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ISBN 978-99923-21-88-1
1. El Salvador-Independencia-Historia. 2. America
Central-Historia. 3. El Salvador, 1821-1838-Historia. 4.
Libertadores. I. Título.
BINA/jmh
AUTORIDADES UTEC
DISEÑO
Sr. Guillermo Contreras
DIAGRAMACIÓN:
Licda. Evelyn Reyes de Osorio
PRIMERA EDICIÓN
300 ejemplares
Noviembre, 2012
Impreso en El Salvador
Por Tecnoimpresos, S.A. de C.V.
19 Av. Norte, No. 125, San Salvador, El Salvador
Tel.:(503) 2275-8861 • gcomercial@utec.edu.sv
“Amad vuestra patria, estudiad vuestra historia, sed
salvadoreños profundamente”
Palabras de la autora....................................................................................... 11
Introducción.................................................................................................... 13
Primera Parte: Historia del Antiguo Continente:
El Ocaso del Antiguo Orden.......................................................................... 19
Capítulo 1: A las puertas del Siglo XIX........................................................ 19
1. La Ilustración: Forma de pensamiento europeo..................................... 21
a. El Deísmo..................................................................................................... 27
b. La Enciclopedia: fruto de la Ilustración................................................... 29
2. Transformaciones Socio-Político-Económicas y Religiosas.................. 31
a. La Revolución Industrial............................................................................ 34
b. La Revolución Francesa.............................................................................. 40
b.1. Abandono del Antiguo Régimen........................................................... 44
b.2. Un nuevo gobierno.................................................................................. 46
b.3. Transformaciones Sociales, Políticas y Económicas............................ 48
3. Napoleón Bonaparte y su genio militar.................................................... 52
• De la oscuridad a la luz................................................................................ 53
• Fraguando el imperio napoleónico............................................................ 60
4. El Vaticano................................................................................................... 65
• La Iglesia en los albores de la Revolución Francesa................................. 70
• La Marsellesa contra el clero francés.......................................................... 74
paso de los años, dada la presencia y el poder territorial del Reino de Castilla y
antepasados con la situación humillante del vasallaje en que se vivía. Poco a poco,
que los vio nacer, que al señorío de otras latitudes, se fue alimentando la llama
hechos libertarios que ocurrían en Europa, en América del Norte y en otros pueblos
los participantes premiados que atendieron la convocatoria que hace año y medio,
I
reconocimientos a los ganadores, a quienes se les calificará en el futuro por su
valioso aporte a nuestra memoria histórica, la cual, sin duda, se enriquecerá con
que puso de manifiesto la identidad del espíritu salvadoreño. En estas obras, que
rigor científico, que permite identificar los personajes importantes y los sucesos
trascendentes, que han marcado las etapas y los cambios en la evolución del pueblo
salvadoreño.
II
CERTAMEN SOBRE ESTUDIO HISTÓRICO DEL
05 DE NOVIEMBRE DE 1811.
Convocatoria:
La Universidad Tecnológica de El Salvador, a través de la facultad de Ciencias
Sociales, en ocasión de celebrarse el 5 de noviembre del 2011, doscientos años
del primer grito de independencia en Centroamérica, invita a historiadores e
intelectuales nacionales y centroamericanos a participar en el certamen de un
ensayo histórico y socioantropológico de los acontecimientos previos y posteriores
a la gesta independentista de nuestro país. Este es un certamen que se define como
parte de la visión y la misión de esta casa de estudios en su trigésimo aniversario,
con el anhelo de perfilar a una sociedad conocedora de su verdadera historia y de
su propia identidad y con ello la de enriquecer nuestro legado cultural.
III
CURRICULUM INTEGRANTES DEL JURADO CALIFICADOR
EDUCACIÓN:
- Licenciado en Ciencias Jurídicas por la Universidad de El Salvador.
- Investigador y escritor de Historia.
- Académico de Número de la Academia Salvadoreña de la Historia.
- Académico de Número de la Academia Salvadoreña de la Lengua.
- Investigaciones en archivos y bibliotecas de España, Francia, Estados Unidos, México,
Guatemala, Nicaragua y El Salvador.
- Catedrático de historia en universidades salvadoreñas y conferencista, con presentaciones
realizadas en diversos países de América, Europa y África.
LIBROS PUBLICADOS:
- “Breves apuntes sobre el cacao en El Salvador”.
- “Sobre moros y cristianos y otros arabismos en El Salvador”.
- “Los estancos en época de los Austrias en las prácticas monopolísiticas”.
- Crónicas de Cuzcatlán-Nequepio y del Mar del Sur.
EDUCACIÓN
- Doctorado en Historia de América, Sevilla España.
- Licenciatura en Filosofía Universidad Centroamericana José Simeón Cañas.
- Participante en el proyecto de investigación Iberoamericana: “Las Cortes de Cádiz,
América y la Ciudadanía”.
EXPERIENCIA LABORAL:
- Docente del Programa de Doctorado y Maestría en Filosofía Iberoamericana Curso:
“La Modernidad y sus Resistencias en El Salvador del Siglo XIX”.
- Docente del Programa de Doctorado y Maestría en Filosofía Iberoamericana Curso: “El
Criollismo Colonial o Las Comunidades Imaginadas en la América Hispánica, siglos
XVI-XIX”.
- Universidad “Rafael Landívar” Guatemala, Profesor visitante de Historia de la Filosofía
Moderna.
- Universidad Intercontinental México, DF, Profesor visitante Curso de Filosofía Social.
- Director Nacional de Investigación en Cultura y Artes, Secretaría de Cultura de la
Presidencia.
IV
LIBROS PUBLICADOS
- “El Salvador: Historia Mínima”, Editorial Universitaria.
- “La formación de los estados nacionales en la América hispánica: de la colonia al siglo
XIX”: UCA editores.
- “Mestizaje, poder y sociedad. Ensayos de historia colonial de las provincias de San
Salvador y Sonsonate” FLACSO.
EDUCACIÓN:
- Abogado e Historiador.
- Director Cultura y Patrimonio Histórico, Alcaldía de Managua.
- Miembro de la Academia Nicaragüense de Geografía e Historia.
- Miembro Correspondiente de la Academia Salvadoreña de la Historia.
- Director Adjunto de la Dirección Nacional de Patrimonio de Nicaragua.
LIBROS PUBLICADOS:
- “PEDRARIAS DÁVILA: PRIMER GOBERNADOR DE NICARAGUA 1527-1531”.
- Autor y coautor de importantes estudios sobre la historia colonial en Nicaragua
Dirección General de Cultura y Patrimonio Histórico.
LIBROS PUBLICADOS:
- “Nuevas voces y aportes para la historia de Guatemala”.
- “Los intelectuales salvadoreños y las actividades científicas y culturales en la Guatemala
liberal (1878-1893): Una aproximación”.
- “La Historia y su uso público: Reflexiones desde Guatemala”.
- “La Población de El Salvador de Rodolfo Barón Castro: Algunas reflexiones sobre sus
aportes a la historiografía salvadoreña y centroamericana”.
V
VI
Estudiar la historia para interpretar
y escribir las causas y efectos.
Claudia Rivera Navarrete, al analizar todos estos hechos, lo hace con criterio
académico; utilizando referencias producto de la investigación en los campos
de la religión, la economía, la sociología y la historia comparada. Figuran en
ese capítulo, los adelantados, gobernadores, capitanes generales, audiencias,
VII
intendencias; asimismo, el régimen jurídico, las leyes de la metrópoli, el
municipio colonial, los cabildos, el régimen fiscal, el comercio, las importaciones
y exportaciones, el comercio negrero, la minería, la agricultura, la ganadería, la
cultura y, naturalmente, la Iglesia, etc. En fin, los más diversos aspectos de este
período de la vida de lo que hoy es Centroamérica, y en concreto El Salvador, tan
poco conocidos.
En fin, es una obra para leerse y para reflexionar sobre lo que fue, lo que es
y lo que será el país; y sin perder la vista a aquellos gestores que participaron
en su creación, esos clérigos insurrectos en su mayoría terratenientes. Esta obra
refleja la vida nacional en sus diversas manifestaciones, pero todas apuntándole
al movimiento de emancipación desde los últimos años del coloniaje hasta varias
décadas después de la “Independencia”, es decir, cuando el país se enrumbaba
en el túnel sin salida que aún lo agobia. Es de tomar en cuenta que la autora
logra despertar el interés por analizar estos pasajes no estudiados por nuestros
historiadores.
VIII
Unas palabras de la autora
Claudia Rivera
Introducción
13
que también fracasó y un tercero en 1528, en el que se logró la conquista,
que daría paso a la colonización.
14
Se ha escrito mucho sobre la independencia y los grandes hombres que
intervinieron en dicha gesta; otorgándosele poca importancia al estado de
vida que algunos de ellos adoptaron en un momento determinado. Su estado
de vida era como la brújula que marcaba el rumbo de su comportamiento,
así como la dirección de su pensamiento. Pese a ello, muchos de estos hom-
bres entraron en conflicto directo con la institución a la cual pertenecían:
La Iglesia. Sobrepusieron los intereses civiles de la sociedad salvadoreña, o
bien, sus intereses personales, sobre los religiosos; un punto bastante deli-
cado para estos clérigos; especialmente, sí se trata de evaluar su desempeño
como eclesiásticos versus su papel de líderes políticos, dentro del contexto
en el cual se desenvolvieron.
15
con un marcado acento liberal. Se convirtió en la nación modelo por exce-
lencia, para todos aquellos países ansiosos por liberarse del yugo monárqui-
co tanto en suelo europeo, como americano. Además, Napoleón Bonaparte
con sus gestas militares influyó en gran medida sobre el desenvolvimiento
de los acontecimientos históricos de aquella época. El continente europeo
fijó su atención en las gestas militares de este paladín hasta convertirlo en
una leyenda, que lejos de atemorizar a los habitantes de las colonias ame-
ricanas, se convirtió en un símbolo y en un mito a emular. Esta situación
europea experimentada por varias décadas, propició un ambiente ideal para
que los americanos pudieran dar inicio a las luchas emancipadoras, pues
subvirtió el andamiaje del mundo tradicionalista.
16
monarquismo, así como aquellas ideas que acabaron con la armazón de la
sociedad europea. Los nombres de Rousseau, Descartes, Diderot; es decir,
de los enciclopedistas eran harto conocidos, reconociendo en ellos, hombres
de pensamiento moderno, liberal que con sus ideas habían sido capaces de
reformar su nación, hacia un mundo mejor.
17
En el sexto capítulo se analiza, la actitud que el Vaticano demostró ante
las acciones emprendidas por estos clérigos en un primer momento y el cariz
que todos estos fenómenos tomaron con el paso de los años. El Vaticano por
su papel desempeñado en la alianza trono-altar; ha sido objeto de estudio a
lo largo del presente ensayo por lo que se percibe un marcado uso de termi-
nología religiosa. La influencia que esta institución patentó por siglos sobre
varios reinos acabó en el siglo XIX, con el golpe dado por el liberalismo
y Napoleón Bonaparte. Esa ruptura provocó que la participación del clero
salvadoreño en los movimientos libertarios no fuera muy bien evaluada por
las autoridades religiosas. La experiencia europea según las autoridades de
la Santa Sede no era evaluada positivamente, pues, tras la revolución fran-
cesa, sólo había aparecido el frio racionalismo, el materialismo, el ateísmo y
corrientes contrarias al pensamiento religioso. Por ello, la Iglesia en Roma
sufrió un proceso de involución en el que redefinió su actuar dentro de las
nuevas sociedades republicanas-constitucionales, permitiendo la renova-
ción de la misma; pero, algo que a su vez, afectó al clero salvadoreño, actor
influyente de los eventos acaecidos en 18ll.
18
PRIMERA PARTE
Historia del Antiguo Continente: El Ocaso del Antiguo Orden
(Siglos XVIII-XIX)
19
sociales como la burguesía recibieron un gran empuje hasta convertirse en
clases dominantes de las naciones; nació la industria y con ello se asentaron
las raíces del capitalismo; se desarrollaron nuevas formas de pensamiento,
como el deísmo, el capitalismo y el liberalismo; la monarquía comenzó a
perder fuerza como ente regulador del Estado, entre otras.
20
En resumen, el siglo XIX no puede ser interpretado sin un previo estudio
de estos cambios operados en el siglo de las luces, y sobre todo, no se puede
comprender, sin antes estudiar el movimiento intelectual que proporcionó
los rudimentos necesarios que arraigaron en el ánimo de las personas de di-
cho siglo confiriéndoles valor suficiente para desafiar a una monarquía mi-
lenaria, y a un sistema socio-político-económico en estado de decadencia.
Cambios liderados por un grupo bastante nutrido de grandes intelectuales
–en Inglaterra, Francia y otros países europeos –que dedicaron su tiempo a
la investigación, siendo fuente de inspiración para muchos otros que desde
hacia muchas décadas deseaban cambios; pero, que no habían encontrado la
piedra que desencadenara el alud por ellos vislumbrado para dar una nueva
imagen a la historia de la humanidad.
21
rios aspectos a tratar, con el fin de profundizar un poco más en este tema,
que envolvió a varias generaciones de individuos, incitándoles al cambio.
22
En segundo lugar, entre los máximos representantes de la ilustración
se encuentran: Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Herder, Lessing, Schiller,
Goethe, Desnitski, Kozielski, Diderot, entre muchos otros. Todos estos
hombres deliberaban sobre el estado de las cosas; es decir, discutían sobre
lo tradicional, con el fin de reformar los arquetipos conocidos por todos y
que habían regido el mundo europeo por años. El uso estricto de la razón es,
en sí mismo, algo característico de ella: “la Ilustración se plantea como una
radical exigencia crítica ante toda posición tradicional y se propone plantear
ex novo todos los problemas ante el tribunal de la razón8”.
Por ello, nadie, absolutamente nadie, puede juzgar el pasado con pensa-
mientos actuales o modernos. Antes bien, las nuevas generaciones intere-
sadas por el pasado tienen el deber de estudiar la historia tratando de com-
prender que cada uno de sus actores se desenvolvió dentro de su contexto
impulsado por el bagaje de conocimientos, costumbres, creencias, leyes y
muchas otras cosas más, que le circundaban en dicho momento histórico
en el cual le tocó vivir. Nadie puede decir, en su lugar yo hubiera hecho esto
o lo otro, porque entonces se juzga, sin previo conocimiento de todas las
fuerzas que en dichas circunstancias estaban imperando. En otras palabras,
los ilustrados desvalorizaron el pasado, sin percatarse que la Francia en la
que vivían era el producto del accionar de sus antepasados; quienes les he-
redaron, quizá muchos problemas; pero, también, un legado nada falto de
gloria y esplendor.
8 Ibíd. P. 371.
23
En segunda instancia, dentro de la Ilustración fue de gran importancia
la “razón”. Los ilustrados usaban la razón como medio para indagar y encon-
trar una respuesta acertada a los enigmas planteados sobre la realidad cir-
cundante que deseaban conocer y transformar. Por ello, Abbagnano afirma:
“la razón ilustrada no se presenta, por lo tanto, como una fuerza creadora de
grandes sistemas filosóficos9” y luego continua “sino como una fuerza que
analiza todos y cada uno de los aspectos del mundo humano, reduciéndolo
a conceptos claros y distintos10”. De esta manera, la razón para los ilustra-
dos fue una eficaz pieza para encontrar nuevas formas de conceptualizar y
conducir la realidad que les correspondió vivir. La razón les ayudó, añadido
a lo anterior, en su búsqueda por descubrir las leyes de la sociedad con el
único objetivo de resolver tantos problemas que aquejaban a la humanidad.
La verdad no se aceptaba por fe, sino por investigación y comprobación. Sin
embargo, el uso excesivo de la razón provocó, en algunos casos como se verá
más adelante, un enfriamiento de la dimensión afectiva del individuo y una
sustitución de lo afectivo por un frio racionalismo.
9 Ibíd. P. 371.
10 Ibíd. P. 371.
24
que había estado latente por muchos siglos. La nobleza y el clero eran los en-
cargados de gobernar, sólo ellos decidían que hacer. La voluntad del pueblo
estaba eximida de toda participación en los asuntos del Estado. Ni siquiera
su opinión valía en algo. Los ilustrados, así, abogaban por dar mayor liber-
tad al funcionamiento de las estructuras del país. Esta peculiaridad de la
ilustración está relacionada con la siguiente característica.
Los ilustrados defendían la idea de que los seres humanos tenían que
disfrutar de mayores libertades. En aquel momento histórico, en que la ilus-
tración alcanza su apogeo, el absolutismo mantenía a las personas bastante
subyugadas. Ellos por lo tanto, abogaban porque las personas gozaran de
más libertad. Rousseau plasma esa búsqueda de la libertad ansiada y el so-
metimiento sufrido por cada ser humano en su libro del Emilio: “en serviles
preocupaciones se cifra toda nuestra sabiduría, y todos nuestros estilos no
son otra cosa que sujeción, incomodidades y apremio. En esclavitud nace,
vive y muere el hombre civil; cuando nace, le cosen en una envoltura; cuan-
do muere, le clavan dentro de un ataúd; y mientras que tiene figura humana,
le encadenan nuestras instituciones11”. Con ello está indicando que el hom-
bre es gobernado de manera absoluta, haciendo aparecer este dominio como
algo extremo. Según su opinión, el hombre está subyugado por los poderes
del mundo y no puede ser libre. Los ilustrados luchaban por ganar mayor
independencia posible para los individuos. Se percibe un deseo inmenso de
gozar un tipo de libertad muy parecida a la de los años en los que el hombre
era nómada. Son este tipo de ideas las que condujeron a Francia a una lucha
radical contra el absolutismo imperante y despertaron el fuego de la revolu-
ción. Sin embargo, vivir en sociedad es sinónimo de someterse a reglas. Los
ilustrados, entonces, confundieron los conceptos de libertad y esclavismo.
25
tercera soportaba casi sola todas las cargas12”. Y más adelante establece: “En-
tonces había en Francia unos veinticinco millones de habitantes. De ellos,
menos de seiscientos mil eran privilegiados y más de veinticuatro millones
no privilegiados13”. Había una brecha enorme entre las clases sociales pri-
vilegiadas y las menos privilegiadas; creándose por lo tanto entre ellas una
relación antípoda. Unos disfrutaban de riquezas, poder, honor y prestigio,
llevando una vida llena de fausto y suntuosidad. Otros, en cambio, sufrían
miseria, maltratos, humillaciones y una cantidad exagerada de cargas one-
rosas e imposibles de soportar. Las cargas a las que se refiere aquí son: Im-
puestos injustos, represión a través de un sistema judicial bastante improce-
dente, falta de empleo, hambre, guerras constantes, entre otras.
Era de esta forma como los ilustrados luchaban contra esta desigualdad.
Desaprobaban totalmente el estado de cosas. Ellos, en realidad, deseaban un
nuevo orden. Fue este estilo de ideas lo que condujo a Francia en 1789 a la
Revolución Francesa, como se verá más adelante. Lo que aquí interesa, dejar
en evidencia, es que la ilustración fue la causa inicial que despertó en el es-
píritu de muchos otros hombres el ardor por alcanzar la libertad, la igualdad
y la fraternidad. Un espíritu que poco a poco se iría expandiendo a lo largo
de Europa y trascendería el océano hasta llegar a suelo americano.
Por último, los ilustrados defendían la tesis de que la Iglesia no podía ser
quien dirigía la educación porque sus enseñanzas tenían una base dogmati-
ca y no una base en la razón. Es más, los treinta y cinco volúmenes de la En-
ciclopedia publicada por Diderot contenían una gran cantidad de ideas en
contra de lo que ellos llamaban superstición y dogmatismo. Los ilustrados
tributaban un gran respeto a la razón, por lo que ese elemento no podía fal-
tar, en la formación de las personas. En base a esto, es necesario saber que no
todos los ilustrados eran ateos. En realidad, casi todos ellos practicaban una
doctrina denominada: Deísmo, que se estudia de forma somera en el apar-
tado siguiente. Lo que sí es claro es, que en el pensamiento de los ilustrados
la razón no se podía reconciliar con las enseñanzas del cristianismo. Al con-
trario, lucharon por destruir todo vestigio de la Iglesia: Desde sus templos,
ideas, arte, entre otras hasta llegar a sus representantes. La guerra sin tregua
contra la Iglesia fue dura, quizá, muy sangrienta, como se verá más adelante.
13 Ibíd. P. 2.
26
Resumiendo lo arriba expuesto, se afirma que la Ilustración –pese a que
no fue una ideología política como lo es hoy el capitalismo o el comunismo
–si constituyó una gran influencia para el desarrollo del liberalismo y para
la reforma de muchos aspectos en los ámbitos político, económico, social
y religioso; esta última, no porque realizaran cambios en las doctrinas de
la Iglesia, sino porque la atacaron directamente, luchando contra un orden
que fue establecido desde el siglo I14 de nuestra era. Llegó, por lo tanto, esta
corriente de pensamiento a desembocar en la puesta en marcha de la Revo-
lución Francesa y permitió la implementación de la Revolución Industrial
–iniciada en Inglaterra –en años posteriores, dado que Francia fue el foco
que irradió la ilustración a otras naciones, no únicamente de origen europeo
sino también americano.
a. El Deísmo.
27
Por otra parte, se habla de un Dios bajo una óptica racionalista, ya que
ellos no creían en dogmas sino que buscaban lo comprobable. Les era difícil
creer en un Dios que no se puede ver y más difícil aún era para ellos encon-
trar una comprobación de la existencia de Dios. De ahí que no creyeran en
dogmas, ni pudieran aceptar la fe como forma de conocimiento. El Deísmo
trajo consigo la práctica del materialismo. Ya se mencionaba en un apartado
anterior, que los ilustrados, promovieron los métodos de experimentación
como forma de comprobación16. Nada se podía, ni debía aceptar por fe sino
que había que conocer las cosas a través de los sentidos.
El deísmo, no era una religión sino una simple doctrina que estaba en
contra de la religión católica y sus dogmas, así como, en contra de la iglesia
protestante: “La vida religiosa se identifica con el reconocimiento del orden
moral del mundo, y este orden moral se conoce como estrictamente racio-
nal17”. Esta postura originó que hubiera una lucha abierta en contra de per-
mitir a la iglesia ser la encargada de impartir educación. Años más adelante,
con el triunfo de la revolución francesa, obtuvieron que la educación fuera
puesta en manos del Estado.
18 El golpe será todavía más fuerte y definitivo cuando Napoleón decide auto coronarse prescindien-
do del poder Papal, aun cuando el Sumo Pontífice estaba presente en la Catedral de París.
28
b. La Enciclopedia: Fruto de la Ilustración
19 Ibíd. P. 376.
20 Enciclopedia Salvat, 2004. “Historia Universal, 16”. P. 14.
29
El creador de tan novedoso artilugio intelectual fue Dionisio Diderot,
quien la publicó por vez primera en el año de 1751; apareciendo de esta for-
ma, el primer volumen. Su gran colaborador fue D’Alembert. Habían otros
intelectuales del momento que también participaban de este proyecto entre
los que se puede mencionar: Voltaire, Grimm, Condillac, Rousseau, Helve-
tius y D’Holbach. Todos estos hombres, fueron los encargados de producir
cambios en la concepción del mundo, hasta el grado de provocar innovacio-
nes profundas. Con sus ideas socavaban la armazón socio-política-econó-
mica que imperaba en el momento: “el enciclopedismo abriría una brecha
importante en la tarea intelectual que acabaría por subvertir el edificio de la
sociedad tradicional21”. Los cambios alcanzarían su cúspide en la revolución
francesa.
Los enciclopedistas mantenían, por otra parte, una constante lucha con-
tra la Iglesia. Ellos estaban abiertamente en contra de la fe y los dogmas
enseñados por ésta. Diderot lo expresa en las siguientes palabras al explicar
lo que el filosofo debe hacer: “Estar siempre abierto a todas las novedades,
en disposición de reconocer las sorpresas de la naturaleza. Fuera de éstos no
hay más que superstición y la religión misma, en cuanto trata de superarlos,
es superstición. Dentro de la naturaleza es deber del hombre procurarse la
felicidad; esta felicidad consiste en la libre vida de los instintos no dominada
aún por las leyes y la religión22”.
22 Ibíd. P. 377.
30
Lo que más resalta en la afirmación de Diderot es la influencia del deís-
mo. Quedando Dios excluido del quehacer de la humanidad, no existía una
conciencia rectora del actuar de las personas. El hombre era libre por parte
de Dios, debía pues en consecuencia, ser libre del poder monárquico y cle-
rical. Era dejar al hombre actuando a su libre albedrío, sin ningún tipo de
coacción social. Este tipo de ideas impulsaron a la humanidad a revelarse en
contra de los poderes establecidos. El caso de la revolución francesa es un
ejemplo, de cómo la búsqueda de la felicidad a través de los instintos puede
convertir a las personas en seres más fieras y crueles que sus opresores.
En una palabra, la enciclopedia fue una pieza clave que, ayudó a trans-
mitir los conocimientos producidos por los ilustrados, no sólo a nivel de
Europa. La enciclopedia trascendería al continente americano generando de
igual manera ideales de cambio en las estructuras de la colonia española tal
y como se verá más adelante. Lo que sí es fácil de entrever es que la enciclo-
pedia y sus efectos cambiaron la faz del mundo europeo, y el siglo XIX no
hubiera sido lo que fue, de no haber sido por el impulso que este artilugio
dio a muchos hombres y naciones del globo terráqueo.
31
querían luchar contra el orden establecido, soñaban alcanzar los ideales de
fraternidad, libertad e igualdad; por lo cual, varias naciones procedieron a
confabularse contra sus dominadores.
32
ataque contra la Iglesia estuvo lleno de agresividad, irreverencia y encono.
Se mató a sus sacerdotes y religiosas, a los laicos practicantes; se atacó toda
obra arquitectónica, obra de arte religioso y cualquier objeto que represen-
tara a Dios o tuviera apariencia de religión. Pese a la gran magnitud de la
arremetida contra la Iglesia, ésta (cuando sus enemigos, la daban por debili-
tada y pronta a desaparecer) salió renovada; con una experiencia más, que le
serviría de guía para, saber de qué forma actuar en situaciones más o menos
parecidas; como se verá más adelante.
33
a. La Revolución Industrial.
34
país con la posibilidad de desviar sus bienes económicos al desarrollo del
comercio y la industria.
En fin, este panorama le permitió a este país, ser el cabecilla a nivel mun-
dial, de la revolución industrial. Su estabilidad política, financiera y social le
permitió incursionar en este campo antes que los demás. Hubo un despertar
de la tecnología y la ciencia. El Parlamento inglés supo canalizar bien los
recursos con los que disponía. Orientó el liberalismo con facilidad hacia el
campo del comercio y el ámbito industrial por medio de los inventos de la
hidráulica y la máquina de vapor. Las fuentes de energía, aquí menciona-
das, conducirían a Inglaterra a un desarrollo muy amplio: “La exactitud
del título “revolución industrial” como aplicable a este serie de cambios, es
ampliamente discutible. Los cambios no fueron propiamente industriales
sino también sociales e intelectuales25”. Comprobándose de esta manera
que cuando la economía de un país mejora, beneficia de manera indirecta a
otros ámbitos de la sociedad: Canasta básica, educación, esperanza de vida
y otros más. Al inicio, por supuesto, el desarrollo no fue un éxito, se sufrió y
se padeció mucho; pero, con el paso de los años, esta nación se convertiría
en una potencia mundial.
25 Ibid P. 10
35
Sin embargo, a finales del siglo XVIII, en Inglaterra los modos de pro-
ducción existentes estaban basados en la producción agrícola y una forma
de industria artesanal. Es más, la producción agrícola había recibido un
fuerte empuje con las ideas de los fisiócratas, quienes sostenían que la agri-
cultura era un elemento que podía generar riquezas dentro de una nación.
Pero, la industria, por ser artesanal, era un elemento dejado de lado desde
hacía varios años. Los artesanos no habían cambiado mucho desde la edad
media. Tanto sus herramientas como técnicas de producción permanecían
intactas e inalteradas. La mayor parte de la población en Inglaterra se em-
pleaba en labores agrícolas dedicándose muy pocas personas a actividades
artesanales de producción.: “Durante el siglo XVIII la mayoría de los habi-
tantes de Inglaterra ganaba su pan trabajando la tierra26”. Lo anterior era así
porque existían propietarios de la tierra en pequeña y gran escala. La tierra
no era exclusiva de los grandes terratenientes. Aun no habían aparecido los
grandes latifundistas perfilados por los fisiócratas. Súbitamente la situación
se tornaría de otra forma.
36
subsistir en las ciudades. Las dificultades generadas por la expropiación de
tierras se vieron mermadas por la puesta en marcha del segundo dispositivo,
que el gobierno inglés echó a andar: El desarrollo de la industria.
37
infantes. Los empleadores les pagaban menos a estas poblaciones. Por ello,
se afirma que desde un inicio, el capitalismo provocó injusticias sociales, que
con el paso de los años se han ido superando o en el peor de los casos, recru-
deciendo. De ahí la afirmación anterior sobre el hecho de que el desarrollo
ostentado por Inglaterra en los tiempos modernos no se obtuvo de manera
mediata, sino a través de un largo recorrido de sacrificio y sufrimiento por
parte de las grandes mayorías.
38
Sin embargo, no todo fue negativo. Se contemplaron puntos positivos
originados por la revolución. Entre las ventajas primordiales se pueden
mencionar: Tasa de mortalidad baja, mayor duración de la vida, la edu-
cación infantil recibe un poco más de atención –aunque nunca como en
los tiempos modernos –los pueblos van urbanizándose para convertirse en
ciudades. Pero, todas estas ventajas y varias más, se lograron a través del
desarrollo industrial. Posteriormente ya en el siglo XIX nuevos inventos en-
riquecerían al naciente país industrial. Se habló de producción de acero; ex-
plotación de minas por medio de herramientas modernas; la invención del
barco de vapor y la locomotora que sería pieza clave del éxito comercial de
este territorio: “La locomotora de vapor significa la culminación de toda la
revolución técnica: sus efectos sobre la vida económica de la Gran Bretaña y
del mundo entero, han sido grandes y profundos27”.
29 Op. Cit., p. 18
39
Grandes hectáreas de bosques se destruyeron con el propósito de conse-
guir materia prima para producir vapor. Desafortunadamente, los países en
desventaja se vieron usados por las naciones industrializadas; pues, estas
tomaron la materia prima que querían a costos módicos y produjeron pro-
ductos con altos precios, obteniendo ganancias exageradas en el momento
del intercambio comercial. Ello les permitió desarrollarse de forma desigual.
Los fuertes se volvieron más fuertes y los débiles más débiles.
b. La Revolución Francesa.
40
fuerza popular generadora de cambios sociales; las masas presionan a un
gobierno para lograr un cambio o bien su derrocamiento. Entonces, la re-
volución como acto de violencia y revelación contra el poder monárquico y
eclesial fue la respuesta a una serie de desmanes cometidos contra las gran-
des mayorías de esta nación en nombre del absolutismo implantado durante
el siglo XVII.
31 Ibid. P. 1
41
está el Estado, donde yo habito, es el punto central de Francia, el ombligo
del mundo”. Una visión como esta perduró en sus sucesores, quienes jamás
igualarían su grandeza, ni presencia. Con razón se ha dicho que Versalles
“ha sido construido para probar simbólicamente a Francia que el pueblo no
es nada y el rey lo es todo32.” Los reyes olvidaron con o sin intención que
sin el pueblo no hay monarquía, y sin éste no hay a quien gobernar y por lo
tanto no hay razón de existir, ni forma de lograrlo.
Por su parte el pueblo afrontaba una situación muy diferente. Era domi-
nado por un sistema de justicia e impuestos improcedentes. La justicia fran-
cesa en aquellos años era bastante complicada. En primer lugar había trece
parlamentos que estaban por encima de los tribunales ordinarios, tribunales
de bailiaje, tribunales de la Iglesia y de los señores, entre otros. Más ninguno
de estos tribunales o parlamentos eran parcos en sus leyes. Las leyes eran du-
ras desde antaño. Aún existían castigos como el ir a galeras, o permanecer
encerrado en calabozos –como el descrito por el célebre novelista Dumas,
dentro del Castillo de If 34 o la Bastilla – y la pena de muerte. Tratos de este
tipo llenaron al pueblo de odio en contra de sus dominadores. Aparte de
que el pueblo mantenía a la corona, ésta le infligía malos tratos, lo cual daba
34 Dumas, Alejandro. “El Conde de Montecristo”: Novela en la que se narra el injusto encarcelamien-
to de Dantés en los calabozos lóbregos, insanos y putrefactos del Castillo de If. Ese fue el destino
de muchos franceses de la vida real en la época del absolutismo.
42
que pensar a las personas sencillas. Cada vez más, la corona se hacía odiosa
acercándose poco a poco a su fin.
36 Ibid. P. 6
43
en los hermosos salones de Versalles, por lo que no tuvieron tiempo de re-
flexionar sobre la necesidad de acabar con la opresión del pueblo.
44
como soberano, para gobernar a los de su propia clase. Ni los reyes ni los
nobles entendieron que una avalancha estaba por precipitarse sobre ellos sí
continuaban con iguales actitudes.
38 Ibid P. 185
45
causa, la bancarrota un autor, la reina un nuevo nombre. Desde un extremo
a otro, se le llama “Madame Déficit” la palabra quema sus espaldas como un
hierro candente39”.
En fin, fue una dura experiencia para la reina y un factor más en con-
tra de Necker. El escándalo provocado por el collar le valió a la monarquía
la pérdida del reino y la ganancia de la guillotina. Al pueblo le valió como
medio para despertar de una vez por todas; y, tomar una determinación que
haría temblar no sólo a la nobleza de Francia, sino la de Europa entera. Tam-
bién Necker adquirió su ganancia, tanto ante el Rey, como ante el pueblo: El
primero lo nombraría nuevamente Ministro en 1785 y aunque fue destitui-
do una vez más en 1789, la pérdida del cargo traería consigo una ganancia
para los franceses dado que provocaría que el pueblo se levantara en revo-
lución tres días después. El pueblo, por su parte, le consideraría víctima del
rey; usando dicha coyuntura como pretexto para el levantamiento en armas.
39 Idem P. 185
46
regularmente los Estados Generales y a no imponer contribuciones sin su
consentimiento40”. A simple vista era una petición bastante sencilla que tal
vez de llevarse a cabo, la Revolución nunca hubiera sucedido.
47
La situación salida de sus límites fue imposible de detener. Nadie pue-
de saber hasta dónde un pueblo puede llegar, cuando es conducido por la
fuerza de su furor. La excitación y la furia dominada por años se habían
despertado; un mismo espíritu les guiaba. Ni siquiera los líderes de este mo-
vimiento revolucionario fueron capaces de imaginar las fuerzas que desper-
taron en una nación que había sido domeñada por años. De ahí en adelante
todo esfuerzo que el rey hizo por devolver las cosas a su cauce fue imposible.
Lejos de ganar la gracia del pueblo, se granjeaba más y más la antipatía.
El furor de los franceses aumento tras la huida que sus líderes –Luis
XVI y María Antonieta –proyectaron para el 18 de abril de 1791. Este hecho
tuvo dos consecuencias. Una que el pueblo abandonó toda defensa de su rey
hasta guillotinarlo el 21 de enero de 1793. Francia había sido traicionada y
abandonada por su rey. Nadie lo podía creer, eso fue la gota que colmó la
paciencia del pueblo. Este, por lo tanto, clamaba justicia; quería ver al subyu-
gador bajo las garras de la cuchilla. La sangre de la nobleza y el clero corrió
durante varios días. Ríos de sangre llenaron la Plaza de la Concordia. La otra
consecuencia que tomó lugar fue que: Francia se dio cuenta que no necesi-
taba del rey para manejar los asuntos del Estado. Existía otra posibilidad
para gobernar. Nació la República como fuerza política que lideraría al país
hasta que Napoleón Bonaparte tomara el poder en sus manos. Comienza
un nuevo orden de las cosas. Este hecho histórico sería el modelo a seguir
por otros, el espíritu revolucionario fue transmitido de un país a otro y de
un siglo a otro: del XVIII al XIX; y de un continente a otro: de Europa hacia
Latino América. Especialmente, el clero sansalvadoreño emularía en gran
medida al clero juramentado de Francia.
48
esto no se cumplió en su totalidad –para las decisiones del Estado y tomó
fuerzas. Entre sus cambios, hay algunos que hasta el día de hoy siguen te-
niendo vigencia.
49
Los promotores de la revolución olvidaron pronto su consigna de lu-
cha “igualdad, fraternidad y libertad”. Criticaron el esclavismo, el encarcela-
miento injusto, la pena de muerte o sea la falta de fraternidad; mientras fue
practicado por los nobles. Afirmaron que nunca se les había tratado bien
por lo que exigían que en el trato con los seres humanos se aplicara los de-
rechos humanos. Pese a estas peticiones, hicieron lo contrario. Quién debía,
entonces, practicar la fraternidad, y para quién debía ir dirigida. El Directo-
rio decretó el arresto y la pena de muerte de un rey faltando así al principio
de hermandad y libertad del individuo. No conformes con la muerte del
jerarca, asesinaron a cientos de personas por el sólo hecho de pertenecer al
clero y la nobleza –eso en un inicio –además, por el hecho de defender al
rey o al clero; y por último, sólo por ser sospechosos. Lo último fue lo peor
porque se mataba no por cometer crímenes contra el Estado, sino por ser
sospechoso: “La ley de los sospechosos declaró prevenidos de alta traición a
todos los que no habiendo hecho nada en contra de la libertad, no hubiesen
sin embargo hecho nada por ella43”. Esta ley dio la venia para que un mare-
mágnum de arrestos y asesinatos conmocionaran a Francia.
50
época del Terror quedó fuera de toda declaración de derechos humanos. Pa-
recía la obra de hombres salvajes carentes de razón, que usaban de la libertad
para satisfacer los caprichos de sus instintos, antes que, hacer prevalecer la
justicia humana.
51
truirlo completamente. Sólo en el pasado, un pueblo, encuentra de dónde
proviene; es decir, descubre su propia identidad.
52
des, aptitudes y destrezas que le convierten en un líder nato. Su intrepidez
y temeridad aunada a un cierto nivel de conocimiento adquirido de forma
empírica o académica le permite aventurarse en odiseas en las cuales nadie
lo ha hecho antes. Ser un paladín trae consigo beneficios –dado que ven
cubiertas sus ambiciones personales de grandeza, riqueza y fama –pero, a
su vez implica un gran sacrificio que en la mayoría de los casos conllevan a
una vida turbulenta, que culmina en una muerte oscura y llena de soledad
o en el peor de los casos una muerte violenta. Esa ha sido la experiencia de
grandes hombres de la historia, provenientes de las más variadas culturas del
mundo, como Alejandro Magno, Julio Cesar, Atila, Carlos Magno, Simón
Bolívar y muchos más.
• De la oscuridad a la luz
53
humilde, comparado con los grandes nobles de Francia, con personas de
procedencia variada; que bien pudo conferirle a Napoleón algún antepasa-
do de importancia. Algo que nadie nunca podrá saber con exactitud; como
dice un biógrafo de este gran adalid: “Córcega occidental tan mezclada de
moros, griegos, y fenicios ¿Quién sabe si por ella no tenía Napoleón más
de Cartago que de Florencia por su padre y en la sangre algunas gotas de la
de Aníbal?50”. El hombre colosal que el mundo conoció con el nombre de
Napoleón, provenía de una tierra que por sí misma, no brindaba oportuni-
dades propias para desarrollar las características natas que la naturaleza le
proveyó. Pero, lo que su nacimiento no le concedió, una circunstancia de la
vida se lo iba a otorgar.
54
La ayuda de este hombre facultó a Napoleón ingresar como becario del
rey Luis XVI a la Real Escuela Militar en Brienne, un favor, que el futuro
emperador no olvidaría jamás: “No lo ignoró, y más tarde pagó su deuda con
toda clase de bondades para la viuda y los hijos de su protector52”. Caracte-
rística muy propia de Napoleón fue el nunca ser desagradecido con aquellos
que le ayudaron. Otras características propias del pequeño hombre, desde
su más tierna infancia, serían su fortaleza, el amor por la lectura y su apatía
por lo religioso.
55
llamársela más bien que deleite y recreo de ánimo e intelecto, que la de leer
y repasar cosas buenas: resulta abundante en ejemplos, copioso en senten-
cias, rico en persuasiones, fuerte en argumentos y razones; se hace uno oír,
está entre conciudadanos y se le escucha de buen talante, se le admira, se
le ama56”. Este perfil de hombre poseía Napoleón. No fue exclusivamente,
el uso de armas, y las victorias de sus batallas las que producían un efecto
de respeto en aquellos que rodeaban al pequeño hombre, sino su ingenio e
inteligencia puesto al servicio de los demás en las más variadas ciencias. Fue
un hombre con un amplio bagaje de conocimientos.
No era concebible que una persona de origen humilde y sin ser formado
por los grandes intelectuales del momento aprendiera sobre tan variados
temas y, lo que es más admirable, supiera aplicarlos a la realidad que le tocó
vivir con el propósito de transformar la realidad. No sólo analizaba su con-
texto; lo transformaba. Algo que, verdaderamente, sólo la lectura le pudo
proveer.
56
La formación religiosa, entonces, no fue nunca una prioridad en la fa-
milia Bonaparte. En su adultez, el gran adalid, incluso, entraría en conflic-
tos con las autoridades del Vaticano, llegando a faltarle el respeto al mismo
Papa. Hay que recordar, que el contexto histórico que Napoleón conoció era
diametralmente opuesto a las creencias religiosas. Todas las pugnas promo-
vidas por los ilustrados, en contra de los dogmas de la Iglesia –fuera católica
o protestante –fueron llevadas al culmen por Napoleón, quien creció al am-
paro de dichas ideas. Dígase más bien, que Napoleón llevo la teoría de los
ilustrados, en lo que a religión se refiere, a la práctica, aun cuando se hiciera
coronar emperador en la catedral de Francia con la presencia del mismo
Papa. Pese a la pugna que mantuvo con la Iglesia tuvo la iniciativa de firmar
un concordato con las autoridades del Vaticano –como se verá más adelan-
te –con lo que logró que la religión católica dejara de ser desmedidamente
perseguida en Francia.
Ningún sacrificio queda sin su debida recompensa. Los éxitos del chico
no se hicieron esperar. Coronó los estudios de armas a los dieciséis años,
obteniendo el grado de subteniente de artillería58. Quizá en ese momento
histórico de su vida, él soñó con devolver a Córcega la independencia tan
deseada; pero, su ambición y deseo de ser un famoso general, le convirtieron
en un buen ciudadano francés, adepto al partido de los jacobinos. Deseando
obtener mayores grados dentro de la milicia, buscó la manera de granjeárse-
los y el destino que le ayudaba, le puso frente así la oportunidad de destacar
valerosamente en el sitio de Tolón durante el cual se apoderó de un Fuerte:
“Esta acción y la amistad de un hermano de Robespierre, le valieron el em-
pleo de general de brigada a los veinticuatro años59”.
57
su propio ejército. Confiaban más en la guardia suiza que en los soldados de
su país.
Napoleón era un hombre que sabía ganarse el respeto de los demás con
sus acciones, con sus palabras y su mirada penetrante. Se cuenta que en uno
de los tantos amotinamientos y levantamientos que el pueblo francés realizó
antes del catorce de julio, el pequeño hombre tuvo la oportunidad de parti-
cipar en una acción militar en contra de los amotinados y logró con su voz
de alarma amedrentar a los concurrentes: “que las gentes honradas vuelvan
a sus casas; yo no disparo más que sobre la canalla60”. Su carisma de poder
y autoridad sobre los demás era nato. Aun cuando sus enemigos le odiaron
por su origen un poco oscuro; por su aspecto físico y por su carácter a veces
henchido de vanagloria, no pudieron negar jamás, que era un gran hombre
de armas, un buen estadista con una buena dosis de brillante ingenio.
58
su mente con los mínimos detalles, todo lo prevenía, colocaba cada soldado,
cada arma en su lugar, sabiendo con antelación como funcionaria cada una
de ellas. Nunca le falló el destino. Parecía estar predestinado para ser el em-
perador de Francia. Y pensar que cuando recibió su ejército, se encontró con
un puñado de hombres con el que cualquier otro general hubiera fracasado:
“casi desprovisto de todo, apenas alimentado y medio desnudo cuando tomó
el mando, este cuerpo de ejército llevó a cabo bajo sus órdenes la mas asom-
brosa serie de hechos de armas que registra la historia militar, conocida por
la campaña de Italia62”. Los enemigos italianos, no estaban rezagados en su
admiración por él. Un oficial italiano escribió al respecto: “Casi sin armas,
sin pan, sin calzado, sin dinero y sin administración, no esperaba socorro de
nadie. Fue necesario crearlo todo y todo lo creó63”. Su fama subió al cielo, a
su paso lo ovacionaban las multitudes y en Francia, se le consideró un héroe.
59
• Fraguando el imperio napoleónico.
Cuando el rey Luis XVI fue guillotinado, el poder estatal estuvo en ma-
nos de la Convención Nacional. Ésta mantuvo el poder desde el 21 de sep-
tiembre de 1792 hasta el 26 de octubre de 1795. Una de las primeras medi-
das que tomó, fue abolir la monarquía como forma de gobierno; porque los
franceses ilustrados soñaban con la recordada República de los romanos.
Sin embargo, el gobernar para ellos no fue nada fácil, dado que les corres-
pondió gobernar en un momento de transición: Francia debía atravesar de
la monarquía a la república; pero, en medio de ambas, estaba el período
revolucionario. Ese período le pertenecía exclusivamente a la Convención.
60
Como era de esperarse, los integrantes de la Convención no siempre es-
taban de acuerdo. Desde el inicio estuvieron divididos en fracciones, de las
cuales la más poderosa fue la de los jacobinos. Dentro de este grupo se en-
contraban tres hombres de carácter fuerte y déspota que pese a que hicieron
algunas contribuciones positivas también dieron pie al gobierno de terror
que asoló al país. Estos eran: Robespierre, Dantón y Marat.
De estos tres hombres, el más fuerte acabó por dominar al resto. Ro-
bespierre terminó siendo el dictador de Francia y bajo su mando fue que
se llevó a cabo todos los latrocinios que ya se mencionaron anteriormente.
Robespierre –aun con el terror que había impulsado –se había apoderado
de los ánimos de las mayorías ya que: “Había conquistado gran popularidad
y el sobrenombre de Incorruptible, por su perfecta probidad, la dignidad y
la sencillez de su vida, la corrección de su vestido, su tono dogmático y el
prestigio de las palabras de inocencia y de virtud que tenía constantemente
en la boca64”. Para los franceses era el hombre ideal. Su único adversario
peligroso, fue Dantón. El gran error que le condujo a la guillotina fue el
mantenerse obstinado en conducir el gobierno francés bajo el perfil del Te-
rror. Al inicio para todos los ciudadanos franceses era hasta cierto punto,
atractivo presenciar las ejecuciones en la guillotina. Pero, cuando los ánimos
se enfriaron, la atracción quedó relegada a segundo plano; debido a que la
gente comenzó a temer por su propia vida. Ya nadie quería continuar bajo la
sombra de la muerte.
61
daban vida a la convención: Dantón y Robespierre. Con la muerte de ambos,
el Terror había finalizado y una nueva etapa comenzó. La Convención y su
poder tocaron a su fin.
62
Frente al malestar suscitado por el inadecuado modo de gobernar del
Directorio, surge un reformador con ambiciones de ejercer el poder. Ese
hombre se llamó Emmanuel Joseph Sieyes. Naturalmente, no era el único;
junto así se encontraba un buen grupo de hombres que ansiaban compartir
el poder con él, so pretexto de mejorar la situación del país. Sin embargo,
para lograr una empresa tan elevada necesitaron modificar la Constitución,
ya que, ésta establecía que el poder descansaba en manos del Directorio y
no de cualquier grupo que por intereses u opiniones personales deseara go-
bernar. Sieyes rápidamente comprendió que para alcanzar el poder, primero
debía realizar un golpe de Estado, después debía modificar la Constitución
con el propósito de crear un Consulado. Por lo tanto, decidió que debía ac-
tuar de inmediato; pero, contando a su lado con el poder militar. El único
militar que llamó la atención de este grupo de golpistas fue Napoleón Bo-
naparte quien se había captado la curiosidad de la nación. Al modificar la
Constitución Sieyes sabía que él podía convertirse en Cónsul legalmente y
de esa manera, regir sobre los franceses.
63
extendiera la mano y le otorgara el poder sin necesidad de recurrir a violen-
cia o a otro gobierno del Terror: “El golpe de Estado que se prepara, al que
no falta más que un ejecutante no le comprometerá con los monárquicos
ni le pondrá en manos de los militares. Será organizado en el interior por
paisanos, por republicanos, con la garantía de un revolucionario, un puro de
los primeros días del 89, un regicida, un votante68”. Mientras otros daban el
golpe, él sólo estuvo a cargo de mantener el orden.
Con esta acción Napoleón quedó ante los franceses como un héroe que
había llegado de muy lejos para devolver a la nación su antiguo esplendor:
“Si ha pasado el momento en que pudo ser necesario un gran capitán para
vencer al enemigo, ahora se siente la necesidad de un soldado de un jefe que
salve a la república y al Estado69”.
68 Op. cit., p. 83
69 Op. cit., p. 83.
64
En conclusión, se puede afirmar que Napoleón asentó las bases de su
imperio en el siglo XVIII para poseerlo en el siguiente. Fue un hombre con
un nivel de comprensión profunda de la realidad que le circundaba, lo cual
le permitía anticipar las medidas y acciones que pondría en práctica. Por
otra parte, hay que reconocer que Sieyes preparó el camino para el imperio,
al promulgar en las reformas constitucionales que el poder debía reposar en
manos de tres cónsules.
4. El Vaticano
La Iglesia por su parte, pese a que había logrado llegar a muchos pueblos
europeos, decide dejar como sede papal el país de Roma. Esta nación era en
dicho momento histórico el centro del mundo; los romanos gobernaban casi
65
toda Europa, gran parte de Asia y África. Le convenía a la Iglesia Católica
mantener a su máximo líder en una metrópoli que por su sólo nombre in-
fundía respeto a los territorios subyugados por el poder imperial. Cuando la
Iglesia estuvo consciente del hecho de ser, la religión oficial del imperio más
grande del mundo antiguo y gozó de un estado de paz –es decir, sin perse-
cuciones como las llevadas a cabo por Nerón y otros emperadores –inició un
proceso de organización e institucionalización.
66
milde, respetuoso de sus jerarcas, sumiso y en fin que nunca se sublevara.
Esta acción no dejó a la Iglesia vacía de manos. Por ambas partes recibía su
respectiva retribución: Los reyes la gratificaban como agradecimiento por
su ayuda en el mantenimiento del estado de orden. Y, el pueblo la gratificaba
por obligación con los diezmos; o por cariño, con productos en especie que
regalaban a los sacerdotes a quienes tanto apreciaban y respetaban.
67
Pero, la elección del Papa, no era lo único que los reyes deseaban mani-
pular. La elección de obispos dentro de cada país, se lograba por lo general
a través de peticiones realizadas a las autoridades del Vaticano o bien el Rey
mismo contaba con el beneplácito del Sumo Pontífice para escogerlos y ubi-
carlos en aquellas tierras donde funcionaran de forma aventajada o tal vez,
en aquellas tierras donde dichos eclesiásticos iban a trabajar de mejor mane-
ra en provecho de su monarca. Hubo naciones como España que contaban
con el permiso papal para nombrar obispos en las distintas diócesis, tanto de
su país como de las colonias conquistadas por ellos. Acción que duró largo
tiempo en esta nación.
En último lugar, estaba una muy reducida parte del clero que intentaba
asumir una actitud de denuncia de los atropellos e injusticias cometidas en
contra del pueblo, lo cual se abordará más adelante. Baste mencionar por el
momento, que estos hombres abogaban por la liberación espiritual y física
de todo ser humano. A estos grandes personajes la Iglesia los conoce con el
nombre de “Padres de la Iglesia”: como Clemente de Alejandría, San Gre-
gorio de Nisa, San Ambrosio, San Basilio, entre otros. En muchos de sus
sermones u homilías, denunciaron los atropellos que los ricos cometían en
contra de los más necesitados. Tomaban una postura de defensa –como lo
68
hizo Cristo –por aquellos a quienes nadie defiende, por aquellos a quienes
todos marginan y maltratan. Ellos participaron activamente de la historia de
la salvación porque pretendían alcanzar la salvación de la historia. Empero,
hombres de esta talla los hubo poco y por reducido tiempo. La mayor parte
de religiosos se acomodó a llevar una vida alejada de los problemas que cau-
sa el denunciar las injusticias. La alianza trono-altar impedía al clero tomar
un rol más activo en contra de los abusos cometidos por parte de los reyes,
no sólo en contra del pueblo, sino también en contra de la Iglesia misma.
69
lo desea o lo considera correcto o necesario. Dependerá principalmente del
ciclo de comportamiento que observe.
70
ción. Pero, ello era falso, pues el pueblo hacía lo que la Iglesia ordenaba, sin
cuestionar dichas normas. El pueblo estaba convencido de agradar a Dios, al
dar obediencia a los mandatos de la Iglesia. Pocos fueron los que se atrevie-
ron a levantar una mano en contra de ésta, sin constituir jamás, una mayoría
representativa.
Es más, para los franceses no era novedad –como en muchos otros paí-
ses del momento –que personajes del alto clero desempeñaran cargos polí-
ticos. Basta mencionar dos ejemplos de gran notoriedad: Primero, el gran-
de y recordado Armand Jean du Plessis, cardenal de Richelieu; segundo, el
cardenal Giulio Mazarino. Estos dos cardenales reinaron en Francia, aun
con la presencia de los reyes. Richelieu vivió bajo el reinado de Luis XIII,
quien según las apariencias no gobernaba. El poder permaneció en manos
del Cardenal, logrando hacer de Francia una potencia militar; impuso el
absolutismo y expandió los dominios de este país. Mazarino, al igual que su
homologo, imperó durante los años mozos de Luis XVI ayudando a mante-
ner erigido todo lo construido por Richelieu. Por lo tanto, la participación
de personajes del clero en asuntos del Estado, no era nada anormal. La nor-
malidad era generada por la sencilla razón de que la Iglesia permanecía bajo
el modelo eclesiológico de la cristiandad, (que ya se mencionaba con ante-
rioridad), en el que existía una fuerte alianza entre la corona y la mitra papal.
71
reció por el ímpetu avasallador de los revolucionarios fue el Monasterio de
Cluny. El apego con la iglesia era tan cercano que nadie osaba cuestionar a
sus representantes.
72 Cárcel, Vicente. “Historia de la Iglesia. Tomo III: La Iglesia en la Época Contemporánea”. P. 45.
72
tiempo completo a obras de caridad encaminadas a ayudar a pobres, enfer-
mos, huérfanos, presos entre otros. De ahí lo injusto de generalizar que todo
el clero de Francia se aprovechaba del pueblo, o lo incorrecto de generalizar
que los sacerdotes eran hombres malos, que velaban únicamente por sus in-
tereses y ganancias económicas. Diderot –el enciclopedista –definía el clero
como: “una liga organizada por unos cuantos impostores contra la libertad,
la felicidad y la paz de la familia humana73”. Ideas de este tipo generaron en
Francia una postura negativa en contra del clero y por qué no decirlo, en
contra de la feligresía de dicha denominación religiosa.
