146-Texto Del Artículo-300-1-10-20190805
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Resumen
Abstract
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Este artículo ha sido elaborado en el marco del proyecto Fondecyt de Iniciación N°11160538 – CONICYT.
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Trabajadora Social, Académica Área de Trabajo Social, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile. E-mail:
giannina.munoz@uchile.cl
TS CUADERNOS DE TRABAJO SOCIAL N°17, ENERO 2018
Introducción
Para nadie es desconocido hoy que las lógicas empresariales han colonizado el mundo académico
– y con ello la producción de conocimientos- a escala mundial. La racionalidad neoliberal, como
ha planteado David Harvey (2005), atraviesa la forma en que nos relacionamos y construimos
sociedad. El neoliberalismo es más que un contexto, es más que el escenario donde nos movemos:
neoliberalismo es un ethos, una forma de habitar el mundo, un nuevo sentido común (Eagleton-
Pierce, 2016). Esta racionalidad neoliberal ha colonizado la esfera de la producción de
conocimientos instalando la lógica de mercado de manera transversal: estableciendo indicadores
de productividad investigativa, generando bonos de incentivo a la publicación, vaciando de sentido
ideas como “impacto” o “innovación” en la academia, fomentando el trabajo individual en
detrimento de la colaboración, y reforzando la competencia al interior de los equipos de trabajo.
Acudimos a un momento en que es evidente que “la ciencia se ha quedado sin alma” (Poch y
Villanelo, 2016), la era del capitalismo cognitivo (D’Amico 2016).
Trabajo social no ha estado exento de estas tensiones. La demanda por más investigación y mejores
rendimientos frente al sistema de publicaciones hegemónico también se ha hecho notar en la
mayoría de las escuelas de trabajo social chilenas, pues, en tanto unidades académicas en
instituciones sometidas a procesos de acreditación, se han visto igualmente impactadas por las
reglas de la economía del conocimiento (Espinoza, 2017).
Durante las últimas dos décadas, la investigación ha cobrado especial relevancia en las discusiones
disciplinares y en la formación profesional en trabajo social (Lizana, 2014), tanto en los programas
de grado como de postgrado (Véliz y Andrade, 2017). La investigación ha sido identificada como
una dimensión fundante de trabajo social: permite la generación de un tipo de conocimiento que es
legitimado al interior de las ciencias sociales, y que habilita a la profesión a alcanzar el estatus de
disciplina (Toledo, 2004). En consistencia con ello, observamos que el número de trabajadoras/es
sociales que han completado estudios doctorales y/o que lideran proyectos de investigación
financiados por la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (CONICYT) ha
aumentado exponencialmente durante la última década (Rubilar, 2018). Esto permite inferir que
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trabajo social está en la carrera de la investigación: puede, como cualquier otra disciplina, generar
conocimiento accediendo a financiamiento concursable y público.
Se trata de avances sin duda significativos para una disciplina que ha forjado su dimensión
intelectual sorteando importantes obstáculos en el camino -como la estigmatización de las pioneras
y del carácter femenino de la profesión, por ejemplo- (Travi, 2011; Aylwin et al., 2004). Ahora
bien, aun reconociendo y celebrando los avances de trabajo social en materia de su inclusión en las
dinámicas de investigación actuales, surge la inquietud que da origen a la discusión abordada en el
presente artículo: ¿cómo permanecer en la carrera de la investigación -que se rige por la
racionalidad neoliberal recién descrita- sin “morir en el intento”, es decir, sin sacrificar los
propósitos y sentidos de la investigación que se hace desde trabajo social en tanto disciplina
comprometida con la transformación de lo social? Esta es la reflexión inicial que ha motivado el
desarrollo de este trabajo, que precisamente, surge en el marco de un proyecto de investigación que
pone acento en la promoción del compromiso público a partir de la generación de conocimientos
que provienen de la intervención social en primera línea –conocimientos denominados
residualmente como ‘no académicos’ (Barnes y Prior, 2009; Grosfoguel, 2015; D’Amico, 2016).
