22/12/2019
Moda y under: el bar Bolivia en 1989. Daniela Lucena
Moda y under: el bar Bolivia en 1989.
Daniela Lucena (CONICET-UBA)
RESUMEN
El texto analiza las innovadoras producciones ubicadas entre el arte, la moda y el diseño de un
grupo de jóvenes artistas y diseñadores que a fines de los años 80 comenzaban su camino
profesional en Buenos Aires, entre quienes se hallaban Sergio De Loof, Gabriela Bunader,
Andres Baño, Gabriel Grippo, Cristian Delgado, Marula Di Como, Pablo Simón, Kelo Romero
y Mónica Van Asperen. En 1989 el bar Bolivia, en el barrio de San Telmo, se convirtió en hogar
y espacio de producción de este grupo y otros creadores que se vieron atraídos por ciertas
particularidades propias de este reducto contracultural. Aunque el bar Bolivia compartió muchas
de las características de los espacios del under porteño, propongo diferenciarlo a partir de la
siguiente hipótesis: si bien en los espacios del under la precariedad, el reciclaje y las prácticas
vestimentarias desobedientes dieron forma a muchas de las acciones de sus protagonCistas, fue
en Bolivia donde decantaron y adquirieron una total centralidad, convertidas en un nuevo modo
de activismo estético que transgredió todas las convenciones de la época desde el cruce entre lo
artístico y lo vestimentario.
PALABRAS CLAVE
Arte, Moda, Contracultura
SUMMARY
The text analyses the innovative productions located between the art, fashion and design of a
group of young artists and designers who in the late 80s began their professional career in
Buenos Aires, including Sergio De Loof, Gabriela Bunader , Andres Baño, Gabriel Grippo,
Cristian Delgado, Marula Di Como, Pablo Simón, Kelo Romero and Monica Van Asperen. In
1989 the Bolivia bar, in the neighborhood of San Telmo, became home and production space for
this group and other creators who were attracted by certain peculiarities of this countercultural
redoubt. While Bolivia shared many of the characteristics of the spaces of the under of Buenos
Aires, I propose to differentiate it from the following hypothesis: although in the under spaces
precariousness, recycling and disobedient clothing practices shaped many of the actions of their
protagonists, it was in Bolivia where they decanted and acquired a total centrality, turned into a
new mode of aesthetic activism that transgressed all the conventions of the time from the cross
between art and clothing.
KEYWORDS
Art, Fashion, Counterculture
Introducción
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Desde fines de la última dictadura militar es posible identificar, en la escena cultural de Buenos
Aires, un mundo del arte (Becker, 2008) conformado por una trama de espacios y experiencias
estéticas que renovaron temprana y vitalmente las formas convencionales de hacer arte y
política. Me refiero a una serie de iniciativas que se ubicaron estratégicamente al margen de las
instituciones oficiales de la época y que fueron impulsadas por una generación que, aun en
medio del terror dictatorial, imaginó nuevos modos de crear y compartir sus obras y
producciones (Lucena, 2013).
Mientras que en la calle las marchas de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo
denunciaban el feroz accionar del aparato represivo del Estado a través de la realización de las
siluetas de los desaparecidos, un mundo contracultural indisciplinado y festivo germinaba en los
sótanos de la ciudad. La elocuente visibilización de los cuerpos torturados y ausentes en el
espacio público llevada a cabo por los organismos de Derechos Humanos tuvo una suerte de
correlato, o lado B, en el llamado under de los 80: un circuito que puede ser leído en clave de
confrontación y resistencia, frente a los efectos paralizantes del poder desaparecedor y sus
secuelas durante los primeros años del regreso de la democracia. Un enlace molecular micro
político y cotidiano que, a través de la generación de afectos alegres y espacios de encuentro,
experimentación y creación conjunta, desafió el miedo que la junta militar dispersó como forma
privilegiada del vínculo social (Lucena y Laboureau, 2016).
