Filosofia Apuntes
Filosofia Apuntes
Filosofia Apuntes
1
para entender por qué pensamos como pensamos y por qué otras personas
piensan como piensan.
Filosofía y ciencia
6
Bloque II
La especie humana
Génesis de la especie humana
7
influida por este conjunto de creencias. Veamos: en primer lugar, el ser
humano es superior al resto de los animales y puede disponer de ellos y de la
naturaleza como una especie de rey de la creación. Como producto de esta
posición del ser humano en el contexto general de la vida, queda claro que la
única especie cuya existencia es sagrada es la humana, pues es espejo de su
creador. Hay además una inequívoca referencia a la “normalidad” en
términos de relaciones entre sexos: el vínculo debe ser monogámico y
heterosexual. Por último, la desobediencia marca la desgracia de la condición
humana a partir de un acto libre, que Dios permite pero del que no participa
como instigador o ejecutor.
La teoría de Lamarck
La primera teoría de la evolución biológica se halla en el libro “Filosofía
zoológica”, publicado por Jean Baptiste Lamarck en 1809. En él se sostiene
básicamente las siguientes hipótesis:
8
- Hay una progresión gradual de las especies desde organismos simples a
otros más complejos.
- El mecanismo que rige estos cambios es la “adaptación al medio
ambiente” por medio del usos o desuso de ciertos órganos.
- Los órganos más utilizados se desarrollan y perfeccionan.
- Estas mejoras anatómicas adquiridas se heredan.
La teoría tenía un punto ciego, pues no explicaba cómo se podían heredar
caracteres adquiridos (de hecho, luego la ciencia genética demostró que
estos caracteres no se heredan), pero fue un gran estímulo para plantear la
cuestión de la especies sobre bases científicas.
La teoría de Darwin-Wallace
Tras un largo viaje por las islas galápagos y América meridional, Charles
Darwin presentó en 1848 su teoría general de la evolución de las especies,
que en principio evitaba hacer afirmaciones sobre el origen del ser humano,
pero postulaba una interpretación general del origen y desarrollo de la vida
que a la larga dinamitaría las viejas interpretaciones religiosas.
Según Darwin, a diferencia de lo sostenido por Lamarck, lo que determina
el núcleo de la teoría evolutiva es la lucha por la supervivencia. La idea se
basaba en otra teoría enunciada en la época por el erudito economista
Thomas Malthus, quien sostenía que las especies crecen de un modo más
acelerado que los recursos de que disponen, lo que lleva inexorablemente a
lucha por esos recursos. En esa lucha sobreviven los más aptos y los menos
aptos perecen. Al modo en que la naturaleza mantiene con vida a sus
mejores exponentes, Darwin lo llamó “selección natural”. Muchas veces la
teoría de Lamarck suele ser confundida con la de Darwin, pero es importante
destacar un aspecto que las separa de modo contundente: para Lamarck
(influido por el vitalismo francés) la naturaleza tiene una especie de fuerza
interior que la empuja al progreso y la evolución, en cambio para Darwin la
evolución es aleatoria: existen cambios naturales, especies cuya genética
muta azarosamente y, si esta mutación es favorable a la supervivencia, la
transmiten a su descendencia.
La teoría darwiniana en principio adolecía del mismo problema que la
lamarckiana, pero George Mendel, con sus investigaciones genéticas, aportó
hacia finales del siglo XIX nuevos descubrimientos sobre las mutaciones
biológicas, que fueron decisivos para confirmar los postulados darwinianos.
10
que proviene de la naturaleza y está sujeta a sus leyes, puede crear todo un
universo paralelo de cosas que no son “naturales”.
Nadie pone en duda, en términos generales, que la capacidad para la
cultura tiene una base biológica. El debate surge cuando se trata de precisar
cuál ha sido el auténtico valor adaptativo de la cultura y, sobre todo, cuando
se intenta analizar el grado de autonomía y de dependencia entre lo cultural
y lo biológico. La posición dominante en las ciencias sociales reivindica la
autonomía de la cultura. Los individuos son, en cierta medida, recipientes
pasivos de la tradición cultural y las acciones individuales, salvo las
relacionadas con fines biológicos obvios, responden a motivaciones que se
encuentran en la propia cultura y están más allá de los condicionamientos
biológicos. Sin embargo, esta concepción es perfectamente compatible con la
teoría evolutiva. El neodarwinismo considera que el origen de la cultura
humana es una consecuencia indirecta del extraordinario desarrollo
intelectual que se produjo durante la hominización y, asimismo, que las
manifestaciones culturales, aunque variables, son un producto del cerebro
humano. En el último cuarto de siglo, esta nítida separación entre biología y
cultura ha sido cuestionada desde la biología evolutiva con planteamientos
más o menos deterministas. Dicho de otro modo: los biólogos actuales, como
Richard Dawkins, reducen todas las inagotables manifestaciones del mundo
cultural a un mecanismo que sería en última instancia idéntico al que siguen
los patrones biológicos. Para entender mejor esta postura, en su famoso y
polémico libro “El gen egoísta”, Dawkins inventa el concepto “memes” como
equivalente cultural de su par biológico “genes”. Según esta idea, los memes
serían unidades de replicación, capaces de propagarse de una mente a otra,
de un individuo a otro o de una generación a otra y de ser seleccionados por
disposiciones psicológicas que la evolución ha generado en nuestro cerebro.
Esto explicaría por qué ciertos dispositivos culturales son más “exitosos” que
otros y le quitaría al universo cultural todo lo que las ciencias sociales han
querido otorgarle: ese halo de misterio y de indeterminación propia de un
sistema que no sigue otras leyes que las de su propia capacidad creativa.
Dawkins, para dotar a su posición de mayor rigor científico, afirma que los
memes reúnen tres características esenciales que definen su capacidad de
replicación: fecundidad (se propagan fácilmente), longevidad (persisten en el
tiempo) y fidelidad (se perpetúan mediante la tradición). Resta decir que la
teoría de Dawkins no es aceptada como científica en sentido estricto, sino
solamente como una hipótesis explicativa en el marco de la teoría de Darwin,
y que incluso algunos darwinianos eminentes no aceptan esta hipótesis.
11
Historia de las ideas
filosóficas
12
Bloque III
Hegel, otro monumental filósofo alemán (como verán, y seguirán viendo, los
alemanes son expertos en Filosofía…y en ganar finales del mundo de fútbol),
decía: “El búho de Minerva levanta vuelo al atardecer”. El búho representa la
sabiduría (si vieron “Merlí” recordarán que en cada capítulo aparecía la figura
de un búho en una terraza), y Hegel quería decir, metafóricamente, que la
Filosofía necesita un tiempo para poder reflexionar sobre lo que sucede.
¿Qué pensaría Hegel si viviera hoy? Estaría, seguramente, estupefacto: vería
que el vértigo de los cambios tecnológicos genera hábitos diferentes cada
dos años, que una generación difiere, en términos culturales, completamente
de la anterior, que los cambios son tan vertiginosos que no dan tiempo para
pensar en ellos, porque cuando logramos hacerlo ya otra saga de
acontecimientos nos pasó por arriba.
Sin embargo, si algo enseña la Filosofía, es que las cosas no vienen “caídas
del cielo”; hay pensadores que se adelantan a su tiempo y de algún modo
prefiguran lo que sucederá mucho después. Justamente comenzaremos
nuestro paseo histórico por el pensamiento filosófico “al revés”, analizando a
tres pensadores relativamente cercanos en el tiempo, cuyas ideas
perfectamente pueden ser consideradas la matriz de todo cuanto está
aconteciendo hoy: Federico Nietzsche, Jean Paul Sartre y Michel Foucault.
Federico Nietzsche es, a pesar de haber vivido en la segunda mitad del siglo
XIX (1844-1900), el filósofo que mejor representa algunos de los planteos
filosóficos fundamentales del siglo XX, cuya influencia persiste y aumenta en
nuestros días.
Para entender esta influencia, podemos partir de una frase “profética” que
Nietzsche hizo respecto de la importancia de sus ideas: “Lo que a mí me
pertenece es el pasado mañana. Ciertos hombres nacen póstumos”. Si bien
es cierto que algún tipo de reconocimiento tuvo como pensador mientras
13
vivió1, su verdadera importancia no dejó de crecer luego de su muerte. Por
otra parte, Nietzsche es de esa clase de pensadores cuya vida es también un
factor de polémica y análisis. Hijo de una familia de rígidas costumbres
religiosas (su padre era pastor luterano), y habiendo vivido en pleno siglo de
la expansión de las grandes ciencias modernas; Nietzsche dedicó gran parte
de su genio y de sus energías mentales a atacar, por un lado a la religión,
especialmente al Cristianismo; y por otro lado al ingenuo optimismo que la
ciencias tenían respecto de la naturaleza y el futuro de la condición humana.
La muerte de Nietzsche, luego de un abrupto declive de sus facultades
mentales primero, y de un lento y penoso camino hasta su muerte, es otro
elemento que no puede disociarse a la hora de entender la pasión y el drama
que guió su pensamiento: según se sabe, se volvió loco luego de ver, en el
año 1889, cómo un cochero maltrataba a un caballo, y jamás pudo regresar
de esa niebla mental que lo fue apagando.
