Paul Tabori Historia de La Estupidez Humana
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INTRODUCCIÓN
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nitiva en el futuro.
Pero encaremos el problema con optimismo. Acabando con la ra-
za humana, la estupidez acabaría también con la propia estupidez. Y
ése es un resultado que la sabiduría nunca supo alcanzar.
En su inquieto (y fecundo) libro, Paul Tabori describe los aspectos
divertidos y las horribles consecuencias de la estupidez. El lector ríe y
llora (ante el espectáculo humano) y sobre todo reflexiona. A menos,
naturalmente, que el lector sea estúpido.
Pero no es probable que la persona estúpida se sienta atraída por
un libro como éste. Una de las concomitantes de la estupidez es la
pereza, y en nuestro tiempo hay cosas más fáciles que leer un libro
(especialmente un libro sin ilustraciones y que no ha sido condensado).
Tampoco trae un cadáver en la cubierta, ni una joven bella y apasiona-
da.
Sin embargo, el lector que supere esta introducción y el breve
primer capítulo hallará después abundante derramamiento de sangre y
erotismo, y también ingenio, rarezas, fantasmas y exotismo. Quizás no
existe argumento, porque esta obra no es de ficción, pero hay algunos
episodios auténticos (o por lo menos bastante probados), cualquiera de
los cuales podría servir de base a un cuento... o a una pesadilla.
Tabori muy bien podría haber llamado a su libro: La anatomía de
la estupidez, pues ha encarado el tema con el mismo bagaje de erudi-
ción y de entusiasmo que Robert Burton aplicó en La Anatomía de la
Melancolía. Aquí, lo mismo que en el tratado del siglo XVII, hallamos
una sorprendente colección de conocimientos raros, cuidadosamente
organizados y bien presentados. Aparentemente, Tabori leyó todo lo
que existe sobre el tema, de Erasmo a Shaw y de Oscar Wilde a Oscar
Hammerstein.
El autor revela el tipo de curiosidad intelectual que no se atiene a
las fronteras establecidas por la cátedra universitaria o por las especia-
lidades científicas, y que es tan difícil hallar en nuestros días. A seme-
janza del estudioso europeo de la generación anterior, o del hombre
culto del Renacimiento, pasa fácilmente de la historia a la literatura, y
de ésta a la ciencia, citando raros volúmenes de autores franceses,
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sinónimos.
¿Cuál es la razón de este hecho? Quizás, que la estupidez también
implica simplicidad... y bien puede afirmarse que el psicoanálisis se
siente desconcertado y derrotado por lo simple, al paso que prospera en
el reino de lo complejo y de lo complicado.
He hallado una excepción (puede haber otras): el doctor Alexan-
der Feldmann, uno de los más eminentes discípulos de Freud. Este
autor ha contemplado sin temor el rostro de la estupidez, aunque no le
ha consagrado mucho tiempo ni espacio en sus obras. “Contrástase
siempre la estupidez”, dice, “con la sabiduría. El sabio (para usar una
definición simplificada) es el que conoce las causas de las cosas. El
estúpido las ignora. Algunos psicólogos creen todavía que la estupidez
puede ser congénita. Este error bastante torpe proviene de confundir al
instrumento con la persona que lo utiliza. Se atribuye la estupidez a
defecto del cerebro; es, afírmase, cierto misterioso proceso físico que
coarta la sensatez del poseedor de ese cerebro, que le impide reconocer
las causas, las conexiones lógicas que existen detrás de los hechos y de
los objetos, y entre ellos”.
Bastará un ligero examen para comprender que no es así. No es la
boca del hombre la que come; es el hombre que come con su boca. No
camina la pierna; el hombre usa la pierna para moverse. El cerebro no
piensa; se piensa con el cerebro. Si el individuo padece una falla con-
génita del cerebro, si el instrumento del pensamiento es defectuoso, es
natural que el propio individuo no merezca el calificativo de discreto...
pero en ese caso no lo llamaremos estúpido. Sería mucho más exacto
afirmar que estamos ante un idiota o un loco.
¿Qué es, entonces, un estúpido? “El ser humano”, dice el doctor
Feldmann, “a quien la naturaleza ha suministrado órganos sanos, y
cuyo instrumento raciocinante carece de defectos, a pesar de lo cual no
sabe usarlo correctamente. El defecto reside, por lo tanto, no en el
instrumento, sino en su usuario, el ser humano, el ego humano que
utiliza y dirige el instrumento.”
Supongamos que hemos perdido ambas piernas. Naturalmente, no
podremos caminar; de todos modos, la capacidad de caminar aún se
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arcas de los genealogistas para demostrar que tal o cual familia des-
cendía de Hércules o del barón Smith?
Quizás la forma más costosa de estupidez es la del papeleo. El
costo es doble: la burocracia no solamente absorbe parte de la fuerza
útil de trabajo de la nación, sino que al mismo tiempo dificulta el tra-
bajo del sector no burocrático. Si se utilizara en textos escolares y
libros de primeras letras un décimo del papel que consumen los for-
mularios, Libros Blancos y reglamentaciones, se acabaría para siempre
con el analfabetismo. Cuántas iniciativas frustradas, cuántas relaciones
humanas destruidas a causa de la “insolencia de los empleados”, a
causa del desarrollo múltiple y parasitario del papeleo.
“La ley es el fundamento del mundo”, dice una antigua saga. Pero
también, y con mucha frecuencia, la ley ha hecho el papel del tonto. En
nuestros días, un juicio consume quizás menos tiempo que en la época
de Dickens, pero cuesta cinco veces más. Los abogados viven sobre
todo gracias a la estupidez de la humanidad; pero ellos mismos impul-
san el proceso cuando ahogan en verborrea legal lo que es obvio, de-
moran lo deseable y frustran el espíritu creador.
¿Cuánto ha pagado la humanidad por la estupidez de la duda? Si
hubiera sido posible introducir todas las invenciones útiles e impor-
tantes sin necesidad de luchar contra las argucias y la obstrucción del
escepticismo estúpido (pues también hay, naturalmente, la duda sana y
constructiva), habríamos tenido una vacuna contra la viruela mucho
antes de Jenner, buques de vapor antes de Fulton y aviones décadas
antes de los hermanos Wright. A veces la estupidez de la codicia y la
estupidez de la duda se combinan en impía alianza (como en los casos
en que una gran empresa compra la patente de una invención que ame-
naza su monopolio, y la archiva durante años, y quizás para siempre).
¿Y qué decir de la estupidez de la idolización del héroe? Es el
fundamento de todos los gobiernos totalitarios. Ninguna nación, ni
siquiera los alemanes, experimentan amor por la tiranía y la opresión.
Pero cuando la estupidez del instinto gregario infecta la política, cuan-
do la locura del masoquismo nacional se generaliza, surgen los Hitler,
los Mussolini y los Stalin. Y quien crea que esto último constituye una
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II
LA VORACIDAD DE MIDAS
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magnética de las Mil y Una Noches, que atraía hacia sí a las naves. Del
mismo modo, el ghetto acumulaba los tesoros áureos por conducto de
invisibles canales.
El orgulloso caballero golpeaba en medio de la noche a la puerta
del ghetto, tras de la cual los parias del oro guardaban sus tesoros; un
hombre de turbante de patriarca y oscuro caftán que le otorgaba apa-
riencia sacerdotal, abría la puerta, lenta y cautelosamente. Era “Nata-
niel”, el mismo que, según aseguraban los gentiles, escupía sobre la
sagrada hostia y crucificaba niños en Viernes Santo. Sin embargo, los
gentiles acudían a “Nataniel”... porque necesitaban oro. Dentro de la
casa, las sucias paredes exteriores se convertían en desconcertante
espectáculo de belleza y esplendor. Ricas telas y vasos brillantes del
Asia fabulosa, incienso indio, pesadas sedas... Detrás de las cortinas
bordadas de extraña belleza, pálidas mujeres de grandes y húmedos
ojos negros contemplaban al caballero que hipotecaba su tierra y su
castillo por unas cuantas piezas de oro.
Los reyes hacían lo mismo: primero tomaban prestado de los ju-
díos, luego los nombraban tesoreros y recaudadores de impuestos.
Samuel Levi, tesorero del rey Pedro de Castilla, fue un mago de las
finanzas. “Un hombre amable y sereno”, dice el cronista, “a quien el
Rey mandaba buscar cuando necesitaba dinero. Graciosamente, lo
llamaba Don Samuel. Y entonces se ideaba el nuevo impuesto.” En
Francia, los judíos fueron precoces adeptos del nuevo arte. Después
que se los expulsó, Nicholas Flamel amasó una gran riqueza mediante
especulaciones con la propiedad judía. Fue su sucesor Jacques Coeur,
en un período de dura prueba para el país. Organizó el comercio levan-
tino, explotó las minas e inventó la ciencia de la estadística; creó el
sistema impositivo y aprovechó las más ricas fuentes financieras en
beneficio de su país. Francia expropió la riqueza de este genio econó-
mico y lo premió desterrándolo; murió en una isla griega, pobre y
olvidado.
Con el tiempo, el maltratado “prestamista” se convirtió en el res-
petado y poderoso banquero. Los monarcas participaron en el negocio:
Luis XI en Francia, Enrique VII en Inglaterra, Fernando V en España y
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oro. Estrabón cita a otros autores, lo cual demuestra que los escritores
antiguos no tenían la menor duda respecto de la realidad de estos ex-
traños animales.
Sabemos que los eruditos de la Edad Media consideraban casi sa-
crílega cualquier expresión de escepticismo con respecto a los autores
antiguos. Era posible comentar sus obras, desarrollarlas... pero no criti-
carlas. ¡No es de extrañar, entonces, que la historia de las hormigas
recolectoras de oro se convirtiera en parte integrante del zoológico
medieval!
Brunetto Latini, preceptor de Dante, miembro prominente del
partido güelfo, después de diez años de exilio en Francia ocupó el
puesto de canciller de Florencia. Escribió una enciclopedia en prosa, Li
Livres dou Trésor, en el dialecto del norte de Francia. Fue impreso por
primera vez en italiano el año 1474, y hace menos de cien años se
publicó una edición en el dialecto francés original. Latini realizó un
cabal resumen de todos los tesoros del conocimiento medieval. Re-
dactó una enciclopedia en gran escala: empieza con la creación del
mundo y reúne todos los materiales conocidos sobre geografía, cien-
cias naturales, astronomía... y aún política y moral.
Las famosas hormigas fueron a refugiarse en el capítulo sobre
ciencias naturales. De acuerdo con Latini, los codiciosos animales
acumulaban oro no en la India, sino en una de las islas etíopes. Quien
se les aproximaba perecía. Pero los astutos moros habían descubierto
un hábil ardid que las despistaba. Tomaban una yegua madre, le asegu-
raban varios sacos a los costados, remaban hasta las orillas de la isla, y
desembarcaban a la yegua... sin el potrillo. En la isla, la yegua hallaba
bellos prados y pastaba hasta la caída del sol. Entretanto, las hormigas
veían los sacos, y comprendían la utilidad de los mismos como reci-
pientes del oro. Prontamente se ocupaban en llenarlos con el metal
precioso. A la caída del sol, los ingeniosos etíopes acertaban al potrillo
hasta la orilla del agua, frente a la isla. El animal relinchaba quejosa-
mente, llamando a la madre; y cuando ésta oía el llamado, corría hacia
el agua, con los sacos llenos de oro, y cruzaba a nado hasta la orilla
opuesta. “Et s’en vient corrant et batant outre, et tout l’or qui est en
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coffres”.
Saltemos tres siglos. Sebastián Munster, el teólogo y cosmógrafo,
publicó en 1544 la primera descripción detallada del mundo en lengua
alemana, la llamada Cosmographia Universa. Aquí la hormiga busca-
dora de oro aparece reproducida en un hermoso grabado en cobre. La
reproducción, un tanto primitiva, le atribuye la misma forma de la
hormiga común; sólo difiere en las proporciones, considerablemente
mayores.
Pero no acaba aquí la historia de este insecto de larga memoria.
Christophe De Thou, presidente del Parlamento de París en la época de
la matanza de San Bartolomé y uno de los jefes del partido católico (su
hermano redactó el borrador del Edicto de Nantes), relata que en 1559
el Cha de Persia envió rico conjunto de regalos al sultán Solimán, entre
ellos una hormiga india del tamaño de un perro de regulares proporcio-
nes, y que era un animal salvaje y montaraz. (“Inter quae erat formica
indica canis mediocris magnitudine, animal mordax et saevum”.)
