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La Luz Resplandece en La Oscuridad

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3.

LA LUZ RESPLANDECE EN LA
OSCURIDAD

E l libro de Apocalipsis presenta al diablo como un dragón y una


serpiente (Apocalipsis 12: 9). Es un dragón porque desea destruir al
pueblo de Dios, y es una serpiente porque utiliza sus astutas patrañas
para engañarlo.
En los primeros años de la iglesia cristiana, miles de personas fueron
torturadas, arrojadas a los leones y quemadas en la hoguera por la Roma
imperial. En los siglos III y IV d. C., los emperadores romanos Decio,
Valeriano y Diocleciano persiguieron sin piedad a los creyentes. La
persecución de Diocleciano duró diez largos y sangrientos años. Los
historiadores modernos calculan que entre 3,000 y 3,500 cristianos
fueron ejecutados bajo la autoridad de los edictos imperiales de
Diocleciano.14
Sin embargo, a pesar de este cruel sufrimiento, la iglesia cristiana
creció. Los hombres y mujeres fieles a Dios no se dejaron intimidar por
las amenazas del maligno. Se mantuvieron firmes a pesar de la oposición
que experimentaron.
Como resultado, Satanás cambió su estrategia. Al parecer, Constantino
el Grande, emperador romano pagano, se convirtió y se propuso unir la
Iglesia y el Estado.Decenas de paganos fueron bautizados. El error
inundó la Iglesia cuando los líderes papales intentaron fusionar las
verdades de las Escrituras con las costumbres populares. Los siglos IV y
V se convirtieron en una época de transigencia en la que los prelados de
la Iglesia mezclaban las prácticas paganas con las enseñanzas cristianas.
Sin embargo, incluso en este periodo de persecución y transigencias,
Dios permaneció con su pueblo. La verdad era para ellos más valiosa que
la vida misma. Se negaron a ceder en sus convicciones de conciencia.
Incluso en los tiempos más difíciles, el pueblo de Dios obedeció
amorosamente sus mandamientos. La luz de Cristo brilló a través de las
tinieblas en las vidas de estos fieles creyentes.
La distorsión de la verdad de Dios
Lo que dice Jesús es verdad porque él es la verdad (Juan 14: 6). Por el
contrario, Satanás es un mentiroso y es el padre de la mentira (Juan 8:
44). En 1 Juan 2: 21 se afirma que «ninguna mentira procede de la
verdad». En este versículo, la palabra «de» significa «fuente de» u
«origen de». En otras palabras, ninguna mentira tiene su origen en la
verdad, porque la verdad y la mentira son incompatibles.
Sin embargo, Satanás está dispuesto a utilizar la mentira y el engaño
para extraviar al pueblo de Dios. Él engañó a Eva en el Edén
distorsionando la verdad, sembrando la duda y negando descaradamente
lo que Dios dijo. La afirmación de Satanás: «No morirán» (Génesis 3: 4,
RVC), incitando a Eva a comer del fruto, era una clara contradicción de
lo que Dios había ordenado. Era una mentira. Cuando Eva probó el fruto
prohibido, abrió una puerta de pecado, enfermedad, sufrimiento y
muerte, una puerta que Dios quería mantener cerrada para siempre. A lo
largo de los siglos, Satanás ha utilizado la misma estrategia. Socava la
confianza en la Palabra de Dios y contradice su voluntad revelada.
Las verdades eternas no dependen de la opinión humana. Están
profundamente arraigadas en la Palabra de Dios. En su instrucción a
Timoteo, Pablo señala que la Escritura es «útil para enseñar, para
redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre
de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2
Timoteo 3: 16, 17). Y Jesús declaró: «Santifícalos en tu verdad: tu
palabra es verdad» (Juan 17: 17). La Biblia, la Palabra de Dios, revela
verdades divinas en contraste directo con las mentiras de Satanás.
Aceptar y obedecer las verdades de su Palabra es la única guía segura
hacia la salvación.
Elena G. de White describe la estrategia de Satanás para socavar y
distorsionar la Palabra de Dios:
«Bien sabía Satanás que las Sagradas Escrituras capacitarían a los
seres humanos para discernir los engaños de él y para oponerse a
su poder. Por medio de la Palabra fue como el mismo Salvador del
mundo resistió los ataques del tentador. A cada asalto suyo, Cristo
presentaba el escudo de la verdad eterna diciendo: “Escrito está”. A
cada sugestión del adversario oponía él la sabiduría y el poder de la
Palabra. Para mantener su poder sobre las personas y establecer la
autoridad del usurpador papal, Satanás necesita que ellas ignoren
las Santas Escrituras. La Biblia ensalza a Dios y coloca a los seres
humanos, seres finitos, en su verdadero sitio; por consiguiente hay
que esconder y suprimir sus verdades sagradas. Esta fue la lógica
que adoptó la iglesia romana. Por centenares de años fue prohibida
la circulación de la Biblia. No se permitía a la gente que la leyera
ni que la tuviera en sus casas, y sacerdotes y prelados sin principios
interpretaban las enseñanzas de ella para sostener sus pretensiones.