El método genealógico
14
“el ser humano” es un animal racional, con una tendencia natural a querer
saber, con una necesidad esencial hacia la organización política. Cuando se
define “lo humano”, siempre se refieren características que serían inherentes
a la condición humana: el arte, la religión, el deseo de justicia, la vocación por
conocer. Incluso quienes reconocen que ciertas características son producto
de la historia, ven en esta una especie de desarrollo evolutivo, con cierta
finalidad que parece cumplirse en ese desarrollo. Nietzsche opone a esta idea
un concepto filosóficamente revolucionario: el de “invención”. Todo lo
“humano” fue inventado en algún momento, por hombres puntuales en
circunstancias puntuales, producto del choque de fuerzas e intereses,
aleatorios, concretos, siempre dispuestos a su propia disolución o cambio.
Esta es la manera de entender la “genealogía”. Cuando se dice: “el ser
humano es…”, debería decirse “el ser humano llegó a ser…” de determinada
manera, y rastrear esa suma de situaciones que produjeron “eso que es”,
teniendo en cuenta, además, que ese ser es provisorio, casual, siempre
abierto a luchas de poder, a la contingencia, a nuevas maneras de ser.
Nietzsche da como ejemplo (es, tal vez, su ejemplo favorito…y su obsesión),
la cuestión de la moral. Más allá de algunas voces disonantes (los sofistas en
Grecia, como ya veremos) la idea de que el ser humano es un ser “moral”
forma parte de todos los sistemas filosóficos. Nietzsche, en cambio, advierte
que al ser humano “le hicieron” una conciencia moral, a través de sucesivos
actos de violencia, sumisión e imposición de “valores”.
La voluntad de poder
Dios ha muerto
Nihilismo…”a la Nietzsche”
20
entenderse como modos de ser que, de no haber “muerto Dios”,
serían todavía sectores socialmente cuestionados.
- El actual problema de la falta de frenos o filtros a la actividad científica
como modo de dominar la naturaleza, bien podría también estar
alimentada en la idea de que la naturaleza es, no un lugar de hechos,
sino un espacio donde la voluntad de poder ejerce su afán de perpetua
expansión.
- Del mismo modo, se sabe, el nazismo hizo su propia lectura de
conceptos como “Voluntad de poder” y “Superhombre”. Se sabe que
cuando Nietzsche ya estaba demente, su hermana y su esposo,
miembros del partido nazi, retocaron de la obra de Federico todo lo
que podía contrarrestar el mensaje “antisistémico”, dejando lo que los
nazis vieron como una especie de habilitación intelectual de sus
nefastos planes.
- Las vanguardias artísticas son otro ámbito en el que Nietzsche dejó su
profunda huella. Su martillo, al destruir el concepto de estructura,
generó las condiciones de posibilidad para que nuevas formas de
entender el arte pudieran hacer pie en la Europa de principios del siglo
XX. Por otra parte, su exaltación de las pulsiones y de la vida propia
como obra de arte fueron sin duda un estímulo para que vanguardias
como el expresionismo (alemán) tuvieran en la filosofía nitzscheana un
manantial de ideas sobre las cuales sostenerse. (Consultar, respecto de
esta decisiva ruptura, a la profesora Salé).
- En Filosofía, bueno, es casi una obviedad destacar la influencia de
Nietzsche, pero por si acaso decimos que todo el pensamiento
europeo, y especialmente el francés de mitad del siglo XX hasta
nuestros días, no ha hecho otra cosa que discutir los aportes
nitzscheanos: Heidegger en Alemania, Bergson, Foucault y Deleuze en
Francia, son autores decisivos cuya obra debe mucho al pensador “del
martillo”. Hay quienes dicen que Nietzsche fue el primer existencialista
y, como siempre, no faltan en su obra referencias que perfectamente
pueden abonar esta idea, que desarrollaremos en el próximo apartado.
- Toda la corriente hemenéutica y lingüística del siglo XX también sigue a
Nietzsche en dos ideas básicas: si no existen los hechos sino las
interpretaciones, hay que crear una disciplina que dé respuesta a esta
necesidad de interpretar (eso es la “Hermenéutica”), si toda verdad es
simplemente el triunfo de formas lingüísticas que imponen su
“voluntad” en contextos determinados, entonces hay que crear una
21
disciplina de los signos, que dé cuenta de cómo estos generan modos
de verdad (eso es la “Semiótica”, “Lingüística”, “Filosofía del lenguaje”,
etc.).
- Finalmente, en psicología su legado no es menor. Cuando se dice que
“el inconsciente” es un descubrimiento teórico de Freud, se están
ocultando dos aportes que ya decían con absoluta claridad que la
“realidad consciente” era en verdad el reflujo de algo oculto que se
manifestaba de modo omnipotente y decisivo: el concepto de
“voluntad” de Schopenhauer y el de “voluntad de poder” en Nietzsche
son indudablemente formas precursoras del inconsciente freudiano 2.
Pero…
2
“Voy a leer a Nietzsche para hallar en él lo que todavía permanece mudo en mí” (Carta de Freud a Fliess,
1895)
22
Jean Paul Sartre (1905-1980) fue una de las figuras emblemáticas del
panorama cultural de la Europa de posguerra. Filósofo, escritor, dramaturgo,
polemista, activista político; representa a la perfección los ideales de una
generación cuya lucha terminó de configurarse (y de agotarse) en el
legendario “mayo del 68”, ese fantástico y terrible mes de 1968 en que
parecían crujir las estructuras de la cultura occidental (y como siempre, solo
crujieron…sin romperse).
Sartre es considerado como uno de los referentes de, probablemente, el
último gran movimiento filosófico de la modernidad: el existencialismo.
Luego, como verán con la profesora Cassagne, vendrá esa suma de pequeños
movimientos, de fuerzas de choque que, cumpliendo la profecía de
Nietzsche, terminan por configurar ese amplio collage de ideas que
conforman la “Posmodernidad”.
Antes, pues, de pasar a hablar de algunas de las ideas fundamentales de
Sartre, haremos una referencia general al existencialismo.
23
Para el existencialismo, más allá de la diversidad de pensadores que
conforman este movimiento (ya veremos que hay una distinción clave entre
dos formas de entenderlo), el ser humano no es parte de un proyecto, de una
racionalidad, de un sistema; su existencia no se deduce de nada que lo
trascienda: está ahí (dassein, dirá Heidegger: “ser ahí en el mundo”). La
primera certeza que unifica el pensamiento de todos los existencialistas es
casi un axioma: la existencia precede a la esencia. De esta se derivan otras
tantas, que podrían considerarse como principios que este primer axioma
obliga a deducir, a saber:
- El ser humano, al no “ser algo”, sino al “existir”, es pura posibilidad.
- Esta posibilidad supone la libertad absoluta, porque con cada acto no
estamos cumpliendo un proyecto inscripto en nuestra naturaleza, sino
eligiendo qué queremos ser.
- Esta permanente situación de elección produce angustia, porque elegir
es siempre desechar, y esto condena a un estado de desasosiego
permanente.
- El ser humano es totalmente libre, pero por eso mismo totalmente
responsable: mis actos “me pertenecen” porque nadie actúa por mí, y
mi conciencia se revela siempre en la acción (veremos cómo Sartre
desarrolla brillantemente esta idea).
- Al no haber una naturaleza humana, mi relación con los demás es
siempre una fuente de conflicto (Sartre dirá, de modo célebre: “El
infierno son los demás”).
3
Su libro: El segundo sexo (1949), es considerado una de las obras filosóficas fundamentales del movimiento
feminista.