Con la llegada de la democracia, las guaridas para dionisios se multiplicaron y ocuparon nuevos
lugares de la ciudad. Para analizarla esos espacios y sus variadas experiencias artísticas que
incluían y enlazaban plástica, teatro, rock, perfomance y moda delineamos, en un estudio
conjunto con la investigadora Gisela Laboureau, ciertos rasgos distintivos comunes de sus
modos de hacer. Así, caracterizamos una estética experimental colaborativa, donde la creación
en conjunto permitió la producción de obras y experiencias en las que importaba más el proceso
que el producto final; una estética de la precariedad, en la que la ausencia de medios y recursos
se convirtió en impulso para crear desde el rejunte y el desecho; una estética festiva, que apuntó
al placer sensorial como principio transformador, y una contra-estética vestimentaria que se
expresó a través de cuerpos indisciplinados que fugaban de los mandatos del orden social-moral
dominante (Lucena y Laboureau, 2016).
En continuidad con esa línea de estudio, presento aquí una aproximación a las innovadoras
producciones ubicadas entre el arte, la moda y el diseño de un grupo de jóvenes artistas y
diseñadores que a fines de los años 80 comenzaban su camino profesional en Buenos Aires,
entre quienes se hallaban Sergio De Loof, Gabriela Bunader, Andres Baño, Gabriel Grippo,
Cristian Delgado, Marula Di Como, Pablo Simón, Kelo Romero y Mónica Van Asperen. En
1989 el bar Bolivia, en el barrio de San Telmo, se convirtió en hogar y espacio de producción de
este grupo y otros creadores que se vieron atraídos por ciertas particularidades propias de este
reducto del circuito under: el gusto por lo experimental, la crítica a las formas convencionales
de la cultura, la exploración sensorial y los encuentros festivos que fueron territorios de libertad
vitales y desprejuiciados.
Aunque el bar Bolivia compartió muchas de las características de los espacios del under
porteño, propongo diferenciarlo a partir de la siguiente hipótesis: si bien en los espacios del
under la precariedad, el reciclaje y las prácticas vestimentarias desobedientes dieron forma a
muchas de las acciones de sus protagonistas, fue en Bolivia donde decantaron y adquirieron una
total centralidad, convertidas en un nuevo modo de activismo estético que transgredió todas las
convenciones de la época desde el cruce entre lo artístico y los vestimentario. A fines de los
años 80, la estética de la precariedad y la contra-estética vestimentaria propias de la trama
contracultural de Buenos Aires se conjugaron en Bolivia de un modo nuevo y singular. Un
modo que resignificó valores y se materializó en un potente programa de acción.
Bolivia
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El bar Bolivia surgió en 1989 impulsado por Sergio De Loof, Marula Di Como, Alejandra
Tomei, Alberto Couceiro, Nelson Mourad, Andrea Sandlien y Alfredo Larrosa, un grupo de
amigos y compañeros de la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano. Ubicado en el casco
histórico de la ciudad, en el barrio de San Telmo, este refugio de la modernidad y la diversidad
fue pensado como “un lugar donde poder encontrarnos, estar juntos, cuidarnos” (Di Como,
2016: 268). Visitado en principio por los amigos más cercanos, con los meses fue agrandando
su público a otros amigos de amigos, artistas e intelectuales que preferían una propuesta más
libre y abierta que el formato de las discotecas custodiadas por patovicas.
Los diseñadores Gabriel Grippo, Gabriela Bunader, Andrés Baño y Mónica Van Asperen,
finalistas de la Primera Bienal de Arte Joven realizada en el actual Centro Cultural Recoleta en
marzo de 1989, rápidamente confluyeron en el bar, igual que el artista Cristian Delgado (que
adoptaría luego el nombre de Cristian Dios), los diseñadores Kelo Romero y Pablo Simón y el
fotógrafo Gustavo Di Mario. Es notable cómo en las diferentes entrevistas realizadas con
muchos de ellos se reiteran las palabras “casa”, “hogar” y “familia” para referirse a Bolivia, y
los términos “juego”, “experimentación”, “diversión”, “libertad” y “gay friendly” para describir
el espíritu de sus noches.