73
tegrantes del clero prestaron ayuda permitiendo el éxito del Tercer Estado;
demostrando con ello una clara oposición al rey. Oponerse al rey dejaba
entrever dos cosas: Una, que el clero estaba consciente de la situación de
miseria del pueblo francés y por lo tanto estaba dispuesto a perder sus pre-
rrogativas con el propósito de beneficiar al suelo francés; y dos, que el clero
francés no luchaba exclusivamente por sus intereses, sino que estaba inte-
resado por una sociedad más justa. Sin duda alguna; la Iglesia abogaba por
una justicia desde el punto de vista divino; es decir, alcanzada por la vía de
la paz, la comprensión y el amor. La revolución no ansiaba eso.
Una vez que el Tercer Estado hubo alcanzado la realización de sus me-
tas dieron la espalda a la Iglesia Católica. Olvidaron la famosa consigna “li-
bertad, igualdad y fraternidad”. Lo primero que hicieron luego de atacar al
rey y a toda la nobleza, fue emprender la batalla contra la curia francesa.
Los revolucionarios comenzaron la lid en un terreno ideológico y creye-
ron ciegamente, que así como habían logrado destruir el poder monárquico
podían destruir el poder eclesiástico. Era este un juicio bastante temerario.
Los amotinados no consideraron, que no es, lo mismo pelear en contra de
un rey, que en contra de la Iglesia. El poder del rey de Francia era local, el
poder de la Iglesia Católica, universal y antiquísimo. Dieciocho siglos de
existencia, le habían conferido a esta institución, la experiencia suficiente
74
para saber cómo afrontar distintos avatares de la vida social y política. No
en vano la Iglesia había acompañado en el devenir de la historia a grandes
emperadores y reyes de Europa. Ella mejor que nadie sabía cómo sobrevivir
y florecer una vez más.
75
práctica religiosa era el cristianismo: Se trasladaron los cuerpos de Rousseau
y Voltaire a la Iglesia de Santa Genoveva. Cínica forma de actuar por parte
de los amotinados. Desde el momento mismo que estos hombres habían
estado en contra de la Iglesia y habían profesado el Deísmo como religión,
carecían de todo fundamento religioso para enterrar los restos de sus corre-
ligionarios en lugar católico. De esto y otras cosas más, se desprende la idea
de que la revolución –aunque no nació con este pensamiento –se volvió an-
tirreligiosa y anticatólica; es decir, en contra de sus dogmas, de su doctrina,
sus ministros y sus practicantes.
Cuando esta Constitución Civil del Clero se creó, la curia francesa reac-
cionó de dos formas muy distintas. Una mínima parte de ellos apoyó casi
de manera inmediata la Constitución: “De 160 obispos, solamente 7 jura-
ron… 107 del clero sobre un total de 263 y el 52% del clero parroquial77”.
Más tarde, muchos de estos hombres de fe, se retractaron y arrepintieron
de su decisión por lo que retornaron a la Iglesia. A los clérigos que juraron
aceptar la Constitución se les conoció con el nombre de “los juramentados”.
En cambio, aquellos obispos y sacerdotes que no aceptaron jurar, se les co-
noció como “los refractarios”. La Constitución significó un duro golpe para
la clerecía de Francia, dado que los dividió en dos bandos. Para ambos había
reservada un tipo de suerte muy distinta la una de la otra. Los revoluciona-
76
rios con esta forma de actuar quisieron debilitar a la Iglesia en todo sentido:
La dejaron sin bienes económicos, materiales y quisieron manipularla hasta
el extremo de hacerles jurar obediencia a un simple documento civil.
Pero, lo más inaudito, era que ese grupo de hombres que se considera-
ban así mismos como grandes ilustrados, liberales y deístas, estuvieran per-
mitiendo la existencia de la religión dentro de sus comarcas: ¿Qué no eran
enemigos acérrimos de la religión? ¿Quiénes dijeron que la religión solo
sirve para subyugar? ¿Quiénes criticaron la alianza trono-altar? Incompren-
sible contradicción. Los amotinados no querían prescindir de la religión
porque sabían de antemano que el hombre no puede vivir sin ella. Temían
prescindir de ese poder que siempre había estado presente para ratificar las
decisiones del gobierno o bien para guiar los asuntos de Estado, de manera
tal que, el pueblo no se sublevara. Después de todo, la teoría resultó muy
lejana de la práctica. Lo que tanto criticaron, fue lo que acabaron imitando;
o al menos lo que hubieran querido imitar; pero, la Iglesia los abandonó por
sus medidas racionalistas, cargadas de un frio materialismo.
77
yana, otros fueron encarcelados o bien asesinados, incluso: “se les prohibió
llevar habito eclesiástico a partir del 18 de agosto de 179279”. La persecución
fue cruel e injusta. No se les perseguía porque estuvieran adheridos a rique-
zas terrenales, sino que se les perseguía por el simple hecho de ser seguido-
res de Cristo; en otras palabras se les perseguía por sus prácticas y creencias
religiosas; se les perseguía por no ser traidores a su iglesia; es decir, por no
traicionar a la institución a la cual pertenecían.
78
Con el Directorio de 1797 las cosas no cambiaron: El monasterio de
Clunny fue destruido y las muertes continuaron: “fueron condenados a la
deportación 1,791 sacerdotes mientras que 41 fueron fusilados83”. Se dice
que sólo la revolución francesa produjo en total más de dos mil mártires
para la Iglesia Católica. Y los ataques también fueron crueles hacia los feli-
greses católicos. Por ejemplo, el levantamiento en armas de la Vendée dejó
más de cien mil muertos. Esta población fue aniquilada por la sencilla razón
de que se reveló contra las autoridades del Estado, por el trato que la Iglesia
recibía por parte del gobierno revolucionario. Era una población eminen-
temente católica. Por ende, el gobierno francés –amante de la libertad –no
podía tolerar este tipo de adhesiones.
79
Ninguno de ellos pudo aducir ignorancia sobre la decisión papal. De tal
forma que cuando ellos juraron y crearon una Iglesia local, estaban adver-
tidos sobre la forma como debían actuar. Los que lo hicieron, fue porque
tomaron una decisión basados en la libertad personal que todo individuo
patenta en toda sociedad. Es más, dicha iglesia local fue condenada por el
mismo Papa: “el 13 de abril de 179185”. Por lo tanto, actuaron sabedores de
que con su conducta, sólo ensanchaban aun más la ruptura con sus líderes
religiosos y que perjudicaban a sus hermanos los refractarios. Estos últimos,
sólo podían sufrir y esconderse para mientras la tragedia tocaba a su fin.
Sería hasta el siguiente siglo cuando los problemas entre ambas Iglesias vol-
vieran a su cauce.
Para finalizar, se puede sostener la idea de que la división del clero fran-
cés fue tramada con sagacidad por parte de los revolucionarios. De ahí sus
planes de debilitar a la Iglesia y hacer mofa de todo su cuerpo de creencias,
prácticas, costumbres, valores y demás elementos constitutivos muy propios
de ella. Los nuevos hombres de Estado –no todos, pero muchos de ellos –
decían estar en contra de la Iglesia; no obstante, muy en el fondo de su ser,
comprendían que sólo, con una religión deformada y manipulada por ellos,
iban a mantenerse en el poder. Les urgía una religión que avalara a su diosa
razón y a la señora guillotina. Irónicamente, aquella alianza trono-altar cri-
ticada, hasta la saciedad por ellos mismos, era la alianza que necesitaban con
el fin de consolidar su poder sobre las masas. A ello se debió todo el matiz
anticlerical, antirreligioso y anticatólico que este movimiento revoluciona-
rio –con raíces en la ilustración –tomó con el paso de los meses. El gobierno
revolucionario no iba a durar mucho tiempo exclusivamente con el poder
militar de su parte. Necesitaba de la Iglesia.
Ante esto, sólo resta mencionar que el siglo XVIII terminó definitiva-
mente con la ruptura de la alianza entre el poder monárquico y el poder
eclesial, mantenido por siglos. Sin embargo, sería hasta el siglo XIX cuando
esta ruptura se vería oficializada por parte de un emperador y un Papa. Nun-
ca más la Iglesia volvería a patentar un poder tan grande y un nexo tan cer-
cano con los gobiernos en vigencia, como del que gozó en la época medieval
y moderna. Dicha desvinculación se agravaría todavía más en el siguiente
85 Op. cit., P. 67
80
siglo, generando una Iglesia muy distinta a la conocida por las generaciones
anteriores, especialmente en tierras latinoamericanas.
81
en el siglo XX. En resumen, la sociedad estaba predispuesta a todo lo que
implicara cambio y supremacía del yo.
En segundo lugar, el siglo entrante recibió como legado una política mi-
litarista expansionista que encontró eco en un exacerbado pensamiento na-
cionalista. Dentro de cada nación, las personas se convertían en acérrimos
ciudadanos; deseosos de llevar a su nación a la libertad, igualdad y fraterni-
dad propuestos por el liberalismo y la consabida revolución francesa. Se ha-
cían guerras y procesos emancipadores, para lo cual se trataba de imitar a las
figuras del momento, las cuales eran Francia –con Napoleón a la cabeza –y
Estados Unidos. Guerras y revoluciones se sucedían una tras otras, tratando
de demarcar fronteras geográficas y la supremacía política. El estamento mi-
litar fue ganando terreno y llegó a equipararse al otro gran legado del siglo
dieciocho: La burguesía.
Fue la burguesía la que haría del siglo diecinueve la cuna perfecta del ca-
pitalismo y conformaría un perfil de hombre egoísta, frio, calculador, com-
petitivo, ambicioso y antirreligioso, o sea, ateo. Marx86 lo describe de mane-
ra explícita: “La burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales,
idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus “su-
periores naturales”, las ha desgarrado sin piedad, para no dejar subsistir otro
vinculo entre los hombres que el frio interés, el cruel pago al contado. Ha
ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco
y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo
egoísta”. En una palabra este estamento social cambió, la política y economía
82
de todo el mundo; se auxilió de militares y del clero para entronizarse y con-
vertirse en la clase que conduciría al mundo de ahí en adelante.
87 Herodoto. “Los nueve libros de la historia”. Libro Segundo, Euterpe. Pág. 99.
83
tosa empresa preparaba por sí mismo un huevo de mirra. Luego de haber
obtenido el huevo, habría una concavidad lo suficientemente grande para
contener el cuerpo del ave fallecida. Una vez puesto dentro, tapaba el huevo
con un pequeño fragmento de mirra y lo trasladaba para depositarlo en el
templo ya mencionado. Otra versión sostiene que esta ave se consumía a sí
misma en un abrasador fuego y emergía renovada de sus cenizas.
Sea cual sea la forma como este legendario pajarillo moría y resurgía,
puede equipararse con la acción que los territorios europeos realizaron du-
rante el siglo XIX. Europa misma preparó y cavó el foso en el que sepultó por
siempre todo aquello que la había caracterizado y que de una u otra forma le
había proporcionado sentido a su existencia. Sepultó de una vez por todas,
la antigua estructura de monarquía, con sus estamentos sociales; sepultó la
afamada cultura conservadora y religiosa que había trasladado hasta el jo-
ven continente americano. En fin, sepultó su pasado entero y en su lugar,
apareció una Europa renovada.
84
narquía napoleónica, que si bien deseaba asemejarse a las antiguas cortes,
implantó una serie de reformas que aun hoy día –en pleno siglo XXI –con-
tinúan en vigencia, como se verá posteriormente. Además, con Napoleón
las ideas liberales nacidas en Francia se propagaron no sólo en territorio
europeo, sino hasta América misma.
85
siones entabló relaciones con gobiernos liberales, en otras, con gobiernos
conservadores; pero, en ambos casos fue usada vilmente con superficiales
propósitos de mera diplomacia política. De esta manera, así como el poder
monárquico fue abatido, también la Iglesia. La diferencia radicó en que la
monarquía murió; la Iglesia sobrevivió y se restauró insertándose en el mun-
do con bastante éxito.
86
en el cambo de batalla. Era rápido, fogoso e impredecible. Además, era pre-
potente. Solía tomar decisiones por sí mismo, sin consultar al Directorio de
la forma como llevar los asuntos políticos. No en vano se ha afirmado que
“Napoleón ha sido la figura más poderosa de los tiempos cristianos, y quizás
el hombre más extraordinario de la historia88”.
Como era de esperarse el golpe fue todo un éxito. Con la rapidez con que
solía actuar en el campo de batalla, actuó en los asuntos gubernamentales.
Tan pronto se dio cuenta que, el poder estaba en sus manos creó una Fran-
cia consular como en los tiempos de la Roma de Cesar. Dicho consulado
estaba contemplado como algo legal dentro de la nueva Constitución que
fue promulgada el 14 de diciembre de 1799. El consulado no reposaba en
manos de una sola persona, sino más bien, se estableció que debían ejercer el
cargo tres cónsules, quienes se encargarían del poder ejecutivo, el Senado y
el poder legislativo. Los tres cónsules eran Lebrun, Cambacéres y Napoleón;
los cuales tomaron el poder el 25 de diciembre de ese mismo año. De modo
que según los antecedentes, el primer cónsul fue Bonaparte. Este no dejaría
el poder en otras manos que no fueran las suyas. Solo él tendría el privile-
gio de ejercer el poder político y militar de Francia. Ello lo convertía en un
hombre muy poderoso.
87
león de su parte, no estaba creando un país democrático sino que estaba re-
gresando a la antigua y odiada monarquía: “Al llamar a Napoleón Bonaparte
para derribar al Directorio, Sieyes y sus amigos se crearon un amo. Desde el
día siguiente del golpe de Estado advirtieron que ellos no eran ya nada y que
él lo era todo90”. El General no era un hombre con quien se podía jugar. Su
espíritu vivaz le hacía un hombre de temer. No se dejaría dominar por nadie.
Era un exitoso hombre de armas; pero, a su vez era maravilloso en el campo
de la política y las leyes. Y, sobre todo, era un hombre ambicioso; quien por
muchos años había esperado una oportunidad de tal naturaleza.
88
bres como Licurgo y Solón. Personajes que supieron hacer de un puñado de
hombres, una nación.
Bonaparte supo darse cuenta casi de inmediato que, lo que Francia nece-
sitaba era la unión. Un Estado no existe cuando hay división. Había que des-
truir las cisuras, que la revolución había traído consigo y que ya por mucho
tiempo había desangrado a los franceses. Dos eran las grandes hendiduras
que habían mantenido a Francia bajo un estado de odio, rencor y un conti-
nuo sangrar: La política y la religión.
La primera fue atacada por el pequeño hombre, desde que tomó el po-
der en sus manos, aun cuando había otros dos cónsules más. El propio her-
mano de Napoleón lo afirma en un documento escrito por él en el año de
1800: “El gobierno no quiere ya, no reconoce ya partidos y no ve en Francia
más que franceses92”. Había un deseo muy grande de unificar a la nación.
En cambio, la unidad religiosa no dependía solo de él, sino también de las
autoridades del Vaticano. Por ahí empezaría la construcción de su Imperio.
89
un reino celestial, es decir, en un reino que está más allá de la vida terrenal;
puede durar siglos y confiere una unidad mucho más fuerte. Cuando esa
unidad flaquea, siempre hay manera de recuperarla.
Napoleón vio que Francia estaba dividida en dos bandos: Los refrac-
tarios y los juramentados; y a su vez, observó que la cantidad de seguido-
res de cada bando era muy desigual. Recordó como el levantamiento de la
Vendée había tenido su origen en el apoyo a los sacerdotes refractarios, y
comprendió que el pueblo estaba dispuesto a morir en la defensa de sus
líderes religiosos y por su Cristo, antes que aceptar un gobierno anticlerical,
antirreligioso y ateo. Un pueblo dividido de esta forma, no es un pueblo útil
en caso de guerra y defensa del país. El necesitaba hacer frente a todo un
bloque europeo que estaba en contra de Francia por ser el foco que irradiaba
revoluciones y auguraba el aniquilamiento total de las demás monarquías
que aun sobrevivían en el viejo continente. Necesitaba llevar la paz al país;
pero, esto no lo lograría a menos que el pueblo dejara atrás las escisiones.
Por su parte, la Iglesia no era ajena al deseo del Primer Cónsul. Ésta ha-
bía sufrido ya demasiado con los revolucionarios. La persecución, en contra
de ella, había dejado cientos de sacerdotes, religiosas y laicos muertos; se
había anulado el calendario romano, colocando en su lugar el calendario
Republicano. Monasterios, iglesias y muchas tierras se les habían incautado
o destruido; los diezmos se anularon y en pocas palabras, la armazón que
siempre había caracterizado a la Iglesia estaba destruida. Los sacerdotes y
religiosos que vivían en Francia, vivían escondiéndose por temor a ser des-
cubiertos y acusados ante las autoridades. La feligresía, en su mayoría, de-
testaba a los sacerdotes juramentados y exigía el retorno de sus verdaderos
pastores. La situación era delicada.
90
vez más. Ya no deseaban otra iglesia local. Su objetivo había sido siempre
mantener una iglesia universal, de ahí su nombre: Católica.
91
La burguesía por su parte estaba en contra de los movimientos e ideas de
Bonaparte. La aceptación de la religión católica era un paso hacia atrás. Era
campo perdido para el desarrollo del liberalismo. La burguesía con sus ideas
ilustradas y liberales propugnaban la destrucción total de la Iglesia, ya que
ella –según su pensamiento –enseñaba al hombre mitos y creencias en clara
contraposición con la razón y los conocimientos científicos. A pesar de su
gran descontento, los burgueses guardaron silencio y no osaron levantar su
voz. Las circunstancias del momento, les hizo esperar, para conocer qué es-
trategia estaba usando el Cónsul. Por otra parte, también, ellos necesitaban
un clima de paz y tranquilidad para lograr que sus nacientes industrias y pe-
queños negocios florecieran. La nación ya estaba lo suficientemente empo-
brecida como para continuar con más problemas. Francia entera reclamaba
paz y el cese de las persecuciones y la represión. De todas formas con el ca-
rácter impredecible de Napoleón no se sabía el rumbo que tomarían las co-
sas. Así que dejaron hacer al pequeño gran hombre. Mientras el Cónsul no
interviniera en los asuntos de la burguesía y mantuviera una política protec-
cionista que beneficiara el desarrollo industrial, podía actuar con libertad.
92
se encontraban en una situación de desesperación pues la Iglesia no podía
trabajar en condiciones de persecución. Siempre imperaba la costumbre na-
poleónica de sacar provecho de las circunstancias que la casualidad le pre-
sentaba. No quedaba otra salida al Papa más que aceptar la humillación y
esperar a que con el tiempo se resolviera todo.
93
En conclusión, Estado e Iglesia unidos como lo demostró la monarquía
francesa era un medio para perpetuar el poder. Eso era lo que Napoleón
deseaba: Un medio que le permitiera granjearse los ánimos del pueblo y un
grupo de hombres –los sacerdotes –que mantuviera al pueblo en constante
sumisión. Desafortunadamente para él, sus planes se trocarían en su perdi-
ción; porque la Iglesia no se dejaría usar nunca más. La experiencia había
sido muy amarga como para creer una vez más en los poderes terrenales. De
ahí en adelante, la curia romana permanecería en constante vilo para prote-
ger a los suyos y sus intereses.
94
era como sí ellos esperaban y luchaban por el retorno de la monarquía en
manos de Luis XVIII. Soñaban con la restitución de los tiempos del absolu-
tismo; cuando el señor lo era todo y mandaba sobre los siervos a su antojo.
No se puede negar que Napoleón había hecho todo por ganarse el favor
del pueblo y se esmeraba lo mejor que podía en representar muy bien su pa-
pel de gran político. Se esforzó por demostrar al pueblo que él quería ayudar
a la nación. En 1800 se mostró valiente y leal al conducir al ejército a través
de los Alpes y desbaratar a los austríacos en la Batalla de Marengo. Esta con-
tienda fue librada un 14 de junio dentro de la localidad del Piamonte. Para el
primer Cónsul fue un orgullo haber triunfado, puesto que su ejército estaba
conformado por un número de aproximadamente diecinueve mil guerreros;
y a diferencia de este, el ejército austriaco –que formaba parte de la Segunda
Coalición –contaba con alrededor de treinta mil elementos; sin contar caño-
nes y otros artefactos militares. Después de transcurrido un año, con nume-
rosas pérdidas para el gobierno de los Habsburgo se firmó el cierre de estas
batallas en la Paz de Amiens. Agregado a este ardor guerrero, mostraba una
gran sagacidad como diplomático y político. Firmó el Concordato con Pío
VII, en el año de 1801 –como ya se ha mencionado en un apartado anterior
–y por fin en 1802 dictó una Constitución en la que obtuvo el consulado de
95
forma vitalicia. Se notaba en él un cierto afán de ayudar a Francia a salir de
la crisis en la que estaba sumida y todo con un gran desinterés (al menos eso
aparentaba).
A pesar de todos los obstáculos encontrados por este hombre; por fin en
el año de 1804, su vida daría un giro dramático. Aquel hombre despreciado
por muchos, criticado hasta la saciedad por todos los flancos de la sociedad
y temido por otros a nivel internacional; fue coronado emperador el 18 de
mayo en la Iglesia de Notre-Dame. Este hecho, no pudo ser impedido por
nadie, ni siquiera por Inglaterra.
96
solutismo podía volver como en tiempos de antaño. De esta manera el 23 de
agosto de 1803, llego Jorge a Francia conducido por los ingleses a través de
la mar. Iba preparado para cualquier evento: Matar o secuestrar al pequeño
gran hombre. Era lo mismo para él. En sus planes sólo brillaba una idea:
Desaparecer a Napoleón. Contrariando a sus designios, el destino salió a
la defensa del cónsul e hizo que todo fracasara. El complot fue descubierto
y como una jugarreta del destino, los eventos se tornaron en beneficio del
corso.
Más, lo quisiera o no, Jorge fue el gran benefactor que proporcionó una
corona al Primer Cónsul. Inmediatamente el complot fue descubierto; la
oportunidad fue aprovechada por el pequeño gran hombre. El no desestimó
el lance que el sino le puso enfrente. Era un hombre calculador, cuyo carác-
ter le permitía sacar provecho de las tragedias que ocurrían en su diario vi-
vir. Veloz como en el campo de batalla; esbozo una maniobra que le captaría
los ánimos dentro del pueblo y posiblemente, dentro del Tribunado. Lo que
necesitaba era un golpe certero y una víctima propiciatoria. Ambas estaban
en su poder.
97
El atentado en contra de su vida fue planteado como una conspiración
en la que la casa de los Borbones había participado. Con la revolución re-
cién pasada, el odio por la monarquía seguía en pie en los corazones de las
mayorías. Era fácil, entonces, inducir, especialmente a los de la Convención,
a creer en cualquier tipo de ideas estrafalarias que se les plantearan. Muy
bien enterado estaba el corso cuando escogió a la victima perfecta: el Duque
de Enghien. Lo que menos le importaba al Cónsul era la veracidad de la
culpabilidad, del acusado. Sí era inocente o culpable no era asunto suyo. El
buscaba el poder. Ese amor propio fue el que lo condujo a perder su imperio.
Su debilidad fue la que le traicionó, y le hizo odioso aun dentro de su círculo
familiar. Especialmente, cuando la acusación en contra del duque fue hecha,
Napoleón se sabía necesitado por Francia. Europa entera estaba descontenta
y temerosa de pelear en contra de un joven militar, más avezado en materias
bélicas, que los Generales más ancianos. Mientras el corso estuviera vivo,
difícilmente Francia sufriría una derrota.
98
chos ciudadanos francos. No podía ser que la monarquía volviera; y en ma-
nos de quién. Más el pueblo y sus gobernantes actuaron bajo los principios
del liberalismo; es decir, el laissez-faire. Dejaron hacer y se hicieron los del
ojo pacho porque necesitaban con urgencia a un hombre como el Cónsul. Y,
con justa razón, Napoleón pudo jactarse de decir: “Yo he impuesto silencio
para siempre, lo mismo a monárquicos que a jacobinos100”.
99
la historia. Entonces, la grandeza de Napoleón no radicó tanto en las armas
sino en su gran inteligencia o maña para lograr lo propuesto, por buen o mal
camino. Eso fue lo que lo destruyó.
c) Bloqueo comercial
De todos los enemigos a los que Francia tuvo que enfrentar durante el
Imperio Napoleónico –y quizá a partir de años anteriores –sólo Inglaterra
fue de temer; tanto en el plano militar como en el plano político-económi-
co. Dicho temor radicaba en varias circunstancias. Antes que nada hay que
mencionar que Inglaterra ha sido desde tiempos antiguos un país inexpug-
nable; cuestión que seguramente se debe a su posición geográfica y a las es-
trategias militares y diplomáticas aplicadas a nivel nacional e internacional.
Ya para la antigua Roma fue difícil de alcanzar y aun más de conquistar.
Francia no fue la excepción.
Sólo este país pudo sostener por largos años una guerra, con cortos pe-
ríodos de paz, en contra del gobierno franco. E incluso, a Inglaterra se debió
la caída del imperio napoleónico. Por el momento, basta mencionar el hecho
de que, cuando Bonaparte aceptó que jamás vencería a los ingleses, por el
100
flanco de la milicia, decidió aplicar una estrategia, que si bien le valió unos
cuantos beneficios; le trajo un gran mal: Un ataque sin tregua por parte de
esta gran potencia que le conduciría a la isla de Elba.
Cuando los países europeos percibieron que sus demandas no eran su-
plidas, buscaron recursos. Primero, el contrabando; y segundo, la necesidad
impulsó a la población a producir por ellos mismos aquellos productos que
necesitaban. Ambos procesos resultaron ventajosos, aunque de diferente
forma. Varios países europeos se percataron de que tenían la capacidad de
producir y se interesaron por la industria, de tal forma que esto los conduci-
ría en el futuro a un desarrollo industrial; una muestra de este tipo de avance
fue la industria mecánica en la nación Suiza. Inglaterra por su parte, se lucró
con ganancias económicas muy grandes por medio de su mercado negro.
101 Historia Universal. “Siglo de las Luces, Revolución Francesa y Época de Napoleón”. Pág. 98.
102 Historia Universal. “Siglo de las Luces, Revolución Francesa y Época de Napoleón”. Pág. 98
101
Concluyendo se puede establecer que los resultados de estrategia militar
y económica fueron en detrimento para el emperador y su naciente imperio:
“El bloqueo terminó por resultar a fin de cuentas un arma de doble filo103”.
Con dicha arma salió dañado el emperador y la economía franca ya que si
bien fue cierto que la economía francesa se activó por el incremento de la
demanda, también se vio afectada a causa del contrabando. Esto generó ma-
lestar dentro del territorio franco, dado que la burguesía quería expandirse,
enriquecerse y volverse poderosa. La burguesía se sentía atada, sin poder
avanzar. Pero, mientras el bloqueo permaneciera en pie, ellos no podrían
lograrlo. Por otra parte, el bloqueo fue la causa por la que el descontento por
parte de los franceses en contra de Napoleón aumentó. Eso afectó el presti-
gio del corso y aumentó el número de enemigos. Con el tiempo se vería que
mas circunstancias de este tipo lo llevaron a perder su imperio por siempre.
d) Napoleón en la lid
Europa sufrió desde las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras
del siglo XIX, una enorme cantidad de contiendas. Todas esas batallas fue-
ron sostenidas contra un enemigo común: Napoleón. Gobernar en esos días
fue ardua tarea para los monarcas, pues debían cuidar de la situación interna
de sus países, así como, de la situación externa. Ante la ambición de Bona-
parte, las coronas temblaron en las cabezas de reyes y emperadores hasta no
haber logrado su derrocamiento.
102
La guerra con diversas naciones del suelo europeo tuvo su origen en
un proceso que bien puede equipararse a una cruzada; dado que fue inter-
minable y se sucedió en varias etapas. El centro de estas guerras era Fran-
cia guiada por su adalid Bonaparte y su oponente: La Coalición. Ese fue el
nombre dado a las alianzas sostenidas por distintas naciones de Europa. No
siempre fueron las mismas. Hubo coaliciones en las que no participaron,
por tener que dedicarse a los problemas internos de sus países. Asuntos es-
tatales –como los problemas que España conocía en sus colonias americanas
–fueron dejadas de lado por focalizar su atención en ganar las guerras. Algo
que con el tiempo perjudicó, especialmente, las relaciones de España con
sus colonias.
Hubo cinco coaliciones de países europeos, hasta que por fin, en 1815 se
logró destruir al Emperador Napoleón. El proceso de destronar a este em-
perador no resultó fácil; se necesitaron de cinco coaliciones y la Batalla de
Waterloo para destruir a una sola nación y a su líder. Algo verdaderamente
admirable. En cada una de las batallas realizadas en contra de las coaliciones
se percibe el genio militar del pequeño corso.
103
Esta coalición estaba formada por naciones fuertes que tenían por único
objetivo acabar totalmente con el gobierno liberal y revolucionario que se
había asentado en el trono del ya desaparecido Luis XVI. Ellos querían dar
una lección a Francia; pero, también a Europa entera de no volver a cometer
actos regicidas. La guerra, entonces, fue declarada por Inglaterra en 1793.
Estallaron las batallas en distintas regiones; Austria estuvo a cargo de liberar
Bélgica; Prusia se encargó de tomar Maguncia; pero, de invadir Francia se
encargaron Austria, Prusia, Inglaterra y España juntas.
Los francos estaban solos en esta batalla. Nadie los apoyó excepto su es-
píritu guerrero y su nacionalismo exaltado. La Convención decretó: “Desde
este momento hasta que los enemigos hayan sido expulsados del territorio
de la república todos los franceses quedan sujetos al servicio de las armas.
Los jóvenes irán al combate; los hombres casados forjarán y fabricarán las
armas, y transportarán las subsistencias; las mujeres harán las tiendas y los
uniformes y servirán en los hospitales; los niños harán hilas de las ropas
viejas; los ancianos, en fin se harán conducir a las plazas públicas para exci-
tar los ánimos de los guerreros, predicar el odio a los reyes y la unidad de la
república104”. Pese a que los horrores de la guerra son inenarrables, es loable
la forma como la Convención se condujo en estos momentos críticos para
su país. Los franceses supieron estar unidos en un momento tan crudo de su
realidad y respondieron al llamado de su nación.
Por su parte, los generales franceses no dejaron nada que decir. Actua-
ron con rapidez y precisión, con lo cual rechazaron a los enemigos por todos
los flancos y obtuvieron la victoria para finales de 1793. Esta ganancia les
permitió tomar la delantera y atacar a sus adversarios fuera de los territorios
franceses. Tan ardoroso espíritu francés provocó victorias incluso, en el mar,
en donde la flota holandesa fue mermada.
104
Domingo y parte del Rin. Más adelante, los otros que se sabían perjudicados
por sus acciones bélicas en contra de nación tan valiente fueron los holande-
ses. Firmaron el “Tratado de la Haya”. Finalmente en el año de 1796, aparece
Bonaparte en la Campaña de Italia105. Ahí se condujo como un gran general,
quien fue derrotando a los ejércitos italianos y austriacos, hasta que a la
postre, Austria temió ser invadida por el pequeño hombre. Decidió firmar el
“armisticio de Leoben”, el 7 de abril de 1797 y acabó en la firma del “Tratado
de paz Campo- Formio”, en octubre de 1797. Hasta esa fecha memorable
finalizan las batallas de los francos contra la primera coalición y el único
adversario que no cedió en la guerra fue Inglaterra.
105
dos en las batallas de Magnano, Cassano, Trebbia, y Novi. Milán y la Repú-
blica Cisalpina fueron tomadas. Las cosas parecían ir mal para el país franco.
En Suiza la balanza se inclinaba al lado de los francos. El general Masséna
venció al general ruso Korsakov. La victoria francesa desagradó a los rusos,
quienes se retiraron del campo de la liza el 22 de octubre de 1799.
106
El gobierno austriaco viéndose derrotado capituló en Ulm el 20 de octubre
de 1805.
Los rusos seguían instigando a los franceses por lo que Napoleón partió
a Austerlitz en donde enfrentó a Kutúsov y al zar Alejandro. Los austriacos
reacios a mantener la paz con Francia, partieron a apoyar a los rusos. En
esa batalla, hubo, entonces tres emperadores juntos: Napoleón, Alejandro y
Francisco II. Y uno sólo vencería a los otros. De esta manera el 2 de diciem-
bre de 1805, Napoleón se enfrentó con un ejército de 68,000 elementos con-
tra el ejército austro-ruso compuesto por noventa mil hombres. La cantidad
de hombres era desigual, lo cual no detuvo al Emperador Bonaparte en su
faena. Fue una batalla voraz, hubo una completa carnicería de hombres, en
ambos bandos. La Batalla fue una completa victoria para los francos. El pe-
queño gran hombre estaba satisfecho de haber vencido a dos emperadores.
Los otros por su parte tuvieron que reconocer la astucia y sagacidad de su
contrincante por lo que firmaron el “Tratado de Presburgo”, el 26 de diciem-
bre de 1805. La guerra de la tercera coalición había terminado.
Pero, la paz, no había llegado aun para Francia, ni para ningún otro país
de Europa. Inglaterra no cesaba de atacar y contraatacar. Este país no des-
cansó, sino el día en que vio a Napoleón en Santa Elena; y posiblemente, aun
estando él ahí, seguía temiendo un ataque imprevisto por parte del General
corso. El emperador nunca gozó de un momento de paz durante su imperio.
Siempre tuvo que estar planeando batallas y temiendo a sus enemigos. A
pesar de la inestabilidad en las relaciones internacionales Bonaparte, luego
de la victoria de Austerlitz, repartió reinos como los emperadores de antaño;
por ejemplo, a su hermano José lo nombró rey de Nápoles; a su hermano
Luis, le dio la corona de Holanda.
107
Durante esta batalla, el Emperador Napoleón, aprovechó la oportunidad de
regalar el Reino de Westfalia a su hermano Jerónimo.
108
truidas y reemplazadas por gobiernos liberales. España especialmente, vería
perdidas para siempre sus colonias americanas; ya que, por estar librando
batallas contra Napoleón, descuidó la situación de las colonias y estas tu-
vieron una coyuntura favorable que supieron aprovechar de inmediato para
ganar su independencia –pero esto será abordado un poco más adelante.
108 Historia Universal. “Siglo de las Luces, Revolución Francesa y Época de Napoleón”. pág. 119.
109
imposible de concebir que la Francia liberal, regicida permitiera que en sus
territorios, renaciera el fantasma del absolutismo.
Con todo Luis tomó el poder y lo primero que consiguió fue la firma
del “Tratado de Paris” por el que se promulgaba la paz de Francia con las
otras naciones europeas. Por fin, Europa podía descansar. Sin embargo, con
este tratado, el orgullo francés fue ultrajado. Luis XVIII, era un hombre que
no había hecho sentir en la sangre del pueblo el ardor de las batallas y la
alegría del triunfo. No estuvo presente cuando miles de francos derrama-
ban la sangre bajo la conducción del Emperador y por ende, no sintió dolor
alguno cuando tuvo que devolver aquellas tierras que tanto sudor, sangre y
lagrimas le costó al pueblo. Así en ese tratado: “devolvía 53 plazas fuertes
de Alemania, Italia y Bélgica109”. Añadido a esta perdida, el nuevo monarca,
retiró al menos a veinte mil soldados dejándolos sumidos en una situación
de pobreza, a parte, de hacerlos ver como hombres despreciables por haber
estado al servicio del Emperador.
110
paz. Bonaparte nació para ser un guerrero, sólo en esos momentos era ple-
namente feliz. Además, era una persona que gustaba sacar provecho de toda
situación más o menos favorable que él veía; y en su opinión, presentía que
una oportunidad favorable se estaba gestando en suelo francés y en territo-
rio europeo.
111
g) Fin del sueño
112
con sus palabras: “aun no se me habrá visto tres veces en escena cuando ya
no se me querrá ver más112”.
El se sabía temido y sus enemigos se encargaron de rodearlo de una au-
reola de temor, incluso hubo uno que asevero: “aun después de muerto será
de temer113”. Palabras como esas le volvieron legendario a los ojos de todo el
mundo. Fue un gran adalid comparable a Julio Cesar y al memorable Ale-
jandro Magno. Desafortunadamente, su ambición desmedida y su pasión
por la guerra, lo llevó a perder todo. Lo que sí es cierto es que su leyenda
continuara viviendo por mucho tiempo más. Empero, con la caída de Napo-
león, no sólo sufriría él, sino también, Francia misma, la cual fue sometida
por sus enemigos y humillada. Se le exigió en un nuevo tratado el retorno
de todas las tierras conquistadas por Napoleón y se le dejó una demarcación
geográfica como en antaño –o sea, como estaba para el año de 1789. Ese fue
el precio que Francia pagó por haber abandonado a su Emperador. Aunque
posteriormente, luego de mucho sufrir, los franceses normalizaron su situa-
ción nacional e internacional convirtiéndose en una gran nación.
113
1.2. La Repartición de Tierras
Los cuatro países que se repartieron el mundo –al tener ideales monár-
quicos –olvidaron que existía la voluntad del pueblo. Desdeñaron la ense-
ñanza que la historia les transmitió el día de la ejecución de Luis XVI y de
María Antonieta. Llegaría el día en que este olvido le causaría a cada una
de las monarquías de esos países una caída inevitable; porque el pueblo no
estaba satisfecho con sus decisiones prepotentes. Con razón se dice que el
Congreso: “había descuidado totalmente el principio de nacionalidad a fa-
vor de legitimidad114”. Y es que, cuando un pueblo se siente abandonado por
sus líderes recurre a la violencia para hacerse oír. Ese era el rotundo error
de las monarquías: Olvidar a su pueblo. El sentirse dueños absolutos del
mundo, les incapacitaba para reconocer que las grandes mayorías también
tienen voluntad.
114 Historia Universal, Tomo VIII. “Emancipación Americana. Revolución Industrial”. Pág. 9
114
El Congreso de Viena terminó el 8 de junio de 1815, y como era de es-
perarse las grandes potencias del momento salieron con grandes ganancias
territoriales, que acrecentaron sus ganancias monetarias. En el caso de Ru-
sia, tomó bajo sus dominios a Finlandia, Suecia, Besarabia –ésta tomada a
Turquía –y Varsovia del que saldría Polonia. Esto significó para Rusia un
incremento de su población en unos cuantos millones más. Aumento de po-
blación significó, aumento de dinero en la recaudación de impuestos. Gran
Bretaña, fue el otro gran beneficiado. Este colocó bajo su influjo a los terri-
torios de: la Isla de Malta, el Cabo en África, Ceilán en el continente asiáti-
co, las colonias arrebatadas a Francia, España y Holanda, la isla de Francia
en el Océano Indico, las islas jónicas, y también tierras en América como,
Guayana, Tobago y Trinidad. Las ganancias fueron eximias. Esto aceleró el
crecimiento económico de la industria inglesa, en detrimento de España.
Los ingleses no sólo ganaron tierras sino que ganaron los océanos com-
pletos. Al ser ellos la potencia marítima más grande, se convertían en los
reyes y dueños del mar. No hubo nación a quien más le conviniera la caída
de Napoleón. Solo este gran General fue el digno oponente de tal país y el
único valiente, que aun con menor número de elementos en sus batallones,
osó hacerles la guerra. Sin Bonaparte, Inglaterra era el amo del mundo.
115
eclesiásticos y se convirtió en un gran político y diplomático que trabajó
bajo los gobiernos de la Convención, Napoleón y Luis XVIII. Su comporta-
miento denota a un hombre tridimensional, falto de una fuerte convicción
en sus ideas. Era una persona que fluctuaba –así como lo hizo en el campo
religioso –en los gobiernos, según le convenía, porque carecía de todo es-
crúpulo. Miraba por sus intereses y no por los de los gobernantes a quienes
decía apoyar. Posiblemente, en el fondo de su espíritu –en algún momento
de su vida – albergó la ilusión de convertirse en el monarca de Francia o bien
deseó ser otro Richelieu. Lo que sí es cierto es que su intervención diplomá-
tica dentro del Congreso –representando a Luis XVIII –le valió a su país que
no le quitaran mas territorios y dejaran las demarcaciones geográficas como
estaban para el año de 1789.
116
Pontificio en casi toda su precedente extensión115”. Gracias a dicha restitu-
ción, el Papa pudo dedicarse a reorganizar su decadente Estado, tanto como
a analizar la difícil situación política que se había desencadenado a raíz de la
finalización de las guerras napoleónicas y la forma cómo afrontarlas.
a) La Santa Alianza
117
la revolución. Consideraban que se habían cometido demasiados daños en
contra de sus intereses nobiliarios. Estos estaban convencidos que la “Santa
Alianza tenía que ser un pacto, para garantizar la aplicación de los principios
cristianos a los monarcas quienes eran los responsables de ellos118”. Las pri-
micias de la alianza estuvieron fundamentadas en una asociación con fines
bastante cristianos. Es más, se le ofreció al Papa Pío VII, que formara parte
de la Alianza; empero, este se negó rotundamente. Los principios regentes
del pontífice no le permitían mantener alianzas de ese tipo: “no le parecía
justo tener que suscribir una alianza pseudorreligiosa que unía a un empe-
rador católico, con un rey protestante y con un zar ortodoxo119”.
118
Pronto el clamor y el disgusto de los pueblos se dejo oír. Las ideas libera-
les sembradas en los ciudadanos de diversas naciones bullían en sus mentes
y el levantamiento comenzó. Los primeros en protestar fueron los alemanes.
Ellos deseaban conformar un Estado Alemán, y lo que el Congreso les dio
a cambio fue una división de tierras; algo que a ellos no les parecía. Alejan-
dro con su grupo de monarcas se reunieron de inmediato en los “Congre-
sos de Carlsbad y de Viena” entre los años de 1819 y 1820. Ahí se tomaron
disposiciones en contra de los amotinados: “Las universidades hubieron de
ser estrechamente vigiladas; los periódicos y los libros fueron sometidos a
la censura; se prohibió dar ninguna Constitución que limitase los poderes
del soberano120”. Estas medidas reprimieron al pueblo alemán quien deseaba
verse libre de dominaciones extranjeras y tener su propia república.
119
El siguiente levantamiento fue el de los españoles. Este tema se trató en el
“Congreso de Verona” en el año de 1822. Las disposiciones tomadas fueron:
destrucción de la constitución de los españoles y la devolución del trono al
rey Fernando VII. Este Congreso fue el último que se celebró porque mu-
chos eventos internacionales fueron mermando las fuerzas de esta entidad.
b) La Restauración
120
Lógicamente, Luis XVIII descendiendo de cuna noble estuvo en contra-
posición con la Constitución promulgada por Napoleón y por ende, contra
cualquier otra constitución promulgada por la antigua Convención. Decidió
por lo tanto, elaborar la suya propia –que no fue más que una carta constitu-
cional –en la que estableció que la “autoridad reside en el Rey”. La voluntad
del pueblo no debía ser atendida bajo ninguna circunstancia. De esta forma,
Luis XVIII estaba demostrando su beneplácito con las ideas del Congreso
de Viena y más tarde con las disposiciones de la Santa Alianza. Semejante
forma de gobierno pareció prepotente y desagradable a los ciudadanos fran-
ceses acostumbrados a ser tomados en consideración –o al menos, respeta-
dos –en los asuntos de Estado. Rumores y comentarios en contra del rey se
escuchaban, clamando el retorno del Emperador.
121
Entre los puntos que modificó estuvieron dos que al pueblo no le pare-
cieron de su agrado. El primero era que el derecho de sufragio quedó redu-
cido más o menos a unas noventa o cien mil personas. Votaban los ciudada-
nos mayores de treinta años siempre y cuando estuvieran en la posibilidad
de pagar cierta cantidad monetaria que andaba alrededor de los trescientos
francos. En otras palabras, los únicos que ejercían el voto eran las personas
de clases sociales privilegiadas: La aristocracia y la burguesía. La segunda
modificación era que la libertad de prensa quedaba supeditada al arbitrio
de las leyes. No todo se iba a publicar. Aquello que a la ley no le pareciera
idóneo, sería suspendido y rotundamente prohibido publicarlo.
122
Pese, a la cruel forma como acabaron con los generales, una voz interna
hizo eco en los corazones y en las mentes de estos hombres y temieron haber
cometido un error. Solo la muerte de Ney les contuvo y los empujó a esta-
blecer la amnistía. El terror luego de casi dieciocho meses de regar sangre de
imperialistas, terminó.
123
al antiguo régimen, fue también la pionera en trazar el camino a seguir para
convertir a los países nacientes en verdaderas repúblicas constitucionales.
b. 1 El Independiente.
124
por las ideas que expandían y a tanto llegó el temor en contra de los inte-
lectuales, que algunas universidades fueron puestas, una vez más, bajo el
control del clero.
b. 2 La Iglesia y la Restauración
En Francia, al igual que en otros países, el Papa Pío VII trabajó por esta-
bilizar la situación del clero. En su ayuda surgieron hombres de letras como
el filosofo Joseph de Maistre y François René de Chateaubriand. Ellos por
medio de la literatura trataron de crear un renacimiento del espíritu católi-
co-cristiano en los franceses. Publicaron libros haciendo referencia a temas
religiosos, un ejemplo de estas obras que eran un género muy similar a una
apología, era “El Genio del Cristianismo”. Pero, a pesar de, todos estos in-
125
tentos la separación entre Iglesia- Estado permaneció, y se fue extendiendo
a otros territorios europeos y americanos. La ruptura entre ambos poderes
fue tan grande que jamás cesó.
126
nes realizadas en el periodo revolucionario demostraron nuevamente, que
la Iglesia Católica estaba dispuesta a ser martirizada, antes que comprada.
En las primicias del siglo XIX, los territorios que hoy comprenden la Re-
pública Italiana y los territorios que comprenden la República de Alemania,
no eran más que un conglomerado de Estados o pequeños reinos indepen-
dientes entre sí y gobernados por antiquísimas familias nobles. En aquellos
momentos ambas repúblicas se encontraban divididas entre sí y carecían de
un nexo lo suficientemente fuerte que las identificara. Aun cuando tenían
varias características en común, se habían enfrentado en largas y amargas
luchas a lo largo de siglos; lo cual había impedido que se anexaran en un
solo territorio.
127
realizar dicha faena no fue una empresa de corta duración; antes bien, hubo
cuantiosas muertes y un sinnúmero de actividades que permitieron ver rea-
lizado el sueño de una Italia y una Alemania unificadas.
a) Italia
La Península Itálica había sufrido por años, el gobierno de distintos paí-
ses cuya fuerza militar era superior. Se les había sometido y humillado; es-
pecialmente, Austria –luego de la caída de Napoleón –obtuvo en el Congre-
so de Viena una porción del territorio italiano. Esto molestó aun más a los
italianos que ya estaban cansados de tanta intromisión e invasión político-
militar. Además, una acción de ese tipo, constituía en sí misma, un ultraje
para los italianos, quienes sintieron que se les irrespetaba su autonomía, im-
pidiéndoseles desarrollarse como nación independiente. Esta ofensa, unida
a las acciones revolucionarias mantenidas en Francia, inspiró a una parte de
la población italiana a seguir los pasos de los francos. La revolución francesa
prendió en los espíritus de los europeos el deseo de alcanzar la libertad, la
igualdad y la hermandad. Las ideas del liberalismo, con las distintas guerras
expansionistas de Napoleón, se difundieron a lo largo del continente. Co-
menzaron una avalancha de revoluciones imposible de detenerse. De esta
forma Italia comenzó a gestar el pensamiento liberal, con la finalidad de
crear una república italiana. Y diversas insurrecciones se verificaron en la
península.
128
A raíz del fracaso realizado en 1820; se planeó un segundo levantamien-
to y surgieron entonces, sociedades secretas, como la de los carbonarios,
quienes tenían un pensamiento liberal, nacionalista y revolucionario. Ellos
estaban deseosos de unificar todos los Estados de la península itálica y con-
vertirlos en una república. Por aquel entonces, los principales Estados de la
península eran: Los Estados Pontificios, Nápoles, Saboya-Cerdeña, Venecia,
Toscana, el Reino de las dos Sicilias y otros más. Dentro de estos Estados,
un pensamiento lleno de sedición se encendió, pero: “En Módena surgió el
primer foco de la rebelión que se propagó por toda la zona central de la Pe-
nínsula123”. Sin embargo, el levantamiento fracasó por haber sido víctima de
un dolo por parte del Duque Francisco IV. Este hombre estableció relaciones
con los carbonarios prometiéndoles su apoyo; aunque, en el momento de la
acción los traicionó.
123 Historia Universal, Tomo VII. “Siglo de las Luces, Revolución Francesa y Época de Napo-
león”. P. 30.
129
miento masivo, y conquistar con ello su libertad completa del imperio aus-
triaco, y de otros gobiernos locales que le habían mantenido subyugado por
muchos años. Por su parte, los carbonarios, también reconocieron que su
acción debía ser fortalecida con un programa ideológico que le ayudara a
asentar las bases de un verdadero Estado italiano. El encargado de tal faena
sería Giuseppe Mazzini, quien elaboraría un programa político, que ayuda-
ría a consolidar el gobierno liberal dentro de la península.
Mazzini era un joven visionario, con un impecable ardor por ver a su
querida península convertida en una verdadera república. Cuando recono-
ció que los carbonarios no estaban preparados con un cuerpo ideológico que
les permitiera despertar el espíritu revolucionario en los italianos y les per-
mitiera derrocar a los distintos príncipes de las provincias, decidió retirarse
de la sociedad. Su retiro se debió también a su encarcelamiento, por lo que
se exilió en Marsella. Ahí fundo la “Joven Italia”; sociedad que impulsaría el
pensamiento de este hombre. Mazzini pensaba que lo que Italia necesitaba
para derrocar los gobiernos de las provincias era una estrategia de ataque,
que estuviera muy bien organizada. Si el pueblo se unía y atacaba de forma
coordinada vencería y lograría unificar a la Italia. Empero, este hombre, no
sólo propició la joven Italia, sino también, otros movimientos como la joven
Alemania, la joven Europa, y otros. Su gran inteligencia sirvió para motivar
a otras naciones aparte de la suya a independizarse y conformar repúblicas
libres.
De esta forma, el pensamiento heredado por parte de Mazzini, a sus con-
ciudadanos, unido al deseo ardoroso de grandes personajes de la historia
como el rey Víctor Manuel II, Cavour y Garibaldi hicieron posible la unifi-
cación de Italia. La libertad fue alcanzada con un alto precio de sangre; pero,
por fin en marzo diecisiete de 1861 se proclamó el reino de Italia –dejando
fuera a Roma y Venecia; a pesar de este pequeño contratiempo geográfico;
en julio de 1871 se logró su unión y por fin existió la República Italiana.
130
así como a la rueda de la constante modernización de los Estados y de la
expansión militar.
b) Alemania
La historia de los estados alemanes fue similar a los de Italia. Estos,
por años habían permanecido bajo el dominio de los gobiernos de Prusia,
Austria y otros, cuya fuerza militar les hacia invencibles. Lo que sucedía a
estos Estados –tanto italianos como alemanes –era que su permanencia a lo
largo de muchos años bajo el yugo de otras naciones, les había hecho perder
la seguridad en sí mismos, llegando a sentirse impotentes para combatir al
enemigo. Ellos desconocían sus propias fuerzas; las cuales hubieran podido
ser mayores, de haber hecho causa común en las batallas; pero, su temor
frente al adversario y su constante dominación les había otorgado como le-
gado una actitud de sometimiento y dependencia.
131
nalista y hegeliano. Esta riqueza de ideas promovió la creación en 1819, de
un proyecto llamado “Zollvereina”, que consistió en una unión aduanera a
través de la cual se favoreció la industria y el avance de las vías férreas. Este
desarrollo industrial hizo posible que los Estados prusiano-alemanes se uni-
ficaran y tomaran fuerzas para expulsar a los austriacos.
132
pensamiento. Por ello, se afirma que, cada etapa histórica ha tenido su pro-
pio cuerpo de ideas. Por ejemplo, en las sociedades antiguas prevaleció un
pensamiento esclavista. La humanidad entera consideraba como lo más
normal que unos pocos fueran esclavizadores y las grandes mayorías fueran
los esclavizados. La educación incluso giraba en torno a formar en las elites
privilegiadas este tipo de pensamiento. Algo similar ocurría durante la Edad
Media; período durante el cual prevaleció un pensamiento místico, asceta y
con un rasgo sobresaliente de oscurantismo. Era, además, un pensamiento
que se caracterizó por tener una concepción ascendente y descendente de
la vida. Las clases nobles y los clérigos dirigían su mirada hacia lo bajo; es
decir, hacia los siervos del Estado y elevaban su vista para reconocer el poder
absoluto de Dios. En cambio, los pobres debían elevar su vista en dos direc-
ciones: Al cielo y a sus señores. En base a este pensamiento, se educaba a las
elites encargadas de gobernar los feudos y reinos del momento.
133
En cambio, la ideología pasa a ser todo un sistema bien organizado y
concatenado de ideas. Esas ideas pueden ser de tipo político, económico, re-
ligioso, ético-moral, y filosóficas. En otras palabras, la ideología es el sistema
que un gobierno utiliza para gobernar una nación. Dentro de la ideología
se contempla con mayor énfasis la política y la economía; pero, no puede
dejar de lado los demás aspectos porque son ellos los que indican el camino
a seguir para obtener un cierto perfil de hombre. Todo modo de producción
económico y todo sistema político imperante reclaman un determinado
perfil de hombre que sea capaz de hacer frente a los retos presentados por la
ideología en el poder. He ahí, que los gobiernos se auxilian de la educación
para establecer los sistemas educativos adecuados a fin de producir el hom-
bre que llene los requisitos por ellos requerido, para que éste pueda insertar-
se a la vida productiva y coopere al desarrollo de la nación.
2.1. Liberalismo
134
los áureos días de la Revolución Francesa por influencia de la burguesía,
que comenzaba a discutir el poder estatal con la agonizante monarquía; con
el propósito de imponer un “régimen democrático-liberal125”. El liberalis-
mo fue la ideología perteneciente a la burguesía quienes: “querían reformar
radicalmente la monarquía haciéndola pasar de absolutista a constitucio-
nal126”. Su afán de lucha tuvo como cúspide la conformación de esta ideolo-
gía tan radical y vertiginosa. Los arquetipos proporcionados por la endeble
monarquía, no permitía a la naciente burguesía lograr un óptimo desarrollo
de las industrias o mejor dicho del rugiente capitalismo. El liberalismo pre-
paró adecuadamente el escenario.
135
Empero, el golpe fue todavía más profundo con las medidas económicas
que se implementaron pues iban en contra de las costumbres feudalistas. La
norma había sido siempre que los señores eran los dueños de las tierras y
los siervos las trabajaban proveyendo de grandes beneficios a sus amos. De
ahí, que las nuevas medidas desagradaran. Estas eran: Brindar libertad eco-
nómica; apoyo incondicional al desarrollo industrial y científico; mejoras
de vías de comunicación, tanto marítimas como ferroviarias; abolición de
los siervos y surgimiento de la clase obrera; apoyo a la producción agrícola
según los parámetros de los fisiócratas; y sobre todo, apoyo incondicional a
todo lo que fuera modernismo y desarrollo.
136
2.2. Nacionalismo
137
cimonono estuvo plagado de levantamientos emancipadores, tanto a nivel
europeo, como hispanoamericano.