Posteriormente, cuando los velados ojos de la ciencia comenzaron
a abrirse y a ver más claramente, se realizaron algunas tentativas ten-
dientes a explicar el mito de la hormiga. De acuerdo con una teoría, la
leyenda aludía realmente al zorro siberiano, de costumbres parecidas a
las del topo. Ahora bien, los hombres sabios llegaron a la conclusión
de que, puesto que el zorro es animal astuto, si excavaba profundas
cuevas en las montañas, seguramente no lo hacía por mera diversión...
sin duda buscaba el oro de las vetas subterráneas. Pero se trata de una
teoría de escaso fundamento, lo mismo que la que afirma la posibilidad
de que otrora hayan existido hormigas gigantes (recuérdense las muta-
ciones radiactivas de cierta película de ciencia ficción) las cuales se
habrían extinguido, como ocurrió a tantos otros animales históricos.
Es posible que la leyenda de la hormiga gigante admita una expli-
cación más realista. Alguien habrá comparado el trabajo de los mineros
que perforan las vetas subterráneas con la actividad de las hormigas.
La comparación era adecuada y al mismo tiempo atractiva. Pasó de
boca en boca. Y bien sabemos cuál puede ser la suerte de los hechos
sometidos a ese tratamiento. Se agregaron circunstancias, se bordaron
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4.
Hace algunos años los periódicos publicaron una nueva teoría so-
bre el núcleo interior de nuestro planeta. Un erudito profesor había
descubierto que no estaba formado de níquel ni de hierro, sino... ¡de
oro! Su teoría se fundaba en la deducción de que, cuando los elementos
líquidos que constituían la masa de la tierra comenzaron a solidificarse,
los metales más pesados empezaron a hundirse, mientras que se eleva-
ban en “burbujas” los componentes más livianos. Por consiguiente, allí
se encuentra todo el oro que el hombre pudiera desear... suponiendo
que pueda llegar al centro de la tierra.
Hoy día adoptamos una actitud un poco cínica con respecto a es-
tas teorías y descubrimientos. Pero si la misma teoría hubiese sido
revelada en la antigüedad, la excitación habría sido tremenda, y miles
de individuos hubiesen comenzado a excavar la tierra, en busca de la
gigantesca pepita de oro. Otrora, las leyendas de las minas de oro de
Ofir- los tesoros de Eldorado- no fueron sueños afiebrados, sino tradi-
ciones aceptadas.
De todas las leyendas sobre el tema, la más antigua y firmemente
arraigada fue el misterio de Ofir.
En el capítulo noveno del Primer Libro de los Reyes se lee:
“E Hiram envió con la armada a sus servidores, marineros que
conocían el mar, junto con los servidores de Salomón. Y llegaron a
Ofir, y allí recogieron oro, cuatrocientos veinte talentos, y lo llevaron
al rey Salomón.”
Pocos pasajes de la Biblia provocaron tantas discusiones, tantos
sufrimientos y derramamiento de sangre como estas pocas líneas.
En el original hebreo del Antiguo Testamento la palabra no es
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un punto muerto.
Aquí, Karl Nieburr, el eminente historiador, aportó una hábil in-
terpretación. La Biblia afirma que la flota judeofenicia llevaba no sólo
oro, sino también animales raros. Tukkivim, dice el texto hebreo: pa-
vos reales, avestruces y otros semejantes. De acuerdo con Nieburr, se
trata de un error del copista. La palabra correcta no es tukkivim, sino
sukivim... es decir, esclavos.
En su interesante obra Von rätselhaften Landern (Las tierras mis-
teriosas), Richard Hennig reconstruye toda la historia a partir de este
error. (El libro fue publicado en 1925 en Munich e incluye una detalla-
da bibliografía de la literatura sobre el caso de Ofir). Afirma el autor
que Salomón y su socio no tenían minas cerca de Sophala, ni iban allí
para comerciar. Simplemente, se trataba de campañas bien organizadas
de piratería. El rey Hiram sabía bien lo que hacia. Su nación era un
país de comerciantes y de marinos. Durante sus viajes descubrieron
Sophala, el país del oro; pero el comercio, el intercambio de mercan-
cías, aparentemente no daba los resultados apetecidos. El áureo tesoro
de los nativos debía ser obtenido por otros medios. El rey Salomón
disponía de un ejército bien adiestrado. Por lo tanto, Salomón suminis-
tró los soldados, y el rey Hiram la armada. Unidos, ambos monarcas
lograron abrir las vetas doradas de Ofir.
La discusión sobre Ofir, que se desarrolló a lo largo de siglos, es
ejemplo típico de la elaboración de una teoría sobre la base de hechos
puramente imaginarios; de la búsqueda de una región allí donde no
estaba. Pero la manía del oro ha creado leyendas más fantásticas aún.
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sitio; pues (dice con cierta sorna) nadie verá una marca allí.]
Segundo problema: ¿Qué significa ese molar tan extraño?
Sin duda, escribe el erudito profesor, fue enviado como aviso ce-
lestial. En Hungría, la brillante victoria de Fulek, conquistada por los
ejércitos cristianos sobre el turco pagano, fue seguida de sangrientas
derrotas, como castigo a nuestros pecados. Pero Dios nos había dado
esperanzas... pues un molar de oro significa la proximidad de una Edad
de Oro. El Emperador de Roma se disponía a expulsar al turco de Eu-
ropa, y luego comenzaría una Edad de Oro de mil años. Pero como la
muela había aparecido en la mandíbula inferior y del lado izquierdo,
era conveniente no alentar excesivas esperanzas, pues la Edad de Oro
se vería precedida de inquietudes y tribulaciones.
Todo esto parecía tan lógico y promisorio que Martin Ruland,
médico de Regensburg, se apresuró a escribir otro libro, apoyando
todas las afirmaciones de Horstius. Por otra parte, Johann Ingolstadter
se mostró escéptico y atacó a Ruland. Ruland replicó el ataque. Enton-
ces entró en escena Duncan Liddel, quien adujo que Horstius no podía
estar en lo cierto. ¿Por qué? Porque el 22 de diciembre de 1585 el sol
no podía haber estado bajo el signo de Aries. Como los argumentos de
una y de otra parte se tornaban extremadamente difusos, Andreas Li-
bovius, el muy respetado químico de Coburgo, los resumió y comentó
en otro libro.
Finalmente, un médico de Breslau tuvo una idea razonable.
“Examinemos al niño”, propuso. (Hasta ese momento, a nadie se le
había ocurrido nada parecido.) Al principio, el examen pareció favore-
cer a los creyentes. Un orfebre frotó el molar con cierta piedra, y se
comprobó que era auténtico oro. Pero un médico local llamado Rhum-
baum descubrió una grieta sospechosa en la parte superior de la muela.
Examinó el sitio más atentamente, y resultó que la muela se movía. La
muela estaba cubierta por una delgada capa de oro. No era una corona
de oro como las que se emplean en la moderna odontología; los inge-
niosos padres habían apretado un botón hueco de oro contra el molar
del niño.
La bella burbuja profética reventó estrepitosamente. Cien años
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ción de oro, debo prevenirle que jamás obtendrá más oro que la canti-
dad contenida en el Usufur. Mi intervención en el asunto se limitó a
reducir un poco de oro puro al estado de polvo, y a venderlo en cierta
mezcla a los farmacéuticos. Una vez consumido el polvo, Vuestra
Gracia no podrá fabricar más oro. Ruego a Vuestra Gracia que me
perdone el engaño; las amabilidades que ha sabido dispensarme, quiera
el Señor recompensárselas de un modo o de otro. Y os pido un último
favor: el reconocimiento de que he sido moderado, y no llegué a enga-
ñaros más cruelmente aún. Y antes de despedirme, dejadme deciros
que no soy transilvano, sino italiano; tampoco me llamo Daniel, sino
de otro modo. Deseándoos la mejor salud, y recomendando a Vuestra
Gracia a la infinita piedad de Dios, se despide Vuestro Obediente Ser-
vidor, el descubridor del Usufur.”
Una vez que pasó el primer ataque de indignación, el Gran Duque
tomó a broma la impostura... o por lo menos, así lo afirma el cronista
de la época. Sea como fuere, no cabe duda de que Europa entera festejó
el engaño.
El caso del crédulo Gran Duque nos mueve a risa, y estamos segu-
ros de que nada semejante podría ocurrir en la época moderna. Pero el
alquimista prospera en el siglo XX con la misma frecuencia y goza de
idéntico prestigio. Por otra parte, encuentra tontos y víctimas tan fá-
cilmente como “Daniel de Transilvania” hace dos siglos. Uno de los
más atrevidos y exitosos “fabricantes de oro” operó en Alemania poco
antes del régimen de Hitler. Heinrich Kurschildgen era un joven de
escasa educación, obrero de una fábrica de tinturas... hasta que cierto
día decidió convertirse en inventor. Equipó un pequeño taller, al que
dio el nombre de laboratorio, obtuvo dos patentes, y sobre tan frágil
fundamento levantó un sorprendente edificio de realizaciones imagina-
rias.
Su primera víctima fue un profesor de la Universidad de Colonia;
Kurschildgen explicó al erudito caballero que había descubierto el
modo de tornar radiactiva cualquier sustancia mediante ciertos rayos
misteriosos. El profesor le creyó quizás el joven revelaba una frágil
chispa de auténtico brillo y contribuyó con su “opinión experta”, la
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bía tenido Henri I. Creó pares y altos dignatarios, fundó una orden de
caballería. Entre los funcionarios de la corte había un Lord Gran Pana-
dero, instituido a imitación del Grand Penatier francés. Se produjo
cierta confusión, pues nadie atinaba a establecer las funciones reales de
este caballero. Desconcertado, el hombre pidió audiencia al Empera-
dor, pero éste resolvió muy graciosamente el problema: “C'est quelque
chose de bon” (Es algo bueno).
El nombre de Lord Gran Panadero era conde de la Limonada. Lo
cual parece un tanto extraño. Pero había otro llamado duque de la
Mermelada. Y cuando se repasan los títulos de la nueva aristocracia, se
descubren otros títulos sorprendentes:
Duque de las Mejillas Rojas (Duc de Dondon). Duque del Puesto
Avanzado (Duc de l'Avancée). Conde del Río Torrencial (Comte d'A-
valasse). Conde del Terrier Rojo (Comte du Terrier Rouge). Barón de
la Jeringa (Baron de la Seringue). Barón Agujero Sucio (Baron de
Sale-Trou). Conde Número Dos (Comte de Numero-Deux).
Qué había detrás de toda esta imbecilidad haitiana?
Cuando el emperador Faustin creaba un par, también daba al be-
neficiario cierta extensión de tierra plantaciones más o menos extensas
confiscadas a sus antiguos propietarios. Era bien sabido que la nobleza
de Francia, a la que tanto se imitaba, tomaba su nombre de las propie-
dades que ocupaba, por lo cual se consideró aconsejable que la nueva
aristocracia negra se denominara según la propiedad de cada uno. Pero
las plantaciones no tenían nombres tan atractivos o melodiosos como
los antiguos castillos de la nobleza francesa; los viejos propietarios las
habían bautizado con los nombres de los productos elaborados, o de
acuerdo con la ubicación de la propiedad, o con cierta particular cuali-
dad del suelo, etc. Así, la patente de nobleza del hombre que poseía
limonares era el título de conde de la Limonada; el nuevo propietario
de una fábrica de jaleas se enorgullecía de que lo llamaran duque de la
Mermelada. Es muy posible que pocos de ellos comprendieran las
particulares connotaciones de algunos de los nuevos títulos.
El 18 de abril de 1852 el emperador Faustin decidió coronarse,
junto con su esposa, por segunda vez. En esta ocasión utilizaron una
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brazos, pero que por lo menos tenía respaldo donde apoyarse. Tampo-
co se las privaba totalmente de la gloria implícita en el sillón... pero en
presencia de damas de rango inferior.
Estas normas no agotaban los problemas ni las posibilidades; era
preciso considerar la situación de los altos dignatarios del Estado y de
la corte. Los cardenales debían estar de pie en presencia del rey; pero
en compañía de la Reina y de los niños reales se les ofrecía tabourets;
cuando sólo estaban presentes príncipes y princesas de la sangre, po-
dían reclamar sillones. Los príncipes extranjeros y los grandes de Es-
paña debían estar de pie ante la pareja real y sus hijos; frente a los
nietos reales podían ocupar un tabouret; en presencia de príncipes y de
princesas de la sangre tenían derecho a sentarse en sillones. (Sin duda
había considerable desplazamiento de muebles en la corte francesa, al
compás de las idas y venidas de la familia real.)
