Mi Jefe - Un Atrevido Romance de - Mia Ford
Mi Jefe - Un Atrevido Romance de - Mia Ford
Mi Jefe - Un Atrevido Romance de - Mia Ford
©Mia Ford
MI JEFE
Título original: Dirty Boss
©2021 EDITORIAL GRUPO ROMANCE
©Editora: Teresa Cabañas
tcgromance@gmail.com
Isobel
¿Ya es de día?
Es lunes por la mañana y mi estómago retumba como un despertador,
pero lo peor de todo es que todavía estoy en la oficina. Trabajaré para
Inversiones Stern durante el verano, pero la compañía debería llamarse
Inversiones Slave Driver, porque el director ejecutivo es un adicto al
trabajo. Conseguiré mi titulación, ya que he trabajado como una bestia y
seré una secretaria competente.
Por desgracia, eso tiene un precio. Vivo en una caja de zapatos, la única
que puedo pagar en la ciudad porque todo es muy caro.
En mi casa, en Kansas, tengo todo lo que necesito... desde mi novio,
Leo, hasta mi familia. Aquí, solo poseo este trabajo, cuatro paredes y nada
más. Supongo que estar ocupada hace que mi mente esté enfocada en mi
objetivo. Llevo aquí quince días, en los que he trabajado doce horas diarias
y cuento con los fines de semana para recuperarme.
Suena el teléfono y siento calambres en el estómago. Prefiero comer
antes que contestar, aunque será una cena y almuerzo al mismo tiempo. Los
restaurantes chinos de la zona tienen precios estupendos y, con mi ajustado
presupuesto, me veo obligada a aprovechar los descuentos.
¡Maldita sea! Leo está llamando de nuevo.
—Hola, nene. —Sonrío, pensando en sus ojos azules y su pelo rubio.
Decir que estoy loca por él es quedarse corta. Llevamos saliendo desde
el instituto y sé que no está muy contento con mi decisión de venir aquí.
—¿Dónde estás?
—Estoy en la oficina. —Suspiro, otra vez, pensando en las cuatro
paredes y el lugar que llamaré hogar durante las próximas seis semanas—.
Te llamaré cuando llegue a mi cuarto.
Desde que lo alquilé, supe que no se parecía en nada a la fotografía. Fui
una ingenua al pensar que sería igual que las imágenes que había en
internet. Al parecer, el dueño tomó una foto de la habitación y olvidó
actualizarla con la que he alquilado.
Según Heather, se trata de una estafa que llevan a cabo la mayoría de los
propietarios que trabajan en Finanzas. Además, ella dijo que tendría suerte
si conseguía algo al mismo precio, así que debería aguantar.
Es fácil decir eso, cuando extraño mi casa como una loca.
—Solo te he llamado para decirte algo.
Me levanto y me dirijo a la oficina de mi jefe; debe haber dejado la luz
encendida porque estoy segura de que se ha ido a casa.
—¿Qué quieres decirme? —Me levanto para escucharlo, aunque tengo
una pista, creo que se trata de lo mismo que ha estado amenazando con
hacer desde que me fui de casa.
—Se acabó.
—No. —Empiezo a llorar cuando pienso en mi novio del instituto.
Me prometí a mí misma que nos casaríamos, por eso intento conservar
mi virginidad para él, para poder dársela en nuestra noche de bodas. Dijo
que lo entendía, cuando estábamos en el instituto, pero desde que le
comenté que quería ser secretaria, no ha sido tan comprensivo.
Todos mis familiares trabajan en la granja, y los suyos también. Ninguno
comprende que quiera ser feliz, haciendo algo más que tener cuatro hijos y
ser la esposa de un granjero, como todas las mujeres de nuestras familias.
—Quieres cosas grandes. Ir a la universidad. Obtener un título.
Sacudo la cabeza cuando empiezo a entrar en pánico.
—No, solo quiero que seamos felices.
—Quieres decir que quieres ser feliz. Mira, Dede Wells sigue
invitándome a salir y ella es el tipo de chica adecuada para mí.
La zorra que intentó acostarse contigo en el baile de graduación y vive
en una caravana. ¿Esa Dede Wells?
«¡Sobre mi cadáver!», grito, mentalmente.
—¿Isobel, estás ahí?
—Sí, y quiero mostrarte algo. Ve al chat en vivo.
—No tiene sentido...
—Por favor, por favor, Leo.
Cuelga antes de que tenga la oportunidad de explicarle que hago esto por
mí. No quiero ser solo la esposa de un granjero; quiero más que eso. ¿Por
qué le resulta tan difícil entenderlo?
Apuesto a que sus amigos, Neil y Paul, se están riendo de él. Diciéndole
cosas como que probablemente lo estoy engañando con algún chico de la
ciudad.
Activo la cámara con manos temblorosas y miro alrededor, para
asegurarme de que no me ve nadie. Es tarde y todos se han marchado de la
oficina, solo estoy yo. Podría volver a mi escritorio, pero creo que es mejor
hacer esto desde la oficina de Christian. Si hay alguien por aquí, no verá lo
que voy a hacer.
—Leo, por favor no me dejes por Dede.
—Tienes que saber que esto también me duele a mí. —Sacudo la cabeza,
desesperada por encontrar una forma de que se quede conmigo. De repente,
agrega—: ¡Desnúdate!
—¿Qué?
—Si quieres que me quede contigo, demuéstrame lo que me pierdo si me
voy con Dede. —Me quedo perpleja, mientras insiste—: Has dicho que no
hay nadie en la oficina. Así que, desnúdate.
—Quieres ver lo que te falta y a lo que renuncias si te vas con Dede. —
Más que una pregunta es una afirmación.
No dice una palabra, solo asiente con la cabeza y empieza a lamerse los
labios con anticipación.
No sé qué diablos hacer, pero parece que está funcionando. Improviso y
empiezo a desabrocharme la falda y no estoy de cara a él. Me quedo solo
con la lencería y sonrío.
—¿Te gusta lo que ves?
Él gruñe:
—Quítatela.
No sé lo que quiere decir, ¿mi sujetador o mis bragas?
Le guiño un ojo.
—Espera un poco, muchachote.
Cierro los ojos cuando pienso en perderlo por Dede. Ella tiene tetas
grandes, no se parecen a las mías. Leo siempre dice que le encantan mis
tetas, ni muy grandes ni muy pequeñas, lo suficiente para jugar con ellas.
Desabrocho mi sostén mientras pienso en él como mi hombre, el de
nadie más, mucho menos de Dede. Mi teléfono vibra en el escritorio, pero
lo ignoro.
Sostengo el sujetador en la mano.
—Tócate. Quiero correrme.
Mueve la cámara hacia abajo, para enseñarme que ha puesto las manos
entre sus pantalones. Nunca he hecho esto delante de él, y no quiero
decepcionarlo. Nuestra relación depende de ello.
Giro la silla de cuero detrás de mí y me siento. Luego muevo el
dispositivo para que él pueda ver lo que hago. Mis bragas siguen puestas.
Son las de encaje que me compró cuando fuimos al baile de graduación y
pensó que sería nuestra noche. Entonces, tampoco estaba preparada.
Suspiro cuando pienso en las veces que lo he decepcionado y no puedo
hacerlo ahora. No, no lo haré.
Así que me bajo las bragas y abro bien las piernas.
—Sí, nena, te lo voy a dar ahora mismo —gimió al otro lado.
Pienso en nosotros en la habitación, haciendo el amor. Un par de veces
estuvimos a punto de llegar al final y trato de imaginarlo, mientras deslizó
un dedo por mi rendija sin dudarlo, al tiempo que cierro los ojos.
Puedo oír a Leo meciéndose al otro lado y me concentro en lo que hago.
—Mírame, nena, hazlo más despacio. Me estás llevando al límite.
Mírame. —Su deseo es una orden para mí—. Imagina que son mis manos
las que te tocan. Quiero darte placer… —Pienso en sus ojos azules como el
mar y comienzo a disfrutar de la intimidad que compartimos—. Despacio…
Tengo una pierna sobre la mesa. Dejo una mano en mi sexo y con la otra
acaricio mis pezones. A Leo le gusta tocar mis pechos y lo hago como si
fuera él.
Me froto en círculos suaves y veo la pasión reflejada en sus ojos. Cuando
comienza a acelerarse, jadeo y siento que soy yo la que controla su placer.
Enseguida, sin tocarlo, solo con el pensamiento de lo que estamos
compartiendo, hago que se corra.
Solo de pensarlo empiezo a sentirme al límite. Echo la cabeza hacia atrás
y siento que viene un orgasmo.
—Estás tan jodidamente caliente ahora mismo. Te estoy jodiendo en
línea.
¿Es esto lo que me he estado perdiendo?
Leo se agita muy rápido y yo froto mi clítoris con tanta necesidad que no
puedo evitar correrme.
Quiero aguantar, pero no puedo y grito:
—Sí, Leo. ¡Sí!
Es como si nuestras pasiones se alimentaran al mismo tiempo, porque no
pasa mucho tiempo antes de que lo vea masturbarse fuera de control.
Mientras mi cuerpo tiembla, en un minuto siento frío y al siguiente calor.
Estoy teniendo la madre de todos los orgasmos. La idea de que lo hagamos
de verdad no parece tan mala. ¿Qué diferencia hay si lo hacemos ahora o en
un par de años?
Ninguna.
Me estoy corriendo mientras grita que quiere repetir. Después se ríe y
pienso que lo deseo dentro de mí.
—Mierda, Isobel. No sabía que escondías tanta pasión.
No puedo hablar porque todavía estoy tratando de recuperar el aliento.
Es como si me hubiera quitado todo y también me echo a reír.
—Te deseo tanto.
Al oírme, se detiene de forma brusca.
—Tengo que irme. Hay alguien en la puerta.
Estoy a punto de decir que no he oído nada, pero entonces corta la
conexión. Estoy sentada en la silla de mi jefe y no tengo claro qué hacer.
Corro a su baño, me lavo las manos y luego me limpio entre las piernas. Al
mismo tiempo, pienso que Leo ya no me dejará.
Me siento tan orgullosa. Tal vez, ha sido la idea de tocarme delante de él,
o en la oficina de Christian Stern, lo que me hace sentir así. De cualquier
manera, sé que seguiremos juntos y nada va a cambiar eso.
Recuerdo que el guardia de seguridad suele caminar por la oficina a esta
hora y siento la necesidad de salir corriendo con urgencia. Agarro mi
teléfono. Ya no tengo ganas de comer y los calambres de estómago son cosa
del pasado.
La curiosidad se apodera de mí. Estoy vistiéndome y me pregunto quién
me ha llamado antes. Miro los mensajes y todos son de mi mejor amiga,
Agnes. También me ha enviado una foto. Miro la fecha y la foto y me
quedo paralizada, con las bragas en la mano. Después, dejo caer el teléfono
al suelo. No puedo creer lo que acaba de enviarme. No puedo creer que
haya estado ciega todo este tiempo.
Capítulo 2
Christian
¡Mierda!
Estoy enfadado porque mi teléfono no para de vibrar en el bolsillo.
¿Quién me llama? Sé que no es un mensaje porque no hay tono de llamada.
Dejo la caja de archivos y busco en mi bolsillo. La pantalla está encendida y
la cámara de mi oficina activada, pero ¿qué es esto?
Puedo ver a Isobel sentada frente al ordenador; está chateando con
alguien. Ahora sé cómo se porta cuando no estoy en la oficina. Hay muchos
tipos de travesuras, así que me paro a mirarla. ¡Solo está aquí para trabajar
los meses de verano y quiero ver lo que hace! Está en mi oficina...
«Maldición», digo para mí mismo.
Desearía que el sonido fuera más fuerte, está demasiado silencioso.
Sostengo el teléfono cerca de mi oído y escucho.
—Leo, no tiene por qué ser así. —Oigo a Isobel murmurar a alguien.
—¿Qué esperas que haga? Tengo necesidades, ya sabes, necesidades
masculinas y tú me estás ocultando algo, y mierda, ¡ni siquiera estás aquí!
—dice Leo.
—Lo sé, pero el verano no es tan largo, y Dede, ¿qué demonios te hace
pensar que deberías empezar a acostarte con esa mujer? —Escucho la
respuesta de Isobel, pero entonces no puedo entenderlo bien. Así que, estoy
tratando de descubrir los huecos que faltan.
—Ella se está acercando a mí; ya sabes, acercándose de verdad, como
debe hacer una novia. Ella no se reprimiría ante su novio. —Oigo al hombre
decir con enfado.
—¿Qué puedo hacer para persuadirte? Por favor, dímelo, haré lo que sea.
—Desnúdate para mí, ahora mismo. Dijiste que no había nadie en la
oficina y que estabas sola.
Me quito el teléfono de la oreja y miro la pantalla. No puedo creer que se
vaya a desnudar para un tipo, solo para evitar que se acueste con otra mujer.
Veo a Isobel que empuja mi silla, se quita los zapatos y mira hacia mi
ordenador. Joder, es bastante guapa. ¿Por qué no me había dado cuenta
antes?
Apoyo el teléfono en una caja y levanto una silla. Me río para mí mismo,
cuando pienso que voy a tener un show gratis. Joder, un striptease. Miro el
teléfono y puedo ver a Isobel que empieza a girar las caderas. Maldita sea,
esta chica tiene curvas. Hermosas y jugosas curvas.
¡Joder!
—Vamos Isobel... quítatelas, quítatelas —murmuro en voz baja.
Como si pudiera oírme, empieza a desabrocharse la camisa lentamente.
Puedo ver sus ojos verdes que miran hacia el ordenador, a través de la
melena larga y oscura. Se desliza fuera de su chaqueta y revela sus amplios
pechos, dentro de un sujetador rosa con corazones dibujados por todas
partes. Oh, mierda, bonitas tetas.
Me imagino agarrándolas, acariciándolas y dándoles un buen apretón.
—Ahora la falda. —Escucho la voz de Leo y me inclino hacia el
teléfono.
Mi polla llena mis pantalones, mientras veo a Isobel sujetar la cremallera
con los dedos y desabrochar lentamente su falda por detrás.
—Vamos, chica —digo en voz baja.
Observo la falda que cae al suelo. Las bragas rosas, a juego con el
sostén, le quedan muy ajustadas. ¡Ding, ding, ding... premio gordo!
Me pregunto qué hace Leo en el otro extremo, ¿tiene la polla en la mano
masturbándose frenéticamente? ¿O solo está mirando la pantalla como un
maldito idiota? Siento que me estremezco; no quiero imaginarlo
masturbándose. Solo quiero ver a Isobel.
Mi polla empieza a sobresalir, me encantaría sacarla y acariciarla
mientras mira a la chica, pero resisto el impulso, la guardaré para más tarde.
—¿Te gusta lo que ves? —dice Isobel, como si estuviera pidiendo
permiso para seguir.
—Dios, sí, eres tan dulce y caliente —susurro, mientras escucho a Leo
decir casi lo mismo. ¡Maldito imbécil!
Me ajusto el miembro en los pantalones y observo atentamente, Isobel
acaricia sus pechos y suelta el cierre de su sujetador, lo coloca sobre la silla
y mira a la cámara, sus pechos son del tamaño justo para apretar y divertirse
un poco.
Me froto los pantalones sin darme cuenta y entonces puedo sentir el
calor de mi polla. Joder, sí. Continúo observándola y veo el contorno de su
pecho y su perturbado pezón, al moverse. Gira la cabeza hacia la cámara y
seductoramente muerde su labio inferior.
Me paro, el bulto en mis pantalones es demasiado para soportarlo
mientras estoy sentado, así que sostengo el teléfono y observo como Isobel
mete los pulgares en sus bragas rosadas y mueve el culo para quitárselas. Se
las baja y mi polla es una roca.
—Jesús, tiene un culo redondo y bonito —murmuro.
Me imagino follándola por detrás, dándole cachetes en las nalgas y
sintiendo sus estremecimientos de placer. Se quita las bragas y mira a la
cámara, luego revela su perfecto coño rosa, puedo verlo, y está tan calvo
como la cabeza de un bebé. ¡Sí!
Joder, ¿este Leo es una mierda total o qué? Quiero decir, ¿quién
renunciaría a todo esto? Apuesto a que su sabor es dulce.
—Leo, ¿estás disfrutando?
—¡Diablos, sí! —Puedo oír su grito con voz de niño.
Entonces ella comienza a frotar vigorosamente y puedo oírlo haciendo lo
mismo.
—¡Diablos, me corro! —dice en voz alta.
«No me importas, quiero saber qué siente ella».
Entonces, puedo ver a plena vista como ella empieza a frotarse de arriba
a abajo. Piensa que el otro tipo está viéndola, pero él no sabe lo que ella
vale. Ni siquiera merece la pena pensar en él.
—¡Sí, Leo! —grita, mientras alcanza un orgasmo. Cuando termina, deja
de tocarse y suelta ambas manos, una que estaba en su pecho y la otra que
está segura entre sus piernas.
Se está riendo y puedo ver que no está sola, ya que Leo la despide
rápidamente y termina la charla.
Vuelvo a mirar el teléfono y compruebo que Isobel ha dejado la
habitación. Probablemente para ir al baño y vestirse. Me dirijo rápidamente
a mi oficina para alcanzarla antes de que se ponga toda la ropa.
Abro la puerta y veo a Isobel deslizando sus bragas sobre su trasero; se
vuelve hacia mí y tiene una mirada de total sorpresa y vergüenza en su cara.
