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Paula Varela

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Theomai

ISSN: 1666-2830
ISSN: 1515-6443
theomai@unq.edu.ar
Red Internacional de Estudios sobre Sociedad, Naturaleza
y Desarrollo
Argentina

Varela, Paula
¿Existe un feminismo socialista en la actualidad? Apuntes sobre
el movimiento de mujeres, la clase trabajadora y el marxismo hoy
Theomai, núm. 39, 2019, pp. 4-20
Red Internacional de Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo
Argentina

Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=12466126002

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Issn: 1515-6443

número 39 (primer semestre 2019) - number 39 (first semester 2019)

Revista THEOMAI / THEOMAI Journal


Estudios críticos sobre Sociedad y Desarrollo / Critical Studies about Society and
Development

¿Existe un feminismo socialista en la


actualidad? Apuntes sobre el movimiento
de mujeres, la clase trabajadora y el
marxismo hoy

Paula Varela1

1
UBA/CONICET
paula.varela.ips@gmail.com

4
Theomai 39
primer semestre 2019 / first semester 2019

Resumen

Esta reflexión sobre la relación entre movimiento de mujeres, clase trabajadora y


marxismo hoy se da en el marco de lo que ya podemos llamar una nueva ola feminista
emergida en el contexto de la crisis capitalista que se extiende, de manera desigual, desde
2008. En cierta forma, es una reflexión obligada. Para hacerla, el movimiento feminista y
el socialista, particularmente en la década del ‘70, han producido una serie teorías entre
las que se destaca, a mi juicio, la visión marxista de la Teoría de la Reproducción Social.
Hoy esta teoría vuelve a ser visitada y enriquecida a la luz de los cambios en el
capitalismo en los últimos 40 años y la particular posición que tenemos las mujeres
trabajadoras en él. Aquí presento los elementos centrales de esta teoría para pensar las
posibilidades de un feminismo socialista en la actualidad.

Introducción

El contexto de esta reflexión sobre la relación entre movimiento de mujeres y


clase trabajadora es dual. Por un lado, la crisis capitalista que se desató a partir de la
crisis financiera de 2008 y que, planes de ajuste neoliberal mediante, ha dado una serie
de fenómenos de lucha social que van desde las huelgas generales de 2010 y 2011 en
Portugal o Grecia (con fuerte predominancia obrera), hasta los procesos del tipo de
Occupy Wall Street en EE.UU., la Primavera Árabe y los jóvenes de Plaza Tahrir, los
indignados del Estado Español e incluso las protestas del Passe Livre en Brasil. Estos
últimos tienen como característica que, pese a que su composición social es
mayoritariamente de trabajadores y sectores pauperizados, no se presentan como luchas
del movimiento obrero (de hecho, en buena parte de los casos son desoídas o negadas
por las organizaciones sindicales). Por otro lado, desde 2015 a la actualidad (por poner
una fecha “de inicio”) asistimos a la que ya puede ser nominada como una nueva ola
feminista a nivel internacional2 y que también es heterogénea: con sus orígenes en
Argentina en las masivas movilizaciones por “Ni una menos” y en Polonia donde se
desarrolló una lucha en defensa del derecho al aborto, el movimiento se extendió en
demandas (como igualdad salarial, contra la violencia machista o para denunciar la
carga por trabajo doméstico), y también en geografías (como EE.UU., Irlanda, México,
Italia, Chile), volviendo a “las mujeres” 3 en protagonistas, no sólo de luchas por sus

2
Existe un debate acerca de si estamos frente a la “tercer ola” feminista o la “cuarta”. Por
supuesto, no es un problema de numeración sino del modo en que se conciben los ascensos
previos del movimiento feminista. Me inclino a considerar que la actual constituye la Tercera Ola
en la medida en que su carácter de masas la emparenta con la Primera Ola de fines del siglo XIX
e inicios del XX, y la Segunda Ola de la década del ‘60 y ’70. Post ´70 ha habido toda una serie de
debates y producción de teorías, como la Queer, de suma importancia para la reflexión sobre la
opresión de género, pero no han estado acompañados de procesos masivos de movilización de
mujeres como en la actualidad, sino que han circulado en ámbitos de la intelectualidad y la
militancia feminista.
3
Colocamos el término entre comillas para marcar que, lejos de considerar que estamos ante una
categoría “dada”, “natural” y/u “homogénea”, la propia aparición de colectivos masivos que
reclaman diversos “derechos para las mujeres” ha puesto en discusión la propia noción de
mujeres. Un ejemplo de ello en Argentina ha sido el debate al interior del colectivo de
organización de la marcha del 8 de marzo de 2019, acerca de la incorporación (o no) de mujeres
trans. Debate en el que la posición mayoritaria fue la de su inclusión (posición que comparto). Si
bien excede por completo los objetivos y límites de este artículo, es importante señalar que esta

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derechos sino de fenómenos políticos como las movilizaciones contra Trump o el Ele Nao
contra Bolsonaro.
La pregunta acerca de cuál es la relación entre estos dos movimientos es obligada.
¿Por qué ahora una nueva ola feminista? ¿Qué es lo que pone sobre la mesa esta
emergencia? De allí que aparezcan, no sólo en el terreno de la academia sino también en
el de militancia, las discusiones acerca de la relación entre capitalismo y patriarcado,
entre clase y género y, de su mano, el retorno de la discusión entre marxismo y
feminismo. Como dice Cinzia Arruzza (2010) el vínculo entre estas dos tradiciones no ha
estado exento de conflicto y tensiones, sino que, más bien, ha constituido una suerte de
“relaciones peligrosas” que atravesaron momentos de acercamiento y divorcio signados
por los escenarios de las luchas sociales y las estrategias políticas (y elaboraciones
teóricas) que tuvieron prevalencia en cada uno de ellos4.
Una de las mayores complejidades de esta discusión (y que vuelve a aparecer en
la actualidad) es la tendencia intuitiva a considerar al capitalismo y al patriarcado como
dos sistemas de opresión diferenciados, tendencia reforzada por el argumento de “la
anterioridad histórica de la opresión de las mujeres”. Ese ha sido uno de los principales
ejes (sino el principal) de los debates de la izquierda en la Segunda Ola feminista en la
década del ‘70. El problema que presenta las que se llamaron “teorías del sistema dual”
podría resumirse de este modo: si el patriarcado y el capitalismo son dos sistemas
independientes, ¿cuál determina las relaciones sociales: ¿el género o la clase? ¿Cuál
constituye el “enemigo principal”? ¿Cómo luchar contra ellos: de forma también
independiente o subsumiendo uno en el otro a riesgo de negar la especificidad del
subsumido? Como dice Iris Young (1992), en su ácida crítica al artículo de Heidi
Hartmann “El infeliz matrimonio entre marxismo y feminismo: hacia una unión más
progresista”5:

Yo plantearé, sin embargo, que la teoría del sistema dual no puede reparar
el infeliz matrimonio del marxismo y el feminismo. Hay buenas razones para
creer que la situación de la mujer no está condicionada por dos sistemas
distintos de relaciones sociales que tienen estructuras, dinámicas e historias
distintas. Es más, el marxismo feminista no puede contentarse con un mero
“matrimonio” de dos teorías -marxismo y feminismo- que reflejan dos
sistemas: el capitalismo y el patriarcado. Por el contrario, el proyecto del
feminismo socialista debe ser el desarrollar una teoría única, aprovechando
lo mejor del marxismo y del feminismo radical, para comprender el

nueva ola feminista también presenta una oportunidad para la revisión y reactualización de las
teorías que discuten la construcción del género, y para la discusión sobre la relación entre el
movimiento feminista y los colectivos LGBT.
4
El recorrido histórico sobre estas Dangerous Liaisons que realiza Arruzza tiene la virtud de
prestar especial atención a las diferencias al interior del marxismo, destacando el papel central
que jugó la estalinización de los partidos comunistas en el “divorcio” entre movimiento obrero y
movimiento de mujeres, entre marxismo y feminismo, a diferencia de otras corrientes como el
trotskismo que configuraron intentos por establecer puentes entre ambos. Para una lectura del
libro de Arruzza en relación al actual movimiento de mujeres, véase Rossi (2018).
5
El artículo fue publicado en inglés en 1979 y en español en 1983 en la revista Teoría y Práctica,
N°12-13.

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patriarcado capitalista como un sistema en el cual la opresión de la mujer es


un atributo central6.

Un intento de teoría unitaria es el que desarrolla Lise Vogel, en Marxismo y Opresión


de la Mujer7, sentando las bases de un desarrollo marxista de la Teoría de la Reproducción
Social. No está demás decir, que los esfuerzos por pensar la especificidad de la opresión
de las mujeres en el capitalismo no implican negar el carácter previo (históricamente
hablando) de la opresión de género8, sino comprender las modificaciones sustanciales
que ésta sufre bajo el capitalismo a los fines de no combatir contra una dominación que,
por “ancestral”, se vuelva abstracta (el patriarcado sin más) y construya un enemigo
también abstracto y escurridizo. Pero, además, sin el análisis de esta especificidad, la
idea que sostenemos las marxistas de que no hay liberación de las mujeres sin
destrucción del capitalismo, también se vuelve abstracta y por ende, arbitraria. En
síntesis, dada la importancia del asunto, la importancia de mirar con atención a quienes
intentan desarrollar esta teoría unitaria desde el campo del marxismo.

La relación entre producción y reproducción, o el capitalismo como unidad


diferenciada

Quisiera plantear aquí, a modo de apertura de la discusión, algunos puntos por


los cuales considero que es importante poner a debate la apropiación marxista de la
Teoría de la Reproducción Social en tanto desarrollo de una teoría unitaria sobre la
relación entre género y clase en la actualidad y, por ende, en tanto entrada analítica que
permite pensar qué sería un feminismo socialista hoy. Señalo expresamente que me
refiero a la visión marxista de la Teoría de la Reproducción Social (en adelante TRS)
porque ésta es (y ha sido históricamente) una teoría en disputa9. Otros intentos de

6
Véase Young (1992). Otro elemento interesante es la diferenciación que Young realiza entre
teorías del sistema dual materialistas e idealistas: “Todas las versiones de la teoría del sistema
dual empiezan con la premisa de que las relaciones patriarcales designan un sistema de relaciones
distinto e independiente de las relaciones de producción descritas por el marxismo tradicional.
La descripción de cómo el patriarcado existe separado del sistema económico de las relaciones de
producción, puede tomar dos orientaciones posibles. Por un lado, se puede retener el concepto
feminista radical del patriarcado como una estructura psicológica e ideológica. En este caso, la
teoría del sistema dual se esforzará por dar una explicación de la interacción de estas estructuras
ideológicas y psicológicas con las relaciones materiales de la sociedad. Por otro lado, se puede
desarrollar una explicación del patriarcado mismo como un sistema de relaciones sociales
materiales que existen independiente e interrelacionándose con las relaciones materiales de
producción” (op.cit).
7
Originalmente publicado en 1983, fue reeditado por Historical Materialism-Brill en 2013, con un
prólogo de Susan Ferguson y David McNally en el que realizan un muy buen recorrido sobre este
debate en la década del ‘60 y ’70. Los autores critican también el tipo de teoría unificada que
propone Iris Young, posicionándose a favor de la propuesta de Vogel.
8
Al respecto, recomendamos la lectura de los trabajos clásicos de Meillasoux (1999) publicado
originalmente en 1975, y de Rubin (1986), también del ´75.
9
El propio concepto de Reproducción Social ha sido terreno de discusión entre las feministas de
la segunda ola en la década del ‘70. Uno de los puntos de debate más importantes fue acerca de
si el trabajo doméstico, en las sociedades capitalistas, produce o no produce valor. Entre las que
sostienen que sí produce valor se encuentran Dalla Costa y James (1975) y Federici (1975). Una
posición diferenciada es la de Seccombe (1974) quien considera que el trabajo doméstico produce
“indirectamente valor”. Entre quienes sostienen que no produce valor está Vogel (1983), véase la

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teorizar el ámbito de la reproducción social bajo el capitalismo es el de las feministas


autonomistas, una de cuyas exponentes más importantes es Silvia Federici. Habiendo
un punto de partida común consistente en destacar la importancia del trabajo de
reproducción social, particularmente de reproducción de la fuerza de trabajo, las
diferencias teóricas podrían situarse en tres aspectos: a) la forma de definir a qué se le
llama Reproducción Social (su alcance, su locus, el sujeto que la lleva adelante); b) el
modo de establecer y la importancia que se le otorga a la relación entre el ámbito de
producción de mercancías y el de la reproducción de la fuerza de trabajo (y, a través de
esa relación, la forma de caracterizar la sociedad capitalista en su conjunto); y c) las
consecuencias estratégicas que estas diferencias teóricas implican para el movimiento
feminista, pero también en relación a los caminos para el cambio social, la emancipación
o, para decirlo con todas las letras, la revolución social.
En ese sentido, la visión marxista de la TRS a la que quiero referirme en este texto
se introduce en un debate a “varias bandas” que recupera componentes que vienen de
la década del ‘70, pero que los actualiza a la luz de las modificaciones sufridas en las
sociedades capitalistas desde los ‘80 en adelante y los sitúa en un debate actual (y
podríamos decir, urgente) que se expande en el movimiento feminista internacional.
El primer punto de la visión marxista de la TRS en el que quiero detenerme es que
permite analizar la especificidad de la opresión de las mujeres sin negar a la clase
trabajadora como sujeto central del capitalismo y, por ende, como sujeto
potencialmente revolucionario. Así lo define Tithi Bhattacharya en su introducción a
Social Reproduction Theory: Remapping class, Recentering Oppression:

estoy proponiendo aquí tres cosas: a) una reafirmación teórica sobre


la clase trabajadora como sujeto revolucionario; b) una más amplia
definición sobre la clase trabajadora que aquella que se refiere a los
asalariados; c) una reconsideración de la lucha de clases que incluya
a las luchas más allá de los salarios y las condiciones laborales
(Bhattacharya, 2017: 86)10.

