1949-1953 LA GUERRILLA LIBERAL Revista Credencial
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octubre de 2016
Septiembre 13 de 1953. Luciendo su casco de guerra, el máximo comandante de las guerrillas liberales de los
Llanos, Guadalupe Salcedo Unda, hace entrega, en el sitio de Las Delicias, de su fusil ametralladora al
comandante de las fuerzas militares, brigadier general Alfredo Duarte Blum. El Tiempo – Foto de Franco.
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Po r :
Eugenio Gómez Martínez
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La fotografía del general Alfredo Duarte Blum entendiéndose con el jefe guerrillero Guadalupe
Salcedo, puede ser una de las más reproducidas de la historia contemporánea de Colombia. El
primero era uno de los oficiales de confianza de Gustavo Rojas Pinilla, quien hacía no mucho tiempo,
había accedido a la Presidencia de la República. El segundo mantuvo en jaque a las fuerzas militares
en la región de los Llanos Orientales, hasta el punto de que algunos oficiales manifestaban que
preferían ir a pelear a Corea, escenario en el que se había comprometido Colombia por obra de los
gobiernos conservadores. La razón de ser de esta rara preferencia nos la explicaba el coronel Arturo
España, que había estado en las dos guerras: “Nos encontrábamos preparados para una
confrontación de tipo convencional, pero no para hacer frente a emboscadas y otro tipo de acciones
llevados a cabo por pequeños y ágiles grupos de hombres armados que conocían el terreno como la
palma de su mano”.
Razones de la entrega
El jefe rebelde, llevado al teatro en la obra Guadalupe AñosSincuenta, protagonizó acciones
destacadas como la toma de Orocué y el asalto a la base aérea de Palanquero. Desmovilizado, fue
asesinado (1957) durante el gobierno de la Junta Militar (1957-1958) que sucedió al régimen presidido
por Rojas Pinilla (1953 a 1957). Incógnitas e hipótesis, como de costumbre, son las que hay acerca de
ese asesinato.
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Izquierda: Septiembre de 1953. Guadalupe Salcedo, máximo comandante de las guerrillas del Llano, lee la noticia sobre la
entrega de armas hecha en Tauramena por Eduardo Fonseca Galán. El Tiempo - Foto de Constantino Casasbuenas.
Centro: 1949. Soldados del Ejército Colombiano. Algunos de ellos, como Eduardo Fonseca Galán (en cuclillas al pie del cañón,
papel y lápiz en mano) se unieron a la guerrilla liberal, de la que Fonseca fue en los Llanos uno de los más notables
comandantes. Foto - Banco Fotográfico Colombiano. Derecha: 1950. La violencia política de los años cincuenta, que tuvo un
carácter oficial, sembró de cadáveres de liberales los campos colombianos. Aquí, campesinos asesinados cuyos cuerpos,
tirados en la plaza de un pueblo, no provocan sino indiferencia burlona entre los habitantes. Foto - Banco Fotográfico
Colombiano.
El porqué Salcedo y otros subversivos se entregaron hay que hallarlo en las promesas que recibieron
del gobierno; las amenazas de ser arrasados si seguían combatiendo; el bloqueo que afrontaban; la
limitación de armas, drogas y vestuario en que se encontraban a mediados de 1953; la dificultad en
coordinarse de los diferentes frentes; la situación de miseria que los golpeaba más y más; y el
abandono al que llegaron por parte de los directorios políticos que antes estaban con ellos desde las
urbes, según las versiones de algunos historiadores. Junto a Salcedo se entregaron otros jefes
guerrilleros: Dumar Aljure, Eduardo Fonseca, Carlos Perdomo y Jorge González. Algo parecido
sucedió en escenarios distintos a los Llanos: en el Tolima, en Santander y en Antioquia.
En este escenario el Jefe Supremo, como llamaban al General Presidente, se apartó de los gobiernos
conservadores de Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez (1946- 1953),
que llamaban a los llaneros alzados en armas “bandoleros” (“delincuentes comunes que actuaban
movidos por odios y pasiones para satisfacer sus deseos personales”), porque los denominó
“guerrilleros”, es decir, delincuentes políticos.