25
Al creerse en Dios se lo ve a este como al fabricante del cortapapel…Dios
“produce” al hombre siguiendo un concepto, y cada ser humano realiza esa
idea que precede en Dios a nuestra existencia…
Aún en el ateísmo del siglo XVIII, la idea de “naturaleza humana” no
desaparece, y sigue pues la idea de que la esencia precede a la existencia…
El existencialismo ateo que yo represento es más coherente: si Dios no
existe, hay por lo menos un ser en que la existencia precede a la esencia, un
ser que existe antes de poder ser definido por concepto alguno: el ser
humano…El ser humano empieza por existir, se encuentra, surge en el
mundo, y después se define…El ser humano no es otra cosa que lo qué él
hace de sí mismo…El hombre es ante todo un proyecto, eso lo diferencia de
cualquier otro ser…
El ser humano es responsable total de su existencia, y cuando decimos
esto decimos al mismo tiempo que no solo es responsable de sí mismo, sino
de toda la humanidad…
Toda elección supone angustia, pero no podemos huir de ella. Elegir es
estar angustiados, y debemos elegir porque estamos condenados a ser
libres…Cuando decimos que el ser humano elige estamos diciendo que, al
elegirse, está eligiendo cómo quiere que sea la humanidad…
Dostoievsky escribe: “Si Dios no existiera, todo estaría permitido…”. Tiene
razón, Dios no existe y todo está permitido. En consecuencia, el ser humano
no puede aferrarse a nada para justificar lo que es: no hay Dios, no hay
naturaleza…Estamos sin excusas, condenados a ser libres; condenados
porque no elegimos nacer; libres porque no podemos evitar elegir…
El existencialista no cree en el poder de la pasión. Una pasión no es una
tormenta que dirige nuestros actos: el hombre es responsable de dejarse
guiar por una pasión…
De acuerdo con esto queda claro por qué tantas personas aborrecen
nuestra teoría: porque les saca la posibilidad de esgrimir que, si algo no ha
salido en su vida como querían, ha sido por culpa de las circunstancias…
Los otros…para que cualquier acto sea verdadero debe tener como
referencia a los otros. El otro es otra libertad frente a mí que me define y me
condiciona…Todo proyecto, por más individual que sea, no puede escapar de
la intersubjetividad, los otros están ahí para definirme, para obstaculizarme,
para que mi libertad pueda ser pero para imponerme su libertad…el infierno
son los otros…
26
El existencialismo no es, de este modo, un simple ateísmo que se extenúa
en la inexistencia de Dios…En verdad, no importa si Dios existe o no, porque
lo importante siempre será que el ser humano se encuentre a sí mismo…
4
Para la confección del presentte apartado se utilizaron como referencia fragmentos del capítulo “Michel
Foucault: verdad y poder, dos aspectos de una misma situación”, de Fabiana Piñaranda, en Introducción al
análisis sociológico, Roberto Montenegro, ed. UNLZ, 2000.
27
mi vida a pensar y a conocer no es precisamente para terminar pensando
siempre lo mismo…”.
Las instituciones
¿Qué tienen en común un Hospital, una escuela, una fábrica y una cárcel?
Probablemente si contestamos que tienen muchas cosas en común es
porque el pensamiento de Foucault ya ha permeado en nuestra cultura,
dando por sobreentendido algo que tal vez, sin sus aportes, no habríamos
podido pensar. Efectivamente, una vez que Foucault “nos ayuda” a pensar las
cosas de cierta manera, no podemos evitar ver una cascada de similitudes.
Repasémoslas:
- Son instituciones que buscan disciplinar los comportamientos.
- Tienen reglas y uniformes, que coaccionan la subjetividad.
- Funcionan en estructuras “panópticas”, es decir, en edificios pensados
para poder vigilar los movimientos de quienes están dentro de él.
- Se estructura, no solo sobre la idea de un poder “vertical”, sino sobre
una infinidad de micropoderes que procuran imponerse en ese sistema
de relaciones.
- Tienen dispositivos de control conductistas: timbres, tarjetas, horarios,
lugares específicos para conductas específicas.
El análisis del funcionamiento de las instituciones será, sin dudas, uno de
los ejes vertebradores de toda la obra de Foucault, porque en última
instancia el poder tiene en la institución su forma arquetípica para
desplegarse. Aunque, como veremos, no es solo la institución formalmente
consumada el lugar en que el poder viaja y extiende sus alas…
El método
El poder…según Foucault
29
Para Foucault los discursos generan poder, pero no por el significado que
expresan, sino como producto de las relaciones de fuerza que le dan la
posibilidad de establecer “verdades”. Los discursos, dirá Foucault, no son ni
verdaderos ni falsos, son la resultante de una red de poder que produce
sentidos y tipos de sujetos.
Analicemos con mayor rigor lo que afirmaba el inicio de este apartado.
Según la perspectiva clásica, el poder tiene tres formas básicas de ejercerse:
- Desde el Estado, como forma legal y legítima de regular la conducta de
los ciudadanos desde sus instituciones.
- Desde las leyes, como sistema de normas con poder legal sobre los
sujetos.
- Desde las estructuras corporativas no estatales pero con poder de
coacción: Empresas, lobbys, monopolios, sindicatos, grupos de presión.
En este esquema clásico, el poder se tiene y se ejerce “de arriba hacia
abajo”, imponiendo condiciones a la sociedad.
Foucault, en cambio, va a desmontar esta concepción, oponiendo otra de
sentido completamente diverso. En su concepción, el poder supone:
- La multiplicidad de fuerzas propias del dominio en que se ejercen y
que no son “producto” de una organización sino las que “producen”
esa organización.
- El “juego” de esas luchas, que mantiene en perpetua mutación las
relaciones de poder.
- Los apoyos o rechazos que este juego encuentra en tantos otros juegos
sociales.
- La efectividad legal de ciertas estrategias , que las termina
transformando en aparatos jurídicos.
Como vemos, para Foucault el poder es “omnipresente”, está en todos
lados, viene de todas partes. Lo único permanente del poder es la movilidad
de las relaciones que lo configuran.
Despegándose del marxismo, Foucault no cree que haya una clase que
tiene el poder sobre otra, pues no hay oposición binaria entre dominadores y
dominados, dado que esos roles son intercambiables, según el contexto y el
momento en que acontezcan. Despegándose de Sartre, quien según vimos
hace recaer todo el peso de la acción en el sujeto que elige (y se elige) para
Foucault no hay sujetos que actúan, solo relaciones que producen
subjetividades.
Por último, Foucault afirma que el poder no siempre niega, reprime u
obstaculiza, porque en este caso jamás podría funcionar. El poder funciona
30
por lo que produce, por lo que induce, por lo que incita a hacer (en clase
daremos algunos ejemplos claros de este poder que obliga a hacer o decir
antes que prohibir).
32
Bloque IV
El nacimiento de la filosofía – la filosofía antigua
Los mitos
33
empezó a ser estudiado no con la mirada que buscaba en él lo que había de
falso, sino con la intención de encontrar en esos relatos su verdadera función
cultural.
Siguiendo el análisis de Mircea Elíade, uno de los mitólogos más
extraordinarios del siglo XX, podemos decir que un mito es el relato de un
acontecimiento que ha tenido lugar en un tiempo “primordial”, el tiempo
fabuloso de “los comienzos”. El mito cuenta cómo gracias a las acciones de
seres sobrenaturales o heroicos, una realidad ha venido a la existencia,
entendiendo por realidad: el Cosmos, una isla, un fenómeno natural, una
especie, un comportamiento humano, una institución. Los mitos relatan
cómo “lo sagrado” irrumpe en el mundo para dar origen a todo lo que existe.
35
despierten su pasión. Es cierto que existía el culto a los muertos, pero
siempre era “prudente” la creencia en su supervivencia más allá de la tumba.
La religión griega tuvo momentos de debilitamiento, si bien es cierto que
no podemos hablar de “ateísmo”, ya algunos filósofos del siglo V-IV a.C. se
animaron a cuestionar la veracidad de los dioses, pero el culto en los amplios
sectores populares siguió existiendo hasta que fue, a partir del siglo III,
desalojado por las creencias cristianas.
Causas políticas-económicas:
Si bien la democracia (otro de los extraordinarios “inventos” griegos) aún
no existía formalmente, ya existían entre los griegos ciertas “conductas” que
ayudarían al advenimiento de esa forma de gobierno. Los griegos eran
afectos al intercambio de ideas, al pensamiento libre y a la discusión. Este
elemento fue decisivo para que pudiera nacer una forma de pensar que
pudiera desplegarse con libertad y sin preconceptos. En cuanto a las razones
económicas, cuando la filosofía hace su aparición, la ciudad de Mileto pasaba
por un momento de estabilidad económica. Esto, se sabe, suele alentar las
prácticas ociosas, requisito fundamental para que el pensamiento se
desarrolle.
Causa geográficas:
Por otra parte, la ubicación estratégica de Mileto le permitía estar en
permanente contacto con culturas como la babilónica o la egipcia, tomando
37
de ellas los aportes necesarios para después reelaborarlos o amplificarlos. Se
sabe que tanto los egipcios como los babilónicos poseían conocimientos muy
adelantados para su época, en áreas como la geometría y la anatomía
(Egipto) y astronomía (Babilonia).
Los “presocráticos”
41
Bloque V
Del planteo “cosmológico” al planteo “ético-antropológico”
Los sofistas y Sócrates
42
apellido”. Por otra parte, la democracia ponía en jaque la idea de que la
virtud (y como consecuencia de ella, el acceso al gobierno) eran cuestiones
que tenían que ver con la herencia, con la pertenencia a tal o cuál familia, y
no con capacidades subjetivas o méritos personales.
Los sofistas captaron a la perfección las necesidades de esta nueva
sociedad. Su función básica, en principio, era la de ser educadores
ambulantes, que ofrecían su servicio especialmente a las familias adineradas
de Atenas, para preparar a sus hijos en el arte de la retórica y la oratoria (es
decir, el discurso). A los sofistas se les reprochó, en su momento, cosas que
para nuestra visión de lo que es lícito o ilícito serían irrelevantes. En primer
lugar, se vio con “malos ojos” que cobraran sus enseñanzas. También se veía
como algo poco honorable su carácter ambulante, en una época en que la
pertenencia a una ciudad era considerada un atributo de orgullo.
