La Carta de Lord Chandos PDF
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Toda una vida puede transcurrir bajo una ilusin: la de que las palabras equivalen a la
realidad. A veces, el embrujo de la existencia puramente verbal puede romperse. Es lo
que le ocurri a un poeta austriaco, Hugo von Hofmannsthal. Para expresar su experien-
cia, apel a un relato ficcional, a una identidad otra: las de Lord Chandos, un juvenil y
prometedor poeta de la Inglaterra del siglo XVI. Las promesas artsticas de Chandos se
desvanecieron cuando se retir a vivir al campo. All era un acomodado estanciero. Sus
conocidos de Londres, que antes haban celebrado la exquisitez de su pluma, esperaban
que, desde su retiro campestre, les enviara una fulgurante y contundente obra potica.
Pero Chandos slo envi silencio y ausencia. Finalmente, por cortesa y un real afecto,
decidi contestar a una carta que recibi de Lord Bacon, el pregonero del mtodo induc-
tivo en las ciencias, canciller y hombre de letras. Aquella respuesta es la carta de Lord
Chandos. Un hito esencial en la historia de la percepcin artstica. Esta esencial carta es
hoy un texto olvidado (o slo frecuentado por algunos especialistas). Al sumergirnos en
su lectura, hallamos una inevitable paradoja: con notable inspiracin literaria, se habla
de la incapacidad de toda literatura para expresar la realidad.
Para Chandos, lo real es la trama incandescente de las particularidades que nos rodean y
acompaan en cada instante de existencia. Vivimos dentro de la espuma cambiante de la
materia. Todos los objetos que nos abrazan entre el cielo y la tierra exhalan una riqueza
singular, inexplicable por cualquier concepto del lenguaje. La piedra, el rbol o la pra-
dera que descubre Chandos al cabalgar por el campo ingls, no son ya slo ramilletes de
objetos definidos de una vez y para siempre por el diccionario de una lengua. Cada ser
particular es ahora un estallido incesante de vida. Que deviene y cambia, sin perder con
ello su propia aura singular. Lo cercano y conocido se torna as algo extrao, fantstico,
inexplicable. Y esa urdimbre exaltada de la vida singular, Chandos la sentir dentro de
su propio cuerpo, como un jugo hirviente que corre por sus venas.
Al percibir la realidad fsica y cotidiana, Chandos sabe que debe callar. Que nunca
podr sustituir lo vivido por lo expresado por el lenguaje. Lo real se torna entonces si-
lencio, no por carecer de voces o clamores, sino porque nuestro lenguaje no puede ex-
presar la sinfona profunda de lo viviente. El poeta Chandos-Hofmannsthal sabe que an
no hemos aprendido (o recuperado) el lenguaje que pueda decir lo que es.
Lo mismo que los msticos, Chandos aprender a callar y percibir las cosas libres de
nuestras propias palabras o smbolos. Chandos recupera la cercana de las cosas que
hemos perdido al reemplazarlas por los tibios y desencarnados conceptos. Chandos re-
cupera la realidad cercana tal como lo deseaba Heidegger en su clebre conferencia so-
bre la cosa.
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Al percibir la realidad de lo pequeo, de lo singular y exuberante, Chandos es tambin
afn a Funes el memorioso, el personaje borgiano que deseaba recordar y retener la
grandeza de lo vivido en la particularidad de cada segundo. Y al experimentar la distan-
cia entre la realidad que es y el espejo opaco de las palabras, Chandos abandona la lite-
ratura. Ya no escribe. Slo percibe la realidad que flamea con su enigma en cada gema
pequea y particular de la materia. Accede, con una fuerza espontnea e inevitable, a un
"pensamiento febril", al percibir el continuo fuego de cristales que arroja toda cosa de
instante a instante.
Chandos descubre as que la cumbre ms alta de su destino literario no son las trompe-
tas del xito, las felicitaciones de la crtica o un lugar inmortal en la historia de las le-
tras. Su verdadera cima es cabalgar, silencioso, entre las colmenas de la miel siempre
nueva de la maana.
