visitas (Vice, 2012).
5 Eguzki Urteaga (2009) logra sintetizar algunas de las características más importantes de esta corriente
intelectual surgida en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Para dicho autor, los estudios culturales
se presentan como un paradigma y planteamiento teórico coherente que considera la cultura en un
sentido amplio, pasando de una reflexión centrada en el vínculo cultura-nación a una visión de la cultura
de los grupos sociales. No obstante, el que continúen vigentes tendría que ver con su capacidad de ir
transformándose y trabajando temáticas que otras disciplinas han descuidado. De esa forma, el término
marca el rechazo de las separaciones disciplinares y las especializaciones; la voluntad de combinar las
contribuciones y los cuestionamientos provenientes de los saberes mestizados; además de la convicción
de que lo que está en juego en el mundo contemporáneo necesita ser cuestionado a partir del enfoque
cultural. (p. 2).
6 Se trata de una corriente historiográfica que toma como elemento central el concepto de cultura en su
más amplio significado. Entendiendo por cultura los diversos ámbitos en los que se desenvuelve el ser
humano e incluyendo las manifestaciones culturales de aquellos grupos que hasta ese momento habían
sido invisibilizados por la historia oficial. Véase: Burke, P. (2006)

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una mirada múltiple, a través de la transgresión o quiebre de las fronteras entre


disciplinas (Grossberg, 2009; Urteaga, 2009).

Conjuntamente, según la propuesta de Lawrence Grossberg, los estudios


culturales describirían cómo las vidas cotidianas de las personas están articuladas
por la cultura y con ella. Explorando las posibilidades históricas de transformación
de las realidades vividas por esas personas y las relaciones de poder en las que
se construyen dichas realidades. De este modo, el autor propone la idea de
contextualidad radical para explicar que, ante todo, esta corriente se ocupa de
interrogar contextos o coyunturas. Así, a propósito del supuesto de relacionalidad,
afirma
“que la identidad, importancia y efectos de cualquier práctica o evento
(incluyendo los culturales) se definen solo por la compleja serie de
relaciones que le rodean, interpenetran y configuran, haciéndole ser lo
que es. Ningún elemento puede aislarse de sus relaciones, aunque esas
relaciones puedan cambiarse, y estén cambiando constantemente”
(2009, p. 17).

De allí se desprende nuestro interés por analizar el suicidio en su contexto,


enfocándonos en la construcción de ciertos discursos en torno a este fenómeno
cuyos orígenes podrían remontarse al menos al siglo xi, con el surgimiento del código
ético que llegaría a ser conocido como bushidō (Rozas, 2020, p. 18), pasando por sus
diversos cambios y continuidades hasta llegar a la actualidad. Con el objetivo de
comprender cómo se han integrado en la cotidianeidad de la sociedad japonesa y
sus manifestaciones culturales.

Destacamos, por último, que los estudios culturales “han renovado el debate
en torno a las relaciones entre la cultura y la sociedad. Concediendo a los medios de
comunicación y a las vivencias de las clases populares una atención hasta entonces
reservada a la cultura de los letrados” (Urteaga, 2009, p. 1). Por consiguiente, el
concepto de cultura pop adquiere gran relevancia, especialmente en un país donde
la industria cultural ha alcanzado tal grado de desarrollo e influencia económica
como en Japón (Tanaka et al, 2011; Rozas, 2020). Lo que, además, la ha transformado
en una significativa plataforma de diplomacia y exportación de ideas a través del
soft power y el fenómeno del Cool Japan (Rozas, 2020).7

Si bien se trata de un concepto cuya definición podría ocuparnos


prolongadamente, a modo general entenderemos por cultura pop las diversas
manifestaciones –ya sea prácticas, experiencias o productos– de la cultura popular
(en este caso, la japonesa). Estas tienen la característica de estar guiadas por una
lógica mediática, es decir, vinculada con los medios de comunicación masiva –donde
el internet posee un papel preponderante en la actualidad– y de mercado, o sea,
inserta en el sistema capitalista en términos de producción, formas de distribución
y consumo (Soares, 2014, p. 70; Janotti, 2015, p. 45-47; Meo, 2015, p. 361-363). Este
último punto no necesariamente debe asociarse con una ausencia de creatividad

7 Para más información véase el capítulo “Entre la tradición y el cool Japan. El intercambio cultural entre
Japón y Latinoamérica desde la perspectiva del soft power y la cultura popular” (pp. 118-134) en Rozas
(2020).

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o innovación, ya que la producción de las industrias culturales depende también


del talento de las y los autores de contenido original (Meo, 2015, p. 368). Por estas
razones, aquello considerado pop cabe dentro de un amplio grupo que incluye a
ciertos tipos de literatura, la animación, los videojuegos, la música, el cine y otros
aspectos que forman parte de los imaginarios colectivos de la sociedad en cuestión.
Aunque en un comienzo el concepto se utilizaba de forma despectiva para hacer
una distinción entre la cultura de las clases bajas y la “alta cultura” de la élite, en la
actualidad se ha transformado en un fenómeno mucho más transversal. Asimismo,
cabe destacar que esta mayor masificación y apertura, que podemos relacionar con
el proceso de Globalización, le ha permitido a Occidente la posibilidad de acceder
a diversos productos de la industria cultural japonesa, abriéndole un espacio
importante a Japón en estos mercados.

En base a lo anterior, nuestro objetivo es comprender de qué manera se


representa el suicidio en cada uno de los casos seleccionados y si es posible
identificar, a partir de dichas representaciones, puntos en común que nos permitan
comprobar la existencia de un “imaginario japonés” en torno a este tópico. Para
ello, nos valdremos de los conceptos de representación e imaginario, entendiendo
el primero como aquellas
“mediaciones gracias a las cuales nos acercamos al mundo, lo
conocemos, lo pensamos o lo configuramos, en suma: lo representamos.
Esto quiere decir que no vivimos en un mundo meramente físico,
constituido tan sólo por sense data, sino en un universo configurado
por nuestro ‹‹espíritu››” (Zamora, 2007, p. 313).

Mientras que el segundo será entendido como “el sistema de representaciones


que, en tanto comunidad determinada, un grupo de personas o grupo social suele
compartir” (Cisternas et al, 2005, p. 145). Proponemos, en consecuencia, que un
imaginario corresponde al conjunto de las representaciones que cierto grupo
humano comparte, desde donde se podría desprender la existencia (o no) de una
“cultura del suicidio” en Japón.

Japón y el suicidio
La palabra japonesa para suicidio es jisatsu y, al igual que en otros idiomas, significa
“matarse a sí mismo”. A nivel académico, uno de los primeros autores en trabajar
esta temática de modo sistemático fue Émile Durkheim. El sociólogo francés definió
el suicidio como “todo caso de muerte que resulte, directa o indirectamente, de un
acto, positivo o negativo, realizado por la víctima misma, sabiendo ella que debía
producir este resultado” (1928, p. 5). Esta definición enfatiza en la voluntad de morir
del suicida, puesto que –si seguimos la línea argumental de Durkheim–, una acción
que lleva a la muerte propia sin estar acompañada de la voluntad de lograr dicho
resultado, no se podría considerar suicidio. El problema es que esto conduce a una
dificultad de la que el mismo autor está consciente, esta es, que no siempre es
posible conocer las intenciones de la persona fallecida, salvo, tal vez, en casos en
que el hecho es ostensible o en los que la víctima se encargó de dejar constancia
de ello.

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
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Las cifras
Con respecto al caso nipón, creemos que basta con examinar los datos oficiales8
para afirmar que el suicidio es un problema con el que la sociedad japonesa ha
coexistido largamente. En este sentido, cabe señalar que, entre los países que
poseen las tasas más elevadas, las suyas se han mantenido relativamente constantes
durante gran parte del período estudiado, pudiendo hallar sólo algunos incrementos
de cierta consideración. Entre ellos, un aumento de casi cuatro puntos entre 1982
y 1983, en que pasó de 20,50 a 24,30 suicidios por cada cien mil habitantes; y,
posteriormente, un aumento de más de cinco puntos entre 1997 y 1998, en que las
tasas pasaron de los 18,0 a los 23,90 suicidios por cada cien mil habitantes, lo que
implicó que por primera vez se superaran los 30.000 suicidios anuales. Cifras que
continuaron subiendo hasta llegar a su peak de 27,0 en el año 2003.9

Creemos posible asociar ambas tendencias al alza con acontecimientos


históricos determinados. Así, por ejemplo, el primer caso se corresponde con el
terremoto –y posterior tsunami– ocurrido en mayo del año 1983, desastre natural de
gran magnitud que afectó especialmente a la prefectura de Akita y dejó un saldo
de más de 100 fallecidos. Por su parte, el último aumento coincide con algunos
de los años más afectados por la crisis económica que atravesó Japón durante
fines de los ochenta y a lo largo de los noventa. La cual solo empeoró tras la Crisis
asiática,10 que llevó a la quiebra de una serie de instituciones bancarias entre 1997 y
1998, provocando el consiguiente pánico financiero. Al que se añadieron altas tasas
de desempleo. De hecho, la sociedad japonesa se enfrentó a grandes dificultades
desde que estallara la burbuja económica en 1991 y el país se sumergiera en una
economía de recesión. Por estas razones se conoce a la década de los noventa
como la “década perdida”; un período del que recién se comenzaron a recuperar
en 2002.11 Asimismo, diversos expertos coinciden en afirmar que ello dejó un vacío
espiritual y moral pronunciado (Rubio, 2006, p. 263). No obstante, es fundamental