Fue así como este tipo de ideas nacionalistas condujeron al hombre bur-
gués-liberal al poder político-económico. Ellos patentaron el poder e impu-
sieron un nuevo orden que rigiera a la humanidad. Hasta aquí el naciona-
lismo puede considerarse como una corriente de pensamiento que produjo
efectos positivos dentro de las sociedades; pese a, que para lograr la libertad,
se tuvo que derramar sangre y en muchos casos se derramó innecesariamen-
te. Aunque, casi siempre ocurre que el dominado cuando alcanza la libertad
se convierte en una fiera más salvaje y sangrienta que su dominador.
Ahora bien, durante el siglo XIX hubo un nacionalismo que fue llevado
a niveles extremistas. Esto ocurrió luego que los pueblos alcanzaron la liber-
tad tan ansiada. Cuando los pueblos se sintieron libres de sus dominadores,
su espíritu nacionalista se infectó de ambición desmedida. En nombre de su
patria llevaron sus filas militares a invasiones expansionistas de otras tie-
rras; viéndose cumplida la máxima de que sangre engendra más sangre. La
humanidad vivió lo más cruel del nacionalismo extremista en los inicios del
siglo XX, cuestión no relevante en este estudio; pero, imposible de negarse.
138
extender sus límites geográficos. Por ello, un autor afirmó: “en el campo in-
ternacional producto de hecho del liberalismo fue el imperialismo127”.
El hombre del siglo XIX no fue la excepción. Quizá, por las mismas con-
diciones de represión de las ideas, por parte de los nobles; provocó que las
personas –especialmente los intelectuales, liberales y burgueses –buscaran
una forma de transmitir los conocimientos novedosos y que resultaran ex-
traños, para lo que tradicionalmente se conocía en aquel momento históri-
co. La censura de libros, panfletos o cualquier tipo de documento, despertó
aun más la curiosidad de las personas. Todos querían averiguar por qué era
139
imposible leer tal o cual libro; la prohibición convertía dichos documentos,
en algo apetecible para la mente humana.
140
Y, en el caso de ser únicamente rumores, que sobrepasaron el tiempo
y el espacio, se hace aun más llamativa la existencia de documentos cuyo
contenido no deja de ser congruente con todos los procesos emancipadores
que fueron ocurriendo en la primera mitad del siglo diecinueve, en suelo
europeo y americano. Las sociedades aquí mencionadas no deben ser vistas
como practicantes de ritos satánicos; sino, como sociedades con suficiente
fuerza política y económica para derrumbar todo un sistema de gobierno.
Por ello, hay que tener sumo cuidado de no equivocar la masonería (con
lo cual no se está afirmando que la masonería esté emparentada con ritos
satánicos) con estas sociedades secretas; algo que verdaderamente ocurrió
durante los siglos dieciocho y diecinueve, en los cuales, hubo una fuerte ten-
dencia a identificar las sociedades secretas con la masonería.
141
algunas de ellas, desaparecido totalmente, para el siglo aquí estudiado. Estas
no eran algo novedoso.
142
el santo y seña; gestos propios de ellos y, por supuesto, su propia filosofía.
Debido a su silencio profundo sobre sus rituales y sobre su filosofía, pro-
vocaron la persecución por parte de las autoridades reales y eclesiales; y no
por otras razones: “A los gobiernos de Europa –y en este punto estaban de
acuerdo tanto los protestantes como los católicos –no les gustaba esa actitud
de clandestinidad que les impedía estar al corriente de lo que pudiera tratar-
se en sus reuniones132”.
P. 1287.
143
Sólo así se explica cómo dos asociaciones tan divergentes entre sí: En fines,
origen, funcionamiento, etc., se fusionaran en un elemento que hizo, luego,
imposible reconocer quien era quien.
144
nos de los nombres que se les atribuyen son: “Masones, Comuneros, Anille-
ros, Carbonarios, Europeos, Club italiano y Asociación francesa136”.
Las razones por la cuales su gobierno fuera estéril no las encontró jamás,
sino, hasta el año de 1823, en el cual, comprendió cual había sido la fuerza
oculta que sigilosamente le arrebató, la corona y el poder hasta convertirlo
en una mera marioneta, que lejos de gobernar, debía dejarse gobernar. ¿Cuál
era esa fuerza que destruía sus ambiciosas quimeras? ¿Quiénes eran esos
enemigos, que en su afán por destruirle, le arrebataron todas sus colonias?
¿Era acaso su destino el que había sido trazado así desde lo alto, o alguien se
había encargado de destruirlo? Todas las respuestas a estas y otras incógni-
tas no las encontraba en ninguna parte; temía antes bien encontrarlas; pues
sabía, de antemano, que su corona ya no era más que un mero objeto deco-
145
rativo. El poder de su corona, el brillo de su imperio, la grandeza de sus co-
lonias se habían esfumado de un momento a otro. Y, todo era irrecuperable.
Fernando VII conocía muy bien que la grandeza de las monarquías eu-
ropeas había tocado a su fin. Era tiempo que la monarquía cediera su lugar
a los gobiernos liberales, republicanos y constitucionales. Sabía que ello iba
a ocurrir algún día; pero, nunca imaginó ser él, quien iba a representar ese
capítulo, de la historia, tan duro. Luis XVI, representó el suyo; Fernando VII
debía, por ende representarlo también; tal y como más adelante lo haría,
Nicolás II y tantos otros reyes. La monarquía se derrumbó dando paso a una
era de descubrimientos científicos; a una era en la que el desarrollo indus-
trial era lo único que importaba; así como el comercio ultramontano. Sin
embargo, ¿Qué fuerza, qué poder fue el que precipitó la caída de este último
monarca –a ultranza –en España?
El partido realista –al igual que la Santa Inquisición y el resto del clero
–permanecieron por bastante tiempo tratando de comprender y encontrar,
por qué razones era que el hijo de Carlos IV, había perdido el poder –un
poder que desde el momento mismo en que se lo arrebató a su padre había
sido débil. Empero: “No es hasta 1823 cuando la administración española
se da cuenta cabal de lo que es y significa la Masonería; pero cuando de
una manera efectiva y rotunda el Rey don Fernando VII llega a imponerse
de los sistemas y maquinaciones adoptados por la secta para conseguir sus
fines políticos, es en abril de 1825, el Trono de España es compartido con la
Masonería sin siquiera sospecharlo el propio Monarca137”.
146
Este fue el ambiente que el destronado rey encontró en su país. Fernan-
do, para el año de 1814 –año de su retorno a España –inicia la persecución
en contra de toda secta masónica, secreta o que tuviera alguna semejanza
con ellas: “con la vuelta de Fernando VII se inicia una etapa de represión de
la masonería; represión que en algunos sectores no había dejado de existir,
pues incluso en el Cádiz de las Cortes, el Consejo de Regencia dio una real
cédula, el 29 de enero de 1812, en la que se confirma el real decreto del 2 de
junio de 1751; y se vuelve a prohibir la francmasonería en los dominios de
las Indias e islas Filipinas139”.
P.1303.
140 Ídem. P. 1302.
147
Unión y Alerta141, conteniendo los reglamentos de la Masonería indígena”.
Estos folletos fueron tomados por él, según el mismo lo declara: “del Archi-
vo General del Ministerio de Justicia de España; de otra, de la colección de
Gacetas de Madrid, consultada en la Hemeroteca Municipal de esta capital.
Los originales están a la pública disposición, pues a pesar de las reiteradas
quemas de archivos y bibliotecas con que la Masonería nos ha favorecido
desde 1820, no ha logrado borrar enteramente su rastro142”.
Parece un poco paradójico, que siendo sociedades secretas cuyo fin era
mantener todo en incógnita publicaran su reglamento de forma libre, y para
ser entregado a diestra y siniestra. Pero, en realidad, no lo era. Para cuando,
el reglamento fue publicado, puede afirmarse que el golpe a la monarquía
española ya había sido infligido, sin existir manera de retornar atrás. Pre-
sentar esta documentación a ojos públicos, no era más que reafirmar que
ellos tenían el poder y no el rey. Vinculada a esta situación, existe el hecho de
que el susodicho folleto fue publicado bajo un nombre que lejos de indicar
su relación con la masonería o alguna sociedad secreta; hacía creer que se
trataba de un simple volante en el cual se trataba de llamar la atención de
los españoles para que estos recapacitaran sobre la marcha de los asuntos
políticos y económicos de aquella época; especialmente, porque las colonias
americanas ya se habían sublevado y estaban en pleno proceso de conforma-
ción de Estados libres y realmente, constitucionales.
148
a la humanidad del siglo diecinueve; debe considerarse con cierta cautela;
dado que, el tipo de plan dispuesto por las susodichas sociedades secretas,
más parece elaborado por mentes del siglo veinte. Su complejidad y profun-
do conocimiento de las vías para atacar a la política y al sistema económico
de aquel entonces, es obvia y eso es lo que más a trae la atención.
149
De ahí, que las sociedades secretas, dentro de su plan contemplaban, en
el articulo decimo quinto lo siguiente: “En cuanto al restablecimiento del
Sanguinario Tribunal de la Inquisición, se han de poner todos los medios,
aun los más costosos y difíciles, para la oposición, pues sólo él puede des-
truir en tres meses lo que tantos esfuerzos nos ha costado en más de noventa
años. Este defensorio de la superstición es el encanto de todos los fanáticos y
por esto debemos procurar con más conato su destrucción y aniquilamien-
to…Para lograr este triunfo, debemos empeñar en cuanto nos sea posible
a todos los Extranjeros estantes en España, incluso los Judíos, a fin de que
busquen y faciliten relaciones con los Franceses, que ocupan militarmente
la España, y son de nuestra hermandad, y muy especialmente con los Emba-
jadores y Ministros extranjeros, con el objeto de que cada uno de ellos por
su estilo y valiéndose de los medios que estén a su alcance, lo imposibiliten y
retarden para que con la perversión de ideas que pululan en toda la Nación,
cada vez se haga más intolerable y, por consiguiente, más difícil su restaura-
ción: Unos procurarán difundir que se opone al comercio de los extranjeros;
otros, a las luces del siglo, por cuanto nos privamos de los libros que salen en
los demás Reinos; aquellos, que se opone al establecimiento de casas extraje-
ras que aumentarían la población y la riqueza nacional; estos que atrasamos
en la Agricultura…143”.
El ataque contra la Santa Inquisición tenía una razón de ser muy fuerte.
Quizá, ninguna otra organización de aquel momento, haya gozado de tanto
respeto e inspirara tanto temor como ésta. Pese, a que muchos habían pere-
cido bajo su brazo amenazador, las grandes mayorías del pueblo respetaban
y hasta clamaban a don Fernando por su instauración –luego de que las Cor-
tes la suspendieran –pero, una vez desaparecida esta institución ya nunca
más volvió a la vida. Su sólo existencia, hacía temer a liberales y burgueses;
las ideas liberales no prosperarían si esta organización no desaparecía de
una vez por todas.
150
y libertinaje y amor a nuestro gran Sistema: Lo mismo se hará, respecti-
vamente, con los catedráticos y Maestros de las Universidades y Colegios;
se estorbará cuanto sea dable se proponga el plan nuevo de estudios para
todo el Reino y se apruebe, y por consiguiente, con esta tardanza se logrará
extender nuestra Santa Doctrina, nuestras opiniones políticas y religiosas,
la tolerancia, fruto de nuestros conatos, y todo cuanto los fanáticos llaman
impiedad y libertinaje144”.
151
tivar aquellas revoluciones y poner en ejecución los planes que se acaban
de adoptar para saber la marcha de las demás Naciones de Europa145”. La
expansión de las sociedades secretas a suelo americano no es falso, más ade-
lante dentro del apartado de la Santa Inquisición se muestra como esta insti-
tución lucho contra asociaciones de esta naturaleza. Se cree, que muchos de
los movimientos emancipadores de aquella época se vieron impulsados por
estas fuerzas antagónicas. Y, en cierta medida, al analizar estos movimien-
tos, se observa en ellos una cierta concatenación. O, es que, en el mejor de
los casos, el que todos los levantamientos hayan ocurrido de manera progre-
siva, fue azar del destino.
152
levantamientos, que en ellas estaban tomando lugar. Pero, él desatendien-
do las órdenes reales, procedió a efectuar un pronunciamiento en enero de
1820 en Sevilla. Recorrió parte de España, afamando la Constitución de las
Cortes de Cádiz de 1812. Su actitud no permitió a la monarquía española,
someter a las colonias alzadas; sino, más bien ayudó a los criollos, continuar
en su lucha emancipadora. Sumado, a esta actitud de rebeldía, Riego fue uno
de los principales jefes militares que combatió en contra del ejército de los
Cien Mil Hijos de San Luis, que fue justamente enviado por parte de la Santa
Alianza para devolver el poder a don Fernando.
153
apoyara la causa de los liberales sería perseguido o vilipendiado. Hay varios
artículos referentes a este ataque; pero, aquí, solo se presentan algunos. En el
articulo trigésimo octavo, referido a los Obispos, establecieron: “En el caso
de que se nombren algunos, se procurará que sean personas sin literatura y
sin virtud, que más bien hagan daño que provecho a la Iglesia; pues una de
las cosas interesantes a la Orden ha de ser promover el descredito del clero
por todos los medios excogitables; sin embargo, como es necesario que estos
agraciados tengan alguna bondad ostensible para poder alucinar a S. M., se
procurará que tengan fama de partidarios realistas, aunque sus costumbres
sean desarregladas. También convendrá hacer estas gracias sin orden, por
ejemplo: dignidades y deanatos se les darán a jóvenes casi sin meritos; y a
los realistas que los tengan, raciones o canonjías, de forma que de las mis-
mas gracias hechas sin discernimiento, provengan quejas, murmuraciones
y descredito del Gobierno, y a las Iglesias, los males que deben experimen-
tar de semejantes agraciados. De esta manera, indirectamente, estas elec-
ciones propenderán a desconceptuar a los Ministros de la Iglesia y al Rey.
Dos máximas generales sobre que estriba todo nuestro gran sistema149”. Lo
que estas sociedades secretan pretendían era lograr desprestigiar totalmente
a los nobles y al clero. Sabían que el pueblo español, era extremadamente
católico y esa misma religiosidad, les confería unidad. Un pueblo unido no
conviene al momento de derribar un gobierno. La difamación fue el medio
para dividir a la nación e introducir el nuevo orden tan esperado por estas
asociaciones secretas.
Todavía hay otro artículo –el trigésimo tercero –más, en el que aparte
de referirse a los cargos que los integrantes de las sociedades secretas deben
ejercer, exponen que tipo de ocupaciones les pueden ser útiles a ellos: “Los
empleos que nos convienen que estén en manos de nuestros Hermanos son
los siguientes: Los cinco Ministros del Despacho, los Oficiales de todas las
Secretarías, los Capitanes Generales de las provincias, sus Gobernadores y
Secretarios, los Intendentes, Oidores, Corregidores, Alcaldes mayores de las
ciudades y villas, después los Inspectores Generales de todas las armas, los
Consejeros de Castilla y Hacienda e Indias, los principales empleados del
Palacio del Rey, y en general los Colegios de los Abogados y demás personas
que de cualquier modo puedan influir por sus destinos en el bien público.
Se exceptúan todos aquellos empleos llamados eclesiásticos, como son de
154
Obispos, Canónigos y Curas, a los cuales siempre deberemos mirarlos como
enemigos de nuestro reposo y de las luces del siglo, y en cuyos destinos,
con dificultad podrán algunos de nuestros Hermanos entrar a obtenerlos,
por la suspicacia de aquellos fanáticos prelados y sus curiales. Los secula-
rizados que hayan dado a conocer su ardiente adhesión al sistema Consti-
tucional, pueden hacernos servicios muy interesantes hasta cierto grado y
de ellos podremos fiarnos hasta que nos convenga deshacernos de ellos150”.
Este artículo pone en tela de juicio la participación de algunos miembros
del clero dentro de los movimientos emancipadores dentro del territorio
salvadoreño, centro americano y por qué no decirlo, de Latinoamérica ente-
ra. ¿Estaban enterados todos los miembros del clero que participaron en los
movimientos del 5 de noviembre y del 15 de septiembre sobre los planes de
las sociedades secretas, o no? ¿Qué tipo de información se les habrá otorga-
do a estos clérigos para que ellos aceptaran formar parte del levantamiento?
¿Formarían también ellos parte de las sociedades secretas, como muchos
otros que en un inicio pidieron admisión dentro de la masonería? O ¿Es que
simplemente fueron usados hasta que a las sociedades secretas les convino y
luego los desecharon?
155
ción”. Y, cómo castigar a los que cometieran este delito si la policía estaba de
su lado.
156
den atribuir a una mente poética, con ansias de escribir una mera leyenda
del momento. El pensamiento plasmado en estos materiales, permite entre-
ver una mente con un poder de maquinación bastante elevado; así, como
bastante congruente con los hechos que se desencadenaron en la primera
mitad del siglo XIX. Finalmente, baste mencionar que se ha creído que por
la magnitud y auge que el fenómeno de las sociedades secretas tuvieron en
tal momento; no podían ser excluidas de este trabajo; especialmente por su
ataque contra la Iglesia; institución directamente en relación con el presente
estudio.
157
El error más grande del gobierno español fue haberse dividido y haberse
sumido en una serie de conflictos innecesarios, como la existencia o desapa-
rición de la Inquisición; y otra serie de problemáticas que no eran de urgen-
cia en aquel momento histórico. Su preocupación por los asuntos externos
e internos hizo que desviara su interés de las colonias y las abandonara a su
libre albedrio; permitiendo a las colonias diseñar un plan liberador.
En suma, surge, de este modo, el interés por estudiar estos aspectos que
perjudicaron los intereses de los españoles; más, que favorecieron a los go-
biernos criollos en América. Es un hecho conocido, que el territorio latino-
americano jamás hubiera alcanzado su libertad de no ser que determina-
das coyunturas económicas, políticas y sociales ocurridas en España, tanto
a nivel nacional como internacional, le permitieron avanzar en su proceso
emancipador. En síntesis, es el conjunto de las coyunturas ocurridas a nivel
nacional lo que se contempla en el siguiente apartado; dado que las coyun-
turas a nivel internacional ya fueran expuestas en los apartados anteriores.
1. Liberalismo español
158
tidad de conservadores: “La clase ilustrada no estuvo a la altura del credo
basado en sus supuestos intereses; y es que en España, la propaganda de las
luces no pudo por sí sola forjar una burguesía a imagen y semejanza de la
francesa…152”. El proceso mediante el cual los liberales alcanzaron el poder
fue largo y duro de conseguir, puesto que la sociedad española no era de
corte liberal sino muy apegada a sus costumbres y creencias populares de
bastante antigüedad. Aunado a esta situación estaba el papel desempeñado
por la Santa Inquisición –institución de larga y profunda trayectoria en Es-
paña –la cual no dejó actuar con libertad a los librepensadores.
159
francesa residente en España154”. El rechazo causado en contra de la revolu-
ción debido a la sangre derramada y segundo la prohibición del gobierno es-
pañol de esparcir las noticias del suelo francés detuvieron en cierta medida
el avance de la ilustración y del liberalismo. El gobierno monárquico español
tuvo miedo de correr con la misma suerte que Luis XVI. También, el clero
temió vivir la misma tragedia que la clerecía francesa, por ello, monarquía
y clero se unieron en la lucha –más que nunca – contra el espíritu revo-
lucionario: “Gobierno e Inquisición cooperaban en el común empeño por
descubrir los libros peligrosos155”. Los españoles no deseaban ver repetida la
historia de los franceses en sus territorios. A ello se debió que los dos pode-
res más grandes desde el pasado, unieran fuerzas –como ya era costumbre
–haciendo causa común contra el enemigo. De lo cual se puede concluir, que
la alianza Iglesia-Estado en los suelos hispanos era muy fuerte.
160
el paso de los años, el rey Carlos III falleció y el gobierno de Floridablanca
desapareció. El mando le fue adjudicado, de esta manera al hijo del rey quien
se llamó: Carlos IV. Bajo el reinado de este monarca, el liberalismo trataría
de abrirse campo y las colonias hispanas acabarían por perderse, debido a
las políticas administrativas que tomó; así como al descuido en que las tuvo.
Esta situación interna tan polémica provocó una crisis –así como la per-
fecta coyuntura que permitió a las colonias hispanas liberarse del yugo pe-
ninsular –profunda en la que el pueblo se amotinó para pedir la destitución
de Godoy. En dicho levantamiento (ocurrido entre el 17 y 19 de marzo de
1808) denominado “Motín de Aranjuez”, no sólo estaba participando el pue-
161
blo sino la clase aristocrática: “El motín de Aranjuez, que derribó a Godoy
y a su rey no fue obra, sin embargo, de la opinión “liberal” informada. Fue
maquinada por un grupo de nobles descontentos en alianza con la facción
del Príncipe de Asturias…157”. El excesivo divisionismo en que los españoles
se mantuvieron desde las últimas décadas del siglo decimo octavo conduje-
ron a España a la pérdida del gobierno monárquico, tanto como a la pérdida
de su imperio colonial.
Las clases sociales altas se aprovecharon del hecho que Godoy trató de
llevar a Carlos IV hasta Sevilla, con el propósito de ceder paso a Napoleón.
Tal hecho podía ser tomado como huida de parte del rey. Sin embargo, lo
que éste deseaba, era lo contrario: “es una ironía que Godoy fuera derribado
y tratado ignominiosamente como un traidor en el momento en que estaba
decidido a oponerse a Napoleón158”. Lo que aconteció en esos momentos, es
que los aristócratas se percataron que sus intereses estaban siendo dañados
por lo que tenían que implementar medidas políticas adecuadas. Su vida
lujosa y palaciega no era como antes. Las colonias hispanas ya no producían
las ganancias del pasado y ellos añoraban esos días. De esa forma, pidieron
la destitución de Godoy pero también reclamaron la destitución de Carlos
IV: “otra muchedumbre obligó a Carlos IV a abdicar a favor de su hijo, el
Príncipe de Asturias, que se convirtió en Fernando VII159”.
162
Los nobles de España en su ardor por continuar con la vida cómoda que
siempre les había caracterizado, se volvieron ciegos. Su ceguera les impedía
comprender que las colonias españolas ya no podían ser dominadas por na-
die. Éstas ansiaban libertad, ansiaban poder constituir sus propias repúbli-
cas. A su vez, estaban tan ciegos, que no fueron capaces de reconocer que su
divisionismo dio entrada a los liberales, perdiendo para siempre el mando.
Obtener cambios en el gobierno español hubiera sido una empresa lenta;
pero, fructífera, si la sociedad entera se hubiera sumado a tan ardua tarea.
La situación internacional en la que España estaba inmersa, no era favorable
para golpes de Estado.
Tanta conmoción interna llegó a oídos de los franceses; o sea, a los oí-
dos de Napoleón Bonaparte. La presencia de Murat en suelo hispano había
provocado que el Emperador estuviera al tanto de todo: “…próximo al pa-
163
lacio Real, ni siquiera había tenido la cortesía de ir a presentar sus respetos
al nuevo monarca161”. Fernando VII fue un idealista al pensar que colocar
la corona en sus sienes le haría hombre de respeto en un ambiente lleno de
sedición. Al contrario, su actitud demostró lo abandonado que estaría en un
momento de invasión, porque sus ciudadanos estaban sumergidos en una
ola de contrariedades. Bonaparte, quien tenía por costumbre sacar provecho
de las circunstancias que la vida le ponía enfrente, aprovechó la coyuntura
para su causa: “En abril, en Bayona, Napoleón, que ya había introducido en
España las tropas francesas, obligó a Fernando a abdicar el trono de España
a favor de José, hermano del Emperador162”.
161 Espadas Burgos, Manuel y De Urquijo Goitia, José Ramón. “Historia de España. Guerra de
164
del progreso y por supuesto, del liberalismo, que cada día tomaba más vigor
en los territorios europeos; y que se expandía a suelo latinoamericano.
2. Invasión Napoleónica
165
un punto favorable para él y su familia. Una vez su ejército atravesó las fron-
teras españolas –con alrededor de veinticuatro mil elementos –tomó el con-
trol, desbancando del poder a padre e hijo. Para lo cual, los hizo prisioneros.
La corona española únicamente paso de la cabeza de Carlos a Fernando; y de
la de Fernando a José. No tuvo don Fernando más salida que ceder el gobier-
no español al hermano de Napoleón: José Bonaparte, quien tomó el nombre
de José I. Esta acción por parte de Bonaparte era de esperarse a causa de que
España misma con su profunda fragmentación en distintos pareceres debi-
litó al país. La falta de unión de un territorio la convierte en plato predilecto
de enemigos más fuertes y avezados. Esta acción, era del gusto de Bonaparte,
puesto que en sus planes contemplaba que su familia ocupara los tronos de
Europa y de esa forma, el sería obedecido totalitariamente.
Para hacer frente a los ejércitos franceses, los ibéricos conformaron las
famosas Juntas; las cuales fueron el bando de resistencia dando inicio a la
“Guerra de Independencia”. No se debe confundir esta guerra, con el movi-
miento libertario de las colonias americanas. La guerra de independencia
tomó lugar en suelo español y fue dirigida contra el ejército francés. El pue-
blo hispano fue el que se levantó en armas formando innumerables juntas,
que eran acaudilladas por una Junta Central, desde la cual se expedían las
órdenes. Estas juntas crearon una nueva forma de lucha, contra la cual Na-
poleón no esperaba entrar en pugna. Esa técnica de ataque fueron las “gue-
rrillas”. Importante mencionar que estos grupos llamados guerrillas no es-
166
taban conformados por personas de la nobleza. Sino que mayoritariamente
por personas del pueblo. El pueblo defendió a España y no los nobles.
167
Hubo mayor apertura, también, para los habitantes de las colonias latinoa-
mericanas, a las cuales, se les pidió enviar emisarios a las Juntas. Dichos
personajes serían los representantes oficiales de los criollos americanos.
168
dencias era evitar a toda costa que las ideas liberales se extendieran entre la
población. Se crearon cinturones de seguridad para alejar cualquier libro,
cualquier noticia e incluso, cualquier extranjero; pero, todos sus intentos
fracasaron. A Napoleón se le podía combatir con Wellington y las guerrillas;
pero, cómo combatir las ideas.
169
siglo decimonono), para alcanzarlo eran buenos o no; es punto a tratarse en
otro estudio. Para el presente basta señalar que la sociedad española tuvo la
posibilidad de no rezagar su desarrollo, dado el trabajo que se tomaron los
integrantes de la Junta.
170
no podía experimentar movilidad vertical. Los estamentos españoles eran
círculos sociales cerrados con un perfil medieval, por lo que ascender de un
estamento a otro era un evento raro. A pesar de los cambios experimentados
en su vecina nación francesa, España aun mantenía una división social simi-
lar a la de la Edad Media; es decir, conformada por nobles, clero, caballeros,
siervos, artesanos. En otras palabras; la sociedad no había entrado aun, en
un proceso de modernización.
165 Tuñón de Lara, Manuel. “La España del siglo XIX”. Pág. 18
171
das y en nivelar a los hombres por sus méritos y no por eso que titulan cuna?
Abrazaré, Señor, tiernamente y estrecharé en mi pecho entre los brazos a un
negro, a un etíope si lo veo adornado de merecimientos y virtudes; miraré,
por el contrario, con execración y oprobio y escarnio a un grande de la Na-
ción, por otra parte prostituido166”. Era, esta, una nueva forma de pensar y
visualizar la realidad de la humanidad. Empero, lo que sucedía en España,
es que ésta estaba muy apegada a sus tradiciones, antiguas formas de com-
portamiento y costumbre religiosas (asunto a tratar en otro apartado). Le
tomaría tiempo entender que la estratificación social medieval ya no era
efectiva, ni eficiente para el nuevo siglo. Es más, los estamentos españoles
cuyo orgullo, reposaba primariamente, en el origen de cuna, fue promotor
del enfado que los criollos ostentaban en contra de los peninsulares. Esa fue
una de las razones, por la que estos hombres americanos procedieron a di-
señar la emancipación, como forma de liberarse de una sociedad donde sólo
los peninsulares gozaban del derecho de desempeñar cargos importantes,
dentro de la política, economía y rangos militares. Fue inmerso en seme-
jante contexto social que las Cortes, con un eminente perfil liberal, desa-
rrollaron su papel y en el que la Junta decide elaborar una Constitución. Su
visión y concepción del mundo sería comprendida por pocos, incluso, el rey
Fernando se sintió atacado por los artículos estipulados en el documento.
Con este documento, se derrumbó el mundo estamental y comenzó la era
de burgueses y obreros.
172
Al estar las tierras confinadas en pocas manos era normal la existencia
de siervos dentro de los territorios hispanos. El siervo era una persona que
por sí misma no podía sobrevivir. Dependía totalmente de su señor; vivía
en las tierras del señor; pero, no gozaba de propiedad alguna. Fue el sistema
económico de la Edad Media, el que, estableció la existencia de siervos y se-
ñores. Ambos estratos sociales mantenían una relación simbiótica entre sí.
Los señores necesitaban que los siervos trabajaran las tierras y produjeran el
sustento de sus familias. Mientras, los siervos trabajaban, los señores hacían
la guerra e incrementaban sus territorios y riquezas. Los siervos necesitaban
de los señores porque ellos les daban protección, dado que, en la Edad Me-
dia era de lo más común las invasiones y las guerras de feudo a feudo por lo
que los siervos temían por sus vidas. La mejor manera de estar seguro era
trabajar para un señor, a quien se le podía pagar en especie o con el trabajo
manual.
La situación tan preocupante para todos había venido siendo tema tra-
tado desde antes que el siglo dieciocho acabara. En 1795, Gaspar Melchor
de Jovellanos –quien gozaba del favor de Campomanes –redactó el Informe
en el expediente de Ley Agraria. En este material el denunció el problema
causado por el régimen español de tenencia de las tierras. De acuerdo, a Jo-
vellanos las tierras debían ser redistribuidas; es decir, había que implemen-
tar una reforma agraria que acabara con las formas tradicionales de tenencia
de la tierra.
Sólo para formarse una idea del problema, en aquel momento histórico,
es vital mencionar que la tierra estaba divida de la siguiente forma: “de 55
millones de aranzadas de tierra cultivada, 17 599 900 lo eran de realengo
173
(esto es, sus habitantes estaban considerados como súbditos del rey, que era
su señor), mientras que 28 306 700 eran de señorío secular (los habitantes
eran súbditos del señor y propietario, a la vez) y 9 093 400 eran de señorío
eclesiástico (las veces del señor eran cumplidas por una institución eclesiás-
tica)168”. Los siervos y vasallos no aparecen como tenedores de propiedad
alguna. Ellos poseían el permiso de vivir en las tierras, pero, carecían de
derechos de propiedad privada. Semejante situación agravaba más la vida
de las masas.
A su vez el comercio español se vio mermado por dos razones: “la Gue-
rra de la Independencia, que provocó una alteración fundamental de la eco-
nomía del país; la segunda es la perdida de las colonias con el consiguiente
hundimiento de la Hacienda y de las fabricas españolas que tenían en ellas
un mercado reservado y junto a ellos hay que reseñar un florecimiento del
contrabando, fundamentalmente inglés y francés170”. Difícilmente, España
podía obtener ganancias del comercio. Su situación tan deleznable le hacía
presa fácil del mercado negro, el cual acaba con las economías de los países.
Y, aunado a esta situación toda la organización político-económico seguía
funcionando sin mayores reformas. La pobreza era inminente. España nece-
sitaba reorganizar su política y su economía.
174
Lo arriba expresado, no significa que la corona nunca había hecho nada
por solucionar el problema. Por ejemplo, el gobierno español había tratado
de aplicar algunas reformas, como la desamortización de tierras eclesiásticas
impulsada por el conde de Aranda. El Papa dio la venia para proceder a la
aplicación de tal medida alcanzado un “valor de 6 400 000171” reales. Otras
medidas fue entregar a personas pobres, tierras abandonadas o que sus due-
ños no las cultivasen. Sin embargo, todas estas medidas fueron insuficientes.
El valor obtenido, por ejemplo, de las tierras eclesiásticas fue como una gota
en el océano. La situación económica estaba tan mermada que lo urgente,
no era vender tierras, sino modernizar los modos de producción –algo que
requería una reorganización de la pirámide social.
A su vez, empobrecieron a las colonias, dado que les quitaban las mate-
rias primas, sus recursos y riquezas, sin retribuirles en la misma cantidad.
Las colonias estaban cansadas de exportar en altas cantidades, sin importar
nada a la inversa. Los criollos reclamaban ganancias para ellos, pero, los
ganadores reales eran el rey, los peninsulares y el clero. Esa situación –se-
gún ellos –debía cambiar; de ahí el descontento de estos individuos. Así fue
como el malestar dentro de las colonias se fue extendiendo. Lo peor era
que los criollos no podían desempeñar cargos, por razones de origen. El rey
delegaba funciones, casi siempre, en peninsulares y no en los criollos. De
esta forma, los criollos no percibían ganancias del comercio, ni mucho me-
nos por desempeñar cargos públicos. El descontento a nivel peninsular, así
175
como en las colonias tomó fuerzas hasta el punto de que cuando el rey, fue
apresado por Bonaparte, tanto peninsulares como criollos acordaron que
lo mejor para todos era llamar a Cortes. Por otra parte, los integrantes de la
Junta, desconocían cuando regresaría don Fernando, siendo el camino más
seguro, crear un gobierno constitucional. Con el rey ausente, la monarquía
era innecesaria.
Las Cortes de Cádiz fueron el medio para dar muerte a la agónica reale-
za, permitiendo a España insertarse en la era moderna. Las Cortes acabaron
con vasallos, señores feudales, la santa inquisición, a parte de una serie de
privilegios que beneficiaron a unos pocos a lo largo de muchos siglos. En
conclusión, resalta que lo mejor que la Junta hizo en su tiempo de gestión
fue convocar a Cortes, aun bajo condiciones de guerra contra Francia y con
el peligro de ser destruidos por José I.
176
historia, dado que fue en ese lugar donde España dio a luz su primera Cons-
titución. Llama la atención que el desempeño de los diputados españoles,
dentro de las Cortes, fue en bandos. Con seguridad se puede afirmar que
trabajaron en partidos, uno realista, un jovellanista y otro liberal.
177
parroquial por el Arzobispo de Toledo. El Secretario del Despacho de Gracia
y Justicia, Nicolás María Sierra, tomó juramento de todos172”.
siglo XIX”. P. 38
178
El segundo artículo estableció la democracia. Ya no era importante –
para los españoles –el descender de cuna. Los derechos de pureza de sangre
quedaron de lado. Y, en el articulo tres, se habló por primera vez de una so-
ciedad civil, olvidándose por entero, de vasallos, siervos y señores. En otras
palabras, las Cortes –en ausencia del rey –trataron de fijar las bases de un
gobierno liberal. Para lograrlo, promulgaron cambios que auguraban la ex-
tinción de la monarquía antigua por ser un régimen demasiado antiguo y
caduco. En la Constitución estipularon que el rey quedaba habilitado para
designar ministros; pero, quedaba inhabilitado para aplicar las leyes.
Los diputados de las Cortes con este golpe al papel del rey, estaban qui-
tando el dominio absoluto del monarca. En el régimen de monarquía abso-
luta, el rey lo era todo. Él podía disponer y hacer cualquier cosa que fuera de
su antojo. Incluso disponía de la vida de sus súbditos. Tanto dominio rete-
nido en un solo hombre no es recomendable, porque se cae en un abuso de
poder. Las Cortes trataron, entonces, de minimizar ese señorío y trasfirieron
la aplicación de las leyes a los tribunales, no inquisidores, sino tribunales
compuestos por hombres de leyes. La Inquisición fue atacada duramente
por las Cortes por todos los flancos. Ese tipo de predominio de la Iglesia
ya no era de agrado para muchos de los participantes de esta memorable
reunión, de ese modo “se declaró inconstitucional la Inquisición174”. Nótese
que en ese primer instante no se anuló la Inquisición, ni se ordenó su des-
aparición, simplemente, se le nombró “inconstitucional”. Aun debían pasar
algunos años más para que este ente –resultado de la alianza trono altar –
desapareciera por entero.
179
corte liberal, era de esperarse que, las leyes que surgieran estuvieran enca-
minadas a apoyar medidas adecuadas a la burguesía naciente. De tal forma
que la tierra quedara en pocas manos y los más pobres se vieran obligados
a trabajar para los grandes terratenientes. El pueblo pobre y olvidado sólo
pudo vender su mano de obra. Era una teoría fisiócrata.
180
siásticas; los gremios, vasallos y siervos. Iniciaron una reforma agraria re-
partiendo tierras comunales o abandonadas a pobres o militares dados de
baja por el ejército; acabaron con la censura de libros; crearon un sociedad
civil; impusieron impuestos a todos; crearon el poder tripartito: Legislativo,
judicial y ejecutivo, aboliendo el poder real; y, en fin crearon una sociedad
moderna. El liberalismo con sus ideas había entrado a España. Fueron las
Cortes, primordialmente las que ayudaron a España a salir del mundo anti-
guo en que aun reposaban. Ellas ayudaron al país a tomar un nuevo rumbo
en la historia.
181
bajo de unos cuantos hombres. En segundo lugar, tiene como característica
el ser una constitución cuantiosa en su contenido: “La Constitución contaba
con 384 artículos, repartidos en diez títulos de desigual extensión178”. Sí se
analiza este hecho, es notable que para el momento histórico en que fue ela-
borada, se establecieran tantos artículos.
182
paña tuvo una Constitución que le confirió representatividad no sólo a las
personas de origen noble; sino a las grandes mayorías del pueblo. Fue un
documento popular, tanto como el redactado por los francos.
183
8. Conceder honores.
184
1. No poder impedir ni suspender las Cortes.
185
por largas centurias. El poder de los reyes había sido de tal envergadura
que lo que ellos decían u ordenaban era infalible. Posiblemente, en varias
ocasiones hicieron un bien; pero, en la mayoría de los casos se dedicaron
a cometer abusos de poder, lo cual conllevó a perjudicar a los más necesi-
tados y beneficiar a las clases privilegiadas. El pueblo español, por lo tanto,
ya estaba cansado de tanto abuso y reclamaba justicia. Las Cortes actuaron
por lo tanto pensando en la voluntad del pueblo, y no en la de los nobles que
habían oprimido al pueblo por años.
186
sociedad, verdaderamente justa, en la que el pueblo dejara de sufrir opresión
y sometimiento; o bien, investigar, si lo que hubo fue únicamente un cam-
bio de nombre de las instituciones de poder. Pero, en la práctica los únicos
favorecidos fueron los integrantes de la nueva clase social: La burguesía-
capitalista.
De esta forma y con todas estas medidas ya puestas en marcha, las Cor-
tes esperaron la llegada de Fernando VII; a quien en su regreso a suelo natal
“las Cortes le señalaron el itinerario que debía seguir hasta Madrid donde le
recibirían con el juramento de la Constitución de 1812, sin lo cual no podía
ejercer el poder real182”. Los integrantes de las Cortes pensaban que Fernan-
do iba a ser un rey liberal, distinto a su padre. Le llamaban el “Deseado”,
aludiendo al desprecio que causaba el gobierno francés; pero, era deseado
en términos de cambio, de reforma para el progreso y devenir de España.
Se le deseaba como futuro establecedor de un gobierno constitucional y no
continuador de una monarquía tradicional. Sin embargo, los diputados de
las Cortes estaban engañados con Fernando VII. Pensaron que marcándole
el itinerario él se vería intimidado y se sometería con gusto a las decisiones
y disposiciones de esta entidad. Pero, el nuevo rey no se intimidó y lejos de
obedecer, el 4 de mayo de 1814: “declaró nulos los actos legislativos de las
Cortes y en especial la Constitución183”.
187
que de liberal no tenía nada. Con su declaración de nulidad, España vol-
vió al régimen antiguo, es decir, a los patrones de la monarquía absoluta; y
es que no todos estaban en total acuerdo con los estatutos regulados en la
Constitución de 1812. Una parte de los diputados apoyó el requerimiento
de Fernando y juntos aprobaron un documento llamado “Manifiesto de los
Persas”, a través del cual entró en vigencia el antiguo régimen. A las personas
que aprobaron este documento se les llamó “los persas”. Dicho manifiesto
fue creado por Bernardo de Rosales quien se lo presentó al Rey para que lo
ratificara con su firma. Entre los que firmaron dicho documento estuvieron
algunos eclesiásticos. Cada uno de los firmantes recibió su merecida gratifi-
cación. Por ejemplo, Bernardo recibió como recompensa el titulo honorifico
de marqués de Mataflorida; los eclesiásticos mantuvieron sus prerrogativas
aseguradas y Fernando VII tuvo el privilegio de ser monarca absoluto.
188
salvarle de la bancarrota mientras que solo un Estado solvente podía recon-
quistar América184”. La corona española estaba en una posición muy arbitra-
ria. Para recuperar su antigua grandeza y sus colonias necesitaba del oro de
las Indias; pero, para obtener dicho oro necesitaba un país con un gobierno
estable. Las constantes luchas intestinas entre los distintos bandos que hubo
durante su reinado y los efectos de la guerra de la independencia convirtie-
ron casi en una utopía su sueño de grandeza colonial.
Para finalizar se puede afirmar que, pese a todo esfuerzo realizado por
Fernando VII de traer a España el antiguo esplendor que la monarquía ab-
soluta produjo en el pasado, sus sueños fueron sólo una quimera y no más.
La situación en las colonias se volvió cada vez más violenta e imposible de
dominar, hasta que los españoles debieron aceptar la pérdida de ellas. Con
respecto a la situación del suelo ibérico, las cosas fueron de mal en peor. La
monarquía no fructificó, sino que fracasó, porque los liberales estaban can-
sados de observar como el poder absoluto yacía a los pies del rey, ejerciendo
éste todo tipo de abusos sobre las clases burguesas y los pobres. Los burgue-
ses liberales querían el poder, deseaban ver como sus negocios y posesiones
fructificaban bajo el auspicio de medidas menos conservadoras. Además, su
odio al clero les hacia desear verlos sin posesiones y marginados como un
grupo minoritario. Ya se mencionaba como las ideas liberales implicaban
un rechazo hacia todo lo establecido; valores, costumbres, nobles y clero
era lo primero que había que derrotar y sustituirlo por un nuevo orden. Los
verdaderos favorecidos fueron como era de esperarse los liberales. El pueblo
obtuvo algunos cambios, más, la pobreza continuo.
5. Revolución de 1820
189
iban a quedar sin su debida retribución. Por un momento, pareció que la ola
de cambios y revoluciones estaba acabada; pero, pronto Fernando tuvo que
reconocer que su sueño de ser un monarca como Carlos V ya no estaba en
vigencia. Ese tipo de poderío era tema del pasado y ni él era Carlos V, ni sus
colonias eran el Imperio que dicho rey disfrutó.
190
sin embargo, en los siglos decimoctavo y decimonono su influencia se dejó
sentir. Fueron el motor de muchos amotinamientos, impulsaron la revolu-
ción francesa y su influencia sobre los gobernantes fue en incremento, hasta
ser ellos una fuerza oculta que daba o arrebataba los poderes de los países
en el mundo. Inglaterra, Francia, Rusia y gobiernos de otros países sintieron
su dominio. España –así como los gobiernos americanos – no fue la excep-
ción: “La revolución civil se organizaba en logias masónicas y la indudable
contribución de la francmasonería a la Revolución de 1820 fue lo que creó
el mito de su fuerza oculta189”. Sí la masonería era una fuerza poderosa o no
por aquellos años, no es algo que se pueda comprobar con entera facilidad.
Lo que si fue cierto, fue el hecho de que ellos obligaron a Fernando a actuar
de forma contraria a sus intereses personales, apoyando las reclamaciones
de los liberales. Segundo, hay que mencionar, que Fernando estaba conven-
cido que Riego era un militar de prestigio. Tanta era la confianza que en él
depositaba, que le nombró encargado de ir a las colonias americanas para
someter a la fuerza a los criollos alzados. Por esa confianza que le inspiraba,
los masones sacaron provecho y el sometido acabó siendo el propio rey y no
los criollos.
191
estuvo, entonces, en manos de un personaje llamado Evaristo San Miguel,
quien impulsó reformas y apoyó a todos aquellos que habían sido atacados
por Fernando. Todos aquellos hombres que fueron encarcelados o expatria-
dos regresaron a España para hacerle aun más dura la derrota a su rey. Las
reformas tomaron forma: Los mayorazgos fueron desapareciendo, la Inqui-
sición acabó por esfumarse, los privilegios de los nobles ya no existieron
y en fin, el pueblo puso sus esperanzas en este nuevo gobierno. La nueva
administración liberal tomó en sus manos los problemas del país: Una lucha
intestina de los absolutistas por retornar el dominio total al rey; el levanta-
miento de las colonias americanas y mantener sometido al rey a lo estipula-
do en su juramento a la Constitución de 1812. La bonanza del accionar del
estrenado régimen liberal provocó una admiración mayor –y agradecimien-
to en cierta medida –por el coronel Riego, a quien se le concedió el honor de
ser nombrado Presidente de las Cortes en el año de 1822. Empero la cúspide
de su carrera se vio destrozada por la intervención de la Santa Alianza.
España estuvo presente para los acuerdos de la Santa Alianza en los que
Metternich aconsejó la intervención de las potencias en todo intento de le-
vantamiento que perjudicara a las monarquías de Europa. De esta forma,
cuando la Santa Alianza se enteró que Fernando había sido vilipendiado y
se le había arrebatado la corona de las manos, intervino de inmediato. En el
Congreso de Verona se definió la política a seguir. Los países que conforma-
ban la Santa Alianza le exigieron a Francia enviar tropas a territorio español
y devolver la corona a manos de Fernando. Las tropas francesas fueron en-
viadas en 1823 con el nombre de “Cien mil hijos de San Luis”, bajo el mando
del duque de Angulema. Los integrantes del gobierno español temieron por
su vida y huyeron a Sevilla.
De esta forma, los franceses invadieron el suelo español casi sin encon-
trar mayor resistencia. Riego salió a enfrentar las fuerzas de los cien mil
hijos de San Luis; pero, fue capturado en Arquillos y posteriormente ejecu-
tado en Madrid. Acabó la vida de este hombre en manos de los franceses y
el poder le fue retornado a Fernando. Con Riego, finalizó el trienio liberal,
para comenzar una vez más la monarquía ya enfermiza. El reinicio de esta
gobierno monárquico fue aun peor que antes. Para 1823 la perdida de las
colonias era ya un hecho consumado e irreversible. Las colonias estaban
192
perdidas para siempre y todo intento por recuperarlas fue inútil. Agregado
a esto, Fernando VII se sintió defraudado cuando comprendió que la Santa
Alianza no tenía ni la menor intención de ayudarle a recuperar sus colonias
tan añoradas por los realistas. De ahí en adelante, todo sería para este des-
tronado rey un mero vivir con el temor de volver a perder su corona; o bien,
su vida a manos de los liberales.
193
espías, abogados, fiscales, entre otros. Empero, ésta institución, extremada-
mente temida y conocida a lo largo del territorio europeo, tuvo en España
características similares; pero, disimiles, comparada con la aplicada en el
resto del continente. La Inquisición española tenía rasgos distintivos, que
la convertían en una organización diferente a la Inquisición establecida por
Gregorio IX; y a su vez, su origen estuvo fundamentado en un profundo
nexo entre Realeza y Clero.
a) Nexo Realeza-Iglesia.
194
El vinculo entre ambas instituciones llegó a ser tan intensa que la clere-
cía visigoda practicó la unción de los reyes, a semejanza del Antiguo Testa-
mento (como se observa en Saúl, David, Salomón y otros reyes israelitas);
puesto que el trono del rey, no era heredado de padres a hijos, sino, que se
escogía a una persona para que fungiese en el estrado. Entonces: “La Iglesia
visigótica fue la primera de todo Occidente cristiano en otorgar un carácter
religioso al poder real…190”. En años posteriores se habló ya de una monar-
quía hereditaria, permaneciendo el axioma de que la corona era otorgada
por voluntad divina.
195
el punto que, la historia no le perdona. Ya lo dijo el sabio: “Evita una mala
fama entre los mortales. La mala fama es peligrosa; se levanta fácilmente, se
soporta con pena y se consigue difícilmente echar de sí. Cuando son pue-
blos numerosos los que difunden la fama, no perece ésta nunca192”. Es un
pensamiento lleno de sabiduría y amargura a la vez. Cuando el prestigio se
pierde en el camino del oprobio, no se sale de ahí más que lleno de fango.
Eso fue lo que le ocurrió al clero visigodo de quien se llegó a murmurar a
viva voz que: “personajes eclesiásticos anduvieron mezclados más de una
vez en las intrigas y conjuras urdidas en el seno de las diversas camarillas
político-familiares193”. Comentarios de este temple se hicieron muchos. Si
eran ciertas o no las acusaciones que servían para desprestigiar al clero del
lugar, es difícil saberlo; pero, el mal estaba hecho. Es seguro que no toda la
clerecía participó, más la mala fama corrió libremente, dejando incluso, a la
imaginación cualquier invención.
Sin embargo, ¿Qué causaba que el clero fuera tan sospechosamente cer-
cano a la realeza? ¿Cómo era que hombres dedicados a materia de religión,
se vieran involucrados en asuntos políticos, llegando dichas prácticas, a ple-
no siglo XIX? Todo comenzó cuando, los integrantes de la realeza – no sólo
de España, sino de otros países europeos –vieron en la Iglesia, una institu-
ción de la cual extraer beneficios, en el ámbito del poder, y, por supuesto en
materia económica. En otras palabras, estas personas usaron a la religión
como medio para incrementar su influencia dentro de la sociedad medieval,
e incrementar su patrimonio.
La Iglesia era una institución respetada por el pueblo, lo cual hacía que
el clero gozara de aprecio, admiración; logrando que las personas se les so-
metieran con facilidad. Sabían que amando y obedeciendo a sus líderes reli-
giosos, demostraban amor a Dios. Gracias a semejante cariño y respeto, las
Iglesias habían incrementado sus haberes económicos, tanto como, sus po-
sesiones territoriales: “Las iglesias y abadías de la Alta Edad Media poseían a
menudo grandes patrimonios, fruto en buena parte de donaciones piadosas
y herencias a favor del alma, pero lo bastante ricos como para despertar la
196
codicia de los poderosos194”. Así, esta institución religiosa fue vista más como
un medio para lucrarse, que como el camino para obtener la salvación. La
Iglesia, entonces, se fue viendo invadida de personas carentes de vocación
religiosa; pero, cargadas con el enorme defecto de la ambición. Provenientes
de clases sociales altas y acostumbrados a oprimir al pueblo; abusaron de la
Iglesia. Se introdujeron dentro de ella, muchas veces sin previa formación
sacerdotal o religiosa, ocupando inescrupulosamente los cargos más altos.
Hubo, inclusive, Papas descendientes de la nobleza, quienes lejos de hacer
un bien a la institución, dañaron la imagen de ésta de manera irreversible.
El clero por lo tanto, al rendir vasallaje, debía cumplir con varias obliga-
ciones, entre las que se puede mencionar, la de prestar servicios religiosos
a los dueños del feudo, a la vez que a los siervos del noble; pagar una deter-
minada cantidad de dinero al señor feudal; ir a la guerra a prestar servicio
militar; brindar educación y formación a los hijos de los nobles; legitimar
leyes, normas o impuestos que los señores imponían al pueblo. De esta for-
ma, el clero estaba más cercano al mundo material, que al espiritual. Era
casi imposible, que un personaje eclesiástico no cayera en las garras de la
tentación, viviendo en un lugar donde el lujo y la comodidad, hacían mella
en los ánimos de las personas.
197
Ejercicios, tan fuertes como son las armas, no eran los más adecuados
para el clero, quienes debían en todo momento pregonar paz a nivel terrenal,
como espiritual. A su vez, las autoridades del Vaticano, pronto se percataron
que era bastante imposible, mantener control sobre estos altos dignatarios
de la clerecía. Con la venía que los reyes gozaban, se imponía la paradoja de
quién era verdaderamente el jefe de los obispos, abades y otros. Si el rey los
nombraba ¿a quién debían obediencia? Peor aún, sí estos grandes jefes ecle-
siales, provenían de un mundo seglar viciado por las pasiones del momento.
En su ánimo, no experimentaban ningún respeto por el Papa o cualquier
otra autoridad proveniente de Roma. Ellos pensaban y actuaban de acuerdo
a su estamento social; sintiéndose poco identificados con los intereses reli-
giosos de la Iglesia.
Fueron momentos muy duros para la Iglesia. Esta, estuvo atada de ma-
nos; mientras el modelo de cristiandad impero en el mundo. No era el Papa
el verdadero jerarca del clero, sino los pomposos señores de los feudos, reyes
y emperadores. Estos osaban revelárseles a aquellos Sumos Pontífices que de
verdad trabajaban por cambiar esa actuación de la Iglesia institucional. La
nobleza –orgullosa de su status económico y militar –se atrevió a usar los
cargos de la Iglesia, como si fueran galardones; y, lo que es peor, osaron ame-
nazar a los Pontífices, con llegar a crear iglesias locales o nacionales; si éstos
no hacían lo que ellos querían. Un caso ejemplar a mencionar con respecto
a este tema, es el de Carlos Martel: “entregó también obispados y abadías a
sus fieles vasallos, como recompensa por los servicios que le prestaban196”.
198
Sintetizando lo anterior, se establece que el vinculo iglesia-nobleza fue
una práctica adoptada con mayor fuerza, desde la Edad Media. Aquello que
en un momento especifico, se consideró como benéfico para la Iglesia –por
el ambiente estable dentro del cual el evangelio se vería difuminado entre
los distintos pueblos –se convirtió en la atadura más peligrosa que pudiera
acaecer a una persona o institución. El mencionado nexo, no sólo destru-
yó la imagen de la Iglesia, sino que detuvo su desarrollo durante siglos. La
Iglesia fue un instrumento en manos de los poderosos cuyo único objetivo
era lucrarse a costa del clero. Les permitió a los reyes, emperadores y gran-
des señores cometer grandes abusos de poder. El evangelio fue usado como
medio para subyugar y amedrentar a los pobres, más que para mostrarles
el verdadero camino de amor y misericordia pregonado por Cristo. Y aun
cuando, muy buenas acciones fueron realizadas por el clero, que verdadera-
mente profesaba vocación sacerdotal o religiosa, estas se vieron manchadas
por el actuar pecaminoso de los intrusos.
España fue sin lugar a dudas, el país donde con más fuerza y por mayor
tiempo se vivió la alianza trono-altar. Los hispanos llegaron al siglo XIX
ejerciendo este tipo de prácticas; tanto en la Península, como en las colonias
americanas. Al ser los españoles un pueblo amante de sus tradiciones, de sus
monarcas y sobre todo de su religión, tardaron mucho tiempo en aceptar las
prácticas liberales que poco a poco se fueron introduciendo en sus tierras.
Empero, aun dentro del movimiento emancipador realizado en América,
se pudo observar como clero y criollos, lucharon muy de la mano, contra
la Madre Patria. Consecuentemente, en España, nadie hacía nada sin antes
consultar o al menos verificar el pensamiento o postura de la Iglesia. Y, es
que España era un país eminentemente religioso.