Agarra el sostén y lo sostiene frente a sus pechos.
—¿Me he perdido algo aquí? —le pregunto a Isobel con un tono firme.
—Yo estaba, yo solo, señor Stern, oh Dios… —responde ella.
—Te he dicho muchas veces que me llames Christian y que me tutees.
Además, te ves muy sexy.
—¿Puede girarse para que termine de vestirme? —Sus ojos se llenan de
lágrimas.
—¿No crees que ya ha pasado el momento de darse la vuelta? Lo he
visto todo, así que no hay nada más que esconder o de lo que avergonzarse.
Tienes un cuerpo precioso.
—¿Estaba espiándome? Mientras yo estaba... —Se queda sin palabras.
—Isobel, no estaba espiando. Tengo una cámara de seguridad en el
ordenador que detecta cualquier movimiento y se conecta a mi teléfono. Lo
vi todo.
—Oh Dios, me siento tan avergonzada.
—No hay necesidad de estar avergonzada y ese tipo, Leo, es un
completo imbécil por siquiera pensar en buscar en otro lugar.
¿Debería contarle la rabia que había sentido por ella, mientras se
pavoneaba con sus cosas y se desnudaba? No. Lo pienso mejor, al ver que
está disgustada, y sé que eso solo la afligirá más.
—Me has impresionado lo que has hecho —le digo antes de sonreír y
guiñarle un ojo.
— ¿Cree que he estado bien?
—Diablos, si yo fuera Leo, habría echado espuma por la boca y tendría
la polla en la mano, descargándola al pensar en ti.
—Vaya, siempre he creído que no soy nada especial, un patito feo y toda
esa mierda —responde y sus ojos se iluminan.
—Sí, todo eso es una mierda, pero lo que cuenta es lo que hay dentro. Y
deberías terminar de vestirte; puedo ver que tus pezones se están
endureciendo de nuevo.
—Oh, lo siento. También lo siento por usar su ordenador. —Comienza a
ponerse la falda.
—No hay problema, utilízalo cuando lo necesites, pero recuerda que
siempre veré lo que haces, en todo momento —replico con descaro
mientras agito el teléfono en el aire.
Observo como Isobel se viste, se limpia las lágrimas de los ojos y se me
queda mirando, como si no supiera que hacer.
Capítulo 3
Isobel
Termino de ponerme el resto de mi ropa y me siento humillada. Miro a
mi jefe y no sé qué hacer.
No tengo ganas de llamar a Agnes, porque pienso que me he comportado
como una estúpida. Me llamó antes, porque Dede estaba en casa de Leo.
Me envió una foto de ella y Leo, besándose mientras yo comenzaba la
videollamada.
Por eso tuvo que irse de repente, lo estaba esperando en la casa. Revisé
sus otros mensajes solo para descubrir que Leo es un bastardo infiel. Ha
estado durmiendo con Dede todo el tiempo. Me mintió cuando dijo que
debería desnudarme en la oficina sabiendo que iba a seguir con Dede.
¡Qué imbécil!
«Isobel, sé que extrañas a Leo. Odio decirte la verdad así, pero acabo de
llegar al rancho con papá, y encontré a Dede aquí. Quería decírtelo por
teléfono, pero decidí que es mejor mostrártelo. Así que, sabes que no estoy
mintiendo. Te quiero. Si quieres hablar. Solo llámame. Por favor,
perdóname por no decírtelo antes. Agnes».
Christian
Llego a una casa vacía. Justo como me gusta, pero hay veces que pienso
en mis padres. Las únicas dos personas a las que he amado de verdad. Hace
unos años, murieron en un accidente de coche y su recuerdo todavía me
carcome.
En cuanto a mis otros parientes, bien podría prescindir de su compañía.
Son como un cubo de esponjas que absorberán todo lo que puedan
conseguir de mí, y cuanta más distancia haya entre ellos y yo, mejor. Tengo
una visión de todos ellos trabajando en una mina, diablos, seguro que son
los mejores buscadores de oro del mundo.
Veo una llamada perdida mientras me sirvo un vaso de bourbon. La
cantidad justa para noquearme hasta mañana, cuando salga a correr.
Mientras escucho el buzón de voz de mi tío, pienso en ellos, en mis
parientes; los que siempre parecen tener un problema u otro. Decido
borrarlo ya que no me apetece mi escucharlo. Además, estropea el sabor
suave de mi bebida.
Sé lo que va a decirme. Tendré que escuchar otra historia de alguien que
está enfermo o que necesita algo. Siempre me pregunto cómo se las
arreglan para ser la familia más desafortunada del mundo, porque siempre
necesitan mi ayuda. O más bien siempre quieren dinero.
Me dirijo a mi habitación después de terminar mi bebida. Sé que tendré
una noche dura, porque todavía tengo el dulce coño de Isobel en la mente.
Una cosa es segura, si ella juega según mis normas, pronto se olvidará de
ese tipo.
Cuando llego a la oficina por la mañana, veo a Isobel sentada detrás de
su escritorio. Anoche, le dio un espectáculo completo al tipo cuyo nombre
se me ha olvidado. Eso demuestra lo insignificante que es, y cuanto antes se
dé cuenta, mejor para ella.
Se merece algo mejor que ese cabrón.
Me pregunto cuál es su origen, y cuál es el origen de esa mierda de
fondo. Me lo imagino como un granjero, usando franela con una brizna de
paja en la boca, y un sombrero para protegerse del sol. Apuesto a que
parece un verdadero chico de campo y tiene un coeficiente intelectual
inferior al número de letras de su nombre.
Tengo trabajo pendiente, pero observo las piernas de Isobel bajo la mesa,
su falda está enganchada. Me pregunto si tendrá las bragas puestas.
¡Joder, necesito echar un polvo!
—Isobel, ¿puedes venir? —la llamo.
Veo como agarra su libreta y su bolígrafo y camina hacia mi oficina. Se
me van los ojos a sus pechos que son justos del tamaño adecuado, para
mostrar un poco de tambaleo mientras camina. Maldita sea, apuesto a que
su culo se tambalea así también, al sentarse frente a mí.
Puedo ver que sigue molesta, tal vez piensa que no debería haberse
mostrado al chico de campo, o al menos no por videollamada.
Probablemente, grabó todo el maldito asunto. Claramente una mujer todavía
joven, dulce y muy inocente.
Observo que garabatea notas en su cuaderno, mientras dicto mis
necesidades verbales matinales. Normalmente, le enviaría un correo
electrónico, incluso lo haría por el intercomunicador, pero hoy quiero verla
en acción.
Vigilo sus ágiles dedos y me los imagino envueltos en mi erección. Me
doy una bofetada mental y trato de concentrarme en lo que estoy haciendo.
Todo el tiempo está tomando notas como una buena chica. Una perfecta
sumisa. Puedo oír a Isobel resoplando.
—Toma —digo mientras ofrezco mi pañuelo.
—Gracias —responde, manteniendo la cabeza inclinada.
—Veo que sigues enfadada, no será por algo que haya hecho yo,
¿verdad?
—No, en absoluto. Es por Leo y la forma en que me menospreció y se
burló de mí. Dijo que estaba pensado en acostarse con Dede, una chica de la
ciudad. —balbucea y agrega—Pero sé que no es verdad. Él ya se ha
acostado con ella.
—Que se joda, no te merece. Deberías estar con alguien que pueda
mejorar tu futuro y poner una sonrisa en esa preciosa carita tuya —le
advierto con mi tono más sexy.
Sueno como un tío caballeroso, pero sé que solo trato de manipularla
para conseguir lo que quiero.
—¿Por qué hiciste un striptease solo para seguir con él?
No me interesa lo que diga; solo quiero que hable de su desnudez de
anoche.
—Bueno, él dijo que quería acostarse con esa otra chica... —empieza a
decir.
—Está bien, puedes usar la palabra «follar» si quieres —la animo,
cortando su frase.
—Está bien, como decía, Leo dijo que se iba a follar a esa Sandra Fox, la
perra... si no le dejaba follarme a mí. Tengo la oportunidad de trabajar aquí,
así que él dice que he estado aferrándome a mi virginidad demasiado
tiempo y que deberíamos haberlo hecho ya —añade.
—¿Eso es todo? ¿No hay más detalles jugosos? —Me apoyo en el
escritorio y mi polla se levanta. —Isobel puede pensar que estoy interesado
—. Entonces, ¿cómo es este tipo, Leo? ¿Por qué estás tan molesta por él?
Lo imagino como un verdadero chico de campo, con sombrero de paja y
con la boca llena de tabaco de mascar, ya sabes, ese tipo de chico que tira
escupitajos y saluda diciendo: «hola, amigo».
—No, no es nada de eso, es bastante guay. Viste con vaqueros, camiseta
y tiene una moto. Es la típica imagen de un chico malo, pero sensible, al
que quieren todas las mujeres. —Sus ojos se llenan de lágrimas otra vez.
—Ah, ya entiendo, un Danny como el de la película Grease —respondo
con una risita.
—¿Quién? —pregunta ella.
—No me digas que nunca has visto Grease. Es una película clásica, todo
el mundo la ha visto en su infancia: «Wella, Wella, Wella… cuéntame más,
cuéntame más. ¿Fue amor a primera vista? Cuéntame más, cuéntame más,
¿se resistió?». ¿Nunca has oído esa letra?
—No, nunca. Lo siento. —Suspira y de alguna manera me hace sentir
viejo.
No me jodas, la generación actual no tiene ni idea de lo que se pierde, las
películas clásicas nunca pasan de moda.
—Entonces, ¿ese tipo Leo te hace sonreír? —pregunto, mientras camino
alrededor del escritorio y me coloco en una posición ideal para mirar el
escote de su blusa al tiempo que hablo con ella.
—Bueno, solía hacerlo hasta que empezó a mencionar que debía perder
mi virginidad con él. Luego, vine aquí y dejé mi casa, y eso ya fue
demasiado.
—A mí me parece un imbécil y no sabe reconocer lo bueno cuando lo ve
—suelto, esperando que ella muerda el anzuelo—. Anoche lo vi todo, ya
sabes, cada curva y cada pliegue, tuve una verdadera erección por ti.
Isobel se sonroja.
—No sé qué decir a eso, ni si es un cumplido —responde, su cara
brillando con un color rojo rosado.
Ella es la perfección de la inocencia. ¡Joder, quiero tenerla ahora mismo!
—No me había dado cuenta de lo sexy que eres hasta anoche, tal vez lo
ocultas bien, demasiado bien —explico—. Veo tu malestar, pero tienes que
madurar, no dejes que esa polla te use así.
—Tal vez tenga razón, necesito seguir adelante, sonreír más —responde,
mientras se limpia los ojos y me mira con esos ojos de cachorrito.
Empiezo a dictar de nuevo, pero estoy pensando en un plan, un esquema
retorcido. La quiero a ella y a sus emociones. Y no es ninguna tonta, solo
está sexualmente frustrada y yo seré el que cambie todo eso para ella.
—Puedes terminar las notas y traérmelas de vuelta, antes de que
terminemos —le indico, sin quitarle ojo.
Ella sale de la oficina meneando el trasero. ¡Mierda!
Mi trabajo con ella en el despacho ha terminado, como ha sucedido en
otros días, pero esta vez mi mente no conecta con el trabajo. No puedo
evitar estar pendiente de ella, contemplándola en su escritorio.
Estoy tan pendiente de todo lo que hace, que ni siquiera me doy cuenta
de que va pasando el tiempo y yo sigo quieto, sin hacer otra cosa más que
observarla.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero de pronto se levanta de su mesa,
decidida, portando unos documentos. Después, entra de nuevo en mi
despacho y camina hacia mí.
Por unos instantes me quedo quieto y en silencio, solo observándola,
hasta que mi mente reacciona. Por suerte antes de que ella se percate de mi
aturdimiento.
—¿Has terminado? —pregunto con voz ronca.
—Sí, ya está todo. ¿Puedo irme ya?
—Estaba pensando en lo que dijiste, en que necesitabas sonreír más y
pasar de Leo, el chico de campo. ¿No es así?
—Tal vez, o podría ser solo una forma de hablar —responde con un
aspecto jodidamente delicioso.
—Bueno, no sé cómo es para ti, pero te puedo asegurar que no es bueno
que te quedes sola y llorando por un tipo que no se merece tus lágrimas.
Ella asiente y permanece en silencio, sin atreverse a mirarme.
—Sé que ahora estás dolida y que necesitas despojarte de tus
sentimientos por ese otro tipo. Pero todo puede ser mucho más sencillo.
—¿Qué quiere decir? —pregunta interesada, lo más seguro que al no
desear recordar su relación con el granjero.
Al ver su interés, y saber que le estoy convenciendo, me pongo duro.
—Creo que necesitas a alguien que te haga olvidar y te devuelva la
sonrisa. Y creo que soy el hombre adecuado. Un hombre de verdad que
puede enseñarte a conseguir olvidarlo. Pero solo puedo hacerlo si de verdad
quieres.
Ella se me queda mirando fijamente mientras pienso «ya es mía».
—¿Me ayudaría a olvidar que he sido una tonta todo este tiempo?
—No solo eso. Te ayudaría a que disfrutaras de verdad, con un hombre
de verdad.
—¿Me está pidiendo una aventura?
—Te ofrezco más que eso. Te prometo que si aceptas no solo olvidarás a
ese cretino, sino que acabarás disfrutando como nunca antes lo has hecho.
Sus ojos se agrandan y su mirada recorre mi cuerpo. Sin duda está
pensando en lo que podía ganar si acepta.
—Ahora, Isobel, ¿tenemos un trato? —Extiendo una mano para
estrechar la suya.
Deseo tanto tenerla que duele.
—Trato hecho —dice por fin, y yo suelto un suspiro.
Como si no hubiese pasado nada entre nosotros ella sale de la oficina y
todo lo que puedo pensar es, «que empiece el juego».
Voy a disfrutar jugando con ella; pero sobre todo ella no recordará el
nombre de este tipo cuando termine. Así que es una situación en la que
todos ganamos. No solo yo, ella también.
Capítulo 5
Isobel
Parte de mí se siente como si hubiera vendido mi alma al diablo. Quiero
volver a la oficina de Christian y decirle que no quería hacer un trato. En
realidad, no sé por qué he aceptado. Pero cuando estaba frente a él,
sintiendo sus ojos sobre mi cuerpo, no pudo seguir pensando y solo acepté.
Aun confusa, y algo emocionada de que mi sexy jefe me propusiera algo
así, salgo del edificio deseando un poco de aire fresco.
Nada más salir me doy cuenta de que tengo una llamada perdida de
Agnes. Por suerte ya estoy fuera de la oficina y puedo hablar con ella sin
problemas.
—Hola —la escucho decir.
Por lo general me sentiría bien con solo escuchar una voz amable, pero
hoy es diferente. No quiero mostrarme fría con ella, ya que no tiene la
culpa, pero no puedo evitar la tristeza que me hace sentir el hablar con ella.
Más aún cuando sé que vamos a hablar de mi ex.
Decidida a no fingir con ella, ya que es mi mejor amiga y nunca lo he
hecho, le contesto sin ocultar mi dolor.
—Hola.
—Isobel, estoy preocupada. Llamé anoche, tu teléfono estaba apagado y
hoy no me devuelves las llamadas ni los mensajes.
Me aclaro la garganta.
—No puedo hacer frente a esto, ahora mismo.
Además, mi jefe acaba de ofrecerme un trato donde no sé muy bien
donde van a estar los límites. ¿Será solo una aventura de un día, de una
semana o algo más?
Por no mencionar que en un día, me he desnudado para mi novio, y mi
jefe: aunque esto último sin saberlo, me he enterado de que ni novio me es
infiel, lo he mandado al infierno y he aceptado tener una aventura con mi
jefe. ¿Qué más podría ocurrirme para redondear el día?
Suspiro y mantengo todo eso en silencio, sabiendo que mi amiga solo
quiere consolarme. Aunque en este momento lo que yo quiero saber es
sobre Leo y Dede, antes de contarle algo sobre Christian.
—¿Sabes que la familia de Leo está vendiendo algunas de sus acciones?
—Asiento, pero luego ella sigue hablando—. Bueno, vamos a comprar uno
de sus caballos y fui a verlo con papá, porque se lastimó la rodilla y ahora
no puede montar.
Divaga, algo que solo hace cuando está nerviosa. No la interrumpo, pero
escucho con atención. Al fin y al cabo, por muy doloroso que sea, quiero
saber que ha estado sucediendo a mis espaldas con mi novio.
—Vi que Dede se acercaba y luego se estaban besando. Te mandé la
foto. De todos modos, fue antes de anoche. Los he visto varias veces por la
ciudad, besándose y agarrados de la mano, pero anoche fue la gota que
colmó el vaso. Pensé que no podía dejar que fuera por la ciudad faltándole
el respeto a mi mejor amiga. Papá dijo que no debería meterme en un
asunto que no es mío, pero te quiero y una verdadera amiga diría algo, no se
quedaría sentada, viendo cómo te faltan el respeto.
No sabía qué decir porque no conocía los problemas financieros de sus
padres, pero nunca imaginé que estuvieran tan mal, para vender sus
acciones. Tampoco pensé que Leo me faltaría el respeto con otra,
especialmente con alguien como Dede.