Para lo que entendemos hoy en día, en verdad los sofistas fueron los
primeros librepensadores, y aún cuando el cobro de sus clases era
cuestionable, fueron los primeros en considerar que la virtud podía
aprenderse y que no era un privilegio de una clase exclusiva. Por otra parte
su carácter errante los convirtió en los primeros que cuestionaron el carácter
absurdo de los nacionalismos y fanatismos.
Más allá de estas especulaciones, lo cierto es que el verdadero problema de
los sofistas, la causa por la cual Platón los terminó reduciendo a una
expresión casi vergonzante del pensamiento, era su posición frente a dos
cuestiones fundamentales: la moral y la verdad.
Hay que decir que, aún teniendo en cuenta que el movimiento sofístico fue
muy rico y variado, sus representantes más importantes (Protágoras, Gorgias
e Hipyas) terminaron configurando un núcleo de convicciones de gran
importancia en la filosofía. En materia moral, los sofistas sostenían que no
existían principios morales absolutos. Protágoras es considerado el fundador
del “relativismo moral”, su principio “el hombre es la medida de todas las
cosas” afirma, en efecto, que cada hombre es la medida de lo que es bueno o
malo, justo o injusto, y que no hay ninguna norma objetiva o absoluta que
esté por encima del juicio o la opinión individual. En cuanto al concepto de
“verdad”, los sofistas son los primeros escépticos. La verdad, al ser subjetiva,
no existe como tal, y por lo tanto la cuestión de la verdad-falsedad se define
en el terreno de la argumentación, que para los sofistas era el arte de la
retórica y la oratoria. Elegir las palabras adecuadas, exponer una idea con
eficacia, es más importante que la naturaleza moral de lo que se defiende. Es
conocida la gran habilidad que tenía Protágoras (y que era transmitida a sus
43
alumnos) para defender las dos posiciones contrarias respecto de un mismo
tema, con la misma fuerza lógica. En resumen: los sofistas son los primeros
en discutir lo que, hasta el día de hoy, es la norma rectora de las llamadas
sociedades abiertas: no hay nada absoluto, el individuo es el fundamento de
la norma, y la verdad es una atribución del lenguaje (lo que hoy, en lo medios
se llama: imponer el relato).
47
Bloque VI
Las cumbres del pensamiento griego: Platón y Aristóteles
51
Tipos de entes Facultades de conocimiento
--------------------------------------------------------------------------------------------
MUNDO INTELIGIBLE – Máxima posibilidad de conocimiento: Episteme
IDEA DE BIEN
Ideas morales y metafísicas-------------------Inteligencia
Ideas matemáticas------------------------------Entendimiento
Imágenes------------------------------------------Imaginación
No ente--------------------------------------------Ignorancia absoluta
52
Metafísico porque son la realidad verdadera, única, eterna e inmutable,
que da razón a todo lo que existe. Las ideas son las esencias sin las cuales
nada sería lo que es o, para decirlo de otro modo, nada podría ser.
Gnoseológico porque conocemos las cosas porque en verdad las
recordamos: si las cosas no fuesen copias de las ideas, nada podríamos ver en
ellas que nos permitirá pensarlas, sólo las percibiríamos (en el sentido más
sensible de la palabra percibir).
Moral porque son la garantía de valores absolutos que nos permiten
ordenar la realidad en grados (más-menos, mejor-peor, bueno-malo, justo-
injusto) en la medida en que los hechos se acercan o se alejan de ese ideal.
La idea de bien
Establecido el esquema general de las ideas, es fundamental explicar la
importancia que tiene la idea de Bien en la filosofía platónica.
Según Platón, la idea de Bien es la idea suprema. Por tal razón está más allá
de toda descripción o conceptualización, por lo que podemos llegar a
entenderla por analogía: así como la luz del sol permite que veamos las cosas
(si no hubiese luz, aun cuando nuestros ojos estuviesen aptos para ver, no
podrían hacerlo), la idea de Bien es el fundamento inicial y final de todo
cuanto existe. Las cosas son porque participan de las ideas y las ideas son
porque nacen y reciben su ser de la idea de Bien. No debe entenderse aquí
por bien lo que nosotros entendemos, es decir, lo moralmente bueno o lo
apto parta algo (tal herramienta es buena para tal cosa). Platón entiende el
bien como la razón final que organiza todo lo que existe y sin la cual el
cosmos no sería un cosmos sino un caos.
54
Empecemos entonces a intentar explicar por qué Aristóteles “no es”
platónico.
En su juventud ya hemos señalado que el estagirita fue un agudo y brillante
alumno de la Academia, pero en algún momento su genio se animó a
someter a crítica nada menos que la teoría de las Ideas de su maestro.
Recordemos: para resolver la antinomia entre Heráclito y Parménides (esto
es: entre cambio y permanencia, o entre relativo y absoluto), Platón había
propuesto la existencia de dos dimensiones en la realidad: el Mundo sensible
y el Mundo inteligible.
Aristóteles cuestionó primero, y luego lisa y llanamente pretendió refutar la
teoría de Platón según la cual las ideas eran la auténtica realidad (por ser
subsistentes, absolutas y eternas) y que el mundo sensible, captado por
nuestros sentidos, no era más que una copia de aquellas. Aristóteles, al
contrario de Platón, que concebía la «existencia» de dos mundos, pensaba
que la única realidad existente era la sensible (con las particularidades que ya
desarrollaremos). Aristóteles hace, básicamente, las siguientes críticas a la
teoría de las ideas de Platón:
- Crítica a los dos mundos. Para Aristóteles es uno solo, admitir dos
mundos complica la explicación innecesariamente, duplicando las
realidades.
- Platón no ofrece una explicación racional al hablar de los dos mundos.
Se limita a utilizar mitos y metáforas, en vez de aclarar
conceptualmente sus propuestas.
- No hay una relación clara de causalidad del mundo ideal respecto del
mundo sensible. No explica cómo las ideas son causa de las cosas
sensibles y mutables. No infiere que de una idea se derive un objeto.
La teoría del alma de Aristóteles representa una vez más un abrupto cambio
con respecto a Platón. En principio porque tal como hemos anticipado, el ser
humano es un compuesto substancial de cuerpo y alma, y no una dualidad en
la que el alma, superior y real respecto del cuerpo, usa a este solo para
retornar a su pureza metafísica.
57
Aristóteles, además, hace extensivo el concepto de alma a todo lo viviente,
pues reconoce tres tipos de almas:
- El alma vegetativa (vegetales), cuyas funciones son la nutrición y la
reproducción.
- El alma sensitiva (animales), cuyas funciones son la nutrición,
reproducción, percepción, movimiento y deseo.
- El alma racional (humanos), cuyas funciones son la nutrición,
reproducción, percepción, movimiento, deseo y razonamiento.
Estos tres tipos de almas coexisten en la humana, teniendo por supuesto
primacía (aquí otra vez Aristóteles es “platónico”) la parte intelectual, que es
la que configura de un modo pleno nuestra esencia, pero que no obstante
tiene en su estructura a las otras dos funciones, no como algo que hay que
reprimir o desatender, sino como algo que debe ser equilibrado por la
medida de la inteligencia.
A diferencia de Platón, quien afirmaba la inmortalidad del alma y la
superioridad de ésta con respecto al cuerpo, Aristóteles es más ambiguo al
respecto. En principio, niega enfáticamente el concepto de reencarnación,
sustituyéndolo por la idea de que cada individuo posee un alma, que está
unida substancialmente al cuerpo, no al modo de “prisionera” sino
constituyendo una substancia única. Recordemos que en Platón el
conocimiento era recuerdo, es decir una función propia del alma, que sólo
usaba lo sensible como estímulo para despertar lo que “ya sabía”. Nada de
esto dice Aristóteles, para quien el conocimiento se construye desde lo
sensible, a partir de un principio muy poco platónico: “Nada hay en la mente
que no haya pasado primero por los sentidos”. Sin embargo, Aristóteles hace
referencia al “intelecto agente”, que es una parte del alma racional que
abstrae lo universal desde lo particular, y sin lo cual no podría haber en
nosotros otra cosa que precepciones individuales y fugaces. Esto permite
pensar en la posibilidad de un aspecto del alma que, en tanto tiene como
objeto de conocimiento lo absoluto e inmutable, también tenga la posibilidad
de no disgregarse con la muerte física, ingresando a un orden metafísico.
Astronomía y física
Lógica aristotélica
Todo M es P
Todo S es M
Todo S es P
Y esta forma es válida, quiere decir que lógicamente es correcta, pero ¿es
verdadera? No es ni verdadera ni falsa, porque los razonamientos deductivos
no lo son. Los razonamientos deductivos son formas válidas o inválidas de
conectar información, pero no pueden garantizar la verdad o falsedad de las
proposiciones que componen el razonamiento en cuestión. En resumen: la
lógica aristotélica es de gran ayuda para explicar lo que se conoce, pero no
sirve en absoluto para conocer.