La ley del tabouret incluye muchos otros aspectos, pero no pode-
mos ocuparnos de todos. Quizás sea éste el lugar apropiado para citar
el libro de Marzio Galeotto sobre la casa del rey Matthias Corvinus de
Hungría. Beatriz, la esposa italiana del rey, introdujo una práctica
particular: si ella se sentaba, lo mismo podían hacer las damas de com-
pañía; y estaban autorizadas a hacerlo sobre cualquier tipo de silla, sin
necesidad de permiso especial. Un cortesano muy escrupuloso mencio-
nó el hecho al rey Matthias, y criticó la falta de formalidad; sin duda,
mucho mejor era dejar de pie a las damas.
-Oh, no, que se sienten- replicó Su Majestad- son tan terrible-
mente feas, que mucho más ofenderían la vista del espectador si se
quedaran de pie.
La ley del tabouret es sólo una pequeña muestra de la tremenda
variedad de privilegios y derechos de que gozaba la alta nobleza. Era
una dieta refinada y sutil con la que se alimentaba la vanidad, y el goce
era más intenso porque todo se hacía públicamente.
En las recepciones de la corte las damas de rango inferior besaban
el ruedo de la túnica de la reina. También las princesas y las esposas de
los pares tenían derecho a rendir este homenaje, pero el privilegio
estaba claramente determinado: se les permitía besar la tela un poco
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del virus de la vanidad. Pues en Versalles aún las cosas más fútiles
poseían prodigiosa importancia.
Era privilegio de las princesas poner un toldo escarlata sobre el
techo de sus carruajes. Pero los hijos y los nietos de la pareja real nece-
sitaban distinguirse de algún modo. Gozaban, pues, del privilegio es-
pecial de llevar el toldo escarlata clavado al techo del carruaje. Esta
situación suscitó un grave problema, pues el príncipe Condé (príncipe
de la sangre) exigió el mismo derecho para las princesas de la sangre.
Pero las intrigas de la corte impidieron la audaz innovación, de modo
que el indignado Condé arrancó completamente el toldo escarlata del
carruaje de su esposa y (con gran consternación de todo el mundo)
entró sin él al palacio real.
Entró al palacio... he aquí una observación importante. Los ca-
rruajes de los nobles de rango inferior al de príncipe no podían traspa-
sar el patio interior; una vez llegados a la porte-cochere debían
detenerse, y sus ocupantes caminaban hasta la entrada.
Si el rey visitaba uno de sus castillos en provincias, toda la corte
lo seguía. En los castillos se reservaba a cada uno la correspondiente
habitación. Pajes de librea azul escribían con tiza sobre la puerta el
nombre del personaje de la corte Monsieur X o Madame Y. Pero ni
siquiera esta sencilla tarea se salvaba de la comedia de la precedencia.
El absurdo de la etiqueta gobernaba en los corredores de Marly o de
Fontainebleau. Las damas y los caballeros de rango excepcional tenían
derecho a una palabra suplementaria: pour, para Monsieur X o Mada-
me Y.
Las cuatro letras de la palabra pour, trazadas con tiza, constituían
valiosa distinción. Sólo se concedía a los príncipes de la sangre, a los
cardenales y a la realeza extranjera, de modo que esta delicada distin-
ción convertía al rey en anfitrión personal de sus huéspedes privilegia-
dos.
Los embajadores extranjeros expresaron la más profunda indigna-
ción ante la ausencia del pour en sus respectivas puertas. Pero todos los
esfuerzos fueron en vano; Luis XIV se negó obstinadamente a rectifi-
car su decisión. El día que la princesa D'Ursins conquistó el privilegio
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cocina. (Kinder, Kirche, Küche,- niños, iglesia, cocina- fue una trini-
dad instituida por Federico Guillermo; una trinidad que ha sobrevivido
en la era nazi.)
Para algunos de sus ministros era cosa natural recibir las instruc-
ciones reales en forma pictórica. Los abogados de Berlín habían descu-
bierto un ardid muy eficaz para llegar al rey. Federico Guillermo tenía
pasión por los hombres de elevada estatura; había reclutado personal-
mente a los famosos granaderos, todos los cuales debían tener más de
seis pies de altura. Los abogados berlineses sobornaban a uno u otro de
los amados guardias, para que presentara peticiones al rey en el sentido
deseado por el letrado, como si el guardia estuviese interesado perso-
nalmente en el caso. Si el rey estaba de buen humor, cualquiera de los
langer Kerl (tipos altos) podía obtener casi todo lo que pidiese. Pero se
descubrió el ardid y Federico Guillermo se encolerizó, ordenó a Coc-
ceji, su ministro de Estado, que redactara un decreto que prohibiese
esas estratagemas y castigase al abogado que las utilizara. El ministro
redactó un borrador de decreto, pero debía consultar al monarca sobre
la pena. El rey estaba pintando, y de excelente humor, pero no se sentía
inclinado a interrumpir el impulso creador. De modo que sobre el bor-
de de la tela dibujó un patíbulo, un patíbulo del cual colgaba un aboga-
do; y a un lado, como para subrayar la desgracia del hombre de leyes,
se balanceaba un perro. El ministró tomó debida nota de la decisión de
Su Majestad, y completó el decreto: “Todos los abogados que en el
futuro utilicen la intervención de los granaderos reales serán colgados
en compañía de un perro.” Ya estaba impreso el decreto cuando se
descubrió el exceso de celo y de servilismo del ministro. Se retiró el
decreto, y se destruyó también el pictograma real.
Pero el rey continuó pintando, hasta que, casi paralizado por la
artritis, apenas pudo sostener el pincel. Aun entonces persistió, y fir-
maba sus telas: Fridericus Wilhelmus in tormentis pinxit. Y los cuadros
que no se regalaban, eran vendidos a precios reales... a quienes busca-
ban el favor real.
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IV
EL ÁRBOL GENEALÓGICO
1.
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pios.)
1590: EdIer, ehrenvester und gestrenger Junker.
(Combinación de los tres títulos anteriores.)
1600: Wohledler, gestrenger, grossgünstiger Junker.
(Muy noble, de elevados principios y muy favorable.)
1624: WohledIer, gestrenger, vester und mannhafter grossgünsti-
ger Junker, mächtiger Forderer. (Muy noble, de elevados principios,
firme, viril, favorable, poderoso patrono.)
1676: Hochedelgeborner, WoNgeborner, gestrenger, vester und
mannhafter, grossgünstiger Junker, mächtiger Förderer. (Más o menos
lo mismo que el anterior, excepto el agregado de “elevado y noble
nacimiento” y de “bien nacido”.)
1706: Hochwohlgeborner... y todo lo demás, como en 1676. (Una
ligera modificación: la composición de la palabra que significa “de
elevado y noble nacimiento”.)
1707: Hochwohlgeborner, gnädiger, etc. (Aquí se ha agregado
“gracioso”.)
Como se ve, los mortales comunes tenían que tomar, aliento para
dirigirse a los nobles. Y el uso constante empañaba la gloria de los
títulos. Del mismo modo que las buenas amas de casa se sentían felices
de poder comprar las ropas usadas de las damas nobles, los burgueses
se apoderaban de los títulos desechados. El regidor urbano ingresaba
en el consejo municipal con el título de Wohlgeborner (bien nacido),
aunque fuera jorobado o rengo, incorporaban nuevos apéndices (pro-
pios de la casa media) a los títulos nobiliarios en desuso y alimentaban
su propia vanidad con este plumaje de pavo real.
El Titularbuch, publicado a fines del siglo XVIII, trae instruccio-
nes completas sobre el modo de encabezar cartas a personas de cual-
quier rango y función.
Quien se dirigía al alcalde de una ciudad libre del Imperio, debía
comenzar así: “Al bien nacido, estricto, de elevados principios, de
grande y eminente erudición, de grande y eminente sabiduría, Alcal-
de...
(Aquí las referencias a la erudición y a la sabiduría eran atributos
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3.
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tía pasear por el patio interior de la prisión, pero sólo cuando llevaba la
máscara. Las delicadas complicaciones internacionales justificaban
esta pequeña precaución.
Los genealogistas inventaron una bella fábula para establecer
cierta relación entre Napoleón y el Hombre de la Máscara de Hierro.
De acuerdo con esta versión, la hija del gobernador de la Isla de Santa
Margarita se apiadó del pobre prisionero; se enamoraron, y la joven
concibió un hijo. Naturalmente, era preciso sacar de la cárcel al niño,.
Una persona de confianza lo llevó a Córcega, donde llegó a la edad
adulta. Usaba el nombre de la madre y aquí aparecía el vínculo que era
Bonpart. El resto no exigió mucha imaginación. Bonpart se convirtió
en Bonaparte, o en su forma italiana, Buonaparte. Los Bonaparte eran
descendientes de este hijo del amor, y Napoleón era bisnieto del Hom-
bre de la Máscara de Hierro, el cual, a su vez, era el legítimo heredero
del trono francés. De modo que el Corso no era un simple usurpador, y
por el contrario tenía todo el derecho del mundo al título y a la gloria
imperiales.
No fueron pocos los que aceptaron este fárrago de tonterías.
Funck Brentano publicó el texto de un mural en el que se advertía a los
rebeldes de la Vendée que no debían creer en los “ponzoñosos rumo-
res” según los cuales Napoleón era descendiente de los Borbones y
tenía derecho a gobernar a Francia.
¿Y qué opinaba el propio Napoleón?
“¡Tonterías” declaró. “¡La historia de la familia Bonaparte empe-
zó el 18 Brumario!”
Uno de los más serviles y desvergonzados fabricantes de árboles
genealógicos fue Antoine du Pinet (1515-1584), traductor de Plinio y
autor de muchos libros eruditos.
Se le encomendó la tarea de establecer los antecedentes de la
ilustre familia Agoult. Eligió como punto de partida la figura de un
lobo que aparecía dibujado en el escudo de armas de la familia. Sobre
tan frágiles cimientos levantó un inexistente Imperio Pomeranio, creó
una legendaria princesa Valdugue, y un joven llamado Hugo, que tam-
bién era totalmente inventado. Un asunto amoroso, un hijo... y el resto
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los autores jamás habrán creído posible que los lectores modernos
hallaran nada reidero en sus largas, solemnes y pomposas parrafadas.
Se trata de un desfile de mezquinas intrigas de la corte; las conspi-
raciones y tramoyas de dignatarios sin importancia, los problemas de
título, de rango y de precedencia; es decir, hormigas convertidas en
elefantes y montículos elevados a la categoría de montañas.
El 10 de abril de 1756 el embajador austríaco se queja amarga-
mente de que sus sirvientes- ¡vestidos de librea!- deben pagar cierto
derecho de peaje si llegan a las puertas de Munich después del toque de
queda. Pregunta si los lacayos del embajador bávaro en Viena están
sometidos a la misma exacción. Recibe una respuesta afirmativa. De
modo que el embajador austríaco decide amenazar con el despido a
cualquiera de sus servidores que se demore fuera de su residencia...
cuando viste la librea que le sirve de uniforme. La discusión de este
problema insumió trece hojas de papel de oficio. Finalmente, el 30 de
abril, el embajador informa el canciller austríaco, príncipe Kaunitz, que
el Elector de Baviera ha renunciado graciosamente al pago del peaje.
“No podría decir si este desenlace favorable fue resultado de mi firme-
za tenaz o si el Elector deseaba demostrar los sentimientos personales
que le inspiro o si constituye el reconocimiento de la diferencia que
existe entre un representante imperial y el de un electorado”.
El 6 de abril de 1770, cuatro páginas para informar sobre los pre-
parativos de la visita a Munich de una archiduquesa austríaca. Había
obstáculos casi insuperables. El embajador austríaco exigía que la
guardia de nobles que acompañaba a la archiduquesa pudiera cabalgar
hasta el patio interior del palacio del Elector. El Elector se negó obsti-
nadamente; la visitante podría ser acompañada solamente hasta las
puertas del palacio. Y en esta ocasión de nada sirvió la tenacidad; el
gobernante bávaro no cedió.
27 de marzo de 1778: Una conferencia, presidida por el Elector,
para decidir un candente problema: si la cinta de la Orden bávara de
San Jorge debía ser llevada sobre el hombro izquierdo o sobre el dere-
cho. La conferencia se inclinó por este último criterio. El embajador se
sorprendió mucho cuando, en la primera recepción de la corte después
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VI
LA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA
1.
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2.
