CAP Córdoba, 24 al 27 de mayo, 2018
TRAGEDIA, GÉNERO Y GENOCIDIO
Propuse en mi escrito preparatorio para este Congreso1 que el núcleo de la tragedia
es un descalabro filiatorio. Núcleo todavía oscuro en Grecia, cuyos protagonistas
son ciegos en más de un sentido y no advierten que es eso de lo que se trata. Hay
que esperar a Hamlet para que algo de eso pueda enunciarse: the time is out of
joint, dice el príncipe, frase que ha hecho correr ríos de tinta y que, desde este
convulso siglo XXI, agitado por las nuevas configuraciones familiares y parentales y
las reivindicaciones tecnocientíficas, podemos releer: el tiempo fuera de gozne,
enloquecido, desaforado, es ese descalabro que ya apunta en Sófocles y sus
contemporáneos.
“A partir del verbo gignomai, venir al ser, nacer, se forman ciertos sustantivos,
relacionados con genos, origen, descendencia, nacimiento, raza, patria, género,
sexo (incluido el sexo gramatical de las palabras); gonos, niño nacido o a punto de
nacer, origen, familia, nacimiento…; goné: descendencia, esperma, partes genitales,
nacimiento, alumbramiento…(de ahí, agrego: gónada, uno de los parámetros para
definir el género de una persona). Los términos técnicos de hoy -gen, genética, (y yo
agrego: genoma)... Además, geneá, extracción, cepa, parentesco, linaje, da
genealogía”. (Legendre, IOT, nota pág 323)
Habrá que interrogar las asociaciones que tan compleja etimología evoca y cuáles
son sus efectos, manifestaciones y realizaciones en la sociedad contemporánea. Si
todo genocidio apunta a la eliminación de las cadenas genealógicas e involucra una
“concepción carnicera de la filiación”, tal vez podamos considerar que las vías
convencionales o habitualmente conocidas -la guerra, el terror armado- no son las
únicas para llevar al acto tal atentado.
Lo que resulta repudiable e insoportable en los genocidios “tradicionales” - la
aniquilación de los armenios por los turcos, la Shoá, el ataque de tutsis contra hutus,
la conquista de América y toda otra forma de arrasamiento de un grupo o etnia por
las armas y diversos medios violentos, incluyendo además de los bélicos, los
científicos, como los experimentos nazis-, ahora adquiere nuevas formas. Pero, al
igual que en esas antiguas y conocidas estrategias, no basta con realizar los actos:
es preciso también producir argumentos y “razones” que los avalen y legitimen.
Tales nuevas acciones son bienvenidas, celebradas y aplaudidas como “progreso”.
Hoy como ayer -particularmente en el nazismo, el genocidio más emblemático en la
medida en que puso todo el aparato del estado y múltiples recursos científicos a su
1
Ver Sperling, Diana: “Tragos amargos”, en revista Docta n° 13, invierno 2018, Córdoba, Argentina.
1
servicio en nombre del mejoramiento de la especie-, la ciencia y la técnica son los
“argumentos” que justifican y sostienen tal accionar. Pero lo que se juega en el
fondo, hoy como ayer, es el dominio, es decir, el poder en su aspecto más mortífero.
Esto es, un intento de manejo de los resortes mismos de la vida. (Foucault con su
biopolítica dijo mucho al respecto). Asistimos, diría, a un genocidio de guante blanco
(o de látex).
De la etimología que Legendre nos recuerda podemos extraer, sin forzar las cosas,
el vínculo entre dos términos: género y genocidio. ¿Qué del segundo reverbera en
las actuales demandas reivindicatorias del primero? Por un lado, se apunta a la
eliminación del género, es decir, de toda diferencia: hay ya escuelas en varios
países “avanzados” (ver Suecia, nota New York Times International weekly, 21/5/18)
donde se lleva a cabo una “educación que no encasille y que destruya viejos
estereotipos” como los roles femenino y masculino. El binarismo es condenado
como el peor de los crímenes. Se enseña a los varones a jugar con muñecas y a las
nenas a pelear. Lo neutro es el nuevo paradigma, el modelo celebrado, el objetivo
ansiado. Invertir los roles, ¿es eso de lo que se trata? ¿Resuelve esta movida la
cuestión de la discriminación? ¿No suena un poco pueril y banal? O tal vez
deberíamos pensar -y no se trata de caer en teorías conspirativas delirantes- que
esta movida, de ingenua, no tiene nada...