199
El primer rasgo a describir como característico de la inquisición espa-
ñola fue la circunstancia de que brotó este tribunal como acto de perfec-
ta connivencia trono-altar; reposando el mando de éstos, en manos de la
monarquía. Luego, este tribunal no fue establecido, en ningún momento,
por el Papa. Al contrario, éste vio la luz del mundo bajo los auspicios del
reinado de Fernando V e Isabel la Católica. El Papa simplemente aprobó en
1478, su puesta en marcha; relegando posteriormente, total responsabilidad
en manos de los reyes. Un error bastante lamentable, porque, no faltaron los
abusos, por parte de los soberanos, a lo largo de los siglos. Casi todos ellos,
usaron la inquisición en provecho personal. Aquello, que fue creado con el
propósito de perseguir a los mal llamados “marranos”; se volvió un instru-
mento de represión, con otros fines; como el perseguir a los protestantes; a
los masones, u otros grupos en América. Se percibe, aquí, que la intromisión
de la monarquía en asuntos eclesiales era la rutina diaria. No les bastaba con
nombrar obispos o sacerdotes sino que usaron a la Iglesia como medio para
reprimir grupos cuyas ideas o religión eran contrarias a ellos.
200
Celebraban los ritos de la iglesia católica por apariencia. Eran católicos de
palabra, más no de acción, ni mucho menos de corazón.
201
Se desprende de lo anterior, con profunda claridad, que los Reyes Cató-
licos –quizá no muy buenos católicos –buscaban usar la religión como me-
dio lucrativo. A la vez que se lucraban de las confiscaciones –enriqueciendo
sus arcas –acababan con sus máximos financiadores; librándose de pagar
las deudas adquiridas. A partir de ese momento, la monarquía caminaría
de la mano con la Inquisición. Le convenía disponer de una organización
represora y religiosa cuyas funciones eran manejadas al antojo de los sobe-
ranos. Y, es que, la religión mal utilizada, sirve para dormir los ánimos de las
personas, llegando a subyugar a los pueblos. Algo, con lo que todo monarca
sueña. Su ambición por continuar con su vida cargada de lujos y comodi-
dades, les hizo perder el respeto por la religión; usándola como medio para
legitimar sus injusticias, cometidas so pretexto de un bien espiritual para la
humanidad.
202
sobrevivían, únicamente, las historias de un pasado grandioso y, el temor
que su nombre inspiraba. Pero, todo era ya una ilusión. De la misma forma
como Torquemada –máximo inquisidor español –había fallecido sin poder
retornar del más allá; la Inquisición había perdido para siempre su antigua
gloria y esplendor.
203
vez, habían desaparecido. Los judíos se escondieron o bien, se desperdiga-
ron en otros países, donde, la persecución española, no pudiera alcanzarlos.
Consecuentemente, España quedó libre de sus enemigos y los tribunales ya
no eran necesarios para nadie. Permanecieron activos, sólo, por sí España
volvía a enfrentar los problemas anteriores; aparte de que atendieron casos
esporádicos de herejía. Lo importante era que la Corona no perdiera un
aliado, útil y poderoso.
El momento se presentó con el avance de las ideas ilustradas y libera-
les. A finales del siglo diecisiete, la Inquisición tomó un nuevo rumbo. La
herejía ya no era perseguida sino que “la Inquisición había adoptado ahora
un papel predominantemente político203”. Más, que una entidad con fines
de mantener la unidad religiosa del territorio español; los tribunales inqui-
sidores, se convirtieron en un centro de espionaje, cuya finalidad primor-
dial, era mantener a la Monarquía en el poder. Fue de esta forma, como la
Inquisición recibió el encargo por parte de los monarcas, de convertirse en
un tribunal de censura de todas aquellas lecturas consideradas perniciosas
para el pueblo.
Puede decirse, que la atacaron sin razón porque gracias a la censura los
libros se volvieron más atractivos que nunca, despertando en las personas
un interés mórbido por querer conocer su contenido: “esos libros que circu-
lan clandestinamente, que son buscados a cualquier precio, y son leídos con
ardor y delicia y devorados aun por jovencitas y muchachos con el hambre
204
de un apetito desordenado, excitado por la prohibición204”. Y, es que el ser
humano encuentra placer en lo prohibido. A los liberales les faltó perspi-
cacia, para darse cuenta de su yerro al criticar los tribunales. De no ser por
dicho veto, las ideas afrancesadas jamás se hubieran expandido agresiva-
mente, entre los españoles. Por lo tanto, la función de la Inquisición fue un
total fracaso. En lugar de haber acabado rotundamente con la propagación
de las lecturas liberales-ilustradas; incrementaron su consumo. Este pésimo
desempeño se debió, como ya se mencionaba anteriormente, al déficit pre-
supuestario que padecía, lo cual no le permitió contar con el número ade-
cuado de familiares205 para actividades de espionaje. De ahí se vio que esta
entidad, no tenía ningún fruto que producir para la monarquía española, y
menos, para los gobiernos liberales. Su extinción estaba asegurada.
les inquisidores; y no por mantener lazos familiares con los integrantes de éstos.
206 Escandell Bonet, Bartolomé. “Historia de la Inquisición en España y América”. Tomo I.
P. 1288
205
la masonería, esta institución fuera originariamente una institución que no
estaba en contra de reyes, ni el clero. Fue con el avance de las ideas liberales y
la ilustración, que hubo una mixtura entre sociedades secretas y masonería,
dando origen a sociedades cuyo propósito principal era luchar e imponer un
nuevo orden dentro de las sociedades del mundo. Lo único que las convertía
en asociaciones afines a la masonería, era que se les adjudicaba el mismo
nombre: Masones. Lo que más preocupaba a las autoridades españolas era el
hecho de que gran parte de los acusados eran militares.
206
Fútiles fueron los últimos intentos realizados por el vínculo trono-altar,
en su quimera por despertar el furor de los antiguos tribunales, porque la
catástrofe por fin llegó. A pesar de, que la Santa Alianza envió a los cien mil
hijos de San Luis, en auxilio del rey Fernando; este nunca gozó de estabilidad
en su trono. Vivió siempre con el temor de ser destronado por encontrarse
totalmente abandonado. Tras el triunfo de los liberales sobre este pobre rey,
la inquisición fue abolida por completo en 1843. Quedando, tras este suceso,
eliminada para siempre el nexo trono-altar. De esa forma acabó un tribunal
que aparentó ser cristiano; empero, encubría, el lado civil –motivo real- por
el cual fue creado.
Para terminar, se establece que pese a los esfuerzos –por temor a perder
el trono –realizados por el Rey Fernando VII; por insuflar vida a la insti-
tución que permitió a sus antepasados permanecer en el trono por largos
años; la inquisición fue destruida. El antiguo régimen junto a sus tradicio-
nales prácticas religiosas cayeron en pedazos, sin poder subsanarse, tanto
en la Península como en suelos americanos. La llegada del modernismo a
suelo europeo, hacia de esta institución algo incomprensible. El hombre ya
no estaba ciego a la realidad que lo circundaba. La razón le hizo comprender
que los reyes habían engañado a lo largo de los siglos, a un pueblo sumiso y
oprimido, usando vilmente a la Iglesia –pues esta lo había permitido –para
conseguir sus fines. No bastaba con decir “hereje” para acabar indignamen-
te, con la vida de un individuo. Por ello, es en el siglo diecinueve, cuando la
humanidad se percata que el hombre tiene derechos, dignidad y sobre todo
una voz (o un clamor), que debe ser escuchado por los más poderosos.
207
SEGUNDA PARTE
Historia del Nuevo Continente: El Amanecer de un Nuevo Orden
(Siglo XIX)
“Dichoso el salvadoreño
que en este día de la independencia, reconoce:
No todo es gloria en mi patria”.
(Monseñor Romero,
Homilía del 9 de septiembre de 1979)
209
en el tema central del presente ensayo, es importante detenerse a considerar
cuál era el perfil de las colonias hispano americanas. El conocimiento del
mencionado perfil ayuda a comprender porque los intereses de las clases
criollas eran tan distintos dentro de las diferentes provincias, capitanías o
virreinatos que las conformaban.
207 CEDLA. Latin America Studies N° 90. “Church and Society in Spanish America”. P. 1.
210
guir tributos de los pueblos bajo su dominio, por medio de los cuales la gran
metrópoli se viera enriquecida. Incluso, la importación de alimentos, no es-
taba basada en el comercio, sino como forma de tributo. Aquellas colonias
que no podían pagar con metales preciosos, lo hacían con especies. Era una
exigencia que fustigaba y causaba gravamen a los colonizados. Los romanos
por su parte, comprendían que el yugo opresor podía ser causa de levanta-
mientos por lo que corrían el riesgo de morir a manos de los conquistados.
Su forma de defenderse fue la construcción de los fuertes.
Por ello, no era extraño ver, como en Roma se celebraba el culto a dioses
egipcios, griegos, o de otra procedencia. Hasta el judaísmo tenía simpatizan-
tes dentro del pueblo romano. El respeto a la cultura del pueblo dominado
211
permitía que los romanos cedieran con facilidad la ciudadanía romana, a
los extranjeros que gustosamente deseaban formar parte del pueblo con-
quistador. Los extranjeros hallaban en la toma de la ciudadanía romana un
beneficio enorme. A la vez que se convertían en ciudadanos de la metrópoli
más importante de aquel momento, podían seguir practicando los ritos de
su religión y mantener su cultura. Contra el único grupo social que tuvieron
animadversión fueron los cristianos; a quienes declararon una dura perse-
cución religiosa. Y, también, contra pueblos que fueron considerados infe-
riores por lo que se vieron reducidos por completo a la esclavitud. Todos
los demás pueblos gozaron de respeto; como se observó en Grecia, Judea,
Egipto y otros.
212
por parte de los nativos, en los inicios de la conquista provocaron la idea de
recurrir a dichas construcciones. Los nativos se rebelaron en innumerables
ocasiones ante el poder español; pero, su mismo desarrollo bélico, les impe-
día ganar las contiendas, en la forma que ellos hubieran deseado. El poder
imperialista al cual hicieron frente tenía un pasado impregnado de cuantio-
sas batallas; las cuales les habían proporcionado una profunda experiencia
en materia de milicia. Con el tiempo, los indígenas no tuvieron otra salida
que aceptar el yugo español. De esa forma comenzaron las colonias en el
nuevo continente.
Por esta razón, la Colonia en América puede ser definida como el esta-
dío durante el cual tomó lugar la expansión y la consolidación del poderío
español en suelos americanos; que culminó con los procesos independen-
tistas de la primera mitad del siglo XIX, dando paso a la conformación de
Estados civiles-constitucionales. Es más, en América Latina, como sugiere
un autor210, la Colonia se perfiló de dos formas disímiles entre sí; debido,
más que todo a la ubicación en la que se establecieron. Los dos tipos de
Colonia que se consolidaron fueron: De extracción y de auto-sostenimiento.
210 CEDLA. Latin America Studies N° 90. “Church and Society in Spanish America”. P.1.
211 CEDLA. Op., cit. P. 2
212 CEDLA. Op., cit. P. 2
213
contaban con grandes extensiones de tierras que les permitían tanto, a los
nativos, como a los aventureros suplir sus necesidades básicas de subsisten-
cia. Por estas razones, las colonias comprendidas en esos territorios gozaron
siempre de una economía más lucrativa y rica.
Sin embargo, así como los conquistadores encontraron tierras con abun-
dancia de recursos; encontraron, también, tierras un poco más pobres, como
las del Istmo Centroamericano donde no era posible aplicar el colonialismo
de extracción. Algo, que hacia que la mayoría de conquistadores, así como
los reyes mismos perdieran interés en ellas. No es que esta pequeña franja
continental careciera de recursos, sino los tenía en menor cantidad y de dis-
tinta calidad. La riqueza de Centro América estaba en sus suelos, aptos para
el cultivo de una amplia variedad de plantas. Su misma ubicación era un
problema para aplicar la extracción: “nearly as posible self-sufficient, geo-
graphically isolated and located at a distance from the coast213”. En conse-
cuencia, los colonizadores aplicaron un tipo distinto de colonización dentro
de las Colonias ubicadas en suelo Centro Americano, creando, las colonias
de auto-sostenimiento cuya economía estaba basada en las ganancias apor-
tadas por los monocultivos.
214
su capacidad productiva al área agrícola; e incluso, en dicha área, se limi-
taron a potenciar un determinado cultivo. Empero, esto tuvo su razón de
ser, puesto que las extensiones territoriales con que contaban, al igual que
la cantidad de recursos y materias primas, no les permitieron desarrollar,
la industria y la minería, en los niveles que ellos hubieran deseado. Debían
dedicar también tierras para la siembra de productos de subsistencia, con lo
que disminuía el nivel de tierras adjudicado al cultivo comercial.
Sin embargo, hay dos aspectos a considerar con respecto a las dos clases
de colonias creadas en Latino América. El primero es que dentro de ambas,
los conquistadores quisieron lucrarse de forma desmedida, a costa de la vida
de los inocentes indígenas; lo cual, se vio mermado desde un inicio, por la
acción e intervención de una fracción de la Iglesia.
215
ñor, por el sacro bautismo en que os obligasteis a los mandatos apostólicos,
y os pedimos, por las entrañas de misericordia de nuestro Señor Jesucristo,
que, al emprender y proseguir esta expedición con recta intención y celo de
la fe ortodoxa, tengáis la voluntad y el deber de procurar que los pobladores
de tales islas y tierras abracen la religión cristiana214”.
214 Martín, Francisco. Historia de la Iglesia: Tomo II. La Iglesia en la época Moderna”. P. 100
216
se dieron a la erección de una economía de auto-sostenimiento, por lo que
mantuvieron, relaciones comerciales, a raíz del monocultivo, con la Penín-
sula Ibérica.
• Sociedad Colonial.
Se cuenta que las dos culturas habitantes de las Colonias hispanas –es-
pañoles e indígenas –habían recibido de distintas fuentes, la profecía de que
un día ambos continentes se encontrarían. Era como sí, sólo esperaban a la
persona destinada para hacer realidad el oráculo; tanto, como el momento
idóneo, en que dicha persona lo lograría. Ambas profecías fueron exactas en
lo que respecta al encuentro de ambas culturas; no obstante, lo que no decía
ninguna de ellas, era lo violenta que sería.
217
Océano abrirá las barreras que cierran el mundo y hará descubrir un inmen-
so continente. Entonces Tetis, reina de las ondas, revelará nuevos mundos
y sobre la tierra no existirá ya más una última Tule215”. Europa supo que ella
sería quien descubriría al otro continente. Serían ellos quienes partirían en
una expedición que los llevaría a esa tierra desconocida.
218
plantas comestibles, …y hasta habían domesticado algunos animales…
Además sabían labrar los metales, excepto el hierro; por eso no podían aun
prescindir de sus armas e instrumentos de piedra. La conquista española
cortó en redondo todo ulterior desenvolvimiento independiente217”. De esta
explicación se deduce, que los españoles, con una cultura más desarrollada,
despreciaron la cultura nativa, hasta el punto de ni siquiera tratar de salvar
aquello que realmente era novedoso y valioso para la humanidad. Los his-
panos dedicaron sus esfuerzos a destruir la cultura nativa, implantando lo
que ellos creían correcto y moderno. Creían ser los poseedores de la verdad
al igual que poseedores de superioridad racial.
217 Engels, Friedrich. “El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado”. P. 22.
219
por ellos; o por crear los suyos propios. Pero, ambos caminos eran difíciles
de seguir para el joven continente.
Imitar era tan imposible como introducir una figura circular en un mol-
de triangular. El nuevo continente difería del viejo en todo: En geografía,
en infraestructura, en sistemas educativos, en medios de comunicación, sis-
temas de gobernación, grupos étnicos, clases sociales y otros. No había de
donde imitar, porque América era América, y Europa era Europa. Crear, era
tan imposible como lo anterior. La sociedad colonial quería competir con la
sociedad europea, pero, cómo hacerlo sí se encontraba en otro estadío de su
historia. El viejo continente no estaba dispuesto a esperar a que América se
les equiparara. Esperar, significaba para Europa detener su historia en un
margen de aproximadamente, diez siglos. Y, quizá, ni aun con una espera
tan larga, la historia americana hubiera sido similar a la europea; ya que los
factores intervinientes en la historia de éste, no eran los mismos que habían
tomado parte en el antiguo continente.
220
las tres culturas juntas, organizaron la sociedad colonial, proveyéndole de
una identidad incongruente con la europea. Sin embargo, ese proceso de
interacción entre las tres culturas fue violento. Cada uno luchó por perpe-
tuar su legado e imponerlo a los demás pueblos. Se comprueba entonces, lo
imposible que era para la sociedad colonial, tratar de competir con el viejo
continente. Los pueblos americanos no podían estar regulados por el mismo
cuerpo legal que regía a España. Las variables intervinientes en el desarrollo
histórico-cultural de América, eran totalmente novedosas y distintas a las
variables de Europa. Una de las novedades más extravagantes fue el mestiza-
je ocurrido entre las tres culturas.
Hay que reconocer por otro lado, que la sociedad colonial nace del afán
de los españoles por extraer mayor número de riquezas, con el fin de trans-
portarlas a España. La codicia de estos hombres hizo que la nación colonia-
lista buscara la forma cómo lograrlo. Buscando riquezas, crearon una socie-
dad tri-cultural. Lo que sucedió fue que, la enorme distancia que separaba
ambos continentes, imposibilitó a los hispanos dedicarse a la mera extrac-
ción de riquezas del continente; o al cobro de tributos. Aquellos se vieron en
la necesidad de permanecer en América, al lado de los nativos. Fueron ur-
gidos a crear instituciones de gobierno, educación, religión y economía; que
regularan las relaciones hispano-indígenas. La Colonia estaba desamparada,
por el tiempo y el espacio, de la supervisión de la Corona y los hispanos de-
seaban vivir una vida normal. La Colonia, entonces, desarrolló –de acuerdo
a sus recursos – su propio estilo arquitectónico; rutas marítimas y terrestres;
modelo económico; gobierno; sistema educativo; y, sin temor a exagerar, su
propia raza. Algo que le dio un toque de originalidad a toda Latinoamérica.
221
No se puede negar que junto a este sentimiento, existieron intereses eco-
nómicos, políticos e ideológicos que impulsaron determinadas clases socia-
les; más, en el fondo del corazón y mente de los americanos hubo un deseo
de libertad que poco a poco fue tomando posesión de los ánimos de éstos;
hasta aflorar en el diseño y ejecución de los movimientos independentistas.
Es más, dentro de la Península ibérica, ya no se hablaba de “los españoles”, al
referirse a los habitantes del nuevo continente, sino de los “criollos” o de los
“americanos”. La ruptura entre peninsulares y criollos era obvia, aun cuando
la sangre que corría por sus venas era la misma. La ruptura se ponía en evi-
dencia dentro del plano político, económico, social y religioso.
222
trarió los intereses de la Corona? ¿A quién obedecía –entonces –el clero?
¿Obedecían al Papa, al Rey o a los criollos? En otras palabras, por medio,
de un acercamiento a la organización y funcionamiento de la Colonia, se
ha tratado de descubrir en donde estuvo la raíz del descontento del clero
salvadoreño en contra de la Monarquía española; y en donde reposaban las
simpatías del clero salvadoreño, por los criollos. A continuación se descri-
ben los sucesos acaecidos en los alzamientos de 1811 y 1814, dentro de los
cuales, el clero jugó un papel importantísimo. Posteriormente, se procede a
analizar detenidamente las causas por las que el clero se involucró en los ya
mencionados levantamientos.
223
cia porque provocó el deseo de alcanzar la libertad plena de la monarquía
española.
Los criollos no eran los únicos inconformes con las medidas adoptadas
por el rey Carlos III, que lejos de, beneficiarles les perjudicaron aun más su
desarrollo económico. El otro grupo social que estaba descontento desde
que las reformas borbónicas se dieron a conocer era el clero, ya que algunas
reformas perjudicaron sus intereses. Estos religiosos descendientes de las
familias criollas del continente, al ver el rumbo de la situación internacional
a nivel socio-político-económico y sopesar otras causales, no dudaron en
formar una alianza –como siempre había ocurrido con el trono –entre el
poder civil criollo y el poder eclesiástico. Sin embargo, hay que aclarar que
así como los criollos estaban divididos en dos bandos: Los que apoyaban la
causa del rey y los que apoyaban la idea de independizarse; también el clero
se dividió, entre los que apoyaban las ideas monárquicas y los que apoyaban
la idea de liberarse de la Corona. Así fue como cada grupo de clérigos buscó
la parte cuyas ideas estaban en connivencia con las suyas.
224
del siglo XVIII, su actitud era capital para la revolución218”. Y, no sólo eran
los más cultos, sino también, los más influyentes debido al respeto y amor
inspirado en las masas del pueblo. Empero, este axioma fue la única razón
por la que los criollos aceptaron que estos formaran parte del movimiento.
A las mayorías –influenciados por las opiniones del clero –no les quedaría
otra opción que apoyar las acciones de estos hombres.
Nueva España y Sur América fueron los primeros en entablar las alian-
zas clero-criollos y los primeros en tratar de liberarse del yugo español e
iniciar los alzamientos. Estos dos bloques del continente contaban con ma-
yores recursos económicos –comparados con los de Centro América –aun
cuando, España y naciones como Inglaterra, con quienes mantenían rela-
ciones comerciales, estaban sumidas en guerras y reparticiones de tierras.
El comercio había decaído para todas las colonias latinoamericanas, debido
al bloqueo impuesto por Gran Bretaña; pero, las riquezas que aun tenían en
sus tierras eran suficientes para sufragar los gastos de un alzamiento. Por
otra parte, las sociedades secretas con sede en Inglaterra y España se en-
cargaron de sufragar gran parte de los gastos. Enviaron delegados al joven
continente o entablaron relaciones con los principales líderes de los movi-
mientos de esas regiones.
El clero de esas colonias, a pesar que, había sido eximido de recibir los
diezmos seguía obteniendo beneficios mayores que el clero centroameri-
cano. El aporte que brindaron a los movimientos emancipadores fue logís-
tico y económico. Su apoyo, por lo tanto, era de más peso. De esa forma,
en 1809 los dos bloques previamente mencionados y muy bien organizados
por fuerzas internas y externas –Nueva España y Sur América –realizan las
primeras intentonas por liberarse de la Corona española y del mando de la
Junta Central.
En el citado año, Nueva España se levantó en armas. Los líderes del alza-
miento fueron el criollo Ignacio María de Allende y el clérigo Miguel Hidal-
go y Costilla, de quien se cuenta perteneció a una sociedad secreta, creada
218 Dussel, Enrique. “Historia de la Iglesia en América Latina. Medio milenio de coloniaje y
liberación”. P. 151.
225
con el propósito de liberar a las colonias americanas del poder de la penín-
sula. Es seguro, que en uno de sus viajes a España entablara relaciones con
los integrantes de la mencionada sociedad y a su regreso al joven continente
hiciera participes de sus ideas a más clérigos (cuestión a ser tratada con ma-
yor detalles, más adelante). El ser parte del clero le facilitó la comunicación
con otros religiosos de distintos lugares del continente, con el fin de ir ex-
pandiendo esas ideas de corte liberal. Los resultados de la rebelión fueron
negativos; pero, Hidalgo no se dio por vencido. Sabía que su acción había
servido como ejemplo para los criollos que deseaban verse libres de España;
y, como advertencia para los adeptos a la Corona.
P. 1349.
220 Ibid. P. 1349.
226
La libertad de la Nueva España fue lograda hasta 1821. Pero, las acciones
emprendidas por Hidalgo y Morelos influyeron activamente en el pensa-
miento del clero salvadoreño. Fue con Hidalgo y otros clérigos mexicanos,
con quien más comunicación tuvieron los religiosos de la provincia de San
Salvador. El otro bloque continental, o sea, Sur América, también comenzó
sus primeros alzamientos revolucionarios en el año de 1809. La ejecución
de estos movimientos denota un mutuo y previo acuerdo entre los líderes.
Estos sabían que si todas las colonias comenzaban sus alzamientos consecu-
tivamente y en distintos puntos, el fracaso para España era completo.
221 Nombre que se usará para diferenciar al clero que apoyó las ideas de independencia de
227
del Virreinato de la Plata, comenzó a dar muestras de animadversión en
contra del poder español. Todo comenzó sin mucha violencia. La Junta de
Chuquisaca se limitó a pronunciarse en contra de la máxima autoridad del
lugar, que reposaba en manos de don García Pizarro. El pronunciamiento
fue apoyado, en el mes de mayo, por los integrantes del triunvirato confor-
mado por Monteaguado, Zudáñez y Lemoine, quienes apresaron al dirigente
de la Audiencia. Para 1810 comienzan una serie de refriegas en contra del
ejército realista. La Junta de Buenos Aires mandó ayuda a los alzados del
Perú, cuyo general fue Antonio González Balcarce, quien obtuvo victoria
sobre los realistas en Suipacha.
La victoria fue opacada por las acciones de Goyeneche quien venció a los
criollos alzados en Guaqui. Fue ésta una ganancia nada importante, porque,
los esfuerzos puestos por este General no fueron suficientes. José de San
Martín y Belgrano, también en pie de lucha, iban haciendo estragos a su
paso. Lograron victorias en Salta, San Lorenzo y Tucumán. Todos estos le-
vantamientos y estas batallas no lograron la firma del acta de independencia
de esos países; pero, atrajeron a otros a la causa.
228
rras americanas y ver sometidos a los fieles católicos a una tragedia religiosa
como la acaecida en Francia, luego que una parte del clero se decidiera a ser
juramentada bajo las leyes de los integrantes de la Revolución Francesa.
229
roes independentistas del Sur habían permanecido por largo tiempo en el
extranjero. Algunos de ellos como Miranda o San Martin participaron en
movimientos como la Revolución Francesa, la guerra de Independencia –te-
mas extensamente desarrollados en los dos capítulos previos –o incluso en la
Independencia de Estados Unidos. En esos viajes, entablaron comunicación
y amistad con integrantes de las logias de España e Inglaterra en donde fue-
ron admitidos, así como, debidamente instruidos sobre los pasos a seguir en
la consecución de la tan ansiada libertad de América.
230
aceptaron formar parte del proceso libertario, las riendas del movimiento
siempre reposaron en manos del clero insurrecto, hasta lograr la firma del
acta de Independencia y aun, después.
231
ña provincia tenía una muy buena organización. Se demarcaron dentro de
ella cuatro partidos: Santa Ana, San Miguel, San Vicente y San Salvador.
También, se demarcaron dentro de ella, a quince subdelegaciones, lo cual le
permitía a la Corona Española, tener mayor vigilancia sobre sus súbditos.
232
criollos estaban relegados a cargos de intermedia o baja importancia; otros
vivían de la agronomía y crianza de ganado. Los mestizos trabajaban como
jefes en las haciendas, en labores artesanales o entraban a formar parte del
ejército. Indios y personas de color estaban destinados a los trabajos más
degradantes y difíciles. Era muy difícil o casi imposible que uno de ellos
lograra insertarse a la vida política o religiosa.
D. 1810
233
En esa ocasión los acusados únicamente sufrieron encarcelamiento y: “se
les confiscó sus bienes227”. Como era de esperarse, durante su permanencia
en prisión fueron maltratados. Sobre su muerte hay versiones encontradas.
Unos afirman que fueron puestos en libertad luego de haber permanecido
un año en prisión, ya que el Tribunal dejó de existir. Por lo tanto, pudieron
participar de los alzamientos del siguiente año, aunque murieron en prisión.
Otros sostienen que fueron sentenciados a muerte, siendo ejecutados en la
horca. Cualquiera que sea la versión verdadera, el final de sus vidas no deja
de ser sangriento.
Para concluir, basta mencionar el hecho que con este ínfimo levanta-
miento, se dejaba entrever la mala opinión que gozaba la Monarquía espa-
ñola, así como el poder hegemónico ejercido por Guatemala sobre la pro-
vincia de San Salvador. También, les permitió a los españoles enterarse que
las ideas ilustradas, liberales y bonapartistas habían penetrado las tierras
centroamericanas por más esfuerzos que ellos se propusieron a realizar, por
medio, de la caduca Inquisición y la erección del Tribunal de Fidelidad.
Para los realistas fue más que imposible detener la expansión de las ideas
revolucionarias, no quedándoles otra opción que sufrir las consecuencias de
dicha influencia. El hecho que el Tribunal fuera clausurado denota lo insul-
tante y odioso que era para los criollos ser dominados por el poder español.
Por ende, San Salvador ardía por verter su sangre en la consecución de la
libertad, de un poder vetusto y desgastado. El ambiente estaba lleno de insu-
bordinación, todo apuntaba al aumento de agitación dentro de las colonias.
E. 1811
Este fue el año clave durante el cual principia la emancipación. Proceso
tan desgarrador para España, tomó lugar bajo el mando del Capitán General
y Gobernador de Guatemala, José de Bustamante y Guerra, quien recibió su
cargo en marzo de 1811 y fue enemigo declarado de la insurrección criolla
en contra del poder español.
Luego que, el 5 de noviembre la provincia de San Salvador se alzara;
fueron ocurriendo otros movimientos similares en distintos pueblos, villas
227 Larde y Larín, Jorge. “El Salvador: Historia de sus pueblos, villas y ciudades”.
234
y provincias. San Salvador fue el punto de origen de todo el movimiento
emancipador ocurrido en Centro América. Fue el ejemplo a seguir por otras
poblaciones, quienes, ante el temor producido por el poder realista prefe-
rían continuar bajo el mando de la Corona, antes que luchar por su libertad.
Inmediatamente después del ejemplo dado por la Provincia de San Salva-
dor, otros pueblos como Nicaragua, Chiapas procederían a la insurrección.
Reconocieron que, ésta era la coyuntura esperada para liberarse, tanto del
poder ejercido por la Capitanía como del poder español.
1. San Salvador
235
cuando dice: “… a los esfuerzos de los salvadoreños es debido el primer pro-
nunciamiento de la Independencia del año de 1811 y los que posteriormente
se hicieron: ellos contribuyeron eficazmente a que se generalizara la opinión
contra el dominio español; y ellos por último sostuvieron con las armas los
principios republicanos en 1822 y 1823229”. Ahora bien, al clero insurrecto
le ocurrió lo mismo que a las masas. La emancipación de San Salvador fue
dirigida por este clero; pero, no lograron nada a cambio, ni siquiera obtuvie-
ron el nombramiento de la religión católica como religión oficial, ni tampo-
co, pudieron mantener una alianza con el poder político.
El culpable, para lograr alterar los ánimos de las mayorías fue el inten-
dente Antonio Basilio Gutiérrez y Ulloa a quien se acusó de no velar por el
cuidado del clero sansalvadoreño. Este había recibido el cargo de Corregidor
Intendente desde el año 1805. Le hicieron culpable del prendimiento del
sacerdote Manuel Aguilar en la Capitanía General. Agregado a esto, se les
dijo a las mayorías que el religioso José Matías Delgado corría peligro de ser
asesinado, así como también, Vicente Aguilar, quien se vio forzado a huir
para evitar fin tan lóbrego. Las razones vertidas a las masas, dejan distinguir
dos cosas. Primero, que el clero tenía una influencia enorme en el pueblo. El
pueblo no sólo les respetaba, sino les amaba. Su sola investidura era suficien-
te para que las mayorías les amaran, respetaran, escucharan y obedecieran.
Segundo, el clero insurrecto se parapetó tras ese paradigma del amor a la
sotana, sacándoles múltiples provechos.
236
llos civiles cabe mencionar a Mariano Fagoaga, Manuel José Arce; Bernardo
de Arce, José María Villaseñor, Leandro Fagoaga, Manuel Morales, Leandro
Fagoaga y Juan Manuel Rodríguez; entre otros.
237
Los líderes, por su parte, habían proyectado en su mente, realizar dos
acciones en un mismo instante. Mientras, la muchedumbre gritaba frente
a la casa del intendente, ellos querían apoderarse de una fuerte cantidad de
dinero –alrededor de 200,000 pesos –guardados en las arcas reales. Ade-
más, deseaban apoderarse de 3000 fusiles con los cuales armar igual número
de hombres. Con fondos y armas en sus manos, exigir la libertad hubiera
sido una realidad. Sin embargo, no por ello la acción emprendida por estos
hombres deja de ser impactante e importante: “Matías Delgado and Nicolás
Aguilar, curates of San Salvador, Manuel and Vicente Aguilar, Juan Manuel
Rodríguez and Manuel José Arce were the first to strike the blow for Central
American Independence231”. Si se considera la falta de recursos económicos
y armas; se puede aseverar que el valor de estos hombres rayó casi en locura,
pues prefirieron arriesgar todo, para conseguir la libertad.
238
a lo largo de la historia: “No hay Rey, ni Capitán General, ni Corregidor
Intendente –dijeron los próceres –sólo debemos obediencia a nuestros al-
caldes232”. La multitud estaba eufórica viendo el proceder de sus adalides.
Gutiérrez y Ulloa fue derrocado del poder, en otras palabras fue un germen
de los futuros golpes de Estado que serían llevados a cabo en distintos mo-
mentos de la historia salvadoreña –una práctica que perduró en la República
de El Salvador, de manera insólita hasta el siglo XX. Agregado al derroca-
miento, se exigió a José Rossi –comandante general de las armas –el bastón
de mando, el cual, era propiedad del alcalde.
232 Larde y Larín, Jorge. “El Salvador: Historia de sus pueblos, villas y ciudades”.
233 Ibid. P. 7.
239
lo describe con las siguientes palabras: “Seis días estuvo la ciudad, sin nin-
guna autoridad que la gobernase, y más de un mes, lo fue por Alcaldes que
se mudaban a cada instante; y sin embargo, no se cometió ningún género
de excesos, a pesar de que el populacho se hallaba en la mayor agitación234”.
Los gobernantes, entonces, se contentaron con ejercer el poder, sin osar le-
vantarse en armas contra la Capitanía. De hacerlo, hubieran perecido bajo la
fuerza militar de que disponían en suelo Guatemalteco. Se limitaron a enviar
algunos hombres armados a la zona fronteriza para evitar un posible ataque
por el lado de Guatemala; a proteger a Ulloa y algunas otras disposiciones
relativas a los asuntos de la provincia.
240
impulsa a tomar las armas contra él, en lo cual se engañan, pues luego la
experiencia les enseña que han empeorado235”.
Por otra parte, los peligros que los alzados pudieron sufrir del exterior
fueron un ataque de las fuerzas militares con base en la Capitanía, o en el
peor de los casos, pudieron haber muerto en manos de los integrantes de los
otros partidos de la provincia. Ninguna de esas cosas ocurrió. Por el con-
trario, para dar una solución favorable a los eventos acaecidos desde el 5 de
noviembre, el gobierno de la Capitanía, es decir, el Ayuntamiento intercedió
por los alzados aun cuando su máximo líder que era el Gobernador Busta-
mante, quería reprimirlos con fuego y sangre. Gracias a esta intervención,
Bustamante decidió el camino del dialogo. Enviaron una Comisión Nego-
ciadora compuesta por dos civiles, quienes fungían como regidores en Gua-
temala: José de Aycinena y Aldecoa y Corrillo (quien seguramente trataba
de salvaguardar los intereses económicos de la Casa Aycinena); y José María
Peinado; así como, un grupo de religiosos encabezado por Fray Mariano
Vidaurre.
El propósito, primordial de estos delegados, era conocer la situación
dentro de San Salvador y apaciguar los ánimos para atraerlos nuevamente
bajo el dominio del rey –ausente del trono a la sazón. Los delegados civiles
debían encontrar que puntos negociar con los alzados, para que de buen
grado retornaran el poder a manos de los realistas, y se sometieran por su
gusto, al menos en apariencia. De lo contrario, la situación podía empeorar-
se. Los sucesivos levantamientos ocurridos en otras poblaciones podían ex-
tenderse fuera de la intendencia sansalvadoreña. Los religiosos, por su parte,
traían la comisión especial de predicar en contra de cualquier movimiento
revolucionario, aduciendo que ese tipo de acciones eran inadecuados. Se
trataba de apaciguar los sentimientos anti-españoles. En otras palabras, te-
nían el encargo de hablar en contra de los alzados y explicar que lo mejor era
seguir bajo el mando de la monarquía.
Cuando los próceres se enteraron de lo que las autoridades guatemalte-
cas habían planeado; decidieron aceptar las negociaciones. Estos se vieron
precisados a semejante acción, ya que, no contaban con suficientes armas;
ni mucho menos con el apoyo de los tres restantes partidos: San Vicente,
Santa Ana y San Miguel. Tampoco, contaban con fondos suficientes para
241
sufragar una revolución. Al sentirse abandonados no les quedó más opción
que entregar el poder: “The promoters of the revolt, which had been started
in the king’s name, became disheartened and gave up further effort…236”. En
otras palabras, los próceres se dieron por vencidos en su lucha; decidiendo
esperar una mejor oportunidad en la cual vencer a su oponente y contar con
más aliados.
242
desagradable a los ojos de los insurrectos, entre ellos Ulloa y colaboradores;
establecer una amnistía para todos los acusados de haber participado en el
levantamiento; amonestar a los insurrectos con palabras tranquilizadoras y
hacer que prestaran juramento a Fernando VII; pedir la libertad de aquellos
que fueron hechos prisioneros; y, entregar el mando de la provincia al señor
Peinado. El comportamiento pacifista observado por la Comisión agradó a
todos los pobladores de la provincia, siendo de gran ayuda para hacer volver
la situación a su cauce.
243
En resumidas cuentas, el primer grito de independencia no obtuvo la
libertad ansiada; pero, al igual que Francia y España a la salida de sus mo-
narcas, se percataron que gobernar la nación sin ellos, era posible; también,
los salvadoreños, se percataron de dicho fenómeno. Añadido a esto, la in-
surrección sentó en las mentes de los centroamericanos un precedente muy
importante: Alcanzar la libertad era posible, sólo era cuestión de unirse y
exigirla; ya que, se encontraban viviendo una coyuntura internacional e in-
terna favorable para independizarse. El que las consecuencias hayan sido
opuestas a lo imaginado por los próceres, no implica que hubiera un fracaso.
Hubo un retraso; pero, jamás, un fracaso. Por lo que, ese primer alzamiento
asentó las bases para que los deseos de alcanzar la libertad anidaran en el
corazón de los criollos y se materializaran en un futuro nada lejano (1821).
2. Santa Ana
244
La reacción de Santa Ana al recibir la noticia fue sísmica. Era conocido
por sus habitantes el descontento que existía desde hacia unos años contra
las autoridades guatemaltecas; más, un pronunciamiento en contra de dicho
poder, no era esperado por nadie. Por ende, los santanecos se reunieron
precipitadamente y tomaron la decisión de negar su auxilio a los sansalva-
doreños. Las ideas de socorrer al partido que estaba en apuros se alejaron de
su pensamiento. En su lugar, redactaron una carta para las autoridades de la
Capitanía, en la que resaltaron su lealtad al rey Fernando y pedían concejo
sobre la forma como actuar. Véase la siguiente cita al respecto: “La insurrec-
ción acaecida en San Salvador, desde luego este Cuerpo la considera sacrí-
lega, subversiva, sediciosa, insurgente, y opuesta hasta el último grado a la
fidelidad, vasallaje, sumisión, subordinación, y demás debido a la Soberanía
de la Nación… por tanto hemos tenido a bien dirigirlo todo originalmente a
Vuestra Excelencia como Gobernador del reino, para que se sirva ordenar-
nos y mandarnos lo que debemos hacer…237”.
245
Este levantamiento tiene una particularidad muy llamativa: Hubo una
participación multirracial y bi-generacional. Multirracial porque su líder era
un hombre de color, llamado Francisco Reyna, y entre la masa insurrecta ha-
bía criollos, mestizos e indios. Bi-generacional porque participaron mujeres
y hombres, fenómeno a ser tratado en el numeral diez del presente apartado.
Quiérase o no, el levantamiento santaneco fue el cimiento de una incipiente
apertura a la democracia, como aspiración en el espíritu y mente de los sal-
vadoreños; así como la primera muestra de valoración de la mujer.
246
3. Chalatenango
La situación al interior de Chalatenango, no fue muy distinta de la ope-
rada en Santa Ana. Los altos funcionarios del lugar, se opusieron abierta-
mente a la insurrección proyectada por los próceres. No ocurrió lo mismo
con el resto de criollos, quienes, vieron con agrado el movimiento operado
por estos hombres, a quienes no sólo admiraron, sino también reforzaron
en 1814. Lo que no pudieron hacer en 1811, fue logrado en el siguiente al-
zamiento. En este sentido, se puede afirmar que para 1811, los chalatecos no
pudieron entrar en acción.
4. Metapán
A diferencia de Chalatenango, el pueblo de Metapán logro secundar el
alzamiento de los sansalvadoreños. Planearon su propio levantamiento para
los días 24, 25 y 26 de noviembre. Este pueblo manifestó ardor y determina-
ción. Al igual que en Santa Ana hubo participación de mujeres y hombres
de distintos grupos étnicos, indios, mestizos, criollos y de color. La unión le
dio fuerza al levantamiento metapaneco.
La violencia en contra de los españoles fue enorme. Se apedreó las casas
de éstos, así como algunas de sus fábricas, en su afán de exigir la reducción
de impuestos, perpetraron robos, liberaron presos, exigieron reducciones o
anulaciones de impuestos. Atacaron al mismo alcalde, llamado Jorge Gui-
llen de Ubico, a quien tomaron por la fuerza. Éste entregó su cargo a los
amotinados, y, estos en su euforia, nombraron como nuevo jefe a José Anto-
nio Hernández, quien sufriría prisión mas adelante. Los metapanecos insu-
rrectos llegaron, incluso, a amenazar de muerte a los españoles.
Cuando la situación se normalizó, los amotinados fueron apresados, en-
tre ellos se encontraba Juan de Dios Mayorga (de quien se descubrió fue el
máximo líder de este levantamiento), Lucas Flores, José Galdámez, Leandro
Fajardo, José Escobar y otros más, como el alcalde Hernández. Estos hom-
bres fueron declarados culpables y sufrieron maltratos en las cárceles, así lo
sentencia Maquiavelo: “…el que ayuda a otro a hacerse poderoso causa su
propia ruina238”. Está más que comprobado que todo individuo que se invo-
247
lucra en una revolución encuentra el sufrimiento. Por querer dar el poder a
un nuevo grupo social se daña así mismo.
En resumidas cuentas, todos los intentos que los alzados, de diferentes
poblaciones, hicieron en el año de 1811, acabaron de igual forma. Fueron
obligados a dimitir de los cargos y a prestar juramento a Fernando VII. Es
decir, fueron apremiados a retornar a su estilo de vida de siempre: Someti-
dos al poder de la Capitanía y al poderío español. Alcanzar la libertad en la
Intendencia de San Salvador fue un proceso que requirió de un alto esfuerzo
y de una fuerte dosis de perseverancia, dado que, la supremacía de la monar-
quía estaba enquistada en estas tierras.
248
Por su parte, los nonualcos demostraron que sus antepasados podían
estar orgullosos de ellos por la valentía demostrada en la consecución de la
libertad que un día les fue arrebatada so pretexto de superioridad racial y el
deseo de evangelizar. Las gestas de los nonualcos superaron, incluso, a las
de San Salvador, porque midieron fuerzas con el conquistador, llegándoles a
intimidar hasta el punto de hacerlo huir en desbandada, a quienes no les im-
portó dejar abandonado a su propio alcalde. Se percibe la fogosidad de este
alzamiento, en el cual, se incluyeron hombres y mujeres, que indudablemen-
te, de no ser contenidos por la influencia del padre Lara, hubieran asesinado
vilmente al alcalde, algo que con toda seguridad les hubiera causado muchos
problemas a los indígenas, una vez sometido el alzamiento.
6. Cojutepeque
249
hombres. Este logró reprimir al pueblo de Cojutepeque; pero, no pudo apa-
gar el fuego bélico, que había nacido en los corazones de estos hombres.
Fuego que perduró hasta el año de 1814 en que nuevamente se alzaron.
En suma, se puede afirmar, que si los criollos tenían razones para acabar
con la hegemonía española, más las tenían los pueblos indígenas, los cuales
por años se habían visto reducidos a los peores tratos y desprecios, por parte
del hombre blanco. La ayuda que estos pueblos indígenas dieron al movi-
miento emancipador fue decisiva, ya que, fue un motivo muy grande de
zozobra para los peninsulares.
7. Sensuntepeque
250
Resumiendo lo aquí expuesto, cabe afirmar que la consecución de la in-
dependencia fue un proceso en el que algunos de los involucrados ofrenda-
ron sus vidas; o bien, se vieron reducidos a sufrir en la prisión. Hombres y
mujeres tuvieron que padecer duras cargas para ver terminado el poderío
español. Incluso, en determinados instantes a parte de la persecución expe-
rimentada, tuvieron que sobrellevar el dolor de la traición de aquellos que
consideraron sus amigos. Con sinceridad, hay que aceptar, que toda persona
que toma la decisión de emprender una lucha contra los poderes imperia-
listas obtiene como fruto de su faena; el abandono, la soledad, la incom-
prensión y por supuesto, la traición. Traición que el peor de los casos puede
acabar en la muerte.
8. Usulután
Entre los que negaron su apoyo se encontraba San Vicente, San Miguel,
Santa Ana –que ya se mencionó previamente –Sonsonate, Ahuachapán,
251
Panchimalco, y León de Nicaragua. Como se explicaba con anterioridad,
los habitantes de estos partidos decidieron inclinarse por el bando realista.
Eso no significaba que su situación económica, no estaba perjudicada por
medio de las reformas borbónicas. Centro América entera estaba sumida en
una crisis económica producto del bloqueo comercial impuesto por Ingla-
terra; así como, producto de las medidas políticas, económicas y tributarias
impuestas por el gobierno de los borbones. Era lógico, entonces, pensar que
los habitantes de las poblaciones aquí mencionadas, iban a socorrer rápida-
mente a los de San Salvador. Los próceres jamás imaginaron lo contrario. Su
proceder no puede ser tildado de anti patriotismo (luego se analizará el uso
de este termino), sino más bien, de recelo. Especialmente, los criollos resi-
dentes en esos lugares eran los más apegados a su tierra; prácticamente, ya
no eran españoles, sino americanos. Sobre todo, los criollos descendientes
de conquistadores tenían razones de sobra para querer expulsar a los mo-
narquistas de estas tierras, ya que por derecho de guerra, las tierras conquis-
tadas eran más de ellos, que las trabajaban, que de los monarcas.
252
prefirieron abstenerse, por no saber nada en detalle. Más que de traición a
la patria se puede hablar de ignorancia sobre los planes diseñados por los
próceres sansalvadoreños.
En San Vicente, al recibir los papeles facciosos, los señores Santín, Ma-
nuel Basuto, Carlos Lesaca y Francisco Merino los entregaron. En carta a
Bustamante, en la que enviaron una de las invitaciones como prueba del
crimen, expresaron: “Este escrito, aunque tan despreciable en su forma, es
digno de llamar la celosa atención de V.E., por el execrable atentado de que-
rer seducir a este leal vecindario240”. Resalta, por ende, la molestia de estos
hombres ante la invitación de unirse al motín, no tanto, por ser una insu-
rrección, sino porque no fueron invitados, ni tomados en cuenta a la hora
de perpetrarlo. La invitación y los eventos ocurridos ese cinco de noviembre
les tomaron por sorpresa.
253
La siguiente población que enarboló el estandarte de la guerra contra
los próceres fue Usulután. Así lo declararon al rendir su juramento de fi-
delidad a la monarquía española: “amor que debe a la ley Santa, al católico
monarca Sr. Don Fernando VII, y en su real nombre al Supremo Consejo de
Regencia…243”. Únicamente, el usuluteco Melara, planeó un alzamiento. Los
demás dieron su apoyo a los de San Miguel.
254
invitados a formar parte de las reuniones en donde se urdió el plan, algo ver-
daderamente incomprensible, si se trataba de hacer una revolución contra
un fuerte poder hegemónico, como era España, aun cuando se encontraba
en sus postrimerías. Y, es que una revolución es un proceso que por todos es
sabido, necesita de la ayuda de gran cantidad de personas y de fuertes canti-
dades de dinero, si se quiere conducir a feliz termino.
255
El otro camino que les quedaba era aceptar su derrota y permitir que
la Comisión Negociadora entrara a suelo sansalvadoreño. Este era el cami-
no más razonable que tenían a su disposición. Los próceres demostraron
que eran hombres valientes y sensatos porque tomaron la vía de la paz. En
ese momento no les cegó la ambición. Es admirable, por ese lado, que aun
cuando su deseo de alcanzar la libertad era enorme, no precipitaron al pue-
blo a la muerte, sino más bien, sólo algunos de los cabecillas sufrieron en-
carcelamiento o la muerte.
El trabajo llevado a cabo por los integrantes de estas poblaciones fue va-
lorado por el Gobernador Bustamante y el Arzobispo Casaus, residentes en
Guatemala. A todos estos hombres que manifestaron su adhesión al Rey, les
fueron dadas las gracias, recompensa suficiente para ellos, en el periódico
256
La Gaceta. De igual forma, la conducta de los próceres fue mostrada como
una deshonra. Su conducta fue difundida a lo largo y ancho de la Capita-
nía en “Los americanos de San Salvador”. Motivo suficiente para que estos
hombres, detuvieran por un tiempo la marcha de la independencia; más, no
desecharon sus planes por alcanzarla.
Cerrando este numeral, se puede afirmar que si bien es cierto que todas
estas poblaciones negaron su auxilio militar a los sansalvadoreños, no por
ello se les puede inculpar de falta de patriotismo. Todo fue un malentendido
por la desinformación de que fueron parte. Sí los próceres hubieran organi-
zado el levantamiento de forma más minuciosa –invitando a sus reuniones
a más personas –los resultados hubieran sido de otra forma. Sin embargo, a
pesar que los resultados fueron una total derrota, no dejaron de ser signifi-
cativos. El comportamiento de estos hombres fue dado a conocer por toda
América Central, con lo cual se sentó un precedente de relevancia. También,
se dio a conocer que la aparente calma mantenida en las provincias de la
Capitanía Guatemalteca había concluido, comenzando la hora de enarbolar
el estandarte de la libertad. Los funcionarios políticos y jerarcas de la iglesia
quisieron apagar el fuego revolucionario en Centroamérica; pero, todos sus
intentos fueron ineficaces porque lo que no se logró el 5 de noviembre de
1811, resultó ser un éxito el 15 de septiembre de 1821. Lo que no se vislum-
bró ese cinco de noviembre se vislumbró diez años después.
257
10. La mujer en la Colonia Hispana y su desempeño en la emancipa-
ción
258
la mujer no pensaba y carecía por completo de fuerza física. El “insólito”
caso de Juana de Arco, en Europa, acabó en la hoguera. Y el “estrafalario”
caso de las amazonas se volvió un mito. Desde el inicio mismo del mundo,
se tuvo una concepción reduccionista del papel de la mujer, dentro de la
sociedad. La mayoría de civilizaciones valoró más al caballo, que a la mujer.
Fueran de la realeza o del pueblo, éstas vivían recluidas en sus hogares. Na-
cían bajo la tutela del padre para pasar al de sus maridos. Ni siquiera tenían
el derecho de escoger consorte; sino que, era impuesto por voluntad de sus
padres.
La mujer era vista como un ser débil, delicado, a quien había que man-
tener dentro de los hogares el mayor tiempo posible. Se le consideraba de
una complexión más delicada que la del hombre –pero, se le maltrataba de
palabra, con golpes e imponiéndole el fuerte trabajo del hogar –por lo que la
mujer podía aspirar únicamente, a desempeñar dos roles en su vida adulta:
Religiosa o esposa. En ambas profesiones, la mujer permanecía el noventa y
cinco por ciento de su vida encerrada. Y sino alcanzaba ninguna de las dos,
era vilmente tratada con el mote de “solterona”, siendo victima de maltrato
psicológico, por parte de su familia, amistades y lo que es peor, de otras
mujeres. La mujer había recibido una concepción errónea de sí misma, que
ella propia, perpetuaba y reproducía, maltratando a sus congéneres. Lo más
execrable de todo era que educaba a sus hijos e hijas de acuerdo al modelo
de machismo profundamente desarrollado en su pensamiento.
259
Un camino considerablemente estrecho, que requirió siglos para ser ensan-
chado y que otras mujeres pudieran andar sobre él.
Esta mujer nació en Nueva España en el año de 1651. Fueron sus padres
Pedro Asbaje y Vargas e Isabel Ramírez, por lo que su nombre verdadero, se
260
sabe fue Juana Ramírez de Asbaje. Tuvo desde muy pequeña una inteligencia
prodigiosa. Se sabe que aprendió a leer y escribir desde muy temprana edad.
Su amor a la lectura le llevó a aprender una amplia gama de conocimien-
tos: “su asombrosa memoria e inteligencia le permitieron ya a sus 17 años
conocer el latín y el náhuatl y adentrarse en teología, estudios escriturarios,
cánones, filosofía, matemática, historia, poesía y estudios humanísticos en
general249”. Esta mujer probó ser una verdadera musa de la literatura. Sabia
de todo, leía de todo y escribía de todo. Desafortunadamente para ella, el
machismo, no le permitió realizar estudios universitarios. De hacerlo, hu-
biera hecho temblar las aulas magnas de su época.
Debió ser muy duro para ella, no poder asistir a la Universidad, pues,
por su mismo nivel de desarrollo intelectual, estaba consiente de poder ser
mejor o igual que un hombre. No obstante, las creencias de aquella época
histórica, en que se concebía a la mujer como un ser temeroso y fácil de
medrar, sor Juana Inés de la Cruz, tuvo el valor de llevar a cabo una gran
proeza: “Debió disfrazarse de jovencito para poder conocer la universidad
por dentro y tomar algunas clases250”. Que triste debió ser para ella, llegar a
esos salones y saber que no podía continuar en ellos, por la sencilla razón
de ser mujer. Ella vivió un momento en el que la ignorancia era la herencia
de la mujer.
No se dio por vencida ante estas dificultades, y lejos de ello proveyó a
la humanidad de una creación literaria exquisita y rica como ningún otro.
Escribió sonetos, odas, glosas, entre otros, siendo la admiración de muchos;
pero, a su vez, el escándalo para otros. Ese amor a la lectura, así como su sed
por escribir y producir; la llevaron a tomar la decisión de mantenerse céli-
be por el resto de su vida. De esa manera, entró a un convento, pues sabía
que de casarse, tenía por seguro, la prohibición de continuar con sus pasa-
tiempos favoritos, que eran leer y escribir. Cualquier hombre que se hubiera
casado con ella, le hubiera exigido dejar ese tipo de actividades por conside-
rarla poco aptas para su sexo. En cambio, al estar dentro de un convento, al
menos, iba a obtener licencia de sus superioras de dedicarse al estudio.
249 Dussel, Enrique. “Historia General de la Iglesia en América Latina. Tomo I/1”. P. 630
250 Dussel, Enrique. “Historia General de la Iglesia en América Latina. Tomo I/1”. P. 630
261
sión al convento de San Jerónimo, donde: “su celda más parecía una acade-
mia llena de libros, que pasaban de cuatro mil volúmenes y de instrumentos
músicos y matemáticos. Distribuía su tiempo en los actos de piedad y en la
observancia de la regla, en el estudio y en sostener constante corresponden-
cia con los sabios y literatos de su tiempo251”. Fue en todos sus detalles una
mujer intelectual. De haber realizado estudios universitarios, seguramente,
esta mujer hubiera podido en todo sentido, dedicar parte de su vida a rea-
lizar descubrimientos científicos y no sólo se hubiera dedicado a escribir
poesía.