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comuna de Stilfs, declaró que había citado ese día a Hans Grienebner,
abogado defensor de las bestias irracionales conocidas por el nombre
de ratones de campo, después de lo cual el arriba mencionado Hans
Grienebner compareció y se dio a conocer en su función de abogado
defensor de los ratones.
“Minig Waltsch, residente de Sulden, fue llamado en calidad de
testigo, y declaró que durante los últimos dieciocho años acostumbraba
cruzar los campos de Stilfs, y que había visto los daños considerables
producidos por los ratones de campo, y que apenas habían dejado un
poco de heno para uso de los campesinos.
“Niklas Stocker, residente de Stilfs, atestiguó que ayudaba en el
trabajo de los campos comunales, y que siempre había visto que esos
animales, cuyo nombre no conocía, causaban grandes daños a los agri-
cultores, y eso era especialmente visible en otoño, en la época de la
segunda siega.
“Vilas von Raining reside ahora en las proximidades de Stilfs, pe-
ro durante diez años ha sido miembro de la comuna. Testifica que
puede apoyar la declaración de Niklas Stocker, y aun la refuerza afir-
mando que muy a menudo ha visto con sus propios ojos a los mencio-
nados ratones.
“Después de lo cual, todos los testigos confirmaron bajo jura-
mento sus respectivos testimonios.”
Es evidente que el tribunal se abstuvo de interrogar a los campesi-
nos de Stilfs, que eran parte interesada, y que demostró su absoluta
imparcialidad al elegir testigos independientes y sin prejuicios: dos
campesinos de la vecindad y un peón.
“ACUSACIÓN: Minig von Tartsch acusa a los ratones de campo
del daño que han causado y afirma que si esta situación continúa y no
se procede a la eliminación de los dañinos animales, sus clientes no po-
drán pagar los impuestos, y se verán obligados a irse a otro sitio.
“ALEGATO DE LA DEFENSA: Hans Grienebner, en su condi-
ción de abogado de la defensa, declara en respuesta a esta acusación:
Ha comprendido la acusación, pero es bien sabido que sus clientes
también son útiles desde cierto punto de vista (destruyen las larvas de
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ría ver si el hacha del verdugo caía sobre un hombre o una bestia.
E. P. Evans consagró al tema todo un libro. En The Criminal Per-
secution and Capital Punishment of Animals (Londres, 1906) dedica
diez páginas a enumerar los libros y estudios que se ocupan del pro-
blema; y en los últimos cincuenta años han aparecido docenas de obras
consagradas a la exploración de esta extraña región de la experiencia
humana.
La primera sentencia de que se tiene noticia fue fallada en 1266
contra un cerdo; la última fue la condena a muerte de una yegua, en
1692. La serie de procesos increíblemente grotescos se prolongó du-
rante más de cuatro siglos. Se han conservado más de noventa proto-
colos e informes auténticos... Si se tiene en cuenta la tremenda
devastación producida por incendios, guerras, y por el descuido general
de la humanidad, se trata de una cifra extraordinaria. La mayoría de los
casos ocurrieron en Francia, pero también hay ejemplos en Alemania,
Suiza e Italia. No hay muchos datos fidedignos sobre los casos británi-
cos, pero algunas líneas de Shakespeare demuestran que la ejecución
judicial de animales no era rara. En El mercader de Venecia, Graciano
ataca en estos términos al despiadado Shylock:
“Tu alma feroz animaba sin duda a un lobo que, ahorcado por ha-
berse comido a un hombre, dejó escapar de la horca su alma cruel y fue
a hospedarse en tu cuerpo mientras te hallabas en las entrañas de tu
impía madre.”
El proceso criminal incumbía al tribunal competente. El fiscal de
la Corona desarrollaba la acusación. A veces se suministraba defensor
al acusado. Se citaba a los testigos, y en ocasiones se examinaba el
teatro del crimen; por supuesto, se tomaba cuidadosa nota de todas las
actuaciones. A veces, de acuerdo con ciertas reglas de procedimiento,
se torturaba al cerdo acusado, y sus chillidos de dolor eran considera-
dos confesión de la culpa. Durante el proceso el animal acusado estaba
sometido a confinamiento solitario, en las mismas cárceles, al cuidado
de los mismos guardianes que los delincuentes humanos. De acuerdo
con los recibos oficiales, las autoridades asignaban la misma suma para
el mantenimiento de los animales que para los hombres. Existía sólo
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una dificultad. Según las reglas, debía llevarse registro de los prisione-
ros. ¿Qué nombre aplicar a los animales encarcelados? El espíritu
burocrático exigía satisfacción; de modo que los presos cuadrúpedos
eran registrados bajo el nombre de su dueño; por ejemplo, el “cerdo de
X. Y.”. Si durante el proceso se probaba la culpabilidad del acusado, el
tribunal dictaba sentencia. En un caso ocurrido en 1499 la sentencia
fue leída al animal, con toda formalidad, en la prisión donde transcu-
rrían sus tristes y nerviosos días de arresto. Se lo acusaba de asesinato,
y fue debidamente ejecutado. Entre los métodos de ejecución, se con-
sideraba a la horca el más vergonzoso. Pero había casos todavía más
graves, en que el animal había destrozado o corneado a su víctima con
“particular crueldad”. Para castigar estos crímenes se quitaba la vida al
maligno animal con los métodos más severos. En 1463 dos cerdos
fueron enterrados vivos; en 1386 un cerdo fue llevado al sitio de la
ejecución en un trineo de madera.
El verdugo ejecutaba públicamente la sentencia de muerte, y lo
hacía con el mayor formalismo. Por lo demás, recibía sus honorarios
habituales. En los archivos de Meulan, Francia, se ha conservado una
cuenta de gastos relacionada con la ejecución de un cerdo, en 1403. El
importante documento dice así:
“Por alimentos para el cerdo encarcelado- 6 groats de París.
“Ítem: pago al verdugo que viajó desde París para ejecutar la sen-
tencia, por orden del Juez- 54 groats de París.
“Ítem: alquiler del carro que llevó al cerdo al lugar de ejecución-
6 groats de París.
“Ítem: por la cuerda para atarlo y amordazarlo 2 groats de París y
8 denarios.
“Ítem: por guantes- 2 denarios de París.”
La cuenta de gastos demuestra que el verdugo usó guantes... como
si hubiera estado ejecutando a un criminal humano. A veces se cortaba
el hocico del cerdo, y sobre la cabeza desfigurada se colocaba una
máscara de facciones humanas; y a veces se vestía al animal con cha-
queta y briches, para que la ilusión fuera mayor.
La mayoría de los acusados eran cerdos, lo que demuestra el fan-
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tástico descuido de los padres, que merecían una buena azotaina, pues
las víctimas eran casi siempre niños. Según parece, los toros y los
caballos se comportaban mucho mejor y más raros aún eran los casos
en que se acusaba a mulas y a asnos. En 1462 ahorcaron a un gato
porque había muerto a un niño en la cuna.
Cuando se trataba de delitos menores, el animal acusado evitaba
la sentencia de muerte. En 1395 se dictó en Cerdeña una ley sobre los
asnos que se introducían en prados prohibidos. La primera vez se cor-
taba una oreja del delincuente; si la bestia se mostraba obstinada y
reincidía, le cortaban la otra oreja. Fue quizás el único caso de la histo-
ria del mundo en que una pena concebida con el propósito de provocar
sufrimiento, adoptaba la forma de eliminación de las orejas asnales, en
sí mismas símbolos de desgracia.
Se conocen escasos detalles sobre el proceso ruso contra un carne-
ro recalcitrante aficionado a atropellar a la gente. Sólo sabemos que la
agresiva bestia fue condenada a exilio en Siberia. No han quedado
testimonios sobre el modo de ejecución de la sentencia, ni sobre la
suerte ulterior del carnero, condenado a comer el amargo pan del exi-
lio.
En cambio, conocemos mejor lo ocurrido al perro que mordió a
un regidor en cierta aldea de la Baja Austria. El dueño del perro de-
mostró su inocencia y fue absuelto; pero el perro debió expiar su culpa.
Fue condenado a un año y un día de cárcel. Para que el castigo fuera
más severo, no debía cumplirse en la cárcel común, sino en una jaula
colocada en la plaza del mercado. La jaula de hierro recibía, el nombre
de Narrenketterlein (La jaulita de los tontos); servía de picota y era
utilizada para albergar a delincuentes expuestos a la burla pública.
A veces se suscitaban graves choques de autoridad y de compe-
tencia. En 1314 un toro atravesó enfurecido la aldea francesa de Moisy,
y corneó a un hombre. El conde de Valois, cuya propiedad limitaba
con la aldea, se enteró del caso y ordenó el “arresto” del toro, y dispuso
que se le iniciara juicio criminal. Los emisarios del conde fueron a
Moisy y comenzaron una investigación en regla. Interrogaron a varios
testigos y el toro fue hallado culpable de asesinato intencional. El tri-
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Lohn zu geben gehalten sey (Jena, 1709). (Breve examen del problema
jurídico: si una mujer embarazada, que da a luz un niño mientras viaja
en una diligencia, está obligada o no a pagar el billete del recién naci-
do.)
Antes de que el niño nazca en la diligencia, el autor se pregunta si
una mujer debe viajar sola. Cita al profesor Beier, de la Universidad de
Jena, que se declaraba terminantemente contra tan impropias andanzas,
“quia suspectum reddunt pudicitiam”. El doctor Klüver admite también
que la modestia y la virtud de una mujer sola pueden resultar sospe-
chosas. Pero descubre una importante circunstancia atenuante: es muy
posible, dice, que la dama se vea requerida por asuntos de gravedad, y
no pueda evitar el viaje. Y si alguno de sus compañeros de viaje diera
pruebas de extremada bajeza y le hiciera proposiciones indecorosas, el
buen doctor aconseja a la dama utilizar una frase que dejará aplastado
al importuno: “Si realmente me amáis, no tratéis de robarme aquello
que precisamente me hace digna del amor.” Para que el efecto sea
mayor, la brillante frase aparece citada en francés, palabra por palabra,
como si el autor la hubiera leído en algún libro francés de anécdotas (Si
vous m'aimez, vous ne songerez pas a me ravir ce qui me rend aima-
ble.)
Después de esta introducción, llegamos al acontecimiento que es
la materia de toda la disertación: la dama, que viaja sola en la diligen-
cia, inesperadamente da a luz. El autor no demuestra el menor interés
por comadronas o por médicos. Sólo le preocupa el problema legal:
¿Es necesario pagar el billete del niño recién nacido?
Hay dos posibilidades:
1) Que la dama haya alquilado todo el vehículo... en cuyo caso
tiene derecho a llevar tantos pasajeros como desee, y el conductor no
puede exigir pago adicional. El niño puede ser considerado un “pasaje-
ro invitado”.
2) Que ella haya comprado un solo billete, en cuyo caso el pro-
blema es de naturaleza totalmente distinta. Esta posibilidad fue anali-
zada por varios jurisconsultos, y la opinión fue que el niño no
necesitaba pagar billete: “quia portus est portio mulieris, vel visce-
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rum.”
El doctor Klüver adhirió a esta opinión, aunque por razones com-
pletamente distintas, y según parece escribió su estudio con el fin de
exponer sus originales y sorprendentes conclusiones en lugar de los
puntos de vista “anticuados” de sus colegas. Sostuvo que la afirmación
según la cual el niño formaba parte del cuerpo de la madre (como cual-
quiera de los órganos internos) carecía de validez. O, mejor dicho, era
válida, pero sólo mientras el niño no hubiera nacido. Tan pronto se
desprendía del vientre de la madre debía ser considerado una persona-
lidad independiente.
¿Cuáles eran los nuevos y decisivos argumentos?
a) El niño no ocupaba asiento, de modo que el conductor no sufría
ninguna pérdida. En caso de que la madre no tuviera en su regazo al
recién nacido, no era necesario asignarle un asiento, pues bastaba de-
positarlo sobre la paja que cubría el piso de la diligencia.
b) El conductor había advertido seguramente que la pasajera esta-
ba embarazada, y por lo tanto debía hallarse preparado para un “au-
mento” del número de pasajeros.
El asunto era evidente por sí mismo. ¿Pero cambiaba la situación
si la futura madre se mostraba previsora y llevaba consigo una cuna?
Sí, porque la cuna ocupaba espacio en la diligencia. En tal caso era
preciso pagar... no por el niño, sino por la cuna. Sin embargo, el pago
no correspondía si el conductor podía demostrar que el lugar ocupado
por la cuna hubiera podido ser utilizado por otra persona.