Hofmannsthal estudi leyes durante dos aos, antes de optar por la Filologa Romance,
en la que se doctor en 1899. En 1901 contrajo matrimonio y en 1903 escribi Elektra,
basado en la obra de Sfocles, a la que puso msica Richard Strauss; fue la primera de
las seis obras en que trabajaron juntos, a lo largo de una amistad que, no sin tensiones,
dur el resto de sus vidas; en 1918, vivi la muerte del Imperio austrohngaro como un
desastre personal del que nunca se repuso. No obstante, la parte final de la vida de Hof-
mannsthal est marcada por una gran actividad; muri el 15 de julio de 1929, dos das
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despus del suicidio de su hijo mayor, Franz. Aparte de su obra potica, narrativa y tea-
tral, es autor de diversos ensayos y de un libro de aforismo.
LA POESA
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koek, ein Gefangene singt] es particularmente eficaz, pues expresa con pathos tra-
gicmico la verdadera tragedia del destino de todos los seres que no son libres.
En Das alten Mannes Sehnsucht nach dem Sommer (1907) se expresa en cambio la
nostalgia del esto, o sea de la vida, de los seres condenados por su cuerpo a la las
muerte. Hofmannsthal es como Novals el cantor de la angustia, adems de la embria-
guez de la muerte; aqu se revela ya la tcnica refinada del poeta maduro, maestro al dar
figura a las ideas: un viejo enfermo del corazn espera la salud del esto, mientras su
propia sombra en la pared del fondo, con los dedos crispados en torno al corazn, le
recuerda el fro marzo, la amenaza de la muerte emboscada. Una franca tendencia hacia
la sencillez e ingenuidad de la infancia caracteriza todas las ltimas poesas, como la
"Plegaria infantil [Kindergebet] de 1923, que tiene un tono conmovedor, casi de can-
cin popular; y por fin, en la poesa de guerra Oesterreichs Antwort, que es una respues-
ta austriaca a un poema de R. A Schroder, los verdaderos hroes son comparados a los
nios. Hofmannsthal es un verdadero maestro de la forma, desde el soneto hasta el rit-
mo libre, pero prefiere la cuarteta y el terceto A menudo la estrofa inicial se repite al
final como en un rond musical. Fue durante algn tiempo discpulo de Stefan George,
a quien dedic las poesas Enem der vorbergehb y Der Prophet; tuvo con l cier-
ta afinidad artstica, aunque su alma sensitiva quedase a continuacin descentrada del
aura mgica de la que se rodeaba el gigantesco profeta. Hay que recordar en fin las lla-
madas poesas de ocasin, en conmemoracin de poetas y de grandes artistas del teatro,
por la feliz originalidad con que logran captar y reproducir vivamente las caractersticas
del personaje celebrado; como la dedicada a Heine, o a su predilecto Grllparzer, a
propsito del cual escribi el mrmol pasar, el dolor vive, es decir, que vive la idea
del dolor y que quien ama la idea, slo la ama en la figura que la encarna.
Esta es la carta que Philip, lord Chandos, hijo menor del conde de Bach, escribi a
Francis Bacon, ms tarde lord Verulam y vizconde de St. Alban, para disculparse ante
este amigo por su renuncia total a la actividad literaria.
Es usted muy benvolo, mi apreciado amigo, en pasar por alto mi silencio de dos aos y
escribirme de este modo. Es ms que benvolo al dar su preocupacin por m, a su ex-
traeza por el entumecimiento mental en que cree que estoy cayendo, la expresin de la
ligereza y la broma que slo dominan a los grandes hombres que estn persuadidos de la
peligrosidad de la vida, y sin embargo no se desaniman.
Concluye usted con el aforismo de Hipocrates Qui gravi morbo correpti dolores non
sentiunt, iis mens aeggrotat (Quienes no sienten que una grave enfermedad les aqueja
estn mentalmente enfermos), y opina que necesito la medicina no slo para domear
mi mal, sino ms aun para aguzar mi mente para el estado de mi interior. Quisiera con-
testarle como le merece de m, quisiera abrirme del todo a usted y no s cmo proceder.