—¿Empezó con ella cuando me fui? Las fotos eran de las últimas dos
semanas, puede que se hay enrollado con ella porque está solo y yo no estoy
allí. Quizás solo es algo de unos pocos días. —Trato de quitarle
importancia, ya que no soporto la idea de que me haya estado engañando
durante meses, o tal vez más.
Ella no dice nada, así que repito mi pregunta. No quiero pensar que no
quiere contestarme, solo que quizás no me haya escuchado.
—Puede que hayan empezado a salir y no se están acostando juntos.
¿Sabes con certeza que empezaron antes?
—¿Sabes que Dede era una fresca en el instituto?
Odio que use esas palabras, pero sé que me está defendiendo.
Si un chico se acuesta con alguien es el rey del instituto; sin embargo, si
lo hace una chica es una zorra, una fresca o cualquier otra palabra
despectiva.
—No la llames así. Por favor. Sé que ella ha estado detrás de él durante
mucho tiempo y sabe que estamos juntos, pero es él el que me ha engañado.
No ella.
—Los dos. —Está enfadada, aunque se equivoca.
Si Leo me amara, no la habría mirado ni dos veces. Le diría que no tenía
nada que hacer.
—No importa —Procuro que mi voz suene calmada—. Supongo que
esto ha estado sucediendo durante un tiempo.
Mi amiga evita mi pregunta y no quiero ponerla en un aprieto. No es
justo, me doy cuenta de que es a Leo a quien debería hablarle de todo esto.
Ni siquiera me molesto, porque algo me dice que lo único que hará es
mentir y decir que Agnes está celosa, que por eso ha inventado historias
sobre él.
Sé que Agnes lo odia a muerte, se lo ha dicho suficientes veces.
—Los he visto un par de veces cuando estuviste aquí y le pregunté. Él lo
negó, pero ahora es como si no le importara.
—¿Por qué dices eso?
Ella vacila en responder.
—Cuando estaba haciendo una foto de ellos mientras se besaban, él se
detuvo y me guiñó un ojo.
—¡Bastardo!
—¡Exactamente! A eso me refiero, Isobel. Ni siquiera vale la pena
pensar en él y mucho menos que derrames lágrimas. Prométeme una cosa.
—¿Qué?
Apenas puedo hablar mientras sostengo el teléfono en la mano.
La gente pasa a mi lado y me siento en el centro de la plaza, muy cerca
de la oficina. A veces, cuando no me apetece ir a comer con el resto de las
compañeras, salgo y me entretengo mirando a todo el mundo.
No tengo que hablar con nadie y me invento una pequeña historia sobre
la vida de los demás. Resulta más emocionante, imaginar la vida de otros
que la mía, tan aburrida, por eso vine a la ciudad. Quería tener un poco de
sentido de la aventura antes de casarme.
Debería entristecerme al saber que no me voy a casar pronto, pero tiene
el efecto contrario, es un alivio bienvenido.
—No desperdicies ninguna lágrima por él, por favor. Sal con alguna
chica; con Jean, la que trabaja en finanzas y te ha ayudado tanto desde que
estás allí. Diviértete por una vez en tu vida.
—Pensaba que trabajar en la ciudad era divertido.
—Sí, pero cada vez que te llamo, estás durmiendo o en camino o en la
oficina. Sal y diviértete. Por favor.
No necesitaba pedírmelo dos veces.
—Bueno, entiendo el mensaje.
Estoy pensando en lo que dijo mi jefe, lo que ofrece y la emoción de no
saber exactamente lo que pretende me hace sonreír. Ya no me parece tan
disparatada la idea, ni me arrepiento de haber aceptado. Mi amiga tiene
razón, debo empezar a disfrutar de la vida, de vivir la aventura que anhelaba
al venir a la ciudad.
—Me divertiré. No te preocupes.
—Uf.
—¿Y tú?
—Isobel, tengo un caballo que entrenar. El estúpido de tu ex novio no
solo no sabe cuidar de las mujeres, sino que ni él ni sus padres saben cuidar
de un caballo. —Hace una pausa y parece que quiere decirme algo más,
pero en cambio me dice—: Vale, tengo que irme. Recuerda llamarme
cuando quieras. Estoy aquí para lo que necesites y no puedo esperar hasta
que vengas.
No es la única y faltan cuatro semanas para que nos veamos. Para
entonces habré saludado con la mano a mi virginidad y estaré deseando a
mi jefe.
—Te quiero. Cuídate.
Esta vez vuelvo a la oficina, no con el ceño fruncido o incluso con
lágrimas en los ojos, sino con una gran sonrisa. Las cosas van a cambiar;
puedo sentirlo y no por maldad. Solo para bien.
Capítulo 6
Christian
Miro mi reloj, se hace tarde, hemos tenido algunos trabajos urgentes, y
tenemos que terminarlo para esta noche. Observo a Isobel mientras se aleja
escribiendo frenéticamente. Aunque solo han pasado veinticuatro horas, su
actitud y comportamiento parece haber cambiado para mejor.
Parece más relajada, más contenta de lo que estaba el día anterior. Toda
una sorpresa, pues pensaba que esta mañana aparecería ceñuda, ojerosa y
cansada tras no poder dormir y haber estado llorando.
Sin embargo no parece molesta y ha adelantado mucho trabajo. Si no
hubiera sido por ella, hoy estaría en la mierda. No es que quiera elogiarla,
es su trabajo y ya sabemos que hay que hacer todo lo posible para
complacer a un verdadero jefe. ¡Un jefe multimillonario!
Sonrío, pues siempre me divierte recordar que soy el jefe, uno muy rico.
Es como si chasqueara los dedos y ocurrieran las cosas. O tal vez sea mi
fuerte y dominante personalidad la que consigue que obtenga mis
propósitos.
—Isobel, hoy pareces diferente. ¿Qué ha cambiado? —le pregunto
mientras levanta la cabeza del teclado.
—Escuché lo que dijo ayer y he meditado esta noche. —Sonríe
ligeramente.
—Al parecer con buenos pensamientos. ¿Puedo saber, sobre qué?
Me siento para que me lo cuente y deseo que no lo piense demasiado. No
quiero que se dé cuenta de que intento meterme en sus bragas, eso sería
desperdiciar todo mi esfuerzo.
—Ya sabe, la situación con Leo… Puede que, en el fondo, tenga un
corazón de chico de campo y no consiga cambiar. Es un chico de pueblo
que no tiene visión de cosas más grandes y mejores y yo sí. Sé que hay una
vida fuera de las ferias de campo y de la época de la cosecha.
—Comprendo, pero ¿qué intentas decir? —Tengo esperanza de obtener
algunas respuestas reales.
—Sé que merezco algo mejor y debería dejar el pasado donde está.
—Bueno, no me hagas responsable si todo sale mal, ya que todavía no te
conozco en profundidad, pero podrías descubrir que en el corazón eres una
chica de campo, pero con aspiraciones de ser una chica de gran ciudad. —
Muestro una gran sonrisa.
Dios mío, empiezo a parecer un modelo a seguir para una virgen de
diecinueve años.
¿Qué coño me pasa?
Espero que no me mire como una figura paterna, eso arruinará mis
posibilidades de tirármela.
Joder, podría estar allí con ella ahora mismo, con sus uñas clavadas en
mi espalda y ella gritando, «Christian, Christian, fóllame más fuerte».
—No le culparé, no importa lo que pase. Tal vez esa estúpida
videollamada fue lo mejor que me ha pasado, especialmente desde que me
dijo que se había puesto caliente al verlo… —Sé que está esperando que le
conteste, pero ya sabe la respuesta a su propia pregunta—. Ahora sé que
otros hombres me mirarán. —Me encanta escuchar su voz—. No necesito
aferrarme al «chico de campo» como lo llama usted, puede convertirse en
un recuerdo, un impulso hacia cosas más grandes y mejores. Sobre todo,
sabiendo que es incapaz de mantener su polla en los pantalones.
Conmocionado, me siento en mi mesa y la observo; de alguna forma,
ella es como una oruga que se ha convertido en mariposa, o en una
mariposa con cuernos. Es como si fuera a agarrar la vida con ambas manos
y agitarla hasta que ceda. Joder, he creado un monstruo.
Puede que sí, que haya creado un monstruo sexual. Y ella estará
dispuesta a explorar sus sentimientos y emociones ocultas, se abrirá a
experimentar cosas nuevas. Voy a enseñarle cómo tener una preciosa cara
sonriente y mantendrá mi sonrisa en el proceso.
—Creo que es hora de que vuelvas a sonreír, ¿no crees?
—Ya he tenido mi parte de pesimismo y tristeza. Desde que llegué, todo
lo que hago es trabajar. Ni siquiera me divierto. Es como si tuviera noventa
y no veintidós años. —Se encoge de hombros. Puede que haya estado
viviendo así, pero seguro que no parece tener noventa años. Me mira y
agrega—: Estoy dispuesta a todo lo que me haga sentir más feliz.
Sé lo que quiere que haga. Es una invitación abierta para ejecutarla ahora
mismo, pero sería demasiado fácil. Ya le dije que no me parezco en nada a
su chico de campo y hablaba en serio.
Me duele la cabeza. Hablo y pienso en dos direcciones diferentes. Mi
discurso es cortés, sin embargo, tiene un significado profundo detrás. Me
gusta y la deseo mucho.
Los pensamientos de su cuerpo desnudo se retuercen sobre mí... joder,
me pone cachondo, pero todavía no. Tengo que prepararla para mis avances
y necesita desearme tanto como yo a ella. Muy pronto. Sí, será muy pronto.
—Solo una hora más de escribir a máquina y estaremos listos para otro
día. ¿Crees que terminaremos a la misma hora mañana? —me pregunta ella
con voz inocente.
—No, tengo la sensación de que mañana va a ser muy diferente, mucho
más emocionante que hoy. —No tiene ni idea de que estoy hablando de
nuestra diversión y juegos. No me refiero al trabajo. No, será mucho mejor.
Tal y como dijo, haría cualquier cosa por volver a sonreír. Joder, cuando
acabe con ella estará sonriendo de oreja a oreja.
—Genial, ¿qué vamos a hacer?
—Te lo diré más tarde; no quiero que pienses mucho en ello. ¿No te
gustan las sorpresas?
Sonríe y duda, antes de responder. A todas las chicas les encantan las
sorpresas, especialmente si son tan jóvenes.
—Bien, Christian, usted gana. Es el jefe y sus deseos son órdenes para
mí, por decirlo de alguna manera.
—Más vale que lo creas, lo que vale es lo que yo digo, no importa lo que
pase.
—¿Necesita algo más?
—No, regresa a tu mesa y continúa con lo que estabas haciendo.
Miro el contoneo de su culo de nuevo, echo la cabeza hacia atrás y cierro
los ojos; entonces, me viene una imagen de ella arrodillada sobre mí y
frotando su sexo depilado contra mi cara.
Agarro sus nalgas y las aprieto, mientras su coño se abre con el toque de
mi lengua, su clítoris late con cada movimiento y su trasero se tambalea con
cada lametón.
Si no salgo de aquí, terminaré tirándomela en la mesa o peor aún,
probando su dulce coño.
La llamo por el intercomunicador:
—Isobel, ¿has terminado?
—Casi. Se están subiendo los archivos y todavía tengo que apagar el
ordenador.
—Entonces, empezaré a cerrar.
No dudo en salir de mi oficina. Soy como un niño pequeño ante un
nuevo experimento que se va a hacer en la clase de ciencias. El mismo que
voy a practicar mañana y, entonces, sabré con seguridad si voy a jugar con
ella de tantas maneras diferentes, que no podrá sentarse derecha durante la
próxima semana.
—¿Estás lista para averiguar en qué va a consistir nuestro trato?
—Sí, por favor. Si le digo la verdad, resulta tan excitante como la
Navidad.
Sonrió, pues lo que tengo pensado no tiene nada que ver con la Navidad
ni la inocencia.
—Cada día te diré algo que tienes que hacer para mí. Algo sexy que te
haga sonrojar y divertir a la vez. Cada vez será más atrevido y excitante,
por eso es bueno que confíes en mí.
Vi como tragaba saliva y se humedecía los labios.
—No tienes que preocuparte por nada. Será algo entre tú y yo. Nadie
más va a enterarse.
Ella asintió con la cabeza y me dedicó una sonrisa. Me encantó que
confiara tanto en mí.
—De todas formas, si algo te hace sentir incómoda, solo tienes que
decirme que no. Pero te aconsejo que lo pruebes primero. ¿Estás preparada
para tu tarea de mañana? —Lancé mi chaqueta sobre el hombro mientras
esperaba su respuesta.
—Sí. —respondió segura, lo que me hizo sonreír.
—Bueno, tu primera tarea es bastante sencilla. —Vacilé antes de
decírselo, pero me doy cuenta de que se muere por saberlo—. Mañana, ven
a la oficina con una falda corta. Sin bragas.
—¿Bromea? ¿No es un poco, ya sabe, arriesgado?
—Joder, la otra noche, tenías el culo al aire delante del chico de campo y
de mí. Unos segundos más y habrías deslizado el dedo por tu coño. ¿Qué
puede ser más revelador que eso?
—Bueno, dije que haría cualquier cosa. —Trata de encontrar una salida.
—¿Y?
—Supongo que será mejor que cumpla mi parte del trato, después de
todo lo que hemos hecho.
¿Me está haciendo enfadar? ¿O me estoy frustrando? La imagino
mañana, sentada frente a mí y levantando su falda, mientras escribe a
máquina. Entonces, abre las piernas y me mira, mis ojos se van
directamente a su coño.
Estoy atrapado por ella y me enfado en el proceso, nunca he esperado
tanto tiempo para follar y no sé por qué es diferente con ella.
—Asegúrate de enviarme una foto, para demostrar que no llevarás
bragas.
Necesito dejar su escritorio, o haré algo de lo que me arrepentiré.
—Podré demostrártelo —me tutea.
Me voy y pienso que no necesito escuchar más de esta conversación.
Sabía que debería haberle enviado un mensaje, pero si lo hacía y cambiaba
de opinión, podría usarlo en mi contra. Además, tengo la sensación de que
ella está más emocionada con esto que yo.
De repente, me giro para replicar:
—Podrías demostrarlo, pero no será lo mismo. Foto. No lo olvides.
Me marcho sabiendo que, si no está entusiasmada con lo que acabo de
proponerle, pronto lo estará. Tengo una enorme erección y necesito liberarla
en cuanto suba al maldito coche.
Capítulo 7
Isobel
Me he despertado antes de lo habitual; son poco más de las cinco y estoy
bien despierta. Tal vez son los pensamientos de mi primera tarea los que me
hacen estar tan animada. Me tumbo en la cama y valoro si debo continuar
con su trato. Aunque soy una chica muy reservada, lo encuentro excitante.
Creo que lo único que me convence de ir a la oficina es lo sexy que es
Christian. Es el hombre ideal en apariencia, pero en actitud apesta y la
mayor parte del tiempo se comporta como un completo idiota.
Pienso en su físico, en lo alto que ese y su pelo rubio oscuro. En cierto
modo, tiene los mismos rasgos que Leo. También sus ojos, de color azul,
recuerdo cómo me derriten y hacen que me tiemblen las piernas cuando está
cerca de mí.
Al final, decido ir sin bragas y evalúo qué falda será más apropiada,
hasta que opto por una de lápiz. Es una falda ajustada y le pondrá cachondo,
así comprobará que he completado mi tarea.
Una mirada más al espejo y me marcho a la oficina. No puedo creer que,
en pocos días, haya pasado de ser una chica tímida a una juguetona y
traviesa. Agnes dijo que me divirtiera y eso es exactamente lo que pienso
hacer a partir de hoy.
Isobel
Le envié la foto y esperé respuesta. Me hubiera gustado hacer algo más,
un vídeo, pero en el último minuto me acobardé. Sobre todo, desde que
escuché a algunas de las chicas que entraban en el baño. Me sentí como una
novia plantada, esperando todo el día que respondiera, y cuando acabó la
jornada todavía no había dicho nada.
No dormí bien, especialmente sin saber de él.
En cuanto llego a la oficina, estoy de mal humor. Miro la puerta de su
despacho y la veo cerrada de nuevo. Me pregunto si ha salido, pero
entonces veo una caja en mi escritorio.
No tiene sello, es roja y lleva un lazo a juego. Hay una tarjeta encima y,
cuando la recojo, me siento como una niña pequeña en el día de Navidad.
Quiero abrirla, pero empieza a entrar gente y la meto en mi bolso. Me dirijo
al baño con rapidez y entro en uno de los cubículos.
Tan pronto como cierro la puerta, abro el bolso y agarro la tarjeta.
«Isobel:
Pon este regalo entre tus piernas, cerca de tu dulce coño. Cuando
termines, pon las bragas en la caja y vuelve a tu escritorio.
Christian».
Me doy cuenta de que se trata de uno de sus juegos. Quiere que siga unas
instrucciones y la idea me excita. Puedo imaginar su fuerte acento, que es
una mezcla de inglés británico y americano. Siento como si estuviera detrás
de mí, susurrándome que lo haga y le envíe una foto. Intento pensar en
cuánta gente hay en la oficina ahora.
No he visto a mucha y presiento que ahora es una oportunidad
demasiado buena para pasar de largo. Si voy a mi escritorio, me siento y
espero, puede que me acobarde. Además, no hay tiempo como el presente.