Se presentaba una nueva complicación si la dama se negaba a pa-
gar el transporte de la cuna. ¿Cuáles eran los derechos del conductor?
Podía tomar posesión de la cuna. Pero, ¿con qué limitaciones? ¿Como
garantía o como propietario? Estas dos condiciones no eran idénticas,
pues si sólo tenía derecho de retención, todo acreedor que presentara
documentos o pagarés gozaría de precedencia cuando llegara el mo-
mento de saldar deudas. Después de citar innumerables autoridades, el
erudito doctor se inclina por la segunda posibilidad. Y remata el caso
diciendo que, si alguien duda de la validez de su afirmación, debe
consultar el libro Recht der Fuhrleute (Derecho de los carreteros), del
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na cuyo judicium rationis per nimiun amorem pervertatur (es decir, que
ha enloquecido por amor excesivamente violento), Nosotros, el Deca-
no, y los profesores de la Facultad Médica de Helmstädt hemos estu-
diado cuidadosamente y examinando el caso, y aquí resumimos nuestro
punto de vista:
“De las circunstancias establecidas en los documentos, se puede
inferir ciertamente que existe cierto desequilibrio en el cerebro del
individuo en cuestión, como que el amor frustratus (amor frustrado)
puede provocar en las personas inclinadas a la melancolía una grave
perturbación de las cualidades mentales, por lo cual no es posible con-
siderarlo responsable de sus actos.”
Pasó el tiempo, y el amor del estudiante de teología se fue debili-
tando a través de la acumulación de papeles burocráticos. La opinión
de las facultad de ciencias médicas, fue enviada a la facultad de dere-
cho de la Universidad de Wittenberg, la cual ordenó un nuevo examen
médico. El joven fue llamado a comparecer ante una comisión médica,
que lo examinó y redactó un extenso informe. De acuerdo con las ac-
tas, el caso tuvo un final sorprendente: el joven estudiante afirmó que
se sentía perfectamente bien, y que ya no estaba enamorado de la cria-
da de su padre.
El abuelo de todos los juristas románticos fue Samuel Stryk-
Srykius, en su forma latinizada- que fue profesor en la Universidad de
Halle. Fue también decano de la Facultad de Derecho, Consejero Pri-
vado, hombre de sustancia y de autoridad. Contribuyó a enriquecer la
literatura jurídica con innumerables estudios. Uno de sus libros más
famosos fue De jure spectrorum (Halle, 1700), en el que discutió los
problemas legales y las complicaciones provocados por las acechanzas
de fantasmas y de espectros.
Los fantasmas originaban muchas dificultades en los casos de
arriendo de propiedades. ¿Tenía derecho el inquilino a dar por cancela-
do el contrato si en la vivienda aparecían fantasmas? Si los espectros
eran “soportables”- es decir, si por ejemplo sólo producían algunos
ruidos o gritos atenuados en partes alejadas de la construcción-, el con-
trato conservaba su validez. En los casos más graves, el inquilino podía
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¿Etcétera?
Pues también tal palabra suscitó problemas de carácter legal.
Este humilde pero comprensivo término, carente de existencia
autónoma, eterno complemento de otros esta modesta y anónima ex-
presión adquirió, gracias al profesor Strykius, individualidad e impor-
tancia propias. El patito feo se convirtió en orgulloso cisne.
Strykius le consagró un libro, al que denominó Tractatio juridica
de Etcetera (Disertación jurídica sobre la palabra Etcétera). Desarro-
llaba su historia, su naturaleza, los usos correctos y los equivocados,
los inconvenientes que podía provocar el uso erróneo, etc.
Por ejemplo, si en cierto documento legal es preciso enumerar to-
dos los títulos de un príncipe reinante, no se debe interrumpir la lista en
el tercer o cuarto título, para ahorrar tinta y espacio, apelando a la
palabra “etcétera”.
La obra exhorta a los escribanos públicos a esquivar la palabra,
porque cualquiera de las partes podría, con acopio de malas intencio-
nes, atribuir al “etcétera” toda suerte de interpretaciones antojadizas.
También descubrimos en este libro que en aquellos tiempos se
consideraba insulto extremadamente grave decirle a alguien: “ ¡Tú eres
un etcétera!” Y si bien, (como ya sabemos) dicho insulto no podía ser
contestado con una bofetada, cabía denunciar al ofensor, y la ley obli-
gaba al juez a aplicarle una sentencia muy severa. Es probable que la
severidad de la pena tuviera un doble propósito: por una parte satisfa-
cía el principio de retribución, y por otra desalentaba gradualmente el
empleo de la palabra, hasta que al fin perdió su connotación insultante.
Etcétera.
4.
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de las escuelas... son una tentación para los niños, y los distraen. (Tri-
bunal municipal, Estados Unidos.)
Una mujer tiene derecho a divorciarse si el esposo insiste en reali-
zar todo el trabajo doméstico. (Tribunal doméstico, Londres.)
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VII
LA ESTUPIDEZ DE LA DUDA
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placer en él sólo aquellos que nunca hayan leído una obra de calidad
superior. Julius Caesar, juzgada por muchos como la mejor de sus
obras, contiene tanta bajeza que no puede ser leída sin repulsión. El
autor acumula en ella los más diversos hechos, y en el más completo
desorden. Aparecen artesanos y otras gentes bajas, los bribones luchan
y dicen bromas vulgares; luego, entran en escena héroes romanos, y
discutan importantes asuntos de Estado.”
Tanto el crítico como sus “reglas de oro” han caído hace mucho
en el olvido. Pero en aquella época la forma era todo. Aun Voltaire
estaba tan influido por la idolatría francesa de la forma dramática, que
tejió una corona de espinas para el genio que habla desafiado todas las
unidades aristotélicas.
“¡Un bárbaro borracho!”, dijo de Shakespeare. “¡Un payaso vul-
gar! Hamlet es obra tan bárbara que ni siquiera el público francés o
italiano menos educado podría soportarlo. Cualquier patán campesino
se expresaría en términos mas selectos y elegantes que Hamlet en sus
monólogos”.
Federico el Grande, que admiraba mucho a Voltaire, trató de
adoptar las opiniones de su amigo francés. En una de sus cartas se
permite el siguiente exabrupto:
“Quien desee convencerse de la falta de gusto reinante en Alema-
nia, podrá hacerlo visitando los teatros. Allí se verá la versión alemana
de las detestables obras de Shakespeare, y cómo los concurrentes escu-
chan y contemplan con delicia esas ridículas payasadas que serían más
apropiadas para los salvajes del Canadá. Formulo tan dura crítica por-
que se trata de graves pecados contra las reglas fundamental de la es-
cena. Quizás corresponda perdonar los extraños excesos de
Shakespeare, dado que no es posible juzgar el arte primitivo con arre-
glo a las pautas propias de la madurez. Pero ahora tenemos este Goetz
von Berlichingen, miserable imitación de las malas obras inglesas.
El público aplaude y exige entusiastamente que estas absurdas
vulgaridades se mantengan en el repertorio. Sé que es imposible discu-
tir acerca de gustos...”
La carta del rey de Prusia (escrita en francés) fue publicada por
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Roma, fue quizás castigo peor que el encierro en una mazmorra. Mani,
el gran fundador de una nueva religión, corrió una suerte harto más
dolorosa. No sólo languideció en prisión muchos años, sino que acabó
despellejado vivo. Boecio, el fundador del escolasticismo cristiano
medieval, que fue consejero íntimo de Teodorico, rey de los godos,
acabó sus días en prisión. Marco Polo pasó muchos años como prisio-
nero de guerra en Génova; y allí, agobiado por mortal aburrimiento,
dictó a Rusticiano su gran libro de viajes. La habilidad de Maquiavelo
no impidió que Giulio de Medici lo arrestara, y que fuera torturado y
desterrado.
Martín Lutero fue secuestrado por los caballeros enmascarados de
Federico el Sabio, y estuvo diez meses preso en Wartburgo. Tomás
Moro perdió primero su libertad y luego la cabeza, porque se negó a
reconocer la autoridad real en materia eclesiástica. Benvenuto Cellini,
tan grande artista como talentoso autobiógrafo, estuvo preso en Castel
Angelo, Roma, acusado de asesinato y de desfalco. (Probablemente era
culpable de ambos delitos, por lo que no tendría derecho a figurar en
esta galería de presos ilustres.) En la prisión, Miguel de Cervantes
escribió su inmortal Don Quijote. Sir Walter Raleigh pasó trece años
como involuntario huésped de la Torre Blanca, escribiendo los ocho
volúmenes de su historia del mundo. (Llegó sólo hasta el año 130
a.C.). Fue puesto en libertad en 1616, y arrestado nuevamente dos años
después. Esta vez, la sentencia tantas veces suspendida fue cumplida.
Francis Bacon fue sentenciado por soborno y corrupción, a “detención
por el tiempo que determinara la voluntad del rey” Ignoramos cuánto
tiempo estuvo detenido Shakespeare por cazar en veda, pero sabemos
que hubo de soportar veinticinco azotes por cierta aventura juvenil.
Daniel Defoe fue puesto en el cepo por un folleto satírico en el que se
burlaba de la persecución desatada contra las creencias religiosas.
Villon, quizás el más notable poeta del Medioevo, fue sentenciado a
muerte no una, sino dos veces en el curso de su breve vida.
Antes de ser exilado, Voltaire fue dos veces huésped de la Basti-
lla. Uno de sus libros fue quemado públicamente, todas sus obras fue-
ron puestas en el Index, y cuando murió se le negó entierro religioso.
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en una prisión militar de Buda. Pocos son los poetas y escritores hún-
garos de la primera mitad del siglo XIX que lograron salvarse de la
cárcel, dispensada generosamente por la opresión de los Habsburgo.
Turguéniev fue otra víctima de la tiranía reaccionaria de la década
de 1850. Fue encarcelado porque escribió un poema en recuerdo de la
muerte de Gógol. Dostoievsky, el otro gigante de la literatura rusa, se
vio envuelto en una conspiración comunista-socialista. Fue sentenciado
a la pena capital, perdonado a último momento, y condenado a trabajos
forzados en Siberia. Estaba a punto de enloquecer, cuando un “acto de
gracia” le permitió alistarse como soldado en el ejército. Maurus Jókai,
el Dumas de Hungría, cumplió un mes de cárcel (de una sentencia que
originalmente era de un año) porque publicó en su diario un artículo
que provocó el desagrado del gobierno.
Verlaine, Wilde, Baudelaire... podríamos continuar indefinida-
mente esta lista. Algunos murieron luchando por sus ideales, como
Petöfi, cuyo breve período de gloria fue como el resplandor de un
cometa; otros perecieron en el patíbulo, como André Chénier, conside-
rado con justicia el principal maestro del verso clásico francés desde
Racine y Boileau. Y si abandonamos el pasado y fijamos la vista en los
casos recientes, comprobamos que apenas hay país de Europa en el que
la tiranía nazi, fascista o comunista (la cual es, desde cierto punto de
vista, la estupidez total y organizada) no haya exterminado veintenas
de poetas y de escritores, que formaban la vanguardia del espíritu hu-
mano. Todas las naciones lloran a sus mártires que han demostrado que
la pluma puede ser usada como espada.
4.
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pública.
El problema tenía otro aspecto. El geógrafo francés no conocía el
idioma alemán, ni sabía nada de la escritura gótica. Sin embargo, un
hombre de mediana cultura habría advertido los característicos trazos
góticos, y cualquier alemán que visitara la biblioteca hubiera suminis-
trado la información indispensable. Para el abate, cierto grupo de ideo-
gramas representaba la idea “aguardiente”; pero evidentemente se
trataba de la palabra alemana Honig (miel). El niño germano america-
no había dibujado una colmena y un barril de miel. Y debajo de los
otros “extraños pictogramas” había docenas de palabras alemanas: will,
Grund, heilig, Hass, nicht, wohl, unschuldig, schaedlich, bei Gott, etc.
Y así se derrumbó el bello castillo de naipes.
Pero la opinión pública y el orgullo franceses no sufrieron mella.
El folleto de Petzhold fue traducido al francés, el bibliógrafo alemán
fue muy elogiado, y el abate Domenech se convirtió en hazmerreír
general. Todo lo cual no le impidió vivir hasta la madura edad de
ochenta y siete años.
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VIII
MITO Y ENSUEÑO
1.
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do... que entonces resultaba tan vulnerable como cualquier otro mortal.
Vaya lo dicho para demostrar cuál era la “actitud científica” en
1691.