Con guerrillas o sin ellas, esta dolorosa etapa de la historia nacional pasó a ser llamada la Violencia,
como si no hubieran seguido otras, y se sitúa entre el año de 1946, que es cuando triunfa el Partido
Conservador contra el liberalismo dividido, y 1958, cuando ya el Frente Nacional había remplazado la
gestión castrense (no faltan historiadores que la hacen concluir en 1953, año en que Rojas Pinilla
llegó al poder). Durante esta página de “historia horripilante”, como escribe el colombianólogo
estadounidense David Bushnell, murieron entre 100 y 200 mil personas. Colombia había conocido
gobiernos reformistas como el de Alfonso López Pumarejo, al que se opusieron importantes sectores
políticos, sobre todo el dirigido por el jefe conservador Laureano Gómez. Con la llegada a la
Presidencia de Mariano Ospina Pérez y su gobierno de Unión Nacional, creyó haberse encontrado un
entendimiento entre los partidos tradicionales, pero no fue así porque dicha Unión pronto terminó y
el caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán se quejó de la persecución oficial, poco antes de ser ultimado
en el centro de Bogotá, lo que provocó, a su vez, una violenta revuelta. La represión oficial se hizo de
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forma demasiado severa debido a que el gobierno empleó la fuerza no sólo recobrar el orden público,
sino también para acabar con las bases sociales que tenía el liberalismo. Entre los liberales, quienes
no perecieron en la represión, huyeron a la vecina Venezuela o se organizaron en forma de
guerrillas. Otro tanto hicieron los comunistas, también perseguidos a muerte.
Izquierda: 1951. Guerrillero liberal, al que se llamó “el Cristo Campesino”, torturado y fusilado por el ejército. Foto - Banco
Fotográfico Colombiano. Derecha: 1952. Esposa de un campesino liberal de Antioquia señala con un letrero el sitio donde
cayó su marido. “Aquí acecinaron a Gregorio”. Foto - Banco Fotográfico Colombiano.
Significado de la subversión
Para los conservadores, al menos los laureanistas, el significado de esa violencia estaba en el
deterioro moral y el ingreso al país de ideas disociadoras, como el marxismo. Para los liberales y la
izquierda, las esperanzas de cambio social habían tenido la misma suerte que el Caudillo inmolado.
Para quienes tomaron las armas en los campos, alentados inicialmente por la Dirección Liberal, la
razón de ser de su lucha estaba en la rabia y frustración de lo acontecido, una vez que Ospina y luego
Gómez, retomaron con fiereza la conducción nacional, después de sometidos los últimos residuos de
la revuelta “nueveabrileña”.
De su parte, la Dirección Liberal adujo que el gobierno de Ospina se había vuelto ilegítimo, porque el
mandatario clausuró el Congreso Nacional de mayoría contraria, en 1949. La razón de la clausura,
según el vocabulario oficial, estaba en que el legislativo le había declarado la guerra civil al
Presidente por su intento de anticipar las elecciones presidenciales y por los hechos violentos que
tuvieron como escenario al mismo recinto congresional. De todas maneras, las elecciones
presidenciales se efectuaron en junio de ese año, sin que el partido conservador tuviera
contrincante, por el retiro de la candidatura de Darío Echandía, amenazado de muerte. El “ganador”
sin rival tuvo que ser, nadie más y nadie menos, que el radical Laureano Gómez.
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Izquierda: 1952. Dumar Aljure, comandante de la guerrilla del Llano, en Upía, imparte instrucciones a sus oficiales.
Foto - Banco Fotográfico Colombiano. Centro: 1952. Cuatro de los comandantes de las guerrillas del Llano. De Izquierda a
derecha Luis E. Ciandúa, Libardo Rodríguez, Alfonso Guerrero (Cariño) y Guadalupe Salcedo. Foto - Banco Fotográfico
Colombiano. Derecha: Septiembre de 1953. Los seiscientos hombres de la columna guerrillera liberal comandada en los
Llanos por Eduardo Fonseca Galán, en cumplimiento de la paz pactada con el gobierno del general Rojas Pinilla marchan
hacia Tauramena para hacer entrega de sus armas, “que levantaron para luchar contra la tiranía”, según expresa el diario El
Tiempo. El Tiempo – Foto de Franco.
La corta gestión de quien fue el mayor adalid de la derecha (se incapacitó para seguir gobernando
por razones de salud y luego fue derrocado) significó una violencia todavía mayor puesto que él
interpretaba la problemática nacional como un complot que, según su dialéctica, era en parte liberal
y en parte comunista, desdeñando el componente social. En efecto, Gómez encarnaba la reacción
autoritaria y clerical, ésa que pretendió darle al conservatismo un poder hegemónico, que se ensañó
contra los liberales, pero también contra los protestantes y los masones; la tolerancia religiosa y la
libertad de conciencia, si se enunciaban, eran condenadas. El Designado a la Presidencia, quien se
hizo cargo de la primera magistratura, Roberto Urdaneta Arbeláez, continuó con los métodos del
titular.