Quiero ver lo que contiene la caja. La agito y pienso que solo puede ser una
cosa, un consolador.
Me aseguro de que no hay nadie en el baño, reviso por si veo algunos
pies y espío en el fondo de las puertas. Extiendo la mano y no es lo que
esperaba. No hay ningún consolador, solo otro par de bragas.
Entonces, algo cae al suelo y descubro que no son unas normales, ya que
hay una bolsita con algún tipo de mini consolador.
¡Mierda!
Al leer varias veces las instrucciones, me doy cuenta de que quiere que
me las ponga para poder correrme en cualquier momento. Después de
comprobar otra vez que no hay nadie en los cubículos, me quito las bragas,
alargo la mano y pongo la bola contra mi sexo. Luego ato los extremos de la
prenda a cada lado y meto en la caja las que me puse esta mañana. Luego,
la guardo en el bolso y me dirijo a los lavabos.
Me lavo las manos y me siento una chica traviesa. Al salir del baño me
encuentro con Jean. Llevo el bolso firmemente contra mi pecho.
—Buenos días, ¿no me digas que hoy tampoco vas a venir a comer con
nosotras?
Sé que no puedo dejarla plantada. Ya puedo ver la decepción escrita en
su cara.
—De ninguna manera. Vendré a buscarte a la una.
Ella asiente con la cabeza,
—Solo espero que no te mantenga ocupada hoy. Ya que ayer no estuvo.
¡Está aquí!
Siento como si hubiera respondido a todas mis oraciones. Me esfuerzo
por actuar con naturalidad, pero es muy difícil cuando tienes algo contra tu
coño y todo está controlado por un hombre.
—Vaya, pareces feliz.
Ella no tiene ni idea de cómo me siento, pero necesito fingir mejor.
Tengo la extraña sensación de que sospecha algo porque no soy una gran
actriz.
—Hablé con mi familia esta mañana. Ya sabes que los echo de menos.
Es la primera vez que salgo de casa.
—Isobel, sé que no es fácil para ti. Recuerdo la primera vez que salí de
casa...
Gracias a Dios que alguien más quiere usar el baño.
—Sí, te veré más tarde.
Casi tropiezo mientras me voy con rapidez en dirección a la oficina de
Christian. Nada se va a interponer en mi camino, nada hasta que le de mi
regalo. Uno que quiero que disfrute más que nada.
Las puertas se abren y no puedo esconder la emoción al entrar en su
despacho. Ni siquiera llamo de lo entusiasmada que estoy.
—Buenos días, Isobel.
—Buenos días, Christian. —Asiento con la cabeza mientras lo veo
vestido de oscuro. Nunca pensé que pudiera estar más sexy, pero hoy viste
un traje negro, con solo un pañuelo rojo, que termina por sorprenderme.
Saco la caja de regalo de mi bolso y la pongo en su mesa.
—Este es el tuyo.
Él afirma con la cabeza y no toca la caja.
—¿No crees que es mejor que cierres?
Corro a la puerta y pienso que trato de parecer sexy, pero estoy fallando.
Respiro profundo y no quiero que nada salga mal. Otra vez no. Cierro la
puerta y me giro para enfrentarlo.
—Ya está.
—Siéntate.
Me muevo lenta y seductoramente hacia la silla y él sonríe mientras me
mira.
—Supongo que te gusta.
—Todavía no sé para qué sirve. —Le devuelvo la sonrisa.
—¿Quieres que te lo enseñe?
Cruzo las piernas como si fuera Sharon Stone de Instinto Básico y digo:
—Sí, por favor.
Entonces saca algo de su bolsillo y, en ese momento, sé exactamente
para qué sirve el mini consolador.
—¿Dónde lo has puesto?
—En el interior.
—Buena chica, ahora prepárate para el viaje.
Me agarro a ambos lados de la silla cuando mis jugos empiezan a
filtrarse a través de la tela. Es como si me acariciara suavemente en todos
los lugares correctos. Ni siquiera puedo hablar, ya que noto su ritmo
constante. Abro los ojos por un segundo y veo que me está mirando.
Sostiene el control remoto en su mano y lo presiona de nuevo.
—Ah —gimo mientras arqueo mi espalda y me levanto en la silla de
cuero. Las bragas de encaje contra mi piel no solo tocan mi sexo, sino
también otras partes de mi coño. Ver sus ojos en mí, me hace imaginar que
es él quien me hace esto. Sus dedos me acarician de arriba a abajo. Empiezo
a respirar con dificultad y escucho su voz susurrante.
—Así es. ¡Ven con papá!
Hago justo eso. Él observa cómo me voy a correr y sabe acelerarlo.
Intento contenerme, pensando que hay más gente en la oficina, pero no
puedo evitarlo y empiezo a gritar.
Arqueo la espalda y me muerdo la lengua. No puedo hacer esto, no con
todos alrededor. Y luego, cuando me atraviesa un tremendo orgasmo, siento
tanto calor que pienso que voy a derretirme, a pesar del aire acondicionado.
Necesito respirar y tomo aire para calmarme. Incluso olvido que
Christian me está mirando hasta que habla.
—Eso es todo por ahora, Isobel.
Cuando abro los ojos, veo que tiene mis bragas. Las que me puse para
venir a trabajar. Las está oliendo y me sonríe.
—Puedes venir en una hora y hacerlo todo de nuevo.
—¿Otra vez?
Vuelve a poner las bragas en la caja.
—Eso es, a menos que prefieras hacerlo en tu escritorio.
—¡De ninguna manera, Christian!
—Vuelve exactamente en una hora.
—¿Y después de eso?
Levanta una ceja.
—Puedes dejar de venir hasta que te diga que vengas de nuevo.
No dice nada más que eso. Me hará ir y venir todo el día. Debería
frustrarme y decirle que ya he tenido suficiente de sus juegos, pero no lo
hago porque, por otro lado, no quiero que se detenga.
Capítulo 9
Christian
Ayer fue como un sueño hecho realidad. A este ritmo, voy a necesitar
acciones en el sex shop, ya que fui y compré otro consolador. Estoy sentado
en mi despacho y me pregunto si ha hecho lo que le pedí.
Hasta ahora, no se ha negado, es como si hubiera una ninfómana
escondida en su interior, acechando bajo la superficie, esperando a poder
cumplir todas sus fantasías.
No puedo aguantar más. Ayer, después de hacerla venir a cada hora, no
pensé que seguiría mi juego. Al ver su sonrisa, sé que me he equivocado.
—Isobel, ¿estás ahí?
—Sí, estoy aquí.
—¿Puedes venir? Quiero hacerte una pregunta.
—¿Tengo que tomar notas? —Se pone nerviosa.
—No, quiero saber si hiciste lo que te dije, si seguiste las instrucciones
tal y como las dejé.
—Uhm, sí. Seguí las instrucciones al pie de la letra.
—Entonces, ¿qué pensaste de tu regalo?
—Me encanta. Fue muy agradable y una verdadera experiencia. —
Parece emocionada y necesito saber más. ¿Cómo se sintió? Porque yo tuve
que masturbarme cada vez que la hacía venir al despacho.
—Trae la caja. Quiero revisar el contenido.
Vi cómo se movía al salir de la oficina y cómo se agachaba para alcanzar
su bolso, mostrándome una panorámica de su culo redondo. Ahora la
imagino en esa posición mientras le meto la polla en su coño rosado y
apretado.
Ella regresa a la oficina, abre su bolso, saca la caja y me la entrega.
—Cierra la puerta.
—Christian, ¿quieres que entre o salga?
—Entra, quiero comprobar que has completado tu tarea correctamente.
Se da la vuelta, cierra la puerta y mira hacia mi escritorio.
Pongo la caja sobre la mesa y saco el consolador. Entonces miro a Isobel
y puedo ver sus ojos brillar, mientras su mente regresa a su tarea del día
anterior. Me pongo el consolador en la nariz y huelo el aroma de su coño en
el aparato.
¡Joder!
—¿Así que te las arreglaste para meterte todo esto dentro?
—Se metió hasta el fondo, bastantes veces. Espero que nadie me haya
escuchado.
No se da cuenta de lo mucho que me está excitando ahora mismo.
Cualquier otra mujer se habría rendido, habría dicho que no podía volver.
Ayer, cada vez que le dije que viniera, esperaba que se quejara; pero nunca
lo hizo.
Era como si disfrutara cuando la llamaba por el intercomunicador. Sabía
lo que quería de ella y tuve que ir a buscarle otro juguete. La idea de volver
a mirarla, me va a llevar a la tentación. De esta forma podría saber lo que
hace sin tener que ir al baño y masturbarme.
Ella está lista para que la haga mía, pero algo me retiene. ¿Tal vez es su
edad? O el hecho de que es virgen. De cualquier manera, sé que me la
follaré, solo necesito un poco más de tiempo.
Le quito las bragas y me las pongo en la nariz; todavía puedo sentir una
ligera humedad mientras inhalo el olor de su excitación.
—Huele a néctar de los dioses. —Me froto las bragas mojadas por la
cara.
—Me alegro de que apruebes mi...
Inhalo su aroma al tiempo que mantengo mi mirada fija en ella; tuvo que
limpiarse las bragas después de venir. Las que llevaba ayer no olían tan bien
como hoy. No, este es un olor diferente. Uno que me dice que está lista para
que la posea. Ayer, estaba tratando de ma...
—Eso es todo. Puedes volver al trabajo y cerrar la puerta al salir.
Es mejor que se vaya antes de que pierda el control y la tumbe sobre mi
mesa. La veo cerrar la puerta, cojo el consolador y paso la lengua por él.
Puedo saborear sus jugos e inmediatamente empiezo a pensar en su dulce
coño. Apuesto a que sabe igual de dulce. La imagino con un pie en el
asiento del inodoro, mientras abre los pliegues de su sexo con la punta del
consolador.
Mi polla se pone dura al pensar que el aparato se desliza en su coño
mojado, me desabrocho el pantalón y me la agarro. Tomo las aromáticas
bragas y las envuelvo alrededor de mi polla mientras me acaricio
lentamente. Me imagino la humedad de sus bragas en mi pene.
Empiezo a levantar las caderas en mi silla mientras me la follo
mentalmente, mi polla dura y palpitante en la mano. Me acaricio más y más
rápido, mientras imagino su coño siendo embestido por el consolador.
Es como si la viera penetrándose con el aparato, abriéndose la blusa y
deslizando una mano dentro del sujetador. Sus dedos agarran un pezón y
juguetea con él, su coño está muy mojado, el consolador se desliza
profundamente y la hace estremecerse.
Me pongo de pie y dejo que mis pantalones se deslicen hasta el suelo. Es
como si tuviera mi polla dentro de ella, me apoyo en la mesa mientras
empujo con la otra mano hacia arriba y abajo. Observo la puerta por si entra
alguien, pero no veo señal de movimiento.
Agarro el consolador y lo enciendo, las vibraciones llenan mi mano y lo
sostengo contra mis bolas. Eso hace que me ardan las pelotas y la base de
mi erección. Aprieto la mano y me acaricio más fuerte, el olor de Isobel
llena todo el aire.
Imagino su coño envuelto alrededor de mi polla, el calor aumenta
mientras su cuerpo está a punto de explotar, el consolador sacude el semen
dentro de mis bolas y los golpes vuelan a la base de mi estómago. Me
tiemblan las piernas y siento espasmos de placer por todo mi cuerpo.
Pienso en cómo su coño está lleno de vibraciones. Al escuchar el suave
zumbido, siente un enorme orgasmo en lo más profundo. Quiere gemir y se
muerde un dedo para evitar el grito. Su cuerpo se convulsiona cuando su
coño se libera y empapa las bragas con su humedad.
Mi cuerpo está a punto de soltarse, tomo las bragas y las pongo en mi
escritorio, acaricio mi polla cada vez más rápido. Mi semen caliente se
dispara desde la punta de mi polla y aterriza en las bragas, nuestros jugos se
unen y se convierten en uno solo.
¡Oh, sí!
Capítulo 10
Isobel
Miro el reloj y veo que es casi la hora del almuerzo. Jean viene a la
esquina con un par de chicas y se dirige hacia mi escritorio. Entonces,
recuerdo que le prometí que iría a su escritorio a buscarla para almorzar. ¿O
eso fue ayer?
Fue ayer, pienso con alivio. Christian me hizo ir a su despacho tantas
veces que pensé que era imposible. Nada más irme, tocaba el botón y me
hacía regresar. Hoy, he tenido el control para hacerlo yo misma. Me
sorprendió que me enviara otro regalo, pero esta vez no quería verme ir y
venir. Solo que le hablara de mi experiencia.
—Tierra a Isobel. —Sacudo la cabeza mientras Jean me habla, y no
respondo—. Te preguntaba si vendrías hoy. ¿Estás bien? —Se acerca más a
mí—: ¿Te está haciendo trabajar demasiado? Porque ayer no permitió que
te sentaras ni un minuto. No dejaba de pedirte que fueras a su oficina.
Necesito encontrar una manera de engañarla y decirle que todo está bien.
—Claro, todo está bien. Es solo que echo de menos mi casa.
—Entonces, ¿qué te apetece hoy, comida basura o algo más saludable?
—Me apetece ir a ese sitio mexicano en el que hacen una ensalada
estupenda —digo, mientras tomo mi bolso y empezamos a caminar hacia el
ascensor.
Ni siquiera quiero saber qué está haciendo en su oficina. O podría
sentirme tentada de quedarme y ver si hoy es el día en que me toca. Debe
desearlo pronto, me nuero por hacerlo.
—Comida sana, entonces. —Jean revisa su teléfono y cuando entramos
al ascensor, se detiene.
Caminamos un par de calles y no tardamos mucho en llegar a El Canelo.
Nos apretujamos en el asiento, recuerdo que no llevo bragas y que las
chicas pueden darse cuenta, por mi falda. Así que, empiezo a preguntarme
si lo notarán. Una cosa es no llevar bragas y meterte con tu jefe. Otra es no
llevarlas puestas y almorzar con las chicas.
—¿Isobel? —pregunta Amanda, mientras se hace un moño rápido con la
melena oscura.
Estoy mirando el menú, pero no la comida. Solo los precios, pues sigo
con un pequeño presupuesto. Gracias a Dios que pronto llegará el fin de
mes y podré gastar, porque me pagarán en unos días.
—Sí. —Levanto una ceja, sabiendo que no me va a preguntar sobre lo
que voy a pedir.
Lo más probable es que quiera saber algo sobre Christian. Deben tener
curiosidad por nuestra relación laboral, sobre todo porque Jean mencionó
que ayer fui tantas veces a su oficina.
—Nos gustaría saber si la sanguijuela de Christian, el jefe, ha intentado
algo contigo —pregunta inclinándose sobre la mesa.
—No, ni siquiera me ha mirado de esa manera. —Me reclino hacia atrás
y estiro de la falda para cubrirme las piernas.
¡Dios! Si supieran que no llevo bragas, sabrían que soy una mentirosa.
—Bueno, nos lo preguntábamos porque es un poco mirón y, por lo que
hemos oído, también un cabrón —explica Jean, sonriendo—. No te has
dado cuenta, pero hemos visto la forma en que te mira. Gira la cabeza y te
mira demasiado. —Jean entorna sus ojos oscuros, esperando una reacción.
Trato de arreglarlo. Ahora mismo, desearía no haber venido a comer,
esta conversación está demasiado cerca de la verdad para que me consuele.
¡Han notado cómo me mira! Eso es un indicio, deben saberlo. Solo espero
que no me hayan escuchado en el baño y me pregunto si me están
interrogando por eso.
—Lo observaré, a ver si me doy cuenta de que me mira o si insinúa algo.
—Intento parecer inocente.
No puedo dejar que sepan que durante los últimos días me ha hecho
venir a la oficina sin bragas, solo para que pueda darle mi inocencia
—Es un mujeriego. Se acuesta con toda la que quiere y me refiera a
cualquier cosa —interviene Amanda mientras mira el menú.
Odio a Amanda porque siento que se está burlando. Pensé que yo era
diferente, que él se sentía atraído por mí.
Se aparta el flequillo de los ojos y me mira fijamente, lo que me hace
sentir como si fuera tonta, al pensar que soy cualquier cosa menos otra de
sus víctimas. Lo he hecho de nuevo, me he enamorado de otro hombre que
solo me quiere por mi cuerpo.
—Oye, chica, ¿en qué piensas? Estás a kilómetros de distancia. —Jean
chasquea los dedos frente a mi cara.
—Lo siento. —Sacudo la cabeza, deseando llevar mis bragas puestas. Al
menos si pudiera ir al baño y ponérmelas, entonces no me sentiría tan
culpable por mentir—. Nada, solo estaba soñando despierta, me quedé
dormida.
—¿Estás pensando en el jefe y su enorme polla? ¿Es eso? —Amanda se
ríe y recoge el menú. Luego me guiña un ojo.
—No, en absoluto. —No puedo dejar que piensen que soy ese tipo de
chica. Soy inocente. Todavía soy virgen; apuesto a que ninguna de ellas lo
es.
—Bueno, sabemos que no mezcla los negocios con sus profundos y
oscuros placeres, eso es seguro, nunca se ha acercado a ninguna de las
chicas del trabajo —comenta Jean, mientras mastica chicle.
No sabe el alivio que supone oír eso. Significa que soy especial y que
estar conmigo, va en contra de sus reglas.
—Sí, y hay gente que ha sentido esas miradas, yo misma, por ejemplo.