Así fue como el papa vino a ser reconocido casi universalmente
como vicegerente de Dios en la tierra, dotado de autoridad sobre la
iglesia y el estado».15
Durante los siglos de transigencia, la tradición sustituyó a la Escritura,
las enseñanzas de la iglesia oscurecieron la visión clara de Cristo y las
palabras de los sacerdotes y papas eclipsaron la Palabra de Dios. Pero en
la Palabra de Dios se exponen claramente las verdades eternas.
Jesús no nos ha ocultado la verdad. Dice: «Conocerán la verdad, y la
verdad los hará libres» (Juan 8: 32, NTV). La verdad puede ser conocida.
La Palabra de Dios se puede comprender. La Biblia desafía a las mentes
más brillantes con sus profundas verdades, pero también se escribió para
la gente corriente, transmitiendo un mensaje de esperanza para las vidas
corrientes. El diablo sabe que, si puede distorsionar las Escrituras, puede
llevar a hombres y mujeres a las tinieblas
Advertencias apostólicas
El apóstol Pablo amonestó a los dirigentes de la iglesia de Éfeso para
que permanecieran fieles a las Escrituras y compartieran las verdades
eternas con sus congregaciones. Les advirtió del plan del diablo para
introducir la apostasía en la iglesia. No solo le preocupaba la persecución
exterior, sino también la apostasía interior.
«Pues no me he negado a anunciarles el plan de Dios. Yo les ruego
que piensen en ustedes mismos, y que velen por el rebaño sobre el
cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos, para que cuiden
de la iglesia del Señor, que el ganó por su propia sangre. Yo sé bien
que después de mi partida vendrán lobos rapaces, que no
perdonarán al rebaño. Aun entre ustedes mismos, algunos se
levantarán y con sus mentiras arrastrarán tras de sí a los discípulos.
Por lo tanto, manténganse atentos y recuerden que noche y día,
durante tres años, con lágrimas en los ojos siempre he aconsejado a
cada uno de ustedes» (Hechos 20: 27–31, RVC).
El propósito del consejo de Pablo era preparar a la iglesia para lo que
se avecinaba. En este pasaje describe dos grandes preocupaciones. Su
primera preocupación eran los «lobos rapaces, que no perdonarán al
rebaño». En otras palabras, los creyentes enfrentarían una intensa
persecución. Esta profecía se cumplió en los primeros siglos después de
Cristo. Los cristianos que se negaban a adorar al emperador postrándose
delante de los dioses de Roma eran torturados, encarcelados e
incinerados en la hoguera.
El apóstol expresó también una segunda preocupación cuando dijo:
«Aun entre ustedes mismos, algunos se levantarán y con sus mentiras
arrastrarán tras de sí a los discípulos» (versículo 30). Aparecerían
herejías en la iglesia. La falsa doctrina sustituiría a la verdad divina. La
transigencia se introduciría sutilmente en la iglesia cristiana y se
produciría un alejamiento de las verdades de la Palabra de Dios.
En 2 Tesalonicenses 2: 7-12, el apóstol Pablo describe la apostasía
venidera:
«Ya está en acción el misterio de la iniquidad; solo que hay quien
al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en
medio. Y entonces se manifestará aquel impío, a quien el Señor
matará con el espíritu de su boca y destruirá con el resplandor de su
venida. El advenimiento de este impío, que es obra de Satanás, irá
acompañado de hechos poderosos, señales y falsos milagros, y con
todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no
recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto Dios les
envía un poder engañoso, para que crean en la mentira, a fin de que
sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se
complacieron en la injusticia».
La afirmación de Pablo de que «ya está en acción el misterio de la
iniquidad» es significativa. Incluso en su época, ya se estaba
produciendo un alejamiento gradual de la verdad de la Palabra de Dios
en lo que respecta a la obediencia a la ley divina.
Pablo da dos razones para este engaño. En primer lugar, los injustos no
recibieron la verdad, y en segundo lugar, no creyeron la verdad. No es
que no tuvieran oportunidades de conocer la verdad, sino que no
aprovecharon las oportunidades que Dios les dio de conocer y
comprender su Palabra. Sus deseos y estilos de vida no estaban en
armonía con los propósitos y planes de Dios.
Este alejamiento de las Escrituras se intensificó en los siglos que
siguieron a la muerte de los discípulos. En contra del segundo
mandamiento, se introdujeron ídolos en el culto cristiano. Las culturas
egipcia, babilónica, persa, griega y romana estaban impregnadas de culto
a los ídolos, y sus prácticas se colaron en el cristianismo. William
Barclay, por ejemplo, señala que en Atenas «era más fácil conocer a un
dios que a un hombre».16
Para que el cristianismo resultara más aceptable a los paganos que
llegaban a la iglesia cristiana, se cambió el nombre de las deidades
paganas por el de los llamados «santos». El domingo, día de culto del
