EL RELOJERO MÁGICO (Cuento)
EL RELOJERO MÁGICO (Cuento)
EL RELOJERO MÁGICO (Cuento)
I
EL ENCUENTRO
Era una tarde nublada. Juan Hamelin avanzó despacio por el pasillo del hospital.
Las enfermeras lo saludaban con respeto pero con cierto temor. Es que era un
doctor muy serio, siempre con una mueca de amargura en su cara, siempre
sombrío, siempre triste, a pesar de que todo el mundo hubiera dicho que lo tenía
todo para ser feliz, o casi todo. Era aún joven, de unos 38 años, de buena
presencia, e indiscutiblemente un gran profesional. Como médico residente del
Hospital Público Ecológico, atendía los casos de emergencia. No tenía esposa, ni
hijos, ni se le conocía vida social. En resumidas cuentas, era un hombre lúgubre y
gris.
II
EL REGRESO AL PASADO
Hamelin sintió que flotaba sin moverse de su sitio, y vio cómo lo envolvía una
espesa niebla que pronto empezó a disiparse. Al aclararse el ambiente, se
encontró en el preciso instante en que, teniendo dieciocho años, se había
presentado ante el Secretario de Trabajo del Gobierno Sostenible Mundial de su
ciudad. Todo era idéntico como lo recordaba. Un retrato de Klaus Schwab, el
Presidente del Mundo Entero, colgaba detrás del Secretario, y todos los muebles
de la oficina, incluyendo el color de las paredes, eran grises. Schwab había
llenado el mundo con su lema “No tendrás nada y serás feliz”; su “Agenda 2030”
se había cumplido en su totalidad, y la Tierra se había convertido en un planeta de
seres sin libertad y sin derechos, totalmente controlados por el Gobierno, cuya
única religión era la adoración de la naturaleza. El Secretario, un hombre
amarillento de pelo engominado, miró despectivamente al joven Juan Hamelin,
recién graduado del colegio, al ver que tenía una guitarra en la mano. -“Usted ha
sido elegido para trabajar como doctor en la Zona A, tiene que estudiar medicina”-
declaró. La zona A era la «ciudad de 15 minutos» donde vivía, el pequeño espacio
de la ciudad en que podía moverse libremente a pie, sin requerir permiso. Hamelin
trató de guardar la calma y habló pausadamente. -“Quiero ser músico. Toco
guitarra, piano, violín, acordeón y flauta. Compongo canciones y canto. Amo la
música.” -“No es posible, señor Hamelin. En nuestro mundo sostenible, todos
deben cumplir la función que requiere el estado. Ud. deberá ser médico, de lo
contrario, quedará excluido del Sistema Sostenible, y no tendrá trabajo ni acceso a
salud, casa y alimentación estatal. Será un mendigo de la calle.” Hamelin recordó
el horror que aquellas palabras le habían producido veinte años antes, pero ahora
ya sabía lo que tenía que hacer. Sonrió y le respondió al Secretario, con decisión:
-“Seré músico. No me importa lo que quiera el Gobierno. Solo tengo una vida y
prefiero la libertad de hacer lo que me gusta aunque no tenga nada, a la esclavitud
de hacer algo que detesto con tal de vivir con comodidades. Su famoso lema “No
tendrás nada y serás feliz” es una reverenda mentira, porque no tenemos nada, ya
que todo pertenece al Gobierno, que nos lo da todo, pero somos muy infelices. Si
sigo mi vocación musical tampoco tendré nada, pero lo tendré todo, porque seré
libre y feliz, haciendo lo que quiero.” Y dando media vuelta, Juan Hamelin salió
con su guitarra al hombro, a vivir su vida.
III
EL REENCUENTRO
Aquel día, el caminito de tierra que corría paralelo al riachuelo, estaba iluminado
por el sol que pasaba a través de las copas frondosas de los árboles que se
inclinaban hacia la orilla, cubriéndolo como un techo. Había sonidos de aves, de
animalitos, y de la corriente que chocaba contra las piedras que emergían del
agua. El aire estaba lleno de una alegría especial. Juan Hamelin, de treinta y ocho
años, venía cantando y tocando su guitarra por el sendero; su voz era vibrante y la
canción melodiosa. Desde hace veinte años vivía en lo que el Gobierno Sostenible
llamaba “los extramuros de la civilización”. Allí vivían todos los rebeldes que no
habían querido someterse a su tiranía. No tenían casas al estilo citadino, sino que
vivían al aire libre, en chozas muy rústicas, o en cuevas de las montañas, junto a
sus sembríos. Tampoco tenían agua potable, alcantarillado, canalización, o luz
eléctrica. Ni supermercados, centros comerciales, hospitales ni escuelas. Pero
eran gente feliz.
De repente, al fondo del camino, apareció una pequeña figura que crecía a medida
que se acercaba. Cuando estaba a unos diez metros de distancia, a Hamelin le
pareció familiar. Se parecía al Relojero Mágico, con quien se había encontrado en
el presente de hace veinte años, que era el mismo presente de ahora. “¡Hamelin!”-
lo saludó. Era él. “¡Ozzo!”- lo saludó a su vez Hamelin. “¿Te gustó el cambio?”- le
preguntó Ozzo sonriendo. “No sabes cuánto” - contestó Hamelin, y continuó - “He
querido todo el tiempo volverte a ver para darte las gracias. ¡Gracias, Ozzo!” Y
añadió: -“Ven, te invito a mi choza, para que cenemos juntos. Te presentaré a mi
esposa y mis hijos, que son tan libres y felices como yo.” Al Relojero Mágico le
brillaron los ojos, y con su típica pícara sonrisa le dijo: “¡Andando!”