Además de la barra de tragos, el bar ofrecía comida a sus habitués, que también podían cortarse
el pelo en el entrepiso al mando de Flip Side. Algunos días, los artistas vendían sus propios
trabajos: carteras, collares y ropas colgadas como en una boutique. Las tareas se repartían a
través de la rotación de puestos y todos eran cajeros, mozos y cocineros según lo que cada
momento requería. Bunader recuerda que junto con Romero cocinaban puchero, locro, pastel de
papa y guiso de lentejas, platos que junto con los tragos decorados con plumas y perlas,
formaban parte de una carta que ofrecía cocina casera a precios populares. “Nuestro Bolivia era
parecido a un bar que hay en la película La Guerra de las Galaxias, donde hay uno que tiene
dos orejas, otro que tiene cuatro ojos, uno es una serpiente… ¡era tan diverso el ambiente!”,
explica De Loof, y agrega: “Había abogados, trans, artistas, intelectuales, un chico triste, de
repente un conde: era una fauna, una cosa muy rara. Estábamos muy orgullosos de nuestro
Bolivia. Se llenaba todos los días, se la pasaba muy bien” (2019).
Durante un tiempo, el proyecto fue autosostenible. Luego, algunos desajustes económicos
llevaron a que el espacio cierre sus puertas. Tampoco ayudaron las frecuentes detenciones de la
policía, que dejaban entrever la continuidad del aparato represivo aun en tiempos de
democracia. “La República de Bolivia no transaba con la policía”, recuerda Delgado, socio del
emprendimiento durante un breve período: “Nunca me voy a olvidar cuando caí en la policía y
estuve media hora para sacar todos los alfileres de gancho que tenía una prenda. Eso es fashion
{se ríe}”. Era una prenda rota, “toda agarrada con alfileres de gancho, tantas que estuve como
media hora para sacarle todo, porque me hicieron sacar todos los alfileres de gancho. Esa fue
una perfo involuntaria en la policía {risas}” (Delgado, 2019).
Como dijimos al comienzo del texto, no era éste el único espacio que funcionaba así en la noche
de Buenos Aires. En el mismo barrio de San Telmo, lugares legendarios del under de los años
80 como el centro Parakultural o la discoteca Cemento, por ejemplo, tenían rasgos similares en
cuanto a su organización y, de hecho, muchos de los habitués de Bolivia también lo
frecuentaban. No obstante, Bolivia se diferenció rápidamente por su singular propuesta trashchic y su desprejuiciado activismo fashionista. Desde su ambientación, Bolivia ya mostraba
mucho de esa apuesta estética. Aunque realizada con materiales baratos y muebles de segunda
mano, De Loof había logrado una puesta muy cuidada y detallista para ese espacio que
imaginaba como un orfanato fashion para artistas pobres: “Sergio conseguía objetos y muebles
usados ¡y los arreglaba de una manera realmente encantadora! Todo lo que mirabas era hermoso
y todos los días iban cambiando la decoración, era muy acogedor el lugar” (Bunader, 2018). La
intención de diferenciarse del punk y su deriva dark preponderantes en Cemento y el
Parakultural se tradujo en una atmósfera que recuperaba el glamour desde un retro-kistch
romántico y colorido: “Aprendí que una escoba y una pala podían estar en una pared. O una
vela. […] Y para nosotros era más fácil hacerlo con basura. Lo que teníamos a mano, mucha
vela, nuestros plumeros, una jaula, un escobillón rosa, era decorativo. […] Todo estaba bien
mientras que no fuera negro” (De Loof, 2009: 2).
