Ejemplos ?
En el centro de la colina, el gran salón había sido adornado primorosamente; el suelo, lavado con luz de luna, y las paredes, frotadas con grasa de bruja, por lo que brillaban como hojas de tulipán.
Al principio hablaron, pero sus rostros se desecaron; sus pies, sus manos, sin consistencia; ni sangre, ni humores, ni humedad, ni grasa; mejillas desecadas sus rostros; secos sus pies, sus manos; comprimida su carne.
La suela de que se forma la parte superior de la caja de estos coches se raja y rompe con la sequedad si no hay cuidado de humedecerla untándole grasa y betún negro, muy a menudo; aquí se hace esto todos los días; así como el lavar el coche echando mates de agua sobre el barniz y sobre las ruedas y demás partes del juego.
- ¿Que bueno es usted! Con estos papelitos se entiende la gente. - ¡Grasa joven, grasa! - Oye muchacho, ven acá... - A sus órdenes, jefazo.
Entonces fueron molidos el maíz amarillo, el maíz blanco, y Antigua Ocultadora hizo nueve bebidas. El alimento se introdujo, hizo nacer la gordura, la grasa, se volvió la esencia de los brazos, del los músculos del hombre.
Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas; al volverse tropieza con el criado que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión.
A la espalda y ceñida por los pechos, traía el uno una camisa de color de camuza, encerrada y recogida toda en una manga; el otro venía escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se le parecía un gran bulto, que, a lo que después pareció, era un cuello de los que llaman valones, almidonado con grasa, y tan deshilado de roto, que todo parecía hilachas.
Y, levantándose, Diego Cortado abrazó a Rincón y Rincón a él tierna y estrechamente, y luego se pusieron los dos a jugar a la veintiuna con los ya referidos naipes, limpios de polvo y de paja, mas no de grasa y malicia; y, a pocas manos, alzaba tan bien por el as Cortado como Rincón, su maestro.
Su traje era la piel arrancada a la bestia luego de atroz combate a palos y pedradas; su suprema elegancia, una capa de grasa esparcida sobre el cuerpo; su arte, un collar de dientes de fiera o un adorno de espinas de pescado.
Después que a todos instruyó en la maña, y fue de hombres y damas conocida; matamos suma de carneros viejos; pues tienen más hediondos los pellejos. »Nos untamos los cuerpos con la grasa que hallamos en las tripas a porfía; y nos vestimos de la hirsuta gasa.
Ahora que se levantan estatuas al que realiza la más pequeña invención, imaginaos qué monumento debería elevar nuestra gratitud a aquellos descubridores desconocidos, cubiertos de pieles, untados de grasa, cuyo lenguaje no debía de ir más allá del ladrido de perro o del chillido del mono.
Su religión era la de los pueblos salvajes y vagabundos: la ofrenda de carne palpitante rociada de grasa; el sacrificio de la res de todos los pueblos pastores, los cuales, extremando luego su devoción, llegan al sacrificio de seres humanos.