Son miradas con M mayúscula —dice Amanda mientras pasa la mano por
su cuerpo—. Podría enseñarle una o dos cosas si alguna vez se cruzara en
mi camino —añade riendo y quiero irme ahora mismo. No la quiero cerca
de él.
¿En qué estoy pensando?
No estoy saliendo con mi jefe, y en lo único que puedo pensar es en
acostarme con él. Actúo como si fuera mío, pero por lo que parece no es de
nadie. Especialmente no es mío. Es solo un tipo al que le gusta ir por ahí y
acostarse con mujeres. Como Leo.
—En serio, ¿nos contarías si rompe su regla y tratara de seducirte?
Después de todo, somos amigas —insiste Jeans con el ceño fruncido.
Me pregunto si somos amigas o solo busca chismes.
—Sí, por supuesto, serás la primera en saberlo. Lo prometo por mi honor
de mujer —bromeo y levanto una mano.
Seguimos charlando y las chicas no dejan de mirarme desde que me
preguntaron que si había pasado algo. Puede que lo haya negado, pero creo
que no me han creído.
—¿Estás segura de que no ha intentado nada? —Amanda vuelve a
insistir, con la boca llena de lechuga.
—Te digo lo mismo de antes, prometo que no me ha puesto un dedo
encima. —Bebo mi batido de frutas.
—Me cuesta creerlo, te llama a su oficina y cierra la puerta, ¿qué pasa
ahí dentro, con la puerta cerrada? —Me mira con interés—. ¿Te inclina
sobre su mesa mientras te folla por detrás?
¡Dios, lo sabe!
O me oyó ayer en su oficina, porque empiezo a ponerme colorada y
siento que las mejillas acaloradas.
Pongo las manos en el regazo y procuro mostrarme calmada.
—Amanda, ¿por quién me tomas? Oh, Dios mío, sabes que no soy así —
me defiendo. No puedo permitir que sepan lo que está pasando. No hasta
que tenga sexo con Christian, hasta ese día necesito mantenerme en
silencio. Nadie puede saberlo, especialmente las chicas de la oficina.
—Solo estoy bromeando, trato de pillarte, por si guardas un oscuro
secreto, ¿eh? —añade mientras las chicas se ríen a carcajadas.
—A veces, no tienes escrúpulos —respondo con aspereza.
—Las chicas solo quieren divertirse, eh, las chicas solo quieren
divertirse —canturrea Jean.
—Diablos Jean, no dejes tu trabajo por la canción. ¡Lo haces fatal!
Sonrío y decido ir con cuidado, ya que es obvio que las chicas sospechan
y creen que hay algo entre Christian y yo. Aunque él nunca se insinúa con
las trabajadoras de la oficina.
—Bueno, estoy llena —comenta Jean, mientras se limpia la boca con
una servilleta.
—Yo también, ha sido un gran almuerzo.
Genial, ¿ahora podemos marcharnos con rapidez?
Pensé que una vez que les dije que no pasaba nada dejarían de hablar de
Christian, pero veo que han venido con una misión. No era para comer, era
para interrogarme sobre mi jefe.
—Tendremos que venir aquí más a menudo. Es una buena elección —
sugiere Amanda al tiempo que desliza su trasero del asiento.
—Podemos llamarlo «nuestro lugar de chequeo al jefe». Cualquier
actualización sobre Christian, el jefe jodidamente adicto, podemos
discutirla aquí —Jean sigue a Amanda.
—Sí, podemos interrogar a Isobel cada dos días y ver si ha avanzado.
Me deslizo de mi asiento y tengo mucho cuidado de no revelar que no
llevo bragas, eso sí daría a las chicas que hablar.
Cuando empezamos a caminar de regreso a la oficina, reflexiono sobre
lo que han dicho. Estoy orgullosa de no haber revelado la verdad.
Christian nunca se ha insinuado a ninguna de las chicas, pero me mira de
otra manera, ¿ha roto su regla principal? ¿O soy yo quien lo ha atrapado?
¿Poseo algo que le hace querer romper su regla y me quiere tanto como yo a
él? De cualquier manera, lo va a conseguir, porque me aseguraré de pasar
todas sus pruebas con éxito.
Capítulo 11
Christian
Llamo a Isobel sabiendo que no habrá rastro de mis instrucciones. Nunca
he mezclado los negocios con el placer, esta es la primera y, probablemente,
la última vez que lo haga. He llegado demasiado lejos para dar marcha
atrás, pero eso no significa que me arriesgue.
—Esta noche, asegúrate de volver a las ocho.
No creo en las charlas triviales, así que me pongo a ello. Salí de la
oficina a la hora del almuerzo, porque tenía una reunión, y ahora son más
de las cinco. Puede que se vaya pronto, así que quiero encontrarme con ella
antes.
—¿Adónde debo ir, Christian?
—A mi oficina. Recuerda lo que hiciste por ese campesino. Quiero que
lo hagas de nuevo, pero esta vez para mí. Quiero verte en mi escritorio.
—Oh Dios. —Suspira y puedo oír la emoción en su voz.
—Hay algo de lencería, quiero que te la pongas antes de que te vayas por
la noche. Luego regresa a las nueve y no te preocupes, habrá un coche para
recogerte. Solo ponte el impermeable y la lencería. Nada más.
Faltan cuatro horas, seguiré trabajando y, hasta entonces, miro el reloj y
deseo que el tiempo se acelere. Ojalá hubiera llegado antes. Luego, lo
siguiente que sé es que casi son las ocho, así que me siento con paciencia y
excitado, murmuro para mí mismo, «vamos nena, hazlo por mí». Imagino
su olor mientras trabajo, y que meto mis dedos en su coño, de modo que los
acerco a la nariz y los huelo.
Veo en la pantalla que se abre la puerta de mi oficina, Isobel entra en la
habitación y camina hacia el ordenador. Le mando un mensaje para que
sepa que puedo verla y apago el dispositivo para que solo se vea ella.
«¡Baila para mí!».
Veo como empieza a moverse, sus manos se levantan sobre su cabeza
mientras pasa los dedos por su pelo, gira las caderas y se vuelve para
apartarse de la cámara.
Observo con emoción cómo se quita el top escotado, con los pechos
cayendo libremente; no lleva sujetador. Isobel se toma los senos y se
pellizca los pezones; se inclina hacia la cámara y se ven enormes en mi
pantalla. Su cuerpo es perfecto, y ella ni siquiera lo sabe.
Mi polla se estremece mientras acaricia sus pechos y luego desliza
lentamente la falda hasta el suelo, sus diminutas bragas cubren su dulce
coño. Isobel desliza una mano dentro de sus bragas y se burla de mí como si
se follara con un dedo. Después lo lame, como si fuera mi polla en su boca.
Tengo los pantalones abultados, me inclino hacia atrás y me desabrocho
el cinturón sin dejar de mirar la pantalla.
«Ponte las medias y las ligas», escribo, queriendo ver más de ella de
tantas maneras diferentes.
Observo cómo se sube las medias por las piernas muy despacio y se
desliza el liguero de color negro, resaltado por la belleza de su cuerpo.
Isobel se inclina en mi mesa y sacude su redondo trasero, luego se da un
cachete juguetón. Mi pene estalla para liberarse de los confines de mis
pantalones. Abro la cremallera y dejo que caigan al suelo, me quito
rápidamente la camisa y me inclino hacia atrás en la silla, el cuero frío
envía un escalofrío a mi columna vertebral.
Mi polla está en mi vientre y se mueve mientras mantengo los ojos fijos
en la pantalla. Isobel se sube a mi escritorio a cuatro patas y
juguetonamente se aleja de la cámara. Puedo ver su coño entre sus piernas y
me agarro la polla para apreciar la vista. Isobel mira por encima de su
hombro y veo cómo se acaricia el sexo rosado con un dedo mientras se
humedece. ¡Oh, sí!
« Abre tu maldito coño, quiero verlo. ¡He esperado tanto tiempo!».
Isobel lee el mensaje y se acuesta de espaldas, sus piernas levantadas en
el aire y separadas. Mi miembro cobra vida y me golpea la barriga más
fuerte que antes.
Joder, parezco un adolescente ansioso, que quiere más y nunca tiene
suficiente.
Me acaricio despacio, veo que ella chupa su dedo y lo desliza entre los
labios de su coño. Cierra los ojos y se deja llevar por las sensaciones. Se
toca los pechos, aprieta sus pezones que se arrugan y se ponen más duros.
«Cajón superior», escribo mientras acaricio mi polla abultada.
Isobel levanta la cabeza y lee el mensaje; su mano se acerca al cajón y
saca el consolador. Observo cómo lo enciende y desliza la punta bajo la
cinta del liguero. Luego arquea la espalda y arrastra el consolador por el
muslo.
Estoy tan duro por Isobel que mi polla dolorida está palpitando.
Continúo acariciándome y ella juega con su clítoris, sumergiendo la punta
del consolador en su sexo. Luego, lentamente lo desliza un poco más
profundo con cada movimiento.
Escucho su respiración y cómo gime y gime, mientras el consolador
inunda su cuerpo con miles de pulsos, el fuego se acumula dentro de su
perfecto y apretado coño. Isobel abre más las piernas; veo sus labios
rosados que se estiran desde el consolador que guía hacia dentro. Sus jugos
hacen brillar su coño bajo la luz.
—A la mierda, mete el consolador hasta el final —gruño tan fuerte que
ni siquiera soy capaz de escribir las palabras correctamente.
Puede que ella se corra, pero no será la única.
Isobel inclina la cabeza y responde al mensaje; desliza el consolador
hasta donde le permite su coño, se quita las manos y deja que se quede ahí,
llenándola con un fuego profundo.
Agarra sus tetas y las junta hasta que sus pezones casi se tocan mientras
las acaricia. Jadea y yo estoy completamente excitado, listo para que llegue
hasta el final.
«Ponte al estilo perrito y date un cachete», escribo, mientras mi polla
palpita y pulsa en mi mano.
Me agarro las pelotas y aprieto al ver que Isobel se pone de nuevo a
cuatro patas y abre las piernas, puedo ver su coño abierto mientras el
consolador empieza a deslizarse lentamente hacia ella por la parte trasera.
Se apoya en su único brazo, Sus nalgas se tensan cuando empuja el
consolador más profundo en su coño rosado y húmedo.
Me mira por encima de su hombro y se da cuenta de que la cámara es
una conexión inalámbrica. La agarra con una mano y rueda sobre su
espalda.
Coloca la correa de la cámara alrededor del consolador, de modo que al
instante tengo una visión de alta definición de su coño y clítoris, o cualquier
otro lugar donde lo meta.
¡Maldita sea!
Isobel toma el aparato en su boca y envuelve sus labios alrededor de la
cabeza. Desliza el consolador hasta su garganta, los rasgos de su cara se
agrandan cuando se lo traga en toda su longitud, haciendo que mi polla
palpite.
La cámara se desliza hacia atrás y hacia delante de su cara, mientras me
muestra una garganta profunda; me duele el pene al imaginar que soy yo.
Saca el consolador y lo lleva a su clítoris. La cámara se sacude al
estimularlo con sus vibraciones. Se activa la estabilización del objetivo y
tengo una clara visión de cerca del sexo de Isobel. Es más que perfecto;
incluso, puedo ver su dedo al masturbarse.
Acaricio frenéticamente mi erección, más fuerte y más rápido. Imagino
que penetra su coño virgen, que la engulle, tragándosela. Puedo escuchar el
motor que apenas es un débil zumbido. Juega con su dedo sobre su sexo
hinchado por el placer.
Lentamente saca el consolador y veo sus jugos que fluyen sobre sus
labios rosados. Parece un jugoso melocotón fresco en el que quiero enterrar
mi cara.
Me va a estallar la polla y me acaricio más rápido. Ella se clava el
consolador, puedo oír sus gemidos cuando empieza a tener un orgasmo. Mis
bolas están a punto de explotar, mi semen sale disparado y golpea la imagen
de su coño en la pantalla.
La limpio con rapidez y veo cómo arquea la espalda. Le tiemblan las
piernas y todavía sigue gimiendo.
—¡Oh, sí! ¡Sí! —Empieza a gritar tan jodidamente fuerte que su boca
abierta ocupa toda la pantalla. Sé que en cualquier momento llegará a lo
más alto.
Sacudo mi miembro arriba y abajo con tanta fuerza que terminamos de
corrernos al mismo tiempo.
Isobel llega al punto de no retorno cuando se detiene y comienza a
temblar. Luego recupera el aliento y escribe:
«¿Lo has visto?».
«Sí, cariño».
Pero no tiene ni idea de que no solo se ha corrido ella, sino también yo.
Agarro mi camisa y limpio la pantalla; observo a Isobel mientras está
tumbada en mi escritorio, su cuerpo subiendo y bajando con la respiración
acelerada. Comienza a relajarse y se quita el consolador de su coño
satisfecho.
Observo que se baja de la mesa, sus jugos han dejado la parte superior
cubierta de dulce néctar.
—No limpies el escritorio, déjalo como está.
Quiero olerlo por la mañana cuando llegue a la oficina; así, podré
imaginar cómo será cuando la penetre con mi grueso miembro. No habrá
ningún aparato, ninguno de sus dedos, solo mi polla.
Ella guarda el consolador en el cajón y camina hacia el armario, saca la
gabardina y se la pone sobre los hombros, se vuelve hacia la cámara y da
unos pasos de baile. Todavía lleva las medias negras y el liguero.
Se abrocha los botones de la gabardina y ata el cinturón. Camina hacia el
ordenador y levanta la mano.
«¡No te olvides del coche!», escribo al ver que se acerca para apagar el
ordenador.
Capítulo 12
Isobel
Observo las calles desde la ventana del coche. Voy en el asiento trasero
que es más grande que mi sofá de Kansas. La gabardina se desliza por mi
cuerpo cuando el conductor gira en cada esquina. Agarro las solapas e
impido que se abra y revele que voy desnuda.
—No falta mucho, señorita, solo un par de calles —dice el chófer que
me lleva a casa de Christian. Sé que esta es la noche y no puedo esperar.
—Gracias, James.
Me pregunto cómo será el hogar de Christian, por fuera y por dentro. Es
un hombre siniestro y malhumorado en el trabajo, también me he dado
cuenta de que tiene una fuerte necesidad de satisfacción sexual que no solo
se basa en follar.
Quiere que haga cosas que nos exciten a los dos, cosas que nunca habría
imaginado que haría ni en un millón de años; es decir, hasta ahora.
El conductor gira en la entrada y pulsa un código en el panel de control.
Se abren dos puertas enormes y me cuesta ver en la oscuridad. Hay muy
poca iluminación ante nosotros.
—Mierda, hay un largo camino hasta la entrada.
Al decirlo, pienso que debo dejar de hablar conmigo misma en voz alta;
especialmente, si hay extraños, como el hombre al que deseo seducir en
unos minutos.
—Le gusta tener privacidad —explica James, mirando por el espejo
retrovisor.
Me fijo en la casa que está iluminada por focos en lugares específicos y
me parece muy moderna. Se ve desde la oscuridad como una estructura
severa, como si hubiera sido construida para intimidar e impresionar a
quien la observe.
El coche se detiene, James salta del asiento del conductor y abre la
puerta trasera.
—Hemos llegado, señorita, disfrute de la noche —dice con una sonrisa y
un guiño.
Camino hacia la entrada y la luz, que tiene detección de movimiento,
ilumina todo el porche. Cuando estoy a punto de pulsar el timbre, se abre la
puerta y aparece Christian frente a mí. Su cabello está liso, ligeramente
húmedo, y lleva una camiseta ajustada que se aferra a su cuerpo.
Se le marcan los abdominales bajo la tela e imagino que paso los dedos
sobre su estómago. También lleva pantalones de correr y está descalzo,
parece muy cómodo con la situación, pero yo tengo mariposas en el
estómago. Estoy entrando en territorio desconocido, no solo con Christian,
sino también con todo el asunto de ir sin bragas y la gabardina.
Me recibe en el gran pasillo, el suelo es de piedra y parece un mar de
granito. La frescura que emana de él realza la sensación de frío de la casa.
La oficina tiene un mobiliario más suave que este lugar, que está tan
desnudo como una galería de arte. Todo está ordenado y hay espacio más
que suficiente para albergar muchas más cosas.
—Antes de seguir adelante, ponte esto. —Me entrega un par de zapatos
negros.
Miro los tacones de aguja y compruebo que son caros, también que son
de mi número. Es tan observador, que no creo que sepa qué talla de zapatos
usa cada chica en la oficina, pero él lo sabe y es un hombre.
—¿Cómo sabes qué número llevo?
—Cuántas veces tengo que decírtelo, sé y veo todo lo que pasa en la
oficina. —De nuevo, me siento una ingenua a su lado. Lo sabe todo, incluso
sin que se lo confirmen.
Al ponerme los zapatos, me sorprende que sean tan cómodos. Me
quedan como un guante y hacen que mis piernas parezcan mucho más
largas. Me veo sensual en el espejo.
—Debo decir que estás muy guapa esta noche, aunque lleves una
gabardina —se burla de mí y tira del cinturón.
—Gracias. ¿Qué te pareció la grabación sobre tu mesa? —Sé que me
brillan los ojos al recordar que me ha estado mirando.
—Has estado fantástica y lo de sujetar el consolador a la cámara fue muy
ingenioso. Nunca se me habría ocurrido.