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Más allá de las diferencias con cierta estética punk y dark, mucho de la ética del Hazlo Tú
Mismo resuena en las producciones fashionistas que identificaban al núcleo de Bolivia, el lugar
más Vogue de Buenos Aires según declaraba De Loof. Tanto en prendas que resignificaban
aquello que la sociedad consideraba desechable o de mal gusto como en la convicción colectiva
que los llevaba a componer sobre el propio cuerpo-vestido un lenguaje singular, capaz de
comunicar sentidos diferenciadores, muchas veces disonantes para la mayoría: “Nosotros
teníamos el gusto y el amor de elegir todo lo que nos poníamos y al llevarlo era como si la
vibración de ese sentir lo que tenés puesto rebotara hacia los otros”, dice Di Como y explica:
"Para nosotros existía esa libertad del “me pongo cualquier cosa” y lo que uno se ponía,
lo que uno mostraba, era la actitud ante la moda. Por supuesto existía lo que se llama “la
moda de los 80” pero no era por donde nos vestíamos nosotros, todo este grupo. Nosotros
intentábamos ser mucho más elegantes, tener mucho más glamour, ser exóticos… aunque
no sé si ésa sería la palabra más adecuada. Queríamos mostrar que no formábamos parte
de esa masa, decir “me interesa otra cosa, otro color”. Tenía que ver con encontrar la
manera de decir con la ropa. Uno se viste para decir algo, entonces ¿qué es lo que tengo
para decir hoy?" (Di Como, 2016: 272).
Para algunos miembros de este grupo, incluso, la libertad de explorar texturas, formas y colores
para un vestir a contracorriente viró también hacia los vestuarios drag, como explicita Cristian
Delgado: “Para mí vestirme ya es divertirme. O sea, yo me monto, me miro al espejo y es un
juego: es transformarse. Es algo lúdico y lo mejor que yo le he aportado a esta ciudad para mí es
ese espíritu. Más allá del diseñador, del artista” (Delgado, 2018). En su caso, esa mutación tomó
más visibilidad a partir de sus glamorosas performances drag en El Dorado, boliche abierto por
De Loof tras el cierre de Bolivia, que fue además el primero en contratar drag queens durante la
noche de la Buenos Aires de los 90.
Continuación y resultado de esa prolífica vida comunitaria en Bolivia fueron los desfiles
realizados en el Garage Argentino, un espacio de Evelyn Smink (entonces esposa del intendente
de la ciudad Suarez Lastra) ubicado justo enfrente del bar. En junio de 1989 tuvo lugar Latina
winter by Cottolengo Fashion, desfile en el que De Loof presentó su primera colección con la
asistencia de Di Como y Delgado: alrededor de cien personas lucieron trajes confeccionados
con coloridas prendas y disparatados objetos de segunda mano arriba de la pasarela. Un tiempo
después realizó Pieles Maravillosas, “su colección de taparrabos de oveja y caballo en
homenaje a Caravaggio” (Lescano, 2004: 35), con la cual cerró una exposición de obras de los
artistas Emiliano Miliyo, Máximo Lutz, Esteban Pagés y Carlos Subosky. También Grippo,
Bunader, Baño y Romero hicieron desfiles en el Garage Argentino y Cayetano Vicentini
recuerda haber desfilado los trajes de De Loof en esa pasarela; la misma en la que los artistas
under Batato Barea y Alejandro Urdapilleta parodiaron algunas noches el modelaje tradicional
de la alta costura.
Pobreza y desjerarquización de la cultura
Desde un lugar de outsiders (Becker, 2009), estos diseñadores pusieron a jugar sentidos
culturales y estéticos que, en vez de compartimentar lugares estancos para cada propuesta
creativa, pusieron en crisis los mecanismos que resguardaban las fronteras entre disciplinas
diluyendo las jerarquías entre las bellas artes, la cultura de masas, la alta costura y el diseño.
Las afirmaciones sobre cómo conciben su actividad son contundentes en este sentido: “Entiendo
por moda lo que entiendo por arte. Sé que es una discusión y que también deberíamos hablar de
diseño, pero bueno, esa es mi mirada” (Di Como, 2015: 274); “Arte y diseño para mí siempre
han estado juntos, y trate de siempre trabajar dentro de la línea de frontera de estas disciplinas”
(Grippo, 2018); “Siempre pensé que lo que hacía en ese momento cuando producía esos
‘objetos/ ropa/ obra’ por llamarlos de alguna manera, tenía más que ver con una manifestación
artística que con el hecho de ‘diseñar’” (Bunader, 2018); “Lo que hago tiene que ver con la
interacción entre el arte, la moda, la música, el night life. Aunque la factura pueda ser mejor o
peor, me interesa más el concepto y lo performático. Siempre mis desfiles fueron perfomáticos,
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el foco no estaba puesto solo en el diseño de la ropa sino en todo un proceso conceptual”
(Delgado, 2018).