El análisis arranca desde un marco conceptual crítico basado en el planteamiento de diversos
autores y que es producto de la primera etapa del estudio que consistió en la revisión de la literatura
internacional. El punto de encuentro entre los diversos planteamientos críticos, de la mano de
diferentes autores, es la comprensión de la racionalidad neoliberal en tanto fuerza que conlleva, en
sí misma, la posibilidad de ejercer resistencia frente a ella (Butler et al., 2016). Desde esta
perspectiva, cada uno de nosotros, desde nuestras diversas posiciones, tenemos un margen de
acción o de autonomía relativa que es posible activar para cambiar el curso de las cosas que parecen
normales e inevitables. En este sentido, se desprenden otras interrogantes que permiten, a través de
estas páginas, explorar el estado de situación del trabajo social frente a los incentivos emanados
desde las políticas de fomento a la investigación en el país: ¿Podemos convertir la investigación en
un acto de resistencia frente a la hegemonía neoliberal de las políticas de generación de
conocimiento? ¿Cuáles son los aspectos diferenciadores de trabajo social que permiten hacer estos
pequeños-grandes actos de resistencia desde la investigación? ¿Es acaso posible pensar desde
trabajo social maneras alternativas de generar conocimiento que desafíen la racionalidad
neoliberal?
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Para abordar estas interrogantes, el presente artículo se estructura en tres apartados. En el primero,
se analizan las maneras en que la racionalidad neoliberal ha colonizado la investigación en términos
generales. En el segundo, se explora la trayectoria de la investigación en la construcción disciplinar
de trabajo social y las controversias que surgen en el ámbito de la producción de conocimientos a
raíz de los impactos del neoliberalismo. Finalmente, se desarrolla una propuesta conceptual sobre
resistencia, que permite visualizar estrategias para confrontar la racionalidad neoliberal desde la
investigación en trabajo social, explorando las nociones de investigación colaborativa y
compromiso público.
La racionalidad neoliberal es una forma específica de razón normativa, que se presenta como una
fuerza histórica que produce subjetividades y, en último término, sociedad, estableciendo un estado
y estatuto de ‘verdad’ a través del cual la sociedad producida es también medida y gobernada
(Cornelissen, 2018). Esta lógica traspasa y carcome todos los ámbitos y dominios de la sociabilidad
humana (Harvey, 2005), organizando la vida social a partir de las necesidades del mercado
(Eagleton-Pierce, 2016), y, específicamente en el ámbito de la producción del saber, “poniendo el
conocimiento en oferta al interior del mercado de la investigación” (Busch, 2017: 2). Así lo expresa
D’Amico cuando plantea la noción de capitalismo cognitivo:
“Las disputas actuales por la dominación están −sin dudas− atravesadas por una nueva fase
de acumulación del capitalismo, la cual implica −a su vez− una nueva geopolítica, donde el
conocimiento ocupa un lugar central. El capitalismo cognitivo pone de relieve lo que sucede
en los flujos de poder que circulan en el mundo global […] la propiedad intelectual, la
concentración del conocimiento y las formas de reproducción social modelan la producción
del conocimiento socialmente útil” (2016: 432).
Llevando esta discusión al plano de las políticas de fomento a la investigación en Chile, Fardella
et al. (2017) evidencian cómo la producción de conocimientos está organizada y controlada por
dispositivos de gestión que permiten cuantificar y monitorear el trabajo académico. Estos
dispositivos de cuantificación, plantean, se enmarcan en una perspectiva mayor: el enfoque de la
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nueva gestión pública, que instala lógicas de empresa privada bajo la promesa de enmendar los
vicios de la burocracia estatal. Para ello utiliza modos y tecnologías eficientes y competitivas,
donde el mercado es el organismo regulador, y por ello, la producción de conocimiento está
orientada a fomentar todo aquello que pueda ser “vendido” a estudiantes, empresas y gobiernos (es
el caso de las patentes, las transferencias, la publicación en revistas científicas pagadas, entre otras
formas de mercantilización del conocimiento) (Torres, 2014). El segundo enfoque, que refuerza la
lógica neoliberal del primero, es el de política basada en la evidencia, a partir de la cual se entiende
que la mejora del desempeño de los Estados en la conducción de los asuntos públicos solo puede
darse mediante el uso de información que permite identificar “qué funciona”. Estas tecnologías de
la cuantificación, ciertamente se rigen por políticas a escala supranacional de medición de
estándares y generación de rankings, que permiten la acreditación o no de programas académicos
e instituciones de educación superior (Torres, 2014; Fardella et al., 2017; Espinoza, 2017).