Estoy a punto de decir algo, pero entonces él deja caer el cinturón al
suelo. Alejo mis pensamientos y me supera la curiosidad.
—¿Has hecho otras videollamadas antes? —Enarco una ceja.
—Es una forma de hablar, querida. Solo es una forma de hablar. —Me
anima a seguirlo al interior—. Isobel, ¿vas a dejarte la gabardina puesta o la
colgarás en el armario?
—Vaya, estaba a kilómetros de distancia, me sorprende lo grande que es
tu casa. ¿vives solo? —Dejo caer la prenda sobre una silla cercana. No
puedo creer que todo este espacio sea solo para él.
—Sí.
Entonces regresa el hombre de corazón frío. El que conocí hace más de
cuatro semanas. Me paro con los pies separados, mis nuevos tacones
alargando mis piernas, las medias oscuras y el liguero que contrasta con mi
piel clara. Pongo las manos en mis caderas.
—Christian, ¿te gusta lo que ves?
—Si llevaras gafas, parecerías una maestra de escuela cachonda. ¡Así es
como te veo! Y sin gafas, también pareces muy cachonda —añade,
conduciéndome a su despacho.
Los tacones hacen ruido en el suelo: clip, clop, clip, clop. Cada paso más
cerca de sus dominios privados.
Espero que haga más de calor que en el pasillo. Ya tengo los pezones
duros. Miro mis brazos y puedo ver que se me pone la piel de gallina.
Entramos en la oficina. Las estanterías llenas las paredes con miles de
libros. La pieza central es su gran mesa de roble oscuro.
—Bienvenida a mi guarida —dice, mientras extiende el brazo por la
estancia, como si me mostrara todo con un solo gesto.
—Es muy acogedora, más que tu despacho en el trabajo.
Estoy esperando que diga algo, pero me mira y sus ojos azules se
oscurecen. Estoy nerviosa y no sé qué hacer.
—¿Así que me viste desde aquí, cuando llegué a tu mesa de la oficina?
—Señalo su silla.
—Sí.
—¿Tú también te corriste?
Quiero saber si quedó tan satisfecho como yo. Eso me gusta, pensar en él
y la idea de tocarlo. Quiero tocarlo tanto que me duele.
—Demonios, sí, mi polla palpitaba y disparé mi carga por toda la
pantalla y el teclado del ordenador. —Tiene una sonrisa diabólica.
—Soy nueva en este tipo de cosas, pero me excité mucho al saber que
me veías. —Empiezo a comprender que hemos cruzado una línea, pero soy
yo la única que habla. Decido que ya he tenido suficiente, que quiero que
me tome. Ya debe saberlo. He seguido sus instrucciones, debo haber pasado
la prueba. Eso si todo esto es una prueba—. No dejaba de pensar en este
momento. De hacerlo realidad. De estar aquí y tener sexo contigo. —Me
pavoneo hacia su escritorio, esperando que esto lo anime a poseerme.
Me toma en sus brazos y me sube en su mesa, sin decir una palabra.
Se quita la camisa y su cuerpo es tan perfecto que parece que le han
hecho Photoshop con el ordenador.
—¡Maldita sea! Eres perfecto —susurro, mientras paso mis dedos por
sus abdominales.
Tiro del cordón de sus pantalones de correr y me muerdo el labio, al
tiempo que se deslizan hasta el suelo. Su polla queda ante mí, colgando
libremente, y él me agarra por los tobillos, coloca mis pies en el borde del
escritorio y me separa las piernas.
—Quiero ver tu coño.
Me sorprende su brusquedad, pero como siempre, hago lo que dice, así
que abro las piernas y separo los labios del coño con los dedos; puedo sentir
mi clítoris expuesto y a la vista.
Levanto la cabeza y lo veo agarrando su polla, después la acaricia. Se
está poniendo duro y no deja de mirar mi sexo. La cabeza de su miembro se
hincha, forzando su prepucio, lo quiero en mi boca y lo quiero en mi coño.
Veo como Christian se sube al escritorio y se arrodilla sobre mí; empuja
su erección hacia mi boca, yo muevo mis brazos y oigo todos los papeles
cayendo al suelo. Levanto la cabeza y abro la boca, pero Christian me sujeta
la cabeza y desliza su polla en mi boca.
Puedo sentir sus venas bombeando mientras envuelvo mis labios
alrededor de su polla. Empujo su estómago con mis manos.
—Quiero tu polla dentro de mí.
Pone su dedo en mi labio y dice:
—Yo soy el que da las órdenes. No tú.
Y durante el resto de la noche se lo demuetro.
Capítulo 13
Isobel
Me desperezo y pienso que he dormido como un tronco, lo que no me
sorprende. Pienso en la maldita sesión interminable que tuvimos anoche y
me tumbo de nuevo, preguntándome si seré capaz de caminar derecha en
varios días. Me río. Miro a un lado y puedo ver que Christian ya se ha
despertado y se ha levantado de la cama.
Me siento y observo el dormitorio. No hay muchos muebles y los que
hay son de madera y metal. La puerta del armario de Christian está abierta y
veo la fila de trajes elegantes que hay colgados. Parece una tienda, con la
ropa siguiendo un código estricto de colores y los zapatos ordenados en el
estante que hay debajo.
Salgo de la cama y voy al cuarto de baño, donde me miro en el espejo.
Parezco la misma persona pero sé que hay algo diferente en mí. Ahora ya
no soy esa mujer precavida y reservada que miraba al mundo desde un lugar
seguro.
Ahora siento que soy una mujer más decidida, más segura de mi misma,
de lo que quiero. Y todo ello gracias a que dejé atrás mis miedos y
desinhibiciones.
Sonriendo entro en la ducha y dejo que el agua caliente resbale por mi
cuerpo. El vapor me envuelve y el jabón se lleva el olor de nuestro amor, ¿o
era pura lujuria? Estoy un poco dolorida y no puedo moverme tanto como
pensé que podría cuando entré. Así que, rápidamente me enjuago, me
pongo un albornoz y vuelvo al dormitorio.
Allí encuentro las medias, las ligas y los zapatos de tacón que llevaba la
noche anterior. No me había fijado antes en ellos, pero ahora que los veo no
puedo recordar la noche de sexo que he tenido con Christian.
Un sexo salvaje, caliente y apasionado que me dejó completamente
saciada y agotada. Antes de esa noche, jamás hubiera pensado que una
noche así pudiera ser posible, y que el placer pudiera ser mucho más erótico
que el simple acto sexual.
Un gemido, un cachete, una orden o una respiración agitada, pueden
hacer que sientas como todo tu cuerpo se calienta y te deja temblando.
Deseando más.
Aparto mi mirada de esas prendas, pues solo de recordar su cuerpo sobre
el mío, empujando, jadeante, me vuelvo a excitar. Para evitarlo salgo del
dormitorio y bajo las escaleras, tratando de escuchar cualquier señal de
Christian.
—Christian —grito. Al no escuchar respuesta, lo llamo de nuevo—.
Christian, ¿estás ahí?
No puedo creer que me haya follado y se haya ido; no hay señales de que
esté aquí, ni vasos sucios ni nada. Quiero decir, el lugar es como una casa
de exhibición, pero no hay signos de comodidad, todo es muy estudiado.
Voy a la cocina y enciendo la máquina de café, el aroma de los granos
recién molidos llena el aire y me sirvo una taza. Pongo varias cucharadas
grandes de azúcar para recuperar la energía que perdí anoche.
Entro en su despacho y miro el escritorio donde casi me poseyó antes de
irnos al dormitorio. Los papeles y bolígrafos están por todo el suelo y eso
me hace recordar que agité los brazos y todo salió volando por los aires
mientras nos besábamos con pasión.
Coloco la taza en el escritorio y recojo todos los documentos que vuelvo
a apilar ordenadamente en su escritorio. El trabajo de una buena secretaria
no termina nunca, pienso mientras sonrío al pensar en lo que hicimos en el
escritorio.
Oigo un ruido en la cocina y agarro mi taza.
—¿Christian eres tú?
¡Nada!
Entonces, comienzo a entrar en pánico mientras me pregunto qué ha sido
ese ruido. Estoy segura de que he oído una puerta y salgo de la habitación
en silencio.
Al llegar a la cocina me encuentro con un hombre que está haciendo
café.
—¿Puedo ayudarle?
Él se gira sorprendido y sonríe.
—Perdón por asustarla señorita Isobel, soy Jonah, el chofer de Christian
—dice mientras lleva la taza a sus labios.
—Ah, ya veo. ¿Sabe a dónde ha ido Christian?
—Se ha ido por negocios, no sabía a qué hora se despertaría, así que me
dijo que la esperara.
—Pensé que James era su chofer.
En realidad, pienso que eso no es importante, pero me encuentro
completamente perdida.
—Él es mi sustituto, si no estoy cerca. —El anciano me mira y creo que
intuye que estoy confundida, al ver que me había quedado sola en casa—.
El señor Stern es un espíritu libre, hace lo que le place. —Me guiña un ojo
y me siento muy incómoda.
—Ya veo. —Estoy sola, en la casa de Christian, hablando con su chofer
y solo llevo un albornoz.
—Podría contarle algunas historias —murmura como si hablara consigo
mismo.
—Dígame, ¿cómo es él? —Recargo mi taza de café.
—No es posible, señorita, no quiero perder mi empleo. —Se encoge de
hombros—. Un simple tufillo a cotilleo, sobre su vida privada, y estaré de
patitas en la calle. Llevo trabajando con él… —Empieza a contar con los
dedos y suspira—. Mucho tiempo, tal vez demasiado. El señor Stern es una
persona reservada y yo siempre respetaré su privacidad, ya que se porta
muy bien conmigo.
—Entonces, ¿qué ha dicho de mí? ¿Puede decírmelo?
Veo que la lealtad es lo primero para Jonah y no voy a hacer que lo
despidan. Especialmente, cuando me habré ido de la ciudad en menos de
tres semanas.
—Me ha dicho que estará agotada por lo de anoche, y que la lleve a
donde desee cuando esté lista.
—¿Hace esto muy a menudo?
No puedo evitarlo, porque estoy empezando a sentirme insegura.
¿Realmente me poseyó y luego se fue? ¿O está de verdad en el trabajo? No
recuerdo haber visto nada pendiente en su agenda, aunque podía haber
surgido algo de repente.
Él se da golpecitos en la nariz.
—Eso tendrá que averiguarlo usted, señorita —dice entre risas—. Puede
molestarse conmigo si me equivoco o molestarlo a él. La verdad, es que
prefiero no decir nada.
Da la sensación de que quiere dejar de hablar. Me doy cuenta de que
prefiere que deje de preguntarle, no solo por si pierde el trabajo, sino que yo
también podría perderlo.
—Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas, ¿eh Jonah? —
bromeo y le guiño un ojo para aligerar el ambiente.
—Exactamente señorita, solo hago mi trabajo y nunca presto mucha
atención a nada más. La ignorancia es una bendición, por decirlo de alguna
forma.
—Bien, voy a cambiarme y después me lleva a casa.
Asiente con la cabeza.
—Aquí la espero.
Dudo en seguir haciendo preguntas, pero decido que no y regreso al
despacho. Cambio el albornoz por la gabardina y pienso que necesito salir
de aquí. No sé cuánto tiempo me ha esperado Jonah, pero tiene
instrucciones claras de llevarme a donde tenga que ir, que en ese momento
es a mis cuatro paredes.
Agarro los zapatos y meto la lencería en el bolsillo de la gabardina.
Cuando entro en la cocina, veo a Jonah que está lavando las tazas.
—Listo, ya podemos irnos. Si le parece bien.
—Claro que sí, señorita, claro que sí.
Vacilo al salir. Pensando que puede que Christian aparezca en cualquier
momento. Por otra parte, sus instrucciones para Jonás eran claras, que era
llevarme a casa. A la mía, no a la suya.
Capítulo 14
Christian
Es una sumisa perfecta y la parte más loca es que no cuestiona. Lo hizo
una vez, pero no lo ha vuelto a hacer. Ahora, hace lo que digo y me encanta
oírla gritar. Es como si no se cansara de mí.
La llevé a mi casa. Algo que nunca había hecho en el pasado, siempre
llevaba a mis sumisas a los hoteles. Mi casa es mi espacio, mi privacidad y
nunca imaginé que llevaría allí a nadie. Es como si rompiera todas mis
normas cuando se trata de la dulce e inocente Isobel. Pero solo hay una cosa
que ha cambiado; ya no es inocente.
—Hola Christian, ¿querías que viniera temprano?
Ella lo pide de forma educada mientras está de pie junto a la puerta. Es
como si se hubiera ido de mi casa hace semanas y la anhelara
desesperadamente. Estuvimos follando todo el viernes por la noche hasta el
sábado por la mañana, pero mi polla se mueve en cuanto oye su voz.
—Sí.
Ella sigue en la puerta.
—Me dejaste sola en tu casa.
—Así es. —Su voz suena a reproche, pero no sé qué decir al respecto.
Tuve que separarme de ella y no se me ocurrió otra forma de hacerlo. Si
me hubiera quedado en la casa, la habría deseado todo el tiempo. Por algún
motivo toda mi experiencia no me servía de nada estando a su lado, ya que
por mucho que lo intentara siempre me hacía perder el control.
No sé qué es lo que tiene, que es lo que la hace diferente, solo sé que con
solo pensar en ella, verla o escucharla la deseo de una manera que nunca
antes he deseado.
Esta mañana, cuando desperté y la vi dormida a mi lado, en la cama de
mi dormitorio, simplemente no pude manejarlo. Especialmente sabiendo
que acababa de perder su virginidad.
Por ese motivo tuve que marcharme, y ahora, cuando lo pienso, algo
dentro de mí sabe que no hice lo correcto.
—¿Cierro la puerta? —me pregunta sin dejar de mirarme.
—Isobel, ¿estás bien?
Ella sonríe.
—Estoy mejor que bien, pero no he sabido nada de ti en todo el fin de
semana. Luego, anoche recibí un mensaje de texto diciéndome que viniera
aquí a las siete.
Está esperando que le responda, pero no puedo decirle la verdad.
—Debes haber estado dolorida...
Se encoge de hombros.
—Solo un poco, pero me he recuperado de la montaña rusa.
—¿De tantos orgasmos?
Se ríe, pero no bromeaba porque mientras está ahí, quiero follarla. Sé
que la oficina está vacía, la gente no llega hasta las ocho, por eso le pedí
que viniera una hora antes. Sentía hambre de ella y esa mañana estaba
dispuesto a saciarme. Pero no me esperaba el escalofrío de emoción que
sentí cuando la vi entrar.
Quizás fue debido a la anticipación de saber que la voy a poseer pronto,
De hecho, ahora mismo no puedo pensar en otra cosa que no sea en cerrar
esa puerta y subirla a mi escritorio.
Lleva una falda ajustada de color negro que hace juego con su pelo
suelto y salvaje. La camisa blanca se ciñe a su cuerpo y puedo ver a través
de la tela sus pezones erectos.
Está simplemente impresionante.
Me acerco más a ella.
—Te deseo ahora mismo.
Ella asiente con la cabeza.
—Lo sé, me doy cuenta.
—¿Cómo?
Ella señala mi erección que se exhibe bajo el pantalón.
Podría fingir que esto no está pasando, pero me he pasado todo el puto
fin de semana simulando que no la deseaba, y terminaba en la ducha de la
suite del hotel masturbándome, y pensando en su dulce cuerpo.
—¿Por qué me dejaste Christian?
—Porque no podrías soportar todo lo que deseaba hacerte.
Se atraganta.
—Soporté lo que me hiciste el viernes por la noche.
—Y el sábado por la mañana.
—Vaya, ¿Estuvimos durante tanto tiempo? No estaba mirando la hora.
—Dice de forma sarcástica.
—Yo tampoco, pero cuando amanecía te quedaste dormida y supe que no
aguantarías más.
Recuerdo perfectamente ese momento, cuando la vi dormida a mi lado
sobre la cama. La verdad es que me sentí dividido entre despertarla para
poseerla de nuevo o quedarme ahí quieto, tumbado a su lado, mientras la
contemplaba durmiendo.
Me entró tanto miedo cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo,
que tuve que marcharme de inmediato. Dejándola sola.
Aparto de mi mente ese recuerdo y me centro en lo que me hace sentir su
presencia. No quiero pensar en ella durmiendo, sino en ella jadeando ante
mí, pidiéndome más.
Y no falla. Solo tengo que mirarla para volver a excitarme y desearla con
anhelo. Es como si cuanto más la follara, más me exigiera mi polla. Ella es
como un maldito imán o una droga.
—Muéstrame que podrías haber soportado más durante el fin de semana.
Demuéstrame que me equivoco, inclínate sobre mi mesa para que te folle de
nuevo—. Me mira fijamente y no se mueve—. ¿Tienes puestas las bragas?
Pasa junto a mí y me dice:
—¿Bragas para venir a la oficina? —Abre las piernas y se apoya en la
mesa—. Son cosa del pasado, especialmente en este despacho.
Se está convirtiendo en una chica mala. Una que me está empezando a
gustar. Me acerco a ella y decido que me la voy a follar tan fuerte que todos
los orgasmos que tuvo en la silla, e incluso en el baño, no son nada
comparados con los que va a tener ahora mismo.