También De Loof llevó al extremo la desdiferenciación entre bellas artes y artes aplicadas,
declarándose diseñador de moda, editor, cineasta, ambientador, artista y decorador, tareas que lo
ocupaban indistintamente en cada uno de sus emprendimientos, que asumían la pobreza no
como una carencia sino como un potente lugar de enunciación y producción. En este sentido,
resulta elocuente el testimonio del artista sobre la falta de recursos:
"Siempre el cottolengo me salvó. Yo no hubiese sido tan original si hubiese tenido plata
para hacer las cosas. La situación de no tener dinero me hizo ser mucho más original de
lo que hubiese sido teniendo el dinero en la mano. Creo que mi originalidad dependía de
la situación, era una consecuencia de no tener dinero. Por eso habíamos formado un
grupo que se llamaba los Genios Pobres: esa pobreza me hizo ser el vanguardista que soy,
aunque ahora me estoy repitiendo a mí mismo. Si me inspiraba Christian Lacroix, por
ejemplo, hacía unos Lacroix de basura, de patchwork de brocato del cottolengo." (2019)
En relación con la narrativa de la pobreza, los Genios Pobres privilegiaban el reciclaje y el uso
de desechos. Reivindicaban la precariedad “por la realidad de nuestro medio y el placer de
poder mostrar cómo crear belleza desde la basura” (Grippo, 2018). Se proveían de objetos y
ropa usada en las tiendas de venta benéfica del cottolengo Don Orione y del Ejército de
Salvación. Más que a Europa o New York, viajaban a buscar inspiración a esas tiendas de
Pompeya, barrio de trabajadores con una fuerte tradición tanguera, ubicado en límite sur de la
Ciudad de Buenos Aires, junto al Riachuelo. En ese itinerario de exploración, “el viaje en sí
mismo era recorrer el cottolengo viendo telas, texturas” (Di Como, 2016: 273). Ahí encontraban
ropa de calidad a precios muy bajos: “ropa antigua de los años 30, 20… lino, sedas que de otra
manera no la podíamos adquirir” (Delgado, 2018) y que les permitía el costo cero, o casi cero,
de la materia prima con la que trabajaban. Desde allí, componían una imagen inventada según
su propio gusto a través de vestimentas que llevaban al extremo la expresión individual y
apelaban a una conexión emocional con las prendas.
Sobre sus influencias creativas de aquellos años, el grupo tiende puentes hacia los diseñadores
Martin Margiela, Azzedine Alaïa, las fotos de la revista Vogue y el catálogo erótico de Calvin
Klein. También reconocen el impacto de la anti-moda grunge, su devoción por el cine y la
influencia del video clip, formato que en los años 80, de la mano de la cadena estadounidense
de televisión MTV, revolucionó la música joven alrededor del mundo (Reynolds, 2013).
“Nosotros adorábamos MTV. En Bolivia teníamos BCC - Bolivia Canal Creativo.
Divertidísimo. Se hacía en un cassette y mirá lo pobres que éramos que el VHS era uno solo y
se pasaba de mano en mano, te lo daban y a la semana lo tenías que devolver”, recuerda De
Loof (2019). En BCC el grupo hacía un programa de música y una novela llamada Vanity. Al
respecto, es interesante observar que suss desfiles eran más cercanos a la estética del video clip
que al ritual ceremonial de la alta costura: una sinestesia entre imagen y sonido en las pasadas,
editadas según el estilo de cada diseñador, que componían, o no, una narración sobre la pasarela
a un ritmo vertiginoso de luces y cambios dinámicos de los vestuarios y los modelos.
Perfomances fugaces e irrepetibles que mostraron por primera vez, en las pasarelas de Buenos
Aires, cuerpos andróginos e inclasificables que no podían ser leídos desde los códigos binarios
de género.