Pero si todos estos amuletos y encantamientos de nada servían,
había otros medios de asegurar la inviolabilidad frente a las armas del
enemigo. Por ejemplo, la armadura.
Todo cuanto escribieron los autores clásicos, fue aceptado como
la suprema verdad. Creíase absolutamente cierto que Vulcano había
forjado para Aquiles una armadura que no sólo lo defendía de los gol-
pes del adversario, sino que, nada más que de mirarla el enemigo era
presa del pánico y se retiraba apresuradamente. (Un nuevo detalle de la
psicología del gran héroe griego. Con semejante equipo, no era tarea
difícil combatir contra los troyanos.) Durante mucho tiempo se caviló
sobre el secreto de la maravillosa armadura. Sólo se sabía que estaba
hecha de un metal llamado Electrum; pero no tenían la menor idea
sobre los ingredientes de tan extraordinaria sustancia. Al fin, Paracelso
suministró la solución.
Todos los metales, aseguró, están sometidos a la influencia de
determinado planeta. Por consiguiente, si se mezclan los metales apro-
piados cuando las constelaciones precisas ocupan el cielo, se obtendrá
una nueva sustancia metálica, que poseerá las potencias secretas deri-
vadas de la estrella. Paracelso bautizó al nuevo metal con el nombre de
Electrum Magicum. Era una amalgama de oro, plata, cobre, acero,
plomo, estaño y mercurio. La receta prescribía grandes cantidades de
oro y de plata, de modo que no estaba al alcance de los pobres.
Pero no era cosa fácil de obtener ni siquiera para el rico. Los li-
bros mágicos que explicaban la preparación del Electrum Magicum,
afirmaban que no era posible el éxito, a menos que se aplicaran riguro-
samente ciertas reglas muy complejas.
La primera afirmaba que todo el proceso debía ser, aún en los más
mínimos detalles, de carácter marcial. El cielo, el aire, el estado de la
atmósfera, el día, la hora y el minuto, el lugar, los implementos y el
fuego- y aún el alma, la moral y la voz del artesano- debían conformar-
se al espíritu de Marte. La forja y el martillo, las tenazas y el fuelle
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truyó balanzas muy precisas, con las que media su ración cotidiana:
doce onzas de alimento y catorce onzas de bebida. (La onza italiana era
un poco mayor que la inglesa.) Con esta dieta de encarcelado vivió
hasta la madura edad de ochenta años, en que su familia comenzó a
preocuparse por la posibilidad de que la excesiva moderación conclu-
yera por perjudicarlo. Consiguieron persuadirlo de que era conveniente
comer más. El viejo caballero se dejó convencer y aumentó en dos
onzas la cantidad de alimento. Pero este modesto incremento le echó a
perder el estómago, se enfermó, y todos temieron que el acto de gloto-
nería que se le había obligado a cometer causara su muerte. Con gran
dificultad curó de su enfermedad, y declaró que deseaba vivir de
acuerdo con sus propias ideas, y que su familia haría mejor en mante-
nerse apartada del asunto.
El obstinado Matusalén continuó torturando a la hija de la razón y
a la madre de virtudes, hasta que al fin consiguió aflojar los lazos que
lo unían a la arcilla. Consiguió mantenerse con dos yemas de huevo
diarias. Y las consumía por partes: una en el almuerzo, y la otra du-
rante la cena.
Hasta aquí nos hemos ocupado de actos que fueron expresión de
sabiduría... aunque a veces un poco exagerada. Pero el resto es parte de
nuestro tema principal.
Los apóstoles de la moderación conquistaron muy pocos discípu-
los. A decir verdad, la humanidad nunca se intereso por una vida muy
prolongada, si ello implicaba tortas de maíz y de yemas de huevo. En
lugar de vivir de tan sombría y tediosa realidad, prefirió seguir la pista
de un sueño deslumbrante... la ilusión de la eterna juventud.
La idea de que debía existir cierta panacea milagrosa (algún me-
dio que permitiera transformar la ancianidad achacosa en juventud
triunfante, sin necesidad de mortificación) ha inspirado a la humanidad
desde las fábulas mágicas de los mitos clásicos hasta los experimentos
que el profesor Steinach realizó con glándulas de monos.
De acuerdo con la mitología griega, el secreto de la eterna belleza
de Hera consistía en sus periódicas visitas a la Fuente de Juvencia,
donde se bañaba. La tradición de siglos convirtió este cuento de hadas
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de tiempo en tiempo.
Por consiguiente, argüían los soñadores, el rejuvenecimiento no
reconocía obstáculos biológicos; a lo sumo, era preciso hallar los me-
dios de revigorizar el cuerpo humano senil.
¿Existía esa poción mágica?
La alquimia respondía a la pregunta con una afirmación rotunda y
confiada.
El misterioso tinct sobre el que los eruditos alquimistas cavilaron
durante mil años tenía muchos nombres. A veces se lo llamaba Gran
Magisterium, o Materia Prima, o Elixir de la Vida; también recibía el
nombre de Piedra Filosofal.
Esta poderosa magia no sólo transformaba en oro el metal sin va-
lor, sino que también curaba todas las enfermedades y prolongaba la
vida. Y aún aseguraba la eterna juventud, la inmortalidad del hombre
feliz que lograra destilar el gran bálsamo de la vida en sus alambiques
y retortas.
Pero, ¿alguien había alcanzado éxito?
Aquí, la elocuencia de los alquimistas se convertía en modesto
murmullo.
Oh, sí, replicaban, sin duda algunos han logrado romper el sello
hermético del secreto. Pero no han querido desafiar las leyes de Dios y
el mandato de la naturaleza; han preferido llevarse a la tumba el terri-
ble secreto.
Este argumento tiene tal poder de convicción, que apenas me
atrevo a refutarlo. En todo caso, lo único que podemos hacer es exami-
nar la literatura de los alquimistas, para comprobar si alguien descubrió
el Elixir de la Vida y lo utilizó en su propio beneficio.
Por mi parte, sólo he hallado tres candidatos: Artephius, Nicolás
Flanel, y el pintoresco conde Saint-Germain.
Artephius fue un conocido alquimista del siglo XII. Sus obras
manuscritas seguramente fueron muy apreciadas, pues se las conservó
durante siglos, y a principios del siglo XVII fueron publicadas en libro.
Uno de sus trabajos, De vita propaganda, encara el problema de la
prolongación de la vida. Con el fin de destacar el valor de sus consejos,
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droguista).
Naturalmente, las gallinas no estaban dispuestas a comer víboras
con la misma facilidad que ingerían lombrices de tierra. Era necesario
seguir otros métodos. Primero se despellejaban las víboras, se cortaba
la cabeza y la cola, se lavaban los cuerpos en vinagre, se los frotaba
con sal y se los cortaba en pequeños trozos. Se colocaba en un reci-
piente el sabroso alimento, y se los mezclaba en partes iguales con
romero, granos de anís y eneldo, agregando media libra de semillas de
alcaravea; luego, debía llenarse el recipiente con agua limpia, y se
ponía todo al fuego. Cuando el agua se había evaporado, se agregaba
una buena porción de trigo puro, y se continuaba cocinando toda la
mezcla, hasta que el trigo hubiere absorbido las valiosas cualidades de
la víbora. El alimento estaba listo; se formaban pequeños glóbulos,
arrollados en afrecho, y se servía a la gallina.
Mientras duraba la cura el paciente debía limitarse a comer dia-
riamente dos platos de sopa de gallina y un poco de pan. Una vez con-
cluido el período de dieta, el sujeto debía tomar doce baños- con el
estómago vacío- en agua perfumada con ciertas hierbas.
Es imposible negar que toda esta concepción era lógica y razona-
ble. No es posible alimentar al paciente con carne de víbora; entonces,
que el efecto medicinal de la víbora sea absorbido por el trigo, que el
trigo sea comido por la gallina, y la gallina consumida por la persona
deseosa de rejuvenecer.
Hasta ahora, el asunto marcha perfectamente. Pero inmediata-
mente sigue la piece de résistance de la cura, la esencia milagrosa que
libra batalla en el cuerpo bien preparado (bien preparado por la sopa de
gallina y el emplasto sobre el corazón) contra los procesos tóxicos del
envejecimiento, y triunfantemente renueva la juventud. Los médicos
medievales, herederos de la antigua medicina árabe y griega, alentaban
innumerables supersticiones sobre el efecto de sustancias absoluta-
mente fantásticas y costosas. Creían en el poder curativo de las piedras
preciosas, de las perlas, del coral, de los dientes de hipopótamo, del
marfil, del corazón de ciervo, etc. Villanovanus coleccionó las sustan-
cias de más poderoso efecto, y concibió una receta irresistible. No
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perdía el depósito.
La concepción de la sunamita descubrió otro medio de avivar el
fuego de la vida y de encender la llama del entusiasmo. En resumen, la
idea era utilizar el aliento humano para restaurar el vigor y la virilidad
del ser humano.
En su libro Syntagma inscriptionum antiquarum, Tomás Reine-
sius, el famoso anticuario (1587-1667), describió una extraña y antigua
piedra conmemorativa. Fue hallada por un arqueólogo de Boloña, de
nombre Gommarus. La inscripción decía:
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ritus sensibles.
El parlement de Grenoble aceptó los testigos.
Las nobles damas Isabel Delberiche, Louise Nacard, Marie de Sa-
lles y otras se presentaron a declarar. Afirmaron, bajo juramento, que
al principio de su preñez Lady Madeleine les había hablado del sueño
milagroso, y que había asegurado que jamás había tenido relación con
ningún hombre que no fuera su esposo; por lo cual el niño que espera-
ba debía ser fruto de este sueño extremadamente vívido.
Esta interesante evidencia fue completada por cuatro parteras:
Mesdames Guillemette Garnier, Louise Dartault, Perrette Chauffage y
Marie Laimant. Las cuatro femmes sages atestiguaron unánimemente
que el fenómeno era muy posible, y que conocían otros casos similares.
El parlement de Grenoble era muy concienzudo, y no se contentó
con la opinión de las cuatro comadronas. Llamó a prestar declaración a
cuatro médicos prestigiosos, con el fin de escuchar opiniones real-
mente expertas. Los doctores Denis Sardine, Pierre Mearaud, Jacques
Gaffié y Alienor de BellevaI declararon, después de madura reflexión,
que el caso de Lady Madeleine no era inverosímil. Uno de los argu-
mentos de más peso esgrimidos fue el ejemplo de los harenes turcos,
donde (de acuerdo con los expertos) ocurría a menudo que, a pesar del
aislamiento en que se hallaban las odaliscas, y de que el amo no ejercía
con frecuencia sus derechos conyugales, las mujeres presentaban de
tanto en tanto a su señor los frutos del amor. Según palabras de
Harsdórffer, la explicación médica del caso era “inapropiada para oí-
dos virtuosos”.
Estos ponderados testimonios fueron examinados cuidadosamente
por el parlement de Grenoble, y se dio sentencia en favor de Lady
Madeleine. El fallo decía lo siguiente:
“En vista de las pruebas obtenidas, de las opiniones y de los razo-
namientos expertos presentados por muchos médicos, parteras y otras
personas de valer residentes en Montpellier, sobre la verosimilitud del
hecho debatido, el tribunal ordena que el niño en cuestión sea declara-
do hijo legítimo y heredero del señor de Aiguemere. Además, conjura a
los señores De La Forge y De Bourg-le-Mont, como demandantes en
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tancia, pero lo cierto es que este viento lascivo continuó soplando hasta
fines del siglo XVI. Entre los muchos representantes de la teoría, Bayle
menciona a Louis Carrion, profesor de la Universidad de Lovaina, y
firma creyente en los conceptos señalados. Esta irresponsable tradición
fue característica del hombre de ciencia encerrado en su gabinete, que
prefería creer en la autoridad de un libro antes que en los viajeros que
habían visitado Portugal y solicitado en vano ver yeguas fertilizadas
por el viento. Nadie las había visto jamás, todas las yeguas afirmaban
que sus potrillos habían sido engendrados en legítimo matrimonio.
Gradualmente se descubrió el origen de la leyenda. En la antigüe-
dad, los marinos fenicios habían explorado la costa occidental de Ibe-
ria, regresando con la noticia de que la suave brisa oceánica fertilizaba
el suelo; en los ricos prados pastaban caballos veloces como el viento...
como si el viento mismo hubiera sido el padre de tan bellos animales.
Alguien confundió los elementos de la metáfora, los mezcló con cierta
salsa científica, y los presentó al mundo.