60
Durante la edad media (grosso modo: S IV-XIV) se produce la conocida
expansión del llamado “mundo cristiano”. La iglesia católica adquiere
durante este período un poder absoluto sobre todas la esferas de la vida,
incluido por supuesto el conocimiento. Esto produce un conflicto
genéricamente conocido como la antinomia “Razón vs. Fe”. En los primeros
tiempos de la medievalidad se ataca al pensamiento griego como peligroso
para la fe, pero pronto algunos monjes procuran explicar los misterios de la
fe dentro de un marco racional. Esta combinación entre fe y razón, cuyo
primer gran articulador fue San Agustín (S IV-V) produjo una disciplina que
tuvo, en la edad media, su tiempo de oro: la teología.
Así fue como muchos sacerdotes y obispos empezaron a edificar un nuevo
tipo de verdad, basada en la revelación de las escrituras pero explicada
racionalmente. Ahora bien, ¿qué pensador podía servir como referencia para
poner en clave filosófica los misterios de la religión? Indudablemente, como
no podía ser de otra manera, el primer elegido fue Platón. Sin dudas la
filosofía de Platón tenía mucho de religioso: su creencia en un orden
absoluto, la afirmación de la existencia del alma, la división en dos mundos
que parecían representar la idea de una vida terrestre y un “más allá”, eran
sin dudas convicciones filosóficas que encajaban perfecto en un primer
borrador de teología. Pero con el correr de los siglos el platonismo comenzó
a presentar problemas: su desprecio por la realidad sensible no daba cuenta
de toda la creación, que también incluye el mundo sensible y material.
Siendo pues irrespetuosamente simples en la exposición de este problema,
diremos que cuando las obras de Aristóteles fueron introducidas desde el
mundo árabe al mundo cristiano, pronto los teólogos, con Santo Tomás como
máxima figura, vieron en la filosofía aristotélica y en su teoría de las cuatro
causas y de la substancia, un marco filosófico que cubría los huecos dejados
por Platón de un modo mucho más satisfactorio. La causa material le daba un
sentido al cuerpo y a la creación en general, y la causa final podía entenderse
como el “omega” cristiano. Por otra parte, la lógica aristotélica resultaba una
herramienta perfecta para el análisis de las verdades teológicas, pues no las
ponía en duda sino que sólo las desplegaba cuidando de no cometer fallos
lógicos en su exposición (perfecto ejemplo de esta práctica es la monumental
“Suma Teológica” de Tomás de Aquino). A tal punto se dio una comunión
entre Aristóteles y la iglesia que Galileo tuvo que pagar caro contradecir al
genial griego. Además, hasta hoy se habla del “tomismo aristotélico” como
una de las grandes corrientes de la filosofía (es decir: la teología que une el
61
pensamiento de Santo Tomás con el de Aristóteles), y actualmente los papas
escriben sus encíclicas teniendo como referente a Aristóteles.
62
La filosofía helenística es un complejo movimiento de escuelas y pensadores,
que conviven con la decadencia de las dos grandes escuelas que habían
creado los mayores exponentes del pensamiento griego: la Academia
platónica y el Liceo aristotélico.
Aristóteles muere justamente un año después que Alejandro Magno y con
su muerte desaparece el concepto de filósofo sistémico, capaz de abordar
todos los misterios que la filosofía puede plantear. Quienes sucederán a esta
cumbre del pensamiento representada por la filosofía platónico-aristotélica
serán, más allá de sus diferentes posturas, otro tipo de pensadores que
estarán surcados por inquietudes similares, a saber:
- Pérdida de la centralidad cultural de la polis: aquel modelo de ciudad-
estado, cuyo emblema era Atenas, y que había sido testigo de toda la
producción cultural del mundo griego, pierde su importancia a manos del
nuevo paradigma alejandrino: el imperio absorbe a las polis y con ello la
distinción entre ateniense (ciudadano) y bárbaro (extranjero) pierde su
sentido.
- Cambio el concepto de «hombre»: Platón y Aristóteles hablaban del ser
humano como un “animal político”, porque sólo la polis era autosuficiente y
sólo en ella podía realizarse plenamente. Hundida la polis, el ser humano es
entendido más bien como “animal social”, cuyo marco de referencia es la
naturaleza y la humanidad (cosmopolita: ciudadano del mundo), reclamando
para sí la importancia que antes se reconocía a la ciudad.
- Cambio en los problemas filosóficos: los grandes sistemas filosóficos son
reemplazados por otro tipo de preocupación, subordinada a los fines
prácticos de la existencia: “sabio” no es sólo el que sabe pensar o
filosofar sino “el que sabe vivir” (y morir).
- Búsqueda de nuevos estados psicológicos: más allá de las diferentes
escuelas y de los disensos entre pensadores, todos ellos están atravesados
por cuatro conceptos clave a los que dirigían todos sus esfuerzos
intelectuales: aponía (el arte de evitar, dominar y soportar el dolor), ataraxia
(la imperturbabilidad del ánimo ante el placer o el dolor), apatheia (la
indiferencia ante las pasiones) y autonomía (la posibilidad de tener una
existencia no dominada por el entorno o las instituciones).
Las escuelas helenísticas fueron básicamente cuatro: el cinismo, el
epicureísmo, el estoicismo y el escepticismo.
63
Exploraremos dos de ellas, el epicureísmo y el estoicismo, porque fueron
las que alcanzaron mayor profundidad filosófica y mayor influencia a futuro,
especialmente durante el imperio romano.
El Epicureísmo
Epicuro fue uno de los grandes filósofos de la antigüedad, aunque sus ideas
fueron mal comprendidas fuera de su círculo de discípulos y apenas se han
conservado fragmentos de sus más de cincuenta obras (las conocemos a
través de Diógenes Laercio, Cicerón y Séneca).
El epicureísmo tenía una finalidad claramente práctica: los epicúreos
entendían la filosofía como una medicina del alma. La filosofía no se
estudiaba para adquirir cultura, sino para ser feliz.
La Física epicúrea se inspira en Demócrito y es materialista: todo lo que
existe consiste en átomos y vacío. El número de átomos es infinito, como lo
es el espacio vacío, por lo que admitían la posibilidad de que existiera un
número también infinito de mundos como el nuestro, que nacen y perecen,
aunque el conjunto del universo es eterno e imperecedero.
El alma es material y mortal. Es un agregado de átomos muy sutiles que se
extiende por todo el cuerpo. El alma sigue al cuerpo en su destino, y muere
con él.
Epicuro admite la existencia de los dioses; los considera seres inmortales y
antropomorfos, que viven en los espacios intermundanos, felices y sin
intervenir para nada en la marcha del mundo. No creía que los dioses
pudieran intervenir en los acontecimientos naturales o humanos. Afirmó que
los dioses no tienen por qué inspirar miedo: “Es absurdo pensar que seres
tan perfectos y felices puedan experimentar sentimientos de ira o venganza”.
En cuanto a la muerte, tampoco tiene sentido temerle, porque, según afirma
la clásica sentencia epicúrea: “Cuando nosotros estamos, la muerte no está, y
cuando la muerte llega, nosotros ya no estamos”.
La ética epicúrea, verdadero objetivo de su filosofía, es una ética hedonista
(del griego hedoné: placer), absolutamente novedosa en el mundo griego,
pero con una serie de moderaciones que buscan disciplinar el placer para que
no se vuelva dolor.
El placer es el principio y fin del vivir feliz, es el bien primero y connatural, y
a partir de él hacemos cualquier elección o rechazo, y en él concluimos
cuando juzgamos acerca del bien, teniendo la sensación como norma o
criterio. Y puesto que el placer es el bien primero y connatural, no elegimos
64
cualquier placer, sino que a veces evitamos muchos placeres cuando de ellos
se sigue una molestia mayor. Consideramos que muchos dolores son
preferibles a los placeres si, a la larga, se siguen de ellos mayores placeres.
El mayor bien es la prudencia, incluso mayor que la filosofía. De ella nacen
las demás virtudes, ya que enseña que no es posible vivir placenteramente
sin vivir sensata y honestamente, ni vivir sensata y honestamente sin vivir
placenteramente.
Epicuro distingue entre placeres naturales y necesarios, placeres naturales
pero no necesarios, y placeres que no son ni naturales ni necesarios. Pensaba
que sólo los primeros hacen realmente feliz a un ser humano, y que las
personas prudentes intentan escapar de los demás. Epicuro tiene una
concepción del “sabio” muy distinta de la que tienen los estoicos: "sabio" no
es quien se abstiene de todo placer, sino el que sabe gozar de lo natural y
necesario. Prefería la compañía de amigos, pues entendía que la amistad era
la forma más perfecta y refinada del amor. Entendía que los procesos
naturales no estaban sometidos a un determinismo férreo, como pensaban
los mecanicistas, porque los átomos se mueven libremente en el vacío y esta
ausencia de necesidad hace posible que cada persona pueda ser dueña de su
destino.