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Hemos señalado que la investigación se constituye en una de las dimensiones fundantes de trabajo
social. Se espera que los/as trabajadores/as sociales cuenten con conocimientos para diseñar,
conducir, solicitar y evaluar investigación, en la perspectiva de afinar la comprensión de los
fenómenos sociales sobre los que intervienen. Ello se ha traducido en esfuerzos por profundizar la
formación académica en materia de investigación, y también en el aumento de trabajadores/as
sociales que desarrollan y lideran procesos de investigación (Rubilar, 2018).
Ya en los trabajos de Mary Richmond, Jane Addams y otras pioneras, como muestran hoy los
estudios de Bibiana Travi (2011) y Taly Reininger (2018), respectivamente, la investigación
constituyó uno de los principios claves que permitieron fundamentar el carácter disciplinar de la
acción profesional. En esta misma línea, investigaciones historiográficas realizadas en Chile en los
últimos años sugieren que trabajo social fue conceptualizado desde su origen en 1925 como una
profesión que requería generar conocimientos a partir de su intervención, para encontrar mejores y
más efectivas formas de hacer frente a la miseria y a las condiciones de vida injusta. Esta necesidad
de generar conocimientos propios desde la disciplina se enfatizó durante el periodo de la
reconceptualización (Aylwin et al., 2004; González, 2016).
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Ciertamente los cambios sufridos por trabajo social en el periodo de dictadura mermaron su
capacidad de realizar investigación (debido a la pérdida del rango universitario y la reforma
tecnocrática de la enseñanza del trabajo social), aunque se observan en dicho periodo el uso de
técnicas de investigación como las entrevistas, registros y análisis de datos, que permitieron generar
conocimientos en pro de la defensa de los derechos humanos (Del Villar, 2018). Tal como Rubilar
ha señalado (2009), el desarrollo de estas técnicas en el quehacer cotidiano de los/as trabajadores/as
sociales son expresión de la dimensión investigativa en el ejercicio de la profesión, aunque suela
ser invisibilizado como producción de conocimiento incluso por los/as propios/as trabajadores/as
sociales que las desarrollan (Muñoz et al., 2017).
A partir del año 2000 se han registrado significativos esfuerzos por parte de las diversas orgánicas
gremiales y académicas de trabajo social en Chile, para recuperar el rango universitario en 2006,
reactivar el Colegio de Trabajadoras y Trabajadores Sociales y fortalecer el posicionamiento de
trabajo social en la discusión de las ciencias sociales. En esta línea, y fruto de la coordinación entre
escuelas de Trabajo Social, en el año 2010 trabajo social fue reconocido como categoría de
investigación y ubicado en el grupo de estudios de Sociología, Ciencias de la Información de
CONICYT. Adicionalmente, y producto de la creación del programa Becas Chile para Estudios de
Doctorado en 2008, la cantidad de trabajadores/as sociales/as con doctorado también ha registrado
un aumento en los últimos años. Se identifican en la actualidad 115 trabajadores/as sociales/as con
doctorado en diversas disciplinas, de los cuales al menos diez cuentan con doctorado en Trabajo
Social (Rubilar, 2018). De un total de 5 proyectos de investigación liderados por trabajadores/as
sociales/as que fueron financiados por CONICYT hasta 1999 (Red de Investigadores en Trabajo
Social, 2015), en 2018 se registran 32 proyectos de investigación en los que figura un/a trabajador/a
social como investigador/a responsable (17 Fondecyt Regular, 10 Fondecyt de Iniciación y 5
FONDEF) (Rubilar, 2018). A estos esfuerzos por posicionar a trabajo social en el campo de la
investigación, se suma la creación de la Red de Investigadores en Trabajo Social en el año 2015,
bajo el lema “En los 90 años del Trabajo Social chileno, 100 investigadores para Chile”, que se
propone “potenciar la producción de conocimiento disciplinar en trabajo social, contribuir al
análisis de fenómenos sociales específicos y al mejoramiento de la calidad de las políticas sociales
fomentando el estudio y la investigación de carácter básico y aplicado” (Red de Investigadores en
Trabajo Social, 2015: 4). También se ha observado el surgimiento de nuevas revistas de trabajo
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social y la consolidación de las ya existentes, contando algunas de ellas con indexación en los
directorios exigidos por los grupos de estudios de CONICYT. Con todo, es posible afirmar que
trabajo social ha hecho esfuerzos por estar a la altura de las exigencias de las políticas de fomento
a la investigación que priman en el contexto actual.
