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EL CICLO DE LA ECONOMÍA MIXTA EN EL CAPITALISMO CENTRAL (1945-1973) | 213

Proscripción, modernización capitalista y crisis.


Argentina (1955-1966)

Elena Scirica

1. Introducción

El golpe de Estado que derrocó al gobierno de Perón, en 1955, inauguró un


nuevo capítulo en la agitada vida política argentina. Los protagonistas de la
insurrección cívico-militar calificaron de totalitario al régimen depuesto y as-
piraron a borrarlo de la escena política como si se hubiera tratado de una abe-
rración pasajera. Pero las medidas proscriptivas, la exclusión y persecución de
los militantes peronistas, los esfuerzos conjuntos de gobernantes y empleadores
para aumentar la productividad y debilitar la fuerza social y política de los
trabajadores, no lograron su cometido. Por el contrario, generaron un enorme
descreimiento en el sistema político, cercenaron la legitimidad de las institu-
ciones estatales y solidificaron la identificación de los trabajadores con el
peronismo. El período que se inició en 1955, estuvo signado, pues, por la deno-
minada “cuestión peronista”. Tras ella se avizoran una serie de dilemas, conflic-
tos y problemas entrelazados entre sí.
En el plano político, la nota dominante fue que en nombre de la democracia y la
libertad se proscribió a la principal fuerza electoral, es decir, al peronismo.
Como consecuencia, los gobiernos de la etapa, surgidos de elecciones de escasa
legitimidad, fueron constitutivamente inestables y estuvieron jaqueados desde
distintos frentes. En particular, por las Fuerzas Armadas que asumieron un rol
de “vigilancia” y “veto” sobre el sistema político. Su papel, además, adquirió
un renovado vigor a la luz del impacto de la Revolución Cubana y el conse-
cuente temor a la expansión del comunismo en el continente. Las fuerzas
peronistas, en tanto, se expresaron fundamentalmente a través del movimiento
sindical.
En el nivel económico, los sectores dominantes buscaron imponer un cambio
en el modelo de acumulación. Intentaban establecer las bases de una política

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acorde con el reordenamiento del sistema económico internacional, basado en


la integración y liberalización de las relaciones del mundo capitalista. Ello in-
cluía el ingreso al Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, la
eliminación de restricciones al flujo de capitales extranjeros, el desarrollo in-
dustrial y la intervención estatal anticíclica1. En el trasfondo de esta reorientación
se encontraba el agotamiento de la primera fase de sustitución de importacio-
nes, los intentos –expresados ya en el segundo gobierno peronista– de elevar la
productividad y “racionalizar” o “modernizar” el funcionamiento de las empre-
sas privadas y estatales y la necesidad de sortear las continuas crisis de balanza
de pagos. Las clases dominantes, entonces, buscaban reconvertir o superar ese
modelo de acumulación impulsando una concentración de la renta nacional a
favor del capital. Para ello debían minar la organización sindical, la resistencia
obrera y el peso de las comisiones internas. Ardua tarea si se considera la cohe-
sión de la clase obrera y la existencia de tensiones en el interior de la burguesía
(enfrentada en función de sus intereses agroganaderos y exportadores, indus-
trial mercadointernista o, de manera creciente, industrial transnacionalizada).
En el plano social, las tensiones generadas por los intentos de promover cambios
en el modelo económico y en la distribución del ingreso a costa de los derechos
adquiridos por los trabajadores provocaron severos conflictos. Asimismo, la diná-
mica política y económica repercutió de manera directa sobre los sindicatos que,
a su función como representantes de los trabajadores en el nivel gremial, sumaron
su papel como voceros de las fuerzas peronistas en el sistema político. De este
modo creció su poder e influencia, llegando a constituirse en un relevante “factor
de poder”. Como contrapartida, su relación con las bases cobró nuevos matices y
con el tiempo se desgastó.
En el plano cultural, el dato más relevante fue la emergencia de una cultura
joven marcada por la impronta de la rebelión. La transformación de la vida
cotidiana, los cambios en los roles de género, la ampliación de la matrícula
universitaria y un mercado cultural en expansión constituyeron importantes
apuestas innovadoras.
A partir de estas consideraciones, cabe preguntarse: ¿Por qué el peronismo siguió
constituyendo una cuestión crucial en la agenda política del período? ¿De qué
forma pretendió impulsarse el reajuste del modelo de acumulación? ¿Cuál fue su
impacto en la conformación de los sectores dominantes? ¿Qué implicancias tuvo
en la estructura económica y social? Estos interrogantes, entre tantos otros, se
cruzan necesariamente con el análisis relativo a la actuación de los trabajadores,

1 Véase Ezequiel Sirlin, “El ciclo de la economía mixta en el capitalismo central (1945-
1973)”, en el presente libro.

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de identidad mayoritariamente peronista, frente a estas circunstancias, a la vez


que permiten reflexionar sobre el impacto de la “modernización” en general y
sobre el papel adquirido por las Fuerzas Armadas en el período.
Para abordar estos problemas se tendrán en cuenta distintos ejes. En primer
lugar, el funcionamiento de un régimen político restrictivo que, al impedir la
elección de los candidatos deseados por las mayorías populares (o anular ese
veredicto en caso de que fueran electos), dio lugar a la instauración de lo que
algunos autores denominaron “semidemocracia” o “democracia restringida”
entrecruzada con intervenciones militares. En segundo lugar, se examinará la
impronta de “revancha clasista” contra el reconocimiento de los derechos ad-
quiridos por los trabajadores y la consecuente “resistencia” peronista. En fun-
ción de esto se indagará un tercer eje, esto es, los intentos por introducir cam-
bios en el modelo de acumulación y el impacto del desarrollismo. A partir de
aquí podrá vislumbrarse cómo repercutieron estos cambios en la sociedad, en la
cultura y en el movimiento obrero en particular. Finalmente, se analizará el
papel y la relevancia de las Fuerzas Armadas.
Consideramos que esta retrospectiva brinda elementos para analizar la inestabili-
dad política del período y las disyuntivas que enfrentaba el intento de moderni-
zación capitalista. Este ciclo, sin embargo, no se cierra en 1966. Por el contrario,
las contradicciones y tensiones que implicaba se desplegarán durante otra larga
década que culminará, de modo trágico, con el golpe de Estado de 1976.

2. Un régimen político excluyente

El golpe de Estado del 16 de septiembre de 1955 contó con el apoyo de un


amplio frente político, donde confluyeron conservadores, radicales, socialis-
tas, demócratas cristianos y grupos nacionalistas, así como también los repre-
sentantes corporativos e ideológicos de la burguesía urbana y rural, el grueso
de las Fuerzas Armadas y la Iglesia2 . Se inauguró entonces una experiencia
que se extendió hasta 1958, bautizada por sus protagonistas “Revolución
Libertadora”, en tanto declamaba que venía a liberar al país de la “tiranía” de

2 Véanse César Tcach, “Golpes, proscripciones y partidos políticos”, en Daniel James (dir.),
Violencia, proscripción y autoritarismo (1955-1976), Nueva Historia Argentina, tomo 9,
Buenos Aires, Sudamericana, 2003; Daniel Rodríguez Lamas, La Revolución Libertadora,
Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1985, p. 61, y Marcelo Cavarozzi, Auto-
ritarismo y democracia (1955-1996). La transición del Estado al mercado en Argentina,
Buenos Aires, Ariel, 1997, p. 19.

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Perón. Así, el nuevo gobierno se presentó como provisional para indicar su


decisión de restaurar el orden constitucional.
Los valores defendidos por la coalición antiperonista convergían con los
postulados del mundo occidental que, en el marco de la Guerra Fría y la
lucha contra el comunismo, realzaba las banderas de la democracia liberal.
Pero la intención de fundar un régimen político basado en los partidos y en
el fortalecimiento de los mecanismos parlamentarios resultaba ficticia en
tanto se asentaba en la proscripción de la principal fuerza electoral del país.
La “democracia” restringida que se instaló en 1958 y continuó hasta 1966
de manera bastante precaria (en particular, entre 1962 y 1963, cuando el
Parlamento fue cerrado y el poder civil osciló al vaivén de las presiones
militares) definió, entonces, una escena política ilegítima y
constitutivamente inestable.
La debilidad del sistema institucional se verifica tanto en las disyuntivas que
atravesaron los gobiernos de la “Libertadora” como en la fragilidad de las admi-
nistraciones civiles posteriores. Nos referimos a los gobiernos de Arturo Frondizi
(1958-1962), José María Guido (1962-1963) y Arturo Illia (1963-1966).
Resultaba evidente que los mecanismos parlamentarios no canalizaban “los
intereses ni la orientación de los actores sociales fundamentales”. Así, la
proscripción del peronismo obligó a sus bases sociales –básicamente, los
trabajadores sindicalizados– a actuar por fuera del sistema parlamentario.
Se estableció entonces lo que Marcelo Cavarozzi denominó “sistema políti-
co dual”, ya que los mecanismos parlamentarios coexistieron, de manera
conflictiva y a veces antagónica, con modalidades extrainstitucionales de
hacer política.3
Desde otro ángulo, Juan Carlos Portantiero sostuvo que la creciente inesta-
bilidad política se debió a la incapacidad de los sectores dominantes para
establecer una dominación legítima sobre la sociedad. Esta situación derivó
en una crisis de hegemonía, pues el sector que devino predominante en lo
económico no logró proyectar sobre la sociedad un orden político que lo
expresara legítimamente. En este marco, los partidos políticos resultaron
inconsistentes4.

3 Marcelo Cavarozzi, op. cit.


4 La crisis de hegemonía se expresó, sobre todo, a partir de 1958, cuando las políticas
desarrollistas incidieron en la composición de las clases dominantes al fortalecer una nue-
va fracción burguesa, industrial, fuertemente concentrada y transnacionalizada. Véase Juan
Carlos Portantiero, “Economía y política en la crisis argentina (1958-1973)”, Revista
Mexicana de Sociología, Nº 2, 1977.

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Con el transcurso de los años, el escepticismo respecto de los partidos con-


trastó, cada vez más, con la percepción del poderío que mostraban otros parti-
cipantes del juego político, clasificados como “grupos de presión” y “factores
de poder”5. Entre ellos, las Fuerzas Armadas, los sindicatos, las organizaciones
corporativas empresarias y la Iglesia.

2.1 La “Revolución Libertadora” y la cuestión peronista

Traspasado el umbral de acuerdo básico –el derrocamiento de Perón–, las


diferencias del frente antiperonista eran evidentes y se manifestaron apenas
producido el golpe de Estado. El general Eduardo Lonardi, presidente pro-
visional vinculado con sectores clericales, nacionalistas y antiliberales, de
dudosa fe democrática, intentó emprender una política de conciliación en
la que no hubiera “ni vencedores ni vencidos”. En su perspectiva, era posi-
ble reeditar una suerte de peronismo sin Perón que rearticulara la alianza
de militares nacionalistas con dirigentes sindicales y evitara el desplaza-
miento de los trabajadores al comunismo. Pero esa orientación hacía caso
omiso de los postulados mayoritarios de la “Libertadora” y no tomaba en
cuenta la tremenda carga de resentimiento acumulada. En efecto, tanto los
partidos políticos como amplios sectores militares y aquellos que se consi-

5 Los grupos de interés y los grupos de presión, organizados con el propósito de influir en
las instancias del poder para concretar sus reivindicaciones, cobraron gran interés acadé-
mico y público desde fines de la década de 1950. En la perspectiva de Jean Meynaud, los
grupos de presión se distinguen de los de interés porque no sólo difunden sino que ejecu-
tan las acciones necesarias en pos de lograr su cometido. Para ello, crean vínculos de fuerza
con las instituciones gubernamentales, con funcionarios o con partidos. Pueden recurrir a
la persuasión (por medio de una argumentación racional para convencer a su interlocutor),
a la presión económica (que puede incluir desde la corrupción de funcionarios “clave”
hasta la desestabilización del gobierno mediante el retiro de inversiones), a las amenazas o
a la acción directa. Meynaud diferencia, a su vez, los grupos de presión constituidos como
organizaciones profesionales basadas en la especialización y el reagrupamiento laboral (ta-
les como uniones de agricultores, sindicatos o grupos patronales), de los que se constitu-
yen como agrupaciones de vocación ideológica que pugnan por la difusión de sus planteos
y por demostrar la bondad que ellos tienen para la sociedad (por ejemplo, la Iglesia o las
sociedades de defensa de la moralidad). Jean Meynaud: Los grupos de presión, Buenos
Aires, Eudeba, 1963. En la Argentina, en 1964, José Luis de Imaz publicó la obra Los que
mandan, en donde analizaba los principales grupos de poder de la sociedad argentina.
Véase también: http://www.avizora.com/publicaciones/ciencias_politicas/textos/
objeto_estudio_ciencias_politicas_0012.htm.

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deraban perjudicados por la política económica y social mercadointernista-


redistribucionista del peronismo, buscaban como primer objetivo la
“desperonización” del país. Tras esa hostilidad hacia los denominados “ene-
migos de la libertad” se encubría, por lo general, un profundo odio social y
ansias de desquite clasista6.
Las tensiones con respecto a la línea política a adoptar frente al movimiento
depuesto se revelaron en la propia constitución del gabinete ministerial7 y en
la fórmula presidencial. De hecho, el vicepresidente, el contralmirante Isaac
Rojas, expresaba a los grupos más recalcitrantes del antiperonismo.
Para contrarrestar los proyectos del presidente, Rojas impulsó la formación de
una Junta Consultiva Nacional con la participación de los partidos políticos
opuestos al régimen derrocado. La Junta, presidida por Isaac Rojas, era una
suerte de Parlamento sin poder de decisión e incluía a todas las tendencias
políticas del frente civil, con excepción del Partido Comunista, excluido por el
gobierno8. Esta instancia de participación implicaba un reconocimiento del
arco político partidario y la resurrección de su vínculo con las Fuerzas Arma-
das. En paralelo, arreciaban los ataques contra los sindicatos y militantes
peronistas. Finalmente, falto de apoyos y presionado para que dejara el poder,
Lonardi renunció.
La asunción del general Pedro Eugenio Aramburu como presidente –y la per-
manencia de Rojas en la vicepresidencia– marcó el triunfo de los sectores libe-
rales más antiperonistas, conocidos popularmente como “gorilas”.
Aramburu derogó la Constitución de 1949 e intervino por decreto la CGT
y los sindicatos, que quedaron a cargo de oficiales de las Fuerzas Armadas.
También disolvió la Fundación Eva Perón y el partido peronista, inhabilitó
a sus miembros para obtener empleos en la administración pública e impi-
dió que ocuparan puestos de representación gremial quienes habían tenido
cargos sindicales a partir de 1952. Asimismo, se prohibió la mención del

6 Véanse Daniel James, Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora ar-


gentina, 1946-1976, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, cap. 2, y Alain Rouquié, Poder
militar y sociedad política en la Argentina, tomo 2, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986,
pp. 122-130.
7 Lonardi nombró a figuras del arco católico y nacionalista de su entorno, pero tuvo que
aceptar también la presencia de personalidades liberales vinculadas a los intereses terrate-
nientes, como Alberto Mercier –presidente de Confederaciones Rurales Argentinas–, en
el Ministerio de Agricultura y Eduardo Busso –ex directivo de la Sociedad Rural–, en el
Ministerio del Interior y Justicia. Véase César Tcach, op. cit., pp. 20-22.
8 Véase Luis Alberto Romero, Breve historia contemporánea de la Argentina, Buenos Aires,
Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 137.

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nombre de Perón –reemplazada por apelaciones como “tirano prófugo” o


“dictador depuesto”– y de cualquier símbolo, palabra o imagen alusiva a su
movimiento.
¿Cómo se justificaba esta política persecutoria? ¿Qué se buscaba con ella?
Según los militares y sus aliados civiles sostenedores del “pacto de pros-
cripción”9 , los resonantes triunfos de Perón habían sido posibles por el frau-
de, la coerción, la demagogia y la manipulación de la opinión pública. Por
eso, si se desmontaban sus mecanismos publicitarios y policiales, se daban
a conocer sus actos más negativos y se quitaba poder a sus principales
apoyaturas, su arraigo se disolvería. Desde esta concepción, pues, era nece-
saria una “reeducación” de las masas peronistas. Otros iban más allá y pre-
gonaban una negación absoluta de ese pasado reciente. Esta actitud conte-
nía un cuestionamiento a la mayor igualdad social lograda durante el
peronismo y era manifiesta, sobre todo, en la burguesía menos beneficiada
por el modelo de acumulación implementado en el primer gobierno
peronista. No resulta casual que la Sociedad Rural celebrara el fin de una
“década de vergüenza” y ofreciera “la más amplia colaboración” a las nuevas
autoridades10. En las Fuerzas Armadas, esta actitud era fuerte en la Marina
–arma que nucleaba el antiperonismo más tenaz– pero suscitaba dudas y
divisiones en el Ejército.
El 9 de junio de 1956, un grupo de militares retirados apoyados por civiles
puso en marcha un levantamiento. Su objetivo era el fin del gobierno provi-
sional y la restauración del régimen peronista. La conspiración, dirigida por
el general retirado Juan José Valle, carecía de preparación técnica militar
sólida pues, probablemente, suponía que su estallido provocaría una rebelión
de las masas11. Pero el gobierno, alertado de antemano por los servicios de
información, aprovechó la insurrección para desplegar un inusitado accionar
represivo que incluyó decenas de fusilamientos. Estos se sustentaron en una
ley marcial que se difundió con posterioridad a la sublevación12. Entre las
víctimas también figuraron un grupo de obreros no comprometidos con la
rebelión. Habían sido detenidos por la policía en la noche del 9 de junio y

9 El término alude a la alianza de todas las fuerzas políticas y gubernamentales coincidentes


en la exclusión del peronismo. Luis Alberto Romero, op. cit., p. 139.
10 Alain Rouquié, op. cit., pp. 130-131.
11 Véase Daniel Rodríguez Lamas, op. cit., pp. 38-43.
12 Las ejecuciones del general Valle y otros complotados constituyeron el único caso argenti-
no del siglo XX en que se aplicó la pena máxima a militares golpistas. Alain Rouquié, op.
cit., p. 137.

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horas después eran pasados por las armas en un basural del Gran Buenos
Aires, en José León Suárez13.
¿Por qué motivo el gobierno actuó con tanta ferocidad? La rebelión se produjo
en un contexto de constantes huelgas, sabotaje y desobediencia cívica. La res-
puesta gubernamental buscó “dar una lección”, imponer la disciplina en las
fuerzas militares y llegar a un punto de no retorno que imposibilitara la recon-
ciliación con los proscriptos. Estos, por su parte, no olvidarían la “sed de san-
gre” del binomio Aramburu-Rojas.

2.2 Partidos políticos en la encrucijada

Si en las Fuerzas Armadas y particularmente en la Marina se robustecía la línea


antiperonista “dura”, ¿qué pasaba mientras tanto con los partidos políticos,
pilares de un régimen democrático en cuyo nombre se excluía al peronismo?
Esta problemática dividió a casi todas las fuerzas políticas. Mientras algunas
aceptaron la exclusión y se limitaron a confiar que la “educación democráti-
ca” de las masas surtiría finalmente efecto, otras intentaron comprenderlas.
Tampoco faltaron quienes buscaron su apoyo electoral y de esa manera “inte-
grarlas” al sistema político14.
Los grupos de izquierda se apartaron rápidamente del frente antiperonista. La
política represiva del gobierno militar y la persecución de los trabajadores lle-
varon a muchos jóvenes militantes a replantearse el significado de la experien-
cia peronista y a rescatar su carácter obrerista. Desde el otro extremo del arco
político, el de la derecha tradicional, algunos viejos nacionalistas o conservado-
res populares optaron también por acercarse al movimiento proscripto en fun-
ción de su carácter nacionalista y su postulado de armonía social.
En el caso de la Unión Cívica Radical, la cuestión peronista concluyó por divi-
dir al partido. Mientras un sector se identificaba con el gobierno de la
“Libertadora”, otro, encabezado por Arturo Frondizi, impulsaba un acercamiento
al peronismo y recordaba que el verdadero adversario del radicalismo era la
“oligarquía” y sus aliados democráticos “sedientos de venganza”15. Finalmente,
una controversia respecto de la metodología de la designación de la futura can-
didatura presidencial dividió al partido. Así, a comienzos de 1957 se confor-

13 Este último episodio, no registrado por la “prensa seria”, fue divulgado por Rodolfo Walsh
en su obra Operación Masacre.
14 Luis Alberto Romero, op. cit., p. 139.
15 Alain Rouquié, op. cit., p. 142.

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maron la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), comandada por Ricardo
Balbín, y la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), liderada por Arturo
Frondizi.

2.3 El juego imposible: exclusión, inestabilidad e ilegitimidad

Frente a este panorama, ¿cómo podrían concretarse los proyectos gubernamentales


de restauración de la democracia? A la incógnita sobre qué sucedería con el electo-
rado peronista, se sumaban las tensiones del radicalismo, visualizado por los milita-
res como el heredero de la “Libertadora”. En las Fuerzas Armadas se escuchaban
distintas voces, entre las que se discutía la permanencia del poder militar y la pos-
tergación de las elecciones. Finalmente se impuso la línea de Aramburu quien, en
medio de dificultades económicas y de la creciente oposición sindical y política, se
orientó por cumplir el compromiso de restablecimiento democrático.
En 1957, el gobierno convocó a una Convención Constituyente para legalizar
la derogación de la Constitución justicialista y actualizar el texto de 1853. Tras
este propósito declarado, le interesaba medir la correlación de fuerzas políticas
y evaluar los resultados de la “desperonización”. Los resultados, en cambio,
demostraron el fracaso de esa tentativa. El voto en blanco, impulsado por Perón
desde el exilio, fue el más numeroso. En segundo lugar se ubicó la UCRP y
cerca de ella la UCRI16. La elección evidenció que quien lograra el apoyo de
Perón tendría el triunfo asegurado. En ese camino se embarcó Frondizi –un
político de trayectoria democrática, antiimperialista, defensor del control esta-
tal del petróleo y los hidrocarburos frente a la irrupción de los capitales extran-
jeros– quien negoció con el líder peronista su apoyo electoral. A cambio de este
aval se comprometió al levantamiento de las proscripciones, el fin de las perse-
cuciones políticas, la normalización de la CGT y la revisión de todas las medi-
das económicas adoptadas a partir de 1955 que hubieran afectado a los sectores
populares, entre otros puntos.
Para el líder de la UCRI, este apoyo excedía la mera cuestión electoral. Forma-
ba parte de una estrategia más amplia sintetizada en el lema “Integración y
desarrollo”. El primero de estos términos refería a la concreción de un frente o
movimiento nacional y popular que incorporara a la clase obrera y a la burgue-
sía industrial con miras a profundizar el desarrollo económico del país. Pero

16 Los votos en blanco constituyeron el 24,3 por ciento del total. La UCRP obtuvo el 24,2
por ciento; la UCRI un 21,2 por ciento. Es probable que muchos votos peronistas se
hayan orientado al radicalismo intransigente.

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esta propuesta encerraba una contradicción, que eclosionó cuando los trabaja-
dores se opusieron a las medidas de austeridad gubernamental, aplicadas en el
marco de una severa crisis económica. Por otra parte, las Fuerzas Armadas –que
si bien le entregaron el gobierno, mantuvieron su “vigilancia” sobre el presi-
dente– no cesaron de hostigar a quien había llegado al poder con el apoyo del
sector que debía ser “desterrado”. De este modo, los propios vaivenes del go-
bernante Frondizi, la adopción de una política económica distante de la prédica
que lo caracterizara en su trayectoria previa, las medidas represivas frente a la
protesta social, las fluctuaciones en materia de política internacional y su acti-
tud vacilante frente a los militares le acarrearon un fuerte descrédito.
Frondizi tuvo los días contados en su presidencia (1958-1962) cuando los comicios
de marzo de 1962 marcaron el triunfo de candidatos peronistas –habilitados para
postularse, en esta ocasión, bajo otra denominación partidaria– en la mayor parte
del país. Este resultado no podía ser aceptado. Presionado por los militares y sin
apoyos, fue arrestado y confinado en la isla Martín García. El Ejecutivo, entonces,
quedó a cargo del presidente de la Cámara de Senadores y primero en la lista de
sucesión presidencial, José María Guido (1962-1963) ya que el vicepresidente,
Alejandro Gómez, había renunciado en 1960 por no compartir aspectos nodales
de la política de Frondizi. Pero el nuevo presidente carecía de autonomía y se
movió al compás de las oscilaciones militares, reflejo de las opiniones contrastantes
de los distintos sectores de las Fuerzas Armadas, dueños no asumidos del poder.
Así, mientras el sector castrense más duro (el de los “colorados”) impulsaba una
exclusión categórica del peronismo, otro (el de los “azules”) delineaba una nueva
estrategia basada en la constitución de un amplio “frente nacional” que integrara
de manera subordinada a los votantes peronistas. Pero la dificultad de los parti-
dos para constituir ese frente, las directivas “tácticas” de Perón desde el exilio –
decidido a evitar cualquier estabilización nacional que implicara su exclusión– y,
sobre todo, la oposición del sector más liberal de las Fuerzas Armadas inhabilitaron
esa opción. Finalmente, las elecciones de 1963 volvieron a presenciar el voto en
blanco de los peronistas. El candidato de la UCRP, Arturo Illia (1963-1966),
accedió a la presidencia con sólo el 25 por ciento de los votos. Legitimidad escasa
que pronto sería corroída por la conjunción de intereses económicos, sociales,
políticos y militares.
La “cuestión peronista”, el “hecho maldito del país burgués” según John William
Cooke17, encerraba un atolladero de difícil resolución.

17 Cooke, un militante peronista convencido del potencial revolucionario de ese movimiento


y de que era necesario sostener una táctica insurreccional frente a la “Libertadora”, fue
delegado de Perón durante el gobierno de Aramburu. La frase aludida refiere a la contra-

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3. Ofensiva empresarial y respuesta sindical: “revancha


clasista” y “resistencia peronista”

El término “desperonización” acuñado durante la “Revolución Libertadora”


implicaba la eliminación de la influencia política del peronismo y, sobre
todo –aunque nunca explicitado–, la intención de retrotraer los derechos
adquiridos por los trabajadores al período previo a 1943. Esta meta expre-
saba tanto los intereses de la burguesía agraria como los del empresariado
en general, deseoso de disminuir la importancia alcanzada por los sindica-
tos. En términos de Portantiero, el período 1955-1958 constituyó un “in-
tento provisional (y defensivo) de las clases dominantes de poner ‘orden en
la casa’. Esto es recuperarse (sobre todo la gran burguesía agraria) del dete-
rioro que le había inferido el nacionalismo popular y desarmar, en lo posi-
ble, su aparato político en su núcleo más conflictivo: el sindicalismo”18.
Ello posibilitaría, a su vez, revertir la distribución del ingreso, aumentar
los beneficios empresariales, restablecer la autoridad patronal y alentar nue-
vas inversiones de capital19. Las medidas represivas contra los obreros, las
sanciones contra los delegados sindicales, la intervención de la CGT y los
sindicatos –puestos a cargo de supervisores militares–, la disolución de las
comisiones internas y los esfuerzos de gobernantes y empleadores para au-
mentar la productividad, dejaban en claro que había llegado la “hora de la
revancha”. Pero ella encontraría una fuerte oposición.
Una década de gobierno peronista había producido modificaciones sus-
tanciales en el mundo del trabajo. En su interior se había consolidado
una clase obrera sólida, sustentada en un mercado de trabajo con cuasi
pleno empleo, con una identidad política y social definida, en la que
resonaban los valores de “dignidad del trabajo” y “responsabilidad so-
cial del empleador”. Cuestiones, todas ellas, que parecían ser arrasadas
por la política de la “Libertadora”. Surgió entonces lo que la cultura
peronista denominaría como la “Resistencia”. Tal como la analiza Da-

dicción irresoluble que planteaba la existencia del peronismo, cuyos sectores populares no
podrían ser controlados social ni políticamente bajo el marco proscriptivo, así como tam-
poco absorbidos por el sistema. Sobre Cooke, véase Miguel Mazzeo, Cooke, de vuelta (El
gran descartado de la historia argentina), Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1999.
18 Juan Carlos Portantiero, op. cit.
19 Metas comunes de los coaligados de 1955, según Juan Carlos Torre. Véase, de este autor,
Los sindicatos en el gobierno, 1973-1976, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina,
1983, cap. 1.

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niel James 20, se trataba de una respuesta defensiva, nacida de las bases,
contra el hostigamiento patronal y la represión gubernamental. Sus
modalidades eran muy diversas e incluían acciones que iban desde el
sabotaje y el trabajo a desgano hasta las huelgas feroces.
Este accionar no respondía a una simple pelea salarial. Expresaba la lucha coti-
diana en los lugares de trabajo para defender las condiciones laborales y
organizativas de los obreros conquistadas durante la era de Perón. La resistencia
fabril, además, se articulaba con un amplio repertorio de prácticas de confron-
tación en otros espacios, tanto a partir de iniciativas individuales –pintadas de
consignas, incendios– como de otras clandestinas más organizadas (como la
fabricación de bombas caseras o “caños” para realizar atentados en edificios
militares). En la épica peronista, estas prácticas quedarán asociadas con los va-
lores de heroísmo, escaso profesionalismo, carencia de una élite burocrática,
espíritu de sacrificio y abnegación. Bajo el nuevo contexto de contraofensiva
patronal, represión gubernamental y hostigamiento general, la consigna últi-
ma de la resistencia se sintetizaba en el lema “Perón vuelve”. De esta forma, en
lugar de la ansiada “desperonización”, las prácticas revanchistas de la
“Libertadora” contribuyeron a “peronizar” aun más a los sectores populares,
quienes rememoraron la época justicialista como una “edad dorada” en contra-
posición con un presente adverso.

3.1 La reorganización sindical

A partir de las luchas defensivas de los trabajadores, surgió una nueva camada
de dirigentes sindicales que cubrió el vacío generado por la proscripción de los
representantes gremiales previos. Pero no todos eran nuevos. Entre los anti-
guos, algunos lograron reposicionarse y comenzaron a organizarse entre sí.
Por lo demás, la intervención de los sindicatos no podía prolongarse de manera
indefinida. En 1957, el gobierno convocó a elecciones gremiales, aunque
inhabilitó para el desempeño de cargos a quienes hubieran ocupado posiciones
bajo el régimen depuesto. De allí emergió un sindicalismo que mantenía la
lealtad a Perón pero gozaba de una representatividad superior a la lograda bajo
su presidencia.

20 Daniel James, Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina,


1946-1976, cap. 2, y Daniel James, “Sindicatos, burócratas y movilización”, en Daniel
James (dir.): Violencia, proscripción y autoritarismo (1955-1976), Nueva Historia Ar-
gentina, op. cit.

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 225

De hecho, bajo el marco proscriptivo, el sindicalismo ganó autonomía respecto


del líder exiliado y expandió su esfera de acción, que se manifestó en un doble
ámbito. Por una parte, en la esfera gremial, donde actuará como representante
de los intereses de los trabajadores frente a la patronal. Por otra parte, en el
sistema político, en el que ocupará el lugar que los políticos peronistas habían
prácticamente abandonado ante la persecución.
Perón no desaparecerá de la escena, pero verá disminuir su capacidad de contro-
lar a los dirigentes de su movimiento y, en particular, a los sindicalistas. Con el
transcurso del tiempo, éstos comenzarán a organizar su propia base de poder.

4. Dilemas económicos: hacia un reajuste en


el modelo de acumulación

Si bien los sectores dominantes coincidían en la necesidad de debilitar el peso


de los sindicatos y la cohesión de los trabajadores, no por ello estaban unifica-
dos en un proyecto común. Las diferencias se revelaron particularmente sensi-
bles con respecto a la orientación económica que debía adoptar el país, sea en
función de los intereses de la burguesía agroganadera exportadora o de los de la
burguesía industrial. Sin embargo, el derrotero nacional ya había demostrado
las limitaciones de ambos lineamientos.
La crisis de la década de 1930 había puesto sobre el tapete las consecuencias
de una especialización dependiente de las oscilaciones del mercado mundial,
a la vez que había generado condiciones propicias para el despliegue de un
modelo de acumulación basado en la industrialización por sustitución de
importaciones (ISI). El primer gobierno peronista profundizó este proceso a
través de una política redistributiva que, al ampliar la capacidad de consumo
de la población, favoreció la expansión del mercado interno, destinatario prin-
cipal de los bienes industriales. No obstante, este modelo de acumulación
contenía una serie de debilidades estructurales que se evidenciaron bajo la
misma presidencia de Perón. En efecto, el propio crecimiento de la industria,
volcada a la producción de bienes de consumo y bienes intermedios, generaba
una mayor demanda de combustibles, equipos y bienes de capital que, en
vista del carácter liviano y no integrado de la industria, era necesario impor-
tar. Para ello se requerían divisas que provenían, fundamentalmente, de las
exportaciones agropecuarias tradicionales. El agro, por su parte, no había
aumentado su eficiencia y productividad como para abastecer la demanda
interna de alimentos (ampliada, justamente, por el pleno empleo y las políti-
cas redistributivas) y, en forma simultánea, exportar lo requerido para cubrir

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226 | ELENA SCIRICA

esa exigencia de divisas. Así se agotaban las reservas y estallaban crisis recu-
rrentes en la balanza de pagos.
Frente a esta situación, fue común –una excepción se dio bajo el primer gobier-
no peronista– que los gobiernos aplicaran una devaluación. Ella repercutía en
un aumento de los beneficios para los sectores exportadores, constituidos fun-
damentalmente por la gran burguesía agraria. Además, provocaba un alza del
costo de vida de la población en general, expuesta al aumento de los alimentos,
pues el sector agrario trasladaba los precios externos al mercado interno. Tam-
bién se encarecían los bienes industriales, afectados por el aumento de precios
de los insumos importados. Como consecuencia, se contraía la actividad indus-
trial, disminuía el empleo, caían los ingresos urbanos y la demanda de produc-
tos. Así aumentaban las reservas alimentarias para exportar y se reducían las
importaciones industriales, lo que posibilitaba, luego, una recuperación de las
reservas y el recomienzo del ciclo de crecimiento. De allí la expresión stop and
go (freno y arranque) acuñada por los economistas para referirse a las crisis
periódicas, cíclicas, de la economía argentina.
¿Qué hacer, entonces, frente a las debilidades del modelo ISI y las frecuentes
crisis cíclicas? ¿Qué camino debía tomar el capitalismo argentino? ¿Qué inte-
reses debían ser promovidos? ¿Con qué recursos? ¿Qué función debía tener el
Estado en esos cambios?
Estos dilemas serán objeto de una intensa discusión en la que se insertará la
temática del desarrollo. Sus tópicos formaban parte del horizonte internacio-
nal, en el que repercutían las inquietudes generadas por el contraste entre los
países desarrollados y el resto de las naciones, acentuadas por el clímax de la
Guerra Fría y los procesos de descolonización21. En Argentina, sin embargo, el
término “desarrollismo” quedó asociado a la presidencia de Arturo Frondizi, a
su consejero Rogelio Frigerio y al sector político e ideológico que lo sostuvo.

4.1 La propuesta desarrollista

¿En qué consistía la propuesta desarrollista? ¿A partir de qué diagnóstico de la


realidad nacional elaboraba las metas y los medios para concretarlas?

21 En ese escenario, el “desarrollo” podía constituir un camino para evitar el aumento de las
tensiones sociales y la radicalización política. En nuestro continente, la Comisión Econó-
mica para América Latina (CEPAL) constituyó un importante centro de las discusiones
económicas desarrollistas. Véase Carlos Altamirano, Bajo el signo de las masas (1943-
1973), Buenos Aires, Ariel, 2001, cap. II.

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 227

Tal como quedó perfilado en el discurso de Frondizi tras su acercamiento a


Frigerio, ocurrido en 1956, Argentina era un país subdesarrollado y depen-
diente. Esta caracterización se apoyaba en la evidencia de la importancia del
sector primario –cuya tendencia en la economía mundial era declinante– y en
las limitaciones de su capacidad exportadora, incapaz de financiar el crecimien-
to. Frente a esta situación, era necesario impulsar una “transformación econó-
mico-técnica” que posibilitara la producción local de insumos y bienes de capi-
tal. De allí el énfasis en el desarrollo de la industria pesada, que implicaba el
crecimiento de los sectores siderúrgico, petrolero, energético, químico y auto-
motor, así como también de la red vial y obras de infraestructura que integra-
ran el país. Las prioridades comenzaban por el petróleo (en tanto el país contaba
con reservas de crudo e importarlo demandaba altas cantidades de divisas) y el
acero (base de la producción de maquinarias).
Pero, ¿cómo hacer esta transformación productiva? En una entrevista realizada en
1957, y a contramano de la prédica sostenida en su trayectoria política previa,
Frondizi abrió la puerta a la llegada de capitales extranjeros. Así, afirmó que “La
Argentina puede desarrollarse gracias a sus propios recursos, pero esto implicaría
renunciar a un ritmo de crecimiento rápido”22. Por ende, las inversiones externas
constituirían un elemento clave como dinamizador del desarrollo.
La realización de este proyecto estaba sujeta a la conformación de una alianza de
clases entre obreros e industriales, quienes debían “subordinar el enfrentamiento
a los objetivos comunes del desarrollo económico” como reflejo de las “fuerzas
populares y nacionales”23. De allí la fórmula “Integración y desarrollo”. Sólo la
integración política, la reconciliación de todos los argentinos y la integración
geográfica y económica de todos los sectores de la actividad nacional y de todas
las regiones permitirían el desarrollo armonioso. Para la concreción de esta
integración política, social y cultural, Frondizi también buscaría el apoyo de la
Iglesia y del Ejército.
Por su parte, el Estado debía tener un rol activo en la elaboración y planifica-
ción de la estrategia general. En este sentido, tenía que crear condiciones propi-
cias para la inversión y su canalización hacia determinadas ramas de la produc-
ción y regiones del país. Pero, de ninguna manera, debía sustituir a la empresa
privada. Por el contrario, este desarrollismo prefería la gestión privada sobre la
pública, a la que le achacaba su escasa flexibilidad y el mantenimiento de un
empleo público superfluo24.

22 Citado por Alain Rouquié, Radicales y desarrollistas, Buenos Aires, Schapire, 1975, p. 87.
23 Alain Rouquié, ídem, pp. 106 y 107.
24 Véase Julio Nosiglia, El desarrollismo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina,
1983, en particular el cap. II.

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228 | ELENA SCIRICA

Se presentaba, así, una tesis sistemática cuyo aspecto coherente y acabado


parecía basarse tanto en una interpretación del proceso histórico como en el
análisis económico, científico y técnico, sustentado en cifras y datos, con apa-
riencia de a-valorativo. Pero como toda propuesta económica, política y so-
cial, ella se insertaba en un escenario de fuerzas, tensiones y alineamientos
concretos. Por otra parte, el plan desarrollista concluyó su formulación pú-
blica recién cuando Frondizi accedió a la presidencia. Hasta ese entonces, su
figura se asociaba, fundamentalmente, con los aspectos antiimperialistas y
democráticos expresados en su trayectoria anterior25.

4.2 El despliegue desarrollista

Frondizi llegó a la presidencia con el sustento de una coalición heterogénea,


atraída por diferentes motivos. En ella confluyeron los partidarios de la UCRI,
sectores provenientes del nacionalismo clerical, militantes e intelectuales de
izquierda, hombres de negocios y, finalmente, los votantes peronistas. Estos
últimos lo apoyaron tanto por cuestiones pragmáticas como por simpatías ideo-
lógicas hacia el aliento nacionalista, industrialista e integracionista de su dis-
curso26. Así obtuvo un triunfo resonante, aunque basado en equívocos que pronto
estallarían27. Además, convencido de que, en la realidad en que estaba inmerso,
los grupos de presión tenían mayor importancia que los partidos políticos y las
instituciones que conformaban el entramado institucional, prestó atención par-
ticular a sus relaciones con los sindicatos, el Ejército y la Iglesia, inclinándose
por la negociación táctica con las grandes corporaciones.

25 Si bien había sido candidato a vicepresidente en las elecciones de 1952, lo que lo convirtió
en una figura política relevante a escala nacional fue su libro Petróleo y política, de 1954,
donde denunciaba a las empresas petroleras extranjeras y proponía el monopolio estatal de
YPF. Esta obra fue best-seller durante los debates por los contratos petroleros impulsados
por Perón. Sobre el imperativo desarrollista de Frondizi, véase Carlos Altamirano, op. cit.,
cap. 2.
26 Los motivos “pragmáticos” referían a lo acordado en el “pacto secreto” entre Perón y el
candidato presidencial de la UCRI. Sobre los motivos de aceptación a Frondizi, véase
Daniel James, Resistencia e integración, op. cit. cap. 5.
27 Triunfó en todas las gobernaciones provinciales y obtuvo mayoría en el Parlamento. De
todos modos, los votos “eran prestados”, no se sabía sobre la base de qué programa gober-
naría y la UCRP y las Fuerzas Armadas consideraban ilegítima su victoria, basada en el
apoyo peronista. Véase Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina,
op. cit., cap. 4.

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 229

En el terreno económico, impulsó la llamada “batalla del petróleo”. Esta inicia-


tiva, que generó fuertes polémicas, implicó la negociación (por fuera del Parla-
mento y en forma discrecional) con compañías extranjeras para la exploración y
explotación de las reservas de crudo. Por otra parte, avaló la sanción de una
serie de leyes de radicación de capitales extranjeros y de promoción industrial
en áreas consideradas clave para la profundización industrial. Las disposiciones
brindaban garantías a los inversores para que pudieran remitir sus ganancias e
incluso repatriar el capital. Se les aseguraba, además, un trato preferencial en
materia de derechos aduaneros, créditos, impuestos, suministro de energía y
compras del Estado. Así se produjo un espectacular crecimiento de las inversio-
nes que, sin embargo, pronto desembocó en una severa crisis cíclica. En efecto,
el mismo crecimiento de las grandes empresas –con su demanda de insumos,
repuestos y equipos a las casas matrices, así como el envío de utilidades y pago
de patentes– generaba una nueva situación de dependencia expresada en el dé-
ficit de la balanza de pagos. Frente a esta situación, el presidente firmó un
acuerdo con el FMI, que, a cambio de un préstamo stand by, pautó un progra-
ma de “estabilización” financiera presentado en diciembre de 1958. El plan
incluía una reducción de tarifas aduaneras, disminución del gasto público, re-
ducción de empresas estatales y transferencia de otras al sector privado, supre-
sión del control de precios, paralización de los aumentos salariales y una deva-
luación del tipo de cambio. Este plan, sus implicancias recesivas y su impacto
negativo sobre los trabajadores quebraron la ya débil concordia entre los sindi-
catos y Frondizi, quien no dudó en impulsar todos los dispositivos represivos a
su alcance para enfrentar y derrotar la protesta obrera.
Desde otro plano, las medidas de “estabilización” reflejaron el comienzo de un
giro hacia posturas afines a las sustentadas por los organismos financieros inter-
nacionales, el gobierno de Estados Unidos y la banca privada internacional28.
En su implementación efectiva aparecía como claramente beneficiaria la gran
burguesía agraria exportadora –favorecida por la devaluación y la liberaliza-
ción del comercio–, a la vez que el préstamo recibido evitaba que el gobierno
declarara una cesación de pagos que hubiera perjudicado a los grandes inversores
extranjeros, interesados en transferir libremente sus divisas. Justamente, las
políticas desarrollistas de los primeros meses de gobierno habían fortalecido al
sector más transnacionalizado en la economía argentina.

28 Véase Raúl García Heras, “El Plan de Estabilización Económica de 1958 en la Argenti-
na”, Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, vol. 11, Nº 2, julio-
diciembre de 2000.

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230 | ELENA SCIRICA

4.3 El impacto económico y social del desarrollismo

Bajo el amparo de las políticas de “atracción” de capitales extranjeros, en la


década de 1960 se expandieron las empresas multinacionales, en su mayo-
ría de origen estadounidense. Ellas se instalaron en actividades dinámicas
como la química, petroquímica y derivados del petróleo en general, mate-
riales de transporte e industria automotriz, así como en la producción de
maquinaria eléctrica y no eléctrica29. A pesar de que sus dimensiones eran
menores a las establecidas en sus países de origen, contaban con una tecno-
logía mucho más avanzada que la imperante en el ámbito local. Por eso su
productividad era mayor y requerían comparativamente un número menor
de trabajadores. Se reemplazaba, así, trabajo por capital. Su presencia, ade-
más, contribuía a la concentración e internacionalización de la estructura
productiva, a la vez que abría una brecha entre un sector moderno y eficien-
te ligado a la inversión y al consumo de los sectores de más capacidad eco-
nómica, y otro tradicional más vinculado al consumo masivo. Algunos gru-
pos del empresariado nacional se asociaron con el primero, pero para mu-
chos otros la experiencia fue negativa. Así, las ramas del rubro textil, el
calzado y en cierta medida los electrodomésticos que habían liderado el
desarrollo en etapas recientes, se estancaron.30 De este modo, las inversio-
nes extranjeras tuvieron un impacto concreto en el perfil social y producti-
vo del país.
La mayoría de los capitales se radicaron en la Capital Federal y su periferia, en
la provincia de Santa Fe y en la ciudad de Córdoba, que resultó ser la más
impactada por estas transformaciones. Con respecto a la distribución del in-
greso, se produjo una reorientación a favor de los sectores medio y medio-
superior. De hecho, el crecimiento de las multinacionales –visible también
en las industrias de artículos para el hogar, en bancos y en supermercados–
requirió una masa de ejecutivos, profesionales y empleados especializados,
con ingresos comparativamente más altos y una capacidad de consumo más
selectiva que el resto. Ella se reveló en la adquisición de bienes de mayor

29 El impacto productivo fue innegable. La producción de petróleo y gas se multiplicó. El


primero pasó de 5,6 millones de metros cúbicos en 1959 a casi 16 en 1962. Se inaugura-
ron el gasoducto Campo Durán-Buenos Aires y los oleoductos Campo Durán-San Lorenzo
y Challacó (Neuquén-Puerto Rosales). La producción siderúrgica se triplicó, la petroquímica
–central para la fabricación de neumáticos, plásticos, abonos, fertilizantes y plaguicidas–
recibió un fuerte espaldarazo y se ampliaron el parque automotor y la red vial. Véase Julio
Nosiglia, op. cit., cap. VI.
30 Luis Alberto Romero, op. cit., cap. V.

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 231

sofisticación y en la creciente importancia de las “marcas” –sellos distintivos


de cada producto– y del diseño como símbolo de prestigio. En este escenario,
la demanda laboral de técnicos y profesionales, así como el deseo de partici-
par en el proceso de modernización de la economía y de la ciencia, sostuvie-
ron una continua expansión del sistema educativo y, en particular, de las uni-
versidades.
Por su parte, el grueso de los trabajadores concentrado en el sector no dinámico
sufrió una caída de sus ingresos y un creciente estancamiento en sus niveles de
empleo. En este sentido, cayó la importancia relativa de los obreros industria-
les, sus salarios se diferenciaron en función de la pertenencia o no a las empresas
modernas y aumentaron las actividades por cuenta propia (en pequeños comer-
cios o servicios), como modo de compensar el deterioro –relativo– del mercado
de trabajo31.
De este modo, el proyecto desarrollista consolidó puntos de no retorno en la
estructura económica y social argentina, alteró la correlación de fuerzas en el
interior de la burguesía y redefinió las relaciones globales entre el conjunto de
las clases dominantes y las dominadas32.
Respecto de la composición de las clases dominantes, los cambios que introdu-
jo la política de Frondizi implicaron la irrupción brusca de una fracción de
clase, la burguesía concentrada y transnacionalizada, que pasó a dominar los
núcleos más dinámicos de la economía. Esta fracción será expresada por la
“tecnoburocracia”, especie de capa gerencial que, tras la caída de Frondizi, co-
menzará a proyectarse a la función pública. La burguesía local, menos intensiva
en capital y orientada aún a la producción de bienes livianos, debió amoldarse a
las decisiones de la fracción dominante o convivir con ella de manera conflicti-
va. La gran burguesía agraria, por su parte, mantuvo un importante recurso de
poder derivado de su cualidad como proveedora de divisas para la economía
nacional. Esta capacidad se hará sentir, sobre todo, en los momentos de crisis de
la balanza de pagos ocasionados, paradójicamente, por la misma expansión in-
dustrial.
Tras este clásico movimiento cíclico, de stop and go, Guillermo O’Donnell
identificó una puja sectorial en la que intervenían los principales actores
socioeconómicos del período: las fracciones burguesas en su orientación agra-
ria, industrial débil e industrial concentrada, así como la presencia combativa

31 Las tasas de desempleo del período 1955-1976 oscilaron en torno al 4 por ciento. El punto
más álgido se dio en 1963, cuando el desempleo alcanzó el 9 por ciento. Véase Ricardo
Aroskind, “El país del desarrollo posible”, en Daniel James (dir.), Violencia, proscripción
y autoritarismo (1955-1976), Nueva Historia Argentina, op. cit.
32 Juan Carlos Portantiero, op. cit.

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232 | ELENA SCIRICA

de los sectores populares33. Sobre la base de esta situación, Portantiero reco-


noció una situación de “empate” de fuerzas. Es decir que los principales acto-
res del período habrían contado con el poder suficiente como para vetar los
proyectos de los otros, pero no habrían tenido los recursos necesarios para
imponer de manera perdurable los propios. Este empate se ligaba, así, con la
dificultad de los sectores dominantes para elaborar una coalición estable. Pero
el fortalecimiento del sector más concentrado y transnacionalizado de la bur-
guesía, sin embargo, generaría condiciones para la ruptura del empate (o, al
menos, para su intento).

5. La renovación cultural y la modernización universitaria

Así como entre fines de la década de 1950 y comienzos de la de 1960 se produje-


ron notables transformaciones en la estructura económica y social argentina, las
grandes ciudades también experimentaron cambios en las formas de vida cotidia-
na, en la apertura a nuevas formas artísticas, en la ampliación del mundo editorial
y, específicamente, en el funcionamiento y relevancia del espacio universitario.
De hecho, la autodenominada “Revolución Libertadora” había contado con el
apoyo de las federaciones estudiantiles universitarias y de núcleos intelectuales
críticos de la “peronización” de la enseñanza y el anquilosamiento de los planes
de estudio. Tras el golpe de Estado de 1955, las universidades fueron interveni-
das y se instalaron en ellas intelectuales, investigadores y científicos que se
propusieron “desperonizarlas” y “modernizarlas”. Acorde con la impronta
desarrollista que rápidamente cobró fuerza en las discusiones y debates del pe-
ríodo, se promovieron las ciencias básicas, se equiparon laboratorios con equi-
pos de avanzada y se expandió el Consejo Nacional de Investigaciones Científi-
cas y Técnicas (CONICET), que impulsó la investigación básica y tecnológica.

33 O’Donnell postula que los períodos recesivos generaban condiciones para una alianza de-
fensiva entre las fracciones débiles de la burguesía urbana y los sectores populares. Esa
alianza, realizada en defensa de la reactivación económica, el aumento del consumo y del
empleo, se consolidaba cuando se revertía el ciclo. Pero el correlativo aumento del consu-
mo desequilibraba las cuentas externas y daba lugar a la aplicación de un plan de estabi-
lización con su consecuente devaluación y aplicación de políticas recesivas. Éstas eran
apoyadas por la burguesía agraria y por la urbana concentrada y transnacionalizada, inte-
resada en levantar el techo de la balanza de pagos. Cuando ésta volvía a equilibrarse y se
articulaba la alianza defensiva, la fracción más concentrada abandonaba a su suerte a la
agraria y se sumaba al tren de la reactivación. Guillermo O’Donnell: “Estado y alianzas en
la Argentina, 1955-1976, Desarrollo Económico, Nº 64, vol. 16, enero-marzo de 1977.

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 233

También se ampliaron las becas para graduados que buscaran especializarse en


el exterior y se instituyeron nuevas carreras y conceptos para reflexionar sobre
la sociedad y la cultura. Esta “modernización” fue particularmente notoria en
la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde las nuevas carreras de Sociología
–fundada por Gino Germani, un teórico de los estudios sobre la modernización
social– y de Psicología aparecieron como las disciplinas privilegiadas para dar
cuenta de las disyuntivas generadas por las transformaciones de las últimas
décadas34. La sociología, en particular, brindaba conceptos, técnicas de análisis
social, especialistas en marketing (es decir, en estudios de mercado) o en rela-
ciones industriales que condensaban el proyecto modernizador desarrollista.
Por todas sus innovaciones, pues, la educación superior posperonista cristalizó
un proyecto modernizador y reformista. En este último sentido, de la mano
del rector de la UBA José Luis Romero y de sus sucesores en el cargo, la
Universidad retomó los pilares de la reforma de 1918: autonomía, gobierno
tripartito –autoridades elegidas por profesores, estudiantes y graduados–, con-
cursos, libertad de cátedra y consolidación del estudiantado como fuerza ideo-
lógica y política. Se trataba de un alumnado masificado, fruto del proceso de
ampliación de la enseñanza secundaria de la época peronista, y motivado por las
posibilidades de insertarse en el mercado laboral, en el proceso modernizador o
en las discusiones intelectuales y políticas que bullían en la vida estudiantil35.
En este sentido, la idea de que esta institución debía cumplir una función social
puso en relación inmediata el proyecto universitario con el proyecto de país
que se esperaba construir. Así se introdujo el debate relativo al compromiso
que debía establecer la producción intelectual con las problemáticas culturales,
sociales y políticas de la nación.
Ahora bien, dentro de este clima de optimismo y confianza en el porvenir, la
Universidad participó de diversos conflictos con el poder político, a la vez que
atravesó disputas en su interior. Ya en 1958, cuando el presidente Frondizi –para
fortalecer sus vínculos con la Iglesia– promovió la sanción de una ley educativa
que autorizaba el funcionamiento de las universidades privadas y equiparaba sus
títulos con los de las estatales, la intelectualidad académica manifestó su profun-
do rechazo. Los defensores de la educación estatal “laica” se enfrentaron con los de
la educación privada o “libre” –en su mayoría, católicos– en multitudinarias ma-
nifestaciones. La sanción definitiva de la ley marcó la ruptura entre el gobierno y
los pensadores progresistas y de izquierda que lo habían apoyado, a la vez que

34 Cynthia Acuña, Julio del Cueto y Hernán Scholten, “Introducción: modernización y cul-
tura en los años sesenta”, Historia de la Psicología, Cátedra I, módulo IV, 2ª. parte.
35 Luis Alberto Romero, op. cit., pp.158-162.

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234 | ELENA SCIRICA

dejó en claro que el mundo universitario constituía un polo crítico de la sociedad.


En su interior, además, se desataron debates respecto de la legitimidad de aceptar
subsidios de fundaciones extranjeras –tales como la Ford o la Rockefeller– pues,
según advertían sus cuestionadores, esos fondos, tras una apariencia de “altruis-
mo” o apego por el conocimiento, podían implicar una subordinación a las nece-
sidades de los países o poderes imperialistas. Esta tendencia crítica, que se acen-
tuó con el transcurso de los años y la simpatía que generó en la juventud univer-
sitaria la Revolución Cubana, también dio lugar a una gradual revalorización del
peronismo.

5.1 Arte, lecturas y lectores: entre el “mercado cultural”


y las tensiones políticas

La meta de extender las actividades universitarias a la sociedad se expresó a


través de las tareas realizadas por la novedosa Secretaría de Extensión Universi-
taria, así como también, en el caso de la UBA, por la creación, en 1958, de una
editorial propia. La Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA) se des-
tacó por la producción masiva de libros de calidad a precios accesibles. Así,
gracias a su estilo y su amplia red de comercialización, entre 1959 y 1962
vendió unos tres millones de textos36.
Inserto en la temática de la modernización y con un perfil claramente diferente,
en 1962 apareció el semanario Primera Plana, que llegó a tener un tiraje de
100.000 ejemplares. Si bien esta publicación actuó como vocero de los grupos
articulados en torno a la figura del general Juan Carlos Onganía (líder de los
“azules”), en su estilo descollaba una vocación modernizadora en lo económico
y social. En este sentido, sus páginas realzaban la necesidad de aumentar la
eficiencia, la racionalidad y la productividad empresaria, a la vez que introdu-
cía notas de actualidad en las que incorporaba listas de best-sellers y artículos
sobre la vida moderna. Entre ellas, la urbanización, el avance de las mujeres en
el mercado laboral y, de manera puntual, consejos para ejecutivos. En efecto,
éstos constituían, junto con la clase media intelectualizada, el destinatario prin-
cipal de la revista.
Más allá de estos dos casos paradigmáticos, lo cierto es que en la década de

36 EUDEBA funcionó de esta manera hasta 1966, cuando fue intervenida por el gobierno
militar encabezado por Onganía. Véase Oscar Terán, Nuestros años sesentas. La formación
de la nueva izquierda intelectual argentina, 1956-1966, Buenos Aires, El Cielo por Asal-
to / Imago Mundi, 1993, p. 71.

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 235

1960 la letra impresa se multiplicó. Ella acompañaba la presencia de un públi-


co –constituido, sobre todo, por lectores jóvenes de capas medias– anhelante de
novedades, así como también de una serie de editores interesados en hacer cir-
cular nuevas obras37. Si bien las temáticas eran variadas, algunas producciones
daban cuenta de la creciente relación entre la cultura y la política. Así, por
ejemplo, La Rosa Blindada apareció como una editorial orientada a la publica-
ción de libros de poesías, narrativas o teatro de autores jóvenes no consagrados.
Luego, en 1964, surgió también como revista que nucleaba a teóricos, escrito-
res, pintores, poetas, actores y directores de cine. Pero pronto sus notas estéti-
cas se desplazaron hacia otras de carácter netamente político, y en su último
número predominó el análisis sobre la situación de Cuba y de Vietnam38.
Estas tensiones también estuvieron presentes en el campo artístico, cuyo es-
pacio más relevante fue el Instituto Torcuato Di Tella, creado en 1958. En su
interior se fundaron, pocos años después, una serie de centros de investiga-
ción en temáticas novedosas tales como “artes visuales”, “experimentación
audiovisual” e “investigaciones sociológicas”, entre otras. Si bien el Instituto
pronto se convirtió en el centro de creación y experimentación artística más
relevante del momento, también recibió críticas de sectores de izquierda que
cuestionaron la frivolidad y falta de compromiso que encerraban sus apues-
tas. En contraposición, desde los sectores de la derecha clerical se impugnó su
impronta “libertina” y “disoluta” de las “buenas costumbres”39.

5.2 Los cambios en la vida cotidiana y la promoción de la mujer

En tanto la producción gráfica y estética innovaba sus cánones y la vida


universitaria se masificaba, también se producían notables cambios en la
vida cotidiana de los habitantes de las grandes ciudades. Entre ellos, tal vez
el más relevante fue el cambio en el lugar ocupado por las mujeres. En
efecto, a partir de la década del sesenta, ellas ampliaron su participación en
el sistema educativo –hasta ese entonces, su presencia en las universidades
había sido mínima–, en el mercado laboral –donde ingresaron mujeres de

37 Sergio Pujol, “Rebeldes y modernos. Una cultura de los jóvenes”, en Daniel James (dir.),
Violencia, proscripción y autoritarismo (1955-1976), Nueva Historia Argentina, op. cit.,
p. 300.
38 La revista circuló hasta que se produjo el golpe de Estado de 1966. Véase Néstor Kohan,
“Los intensos años sesenta”, Clarín, Zona, 23 de agosto de 1998.
39 Oscar Terán, op. cit., p. 80.

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236 | ELENA SCIRICA

sectores medios con la finalidad de obtener ingresos propios y adquirir


mayor autonomía– y experimentaron una creciente igualación en sus vín-
culos con los hombres. En este sentido, como parte de una mirada más
flexible hacia las relaciones familiares y hacia el vínculo entre los sexos, los
jóvenes comenzaron a manifestarse a favor de las relaciones
prematrimoniales y a defender la idea del divorcio. Tras estas actitudes
novedosas se hallaba el impacto del psicoanálisis, la influencia de la moder-
nización cultural y, sobre todo, la aparición de la píldora anticonceptiva –
motivo de debates y denuncias por parte de los sectores más conservado-
res y clericales–, que permitió disociar el sexo de la actividad reproductiva40.
Aun así, esta liberalidad no fue generalizada. Si su arco se ampliaba a medi-
da que se ascendía en la escala sociocultural, también era cierto que las
voces tradicionalistas se alzaban para impugnar la “corrupción de las cos-
tumbres” y defender los valores morales de la civilización “occidental y
cristiana”.
Los cambios en el trato cotidiano –en esta época se generalizó el voseo– y
en los roles de género fueron percibidos por los medios de comunicación.
Así, algunos de ellos comenzaron a dirigirse hacia un nuevo tipo de mujer,
menos interesada en las labores domésticas y en satisfacer los deseos de su
marido que en satisfacer su propio deseo, programar racionalmente las di-
mensiones de su familia e integrarse de manera más activa al “mercado
cultural” que las nuevas publicaciones promocionaban41. Justamente, los
cambios en las formas de vida urbana se vincularon, también, con transfor-
maciones en el consumo. La ampliación de las empresas multinacionales y
la consecuente producción en masa y transnacionalización de las economías
favoreció una homogeneización –relativa– de pautas culturales, incentivada
a su vez por la televisión –si bien existía, su expansión fue propia de la
década de 1960–, la publicidad y las técnicas de marketing. Esta tendencia
a la uniformidad se manifestó en la difusión internacional de ciertas pren-
das de vestir, como la minifalda –cuyo uso se acomodaba bien a la liberali-
zación de las costumbres– y el jean, pero tuvo su contrapartida en la frag-
mentación interna de las sociedades, diferenciadas por posiciones
socioeconómicas y por la pertenencia a subculturas (como la juvenil).

40 Véase Karina Felitti, “El placer de elegir. Anticoncepción y liberación sexual en la década
del sesenta”, en Fernanda Gil Lozano, Valeria Pita y María Gabriela Ini (dir.), Historia de
las mujeres en la Argentina, Siglo XX, Buenos Aires, Taurus, 2000.
41 Sergio Pujol, op. cit., pp. 297-299.

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6. Sindicatos y trabajadores en la modernización capitalista

En el marco de estas transformaciones, ¿qué implicancias acarreaba, para los


trabajadores, el proyecto de modernización capitalista activado por el
desarrollismo de Frondizi? Si bien la respuesta a este interrogante tiene múlti-
ples facetas, aquí interesa enfatizar tres aspectos.
La promoción de una industria de insumos básicos, bienes de capital y automoto-
res, que no se sustentaba en el alza salarial para incentivar la demanda, despejaba
el camino para que su financiamiento se hiciera –amén de los capitales extranje-
ros– a costa de los ingresos de los trabajadores42. Suponía, asimismo, la implanta-
ción de acuerdos de racionalización del trabajo que permitieran el uso eficaz de la
maquinaria y la intensificación de la producción de las plantas. Finalmente, la
intención de sustituir trabajo por capital impulsaba a un estancamiento del em-
pleo. De más está decir que una condición necesaria para avanzar en las líneas
enunciadas era el debilitamiento sindical. Pero la existencia de una clase trabaja-
dora cohesionada dificultaba la concreción de esa meta. ¿Qué pasó en el interior
del sindicalismo y en su relación con los empresarios y el gobierno?
Frondizi llegó a la presidencia con el apoyo de los trabajadores peronistas. Sin
embargo, esa confianza pronto se trocó en malestar, decepción y oposición hacia
lo que se consideró su “traición”. Los trabajadores le cuestionaron la firma de los
contratos petroleros y las concesiones al capital extranjero en general. Pero el
anuncio del plan de estabilización, a fines de 1958, quebró su ya deteriorado
vínculo con el gobierno. La piedra de toque que precipitó el conflicto fue el pro-
yecto, a comienzos de 1959, de privatización del Frigorífico Lisandro de la Torre,
nacionalizado durante el primer gobierno de Perón. En repudio a esa iniciativa,
los trabajadores ocuparon la planta y pronto recibieron la solidaridad de los veci-
nos de la zona y de los obreros enrolados en el sindicalismo peronista. Así se llegó
a una huelga general. Pero el gobierno respondió con una represión inesperada
–envió al frigorífico 1.500 policías respaldados por tanques, detuvo a numerosos
dirigentes sindicales y ocupó muchos gremios–, con lo que los conflictos cesaron
pocos días después. A pesar de la derrota, la huelga se convirtió en un símbolo del
movimiento peronista que expresó la firmeza de los trabajadores y la amplia gama
de iniciativas que era capaz de encarar. Entre ellas, paros, tomas de la planta de
trabajo, cortes de alumbrado público y barricadas en las calles. Por su parte, la
dureza gubernamental demostró la energía empeñada en el cumplimiento del

42 La parte de la renta nacional correspondiente a salarios declinó del 48,7 por ciento en
1958 al 42,1 por ciento en 1961. Daniel James: Resistencia e integración, op. cit., p. 156.

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programa desarrollista, más allá de las dificultades que se interpusieran.


El año 1959 fue analizado por James como un punto de inflexión, en el que
culminó la militancia y la confianza adquirida por los trabajadores durante la
“resistencia” y comenzó, por contraposición, un período de repliegue, desmo-
ralización y reflujo de la participación de las masas. Ello se produjo en el marco
de continuas derrotas laborales y sindicales, inmersas en una aguda depresión
económica43, una notable persecución anticomunista y una fuerte represión
política y gremial. Era muy difícil sostener la lucha frente a un gobierno dis-
puesto a sostener su programa de modernización capitalista con el poder del
Estado y el aval empresario y militar44. De hecho, en 1960, por medio del Plan
CONINTES (Conmoción Interna del Estado), las Fuerzas Armadas quedaron
habilitadas para intervenir en los conflictos. Las huelgas fracasaron, muchos
militantes gremiales fueron apresados y los principales sindicatos, interveni-
dos. Así cayó la confianza de los activistas y entre los trabajadores comenzó a
primar una actitud de resignación y pasividad. Con ese telón de fondo, en los
sindicatos cobró mayor fuerza la burocratización gremial. Este proceso involucró
un cambio en la relación entre los dirigentes y las bases, así como también una
nueva actitud por parte de los propios líderes sindicales.

6.1 La burocracia sindical

El término “burocracia sindical” fue acuñado, en un principio, por quienes criti-


caron las nuevas prácticas y políticas adoptadas por la dirigencia gremial.
James sostiene que la burocratización fue posible por la desmoralización de los
trabajadores y el reflujo de los activistas, que facilitó la erosión de la democra-
cia interna, la corrupción de sus dirigentes y la creciente integración sindical al
sistema político. En el ámbito gremial, los dirigentes ejercieron un control
cada vez más estricto sobre las bases. Así, desplegaron una creciente vigilancia
hacia los militantes de las plantas fabriles y se deshicieron de los activistas más
combativos. La contraparte de estas medidas fue la adopción de una actitud
pragmática, orientada a aprovechar las oportunidades institucionales que el
gobierno les ofrecía. Entre ellas, la sanción durante el gobierno de Frondizi de

43 En junio de 1959, el liberal Álvaro Alsogaray fue nombrado ministro de Economía. Su


ortodoxo programa de devaluación, congelamiento salarial y supresión de controles re-
dundó en una pérdida de ingresos de los trabajadores y un aumento del desempleo. Véase
Luis Alberto Romero, op. cit., pp. 142-143.
44 Véanse Juan Carlos Torre, op. cit., cap. 1, y Daniel James, Resistencia e integración, op.
cit. cap. 5.

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 239

la Ley de Asociaciones Profesionales –con el reconocimiento del sindicato úni-


co que, a su vez, manejaba las cuotas sindicales y asistenciales de sus afiliados–
les garantizaba la existencia de un movimiento gremial centralizado y bien
financiado. En 1961, además, Frondizi devolvió a los sindicatos el control de la
CGT. A cambio de estos beneficios, los dirigentes se desentendieron de los
efectos de la racionalización productiva sobre los trabajadores y del ataque con-
tra las comisiones internas en las plantas de trabajo.
Pero esta actitud pragmática –tal como señala James– presentaba nuevos desa-
fíos. Los líderes sindicales no sólo debían representar los intereses de sus orga-
nizaciones, sino que también constituían la principal expresión de las fuerzas
peronistas en la arena política. Además, negociaban dentro del peronismo con
otros sectores del movimiento45. Las elecciones para diputados y gobernadores
en 1962 constituyeron una ocasión –muy singular– para que los dirigentes
gremiales pusieran a prueba su capacidad en el desempeño de esos roles y con-
firmaran su peso en el país.
Frondizi, hostigado por los militares y distanciado del grueso de sus apoyaturas
originales, había permitido la presentación de candidaturas peronistas. Si triun-
faba, su poder saldría engrandecido. Los sindicalistas, por su parte, poseedores
de la única estructura formal que expresaba al partido proscripto, dominaron el
aparato electoral y encabezaron las listas. El resultado de los comicios marcó
una resonante victoria peronista, lo que confirmó a los gremios como expresión
política de la clase obrera de esa identidad46. Frondizi anuló las elecciones e
intervino las provincias, pero no logró salvar su investidura. Los militares lo
depusieron y el presidente de la Cámara de Senadores, José María Guido, asu-
mió como presidente. Más allá de este desenlace, el líder que surgió de la cam-
paña electoral como figura dominante del sindicalismo fue Augusto Vandor,
jefe de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), el sindicato industrial más gran-
de del país.

6.1.1 El “vandorismo” en acción

La figura de Vandor ha sido objeto de fuertes polémicas. Sus críticos de la

45 Daniel James, “Sindicatos, burócratas y movilización”, op. cit.


46 En las elecciones, destinadas a elegir diputados y gobernadores, los candidatos peronistas
–que se presentaron bajo distintos rótulos partidarios– se impusieron en la mayoría de las
provincias, incluida la de Buenos Aires. Daniel Rodríguez Lamas, La presidencia de
Frondizi, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1984, pp. 118-119.

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izquierda peronista –vinculada al peronismo combativo– lo identificaron con


la “traición” al espíritu de la “resistencia”, con la corrupción y el empleo de
métodos “sucios” para imponer su fuerza y eliminar el disenso en los gre-
mios47.
Juan Carlos Torre señala que el dominio de Vandor expresó el liderazgo de un
movimiento obrero pragmático y dispuesto a la negociación. El énfasis previo
en fines a largo plazo había sido reemplazado por negociaciones de tipo secto-
rial –es decir, acuerdos específicos de un sector o área industrial–; el retorno del
peronismo al poder, reemplazado por la búsqueda de participación en el siste-
ma político, y la movilización de las bases, suplida por una participación de
tipo instrumental sustentada en una clase obrera disciplinada que se sumaba a
sus convocatorias48.
James, a su vez, sostiene que el apogeo de Vandor simbolizó el proceso de inte-
gración del aparato sindical al sistema político argentino y su burocratización.
Así, el “vandorismo” se convirtió en sinónimo de negociación y pragmatismo,
e implicó el empleo de la fuerza política y la representatividad de los sindicatos
para negociar con otros “factores de poder”, como las Fuerzas Armadas, la Igle-
sia o las corporaciones empresarias.
A su afianzamiento como grupo de presión también contribuyó la normaliza-
ción de la CGT, concluida en 1963. En ese entonces los sindicalistas elaboraron
un “plan de lucha”, dividido en cinco etapas diferenciadas cronológicamente,
con miras a denunciar la situación regresiva en que se encontraban los trabaja-
dores. La primera se concretó bajo el gobierno de Guido, cuya política econó-
mica –comandada por dos liberales, primero Federico Pinedo y luego Álvaro
Alsogaray– se había asentado en planes de estabilización netamente regresi-
vos49. La “semana de protesta” dirigida por la CGT incluyó la participación de
sus dirigentes en foros y encuentros con estudiantes universitarios, federacio-
nes patronales y miembros de la jerarquía eclesiástica, de manera de fortalecer
su posición como interlocutores de otros sectores de la sociedad civil.
La segunda fase del “plan de lucha” se desplegó bajo el gobierno de Illia, de la
UCRP, que había llegado al poder en 1963. Si bien la política económica de
este presidente radical tuvo un perfil mercadointernista, redistributivo, con

47 En este horizonte se incluye la obra de Rodolfo Walsh, ¿Quién mató a Rosendo?


48 Juan Carlos Torre, op. cit., pp. 30-31.
49 El plan, similar al aplicado por Frondizi en 1959 –devaluación, aumento de tarifas, res-
tricción del crédito y limitación de salarios–, sólo beneficiaba a la burguesía agraria
exportadora. Como su aplicación se produjo en el marco de fuertes conflictos intramilitares
y debilitamiento de los trabajadores, no generó una respuesta inmediata. Véase Daniel
James, Resistencia e integración, op. cit., pp. 222-224.

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 241

protección del capital nacional y elementos de planificación keynesianos, su


legitimidad política era precaria –llegó al poder con el apoyo de una cuarta
parte del electorado–50 y no gozó de apoyos sociales en los que sustentarse. La
anulación de los contratos petroleros firmados por Frondizi, su intento de redu-
cir las “garantías” a los capitales extranjeros y su ley de salario mínimo le gran-
jearon la oposición neta de los sectores empresariales expresados por sus voce-
ros frondicistas, los liberales y las grandes corporaciones. Tampoco logró el
apoyo de la CGT, que en 1964 lanzó la segunda etapa del “Plan de lucha”. Su
aplicación, cuidadosamente planificada y controlada, consistió en la ocupación
escalonada de 11.000 fábricas. Si bien hay distintas explicaciones sobre sus
móviles51, lo cierto es que su concreción evidenció la habilidad y fuerza de
Vandor, interesado en que se lo reconociera como un actor crucial del escenario
político. Pero su liderazgo, sin embargo, generó un tenso enfrentamiento con
Perón. En su juego de intereses, el líder metalúrgico anunció un “operativo
retorno” del dirigente exilado, que no sólo puso entre las cuerdas al gobierno
radical –ya cuestionado por las corporaciones empresarias y vigilado por las
Fuerzas Armadas– sino que forzó al mismo ex presidente a tomar una decisión.
El regreso de éste se frustró cuando, al hacer escala en Brasil, sus autoridades
–tras un discreto pedido de la Cancillería argentina– lo declararon persona no

50 La UCRP obtuvo el 25 por ciento de los votos, contra un 19 por ciento del voto en blanco
postulado por los peronistas. Es probable que muchos peronistas hayan optado por alguna
candidatura radical u otra minoritaria para debilitar la postulación del general Aramburu.
Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, op. cit., p. 225.
51 Algunos analistas sostuvieron que el “plan de lucha” era una prueba del carácter
“antidemocrático” del sindicalismo peronista que, aliado a los militares, en última instan-
cia quería derrocar al gobierno radical de Illia. Para otros, los hechos se inscribieron en el
marco del enfrentamiento entre Vandor y Perón por el control del movimiento obrero
organizado, y otra versión sostuvo como única causa la lucha por el regreso del líder
exiliado. Tampoco faltaron quienes afirmaron que se trataba de un programa propio de la
“burocracia” sindical. Véase Santiago Senen González, “El movimiento sindical en Argen-
tina: entre el justo reclamo y la política partidista”, Instituto del Mundo del Trabajo,
Revista Pistas, Nº 4, abril de 2001. Daniel James, en “Sindicatos, burócratas y moviliza-
ción”, op. cit., señala que la mejora de la situación creó condiciones propicias para que los
sindicalistas buscaran recuperar el “terreno perdido” por los trabajadores en los años de
recesión que lo precedieron; Alain Rouquié, en su obra Poder militar y sociedad política
en la Argentina, op. cit., sostiene que si bien los dirigentes peronistas aprovecharon el
descontento popular por la recesión previa, pronto dejaron de lado los objetivos sociales
para lanzarse a su ofensiva política de tinte golpista, y Luis Alberto Romero en su Breve
historia contemporánea de la Argentina, op. cit., lo vincula con el intento presidencial de
limitar el poder de la “burocracia sindical” y la intención de Vandor de constituirse en una
figura nuclear del juego político.