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(...) Quin es el hombre para hacer planes!
Yo tambin juegue con otros planes. Su benvola carta tambin los resucita. Hinchados
con una gota de mi sangre, revolotean todos ante m como mosquitos tristes junto a un
muro sombro sobre el que ya no cae el sol luminoso de los das felices.
Quera descifrar como jeroglficos de una sabidura inagotable y secreta, cuyo hlito
crea percibir a veces como detrs de un velo, las fbulas, los relatos mticos que nos
han legado los antiguos y por los que sienten un gusto infinito e irreflexivo los pintores
y escultores.
Es posible que quien est abierto a tales punto de vista crea que se debe al plan bien
trazado de una providencia divina el hecho de que mi espritu tuviese que caer desde
una arrogancia tan hinchada a este extremo de pusilanimidad e impotencia que es ahora
el estado permanente de mi interior. Pero tales apreciaciones religiosas no tienen ningn
poder sobre m; pertenecen a las telaraas por las que mis pensamientos pasan raudo al
vaco, mientras tantos compaeros suyos se quedan atrapados all y encuentra un des-
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canso. Los misterios de la fe se me han condensado en una alegora sublime que se tien-
de sobre los campos de mi vida como un arco iris, en una lejana constante, siempre
dispuesto a retroceder si se me ocurriese correr hacia l para envolverme en el borde de
su manto.
Sin embargo, poco a poco se fue extendiendo esa tribulacin como la herrumbre que
corroe todo lo que tiene alrededor. Hasta en la conversacin familiar y cotidiana se me
volvieron dudosos todos los juicios que suelen emitirse con ligereza y seguridad
sonmbula, que tuve que dejar de participar en tales conversaciones. Una ira inexplica-
ble, que a duras penas poda ocultar, me invada cuando escuchaba frases como: este
asunto ha terminado bien o mal para tal y tal; el sheriff N. es una mala persona, el predi-
cador T. es un buen hombre; el aparcero M. es digno de compasin, sus hijos son un
derrochadores; otro es digno de envidia porque sus hijas son hacendosas; una familia
est prosperando, otra decayendo. Todo esto me pareca sumamente indemostrable, fal-
so e inconsistente. Mi espritu me obligaba a ver con una proximidad inquietante todas
las cosas que aparecan en tales conversaciones: igual que en una ocasin haba visto a
travs de un cristal de aumento un trozo de piel de mi dedo meique que semejaba una
llanura con surcos y cuevas, me ocurra ahora con las personas y sus actos. Ya no logra-
ba aprehenderlas con la mirada simplificadora de la costumbre. Todo se me desintegra-
ba en partes, las partes otra vez en partes, y nada se dejaba ya abarcar con un concepto.
Las palabras aisladas flotaba alrededor de m; cuajaban en ojos que me miraban fija-
mente y de los que no puedo apartar la vista: son remolinos a los que me da vrtigo
asomarme, que giran sin cesar y a travs de los cuales se llega al vaco.
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Hice un esfuerzo por liberarme de ese estado refugindome en el mundo espiritual de
los antiguos. Evit a Platn; pues me aterraban los peligros de su vuelo metafrico. So-
bre todo pens en guiarme por los textos de Sneca y Cicern. Esperaba curarme con
esa armona de conceptos limitados y ordenados. Pero no poda llegar hasta ellos. Com-
prenda esos conceptos: vea ascender ante m su maravilloso juego con bolas doradas.
Poda moverme a su alrededor y ver cmo jugaban entre s; pero slo ocupaban de ellos
mismos, y lo ms profundo, lo personal de mi pensamiento quedaba excluido de su co-
rro. Entre ellos me invadi una sensacin terrible de soledad; me senta como alguien
que estuviese encerrado en un jardn lleno de estatuas sin ojos; hu de nuevo al exterior.