Desde muy joven tomó la decisión de llevar una vida religiosa; es más,
ella con ayuda de su hermano construyó su propia ermita donde poder de-
dicarse a sus ejercicios espirituales, y vivir de forma recluida. Este tipo de
actitudes, muestran a una mujer de carácter fuerte; dado que, en el pasado,
la mujer no tenía el valor de tomar decisiones de este genero. Lo común era
que los padres decidían con quien casar a sus hijas; quienes, obedecían cie-
gamente a sus padres. Pasaban del yugo paterno, al yugo marital, sin mejorar
casi en nada sus condiciones de vida.
262
caba, que estas mujeres no tenían donde vivir. Obligadamente continuaban
viviendo junto a sus padres o familiares. La situación de la mujer, según pa-
rece, no era problema para los funcionarios de la Colonia. Esto es más que
un testimonio de cómo la mujer latinoamericana estaba totalmente relegada
a segundo plano.
Para concluir, se puede establecer que Santa Rosa de Lima fue religiosa
por vocación y no falta de opciones en su vida. Ella fue una mujer según da-
tos, muy bonita; pero, prefirió formar parte de la Orden Terciaria de Santo
Domingo, para poder llevar el evangelio, a otros, antes que llevar una vida
dedicada únicamente a las actividades propias de la mujer de aquella época.
Su valor ante el hecho de saber que no tendría un lugar donde habitar, más
que cerca de su familia, la hacen una mujer valiosa, porque demostró a mu-
chas otras, que las mujeres pueden tomar decisiones en la vida, para alcan-
zar la felicidad tan ansiada, aun cuando, los esquemas sociales les nieguen a
estas sus derechos y dignidad como seres humanos que son.
Esta joven nació en Quito, ciudad de Ecuador –Sur América –en el año
1618. Al igual que Santa Rosa de Lima, fue una criolla, con una profunda in-
clinación a la vida religiosa. Su nombre verdadero era María Ana de Paredes
y Flores. Quedó huérfana desde muy tierna edad, por lo que se crió al lado
de una hermana. Con el paso del tiempo decidió dedicar su vida al servicio
del Señor. Su director espiritual fue un religioso de la Compañía de Jesús:
Hernando de la Cruz, quien le ayudó a conseguir la santidad.
263
Llevó una vida consagrada a la oración y a la soledad. Se le conoció con
el nombre de Azucena de Quito. Ella fue la primera santa quiteña.
264
claustro masculino254”; o bien, religiosa en un convento. No existía otra op-
ción para las féminas; más que resignarse a casarse o ser religiosa. Para las
indígenas esta situación era aun más cruel. Ellas ni siquiera podían optar por
formar parte de un convento. Sólo las criollas podían ingresar a ellos.
- “Cantos de Navidad”
254 Dussel, Enrique. “Historia General de la Iglesia en América Latina. Tomo I/1”. P. 558
265
ninguna otra la situación de sometimiento en la que vivían las féminas de la
época colonial. Fue una persona sometida al yugo paterno, así como al yugo
de su marido; con gran paciencia y mansedumbre.
Lo más importante de ella es que fue una mujer mística y dada al plano
espiritual desde su mas tierna infancia: “antes de cumplir los cinco años de
su edad, moviéndola interiormente la gracia de el Espíritu Santo, comenzó a
ayunar, con tan rigorosa abstinencia, que se pasaba las cuaresmas enteras to-
mando cada día una pequeña tortilla de maíz y solo cinco tragos de agua255”.
Entregada a sacrificios, oraciones y oficios religiosos transcurrió su infancia,
hasta que a los diez años quedó en completa orfandad. Buscó ayuda en una
tía suya, que más que darle amor, le causó aun más sufrimientos, hacién-
dola objeto de maltratos: “Con el especioso título de recogerla y ampararla,
alquilaron en ella una criada y en lugar de sobrina recibieron una esclava
que asistiese personalmente al servicio de toda la familia en los empleos y
molestos menesteres de una casa256”. Luego de tanto padecer, paso del yugo
familiar al yugo matrimonial.
255 Padre Antonio De Sira, profeso de la Compañía de Jesús. “Vida Admirable y prodigiosas
266
mino de la espiritualidad. Sus avances y logros fueron tan grandes que muy
pronto obtuvo un don que rara vez otorga la Compañía de Jesús, a una fé-
mina: “la autorización para usar la sotana de la Compañía y hasta para ser
enterrada en el templo de la Compañía en la Antigua Guatemala259”. Sola-
mente los jesuitas supieron vislumbrar en ella, a una mujer virtuosa, hasta el
punto de galardonarla con el don de usar una sotana que desde sus orígenes
ha estado dirigida a los soldados de Cristo –o sea hombres.
267
al machismo imperante. La mujer no quería ser ignorante; estaba obligada
a serlo por considerársele inepta para aprender; así como también, según
opinión de los hombres, la mujer debía estar recluida. El hombre hizo de la
mujer un símbolo sexual; un objeto de decoración; una esclava; y, definitiva-
mente, hizo a una ignorante de quien poder aprovecharse fácilmente.
• Manuela Beltrán
268
Ante la situación crítica a que dio pie la aplicación de tales medidas, Ma-
nuela se pronuncia en 1781, en contra de ellas, en lugar público, arrancando
el edicto del lugar en el que se encontraba. Su hazaña fue ejemplo a seguir
por muchos hombres, quienes se unieron para reclamar en contra de las
disposiciones de la monarquía. Ella fue la piedra que desencadenó el movi-
miento comunero granadino, en el que la población se erigió creando serios
problemas a la administración española.
Esta mujer fue una verdadera heroína del proceso emancipador boli-
variano de América. Cuando joven contrajo nupcias con Manuel Ascencio
Padilla, quien llegó posteriormente a ser general de las fuerzas revolucio-
narias de Bolivia. Poseyó un espíritu valeroso, lo cual la condujo a viajar
en compañía de su esposo, participando a su lado en diversas batallas. Era
tan grande su arrojo y pericia que su esposo osó dejarla sola en una acción
de defensa. Posiblemente, vio en ella más que una esposa, a una gran estra-
tega militar, a quien podía confiarle la vida de sus hombres. En ocasión de
tener que hacer frente a un ejército apostado en el Chaco, su esposo le dejó
a cargo la defensa de la hacienda de Villar. Ahí, esa fémina se convirtió en
una completa guerrera. Con un aproximado de treinta hombres defendió el
lugar, dando muerte con su propia mano al jefe del ejército realista. Lo más
llamativo de esta proeza militar fue la confianza depositada en ella por parte
de los soldados que quedaron bajo sus órdenes.
269
• Manuela Saënz de Thorne
260 Fue nombrada “Heroína de la patria” por decreto legislativo 101 del 30 de Septiembre de
1976; el cual se renovó nuevamente en el 2003 por parte de la Asamblea Legislativa, debido a su adhe-
sión al movimiento emancipador lo que le condujo a la muerte tras el castigo inflingido en su cuerpo
que consistió en cien látigazos y que fue presenciado por gran cantidad de testigos en la Plaza Central
de San Vicente.
270
Todas estas mujeres sufrieron de una u otra forma por haber formado
parte de los alzamientos. Su conducta es imponderable, ya que, lo hicieron
en un momento histórico en el que la mujer era formada bajo rangos de un
duro conservadurismo. Por esta razón, algunas fueron encarceladas y some-
tidas a interrogatorio; otras se vieron forzadas a huir y las que fueron libera-
das fueron causa de sospecha. En el bando de los realistas también hubo mu-
jeres que intervinieron como fue el caso de Micaela Jerez y Feliciana Jerez,
las cuales se enfrentaron junto a otras, cuerpo a cuerpo contra los nonualcos
insurrectos, a quienes lograron repeler. Sumado a esto, hay que mencionar
lo admirable que esas mujeres hicieron al apoyar a sus esposos en la conse-
cución de la independencia. Lejos de rogarles que abandonaran esas ideas
revolucionarias, salieron a las calles a reforzar, todavía más, la insurrección.
Tras los fallidos intentos por alcanzar la libertad en 1811, los próceres
fueron urgidos a detener sus acciones independentistas y esperar por mejo-
res oportunidades. Esto no implica que ellos permanecieron inactivos; sino
que, se dedicaron a elaborar una nueva rebelión, en el más profundo secreto.
Mientras, ellos trabajaban con avidez en la planeación de esta nueva suble-
vación; otros centroamericanos iniciaron los suyos propios.
271
El primero de tales disturbios fue el perpetrado por los nicaragüenses
en León y Granada, el mismo año que la Intendencia sansalvadoreña, es
decir, en 1811. Los criollos de esas regiones hicieron tres intentonas en el
mismo mes, con fecha del 13, 22 y 26 de diciembre; empero, los tres intentos
tuvieron un matiz muy similar al de los salvadoreños. Exigieron reducciones
o anulaciones de impuestos; depusieron a funcionarios españoles o chape-
tones de sus cargos importantes; exigieron más libertades; sin embargo, las
cosas no pasaron de ser un buen susto para los pobladores. En sí el pronun-
ciamiento nicaragüense no tuvo alcances mayores que los ejecutados en San
Salvador. A lo que parece, los nicaragüenses tampoco tenían un plan defini-
do que seguir, sí en dando caso la insurrección era un éxito.
272
En el año de 1813, un grupo de guatemaltecos mantuvo una serie de
reuniones clandestinas en el convento de Belén, por lo que se le ha dado en
llamar “Conspiración de Belén”. Según parece uno de sus líderes más impor-
tantes era un religioso, conocido con el nombre de Juan de la Concepción.
Solo así se entiende que los conjurados tuvieran acceso a un convento; sin
siquiera despertar sospechas en las autoridades realistas emplazada en Gua-
temala. Seguramente, ni el mismo Bustamante se esperó que tan cerca de él
un grupo de criollos, estuviera conspirando en su contra. Entre los colabo-
radores de la Concepción se mencionaban a Tomás Ruíz, a Manuel Ibarra,
al religioso Víctor Castrillo, el señor Yudice, y más. La conspiración fue des-
cubierta y los “sediciosos”, fueron encarcelados de inmediato.
Pero, aun con todos los esfuerzos realizados por Bustamante para retener
cualquier tipo de insurrección, la situación de las colonias había llegado a tal
punto de inconformidad y efervescencia que la mayoría de criollos deseaba
verse liberado del gobierno español. Los impuestos se habían vuelto una
terrible carga para colonias cuya vida comercial y económica se había visto
mermada por la terrible situación internacional; así como, por la pobreza en
que las continuas extracciones habían dejado al continente americano. Es-
paña, Inglaterra y Portugal, se habían llevado lo mejor de estas tierras fuera
por la vía legal o bien por la piratería. Causas para liberarse habían muchas,
causas para continuar bajo el amparo de la Corona, no había ni una. Los
criollos sólo querían ver mejorados sus ingresos económicos y aumentar sus
riquezas. Por lo tanto, cualquier incidente podía ser usado como pretexto
para principiar la insurrección.
273
fueron apresados o condenados a morir, ese histórico 5 de noviembre, alcan-
zar la libertad dejó de ser un sueño y se convirtió en la razón de ser de esos
hombres; para quienes ya no hubo descanso sino hasta el mismo instante en
que vieron firmada el Acta de Independencia en el memorable año de 1821.
274
La insurrección de 1814 se debió a varias variables que entraron en jue-
go, dándole impulso a este suceso. En primer lugar, su única esperanza: La
Constitución de Cádiz fue todo un fracaso. El Gobernador Bustamante no
aprobó que los cambios propuestos en el documento legislativo fueran pues-
tos en práctica a cabalidad. Trataba, de defender los intereses de los realis-
tas, quienes eran los más perjudicados como se vio en la primera parte al
analizar este documento. De ser aprobado y ejecutado lo dicho en Cádiz,
los criollos y demás pobladores de América hubiesen visto mermados sus
sufrimientos; empero, Bustamante no quiso arriesgarse a padecer y sacrificó
una vez más a los criollos y por supuesto, al pueblo. De ahí, se agudizó el
descontento y las molestias contra el régimen español. Un nuevo golpe se
comenzó a fraguar para 1814.
En tercer lugar, hubo otra variable que ofendió a los criollos. Tras la lle-
gada de Peinado a la Intendencia, se había conformado un cuerpo militar
nombrado “voluntarios de Fernando VII”. Este cuerpo estaba formado por
aquellos simpatizantes con la monarquía; y vigilaban que nadie tratara de
sublevarse al gobierno. Esto desagradó en absoluto a los criollos insurrectos
y no dejó de existir entre ellos constantes roces. También, Peinado contra-
tó espías para vigilar los movimientos de los antiguos insurrectos. Así fue
como se enteró, que los susodichos habían estado fraguando en reuniones
secretas el siniestro plan de derrocarlo. Inmediatamente, al ser informado
de estos hechos condujo a los conjurados a su casa en donde los encerró
para advertirles que estaba enterado de todas sus maniobras: “Manifestóles
Peinado que la noche anterior habría podido si hubiese querido, presidir la
275
junta secreta que habían celebrado261”. Estos trataron de disimular lo mejor
que pudieron; pero, muy en el fondo tuvieron razones para estar preocupa-
dos y alertas. Por otra parte, Peinado se sentía muy seguro porque estaba
bien protegido por los voluntarios de Fernando.
Ese día -24 de enero de 1814 –fue inconcebible para gran parte de la
población que estos hombres, que habían sido abatidos por el temor de una
posible refriega por parte de los tres restantes partidos a más, de otras pobla-
ciones de la Capitanía, en 1811; y, que habían jurado fidelidad a Fernando
VII a la llegada de la Comisión Negociadora compuesta por Aycinena y Pei-
nado, osara rebelarse una vez más. Inexplicable como luego de tres años de
silencio reaparecieran portando el estandarte de la libertad. Pareció a todos
que los sansalvadoreños eran testarudos y harto perseverantes en consolidar
sus aspiraciones personales, así como nacionalistas.
261 Meléndez Chaverri, Carlos. “José Matías Delgado. Prócer Centroamericano”. P. 197.
276
ver concretizados estos sueños, que arrostraron todo tipo de sufrimientos:
Cárcel, maltrato, exilio, insultos, desprecios, y la muerte misma. Todo lo su-
frieron con resignación; algo extraordinario en ellos.
277
tragedia, la vida y seguridad de Matías Delgado no se vieron perjudicadas.
Con su cargo de rector de la Universidad de Guatemala, nadie sospechó de
él, sino que le creyeron inocente de los sucesos acaecidos en San Salvador.
Con respecto a la suerte de los laicos, se puede afirmar que fue lastime-
ra. Los dos casos mas dolorosos que se pueden mencionar son el de Pedro
Pablo Castillo y el de Santiago José Celis. Castillo huyó, no sólo de la Inten-
dencia salvadoreña, sino también de la Capitanía, abandonando a su fami-
lia y demás posesiones. El motivo de su huida fue que durante la refriega
sostenida con los soldados del Cuerpo de Voluntarios de Fernando, hirió al
oficial Zaldaña, por lo que fue acusado de traición. La tradición arguye que
Castillo huyo en dirección a Belice, disfrazado de religioso; y de ahí, partió a
Jamaica, lugar en el que la parca le encontró. No tuvo el gozo de estar presen-
te en el festivo día de la firma del Acta de Independencia, ya que de regresar
a la Intendencia de San Salvador, su vida corría gran peligro. El caso de Celis
tiene una connotación muy dura, quizás hasta cruel. A él se le ha llamado
con justa razón “El Mártir de la Independencia”. Sobre la muerte de Santiago
existen versiones variadas. En otras palabras, ante tanta contradicción cabe
suponer que nunca se esclareció su forma de fallecer. Santiago José Celis
fue apresado como otros. Luego se le condujo a la cárcel de San Salvador
de donde no salió sino hecho cadáver. Unos arguyen que fue asesinado a
culatazos por sus mismos guardias; otros que los centinelas de la prisión le
ahorcaron amarrándole a los barrotes de la prisión; por fin, otros aducen
que él se ahorcó sólo. Cual haya sido el método utilizado para darle muerte,
fue muy brutal.
278
de enero de 1814 estuvieron armando alboroto. El paladín de este levanta-
miento fue Antonio Valle, razón por la cual fue apresado el 26 de enero y en-
carcelado junto con los demás criollos. Fue conducido al Castillo de Omoa,
localizado en Honduras en donde tras los barrotes entregó su vida. Ilobasco
fue otro de los pueblos que brindó auxilio a los próceres sansalvadoreños.
Estos tuvieron por adalid a otro de los ya arriba mencionados: Juan José
Mariona, quien arengó al pueblo diciéndole que los hermanos Aguilar esta-
ban luchando contra el gobierno español quien había decretado aumento de
tributos. La cólera del pueblo no se hizo esperar a través de protestas, ante lo
cual su máximo dirigente fue apresado.
279
to. Eso no significa que fueran las únicas variables que repercutieron en el
avance de los movimientos independentistas de América Latina; pero, si que
fueron los más cercanos y los más influyentes del momento, sobre todo para
la Intendencia de San Salvador.
i. El Pronunciamiento de Riego.
Esta variable fue abordada con bastante detenimiento en la primera par-
te de este libro262, en el cual se aclaró como las fuerzas militares de España
se vieron debilitadas por el fraccionamiento que este hombre –y sus ideas
–causaron en el ejército. Por otra parte, la atención del Rey Fernando, que
estaba fija en la conducta de las colonias americanas, fue desviada a la acción
intrigante efectuada por Riego: El “1° de enero de 1820 el teniente Coro-
nel Rafael del Riego proclamaba la Constitución de 1812 en cabeza de San
Juan…Dos días más tarde, el pueblo madrileño asaltaba uno de los símbo-
los más característicos del absolutismo: el edificio de la Inquisición…263”. Su
única intención era impulsar una revolución, que destronara por completo
al Rey, permitiendo a los liberales patentar el poder; pero, acabó ayudando a
los criollos de forma indirecta.
En este punto hay que ser un poco más específicos y quizá abordar dete-
nidamente la historia Colonial. Con la proclamación de la Constitución de
de 1820”.
263 Espadas Burgos, Manuel y De Urquijo Goitia, José Ramón. “Historia de España. Guerra de
280
Cádiz (1812)264, se estableció que los años oscurantistas en los que expresar
el pensamiento con libertad y claridad quedaba abolido. Con la Constitu-
ción se les confirió a las personas habitantes de España como de sus colonias
hispanas, poder expresarse en libros, periódicos y otros medios escritos.
Es decir, no es que en la Colonia no hubiera publicaciones escritas, hechas
por copistas o la imprenta (algo que se logró más adelante) sino que, todo
lo publicado estaba sometido a vigilancia de las autoridades inquisitoria-
les, tratando de evitar la promulgación de ideas contrarias al régimen. Para
comprender un poco más a profundidad este fenómeno hay que retomar la
historia.
264 Abordado detenidamente en la Primera Parte de este libro, en el numeral 4.3. Las Cortes
de Cádiz.
281
americanas para obtener un libro, o bien para publicarlo. Debió haber sido
una tarea titánica. Requería meses recibir un libro, que quizá por encargo
a algún amigo, familiar o conocido, se había pedido a suelo europeo. Más
difícil aún proveer a los alumnos de textos para investigar o estudiar. Los
costos eran inmensos, por lo que estudiar resultaba, oneroso para los padres
de familia. Para los encargados de colegios o universidades era preocupante
y urgente disponer de bibliotecas; pero, ello implicaba un gasto millonario.
Sin embargo, con la llegada de la imprenta a América, todo aquello que una
vez se consideró imposible, se volvió realidad.
282
Fábrica, pues ninguno hasta ahora ha surcado
266 Juan de Dios del Cid. “El Puntero Apuntado con Apuntes Breves”. P. 2.
283
cambio. Esos tres diarios se llamaban: “El Editor Constitucional”, “El Genio
de la Libertad” y “El Amigo de la Patria”. Desde un inicio estas publicaciones
se encargaron de orientar el pensamiento de las masas y demás personas a
quienes iba dirigido. Así fue como la situación centroamericana y la forma
de concebir la realidad fue tomando un cariz diferente. Es sabido por todos,
que los medios de comunicación son la forma más eficiente y eficaz de re
definir el rumbo del pensamiento de una nación.
284
concebirla, con la ayuda de los periódicos –como medio de comunicación
–había cambiado en el lapso de unos cuantos años. El pueblo y gran parte
de los criollos y chapetones que no aceptaban desligarse del poder español,
acabaron cambiando de opinión. Los pocos que no quedaron convencidos
tuvieron que irse de América o aceptar de mal grado el nuevo estilo de vida.
Aquel grito de 1811 y la intentona de 1814 que tanto dolor causó a sus diri-
gentes por la experiencia de represión que hubo en ellos, quedó en el pasado.
Ese 15 de septiembre de 1821 hubo tolerancia, hacia las ideas del otro, aun
cuando más adelante hubo guerras entre las provincias hermanas. Todo
acabó con la consecución de las metas propuestas por los próceres. Desafor-
tunadamente, varios de ellos habían fallecido para esa memorable fecha.
iii. La Coronación
285
trajo consigo el descontento. Todos esos hombres que fueron perjudicados
por los cacos conformaron el bando de los gazistas. El descontento en las
colonias era grande.
Tras el llamado, Gaínza y demás personajes del clero, del ejército y la so-
ciedad se presentaron al Palacio de los Capitanes donde sostuvieron discu-
siones –por momentos bastante acaloradas –sobre qué rumbo escoger. Las
opciones eran varias: Declarar independencia de España para unirse a Itur-
bide en México; declarar la Independencia de España y formar una nueva
nación o continuar bajo el gobierno español. Hombres como Cecilio del Va-
lle se oponían a firmar la independencia ese día porque proponían esperar
los votos de las demás provincias que aun no lo habían emitido. Esta actitud
era natural en Cecilio pues el representaba al partido españolista, es decir,
aquellos que querían mantener a la Capitanía de Guatemala, bajo la corona
española, así como también la defensa de la producción interna versus las
importaciones, que no hacían más que destruir las ganancias.
286
Delgado fue del agrado de las mayorías, por lo cual lo ovacionaron y vito-
rearon.
287
apagaran el fuego de la libertad que ardía entonces en la América…271”. Estas
opiniones son ciertas en cuanto al análisis del papel; sin embargo, desde un
punto de vista social y antropológico, se puede afirmar que para las masas
fue conclusivo. No cabe duda que las grandes mayorías no querían dilacio-
nes, sino el cumplimiento de las promesas hechas por sus dirigentes desde
hacia largo tiempo. Así fue como concluyó el Primer Grito de Independen-
cia proferido el 5 de noviembre de 1811. Por otra parte, el Acta hablaba de
la independencia de Guatemala, porque era la Capitanía General de la cual
formaban parte el resto de provincias. Era claro que no se estaba independi-
zando San Salvador, sino la Capitanía completa.
288
de causantes del más variado tipo: Personales, religiosas, familiares, ideoló-
gicas, culturales y más. Esas y otras variables nacionales e internacionales
–estaban aunadas en un todo, que influyeron directa y fuertemente en el
pensamiento del clero insurrecto. A partir de ello, los religiosos llegaron a
oponerse a sus superiores de forma radical. Entonces, exponer cuales fueron
las causas verdaderas, que los impulsaron a participar en la insurrección de
1811, es el objetivo primordial de este capitulo. Asimismo, es el propósito de
este capitulo, estudiar aquel tipo de ideas que aunque tengan apariencia de
ser causas reales, no lo son, aclarando el por qué.
Además, dentro de cada causa, a la par que se analizan los hechos histó-
ricos llevados a cabo por dicho clero, se ha intentado analizar el pasado del
criollo y cómo esa realidad histórica –desde 1492, con los procesos de des-
cubrimiento, conquista y colonización –dentro de la cual estuvieron inmer-
sos, influyó en su comportamiento. No se puede obviar que la hegemonía
que los grandes imperios llegaron a ostentar delineaba el perfil de sus ciu-
dadanos y de los colonizados. Eso ocurrió a los españoles. Una vez asentada
la Colonia, estos se sintieron los dueños del mundo. Se sintieron destinados
a mandar sobre las poblaciones indígenas, africanas y mestizas. Ese tipo de
ideas impresas en las mentes del clero insurrecto –y demás criollos –influyó
en gran medida en el proceder de estos como se verá en el desarrollo de las
causas, sean aparentes o reales. Es, por lo tanto, imposible abordar el tema
del clero insurrecto descontextualizándolo de su pasado, y de su entorno.
289
Dado que fue esa realidad la que perfiló en ellos, una auto-apreciación, que
les hizo sentirse distintos de los peninsulares, así como distintos del resto
de habitantes de las demás provincias, incitándolos a reclamar la provincia
sansalvadoreña para sí. Se auto nombraron sansalvadoreños como si San
Salvador fuera una patria, aun cuando su patria era la denominada Capita-
nía General de Guatemala. Pero, a esto se puede agregar que, la auto-apre-
ciación que el clero insurrecto criollo hizo de sí mismo, les llevó a oponerse
por completo no sólo al Rey, sino a la jerarquía eclesiástica local; es decir,
a la que se encontraba dentro de la Capitanía de Guatemala; así como a los
mandatos conciliares de Trento y del Papa.
290
5.2. Causas Aparentes
En este estudio se han encontrado tres causas aparentes que serán ana-
lizadas en las siguientes páginas y son: Acabar con los Ilotas; Patriotismo; y,
Acabar con el Colonialismo. En realidad, no es que estas causas sean nove-
dosas. Son, más bien, las razones que por años han servido para justificar
la participación del clero dentro de la causa independentista. Por ejemplo,
siempre se ha establecido que la participación del clero, en la insurrección
de 1811 se debió a mero patriotismo, algo bastante improbable, dado que,
los hechos demuestran lo contrario, pues la patria de ellos era Guatemala y
no San Salvador. Al analizar la postura del clero insurrecto frente al esclavis-
mo; al analizar si era posible aplicar el término patriotismo en un estilo de
gobierno colonial; y, sobre todo, al analizar si se acabó con el Colonialismo,
se descubre que todo fue demagogia. Le hicieron creer al pueblo que la lucha
estaba encaminada por la senda del desinterés humano. Sin embargo, ese fue
el método por medio del cual usaron la fuerza del pueblo, para intimidar a
los “chapetones” hasta lograr su expulsión.
Se ha dicho por mucho tiempo que gracias a las gestas realizadas por
los “beneméritos padres de la patria”; los salvadoreños recuperaron su li-
bertad. Sin embargo, ¿qué salvadoreños la recuperaron y cuándo?; y sobre
todo, ¿qué tipo de libertad recuperaron? Esa es la pregunta central. Es que
acaso todos los habitantes de la Intendencia de San Salvador –y, sí se quiere,
los habitantes de la Capitanía General de Guatemala –eran esclavos. Y, si lo
eran ¿Qué tipo de esclavos eran? Porque ¿Qué es un esclavo? El diccionario
jurídico vierte algunas definiciones muy acertadas al respecto. La primera
se refiere a las personas en su ser individual: “El ser humano que pertenece
en propiedad a otro, con perdida absoluta de su libertad y de casi todos los
291
derechos. Por extensión, el siervo y el que trabaja a perpetuidad para otro,
a quien sirve sin derecho a abandonarle. Sujeto inflexiblemente sometido,
sojuzgado272”. La segunda definición se refiere a las sociedades humanas:
“Pueblo que carece de libertades publicas273”.
292
dos bandos, pues no tuvieron la capacidad de mantener una postura objeti-
va ante el actuar de los criollos y peninsulares. Tomaron una opción; pero,
no una que velara por el bien de las mayorías –o sea, los pobres –sino una
opción ideologizada, que defendiera los intereses de la Iglesia, como insti-
tución de poder.
293
Es necesario aclarar que fueron súbditos, más no esclavos, que es algo muy
distinto.
Desde los inicios mismos de la colonia se observa división entre los in-
tegrantes del clero sobre el trato a darse a los nativos de América Latina. Es
indispensable subrayar que los integrantes de la clerecía llegados al nuevo
continente tenían la misma sangre que los conquistadores, lo cual provocó
contradicciones sobre qué grupo apoyar, si al conquistado o al conquistador.
Al igual que el método de evangelización a implementar. Se establece que,
hubo tres posturas en relación al proceso evangelizador del indio por parte
del clero, como lo manifiesta Codina: Postura Esclavista, Postura Centrista
y Postura Liberadora. Cada una con un clérigo representativo: Sepúlveda,
Vitoria y De las Casas.
274 Ya que el Coloniaje no es más que un proceso de conquista y dominio de una cultura forá-
294
La primera de ellas avaló los procesos de conquista y colonización usa-
dos por los hispanos. Se argumentó que el indio era inferior al español. In-
clusive, hubo algunos que negaban que el indio tuviera alma. Por lo tanto, se
proponía una forma de evangelización violenta. Primero se sometía con la
espada y luego se le terminaba de someter, por medio de la cruz. La segunda
postura, era menos radical, pues, se negó a validar la inferioridad del indíge-
na; pero, ratificó la conquista de este. Una vez más la evangelización servía,
según esta postura, para mantener sometido al indio; y es con seguridad la
postura de evangelización que los clérigos insurrectos llevaban a la praxis,
en el siglo decimonono, con venia de los criollos. Es decir, evangelizaban
para mantener el status quo de los criollos. La última fue la que promulgó
un proceso de evangelización con respeto, paz y armonía; y liberación del
poder humillante de los españoles. La evangelización era para dar dignidad
a los indígenas haciéndolos hijos de Dios, iguales en derecho a los hispanos,
liberándolos de toda forma de opresión y represión.
Gran parte del clero de los primeros siglos de la Colonia, optaron por
una evangelización como la propuesta por Fray Bartolomé de las Casas. Al-
gunos murieron a manos de sus mismos compatriotas españoles. Sus ideas
y denuncias eran intolerables, dado que les prohibían maltratar al indio. Por
lo tanto, no podían saquear el continente cómodamente, con una voz recri-
minando su conducta lasciva. Sin embargo, en el siglo XIX las cosas habían
cambiado bastante, dentro del pensamiento clerical. No existía, entonces,
el religioso capaz de dar la vida en defensa de los marginados. El modelo
eclesiológico de la Cristiandad –que permitía el nexo cercano entre Iglesia
y Funcionarios –seguía imperando, habiéndose fortalecido aun más. En el
caso del clero insurrecto puede decirse que fue un nexo entre Iglesia y Elite
Criolla. La alianza entre ambos poderes resalta poderosamente el 5 de no-
viembre de 1811, cuando se pronuncian de la mano, en contra de los “cha-
petones”.
Para éstos lo que menos importó fue la vida del indio. Por lo que el lograr
la libertad del indígena esclavo, no fue una causa real para el clero insurrec-
to. Los indios fueron usados promoviendo alborotos como el perpetrado por
los nonualcos; quienes en Zacatecoluca y Santiago Nonualco intimidaron,
con su coraje, a los “chapetones”. O la población indígena de Panchimalco,
295
bajo las órdenes del clérigo descendiente del conquistador Del Castillo. Pese
a, esta loable proeza militar, alcanzada la independencia no se encuentran
datos que demuestren mejorías en las condiciones de vida de estas pobres
poblaciones. Antes bien, se les siguió catequizando para que mantuvieran
un sometimiento ciego a los nuevos señores sansalvadoreños, quienes les
expropiaron de sus tierras. Los nonualcos y pobladores de Panchimalco,
entonces, pasaron a ser junto con su proeza, parte de la leyenda magnifica-
da de cómo “el pueblo sansalvadoreño” logró su libertad. Para comprender
por qué el indígena no fue centro de preocupación para estos hombres hay
que entender la conformación estamental de la sociedad de aquel momento
histórico, como se trata de explicar a continuación. Para lograr una mejor
apreciación de la postura del clero insurrecto en cuanto a la “lucha contra
la esclavitud de los indígenas y africanos”, se presenta la situación de estos
desde la llegada del hispano al nuevo continente, junto al accionar de los
sacerdotes defensores de indios, hasta llegar al siglo diecinueve; así como, la
conformación estamental de la sociedad colonial.
296
Pero, qué era lo que, provocaba que estos grupos fueran tan rígidos y
exclusivos en su desempeño social. Para comprender con mayor exactitud
este fenómeno, se hace necesario, antes que nada, definir qué es una clase
social; para lo cual hay que leer algunos conceptos como el vertido por Llo-
vera, en su importante tratado sociológico: “Llamamos clase al conjunto
de individuos que ejercen una misma industria o profesión o que se en-
cuentran en una misma posición social y, por consiguiente, tienen intereses
comunes275”. Leer esta definición para cotejarla, con los hechos de la realidad
social acaecida durante todo el periodo colonial, permite constatar que, lo
que hubo en Centroamérica y demás tierras descubiertas por el poder his-
pano, fue una rígida jerarquización de clases sociales en forma vertical. Los
conglomerados humanos que conformaban dichas clases estaban obligados
a permanecer en su interior, puesto que, su trabajo y situación económica
les impelía a ello.
297
afirmar que eran castas rígidamente cerradas. Los indígenas se encontraban
en la base de la pirámide social; siendo los maltratados, humillados, y de-
signados a realizar los trabajos más duros o viles. También, se les confinaba
a vivir en las afueras de los pueblos, como se verá más adelante. Junto a es-
tos, compartiendo penas y sufrimientos, estaba la raza de color. A estos, al
igual que a los indios, se les señalaron los trabajos más fatigosos. Trabajaban
en zonas geográficas donde ningún otro podía sobrevivir, sometiéndolos a
faenas inhumanas. En otras palabras, esta clase social, compuesta por dos
poblaciones diferentes, eran los esclavos de la Colonia.
Por último, estaba la clase social alta que desde el inicio del proceso de
conquista y colonización se caracterizaron por ser un estamento poco nume-
roso. Ellos eran el nivel más poderoso y estaban conformados por peninsu-
lares como por criollos; pero, todos pertenecían a la raza blanca. Entre ellos
existía una constante pugna, pues se disputaban sobre cualquier otra cosa,
el poder. Querían dominar exclusivamente sobre los indígenas y africanos;
usando los cargos más importantes proveídos por la monarquía peninsular
en el plano religioso, político, económico y militar. A su vez, querían el po-
der económico en su totalidad, para disfrutar de excelentes condiciones de
vida. Su codicia y deseo de absolutizar su poder los condujeron a planear
los movimientos independentistas ocurridos en la primera mitad del siglo
decimo noveno, a lo largo de Latino América.
298
Curiosamente, dentro de esta estratificación piramidal se observan los
efectos del racismo. Hay una analogía elaborada por García de Toledo, que
esclarece hasta donde llegaba el sentimiento de superioridad racial que
aquellos hombres sentían sobre los nativos, ilustrando el proceder de Dios,
desde que pusieron un pie en el nuevo continente: “con estos gentiles mise-
rables y con nosotros como un padre que tiene dos hijas: la una muy blanca,
muy discreta y llena de gracia y donaires, la otra muy fea, legañosa, tonta y
bestial. Si ha de casar a la primera, no ha menester darle dote sino ponerla
en palacio, que allí andarán en competencia los señores sobre quien se casa-
rá con ella. A la fea, torpe, necia, desgraciada, no basta esto sino darle gran
dote, muchas joyas, ropas ricas…277”.
Es evidente, que la hija bonita son los españoles venidos de muy lejos;
mientras que los feos son los indígenas. Y, como aclara Gustavo, (el autor
del cual se ha tomado este dato tan ilustrativo), la dote son las minas de oro,
plata, riquezas y tesoros tomados de Latinoamérica, por parte de la codicia
rapaz de los españoles. Este mismo autor aclara que: “Es difícil encontrar
una expresión más abierta de racismo y europeo centrismo278”. Sorprende
a simple vista, verdaderamente, como los españoles pudieron concebir este
tipo de ideas carentes de sentido. Esta nube de ideas trastocadas y erróneas
sólo se comprende, cuando se considera el hecho de que estos hombres lle-
gados a América, en su mayoría, encarnaron una incongruencia de vida; es
decir, eran incongruentes con lo que decían y hacían. Decían estar preocu-
pados por la lenta conversión del indio al cristianismo; empero, les mataban
y despojaban de sus riquezas. Tenían una falsa conversión cristiana, lo cual
los condujo a una falsa práctica del evangelio. El lenguaje despreciativo al
referirse a los nativos, es abundante. Por ejemplo, al criticar la piadosa fun-
ción de Fray Bartolomé de las Casas, el primo del virrey dice: “¿Qué quiere
decir el haber puesto Dios a estos indios tan miserables en las almas, y tan
desamparados de Dios, tan inhábiles y bestias en unos Reynos tan grandes
y valles y tierras tan deleitosas y tan llenas de riquezas de minas de oro y
plata y otros muchos metales?279”. El lenguaje para referirse a los nativos era
299
despectivo y grosero; pero, lo más inconcebible era el hecho de usar a Dios,
como fundamento de la violencia, opresión y marginación ejercidas en estas
tierras. Concebían a Dios, como un dios imperialista, mientras que conce-
bían a Cristo, como el Mesías guerrero.
Con seguridad, no todos los hispanos eran racistas; más, las reglas del
juego les empujaron a practicarlo, sobre todo para evitar roces con los in-
tegrantes de su misma clase y compatriotas. Y, como ordinariamente suele
ocurrir, heredaron a sus descendientes todo ese cumulo de ideas racistas,
para quienes las condiciones de vida marginal en las que vivían los indios,
eran de lo más normal. Ideas que no murieron ni siquiera con la firma del
Acta del Independencia. En los movimientos emancipadores a lo largo del
Istmo Centroamericano (y por supuesto el resto del continente); en las men-
tes del clero insurrecto fue el orgullo criollo, el que predominó en los mo-
mentos de clamar la independencia de la corona española; más que el bien-
estar físico y espiritual de los indígenas.
300
Fue, el que a cambió de su participación en los alzamientos de 1811 y el res-
to, recibió más explotación, expropiación de tierras y aniquilamiento.
301
de oro: “…luego mandó prender al cacique, do se le fizo mucho daño, que le
quemaron su población, que era la mejor que había en la costa e de mejores
casas, de muy buena madera, todas cubiertas de fojas de palmas, e prendie-
ron a sus fijos, e aquí traen algunos dellos, de que quedó toda aquella tierra
escandalizada, desto no sé dar cuenta, sino que lo mandó facer e aun a pre-
gonar escala franca282”. De aquí en adelante, esta fue la tónica utilizada con
los indígenas para conseguir oro.
No todos los hispanos actuaron de esa manera; antes bien, hubo un re-
ducido número de ellos que se esforzó por lograr cambios en beneficio de
los nativos, aunque casi con resultados nulos, dado que la actitud, tanto de
reyes, como de conquistadores eran muy ambivalentes. Por un lado, estos
últimos, decían que les preocupaba la salvación de las almas de los indios,
por lo que mandaban expresamente evangelizarlos, y decían que había que
tratarlos humanamente; pero, por el otro lado, exigían más y más oro, tole-
rando los maltratos infligidos en los pobres indígenas. Pese a ello, hubo un
grupo de clérigos españoles, deseoso de tratar con justicia y humanismo a
los indios, quienes tuvieron todo en su contra. Sin ser comprendidos por
nadie, estos hombres cargados de un verdadero humanismo denunciaron
los crímenes, abusos y la opresión producidos en la carne de los indios. Ese
grupo de hombres humanitarios pertenecían a la orden de los Dominicos,
quienes escogieron como portavoz a Fray Montesinos.
302
nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin
darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos
que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y
adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y conozcan
a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domin-
gos? Estos, ¿No son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obliga-
dos a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís?
¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened
por cierto, que en el estado que estáis no os podéis salvar más que los moros o
turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo283”.
Claro está, que como ya se había mencionado antes, el efecto de estas pa-
labras no tuvo mayor alcance. En un inicio provocaron estupor por la fuerza
de sus denuncias; pero, sobre todo, cólera entre los conquistadores. Estos se
encontraban muy a su gusto, explotando y reprimiendo a los nativos. Se en-
riquecían vilmente, mientras, sostenían que todas las riquezas extraídas de
303
suelo americano pertenecían exclusivamente al rey, por voluntad divina. La
respuesta no se hizo esperar; llegaron las protestas de los encomenderos, de
los provinciales de la orden misma; y, por supuesto del Rey “católico”.
El Rey más que todo, era el que jugaba un doble juego. Haciendo creer
que velaba por la conversión de los “indios salvajes”; aprovechaba a buscar
tesoros y riquezas. Nace, entonces, la pregunta ¿Quién era más salvaje, el
rey con sus españoles; o, los indígenas? Si los españoles alegaban poseer una
cultura superior a los nativos, cuando se mofaban de ellos, por cambiar oro,
por unos simples vidrios quebrados e inservibles; por qué osaban matarlos
como animales. Eran hombres con doble moral, falsos practicantes de la re-
ligión, que vivían apegados al rito, más que dados a la vivencia del evangelio.
No solo oprimieron a los indios, sino que llamaron traidores a los clérigos
que osaron levantar su voz en defensa del indígena. Pasarían muchos años
para que Latino América, y especialmente, El Salvador conociera clérigos
del temple y la talla de Montesinos o Fray Bartolomé de las Casas. No hay re-
gistros de que el clero insurrecto de 1811 luchara por los derechos del indio.
Tampoco, se debe caer en la falsa creencia que los indígenas eran hom-
bres apocados que yacían sumisos, sin tratar de sublevarse. Por supuesto que
lo hicieron en repetidas ocasiones; pero, desafortunadamente, para ellos, el
enemigo español estaba demasiado avezado en las artes de la guerra. España
conocía el arte de hacer guerra, pues había participado en infinidad de bata-
llas contra los moros, y otros dignos oponentes europeos. Poseía caballería
y armas avanzadas comparadas con las de los indios. Se superpuso aquí,
entonces, el desarrollo cultural a lo largo de la historia. Entre más años ha
vivido una nación, más pericia tiene para enfrentar los problemas de la vida.
Por ejemplo, España, durante el período de descubrimiento y colonización
se encontraba viviendo, el Renacimiento. En cambio, América, apenas y co-
menzaba a vivir el esclavismo como modo de producción. Se encontraba en
los albores de ese modelo económico. No es que los indios fueran ignorantes
o menos capaces; sino, que se encontraban en un momento histórico de su
desarrollo cultural, bastante distante del de los hispanos. Hacía siglos que
estos habían vivido el esclavismo; y, por ende, estaban en una posición muy
superior comparada con la del enemigo.
304
Enfocándose en Centroamérica, se puede afirmar que también en la
estrecha franja continental, los indígenas sufrieron una gran infinidad de
atropellos como los relatados en el Memorial de Tecpan Atitlán: “Entonces
Tunatiuj (Pedro de Alvarado) empezó a pedir metal a los jefes. El quería
que le diesen tinajas llenas de metales preciosos, y hasta sus copas y ador-
nos. Y como no recibiera nada, Tunatiuj se encolerizó y dijo a los jefes: ¿Por
qué no me habéis dado metal? Si no me traéis el metal precioso que hay en
todas vuestras poblaciones, entonces, elegid, pues yo os quemaré vivos y
os ahorcaré284”. La llegada de los españoles a cualquier parte del territorio
latinoamericano, era una calamidad, más que una gracia. Reclamaban oro u
ofrecían la muerte.
305
no peninsular. Con oro o sin oro, estos hispanos siempre encontraban la ma-
nera de hacer sufrir a los indígenas. Al llegar Pedro de Alvarado a las tierras
de Cuscatlán y no encontrar el precioso metal reaccionó con crueldad y vio-
lencia, así lo ilustró Fray Bartolomé de las Casas: “…este capitán pidió a los
señores que le trajesen mucho oro, porque a aquello principalmente venían.
Los indios responden que les place darles todo el oro que tienen y apuntan
muy gran cantidad de hachas de cobre, que tienen con que se sirven dorado,
que parece oro, porque tiene alguno. Mándales poner el toque, y desque vido
que eran cobre dixo a los españoles, dad al diablo tal tierra: vámonos, pues
que no hay oro; y cada uno los indios que tiene que le sirvan, échelos en ca-
dena, y mandaré herrárselos por esclavos a todos los que pudieren atar; y yo
vide fijo del señor principal de aquella ciudad herrado286”.
306
el pueblo español hubiera estado preocupado por la salvación de las almas
de los “pobres miserables” como les llamaban ellos, se hubieran marchado
de regreso a su continente y hubieran permitido a los religiosos quedarse a
vivir con los indios para evangelizarlos.
307
A pesar que Centroamérica se encontraba en pleno siglo XIX, los indí-
genas vivían en condiciones de vida paupérrimas. Claro, que no todos los
indios sufrían al mismo nivel. Por ejemplo, dentro de los pueblos indígenas
había un grupo de indios ricos, cuya función era la de mandar a sus mismos
congéneres. Se trataba de dos capas de indios –aunque los dos eran some-
tidos por el español –a unos tocaba obedecer en todo sentido a españoles e
indios ricos; mientras el otro, obedecía a los españoles, a la par que jugaba el
papel de traidor ante los suyos.
Esos líderes indígenas estaban tan atemorizados, como los indios escla-
vos, porque, pese a que tenían el privilegio de haber nacido en un nivel un
poquito más elevado, no eran capaces de organizar un levantamiento gene-
ral; o al menos un pronunciamiento. La única salida que encontraron para
mejorar un poco su situación fue la de prestar un servicio de supervisores.
Les temían a los españoles en sumo grado porque la crueldad de estos era
enorme. Cuando un indio se escapaba, en busca de su libertad, o no se pre-
sentaba a sus labores, por ejemplo, quien rendía cuentas era el jefe de ellos.
Y, no se crea, que no recibía su respectivo castigo; al contrario, se le daba de
latigazos, se le encarcelaba o se le quitaba su cargo. En otras palabras, la vida
de los indígenas era desesperante y sofocante.
Gran parte del clero olvidó su papel de defensor del indio. Tras las re-
formas borbónicas que afectaron a la Iglesia, los mismos clérigos explotaban
aun más al indio, incrementando la cantidad de diezmos exigida a estos. Es
decir, que el indio tuvo que tributar en especie, en dinero y con su fuerza de
trabajo. Y, ese trabajo lo realizaban para el clero y para los españoles. A pesar
308
que, los siglos habían transcurrido desde la llegada de los conquistadores, la
situación de los indígenas continuaba siendo lastimera. Nadie velaba por sus
derechos. El clero del siglo XIX estaba ocupado en cuidar que las ganancias
de sus haciendas y diezmos no se vieran rebajados. Estos no proporciona-
ban consuelo, ni defensa al indio a través del evangelio, sino, que sus ense-
ñanzas estuvieron dirigidas a mantener al indio en estado de conformismo,
haciéndole creer que todo sufrimiento padecido era la voluntad de Dios, y
no por causa de las políticas mal definidas, tanto por la Corona, como por
los criollos.
Los discursos dichos por los clérigos insurrectos eran más una arenga
que invitaba a prestar auxilio a los ideales de los criollos; más, no se en-
cuentra en ellos ninguna denuncia del maltrato en contra del indio; ni se
encuentran artículos dentro del Acta de Independencia, que beneficiaran a
los indígenas una vez conseguida la libertad. Todo es un decir que se sueña
con la libertad; empero, no propusieron un sistema de derechos para los
indios, dado que la libertad de la cual hablaban no incluía al indígena. Al
contrario de lo esperado: “los indígenas, los ladinos y los mestizos pobres
de El Salvador quedaron a merced de las ambiciones de los terratenientes
criollos. Estos aprovecharon la nueva libertad para apoderarse de las tierras
comunales de los pueblos…288”.
309
iii. Nuevos opresores del Indígena
Desafortunadamente, los indígenas no fueron exclusivamente humilla-
dos y sometidos por los españoles y criollos sino también por otros grupos
sociales, contra los cuales el clero no hizo nada por defenderlos, como se ve
a continuación. Con lo cual es más difícil de creer que la lucha por alcanzar
la “libertad de la esclavitud del pueblo”, incluía a los indios.
a) Mestizos
El estamento que se encontraba debajo de la casta de los criollos y penin-
sulares, era el de los mestizos. Estaba, este estamento conformado por todas
aquellas personas cuyos padres eran de origen español e indígena. Eran fru-
to de la unión de las dos etnias, la blanca y la nativa de América. Algunos
autores sostienen que el proceso de amalgama entre ambos pueblos se debió
exclusivamente a violaciones y abusos sexuales por parte de los ibéricos; sin
embargo, se deben considerar otras formas.
289 Díaz del Castillo, Bernal. “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”. P. 58
310
La segunda forma como ocurrió el proceso de amalgama entre los dos
grupos sociales, bien puede haber sido la atracción del hombre español, por
la mujer nativa. No se puede menospreciar la belleza que las mujeres nativas
tenían. Esto lo dice Bernal Díaz sobre doña Marina: “…como era de buen
parecer…290”. Estas palabras son suficientes, para reconocer que también en-
tre las nativas había muchas mujeres de buen talante; que no tenían nada
que envidiar a las españolas. Y, aquí hay que aclarar, que afirmar que la raza
india era bonita, no es hablar con morbosidad; sino establecer, de facto que
no se debe incurrir en el error de pensar que los españoles aborrecían a
las mujeres nativas, hasta el extremo de tomarlas únicamente por la fuerza,
como forma de satisfacer sus instintos. Tampoco, es caer en burda novelería
de caballería; sino establecer que toda pueblo y cultura tiene algo de bello.
De lo cual hay que sentirse orgullosos.
311
opresor; mientras, el otro era oprimido; uno era respetado y el otro, despre-
ciado. Era extremadamente difícil conciliar ambas posturas.
Que difícil debió ser para todos los mestizos desarrollar un sentimiento
de pertenencia a uno de los dos grupos. Era como si debían elegir por uno
de los dos y traicionar al otro. Ni siquiera les estaba permitido sentir dolor
por la muerte de algún familiar del bando contrario, porque eran duramente
criticados, ya fuere por los blancos o bien por los nativos.
A todo lo anterior, hay que añadir el conflicto étnico externo. Los mes-
tizos eran un problema tanto para nativos como para los españoles. Pero,
quizá los más preocupados eran los españoles, pues sabían que los indios
podían influir sobre éstos, como aparece claramente en el caso del Inca Gar-
cilaso de la Vega. Mas, pese al temor que les tenían les prodigaban un trato
distinto: “Ha aparecido alguien que no es siervo y tampoco es señor, y como
su posición de hombre libre y resentido puede ser germen de agitación en-
tre los indios, se les ordena salir de los pueblos y vivir en las ciudades294”.
312
Aunque, el hecho de vivir en las ciudades no significaba que su status y con-
diciones de vida mejoraran. El español enseñó al mestizo a sentir desprecio
por el indígena. Posiblemente, no sufría las duras cadenas del esclavismo,
como sucedía con los indígenas; pero, sí vivía en pobreza, ya que, no podían
patentar derechos de patronazgo, ni recibir encomiendas. Aun cuando no lo
parezca, este estamento social sufrió también condiciones de vida muy dura;
pero, se identificó más con el opresor, que con el oprimido.
295 Meléndez Chaverri, Carlos. “José Matías Delgado, Prócer Centroamericano”. Pág. 44.
313
alcanzaban el 9.8%. Esta cantidad tan insignificante permite entrever que,
tan profundo cala, el racismo y la exclusión en los seres humanos.
314
nes descendían; a costa de olvidar el sufrimiento, el dolor y las lagrimas del
oprimido.
b) Africanos
315
cambio, eran arrebatados de su lugar de origen, viéndose despojados, de su
cultura, de su familia y de su tierra. En otras palabras, millones de personas
pertenecientes a la étnia de color, vivieron un verdadero éxodo en ese mo-
mento histórico. Lo único es que ese éxodo fue obligatorio. Ellos estaban
felices en su continente; pero, personas frías y calculadoras decidieron enri-
quecerse a costa de comerciar las vidas de esos inocentes. Les encadenaban
y raptaban para luego embarcarlos a un lugar, de cuya existencia, no tenían
ni el menor conocimiento. Fueron tratados como animales que se importan
a tierras lejanas con el fin de lucrarse de sus fuerzas.
296 Tomado de Martínez Peláez, Severo. “La Patria del Criollo”. P. 274
316
estos sólo se reconocen reproducidos sin mezclas en los puertos de Omoa y
Trujillo y en uno que otro ingenio del interior de la Provincia. Los pocos que
han pasado a las demás ciudades y pueblos han formado la clase de gentes
que se dicen mulatos…297”. Su número reducido se debió al hecho que ya se
mencionaba con anterioridad. Hay que recordar que Centroamérica fue una
Colonia de auto-sostenimiento; es decir, que suplía por sí sola, sus necesi-
dades y que no estaba entregada por entero a la extracción de riquezas. Los
suelos centroamericanos no abundaban en minas de oro, plata u otra piedra
preciosa. Los cultivos desarrollados en la zona, tampoco, requerían la fuerza
de la población de color. La población indígena bastaba para satisfacer las
demandas de los encomenderos. Por otra parte, el clima de la región cen-
troamericana no producía la muerte, como en otras zonas de Latinoamérica.
317
en Semana Santa cerca de 2,000 negros298”. Este tipo de acciones perpetra-
das por los esclavos africanos no dejaba de atemorizar a los peninsulares
y criollos. Suficientes dificultades tenían sofocando las revueltas indígenas,
como para tener que lidiar con otras. A pesar de todas estas problemáticas,
la situación no siempre fue así, puesto que, las condiciones de vida que las
pocas personas de la étnia de color mantuvieron en esta franja continental,
pronto dejaron de ser duras y crueles. El maltrato hacia ellos disminuyó en
gran medida, hasta el punto de granjearse la confianza de los hispanos, y en
algunos casos obtenían su libertad; a los cuales se les adjudicaba el nombre
de “naboríos299”. Estos tenían la potestad de habitar en tierras baldías, o sea,
que estaban fuera de la jurisdicción de los hispanos. En El Salvador, se cuen-
ta que habitaban en las zonas de San Salvador, Sonsonate, San Miguel y San
Vicente300. Alojándose como puede verse en las zonas de mayor importancia
para la Colonia centroamericana.
318
que durante el siglo XIX no hubo clérigos que lucharan por la defensa del
maltrato inferido por los africanos en contra del indio, así como tampoco,
hubo defensores de los africanos.
302 Bergeron, Louis. “La Época de las revoluciones europeas, 1780-1848”. P. 191.
319
el daño estaba hecho; gran cantidad de aborígenes africanos, quedaron des-
perdigados a lo largo del continente americano, sin tener la posibilidad de
retornar a sus lugares de origen. Esta etnia tuvo que adaptarse a la condicio-
nes de vida del nuevo continente que les abrió sus puertas y tuvieron que
echar raíces en un nuevo hogar. Pero, fue el Istmo Centroamericano, el que
menor número de ellos importó, pues por su razón de ser una Colonia de
auto sostenimiento, no requirió de los servicios de estos, como otras Colo-
nias –México y Lima –de mayor importancia y cuyo perfil era ser Colonias
de extracción.