Esta propuesta no es poca cosa no sólo porque, como dijimos, la historia entre
marxismo y feminismo no ha sido una historia exenta de problemas y tensiones.
También porque obliga a pensar el actual ascenso del movimiento de mujeres a nivel
internacional bajo la pregunta de en qué medida puede inscribirse en (o, por qué no,
impulsar) el ascenso de un movimiento que exceda al feminismo. Es decir, implica dejar
de pensarlo como un movimiento corporativo o sectorial y comenzar a pensarlo como
parte de un movimiento más amplio, ¿lucha de clases?
Para hacerlo, la visión marxista de la TRS se postula, no como una teoría feminista,
sino como una contribución crítica a la comprensión de las relaciones sociales capitalistas
que, partiendo de Marx, pretende desarrollar y profundizar aspectos que están
inscriptos en su teoría, pero no fueron desarrollados. El punto de partida teórico es el
concepto de fuerza de trabajo y su reconocimiento en tanto mercancía única que produce
valor y, a través de dicha producción, garantiza la reproducción de la sociedad

reedición reciente de Brill en 2013; Smith (1978). Esta discusión teórica tiene consecuencias en el
terreno de las estrategias políticas dentro del movimiento feminista. Por ejemplo, en 1972 un
sector del movimiento feminista comenzó una campaña conocida como “Salario para el trabajo
doméstico” (Wages for Housework) como exigencia surgida de la concepción del trabajo
doméstico como productor de valor.
10
Todas las citas de este libro son traducciones propias.

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capitalista como un todo. Hasta aquí nada nuevo. El problema empieza antes del
momento en que la mercancía fuerza de trabajo llega al espacio productivo para producir
valor (y plusvalor). La pregunta original que está en el centro de la TRS es cómo llega
esa mercancía al espacio de la producción o, más precisamente, cómo se produce y se
reproduce esa mercancía para que pueda llevar adelante el proceso de creación de valor.
Esa es la pregunta central y allí reside uno de sus primeros hallazgos: el carácter especial
de la mercancía fuerza de trabajo no está dado solamente porque es la única que produce
valor sino también porque es la única mercancía que se produce por fuera del circuito de
producción de mercancías, es decir, en un segundo circuito: el circuito de la producción y
reproducción de la fuerza de trabajo. Es específicamente a ese circuito (que, como
veremos, está subordinado al primero) a lo que se llama el de la Reproducción Social.
Vale aquí, entonces, una primera precisión: la Reproducción Social no refiere al proceso
de reproducción de la sociedad capitalista como un todo, sino que refiere
específicamente al proceso de creación y reproducción de la fuerza de trabajo, sin el cual
la reproducción de la sociedad capitalista como un todo se vuelve imposible. Esta noción
de Reproducción Social en términos de reproducción generacional de la fuerza de trabajo
envuelve dos aspectos11. El primero, la reproducción biológica dependiente de las
mujeres y los cuerpos gestantes a través del parto. El segundo, toda la serie de trabajos
necesarios para que esa fuerza de trabajo llegue al “punto de la producción”, los cuales
van desde las llamadas tareas del cuidado12, el trabajo doméstico (cocinar, limpiar, hacer
las compras, etc.) y también el trabajo que se lleva a cabo por fuera del ámbito doméstico
(sistema de educación, de salud, de cuidado de adultos mayores, etc.). He aquí una
segunda precisión: el trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo no se reduce a lo que
sucede en el hogar, sino que lo excede hacia redes en la comunidad y también hacia todas las formas
de socialización de esas tareas que el propio capitalismo ha generado, ya sea como servicios
públicos o como servicios privados a los que se accede a través del mercado: colegios,
clínicas, jardines materno-parentales, geriátricos. Como profundizaremos más adelante,
desde esta perspectiva marxista, hablar de Reproducción Social no es lo mismo que hablar de
lo que sucede en el “hogar” ni de una teoría de las “amas de casa”, es hablar de un trabajo
necesario¸ una parte del cual es impago y otra parte del cual está asalariado. Es sobre toda
esa serie de tareas que la TRS pone el foco. Johanna Brenner y Barbara Laslett lo definen
así:

las actividades y aptitudes, comportamientos y emociones, y


responsabilidades y relaciones directamente involucradas en el
mantenimiento de la vida, en términos cotidianos e intergeneracionales.
Envuelve varios tipos de trabajo socialmente necesario –mental, físico y
emocional- dirigido a proveer histórica y socialmente, del mismo modo que

11
Hay también una reproducción no generacional de la fuerza de trabajo que tiene hoy un
mecanismo privilegiado: la inmigración (como lo fue, previamente, la esclavitud). Muchos
estudios que toman el marco teórico de la TRS se centran en el análisis de los procesos migratorios
y, particularmente, de la migración de mujeres y su inserción en el mercado de trabajo de tareas
reproductivas.
12
Es interesante señalar que, aunque no lo abordemos en este texto, Fraser realiza una crítica a la
noción de “crisis del cuidado” y propone discutir la noción de “contradicciones socio-
reproductivas del capitalismo” como base sobre la que puede explicarse la llamada “crisis del
cuidado”, no como algo aleatorio (y mucho menos cultural), sino como parte de la tendencia de
las sociedades capitalistas a producir crisis de reproducción social que asumen características
diferenciadas en cada forma histórica de sociedad capitalista. Véase, Fraser (2016).

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biológicamente, de los bienes necesarios para el mantenimiento y


reproducción de la población. Entre otras cosas, la reproducción social
incluye el modo en que la comida, la ropa y vivienda se vuelven accesibles
para el consumo, el modo en que el mantenimiento y la socialización de los
niños se lleva a cabo, el modo en que el cuidado de los adultos mayores y a
los enfermos es provisto, y el modo en que la sexualidad es construida
(citado en Bhattacharya, 2017: 8).

