Le paseaba, le adivinaba los gustos, le traía juguetes y golosinas, y el
chico tomaba los juguetes un momento y luego los dejaba caer, con indiferencia, a los pies del sillón en que permanecía lánguidamente sentado meses y meses.
Emilia Pardo Bazán
- ¡Y matarlos! -murmuraron hasta quince voces. - ¡Yo me encargo del boticario! -exclamó un
chico. - ¡De ése nos encargamos todos! - ¡Por judío!
Pedro Antonio de Alarcón
Hasta el día antes de tu apuro, has cosido en casa, has tenido buena comida, que en tu estado... Después, lo mismo. Te llevaban el
chico, le dabas de mamar; nadie te ha dicho una palabra desagradable. ¿Es cierto?
Emilia Pardo Bazán
Apenas echaron carretera arriba, en dirección a las alturas de Sandiás, el
chico, traveseando, corrió delante: saltaba sobre una pierna, haciéndose el cojo.
Emilia Pardo Bazán
A cada momento salía al corredor para mirar el camino. Sin embargo, cuando nuestro
chico volvió esa mañana del pueblo, confirmó aquello.
Horacio Quiroga
—¡Lo que me has hecho pasar, chiquito! —Piapiá... —murmura también el
chico. Después de un largo silencio: —Y las garzas, ¿las mataste?
Horacio Quiroga
Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su
chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá!
Horacio Quiroga
—Vuelve a la hora de almorzar —observa aún el padre. —Sí, papá —repite el
chico. Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte.
Horacio Quiroga
Era su encanto hacer de perro, portando la caza. A los dos minutos salió del matorral el
chico, balanceando, agarrada de las patas traseras, una liebre poco menor que él.
Emilia Pardo Bazán
Subercasaux se levantaba generalmente al aclarar; y aunque lo hacía sin ruido, sabía bien que en el cuarto inmediato su
chico, tan madrugador como él, hacía rato que estaba con los ojos abiertos esperando sentir a su padre para levantarse.
Horacio Quiroga
A un
chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.
Horacio Quiroga
-Diga osté que sí, pero eso pa contallo sa menester pasallo, que cuando uno es mozo y le jierve la encarná en las venas, to mos parece naíca y er mundo chico y er plomo plumas.