Por otro lado, el género se reivindica sin ambages; se arman discursos, actos,
teorías “de género” dirigidas a “empoderar a las mujeres”; lucha sin cuartel contra el
machismo y el patriarcado, donde “padre” cae, en forma indistinta y bruta, bajo esos
rótulos. Eliminar al padre, a eso apuntan tales discursos. Como en un fatídico
dominó - remedo patético de la partida de ajedrez que el protagonista de El séptimo
sello juega con la muerte-, una ficha arrastra sin freno a todas las piezas, sin
mediación ni distinción.
Algunos grupos feministas, o que se autodenominan tales, emprenden una batalla
sin cuartel contra todo lo que huela a masculino (literal y metafóricamente). Mujeres
que danzan con lobos y no saben que los lobos -de la omnipotencia, del naturalismo
más cerril- se las comerán…
Pandora, el bello mal, la creación divina que, en la mitología griega, venía a
anoticiar al hombre de su incompletud y su finitud, la hermosa figura que revela que
el varón es solo una parte de la humanidad, la tentadora dama que trae al mundo el
trabajo y la diferencia (y por ende, la muerte), era el antídoto para la ambición
masculina de serlo todo. Pandora la castradora, podríamos decir, con un acento
positivo en la idea de castración, sin la cual no hay deseo, no hay sucesión, no hay
cultura… No hay, en suma, vida humana.
Pero en las configuraciones actuales, Pandora se vuelve amazona. Una evidente
falicización se lleva a cabo, bajo la excusa de que solo así se logrará acceder a
posiciones políticas, profesionales y sociales que siempre fueron, dicen, coto
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privado de los varones2. Más que “empoderamiento”, lo llamaría
“emporongamiento”.
Un sitio de internet que circula a modo de newsletter (ciudadanosgrupouno)
afirma, textualmente:
El sentido y la verdad del feminismo (la mujer) es la derrota del varón; perverso
irresoluble y ambiguo sexual
“El feminismo es única y absolutamente la mujer”
Asistimos cada día a marchas y manifestaciones varias de esas posturas, acciones
que el psicoanalista Pablo Cúneo denominó, agudamente, “rituales para matar a
Eros”. Parecería que ya no se trata de castración simbólica, sino bien real y
concreta. Pero de los hombres, ya que las mujeres que ostentan tales posturas
aparecen como completas, autosuficientes e incastrables.
Por otra parte, y digno de ser pensado: ¿será casual que justo en esos países súper
desarrollados -los escandinavos, particularmente- sea donde el antisemitismo tiene
un crecimiento exponencial? Como si la historia no hubiera sucedido, se registran a
diario ataques individuales, grupales y hasta institucionales a los judíos y a lo judío,
intento de abolir ritos y costumbres, de eliminar una tradición, desde prohibir la
circuncisión hasta el impedimento de procesar la carne casher. Recordar las
tristemente célebres leyes de Nuremberg tal vez nos ayude a dimensionar -en parte,
al menos- la gravedad de estas situaciones y la lógica que las subtiende. Así, la
confluencia de tales formas de discriminación -que recuerdan los comienzos del
terrible genocidio nazi- con las reivindicaciones de la hipermodernidad sin sexo y sin
deseo sugiere, digo, algún nexo que será preciso investigar. Vale la pena recordar
unas líneas de Jean Claude Milner, en su ya clásico libro Las inclinaciones
criminales de la Europa democrática. En torno a la cuestión del antisemitismo
europeo, la transmisión y otros temas centrales de la cultura, dice:
“(...lo que está en juego es lo que llamaré) la cuatriplicidad. La cuatriplicidad
masculino/femenino/padres/hijo. Se dirá que todo grupo de seres hablantes se
encuentra con la cuatriplicidad. Sí, es cierto, pero… el nombre judío es el único que