8 Respecto a este punto, nos hemos valido de la base de datos “Estados de salud” de la OCDE (2020),
que permite acceder a las tasas de suicidio por cada 100.000 habitantes de más de cuarenta países hasta
el año 2016. Esta información es de acceso público y se puede hallar en el siguiente enlace: <https://
data.oecd.org/healthstat/suicide-rates.htm>. A su vez, los datos entregados por la OCDE se basan en
las estadísticas de mortalidad realizadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) (2018), que
también se encuentran actualizadas sólo hasta el año 2016 y están disponibles en: <https://www.who.
int/data/gho/data/indicators/indicator-details/GHO/crude-suicide-rates-(per-100-000-population)>.
Finalmente, es necesario mencionar que Japón se encarga de elaborar sus propias estadísticas, que
se entregan a través de la Agencia Nacional de Policía o de informes realizados por el Ministerio de
Salud, Trabajo y Bienestar. Lamentablemente, los datos se encuentran en japonés, haciendo difícil el
acceso para quienes no manejan el idioma. No obstante, medios como nippon.com se han encargado
de traducirlos y difundirlos, lo que nos ha permitido acceder a algunos de ellos y contrastarlos con las
fuentes anteriores.
9 Aunque los datos de la OCDE (2020) indican que la tasa del año 2003 (que habría sido de 23,3) no
sería más alta que la de 1998, diversos medios especializados que utilizan como base los datos de la
Agencia Nacional de Policía de Japón (Nippon.com, 2020b; Wakatsuki y Griffiths, 2018) indican que el
año 2003 tuvo las cifras más altas desde 1978, con un total de 34.427 suicidios.
10 Se trató de un período de dificultad financiera que estalló en julio de 1997 en Tailandia y afectó a un
amplio sector de Asia. El cual terminó por expandirse al resto del mundo, en un fenómeno de contagio
financiero que la convirtió en la primera gran crisis de la era de la Globalización.
11 Para más información véase Solís (2010) y el capítulo “El resurgir de Japón desde el deporte:
Transformaciones económicas, sociales y relaciones internacionales en tiempos de Juegos Olímpicos y
mundiales de fútbol” (pp. 92-117) en Rozas (2020).

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recordar que no podemos asumir que estos hechos sean la única explicación
posible para dichas variaciones, ya que hay múltiples factores que pueden influir en
las decisiones de un individuo o grupo.

Si bien, el suicidio ha afectado de manera transversal a la sociedad japonesa,


hay algunos grupos cuya vulnerabilidad es bastante mayor. Entre ellos, los varones
de mediana edad (30-59 años) tienen el porcentaje de suicidios más grande de
Japón con una cifra cercana al cincuenta por ciento del total (Teixeira, 2014, p.
2; Takahashi, 2017). Situación que se ha tendido a relacionar con la organización
patriarcal que aún poseen las familias japonesas, en las cuales el padre se considera
responsable de los otros miembros de la agrupación familiar y, ante todo, suele ser
su sustento. Acorde con lo anterior, se ha identificado el desempleo y el aumento
en la cantidad de divorcios como factores clave a la hora de comprender las altas
tasas de suicidio que presenta este grupo en particular. Luego les siguen los
ancianos, conjunto formado por aquellos individuos de sesenta años o más y que
representan casi un cuarenta por ciento del total (Teixeira, 2014, p. 2; Takahashi,
2017). En términos demográficos, Japón es un país que está envejeciendo, razón
por la que estudiosos como Yoshitomo Takahashi creen que este problema podría
ir empeorando si no se le otorga la atención adecuada (1998, p. 124-125, 129). Y, en
último lugar, se encuentra el grupo de los jóvenes, que comprende a las personas
que se encuentran entre los cinco y los veintinueve años. Aunque nos hemos
encontrado con datos un tanto contradictorios, algunos autores proponen que
estos formarían cerca de un veinte por ciento del total de suicidios (Teixeira, 2014,
p. 3-4). En tanto que las cifras oficiales indican que el número es más próximo al
diez por ciento (Takahashi, 2017). Otro punto discordante es que, mientras ciertos
investigadores afirman que las tasas de suicidio habían mostrado una tendencia al
descenso durante las últimas décadas (Takahashi, 1998, p. 121-122), la investigadora
Chikako Ozawa-de Silva señala que dentro de este grupo se han producido las alzas
más considerables (2008, p. 519-520) –lo que se podría explicar por la diferencia de
diez años entre cada estudio– y demostraría que la situación de los individuos en
este rango etario ha empeorado. Un reflejo de ello es que el suicidio se ha convertido
en una de las principales causas de muerte entre personas menores de treinta años
(Nippon.com, 2020a). A esto se suma el preocupante aumento de los suicidios
entre niños y adolescentes, que se ha concentrado en estudiantes de secundaria y
ha puesto en jaque a las escuelas. Colocando el foco en la problemática del acoso y
estrés al que se somete a los estudiantes (Wakatsuki y Griffiths, 2018).

A partir de los datos anteriores, es posible observar que el suicidio en Japón


es un asunto de género, puesto que casi el setenta por ciento del total de casos
corresponde a hombres (Takahashi, 2017; nippon.com, 2020b). Tal como acabamos
de mencionar, se puede deducir una relación de estas cifras con el ordenamiento
patriarcal que todavía influye en la sociedad japonesa y pone un gran peso sobre
los hombros de los varones en edad laboral y con familias que mantener, en especial
tras el colapso del sistema de empleo de por vida (Ueno, 2005). Por su parte,
también hemos observado que las ideas del suicidio como algo honorable –tanto
en sus orígenes, como en su desarrollo posterior– está relacionada con actividades
típicamente “masculinas” como la guerra o el trabajo, tal como veremos en la
siguiente sección.

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
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Por lo demás, la preocupación del gobierno ante las altas tasas de suicidio llevó
a que en 1996 se aprobara la Ley Básica de Prevención del Suicidio y se declarara
la necesidad de tratar el suicidio como un problema que afecta a la sociedad en
su conjunto. Al año siguiente, se publicó la Guía de Políticas de Prevención del
Suicidio. De esa manera, el suicidio quedó claramente definido como un fenómeno
a abordar como problema social, dejándose atrás la tendencia dominante en Japón
hasta entonces considerar el suicidio como un problema individual (Takahashi,
2017). Posteriormente, en 2016, el gobierno japonés se planteó recortar la tasa de
suicidios en un treinta por ciento para 2026, poniendo particular énfasis en las
personas jóvenes. Parte del plan incluye contratar consejeros para cada escuela
primaria y secundaria del país y lanzar una línea de atención de 24 horas (Wakatsuki
y Griffiths, 2018).

El contexto
En general, el suicidio en el mundo Occidental ha sido investigado desde un enfoque
psicológico o psiquiátrico, disciplinas que suelen buscar en trastornos mentales
u otros padecimientos similares las explicaciones a las conductas suicidas. El
problema de este tipo de trabajos es que ofrecen una visión parcial, en tanto que
–en muchas ocasiones– no consideran la incidencia de otros factores, como los de
orden sociocultural, entre los que se cuentan las creencias, las tradiciones o los
ideales de quienes eligen quitarse la vida. Algo que, en el caso japonés, requiere de
nuestra especial atención debido a lo arraigado que parece estar el suicidio dentro
de su cultura.

Acorde con ello, no creemos posible afirmar que este fenómeno tenga un
carácter de tabú para los japoneses,12 situación que les diferencia de otras partes del
mundo, particularmente, de aquellos lugares donde la influencia del cristianismo, el
islam u otros credos, le han otorgado un valor negativo a este acto. Por el contrario,
en Japón no sólo existe una actitud de relativa tolerancia frente al suicidio, sino que,
además, este puede evocar antiguos valores –fundamentalmente ligados al honor–
que generan gran respeto y que han calado hondo en sus imaginarios. Puesto
que el suicidio no es visto como una negación del valor de la vida, sino como una
afirmación del valor del deber moral de uno hacia otros (giri). El sentido del deber
japonés es conducido puramente por el contexto social, no por Dios o por una
ley moral, y hace al acto suicida el resultado lógico de una compleja interacción
de factores sociales y tiene poco, en la mayoría de las circunstancias, que ver con
la enfermedad (Young, 2002, p. 413). Al respecto, Ruth Benedict declara que “la
acción agresiva máxima que el japonés de hoy realiza contra sí mismo es el suicidio.
De acuerdo con sus principios, el suicidio, debidamente llevado a cabo, limpiará su
nombre y perpetuará su memoria”. Pues, “el respeto que los japoneses le conceden
permite convertirlo en un acto honorable y útil. En ciertas situaciones es el medio
más digno de satisfacer el giri hacia el propio nombre” (2006, p. 124).

12 Entendiéndose tabú como algo considerado inaceptable o prohibido para una sociedad determinada.

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Siguiendo esta línea, la ritualización del acto de quitarse la vida forma parte de
la tradición japonesa y su principal antecedente es el seppuku o harakiri13. Esta forma
de suicidio ritual era uno de los componentes del bushidō14 y consistía en cortarse
el abdomen con un arma cortopunzante (o desentrañamiento); acción a la que le
seguía, idealmente, la decapitación del individuo. Fue una práctica propia de los
samuráis, quienes lo utilizaban, en algunos casos como método para resguardar
su honor –al ser vencidos o capturados por el enemigo– y, en otros, como método
empleado por aquellos que eran condenados a la pena capital tras cometer algún
acto reprochable. También habría sido adoptada por el cuerpo de oficiales de las
fuerzas armadas. Esto demuestra lo planteado por Toyomasa Fusé, quien pone
énfasis en lo institucionalizado que estaba este procedimiento (1980, p. 57), lo cual
le daría una notable validez al acto en sí mismo.

Más adelante, se siguió practicando en casos en que el suicidio implicaba


cuidar el honor propio o el de la familia del suicida. Ejemplos contemporáneos de
personajes que recurrieron al seppuku son el escritor Yukio Mishima y el judoka
Isao Inokuma, que nos demuestran que esta forma de suicidio continúa siendo una
tradición que podríamos identificar como “romántica” (Fusé, 1980, p. 59). Según el
autor antes citado, el seppuku se ha nutrido de la tradición sociocultural japonesa,
así como también por el sistema de valores religiosos y morales, lo cual le ha
convertido en una conducta social y culturalmente aprobada y sancionada de forma
positiva, especialmente cuando se trata de cumplir con el rol o comportamiento
que se espera de los miembros de una organización jerárquica o grupos humanos
altamente formales y unidos. Aunque es posible que el seppuku se haya vuelto
extremadamente raro en el Japón contemporáneo, el tipo de suicidio relacionado
con este “desempeño de roles” parece continuar incluso hasta la actualidad (Fusé,
1980, p. 57, 61-63).