Sin embargo, tampoco aparece claro que el clero insurrecto haya consi-
derado dentro de sus arengas libertarias la opresión de estos. Ni la situación
del indio, ni la del mestizo, ni la del mulato fueron causa real para que el
clero revolucionario se decidiera a intervenir en los movimientos indepen-
dentistas. Inclusive en el Acta de Independencia no se hace mención de sus
condiciones de vida. No existen denuncias de cómo los dos últimos grupos
se aprovechaban de los indígenas, ni exhortaciones para llevar una vida en
comunión entre las distintas etnias y clases sociales de la colonia. Visto des-
de este punto de vista, se hace imposible dar credibilidad a los comentarios
vertidos por el clero insurrecto sobre su propósito de luchar en contra del
gobierno español con el fin de acabar con la esclavitud. Todo quedó en sim-
ple demagogia.
320
el esclavismo de un pueblo, aunque en el caso de los clérigos insurrectos,
suplantaron la palabra “élite” por la palabra “pueblo”, por dar un caris social
y humanista al movimiento independentista. La definición establece que
esclavo es el: “Pueblo que carece de libertades publicas303”. Sin embargo, al
analizar detalladamente el estilo de vida que los criollos llevaban en tierras
coloniales, se percibe que no había esclavitud de criollos, similar a la sufrida
por los pueblos nativos. La esclavitud de los indígenas y africanos era in-
humana, cruel, humillante; mientras, que la aparentada por el criollo, solo
afectaba su bienestar económico.
Los criollos crearon la leyenda negra de que ellos eran esclavos sufrien-
tes bajo la opresión del yugo español y el clero insurrecto se encargó de
legitimar esa falsa opinión. De ahí que la participación de estos hombres
fuera decisiva para alcanzar con éxito la independencia de la Corona espa-
ñola. Los criollos más que ningún otro grupo social disfrutaba de grandes
beneficios dentro de la Intendencia de San Salvador. Uno de esos beneficios
era el derecho a ser religioso. No se sabe de indígenas que hayan profesado
durante la época colonial, porque llegar a ser clérigo requería de un gran
gasto, que las familias indígenas no hubieran podido afrontar; al igual que,
requería de sangre española pura.
303 Ibídem.
321
y el derecho a la libre expresión. Sin embargo, eso no era esclavismo, era
simplemente vivir bajo un gobierno monárquico. En ese tipo de gobiernos el
rey lo es todo y el pueblo esta para agradar al rey. Lo cual no implica que las
clases sociales altas dejen de gozar de ciertos privilegios como los otorgados
a los criollos. Es más, no se sabe de criollos que hayan muerto a latigazos en
manos de peninsulares por razones del oro; tampoco se sabe de españoles
vendidos como esclavos. Los derechos de estos eran defendidos en todo mo-
mento. Podían estudiar en las universidades y convertirse en jefes de la mi-
licia, clérigos u ocupar cargos políticos y económicos de cierta importancia.
Lo que los criollos de San Salvador querían era única y exclusivamente todo
el dinero recaudado a través de los tributos y diezmos, para continuar vi-
viendo en comodidad. Sus esfuerzos por alcanzar esto, se veía mermado por
no poder expresarse libremente, haciendo llegar sus ideas a más personas.
El criollo no estaba tan mal en sus condiciones de vida. Lo que les moles-
tó a estos fue el aumento de impuestos con las reformas fiscales impulsadas
por los Borbones, las cuales vinieron a perjudicar sus ganancias; y por ende,
su bienestar. El clero no quedó exento de esta preocupación, ya que se vio
perjudicado por ciertas reformas en cuanto a los diezmos y posesiones. Esa
es la verdad que yace tras las causas de la participación de estos dentro de la
emancipación. Ese 5 de noviembre el clero también estaba defendiendo sus
intereses como se verá en las causas reales. La esclavitud como motor impul-
sor de su participación fue sólo el sofisma demagógico que el clero legitimó
para cubrir sus verdaderos intereses, al igual que para apoyar los intereses de
los criollos. Al fin y al cabo, pertenecían a esa élite, al igual que sus familiares
y amistades involucrados en el alzamiento. En resumen, esta causa aducida
como motivo para la lucha en contra de la corona española es falaz, dado
que los criollos nunca fueron esclavos de la corona, sino súbditos, como
sucede en todo gobierno monárquico. De aquí se desprende a su vez, que el
clero peninsular no apoyó en ningún momento, la actitud del clero insurrec-
to; pues su comportamiento iba en contra de los intereses económicos de sus
majestades hispanas.
322
• Epílogo
304 Escrito por José Francisco Barrundia en “El Nacimiento de la Patria el 15 de septiembre”.
323
5.2.2. Segunda Causa Aparente: “Patriotismo”
Con el paso de los años, aun con todos los esfuerzos que la Corona es-
pañola puso por evitar que sus colonias se “contaminaran” con dichas ideas,
estas acabaron por enterarse. La forma como lo hicieron no es importante
para este estudio; sino, darse cuenta, que cuando los primeros pronuncia-
mientos iniciaron durante 1809 en Nueva España y Sudamérica; el naciona-
lismo beligerante hizo su aparición. Las figuras de Hidalgo, Simón Bolívar,
San Martín fueron agigantadas, y el romanticismo les imprimió cierto sello
poético, a sus hazañas militares. Se le hizo aparecer como los grandes patrio-
tas del momento que luchaban por los intereses de su Patria. La Provincia de
San Salvador no fue la excepción. Los insurrectos de San Salvador de 1811,
aunque fueron tratados con motes ofensivos por parte de los “chapetones”;
también, fueron engrandecidos, por parte de sus allegados o generaciones
subsiguientes, con un lenguaje poético, emotivo y épico, con el cual exage-
raban las dotes de esos hombres. El nombre que se les dio fue el de “Padres
de la Patria”.
324
triunfante, al grado que era de todos admirada y hasta por sus adversarios
reconocida. Tal ascendiente ejercía entre sus coterráneos, y tanta autoridad
les merecía su juicio, que la decisión suya era tenida y aceptada como fallo
inapelable. Rasgos característicos en él, además de su pureza de costumbre
y de su acendrada caridad, eran su ardiente patriotismo, su inquebrantable
amor a la libertad y su actividad en pro de la independencia305”. Esta no es
una biografía de Matías Delgado, sino una descripción épica de un hombre,
que de mortal pasó a ser un héroe o un semidiós. Es decir, no tenía caracte-
rísticas humanas, sino angélicas.
De esa forma son descritos todos los personajes del clero insurrecto. Con
un vocabulario tan florido en elogios ha costado tiempo, descubrir que eran
hombres con ambiciones personales –como cualquier otro ser humano. Que
eran hombres capaces de tomar decisiones equivocadas, así como acertadas.
Y. sobre todo, que como seres humanos podían equivocarse, como cualquier
otro. Por años se creyó que las únicas razones por las cuales el clero participó
en los movimientos se debió a “su ardiente patriotismo, su inquebrantable
amor a la libertad…”, como se expone en esta hermosa oda épica. Sin embar-
go, en esto consistía el nacionalismo beligerante: En hacer de los adalides de
las revoluciones sociales, leyendas míticas, con el propósito de hacer fruc-
tificar en las mentes y corazones de las personas un sentimiento de unidad
y patriotismo. Ese sentimiento era el que impulsaba a las masas a continuar
con el espíritu revolucionario; aun cuando, los líderes tuvieran otras moti-
vaciones que los inducían a pronunciarse en contra del orden establecido.
325
emprendida en aras del patriotismo. Se nota con claridad la influencia de las
ideas de la revolución francesa; así como resalta que la palabra “patriotismo”,
fue exclusivamente, una forma de defender la conducta del clero insurrecto.
“La Patriótica”
(1821)
Coro
Soldados ciudadanos, a las armas,
a esgrimir las espadas con valor,
que más vale morir independiente
que vivir subyugado a una prisión.
Estrofas
Hoy se lanza mi patria querida
sobre el campo de gloria inmortal,
hoy, alzando su frente abatida
que aniquila el poder colonial
De septiembre la luz se levanta
linda y pura cual hija del sol,
y a su vista el Ibero se espanta,
tiembla y calla el león español.
326
Estrofas
No hay señores, no hay noble ni reyes,
solo impera la santa igualdad,
sólo súbditos hay de las leyes,
sin mirar clase, ni rango ni edad.
La virtud solamente o el vicio
dan o quitan al hombre el honor,
el que vive de un útil oficio
al ocioso será superior306.
Esta canción patriótica embellecida por las artes de la musa poesía, dejó
impreso el espíritu de hermandad y fraternidad que existía entre los inte-
grantes del levantamiento del 5 de noviembre de 1811; pero, la dura verdad
es que ni antes, ni después, existió materialmente la “santa igualdad” entre
los habitantes de la Intendencia de San Salvador. Igualdad hubiera significa-
do la inclusión del indígena al quehacer político de la nación; la valoración
de los derechos del hombre como tal; y sobre todo, la reducción de la brecha
entre ricos y pobres.
327
que el movimiento independentista del 5 de noviembre fue eminentemente
criollo. De la misma forma, que usaron durante siglos la fuerza física del in-
dio en la extracción de riquezas y explotación de las tierras, usaron la fuerza
de las mayorías –integradas por indios, mestizos y mulatos –para conseguir
su liberación del régimen español.
a) Urbanismo Colonial
328
around and orderly pattern307”. Es decir, todas las villas, pueblos y ciudades
de ese momento histórico se caracterizaban por tener en el centro una plaza,
en la cual es de suponer se realizaban actos religiosos, militares, comerciales
y otros. A su alrededor, formando un espacio urbano llamado “manzana”,
se construían los edificios de los funcionarios, al igual que las casas de los
criollos y peninsulares. Además, de los edificios dedicados a los religiosos,
entre los que se puede mencionar, conventos y monasterios. A ello se debía
que la forma de estos asentamientos urbanos fuera de forma de diamante o
romboide: “…describes a rhomboid figure…308”. En el centro de la figura se
ubicaban las instituciones de poder, es decir, las instituciones legislativas,
gubernativas, económicas, la cárcel, al igual que la Iglesia. Mientras tanto,
en la periferia y zonas aledañas se ubicaban los oprimidos.
307 CEDLA. Latin America Studies N° 90. “Church and Society in Spanish America”. Page 171.
308 Ibid. P. 171.
329
Padre; delante de la iglesia una plaza muy grande, diferente del cementerio;
enfrente la casa del regimiento o consejo; junto a ella la cárcel y allí cerca el
mesón o casa de comunidad donde posasen los forasteros309”.
Por otra parte, todos los espacios urbanos erigidos durante la colonia,
con sus respectivas edificaciones fueron divididos o atravesados, por calles
donde poder transitar a pie, con carreta o a caballo: “The network of streets
describes a check board pattern made up of identical elements, most often
square, sometimes rectangular311”. Los colonizadores tuvieron sumo cuida-
do de diseñar los pueblos con un orden trazado, previniendo un posible
aumento de la población, a la vez que trataron de evitar, erigir asentamien-
tos dispersos como los existentes en la época precolombina. Ese patrón de
construcción tuvo un predominio de larga duración; pudiéndose observar,
aun en pleno siglo XXI, pueblos y ciudades con esa estructura, no sólo en
Centroamérica, sino también en México y Sur América. Y, es que de esto se
deduce, que este tipo de urbanismo colonial se volvió parte del continente.
330
mestizos por amor o por fraternidad. Los quería cerca para evitar que estos
se identificaran con los indios y se alzaran en armas. Así fue como se con-
virtieron en instrumentos para someter más a los pobres indígenas. Ellos se
ubicaron en las orillas de los pueblos, villas o ciudades; y, se vieron precisa-
dos a vivir más que todo de la artesanía; o bien, desempeñaron otros traba-
jos bajo las órdenes de los criollos. Se fueron conformando, de esa forma,
los barrios donde era común observar más pobreza, que en los lugares don-
de habitaban los españoles. Sin embargo, con el correr de los años, cuando
muchos españoles se empobrecieron por los avatares de la economía, fueron
a dar a esos barrios bajos.
Los indígenas, por su parte, tenían prohibido vivir dentro de las ciu-
dades, tanto como los españoles, tenían prohibido vivir en las cercanías de
los pueblos de aquéllos. Los nativos vivían en los alrededores de las villas o
pueblos; pero, entiéndase, que en las afueras de los asentamientos españoles.
Este comportamiento, pone en evidencia la actitud elitista de los españoles
quienes no querían morar cerca de los nativos, por considerarlos inferiores
en su origen. Según, su punto de vista, el amo debía vivir en el interior de las
ciudades, mientras, que el esclavo en las afueras.
331
Por otra parte, si bien es cierto que Centroamérica se caracterizó por ser
una Colonia de auto-sostenimiento no por ello tenía reducida importancia.
Al contrario, Centroamérica había alcanzado un desarrollo urbanístico bas-
tante importante para finales del siglo decimoctavo e inicios del siglo deci-
monono: “Central América towards 1800 was urbanized to a considerable
degree. Of its one million inhabitants some 7 percent lived in cities of 10,000
inhabitants or more, and at least 20 percent lived in agglomerations of 4,000
or more312”. De esto se colige, que pese a que las colonias más relevantes eran
las de México y Lima, no por ello las colonias centroamericanas dejaban
de ser verdaderos centros urbanísticos con un buen porcentaje de asenta-
mientos humanos. Es más, se dice al respecto: “Quezaltenango, San Salvador
and Cobán –with 11,000 to 12,000 inhabitants each –were comparable in
population to such North American colonial cities as Charleston and New-
port313”. Aun cuando, estas colonias no abundaban en minas y otras piedras
preciosas, no por ello se retrasó. Lastimosamente, el desarrollo operado en
estas colonias no era en pro de los nativos, sino exclusivamente, en pro de
los criollos y peninsulares. El indio continuaba viviendo a las afueras de las
ciudades, donde eran explotados vilmente.
Por ende, el urbanismo colonial decía mucho del racismo existente. Ese
mal, se veía también, en el tipo de materiales usados en la elaboración de sus
hogares. Las construcciones eran pobres y en extremo sencillas; ya que, las
casas de los indios estaban elaboradas de paja, adobe, piedras o madera. El
techo estaba conformado por un conjunto de palmas, que más que proteger
el hogar, eran un verdadero peligro. Con el techo pajizo, se corría el peligro
de incendios –provocados por tormentas eléctricas –o era más que seguro
que las personas se mojaban. El español consideró que este tipo de cons-
trucciones estaban bien para el indígena, mas no para él, ya que era el señor
de las nuevas tierras, no pudiendo rebajarse a vivir en edificaciones de poca
monta.
312 CEDLA. Latin America Studies N° 90. “Church and Society in Spanish America”. Page 15
313 Ibíd. Page. 15.
332
a morir soterrados, les inspiró la idea de elaborar construcciones sencillas.
La muestra de este conocimiento, está en el Popol Vuh, donde se encuentra
una hermosa historia de dos hermanos descendientes de “siete guacamayas”,
quienes gustaban de elevar y destruir montes: “Y aqueste Vucub-caquix te-
nía dos hijos, el primero se llamaba Sipacua y el segundo se llamaba Cabra-
can y su madre de ellos, se llamaba Chimalmat, que era la mujer de Vucub-
caquix y aqueste su hijo Sipacua; su pasto y comida eran los grandes montes
y esto además en una noche amaneció hecho el cerro llamado Hun –ahpu
–pecul, Yaxcanul-mucamob, Hulisnab, porque en una noche Sipacua hacia
un monte, y su hermano Cabracan (esto es de dos pies), meneaba y hacia
temblar los montes grandes y chicos…314”.
333
más amplias, con varios cuartos; en cambio, las casas de los indígenas, eran
chozas de pura paja, o adobe. Los indios eran tan pobres que a duras penas
lograban edificar su lugar de habitación. Sus casas eran –si es que se les pue-
de llamar casas a esos simples cuartuchos –tan pobres que la lluvia se colaba
por el techo; y es que los indios usaban sus casas no como lugares para habi-
tar, sino para pernoctar.
Era obvio que las comodidades divergían un gran trecho, entre las casas
de los blancos y las de los indios. Entonces, era imposible que el clero insu-
rrecto intentara cubrir sus intenciones verdaderas de su participación en la
insurrección tras un velo utópico de fraternidad e igualdad. Estas últimas,
se encuentran presentes en una sociedad civil sin esclavitud. Ya se explica-
ba anteriormente, que la Colonia es una zona geográfica cuyo dominio es
ejercido por un poder foráneo; mientras que la ciudad es vivir en concordia.
Cicerón mismo cuestiona “¿Qué es una sociedad sin igual participación en
los derechos?315”. Además, el clero olvidó que el esclavo no es ciudadano. El
esclavo es un objeto que usan los esclavistas. La conducta de los clérigos de
inicios del siglo diecinueve, difirió mucho de la observada en los anteriores.
En los primeros años de la Colonia, el clero latinoamericano fue en busca
del indio a los lugares donde este habitaba. Los religiosos misioneros iban a
predicar y a evangelizar a los nativos hasta los lugares más remotos. Empe-
ro, al paso del tiempo, se descubre que la Iglesia de principios de la centuria
decimonona había asentado su poder y centralizado sus fuerzas. Ya no le
preocupaba ir en busca del indígena; sino cuidar el dominio e intereses de
la Iglesia.
334
Finalizando, se puede establecer que la urbanización de los asentamien-
tos coloniales, estaban hechos exclusivamente para los criollos; los indíge-
nas debían habitar en donde mejor les parecía a los hispanos. A través de la
forma de construcción, se hacía sentir al indígena que él estaba excluido de
los planes de dominación del hombre peninsular. Incluso los indios acomo-
dados, al servicio del extranjero para oprimir a sus coterráneos, habitaban
en las afueras de los pueblos, villas o asentamientos. Y, es que los principa-
les junto con sus familias tenían el privilegio de vivir como amos y señores
dentro de las ciudades; haciendo sentir a los nativos que ellos eran hombres
especiales; mientras el indio por ser menos que ellos debían mantenerse a
raya y continuar en los montes agrestes.
b) Patriotismo o Sumisión
335
El tema de patria ha sido extensamente tratado por Severo Peláez en su
magistral ensayo “La Patria del Criollo”, en la cual expone: “…la patria del
criollo no es en modo alguno la patria del indio. El indio es un elemento
de la patria del criollo, una parte del patrimonio que estaba en disputa con
España316”. Según el diccionario filosófico, patriotismo: “…no es engendrado
por un misterioso “espíritu nacional” o por un “alma racial”, como afirman
los sociólogos burgueses, sino por determinadas condiciones económicas
y sociales”. Por ende, el patriotismo es un sentimiento que nace dentro del
ser humano, en la medida que este es valorado en las diversas actividades –
económicas y políticas, especialmente –de su patria; así como en la medida
en que éste se hace sujeto primario de derechos humanos. Los indios eran
esclavos, los criollos eran los esclavistas. El indio estaba sometido al influjo
hispano, careciendo de todo derecho. Cómo hablar entonces de patriotis-
mo, fraternidad e igualdad, entre indios, criollos y mestizos, cuando no eran
compatriotas. En el pensamiento de los indios no existía el patriotismo; lo
que existía era la sumisión a su esclavizador. En la mente del criollo, tam-
poco existía el patriotismo para con los indios, sino el racismo y el elitismo.
336
ba “impura”, con la sangre del conquistador. Al no encajar en ninguna clase
social, tuvo que abrirse camino y crearse una patria para sí mismo. Pero, esa
patria no existía en el siglo diecinueve.
337
forma de vida. Irónicamente, el clero habló en sus sermones de la necesidad
de hacer causa común para desterrar al enemigo español; dando a entender
que había lazos de patriotismo, no sólo entre los habitantes de la Intendencia
de San Salvador, sino, con el resto de habitantes de latino América dado que
luchaban en contra de un enemigo común. Sin embargo, el clero insurrecto
fue uno de los más acérrimos enemigos de unirse a México. Entonces, surge
la interrogante sobre qué tipo de patriotismo manejaban ellos en su mente.
Era patriotismo en base a pertenencia al suelo americano; o, patriotismo
en base a intereses económicos y políticos. Ya se mostraba en este aparta-
do como se habló de “La Patriótica”. En su lirica se encuentra la orden de
tomar la espada para combatir al español; pero, no le dice al pueblo, que el
criollo era también español. En otras palabras, tendría que haberse tomado
la espada para expulsar a peninsulares y criollos por igual, dado que ambas
reclamaban para sí pureza de sangre y los cargos de mando, en los planos
político, económico, militar y religioso.
Hacia años que los indígenas habían estado dejando oír su clamor y no
se veía por ningún lado, un defensor de indios, que exigiera a la iglesia la
anulación del diezmo, o la suspensión de las cofradías. Entonces, de qué
pueblo venía el quejumbroso clamor. Claramente se trasluce, que los padres
Aguilar, al igual que los demás clérigos insurrectos, se referían al clamor de
su elite. Sin embargo, la palabra “élite” hubiera causado una tremenda con-
moción entre los habitantes del pueblo. Por ello, evitaron hacer referencias
a sus intereses de clase. Sumado a esto, estaba la necesidad que existía de la
fuerza de las mayorías para realizar el levantamiento. Sólo cuando las clases
sociales marginadas les eran útiles, les llamaban pueblo. Una vez conseguida
338
la firma del Acta procedieron a una lucha de poder por alcanzar la mitra de
la diócesis, así como la liberación completa de cualquier otro poder hege-
mónico. Se olvidaron del pueblo: “se apoderaron de la independencia para
defender sus intereses. Solo después se habló de libertad, república y demo-
cracia…320”.
A través, de ese tipo de sermones el clero insurrecto encontró la forma
de mantener controlado al pueblo, al menos, hasta donde pudieron. Ha-
ciendo creer al pueblo que sus intenciones eran eminentemente patrióticas,
recibieron su ayuda. Sin embargo, les temían. A ello se debió que la firma del
Acta de Independencia se viera apresurada: “…para prevenir las consecuen-
cias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo
pueblo321”. Sin esa firma el pueblo se hubiera alzado, no sólo en contra de
los peninsulares; sino, también, sobre el clero insurrecto y demás criollos. El
pueblo comenzó a barruntar algo extraño cuando en 1811, tras la llegada
de Peinado a San Salvador, los alzados sansalvadoreños juraron fidelidad a
Fernando VII, en lugar de haber aprovechado la oportunidad de exigir la in-
dependencia. El pueblo quiso creer que no había sido el momento propicio,
y así se lo hicieron ver los alzados. Empero, las sospechas quedaron. En 1821
no podían engañar al pueblo una vez más; o firmaban el acta, o quedaban
expuestos a sufrir la presión de las mayorías como lo hizo Francia.
339
que ningún otro, no tendría que haber aclamado, la existencia de unidad y
fraternidad entre los habitantes de San Salvador, puesto que, ellos vedaban al
indio formar parte de alguna orden religiosa. Esto tampoco, es patriotismo;
sino que, es elitismo y racismo. La Iglesia que el clero insurrecto represen-
taba, se distinguió por ser elitista y racista. Al negar la entrada de los mar-
ginados dentro de la Iglesia jerárquica, la convertía en una iglesia de clase.
Indudablemente, esa no era la iglesia universal querida por Cristo; sino la
iglesia en búsqueda de poderío y gloria. Fue una Iglesia que veló por su bien-
estar, olvidando el bienestar espiritual y material de las masas. Imposible,
entonces, afirmar que el clero insurrecto era compatriota de los marginados.
c) La Tenencia de Gea
El tercer elemento que impide sea cierto la existencia del espíritu pa-
triótico y nacionalista fue la tenencia de la tierra. Desde que Cristóbal Co-
lón puso un pie en tierras americanas; quedó establecido ipso facto, que
todos los territorios descubiertos pasaban a mano de sus Majestades Ca-
tólicas. Una vez, pasada la emoción de tan novedoso descubrimiento, los
marinos aventureros, comenzaron a exigir a los reyes, una recompensa con
la cual vieran satisfechos su ambición y avaricia. En sus crónicas y cartas
de relación, pusieron un minucioso esmero por demostrar cuan enormes
eran sus sufrimientos y padecimientos afrontados en el Nuevo Continente.
Al rey no le quedó más salida que responder a las demandas de los voraces
descubridores y conquistadores. Emitió gran cantidad de reales cédulas en
las que estipuló la entrega de tierras, a todos aquellos hombres; cuidando de
entregarlas de acuerdo a los cargos ocupados por cada uno de ellos. Gracias
a la intercesión de los clérigos pertenecientes a ordenes religiosas; la Coro-
na española, trató en la medida en que sus intereses se lo permitieron, de
entregar tierras a todos los habitantes de las colonias hispano-americanas:
Hispanos con cargos religiosos y civiles; e indios.
Las tierras quedaron divididas por lo tanto en: Tierras Realengas, Lati-
fundios y Tierras Comunales. Hubo tierras para el Rey, para los hispanos y
por supuesto para los indígenas. Es obvio que los dos primeros gozaron de
la mayor parte de las tierras; mientras que los indígenas recibieron lo sufi-
ciente para medio sobrevivir, no como núcleo familiar, sino como tribu. Ya
340
desde, los inicios de la Colonia, se produjo la mala distribución de la tierra.
Un fenómeno, que ocurrió igualmente en España, y que para el siglo XIX,
se convirtió en causa de agudización de la pobreza; como se detalló en el
apartado respectivo a España.
Las Tierras Realengas eran todas aquellas que pertenecían al Rey. En pa-
labras de Martínez Peláez, era: “cualquier tierra que el rey no hubiera cedido
a un particular o a una comunidad –pueblo, convento, etc.322”. Lógicamente,
estas tierras eran de uso privativo de la Corona. Ningún poblador de la Co-
lonia podía usar de ellas. En realidad, el Rey nunca usó de dichas tierras, ya
que él habitaba en España. Nunca puso un pie en el continente, por lo que
los territorios americanos, no constituían algo significativo para su persona.
El que los monarcas hispanos tuvieran el derecho de Señorío sobre el joven
continente, era más, signo de poder ante el resto de naciones europeas. In-
tención de vivir en las tierras del joven continente no anidó en el corazón
de los reyes.
La posesión de tan extensos territorios fue usado como medio para con-
tinuar con la extracción de oro: “la monarquía los premiaba cediéndoles
trozos de esas mismas tierras y sus habitantes323”. Era la carnada usada por
la corona para atraer más aventureros, que continuaran con la monumental
obra de despojo de las riquezas que por derecho natural le pertenecían a
los pueblos indígenas. Las tierras entregadas a los peninsulares allegados al
nuevo continente recibieron el nombre de Latifundios. La cantidad de suelo
entregado a estos hombres llegó a ser en algunos casos extensa. Eso ocasionó
que unos poseyeran más que otros, e indirectamente, la mala distribución
de este elemento de la naturaleza provocó roces entre ellos. El que más tie-
rra tenía producía más, lo cual le hacia percibir mayores ganancias; el que
menos tenía, percibía menos ganancias. El deseo de ganar más provocó con
el paso de los años el deseo de independizarse de la Corona, por considerar
que esta era la culpable que unos tuvieran más y otros menos.
341
do el rey de esta situación, no le preocupó en sentido personal, porque muy
bien sabia que todos esos territorios bajo su poder, no le beneficiaban en
nada, excepto, cuando de extraer piedras preciosas y oro se trataba. Lejos de
molestarse por la actitud rapaz de peninsulares y criollos procedió a emitir
leyes en las que aparecia: “la tierra como fuente de ingresos para las cajas
reales324”. Es decir, el rey siempre consideró a las colonias como las encarga-
das de la manutención de España. La Corona siempre anduvo en la búsque-
da de estrategias a través de las cuales obtener fondos para las arcas reales.
342
tas personas –antiguos poseedores del joven continente –fue doloroso ver
como todas aquellas tierras que un día estuvieron bajo su poder, pasaron a
manos de hombres voraces y rapaces. Al menos, les quedó el consuelo que
el Rey, aprobó les fueran concedidas algunas tierras para que las cultivasen.
Sin embargo, el Rey no concedió nada de gratis.
343
pudieran los españoles y criollos dedicarse a mandar y a disfrutar sin pro-
ducir326”. Los españoles, criollos y peninsulares, se endiosaron así mismos.
Olvidaron su origen oscuro. La gran mayoría de ellos cuando arribaron a
América, no eran más que un montón de expedicionarios pobres llegados
de tierras donde no valían nada. La nobleza española ciertamente, no hizo
acto de presencia en el joven continente. Ellos estaban interesados en conti-
nuar su vida llena de lujos y comodidad en las cortes del rey.
De los numerosos consejos que da, sobresale el Del oficio del Punte-
ro; porque en manos de este hombre recaía la calidad del añil obtenido, así
como la abundancia del mismo: “Los Señores y dueños de haciendas que se
pusieren al exersicio de fabricar Tinta Añil, vean primero a quien acomodan
para Puntero, o Maestro deste arte; que sea no solo inteligente, y perito en
326 Martínez Peláez, Severo. “La Patria del Criollo”. PP. 306-307.
327 Ibíd. Pág. 370.
344
esta facultad, y versado en mucha experiencia, sino Christiano, de punto, y de
buena conciencia, y cuidado porque lo regular es, gastar, el dueño su dinero,
sustentar a quien lo pierde, sufrir mil impertinencias (porque se hacen nece-
sarios) perder el salario de los operarios, y después desto perder la temporada,
y el bueno del Puntero muy fresco, echando la culpa al sabanero, y sacateros,
cobrar su salario, y llevarse la plata con mala conciencia: porque se echan la
cuenta de que: que salga Tinta, o no salga, el salario esta corriente; y es la
Tinta, la que está corriendo rio abajo, por culpa del mal Puntero, que no sabe
su oficio328”. Entonces se deduce, que el secreto para que los criollos enri-
quecieran, todavía más, radicaba en los conocimientos profundos y la gran
experiencia del Puntero.
328 Juan de Dios del Cid. “El Puntero Apuntado con Apuntes Breves”.
345
• Epílogo.
346
doreña por parte del clero, con tal de, encender en estos, la llama revolu-
cionaria. Pero, aun era muy temprano –cronológicamente –para hablar de
patriotismo y ciudadanía. Además, era imposible conciliar la forma de pen-
sar y sentir, de esclavos y esclavizadores. Por más de dos siglos, los criollos
habían mantenido subyugado a los pobres, a través de la violencia y la reli-
gión. La religión, en las primeras décadas del siglo XIX no fue usada como
forma de liberación del pecado, del sufrimiento, sino que, fue usada como,
herramienta de sometimiento, a la voluntad de la elite.
347
Cualquier deseo verdadero, del clero insurrecto, por ayudar a mejorar
las condiciones de vida de los más pobres quedó sumido en la oscuridad, es-
pecialmente, tras el escándalo de José Matías Delgado de buscar una mitra.
Ahí, acabó la ilusión, el idealismo y la utopía que trajo consigo el cultivo del
nacionalismo beligerante en la Intendencia de San Salvador, que si bien, no
exigió la conformación de grandes ejércitos, ni el uso de la violencia irracio-
nal; creó falsas esperanzas en los corazones y mentes de los más necesitados.
329 Tomado del apartado: “1821: La Coronación de los Sueños del Primer Grito de Indepen-
348
men, alegando que ya era tiempo de liberarse del yugo hispano. El principal
antagonista contra tal forma de mando fue José Matías Delgado, quien lo
expresó enérgicamente, al momento de plantearse una posible anexión con
México, diciendo: “No queremos dependencia de España, ni unión a Méxi-
co: Independencia absoluta queremos330”. Con esta afirmación hizo creer a
las mayorías, que la independencia buscada por ellos, era una libertad abso-
luta; y, no una libertad transitoria que condujera a un nuevo tipo de sumi-
sión, bajo la bandera de otra nación colonizadora. Sin embargo, los hechos
demostrarían lo contrario.
El éxito de esta justificación vertida por el clero fue rotundo. Las cir-
cunstancias ocurridas dentro de la colonia vinieron en su auxilio. El pue-
blo –o sea, indígenas, mulatos y mestizos –creyeron inexorablemente en “la
buena acción” ejecutada por ellos. Por lo tanto, se procede a analizar cuida-
dosamente, en primer lugar, las circunstancias que hicieron creíble la excusa
vertida por el clero insurrecto. En segundo lugar, se ha tratado de rastrear
sí hubo posibles modelos a imitarse –dentro de la región americana –por
parte de los insurrectos; y, que consecuentemente, acabaron por convencer
los ánimos de las mayorías. En tercer y último lugar, se pasa a considerar el
papel del clero en esta causal, que al final de cuentas, termina siendo aparen-
te, como se verá posteriormente.
349
intervencionismo del poder Colonial –que por cierto no llegaba –con el fin
de subsanar esos problemas.
Los criollos y peninsulares no eran los únicos afectados por los resulta-
dos de la mala conducción que la Corona demostró, en cuanto a los asuntos
de la colonia. Los más perjudicados eran los esclavos indígenas, mulatos
y mestizos. Es decir, los grupos marginados de la sociedad. Sin embargo,
antes las quejas y protestas de estos, los colonizadores oponían el pretexto
formidable de acusar a los reyes de España por invadir el suelo americano;
pero, desconocer de mejores formas de manejarlos. Al culpar a los peninsu-
lares de la mala conducción de la economía, terminaban apareciendo como
unas victimas más. Indudablemente, contaron con la venía de los margina-
dos para revelarse contra el poder colonialista practicado por la Península
Ibérica. La actitud de los criollos –sobre todo la del clero –fue favorable para
granjearse las simpatías de los pobres, así como su apoyo incondicional. El
argumento perfecto estuvo en sus manos, y las masas acabaron siendo utili-
zadas, en provecho de la élite criolla.
350
productos manufacturados en diversos países de Europa332”. Por algo se ha
afirmado que “España tenía la vaca, pero otros tomaban la leche333”. Los me-
tales preciosos pasaban por España, con rumbo a Inglaterra, a Francia: “La
Corona está hipotecada. Cedía por adelantado casi todos los cargamentos
de plata a los banqueros alemanes, genoveses, flamencos y españoles334”. Los
hispanos sólo miraban el fulgurar del oro, sin disfrutar de él, como pudieran
haberlo hecho, de haber aplicado medidas económicas más acertadas. Su
error fue no generar una economía productora, con miras a hacer de España
un país rico. Fomentaron ante todo una economía de consumo. De ese afán
de consumismo se aprovecharon el resto de naciones europeas: “Había una
aguda lucha europea por la conquista del mercado español que implicaba el
mercado y la plata de América335”. Mientras, España se empobrecía siendo la
dueña de las minas; el resto de Europa se enriqueció a costillas del trabajo y
la sangre de los pobres indígenas americanos; y, más tarde, del sudor y san-
gre de los aborígenes provenientes del continente africano.
332 Lara, Tuñón de. “La España del siglo XIX”. P. 23.
333 Galeano, Eduardo. “Las Venas abiertas de América”. P. 33
334 Ibid. P. 34.
335 Ibid. P. 35.
336 Lara, Tuñón de; op., cit., pág. 24.
351
En pocas palabras, se puede afirmar que la Colonia, se vio perjudicada
por una serie de eventos nacionales e internacionales que provocaron graves
estragos en el campo financiero. Específicamente, las condiciones de vida de
la Colonia centroamericana eran las más afectadas. Y, de ellas, quien tomó el
valor de pronunciarse, aparentemente337, en contra del régimen colonialista
fue San Salvador. La mala conducción de las colonias fue vislumbrada por el
clero insurrecto. No por algo se decía que eran lo más ilustrado que había en
la Colonia. Aprovechándose del descontento general, decidieron encender
la mecha de la insurrección en 1811, alegando la necesidad de independizar-
se de la Península, por su desacertada forma de dominio colonialista.
a) Eventos Nacionales
352
igual, que la entera confianza que depositaban en el clero, les hizo creer en
un espejismo.
Uno de los pueblos que más cooperó durante 1811, bajo las órdenes del
sacerdote Mariano José de Lara –a todas vistas familiar de Domingo Anto-
nio de Lara, uno de los criollos civiles, participantes de la insurrección –fue
el de Santiago Nonualco. Estaba dicha población conformada por los indios
de ascendencia nonualca. Debido a su intervención a favor de la causa ins-
pirada por Matías Delgado, se les dieron las gracias, se les alabó por su valor
y gran servicio en contra de los “chapetones”, culpables, según su versión, de
la malandanza económica dentro de la provincia sansalvadoreña. Desafor-
tunadamente, una vez consolidada la independencia, no se veló en el Acta,
por la mejoría de las condiciones de vida, de los pueblos indios.
tizos eran los dueños de la antigua Intendencia de San Salvador. La patria del criollo, pasó a ser la patria
del mestizo.
353
La muestra palpable que hay que subrayar para restar fuerza a la justi-
ficación del clero, es el levantamiento de Anastasio Aquino en 1832. Ese es
el hecho histórico más cercano al evento libertario. El “esclavo criollo” libe-
rado del dominio colonialista de España, se aprovechó de su nuevo puesto,
para continuar maltratando al indígena: “Era normal que en las haciendas
hubiera cepos para castigar a los trabajadores rebeldes340”. Los maltratos in-
fligidos al pueblo de Aquino, así como a su familia, además de obligarlos a
prestar servicio militar, los molestó. En busca de respeto de su dignidad de
seres humanos, armaron su propio levantamiento. Tras su pronunciamiento,
no se les felicitó por su valor, como se hizo en 1811, sino que se les exter-
minó: “Aquino fue ejecutado en julio y su cabeza fue colocada en una jaula,
donde se exhibió públicamente341”.
α Impuestos y Gabelas
354
indios, mulatos y mestizos, elevaban; los criollos culpaban a la Corona. La
elite criolla negaba mejores condiciones de vida, aduciendo que los reyes pe-
dían mucho; que Guatemala molestaba con su intervención económica y los
constantes prestamos de las casas bancarias; que el añil, y demás cosechas
no eran productivos. Y, que por lo tanto, los indios y demás grupos sociales
marginados estaban obligados a someterse a los caprichos de la Corona, pa-
gando sus impuestos.
El erario, de la Capitanía General de Guatemala, se había enriquecido –
hasta mediados del siglo decimo octavo –principalmente de los gravámenes
indígenas: “…en la década de 1760, del total de los ingresos fiscales de la
administración colonial, un 63% correspondía a los tributos indígenas342”.
Mientras, al indio se le exigió un mayor número de impuestos, el criollo no
se molestó nunca, por cambiar esa injusticia. Al contrario, parecía ver con
naturalidad que el pobre esclavo pagara más. Sin embargo, con la imple-
mentación de las Reformas Borbónicas, los criollos se sintieron ofendidos y
salieron más perjudicados. La ofensa nació del aumento de impuestos para
su bolsa. España aumentó los impuestos al comercio. Los gravámenes no
saldrían exclusivamente de los indios, sino también, de los criollos. De esa
manera, la Corona se vio más enriquecida, porque, cobró impuestos a to-
das las castas que componían la Capitanía. Las protestas de los criollos y su
cólera se debieron a la aparición de los comerciantes, como representantes
e intermediarios de la Corona, en cuanto al cobro y administración de las
cargas tributarias.
355
casas comerciales en suelo español; y, sus múltiples conocimientos en el ma-
nejo de la banca. Dicha supremacía y la distancia que separaba al Rey de sus
colonias permitió la corrupción entre los comerciantes. Estos lograron que
el poder político estuviera al servicio del poder económico344: “Antes de la
alianza el funcionario local prestaba dinero para pagar a sus acreedores; des-
pués de ella, era mantenido por las casas comerciales y, además de recaudar
impuestos, representaba sus intereses localmente345”.
Cumplir con el pago de los impuestos se volvió cada vez más, una empre-
sa difícil de alcanzar, sobre todo, cuando el dinero invertido en las siembras,
provenía de las casas de los ricos prestamistas. Estos acuciaban al criollo
junto con los impuestos, produciendo desesperación en los sansalvadore-
ños. Agregado a esta ofensa, hay que mencionar que varios de los ricos co-
merciantes, ni siquiera eran descendientes de los antiguos conquistadores;
ni criollos, sino, recién llegados. Habían arribado a suelo centroamericano
en búsqueda de mejores condiciones de vida, lo cual parece que lograron
con creces. El ser extranjeros recién llegados, y verse enriquecidos era lo que
más molestaba a los criollos. Se observa, entonces, que vivir bajo el régimen
344 Ya desde aquel momento, el suelo centroamericano ha destacado por tener sometido al
poder gubernamental logrando que defienda los intereses de los dueños de la economía. Eso impide
gobernar correctamente, porque todas las políticas implementadas no velan por el bien de las mayo-
rías, sino de los poderosos.
345 Cardenal, Rodolfo. “Manual de Historia de Centroamérica”. P. 169.
346 Cardenal, Rodolfo. “Manual de Historia de Centroamérica”. P. 160
347 Lindo-Fuentes, Héctor. “La Economía de El Salvador en el siglo XIX”. P. 26.
356
colonizador español, no era agradable. La economía no podía desenvolverse
en causes normales, porque habían demasiados intermediarios, y numero-
sas practicas burocráticas, que complicaban las cosas.
También la Iglesia se vio afectada tras las reformas de los borbones, por-
que los diezmos ya no fueron netos, sino que se les asignó un cierto porcen-
taje. Eso molestó mucho al clero, quien había gozado por años de especiales
prerrogativas. El rey Borbón pretendió con ello, quitar un poco de grandeza
a la Iglesia y parte del dominio que esta ejercía –punto a ser tratado poste-
riormente. En pocas palabras, quería lucrarse del dinero de todas las capas
sociales. Ni la Iglesia se salvó.
Los criollos se las ingeniaron para encontrar nuevos caminos que vinie-
ran a suavizar un poco, el duro golpe dado a sus arcas. Ejemplo fue el contra-
bando. Desafortunadamente, España no permitió a las Colonias la práctica
del libre comercio: “La política de España obstaculizaba y contrariaba total-
mente el desenvolvimiento económico de las colonias al no permitirles tra-
348 Extensamente tratadas en la primera parte de este estudio, para subrayar como España se
debilitó tras las continuas batallas, hasta ser destronados por José I, hermano del Emperador.
357
ficar con ninguna otra nación y reservarse como metrópoli, acaparándolo
exclusivamente, el derecho de todo comercio y empresa en sus dominios349”.
La estrechez de esta medida no permitía a los criollos ampliar su mercado.
Los productos que tanto se esforzaban en cosechar, no podían ser colocados
en mayor número de países porque España interfería. La Península Ibérica
ni hacía nada con los productos centroamericanos; ni permitía a los criollos
hacer lo suyo.
358
mo ensayo). Los primeros avalaban las medidas comerciales mantenidas
con extranjeros como Gran Bretaña, mientras que los gazistas clamaban por
mantenerse apegados al comercio con Cádiz y cuidar de la industria interna.
359
dominio colonialista de España, del poder de Guatemala y México; pero, se
sometieron a una nueva forma de imperialismo.
b) Eventos Internacionales
360
Además, los marginados al escuchar a los acaudalados de la provincia san-
salvadoreña, expresarse en términos más fraternales creyeron que un nuevo
orden estaba por emerger en sus tierras.
α Encarcelamiento de Fernando
361
documento histórico en el cual quedó de una vez para siempre, escrito su
sufrimiento bajo el dominio inglés, así como, su liberación completa. Esta-
dos Unidos había visto frenada su economía por las continuas interferencias
de Inglaterra. La intervención de la potencia en los asuntos financieros no
dejaba a los colonos ser dueños absolutos de las ganancias comerciales, así
como del poder político. Todo eso acabo con la declaración de independen-
cia. Su gesta causó admiración entre los habitantes de las colonias hispanas,
pues, los Estados Unidos eran prácticamente la primera región geográfica
que osó revelarse a un poder monárquico, imponiendo su propio sistema de
gobierno en el continente americano.
Esa gran proeza estadounidense fue valorada, no sólo por, los países de
la región latinoamericana, sino, también, por los revolucionarios franceses
del 14 de julio de 1789. El documento redactado por los Estados Unidos tuvo
repercusión en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano
en Francia. El que Francia valorara la declaración norteamericana provocó
interés en la provincia sansalvadoreña, cuyos líderes insurrectos estuvieron
prestos a hacer lo mismo. No es que los Estados Unidos y la provincia es-
tuvieran en contacto diplomático, sino que, surgió el interés de conocer a
esa nación que tuvo las agallas de independizarse de una poderosa potencia
colonizadora.
El contacto de los Estados Unidos con las colonias comenzó por razo-
nes comerciales. Ya se mencionaba como los comerciantes guatemaltecos
impulsaron el comercio con esta joven nación, como forma de mejorar la
situación financiera de la Capitanía. Fue España quien autorizó el comercio
con ellos en el año de 1778, gracias al Reglamento de Comercio Libre, que
contemplaba la comercialización con países neutrales. Los puntos de con-
tacto comercial fueron Méjico, Venezuela, Chile y Rio de Plata. Sin embargo,
para 1811, año del grito de independencia, Estados Unidos a lo que parece
no tenía ningún interés por ninguna de las colonias latinoamericanas. Eran
únicamente una joven nación en busca de consolidar y fortalecer su poder,
en un ambiente de libertad, y sin más interferencias de alguna nación euro-
pea.
Por ello, en 1815 tuvo una razón para preocuparse de perder su liber-
tad recién conquistada: “En 1815 Napoleón Bonaparte es definitivamente
362
derrotado por una alianza de potencias europeas entre las que destacan In-
glaterra, Rusia, Prusia y Austria. A consecuencia de estos eventos, se reúnen
los vencedores en un congreso, en la capital del imperio austriaco, para Res-
taurar la Europa pre revolucionaria y firmar la Paz de Viena. Es a partir
de entonces que los Estados Unidos deciden volver la espalda al Atlántico,
manifestando abiertamente su rechazo hacia las políticas europeas350”. Es
decir, el temor de los Estados Unidos nació de saber que la Santa Alianza
podía prestar auxilio a Gran Bretaña, sí en dado caso esta lo reclamaba para
recuperar sus colonias. Sí Europa había unido fuerzas, podían conquistar
cualquier país americano.
350 Casanueva de Diego, Rocío. “La Doctrina Monroe: Su Significado y Aplicación Durante el
Siglo XIX”.
351 Lara, Tuñón de. “La España del siglo XIX”. P. 23
363
sus demandas por la vía pacifica, las aceptaran por la vía de la guerra. Los
sansalvadoreños se opusieron a depender nuevamente de un país mucho
más fuerte. No querían volver a depender de nadie. Ya lo habían aclarado
cuando, Delgado lo expuso: Independencia absoluta queremos. Empero, la
carencia de un plan político y económico acertado entre los miembros de
las Provincias Unidas de Centro de América no permitió a estas estable-
cer un gobierno, que las mantuviera sólidamente acopladas, velando por sus
intereses comunes. Sino que dentro de ella, continuaban prevaleciendo los
intereses de unos sobre los otros.
364
parte por extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como
peligroso para nuestra paz y seguridad.”
353 Casanueva de Diego, Rocío. “La Doctrina Monroe: Su Significado y Aplicación Durante
el Siglo XIX”.
365
En conclusión, resalta que afirmar el rechazo a España por mantener
colonizado el suelo centroamericano, no implicó estar absolutamente en
contra del poder colonizador como forma de dominio. Esta tercera causa
aducida por el clero insurrecto –al igual que otros criollos –aparece como
aparente, en el momento mismo en que deciden acudir a pedir ayuda a los
Estados Unidos, de quien se podía esperar un nuevo tipo de colonización
dada las riquezas de sus suelos, y sus fuertes nexos con su antigua potencia
colonizadora. Por ello, el autor citado menciona, que en “mala hora” se les
ocurrió a los próceres pedir apoyo a la joven nación de Norte América. La
idea que tanto expusieron como justificación de su participación en la in-
surrección de 1811, fue la primera idea que les vino a las mientes cuando
se sintieron débiles ante la posible invasión de Méjico. Lo que el clero insu-
rrecto pensó, otros lo concretizaron un día, porque ellos dejaron puesta la
simiente en el pensamiento de los salvadoreños.
366
rentes y os condujeron a precipicio. La mano bienhechora del Omnipotente
os salvó, la Muy Noble y Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros tomó en
consideración vuestros males y se encargó de su remedio: rogó por vosotros
al Digno Jefe del Reino, diputando dos de sus individuos… Esta medida tan
sabia y oportunamente tomada ha sido la tabla de nuestro naufragio354”.
367
quiso aparecer como actor neutral de la insurrección, aun cuando todos sa-
bían que no era así. Trató que la Iglesia como institución no apareciera como
aliada de una fuerza ideologizada, sino como una institución que velaba por
que nada malo ocurriera al pueblo alzado.
368
décadas se manifestara con toda su fuerza357”. Ese vacío de ideas y de adalid
se debió a que nunca prevaleció en ellos el rechazo al colonialismo como
forma de dominio. Lo que hubo fue un poder colonialista, al cual destruir
porque estorbaba su desenvolvimiento económico. Si España no hubiera
sido tan exigente y hubiera dado más libertad a sus colonias, posiblemen-
te San Salvador, jamás, se hubiera sublevado. Se comprueba esta conducta
contradictoria, al momento de concebir la idea de pedir apoyo a los Estados
Unidos. Lo que hablaban era inconexo con lo que hacían. Decían odiar Es-
paña por ser nación colonizadora, y pensaron someterse a otra.
369
clero era capaz de hacer frente, al poder español. No porque el clero tuviera
armas, sino por el nivel intelectual de estos, así como por la cercana alianza
mantenida entre ellos desde hacía años, gracias al modelo de cristiandad.
Hubo aspiraciones reales dentro de las mentes y corazones del clero in-
surrecto, que les condujeron a una lucha sin tregua contra los hispanos –sus
compatriotas –pero, que por diversos motivos –que ya han sido menciona-
dos –ha costado descubrir a lo largo de la historia.
370
Para 1811, la alianza trono-iglesia dentro de territorio hispano –es decir
España –estaba un poco trastocada, debido a las reformas borbónicas, que
habían provocado algunos efectos negativos, como la pérdida de posesiones
–a la Iglesia como institución. En territorio Centro Americano, la alianza
entre ambos, aún no había sufrido menoscabo. La única sombra que opa-
caba la pacifica connivencia entre ambos poderes era el malestar sentido
por los sacerdotes criollos, quienes no gozaban de la confianza de la Corona
para ocupar cargos de jerarquía, como obispados y arzobispados.
371
clero insurrecto a incluirse en el movimiento emancipador. Fue la ideología
de la clase social más alta, es decir la de los blancos-europeos: Los Crio-
llos. Desde su llegada, los españoles a lo largo del continente Americano
se dividieron en dos tipos: Peninsulares y Criollos, pese, a que su país de
origen y etnia era el mismo. Bajo el nombre de Peninsulares, eran conoci-
dos todos aquellos hispanos cuya tierra natal o de nacimiento era España.
En otras palabras, eran españoles llegados al joven continente desde la Pe-
nínsula Ibérica, ya sea, en los primeros viajes expedicionarios, como en un
segundo, tercer u otro momento de la historia colonial. Basándose en esta
definición se puede establecer que todos los descubridores y conquistadores
de América –procedentes de España –eran peninsulares. Ninguno de ellos
nació aquí en América; sino en Europa. Lo que hicieron, fue asentarse en las
tierras descubiertas, gracias al derecho de posesión que les fue otorgado por
la Corona española.
Por ejemplo, de Bernal Díaz del Castillo se lee en una Real Cédula de
1551, lo siguiente: “Y ahora Bernal Díaz, vecino de esa ciudad de Santiago
de Guatemala, me ha hecho relación que él es uno de los primeros descu-
bridores y conquistadores de la Nueva España, y que así en ella como en esa
tierra nos ha servido en todo lo que se ha ofrecido, y al presente está casado
y avecindado en la dicha ciudad, donde tiene su mujer e hijo y casa, y una
hija doncella por casar, y me suplicó vos mandase que a la persona que con
ella se casase le proveyeseis de buenos corregimientos, o como la mi merced
fuese, y…358”. En esta cita se verifica que la sola relación que hizo Bernal de
358 Díaz del Castillo, Bernal. “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”. P. 634.
372
haber participado en el descubrimiento de Nueva España fue suficiente para
granjearse favores, no sólo para provecho personal, sino para su descenden-
cia.
373
El orgullo manifestado por los primeros hispanos llegados a tierras ame-
ricanas, sobrevivió y fue heredado a sus hijos, los criollos; quienes se mos-
traban ufanos y jactanciosos de su procedencia. Para ilustrar este hecho cabe
usar una vez más a la familia Díaz del Castillo: “Francisco Díaz del Castillo,
vecino de esta ciudad, vuestro corregidor del partido de Suchitepéquez, de
esta provincia de Guatemala, hijo legitimo de Bernal Díaz del Castillo, ve-
cino y regidor de esta ciudad y de Teresa Becerra, su mujer, digo: que yo
tengo necesidad de hacer probanza de los meritos y servicios de dicho mi
padre y de Bartolomé Becerra, mi abuelo, padre de la dicha Teresa Becerra,
mi madre… para que me haga la merced que fuere servido…359”. El hijo del
descubridor y conquistador Bernal Díaz del Castillo usó los meritos de su
padre para lograr obtener dones a su favor. Cada vez que uno de ellos de-
seaba algo de los reyes, hacían mención de su nombre de familia, como si de
heráldica se tratara.
359 Díaz del Castillo, Bernal. “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”. P. 646
374
- Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán: “Recordación Florida”.
Los cronistas aquí mencionados se ubican entre los siglos XV hasta lle-
gar al siglo XIX. En los últimos años, la crónica fue desarrollada, ya no sólo
por expedicionarios, sino también por clérigos y laicos. Todos querían escri-
bir sus grandezas a favor del Rey, para obtener dones de la Corona.
375
palabras, aquel termino que solía ser sinónimo de superioridad entre los
indígenas, acabó siendo un mote de desprecio por parte de los peninsulares
hacia los hispanos nacidos en América. Para finales del siglo decimo octavo
y principios del decimonono, llamar “criollo” a una persona, era más motivo
de insulto, que de reverencia. Empero, además de ser un insulto, constituía
un impedimento para desempeñar cargos político-administrativos; o mili-
tares de gran importancia, ya que, por lo general el Rey investía con dichos
cargos, únicamente a los peninsulares.
La ofensa pesaba más para los criollos, por el hecho de saberse un grupo
mayoritario comparado con los peninsulares. No estaban de acuerdo con
que la Corona española entregara los cargos más importantes a los extran-
jeros, en lugar de entregarlos a los de viejo abolengo americano. Es más,
algunos de los descendientes de los conquistadores habían visto mermada
su situación económica; mientras, que los recién llegados enriquecían a ex-
pensas de los criollos. Algo que hería su orgullo.
Otro de los privilegios que los criollos tenían era la posibilidad de entrar
a formar parte de una de las instituciones más poderosas de aquel enton-
ces: La Iglesia: “Pero como las espadas de los conquistadores no se habían
376
bañado en sangre, vanamente, sino con el fin de poner a las sociedades in-
dígenas bajo el dominio de los nuevos amos, de ahí que el árbol genealógico
aparezca colmado de cargos públicos y oficios de autoridad: corregidores,
alcaldes, regidores y síndicos del cabildo, etc., sin que al lado de las autorida-
des civiles falten las eclesiásticas362”. Ya se vio anteriormente como las masas
compuestas por mestizos, mulatos, no podían siquiera soñar en convertirse
en religiosos. A lo zumo eran aceptados como hermanos legos. En cambio,
los criollos podían optar por ese estilo de vida y disfrutar de puestos de
menor rango; como sucedía en los demás planos de la sociedad colonial.
Bien se pudiera hablar, consecuentemente, de una “Colonia Absolutista”.