Desde entonces llevo una existencia que transcurre tan trivial e irreflexiva que usted, me
temo, apenas podr comprenderla; una existencia que, desde luego, apenas se diferencia
de la de mis vecinos, mis parientes y la mayora de los nobles terratenientes de este re-
ino y que no est del todo exenta de momentos dichosos y estimulantes. No me resulta
fcil explicarle a grandes rasgos en qu consisten esos buenos momentos; las palabras
me vuelven a faltar. Pues es algo completamente innominado y probablemente apenas
nominable lo que se me anuncia en tales momentos llenando como un recipiente cual-
quier aparicin de mi entorno cotidiano con un caudal desbordante de vida superior. No
puede esperar que me comprenda sin un ejemplo y debo pedirle indulgencia por la ridi-
culez de mis ejemplos. Una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro
tumbado al sol, un cementerio pobre, un lisiado, una granja pequea, todo eso puede
convertirse en el recipiente de mi revelacin. Cada uno de esos objetos, y los otros mil
similares sobre los que suele vagar un ojo con natural indiferencia, puede de pronto
adoptar para m en cualquier momento, que de ningn modo soy capaz de propiciar, una
singularidad sublime y conmovedora; para expresarla todas las palabras me aparecen
demasiado pobres. Es ms, tambin puede ser la idea determinada de un objeto ausente,
a la que se depara la increble opcin de ser llenada hasta el borde con aquel caudal de
sentimiento divino que crece suave y sbitamente. As haba dado yo recientemente la
orden de echar abundante veneno a las ratas que haba en los stanos de una mis gran-
jas. Part a caballo hacia el atardecer y no pens ms en el asunto, como bien puede us-
ted imaginar. Entonces, cuando voy cabalgando al paso por la profunda tierra arada, sin
nada ms grave a mi alrededor que una cra de codorniz espantada y a lo lejos, sobre los
campos ondulados, el gran sol poniente, se abre de pronto a mi interior ese stano lleno
de la agona de esa manada de ratas.
Todo estaba dentro de m: el aire fresco y lbrego del stano, saturado de olor fuerte y
dulzn del veneno, y el eco de los chillidos de muerte que se estrellaban contra los mu-
ros enmohecidos; esas convulsiones apelotonadas de impotencia, de desesperaciones
frenticas; la bsqueda enloquecida de las salidas; la mirada fra de la clera cuando
coinciden dos ante la rendija taponada. Pero por qu intento emplear de nuevo unas
palabras de las que he renegado? Recuerda, amigo mo, en Livio el maravilloso relato
de Alba Longa? Cmo vagan sus habitantes por las calles que no han de volver a
ver...cmo se despiden de las piedras del suelo! Le digo, amigo mo, que yo llevaba eso
dentro de m y, al mismo tiempo, Cartago en llamas; pero era ms, era ms divino, ms
animal; y era presente, el presente ms pleno y sublime. All estaba una madre que ten-
a alrededor a sus cras moribundas y temblorosas, y que diriga sus miradas no a los
muros implacables, sino al aire vaco o, a travs del aire, al infinito, y que acompaaba
esas miradas con un rechinar de dientes! Si un esclavo que serva se encontr lleno de
horror impotente cerca de la Niobe petrificada, debi sufrir lo que yo sufr cuando, de-
ntro de m, el alma de aquel animal enseaba los dientes al atroz destino.