Aunque, a nivel histórico, el bushidō habría desaparecido en el año 1868 con la


restauración Meiji y la posterior caída de la clase samurái, este se habría mantenido
vigente generación tras generación en el corazón de los japoneses, adquiriendo
el carácter de moral nacional (Rozas, 2020). De esa forma, en la nueva era de
desarrollo económico capitalista, pasó a formar parte de los valores empresariales
que resaltaban virtudes como el honor, la lealtad y el trabajo duro. Convirtiéndose
en la base de lo que Rozas (2020) denomina el bushidō empresarial. No era extraño,
a la sazón, que empresarios o trabajadores se quitaran la vida con el objeto de
mantener su honor y la lealtad hacia sus compañías.

Otro hecho que ha marcado el vínculo entre Japón y el suicidio fueron los
ataques suicidas cometidos por pilotos japoneses durante la Segunda Guerra
Mundial. Conocidos en Occidente como kamikaze (viento divino), su verdadero
nombre era Shinpū tokubetsu kōgeki tai, abreviado tokkōtai, que se traduciría al
español como Unidad Especial de Ataque Shinpū. Sus operaciones duraron hasta el
final de la guerra, incluso tras los ataques nucleares a Hiroshima y Nagasaki. El día

13 La palabra harakiri, de uso común en Occidente, es considerada una versión vulgarizada de la palabra
original y, por ello, se utiliza principalmente fuera de Japón.
14 Código ético seguido por los guerreros samurái, que fue influenciado por la filosofía Zen, el sintoísmo
y el confucianismo (Fusé, 1980, p.58; Rozas, 2020, p. 17).

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
por Karina Araya Leiva

15 de agosto, cuando el emperador anunció la rendición de Japón, el vicealmirante


Takijirō Ōnishi, creador de la unidad, se suicidó cometiendo seppuku. Estos hechos
se pueden ligar con el desarrollo del nacionalismo japonés y, con ello, de un bushidō
nacional (Rozas, 2020). Si bien, durante la ocupación estadounidense solía primar,
al menos de manera oficial, una visión negativa acerca de ellos. Tras el término de
la ocupación, se les ha reivindicado como verdaderos héroes nacionales.

Por otra parte, un asunto que debemos tomar en cuenta en cualquier estudio
sobre el suicidio son las concepciones acerca de la muerte presentes en la cultura
estudiada. En el caso japonés, las influencias que han marcado su manera de
comprenderla son diversas, pues:
La muerte y la ritualización de morir han sido construidas desde la
noción de comunidad, cuya cohesión depende del sustento religioso
proporcionado por el Shinto y el Budismo, sin olvidar también la
influencia confuciana. En una cosmovisión de la cual la familia es el
centro, la veneración a los ancestros se instituye como la expresión
religiosa de la comunidad y de los lazos de reciprocidad que le dan
unidad, siendo a la vez el medio a través del cual esta puede perpetuarse.
(Córdova 2012, p.68)

Según lo planteado por Toyomasa Fusé, el surgimiento y el ascenso del


budismo y el bushidō (el Código del Guerrero) habrían alterado la filosofía japonesa
de la “vida”, que comenzó a ser reemplazada por una afirmación de la “muerte”.
En resumen, el significado de la vida fue entendido en términos de la habilidad
de uno para encontrar el momento y el lugar adecuado para morir (1980, p. 62).
En consecuencia, los japoneses no buscan evitar la muerte ni idealizarla, sino
simplemente hallar una muerte digna, cuando y donde ellas y ellos elijan, lo que
nos demuestra la importancia que adquiere aquí el poder de decisión. (Long,
2005). Sin embargo, en la actualidad estas ideas se encuentran en disputa con los
nuevos valores de la sociedad industrializada, que ha puesto mayor énfasis en el
individuo que en la comunidad. Tal como mencionan Katoo Shuuichi y Guillermo
Quartucci, la preocupación principal ya no es la muerte, sino las cuestiones de
este mundo. Conjuntamente, ella ha dejado de ser un hecho comunitario, lo que ha
conducido “al japonés medio a aceptarla con resignación, como parte del mudyoo
(impermanencia de todo lo que vive), sin demasiado dramatismo” (1987, p. 138).

También debemos recordar que Japón aún se encuentra en un proceso de


cambio. Partiendo por haber sido un país que se abrió hacia Occidente de manera
tardía y que se modernizó precipitadamente siguiendo los patrones de la economía
capitalista. Fue esa modernización forzosa la que produjo la convivencia de antiguos
valores, que ponían énfasis en la importancia de la comunidad y la pertenencia a
un grupo, con el característico individualismo de las nuevas generaciones, que se
profundizó tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial y la posterior ocupación
estadounidense (Rozas, 2020). No obstante, esta necesidad de pertenencia ha sido
parte fundamental de las tradiciones japonesas y sigue afectando la forma en que
se relacionan los individuos en sociedad. Existe un deseo abrumador e intenso de
establecer una identidad perteneciendo a un grupo. Un sentido de unidad (ittaikan)
se genera inconscientemente con el grupo y hay una sensibilidad social ante

20 Carrera de Trabajo Social · Facultad de Derecho y Humanidades · Universidad Central


RUMBOS TS, año XVI, Nº 24, 2021. pp. 11-41

cualquier posible ruptura en la armonía de esta relación. El ostracismo del grupo


debe evitarse a toda costa. Hay presiones para ajustarse a un patrón limitado de
comportamiento y pensamiento, y una expectativa de compromiso total con el
grupo. Una consecuencia de esto es que tanto el orgullo como la vergüenza de
un individuo son compartidos por el grupo, y viceversa. La vergüenza, consciente
e inconsciente, es bastante poderosa y es a menudo un factor importante en el
suicidio en Japón (Takahashi y Berger, 1977, p. 248). A lo que se suma el estigma
social y cultural respecto a los problemas de salud mental y la búsqueda de ayuda.

Asimismo, los avances tecnológicos han calado hondo en la realidad


social japonesa, el uso de la computación, los teléfonos móviles y el internet es
generalizado, lo cual ha afectado profundamente las relaciones interpersonales.
Se trata de “una nueva sociedad que ya no necesita estar tan comprometida con
la comunidad, y que busca incesantemente el “yo” por encima del “nosotros”. Es
esta nueva generación la que analizan escritores como Kenzaburo Oé o Haruki
Murakami” (Rubio 2006, p. 263).

Finalmente, cabe mencionar un fenómeno que ha causado gran impacto en


Japón, estos son los llamados pactos suicidas, a los que la autora Chikako Ozawa-De
Silva define como un arreglo entre dos o más individuos para morir juntos o casi
al mismo tiempo (2008, p. 525). El contacto entre estas personas generalmente
se realiza a través de sitios de internet o foros especializados. A diferencia de la
actitud general sobre el suicidio, los japoneses parecen no tener la misma actitud
de tolerancia frente a los pactos suicidas, ya que existe el prejuicio de que son
actos irresponsables e irreflexivos llevados a cabo por personas que no le toman
el verdadero peso a la vida. La misma autora ha trabajado esta temática con gran
profundidad en varios artículos y, contrario a la creencia popular, los asocia con
la necesidad de aquellos que se sienten excluidos de conectarse con otros y, en
definitiva, morir acompañados, dejando la soledad al menos en ese último momento
de sus vidas. Concluye, por tanto, que lejos de ser llevados a cabo por individuos
que no experimentan ningún tipo de sufrimiento serio, los suicidios en Internet se
caracterizan por un severo sufrimiento existencial, una pérdida del “sentido de la
vida” (ikigai), o su ausencia en el caso de muchos japoneses adolescentes y adultos
jóvenes, y una profunda soledad y falta de conexión con los demás (Ozawa-De
Silva, 2008, p. 520).

El suicidio en la cultura pop japonesa


Sobre la base de lo anterior, analizaremos diversas representaciones del suicidio
presentes en expresiones de la cultura pop japonesa como la literatura, la animación
o el cine, desde fines de los años ochenta y hasta la actualidad, con el objetivo
de acercarnos a la forma en que conciben el acto de quitarse la vida. El punto
central de este análisis será la manera en que los autores representan este complejo
fenómeno dentro de sus obras y la lectura que podemos hacer a partir de dichas
representaciones.

Se trata de obras con cierta notoriedad o popularidad, que tienen al suicidio


como uno de sus tópicos principales o recurrentes. Nuestra metodología será el

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
por Karina Araya Leiva

análisis de contenido, centrándonos en elementos tales como las diferentes formas


de suicidio representadas, las razones que parecen tener los personajes para tomar
esta decisión y las ideas recurrentes en torno al suicidio.

La literatura
Para empezar, nos referiremos al libro Tokio Blues. Norwegian Wood, escrito por
Haruki Murakami, publicado en el año 1987, puesto que se trata de una novela en
que el suicidio tiene gran importancia para el desarrollo de la trama. La historia
es relatada por su protagonista, Toru Watanabe, quien al inicio del relato ya es un
hombre de treinta y siete años. Pero, tras oír la canción Norwegian Wood de The
Beatles comenzará a evocar algunos vívidos recuerdos de juventud: sus amistades,
sus relaciones amorosas y la solitaria vida universitaria que llevó durante su estadía
en Tokio.