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grata y lo obligaron a regresar a España. ¿Tenía entonces Vandor el juego libre


para autonomizarse de Perón?
En las elecciones parlamentarias de 1965 –para las que los peronistas pudieron
presentarse con otros nombres– los representantes sindicales lograron ocupar
varios escaños. Para diluir su poder, Perón envió a su nueva esposa, “Isabelita”,
a reorganizar el movimiento. Y si bien fracasó en su intento de ganar la conduc-
ción sindical, logró imponerse en el terreno político electoral. En efecto, para
los comicios a gobernador de Mendoza compitieron un candidato respaldado
por Vandor y otro apoyado por Perón que se impuso por amplitud. La lección
era clara: mientras hubiera partidos y elecciones, el líder metalúrgico no podría
imponerse. ¿Qué pasaría en las elecciones para gobernadores previstas para1967?
Las Fuerzas Armadas estaban alertas.

7. Fuerzas Armadas, “guerra revolucionaria” y


“Doctrina de Seguridad Nacional”

Si bien la injerencia militar en la vida política argentina fue una constante a


partir de 1930, en el período comprendido entre 1955 y 1966 las Fuerzas Ar-
madas alcanzaron un protagonismo indiscutible. Así, con el propósito de im-
pedir el retorno de Perón y de su fuerza política al gobierno, ejercieron un papel
de “vigilancia” sobre el sistema político, cuyo funcionamiento interrumpieron
de manera recurrente. Estas intervenciones, que repercutieron en el acrecenta-
miento de su autonomía respecto del poder civil, se produjeron en sintonía con
la reformulación de sus funciones como baluarte de la lucha contra el comunis-
mo. Cabe analizar, entonces, cómo se produjo esta reformulación y cuáles fue-
ron sus implicancias.
El anticomunismo no constituía un elemento nuevo en la política nacional.
Sin embargo, en la década de 1950 y, en particular, tras el triunfo de la Revo-
lución Cubana en 1959, se constituyó en objeto de prédica alarmada e insis-
tente en los medios empresarios y conservadores en general, incluyendo al
sector mayoritario de la Iglesia y a las Fuerzas Armadas. Este desasosiego se
insertaba en un clima internacional caldeado por la confrontación entre Esta-
dos Unidos –la principal potencia política y económica del mundo capitalis-
ta, “occidental y cristiano”– y el mundo del “socialismo real” liderado por la
Unión Soviética. En este escenario de bipolaridad y Guerra Fría, Estados
Unidos apuntaló su preocupación por la seguridad interior y el control del
“peligro comunista”. Así surgió la Doctrina de la Seguridad Nacional, que
implicó una redefinición de la noción de enemigo. En este sentido, por con-

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 243

traposición a la vieja estrategia de guerra en función de la cual el rival se


definía, básicamente, en términos de fronteras territoriales (un país contra
otro país), la nueva doctrina definió al enemigo en términos de fronteras
ideológicas (los defensores del mundo “libre” contra sus enemigos, consti-
tuidos por los comunistas y las propuestas que parecieran posibilitar su difu-
sión). Todo aquello que generara un cuestionamiento al sistema de poder y no
se alineara con la política norteamericana resultaba sospechoso. De allí que la
Revolución Cubana y su posterior acercamiento al “mundo socialista” insta-
laron a pleno en América Latina –y por ende en Argentina– el clima de la
Guerra Fría. Así, Estados Unidos afianzó sus programas de asistencia militar
en la región, buscó coordinar la acción de sus ejércitos en la lucha
“antisubversiva” y, bajo la presidencia de John Kennedy (1961-1963), des-
plegó un plan de ayuda económica –la “Alianza para el Progreso”– orientado
a promover el “desarrollo” de las zonas atrasadas para robustecer la “seguri-
dad” interna y debilitar las propuestas revolucionarias de cambio social.
En Argentina, sin embargo, las Fuerzas Armadas no “importaron” de manera
directa esta doctrina. En rigor, la novedosa delimitación de la idea de enemi-
go fue recepcionada a partir de los aportes teóricos y las enseñanzas de entre-
nadores franceses que, desde fines de los años 50, capacitaron a miembros del
Ejército. Patrice de Naurois, un teórico de la “guerra revolucionaria” –deno-
minación de la “nueva forma de la guerra”–, sostenía en 1958 que “La guerra
subversiva o revolucionaria tiene un origen político y proviene de la acción
sobre las masas populares de elementos activos sostenidos y apoyados de va-
rias maneras por el extranjero. Tiene por finalidad destruir el régimen políti-
co y la autoridad establecida y reemplazarlos por otro régimen político y otra
autoridad. Esta acción es secreta, progresiva y se apoya en una propaganda
continua y metódica, dirigida a las masas populares”52. El enemigo aparecía
así como una figura que en forma solapada conspiraba contra el orden social.
En su lucha contra este adversario –de “mil rostros y cabezas”–, las Fuerzas
Armadas quedaban erigidas como garantes del orden y el principio de autori-
dad, lo que justificaba su intervención en la vida nacional. Pero su éxito re-
quería que estuvieran sólidamente unificadas como institución, cuestión com-
pleja en la Argentina de esos años.

52 La experiencia y posterior teorización del Ejército francés provino de su lucha contra los
movimientos de descolonización en Indochina –Vietnam– y fundamentalmente en Arge-
lia. El fragmento de Naurois está citado en Ernesto López, Seguridad nacional y sedición
militar, Buenos Aires, Legasa, 1987, pp. 146-147.

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244 | ELENA SCIRICA

7.1 Desde “azules” y “colorados” hasta la “profesionalización”

La intervención permanente de las Fuerzas Armadas en la vida política, expre-


sada en la “vigilancia” que ejercían sobre el presidente –durante el gobierno de
Frondizi, se produjeron entre 32 y 34 “planteos” militares–, había derivado en
una relajación de la disciplina interna y el crecimiento de facciones dentro de
las armas, en particular en el Ejército. Sus diferencias afloraron de manera abierta
durante el gobierno de Guido, cuando confrontaron una tendencia “gorila” o
golpista, orientada a establecer una “dictadura democrática” que terminara de
una vez y para siempre con el peronismo, y otra orientación “legalista” que, con
argumentos profesionales, se negaba a involucrar a las Fuerzas Armadas en la
política partidaria53. Finalmente, ambos grupos –conocidos luego como “colo-
rados” y “azules” respectivamente– se enfrentaron en septiembre de 1962 y en
abril de 1963.
Los “colorados” se caracterizaban por un antiperonismo visceral. Consideraban
que el movimiento proscripto había constituido una aberración que debía ser
desterrada de la vida argentina. Por lo tanto, eran partidarios de no transferir el
gobierno e instaurar una dictadura duradera si fuera necesario. En esta visión,
entonces, subyacía la línea intervencionista en la vida política. Pero como esa
orientación había ocasionado múltiples planteos, resultaba poco respetuosa de
las jerarquías y subordinaciones del mundo militar. En su ultraliberalismo,
además, tenía mayor afinidad con los sectores agroexportadores.
Los “azules”, en cambio, consideraban que, a pesar de sus excesos, el peronismo
había nacionalizado y cristianizado al proletariado. Como consecuencia, te-
nían una actitud más abierta hacia ese movimiento y estaban dispuestos a
permitir su acceso –controlado– a posiciones de poder. De allí su intento de
organizar un amplio frente político que incluyera de manera subordinada a
los peronistas para llegar a una salida electoral. Pero, sobre todo, los azules
auspiciaban una vuelta del Ejército a los cuarteles. Tal como lo expresaron en
su Comunicado 150, redactado por Mariano Grondona después del primer
conflicto de septiembre de 1962, era necesario retornar a la vigencia de la
Constitución, llamar a elecciones e incorporar al peronismo a la vida políti-
ca54. Esta orientación, con la novedosa ayuda de sociólogos y expertos en
comunicación social, asignó a la línea “azul” –liderada por el general Juan

53 Véanse Daniel Mazzei, Los medios de comunicación y el golpismo. La caída de Illia (1966),
Buenos Aires, Grupo Editor Universitario, 1997, y Daniel Rodríguez Lamas, La presi-
dencia de José María Guido, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1990.
54 Daniel Mazzei, op. cit., p. 21.

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 245

Carlos Onganía– el sostenimiento de un Ejército legalista, democrático y al


servicio del pueblo. Pero, ¿acaso era así? ¿Qué implicaba la profesionalización?
Resultaba claro que la intensa politización de los oficiales y la fraccionalización
que ocasionaba era netamente negativa porque “sin disciplina no hay jerarquía
ni mando. Sin mando hay anarquía. La anarquía en el Ejército llevaría al caos a
la Nación”55. Es decir que las Fuerzas Armadas debían, en principio, ordenarse
a sí mismas para fortalecerse como institución. De esta forma podrían erigirse
con firmeza como garantes y pilar último del orden social.
Luego del segundo enfrentamiento, en abril de 1963, que consagró la derrota
definitiva de los colorados –aun así, su impacto derivó en el veto a la participa-
ción peronista–, los azules avanzaron en su proceso de profesionalización. Ello
implicó que consolidaron su cohesión interna, su autoidentificación corporativa
y su capacidad técnica y organizativa, a la que acompañaron con nuevas modali-
dades de entrenamiento militar y el estudio de la tecnología moderna y de los
problemas sociales contemporáneos56.
Su alejamiento de la clase política tradicional fue seguido, además, por el au-
mento de contactos con los denominados “tecnócratas” 57, quienes –imbuidos
de un manto de conocimientos técnicos presentados como “apolíticos”– articu-
laron un programa desarrollista e industrialista, cercano a los intereses del sec-
tor más concentrado de la economía. Gozaban, asimismo, del visto bueno de
Estados Unidos.

7.2 El consenso de terminación: el golpe de Estado de 1966


y la ruptura del “empate”

¿Qué atractivo presentaba, para estas Fuerzas Armadas cohesionadas, equipa-


das e imbuidas de los lineamientos doctrinarios de la “seguridad nacional”, la
presidencia de Illia? Se trataba de un gobierno respetuoso del Estado de dere-
cho y de las libertades, que no estaba alineado de manera directa con los intere-
ses norteamericanos y –a tono con su orientación mercadointernista, sostenedora
del capital y la burguesía nacional– limitaba la expansión de los capitales exter-
nos y la transnacionalización de la economía. Esta actitud se había revelado en

55 Declaración del general Juan Carlos Onganía publicada en el diario La Nación el 24 de


junio de 1962. Citado en Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argenti-
na, p. 214.
56 Guillermo O’Donnell, “Modernización y golpes militares”, Desarrollo Económico, vol.
12, Nº 47, octubre-diciembre de 1972, p. 531.
57 Guillermo O’Donnell, ídem, p. 532 y nota 28.

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246 | ELENA SCIRICA

la cancelación de los contratos petroleros, en la limitación a las importaciones


de bienes de equipos, en los intentos por restringir las ganancias de los labora-
torios farmacéuticos (en su mayoría, de origen extranjeros) y en la actitud pres-
cindente respecto de la intervención estadounidense en la República Domini-
cana.
Las distintas fracciones de la burguesía, por su parte, se mostraban escandalizadas
ante el congelamiento de las tarifas públicas, la fijación de precios máximos para los
productos de primera necesidad, la reglamentación de las operaciones con divisas y
el proyecto de ley para mejorar las indemnizaciones por despidos. Los empresarios
denunciaban que tras estas medidas intervencionistas y proteccionistas se escondía
un dirigismo estatal que podía develar una infiltración marxista-comunista en el
gobierno58.
Por otra parte, la administración radical no impedía ni aplastaba el “plan
de lucha” de la CGT, las protestas de los trabajadores azucareros de Tucumán
–donde se atravesaba una severa crisis de sobreproducción y los ingenios care-
cían de recursos para pagar a los trabajadores–, ni las movilizaciones estudian-
tiles que se sucedían por la demanda de mayor presupuesto universitario o para
denunciar la intervención de marines estadounidenses en la República Domi-
nicana59.
Como si algo faltara, las contiendas electorales revelaban el creciente peso del
peronismo, a la vez que había signos del surgimiento de una izquierda combativa,
con simpatías por la Revolución Cubana.
Los agoreros voceros del establishment, opuesto a Illia casi desde el momento
en que accedió al gobierno, preguntaban amargamente: ¿acaso todo esto aporta
algo para la “modernización argentina”? La imagen de ineptitud gubernamen-
tal y la denuncia de infiltración comunista, propagadas por una campaña de
prensa sistemática en la que participaban periódicos, publicistas y semanarios
como Primera Plana o Confirmado, denostaban la supuesta ineptitud guberna-
mental para enfrentar los desafíos que los tiempos demandaban. A la gestión de
Illia se la caratulaba de débil, lenta, ingenua o desaprensiva y, por sobre todo,
ineficaz para colocar al país en el camino de la modernización60. Así, se interro-

58 Las denuncias de infiltración marxista en el gobierno de Illia fueron recurrentes. Véase


Elena Scirica, “Periodismo y política. El Príncipe, un intento fallido de modernizar a la
derecha argentina”, Historia de Revistas Argentinas, tomo IV, Buenos Aires, Asociación
Argentina de Editores de Revistas, Ed. Alloni, 2001, y Daniel Mazzei, op. cit.
59 Sobre la implantación de un clima propicio al golpe de Estado, véanse Alain Rouquié,
Poder militar y sociedad política en la Argentina, op. cit., cap. 6, y Daniel Mazzei, op. cit.
60 Catalina Smulovitz, “La eficacia como crítica y utopía. Notas sobre la caída de Illia”, en
Desarrollo Económico, Vol. 33, Nº 131, Octubre-Diciembre 1993.

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PROSCRIPCIÓN, MODERNIZACIÓN CAPITALISTA Y CRISIS. ARGENTINA, 1955-1966 | 247

gaban: ¿quién salvaría al país de su caída para colocarlo en la senda de grande-


za? Los mismos medios tenían preparada la respuesta y contribuían a crear un
clima de opinión favorable a la misma: se requería un poder firme, dado por el
Ejército, y un hombre fuerte, el general Juan Carlos Onganía.
Las intervenciones militares sucedidas desde 1955 habían tenido una finalidad
“ortopédica”, de reparación del sistema, imposible de lograr en tanto buscaban
una respuesta estable en ese sistema político cuyo funcionamiento interrum-
pían. Esta vez sería diferente. Así lo ansiaban las grandes corporaciones empre-
sarias y multinacionales que, a través de los tecnócratas devenidos en sus voce-
ros, reclamaban la finalización de las políticas de tinte redistribucionista y
“estatista”. Por contraposición, enfatizaban en la necesidad de instaurar un
modelo económico “modernizador”, “racionalizador” y “eficiente”, favorable a
la trasnacionalización de la economía, la “racionalización” productiva y la eli-
minación de los sectores “ineficientes” o “improductivos”. Este proyecto, pues,
era el de la gran burguesía trasnacionalizada. Con una perspectiva disímil, otras
fracciones burguesas ansiaban la finalización de una política que no las benefi-
ciaba de manera directa y permitía el fluir de voces y actitudes de protesta.
Desde otro ángulo, también apoyaban la interrupción constitucional: la
dirigencia gremial burocratizada, conciente de sus limitaciones para proyectarse
a la arena política partidaria de manera autónoma de Perón; la cúpula eclesiás-
tica, consustanciada con la cruzada anticomunista y el realce de los valores
“occidentales y cristianos”, así como también un variado arco ideológico que
abarcaba a liberales, socialcristianos, nacionalistas, frondicistas y peronistas,
entre otros. La Doctrina de Seguridad Nacional brindaba el sustento profesio-
nal que legitimaría a las Fuerzas Armadas desde el punto de vista castrense.
El 28 de junio de 1966, las Fuerzas Armadas depusieron al presidente Arturo
Illia y a su vicepresidente. Por medio de una “junta revolucionaria” convocada
para la ocasión, decretaron la destitución de todos los miembros de la Corte
Suprema de Justicia, los gobernadores e intendentes electos. También disolvie-
ron el Congreso, las legislaturas provinciales y los partidos políticos. La Aso-
ciación para la Defensa de la Libre Empresa (ACIEL), la Bolsa de Comercio de
Buenos Aires, la Sociedad Rural, la Unión Industrial Argentina y las grandes
organizaciones burguesas manifestaron su apoyo. No fueron las únicas. La ma-
yoría de los partidos políticos, los sindicalistas, la cúpula eclesiástica y los grandes
medios de comunicación también expresaron su respaldo. De este coro se dis-
tinguió la Universidad de Buenos Aires, que expresó su inquietud por el quie-
bre constitucional.
Comenzó así la autoproclamada “Revolución Argentina”. Tal como los hechos
demostrarían, el golpe de Estado de 1966 venía a romper el “empate” social y
político. A partir de ese momento, se intentaría imponer por vía autoritaria una

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248 | ELENA SCIRICA

modernización capitalista en beneficio del sector más concentrado y


transnacionalizado de la economía. Llegaba la hora de la burguesía industrial
transnacionalizada.

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La “Revolución Argentina” y la crisis de
la sociedad posperonista (1966-1973)

Sergio Nicanoff y Sebastián Rodríguez

Introducción

El 28 de junio de 1966 Argentina asiste por quinta vez en 36 años a una inte-
rrupción de los mecanismos institucionales previstos por el juego democrático
representativo. Al igual que en las ocasiones anteriores, las Fuerzas Armadas se
constituyen en el elemento coercitivo que impone por la vía de las armas el
derrocamiento de un presidente electo, y como la mayor parte de esas veces, es
la institución militar la que toma las riendas del nuevo gobierno1 . Sin embar-
go, el golpe de Estado del 66 inaugura una novedad en la dinámica de las
intervenciones militares: la autodenominada “Revolución Argentina” se pre-
senta a sí misma como fundadora de una nueva República; se trata por primera
vez de un golpe de Estado que se aboca a la tarea de reconstituir la sociedad en
su totalidad para librarla de los males crónicos que se le diagnostican. En este
sentido, el período que aquí nos interesa sienta el precedente de su lógica y
trágica continuación en la dictadura que se inicia el 24 de marzo de 1976 bajo
el rótulo de “Proceso de Reorganización Nacional”.
En las siguientes páginas transitaremos por un proceso que, aunque se ciñe al
período 1966-1973, nos obliga a indagar en el tiempo hasta los años del
peronismo, en busca de una mirada histórica que nos permita dar cuenta de las
causas y dinámicas que confluyen en la emergencia de la Revolución Argenti-
na. En este sentido, creemos que el recorte del trabajo, que obedece a una
periodización con criterios institucionales, no puede contener en su estrecho

1 Cabe aclarar que tanto los golpes de 1930, 1943 y 1955 fueron golpes de Estado que
impusieron un gobierno de corte militar. No fue así en 1962, dado que, tras el derroca-
miento de Arturo Frondizi por la acción de las Fuerzas Armadas, un civil –José María
Guido– asumió la Presidencia, preservando al menos mediante una máscara la legalidad
institucional.

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252 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

marco el desenvolvimiento de la historia, por lo cual nos veremos obligados a


forzar los límites de la temporalidad política, para adentrarnos en la corriente
del desarrollo económico y social de largo plazo.
Por otra parte, es nuestra intención, además de traer a la memoria los principa-
les hechos y actores de la etapa en cuestión, reflexionar críticamente sobre al-
gunas problemáticas que se enmarcan en esos años, y que presentan al día de
hoy cuestiones irresueltas, tanto en el nivel de las discusiones entre historiado-
res de distinta raíz política e interpretativa, como en el de la sociedad en su
conjunto. Nos referimos fundamentalmente a dos cuestiones bien concretas: la
primera de ellas hace referencia a los debates que se han generado en torno de la
inestabilidad política en la Argentina del siglo XX. En este sentido, el golpe de
Estado del 66 nos servirá como disparador para pensar sobre las categorías de
análisis que distintos autores de renombre han desplegado sobre la mesa de
debate, así como para dejar sentada nuestra propia postura sobre un tema tan
controvertido como es el funcionamiento de las instituciones en el país.
La segunda cuestión a la que hacíamos referencia trata sobre una espina incrus-
tada en la médula de la sociedad y principalmente sobre aquellos que han sido
partícipes, directa o indirectamente, de los fenómenos de movilización social
de los años sesenta y setenta. Esta cuestión, que ha sido caratulada por sus
detractores como la “violencia setentista”, y reivindicada por quienes han deja-
do en esa lucha sus mejores años en busca de una sociedad diferente, es la que
nos mueve a repensar sobre las condiciones históricas que hicieron posible un
fenómeno tan particular, y que al día de hoy despierta, en uno y otro sentido, el
mismo grado de pasión.
Cabe mencionar que estos dos núcleos problemáticos que nos motivan a re-
flexionar sobre el período no se presentan aislados uno del otro, sino que se
encuentran a su vez atravesados por un eje que los articula, y que es en definiti-
va el que vertebra estas páginas: la crisis de hegemonía y la crisis orgánica. La
idea de que la burguesía Argentina tiene dificultades para ejercer su domina-
ción sobre las clases subalternas a lo largo la segunda mitad del siglo XX es de
alguna manera el trasfondo de los procesos que en este trabajo se detallan.
Si bien el trabajo está dividido en varias secciones para facilitar su lectura,
creemos que pueden delimitarse nítidamente tres núcleos temáticos. El prime-
ro abarca el proceso formativo de la alianza social que lleva a cabo el golpe de
Estado de 1966, la dinámica de largo plazo que genera las condiciones para el
mismo y la consolidación de la coalición gobernante. En este primer acerca-
miento, comenzaremos revisando críticamente algunas explicaciones sobre el
proceso en cuestión, donde intentaremos dejar en claro algunas categorías que
aparecerán a lo largo del trabajo y especificar el marco teórico desde el cual

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 253

partimos para abordar el período. Luego nos adentraremos con más detalle en
los años de la Revolución Argentina, hurgando tanto en los detonantes inme-
diatos y en la estructura de la sociedad de mediados de los sesenta para tratar de
comprender las causas del golpe, como en una visión de largo plazo en la cual
nos preguntaremos más puntualmente acerca de la relación entre las clases so-
ciales, la estructura económica y la alianza golpista de junio del 66. El paso
siguiente en esta primera parte girará en torno de una descripción de las metas
propuestas por la Revolución Argentina, en la cual nos interesa poner en relieve
las intenciones de reestructuración de la sociedad en términos globales. En esa
pretensión totalizadora y totalitaria, con miras a imponer una serie de valores
que abarcaron todos los planos –económico, político, social, ideológico y cultu-
ral–, es en donde encontraremos algunas claves que nos permitirán acercarnos a
uno de los nudos problemáticos del trabajo, el de la violencia política.
El segundo núcleo temático gira en torno de las contradicciones incubadas
dentro del régimen y las fisuras que el mismo presenta en el devenir de su
propio desarrollo. Por lo tanto, en esta segunda parte del trabajo, comenzare-
mos con un análisis de esas contradicciones y continuaremos con un abordaje
del momento en que ese resquebrajamiento hace finalmente eclosión. Nos
referimos por supuesto al “Cordobazo” de mayo de 1969. En este camino, nos
adentraremos en algunas disquisiciones teóricas sobre lo que Antonio Gramsci
ha denominado “crisis orgánica”, para poder iluminar el problema que nos
ocupa desde la perspectiva de este intelectual italiano. Como corolario de las
fisuras mencionadas, señalaremos la aparición de una variada gama de nuevos
actores sociales, que nos aportarán la materia prima sobre la cual reflexionar,
para intentar comprender desde una mirada histórica el porqué de la escalada
de violencia política.
El tercero de los núcleos en los que dividimos el trabajo trata sobre el derrotero
final de la Revolución Argentina, la retirada del régimen y las opciones políti-
cas que se abren para Argentina a partir de la convocatoria a elecciones para el
año 1973. Incluimos allí un breve racconto de los acontecimientos que deter-
minaron la caída de Juan Carlos Onganía, el ascenso y ocaso de Roberto Marcelo
Levingston y el desenlace del período en cuestión con la presidencia de Alejan-
dro Agustín Lanusse.
En síntesis, lo que intentamos a lo largo de las páginas que nos ocupan es trazar
una línea de ascenso, auge y caída de la Revolución Argentina, con la intención
de graficar una suerte de parábola que dé cuenta del movimiento en el cual se
desarrolla la historia. En este sentido, creemos que la dinámica de las estructu-
ras económico-sociales, en íntima interrelación con los sujetos políticos, deter-
mina que de las contradicciones incubadas por la propia lógica de los aconteci-

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254 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

mientos surja el germen de lo nuevo que terminará por sepultar a lo viejo y


generará a su vez, en la novedad de lo que nace, una nueva contradicción. En
este camino de afirmaciones y negaciones, de tesis y antítesis es que se mueve la
historia en busca de la síntesis final superadora.

Primera parte: auge y consolidación

1. Una mirada crítica sobre las distintas explicaciones del período

El proceso que nos ocupa ha merecido la atención de numerosos investigado-


res, tanto desde la historia como desde otras disciplinas afines, como la socio-
logía, la ciencia política o la economía. Las miradas son múltiples y los análi-
sis divergen sustancialmente entre sí. En las próximas líneas intentaremos,
por lo tanto, dar cuenta de algunas aproximaciones que pensamos han sido
las más significativas.
Creemos que es interesante partir del análisis de Juan Carlos Portantiero acerca
de lo que él entiende como el “empate hegemónico” que se abre con el derroca-
miento de Perón en 19552 . Este autor sostiene que las contradicciones del ciclo
económico generan necesariamente un desfasaje entre la estructura económica
y la proyección política de las distintas fracciones de la burguesía3 . De esta
manera, cuando una de estas fracciones –ya fuere la burguesía terrateniente, la

2 Juan Carlos Portantiero: “Clases dominantes y crisis política en la Argentina actual”, en


Oscar Braun (comp.), El capitalismo argentino en crisis, Buenos Aires, Siglo XXI, 1973.
3 Nos referimos al ciclo económico en el sentido de las fases sucesivas de crecimiento, crisis
y retracción de la actividad económica en Argentina, la cual tiene su origen en la particu-
lar estructura económica de dos sectores (industrial y agropecuario) no integrados entre sí.
Vale esta aclaración momentánea a modo de introducción, ya que volveremos sobre esta
cuestión con más profundidad en el punto 2.3.
En relación con el concepto de fracción de clase –en este caso fracciones de la burguesía–
nos referimos a los distintos sectores que conforman a la clase económicamente dominan-
te en el marco del sistema capitalista. Para el caso de Argentina, éstas serían la burguesía
ligada a las actividades del sector agropecuario, cuyos intereses giran en torno de la expor-
tación de sus productos; la burguesía industrial vinculada al sector de la industria nacio-
nal, cuya mira estaría puesta en la realización de sus productos en el mercado interno; y
por último, la burguesía ligada al capital más concentrado a nivel internacional, represen-
tante de los intereses de las grandes corporaciones y grupos empresarios. Cabe aclarar que,
de acuerdo al momento histórico, estas tres fracciones pueden presentarse formando alian-
zas –ya sea entre dos de ellas, o entre las tres– o pueden asimismo verse enfrentadas por
proyectos económicos divergentes.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 255

burguesía industrial ligada al capital nacional y al mercadointernismo, o la


fracción más concentrada del capital industrial transnacional– logra hacerse
con el poder político a través de alguna coalición que la representa –por vías
democráticas o por medio de golpes de Estado–, el cambio de rumbo de la
economía a causa de las contradicciones propias del ciclo genera que la conduc-
ción política en ejercicio del poder se torne inviable, dado que representa inte-
reses de una fracción que no es ya la dominante a nivel económico. Este “des-
tiempo” entre las esferas estructural-material y la político-institucional deter-
mina, según Portantiero, una situación de “empate” en la cual todos los actores
cuentan con la capacidad para vetar cualquier proyecto antagónico, pero care-
cen a su vez del impulso necesario para imponer el suyo propio, terminando en
un juego de fuerzas de suma cero. En este esquema, Portantiero retoma las tesis
de Mao Tse Tung sobre las contradicciones primarias y secundarias del sistema
capitalista –las que se dan en la lucha entre capital y trabajo, y las que derivan
de los diferentes intereses de las fracciones de la burguesía respectivamente– y
pondera aquellas que considera más relevantes para el período analizado. En el
proceso que nos ocupa, la lucha entre capital y trabajo, es decir, la lucha de
clases propiamente dicha, queda para este autor relegada en un segundo plano,
y el golpe del 66 viene a significar en esta dinámica el intento más acabado y
contundente por parte de una de las fracciones burguesas –la de la burguesía
transnacional– de romper el empate e imponerse por sobre las demás.
Es quizá paradójico que, en el contexto de producción de su trabajo, Portantiero
otorgue un rol subordinado a la lucha de clases, dado que si este autor intenta
rastrear el origen del fraccionamiento de la burguesía argentina entre los años
55 y 73 es porque abreva en las necesidades que le plantea su compromiso
político con la clase obrera4 . De este modo, si el problema que busca resolver lo
conduce a buscar en la lucha interburguesa –que se genera por el movimiento
estructural de la economía– los resquicios por los cuales pueda filtrarse la avan-
zada del proletariado, aun así la acción de los sujetos y la esfera de lo subjetivo
quedan relegadas en su análisis. En este aspecto, podría resultar complementa-
rio el trabajo de Guillermo O’Donnell “Estado y alianzas en la Argentina, 1956-
1976”5 , en el cual estudia pormenorizadamente la influencia de los intereses de
los trabajadores en ese juego pendular de alianzas entre los distintos sectores de

4 Es bueno recordar el compromiso militante de Juan Carlos Portantiero en el momento en


que escribe la primera versión del trabajo que estamos mencionando y la finalidad política
de las conclusiones de su análisis, realizado en el año 1973, en la coyuntura de desgaste y
fracaso de la “Revolución Argentina”.
5 Guillermo O’Donnell: “Estado y alianzas en la Argentina, 1956-1976”, Desarrollo Eco-
nómico vol. 16, Nº 64, enero-marzo de 1977.

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256 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

la burguesía, el Estado y la clase obrera. En este sentido, aunque las motivacio-


nes de estos dos autores difieren, podemos pensar en análisis que se sustentan
mutuamente y que comparten además el apremio del momento en el cual am-
bos escriben.
Por su parte, O’Donnell cuenta con una prolífica producción en torno del pe-
ríodo que nos interesa. Además del trabajo ya mencionado, podemos citar su ya
clásico libro El Estado burocrático-autoritario6 , en el cual, al igual que en sus
estudios preliminares sobre la cuestión en Modernización y autoritarismo7 ,
presenta un modelo que podemos sintetizar en el siguiente esquema: en un
contexto de crisis de la primera fase del modelo de sustitución de importacio-
nes y ante la activación política de las masas producto de las prácticas “populis-
tas” de los gobiernos propios de esa fase de industrialización mercadointernista
–en obvia alusión al peronismo–, se produce lo que O’Donnell llama
“pretorianismo de masas”, concepto que toma prestado de Samuel Huntington.
Para este autor de la extrema derecha norteamericana, el pretorianismo de ma-
sas se genera “cuando los niveles de participación y movilización políticas exce-
den marcadamente los de institucionalización”8 . O’Donnell sostiene entonces
que a este pretorianismo sucede otro de signo contrario por la necesidad de
controlar el Estado para iniciar la transferencia de ingresos hacia los sectores
más concentrados del capital, dando por tierra con la experiencia populista9 .
De este modo, ante los excesos de las masas desbordadas que se manifiestan por
fuera de los canales previstos por la democracia burguesa, la clase social domi-
nante en la esfera económica recurre al custodio de sus intereses –las Fuerzas
Armadas– poniendo fin a la participación política y a la activación de la clase
trabajadora.
Este razonamiento presenta, desde nuestra óptica, algunos problemas que es
bueno subrayar. ¿Por qué sostener que las demandas de las clases subalternas
discurren, durante el período peronista, por fuera de los canales de participa-
ción institucional? ¿Acaso la movilización política y de masas que se desarrolla

6 Guillermo O’Donnell: El Estado burocrático autoritario, Buenos Aires, Ed. De Belgrano,


1982.
7 Guillermo O’Donnell: Modernización y autoritarismo, Buenos Aires, Paidós, 1972.
8 Samuel Huntington: El orden político en las sociedades en cambio, Buenos Aires, Paidós,
1972, citado en Guillermo O’Donnell: “Modernización y golpes militares”, Desarrollo
Económico, vol. 12, Nº 47, octubre-diciembre 1972, p. 526.
9 Si bien el período 1946-1955 no es inmediatamente anterior al golpe de Estado de 1966
que estamos analizando, O’Donnell considera esos años como los generadores del fenóme-
no del pretorianismo de masas, al cual vienen a poner fin las Fuerzas Armadas en junio de
1966.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 257

durante el período 1946-1955 no transcurre por intermedio del aparato sindi-


cal? ¿No son estos mismos sindicatos canales previstos para el accionar de las
masas? No hace falta abundar en ejemplos donde el mismísimo Perón incita a
los trabajadores a organizarse argumentando que “las masas obreras que no han
sido organizadas presentan un problema peligroso, porque la masa más peli-
grosa es la masa inorgánica. La experiencia moderna demuestra que las masas
obreras mejor organizadas son, sin duda, las que pueden ser dirigidas y mejor
conducidas en todos los órdenes”10 .
Por otra parte, si la presión que ejercen las masas no es anárquica sino organiza-
da en una corporación que representa sus intereses (el movimiento sindical), el
planteo de O’Donnell lleva a pensar que sólo la incidencia de esa corporación
de trabajadores genera una situación de pretorianismo. Pero ¿qué hay de las
otras corporaciones como la UIA (Unión Industrial Argentina) o la SRA (So-
ciedad Rural Argentina)? ¿Acaso no son también corporaciones que se impo-
nen por sobre la democracia presionando por sus intereses? Por lo tanto, o el
concepto de pretorianismo se aplica a los trabajadores y análogamente a los
demás actores, o debemos repensar si el concepto es válido en sí mismo y subyace
en él una visión de valoración negativa en cuanto a la organización y moviliza-
ción de los trabajadores. Creemos que la clase obrera durante el peronismo se
encuentra más que nadie “jugando el juego democrático” y acatando todas las
reglas. Incluso las luchas obreras una vez proscripto el partido que las represen-
ta luego del 55 –a excepción del período de la “Resistencia peronista” que
encuentra su fin rápidamente–, se dan por medio de sus representantes sindica-
les, como queda demostrado con los planes de lucha de la CGT que enfrenta el
gobierno de Illia entre 1963 y 1964. La burguesía es quien impone el sistema
democrático con la intención de canalizar e institucionalizar el conflicto pero
desde el año 46 en adelante es derrotada en sus propios términos, y es por esto
que se le hace necesario interrumpir la farsa y conciliar nuevamente su dominio
económico con el poder político asaltando el estado por la vía de las armas.
El “pretorianismo de masas” –concepto de por sí profundamente reaccionario–
aparece en esta visión como un nuevo exceso del peronismo, y lo que O’Donnell
se pregunta –entre líneas– es cómo es posible generar un crecimiento económi-
co bajo un gobierno democrático pero precaviéndose de caer en las “deforma-
ciones” populistas. Pervive como trasfondo de este análisis, por un lado, una
inversión de las causas de la interrupción institucional que lleva a postular que

10 Discurso de Juan Domingo Perón del 25 de agosto de 1945 en la Bolsa de Comercio,


citado en Hugo del Campo, Sindicalismo y peronismo, Buenos Aires, CLACSO, 1983,
pp. 152-153.

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258 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

los militares actúan motivados por los excesos anteriores del pueblo. De allí a
la “teoría de los demonios” el camino parece allanarse en forma curiosa. Y por
otro lado, se vislumbra en los trabajos de nuestro autor la contradicción de
aquellos que ponderan la democracia como un sistema deseable y absoluto,
pero no toleran la idea de un gobierno democrático de corte popular.
Esta idea de que el “pretorianismo de masas” se constituye en la clave de la
inestabilidad política en el período posperonista es retomada más reciente-
mente por Alfredo Pucciarelli11 , quien plantea –acercándose de alguna ma-
nera a los argumentos reseñados de Portantiero– que la debilidad institucional
en Argentina en este período puede buscarse en la crisis de hegemonía de la
clase dominante. Sin embargo un elemento clave diferencia a los dos autores
en cuestión, ya que el primero sostiene que en momentos en que la clase
social dominante accede a “compartir” el ejercicio de la política, entonces se
“exacerban los mecanismos deformantes del funcionamiento del régimen de-
mocrático, propios del cesarismo democrático (...) El mal uso de los medios
políticos de la democracia (...) invoca el fantasma de la ingobernabilidad y
refuerza las posturas intolerantes y autoritarias. El marco consensual que ha-
bía hecho posible el ejercicio de la hegemonía compartida se desvanece”12 .
Con estos argumentos, y en forma similar a lo planteado por O’Donnell,
Pucciarelli invierte la ecuación y termina postulando que la ingobernabilidad
y el golpe de Estado consecuente se desprende de la incultura cívica y ciuda-
dana del cesarismo –léase peronismo– de quienes no supieron “aprovechar” la
oportunidad otorgada. El ideal de la democracia absoluta se refuerza aquí con
la noción de una democracia sin excesos populistas, es decir que no se extra-
limite y rompa la posibilidad de “compartir” la hegemonía.
La intención de reseñar algunos de los análisis sobre el período que aquí nos
ocupa, radica en poner en claro por un lado nuestra propia postura en relación
con la coyuntura de 1966, pero en términos más generales lo que motiva las
líneas precedentes es una reflexión crítica acerca de las formulaciones que se
tejen sobre las características del sistema democrático y la incidencia de los
golpes de Estado. Desde nuestro punto de vista, tanto éstos en general así como
aquella coyuntura en particular, no son un problema que pueda analizarse par-
tiendo de una visión contrafáctica y que defina la respuesta por la negativa, es
decir, intentando responder cuáles fueron los factores que impidieron el funcio-
namiento de las instituciones democráticas en Argentina. Creemos que este

11 Alfredo Pucciarelli: “Dilemas irresueltos en la historia reciente de la sociedad argentina”,


Taller. Revista de Sociedad, Cultura y Política, vol. 2, Nº 5, noviembre de 1997.
12 Ibid., p. 116 (cursiva nuestra).

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 259

camino nace en una visión donde aparentes “deformaciones” del sistema de-
mocrático se imponen sobre un “deber ser” de carácter normativo e ideal en el
cual se naturaliza el sistema democrático como un anhelo de perfección
institucional. Pensamos que el problema surge al absolutizar los conceptos
partiendo de una falsa dicotomía entre autoritarismo y democracia en la cual
los militares en el poder constituyen una aberración propia de sociedades que
atraviesan por períodos de crisis en forma cíclica o donde las masas no supie-
ron, por cuestiones de incultura cívica, ejercer con responsabilidad su derecho
al voto y la participación. Este tipo de análisis dicotómico que, como ya seña-
lamos, tiene peligrosas derivaciones teóricas y políticas en la visión actualmen-
te dominante de los dos demonios13 es análogo a pensar que los golpes de
Estado –fenómeno que aparece como sinónimo de interrupción de la demo-
cracia– son solamente producto de las intervenciones militares, lo cual nos
lleva a la dificultad de entender procesos que incluyen un amplio abanico de
mecanismos por los cuales se imponen gobiernos o políticas en función de
intereses de determinado sector social14 . En este sentido, creemos que resulta
idealista una visión en la cual el autoritarismo es –única y exclusivamente– un
gobierno “no democrático”, así como la visión de que cualquier gobierno que
accede al poder por la vía del sufragio puede considerárselo legítimo y desea-
ble. El hecho de romper con esa división maniquea nos permite revestir el
concepto de democracia que aquí estamos considerando de una de sus princi-
pales determinaciones: su carácter burgués. Ese carácter hace que la democra-
cia funcione, como ya mencionamos antes, también como mecanismo de do-
minación, canalizando los conflictos y construyendo hegemonía15. Por supuesto

13 Cabría incluir en esta tipificación los trabajos paradigmáticos en este sentido de Marcelo
Cavarozzi, Autoritarismo y democracia (1955-1983), Buenos Aires, CEAL, 1983, así como
los escritos de Waldo Ansaldi (et alia), Argentina en la paz de dos guerras, Buenos Aires,
Biblos, 1994. Nótese en el trabajo de Cavarozzi la fecha de producción y la coincidencia
con el inicio de la gestión alfonsinista y los debates en la Cámara de Diputados del proyec-
to de la Ley Mucci sobre las prerrogativas de los sindicatos. Las conclusiones de Cavarozzi
apuntan a poner de relieve el papel “desestabilizador” de los sindicatos y de los trabajado-
res en la historia reciente de Argentina, de modo de legitimar el recorte de los poderes
sindicales y cargar la responsabilidad sobre los hombros de la clase obrera de los sinsabores
del gobierno radical.
14 Podemos referirnos, por ejemplo, a las elecciones que llevan a Justo al poder en 1932, o la
maniobra que expulsa del gobierno a Raúl Alfonsín, ambos golpes de Estado sin la parti-
cipación de los militares, ni durante ni después de los mismos.
15 Véase en cuanto a la construcción histórica de la democracia de masas los trabajos pioneros
de Eric Hobsbawm, La era del Capital, 1848-1875, Buenos Aires, Crítica, 1999, en par-
ticular el capítulo 6 (“La fuerza de la democracia”).

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260 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

que esta “herramienta” es pasible de ser resignificada por las clases subalter-
nas16 y es entonces cuando la burguesía decide quitar de en medio las máscaras
interrumpiendo momentáneamente el “juego” representativo17 .
Contrariamente al tipo de análisis que acabamos de reseñar, creemos que la
cuestión principal radica en la comprensión de las diferentes formas en las que
la burguesía argentina aseguró las condiciones de reproducción del sistema ca-
pitalista, es decir, las distintas maneras en las que se expresó políticamente la
dominación de clase existente en la estructura de relaciones de producción. En
este sentido, y retomando el análisis de Portantiero, 1966 –al igual que poste-
riormente 1976– debe ser visto como un momento clave de recomposición de
fuerzas dentro de la burguesía con la intención de eliminar cualquier tipo de
conflictividad social –tanto intra como inter clases– con miras a imponer un
nuevo modelo de acumulación.
Por último, y a pesar de las disidencias que oportunamente fuimos señalando
con las distintas posturas, es interesante mencionar que aún cuando todos los
trabajos mencionados divergen sustancialmente entre sí en cuanto a análisis
y propósitos, existe un denominador común al cual obedece de alguna mane-
ra la selección de autores que realizamos, y es que todos ellos ponen particu-
larmente en relieve la noción de una dominación sin capacidad de consolidar
la hegemonía política. Por una u otra razón –ya sea por la incapacidad de la
propia clase dominante o por la incidencia de la lucha de clases– en todos los
análisis se hace palpable el concepto de crisis de hegemonía, crisis de la do-
minación para generar consenso, crisis de la clase dominante de impregnar a
la sociedad en su conjunto de sus valores culturales e ideológicos, de forma
tal que su dominación no se ejerza sólo a través de la coerción y del uso de la
fuerza. Sobre este concepto volveremos más adelante y se constituirá en un
elemento vertebrador de nuestro trabajo para pensar el período que estamos
analizando.

16 Creemos que un momento en la historia argentina en que ocurre esto es en los comicios de
1973, donde las elecciones que llevan a Cámpora al gobierno se constituyen en un fenó-
meno netamente clasista. La maniobra de Perón para forzar la renuncia del presidente
electo y el intento de poner un paño de agua fría al movimiento que se manifestaba en esas
elecciones –y que era fruto sin duda de la experiencia condensada de la clase obrera desde
1955 en adelante– reafirman el carácter de ese proceso y la posibilidad que tienen las
masas de invertir el sentido de las instituciones (democracia burguesa) que tienen su
origen en intenciones disciplinadoras.
17 El 11 de septiembre de 1973 en Chile podría ser un ejemplo paradigmático donde el
juego democrático debió ser interrumpido ante la inversión herética que de él había hecho
el pueblo chileno tres años antes.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 261

No obstante los distintos abordajes en el plano teórico, y los argumentos de


análisis con respecto a la situación que nos interesa en el marco de problemas
más generales como la inestabilidad institucional en Argentina, o la cuestión
de la crisis hegemónica, pensamos que una comprensión más cabal de estos
problemas sólo puede entenderse en el marco de una cuestión específica luego
de una minuciosa mirada sobre el plano de la coyuntura. Es por eso que dedica-
remos buena parte de las líneas que siguen, luego de este breve –y obviamente
incompleto– estado de la cuestión, a acercarnos al tiempo de la “Revolución
Argentina” para definir cuáles fueron las características de su desarrollo concre-
to en la sociedad de los años sesenta.

2. El golpe

2.1 Antecedentes inmediatos

Luego del derrocamiento de Perón en 1955 el sistema institucional del país


no había logrado recomponerse. A la proscripción del justicialismo se agre-
gaba la debilidad propia de los gobiernos de turno, los cuales se sucedían
uno tras otro sin lograr establecer un grado de legitimidad que les permi-
tiera terminar sus respectivos mandatos. En este marco, el gobierno de Arturo
Illia no sería la excepción. Instalado en el poder luego de haber triunfado
en las elecciones de 1963 representando a la Unión Cívica Radical del Pue-
blo (UCRP), Illia parecía tener los días contados como presidente de la
República desde el momento mismo de su asunción. De este modo, los años
de su gobierno fueron cargándose de tensiones que confluyeron en el desen-
cadenamiento del golpe más preparado y anunciado de la historia argentina
hasta ese momento.
En primer lugar, las elecciones para la gobernación de la provincia de
Mendoza –donde en realidad se estaba dirimiendo la interna entre Perón y
Vandor18, líder de los metalúrgicos y de las 62 Organizaciones peronistas–
cuyos resultados ratificaban el liderazgo del General, preanunciaban ade-

18 A raíz de la disputa por la conducción del movimiento entre Perón y Vandor, el justicialismo
se presentó a las elecciones para gobernador en Mendoza dividido en dos listas: una de
ellas llevaba como candidato a Corvalán Nanclares, candidato de Perón, y la otra presen-
taba a Serú García representando al vandorismo. Aunque ninguna de las dos listas ganó la
gobernación, el candidato de Perón derrotó al segundo demostrando que el General exi-
liado mantenía a pleno su capacidad de conducción política del movimiento.

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262 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

más un triunfo del justicialismo para las elecciones nacionales de renova-


ción de gobernadores del año entrante. Esto a su vez hacía temer a los sec-
tores antiperonistas del Ejército y la Marina la reedición del resultado de
las elecciones del 18 de marzo del 62, donde el peronismo se había alzado
con un claro triunfo. En este sentido, la figura de un golpe de Estado “pre-
ventivo” aparecía como la única salida viable para esos sectores. En segun-
do lugar, las políticas económicas de Illia que ponían límite a las prebendas
que las empresas petroleras y químicas norteamericanas habían conseguido
en los anteriores gobiernos –fundamentalmente en el de Frondizi– comen-
zaban a incomodar peligrosamente a los grupos más poderosos de la econo-
mía. Huelga cualquier comentario acerca de la dificultad de gobernar con
la oposición de la fracción más influyente de la burguesía. Por último, la
postura ambigua del presidente argentino en relación con la intervención
norteamericana en Santo Domingo en el año 1965, parecía indicar –a los
ojos de sus detractores– una posición favorable a los gobiernos de corte
comunista19 . Sumado a esto y en relación con la misma cuestión, la incom-
petencia de la cual se acusaba al gobierno para reprimir los conflictos obre-
ros en torno de los ingenios azucareros en la provincia de Tucumán, parecía
ser el disparador de la cuenta regresiva camino al golpe.
Desde los medios de prensa y comunicación se arengó a la opinión pública a
aceptar y consensuar la necesidad del recambio institucional. Las revistas Pri-
mera Plana y Confirmado –dirigidas en ese entonces por Jacobo Timerman, y
que contaba entre sus periodistas estrella al pro golpista Mariano Grondona–
construyeron un clima de debilidad e indecisión frente a las posibles amena-
zas comunistas20 . Como contraparte, la construcción negativa de la figura de
Illia se complementó con la magnificación de Juan Carlos Onganía –quien

19 Si bien el gobierno de Illia no condenó la intervención en Santo Domingo por parte de


Estados Unidos, sí se negó a enviar tropas de apoyo a Norteamérica, como lo sugería la
cúpula de las Fuerzas Armadas.
20 Es importante señalar que, desde 1959, la situación latinoamericana se polarizaba cada
vez más por los coletazos de la Revolución Cubana. Estados Unidos, inmerso en plena
Guerra Fría, estaba abocado a impedir cualquier atisbo de “contagio” de la experiencia de
Cuba hacia otros países de la región, lo que llevaba a que cualquier política que no siguie-
ra estrictamente los dictados de la potencia del norte fuera vista con malos ojos. Es claro
que el gobierno de Illia no iba en la dirección de la Cuba socialista, pero detrás del fantas-
ma del comunismo se ocultaban evidentemente los intereses de las empresas estadouni-
denses y de los capitales invertidos en Argentina. Así, las leyes sobre petróleo y de medi-
camentos fueron tildadas como leyes “socializantes”.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 263

encabezaría el golpe de Estado– como el hombre del momento, único e


irremplazable para sacar al país de su letargo21.
La construcción del discurso legitimador se alineaba con las políticas de la
Doctrina de Seguridad Nacional formulada por Estados Unidos, y que ha-
cía referencia a la necesidad de volcar el poder represivo de las Fuerzas Ar-
madas locales a combatir al “enemigo interno”, agente de la subversión
marxista. Quedaba de esta manera en un segundo plano el rol histórico de
la defensa de las fronteras para lo cual los ejércitos habían sido concebidos.
Esta redefinición del rol de los militares latinoamericanos se acompañaba
además de un proyecto de desarrollo económico que la presidencia de
Kennedy lanzó con el rótulo de Alianza para el Progreso. Detrás, por su-
puesto, se erguían los intereses de las grandes compañías transnacionales
ansiosas de conquistar la plaza sudamericana para sus productos e inversio-
nes, pero una mirada atenta sobre la máscara tras la cual se presentaban
podía leer la intención de combatir la pobreza y el subdesarrollo como me-
dida de profilaxis contra el conflicto social y el siempre latente fantasma
rojo de la revolución. En otras palabras, la conjunción entre la Doctrina de
la Seguridad Nacional y la Alianza para el Progreso parecía revivir aquella
divisa comteana de “orden y progreso”, subsumiendo, claro está, el segun-
do al primero en jerarquía de importancia. La figura de Onganía aparecía
entonces como la única capaz de condensar esos dos elementos, seguridad y
desarrollo, e instrumentarlos desde el aparato del Estado. Como contrapar-
te, Illia era condenado por carecer –según se decía– de las virtudes que la
urgencia de la hora requería, cualidades que Onganía parecía personificar
en sí mismo.

2.2 La alianza golpista: el nuevo bloque de poder

Consumado el asalto al poder el 28 de junio de 1966, el otrora líder de la


facción azul llegaba al poder con el apoyo de una amplia capa de la sociedad
civil; con el sustento de la cúpula de la Iglesia católica, siempre dispuesta a

21 Juan Carlos Onganía había encabezado la fracción azul del ejército, en los enfrentamientos
entre azules y colorados de septiembre de 1962 y abril de 1963. A partir de allí, durante
el gobierno de Illia, ocuparía la jefatura del ejército, hasta su reemplazo por el General
Pistarini en 1965. El triunfo militar de los azules haría crecer su figura no solamente
dentro del ejército, sino también como una posible pieza de recambio favorable al esta-
blishment .

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264 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

negociar una cuota de poder con la institución militar22; con el aval de la cen-
tral obrera –fundamentalmente del vandorismo, quien al perder su pulseada
con Perón apostaba a una alianza con los militares para impedir que el viejo
caudillo pudiera hacerse con el control pleno del movimiento– y aun con el
apoyo político del propio Perón, quien desde el exilio saludó con buenos augurios
la asunción del gobierno militar y no podía evitar regocijarse ante la idea de
que el peronismo no fuera ya el único partido proscripto, sino uno más entre
sus iguales23.
Sin embargo, a pesar de las adhesiones que consiguió el movimiento de junio,
es claro que ningún régimen se sustenta sólo con apoyos políticos, por fuertes
que estos puedan parecer. Como centro de la coalición que apuntaló el golpe
aparecía la fracción de la burguesía ligada al capital más concentrado de la
economía y a los grandes capitales extranjeros, fundamentalmente estadouni-
denses. Quienes personificaron estos intereses fueron el ascendente grupo de
los llamados “tecnócratas”, hombres letrados en la economía, adoctrinados por
las “verdades indiscutidas” de la ortodoxa Escuela de Chicago, cultores de un
liberalismo acérrimo y de las visiones monetaristas del ajuste y la disciplina
fiscal. Para este sector, no sólo el progreso de una sociedad se medía a través de
indicadores tan relativos y engañosos como la medición del PBI y el ingreso per
cápita24, sino que fundamentalmente consideraban cualquier tipo de conflicto
social como disfuncional, y por lo tanto causa de la ineficiencia económica,

22 Se han señalado repetidas veces los vínculos de la Iglesia católica con las Fuerzas Armadas
en la Argentina a partir de una serie de coincidencias estructurales, como su compartida
noción de jerarquía y verticalidad, su cadena de mandos rígida y no democrática. Además,
en la coyuntura histórica posterior a 1955 ambas instituciones compartían un acérrimo
antiperonismo. La Iglesia católica fue un sustento clave del régimen instaurado el 28 de
junio de 1966, el cual se reconoció rápidamente como portavoz del integrismo y de la
“moral” y el estilo de vida occidental y cristiano. Véase para estos temas la obra de Loris
Zannatta, Del Estado Liberal a la nación católica. Iglesia y ejército en los orígenes del
peronismo, 1930-1943, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1996.
23 La diferencia que posicionaba al peronismo en clara ventaja con respecto al resto de los
partidos era sin duda ese carácter bifronte del sindicalismo que ha señalado con justeza
Daniel James en Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina.
1946-1976, Buenos Aires, Sudamericana, 1988, el cual colocaba al movimiento obrero
organizado no sólo como representante de los trabajadores sino como cara política de un
peronismo forzado a jugar desde la clandestinidad desde 1955.
24 Por ejemplo el Ingreso per cápita, al tomar en consideración sólo los valores promedio de
los ingresos anuales de la población, omite la cuestión fundamental de la distribución
interna de la riqueza de un país.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 265

elemento a erradicar a como diere lugar. Más adelante retomaremos en detalle


el proyecto económico del cual la tecnocracia fue sólo su portavoz. Simplemen-
te señalamos aquí la importancia de la clase social de la cual este sector actuó
como vocero, lo cual nos permite ahora indagar un poco más en profundidad
sobre los móviles específicos del golpe, y principalmente sobre la vinculación
entre la dinámica política de la sociedad y su estructura de clases.

2.3 El golpe de 1966: una mirada de largo plazo

La premisa de la cual partimos para rastrear las tendencias históricas que signan
de alguna manera el derrotero de la institucionalidad argentina, es la imposibi-
lidad de pensar la coyuntura política aislada de cualquier determinación de
tipo clasista. En este sentido, pensamos que definir los intereses de las clases
sociales –tanto de burguesía y proletariado, como de las distintas fracciones de
la burguesía– enfrentadas en el marco del sistema capitalista nos permitirá
entrever las relaciones entre los sujetos y la estructura económica y material, la
que en última instancia nos guiará hacia las claves para desentrañar la naturale-
za del golpe de Estado de 1966. Para esto es necesario abandonar momentánea-
mente los acontecimientos inmediatos de aquella jornada de junio y adentrarnos
en una mirada histórica en busca de las tendencias de la estructura económica
argentina anterior a 1966.
El modelo de acumulación basado fundamentalmente en la industrialización
por sustitución de importaciones había comenzado a mostrar sus límites ya
durante el primer gobierno peronista. A la crisis del año 1949 siguió una
reformulación de las políticas económicas que intentaron dar respuesta al es-
trangulamiento de divisas y el consecuente déficit en las cuentas fiscales y en la
balanza de pagos. A estos males contribuía un sector agropecuario relativamen-
te atrasado, organizado en torno de un régimen de latifundio con escasas inver-
siones en capital fijo y maquinaria, incapaz de generar las divisas que el sector
industrial requería para continuar funcionando. El modelo de industrialización
liviano no integrado, basado en la producción de bienes de consumo e interme-
dios requería de periódicas y continuas importaciones de insumos y tecnología.
Además, el aumento de los salarios de los sectores populares y de la clase media
–como consecuencia por un lado de las políticas que se alentaban desde el Mi-
nisterio de Trabajo, pero también y fundamentalmente como producto de una
economía recalentada que funcionaba con tasas de desempleo cercanas a cero–
restringía sustancialmente los saldos exportables, ya que el aumento de los
salarios se volcaba en un crecimiento de la demanda de bienes de consumo

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266 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

procedentes de la producción agropecuaria –carnes y trigo–, principales rubros


de exportación. De esta manera, las divisas que el agro generaba tendían a
decrecer mientras que los requerimientos de la industria iban en aumento.
Ya el segundo plan quinquenal de Perón previsto para el año 52 y lanzado
finalmente en 1953 intentó dar solución a este círculo vicioso conocido en
economía como de stop and go. La intención fue profundizar la integración del
sector industrial para completar el proceso de tecnificación y producción de
bienes de capital. La industria pesada y el desarrollo de tecnología cortaría los
lazos de dependencia del sistema industrial con respecto a las importaciones.
En forma paralela, la “vuelta al campo” del segundo gobierno de Perón buscaba
mejorar la capacidad exportadora para generar las divisas necesarias que el nue-
vo esquema de producción requería. Para lograr estos objetivos se implementaría
por un lado un incentivo a la radicación de capitales extranjeros, pero por otra
parte se intentaría imponer un plan de austeridad en el cual se recortaría el
consumo de los sectores obreros y se incentivaría además el aumento de la pro-
ductividad de los mismos en el mundo fabril.
De más está decir que Perón no llegó a concretar este proyecto. Sin embargo, lo
que nos interesa señalar aquí más que la dificultad de llevar adelante este plan
a causa de la interrupción de su gobierno, es la propia contradicción generada
en la alianza de clases que sustentaba al gobierno desde 1946. El régimen
peronista se encontraba ante la imposibilidad de impulsar un proyecto eco-
nómico que impactara directamente en su principal base de sustento político
–obviamente la clase obrera– quienes por su parte, y como lo demostraron al
no acatar los acuerdos firmados en la mesa de negociación durante el Congreso
de la Productividad de 1955, se mostraban dispuestos a defender sus conquis-
tas históricas aun frente a quien parecía ser su interlocutor más respetado en el
gobierno. Perón no podía, aunque se lo propusiera, limar los pilares sobre los
cuales descansaba su fortaleza, y esto era la alianza con los trabajadores y con el
aparato sindical representado en la CGT. Hacerlo hubiera significado un dete-
rioro de la alianza de la que no habría retorno; no hacerlo, terminaba de enfren-
tar al peronismo con los sectores de la burguesía más concentrada y con la
fracción terrateniente de esa clase social. Esta imposibilidad de reconversión
ubicaba al gobierno de Perón en un callejón en el cual ambas salidas parecían
cerrarse. Paradójicamente, el viejo discurso peronista de ponerse por encima
del conflicto de clases se materializaba en su faceta opuesta; la lucha entre bur-
guesía y clase obrera se llevaba consigo a un gobierno que, al menos por un
momento, había torcido la balanza en favor de los olvidados.
Años más tarde, similar intento económico se planteó el gobierno de Arturo
Frondizi. Como sostiene el historiador británico Daniel James, los lineamientos
del desarrollismo encuentran sin duda sus antecedentes en las proyecciones del

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 267

segundo plan quinquenal de 195325. Nuevamente la tecnología de punta, la


industria pesada y el incentivo para atraer capitales aparecían como las priori-
dades del momento. Sin embargo, este segundo impulso también encontró lí-
mites muy precisos a la hora de su aplicación concreta. El gobierno de la UCRI
(Unión Cívica Radical Intransigente), si bien sentó un punto de no retorno en
el modelo de desarrollo industrial a partir de la llegada de capitales internacio-
nales que se instalaron en los sectores estratégicos de la economía, terminó
jaqueado por todos los frentes y encontró su final en marzo del 62 luego de un
nuevo golpe de Estado militar.
Y aquí se pone de relieve un elemento clave para entender la dinámica de los
años que van entre 1955 y 1976, y es la lucha dentro de la propia clase burgue-
sa. La facción “colorada” de las Fuerzas Armadas, ligada históricamente a los
intereses liberales más ortodoxos de la vieja y siempre presente burguesía terra-
teniente, fue la que apoyó el derrocamiento de Frondizi en un último intento
de revivir el ya fenecido modelo de expansión vinculado al desarrollo del cam-
po y la apertura económica. El arribo del “elenco estable” encabezado por el
viejo anfitrión del Ministerio de Economía, Federico Pinedo, parecía anunciar
una vez más que la profundización de la industrialización y el desarrollo
autosustentado tendrían que seguir esperando mejores condiciones políticas,
mientras que la anacrónica “rueda maestra” comenzaba a girar nuevamente en
la Argentina de los sesenta26.
En el camino que trazamos hasta aquí, aunque no vinculado directamente con
el derrotero de la estructura económica, resulta de vital importancia mencionar
las jornadas de lucha facciosa entre azules y colorados de septiembre del 62 y
abril del 63. La victoria del sector azul, aliado de la fracción burguesa de corte
más “desarrollista”, sienta el precedente necesario que comienza a limpiar de
obstáculos el camino hacia la implementación de su postergado proyecto eco-
nómico. Junio del 66 aparece, desde esta perspectiva de largo plazo, como la
instrumentación por la fuerza del giro en el modelo de acumulación que varias
veces había encontrado límites tanto en la dinámica de la lucha entre capital y
trabajo, como en el enfrentamiento entre los intereses cruzados de las distintas
fracciones de la clase dominante. Las Fuerzas Armadas devienen entonces ins-
trumento de la burguesía monopólica ligada al capital transnacional y llevan a
cabo las tareas necesarias para allanar el camino a la introducción de modifica-
ciones estructurales en la economía argentina. El juego de la democracia bur-

25 Daniel James: op. cit., p. 154.


26 La mención a la “rueda maestra” hace referencia a un viejo discurso de los años cuarenta
donde el entonces ministro de Economía Federico Pinedo sostenía que la rueda maestra de
Argentina era y debía ser la producción agropecuaria destinada a la exportación.

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guesa muestra así su verdadera faceta, la de permitir la deliberación –acotada–


y la continuidad institucional en tanto no sean afectados los intereses de la clase
dominante. En la coyuntura del año 66, y tras los fallidos intentos de
instrumentar esos intereses a través de los mecanismos previstos por la Consti-
tución, sonaba una vez más “la hora de la espada”.
Es necesario aclarar algunos puntos. Sostener que las Fuerzas Armadas son fun-
cionales no impide analizar la dinámica propia que esa corporación tiene como
instancia independiente27. Sin embargo, para los fines que nos hemos trazado,
esto es, intentar encontrar una explicación histórica de la naturaleza del golpe
de Estado de 1966, nos hacemos eco de la afirmación de Marx cuando sostiene
que es en la acción de los sujetos políticos antes que en su discurso, en donde
debemos indagar para desentrañar los intereses que los motivan. De esta mane-
ra, es altamente probable que la propia institución militar no se haya visto a sí
misma como portavoz de otro sector, sino que estuvieran en juego otras cues-
tiones como las que mencionamos cuando nos referimos a los puntos de tensión
inmediatos al derrocamiento de Arturo Illia. Pero más allá de la conciencia
declarada, o los motivos aducidos por Onganía y el elenco que asumió los dis-
tintos cargos en el gobierno, los intereses que se protegieron y se intentaron
desplegar desde la autodenominada “Revolución Argentina” no fueron otros
que los intereses de clase de la burguesía industrial monopólica. En este sentido
resulta sugerente la hipótesis del sociólogo francés Alain Rouquié acerca del
“partido militar”. El autor señala que en un escenario en el cual la clase domi-
nante se ve imposibilitada de conformar un partido de masas –similar al radi-
calismo o al justicialismo– pero de corte y tendencias conservadoras, capaz de
conquistar al electorado en sufragio abierto, ocurre que esa clase logra dominar
en el plano económico pero sin la posibilidad de establecer una relación de
hegemonía con el resto de la sociedad. Ante esta falencia, esa clase social recu-
rre periódicamente a las Fuerzas Armadas para hacerse cargo del gobierno en
forma directa, sin intermediarios con quien deba compartir el poder político28.
¿Es “funcionalidad” el concepto adecuado? Tal vez no estrictamente, o cuando
menos no lo es en forma mecánica, pero insistimos: lo que nos interesa subrayar
es que los militares, a través de la toma del poder político, desarrollaron un
proyecto económico y social absolutamente proclive a satisfacer los intereses de
la burguesía industrial ligada al capital transnacional.

27 Dicho análisis es el que realiza Guillermo O’Donnell en “Modernización y golpes milita-


res”, op. cit.
28 Alain Rouquié: “Hegemonía militar, Estado y dominación social”, en Alain Rouquié
(comp.), Argentina, hoy, México, Siglo XXI, 1982. Véase también Alain Rouquié, Poder
militar y sociedad política en la Argentina, 2 vols., Buenos Aires, Emecé, 1982.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 269

Decimos entonces que el rol que le tocó en gracia a las Fuerzas Armadas fue el
de pretor (guardián) de la burguesía industrial, tanto en lo que respecta a la
represión de la clase obrera, a los conflictos sociales que generaría necesaria-
mente la implementación del plan Krieger Vasena –el ministro de economía
estrella de la dictadura de junio–, como también, y fundamentalmente, con
respecto a las otras fracciones de la burguesía. Por lo tanto, plantear que existe
una esfera de acción autónoma en términos absolutos por encima de la estruc-
tura de clases de la sociedad es desconocer las tendencias de largo plazo y la
lógica intrínseca que mueve a los actores. De este modo, y como hemos afirma-
do anteriormente, si pensamos que la acción de los sujetos se encuentra
enmarcada, en principio, por las posibilidades que plantea la estructura econó-
mica –y por ende, de clases–, el golpe de Estado de 1966, más allá de sus ribetes
coyunturales, se inscribe sin duda en esa dinámica.

3. El plan de la dictadura

Sin metas temporales definidas en cuanto a la duración de la intervención di-


recta de los militares, el movimiento de junio se planteó sí un cronograma de
acción delimitado en tres tiempos. El primero de ellos hacía referencia al “tiempo
económico”, en el cual se llevaría adelante el programa de reformas ya mencio-
nado, y que tenía como objetivo, como ya indicamos antes, reformular profun-
damente el modelo de acumulación de capital. El segundo era aquel proclama-
do como el “tiempo social”, en el cual de acuerdo con los gurúes de la tecnocra-
cia y los altos mandos de las Fuerzas Armadas, los beneficios del crecimiento
industrial se expandirían en una suerte de derrame hacia el resto de la sociedad.
Es decir, se sostenía mediante un eufemismo poco convincente que para que las
necesidades del común del pueblo pudieran satisfacerse, primero debían satis-
facerse estratégicamente los intereses de la burguesía. Por último, el gobierno
militar anunciaba en algún futuro no cercano ni tampoco preciso la llegada del
tercer tiempo, el “tiempo político”, en el que la sociedad, una vez reestructura-
da de raíz, podría volver a tomar en sus manos la responsabilidad de las decisio-
nes a través del mecanismo de la democracia.

3.1 El plan económico

De este modo, y para llevar a la práctica el primero de los “tiempos”, la


Revolución Argentina actuó rápido y en forma contundente. El plan econó-
mico de Krieger Vasena –la cara más visible del sector tecnocrático al que

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antes aludimos– pretendía incentivar la modernización a través de la


racionalización tomando como punto de partida, como vimos, la base que
había establecido el primer intento desarrollista de Frondizi. Se buscaba que
Argentina se abriera al mercado mundial como exportadora de productos
manufacturados mediante la profundización de la industria.
El segundo pilar del plan, ligado estrechamente al anterior, proponía de
acuerdo con las recetas del sector tecnocrático, erradicar los sectores de la
economía considerados irracionales e improductivos, lo cual llevaría inde-
fectiblemente al cierre de los pequeños y medianos emprendimientos, y a la
concentración en manos de las empresas de capital intensivo vinculadas a
los intereses extranjeros29. Como muestra de fuerza, en marzo de 1967 una
nueva ley daba por tierra con aquellas restricciones que Illia había intenta-
do imponer a las compañías extranjeras de hidrocarburos, y se establecían
beneficios para las empresas estadounidenses, cerrándose así un capítulo
que había estado en el ojo de la tormenta desde los años de Hipólito
Yrigoyen.
Los mecanismos para llevar adelante las tareas propuestas por el postergado
proyecto de desarrollo industrial se basaron en una fuerte devaluación del
40 por ciento de la moneda nacional, con miras a frenar la inflación de
modo de favorecer las condiciones de previsibilidad para los inversores. A
diferencia de los viejos planes de estabilización en los cuales se buscaba
enfriar la economía –es decir, detener de algún modo el crecimiento econó-
mico industrial para beneficiar al sector agroexportador–, esta vez se bus-
caba mantener el nivel de actividad evitando una transferencia de ingresos
de la industria hacia el agro30. Para lograr esto, en forma conjunta con la
devaluación se establecieron retenciones a las exportaciones de igual mag-
nitud que la depreciación del peso. Lo que se buscaba era que los sectores
terratenientes exportadores no se vieran beneficiados especialmente por el
nuevo tipo de cambio, sino que sería el Estado, a través de esas retenciones
quien aumentaría sustancialmente su recaudación. El destino de esa masa

29 Daniel James, op. cit., pp. 290-291.


30 Se invertía el sentido del plan económico de Federico Pinedo desarrollado en el último
golpe militar de marzo de 1962. En esa ocasión, Pinedo llevó adelante una devaluación de
la moneda sin ningún tipo de compensación hacia los sectores industriales, lo cual bene-
ficiaba a los sectores exportadores de la burguesía terrateniente, dado que los mismos
percibían sus ganancias en divisa extranjera a través de la venta en el mercado internacio-
nal, pero mantenían sus gastos de inversión y salarios en un peso bruscamente devaluado.
Así, a lo largo de la historia argentina, el manejo de la política cambiaria se constituyó en
el mecanismo por excelencia para realizar transferencias entre sectores de la economía.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 271

dineraria sería el de invertir en la infraestructura necesaria para que el de-


sarrollo industrial no encontrara obstáculos31. De este modo, el Estado
cargaba sobre los hombros de la sociedad civil el gasto oneroso de las
obras necesarias para el gran capital y que las empresas privadas encontra-
ban de rentabilidad dudosa como para embarcarse en la aventura de desa-
rrollarlas por ellas mismas. Por otra parte, las obras no estuvieron en su
totalidad en las manos del sector público, sino que comenzó a generarse un
mecanismo de contrataciones y adjudicaciones de obras a empresas vincu-
ladas estrechamente con los personeros de la tecnocracia y aún de las mis-
mas Fuerzas Armadas, algunos de cuyos miembros pasaron a formar parte
del directorio de esas mismas empresas. De más está aclarar que los sobre-
precios que el Estado pagó constituyeron jugosos negocios de dudosa le-
galidad.
En este sentido, y más allá de los turbios manejos de los fondos públicos, es
interesante resaltar la lógica estructural que inauguraba el gobierno de Onganía
con respecto al Estado, ya que desde nuestra perspectiva, si bien el Estado de
una sociedad capitalista es siempre garante de los intereses de la burguesía
aunque más no sea en el largo plazo, en este caso la relación de fuerzas estable-
cida por la embestida militar como punta de lanza de la clase dominante en el
plano económico rompía definitivamente el “empate” y tornaba a este Estado
instrumento directo de la fracción transnacional del capital.
En el campo laboral, al tiempo que se deprimía marcadamente el nivel de los
salarios reales, se suspendían por dos años las prerrogativas de los sindicatos de
negociar en convención colectiva tripartita –obreros, empresarios y Estado–
sus convenios de trabajo. Por otra parte, la introducción de tecnología de punta
en las plantas de producción intensificaba por un lado las jornadas de trabajo a
la vez que dejaba cesante a buena parte de la mano de obra que no lograba
subirse al nuevo tren del progreso.
En esta misma dinámica, la clase obrera era no sólo relegada sino reprimida
con ferocidad a la hora de imponer ajustes estructurales. Así, si en las plantas
fabriles consideradas de punta, la consigna era incrementar la productividad
del trabajo en detrimento de las condiciones laborales conseguidas mediante
años de lucha de los trabajadores en aquellos sectores –entendidos desde la
óptica del capital– ineficientes o atrasados, el destino era el cierre o, con

31 De este período datan, por ejemplo, las faraónicas obras de la represa hidroeléctrica del
Chocón en la provincia de Neuquén, el túnel subfluvial que une la ciudad de Santa Fe con
su vecina Paraná, o la inauguración del complejo Zárate Brazo Largo que atraviesa el río
Paraná.

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amarga suerte, la absorción por parte de empresas transnacionales con claras


tendencias monopolistas32. La nueva lógica de acumulación sustentada en la
introducción de tecnología con miras a incrementar la productividad tenía su
explicación en que la explotación del trabajo comenzaba a centrarse cada vez
más en la extracción de “plusvalía relativa”. A diferencia de un aumento en la
“plusvalía absoluta”, que supondría extender las jornadas laborales, lo que se
buscaba ahora era abaratar el costo de reproducción de la fuerza de trabajo
disminuyendo la cantidad de tiempo invertido en la confección de las mer-
cancías. Así, en una misma jornada de trabajo, los ritmos de intensidad de la
producción debían incrementarse de modo que el obrero lograra producir
más pero en igual cantidad de tiempo.
Entre las medidas más resonantes adoptadas con respecto al mundo del trabajo
y con miras a disciplinar a la mano de obra, estuvo la ya mencionada suspensión
de los convenios colectivos de trabajo por dos años, y un congelamiento en el
nivel de los salarios, los cuales se habían visto afectados severamente por la
devaluación de la moneda. Ante el ataque directo a los trabajadores, la CGT
vandorista, que poco tiempo atrás había saludado el golpe de Estado, cargó
contra el gobierno decretando una serie de medidas de fuerza. La respuesta de
Onganía no se hizo esperar. La central obrera fue intervenida y las huelgas
fueron reprimidas con ferocidad, con lo cual para el año 67 la CGT capitulaba
ante los embates del poder político y entraba en un estado de congelamiento de
sus acciones que duraría hasta que el bloque hegemónico que los militares ha-
bían establecido comenzara a resquebrajarse por otros costados.

