Y diciendo esto, cogió el Niño de la Vitola a su amigo por el brazo, y ambos se dirigieron con paso rítmico y acompasado contoneo hacia el hondilón más famoso del barrio de Lagunillas. Pepa la Golondrina, sentada en el poyo de la ventana, miraba hacia la calle con expresión meditabunda, mientras su madre, la señá Rosario, planchaba algunas prendas sobre un larguísimo tablero.
-Vamos, el que ha esperao lo más, espera lo menos -añadió la señora Pepa, a la vez que, soltando la escoba contra la pared, arreglaba la almohada y el embozo del lecho al paciente, que tornó a sonreír agradecido al sentir que la mano de la pobre mujer pasaba acariciadora por su frente, apartando de ella los encrespados mechones.
Rosalía, reliada en el mantón y casi oculto el semblante por el pañuelo, una vez que hubo salido del corral, entornó la puerta, se dirigió jadeante hacia la salida del pueblo; por fin había conseguido enterarse dónde estaba su Joseíto; el Chusquel, en su diálogo con la señora Micaela, creyéndose a solas con ésta, no se había recatado de hablar del señor Juan el Pulío ni de la señora Pepa, su consorte; también se había enterado de que el enfermo mejoraba, pero que su impaciencia por verla era tan grande, que ya se hacía imposible casi retenerle.
Y diciendo esto apoyó una mano en una de las ramas de los árboles inmediatos, cruzo una pierna sobre otra y quedose mirando, como sumido en delicioso éxtasis, a la mujer amada, que, hundiendo entre las flores su semblante de raso para mejor aspirar sus perfumes, brillaba toda bañada por los rayos del sol que convertía sus blandos cabellos en áureo y en sedoso y en resplandeciente remolino. -Güenos días -exclamó Pepa, estampando dos besos en las mejillas de Dolores.
-Pero ¿se puée saber a qué ha vinío hoy a esta casa, que es mu suya, la Pepa la Garibaldina?, -exclamó Lola interrumpiendo a ésta con acento impaciente.
-Eso sí, güena voz y mu poquita vergüenza -murmuró la señá Rosalía saliendo de la habitación, no sin posar antes en su sobrina una mirada henchida de reproches. Pos tiée razón tu tía -exclamó Pepa la Garibaldina-.
como es de los que no pasan ni con jarabe, asín lo tiée usté, tan campante, es dicir, tan campante en argunas cosas, porque lo que es en otras... ¡Ay, señá Pepa, y qué cosas más cansinas que son los años!
Días después sentíase mejorado nuestro protagonista y, aunque con trabajo, podía incorporarse, y hasta, aprovechando uno de los momentos en que la señora Pepa le dejara a solas, había logrado asomarse al balcón, pero para volver a la cama tuvo necesidad de esperar a que volviera la buena mujer.
Y a la pregunta de Currito, Rosario sentóse sobre las piernas de aquél, le rodeó el cuello con el brazo, y más adelante podrán conjeturar los que nos lean lo que le dijo al Carabina la hembra que le planchaba las pecheras, zurcíale lo roto y cosíale lo descosido. -¡Riá, riaá, Primorosa! ¡Arza, Pepa! ¡Arza, Tontona!
-No, güenas jechuras no diré yo que tenga; pero en tocante a lo de simpatías, lo que es de eso tiée pa repartir a los más necesitaos, que no son pocos, mi señora doña Pepa la Giribaldina.
-Pos señó -dijo Pepa, no sin dejar escapar previamente un suspiro-, cuento y cuento que era un padre que se había dio a las Américas, dejando aquí a su mujer, que tenía una hija y un hijo, que se parecían como dos gotas de agua a otras dos, a mí y a mi hermano Juan Antonio.
Como que mi Pepa se troncha...