El común denominador de este trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo


(el impago y el asalariado) es que es llevado a cabo, en una abrumadora mayoría, por
mujeres. El otro común denominador es que son trabajos “devaluados” en un doble
sentido: para la porción que no está asalariado, la devaluación consiste en su
invisibilización (no sólo en las estadísticas sobre “horas de trabajo” sino también en el
seno de las relaciones familiares y de género); para la porción que se realiza a cambio de
un salario, la devaluación consiste en su bajo precio asociado, la mayor parte de las veces,
a la consideración de que son trabajos de “baja calificación”13. En resumen: estamos
hablando de los trabajos indispensables para que la fuerza de trabajo esté en condiciones
de producir valor (y plusvalor), que son mayoritariamente llevados a cabo por mujeres
y que están doblemente devaluados (en el ámbito privado y en el mercado de trabajo).
Esas son las características centrales del trabajo reproductivo.
Primera conclusión: la necesidad de poner la lupa en la reproducción social
deviene de que consiste en toda una serie de trabajos variados que se llevan a cabo por
fuera del ámbito de la producción de mercancías, pero que son necesarios para que este ámbito
funcione. Y, justamente, porque este trabajo reproductivo está puesto en función de hacer
llegar a la fuerza de trabajo al “punto de la producción”, lo que sucede en el ámbito de la
reproducción social está subordinado al ámbito de la producción de mercancías. La visión marxista
de la TRS es una teoría de la relación entre producción y reproducción social y, como tal,
se opone a la idea de esferas separadas e independientes o de sistemas paralelos de opresión que se
cruzan o intersectan14 en algún punto o algún momento. Lejos de dotar de autonomía al
ámbito de la reproducción para entenderlo como un sistema propio de dominación
(¿patriarcado?) o como un territorio con lógica de lucha propia (¿revolución de los
hogares?), la visión marxista de la TRS lo entiende en tanto circuito fundamental para la
reproducción de la sociedad capitalista en su conjunto cuyas especificidades son
comprensibles en tanto y en cuanto estén puestas en relación con el circuito de
producción de mercancías. He allí una cuestión central: “las teóricas de la reproducción
social perciben la relación entre el trabajo dispensado en la producción de mercancías y
el trabajo dispensado en la producción de personas como parte de la totalidad sistémica
del capitalismo” (Bhattacharya, 2017: 1). Este esfuerzo por desarrollar una teoría que
concibe al capitalismo como un sistema unitario que integra, de manera desigual, la
esfera de la producción y de la reproducción presenta, a mi juicio, tres virtudes. La más

13
Danielle Kergoat analiza los mecanismos de desconocimiento de las calificaciones que las
mujeres ponemos en juego en nuestros trabajos, como parte de lo que ella denomina “relaciones
sociales de sexo” (Kergoat, 2003)
14
Como señala Lise Vogel, la visión marxista de la Teoría de la Reproducción Social ha sido
tomada, en varias oportunidades, como antagónica a la de la Interseccionalidad. En sentido
opuesto, la autora considera que la TRS toma productivamente las fortalezas de la perspectiva de
la Interseccionalidad (y sus muy buenos desarrollos descriptivos e históricos de las diversas
categorías de diferencia social), evitando considerar que estas diferencias responden a sistemas
de opresión separados o independientes (Vogel, 2018).

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evidente es la de mantener una idea de totalidad y la voluntad de explicarla, cuestión


que se pierde en las teorías del sistema dual que tienen la virtud de poner de relevancia
la multiplicidad de opresiones sociales en las sociedades contemporáneas, pero dejan sin
resolución la pregunta por su articulación sistémica. La segunda es que esta voluntad
holista no es en absoluto una voluntad homogenizante u homogenizadora (como puede
observarse en ciertos intentos de subsumir mecánicamente el género –o la raza, la
sexualidad, etc.- a la clase) como si la pura evidencia de que la explotación de clase
estructura el sistema social alcanzara para comprender las características específicas del
resto de opresiones contantes y sonantes. Señalar que el trabajo asalariado (como
relación social) infunde su lógica en la esfera reproductiva no es lo mismo que decir que
hay correspondencia entre un espacio y el otro (el espacio reproductivo no se rige, de
hecho, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para la realización de x tarea). Esa
diferenciación entre un ámbito y el otro, como veremos más adelante, tiene
consecuencias a la hora de pensar escenarios de lucha de clases. La tercera es que al ser
una teoría de la relación entre producción y reproducción pone la mirada en la frontera
entre estas dos esferas y, al hacerlo, dispara contra una dicotomización naturalizada
tanto en el campo de los estudios académicos como en el campo de los propios
movimientos sociales: la dicotomía entre “mundo del trabajo” y “movimientos sociales”,
entre “la fábrica” y “el barrio”, “la clase obrera” y “las multiplicidades de sujetos
sociales”. Esta dicotomía, que he criticado en otro trabajo (Varela, 2015) es objeto de
debate en la TRS, inscribiendo a esta teoría en un campo que excede al feminismo y se
sumerge en las reflexiones acerca de las formas en que se expresan hoy las luchas
sociales.

Volver a Marx, o la clase trabajadora no se reduce al asalariado

Ahora bien, este planteo que pone la luz sobre el ámbito de la reproducción de la
fuerza de trabajo en relación con el de la producción de mercancías abre, al menos, dos
discusiones al interior del propio marxismo sobre las que tuve la oportunidad de charlar
con Tithi Bhattacharya en una entrevista hace unos meses15. La primera refiere a la
propia definición de clase trabajadora y el peso que asume en ella el trabajo asalariado o
la relación asalariada ¿Hablar de trabajador o trabajadora es lo mismo que hablar de
asalariado o asalariada? La respuesta a esa pregunta es central para saber de qué sujeto
hablamos cuando miramos toda una serie de trabajo reproductivo que es llevado a cabo
por fuera del mercado de trabajo (el doméstico y comunitario), y para saber cómo
caracterizar al nuevo movimiento de mujeres. En términos de Bhattacharya, su
postulación de la necesidad de “una definición más amplia de clase obrera” no aparece
como una discusión con Marx (como sí lo es en otras teorías que intentan en la actualidad
reconceptualizar la noción de clase16) sino como una discusión que, de la mano de Marx,
combate con reduccionismos posteriores en los que la noción de clase fue quedando
progresivamente acotada a la de asalariado e, incluso, asalariado industrial17. Des-

15
Varela (2018).
16
Un ejemplo de este tipo es la teorización de Marcel Van der Linden en Workers of the World (de
pronta salida en español en la Colección Archivos de Historia del Movimiento Obrero y la
Izquierda). Para un debate con la posición de van Der Linden, véase Varela, 2015b.
17
De hecho, el ámbito de la reproducción de la fuerza de trabajo aparece en la teoría de Marx en
el mismo momento de definir el valor de la fuerza de trabajo, valor que no es “fijo” sino que tiene
un componente “histórico moral” que surge de la lucha de clases y sus resultados. Esta inclusión
del ámbito de la reproducción social en la teoría marxista se encuentra también en Engels, como

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amalgamar la noción de clase de la de trabajador asalariado (e industrial) no remite a un


problema clasificatorio sino al corazón de la definición teórica acerca de la relación social
a la que denominamos clase trabajadora. En términos de Daniel Bensaïd y su oposición
a pensar la clase obrera de manera esencialista, los modos en los que la clase está
determinada por las relaciones sociales capitalistas en la teoría de Marx son mucho más
complejos que una concepción economicista. De ahí que se proponga reconstruir la
posición de Marx mediante la crítica de la “razón sociológica” dominante en las últimas
décadas del siglo XX:

Sería en vano buscar una definición simple de las clases en Marx, o un cuadro
estadístico de las categorías socio-profesionales. Es decir que, para Marx, las
clases aparecen en una relación de antagonismo mutuo, recíproco. Y se
definen en y por sus luchas. Dicho de otro modo: la lucha de clases es una
noción más estratégica que sociológica (Bensaïd, 2003: 159)18.