dios sol, se adoptó gradualmente como día de culto cristiano en honor de
la Resurrección. Al comentar sobre 2 Tesalonicenses 2, Elena G. de
White afirma: «De un modo casi imperceptible las costumbres del
paganismo penetraron en la iglesia cristiana. El espíritu de avenencia y
de transacción fue coartado por algún tiempo por las terribles
persecuciones que sufriera la iglesia bajo el régimen del paganismo. Mas
habiendo cesado la persecución y habiendo penetrado el cristianismo en
las cortes y palacios, la iglesia dejó a un lado la humilde sencillez de
Cristo y de sus apóstoles por la pompa y el orgullo de los sacerdotes y
gobernantes paganos, y sustituyó los requerimientos de Dios por las
teorías y tradiciones de los hombres».17
Introducir prácticas paganas en la iglesia y declararlas sagradas no las
hace sagradas. Los líderes religiosos no pueden declarar sagrado lo que
Dios ha decretado que es una abominación profana. Solo la Palabra de
Dios puede definir la verdad.
La Biblia es nuestra única guía
La Biblia presenta como revelación infalible de la voluntad de Dios el
plan del cielo para nuestra salvación. Expone los engaños satánicos y
revela los engaños del diablo.
Piénsalo por un instante. ¿Qué sabríamos del plan de salvación si no
fuera por la Biblia? ¿Cuánto entenderíamos, si es que entenderíamos
algo, sobre la vida y las enseñanzas de Jesús sin la Palabra de Dios?
¿Podríamos siquiera empezar a comprender la profundidad del sacrificio
de Cristo, la gloria de su resurrección, el poder de su intercesión y la
majestuosidad de su regreso sin las Escrituras?
El mismo Espíritu Santo que inspiró la Biblia nos inspira cuando
leemos sus páginas en espíritu de oración. A medida que las tentaciones
de Satanás se vuelven más astutas e intensas, nuestra necesidad de
estudiar la Palabra de Dios se hace aún más importante. Se nos aconseja:
«Dios tendrá en la tierra un pueblo que sostendrá la Biblia y la
Biblia sola, como piedra de toque de todas las doctrinas y base de
todas las reformas. Ni las opiniones de los sabios, ni las
deducciones de la ciencia, ni los credos o decisiones de concilios
tan numerosos y discordantes como lo son las iglesias que
representan, ni la voz de las mayorías, nada de esto, ni en conjunto
ni en parte, debe ser considerado como evidencia en favor o en
contra de cualquier punto de fe religiosa. Antes de aceptar
cualquier doctrina o precepto debemos cerciorarnos de si los
autoriza un categórico: “Así dice Jehová”».18
El razonamiento humano al margen de las
Escrituras
El Espíritu Santo trabaja a través de nuestra mente. Nos invita a
explorar los misterios del universo. Josh McDowell afirma
acertadamente: «Confiar en Jesús no exige que dejes el cerebro afuera
antes de entrar».19 Sin embargo, la mera habilidad del razonamiento
humano es incapaz de descubrir las verdades divinas de las Escrituras.
La verdad no es un asunto de opinión humana; es un asunto de
revelación divina.
Uno de los engaños más eficaces del diablo es hacernos creer que el
razonamiento humano, sin la ayuda del Espíritu Santo y sin la
información de la Palabra de Dios, es suficiente para comprender la
voluntad de Dios. El camino que a la gente le parece correcto puede ser
totalmente equivocado (véase Proverbios 16: 25).
Hace unos años, mi esposa y yo íbamos de camino a una reunión en la
que predicaríamos, pero debíamos hacer una escala en Suiza. Como
teníamos 24 horas libres antes de nuestro siguiente vuelo, decidimos
hacer algo de senderismo por los bosques cercanos al hotel.
Normalmente, se me dan bastante bien las direcciones y no me
preocupan mucho los mapas ni los dispositivos GPS.
Después de caminar durante una hora más o menos por el bosque y
tomar varios senderos, estaba bastante seguro de que podría encontrar el
camino de vuelta al hotel con poca dificultad. Cuando empezamos a
volver sobre nuestros pasos, me perdí irremediablemente en el bosque.
No tenía idea de adónde íbamos ni de cómo volver al punto de partida.
Cuanto más avanzábamos por el sendero, más me daba cuenta de que no
sabía dónde estaba. El sol se estaba poniendo y me temía lo peor. Tras
caminar otros treinta minutos más o menos, nos encontramos con otros
excursionistas que conocían el camino. Descubrimos que estábamos al
menos a ocho kilómetros del camino, no muy lejos de una carretera
principal. Como su automóvil estaba aparcado un poco fuera del camino,
se ofrecieron a llevarnos de vuelta al hotel. Encontrar a personas que
conocían el camino y tenían la capacidad de llevarnos de regreso a
nuestro destino marcó la diferencia para nosotros.
Dios no nos ha dejado solos en nuestro viaje de la Tierra al cielo. El
Espíritu Santo nos señala las Sagradas Escrituras para conducirnos de
vuelta a casa. La Biblia es la brújula, el mapa y el GPS que nos guiará a
la Tierra Prometida.

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