Estará contenta de que la dejara descansar el sábado, ya que ahora, no
solo le dolerá el coño, sino que la tengo tan dura que gritará mi puto
nombre, ¡suplicándome piedad!
Capítulo 15
Isobel
Me siento en mi escritorio pensando en todo lo que ha pasado entre
Christian y yo. No hace mucho tiempo era una chica de campo que estaba
orgullosa de seguir virgen a pesar de tener novio.
Desde entonces, esto se ha hecho añicos a lo grande. Me ha follado de
todas las maneras posibles y más. Imaginaba un escenario romántico como
el que Leo preparó para el baile de graduación. Dos personas enamoradas y
sus cuerpos unidos como uno solo. Ese suele ser el sueño de cualquier
chica, pero ahora noto que me he convertido en una mujer. A veces me
pregunto si soy oficialmente una puta.
Sobre todo desde que paso las noches en su casa, follando y durmiendo
con él, para después regresar a la oficina y fingir que no somos nada. Solo
una secretaria y su jefe.
—Isobel —llama Christian con una voz áspera.
Me esfuerzo por agarrar mi bolígrafo y mi libreta. Sé que las chicas me
miran, así que me aseguro de que parezca que voy a su oficina por una
buena razón. Cada vez se me hace más difícil este juego, al costarme más
disimular. Pero es lo único que tengo.
—¡Ya voy!
—¿Por qué tardas tanto? —grita enfadado, pero hace mucho que sus
enfados no hacen que me encaja asustada. Más bien todo lo contrario.
—Porque estaba agarrando un bolígrafo y mi libreta.
Miro detrás de mí mientras camino hacia la oficina, puedo ver a Jean
inclinando su cabeza detrás de su monitor y seguro que me está observando.
No sé si hay algún rumor circulando por la oficina, pero no me
extrañaría que Jean pudiera comenzar algún cotilleo, en algún momento.
Entro en el despacho sin prestarle atención y camino hacia la mesa.
Estoy demasiado enfadada como para que me importe.
—Siéntate —ordena él en tono enojado.
—¿Qué pasa? —le pregunto mientras me doy cuenta que él también está
de mal humor.
Nos hemos llevado bien tanto dentro como fuera de la oficina. He hecho
todo lo que me ha pedido en los últimos días, incluso me he quedado alguna
noche en su casa. En la misma cama, como esa primera vez.
Pero no sé si esta mañana está enfadado conmigo por algo que haya
hecho, o por otra cosa ajena a mí.
—Tengo que irme por negocios.
Eso me sorprende, pues no estaba sobre la agenda, y me pregunto si es
este viaje de última hora lo que le ha enfadado.
Suspiro desilusionada unos segundos después, porque significa que
tendré que dormir todas las noches en la habitación a la que llevo tiempo
sin ir y temo regresar.
—Volverás pronto. —No sé si lo estoy consolando o es a mí misma.
—Estaré fuera toda la semana, ¡mierda, mierda! —repite, mientras
golpea la mesa con la mano y frota la zona en la que me corrí para él.
—¿Tanto tiempo?
Me decepcionan sus palabras, ya que solo me quedan un par de semanas
aquí. Tal vez he tenido la cabeza en las nubes, porque nos hemos llevado
muy bien. Una parte de mí no ha pensado que tengo que regresar a casa y
ahora siento que el tiempo se nos agota.
—Sí, son los japoneses, tengo que ir allí y ver de qué está pasando.
—Bueno, siempre tenemos el teléfono e Internet, ya sabes lo divertido
que es eso. —Trato de imaginar que nuestro tiempo separados no será tan
malo.
—Isobel, no estoy de humor.
Vaya, no puedo creer que sea el mismo hombre. Quiero salir de aquí. No
tiene que descargar su frustración en mí. No me lo merezco.
—Oh, lo siento. En el futuro, mantendré la boca cerrada. —Me repliego
en mi silla.
—Sí, cállate y regresa al trabajo. Me iré pronto y ya no hay tiempo para
nada —me dice frustrado.
—¿Qué? ¿Quieres decir hoy?
—Sí, Isobel, por eso te quería en mi oficina, pero has tardado mucho. —
Pienso que han sido solo dos minutos y no puedo creer que eso sea mucho
tiempo.
—Pero…
Él me interrumpe y agrega:
—Mantente en contacto conmigo. Tienes que contarme todo lo que
ocurra.
—Sí. —susurro y me levanto para irme.
No puedo creer que esté siendo tan cruel conmigo y lucho contra las
lágrimas. Me giro para enfrentarlo, pero está escribiendo en el ordenador,
por lo que decido que no voy a volver directamente a mi escritorio. Me paro
en la puerta, esperando que diga algo, pero no lo hace mientras abro y
cierro de nuevo.
Decido que no voy a llorar por ningún hombre nunca más. Entonces,
vuelvo a mi escritorio y continúo con mi trabajo, aunque me siento fatal y
muy triste al pensar que se va a marchar. Puede que solo se vaya por una
semana, pero una semana sin acariciar su cuerpo de dios, sin tener su
increíble polla dentro de mí, es una semana demasiado larga. Incluso si
actúa como un completo idiota en este momento.
Yo respondí:
Realmente no sé qué más decir, ¿tal vez los besos le digan lo que siento?
Tal vez, me envíe uno de vuelta.
Él contestó con otro mensaje:
«Solo quería decir que lo siento. No te merecías eso. C».
¡Maldita sea! Esto debe ser difícil para él. Creo que nunca le he oído
disculparse ni siquiera en la oficina. Estoy tratando de pensar en un
momento en el que lo haya hecho y me quedo en blanco.
Recibo otro mensaje:
«Solo quiero saber cómo te va, ¿te las arreglas sin mi cuerpo? C».
«Arreglar... simplemente, no es lo mismo sin sentir y saborear. XXX»,
contesto con rapidez.
Christian
No hice una videollamada esa noche. Sabía que iba a volver pronto, así
que pensé en ir a la oficina y sorprenderla.
—Has vuelto pronto.
—Lo sé, las reuniones fueron bien. —Parece contenta, pero no tanto
como esperaba—. ¿Te importaría venir a mi oficina y decirme qué ha
pasado desde que me fui?
Asiente con la cabeza y luego me sigue mientras relata lo sucedido. Me
he mantenido en contacto con los correos electrónicos y no necesito que me
dé muchos detalles, pero lo hace, lo cual es agradable. He valorado lo que
me dijo en la videollamada, sobre tener una conversación, pero primero
necesito que se siente y cierre la puerta. Ella lo hace y sigue hablando como
si estuviera pensando en otra cosa.
—¿Algo te molesta?
Hace una pequeña mueca de dolor y luego se encorva en la silla, la
misma en la que se ha corrido tantas veces. Todavía sonrío cuando pienso
en ese día.
—Leo llegó a la ciudad ayer y me sorprendió mucho —explica ella.
—Me dijo que había cometido un error y que había venido por mí, que
es a mí a quien ama. —De repente, se detiene y me mira. Debo admitir que
estoy parcialmente celoso de que él esté aquí. Quiero preguntarle más. ¿Ha
quedado con él? ¿Se reunieron anoche? Pero entonces puedo ver que, a
juzgar por su cara, no fue así.
—Bueno, puede que sea lo mejor. Un chico de campo para una chica de
campo, ¿qué más puedes pedir? —Mi tono es brusco—. Lo justo es que
estéis juntos con vuestros pantalones de peto y los sombreros de paja. Será
un sueño hecho realidad y seréis como el espantapájaros del Mago de Oz,
con paja por todas partes.
Esto no va a funcionar. Vine aquí para decirle que deberíamos tener una
cita, y ver cómo evolucionaba, pero en cuanto mencionó a su ex me puse
celoso. No es una locura.
La idea de que el maldito idiota haya vuelto y que ella esté considerando
aceptarlo me molesta. Por otra parte, él es un muchacho, ella es una niña y
yo soy demasiado mayor. Puedo hacerla pasar un buen rato en el
dormitorio, pero eso es todo lo que puedo ofrecerle, ahora y en el futuro.
—¿Por qué hablas así? Pensé que te molestaría. Quiero decir que es algo
importante para mí. Se suponía que iba a casarme con él...
—Adelante y cásate. ¿Qué me importa?
—¿Qué pasa con nosotros?
Me pongo de pie y me explico con claridad.
—Querías perder tu virginidad y te ayudé a hacerlo. No hay un
«nosotros». En la videollamada me pediste que tuviéramos una
conversación y eso no va a pasar, cariño. ¿Me ves conversando con
alguien?
Ella susurra.
—No.
¡Mi maldito temperamento! Odio cómo soy.
—Mira, estoy de mal humor y no debería haber venido directamente a la
oficina. Espero que tu prometido y tú solucionéis las cosas. Tengo que irme.
Por esto es por lo que no me apego, no sé manejar mis emociones.
Agarro mi portátil y ella no se mueve, está llorando. Debería consolarla y
tengo un problema cuando me paro y me siento completamente impotente.
No tengo ni puta idea de qué hacer.
—Lo siento —susurro.
Luego salgo de mi oficina, un par de personas tratan de detenerme en el
camino, seguramente porque mi cara delata que me ocurre algo muy malo.
Hoy soy un hombre con el que es mejor no meterse.
Antes de llegar a casa, las cosas se ponen aún peor. Estoy en la puerta y
Jonah me dice que hay alguien esperándome.
Oh, ¿quién coño es ahora?
No puede ser Isobel, la dejé llorando en mi oficina, después de
comportarme como un idiota.
Bajo la ventanilla y lo reconozco cuando se acerca al coche.
—Scott, ¿qué haces aquí?
¡Mierda! ¡Hoy no! Estoy a punto de decirle a Jonah que presione el
botón y se asegure de que mi primo no entre.
—¡Necesito hablar contigo urgentemente!
Asiento con la cabeza y abro la puerta del coche.
—Será mejor que entres.
Necesito las pocas fuerzas que me quedan en el cuerpo para decirlo.
¿Qué querrá ahora?
Siempre va detrás de algo. «Ayúdame con esto o échame una mano con
lo otro». Solo deseo que se vaya a la mierda y me deje en paz.
Se sienta en el coche y cierra la puerta. Gracias a Dios, no ha esperado
que se la abra Jonah.
Llegamos a la casa, salgo del coche y me paro a mirarlo.
—Vamos dentro, Scott —digo mientras abro la puerta y enciendo las
luces.
Me molesta que esté aquí, pero al menos me hará compañía. Hace
tiempo que no estoy con nadie más que con Jonah y no cuenta porque es un
trabajador.
—Gracias, Christian.
No me había dado cuenta al principio, pero mientras subo los pocos
escalones que hay para entrar en mi casa, me fijo en Scott que va detrás de
mí. Mierda, solo tiene un par de años más que yo y camina como un
hombre de más de noventa años.
—¿Qué te pasa?
Sonríe:
—¿Te importa si tomo un vaso de agua?
Sacudo la cabeza, pensando que debe tener sed y me pregunto cuánto
tiempo habrá estado esperándome.
—¿Cuánto tiempo llevabas en la puerta?
—No mucho —rompe a toser.
Suspiro.
—Bien.
Esta va a ser una de esas conversaciones en las que yo hablo todo el
tiempo y no estoy de humor. Odio la forma en que escapé de Isobel, creo
que después de que termine en la oficina, haré que Jonah la recoja. O tal vez
regrese y le compre unas flores. Eso es lo que hacen los chicos cuando se
disculpan. Compran flores.
Joder, me pregunto si eso es lo que hizo su ex. Venir a la oficina con
unas putas flores, decirle alguna mierda sobre que no quiere estar con la
otra chica.
Le doy a Scott el vaso de agua y bebe como un puto pez, como si no
hubiera bebido nada durante años.
—Tranquilo.
Sacude la cabeza:
—¿Me das un poco más?
—Mierda, ¿has venido aquí solo para beber agua?
Susurra de nuevo:
—No, estuve fuera un rato antes de que vinieras.
Asiento.
—Ya veo. Podrías haberme dicho que venías y entonces no tendrías que
haber esperado.
Se atraganta y me devuelve el vaso. Estoy a punto de preguntarle si
quiere algo de comer, pero él habla primero.
—He estado tratando de contactar contigo, pero no lo he conseguido.
Nunca devuelves ninguna llamada.
Me siento avergonzado de ser atrapado de esta manera, pero me
defiendo.
—Bueno, si me dijeras que vas a venir...
—¿Qué, Christian? Nos habrías invitado a mí y a la familia a comer.
Sabemos lo que piensas de nosotros. Es muy evidente que te pareces a tu
padre.
Odio el hecho de que lo haya mencionado. Es cierto que mi padre era el
que siempre me decía que todo lo que querían era su dinero. Mi madre trató
de mantenerse en contacto con ellos, pero él siempre la apartó, diciéndole
que era su familia y sabía lo que buscaban. El dinero.
—Me estoy muriendo y sé que no me queda mucho tiempo. Solo quería
verte antes de irme.
Mierda, habla como si fuera a hacer un viaje a algún lugar. Miro sus
vaqueros descoloridos, su camisa parece gastada y pienso en el dinero que
tengo y que no puedo compartirlo con nadie. Todo el tiempo que paso
trabajando, es como si fuera en vano.
No lo reconozco y él continúa hablando mientras nos sentamos en la
cocina.
—Sé que tengo que distraerme y no pensar que moriré lentamente. —
Tose en su pañuelo y lo mancha de escupitajos de sangre.
¡Mierda! Esto es un desastre. Me siento culpable de que no haya tenido
un seguro médico adecuado, y de no haber pasado más tiempo con él como
cuando éramos niños. Eso fue antes de que mi tío le pidiera un préstamo a
mi padre y este nos dijera que ya no podíamos jugar juntos.
Me siento y escucho a Scott confiarme su situación y cómo empezó
todo, se las arregló para pasar tiempo con otros miembros de la familia,
pero algunos de ellos se habían apartado.
—¿Qué quieres decir con que algunos familiares no quieren hablar
contigo?
—Algunos, especialmente la generación mayor, no quieren que les
recuerde la muerte. Se creen que van a vivir para siempre.
—¿Qué pasa con Carol? —Aquello debía ser duro para su esposa.
—Me dejó hace unos cinco años. Yo no tenía trabajo y ella se hartó y se
fue.
Mierda, ni siquiera lo sabía.
—Y no teníamos hijos, antes de que preguntes. Eso me entristecía,
aunque ahora me alegro de no haberlos tenido. No me gustaría que me
vieran así. —Nos sentamos en silencio y luego dice—: Mira, solo he venido
a pasar un rato contigo. Solíamos pasar mucho tiempo juntos cuando
éramos niños.
Asiento.
—Lo sé, recuerdo que me sentí perdido cuando ya no podías venir.
—Solo porque mi padre le pidió al tuyo mil dólares.
Unos miserables mil dólares. Nunca había sabido cuánto dinero había
pedido prestado. Me entero ahora, cuando Scott lo ha dicho, he estado
viviendo en un refugio, sin prestar atención a nadie más que a mí mismo.
—¿Tampoco ves a la tía Rose? ¿No quiere saber nada de ti?
No puedo creer que toda la familia le haya dado la espalda.
—Especialmente la tía Rose. Se enfadó con mi padre cuando le pidió
dinero al tuyo. Dejó de hablarle y dijo que eso había causado la ruptura en
la familia.
No lo entiendo, aunque no debería ser una sorpresa. Mi familia es una de
las más retorcidas que conozco. Por eso, me alejé de ellos. Aparte de las
veces que jugaba con Scott, siempre había alguna disputa familiar sobre
pequeñas cosas que se convertían en grandes discusiones.
—Lo triste es que mi madre no tenía familia y quería que mi padre viera
las cosas a su manera. Pero no lo consiguió. —Sonríe y pienso que por
mucho que intente sacarme de la cabeza a Isobel y mi comportamiento con
ella, me resulta jodidamente difícil hacerlo.
—Solo he venido para pasar algo de tiempo contigo. ¿No podemos dejar
el pasado en el pasado? —Me tiende una mano para que la estreche
mientras se echa a reír—. Todavía recuerdas ese viejo truco.
Le doy un cachete de broma en la parte posterior de la cabeza.
—¡No soy el único!
Era un juego tonto que solíamos hacer de niños, solo que esta vez no
salgo corriendo antes de que me persiga. Sonrío cuando pienso en los
buenos tiempos, mierda cómo vuela el tiempo.
—En cuanto al resto de la familia, podríamos pasar toda la noche
hablando de ellos.
Suspira y luego hay ese silencio incómodo. Ese en el que no sabemos
qué hacer a continuación.
—Sé que estás cansado Christian, así que si quieres puedo volver
mañana.
—¿Cómo sabías que estaba fuera?
—Vine ayer.
—Mierda, y has vuelto hoy Scott. ¡Maldita sea! No te vas a ninguna
parte, tenemos que ponernos al día, después de quince años.
—¿No tienes una damita que prefiera que me vaya?
El único tema del que no quiero hablar. Las mujeres.
—En realidad no, bueno, más o menos...
—¡Maldita sea! ¿Qué le ha pasado a mi primo mayor? Parece que está
enamorado o algo así. Conozco esa mirada demasiado bien.
Sacudo la cabeza ante la idea. La echo de menos. La necesito. Amor, no,
yo no iría tan lejos. Ni siquiera hemos tenido una cita. No la hemos tenido
porque no se la he pedido, eso es lo que planeaba hacer, antes de salir
corriendo por la puerta y hacer el ridículo.