Ahora bien, estos avances no significan, de ninguna manera, que las oportunidades de investigar y
que el desarrollo efectivo de la investigación esté distribuido de manera homogénea entre los/as
trabajadores/as sociales chilenos/as. De hecho, aún persisten disputas históricas al interior del
trabajo social sobre las formas legítimas de producción de conocimiento disciplinar. Aquí es
posible distinguir al menos dos posiciones: una que ha abogado por la necesidad generar
conocimientos a partir de la sistematización de la práctica profesional, desde una lógica
eminentemente inductiva y que se retroalimenta a sí misma a partir de sus aprendizajes en terreno;
y otra que ha hecho de la investigación la aspiración de la disciplina, en tanto se trata de un campo
donde los conocimientos se producen bajo los estándares que rigen a todas las disciplinas de las
ciencias sociales y afines. Esto se ha traducido en los debates sobre el valor de otras formas
generación de conocimiento relevantes en la profesión como la sistematización, los diagnósticos
sociales, la evaluación, entre otras (Toledo, 2004; Castañeda y Salamé, 2015), que podrían
eventualmente ser tanto o más adecuadas para trabajo social, que la investigación.
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Independientemente de los énfasis que adopta cada escuela de trabajo social respecto de las formas
legítimas de generar conocimiento en esta disciplina, lo cierto es que a partir del año 2000 se han
incrementado la cantidad de cursos de lógicas, enfoques y metodologías de investigación en
pregrado en la mayoría de las escuelas del país (Rubilar, 2009; Castañeda y Salamé, 2015; Véliz y
Andrade, 2017). La mayoría de los perfiles de egreso definidos por las escuelas de trabajo social
en Chile declaran formar profesionales capaces de investigar la realidad social para intervenir sobre
ella, exigiéndoles desarrollar una tesis, investigación o estudio para obtener el grado académico.
Sin embargo, la evidencia sugiere que hasta ahora el desarrollo de investigación por parte de
trabajadores/as sociales/as sigue encontrando obstáculos. De acuerdo a Castañeda y Salamé (2015)
el ejercicio de investigación realizado en el pregrado no siempre genera las capacidades para el
desarrollo de investigación autónoma y bajo requerimientos de mayor exigencia, y por lo tanto, la
competencia investigativa se refleja débilmente en el ejercicio profesional. El estudio realizado
por Muñoz et al. (2017) muestra, en esta misma línea, que la mayoría de los/as entrevistados/as
(profesionales que implementan programas sociales en primera línea) declaran no realizar
investigación por sentir que no cuentan con las herramientas para hacerlo o porque no se sienten
lo suficientemente legitimados como investigadores dentro de sus instituciones. El estudio de
Rubilar (2009) sugiere que los/as trabajadores/as sociales -no académicos- que realizan
investigación trabajan como asesores de política pública y realizan estudios financiados por la
misma institución donde se desempeñan -por tanto los resultados permanecen en la esfera interna-
o bien se desempeñan implementando programas sociales, donde a pesar de generar conocimientos
con un fuerte componente de participación de los usuarios, los hallazgos tienen un alcance acotado
que no trasciende la práctica cotidiana. Es decir, se trataría de maneras de hacer investigación que,
bajo los parámetros de la investigación hegemónica, se vuelven invisibles, no contando como
conocimientos ‘legítimos’ para la economía del conocimiento neoliberal.