Los poderes principales reposaban en manos de los grandes señores crio-
llos; sus esclavos eran los indígenas o africanos, quienes debían servir hasta
la muerte, para que sus amos disfrutaran de enormes prerrogativas, riquezas
y comodidades.
A causa de todo esto, los criollos miraban con desagrado que tanto los
funcionarios enviados de la península como los clérigos, mantenían nexos
362 Martínez Peláez, Severo. “La Patria del Criollo”. PP. 20-21.
377
cercanos, con la Corona. A través de esos nexos, los reyes eran informados
de la conducta de éstos, generándoles severos problemas; o bien, impidién-
doles dar un nuevo rumbo a las finanzas. Surgió, consecuentemente, la idea
de unir fuerzas también entre ellos para lograr mantener su status quo, sin
salir perjudicados. Además, los criollos –con su ideología del criollismo se-
gregacionista –ya habían desarrollado un sentimiento de pertenencia a las
tierras centroamericanas, y se encontraban muy identificados entre sí como
grupo social, a nivel macro-social; y como grupo familiar, a nivel micro-so-
cial. América era, en su opinión, tierra de ellos, puesto que sus antepasados
la habían conquistado con sudor y sangre. Era, así, de lo más normal que
estos trabajaran de forma conjunta, velando por sus intereses; antes que unir
fuerzas con los extranjeros.
Se verifica, pues, que los Criollos, no sólo conformaron una clase o casta
social, sino que construyeron una ideología racista: “Criollismo segregacio-
nista”, que avalaba su forma de pensamiento. Fue una ideología que degeneró
en un estilo de vida. Ser criollo era sinónimo de patentar grandes privilegios
y prerrogativas. Privilegios que había que defender a como diera lugar. Por
ende, esta ideología fue uno de los motores impulsores del clero. Aunaron
esfuerzos con sus familias. Como religiosos pusieron ideas, amistades; sus
familiares laicos, pusieron la presencia y fuerzas físicas. Los primeros fueron
el cerebro gestor, mientras que los segundos, fueron el cuerpo ejecutor.
378
a. El Clero Insurrecto y sus Familias
379
porque muchos de ellos querían la independencia. Pero, no querían la inde-
pendencia de la monarquía española, para pasar a manos de una monarquía
criolla, cuyo líder fuera Matías Delgado, intentando asemejarse a Richelieu.
Bajo las influencias de la Revolución Francesa se buscaba, una libertad cons-
titucional, sin la injerencia de reyes.
380
supieron dar el golpe, por no querer compartir los frutos de la victoria con
personas ajenas a su círculo familiar.
381
La fragilidad de esta acción “independentista” –llámesele así, ya que la
tradición la ha nombrado de esta forma por años –se debió a que sus creado-
res, un puñado de clérigos no avezados en técnicas de guerra, ni política, se
encargaron de liderar la revuelta, lo mejor que pudieron. Hicieron lo posible
por salvaguardar los intereses de la familia así como sus propios intereses,
no siendo suficiente. Fue la tradición la que se encargó de idealizar y su-
blimar los hechos. Muestra de ello, es que no se sabe a ciencia cierta, si en
verdad se tocó la campana de la Merced: “La única campana que sonó el 5 de
noviembre de 1811 llamando al pueblo fue la del Cabildo y probablemente
también la de la Iglesia Parroquial, convocando al Te Deum. En cuanto a
la primera no hay duda, porque lo confirman los documentos; en cuanto
a la segunda no es sino una suposición365”. La tradición, iniciada por ellos
mismos indudablemente, usó como ya se hacía referencia del nacionalismo
beligerante para crear un halo de leyenda alrededor de los hechos empren-
didos por estos personajes hasta convertirlos en héroes nacionales. Sin em-
bargo, no existen trazas de una confabulación bien diseñada que abarcara el
antes, el durante y el después del primer grito de independencia. El azar fue
el principal actor de la revuelta.
Ante el fracaso del primer grito, al clero insurrecto no le quedó más que
arengar al pueblo desde el pulpito, aconsejándole sumisión. Se ve a un Ma-
tías Delgado, alegando inocencia ante el pueblo: “Hombres atrevidos os han
deslumbrado con falsas ideas de bienes aparentes y os condujeron a preci-
picio366”; cuando él mismo, era uno de esos atrevidos, que en su quimera de
poder, llevó al pueblo a un inminente peligro. Lo que detuvo a Guatemala de
intervenir militarmente fue que el insurrecto José Mariano Batres, nombra-
do Intendente tras la revuelta, era miembro de la familia Aycinena. El peso
social que los Aycinena tenían en la Capitanía, hizo que el ayuntamiento ro-
gara a favor de los insurrectos. Sólo así se explica, como Bustamante detuvo
el castigo sobre los conspiradores.
365 Meléndez Chaverri, Carlos. “José Matías Delgado. Prócer Centroamericano”. P. 147.
366 Meléndez-Chaverri, Carlos. Op. cit.
382
ros que jamás podrían tener el poder en sus manos. El criollismo segrega-
cionista a nivel macro social, aplastó de lleno su conspiración, quedándoles
como única salida, el someterse a los caprichos del resto de criollos. Para
limpiar su prestigio, el resto de criollos, les confirió a los amotinados, el tí-
tulo de Padres de la Patria, pero tanto ellos, como los conspiradores sabían
que sus motivaciones iníciales no fueron patrióticas.
383
de Independencia –y, en el afán de acabar con el poder español, cuando los
mismos criollos eran españoles. El pueblo actuó de buena fe; creyó ingenua-
mente en sus pastores. Su ignorancia le convirtió en el instrumento idóneo
para asentar las bases del poder criollo, tras haber alcanzado una libertad
frágil y transitoria, que rápidamente fue depositada en las manos de otro
poder imperialista.
La ignorancia de las masas del siglo XIX, era la ignorancia que un día
demostraron los indios ante los conquistadores. Se cuenta que los hispanos,
antes de esclavizar y someter a una población india, les leían el requerimien-
to367. Empero, aparece una interrogante muy obvia ¿Entendían los indios lo
que les estaban leyendo? El uso de lenguas, como la Malinche, no es más
que un recurso de las crónicas españolas, una falacia u obra de superche-
ría construida por los mismos conquistadores, para aparentar generosidad
y comprensión con los pueblos nativos; ya que, con toda seguridad, ni las
lenguas368 nativas, encargadas de traducir el requerimiento a sus coetáneos,
comprendían a cabalidad, la jerga que estaban traduciendo. Ellos traducían;
pero, no tenían ni idea del significado de las palabras usadas en dicho do-
cumento. Luego de leído el documento y observando las caras de estupor
de los pobres indios, por no comprender el vocabulario estrambótico de los
hispanos; los conquistadores alegaban, en su defensa, que el indio era necio,
que se negaba a someterse por su gusto bajo las condiciones presentadas en
el requerimiento, por lo que ellos, en servicio de su Majestad, mataban, ase-
sinaban, violaban y masacraban a poblaciones completas.
La verdad era que los desdichados indios, no entendían nada de los que
les estaban diciendo. Y, aun cuando una lengua les hubiera traducido todo,
¿Qué sabían ellos, quién era su Majestad? ¿Qué entendían ellos por la pa-
labra requerimiento? ¿Qué sabían ellos quien era su Santidad el Papa? No
sabían, ni entendían nada. El requerimiento no fue más que una burla para
un pueblo inocente. Fue el pasaporte de los españoles, que les avaló cometer
todo tipo de crímenes; y esclavizar a poblaciones enormes. Fray Bartolomé
de las Casas relata un incidente de este tipo, si bien no trata sobre el reque-
367 Era este un documento en el que se exhortaba al indio a someterse pacíficamente al poder
384
rimiento, si muestra como el español se aprovechaba de la ignorancia de
los nativos: “Unos con engaños que hacían a los indios, que estuviesen con
ellos, o por miedos o por halagos los atraían a su poder, y después les hacían
confesar delante de las justicias, que eran esclavos, sin saber ni entender los
inocentes que quería decir ser esclavos; y con esta confesión las inicuas jus-
ticias y gobernadores pasaban o mandábanles imprimir el hierro del Rey en
la cara, siendo sabedores ellos mismos de la maldad369”.
385
es el objeto de este trabajo juzgar sí hubo verdadera vocación religiosa en es-
tos hombres o no. El objeto es demostrar que efectivamente usaron su hábito
para fines políticos y económicos de sus familias, a su vez, que para consoli-
dar sueños personales. Sin embargo, sobrepasaron los límites de lo normal.
En su lucha por defender los intereses de sus familiares al igual que los
suyos propios, olvidaron que eran parte de una institución importante. De
una institución cuyo prestigio y conducta de siglos estaba siendo cuestio-
nada por las ideas ilustradas, enciclopedistas y liberales en boga. El clero
carecía de libertad para actuar conforme sus caprichos. Sus acciones eran
evaluadas con más rigurosidad. Hicieron de la sotana, un instrumento útil
para la consecución de los sueños criollos, llegando a crear un enorme cisma
con el Vaticano. De los clérigos que no dieron su apoyo al clero alzado se
dice: “…al penetrar en los secretos de la revolución del año de 11, no solo se
negaron a tomar parte en ella, sino que protestaron enérgicamente, la decla-
raron sacrílega por lo que tenia de religiosa, e influyeron para que el mal fue-
se reprimido en su principio, y no extendiera más lejos sus consecuencias371”.
386
muy pocos podían darse; dado que sus costos eran elevados. Basándose en
esto, se puede inferir varias cosas del sistema educativo vigente en Centro
América. Primero, que la educación era un rubro descuidado por los habi-
tantes de la Capitanía de Guatemala. Existía la idea que la educación estaba
reservada sólo para aquellos que un día ocuparían cargos de importancia;
por ejemplo, clérigos, funcionarios políticos, legisladores, entre otros. Para
las grandes mayorías, según la estrecha visión criolla, bastaba con las prime-
ras letras y la catequesis. Por ende, la educación superior no estaba al alcance
de las grandes mayorías, sino de los grandes potentados de la ideología crio-
llista: “…debe decirse en justicia, este tipo de enseñanza se realizó en torno
a la “república de españoles” o criollos, y por extensión a ciertos mestizos e
indios372”.
372 Dussel, Enrique. “Historia General de la Iglesia en América Latina I/1 Introducción Gene-
ral. P. 634.
373 Ibid. P. 635.
387
sidades. Indiscutiblemente, fue en la Alma Mater donde el clero insurrecto
escuchó las ideas de la ilustración enterándose, muy probablemente, de la
Revolución Francesa y los gobiernos constitucionales. Los jóvenes estaban
ansiosos por aprender la nueva visión del mundo. La Iglesia aunque quiso
evitar la introducción de este tipo de conocimientos dentro de sus aulas, no
logró impedirlo. Así comenzó a germinar en las mentes de los jóvenes estu-
diantes, ideas de cambio, que posibilitarían, la independencia.
Los padres de la patria –en este caso el clero insurrecto –se trasladaron a
Guatemala para recibir educación a niveles superiores. Un clérigo no podía
ser una persona sin conocimientos. Las familias de estos hombres invirtie-
ron fuertes sumas de dinero para lograr que sus hijos se graduaran de dichos
centros educativos. Razón demás, para que a su retorno les exigieran actuar
en defensa de los derechos “legítimos”, que como criollos les correspondían.
Sí les habían mandado a estudiar hasta Guatemala, no habían sido solo por
lujo, ni para que canonizasen a uno de los suyos, sino para producir un
bien económico en sus hogares. Evidentemente, amparados con este tipo de
ideas, el primer grito de independencia, acabó siendo un complot familiar,
más que una insurrección salvadoreña.
388
estudios en el Colegio Tridentino y la Universidad de San Carlos, graduán-
dose con el grado de doctorado.
Por tanto, sí las familias criollas de estos clérigos les dejaron hacer, apo-
yándolos en el movimiento es porque confiaron en el nivel de formación
intelectual que habían recibido, comparado con el resto que no tenían fácil
acceso ni a educación formal, ni a literatura por lo oneroso que resultaba
estudiar. Se procede, por ende, a analizar el estado de la educación durante
la colonia, como forma de demostrar que para el clero insurrecto fue fácil
influir en hombres de poca instrucción –mestizos e indígenas –atrayéndolos
a su causa, sin mayores cuestionamientos. Aclarando, por supuesto, que de
poca instrucción, no por motivos personales, sino debido a las medidas im-
plementadas por el sistema, a quien convenía tener a las grandes mayorías,
sumidas en la barbarie y oscurantismo de la ignorancia, para oprimirlas,
reprimirlas y manejarlas sin que éstas les cuestionaran.
• La Educación Colonial.
Costó mucho tiempo para que las Provincias que conformaban la Ca-
pitanía General de Guatemala conocieran las escuelas, colegios y universi-
389
dades; en la forma que otras colonias lo hicieron. Para los indígenas costó
mucho tiempo más. El interés primario por la educación provenía del clero
y no tanto de las autoridades políticas. Además, entre más riquezas aportaba
a la Península una colonia, más importancia se le otorgaba –razones por las
cuales, la educación avanzó más en Nueva España, el Perú y colonias de este
temple; empero, las colonias pobres avanzaron a paso tardo, como sucedió a
Centroamérica. Por el momento basta establecer que el sistema educativo, a
lo largo del Istmo Centroamericano estuvo estratificado en tres niveles, que
se abordan a continuación.
I. Nivel Básico
375 Su nombre completo era Francisco Marroquín Hurtado. Fue el primer Obispo de Guatema-
la. Entabló amistad con hombres como Pedro de Alvarado y Fray Bartolomé de las Casas. En su afán
de ayudar a los indígenas y evangelizarlos aprendió el idioma quiché, y se preocupo afanosamente por
la educación de los pueblos.
390
miento adquirido, vertieron al castellano varios monumentos de la cultura
arcaica, como el Popol Vuh376”. De no ser por la colaboración de este religio-
so, la situación educativa hubiera permanecido relegada a segundo plano.
A pesar que, los españoles habían recibido el encargo de velar por la forma-
ción e instrucción de los indígenas, éstos lo posponían o bien lo dejaban en
manos de las órdenes religiosas. Así lo demandó la Corona: “Una curiosa
disposición del Emperador Carlos I (1518) mandaba que los encomenderos
alfabetizaran a los indios más inteligentes, y estos deberían hacer lo mismo
con sus demás congéneres377”. La Corona deseaba con esta ordenanza imple-
mentar un tipo de “efecto dominó”; es decir, que la fuerza inicial iba a ser
dada por los encomenderos, seguidos de los indios. La educación, entonces,
se esperaba fuera obra común. No obstante, las buenas intenciones escritas
en el papel; la actitud de los peninsulares dejó mucho que desear.
391
genas380” a cada encomendero. Supuestamente, con esa cuota debían proveer
a los pobres indios de lo necesario; pero, todo fue opresión y explotación.
El señor Vidal relata que fue don Luis Xuárez de Moscoso el director
de la primera escuela para hijos de españoles, en la provincia de San Salva-
dor, por el año 1549. Empero, esta institución no debió haber dado grandes
frutos, pues, a la llegada del Arzobispo Cortez y Larraz en el año de 1768,
impresiona su comentario en el que afirma que en esta Provincia no hay
escuelas: “ni en la capital, ni en los pueblos381”. La población infantil esta-
ba entonces descuidada. Desafortunadamente, para El Salvador, los índices
alarmantes de analfabetismo y su desinterés por el estudio, tienen sus raíces
enquistadas en la Colonia. Faltando un año para empezar el siglo XIX –algo
inverosímil –se recibió en la provincia de San Salvador una Real Provisión
en la que se informa, lo escuálido que estaba el sistema educativo en ese mo-
mento histórico. Algunos puntos mencionados son:
392
En San Salvador, las elites, eran conminadas a enviar a sus hijos a Gua-
temala para obtener educación superior. Por ello se ha dicho que: “La elite
salvadoreña era, por lo general, notablemente ignorante383”. Dirigentes y di-
rigidos yacían en el mundo de las tinieblas; unos oprimiendo y otros mu-
riendo bajo la opresión. No se puede culpar, como ha sido la tendencia por
años, a la Iglesia se haber sido la promotora de un “oscurantismo colonial”;
porque los verdaderos apáticos en el área educativa fueron las autoridades
peninsulares y criollas. Las distintas órdenes religiosas hicieron más de lo
que debían en este campo; pues, la misión de la Iglesia no es enseñar las
primeras letras; sino enseñar al hombre el camino que conduce al cielo y
los medios para alcanzarlo. La que atrasó el establecimiento de las escuelas
fue la ideología denominada Criollismo Segregacionista. La elite blanca, en
su desprecio hacia los indios, mestizos, mulatos y zambos; se encerró en un
mundo donde lo primario era enriquecerse a sí mismos, sin preocuparse de
la educación.
393
tudiado en estos centros educativos era el latín: “Se aprendía la composición
escrita y también se impartían clases de retórica, que tenían como finalidad
el dominio de la oratoria385”.
En suelo centroamericano, los jesuitas junto a otras órdenes religiosas
fundaron centros de estudios de educación secundaria. Algunos de estos
centros de enseñanza fundados en el Istmo Centroamericano, son enume-
rados a continuación:
385
Tomado de Luque Alcaide, Elisa. “La Iglesia Católica y América”. P. 269.
394
ellas las tinieblas de la ignorancia, creamos, fundamos y constituimos en la
ciudad de Lima de los Reinos del Perú y en la ciudad de México, de la Nueva
España universidades y Estudios generales386”. El permiso fue otorgado por
el mismo Rey, quien sabedor que dentro de estas colonias, había ya un alto
número de hijos de españoles, decidió brindarles la oportunidad de alcanzar
una educación de más rango y calidad.
386 Dussel, Enrique. “Historia General de la Iglesia en América Latina. Tomo I/1”. P. 634
387 Luque Alcaide, Elisa. “La Iglesia Católica y América”. P. 270
388 Vidal, Manuel. “Nociones de Historia de Centro América”. P. 106
389 Tomado de Luque Alcaide, Elisa. “La Iglesia Católica y América”. PP. 279- 280
395
autores de renombre. La lectio, por su parte, consistía en una técnica en la
cual el docente, daba a conocer sus propias conjeturas o ideas sobre el tema
que se enseñaba, ya no era mero transmisor de los conocimientos creados
por otros; más bien, él era el creador. La collatio y disputatio exigían que el
alumno, tomara un papel más protagónico dentro del proceso enseñanza-
aprendizaje. El maestro demandaba, que así como él había conjeturado y
creado un poco de teoría, también, él se diera a la ardua, pero gratificante
tarea de pensar por sí mismo. Las universidades otorgaban al finalizar los
estudios, los títulos de doctor, licenciado o bachiller, con lo cual se abrían
las puertas de estos a un mejor modo de vida. Les daba derecho de gozar de
cargos de importancia, fuera en el campo de su preferencia: militar, político,
económico o religioso.
• Corolario
396
patrimonio que los antiguos conquistadores –sus antepasados –les legaron
como fruto de su “sudor y sangre”. Era un patrimonio que al inicio compar-
tieron con los peninsulares recién llegados. Al paso de los años, y al sentirse
desplazados por los extranjeros, comenzaron a retractarse de su conducta.
Acabaron por cerrar aun más sus lazos de clase social y familiar empezando
a fermentarse en su mente ideas adversas al régimen monárquico.
Modos de pensar, sentir y actuar, por parte del clero criollo insurrecto,
tenían enquistados sus raíces en los orígenes de la Colonia. Se concluye de
esta forma que, el primer grito de independencia fue un alzamiento que
partió de la ideología criollista segregacionista, pues era toda una estructura
que delineaba el ser del criollo, velando por sus intereses. La ideología fue
tomando cuerpo en las mentes de los españoles, desde su llegada al joven
continente. Por tanto, Los hechos efectuados por ellos, deben considerarse
al amparo de tal ideología, puesto que era parte de su ser.
397
ellos. En ambas ocasiones, el clero insurrecto aparentó parapetarse tras los
criollos civiles –ya se mencionaba como Matías Delgado arengó al pueblo
durante la llegada de Peinado – aun cuando fue todo lo contrario, intentado
salvaguardar la imagen de la Iglesia. Sin embargo, la suerte estaba echada.
La primera vez, convencieron a todos de su inocencia, aun cuando las sos-
pechas eran fuertes. Más la segunda ocasión, generó graves consecuencias
para los clérigos alzados. Aquellos que no fueron a prisión, tuvieron que
adaptarse a las exigencias del resto de criollos. La actitud pasiva de los crio-
llos –familiares del clero –hizo que dependieran en todo momento de los
religiosos; al menos hasta que tuvieron el poder en sus manos. Una vez con-
seguido el mando, el clero recibió un segundo golpe. Esta vez de parte de
los miembros de su propia clase social a quien tanto se afanó en ayudar. El
clero insurrecto, con sus intereses fue dejado de lado; mientras que la Iglesia
quedo burlada391. La alianza entre ambos poderes no se llevó a cabo y los
intereses de aquella fue lo que menos ocupó las mentes de los nuevos jefes
salvadoreños. En su lugar, comenzó la era de los Estados independientes
dentro de los cuales la Iglesia fue atacada.
398
5.3.2. Segunda Causa Real: “Iglesia de los pobres versus Ambición
Personal”
La Iglesia ha hecho opción por los pobres, como lo hizo un día el Maes-
tro: “la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún,
reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre
y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y, pretende servir en ellos
a Cristo394”. Desde su fundación ha estado encaminada a servir al pobre, al
marginado, al oprimido. La misión de la Iglesia no es ayudar al rico, ni al
sano, ni al hombre libre, en la medida que lo hace con los desposeídos. El
mandato de Cristo, al respecto, se hace presente en las Bienaventuranzas y
en su discurso escatológico, sobre el juicio final. Las primeras constituyen
promesas de bendición para los que padecen o trabajan en pro del Reino de
Dios: Bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen
hambre y sed de justicia, los que trabajan por la paz, los perseguidos por
399
causa de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón. La Iglesia
debe, entonces, y eso es lo que ha hecho desde sus inicios, estar del lado del
débil y del que sufre. En el discurso escatológico, Jesús pone en claro, que en
el juicio final se tomará en cuenta las obras de misericordia que el hombre
haya practicado, para con su prójimo. Pero, no sólo el hombre, como ser in-
dividual, sino la Iglesia como depositaria de la economía de la salvación y de
la Tradición: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me dis-
teis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis;
enfermo, y me visitasteis; en la cárcel y acudisteis a mí395”. Evidentemente,
la misión de la Iglesia no radica en obtener favores o dones de las grandes
fuerzas hegemónicas e imperialistas del mundo. La Iglesia está en la tierra
para velar que el hombre logre su salvación: “La Iglesia, como el propio Hijo
de Dios que la fundó, tendrá que encarnarse en los hombres y culturas de
todos los tiempos y lugares, para ser la continuadora de la misma obra sal-
vífica de Jesús, y testimoniar así la presencia del reino de Dios en medio del
mundo396”.
Para lograr hacer vida la misión salvífica, exigida por Cristo, en la histo-
ria de la humanidad, la Iglesia se institucionalizó y jerarquizó. Pedro aparece
como el designado, por el mismo Jesús, para gobernar la barca de la Iglesia.
Aquella obra jerárquica que empezó de forma sencilla, se fue expandiendo,
conforme el Evangelio se esparcía. Pablo menciona de forma breve como
sería la jerarquización de la Iglesia Primitiva: “Y así los puso Dios en la igle-
sia, primeramente los apóstoles; en segundo lugar los profetas; en tercer
lugar los maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de
asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas397”. Con el paso de los años,
aparecieron los tres ministerios que se conocen en la actualidad: Obispado,
Presbiterado y Diaconado. Sin embargo, en esa jerarquía eclesial no debían
observarse signos de dominación del uno por el otro, ni debía prevalecer el
interés individual, sobre el bien común: “el que quiera llegar a ser grande en-
tre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre voso-
tros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser
400
servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos398”. Queriendo
significar, estas palabras, que la Iglesia no por estar inmersa en el mundo, se
va a comportar como los señores de la tierra, los cuales buscan los primeros
puestos. Los buscan por los beneficios y dignidades que proveen, no por
brindar un servicio a las grandes mayorías. Los miembros de la jerarquía
eclesiástica debían, en cambio, buscar los primeros puestos, sabiendo que,
no se obtenían para granjearse opulencia, fama o hermosas vestiduras, sino
para convertirse en servidores de todos. Por eso, es la Iglesia de los pobres.
Es una iglesia en la que el pobre ocupa el primer lugar, siendo la jerarquía
quien le sirve en su proceso de salvación y liberación.
401
En fin, desde sus comienzos, la Iglesia se caracterizó por ser la Iglesia
de los pobres, los humildes, los enfermos, los oprimidos, los perseguidos y
todo aquel que por su condición de desposeído, no podía ocupar un lugar
preferencial en la mente de los dominadores del mundo terrenal. Sin embar-
go, para cumplir misión tan loable, requería de pastores dispuestos a dejarlo
todo, por servir a los demás, que estuvieran dispuestos a morir en defensa
de esos marginados, de la sociedad. Por ello, la Iglesia intentando dar vida
al plan salvífico de Dios, ha acompañado a los seres humanos de distintas
épocas en el camino del dolor y la pena: “La Iglesia va peregrinando entre
las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios402”. La Iglesia no debe
olvidar el modelo provisto por su Fundador, quien confirió los primeros lu-
gares a prostitutas, publicanos, samaritanos, leprosos, sordos, ciegos, cojos,
tullidos, viudas, adúlteros y todo aquel que fuera marginado de la sociedad;
porque hizo opción por los pobres.
402
Algunas veces ha trabajado de lleno por ellos; más en otras ocasiones los ha
ignorado.
403
• Ciclos Europeos
A. Edad Antigua
Este primer ciclo se puede ubicar desde Jesús, su Fundador, hasta Cons-
tantino; dado que fueron los años durante los cuales la Iglesia no pudo man-
tener nexos con los poderes hegemónicos de la tierra. La Iglesia se encuen-
tra en un proceso de consolidación y expansionismo, pues son los albores
de ella. La característica central es que fue una época de persecuciones en
contra de sus miembros, tanto pastores como fieles en general. Durante este
ciclo, los miembros de la Iglesia eran reconocidos por su generosidad y alto
grado de donación al otro. Ser cristiano era sinónimo de ser misericordioso,
debido a la vivencia de las obras evaluadas por Dios, en el juicio final. Exis-
tía, por parte de esos primeros cristianos, un profundo amor por el pobre, el
enfermo y el marginado. Vendían sus posesiones con el propósito de com-
partirlas con los desposeídos.
A su vez, hubo un choque frontal con los gobiernos del momento por
su apego a las riquezas, su rechazo a la pobreza, sus practicas de sodomía,
el gusto por las guerras, intentando dominar unos sobre otros, su tendencia
a considerar al emperador como divinidad, el politeísmo, y muchas otras
prácticas que no estaban conforme al Evangelio anunciado por Jesucristo.
Empero, la oposición más fuerte radicaba en el vínculo religión-Estado: “La
religiosidad de la pagana403 percibía de un modo admirable la necesidad vi-
tal que la polis tenia de la vida religiosa. Su miseria consistía en absorber la
religión en la civilización confundiendo la polis y la religión y divinizando
la polis o, lo que es lo mismo, nacionalizando los dioses que se convertían
en los primeros ciudadanos del Estado404”. En otras palabras, los primeros
cristianos estaban en total desacuerdo con la alianza trono-altar, en cumpli-
miento de lo dicho por Jesucristo: “lo del Cesar, devolvédselo al Cesar, y lo
de Dios a Dios405”. Los primeros cristianos estaban claros en mantener sepa-
radas ambas instituciones, porque los intereses y misión del Estado, difieren
404
en gran medida de los de la Iglesia. El Estado cuida los bienes terrenales;
mientras, que la Iglesia se auxilia de lo terrenal para cumplir su misión sal-
vífica de la humanidad haciendo opción por los pobres.
B. Edad Media
405
Constantino no confirió oficialidad a la Religión Católica; pero, le otor-
gó tolerancia y libertad de acción a lo largo y ancho del Imperio Romano.
Las persecuciones disminuyeron hasta desaparecer. El clima de tranquilidad
al que da paso, esta actitud imperialista, le confiere a la Iglesia el tiempo para
organizarse, hasta convertirse en una institución bien jerarquizada, es más:
“la misma organización estatal del Imperio sirvió de modelo para la orga-
nización de la Iglesia. La división en diócesis, metrópolis, patriarcados está
calcada sobre la división del Imperio…407”. Tras el ejemplo de Constantino,
el imperio va otorgando más aceptación al Cristianismo, hasta convertirse
en religión oficial del Imperio.
406
- “A ti te dio Dios el Imperio; a nosotros nos confió la Iglesia… Por lo
tanto, ni a nosotros es lícito tener el imperio de la tierra, ni tú, oh rey, tienes
potestad en las cosas sagradas408”. (Osio de Córdoba)
- De Constantino dijo Hilario de Poitiers: “no nos mete en la cárcel,
pero nos honra en su palacio para esclavizarnos. No desgarra nuestras car-
nes, pero destroza nuestra alma con su oro. No nos amenaza públicamente
con la hoguera, pero nos prepara sutilmente para el fuego del infierno. No
lucha pues tiene miedo de ser vencido. Al contario, adula para poder rei-
nar… Tu genio sobrepasa al del diablo, con un triunfo nuevo e inaudito:
consigues ser perseguidor sin hacer mártires”.
407
Los señores de la época buscaron, entonces, la forma de comprar a la Iglesia
para que legitimara su conducta. Guerras expansionistas era lo único que
ansiaban. Los dueños de las riquezas durante la Edad Medieval no querían
saber de pobreza, ni de humillación, menos de paz. La guerra les producía
tesoros, tierras y aumento de poder.
408
dio pie a la inquisición, aumentó su riqueza y número de posesiones; y, mu-
chos llevaron una vida licenciosa. Empero, en medio de la tempestad hubo
pastores que no olvidaron su preferencia por el pobre y su estado: La po-
breza. Muestra de ello, son San Francisco de Asís, San Clara, San Jerónimo
Emiliani, San Vicente de Paul, entre otros muchos más, que demostraron a
la Iglesia jerárquica que la pobreza y la opción por el pobre no son repro-
chables, ni despreciables. Al contrario, la pobreza es el lugar ideal donde se
puede encontrar a Dios. Estos hombres y mujeres fueron ejemplo claro que
no todos los miembros de la Iglesia comulgaban con la jerarquía, así como,
con hermanos suyos del bajo clero.
Con toda esta marejada, la Iglesia enfrentó el cisma provocado por En-
rique VIII, en Inglaterra. Luego pasó al Renacimiento. El poco apego a su
misión –demostrado durante siglos –despertó críticas. Aprovechándose
de estas circunstancias, Martín Lutero lanzó sus noventa y cinco tesis. Las
controversias emanadas por Lutero, llevaron a la Iglesia a repensar su papel
dentro de la sociedad. Desafortunadamente, no hubo forma de conciliarse
con él. Fue una época llena de dolor para la Iglesia y la humanidad, porque
se vio sumida en controversias teológicas. Tratando de solventarlas, los re-
yes acabaron por inmiscuirse más en los asuntos eclesiásticos. Se formaron
bandos, hubo guerras entre reyes tomando como bandera, la defensa de la
fe católica. Lo verdaderamente importante, es decir, el servicio a los pobres,
se olvidó, en defensa de la “oficialidad de la religión” y el status de la Iglesia,
dentro del suelo europeo.
409
Fue un ciclo durante el cual la Iglesia jerárquica, pocas veces caminó del
lado del dolor, del sufrimiento y la persecución. Un ciclo donde las ordenes
mendicantes marcaron la diferencia, porque fueron ellas las que estuvieron
cerca del pobre. Abanderaron la opción por el pobre, el huérfano, la viuda,
el enfermo, el anciano. Hicieron vida el Evangelio; mientras que la jerarquía
buscó desesperadamente mantener su status.
C. Edad Moderna
• Ciclos Americanos
A. Renacimiento
410
sia Católica a lo largo de hispano América. Quizá, se esperaba con toda
seguridad una alianza conquistador- evangelizador. Empero, cuando los mi-
sioneros vieron las atrocidades cometidas por éstos en contra de los pueblos
nativos, se dio una ruptura entre ambos poderes. Esta ruptura se debió a que
la Iglesia con sus pastores a la cabeza vivieron la opción por el pobre, por
el oprimido. Ellos son como dice Enrique Dussel: “los Padres de la Iglesia
latinoamericana”.
412 Dussel, Enrique. “Historia de la Iglesia en América Latina. Medio milenio de coloniaje y
411
entendían por consiguiente, que la dirección suprema de las misiones debía
corresponder al Papa y no a los reyes413”.
Por esta actitud anti monárquica de parte de los jesuitas ante sus ma-
jestades portuguesas y españolas provocaron roces profundos entre ambas
fuerzas. La Compañía de Jesús tuvo sus miras puestas en la Iglesia de los po-
bres. Se ocuparon de evangelizar y educar a indios, sin olvidar a los hijos de
los españoles. Hizo vida el evangelio, porque privilegiaron al pobre, sin ol-
vidar al rico. No buscaron oro, ni componendas con los poderes terrenales;
sino el bienestar de los indígenas. A donde iban se dedicaban a crear centros
de enseñanza; estudiaban lenguas nativas elaborando posteriormente cate-
cismos en dichas lenguas; hicieron reducciones, entre otras obras más. Los
obispos de las distintas diócesis les reclamaban por ser misioneros de gran
utilidad. Sus obras eran valiosas para el pueblo indígena, algo que fue mal
visto por los hispanos, interesados en incrementar riquezas. Los roces entre
jesuitas y españoles acabaron con la expulsión de éstos de las reducciones.
Más, lo que se puede afirmar sin temor a equivocarse, es que la Compañía de
Jesús vivió para la iglesia de los pobres; además de impulsar a otros a hacer
lo mismo.
412
América sentían por los indígenas. Más, a los ojos de Dios, su misión tuvo
grandes meritos, por haber acompañado en el camino del sufrimiento, de la
marginación, de la explotación y la muerte a miles de indios.
B. Edad Moderna.
Este segundo ciclo va desde la Revolución Francesa pasando por el pro-
ceso de independencia, hasta la conformación de los Estados constituciona-
les en toda la América Hispana. Ha sido el ciclo que se ha venido ilustrando
a lo largo del capitulo tres y el presente desarrollados en este libro. En este
momento histórico, la Iglesia ya estaba consolidada en grandes territorios
del joven continente. Misiones y evangelización pasaron a segundo plano.
Pusieron el máximo cuidado en el embellecimiento de los edificios religio-
sos y casas de la clerecía. Eso ocurrió en todas las órdenes religiosas, así
como dentro del clero diocesano. Por ejemplo la orden franciscana: “A pe-
riod of stabilization set in, and with it, Franciscans began to devote more
energy to the improvement and care of their conventual architecture414”. Esta
actitud de acomadamiento se empezó a observar desde el siglo decimo sex-
to; para el decimonono era una realidad innegable.
Durante los últimos años del siglo decimo octavo e inicios del decimo
nono, la Iglesia al tener desviada su atención de la opción preferencial por el
pobre, por estar ensimismada en cuidar sus posesiones y haberes se dividió
en dos facciones: La que apoyaba la causa de los realistas –es decir, los que
estaban a favor del rey –y la que apoyaba la causa criolla. Esto ocurrió a todo
nivel de Latinoamérica. Ambas facciones, tenían, una alianza con los bandos
políticos que amparaban, porque no estaban velando por el bienestar de los
indios, sino salvaguardando las posesiones de la Iglesia y privilegios de ésta.
414 CEDLA. “Latin America Studies N° 90. Church and Society in Spanish America. Page. 34.
413
de cristiandad, dentro del cual los intereses de la Iglesia eran protegidos por
los señores del mundo; pero, la ruptura había empezado, siendo imposible
retroceder.
La lejanía del viejo continente con el nuevo, al igual que los hechos his-
tóricos registrados en ambos continentes tan disimiles entre si, impidieron
que la Iglesia Católica en América marchara de la mano con la europea.
Ambos continentes tenían problemas diferentes, por lo que los métodos de
resolución eran distintos, así como los temas a tratar. Ambos, se vieron for-
zados a celebrar sínodos y concilios que resolvieran dificultades propias de
las regiones donde radicaban, pues de la solución dependía la marcha del
evangelio e Iglesia. Sin embargo, las discrepancias no eran sinónimo de es-
cisión. Al contrario, la Iglesia por ser una, debía cuidar –al igual que en la
actualidad –de temas en cuya trascendencia pudiera intervenir para bien de
la humanidad.
414
emperador; pues la Alianza entre ambos –trono/altar –había llegado dema-
siado lejos. Carlos mandaba y el Papa debía obedecer sus caprichos, con el
fin de legitimar la conducta del nuevo “cesar”.
415
si postrándote me adoras416”. Ante el fulgor de la grandeza, ante el aplauso
de reyes y monarcas, la jerarquía eclesial fue tentada prefiriendo legitimar
los dominios mortales, que velar por el tesoro eterno. Los más abandonados
fueron los pobres. Unas cuantas órdenes religiosas se ocupan de ellos; pero
el resto, prefería la vida impregnada de comodidad. Entre esos decretos dis-
ciplinarios para el clero se encuentran417:
➢ Se dispone que los obispos debían vivir en sus diócesis y debían hacer
visitas a sus parroquias de un modo frecuente: “por cuanto se hallan algunos
en este tiempo….que olvidándose aun de su propia salvación y prefiriendo
los bienes terrenos a los celestes, y los humanos a los divinos, andan vagando
en diversas cortes, o se detienen ocupados en agenciar negocios temporales,
desamparada su grey, y abandonando el cuidado de las ovejas que les están
encomendadas”.
416
y ajusten su vida a la regla que profesaron” “procuren con el mayor cuidado
restablecer diligentemente la clausura de las monjas en donde estuviere que-
brantada”.
De los decretos aquí expuestos se pueden concluir dos cosas. Una que
las autoridades eclesiásticas reconocieron parte de sus culpas, tratando de
modificarlas a través de la promulgación de estas medidas disciplinarias.
Dos, la Iglesia comenzó a darse cuenta que la “iglesia de los pobres”, no exis-
tía. Fueran hombres o mujeres –religiosos o religiosas –todos se habían en-
tregado a una vida muy terrena, olvidando que su Fundador no vino para
disfrutar los placeres mundanales, ni mucho menos, vino para ser servido,
admirado, y coronado emperador. El lo expresó desde el inicio de su minis-
terio: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los profetas. No he venido a
abolir, sino a dar cumplimiento419”. Y, qué otra cosa es cumplirla, sino poner
en practica los preceptos del amor y misericordia emanados de Dios en el
monte Sinaí. Al menos, estos clérigos hicieron el intento por recuperar la
idea –en abstracto –de cuál era su papel como pastores.
418 SESION XXIII Concilio de Trento. Que es la VI celebrada en tiempo del sumo Pontífice Pio
V en 17 de septiembre de 1562.
419 Mateo 5, 17
417
Sin embargo, aun cuando el Concilio de Trento abarcó temas de relevan-
cia, la misma costumbre del clero de apegarse a la alianza trono-altar, y en el
caso de América la alianza cruz-espada, hizo que los pobres, las injusticias,
los impuestos onerosos, el esclavismo, la oposición de los españoles –penin-
sulares o criollos –a la ordenación sacerdotal de indios, mulatos y mestizos,
aun cuando se sabía no era malo, entre otros quedaran fuera de la experien-
cia del Concilio. Específicamente, los problemas enfrentados por el clero en
tierras hispanoamericanas quedaron relegadas, no a segundo plano, sino en
los archivos de los anales de la historia.
Fue el clero americano mismo, quien tuvo que lidiar con las dificultades
y trató de resolverlos por sus propios medios. Por orden del rey, los obispos
americanos celebraron sus propios concilios, uno en México y otro en Lima.
Dentro de estos dos concilios no existió preocupación alguna por los dog-
mas abordados en Europa. Los temas centrales fueron el trato y la evange-
lización de los indios, entre otros más. Se abordó asimismo la conducta del
clero y de los españoles. Sin embargo, aun cuando se lograron determinar
excelentes decretos, no por ellos los españoles cambiaron su trato hacia los
nativos. Lo conveniente hubiera sido que obispos americanos asistieran en
representación de América a Trento. El único que intentó hacerlo –Juan del
Valle –nunca llegó: “En agosto de 1561 lo tenemos en España, y se dirige
al Consejo de Indias para hablar de sus indios. El Consejo no recibió con
agrado sus protestas. Ante esto, decidió presentar en el Concilio de Tren-
to la situación de los indios americanos. Siempre con su mula cargada de
documentos probatorios pasó la frontera, pero murió en Francia en lugar
desconocido, de camino hacia el Concilio420”. Entonces, se puede concluir
que no murió de causas muy naturales, sino que fue sospechosamente ase-
sinado por los encomenderos de América, por temor a perder las fuentes de
oro americano.
420 Dussel, Enrique. “Historia de la Iglesia en América Latina. Medio milenio de coloniaje y
liberación 1492-1992”. P. 100.
418
favor de los “reyes católicos”, lo probaban de sobra. Lo que los obispos ame-
ricanos dijeran no dejaba de ser una simple bicoca para todos estos hom-
bres. En cambio, si el Concilio hubiera abordado la situación desesperante
y abrumadora de los nativos en América, obligadamente el Rey tendría que
haber cambiado sus métodos de conquista y evangelización. Hubiera que-
dado en evidencia para los padres conciliares, que la evangelización era el
parapeto tras el cual se escondían los crueles españoles para tomar el oro
americano. Dolorosamente, para el pobre indio no hubo esperanza alguna;
y, como ya se abordó antes, aun cuando la independencia fue obtenida, no le
quedó más remedio que cambiarse de nombre: De indio pasó a ser peón. De
ser explotado y asesinado en las minas o haciendas, pasó a ser explotado y
asesinado brutalmente en las grandes posesiones territoriales de la naciente
oligarquía criolla. Bonita expresión materializada del ideal de patriotismo
sansalvadoreño.
419
que verdaderamente se preocuparon por ponerlos en práctica, tuvieron que
pasar varios siglos para que el cambio por fin ocurriera. No se puede negar
que una pequeña porción de religiosos regulares se dieron a la ardua tarea de
reformarse y dedicarse por entero a los pobres. Se convirtieron en un buen
ejemplo para sus mismos hermanos de fe, como para los nobles que apren-
dían a desprenderse para darlo al más necesitado.
Antiguamente, los hábitos religiosos eran vistos más que como una vo-
cación religiosa al servicio de los demás, como una carrera por medio de la
cual obtener múltiples beneficios; sobre todo, económicos. En la historia
se registra el caso excepcional de Armand Jean du Plessi, mejor conocido
con el nombre del Cardenal Richelieu, quien decidió entrar en la carrera
eclesiástica con el propósito de ayudar a su familia a gozar de las rentas que
el Obispado de Luçon les proporcionaba. Richelieu no tenía vocación re-
ligiosa. Quería ser hombre de armas; pero, su familia le obligó a hacer lo
contrario, únicamente para salvar las riquezas de su parentela.
Se sabe que Richelieu fue un gran estratega militar –por años sostuvo la
guerra de la Rochela –fue un gran político –reinó en lugar de Luis XIII –y
un gran sacerdote. En esto último hay que detenerse un poco para compren-
der el fracaso del clero insurrecto en este plano. Richelieu pudo ser político,
militar economista y cualquier cosa que se quiera, pero, jamás, jamás olvidó
420
que era miembro de una institución cuyos intereses no podía afectar. Nunca
creó un cisma con el Vaticano. Supo comportarse al margen de los límites
permitidos en su época. Se comportó de acuerdo a lo esperado, según el mo-
delo de cristiandad imperante, más de ahí nunca se sobrepasó. Tuvo alianzas
con reyes, príncipes; pero jamás descuidó los intereses de la Iglesia institu-
cional. A Richelieu se debe la conformación de Francia como país unificado;
más, nunca entró en confrontación con el Vaticano; ni sus intereses.
421 Dussel, Enrique. “Historia de la Iglesia en América Latina. Medio milenio de coloniaje y
421
Para el siglo XIX, la actitud del clero, en este caso, la actitud del clero
criollo no difería de las del clero europeo. Es obvio que el clero insurrecto
trató de emular en cierta medida al fallecido Richelieu; sin embargo, en la
practica, acabaron siendo más Talleyrand que el antiguo cardenal francés.
En realidad el clero insurrecto tenía variedad de cosas que defender: Diez-
mos, posesiones como seminarios, haciendas, casas. También, existían sue-
ños que realizar como: alcanzar títulos de jerarquía, prebendas, investiduras,
privilegios, entre otros. A nivel personal, como a nivel institucional hubo
enormes intereses que proteger y por lo cuales involucrarse en el movimien-
to emancipador; más, no supieron detenerse cuando su jefe se los mandó.
422
para el clero insurrecto reclamar esos diezmos. Era por tanto, casi obligato-
rio poder disponer de fondos y posesiones, logrando primero la indepen-
dencia de la Capitanía General de Guatemala, para pasar al segundo paso,
que era fundar en San Salvador una diócesis. Así fue, como el clero insurrec-
to junto a su familia unió fuerzas –o posiblemente, intentaron formar una
alianza de tipo constantiniana –y se armaron para hacer frente a las fuerzas
guatemaltecas.
423
americana, ellos eran dueños de disponer de tierras, de dinero y de la su-
misión del indio. Ante el pueblo aparecían como pastores benignos; más en
realidad vivían del pueblo. De ahí que el modelo eclesiológico de cristiandad
no fuera bueno, porque impedía poner en práctica el Evangelio de Cristo.
Lo que predominaba en ese modelo eran las ambiciones de cada individuo.
Eran pocos, como ya se explicó, los que escogían la vida religiosa para hacer
presente el Reino de Dios entre todos.
Para reafirmar aun más su poder, el clero insurrecto creyó –he hizo creer
a sus familiares y a las masas –que con un obispado en San Salvador la situa-
ción económica mejoraría. Sería una mejoría de efecto cascada. Sí los ricos
criollos dejaban de estar bajo la dominación guatemalteca, podrían comer-
ciar directamente con España, u otros países; también, podrían gozar de los
diezmos de forma directa; y sobre todo, la alianza entre poder religioso y po-
lítico estaría formidablemente establecida, salvaguardándose mutuamente.
En vista de este plan, se comenzó a hablar del religioso ideal para el puesto:
José Matías Delgado.
Debe quedar claro, que las luchas de Matías Delgado no pueden enmar-
carse dentro del plano religioso, dado que el objetivo de éstas no estribó
en la defensa de dogmas o la defensa de cristianos perseguidos por su fe.
Agregado a esto, debe quedar claro, que el ataque perpetrado por el gobier-
no español, a los presbíteros sansalvadoreños, no estaba referido al plano
religioso; sino por su intromisión en asuntos políticos que perjudicaban los
424
intereses de la Corona, bajo cuyo poder se encontraba el clero americano.
El clero insurrecto se debía como el resto de religiosos de Hispano América,
a sus majestades españolas, debido a la venia que el Papa había entregado a
éstos para nombrar obispos, arzobispos y clérigos dentro del nuevo conti-
nente. Lo que el clero insurrecto hizo fue alzarse contra la mano que le daba
de comer. No es un secreto que el Rey costeó las misiones en el continente,
así como gran parte de las construcciones de seminarios, conventos, Iglesias;
confirió haciendas azucareras, ganaderas y otras tierras a los clérigos; orde-
nó a los conquistadores ayudar a los religiosos en su expansión misionera y
consolidación. Entonces, morder la mano de su proveedor era irremisible-
mente traición.
425
esas falacias. Con ese engaño en mente actuó más como lo haría un políti-
co intentando alcanzar un puesto en el gobierno, que como un clérigo. Los
hermanos Aguilar fallecieron; pero, dejaron la mente de Matías Delgado vi-
ciada y vislumbrada por una investidura que le hizo olvidar que antes que
estadista era religioso. Muchas de sus actitudes lo demuestran.
426
En otras palabras, Delgado no tuvo escrúpulos para defender el cargo, que
por mal camino le llegó. No fue suficiente para él levantarse en contra del
régimen español y haber ganado. Su ambición le llevó a aceptar un cargo de
jerarquía que sólo por mano del Papa le podía ser otorgado, no por mano
gubernamental. Añadido, que el poder gubernamental que se lo dio, estaba
en manos de sus grandes amigos, aliados y familiares que intervinieron en el
movimiento del 5 de noviembre de 1811, sin contar con los ya fallecidos, o
exiliados. Ese nombramiento tuvo visos de nepotismo.
427
co fue cuando más doctrinas, sectas y grupos antirreligiosos existían. No
era conveniente, por lo tanto, que se concediera libertad de cultos; pero, su
cargo político y su mitra le hicieron olvidar sus principios religiosos. Olvidó
que el Papa mismo estuvo prisionero por años, que muchos católicos habían
muerto en defensa de su religión gracias a esas doctrinas y sectas liberales o
bien ateas.
429 López Jiménez, Ramón. “Mitras Salvadoreñas”. Carta que el arzobispo Casaus envió al Papa
428
en los oídos de Matías Delgado y los demás religiosos; o bien, se hicieron de
oídos sordos, al percatarse que las prebendas y ganancias serían grandes si
se daban en apoyar a los criollos alzados. Como sea, Trento no logró detener
las ambiciones de estos hombres, sobre cuyo corazón y mente pesó más la
ambición que la vocación.
La mala fama de Matías Delgado corrió como torrente entre todos. Gran
cantidad de comentarios salieron a la luz: El autor de la Contestación al Se-
manario dice: el año 11 revolucionó al padre Delgado para negar la obe-
diencia al Padre Arzobispo de Guatemala, porque era –decía –nombrado
por la Regencia de España, que no tenía derecho de patronato, concedido a
la persona del Rey431”. Por esta fama, que ya circulaba desde el propio 5 de
noviembre de 1811, fue que habitantes de las otras regiones de la Intenden-
cia se negaron a dar apoyo a los sansalvadoreños en su alzamiento. Lo bueno
que pudo haber hecho por el pueblo, quedó opacado por su caída ante la
tentación que sus mismos colegas le presentaron de nombrarlo obispo. El
castigo que le dio el destino fue el de nunca reconocerle como primer arzo-
bispo de El Salvador. Aun hoy, después de muchos años, se le recuerda como
alguien que usurpó el cargo y no más.
429
a Guatemala, respetando a los Ministros eclesiásticos seculares y regulares y
protegiéndoles en sus personas y propiedades.
➢ Acuerdo 12: “Que se pase oficio a los dignos Prelados de las Comu-
nidades Religiosas para que cooperando a la paz y sosiego, que es la primera
necesidad de los pueblos cuando pasan de un gobierno a otro, dispongan
que sus individuos exhorten a la fraternidad y concordia a los que estando
unidos en el sentimiento general, de la Independencia, deben estarlo tam-
bién en todos los demás, sofocando pasiones individuales que dividen los
ánimos y producen funestas consecuencias”.
La Iglesia era, para estos hombres, el instrumento a través del cual mane-
jar al pueblo. Instrumento idóneo para someter a sus caprichos y dictámenes
a las mayorías. De esta forma, a nivel eclesial el problema que originó el cle-
ro insurrecto y acabó de consolidar Matías Delgado fue profundo. Pasaron
muchos años, para que la Iglesia recuperara su imagen de sierva de Dios, y
entablara buenas relaciones con el Vaticano debido al profundo cisma que
estos clérigos empezaron el 5 de noviembre de 1811.
430
vas ideas. También la antigua Intendencia de San Salvador conoció las ideas
liberales y los gobiernos republicanos-constitucionales.
• Corolario
431
la cercana y peligrosa alianza que antaño existió y aunque parece que por
momentos, la Iglesia se olvida de su papel principal pronto retorna a él, por-
que la Iglesia comprendió que no se debía a los gobiernos, sino que su papel
es hacer presente el Reino de Dios entre la humanidad entera.
432
América; disminuyendo en México cierto nivel; y, en Centro América se
hace casi imposible de encontrarla. En realidad, a lo largo de la Capitanía de
Guatemala el trabajo de las sociedades no aparece claro; pero, es un hecho
que estuvieron presentes. Su presencia se colige al analizar detenidamente
el desarrollo de los eventos acaecidos el 5 de noviembre de 1811, y fechas
posteriores: 1814/1821. Es ahí donde se encuentran –de forma indirecta –
sucesos a los cuales no se les encuentra una explicación lógica; o sucesos
demasiado extraños para no llamar la atención. Algunos autores se limitan a
decir, que una mano oscura guió esos sucesos, o un poder desconocido: “…
salta la idea de que en ello mediaron causas ocultas y muy poderosas434”. De
lo anterior se deduce, que varios miembros de las sociedades secretas fueron
parte de los acontecimientos ocurridos en tal período histórico. Como ya
se explicaba, no fueron parte del movimiento de forma clara, sino de forma
encubierta.
433
Desacertado por lo que se analizaba en la segunda causa: Sí eran clérigos,
lo primero que debían haber defendido era al pobre, así como la doctrina de
la Iglesia. Sin embargo, no se detuvieron a pensar que la situación en Europa
tras la caída de la monarquía, había sido, el nacimiento de un gobierno libe-
ral. Los prejuicios en contra de la Iglesia, su doctrina, y sus miembros había
sido catastrófica. El gobierno que surgió de los revolucionarios de 1789, creó
un enorme cisma dentro del seno de la Iglesia católica, que de no ser por
Napoleón Bonaparte y el Papa, jamás se hubiera solucionado. Aun con eso,
el clero insurrecto emuló una revolución que después de todo no había pro-
vocado grandes beneficios para las masas francesas.
Los efectos de su plan se hicieron sentir años después, cuando los go-
biernos de corte liberal expulsaron a gran cantidad de clérigos en la joven
nación de El Salvador; confiscaron propiedades a la Iglesia; les negaron el
derecho a brindar educación; les prohibieron llevar registros de nacimien-
tos, fallecimientos; introdujeron el matrimonio civil y el divorcio; entre
otras muchas cosas más. Cuestiones que, aunque sencillas habían sido parte
de la Iglesia por siglos. Sólo luego de casi cien años, la Iglesia comprendió
que Cristo no la había fundado para conseguir y cuidar de los poderes te-
rrenales; sino, para guiar a los poderes terrenales a la práctica verdadera del
Evangelio, logrando que estos ejercieran el derecho y la justicia, para llegar
al final de sus vidas al verdadero Reino. Más, desafortunadamente, la Iglesia
fue usada porque sus miembros se dejaron usar; justo como el clero español
se había dejado usar por los reyes españoles por siglos y siglos. De esta for-
ma, aquellos que nunca se hicieron visibles –los miembros de las sociedades
434
secretas –durante el primer grito de independencia, ni en los años posterio-
res, aparecieron por fin en la segunda mitad del siglo decimonono, atacando
a la Iglesia con furia, como lo habían realizado previamente en Europa.