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Perdneme esta descripcin, pero no piense que era compasin lo que me llenaba. No
debe pensarlo de ningn modo: si no, habra elegido mi ejemplo muy torpemente. Era
mucho y mucho menos que compasin; una enorme participacin, un transfundirse en
aquellas criaturas o un sentimiento de que un fluido de la vida y la muerte, del sueo y
la vigilia haba pasado por un instante a ella...pero de dnde? Pues que tiene que ver
con la compasin, con una asociacin de ideas humanas comprensible, si otro atardecer
encuentro bajo un nogal una regadera medio llena que ha olvidado all un jardinero, y si
esa regadera, y el agua dentro de ella, obscurecida por la sombra del rbol, y un ditisco
que rema en la superficie de esa agua de una obscura orilla a la otra, si esa combinacin
de nimiedades me estremece con tal presencia de lo infinito, me estremece desde las
races de los pelos hasta los tutanos del taln de tal manera que deseara prorrumpir en
palabras de las que se que, si las encontrase, subyugaran a esos querubines en los que
no creo; y que luego me aparte en silencio de aquel lugar y al cabo de las semanas,
cuando divise ese nogal, pase de largo con una esquiva mirada, porque no quiero ahu-
yentar la postrera sensacin de lo maravilloso que flota all alrededor del tronco, porque
no quiero expulsar lo ms que terrenales escalofros que todava siguen vibrando cerca
de all, alrededor de los arbustos. En esos momentos, una criatura insignificante, un pe-
rro, una rata, un escarabajo, un manzano raqutico, un camino de carros que serpentea
por la colina, una piedra cubierta de musgos, se convierte en ms de lo que haya podido
ser jams la amada ms apasionada y hermosa de la noche ms feliz. Esas criaturas mu-
das y a veces animadas se alzan hacia m con tal abundancia, con tal presencia de amor,
que mi mirada dichosa no es capaz de caer sobre ningn lugar muerto alrededor de m.
Todo, todo lo que existe, todo lo que recuerdo, todo lo que tocan mis pensamientos ms
confusos, me parece ser algo. Tambin m propia pesadez, el restante embotamiento de
mi cerebro, se me aparece como algo; siento en m y alrededor de m una equivalencia
maravillosa, absolutamente infinita y entre las materias que juegan contraponindose no
hay ninguna en la que yo no pudiese transfundirme. Entonces es como si mi cuerpo es-
tuviese compuesto de claves que me lo revelasen todo. O como si pudisemos estable-
cer una nueva y premonitoria relacin con toda la existencia, si empezsemos a pensar
con el corazn. Pero cuando me abandona ese extrao embelesamiento, no se decir nada
sobre ello; y entonces no podra describir con palabras razonables en qu haba consisti-
do esa armona que me invade a m y al mundo entero no como se me haba hecho per-
ceptible, del mismo que tampoco podra decir algo concreto sobre los movimientos in-
ternos de mis entraas o los estancamientos de mi sangre.
Aparte de estas curiosas casualidades, que, por cierto, no s si debo atribuir al espritu o
al cuerpo, vivo una vida de un vaco apenas imaginable y me cuesta ocultar ante mi mu-
jer el entumecimiento de mi interior o ante mis gentes la indiferencia que me infunden
los asuntos de la propiedad. La buena y severa educacin que debo a mi difunto padre y
el haberme habituado tempranamente a no dejar desocupada ninguna hora del da, es,
as me parece, lo nico que, hacia afuera, sigue dando a mi vida una consistencia sufi-
ciente y una apariencia adecuada a mi condicin y a mi persona.
Estoy reformando un ala de mi casa y de cuando en cuando logro departir con el arqui-
tecto sobre los progresos de su trabajo; administro mis fincas, y mis aparceros y em-
pleados me encontrarn probablemente ms parco en palabras, pero no menos amable
que antes. Ninguno de los que estn con la gorra quitada delante de la puerta de su casa,
cuando paso cabalgando al atardecer, se imaginara que mi mirada, que estn acostum-
brados a acoger respetuosamente, vaga con callada aoranza sobre los tablones podri-
dos, bajo los cuales suelen buscar los gusanos para pescar; que se sumerge a travs de la
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estrecha ventana enrejada en el lgubre cuarto donde, en un rincn, la cama baja con
sbanas multicolores parece esperar siempre a alguien que quiere morir o a alguien que
debe nacer; que mi ojo se detiene largamente en los feos perros jvenes o en el gato que
se desliza elstico entre macetas; y que, entre todos los objetos pobres y toscos de una
vida campesina, busca aquello cuya forma insignificante, cuyo estar tumbado o apoyado
no advertido por nadie, cuya muda esencia se puede convertir en fuente de aquel
enigmtico, mudo y desenfrenado embelesamiento. Pues mi dichoso e innominado sen-
timiento surgir para m antes de un solitario y lejano fuego de pastores que de la visin
del cielo estrellado; antes del canto de un ltimo grillo prximo a la muerte cuando el
viento de otoo arrastra nubes invernales sobre los campos desiertos, que del majestuo-
so fragor del rgano. Y a veces me comparo en pensamiento con aquel Craso, el orador,
del que cuentan que tomo un cario tan extraordinario a una morena mansa de su estan-
que, un pez opaco, mudo, de ojos rojos, que se convirti en tema de conversacin de la
ciudad; y cuando en cierta ocasin, Domiciano, queriendo tacharle de chiflado, le repro-
cho en el senado haber vertido lgrimas por la muerte de aquel pez, Craso le contest:
"De ese manera hice yo a la muerte de mi pez lo que vos no hicisteis al morir vuestra
primera, ni vuestra segunda mujer".