En otras palabras: no es que trabajo social no haga investigación -muy por el contrario, siempre ha
hecho investigación (Aylwin et al., 2004; Travi, 2011; González, 2016; Reininger, 2018)-, sino que
sus prácticas investigativas muchas veces no son reconocidas por la institucionalidad externa, ya
sea porque dichas prácticas obedecen a lógicas monodisciplinares (con poca capacidad de
comunicación e intercambio con otras disciplinas que permitan la trascendencia del conocimiento
generado), carecen de marcos teóricos que permitan contrastar la empiria que brota de ‘la práctica’
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para efectuar análisis críticos (‘crítico’ en el sentido de búsqueda de una articulación entre teoría y
práctica), realizan descripciones de fenómenos o situaciones sin ponerlas a contraluz con lo que
estudios previos en la materia han identificado, o porque sus diseños sufren de intransparencia
metodológica. Por otra parte, también ha sido detectado que la investigación desarrollada por
trabajadores/as sociales en el mundo académico tiene escaso impacto en la intervención de los/as
trabajadores/as sociales en primera línea (Gray et al. 2015), principalmente porque los académicos
están tan presionados por el sistema que incentiva la publicación de resultados en los espacios
exigidos por la racionalidad neoliberal que prima en la investigación, que desestiman la posibilidad
de escribir en otros formatos más accesibles y atractivos para los profesionales que están en la
primera línea de intervención (Teater, 2017). La investigación queda así convertida en una práctica
estéril, desapegada, desterritorializada, co-optada por la racionalidad neoliberal.
“Resistencia” tiene su origen etimológico en el verbo en latín resistere, que indica mantenerse
firme, persistir, oponerse sin perder el puesto. El vocablo está compuesto por el prefijo re,
aludiendo a la intensificación o reiteración de la acción (Corominas, 1954). La noción de resistencia
ha sido utilizada como clave de lectura para la comprensión de diversas dinámicas sociales a través
de la historia, pudiendo rastrearse en los trabajos de Gramsci sobre las nociones de hegemonía y
contra-hegemonía, y explícitamente en la producción de Foucault sobre poder y resistencia, en
Bourdieu y sus propuestas sobre intelectualidad y resistencia, en Deleuze con su noción de
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resistencia como acto creativo, en los relatos de emancipación de Said, en las propuestas de
resistencia desde la subalternidad de Spivak, en la noción de resistencia decolonial de Walsh o
Maldonado-Torres, solo por nombrar algunos.
La noción de resistencia la entendemos aquí como oponerse sin perder el puesto, como la
posibilidad de desafiar el orden hegemónico a partir de la identificación de espacios de acción,
márgenes de maniobra o de discreción profesional, que permiten dar otro sentido -un “contra-
sentido”- las políticas hegemónicas del neoliberalismo (Strier y Bershtling, 2016). No estoy
aludiendo con ello a una idea romántica de resistencia (Barnes and Prior, 2009) sino más bien de
una comprensión de la resistencia como un comportamiento que todos desarrollamos en nuestro
quehacer cotidiano: omitir información, contravenir reglas menores, añadir actividades que no nos
piden realizar, para definir, desde nuestra interpretación de lo que es una “buena sociedad”, la
forma de la política. Ejercer resistencia desde esta perspectiva se trata de cambiar el curso de lo
establecido, ya sea sutilmente o de manera radical, a título individual y silencioso o de manera
colectiva y pública. El énfasis en el tipo y forma de resistencia que podemos desarrollar dependerá
del enfoque conceptual adoptado. Si entramos a la noción de resistencia desde Foucault, por
ejemplo, la resistencia tendrá lugar en las fisuras de la microfísica del poder, en el dominio de las
construcciones intersubjetivas, pero si la lectura de la resistencia la hacemos desde Gramsci, el
foco de nuestros actos de resistencia tendría que estar puesto en los esfuerzos por construir contra-
hegemonía, una nueva visión de mundo, un proyecto de consenso alternativo que permita la
transformación de las estructuras morales e intelectuales (Cornelissen, 2018).
