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Gaston Bachelard

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G A S T O N BACHELARD / INSTANTE POÉTICO

E INSTANTE METAFÍSICO

La poesía es una metafísica instantánea. En un breve poema tiene que dar una visión del universo y el secreto de un

alma, un ser y objetos, todo a la vez. Si ella sigue simplemente el tiempo de la vida es menos que la vida; sólo puede ser

más que la vida inmovilizando la vida, viviendo a la vez la dialéctica de las alegrías y las penas. Es entonces el principio

de una simultaneidad esencial en que el ser más disperso, más desunido, conquista su unidad.  

Mientras que todas las demás experiencias metafísicas se preparan con interminables proemios, la poesía rehúsa los
preámbulos, los principios, los métodos y las pruebas. Rechaza la duda. A lo sumo requiere un preludio de silencio.

Ante todo, golpeando sobre las palabras huecas, hace callar la prosa o los trinos que dejarían en el espíritu del lector

una continuidad de pensamiento o, de murmullo. Luego, después de las sonoridades vacías, produce su instante. Para,

construir un instante complejo, para insertar en ese instante simultaneidades numerosas, el poeta destruye la

continuidad simple del tiempo encadenado. 

En todo verdadero poema pueden hallarse, pues, los elementos de un tiempo detenido, de un tiempo que no sigue la

medida, de un tiempo que llamaremos vertical, para distinguirlo del tiempo común que huye horizontalmente con el

agua del río, con el viento que pasa. De esto se desprende una paradoja que es preciso enunciar con claridad: mientras

que el tiempo de la prosodia es horizontal, el tiempo de la poesía es vertical. La prosodia sólo organiza sonoridades

sucesivas: ajusta cadencias, administra fugas y emociones, muchas veces, ¡ay! a destiempo. Al aceptar las consecuencias

del instante poético, la prosodia logra llegar a la prosa, al pensamiento explicado, a los amores experimentados, a la

vida social, a la vida corriente, la vida que se desliza lineal, continua. Pero todas las reglas prosódicas no son más que

medios, viejos medios. El fin es la verticalidad, la profundidad o la altura; es el instante estabilizado en que las

simultaneidades, al ordenarse, demuestran que el instante poético tiene una perspectiva metafísica.  

El instante poético es, pues, necesariamente complejo: conmueve, prueba −invita, consuela−, es sorprendente y

familiar. En su esencia el instante poético es una relación armónica de dos opuestos. En el instante apasionado del

poeta siempre hay algo de razón; en el rechazo razonado, siempre queda un poco de pasión. Las antítesis sucesivas

comienzan a gustarle al poeta. Pero para el arrobo, para el éxtasis, es preciso que las antítesis se reduzcan a

ambivalencia. Entonces surge el instante poético... Por lo menos el instante poético es la conciencia de una

ambivalencia. Pero es más, pues es una ambivalencia excitada, activa, dinámica. El instante poético obliga al ser a

valorizar o a desvalorizar. En el instante poético, el ser asciende o desciende, sin aceptar el tiempo del mundo, que

volvería a reducir la ambivalencia a la antítesis, lo simultáneo a lo sucesivo.  

Podrá verificarse sin dificultad esa relación entre la antítesis y la ambivalencia cuando se quiere entrar en comunión

con el poeta que, con toda evidencia, vive en un instante los dos polos de sus antítesis. El segundo polo no es provocado

por el primero. 

Los dos polos nacieron juntos. A partir de ese momento se encontrarán los verdaderos instantes poéticos de un poema

en todos los puntos en que el corazón humano puede invertir las antítesis. Más intuitivamente, la ambivalencia bien

trabada se revela por su carácter temporal: en lugar del tiempo viril y, valiente que se lanza hacia adelante y rompe, en

lugar del tiempo suave y sometido que se lamenta y que llora, se tiene el instante andrógino. El misterio poético es una

androgínia. 
II

Pero, ¿sigue siendo tiempo ese pluralismo de acontecimientos contradictorios encerrados en un instante único? ¿Sigue

siendo tiempo toda esta perspectiva vertical que domina el instante poético? Sí, pues las simultaneidades acumuladas

son simultaneidades ordenadas. Dan una dimensión al instante por cuanto le dan un orden interno. Por eso el tiempo

es un orden y no es más que eso. Y todo orden es un tiempo. El orden de las ambivalencias en el instante es pues un

tiempo. Y es ese tiempo vertical lo que descubre el poeta cuando rechaza el tiempo horizontal, es decir, el devenir de los

demás, el devenir de la vida, el devenir del mundo. Son pues éstos los tres órdenes de experiencias sucesivas que tienen

que liberar al ser encadenado en el tiempo horizontal: 

Primero: acostumbrarse a no referir el tiempo propio al tiempo de los demás − romper los cuadros sociales de la

duración; 

Segundo: acostumbrarse a no referir el tiempo propio al tiempo de las cosas − romper los cuadros fenomenales de la

duración; 

Tercero: acostumbrarse −dura prueba− a no referir el tiempo propio al tiempo de la vida, dejar de saber si late el

corazón, si brota la alegría − romper los cuadros vitales de la duración. 