No s cuantas veces ese craso con su morena me viene a la cabeza como un reflejo de
mi propio yo, arrojado sobre m por encima del abismo de los siglos. Pero no por la res-
puesta que dio a Domiciano. La respuesta puso a los reidores de su lado, de manera que
el asunto se disolvi en una broma. Pero a m el asunto me afecta, el asunto, que habra
seguido siendo el mismo, aunque Domiciano hubiese vertido por sus mujeres lgrimas
de sangre del ms sincero dolor. En tal caso, Craso an seguira estando enfrente de l
con sus lgrimas por su morena. Y sobre esa figura, cuya ridiculez y abyeccin salta
tanto a la vista en medio de un senado que dominaba el mundo, que debata las cuestio-
nes ms sublimes, sobre esa figura, un algo innombrable me obliga a pensar de una ma-
nera que me parece completamente insensata en el momento en que trato de expresarla
con palabras.
La imagen de esa Craso est a veces en mi cerebro como una astilla alrededor de la que
todo supura, pulsa y hierve. Entonces siento como si yo mismo entrase en fermentacin,
formase pompas, bullese y reluciese. Y el conjunto es una especie de pensar febril, pero
un pensar con un material que es ms directo, lquido y ardiente que las palabras. Son
tambin remolinos, pero no parecen conducir, como los remolinos del lenguaje, a un
fondo sin lmite sino, de algn modo, a m mismo y al ms profundo seno de la paz.
Fue usted muy benvolo al manifestar su descontento por el hecho de que ya no llegue a
usted ningn libro escrito por m "que le resarza de verse privado de mi trato". Yo sent
en ese momento, con una certeza que no estaba del todo exenta de un sentimiento dolo-
roso, que tampoco el ao que viene, ni el otro, ni en todos los aos de mi vida escribir
un libro en ingls ni en latn; y eso por un solo motivo cuya rareza, para m embarazosa,
dejo a la discrecin de su infinita superioridad mental el ordenarla, con mirada no cega-
da, en el reino de los fenmenos espirituales y corpreos extendido armnicamente ante
usted: es decir, porque la lengua, en que tal vez me estara dado no slo escribir sino
tambin pensar, no es ni el latn, ni el ingls, ni el italiano, ni el espaol, sino una len-
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gua de cuyas palabras no conozco ni un sola, una lengua en la que me hablan las cosas
mudas y en la que quiz un da, en la tumba, rendir cuentas ante un juez desconocido.
Quisiera que me fuera dado comprimir en las ltimas palabras de esta probablemente
ltima carta que escribo a Francis Bacon, todo el amor y agradecimiento, toda la inmen-
sa admiracin que por el benefactor de mi espritu, por el primer ingls de mi poca,
llevo en mi corazn y llevar en l hasta que la muerte lo haga estallar. (*)
Phi. Chandos
(*) Fuente: Hugo von Hofmannsthal, Carta de Lord Chandos, Alba editorial, traduc-
cin Antn Dieterich.
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