Proponer que la investigación en trabajo social puede constituir una posibilidad de ejercer
resistencia no significa desestimar la colonización de la racionalidad neoliberal de la ésta que es
objeto, más bien todo lo contrario. Requerimos asumir que los sistemas de fomento de la
investigación obedecen a una racionalidad neoliberal, pero que dentro de este esquema la
investigación puede ser una estrategia para desafiar la propia lógica neoliberal. Esto implicaría
dejarnos seducir por la propuesta sobre el uso de la “moral subterránea” y el desarrollo de una
“intelectualidad subversiva” que han planteado Harney y Moten (2013) en su texto ‘Los sub-
comunes: planificación fugitiva y estudio negro’ (estudio ‘negro’ que, como el ‘mercado negro’,
se constituye como un espacio donde hacemos investigación guiada por intereses emancipatorios
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pero que aparece a la luz pública como investigación que cumple con todos los cánones científicos
legitimados académicamente). Desde aquí, argumentan que aún bajo los esquemas de
financiamiento neoliberal es posible hacer investigación comprometida con la crítica y la búsqueda
de la justicia. Dentro del trabajo social chileno tenemos ejemplos de esta intelectualidad subversiva,
que se manifiestan en investigaciones que indagan críticamente en la memoria histórica de la
profesión, que ponen el acento en las fallas estructurales de las políticas públicas descentrando el
discurso de la responsabilidad individual, que observan las posibilidades de agenciamiento de
los/as trabajadores/as sociales a través del uso de discreción profesional, entre muchas otras. Se
trata de investigaciones que se basan en marcos teóricos críticos, que recogen reflexiones
provenientes del trabajo con comunidades, organizaciones e instituciones fuera del mundo
académico, que levantan una crítica explícita a la racionalidad neoliberal y que, con todo, han sido
aprobadas y financiadas por el sistema -neoliberal- de fomento de la investigación chileno. Si
observamos la tendencia en investigación en otros países encontramos un panorama similar. Un
sinnúmero de revistas de trabajo social inscritas en los registros más exigentes de indexación de
acuerdo a los parámetros neoliberales a nivel mundial, publican entre sus artículos trabajos con
impronta crítica, basados en las contribuciones de los/as profesionales en primera línea y que son
resultado de investigaciones colaborativas de investigación-acción con los participantes de sus
intervenciones, que buscan desafiar el orden hegemónico.
Lo que se quiere marcar con estas observaciones, es que el debate sobre las estrategias de
generación de conocimiento en trabajo social (inductivas vs. deductivas, o sistematización vs.
investigación, etcétera) se desdibuja. Hoy más que nunca requerimos reconocer y celebrar la
pluralidad de formas en que trabajo social genera conocimiento y las diversas contribuciones, que
desde los distintos sectores (profesionales en primera línea y en niveles medios y directivos,
académicos en las universidades, investigadores en centros de estudio y estudiantes) pueden
contribuir al corpus de conocimiento disciplinar. El llamado, siguiendo a Harney y Moten (2013)
está dirigido más bien a imaginar otras maneras de hacer que la investigación de trabajo social
cuente y pueda ser legitimada (concursada y financiada, ¿por qué no?), pero que al mismo tiempo
que permita desafiar las lógicas culturales y cognitivas del neoliberalismo.
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¿Cómo podemos sortear esta encrucijada? ¿Podemos eludir los indicadores provistos por el new
public managment que subyace a las políticas de fomento de la investigación predominantes en
Chile? Probablemente no. Pero sí podemos idear estrategias para, como plantea Loick (2018: 242)
“no convertir las metas neoliberales de investigación en nuestras propias metas”. En esta línea, es
posible encontrar los intersticios por donde investigar, escribir y publicar el pensamiento crítico,
colectivo y comprometido. Llevando a trabajo social estas reflexiones, subvertir la racionalidad
neoliberal de la investigación implicaría, centralmente, “hacer valer lo que trabajo social hace, lo
que siempre ha hecho, lo que sabe hacer por excelencia: generar conocimientos desde el trabajo
con otros, desde las voces de los oprimidos, desde nuestro rol como testigos de las fisuras y estragos
del capitalismo” (Davies y Leonard, 2004: 201). Quiero destacar dos ámbitos de esta especificidad
de trabajo social que permitiría avanzar en la creación de resistencias frente a la racionalidad
neoliberal que prima en la investigación hoy: el carácter colaborativo de la investigación que
podemos y sabemos hacer los/as trabajadores/as sociales, y la reivindicación del compromiso
público de la investigación en trabajo social. No se trata de conceptos nuevos en la discusión
disciplinar de trabajo social, todo lo contrario. Pero dados los énfasis e incentivos de las políticas
de fomento a la investigación vigentes en la actualidad, no resulta difícil que los perdamos de vista
en nuestro quehacer cotidiano (Loick, 2018).