Sólo entonces se alcanza la referencia autosincrónica en el centro de uno mismo, sin vida periférica. De pronto se borra

toda superficial horizontalidad. El tiempo ya no fluye. Brota. 

III

Para retener o, más bien, para volver a encontrar ese instante poético estabilizado, hay poetas, como Mallarmé, que

directamente maltratan el tiempo horizontal, que invierten la sintaxis, que detienen o desvían las consecuencias del

instante poético. Las prosodias complicadas ponen piedras en el arroyo para que las ondas pulvericen las imágenes

fútiles, para que los remolinos destrocen los reflejos. Leyendo a Mallarmé con frecuencia se tiene la impresión de un

tiempo recurrente, que aparece para finalizar instantes ya pasados. Se vive, entonces, con atraso, los instantes que ya

debían haberse vivido: sensación tanto más extraña cuanto que no participa de ningún pesar, de ningún

arrepentimiento, de ninguna nostalgia. Simplemente está hecha de un tiempo trabajado, que a veces sabe hacer

preceder el eco a la voz y poner el rechazo en la confesión. 


Otros poetas, más felices, captan naturalmente el instante estabilizado. Baudelaire ve, como los chinos, la hora en los

ojos de los gatos, la hora insensible en que la pasión es tan completa que desdeña realizarse: "En el fondo de sus ojos

adorables siempre veo con nitidez la hora, siempre la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin

división en minutos, segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes...". Para los poetas que realizan de

esta manera el instante con holgura, el poema no se desenvuelve, se anuda, se teje, nudo a nudo. Su drama no se

efectúa. Su mal es una flor tranquila. 

En equilibrio sobre la medianoche, sin esperar nada del hálito de las horas, el poeta se aligera de toda vida inútil;

experimenta la ambivalencia abstracta del ser y del no ser. En las tinieblas ve mejor su propia luz. La soledad le trae el

pensamiento solitario, un pensamiento que no se distrae, un pensamiento que se eleva, que se tranquiliza exaltándose

con pureza. 

El tiempo vertical se eleva. A veces también se hunde. Medianoche, para quien sabe leer El Cuervo ya nunca volverá a

sonar horizontalmente. Suena en el alma descendiendo, descendiendo... Raras son las noches en que tengo el valor de ir

hasta el fondo, hasta la duodécima campanada, hasta la duodécima herida, hasta el duodécimo recuerdo... Entonces

vuelvo al tiempo chato; encadeno, me reencadeno, vuelvo junto a los vivos, a la vida. Para vivir siempre hay que

traicionar a los fantasmas... 

En el tiempo vertical −descendente− se escalonan las peores penas, las penas sin causalidad temporal, las penas agudas

que atraviesan un corazón sin motivo, sin languidecer jamás. En el tiempo vertical -ascendente- se consolida el

consuelo sin esperanza, ese extraño consuelo autóctono, sin protector. En suma, todo lo que nos desliga de la causa y de

la recompensa, todo lo que niega la historia íntima y el deseo mismo, todo lo que desvaloriza al mismo tiempo el pasado

y el futuro, se halla en el instante poético.

¿Quiérese el estudio de un pequeño fragmento del tiempo poético vertical? Tómese el instante poético de la nostalgia

sonriente, en el momento mismo en que la noche se duerme y estabiliza las tinieblas, en que las horas apenas respiran,

en que la soledad por sí sola es va un remordimiento. Los polos ambivalentes de la nostalgia sonriente, casi se tocan. La

menor oscilación sustituye el lino por el otro. La nostalgia sonriente constituye, pues, una de las ambivalencias más

sensibles de un corazón sensible. Pues se desarrolla con toda evidencia en un tiempo vertical, ya que ninguno de los dos

elementos: sonrisa o nostalgia, es antecedente. El sentimiento es acá reversible o, mejor dicho, aquí la reversibilidad

del ser se ha sentimentalizado: la sonrisa tiene nostalgias, y la nostalgia sonríe, la nostalgia consuela. Ninguno de los