ha podido descansar solamente en la cuatriplicidad. Pudo hacerlo durante
muchísimo tiempo, y podría hacerlo aún si hiciera falta. (...) Nada prevalecerá contra
ella, dice el judío (...). Si nada prevalece contra ella, entonces nada prevalecerá
contra el nombre judío. (...) Ahora bien, la apuesta de la sociedad moderna consiste
justamente en esto: algo puede y debe prevalecer contra la cuatriplicidad. Por
primera vez en su trayectoria, la sociedad no encuentra ya nada sino su propia
Ver las entrevistas en Género en el sector salud: Feminización y brechas laborales, PNUD n° 18,
Argentina 2018
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ilimitación. (...) La sociedad puede formular por fin su demanda: no hay nada que lo
moderno no pueda transformar. ...Lo moderno anula la diferencia entre lo que
depende de nosotros y lo que no depende de nosotros. (...) Cambiar el curso de los
ríos, salir de nuestra galaxia, controlar lo aleatorio, … todo es posible. Sea por la
omnipotencia de la técnica … o por cualquier combinación imaginable de fuerzas. El
núcleo de lo imposible de transformar se desgasta día a día. Freud conservaba sin
embargo uno, bajo el nombre de sexualidad. (...) La sexualidad freudiana no nombra
más que una cosa: la cuatriplicidad. (...) Según Freud y Lacan, la ciencia misma,
que lo puede todo, no podría hacer que la cuatriplicidad se disuelva. ¿Será en ese
sentido como se sostendrá que el psicoanálisis es una ciencia judía? (...) Ahora
bien, el caso es que, en los siglos XX y XXI, lo ilimitado la emprende contra la
cuatriplicidad. Aliada a la técnica, la ciencia del viviente es capaz ahora de modificar
el reparto masculino/femenino, de disociar nacimiento de un hijo y encuentro de los
sexos, de disociar hijo y parentalidad. … (Según los raelianos) “la clonación será
una técnica que dará acceso a la inmortalidad”. (Rael sería) una simple nota de
actualidad si la invención técnica no se encontrara con una demanda inmemorial…
Disociar la perpetuación de la especie humana del contacto sexual; liberarla de la
coacción del Otro sexo y convertirla en puro pasaje de lo Mismo a lo Mismo; quitarle
todo sentido a la posibilidad de que el hijo pueda nombrar a sus padres; hacer que
el padre no pueda nombrar entre las mujeres a la que lleva el niño que él engendró;
hacer que la madre no pueda nombrar entre los hombres a aquel cuyo hijo ella lleva,
hacer que los nombres de padre y madre pierdan cualquier sentido que no sea
contractual, e incluso convencional: con todo eso los seres hablantes han soñado
siempre…”
Y agrega: “(se trata de) la demanda perpetua que la humanidad dirige a todos y a
nadie: ‘Líbranos de la cuatriplicidad’. Hoy se nos promete tal liberación. Con ella, la
sociedad moderna (logra) no fabricar demandas nuevas sino cumplir, desplegando
nuevos recursos, los sueños que acompañaron siempre a la humanidad. (Así), el
hombre nuevo está lleno nada más que de vacío. No es hombre ni mujer, no tiene
padre ni madre ni hijo. (En ese sentido, y recordando a Lacan: ‘el racismo tiene
porvenir’), donde racismo debe entenderse de una sola manera: odio a la
cuatriplicidad” (Milner, pág. 118 y ss)
En un sentido similar se expresa Legendre (“La brèche”). Refiriéndose, una vez
más, a la Shoah, sus análisis eluden lo anecdótico y apuntan a “hacer comprensible
eso que ha tenido lugar, de manera que la marca política, religiosa y jurídica, en una
palabra la dimensión institucional, no sea borrada y que, en esas condiciones,
podamos reconocer nuestra propia inscripción en la herencia histórica de tal
acontecimiento horroroso (para que así) seamos capaces de abordarlo como
intérpretes de su naturaleza y de sus efectos après-coup).”