—No es eso. Es complicado. Pero bueno, tú eres el que necesita
descansar. No soy yo. —Me apetece firmarle un cheque ahora mismo—.
Basta de hablar de mí. Vas a pasar la noche aquí. Ve a acostarte y luego
hablamos. Luego puedo hacer algo para cenar.
Joder, he sido un imbécil siempre pensando en mí mismo y decido que
voy a cambiar. No me convertiré en una versión masculina de Florence
Nightingale de la noche a la mañana, pero todo el mundo necesita empezar
en algún momento.
—¿Sabes cocinar? Impresionante.
Ojalá fuera verdad, pero la mayoría de las veces, si estoy en casa, viene
Katerina y cocina. Si no, pido comida para llevar. No quiero estropearlo, así
que sonrío. Algo que no he hecho en mucho tiempo y digo:
—Vamos, déjame enseñarte la habitación.
Le enseño a Scott una de las habitaciones de abajo; no quiero que tenga
problemas con las escaleras, puede que sea demasiado para su estado.
Observo mientras entra en la habitación.
—Solo necesito descansar una o dos horas.
—Claro, Scott. Cuando te levantes, llámame con un grito. Mi habitación
está al final del pasillo.
Él asiente con la cabeza y me marcho a mi dormitorio. Entonces, miro a
ver si he recibido algún mensaje y compruebo que Isobel me ha borrado de
sus contactos.
«¡Típico!», me digo mientras guardo el teléfono en mi bolsillo.
«Jodidamente enamorado», dijo Scott. Hago lo que quiero, y lo hago
cuando quiero. Apuesto a que se ha ido corriendo a ver a su ex. Bien por
ella. Estoy con mi primo y pienso hacer que sus últimos días sean más
cómodos.
No necesito distraerme y ya no la necesito cerca. Puede volver a su
granja, el único lugar al que pertenece. Nos hemos divertido y eso es todo
lo que hay. Nos dejamos llevar y cada uno está donde debe estar. Ella en la
granja y yo aquí.
Capítulo 17
Isobel
Han pasado más de dos semanas desde que regresé y Leo no deja de
llamar a mi puerta, rogándome que vuelva con él. Mi madre no hace más
que preguntarme por qué estoy en casa deprimida y pienso que lo único
bueno de haber salido de mi casa ha sido el dinero que he ganado.
Perdí mi virginidad con un tipo que me trataba como si nada, yo no
merecía que me trataran así. Ni en un millón de años. Me despedí de las
chicas de la oficina con abrazos y besos, cuando me fui antes de la fecha
prevista. Todas prometimos mantenernos en contacto, pero ellas siguen allí,
viven allí y tienen experiencia. Todo lo que yo no tengo.
Sabía que solo estaría unas semanas en la ciudad y tenemos parientes
que viven allí, todo suena igual. Ellos también prometen mantener el
contacto, pero nunca lo hacen. Por otra parte, podrían decir lo mismo de
nosotros los campesinos.
—¿Sigues pensando en él? —Agnes suspira mientras me pasa las
palomitas de maíz.
—¿En quién?
Se ríe.
—En el señor Sexy Stern.
Sacudo la cabeza y sé que ella puede ver a través de mí. Me conoce
demasiado bien.
—Es sexy, pero también es un idiota muy grande.
—Isobel, uno que no puedes mantener lejos de tu cabeza. Por eso sigues
viendo esas películas de chicas, esperando que te animen.
—Parece que atraigo la mala suerte con los chicos. Agnes. Tal vez
debería quedarme con caballos como tú y olvidarme de los hombres por
completo.
Ella se ríe.
—¿Por qué no lo llamas? —La empujo suavemente mientras pienso en
buscar algo de la cocina. El problema es que no sé qué me apetece beber y
mucho menos comer—. Solo dile que, si vuelve a hablarte de esa manera,
nunca más volverás a verlo.
Sacudo la cabeza:
—¿Puedes creer que casi creo las mentiras de Leo?
—Maldición, Isobel, la ciudad te ha cambiado.
No recuerdo haber maldecido tanto. Odio admitir que es la mala
influencia de Christian.
—Agnes, Leo dejó embarazada a Dede, me rogó que volviera con él y
dijo que había cometido un error y cuando le contesté que no... —Veo que
mi amiga se aburre con mis argumentos—. De todos modos, el resto es
historia, por lo que no dejaré que ningún hombre me diga qué hacer.
—Isobel, no tienes que ser tan desconfiada, deberías intentarlo.
Pongo las manos en mis caderas y digo:
—¿En serio? Me iba a casar con un tipo que se acostaba con la basura de
las caravanas y al final la dejó embarazada y luego me declaró su amor
eterno. —Ella pone los ojos en blanco, porque ha escuchado esta historia
muchas veces, casi todos los días desde que volví. No me importa, esta vez
dejaré claro mi punto de vista, una vez más—. Luego, le di mi virginidad a
otro, que solo quería follar y no podía ni siquiera tener una acita. Entonces
y solo entonces... me mostró sus verdaderas intenciones.
—Bien, tienes que parar esto, porque te estás haciendo daño.
—Hablo en serio Agnes, ¡nunca más!
—Bueno, será mejor que se lo digas al hombre que está detrás de ti.
Señala a Christian, y no puedo creer que esté en mi casa. Me sedujo y
después me trató como una mierda, de modo que solo se me ocurre
preguntar:
—¿Qué quieres?
Ya he tenido a un hombre rogando mi perdón, y he descubierto que son
todos unos mentirosos.
Parece cansado, pero me paro frente a él.
—Os dejo con ello entonces. —Agnes se marcha corriendo.
Ojalá pudiera hacer lo mismo, aunque tengo muy claro que esta vez no le
voy a permitir que se acerque a mí.
Esta vez no.
Capítulo 18
Christian
Cuando Scott murió inesperadamente me sentí como un alma perdida; no
sabía qué hacer conmigo mismo. Llevo tiempo caminando en círculos sin ir
a ninguna parte y, de alguna manera, termino en un vuelo a Kansas.
Comprendí que necesitaba decirle a Isobel lo que sentía por ella. No
esperaba que me aceptara de nuevo, pero quería que al menos me
escuchara, aunque no lo mereciera.
—Tu madre es simpática. —Sonrío porque ha salido corriendo en cuanto
me ha visto, igual que la chica que hablaba con ella—. ¿Era Agnes? —
Señalo a su amiga que ha salido por la puerta.
—Mira, Christian, si has venido buscando simpatía, estás en el lugar
equivocado.
Me merezco que me trate así. He sido una mierda para ella y mi silencio
probablemente no ha ayudado tampoco. Pensará que he venido a buscarla
para tener sexo, pero no es así.
—No, no he venido para eso. Solo para decirte que no compro rosas, ni
puedo prometer que nos casemos porque no soy Leo. —Ni siquiera me
mira, pero no he dormido y no quiero fingir que soy alguien que no soy—.
No me siento y hablo de mis sentimientos. Mierda, ni siquiera puedo
prometer que te acompañaré oficialmente al altar.
Ella se ríe.
—Entonces, ¿a qué has venido? Hasta ahora me has dicho que no puedes
hacer ninguna de las cosas que quiero. ¿No te has dado cuenta de que soy el
tipo de chica que quiere amor en su vida?
Ella tiene razón, estoy fuera de su alcance. Enterré a mi primo y me
encuentro muy apenado, actuando como si yo fuera la víctima. Scott se
estaba muriendo y fue mucho más valiente de lo que yo seré alguna vez.
Siento que algo se desmorona dentro de mí y me dirijo al sofá. Debería
haber salido corriendo por la puerta.
—Acabo de enterrar a mi primo.
Ella sacude la cabeza.
—No hablas con tu familia. No hablas con nadie.
No puedo creer que esté sucediendo, pero tengo una lágrima en el ojo.
—Eso era hasta que vino a verme.
—Debe haber sido interesante. —Está sentada a mi lado con los brazos
cruzados, sé que está a la defensiva, pero todo lo que siento es debilidad—.
Bueno, ¿qué quieres, Christian?
—Un momento de tu tiempo.
—¿Por qué?
Echo la cabeza hacia atrás, luego la miro y tomo sus manos.
—No puedo prometerte la tierra, pero te prometo que intentaré cambiar.
Lo cual para un hombre como yo es jodidamente difícil.
—Dímelo a mí —dice en voz baja—. No voy a volver a trabajar para ti.
—Ni lo sueñes.
—Christian, tampoco vamos a follar.
—Ni lo sueñes. —Ambos sonreímos y luego siento como si hubiera roto
el hielo. Uno que no creía posible.
—Siento todo lo que te dije. Estaba cabreado por tener que marcharme a
ese viaje de negocios. Y luego…
—No te he pedido tu perdón. —Me dice mientras se levanta del asiento.
—Lo sé, pero quiero dártelo. Es lo menos que te mereces por
aguantarme.
Sonríe y sé que he conseguido acercarme un poco más a ella.
—Te mereces muchas cosas. Cosas que no estoy seguro que pueda darte.
Me levanto y me acerco a ella. Coloco un brazo sobre su cintura y le
pregunto:
—¿Puedo?
Ella asiente con la cabeza y noto como se destensa. Luego nos miramos
y percibo como algo me envuelve. Un calor que nace en la palma de mi
mano que la está tocando y llega directo a mi corazón.
Luego, ella me mira fijamente y me dice muy convencida:
—Vamos a darnos tres meses. Regresaré y buscaré una universidad,
podemos tener citas y cuando esté triste podrás comprarme flores.
—¿Puedo qué? —pregunto sin dar muestras de mi sonrisa.
—Eras un director ejecutivo indecoroso y te divertiste y jugaste
conmigo. Me rompiste el corazón y tendrás que aceptar mis normas. —
Escucho con atención lo que dice y me parece muy sexy vestida solo con un
pijama. Le encanta ir en pijama por la casa—. Me has hecho daño. Sabías
que era virgen y que sería muy influenciable, pero decidiste engañarme.
—Lo siento.
Es lo único que se me ocurre decir.
—Estás hecho una mierda y necesitas asearte. Ni siquiera pensé que
usaras sudadera.
Miro la sudadera que llevo puesta. Es la que usaba cuando iba a la
universidad, cuando tenía amigos y era genial. Me sentía tenso, pero nada
comparado con ahora.
—Es cierto. Necesito cambiarme de ropa. —Ni siquiera intentaba hacer
una broma, pero la hago sonreír de nuevo—. Tal vez, solo tal vez, te folle
dentro de tres meses.
Es raro, la idea de hablar de sexo con ella ahora, no suena bien. Sobre
todo, pensando la forma en que la traté. Debo estar muy apenado porque
siempre me gustó hablar de ese tema.
Ella me da un breve beso en los labios.
—Como te he dicho, solo si eres un buen chico.
Está a punto de besarme otra vez y yo le digo:
—Hazlo y te llevaré al sofá de tus padres.
Eso es, exactamente, lo que estaba pensando antes, pero no lo hago.
Ahora no, necesito ganármelo y si me comporto, la tendré en tres meses
más de una vez. No, se lo daré toda la noche.
Epílogo
Isobel
Tres meses después.
Me paro en nuestra sala de estar mientras me besa durante un buen rato.
Mueve las manos y toca mis senos mientras gimo en su boca perfecta y me
excito entre las piernas.
Estoy empapada cuando me levanta y me lleva a nuestro dormitorio. Oh,
Dios, es más de lo que podría necesitar. Pienso que estoy perdida cuando
me abraza con fuerza.
Siento que mi cuerpo se derrite mientras me pone en la cama y me besa
el cuello. Desabrocha la cremallera de mi vestido, y luego la baja
lentamente, suspiro y siento su pasión y necesidad por mi cuerpo caliente y
desesperado.
—Te amo, Isobel —dice, mientras pone su mano en el montículo de mi
coño.
Sus dedos presionan el interior de mis bragas y yo suelto un gemido.
Tira de ellas hacia abajo con fuerza y me mira al tiempo que las saca por
mis piernas.
—Te amo —digo yo también.
Mueve un dedo hacia mi boca y la cubre para calmarme con el gesto,
deseoso de devorarme en el dormitorio.
Se agacha y cae entre mis piernas mientras desabrocha mi sostén y lo
deja caer al suelo. Lo observo mientras toma un bocado de mi pecho en su
apasionada boca. Es perfecto en todos los sentidos. Gime mientras me
prueba, luego se levanta y se arrodilla en la cama desnudándose mientras
me mira con una sonrisa diabólica.
—Vas a tener esto todo el tiempo.
No sé qué quiere decir exactamente, pero me encanta.
Sus músculos se ondulan cuando se coloca en mi coño abierto y húmedo,
saboreando mi excitación solo cuando mis piernas permanecen abiertas para
él. Él pasa su lengua por mi clítoris hinchado y me siento viva, ardo por su
toque que hace que mi cuerpo se estremezca desde lo más profundo.
—Joder, nena, estás tan dulce como la miel.
Sus palabras me excitan. Introduce un dedo y juega con mis paredes
mojadas.
Jadeo cada vez que da en el blanco.
Arqueo la espalda y él inicia un movimiento rítmico con el dedo, al
tiempo que lame con suavidad mi clítoris y envía cosquilleos por mi cuerpo
que nunca he sentido.
Nos amamos.
Eso es lo que marca la diferencia, esta vez. Estamos en llamas, sexual y
emocionalmente.
Entonces sucede... todo se alinea y mi orgasmo se extiende sobre mí
como una ola inmensa. Es tan poderoso y perfecto que enrosco los dedos de
los pies y agarro las sábanas de satén mientras gimo su nombre.
—Christian...
Sus ojos se iluminan y nos miramos con intensidad.
—¡Date la vuelta, te tomo por detrás! —Siento que mi cuerpo se
enciende.
Hago lo que dice y me pongo a cuatro patas con el coño empapado y
listo para que entre en mí. Me tira del pelo y empuja su miembro en mi
interior. Llena mis paredes y toco el cielo. Empuja profunda y rápidamente,
me folla como si fuera la última mujer del planeta.
Como si yo importara y nosotros importáramos juntos como uno.
—Joder, nena, eres perfecta —dice mientras deja que su polla se deslice
dentro de mí, dura y profunda.
—Ah. —Sigo gimiendo mientras él toca mi lugar secreto.
Esto es el puro cielo en la tierra.
Siento que mi cuerpo lo anhela y él empuja dentro y fuera como un jefe.
El que solía ser para mí. Me sostiene el culo, excitándome y empujando con
pasión hasta que mi espalda toca la cama. Sigue penetrándome y me besa
en la boca, sus caderas luchan por profundizar y hacerme sentir completa.
Nunca supe que estaba tan vacía hasta ahora.
Mis paredes se humedecen mientras siento que otro delicioso orgasmo
ilumina mi cuerpo.
Al oírme gemir mientras me corro de nuevo él me dice:
—Joder, Isobel. Eres la mujer más preciosa del mundo.
Ahora empuja más lentamente, sosteniendo mi cuerpo en su fuerte
abrazo.
Si así es como se siente el amor, entonces lo quiero todo el tiempo. Es
como si nada más importara. Me tumbo debajo de él y veo sus caderas
moverse. Su cálido cuerpo sostiene el mío como si fuéramos una sola
persona. Juntos al fin.
Ambos gemimos y sus labios empujan cada respiración en mi cuello
sensible.
Siento que me deshago por completo, es como si todo lo que ha pasado
entre nosotros nos hubiera llevado a este único y perfecto momento. Nunca
he creído realmente en el destino hasta ahora, pero puedo decir que es real y
verdadero.
Su cuerpo se agita un par de veces más. Se va a correr dentro de mí y lo
deseo más que cualquier cosa que haya querido antes.
—¡Joder, nena! —Pone sus labios suaves sobre los míos y su semilla se
dispara dentro de mí como si estuviera hecho para mí.
Pero solo en mi cuerpo. Solo puede ser mío.
Nos tumbamos juntos y me sostiene por detrás. Me acaricia como si yo
fuera su deliciosa golosina.
—Te amo Christian Stern.
—Yo más y pronto serás Isobel Stern.
Me giro para enfrentarlo.
—¿Me estás proponiendo matrimonio?
Él sonríe.
—No en la cama y no así, pero puede que lo haga algún día. Espera y
verás.
Me río y digo:
—Tal vez diga que sí o tal vez diga que no.
Me da la vuelta.
—No tengo ninguna duda de que dirás que sí. Pero solo quiero que sea el
momento perfecto para los dos.
Tiene razón. Descubrí que la edad no tiene ningún fundamento en la
madurez de una persona. Estamos a una década de distancia y estoy segura
de que yo no había experimentado tanto como él, pero sabía de la gente.
Sabía cómo amar. Christian lo está logrando, pero va a llevar mucho más
que unas pocas semanas, tal vez meses.
De todas formas, valdrá la pena esperar.
Estaré aquí esperando.
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Nunca había participado en una subasta como esta.
Pero cuando la vi, asustada y desvalida, no pude alejarme sin más.
Está siendo subastada como una inocente más, pero es evidente que ella es
diferente.
Lo sé nada más verla.
Pero cuando la tengo entre mis brazos, deseoso de darle placer, me doy
cuenta de que no podré saciarme nunca de ella.
Ella es diferente, fresca e inteligente y me vuelve loco.
Ahora soy yo el asustado y desvalido, que solo quiere su amor.