3.2 La reestructuración de la sociedad en su conjunto

En este panorama, si bien la represión a las huelgas y a los movimientos de des-


contento que protagonizaban los directamente perjudicados por el sistema eco-
nómico y político fue la piedra angular del accionar del gobierno, no obstante
este aspecto no constituyó la totalidad del régimen dictatorial. Efectivamente el
“onganiato” no se limitó a utilizar al Estado para imponer las condiciones de

32 En este segundo grupo de ramas de actividad podríamos mencionar el destino de los


ingenios azucareros del Tucumán, cuyos cierres determinaron niveles de desocupación y
pobreza que nunca más, hasta el día de hoy, lograrían superarse, así como la clausura de
diversos ramales del ferrocarril, condenando al olvido y a la desaparición a las economías
de innumerables localidades cuya actividad se sostenía exclusivamente por su cercanía a
las vías.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 273

orden con miras a asegurar la rentabilidad del capital sino que se propuso tam-
bién, de acuerdo a la Doctrina de Seguridad Nacional, “depurar” la sociedad y
extirpar los nichos donde se incubaba la “subversión”. En este camino, se deci-
dió por intervenir las universidades nacionales y provinciales, consideradas semi-
llero del marxismo internacionalista y lugares donde el “exceso de pensamien-
to”33 podía hacer peligrar la misión encomendada a la Revolución Argentina,
terminando –una vez más– con la autonomía de las instituciones de educación
superior. Tristemente célebre es el episodio del 29 de julio de 1966 en la Facultad
de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, donde a la resistencia del
cuerpo de profesores y de alumnos con motivo del desalojo, siguió una jornada
represiva conocida como “la noche de los bastones largos”, símbolo de la barbarie
ignorante de los detentadores del poder, y generadora además de una masiva
“fuga de cerebros” del país –entre ellos el futuro premio Nobel de medicina Dr.
César Milstein–, la cual, como sabemos, tampoco se detendría.
Por último, también se intentó modificar las pautas de conducta de la sociedad
en su conjunto, combatiendo todas las actitudes que eran juzgadas como
indecorosas y que no encajaban en el estilo de vida “occidental y cristiano”.
Una campaña moralista abarcó diversos ámbitos, desde la ley de censura a los
medios de comunicación y a la cinematografía, hasta las razzias callejeras coti-
dianas en las cuales se detenía a personas de actitud tan sospechosa como la de
lucir el pelo más largo de lo que el pudor y las buenas costumbres aconsejaban,
hasta las famosas incursiones a los hoteles alojamiento del comisario de la poli-
cía Luis Margaride, en busca de delincuentes de la talla de aquellos que habían
decidido incurrir en la flagrante ilegalidad extramatrimonial.

Segunda parte: las tensiones

4. Contradicciones del régimen

Pese a la apariencia de solidez de la Revolución Argentina en todos sus aspec-


tos, y no obstante la sistematicidad con que se habían planeado los tres tiempos
–eje del proceso de reconstrucción del país– ninguno de ellos llegaría a cum-
plirse de acuerdo con lo estipulado. Si el tiempo económico encontraría rápida-
mente sus propias limitaciones, nadie creería seriamente que el tiempo social
había sido previsto como realmente posible. En cuanto a la apertura política, la

33 Esta frase se haría famosa años más tarde, al ser acuñada por el ministro de Bienestar Social
de la dictadura de Jorge Rafael Videla, refiriéndose a la juventud.

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cerrazón del régimen y la creciente personalización en la figura de Juan Carlos


Onganía hacían dudar de su posible concreción, y colocaban además al líder
del golpe ante una mirada de disgusto dirigida incluso por parte de aquellos
que integraban la propia coalición gobernante. No por vocación democrática,
sino por temor a verse opacado por el fruto de su propia invención, el general
Alejandro Agustín Lanusse34, quien detentaba el poder de la institución militar
como cabeza superior del Ejército, comenzó a pensar en el modo de desplazar
a Onganía del puesto de Presidente de la Nación.
En cuanto al proyecto económico, si bien éste avanzaría hasta un punto de no
retorno, no conseguiría establecerse de manera definitiva. Su dinámica de fun-
cionamiento incubaría sus propias contradicciones llevando en poco tiempo a
una economía estancada y con los mismos problemas cíclicos de siempre. Re-
sulta bastante obvio para el observador atento de esos años, como para nosotros
hoy, que las empresas transnacionales no iban a reinvertir sus ganancias en el
país sino que las repatriarían a sus casas matrices en el exterior. Sólo los gurúes
del mercado y los apologistas del sector monopolista del capital podían supo-
ner que por el solo hecho de invitar a los inversores con tentadoras ofertas de
orden social, los mismos iban a fortalecer la economía del país. Por el contrario,
y como era de esperar, el drenaje de divisas en concepto de remesas, sumado al
hecho de no fortalecer al sector exportador a causa de las retenciones que grava-
ban las actividades del campo, redundó en poco tiempo en el ya conocido es-
trangulamiento de la balanza de pagos.
En lo que respecta a la tensión con los trabajadores, la mencionada capitulación
de la CGT frente al gobierno no llevaría a la inactividad de los obreros perjudi-
cados por el sistema económico, sino que generaría una fractura en el movi-
miento constituyéndose una organización paralela de carácter combativo, co-
nocida como la CGT de los Argentinos (CGTA), encabezada por el líder de los
gráficos Raimundo Ongaro. Por otra parte, otras formas de lucha obrera co-
menzarían a desarrollarse en los años venideros, y cristalizarían en la experien-
cia del clasismo. Pero no nos adelantemos, ya que luego volveremos sobre estos
nuevos actores sociales. Lo que nos interesa poner en relieve aquí es que la
represión no sólo no había logrado contener la protesta y el conflicto laboral,
sino que la misma, ante las respuestas abstrusas y obcecadas del gobierno, se
radicalizaría en escala creciente.
En este sentido, y como corolario del proceso que se había abierto en
1966, el quiebre de la situación de empate y la imposición de una frac-

34 Alejandro Agustín Lanusse alcanzó la jefatura del Ejército a partir de octubre de 1968 tras
el alejamiento de Julio Alsogaray, su predecesor en el cargo.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 275

ción de la burguesía por sobre las otras, de ninguna manera ponía fin a
los conflictos inherentes al capitalismo, sino que abrían la puerta de par
en par a la condensación de la contradicción principal: la lucha de clases
entre capital y trabajo, que en el período que comenzaba cobraría ribetes
nunca vistos en la historia de Argentina hasta el momento. Así, el cierre
de todos los canales de participación política, la intervención de las uni-
versidades y de los sindicatos, sumado a la feroz represión tanto en la vida
laboral como en el ámbito de la cotidianidad, llevarían indefectiblemente
a que una olla a presión sin válvulas de escape previstas y sin posibilidad
de darle algún tipo de cauce al conflicto, tomara la forma de un frente
opositor heterogéneo pero con un mismo interés, que se constituiría de
manera inevitable en una bomba de tiempo. La cuenta regresiva del
onganiato se había iniciado en el mismo momento de su llegada al poder,
y esa bomba tendría su primer y estruendoso estallido en la ciudad de
Córdoba el 29 de mayo de 1969. De allí en más, el gobierno de la Revolu-
ción Argentina comenzaría a fraguar su retirada.

4.1 El Cordobazo

4.1.1 Estructura social y antecedentes

La insurrección popular de la ciudad de Córdoba que pasará a la historia como


el Cordobazo, ha generado una infinita cantidad de materiales e investigacio-
nes que parten de la más variada gama de opiniones y polémicas sobre sus
características35. Aun así puede señalarse una amplia coincidencia en el planteo
de que el Cordobazo implicó, en la historia de Argentina, una verdadera diviso-
ria de aguas marcando claramente un antes y un después.
Una de las preguntas sin duda clave para comenzar a analizar el hecho es acerca
de sus disparadores inmediatos, así como las causas de su estallido en la ciudad
de Córdoba, antes que en otros lugares del país. De acuerdo a lo que hemos
venido planteando hasta aquí, pensamos que un comienzo posible de respuesta

35 Entre la diversidad de polémicas que se han generado sobre el Cordobazo se pueden men-
cionar el debate acerca del carácter espontáneo u organizado de la jornada; la discusión
acerca de si en la conciencia de los actores primaron factores económicos reivindicativos, o
más directamente políticos; sobre su carácter de hecho excepcional o no; acerca del papel
que jugaron en su concreción los trabajadores industriales y un largo etcétera. Para una
bibliografía parcial pero demostrativa de esta multiplicidad de enfoques, véase la biblio-
grafía al final del texto.

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276 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

debería partir del análisis de la estructura económica y social de esta provincia,


estructura sujeta a grandes cambios a partir de la década del cincuenta. Ya
desde el segundo gobierno peronista, Córdoba había ido mutando su paisaje de
provincia agrícola y de centro administrativo por un perfil decididamente in-
dustrial. Desde esa época el gobierno había desarrollado en los alrededores de la
capital provincial un complejo industrial, posteriormente denominado IME
(Industrias Mecánicas del Estado), especializado en la fabricación de motores
para la Fuerza Aérea, vehículos de uso militar y motocicletas, como la conocida
Puma. Esta transformación generó por supuesto una importante demanda de
mano de obra industrial y de personal técnico calificado. La instalación de la
Fiat italiana en 1954 y posteriormente la empresa automovilística Kaiser36 de
origen norteamericano terminarían este proceso, modificando la estructura so-
cial de la región de manera definitiva.
De esta manera, aparecía un nuevo proletariado en la zona proveniente del
interior de la provincia y de las aledañas, convocado por la posibilidad de con-
seguir trabajo en las grandes empresas y obtener salarios más altos en compara-
ción con otros empleos. Para la década del sesenta, las empresas que se instala-
ban en el área se beneficiaban por tanto de la preexistencia de una mano de obra
con importantes niveles de calificación. La provincia contaba además, desde los
años del gobernador Amadeo Sabattini, con una decisiva infraestructura en la
provisión de energía hidroeléctrica barata, además de ofrecer toda una gama de
ventajas impositivas y de mecanismos proteccionistas garantizados no sólo por
los gobiernos provinciales sino también por el nacional. A esto se agregaba que
desde 1960, durante la presidencia de Frondizi, se había dado un aval a la estra-
tegia empresarial de esas firmas de crear sindicatos por empresa quebrando el
centralizado poder de los sindicatos únicos por industria, de modo de garanti-
zarse direcciones sindicales fuertemente dóciles que ahorraran a las patronales
cualquier posibilidad de conflictividad laboral. En ese camino la empresa Fiat
sería pionera, consiguiendo durante el gobierno de Illia la personería gremial
de los sindicatos de las plantas fabriles de Concord (Sitrac), el de Materfer (Sitram)
y el de Grandes Motores Diesel (Sitragmd).
La provincia se transformaría así en el segundo centro industrial del país des-
pués de Buenos Aires, con una clase trabajadora altamente concentrada en las
principales industrias y en los nuevos barrios obreros que surgían alrededor de
las grandes empresas. Esta tardía y acelerada industrialización se estructuraba
sin embargo en base a una modalidad parcial y deformada, dado que el predo-
minio de las industrias mecánicas implicaba la existencia de un polo moderno

36 A partir de 1967 la mayoría del paquete accionario de las industrias Kaiser Argentina
(IKA) fue adquirida por la empresa automotriz de origen francés Renault.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 277

basado en capital intensivo pero no diversificado. A esto se sumaba que los


apoyos estatales con los que contaba ese sector no serían extendidos a otras
ramas de la industria, las que continuaron con formas mucho más atrasadas
tanto en tecnología como en organización de la producción37.
Junto al naciente proletariado “moderno” se encontraban por un lado un grupo
de sindicatos de larga data, influenciados por el ala combativa del sindicalismo
peronista y, por otro, un sindicato local del gremio de Luz y Fuerza, este último
con características muy particulares. Tras la creación de la empresa provincial de
energía EPEC (Empresa Pública de Energía de Córdoba) en 1948, había surgido
una dirección del sindicato pluralista y claramente orientada hacia posiciones de
izquierda. Su líder Agustín Tosco, un marxista independiente, llegaría a la secre-
taria general a la temprana edad de 27 años, y su figura alcanzaría proporciones
de leyenda en la época. Tosco era el emergente más visible de un sindicato cuya
excepcionalidad no sólo radicaba en su posición estratégica, dada su capacidad
de paralizar la ciudad, sino fundamentalmente en las formas de organización a
través de una impronta muy marcada de democracia de base. La misma se evi-
denciaba en la gran cantidad de delegados, a través del peso que éstos tenían en
las decisiones del sindicato, en la práctica constante de asambleas de los trabaja-
dores y en la obligación de sus dirigentes de retornar periódicamente a cumplir
sus tareas laborales –empezando por el propio Tosco–, práctica que la burocra-
cia sindical típicamente peronista había abandonado hacía ya largo tiempo38.
La clase obrera cordobesa había alcanzado niveles importantes de organiza-
ción y politización en los años previos al Cordobazo, aspecto que se demostra-
ría relevante tanto en el levantamiento como en los años posteriores. A esa
politización contribuía el menor peso político en la provincia de la burocracia
sindical, hecho que algunos análisis atribuyen a que la tardía industrialización
cordobesa habría impedido la consolidación de un aparato de control más fuer-
te en los gremios39. Se agregaba además un clima laboral cultural donde los
trabajadores de las grandes fábricas habían establecido entre ellos vínculos soli-
darios que excedían ampliamente a las plantas fabriles –entre otras cosas por la
cercanía entre lugar de trabajo y vivienda–, lo que redundaba tanto en una ma-
yor homogeneidad de clase como en una fuerte capacidad de influencia del
proletariado sobre otros sectores sociales40.

37 James Brennan: El Cordobazo: las guerras obreras en Córdoba 1955-1976, Buenos Ai-
res, Sudamericana, p. 59.
38 Ibid., pp. 150-160.
39 James Petras: “Córdoba y la revolución socialista”, en Juan Carlos Cena (comp.), El
Cordobazo. Una rebelión popular, Buenos Aires, La Rosa Blindada, 2000, p. 255.
40 Daniel James, op. cit., p. 302.

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Junto a la clase trabajadora, era muy visible el peso social del movimiento estu-
diantil, conformado por jóvenes de Córdoba y de las provincias más cercanas
en un número cercano a los treinta mil. Esa población juvenil convivía en su
mayoría en el barrio Clínicas y compartían una serie de vivencias cotidianas
que contribuía a darles una cultura común. Un elemento de homogeneización
era sin duda el fuerte descontento con las políticas implementadas por la dicta-
dura hacia la universidad que, en su faz represiva, ya habían provocado en sep-
tiembre de 1966 el asesinato del estudiante de ingeniería Santiago Pampillón.
Este movimiento estudiantil fue estrechando lazos cada vez más acentuados
con el movimiento obrero en los años anteriores al Cordobazo.
Sobre esa particular configuración social incidió una serie de acontecimientos
locales y nacionales que contribuyeron a la insurrección de Mayo. La mecha
había sido encendida por el gobierno al derogar el denominado “sábado ingles”
(ley por la que una semana laboral de 44 horas tenía una paga para los trabaja-
dores de 48 horas). Sumado a esto, la policía no iba a permitir la realización de
una asamblea convocada por la delegación del SMATA de Córdoba (Sindicato
de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor) convocada para discutir los
pasos a seguir ante la medida, asamblea que sería brutalmente reprimida. Para-
lelamente, gremios como la UOM (Unión Obrera Metalúrgica) se encontraban
involucrados en luchas alrededor de la problemática de las quitas zonales –leyes
que permitían a ciertas empresas del interior del país pagar salarios más bajos
que los de Buenos Aires a sus trabajadores– que, aunque habían sido derogadas
recientemente por el Ministerio de Trabajo, continuaban siendo aplicadas con
total impunidad por las empresas.
Menos inmediatamente visible, pero no menos sentido por los trabajadores,
influía el esfuerzo persistente del capital por consolidar un régimen de acumu-
lación basado en el incremento de la plusvalía relativa que, si bien era una
ofensiva patronal de características nacionales, se expresaba con particular in-
tensidad en las industrias de tecnología de punta en Córdoba. Allí las gran-
des empresas automotrices como IKA-Renault o Fiat se enfrentaban a una
fuerte competencia por el mercado automotriz con otras firmas instaladas en la
Capital Federal y el Gran Buenos Aires desde el gobierno de Frondizi, que las
había llevado de tener un control casi absoluto del mercado a fines de los cin-
cuenta, a una participación inferior al 40 por ciento para 1969. De esta manera
el ataque patronal asumía un rostro aun más descarnado en Córdoba, dada la
necesidad empresarial de redimensionar costos, lo que implicaba para los tra-
bajadores un aumento de la velocidad de las líneas de montaje, presiones de
todo tipo para aumentar la productividad y una jornada de trabajo, si no más
larga, sí cada vez más intensa. El descontento que esta situación provocaba en
los obreros de las grandes empresas es un factor subjetivo que puede rastrearse

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 279

en los actores del Cordobazo, pero que se expresaría sobre todo a partir de los
acontecimientos posteriores.
Para agregar aun más temperatura a la conflictividad social, el gobernador de
Córdoba Carlos Caballero, un connotado miembro de la vieja oligarquía cordobe-
sa, había puesto en funcionamiento el denominado Consejo Consultivo Econó-
mico Social, con eje en la participación de las corporaciones provinciales, eviden-
ciando el carácter filofascista del régimen, lo que aumentaba la irritación de los
sectores populares y aun de los medios, cansados del autoritarismo dictatorial y
molestos por el reciente aumento de los impuestos dispuesto por el gobernador.
Además de los aspectos locales, en Córdoba se catalizaría una ola de conflictividad
contra las políticas del onganiato de características nacionales. En ese sentido,
como se ha señalado en otros trabajos sobre la cuestión41, el Cordobazo sería
tanto culminación y síntesis de un proceso de luchas previas como punto de
partida para el desarrollo de una radicalización social posterior.
Por último, y como antecedentes insoslayables, deben tenerse en cuenta algunos
hechos puntuales como una seguidilla de asesinatos cometidos por las “fuerzas
del orden” en los días previos al Cordobazo. Así, el 15 de mayo caía en Corrientes
–a manos de la policía– el estudiante de medicina Juan José Cabral, en una movi-
lización de protesta contra la privatización del comedor universitario de la Uni-
versidad Nacional del Nordeste, lo que había desencadenado una suba de más del
500 por ciento en sus precios. La ola represiva continuó con un nuevo asesinato en
Rosario –el del estudiante de Económicas Ramón Bello– ante las marchas de
repudio por la muerte de Cabral. El asesinato de Bello llevó nuevamente a una
masiva movilización, donde otra vez el accionar represivo se cobró una nueva
víctima, la del estudiante secundario Luis Norberto Blanco de 15 años de edad.
En esta ocasión, la respuesta enfurecida de los manifestantes generó enfrentamientos
que se prolongaron por horas en distintos puntos de la ciudad en los que las
fuerzas de seguridad fueron desbordadas. En un verdadero antecedente de lo que
sucedería en Córdoba, Rosario fue declarada zona de emergencia y las tropas del
Segundo Cuerpo del Ejército ocuparon transitoriamente sus calles.
Sobre ese mapa de acontecimientos se trazarían entonces las líneas del Cordobazo.

4.1.2 Los hechos

En lo que constituía un acontecimiento inédito, tanto la CGTA como la CGT


liderada por Vandor habían acordado una huelga general nacional para el 30 de
mayo.

41 Mónica Gordillo: “Hacia el Cordobazo”, en Juan Carlos Cena (comp.), op. cit., pp. 306-307.

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Los líderes cordobeses de los dos encuadramientos sindicales no se limitaron a dar


su apoyo a la medida, sino que extendían la misma por 24 horas, de manera que la
protesta se iniciara el 29 de mayo y, a propuesta de Tosco, se transformara en un
paro activo con abandono de tareas y movilización por el centro de la ciudad. Para
garantizar la medida se integró a la organización a representantes del movimiento
estudiantil y se planificó detalladamente tanto el recorrido de las diferentes colum-
nas como la resistencia, si el gobierno intentaba disolver la manifestación.
El inicio de la jornada se tiñó rápidamente de sangre cuando la policía, inten-
tando detener el avance de la columna de los trabajadores del SMATA, provocó
la muerte del obrero Máximo Mena. La indignación por la represión comenza-
ba a transformar la movilización en un comienzo de insurrección. Los
enfrentamientos se multiplicaban por todo el casco céntrico, y para el mediodía
las hogueras se extendían por un radio de 150 cuadras mientras la policía, ago-
tado el parque de municiones de balas de plomo y de gases lacrimógenos, ini-
ciaba una apresurada retirada.
En el marco de la rebelión popular, donde ahora sí primaba la espontaneidad,
los residentes del centro se unían a los manifestantes colaborando con todo tipo
de elementos para garantizar las barricadas, mientras oficinas de empresas ex-
tranjeras como la Xerox y Citroën eran incendiadas. Pero en un hecho que dice
mucho sobre el imaginario social y el tipo de sociedad de la época, práctica-
mente no se registraban hechos de saqueo y pillaje42.
Al caer la tarde, las tropas del Tercer Cuerpo del Ejército avanzaban sobre la
ciudad de la que los manifestantes se habían adueñado, mientras el epicentro
del conflicto se trasladaba del casco céntrico a los barrios periféricos, particu-
larmente al Clínicas, donde los estudiantes se hacían fuertes. El general Sánchez
Lahoz, comandante del Tercer Cuerpo, dijo días después en una analogía parti-
cularmente gráfica de la situación: “Me pareció ser jefe de un ejército británico
durante las invasiones inglesas. La gente tiraba de todo desde sus balcones y
azoteas”.43
Los detenidos fueron juzgados por la justicia militar a través de un consejo de
guerra especial que en sus condenas más emblemáticas condenaba a Tosco a
ocho años y tres meses de prisión y a Elpidio Torres, secretario general del
SMATA, a cuatro años y ocho meses de pena. Según cifras no oficiales, el
Cordobazo culminaba, después de dos días, con más de sesenta muertos, cente-
nares de heridos y alrededor de trescientos encarcelados.

42 Sobre este aspecto en particular del Cordobazo, véanse testimonios en Gordillo, op. cit., p.
311.
43 Citado en Oscar Anzorena, Tiempos de violencia y utopía, Buenos Aires, Contrapunto,
1988, p. 68.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 281

4.1.3 Consecuencias y derivaciones

Las implicancias de los acontecimientos fueron múltiples. En primer lugar, el


mito de la “paz social” en la que los militares basaban la legitimidad de la
Revolución Argentina, a partir del supuesto consenso pasivo de la mayoría de
la población, se resquebrajaba en pedazos poco antes de cumplirse los tres años
de su llegada al poder. De manera inmediata las repercusiones de la insurrec-
ción provocaban la renuncia del ministro de Economía Krieger Vasena y su
reemplazo en la cartera por Dagnino Pastore. No obstante, el gobierno no pre-
tendía modificar el rumbo de la política económica, aunque el mismo quedaba,
luego de la insurrección, herido de muerte.
Por otro lado, el Cordobazo marcaba la masificación de una resistencia popu-
lar contra la dictadura que se alejaba de los canales institucionales para asu-
mir niveles de violencia que comenzaban a gozar de una legitimidad crecien-
te. En particular, la unión en las calles del movimiento obrero con la pobla-
ción estudiantil –que terminaba con un largo divorcio entre los dos sectores
sociales– implicaba la posibilidad de una convergencia social que por su nú-
mero, capacidad de movilización y potencialidad radical, aterrorizaba al po-
der militar y al establishment. A su vez la burocracia sindical quedaba clara-
mente cuestionada en su política de contemporización con el régimen mien-
tras crecía un desafío, cada vez mas evidente, a su capacidad de control sobre
los trabajadores por un conjunto de experiencias sindicales que asumían nue-
vas metodologías y objetivos.
Por su parte, el aumento de la conflictividad social repercutía directamente
sobre las Fuerzas Armadas, agudizando sus contradicciones internas. Las masi-
vas movilizaciones profundizaban las tensiones entre un Onganía que seguiría
actuando en los días venideros como si nada hubiera cambiado y los altos man-
dos de las Fuerzas Armadas, quienes se sentían los convidados de piedra a la
hora de las decisiones clave del gobierno mientras pagaban el precio de asumir
los costos políticos de la represión en las calles.
De manera aun más determinante, el Cordobazo abría una etapa donde un am-
plio espectro de nuevos actores sociales, que habían surgido lentamente en los
años anteriores, encontraban amplias perspectivas de desarrollo. Crecientes sec-
tores de la sociedad prestaban oídos más receptivos a las interpelaciones de
dirigentes obreros antidictatoriales, antipatronales y antiburocráticos, organi-
zaciones guerrilleras, curas tercermundistas, coordinadoras estudiantiles que
no agotaban sus planteos en el enfrentamiento a la dictadura vigente sino que
cuestionaban el capitalismo como sistema y se proponían, cada vez mas explíci-
tamente, construir una sociedad a la que comenzaban a definir como socialista.
Si el onganiato se había propuesto finalizar con la crisis de dominación, el

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Cordobazo era la prueba más contundente de que la misma se reabría en un


grado de profundidad mucho mayor, desplegándose una situación de “crisis
orgánica”. Evidentemente el Cordobazo señalaba un punto de inflexión no so-
lamente en el derrotero de la Revolución Argentina, sino que el proceso que
germinaba en el país comenzaba a mostrar que ya nada volvería a ser igual que
antes.

4.2 La crisis orgánica y los nuevos actores sociales

Ya hemos señalado, cuando hablamos sobre la crisis de hegemonía44, que la


visión del mundo que sostienen las clases dominantes no puede imponerse a las
clases subalternas solamente a través de la coerción. Para estabilizar su dominio
deben jugar un rol de dirección intelectual y moral que permita “convencer” a
la mayoría de la sociedad de que los valores e ideas funcionales a su reproduc-
ción como clase dominante son valores “beneficiosos” para el conjunto de la
sociedad.
También hemos comentado que los distintos autores que han analizado el pe-
ríodo que nos interesa, han acordado en que en la sociedad Argentina posterior
a 1955 las clases dominantes se encontraban en una situación de incapacidad
para recrear esas condiciones de dominio legítimo y consensual, lo cual nos
permite hablar de crisis de dominación. Retomando nuevamente los argumen-
tos de Portantiero, vimos que se llegaba a una situación donde los diferentes
actores sociales eran capaces de vetar los proyectos antagónicos, pero sin contar
con los recursos suficientes para imponer de manera perdurable los propios45,
configurándose una situación de empate fundamentalmente entre las distintas
fracciones de la burguesía. Siguiendo ese análisis, si la Revolución Argentina
llegaba para quebrar esa situación de paridad imponiendo la hegemonía de la
fracción de la burguesía industrial más concentrada, por los diversos aspectos
que reseñamos anteriormente y que se expresaron nítidamente en el Cordobazo,
esos planes desembocaron en la reapertura de la crisis de hegemonía en su máximo
nivel de intensidad, desplegándose una situación de “crisis orgánica”. Entende-
mos por tal un proceso donde las contradicciones sociales se han agudizado de
tal manera que “la clase dominante ha perdido el consentimiento, o sea, ya no
es dirigente, sino sólo dominante, detentadora de la mera fuerza coactiva, ello
significa que las grandes masas se han desprendido de las ideologías tradicio-
nales, no creen ya en aquello en lo cual antes creían, etc. La crisis consiste

44 Al final del punto 1 de este trabajo.


45 Juan Carlos Portantiero: op. cit., p. 84.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 283

precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo...”46 Esta
crisis hegemónica se expresa en una “crisis de autoridad... o crisis del Estado
en su conjunto”47, donde el dominio es cuestionado en diversos planos por las
clases subalternas y éstas comienzan a recorrer, aunque de manera embrionaria
y contradictoria, un camino donde se esbozan al menos en potencia las líneas
de un proyecto propio y ajeno a las estrategias y la primacía ideológica de
quienes detentan el poder.
De esa manera, el campo mas dinámico de la conflictividad deja de ser el plano
de la lucha dentro de las clases dominantes –donde las clases subalternas asisten
como espectadoras pasivas o sólo como apoyo a las fracciones burguesas en con-
flicto– para trasladarse a un enfrentamiento entre los dominados, que actúan
con creciente autonomía, y los dominadores, que ven amenazada la totalidad
del sistema de dominación que han construido.
A fines de los sesenta, la crisis de dominación de la burguesía argentina tenía su
punto de partida en la convergencia de una diversidad de reclamos que, conju-
gados, marcaban un grado de desafío inédito al poder. Al viejo reclamo demo-
crático de poner fin a la proscripción del peronismo y permitir el retorno de
Perón al país se agregaban las demandas de amplios sectores sociales –particu-
larmente intensas en los estratos medios– cansados del autoritarismo y que,
desde la perspectiva de los trabajadores, se expresaba en sus luchas para enfren-
tar la ofensiva del capital en el nivel de las fábricas. Al ligarse a una situación de
profundización de las contradicciones dentro de las clases dominantes y desa-
rrollarse la acción de las clases populares a través de formas de acción no
institucionales –y por lo tanto no reabsorbibles por el sistema de dominación
vigente– que indicaban la búsqueda de un nuevo orden social, terminaba de
esbozarse la crisis orgánica. Esta se potenciaba con la existencia de un Estado,
que, al decir de Portantiero, se caracterizaba por su vulnerabilidad ante las
demandas de las distintas coaliciones sociales dado que carecía estructuralmente
de una organización burocrática con capacidad de generar un orden político
estable, por lo que al sostenerse sólo en el autoritarismo, se vería desbordado
por una sociedad civil fuertemente movilizada48.
La crisis de dominación involucraba todos los planos de la realidad (político, social,
cultural, económico) y era el trasfondo que facilitaba el desarrollo de los nuevos
actores sociales impugnadores del orden establecido. Todas las estrategias que se

46 Antonio Gramsci: “Oleada de Materialismo y crisis de Autoridad”, en Mabel Thwaites


Rey (et alia), Gramsci Mirando al Sur, s/d, p. 49.
47 Ibid., p. 50.
48 Juan Carlos Portantiero: “Economía y Política en la crisis argentina: 1958-1973”, Revista
Mexicana de Sociología, Nº 2, 1977, p. 12.

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desarrollarán en los años venideros tienen su fundamento último en su existencia y


son tanto indicadores, causa y consecuencia de la crisis de dominación.

4.2.1 La rebelión obrera

La avalancha de desobediencia civil tuvo su epicentro en la aparición, como


ya mencionamos, de un nuevo activismo sindical. Frecuentemente se ha ana-
lizado ese proceso separándolo básicamente en dos afluentes, en una visión
que prioriza la diversidad de orígenes y las diferencias políticas por sobre las
confluencias comunes. Así, se divide la actuación de la CGTA por un lado y
la del denominado clasismo por el otro49. A la central obrera nacida en 1968
se la muestra motorizada centralmente por aquellos sindicatos directamente
afectados por la reestructuración económica diseñada por Krieger Vasena (fe-
rrocarriles, empleados del Estado, gremios azucareros tucumanos, etc.), de
tamaño más pequeño y provenientes de ramas de la producción cuya organi-
zación se caracterizaba por ser más “atrasada” que las industrias de punta. Se
señala además la existencia de un hiato cronológico entre las dos expresiones
de la resistencia obrera dado que la CGTA tiene su período de auge entre
1968 y 1969, mientras que el clasismo se expande fuertemente a partir del
Cordobazo, teniendo su centro de desarrollo en el interior del país y particu-
larmente en Córdoba.
En el segundo caso se analiza su nacimiento como un proceso surgido en el seno
de las modernas plantas industriales instaladas en el país desde la década del
cincuenta. La preocupación principal que motoriza las luchas del clasismo no es
esencialmente la marginación, la desocupación o el conflicto salarial, sino que
se encuentra en la pelea por modificar las condiciones del trabajo dentro de las
fábricas. Como vimos, el origen de esta problemática se debe al desafío que el
capital les plantea a los trabajadores al presionar por aumentar la productividad
y los ritmos del trabajo para modificar el modelo de acumulación. Por eso, la
prédica gremial del clasismo se orienta hacia los ritmos de producción, la insa-
lubridad de ciertas tareas, las clasificaciones y categorías de los obreros, en
esencia a disputarle al capital el escenario del control de la planta fabril.
Si esta clasificación en dos vertientes de la resistencia obrera se basa en señalar
diferencias importantes que hacen necesaria su particularización, no es menos
cierto que es necesario marcar las interrelaciones existentes para acercarnos al
grado de complejidad de ese proceso social tan rico y matizado. Un ejemplo de

49 Juan Carlos Torre: Los sindicatos en el gobierno. 1973-1976, Buenos Aires, CEAL, 1989,
pp. 40, 113 y 114.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 285

lo que afirmamos lo ofrece el Sindicato de Luz y Fuerza cordobés liderado por


Agustín Tosco. Si por prácticas y discurso se lo debe filiar, con poco lugar a
dudas, en la corriente clasista, no por ello puede olvidarse el rol decisivo que
jugó en la consolidación de la CGTA ni las relaciones tensas que mantuvo, en
ciertas coyunturas, con sindicatos típicamente clasistas como el Sitrac-Sitram.
Es útil indicar a su vez que grupos de militantes de la izquierda peronista, de
peso indudable en la CGTA, tendrían poco tiempo más tarde un papel determi-
nante en la organización del Peronismo de Base, agrupamiento que mantenien-
do su identidad peronista, puede ser, en razón de su discurso y sus prácticas,
perfectamente asimilable al clasismo50.
Estos señalamientos nos hablan de un cruce de experiencias cuya profundización
como campo de estudio aún está pendiente. Precisemos finalmente que no es
tan clara la separación mecánica que se traza –y de la que análisis sobre la
CGTA como el que reseñamos parten de manera explícita o implícita– entre la
mayor o menor combatividad de los sindicatos de orientación peronista a partir
de una línea que filia posturas más conciliadoras a sindicatos de sectores más
desarrollados y de mejores salarios por un lado, y de mayor intransigencia a los
de sectores mas “atrasados” y con sueldos más bajos por otro. Como ha señalado
Daniel James,51 esa división no necesariamente guarda relación con la expe-
riencia empírica y omite la importancia de factores políticos en las posturas
públicas de mayor o menor confrontación que asumían los sindicatos liderados
por dirigentes peronistas.
Puntualizados estos aspectos, veamos la trayectoria de ambas vertientes. En el
caso de la CGTA, es difícil imaginarse buena parte de los acontecimientos pos-
teriores a 1968 sin su labor contestataria y su influencia ideológica. La nueva
central desarrollará su accionar en un contexto de debilidad del movimiento
obrero y de fortaleza de la dictadura, por lo que su rebelión ayudará a galvani-
zar el espíritu de lucha de sectores de la población justo en el momento en que
el proyecto gubernamental aparecía como indetenible y se esparcía un senti-
miento de desaliento en buena parte del activismo político-social. Su existen-
cia dejará una herencia decisiva porque “señaló el renacimiento de dos reconci-
liaciones importantes y estrechamente vinculadas, la primera entre la clase obrera
y la izquierda y la segunda entre la clase obrera y el movimiento estudiantil”52.
Si su trayectoria se tornó efímera se debe, en nuestra opinión, fundamental-
mente a dos factores. El primero fue indudablemente el rol de Perón. En la

50 James Brennan: op. cit., p. 350.


51 Daniel James: “La izquierda peronista (1955-75)”, mimeo.
52 James Brennan: op. cit., p. 164.

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medida en que la preocupación principal del general exiliado pasaba, a princi-


pios de 1968, por contrarrestar el peso del vandorismo en el movimiento obre-
ro, esa actitud lo llevó a alentar el surgimiento del ala sindical disidente. Para
eso recibió a Ongaro en Madrid, envió cartas a Argentina alabando al dirigente
gráfico y llamó a la disolución de las 62 organizaciones –el brazo político de los
gremios peronistas– hegemonizadas por Vandor. Cuando desde su perspectiva
la situación política se modificó y juzgó el ascenso de la CGTA como política-
mente incontrolable, tendió puentes con Vandor abogando desde España por la
unificación del gremialismo en una única central obrera, terminando por des-
autorizar a la central combativa hasta ordenar su disolución y la reunificación
en la CGT. Estos virajes tácticos no eran nuevos en Perón. Cada vez que surgía
un sector que podía disputarle la dirección del movimiento, el líder recurría a
los grupos más intransigentes del peronismo para dejarlos de lado una vez que
el peligro había pasado y necesitaba asumir un rostro más conciliador con los
factores de poder53. Lo cierto es que la obediencia irrestricta de muchos sindica-
listas combativos a las órdenes de Perón –aunque otros desobedecieron su lla-
mado– debilitó a la CGTA limitando sus posibilidades de crecimiento.
El segundo factor que llevó a la desaparición de la central fue la intensidad de la
represión estatal que, paralelamente, marcaba los límites estructurales que te-
nía el ensayo de confrontar abiertamente con el Estado desde estructuras sindi-
cales, en un país donde las prerrogativas de injerencia del poder estatal en los
gremios era decisivamente alta. Una coyuntura determinada le dio la posibili-
dad al gobierno de lanzar el ataque final contra la central rebelde: el asesinato
de Vandor el 30 de junio de 1969 en la sede de la Unión Obrera Metalúrgica.
Los ejecutores –cuya procedencia recién se conocerá años más tarde– formaban
parte de una organización de la izquierda peronista que finalmente confluiría
en “Descamisados”. Siempre quedará una franja de oscuridad sobre el grado de
conocimiento y aval que Perón tuvo sobre el hecho. Lo cierto es que Onganía
aprovechó la ocasión para decretar el Estado de sitio, intervenir los sindicatos
ligados a la CGTA, ilegalizar de manera definitiva a la central y detener, por
sexta vez consecutiva en un año, a Raimundo Ongaro bajo la falsa acusación de
estar relacionado con el crimen. Los militantes, condenados a la clandestinidad
total, huérfanos de mínimas estructuras y de recursos financieros que hasta ese
momento provenían de los gremios, no podían sostener a largo plazo la organi-
zación y la central rebelde, finalmente, se extinguió.
Mientras eso sucedía, en las plantas automotrices de Córdoba se daban los procesos

53 Lo que aconteció con la CGTA tenía un antecedente cercano en un suceso del año 1964
cuando Perón potenció el nacimiento de una corriente combativa, el Movimiento Revolu-
cionario Peronista (MRP), para, posteriormente, desautorizarlo.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 287

que desembocarían en la aparición del clasismo. En los primeros meses de 1970 la


conducción burocrática del Sitrac de la planta Concord de Fiat fue repudiada por los
trabajadores tras la firma de un convenio colectivo de trabajo con la empresa que no
contenía ninguno de los reclamos más sentidos por las bases, hecho agravado por la
negativa a reconocer como delegado de sección a un operario que formaba parte de
la oposición a la dirigencia oficial. A partir de allí se inició una escalada del conflicto
donde se trazaron claramente los campos enfrentados: los dirigentes gremiales, la
empresa y los funcionarios gubernamentales por un lado y la inmensa mayoría de
los trabajadores por el otro. La pulseada terminó –tras una toma de la planta de
Concord por tres días– con la victoria de los reclamos obreros. Una nueva dirección
sindical surgida de las bases emergía de la lucha. El ejemplo pronto se trasladó a
Fiat Materfer, donde también los representantes sindicales del Sitram fueron repu-
diados y desplazados, tras una toma de planta que reeditaba los pasos seguidos por
los empleados de Concord. Una vez que ambos sindicatos contaron con representa-
ciones producto de masivas asambleas generales, pasaron a actuar en conjunto sem-
brando la semilla de una lógica sindical diferente.
Catapultados por un novedoso espíritu de lucha de los trabajadores amasado tras
años de prepotencias patronales y defecciones sindicales, la nueva generación de
activistas sindicales puso en marcha formas organizativas que poco tenían que ver
con las adoptadas por el sindicalismo tradicional. Junto a las asambleas abiertas
como principal método de decisión, se resolvió que todos los dirigentes conserva-
ran sus puestos en la planta de manera que no existieran representantes gremiales
pagos, dándoles por añadidura un inmejorable grado de contacto con las proble-
máticas cotidianas que afectaban a las distintas secciones54.
Al mismo tiempo las metodologías utilizadas para sostener la lucha contra las
patronales también adquirían un perfil distintivo y particularmente radicalizado.
Toma de plantas con rehenes de la gerencia, paros activos con movilización
recurriendo a la solidaridad de la población circundante, huelgas de hambre
aunadas a un discurso frontalmente anticapitalista y antiburocrático conforma-
ban su sello particular que, con su apego a la acción directa, recogía prácticas
anteriores del movimiento obrero argentino.
La creación de sindicatos de planta motorizada por Fiat para garantizarse traba-
jadores dóciles se volvía paradójicamente en contra cuando, en un contexto
diferente, las dirigencias sindicales mostraron su impotencia para contener la
agitación de las bases al carecer de los sofisticados aparatos de control con que
contaban los sindicatos nacionales55. Los planteos y métodos del clasismo muy

54 James Brennan, op. cit., p. 228.


55 Daniel James: Resistencia e integración, op. cit., p. 301.

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pronto fueron recogidos por otras expresiones de organizaciones de base en


las fabricas, particularmente en Córdoba. En 1972 la dirección del SMATA era
obtenida por una lista clasista liderada por René Salamanca, un trabajador me-
cánico miembro del Partido Comunista Revolucionario (PCR).
Partiendo de la problemática de las condiciones de trabajo, de la que la buro-
cracia sindical no podía hacerse eco por su propia lógica de construcción, el
clasismo reintroducía ejes que tenían larga historia en el movimiento obrero
argentino56. Ya durante el primer gobierno peronista el peso adquirido por las
comisiones internas en las fábricas había encontrado la reacción del capital, que
en el marco de la crisis económica del segundo gobierno peronista, intentó
hacer retroceder los niveles de organización obrera, fracasando en la tentativa.
El golpe de 1955 centró su furia en esos órganos obreros de base y fue finalmen-
te durante el gobierno de Frondizi cuando su protagonismo comenzó a men-
guar en paralelo con la consolidación del vandorismo que se constituía en base
a una práctica que era ajena a las reivindicaciones relacionadas con los reclamos
diarios de las plantas que no tuvieran que ver con lo salarial. En el marco de la
“Revolución Argentina”, el clasismo expresaba esas tradiciones anteriores in-
troduciendo además un discurso de corte anticapitalista y socialista.
Algunos estudios sobre esta corriente obrera realizan una distinción dentro del
clasismo, basada en la diferenciación de dos momentos. Uno de surgimiento
“producto de un movimiento genuino de las bases”57 y otro posterior, con
protagonismo en su dirección de las multifacéticas expresiones de la izquierda.
Esa línea de reflexión se basa en la postura de que la lucha económica y
reivindicativa habría jugado un rol más preponderante que la lucha por un
cambio de sistema en la conciencia de los trabajadores que adhirieron al clasismo.
Ante estas aseveraciones, aunque ciertas en algunos aspectos, pueden antepo-
nerse ciertos reparos. Al plantearse las bases obreras el cuestionamiento de los
aspectos celulares del modelo de acumulación en las fábricas, su lucha llevaba
necesariamente implicado el desafío a la burocracia sindical y obviamente a la
dictadura militar, cuya razón de ser determinante se encontraba en la necesidad
de reestructurar la acumulación capitalista. De esta manera el accionar
reivindicativo asumía objetivamente –mas allá de la discusión sobre la mayor o
menor conciencia de sus protagonistas– un perfil político de desafío al núcleo
del sistema encarnado en la complicidad entre las empresas monopólicas
transnacionales, las Fuerzas Armadas y la dirigencia sindical nacional. Al mis-
mo tiempo pensamos que es mucho mas fructífero pensar la relación entre la

56 Juan Carlos Torre, op. cit.


57 James Brennan, op. cit., p. 220.

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subjetividad de los trabajadores y la prédica de las organizaciones de izquierda


como una articulación dialéctica, y por ende con contradicciones, de influencia
mutua y recíproca, en lugar de instancias separadas. No se puede entender el
estado de rebelión fabril existente en las plantas automotrices de Córdoba sin
reconstruir la acción de larga data de corrientes políticas de izquierda en el seno
del movimiento obrero mas concentrado.
En buena medida la lucha del clasismo creció porque conjugaba con buena parte
de la sociedad debido a que una lucha contra el autoritarismo en la fábrica natu-
ralmente se vinculaba con la lucha contra el autoritarismo en la sociedad. Aunque
al principio esta expresión tuvo, como indicamos, un carácter fuertemente regio-
nal con eje en Córdoba, poco a poco –pero seguramente no con la velocidad que
sus protagonistas deseaban y, sobre todo, necesitaban dado el tamaño de los ene-
migos que enfrentaban– sus principios hallarían eco en el complejo industrial
principalmente siderúrgico y petroquímico montado entre Buenos Aires y Rosa-
rio a la ribera del río Paraná y, posteriormente –alrededor de 1972–, en el conurbano
bonaerense, quebrando la relativa calma en que se había mantenido la conflictividad
laboral en la zona comparada con el interior del país.
Por último, es también importante señalar que las agrupaciones obreras que
formaban parte del ideario clasista, nunca llegarían a conformar una estructura
política gremial unificada. El intento más cercano fue probablemente el Con-
greso realizado en la ciudad de Córdoba en agosto de 1971 convocado por Sitrac-
Sitram, pero a los efectos prácticos, no llegaría a consolidarse.

4.2.2 Los Sacerdotes del Tercer Mundo

Cuando, a fines de la década del cincuenta, el cardenal Angelo Giuseppe Roncalli


fue elegido Papa en un largo cónclave, para asumir como Juan XXIII, la Iglesia
entraba en una etapa de cambios que para muchos resultaría inesperada. Pre-
ocupado por el alejamiento de millones de fieles de las creencias cristianas e
influido por los vientos nuevos que surcaban el mundo, el Papa comenzó a
impulsar una serie de medidas que buscaban generar reformas de notable im-
portancia en la institución eclesial. Para ello en 1959 convocaba al Concilio
Vaticano II –que comenzaría en 1962– iniciando un proceso interno de discu-
sión que se reforzaría con la Encíclica58 Pacem in Terris (1963) donde, además
de defender la necesaria vigencia de los derechos humanos en el mundo, se
oponía a la carrera armamentista característica de la Guerra Fría y abogaba por
la necesidad del diálogo y el entendimiento entre marxistas y cristianos. Ese

58 Las encíclicas son documentos solemnes elaborados por los pontífices.

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rumbo sería mantenido, en líneas generales, por su sucesor Pablo VI, quien
prestaría particular atención a los acontecimientos de América Latina y daría
luz a la encíclica Populurum Progressio (1967), en la cual se señalaba el carác-
ter legítimo de las rebeliones de las poblaciones que sufrieran tiranías manifies-
tas y prolongadas que atentaran contra los derechos humanos, lo que sería in-
terpretado por miles de religiosos en el mundo como una nueva visión de la
institución sobre la problemática de la violencia.
Poco antes de llevarse a cabo la conferencia del episcopado latinoamericano
en la ciudad de Medellín en Colombia, dieciocho obispos de Asia, África y
América Latina daban a conocer públicamente un documento que alababa las
virtudes del sistema socialista. “La Iglesia no puede menos que regocijarse al
ver aparecer en la humanidad otro sistema social menos alejado de la moral
de los profetas y el evangelio”59.
En Argentina, a fines de 1967, tres sacerdotes tradujeron el documento envian-
do una copia a una lista de religiosos de todo el país para manifestar la adhesión
a los postulados de los obispos del Tercer Mundo. La magnitud de la respuesta
superó todas sus expectativas. Más de trescientos sacerdotes respondían positi-
vamente y muchos hacían saber su voluntad de no reducirse solamente al apoyo
formal, conminando a la organización de una reunión para discutir colectiva-
mente los pasos a seguir. Se gestaba así el primer encuentro que se llevaría a
cabo el 1º de mayo en Córdoba –en coincidencia más que simbólica, se haría en
paralelo con el acto que la CGTA llevaba adelante en la misma ciudad– donde
los religiosos elegirían un secretariado nacional que entre sus primeras tareas
debía elaborar una carta dirigida al Papa y a los obispos reunidos en Medellín
sobre un tema nodal de la época: la violencia.
De esa manera casi casual –donde incluso el nombre de Sacerdotes para el Ter-
cer Mundo surgió de un bautismo periodístico que los protagonistas hicieron
propio– nacía un movimiento social que tuvo un rol protagónico en los aconte-
cimientos venideros. Según lo afirma uno de sus fundadores, “los movimientos
no se crean, no se fundan, los movimientos históricos reales, verdaderos, nacen,
cuando son auténticos, nacen. Y nacer no es lo mismo que inventar, decretar,
crear; es una cosa completamente distinta y tiene que surgir de una serie de
condiciones históricas que en un momento determinado hacen que eso sea
viable y nazca”60.

59 Citado en Richard Gillespie, Montoneros. Soldados de Perón, Buenos Aires, Grijalbo, 1987,
p. 81.
60 Conferencia de Miguel Ramondetti, ex secretario general del Movimiento de Sacerdotes
para el Tercer Mundo, citada en Cuadernos del Centro de Estudios José Carlos Mariátegui:
Los 70 en los 90, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, 1994.

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Esas condiciones a las que se hace referencia no eran sólo un reflejo de los
cambios operados en la Iglesia a nivel mundial. El movimiento expresaba la
fuerte sensación de malestar de cientos de curas con el apoyo que le brindaba
a la dictadura la cúpula eclesial, hecho visible en la simpatía, más o menos
pública, que ésta demostraba hacia los planteos preconciliares de los voceros
gubernamentales y en la llegada de cientos de cuadros provenientes de las
usinas educativas eclesiales a ocupar funciones de gobierno.
Su creación se engarzaba con la subjetividad de sus integrantes potenciando un
proceso que era previo. La mayoría de los sacerdotes llevaba adelante su compro-
miso religioso en barrios obreros –reeditando la anterior práctica de trabajo en las
fábricas impulsada por los curas obreros–, en las villas miseria y barriadas más
pobres del país. Al vivir de cerca y en muchos casos compartir una vida de priva-
ciones y sacrificios, surgía un sentimiento de rebelión contra las injusticias del
poder que, de manera creciente, los llevaba a la conclusión de que ninguna de las
tareas de ayuda y caridad podían ser verdaderamente efectivas sin un profundo
cambio de las estructuras económico-sociales que engendraban la pobreza.
Aunados los factores de experiencia cotidiana, los cambios posconciliares de la
Iglesia y el rechazo al compromiso institucional con la dictadura, se articularon
las condiciones que pusieron en marcha al movimiento. El impacto de las tesis
católicas radicales no se agotó en la creación del Movimiento de Sacerdotes para
el Tercer Mundo (MSTM) sino que se hizo extensivo a otros ámbitos. Un ejem-
plo de ello es la aparición de la revista Cristianismo y Revolución, creada a fines
de 1966 y dirigida por el ex seminarista Juan García Elorrio. La publicación
hizo una contribución enorme a la difusión del explosivo cóctel político que
combinaba creencias cristianas, peronismo, socialismo y –particularmente en
este caso– un apoyo explícito a la lucha armada. El propio Elorrio –antes de su
dudosa muerte al ser atropellado por un automóvil– articuló el impulso a la
publicación con la mucho más clandestina tarea de estructurar una organiza-
ción guerrillera a la que denominó Comando Camilo Torres61. Aunque el agru-
pamiento jamás entró de hecho en acción, en él hicieron sus primeros pasos los
que pocos años más tarde serían la dirección política de Montoneros62.
En líneas generales, la radicalización de elementos cristianos tuvo un fuerte impac-
to sobre la juventud. Particularmente aquellos que acompañaban las tareas religio-
sas y sociales de los curas tercermundistas recorrerían un camino de incorporación
a la vida política que se asemejaba en mucho al tránsito realizado por sus mentores.

61 En homenaje al cura colombiano que se había incorporado públicamente a una agrupa-


ción guerrillera de ese país y que murió combatiendo en 1966.
62 Nos referimos, por ejemplo, a Fernando Abal Medina, Gustavo Ramus y Mario Firmenich.

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Comenzaba como un sentimiento de rebelión ante las injusticias sociales con las
que se encontraban y se consolidaba en una visión del mundo que incluía una
nueva forma de concebir la doctrina cristiana. En un proceso, donde germinarían
las primeras semillas de lo que luego se condensaría en la Teología de la Liberación,
se articularían visiones que, a partir de una determinada lectura del evangelio y la
vida de Jesús, definían que no se podía ser verdaderamente cristiano sin realizar
una opción preferencial por los más pobres. Por eso la tarea central era contribuir
al cambio radical de las estructuras que generaban la pobreza.
Rescatando la perspectiva de una sociedad socialista donde conciliaban las tradi-
ciones comunitarias cristianas con la ideología marxista, los tercermundistas eran
un afluente clave del torrente social que se enfrentaba a la dictadura. A través de
ayunos, huelgas de hambre, proclamas y movilizaciones, tuvieron un destacado
papel en el conflicto desatado alrededor de las villas miseria cuando Onganía
promulgó una ley de erradicación de las mismas que se proponía el traslado com-
pulsivo de sus habitantes a unos núcleos habitacionales transitorios que, como
pronto se comprobó, eran inexistentes.
El tercermundismo influyó además en el trayecto de peronización de los secto-
res medios –aunque una parte de sus miembros no se identificaron jamás con el
peronismo, lo que fue una fuente de tensiones dentro del movimiento y una
causal de su desaparición cuando se acercó la nueva coyuntura de 1973– ya que
un sector mayoritario de ellos hacía cada vez más pública su adhesión a la fuer-
za proscripta, abogando para que no se repitiera la situación de separación entre
los trabajadores y la Iglesia vivida durante el segundo mandato de Perón.63
La prédica del MSTM ayudó también a legitimar el uso de la violencia contra el
gobierno militar. Aunque la mayoría de sus miembros no se integraron a las
organizaciones armadas, haciéndose eco de la autoprofética frase del sacerdote
Carlos Mugica: “estoy dispuesto a que me maten, pero no a matar”64, sí procla-
maban el carácter de justicia existente en todas las formas de rebelión contra el
sistema, porque éstas eran un producto de los abismos sociales que desarrollaba el
capitalismo con su accionar. Un documento emitido por el MSTM develaba sus
concepciones de la época: “la luz de la Revelación cristiana nos permite ver con

63 Muchos de esos sacerdotes habían saltado el abismo que mediaba entre su procedencia
social y familiar profundamente antiperonista y su posterior integración al peronismo,
idea que abrazaron con la fe de los conversos. El caso más connotado es sin dudas el del
cura Carlos Mugica.
64 Richard Gillespie, op. cit., p. 82. La mención a la frase autoprofética se debe a que el
sacerdote Carlos Mugica fue asesinado el 11 de mayo de 1974 por la organización paramilitar
AAA (Alianza Anticomunista Argentina o Triple A) formada por el entonces ministro de
Bienestar Social José López Rega.

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claridad que no se puede condenar a un oprimido cuando éste se ve obligado a


utilizar la fuerza para liberarse, sin cometer con él una nueva injusticia (...) en la
consideración del problema de la violencia en América Latina se evite por todos
los medios equiparar o confundir la violencia injusta de los opresores que sostie-
nen este nefasto sistema con la justa violencia de los oprimidos, que se ven obli-
gados a recurrir a ella para lograr su liberación”65.

4.2.3 Las organizaciones armadas

Es frecuente la idea de ubicar el nacimiento de las organizaciones guerrilleras


en el país en la etapa de fines de los sesenta y principios de los setenta. En
realidad ése fue el momento de su máxima expansión, pero no el de su génesis.
La primera experiencia fallida podemos situarla en el año 1959, durante el
gobierno de Arturo Frondizi, cuando un grupo de militantes peronistas conoci-
dos con el nombre de Uturuncos llevó adelante acciones en Tucumán y Santia-
go del Estero66. Luego de este primer intento, en agosto de 1963 una escisión
por izquierda del grupo de ultraderecha Tacuara protagonizó un asalto al
Policlínico Bancario, llevándose su recaudación para financiar futuras acciones
guerrilleras urbanas, objetivo que no se cumplió por la caída en prisión de la
mayoría de sus miembros durante 1964.
El gobierno de Arturo Illia conoció otros dos intentos de desarrollar focos guerri-
lleros. El primero fue el del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) que se instaló
en la provincia de Salta. Su líder, el periodista Jorge Massetti, estaba directamen-
te bajo la conducción de Ernesto “Che” Guevara desde el exterior67. A principios
de 1964 un cerco militar de Gendarmería aniquiló el núcleo de la organización
desbaratando el proyecto. Por último, y de manera paralela –y probablemente
acordada con el EGP–, un grupo de activistas provenientes del trotskismo se
acercó a la Revolución Cubana y al Che, proponiéndose la creación de una organi-
zación político-militar prontamente abortada por una explosión accidental de un
arsenal donde murieron sus principales líderes en julio de 196468.

65 Citado en Martín Caparrós y Eduardo Anguita, La voluntad, tomo 1, Buenos Aires,


Sudamericana, 1998, p. 192.
66 Ernesto Salas: Uturuncos. La guerrilla olvidada de la resistencia peronista, Buenos Aires, Biblos,
2003.
67 Gabriel Rot: La historia de Jorge Ricardo Massetti y el Ejército Guerrillero del Pueblo,
Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 2000.
68 Axel Castellano y Sergio Nicanoff: La historia del “Vasco” Bengoechea y las Fuerzas Ar-
madas de la Revolución Nacional, Buenos Aires, Centro Cultural de la Cooperación, Cua-
derno de Trabajo Número 29, 2004.

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Esta breve reseña –junto a la reiterada noticia aparecida en los diarios de la


detención en diversas zonas del país de supuestos guerrilleros– es suficiente-
mente indicativa de que la génesis de las organizaciones armadas data de los
primeros sesenta y, por sobre todo, nos señala que la compleja gama de factores
políticos, económicos, culturales y sociales que llevaron al explosivo desarrollo
posterior de la vía armada estaba, al menos parcialmente, presente antes del
golpe de Estado de 1966. Aun así, el fracaso de los primeros intentos nos ad-
vierte sobre el lugar todavía marginal que ocupaban los diseños guerrilleros en
el escenario político del período anterior al onganiato.
Ya durante la Revolución Argentina nuevamente miembros del movimiento
peronista llevaron adelante la tentativa de un foco armado en Taco Ralo, pro-
vincia de Tucumán, durante 1968. Aunque la Gendarmería descubrió tempra-
namente el campamento y detuvo a la mayoría de sus integrantes, la reciente
organización bautizada por sus integrantes como Fuerzas Armadas Peronistas
(FAP) sobrevivió a su tropiezo inicial y –a diferencia de los intentos anteriores,
lo que nos orienta a tener en cuenta un contexto más favorable para el desarro-
llo de estas prácticas– comenzó una etapa de crecimiento visible para 1970.
Las condiciones sociales presentes en el país tras el Cordobazo favorecían el
despegue de un amplio número de organizaciones armadas. Según nos recuerda
uno de sus protagonistas, “hacia 1970, siete grupos armados claramente
estructurados actuaban en la Argentina: Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR),
peronistas-marxistas; Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), marxistas-
leninistas; Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), trotskistas-guevaristas;
Guerrilla para el Ejército de Liberación (GEL), chinoístas-nacionalistas, y tres
caracterizados como peronistas de izquierda: Fuerzas Armadas Peronistas (FAP),
Descamisados y Montoneros”.69
Provenientes de un heterogéneo arco ideológico, esa diversidad se reflejó en un
conjunto de problemáticas que las diferenciaban entre sí. La más obvia se cen-
traba en la identidad política expresamente peronista que asumían algunas de
ellas, mientras que las provenientes del tronco marxista-leninista tendían a
interpretar el peronismo como una expresión más del sistema que combatían.
Una parte de las organizaciones preferían acentuar su carácter clasista y su op-
ción por una sociedad socialista (caso del ERP). Otras, sin negar el socialismo
como objetivo final, planteaban como contradicción principal la existente en-
tre el imperialismo norteamericano y la nación argentina, por lo que priorizaban
un discurso marcadamente nacionalista. Tal fue el caso de Montoneros. Otro
elemento de disentimiento se encontraba entre quienes pregonaban el armado

69 Juan Gasparini: Montoneros. Final de cuentas, Buenos Aires, Puntosur, 1988.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 295

de un partido revolucionario como meta principal, desde el cual dirigir la lucha


armada, como la relación establecida entre el PRT y el ERP, y quienes se defi-
nían simplemente como organizaciones político-militares.
Más allá de estas disimilitudes –que para los protagonistas no eran precisamen-
te menores–, existía un conjunto de aspectos y concepciones que las unían de
hecho a partir de la opción común por la lucha armada. En primer lugar, las
acercaba un análisis que enfocaba la violencia organizada como una forma supe-
rior de lucha que permitía superar el espontaneísmo de los conflictos sociales
anteriores, al que ubicaban como uno de los principales déficits de las luchas
populares. Si el Cordobazo era, para ellos, la demostración evidente del espíritu
revolucionario existente en las clases explotadas, lo que faltaba desde su pers-
pectiva, era dotar de organización y de estrategia a esa lucha a través de la
constitución del brazo armado que dirigiera el enfrentamiento.
En segundo lugar, todas coincidían en poner en el centro de su accionar el
problema del poder del Estado y en criticar las tradiciones más antiguas de la
izquierda argentina –sobre todo del Partido Comunista Argentino y el Partido
Socialista– por sus estrategias de cambios graduales, por etapas y centralmente
electorales. Eran esas prácticas, juzgadas como reformistas, las que no habían
permitido avanzar, según pensaban, en el camino de modificar las desigualda-
des de la sociedad capitalista. Concebían a la revolución no como una meta a
largo plazo sino como una tarea a abordar de forma inmediata, por lo que el eje
de discusión se centraba en cuáles eran las vías más adecuadas para acceder al
poder del Estado pensado como única herramienta posible de reestructuración
de la sociedad. Seguros de que las clases dominantes habían demostrado de
sobra su predisposición a aniquilar tempranamente cualquier alternativa de
cambio, descartaban de plano por irrealizable la posibilidad de acceder al poder
por la vía pacifica y postulaban la necesidad de la destrucción de los organismos
represivos del Estado y su reemplazo por un nuevo sujeto: el ejército popular.
En tercer lugar, y aunque ya señalamos que no puede reducirse la experien-
cia guerrillera a la influencia de un factor externo, sin duda todas ellas
fueron influenciadas por la Revolución Cubana. Una de las tesis surgidas
como corolario del triunfo revolucionario caribeño es la del foco guerrille-
ro, enunciado primeramente por el Che y condensado en una teoría, con
pretensiones de validez para toda América Latina, por el intelectual francés
Regis Debray 70. Sus proposiciones sugerían por un lado que la experiencia
cubana era la prueba viviente de que el accionar guerrillero podía vencer a

70 Regis Debray: Révolution dans la Révolution, et outres essais, París, Maspero, 1969; La
critica de las armas (2 vols.), México, Siglo XXI, 1975; La guerrilla del Che, México,
Siglo XXI, 1988.

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un ejército regular. Además postulaba que el escenario principal del en-


frentamiento sería el rural, con el campesinado como sujeto revoluciona-
rio más importante. Por último, sostenía que en América Latina estaban
dadas las condiciones objetivas para un cambio revolucionario, por lo que
la tarea principal consistía en generar y/o acelerar las condiciones subjeti-
vas –conciencia de las masas– para lo que el foco guerrillero era esencial. A
través de su ejemplo, de sus acciones cotidianas, éste actuaría como un
irradiador de conciencia hacia las clases explotadas que, en la medida en
que la guerrilla se desarrollara, irían pasando de la simpatía política a la
lucha frontal al convencerse de que el triunfo era posible.
Hacia fines de los sesenta, teniendo como ejemplo cercano a los Tupamaros
uruguayos, las organizaciones armadas adaptaron la teoría del foco a las condi-
ciones sociales de Argentina. Dado que nuestro país se caracterizaba por un
importante desarrollo industrial, con una clase obrera numerosa y altamente
organizada, en una sociedad donde la mayoría de la población vivía en grandes
centros urbanos, y teniendo en cuenta las fracasadas experiencias anteriores que
ponían en tela de juicio la viabilidad de la guerrilla rural, concluyeron que el
teatro principal debían ser los grandes centros urbanos. Esa readecuación deja-
ba en pie buena parte de los supuestos básicos de la tesis foquista, por lo que
sería fuente de tensiones y contradicciones que teñirían el posterior desarrollo
de las organizaciones71.
Un último elemento que hacía las veces de argamasa entre las distintas organi-
zaciones guerrilleras era una concepción estratégica que, más allá de los mati-
ces, podemos sintetizar en la idea de “la guerra integral, popular y prolonga-
da”. La guerra integral implicaba que desde hacía tiempo el país vivía una
guerra civil declarada unilateralmente por las clases dominantes, por lo que
este enfrentamiento debía llevarse adelante adoptando todos los medios posi-
bles de lucha. Era popular porque todo el pueblo debía comprometerse en el
conflicto, dejando afuera sólo a las clases sociales y fracciones comprometidas
con el dominio imperialista. Y era prolongada, porque no podían fijarse límites
espaciales y temporales al proceso de construcción de la herramienta clave: el

71 No está de más señalar que limitarse a caracterizar a las organizaciones armadas como
foquistas llevó en más de una oportunidad a un enfoque estereotipado que quitó rigurosi-
dad al análisis de una experiencia sumamente compleja. En muchos casos, la adaptación
de la teoría del foco distó de ser acrítica y no impidió una implantación social de la
guerrilla más diversa de lo que muchos estudios sobre el tema señalan. Grupos armados,
como las FAP, desarrollaron concepciones fuertemente cuestionadoras del ideario foquista
sin por eso renunciar a la idea de violencia organizada como componente imprescindible
del cambio revolucionario.

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ejército popular. Se trasladaba así al país una tesis surgida en otras geografías
–centralmente, pero no únicamente, Vietnam72– donde el eje del enfrenta-
miento se focalizaba contra ejércitos de ocupación extranjeros aislados social-
mente, lo que como comprobarían tardíamente, se asemejaba muy poco a la
situación de las Fuerzas Armadas en Argentina.
Aunadas por similares concepciones organizativas centralizadas y celulares,
por una subjetividad convergente que priorizaba como norte de la cons-
trucción revolucionaria la acción y el hacer, antes que la reflexión sobre la
propia práctica, y principalmente por la experiencia cotidiana común de
enfrentamiento a la dictadura, todos esos elementos favorecían al menos
potencialmente el acercamiento entre sí, aunque nunca llegarían a unificarse.
En este sentido, las contradicciones y orígenes diversos que hemos señalado
pesaban tanto o más que los aspectos que las acercaban. De hecho –como
veremos más adelante–, en el momento en que Lanusse convoque al “Gran
Acuerdo Nacional” acercándose la posibilidad de elecciones y, con ello, el
posible triunfo del peronismo, las divergencias entre quienes sostenían la
identidad peronista y los que mantenían su filiación marxista-leninista au-
mentarían73.
En su proceso de génesis ya se encontraban presentes aspectos que contribui-
rían a su posterior derrota. Sin pretender un análisis en profundidad, mencio-
nemos que es posible, aun en su momento fundante, percibir tanto las improntas
militaristas que los llevarían a subordinar permanentemente la acción política
a la acción militar, como la imposibilidad de readecuar su estrategia ante posi-
bles cambios en la etapa histórica, el vanguardismo y sectarismo que les impe-
día anudar alianzas –y llevaría a que se vieran a sí mismos no como una parte
más de un sujeto social diverso que se enfrentaba a la dictadura sino como su
núcleo y dirección política–, y la ausencia de mecanismos democráticos en su
interior. Todos estos elementos recorrían en forma de tensión el cuerpo de las

72 Ante la posibilidad del triunfo de las fuerzas comunistas en ese país de la Península de
Indochina, Estados Unidos intervino, a partir de la década del 60, enviando masivamente
tropas y equipamientos. Esa guerra se constituiría en la única –hasta el momento– derrota
militar de la potencia norteamericana.
73 Nuevamente cabe una aclaración que marca la intensidad del debate ideológico en esa
etapa. Ni siquiera las organizaciones guerrilleras de raigambre peronista llegaron a unificarse
plenamente. Aunque entre 1970-71 consiguieron articular un espacio común denomina-
do OAP (Organizaciones Armadas Peronistas) que les permitía realizar acciones conjun-
tas, visiones diferentes sobre la caracterización del movimiento peronista los llevaron a la
fractura. En 1972-73 Montoneros absorbió –a través de fusiones– a la mayoría de los
grupos armados peronistas, pero nunca en su totalidad.

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298 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

organizaciones armadas, anudadas, al menos en parte, en las concepciones


estratégicas con las que comenzaban a avanzar.
Sin embargo, nada de esto era automáticamente visible en el lapso que me-
diaba entre el Cordobazo y las elecciones de marzo de 1973. Impulsadas por
la crisis orgánica que cubría a Argentina, las fuerzas de las organizaciones
guerrilleras se multiplicaron. Prestigiados por su nivel de entrega, los mili-
tantes que tomaban el camino de las armas eran vistos por el activismo de la
época como “los mejores de nosotros”. Legitimados además por porciones
crecientes de la sociedad que justificaba su lucha, aumentaron su incidencia
social74. Así, superando los limites de su primigenia base de reclutamiento,
proveniente en general de la clase media y en particular del estudiantado, se
insertaron crecientemente en fábricas, barriadas populares y experiencias so-
ciales de todo tipo.
Una generación abandonaba sus proyectos individuales y se lanzaba a la tarea
de cambiar el mundo con la certeza de que había llegado la hora de tomar el
cielo por asalto.

4.2.4 Las Ligas Agrarias

La agitación social no se remitió exclusivamente a los centros urbanos, sino que


impactó también en el campo, generándose luchas del campesinado que dieron
lugar a la aparición de una nueva organización social conocidas con el nombre
de Ligas Agrarias.
Nacidas originariamente en la provincia del Chaco, alrededor de las reivindica-
ciones de los cultivadores de algodón, después de su primer congreso realizado
en 1971, su influencia se extendió a las provincias del noroeste, a los producto-
res de tabaco de Corrientes, a los de yerba mate de Misiones y a las colonias
agrícolas de Formosa75. Agrupando sobre todo a pequeños productores rurales,
las ligas canalizaron el descontento por la crisis de las economías regionales
provocada por el redimensionamiento económico del país ensayado por la dic-
tadura y, sobre todo, enfrentaron a las grandes empresas monopolistas que, al
manejar todos los canales de comercialización, buscaban maximizar sus ga-
nancias pagando precios ínfimos a los agricultores.

74 Un estudio de la encuestadora IPSA realizado en esa época determinaba que, en zonas


como la ciudad de Buenos Aires y el conurbano, la simpatía de la población hacia las
acciones de la guerrilla superaban el 50 por ciento de los casos relevados. Véase Martín
Caparrós y Eduardo Anguita, op. cit., p. 504.
75 Oscar Anzorena, op. cit., p. 208.

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Voceros de un reclamo de fondo que cuestionaba la estructura latifundista de


la tenencia de la tierra, impulsando medidas de acción directa que iban desde
las concentraciones hasta las huelgas donde se negaban a vender la producción
a los grandes acopiadores, promoviendo, como una característica de época, la
elección de sus autoridades a través de asambleas, las Ligas Agrarias fueron
otro de los múltiples actores de la protesta social.

En síntesis, tanto las nuevas formas de organización de los obreros –CGTA y


clasismo–, como el movimiento de los Sacerdotes del Tercer Mundo, las múlti-
ples experiencias de las organizaciones armadas como las acciones de las Ligas
Agrarias, constituyeron indicadores de que la Argentina de fines de los años
sesenta estaba siendo testigo privilegiada de un proceso en germen, proceso
que desde el Cordobazo en adelante iría in crescendo hasta constituirse en una
verdadera situación revolucionaria. Si la dictadura de 1966 había venido para
quedarse, sus fisuras internas y, fundamentalmente, las impugnaciones a las
que la sociedad desde sus diversas formas de manifestarse la sometía una y otra
vez demostraban que su tiempo se estaba terminando. De este modo, las con-
tradicciones del régimen demostraban una vez más que la crisis de hegemonía
no había sido eliminada por el golpe de Estado de 1966, sino que, por el contra-
rio, tras un brevísimo interregno en el que la imposición por la fuerza de un
proyecto económico y social dejaba a los sectores perjudicados sin capacidad de
reacción, había dejado el margen necesario para que las fuerzas sociales se
reconstituyeran y se direccionaran en contra de un enemigo común. De allí en
más, desde todas las aristas, la sociedad en su conjunto contribuiría a expulsar
a los dictadores del gobierno y se iría delineando un proyecto alternativo de
sociedad. Este proyecto sería amputado brutalmente en una escalada de violen-
cia desde el Estado nunca antes vista en Argentina, inaugurando en 1976 un
genocidio sistemático sólo comparable tal vez con la experiencia del nazismo
alemán.

5. La violencia

Antes de continuar con el derrotero de la dictadura militar que dominó el país


entre 1966 y 1973, hagamos un alto para reflexionar sobre una cuestión que
creemos fundamental y que tiene, como hemos visto, su semilla en los procesos
de movilización que acabamos de reseñar. Nos referimos, claro está, al proble-
ma siempre abordado y nunca resuelto de la violencia política en Argentina.
Desde la óptica del poder, particularmente de la cúpula de las Fuerzas Arma-
das, la situación de levantamientos populares y acciones armadas con la que

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300 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

tendrían que enfrentarse de manera cada vez más frecuente después del
Cordobazo era interpretada a la luz de la Doctrina de Seguridad Nacional que
analizamos anteriormente. A la luz de esta perspectiva, el conflicto social era
entendido como el producto de una conspiración subversiva mundial que se
enmarcaba en el enfrentamiento entre el mundo comunista y el Occidente
cristiano, donde activistas radicalizados se montaban sobre ciertas problemáti-
cas sociales para desviarlas hacia la destrucción de los valores básicos de la
sociedad “bien entendida” (es decir, propiedad privada, familia y religión cris-
tiana). Toda actitud crítica era visualizada como un vehículo para la infiltración
marxista y, por lo tanto, susceptible de ser eliminada.
Años después, con el retorno de la democracia desde 1983, la esencia del en-
frentamiento social de las décadas del sesenta y setenta se reduciría a la lucha
entre dos actores en lo que se popularizó –como vimos al principio de este
trabajo y se verá en el capítulo de este libro correspondiente al período 1983-
1989– como la “teoría de los dos demonios”. Desde esta visión el conflicto se
reducía a la disputa entre las Fuerzas Armadas y las organizaciones guerrilleras.
Se postulaba que los dos actores tenían en común una lógica que buscaba impo-
ner su ideología a través del aniquilamiento del contrario, por lo que ambos,
elitistas y autoritarios por naturaleza, habían introducido en el país una espiral
de muerte y violencia a la que la mayoría de la población asistía como observa-
dora impotente e inerme, transformándose en víctima de las acciones de mili-
tares y guerrilleros76.
De esta manera, un enfrentamiento que sólo podía explicarse a través de un aná-
lisis profundo de la sociedad adquiría un carácter extra-social ajeno a la comuni-
dad que lo había engendrado; igualaba el genocidio del terrorismo de Estado con
las acciones violentas de otros actores sociales, ocultando la relación de fuerzas
totalmente asimétrica entre uno y otro. Esta visión construida a posteriori por la
intelectualidad del retorno a la democracia contribuyó a echar un velo sobre el
papel del poder económico, cúpulas eclesiales, clase política, ciertas dirigencias
sindicales y embajadas extranjeras en lo que se constituiría en la mayor masacre
de la historia del país producida durante la última dictadura militar (1976-1983).
Por sobre todo, les facilitaba a ciertas franjas sociales la ausencia de cualquier
atisbo de autocrítica sobre su papel en lo sucedido y convergía –más allá de la
condena a la represión ilegal desatada por el Estado– con la visión de las Fuerzas
Armadas en un aspecto central: su carácter profundamente ahistórico, omitien-
do y soslayando las causas de la violencia política en Argentina.