El parlement de Grenoble no se hubiera atrevido a emitir su cele-
brado fallo si dichas leyendas no hubieran sido consideradas entonces
hechos auténticos. Si las yeguas portuguesas habían desafiado las leyes
de la Naturaleza, ¿por qué era imposible que una noble dama francesa
concibiera en el sueño?
Aproximadamente cien años después, a mediados del siglo XVIII,
la Sociedad Real de Londres se ocupó de un caso semejante. No se
conocen detalles de la discusión o de su resultados, pero el asunto fue
sin duda muy jugoso, como lo demuestra la amarga sátira escrita por
Sir John Hill, enemigo jurado de la Academia, bajo el seudónimo de
Abraham Johnson. Fue un libro muy popular y aún llegó a la biblioteca
de María Antonieta. Su título: Lucina sine concubitu.
Sir John partía de la concepción científica contemporánea según
la cual el aire abundaba en innumerables animalculae, pequeñas criatu-
ras, invisibles al ojo desnudo.
Si entraban en el organismo femenino, cobraban fuerza, y en con-
diciones favorables se transformaban en seres humanos. Esta era la
explicación del incremento de la raza caballar portuguesa, pues el
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muertos; otros afirman que cierto demonio cobra esa forma fantasmal y
desarrolla un juego infernal con los mortales. La palingénesis sumi-
nistró a la ciencia la clave del enigma. Las sales contenidas en el cuer-
po humano, y liberadas por la fermentación, se elevaban a la superficie
del suelo, y allí, de acuerdo con la ley de simpatía, la sombra del
muerto cristalizaba en una aparición visible. Los supuestos fantasmas
no eran otra cosa que fantasmas... es decir, desde el punto de vista
científico, fenómenos comunes y cotidianos.
Una teoría valiosa, sin duda. Era un golpe mortal asestado a la su-
perstición. Arruinaba (o abrigaba la esperanza de arruinar) el flore-
ciente negocio de los médium y todos los que se dedicaban a evocar el
espíritu de los muertos. Después de todo, y de acuerdo con esta expli-
cación, no evocaban a los auténticos espíritus, sino a los falsos... som-
bras artificiales que se elevaban de las sales del cuerpo humano.
Seguramente era el truco al que apelaban todos, desde la Bruja de
Endor al último adivino de feria.
¡Lástima grande que la teoría científica fuera por lo menos tan ab-
surda como la superstición a la que se proponía combatir!
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IX
LOCURA ERÓTICA
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tobillo derecho; ambos brazaletes estaban unidos por una larga cadena,
también de oro. Se cometían tonterías semejantes aún cuando se tratara
de una verdadera batalla. En las Chronicles de Froissart se menciona
el caso de unos jóvenes caballeros ingleses, que en 1336 desembarca-
ron en Francia para luchar por su rey. Llevaban parches sobre uno de
los ojos, pues habían jurado a sus respectivas damas que hasta que
hubieran demostrado su coraje en algún hecho heroico, sólo utilizarían
un ojo.
Cuando el caballero andante se cubría con la armadura verde y
salía a buscar aventuras, cometía muchas idioteces... el tipo de hazaña
temeraria tan maravillosamente caricaturizada en Don Quijote. La más
brillante sátira de todos los tiempos nos lleva a olvidar que estas cosas
ocurrieron realmente, y que eran tomadas absolutamente en serio.
Poco a poco, la situación de las mujeres desamparadas pasó a se-
gundo plano. El caballero andante deseaba exaltar la gloria de su pro-
pia señora. Cuando llegaba al dominio de un señor feudal, formulaba
un desafío, llamando a todos los caballeros a enfrentarlo en combate
pour l’amour de sa dame. Estas invitaciones venían acuñadas en los
más corteses términos. El desafiante pedía a su adversario que lo re-
comendara al favor de su propia dama, y le deseaba al mismo tiempo
que gozara de todos los placeres del amor con la elegida de su corazón.
Después de intercambiar estas corteses fórmulas, se arrojaban el uno
sobre el otro, y procuraban romperse mutuamente la cabeza... pour
l’amour de sa dame.
El vencedor no se satisfacía con la mera gloria. Las costumbres de
la caballería incluían la extraña condición de que el caballero vencido
debía ofrecerse como esclavo a la dama del vencedor. Desafiar esta
convención implicaba el ostracismo, la expulsión de las filas de la
caballería. En un baile de la corte, Juana, reina de Nápoles, honró a un
caballero de Mantua bailando con él. El noble caballero se sintió
abrumado por el honor, y allí mismo juró que partiría inmediatamente
y que no regresaría hasta haber conquistado dos caballeros para el
servicio de la reina. Logró su propósito, pero la reina (de acuerdo con
la costumbre) recibió bondadosamente a los caballeros y les devolvió
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la libertad.
Vulson de la Colombiére relata un caso más fantástico aún. El ca-
ballero del cuento se comprometió a obtener para su amada los retratos
de treinta damas... naturalmente, después de vencer a los correspon-
dientes serviteurs. El valeroso predecesor de Don Quijote llevaba pin-
tada sobre su propio escudo la imagen de su dama, y así salió a cumplir
su propósito. Cuando se topaba con un caballero que no estaba dis-
puesto a reconocer que el rostro pintado sobre el escudo era más bello
que el de su propio dama, lo desafiaba a combate singular. El caballero
vencido debía someterse, y entonces se pintaba el rostro de su dama
bajo el retrato de la dama del caballero andante. La crónica afirma que
el heroico caballero logró alcanzar su objetivo al cabo de un año.
La responsabilidad de esta colección de estupideces no incumbe
solamente a los caballeros. Aunque intoxicados por estas oleadas de
romanticismo mal digerido, sin duda se velan alentados por las muje-
res. Complacía a las damas esa admiración que mitigaba un poco tanto
hastío, y además su vanidad se sentía halagada. La dama de un castillo
vecino podía ser de más elevado rango; en cambio, el caballero de esta
dama había coleccionado mayor número de retratos, había llevado a
más países los colores de su amada, y cometido más descabelladas
tonterías.
Es posible que todo esto no fuera auténtico amor; pues el verdade-
ro afecto habría provocado un sentimiento de ansiedad por el hombre
que salía a luchar; una mujer de corazón no habría aumentado el peli-
gro alentando aventuras y hazañas tontas y fútiles. En lugar de auténti-
co sentimiento, se trataba de vanidad mezclada con estupidez.
Un manuscrito único, escrito en el siglo XIII, contiene la historia
de Ulrich von Lichtenstein. No fue escrito por él mismo, pues aunque
el noble caballero compuso algunos hermosos poemas de amor, y fue
uno de lo más destacados Minnesanger de su época, murió sin saber
leer ni escribir. Dictó sus canciones y su propia biografía a un escri-
biente.
La historia oficial ha demostrado cierto desprecio por las memo-
rias del noble Ulrich, y ha prestado poca atención a su contenido. No es
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Pero un caballero no tenía tan fácil acceso a una dama como un paje,
de modo que debió buscar un intermediario. Afrontó la tarea una de las
tías de Ulrich, íntima amiga de la dama elegida por el caballero.
Aquí comienza una larga relación. Ulrich envió sus canciones a la
dama; ella las aceptó, y aun las elogió, pero contestó que no necesitaba
un caballero, y que Ulrich no debía soñar siquiera con que sus servicios
fueran aceptados. Con esta actitud la noble dama se atenla a las anti-
guas normas del galanteo: actitud de rechazo y palabras de aliento,
manteniendo así al desgraciado amante en constante tormento de duda.
En cierta ocasión la dama dijo al tío de Ulrich: “Aunque vuestro
sobrino fuera de mi mismo rango, no lo querría, porque el labio supe-
rior le forma una fea protuberancia.” Según, parece, el enamorado
caballero tenía el característico labio de los Habsburgo... sólo que en su
caso se trataba del labio superior y no del inferior.
Apenas la tía entregó el mensaje, UIrich se dirigió a Graz, llamó
al más hábil cirujano de esa ciudad de Estiria, y le ofreció una gran
suma de dinero para que le operara el labio. El cirujano acometió la
tarea y la realizó con éxito... ¡y seguramente fue el primer caso que la
historia registra de cirugía plástica! Claro está, entonces no se conocían
anestésicos ni drogas calmantes, de modo que el cirujano propuso
maniatar al caballero; temía que el dolor lo impulsara a realizar un
movimiento brusco; el cuchillo podía deslizarse, y la operación fraca-
saría. Evidentemente, el buen doctor no sabía mucho de las virtudes
caballerescas ni de la esencia del Frauendienst. Un auténtico caballero
no podía perderse la oportunidad de soportar la tortura sin un solo
quejido, en homenaje a su dama. Von Lichtenstein rehusó dejarse ma-
niatar; se sentó en un banco, y no hizo un gesto ni emitió un solo grito
mientras el cirujano reducía el labio a proporciones más normales.
La operación tuvo éxito, pero el infeliz paciente debió pasar seis
meses en Graz, inmovilizado en su lecho, hasta que la herida curó
completamente. Entretanto, perdió muchísimo peso, y prácticamente se
convirtió en un esqueleto.
No podía comer ni beber; tenía los labios cubiertos por un horrible
ungüento, y no lograba retener nada en el estómago. “Mi cuerpo su-
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contra su pecho la carta que no podía leer, durante diez días enteros
padeció en el umbral de la bienaventuranza, hasta que el escribiente (la
única persona en quien confiaba) regresó al lado del caballero. Ulrich
sufrió terrible desilusión. La carta contenía un poema, muy breve, en el
que cada sílaba era una gota de veneno. Era evidente que los versos
habían sido compuestos por la propia dama, y en ellos se expresaba la
idea de que quien deseaba algo prohibido a sí mismo estaba negándose:
Wer wünscht, was er nicht soll,
Der hat sich selbst versaget wohl.
Y para que no cupiera ninguna duda, la poetisa de elevada alcur-
nia repetía tres veces las dos líneas.
Pero esto no podía desalentar al obstinado amante. Era parte de
todo este absurdo sistema el que, si provenía de la Pura, la Dulce, la
Bondadosa, aún la maldad debía ser aceptada humildemente. Su amor
no flaqueó, pero como las palabras no daban ningún resultado, intentó
demostrar con hechos que merecía el favor de la dama.
Ulrich comenzó a aparecer en todos los torneos del país, y a lu-
char valerosamente por el honor de su señora.
Rompió cien lanzas contra sus adversarios, y siempre triunfó. Ya
se le conocía como uno de los mejores caballeros. Pero continuaba
persiguiéndolo su mala estrella: cierto día recibió fuerte golpe en la
mano derecha, y perdió el dedo meñique. Salió del torneo, se dirigió a
la ciudad, y una vez allí el cirujano descubrió que el dedo seguía adhe-
rido a la mano por una o dos pulgadas de piel, y que quizás fuera posi-
ble salvarlo. Se necesitaron varios meses de tratamiento, pero al fin el
dedo curó, aunque quedó definitivamente deformado.
Y aquí comienza el verdadero relato, cuyo eje es este meñique.
Entretanto, von Lichtenstein había hallado un nuevo intermedia-
rio, en lugar de su tía, la cual evidentemente no era muy eficaz. Un
caballero de su amistad tenía acceso a la corte ducal, y aceptó desem-
peñar el papel de mensajero. El amigo informó a la dama cuán heroicas
hazañas ejecutaba Ulrich para demostrar su amor; hacía poco tiempo,
agregó el caballero, que aun su dedo meñique había sufrido las conse-
cuencias de tan hondo sentimiento. “No es verdad, son todas mentiras”,
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aguda.
Cierto día abandonó su castillo de Estiria, con el propósito osten-
sible de acudir a Roma en peregrinación. Pero pasó el invierno en
Venecia, donde vivió de incógnito, ocupado en visitar las tiendas de los
sastres locales y encargar ropas. Entiéndase bien: no ropas masculinas,
sino femeninas. Y tampoco las compró para su bien amada, sino para sí
mismo. Compró un guardarropa entero: doce polleras, treinta corpiños,
tres capas de terciopelo blanco, e innumerables accesorios y prendas de
diverso tipo. Finalmente, ordenó dos largas trenzas adornadas con
perlas.