Sin embargo, uno de los acontecimientos que marcará notoriamente la vida


de Toru será el suicidio de su mejor amigo de la adolescencia, Kizuki; experiencia
que afectará enormemente su posicionamiento frente a la vida y su relación
con la muerte. En este sentido, Murakami logra retratar de manera profunda y
convincente los sentimientos asociados a la pérdida de un ser querido. La siguiente
cita nos permite comprender el impacto que tuvo en el protagonista esta dolorosa
experiencia:
(…) en mi interior permanecía una especie de masa de aire de contornos
imprecisos. Con el paso del tiempo, esta masa empezó a definirse.
Ahora puedo traducirla en las siguientes palabras: «La muerte no existe
en contraposición a la vida sino como parte de ella». Expresado en
palabras, suena a tópico, pero yo en ese momento lo sentía como una
masa de aire en mi interior. La muerte estaba presente en el pisapapeles,
en las cuatro bolas rojas y blancas alineadas sobre la mesa de billar. Y
nosotros vivimos respirándola, y va adentrándose en nuestros pulmones
como un polvo fino. Hasta entonces había concebido la muerte como
una existencia independiente, separada por completo de la vida.
«Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que
nos atrape nos veremos libres de ella.» Yo pensaba así. Me parecía un
razonamiento lógico. La vida está en esta orilla; la muerte, en la otra.
Nosotros estamos aquí, y no allí. A partir de la noche en que murió
Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan
simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado
implícita en mi ser desde un principio. Y este era un hecho que, por más
que lo intenté, no pude olvidar. (Murakami, 2014, p. 37)

A partir de esa experiencia, es posible notar una serie de cambios en la forma


en que el protagonista comprenderá la muerte. En este sentido, podemos advertir
una clara asociación con algunas ideas mencionadas en el apartado anterior. En
primer lugar, hay un sentimiento de convivencia con la muerte –y, en este caso
también, con el suicidio–. Asimismo, creemos ver en esta nueva forma de concebir
la muerte de Toru, un reflejo de la disputa entre dos formas posibles de entender

22 Carrera de Trabajo Social · Facultad de Derecho y Humanidades · Universidad Central


RUMBOS TS, año XVI, Nº 24, 2021. pp. 11-41

este fenómeno. El joven pasa de una visión de la muerte como algo separado y
contrapuesto a la vida, a una que le hace entenderla como parte de ella.

Otro suceso de gran relevancia para Toru será su vínculo con Naoko, quien
fue la novia de Kizuki y con la que mantendrá una relación amorosa más adelante.
Naoko es una joven que ha convivido con la muerte, situación que ha afectado
fuertemente su vida y que parece nunca superar por completo. Al abrirse con el
protagonista, llegará un momento en que decide referirse a su hermana, quien
también había cometido suicidio –al igual que su expareja– y, además, tal como ella
menciona, hubo varias semejanzas entre las muertes de ambos: ninguno dejó una
nota, los dos tenían diecisiete años en aquel instante y nada permitía suponer que
fueran a suicidarse. En la siguiente cita nos narra sus impresiones al respecto:
Después de que mi hermana muriera, leí muchos de los libros que ella
había dejado, pero era muy triste. Encontraba notas suyas escritas en
los márgenes, flores secas entre las páginas, cartas de su novio entre
las hojas de los libros. Lloré infinidad de veces al verlas. […] Era una
persona a la que le gustaba solucionar las cosas por sí misma. Nunca
pedía consejo ni ayuda a nadie. No era orgullosa. Siempre actuó de
la misma forma. Mis padres se habían acostumbrado y pensaban que
no pasaba nada si la dejaban en paz. Yo solía preguntarle cosas, y mi
hermana me aconsejaba, pero ella jamás le consultaba nada a nadie.
Todo lo solucionaba sola. (Murakami, 2014, p. 193)

La descripción que realiza Naoko subraya algunas características propias de


una persona que podría llegar a cometer suicidio, siendo un factor significativo
el no pedir ayuda a nadie. Esto deja implícito que la joven solía guardarse sus
problemas para sí misma y, por esa razón, nadie sabía lo que realmente sentía ni
creyeron posible que llegara a quitarse la vida. El aire melancólico de Naoko parece
llevarla de la mano con la muerte y, quizás, nos augura su final, ya que al igual
que su hermana y Kizuki tomará la decisión de suicidarse, lo que dejará a Toru
completamente abrumado. En las siguientes líneas podemos notar lo difícil que es
para él aceptar su pérdida:
Entre trago y trago de whisky, escuchando el ruido de las olas, pensaba
en Naoko. Era tan extraño que hubiese muerto, tan extraño que no
estuviera ya en este mundo… Todavía no lo había asimilado. No podía
creerlo. Había oído el repiqueteo de los clavos sobre su ataúd, pero no
podía relacionarlo con el hecho incontestable, de que Naoko hubiera
vuelto a la nada. (Murakami, 2014, p. 354-355)

Podríamos identificar un posicionamiento filosófico de Murakami


respecto a este punto al poner en boca de Toru la idea de la muerte
como una vuelta a la nada, como un vacío o ausencia. Lo que, a su
vez, le alejaría de una visión ligada a creencias religiosas tradicionales
preponderantes en Japón como el shinto, el budismo o, inclusive, el
cristianismo.

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
por Karina Araya Leiva

Por último, es necesario mencionar el contexto en que se desarrolla gran parte


del relato, ya que la representación de Tokio de finales de los sesenta que hace el
autor nos permitirá comprender mejor los sentimientos que han dominado Japón en
el último tiempo. Tal como explica Pedro Teixeira, Norwegian Wood toma lugar en
el contexto de las protestas estudiantiles mencionadas en el prólogo del Completo
Manual del Suicidio de Tsurumi, y por lo tanto arroja luz sobre la mentalidad juvenil
que fue la precursora de la apatía social y pesimismo de hoy. El mismo Murakami
fue parte de la Dankai no Sedai (o Generación Baby Boomer), y el escenario de
Norwegian Wood podría ser extraído de sus propias experiencias postguerra (2014,
p. 47-48).

Por su parte, el libro Kanzen Jisatsu Manyuaru (el recién mencionado Completo
manual del suicidio) fue escrito por Wataru Tsurumi y publicado en el año 1993. A
pesar de su naturaleza y la forma en que trabaja la temática del suicidio, fue un
total éxito de ventas en Japón, más allá de lo polémica y controversial que fue su
publicación. En él, se presentan en detalle diversas formas de quitarse la vida, entre
las que se incluyen métodos populares, tales como la sobredosis, el ahorcamiento,
la intoxicación por gases, al igual que otros menos convencionales. Estos métodos
son clasificados por el autor siguiendo una serie de criterios, que incluyen, por
ejemplo, el grado de dolor, la preparación necesaria para realizarlo o la repulsión
que pueda causar el cuerpo tras llevarlo a cabo.

Uno de los puntos que llama la atención es que, salvo algunos casos específicos,
no fue censurado ni prohibida su venta para menores de edad. Creemos que esto
nos demuestra que este tipo de publicaciones no son algo sorprendente y pueden
llegar a ser aceptables dentro de la sociedad japonesa. Pues, aunque incluso se ha
encontrado junto al cuerpo de diversos suicidas, el libro sigue siendo comercializado.
Su autor alega que su intención al publicar este texto no es promover el suicidio, sino
más bien, ayudar a quienes desean quitarse la vida a lograrlo de manera efectiva y
acorde a las expectativas que ellos posean. Tsurumi asocia este fenómeno con las
dificultades de vivir en la sociedad japonesa contemporánea. Puesto que, según su
parecer, se trata de una sociedad marcada por las presiones sociales, la competencia
y la falta de identidad, lo cual le produce gran desazón. Además, ha expresado
que no ve al suicidio como un acto negativo. Pedro Teixeira se refiere con mayor
profundidad a la visión que posee el autor al respecto, quien explica la manera en
que su generación llegó a tener una perspectiva hastiada de la vida, mencionando
una lista de los sucesos más importantes que vivió su generación (las protestas
estudiantiles japonesas durante los años 60 y 70, la escalada del conflicto con la
Rusia soviética, el alunizaje del Apolo, etc.) que lo engañaron a él y a sus compañeros
al creer que ellos tenían el mismo potencial que la generación de la Segunda Guerra
Mundial para producir un impacto significativo en el mundo. Sin embargo, el mundo
se mantuvo relativamente sin cambios –al menos en comparación con la guerra a
escala global que se había desatado décadas antes– a pesar de todas las promesas
anunciadas por estos eventos, aparentemente transformadores. Este período de
estabilidad sin precedentes fue un chequeo de la realidad para la generación de
Tsurumi: para ellos, sus esperanzas de hacer una diferencia, independientemente de
si era buena o mala, eran totalmente idealistas (Teixeira, 2014, p.15).

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RUMBOS TS, año XVI, Nº 24, 2021. pp. 11-41

Como es posible notar, se trata de una sensación respecto a la sociedad


japonesa compartida con Haruki Murakami. Ambos autores pertenecen a una
generación que se vio enfrentada a una realidad completamente distinta de la que
esperaban y cuya reacción fue muchas veces la decepción o el hastío.

Tras el intenso debate que se formó después de la publicación del Completo


Manual del suicidio, el autor lanzó un segundo libro cuyo título es Bokutachi no
Kanzen Jisatsu Manyuaru (1994) (o Nuestra opinión acerca del Completo Manual
del suicidio). En él aparecen cartas de fans y, también, cartas de odio enviadas
por personas que estaban en contra del trabajo de Tsurumi. Este texto permitió
que se originara una discusión sobre las razones por las cuales una persona llega a
quitarse la vida, lo que cambió la perspectiva con respecto al libro original.