El estoicismo
Fue una corriente filosófica fundada en Atenas por Zenón de Citio (335-
264 a.C.). El nombre de la escuela procede del término griego stoa, que
significa "pórtico". Al parecer, Zenón impartía sus enseñanzas bajo el
"pórtico pintado" del ágora ateniense. Suelen distinguirse varios periodos
en la historia de esta escuela: el primer estoicismo (Zenón, Cleantes de
Assos y Crisipo de Soli), la estoa media (Panecio de Rodas y Posidonia de
Apamea) y el estoicismo tardío y romano (Séneca, Epicteto de Hierápolis y
Marco Aurelio).
De acuerdo con esta escuela o corriente filosófica, la Naturaleza entera
se halla gobernada por una "razón" providente y divina (Lógos) que dirige
sabiamente el "destino" de las cosas y de los hombres. Es insensato e
inútil intentar cambiar el plan de esa providencia divina. Ocurre siempre lo
que tiene que ocurrir, del modo exacto en que tiene que hacerlo. Por eso,
nuestro deber como seres dotados de razón es aprender a "vivir de
acuerdo con la naturaleza"; o, lo que es lo mismo, de acuerdo con el Lógos
65
eterno que lo gobierna providencialmente todo. En esta conformidad de
la acción con el Lógos consiste la areté o virtud moral. Según los
estoicos, es "sabio" quien acepta y consiente con entereza y serenidad el
"destino" que el "orden" y las "leyes" de la Naturaleza le deparan. Esta
aceptación tranquila del propio destino se alcanza mediante el control y
Los estoicos llamaron apátheia o apatía a esta suerte de dominio o de control
racional sobre los propios impulsos, pasiones y afectos. Mediante la práctica
escrupulosa y sostenida de este autocontrol o autodominio, el "sabio" llega a
ese estado de imperturbabilidad espiritual. Y, según los estoicos, esta
impasibilidad del alma lleva a la ataraxia (serenidad; tranquilidad de ánimo) y
representa la única forma de felicidad a la que resulta legítimo o moralmente
aceptable aspirar. Frente al hedonismo en general y al hedonismo epicúreo
en particular, el estoicismo sostiene que la finalidad última de toda actuación
no debe ser el logro de la felicidad, sino la práctica del bien, el ejercicio de la
"virtud" (que consiste, como hemos visto, en el comportamiento de acuerdo
con la razón que lo gobierna todo). No debemos aspirar a ser felices, sino a
actuar correctamente, es decir, aceptando con sabiduría lo que el destino
nos propone.
66
Bloque VII
La edad media (S V – S XV) supone una ruptura total con las categorías de
pensamiento que habían dominado el panorama intelectual de la filosofía
antigua, principalmente en Grecia, y luego durante el imperio romano.
Las razones de esta ruptura (o la razón) está relacionada de modo directo
con la irrupción en la cultura occidental del cristianismo como religión y de la
Iglesia católica como institución absoluta y hegemónica.
Luego de la muerte de Cristo, durante los primeros siglos, el cristianismo es
visto por el imperio romano como una religión extraña, en algunos casos sin
importancia, y muchas veces como una amenaza latente que merece ser
controlada. Esto hace que, en líneas generales, los tres siglos que suceden a
la muerte de Cristo encuentren a ese cristianismo naciente en el rol de
religión perseguida. Con algunos matices, que van desde épocas de
persecución sangrienta hasta otras de cierta tolerancia, el cristianismo no se
constituirá como lo que finalmente sería hasta el siglo IV, cuando
Constantino (emperador romano) decide convertirse a la fe cristiana y esa
religión casi segregada pasa a ser una religión oficial del imperio romano y,
enseguida, la gran religión que dominaría durante diez siglos todas las esferas
de la cultura occidental.
Una vez asentado el cristianismo como fuerza hegemónica, la filosofía
(representada simbólicamente bajo el concepto “razón”) pasa a ser enemiga
de la religión (representada simbólicamente bajo el concepto “fe”). Este
choque, conocido como “conflicto entre razón y fe”, obligó a los primeros
obispos cristianos con poder a plantearse cuál debería ser el lugar de la razón
en un mundo atravesado por la necesidad de salvación a través de las
verdades bíblicas.
La consecuencia de este conflicto entre fe y razón tiene en la figura de
Tertuliano (monje cristiano del siglo IV) a una de sus figuras más virulentas.
Tertuliano afirma que la razón es un obstáculo para la salvación y que la fe,
no solo es superior a la razón, sino que es lo único que hace falta para
67
salvarse (su frase: “Creo porque es absurdo”, deja en claro que no sólo se
cree a pesar de la irracionalidad de la creencia, sino que esta irracionalidad
es un atributo que el verdadero cristiano ostenta con orgullo).
Recordemos que, más allá de que para nosotros los conceptos de
revelación o la existencia de un libro como la Biblia formen parte de
dispositivos culturales a los que estamos acostumbrados, esto, como todas
las cosas, tuvo un momento histórico de irrupción. Ya la religión judía había
instalado culturalmente estos dispositivos, pero sin el alcance que tendrían
luego con el mensaje cristiano. Conviene destacar cuáles fueron los
elementos más importantes que se estructuraron con el triunfo del
cristianismo, a saber:
- La creencia de un Dios único que se revela a sus criaturas a través de la
voz de los profetas.
- La codificación de la palabra divina en un libro (o conjunto de libros) que
pasa a ser sagrado y que contiene, no solo elementos de sabiduría, sino
la verdad de la palabra revelada.
- La consecuente persecución, una vez instalado el concepto de verdad
absoluta, de todos aquellos que no se adapten a esa verdad (herejes,
infieles, brujas).
- La referencia a una vida “más allá de este mundo” como consumación
final del concepto de salvación. La vida terrena pasa, según este
enfoque, a ser un mero camino o una prueba para la “verdadera” vida,
que está en otro mundo.
- La idea de pecado como ofensa al creador y no como simple error o
desviación de las conductas apropiadas.
- La venida al mundo de un Mesías, hijo de Dios, que ingresa a la historia
para redimir a la raza humana de esa condición pecadora.
70
de la iglesia desarrollar “argumentos” que acercaran a los no creyentes a
Dios.
San Anselmo fue un lúcido Monje del Siglo XI, obsesionado con la
posibilidad de encontrar un argumento que convirtiera a los infieles en
creyentes. Este argumento es llamado “ontológico” (“onto”: ser; “lógico”:
pensamiento), o también “a priori”, pues no necesita de la experiencia
sensible para ser probado, sólo basta con el pensamiento puro.
Sintéticamente, el argumento dice:
1 – Todas las personas (aún los ateos en caso de negarlo) tienen la idea de
Dios en sus mentes.
2 – Esta idea es la de un ser tal que no puede haber nada más grande que él.
3 – Sin embargo, los ateos dicen que esta idea sólo existe en la mente, pero
no en la realidad.
4 – Ahora bien, si existe en la mente pero no en la realidad, entonces hay
algo más grande que Dios.
5 – Pero la idea de Dios excluye la posibilidad de algo que sea más grande
que Él.
6 – Por lo tanto: Dios existe.
74
Bloque VIII
75
utilidad discursiva, dispuesta únicamente para debates y discusiones. Ha
llegado la hora, según Bacon, de reemplazar la deducción por la inducción, el
pensamiento puro por la experimentación.
Pero no fue Bacon, cuya influencia no pasó de su crítica feroz a Arstóteles,
quien marcó el pulso de la nueva época. Quien cumplió ese papel fue el
genial Galileo Galilei, sin dudas quien mejor representó el espíritu de los
nuevos tiempos, por dos aportes fundamentales para el desarrollo del
pensamiento: la observación experimental y la idea de que esas
observaciones pueden registrarse matemáticamente en fórmulas que den
cuenta del comportamiento de los fenómenos físicos y astronómicos.
Las observaciones de Galileo ya son parte de la historia grande de la
ciencia; su tendencia a no dar por verdadero nada que sea sometido a
prueba, sumada al desarrollo del telescopio (desarrollo que el propio Galileo
propició) hicieron crecer exponencialmente los descubrimientos, a la vez que
derribaron viejos mitos que se arrastraban desde el mundo griego. La idea de
que, según palabras de Galileo “La naturaleza está escrita en lenguaje
matemático” fue otro gran aporte pues generó otro de los rasgos distintivos
del pensamiento moderno: la necesidad de cifrar los descubrimientos en
fórmulas precisas.
Para mediados del siglo XVII, los aportes científicos de Copérnico, Kepler y
Galileo (más el decisivo aporte de Newton en el siglo XVIII) habrían de
destruir toda la física y la astronomía basada en Platón y Aristóteles, y
respetada dogmáticamente durante toda la edad media.
Era momento de que apareciera en escena el pensador capaz de afrontar
este nuevo espíritu de época, y construir con él, sobre los cimientos de los
viejos escombros, un nuevo edificio filosófico.
El Racionalismo
Pienso, luego existo: René Descartes
Abierta la puerta por los héroes de la nueva ciencia, faltaba que ese clima
tomara la forma de especulación filosófica, y ahora sí, la figura de René
Descartes se abrirá paso como la del fundador oficial del pensamiento
moderno.