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“¿Qué es lo que oculta el racismo erigido en derecho del asesino? Oculta la
pretensión de eliminar una genealogía, es decir: ataca a los padres, a los hijos en
tanto tales… A la escala de la cultura europea, esto es, judeo-cristiana, el racismo
antijudío ha producido el crimen típicamente genealógico… Y eso es lo que da a la
criminalidad antisemita del sistema normativo hitleriano su nota estructural particular
y su golpe a la cultura: la Shoá implica un pasaje al acto institucional, dirigido contra
la figura del Ancestro a la escala de la civilización del derecho civil, es decir, como
gesta de Estado que instituye el parricidio. (...) La Shoá es un acto des-fundador,
una inversión de la Razón, o sea de subversión de la lógica de la palabra. Somos
los descendientes del parricidio… (Es preciso advertir) el cataclismo institucional
provocado por el nazismo, cuyos efectos afectan duraderamente nuestras
sociedades post-hitlerianas”.
Y en consonancia con Milner, afirma:
“(Se trata de) comprender cómo la doxa fijada por el discurso de uno solo (Hitler al
mando del Estado) produjo el levantamiento de ‘toda coacción’, del principio del
límite, la abolición del Tabú a la escala de una sociedad. (Tal hecho nos exige tratar
de) aprehender el desarraigo de la Razón a través de un delirio instituido, (por lo
que no podemos renunciar a) estudiar el fenómeno de un delirio de Estado y su
efecto de levantamiento del tabú de asesinar… (lo que acarrea como consecuencia)
la desimbolización generalizada de la que son víctimas las nuevas generaciones de
Occidente”.
Y en nota al pie aclara a qué se refiere: “La Segunda Guerra Mundial y sus
consecuencias, la herencia del anti-tabú (propagandas del no-límite y libre juego de
las pulsiones)”.
Género, genealogía y genocidio, enredados en una danza macabra...
Matar el género, obstruir la generación
“Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio”, Asamblea
Gral. de las Naciones Unidas, resolución 96, 11/12/1946 (entró en vigor el 9/12/48)
Art. II:
Se entiende por genocidio los actos mencionados a continuación, perpetrados con
la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o
religioso…
inc. d) medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; e)
traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.
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Situaciones de sobra conocidas por los argentinos y muchos latinoamericanos: la
apropiación de bebés, el cambio de nombre y de historia, el desarraigo de su linaje y
su familia… Como dijo en su doloroso testimonio un nieto recuperado: “He sido
criado lejos de mi vida”.
¿Qué agregar?
Distinguir entre matanza y genocidio fue el propósito del abogado polaco Raphael
Lemkin, creador del término, que le fuera inspirado por las atrocidades de los turcos
contra los armenios. El nuevo vocablo era necesario porque se trataba de nombrar
un fenómeno inédito y, a la vez, de crear una figura del derecho internacional: un
crimen que no estuviera limitado a las fronteras y las leyes de un país, sino que
atravesara esos límites y rigiera para todos los estados de derecho en sus mutuas
relaciones. La matanza puede ser tildada de salvaje, terrible, espantosa, pero es un
hecho puntual. El genocidio involucra intenciones y finalidades más abarcadoras y
de otro orden: apuntan al núcleo del principio de Razón, a la estructura misma de la
especie hablante. El proyecto genocida es producir ese descalabro filiatorio, abolir la
sucesión de generaciones según la legalidad de la cultura, sacar al tiempo de sus
goznes. La función de lo jurídico, dice Legendre, es articular “lo social, lo biológico y
lo inconsciente”. El genocidio apunta a desanudarlos.
El nazismo es un caso emblemático y, como tal, ofrece una ocasión de análisis que
no debemos despreciar. Uno de sus rasgos más llamativos es el paralelo entre las
operaciones con el cuerpo y la reproducción, por un lado, y con el lenguaje por otro.
¿Es una casualidad, una mera sumatoria? ¿O más bien esa “coincidencia” dice algo
fundamental de la estofa misma del fenómeno genocida? Policía de los nacimientos,
policía de la lengua. (ver al respecto el imprescindible trabajo sobre el eufemismo en
el libro de Perla Sneh y Juan Carlos Cosaka3). La narrativa bíblica de Babel ilustra
este punto acabadamente y constituye, bien leída, una grave advertencia acerca de
los peligros de la pretensión totalitaria en esos dos planos específicos: los cuerpos y
la lengua.