tiempos expresados sucesivamente es causa del otro; y esto constituye la prueba de que están mal expresados en el

tiempo sucesivo, en el tiempo horizontal. Sin embargo, de uno a otro hay un devenir, un devenir que sólo puede

experimentarse verticalmente, ascendiendo, con la impresión de que la nostalgia se aligera, que el alma se eleva, que el

fantasma perdona. Ahora florece verdaderamente el infortunio. Un metafísico sensible hallará aquí, en la nostalgia
sonriente, la belleza formal del infortunio. Comprenderá en función de la causalidad formal, el valor de

desmaterialización en que se reconoce el instante poético. Una prueba más de que la causalidad formal se desenvuelve

en el interior del instante, en el sentido de un tiempo vertical, mientras que la causalidad eficiente se desenvuelve, en la

vida y en las cosas, horizontalmente, agrupando instantes con intensidades distintas.  

Naturalmente, en la perspectiva del instante, se puede experimentar ambivalencias de mayor alcance: "Siendo niño,

sentí en mi corazón dos sentimientos contradictorios: el horror a la vida y el éxtasis de la vida". Los instantes en que

esos sentimientos se sienten conjuntamente, inmovilizan el tiempo, porque se experimentan juntos ligados por el

interés fascinante en la vida. Sustraen al ser de la duración común. Tal ambivalencia no puede describirse en tiempos

sucesivos, como un vulgar balance de las alegrías y de las penas pasajeras. Contrastes tan agudos, tan fundamentales,

proceden de una metafísica inmediata. Se vive su oscilación en un solo instante, por éxtasis y caídas que hasta pueden

hallarse en oposición con los sucesos. La aversión a la vida nos sobreviene en pleno gozo con la misma fatalidad que el

orgullo en el infortunio. En los temperamentos cíclicos que se desenvuelven en la duración habitual, siguiendo a la

luna, los estados contradictorios no ofrecen más que parodias de la ambivalencia fundamental. Sólo una psicología

profundizada del instante podrá darnos los esquemas necesarios para comprender el drama poético esencial.  

Por otra parte, es notable que uno de los poetas que más intensamente captaron los instantes decisivos del ser, sea el

poeta de las correspondencias. La correspondencia baudelairiana no es, como a menudo se sostiene, una simple

transposición que proporcionaría un código de analogías sensuales. Es una suma de un ser sensible en un instante

único. Pero las simultaneidades sensibles que reúnen los perfumes, los colores y los sonidos, no hacen más que

provocar simultaneidades más remotas y más profundas. En esas dos unidades de la noche y de la luz se encuentra la

doble eternidad del bien y del mal. Lo que hay de "vasto" en la noche y en la claridad, por otra parte, no debe sugerirnos

una visión espacial. La noche y la luz no son evocadas por su extensión, su infinito, sino por su unidad. La noche no es

un espacio. Es una amenaza de eternidad. Noche y luz son instantes inmóviles, instantes negros o claros, alegres o

tristes, negros y claros, tristes y alegres. Nunca el instante poético ha sido más completo que en este verso, en que

puede asociarse a la vez la inmensidad del día y de la noche. Nunca se ha hecho sentir tan físicamente la ambivalencia

de los sentimientos, el maniqueísmo de los principios.  

En el camino de esta meditación, de pronto se llega a esta conclusión: toda moralidad es instantánea. El imperativo

categórico de la moralidad no tiene nada que ver con la duración. No retiene ninguna causa sensible, no espera ninguna

consecuencia. Va directamente, verticalmente en el tiempo de las formas y de las personas. El poeta es entonces el guía

natural del metafísico que quiere comprender todos los poderes de enlaces instantáneos, la fuga del sacrificio, sin

dejarse dividir por la grosera dualidad filosófica del sujeto y el objeto, sin dejarse detener por el dualismo del egoísmo y

del deber. El poeta anima una dialéctica más sutil. Revela a la vez, en el mismo instante, la solidaridad de la forma y de

la persona. Demuestra que la forma es una persona y que la persona es una forma. La poesía se convierte así en un
instante de la causa formal, un instante de la potencia personal. Se desentiende entonces de lo que rompe y de lo que

disuelve, de una duración que dispersa ecos. Busca el instante. No necesita más que el instante. Crea el instante. Fuera

del instante no hay más que prosa y canción. Es en el tiempo vertical de un instante inmovilizado donde la poesía

encuentra su dinamismo específico. Hay un dinamismo puro de la poesía pura. Es el que se desarrolla verticalmente en

el tiempo de las formas y de las personas.

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