A Descartes se lo conoce como al “hombre de la duda” por lo cual hay, para
adentrarnos en su pensamiento, hay que hacer una primera distinción. En
efecto, Descartes representará como ningún otro el sentimiento que invadía
la época; instalado en pleno siglo XVII, el gran filósofo francés advertía que si
76
bien la ciencia había traído nuevos conocimientos que venían a poner los
primeros haces de luz luego de la oscuridad medieval, también traía una
sensación desalentadora: la de saber que todo lo que hasta hace poco se
creía sagrado y fuera de discusión ahora era desechado como un residuo de
errores groseros. Hay que empezar por construir el conocimiento desde cero.
¿Y qué mejor que hacerlo dudando de todo? Ese será el proyecto de
Descartes, tomar la duda como matriz de su especulación filosófica.
Hay que señalar, entonces, que para Descartes la duda no será un simple
estado de ánimo producto de la perplejidad, el asombro o la incertidumbre.
Descartes utilizará la duda, como hemos dicho, en todas sus posibilidades
filosóficas, y para ello le dará tres características que pasamos a explicar:
Metódica: a diferencia de los escépticos, para quienes la duda era una
herramienta de destrucción del conocimiento (la duda pirrónica, en
homenaje al gran escéptico griego, Pirrón de Elis) Descartes hablará de la
“duda metódica”, herramienta que va a utilizar para analizar el conocimiento
hasta establecer un principio que esté más allá de toda duda y, por eso
mismo, constituya la base de un conocimiento seguro.
Universal: la duda cartesiana será como una especie de ojo filosófico omni
abarcador, que no deje de analizar ningún problema ni ninguna idea, no
dando nada por seguro ni por sobreentendido, por mucho que se respete a
los filósofos y a lo sistemas filosóficos precedentes.
Hiperbólica: llevar la duda hasta el más insólito de sus extremos puede
conducir a ideas que amenacen el sentido común o hasta cierta racionalidad
básica. No importa (veremos cómo en la “Hipótesis del genio maligno” esto
queda en evidencia), si hace falta que la duda se utilice a niveles que rocen el
ridículo, se hará igual si eso es necesario para construir un conocimiento
rigurosos y seguro.
Este protocolo de duda debe entonces poner el ojo en todo lo que se crea
seguro para poder desmantelarlo y ver si algo queda en pie para refundar la
Filosofía sobre bases sólidas.
Comienza Descartes, a la manera platónica, por dudar del conocimiento
sensitivo y, como Platón, arriba a la misma conclusión: las sensaciones son
subjetivas, fugaces, cambiantes: no pueden ser la base de ningún
conocimiento seguro.
Avanza luego sobre algo más extraño: la distinción entre sueño y vigilia.
¿Cómo puedo afirmar, dice Descartes, si la realidad de la vigilia es más real
que la de los sueños, si muchas veces éstos son más intensos que la
77
“realidad”? Por muy extraño que parezca, la simple sospecha de que en
ciertos estados de la mente no es del todo seguro distinguir un sueño o una
alucinación de un estado “real”, alcanza para que ello no sea un factor de
conocimiento seguro.
Pero la verdadera muestra de que el filósofo va a cumplir hasta el fondo
con su promesa de extender la duda a todo (universal) y del modo más
extremo (hiperbólica) es lo que va a hacer con la matemática. Como es
sabido, las verdades matemáticas han sido consideradas desde siempre
como verdades fuera de toda duda. De hecho, además Descartes fue uno de
los más grandes matemáticos de todos los tiempos y creía, como Platón, que
la matemática era el único camino seguro para la elaboración de verdades
indubitables. ¿Cómo podemos, entonces, dudar de ellas? Para ello Descartes
introducirá la famosa “hipótesis del genio maligno”. Está claro que la
matemática es exacta, pero podemos pensar que esa exactitud es producto
de la acción de un genio o demonio, que me hace creer (que le hace creer a
la especie humana) que hay verdades que son indiscutibles cuando en verdad
no lo son. Una aclaración: está claro que esta hipótesis parece algo tonta,
pero Descartes prefirió de un modo casi absurdo (hiperbólico) instalar la idea
de una especie de bromista metafísico, que consagra su poder en inventar
una ciencia que parece exacta pero no lo es. Entendamos que Descartes
simplemente hace esto para cumplir su “promesa” de dudar de todo incluso
hasta el ridículo.
Repasemos entonces cómo han quedado las cosas: el conocimiento
sensible es engañoso, no se puede distinguir el sueño de la vigilia, y hasta la
matemática puede ser una especie de gran error universal. Entonces allí
donde todo es escombro y el derrumbe parece definitivo, Descartes
encuentra lo que buscaba: puedo equivocarme, puedo dudar de todo, puedo
alucinar realidades, el genio maligno puede mofarse de mi racionalidad, pero
para que todo ello suceda primero tengo que poder pensar. Si dudo, si me
equivoco, si deliro, es porque pienso, y si pienso es porque existo: “Pienso,
luego existo”, una de las frases más conocidas de la historia del pensamiento.
Sí todo muy lindo, pero… ¿cómo salgo del “Pienso luego existo”?
79
La importancia de la idea de Dios es decisiva pues le va a servir a Descartes
para demostrar su existencia (la de Dios), su existencia (la de Descartes) y la
existencia de toda la realidad extra mental, que estaba en suspenso, para sí
reconstruir la coherencia de todo su sistema.
Según el pensador francés, siguiendo un poco la línea de San Anselmo
(brillante teólogo medieval), si tengo la idea de un ser infinito, perfecto y
todopoderoso, esa idea no puede ser una idea “mía” pues no puedo fabricar
algo más grande que yo, que soy finito, imperfecto y falible. La idea de Dios
es puesta en mí por Dios, garantizando su existencia y la veracidad de todas
las cosas que estaban puestas en duda. Dios es perfecto, de modo que no
puede engañarme: la realidad exterior existe, las matemáticas son exactas y
el sueño no es lo mismo que la vigilia, porque Dios no puede engañarme.
El lector atento observará en el pensamiento cartesiano una especie de
vicio circular. Demuestra a Dios dentro de su mente y entonces eso le
permite reconstruir todo lo que su mente ponía en duda. Varios pensadores
eminentes (especialmente los empiristas) atacarán estos artificios racionales;
pero hay un doble honor que nadie podrá quitarle a René Descartes: ser el
fundador de una de las escuelas más importantes de filosofía, el
racionalismo; y ser el padre del pensamiento moderno.
¿Por qué fundador del racionalismo? Su primera certeza (Pienso, luego
existo) es fruto de su propia razón, su peor miedo (el solipsismo) es fruto de
su propia razón, y la solución a todo el sistema (la existencia de Dios) es fruto
de su propia razón. Descartes no sale de su razón y es capaz, con ella, de
construir todo un sistema.
¿Por qué el padre del pensamiento moderno? Con sus agudas reflexiones
sobre la racionalidad del sujeto pensante, Descartes inaugura la llamada
“metafísica de la subjetividad”, el sujeto pasa a ser más importante que la
realidad misma (que es deducida desde el sujeto), y este será, hasta hoy, el
rasgo distintivo de “lo moderno”.
80
pensamiento insular, a tal punto que se lo suele conocer como “empirismo
inglés”.
Ya hemos destacado, a propósito de Guillermo de Ockham, cómo el
pensamiento británico ha estado surcado siempre por una tendencia al
empirismo, es decir, a desconfiar de todo que no pueda ser comprobado en
la experiencia sensible. De hecho, bien se puede entender al empirismo de
los siglos XVII-XVIII como a una consumación de la “navaja de Ockham” del
siglo XIV.
Los libros coinciden en nominar a John Locke (S XVII), contemporáneo de
Descartes, como al fundador del empirismo y principal antagonista de los
principios cartesianos, pero será el escocés David Hume (S XVIII) quien lleve a
su máxima expresión las pretensiones de la filosofía empirista.
Para entender al pensamiento empirista inglés, conviene comenzar por un
concepto de enorme importancia para Descartes, que Locke, Hume y sus
muchachos se encargarán de demoler: el concepto de idea innata.
Como hemos visto, en el esquema racionalista las ideas y principios innatos
eran la columna vertebral del sistema. Frente a esto, todos los empiristas
coincidirán en un postulado central: la mente es una tabla rasa (“a white
paper”, dirá Locke), nada hay en ella que primero no haya sido una
percepción, entendiendo por percepción todo aquello que provenga de la
experiencia sensible. Si no hay datos previos de los sentidos no hay ideas.
Entonces, ¿cómo nace algo tan complejo como el pensamiento en nuestras
mentes? De la manera más simple, dirá Hume: a través de precepciones
sensibles que devienen en ideas y, a partir de ciertas formas de asociación,
en pensamientos. Hume distingue entre las precepciones, dos tipos: las
impresiones y las ideas. Las primeras son más directas, más fuertes y más
vivaces que las segundas, que se producen como consecuencia del recuerdo
o el reflejo que dejan en nosotros esas sensaciones primeras. Los ejemplos
de Hume son tan simples que no generan mayores esfuerzos a la hora de ser
comprendidos: ver un objeto azul, besar a alguien, quemarme; son
experiencias directas (impresiones), que luego darán lugar a ideas que formo
con ese patrimonio de datos sensibles. Es importante aclarar que Hume lleva
esta postura a sus consecuencias más devastadoras, como veremos a
continuación.