Entonces, con todo lo expuesto hasta aquí se comprueba que los grupos
eleusinos fueron parte de la historia independentista de América. También,
es un hecho que las sociedades secretas querían América para ellos. Ya lo
decía Simón Bolívar: “la independencia no bastaba, era necesario crear un
orden nuevo…436”. Es decir, los adeptos de las sociedades secretas, querían al
joven continente, no para hacer una nueva Europa, sino para experimentar
novedosas formas de gobierno, una vez liberado el joven continente del po-
der monárquico; y, reducido el dominio de la Iglesia. Con esas dos fuerzas
derrotadas, una nueva forma de gobierno –integrada por hombres de pen-
samiento anti realista –podía emerger y un nuevo orden podía dar inicio; es
decir, un sistema de gobierno constitucional-republicano, como el de Fran-
cia. Únicamente se necesitaba convencer a las clases sociales poderosas de
lo necesario de la oposición a dichas fuerzas y estas encontrarían las formas
de guiar a las masas donde más conviniera. Eso fue lo que ocurrió.
436 Uslar Pietri, Arturo. “América, Crisol de Razas”, articulo encontrado en la revista “Améri-
435
Esta logia había sido fundada por Francisco de Miranda en uno de sus
tantos viajes a Inglaterra. Llegó a traspasar las fronteras británicas hasta lle-
gar a España y luego, América con el nombre de Logia Lautaro. El deseo de
Miranda era conseguir que América se independizara de España, para que
el poder del nuevo continente quedara en manos de americanos. Fue en
España, donde otro grupo de héroes independentistas, como Hidalgo, o San
Martin, entraron en contacto con dicha sociedad secreta: “San Martín había
conocido en Cádiz al marino Matías Zapiola, nativo de Buenos Aires, y por
él supo de una logia masónica integrada por hispanoamericanos. La Logia
de Cádiz tenía su matriz en Londres en la Gran Reunión Americana…437”.
437 Correas, Edmundo. “San Martín, el Santo de la Espada”, articulo encontrado en la revista
436
sociedades secretas se dieron a conocer. Sin embargo, ese es tema de otro
estudio, más no del presente.
437
ya que los ánimos indispuestos de los criollos únicamente necesitaban una
chispa para encenderse.
Desacreditar al rey era sinónimo de dividir los pareceres entre sus parti-
darios, su pueblo, o bien entre su familia. Ya lo decía el viejo adagio romano
“divide y vencerás”: “…se les irá introduciendo poco a poco el germen de
la división y el veneno que con el tiempo ha de quitarles su vida política, y
aun tal vez, si conviniese a los sagrados intereses del orden, la temporal de
su mismo Monarca439”. Así fue como, la división fue un hecho concreto para
1810 y 1811 –años durante los cuales, estallaron los primeros levantamien-
tos emancipadores, a lo largo de América. En España estaban los partida-
rios de Fernando, los de Garay, los afrancesados, entre otros. En América,
estaban los peninsulares, los criollos realistas, los criollos que reclamaban el
continente para sí.
438
quien aparentó obedecer al Rey, la orden de marchar a América, para de-
tener las insurrecciones; pero, su actuar fue distinto. Desafortunadamente,
para el Rey, la división dentro de su reinado perduró, incluso, luego de su
muerte. Por lo tanto, se puede aseverar que las sociedades lograron debili-
tar la hegemonía realista a su favor, sin que los cortesanos se percataran de
ello. La caída del Rey aseguró la caída del dominio clerical, pues, el defensor
de esta era el monarca. La prueba de la debilidad alcanzada como fruto del
divisionismo fue la pérdida de la Corona, así como de las colonias en 1821.
440 Uslar Pietri, Arturo. “América, Crisol de Razas”, artículo encontrado en la revista “Améri-
439
en la historia; pero, que con mayor o menor importancia, aportaron su apo-
yo a la causa emancipadora, ideada por las sociedades secretas.
442 Dussel, Enrique. “Historia de la Iglesia en América Latina. Medio milenio de coloniaje y
440
labor de divisionismo. La división surgió primariamente dentro del palacio
de Fernando VII, pasó a los funcionarios y ciudadanos de España, acaban-
do entre los funcionarios y ciudadanos de América. La aplicación de estos
proyectos eleusinos provocó la Independencia de América; permitió el naci-
miento de los Estados o Repúblicas independientes, que a través de sus leyes
constitucionales y liberales subordinaron a la Iglesia. La Iglesia por su parte
quedó burlada, usada, debilitada y altamente dividida; así como, aislada. In-
cluso, corrió el peligro de convertirse en una Iglesia local.
Ningún protector tuvo la Iglesia en esos años, durante los cuales el li-
beralismo hizo estragos. Tanto, gobiernos liberales como conservadores,
dañaron a esta institución religiosa porque tras el proceso emancipador
aprendieron que ésta, era un útil instrumento para manejar los ánimos de
las masas en favor de quien se inclinara. Ya no se veía a la Iglesia como una
institución religiosa donde el hombre asistía para obtener la salvación eter-
na, sino como el instrumento que podía validar las medidas políticas, eco-
nómicas y sociales impulsadas por el Estado. Tristemente, el golpe de muer-
te a esta histórica institución fue dado cuando se promulgó el decreto que
avalaba la libertad de cultos, que si bien es un derecho de todo ser humano
libre; acabó con el poder y esplendor que los monarcas españoles le habían
conferido a la Iglesia desde antiguo. No es que la Iglesia desapareciera para
siempre, sino que lo que murió fue la alianza trono-altar, que por años había
estado presente en la historia de España. La nueva alianza que surgiría entre
los nuevos Estados o Repúblicas centroamericanas y la Iglesia jamás sería
igual, puesto que siempre estaría impregnada de múltiples roces.
441
proceso emancipador ideado por las sociedades secretas para llevar a cabo
su sueño independentista.
La Provincia que más afectada se sentía era la de San Salvador. Ahí habi-
taba un grupo de hombres criollos cuya situación económica había sido bas-
tante bonancible desde hacia años, gracias a los monocultivos practicados,
como el cacao, el bálsamo o el añil. Las ganancias aportadas por esos mono-
cultivos, les había convertido en una élite bastante fuerte. No lo suficiente
como para enfrentar en armas a los de la Capitanía; más, si lo suficiente
como para reclamar sus derechos comerciales. Los criollos que vivían en ella
–fueran clérigos o laicos –estaban conscientes de su importancia para la Ca-
pitanía. Era, sin lugar a dudas, la provincia centroamericana que había gene-
rado más ganancias para la Corona y quien había hecho posible que la vida
de los funcionarios radicados en la Capitanía estuviera llena de comodida-
des. Sin embargo, este punto fue tratado con anterioridad. En su momento,
se vio como los sansalvadoreños se molestaron en contra de la Capitanía y
procedieron a pronunciarse, bajo las órdenes de sus líderes religiosos.
442
† Antes del levantamiento
443 Lo cual no significa que sea así. Si fueron o no miembros de las sociedades secretas es un
buen tema para otra investigación puesto que el objetivo de este trabajo es mostrar las causas que
llevaron al clero insurrecto a intervenir dentro de la emancipación y no demostrar que éstos eran
parte de las sociedades.
444 De Membreño, María. “Literatura de El Salvador”. P. 184
443
este hecho hace referencia Bustamante en su Informe sobre 1814… el padre
D. Manuel Aguilar (el mismo a quien por su correspondencia criminal puso
justamente en prisión el muy Rdo. Arzobispo el año de 11)445”.
De esa manera, con su plan diseñado en secreto, apoyados por las masas
y sus familiares y animados por el clero insurrecto mejicano, los religiosos
alzados se prepararon para dar el golpe –según ellos primero y final –al ré-
gimen español.
444
ni durante, ni después del levantamiento. No es creíble que dentro de la In-
tendencia de San Salvador no hubiera soldados. La defensa de Ulloa quedó
al destino, porque la presencia de soldados era nula en ese momento. Algo
impidió que las pocas fuerzas militares alojadas en suelo sansalvadoreño no
actuaran en contra de los rebeldes.
445
Evidentemente, hubo una mano con suficiente influencia para detener
al ejército en sus funciones. Ahí se vio cumplido lo planeado por las socieda-
des secretas: “…es necesario que nos entendamos con los jefes y aun con los
subalternos de la policía, haciendo que nuestros hermanos logren aquellos
destinos para que nos cubran con su autoridad. Para esto hemos de trabajar
incansablemente, valiéndonos de todos nuestros medios…447”. También, se
ven cumplidos los planes de colocar a miembros de la Orden en los cargos
de dirección del ejército y la policía, así como cargos de funcionarios dentro
de los gobiernos locales.
446
Esa extraña benevolencia para con hombres que habían atentado contra
la vida del funcionario Ulloa y en contra del orden realista, no puede pa-
sar desapercibida. Aycinena mostró aun, conductas más raras. Durante las
noches se dedicó a dar extrañas ordenes: “Si ya se hubiesen puesto algunos
presos de los que se han considerado primeros y principales autores, como
me ha informado el correo verbalmente, se irán sacando cuanto antes, y
divididos, empezando por los que se consideres más culpados, para condu-
cirlos a Guatemala, de tres en tres, o de cuatro en cuatro, en términos que
no cause sensación…449”. Al contrario de lo esperado, la llegada de Peinado
amainó los ánimos, dado que, no se procedió a tomar medidas extremas en
contra de estos hombres.
447
pitulación, pues no sólo no se aprisionó a los jefes sino que se destituyó a los
empleados impopulares, se derogaron órdenes y se dictaron otras que los
de la Junta de San Salvador reclamaron…451”. Entonces, a qué vinieron estos
hombres a San Salvador. Vinieron a restituir el orden y el respeto a la Coro-
na, o vinieron a premiar a los revolucionarios. Por qué no se tomaron medi-
das más fuertes en contras de los verdaderos planificadores del alzamiento,
sino que se apresó a los que menos representatividad tuvieron dentro del
pronunciamiento. Aquí una vez más, se siente la mano de la fuerza oculta
propiciada por las sociedades secretas. Quizá fue posible que Aycinena fuera
integrante de las sociedades secretas de Cádiz; o sea, un enviado de ellos.
448
sin escrúpulo a la hora de alcanzar la independencia de América y de hacer
realidad un nuevo orden para el joven continente.
• Corolario
449
que no estaban enterados de la existencia, ni de la participación de las socie-
dades secretas, en la insurrección, lo percibieron así; e aquí uno de esos co-
mentarios hechos en torno a la persona de Matías Delgado: “…eclesiástico,
de una conducta moral a toda prueba, párroco benéfico, localista exaltado,
proto-independiente, dotado de un carácter firme, de poco talento…453”. Lo
de poco talento, no es una ofensa en sí, sino un reafirmar que la empresa
que estos hombres quisieron ejecutar en suelo sansalvadoreño, era más una
utopía que una realidad. Por algo se ha dicho que: “En política, las carreras
fulgurantes de hombres sin talento siempre son sospechosas454”. Ese fue el
caso de todos los miembros del clero insurrecto, quienes tuvieron un fulgu-
rar dentro de la política de la Intendencia sansalvadoreña; pero, el diseño de
su proyecto deja entrever una quimera.
Posiblemente, su sueño era emular las gestas realizadas por los revolu-
cionarios franceses de 1789; más, desafortunadamente, ni ellos eran otro
Robespierre, ni San Salvador era otra Francia, ni Bustamante era otro Luis
XVI. San Salvador era sólo una humilde colonia que yacía bajo el poder
de la Capitanía de Guatemala, siendo parte de ella. Guatemala era la patria
del clero insurrecto. No había patria que defender, ni patria sansalvadoreña
que liberar, porque no era un país, sino una provincia. Lo que existía en el
corazón de los criollos salvadoreños era el deseo de no pagar impuestos a
la Capitanía, ni a España, sino disponer de un pedazo de tierra para crear
su propia patria. Una patria donde ellos fueran la elite gubernativa, en todo
sentido: Político, religioso, social y económico.
450
imagen de la Iglesia en su esfuerzo por lograrlo, así como dañando a mu-
chos de sus miembros.
451
en el capítulo correspondiente. Después de ese suceso que proporcionó a la
Iglesia un gran alivio al saber que en Francia no anidaría otra iglesia local,
como la inglesa, sobrevino la calamidad para el Papa. Pio VII fue hecho
prisionero por el mismo Bonaparte, alcanzando su libertad en 1814. Salió
de la prisión gracias a que Napoleón perdió su Imperio. El Vaticano estuvo
abandonado durante los años de su encarcelamiento.
Las razones de tan aparente calma, se debía a que la alta jerarquía tenia
fija la mirada en el continente europeo, sumido en las guerras napoleónicas
–extensamente desarrolladas en la primera parte de este libro –y sumido en
diversas revoluciones. La jerarquía eclesiástica se sentía abandonada sin el
jefe supremo que ocupara la Cátedra de San Pedro. Los jerarcas intentaron
mantener el estado de la Iglesia, lo mejor que pudieron, mientras el pontífice
era liberado; pero, fue bastante complicado. Eran muchos aspectos contra
los cuales los jerarcas debían enfrentarse.
452
añejo edificio religioso fue demasiado fuerte. Los jerarcas, por ende, se en-
contraban buscando una solución de cómo detener el avance de dichas teo-
rías, entre los integrantes del clero a quienes urgía dirigir, puesto que tenían
a las ovejas a su cargo. Sí la clerecía estaba dividida en pareceres opuestos,
cómo no iban a estar los fieles repartidos en bandos y confundidos.
453
por no apoyar a los independentistas. La situación que el Papa encontró fue
todavía más alarmante que la que había dejado antes de ser apresado. Se en-
contró con una Europa trastornada por el espíritu revolucionario; con una
monarquía agonizante que trataba de luchar contra la muerte a través de la
Santa Alianza y con una América resuelta a abandonar el dominio español,
en busca de formar sus propias naciones.
En ese sentido, luego del retorno del Papa, América no escuchó respues-
ta alguna ante el comportamiento del clero insurrecto en San Salvador. Pare-
cía que el Papa no estaba enterado de nada. La causa de ese retraso se debía
a que el Papa, tuvo asuntos urgentes que solventar en Europa e informarse
detalladamente del rumbo de los distintos hechos acaecidos en su ausencia.
En pocos años que estuvo encarcelado, la faz de Europa y América habían
cambiado profundamente. Fue hasta 1816 cuando decide dar una respuesta
al problema americano, enviando la encíclica Etsi longissimo terrarum que
dice:
Sin embargo, por cuanto hacemos en este mundo las veces del que es Dios
de paz, y que al nacer para redimir al género humano de la tiranía de los de-
monios quiso anunciarla a los hombres por medio de Sus ángeles, hemos creído
propio de las Apostólicas funciones que, aunque sin merecerlo, Nos competen,
el excitaros más con esta carta a no perdonar esfuerzo para desarraigar y des-
truir completamente la funesta cizaña de alborotos y sediciones que el hombre
enemigo sembró en esos países.
454
Fácilmente lograréis tan santo objeto si cada uno de vosotros demuestra a
sus ovejas con todo el celo que pueda los terribles y gravísimos prejuicios de la
rebelión, si presenta las ilustres y singulares virtudes de Nuestro carísimo Hijo
en Jesucristo, Fernando, Vuestro Rey Católico, para quien nada hay más pre-
cioso que la Religión y la felicidad de sus súbditos; y finalmente, si se les pone a
la vista los sublimes e inmortales ejemplos que han dado a la Europa los espa-
ñoles que despreciaron vidas y bienes para demostrar su invencible adhesión a
la fe y su lealtad hacia el Soberano.
Esta encíclica debió llegar a América antes de 1810, sin embargo, el apri-
sionamiento del Papa lo impidió. La recomendación que el Papa hace a los
arzobispos y obispos de América, de “desarraigar y destruir completamente
la funesta cizaña de alborotos y sediciones que el hombre enemigo sembró
en esos países”, llegó tardíamente. Los alborotos y sediciones habían toma-
do parte no una, ni dos, sino muchísimas veces a lo largo del continente.
La monarquía española tampoco sabía que hacer para detener el espíritu
revolucionario que había prendido en el espíritu del hombre hispano ame-
ricano. Añadido a este problema, para los obispos existía la imposibilidad
de demostrar que el Rey estaba preocupado por la felicidad de sus súbditos,
cuando la pobreza, la esclavitud, el hambre y la muerte rondaban la vida de
las masas. Para las grandes mayorías sonaba más esperanzador la creación
455
de un nuevo orden –distinto al ejercido por la monarquía española –en lu-
gar de seguir bajo el mando de la Corona.
456
diencia y sometimiento. No parecían verdaderos miembros del clero, por-
que su afán radicó en apoyar a sus familias. Sumado a este amor filial, existió
el interés en el premio prometido. Para el clero insurrecto de San Salvador
era importante que el gobierno que saliese a la luz, si la independencia se
obtenía, otorgara a Matías Delgado el obispado, porque sólo de esa forma,
habría alianza entre iglesia-Estado constitucional. Y, en efecto, la alianza se
efectuó. El falso Obispo Delgado procedió a legitimar medidas y políticas
que sirvieran para mantener en el poder a los allegados; en lugar de cuidar,
los intereses del organismo religioso al cual pertenecía o de cuidar del bien
de las ovejas que le fueron confiadas.
León XII, como sucesor de Pío VII, tuvo que enfrentar una dura reali-
dad, impregnada de liberalismo, masonería y frio materialismo. La situación
social, política, económica y religiosa, lejos de mejorar, se recrudeció. La
Iglesia navegó por esos años en un mar lleno de odio e indiferencia hacia
ella. La ciencia tomó la supremacía, relegando el pensamiento religioso a
un segundo plano. Este fue el ambiente contra el cual tuvo que enfrentarse.
Agregado a estas cuestiones, se puede afirmar que fue el primer Papa que
gobernó la Iglesia fuera del modelo eclesiológico de cristiandad. Las monar-
457
quías habían desaparecido, o estaban debilitadas por el ataque emprendido
por las sociedades secretas; o bien, dejaron de ser monarquías importantes
para el pensamiento europeo de la época.
458
A la verdad, con el mas acerbo e incomparable dolor, emanado del pater-
nal afecto con que Os amamos, hemos recibido las funestas nuevas de la de-
plorable situación en que tanto el Estado como a la Iglesia ha venido a reducir
en esas regiones la cizaña de la rebelión, que ha sembrado en ellas el hombre
enemigo, como que conocemos muy bien los graves perjuicios que resultan a
la religión, cuando desgraciadamente se altera la tranquilidad de los pueblos.
459
La horrorosa perspectiva, venerables hermanos, de una tan funesta deso-
lación, Nos obliga hoy a excitar vuestra fidelidad por medio de este nuestro
exhorto, con la confianza de que, mediante el auxilio del Señor, no será inútil
para los tibios ni gravosa para los fervorosos, sino que, estimulando en todos
vuestra cotidiana solicitud, tendrán complemento nuestros deseos.
460
caso, estremecer tanto más por vuestra situación, cuanto os consideramos ma-
yormente oprimidos de graves obligaciones en la enorme distancia que os sepa-
ra de vuestro común padre. Es, sin embargo, un deber que Os impone vuestro
oficio pastoral el prestar auxilio y socorro a las personas afligidas, el descargar
de las cervices de todos los atribulados el pesado yugo de la adversidad que
los aqueja, y cuya idea obliga a verter lágrimas; el orar, por último, incesante-
mente al Señor, con humildes y fervorosos ruegos, como deben hacerlo todos
aquellos que aman con verdad a sus prójimos y a su patria, para que se digne
su divina majestad imperar que cesen los impetuosos vientos de la discordia y
aparezca la paz y tranquilidad deseada.
Con esta confianza, de tanto consuelo para Nos, para esta santa Sede y
para toda la universal Católica Iglesia, que nos inspiren vuestras virtudes, ín-
terin el cielo, venerables hermanos, derrama sobre vosotros y sobre la grey que
presidís el auxilio y socorro que le pedimos, os damos a todos con el mayor
afecto la bendición apostólica”.
“Dado en Roma, en San Pedro, sellado con el sello del pescador, el día 24
de septiembre de 1824, año primero de nuestro pontificado”.
Con esta encíclica pretendió León XII apaciguar los ánimos del clero
insurrecto y sus ovejas; sin embargo, al igual que el documento emanado
de Pío VII, esta encíclica llegó demasiado tarde a manos de estos hombres.
Cuando la encíclica fue del conocimiento del clero americano, la indepen-
dencia ya había sido firmada. Esa firma restó importancia al documento
papal, porque los hispanoamericanos habían empezado a vivir en libertad y
de esa forma querían continuar. Especialmente, Sur América y México, en
donde mucha sangre fue derramada, negar la independencia hubiera equi-
valido a una burla para el pueblo. Por otra parte, reconocer el mando del
rey español, implicaba un retroceso en la historia de las nacientes naciones.
461
Ya era muy tarde para regresar los pasos. Además, el clero insurrecto no
se podía desdecir de su actuar frente a las grandes mayorías. El proceso de
la independencia fue un camino sin retorno, por lo que se apresuraron a
encontrar una forma de ser reconocidos a nivel internacional, como países
independientes.
455 Dussel, Enrique. “Historia de la Iglesia en América Latina. Medio milenio de coloniaje y
462
Congreso Federal decretara el 2 de mayo de 1832 la libertad de cultos458”.
Asimismo, se escribieron algunos comentarios exaltados en contra de esa
religión que decían defender: “Legitimidad monárquica. Estupidez religio-
sa…desapareced459”. Ambas actitudes ponen en evidencia que posiblemente
la Iglesia fue utilizada, una vez más en la historia de la humanidad, como
forma de legitimar a las recién formadas naciones centroamericanas.
463
de la conducta criolla, quien buscaba la libertad para fundar sus propias ciu-
dades donde constituirse como elite gubernativa, apoderándose del poder
político y económico.
Como sucesor de Pedro, León XII se percató que su deber era cuidar
del rebaño, antes que reparar en las acciones de los insurgentes. Sabía que el
clero americano, en su mayoría, seguía envuelto en las tramas políticas del
momento, en lugar de ocupar su lugar. Consideró que la conducta de tales
clérigos no era la más conveniente para los fieles americanos. Por ello, el
Papa consideró la posibilidad de enviar nuevos dirigentes para atender los
obispados. La Iglesia americana se encontraba, entonces, en un período muy
delicado, en el cual la intervención del Pontífice se volvía urgente, o de lo
contrario, se corría el riesgo de que clérigos exaltados como Matías Delgado
–quien fue capaz de tomar la mitra obispal que un gobierno constitucional
le entregó –crearan su propia Iglesia, por negarse a esperar la resolución
papal.
464
por enviar más clérigos. La Iglesia en América tuvo, entonces, que comen-
zar –a semejanza de la Europea –una nueva etapa de su historia. Un nuevo
orden acabó con la antigua alianza trono-altar; pero, también, ese nuevo
orden vio resurgir de sus cenizas a una nueva Iglesia renovada y más fuerte;
libre e independiente de todo poder mundano.
Resurgió una Iglesia más madura y consiente que su misión no era le-
gitimar medidas, ni políticas emanadas de los gobiernos transitorios que el
hombre creara para regir al mundo. Su misión no era vivir plácidamente
en las cortes, ni liderar batallas en defensa de posesiones territoriales. Su
misión no era aliarse con las fuerzas hegemónicas de este mundo con el fin
de expandir el Evangelio. Su única y verdadera misión era hacer presente el
Reino de Dios en el mundo, especialmente, entre los pobres; es decir, los fa-
voritos de Dios. Por lo tanto, de ahí en adelante, no habría más alianzas que
impidieran hacer realidad la misión de la Iglesia. También, la Iglesia ganó la
independencia. En todo caso, después de todo, la Iglesia supo acomodarse a
los eventos de los tiempos y continuar con su misión.
En una palabra, el Papa León XII luego de una breve lucha por hacer
retornar a la Iglesia, al antiguo esplendor –tanto en Europa como en Amé-
rica –reconsideró los signos de la realidad que le circundaba y procedió a la
negación de ese pasado fútil, para dar paso a una nueva experiencia eclesio-
lógica. Experiencia que acabaría por ser consolidada por sus sucesores. Sin
embargo, a él correspondió entablar relaciones diplomáticas con las jóvenes
repúblicas de Hispano América, entre ellas, la región centroamericana, re-
conociendo de esta manera, que para el Vaticano, las nuevas naciones valían
igual que las demás. Con este gesto, el resto del mundo tuvo que aceptar que
América Latina había cambiado el rumbo de su historia. América empezó
un nuevo amanecer y la Iglesia Católica con ella.
León XII dejó de lado una serie de problemáticas causadas por los reli-
giosos insurrectos, que bien pudieran haber causado la ruptura total con el
clero americano, específicamente, del clero sansalvadoreño, con el Vaticano.
Por ejemplo, perdonó la actitud de Matías Delgado; perdonó la actitud de
José Simeón Cañas con otros adeptos, quienes idearon y acudieron a la cere-
monia dentro de la cual se nombró obispo a Delgado. De esa forma, aunque
465
siempre esperó una posible conciliación con la monarquía española, al igual
que siempre esperó que el clero insurrecto reconsiderara su papel en la his-
toria, aceptó el nuevo rumbo de Centro América.
466
En tercer lugar, cuando el rey volvió a España y el Papa al Vaticano, Ca-
saus se vio forzado a continuar esperando a que la situación se normalizara
para ambos jerarcas. Informar al rey de esta situación no era la mejor idea,
puesto que el clero insurrecto estaba amparado bajo la tutela de los criollos,
quienes estaban dispuestos a defenderlos contra todo ataque a capa y a es-
pada. Por ende, los criollos insurgentes, aun cuando el Rey les llamara la
atención, no obedecerían porque con su actitud del 5 de noviembre habían
demostrado que no estaban de acuerdo con permanecer por más tiempo
bajo el dominio de la monarquía.
Se observa entonces que en esta difícil situación del clero insurrecto, Ca-
saus perdió demasiado tiempo. Es cierto que el tiempo perdido no se debió
a su mal proceder, sino que, el destino intervino de forma directa. Con los
jerarcas en prisión era imposible intentar detener el avance de los sucesos.
Y, para cuando se trató de encontrar una solución ya fue demasiado tarde.
Tampoco, pudo Casaus informar al Papa de forma inmediata, porque, pri-
mero debía ser informado el Rey: “a favor de la monarquía española la Santa
Sede había otorgado el Patronato Real, es decir, el derecho o facultad de
crear nuevas diócesis, fijar sus límites y nominar o postular sus prelados461”.
Esto significaba que sí Casaus informaba al Papa antes que al Rey, estaba pa-
sando sobre la autoridad de este. En este caso, el Patronato Real pasó a ser un
impedimento en el intento de mantener las colonias bajo dominio español,
porque impidió un actuar más temprano. Al Papa se le informó tardíamente,
sólo cuando se percataron las autoridades de la Capitanía, así como el Rey,
de la imposibilidad de ejercer presión sobre los clérigos alzados.
467
criollos y el clero insurrecto actuaron con prepotencia ante el Papa, justo
como lo habían hecho ante el Rey. De ahí, que sea imposible afirmar que el
gobierno salvadoreño tenía el derecho de nombrar un obispo y erigir una
diócesis. El Patronato Real fue un acuerdo bilateral entre la Corona española
y el Vaticano, no entre criollos radicados en una colonia y el Vaticano: “…
las leyes españolas y los concordatos existentes entre el Vaticano y España,
dejaron de tener eficacia jurídica al independizarse la América española.
Hubo necesidad de firmar nuevos contratos con las jóvenes naciones hispa-
no americanas462”.
Se percibe, de esta forma, que tanto el clero insurrecto como los criollos
actuaron en todo momento de mutuo acuerdo, escudándose en un juego
468
de palabras por medio del cual lograron, por años, esconder sus verdaderos
propósitos y ambiciones. Pero, hoy se sabe que no actuaron movidos por ra-
zones verdaderamente patrióticas, sino por intereses económicos y políticos
que afectaban su estilo de vida. Sin embargo, sus acciones fueron el motor
que influyó indirectamente en otros, dando pie a la erección de la Repúbli-
ca salvadoreña. Al final de cuentas los planes de estos hombres fracasaron,
porque no lograron lo que ellos querían; sino que tuvieron que someterse a
la voluntad y los planes de quienes fueron sumándose a la causa sin saber
los principios originarios que habían movido a los que hoy se conocen con
el nombre de próceres.
Añadido a todo esto, el clero insurrecto, apoyado por los criollos, hizo
creer por años que Delgado era quien merecía la mitra de obispo. Existían a
la par de Delgado otros clérigos que al igual que él, merecían ser considera-
dos como posibles candidatos al obispado: Manuel Antonio Molina de San
Vicente, Miguel Barroeta de San Miguel, Manuel Ignacio Cárcamo de Santa
Ana. Entonces, no era cierto que la mayor parte de la Intendencia de San Sal-
vador estuviera ansiosa por dar un obispado a Delgado. En todo caso, serían
los sansalvadoreños los que lo querían así, debido a su cercanía con el reli-
gioso. Los demás partidos estarían a favor de su propio vicario. Alegar, pues,
que las mayorías estaban molestas por no otorgársele a Delgado el obispado
era una falacia. La prueba de este débil argumento se encuentra en los fir-
mantes del documento mismo que la junta de gobierno salvadoreño redactó
para nombrar a Delgado como obispo. Los firmantes no fueron otros que los
promotores de los alzamientos de 1811 y 1814; es decir, familiares y amigos
de aquél: Manuel Arce, Manuel Rodríguez, Domingo Antonio de Lara, José
Caña, entre otros. Sólo los hermanos Aguilar no firmaron debido a su falle-
cimiento, más en caso de estar vivos también lo hubieran hecho.
469
hombres. Fue el medio perfecto para convencer a las masas a unírseles en
su favor. Desafortunadamente para ellos, -y como ya se decía anteriormente
–imitar modelos extranjeros y tratar de acomodarlos a una realidad dife-
rente no es el mejor método para lograr el desarrollo de una nación. Porque
siempre el modelo resulta peor que el original. De ahí que los resultados de
sus intentos fueran nulos; hasta el obispado fue un fracaso.
470
contar con una victima expiatoria antes que rodaran sus cabezas como había
sido el caso de Hidalgo en México. Al final, la historia se encarga de juzgar a
Matías Delgado como el ambicioso de una mitra; pero, se olvida que el resto
de clérigos salían ganando también, sí este era nombrado obispo. El mismo
Casaus, al momento de dar informes al Vaticano, se limitó a denunciar a
Delgado; más se olvidó de mencionar la larga lista de sacerdotes que avala-
ron el nombramiento e intervinieron en el movimiento, como los hermanos
Aguilar –verdaderos promotores de la emancipación –José Simeón Cañas,
quien se inventó la ceremonia para dar la mitra a Delgado, Isidro Menéndez
quien estaba inundado de placer al ver a Matías con la mitra; y el resto de
clérigos cuyos nombres no aparecen registrados de forma sistemática, sino
vagamente.
471
nido por algunos parientes y amigos, principalmente por el Presidente Manuel
José Arce, decretó violentamente arrebatar con fuerza para sí, el honor y el
ejercicio del Episcopado y continúa consumando tal crimen465”.
Su vivido actuar en todos los eventos de la emancipación le hicieron
aparecer como el único religioso insurrecto, o al menos, como jefe de los
insurgentes. Y, es notorio que Matías Delgado no tuviera ni una mano amiga
que le guiara en su nueva función de Obispo. El resto de clérigos se limitó
a felicitarle, incitándole a continuar por el camino de político más que de
obispo.
472
que defender, por lo que les convenía estar al lado de Delgado. Eran clérigos
que tampoco comulgaban completamente con los lineamientos del Vatica-
no.
473
talento467”. Cualquier otro clérigo hubiera estado consciente que aceptar un
nombramiento de obispo de manos de un gobierno que no había entablado
relaciones diplomáticas, ni convenios con el Vaticano, no era permitido por
la Santa Sede. Los reyes de España, incluso, tenían la potestad de nombrar
a los obispos de las diócesis; pero, debían informar al Pontífice de quienes
eran los escogidos para dichos cargos. Era esa una ceremonia a cargo de las
autoridades de la Iglesia. Cómo entonces, Matías Delgado siendo sacerdote
podía haber accedido a participar en una ceremonia, que no era más que
una farsa.
474
no es lo mismo luchar en contra de un rey, que luchar en contra de la Santa
Sede, porque esta última es una institución milenaria, con estatutos fuerte-
mente establecidos. De aquí que una de las virtudes practicadas hasta por
el más soberbio cardenal como Richelieu haya sido la obediencia al Papa.
En la Iglesia se pueden dar quebrantos a las leyes de esta, ante los cuales hay
perdón cuando se da el arrepentimiento. Lo que no existe es el crear reglas
a cuenta propia, pasando por la autoridad de los superiores, en el momen-
to que se le antoje a cualquier católico. Y, por ese seguir las reglas como la
Iglesia lo manda –es decir, a su magisterio –se ha debido que ésta dure por
años. Cuando una regla se crea es para que sea obedecida, por lo que, para
ello existen los concilios, donde se discute a la luz del Espíritu la convenien-
cia de dicha regla.
“…se agregó al colmo de la pena, el que tu, hombre no sólo católico, sino
eclesiástico y principalmente Párroco, para quien no haber cosa más aprecia-
475
ble que tolerar cualquier trabajo y adversidad, por defender la causa de Dios
y conservar la unidad de la Iglesia, te hayas asociado al depravado consejo, y
resistiendo a las amonestaciones de tu Prelado, prestaras tu consentimiento a
tu elección en términos que nada más faltase para introducir el cisma469”.
“…nos refirió ese tu Arzobispo, que nada había adelantado contigo y que
despreciabas del todo nuestras amonestaciones, habías colmado tu cisma con
crímenes nuevos, pues que has pasado hasta el extremo de entrar en el mes
476
de abril del año anterior en la Iglesia Parroquial de San Salvador a tomar
posesión del obispado, ayudándote unos pocos presbíteros socios de tu atenta-
do, y que a los Párrocos y otro presbíteros que te negaron la obediencia, como
a un pseudo-obispo no sólo los has quitado de sus puestos, sino también, los
has hecho desterrar de su territorio y has deputado o nombrado a otros para
administrar sus parroquias y cargos con sumo escándalo y tristeza de los pue-
blos…470”.
477
Duras debieron sonar estas palabras para Matías Delgado luego que sus
amistades y familiares le impulsaran a continuar el camino que había em-
prendido. Especialmente, porque le hicieron creer que se lo merecía, exis-
tiendo la gran posibilidad de que el Papa aceptara gustosamente, el parecer
de los criollos sansalvadoreños. Por otra parte, Delgado supo muy dentro de
su corazón que lo que el Pontífice le imputaba era cierto. Una cosa era actuar
como político, como militar y estratega; pero, otra muy distinta actuar como
clérigo. Como lo primero, se convirtió en una leyenda, en un héroe mítico
dentro de la historia salvadoreña. Incluso el pueblo le dio el título de “Padre
de la Patria”, aunque quizá, no fueran esas sus intenciones verdaderas. Más
con su actuar y los sucesos ocurridos luego de 1811, se ganó semejante tí-
tulo. Título que nadie le ha disputado, ni despojado. Sin embargo, como lo
segundo fue una vana ilusión, una sombra que posó sobre él, oscureciéndole
su prestigio. Se trató de un sueño que sus amigos le prometieron como re-
compensa por su labor en las gestas independentistas; pero, era un cargo que
no le correspondía por derecho.
478
José Matías Delgado, en cambio, dio la cara por todos esos clérigos que
directa o indirectamente le impulsaron a caer en el precipicio donde sus
amistades y familiares le precipitaron. Ninguno de esos clérigos envió una
carta aclaratoria al Vaticano o una carta de disculpas que relevara de los
cargos a Delgado. El sólo cargó con el pecado de soberbia, que los demás
religiosos no osaron aceptar para sí. Y, el sólo en el desierto de su vida, cargó
con la amonestación y el castigo imputado por las autoridades de la Santa
Sede:
…según la malicia del crimen y del peligro del contagio, lleguemos al pun-
to extremo, según lo exige de Nos, la justicia, nuestra obligación apostólica
y providencia canónica de pronunciar contra ti sentencia de excomunión, te
publiquemos y hagamos saber a todos que estas arrojado de la comunión de la
Iglesia y que debes ser tenido como cismático contumaz…471”.
479
enormes. Por lo tanto, el clero insurrecto apareció ante los ojos de la Santa
Sede como un grupo de sacerdotes cismáticos. Como un grupo de hombres
que usaron el nombre y la imagen de la Iglesia para conseguir los objetivos
de su elite.
Hasta aquí sólo resta decir dos cosas. Primero, que todo este proce-
so desgarrador y desenmascarador del actuar del falso obispo, le causó una
honda pena en su corazón. Todo el orgullo que como hombre sintió al ser
nombrado obispo de la diócesis salvadoreña, se trocó en profunda humilla-
ción. Es cierto que sus adeptos no le abandonaron, no le dejaron sólo, ni le
recriminaron nada en su contra; pero, su conciencia se encargó de hacerlo.
Vio como sus allegados intentaron cubrir la verdad a los ojos del público y
la historia, más, él sabía que la verdad no se podía esconder para siempre.
También, pudo observar que en ese momento de dolor, no hubo ningún
clérigo amigo que intentara disculparle ante los ojos del Vaticano. Sus “ami-
gos” clérigos estuvieron ahí para inventarse una ceremonia de obispo; pero,
ninguno para limpiar el nombre del pseudo obispo. Ante esta humillación
y soledad –porque era soledad saberse culpado, como si fuera el único que
había participado de la artimaña –le llevó prontamente al sepulcro.
472 Dussel, Enrique. “Historia de la Iglesia en América Latina. Medio milenio de coloniaje y
480
Lo segundo fue que se erigió una diócesis dentro de territorio salvadore-
ño hasta 1842: “por la Bula Universallis Ecciesiae pro curatio del Señor Gre-
gorio XVI473”, siendo su primer obispo Jorge de Viteri y Ungo. En esto resalta
que León XII no pudo resolver el problema con Delgado, siendo imposible
nombrar un obispo, así como siendo imposible conformar la diócesis. Y, es
que, en realidad, tanto el clero insurrecto, como el gobierno de aquel mo-
mento dificultaron el actuar del Papa, porque ambos faltaron el respeto a
las autoridades del Vaticano. A ello se debió que la postura del Pontífice y
demás jerarcas de la Santa Sede fuera clara: Delgado no podía ser un obispo,
porque la toma de la mitra por medios indebidos, su desobediencia ante las
reclamaciones de su arzobispo Casaus les convertían en cismáticos.
Durante todos esos años, los fieles católicos estuvieron siendo atendi-
dos por curas cismáticos en su mayoría. Curas que se oponían a someterse
en obediencia a sus superiores. Religiosos que intentaron crear un aura de
heroicidad a su alrededor por haber participado en el proceso de eman-
cipación, negando ser traidores de su fe. Al menos, querían que la patria
que ellos habían formado, les recordara como padres de la patria. Como
hombres civiles puede ser que tuvieran algo de loable; pero, como religiosos
fueron un mal ejemplo, para sus feligreses y piedra de escándalo. Errónea-
mente, quisieron servir a dos señores a la vez, viéndose forzados al final
de sus vidas a traicionar a uno por agradar a otro. Posiblemente erraron
su vocación religiosa, algo que nadie podrá juzgar, ni saber. Quizá como
Richelieu, querían ser militares o grandes políticos; pero, escogieron los há-
bitos como manera de lucrarse de los diezmos. O quizá tenían la vocación
religiosa; pero, cual otro Judas, acabaron traicionando la institución a la cual
se debían en primer lugar. La ambición personal pudo más que la vocación
religiosa y sucumbieron ante la tentación del lujo, de un título, de una mitra
y una vida llena de comodidades, admiración y respeto por parte del pueblo.
481
a las ovejas del rebaño, León XII intentó hacer entrar en razón a Delgado,
para que este a su vez, hiciera entrar en razón a sus adeptos. Desafortunada-
mente, ni Delgado, ni el resto del clero dio muestras de arrepentimiento, ni
muestras de querer solventar el problema.
Fue Gregorio XVI quien pudo por fin crear la diócesis salvadoreña, nom-
brando al primer Obispo Jorge de Viteri y Ungo. Es a este religioso a quien la
historia de la Iglesia eclesiástica reconoce como primer y verdadero obispo
de El Salvador. De Matías Delgado no se dice mayor cosa en este campo. Le
cupo en suerte ser un líder político; pero, no uno religioso. La historia no le
tenía guardada la suerte de ser el primer obispo de la nueva república, sino
que, a otro le confirió ese grato destino.
482
bargo, su actitud demostró que posiblemente participaron en tales eventos
esperando una recompensa –económica y honorifica –que apresuradamen-
te reclamaron a la Junta de Gobierno. Pero, como ya se decía, quizá Dios o el
destino cambiaron los planes de estos hombres. Ellos querían convertirse en
una elite gubernativa, más al final, acabaron formando una República que
sería la cuna de miles de salvadoreños. Inicialmente, no se descubre en ellos
el deseo de formar un país, sino más bien, se descubre un constante malestar
porque otros tenían el poder en sus manos. Más, a pesar de estos eventos,
un nuevo país nació y la Iglesia encontró apertura en él. Con o sin el bene-
plácito del clero insurrecto, por fin el Vaticano –habiéndose hecho respetar
por los nuevos gobiernos centroamericanos –entabló relaciones con otros
gobiernos salvadoreños y logró formar una diócesis, como tanto la soñó
Delgado. Así pues la historia salvadoreña, junto a una iglesia liberada del
régimen monárquico empezó.
483
no amedrentó a la Junta de Gobierno la cual decretó en 1823: “corresponde
a la Nación el derecho de proponer o presentar las Prelacías, dignidades,
prebendas y beneficios de las Iglesias que con sus rentas edifica y sostiene y
que al efecto se dispondrá los conveniente sobre estos puntos, cuando pueda
acordarse con la Silla Apostólica: Es decir de acuerdo con la Santa Sede474”.
Esto lo afirmaban ellos como miembros del gobierno; pero, el Vaticano no
estaba enterado, y tampoco había ratificado nada. La Junta de Gobierno se
arrogó un derecho exclusivo de la Corona Española. El Papa le concedió a
España, un derecho que a muy pocos o quizá a ningún otro gobierno euro-
peo le había conferido. Fue como sí el Pontífice le diera a España una exten-
sión de su brazo papal. Por ello, era difícil que el Vaticano volviera a entregar
ese poder a otra nación.
484
territorio del verdadero arzobispo. Con su actuar prepotente querían obligar
a Casaus a quebrantar las reglas de la misma forma que ellos lo hicieron.
485
al igual que la Junta de Gobierno, era una empresa familiar. Para nadie fue
un secreto que los miembros de pocas familias se asociaron no sólo para
independizarse, sino también, para continuar gobernando en lugar de los
funcionarios españoles. De esa forma, los pobladores de San Salvador y el
resto de la Capitanía se dieron cuenta de que Delgado era un líder religioso,
político y militar gracias al apoyo de su familia y no por venia del Papa.
Contentos los criollos con las dos victorias obtenidas; es decir, la inde-
pendencia y la creación de un obispado, se dispusieron informar al Pontífice
en Roma. Incomprensiblemente, se ve a un grupo de clérigos, junto a sus
familiares y amistades criollas, con cierto grado de desconocimiento –no
se sabe si real, o fingido a su conveniencia –de las normas de diplomacia
con el Vaticano. Delgado, junto con la Junta de Gobierno salvadoreña, envió
como delegado a Víctor Castillo que según parece era un fray con no muy
buenas referencias. De acuerdo a los cánones de la Iglesia este hombre había
cometido algunos escándalos por lo que no estaba en comunión con ella. El
mismo Casaus lo informó de esa manera: “Fray Castillo era de la Orden de la
Beatísima Virgen de Mercedes, en otro tiempo fue apostata y sin licencia de
su Prelado se marchó e intentó obtener de mi, por fuerza la licencia para de-
poner perpetuamente el hábito religioso y le negué la licencia para confesar
y predicar476”. Este hombre era un apostata; o sea, un clérigo que por alguna
razón abandonó la orden religiosa a la cual pertenecía e incumplió con sus
deberes que su estado de vida le exigía. Cómo, pues, escogieron a un hombre
de tal categoría para realizar una encomienda tan delicada.
486
Posiblemente, la Junta pensó que al Papa le podían tratar con la mis-
ma prepotencia, con la que habían tratado al rey de España. Pero, las cosas
resultaron muy diferentes. Ante esa actitud tan opuesta, el Papa León XII
procedió a amonestar a Delgado. Pero, las cosas llegaron hasta ahí. Su pos-
tura fue clara: O Delgado abandonaba el falso obispado, o él no considera-
ría la posibilidad de crear uno verdadero. No se descubre que la Junta de
Gobierno haya pedido la renuncia a Delgado o que este haya enviado una
carta avisándole al Papa que todo estaba hecho de acuerdo a lo exigido. El
gobierno aceptó la idea de que Delgado era un cismático y prefirieron seguir
amparándolo, antes que cumplir con el mandato papal. Por fin, tanto el Papa
León XII como Delgado murieron y el obispado reclamado por los criollos
tardó más años en llegar. Los únicos que reconocieron el obispado de este
clérigo fueron sus familiares y amistades; el pueblo en su silencio y aunque
ignorante, supo que su jerarca no era tan legitimo como decía serlo.
La respuesta de León XII, según parece, debió ser un puñal para las au-
toridades del gobierno salvadoreño, ya que, fue una muestra del poder que
el sucesor de Pedro detenta. Con el breve que escribió a Juan Vicente Villa-
corta el Papa mostró que las autoridades eclesiásticas no iban a cambiar su
postura, por las peticiones y la presión de un gobierno. Juan Vicente Villa-
corta era el jefe de Estado, pero, a nivel local. Villacorta fue el encargado de
escribir y documentar la petición en la cual la Junta de gobierno salvadoreña
gestionaba la aprobación del Papa en el asunto del obispado. Sin embargo,
León XII dio una respuesta, seguramente inesperada:
487
“No es decible cuanto ha conmovió nuestro animo estas tristes y molestas
noticias de tu carta. Porque ¿Cómo puede ser que un Congreso a Asamblea
política, es a saber: unas personas seglares que como hijos deben respetar y
obedecer a loa decretos de la Iglesia, hayan introducido sus manos con osadía
sacrílega, y se hayan tomado la facultad de disponer a su arbitrio de un nego-
cio, el más grave de todos?477”
488
ña en cuanto al nombramiento de obispos, fue un permiso extraordinario.
Fue un permiso que nadie más ha podido ejercer dado lo delicado y dada la
experiencia. La experiencia le mostró a la Santa Sede que ese poder no podía
recaer en hombres civiles puesto que manipulan a la Iglesia a su favor. El Rey
de España en muchos casos nombró obispos por conveniencia. Nombraba
obispos que sabían le serían útiles y fieles a sus mandatos. Cuando uno de
ellos osaba oponérsele los destituían. Dicha forma de actuar era la propia de
un político, quien no vela por los intereses del pueblo, sino que busca, que
sus funcionarios velen por los intereses de él.
489
ignorantes de las nuevas disposiciones emitidas por el Concilio de Trento.
Por otra parte, la jerarquía de la Iglesia institucional, no estaba viviendo un
período fácil. El modelo de cristiandad había tocado a su fin, por lo que los
jerarcas trataban de actuar con mucho cuidado. La Iglesia debía ser muy
cuidadosa en su forma de comportarse en un mundo que para ellos era des-
conocido. El ateísmo, el materialismo, el liberalismo, la cientificidad, el frio
racionalismo, la burguesía, la industrialización, la caída de la monarquía, los
gobiernos constitucionales, eran demasiados cambios para ser absorbidos
precipitadamente, por una institución antigua y conservadora como había
sido la Iglesia. Una institución respetada por cientos de reyes que a lo largo
de siglos habían procurado actuar en connivencia con ella.
Los salvadoreños no eran los franceses de 1789. Las masas que confor-
maban el suelo salvadoreño eran muy similares al pueblo español en cuan-
to a sus creencias religiosas. Eran personas conservadoras acostumbradas
a someterse a la jerarquía eclesiástica. Además, el pueblo algo barruntaba
del clero insurrecto. Ya sabían que Delgado y su familia, apoyados por sus
amistades eran los que habían promovido la Independencia, por lo tanto,
era lógico que si se hacía publico el delito cometido por este en materia reli-
giosa, el pueblo reaccionara de forma negativa. No les convenía a los criollos
perder la hegemonía política y económica que tantos años les había costado
conseguir. Por eso se dieron a la ardua tarea de cubrir su felonía, creando un
halo de mito alrededor de la figura de los clérigos insurrectos.
490
Con seguridad es dable afirmar, que el gran error que cometieron tanto
el clero insurrecto, como los criollos fue el considerar el obispado como un
premio. Lo vieron como el máximo trofeo que podían darle a José Matías
Delgado, por su activa participación en el diseño y dirección de la eman-
cipación sostenida desde el 5 de noviembre de 1811, hasta el día en que
falleció. Claro está que la raíz de su ceguera se encontraba en su ideología
de criollismo segregacionista, que les llenaba de un falso orgullo, hacién-
doles creer merecedores de cargos y funciones que no les correspondían.
Su exaltado nacionalismo, así como su exaltado orgullo de élite les impi-
dieron actuar con humildad ante la jerarquía eclesiástica. Pensaron que sí
ellos, criollos civiles, habían obtenido un gobierno para sí; los clérigos de su
familia, merecían una mitra.
Lo terrible para ellos fue enterarse que Matías Delgado tenía la mitra;
pero, no la potestad de ser un obispo:
“…no tiene potestad alguna de atar y absolver, como que carece de mi-
sión legitima, y cuanto antes declara esta Santa Sede, que está fuera de la
Comunión de la Iglesia, sino entra en razón, como en casos semejantes lo ha
acostumbrado practicar ¿Y, porque, tu y esos gobernadores os habéis indigna-
do tanto contra el Arzobispo, como si hubiera obrado con injuria respecto de
vosotros, cuando interrogado se negó a abdicar parte de su Diócesis a saber, el
Estado de San Salvador? ¿Podía el por ventura abdicar o dejar su cargo, sin ha-
cerse el mismo participante del criminoso atentado? Porque a ningún Obispo
le es lícito dejar por su voluntad o a gusto su Diócesis, pues así como sólo a esta
Santa Sede le corresponde enviar e instituir Obispos, también el destituirlo, el
fijar nuevos límites a las Diócesis, o aprobar su división pertenece a la potes-
tad del Pontífice Romano. Trayendo, pues, vuestro Arzobispo a la memoria el
vinculo del matrimonio espiritual con que esta ligado a su Iglesia el cual no
se puede desertar sino por muerte, o por nuestra autoridad Apostólica, negó
poder consentir y hacer tal abdicación porque entendía ser esto muy ajeno de
su religión, piedad y sabiduría480”.
491
miento de su papel de obispo, prefirió ser injuriado por la Junta de gobierno
salvadoreña. No dejó de ser esto, algo humillante para las autoridades del
nuevo gobierno, quienes habían puesto todas sus esperanzas en la palabra
que el sucesor de Pedro formulara. Sin embargo, también, fue una muestra
del poder papal. Al leer estas líneas escritas por León XII se reconoce en él
a un hombre que no se dejó amedrentar por la situación crítica en la que
estaba sumida la Iglesia. Pese a, que ésta estaba siendo atacada por distin-
tos flancos, supo mantener su autoridad y hacerla sentir sobre los nuevos
países. Así fueron aprendiendo las jóvenes naciones a entablar relaciones
diplomáticas con la Santa Sede. Aprendieron que negociar con ella, requería
de una fuerte dosis de respeto y sinceridad. Los criollos, al igual que el clero
insurrecto, intentaron convencer al Papa y demás autoridades eclesiásticas
con una mentira; pero, esta fue descubierta, volviéndose así más humillante
la reconvención que el Pontífice hiciera a Villacorta:
492
Añadido a todo esto, la actitud de León XII marcó la ruptura entre el Es-
tado y la Iglesia. Su negativa de aceptar la petición que los criollos hicieron
de nombrar obispo a quien ellos proponían, puso en evidencia que el papa-
do no existía ya, para continuar haciendo la voluntad de los gobiernos de la
tierra; sino que, a partir de ahí, la Iglesia actuaria con total independencia en
los asuntos eclesiásticos, que como sucesora del Colegio Apostólico le com-
petía. Por ende, no habría entre el gobierno constitucional de El Salvador y
el Vaticano, una alianza como la de las antiguas monarquías.
• Corolario
Varios autores han solido acusar –comenzando por los personajes con-
temporáneos de los próceres –al Arzobispo Casaus de ser un personaje in-
493
transigente. Sin embargo, valdría la pena preguntarse que tan cierta es dicha
acusación, frente al cisma cometido por Matías Delgado. Suele ocurrir con
bastante frecuencia que el mundo tergiversa la información cuando le con-
viene. Esto es lo que sucedió en el caso de Matías Delgado. Los enemigos
de Casaus, eran los amigos del prócer Delgado; es decir, los enemigos de
Casaus eran todos los partidarios de la independencia, a lo cual, él se oponía
por ser partidario del Rey. El problema político se volvió un problema reli-
gioso. Eso era algo normal, dado que la alianza trono-altar o cruz-espada,
hacia que religión y política se fundieran en una. Especialmente, el bando de
Matías Delgado fue quien más llevó al extremo dicha confusión. Estos pen-
saron que una vez alcanzada la independencia, Casaus accedería a dividir su
diócesis en cuantas partes el nuevo gobierno quisiera, como si se tratara de
una división territorial política. Pensaban que la intransigencia del Arzobis-
po, antes de la independencia se debía a que éste estaba salvaguardando los
intereses del monarca español.
494
no lo era, ni deseaba serlo. Lo que molestaba más a los criollos salvadoreños
y al clero insurrecto, no era su preferencia por el rey, sino que debido a su
fiel cumplimiento de sus deberes de obispo –como lo subrayó León XII en
el Breve enviado a Villacorta –el Papa no tenía nada que imputarle a este.
En cambio, a Matías Delgado había mucho por lo cual llamarle la atención.
Casaus pudo haber traicionado a Centro América; más, no traicionó a la
institución a la cual se debía en primer lugar: la Iglesia.
495
sericordia, ni amor al prójimo. Pero, ese comportamiento no es concebible
en un hombre que se llama servidor de Dios.
496
➢ “…es conveniente que los clérigos, llamados a ser parte de la suerte
del Señor, ordenen de tal modo toda su vida y costumbres, que… deben huir
de los negocios seculares; sin que pueda suspender ninguna apelación la
ejecución de este decreto perteneciente a la corrección de las costumbres484”.
Así pues, solo resta afirmar que tanto Casaus como León XII actuaron
apegados a los lineamientos del Concilio de Trento; mientras, que el clero
insurrecto, junto al resto de criollos, en materia religiosa actuó con irreve-
rencia sin querer aceptar sus culpas, tergiversó la verdad acomodándola a
sus intereses y se negó a ver la verdad. Sin embargo, la historia debe exa-
minar estos sucesos, no con el fin de juzgar ni condenar a sus actores; sino
con el propósito único de aprender de los errores del pasado, para tratar de
cambiar el presente salvadoreño y construir en el futuro, una nación donde
la democracia, la libertad, la justicia, la paz y el amor, no sean vocablos abs-
tractos de un poema patriótico; sino una realidad concreta para un pueblo
que por siglos ha conocido la violencia y la pobreza estructural como forma
de vida.
484 SESION XXIII Concilio de Trento. Que es la VI celebrada en tiempo del sumo Pontífice Pio
V en 17 de septiembre de 1562.
497
CONCLUSIONES
Se concluye que:
498
colonialistas e imperialistas estaba por emerger. Sin embargo, al cotejar los
hechos con las palabras vertidas por estos hombres se descubre la vaciedad
de ellas.
499
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