76 Para ratificar lo que afirmamos véase el prólogo de Nunca Más. Informe de la Comisión
Nacional para la Investigación de la Desaparición de Personas, Buenos Aires, Eudeba,
1984.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 301

En la base de la construcción de esa visión estuvo la hipótesis de que la izquierda,


especialmente las organizaciones armadas, y el resto de la sociedad –léase funda-
mentalmente clase obrera– carecieron de puntos de contacto. Por carácter transitivo,
en este tipo de análisis para los cuales la violencia fue patrimonio exclusivo de esos
grupos, ésta aparece también como un elemento extraño al conjunto social y, por
ende, disruptivo. Partiendo de esas premisas, en un trabajo que puede ser ilustrati-
vo de toda una corriente de pensamiento, Peter Waldmann planteó que la guerrilla
constituyó una aberración del entramado social. En “Anomia social y violencia”77 el
autor sostuvo que los “terroristas” (sic) fueron rechazados no sólo por los trabajado-
res sino por la sociedad en su conjunto, constituyendo un germen externo a la
misma. Waldmann reproduce allí la lógica del funcionalismo norteamericano, el
cual recurre al elemento anómalo para explicar el desarrollo de una sociedad que no
es como “debería haber sido”. En este esquema, en consecuencia, la guerrilla y la
cultura de izquierda son elementos disruptores de un orden social que debería ser
naturalmente homeostático78. El modelo, entonces, es muy sencillo: todo fenómeno
que no encaja en una lógica de autorreproducción cíclica y que introduce alteracio-
nes es ajeno. Como sustento de estas ideas, el sociólogo alemán recurre a negar
sistemáticamente la realidad señalando que, por ejemplo, la lucha armada no pudo
ser una respuesta a la violencia “desde arriba”, dado que la dictadura de Onganía en
realidad no habría sido verdaderamente represiva79. En este modelo que se emparenta
fácilmente con la necedad, la violencia aparece no sólo en su carácter alienado, sino
que también se absolutiza; la violencia es en sí misma, sin importar el contexto
histórico en que se genera o sobre quién se aplica. De hecho Waldmann se anticipa
a la formulación de la teoría de los dos demonios cristalizada en el citado prólogo
del Informe de la Conadep señalando la idea acerca de que las organizaciones arma-
das generaron una suerte de “subcultura de la violencia”, construyendo un imagina-
rio falso y justificando su accionar “subversivo”80. El autor termina de coronar su
explicación diciendo que en Argentina nunca ha habido una situación revoluciona-
ria, por lo que la violencia de los “terroristas” ni siquiera se encuentra contenida en
un contexto histórico proclive a generarla. Teniendo en cuenta su marco teórico,
vemos que esa afirmación, antes de ser una conclusión es más bien la premisa desde
la cual parte todo su trabajo, y que justifica en definitiva el carácter extraño de la

77 Peter Waldmann: “Anomia social y violencia”, en Alain Rouquié (comp.), Argentina,


hoy, México, Siglo XXI, 1982.
78 Nuevamente, como cuando analizamos los conceptos de democracia y autoritarismo, nos
encontramos con posturas que parten de una idealización platónica de los términos y los
ubican en el mundo de lo normativo, lejos de las contradicciones propias de la vida real.
79 Peter Waldmann, op. cit., p. 220.
80 Ibid., p. 241.

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“violencia” y de las organizaciones de izquierda en la sociedad81. La idea, por lo


tanto, gira en torno de un mismo y reiterativo eje, y es que la violencia no forma
parte del desarrollo de una sociedad sino que presenta una disfuncionalidad.
Para entender el contexto histórico en que se moldeó la subjetividad de la so-
ciedad en la etapa que nos ocupa, es necesario señalar que la violencia política,
aun cuando se condensa y sale a relucir en las primeras planas a partir funda-
mentalmente del Cordobazo y de los momentos posteriores, no nace allí sino
que es un componente estructural de la experiencia social, cuando menos desde
el golpe de 195582. Sólo acercándonos a la comprensión de las vivencias de una
generación nacida a la vida política en el marco de la proscripción del peronismo
y de la violencia política desde el Estado, podemos comenzar a analizar los
acontecimientos posteriores.

5.1 Los proscriptos

El golpe de 1955 simbolizó la expresión acabada de una revancha clasista con-


tra el poder organizado de la clase trabajadora, cuyo carácter se evidenciaba en
la proscripción del justicialismo, la intervención a los sindicatos, los fusila-
mientos de Lanús y José León Suárez, el secuestro del cadáver de Eva Perón, las
listas negras, las detenciones y torturas, por mencionar los hechos más noto-
rios. El retorno a la vida electoral partía de la impunidad sobre todo lo actuado
por los militares –de hecho, Frondizi dictó una amnistía que impedía toda
investigación sobre la represión de la autodenominada Revolución Libertadora–
y articulaba un sistema semidemocrático que tenía como pilar fundamental la
tutela de las Fuerzas Armadas sobre los gobiernos de turno y la exclusión de la
mayoría electoral.
Desde el peronismo se habían ensayado todas las formas de lucha para quebrar
ese modelo y, si bien esos diversos caminos le permitieron jaquear a los diferen-
tes gobiernos, no lograron el objetivo de permitir la legalización plena del
movimiento ilegalizado ni el retorno de Perón al país. En una somera síntesis
de esas luchas podemos señalar las elecciones de 1962, momento en que Frondizi
se negó a entregar la gobernación de la provincia de Buenos Aires a la fórmula
peronista triunfante encabezada por Andrés Framini; el fracasado retorno pací-

81 Ibid., p. 248.
82 Nicolás Iñigo Carrera: “Apuntes sobre el Cordobazo”, en Juan Carlos Cena (comp.), op.
cit., p. 295. Además, si planteamos la cuestión desde una perspectiva más amplia, pode-
mos pensar que la violencia es un elemento constitutivo permanente de las relaciones
entre el Estado y el conjunto de la sociedad.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 303

fico de Perón al país en 1964 cuando el gobierno de Illia hizo detener el avión
que lo traía en el aeropuerto de Río de Janeiro; la derrota de las asonadas ensa-
yadas por los militares peronistas que permanecían residualmente dentro de las
Fuerzas Armadas –Juan José Valle en 1956, Miguel Ángel Iñiguez en 1960–; la
práctica masiva de acciones directas y violentas simbolizadas en la resistencia
peronista con intentos insurreccionales, como la huelga del frigorífico Lisandro
de la Torre en enero de 1959; la notable cantidad de elecciones donde el
peronismo hacía visible su repudio votando en blanco al punto de convertir esa
opción en la primera fuerza; y una larga lista de etcéteras.
Si todas esas luchas no lograron sus objetivos de máxima, dos conclusiones se
hacían evidentes para franjas crecientes del activismo peronista. La primera era
un profundo descreimiento en los partidos políticos y en un régimen parlamen-
tario al que se asociaba con la proscripción generándose reflexiones que iban
desde “el desprecio a los partidos políticos, [hasta] pensar que las elecciones
solo servían para entrampar al pueblo, y de ahí a buscar nuevas formas de en-
frentamiento con el régimen, había un solo paso”83.
La segunda, íntimamente relacionada con la anterior, consistía en un balance
sobre la resistencia peronista que, si bien era elevada a la categoría de mito por
su dosis de heroísmo y entrega, al mismo tiempo era reevaluada en lo que se
entendía eran sus falencias principales: su falta de organización dado su carácter
espontáneo y, por ende, la ausencia de políticas centralizadas capaces de enfren-
tar con éxito al poder del Estado. Muchos comenzaban a convencerse de que
sólo una estrategia que generara organizaciones clandestinas revolucionarias
dispuestas a asumir la vía armada podía tener alguna perspectiva de éxito. Cuando
la nueva dictadura apareció en el escenario para anunciar que venía a quedarse
por largos años, no hizo más que confirmar esas certezas.

5.2 Respuestas al onganiato

Fue la propia acción de la dictadura la que llevó a que distintos sectores socia-
les, incluso claramente antiperonistas, comenzaran a visualizar el uso de la vio-
lencia como la única alternativa posible para enfrentar la violencia del régimen.
El intento de remodelar a la sociedad no se remitía –como hemos visto– sola-
mente al plano económico y político sino que incluía también la esfera cultu-
ral. Se trataba de modificar las conductas sociales cotidianas a través de la
represión directa a toda forma de expresión contestataria.

83 Oscar Anzorena, op. cit., p. 81.

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La búsqueda gubernamental de restablecer la autoridad del poder sobre la so-


ciedad a un nivel celular que cruzaba la realidad de las fábricas, centros educa-
tivos y todas las relaciones sociales, públicas y privadas, puso progresivamente
al descubierto el carácter estructuralmente coercitivo del régimen, generando
un fuerte descontento social particularmente visible en los sectores medios que
originalmente habían apoyado la llegada del nuevo gobierno.
Como lo señaló con perspicacia una figura estelar del proyecto gobernante, el
intento de terminar con el funcionamiento de las instituciones políticas, en el
marco de una sociedad altamente politizada, terminó provocando el efecto opues-
to al buscado ya que “los jóvenes que no pudieron hacer política pretendían,
infructuosamente, desarrollarla en las aulas y los locales partidarios. Termina-
ron atorando de política a las distintas instituciones del país, incluyendo a la
Iglesia católica”84.
La cerrazón de todos los caminos de participación y la lógica asfixiante de la vida
cotidiana en la dictadura tiene un ejemplo evidente en el nivel de la universidad.
Tras la eliminación de la autonomía universitaria, con “la noche de los bastones
largos” ya descripta, se descargaron una serie de golpes ininterrumpidos sobre ese
sector. Los planes de estudios y los planteles de profesores se readecuaron a las
ideas católicas integristas vigentes; se otorgaron los comedores universitarios a
concesionarios privados con su consiguiente encarecimiento; aumentaron las tra-
bas para ingresar y todos los centros estudiantiles quedaron prohibidos, elimi-
nándose además la participación estudiantil en el gobierno de las universidades.
Esa experiencia sería fundante de la radicalización estudiantil de la etapa y para
una parte del movimiento estudiantil se conjugaría con otro proceso: el de la
peronización. Si muchos de ellos provenían de familias connotadamente
antiperonistas, en el nuevo contexto comenzarían a sostener que si el sistema
había mantenido largamente la proscripción del movimiento y su líder mientras
que la clase trabajadora conservaba fielmente esa identidad política, solo podía
deberse a que el peronismo era, si no revolucionario en sí mismo, cuando menos
la puerta de entrada al socialismo. De esa manera, ese ejercicio de comparación y
rebelión ante las enseñanzas recibidas los conduciría a una lectura del peronismo
y del propio Perón que comenzaba a rozar el extremo del total acriticismo, ele-
mento que tendría más de una consecuencia posterior.
La dinámica de cambios que operaba en el movimiento estudiantil era el emer-
gente de un fenómeno preexistente y más de fondo En la década del sesenta una
nueva experiencia de surgimiento de una contracultura surcaba todos los ámbi-
tos, abarcando la música, la vestimenta, el cine, nuevas formas de relacionarse
y de entender el sexo, pasando por el cine y la literatura. El descontento con el

84 Alejandro Agustín Lanusse: Mi testimonio, Buenos Aires, Lasserre Editores, 1977, p. 16.

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mundo heredado, la búsqueda de renovadoras formas expresivas y la expe-


riencia compartida de la represión del onganiato le daban a ese multifacético
mapa expresivo un lenguaje común, una cierta percepción y sensibilidad com-
partida que generaba un campo cultural propio y convergente. Por supuesto, la
diversidad de experiencias de la que se nutría, necesariamente implicó clivajes
distintos, surgiendo una “diferencia más sutil entre el joven comprometido
con la política y el joven pelilargo del rock”85, entre quienes argumentaban la
necesidad de lanzarse a cambiar de raíz las estructuras del sistema y quienes
centraban su acción en el plano de la estética o en todo caso ensayaban formas
de socialización y convivencia distintas, apartándose de la sociedad de consu-
mo, como lo intentó el movimiento hippie.
Para los que se hicieron cargo de la primera opción, el contexto represivo y el
enfrentamiento social más agudo los lanzaron de lleno al plano del compromiso
político. Dos ejemplos, de los centenares posibles, nos ubican en esa parábola de
construcción de una subjetividad radicalizada. El primero tiene que ver con algu-
nos de los participantes de la experiencia del Instituto Di Tella, centro que alcan-
zó larga fama en los sesenta por sus prácticas culturales modernistas, innovadoras
y vanguardistas. Ante los nuevos dilemas que la dictadura militar imponía, una
parte de sus participantes criticaba la praxis del Di Tella como la expresión de un
mero diletantismo pequeñoburgués que finalmente contribuía a hacer olvidar y
ocultar la situación de explotación de millones de argentinos. Cada vez más com-
prometidos con las organizaciones sociales emergentes, en conjunto con la CGTA,
realizaron la muestra Tucumán Arde. Los artistas expusieron a través de fotos,
grabaciones y testimonios la extrema pobreza vigente en la provincia, encabezán-
dola con un cartel que señalaba “Visite Tucumán, jardín de la miseria”. Aunque
prontamente clausurada por la dictadura, el hecho simbolizó claramente la con-
cepción de entender como indisociable el hecho artístico de la denuncia y la pro-
puesta de cambio de la sociedad.
El mismo camino se evidencia en el caso del periodista y escritor Rodolfo Walsh86,

85 Sergio Pujol: “Rebeldes y modernos. Una cultura de los jóvenes”, en Daniel James (comp.),
Nueva Historia Argentina, tomo 9, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 311-312.
86 Rodolfo Walsh se transformó en el paradigma del intelectual comprometido políticamen-
te con las clases populares, por lo que algunos lo denominaron “el anti Borges.” Excelente
escritor, obtuvo el Premio Municipal de Literatura por sus cuentos policiales, pero se hizo
masivamente conocido por sus investigaciones periodísticas como Operación Masacre –
donde ponía al descubierto la trama de fusilamientos clandestinos en los basurales de José
León Suárez, ordenados por la dictadura de Aramburu– pasando por El caso Satanowsky y
Quién mató a Rosendo. Uniendo su oficio a la militancia política ayudó a fundar la agen-
cia de noticias cubana Prensa Latina, fue director del semanario CGT, órgano de

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quien prácticamente para la misma época anotaba en su diario personal reflexio-


nes como “tiene que ser posible recuperar la revolución desde el arte (...) recupe-
rar, entonces, la alegría creadora, sentirse y ser un escritor pero saltar desde esa
perspectiva el cerco, denunciar, sacudir, inquietar, molestar (...) las normas de
arte que he aceptado –un arte minoritario, refinado, etc.– son burguesas; tengo
capacidad para pasar a un arte revolucionario, aunque no sea reconocido como tal
por las revistas de moda. Debo hacerlo”87. El dilema de Walsh no era individual,
era colectivo y representativo de toda una franja de intelectuales que, acicateados
por el refuerzo de las lógicas disciplinadoras del poder, iniciaban su tránsito hacia
las primeras líneas del conflicto social.
A su vez, como vimos, la ofensiva del capital para aumentar la productividad,
el deterioro de las condiciones de trabajo y el encarecimiento del costo de vida
llevaban a potenciar una clase obrera cada vez más dispuesta al enfrentamiento
que, como no sucedía desde hacía mucho tiempo, se conectaba con las percep-
ciones de amplias franjas de la clase media.
De esta manera la acción de la dictadura contribuía a engendrar su propia opo-
sición y, paradójicamente, a prestar legitimidad a las metodologías de acción
directa que se propagarían en la etapa. El tópico común acerca de que la violen-
cia engendra violencia pareció ser la divisa más acertada para graficar la diná-
mica de una época, aunque en el sentido inverso a como lo han querido los
apologistas de la teoría de los dos demonios.

5.3 La situación internacional

Finalmente debemos mencionar un dinámico contexto internacional que se


interrelacionaba con los procesos internos del país aportando unas veces in-
fluencias directas, otras, un clima de efervescencia y vientos de cambio que se
dejaban oír en todas las latitudes.
El cada vez más perceptible agotamiento del modelo capitalista keynesiano de
posguerra potenciaba que en el denominado “primer mundo” se instalara una
ola de conflictos sin precedentes cercanos. Desde el insurreccional Mayo fran-
cés protagonizado en 1968 por los estudiantes de París, pasando por la prima-

prensa de la CGT de los Argentinos. Miembro de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y,
posteriormente, de Montoneros. Tras su denuncia pública en una carta abierta al gobierno
dictatorial encabezado por Videla, un grupo de tareas de la ESMA (Escuela de Mecánica
de la Armada) intentó secuestrarlo y Walsh murió combatiendo.
87 Citado en Martín Caparrós y Eduardo Anguita, op. cit., pp. 254-255.

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vera de Praga en Checoslovaquia, que desafió a la ortodoxia soviética, hasta los


estudiantes mexicanos masacrados por el gobierno del Partido Revolucionario
Institucional (PRI) en lo que se conoció como “la noche de Tlatelolco”, la insu-
bordinación civil sacudía al mundo.
Mientras en África y Asia los movimientos de liberación dibujaban un nuevo
mapa, el propio Estados Unidos se encontraba cada vez más empantanado en la
guerra de Vietnam. Paralelamente, el establishment norteamericano se enfren-
taba con un alto crecimiento de la protesta social al interior de sus fronteras,
con epicentro en el rechazo a la guerra, la movilización de la población negra
por la conquista de sus derechos civiles y el descontento de amplias capas de la
población estudiantil universitaria, al tiempo que su propia hegemonía en
América Latina se encontraba amenazada. Si el triunfo de la Revolución Cuba-
na llevó al hecho inédito de un país socialista a kilómetros del Imperio, la
posterior derrota y asesinato de Ernesto “Che” Guevara en su campaña bolivia-
na de 1967 junto al fracaso de la primer oleada guerrillera en el continente,
lejos de disminuir la simpatía hacia la experiencia caribeña, la había aumenta-
do de manera exponencial, convirtiendo al Che en arquetipo moral de miles de
jóvenes en todo el planeta.
En el cercano Uruguay, los Tupamaros sorprendían al mundo con sus pri-
meras acciones armadas efectuadas con escaso derramamiento de sangre y
una audacia innovadora. De manera mucho más inesperada, golpes de Esta-
do llevados adelante por las Fuerzas Armadas de Panamá y Perú asumían a
través de sus líderes –Omar Torrijos y Juan Velazco Alvarado respectiva-
mente– un perfil nacionalista y visiblemente antinorteamericano. El año
1970 trajo otro ejemplo original. Una coalición de izquierdas triunfaba en
las elecciones chilenas y Salvador Allende llegaba al gobierno con su pro-
yecto de “vía pacífica al socialismo”.
Esa revuelta situación internacional aportaba ejemplos, figuras míticas, ideolo-
gías y estrategias a todos los que en el país habían agotado la paciencia con la
dictadura potenciándoles la certeza de que el mundo había entrado en una eta-
pa de cambios revolucionarios indetenibles.
De ese complejo entrelazamiento de causas internas y externas, políticas, eco-
nómicas, sociales y culturales que hemos reseñado, surgía la subjetividad que
construía distintas formas de lucha –huelgas, tomas, movilizaciones, insurrec-
ciones, acciones armadas– que incluían diversas gradaciones de violencia, como
un aspecto natural de las luchas populares y autolegitimado en la necesidad de
respuesta a “la violencia de arriba”.
Comprender esto y adentrarse en las percepciones de la época, es un
camino alternativo a la construcción de juicios de valor sobre la proble-

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mática de la violencia, hechos desde una sociedad radicalmente diferen-


te, como la que hoy nos toca vivir, y por lo tanto ajenos al tiempo que la
engendró. No fue, por consiguiente, un producto importado por la “sub-
versión mundial” ni ajeno y externo a la sociedad argentina. Había sido
parido, lenta pero inexorablemente, por el propio proceso histórico y por
las movilizaciones sociales que las clases dominantes del país contribuye-
ron como nadie a crear.
En este camino, el recurso a la fuerza no fue sino el desarrollo lógico e históri-
co de una herramienta válida en el marco de esa situación particular. Por lo
tanto, creemos que la violencia setentista debe ser entendida como un aconte-
cimiento social, efecto de la sociedad jerárquica y desigualitaria y signo visible
del conflicto que, siempre existente en el marco del capitalismo, discurrió esta
vez y para el horror posterior de las clases medias, sin falsos eufemismos. Te-
niendo esto en cuenta, creemos que la etapa debe ser revisada en una opera-
ción dialéctica de identificación y toma de distancia, sin que la crítica desapa-
rezca para dejar lugar a la identidad, pero donde la “vindicación” no excluya la
toma de partido88.

Tercera parte: la retirada

Una vez analizadas las múltiples fracturas del régimen de junio y las alternati-
vas que de sus propias contradicciones comenzaron a surgir, nos queda retomar
la dinámica histórica de la Revolución Argentina para ver cuál fue el destino de
ese proceso que tuvo su eclosión en los últimos años de la década del sesenta.

6. El fracaso de reflotar la dictadura

Desde la herida mortal que implicó el Cordobazo, el gobierno de Onganía asis-


tió a un lento pero inexorable deterioro de su poder político que terminaría por
provocar su caída.
En el plano económico los indicadores señalaban el desmejoramiento de la ba-
lanza de pagos, la caída de reservas del Banco Central, la interrupción de las
inversiones de capital extranjero, la suba de las tasas de interés y la reaparición
de las presiones inflacionarias, lo que ponía en evidencia que el problema de

88 Omar Acha: “La historia vindicadora en Osvaldo Bayer”, Taller. Revista de Sociedad,
Cultura y Política, vol. 6, Nº 16, julio de 2001.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 309

fondo era que la gran burguesía monopolista había perdido su confianza en el


gobierno y lo juzgaba incapaz de mantener el orden. Al mismo tiempo las
organizaciones del campo, representativas de la burguesía agraria, hacían oír su
voz de descontento de manera cada vez más intensa, tanto por su antiguo recla-
mo en contra de las retenciones a las exportaciones como por las nuevas medi-
das gubernamentales que, para intentar detener la acelerada suba de los precios
de la carne, fijaban precios máximos y una periódica veda de venta de carne en
el mercado interno. Las diferencias dentro de la clase dominante se agudizaban
y, si Onganía pervivió por algún tiempo al derrumbe, esto se debió sin duda a la
perplejidad del bloque dominante ante la situación de aceleramiento de las
luchas populares.
En las Fuerzas Armadas se acentuaba cada vez más la contradicción ya señalada
entre un Onganía cada vez más aferrado a su proyecto corporativista y la visión
de los altos mandos, particularmente del jefe del Ejército Alejandro Agustín
Lanusse, quien veía la necesidad impostergable de reconstruir un cierto grado
de consenso. Ese tema avivaba la polémica interna centrada en si el control
final de las decisiones gubernamentales residía en la Junta de Comandantes o
exclusivamente en el propio Onganía.
A su vez las luchas sociales agregaban nuevas insurrecciones y puebladas89, como
la reedición del Rosariazo, en septiembre de 1969, mientras las acciones de las
organizaciones guerrilleras crecían en cantidad y calidad. Por allí vendría el
hecho que terminaría de catapultar a Onganía fuera del poder. El 29 de mayo
de 1970, a un año exacto del Cordobazo, la organización político-militar
Montoneros se daba a conocer públicamente a través del secuestro y posterior
ejecución del ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu. El hecho termi-
naría de acelerar los tiempos de un golpe interno, y en junio de 1970, los co-
mandantes de las tres fuerzas derrocarían a quien ellas mismas habían entroni-
zado en el poder.
La Junta Militar colocaba en la presidencia al desconocido general Roberto
Marcelo Levingston, por entonces agregado militar en la embajada argentina
en Estados Unidos. Su atractivo para los jefes militares residía en su carencia de

89 Pablo Pozzi y Alejandro Schneider: “El Cordobazo y el auge de masas”, en Juan Carlos
Cena (comp.), op. cit., p. 330. Los autores introducen en este trabajo una diferenciación
entre las categorías de “pueblada” y de “insurrección”. La segunda se caracterizaría no sólo
por cuestionar al régimen sino también al sistema capitalista en su conjunto. La primera,
en cambio, parte de reivindicaciones locales, su eje está puesto en poner en tela de juicio
el régimen y en términos de participación social cuenta con el protagonismo de los nota-
bles de la localidad y el pueblo en general, con una tendencia a que este último rebase a los
primeros y éstos, a su vez, pongan límites a la movilización popular.

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mando efectivo de tropas, por lo que calculaban –equivocadamente– que sería


un simple “títere” de las decisiones tomadas por la cúpula militar.
De este modo, tras un período de reacomodamiento, Levingston llevó adelante
un proyecto propio de poder a partir de la llegada de Aldo Ferrer al Ministerio
de Economía. El mismo consistió en el intento de reestructurar la política de
alianzas de la dictadura con el objetivo de conseguir una dosis de legitimidad
mayor para su gobierno. En palabras de Portantiero, “así como las Fuerzas Ar-
madas habían sido el eje del proyecto neodependiente, debían transformarse
ahora en principal sostén de un proceso tendiente a permitir que la burguesía
agraria y el capital nacional ganaran posiciones, en detrimento del capital mo-
nopolista, que debería dar un paso al costado, y, en algunos aspectos, sufrir las
consecuencias de medidas económicas que los perjudicaban”.90
Para hacer posible la recreación del bloque dominante, Ferrer lanzó una batería
de medidas donde se ponía en marcha una redistribución del crédito bancario
más favorable para los sectores pequeños y medianos del capital agrupados en
la CGE (Confederación General Económica), al tiempo que retornaba al esque-
ma proteccionista elevando los aranceles aduaneros a la importación. La nueva
divisa de la política económica pasó a ser la del “compre argentino” en detri-
mento de la anterior internacionalización prevista por Krieger Vasena. Asimis-
mo, para atraer a la burguesía agraria se dispuso suspender el impuesto a la
exportación de carnes mientras que, buscando ampliar la base de sustentación a
la burocracia sindical, se otorgaban módicos aumentos salariales y la promesa
de un pronto retorno a la negociación paritaria.
El proyecto partía de la firme decisión de no llevar adelante ninguna apertura
electoral y, el propio Levingston se encargó de remarcar públicamente que la
Revolución Argentina se prolongaría al menos por cuatro o cinco años más. A
cambio, se abogaba por la creación de un supuesto movimiento nacional que no
era otra cosa que la búsqueda de articular una expresión política como sostén
del régimen, intento que, dada la debilidad del gobierno, obtendría un escaso
eco entre la clase política de Argentina.
La búsqueda de relanzar la dictadura muy pronto demostró su inviabilidad
estructural y Levingston apenas prolongó su estadía en la Casa Rosada por nue-
ve meses. Lejos de cerrar las brechas abiertas en las clases dominantes, el inten-
to de articulación de un nuevo bloque de poder aceleraba las tensiones vigen-
tes. La burguesía industrial monopólica reaccionó virulentamente ante lo que
juzgaba como la dilapidación de todas las reformas llevadas adelante durante
el período de Krieger Vasena. Ante esa reacción, Levingston se sintió tentado

90 Juan Carlos Portantiero: “Clases dominantes y crisis política...”, op. cit., p. 108.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 311

a redoblar la apuesta y muy pronto se encontró embarcado en un enfrenta-


miento con algunas de las grandes empresas asentadas en el país. Esa puja, más
verbal que real, terminó de revelar la soledad del gobierno, ya que ni siquiera
sus supuestos beneficiarios, particularmente el empresariado nacional, estaban
dispuestos a embarcarse a fondo en el forcejeo con las fracciones más concen-
tradas del capital industrial. O’Donnell explica esa actitud remisa de los secto-
res mas débiles de la burguesía señalando que “su interés es fortalecer su posi-
ción de negociación ante el capital transnacional y sustraerle la explotación
directa de algunas actividades estratégicas, pero de ninguna manera excluirlo
del mercado interno. Su imbricación con aquel capital, y la del conjunto de esta
sociedad, es tan profunda que esa exclusión provocaría lo que menos quiere
como burguesía: el colapso de la economía y/o un gran salto adelante hacia
una alternativa socialista (...) Ni los fabricantes de repuestos para automotores,
ni los de productos de venta masiva elaborados con tecnología importada (...)
querían ir más allá de conquistar una sólida cabecera de puente en el gobierno
para desde allí renegociar con el capital transnacional las modalidades de su
vinculación”91.
De este modo, al sobreactuar en su discusión con la burguesía monopólica,
Levingston se convertía en un obstáculo de la renegociación pendiente entre las
dos fracciones de la burguesía industrial, lo cual indudablemente acentuaba su
aislamiento. En segundo lugar, la obcecación del gobierno en negar la posibili-
dad de elecciones profundizaba el descontento social y lo alejaba de toda nego-
ciación seria con los representantes de los principales partidos que, ante los
nuevos tiempos, se apresuraban a retornar como actores protagónicos dada la
probabilidad de reapertura democrática. Un síntoma de este clima fue la “Hora
del Pueblo” constituida en noviembre de 1970, donde una junta interpartidaria
compuesta por peronistas y radicales, junto a otros partidos menores, exigía
públicamente un pronto llamado a elecciones generales con fecha precisa.
Por otra parte, el proyecto encarnado por Levingston necesitaba de un apoyo
monolítico de las Fuerzas Armadas que a esa altura resultaba impensable. Desgas-
tadas por el ejercicio del poder y jaqueadas por la movilización popular, no podían
ya jugar ese rol. La puja entre un presidente que pretendía imponer su voluntad por
sobre la de la Junta de Comandantes en Jefe parecía reeditar la situación ya vivida
con Onganía, situación que no sería tolerada por el alto mando del Ejército.
Por último y por sobre todo, los intentos de recomposición del bloque
dominante se encontraban delimitados y condicionados por la insubordi-
nación civil, que se hacía sentir de manera incansable. Ninguno de los ac-

91 Guillermo O’Donnell: El Estado burocrático…, op. cit., p. 339.

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tores sociales que lideraban la protesta estaba dispuesto a comprar el espe-


jismo de un régimen dictatorial súbitamente reconvertido a propuestas “po-
pulares”. Por el contrario, se reforzaban sus alas más radicales, como lo
demostraría, en marzo de 1971, el estallido del segundo Cordobazo, cono-
cido como el Viborazo92.
La jornada de lucha dispuesta por la CGT provincial el 12 de marzo culminó
con la muerte del trabajador de Fiat Adolfo Cepeda, a manos de unidades
policiales, para desembocar finalmente en los hechos del 15 de marzo, cuando
una concentración masiva derivó en una insurrección aun más intensa que el
primer Cordobazo. A diferencia de la experiencia anterior, esta vez el foco prin-
cipal del conflicto se había instalado en los barrios obreros de la ciudad, rápida-
mente controlados por los manifestantes y con fuerte presencia de las organiza-
ciones armadas junto al protagonismo de los sindicatos clasistas de Sitrac-Sitram.
Mientras Camilo Uriburu renunciaba a la gobernación –según lo retrataban los
medios gráficos de la época, “devorado por la víbora”– el gobierno asistía atóni-
to a una sucesión de puebladas en otras ciudades del interior del país (Casilda
en Santa Fe, Orán en Salta y Cipolleti en Río Negro). El episodio terminaría,
como no podía ser de otra manera, con Levingston derrocado y Lanusse final-
mente en la Presidencia.

7. Lanusse: el “Gran Acuerdista”

El ciclo de los “azos” se mostraba entonces como la punta del iceberg de un


proceso mucho más complejo y profundo. A la movilización de la sociedad en
su conjunto venía a sumarse, como vimos, el crecimiento exponencial de las
organizaciones armadas, el estudiantado en pie de lucha y la experiencia del
movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. En este contexto de agitación y
ebullición –que algunos autores como Portantiero han calificado de “situación
revolucionaria”93 en referencia al concepto leninista94 –, la Revolución Argen-

92 El nombre tiene su origen en un discurso del gobernador de Córdoba Camilo Uriburu,


quien a poco de asumir afirmó: “Declaro sí, que confundida entre la múltiple masa de
valores morales que es Córdoba por definición, se anida una venenosa serpiente cuya cabe-
za, pido a Dios, me depare el honor histórico de cortar de un solo tajo” (citado en Oscar
Anzorena, op. cit., p. 162). El anacrónico lenguaje medieval con que el funcionario se
refería a la protesta social muy pronto encontraría su respuesta.
93 Juan Carlos Portantiero, op. cit., p. 84.
94 Lenin describía una situación revolucionaria como aquella instancia en la cual los de arri-
ba ya no podían gobernar mientras que los de abajo ya no aguantaban más.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 313

tina estaba agotada. La cuestión que se planteaba ahora era la de encontrar una
puerta de salida “digna” para las cabezas visibles del golpe de junio, y por otro
lado establecer una agenda política que debía convocar a elecciones presiden-
ciales para el año entrante, llamando a lo que se conoció como el “Gran Acuer-
do Nacional” (GAN). Sin embargo, este acuerdo ocultaba más de lo que mos-
traba. A través del mismo, Lanusse intentaba encolumnar a todos los sectores
de la sociedad en un mismo frente que condenara las acciones armadas de los
grupos más radicalizados, aislándolos, para luego proceder a su aniquilamien-
to. Para esto devolvió a la legalidad a los partidos políticos y se levantaron las
sanciones impuestas a la CGT en un intento de normalización de la vida
institucional.
Además, la lógica del GAN intentaba salvaguardar la unidad de las Fuerzas
Armadas, asegurándose que, en el próximo gobierno, éstas conservarían un peso
decisivo en el aparato del Estado. En este mismo sentido, se buscaba además
evitar bajo todo concepto que el próximo gobierno investigara el accionar de
los militares durante la dictadura de la Revolución Argentina. Como parte de
la misma dinámica, se intentaba impedir que se llevara adelante la tan temida
amnistía de los combatientes guerrilleros y los líderes obreros encarcelados en
el período. Este último intento sería infructuoso.
Lanusse no ocultaba su intención de allanar el camino para ser ungido nueva-
mente presidente de los argentinos, pero esta vez con la legitimidad del voto
popular. En su aspiración de máxima, él mismo debía ser el candidato de la
unidad nacional, para lo cual se jugaría una carta riesgosa e inédita desde el año
55: convocar al peronismo a formar parte de las negociaciones buscando el aval
del mismísimo Perón para el Gran Acuerdo. En una política de acercamiento y
seducción hacia el viejo caudillo, Lanusse llevó a cabo algunos gestos por demás
simbólicos, como la devolución del cadáver de Evita luego de su largo exilio
forzado, el reintegro de su grado de general, así como la suma acumulada de
todos sus salarios incautados desde 1955 hasta la fecha.
Lo que impidió este esquema fue, por un lado, que la ofensiva popular y el
conflicto social no se detuvo, lo que dificultaba a los sectores más negocia-
dores a acercarse demasiado al gobierno de Lanusse a riesgo de quedar atra-
pados en el repudio social. Por otra parte, Perón no fue tan fácilmente ten-
tado, y hacia fines de 1972 rompió con las negociaciones y tomó distancia
de Lanusse.
Evidentemente el líder pensaba que sólo él podía ubicarse al frente de la movili-
zación social, por lo cual su posición de fuerza le permitía no tener que hacer
concesiones de ningún tipo. Sin embargo, ni el mismo Perón controlaba a los
sectores sociales que encarnaban la oleada revolucionaria. Lo que sí podía hacer –
y así lo hizo– era integrar en su estrategia hechos que no dependían de su volun-

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314 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

tad. De esa manera su juego político se articulaba sobre la base de dos patas: por
un lado, buscaba acuerdos políticos sumamente amplios, incluyendo a sus viejos
rivales radicales, para abrir la puerta de negociaciones que le permitieran conse-
guir las elecciones sin proscripciones. Por el otro, buscó golpear permanentemen-
te a la dictadura, negándose en todo el período a cuestionar las acciones de la
guerrilla y alentándola secretamente para que avanzara, integrándola como acto-
res legítimos del movimiento peronista bajo el rótulo de “formaciones especia-
les”. De esa manera en un doble juego de pinzas se reservaba una vía pacífica que
le permitiera retornar al poder, a la vez que utilizaba la carta de una revolución
radicalizada para obligar a Lanusse y al establishment a negociar desde una posi-
ción de debilidad. Este carácter múltiple del diseño político del General hacía
que los heterogéneos actores del movimiento peronista creyeran que la decisión
final del líder se inclinaría hacia el término de la estrategia que más beneficiaba a
cada una. Los políticos del movimiento y la burocracia sindical esperaban ser los
protagonistas privilegiados de la salida institucional, mientras que las organiza-
ciones armadas peronistas –particularmente Montoneros– veían al General Perón
como el estratega de una salida revolucionaria que reemplazaría al sistema capita-
lista por su proclamado socialismo nacional.
Embarcado en esa respuesta al GAN, Perón endureció cada vez más su postura
desplazando a su delegado personal en el país, Jorge Daniel Paladino –de evidentes
y promiscuos contactos con el gobierno–, reemplazándolo por Héctor J. Cámpora,
un viejo político cuyo principal capital era su lealtad personal total hacia el líder.
Con Cámpora se reforzaban los sectores duros del peronismo mientras Lanusse se
encontraba jaqueado, tanto por la oposición popular como por el rechazo de ciertos
sectores de las Fuerzas Armadas que se negaban a admitir la salida electoral y ame-
nazaban con concretar un golpe que prolongaría la dictadura.
Ante la negativa de Perón de integrarse al GAN, Lanusse redobló la apuesta e
introdujo las famosas cláusulas por las cuales él mismo quedaba imposibilitado
para presentar su candidatura en las elecciones presidenciales del año entrante,
pero Perón tampoco podría hacerlo en virtud de carecer de un mínimo tiempo
estipulado de residencia en el país. Además, en lo que respecta al conflicto social,
en el último tramo del año 1972 se acentuó la represión por parte del gobierno.
En este marco, el 22 de agosto de ese año las Fuerzas Armadas asesinaron en
Trelew a un grupo de activistas de las organizaciones ERP, Montoneros y FAR
que habían ayudado en la fuga de seis de sus más altos jefes del penal de Rawson.
Fue la tristemente célebre “masacre de Trelew”. En esta misma dirección se trans-
formaron también los mecanismos de confrontación con la guerrilla y se comenzó
a ensayar la estrategia de desaparición de personas –incluso antes de la masacre de
Trelew–, la intensificación del uso de la tortura clandestina y la exterminación
física del enemigo. Algunos analistas e historiadores han calificado certeramente

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 315

a este período como el laboratorio de lo que sería la represión y el terrorismo de


Estado implantado brutalmente el 24 de marzo de 197695.
El 17 de noviembre de 1972 el avión que traía de vuelta a Perón tocaba suelo en
el aeropuerto de Ezeiza. El líder llegaba a Argentina tras diecisiete años de
exilio forzado, y lo hacía para ungir al candidato que lo representaría en las
elecciones. Contra muchos pronósticos, Héctor J. Cámpora sería quien llevaría
las insignias del justicialismo en el frente que se había conformado tras la divi-
sa de “Cámpora al gobierno, Perón al poder” –el frente conocido como FREJULI
(Frente Justicialista de Liberación). Perón imponía a su candidato por encima
del propuesto por la CGT liderada por José Ignacio Rucci, el economista Anto-
nio Cafiero. Nuevamente, como en las circunstancias de 1966 que rodearon el
derrocamiento de Illia, las vísperas de elecciones presidenciales dirimían la lu-
cha por el manejo del movimiento peronista entre el propio Perón y los líderes
de la CGT y las 62 organizaciones, y al igual que en aquel año, el viejo General
confirmaba una vez más su liderazgo indiscutible desplazando a la burocracia
sindical del protagonismo en la campaña electoral.
Perón cimentaba de esta manera una alianza social sumamente heterogénea,
apoyada en los sectores radicalizados de las organizaciones armadas peronistas,
la burguesía ligada al capital nacional, obviamente el movimiento obrero, los
sectores medios y parte de la intelectualidad recientemente –y no tanto–
peronizada. Esa alianza ciertamente eficaz a la hora de los comicios no lo sería
tanto una vez restaurado el justicialismo en el poder.
El gobierno de Lanusse, en un último manotazo de ahogado, modificó la ley
electoral instaurando el mecanismo de segunda vuelta si la primera fuerza no
alcanzaba el 50 por ciento de los votos, con la esperanza de contraponer una
alianza que reuniera a todos los sectores antiperonistas en un hipotético
ballottage. Un 49 por ciento de la población que votó por la fórmula Cámpora-
Solano Lima el 11 de marzo del 73, contra un ínfimo 21 por ciento obtenido
por los radicales Balbín-Gamond, dio por tierra con la estrategia de Lanusse.
Luego del interregno camporista y pasando por un efímero mandato provisio-
nal de Raúl Lastiri –en razón de la acefalía desatada por la renuncia conjunta de
Cámpora y Lima–, el tan odiado por muchos pero siempre aclamado por las
mayorías volvía triunfalmente a vestir la faja presidencial. Perón en el gobier-
no, lejos de cerrar viejas heridas, abriría una caja de Pandora de final –en ese
momento– incierto. Este nuevo capítulo en la historia argentina, sin embargo,
es para nosotros tema de otro trabajo.

95 Eduardo Luis Duhalde: El Estado terrorista argentino. 15 años después, una mirada críti-
ca, Buenos Aires, Eudeba, 1999.

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316 | SERGIO NICANOFF Y SEBASTIÁN RODRÍGUEZ

Conclusiones

La Revolución Argentina se propuso reestructurar la sociedad en su totalidad.


Detrás de un discurso integrista y autoritario se articularon los intereses de la
burguesía más concentrada y del capital transnacional. Estos intereses, que por
un largo tiempo habían buscado la vía para transformar la estructura económi-
ca y el modelo de acumulación, encontraron finalmente la puerta de entrada de
la mano de la institución militar. Aquello que no se había logrado por el cami-
no de la institucionalidad, se implantaba ahora por la fuerza. No obstante, la
sociedad no permaneció impasible, y la presión que venía acumulándose desde
el golpe de Estado de 1955 estalló finalmente en los años de la dictadura de
Onganía. Aquella situación de “crisis de hegemonía” pasaba a ser ahora una
“crisis orgánica”, en la cual no solamente la burguesía se hallaba fracturada
como clase sino que a esa falta de homogeneidad se oponía un enemigo cada vez
más organizado y decidido. Los últimos suspiros de la Revolución Argentina
son entonces testigos de un marasmo social de apariencia incontenible por los
sectores dominantes. Aquel proyecto que se mostraba contundente y sin fisuras,
que se presentó como una autocracia refundadora de la Nación, no hizo más
que avivar el fuego de la rebelión. Así, si bien la movilización de masas, tanto
como las organizaciones armadas, no fueron hijos directos de la dictadura mili-
tar del 66, sí lo fueron la radicalización de la lucha, el crecimiento exponencial
de la violencia política y la institución de un punto de no retorno. De allí en
más, las cartas estaban echadas y la salida tenía sólo dos caminos posibles: la
revolución o el genocidio. El final es hoy, para todos nosotros, tristemente co-
nocido.

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LA “REVOLUCIÓN ARGENTINA” Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD POSPERONISTA | 319

Regreso y fracaso en tres actos: el peronismo (1973-1976)

Sergio Nicanoff y Fernando Pita

Introducción

El presente trabajo se centra en los sucesos y procesos desarrollados durante el


retorno del peronismo al gobierno en la etapa 1973-1976. Para poder abordar
la complejidad y riqueza del período –momento histórico donde se suceden a
un ritmo vertiginoso contradicciones y cambios políticos, sociales y económi-
cos largamente gestados– partiremos de los siguientes ejes de análisis.
En primer lugar consideramos que el retorno del peronismo se enmarcó en un
intento de clausurar la crisis orgánica abierta a partir del Cordobazo de 1969
y de recuperar el poder legitimador del Estado recreando un sistema político
capaz de controlar la conflictividad social a partir de su institucionalización y
cooptación. Se propuso eliminar (por represión y aislamiento) a los nuevos
actores sociales no reabsorbibles por el sistema en la medida en que éstos
representaban la continuidad de prácticas autónomas de las clases subalter-
nas. La enorme paradoja del período es que ese intento de relegitimación
partió de la fuerza política que había encarnado para las mayorías populares
su anhelo de cambios y que durante 18 años había sido excluida del sistema
político. La contradicción entre las expectativas de transformaciones revolu-
cionarias de importantes franjas sociales que motorizaban el regreso del
peronismo al poder y los objetivos reales de quienes lideraban ese proceso
(empezando por el propio Perón) estallaría con toda virulencia marcando a
fuego la etapa. Dentro de la heterogénea alianza, creada para hacer posible el
regreso del peronismo al gobierno, se expresaría con toda intensidad el con-
flicto de clases, el enfrentamiento de proyectos antagónicos. La contradicción
previa de una sociedad polarizada entre peronismo-antiperonismo dejaba lu-
gar a una guerra entre peronistas que era la evidencia (más espectacular pero
no única) de la continuidad de la crisis de dominación. Como veremos, lejos
de cerrarse, la crisis orgánica se configuraría bajo nuevas formas en el trienio
peronista.

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En segundo lugar, veremos que el proyecto nodal del propio Perón consistía en
la puesta en marcha de un modelo similar al que había impulsado a mediados
de la década del 40. Su núcleo era la recreación del pacto tripartito entre el
Estado, los empresarios y los sindicatos para controlar las principales variables
de la economía y la renegociación de la dependencia de Argentina a partir del
nuevo contexto internacional. Intentaremos demostrar que la profundidad de
los cambios estructurales acaecidos desde el golpe de Estado de 1955 tornaba
directamente inviable la posibilidad de la aplicación de ese modelo en la Ar-
gentina de los 70, por lo que su destino no podía ser otro que el fracaso.
En tercer lugar, veremos cómo se gestan en ese momento (particularmente
durante la presidencia de Isabel Perón) nuevas lógicas que presuponen el aban-
dono de los parámetros redistribucionistas del peronismo y el primer intento
de adaptar el movimiento peronista a las políticas de ajuste reclamadas por
los grandes grupos económicos. En ese sentido, las políticas neoliberales que
implementaría la dictadura militar de 1976 tienen un verdadero antecedente
en el denominado Rodrigazo1.
Finalmente nos detendremos en la diversidad de caminos que recorrerán las
distintas prácticas de ese torrente social impugnador nacido a fines de los 60.
Aunque nunca homogéneo, como ya hemos analizado, el combate común con-
tra la dictadura y el desarrollo de nuevos métodos de lucha fue creando, a
grandes trazos, en sus diversos actores, una subjetividad convergente. Al lle-
gar el peronismo al gobierno se configuró un nuevo escenario donde la discu-
sión pasó a estar centrada en el grado de apoyo o no que se le daba al nuevo
gobierno, en la caracterización del plan económico y en qué medida éste re-
presentaba una etapa de cambios reales o una reestructuración del sistema
donde la variable de ajuste continuaban siendo los trabajadores. Las diferen-
tes respuestas a esas preguntas acentuaron, en el trienio peronista, la separa-
ción y las divergencias dentro de ese campo potencialmente revolucionario
constituido durante la dictadura.
Para el desarrollo de estos ejes analíticos subdividiremos el período en tres
etapas, no por una distinción meramente cronológica sino porque entendemos
que cada una de ellas tiene elementos que la diferencian de las otras2. La prime-

1 En 1975, Celestino Rodrigo, ministro de Economía de Isabel Perón, aplicó un programa


de ajuste brutal intentando readecuar el capitalismo argentino a los nuevos planteos de los
sectores más concentrados del capital.
2 Tomamos aquí la caracterización elaborada por Maristella Svampa: El populismo imposi-
ble y sus actores, 1973-1976, en Daniel James (comp.), Nueva Historia Argentina, tomo
9, Buenos Aires, Sudamericana, 2003.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 321

ra comienza con la asunción de Héctor J. Cámpora al gobierno y finaliza con su


renuncia (del 25 de mayo de 1973 al 13 de julio de 1973). Esos breves días de
gestión se enmarcan en una sociedad altamente movilizada que espera modifi-
caciones de fondo y se clausura con el inicio de la depuración política dentro del
peronismo.
El segundo momento abarca desde la llegada de Raúl Lastiri a la presidencia,
pasando por el regreso de Perón al gobierno hasta su muerte (del 13 de julio de
1973 al 1 de julio de 1974). Implica el pleno despliegue del proyecto del líder,
así como la demostración empírica de sus límites e inviabilidad estructural. En
ese momento, se agudizan irreversiblemente tanto las contradicciones dentro
del peronismo como la dicotomía entre el intento de relegitimación del Estado
y del sistema político, por un lado, y la continuidad de la conflictividad social,
por el otro.
El tercer período va desde la asunción de Isabel Perón a la presidencia hasta el
golpe de Estado que la derroca (del 1 de julio de 1974 al 24 de marzo de 1976).
Esta etapa estará marcada por el derrumbe total del proyecto original de Perón,
por el intento de reformularlo en función de las necesidades estratégicas del
gran capital y por la intensificación de la crisis de dominación abierta en 1969.

Primera parte:
El breve sueño de la “primavera” camporista

1. Nada es igual, todo cambió

El triunfo electoral del 11 de marzo posibilitó el regreso del peronismo al


gobierno pero dejó en pie una anomalía heredada de la dictadura. Perón, al
no poder ser candidato y delegar ese rol en Héctor J. Cámpora, se encontra-
ba en la situación de que aunque era el líder político del proceso estaba
alejado de la Casa de Gobierno. El nuevo presidente distaba de ser el con-
ductor real del movimiento peronista y el suyo era un poder vicario que
dependía totalmente del apoyo de Perón para legitimar su ejercicio del go-
bierno. Esa tensión no tardó en resolverse en detrimento del otrora odontó-
logo a través de su caída. Previo al desarrollo de ese final, el General des-
plegó todos sus esfuerzos para impulsar un proyecto político-económico
que contaba con tres elementos fundamentales: 1) reinstalar como princi-
pal sostén de la economía un pacto social tripartito entre el capital, los
sindicatos y el Estado desde donde mantener en caja, mediante la
concertación, los precios y los salarios. El liderazgo de ese proceso lo ten-
dría la fracción de la burguesía denominada nacional, a través de la Con-

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322 | SERGIO NICANOFF Y FERNANDO PITA

federación General Económica, cuyo dirigente máximo era José Gelbard3.


2) Consolidar un sistema político relegitimado, para lo cual, a diferencia
de su experiencia anterior, se proponía rehabilitar a los partidos políticos y
al Parlamento como escenario de negociación y acuerdo. En ese esquema,
ocupaba un lugar central el radicalismo, que como principal partido de la
oposición debía tener una participación activa en las principales decisiones
de gobierno. Para ello, era necesario abrir canales de diálogo y consulta
permanentes. 3) Finalmente, y no por ello menos importante, Perón procu-
raba verticalizar el movimiento peronista desde su conducción, discipli-
nando (y si eso no sucedía, eliminando) a todas las corrientes internas. Bus-
caba con ello la institucionalización definitiva, no sólo del peronismo, sino
centralmente de la conflictividad social heredada de la dictadura.
Todos esos objetivos tenían que ser implementados por Perón concentrando
en su persona la capacidad de arbitraje entre los diversos grupos de poder y
facciones mientras se encontraba fuera de la presidencia, en el marco de una
sociedad fuertemente movilizada y profundamente distinta a la de la década
del 40.
Perón no desconocía esos cambios, pero probablemente subestimaba su mag-
nitud. La dirigencia sindical, tras el golpe de 1955, distaba de ser una fuer-
za fácilmente manejable desde el Estado. Por el contrario, sus líderes esta-
ban acostumbrados a manejarse con independencia de los deseos de Perón
durante su largo exilio y deseaban mantener su status de interlocutores con
los restantes factores de poder en el país. Las nuevas corrientes sindicales
antiburocráticas que les planteaban un desafío inédito a su conducción los
obligaba, más que nunca, a conseguir conquistas concretas para mostrarlas
a sus inquietas bases sociales. La contradicción era que para ello debían

3 José Gelbard, elegido directamente por Perón como ministro de Economía en la presiden-
cia de Cámpora, representaba a los medianos y pequeños propietarios de la industria, el
campo y la ciudad nucleados en la CGE. Auténtico arquitecto de ese agrupamiento em-
presarial desde el primer gobierno peronista, había mantenido su liderazgo y la pervivencia
de la Confederación tras el golpe de Estado de 1955. El “ruso”, como lo designaban sus
íntimos, era el dueño de un importante grupo económico que le permitió acumular una
considerable fortuna. Su crecimiento personal iba de la mano de su conocimiento de los
pasillos del poder y una multifacética personalidad política. Vinculado desde su juventud
al Partido Comunista Argentino (PCA), Gelbard jamás rompió los vínculos que lo unían
con esa estructura, a la vez que logró ser hombre de confianza de Perón y tejer estrechos
lazos con Lanusse, beneficiándose durante su presidencia con jugosos contratos otorgados
por el Estado a las empresas que controlaba. Para una interesante biografía del personaje,
véase María Seoane: El burgués maldito, Buenos Aires, Planeta, 1998.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 323

renegociar su lugar en el movimiento y su cercanía con el Estado, encon-


trando apoyo para combatir a sus enemigos; para ello tenían que pagar un
precio: renunciar a su juego autónomo con el poder subordinándose a las
directivas establecidas por Perón. A su vez, el pacto social diseñado por
éste distaba, como veremos, de llenar las expectativas de mejora en el nivel
de vida que albergaban muchos trabajadores, con lo que la contradicción
permanecería latente, nunca resuelta, para finalmente estallar tras la muer-
te del líder.
Si en los años 40 Perón había contado inicialmente con el apoyo mayoritario de
las Fuerzas Armadas y la Iglesia, muy distinta era la situación que se planteaba
en la década de los 70. Ambas instituciones estaban pobladas en sus jerarquías
de cuadros profundamente antiperonistas que, ante la nueva coyuntura, opta-
ban por una estrategia de repliegue y reacomodamiento interno a la espera de
los futuros tropiezos del nuevo gobierno. En particular para los militares, la
preocupación principal pasaba por recuperarse de su fuerte desprestigio social,
así como prepararse para los futuros enfrentamientos con lo que avizoraban
como el núcleo duro del conflicto social: las organizaciones armadas y el sindi-
calismo clasista.
Con la llegada de Cámpora, los cambios en las cúpulas militares distaron de ser
espectaculares. El nombramiento del general Jorge Carcagno en la jefatura del
Ejército instaló en la cúpula de las Fuerzas Armadas a un grupo de oficiales
dispuestos a romper con la Doctrina de Seguridad Nacional e imbuidos de un
espíritu antinorteamericano4. Aun así no expresaban una corriente interna con
peso determinante dentro de las Fuerzas Armadas.. Por el contrario, entre la
nueva cúpula y el grueso de la oficialidad, existía un divorcio de concepciones
que sólo se pudo sostener, por corto tiempo, dada la particular situación social
en que asumió el gobierno de Cámpora.
Las bases materiales (divisas de posguerra) y políticas (situación internacional
que permitía algún espacio de tibia autonomía para Argentina) que habían
posibilitado el ascenso de Perón a mediados de la década del 40 sencillamente
no existían en los años 70. Pero, sobre todo, era radicalmente distinto el peso

4 Carcagno pronunció un célebre discurso en la Conferencia de Ejércitos Americanos de


Caracas, donde cuestionó las políticas norteamericanas para América Latina. Carcagno
abogó por el retiro de las misiones militares estadounidenses y francesas instaladas en
Argentina y autorizó la realización del Operativo Dorrego, un plan de reconstrucción de
zonas inundadas, llevado adelante en 1973 a través de una acción conjunta entre la Juven-
tud Peronista y las Fuerzas Armadas. En diciembre de 1973, Perón lo desplazó del cargo
porque temía que la figura de Carcagno alcanzara dimensiones de liderazgo paralelo en
una probable alianza con Montoneros.

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social alcanzado (dentro y fuera del peronismo) por aquellos sectores que pos-
tulaban modificaciones estructurales de la sociedad. Después de un largo pro-
ceso de luchas, con un fuerte prestigio social en el marco de una sociedad
altamente politizada, las nuevas organizaciones desarrolladas post-Cordobazo
no estaban dispuestas fácilmente a renunciar a sus objetivos de cambios en
aras de la gobernabilidad de un sistema al que repudiaban. Allí se encontraba
uno de los nudos centrales de la etapa. Perón avaló a los sectores revoluciona-
rios del movimiento en su enfrentamiento con la dictadura contribuyendo a su
legitimación e impulsando redefiniciones ideológicas. Un ejemplo de esto era
la idea de un socialismo nacional5 que suponía el acercamiento del peronismo
al campo socialista mundial.
Alentando, como vimos, a la guerrilla tras el rótulo de formaciones especiales y
jugando con la idea de un “trasvasamiento generacional” dentro del peronismo
que llevaría a los jóvenes a los puestos de dirección, el viejo general ayudó, en
esa coyuntura de enfrentamiento contra la dictadura, a que se consolidara la
izquierda peronista, particularmente la liderada por Montoneros. Pero, para
Perón, esas definiciones tenían un sentido meramente táctico. Las usaba para
amenazar con una salida revolucionaria al poder instituido. Lo que realmente
buscaba era conseguir un espacio de negociación que le permitiera retornar al
gobierno y desplegar su verdadero proyecto: una suerte de capitalismo
redistribucionista que renegociara la inserción de Argentina en el sistema capi-
talista mundial.
El gran equívoco del período es que para los miembros de la Tendencia Revolu-
cionaria del peronismo esas redefiniciones no tenían un sentido táctico sino
estratégico. Tras 18 años de proscripción, con una clase obrera mayoritariamente
peronista y con altos niveles de combatividad, dueños de la mayor capacidad de
movilización del país a través de las multitudinarias columnas de la Juventud
Peronista, con simpatías sociales importantes en la población hacia las organi-

5 La formulación de la idea de socialismo nacional en el propio Perón siempre fue ambigua


e imprecisa, factible de ser reinterpretada de formas antagónicas. Para los sectores revolu-
cionarios del movimiento se trataba de redireccionar las definiciones ideológicas del
peronismo hacia una definición por el socialismo en un sentido marxista. Implicaba rom-
per, en un proceso que se desarrollaría por etapas, con las estructuras capitalistas predomi-
nantes en el país. Por el contrario, para los pequeños grupos de ultraderecha del peronismo,
el socialismo nacional se asociaba directamente con la experiencia del nazismo o del fascis-
mo italiano. Partían de definir como enemigo principal a la Sinarquía (un supuesto orga-
nismo supranacional que reunía a capitalistas, comunistas y judíos con el fin de dominar
el mundo) que encarnaban en el país todos los sectores revolucionarios. La solución que
proponían era la eliminación física de todos los oponentes.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 325

zaciones armadas, en un contexto de alta conflictividad social, con un líder


exiliado que apoyaba sus acciones y hablaba de socialismo, los jóvenes de la
Tendencia creyeron que el retorno de Perón al gobierno abría una etapa de
modificaciones estructurales. Perón era para ellos un líder que conduciría a la
sociedad argentina hacia una revolución socialista. Tras el triunfo electoral en
1973 reclamaban un lugar de dirección en el movimiento que juzgaban sufi-
cientemente ganado por los enormes sacrificios de vidas y esfuerzos realizados
en la resistencia a la dictadura. Si por una cuestión biológica la vida de Perón
llegaba a su término, la dirección de Montoneros se veía a sí misma como su
futura heredera bendecida en ese rol por el propio General. La desilusión no
tardaría en llegar, pero en ese tránsito se resolvería la contradicción principal
que signó al breve interregno camporista: el conflicto entre los que pugnaban
por la restauración del sistema y los que se lanzaban a su ruptura. El primer
escenario de esa batalla se dio en el interior del peronismo, dirimiéndose
quiénes serían los ganadores reales del proceso. Los jóvenes de la Tenden-
cia, para su sorpresa, descubrirían que Perón se encontraba en esa disputa
en el polo opuesto al de sus aspiraciones revolucionarias.

2. La continuidad de la crisis de dominación

El gabinete designado por Cámpora reflejaba un reparto de poder dentro de los


distintos segmentos del movimiento. Se prolongaba así la indefinición respec-
to de qué sectores tendrían la hegemonía del proceso político y, por lo tanto, no
se conformaba plenamente a nadie; mucho menos a la izquierda peronista que
tuvo el papel central en la campaña electoral.
El ministerio del Interior (Esteban Righi) y el de Relaciones Exteriores (Juan
Carlos Puig) quedaron en manos de hombres de confianza del propio Cámpora.
Aunque en la época se empezó a hablar de camporismo, es necesario aclarar que
el mismo nunca se estructuró como corriente interna organizada. En realidad,
se trataba de políticos progresistas –dentro del peronismo– vinculados perso-
nalmente al entonces presidente que, en muchos temas, podían converger con
Montoneros pero no estaban encuadrados dentro de esa organización. Aunque
casi excluidos del gabinete, los Montoneros alcanzaron un importante poder
institucional, reflejado, sobre todo, en la cercanía política con varios goberna-
dores, algunos de ellos de distritos clave: Oscar Bidegain en la provincia de
Buenos Aires, Ricardo Obregón Cano en Córdoba, Martínez Baca en Mendoza,
Miguel Ragone en Salta, Jorge Cepernic en Santa Cruz, así como en el control
de la Universidad de Buenos Aires con el nombramiento como rector de Rodolfo
Puiggrós.

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Las designaciones marcaban el peso que se otorgaba a las corporaciones en áreas


clave del gobierno, dados los nombramientos del conductor de la CGE, José
Gelbard, en Economía y el de un connotado miembro de la burocracia sindical,
Ricardo Otero –hombre de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM)–, en el Mi-
nisterio de Trabajo. Un alerta mayor para los sectores revolucionarios era la
nominación del secretario privado de Perón, José López Rega, como ministro
de Bienestar Social. El personaje, conocido como el “brujo” (por su pública
vinculación con la astrología y el esoterismo), se había relacionado con la terce-
ra esposa del líder, María Estela Martínez de Perón, en 1965, en el marco del
conflicto entre Perón y Augusto Vandor. Desde ese momento, López Rega al-
canzaría un enorme ascendiente en el entorno del ex presidente hasta tornarse
insustituible. De sólidas relaciones con grupos de extrema derecha de todo el
mundo, ligado a la logia secreta Propaganda Dos del empresario italiano Licio
Gelli (un organismo con epicentro en Italia, que anudaba contactos con el Va-
ticano, empresarios, grupos fascistas, la mafia, políticos y jerarcas militares), el
poder de López Rega y su aliada Isabel dependía, al no tener sólidas bases de
sustento dentro del movimiento, casi exclusivamente del apoyo y la legitimi-
dad que les otorgaba el propio Perón. La estrategia de ambos residía en hacerse
con el control absoluto del peronismo y del gobierno. Conscientes de que la
vida de Perón se acababa (aparentemente los informes médicos elaborados en
febrero de 1973 adelantaban que al General le quedaba escaso tiempo de vida),
ambos veían que si Cámpora quedaba en el gobierno, no tendrían ninguna
posibilidad de ejercer su influencia6. Aterrados ante ese escenario, se lanzaron
rápidamente a conspirar para lograr su caída, llevar a Perón al gobierno y luego
colocarse como sus sucesores y preparar el exterminio de todos los sectores
revolucionarios dentro (en primera instancia) y fuera del peronismo. Las accio-
nes de este núcleo fascista dentro del peronismo no pueden entenderse desde la
mera óptica de las luchas por el poder. Su proyecto expresaba intereses, tanto
internacionales como locales, dispuestos a una escalada contrarrevolucionaria
para cauterizar la herida abierta por la crisis de dominación.
El punto central del proceso político residía, mucho más que en las conspiracio-
nes de palacio, en una sociedad civil altamente movilizada y con fuertes expecta-
tivas de cambio. El temor de los factores de poder frente al gobierno de Cámpora
no estribaba en un programa económico-social que se destacaba por su modera-
ción, sino en el clima político de luchas sociales que le daban su contexto.
El día de asunción del nuevo gobierno, el 25 de mayo de 1973, casi un millón

6 Para esta hipótesis y una detallada biografía de Cámpora, véase Miguel Bonasso: El presi-
dente que no fue, Buenos Aires, Planeta, 1997.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 327

de personas desbordaban las calles de Buenos Aires. Con su presencia impi-


dieron que el representante del gobierno estadounidense asistiera a la ceremo-
nia de traspaso de mando, obligaron a que los miembros de la Junta Militar
abandonaran la Casa Rosada en helicóptero y superaron todo el operativo de
seguridad diseñado por la saliente dictadura. En la jura de Cámpora, la
ovacionada presencia de los presidentes de Cuba (Osvaldo Dorticós) y de Chile
(Salvador Allende) terminó de otorgarle a la jornada un espíritu de ruptura con
lo anterior y de imposición de un nuevo orden.
Por la noche, decenas de miles de manifestantes se desplazaron hacía la cárcel de
Devoto. Alineados tras la consigna de “ni un solo día de gobierno popular con
presos políticos”, exigieron la inmediata libertad de los miembros de las organi-
zaciones armadas detenidos en el penal. Tras horas de tensión y febriles negocia-
ciones, los presos fueron liberados. Se había llevado adelante lo que se conocería
como el “Devotazo”. El hecho, horas después legalizado por el Parlamento con
una ley de amnistía, marcó la tónica del momento. Socialmente, otorgaba legiti-
midad a todas las formas de resistencia, incluida la armada, desarrolladas durante
la dictadura militar. De manera mucho más decisiva para el futuro inmediato,
constituía un primer tropiezo para la idea de institucionalización de los conflic-
tos, pergeñada por Perón, puesto que los poderes legales (Ejecutivo, Parlamento)
sancionaron post facto –con la ley de amnistía– una situación que la movilización
popular ya había arrancado por sí misma.
Para las Fuerzas Armadas significó el derrumbe de uno de los puntos funda-
mentales del Gran Acuerdo Nacional (GAN): la continuidad del encarcela-
miento y represión de los combatientes guerrilleros. Aún no se habían apagado
los ecos del Devotazo, cuando un nuevo fenómeno emergente de la ebullición
social convocaba la atención. Una ola de ocupaciones de distintos estableci-
mientos sacudía todo el país. Las tomas7 de hospitales, escuelas, diarios, cana-
les, radios, fábricas, municipios, entre otros organismos, se multiplicaron con
velocidad pasmosa en las primeras semanas de junio hasta acercarse al millar.
La vertiginosidad del proceso –de crecimiento aritmético a partir del 4 de ju-
nio– y su metodología, basada en la acción directa, conmovían a todos los fac-
tores de poder que inmediatamente recurrieron a los clásicos fantasmas del caos
y la anarquía.
Pretender explicar ese proceso como el producto exclusivo de un enfrentamien-
to dentro del peronismo entre Montoneros y los grupos de ultraderecha resul-
taría insuficiente. Sin duda, los sectores revolucionarios del peronismo tuvie-

7 Tomamos para el análisis de este fenómeno el trabajo de Fabián Nievas: “Cámpora: Prima-
vera-Otoño, las tomas”, en Alfredo Pucciarelli (comp.), La primacía de la política: Lanusse,
Perón y la nueva izquierda en los tiempos del GAN, Buenos Aires, Eudeba, 1999.

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ron una participación activa en buena parte de las tomas y, a su vez, la derecha
peronista actuó realizando sus propias ocupaciones –particularmente de me-
dios de comunicación– con el fin de controlar áreas clave en el nuevo gobierno.
Aun así, el sentido más profundo de las tomas excedía el enfrentamiento dentro
del peronismo. De manera mucho más determinante, expresaban la necesidad
de amplias franjas sociales de impedir que al frente de diversos organismos
continuaran funcionarios puestos por la dictadura. Las ocupaciones, lejos de
atacar el nuevo gobierno, pretendían impedir el continuismo de la herencia del
gobierno anterior.
Partiendo de asambleas masivas que involucraban a los diversos actores de cada
área y de la percepción de quienes las motorizaban de que era necesario tomar
su destino en sus propias manos, las tomas planteaban, de hecho, un escenario
donde el sujeto de las transformaciones no era, centralmente, el gobierno ni las
instituciones, sino la sociedad civil organizada y movilizada. Esa dinámica se
inscribía en el marco de la disputa más general, ya explicitada, sobre el carácter
y los contenidos del nuevo gobierno. El dilema era: transformaciones de fondo
apoyadas en las luchas sociales o reinstitucionalización de la mano del acuerdo
entre los partidos mayoritarios, la burocracia sindical y la fracción de la bur-
guesía industrial de la CGE, alrededor del pacto social. Para la derecha
peronista, Cámpora debía ser desplazado porque su llegada al gobierno era
un fruto –incluso más allá de su propia voluntad– de lo primero más que de
lo segundo. No podía –ni probablemente quería– llevar adelante el proyecto de
depuración y control que, partiendo del propio Perón, se le exigía.
El 14 de junio el secretario general del Partido Justicialista, Juan Manuel Abal
Medina, reclamó el cese de las tomas. Poco después, se le plegó la propia Juven-
tud Peronista. En tal contexto, el proceso de tomas iniciaba su reflujo. Aun así,
la decisión de terminar con el gobierno de Cámpora para, a su vez, acabar con la
crisis de dominación, ya estaba tomada.
La “primavera”, el sueño del florecimiento de un nuevo orden, debía llegar a su fin.

3. Ezeiza: masacre y golpe

El 20 de junio de 1973 era el día fijado para el regreso definitivo de Perón al


país. El escenario elegido para el acontecimiento era el puente El Trébol, ubica-
do a tres kilómetros del aeropuerto internacional de Ezeiza. Una enorme movi-
lización popular nunca antes vista –los cálculos más conservadores hablan de
más de dos millones de personas– acudiría a la cita largamente postergada en lo
que se esperaba que fuera una fiesta de dimensiones gigantescas. Nada de eso
ocurriría.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 329

La fiesta se trocaría en masacre, iniciando un punto de inflexión en la aplicación


del terror hacia las clases subalternas que, a partir de allí, crecería en una espiral
indetenible. Para la ultraderecha peronista, había llegado la hora de hacer es-
carmentar a la izquierda. El gigantesco acto donde el viejo general dirigiría la
palabra a su pueblo debía ser transformado en una masacre premeditada para
culpabilizar a Montoneros, obligar inmediatamente a la renuncia de Cámpora
y entronizarse en el poder8. Bajo la dirección en las sombras de López Rega y la
del encargado de seguridad del acto, el teniente coronel Jorge Manuel Osinde,
se inició el reclutamiento de grupos de choque compuestos por matones sindi-
cales, ex miembros de las fuerzas de seguridad, delincuentes comunes y perso-
nal de los diversos servicios de inteligencia. Para el logro de sus objetivos, se
desplazó de todos los aspectos organizativos del acto tanto a las fuerzas de la
Tendencia como a los funcionarios del gobierno de Cámpora. El dispositivo se
completó con el retiro de los efectivos de la Policía Federal de los alrededores
del palco, que quedó bajo el absoluto control de los activistas de derecha, pro-
vistos de un verdadero arsenal de guerra.
En el otro polo del conflicto, no se preveía un escenario de enfrentamiento
militar. Para la dirección de Montoneros, se trataba de lograr una enorme mo-
vilización encuadrada bajo sus banderas que haría que Perón, al observar esa
capacidad organizativa, les otorgara un lugar de privilegio en la conducción del
movimiento. Esa lectura tenía sus raíces en una visión mítica de la historia del
peronismo que los jefes guerrilleros habían adoptado. Suponían que, en los
actos masivos del peronismo, se producía una relación dialéctica potencialmen-
te revolucionaria entre el líder y las masas, facilitando que los reclamos de éstas
fueran siempre tomados en cuenta por Perón. Si en Ezeiza, Montoneros dirigía
como vanguardia al pueblo peronista rodeando el palco, el General no tendría
otra posibilidad que reconocer ese liderazgo9. Desde nuestra perspectiva, esta
visión demostraba un escaso conocimiento de la historia del peronismo ya que
el caudillo siempre había descabezado sin piedad cualquier intento de consoli-
dación de un liderazgo alternativo al suyo. Los jóvenes revolucionarios no espe-
raban el grado brutal de respuesta que encontraron.
De esta manera, los hechos se alejan de los relatos construidos posteriormente –
anticipadores de la teoría de los dos demonios elaborada en los años 80– que

8 Para una detallada reconstrucción de la conspiración, véase Miguel Bonasso, op. cit. Y, en
particular, el muy documentado trabajo de Horacio Verbitsky: Ezeiza, Buenos Aires, Con-
trapunto, 1985.
9 Para un relato de la existencia de esta hipótesis en las filas montoneras y una visión de su
historia, véase Carlos Flaskamp: Testimonio de la lucha armada en la Argentina, Buenos
Aires, Nuevos Tiempos, 2002.