Más aún, el presidente Gómez, lejos de buscar el entendimiento, trató de legitimar su presencia en el
poder mediante una Constitución que sería elaborada de acuerdo con el modelo español del dictador
Francisco Franco. Su derrocamiento lo impidió, pero en cambio acostumbró a la nación a vivir en
permanente estado de sitio, equivalente a lo que en otros países, como España, se denomina estado
de guerra, consistente en la restricción de las libertades civiles. La historia enseña que esta
regulación que debería ser excepcional, empleada en forma sistemática, engendra rebeldías como
las de tipo armado. Como la libertad y los derechos de las personas resultan inexorablemente
recortados, los gobiernos que la practican quedan, como afirman algunos tratadistas, en condiciones
de “dictadura legal”. Otros juristas están convencidos de que estado de sitio crónico y régimen
democrático, son incompatibles. Por eso, gobiernos como el de Gómez o Urdaneta fueron calificados
de dictaduras civiles. De otro lado, la verdad es la de que a las fuerzas armadas les ayudaron, en su
tarea de represión, grupos que hoy llamaríamos paramilitares, del tipo de los “pájaros” del Valle del
Cauca. La policía, ahora de filiación conservadora, masacró campesinos liberales; por ejemplo, en el
departamento de Boyacá; esos agentes asesinos fueron los tristemente famosos “chulavitas”, así
llamados porque buena parte de ellos había nacido en la vereda de Chulavita, municipio de Boavita.
Los sublevados tuvieron alzas y bajas en su acción contra las fuerzas gubernamentales, las que
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acusaron al gobierno venezolano de ayudar a los rebeldes. De otro lado, si en un momento dado se
produjo la ruptura entre la Dirección Nacional Liberal y los guerrilleros del Llano, éstos en cambio se
comportaron como gobierno alterno al de Bogotá, con una Constitución que organizaba su propia
administración de justicia y creaba leyes para el campesinado. En vísperas del “golpe de opinión” del
general Rojas Pinilla, el movimiento subversivo expidió una ley relativa a los derechos de las gentes
en general y de las mujeres en particular, y demandó que nadie quedara excluido de la toma de
decisiones políticas, todo lo cual bautizó como “La revolución de los Llanos Orientales de Colombia”.
Esa “revolución” pretendía sustituir el “Estado dictatorial y violento” por un Estado “democrático y
popular”.
Izquierda: 1953. ¿Ha llegado la paz? Los Jefes de la guerrilla liberal del Llano aceptan el llamado del presidente Rojas Pinilla.
Con el general Alfredo Duarte Blum, los comandantes Guadalupe Salcedo (izquierda) y Dumar Aljure. Foto - Banco
Fotográfico Colombiano. Centro: Septiembre de 1953. Tauramena. Una foto para después de la entrega. De izquierda a derecha
Carlos Roa, Eduardo Fonseca Galán, Eulogio Fonseca Galán, Cosme Álvarez y Pablo Legucedo. El Tiempo – Foto de Franco.
Derecha: Octubre de 1953. Con un cálido apretón de manos sellan la paz el comandante en jefe de la guerrilla liberal del
Llano, Guadalupe Salcedo, y el presidente de la República, Gustavo Rojas Pinilla. Foto - Banco Fotográfico Colombiano.
Una vez llevada a cabo la llamada pacificación de Rojas Pinilla, los guerrilleros de los Llanos fueron
amnistiados, al igual que quienes se alzaron en Antioquia y el Tolima. (También había habido
resistencia armada en Boyacá, el antiguo Caldas, Cundinamarca, los Santanderes y el Valle del
Cauca). De todas maneras, la Violencia significó, para quienes profundizaron en el problema, el
desajuste de las instituciones fundamentales, la trasformación de las reglas en cuanto a la tenencia
de la tierra y una emigración de los campos hacia las ciudades que el Estado todavía hoy no ha
podido enfrentar con eficiencia. Si la población urbana en 1938, cuando finalizó la administración de
Alfonso López Pumarejo, era del 31%, en 1964, ocho años después de instaurado el sistema del Frente
Nacional, era del 52%.
Bueno es recordar aquí que una vez escuchadas las promesas del Jefe Supremo en el sentido de
brindar “Paz, Justicia y Libertad”, fueron los guerrilleros liberales quienes le pidieron perdón por los
crímenes que pudieran haber cometido desde el Bogotazo; además le solicitaron incorporar a la
economía nacional esas regiones donde habían combatido y conceder a los que huyeron de la
persecución oficial, la seguridad de que no serían objeto de represalias.