El cine
Por otra parte, Jisatsu Sākuru, más conocida por sus títulos en inglés como Suicide
Club o Suicide Circle, se ha transformado en una película de culto15 tanto dentro
como fuera de Japón. Fue dirigida por Sion Sono y estrenada en el año 2001. Una
de las escenas más conocidas y controversiales se encuentra al comienzo del filme.
Allí nos presentan a un grupo de más de cincuenta colegialas, que alegremente
cuentan hasta tres para luego lanzarse a las vías del tren y ser arrolladas por la
máquina en movimiento. Este episodio será el punto de partida de una cadena de
suicidios a lo largo de todo el país, que los detectives Kuroda, Shibusawa y Murata
deberán investigar.16

15 El concepto de película o filme de culto incluye a una gran diversidad de producciones


cinematográficas alrededor de las cuales se ha formado una especie de “culto popular”. Aunque se
trata de una categoría bastante amplia, siguiendo lo propuesto por Andrés Mego, este tipo de películas
destacan por características como su propensión por la transgresión, pues suelen causar polémica al
tratar temas controvertidos o, en su defecto, convencionales, pero de manera poco convencional. Así
también, acostumbran a “ir más allá de lo que está aceptado ilustrar en pantalla” (2012, p. 6), por lo que,
en muchas ocasiones, nos presentan escenas gráficas de violencia o sexo y forman parte del género de
horror. Cabe recordar que puede haber un –a veces largo– proceso entre la aparición de una obra y su
transformación en película de culto. A muchas de ellas les fue mal en la taquilla cuando se estrenaron,
pero alcanzaron el estatus de películas de culto a través del desarrollo de una lealtad duradera y al ser
seguidas por los fanáticos a lo largo del tiempo –a menudo a través de recomendaciones de boca en
boca–. En concordancia, esta categoría depende especialmente del espectador, pues lo que para uno
puede ser un filme de culto, para otro puede no serlo. Por último, Mego también destaca la fascinación
que parece producir el cine ultraviolento proveniente de países asiáticos como Corea del sur o Japón
(2012, p. 9), lo que ha extendido la fama de este tipo de películas en Occidente.
16 En el año 2002 se publicó el manga Jisatsu Sakuru, escrito e ilustrado por Usamaru Furuya y basado
en la historia original de Sion Sono. Esta obra toma como partida el suicidio de 54 estudiantes al lanzarse
a las vías del tren en Shinjuku, pero la historia varía por completo luego de eso. Al igual que la película, el
manga trata tópicos como la desconexión con respecto a nosotros mismos y a los otros, en conjunto con
otras temáticas controversiales y complejas como la depresión, la autolesión, la prostitución adolescente
o el bullying. Si bien esta forma de historieta propia de Japón también entra dentro de lo que entendemos
por cultura pop, su amplio desarrollo dificulta que podamos referirnos a este interesante tema con la
profundidad que requiere, pues existe una gran variedad de obras que retratan, al menos de forma
tangencial, el suicidio. Además de la ya mencionada y de algunas que dieron base a los animes que
serán trabajados más adelante, contamos con el ejemplo de un manga relativamente popular como es
el caso de Oyasumi Punpun de Inio Asano (publicado entre 2007 y 2013), que trabaja temáticas como
la depresión, las dificultades de algunos individuos para encajar dentro de la sociedad, el abuso y el
suicidio.

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
por Karina Araya Leiva

La cinta, llena de escenas gore y violencia explícita, toca la temática del


suicidio con mayor profundidad de lo que puede parecer en un principio y lo
veremos en la medida que los personajes van desentrañando el misterio detrás
de estos acontecimientos. De esa forma, discute diversos temas relacionados,
entre los que se encuentran, por ejemplo, el papel perjudicial del Internet en la
epidemia de suicidios y el cinismo hacia la cultura consumista y obsesionada con el
trabajo, particularmente en su compromiso de autocomprensión y el desarrollo de
relaciones significativas con otros (Teixeira, 2014, p. 30). Uno de los puntos álgidos
del filme llega cuando el detective Kuroda arriba a su hogar y ve que este se ha
convertido en una escena del crimen, pues su mujer y sus hijos habían cometido
suicidio. Tras esto, Kuroda recibe un extraño llamado. Lo más sorprendente, es que
quien se encuentra al otro lado del teléfono es sólo un niño. Este es el diálogo que
se produce:
Niño: ¿Hola?

Detective Kuroda: ¿Por qué lo hicieron?

Niño: Yo no lo hice.

Detective Kuroda: ¿Por qué?

Niño: ¿Cuál es la conexión con usted?

Detective Kuroda: ¿Qué?

Niño: Adiós.

Detective Kuroda: ¡Espere!

Niño: ¿Entiendes? Entiendo nuestra conexión. Entiendo la conexión con


tu esposa. Entiendo la conexión con tus hijos. Pero la conexión contigo
mismo... ¿Si tú mueres, perderás la conexión contigo mismo? Aunque te
mueras, la conexión con tu esposa permanecerá. También la conexión
con tus hijos. ¿Pero si te mueres, perderás la conexión contigo mismo?

¿Tú te mantendrás con vida? ¿Estás conectado contigo mismo? ¿Por


qué no podías sentir el dolor de otros como si fuera tuyo? ¿Por qué no
podías soportar el dolor de otros como si fuera tuyo? Eres una escoria,
¿podrías dejar de pensar sólo en ti? (Sono, 2001: 01:11:50-01:13:48).

Esta conversación se puede enlazar con lo planteado por Teixeira anteriormente,


ya que, en gran parte, la muerte de la familia del detective se puede interpretar
como resultado de su propia negligencia al descuidar su rol de padre y esposo y
dedicarse demasiado al trabajo. Pues, tal como lo plantea el autor, el niño critica a
Kuroda por su incapacidad de simpatizar con otros y por sólo pensar en sí mismo,
y crípticamente le pregunta al detective si él “se siente conectado consigo mismo”.
Luego de la llamada, Kuroda se dispara (Teixeira, 2014, p. 32).

Por otro lado, Mitsuko es una estudiante de secundaria que intenta encontrar
una explicación para el suicidio de su novio, Masa. Lo que la llevará a hallar el famoso

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RUMBOS TS, año XVI, Nº 24, 2021. pp. 11-41

club de los suicidas tras una visita a la habitación de aquel. Luego de decodificar un
mensaje subliminal y ser contactada por un niño, la invitarán a un lugar específico,
en donde, posiblemente, podrá descubrir las respuestas que busca. Aquí se produce
otra de las intervenciones más interesantes del filme. Se trata del momento en que
Mitsuko entra en el club y es interpelada por un niño, que se encuentra rodeado por
un grupo mayor de infantes:

Niño: Incluso si estuvieras muerta la conexión con tu novio permanecerá.


Aunque estuvieras muerta, la conexión con el mundo permanecerá.
Entonces, ¿por qué estás viviendo? ¿Por qué viniste? ¿Viniste para
arreglar tu conexión contigo misma? ¿O viniste a cortar esa conexión?
¿Estás separada de ti misma?

Mitsuko: ¡Soy yo, y estoy conectada conmigo misma! [los niños


aplauden]

Niño: ¿Estás amarrada a ti? Como entre tú y yo, víctima y asaltante, tú


y tu novio ¿Puedes relacionarte contigo? ¿Estás conectada contigo?
¿Estás buscándote a ti misma? (Sono, 2001: 1:28:16-1:30:26)

Al final de la película, la joven parece haber decidido no quitarse la vida, ya


que veremos una escena en donde ella se encuentra en una estación de trenes.
Todo nos hace pensar que se lanzará a las vías, pero finalmente sólo se sube al tren.
Creemos que este final podría ser interpretado como la reafirmación de sus propias
palabras en el diálogo recién citado. Es decir, Mitsuko realmente estaba conectada
consigo misma; se encontró y también encontró las respuestas que buscaba, por
eso logró romper el círculo del suicidio en que parecía estar inmersa. En este
sentido, es importante mencionar que “diversas investigaciones demuestran que
el suicidio puede llegar a ser contagioso, puesto que la muerte de una persona o
múltiples puede contribuir al aumento de comportamientos suicidas entre otros,
especialmente entre aquellos que ya tienen pensamientos suicidas o tienen un
factor de riesgo conocido para el suicidio” (Wakatsuki y Griffiths, 2018). Asimismo,
Kayoko Ueno (2005), que propone la idea de Japón como una “nación suicida”,
explica que los medios japoneses han puesto constantemente su atención sobre
el suicidio. Así, a mediados de la década de 1980, hubo una amplia cobertura de
los suicidios Ijime (debido al bullying) entre niños en edad escolar. Otras veces, se
observó que jóvenes se suicidaban después de la cobertura masiva de los medios
de comunicación sobre el suicidio de figuras carismáticas y artistas famosos. Se
cree que cada vez que los medios entregan información detallada de este tipo de
incidentes, algunas personas lo imitan. Es como si las razones y los métodos del
suicidio estuvieran dados por el discurso mediático de la época. Por lo cual, no
parece errado pensar que el director tuviera este tipo de sucesos en mente a la hora
de crear su obra.

También nos parece importante destacar que, a nivel de desarrollo


cinematográfico, el filme de Sono aparece en un contexto en que Japón se

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
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enfrentaba al término de una larga bonanza económica. Era el “fin del sueño”. El
duro golpe que recibió la economía japonesa durante los 90’s generó un particular
descontento en la generación juvenil de la época, que se verá reflejado en diversas
producciones audiovisuales. Así como Suicide Club cuestiona la alienación que
el exceso de trabajo o el uso abusivo de la tecnología generan en las relaciones
interpersonales, en el mismo periodo se estrenaban otras películas que hacían
eco de ese sentir. De ese modo, nos encontraremos con una obra como Batoru
rowaiaru (2000) (en inglés Battle royale) de Kinji Fukasaku, que nos presenta a
una sociedad que obliga a un grupo de jóvenes a participar en un juego a muerte
en donde el último que queda en pie es el ganador. La brutalidad de esta premisa
sería un reflejo de la ansiedad y la gran competitividad que existía entre los jóvenes
en aquel momento. Sentimientos que eran fomentados por las altas exigencias
que la sociedad les imponía. Así, durante el transcurso de la cinta veremos que
varios estudiantes elegirán el suicidio, lo que, más allá de la situación extrema en
que la ficción los pone, no parece muy lejano de la realidad japonesa, en donde la
constante presión social parece ser uno de los grandes detonantes de esta decisión.

El anime

Mōsō Dairinin, más conocida como Paranoia Agent (2004), es el nombre de la única
serie de televisión realizada por el aclamado director japonés fallecido en 2010,
Satoshi Kon –la mente detrás de películas como Perfect Blue o Paprika–. En este
anime, que cuenta con un total de trece capítulos, Kon representa con maestría
una serie de problemáticas propias de la sociedad de su época. Entre ellas incluye,
además del suicidio, los trastornos psiquiátricos como, por ejemplo, la influencia de
los traumas de infancia en la vida de las personas o las dificultades de coexistir con
el trastorno de identidad disociativo; el acoso sexual; la corrupción; entre otros. La
trama gira en torno al denominado chico del bate, un joven en patines que aparece
durante las noches y golpea a sus víctimas con su bate dorado.