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presentan Ezeiza como un combate militar entre dos extremos ante un pueblo
atónito que esperaba asistir a una fiesta. Cuando la columna sur de Montoneros se
acercó al palco, desde éste se inició el fuego sobre los manifestantes. El saldo fue
13 muertos identificados y más de 365 heridos de bala. El avión que trajo a Perón
fue desviado a la base militar de Morón. La multitud se retiró sumida en la más
profunda desazón. El reencuentro no se había producido.
Aunque el objetivo final de la asonada –una suerte de ocupación de la Casa
Rosada y la renuncia inmediata de Cámpora– no se concretó, por la magra
convocatoria reunida ese día en Plaza de Mayo, la conspiración triunfaba en sus
aspectos esenciales. Los días del presidente estaban contados. El 21 de junio
Perón realizaba un discurso que legitimaba el golpe palaciego y anunciaba tiem-
pos aciagos para la izquierda del movimiento. En sus propias palabras: “Noso-
tros somos justicialistas, levantamos una bandera tan distante de uno como de
otro de los imperialismos dominantes... No hay nuevos rótulos que califiquen a
nuestra doctrina y nuestra ideología. Somos lo que las veinte verdades peronistas
dicen...”. Se enterraban allí los proyectos de renovación del movimiento. Rápi-
damente y sin escalas, la “juventud maravillosa” de otrora pasaba a la categoría
de “infiltrados marxistas”. Ezeiza simbolizó ese tránsito. El momento en el que
las contradicciones que el peronismo había albergado largamente en su seno,
estallaban con toda su virulencia. Se evidenciaba allí que la polarización
peronismo-antiperonismo dejaba lugar a una lucha donde la derecha del
peronismo se aliaría sin pudores con la derecha no peronista para llevar adelan-
te el exterminio. Se comenzaba la demonización social de Montoneros para
proceder al aislamiento de todas las organizaciones populares del conjunto de
las clases subalternas. Un momento en que se cristalizaba un salto cualitativo
en las dosis de terror a aplicar para terminar con la movilización social.
En el interior del peronismo se estructuraba una alianza para expurgar a la
izquierda que reunía al lopezreguismo, la burocracia sindical y la fracción del
empresariado representada por Gelbard. En este último caso, no participando
directamente en el armado de la represión, pero avalando políticamente cada
uno de los pasos de la depuración.
La respuesta de Montoneros a tamaño eje de poder consistió en elaborar una
“teoría del cerco” que imaginaba un Perón neutral en el enfrentamiento inter-
no, rodeado y desinformado por la camarilla dirigida por López Rega10. El eje

10 La tesis del cerco fue fuertemente criticada por la izquierda y por otras corrientes revolu-
cionarias del peronismo. Alicia Eguren, vieja militante del peronismo y esposa del falleci-
do John William Cooke, sintetizó con sorna esa postura al afirmar: “Tengan cuidado,
muchachos, que el día que salten el cerco el General los va a estar esperando con una
metra”.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 331

político pergeñado era continuar con la disputa de las estructuras del movi-
miento, evitar su marginación e intentar una negociación directa con el líder
evitando el hipotético cerco. En sus supuestos, todavía no entraba la idea de
que, en las nuevas circunstancias, Perón renegaba de ellos.
No menor fue el estupor del propio Cámpora ante los hechos. Siempre fiel,
era plenamente consciente de que su estadía en la Rosada no podía prolon-
garse con Perón en el país. Imaginaba que su renuncia se haría en un marco
de reconocimiento a sus esfuerzos y honradez. En lugar de ello, se encontró
sacado a empellones del gobierno y marginado definitivamente del poder.
El 13 de julio, junto al vicepresidente Solano Lima, presentaron sus renun-
cias indeclinables. Quedaban las puertas abiertas para la realización de nue-
vas elecciones con la candidatura de Perón. Para completar el golpe inter-
no, el presidente del Senado, Alejandro Díaz Bialet, formalmente ubicado
en la línea de sucesión institucional, se encontró con un pasaje en sus ma-
nos para un viaje que lo alejaba del país. Asumiría el presidente de la Cá-
mara de Diputados, Raúl Lastiri, cuyo principal mérito residía en ser yerno
de José López Rega.
El 23 de septiembre de 1973, plebiscitado por una avalancha de votos del 62
por ciento del electorado, en una fórmula que llevaba como vicepresidenta a su
esposa Isabel, el anciano general regresaba al lugar donde siempre había ansia-
do estar: la Presidencia de la Nación.

Segunda parte: el proyecto de Perón y su inviabilidad

1. El plan Gelbard

El nuevo ministro de Economía extendió su gestión desde el 25 de mayo de


1973 hasta su renuncia, el 21 de octubre de 1974. Ocupó ese cargo con cuatro
presidentes diferentes (Cámpora, Lastiri, Perón e Isabel), transformándose en
pieza fundamental del proyecto de reconstitución del Estado diseñado por Perón.
Las claves de ese programa se pueden sintetizar en cuatro aspectos esenciales:
a) el pacto social; b) una nueva legislación sobre radicación de capitales ex-
tranjeros; c) una política agraria que permitiera la transferencia de recursos
del agro a la industria, al mismo tiempo que mejorar la productividad del
campo; d) la búsqueda de nuevos mercados para las exportaciones, no sólo
primarias sino de manufacturas, particularmente en los países del área socia-
lista y del Tercer Mundo. Todo esto combinado con un mayor papel del Esta-
do y una serie de medidas tendientes a favorecer principalmente a las empre-
sas de capital nacional.

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El nudo estratégico del proyecto residía en el pacto social. Reeditando la


concepción de pacto tripartito entre asociaciones empresarias, sindicatos y
gobierno, su objetivo principal era controlar institucionalmente las luchas
entre el trabajo y el capital, manejando las variables principales de distri-
bución del ingreso –salarios y precios– para mantener en caja la inflación.
Al realizarse, durante el gobierno de Cámpora, el acta de acuerdo entre la
CGE y la CGT, se establecía un aumento salarial del 20 por ciento, se sus-
pendían las negociaciones colectivas por espacio de dos años y, como con-
trapartida, se congelaba el valor de todos los artículos fijando mecanismos
de control de precios. Semejantes medidas, presentadas bajo la retórica de
un paulatino mejoramiento del poder adquisitivo de los sectores populares,
lejos estaban de cubrir las expectativas de la clase obrera e, incluso, de la
propia dirigencia sindical oficialista. A cambio de un aumento que apenas
retrotraía los ingresos populares al último año de gobierno de Alejandro
Agustín Lanusse, el movimiento obrero renunciaba a las paritarias, una
herramienta central en la puja distributiva. Para el propio Perón, una vez
retornado a la presidencia, el pacto era la llave maestra de su arquitectura
de poder; la forma de superar la ingobernabilidad y la crisis orgánica, de
recrear el sistema político, su punto de partida. Consistía en el respeto to-
tal que obreros y empresarios debían prestarle a la concertación. Conscien-
te de que la salud del plan dependía de que los dirigentes sindicales pudie-
ran limitar los reclamos reivindicativos de sus bases y de que el proyecto
recortaba su autonomía al colocarlos bajo su disciplina vertical, Perón in-
tentó compensarlos reforzando su poder en los sindicatos. Otorgándoles
nuevamente en su discurso el carácter de “columna vertebral del movimien-
to”11, premió a la burocracia con la sanción de una Ley de Asociaciones

11 La reconciliación pública de Perón con los dirigentes sindicales que se produjo en octubre
de 1973, estuvo enmarcada por el asesinato del secretario general de la CGT, José Rucci.
La operación fue realizada por un comando montonero, aunque esa organización jamás
asumió públicamente la autoría del hecho. Los motivos residieron en el creciente milita-
rismo de Montoneros que respondían a la masacre de Ezeiza, que Rucci había avalado,
utilizando las acciones armadas para la lucha interna del peronismo. Lanzaban un cadáver
para demostrarle su poder a Perón. Rucci jugaba un papel clave para la consolidación del
pacto social; era uno de los pocos dirigentes sindicales que lo apoyaban incondicionalmen-
te, por lo que su muerte golpeaba directamente el proyecto político del líder. Para com-
pletar el cuadro, en ese mes el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) intentó sin éxito
copar el Comando de Sanidad Militar, inaugurando así su estrategia de ataques directos al
Ejército durante el gobierno peronista. Responder a la ofensiva de la derecha principal-
mente con acciones militares llevó rápidamente, como veremos, al aislamiento y la pérdi-
da de legitimidad de todas las organizaciones guerrilleras.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 333

Profesionales que consolidaba su poder ante las corrientes clasistas y


combativas del movimiento obrero. Por esta norma, se afirmaba el modelo
centralizado de un sindicato por rama de actividad; se elevaba el mandato
de las conducciones sindicales de dos a cuatro años; se facultaba a las fede-
raciones o confederaciones a intervenir las asociaciones inferiores –lo que
sencillamente implicaba que seccionales o sindicatos locales rebeldes serían
aplastados por las direcciones nacionales–; se permitía a los dirigentes sin-
dicales anular la designación de delegados hecha por las bases en sus luga-
res de trabajo; se le otorgaba al Ministerio de Trabajo el poder de anular
elecciones y resoluciones de asamblea; se equiparaban los fueros sindicales
a las inmunidades otorgadas a los parlamentarios. En esencia, un verdadero
programa de disciplinamiento de los conflictos en la base y de refuerzo de
la autoridad de la burocracia como pago por su acatamiento del pacto so-
cial. Pronto se descubriría que no sería suficiente para frenar los conflictos
sociales.
En ese marco, el poder económico adoptaría una actitud pragmática frente al
pacto. La propia Unión Industrial Argentina (UIA) se fusionaría, posterior-
mente, con la CGE y la mayoría de las asociaciones empresarias –con mayor o
menor entusiasmo– se acogerían a los acuerdos propugnados por el gobierno.
En lo que respecta a la relación con el capital extranjero, la nueva ley de inver-
siones obligaba a que las futuras radicaciones de empresas tuvieran un mínimo
del 51 por ciento de capital nacional. Paralelamente, se buscaba favorecer las
exportaciones de manufacturas ofreciendo mayores ventajas a aquellas empre-
sas que realizaran exportaciones con mayor valor agregado. En este punto, los
cambios eran mucho más moderados de lo que la retórica nacionalista con la
que se los presentaba hacía suponer. Las empresas transnacionales que, como
vimos, habían alcanzado un papel preponderante en la estructura económica
mantenían las ventajas previamente adquiridas. Su poder de financiamiento,
mayor tecnología, superior productividad y tamaño, les permitían continuar
ejerciendo su predominio en el mercado interno. Incluso la ofensiva de Gelbard
para aumentar las exportaciones a los países socialistas los seguía ubicando como
un actor privilegiado12. En todo caso, el equipo económico mostraba una espe-
cial preocupación por atraer inversiones europeas antes que de Estados Unidos.
Más que una búsqueda de mayor autonomía, se asimilaba a un intento de diver-
sificar la dependencia, contrabalanceando el peso de las empresas norteameri-
canas con la llegada de capital europeo.

12 Un ejemplo de esto lo constituye la exportación de autos y camiones a Cuba acordada en


el período. El bloqueo comercial norteamericano que sufría la isla se rompió con la venta
de autos elaborados por las filiales de empresas transnacionales radicadas en Argentina.

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Un aspecto especialmente conflictivo se perfilaba con el agro. El plan propi-


ciaba la nacionalización parcial del comercio exterior previendo la creación
de dos monopolios exportadores de carnes y granos. Al mismo tiempo se
proponía avanzar en el disciplinamiento de la burguesía terrateniente. Para
ello, se propugnaba la instalación de un impuesto a la renta potencial de la
tierra13 y, a través de un anteproyecto de Ley Agraria, se amenazaba con la
posibilidad de expropiar unidades agrarias improductivas. En esencia, nue-
vamente el Estado buscaba apropiarse de los beneficios de las exportaciones
primarias controlando los canales de comercialización para volcar capitales
hacia el sector industrial, al mismo tiempo que, compulsivamente, a través
de penalizaciones tributarias inducía a la burguesía agraria a su moderniza-
ción productiva. El bloque terrateniente demostraría una vez más su capaci-
dad de bloquear cualquier intento reformista ya que, finalmente, el proyecto
de ley jamás se concretaría. El peronismo repetía la misma conducta que en la
década del 40: presionar sobre los niveles de ganancia del agro sin avanzar
seriamente en una política que modificara de raíz la concentración de la pro-
piedad de la tierra. Al no hacerlo, dejaba en manos de la burguesía agraria dos
variables centrales: la situación de la balanza de pagos –por medio de las
exportaciones agropecuarias– y el nivel de los salarios reales (a través del
impacto de la oferta de alimentos sobre los precios de los mismos)14. Dejar
intacto ese poder volvería a pagarse muy caro.
En resumen, el plan Gelbard recreaba el modelo capitalista dependiente de
sustitución de importaciones, pretendía congelar la lucha de clases a través
del pacto social, buscaba un mejor lugar bajo el sol para la denominada bur-
guesía nacional, para lo que intentaba renegociar condiciones con el resto de
las fracciones del bloque dominante, pretendía diversificar las exportaciones
con más manufacturas a nuevos mercados y reorganizar el aparato estatal,
recuperando para éste mayor capacidad de intervención y arbitraje15.
En los primeros meses de aplicación del plan, el éxito parecía sonreírle. Una
coyuntura de altos precios de las exportaciones agropecuarias en el mercado
mundial permitió un aumento sustancial de las reservas monetarias del país, al

13 Sencillamente establecía que aquellas tierras explotadas deficientemente, por debajo de lo


que podían rendir, pagarían un impuesto especial.
14 Véase Liliana De Riz: Retorno y derrumbe, Buenos Aires, Hyspamérica, 1987.
15 Otras posturas juzgan que la política económica beneficiaba directamente a las fracciones
más poderosas de la burguesía industrial, sin ningún intento de renegociación de la de-
pendencia de por medio, garantizando su hegemonía al interior del bloque dominante.
Para su análisis, véase Mónica Peralta Ramos: Acumulación del capital y crisis política en
Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 1978.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 335

mismo tiempo que la inflación se desaceleraba notablemente y crecía el pro-


ducto bruto interno. Muy pronto quedaría en evidencia que esos éxitos tenían
los pies de barro.

2. El fracaso de Perón

¿Era posible la consolidación de ese modelo bajo las condiciones nacionales e


internacionales existentes en la década de 1970? Nuestra respuesta es, decidi-
damente, que no.
En primer lugar, como elemento determinante, el conflicto de clases había lle-
gado a un grado de agudeza tal que se tornaba imposible su absorción por
medio de la institucionalización. La disconformidad con los aumentos salaria-
les otorgados por el pacto social, al no poder expresarse directamente por la
vigencia del acuerdo, trasladó los reclamos hacia la renegociación de las condi-
ciones de trabajo en las empresas, así como a la lucha por la reincorporación de
los trabajadores despedidos (tanto los cesanteados por los anteriores gobiernos
militares como los generados durante ese gobierno peronista). El estado de
rebelión de la base obrera en las fábricas, nacido durante la dictadura en el
interior del país, llegaba finalmente al conurbano bonaerense con su impronta
de democracia de base y acción directa. Ese resurgir del protagonismo de los
trabajadores conducía, irreversiblemente, al choque con la burocracia sindical
dado su compromiso estructural con las patronales. De esa manera los conflic-
tos se trasladaban al reconocimiento –por parte de las empresas y el Estado– de
los representantes elegidos directamente por las bases, a espaldas de los repre-
sentantes sindicales oficiales16.
Al llegar Perón a la presidencia, se lanzó una verdadera ofensiva sobre esta
movilización obrera. Ese ataque no se limitó a la sanción de la Ley de Asocia-
ciones Profesionales, que ya analizamos, sino que incluyó la reforma del Código
Penal endureciendo sus normas; se restableció un decreto ley del gobierno de
Juan Carlos Onganía que reglamentaba el arbitraje obligatorio de todos los
conflictos laborales dándole al Estado la facultad de declarar ilegal cualquier
huelga; se sancionó la Ley de Prescindibilidad por la que cualquier organismo
del Estado podía dar de baja a su personal sin causa justificada, pagando sólo un
mes de indemnización. Como es evidente, no se trataba tan sólo del enfrenta-

16 Véase un revelador cuadro de los motivos de los conflictos sindicales en la etapa 1973-
1976 en Juan Carlos Torre: Los sindicatos en el gobierno: 1973-1976, Buenos Aires,
CEAL, 1989, p. 64.

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miento con las organizaciones guerrilleras sino de acometer contra toda mani-
festación de lucha que no encajara en el corset del pacto social. Como la base
estructural del conflicto tenía sus raíces en las condiciones de explotación de la
fuerza de trabajo por el capital, que el proyecto económico no modificaba, la
continuidad de la movilización obrera persistía. De manera mucho más omino-
sa, la ofensiva disciplinadora excedería, como veremos, los marcos legales para
transformarse en terrorismo paraestatal. El espacio para la conciliación de cla-
ses se había reducido fuertemente en Argentina.
En segundo lugar, la estructura económica capitalista dependiente, configura-
da en los años 70, dejaba escaso lugar para cualquier intento de negociación
dentro de la burguesía, encabezado por las fracciones mercadointernistas del
empresariado nacional. Como se analiza en el artículo anterior17, desde los 50,
el predominio del capital extranjero generó un comportamiento de asociación
subordinada por parte de la burguesía industrial local, adaptándose a las nuevas
condiciones del mercado. Por más que el discurso oficial del retornado peronismo
hablara de “La Argentina Potencia”, aludiendo metafóricamente a una suerte
de capitalismo independiente, el plan Gelbard consistía mucho más en intentar
mejorar los vínculos de asociación con las transnacionales que en procurar la
ruptura de esos lazos. Reflejaba los límites estructurales de esa burguesía local
ya definitivamente atada a las condiciones fijadas por la reproducción del capi-
talismo a escala global. De manera más decisiva, el eje de acumulación del
capital pasaba, como se indica en el artículo mencionado, por la lógica de in-
tensificación de la plusvalía relativa sustituyendo mano de obra por capital. No
existían posibilidades para que se gestara una alianza de clases, como la que
había dado origen al peronismo, con el retorno –aunque fuera moderado– a un
capitalismo redistribucionista. El salario era enfocado como un costo y no como
un componente vital de la demanda. Los parámetros de reproducción del capi-
tal en los 70 poco tenían que ver con los existentes en los 40.
En tercer lugar –y estrechamente ligado con el punto anterior– el contexto
internacional era radicalmente diferente. En 1973 la Organización de Países
Exportadores de Petróleo (OPEP) aumentó los precios del barril de crudo. Los
precios se cuadruplicaron, agravando una recesión económica mundial –por la
suba de los costos de producción– que ya se venía anunciando. El trasfondo de
la crisis era el agotamiento del Estado de bienestar keynesiano adoptado en los
años 40 por los países capitalistas centrales18. El gran capital iniciaba una fase

17 Véase, en este mismo libro, Sebastián Rodríguez y Sergio Nicanoff, “La ‘Revolución Ar-
gentina’ y la crisis de la sociedad posperonista”.
18 Ya desde fines de los años 60 se vislumbraba un proceso a nivel mundial cuya dinámica se
caracterizaba por lo siguiente: a) la mayor fortaleza de los sindicatos y del movimiento

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 337

de reorganización de la producción y de la explotación de la fuerza de trabajo


abandonando, paulatinamente, el modelo taylorista-fordista.
La expansión económica llegaba a su fin, reemplazada por lo que se denomina-
ría como estanflación –una devastadora combinación de recesión con inflación–
mientras el desempleo crecía aceleradamente.
La nueva situación internacional impactó de lleno en la línea de flotación del
plan Gelbard. Los precios agropecuarios se deterioraron rápidamente y se
perdieron mercados clave –la Comunidad Económica Europea anunciaría, pos-
teriormente, el cierre de sus mercados para la carne argentina– mientras el
costo de los bienes importados crecía vertiginosamente. El aumento del pre-
cio de las importaciones fue la ocasión esperada por los empresarios para plan-
tear la rediscusión del pacto social argumentando que la suba de sus costos
tornaba imposible mantener congelados los precios. Esa presión del capital se
tradujo en un paulatino desabastecimiento de productos esenciales y en la
consiguiente aparición de un mercado negro donde se podían comprar los
artículos faltantes pagando sobreprecios. Al acaparamiento se agregaron el
crecimiento del contrabando, eludiendo la acción fiscal del Estado, y la falta
de inversión en el sector privado; elementos todos que demostraban la deci-
sión del capital de mantener como fuera su tasa de ganancias. De manera
recíproca, la burocracia sindical, sometida a un constante desgaste ante los
reclamos obreros, no podía asistir impávida al lento deterioro salarial, por lo
que se lanzó decididamente a presionar para lograr una renegociación del
pacto social. La puja distributiva estaba abiertamente planteada y ninguno
de los esfuerzos estatales por reencauzar el conflicto para mantener la
concertación lograba disimularlo. El subsidio estatal, mediante un tipo de
cambio preferencial, otorgado a las empresas para las compras de insumos
importados, terminó por aumentar el déficit fiscal y disminuir las reservas
monetarias existentes. Del mismo modo, el aumento del 13 por ciento de los
salarios en marzo de 1974, con su contrapartida de autorización para los em-
presarios de aumentos de precios, suba de tarifas públicas y combustible, no
conformaba a ninguna de las partes en pugna, de manera que, en los hechos,
el acuerdo pasó a ser letra muerta.
Intensificación de la lucha de clases, lógica de acumulación del capital, contex-

obrero conducía a una caída en la tasa de ganancia del capital; b) aumentaban los défi-
cits fiscales estatales; c) el sistema capitalista mundial sufría una crisis de legitimidad
perdiendo niveles de consenso político. De ese modo se abría una etapa de replanteos
para el capitalismo que llevó a terminar con el modelo de acumulación basado fuerte-
mente en el Estado keynesiano y a aplicar nuevas políticas económicas para recuperar la
tasa de ganancia.

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338 | SERGIO NICANOFF Y FERNANDO PITA

to internacional modificado, eran aspectos que, articulados entre sí, tornaban


inviable el plan económico.
Finalmente, la pretendida recuperación del poder estatal ensayada por Perón,
requisito insoslayable para que el plan Gelbard se consolidara, fracasó rotunda-
mente. Como hemos señalado, el ataque a los sectores díscolos del movimiento
peronista y de la clase trabajadora no conocía pausas. El abortado ataque del
Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) al regimiento del Ejército de Azul,
en la provincia de Buenos Aires, era utilizado para obligar a la renuncia del
gobernador de ese distrito, Oscar Bidegain, aliado de Montoneros. Al poco
tiempo, una asonada policial en la provincia de Córdoba, con copamiento de la
Casa de Gobierno, culminaba con una intervención federal del distrito que
avalaba la sedición al desplazar definitivamente a Ricardo Obregón Cano y
Atilio López, gobernador y vice respectivamente, y conspicuos miembros de la
izquierda del peronismo.
El disciplinamiento no se agotaba en lo institucional. Con una bomba conecta-
da al encendido del auto del senador radical Hipólito Solari Yrigoyen, quien
salvó milagrosamente su vida, hacía su aparición pública, en noviembre de
1973, la Alianza Anticomunista Argentina, más conocida como Triple A. Se
trataba de una organización terrorista de ultraderecha organizada directamente
desde el Estado, bajo la dirección efectiva de López Rega, que reclutaba bajo su
paraguas a los grupos que ya habían actuado en Ezeiza. Las bandas parapoliciales
se lanzaron a la caza y asesinato –por ahora sin firma– de decenas de activistas
estudiantiles, sindicales, barriales, culturales ligados a las diversas organizacio-
nes de base. El terrorismo de Estado comenzaba a estructurarse desde las pro-
pias entrañas del gobierno peronista. Su aparición era parte de una estrategia
continental contrainsurgente apadrinada directamente por Estados Unidos19.
Su esencia consistía en la generalización del terror en la población civil. El
diseño de esta estrategia de aniquilamiento, aplicada por primera vez en el
continente en Guatemala, tenía como blanco predilecto no a los núcleos clan-

19 Desde principios de la década de 1970 el Departamento de Estado norteamericano apoyó


activamente la generalización de dictaduras militares en América Latina: asonada militar
en Bolivia en 1971; disolución de las cámaras legislativas en Uruguay implementada por
el presidente Juan María Bordaberry abriendo las puertas para un posterior gobierno mi-
litar; el golpe en Chile encabezado por Augusto Pinochet, con el asesinato del presidente
constitucional Salvador Allende, en Septiembre de 1973, son algunas de las demostracio-
nes empíricas de la alianza contrarrevolucionaria establecida entre las clases dominantes
latinoamericanas y el país del norte. La Doctrina de Seguridad Nacional pasaba a una
etapa de generalización del Terrorismo de Estado.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 339

destinos de las organizaciones revolucionarias –que, justamente por estar ocul-


tos, se hallaban más protegidos–, sino a quienes asumían algún tipo de militancia
pública en agrupaciones masivas de base. A través de golpes sistemáticos dados
en la base social, se buscaba el retraimiento y la desmovilización de la pobla-
ción para aislar a las organizaciones revolucionarias. Una vez logrado esto se
podía pasar a la fase de destrucción total de las mismas20. Esta nueva fase repre-
siva la representaba en Argentina la Triple A. Su diseño operativo corría por
cuenta de López Rega, pero difícilmente podría haberse desarrollado sin el aval
político que Perón concedía permanentemente a su secretario privado. El viejo
general, más allá de su deteriorado estado de salud, había demostrado su volun-
tad de proceder violentamente con quienes transgredían los límites fijados por
su proyecto de poder, incluso “fuera de la ley y violentamente”21. La terrible
contradicción era que su proyecto de recrear condiciones de consenso para el
Estado y el sistema político, terminaba siendo sostenido por una brutal repre-
sión que excedía las leyes del propio Estado al que se pretendía relegitimar.
Lejos de cicatrizar, la crisis orgánica se acentuaba. Las contradicciones sociales,
al expresarse –de manera deformada– dentro del peronismo en sus batallas in-
ternas por el control del gobierno, terminaron por hacer pedazos los sueños de
consolidación del poder estatal hasta poner en tela de juicio el enorme capital
político del propio Perón.

3. Soledad y muerte

Para los Montoneros, la hipótesis del cerco había sido finalmente dejada de
lado, al tornarse insostenible por las acciones del propio líder. El 1º de mayo de
1974 se dispusieron a expresar su frustración en la mítica Plaza en ocasión de
los festejos por el día del trabajador. El tradicional discurso de mayo de Perón
fue recibido con la consigna “¿Qué pasa, qué pasa General, que está lleno de
gorilas el gobierno popular?”, al tiempo que la presencia de Isabel provocaba
un contundente “No rompan más las bolas, Evita hay una sola”. Un desencaja-
do Perón lanzó una violenta arenga donde calificó a las huestes juveniles de

20 Para un análisis de esta estrategia contrainsurgente, aunque más focalizado en Uruguay,


véase Eleuterio Fernández Huidobro, Historia de los Tupamaros, Montevideo, En la Nuca,
2001.
21 Véase el discurso de Perón dirigido a los diputados de la Juventud Peronista en Oscar
Anzorena: Tiempo de violencia y utopía (1966-1976), Buenos Aires, Contrapunto, 1988,
p. 296.

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340 | SERGIO NICANOFF Y FERNANDO PITA

“estúpidos, imberbes e infiltrados”. Las columnas Montoneras comenzaron


espontáneamente a retirarse de la concentración. La mitad de la Plaza de Mayo
vacía se transformaba en una imagen contundente de la irreversible división
del peronismo.
Atenazado por una dinámica de cuestionamiento al pacto social que desborda-
ba todas sus previsiones, el conductor puso en marcha su última jugada políti-
ca. El 12 de junio la CGT convocó a una movilización para defender el gobier-
no tras la amenaza de Perón de renunciar a la presidencia. El jefe del peronismo
ponía en juego todo su carisma para retomar las riendas de un proceso que se
tornaba ingobernable. Detrás de ese gesto se encontraba la imposibilidad polí-
tica y económica de aplicar un proyecto que sólo se mantenía en pie por el
prestigio que aún conservaba su mentor en buena parte de la sociedad. No
había tiempo para nada más. El 1 de julio, tras un paro cardíaco, fallecía Juan
Domingo Perón. Una desolada multitud desfiló interminablemente frente a su
ataúd para despedirlo. Eran parte de ese mismo pueblo que, en su último dis-
curso, el General había sindicado como “su único heredero”.
La realidad era mucho más cruel: Isabel Perón asumía la Presidencia, acompa-
ñada de José López Rega.

Tercera parte: Transformación fallida y derrumbe

1. Las nuevas alianzas de Isabel Perón

Los primeros pasos del gobierno de Isabel se beneficiaron con el temor de los
factores de poder ante la posibilidad de un vacío político de consecuencias im-
previsibles. Por eso, tanto los grupos económicos como la dirigencia sindical,
las Fuerzas Armadas, la Iglesia y el radicalismo prestaron su apoyo, circunstan-
cial, a la nueva presidente.
Aprovechando esa circunstancia, el nuevo núcleo de poder se propuso, en pri-
mer lugar, terminar con la tarea de destruir las corrientes obreras clasistas y la
izquierda peronista. Con un ritmo vertiginoso se sucedieron la intervención de
los gremios de Gráficos, de Prensa de Buenos Aires, la FOTIA, las seccionales
cordobesas de Luz y Fuerza y el SMATA. Raimundo Ongaro era encarcelado
mientras se dictaba orden de captura sobre Agustín Tosco y René Salamanca.
La generación de líderes sindicales protagonista de las luchas obreras desde el
Cordobazo era finalmente desplazada de los gremios que lideraban.
En el plano educativo las designaciones de Oscar Ivanissevich en el Ministerio
de Educación y de Alberto Ottalagano como interventor de la Universidad de
Buenos Aires, instalaban una gestión abiertamente fascista, lanzada a depurar

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 341

los claustros de cualquier atisbo de oposición. En pocos meses, más de 4.000


docentes e investigadores fueron despedidos, más de 1.600 estudiantes se en-
contraban encarcelados y centenares partían al exilio ante las amenazas de muerte
de los grupos parapoliciales. Una ola de clausuras de medios de comunicación
ganaba las calles.
La Triple A dio un enorme salto en su acción terrorista multiplicando los asesi-
natos, ahora con comunicados que asumían su autoría, y en noviembre de 1974,
se instrumentaba el Estado de Sitio para todo el país.
La brutal derechización del gobierno se enmarcaba en un intento de rediseñar
las alianzas del partido gobernante acercándose a las Fuerzas Armadas y a los
grupos más concentrados del poder económico. A los militares se les ofrecía un
mayor protagonismo en la represión mientras los grupos parapoliciales realiza-
ban clandestinamente las tareas de exterminio. Se partía del supuesto de que
desaparecería cualquier posibilidad de golpe de Estado si la nueva administra-
ción asumía como propias todas las exigencias que reclamaban las cúpulas cas-
trenses. Al gran capital se le brindaba todo el apoyo coercitivo del Estado para
garantizarle la recuperación plena de su autoridad en el seno de las fábricas y un
plan económico que tuviera directamente en cuenta sus necesidades.
El requisito para ese último objetivo era el desplazamiento de Gelbard del
Ministerio de Economía. El otrora número dos de la gestión peronista, arqui-
tecto de un plan que fenecía ante la puja distributiva y el salto inflacionario,
adolecía de sustento político real tras la muerte de Perón y terminó renuncian-
do en octubre de 1974. Su caída se produjo a manos de sus antiguos aliados con
los que había combatido a la izquierda peronista: el lopezreguismo y la buro-
cracia sindical. En esa recomposición de las relaciones de poder dentro del go-
bierno, tanto los gremialistas como el círculo de poder que rodeaba a Isabel se
lanzaban a lo que denominaban la etapa de peronización del gobierno, lo que
implicaba ubicar en el mando a funcionarios de insospechada ortodoxia
doctrinaria. En ese incesante devenir de disputas e intrigas, donde los amigos
de ayer pasaban a ser los enemigos de hoy, la defenestración de Gelbard no era
más que el prolegómeno de la pelea de fondo entre esas dos facciones que ha-
bían sobrevivido con mayor fortaleza a las pugnas internas del peronismo.
Las cúpulas sindicales creían llegado el momento de recuperar la autonomía
que, a regañadientes, habían cedido a Perón. Se trataba de presionar para lograr
renegociar el pacto social, obteniendo, ahora sí, ventajas reivindicativas que
reafirmaran su control de los sindicatos. Confiados en que el despliegue repre-
sivo había terminado por sepultar la movilización de base, se prepararon para
quedarse con la dirección de los principales resortes del gobierno.
El grupo fascista que encabezaba López Rega –del que Isabel no era más que su
mascarón de proa– estaba decidido a ocupar todos los espacios posibles abando-

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nando la intención de Perón de recrear un sistema político consensuado parla-


mentariamente con el radicalismo. Repudiando la ingeniería de acuerdos dise-
ñada por Perón, buscaron legitimarse mediante el uso del terror y, paralela-
mente, apropiándose de la simbología peronista para sus propios fines y presen-
tando a Isabel como la auténtica heredera del caudillo y la única que podía
garantizar la unidad del movimiento peronista, ya purgado de izquierdistas.
Para ese fin, se montaron espectaculares operativos de propaganda como la re-
patriación de los restos de Eva Perón, traídos definitivamente de España, o la
nacionalización de las bocas de expendio de las empresas petroleras Shell y
Esso.
El camino asumido por el gobierno, para contar con el beneplácito del gran
capital, debía ser capaz de demostrar su capacidad de disciplinar ya no sólo a las
bases obreras, sino incluso a la propia burocracia sindical. La nueva etapa de-
mandaba para el poder económico una reestructuración cuya piedra de toque
era la caída del salario, por medio de un profundo ajuste, para recomponer su
tasa de ganancia. Nada de eso se condecía con los devaneos redistribucionistas
de la burocracia sindical. En la búsqueda de transmutar definitivamente al
peronismo en garante político de los intereses de las fracciones más concentra-
das del capital, el lopezreguismo debía llevar adelante la batalla contra la
dirigencia gremial, lo que implicaba el abandono del modelo de Perón basado
nodalmente en los pactos tripartitos.
La llegada de Alfredo Gómez Morales en octubre de 1974 al timón de la econo-
mía, era el producto de una coyuntural transacción entre la burocracia sindical
y el lopezreguismo, dado que la presidente y su consejero todavía no se sentían
plenamente confiados en la fortaleza de su poder. El recién llegado comenzó un
plan de ajuste cautelosamente administrado en grageas homeopáticas para no
irritar a los sindicatos. Pretendía reformular la Ley de Inversiones Extranjeras
para atraer capitales foráneos que compensaran la falta de inversiones del sector
productivo local mientras devaluaba el peso para recuperar competitividad en
las exportaciones. No lograría nada de esto por la lógica inexpugnable de la
crisis. Los aumentos salariales concedidos eran automáticamente devorados por
la inflación, ya que los empresarios los trasladaban directamente a los precios.
Sin apoyos políticos de importancia, Gómez Morales renunció en junio de 1975.
Se iniciaba un momento de inflexión determinante que marcaría uno de los
picos más altos de la crisis de dominación.
Celestino Rodrigo –hombre de López Rega– fue el designado para reemplazar
a Gómez Morales y llevar adelante el mayor plan de ajuste realizado en décadas.
La reacción obrera no le iría en zaga.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 343

2. El Rodrigazo y la insubordinación obrera

El nuevo ministro debutó aplicando una batería de drásticas medidas que con-
vulsionaron a todo el país. El peso se devaluaba en más del 100 por ciento; las
tarifas de los servicios públicos subían en un promedio cercano al 50 por ciento;
el aumento de los combustibles elevaba el precio de la nafta en un 175 por
ciento, consecuentemente se disparaban los precios de todos los bienes básicos
de la canasta familiar, mientras los alquileres con contratos vencidos subían
más de un 90 por ciento y los medicamentos, alrededor de un 100 por ciento.
La lógica de “terapia de shock” remplazaba los intentos de ajuste gradual de
Gómez Morales. El poder adquisitivo de los salarios terminó siendo pulveriza-
do de un plumazo, y se produjo una brutal transferencia de ingresos hacia el
gran capital, particularmente hacia los exportadores. Su significado político
fue mucho más allá de la ortodoxia de los planes de ajuste que se aplicaron
anteriormente. Era diferente cualitativamente, no sólo por la magnitud de los
cambios planteados, sino porque su aplicación simbolizaba la muerte del
peronismo tal como se lo conocía hasta ese momento22. Dinamitaba todo inten-
to de conciliación, de arbitrar entre las clases en pugna, de concertación y acuerdo,
de interés por el desarrollo del mercado interno para asumir, descarnadamente,
los intereses de las fracciones más poderosas de la burguesía. Representaba el
adiós a la utopía del capitalismo autónomo para abrazar la utopía del libre
mercado, el reino desregulado de los ricos. Le volvía la espalda a su mayoritaria
base obrera y ponía el rumbo, sin rubor ni disimulos, hacia la City, la UIA y la
Sociedad Rural. En el plan Rodrigo estaban presentes –en germen, de manera
aún imperfecta– los postulados que, poco después, haría suyos Martínez de
Hoz desde la dirección económica de la dictadura militar. En la búsqueda de
reemplazo de las alianzas sociales históricas (sindicatos, empresarios naciona-
les) por otras, que tenían como epicentro los grandes grupos económicos, el
peronismo isabelino prefiguraba la silueta del peronismo menemista de la dé-
cada del 90. Si ese nuevo rostro del peronismo no llegó a estructurarse plena-
mente en los años 70, fue porque su tiempo aún no había llegado. Para que lo
hiciera debía ser capaz, antes que nada, de pulverizar la protesta obrera. En ese
momento era, todavía, una tarea imposible.
La protesta social, aparentemente desgastada por la escalada represiva, demos-
tró toda su potencia en los meses de junio-julio de 1975. En los meses anterio-
res al lanzamiento del plan Rodrigo, las formas de resistencia de la clase obrera

22 Para un análisis en este sentido, véase Alejandro Horowicz: Los cuatro peronismos, Bue-
nos Aires, Hyspamérica, 1985.

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se habían expresado en acciones menos visibles pero demostrativas de la pro-


fundidad del descontento. La aprobación de la Ley de Contratos de Trabajo, que
dificultaba los despidos y garantizaba la estabilidad en los empleos, inauguró
una espectacular suba del ausentismo en las fábricas por parte de los trabajado-
res. Cerrados, momentáneamente, otros caminos, se recurría a canales inorgánicos
de protesta que no por ello dejaban de preocupar profundamente a los empresa-
rios. A su vez tomaban fuerza acciones colectivas como el trabajo a reglamento
o el trabajo “a tristeza” que, al no asumir la forma de huelgas directas, dificul-
taban su represión a través de las nuevas leyes vigentes. En los establecimientos
continuaba el proceso de recuperación de los organismos de representación de
los trabajadores, como cuerpos de delegados y comisiones internas, que darían
lugar al nacimiento de la expresión más organizada y radical del poder obrero
en las fábricas: las coordinadoras fabriles23. Se trataba de un movimiento surgi-
do desde las bases que, partiendo de los lugares de trabajo, comenzaba a articu-
lar entre sí, por zonas geográficas, a los obreros de distintas fábricas y ramas de
producción. Lo más dinámico del activismo sindical generó una nueva forma
de organización autónoma basada en las asambleas masivas y en la participa-
ción directa de los trabajadores, heredando la experiencia del clasismo. Ponían
especial énfasis en superar la dispersión articulando las luchas en organismos
propios, al margen de las estructuras oficiales manejadas por la burocracia sin-
dical. Partían de la cooperación y la solidaridad obrera, pero no se limitaban a
la lucha salarial sino que cuestionaban, con su acción, la dominación del capital
en las fábricas y la dominación global garantizada por el Estado. Configuraban
un ámbito político de los obreros, de una democracia de base mucho más pro-
funda en sus contenidos que la democracia parlamentaria, una instancia total-
mente refractaria a su institucionalización por parte del Estado24. Su momento
de expansión se da en el contexto de la reacción popular al Rodrigazo.
Ante la magnitud de los aumentos de precios, los jerarcas sindicales advirtie-
ron que su supervivencia política se encontraba puesta en juego. No querían la
confrontación con el gobierno pero, entre el fuego cruzado de la inflexibilidad
gubernamental y la insubordinación de base encabezada por las coordinadoras,

23 Para el análisis de este fenómeno tomamos en cuenta, especialmente, los trabajos de Yolanda
Colom y Alicia Salomone: “Las Coordinadoras Interfabriles de Capital Federal y Gran
Buenos Aires, 1975-1976”, y de María Cotarelo y Fabián Fernández: “Lucha del movi-
miento obrero en un momento de crisis de la sociedad: Argentina, 1975-1976”, publica-
dos en la revista Razón y Revolución, Nº 4, otoño de 1998.
24 Véase Adolfo Gilly: “La anomalía argentina”, en Pablo González Casanova (comp.): El
Estado latinoamericano: teoría y practica, México, Siglo XXI, 1990.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 345

consiguieron la libertad de negociación en paritarias para acordar nuevas esca-


las salariales con los empresarios. En ellas, gremios como la UOM o Textiles
lograron aumentos que superaron cómodamente el 100 por ciento. El gobierno
se resistió a homologar los acuerdos, consciente de que significaban la quiebra
del plan de ajuste. La dirigencia gremial intentó la imposible empresa de cana-
lizar la movilización obrera bajo su dirección, presionando al gobierno para que
reconociera los aumentos salariales, al mismo tiempo que intentaban preservar
a Isabel de toda crítica culpabilizando solamente al equipo económico. Ésa fue
la estrategia que expresaron tanto la concentración de la UOM del 24 de
junio como el paro con marcha diseñado por la CGT el 27 del mismo mes. La
respuesta de Isabel consistió en anular por decreto las negociaciones paritarias
y otorgar un aumento del 50 por ciento. La guerra estaba definitivamente
declarada.
De manera progresiva, a lo largo de todo el país, estallaba por abajo la huelga
obrera que iba paralizando toda la estructura productiva, al margen de las
conducciones sindicales nacionales. Las coordinadoras, reunidas ahora en un
Plenario de Gremios, Comisiones Internas y Cuerpos de Delegados en Lucha,
demostraban su poder organizativo y capacidad de convocatoria. Su falencia
residió en su dificultad para nacionalizar definitivamente la huelga, posibili-
dad que aún conservaba la dirección de la CGT. Puesta entre la espada y la
pared, la dirigencia de la central obrera convocaba a un paro general de 48
horas para el 7 y 8 de julio que legalizaba la huelga de hecho impulsada desde
abajo. Al reclamo de aprobación de los acuerdos salariales se sumaba el pedi-
do de renuncia de Rodrigo y López Rega. Se producía así un acontecimiento
histórico: por primera vez, la CGT declaraba una huelga general a un gobier-
no peronista. La magnitud de la protesta terminaría por doblarle el brazo al
gobierno. Isabel aprobaba los contratos en litigio y López Rega abandonaba
el país. Poco después, Rodrigo renunciaba. Las principales reivindicaciones
planteadas por el movimiento obrero se habían logrado, pero distaban de ser
un triunfo definitivo.

3. A modo de balance de las luchas del período

Las jornadas de mediados de 1975 significaron, para los actores del período,
múltiples enseñanzas. La burocracia sindical lograba salvar, temporalmente, a
Isabel de la debacle, especulando que a partir de allí el gobierno quedaría preso
de sus decisiones, al tiempo que redoblaba esfuerzos para aniquilar el activismo
combativo de las fábricas.
Para las cúpulas empresariales y militares, que habían seguido atentamente los

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acontecimientos, la conclusión inequívoca era que el gobierno de Isabel estaba


definitivamente muerto. Sólo un golpe de Estado que fuera capaz de empren-
der un genocidio sistemático contra la población estaría en condiciones de aco-
meter el disciplinamiento definitivo de la clase obrera, primer requisito básico
para reorganizar el bloque de clases dominante; establecer nuevos patrones de
acumulación y reinsertar el capitalismo argentino en el mercado mundial. La
preparación del golpe se tornó el afán principal de la totalidad de las fracciones
de la burguesía argentina, ubicando como enemigo principal la rebelión obre-
ra. Políticos siempre atentos a las necesidades del poder real, como el líder del
radicalismo Ricardo Balbín, se apresuraron a hablar de la existencia de “una
guerrilla industrial“ proclamando, de hecho, la necesidad de un exterminio en
las fábricas que acabara con las expresiones autónomas.
Los actores sociales surgidos en el seno de las clases subalternas, como reflejo de
la generalizada impugnación social nacida tras el Cordobazo, se encontraban
con la imposibilidad de generar nuevas relaciones de fuerza que torcieran el
rumbo del anunciado golpe de Estado. La convergencia de trabajadores y clases
medias que desveló a las clases dominantes durante largos años llegaba a su fin,
fragmentada en diversas direcciones.
Por un lado, las coordinadoras fabriles representaban la expresión más alta del
camino recorrido por la clase trabajadora para poner de pie un proyecto propio,
alternativo, de sociedad. A su vez, simbolizaban su debilidad, sus límites. Como
lo plantea Adolfo Gilly, “el espacio fabril proletario se niega a subordinarse al
espacio mercantil burgués pero, a diferencia de éste, no está en capacidad de
crear un metabolizador general de su política para el conjunto de la sociedad.
Pone en crisis al sistema de dominación y al Estado, pero no puede resolver esa
crisis a su favor”25. Circunscriptas al ámbito fabril, no lograron consolidar for-
mas organizativas permanentes a nivel nacional y plantarse como alternativa de
cambio para el conjunto de las clases subalternas. Su insuficiente grado de de-
sarrollo –que justamente el golpe de Estado venía a abortar– les impedía pre-
sentarse como el núcleo central de un bloque histórico de todos los explotados
que quebraría, irreversiblemente, el sistema de dominación. Al no poder darse
ese salto cualitativo, en los tiempos que la crisis de dominación imponía, se
produjo el reflujo de las luchas y su consiguiente derrota.
De manera convergente, se reducía el espacio para una alianza de los trabajado-
res con las clases medias, en la medida en que franjas crecientes de éstas comen-
zaban a reclamar un golpe que pusiera orden en el país. Desesperadas por la
inflación, la espiral de violencia, la corrupción y el espectáculo de descomposi-

25 Adolfo Gilly, op. cit.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 347

ción del gobierno de Isabel, una vez más pusieron sus expectativas en las Fuer-
zas Armadas, olvidando lo sucedido en la dictadura anterior. Se transformaron
en la –pasiva– base de masas que necesitaban las clases dominantes para
efectivizar el golpe con el mayor consenso posible.
El accionar de las principales organizaciones armadas –Montoneros y ERP–
terminó colaborando, a despecho de sus intenciones, con la estrategia elaborada
por sus enemigos. Más allá de las evidentes diferencias políticas entre las dos
formaciones guerrilleras, existían elementos ideológicos compartidos que las
llevaron a respuestas similares ante las complejidades de la etapa. La ofensiva
contrarrevolucionaria, que comenzó a desplegarse desde Ezeiza, marcó, como
vimos, un cambio en la estrategia represiva que las fuerzas guerrilleras no al-
canzaron a comprender en toda su magnitud. Presionados por su propia
militancia de base, que todos los días veía caer compañeros asesinados por las
balas de los escuadrones de la muerte, se refugiaron en su poder de fuego, mul-
tiplicando las actividades militares como forma principal de respuesta. Para
buena parte de la población, la dinámica de acciones armadas pasó a ser vista
como un enfrentamiento entre grupos violentos y, en consecuencia, fue per-
diendo paulatinamente la legitimidad conseguida durante el enfrentamiento a
la dictadura. De manera creciente, el eje de la política centrado en el plano
militar hizo que las organizaciones armadas no advirtieran que lo que ganaban
en capacidad operativa lo perdían en inserción social. Si ese proceso de crecien-
te aislamiento no fue evaluado a tiempo se debió tanto a la autosuficiencia, el
vanguardismo y el sectarismo de esas organizaciones, como a la persistencia de
una concepción de guerra popular prolongada que llevaba al predominio del
militarismo. Como otro elemento de peso hay que agregar el hecho –pocas
veces remarcado– de que la crisis de dominación y los niveles de conflictividad
existentes llevaban a que nuevos activistas se incorporaran a la guerrilla, sin
darse cuenta de que, mientras se crecía en cuadros, se alejaban amplias franjas
de la población26. Lo cierto es que, con el pase a la clandestinidad de Montoneros
–6 de septiembre de 1974– y la multiplicación de acciones contra los cuarteles
del Ejército –acción de Formosa por Montoneros, Batallón de Arsenales de
Monte Chingolo por el ERP, por mencionar las más recordadas–, se planteaba

26 Esa es una de las observaciones que remarca un ex miembro de la Dirección Nacional del
PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores)-ERP. La afirmación tiene, probable-
mente, más que ver –en lo que refiere al aumento de incorporaciones– con la experiencia
del partido liderado por Mario Roberto Santucho que con la situación de Montoneros
durante la etapa post-Ezeiza. Véase Luis Mattini: Hombres y mujeres del PRT-ERP, Bue-
nos Aires, Campana de Palo, 1995.

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un enfrentamiento de aparato militar contra aparato militar que, desde el inicio


de la estrategia contrainsurgente, fue evaluado por las Fuerzas Armadas como
el escenario más propicio para el aniquilamiento de la guerrilla. Las organiza-
ciones armadas caerían en la trampa27.
La apretada síntesis desarrollada con respecto al estado de las clases subal-
ternas y las organizaciones revolucionarias a fines de 1975 –problema de
una complejidad analítica que excede los límites de este trabajo– nos indi-
ca el grado de fragmentación y divergencia existente en ese momento en el
seno de las clases populares.
A partir de las jornadas de junio-julio, se iniciaba un reflujo de las luchas socia-
les sobre el que se consolidaría el proyecto golpista.

4. Derrumbe y golpe

Las Fuerzas Armadas aprovecharon –y alentaron– la descomposición del go-


bierno de Isabel para recuperar la credibilidad y el consenso perdidos. Se pre-
sentaron como la única alternativa de salida al caos –mientras ayudaban a
incrementarlo–, esperando el máximo desgaste posible del gobierno peronista
para, recién entonces, proceder a lanzar el golpe. Frente a la guerrilla, eligieron
exacerbar el carácter de su amenaza para legitimarse como los defensores de la
patria que salvarían al país de la conspiración marxista mundial. Eligieron
Tucumán, escudados en el intento del ERP de desarrollar un frente guerrillero
rural en los montes de la provincia, como laboratorio para la aplicación en
pequeña escala de lo que, tiempo después, implementarían en todo el territorio
nacional. Al conseguir la decisión de Isabel de convocar al Ejército para comba-
tir “los elementos subversivos que actúan en la provincia de Tucumán”, desple-
garon con total impunidad su estrategia a través del Operativo Independencia.
Allí se instalaron los primeros centros clandestinos de detención donde se apli-
caron los métodos de la tortura y la desaparición de personas. Antes de atacar
directamente a la guerrilla, procedieron a establecer el terror sistemático sobre
la población civil para quitarle a aquélla apoyatura social. Cuando el presidente

27 Vale aclarar que esta generalización no es válida para el conjunto del multifacético arco de
la izquierda revolucionaria. Algunos grupos –tanto del peronismo como marxistas-
leninistas– criticaron el militarismo e intentaron formas de inserción social que, sin re-
nunciar al uso de la violencia, priorizaban el trabajo de base, sobre todo en las fábricas.
Señalemos además que tanto el ERP como Montoneros mantuvieron un importante nivel
de presencia en los conflictos obreros de la época. El problema es que ésa no era su estra-
tegia principal.

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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 349

en ejercicio Ítalo Lúder –que había asumido temporalmente, dado que Isabel
solicitó un período de licencia por una supuesta enfermedad– les transfirió por
decreto a las Fuerzas Armadas el control nacional de la represión para “aniqui-
lar la subversión”, el golpe de Estado se acercó a pasos agigantados.
El general Jorge Rafael Videla ya se encontraba en la jefatura del Ejército tras el
desplazamiento del general Alberto Numa Laplane. Todas las fichas estaban
colocadas, sólo faltaba esperar el momento oportuno.
Paralelamente, el gran empresariado pasaba abiertamente a la oposición por
medio de la creación de la APEGE (Asamblea Permanente de Entidades Gre-
miales Empresarias), liderada por las corporaciones representativas de la gran
burguesía agraria, pero que incluía también a las cámaras empresariales indus-
triales y comerciales, de las cuales adherían sectores escindidos de la propia
CGE, muchos de ellos cercanos a las concepciones “desarrollistas” expresadas
por el ex presidente Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio. Para el frente empresa-
rio, los culpables de la crisis eran la CGT y la CGE, y criticaba al gobierno por
“entregar el país al sindicalismo continuando su camino hacia el marxismo”28.
Por insólita que sonara la acusación, realizada a un gobierno claramente ubica-
do a la derecha del espectro político, es demostrativa de la voluntad empresa-
rial de asociar cualquier reclamo sindical a un proyecto revolucionario. De manera
más imaginativa, en febrero de 1976, realizaron un paro patronal de activida-
des por 24 horas sin pérdida de salarios para los trabajadores. Sembraban el
terreno para el golpe, ansiosos por conseguir un régimen autoritario que estu-
viera realmente en condiciones de ejercer el control social y, a su vez, permitie-
ra la más absoluta libertad de mercados.
Al coro golpista, se sumaron las afinadas voces de la cúpula eclesial, que, por
medio del provicario castrense, monseñor Victorio Bonamín, indicaban: “¿Y no
querrá (Dios) algo más de las Fuerzas Armadas... debe alzarse lo que está tan
caído, y que bueno es que sean los primeros en alzarse los militares? Que se pueda
decir de ellos que una falange de gente honesta, pura, hasta ha llegado a purificar-
se en el Jordán de la sangre para poder ponerse al frente de todo el país”29.
El último paso hacia el golpe se dio cuando Washington, a través del secretario
de Estado Henry Kissinger, les aseguró a los militares el inmediato reconoci-
miento diplomático del futuro gobierno y su apoyo al baño de sangre por venir.
“Lo que tengan que hacer, háganlo rápido”, afirmaría, poco después, el funcio-
nario norteamericano.

28 Citado en Ricardo Sidicaro: Los tres peronismos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002.
29 Citado en Pablo Kandel y Mario Monteverde: Entorno y caída, Buenos Aires, Planeta,
1976.

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350 | SERGIO NICANOFF Y FERNANDO PITA

Mientras tanto, el partido gobernante continuaba con su disgregación política


–el nuevo enfrentamiento interno era entre los denominados verticalistas, de-
fensores de la permanencia de Isabel en el gobierno, y los antiverticalistas, que
buscaban su desplazamiento del Poder Ejecutivo– y con su impotencia para
controlar la desbocada crisis económica; tres ministros de economía se sucedie-
ron desde la caída de Rodrigo: Pedro Bonanni, Antonio Cafiero y Emilio
Mondelli.
Con este último, el gobierno intentó el recurso final para permanecer en el
poder. Tras ofrecer un nuevo plan de ajuste, propuso cerrar el Parlamento, ins-
talando una dictadura de hecho, como había sucedido en Uruguay. La propues-
ta ya no tenía ningún interés para las Fuerzas Armadas.
El 24 de marzo de 1976 los militares realizaron el último golpe de Estado de la
historia argentina. Del agotamiento del modelo de sustitución de importacio-
nes surgió un proyecto que se propuso refundar estructuralmente la sociedad
argentina. Lo haría en su sentido más perverso, muy lejos de los sueños revolu-
cionarios con los que una generación recibió el retorno del peronismo al gobier-
no. Entre 1973 y 1976 mediaba una brecha mucho más grande que, simple-
mente, tres años.

Bibliografía
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REGRESO Y FRACASO EN TRES ACTOS: EL PERONISMO (1973-1976) | 351

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La globalización neoliberal.
Algunas definiciones generales

Miguel Mazzeo

Mediante la explotación del mercado mundial,


la burguesía dio un carácter cosmopolita a
la producción y al consumo de todos los países.
Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto comunista.

Cuando se habla de “globalización”, cosa que se hace desde la década de 1980,


se suele hacer referencia tanto a la difusión internacional de las relaciones de
intercambio y producción capitalistas como a un mundo supuestamente “uni-
ficado” en diversos planos. Recientemente –según se sostiene–, este mundo ha
adquirido las características de un escenario único, entendido como un espacio
de discernimiento y resolución de los problemas humanos sin grandes proposi-
ciones disyuntivas, sobredeterminado por lo que, con cierto fatalismo, se consi-
dera una “fuerza inexorable”: el mercado global.
El término “globalización” deriva del inglés “global” y ha sido lo sufi-
cientemente difundido en los últimos años para quedar incorporado a
nuestro vocabulario corriente; simplemente por ese motivo lo utilizamos,
pero reconociendo que además de polisémico es un término ambiguo y
por lo tanto polémico. De hecho ha funcionado como un vocablo
“ortopédico”, utilizado indistintamente para designar procesos que remi-
ten tanto a “causas” como a “efectos”. Quienes insisten en una estricta
utilización del castellano nos sugieren utilizar el término
“mundialización”, aunque en realidad este término está emparentado con
la teoría francesa de la internacionalización del capital. Por ejemplo,
François Chesnais considera que la mundialización es un momento de tran-
sición hacia un régimen de acumulación donde la esfera financiera se
“autonomiza” y juega un papel fundamental. Según esta visión el capital-
dinero goza de una autonomía relativa respecto del capital productivo1.

1 François Chesnais, La mondialisatión du capital, París, Suroy, 1997, pp. 23-25.

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354 | MIGUEL MAZZEO

Para otros autores las políticas neoliberales no deberían ser analizadas


como una ofensiva del capital financiero sobre el capital productivo, sino
como una ofensiva sobre el trabajo. Desde esta perspectiva se suele criti-
car a las visiones centradas en la contradicción entre las distintas formas
de capital (por ejemplo, capital financiero - capital productivo) que dejan
de lado la contradicción principal entre capital y trabajo2 .
Para John Holloway la globalización se refiere al incremento en las velocidades
y en las escalas de los flujos y fugas del capital en la forma dinero. Pero a
diferencia de otros autores, niega que esto exprese un aumento del poder del
capital. Para él la globalización refleja las limitaciones del capital para lograr
una absoluta subordinación del trabajo3 .
Más allá de estas precisiones, los términos “globalización” y
“mundialización” suelen utilizarse como sinónimos, aunque sus implicancias
semánticas y conceptuales no sean exactamente las mismas. La diferencia
entre mundialización y globalización “radica en que la segunda tiene com-
ponentes tanto ideológicos como económicos, vinculados con pseudo uto-
pías deformadoras de la realidad, tales como la ‘aldea global’, mientras que
‘mundialización’ –desde una perspectiva sistémica– da más ampliamente la
visión de un mundo vinculado por un modo de producción dominante, el
capitalismo mundial. La acumulación no se da en el nivel global, sino que
existe en tanto acumulación mundializada, en esta etapa de expansión y
crisis del capitalismo...”4.
Los orígenes más remotos de la globalización pueden rastrearse en el proceso
de internacionalización económica que se inició hace más de 500 años con la
expansión ultramarina europea y que en el siglo XIX –Revolución Industrial
mediante– adquirió una dinámica avasalladora. La globalización refleja níti-
damente la “doble tendencia” del modo de producción capitalista, ya que se
reproduce en el seno de una determinada formación social y se extiende al
exterior de esa formación. Asimismo, se caracteriza por el desarrollo desigual

2 Véase, por ejemplo, la crítica de Alberto R. Bonnet, “El fetichismo del capital-dinero: el
debate Chesnais-Husson”, Realidad Económica, Nº 186, del 16 de febrero al 31 de marzo
de 2002, pp. 92-123.
3 John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolución hoy,
Buenos Aires, Universidad Autónoma de Puebla-Herramienta, 2002.
4 Raúl Bernal-Meza, “La mundialización. Orígenes y fundamentos de la nueva organización
capitalista mundial”, Realidad Económica, Nº 150, del 16 de agosto al 30 de septiembre de
1997, p. 35. La expresión “aldea global” fue introducida por Marshall Macluhan en su obra
La galaxia Gutenberg en 1962. También se han utilizado otras metáforas para hacer referen-
cia a la globalización, tales como “shopping center global”, “nueva Babel”, etc.

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LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL. ALGUNAS DEFINICIONES GENERALES | 355

y por la diferenciación entre metrópolis imperialistas y formaciones sociales


dependientes5 .
Evidentemente no existen discontinuidades radicales en relación con el capita-
lismo tradicional. Desde este punto de vista, la globalización puede analizarse
como “proceso objetivo” (varios procesos objetivos, por cierto, aunque incohe-
rentes y no unidireccionales) que define una tendencia del desarrollo capitalista
al reordenamiento estructural y funcional a los intereses de las corporaciones
transnacionales y como “ideología” normativa y prescriptiva (denominada ge-
neralmente como neoliberalismo), ya que constituye una nueva visión del mundo
del capital que, al presentarla como indiscutible y única vía del progreso de la
humanidad, busca consolidar un consenso tácito en torno a la presunta “supe-
rioridad” de los mecanismos de mercado y en torno a la irreversible universali-
dad de la mundialización.
En el sentido neoliberal, globalización es el nombre de la ideología de los que
han ganado en los últimos veinticinco años. Según Octavio Ianni el dato funda-
mental es que la reproducción ampliada del capital a escala global se convirtió
en determinación predominante: “Uno de los signos principales de la
globalización del capitalismo es el desarrollo del capital en general, que tras-
ciende mercados y fronteras, regímenes políticos y proyectos nacionales,
regionalismos y políticas geográficas, culturas y civilizaciones (...) Articula los
más diversos subsistemas económicos nacionales y regionales de organización
de la economía, las más diferentes formas de organización social y técnica del
trabajo subsumiendo monedas, reservas monetarias, deudas internas y exter-
nas, tasas de cambio, tarjetas de crédito, y todas las otras monedas reales o
imaginarias”6 . Para este autor el capitalismo en la era del globalismo no sólo
desarrolla y mundializa sus fuerzas productivas y sus relaciones de producción,
sino también sus instituciones, sus moldes, valores y formas de pensamiento.
De todos modos –destaca Ianni– hay que precaverse de cualquier asociación de
la globalización con la homogeneización.

5 Nicos Poulantzas, La internacionalización de las relaciones capitalistas y el Estado-nación,


Buenos Aires, Fichas (Ediciones Nueva Visión), 1974, pp. 13-14. Poulantzas, basándose
en Manuel Castells, sostiene que una formación social es dependiente “cuando la articula-
ción de su propia estructura económica, política, ideológica, expresa relaciones constituti-
vas y asimétricas con una o varias formaciones sociales que ocupan, respecto de la primera,
una situación de poder” (p. 15).
6 Octavio Ianni, La era del globalismo, México, Siglo XXI, 1999, pp. 16-17. En este traba-
jo Ianni plantea que la globalización constituye la “emergencia de una configuración
geohistórica original (...) de una realidad social, económica, política y cultural de ámbito
transnacional”.

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356 | MIGUEL MAZZEO

Para Ulrich Beck “globalización significa la perceptible pérdida de fronte-


ras del quehacer cotidiano en las distintas dimensiones de la economía, la
información, la ecología, la técnica, los conflictos transculturales y la so-
ciedad civil, y, relacionado básicamente con todo esto, una cosa que es al
mismo tiempo familiar e inasible –difícilmente captable–, que modifica a
todas luces con perceptible violencia la vida cotidiana y que fuerza a todos a
adaptarse y responder. El dinero, las tecnologías, las mercancías, las informa-
ciones y las intoxicaciones ‘‘traspasan’’ las fronteras, como si éstas no existie-
ran”7. Si bien son evidentes las tendencias a la “desterritorialización”, tal vez
Beck exagere en cuanto al desdibujamiento de las fronteras, pues, como vere-
mos, la globalización acaba con algunas pero traza otras. Beck también caracte-
riza a la globalización a partir de “la difusión de un capitalismo globalmente
desorganizado, donde no existe ningún poder hegemónico ni ningún régimen
internacional, ya sea de tipo económico o político”8. Pero se contradice, puesto
que paralelamente afirma que “la distribución geográfica de las corporaciones
refleja las habituales estructuras de poder en la sociedad global: 435 de las 500
transnacionales más importantes –el 87 por ciento– pertenecen a los países del
grupo G-7. De ellas 151 son estadounidenses, 149 son japonesas, 44 alemanas,
40 francesas, 33 británicas, 11 italianas y 5 canadienses...”9 . No hace falta ser
muy perspicaz para percibir que sí existe un poder hegemónico, económico y
político, a nivel mundial.
Joachim Hirsch, por su parte, sugiere ver todo lo relacionado con la globalización
en la conciencia de la vida cotidiana; sostiene que: “evidentemente la
globalización representa cosas muy variadas: internet, Coca Cola, televisión vía
satélite, IBM, libre comercio, correo electrónico, triunfo de la ‘democracia’ so-
bre el ‘comunismo’, NAFTA, Mercosur, telenovelas de Hollywood, Microsoft,
la catástrofe climática, acaso también la Organización de las Naciones Unidas y
las intervenciones militares ‘humanitarias’ realizadas en su nombre...”10. Por lo
general vemos que con el nombre de globalización se suelen designar una serie
de variaciones y de procesos diferentes en:
El terreno económico, a través de la expansión del capital a nuevos dominios y
la conversión de cada vez más sectores de reproducción simple de mercancías
en espacios de producción capitalista; a través de la liberalización del tráfico de

7 Ulrich Beck, ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización,


Barcelona, Paidós, 1998, p. 42.
8 Ulrich Beck, op. cit., p. 32.
9 Ulrich Beck, op. cit., p. 47.
10 Joachim Hirsch, “¿Qué es la globalización?”, Realidad Económica, Nº 147, del 1 de abril
al 15 de mayo de 1997, p. 8.

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LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL. ALGUNAS DEFINICIONES GENERALES | 357

mercancías y capitales, la internacionalización de los procesos económicos (de


las transacciones productivas y financieras), el dominio de las empresas
transnacionales y la constitución de un mercado capitalista que abarca todo el
mundo, pero que no sólo lo abarca en extensión, sino también en intensidad;
finalmente a través de la crisis del taylorismo-fordismo (modelo automatizado
de masas) y su reemplazo por la automatización flexible y programada, princi-
palmente en los países centrales. Se amplían así las capacidades acumulativas
del capital y se abren nuevos espacios de explotación de la fuerza de trabajo (o
directamente se la sacrifica en el altar de la expansión). Se consuma el proceso
de “subsunción real” del planeta al capital. Cabe destacar que el crecimiento en
el sector industrial viene siendo más lento que en otros sectores; la
desindustrialización, la “tercerización” de la economía y el crecimiento del sec-
tor financiero caracterizan los procesos de reestructuración económica de las
últimas tres décadas. En cuanto a la liberalización del tráfico de capitales, es
importante tener en cuenta el incremento de la velocidad y de las escalas de los
flujos en su forma dinero, lo que ha generado un capitalismo sostenido en una
estructura financiera altamente inestable basada en el crédito y la deuda11 . Es-
tos flujos tienden a incluir en redes de producción, inversión e intercambio a
regiones que en etapas anteriores quedaban excluidas; por otra parte nuevas
regiones, incluso periféricas, comienzan a jugar el rol de inversoras.
El terreno político, a partir del fin de la Guerra Fría, del “triunfo” de la demo-
cracia liberal, de la crisis del Estado nacional (crisis de la prácticas estructurales
tradicionales a través de las cuales se ejercían las funciones integradoras del
Estado), del deterioro de la noción –legada por el Estado benefactor– de “con-
dición pública” y de la imposición de programas denominados neoliberales o
neoconservadores que incluyeron la reforma del Estado, la desestatización de la
economía, la privatización de empresas públicas, etc., que permitieron al capi-
talismo la reformulación de su dominación social. En este plano también se ha
destacado la tendencia “congénita” (las “afinidades electivas”) al despotismo
político y a las distintas formas de autoritarismo del liberalismo económico,
sobre todo en los países periféricos.
O sea que desde el punto de vista político, el fenómeno de la globalización
implica una crisis de dominación en general y en particular una crisis de la
democracia, sistema que queda reducido a la esfera de los procedimientos,
perdiendo sus contenidos sociales y su esencia igualitaria (“democracia míni-
ma”) junto con cualquier trazo de gobierno popular que exceda el ejercicio

11 Algunos autores sostienen que en los últimos años se viene profundizando la brecha entre
la “acumulación real” y la “acumulación monetaria”.

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358 | MIGUEL MAZZEO

periódico y pasivo del sufragio. En este sentido la evidencia histórica de-


muestra que el antagonismo entre mercado y democracia resulta más autén-
tico que la (falsa) contradicción entre mercado y Estado.
El terreno cultural e ideológico, a través de la imposición de un “pensamiento
único”, tendiente a la legitimación de la primacía capitalista a través del su-
puesto que plantea que cualquier alternativa a este sistema es inviable. Esta
noción de pensamiento único está lejos de ser para nosotros un concepto
reduccionista.
Reconocemos la complejidad de los procesos de la globalización, sobre todo en
el plano cultural. Pero no se puede negar la imposición a escala planetaria de la
visión de los economistas y políticos neoliberales que, al decir de Néstor García
Canclini, extendieron “sus precarios éxitos explicativos en una zona de la eco-
nomía –las finanzas– al conjunto de la sociedad y la cultura. Todo se podría
entender reduciéndolo a fenómenos de mercado y flujos de inversiones especu-
lativas”12 . También a través de la “satanización” del Estado, la imposición de
los “valores” liberales tales como el individualismo, la competencia (que es un
mecanismo excluyente por definición), el consumismo, y a través de la
monetización de las relaciones sociales y la mercantilización de la existencia.
Finalmente, y en un plano específicamente cultural, a través de la imposición
de un conjunto de objetos y prácticas no inscriptas en los metabolismos de las
colectividades que defienden formas de convivencia más humanas. Esta impo-
sición se ha visto acompañada por unos procesos de “transnacionalización en la
producción de representaciones sociales”. Estos procesos de pluralización de
signos y símbolos a escala global son sumamente contradictorios: por un lado,
algunos grupos concentran el poder de incidir en la conformación de las identi-
dades y las realidades sociales y manejan el circuito de circulación mediática
(por ejemplo, la trilogía integrada por las cadenas televisivas CNN, MTV, HBO,
que concentran un alta cuota del poder de transmisión de mensajes), imponen
de este modo sus visiones e impulsan la unificación compulsiva de pautas, la
“estandarización” cultural, pero, por el otro, cuando los mensajes son emitidos
por grupos “alternativos”, pueden favorecer la constitución de actores globales
críticos y contrahegemónicos.
El reverso de las tendencias homogeneizadoras ha sido el resurgimiento de na-
cionalismos, tribalismos, fundamentalismos nihilistas y el auge de una amplia
gama de teologías antimodernas, que objetivamente cuestionan a la globalización

12 Néstor García Canclini, “Definiciones en transición”, en Daniel Mato (comp.), Estudios


latinoamericanos sobre cultura y transformaciones sociales en tiempos de globalización,
Buenos Aires, CLACSO, 2001, p. 58.

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LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL. ALGUNAS DEFINICIONES GENERALES | 359

neoliberal pero sin plantear un orden superior. Un claro ejemplo fueron los
atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono en Estados Unidos, el 11 de
septiembre de 2001, una “forma” de decir que no se está de acuerdo con el
liderazgo norteamericano del proceso de globalización y con su monopolio uni-
lateral de la violencia. No fueron ataques a un supuesto “Estado global” o una
abstracta “soberanía global”, sino una acometida irracional al poder global de
Estados Unidos, distinguido por una irracionalidad aun mayor.
Considerando que la urbe es también un discurso y por consiguiente un instru-
mento de comunicación simbólica, vemos que Nueva York se convirtió en blanco
no por su condición de capital de la “aldea global”, sino por ser el centro del
poder del Estado norteamericano, Estado lanzado al exterminio de cualquier
resistencia a la acción del capital y comprometido con la aceleración de su des-
pliegue mundial.
De algún modo, esos jets haciendo impacto en las Torres Gemelas pueden verse
a la luz del “efecto boomerang”, como una consecuencia de las políticas que
Estados Unidos desarrolló directa o indirectamente. Una ironía del destino
puede servirnos para explicar este efecto: los aviones civiles como los que se
incrustaron en las Torres constituyen una de las principales exportaciones de
Estados Unidos. Esta industria creció durante las guerras y el Pentágono (otro
de los “blancos”) jugó en distintos momentos un papel clave tanto para soste-
nerla como para favorecer su expansión13.
Existe un elemento central compartido por la política imperialista de Estados
Unidos (como expresión del proyecto del capital) y el fundamentalismo: su
carácter igualmente anticivilizatorio. Posiblemente tengamos que buscar los
embriones de una nueva civilización (pluralista, democrática, humana, solida-
ria, igualitaria) en las comunidades indígenas del sur mexicano, en los campa-
mentos y asentamientos de los campesinos sin tierra de Brasil, en las comuni-
dades campesinas de Argentina, Ecuador, Bolivia, etc., en las luchas y
emprendimientos del movimiento de trabajadores desocupados y ocupados del
Gran Buenos Aires y de algunas provincias del interior, en el arco iris formado
por todos los sujetos que pugnan por su autoconstitución y por las prácticas
(institucionalizadas o no) que nutren el movimiento antiglobalizador y se opo-
nen consciente o inconscientemente al totalitarismo del mercado.

13 Podemos agregar otra “ironía del destino”. Un 11 de septiembre, pero de 1973, el presi-
dente socialista de Chile, Salvador Allende, era derrocado y asesinado por un golpe militar
en el cual la participación de Estados Unidos (ya sea por la vía de la “instrucción” de
militares chilenos, por las “gestiones” de sus lobbistas internacionales y las presiones de
algunas empresas norteamericanas), está históricamente comprobada.

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360 | MIGUEL MAZZEO

El terreno científico y técnico, a través del desarrollo de las nuevas tecnologías,


en particular en el área de la informática, la biotecnología y las comunicacio-
nes14 , desarrollo que tuvo importantes derivaciones tanto en el terreno de la
producción como en el de la organización y la gestión.
Las telecomunicaciones se han constituido en el sistema nervioso central de la
economía global, reducen los costos de las transacciones, incrementan la pro-
ductividad, e incluso, en algunas ramas, integran el proceso de producción. Por
otra parte, contribuyen a la expansión de las capacidades de los bienes y servi-
cios complementarios. Microelectrónica, fotónica, software de ordenador, ar-
quitectura de redes, superconductividad, son los términos del nuevo lenguaje
económico.
Aquí vale una aclaración: la imposición de las nuevas tecnologías no debe verse
sólo como la causa de la globalización, sino también como su finalidad. Por
ejemplo, las nuevas tecnologías les permiten a los “inversores” liberarse de la
sujeción al espacio; cualquier plaza financiera del mundo les resulta vecina, lo
que les permite incrementar sus beneficios.
La globalización de los mercados ha sido funcional a un marcado incremento
del contenido tecnológico de los procesos productivos y organizacionales. El
desarrollo informático ha provocado un cambio drástico en los modelos
organizacionales; en el contexto de la economía informacional la clásica línea
de montaje es reemplazada por la red o complementada por ella. Se alteran de
este modo las formas de cooperación y comunicación en y entre los ámbitos
productivos.
Las nuevas tecnologías también han aumentado la incertidumbre estratégica
de los agentes económicos puesto que han favorecido el desarrollo de un proce-
so selectivo que tiende a eliminar a los agentes que no logran alcanzar el “um-
bral mínimo” y encumbra a otros agentes que se configuran en los marcos del
patrón tecnológico dominante.
El conocimiento y la información han adquirido el carácter de bienes simbó-
licos ocupantes de un lugar estratégico en los procesos económicos. La
globalización en el campo de la comunicación, por su parte, remite a un pro-
ceso de concentración de los medios de comunicación en unos pocos grupos
(multimedia), lo que, por supuesto, favorece un proceso de universalización

14 Según Manuel Castells, “También la ciencia y la tecnología están globalizadas en redes de


comunicación y cooperación, estructuradas en torno a los principales centros de investiga-
ción universitarios y empresariales. Como lo está el mercado global de trabajadores alta-
mente especializados, tecnólogos, financieros, futbolistas y asesinos profesionales, por poner
ejemplos...” Véase Manuel Castells, “Globalización y antiglobalización”, Tesis 11, Nº 59,
septiembre-octubre de 2001, p. 38.