La posición metodológica de Bensaïd (que reconstruye la de Marx), es que la


realidad concreta de la clase social no es un dato empírico auto-evidente (rastreable por
ingresos, intereses individuales, u otro indicador), sino una construcción conceptual: la
clase está definida por sus relaciones con el capital y mediante el conflicto social que la
opone al mismo. Esta doble determinación se imbrica, a su vez, en distintos niveles en
que el conflicto social se despliega. En El Capital comienza por la lucha incesante en el
ámbito de producción (en torno a la extracción de plusvalía) lo que determina las clases
en primera instancia (Tomo I); el proceso de circulación (Tomo II) las determina sobre el
ángulo del contrato entre el asalariado vendedor de su fuerza de trabajo y el comprador
capitalista (estableciendo una negociación conflictiva de la fuerza de trabajo como
mercancía); finalmente en el proceso de reproducción en su conjunto (Tomo III) las clases
son determinadas por la combinación concreta de nivel de extracción de plusvalía, de la
organización del trabajo, de la distribución de los ingresos, de la reproducción de la
fuerza de trabajo en todas las esferas de la vida social19. La complejidad de este proceso,
que Marx analiza en los tres tomos de El Capital, supone entender que no sólo son formas
distintas en las que aparecen las relaciones entre capital y trabajo (extracción de
plusvalía, salario, tasa media de ganancia), sino que son también formas distintas del
conflicto social, porque es la lucha la que define las condiciones precisas de esta
reproducción. La relación asalariada, cuyo locus de lucha de clases es el ámbito de la
producción en la medida en que allí se disputa el tiempo de trabajo necesario y el
plustrabajo (a través de la lucha por el tiempo y condiciones de trabajo), es una
determinación necesaria, pero no es suficiente. El otro conjunto de determinaciones (que
Bensaïd organiza en torno al Tomo II y III de El Capital) están atadas a esta primera

ha sido destacado (y criticado) por distintas autoras feministas. Pero decir que la dimensión de la
reproducción de la fuerza de trabajo está inscripta en la teoría de Marx y Engels no es lo mismo
que decir que está teorizado en su particularidad. A eso se refieren las teóricas de la TRS cuando
se proponen desarrollarlo. En ese sentido, la TRS es una profundización de la teoría marxista.
18
Reponer esta noción estratégica supone polemizar, de un lado contra la deconstrucción
posmoderna de las clases, en donde los colectivos sociales se disuelven en masas signadas por
una movilidad aleatoria (ya sea desde un punto de vista optimista, como las multitudes de
Antonio Negri; o de uno resignado, como el de los “nuevos filósofos” posmodernos André
Glücksmann o Jean-Francois Lyotard); del otro contra el individualismo metodológico que se
hizo sentido común en las ciencias sociales desde los ´80.
19
Ver Cambiasso, Mariela (2018).

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determinación (es decir que sin ella pierden sentido) pero la complejizan. Esta
concepción de diversas determinaciones de la relación social “clase trabajadora” es
compatible, a mi juicio, con la relación que la visión marxista de la TRS presenta entre el
circuito de la producción de mercancías y el de la reproducción como circuito
subordinado.
La segunda discusión (que está directamente relacionada con la anterior) refiere al
peso relativo que tiene el ámbito de la producción y el de la reproducción en esta teoría:
¿Decir que el ámbito de la reproducción social es necesario para el de la producción es lo
mismo que decir que son ámbitos equivalentes? Este interrogante reviste gran
importancia porque otro peligro posible en el intento de articular clase y género es el de
considerar que “toda lucha es lucha de clases” (sin distinguir jerarquías o importancias
relativas) bajo la ilusión de que al nominar las luchas sociales como luchas de clases, el
“componente común” entre ellas se hace presente y la potencia de su unificación,
también. De la misma manera que al discutir el concepto de clase trabajadora es
necesario reconstruir (y repensar) las distintas determinaciones (no solo la estrictamente
económica en el lugar de la producción), al discutir los territorios de lucha de la clase
trabajadora es necesario establecer las especificidades de cada uno de ellos y, por decirlo
de un modo bélico, su poder de fuego. ¿Cuál es la relación entre estos dos territorios de
lucha de clases (producción y reproducción) desde el punto de vista de la TRS? ¿Es lo
mismo una huelga en una fábrica que una huelga de amas de casa? Podríamos decir que
la respuesta de Bhattacharya a esta pregunta es contundente:

Como marxista, creo que el mayor poder de la clase trabajadora está en el


lugar de trabajo. Es ahí donde el colectivo de clase es más fuerte y es ahí
donde tiene la capacidad de dañar o colapsar este sistema. Y es así porque,
en el lugar de trabajo, si el trabajador deja de trabajar, está parando el motor
del sistema que es la extracción de la plusvalía. Todo el resto existe para que
el sistema extraiga plusvalía. Si detiene esta extracción de plusvalía, el
sistema debe cerrarse. Entonces, sí, creo que la importancia estratégica del
lugar de trabajo es diferente y es mucho más poderosa que las luchas no
laborales. Eso en términos de lo que es más perjudicial para el sistema en su
conjunto” (Bhattacharya en Varela, 2018:18).

Sin embargo, establecer el carácter estratégico del “punto de la producción” (si


bien es sustancial en términos teóricos) no resuelve el problema, de hecho, sólo ayuda a
plantearlo más claramente. El problema recién comienza: si el ámbito de la producción
es estratégicamente más “poderoso” para la clase trabajadora que el de la reproducción,
¿cómo establecer la relación entre ambos de modo tal que allí se golpee en reclamo de
demandas tanto de la producción (salario, condiciones de trabajo, condiciones de
contratación, etc.) como de la reproducción (trabajo doméstico impago, vivienda, salud,
educación, cuidado de niños y adultos mayores, recreación, sexualidad, derechos
reproductivos)? ¿Cómo articular las luchas en un territorio y en el otro, entendidas
ambas como luchas de clase y no como lo que Lise Vogel llamó “movimientos
paralelos”? Estas preguntas, que se derivan del marco teórico de la TRS no pueden
resolverse en el estricto ámbito de la teoría. Es necesario recurrir al terreno del análisis
concreto para mirar las características específicas del modo en que se constituye la clase
trabajadora en la actualidad y sus territorios de lucha. En el apartado que sigue
analizaremos elementos de esta relación bajo el capitalismo neoliberal.