Cuando concluyó sus aprestos, y llegó la primavera, Ulrich prepa-
ró un detallado plan de viaje. Se proponía partir de Mestre, atravesar el
norte de Italia, Carintia, Estiria y Viena, para llegar a Bohemia. El
viaje debía llevarle veintinueve días, de acuerdo con un itinerario cui-
dadosamente calculado, en el que se preveían la hora de llegada a cada
ciudad, y las posadas en que se hospedaría. Un mensajero montado
llevaba consigo este plan a cada uno de los puntos de la ruta, y en cada
sitio leía una proclama, en la que se afirmaba que el noble caballero se
proponía viajar de incógnito y sostener un torneo en las diferentes
etapas del trayecto. No viajaba en su condición de Señor de Lichtens-
tein, sino como innominado caballero... pero vestido con ropas de
mujer, como la Diosa Venus en persona. La proclama decía:
“La Reina Venus, Diosa del Amor... saluda a todos los caballeros,
a quienes aquí informa que se propone visitarlos personalmente, para
instruir a todos y a cada uno en el modo de servir a las damas y de
conquistar su amor. Se propone partir de la ciudad de Mestre con des-
tino a Bohemia, y lo hará el día de San Jorge, y al caballero que con
Ella rompa lanzas durante el camino, lo recompensará con un anillo de
oro. Que el caballero envíe el anillo a la dama de su corazón; pues
dicho anillo posee el mágico poder de engendrar en el corazón de los
destinatarios auténtico amor por los remitentes. Pero si en el torneo la
Diosa Venus venciera al caballero, será obligación de éste inclinarse
hacia los cuatro rincones de la tierra en honor de cierta dama. El rostro
de la Diosa permanecerá velado durante todo el torneo. Y el caballero
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pelo blanco que le llegaba hasta los ojos; bajo el manto, un vestido de
mujer, de seda y linón, y la cabeza cubierta por un sombrero recamado
de perlas. Bajo el sombrero, dos largas trenzas adornadas también con
perlas.
Así ataviada, Venus recorría la ruta elegida. Los caballeros com-
petían por el honor de romper lanzas con “ella”. Llegado el momento
de la justa, Venus se calzaba la armadura bajo el vestido, y en lugar del
sombrero se tocaba con el yelmo... pero debajo de este último con-
tinuaban colgando las trenzas. Sería fútil describir los torneos, a pesar
de que el noble UIrich relata escrupulosamente cada uno de ellos. En
cierta ocasión se topó con un estúpido de su mismo calibre: un rey,
vestido de mujer en honor de su dama, con peluca y trenzas. Y los dos
idiotas disfrazados se arrojaron el uno sobre el otro, y al brutal choque
los escudos volaron en pedazos.
A lo largo de la ruta, las damas recibían al campeón con expresio-
nes de ilimitado entusiasmo. En Tarvis, doscientas mujeres se reunie-
ron por la mañana frente a su alojamiento para acompañarlo a la
iglesia. Estas misas y procesiones fueron quizás el aspecto más caracte-
rístico de toda la gira venusiana. Hoy diríamos que es blasfemia; pero
en esa época a nadie conmovía que un hombre, disfrazado de mujer,
entrara en la iglesia acompañado por una procesión, ocupara un asiento
en el sector reservado a las mujeres, y aún tomara la comunión con el
mismo grupo.
El aventurero del amor impresionó mucho a los corazones feme-
ninos, pero siempre permaneció fiel a su propio amor, aunque debió
sufrir grandes tentaciones. En un caso los servidores de una dama des-
conocida invadieron el dormitorio de Ulrich, cubrieron de rosas la
persona del caballero, y le entregaron un precioso anillo de rubí, regalo
de la noble dama, que deseaba permanecer en el anonimato.
Pero el más extraño episodio de este extraño viaje es tan peculiar,
que quizás lo mejor sea citar al propio Ulrich von Lichtenstein. En una
aldea de Estiria, no lejos de su propio castillo, después del torneo se
encerró en sus habitaciones; pero luego escapó por otra puerta. La
Diosa Venus recuperó su condición masculina. He aquí el relato de
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UIrich:
“Entonces, en compañía de un servidor de confianza, salí al cam-
po y visité a mi querida esposa, que me recibió muy amablemente y se
sintió muy complacida de mi visita. Allí pasé dos días magníficos, fui a
misa el tercero, y rogué a Dios que preservara mi honor, como lo había
hecho siempre. Me despedí afectuosamente de mi esposa, y con el
corazón fortalecido regresé a reunirme con mis compañeros.”
Estas pocas líneas revelan que, entretanto, Ulrich von Lichtenstein
había contraído matrimonio; su autobiografía nos informe después que
ya era padre de cuatro hijos. Ni esta magnifica familia ni su amante
esposa impedían sus actividades amatorias en otras direcciones. De
tiempo en tiempo, sobre todo durante el invierno, regresaba a su casti-
llo y reanudaba la vida conyugal; pero con la llegada de la primavera,
abandonaba otra vez el cálido nido para perseguir sus románticos en-
sueños. Aparentemente, la esposa no veía nada objetable en estas acti-
vidades. Y aun es posible que su esposa se sintiera halagada por la
fama conquistada por el esposo durante su Frauendienst. También es
muy posible que ella tuviera su propio serviteur.
Naturalmente, el “incógnito” de la gira de Venus era mera forma-
lidad; todos sabían que bajo el corpiño de seda latía el viril corazón de
Ulrich von Lichtenstein. También lo sabía la elegida de su corazón.
Cierto día, el mensajero confidencial llegó al alojamiento de Ulrich,
portador de una inesperada comunicación. Traía un anillo de la amada
del tenaz caballero. “Ella comparte la alegría de vuestra gloria”, decía
el mensaje, “y ahora acepta vuestros servicios, y como voto os envía el
anillo”. El “loco del amor” recibió arrodillado el presente.
¡Pobre hombre! Si hubiera conocidos las reglas y normas del jue-
go de amor medieval, hubiera anticipado con matemática precisión el
siguiente movimiento de su dama. Pasaron algunos días, y apareció
nuevamente el intermediario, pero ahora su expresión era sombría y
desalentada. “Vuestra dama ha descubierto que os entretenéis con otras
mujeres; esta fuera de sí de cólera, y reclama la devolución del anillo,
pues os considera indigno de llevarlo”.
Cuando oyó estos reproches, Ulrich von Lichtenstein, caballero
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se sintió elevado hasta la ventana por gentiles pero firmes manos fe-
meninas. Apenas entró en la cámara le echaron sobre los hombros una
capa de seda recamada de oro, y lo llevaron a presencia de la dama.
Después de tantos años de fatigas, estaban al fin en el umbral de la
bienaventuranza.
La dama lo recibió amablemente, elogió su lealtad, y le dijo mu-
chas frases halagadoras. Pero las emociones reprimidas derribaron
todas las barreras y Ulrich comenzó a exigir pruebas tangibles del amor
de la dama. Naturalmente, era imposible satisfacer el pedido; alrededor
de la dama había ocho servidores; pero UIrich se negó a escuchar ra-
zones, y se mostró cada vez más atrevido. Finalmente, juró que no se
movería de allí hasta no recibir la recompensa del Beiliegen.
Se trataba de otra institución peculiar de la época de caballería. Su
nombre completo era Beiliegen auf Glauben. En esencia, consistía en
lo siguiente: se permitía al caballero acostarse junto a su dama durante
una noche entera... pero sólo “dentro de los límites de la virtud y del
honor”. Debía jurar que no intentaría lesionar la castidad de la dama, y
generalmente se cumplía el juramento. Era quizá la forma más retorci-
da de galanteo.
El único modo de calmar a Ulrich fue prometerle su recompensa...
pero con una condición. La dama dijo que accedería al pedido del
caballero, si éste demostraba primero su lealtad, para ello, debía subir
nuevamente a la plataforma de sábanas, y ésta descendería un poco; y
una vez que UIrich hubiera demostrado su constancia, se le permitiría
entrar en la cámara de su amada. Esta vez Ulrich decidió proceder
sobre seguro; aceptó la prueba... pero únicamente si, mientras tanto,
podía retener la mano de la dama. Se aceptó la condición, el caballero
subió a la plataforma y, mientras ésta descendía lentamente, la Dulce,
la Pura, la Bondadosa señora dijo a UIrich: “Veo que merecéis mi
favor... besadme ahora...”
Casi desvanecido de felicidad, UIrich elevó sus labios sedientos
pero cometió el error de soltar la blanca mano. En ese mismo instante
fue arrojado, con plataforma y todo, al patio del castillo. Y por cierto
que no fue casualidad... cuando sus doloridas piernas le permitieron
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EL FIN DE LA ESTUPIDEZ
1.
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suertes.
Botanomancia- adivinación por medio de las plantas.
Pegomancia- adivinación por medio de las fuentes.
Sicomancia- adivinación mediante hojas de sicomoro.
Xi1omancia- adivinación por medio de hojas caídas.
Espodomancia- adivinación mediante cenizas.
Geomancia- adivinación por medio de arena.
Commiomancia- adivinación mediante cebollas.
Alectriomancia- adivinación por medio de peleas de gallos.
En realidad, cualquier cosa podía servir de fundamento al arte
adivinatorio: el pan, los dados, las llaves, las lámparas, los pájaros, los
nombres, las flechas, las ratas, las hojas de zanahoria, el queso, la sal,
los números, los ojos, el dinero, los espejos, el fuego, el incienso, los
huevos, los accidentes, la cera, el agua (con agua se practicaban diez
clases diferentes de adivinación), la poesía, los topos... Como se ve, era
posible elegir. Y muchos métodos sobreviven aún en nuestros días.
Estúdiese cualquier publicación ocultista o espiritista y se hallarán
veintenas de anuncios, cada uno de los cuales ofrece consejos detalla-
dos sobre el futuro, la salud o los problemas sexuales y financieros del
lector. No es éste el lugar adecuado para tratar la estupidez que sirve de
caldo de cultivo a los falsos médium, a los clarividentes, a los fotógra-
fos del espíritu y a los restantes charlatanes cuyos métodos fueron
denunciados por Harry Price, el barón Schrenck-Notzing, Houdini y
muchos otros. Tampoco aludimos aquí a quienes creen honestamente
en la vida futura y en la comunicación espiritual. Quizás sólo persiguen
un bello sueño; y quizás es posible también que posean particular ca-
pacidad para autoengañarse... por lo menos la mayoría de ellos viven
consagrados a una auténtica búsqueda de conocimientos y de ilumina-
ción. Pero el delito y el ocultamiento siempre tuvieron cierta natural
relación, y quienes explotan la credulidad de los auténticos creyentes
pueden hacerlo sólo porque existe un fértil suelo de estupidez en el que
madura la cosecha de la superstición y del engaño.
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2.
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amor y del apoyo de sus padres y del medio. Este no querer saber (que
incluye cierto elemento de venganza infantil) fácilmente puede ser
transpuesto a otros campos. Una vez que el niño advierte que no es
conveniente saber, no tarda en alimentar verdadero temor al conoci-
miento... y finalmente se convierte en auténtico estúpido. Existe, como
sabemos, sólo un tipo de auténtico conocimiento... y es el que se rela-
ciona con la humanidad. Si no permitimos su libre desarrollo o, mejor
dicho, si no sabemos orientarlo, ni le permitimos hallar formas com-
pensatorias adecuadas, fomentaremos artificialmente la estupidez de
niños y de adultos. Crearemos inválidos sociales. Esta condición psi-
cológica generalmente acompaña al niño a medida que se transforma
en adulto, y su expresión en el hombre o en la mujer es también la
estupidez.
¿Cuán a menudo hallamos personas incapaces de juzgar con inde-
pendencia, de tomar sus propias decisiones, con prescindencia de lo
que otros hagan? Si tienen alguna iniciativa, si conciben un pensa-
miento original, sienten que no pueden estar en lo cierto. Pero apenas
oyen o comprueban que otros dicen o hacen lo que ellos habían pensa-
do, se sorprenden o amargan, porque hubieran podido decir o hacer lo
mismo. La estupidez es el resorte tanto de las actitudes antisociales
como de los casos extremos de conformismo... engendra tanto a los
anarquistas como a las masas gregarias de los países totalitarios.
Es indicio del oculto temor al conocimiento el hecho de que la
gente introduzca constantemente en su conversación las expresiones:
“No lo sé”, o “¿No le parece?” Cuando desean decir algo profundo o
importante, empiezan por disculparse, porque no se sienten seguros de
sí mismos.
Otra fuente de estupidez, como ya hemos visto, es la duda. Se ex-
presa bajo la forma de una aparente parálisis cerebral. Ocurre a menu-
do que el dudoso encara los problemas con claridad y sensatez; el
inconveniente reside en que duda de su propio conocimiento, en que no
confía en su propio saber. También puede considerar que todos los
problemas tienen dos aspectos, y que cada problema admite dos solu-
ciones... y debido a las dudas que lo aquejan, teme expresar cualquiera
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FIN... pero
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