Sin embargo, a medida que avanza la trama nos daremos cuenta de que el
ataque del chico del bate era, más bien, la personificación de los miedos de los
personajes. Por eso, tras ser atacados por él logran liberarse de los problemas que
les aquejaban. Este personaje era, originalmente, producto de la imaginación de
Sagi Tsukiko, quien lo inventó en su infancia para lidiar con la culpabilidad que
sentía debido a la muerte accidental de su cachorro, Maromi; momento en que
decidió sindicarlo como culpable del hecho. Satoshi Kon, con su mirada crítica,
nos demuestra cómo podemos crear realidad a través de la creencia colectiva en
la veracidad de un relato, lo que nos permite comprender el poder que posee el
lenguaje como creador de realidades. Pero, también nos advierte del peligro de la
palabra cuando es mal utilizada. En la serie es la paranoia –que se expande a través
del boca a boca, los chismes y los noticiarios– la que nos lleva a creer en el chico
del bate, aunque este en realidad no exista.

Entretanto, en el capítulo ocho de la serie y algo alejados del curso principal de


la trama, un grupo de tres personas que conoceremos en primera instancia por los
seudónimos de Zebra, Abeja y Gaviota, acuerdan, a través de un foro de internet,

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una reunión para llevar a cabo un suicidio grupal. El cual, según la clasificación de
Chikako Ozawa-De Silva (2010), sería lo que conocemos como un pacto suicida.

Todo parece normal hasta el momento en que Zebra y Abeja notan que la
tercera interesada es sólo una niña de primaria. Es allí donde comienza una extraña
aventura que los mueve hacia su objetivo: quitarse la vida, pero con Zebra y Abeja
poniendo todo el esfuerzo de su parte por excluir a la pequeña Gaviota de sus
planes. En ese contexto, el autor exhibe una serie de métodos de suicidio comunes,
tales como la intoxicación por sobredosis de pastillas, la inhalación de monóxido
de carbono, el lanzarse a las vías de un tren en movimiento o colgarse de una
cuerda en un bosque.17 Todos estos intentos parecen no tener resultado para los
protagonistas, lo que los mantiene intentándolo una y otra vez. Sin embargo, al final
del capítulo, podemos confirmar que los tres ya estaban muertos –probablemente
desde su primer intento de suicidio– algo que Kon nos iba dando a entender a
través de pequeños detalles. Nosotros, como espectadores, lo corroboraremos en
una de las últimas escenas, en donde aparecerán como espíritus en una fotografía
casual tomada por un grupo de jóvenes turistas.

Ozawa-De Silva (2010) realiza un análisis sobre esta serie y propone una
interesante lectura, en particular con respecto a la ironía con que se representa
el suicidio en la serie, pues ninguno de los personajes es representado como
mentalmente perturbado (en el sentido de tener algún tipo de depresión severa
o psicosis); más bien son representados como gente común que se involucra en
actividades fuera de lo común. Aunque nunca se da una razón clara para su deseo
de morir, algunas señales indican que todos están sufriendo de una severa soledad.
La pequeña niña, Kamome, está constantemente aterrorizada de que los otros
dos la dejen atrás, e insiste en seguirlos a todas partes, obteniendo claramente
gran comodidad con su compañía. Zebra usa un relicario en forma de corazón que
contiene una fotografía de él con otro hombre, presumiblemente un ex-amante.
Fuyubachi es representado como un anciano solitario con una condición médica.
Su carácter ordinario está matizado por el hecho de que parecen no tener nada
por lo que vivir, y por lo tanto ven la muerte como una dichosa liberación, ¿pero
una liberación hacia qué? Su alegre jugueteo al final del episodio es también
extremadamente irónico, ya que nada ha cambiado en su condición en absoluto
(estuvieron deambulando sin vida durante la mayor parte del episodio) excepto
que ahora parecen sentir que, habiendo muerto, son libres. Como fantasmas ellos
no pueden ser vistos, sugiriendo que su sentimiento de liberación se debe a la
libertad con respecto a la sociedad, los roles y expectativas sociales, la evaluación
y la mirada molesta de los demás (p. 401-402).

Esta interpretación se condice con las hipótesis planteadas en sus


investigaciones, ya que la autora considera que las personas que llegan a realizar un
pacto suicida no necesariamente sufren de alguna condición patológica. Más bien,

17 Es interesante subrayar que todas estas formas de suicidio “comunes”, son también las que Wataru
Tsurumi lista como tales en su Completo Manual del Suicidio. Lo cual demostraría, según nuestro parecer,
la presencia de un imaginario japonés acerca del suicidio representado con maestría en este capítulo de
la serie creada por Satoshi Kon.

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
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son individuos solitarios, que buscan compañía y necesitan de otros. Asimismo,


anhelan sentirse necesitados, sentimiento que le otorga “sentido a sus vidas”
(Ozawa-De Silva, 2010, p. 412).

Así, a pesar de dedicar sólo un episodio a esta temática, podemos notar que
Satoshi Kon abarca una serie de aspectos que caracterizan –de forma bastante
completa– el imaginario en torno al suicidio presente en la sociedad japonesa
contemporánea.

También podemos mencionar el ejemplo de Sayonara Zetsubō Sensei, manga


creado por Kōji Kumeta que comenzó a publicarse el año 2005, finalizando en
2012, y que luego fue adaptado a un anime de tres temporadas y varios OVA18
dirigidos por Akiyuki Shinbo entre los años 2007 y 2009. Ambas versiones poseen
un humor muy característico y nos presentan a un profesor que hará todo lo posible
por quitarse la vida, pero que fallará en cada uno de sus intentos. Como afirma
Pedro Teixeira se trata de una versión satírica de la cultura tradicional japonesa en
general y de la cultura suicida en particular (2014, p. 43-44). De igual forma, la obra
se encargará de retratar a través de sus estudiantes diversos trastornos mentales
y problemáticas que afectan a la sociedad japonesa. La desesperación (de allí el
nombre de Zetsubō Sensei, es decir, profesor desesperado) y el pesimismo son
elementos centrales en la construcción del personaje principal, quien se refiere
constantemente a la falta de razones para seguir viviendo que cree tener. A eso
se suman tópicos como el valor que se le da al dinero, la falta de oportunidades y
la profundidad con que ha afectado a la sociedad japonesa la implementación del
sistema capitalista.

Otro punto que destaca Teixeira es que todo lo relacionado con la historia
está imbuido de la tradición japonesa: la estética y la ropa que usa el Sensei
están fuertemente inspiradas en las del período Taishō de Japón; hay un sinfín de
ejemplos de imágenes japonesas como los cerezos en flor y frecuentes referencias
en la trama al folclore y la religión japonesas. El propio Sensei simboliza los ideales
tradicionales japoneses: sugiere a una de sus estudiantes que tuvo una discusión
con su novio que se suicide por amor; teme a los extranjeros por su franqueza;
y se enamora de una hikikomori de piel pálida y cabello largo (canon de belleza
tradicional japonés) por no salir nunca de casa y sugiere que hagan shinjū juntos. En
esencia, Sayonara Zetsubō Sensei también trata de contrastes. El tradicionalismo
de Sensei, yuxtapuesto con su entorno del siglo xxi es un ejemplo de esto, y es
especialmente revelador porque, al incorporar una figura tradicional japonesa en un
entorno contemporáneo, el manga destaca cuánto ha cambiado Japón a lo largo
de los años y, lo que es más importante, cuánto ha permanecido igual (Teixeira,
2014, p. 44).

Este manga en particular cuenta con diversas referencias a autores fuertemente


ligados al suicidio, como Osamu Dazai –al que nos referiremos con mayor detalle

18 Una OVA (que corresponde a las siglas de Original Video Animation) es una producción de animación
destinada para su consumo en video, a diferencia del anime tradicional que suele ser pensado para su
distribución y consumo en canales de televisión o cines.

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RUMBOS TS, año XVI, Nº 24, 2021. pp. 11-41

más adelante–, Kenzaburō Ōe o Yukio Mishima. De esa forma, el suicidio en la serie


sigue siendo una parte integral de la identidad japonesa. Sugiriendo que es tan
tradicional y atemporal como la flor de cerezo. Esta postura recuerda la afirmación
de Jisatsu Sakuru de que el virus del suicidio ha sido durante mucho tiempo parte
de la sociedad nipona (Teixeira, 2014, p. 44).

Un caso bastante llamativo es el de Aoi Bungaku shirīzu (2009). Esta serie de


doce capítulos se divide en seis partes, cada una de las cuales está basada en una
obra destacada de la literatura japonesa. Entre ellas se cuentan Ningen Shikkaku
(en español, Indigno de ser humano, 1948) de Osamu Dazai, cuya adaptación,
dirigida por Morio Asaka, se realiza en los primeros cuatro capítulos; y Kokoro
(1914) (en español, Corazón) de Natsume Sōseki, que fue dirigida por Shigeyuki
Miya y adaptada en los capítulos siete y ocho. Ambas novelas fueron publicadas en
la primera mitad del siglo xx y tienen la particularidad de ser las dos más vendidas
en la historia de Japón.

En ellas el suicidio es un importante tópico, siendo especialmente desarrollado


dentro del anime en el caso de Indigno de ser humano. Si bien la novela fue
publicada originalmente en 1948 –lo que la dejaría fuera del espacio temporal
que es objeto de nuestro estudio–, es fundamental destacar la atemporalidad de
los aspectos desarrollados por Dazai en la que es considerada su obra maestra.
Pues, los sentimientos de alienación e incomprensión respecto a la sociedad, la
depresión, e incluso el alcoholismo y las adicciones, parecen poseer una notable
actualidad en el Japón de fines del siglo xx y comienzos del xxi. Sobre dicho punto,
Pedro Teixeira (2014) explica que tanto este como otros trabajos del autor han
ganado una reciente popularidad entre la juventud japonesa de hoy. Un episodio
del año 2011 de la serie de televisión Begin Japanology,19 del canal japonés NHK,
sobre Dazai y sus obras contó con varios de esos fanáticos que afirmaron que
sus novelas se relacionan mucho con conflictos contemporáneos. El programa
también proporcionó evidencia que sugiere que los lectores de Ningen Shikkaku
se sienten longitudinalmente correlacionados con la ansiedad social causada por
los principales cambios relativos a la sociedad, en particular en momentos de
fuertes dificultades económicas. Por lo tanto, las luchas internas del pasado de
Japón continúan siendo relevantes hoy, especialmente en tiempos de cambios
económicos extremos (p. 13-14).