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LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL. ALGUNAS DEFINICIONES GENERALES | 361

compulsiva de pautas culturales y la proliferación de las más variadas formas


de desarraigo. Este papel jugado por la tecnología, clave para el crecimiento
del capital y la obtención de ganancias extraordinarias (“rentas tecnológicas”,
resultantes del monopolio del progreso técnico), no deja de ser un compo-
nente característico del capitalismo desde sus orígenes, pero en la actualidad
la revolución tecnológica puede analizarse como una dimensión que adquiere
un peso relativo mayor en el marco de las nuevas modalidades de acumula-
ción, lo que, de todos modos, nos parece insuficiente para atribuirle a la tec-
nología una dinámica propia.
El terreno social se ha visto alterado en buena parte de las pautas que parecían
inamovibles al promediar el siglo XX. Esto se manifiesta en la crisis del mundo
agrario y la tendencia a la desaparición del campesinado, la conformación de
ciudades y fábricas globales, la subsunción del proceso de trabajo a los movi-
mientos del capital global, el desempleo estructural15 , la complejización, la
heterogeneización y la desindicalización de la clase obrera, la constitución de
una “subclase” de excluidos y condenados a existencias extrasociales, de una
superpoblación absoluta, las distintas formas de discriminación (racial, de gé-
nero, política, religiosa, etc.), la creciente criminalización de las clases subal-
ternas y del conflicto social en particular, etc.16
Esto remite al cambio en el sentido del concepto de seguridad: de la seguridad
social de hace tres décadas pasamos a la seguridad “definida estrechamente en
términos físicos, de protección frente a la violencia delictiva y no de riesgos de
la vida (salarial, social, médico, educativo, etc.)”17 .
Asistimos a la globalización de una política de seguridad que, surgida en el
Manhattan Institute y en la Heritage Fundation y expresada en figuras como
William Bratton18 se fue expandiendo por todo el mundo. Esta política básica-

15 Según Octavio Ianni, el desempleo estructural es resultado de la dinámica de la reproduc-


ción ampliada del capital que “hace que el capital constante, invertido en máquinas y
equipos, crezca en escala proporcionalmente mayor que el capital variable, destinado a la
compra de fuerza de trabajo”. Véase Octavio Ianni, La era del globalismo, México, Siglo
XXI, 1999, p. 132.
16 En este panorama se inscriben los efectos del flujo inmigratorio desde los países periféricos
hacia los centrales. Ernest Mandel decía que “la fuerza de trabajo fluye de las áreas margi-
nales menos desarrolladas hacia los centros industriales (...) por la sencilla razón de que el
capital no fluye (o no lo hace en la cantidad suficiente) de estos centros hacia las regiones
marginales”. Véase Ernest Mandel, El capitalismo tardío, México, Ediciones Era, 1980, p.
319.
17 Loïc Wacquant, Las cárceles de la miseria, Buenos Aires, Manantial, 2000, p. 22.
18 William Bratton se desempeñó como jefe de Policía en Nueva York, Boston y Los Ange-
les; aplicó y difundió la idea de “tolerancia cero” y las prácticas derivadas de ella.

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362 | MIGUEL MAZZEO

mente consiste en la aplicación de las teorías del management y de la gestión


por objetivos19 a lo estrictamente policial. Se mundializa la tolerancia cero
(intolerancia selectiva) y junto con ella la gestión judicial, policial y carcelaria
de la pobreza. Lo que se penaliza es la miseria.
Según Loïc Wacquant: “A partir del ámbito policial y penal, la noción de
‘tolerancia cero’ se difundió según un proceso de metástasis para designar
la manera alterada, y sin distinción, la aplicación estricta de la disciplina
parental dentro de las familias, la expulsión automática de los alumnos
generadores de trastornos en sus establecimientos, la suspensión de los de-
portistas profesionales culpables de violencias fuera de los estadios, el con-
trol puntilloso del contrabando de droga en las cárceles (...) la sanción seve-
ra de los comportamientos descorteses de los pasajeros de avión...”20 . Para
Wacquant, “así como la ideología neoliberal en materia económica se basa
en la separación hermética entre lo económico (presuntamente regido por
el mecanismo neutral, fluido y eficiente del mercado) y lo social (habitado
por la arbitrariedad imprevisible de las pasiones y los poderes), la nueva
doxa penal que hoy se difunde en Estados Unidos (...) postula una cesura
neta y definitiva entre la circunstancias (sociales) y el acto (criminal), las
causas y las consecuencias, la sociología (que explica) y el derecho (que
regula y sanciona)...”21.
Esta cesura es el pilar de los planteos de derecha que abominan de cualquier
explicación estructural. Margaret Thatcher, siendo Primer Ministro y en
relación con el “problema de la vivienda” (que para ella era en realidad el
problema del control del espacio urbano), se lamentaba de no poder “dis-
persar” por medio de la acción policial a las multitudes de “hombres borra-
chos y sucios” que dormían debajo de los puentes y en las calles y plazas de
Londres, porque “desafortunadamente, existía la tendencia, persistente en
los círculos educados, a considerar a todos los ‘sin techo’ víctimas de la
clase media social, en lugar de considerar a la sociedad de la clase media
víctimas de los ‘sin techo’...”22.
Noam Chomsky sostiene que la derecha no enfrenta nunca las verdaderas cau-

19 El management puede considerarse como una versión actualizada de la ideología


tecnocrática, que se presenta como una superación de la burocracia tradicional caracteriza-
da por el ejercicio de una gestión “por normas”, atada a reglamentos y por tanto más
rígida y menos “creativa”.
20 Loïc Wacquant, op. cit., p.36.
21 Loïc Wacquant, op. cit., p. 60.
22 Loïc Wacquant, op. cit., p. 514.

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LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL. ALGUNAS DEFINICIONES GENERALES | 363

sas del crimen, sino que “el crimen es explotado de diferentes maneras como un
método de control de la población”23 .
Lo cierto es que si estos “puntos de vista” que estigmatizan a las víctimas y
las presentan como victimarios, tienden a naturalizarse, el riesgo para la so-
ciedad es enorme. Se trata del camino que conduce a la barbarie y al genoci-
dio. De este modo tiende a consolidarse un nuevo ethos punitivo. Modalida-
des como el “fichaje genético”, las detenciones preventivas ante comporta-
mientos “protodelictivos”, el confinamiento en guetos, las prisiones para ni-
ños (como la de Kent, en Gran Bretaña), un lenguaje atroz adquirido en li-
bros de sociobiología que pueblan las góndolas de los supermercados, los
escuadrones de la muerte en los suburbios de algunas ciudades latinoameri-
canas, etc., son una clara señal de que el capital globalizado tiende a degradar
la sociabilidad de la especie humana.
El sistema escinde al hombre del mundo. Los excluidos de la sociedad del dis-
curso y el espectáculo se multiplican mientras que los incluidos se disciplinan
bajo la amenaza de la exclusión.

“Globalización” remite entonces a un concepto descriptivo más que explicativo,


un concepto que sin establecer relaciones causales funciona como “receptáculo”
de una serie de fenómenos contemporáneos que están estrechamente
interrelacionados; por lo tanto, se trata de un concepto que remite a “relaciones
complejas entre factores técnicos, económicos, políticos e ideológico-culturales”24 ,
utilizado como medio para designar una amplia gama de fenómenos mundiales.
Un aspecto al que remiten los distintos planos es el del reemplazo de los sectores
que producen valores de uso por sectores productores de mercancías, la
“mercantilización” universal, y en particular la mercantilización de la naturaleza
que muestra con claridad la interacción de los elementos económicos, políticos,
ideológicos, culturales, científicos y sociales.
Cabe destacar la relevancia de la contradicción capital-naturaleza y del papel del
proceso de globalización en la degradación de los recursos naturales. La destruc-
ción del medio ambiente es un componente de la globalización neoliberal. Poner
la atención en la direccionalidad de las exportaciones de desechos tóxicos, o de
especies animales y vegetales, en la modalidad del canje de deuda por naturaleza,
sirve para demostrar la existencia de un intercambio ecológico desigual y otras
asimetrías.

23 Noam Chomsky, “Democracia y mercados en el nuevo orden mundial”, en Noam Chomsky


y Heinz Dietrich, La sociedad global. Educación, mercado y democracia, Buenos Aires,
Liberarte / Oficina de Publicaciones CBC-UBA, 1996, p. 39.
24 Joachim Hirsch, op. cit., p. 10.

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364 | MIGUEL MAZZEO

Los organismos financieros internacionales, como el Banco Mundial, impulsan la


creación de derechos de propiedad y mercantilizan la utilización de distintos
recursos. Junto con la naturaleza se mercantiliza el patrimonio cultural de los
pueblos; la riqueza natural (la biodiversidad) y la riqueza cultural son presas codi-
ciadas por el capital transnacional.
El hombre, por supuesto, es la principal víctima de la depredación mercantil de
la tierra a través de la usurpación del conocimiento genético, de la erosión, de los
pesticidas, de los fertilizantes y de la alteración del ciclo hidrológico.
Retomando lo antedicho y a modo de síntesis, podemos decir que la
globalización puede analizarse como un momento de la internacionalización
del capitalismo acompañada de privatización y mayor transnacionalización
de los grupos financieros internacionales, que alude asimismo a la organiza-
ción de la producción a escala planetaria, a un nuevo paradigma tecnológico
y al conjunto de las respuestas del gran capital mundial para mantener la tasa
de ganancia y hacer frente a los “rendimientos decrecientes”, para lo cual
resultó clave la centralización de los medios de producción y de comunica-
ción, como así también la desregulación laboral y la extensión inédita del
desempleo y la pobreza.
La globalización es fundamentalmente una estrategia política que implica,
por un lado, la creación de condiciones para que el capital internacional se
traslade sin tener en cuenta las fronteras y, por el otro, la reformulación de las
estructuras e instituciones tradicionales de la regulación fordista. Es, en últi-
ma instancia, una nueva estrategia de sobreexplotación y también, para el
caso de los países periféricos, de saqueo. Remite entonces a una ofensiva del
capital en el terreno de la producción y a un conjunto de medidas protectoras
de la propiedad privada.
Según Hirsch, la globalización es “la decisiva estrategia del capital como solución
a la crisis del fordismo; es decir, que la liberalización radical del tránsito de mer-
cancías, servicios, dinero y capital debe crear las condiciones para una renovada
racionalización sistemática del proceso de producción capitalista y del trabajo y
ello, a la vez, está vinculado con la destrucción de la conciliación fordista de clases
y de sus bases institucionales”25.
La globalización aparece como sinónimo de una modernización según los estrictos
criterios de las economías avanzadas que son las que establecen las pautas de adap-
tación. La no subordinación a estos criterios conduciría a las economías periféricas a
la exclusión y a la marginación, aunque, por ejemplo, la experiencia reciente de
Argentina demuestra que las genuflexiones conducen al mismo destino.

25 Joachim Hirsch, op. cit., pp. 13 y 14.

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LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL. ALGUNAS DEFINICIONES GENERALES | 365

En el juego del “mundo globalizado” hay ganadores y perdedores pero las cartas
están marcadas.
Globalización es entonces desterritorialización y desregulación (iniciativa priva-
da sin control), liberalización y flexibilización, es la inédita presión de la compe-
tencia que diluye la cooperación y la solidaridad. Es también su reverso: la
regionalización26 y la fragmentación, la “glurbanización”: reestructuración del
espacio urbano para obtener ventajas competitivas en espacios mundiales y, en
términos de Roland Robertson27 , la “glocalización”: la búsqueda de ventajas com-
petitivas en el ámbito mundial mediante el aprovechamiento de las diferencias
locales o simplemente lo local entendido como “aspecto” de lo global.
Existe efectivamente una “dialéctica” de la globalización, una dialéctica global-
local. Podemos identificar actores que conciben globalmente y ejecutan local-
mente. Ahora bien, muchos autores desde paradigmas eurocéntricos y/o desde el
campo de los “estudios culturales” tienden a concebir situaciones que invariable-
mente se desarrollan en el mejor de los escenarios posibles, pero que precisamen-
te es el menos real y el menos adecuado para la dialéctica de la globalización que
proponen. No toman en cuenta que las conexiones que constituyen la red global
suelen tener una alta especificidad, y a veces son casi corporativas.
La conexión entre las distintas plazas financieras del mundo, la existencia de
redes globales de colegas académicos, de fanáticos del cine bizarro, de un deter-
minado conjunto de rock, no hacen más homogéneo al mundo. Seguramente no
más que la vieja y vigente trilogía de la Revolución Francesa –libertad, igualdad,
fraternidad– o que la idea del desarrollo que hace 40 años supo proveer de un
lenguaje común a los Estados nacionales de todo el planeta.
Asimismo, las visiones que cuestionamos suelen confundir los espacios sociales y
culturales transnacionales con la globalización misma, recurren a ejemplos frívo-
los como los amores globales, la globalización de las biografías o las familias

26 Los sistemas regionales (formados por la integración de Estados nacionales) más impor-
tantes son: la Unión Europea (UE), la Comunidad de Estados Independientes (CEI), la
Asociación de las Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), la Cooperación Económica
de Asia y el Pacífico (APEC), el Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(TLCAN o NAFTA) y el Mercado Común del Cono Sur (Mercosur). Existen otros siste-
mas como el Mercado Común de América Central, la Asociación de Libre Comercio del
Caribe, la Comunidad Económica de África Occidental, etc. Según Octavio Ianni, “la
regionalización puede ser vista como una necesidad de la globalización, aunque simul-
táneamente sea un movimiento de integración de los Estados-nación (...) En ciertos
aspectos puede ser una técnica de preservación de los intereses ‘nacionales’…”. Véase
Octavio Ianni, op. cit., p. 15.
27 Roland Robertson, Globalization: Social Theory and Global Culture, Londres, Sage, 1992.

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366 | MIGUEL MAZZEO

multiculturales. Hablan de “acercamiento” o de “mutuo encuentro de las cultu-


ras locales”, sin tener en cuenta la raigambre profundamente asimétrica y por lo
tanto contradictoria de estas relaciones. Ven adaptación y/o negociación donde
hay imposición unidireccional, y diversidad donde predomina la desigualdad.
En el continente americano hace más de quinientos años que sospechamos cuan-
do se habla de “encuentro de culturas”. Definitivamente este mundo no se carac-
teriza por la armonía y la homogeneidad. En todo caso, éstas se manifiestan “por
arriba”, lo que significa que la riqueza sí tiende a tornarse globalmente homogé-
nea mientras que la pobreza sigue siendo tozudamente local. Tampoco se caracte-
riza por el reconocimiento de la alteridad. La globalización neoliberal nos impone
un adentro y un afuera. El límite es tajante.
Un ejemplo puede servir para ilustrar lo que sostenemos: en la puerta de los
hipermercados (la mayoría de capital extranjero en Argentina) solemos encon-
trarnos con una modesta mujer de rasgos y atuendos del Altiplano que, con las
manos apoyadas sobre sus rodillas, atiende un precario e informal puesto que
ofrece ajos, limones, ajíes y otros productos que transportó desde el Mercado
Central en recargadas bolsas. Estos productos abundan en las góndolas del híper y
la mujer, evidentemente, aprovecha el movimiento que el gran comercio genera.
Si bien existe una tendencia a descartar, de entrada, una actitud filantrópica de
parte de los responsables del establecimiento hacia la subclase de los trabajadores,
es lícito pensar que esa mujer permanece en su lugar sin ser corrida porque no
constituye una competencia importante para una gran empresa que hasta podría
considerarla estructuralmente superflua e incluso podría ver en su silenciosa pre-
sencia una consecuencia directa de la destrucción del pequeño comercio local,
ocasionada por el mismo híper. Pero también podemos percibir un límite, una
frontera invisible pero enorme, dos mundos, dos dimensiones y dos tiempos apa-
rentemente unidos pero profundamente escindidos e incomunicados: un adentro
global, pura temporalidad, a-tópico templo de la desorientación, sin identidad,
exactamente igual a otros adentros, y un afuera local, de signo opuesto (tiempo
agobiante, pura espacialidad) y objeto de indiferencia. Incluso, podríamos perci-
bir algo mucho más perturbador: la invisibilidad del nexo entre la riqueza y la
miseria, la invisibilidad de la polaridad entre la acumulación de una y de otra, la
negación inconsciente de la estrecha dependencia entre los que ganan y los que
pierden.
Si existe una red cuyos nodos se intercomunican, también hay espacios blancos
(espacios de desconexión) en esa trama. La mayoría de los seres humanos, los
pobres, ocupan esos espacios, la red los cubre pero no los toca. Como el espacio
global de los nodos de la red, estos blancos son espacios de proximidad y afinidad
cultural, social y potencialmente política, pero aquí resulta clave la dimensión

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LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL. ALGUNAS DEFINICIONES GENERALES | 367

local. Las articulaciones entre lo local y lo global son sumamente complejas y


generan tensiones en la organización del sistema capitalista.
Por ejemplo, la circulación del capital plantea la contradicción entre la movilidad
y la fijación, entre el compromiso local y el interés global; las empresas multina-
cionales a pesar de sus horizontes globales deben integrarse a circunstancias loca-
les. El concepto de lo “glocal” nos parece aceptable sólo si nos sirve para percibir
el reflejo de la polarización y la estratificación jerárquica del mundo.
Lo antedicho no niega la posibilidad de que otras versiones de la globalización
sean teóricamente factibles, ya sean “blandas” o “alternativas”. De hecho, uno de
los objetivos de este capítulo es precisamente favorecer un debate en torno a las
posibilidades no previstas por la ideología dominante, pero la experiencia histó-
rica reciente y el “capitalismo realmente existente” nos plantean la necesidad de
proponer esta aproximación genérica a la globalización neoliberal28 (globalización
de un sistema sin instrumentos de regulación y de un esquema basado en la
asimetría), es decir, a su versión “fundamentalista”, “desde arriba” o
“hiperglobalizadora”, la más dura y vigente.

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Liberarte / Oficina de Publicaciones CBC-UBA, 1996.

28 El neoliberalismo propone un retorno al liberalismo puro de los orígenes, pureza que con
el desarrollo histórico supuestamente se fue tergiversando por la “influencia corruptora”
de las tendencias colectivizantes y estatistas. El neoliberalismo fue y es impulsado por
fuerzas conservadoras, aunque hay que reconocer que ha impregnado a otras fuerzas.

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368 | MIGUEL MAZZEO

García Canclini, Néstor, “Definiciones en transición”, en Mato, Daniel (comp.), Estudios


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LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL. ALGUNAS DEFINICIONES GENERALES | 369

La última dictadura: genocidio, desindustrialización


y el recurso a la guerra (1976-1983)

Ezequiel Sirlin

1. Introducción

La última dictadura se bautizó a sí misma “Proceso de Reorganización Nacional”,


proyectando que 1976 ocuparía en la historia un lugar equiparable a 1880 por la
refundación de un capitalismo liberal firmemente asentado en sus bases de domina-
ción. Al cumplirse veinticinco años del golpe, los analistas concedieron a 1976 un
significado comparable a 1880 y a 1930, pero sólo en tanto tuvo lugar la instalación
de un nuevo modelo de acumulación, que se diferenciaba de los anteriores por sus
constantes destructivas: desindustrialización selectiva, desocupación estructural, des-
censo integral de las clases subalternas, desguace del patrimonio estatal, decadencia
de las prestaciones sociales, endeudamiento extremo, fuga de capitales, primacía de
las ganancias financieras, concentración del ingreso.
En 2001 este modelo condujo al país a una crisis abismal y para los analistas no
podía explicarse el derrumbe económico y social más hondo de Argentina sin llevar
la vista atrás y atender a lo que se había iniciado en 1976: un modo de apropiación
de la riqueza que carcomía el aparato productivo y los niveles alcanzados de bienes-
tar social, un sistema de valorización financiera que con tropiezos y recuperaciones
había logrado sobrevivir a la dictadura para alcanzar una segunda fase de concentra-
ción vertiginosa del ingreso durante el régimen menemista, en los años 90.
La última dictadura también representa la embestida más terrorífica de cuanto se
oponía al orden dominante. Las tradiciones reaccionarias nunca se habían aunado tan
cruelmente contra sus enemigos dando lugar a un genocidio administrado y tecnificado,
con rutinas de perversión diseñadas en el doble fondo de las instituciones más anti-
guas del Estado. La refundación del capitalismo liberal a partir de 1976 sólo ha sido
equiparada por su violencia con el avance de la frontera blanca en 18791 . La analogía

1 La dictadura rindió un intenso homenaje al centenario de la “conquista del desierto”,


llegando a producir una miniserie televisiva, “Fortín Quieto”, destinada a afianzar el culto
de esa “gesta civilizatoria”.

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370 | EZEQUIEL SIRLIN

se ha trazado con cautela entre la “pacificación de los desiertos” y la aniquilación de la


izquierda revolucionaria.
En el país del golpe de Estado intermitente, la última dictadura se diferenció de
las anteriores por sus embestidas extremas no contempladas siquiera por la dicta-
dura de 1966. En principio, pueden distinguirse tres ofensivas que conformaron
una estrategia singular de perpetuación en el poder y de intervención penetrante
sobre la sociedad:
1) Un despliegue represivo sin precedentes que incluyó la matanza metódica de
una categoría de personas previamente definida por el discurso estatal (genoci-
dio).
2) Una ofensiva contra las ISI (industrias sustitutivas de importaciones) livia-
nas de capital nacional, en favor de la especulación financiera y del encumbra-
miento de burguesías concentradas, tanto locales como extranjeras. Un plan de
dispersión obrera y desindustrialización selectiva tendiente a que la protesta
social no renaciera en el futuro.
3) Un mecanismo para vincularse con la sociedad que tampoco había sido ima-
ginado por las dictaduras anteriores: movilizar sin descanso a los argentinos
contra enemigos supuestamente antinacionales (“subversión”, “Chile”, “cam-
paña antiargentina”, “Inglaterra”), montar escenarios confrontativos y belicistas
en el marco de la exaltación patriótica continuada.
Para abordar la significación histórica del último régimen militar, su origen, su
desarrollo y principales consecuencias, proponemos tres ejes introductorios:
1) El primero consiste en pensar a esta dictadura como el resultado de los dis-
tintos conflictos examinados en los capítulos anteriores: capital/trabajo,
peronismo/antiperonismo, socialismo revolucionario/capitalismo anticomunista,
catolicismo integrista/culturas transgresoras, y el conflicto entre las burguesías
empatadas.
La última dictadura fue una contraofensiva múltiple derivada de estas cinco gran-
des disputas que de manera entrelazada se agudizaban desde 1955, alcanzando su
mayor desarrollo en el bienio 1974-1975. En este sentido, el régimen militar
debiera ser contemplado como una acometida terrorífica del capitalismo y sus
fuerzas represivas contra las fuerzas insurgentes del socialismo revolucionario y
todo el arco de la protesta social post-Cordobazo. Un embate sin precedentes del
antiperonismo y el peronismo de derecha contra el peronismo de izquierda y el
campo popular unificado por la estructura de sentimientos peronistas. Del capi-
tal industrial concentrado y la burocracia de los grandes gremios contra el sindi-
calismo clasista de las industrias más modernas. De las burguesías agroexportadora,
financiera y desarrollista contra la burguesía de industrias livianas dirigidas al
mercado interno. Del capital privado asociado a la “patria contratista” contra el
nacionalismo popular de posguerra. De la jerarquía eclesiástica contra los sacer-

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LA ÚLTIMA DICTADURA (1976-1983) | 371

dotes tercermundistas de base y militantes parroquiales que habían proyectado


en Jesús la imagen de Camilo Torres o el Che Guevara. De profesores reacciona-
rios contra cátedras marxistas. De las fuerzas policiales contra marginales y
transgresores de las calles. Del catolicismo integrista que celaba un estilo de vida
rígido contra las manifestaciones de la cultura joven, las culturas modernas como
el psicoanálisis y la revolución de las costumbres de los años 60.
En síntesis, la última dictadura constituye la más extrema de las contrarrevolu-
ciones y contrarreformas habidas en Argentina, y esto no puede explicarse sin
atender a la acumulación de conflictos en el período previo, a nivel nacional,
continental y mundial. Cuando los analistas se preguntan si el genocidio y el
desguace económico iniciado en 1976 pudo haber sido evitado por alguna cir-
cunstancia, la respuesta que subyace en sus trabajos es casi siempre fatalista
porque consideran que rara vez las fuerzas conservadoras nacionales e interna-
cionales convergieron tan radicalmente en una misma dirección: el recrudeci-
miento de la Guerra Fría se había potenciado con la humillante derrota de
Estados Unidos en Vietnam (1975). El anticomunismo golpista en el Cono Sur
alcanzaba su mayor radio a mediados de los 70 cuando las dictaduras militares
promovidas por la CIA tiñeron de verde la región.
A esto hay que sumar la tradición golpista de la corporación militar argentina;
la maquinaria autorreproductiva de escalafones y mandos enganchados en la
proyección política de las Fuerzas Armadas, una posta activada en septiembre
de 1930. Los primeros conductores de la última dictadura, Jorge Rafael Videla
y Roberto Viola, habían participado como subalternos en el golpe de 1966, así
como Juan Carlos Onganía lo había hecho el 4 de junio de 1943, y Perón no
había permanecido al margen del movimiento de tropas del 6 de septiembre
de 1930 comandado por José Félix Uriburu, general del Ejército que había
integrado las filas de los revolucionarios del Parque, en 1890. Los nombres
pudieron ser otros, por encima de ellos estaba la sucesión de ambiciones per-
sonales y corporativas que arraigaba en los cuarteles. El hecho de que Videla
haya sido el primer conductor de la última dictadura es otra muestra del
involucramiento orgánico del Ejército como institución en el golpe. Se trataba
del militar equilibrista que siempre había manifestado un perfil más bien neu-
tro, a medio camino entre el “profesionalismo” y el antiperonismo declarado,
una media bastante aproximada del Ejército posperonista, un “colorado” en-
cubierto (“violeta”) que había logrado permanecer inmune a las purgas produ-
cidas en los vaivenes de la politización de la fuerza2 .

2 María Seoane y Vicente Muleiro: El dictador. Historia secreta y pública de Jorge Rafael
Videla, Buenos Aires, Sudamericana, 2001, cap. 4.

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372 | EZEQUIEL SIRLIN

¿Qué hubiera sucedido si en alguna de esas purgas previas al golpe, Videla,


Viola o Emilio Eduardo Massera hubieran sido apartados de las Fuerzas Ar-
madas? Como toda pregunta instalada en un escenario hipotético, no hay res-
puestas comprobables. Sin embargo, todo indica que a pesar de las diferencias
que más tarde podrían establecerse entre el matiz neoliberal de Videla, el
“terropopulista” de Massera, el “nacionalista” de Ramón Genaro Díaz Bessone,
o el “belicista” de Leopoldo Fortunato Galtieri, los objetivos represivos del
golpe estaban instalados con tal certidumbre en la corporación militar que cual-
quiera de los eventuales conductores hubiera asumido su ejecución.
2) El segundo eje consiste en comparar a esta dictadura con las anteriores de
Argentina, y en particular con la dictadura de 1966. Sin duda que hay elemen-
tos comunes entre ellas: eran dos regímenes antiperonistas y anticomunistas,
inspirados en la Doctrina de la Seguridad Nacional, que pretendían disciplinar
a la sociedad clausurando el espacio electoral por tiempo indeterminado, dos
dictaduras que no se habían propuesto límites temporales para rediseñar la
sociedad. Pero las diferencias fueron significativas, como veremos. En princi-
pio, la última dictadura se propuso vengar el fracaso del onganiato desplegando
una ofensiva mucho más terrorífica y abarcadora. Fue heredera de las dictadu-
ras del 55 y el 66 pero crítica del modo superficial de excluir el peronismo de la
sociedad, sin erradicar definitivamente las bases materiales de la protesta obre-
ra, ni de la revolución social que en ella latía.
3) El tercer eje repara en la relación dictadura/sociedad. En el modo en que el
régimen intentó vincularse con los distintos sectores sociales y en las diferentes
respuestas que encontró, desde el respaldo de la Iglesia y asociaciones empresa-
rias, hasta muy diversos modos de resistencia civil, pasando por la adhesión
ocasional y eufórica de millones de argentinos manipulados por la comunica-
ción oficial que una y otra vez apeló al sentimiento nacional.
Finalizado lo que los militares llamaron la “lucha antisubversiva”, la dictadura
creadora de atmósferas patrióticas dio a los festejos del Mundial de fútbol el
significado de una reunión nacional “sin descontentos” de la misma sociedad a
la que había fragmentado en su afán demonizador, represivo y antisindical. Lo
mismo volvería a suceder en los preparativos de la guerra con Chile, y más
intensamente durante la guerra de Malvinas. Se trató de una dictadura que a
toda costa procuró evitar los tiempos muertos en su convocatoria a la sociedad.
Por diversas razones no podía perder la iniciativa y el movimiento beligerante,
aunque ese movimiento fuera una alocada huida hacia adelante que la conduje-
ra a la destrucción como sucedió en Malvinas.
¿Por qué la dictadura no podía prescindir de estos llamamientos “nacionales”
contra enemigos por ella construidos? Indagar acerca de esas razones puede
llevarnos a descubrir aspectos esenciales no sólo del régimen militar sino de la

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LA ÚLTIMA DICTADURA (1976-1983) | 373

sociedad argentina que una y otra vez se vio envuelta en las empresas que sus
“captores/salvadores” le formularon. Las fantasías de éxito y de perduración en
el poder que el “Proceso” fue concibiendo ni bien empezaron a proliferar las
denuncias por sus crímenes, tuvieron buena acogida en vastos sectores de las
clases medias: “los desaparecidos no existen, son un invento de la campaña
antiargentina”, la “plata dulce” y la invasión de artículos importados como
señal de una nueva prosperidad en Argentina, el triunfalismo de Malvinas, son
las mayores ficciones de corta duración, pero de mucha intensidad, que el régi-
men logró instalar a través del control de los medios.

2. El proyecto

La conducción del 76 cuestionó más aspectos de la sociedad “peronista” que los


dictadores anteriores3. No sólo se proponía modificar el desarrollo político-
ideológico de Argentina, sino la estructura económica que a su entender lo
había engendrado. Desde luego que las elecciones y el accionar de los partidos
quedarían clausurados por tiempo indeterminado (primera esfera de interven-
ción). A su vez, los altos mandos habían acordado aniquilar a las organizaciones
armadas de izquierda y a quienes desde el Cordobazo lideraban la protesta so-
cial con miras revolucionarias. Intervenir los espacios transgresores de la cultu-
ra (segunda esfera de intervención). Pero también, y en esto radica la principal
diferencia con la dictadura de Onganía, el objetivo era rediseñar el aparato
productivo en desmedro de las industrias de sustitución fácil de importaciones
a las que consideraban el hábitat primario de la indisciplina laboral. Ésta fue
una tercera esfera de intervención, la desperonización más profunda que em-
prendieron los militares desde 1955, y es necesario que la examinemos con
mayor detalle.
Para entender por qué el último régimen militar se proponía destruir o trans-
formar esta industria eliminando subsidios y favoreciendo la invasión de artí-
culos importados, hay que recordar de qué industria se trataba, cuál había sido
su origen y qué era lo que para los liberales estaba en juego en caso de que
sobreviviera.
El embate estaba dirigido contra las ISI livianas que habían nacido durante la
Primera Guerra Mundial y las décadas del 20 y del 30, sin el apuntalamiento
del Estado ni de la clase dominante tradicional. Esas industrias habían crecido

3 Véase Marcelo Cavarozzi, Autoritarismo y democracia (1955-1966). La transición del


Estado al mercado en la Argentina, Buenos Aires, Ariel, 1997.

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374 | EZEQUIEL SIRLIN

de un modo más bien “silvestre”, bajo el amparo de circunstancias proteccio-


nistas “de hecho” como habían sido las mermas involuntarias de la capacidad
exportadora-importadora del país debido a la contracción del mercado mun-
dial. Luego, el Estado peronista había apoyado decididamente a las industrias
sustitutivas en desmedro de la burguesía agropecuaria (primer IAPI). Como se
trataba de industrias poco modernizadas que aprovechaban al máximo su capa-
cidad instalada (tres turnos diarios), las nuevas fábricas contribuían fuertemen-
te al pleno empleo sobre la base del cual mejoraba la capacidad de negociación
de la clase obrera. Estas características genéticas de las ISI resultan fundamen-
tales para comprender por qué el liberalismo económico que propugnaba la
alianza cívico-militar de 1976 pretendía destruirlas o transformarlas.
Para esta decidida coalición, el pleno empleo, el arbitraje estatal y las
redistribuciones secundarias del Estado de bienestar durante el peronismo
habían corroído las bases mismas del “trabajo asalariado” en tanto relación de
producción estructurante de la sociedad capitalista. Al garantizar el pleno
empleo y fortalecer el poder sindical en las fábricas y en los tribunales del
trabajo, el peronismo habría desvirtuado la coacción económica, alterando el
disciplinamiento automático de la clase obrera por parte del mercado laboral,
generando trabajadores pleitistas e improductivos. Los liberales representa-
dos en José Alfredo Martínez de Hoz consideraban que la insurrección se
había cebado en esas fábricas porque la sobreprotección estatal no obligaba a
que los patrones reconstituyeran su dominación en busca de una mayor pro-
ductividad. Trabajadores díscolos y empresarios que cedían ante los recla-
mos, mientras que el Estado populista apañaba la relación por medio de aran-
celes y subsidios para sostener los aumentos salariales con recursos prove-
nientes del campo y de otros sectores eficientes de la economía. Para los con-
ductores del golpe éstas no eran las únicas causas de la desobediencia social
en Argentina, pero sí las más profundas.
Para ellos, la búsqueda de un consenso entre el capital y el trabajo que el
peronismo había iniciado reproduciendo la lógica keynesiana del pleno em-
pleo y fortaleza de la demanda, no era más que un factor distorsivo de la
dominación de una clase sobre otra, fundado en la falsa imagen de la armonía
entre ellas. Los golpistas del 76 consideraban que los gobiernos antiperonistas,
civiles o democráticos, que se habían sucedido después de 1955 no habían
atacado el problema de raíz. Si bien, durante los shocks desarrollistas de
Frondizi y Onganía, se había procurado debilitar las bases sindicales con re-
presión y reformas a la Ley de Asociaciones Profesionales, los intentos ha-
brían resultado fallidos porque militares y civiles antiperonistas no se habían
propuesto llegar al fondo del problema. En la jerga higienista de la última
dictadura, esta vez se trataba de eliminar no sólo al “virus de la subversión”,

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sino al “caldo de cultivo”. Cuando los militares hablaban de ello, en gran


medida se referían a la tercera esfera de intervención: desmontar lo que con-
sideraban el ámbito más básico de la formación de la “guerrilla industrial”.
Ello implicaba no sólo eliminar al sindicalismo combativo, sino reimponer la
coacción económica mediante la apertura de los mercados y la llegada de la
competencia extranjera. De este modo, los patrones se verían obligados a
mejorar la productividad, poniendo en caja a sus trabajadores, restaurando el
orden social en cada fábrica. La obediencia sería reimpuesta en todas sus di-
mensiones, comenzando por un aumento de la explotación.
Entonces, ¿hubo en Videla y Martínez de Hoz una intención de vuelta a la
sociedad agraria y desmonte de la Argentina industrial? En todo caso, ¿cuál era
el alcance del “proyecto antiindustrial” y en qué intereses se fundaban sus lími-
tes? La pregunta nos lleva a contemplar dos visiones recurrentes.
I) Para una primera interpretación, la dictadura apuntó a destruir integralmente
a la industria con el objeto de regresar a la Argentina agrícola anterior al
peronismo y al yrigoyenismo. Reducir a la clase obrera para equilibrar social-
mente a Argentina en su estructura más tradicional. Restaurar la supremacía
de los negocios agrícolas y potenciar los negocios financieros en desmedro de
los industriales que debían reducirse drásticamente.
En la versión de Aldo Ferrer, la política económica de la dictadura estaba
“explícitamente orientada a desmantelar la estructura productiva”. De esta
manera se habría resuelto un conflicto planteado a fines del siglo XIX entre
“dos proyectos de país”: el basado únicamente en la agroexportación y el que
promovía la diversidad de actividades productivas, cuyos portavoces habían
sido Vicente Fidel López, Miguel Cané y Carlos Pellegrini4. Un siglo más
tarde, Videla y Martínez de Hoz habrían apuntado al desguace industrial
debido a que los herederos de la burguesía terrateniente no habían encontra-
do la forma de “conducir al país por la senda del desarrollo”.
En palabras de Horacio Verbitsky, el proyecto consistía en que Argentina vol-
viera “a sus tiempos de país preindustrial, que importa casi todo y paga –si
puede– exportando carnes y granos”5 . Y en los términos más enfáticos de Seoane
y Muleiro: “El plan era un país con diez millones de habitantes, sobraba la
tercera parte y, sobre todo, los obreros industriales”. “Videla había sido el elegi-
do, el brazo armado de estos militares y civiles cuyo proyecto nacional corres-

4 Aldo Ferrer, “Economía Argentina y estrategia ‘preindustrial’”, en Alain Rouquié (comp.),


Argentina, hoy, Buenos Aires, Siglo XXI, 1983, p. 105.
5 Horacio Verbitsky, Malvinas. La última batalla de la tercera guerra mundial, Buenos Ai-
res, Sudamericana (edición corregida y aumentada), 2002 p. 24.

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pondía a una Argentina feudalizada (…) se trataba de retrotraer al país a un


estadio previo a la existencia del peronismo y del yrigoyenismo”6.
El atractivo de esta interpretación basada en la vuelta al agro, consiste en que
adjudica la destrucción industrial a un proyecto deliberado de la dictadura.
Pero su punto flaco es que no contempla suficientemente que entre los ganado-
res de la última dictadura habría que contar a las industrias más avanzadas del
país7, al mismo tiempo que la política de atraso cambiario de Martínez de Hoz
no favoreció sostenidamente al agro pese a la empatía de clase que lo vinculaba
al sector.
II) Estas objeciones nos llevan a una segunda visión, más reciente, para la cual
la noción de “redimensionamiento industrial” o “desindustrialización selecti-
va” se ajusta en mayor medida a los planes del ex director de Acindar (Martínez
de Hoz), de los grupos económicos que serían llamados “capitanes de la indus-
tria” en los años 80, y de las industrias multinacionales establecidas en Argen-
tina, cuyo objetivo de largo plazo no era retroceder y abandonar un terreno que
no podían dominar, sino imponerse en el terreno y crecer en su interior8. Redu-
cir indiscriminadamente a la industria hubiera implicado la autodestrucción
de un sector de la burguesía perteneciente al “bloque civil” de la dictadura.
Tomemos como ejemplo a las industrias automotrices que desde el Cordobazo
habían sido un ámbito neurálgico de la lucha de clases. No por eso el régimen
se propondría destruirlas y, de haberlo hecho, no hubiera encontrado el bene-
plácito de las multinacionales implicadas. Lo cierto es que si bien algunas de
ellas como General Motors decidieron irse del país, las automotrices fueron el
sector más protegido por el Estado de la apertura económica que dispondría
Martínez de Hoz, así como el lugar de mayor cooperación entre militares y
empresarios en el secuestro y asesinato de delegados gremiales ligados al sindi-
calismo combativo.
Bloquear totalmente a la industria nunca habría sido el objetivo histórico de la
burguesía más tradicional de Argentina. En rigor, la clase dominante de cuño
agroexportador no se habría resistido a las nuevas oportunidades de ganancias,
sino sólo en la medida en que la sustitución de importaciones pusiera en peli-
gro las exportaciones agropecuarias. Esta había sido en realidad una clase capi-
talista multisectorial y no iba a despreciar la riqueza que pudieran depararle los

6 María Seoane y Vicente Muleiro, op. cit., p. 25.


7 Las industrias que más crecieron fueron las de bienes intermedios y capital concentrado:
celulosa, siderurgia, aluminio, petroquímica.
8 Véanse, por ejemplo, los trabajos recopilados por Alfredo Pucciarelli en Empresarios,
tecnócratas y militares. La trama corporativa de la última dictadura, Siglo XXI, Avellaneda,
2004.

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nuevos rubros industriales sin perjuicio de los viejos negocios agrícolas. En


concordancia con ello, lo que los liberales del 76 de algún modo se habrían
propuesto era volver al curso industrial planteado por el Plan Pinedo de 1940:
un crecimiento basado en industrias de bienes exportables que fijara límites a
la sustitución de importaciones con el objeto de recuperar los mercados exter-
nos. Es decir, la continuidad del modelo de intercambio, ventajas comparativas
y “crecimiento hacia afuera” en el mundo post-30. La conducción de la dicta-
dura estaría dispuesta a desmontar o transformar, apertura económica median-
te, todo lo que había crecido a contrapelo de esos principios, con el agregado de
que esta vez la “naturalización” de la economía conllevaría más que nunca a
reconstruir la dominación patronal en las fábricas. Más allá de algunas
formulaciones romántico-agraristas centradas en la noción de clases obreras
peligrosas y de sociedad industrial perniciosa y conflictiva, la meta de la con-
ducción política y económica no habría sido reducir de cualquier modo el nú-
mero de obreros, sino, en primer lugar, disciplinarlos mediante la coacción
económica y extraeconómica. Las principales burguesías que impulsaban al ré-
gimen se parecían mucho menos a una nobleza nostálgica y perdidosa, que a
una burguesía capitalista dispuesta a todos los triunfos sobre la clase obrera. La
reducción del número de obreros ocupados en la economía se concretaría por un
proceso selectivo al cabo del cual decrecerían las industrias de tecnología preca-
ria basadas en la adición del trabajo, al mismo tiempo que se desarrollarían las
industrias de capital intensivo y mano de obra escasa. El sometimiento del
trabajo se lograría combinando un ataque represivo y un golpe de gracia tecno-
lógico estimulado por la apertura económica. Al mismo tiempo, se fomentaría
la dispersión geográfica de los polos industriales mediante regímenes de pro-
moción impositiva que alentaran el traslado de las plantas hacia las provincias
menos pobladas del territorio nacional.
Las diferencias con el programa desarrollista de Onganía eran por tanto signifi-
cativas. En principio, la variante ideológica de Videla y Martínez de Hoz se
inscribe, en cuanto a la filosofía esencial de su visión económica, dentro de lo
que hoy llamamos neoliberalismo, en referencia a las ideas contrarreformistas
del Estado de bienestar keynesiano de posguerra. En Argentina, estas ideas
tendrían implicancias decisivas en la cuestión industrial. Allí donde en 1966
Onganía y Krieger Vasena contemplaban la industrialización y el desarrollo
social para garantizar el orden y prevenir el avance del comunismo, Videla y
Martínez de Hoz reformularon la Doctrina de la Seguridad Nacional pergeñando
el desguace de lo que consideraban malformaciones industriales, y de ciertas
instituciones características del Estado de bienestar keynesiano. Mientras el
desarrollismo de 1966 se concentraba en provocar un salto cualitativo en la
sustitución de importaciones mediante la atracción del capital extranjero para

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el avance de la “industria difícil”, el énfasis de la política de Martínez de Hoz


estaría puesto en destruir ciertas industrias que habían prosperado en la econo-
mía cerrada del Primer Plan Quinquenal.
Tomando en cuenta su plan desindicalizador, la apertura económica y la elimi-
nación de subsidios e intervenciones estatales anticíclicas, el discurso de Martínez
de Hoz estuvo inspirado en las ideas hostiles a la economía keynesiana formu-
ladas por Friedrich von Hayek y Milton Friedman, los máximos ideólogos del
neoliberalismo. Sin embargo, la dictadura argentina no alcanzaría a convertir-
se, después de Chile, en el segundo experimento integral de las ideas neoliberales
antes de la llegada de Margaret Thatcher al poder en Gran Bretaña (1979).
Distintos fueron los condicionamientos que la corporación militar le impuso a
su ministro de Economía apartándolo de la naciente ortodoxia.
En primer lugar, la conducción militar era reticente a privatizar las empresas esta-
tales; un punto de primer orden en cualquier agenda neoliberal-antikeynesiana. El
gobierno militar promovería la filtración subterránea del capital privado en la esfe-
ra estatal (privatización periférica), pero no concretaría ventas ostensibles de los
activos estatales. La conducción encabezada por Videla no estaba dispuesta a pagar
el costo simbólico que significaba la enajenación de los patrimonios nacionales, ni
el costo político de la desocupación que inevitablemente aumentaría con el traspaso
de las empresas. Existen testimonios que indican que el desempleo masivo preocu-
paba a la conducción del golpe. Que Videla estaba dispuesto a promover la baja de
salarios que el capital concentrado pretendía, pero no a la imposición de la “tasa
natural de desempleo” que a puertas cerradas ya proponían los seguidores de Thatcher
dentro del Partido Conservador inglés. A pesar de que se trataba de una dictadura,
para la conducción militar no era sencillo asumir el costo simbólico de una pérdida
tan visible del patrimonio nacional. Videla no se sentía en condiciones de poder
asumirlo ni ante la sociedad, ni ante las propias Fuerzas Armadas, dentro de las
cuales el pensamiento económico no era homogéneo, aun cuando los liberales se
habían establecido en la cima del Ejército. Las privatizaciones chocarían con el
matiz nacionalista y desarrollista que pervivía en buena parte de las Fuerzas Arma-
das, y particularmente Videla, cuyo liderazgo no era comparable al que había cons-
truido Augusto Pinochet en Chile, priorizaba la unidad del frente militar evitando
fracturas que agravaran la competencia por el poder. Mantener las empresas en
manos del Estado también le permitía al régimen sumar cargos para las tres fuerzas,
lo que contribuía al involucramiento total de cada una de ellas con el “Proceso”.
En segundo término, la corporación militar tampoco constituía el instrumento
más adecuado para la aplicación de un programa monetarista basado en fuertes
ajustes del gasto público debido a que, lejos de reducir los gastos para
desinflacionar la economía, necesitaba aumentarlos en rearme y obras públicas.
Armas para satisfacer las inquietudes “profesionalistas” de las Fuerzas Arma-

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das, y “autopistas y represas” para jactarse de su eficacia operativa ante la socie-


dad. Según el Instituto de Estocolmo de Investigaciones para la Paz, el gasto en
armamentos de la dictadura argentina entre 1980 y 1982 superó los 15.000
millones de dólares9 . A estos gastos se sumaron el peso deficitario de las em-
presas estatales que en muchos casos aumentaron por el auge de prebendas
durante la privatización periférica.

2.1 Aspectos políticos del proyecto

Otra diferencia entre los planes dictatoriales de 1966 y 1976 gira en torno al rol
de las Fuerzas Armadas. Onganía había decidido apartarlas del poder, replegarlas
al ámbito profesional para que no perturbaran la gobernabilidad de la dictadura
como había sucedido en los regímenes militares de 1930, de 1943 y durante el
enfrentamiento entre “azules” y “colorados” en torno al golpe de 1962. También
había pretendido con ello dar a la dictadura una imagen de gobierno civil. Pero el
apartamiento previsto por Onganía no había funcionado. La caída humillante de
aquel dictador, su soledad en el poder y la vista gorda del Ejército ante la eclosión
popular iniciada con el Cordobazo eran imágenes grabadas en las retinas de la
conducción golpista de 1976. Por eso fue desechado el modelo “presidencialista”
de 1966 por un gobierno pleno de las Fuerzas Armadas. Como en 1943, los mili-
tares coparían integralmente la estructura del poder, desde los municipios hasta
las gobernaciones, las instituciones educativas, sindicatos, medios de comunica-
ción, etc. Recibirían la colaboración de civiles de extracción política conservado-
ra (“amigos del Proceso”), y el involucramiento de las tres fuerzas estaría asegura-
do tanto por el diseño institucional en torno a la cúspide –una junta tripartita–,
como por el reparto equitativo del botín burocrático que por lo general
sobrerrepresentó a las dos armas menores, como en el caso de los canales de tele-
visión: uno para cada fuerza (33 por ciento). Según Marta Castiglione, la milita-
rización del Estado alcanzó niveles excepcionales. La presencia del personal mili-
tar en la administración pública durante el año 1976-1977 llegó al: 40,5 por
ciento en la administración central de organismos, 32,4 por ciento en organismos
descentralizados, 37,5 por ciento en provincias y municipalidades de Buenos Ai-
res, y 44,5 por ciento en empresas del Estado10.
Por último, una tercera diferencia con el modelo de Onganía basado en el cor-
porativismo nos permite abordar la imaginación política que el último régi-

9 Horacio Verbitsky, op. cit., p. 235.


10 Marta Castiglione, La militarización del Estado en la Argentina (1976-1981), Buenos
Aires, CEAL, 1992, p. 55.

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men militar puso en juego para figurarse y hacer figurar su continuidad. Como
toda dictadura instalada en un mundo donde el horizonte de legitimidad era
“democrático”, no podía afirmarse exclusivamente en su capacidad represiva,
sin transmitir a la sociedad y a las propias Fuerzas Armadas el dibujo de un
sistema de perduración en el poder que pareciera “legítimo”, “lógico”, “facti-
ble” y “necesario”.
En Argentina, los golpes de 1930, 1943 y 1966 habían recurrido a lo inventado
por Mussolini en Italia: las corporaciones suplantarían a los partidos políticos y
la competencia electoral en la tarea de transmitir las inquietudes de la sociedad
civil al Estado. Pero la última dictadura, lejos de apelar a las corporaciones,
planeaba reducirlas al mínimo, sobre todo a las dos corporaciones que
estructuraban la “comunidad organizada” de la sociedad peronista: no sólo se
intervendría la CGT sino también la CGE y otras organizaciones empresarias,
donde se encontraba representada la burguesía industrial defensora de la “eco-
nomía peronista”. Hasta una parte de los gremios conducidos por la burocracia
sindical de derecha serían intervenidos y sus líderes en muchos casos encarcela-
dos, si bien serían objeto de un tratamiento muy diferente al que recibirían los
sindicalistas de izquierda.
Entonces, si no sólo se prohibiría por tiempo indeterminado la actividad de los
partidos, sino que también se buscaría anular las corporaciones: ¿cómo planea-
ba la nueva dictadura conectarse con la sociedad? ¿De qué manera construiría
su propia ficción de enlace con ella, si tampoco apelaría a los “plebiscitos del sí”
implementados por la vecina dictadura de Pinochet?
La pregunta nos conduce al eje de las convocatorias nacionales que el régimen
inventó una y otra vez para llegar sin intermediarios a esa sociedad; pero antes
de abordarlo, debemos examinar dos hechos que incidirían plenamente en la
dinámica conducente a Malvinas: el genocidio y la economía de Martínez de
Hoz que llevaría al derrumbe de 1981-1982.

3. Genocidio y radicalidad del mal

Se ha estimado que 1 de cada 10 militares participaron en forma directa de los


Grupos de Tareas que llevaron a cabo el exterminio11 . Pero aun cuando lo ha-
yan hecho en formaciones “nocturnas”, son abrumadoras las evidencias de que
todo respondía a los más altos mandos de las fuerzas “diurnas”, quienes final-
mente disponían de las instalaciones y la colaboración del conjunto de las Fuer-
zas Armadas. Fueron los altos mandos quienes, siguiendo el consejo de los

11 María Seoane y Vicente Muleiro, op. cit., p. 226.

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represores franceses en Argelia, cuadricularon al país en 19 subzonas y 117


áreas, acordaron la metodología y supervisaron su ejecución. Lo hicieron en
reuniones orgánicas en las que participaron la totalidad de los generales, almi-
rantes y brigadieres. De allí deriva el carácter estatal de la empresa de secuestro
y exterminio, lo que constituye el primero de los agravantes que permiten
categorizarla como matanza administrada.
En los 364 centros clandestinos de detención (“chupaderos”), la dictadura cons-
truyó el más absoluto espacio de dominación total sobre sus enemigos y fue allí
donde se puso de manifiesto su radicalidad del mal12. La frialdad de los
perpetradores y la crueldad en las salas de tortura constituyen un mal superla-
tivo y ultraideológico que nos obliga a tomar como marcos de referencia los
hechos más aberrantes del siglo XX. La dictadura encabezada por Videla no
sólo cometió crímenes masivos, sino que en los centros clandestinos construyó
un infierno para cada una de sus víctimas en base a normas elaboradas. Posible-
mente, el grado más alto de lo que Eduardo Luis Duhalde llamó la “perversión
consciente del poder” no corresponda ni siquiera al momento de las ejecuciones
clandestinas de prisioneros sino a las instancias previas de suplicio montadas
por torturadores que se identificaban con un Dios sádico amante del sufrimien-
to13. La tortura de embarazadas o de hijos en presencia de sus padres no eran
iniciativas de “perversos sueltos” sino que respondían a una perversión entrena-
da en las instituciones militares.
Frente a ello puede parecer trivial que en la empresa de exterminio se haya
desplegado un conjunto de recursos burocráticos y técnicos. Sin embargo, esto
distingue al “genocidio” de otro tipo de crímenes masivos en la medida en que
la organización de una maquinaria para el exterminio de prisioneros correspon-
de al grado más alto de premeditación en circunstancias de racionalidad propi-
cias para la conciencia y el arrepentimiento. Para el derecho occidental, esto
constituye el peor de los agravantes. Allí se funda la diferencia que los códigos
penales establecen entre el homicidio impulsado por un “estado de emoción

12 El número de centros clandestinos identificados sigue creciendo conforme se reconocen


otros lugares de detención y tortura. Los organismos de derechos humanos estiman que el
número fue superior a 500. Los más grandes fueron: la Escuela de Mecánica de la Armada
(en Capital Federal, alrededor de 5.000 prisioneros), Campo de Mayo (funcionaron cuatro
establecimientos dentro de la guarnición militar del Ejército, con alrededor de 4.000
prisioneros), La Perla (Córdoba, con más de 2.200 prisioneros hasta 1979), Vesubio (La
Matanza, con alrededor de 2.000 prisioneros) y Club Atlético (Capital Federal, con más
de 1.500 prisioneros).
13 Torturadores de la ESMA como el Tigre Acosta decían a sus prisioneros: “Aquí adentro el
tiempo no existe”, “Esto no tiene límites”, María Seoane y Vicente Muleiro, op. cit., p.
233.

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violenta” y el secuestro –frío y planificado– seguido de muerte. El hecho de que


la Armada haya previsto la fabricación en serie del narcótico “pentonaval” para
dormir a los prisioneros que serían arrojados al mar desde los aviones permite
categorizar la matanza como genocidio tecnificado.
Los estudiosos de este tipo de crímenes estatales que proliferaron en el siglo
XX han tendido a identificar distintos factores intervinientes en las maquina-
rias de exterminio. Como señala Tzvetan Todorov, el fanatismo y la bestialidad
no resultan suficientes para explicar el tamaño de los crímenes14. Lo difícil no
es explicar el comportamiento de los sádicos-perversos sino el de los “hombres
grises” que intervienen en la maquinaria de exterminio. Los hombres bestiales
no necesitan despersonalizar a sus víctimas, pero los otros precisan
deshumanizarlas siguiendo el camino trazado por los “ideólogos”. Éstos son los
primeros artífices del genocidio en la medida en que conciben la “demonización”
que lo precede, es decir, lo que Duhalde denomina “el asesinato nominal de las
víctimas”15. Un genocidio no es sólo una matanza masiva, lo que termina de
conformarlo es la inclusión de las víctimas dentro de una “categoría” estableci-
da por el Estado a los efectos de su eliminación.
También en el caso argentino puede identificarse una variedad de elementos,
objetivos, instancias y timbres pasionales que intervinieron en el exterminio.
Comenzando por la demonización de las víctimas, los componentes ideológicos
que contribuyeron a caracterizar al insurgente revolucionario como agente
reproductible del mal no eran nuevos en Argentina, sino que pueden ser ras-
treados desde el “pánico rojo” de 1909 y la Semana Trágica de 1919, cuando las
fuerzas estatales y paraestatales habían hecho de “anarquistas, rusos y catala-
nes” un enemigo pavoroso. Desde entonces la ideología antiinsurgente se había
desarrollado en las imágenes de la amenaza comunista disolvente de la naciona-
lidad que compusieron los golpes de 1930, de 1943 y de Onganía interpretan-
do la Doctrina de la Seguridad Nacional.
Pero no es suficiente con detectar los antecedentes, es decir, los hechos e ideas
que unidos en retrospectiva “bien podrían” conducir a un genocidio. Es necesa-
rio examinar las pulsiones extremas que condujeron a la concreción final del
exterminio de miles de prisioneros en los años 75, 76, 77 y 78. La caracteriza-
ción del “insurgente subversivo” como amenaza expansible no era nueva, pero
el modo en que los genocidas internalizaron hasta el paroxismo las metáforas
de la “manzana podrida”, del “cáncer” y del “tumor a extirpar”, constituye el
factor agregado que condujo a la concreción del plan.

14 Tzvetan Todorov: Frente al límite, México, Siglo XXI, 1993.


15 Eduardo Luis Duhalde: El Estado terrorista argentino. Quince años después, una mirada
crítica, Buenos Aires, Eudeba, 1999, p. 68.

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La “demonización” de las víctimas se nutrió de diversos elementos. En primer


término, el sobredimensionamiento del enemigo. Es cierto que la amenaza plan-
teada por las formaciones armadas de ERP y Montoneros (entre 2.000 y 3.000
combatientes armados, disparmente entrenados16 ) superaba a cualquier otra
que hubieran enfrentado las fuerzas de seguridad. El número de bajas militares
ocasionadas por la guerrilla se acercaba a las setecientas. Sin embargo, los analistas
concuerdan en que las dos organizaciones guerrilleras ya estaban desarticuladas
y en desbandada bastante antes de que el régimen militar cumpliera un año en
el poder, es decir antes de la gran matanza iniciada a fines de 1977, cuando
miles de prisioneros serían ejecutados clandestinamente como luego veremos.
En segundo término, el convencimiento de la “irrecuperabilidad” de los prisio-
neros contribuía a la construcción del “demonio absoluto”, en especial cuando
se trataba de militantes pertenecientes al tronco del ERP-PRT. En las distintas
instancias de exterminio (escritorios y salas de tortura) eran considerados mar-
xistas absolutos que nunca se habían dirigido a Dios, apátridas irredimibles por
haber carecido siempre de cualquier matiz nacional.
El cuadro demonizador terminaría de conformarse con el sostén religioso que
brindaron los capellanes del Ejército y la jerarquía de la Iglesia que ofreció un
argumento de consolación eficaz para la conciencia de los genocidas. El princi-
pio establecía que la culpa de la víctima estaba siendo expiada por su sangre y
su dolor en la tortura, que su alma era limpiada de los demonios marxistas al
momento de morir. Este recurso permitía que católicos practicantes como Videla
compatibilizaran sus creencias religiosas incluso con el asesinato de monjas y
de hijos de militares pertenecientes al “bando enemigo”17.
En la Masacre de Trelew (agosto de 1972) donde 16 detenidos habían sido
acribillados clandestinamente se encuentran para Duhalde, a escala reducida,
los principales elementos del genocidio que comenzaría cuatro años más tarde:
política genocida, pedagogía del terror, no asunción de la autoría del hecho
criminal, pacto de sangre y aplicación de ley de fugas18. Pero la gestación inte-
lectual del Estado Terrorista Argentino se habría demorado hasta el 25 de mayo

16 Marcos Novaro y Vicente Palermo: La dictadura militar 1976-1983. Del golpe de Estado
a la restauración democrática, Buenos Aires, Paidós, 2003, p. 74.
17 “El Ejército está expiando la impureza de nuestro país, los militares han sido purificados
en el Jordán de la sangre para ponerse al frente de nuestro país (...) Nuestra religión es
terrible, se nutrió de la sangre de Cristo y se sigue alimentando de nuestra sangre, de la
sangre de los hombres muertos. Esto quiere decir que Dios está redimiendo, mediante el
Ejército nacional, a toda la Nación Argentina” (monseñor Victorio Bonamín, provicario
castrense, 25 de septiembre de 1975).
18 Asesinato de prisioneros alegando fugas inexistentes.

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384 | EZEQUIEL SIRLIN

de 1973, cuando los militares abandonaron el poder después de siete años,


mientras el gobierno civil liberaba a los presos políticos, entre quienes se
encontraban algunos militantes de las organizaciones guerrilleras. Fue en-
tonces cuando en lo más alto de las Fuerzas Armadas se produjo el consenso
en torno a la eliminación física de lo que llamarían “subversión”.
La primera escalada del terrorismo estatal y el genocidio se produjo con ante-
rioridad al golpe. Desde febrero de 1975 el Ejército puso en marcha el Opera-
tivo Independencia en Tucumán, mientras parte del peronismo del gobierno
colaboraba subrepticiamente con la cacería de militantes de izquierda, promo-
viendo la persecución parapolicial.
Como revela la conocida declaración del general Ibérico Saint-Jean19, el plan de
exterminio estaba dirigido no sólo contra los militantes de las organizaciones
armadas. La composición de los desaparecidos que establece el informe de la
CONADEP muestra que el arco era extenso y coincidente con el desarrollo de
la protesta social con miras revolucionarias, posterior al Cordobazo: obreros
30,2 por ciento, estudiantes 21 por ciento, empleados 17,9 por ciento, profe-
sionales 10,7 por ciento, docentes 5,7 por ciento, actores y artistas 1,3 por
ciento20. Un buen número de los desaparecidos pertenecientes a estas catego-
rías intervenían en la militancia social sin participar de la lucha armada o del
área armada de la organización a la cual pertenecían. También se registraron
algunos casos de desaparecidos totalmente desvinculados con la lucha armada o
social desarmada. Pero como señalan Novaro y Palermo, la versión vinculada al
alfonsinismo que pretendió fundar la inocencia de los desaparecidos, no en su
carácter de secuestrados y asesinados, como en el hecho de estar supuestamente
desconectados con las organizaciones revolucionarias armadas o desarmadas,
era un mito que respondía a la autojustificación de quienes en los años del
exterminio habían preferido “el no saber”21.
Luego de las víctimas seleccionadas por los Grupos de Tareas, el destinatario del
terror era la sociedad toda. De allí surge el juego de misterio y semiocultación
que el régimen montó alrededor de un genocidio clandestino. De manera cifrada
dio pistas de que era cierto lo que oficialmente negaba. Las piezas del rompecabe-
zas eran exhibidas en forma dispersa por medio de un lenguaje de significación
doble. Fragmentariamente, en las secciones policiales de ciertos periódicos, se
informaba la aparición de cadáveres no identificados o de “subversivos” supuesta-

19 “Primero eliminaremos a los subversivos, después a sus cómplices, luego a sus simpatizan-
tes, por último, a los indiferentes y a los tibios.”
20 CONADEP, Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Per-
sonas, Buenos Aires, Eudeba, 1984, p. 296.
21 Marcos Novaro y Vicente Palermo, op. cit., pp. 487-488.

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mente caídos en combates cuya descripción por medio del relato era suficiente-
mente inverosímil. Para Ricardo Piglia el “decir todo y no decir nada” correspon-
de a la estructura del relato del terror22. Los servicios de información habrían
manejado técnicas eficaces de transmisión. Los carteles “zona de detención” que
reemplazaron las viejas paradas de colectivos sugerían la amenaza23.
Hasta aquí las causas que hemos mencionado estaban relacionadas con el pro-
pósito de eliminar a los sectores de izquierda involucrados en prácticas
tendencialmente revolucionarias y de atemorizar a quienes pudieran retomarla.
Pero hubo otros factores que impulsaron la ejecución masiva de prisioneros a
fines del año 1977, llevada a cabo cuando el régimen tenía a la sociedad de
rodillas.
Entre diciembre de 1977 y los primeros meses de 1978, miles de prisioneros
fueron arrojados al mar desde el aire, o fusilados y enterrados en fosas comu-
nes. Era el comienzo de la “Fase 4” de la represión consistente en el extermi-
nio de gran parte de los prisioneros, un genocidio dentro del genocidio. Los
aviones de la Marina despegaban a razón de cinco veces por día. Para Seoane y
Muleiro el objetivo era vaciar los centros clandestinos antes de que miles de
extranjeros visitaran el país durante el Mundial de fútbol; una primera huida
hacia adelante, un modo paradójico de “limpiar el bisturí” multiplicando los
asesinatos. Ya en octubre de 1976, el secretario de Estado norteamericano, Henry
Kissinger, había aconsejado personalmente a los militares argentinos: “Si tie-
nen que matar, háganlo pero rápido”24. Ahora, a fines de 1977, el tiempo pre-
sionaba más fuertemente a los genocidas. A su vez, jugaba en la decisión de
apurar el exterminio un hecho relacionado con la interna política del régimen:
la elección del “cuarto hombre”, es decir del presidente que gobernaría por
encima de la Junta Militar tripartita.
La competencia interna de poder fue desde el comienzo un factor potenciador
del genocidio. La acumulación de poder dentro del “partido militar” se medía
por el número de muertos y detenidos que podían adjudicarse los jefes de la
represión: “quien más reprimía, más poder tenía”25. Massera, para ganarse el
apoyo de los duros del Ejército (Carlos Guillermo Suárez Mason, Benjamín

22 Ricardo Piglia, Crítica y ficción, Buenos Aires, Seix Barral, 2000, p. 44, pp. 113-116 y p.
212.
23 Otro ejemplo fue el eslogan “El silencio es salud” que el intendente Osvaldo Cacciatore
exhibió en el obelisco porteño con el supuesto propósito de disminuir el uso de las bocinas
de los automóviles.
24 Seoane y Muleiro, op. cit., p. 288.
25 Claudio Uriarte, Almirante Cero. Biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera,
Buenos Aires, Planeta, 1991, p. 110.

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Menéndez, Saint-Jean y Galtieri) tildaba a Videla y Viola de “blandos”, inten-


tando mostrarse él mismo como el más “duro”.
No fue casual que la masiva matanza de fines de 1977 y principios de 1978
coincidiera con que los principales aspirantes a presidentes –Videla, Massera y
Galtieri– enfrentaban una partida decisiva en la lucha por la conducción. Los tres
jugaron la partida en función de la mirada del Cuerpo de Generales del Ejército
donde la competencia por la conducción iría a resolverse. Los tres se mostraron
incondicionales al pacto de sangre, es decir, al objetivo inicial de exterminio que
desde el principio había amalgamado a las Fuerzas Armadas a pesar de las dife-
rencias internas. Esta competencia permanente en función de la mirada corpora-
tiva explica la presencia de los altos mandos en las salas de tortura; para los mili-
tares significaba estar “al pie del cañón”. También explica por qué Suárez Mason
se jactaba de tener en El Campito “todo un sótano lleno de hijos de militares”
secuestrados por la vinculación con la guerrilla26.
Hasta aquí hemos mencionado las causas más evidentes del genocidio. Pero un
estudio minucioso del accionar de los grupos de tareas y de la experiencia de
miles de desaparecidos y sobrevivientes serían reveladoras de otros aspectos y
de impulsos adicionales de los artífices.
El secuestro de Héctor Aníbal Ratto (sobreviviente) en el interior de la planta
de Mercedes Benz de González Catán es un ejemplo de cientos de casos de
trabajadores entregados por las gerencias a los Grupos de Tareas. En la planta
Ford Motors de General Pacheco casi todos los integrantes de las tres primeras
comisiones internas fueron secuestrados y asesinados. En la planta de Mercedes
Benz, las dos primeras comisiones fueron también desaparecidas. En algunos
casos los trabajadores fueron incluso fusilados dentro de las fábricas. Desde el
Cordobazo en adelante la industria automotriz había sido un ámbito particu-
larmente intenso de la lucha de clases, razón por la cual se observa de un modo
más patente lo que el genocidio implicó en cuanto a la ofensiva del capital
contra el trabajo en el territorio de la producción capitalista más avanzada y
conflictiva.
Otros casos prototípicos de secuestro y asesinato fueron la desaparición de Liliana
Delfino y Carlos Hiber, entre otros familiares de Mario Roberto Santucho, lo
que puso en evidencia un “plan de castigo familiar” que se repitió cientos de
veces27. También conformaron categorías significativas de víctimas los 500 ni-
ños y bebés raptados, los cerca de 800 adolescentes capturados –algunos de
ellos en las casas de sus padres–, los más de 100 abogados secuestrados.

26 María Seoane y Vicente Muleiro, op. cit., p. 305.


27 Eduardo Luis Duhalde, op. cit., pp. 334-339.

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Llegados a este punto es oportuna la pregunta que formuló la periodista Matilde


Herrera en una carta que recorrió el mundo luego del secuestro de sus tres
hijos: “¿Suponen acaso que no tendrán que rendir cuentas ante nadie sobre la
suerte de tantos miles de desaparecidos?”.
La pregunta nos remite al escenario de impunidad nacional y mundial que
imaginaron los genocidas. La forma en que muchos de ellos se referían a los
desaparecidos traslucía la ilusión de que las víctimas habían pasado a un plano
de inexistencia tan profunda que nadie reclamaría por ellas, o en su defecto, que
los reclamos se difumarían debido a la ausencia de cadáveres como prueba ele-
mental del delito. El propio Videla lo insinuó en un reportaje ante las cámaras,
cuando dio a entender que no podía hablar de los desaparecidos por las mismas
razones que no podía hablar de algo que no existía. En este caso y en otros,
parecía que los militares no podían dejar de hablar sintomáticamente, pero
también se trataba de una aceptación solapada, fundada en la pretensión de
enterrar la cuestión para siempre. Benjamín Menéndez formuló esto de un modo
más directo: “Se dice que hay una disposición de olvidarlo, mejor será entonces
olvidar ahora. Los desaparecidos desaparecieron y nadie sabe dónde están”. “Au-
sentes para siempre”, los llamaría Viola después de que la Junta Militar los
declarara muertos “a los efectos jurídicos y administrativos”.
Otro elemento muy frecuente en las declaraciones de los jefes militares se rela-
ciona con la inmunidad que sentían por considerarse vencedores de una guerra
a la que sólo ellos juzgarían imponiendo su visión de los hechos al mundo
entero. “La guerra la juzga el que la gana”, declaraba el general Ramón Camps,
y para los militares esto sería así más que nunca en la medida en que su guerra
respondía a una cruzada universal en favor del Occidente cristiano y capitalista.
“La guerra que perdió Estados Unidos en Vietnam la hemos ganado ahora, los
argentinos, contra el marxismo apátrida”, dijo el general Cristino Nicolaides y
aun los más nacionalistas del Ejército como Mohamed Alí Seineldín se identi-
ficaban plenamente con el internacionalismo anticomunista promovido por la
CIA. La primera incursión de las fuerzas represivas argentinas en jurisdicciones
extranjeras tuvo lugar en Bolivia, en apoyo al golpe militar liderado por Luis
García Meza en junio de 1980 contra las fuerzas democráticas que habían rena-
cido tras la dictadura de Hugo Banzer. La segunda, Operación Calipso, comen-
zó al año siguiente en El Salvador, Nicaragua y Guatemala, donde militares
argentinos participaron de la contrainsurgencia liderada por Estados Unidos de
Ronald Reagan. Los militares del “Proceso” no sólo se sintieron la reserva mo-
ral de Argentina sino del mundo entero, sobre todo antes de 1980 cuando,
según ellos, el “cartercomunismo” gobernaba al país del Norte (por el presi-
dente demócrata, James Carter –1976-1980–). Luego se esperanzaron con la
llegada de Reagan al poder hasta el punto de creer que el gobierno norteameri-

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388 | EZEQUIEL SIRLIN

cano no intervendría en favor de Inglaterra en el caso de que Argentina intenta-


ra recuperar las islas Malvinas por la fuerza.

4. La política económica de Martínez de Hoz

José Alfredo Martínez de Hoz (h) estaba vinculado a las distintas burguesías
que reclamaban “desperonizar” la economía. Descendía de una poderosa fami-
lia de terratenientes pampeanos y había sido secretario de Agricultura en 1961.
Pero también había presidido la acería Acindar, y formado parte del directorio
de empresas como la Italo Argentina (electricidad), ITT y Pan American Airways.
En vísperas del golpe era el titular del Consejo Empresario Argentino donde
convergían lo más concentrado de la burguesía rural e industrial, incluidas las
empresas extranjeras radicadas en el país.
El contacto con la conducción militar se estableció por intermedio de dos
grupos ultraliberales que meses antes del golpe acercaron materiales sobre las
claves del plan económico a los jefes de las Fuerzas Armadas: el denominado
“grupo Perriaux”, reunido en torno al abogado Jaime Perriaux, y el “grupo La
Plata” vinculado a los generales Saint-Jean y Suárez Mason. Junto a dirigen-
tes de la Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias (APEGE)
que en febrero de 1976 habían organizado un lock-out al gobierno de Isabel
Perón, estos nucleamientos de linaje antiperonista conformaban lo más en-
cumbrado del bloque civil de la dictadura28.
El respaldo se prolongó en el exterior a través de grandes desembolsos otorga-
dos por consorcios de la banca mundial como el Chase Manhattan, y organis-
mos internacionales como el FMI, que avaló la designación con el mayor prés-
tamo otorgado hasta el momento a un país latinoamericano.
La mayor parte de los analistas sostienen que durante la gestión de Martínez de
Hoz se produjo el implante de un modelo basado en la especulación financiera,
el endeudamiento externo, el declive de la producción industrial, la concentra-
ción económica, y el hundimiento social de Argentina aunque éste haya termi-
nado de concretarse en las décadas posteriores.
Sobre este punto, el de los “resultados”, no existen mayores discusiones.
Las controversias surgen en torno a las “intenciones”, es decir, al momento
de establecer en qué medida la destrucción económica se correspondía o no
con los objetivos de la conducción. Algunos críticos centran sus explicacio-

28 Vicente Muleiro, “El golpe con traje y corbata. La conspiración civil”, Clarín, suplemento
Zona, 18 de marzo de 2001, pp. 3-5.

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LA ÚLTIMA DICTADURA (1976-1983) | 389

nes en la “ineficacia” y el “descontrol”29, mientras que otros como Eduar-


do Basualdo atribuyen la destrucción de la economía a un plan articulado
en el tiempo, cuyos últimos objetivos habían sido las privatizaciones con-
cretadas en los 90.
“Intencionalidad o error”, “destrucción deliberada o desmanejo de la econo-
mía”: así esbozadas, cada postura presenta atractivos y dificultades. Las tesis
basadas en el “desacierto liberal” no logran explicar ni la persistencia de las
políticas que condujeron al quebranto económico, ni por qué las consecuencias
nocivas para el conjunto social beneficiaron casi siempre a los mismos sectores.
Las tesis basadas en la idea de un “plan deliberado” enfrentan el desafío de
responder de qué manera la conducción política y económica del régimen pen-
saba perdurar en el poder después de un “fracaso” tan rotundo en un rubro tan
importante, aun cuando se trataba de una dictadura. Determinar con precisión
qué destrucciones fueron deliberadas y cuáles no, aunque unas y otras hayan
beneficiado a los mismos grupos y contribuido de todas formas al empobreci-
miento de las clases subalternas, es relevante para conocer mejor las caracterís-
ticas de los poderes capitalistas de Argentina, habida cuenta de que incluso
otras dictaduras contemporáneas del Cono Sur no produjeron destrucciones
equivalentes de sus economías, y que el enriquecimiento de sus grupos domi-
nantes deparó mayores inversiones industriales.