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En el fondo se trataba de brindar los mismos derechos a todos los colombianos. El gobierno militar
pactó con quienes anunciaron que se acogían a la vida civil y conminó a aquéllos que persistían en
la rebelión para que depusieran las armas. Pero la desmovilización no resultó fácil, a pesar de que la
propaganda oficial la presentó de modo triunfalista
A la hora de la verdad
Embriagados por la que consideraban una gran victoria del Régimen de las Fuerzas Armadas, sus
propagandistas no contaron todo lo qué pasó con los desmovilizados. Estos, campesinos que
regresaron a las tierras que ocuparon antaño, confiados en las promesas de Bogotá, las encontraban
en manos de conservadores que, lejos de restituírselas, los expulsaban de nuevo en medio de
amenazas. O sea que los reinsertados liberales no hallaron la prometida paz.
Que no fue tan completa la pacificación del régimen militar pudo comprobarse, asimismo, porque en
su transcurso y según las mismas declaraciones oficiales, estaban en pie de guerra los municipios
de Cabrera; Carmen de Apicalá; Cunday; Icononzo; el mismísimo Melgar, sede de una importante
base militar; Pandi; y Venecia. Con el argumento de acabar con el comunismo, los altos mandos
enviaron a algunas de esas localidades al Batallón Colombia, curtido en Corea, y emplearon hasta
bombas de napalm. Se inició entonces otro de los terribles desplazamientos que han caracterizado al
viejo conflicto armado de Colombia. El pacificador Rojas Pinilla, en 1955, destinó 252 millones de
pesos a las fuerzas armadas y apenas 41 millones a la salud y 62.5 a la educación, pero en honor a la
verdad, preciso es recordar que no gastó más en seguridad que lo que hicieron los ex presidentes
Ospina Pérez, Gómez y Urdaneta. Dos años después de que los civiles recuperaron el poder, todavía
quedaban en Colombia 43 cuadrillas de bandoleros en plena actividad con casi 500 integrantes.
Duros momentos
Aparte del 9 de abril de 1948 con todo su significado, estuvo el llamado “autogolpe de Ospina” de 1949
(cierre del Congreso) y la consiguiente abstención liberal. Parecía que la nación se encaminaba a la
guerra civil, a lo cual contribuyó poderosamente la politización de la policía, que fue primero obra de
la segunda administración de Alfonso López Pumarejo y que luego el conservatismo tomó muy en
serio, sobre todo por parte del sector laureanista.
Otra fecha importante en este acontecer que llegó a los máximos horrores de crueldad y sevicia, fue
el intento hecho a finales de 1951 para que se entendieran los partidos políticos, iniciativa de los
liberales y que contó con las alas alzatista (del dirigente Gilberto Alzate Avendaño) y ospinista de la
colectividad contraria, pero saboteada por quienes seguían al presidente Laureano Gómez.
A mediados de 1952 la pugna interpartidista arreció debido a los motines que tuvieron lugar en
Bogotá, después del entierro de unos policías cruelmente asesinados y que se concretó en el incendio
de los diarios El Tiempo y El Espectador, así como de las residencias de los dirigentes liberales
Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, los cuales tuvieron que exiliarse.
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Realidades
Esta primera violencia de los años 40 a los 50, predecesora de las que vendrían luego, ha sido muy
estudiada por politólogos, “violentólogos”, antropólogos e historiadores nacionales y extranjeros.
Se han examinado las conductas de los actores armados; el proceso de acumulación capitalista, que
en este caso tiene que ver con la apropiación de tierras del “enemigo”, argumentando razones
políticas y hasta morales, lo que algunos autores de manera tal vez elemental llaman conflicto de
clases; laconcentración de la propiedad de las tierras; las luchas por ocuparlas de campesinos
necesitados de cultivar para poder sobrevivir; los desplazamientos masivos de población;
elbandolerismo social y político debido a que, a veces, tras la etiqueta política no había sino el afán
de enriquecerse a costa de otros; las denominadas autodefensas campesinas, predecesoras de las
futuras guerrillas; el clericalismo, es decir, la intervención de obispos y sacerdotes en política,
tomando partido por uno de los sectores que se enfrentaban enconadamente.