Dazai era una persona gravemente deprimida y sus dificultades personales


fueron la fuente de inspiración de muchas de sus obras. Su novela Indigno de ser
humano es un ejemplo notable. En ella, el protagonista, Yōzō Ōba, es un pobre,
deprimido y paranoico alcohólico y adicto a la morfina que falla dos veces en
suicidarse (Teixeira, 2014, p. 13). La adaptación al anime presentará todos los
aspectos importantes del texto, entre los que se cuentan diversos hechos de
carácter claramente autobiográfico. Un ejemplo de ello es el primer capítulo, que
termina con un intento de doble suicidio que Yōzō comete junto con una mujer
que había perdido a su esposo en la guerra y a la que acababa de conocer. Ambos

19 La serie Japanology es un conjunto de programas de televisión de la cadena pública NHK (Nippon


Hōsō Kyōkai) que exploran diversos aspectos del Japón tradicional y contemporáneo.

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
por Karina Araya Leiva

se reúnen en un barranco en la costa de Kamakura para llevar a cabo su objetivo.


Allí, el joven ayudará a la mujer, empujándola hacia el mar desde el precipicio, para
luego lanzarse él también. No obstante, no logrará su cometido, ya que sobrevivirá
al intento mientras que el cadáver de ella, cuyo nombre era Tsuneko, será hallado
poco después. Este fallido resultado le conllevará una gran culpa, pues la sociedad
empezará a apuntarle tratándolo de asesino.

Luego de varias relaciones infructíferas con distintas mujeres, se casará con


una joven que lo convence de dejar el alcohol. Al final del capítulo tres veremos
el encuentro que tiene con ella mientras yace ebrio en el suelo durante un día
nevado. El breve diálogo entre ambos hace que se replantee algunas de sus ideas
y se decida a pedirle matrimonio. Sin embargo, esta etapa de tranquilidad tendrá
un pronto y abrupto término luego de que la joven sea abusada sexualmente por
un cercano. A Yōzō se le hace imposible entender la situación, por lo que intenta
cometer doble suicidio junto a ella, fracasando nuevamente. Tras lo cual terminará
internado en una institución mental.

A nivel general, en la obra destaca la lucha del personaje principal por


comprender el comportamiento humano y el significado de su existencia, así como
la incapacidad de los demás para empatizar con su sufrimiento (Teixeira, 2014, p.
13). Se repite también la idea, ya mencionada en otros casos estudiados, de sentirse
sin derecho ni razones para vivir. Ahora bien, respecto al suicidio en sí, el mismo
Dazai habría pasado por una serie de intentos fallidos a lo largo de su vida para,
finalmente, concluirla en un doble suicidio, o shinjū, cometido junto con su joven
amante, Tomie Yamazaki, en junio de 1948. Acto que demostró que las percepciones
tradicionales del suicidio todavía tenían (y pueden seguir teniendo) una influencia
sobre el suicidio en el Japón de la posguerra (Teixeira, 2014, p. 13).

Por otra parte, los dos capítulos dedicados a la novela Kokoro –que fue
publicada originalmente en 1914– se centran en una parte específica de la historia
escrita por Sōseki. En particular, en el momento en que Sensei invita a vivir con él
a su amigo K, un monje con una filosofía de vida muy distinta a la suya. El lugar
en donde vivía era una pensión manejada por una madre, que junto a su hija lo
habían recibido tiempo atrás. Mientras que Sensei siempre había demostrado
un interés amoroso por la joven, su amigo K también se enamorará de ella. Esto
genera diversos desencuentros entre los amigos que terminarán con el suicidio de
K, situación que dejará a Sensei conviviendo con una constante culpa. En el anime,
quizás imitando un giro similar al que se produce en la novela, se ve un cambio de
perspectiva en la narración. La historia se cuenta en el primer capítulo desde el
enfoque de Sensei, mientras que en el segundo se hace desde la visión de K.

La novela desarrolla con mayor profundidad que el anime la temática, lo que


nos permite comprender de mejor manera el que se haya decidido retratar en esos
dos capítulos esa parte de la historia. Como resume Teixeira, Sensei es una figura
solitaria que se siente eternamente culpable por el suicidio de su amigo de juventud.
Con el tiempo, él mismo se suicida tras la muerte autoinfligida del general Nogi. En
verdad, Sensei no se suicida por simpatía hacia el general; pues admite tener una

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perspectiva demasiado moderna, no siendo del tipo al que le atraen tales actos de
sacrificio. Al mismo tiempo, Sensei se resiente de la modernidad. Está demasiado
corrompido por ella para abrazar el pasado de su nación, pero también es incapaz
de identificarse con el futuro. Por esa razón, teme una existencia solitaria, similar
a la que vivió su amigo perdido por el suicidio. El suicidio de Sensei yuxtapone
efectivamente los vestigios de la tradición en el telón de fondo de la modernidad
y plantea la cuestión de qué significaron los cambios que sufrió el país para la
identidad japonesa. Kokoro es sólo una de las obras que presentan el suicidio como
un vehículo para explorar lo que significa ser “japonés” a principios del siglo xx. Si
bien sería inapropiado decir que la cultura nipona es una en la que se condona el
suicidio, no hay duda de que a lo largo de los años ha sido objeto de una fascinación
obsesiva por parte de la sociedad japonesa (Teixeira, 2014, p. 10-11).

Dentro del mundo del anime existen muchos otros ejemplos, siendo otro tópico
recurrente el intento de suicidio –y no la consumación de la muerte por parte del
suicida–. Un caso bastante actual es el representado en Koe no katachi, ya que tanto
en el manga de Yoshitoki Ōima (publicado entre 2013 y 2014) como en la película
(2016) dirigida por Naoko Yamada, encontraremos algunas referencias. Primero,
vemos a Shōya Ishida, uno de los protagonistas, planificando meticulosamente
su suicidio tras arrastrar un fuerte sentimiento de culpa debido al acoso que
cometía en contra de su compañera de primaria sorda, Shōko Nishimiya. Podríamos
interpretar esta decisión como una forma de responsabilizarse por sus actos, lo
que en Japón se conoce como inseki jisatsu; pero fracasará cuando su madre lo
nota. Luego, hallaremos un intento de suicidio mucho más gráfico en el caso de
Shōko, pues la joven había vivido acomplejada por su problema de audición y los
maltratos recibidos debido a su condición. Ella intentará lanzarse desde el balcón
de su hogar, sin embargo, logra ser salvada por Ishida –con el que se había vuelto a
encontrar y quien buscaba redimirse por el daño que le había hecho–.

Otra serie de animación japonesa que nos presenta un caso de suicidio es


Orenji (2016) (en inglés Orange), que fue dirigida por Hiroshi Hamasaki y expone
este asunto con un enfoque bastante novedoso y certero. Aunque pareciera que
nos encontramos con lo que vendría a ser un típico anime de romance, todo cambia
cuando la protagonista, Naho Takamiya, comienza a recibir cartas de su yo del
futuro. En ellas se pide que cuide a un chico recién llegado a su escuela, llamado
Kakeru, quien en un futuro cometería suicidio; razón por la cual Naho deberá
hacer todo lo posible para evitarlo. Esta obra pareciese plantear la pregunta de
qué harías frente a la posibilidad de tener una oportunidad para hacer las cosas
bien. Por esa razón, vemos esta historia como un llamado a brindarle atención a
las personas que nos rodean que podrían estar sufriendo, para acompañarlos en su
dolor o entregarles nuestro apoyo. Asimismo, destaca el valor de expresar nuestras
emociones a quienes nos importan para no sobrellevar nuestro sufrimiento por
cuenta propia y cómo pequeños gestos pueden cambiarle la vida a una persona.

Finalmente, Haibane Renmei (2002) es un anime dirigido por Tomokazu


Tokoro que, según algunas interpretaciones, podría tener implícita la temática del
suicidio. Las y los jóvenes alados llamados haibane, renacen en un pueblo rodeado

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
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de murallas, llamado Gile. Allí viven pacíficamente, hasta el momento en que llega
su “Día del vuelo”, momento en que desaparecen, sin que nadie sepa dónde irán.
Pedro Teixeira (2014) cita a Mio Bryce, quien sugiere en uno de sus artículos que
los Haibane representan a los adolescentes japoneses contemporáneos y su auto-
alienación, abnegación y el deseo reprimido de conexión con ellos mismos y los
otros. Es implícito que los Haibane son víctimas de suicidio (el anime comienza con
una joven cayendo del cielo antes de nacer en Gile) y el Día de Vuelo de los Haibane
llega una vez que ellos son capaces de recordar y aceptar su pasado (p. 54-55).