Veamos: Hume dice que toda idea, para ser genuina, debe poder
retrotraerse a alguna impresión que le dio entidad; todo lo que no cumpla
con este requisito cae en el saco de la sospecha, la fantasía o el delirio. Pero
entonces, ¿qué ocurre con ciertas ideas sagradas para toda la filosofía
81
anterior, como las ideas de Dios, alma, substancia o causa? El coherente
Hume dirá que son fantasías producidas por los deseos o por el hábito. Así
nace su famosa saga de críticas a las ideas de causa, alma, substancia y Dios,
que ya mismo abordamos.
Recordemos: todo lo que no provenga en última instancia de una
precepción, no es una idea en sentido empirista. Pasemos ahora por este
imperativo las ideas que presentamos, a saber:
Idea de causa: Hume utiliza el famoso ejemplo de las bolas de billar para
aclarar su crítica a esta idea. Supongamos, dice, que una bola A le pega a una
bola B y ésta se mueve. Es obvio que mi mente pensará que el movimiento
de la bola A provocó el de la bola B, pero yo lo único que percibo son dos
movimientos que se acompañan, no tengo impresión de lo que yo llamo
causa. Es el hábito mental el que me hace pensar en un fenómeno para el
que tengo una palabra, pero que no es una idea.
Idea de substancia: Siguiendo la misma lógica, lo único que percibo yo de un
objeto son sus cualidades, a través de los sentidos, pero la idea de un
sustrato que está por debajo o por detrás de esas cualidades vuelve a ser un
vicio del lenguaje propiciado por el hábito.
Idea de alma o yo: La última gran idea de la filosofía que Hume demuele es la
de alma o yo. Dirá el genial escocés: ¿qué percibo yo cuando digo “yo”? Un
desfile de imágenes, de sensaciones, de pasiones, que se suceden y
parecieran dar unidad a un espectador que es el recipiente de ese
espectáculo de percepciones. Pero no hay, nuevamente, percepción de ese
yo, al que tiempo después los empiristas llamarían irónicamente “fantasma
en la máquina” (que, dicho sea de paso, es el nombre un fantástico disco de
The Police5).
La idea de Dios correrá la misma suerte que las otras tres, aunque el
prudente David se cuidó de dar a conocer sus pareceres sobre la religión en
vida. Sus críticas a la religión fueron publicadas post mortem, y en ellas se
leía que el concepto “Dios” es otro de los hábitos fantasiosos de la mente, y
que el argumento de Descartes para probar su existencia es ridículo.
82
Llegamos, en este viaje por la historia de las ideas, al último autor que
abordaremos: Immanuel Kant (1724 – 1804, Königsberg, Alemania).
Debemos recordar que empezamos este viaje por pensadores posteriores a
Kant (Nietzsche, Sartre y Foucault) y luego volvimos hacia los comienzos de la
Filosofía para desde allí contar la historia de las ideas.
Por supuesto que entre Kant y esos tres autores que vimos al comienzo
hubo muchísimos pensadores y escuelas de pensamiento importantes. Pero
Kant es de esos genios que obligan a quienes los suceden a tener que pensar
siempre en referencia a ellos, sea para continuarlos, sea para cuestionarlos.
Podemos decir, tal vez arbitrariamente, que Platón, Aristóteles, Kant y
Nietzsche son de esta clase de genios.
Para entender cómo Kant logra una síntesis entre dos escuelas que parecían
irreconciliables en sus aspectos básicos: el racionalismo y el empirismo,
debemos decir que lo que Kant buscaba era la posibilidad de que existieran
conocimientos “sintéticos a priori”.
Recordemos: para el racionalismo “la Razón” era la única fuente de
conocimientos válidos, procediendo de manera deductiva a partir de
principios “a priori” (ejemplo: Pienso, luego existo; la parte es menor que el
todo; el efecto no puede preceder ni ser mayor que la causa), que Descartes
creía innatos en nuestra mente. Del lado “opuesto” los empiristas, con Hume
como máxima figura, negaban la existencia de principios innatos, afirmando
que la razón no puede funcionar sin percepciones que le den información, y
que además la mente procede por vía inductiva.
Si hiciéramos un cuadro de doble entrada, veríamos enseguida desplegada
la vieja y querida antinomia filosófica en toda su complejidad. Hagámoslo
para que quede en claro visualmente:
Racionalismo Empirismo
83
Pongamos un ejemplo para desglosar todos estos conceptos. Pensemos en la
siguiente afirmación: Si A es mayor que B y B es mayor que C, A es mayor
que C. Como podemos ver, este enunciado es racional (pues no necesito otra
cosa que pensar para entender que es verdadero), es a priori (pues no
necesito confirmar en la experiencia que es verdadero), es deductivo (pues si
yo sé lo primero y lo segundo, puedo deducir lo tercero), y es innato (pues,
según el racionalismo, la mente puede acceder a él antes de tener
precepción alguna).
¿Vamos bien? Es medio complicado el asunto, pero vamos que ya llegamos
a la salida del laberinto. Falta aquí otra característica, que es la de otro par de
conceptos opuestos: “Analítico-sintético”. Los enunciados del racionalismo,
además de las características explicadas (racionales, a priori, deductivos e
innatos) son “analíticos”. ¿Qué quiere decir esto? Que del simple análisis de
lo que una afirmación dice, puedo deducir su verdad o falsedad. Pensemos el
siguiente ejemplo: “Todas las mujeres casadas no son solteras”. Esta frase es
verdad, no porque hayamos hecho una encuesta (sería una idiota pérdida de
tiempo hacerlo) sino porque del simple “análisis” de lo que significa el
concepto “casada” yo puedo deducir que, si una mujer está casada, entonces
“no es soltera”. Supongamos ahora que yo afirmo que “Los peces tienen
branquias”; la única manera que tengo de ver si eso es verdad o no es
uniendo (sintetizando) dos hechos que no pueden deducirse el uno del otro:
“ser pez” y “tener branquias”. Debo ver un pez y ver si tiene branquias para
ver si la afirmación es correcta.
84
tampoco conocen, solo perciben, (es decir, solo reciben información empírica
sin poder darle forma alguna, esto en evidente crítica a los empiristas).
Ahora estamos en condiciones de entender la cuestión de los
“conocimientos sintéticos a priori”. Los conocimientos del racionalismo son
analíticos a priori; los del empirismo sintéticos a posteriori; según Kan, a los
unos y a los otros le falta algo fundamental para poder conocer. Kant dirá
entonces que, tal como decían los racionalistas, los conocimientos tienen una
estructura a priori, que solo puede dársela la razón; pero tiene una
información sintética, que solo puede dársela la percepción empírica.
En suma: el conocimiento es posible porque la razón tiene “formas a priori”
capaces de recibir los contenidos de las percepciones para poder
“sintetizarlos”: es decir, el conocimiento es posible porque los “enunciados
sintéticos a priori” lo son.
Para terminar digamos algo fundamental: si la mente es la que tiene las
categorías a priori que organizan la realidad, nunca sabremos “qué es la
realidad en sí”; siempre a conoceremos través de nuestros propios flitros
mentales.
De esta afirmación, de la que se dirá que es una revolución “copernicana”
(porque, al igual que Copérnico, Kant invierte lo que se creía hasta ese
momento: que la realidad era algo que la mente conocía y no algo que la
mente construía; en el caso de Copérnico, que la tierra era el centro del
universo), saldrán por oposición dos grandes movimientos que serán mejor
explicados en 2° año. Por un lado el “Positivismo”, que pondrá el acento en lo
empírico: si la mente no puede funcionar sin percepciones, entonces la
función de la ciencia es investigar esos datos y reunirlos en leyes científicas
que permitan explicarlos, sin ir nunca más allá de eso (sí: para los positivistas
la filosofía es un sinsentido). Pero estarán quienes tomarán al Kant que hace
hincapié en las formas a priori de la mente y desembocarán en el
“Idealismo”, una importantísima escuela de pensamiento que sostiene que
en tanto no podemos saber qué es la realidad en sentido empírico, entonces
los estados mentales son la realidad; tendrá como máxima figura a Hegel
(alemán, como Kant) e influirá mucho, entre otros, en Marx (alemán, como
Hegel y Kant). Estos dos movimientos, a su vez, generarán a los pensadores
que rechazan ambas posturas, cuyo principal exponente es Nietzsche
(alemán, como Kant, Hegel y Marx).
Y así queda cerrado el círculo que iniciamos hace un montón de años, un
montón de páginas y, lo que es más importante, un montón de maravillosas
85
ideas, que siguen creciendo, expandiéndose, retroalimentándose,
repensándose.
Porque mientras haya un ser humano, habrá filosofía.
86