4.1 La conformación gradual del sistema especulativo

Un país que recibe una enorme masa de capitales y al mismo tiempo destruye
una parte considerable de su capacidad productiva: en la historia del capitalis-
mo, Argentina constituye un caso muy pronunciado de valorización financiera
y desindustrialización selectiva.
Como si de un rompecabezas se tratara, explicaremos pieza por pieza cómo se
fue erigiendo el circuito de especulación financiera con garantía estatal (bici-
cleta financiera) que llegó a su apogeo entre marzo de 1980 y marzo de 1981,
produciendo el quebranto de buena parte de las industrias que no pudieron
enfrentar la competencia extranjera en condiciones arancelarias y cambiarias
muy desventajosas. Muchas quiebras tuvieron lugar cuando los industriales
optaron por las oportunidades del circuito financiero, más protegido por el

29 Por ejemplo, Juan V. Sour rouille, Ber nardo P. Kosacoff y Jorge Lucangeli,
Transnacionalización y política económica en la Argentina, Buenos Aires, CEAL, 1985.
Alberto R. Jordán: El Proceso 1976-1983, Buenos Aires, Emecé, 1993, pp. 222-223.

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Estado que la actividad productiva enfrentada a una invasión de artículos im-


portados muy abaratados por el tipo de cambio.

Afluencia de capitales extranjeros. La creación en nuestro país y en otros países de la


región de circuitos inéditos de capitales tuvo sus orígenes en el aumento del ahorro
mundial que saturó a los bancos del Primer Mundo en la segunda mitad de los 70.
Como resultado de uno de los períodos más expansivos en la historia del capitalis-
mo (la “onda larga” de posguerra 1950-1973), la acumulación de capitales finan-
cieros en las economías centrales había crecido a niveles muy altos. A esas reservas
se sumaron los “petrodólares” de las burguesías árabes que habían cuatriplicado
los precios del petróleo en 1973-1974. Estos capitales se trasladaron de inmedia-
to a la banca occidental en busca de mayor seguridad. Pero la recesión que des-
pués de veinte años interrumpía el crecimiento del capitalismo central era un
obstáculo para que tan importante masa de capitales líquidos pudiera reproducir
el ciclo a través de un crecimiento productivo dentro de la región. De modo que,
como otras veces en la historia de la economía-mundo, el sistema buscó exportar
su contradicción de una región a otra. El capitalismo periférico sería receptor de
préstamos masivos que lo endeudarían a niveles inéditos. La banca internacional
necesitaba prestar a toda costa para reproducir el ciclo del capital bancario, evi-
tando que el sistema financiero colapsara a causa del exceso de depósitos sin colo-
cación ulterior. Los préstamos buscarían consolidarse preferentemente como deu-
da pública, sin importar que los Estados deudores del Cono Sur estuvieran gober-
nados por dictaduras terroríficas. Lo que los acreedores no ignoraban era que los
Estados disponían de valiosos activos con que responder al endeudamiento más
tarde o más temprano: las empresas estatales, algunas de las cuales eran poten-
cialmente muy rentables. Sobre la base de estos puntos serían esgrimidos los
planteamientos más sólidos de ilegitimidad de la deuda.

Ancla salarial. El primer plan procesista se propuso desinflacionar la economía


mediante una brutal transferencia de ingresos en favor de los empleadores. Apo-
yada por la represión y el amordazamiento de los sindicatos, la carrera inflacionaria
entre precios, salarios y tarifas de servicios públicos sería frenada por el “ancla
salarial”. Es decir que sólo los salarios serían congelados y como los precios y las
tarifas seguirían subiendo, el poder adquisitivo de los asalariados quedaría reza-
gado. En efecto, la caída de los salarios reales fue cercana al 40 por ciento con
respecto al promedio de los primeros cinco años de la década del 7030.

30 Jorge Schvarzer, La política económica de Martínez de Hoz, Buenos Aires, Hyspamérica,


1986, pp. 45-46.

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LA ÚLTIMA DICTADURA (1976-1983) | 391

Privatización periférica. Las empresas del Estado más emblemáticas del na-
cionalismo de posguerra no fueron privatizadas. De las más de 700 que
por entonces había, se liquidaron o vendieron las de pequeñas dimensiones,
al tiempo que se estatizaron otras de grandes dimensiones como la Italo
(electricidad) y Austral (aviación). La forma en que se compatibilizó el
neoliberalismo del equipo económico con el nacionalismo que pervivía en
las Fuerzas Armadas ha sido llamada “privatización periférica”: un meca-
nismo de infiltración selectiva del capital privado en las empresas estatales
a través de concesiones y terciarización de actividades selectas. En el corto
plazo, esta vinculación puntual del capital privado aseguraba una mayor
rentabilidad a los adjudicatarios, considerando que las empresas de servi-
cios eran por lo común deficitarias. Así, por ejemplo, la petrolera estatal
(YPF) aumentaba su rentabilidad negativa de menos 17,8 a menos 68,47
por ciento entre 1976 y 1983, mientras que las petroleras locales (como
Bridas, Pérez Companc, Astra) y extranjeras (como Shell, Esso) participa-
ron en 37 licitaciones, duplicando su participación en la exploración y ex-
plotación, con altas tasas de ganancias. Los grupos locales se posicionaron
con ventajas en la licitación de las obras públicas que fueron incrementadas
notoriamente31. Según Alfredo Pucciarelli, esta expansión de la “patria con-
tratista” encubierta por el discurso liberal fue la coronación de un entrama-
do corporativo que se había establecido diez años antes, durante la dictadu-
ra de Onganía. Desde entonces, la privatización periférica bajo el imperio
de la “ley de mayores costos” habría sido el atajo mediante el cual las frac-
ciones más concentradas buscaron contrarrestar el “círculo vicioso de creci-
miento inestable” que afectaba al capitalismo argentino. Según Pucciarelli
se habría concretado de este modo un primer “desempate” entre burguesías
rivales mediante la obtención de “cuasi rentas de privilegio”32.

Desregulación financiera. La reforma de 1977 consistió en: 1) liberar las tasas de


interés que en lo sucesivo serían reguladas por la oferta y la demanda de créditos; 2)
disminuir las exigencias estatales a las entidades financieras lo que llevó a una mul-
tiplicación de las mismas; 3) mayor permisividad a la entrada y salida de capitales
de Argentina. El equipo económico aducía que así terminaría de configurarse un
circuito lo suficientemente fluido para atraer a la liquidez mundial, facilitando el

31 Ana Castellani, “Gestión económica liberal-corporativa y transformaciones en el interior


de los grandes agentes económicos de la Argentina durante la última dictadura militar”,
en Alfredo Pucciarelli (comp.), op. cit., pp. 173-218.
32 Alfredo Pucciarelli, “La patria contratista. El nuevo discurso liberal de la dictadura encu-
bre una vieja práctica corporativa”, en Alfredo Pucciarelli (comp.), op. cit., p. 116.

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392 | EZEQUIEL SIRLIN

crédito mediante el cual la industria se equiparía con el fin de afrontar la competen-


cia de productos importados.

Tasas de interés positivas. En el corto y mediano plazo, la multiplicación de


entidades financieras y la masiva toma de crédito por parte del Estado dieron
lugar a tasas de interés extraordinariamente positivas, es decir, muy superiores
a la inflación y a las tasas de los bancos internacionales. Estas tasas ofrecidas por
bancos locales poco confiables atrajeron de todos modos a los capitales especu-
lativos una vez que el Estado argentino dio la señal de que él mismo devolvería
los depósitos en el caso de que las entidades financieras quebraran.

Garantía estatal de los depósitos bancarios. Se instaló como expectativa luego


de la liquidación del Banco de Intercambio Regional en marzo de 1980, cuan-
do, ante el peligro de que se extendiera la corrida bancaria, el Estado terminó
por garantizar la devolución del 100 por ciento de los depósitos a los 350.000
ahorristas del BIR.

Apertura económica. Después del disciplinamiento obrero, la apertura econó-


mica constituye la disposición de cuño neoliberal más intensivamente aplicada
por Martínez de Hoz. Mediante la rebaja de aranceles proteccionistas se propo-
nía que la competencia de productos extranjeros depurara a la industria
sustitutiva sencilla (véase el segundo apartado).

Atraso cambiario o dólar barato. El segundo programa antiinflacionario, dado a


conocer el 20 de diciembre de 1978, abandonó la pauta de “ancla salarial” por una
estrategia basada en la desinflación concertada de cuatro variables, cuatro anclas
simultáneas: salarios públicos, tarifas de servicios públicos, la sobreemisión mone-
taria que realizaba el Estado para solventar sus gastos, y la devaluación de la mone-
da. La disminución gradual del ritmo inflacionario de cada una de estas variables
conllevaría, según el equipo económico, a disminuir la inflación general de precios.
Con arreglo a estas pautas, se produjo el nacimiento de la primera “tablita” que
anticipaba la cotización del peso respecto del dólar en los ocho meses siguien-
tes, tal como el Estado se comprometía a cambiarlos en el mercado oficial. El
atraso cambiario se produjo en el período 1979-1980 y principios de 1981
debido a que el Estado argentino se atuvo a lo que había pautado en materia
cambiaria, vendiendo dólares al valor estipulado en la tablita, cuando los pre-
cios de la economía habían subido más de lo previsto debido al fracaso del
segundo plan antiinflacionario. Esto condujo a la sobrevaluación del peso, o
sea, a un dólar abaratado a la mitad de su paridad histórica que de diversas
maneras incidiría en el derrumbe.

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LA ÚLTIMA DICTADURA (1976-1983) | 393

En lo concerniente a la industria, el atraso cambiario estimuló aun más la inva-


sión de artículos extranjeros, muchos de ellos provenientes del sudeste asiático,
con los cuales la producción nacional no podía competir. Martínez de Hoz sos-
tenía que el dólar barato facilitaría la importación de maquinaria para el
reequipamiento industrial, pero aun cuando los aranceles para bienes de capital
fueron rebajados a cero, no resultó suficiente para soportar la caída de las ventas
que sufrieron los productos nacionales.

Plata dulce. Otra derivación del dólar barato fue el fenómeno conocido como
“plata dulce”, una corta fiesta de consumo para ciertos sectores de la clase me-
dia que accedieron a una variedad de artículos importados y al turismo interna-
cional en el verano de 1981. Todo ello se daba en un clima de euforia y banali-
dad dentro del cual no se percibía que la supuesta prosperidad descansaba en un
artificio cambiario subsidiado a futuro por el Estado y la comunidad. Muchos
argentinos de clase media manifestaban creer que si por primera vez ellos po-
dían acceder al turismo internacional debía ser porque la economía nacional
estaba progresando.

Los elementos de la política económica que hemos considerado hicieron


posible el mecanismo especulativo conocido como “bicicleta financiera”: el
empresario volcado a la especulación pedía un crédito al extranjero, lo con-
vertía en pesos y lo depositaba en bancos locales que ofrecían tasas de inte-
rés superiores a la inflación local y al interés del crédito contraído en el
extranjero. La tablita y la garantía oficial de los depósitos le aseguraban
que no sería perjudicado por una devaluación, ni por el quebranto del ban-
co que pagaba intereses tan altos. El mecanismo no sólo resultó atractivo
para los especuladores argentinos, sino también para capitales golondrinas
que aprovecharon la oportunidad. El dólar barato también contribuyó a
sobredimensionar el sector financiero incentivando la toma de préstamos
del extranjero. Repasando, las piezas indispensables para la conformación
del mecanismo especulativo fueron:
1) Las tasas de interés extraordinariamente positivas.
2) La garantía estatal de los depósitos bancarios ante cualquier quebranto.
3) La tablita que disipaba el temor de una devaluación abrupta.
Hasta que el sistema colapsó en marzo de 1981, dando lugar a una devaluación
que a lo largo de la presidencia de Viola llegaría al 500 por ciento.

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394 | EZEQUIEL SIRLIN

4.2 Los resultados

Cuando se derrumbó la ficticia estabilidad edificada sobre la base del atraso


cambiario, la gestión de Martínez de Hoz había llegado a su fin y la sociedad
comenzaba a percibir lo costosa que resultaría la fiesta especulativa a la gran
mayoría de los argentinos que no habían participado de ella. La socialización de
los costos se produjo en diversos momentos. Al principio, cuando el Estado se
endeudaba en dólares para sostener la “tablita”. Y luego de la devaluación de
1981, cuando el Estado absorbió gran parte de la deuda privada (estatización de
la deuda), al mismo tiempo que socorría a inversores de más de 80 bancos y
financieras quebradas. Por último, cuando el Estado debió enfrentarse con su
propia deuda contraída en dólares baratos para financiar las obras públicas, el
déficit de las empresas estatales y la abultada compra de armamentos. Todo
esto implicaría una quintuplicación de las obligaciones (de 9.000 millones de
dólares a fines del gobierno de Isabel Perón a 45.000 en 1983). Era el inicio de
la “bola de nieve” que, como nunca antes en la historia de un país deudor como
Argentina, comprometía su futuro, al mismo tiempo que crecía el patrimonio
financiero de grupos locales y extranjeros. Desde el inicio del proceso de endeu-
damiento masivo la relación entre la deuda externa y la fuga de capitales al
exterior sería de uno a uno.
En cuanto al aparato productivo, más perjudicial que el descenso del 20 por
ciento del PBI entre 1976 y 1981, resultarían las tendencias que continuarían
desarrollándose en las décadas posteriores: concentración del ingreso, crisis del
sistema provisional y de las prestaciones básicas del Estado de bienestar, que-
brantos de industrias pequeñas que en mucho casos serían absorbidas por las
grandes, inicio de la agonía de ISI que en algunas ramas como la textil,
metalmecánica sencilla y eléctrica sería particularmente grave; preludio de la des-
aparición de ramas enteras en los años noventa. Precarización del empleo y el
esbozo de una desocupación y subocupación sin antecedentes, aunque por unos
años se verían parcialmente contenidas por el cuentapropismo precario. Entre
los ganadores, además de los sectores financieros nacionales e internacionales –
y del sector agroexportador antes del atraso cambiario de 1980–, las ramas in-
dustriales que más crecieron fueron las del sector de bienes intermedios con
ventajas comparativas como celulosa, aluminio, petroquímica, plásticos, cons-
trucción, conductores y cemento33. Muchas de estas industrias pertenecían a
empresarios o grupos nacionales diversificados en la economía como Acindar a

33 Luis Alberto Romero, Breve historia contemporánea de la Argentina, Buenos Aires, Fon-
do de Cultura Económica, 1994, p. 218.

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LA ÚLTIMA DICTADURA (1976-1983) | 395

Eduardo Acevedo, Loma Negra al grupo Fortabat, Alpargatas a Eduardo


Oxenford, Celulosa Argentina a Edmundo Paul, Techint a Roberto Rocca34.
El reciente estudio de Ana Castellani permite apreciar cómo se dirimió la com-
petencia entre los grupos locales ligados a la industria de bienes intermedios y
la construcción. El desarrollo fue notoriamente desparejo entre los grupos inte-
grados al “complejo económico estatal-privado”, respecto de los “no integra-
dos”. Mediante diversas formas de vinculación con el Estado (promoción in-
dustrial, obra pública o privatización periférica), “los integrados” duplicaron
su rentabilidad mientras que los “no integrados” la vieron disminuir a la mi-
tad. La obtención de cuasi rentas de privilegio fue el modo en que los más
favorecidos incrementaron su participación relativa en el sector industrial me-
diante la absorción vertical y horizontal de las actividades en desmedro de las
empresas no integradas de menores dimensiones35.
De este modo el desempate entre burguesías que la economía del “Proceso”
traía aparejado derivó en la reconfiguración de una clase dominante compuesta
por sectores multiimplantados en las actividades bancarias, en industrias com-
petitivas de bienes exportables dirigidos tanto al mercado interno como al ex-
terno, en servicios y en obra pública tercerizados por el Estado.
El nuevo encumbramiento de una clase dominante con las características esen-
ciales de la burguesía pre-30, constituye uno de los legados restaurativos más
reveladores de la última dictadura. Como en el capitalismo primigenio de Ar-
gentina, las actividades financieras volvían a ser el ámbito de las más rápidas
ganancias. La capacidad de operar con bruscos cambios de inversiones que no
comprometieran la disposición de buena parte del capital en estado líquido,
volvía a ser la estrategia de una burguesía entrenada para moverse en un capita-
lismo de rentabilidades extremadamente fluctuantes. Su relación prebendaria
con el Estado se mostraba otra vez escandalosa y condicionante del futuro na-
cional. Curiosamente, uno de los antecedentes más analógicos de lo sucedido
en 1980 había tenido lugar en las décadas de 1870 y de 1880, cien años atrás, al
ponerse en funcionamiento el procedimiento especulativo montado alrededor
de las cédulas del Banco Hipotecario en 1872. Mediante este mecanismo las
tierras obtenidas por la expansión militar hacia el Sur habían sido acaparadas
por las clases terratenientes con la asistencia del Estado y el financiamiento por
comunidad. Los créditos que el banco estatal había otorgado a los terratenien-

34 Un estudio exhaustivo de los grupos económicos locales que predominaban en 1983 pue-
de encontrarse en Pierre Ostiguy, Los capitanes de la industria. Grandes empresarios,
política y economía en la Argentina de los años 80, Buenos Aires, Legasa, 1990.
35 Ana Castellani, op. cit., pp. 198-200.

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tes para comprar las nuevas tierras resultaron abaratados por la devaluación
del peso en los años sucesivos. Una clara homología del espejo de la historia.
En 1880 como en 1980, se consolidaron las clases dominantes a través de una
concentración de bienes productivos, adquiridos por migajas luego de un pe-
llizco financiero auspiciado por el Estado. Los grupos domésticos mejor
posicionados hacia el final de la dictadura llegarían en mejores condiciones al
reparto del período Menem-Cavallo.

4.3 “Maquiavelismo o ingenuidad”, “deliberación o desmanejo”

A propósito de las “intenciones” del equipo económico y la conducción militar,


Novaro y Palermo plantean que entre los cuatro destinos de la economía argen-
tina –“una economía desarrollista y quebrada”, “una economía desarrollista y
pujante”, “una economía abierta y quebrada”, “una economía abierta y pujan-
te”–, la conducción política y económica del régimen habría preferido la últi-
ma opción, aunque el resultado de la gestión haya sido claramente “una econo-
mía abierta y quebrada” en la cual sólo se habrían cumplido los objetivos disci-
plinarios36. Para estos autores los resultados de la política económica sí pueden
ser leídos en términos de “fracaso” y “desmanejo”. Sencillamente, no eran los
resultados que la conducción se había propuesto sino derivaciones fallidas que
se habrían originado en el descontrol y en las discusiones internas del régimen
en torno a diversos puntos como las privatizaciones y la reducción del gasto
estatal. Las improvisaciones que surgían de la necesidad de subsanar estas fric-
ciones habrían creado una compleja cadena de contingencias y remedios incon-
sistentes que acabarían siendo letales para los planes procesistas de continuidad
en el poder. El régimen no habría destruido voluntariamente sus medios de
perpetuación, sólo habría fracasado en su intento de compatibilizar las visiones
económicas tensionadas que pervivían en su seno.
Muy distinta resulta la visión de Basualdo, para quien la conducción cívico-
militar de 1976 se propuso sentar las bases de un modelo de acumulación basa-
do en la valorización del capital financiero. El objetivo consciente de la dicta-
dura habría sido, entonces, una economía “financista y quebrada”. El declive
económico de Argentina habría sido previsto por ella y ejecutado con unidad
de criterio a lo largo de los últimos veinticinco años. Contraponiendo los enfo-
ques de Basualdo y de Novaro y Palermo, podemos precisar más aun la cuestión
a dilucidar en los siguientes términos: ¿por qué los grupos dominantes del

36 Marcos Novaro y Vicente Palermo, op. cit., p. 339.

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LA ÚLTIMA DICTADURA (1976-1983) | 397

capitalismo argentino optaron o tuvieron que optar por una “economía con-
centrada, financista y quebrada”, y no por “una economía concentrada, abierta
y pujante”, tal como predicaban. ¿Era el camino antiproductivo de las peripe-
cias financieras, el endeudamiento y la fuga de capitales, potencialmente más
rentable, cómodo o preferible a los ojos de dichas burguesías? En tal caso,
¿cómo lograrían recomponer su hegemonía sobre la base de resultados mera-
mente destructivos para las clases subalternas? La pregunta es relevante aun
teniendo en cuenta que no siempre las burguesías actúan conforme a una es-
trategia que lo contempla todo, y que no necesariamente la dominación de una
clase sobre otra se edifica mediante construcciones asociadas a la imagen de
progreso nacional. La destrucción de la economía puede implicar mecanismos
extorsivos de sometimiento como el endeudamiento externo al momento de
fijar políticas, o el disciplinamiento de los trabajadores por medio de la desocu-
pación, la hiperinflación y el empobrecimiento general.

5. Sometimiento, resistencia, consenso y complicidad

Existe una perspectiva de los golpes militares de Argentina que sugiere la ino-
cencia del “pueblo” y de su clase dirigente no conservadora. La película de Luis
Gregorich y Enrique Vanoli, La República perdida, ha sido señalada como un
exponente de esta operación de la memoria colectiva en la que se soslayan los
apoyos partidarios y la pasividad o conformidad que los golpes encontraron en
diversos sectores de la estructura social.
El reciente trabajo de Novaro y Palermo nos ofrece un mapa de los apoyos
civiles que concitó la dictadura y de los proyectos del “Proceso” tendientes a
ampliarlos. Sin caer en la distorsión opuesta de las afirmaciones que
monocromáticamente componen la imagen de una “sociedad cómplice”, los
autores encuentran múltiples formas de disidencia que les permiten complejizar
la dicotomía apoyo/resistencia. Una amplia gama de actitudes mutantes fueron
las respuestas que provocaron las distintas acciones y montajes del régimen, en
circunstancias diferentes. El seguimiento contextuado de Novaro y Palermo
acerca de cómo se posicionaban un buen número de organizaciones y personali-
dades públicas nos permite distinguir los siguientes casos.
1) El apoyo “propositivo”, entusiasta y duradero de la Iglesia, los partidos con-
servadores provinciales, los medios de comunicación apologéticos, buena parte
de las asociaciones empresarias y ejecutivos partícipes de la represión en las
fábricas, un segmento significativo del peronismo de gobierno partícipe de la
cacería estatal del año 1975, dirigentes territoriales del PJ y de la UCR que
conformaron un buen porcentaje de los intendentes.

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2) El respaldo condicional, oportunista, dosificado y negociador de figuras más


relevantes de los partidos mayoritarios –UCR, PJ, Partido Intransigente (PI),
Democracia Cristiana (DC)–, del Partido Comunista Argentino y de buena parte
de los medios masivos de comunicación que coadyuvaron al “espejismo” de acom-
pañamiento37 . De artistas e intelectuales asociados al “apagón cultural”.
3) El respaldo inicial de buena parte de la clase media angustiada por el escena-
rio violento, que vio en la primera aparición televisiva de la Junta militar a “un
gobierno de caballeros”38. El respaldo ocasional y eufórico de millones de ar-
gentinos manipulados por la comunicación que apelaba al sentimiento nacio-
nal durante el Mundial 78 y Malvinas.
4) La “pasiva conformidad” o “pasivo discurrir” de buena parte de la sociedad
doblemente condicionada por lo que Novaro y Palermo denominan “el mundo
del temor” y el “mundo de la seguridad”; mundos superpuestos que propicia-
ron las “transacciones mentales” tendientes a “preferir no saber” o a “culpabilizar
a las víctimas” (“por algo será”, “algo habrán hecho”).
5) La resistencia silenciosa o “molecular” de diversos sectores de la clase obrera,
antes y después del hundimiento económico de 1981. Las protestas sociales en
los barrios periféricos contra el deterioro de la economía a partir de 1980. La
resistencia solapada de las agrupaciones de izquierda alejadas de la lucha arma-
da, de ciertas formaciones y seguidores del rock nacional, y de lo que se ha dado
en llamar la “cultura de las catacumbas” en referencia a los círculos artísticos e
intelectuales que emergieron lentamente a la superficie a partir del aflojamien-
to de 1979-1980.
6) La resistencia pública de las agrupaciones de derechos humanos que surgie-
ron en los años más duros de la represión y que perdurarían tras la caída del
régimen.
7) La resistencia clandestina y armada de las organizaciones guerrilleras hasta
que fueron definitivamente derrotadas.
8) Y sobre el final, el grito social reprobatorio que estalló tras la derrota de
Malvinas y que en gran medida fue canalizado por la Multipartidaria.
Estos casos nos permiten visualizar los complejos umbrales de apoyo, pasividad
y resistencia. Comenzando por el principio de la progresión, algunos hechos e
imágenes ilustran que el consentimiento fue mayor de lo que la memoria colec-
tiva preferiría recordar tras la caída del régimen. Los almuerzos mensuales de
Videla con personalidades muy prestigiosas de la ciencia y la cultura, como
René Favaloro, Federico Leloir, Ernesto Sabato y Jorge Luis Borges. Los aplau-
sos que siguieron al discurso del presidente de facto en la ceremonia inaugural

37 Marcos Novaro y Vicente Palermo, op. cit., p. 246.


38 La expresión pertenece a Jorge Luis Borges.

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del Mundial 78, y a la presencia de la Junta Militar en la final del campeonato.


El respaldo que, luego del informe condenatorio de la Comisión de Derechos
Humanos de la OEA (1979), el régimen recibió por parte de 200 cámaras em-
presarias y de asociaciones civiles, y de figuras relevantes de los partidos mayo-
ritarios; el proyecto de ley presentado por el Colegio de Abogados de la Capital
Federal en favor de legalizar el “fusilamiento in situ”; la reivindicación de la
lucha antisubversiva en el Coloquio Idea de 1982, constituyen una breve selec-
ción de hechos que ilustran una dictadura menos solitaria de lo que el imagina-
rio histórico suele representarse, y que también exceden la figura de un consen-
so supuestamente acotado a los inicios como consecuencia del escenario violen-
to de los años previos.
En su defensa al régimen, la Iglesia argentina mantuvo enfrentamientos con el
Vaticano y, en general, los partidos mayoritarios tuvieron declaraciones y silen-
cios funcionales con la “vuelta al orden” que proclamaban los sectores más sono-
ros de la opinión pública. De ese conjunto de voces surgió la sensación de “legiti-
midad de origen” que el régimen sentía a su favor. A principios de 1977, incluso
las figuras más “progresistas” del arco político mayoritario que se declaraban
preocupadas por las violaciones a los derechos humanos –Deolindo Bittel (PJ),
Raúl Alfonsín (UCR), Oscar Alende (PI), Néstor Vicente (DC)– se expresaban en
contra de toda salida política que no fuera consensuada con las Fuerzas Armadas.
Por su parte, el Partido Comunista Argentino apoyaba al videlismo contra las
denuncias del presidente Carter, aun antes de que Argentina y la Unión Soviética
se transformaran en socios comerciales de primer orden luego del bloqueo norte-
americano tras la invasión soviética a Afganistán, en 1979.
Estas demostraciones alentaron los proyectos procesistas tendientes a consolidar
un frente militar-civil dentro del cual el primer elemento moldeara al segundo en
función de lograr una herencia a imagen y semejanza suya. En este sentido, el
Movimiento de Opinión Nacional (MON) impulsado por el titular de la CARNAB
Jorge Aguado y por Saint-Jean desde la provincia de Buenos Aires, así como el
Proyecto Nacional instruido por Genaro Díaz Bessone desde la Secretaría de
Planeamiento, no fueron ilusiones delirantes de una dictadura descomunicada.
Por el contrario, surgieron de la posibilidad de institucionalizar el diálogo fluido
que existía entre el régimen y buena parte de la dirigencia política, religiosa y
empresarial, más allá de la figura de Ricardo Balbín en quien la conducción videlista
depositaba las mayores expectativas. Estos contactos eran más frecuentes y natu-
ralizados de lo que nos permite recordar el anacronismo de ver esos años a la luz
de la imagen pública que el “Proceso” adquirió después de 1981, del fracaso de
Malvinas y del informe de la CONADEP. En los días de mayor consenso, por
debajo de la comunicación ejercida desde la cúspide del régimen, los jefes milita-
res “duros” y “blandos” que buscaban proyectarse en la sucesión de Videla, mul-

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tiplicaban los almuerzos y planes a futuro con políticos, gremialistas, asociacio-


nes intermedias y personalidades públicas. Los periódicos y medios de comunica-
ción solían estar de buen humor y una “atmósfera de normalidad” envolvía a la
Argentina aislada, junto a las otras dictaduras del Cono Sur, de las denuncias que
proliferaban en Europa y México.
De diversas maneras estos contactos se extendían a la sociedad a través de los
medios de comunicación, especialmente los medios masivos que se cuidaban de
alinearse explícitamente con el régimen pero que contribuían a crear un clima
de optimismo. En su estudio sobre los medios gráficos del período, Eduardo
Blaustein y Martín Zubieta procuraron reconstruir el “discurso promedio” de
la “prensa gris”, es decir, el rol de los medios más populares y no específicamente
apologéticos como la revista Gente, ni denunciantes como el Buenos Aires
Herald. La prensa media contribuyó al enlace del régimen con la sociedad en la
medida en que ocultó el horror, neutralizó sus editoriales, impersonalizó los
verbos de las acciones represivas y, sobre todo, contribuyó a instalar la agenda
de temas de administración que normalizaban la imagen del régimen39 .
En cuanto al segundo umbral de la progresión, la obediencia de la mayoría social
nos lleva a recorrer los mecanismos complejos de sometimiento y consenso que
en algunos casos eran anteriores al golpe. No todo lo que contribuyó a que la
dominación fuese efectiva surgió de la iniciativa del régimen sino que existían
procesos previos a marzo de 1976 que cooperaron con la subordinación general.
Comenzando por la cultura del miedo, Juan Corradi señala que estaba profun-
damente vinculada a la sensación de caos que reinaba antes del golpe. La vio-
lencia desplegada por las organizaciones guerrilleras, los comandos sindicales y
las fuerzas paraestatales antes de 1976, había reactivado el “escenario hobbesiano”
en el cual “un ciudadano teme tan intensamente a los otros, que prefiere estar
encadenado si también los otros lo están”40. El “pacto implícito de seguridad”
se habría desarrollado entre individuos privatizados en un proceso mediado por
la comunicación deformada.
A su vez, la retirada al mundo privado se habría debido a una multiplicidad de
factores. Para Guillermo O’Donnell, el desgaste y la sensación de “violencia
caótica” habrían llevado a que muchos militantes sociales emprendieran la reti-
rada hacia la esfera individual. A esto se sumó la clausura impuesta por el régi-
men que no sólo descansaba en métodos represivos sino también económicos,

39 Eduardo Blaustein y Martín Zubieta: Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso,
Buenos Aires, Colihue, 1998, p. 49 y 55.
40 Juan Corradi: “La cultura del miedo en la sociedad civil: reflexiones y propuestas”, en
Isidoro Cherensky (comp.): Crisis y transformación de los regímenes autoritarios, Buenos
Aires, Eudeba, 1985, p. 173.

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LA ÚLTIMA DICTADURA (1976-1983) | 401

en la medida en que “la vuelta al mercado” reforzaba el individualismo más


como instinto de supervivencia que como valor preeminente.
En este punto resta mencionar la sintonía que hubo entre el macro autoritaris-
mo del régimen y el micro despotismo de miles de personas con autoridad civil
en sus micro contextos. Como explica O’Donnell en su estudio del cotidiano
durante la dictadura, sin la ayuda de los pequeños déspotas voluntarios el so-
metimiento no se hubiera establecido en los “rincones de la sociedad”. Utili-
zando las metáforas de este autor, el régimen “soltó los lobos”, “la sociedad se
llenó de kapos” y “se patrulló a sí misma”41 .
La imposición del silencio fue exitosa pero nunca absoluta. Incluso en los luga-
res más silenciosos, el control de la murmuración resultó imperfecto en la me-
dida en que surgieron “voces oblicuas” dispuestas a saltar el cerco con gestos
sutiles. Pero en líneas generales, durante los primeros cinco años (hasta el “des-
hielo” de 1980), el régimen consiguió impedir que resurgiera la deliberación
en los ámbitos públicos y colectivos.
Ingresando al umbral de la resistencia, la visión de los analistas sobre la actitud
global de la clase obrera varía de acuerdo a si se contempla lo suficiente que el
mundo del trabajo fue el lugar más embestido por la dictadura. Los balances
pueden resultar opuestos porque no todos contemplan en igual medida que
“dominación” y “resistencia” son fuerzas interdependientes que deben medirse
en relación recíproca: el trabajo a reglamento en tiempos de dictadura puede
indicar una resistencia tan significativa como la toma de una fábrica en tiem-
pos de legalidad democrática.
Así, para Francisco Delich, entre 1976 y 1980 se registró el período más exten-
so de “inmovilidad sindical” desde 1955, dentro del cual la burocracia de los
gremios fue sustituida por la burocracia estatal, al tiempo que se desmoronaba
la solidaridad obrera y el lugar de trabajo se convertía en un “ámbito de pura
productividad y mecanización”42.
En cambio, para Pablo Pozzi las formas “huelguísticas” y “no huelguísticas” de
la resistencia obrera como los sabotajes a la producción y otras formas de resis-
tencias moleculares, impidieron que el régimen lograra someter a los trabaja-
dores en función de la hegemonía del capital monopólico, lo que a la larga
conllevaría al fracaso global de la dictadura43.

41 Guillermo O’Donnell: “Democracia en Argentina: micro y macro”, en Oscar Oszlak (comp.),


“Proceso”, crisis y transición democrática, tomo 1, Buenos Aires, CEAL, 1984, pp. 17-
18.
42 Francisco Delich: “Después del diluvio, la clase obrera”, en Alain Rouquié (comp.), Ar-
gentina, hoy, Buenos Aires, Siglo XXI, 1983.
43 Pablo Pozzi: Oposición obrera a la dictadura, Buenos Aires, Contrapunto, 1988, cap. 1.

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Lo cierto es que sólo en 1980 los gremios llevaron adelante 188 conflictos en
los que intervinieron cerca de 1.800.000 trabajadores. Por contenido que fuera
el despertar de la protesta obrera a partir de ese momento, los analistas de la
dinámica del régimen advierten que tuvo importantes efectos en la dictadura.
Junto con el deshielo en ciertos ámbitos culturales de la sociedad, la primavera
de los gremios recordó la pesadilla que los militares más temían y se transfor-
mó en otro motivo de presión que impulsó al régimen a la búsqueda de solucio-
nes milagrosas como Malvinas.
Pero, sin duda la resistencia más frontal de los primeros años la encarnaron los
militantes de las organizaciones armadas y los familiares de los desaparecidos.
Los primeros alentados por la ética del coraje y una visión de futuro basada en
la inminencia del triunfo revolucionario. Los segundos movidos en primera
instancia por la desesperación.
Comenzando por los primeros, ¿de dónde provenía la audacia que llevó a
Montoneros y al ERP a demorar un repliegue estratégico a un punto que resul-
taría letal para muchos de sus militantes y para las propias organizaciones? Las
autocríticas posteriores que hicieron las propias conducciones dejan ver que la
resistencia armada contra la dictadura se sostenía no sólo en el espíritu de lucha
que caracterizaba a la subjetividad de “los setenta”, sino también en una visión
distorsionada de la correlación de fuerzas. La sobrestimación de las posibilida-
des de éxito habría perdurado más de la cuenta debido a que las organizaciones
se habían jerarquizado en férreas estructuras de mando conforme a su militari-
zación. Los militantes de a pie se veían atados a la decisión de las conducciones
cuyas autocríticas por demorar el repliegue resultarían tardías. Tanto los líde-
res montoneros como los erp-perretistas pensaron que la llegada de los milita-
res al poder provocaría el surgimiento de un poderoso ejército popular, sin
tomar nota del aislamiento que venían sufriendo a partir del repliegue “de las
masas” y de un buen número de sus militantes periféricos. Aferrados a una
mirada de la historia que vaticinaba el triunfo, apostaron ciegamente al
voluntarismo al momento de creer, por ejemplo, que sus dirigidos podrían so-
portar indefinidamente la tortura o que la organización en células los protege-
ría suficientemente de la cacería de los Grupos de Tareas.
Hasta la escalada represiva iniciada en mayo de 1977, el ERP-PRT resistió en
diversos niveles, lanzando algunas pocas acciones selectivas pero sumamente
audaces como la Operación Gaviota (febrero de 1977) en la que por poco no se
logró destruir el avión presidencial en el que viajaban Videla y Martínez de
Hoz. Por su lado, la organización Montoneros llevó adelante en 1977 más de
600 acciones, entre las que se destacaron el secuestro de empresarios vinculados
con la represión, acciones de sabotaje a fábricas e infraestructura, la destruc-

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ción de un cuartel general en La Plata, un atentado contra el Ministerio de


Defensa y otro dirigido a Videla en octubre de 197744 .
A diferencia de los militantes de las organizaciones armadas cuya capacidad de
resistir se apoyaba en la experiencia previa, las Madres de Plaza de Mayo se
constituyeron en sujetos de la resistencia durante los días más cruentos de la
dictadura. Muchas de ellas eran amas de casa y sus relatos sobre el momento en
que comenzaron a girar alrededor de la Pirámide de Mayo dan cuenta de la
intemperie inicial. Al romper el silencio que observaban los partidos políticos
y la Iglesia, las Madres de Plaza de Mayo quebraron el aislamiento que envolvía
a la sociedad, y así se constituyeron en el sujeto político esencial de los años
totalitarios. Como señala Héctor Leis, “la política como vida justa y buena tuvo
que ir a buscar su voz al último rincón de lo privado”, “el espacio público de lo
político fue así reconstruido desde lo biológico-ético”45 . Las Madres de Plaza
de Mayo convocaron a la primera concentración pública desafiante de la clausu-
ra impuesta por el régimen y en su apelación al mundo enfrentaron la represión
y el fervor nacionalista que los comunicadores del régimen direccionaban con-
tra ellas.
¿De dónde provenía la fortaleza de quienes terminarían encarnando el sujeto de
resistencia más persistente? Por obvio que parezca, todo partía de su condición
de madres, razón por la cual no han faltado enfoques centrados en la cuestión
del género. Pero, en cuanto a otros móviles que impulsaron su lucha, fue singu-
lar la “situación de búsqueda” que debieron afrontar. En 1981, Julio Cortázar
advertía que la desaparición forzada de personas, más que cualquier otra forma
de asesinato, producía “una presencia abstracta” resistente a la idea de ausencia
final. Los militares no habrían previsto hasta qué punto el ocultamiento y la
negación de los crímenes reforzarían la desesperación y el temple de los fami-
liares de las víctimas, constituyendo un sujeto singular de lucha por la apari-
ción, la verdad y la justicia. La presencia abstracta de los desaparecidos, expre-
sada iconográficamente en “las siluetas”, revertiría en permanente reacción contra
la impunidad, el pacto de silencio y la indiferencia inicial de la opinión pública
y de buena parte del conjunto social.
Por lo visto hasta aquí, podemos acordar que fuera de la resistencia protagonizada
por las víctimas más directas de la represión y del desguace económico que afectó
inmediatamente a la clase trabajadora, el régimen acumuló, en los sectores me-

44 Richard Gillespie, Soldados de Perón. Los Montoneros, cap. 6: “La retirada hacia el exte-
rior del país (1976-1981)”, Buenos Aires, Grijalbo, 1987.
45 Héctor Ricardo Leis, El movimiento por los derechos humanos y la política argentina/1,
Buenos Aires, CEAL, 1989.

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dios y altos, más consentimiento de lo que luego admitiría la sociedad en su


rechazo a la dictadura. A medida que la democracia fue iluminando lo más oscu-
ro del período, dos preguntas comenzarían a ser formuladas con mayor frecuen-
cia: ¿en qué sentido podía afirmarse que la sociedad había sido “cómplice” o
“responsable” ya no del golpe, sino del genocidio que el régimen había llevado a
cabo? Dejando de lado la participación directa de empresarios, Iglesia, dirigencia
conservadora y una parte del peronismo de gobierno nacional y provincial del
año 75, ¿podía cuestionarse la alegada “inocencia” del conjunto social que había
producido numerosas imágenes de acompañamiento al régimen?
Hugo Vezzetti afirma que si bien en Argentina no hubo un despotismo desde
abajo, artífice del exterminio, existieron responsabilidades colectivas en la im-
plantación de la dictadura que lo llevó a cabo46 . En su estudio de memoria
social abocado a reconstruir los olvidos colectivos que permitieron argumentar
la “inocencia del pueblo”, Vezzetti sostiene que la visión de guerra del Ejército
fue compartida por diversos sectores de la sociedad cuyo llamado al orden ha-
bría estado más cerca del accionar de los verdugos de lo que la memoria del
conjunto estaría dispuesta a admitir.
Más allá de las impresiones, hasta el momento han avanzado muy poco los
estudios sobre las adherencias y rechazos de la sociedad. Apenas ha comenzado
a desarrollarse una “historia desde abajo”, socialmente discriminada, que nos
permita comprender los diversos modos en que la “gente corriente” de los di-
versos segmentos sociales interpretó la dictadura. La dicotomía inocencia/com-
plicidad impide comprender la experiencia diversa, confusa y cambiante de los
distintos sectores sociales que evaluaron los primeros años de la dictadura a la
luz de una traumática experiencia previa. Los diversos modos de valuar al régi-
men no sólo se vinculaban con las “visibilidades” propias de cada lugar de la
estructura social, sino también con la cercanía o lejanía de los circuitos de in-
formación alternativos que permitieran poner en duda la “desinformación or-
ganizada” de la propaganda oficial y los medios masivos. En otras palabras, la
dicotomía entre “sociedad inocente” y “verdugos voluntarios” impide ver la
variedad de matices existentes entre “el saber” y “el no saber”, lo que la gente
observaba directamente a su alrededor e indirectamente a través del cristal de
los medios manipulados, las diversas razones evasivas y no evasivas por las que
el genocidio tardó en ser objetivado. “El anestesiamiento de las conciencias
morales”, “el fantasma de la disolución nacional”, “la privatización de los indi-
viduos”, “el miedo”, “la culpa”, “la impotencia”, el “desconocimiento since-

46 Hugo Vezzetti, Pasado y Presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina, Buenos


Aires, Siglo XXI, 2002, p. 49.

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ro” o el “preferir no saber”, constituyen sólo algunos de los ingredientes que


interactuaron en diferentes proporciones sobre la conciencia de millones de
argentinos que no dejaron de ser víctimas de aquella dictadura aunque tardaran
en reconocerlo. Reconstruir de qué manera ellos procesaron mentalmente las
ficciones que el régimen montaba, es instalarnos en la circunstancia de quienes
se encontraban básicamente aislados de cualquier contradiscurso.
Algunos episodios ponen de manifiesto esta complejidad. En su libro sobre
Malvinas, Horacio Verbitsky narra un hecho que ilustra a pequeña escala el
proceso de conocimiento que debía atravesar buena parte de la sociedad.
Tras la llegada de la comisión inspectora de la OEA, el locutor de Radio Rivadavia
José María Muñoz arengó a los hinchas de fútbol que habían ganado las calles
para festejar el triunfo del seleccionado juvenil en Japón. Les propuso que fue-
ran a la sede de la OEA para demostrar a los funcionarios extranjeros que los
argentinos vivían en paz y en libertad, conformes con la autoridad militar.
Cuando los hinchas llegaron al lugar, en la Avenida de Mayo, encontraron a
cientos de personas que aguardaban en fila para presentar las denuncias por la
desaparición de sus familiares. Cuenta Verbitsky: “Las columnas que, incitadas
por el señor Muñoz y guiadas por un dispositivo policial, se acercaban a la OEA
tomaron contacto con una realidad nueva que ignoraban y que los conmovió, al
observar esas cuadras cubiertas de compactas colas de deudos silenciosos, casi
todas personas mayores, mujeres y niños, que aguardaban turno para dejar cons-
tancia de su angustia en un formulario de la Comisión. Dos rostros del país se
miraron a los ojos y a partir de allí ya nada volvería a ser igual. Los desapareci-
dos aparecían finalmente con un peso en la política argentina que no cesaría de
crecer en los años siguientes”47.

6. Las convocatorias nacionales de la última dictadura

A diferencia de las dictaduras anteriores y de sus contemporáneas del Cono Sur,


el “Proceso” evitó el inmovilismo de una manera inédita en la historia del país
y de la región: casi nunca dejó de proponer una empresa belicista de convocato-
ria nacional contra un enemigo por ella construido.
Primero fue la llamada “guerra contra la subversión”, el enemigo que había
unificado a los militares en el pacto de sangre que los condujo al poder desde
donde ese enemigo fue proyectado hacia la nación toda. La amenaza debía ser
aniquilada mediante una acción mancomunada del Estado y la sociedad: “un

47 Horacio Verbitsky, op. cit., pp. 111-112.

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puesto de lucha para cada ciudadano”, había dicho Videla en su discurso inau-
gural. Luego fue instalada, de la noche a la mañana, la guerra con Chile que no
llegó a concretarse pero que, a través de consignas y simulacros, el régimen
instrumentó en 1978 para conectarse nuevamente con la sociedad mientras la
preparaba para un conflicto armado. Al mismo tiempo y avanzando hacia 1979
y 1980, fueron llevados al primer plano de la enemistad nacional quienes su-
puestamente promovían la “campaña antiargentina”: familiares de desapareci-
dos y exiliados que denunciaban el genocidio desde el exterior, los jugadores de
la selección holandesa que un día antes de la final habían visitado a las Madres
de Plaza de Mayo, o los inspectores de la Comisión de la OEA que arribó al país
en 1979. Por último, la reconquista de Malvinas en manos de los usurpadores
ingleses. Las islas debían ser recuperadas sin dilación.
Es sabido que las dictaduras son más propicias a entablar conflictos bélicos que
las democracias porque necesitan de las guerras más que aquéllas para resolver
sus contradicciones con la sociedad unificando el frente interno al invocar la
“unión sagrada”. Pero en Argentina ninguna de las dictaduras anteriores había
arrastrado a la sociedad a una guerra, ni había estado cerca de hacerlo. La nece-
sidad de presentar en todo momento un enemigo nacional frente al cual convo-
car a los argentinos debió ser particularmente perentoria en este caso porque el
último régimen militar rara vez se privó de ello y porque estuvo dispuesto a
construir a los “enemigos” en todo momento.
1) Un primer factor se relaciona con la necesidad que en general presentan los
regímenes autoritarios de justificar su presencia en el poder aduciendo que “las
amenazas contra la nación” no han cesado. Es decir que para presentarse como
regímenes de excepción para tiempos de emergencia deben renovar el escenario
de las supuestas “emergencias nacionales”.
2) Un segundo elemento para explicar las “guerras” de la dictadura fue, otra
vez, la competencia interna por el poder. Como en la represión y el genocidio, a
propósito de las guerras con otras naciones, los “duros” presionaban a los “blan-
dos” para ganar posiciones, mientras éstos intentaban mostrarse no tan “blan-
dos” con tal de conservar su liderazgo en las fuerzas. No es casual que la guerra
con Chile y la reconquista militar de Malvinas hayan sido impulsadas por la
Armada (Massera y Jorge Anaya) tanto como por los duros del Ejército que
competían por el poder: Benjamín Menéndez, Suárez Mason, Santiago Omar
Riveros y, más tarde, Galtieri. Quien más decidido se mostrara seduciendo a las
fuerzas con promesas de triunfos históricos, ganancias patrióticas y suculentos
aumentos en la compra de armamentos, ganaría apoyo en un lugar decisivo: el
cuerpo de generales del Ejército, quienes reunidos constituían la instancia de-
cisiva para la sucesión presidencial. De hecho, concitando el apoyo de este cuer-
po fue como Galtieri logró la destitución de Viola para asumir la conducción.

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Pero antes de que eso tuviera lugar, fue durante el conflicto con Chile cuando la
competencia interna de poder puso de manifiesto lo precario que era el liderazgo
militar de Videla y la falta de conformación institucional de un régimen deter-
minado por internas aplazadas pero no resueltas. Dos cosas que contrastaban
con la dictadura chilena. La estrategia de Massera desde que el conflicto con
Chile quedó planteado cuando el gobierno argentino consideró nula la resolu-
ción del laudo inglés, consistió en promover a Suárez Mason a la jefatura del
Ejército, emitiendo discursos belicistas en las bases militares del Sur con el
objetivo de ganarse el apoyo de los jefes de los cuerpos y regimientos. Mientras
Videla y Viola apostaban a una solución diplomática mediada por el Vaticano y
Estados Unidos, Massera entablaba contactos con el Ejército de Bolivia en bus-
ca de un potencial aliado para la guerra. Presionando a la conducción, los cuer-
pos del Ejército argentino comenzaron sus aprestos para el combate. Lanzaron
gritos de guerra y movilizaron tropas al tiempo que diseñaron el ataque argen-
tino. Frente a ello, Videla evidenció su condición de mero primus inter pares
entre los generales del Ejército cuando accedió a firmar el decreto que autoriza-
ba la invasión argentina denominada Operativo Soberanía cuyo inicio se fijó
para el 20 de septiembre de 1978. Entre las distintas hipótesis que contempla-
ba el alto mando argentino figuraba la regionalización de la guerra en el caso
muy probable de que Bolivia y Perú intervinieran contra Chile, y en el caso
menos probable de que Brasil lo hiciera contra Argentina buscando reconsti-
tuir el equilibrio regional48.
¿Cuáles eran las principales motivaciones de los mandos que impulsaban una
aventura de este calibre? Además del triunfalismo basado en una supuesta su-
perioridad de la infantería argentina compuesta por “soldados invictos”, exis-
tían otros impulsos e ilusiones belicistas. Como señalan Seoane y Muleiro, “la
guerra era necesaria para crear un escenario donde reinaran quienes mandaban
en sus armas”. El oportunismo de los postulantes a la jefatura del Ejército que
como Galtieri alternaron de una posición moderada a una belicista de acuerdo
con las circunstancias de la interna militar, pone de manifiesto que la soberanía
de las islas no era lo primordial.
3) En tercer lugar, la apelación a lo nacional permitía al régimen congraciarse
de múltiples maneras con la sociedad y construir la imagen de una nación
cohesionada por “intereses transversales” al conflicto entre las clases: “25 mi-
llones de argentinos jugaremos el Mundial”, “unidos es más fácil”, rezaban las
consignas en uno y otro momento llamando a la confraternidad después del

48 Bruno Passarelli, El delirio Armado. Ar gentina y Chile, la guerra que evitó el Papa,
Buenos Aires, Sudamericana, 1998, pp. 39-41.

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“fratricidio”. Que el llamamiento tuviera éxito era vital para un régimen que,
como vimos, había desechado por igual los “plebiscitos del sí” y el uso de las
corporaciones, al tiempo que carecía por completo de recursos carismáticos
aunque algunos jefes procesistas como Massera pretendieran tenerlo. La dicta-
dura que había atomizado a la sociedad destruyendo asociaciones de base debía
reunir a esos mismos individuos en otro tipo de convocatoria, en un reencuentro
colectivo prefigurado por su voz rectora. El régimen terminó de descubrirlo
durante el Mundial 78: en un contexto de exaltación triunfalista era posible
dirigirse a una multitud modelada por discursos adulatorios sin que el alma
colectiva notara la contradicción que existía entre esos elogios y el cercena-
miento del derecho a voto. Cualquier triunfo que pudiera ser exhibido como un
logro nacional, desde la consagración de una Miss Universo argentina, o el
buen desempeño de un tenista o un automovilista en la competencia mundial,
contribuía a dulcificar la relación sobre la base de ocultar lo más evidente49.
A su vez, en cuanto a la guerra con Chile y de Malvinas, el Ejército “nocturno”
encontraba la oportunidad de transfigurarse en “diurno”, cambiando “guerra
sucia” por “guerra limpia”, buscando un acercamiento con la sociedad que no
habían conseguido en su llamamiento contra la subversión. El caso del teniente
de navío Alfredo Astiz lo ilustra claramente: guerra mediante, el alias “rubio”
de la represión clandestina mutaba por unos días en conductor de los comandos
“Lagartos Argentinos”, narrados como héroes de la resistencia nacional en las
Georgias del Sur.
4) Un cuarto factor interviniente en el conflicto con Chile y más aun durante
Malvinas refiere a los impulsos comúnmente denominados “huida hacia ade-
lante”. Cuando los militares advirtieron que más tarde o más temprano buena
parte de la opinión pública mundial y de la sociedad argentina los iba a obligar
a rendir cuentas por sus crímenes, la necesidad de permanecer en el poder ape-
lando al nacionalismo con su manto de confusiones se hizo más urgente que
nunca. A esto se sumó el derrumbe económico de 1981, el resurgimiento de la
protesta obrera y el agravamiento de la competencia interna de poder que ame-
nazaba con fragmentar al régimen desde arriba.
En verdad, todos los caminos y los fracasos de la dictadura condujeron a una
salida como Malvinas, tan ignorante de la historia del siglo XX como de la
historia de las guerras: el fracaso para esconder el genocidio o consensuar su
impunidad. El fracaso económico difícil de soslayar en una situación de banca-
rrota, y el fracaso político al momento de criar lo que Videla denominaba “una
descendencia civil del Proceso que no fuera el antiproceso”. Durante la presi-
dencia de Viola, en el año 1981, se evidenciaron estos fracasos justo en el

49 Alberto R. Jordán, op. cit., p. 127.

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momento en que la conducción militar se había quedado sin convocatorias


nacionales para distraer a los argentinos. La desorientación política que el régi-
men sufrió cuando perdió la iniciativa de convocar, reveló lo necesarias que
estas maniobras nacionalistas eran para su continuidad. El inmovilismo en el
poder durante la presidencia de Viola coincidió con el fracaso de enmendar al
“Proceso” a los ojos de la sociedad justo en el momento en que se producía el
derrumbe económico y un deshielo social y cultural que los militares no logra-
ban detener50. Tan profunda fue la sensación de pérdida de rumbo que, por
primera vez desde marzo de 1976, los “duros” del Ejército arrebataron el con-
trol a la conducción Videla-Viola, destituyendo a este último en favor de Galtieri:
un general decidido a recuperar la iniciativa por medio del más audaz de los
llamamientos nacionales. Galtieri asumía la presidencia con la idea fija de
Malvinas. La corporación militar apostaba a un general decidido a romper la
encrucijada mediante la reconquista de una parte del territorio nacional muy
anhelada por la sociedad.
Los analistas no han terminado de explicar la irracionalidad de Malvinas; cómo
la conducción militar se embarcó en una guerra tan desventajosa. Pero es evi-
dente que el tamaño de la aventura que el régimen estaba dispuesto a empren-
der se correspondía con la magnitud de sus necesidades, de sus fracasos y tam-
bién de las frustraciones golpistas anteriores a 1976 que el “Proceso” cargaba
en sus espaldas. La pesadilla que empujaba a los militares a una acción desespe-
rada como Malvinas estaba compuesta de las imágenes de 1969 y 1973: renaci-
mientos de la protesta social que habían señalado el fracaso rotundo de los
proyectos golpistas de 1955 y 1966. Esas imágenes eran nuevamente evocadas
por el resurgir de la protesta en 1981 y 1982, y los militares estaban dispuestos
a cualquier emprendimiento con tal de evitar su repetición.
De este modo, Argentina, que había atravesado la época de los nacionalismos
sin enredarse en los conflictos mundiales más destructivos de la humanidad
(Primera y Segunda Guerra Mundial), se veía envuelta en una elemental expe-
riencia de distorsión nacionalista. Tardíamente había llegado la hora de lo que
en 1948 José Luis Romero definía como la pesadilla nacionalista con todas sus
confusiones entre “lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo
falso”. Una confusión de estas dimensiones permitió que el 2 de abril de 1982,
día del desembarco en las islas, Galtieri fuera aclamado por añadidura en las
plazas del país, en las escuelas y en los cafés, en los estadios de fútbol y en las
colas de los bancos. La ceguera fue compartida por los militares y buena parte

50 Véase un excelente análisis de este período en Marcos Novaro y Vicente Palermo, op. cit.,
cap. V.

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de la sociedad que se limitó a actuar como si ignorara los peligros que se aveci-
naban. Tomados de la mano, unos y otros se aferraron a las ilusiones que la
corporación militar fabricaba, en primera instancia, para sí misma. Al princi-
pio, se mantenía la ilusión de que Inglaterra no respondería. No se percibía que
para la refundación conservadora liderada por Margaret Thatcher la guerra sig-
nificaba una oportunidad espléndida para superar sus propios fracasos después
de tres años de tozudo neoliberalismo. Pero pronto se hizo evidente que Ingla-
terra sí respondería, que de hecho una de las armadas más poderosas del mundo
estaba en camino, y con la asistencia de su aliado histórico, Estados Unidos.
Entonces se renovaron ilusiones basadas en la leyenda del soldado criollo que
nunca había perdido una guerra, o en el voluntarismo de los argentinos que si
era necesario “volverían a tirar aceite hirviendo desde los balcones como en
1807”.
Las primeras víctimas de este lance político-belicista fueron los conscriptos
muy jóvenes e inexpertos (muchos de ellos con pocos meses de instrucción) que
formaron un alto porcentaje de los cerca de 10.000 soldados argentinos que
combatieron en Malvinas. Mal equipados, debieron enfrentarse a dos enemigos
que la geografía y el clima hicieron más temibles, dos enemigos que en la
posguerra habitarían sus pesadillas simultáneamente: en el frente, la maquina-
ria militar inglesa que contaba con soldados expertos, bien pertrechados. En la
retaguardia, la negligencia de los mandos argentinos, que en muchos casos des-
cargaban sus temores maltratándolos con sadismo. Del lado argentino, el saldo
humano de la guerra fue de 649 soldados muertos (323 murieron en el hundi-
miento del Crucero General Belgrano que fue atacado cuando navegaba fuera
de la zona de exclusión militar declarada por Gran Bretaña), cerca de 1.300
heridos, y cerca de 350 ex combatientes (cifra estimada al 2006 por organiza-
ciones de veteranos de guerra) que se suicidaron en la posguerra.
Si Malvinas implicó el colmo de la irracionalidad transmitida de arriba hacia
abajo, es importante distinguir su nacimiento dentro de los cuarteles de su
irradiación triunfalista a la sociedad a través del más penetrante operativo de
comunicación51.
Una vez iniciados los aprestos para la guerra, correspondió a los medios instalar
primero el optimismo y luego el triunfalismo cuando las acciones bélicas co-
menzaron. Lo narrado por los primeros comunicados de guerra impusieron el
“estamos ganando” con la asistencia de operaciones de prensa que soslayaban o
falsificaban hechos, y que inventaban la existencia de armas milagrosas y de
circunstancias favorables, que supuestamente inclinarían las posibilidades del
triunfo para Argentina. Sería la última fantasía impuesta por el régimen a la que

51 Horacio Verbitsky, op. cit., cap.16.

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gran parte de la sociedad se aferraría intensamente. De todas las falsedades y


autoengaños que el “Proceso” había montado sería también la de más corta
duración. Pero en los primeros tiempos gozó de un apoyo masivo porque era
transmitida en un contexto de uniformidad pública sin precedentes, y porque
se trataba de una población modelada infantilmente para escuchar los relatos
del poder, sobre todo cuando el relato apelaba a un sentimiento nacional arrai-
gado como el de Malvinas. Sin duda que cuanto más vuelo remontara el sueño
triunfalista peor sería el impacto de la vuelta a la realidad. Eso sucedió repenti-
namente a partir de los comunicados 164 y 165 que para sorpresa de muchos
anunciaron livianamente y con eufemismos la rendición argentina, desatando
la reacción callejera más colérica hasta el momento.
El fracaso de Malvinas, junto a la crisis económica que renacía a la conciencia
civil una vez apagada la euforia nacionalista, dio lugar a un estallido de protesta
que fue encauzado por una Multipartidaria dispuesta a absorber la crisis del
modo más cauto y controlado que le fuera posible. El poco tiempo que medió
entre la rendición de Malvinas, el grito social reprobatorio y la autorrenuncia
del régimen a seguir intentando alguna otra cosa que no fuera cubrirse las es-
paldas por las denuncias contra sus crímenes, hizo que fueran factibles dos in-
terpretaciones sobre el final de la dictadura. Muchos de los partícipes creían
que su propio grito era la causa del derrumbe al que asistían, es decir, que se
trataba de un auténtico derrocamiento. Otros percibían que las movilizaciones
crecientes no hacían otra cosa que leña de un árbol caído por sus propios fraca-
sos, es decir que se había tratado de un “autoderrumbe”. La discusión tenía
importancia porque era evidente que las diferencias entre una democracia “con-
quistada desde abajo” o “cedida desde arriba” por el corrimiento de una dicta-
dura fracasada, se harían notar, para bien o para mal, en los años siguientes sin
perjuicio del sincero sentimiento de liberación que los protagonistas tuvieran
mientras durara la sensación de primavera política.
Los militares abandonaron el poder en un contexto de repudio y descrédito social
que no tenía antecedentes en Argentina ni en América del Sur. El descrédito de la
corporación militar alcanzaría niveles tan altos que el país del golpe de Estado
intermitente dejaría de producirlos. Así, la dictadura que en materia de modelo
de acumulación capitalista había abierto un ciclo, parecía cerrar otro en lo refe-
rente a los golpes de Estado. Esta ambivalente combinación de consecuencias –
democracias socialmente valoradas que debían afrontar herencias económicas de-
sastrosas– daría lugar a la Argentina más pobre y más democrática que había
existido hasta el momento.
Comparada con el final de la dictadura chilena, que se fue imponiendo los
tiempos y las formas de la transición, la dictadura argentina abandonó el poder
velozmente, sin llegar a planificar su impunidad con la misma parsimonia, ni a

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412 | EZEQUIEL SIRLIN

conseguir imponer su visión de los hechos sobre extensos sectores de la socie-


dad como sucedió en el país trasandino. Considerando que fueron dos dicta-
duras igualmente sanguinarias, el contraste de sus finales nos lleva a formular
una última pregunta contraria a los hechos: ¿cómo hubiera procesado la socie-
dad argentina el genocidio si los militares no hubieran dejado una economía
quebrada ni una frustración colectiva tan imborrable como Malvinas?

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El retorno a la democracia: la herencia de la dictadura y
las ilusiones frustradas (1983-1989)

Ariel Filadoro, Alejandra Giuliani y Miguel Mazzeo

Creer que las palabras expresan los pensamientos, creer que los pensamien-
tos rigen la voluntad, creer que la voluntad conduce a los acontecimientos
y creer que los acontecimientos son controlados por el alcance de las leyes,
tal es la síntesis de la confianza cívica radical.
Enrique Fogwill (1984)

1. Introducción

La derrota en la Guerra de Malvinas provocó un profundo descrédito del régi-


men militar. Tras la renuncia del general Leopoldo Fortunato Galtieri, las Fuerzas
Armadas designaron como presidente al general Reinaldo Bignone, quien asu-
mió el papel de “liquidador” de la experiencia de la dictadura militar. Se inició
de ese modo el proceso de transición hacia un régimen político democrático,
signado por la crisis económica, la desestructuración de la tradicional matriz
sustitutiva de importaciones y el sostenimiento del régimen de acumulación
de la valorización financiera, la crítica situación por la que atravesaban los tra-
bajadores, la instalación del problema del desempleo, la creciente difusión pú-
blica de la verdad respecto del terrorismo de Estado y la movilización de los
organismos de derechos humanos.
En abril de 1983 las Fuerzas Armadas redactaron un Acta Institucional. En ella
asumían la responsabilidad en las “acciones antisubversivas” y declaraban falle-
cidos a los desaparecidos. Buscaban evitar a toda costa una revisión de lo actua-
do y borrar las secuelas del terrorismo estatal. Consideraban a las prácticas más
características de este tipo de terrorismo –la desaparición de personas, el exter-
minio de prisioneros y la tortura– como “actos de servicio” o “gestos patrióti-
cos”. En esa misma línea, impulsaron una ley de autoamnistía, por cual se li-
braba de toda responsabilidad a los ideólogos y ejecutores del mayor genocidio
de nuestra historia.
El gobierno militar estableció un nuevo estatuto de los partidos políticos, que
comenzaron a reorganizarse. A través de ellos se canalizaron las expectativas de

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416 | ARIEL FILADORO, ALEJANDRA GIULIANI Y MIGUEL MAZZEO

la sociedad argentina, como quedó demostrado por la afiliación masiva de ciu-


dadanos. Este proceso tuvo lugar más allá de las limitaciones de los partidos y
de la mayoría de los dirigentes políticos, muchos de ellos cómplices, en diver-
sos grados, de la dictadura militar, o sencillamente obsoletos o visualizados
como políticamente inadecuados para un proceso democrático, tolerante y res-
petuoso de los derechos.
Esto último ocurrió principalmente con el Partido Justicialista, dominado por
la derecha política y sindical. Lorenzo Miguel, líder de la Unión Obrera Meta-
lúrgica (UOM) y heredero del sindicalismo vandorista, era además vicepresi-
dente del Partido Justicialista, siendo de hecho la máxima autoridad del parti-
do, ante la ausencia y el desprestigio de la titular, la ex presidente Isabel Perón.
Los principales representantes del poder sindical peronista limitaron sus críti-
cas a la dictadura y establecieron un diálogo con los militares. El pacto militar-
sindical fue denunciado por el radicalismo durante la campaña electoral, prin-
cipalmente por el candidato presidencial Raúl Ricardo Alfonsín, lo que contri-
buyó a que una parte del electorado, tradicionalmente peronista, votara la fór-
mula de la UCR.
Además, Alfonsín legitimaba su candidatura por el hecho de haber surgido de
elecciones internas en la UCR. Durante la campaña electoral desplegó un discur-
so basado en la posibilidad de la construcción de un Estado de derecho y asumió
personalmente el papel de garante de los valores republicanos. Alfonsín convoca-
ba a la sociedad a realizar una “apuesta contractual”, tomando la figura del “pac-
to” como la forma principal de la política. Por todo esto, en las elecciones de
1983, el candidato de la Unión Cívica Radical obtuvo más del 50 por ciento de
los votos y se impuso a la fórmula justicialista integrada por Ítalo Argentino
Luder y Deolindo Bittel, que alcanzó el 40 por ciento. La primera derrota del
justicialismo en elecciones libres y la instauración de un bipartidismo inexistente
con anterioridad, marcaron el tono de los tiempos iniciales del nuevo gobierno.
Se abrió un período que muchos de los contemporáneos interpretaron como de
franca ruptura con el pasado dictatorial. La polisémica idea de “democracia” pare-
cía actuar como un conjuro contra los años de plomo. Sin embargo, la herencia de
la dictadura se manifestaría profunda y la sociedad que emergía de ella era muy
distinta a la de los inicios de la década de 1970. Baste sólo observar uno de los
datos más significativos que presentaba el escenario político en 1983: la menor
incidencia relativa de fuerzas políticas “revolucionarias” y de izquierda, de gru-
pos contestatarios y rebeldes en el campo sindical y estudiantil. El contraste con
los años previos al golpe del 76 era evidente, una clara constatación de que los
principales objetivos de la dictadura militar se habían cumplido.
La democracia representativa fue la forma que asumió la continuidad del proceso
económico-social iniciado por Alfredo Martínez de Hoz. La democracia terminó

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EL RETORNO A LA DEMOCRACIA (1983-1989) | 417

siendo “el liberalismo por otros medios”. Enrique Fogwill publicó, en mayo de
1984, un ensayo en la revista El Porteño titulado “La herencia cultural del Proce-
so”, donde destacaba una invariante histórica de largo plazo, que se inició con la
dictadura y que continuó en el período abierto en 1983. Proponía, crudamente,
buscar el Proceso en los “pasadizos progresistas de los contemporáneos”1.

2. La política de derechos humanos y la cuestión militar:


avances y retrocesos

Los organismos de derechos humanos, en particular las Madres de Plaza de


Mayo2 , constituyeron una de las principales resistencias a la dictadura militar.
El movimiento de derechos humanos fue creciendo y consolidándose a partir de
la apertura política en 1982. Con el retorno de la democracia, una de las tareas
de los organismos que lo conformaban, consistió en regularizar la situación
jurídica de presos políticos, exiliados, niños nacidos en la clandestinidad, pa-
rientes de desaparecidos con causas penales pendientes y problemas patrimo-
niales, de documentación, etc.
Amplios sectores del movimiento de derechos humanos y partidos políticos
opositores a la UCR reclamaron la formación de una comisión parlamentaria
bicameral, con poderes para investigar los crímenes del terrorismo de Estado.
Sin embargo, Alfonsín, en una de sus primeras medidas, creó un organismo
ligado directamente al Poder Ejecutivo, la Comisión Nacional sobre la Desapa-
rición de Personas (CONADEP), dirigida por el escritor Ernesto Sabato y otras
personalidades de la cultura y la política3 . El objetivo de la comisión era inves-
tigar y acumular pruebas sobre las prácticas del terrorismo estatal durante la
dictadura (desaparición de personas, torturas, asesinatos, etc.), sobre el destino
de los detenidos-desaparecidos y sobre los campos de concentración. En menos
de un año la comisión reunió gran cantidad de expedientes con testimonios de

1 Esteban Rodríguez: La invariante de la época. Las formas de la cultura política en la


Argentina contemporánea, La Plata, Ediciones La Grieta, 2001, p. 10.
2 También cabe destacar la participación de: Abuelas de Plaza de Mayo, Familiares de Des-
aparecidos y Detenidos por Razones Políticas, el Servicio de Paz y Justicia, el Centro
de Estudios Legales y Sociales, el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, la
Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, la Liga Argentina por los Derechos
del Hombre y la Asociación de Ex Detenidos y Desaparecidos, creada en 1984.
3 Entre otros, integraban la CONADEP René Favaloro, Jaime de Nevares, Gregorio
Klimovsky y Magdalena Ruiz Guiñazú. Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz,
rechazó el ofrecimiento a formar parte de la CONADEP por considerar que debía haberse
creado una comisión parlamentaria.

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sobrevivientes de los campos de concentración y de sus familiares y amigos. El


miedo aún reinante en la sociedad argentina y la supervivencia parcial del apa-
rato represivo de la dictadura, nunca embestido a fondo por el gobierno radical,
hicieron que muchas personas se negaran a declarar ante la CONADEP. Los
organismos de derechos humanos estimaron en 30.000 el número de personas
detenidas-desaparecidas durante la dictadura militar y en más de 500 los cen-
tros clandestinos de detención (campos de concentración).
Los militares pretendían ser juzgados por sus pares pero, ante la presión de los
organismos de derechos humanos y de la sociedad así como por el compromiso
demostrado por algunos sectores del propio gobierno, los casos de violación de
derechos humanos perpetrados por las fuerzas de seguridad fueron pasados a
tribunales civiles después de una reforma introducida por el Congreso que esta-
blecía que el fallo de la justicia militar podía ser apelado ante la Cámara Fede-
ral con competencia en el lugar donde los hechos se habían producido.
En abril de 1985 comenzaron las audiencias del juicio a las tres primeras juntas
militares. Desde ese mes hasta fin de año, la sociedad se conmovió ante los
relatos de sobrevivientes que ponían en evidencia el grado de barbarie ejercido
por la dictadura militar y el Estado argentino, que mató, torturó, violó, robó
(bienes y personas) y que no dejó derecho por avasallar. A fin de año, los princi-
pales jerarcas del “Proceso” fueron condenados a cadena perpetua o a muchos
años de prisión. Los procesos judiciales no se limitaron a los militares, en 1986
fue extraditado José López Rega, y acusado por su rol como jefe de la Triple A.
Alfonsín estaba dispuesto a disminuir el poder de las Fuerzas Armadas, para lo
cual pasó a retiro a un conjunto de oficiales de alto rango y redujo el presupues-
to militar. Pero fueron los juicios los que generaron la reacción militar. Según
la Cámara, había que avanzar en la investigación, no sólo teniendo en cuenta las
responsabilidades de los oficiales superiores sino también las de los “ejecutores”
de las órdenes de los jefes. Los hechos demostraron que, a pesar del descrédito,
los militares aún eran un factor de poder.
En diciembre de 1986, el gobierno, a través de una ley, limitó a 60 días el plazo
para presentar acciones penales contra representantes de las fuerzas de seguri-
dad que hubieran participado en la represión. A pesar de los cuestionamientos
de los organismos de derechos humanos y de una masiva movilización, la lla-
mada Ley de Punto Final (ley 23.492) fue sancionada.
Los militares aprovecharon las señales de debilidad que daba el gobierno y avan-
zaron. En Semana Santa de 1987, un grupo de militares dirigidos por el coronel
Aldo Rico (conocidos como “carapintadas”, por embadurnarse el rostro con
inocultable predisposición bélica) se sublevaron en Campo de Mayo. El repudio
popular hacia los sublevados fue contundente: cientos de miles de personas col-
maron la Plaza de Mayo.

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EL RETORNO A LA DEMOCRACIA (1983-1989) | 419

El gobierno de Alfonsín, coherente con su concepción verticalista de la toma de


decisiones políticas, no estuvo a la altura de las circunstancias históricas. Lejos de
presionar y cercar al poder militar, apoyándose en la importantísima moviliza-
ción popular y en el formidable repudio que la sociedad estaba manifestando
hacia los sublevados, decidió negociar y conceder. El presidente, un “liberal” más
que un “demócrata”, había claudicado. Quedó demostrado que en su idea de la
democracia, el énfasis estaba puesto en lo procedimental. No concebía la demo-
cracia como la lucha por más democracia. Carecía de la predisposición para difun-
dir el poder estatal por todo el tejido social y, por lo tanto, no favoreció un proce-
so de expansión de los ámbitos estratégicos de la participación popular. Al con-
trario, impulsó la proliferación de circuitos mediatizadores que reproducían las
desigualdades, ratificando el poder de los que tenían poder. Es decir, al mediati-
zar los puntos de vista y los intereses que entraban en colisión en un marco signado
por la asimetrías, benefició a los grupos más poderosos.
Poco después de los sucesos de Semana Santa, en junio de 1987, el Congreso
sancionó la Ley de Obediencia Debida (ley 23.521), por la cual los oficiales de
menor graduación, los suboficiales y los cuadros subalternos en general, respon-
sables inmediatos de un abanico de aberraciones, quedaban librados de toda res-
ponsabilidad en la represión, puesto que habían “obedecido” las órdenes de sus
superiores. Estas leyes acabaron con las expectativas que una parte de la sociedad
había depositado en el gobierno radical. Amplios sectores se sintieron profunda-
mente frustrados. A partir de 1987, el consenso inicial del gobierno de Alfonsín
se fue deteriorando a pasos agigantados.
De todos modos, durante 1988 hubo otras dos rebeliones. Aldo Rico, después
de fugar, volvió a sublevarse en 1988, en Monte Caseros, en Corrientes. A fin de
ese año, el coronel Mohamed Alí Seineldín, otro líder “carapintada”, se sublevó
en Villa Martelli, en la provincia de Buenos Aires. Seineldín exigía una amnis-
tía para todos los militares juzgados y procesados y la renuncia del comandante
en jefe del Ejército. Ambos terminaron en prisión, pero quedaba claro que la
cuestión seguía abierta y que los responsables del genocidio podían seguir re-
cuperando terreno.
En enero de 1989, un comando guerrillero del Movimiento Todos por la Patria
(MTP) intentó copar el regimiento de La Tablada, con el fin de evitar un supuesto
golpe militar carapintada4. Enrique Gorriarán Merlo, miembro del MTP, mili-
tante del Partido Revolucionario de los Trabajadores y del Ejército Revoluciona-
rio del Pueblo (PRT-ERP) durante los años 60 y 70 y principal responsable de la
operación, afirmaba que: “La idea era ganar la iniciativa, parar el golpe, lograr la

4 Se basaban en información de los organismos de inteligencia del Estado.

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movilización popular y exigir al gobierno firmeza frente a los planteos militares.