Aokigahara, “el bosque del suicidio”

Por último, queremos profundizar en el caso de Aokigahara.20 Este bosque, también


conocido como Jukai (“mar de árboles”), está ubicado en la base del monte Fuji y
es famoso por ser un lugar preferido por suicidas para quitarse la vida. Se piensa
que su fama como tal habría comenzado en el año 1960, cuando se publicó Nami
no Tou, novela escrita por el prolífico autor japonés Seichō Matsumoto, en la cual
dos amantes se suicidan en dicho bosque. Además, en el Completo manual del
suicidio, Wataru Tsurumi hace mención del bosque como un lugar perfecto para
suicidarse. Sin embargo, antes de estos acontecimientos, Aokigahara ya poseía
cierta popularidad asociada con la muerte, pues existiría evidencia que sugiere que
durante el siglo xix habría sido un lugar en donde se practicaba el ubasute –práctica
de gerontocidio, que los japoneses consideran más bien mitológica– que consistía
en llevar a un lugar lejano y abandonado a un familiar enfermo o anciano y dejarlo
allí para que muriera. Por esta razón, se creía que el bosque era hogar de los yūrei
(espíritus) de las personas abandonadas, lo que hacía que se le considerase un
bosque embrujado. (Aokigahara, 2013)

Los yūrei, tal como explican Hiroko Yoda y Matt Alt (2012), son almas de
personas muertas, incapaces –o no dispuestas– a salir de su “espiral mortal” por
diversos motivos (p. 7). Cabe destacar que estos espíritus no son exactamente lo
que en Occidente entendemos como fantasmas y para gran parte de los japoneses
son algo real, que ejerce influencia en el día a día (Davisson, 2015). Los yūrei habrían
sido seres humanos que sufrieron una muerte violenta, repentina, llena de culpa
o que cometieron suicidio. De hecho, se cree que todo quien se quita la vida se
convierte en yūrei.

En relación con estos melancólicos espíritus habrían surgido los jibakurei, un


tipo de yūrei que aterroriza un lugar, que está atado a la tierra. La palabra fue
mencionada por primera vez en el manga Ushiro no Hyakutarō (publicado entre
1973 y 1976) de Jirō Tsunoda, quien la usó para describir a los yūrei que están atados
a algo o a algún lugar en vez de a alguien, por lo general, debido a muertes no
naturales, como suicidio o asesinato. Tsunoda decía que estas muertes vinculaban
de alguna manera a los yūrei con su ubicación. Él creía que proyectaban una

20 Ante la dificultad de hallar textos académicos que tratasen sobre Aokigahara y su relación con el
suicidio, o al menos artículos que se refirieran a ello con mayor profundidad y seriedad, e intentando
alejarnos de la serie de artículos sensacionalistas sobre el tema que podemos hallar en internet, hemos
utilizado mayormente la información entregada en la página web http://www.aokigaharaforest.com.

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resonancia psíquica que provocaría que otros murieran de la misma manera, que es
como se acumularían los denominados yūrei spots en todo Japón. Estos (también
llamados shinrei spot) son, esencialmente, lugares embrujados que fueron escenario
de asesinatos, suicidios o terribles accidentes. Se pueden encontrar a través de
todo Japón y los hay de diversos tipos (Davisson, 2015: cap. 10). No es extraño,
entonces, que uno de los más famosos sea Aokigahara.

Las cifras indican que no solo es el lugar en donde se han cometido el mayor
número de suicidios dentro de Japón, sino que, considerado a un nivel global, solo
es superado por el puente Golden Gate que está ubicado en San Francisco, Estados
Unidos. La cantidad de cadáveres encontrados al año es sumamente alta, lo que ha
hecho necesaria la creación de unidades especiales de patrullaje, cuya finalidad es
ayudar a quienes entran al bosque con el objetivo de suicidarse, o hallar los cuerpos
de quienes lograron su cometido.

A la par, el número de muertos iba en franco aumento con el avance de los


años, pasando de un promedio cercano a las setenta muertes entre los años 1998
y 2002, a más de cien en 200321. En ese mismo año la policía japonesa dejó de
publicar estos datos. Al parecer, el objetivo era que se deje de asociar a Aokigahara
con el suicidio. De hecho, en las entradas principales del bosque se han instalado
carteles de madera con mensajes para aquellos que llegan allí con el fin de quitarse
la vida, aconsejándoles pensar mejor las cosas y buscar ayuda. Uno de los textos
más conocidos reza lo siguiente: Tu vida es un valioso regalo de tus padres. Por
favor, piensa en ellos, en tus hermanos e hijos. No te quedes tus problemas para ti
mismo. Habla sobre tus dificultades;22 e incluye en el final datos de contacto de la
Asociación para la Prevención del Suicidio.

Probablemente podamos hallar muchos otros ejemplos de representaciones


del suicidio en la cultura pop japonesa, pues nuestra intención no era hacer un
listado exhaustivo de ellas. No obstante, creemos que los casos escogidos y
analizados permitirán a las y los lectores hacerse un panorama general de la forma
en que se entiende este fenómeno en Japón.

21 Datos oficiales de la policía de Japón, también disponibles en la página http://www.aokigaharaforest.com


22 El texto original se puede encontrar en varios idiomas, entre los cuales, además del japonés, se
encuentra el inglés, el alemán y el francés. Incluimos el párrafo en inglés, a partir del cual se presenta
esta traducción: Your life is a precious gift from your parents. Please think about your parents, siblings
and children. Don’t keep problems to yourself. Talk about your troubles.

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Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
por Karina Araya Leiva

Conclusiones
Como hemos podido ver, el suicidio no solo es un tema-país debido a las altas tasas
que presenta Japón, sino que también es un fenómeno de carácter sociocultural, con
el cual la sociedad nipona convive a diario y que está conectado con elementos de
gran profundidad que conforman la visión de mundo propia de la cultura japonesa.
Tal es el caso, por ejemplo, de sus creencias religiosas, tradiciones, costumbres o
ideales, teniendo especial relevancia para el caso del suicidio las concepciones que
poseen sobre la muerte. Allí, una idea que destaca es la de “morir como se quiere”,
es decir, en el momento y el lugar adecuado, la cual tendría su origen en el código
ético de los samuráis: el bushidō, el que más adelante se habría transformado en
parte de la moral nacional.

El suicidio es un problema que puede reunir diversas aristas, que van desde los
trastornos psiquiátricos, hasta los problemas económicos o de carácter social. Pero,
para los japoneses, lejos de ser considerado un acto negativo o de cobardía –como
suele suceder en Occidente– puede ser visto como una salida válida, como una
forma moralmente apropiada para terminar con el sufrimiento o la deshonra y como
una expiación por los errores cometidos. Esta visión quizás ha sido exacerbada
por la historia traumática de la nación y la inclinación colectivista. Algunos
trabajos examinados revelan ansiedades relacionadas con diferentes problemas
contemporáneos, incluida la dependencia excesiva de la tecnología a expensas de
la comunicación interpersonal; los sentimientos de soledad como resultado de un
aumento de las brechas generacionales y la disolución de la estructura familiar
tradicional; las consecuencias de la cultura de trabajo rígida y exigente de la nación;
y la percepción de falta de influencia o presencia en la sociedad. Esta desesperanza
se enmarca con mayor frecuencia en el contexto de la juventud japonesa, que puede
estar luchando para llegar a un acuerdo con una desconexión entre los valores
tradicionales de la nación y las realidades de un Japón del siglo xxi (Teixeira, 2014,
p. 81).

En ese escenario, no parece raro que exista una cantidad importante de


individuos en situaciones de vulnerabilidad: personas solitarias, que se sienten
desconectadas del mundo o fuera de lugar al no cumplir con las exigencias o
expectativas sociales que pesan sobre ellos. Sentimientos que también pueden
afectar a quienes han dejado de desempeñar el rol que solían cumplir dentro de la
sociedad, por ejemplo, debido a la pérdida de sus trabajos o familias.

Todos pueden ser propensos a quitarse la vida, todos convivimos con la


muerte, eso es lo que muestran las representaciones escogidas al presentarnos a
personas completamente normales tomando la decisión de suicidarse. Las obras
de estos autores son un reflejo de la sociedad japonesa y de las problemáticas con
que conviven a diario, a través de ellas las cuestionan y ponen en tela de juicio.
En ocasiones nos muestran el suicidio con naturalidad, a veces de forma irónica o
exagerada y, otras, de forma violenta. En cualquiera de los casos, los autores nos
presentan una sociedad en que el suicidio está patente, pero que, a pesar de eso,
no lo rehúye, sino que ha decidido coexistir con él y considerarlo una forma válida
de terminar una vida que se estima que no vale la pena vivir.

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A nivel general, creemos que este estudio nos ha permitido comprobar


que existe una persistencia de los valores antiguos o tradicionales sobre el
suicidio que, a su vez, se han ido mezclando con las ideas que caracterizan
a las nuevas generaciones. Las que se vieron afectadas por la introducción del
sistema capitalista y de los grandes cambios tecnológicos, que trajeron consigo
el individualismo, la desconexión y la ruptura con ciertos ideales comunitarios.
Esto reafirma el concepto de la “cultura del suicidio” y la existencia de una serie
de imaginarios comunes en torno a este fenómeno, que más que convertirlo en
un completo tabú o buscar explicaciones en la patologización de esta conducta,
comprenden su fuerte componente cultural y, a pesar de cambios y evoluciones,
siguen conviviendo con él.

Con esta investigación esperamos aportar a una comprensión holística de


la problemática del suicidio dentro del Japón contemporáneo, que pueda ser de
utilidad para enfrentarlo en el futuro, pues, consideramos que continúa siendo un
tema pendiente. Un reflejo de ello es que, aunque parecía que los primeros meses
del 2020 auguraban una nueva tendencia a la baja, incluso en el contexto de la
pandemia, diversos medios han reportado cifras como la de octubre, en que 2.153
personas se quitaron la vida, superando la cantidad total de muertos debido al
Covid-19 para esa fecha. Asimismo, estas cifras mostraron un importante aumento en
los suicidios cometidos por mujeres, lo que nos recuerda que las brechas de género
siguen teniendo gran peso dentro de la sociedad japonesa (Wang y Wakatsuki,
2020). Dado que las elevadas tasas de suicidios son el resultado de una interacción
compleja entre los problemas en la prestación de servicios de salud mental, las
actitudes sociales, las influencias culturales y los factores económicos, reducirlas
requerirá abordar el suicidio desde una interpretación cultural, un mayor acceso a
los servicios de salud mental, la mejora de los entornos laborales, el aumento de la
provisión de asistencia social e impulsar el crecimiento económico. En Japón, esto
sigue siendo una tarea enorme, pero al menos existe la voluntad para que suceda.

Carrera de Trabajo Social · Facultad de Derecho y Humanidades · Universidad Central 37


Nihon no jisatsu: representaciones del suicidio en la cultura pop japonesa post 80’s
por Karina Araya Leiva

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