Reflexiones de cierre
En entrevista con Sergio De Loof, el artista mencionó la importancia de la serie Fama para su
acercamiento al arte:
"Yo no sé que como llegué al arte. Después de salir del closet y tener que trabajar de
cualquier cosa, porque mi papá me obligaba, un día me metí en Bellas Artes, en la
escuela Manuel Belgrano. Pero ya algo debía haber escuchado sobre arte y creo que fue
la serie Fama, que de muy adolescente me influenció mucho. Creo que yo me inicié con
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Fama. Ninguno de mis parientes era artista, mis amigos del barrio tampoco. Fue Fama
en la tele: ahí vi un mundo de artistas y de bailarines, me mostró un mundo posible,
aunque se que no queda bien decir que sos artista porque viste Fama." (2019).
Retomo este comentario para enfatizar una de las características más distintivas de los
diseñadores que se nuclearon en torno a Bolivia: la permanente hibridación entre productos y
estéticas de la industria cultural y las técnicas y procedimientos del arte de vanguardia del SXX.
Las innovadoras producciones de este grupo logran conjugar dos mundos que parecen
contrapuestos e irreconciliables: el de la cultura de lo cotidiano con el del arte de avanzada.
Desde ese lugar desjerarquizante e indefinido, sus iniciativas pusieron en escena una moda
desclasada (Lipovestky, 1990) que fue también una forma de crítica social: reciclaban
materiales y estilos para construir nuevas formas y vestir modelos que eran sus propios amigos
y amigas, es decir, cuerpos reales que mostraban una belleza diferente, más cercana, menos
acartonada, más posible.
Sus prendas cuestionaban la homogenización de la moda masiva pero también las propuestas
más personalizadas de los modistos locales, que en muchos casos se limitaban a copiar lo que
llegaba como tendencia de las grandes capitales de la moda. Trataban así de mostrar la potencia
de la creación propia desde pendas originales, excéntricas y provocadoras, que extremaron la
ruptura con los códigos fosilizados del buen gusto y democratizaron las prácticas del vestir. La
idea de que cada persona pueda convertirse en lo que desea, leitmotiv de la serie Fama pero
también clave en el discurso de la moda de aquellos años, se tradujo en estilos que destacaron lo
único e irrepetible de cada individualidad. Valores como la fragmentación, el hedonismo y la
deconstrucción se expresaron a través de una indumentaria pensada para destacarse y no pasar
desapercibido. Contra-costuras innovadoras y rebeldes, que desacomodaron los soportes
tradicionales del diseño y buscaron expresar modos más libres de vida y creación.
Al mismo tiempo, ese repertorio perfomático de cuerpos, ropas, técnicas y materiales que
ingresó de la mano de la moda, evidenció formas y estrategias que trastocaron los valores
conservadores de la alta cultura. Su apuesta por la renovación estética y la ampliación del acto
creativo más allá de cualquier intento de definición cerrada fue de gran potencia en ese
momento pero, más aun, cuando se propagaron en tiempos y espacios ajenos al grupo. Pienso,
por un lado, en la recién creada carrera de Diseño de Indumentaria y Textil de la Universidad de
Buenos Aires, que recibirá los influjos de estas prácticas e incluso a algunos de estos
diseñadores como parte de su staff docente. Los Genios Pobres serían, en esta genealogía, la
antesala del diseño de autor que revolucionará los circuitos de la moda en los años de la pos
crisis 2001 (Miguel, 2013; Joly, 2013). Por otro lado, parece inevitable la pregunta -que excede
los límites de este artículo- por los lazos con el campo artístico local. La resignificación de lo
sucio, la valoración del impacto, la multiplicidad de formas, la amalgama de épocas, el reciclaje
de la basura y lo usado, la irrupción de la realidad de la calle, el collage y el patchwork, la
fragmentación polimorfa, el revival estetizante, la comunidad en torno a la obra, el gesto
minúsculo de lo descosido o deshilachado, las atmosferas intensas, la desjeraquización de la
cultura ¿no son acaso centrales para comprender los lenguajes del arte contemporáneo? Tal vez
sea hora de reinscribir el accionar de los Genios Pobres en la historia del arte argentino,
recuperando las nuevas legitimidades que forjaron desde sus procedimientos y definiciones.
BIBLIOGRAFÍA
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