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La crisis de la reproducción social y las mujeres como puente

El segundo elemento que queremos poner a discusión es que la visión marxista


de la TRS es una teoría que permite entender la relación entre ascenso del movimiento
de mujeres con su heterogeneidad (Polonia, la Huelga Internacional de Mujeres en
EEUU, el Ni una menos y la lucha por la legalización del aborto en Argentina, Irlanda) y
la crisis capitalista que se desarrolla de 2008 en adelante. Esta relación podemos
resumirla en lo que Nancy Fraser llama una crisis de la reproducción social20.
Tomaremos esta idea de crisis de la reproducción social para pensar la relación entre las
modificaciones que el capitalismo neoliberal produjo en el ámbito de la producción y en
la morfología de la clase trabajadora, y el ascenso del movimiento de mujeres a nivel
internacional. Nos concentraremos en los elementos que consideramos fundamentales,
a sabiendas de que no son los únicos.
Habitualmente la metamorfosis del “mundo del trabajo” se ha analizado desde
el punto de vista del ámbito de la producción, y la referencia nostálgica ha sido el
“mundo del trabajo de la posguerra”. Desindustrialización relativa, fortalecimiento de
los sectores de servicios, precarización laboral, caída del salario real, tercerización,
flexibilización, desocupación masiva, han sido los vocablos asociados a este análisis. Las
respuestas teóricas a esta serie de cambios fueron, esquematizando un poco, dos: a) la
que supuso que la clase trabajadora (asimilada a la dominante en la posguerra en los
países centrales) ya no podía pensarse como sujeto central del “capitalismo
postindustrial” y mucho menos como sujeto potencialmente revolucionario21; b) la que,
en minoría, siguió pensando que esa profunda metamorfosis no negaba la centralidad
del trabajo ni tampoco la de la clase trabajadora como sujeto con potencia revolucionaria
e intentó, con más o menos creatividad, explicar esos cambios y las alternativas que ellos
abrían. Como parte de este segundo punto de vista, quiero reparar en tres características
específicas por considerar que, de ese modo, puede establecerse una relación entre ese
proceso y la nueva ola feminista.
La primera y más obvia es la feminización de la fuerza de trabajo. Esta característica
que fue señalada hace más de diez años por Ricardo Antunes (2005) como uno de los
componentes centrales de la nueva morfología del trabajo, es hoy un hecho
incontestable. Desde la década del ‘80 se observa un crecimiento de la participación de
las mujeres en el mercado de trabajo que la llevó alrededor del 40% a nivel mundial. Esto
introduce una serie de diferencias importantes en relación a la década del ‘70, momento
de la segunda ola feminista, cuando las distintas nociones de “reproducción social” y
sus consecuencias estratégicas se colocaron en el centro del debate. Una de ellas es que
la mayor asalarización de las mujeres modifica las condiciones de posibilidad del trabajo
de reproducción de la fuerza de trabajo que se lleva adelante en el hogar, obligando a
cambios en las relaciones intra-hogar para el cumplimiento de dichas tareas y haciendo
que la categoría de “ama de casa” se reduzca cada vez más, rompiendo la identificación

20
Fraser analiza las crisis de reproducción social como crisis sistémicas en las sociedades
capitalistas y los diversos modos en los que se han manifestado en el siglo XX. Véase, Fraser
(2014).
21
De aquí derivan distintas teorías que también pueden dividirse en dos: los que sostienen que
el cambio social aún es posible pero que hay que buscar otros sujetos –movimientos sociales,
multitudes, sujetos contingentes-; los que sostienen que el cambio social ya no es posible ni
deseable y proponen “fortalecer la democracia” o “llevarla hasta el final” –políticas identitarias,
social-liberalismo, capitalismo humano-.

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entre las mujeres que llevan adelante el “trabajo reproductivo” y las “amas de casa”.
Pero, además, esta participación masiva de las mujeres en el mercado de trabajo (que
presenta particularidades según país) tiene, sin embargo, un común denominador a
nivel internacional: la mayor incorporación de mujeres se da en los “nichos” que
señalábamos antes como aquellos en que se desarrollan tareas de reproducción social
asalarizada: escuelas, hospitales, geriátricos, guarderías, limpieza22. Esto hace que la
condición de “trabajadora asalariada de la reproducción social” sea una condición obrera cada vez
con más peso, la cual combina dos tipos de elementos diferenciados: a) aquellos propios
del “trabajo asalariado”: un lugar de trabajo donde se concentran trabajadores,
posibilidad de negociación colectiva y sindicalización, identificación de un patrón a
quien presentarle las demandas laborales, relaciones con otros sectores de asalariados,
etc.; b) con aquellos propios de la reproducción social: no sólo por la naturaleza de las
tareas sino también por la relación que se establece con los territorios de la reproducción
social: hogares, barrios, pueblos. Esta especificidad del “trabajo asalariado de la
reproducción social” que es llevado a cabo muy mayoritariamente por mujeres es
importante a la hora de pensar a las mujeres de la clase trabajadora como puentes entre
producción y reproducción.
La segunda característica del capitalismo neoliberal que quiero destacar es la
precarización laboral entendida como mecanismos de progresiva reducción del denominado
“salario familiar” y, por ende, como crisis de la capacidad de reproducción de la fuerza
de trabajo que tiene el salario obrero. Los distintos modos de precarización laboral han
sido uno de los temas más discutidos en el campo de los estudios del trabajo. Aunque lo
presentemos aquí de modo esquemático, es importante diferenciar tres dimensiones: la
que hace al mercado de trabajo (contratos precarios, pasantías, tercerización laboral,
subcontratación); la que hace al consumo productivo de la fuerza de trabajo
(modificaciones en las condiciones de trabajo: extensión, intensidad y distribución de la
jornada laboral, organización del proceso de trabajo, etc.); y la que hace a la organización
sindical (ataque a la organización en el lugar de trabajo, cláusulas de des-sindicalización,
procesos de independización de los recursos sindicales de su base de afiliación, el
predominio del sindicalismo de servicios y el surgimiento del llamado “sindicalismo
empresario”). Estas tres dimensiones han tenido, como consecuencia común, la caída del
salario real y relativo23 de la clase trabajadora. Mirado desde el punto de vista de la
reproducción social esto ha implicado el pasaje del “salario familiar” (es decir la
concepción de que el salario del trabajador debía cubrir las necesidades de reproducción
social de la familia obrera) al modelo de “familia de dos ingresos” o “familia de un pull
de ingresos” en la que el ingreso por hogar se constituye con los aportes de todos
aquellos que estén en condiciones de vender su fuerza de trabajo (con las modificaciones
en el campo de las relaciones familiares y habitacionales que esto implica).