Pensábamos que con la gente en la calle y los militares aún no movilizados en
conjunto se dificultaría mucho la represión posterior; claro que no descartábamos
nuevos enfrentamientos, pero ya en mejores condiciones. En aquel momento el
poder político estaba cada vez más condicionado, el pueblo se sentía cada vez más
separado de ese poder político y los golpistas estaban cada vez más envalentona-
dos. Con La Tablada intentábamos frenar ese proceso y ayudar a un cambio de
rumbo que despejara el camino de la democracia”5 .
La acción, por cierto, fue extemporánea, tanto por su metodología como por su
concepción militarista y vanguardista.
El Ejército no dejó escapar la oportunidad de señalar la vigencia de la “guerri-
lla” y de reprimir salvajemente (hubo fusilados y desaparecidos) a un grupo de
guerrilleros en situación de inferioridad numérica y técnica. A pesar de sus
objetivos en contrario, los sucesos de La Tablada contribuyeron con la ofensiva
militar y de los sectores más retrógrados.

3. La teoría de los dos demonios

La “teoría de los dos demonios” fue un fenómeno político-discursivo, uno de


los principales paradigmas hegemónicos que, a partir del retorno de la demo-
cracia en 1983, se “interpone” y distorsiona la comprensión del pasado y del
presente. Esta lectura del pasado inmediato puso a funcionar mecanismos de
olvido que fueron el abono de crisis posteriores.
Esta “teoría” encontró su formulación más concreta en el informe de la Comisión
Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), específicamente en el
prólogo de Ernesto Sabato al Nunca Más, donde afirma lo siguiente: “A los deli-
tos de los terroristas las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infi-
nitamente peor, produciendo la más grande tragedia de nuestra historia”6.
Pero la equiparación de víctimas y victimarios no era precisamente el punto más
falible de la teoría de los dos demonios. Uno de los pilares de esa teoría consiste
en atribuir a los demonizados un supuesto “culto a los medios” y una concepción
de los objetivos como “meras coartadas”. De este modo, el supuesto “culto a la
violencia” negaría, por un lado, los anhelos de liberación, justicia y transforma-
ción social de toda una generación y, por el otro, los objetivos reaccionarios de

5 Enrique Gorriarán Merlo: Memorias de Enrique Gorriarán Merlo, de los setenta a La


Tablada, Buenos Aires, Planeta, 2003, p. 501.
6 CONADEP, Nunca más. Informe de la Comisión Nacional para la Investigación de la
Desaparición de Personas, Buenos Aires, EUDEBA, 1984.

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EL RETORNO A LA DEMOCRACIA (1983-1989) | 421

quienes abogaban por la preservación de un ordenamiento social jerárquico –vía


la redistribución desigual de la riqueza– y por la reproducción del sistema de
dominación. ¿Se podrían explicar las atrocidades del nazismo, por ejemplo, sólo a
partir del funcionamiento de sus instancias burocráticas? ¿Los métodos no fueron
plenamente funcionales a los objetivos?
Para la “teoría” ambos demonios “violaron las leyes” y eso los equipararía. No se
toma en cuenta el sentido de la supuesta “violación” ni las características de esa
legislación, los intereses que afectaba y los que perpetuaba. Tampoco repara en
una paradoja: los defensores de la teoría de los dos demonios no pueden dejar de
reconocer que la violación sistemática de esa ley por parte de la dictadura militar
condujo, en última instancia, a una renovada vigencia de la misma. Es decir, en
algún punto deben reconocer que los militares violaron la ley porque la ley estaba
en peligro y porque sus mecanismos usuales resultaban insuficientes para
autodefenderse. Los sectores que apoyaron su sistemática violación se convirtie-
ron luego, una vez erradicado el “mal” que atentaba contra ellas, en sus sostenedores.
La teoría de los dos demonios, tras la fachada de la doble condena, oculta la
justificación del terrorismo de Estado.
La teoría de los dos demonios generaliza retrospectivamente una situación. Sin
hacer distinciones sociales, de clase o de grupo, afirma que en 1976 toda la
sociedad estaba igual de aterrorizada por la guerrilla y la Triple A. Tras esta
afirmación, que tiende a socializar la culpa, se oculta el supuesto, pocas veces
explícito, que sostiene que la mayoría del país consintió “en los hechos” el
golpe de Estado, aportando así a la fundamentación de la teoría autoritaria el
consenso “tácito” o “pasivo” que supuestamente prestan los argentinos cuando
reclaman orden.
Por otra parte la teoría escinde al pueblo de sus organizaciones a través de la
noción de “masa vacante” y de sus esquemas binarios: pueblo-dirigentes, pue-
blo-agitadores, pueblo-infiltrados. Además reduce al sujeto social que impug-
naba objetivamente al sistema a una de sus expresiones (la que por otra parte
estaba en crisis y en retroceso): los grupos armados. ¿Y los trabajadores?
Se puede afirmar también que el documental La República perdida, difundido
masivamente durante 1983 y 1984, se ajustaba a los lineamientos principales
de esta teoría y además la aplicaba retrospectivamente. De este modo, la histo-
ria argentina mostraba al “pueblo” como sujeto pasivo (espectador del drama
nacional) y víctima inocente de la sinrazón y la violencia de grupos minorita-
rios de signos diversos.
Finalmente la teoría de los dos demonios niega que los itinerarios de la
dictadura militar permanezcan inconclusos. La reflexión sobre la dictadura
ha girado muchas veces alrededor del tópico de su posible retorno y de la
necesidad de generar los mecanismos idóneos que acoten esa posibilidad: la

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apuesta fuerte a la consolidación del sistema institucional, la práctica acti-


va de la memoria, una sana pedagogía que disponga a las nuevas generacio-
nes a la posición del “nunca más”. De este modo, el problema se reduce a
una cuestión de “educación cívica”. Tal fue la estrategia del radicalismo. El
horror se congelaba y se transformaba en puro pasado. Sólo se trataba de
garantizar su irrepetibilidad, ignorando una forma de dominio que sólo
difiere de la anterior por sus atributos externos y formales. Existe una rea-
lidad siniestra que una sociedad por hipócrita o golpeada tiende a negar: la
dictadura está con nosotros, aunque aparentemente el tiempo transcurrido
la haya convertido en algo lejano y extraño. La principal certeza de la dicta-
dura (el segundo demonio de don Ernesto Sabato) es la supervivencia de sus
efectos. La pregunta en torno a las posibilidades de que regresen los tiem-
pos del horror no tiene sentido. Vivimos en él aunque se nos presente con
otros ropajes: miseria, descomposición social, corrupción, impunidad, des-
trucción del espacio público (sin dejar de reconocer la reedición en nuevos
contextos de la violencia institucional y policial). Su aliento remite al es-
panto y es el espanto. La teoría de los dos demonios intenta convencernos
de que la garantía del no-retorno al tiempo del “caos” y el “horror” implica
aceptar el predominio de los sectores dominantes y aprender a convivir,
resignados y promiscuos, con sus efectos.

4. El Estado condicionado y los límites de la democracia

Alfonsín intentó construir un Estado de derecho y fundar una ciudadanía basa-


da exclusivamente en los derechos civiles y políticos. En otras palabras, se trató
de una concepción donde el régimen político, al transitar de la dictadura a la
democracia, garantizaría un orden con mayor bienestar para el conjunto de la
sociedad. Fiel a la tradición radical, apostó, con gran ingenuidad política y sin
atender a la relación de fuerzas, a que la “ética de los procedimientos” y el
respeto de la Constitución y las leyes resolvieran los conflictos estructurales,
limitaran el poder de las corporaciones y lograran el equilibrio social. Esta
confianza se expresó en uno de los principales slogans de Alfonsín: “Con la
democracia se come, se cura y se educa”. Todo se cargó a la cuenta de la demo-
cracia.
Por su parte, amplios sectores de la sociedad eligieron creer que los fundamen-
tos del Estado de derecho, como la división de poderes, las leyes fielmente
aplicadas por jueces “independientes”, la amplia vigencia de las libertades per-
sonales y políticas, serían garantías suficientes de un capitalismo más justo. En
contraposición al terrorismo de Estado que venían de padecer –e incluso algu-

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EL RETORNO A LA DEMOCRACIA (1983-1989) | 423

nos de avalar o de negar–, hicieron propio el discurso oficial en cuanto a la


antinomia autoritarismo-democracia. A partir de esta dicotomía, proyectada
retrospectivamente, adhirieron al nuevo orden como reaseguro de no retorno a
las prácticas autoritarias de la dictadura. A la vez, el gobierno avivó la idea de
que la sociedad estaba amenazada por un nuevo golpe de Estado. Ese hecho
actuó como mecanismo de disciplinamiento respecto de las decisiones guber-
namentales, y el temor limitó la libertad y el compromiso de participación en
movimientos que se propusieran profundos cambios sociales.
Así y todo, buena parte de la ciudadanía, por lo menos durante un tiempo, se
sintió protagonista de la construcción democrática, visualizó a los partidos po-
líticos como representantes de sus intereses y confluyeron en ellos afiliándose o
acompañándolos en propuestas y manifestaciones públicas.
Por otra parte, se hizo notorio que el nuevo régimen político democrático
expresaba profundas transformaciones en relación con sus antecesores, pues
los métodos de lucha y las formas de la acción popular característicos de la
época anterior a 1976, si bien se mantuvieron durante los 80, habían perdido
su antigua efectividad. Los inicios de la democracia evidenciaban durísimas
herencias de la dictadura, como la desaparición de muchísimos de los mejores
militantes populares y la formación individualista de tantos otros jóvenes
que nacían a la vida política. Por otra parte, el proceso de despolitización de
los sectores populares, lejos de detenerse, asumió nuevas formas a partir de
1983. Fueron sometidos a un proceso de “electoralización” y de dispersión
que incrementó su fragmentación. La democracia, en la concepción limitada
del radicalismo, se opuso al efectivo ejercicio de la política.
De todos modos, lenta e imperceptiblemente, nuevos actores (jóvenes y muje-
res), nuevos ejes articuladores (derechos humanos, lo cultural-comunicacional,
lo territorial o lo “barrial”) y nuevos métodos para la lucha y la protesta social
aparecieron en la escena del conflicto y fueron conformando diversos tipos de
movimientos que resistieron la despolitización.
El consenso inicial a la gestión alfonsinista, el apoyo masivo a un conjunto de
iniciativas, dieron pie a que algunos políticos e intelectuales cercanos al gobier-
no hablaran de un “tercer movimiento histórico”, una especie de síntesis
superadora de las dos grandes tradiciones populares de la historia argentina, el
radicalismo yrigoyenista y el peronismo.
Pero la experiencia de gobierno, muy rápidamente, enfrentó al radicalismo con
una realidad que demostraba las limitaciones de esos mecanismos (idealizados) a
la hora de confrontar con intereses muy arraigados y con las conductas especula-
tivas y abiertamente disociativas de los principales actores económicos y corpora-
tivos, por lo general poco proclives a hacer concesiones en beneficio del conjunto
y a respetar la institucionalidad. El gobierno radical contribuyó activamente con

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el proceso de despolitización al presentar esas limitaciones como inherentes a la


política. Fue instalando gradualmente la idea de la imposibilidad de la política
más allá de sus condicionamientos, idea que se consolidó en los 90.
La instauración del régimen de acumulación de la valorización financiera ha-
bía dejado un pesado lastre: la deuda externa. Siendo uno de los mayores
condicionantes del accionar del Estado, generaba situaciones totalmente nue-
vas, alterando el funcionamiento característico de la economía y la sociedad
argentina de veinte o treinta años atrás. Las condiciones financieras interna-
cionales habían cambiado desde mediados de los años 70 y ya no “operaban
en un cuadro general de alza global de la tasa de ganancia en las economías
avanzadas”7.
La forma de Estado neoliberal, por su parte, mostraba claramente que la
capacidad de control del aparato estatal sobre la dinámica económica luego
de la dictadura estaba seriamente disminuida. El aparato de gestión y ad-
ministración se había deteriorado en un grado lo suficientemente alto para
limitar las capacidades del Estado a la hora de trazar y ejecutar la política
económica y disciplinar a los factores de poder. Un Estado desarticulado,
herencia de la dictadura, era un poderoso condicionante para el gobierno
radical ya que resultaba incapaz de imponer políticas a los grandes grupos
económicos nacionales y transnacionales, al capital financiero y a la buro-
cracia sindical.
Hacia 1984 se constituyó la corporación de empresarios conocida como Capi-
tanes de la Industria, a partir de una convocatoria formal del canciller Dante
Caputo. El gobierno declaraba estar interesado en crear un espacio de “debate
de ideas” con ese sector. Se trataba de representantes de un conjunto de gru-
pos económicos locales diversificados, consolidados al calor de la gestión de
la dictadura militar8. Así, el Estado creaba un nivel extraparlamentario de
relación con el sector empresario, que consistía en negociaciones directas lle-
vadas a cabo por un conjunto de funcionarios centrales en la estructura del
partido de gobierno. Los Capitanes de la Industria se fortalecieron como cor-
poración, adquirieron un lugar central en las decisiones de Estado, tanto en
las referidas a defender y acrecentar las prerrogativas económicas adquiridas
durante la dictadura, como en decisiones políticas más abarcativas9. De modo

7 Claudio Katz, “El círculo vicioso de la crsisis mundial y la deuda de America Latina”,
Realidad Económica, Nº 83-84, cuarto y quinto bimestre de 1988, pp. 32 y 55.
8 Véase Marcelo Luis Acuña, Alfonsín y el poder económico, Buenos Aires, Corregidor,
1995, p. 44-45.
9 Véase Eduardo Basualdo, Sistema político y modelo de acumulación en la Argentina,
Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2001, p. 44.

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EL RETORNO A LA DEMOCRACIA (1983-1989) | 425

similar, el Ejecutivo abrió continuos espacios de “concertación”, negociacio-


nes directas con otras corporaciones empresariales y con sectores de la buro-
cracia sindical, en especial con el Grupo de los 15, liderado por Armando
Cavalieri y Jorge Triaca.
¿Qué capacidad tendría el Poder Ejecutivo para conciliar y, llegado el caso,
subordinar a las principales fracciones del capital? ¿Contaba el poder político
con poder suficiente para “disciplinar” al capital que durante la dictadura había
conseguido consolidar su poder económico? El gobierno radical obró, de algún
modo, respondiendo afirmativamente a estos interrogantes.
Por su parte, la “transición a la democracia” mostraba sus límites. El go-
bierno estaba lejos de construir y legitimar mecanismos políticos por me-
dio de los cuales los representantes electos fueran quienes definieran y deci-
dieran la política económica y social. Y lejos estaba también de dinamizar
instituciones estatales que canalizaran proyectos de las mayorías. Por cierto
que no eran muy amplios los sectores de la sociedad (despolitizada) que
demandaban la concreción de tales prácticas democráticas. Quizás uno de
los mayores triunfos de la dictadura militar fue lograr subvertir en muchos
la idea de “política”, en el sentido de que los dirigentes proponen y deci-
den, mientras que los proyectos colectivos quedan relegados, en todo caso,
a decisiones puntuales y poco relevantes. La idea de que “la política es de
los políticos” y la concepción de que el sujeto político es el individuo y no
el colectivo social, había calado hondo, es decir, se habían naturalizado el
posibilismo y el oportunismo.
Una característica central del régimen de la “transición a la democracia” fue
la creciente participación de “operadores políticos”. Articuladores de acuer-
dos más o menos informales entre el radicalismo y los sectores dominantes,
generaron espacios propicios para la concreción de negocios políticos y eco-
nómicos. Teniendo en cuenta la continuación del proyecto económico-social
que se había iniciado en la dictadura militar, las presiones de los sectores
dominantes hacia el gobierno y la actividad de los operadores, Eduardo
Basualdo ha situado en los años de Alfonsín los orígenes de un proceso de
cooptación ideológica de militantes políticos, sindicales y otros intelectuales
propios del campo popular por parte de la clase dominante, que dio en llamar
“el transformismo argentino”. Basualdo considera que el transformismo res-
ponde a una estrategia global de la clase dominante para mantener y expandir
“en democracia” el régimen de valorización financiera que había logrado im-
plantar a través de la dictadura10.

10 Véase Eduardo Basualdo, op. cit., p. 46.

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En concordancia con las nuevas condiciones imperantes en el capitalismo mun-


dial, el capital financiero pasó a ocupar un lugar cada vez más destacado entre
los actores económicos de mayor poder relativo. De hecho, fue durante los años
del gobierno de Raúl Alfonsín cuando la voz de los acreedores de la deuda
externa comenzó a ser decisiva en el rumbo económico del país. Según el esque-
ma de Basualdo, el conjunto de los representantes políticos perdieron autono-
mía relativa respecto del poder económico y, en pocos años, las medidas políti-
cas fueron un fiel reflejo de los intereses de las distintas fracciones del capital.
En poco tiempo, el entusiasmo inicial dio paso al reconocimiento de un hecho: la
dictadura militar había creado nuevas condiciones estructurales y el radicalismo
no tenía la fuerza social necesaria, la intención ni la capacidad para revertirlas.
En otros campos, el contraste con la dictadura era notorio. La democracia ga-
rantizó la libertad de pensamiento, expresión y creación, y en líneas generales
el gobierno radical se mostró tolerante frente a los conflictos sociales. Las uni-
versidades públicas se normalizaron después de muchos años de intervenciones.
La libertad de prensa se hizo efectiva, al igual que la participación ciudadana en
algunos ámbitos. Esto generó la airada respuesta de los sectores ultramontanos,
que cuestionaron el “libertinaje” sin disimular su añoranza por los tiempos de
la dictadura. La sanción de la Ley de Divorcio Vincular, en 1987, apoyada por
los no católicos y por muchos católicos, generó la reacción de la Iglesia, que
después de mucho tiempo (desde 1955), recurrió a la movilización callejera. La
actitud retrógrada de la Iglesia católica argentina reflejaba de algún modo las
complicidades de la institución con la dictadura militar. Ese mismo año, se
sancionó la Ley de Patria Potestad Compartida, complementando de este modo,
aunque tardíamente, el proceso de modernización de las relaciones familiares.
Como contraparte, la Iglesia obtuvo del gobierno y del Estado nacional un
espacio clave en el Congreso Pedagógico y una influencia nada despreciable en
el trazado de las políticas educativas y en la selección de los contenidos de la
enseñanza. Pero, sin dudas, el juicio a los ex comandantes generó la reacción
más cruda de la derecha, que utilizó todos los medios, incluyendo atentados
públicos, para oponerse.
En sus empresas belicistas de convocatoria nacional, la dictadura militar había
dejado pendiente la definición de nuevas estrategias estatales frente al triunfo
británico en la Guerra de Malvinas y para la resolución del conflicto con Chile
por la soberanía de la zona del Canal de Beagle. En ambos casos –en contraste
con el régimen militar–, el gobierno de Alfonsín priorizó posturas antibelicistas,
e intensificó las vías diplomáticas de diálogo. Ante Gran Bretaña intentó sin
éxito reiniciar negociaciones bilaterales y luego optó por buscar apoyos en foros
multilaterales, como las Naciones Unidas. En el caso del Beagle, la diplomacia
radical decidió aceptar la propuesta formulada por el Vaticano, que había ac-

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EL RETORNO A LA DEMOCRACIA (1983-1989) | 427

tuado de mediador entre ambos países durante la dictadura, aun cuando el fallo
beneficiaba a Chile. Para avalar su posición, y para presionar al Parlamento,
convocó a una consulta popular. En 1984, la población participó de un plebis-
cito y aprobó el tratado.

5. Economía y sociedad: la puja sectorial por la


redistribución del ingreso

Al asumir el radicalismo el gobierno, los problemas económicos estaban vincu-


lados a la puja redistributiva, la caída de la inversión y la deuda externa. El
contexto mundial no se presentaba favorable: a una crisis de los precios de los
productos agrícolas se sumaba el aumento por parte de Estados Unidos del tipo
de interés que se debía pagar por la deuda. “La crisis financiera internacional
(...) explota en agosto-septiembre de 1982. Esta crisis, originada en la aguda
iliquidez que surge de la política monetaria de EUA y en la insolvencia genera-
lizada de los deudores de América Latina, provoca una abrupta interrupción de
los créditos de la banca privada mundial”11.
El ministro de Economía Bernardo Grispun intentó un retorno a la matriz
sustitutiva y distribucionista; de hecho, se ha dicho que su programa se inspi-
raba en la experiencia de Arturo Illia. Según el ministro y su equipo, los estí-
mulos para el crecimiento económico debían provenir de la demanda interna y
del poder adquisitivo de las clases populares. Por lo tanto, propició una mejora
salarial, la protección arancelaria y un parcial control de precios. Además, trató
de reactivar la actividad industrial a partir de créditos. Contradictoriamente, la
política económica de Grispun no alteró la operatoria de los monopolios que se
vieron claramente beneficiados. Esto hizo que fuera inevitable la explosión
inflacionaria y tornó imposible contrarrestar las presiones de los distintos gru-
pos de interés.
Frente a la deuda externa, el gobierno adoptó inicialmente una “línea dura”.
Manifestó sus intenciones de determinar qué parte de la deuda era ilegítima.
Pero esta disposición no duró mucho. Al poco tiempo, el pago de la deuda se
convirtió en uno de los principales objetivos del gobierno.
Los intereses de la deuda externa se devoraban literalmente los excedentes de la
balanza comercial, todos los recursos obtenidos a partir del superávit del co-
mercio exterior. La transferencia de recursos tanto a los acreedores como a los

11 Aníbal Mayo: “El Plan Sourrouille”, Realidad Económica, Nº 63, segundo bimestre de
1985, p. 6.

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grupos económicos y los conglomerados externos atentaba contra la inversión,


lo que imposibilitaba el crecimiento del producto y el descenso de los precios.
Vale subrayar, siguiendo a Basualdo, que las transferencias de recursos a estos
grupos económicos locales y conglomerados externos, muchas veces excedían a
las transferencias hacia los acreedores12. En efecto, fue este esquema de priori-
dades del gobierno el que, más adelante, condujo a los acreedores externos a
impugnar el accionar del gobierno radical, desencadenando la corrida cambiaria,
cuyo desenlace fue la hiperinflación.
Para atender a las urgentes necesidades de los sectores más postergados, el go-
bierno impulsó el Plan Alimentario Nacional (PAN), que distribuía cajas de
alimentos. De hecho, siguiendo los lineamientos del Banco Mundial, comenza-
ba a aplicarse un esquema de políticas asistencialistas que, lejos de discutir la
redistribución de la riqueza, simplemente gestionaban la pobreza alimentando
a los carenciados. De este modo, pasó a estar fuera de la discusión la distribu-
ción de los ingresos. Las cajas del PAN preanunciaron la suerte que sobrevino a
los sectores que no consiguieron insertarse en la sociedad salarial. El problema
de la pobreza fue crecientemente abordado como un problema de los pobres.
Por otra parte, un conjunto de sectores políticos visualizaban las “posibilidades
electorales” de la miseria. El asistencialismo, un eficaz factor de despolitización
de las clases populares y de reproducción de la pobreza y de las élites políticas,
se extendió y fue delineando una “patria asistencialista”.
El intento de Grispun no funcionó y, ante la presión de los acreedores externos y
un rebrote inflacionario, renunció en febrero de 1985. La capacidad impugnadora
de los acreedores comenzaba a mostrar su fuerza. De hecho, las relaciones con el
FMI durante la gestión de Grinspun habían sido muy conflictivas.
Más allá de las intenciones keynesianas, el poder económico presionaba a favor
de la continuidad de los procesos iniciados con la dictadura: la concentración y
diversificación económicas. El gobierno radical no alteró en lo sustancial el
mecanismo de subsidios hacia los sectores más concentrados de la industria ni
las políticas de promoción industrial, es decir, no afectó a los sectores que se
habían consolidado y expandido durante la dictadura y que no se caracteriza-
ban precisamente por propiciar algún proyecto de desarrollo nacional.
Grispun fue reemplazado por Juan Vital Sourrouille, un economista con un
perfil más académico que político, con orientación afín a la Comisión Econó-
mica para América Latina (CEPAL). El nuevo ministro implementó un plan
económico que revertía las propuestas iniciales. El denominado Plan Austral,

12 Véase Eduardo Basualdo: Acerca de la naturaleza de la deuda externa y la definición de


una estrategia política, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes-Flacso-Página/
12, 1999.

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EL RETORNO A LA DEMOCRACIA (1983-1989) | 429

nombre de la nueva moneda que reemplazaba al peso, tenía como objetivo prio-
ritario bajar la inflación rápidamente. Se redujo el déficit fiscal y se aumenta-
ron los impuestos a las exportaciones. Se frenó la emisión monetaria y se conge-
laron precios, tarifas públicas y salarios. Se devaluó un 15 por ciento y se conge-
ló el tipo de cambio.
A diferencia del perfil distributivo de la gestión Grispun, el nuevo plan econó-
mico favorecía el aumento de las exportaciones agropecuarias y la reestructura-
ción industrial (de las ramas más concentradas y vinculadas al mercado exter-
no) a partir de la apertura de la economía. Se intentó mantener un tipo de
cambio alto para favorecer las exportaciones y alejar el viejo fantasma de la
escasez de divisas (típico rasgo del stop and go).
Además se impulsó la reestructuración del sector público mediante
privatizaciones de algunas empresas públicas que venían operando como meca-
nismo de transferencia de subsidios a las empresas más concentradas, contratis-
tas o clientes del Estado. De este modo, siguieron delineándose los rasgos de la
forma del Estado neoliberal y, cada vez más, ésta pasó a atender las necesidades
de los sectores dominantes. Si durante la dictadura habían sido beneficiados los
grupos económicos como contratistas del Estado, ahora se planteaba que las
empresas públicas pasaran directamente a manos privadas. Durante el gobierno
radical, el esquema de privatizaciones no contó con el apoyo necesario en el
Congreso, fundamentalmente debido a la oposición del peronismo. Pocos años
después, hiperinflación mediante, el gobierno de Menem sería el encargado de
articular los intereses de los sectores dominantes, efectuando las privatizaciones
en los años 90.
El impacto inicial del Plan Austral fue positivo, la inflación cayó de manera
pronunciada. Esto le permitió al radicalismo ganar las elecciones legislativas de
1985. Pero el fenómeno inflacionario retornó; los precios aumentaron y los sala-
rios siguieron deteriorándose. Las modificaciones parciales del plan no consiguie-
ron detener el proceso inflacionario. Como la productividad de la industria au-
mentaba, mientras que el costo de la fuerza de trabajo disminuía, difícilmente
puede sostenerse que los salarios fueron responsables del aumento de precios. Por
el contrario, las prácticas monopólicas (determinantes de los precios) de las gran-
des empresas operaron sistemáticamente impulsando el alza. Dos años más tarde
el plan era insostenible. En las elecciones de 1987, que ponían en juego varias
gobernaciones y que renovaban la Cámara de Diputados, el radicalismo fue de-
rrotado y el peronismo salió fortalecido13.

13 De hecho, el oficialismo perdió en todos los distritos, salvo Córdoba, Río Negro y la
Capital Federal.

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430 | ARIEL FILADORO, ALEJANDRA GIULIANI Y MIGUEL MAZZEO

La inflación pasó a funcionar como el termómetro de la economía. En un marco de


puja distributiva, la marcha de los precios reflejaba las disputas tanto entre las
distintas fracciones del capital, como entre el conjunto del capital y el trabajo. Sin
embargo, es preciso apuntar que el perjuicio del aumento de precios es marcadamente
asimétrico entre clases sociales. Mientras que las empresas miden el volumen de sus
ganancias según la marcha de los precios, los asalariados –en particular los de meno-
res ingresos– miden si alcanzan a cubrir la canasta básica de alimentos. Por añadi-
dura, en esta etapa los alimentos básicos incrementaban sus precios en proporciones
mayores al promedio inflacionario.
En agosto de 1988, una vez agotado el Plan Austral, el gobierno lanzó el Plan
Primavera. Su principal objetivo era “ganar tiempo” para arribar a las elecciones
presidenciales de 1989 con la inflación controlada, por eso el plan se basó en una
concertación de precios con los sectores más concentrados de la industria. Ahora
bien, su funcionamiento exigía garantizar un flujo constante de divisas en el mer-
cado local para mantener el valor del dólar bajo. El plan no se diferenciaba en lo
sustancial de los anteriores. Se trató de una nueva versión de los programas de
ajuste ensayados previamente: negociar con los organismos de crédito, ampliar el
superávit de la balanza comercial, aplicar políticas de ingresos recesivas que afec-
taban el consumo interno, etc. Lo distintivo fue, en todo caso, el énfasis puesto en
las “reformas estructurales”, particularmente del sector público (reducir su parti-
cipación en beneficio del capital monopólico), en la flexibilización de los regíme-
nes legales con el objetivo de anular las restricciones al capital extranjero, en la
aplicación de regímenes de “capitalización de la deuda”, etc.
En líneas generales, el plan comenzaba a mostrar crecientemente las apetencias
de largo de plazo del capital financiero. En términos de Leonardo Blejer: “El
equipo económico parece dispuesto a continuar el programa de reformas es-
tructurales en el sistema financiero y el comercio exterior. Todas las medidas
apuntan a consolidar el proceso de concentración y centralización de la econo-
mía, profundizando la inserción dependiente de nuestro país en una economía
crecientemente transnacionalizada”14.
Por otro lado, se veía cómo el gobierno tenía cada vez menos apoyo por parte de
las fracciones del capital excluidas de las prioridades del plan. En efecto, no contó
con el aval de las principales entidades agropecuarias; la poderosa Sociedad Rural
Argentina (SRA) se declaró en “estado de alerta”. El principal punto de discordia
era el tipo de cambio. La SRA y otras entidades agropecuarias exigían un tipo de
cambio único. La tensión tuvo su pico durante la Exposición Rural en agosto de
1988, cuando el presidente Alfonsín y otros representantes del gobierno fueron

14 Leonardo Blejer: “El Plan Primavera”, Realidad Económica, Nº 83-84, cuarto y quinto
bimestre de 1988, p. 32.

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EL RETORNO A LA DEMOCRACIA (1983-1989) | 431

abucheados por sectores de la concurrencia que respondían a las entidades


agropecuarias.
Muchos factores atentaron contra el plan; los que daban cuenta de la creciente
crisis que se venía gestando hacia dentro del gobierno, al interior de los secto-
res dominantes, así como entre dominantes y dominados. Las crisis de hegemo-
nía de las etapas anteriores volvían a reflejarse en la palestra política argentina.
Los cuadros técnicos que representaban intereses de las distintas fracciones del
capital operaban abiertamente en función de cada uno de los grupos. Entre este
tipo de acciones, las gestiones poco “patrióticas” de Domingo Felipe Cavallo
resultaron premonitorias de lo que sería la década del 90, pues había reco-
mendado al Fondo Monterario Internacional (FMI) y al Banco Mundial que
limitaran sus créditos al gobierno argentino.
La relación con estos organismos multilaterales de crédito se tornó cada vez más
conflictiva durante el último año y medio del gobierno radical. El ingreso de
Nicholas Brady como secretario del Tesoro norteamericano de la gestión entrante
de George Herbert Bush, señalaba un cambio en la política, aumentando las
exigencias hacia los países deudores por parte de estos organismos. Hacia fines de
1988, bajo el Plan Brady, el rol del FMI en los planes económicos de los gobier-
nos latinoamericanos fue ganando importancia al operar como supervisor ipso
facto de las políticas llevadas adelante por estos gobiernos. Las renegociaciones de
la deuda externa argentina sólo se realizaban si el gobierno hacía los cambios
exigidos por esta institución que, en última instancia, obra en consonancia con
los intereses de Estados Unidos15. El Consenso de Washington, en los hechos,
cristalizó durante la década de los 90 los lineamientos políticos que Estados Uni-
dos propuso para América Latina: privatización de empresas públicas, leyes de
flexibilización –precarización– laboral, liberalización del sistema financiero y
apertura de la economía, entre otras medidas que fueron supervisadas por el FMI.
En este contexto, a partir de mayo de 1988, el gobierno entró de hecho en
cesación de pagos con los organismos multilaterales de crédito y se radicalizó la
conflictividad entre las distintas fracciones del capital pues, tal como señala
Basualdo16, paradójicamente, el gobierno venía desatendiendo los pedidos de

15 Si bien el FMI se presenta como una entidad multilateral, en los hechos, los votos que
Estados Unidos tiene dentro de la misma hacen que ninguna decisión pueda tomarse sin
el consenso norteamericano. En general, los votos de los países deudores son claramente
minoritarios en la asamblea del FMI y la mayoría se compone de países desarrollados. De
esta manera, la institución condensa los intereses de los países dominantes en el escenario
internacional.
16 Eduardo Basualdo, Acerca de la naturaleza de la deuda externa y la definición de una
estrategia política, op. cit.

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432 | ARIEL FILADORO, ALEJANDRA GIULIANI Y MIGUEL MAZZEO

los acreedores externos y convalidando la acumulación del capital concentrado


interno.
En el transcurso de la primera quincena de febrero de 1989 el dólar trepó de 17
a 26 australes, y también subieron las tasas de interés. Los bancos nacionales y
extranjeros –acreedores del Estado– fueron los responsables de la corrida del
dólar. Al mes siguiente, el Banco Mundial suspendió la entrega de parte de un
crédito otorgado con anterioridad y se radicalizó el enfrentamiento entre los
acreedores externos y el gobierno.
La devaluación desató el aumento de precios y la economía, en un marco
estructuralmente inflacionario, siguió más que proporcionalmente el aumento
del dólar. El país ingresó en la hiperinflación. Los aumentos de precios, desqui-
ciados y constantes, hicieron inviable el sostenimiento de la situación. La
hiperinflación radicalizó la sensación de insostenibilidad del gobierno y la ne-
cesidad de cambios en las medidas de política económica. La disputa por la
redistribución del ingreso entre los grupos económicos más poderosos pasó a
dominar el escenario económico y político.
Los cambios que sobrevendrían a la “híper” sólo podían llevarse adelante en la
medida en que tanto los grupos económicos locales como el capital extranjero y
los acreedores externos acordaran su contenido. El resto de la población, ante la
huella de pánico que fue marcando la híper, legitimaría este acuerdo entre los
actores de mayor poder económico.
Entretanto, el ministro Sourrouille renunció y fue reemplazado por un dirigen-
te político, Juan Carlos Pugliese. Su gestión estuvo signada por la impotencia
frente a la voracidad de las distintas fracciones del capital en puja.

6. La crisis del gobierno radical, un final anticipado

Cuando el radicalismo asumió el gobierno y contribuyó a la restauración del


régimen democrático en diciembre de 1983, no era plenamente consciente de
los condicionamientos de la transición.
La puja entre el capital y el trabajo y la lucha intersectorial de grupos económi-
cos por la apropiación de los ingresos en un contexto de recursos escasos, infla-
ción descontrolada, exportación de divisas y fuga de capitales –a lo que debe-
mos sumar las limitaciones de la estructura social y estatal–, hicieron que el
gobierno radical, después de un inicio relativamente auspicioso, abjurara de sus
mejores intenciones y asumiera el único objetivo de administrar la crisis políti-
ca y económica del sistema.
La política económica del gobierno favoreció el reemplazo de la acumulación
por los subsidios. A través de las empresas públicas, se transfirieron subsidios a

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EL RETORNO A LA DEMOCRACIA (1983-1989) | 433

los sectores más concentrados de la industria. De este modo, el Estado asumió


el costo de la acumulación de capital de tales grupos.
En este sentido, la experiencia se inscribe en la lógica del período iniciado en
1976. También por esto mismo, y no por simple cronología, puede considerar-
se como antesala de las políticas implementadas en los 90. De hecho, durante el
gobierno de Alfonsín se impulsó la “reforma del Estado”, es decir, las
privatizaciones (que avanzaron en su versión “periférica”). La hiperinflación,
por su parte, se perfiló como otro momento del disciplinamiento social que
venía a complementar el del terrorismo estatal.
El gobierno de Raúl Alfonsín no hizo más que profundizar la debilidad estatal.
El resultado final fue una crisis económica que culminó en un proceso
hiperinflacionario, paradójicamente presentada y asumida por buena parte de
la población (los medios jugaron un rol clave en este aspecto) como consecuen-
cia de una excesiva presencia del Estado en la economía y en la sociedad. Esta
completa reversión del sentido común imperante hasta los años 70, marcó, en
el terreno de la hegemonía, el triunfo estratégico de los sectores más concentra-
dos del gran capital.
Por otra parte, durante esos años, el sindicalismo se constituyó como uno de los
sectores opositores más importantes del gobierno radical. A poco de asumir, el
gobierno envió al Congreso un proyecto de ley de Reforma Sindical. La ley era
contradictoria: por un lado, buscaba minar el poder de la burocracia sindical,
modificando los estatutos gremiales, dando mayor participación a las bases y a
la minorías, pero, al mismo tiempo, procuraba erosionar el poder político de
los sindicatos. A pesar de las diferencias dentro del sindicalismo y del peronismo
(después de la derrota del 83, se planteó una disputa por el control del
justicialismo entre “ortodoxos” y “renovadores”), hubo un alto grado de cohe-
sión en torno al cuestionamiento de la ley, la que por un voto no fue aprobada
en el Senado. Este intento frustrado debilitó al gobierno, y el sindicalismo, en
cambio, salió fortalecido. La Confederación General del Trabajo (CGT) confor-
mó una conducción unificada. El líder del gremio cervecero, Saúl Ubaldini, se
convirtió en secretario general a fines de 1986.
El sindicalismo remontó una situación de fraccionamiento y desprestigio y co-
menzó a recuperar cierta credibilidad en las bases peronistas. Se convirtió así en
uno de los principales sectores opositores al gobierno radical, en particular a su
política económica, realizando en total 13 paros generales. Por otra parte, des-
pués del inicial intento disciplinador, el gobierno radical impulsó leyes que
beneficiaban abiertamente a la burocracia sindical, fundamentalmente la ley de
Asociaciones Profesionales (que establecía la reelección, el sindicato único por
actividad, etc.).
Después de la derrota en las elecciones de 1983, el peronismo se dividió, como

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señaláramos, entre “ortodoxos” y “renovadores”. A partir de las elecciones de


1987, los segundos se consolidaron en la estructura partidaria. En las eleccio-
nes internas de 1988, se enfrentaron, para dirimir la candidatura presidencial,
Antonio Cafiero y Carlos Saúl Menem. Si bien ambos tenían orígenes “renova-
dores”, el grueso de la estructura partidaria respondía al primero. Por eso, to-
dos los grupos “marginales” del peronismo, tanto los sectores “ortodoxos” (la
derecha política y sindical) como los sectores residuales de la izquierda peronista
(Montoneros, concretamente) se encolumnaron detrás de la candidatura de
Menem. Su estética de caudillo federal, anacrónica pero eficaz, su indiscutible
carisma y un discurso que ponía el énfasis en la defensa de la soberanía nacional
y en las políticas redistributivas, más el hecho de que su rival, Antonio Cafiero,
aparecía como una versión muy cercana al alfonsinismo, le sirvieron para ganar
las elecciones internas.

En las elecciones presidenciales del 14 de mayo de 1989, se impuso la fórmula


justicialista que postulaba a Carlos Menem y a Eduardo Duhalde como presi-
dente y vice respectivamente. Éstos debían asumir en diciembre, pero la debi-
lidad del gobierno radical y la posición del gobierno electo, profundizó la cri-
sis. La deriva económica, los saqueos de los almacenes y supermercados por
masas de hambreados, forzaron al gobierno a entregar el mando por anticipado.
El 8 de julio, Menem asumió la presidencia en un contexto de grave recesión,
alta inflación, exacerbada puja redistributiva y crisis social e institucional.

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Los noventa: del éxito al fracaso… ¿de quién?

Ariel Filadoro

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé


(…) pero que el siglo veinte es un despliegue
de maldá insolente
ya no hay quien lo niegue;
vivimos revolcaos en un merengue
y en un mismo lodo todos manoseaos.
Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro,
generoso, estafador.
Todo es igual; nada es mejor;
lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón;
los inmorales nos han igualao (…)
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey
que el que vive de los otros,
que el que mata o el que cura
o está fuera de la ley.
Enrique Santos Discépolo, tango Cambalache (1934)

1. Introducción

Las palabras de Discépolo escritas en los años 30 reafirmaron su vigencia


durante la década del 90. Pues durante los 90 los cambios que han sobreveni-
do a la sociedad argentina han sido verdaderamente profundos: cambió la
forma de Estado hasta convertirse en un Estado mínimo de corte neoliberal,
se consolidó el régimen de acumulación de la valorización financiera y se
reconfiguró el régimen político dando como resultado una democracia que
plantea serias dudas de su condición.
Es por ello que surgen numerosas preguntas cuando nos adentramos en el pe-
ríodo: ¿cómo pudieron llevarse adelante cambios tan drásticos en la estructura

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438 | ARIEL FILADORO

económica, social y política tales como la venta de empresas públicas o el cam-


bio de las leyes que protegían al trabajo? ¿Cómo fue que estas medidas fueron
legitimadas? ¿Cómo se pasó de niveles de pobreza relativamente bajos a tener
más de la mitad de la población bajo la línea de pobreza? ¿Cómo fue posible
que la destrucción de industrias, empleos y capacidad productiva haya alcanza-
do niveles devastadores? ¿En qué medida puede decirse que es democrático el
régimen político de los 90?
En este trabajo nos referiremos a una década “larga” de los 90, con inicio en
1989 –año en que asume Carlos Menem su primer mandato presidencial– y
finalización hacia 2001 –cuando Fernando de la Rúa renuncia a la presiden-
cia–, pues por las continuidades que se registran durante estos doce años los
consideraremos en conjunto. En efecto, se analizarán distintas dimensiones
de la realidad social, política y económica con el objeto de establecer relacio-
nes entre ellas, de tal modo que estas continuidades que atravesaron toda la
década resulten más claras y se comprenda mejor un período tan reciente
como controvertido.
El contenido del trabajo es el siguiente. En un primer apartado se señalarán
algunos aspectos relacionados con nuestra tarea, es decir, el estudio de la reali-
dad. Luego se pretende bosquejar una selectiva recolección de procesos y he-
chos que tuvieron lugar tanto a nivel global –mundial– como local (en la Ar-
gentina de los 90). De algún modo, estos procesos serán los que tendremos que
esclarecer en el resto del trabajo. Para ello, los apartados sucesivos analizarán
los cambios y las relaciones entre las siguientes dimensiones de la realidad so-
cial: el régimen de acumulación, la forma de Estado, el régimen político y las
lógicas de acción colectiva. El objetivo central del trabajo apunta a echar luz
sobre lo ocurrido durante la década pasada, a partir de mostrar la interacción
entre estas dimensiones de la realidad social.

1.1 Las dificultades que presenta el problema del estudio


de la historia reciente

La década del 90 resulta un período particularmente difícil para estudiar, pues


durante ella han tenido lugar fenómenos complejos y de signo contrario. Por
ejemplo, se ha pasado de la desesperación hiperinflacionaria a su opuesto, la
estabilidad de precios; de la euforia económica al estancamiento y el desempleo
creciente; de un aparato del Estado con dificultades en su funcionamiento a una
oleada de privatizaciones enmarcadas en una extendida corrupción.
Al tratarse de un período muy reciente, hablar de los 90 es prácticamente como
hablar de hoy mismo. A diferencia de lo que sucede con el estudio de tiempos

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LOS NOVENTA: DEL ÉXITO AL FRACASO… ¿DE QUIÉN? | 439

más lejanos, abordar la historia reciente obliga a asumir el lugar que cada uno
tiene dentro de la sociedad que le toca vivir, y esto tiene consecuencias inme-
diatas. Pues es fácil concluir que la práctica fraudulenta de la política hasta
1916 era una forma que tenían los sectores dominantes agropampeanos para
manejar el Estado y las decisiones de gobierno. Lo que no es tan fácil, por
ejemplo, es relacionar el poder económico actual con las medidas que toman los
gobiernos en nuestros días. Es probable que discutir sobre las prácticas
anarquistas de principios de siglo no genere mayores debates, e incluso provo-
que indiferencia. Lo que no es tan probable es que si discutimos sobre la prác-
tica de los piqueteros nos resulte indiferente. Y así podríamos señalar numero-
sos ejemplos vinculados a la deuda externa, a la relación con las potencias ex-
tranjeras, a la participación de los obreros en la vida política, etcétera.
Sin embargo, es preciso destacar que lo que anima el estudio de la historia
–reciente y más lejana– es precisamente el afán de comprender los problemas
de la actualidad: pues cuando vamos al pasado buscamos entender la relación
entre el poder económico y el poder político, la naturaleza y las características
de las protestas sociales, el sentido de la democracia y, vale la pena enfatizarlo,
nos preguntamos acerca de las posibilidades y formas de construir un orden
social más justo y equitativo.
Estudiar la realidad histórica obliga a ir más allá de aprender qué pasó
fácticamente, ciertamente implica establecer relaciones entre los acontecimientos
y los grupos sociales apuntando, por ejemplo, lo que cada uno gana y pierde en
determinado orden social; también implica realizar una jerarquización de aquello
que nos ayuda a esclarecer la realidad, señalando qué elementos son los más
importantes para la comprensión de los fenómenos. En tanto las esferas econó-
mica, política y social se encuentran en permanente interacción, será muy im-
portante señalar cuál resulta determinante para el entendimiento de los proce-
sos. Por ejemplo, nos podemos preguntar ¿qué problema es más importante: la
búsqueda de ganancias por el poder económico o la corrupción de los políticos?
¿Qué relación existe entre ellos? ¿Fue efectivamente tan importante el
menemismo para explicar lo sucedido durante los 90 o bien se trata de una
problemática económica y política más profunda y compleja? Una adecuada
articulación entre el régimen de acumulación, el régimen político y la forma de
Estado contribuirá a dar respuesta a este tipo de interrogantes.
Asimismo, será imprescindible ser conscientes del lugar que cada uno ocupa
en la sociedad y las limitaciones que se desprenden de ello; esto es, ser cons-
cientes de la posición política frente a la realidad, conciencia que enriquecerá
la capacidad para pensar el Estado, la política, la economía, etc. Por ejemplo,
la misma realidad no será analizada de igual modo por un desempleado que
por un integrante de los grupos económicos más ricos de Argentina. Recono-

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440 | ARIEL FILADORO

cer estas diferencias es reconocer el lugar político, pues tanto el desempleado


como el millonario tendrán deseos y objetivos distintos que conducen a dis-
tintas lecturas y explicaciones de la realidad. La consideración de estas
asimetrías enriquecerá el estudio.
En este sentido, es preciso recordar que en el capitalismo la reproducción de la
vida para los sectores asalariados –quienes son la mayoría de la población– se
consigue a cambio de un empleo, es decir, de la venta de su propio trabajo a
cambio de dinero. En cambio, la reproducción de la vida de los empresarios
pasa por retirar dinero de los beneficios que consigue la empresa. Por lo tanto,
cada uno tiene razones muy serias para mirar de diferente manera la realidad,
pues la reproducción de la vida propia y la de su familia está condicionada de
distinta forma en cada caso.
Y por supuesto que en los momentos de crisis económicas y políticas estas
distintas clases sociales –obreros y empresarios capitalistas– sugieren y lu-
chan por diferentes salidas, en la medida en que buscan estar mejor desde
lugares distintos. Toda vez que, como sucedió en la década del 90, suba el
desempleo como resultado de una crisis económica, para los obreros desocu-
pados se tratará de una amenaza directa a su vida, mientras que para los em-
presarios más ricos no1.
Pero reconocer el lugar político propio y las asimetrías entre clases sociales no
es la única dificultad que enfrentaremos a la hora de estudiar la realidad. Tam-
bién debemos considerar otras cuestiones de distinta naturaleza.
Una cuestión que será particularmente importante para el estudio de los 90 es
que el capitalismo argentino se encuentra articulado dependientemente con el
capitalismo mundial, en particular con los países más desarrollados. En efecto,
las dificultades que en el pasado ha atravesado el fallido proceso de industriali-
zación por sustitución de importaciones se relaciona directamente con esta cues-
tión; del mismo modo que en la actualidad las presiones del capital financiero
o de los gobiernos de países desarrollados también están asociadas a la condi-
ción dependiente de la economía argentina en relación con el mundo capitalista
desarrollado.

1 Vale apuntar que no sólo se trata de reconocer el lugar propio de cada uno. También es
preciso, a la hora de reflexionar en torno a la realidad social, reconocer el lugar de “los
otros”, reconocer en los sectores sociales más perjudicados un “otro” que es un igual; de lo
contrario se corre el riesgo de estudiar la realidad desde un reduccionismo individualista
donde cada uno sólo mira su propio interés: los ricos se miran a sí mismos, los sectores
medios también y los sectores populares a donde pueden. Pues cuando nos referimos a
tomar conocimiento del lugar del otro, también nos referimos, simultáneamente, a ver a
“los otros” como iguales.

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LOS NOVENTA: DEL ÉXITO AL FRACASO… ¿DE QUIÉN? | 441

Las economías dependientes se caracterizan por tener retraso tecnológico, esca-


sa acumulación de capital, baja productividad, niveles salariales bajos con em-
pleos precarios, exportaciones fundamentalmente de materias primas e impor-
tación de bienes industriales, y en algunos casos como el argentino, se encuen-
tran fuertemente endeudadas. Todos estos factores refuerzan la dependencia
respecto de los países que lideran en el mercado mundial.

1.2 Los 90: una serie de acontecimientos

La memoria apunta hasta matar


A los pueblos que la callan
Y no la dejan volar
Libre como el viento...
León Gieco, La memoria

1.2.1 Los cambios en el capitalismo mundial

Precisamente por lo señalado antes en relación con la dependencia del capi-


talismo argentino respecto de los países desarrollados, resulta necesario con-
siderar la situación internacional hacia comienzos de la década que nos in-
teresa.
A este nivel se rompe la lógica bipolar vigente durante casi todo el siglo
XX –capitalismo versus comunismo– y se consolida el poder de Estados
Unidos hacia fines de los años 80 y principios de los 90, en virtud de la
caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 y el desmembramiento de
la Unión Soviética hacia 19912. Esto significará el fin de la Guerra Fría y el
comienzo de un mundo económica, política y militarmente hegemonizado
por Estados Unidos, lo que implica un desbalanceo en las relaciones de
fuerza a nivel internacional en la medida en que tanto Europa como Japón
–las otras potencias capitalistas– no representarán amenaza ni interpon-
drán cuestionamientos al liderazgo norteamericano. Ejemplo de ello repre-
senta la ocupación norteamericana –durante la presidencia de George Bush
(padre)– de Kuwait luego de la Guerra del Golfo durante 1990 hasta prin-

2 Comienzan, asimismo, los procesos de desmembramiento en Yugoslavia y Checoslova-


quia. Estalla la violencia étnica en Sarajevo entre serbios, croatas y musulmanes. Los serbios
comienzan su política de “limpieza étnica”. La ex Yugoslavia se separa luego de 45 años de
mantenerse unida. Por su parte, Checoslovaquia se divide en dos Estados: la República
Checa y Eslovaquia.

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cipios de 1991. El expansionismo del imperialismo norteamericano estaba


marcando sus líneas directrices3.
En términos económico-políticos, y vinculado con la hegemonía de Estados
Unidos, los inicios de la década señalan el cenit del neoliberalismo. Según
los preceptos del neoliberalismo, las políticas que deben llevar adelante los
gobiernos para mejorar la trayectoria económica de los países tienen que
favorecer el libre mercado y reducir la intervención del Estado. Como con-
secuencia existirán fuertes presiones sobre los gobiernos para que se priva-
ticen empresas públicas, se liberen las tasas de interés, se disuelvan órganos
reguladores de precios, y se establezcan condiciones para la libre entrada y
salida del capital financiero4. Estas medidas, explícitamente, contenían el
objetivo de mejorar los ingresos de los sectores de más altos recursos
amputando las funciones del Estado de bienestar redistribucionista. En otras
palabras, se trata de concentrar ingresos en los más ricos quitando recursos
–redistribuidos por el Estado– a los pobres; se trata de inclinar la balanza a
favor del capital.
Si bien los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y de Margaret
Thatcher en el Reino Unido –durante los años 80– se señalan como ejemplos
arquetípicos de gobiernos que llevaron adelante este tipo de medidas, los
gobiernos de los países latinoamericanos de los 90 se vieron sujetos a fuertes
presiones para realizar estas reformas pro-mercado. La ideología neoliberal
prometía que la “liberalización” del mercado sería como romper las cadenas
que estorbaban el funcionamiento económico y que, una vez rotas, las econo-
mías entrarían en una senda de crecimiento5. Resulta particularmente intere-
sante –como indicador de la potencia y hegemonía del discurso– que toda vez
que, ante las reformas de los gobiernos, la trayectoria económica no inicie esa
senda de crecimiento, los sectores que defienden el discurso neoliberal redo-
blarán la apuesta: se dirá que serán necesarias más reformas para entrar en la
buena senda… y así sucesivamente.

3 En la Operación Tormenta del Desierto mueren unos 200.000 iraquíes y 148 aliados, lo
que da cuenta de “cierto desbalanceo de fuerzas”. Una década después, George Bush (hijo)
ocuparía directamente Irak.
4 Hacia principios de los 90 se conformó lo que John Williamson denominó el Consenso de
Washington, donde se precisaban los lineamientos de políticas que se buscaría imponer
en América Latina. Argentina será el ejemplo paradigmático del “buen alumno” de Was-
hington.
5 Aun suponiendo que se inicie una senda de crecimiento –cosa que difícilmente puede
sostenerse– es preciso analizar, luego, quiénes son los beneficiarios del supuesto creci-
miento.

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Tal como se ha visto en el trabajo de Ezequiel Sirlin sobre la dictadura, este tipo
de reformas habían tenido un antecedente directo durante la última dictadura
militar. De todos modos, es preciso puntualizar que durante la década del 90 se
radicalizarán estas reformas; de hecho, la lógica de los ajustes que tendrían
lugar en Argentina para “seducir” a los mercados son prueba de un cambio
radical en el modo de funcionamiento de la economía argentina.
En lugar de evaluar las políticas en virtud de su capacidad para atender las
necesidades sociales, éstas serían evaluadas según su capacidad para satisfacer
los requisitos del capital financiero. De algún modo, y salvando las distancias,
la economía argentina volvería a un estadio pre-crisis del 30 a instancias de una
fuerte dependencia del capital extranjero y escasa regulación del mercado.
La asociación entre neoliberalismo, corrupción y prácticas autoritarias no será
patrimonio exclusivo de Argentina durante los 90; en Brasil y Ecuador son
destituidos dos presidentes –Collor de Mello y Abdalá Buccaram– acusados
por corrupción, mientras que en Perú, Alberto Fujimori da un autogolpe y
disuelve el Parlamento en 1992. Estos elementos colorean el cariz que tomará
la nueva política latinoamericana bajo el prisma neoliberal.

1.2.2 Los gobiernos de Menem y De la Rúa

Durante la campaña electoral, Menem expresa que su programa de gobierno se


basaría en el “salariazo” y la “revolución productiva” invocando la vieja icono-
grafía peronista. Ya realizadas las elecciones y pautado el traspaso de mandato
para diciembre, Menem asume el gobierno el 8 de julio de 1989, adelantándose
cinco meses el paso de mando ante la crisis en que estaba sumido el gobierno de
Alfonsín en medio del caos hiperinflacionario.
El gabinete de ministros menemista da cuenta de la voluntad del gobierno
de alinear políticas con las intenciones de los sectores dominantes; Domin-
go Felipe Cavallo en Relaciones Exteriores y Álvaro Alsogaray como asesor
presidencial, serán nombres que tranquilizarán al establishment. La desig-
nación del primer ministro de Economía, Miguel Roig, no resulta una se-
ñal que conforma a los acreedores externos que, tal como veremos, exigían
medidas para atender sus demandas. Roig, tal como su inmediato sucesor
Néstor Rapanelli6, provenía directamente de los cuadros gerenciales de
Bunge y Born, uno de los grupos económicos locales. La nueva hiperinflación
que se produce a los pocos meses de mandato menemista sella el golpe de
timón de Menem radicalizando su giro hacia las recetas neoliberales.

6 Roig muere a los pocos días de asumir sus funciones.

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Es así como, al poco tiempo de asumir el poder, Menem acuerda con los secto-
res dominantes las medidas de gobierno que estarán fuertemente alineadas con
los intereses de estos grupos. El salariazo –medida que convocó a la clase obrera
a las urnas– fue excluido de las prioridades.
En este contexto, las principales agrupaciones empresariales se acercaron al
gobierno: el Consejo Empresario Argentino (CEA), la Sociedad Rural Argenti-
na (SRA), la Cámara Argentina de Comercio y la Unión Industrial Argentina
(UIA). En cuanto a las organizaciones de trabajadores, tiene lugar la partición
de la Confederación General de Trabajadores (CGT).
Se sancionan las leyes de Emergencia Económica (23.697) y la de Reforma
del Estado (23.696). Estas leyes allanaron el camino para legislar por decreto
–prescindiendo del Parlamento– y para privatizar las empresas públicas y
reformular las bases del Estado. En medio de la crisis, estas medidas fueron
aprobadas con carácter de urgencia y sin mayores debates. A su vez, a poco de
ser designado presidente, Menem consigue la ampliación de la Corte Supre-
ma de Justicia de seis a nueve miembros. Logra así reforzar su poder político
en la medida en que bajo los decretos de necesidad y urgencia sortea los deba-
tes parlamentarios y con la ampliación de los miembros de la corte tiene
“mayoría automática”. El sistema representativo, que se basa en la división
de poderes, quedaba así reducido al hiperpresidencialismo.
A los pocos días del levantamiento carapintada del 3 de diciembre de 1990
encabezado por Mohamed Alí Seineldín –dos años después de haber hecho lo
propio durante el gobierno de Alfonsín–, Menem indulta a la cúpula militar
que había sido encarcelada como resultado de los juicios por la desaparición y
tortura de personas durante la última dictadura. El indulto alcanza a 120
militares y 22 ex guerrilleros.
En 1991 se sanciona la Ley de Convertibilidad, por medio de la cual se
estableció que el Banco Central respaldaría con el 100 por ciento de reser-
vas internacionales la emisión monetaria; esto es, que por cada peso emiti-
do habría un dólar –u otro activo extranjero– en la caja fuerte del Central.
Si bien no existen países desarrollados con este esquema cambiario desde
hace décadas, se utilizó este patrón como forma de control estricto de la
emisión de billetes7.
En 1993 tiene lugar el Pacto de Olivos entre los dos jerarcas partidarios
–Menem y Alfonsín–, pacto del cual surge la reforma de la Constitución en

7 Vale apuntar que la convertibilidad amputó una de las posibilidades más extendidas de
hacer política monetaria –la emisión–, la que quedó subordinada a los movimientos de
capitales internacionales.

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1994 y allana el camino para la reelección de Menem el 14 de mayo de 1995.


Durante el gobierno menemista se conocerán flagrantes casos de corrup-
ción y escándalo, entre los que se pueden citar los siguientes: María Julia
Alsogaray y Roberto Dromi son denunciados por corrupción en el traspaso
de empresas públicas. Monser Al Kasar, empresario sirio acusado de tráfico
internacional de armas y drogas, consiguió pasaporte argentino por su rela-
ción con altos funcionarios del gobierno en 1992. Es asesinado el periodista
José Luis Cabezas, y el empresario Alfredo Yabrán –vinculado al gobierno–
se ve implicado en el mismo. Yabrán se suicidaría –aunque aún hoy hay
quien duda de ello– tiempo después. Terence Todman –embajador norte-
americano– denuncia que Emir Yoma le pide dinero a la empresa Swift para
agilizar un trámite. Amira Yoma –cuñada y directora de Audiencias del
presidente– es denunciada por transporte de dinero del narcotráfico. La jus-
ticia investiga coimas en el contrato entre IBM y el Banco Nación, la mafia
del oro y la venta ilegal de armas. Esta venta de armas se destina a Ecuador,
país que en 1995 estaba en guerra con Perú, donde Argentina tenía que
oficiar de árbitro para que los países encontraran la paz; también se venden
armas a Croacia. Los líderes sindicales de gremios como La Fraternidad o
FOETRA –ferroviarios y telefónicos– son sospechados de haber sido com-
prados para permitir que se privaticen las empresas públicas desprotegiendo
a los trabajadores. Cuestionado por el Concejo Deliberante y sospechado de
corrupción, renuncia Carlos Grosso a la intendencia porteña, por entonces
designado por el presidente. Tienen lugar acontecimientos que concentran
la atención mediática en la figura de Menem: aparece como protagonista en
eventos deportivos, vinculado a personajes de la farándula, su divorcio se da
en medio de un escándalo del que su ex mujer Zulema Yoma es desalojada
de la quinta presidencial con la policía, recorre con una Ferrari “obsequia-
da”, en muy poco tiempo el trayecto Buenos Aires-Pinamar, muere su hijo
bajo la sospecha de ser asesinado.
Por otro lado, los indicadores económicos acusaron, sobre todo a principios
de la década, una fuerte recuperación para luego estancarse y deteriorarse
crecientemente. Desde que el Plan de Convertibilidad consiguió que des-
cendiera el ritmo de aumento de los precios, se generó un repunte del con-
sumo muy significativo, sobre todo a partir de la recuperación del mercado
de crédito.
Sin embargo, detrás del auge del crecimiento comenzaban a verse los límites y
la contracara del modelo económico. Una crisis iniciada en México hacia fines
de 1994, donde existía un plan económico similar al argentino, inició lo que se
conoció como el Efecto Tequila. Esta crisis rompió con el ritmo ascendente de

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crecimiento de la producción y mostró la vulnerabilidad de la economía argen-


tina a los problemas internacionales y volvió a marcar la dependencia en rela-
ción con el capital financiero8.
El proceso de desindustrialización –y su consecuente destrucción de empleos–
junto con los despidos asociados a las privatizaciones tuvieron un efecto negativo
y trajeron aparejado un mayor deterioro social. El desempleo se disparó de un 8
por ciento en 1989 a un 18 por ciento en 1995 y terminó la década con un 14,5
por ciento. Si bien el Producto Bruto Interno (PBI) se duplicó entre 1990 y 1999,
la economía destruía empleos. Esta aparente contradicción se explica porque los
rubros que más crecieron fueron aquellos con menor capacidad para generar em-
pleo; mientras que aquellos que empleaban a gran cantidad de personas –como la
industria textil, por ejemplo– se encontraron expuestos a un fuerte ajuste.
En un marco de relativo desprestigio público y de crisis económica se genera
una oposición política que agrupa al Partido Radical con el Frepaso (el que
nuclea sectores disidentes que provienen fundamentalmente del mismo
peronismo). Las consignas de la Alianza –nombre que recibió la fórmula que
llegaría al poder en 1999– se centraron en combatir a la corrupción y manejar
prudentemente la economía.
Habiendo asumido el gobierno la fórmula presidencial De la Rúa-Álvarez, las
condiciones económicas no cambiaron, en virtud de la vigencia de los mismos
pilares sobre los que se sostenía el modelo económico, particularmente una
fuerte dependencia del capital financiero.
No cambió el estilo de política mediática que había inaugurado Menem9; ni
tampoco disminuyeron los casos de corrupción; por ejemplo, cabe señalar el
escándalo por las coimas en el Senado para sancionar la nueva ley laboral que
significó la renuncia del vicepresidente Carlos Chacho Álvarez.
Hacia fines del año 2001, las tensiones se hicieron insostenibles y desencadena-
ron la renuncia del presidente. Públicamente las medidas que anunciaba el
gobierno insistían en el ajuste para sostener la convertibilidad, mientras que
los indicadores precipitaban la catástrofe del “uno a uno”. Si bien para com-
prender la crisis pueden apuntarse indicadores tales como la confluencia de
altos niveles de endeudamiento externo con la disminución de las reservas del
Banco Central, lo más significativo para entender la caída del gobierno fue un

8 Desde el BCRA y los voceros oficiales se vitoreaba la presencia de bancos extranjeros en el


mercado local puesto que serían quienes traerían fondos del exterior ante problemas loca-
les. La crisis del Tequila comenzó a sugerir lo contrario, que luego se corroboraría con la
crisis de 2001 y la fuga de divisas por medio de estos bancos.
9 A modo de ejemplo, los hijos del nuevo presidente también se mezclaron con personajes
de la farándula.

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cambio en las alianzas dentro de los sectores dominantes y un deterioro cre-


ciente en la condición económica de los sectores medios y populares.
Las jornadas del 19 y 20 de diciembre del 2001 representaron una fuerte im-
pugnación social a la dinámica económica, social y política de la década del 90.
En lo que sigue de este trabajo nos dedicaremos a analizar las características del
régimen de acumulación, la forma de Estado y el régimen político del período
que se inicia en 1989 y finaliza en 2001, con la pretensión de explicar el curso
de los acontecimientos que hemos introducido hasta aquí. Se trata, como decía-
mos antes, de comprender la dinámica social, de explicar por qué son posibles
ciertas medidas, qué consecuencias traen aparejadas, cómo se deciden, a quién
benefician y a quién perjudican.

2. Crisis y reconfiguración del régimen de acumulación


de valorización financiera

Cuanto más reaccionaria es una clase dirigente, más evidente resulta que el
orden social sobre el cual reina se transforma en un impedimento para la
liberación humana, y más se aprecia que su ideología está contaminada por
el antiintelectualismo, el irracionalismo y la superstición.
Paul Baran, El compromiso del intelectual

El trabajo en sus diversas formas gozará de la protección de las leyes, las


que asegurarán al trabajador: condiciones dignas y equitativas de labor;
jornada limitada; descanso y vacaciones pagados; retribución justa; salario
mínimo vital móvil; igual remuneración por igual tarea; participación en
las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración
en la dirección; protección contra el despido arbitrario; estabilidad del
empleado público; organización sindical libre y democrática reconocida
por la simple inscripción en un registro especial.
Artículo 14 bis de la Constitución nacional

La década del 90 significó la consolidación del régimen de acumulación de la


valorización financiera que se encontraba vigente en el país desde 1976. En
efecto, la última dictadura había alterado drásticamente los pilares sobre los
que se estaba industrializando –traumática y conflictivamente– la economía
argentina desde 1930 en el marco de la industrialización por sustitución de
importaciones (ISI).
El proceso de desindustrialización resultó funcional al disciplinamiento social
que emprendió la dictadura y calaría hondo en la estructura económica. Este

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proceso, combinado con la pesada carga que significaría la deuda externa, im-
plicó un nuevo tipo de inserción internacional del capitalismo argentino, que
dio como resultado un reforzamiento de la dependencia respecto de los países
centrales. Ahora, no sólo se trataba de dependencia tecnológica, en la medida
en que la innovación en la producción de bienes de alto contenido tecnológico
–como las computadoras, por ejemplo– no se producía en el país, sino también
de dependencia financiera.
Este último tipo de dependencia tiene consecuencias distintas a las que provoca
la primera en el funcionamiento económico. En el caso de la dependencia tec-
nológica, los países latinoamericanos, africanos, buena parte de los asiáticos,
etc. –países subdesarrollados que suman holgadamente más de las dos terceras
partes de la población y del territorio mundial– se ven condicionados por la
dinámica del comercio internacional en la medida en que producen materias
primas y bienes de bajo contenido tecnológico. En cambio, el condicionamiento
financiero opera de manera directa sobre los gobiernos y fuerza transformacio-
nes sobre los aparatos del Estado y productivos.
De este modo, la dependencia tecnológica aparecía como un obstáculo que re-
sultaba posible sortear si los países subdesarrollados conseguían modernizar su
aparato productivo. El principal escollo se daba en el marco productivo, del
comercio y la competencia con las grandes corporaciones internacionales, don-
de los ciclos económicos de stop and go eran el emergente del problema10.
Precisamente éste fue el gran desafío de la ISI y los esfuerzos de los Estados
nacionales iban en esa dirección. Los primeros gobiernos peronistas o el
desarrollismo de Frondizi son ejemplos de este tipo de intentos. Se trataba,
fundamentalmente, de producir internamente aquello que era importado.
Con la dependencia financiera, tal como veremos en este apartado, la presión
del capital financiero es capaz de decidir el signo y contenido de las leyes, así
como de conseguir la capitulación de un gobierno o de diseñar (imponer) direc-
tamente la política económica de un país. Las decisiones productivas quedan
fuertemente condicionadas por las exigencias financieras y esto, a su vez,
retroalimenta la dependencia tecnológica al tiempo que los Estados nacionales
pierden autonomía relativa.
De este modo, una de las características distintivas del régimen de acumulación
de la valorización financiera consiste en que los objetivos de desarrollo industrial
quedan subordinados a las obligaciones de pago de los compromisos financieros.
Si analizamos la evolución de la producción argentina, vemos que a lo largo de las

10 Véase, en este mismo libro, “La ‘Revolución Argentina’ y la crisis de la sociedad


posperonista”, por Sergio Nicanoff y Sebastián Rodríguez.

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últimas tres décadas la industria se encuentra virtualmente estancada, corrobo-


rando lo que estamos diciendo. Incluso los rubros industriales que crecieron son
aquellos que menos contribuyen al empleo, como la producción de acero y alumi-
nio primario, por ejemplo. El producto bruto durante los 90 –tal como señala-
mos antes– creció traccionado por los aumentos en la producción de bienes
agroganaderos, pesca, petróleo, minerales y servicios; sin más política económica
que la disminución de funciones desempeñadas por el Estado.
La valorización financiera, aunque parezca contradictorio, “desatiende” aquello de
lo que se nutre: el trabajo y la producción. Para ser más precisos digamos, en lugar
de “desatiende”, que fuerza transformaciones en el aparato productivo: el pasaje de
la producción fordista a la posfordista –que se analizan más adelante– da cuenta de
este proceso. Pues es contradictorio; sobre todo en la medida en que expulsa trabajo
y disminuye la producción. Vale decir que lo que a nosotros nos interesa precisar
son las implicancias que la hegemonía del capital financiero tiene para el conjunto
de la sociedad argentina; en particular para los sectores mayoritarios de la población
(si crea empleo o no, si aumenta el bienestar o no, etc.).

2.1 Deuda externa, hiperinflación y neoliberalismo

Cada año, un nuevo déficit. Cada cuatro o cinco años, un nuevo empréstito.
Y cada nuevo empréstito, una nueva ocasión de estafar a un Estado
mantenido artificialmente al borde de la bancarrota.
Karl Marx, Las luchas de clases en Francia, Buenos Aires, Lautaro, 1946

Los débiles pilares que sostenían al gobierno radical de Raúl Alfonsín se des-
moronaron cuando, en febrero de 1989, se desata el golpe de mercado que
desencadena la hiperinflación. Esta escalada descontrolada de precios significa-
ba el fin del Plan Primavera y del gobierno radical.
El desencadenamiento de “la híper” se da en el marco del conflicto distributivo
entre distintas fracciones de los sectores dominantes. Ante la cesación de pagos
de deuda externa, el capital financiero inicia una corrida cambiaria como forma
de presionar al gobierno, no sólo para que retome los pagos de deuda sino
también para que lleve adelante una serie de transformaciones en el funciona-
miento global del régimen de acumulación, la forma de Estado e –incluso– del
régimen político11.

11 Véase Eduardo Basualdo, Sistema político y modelo de acumulación en la Argentina,


Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes-Flacso-IDEP, 2001.

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En efecto, desde mediados del año 1988 el gobierno se encontraba en cesa-


ción de pagos ante los acreedores externos. Mientras las restantes fracciones
de los sectores dominantes –los grupos económicos locales y los conglomera-
dos extranjeros12– continuaban su ritmo de acumulación, el capital financie-
ro era dejado a un lado de las prioridades del gobierno. En un contexto de alta
inflación, “los bancos extranjeros inician, luego de las reiteradas advertencias
del FMI al gobierno argentino para que retomara los pagos a los bancos acree-
dores, la “corrida” cambiaria de febrero de 1989, desatando la crisis
hiperinflacionaria”13.
De hecho, el gobierno radical había privilegiado las demandas de los grupos
económicos y los conglomerados extranjeros mediante diferentes mecanismos
de traspaso de recursos, tales como regímenes de subsidios o exenciones
impositivas, contribuyendo a saciar el apetito de recursos de estos sectores.
Adicionalmente, vale decir que los grupos económicos locales contaban con
una importante masa de dólares que habían fugado al exterior y que operaba
tanto como pieza de negociación con el gobierno como de respaldo (o “col-
chón”). Estos dólares en el exterior –propiedad de los grupos económicos– eran
la contraparte de casi la totalidad de la deuda externa del gobierno originada
durante la última dictadura militar; eran (son) recursos que el Estado traspasó
a los grupos económicos al estatizar su deuda.
En cuanto al resto de la sociedad –fundamentalmente los sectores medios y
populares– es preciso apuntar que la hiperinflación impuso una sensación de
pánico generalizado y dejó instalada la idea de fracaso económico rotundo del
gobierno radical. La sensación de pánico social radicaba en el hecho de que la
vida misma está puesta en juego cuando se pierden los parámetros de los
precios de los bienes de la canasta básica. En un mundo donde a cambio de
dinero se consiguen los bienes necesarios para la vida, cuando el dinero deja
de funcionar como medio de cambio, unidad de cuenta y reserva de valor
durante la hiperinflación, queda jaqueada la reproducción social de la pobla-
ción. Obviamente, este jaqueo es mayor cuanto más pobre es el estrato social
considerado.
Ante la magnitud del problema, la receta neoliberal –a la medida de los secto-
res dominantes y, dentro de éstos, del capital financiero– propuso una salida
simple y con un discurso convincente: para derrotar a la inflación había que

12 Para definirlos de manera sencilla, digamos que los acreedores externos son fundamental-
mente bancos extranjeros que tienen deuda del gobierno; los grupos económicos son pro-
pietarios de diferentes empresas argentinas que operan en distintos rubros y los conglo-
merados extranjeros son las empresas extranjeras radicadas en el país.
13 Eduardo Basualdo, op. cit., p. 52.

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