El huevo de la serpiente
Un hitlerismo sin nombre está en acción, un neo-totalitarismo de factura liberal
vehiculiza, en el corazón de la sociedad del derecho civil, la ideología del no-límite y
su acompañamiento, este también subanalizado: el cientificismo.
Pierre Legendre, “La Brèche”.
3
Cosaka, Juan C. y Sneh, Perla: La Shoá en el siglo, Xavier Bóveda, Bs. As, 1999
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Interesa advertir la conjugación de términos aparentemente opuestos: totalitarismo y
liberalismo, bajo nuevos ropajes, no solo no se contradicen sino que se combinan4.
Vivimos bajo el imperio de un discurso "científico" que ha ocupado el lugar de las
antiguas referencias: Dios, Estado, pueblo...
Una de las consecuencias de esta nueva deidad es -como diría Meschonnic- la
biologización de la historia. Creer que "la verdad de la filiación es biológica"
(Legendre) nos acerca peligrosamente a la empresa que el nazismo puso en
marcha, y que no solo no terminó sino que sigue reinando cada vez con más fuerza,
aun si bajo nombres y apariencias diferentes y encantatorias. La destitución del
sujeto, del inconsciente, de la equivocidad del lenguaje, de la alteridad, de la ley,
son algunos aspectos de este avance terrorífico. Triunfa lo medible y objetivable
-neuronas, reacciones químicas, circuitos neurales-. Tener hijos se convierte en una
operación técnica, cuya factibilidad depende exclusivamente de los medios
económicos y tecnológicos al alcance. Las leyes deben adaptarse a la demanda
ilimitada de lo privado, del individuo como isla en busca de su total satisfacción. Con
su máscara de progreso, la desubjetivación acecha. Hitler también invocaba el ideal
de un hombre nuevo y una raza mejorada.
Así como se impone diferenciar genocidio de matanza, es imprescindible distinguir
o primero es de la especie hablante, implica la falta y
genealogía de reproducción. L
la diferencia, el nombre y la finitud. Lo segundo es de la biología. Desanudar ambos
planos es lo propio de este proceso de la híper modernidad. Lo que está en marcha
es, más ni menos, que ese tren del progreso sobre el que nos advirtió W. Benjamin
en los umbrales del nazismo, tren que arrasa con todo y con todos en nombre de
una humanidad liberada de la falta y de la angustia. Es allí que anida el huevo de la
serpiente, ese personaje edénico que prometía la totalidad del saber y la
inmortalidad.
Los profetas bíblicos tenían por función menos adivinar el futuro que advertir sobre
la posibilidad de que este ni siquiera pudiera advenir. Hipotecar el presente y negar
el pasado son las formas que el humano tiene de atentar contra la vida, que no
puede ser otra que vida instituida. Vida simbolizante, existencia legal, atravesada
por la falta y la diferencia. Al igual que Casandra, los profetas sabían lo que la
omnipotencia y el exceso de los poderosos podía acarrear para la especie. Pero
sabemos que tanto esos anunciadores bíblicos como la vidente trágica, hablaban
para una sociedad de soberbios ciegos y sordos. Eran políticamente incorrectos,
demodé y anticuados. Tal vez, para quienes trabajamos en estas cuestiones y no
4
En una nota de la revista Ñ, el economista griego habla, precisamente, del “totalitarismo liberal”: la
idea del individuo-isla, sujeto soberano como agente libre, dueño absoluto de todas las
determinaciones de su vida que, recién después de constituirse como tal, entablaría relaciones con
los otros. Ver Varoufakis, Yanis, “Síntomas del totalitarismo liberal”, Ñ, Buenos Aires, 12/5/2018
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nos rendimos ante las melodías seductoras del supuesto progreso, nos toque en
suerte sostener esos discursos inactuales pero, a la vez, imperiosamente urgentes.
Diana Sperling
Bs. As./Córdoba, mayo 2018
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