22
Esto no quita que haya avances de las mujeres trabajadoras en otros empleos como los
industriales o de servicios no reproductivos.
23
Como cita Paula Bach en su trabajo sobre salario relativo en Argentina, Marx define el concepto
de la siguiente forma “cuando hablamos del alza o de la baja del salario, no debemos fijarnos
solamente en el precio en dinero del trabajo, en el salario nominal [...] ni el salario nominal, es
decir, la suma de dinero por la que el obrero se vende al capitalista, ni el salario real, o sea la
cantidad de mercancías que puede comprar con este dinero, agotan las relaciones que se
contienen en el salario. El salario se halla determinado, además y sobre todo, por su relación con
la ganancia, con el beneficio obtenido por el capitalista: es un salario relativo, proporcional”
(Bach, 2008: 69).

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Por último, hay un elemento que parece externo al de las modificaciones en el


“mundo del trabajo”, pero no lo es: la reducción presupuestaria y la tendencia a la
privatización de los servicios públicos, particularmente la Educación y la Salud. ¿Por qué
considerar este elemento como parte de la discusión? Porque es un ataque directo al
nivel de vida de la clase trabajadora en el ámbito de su reproducción social y, por ende,
un ataque directo a las mujeres trabajadoras por una doble vía: para aquellas que son las
que sostienen esos servicios con su trabajo asalariado, porque las somete a condiciones
laborales cada vez más imposibles (muchos usuarios, pocos recursos); para todas las
mujeres trabajadoras, porque dificulta el trabajo de reproducción en la medida en que
disponen de cada vez menos y peores escuelas, guarderías, hospitales, transporte,
instituciones para el cuidado de adultos mayores. Es decir, todos esos “servicios” que el
Estado presta cada vez menos y peor, implica más trabajo para las mujeres de la clase
obrera que son (muy mayoritariamente) quienes se ocupan de las llamadas “tareas del
cuidado”.
Para resumir, la metamorfosis del “mundo del trabajo” de la que estamos
hablando, implica la combinación entre cada vez más mujeres en el mercado de trabajo, cada
vez peores salarios para atender las necesidades de la familia obrera a través del mercado, y cada
vez menos presupuesto estatal para atender dichas necesidades a través de los servicios públicos.
Implica, en síntesis, una crisis de la reproducción de la fuerza de trabajo y, con ella, de
la reproducción social en su conjunto. Y esta crisis tiene un género específico: las mujeres
trabajadoras.
Sin lugar a dudas, esto coloca a las mujeres en un lugar diferencial respecto de
los varones de su propia clase, el cual ha sido (y es cada vez más) documentado en las
estadísticas sobre brecha salarial, doble jornada, precarización laboral, pobreza, etc. Pero
también las coloca (nos coloca) en lo que voy a señalar como una ubicación privilegiada
respecto de la separación entre el ámbito de la producción y el de la reproducción. Como señala
Fraser, la división entre el ámbito de la producción y el de la reproducción constituye
una de las fronteras fundantes de la sociedad capitalista. Es decir, no es una frontera
contingente en el capitalismo, es su “alma permanente” porque de allí se derivan las
dislocaciones (y la apariencia de independencia) entre la esfera de lo económico y lo
político, lo privado y lo público, el trabajador y el ciudadano. Por ende, el análisis de los
modos en que esa frontera se perfora es central. Y las mujeres trabajadoras juegan allí un
rol que no juegan los varones de su clase. Su papel cada vez más protagónico en el
mercado de trabajo en conjunto con su total protagonismo en la reproducción social, las
coloca en una ubicación anfibia entre la producción y la reproducción social, es decir en el
plexo de las relaciones entre la fábrica y el barrio como metáforas del ámbito de la
producción y el de la reproducción.
Esta ubicación anfibia puede pensarse como potencial fuerza en la medida en que
permite perforar la frontera entre estos dos ámbitos que se presentan (y suelen
naturalizarse) como ámbitos diferenciados e independientes, frontera que opera
disociando las llamadas demandas laborales de la clase obrera de aquellas que exceden
lo “laboral” y que, aunque son parte central de su condición obrera, se presentan como
opresiones desclasadas. A esa posición específica de las trabajadoras me refiero con la
idea de las mujeres como puente: entre producción y reproducción, entre “fábrica” y
“barrio”, entre demandas “corporativas” de los trabajadores y demandas “comunes” al
conjunto de los trabajadores, como por ejemplo las que hacen al género.