Carta escrita por los comandos guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Llanos Orientales, el 8 de septiembre
de 1953, al presidente Rojas Pinilla, en la que expresan su “determinación sincera y espontánea de deponer las armas con
decoro”. Firman: José Guadalupe Salcedo, Jorge Enrique González, Humberto Paredes, Dumar Aljure, Rafael Calderón, Marco
A. Torres, José Raúl Mogollón, Ignacio González, Marco A. Parra, Laurentino Rodríguez, Jorge Chaparro, Adán Chaparro, José
Vicente Perilla, Jesús Feliciano, Antonio María Rincón, representante del pueblo civil, Carlos Neira Rodríguez, representante
del pueblo civil, Maximiliano Ortega, Marco A. Torres, Miguel Trujillo. Aparece en blanco la firma de Eduardo Fonseca Galán,
quien se encontraba en Bogotá en el momento de suscribirse la Carta. Foto - Banco Fotográfico Colombiano.
Si las guerrillas liberales por un lado suelen ser estudiadas dentro del marco general de la violencia,
justo es distinguirlas de otras guerrillas de aquel tiempo, del puro bandolerismo y, desde luego, de la
represión oficial. Pero todo el conjunto de la violencia, además de lo manifestado arriba, también ha
sido objeto de estudios de cariz genético (se ha llegado a afirmar que “los colombianos somos
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violentos por naturaleza” o que “tenemos herencias de españoles e indígenas violentos”); para los
laureanistas, más tarde los alvaristas, el comunismo estuvo detrás del tremendo desajuste nacional;
para los ideólogos marxistas y otros afines, las injusticias creadas por la aplicación del modelo
capitalista llevaron al pueblo a adoptar posturas prerrevolucionarias que hubieran desembocado en
un cambio profundo y radical, pero que quedaron truncas por la desaparición de verdaderos líderes
como Gaitán y la inexistencia de conductores de semejante envergadura y así el país presenció
formas de subversión limitadas o hechos de puro bandidaje.
Camilo Torres, que es conocido como “el cura guerrillero”, en sus tesis sociológicas sostuvo que
Colombia vivía dentro de un molde social tradicional y que esa violencia trató de romperlo. Sin éxito,
añadieron algunos. Otros expertos en el tema hallan alguna relación de esa Violencia con las
guerras civiles del siglo XIX o con los conflictos agrarios que tuvieron lugar de 1925 a 1935, pero
también ven diferencias, sobre todo por las formas de organizarse de los contendientes.
Germán Guzmán, uno de los autores de La violencia en Colombia, un clásico del tema, nos dijo una
vez que todos los colombianos eran responsables de “la tragedia”: por acción u omisión; por haber
participado directamente en ella o por insensibilidad social o apatía. Orlando Fals Borda, otro de los
autores del mismo libro, insiste en la responsabilidad de la clase dirigente política, la cual incitó al
pueblo a matarse entre sí mientras ella permanecía tranquila en las ciudades. Para un famoso
general de los años 60 que quiso ser Presidente de la República, Alberto Ruiz Novoa, los responsables
del desangre nacional fueron “los políticos”, básicamente los congresistas; no las fuerzas armadas.
Inclusive el vocabulario relativo a esa etapa de la historia nacional es objeto de análisis,
distinguiendo algunos especialistas las guerrillas propiamente dichas, de la violenciaen general. Si
las guerrillas liberales pueden considerarse como parte de una especie de guerra civil, pero no una
guerra civil en sentido pleno, anotan ciertos historiadores, la violencia en general no fue una guerra,
aseguran, en parte porque afectó apenas a algunas regiones del país y no se dio una coordinación
entre ellas.
Descendiendo a consideraciones más precisas, el trágico fenómeno de los 40 y 50 tuvo que ver con
estas importantes realidades, ya abordadas en este trabajo, pero que es bueno resumir:
- el fin de la hegemonía conservadora en 1930, hegemonía que tuvo dos referentes principales:
dictadura ideológica y represión de los opositores,
- la reacción a la modernización liberal de los años 30, más fuerte desde el triunfo conservador de
1946, teniendo en cuenta que el candidato M. Ospina Pérez fue visto como una esperanza de
moderación al comienzo, pero que la abandonó después, retornando al sistema de imposición
política característico de la Colombia de finales del siglo XIX y las tres primeras décadas del XX,
- el recurso al régimen militar, de buena parte de las élites partidistas, en 1953, asustadas por la
violencia implantada y que no comprendían del todo las tensiones sociales acumuladas en la nación
durante el último cuarto de siglo,
- la tregua y desmovilización de algunos de los insurgentes durante ese régimen, pero que dejó las
secuelas del bandolerismo y, sobre todo, la semilla para futuras guerrillas.
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