“El extractivismo intelectual, cognitivo o epistémico trata de una mentalidad que no busca
el diálogo que conlleva la conversación horizontal de igual a igual […] El objetivo del
extractivismo epistémico es el saqueo de ideas para mercadearlas y transformarlas en
capital económico o para apropiárselas dentro de la maquinaria académica occidental con
el fin de ganar capital simbólico” (2015: 38).
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Traída desde el análisis del epistemicidio y aculturación vividos por los pueblos originarios de
América, la noción de extractivismo aplica igualmente al campo de la producción de conocimientos
desde las lógicas de investigación neoliberal que priman en la actualidad: el centramiento en los
productos y no en los procesos culturales y políticos que produce una investigación (Fardella et al.,
2017) y el foco en las motivaciones individuales de los investigadores y en la competitividad (Poch
y Villanelo, 2016).
Esto implica desplegar luchas desde las plataformas organizativas con las que el trabajo social
chileno cuenta para visibilizar formas “otras” de productividad en lo que a generación de
conocimiento se refiere. Es decir, hacer visible que la vinculación con el medio, el trabajo de
difusión de resultados de estudios e investigaciones con la comunidad no-académica, la realización
de seminarios y espacios de formación, la creación de alianzas entre gremio y academia, la
profundización del vínculo entre investigación e intervención social, como indicadores que
también hablan de productividad en términos de generación de conocimiento. Se trata sin duda de
una forma “otra” de conocimiento, que, por estar basada en la colaboración, requiere examinar
críticamente el carácter funcional de los productos que se desprenden de la investigación. En este
sentido el desafío es propiciar la generación de conocimiento de manera creativa, para aportar a la
comprensión de los fenómenos más allá de las estrategias inductivas, aunque sin excluirlas (Ortega,
2015). De hecho, estas estrategias inductivas de generación de conocimientos, que han sido
denominadas como “alternativas” (Castañeda y Salamé, 2015), no lo son tanto en el contexto
internacional, donde se asume que existen variadas maneras de generar conocimiento en trabajo
social y que lo central radica más bien en el propósito que tienen estas estrategias. Este propósito,
según el Marco Colaborativo para la Investigación y Educación en Trabajo Social (Lein et al.,
2017) debiese orientarse a incrementar la influencia del trabajo social en la arena política y
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La noción de compromiso público (public engagement), una noción que ha cobrado relevancia en
el trabajo social anglosajón de la última década, considera la generación de ‘compromiso’ como
un producto de investigación. No se trata únicamente de asumir un enfoque participativo en
investigación. ‘Engagement’ sugiere en este contexto un compromiso ético que se orienta a
involucrar y hacer parte de la investigación a todos los grupos involucrados en el fenómeno
investigado, no únicamente a los sujetos que sufren en carne propia dicho fenómeno (familias
empobrecidas, migrantes indocumentados, adolescentes embarazadas, etcétera) sino también a
aquellos agentes que producen y/o reproducen los mecanismos que perpetúan la exclusión de estos
sujetos. Si bien la propuesta del public engagement pretende “dar voz a los sin voz” en la misma
línea que los enfoques participativos de investigación, incorpora además a aquellos actores que
operan en el plano estructural (hacedores de políticas, autoridades locales, empresarios, grupos de
interés), y a los actores que median entre ambos (profesionales de primera línea, agentes locales,
organizaciones y movimientos sociales).