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Palabras finales

Este papel de las mujeres de la clase trabajadora como puente no es nuevo. Si una
recorre la historia de la lucha de clases a nivel internacional, encuentra que siempre que
las condiciones de vida de la clase obrera fueron atacadas a gran escala provocando
procesos huelguísticos e incluso revolucionarios, las mujeres tuvieron un rol
protagónico, justamente porque son las garantes de la reproducción de la fuerza de
trabajo. Uno de los ejemplos más y mejor documentado es el proceso huelguístico cuya
derrota se toma como “inicio” del neoliberalismo: el de los mineros ingleses contra el
ataque del gobierno de Margaret Thatcher. En esos 9 meses de lucha, las mujeres de la
clase obrera inglesa tuvieron un protagonismo tal que llegaron a conformar una
organización propia a nivel nacional “Mujeres contra el cierre de las minas” (Women
Against Pit Closures – WAPC) que operaba en los puntos neurálgicos de la lucha, con
asambleas diferenciadas y la discusión de sus propias políticas. Una de sus principales
tareas era “llevar la lucha minera a la comunidad”, establecer los lazos entre los obreros
mineros y el resto de los trabajadores, buscar la solidaridad en las ciudades y pueblos,
tejer alianzas. Este papel de puente puede encontrarse, con mayor o menor organización
e impacto, en centenas de luchas obreras en la historia del SXX: la mujer de la clase
trabajadora como representante de la “familia obrera” y, en tanto tal, como capaz de
dirigirse al conjunto de la clase trabajadora más allá de las divisiones corporativas. Sin
embargo, como surge de los muy buenos análisis de historiadoras y militantes del
proceso en Inglaterra en la década del ‘80, este rol (que no tienen nada de “natural” sino
que está directamente asociado al papel de las mujeres en la reproducción social de la
fuerza de trabajo) presenta siempre una tensión. Como señalan Sheila Rowbotham y Jean
McCrindle (1986), uno de los puntos centrales de debate en WAPC era el modo en que
las mujeres se definían a sí mismas: ¿obreras y, en tanto tales, pares de los obreros en la
lucha y en los perjuicios que traía el cierre de las minas, o como esposas de dichos obreros
y, en tanto tales, “acompañantes”, “apoyo”, “soporte” de los obreros que detentan el
papel de protagonistas? Esa tensión, que suele resolverse hacia la segunda definición, ha
tendido a reforzar a las mujeres trabajadoras en un lugar que, incluso cuando es
valorado, adopta un carácter de “acompañante”.
Las modificaciones en el “mundo del trabajo” y en la morfología de la clase
trabajadora que hemos descripto antes permiten repensar este lugar de las mujeres
trabajadoras sobre nuevas bases objetivas: la mayor feminización de la fuerza de trabajo
en el marco de una crisis de reproducción social no solo fortalece este carácter de puente
sino que coloca a las mujeres en un papel de protagonistas. Las mujeres trabajadoras están
en el centro de la crisis y eso abre la posibilidad a que estén, también, en el centro de la
respuesta a la crisis. Un ejemplo reciente de este doble papel protagónico es la llamada
“Primavera Docente” (Teacher´s Spring) en EE.UU. en la que, en el cielo sereno de la
lucha de clases norteamericana, las maestras sorprendieron a propios y ajenos con una
oleada de huelgas que obligó a la izquierda norteamericana a volver a hablar de clase
obrera, de sindicatos y de paros (afectando incluso el escenario electoral de medio
término). ¿Cuál es la especificidad de las huelgas docentes norteamericanas? Que fueron
medidas de lucha dirigidas por las mujeres (abrumadora mayoría en ese sector de la
reproducción social) pero que, especialmente en el caso de West Virginia, involucraron
a un sector de comunidad trabajadora local poniendo sobre la mesa el problema de la
calidad de vida, una calidad de vida que no se mide solo en salario sino, también, en
elementos centrales para la reproducción de la fuerza de trabajo: servicio educativo,

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servicio de pensiones, servicio de salud (todos tópicos que estuvieron en las demandas
de las huelgas docentes)24.
Esto introduce el último punto al que quisiera referirme: las consecuencias de
esta perspectiva teórica, que pone el foco en la relación entre producción y reproducción
social para las prácticas y programas tanto de las organizaciones obreras como de los
movimientos de mujeres. Me referiré a esas consecuencias como la necesidad de
descorporativizar las prácticas y programas y, por ende, las luchas sociales25.
En el terreno de las organizaciones sindicales, la reducción de las demandas a lo
estrictamente salarial correspondiente al sector o rama26 (o, en el mejor de los casos, a las
condiciones de trabajo en las paritarias) no sólo ha sido un modo de naturalizar la
profunda fragmentación entre distintos sectores de trabajadores (formales/informales,
de planta/tercerizados, estables/bajo contrato, etc.), sino un modo de invisibilizar el
trabajo reproductivo y el protagonismo de las mujeres de la clase obrera en él y, de este
modo, reforzar el lugar subordinado de las mujeres y endurecer las barreras entre las
luchas “laborales” y las de “género”.
En el terreno de las organizaciones de mujeres, la reducción de las demandas a un
“feminismo corporativo”27, centrado en la idea de “empoderamiento de las mujeres” con
predominancia de una mirada liberal, operó elitizando el movimiento y, como dice
Bhattacharya, evitando la pregunta acerca de quién es la que se empodera y para qué
fines, lo que de facto se transformó

en la idea de éxito de un sector muy pequeño de todo el mundo: éxito como


políticas, éxito como mujeres de negocios, éxito como CEOs, etc. Cuando las
mujeres escalan estas posiciones y tienen éxito, eso es considerado un éxito
para el feminismo. Mientras que el verdadero problema es que, para la gran

24
Por supuesto, que la construcción de la “Teacher´ Spring” no puede explicarse únicamente por
esta ubicación objetiva de las mujeres trabajadoras. Existieron orientaciones políticas que hicieron
posible la constitución de dichas alianzas al interior de la comunidad de clase. Pero sería un error
leer esas orientaciones en el vacío, en lugar de inscribirlas en sus condiciones objetivas específicas:
la posición anfibia de las mujeres como protagonistas de la producción y la reproducción social.
25
Es interesante observar que esta posibilidad de descorporativización de las luchas obreras para
la que encontramos nuevas bases objetivas, no es una novedad en la historia de la lucha de clases.
Como señalan Salar Mohandesi y Emma Teitelman (2017) uno de los elementos notorios de las
huelgas del “punto del consumo” (“point of consumption”) de inicios del siglo XX en Estados
Unidos tenían como característica que articulaban distintos sectores de asalariados. El caso de la
Huelga de las Lavadoras de 1881 por mayores salarios y control sobre su trabajo es ejemplo de
eso. Comenzando en Atlanta, Georgia, por parte de una veintena de mujeres negras, basándose en
el carácter comunal del trabajo de lavado, comenzaron a pedir la solidaridad de la comunidad,
logrando que la huelga se amplíe. A las tres semanas, la Washing Society había crecido a 3000
huelguistas y simpatizantes, incluso incluyendo algunas lavadoras blancas (en plena época de la
segregación racial). La huelga no sólo enfrentó una dura política de represión policial, sino que
se expandió a otras industrias del trabajo reproductivo: enfermeras, cocineras, mucamas
comenzaron a agitar por mejores salarios e incluso trabajadores varones de otras industrias de
los servicios entraron en huelga.
26
El problema del corporativismo ha formado parte de los debates sobre la “revitalización
sindical” como propuesta de superar la crisis de los sindicatos hacia fines de los noventa, hace ya
20 años. Para una recuperación crítica de esos debates, véase Varela, 2016.
27
Sobre la idea de “feminismo corporativo” véase Fraser (2018) y Brenner, Johanna y Fraser,
Nancy (2017).

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mayoría de las mujeres en todo el mundo, el neoliberalismo significó un


empobrecimiento absoluto de las condiciones de vida y las condiciones de
trabajo (Bhattacharya en Varela, 2018: 17).

Ahora bien, pero esta descorporativización no puede ser una apelación moral, sino
que tiene que estar basada en un análisis de los modos concretos en que la opresión de
género (que no solo refiere a las mujeres CIS sino a todas las personas que se identifican
como mujer) forma parte de la configuración de la clase obrera, de sus debilidades pero
también de sus potencialidades. La discusión sobre la visión marxista de la Teoría de la
Reproducción Social aporta, a mi juicio, a ese análisis y con él a la posibilidad de un
feminismo no corporativo que se piense como parte integrante y protagonista de un
movimiento contra el capitalismo que restituya un horizonte de socialismo.

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