La relación entre el equipo investigador y todos estos actores es de trabajo conjunto y colaborativo,
con un fuerte énfasis estratégico, desarrollando alianzas, negociaciones y procesos de traducción
de lenguajes para comunicar a unos y otros grupos las apuestas, formas y resultados de
investigación (Coleman y Firmstone, 2014). Desde una perspectiva operativa, el proceso de public
engagement se puede concretar compartiendo la información que da origen al estudio con públicos
amplios (Lein et al., 2017), presentando la investigación ante paneles formados por los distintos
grupos afectados por el tema estudiado (de manera que estos actúen como expertos/as que
retroalimentan el diseño o ejecución de la investigación) (Howard, 2010; Gray et al. 2015), o
entregando los resultados de investigación al público a la par que se desarrollan estrategias de
asesoría o abogacía (advocacy) que permitan a los/as afectados/as identificar estrategias o caminos
a seguir para revertir las situaciones que los afectan y que han sido evidenciadas por la
investigación (MacKinnon, 2009).
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La investigación comprometida con el impacto público, en este sentido, requiere examinar las
diferencias entre mundos de sentido de los investigadores y de las comunidades o ‘usuarios de
investigación’, pensando en cómo y en qué contextos es posible que la investigación impacte,
considerando los dominios individuales y estructurales de incidencia pública. Ciertamente, exige
que la propia investigación sea comprendida como una estrategia de intervención, que moviliza,
altera y conflictúa relaciones de poder, produciendo nuevas subjetividades capaces de desafiar el
sentido común neoliberal en diversas escalas.
Conclusiones
Hacer ver estas contribuciones de trabajo social a la producción de conocimientos, implica ponerlos
en un formato accesible para las comunidades, pero también en uno que sea atractivo para el
sistema de financiamiento. Indudablemente la racionalidad neoliberal constriñe las posibilidades
de desarrollar investigación al poner barreras de acceso a los/as investigadores/as, terminando
clausurar la investigación para ciertos grupos. Por esta razón, el vínculo colaborativo con estos
grupos para la generación de conocimientos es fundamental en el ejercicio de resistencia frente a
los embates del neoliberalismo. No es una opción no tan lejana. Recientemente, redes de
investigadores/as han sido capaces de desafiar las políticas neoliberales de fomento de la
investigación precisamente gracias a las -neoliberales- políticas de fomento de la investigación. La
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formación de ‘capital humano avanzado’ ha permitido la acumulación de una masa crítica que
arremete contra la propia lógica del capital humano, reivindicando la posibilidad de desarticular
las formas hegemónicas de investigación para dar paso a racionalidades más integradoras y
públicamente comprometidas. Ejemplo de ello es la reciente apertura de la noción de
“productividad científica” en el concurso Postdoctorado 2019 de CONICYT que considera
actividades que los/as investigadores/as realizan en ámbitos ‘no-académicos’.† Otros ejemplos los
encontramos en la Declaración de San Francisco para la Evaluación de la Investigación,‡ surgida a
partir del trabajo de una red colaborativa de investigadores/as a nivel internacional que demanda
la consideración del impacto social de la investigación como una dimensión de la productividad, o
el logro alcanzado por Consejo Europeo de Investigación que ha exigido que los resultados de
investigación financiados por fondos públicos sean publicados en revistas de acceso gratuito§. Se
trata de iniciativas que desafían la racionalidad neoliberal, y que permiten forjar esperanzas frente
a la posibilidad de movilizar la investigación desde la resistencia y la generación de contra-
sentidos. Aún así, queda mucho por disputar en términos generales, y por cierto en particular para
trabajo social. Preguntarnos por cómo ser intelectuales que subvierten las lógicas neoliberales, en
las que estamos insertos, pero no nos sentimos cómodas/os, es un primer paso. Los desafíos, por
lo pronto, radican en la búsqueda de compañeros/as -otros/as que también están incómodos/as-
para buscar nuevas formas de poner en acción el conocimiento y no acumularlo como otro bien de
capital más, al mismo tiempo que fortalecer nuestras orgánicas académicas y profesionales desde
la participación activa y comprometida.
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